miércoles, 4 de noviembre de 2009

LEVI-STRAUSS ESTÁ VIVO AUNQUE SE FUE


Por Eduardo García Aguilar
Casi centenario, Claude Levi-Strauss (1908-2009) caminó en 2005 hasta el Instituto Catalán de Cultura de París, erguido, enfundado en un traje ajustado gris, chaleco, y con un paraguas colgando de su brazo, como una figura intemporal de otra época, incluso futura. Este hombre contemporáneo de Jean Paul Sartre había recibido un importante galardón catalán y caminaba tranquilo por las calles de Saint Germain de Prés y Odeon, no lejos de la Antigua Comedia y el restaurante Procope, donde solían ir Voltaire y sus contemporáneos los enciclopedistas dieciochescos a comer y beber antes de la Revolución.

Parecía mentira verlo en la excelente fotografía del argentino Mordzinsky caminando por esas calles, en la flor de sus 97 años, como el último gran mito viviente del pensamiento y el saber del siglo XX francés. Todos sus discípulos y amigos desaparecieron hace tiempos. Las glorias del estructuralismo, al que se le atribuye la paternidad, murieron hace décadas en diversas circuntancias, como el gran polígrafo Roland Barthes, aplastado por un camión o el filósofo post-marxista Louis Althusser, loco, después de estrangular a su esposa. Y sus más famosos maestros, los grandes etnólogos Marcel Mauss y Levy Bruhl, vestidos con anacrónicas levitas, de bigote retorcido, sombrero y lentes quevedianos, se internan en un pasado remoto, mucho más cercano al siglo XIX que a este siglo XXI, por donde deambulaba Levi-Straus con su sonrisa irónica de sobreviviente. A esos viejos maestros él rinde homenaje con afecto pero sin complacencia en las primeras páginas de su extraordinaria obra Tristes trópicos.

Levi-Strauss sobrevivió a todos los peligros en las selvas y planicies amazónicas en los años 30 y 40, a donde viajó para anotar la vida cotidiana, los usos y costumbres de las últimas tribus casi vírgenes del planeta; se salvó de todas las acechanzas en Oriente, a donde también fue en pos de los rastros fósiles del pasado humano; sobrevivió a la persecución nazi-fascista de los judíos y pudo huir de Europa en barcos que lo llevaron al Caribe y a Estados Unidos, cargado de maletas y apuntes; venció todas las fiebres tropicales y picaduras de mosquitos, culebras y zancudos; hizo temblar la mano de los asesinos o se salvó milagrosamente de atracos y asonadas en la inmensidad de las selvas, por ríos caudalosos y pueblos perdidos que recorrió con espíritu científico para explorar las leyes del parentesco, la arqueología de los tabúes y las coloridas costumbres, lenguajes y expresiones artísticas y míticas de los aborígenes, para él tan sabios o más que los bárabaros hombres civilizados de un siglo XX bañado en la sangre de las guerras.

Levi-Strauss está vivo aunque se fue: cuando respondía a las preguntas de algún periodista televisivo lo hací con una sabiduría y una inteligencia admirables no carentes de ironía. Desde su venerable ancianidad, en el fondo de un abullonado sofá de cuero, junto a los viejos relojes de su viejísima morada, al hablar de religiones y creencias, de saberes y sabores, el viejo nos muestra que su enorme talento y brillantez están por encima del tiempo. Ese anciano es más moderno que todos los jóvenes juntos y pertenece a una generación de sabios y hombres que vivieron jóvenes las dos grandes guerras y en medio del holocausto escribieron obras fundamentales como Mircea Eliade, Ernest Junger, Jean Paul Sartre, Hannah Arendt, Karl Popper, Isaiah Berlin o Walter Benjamin, entre otros muchos. Fue una generación que se fraguó en medio de las más atroces guerras de la historia y entre la precariedad escribió las obras más sólidas y luminosas. Y además del saber se expresaron por medio de escrituras, de estilos admirables.

El autor de Las estructuras elementales de parentesco, Raza e historia, Tristes trópicos, El pensamiento salvaje y Mitológicas, entre otros libros, saltó a la fama mundial y popular en 1955 cuando en Tristes Trópicos relató sus experiencias de etnólogo e investigador para el gran público. Publicado en la colección Tierra humana, dirigida por el viajero Jean Malaurie, especialista en los esquimales, Tristes tropicos se volvió rápido uno de los grandes libros del siglo XX. Lo escribió en unos cuantos meses, del 12 de octubre de 1954 al 5 de marzo de 1955, culpabilizado por violar el rigor de los grandes académicos y dejar libre curso a su prosa encantadora, para contar paso a paso las aventuras que vivió al hacer sus investigaciones en las tribus " salvajes " de Oriente y Occidente.

