sábado, 31 de enero de 2009

EL PRO-NAZI RAMON FERNANDEZ, CONTADO POR SU HIJO EL ACADÉMICO

Por Eduardo Garcia Aguilar
Esta es la triste historia de un mexicano playboy que reinó en los más exclusivos cenáculos de la literatura francesa al lado de Proust, Gide, Céline y Mauriac, y que desde esas alturas cayó en la mayor ignominia para convertirse en un colaborador de los nazis fascinado por la mirada « oceánica » del siniestro jefe de propaganda Joseph Goebbels.

Más de 60 años después de su muerte, su hijo Dominique Fernandez (1929), uno de los más notables escritores de su generación y miembro de la Academia Francesa, explora la tragedia de su padre y trata de encontrar las razones secretas que lo llevaron a malograr su carrera literaria.

Ramón Fernández III (1894) era hijo de Jeanne Gabrié, bellísima e inteligente francesa, y de un apocado diplomático mexicano en París, Ramón II, nacido en México D.F, en 1871, hijo a su vez de Ramón I, corrupto ex gobernador porfirista de la capital mexicana, nacido en 1833 en San Luis Potosí y enviado a París por su amigo el dictador Porfirio Díaz para ponerlo a salvo de las acusaciones de pillo y saqueador del erario público.

Del exilio de un politicastro mexicano del siglo XIX surge la saga de los Fernández franceses, que ahora trata de recuperarse con dificultad tras medio siglo de ignominia y escarmiento por el desprestigio al que la llevó uno de los suyos, odiado colaborador bajo la ocupación, mientras los soldados de Hitler y Pétain fusilaban resistentes y detenían a miles de judíos para enviarlos a las cámaras de gas en Alemania en los famosos trenes de la muerte.

Ramón III reinó en los salones de la alta sociedad parisina en tiempos de entreguerras : de joven fue uno de los efebos preferidos de Proust, de quien fue su discípulo y amigo y sobre el que escribió un libro. Como era mal estudiante, bebedor y vividor, su madre autoritaria lo conectó con las condesas millonarias de Saint Germain de Prés, algunas de las cuales fueron sus protectoras y amantes. Introdujo el tango en los salones de la aristocracia, donde bailaba con el cabello engominado, los ternos de lino y los zapatos de charol.

Como su padre murió joven y él creció huérfano como hijo único de la posesiva francesa, directora de la revista Vogue y amiga de los intelectuales de moda de los años de entreguerras, Ramón Fernández III fue un típico niño bien pobre y arribista que adoraba la buena ropa, los autos Bugatti y las motocicletas de lujo, lujos que obtenía y mantenía con los dineros proporcionados por su mamá, sus amantes y su esposa.

Irresistible, mujeriego, gran conversador, este mestizo de mexicano y francesa, que en su rostro traía los inconfundibles aires de lo exótico, conquistó poco a poco todos los difíciles grados del poder literario hasta ser aceptado como miembro de la Nueva Revista Francesa, de la que se origina la editorial Gallimard. Durante tres décadas Fernández fue el crítico de moda de la editorial, que podía lanzar o defenestrar un libro y durante ese tiempo reseñó las novedades literarias en ensayos calificados de notables por autores como Proust, Gide, Mauriac y Saint-Exupéry, lo que no es poca cosa.

Durante una década el joven y apuesto Fernández también fue el motor mundano de los Coloquios de Pontigny, tertulia anual de humanistas dirigida por Paul Desjardins, el maestro intelectual de su esposa Lilianne Chomette, una agregada de letras clásicas de Toulon a quien conoció allí y a la que amó. Y en ese contexto, cuando se caldeaban los ánimos en Europa, adhirió a movimientos de izquierda moderados que ya veían con temor la impronta futura de los nazis alemanes y del Duce italiano Mussollini.

Pero la serpiente del mal empezó a acechar junto a la manzana de la discordia. El matrimonio de Ramón con la atractiva y severa intelectual francesa de Toulon se fue a pique en medio de riñas diarias y conflictos a la hora de pagar las deudas de los autos y motocicletas de lujo. Fernández empezó de correr de amante en amante y de bar en bar hasta que el amatrimonio se hizo trizas, lo que según su hijo sería en parte causante de su extraña voltereta política.

De un momento para otro y sin que hubiera coherencia con su pensamiento, casi como un acto de rebeldia del niño mimado, Fernández se volvió fascista, nacionalista pro-germánico, adorador del mediocre político nazi francés llamado Jacques Doriot e ingreso al ultraderechista Partido Popular Francés, luciendo uniformes militares y suspirando ante el paso de los uniformados de Hitler.

Durante la ocupación Fernández no sólo viajó a Weimar en la gira organizada por Goebbels, sino que fue uno de los líderes de la intelectualidad colaboracionista francesa al lado de Robert Brasillach, fusilado al llegar la Liberación, y Drieu La Rochelle, otro brillante escritor que prefirió el suicidio a la ignominia de vivir la derrota y el triunfo del general Charles de Gaulle y los partisanos de la Resistencia.

Fernández, Drieu y Brasillach, jóvenes y brillantes escritores de su generación, creyeron en la Europa unida bajo la bota hitleriana, fueron seducidos por la imaginería del jefe totalitario y el esplendor de los uniformes y las botas nazis y callaron mientras eran detenidos y despojados miles y miles de judíos o resistentes y llevados a la muerte en los campos de concentración.

Su hijo Dominique, que ese agosto de 1944 dirigió a los 15 años el cortejo del cadáver de su padre, fulminado por una embolia, hacia la iglesia de Saint Germain des Prés, escribe en su libro Ramón (Grasset, Paris, 2009) 800 páginas en las que trata de explorar el misterio de su familia, las razones del fracaso de su padre, y las lejanas raíces mexicanas.

Al final, Ramón es un canto de amor por ese padre frívolo y mundano, a la vez buen escritor, que pudo haber sido una gloria de las letras francesas de haber elegido a De Gaulle y la resistencia en vez de Doriot y la colaboración. Al final sólo queda la amarga lección del peligro que conlleva para los escritores acercarse mucho a los políticos y al poder, que en todo el mundo es la manzana de la tentación y el gusano de la decadencia.

domingo, 25 de enero de 2009

UNA INSÓLITA TARDE BOGOTANA


Por Eduardo García Aguilar

La lluvia caía sobre Bogotá esa tarde y, como no había sacado paraguas, me escampé en la librería Lerner de la Avenida Jiménez. Era una de esas tardes agobiantes llenas de bruma y frío y pantano y el agua se me entraba por las suelas de los zapatos. Me puse a mirar libros y en la estantería de literatura colombiana encontré un ensayo de una de mis más queridas amigas de adolescencia, Patty Coba, editado hacía cinco años por una Universidad y que versaba sobre Vargas Vila y la mujer fatal. No podía explicarme cómo no había tenido noticia de la existencia de ese libro, pese a estar desde lejos tan bien informado de las novedades publicadas por los escritores de mi país.
Pero lo que más me inquietaba es que ella no se hubiera dignado hacérmelo llegar de alguna forma, lo que mostraba hasta qué punto el tiempo nos aleja de los viejos amigos. En la contraportada estaba su fotografía, donde se veía con mirada ágil, su atractivo rostro firme a sus 36 años, que debía haber cumplido el pasado abril. Estaba algo maquillada, muy moderna, con aires de muy próspera. ¿Qué sería de ella? ¿Estaría en Bogotá? ¿Con quien andaría ahora? ¿Estaría enamorada? ¿Se acordaría de mí? fueron algunas de esas preguntas tontas que me asaltaron mientras trataba de bajarme con cuidado de la escalera donde estaba montado, tratando de evitar que me cayera encima uno de los volúmenes que poblaban aquella estantería dedicada a la literatura colombiana. ¡Qué terrible!, pensé, ni siquiera sabía que había publicado un libro. Lo compré y en espera de que escampara me paré a mirar libros lujosos de paisajes colombianos, con la nostalgia de quien sabe que perdió para siempre a su país y es ya un extranjero sin remedio.
Hacía dos años no regresaba a Bogotá y me había instalado en una de las suites de Residencias Tequendama con mirada a los cerros, dispuesto a echar la casa por la ventana para vivir en cierta calma los días que pasara en Bogotá, tratando de ahuyentar el hastío, la depresión, la certeza de ya no tener nada o muy poco que ver con el país, mis padres enterrados al norte de Bogotá en los Jardines de la Paz, con los amigos cada vez más barrigones, canosos y entrados en razón o destruidos por la terrible decepción en que los sumía la crisis permanente del país. Colombia no estaba jodida como el Perú. No, lo que estaba era casi muerta y eso se veía en los ojos de mis mejores amigos, en la mansedumbre de los casados y llenos de hijos, atribulados por el trabajo, los impuestos o el desempleo, en la decrepitud de las mujeres y hombres de mi generación totalmente devastados, tal vez como yo mismo, por una larga lista de sucesos y aventuras absurdos. ¿Cómo podían sobrevivir en esta urbe infernal llena de trancones y miedo ambiente por todas partes?
La lluvia paró y entonces pude salir a caminar por la séptima, como cada vez que regresaba a Colombia. Allí, no lejos del Planetario Distrital, deambulaba el fantasmal muchacho de 18 años que fui, estudiante de sociología en la Universidad Nacional, fascinado por el cine, que asistía en grupo a ver las retrospectivas de Bergman, Antonioni o Truffaut. Más tarde había quedado de ir con unos amigos a un homenaje al recién suicidado poeta Raúl Gómez Jattin, quien se había convertido en uno de esos gurús de jovencitas incautas y desolados muchachos seguidos por crepusculares amantes de la literatura, y quien hacía poco se le había lanzado a un bus para que lo aplastara en la señorial Cartagena de Indias. Nada mejor para garantizar la posteridad en Colombia que cerrar su ciclo con un suicidio bien planeado como José Asunción Silva. Ahí estaba todo el mundo. Los escritores de moda, los directores de revistas, los poetas desconocidos, los funcionarios de la cultura local, los amargados, los alegres, los sabios.
Proyectaban en la pantalla cóncava un documental sobre la vida del poeta, sus caprichos de reyezuelo poético, la paciencia de sus admiradoras, sus desplantes de tirano loco y literario en la Colombia “de fin de milenio”, como sin duda dirían los redactores de contracarátulas. El documental terminó y, como en una película de Fellini se pasó a la rifa de un computador. Mi amiga Rosita Jaramillo, la organizadora del evento, tuvo la genial idea de aprovechar mi paso por Colombia para decir que yo iba a sacar la boleta ganadora, lo que me hizo sonrojar y ponerme embarazado cuando mucha gente me observó de inmediato aunque nunca hubiera escuchado mi nombre. Saqué el boleto, dieron el nombre, y resultó que la ganadora era la poetisa Bella Clara Ventura, quien acababa de llegar de Miami. Apareció entre el público y recibió el regalo, mientras me abordó la poetisa lustrabotas Alma de la Calle, muy molesta por no haber sido ella la afortunada.
La poeta emboladora, cuyo verdadero nombre es María Amparo Anaya Alarcón, me cayó muy bien. “Seguro ya estaba arreglada la rifa¨, me dijo en broma, a lo que le respondí que todo había sido obra del azar. Era una mujer diminuta, encantadora, auténtica, cuyo libro había sido publicado por la editorial de la oficina de cultura del Distrito. Brindamos un vino y empezamos a hablar mientras los escritores de moda eran rodeados de inmediato por su séquito de turno. La poetisa lustrabotas me mostró el libro, compré un ejemplar y pasé de corrillo en corrillo presentándola a mis amigos, extrañados de que los obligara a comprar ejemplares del modesto libro. En menos de diez minutos vendió 20 ejemplares gracias a mí, una fortuna sorpresiva para ella. Agradecida me dio un beso en la mejilla y me dijo, “a usted es al único aquí al que le voy a embolar los zapatos gratis” y se puso manos a la obra, mientras empezaba a ser rodeado por mujeres asombradas por mi pose ante mi nueva amiga la lustrabotas, yo en el esplendor de mi primera noche de regreso, forastero excitado por el viaje, con la fuerza de la novedad, de la extrañeza, de la emoción que se siente de todas formas cuando uno retorna tras los pasos perdidos.
La lustrabotas se quedó mucho tiempo limpiándome con la mayor profesionalidad los zapatos, como si fuera yo un príncipe elegido, y hacía todo lo posible para que cada uno de mis zapatos brillara como nunca zapato alguno brilló. Y entonces me sentí volar en una historia maravillosa donde la poesía se personificaba toda en esa poetisa lúcida que era la mejor de todos los poetas de esa noche en Colombia, aunque no hubiera ganado la computadora ni la incluyeran en las antologías. Alma de la Calle se había convertido en la princesa de un cuento de hadas y yo en el ceniciento que venía del hielo al país de mi infancia y tenía que irme rápido antes de que sonaran las campanadas de medianoche.

sábado, 17 de enero de 2009

LUISA FUTORANSKY EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky, la más importante escritora latinoamericana actual, es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press. Nueva York. 2000), nos habla de « un país que se te encima al de ayer », y agrega que « deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres ».
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el Pont des Arts, visitar la librería Colette en Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Beaubourg es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicabe.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades. Parece que vuela en el tapiz de Las Mil y una noches, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tibet, cerca del Yeti.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas.
«Soy tierra prometida en París » nos dice Futoransky mientras camina por la rue au Maire en busca de las viejas calles del original Chinatown, el de los tiempos de entreguerras, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, rive gauche, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto « Arde París. Aquí vivimos » , incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores. Jerez. España. 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 chicos africanos pobres achicharrados y hacinados en un taudis del barrio de La Opera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, « persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias ».
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafia en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Pichu o en La Paz, Bolivia, en un campo de golf, en la « Villa imperial de Potosí », leyendo a Única Zürn.
Toda su poesía es un viaje : poemas como « Tokio hora zeta », « Yendo a Benoa », « Di Provenza », « Crema catalana », « Alud en Galese , « Derrota en Tienanmen », « Jerusa mi amor », son apenas algunas de sus escalas. En Prender del Gajo (Calambur. Madrid. 2006), el periplo continúa : nos habla de « Los efectos del viaje según Ibn Arabi » o del « Luto en Charenton » o de la « Isola de Giglio » y en De donde son las palabras (Plaza y Janés. Barcelona. 1998), en el poema « Restaurante de Ekoda », la viajera nos dice que es

«singular hallarse aquí
ante una tevé, un buda con baberito
una pagoda en construcción envuelta en una llovizna tenaz y persistente
no una pesadilla, no un sueño renacentista con persas a la veneciana
sino madera y agua, tablones y alguna rana desprevenida »


En su poema « Nuevo barco ebrio » de Babel, babel, sabemos que « el corazón se estremece por las nieblas que no comprende » y al explorar los olvidados arcanos terribles de la infancia concluye:

« el bajel está solo con los acantilados que surgen bajo su quilla ;
a barlovento la ciudad mohosa en el limo de la infancia,
en el norte los pecados capitales incendiados por un gas de neón maligno
que ha invadido los bulevares del mar de silencio
hasta ser esa llaga animal y corrosiva que nuca le abandona ».

Esta es sólo una breve muestra de su singular obra poética, a la que se agrega la vasta obra narrativa y ensayística, traducida al francés y al inglés, con novelas como Son cuentos chinos, De Pe a Pa, Urracas y Formosas y los ensayos Pelos y Lunas de miel, entre otros.

Hubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable Julio Cortázar. Ahora en París nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual y decenas de escritores discípulos y amigos, tejen día a día su testimonio.

Con Luisa Futoransky París es mejor y más sabio. Nosotros los errantes, los cosmopolitas, los que hemos perdido bibliotecas, casas, gemas y amores podemos sanar del extravío al leer sus libros, que deben estar al lado, en la mesa de noche. Luisa Futoransky está en París. « ¿Arde París ? Aquí vivimos ».

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Para leer a Luisa Futoransky:

* Luisa Futoransky. De donde son las palabras. Plaza y Janés Editores. Barcelona. España. 1988.
* Luisa Futoransky. Antología poética. Poetas argentinos contemporáneos. Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires. Argentina. 1996.

lunes, 12 de enero de 2009

EL MERCADO DE LAS PULGAS DE CLIGNANCOURT


Por Eduardo García Aguilar
(Letras libres, noviembre 1999)

Es todo un bazar o un mercado persa. Desbordado por vendedores de ropa, chucherías, inciensos, pipas, bolsas, máscaras africanas, crepas, prendas de cuero, zapatos, camisas, bufandas, sombreros y todo tipo de adornos de pacotilla, el viejo mercado de pulgas de Clignancourt se ha desvirtuado poco a poco en las últimas décadas. Para llegar a los diversos mercados situados en los pasajes del laberinto, al norte de París, hay que caminar entre cuadras enteras de vendedores ambulantes, muchos de ellos agresivos y malencarados, en medio de miles y miles de clientes en su mayoría jóvenes.
En la estación del metro Porte de Clignancourt el visitante es recibido este domingo invernal por la llamada racaille, compuesta por una juventud agresiva que expresa su odio contra la sociedad donde ha crecido marginada. No hay que mirarlos a los ojos y hay que evitar entrar en conflicto con esas bandas de adolescentes que en grupo pueden rematarte a patadas. Apenas ayer, no lejos de aquí, en el metro Garibaldi, uno de esos individuos degolló con un puñal a un usuario tras una riña por una silla. Y toda la gente comenta el incremento de la violencia, la acción de las bandas, el miedo ambiente que reina cada vez más en los barrios de la periferia norte de París; las agresiones injustificadas al interior de los vagones y autobuses, como si fueran copiadas de la película Naranja mecánica del recién fallecido Stanley Kubrick.
De modo que, después de sufrir los gritos y las agresiones de las bandas apostadas en la estación, se recorre entre el gentío y se cruza hasta el suburbio de Saint Ouen, donde está el conocido e inevitable mercado. Hay dos tipos de pasajes que dan a la rue des Rosiers: los que fueron construidos recientemente para anticuarios más pudientes y organizados y los viejos y tradicionales pasajes, como el Biron, donde están los más añejos vendedores de bibelots.
En los primeros, todo está ordenado, limpio y especializado: muebles de todos los siglos, vasijas, vajillas y lámparas art déco, viejas esculturas, cuadros, vestidos de los tiempos del can-can, sombreros, adornos con colmillos de elefante, juguetes antiguos, tiendas de muñecas, relojes, tapices, libros. Los dueños se ven elegantes y prósperos y se infiere que estas tiendas son apenas sucursales de negocios más extensos. Los objetos han perdido la humedad y la mugre del tiempo. Están perfectamente restaurados, tan limpios y pulcros que parecen falsos.
En los viejos pasajes, que se encuentran a lo largo y ancho de varias cuadras, la sorpresas nos esperan en cada esquina. Son centenas de pequeños locales regentados por ancianos y ancianas tristes, fracasados, personajes de novela excéntrica o jóvenes locos y raros inventados por Joris Karl Huysmans. Allí llega el desecho del tiempo, rescatado de la basura nocturna de los jueves o de las ventas rápidas que suceden luego del fallecimiento del abuelo, la tía abuela, el tío perdido y solitario. Recorrer por esos laberintos es una delicia. Paso a paso palpamos los rastros del siglo a través de ropas viejas, vajillas y cubiertos centenarios, vestimentas antiguas para bebés, botones, prendedores, ribetes, condecoraciones, placas de viejas tiendas, espejos, escaparates, butacas, sillas, mesas, burós, pupitres manchados de tinta de la belle-époque o los años de entreguerras, periódicos y revistas viejas, kepis, uniformes, floreros, camas, nocheros, instrumentos, postales, afiches, xilófonos.
En Saint Ouen, antiguo barrio obrero, sobreviven algunas casas de fin de siglo pasado y edificios de apartamentos de techos bajos y modestos para familias obreras. Algunas fábricas quedan ahí como muestras de ese tiempo ido. Y ahora, con la luna llena, enorme a lo lejos, entre la bruma, la gente tirita de frío y se frota las manos o luce guantes de todos los precios y estilos. Parejas de jóvenes cargan bolsas con los bibelots del día. Hermosas chicas van felices con el hallazgo de la tarde. Cincuentonas alegres y flacas ríen y exhiben la compra a sus alborozadas compinches. A pesar del frío han venido al ritual inevitable de rendir visita a una institución con pasado y mucho futuro. Alguien ha encontrado un cenicero con la publicidad de Dubonnet, otro un daguerrotipo, aquél una lámpara fascinante, éste un camafeo, ese un narguile verdadero, ella una retorcida tetera marroquí, el otro un incunable o un grabado de los tiempos napoleónicos.
¿Quién que viva en París no ha ido alguna vez al mercado de pulgas de Clignancourt? ¿Quién no se ha atrevido a entrar a la guinguette de Luisette, cada vez más decadente, con sus cantantes gordas de narices enrojecidas y cantantes de vieja canción francesa destemplados y estrafalarios aupados en el pequeño escenario? Allí se come y se bebe mal, pero entre la decadencia y la mediocridad de los payasos que se suceden y se pelean por pasar al estrado y por las propinas de la clientela, uno cree asistir al último destello de un París que sólo pervive en las películas de Renoir y Carné o en las memorias de Paul Leautaud. Chez Luisette es el centro de este cafranaún del desperdicio y la basura, de la muerte y el tiempo clausurado.
Ha terminado el paseo. La noche llegó demasiado rápido. El termómetro pasa hacia abajo el umbral de los cero grados. Los viejos cierran sus tristes tienduchas. Libreros de otra época siguen entre miles y miles de libros y revistas, ocultos entre la humareda de la pipa. Chez Luisette cierra. Los cantantes borrachos salen tambaleándose por los laberintos. La tienda de objetos para bebé de los años 2veinte0 queda atrás como un escenario para una película de terror de Alfred Hitchcock. Un sicópata ha comprado una muñeca de 1901 o un oso de peluche deshilachado. El que recuerda a sus tías se lleva un sombrero de vampiresa.