El libro comienza con la ya legendaria oración "odio lo viajes y los exploradores ", con lo que indicaba el horror que sentía al lanzarse a una obra de intimidades autobiográficas donde no campea la lejanía helada del lenguaje académico. Y todavía, medio siglo después de su publicación, no entiende porqué él es más conocido en el mundo por este libro y no por las otras obras suyas, que él considera decisivas. El secreto es muy simple: la prosa que esgrime Levi-Strauss en Tristres trópicos se alza al nivel de las mejores en lengua francesa, al lado de escritores como Voltaire y Chateaubriand, como lo atestiguan esas diez páginas sobre el crepúsculo, escritas en 1935 en el barco, antes de llegar a Brasil.

Es claro que el autor escribe con soltura, armado de todas las cualidades de una formación académica excepcional y también de un amplio conocimiento de los clásicos. No sólo lo que dice es profundo, conmueve, nos hunde en la extraordinaria aventura humana, ayuda a situarnos en la inmensidad del cosmos y del globo terráqueo y al interior de la naturaleza y las especies que lo habitan, sino que además está escrito por un mago de la escritura.

Su prosa vibra, huele, suena, sangra, se mete en los más extraños recovecos, levanta polvos milenarios, a través de extensos pasajes donde nos describe las maravillas del extenso Brasil con sus interminable selvas y sus ciudades en plena formación y la India con sus arcaicas metrópolis y su sorprendente actualidad. El París de sus años estudiantiles, el éxodo por la guerra, la aventura de participar en la fundación de la universidad moderna brasileña y la exploracion de la India y otros países e islas asiáticas quedan plasmadas en medio millar de páginas magistrales.

Pero lo increíble es que Levi Straus está vivo todavía entre nosotros como el tótem viviente de la aventura del saber y la palabra, una figura donde confluyen el rigor moderno de las ciencias humanas y el talento literario que lo izará sin duda al lado de los grandes prosistas de la lengua francesa.