lunes, 5 de enero de 2009

EL FUNERAL DEL SEÑOR DE LOS CIELOS


Por Eduardo García Aguilar

(Excélsior. México. 04-Ene-2009.Café París)

Yo estuve en Guamuchilito, Sinaloa, en el entierro del tenebroso Señor de los cielos el 11 de julio de 1997. Su cuerpo cruzó por la noche el enorme portalón de la hacienda familiar en una carroza de la funeraria Emaús y, de inmediato, decenas de familiares y protegidos entraron para asistir al último homenaje, en automóviles último modelo los más ricos y a pie los más pobres.

En un exuberante Lincoln color crema pasaron primero la matriarca Aurora y sus hermanas y más tarde, a pie, la tía María Juana y el cuñado Candelario, mientras la servidumbre ingresaba enormes recipientes llenos de carne, víveres, refrescos y otras viandas deliciosas para ofrecer a los invitados en la larga y tensa velada fúnebre.

Un gordo muchacho de botas rancheras y camisa estrafalaria que vendía pan en las calles de Culiacán, y por esas fechas ya era lugarteniente de la familia, organizaba la entrada de la gente y furioso observó a los periodistas que se aglutinaban junto al portalón de la Hacienda esgrimiendo sus cámaras y micrófonos.

Los incrédulos deseaban comprobar que el cuerpo del narco estaba ahí después de errar una semana de un lado para otro con su cara desfigurada, rictus espeluznante, corbata y traje oscuro. El implacable narco, jefe del cártel de Juárez, cuya identidad había sido confirmada por las autoridades, lo que no era por supuesto ninguna garantía, había muerto en misteriosas circunstancias luego de una cirugía plástica y una liposucción en un hospital de México, Distrito Federal.

Su cadáver había sido trasladado bajo una identidad falsa a Culiacán, pero su cuerpo fue “confiscado” por la policía antinarcóticos y devuelto a México, donde permaneció una semana en la morgue, mientras la agencia antidrogas estadunidense, DEA, y el gobierno polemizaban sobre su verdadera identidad y le hacían un examen genético.

Buscado durante años por el FBI, la Interpol y la policía mexicana, no se conocía su verdadero rostro ni la magnitud de su inmensa fortuna. Convertido en el enemigo público número uno, ganó su apodo celestial por su vasto imperio aéreo para introducir cocaína colombiana a Estados Unidos. Así, el joven capo, alto, blanco y de cabello claro, güero como se dice en México, se había convertido en personaje incómodo por sus complicidades en los medios políticos y en el Ejército, pues uno de sus generales, el zar antidrogas mismo, Jesús Gutiérrez Rebollo, trabajaba para él antes de ser destituido y encarcelado.

En Guamuchilito construyó una iglesia y una escuela y los vecinos nos decían que la matriarca Aurora y sus hijos dominaban la economía regional con sus temidos escoltas que cruzaban calles y carreteras, en su autos Cherokee y Lincoln último modelo, armados hasta los dientes.

Se había salvado de milagro de un atentado en el restaurante Bali Hai en la capital y vivía a salto de mata, pero siempre lograba escapar de las emboscadas con la complicidad de los policías como un héroe de película del Far West.

El cadáver del capo estaba en una sala a la entrada de la casa entre coronas mortuorias y por un momento el féretro tuvo abierta una escotilla hacia su rostro. Intenté entrar varias veces pero los familiares y doña Aurora la matriarca me lo impedían. Ningún extraño podía acercarse a ver su rostro maquillado.

Afuera la tensión reinaba, pues se decía que toda la zona estaba rodeada. Kilómetros a la redonda fuerzas especiales garantizaban la seguridad hasta el entierro y facilitaban el paso de los mafiosos y los deudos, por lo que los miembros de la prensa mexicana y de las agencias internacionales y las televisoras del mundo entero servíamos de escudo a la familia.

Allí pasamos la noche y el día siguiente y el otro esperando el entierro mientras las muchachas que organizaban la comida en amplias mesas bajo impecables toldos de recepción coqueteaban con los periodistas. Incluso sobrinas, hermanas, primas y otros familiares del capo empezaron a conversar y a intercambiar con los extraños que esperaban con cámaras, grabadoras, micrófonos o libretas de apuntes.

Al amanecer aquello parecía el alba desnuda después de una interminable fiesta feliniana. Nos levantamos de las sillas y con los ojos todavía agotados por el semisueño o el insomnio pasamos a picar algo en las mesas repletas de deliciosas carnitas, caldos, sopas, nopalitos, taquitos, frijolitos y jugos. Ya éramos familiares de la finca, deudos oficiales del capo. Incluso algunos periodistas jugaban futbolito en un extremo. Se decía que de un momento para otro podía entrar alguna policía enemiga. El cielo norteño y el campo recobraron la calma ancestral. El ganado pastaba en las inmediaciones. Una serpiente se escurrió entre la maleza. Un asno rebuznó en sonido estéreo.

Y hacia mediodía ocurrió la gran ceremonia fúnebre. En un amplio patio, atrás de la casona, la muchedumbre estaba alerta. Había más periodistas que deudos. El ataúd salió al fin de la casa y fue conducido hacia un mausoleo familiar, donde un cura oficiaba ceremonia y rociaba agua bendita. La madre, las hermanas, las sobrinas lloraban como plañideras helénicas.

¿Sería todo esto una gran comedia, la más espectacular tragedia representada por soberbios actores? ¿Yacería de verdad dentro del ataúd algún cadáver, o no sería acaso un simple muñeco de cera? ¿Sería de verdad el cuerpo del temido capo Señor de los cielos? ¿Estaríamos presenciando una gran mascarada? ¿Serían ciertas tantas lágrimas ? ¿Actuaríamos de extras en una nueva versión de la legendaria película de Francis Ford Coppola,El Padrino?

Al final, el ataúd del Señor de los cielos entró a tierra y todo terminó como por encanto. Ya en Cualiacán, por la tarde, bajo el sol canicular, fui a la capilla del santo Jesús Malverde, el milagroso santo de los sicarios y los narcos y compré un collar amuleto con el rostro del forajido bigotón enmarcado en cuero. El mismo que me protege años después a la hora de escribir sobre narcos. ¿No será él también el santo de los escritores?

lunes, 29 de diciembre de 2008

LA GRAN ESTAFA LITERARIA MUNDIAL


Por Eduardo García Aguilar
(Excélsior. México.29-Dic-2008)

Los viejos escritores latinoamericanos encorvados por las medallas y los doctorados honoris causa, deberían lealtad al autor adolescente que alguna vez fueron si tuvieron la fortuna de la precocidad, y no convertirse en presos y cómplices de la nueva industria editorial estafadora que domina en el mundo.

Antes de que la literatura se convirtiera hace medio siglo en una industria multinacional rentable y los escritores en empleadillos sin sueldo de las grandes multinacionales editoras, el ejercicio de la palabra estaba relacionado con la utopía y las ilusiones caballerescas y quienes se dedicaban a ella lo hacían empujados por una extraña pulsión de la que estaba exenta la ambición del dinero, el poder o la fama televisiva.

Dentro del imaginario del escritor adolescente de todos los tiempos estaban presentes autores muchas veces suicidas, marginales o castigados por la sociedad que como Gerard de Nerval, Arthur Rimbaud, Oscar Wilde, Franz Kafka, Porfirio Barba Jacob, Malcolm Lowry o César Vallejo mostraban a los seducidos por la poesía que el camino escogido era el más difícil posible, pues hasta la más humilde profesión es remunerada mientras la literatura en general y la poesía en particular eran seguros caminos hacia la pobreza, la indiferencia y la burla de los contemporáneos.

Salvo los escritores afortunados o los que hacían carreras políticas o diplomáticas al servicio de tiranos, la mayoría vivía una vida de privaciones que poco a poco los sumían en la desesperación, la marginalidad y la penuria, por lo que sus vidas semejaban a las de los mártires de los santorales religiosos. Muchos hemos conocido a ese tipo de escritor maldito que con modestia se dirige encorvado por las noches a su perdida vivienda a encontrarse con los libros que ama y a ser feliz viajando por el mundo y el tiempo como el más derrochador millonario. Pienso en grandes autores sabios como Paul Verlaine, Yasunari Kawabata, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Nagib Mafhuz. Ese hombre viaja por las civilizaciones y visita los lugares más exóticos mientras devora volúmenes con sus ojos enrojecidos de pasión y su quijotesco estómago vacío.

En estos tiempos en que son premiados con recompensas millonarias narcos, prostitutas, violentos, torturadores, delatores, criminales, arribistas, ignorantes y políticos venales, la literatura sigue siendo marginal, pero amplios sectores de la misma han emprendido el camino de la corrupción al servicio del poder y el dinero. Muchos autores exitosos, analfabetas que ni siquiera escriben sus libros, se ufanan como estrellas en las Ferias del Libro de una industria editorial corrompida, mientras son expulsados de ellas y rayados de las listas de invitados los verdaderos escritores.

Por medio de la propaganda editorial vehiculada por los medios masivos a los que pertenecen las casas editoras españolas que dominan en América Latina, se inventan genios de las letras, pensadores descerebrados, narradores que no han hecho jamás sus primeras letras, mientras grupos de modestos editores o ghost writers se encargan de escribir y armar los libros que serán los éxitos de la temporada y el centro de las ferias del libro.