sábado, 31 de octubre de 2009

REMBRANDT Y VERMEER PARA VIEJOS TRISTES

Por Eduardo García Aguilar
En su mayoría jubilados prósperos llenan con sus cabezas grises la Pinacoteca de París para ver en este otoño naciente la exposición La edad de oro holandesa: de Rembrandt a Vermeer, excepcional muestra del arte pictórico del siglo XVII holandés, presentada por el Rijksmuseum de Amsterdam, aprovechando la ocasión de que está cerrado por trabajos de remodelación. La obra estrella de la exposición, en torno a la cual se apretuja la gente, es La carta de amor de Johannes Vermeer, cuadro pintado en entre 1669 y 1670, y que muestra a una rolliza y rica mujer joven con una mandolina en la mano a quien una sirvienta le acaba de entregar una misiva amorosa.
Como hay tan pocos Vermeer en el mundo, los entendidos no pierden la oportunidad de acercarse al inconfundible estilo del maestro, que se nota a lo lejos porque hay una fuerza original en esos espacios íntimos que él pintaba en la semipenumbra de los interiores donde, junto a cuadros o tapices lujosos, se puede observar la escoba y el trapeador de la fregona sobre los mosaicos brillantes y coloridos del piso de las mansiones burguesas de su tiempo.
Y cerca de Vermeer, menos espectaculares, hay varias obras del gran Rembrandt, que concitan la admiración de los jubilados ricos, como un retrato de su hijo Titus. Cada vez que hay algo del gran maestro polifacético y temperamental, esas salas siempre están apeñuscadas de gente que se resiste a irse o codea a los otros para acercarse a esas superficies tocadas por la mano proteica del genio. El fetichismo siempre se centra en las obras de los más famosos, pero en las diversas salas también hay obras inolvidables de otros autores menos exitosos en la eternidad, pero tan geniales como Frans Hals, Emanuel de Witte, Jan Steen, Pieter de Hooch y Albert Cuyp, entre otros.  
La Pinacoteca de París es un museo semiprivado que desde hace apenas unos años se instaló en la Plaza de la Madeleine, al lado de las lujosas tiendas gastronómicas Fauchon y que en su corta existencia ha logrado presentar exitosas exposiciones a las que acuden en masa turistas y prósperos ancianos de una época que está a punto de concluir. Como ahora crece cada vez más en la pirámide demográfica la población de jubilados, son éstos los que cuentan con el tiempo libre y los recursos para viajar y visitar museos o asistir a conciertos. Por el contrario, los jóvenes viven en la precariedad en los suburbios multirraciales, sin posibilidades de empleos fijos, y con pocos recursos para interesarse por el arte o la música clásica, que se han convertido en lujos de élites. Ellos prefieren quedarse con la música pop y los tags pintados en las paredes carcomidas de la marginalidad. 
En El Louvre, en Versalles y en los múltiples museos de la capital, las salas están llenas de jubilados, esos senectos personajes de la modernidad, probablemente la única generación beneficiada por el progreso de tres décadas reinante en Europa después de la terrible II Guerra Mundial y que llegó casi al pleno empleo para todos. Son los abuelos nacidos en los años 30 y 40, obreros, maestros y pequeños funcionarios, quienes acaparan las buenas jubilaciones que tienden poco a poco a desaparecer, al aumentar los años de cotización y disminuir las sumas que engrosaban los bolsillos de esta capa privilegiada. La crisis de los subprimes y la bancarrota de los gobiernos superendeudados están acabando con la idílica vida de los jubilados futuros. 
Las nuevas generaciones serán de viejos precarios, angustiados por los fines de mes y no tendrán la tranquilidad para ir de museo en museo o de concierto en concierto, como éstos que veo hoy entre Vermeer, Rembrandt y Franz Hals, cubiertos por finas ropas, abrigos, suéteres de cachemir y mucho traje de marca. Mujeres y hombres perfumados en el crepúsculo de sus vidas exhiben las finas prendas como hace siglos lo hacían los potentados de Venecia, Florencia o Amsterdam retratados por los prósperos pintores de las capitales financieras y comerciales.
Los ancianos que están hoy en esta Picacoteca de París pertenecen sin duda a esa vejez afortunada de las Tres Décadas Gloriosas dominadas por De Gaulle, por lo que es casi imposible ver con calma las obras expuestas, mientras los guías les explican en voz alta cuadro por cuadro. Muchos son ancianos en sillas de ruedas, otros con bastones y aquellos lentos, temblorosos y cascarrabias que permanecen horas junto a los cuadros, impidiendo el paso de los escasos jóvenes que por equivocación se encuentran allí, y son sin duda la excepción. Un guardián trata de acelerarlos, pero es inútil. Es la dictadura de la senectud. 
Ahora inmerso en la semipenumbra climatizada de este museo que cuida como las joyas más preciadas del mundo los cuadros de la época presentes en la ciudad por única y feliz oportunidad, no dejo de establecer el paralelo entre ambos tiempos. Por un lado, ese siglo XVII de esplendor comercial y riqueza sin límites que caracterizó a las Provincias Unidas y a su capital Amsterdam, cuando se izaba al podio de la riqueza gracias a la amplitud de espíritu, la tecnología marítima y la agilidad monetaria y comercial de los habitantes de esta tierra baja a donde acudían desde toda Europa artistas, intelectuales, artesanos, comerciantes. La joven república creada en 1581 fue un centro neurálgico de ese nuevo capitalismo y sus artistas la eternizaron con sus pinceles. Y por otro, este mundo de hoy en plena Plaza de la Madeleine, junto a las tiendas Fauchon de París, que es una jaula de oro, congelada e irreal, sobrevivencia de otro auge económico, en este caso el francés, que en la segunda mitad del siglo XIX, bajo el reino y el progreso económico de Luis Napoleón Bonaparte y Haussmann, se encumbró a niveles nunca vistos de poder y de gloria burguesa y plutocrática. París fue el centro del mundo. Hoy ya no lo es y la rodea la miseria de los suburbios.
Algunos de los artistas expuestos fueron polifacéticos como Rembrandt y abarcaron todas las esferas de la representación, pero otros se especializaron en temáticas precisas como las muy exitosas y vendibles naturalezas muertas, la ciudad y sus edificios en pleno progreso, los mercados y la vida popular, el campo, las imágenes religiosas y los retratos de aristócratas y personalidades. En este fresco de un época podemos apreciar el carácter mundano de esta pintura alejada de la imagen religiosa y solemne de los italianos que los precedieron. Porque en Amsterdam había más libertad religiosa y los mecenas eran terrenales, los artistas pudieron plasmar la vida interior familiar, las escenas cotidianas, los cuerpos de las sirvientas, el ánimo etílico de los borrachines y de paso el esplendor de las fiestas y actos públicos de la aristocracia rodeada por la podredumbre de la pobreza.
Era Amsterdam, el emporio del norte junto al mar Báltico. Amsterdam, la ciudad en cuya memoria se creó en el Nuevo Mundo la Nueva Amsterdam que sería después Nueva York, la capital babélica del mundo. Pero ahora, visitándola a través de sus pintores, la vejez y la decadencia nos rodean mientras afuera los turistas salen con su caviar desde la tienda Fauchon, que alguna vez tuvo gloria, pero ahora decae ante el imperio de los comerciantes chinos y asiáticos. Estos poco a poco se toman el mundo como en su tiempo lo hizo La Compañía Holandesa de las Indias Orientales con sus naves cargadas de especies orientales, marfil, seda, azúcar y porcelana, productos que eran embodegados en la espléndida babel del Norte pintada por Vermeer, Rembrandt y sus discípulos geniales.  

 

 

 

 

 

 

 


sábado, 24 de octubre de 2009

CONSEJOS INÚTILES PARA ESCRITORES BOBOS


Por Eduardo García Aguilar

La devaluación de la palabra ha llegado a tal nivel, que no es vano preguntarse si escribir tiene todavía sentido y si la literatura es sólo un oficio comercial e industrial que pasó a la historia, en tiempos de imágenes y competitividad desbocadas. Los autores de hoy están avorazados por obtener premios y subir a los podios como reinas de belleza y obedecer mansos a las órdenes de los editores que planean en sus oficinas olas sucesivas de novelas históricas, autobiográficas, policiacas o sobre temas de autoayuda para amas de casa. Y para sostenerse en la efímera pasarela del cabaret, el autor produce a destajo obras cada vez más vacías y ridículas.

Hoy un autor discreto y profundo como Juan Rulfo o Elías Canetti sería impensable y a cambio tenemos que soportar cada semana la risa Pepsodent de Mario Vargas Llosa o Carlos Fuentes con sus cien doctorados honoris causa y el premio semanal. El silencio es un pecado en tiempos de literatura espectáculo, donde reinan las obviedades y los temas correctos y perfumados de historia patria, cuando no el fácil escándalo autobiográfico para asustar monjas. Y para sobrevivir en la farándula, el escritor debe volverse el perro faldero e inicuo de los poderosos y de los grupos de influencia mediática.

Todo comenzó con las tabletas de los grandes imperios perdidos, cuando funcionarios y sacerdotes plasmaban jeroglíficos sobre un barro que luego, ya seco, viajó milenios hasta nosotros. Es saludable observar esos escritos de piedra en las estanterías de los grandes museos que nos hacen viajar hacia los tiempos de Babilonia, Nínive o Alejandría, para entender el olvido y la pervivencia simultánea de esas voces lejanas. Nada tan impactante como la observación del pequeño escriba sentado de Egipto, expuesto en una sala del Louvre, que nos maravilla e interroga siempre desde su época con la ignota mirada. Esa figura me fascina desde la escuela, cuando la descubrimos en viejos libros de historia que mirábamos durante horas con sus figuras borrosas de grandes templos y ciudades milenarias desaparecidas en el cataclismo del vasto Oriente Medio, de donde provienen casi todas las cosas.

El escriba esta ahí, perfecto, silencioso, con sus ojos de vidrio insondables, imagen del letrado que nos viene desde el más profundo pasado y del más allá. Hay algo en él que resume en su gloria la labor de quienes escribían sobre papiros o cueros para la eternidad o el olvido. En el mundo egipcio, la escritura impregna todas las enormes superficies de los templos y las criptas selladas. De ellos nos quedan muchas cosas gracias a las arenas secas del desierto y tanto o más tuvo que haber en otras civilizaciones borradas del mapa por inundaciones, incendios o guerras en las interminables rutas del Extremo Oriente.

Lo que ha llegado a nosotros es ínfimo fruto del azar. Del escultor Praxiteles sólo tenemos copias de sus obras inolvidables. Y de Sócrates, sus palabras rebeldes nos llegan a través de su discípulo Platón. Ellos existieron e hicieron parte de la obra colectiva del hombre en su larga aventura, después de milenos de ver amanecer y atardecer y atestiguar las acciones de la muerte, la enfermedad, el poder, la gloria, la derrota y el olvido. Con los clásicos de la filosofía y tragedia griegas es suficiente. Esquilo, Sófocles y Eurípides dijeron todo lo que había que decir sobre la aventura humana. ¿Entonces para qué escribir hoy banalidades y creerse el cuento?

Muchas de esas voces colectivas quedaron para siempre en los libros sagrados que hoy por fortuna se leen en todos los puntos cardinales y nos impactan con la misma fuerza que hace milenios y nos iluminan como en tiempos de anacoretas y guerreros. ¿Qué misterio hay ahí en esas obras que siguen firmes pese a los progresos de las ciencias y los avances y retrocesos de la razón, que todo explica y desmenuza? Hay gran belleza en esas palabras antiguas, en los libros de viejos filósofos que como Lucrecio trataron de entender el mundo y sus misterios con una voz llena de poesía que está viva tiempo después de la caída del Imperio Romano, el de Pompeya, a la vez tan lejano y tan cercano que nos prueba lo poco que el mundo ha cambiado pese a las nuevas proezas técnicas. Lucrecio y Propercio han sobrevivido y una escasa cofradía de hombres de hoy accedemos a ellos y los disfrutamos. Somos la minoría y qué importa. Es preferible pertenecer a la minoritaria cofradía anacrónica que ir entre el rebaño de los lectores de best sellers.

¿Para qué escribir entonces hoy? Los escritores milenarios lo hacían por otras razones. Grababan ideogramas en esos papiros para nada y para nadie, sin imaginar que un día estarían tan cerca de quienes habitamos en el mundo tres mil o cuatro mil años después. Los motivos de la escritura presente son tan deleznables que uno se pregunta por el sentido de escribir hoy y perder el tiempo leyendo contemporáneos. La pulsión actual es competitiva, comercial, vanidosa, corroída por la envidia y la emulación, y el individualismo del éxito y la vanidad patética llevan indefectiblemente a endiosar a escritores payasos y a olvidar a quienes están lejos de los tronos y los corredores del poder y cerca de la ebriedad y la locura como Sócrates y Diógenes en su tiempo.