Además se ha puesto de moda el escándalo y el exhibicionismo ramplones y suben a la fama los autores que más se destapan, insultan, cuentan intimidades de sus familiares, escritorzuelos que parecen escribir sermones imprecatorios llenos de insultos baratos y escatológicos e ideas de pacotilla para gusto de un consumidor nacional aferrado a sus manías y ridiculeces ancestrales de tribu. Desterrados quedan los grandes autores, los libros escritos por personas que han dedicado su vida a estudiar y pensar con rigor y a cambio nos venden siempre literatura de cuarto nivel cercana a los libros de autoayuda o a los panfletos iluminados de las sectas empresariales.

Esa es la literatura que hoy circula en ferias, escuelas y bibliotecas y se enseña en las universidades de América Latina y que las avorazadas editoriales españolas y sus empleados venden risueños mientras hacen sonar sus infectas cajas registradoras. El libro de temporada se vende como producto de supermercado y con fajillas coloridas que por lo regular mienten, quieren hacernos creer que el nuevo autor es siempre el genio sucesor del patriarca de turno y así cada temporada descubrimos a uno o dos genios nacionales que se inflan, porque lo patético del marketing es que la mentira no sólo la cree el estafado comprador, sino el supuesto autor que del semianalfabetismo premiado pasa a creerse, en un abrir y cerrar de ojos, el nuevo Homero, Conrad, Faulkner o Hemingway de turno.

El escritor y el lector adolescente es por fortuna mucho más rebelde y lúcido y sabe calibrar entre la oferta lo que sólo es engaño publicitario. La gran literatura abre caminos, viaja por senderos desconocidos y no por caminos trillados, molesta antes que ofrecer un producto que alimente las ideas fanáticas del momento. Por eso el lector adolescente es el que puede rebelarse contra la estulticia ambiente manipulada desde los centros de pilotaje de las editoriales multinacionales de hoy en el mundo y en particular las españolas que deciden entre eructos de chorizo el grado de genialidad de la literatura en sus súbditas colonias.

España, como decía el cruel pacificador gachupín Pablo Morillo al pobre sabio neogranadino Caldas antes de fusilarlo, “no necesita de sabios”. Entonces que los estafadores españoles se regresen con sus Pérez Reverte y sus genios coloniales hechos al vapor cada año y nos dejen a los latinoamericanos seguir la herencia de Rubén Darío, Huidobro, Vallejo, Neruda, Felisberto Hernández, Borges, Rulfo, Carpentier, Lezama, García Márquez, Cortázar, Onetti y Paz, entre otros muchos. No necesitamos que las editoriales españolas nos fabriquen con mañas de tenderos nuestros geniecillos dominicales en sus oficinas de Madrid o Barcelona. Que se vayan con su corrupto e infame negocio a otra parte.

lunes, 22 de diciembre de 2008

LAS AVENTURAS DE UNA DESTRONADA PAPISA LITERARIA


Por Eduardo García Aguilar

En su libro más reciente, Josyane Savigneau, la excelente biógrafa de Marguerite Yourcenar que durante tres lustros, hasta 2005, fue la papisa literaria francesa como joven y bella directora del suplemento literario de Le Monde, donde se hacían y se deshacían las trayectorias de los escritores, nos cuenta las peripecias de su defenestración burocrática y el destino que la llevó desde un modesto pueblo de provincia a los grandes y crueles salones literarios parisinos.

Nacida en 1951 en Chatelleraut, en el seno de una familia modesta, la vida de Savigneau se parece en mucho a la de los héroes inventados por los novelistas franceses del siglo XIX que, como Balzac o Maupassant, relataron con lujo de detalles los auges y las caídas de hombres y mujeres de provincia que subían a la elitista capital en busca del triunfo, el dinero, el amor y la gloria.

Al leer este libro, publicado en octubre de 2008 por la editorial Stock bajo el título Point de côté (Nada de lado), descubrimos lo poco que ha cambiado Francia a través de los siglos, fijada como está todavía en los usos y costumbres sociales de la vieja aristocracia del antiguo régimen, rodeada de relamidos cortesanos de peluca, y de la burguesía y la pequeña burguesía arribistas de tipo decimonónico que medra en ministerios, salones y sitios de moda como el Procope, el Fouquets, la Closerie de Lilas, Les deux Magots o El Café de Flore.

A Savigneau la destituyeron y metieron en un rincón del diario acusada de haber cedido el poder del suplemento a su amigo el gran don Juan y libertino Philippe Sollers, animador de la legendaria revista Tel quel, y con el que supuestamente se “acostaba”. Considerado brillante escritor y mundano de la “plaza”, Sollers era admirado por la periodista desde su adolescencia provinciana. También se le reprochó injustamente de favorecer a escritoras lesbianas o libertinas como Christine Angot, Catherine Millet y Virginie Despentes y a autores maleducados como el terrible Michel Houllebecq, en detrimento de otros escritores más tradicionales y razonables.

Pero en el fondo, la “plaza” y el “medio” no soportaban que esta “advenediza” hubiera acumulado tanto “poder literario” sin pasar por los senderos usuales de la élite. Todavía existen instituciones oficiales como la Escuela Politécnica, la Escuela Nacional de Administración, la Escuela de Ciencias Políticas y la Escuela Normal Superior, localizadas todas en el mismo barrio latino, a donde sólo acceden unas cuantas familias parisinas y de notables de provincia y fuera de las cuales es casi imposible llegar a los grandes puestos de la administración, la empresa privada o el mundo editorial.

Después de caer en desgracia, Savigneau decide contar todas las peripecias de una vida marcada por su origen modesto y el combate en ese medio dominado por hombres implacables de poder. Cuenta, paso a paso, su esgrima orgullosa frente a las humillaciones y los insultos que le propinaban los envidiosos parisinos y los enemigos que le achacan provenir de un barrio equivocado de su propia ciudad Chatelleraux y haber escapado al destino de ser una humilde “cajera de supermercado” para subir al trono de El mundo de Los Libros de Le Monde y a la amistad de grandes como Simone de Beauvoir, Marguerite Duras, Juliette Grecco, Doris Lessing, Philippe Roth y Marguerite Yourcenar, entre otras glorias que fueron seducidas por esta joven airada e inoportuna.

Le reprochan también su bisexualidad y el hecho de que nunca quiso ser la típica esposa o amante aplicada de un político o un financiero, como suele ocurrir hoy en el endogámico mundo en que política: favores sexuales, prensa, televisión y finanzas están entrelazados indisociablemente como en los tiempos de las cortes borbónica y napoleónica, donde todas y todos pasaban por la cama del rey, el emperador y de sus cortesanos.

Savigneau huye de su modesta provincia y decide enfrentarse al reto de conquistar Nueva York y estudiar allí periodismo a falta de una gran escuela francesa. Llega a trabajar como “muchacha” en una casa de ricos americanos para pagar sus estudios, pero se rebela pronto y se lanza sola a la ciudad ejerciendo todo tipo de trabajos de mesera o lavaplatos. Supera así todos los obstáculos y desde 1977 ingresa a Le Monde por méritos propios, con la alegría de haber vivido una inmersión profunda en la cultura y la lengua inglesas.

Poco a poco escaló posiciones hasta mandar en el más prestigioso suplemento, donde ejerció una crítica implacable de las novedades literarias. Gracias a ella los lectores pudieron leer durante tres lustros como columnista a Phillippe Sollers, cuya amistad le valió ganar sus enemigos, como el temido panfletario y chismoso de talento Jean Edern Hallier, habitante ya finado de la Place de Vosgues.

El mundo político y literario francés es un mundillo cerrado, impenetrable, que se sucede casi hereditariamente desde los tiempos del Segundo Imperio y decide en un abrir y cerrar de ojos el destino de autores, académicos y políticos. La prensa y el poder están imbricados en corruptelas de las que la cama no está nunca ausente como en las novelas libertinas del siglo XVIII y en las grandes sagas burguesas del siglo XIX. Las bellas cortesanas y los gigolós salen de los burdeles y escalan a las alturas del poder y a la gloria desde tiempos inmemoriales y los más vivos y astutos ascienden a la fama literaria aunque también caen sin misericordia como ocurrió con el macarrónico millonario y best seller Paul Louis Sulitzer.

La “cajerita de supermercado” Josyane Savigneau vuelve a recordarnos todo esto y se defiende contándonos su vida y sus encuentros con editores o críticos leales o desleales como Claude Durand, Françoise Verny, Hector Bianciotti o Angelo Rinaldi, advenedizos como ella estos dos últimos que coronaron su carrera con el ingreso a la Academia Francesa por medio de intriga s de novela que deberían ser contadas.

Pero ella dice ser sólo una modesta periodista, pues periodismo y literatura nada tienen en común y nos dice que si ahora publica este libro es para dejar testimonio de su aventura en ese mundo cruel, del que escapó a una isla donde compró una casa con las regalías de su biografía sobre su amiga, la gran Marguerite Yourcenar, autora de las inolvidables Memorias de Adriano.