En la guerra el héroe arriesga su vida, pero en la literatura y la escritura de hoy nadie arriesga nada. El escritor de hoy está equivocado porque busca izarse en un podio de dólares y volverse estatua de pacotilla para una corte de ilusos. ¿Para qué escribir hoy si nos hemos olvidado de que todo es olvido y que no quedará rastro de tantos libros y textos lanzados en la red? Todo será sólo la voz colectiva de una época. El escritor como individuo, el que surgió en la era moderna, se ha ido para siempre en el remolino de la proliferación. Volveremos a los libros sagrados, donde la voz no tiene autor ni estatua. La palabra hoy es sólo polvo, ruido y viento. Y como diría nuestro poeta Porfirio Barba Jacob, es sólo "Polvo de Pericles, polvo de Simón".

lunes, 12 de octubre de 2009

HERTA MÜLLER Y LOS ESCRITORES DESCONOCIDOS


Por Eduardo García Aguilar

Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, Elfriede Jelinek, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.

La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.

En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.

En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta tîpica de los jôvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza : chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.

« El hombre es un gran faisán en la tierra » pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen : el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruídas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un lei en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.

En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del este dominados por la Union Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típoca edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenia acceso con abundancia en los países del oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.

En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlin y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.

Ahora la academia sueca para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.

Fue enternecedor ver a esta mujer decir que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavia la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.

Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extarordinario como el Nobel.

lunes, 5 de octubre de 2009

LA POLEMICA EXHUMACIÓN DE GARCIA LORCA


Por Eduardo García Aguilar

La polémica en torno a si se debe o no exhumar el cadáver del poeta Federico García Lorca, asesinado por las fuerzas de la ultraderecha franquista en la Guerra Civil española, muestra con claridad la polarización política que afecta a España en los últimos tiempos, en medio de tensiones separatistas y regionalistas muy exacerbadas y la pervivencia de una tragedia que fue amordazada, pero cuyos fantasmas perviven y asustan todavía a comienzos del siglo XXI.

García Lorca, que fue acribillado joven por el delito de pensar distinto, es una figura crucial en la memoria de generaciones enteras de latinoamericanos y españoles del exilio, que tuvieron en sus libros una compañía permanente. Su libro Poeta en Nueva York es una de las cumbres de la poesía hispanoamericana y todavía estremece a quienes se acercan a esas palabras cargadas de energía inagotable. Al lado de libros emblemáticos como Canto General y Residencia en la Tierra del chileno Pablo Neruda o los Poemas Humanos y España, Aparta de mí este Cáliz, del peruano César Vallejo, la obra de Gracía Lorca cruza las edades con la misma ligereza de su tierna genialidad adolescente. Yerma, Bodas de sangre, Mariana Pineda, Don Perlimplín con Belisa en su jardín y otras piezas por él escritas ayudaron a nutrir la vida de lectores en todo el orbe hispánico, en medio de crisis, guerras, golpes, masacres e injusticia.

Después de que el juez Baltazar Garzón abrió una causa contra el franquismo por "crímenes contra la humanidad", entre los cuales figura la desaparición de 114.266 personas que reposan en fosas comunes, algunos dirigentes del Partido Popular y portavoces de la nostalgia falangista se han desatado, lanza en ristre, contra el abogado, acusándolo de todos los males posibles y de ser un loco empecinado en hacer disparates.
Garzón atribuye a Francisco Franco y a otros 34 jefes militares rebeldes el delito de insurrección contra el régimen legalmente constituido y de haber aplicado un plan sistemático de exterminio de los opositores políticos durante la Guerra Civil y la posguerra. Asimismo considera que las familias de los fusilados masivamente por las hordas franquistas tienen derecho todavía a saber donde están los cadáveres de sus familiares desaparecidos y que los crímenes cometidos por órdenes del tenebroso generalote español durante la rebelión y la larga dictadura no deben prescribir nunca.

Se comprende que muchos quieran borrar las heridas del pasado y no tratar de levantar los espectros de la muerte que reinó sobre la gran tierra española, pero el genocidio y la intolerancia fueron imperdonables, como lo son también el exilio de cientos de miles de familias y hombres de bien que tuvieron que irse a todos los rincones del mundo, pues no eran aceptados en su propio país por la terquedad criminal de un dictador fanático. Los exiliados españoles de la República se fueron en diáspora por toda Europa y en ultramar hacia México, Estados Unidos, Argentina, Venezuela, Colombia, Perú, Chile y Centroamérica, donde nosotros tuvimos la fortuna de recibir sus enseñanzas. Esos hombres de bien nos ayudaron a los latinoamericanos fortalecer la industria editorial, la prensa, la ciencia, las escuelas y las universidades.

Por eso a esa generación de sobrevivientes y a todos los republicanos españoles les debemos mucho, y podemos imaginar entonces a través de los salvados de la muerte a los otros valores extraordinarios españoles fusilados jóvenes por Franco y sus bárbaros, que reposan en el olvido en las fosas comunes que busca destapar Garzón para que no queden impunes.