domingo, 7 de diciembre de 2008

LAS NOCHES PARISINAS DE TABLADA

Por Eduardo Garcia Aguilar
José Juan Tablada (1871-1945) es uno de los escritores mexicanos más fascinantes, ya que no sólo dejó una obra poética original sino que escribió miles de artículos y crónicas como solían hacerlo sus infatigables compañeros modernistas latinoamericanos en periódicos y revistas del continente.
La vida le deparó desde temprano viajes que lo ligaron a otras culturas como la de Japón, que visitó en 1900, Francia, donde estuvo entre 1911 y 1912, y Estados Unidos, donde vivió parte de su vida y murió este devorador de todas las cosas. En esos países se nutrió de ámbitos extraños que perfeccionaron su visión del mundo y dieron aliento a su poesía para sacarla de la retórica ambiente y proyectarla a una permanente juventud y experimentación.
En Nueva York fue uno de los centros magnéticos de la cultura latinoamericana, pues en esa metrópoli insomne tuvo acceso a todo tipo de sensaciones que alimentaron su desaforada dispersión intelectual. Pero venía de la capital mexicana, de la que siempre hablaba con nostalgia al escribir sus crónicas desde el extranjero, afectado por las noticias de la devastación provocada por los conflictos sociales y la Revolución, que llevaron a la caída del dictador Porfirio Díaz.
Como todos los modernsitas, Tablada tuvo su París y nada más curioso que leer ahora la edición original de las crónicas parisinas Los días y las noches de París, (Viuda de Ch. Bouret. México. 1918. 214 páginas), que adquirí en un acto tabladiano hace tres años en la Librería Madero, donde el poeta, con ojo avisado, nos relata los instantes vividos en la ciudad, considerada entonces la luminosa capital artística del mundo.
Relatada desde del otoño de 1911 a la primavera de 1912 en arbitrarias acuarelas que enviaba a la Revista de Revistas o en cartas y pedazos de diario donde contaba lo que veía, París se nos antoja allí mucho más cercano de lo que insinuaría el paso certero de un siglo.
Solemos los contemporáneos del siglo XXI creer que nuestros antepasados vivían un mundo atrasadísimo e ingenuo y pensamos que la supuesta modernidad desbocada de hoy es única y original. Pero basta revisar estas crónicas, que también fueron editadas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1988, para darnos cuenta que París ha cambiado muy poco y que sus descripciones no difieren mucho de las que hiciera un cronista latinoamericano de hoy.
Por supuesto que ahora hay muchas comodidades impensables para aquella época como los celulares, la TV, los jets, las computadoras e Internet, que muchas enfermedades están controladas y otras nuevas como el sida han surgido, pero la pobreza y la soledad, la miseria y el olvido reinan igual que entonces al lado del derroche de los privilegiados en los mismos barrios y bulevares.Los malevos descritos en su crónica Fantasmas de apaches por Tablada, quien presencia un crimen cinematográfico desde un tranvía, siguen tan presentes como antes, y en los mismos lugares de hace cien años los dandys de hoy van a tenis a Roland Garros y a las carreras de caballos de Auteuil, mientras viciosos, dealers, prostitutas, gigolós, drogadictos y ladrones pululan en Montmarte, Pigalle, Bastille o Montparnasse con idéntica intensidad que a comienzos del siglo XX.
Cuando describe a los jóvenes artistas bohemios latinoamericanos que se hacinaban en buhardillas de nueve metros cuadrados para fumar, beber y copular en medio de la tuberculosis y la sífilis, lejos de su tierra, parece retratar a los jóvenes extranjeros y provincianos franceses actuales que hacen su París y pasan dificultades similares que sus ancestros de hace un siglo.
En la carta crónica Los luchadores vencidos, Tablada lamenta el estado del joven pintor mexicano Juan Mora que está flaco y abatido, afectado por la tisis en una buhardilla de la rue Monge, lejos de su madre lejana, pero rodeado de dos mexicanos, un artista colombiano y una pelirroja, que se reúnen para verlo mientras beben y comen charcutería y queso sobre un periódico, por lo que exclama "¡Ah, ese París, lo que le confiamos y lo que nos devuelve!".
Con Tablada descubrimos a Diego Rivera que vive en Montparnasse con Angelina Beloff, visitamos la tumba del pintor Julio Ruelas sepultado en el cementerio de Montparnasse antes de que allí se instalara también para siempre Porfirio Díaz. Y lamenta la muerte prematura de ese artista que reposa bajo la bella escultura de una hembra de mármol. Y como hoy se hace en los salones de la FIAC o en el Salón de Otoño, visitó la obra de los pintores del mundo expuestos en el Grand Palais para destacar allí el éxito del mexicano Ángel Zárraga y observar con menos entusiasmo lo expuesto por Diego Rivera y el Doctor Atl.
Y vemos a la Bella Otero o a Mistinguette actuando en los cabarets, o a la sáfica Colette en el teatro, visitamos las mismas viejas librerías y galerías del muelle Voltaire o las callejuelas de Saint Germain, Le Marais o Palais Royal, atendidas ahora por los descendientes, así como los antros de prostitutas, cabarets, bares y comederos de siempre, algunos de los cuales como Chartier, Bollinger o Polydor siguen ahí sin mucho cambio.
Tablada dedica una emocionada crónica al gran poeta argentino modernista Leopoldo Lugones, a quien visitó en su casa de Passy y con quien tuvo la fortuna de ser amigo. Así como hace décadas los latinoamericanos saludaban al superparisino Julio Cortázar, el de Rayuela, Lugones fue el gran escritor que conmovió con su sencillez a un admirativo Tablada.
Tablada vivía en una casa de estilo japonés en Coyoacán, saqueda según la leyenda por los revolucionarios. Ausente en París, se lamenta de los colgados y los fusilados dejados por la violencia en su país y que aparecen en las noticias de la prensa francesa, así como hoy se lamentaría de los ejecutados, decapatidos y deslenguados que en el México actual.
O sea que si el poeta volviera hoy a visitar la tumba de Ruelas en Montparnasse o caminara de nuevo por Campos Elíseos, Montparnasse o Bastille, comprendería que el actual mundo de guerras, atentados y crisis financieras no es menos bárbaro ni menos genial que el descrito por él hace un siglo con su escritura ágil y desordenada de lúcido viajero.

sábado, 15 de noviembre de 2008

UN AFGANO EN LA CORTE DEL REY GONCOURT


Por Eduardo Garcia Aguilar

Los periodistas e invitados atacan con voracidad el buffet situado a la entrada del tradicional restaurante Druot, donde desde hace más de un siglo se entrega el premio literario más prestigioso de Francia, instituido por Edmond de Goncourt en 1896 y que consagra cada año una novela de autores francófonos, entre quienes sobresalen Henri Barbusse, Marcel Proust, Andre Malraux, Simone de Beauvoir, Marguerite Duras y Michel Tournier.

El vino corre a raudales mientras los famélicos escritores y enviados de prensa, radio y televisón devoran las deliciosas carnes y los panes que untan con una inmejorable mayonesa de la casa que hace perder la razón a los degustadores. En el pequeño espacio rectangular de la entrada, rodeado por materos de árboles pequeños, todos discuten sobre las distintas probabilidades y comentan en torno a las intrigas y rumores que siempre preceden a la decisión, considerada como un golpe financiero milagroso y salvador para la editorial ganadora.

Los muros del restaurante situado en la plaza Gaillon están adornados con las firmas de los ganadores del galardón. Al frente está situado otro famoso restaurante propiedad del adorado actor Gerard Depardieu. En esta pequeña plaza cercana a La Opera, el Louvre y la Bolsa acuden a divertirse algunos potentados y estrellas de la farándula o la mundanidad literarias. El famoso comentarista gastronómico Jean Luc Petitrenaud llega y de inmediato las cámaras se activan; después aparecen directores de programas televisivos literarios como los famosos Bernard Pivot y Franz Olivier Giesbert, entre otros. Y entre ellos mujeres muy perfumadas, con sus caras estiradas de manera despiadada por los cirujanos estéticos.

Por lo regular los premios Goncourt son criticados por su insignificancia, pues muchas veces los jurados no logran un acuerdo y se deciden por un libro de compromiso que será totalmente olvidado unos meses después. Por tal razón son más las grandes obras ignoradas por los jurados, muchas veces coludidos con las poderosas casas editoriales, que las premiadas, y mucho más la vanidad y el capricho los triunfantes. Cada año alrededor del 10 de noviembre se anuncian en el mismo lugar y el mismo sitio los premios Goncourt y su hermano menor de consolación el Renaudot, con lo que se termina antes de navidad la temporada literaria, iniciada en septiembre con la publicacion anual de unas 700 novelas.

Adentro, en el bar Yann Queffellec, que lleva el nombre de un ex Goncourt bretón vivo que está ahí tomando vino junto a todos nosotros, la prensa agolpada espera que bajen por las escaleras rodeadas de espejos del restaurante los miembros del jurado, para anunciar al fin el nuevo elegido tras deliberaciones llevadas a cabo en un estrecho salón de la parte alta. En esta ocasión actúan dos nuevos jurados recién nombrados para airear los criterios del premio, el magrebino Tahar ben Jeloum y el francés Patrick Rambaud, también ganadores del premio. Entre los jurados figura su presidenta Edmonde Charles-Roux, Jorge Semprum, Michel Tournier y el portavoz Didier Decoin, que aparece de repente y anuncia a quemarropa que el laureado este 2008 es un extranjero: el guionista afgano Atiq Rahimi, de 46 años, por su novela Syngué Sabour, piedra de paciencia.

Descontrol total. El afgano ha ganado por 7 votos contra tres al francés Michel Le Bris, un bretón barbudo y corpulento que organiza en Saint Malo cada año el Festival Impresionantes Viajeros. ¿Cuántos escritores franceses que han trabajado toda la vida para crear una vasta obra se ven así descabezados en la recta final por un apuesto cineasta afgano, hijo de gobernador, que llegó a Francia en los años 80 y luego de publicar dos novelas traducidas del farsi, decide publicar este casi guión de 150 páginas para llevarse la gloria?, pregunta un hombre agitado que ya va por su tercera copa de vino. Antes, el premio fue ganado por extranjeros como el ruso Andrei Makine y el marroquí Tahar Ben Jelloum. Alguna vez un modesto y joven vendedor de periódicos en un kiosko, Jean Rouaud, lo obtuvo, pero después se convirtió en uno de los valores mas firmes y respetados de las letras actuales francesas, recuerda otro.