Después de la súbita derrota de la derecha en las elecciones y su reemplazo por el gobierno socialista de Zapatero tras el horrible atentado del 11 de marzo de 2004 cometido por los fanáticos islamistas, proliferan en España muchas voces sectarias de una derecha post-franquista atrasadísima y fundamentalista que desea resucitar las ideas de Adolf Hitler, Benito Mussolini e incluso las de la Inquisición y ve tras la acción judicial de Garzón a las fuerzas del terror comunista o del diablo, así como ve en los gobiernos democráticos latinoamericanos de izquierda la fuerza del demonio, encarnado en los indígenas de Evo Morales o en los mulatos de Hugo Chávez, a quienes quisieran callar.

A veces al leer la prensa española uno no da crédito al odio y el veneno que circula actualmente entre las fuerzas políticas, ideológicas o regionalistas. En Cataluña los fanáticos catalanistas quieren prohibir el español y en las escuelas los niños que hablan esa lengua son discriminados y vejados y los que defienden el derecho humano de educar a sus hijos en el idioma de Cervantes son estigmatizados. En el País vasco la violencia de ETA sigue vigente y el diálogo es imposible entre separatistas y gobierno. Ahora los gallegos han protestado por unas declaraciones leves del gran escritor George Steiner, que discrepaba del nacionalismo creciente gallego y fue obligado a dar excusas. Pero más allá de estas tensiones folclóricas regionales que uno puede comprender como frutos precisamente de la intolerancia franquista, que oprimió a las minorías, planea sobre España un enfrentamiento autista entre derecha e izquierda, de donde está excluido el diálogo y el debate, lo que nos hace recordar los peores tiempos de la intolerancia.

Hay que apoyar la acción de Garzón para que las nuevas generaciones no olviden lo que pasó en su país. Y ojalá que la probable salida de los restos del poeta García Lorca conduzcan a leerlo de nuevo y a restablecer los lazos con la España creativa del Medioevo, el Siglo de Oro y la Ilustración decimonónica, con la España donde vivían cristianos, musulmanes y judíos conviviendo juntos en paz.

Porque del triunfo de la tolerancia depende que los descendientes de millones de migrantes latinoamericanos indios y mestizos que han llegado en la última década a ese país puedan vivir allí en paz y que nunca se despierten los fantasmas del racismo y el deseo de exterminar al otro, al extranjero, al distinto en campos de concentración, crematorios o fosas comunes.

sábado, 3 de octubre de 2009

RIVALIDADES EN VENECIA


Por Eduardo García Aguilar

Las rivalidades y emulaciones de los grandes maestros Tiziano, Tintoreto, Veronese y Bassano en la segunda mitad del siglo XVI, son presentadas en la exposición « Rivalidades en Venecia » en la sala Napoleón del Museo del Louvre, en asociación con el Museum of Arts de Boston, hasta el 4 de enero de 2010. Desde ángulos muy originales y alrededor de temas específicos se despliegan 85 obras del gran Tiziano, decano y el más prestigioso de todos en ese momento, y de los nuevos artistas ascendentes, para hacer por primera vez de manera simultánea en una sala de exposiciones el estudio comparativo de sus cualidades y diferencias en medio de la expansión y apogeo de la gran ciudad en el ya muy analizado segundo cinquecento.

Tiziano, como Rafael y Miguel Angel, merced a la afirmación del individualismo renacentista, es un gran señor, nombrado conde palatino de Letrán por Carlos V y miembro de la corte imperial. Es además una figura que se codea con los poderosos del momento y adquiere incluso más rango que ellos, al gozar de rentas principescas y regalos reales sin fin, y tiene una altura, un éxito y una autoconciencia tan marcada de la grandeza, que todo ello se refleja en su propio autorretrato de 1562. Al morir en 1576 Tiziano es sepultado con todos los honores. De él dice Arnold Hauser que « Carlos V se inclina a recoger el pincel que Tiziano deja caer, y piensa que nada es más natural que un maestro como Tiziano sea servido por un emperador ».

Centro del comercio y las finanzas mundiales, Venecia es un hormiguero de riquezas inconmensurables y la concentración más impresionante de ricos potentados, patricios y eclesiásticos profanos de alto rango, que competían entre ellos por adornar de la mejor forma sus palacios situados entre los meandros abigarrados de la serenísima ciudad lagunar. Un enorme mapa muestra callejuelas, laberintos y canales junto a los cuales crecen palacios, iglesias, instituciones educativas y financieras que rivalizan para contratar a los mejores artistas. Cada año verdaderas hectáreas de paredes y superficies eran cubiertas por los artistas que desde todas las regiones de Italia y de Europa acudían allí buscando obtener los mejores contratos y oportunidades, generando entre ellos rivalidades, intrigas y crueles traiciones. Pero además obligaba a esos artistas a emularse en permanencia y llevar su talento hasta los puntos más altos jamás alcanzados por un grupo de artistas en ese siglo de oro veneciano, en medio de conflictos mundiales y conflagraciones como la famosa Batalla de Lepanto, que fue ilustrada con genio por casi todos ellos. Como en los tiempos modernos, tal emulación se dio por medio de concursos oficiales, como los convocados para la Biblioteca Marciana, La Scuola di San Rocco y la sala mayor del Consiglio de los Doges.