La presidenta Edmonde Charles-Roux dice que la novela del afgano no es un "bazar oriental" y está escrita con una "prosa quirúrgica". Syngué Sabour es una piedra mágica a la que se le cuentan las penas. La novela publicada por la editorial POL relata la historia de una mujer que cuida a su marido agonizante y en coma por heridas de guerra en un lugar que "puede también ser Afganistán" y en ese "huis clos" ella se libera mentalmente de la horrible opresión religiosa y social islamista a la que las mujeres están condenadas allí. Muchos críticos coinciden en que es un guión cinematográfico adaptado con rapidez a novela corta. Pero ahora las editoriales deben jugar a que la novela traiga en el paquete la posibilidad de una película y por ende ganancias suplementarias. El afgano ya fue premiado en Cannes por una de sus películas y sin duda llevará al cine esta historia que brincó de inmediato a la lista de los best-sellers.
Afuera todos vuelven a caer sobre las viandas, vinos y quesos ofrecidos por la casa. Hay que esperar la llegada de la nueva estrella y mientras eso ocurre las copas van y vienen y las discusiones de los impertinentes y los colados a la recepción. Otros ya hacen la digestión recostados contra las paredes. Nadie pide nada en el bar: para qué, pues hay vino gratis afuera. Y de repente llega en taxi a la plaza Atiq Rahimi con sombrero de explorador, bufanda de cachemir, chaleco afgano, gafas rectangulares de marca, ojos verdes y una serenidad de cineasta a toda prueba frente a mil cámaras y micrófonos. Dice que "habla de todas las mujeres afganas como de todas las mujeres del mundo" y que ellas, bajo la burka, tienen deseos y pasiones como las demás. Un alto valet uniformado trata de protegerlo de los golpes de las cámaras, lámparas y micrófonos, pero él sigue impasible, orgulloso de pertenecer a un país donde estuvieron los griegos milenarios, un país que siempre fue encrucijada de culturas.
Y al fin el se abre paso y entra al restaurante como un afgano en la corte del rey Goncourt que da fama efímera en Francia y traducciones en todo el mundo. En otra sala el africano Tierno Monenembo acaba de ganar el premio Renaudot con su novela "El rey de Kahel", publicada por Seuil. Pero el guineano de 61 años está en Cuba y se ha ahorrado el bochornoso espectáculo. Al fin de cuentas, este otro premio es sólo de consolación, pero entre sus ganadores figura Louis Ferdinand Celine con su Viaje al fondo de la noche. Las críticas arrecian y oigo gritar a una señora algo ebria: "Claro, los premiaron porque ganó Obama, así son" Y agrega con altanera ironía: "¿Tendrán los papeles en regla?".

viernes, 14 de noviembre de 2008

CLAUDE LEVI STRAUSS ESTA VIVO


Por Eduardo García Aguilar

Casi centenario, Claude Levi-Strauss (1908) caminó en 2005 hasta el Instituto Catalán de Cultura de París, erguido, enfundado en un traje ajustado gris, chaleco, y con un paraguas colgando de su brazo, como una figura intemporal de otra época, incluso futura. Este hombre contemporáneo de Jean Paul Sartre había recibido un importante galardón catalán y caminaba tranquilo por las calles de Saint Germain de Prés y Odeon, no lejos de la Antigua Comedia y el restaurante Procope, donde solían ir Voltaire y sus contemporáneos los enciclopedistas dieciochescos a comer y beber antes de la Revolución.

Parecía mentira verlo en la excelente fotografía del argentino Mordzinsky caminando por esas calles, en la flor de sus 97 años, como el último gran mito viviente del pensamiento y el saber del siglo XX francés. Todos sus discípulos y amigos desaparecieron hace tiempos. Las glorias del estructuralismo, al que se le atribuye la paternidad, murieron hace décadas en diversas circuntancias, como el gran polígrafo Roland Barthes, aplastado por un camión o el filósofo post-marxista Louis Althusser, loco, después de estrangular a su esposa. Y sus más famosos maestros, los grandes etnólogos Marcel Mauss y Levy Bruhl, vestidos con anacrónicas levitas, de bigote retorcido, sombrero y lentes quevedianos, se internan en un pasado remoto, mucho más cercano al siglo XIX que a este siglo XXI, por donde deambula ahora Levi-Straus con su sonrisa irónica de sobreviviente. A esos viejos maestros él rinde homenaje con afecto pero sin complacencia en las primeras páginas de su extraordinaria obra Tristes trópicos.

Levi-Strauss sobrevivió a todos los peligros en las selvas y planicies amazónicas en los años 30 y 40, a donde viajó para anotar la vida cotidiana, los usos y costumbres de las últimas tribus casi vírgenes del planeta; se salvó de todas las acechanzas en Oriente, a donde también fue en pos de los rastros fósiles del pasado humano; sobrevivió a la persecución nazi-fascista de los judíos y pudo huir de Europa en barcos que lo llevaron al Caribe y a Estados Unidos, cargado de maletas y apuntes; venció todas las fiebres tropicales y picaduras de mosquitos, culebras y zancudos; hizo temblar la mano de los asesinos o se salvó milagrosamente de atracos y asonadas en la inmensidad de las selvas, por ríos caudalosos y pueblos perdidos que recorrió con espíritu científico para explorar las leyes del parentesco, la arqueología de los tabúes y las coloridas costumbres, lenguajes y expresiones artísticas y míticas de los aborígenes, para él tan sabios o más que los bárabaros hombres civilizados de un siglo XX bañado en la sangre de las guerras.

Levi-Strauss está vivo: cuando responde a las pre guntas de algún periodista televisivo lo hace con una sabiduría y una inteligencia admirables no carentes de ironía. Desde su venerable ancianidad, en el fondo de un abullonado sofá de cuero, junto a los viejos relojes de su viejísima morada, al hablar de religiones y creencias, de saberes y sabores, el viejo nos muestra que su enorme talento y brillantez están por encima del tiempo. Ese anciano es más moderno que todos los jóvenes juntos y pertenece a una generación de sabios y hombres que vivieron jóvenes las dos grandes guerras y en medio del holocausto escribieron obras fundamentales como Mircea Eliade, Ernest Junger, Jean Paul Sartre, Hannah Arendt, Karl Popper, Isaiah Berlin o Walter Benjamin, entre otros muchos. Fue una generación que se fraguó en medio de las más atroces guerras de la historia y entre la precariedad escribió las obras más sólidas y luminosas. Y además del saber se expresaron por medio de escrituras, de estilos admirables.

El autor de Las estructuras elementales de parentesco, Raza e historia, Tristes trópicos, El pensamiento salvaje y Mitológicas, entre otros libros, saltó a la fama mundial y popular en 1955 cuando en Tristes Trópicos relató sus experiencias de etnólogo e investigador para el gran público. Publicado en la colección Tierra humana, dirigida por el viajero Jean Malaurie, especialista en los esquimales, Tristes tropicos se volvió rápido uno de los grandes libros del siglo XX. Lo escribi ó en unos cuantos meses, del 12 de octubre de 1954 al 5 de marzo de 1955, culpabilizado por violar el rigor de los grandes académicos y dejar libre curso a su prosa encantadora, para contar paso a paso las aventuras que vivió al hacer sus investigaciones en las tribus " salvajes " de Oriente y Occidente.

El libro comienza con la ya legendaria oración "odio lo viajes y los exploradores ", con lo que indicaba el horror que sentía al lanzarse a una obra de intimidades autobiográficas donde no campea la lejanía helada del lenguaje académico. Y todavía, medio siglo después de su publicación, no entiende porqué él es más conocido en el mundo por este libro y no por las otras obras suyas, que él considera decisivas. El secreto es muy simple: la prosa que esgrime Levi-Strauss en Tristres trópicos se alza al nivel de las mejores en lengua francesa, al lado de escritores como Voltaire y Chateaubriand, como lo atestiguan esas diez páginas sobre el crepúsculo, escritas en 1935 en el barco, antes de llegar a Brasil.

Es claro que el autor escribe con soltura, armado de todas las cualidades de una formación académica excepcional y también de un amplio conocimiento de los clásicos. No sólo lo que dice es profundo, conmueve, nos hunde en la extraordinaria aventura humana, ayuda a situarnos en la inmensidad del cosmos y del globo terráqueo y al interior de la naturaleza y las especies que lo habitan, sino que además está escrito por un mago de la escritura.

Su prosa vibra, huele, suena, sangra, se mete en los más extraños recovecos, levanta polvos milenarios, a través de extensos pasajes donde nos describe las maravillas del extenso Brasil con sus interminable selvas y sus ciudades en plena formación y la India con sus arcaicas metrópolis y su sorprendente actualidad. El París de sus años estudiantiles, el éxodo por la guerra, la aventura de participar en la fundación de la universidad moderna brasileña y la exploracion de la India y otros países e islas asiáticas quedan plasmadas en medio millar de páginas magistrales.

Pero lo increíble es que Levi Straus está vivo todavía entre nosotros como el tótem viviente de la aventura del saber y la palabra, una figura donde confluyen el rigor moderno de las ciencias humanas y el talento literario que lo izará sin duda al lado de los grandes prosistas de la lengua francesa.
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* Levi Strauss cumple 100 años a fines de noviembre

domingo, 9 de noviembre de 2008

EL GARCíA MARQUEZ MEXICANO


Por Eduardo García Aguilar

(Tomado de Excélsior, México, domingo 2 nov 2008)

La leyenda lo muestra en foto fija con sus camisas frescas de coloridas flores, con impecable traje claro y botines italianos, enfundado en el amplio overol de técnico novelístico, o en guayabera y pantalones de lino a la Gran Gatsby, junto a un coche de colección, ante las murallas de Cartagena de Indias.

Pero en el patio de la casa de Luis Cadoza y Aragón, en el número 1 del Callejón de las Flores, en Coyoacán, bajo un sol azteca de mediodía, entre sillas pintadas de azul con flores michoacanas y la alegría del coctel, García Máquez se aferra a las manos de Fernando Benítez en esta ciudad donde es libre y puede llamar a su vecino Alvaro Mutis para comentarle de un nuevo hallazgo musical o deambular en busca del restaurante donde en 1961 se comió unos tacos de nenepil. Una admiradora no se atreverá a pedirle un autógrafo para su cuaderno de firmas ilustres, iniciado por su madre en Roma, y donde hay firmas de D’Annunzio, Salvador Dalí y Rómulo Gallegos, pero Carlos Monsiváis, que es el único mexicano que deambula sin miedo por la bogotana Avenida 19, pasará a saludarlo entre la algarabía del vino.

De repente el maestro habrá desaparecido como por encanto de la casa del guatemalteco. ¿Dónde está el maestro? Tal vez lea Diario del año de la peste de Daniel Defoe en su casa de la calle Fuego, cubierta de hiedra, o levite con Melquíades en búsqueda de la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia, para volver por el río Magdalena hacia su infancia perdida. O tal vez se dedique a recorrer las calles de la ciudad donde fraguó su obra principal. Por ejemplo la colonia Portales, donde trabajó en cierta imprenta y filmó María de mi corazón de Jaime Humberto Hermosillo, y donde escuchó por primera vez la palabra cruda, que prefirió a la colombiana guayabo para referirse a la resaca en Crónica de una muerte anunciada. Esa misma ciudad que le dio a conocer los prodigios narrativos de Juan Rulfo y lo hizo reflexionar sobre el idioma castellano en sus diversas vertientes.

El maestro de Macondo dice en el artículo « La conduerma de las palabras » que, “para mí, el mejor idioma no es el más puro, sino el más vivo. Es decir: el más impuro. El de México me parece el más imaginativo, el más expresivo, el más flexible. Tal vez porque es la lengua de emergencia de una nación que olvidó los idiomas nacionales antiguos, y al mismo tiempo aprendió mal el que trajo Hernán Cortés. La síntesis logra a veces dimensiones mágicas. Sólo un botón de muestra: en México existe, con su significado completo, la palabra mendigo. Pero hay otra, que es la misma, pero pronunciada como esdrújula: méndigo. Suele usarse más como adjetivo, y significa, más o menos, miserable. Los mexicanos tienen para las dos una explicación deslumbrante: Mendigo es el que pide limosna, y méndigo el que no la da.”

Además del nombre de Eréndira, que descubrió en la región tarasca para el personaje de la adolescente explotada por la desalmada abuela, en México se impresionó por la existencia de los fríjoles saltarines que se mueven al parecer por la obra de una larva interior, o por el ajolote o axolotl, el extraño animal de aguas que maravilló a Cortázar, o por los nombres fulgurantes descubiertos y combinados por Rulfo en las lápidas de las tumbas, como Fulgor Sedano, Matilde Arcángel y Toribio Alzate, entre otros, o por el pie de Santa Anna y la mano de Alvaro Obregón, sin mencionar las habladas de borrachos, las mulatas destrampadas y el vivir un poco al desgarriate, o los petates del muerto.

Idioma prehispánico y novohispano en plena ebullición, el de México se tensa con el inglés vecino, para dar unas de las formas del habla más vivas en el ámbito hispanoamericano y prueba de su fuerza ha sido la presencia incesante de escritores del resto del continente en ese país, desde Rómulo Gallegos a Barba Jacob, desde Demetrio Aguilera Malta a Otto Raúl Gonzalez, desde Pablo Neruda a Manuel Puig, sin mencionar el amplio exilio español, argentino, chileno y centroamericano. En todas esas obras hay huellas del esplendor del habla mexicana y puede decirse sin temor a dudas que el latinoamericano o español que haya vivido en la que fue antes nueva España termina por flexibilizar el instrumento que da vida a su obra.

El caso de García Márquez no es la excepción: desde los guiones literarios que escribió cuando se creyó traicionado por la literatura hasta Cien años de Soledad, y desde esa obra central hasta los cuentos de La increíble y triste historia de la cándida eréndira y de ahí para adelante, excepto tal vez El otoño del patriarca, que escribió en Barcelona, México ha sido sustancia necesaria de su obra. El rastreo de esos rasgos no es difícil, pero la obra maestra que escribió en una casa de San Angel Inn entre 1965 y 1966, no hubiera sido la misma sin las incrustraciones del vivo idioma castellano hablado en México y sin el entusiasmo de vivir en un crisol central de la cultura latinoamericana.

El México donde circulan todos los libros y todas las ideas, el México de los desterrados interiores o exteriores, pero en especial el México de los muertos y los fantasmas, el México surreal de Buñuel, ese México de las calaveras que es todo ficción y termina por devorar a los creadores que lo habitan en el más fascinante delirio. El México que reclama con todo derecho a su hijo García Márquez, al mismo tiempo que lo hace la Colombia andina, el Caribe, la madre patria España y las múltiples encrucijadas del Mediterráneo, mar en torno al que nacieron la Odisea y la Eneida, la Biblia, El Corán, la alquimia y las Mil y una noches, entre otros mundos que nutren de punta a punta la obra de este García Márquez más mexicano que el mole.






EL EJEMPLO DE OBAMA PARA COLOMBIA


Por Eduardo Garcia Aguilar

El triunfo histórico de Barack Obama en Estados Unidos y el fin de la pesadilla neoliberal y bélica del cow boy George W. Bush, debería traer consecuencias a largo plazo para Colombia, país que vive desde hace siglos bajo el dominio de una férrea oligarquía bogotana aliada a los gamonales regionales y a la delincuencia narcoparamilitar o de cuello blanco que le es útil y luego desecha.

Al llegar a la presidencia norteamericana, cerrando el ciclo iniciado por los luchadores sociales negros que se enfrentaron a los esclavistas del sur y al realizar el sueño de los asesinados Martin Luther King y Malcom X, Obama logra un efecto simbólico que puede traer consecuencias salutarias en el mundo. Antes, el gran líder negro sudafricano y Premio Nobel de la Paz Nelson Mandela logró con paciencia desde la cárcel encabezar una revolución imposible contra el Apartheid de los colonizadores blancos, convirtiéndose en líder moral de las causas humanistas mundiales.

Poco a poco en América Latina, desde el margen, aparecieron líderes populares en países donde las oligarquías dominaron a lo largo del siglo. En Brasil el obrero Lula da Silva llegó al poder y fue reelegido en comicios intachables, en Venezuela el polémico mulato Hugo Chávez fue elegido democráticamente, en Bolivia el indio Evo Morales logró el poder en elecciones limpias y en Ecuador Rafael Correa se impuso con las armas del voto. Estos ejemplos se agregan a la alternacia aplicada en el resto de países latinoamericanos. México vivió una revolución a comienzos del siglo XX que dio apertura a los campesinos e indígenas, hasta entonces dominados por una feroz casta aristocrática que llegó a su clímax con los « científicos » de Porfirio Díaz.

El Partido Revolucionario Institucional logró durante medio siglo en México, con su lema « Sufragio efectivo, no reelección », airear las élites de poder y ofrecer movilidad social. Las legislaciones agrarias e indígenas contra el latifundo y por el ejido y otras formas de propiedad comunal, lograron relativa estabilidad en el campo. El lema « Sufragio efectivo, no reelección », así como la aplicación de leyes contra el latifundio y por la propiedad comunal serían útiles en Colombia para airear las élites de poder, garantizar la alternacia y traer cierta concordia en el campo. En eso llevamos siglos de atraso y tal vez la marcha indígena actual hacia Bogotá es un primer paso histórico de corte obamiano.

En Centroamérica los regímenes más duros llegaron a su fin y después de los acuerdos de paz con las guerrillas, países como Guatemala, El Salvador y Nicaragua buscan con dificultad la estabilización de sus democracias, mientras luchadores tan importantes como los premios Nobel de la Paz Rigoberta Menchú y Oscar Arias alzan la bandera de la tolerancia.

Sólo en Colombia el movimiento de la historia que en toda América llevó al cambio y a la alternacia, se ha mantenido congelado con la represión de las oposiciones por parte de una oligarquía bogotana que domina todas las esferas del poder: ejecutivo, legislativo, prensa escrita, televisón, radio, economía, diplomacia, banca, empresa, dejando al resto de colombianos sólo la tarea de ser sirvientes o forajidos. Cuando alguien se opone a los designios de la oligarquía se le califica de resentido, subversivo, lobo, mamerto, negro, indio, guerillero, terrorista y en casos extremos se le asesina, como ocurrió con Rafael Uribe Uribe y Jorge Eliécer Gaitán y miles de sindicalistas, campesinos o líderes populares que reposan, anónimos, en las fosas comunes.

Actualmente el lenguaje de la Casa de Nariño es el de la violencia y la intolerancia y la descalificacion implacable de todos los críticos y opositores nacionales y extranjeros. En vez del análisis serio de los problemas nacionales y de la coyuntura internacional, se usan dos o tres adjetivos reiterativos con los que se quiere resumir la historia y la actualidad sociopolitica del país. El gobierno actual actúa como los avestruces que esconden su cabeza en la arena para no ver la realidad circundante y enfrentarla con inteligencia y ponderación. Todavía no ha visto lo que pasó en Estados Unidos. Colombia se convirtió así en el avestruz del continente.

Y ocurre algo que nunca pensamos ocurriría en un país donde hasta los viejos oligarcas respetaban las reglas de la no reelección y no cambiaban la Constitución a su antojo como si fuera un trapo de cocina. Ahora un hombre quiere perpeturse en el poder cerrando el paso incluso a los delfines de la propia oligarquia que lo apoya y hacen ya fila con sus apellidos bogotanos para llegar al llamado solio de Bolívar. Algunos analistas dicen que hablar de oligarguia en Colombia es anacrónico: pero bastaría una somera revisión de las esferas de poder actuales para darnos cuenta que sólo algunas familias dominan todas las instancias del poder político, ejecutivo y mediático y que los nombres barajados en las élites como posibles candidatos presidenciales son casi todos nietos de expresidentes.

Desde la Zona Rosa de Bogotá esas élites no ven a la otra Colombia y si la ven es sólo para bombardearla o llevarla a las fosas comunes. El parte de victoria es el número de abatidos como ratas, pero nada más : nunca se preguntan por qué miles de siervos y peones se van a los montes y ni siquiera quieren escucharlos como en su tiempo no escuchaban a los negros en Estados Unidos y a los indios en México, Bolivia y Guatemala. Ojalá que la oligarquía nuestra aprenda la lección de Obama y que aires de verdadero cambio democrático reinen por fin en una Colombia sin Apartheid.

lunes, 27 de octubre de 2008

BARRANQUILLA Y PARÍS EN JULIO OLACIREGUI


Por Eduardo García Aguilar

Ahí estaba esa noche de invierno de 1978 junto a la sagrada fuente de Saint Michel, alto, cubierto por una amplia cazadora y la bolsa arhuaca y en su mano el grueso guante de cuero café que me trajo desde Toulouse, donde lo perdi y Jacques Gilard lo encontró. Así conocí a Julio Olaciregui Ospina, nacido en Barranquilla en 1952, novelista, poeta, dramaturgo, bailador de congo, amante de máscaras y cocodrilos, dibujante, filmador escondido, erotómano y lector apasionado de Samuel Beckett, Roland Barthes, Julio Cortázar, Wole Soyinka, Toni Morrison y André Gide, entre otros muchos.

Nos saludamos junto a esa fuente donde el ángel derrota a la serpiente alada con su lanza medieval, ante la mirada de los leones que manan agua turbulenta por su bocas aguerridas. Una placa celebra allí a los franceses y extranjeros que lucharon y murieron por la Liberación de París, entonces invadida por los nazis, a toda esa gente que recobró la esperanza leyendo los inolvidables poemas llenos de aire y amor de Paul Eluard, el autor de Capital del Dolor, un clásico de la posguerra. La primera vez que lo vi Julio estaba ahí y miraba desde las alturas de su estatura africana con mirada de águila, mientras una sílfide alemana nos seguía sigilosamente hacia la rue de Canettes a tomar un vino en el legendario Chez George.

Michel Foucault había dado su curso aquella mañana en el Colegio de Francia y Paul Leauteaud había tosido tres veces rumbo abajo por la rue du Bac, como quien se despeña por los caminos inciertos de la prosa. Todo era tan reciente entonces que de las atarjeas lluviosas caían huevos prehistóricos enormes y alargados como conciertos de jazz de Chet Baker.