La exposiciôn se inicia con una serie de retratos de patricios, eclesiásticos, almirantes y personalidades de la Republica de Venecia a partir de supremacía de Tiziano en 1540, y la ascensión paulatina de jóvenes como el temperamental Tintoretto y Veronse, estrella emergente del firmamento pictórico italiano. Pasamos luego en otra sala a ver el despliegue el ingenio de los artistas para demostrar con obra el dominio de la pintura sobre las demás artes, en el marco de una polémica que estaba entonces en boga sobre ese tema de los parangones. A través de reflejos en espejos y espacios acuáticos se trata de mostrar la capacidad de la pintura para llegar a las tres dimensiones y volverse casi omnisciente al captar la realidad y el esplendor de los cuerpos humanos. Venus ante el espejo de Tiziano y Susana y los ancianos de Tintoreto son muestras de ese intento paranoico por demostrar el dominio del pincel sobre todas cosas.

Luego pasamos a buscar el límite entre lo sagrado y lo profano, a través de cuadros enormes donde las situaciones bíblicas son pretexto para mostrar con lujo de detalles comidas, figuras de seres humanos de todas las edades y la irrupción amplia de los animales domésticos, que comienzan a tener un especial lugar al lado de sus amos, como se ve en Los peregrinos de Emaús de Veronese. En otra sala se ve como los distintos artistas abordan la noche en sus telas, así como otros aspectos de la representación, como ocurre con el famoso El bautismo de Cristo de Tintoreto y los diversos San Jerónimo de Tiziano.


En el campo específico de los retratos mundanos, que nos acercan a la terrenalidad de los poderosos, incluso burgueses ascendentes, se destaca la soberbia imagen del dealer de la época Jacopo Strada de Tiziano, donde se ve su astuta mirada de vendedor al acecho para convencer a un posible cliente y la agitación corporal del comerciante, que obtuvo la gloria al ser pintado por Tiziano. Asimismo son de subrayar los retratos por Veronese de Iseppo da Porto y su hijo Adriano, asi como el de su mujer Livia y su hija Porzia. Ambos cuadros, efectivos y esenciales, muestran la majestuosidad serena y fría que dan la riqueza y el poder.

Tras un paso por los pequeños formatos decorativos, la exposición termina con una sala dedicada al cuerpo de la mujer, que tiene como centro protagónico las versiones de la violación de la virtuosa Lucrecia por el enérgico Tarquino, de Tiziano y Tintoreto, la primera de ellas ejemplo de violencia contenida y la segunda una versión plástica y sensual que muestra el deseo de diferenciación del más joven frente al maestro. Otras imágenes inolvidables del cuerpo femenino nos quedan en la memoria despuês de este saludable recorrido por la sala Napoleón que en permanencia está repleta de 500 visitantes del mundo entero.

domingo, 27 de septiembre de 2009

"TIERRA DE LEONES", DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR


Por JOSE MIGUEL ALZATE

Una lectura analítica de “Tierra de leones”, la novela del escritor caldense Eduardo García Aguilar, publicada inicialmente en México en 1983, nos permite descubrir el talento narrativo de un novelista que ha tomado a la ciudad de Manizales como el espacio geográfico de su obra literaria, evocándola con una prosa de exquisita factura, en un ritmo narrativo sostenido. Desde la primera línea de la novela el lector se encuentra con una evocación nostálgica de la capital caldense. Veamos: “Leonardo Quijano observó las ruinas del viejo Palacio de Bellas Artes y juró ante los volcanes reconstruirlo para gloria de los Andes”.

Desde estos primeros renglones el lector sabe que el narrador está hablando sobre Manizales, tierra natal del escritor. Aparece allí, en primera instancia, el Palacio de Bellas Artes, una de sus construcciones clásicas. Así lo describe el narrador omnisciente: “Ahora el musgo que cubría sus paredes de granito, el polvo de las escalinatas y el estado deplorable de murales y pisos, le hicieron recordar sus viejos esplendores”. Luego el mismo narrador omnisciente nos habla sobre el viejo Teatro Olimpya, sobre la Estación del ferrocarril, sobre la imponencia de la Catedral, sobre el edificio de la Gobernación, sobre el Parque de los Fundadores, en una evocación nostálgica sobre su belleza arquitectónica.