Julio Cortázar seguía creciendo día a día, cada vez más joven en el bistró de la esquina de la rue Jacob, así como lo vi en Toulouse, sentado junto a la novelista colombiana Alba Lucía Angel, que vestía jeans, tocaba guitarra y cantaba canciones de protesta. Cortázar tenía la cara surcada de arrugas profundas, pero desde lejos parecía un muchacho alto y enamorado como ahora parecía su tocayo Olaciregui mientras cruzaba la place Saint Sulpice hablándome de que Santiago Mutis Durán le iba a publicar en Colcutura su primer libro, Vestido de Bestia.

¿Vestido de Bestia ? Un libro de historias parisinas donde siempre aparece el personaje africano Café Café con sus escobas en la mañana húmeda de la rue Rambuteau, junto al recién inaugurado Centro Pompidou. Así comenzaba el camino editorial de Olaciregui, quien ya desde antes había trabajado en El Heraldo de Barranquilla y de allí se trasladó a Bogotá como reportero de terreno de El Espectador al lado del infatigable Antonio Morales, husmeando en los juzgados, la morgue y en el sacrosanto Congreso colombiano. Desde ese encuentro Julio ha seguido ejerciendo la literatura como es de verdad: una forma de vivir y respirar. Porque la literatura y las artes en general son para él una forma de vida, una manera de ser amigo, padre, hijo, hermano, tio, escritor, actor, criatura viviente en el planeta tierra, que es « azul como una naranja ». Y más allá, esa literatura que vive, ejerce y medica como brujo y chamán, es para él una forma de explorar, abrir caminos distintos, rebelarse, experimentar, molestar, reir, danzar, jugar con la máscara, seducir y derretir estatuas.

De su imaginación han salido hasta ahora los libros Vestido de Bestia (1978), Los domingos de Charito (1986), Trapos al sol (1991) y la reciente obra río Dionea (2007), donde siempre están presentes las calles de Paris y de Barranquilla, sus dos ciudades Mamá Grande imbricadas en un carnaval literario. Y eso sin contar la vasta obra inédita que está saliendo poco a poco En la línea de Raymond Roussel, Antonin Artaud, Georges Bataille, Roland Topor, Samuel Beckett y Julio Cortázar, en la via de los surrealistas y los exploradores de los sentidos ocultos, Olaciregui ha escrito una de las obras más interesantes y excéntricas de la literatura latinoamericana de su generación, al lado de autores contemporáneos tan notables como el argentino César Aira, el colombiano Roberto Burgos Cantor y el chileno Roberto Bolaño, una literatura que va más allá de los estrechísimos límites de las literaturas parroquiales con bandera, himnos, narco-sicarias revertianas, pistolas y funcionarios de corbatas de funeraria.

Todo comenzó en Barranquilla, la ciudad moderna de la Costa Atlántica situada junto a la desembocadura del río Magdalena, donde nació y creció al calor del Carnaval y la explosión artística de un grupo de maestros mayores compuesto Alvaro Cepeda Samudio, Alejando Obregón, Gabriel García Márquez, Héctor Rojas Herazo, Alfonso Fuenmayor, Rafael Escalona y Germán Vargas, entre otros. La misma Barranquilla del boxeador Kid Pambelé y del cartagenero Joe Arroyo, compañero de generación y delirio, la urbe tropical de los famosos carnavales que él lleva siempre adentro con sus máscaras y su alegre deseo de tomarle el pelo al destino y « mamarle gallo » a la solemnidad y a la propia literatura que los otros convierten en estatua de cartón piedra.

Allí en Barranquilla, trabajando en el periódico y charlando con los novelistas Alberto Duque López, Ramón Illán Bacca y Ramón Molinares Sarmiento, y el filósofo Numas Armando Gil, Olaciregui realizó sus primeras batallas básicas, antes de partir al « extranjero », a Medellín, la capital de la muy católica y puritana Antioquia, a donde todos iban entonces a hacer la Universidad y en donde conoció al novelista y periodista Juan José Hoyos, otro de su cómplices de formación.

Al final París lo conquistaría y sacaría de su patria inicial hace ya tres décadas, para introducirlo a los campos magnéticos de sus calles y a los salones de clase de la Facultad de Letras de la Sorbona Nueva. A la ciudad luz es fiel como un voyerista de imágenes, ideas y sensaciones que marcan poco a poco sus libros, hermanados en el surrealismo y el infrarrealismo con Najda de André Breton y Watt de Samuel Becket, ese otro « extranjero » de París que nutre su pulsión creativa. Porque en Julio Olaciregui todo es posible y en especial la hermandad gemela entre el puerto colombiano sobre el Magdalena y el puerto francés junto al Sena.

sábado, 18 de octubre de 2008

LA POLÉMICA EXHUMACIÓN DE FEDERICO GARCÍA LORCA


Por Eduardo García Aguilar
La polémica en torno a si se debe o no exhumar el cadáver del poeta Federico García Lorca, asesinado por las fuerzas de la ultraderecha franquista en la Guerra Civil española, muestra con claridad la polarización política que afecta a España en los últimos tiempos, en medio de tensiones separatistas y regionalistas muy exacerbadas y la pervivencia de una tragedia que fue amordazada, pero cuyos fantasmas perviven y asustan todavía a comienzos del siglo XXI.
García Lorca, que fue acribillado joven por el delito de pensar distinto, es una figura crucial en la memoria de generaciones enteras de latinoamericanos y españoles del exilio, que tuvieron en sus libros una compañía permanente. Su libro Poeta en Nueva York es una de las cumbres de la poesía hispanoamericana y todavía estremece a quienes se acercan a esas palabras cargadas de energía inagotable. Al lado de libros emblemáticos como Canto General y Residencia en la Tierra del chileno Pablo Neruda o los Poemas Humanos y España, Aparta de mí este Cáliz, del peruano César Vallejo, la obra de Gracía Lorca cruza las edades con la misma ligereza de su tierna genialidad adolescente. Yerma, Bodas de sangre, Mariana Pineda, Don Perlimplín con Belisa en su jardín y otras piezas por él escritas ayudaron a nutrir la vida de lectores en todo el orbe hispánico, en medio de crisis, guerras, golpes, masacres e injusticia.
Después de que el juez Baltazar Garzón abrió una causa contra el franquismo por "crímenes contra la humanidad", entre los cuales figura la desaparición de 114.266 personas que reposan en fosas comunes, algunos dirigentes del Partido Popular y portavoces de la nostalgia falangista se han desatado, lanza en ristre, contra el abogado, acusándolo de todos los males posibles y de ser un loco empecinado en hacer disparates.
Garzón atribuye a Francisco Franco y a otros 34 jefes militares rebeldes el delito de insurrección contra el régimen legalmente constituido y de haber aplicado un plan sistemático de exterminio de los opositores políticos durante la Guerra Civil y la posguerra. Asimismo considera que las familias de los fusilados masivamente por las hordas franquistas tienen derecho todavía a saber donde están los cadáveres de sus familiares desaparecidos y que los crímenes cometidos por órdenes del tenebroso generalote español durante la rebelión y la larga dictadura no deben prescribir nunca.
Se comprende que muchos quieran borrar las heridas del pasado y no tratar de levantar los espectros de la muerte que reinó sobre la gran tierra española, pero el genocidio y la intolerancia fueron imperdonables, como lo son también el exilio de cientos de miles de familias y hombres de bien que tuvieron que irse a todos los rincones del mundo, pues no eran aceptados en su propio país por la terquedad criminal de un dictador fanático. Los exiliados españoles de la República se fueron en diáspora por toda Europa y en ultramar hacia México, Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Colombia, Perú, Chile y Centroamérica, donde nosotros tuvimos la fortuna de recibir sus enseñanzas. Esos hombres de bien nos ayudaron a los latinoamericanos fortalecer la industria editorial, la prensa, la ciencia, las escuelas y las universidades.
Por eso a esa generación de sobrevivientes y a todos los republicanos españoles les debemos mucho, y podemos imaginar entonces a través de los salvados de la muerte a los otros valores extraordinarios españoles fusilados jóvenes por Franco y sus bárbaros, que reposan en el olvido en las fosas comunes que busca destapar Garzón para que no queden impunes.
Después de la súbita derrota de la derecha en las elecciones y su reemplazo por el gobierno socialista de Zapatero tras el horrible atentado del 11 de marzo de 2004 cometido por los fanáticos islamistas, proliferan en España muchas voces sectarias de una derecha post-franquista atrasadísima y fundamentalista que desea resucitar las ideas de Adolf Hitler, Benito Mussolini e incluso las de la Inquisición y ve tras la acción judicial de Garzón a las fuerzas del terror comunista o del diablo, así como ve en los gobiernos democráticos latinoamericanos de izquierda la fuerza del demonio, encarnado en los indígenas de Evo Morales o en los mulatos de Hugo Chávez, a quienes quisieran callar.
A veces al leer la prensa española uno no da crédito al odio y el veneno que circula actualmente entre las fuerzas políticas, ideológicas o regionalistas. En Cataluña los fanáticos catalanistas quieren prohibir el español y en las escuelas los niños que hablan esa lengua son discriminados y vejados y los que defienden el derecho humano de educar a sus hijos en el idioma de Cervantes son estigmatizados. En el País vasco la violencia de ETA sigue vigente y el diálogo es imposible entre separatistas y gobierno. Ahora los gallegos han protestado por unas declaraciones leves del gran escritor George Steiner, que discrepaba del nacionalismo creciente gallego y fue obligado a dar excusas. Pero más allá de estas tensiones folclóricas regionales que uno puede comprender como frutos precisamente de la intolerancia franquista, que oprimió a las minorías, planea sobre España un enfrentamiento autista entre derecha e izquierda, de donde está excluido el diálogo y el debate, lo que nos hace recordar los peores tiempos de la intolerancia.
Hay que apoyar la acción de Garzón para que las nuevas generaciones no olviden lo que pasó en su país. Y ojalá que la probable salida de los restos del poeta García Lorca conduzcan a leerlo de nuevo y a restablecer los lazos con la España creativa del Medioevo, el Siglo de Oro y la Ilustración decimonónica, con la España donde vivían cristianos, musulmanes y judíos conviviendo juntos en paz.
Porque del triunfo de la tolerancia depende que los descendientes de millones de migrantes latinoamericanos indios y mestizos que han llegado en la última década a ese país puedan vivir allí en paz y que nunca se despierten los fantasmas del racismo y el deseo de exterminar al otro, al extranjero, al distinto en campos de concentración, crematorios o fosas comunes.