El hilo argumental de “Tierra de leones” está centrado en el regreso a su ciudad, después de varios años de ausencia, de Leonardo Quijano, un personaje en la vida cultural de Manizales. Quijano trata de encontrar entre la gente de su entorno su propia identidad, perdida en sus viajes por el continente europeo. A través de un narrador omnisciente que domina casi todo el texto, Eduardo García Aguilar nos va develando la existencia misma de Leonardo Quijano, su angustia existencial, sus momentos de lucidez intelectual, sus preocupaciones artísticas. El hilo conductor de la novela va llevando al lector por los mismos caminos que en vida anduvo su personaje central. Y nos muestra a Leonardo Quijano en sus momentos de gloria, cuando al regresar a la ciudad de sus ancestros es nombrado Secretario de Bellas Artes por el gobernador Cleofás Rebolledo. Desde esta posición Leonardo Quijano aspira a rescatar el buen nombre de la ciudad en el campo cultural, su pasado glorioso, su tradición literaria. Es así como promueve actos culturales, recitales poéticos, encuentros de escritores. Y simboliza su actitud con los tres camellos que recorren la ciudad de extremo a extremo ante la mirada estupefacta de las mismas autoridades.

En “Tierra de leones” Leonardo Quijano es un ser humano que lleva a cuestas su fardo de nostalgias, sus sueños sin realizar, sus ilusiones truncadas.La novela de Eduardo García Aguilar, el escritor más importante que tiene Caldas en este momento, toma a la ciudad de Manizales como tema central. Su historia, su vida cultural, sus personajes, su arquitectura, su geografía quebrada, aparecen en esta novela como complemento afortunado de su temática.

La ciudad, aquí, llena los espacios geográficos. El novelista nos relata, en una prosa de grandes connotaciones artísticas, cómo fue el incendio de 1926 que prácticamente destruyó la ciudad, cómo se inició la construcción de la Catedral, de qué forma se celebró el centenario. Asimismo nos cuenta, con gran fuerza narrativa, cómo fue el terremoto que destruyó una de las torres laterales de la Catedral, cómo era la actividad política de una época determinada, cuál era su movimiento cultural. Nos habla, igualmente, sobre el Festival de Teatro, sobre la construcción del aeropuerto La Nubia, sobre la desaparición del Cable aéreo.

En este sentido, “Tierra de leones” es un reencuentro con nuestra historia, con nuestras costumbres, con nuestros valores humanos. Porque en sus páginas se habla, sobre todo, de las cosas que identifican a la ciudad en el contexto nacional, de la permanente inquietud mental de sus gentes, de su propia identidad cultural. Sus personajes son sacados de la realidad misma. Y aunque el escritor les ha dado nombres diferentes a los de la vida real, el lector acucioso identifica fácilmente quiénes son esas personas que el novelista ha llevado a su creación literaria.

En “Tierra de leones” el manejo de las técnicas narrativas nos muestra a un escritor maduro, que domina los secretos de la novela. De la misma forma como maneja al narrador omnisciente lo hace con el personaje narrador, con dominio de la técnica. Aunque la novela es escasa en diálogos, cuando éstos aparecen en el texto son bien logrados, con mucha fuerza expresiva. Eduardo García Aguilar comprueba aquí que es un narrador fornido, con calidad literaria, que sabe manejar los recursos del lenguaje. Las descripciones físicas de los personajes son afortunadas. Miremos este ejemplo: “Tenía los dedos y los dientes amarillos por la nicotina, las manos temblorosas, los ojos cubiertos por adiposidades opacas, el rostro inseguro, desencajado y su dicción gangosa, imposible, casi onomatopéyica”.

El personaje central de la novela, Leonardo Quijano, está muy bien retratado. La forma cómo el escritor nos va enseñando ese estado de degradación humana en que va cayendo Quijano víctima de su pérdida de la razón está excelentemente narrada. Eduardo García Aguilar toma partido en esta novela para cuestionar a una clase dirigente que ha manejado los asuntos administrativos a su antojo. El mismo surgimiento de un grupo inconforme que se denomina “Los fundidistas”, integrado por personas con inquietudes artísticas, que condenan a la clase dirigente, comprueba ese compromiso del escritor con la realidad política de su ciudad.
(EJE SIGLO 21. Domingo 27 de septiembre de 2009)

jueves, 24 de septiembre de 2009

EL OTOÑO DEL TIRANO

Por Eduardo García Aguilar
Cuando hace años se hablaba en coloquios universitarios de las novelas de dictadores hispanoamericanos como « Tirano banderas » de Valle Inclán, « Yo el supremo » de Augusto Roa Bastos, « El recurso del método » de Alejo Carpentier o « El otoño del patriarca » de Gabriel García Márquez, nunca pensamos que en Colombia uno de esos personajes pasados de moda se atornillaría en el poder, emulando a Cantinflas en la famosa película Su excelencia.
En Colombia la figura del patriarca fueteador y moralista que gobierna desde hace casi una década y espera todavía seguir en el trono, ha llevado al extremo el aspecto cómico de la figura patriarcal, infalible y energúmena, tramposa y arbitraria, con una larguísima nariz de Pinocho, frente a la que todos se hincan con servilismo, desde oligarcas bogotanos y manzanillos provincianos, hasta ministros, empresarios nacionales o extranjeros y líderes políticos por igual.
Durante décadas se dijo que Colombia era uno de los pocos países latinoamericanos con una democracia sólida que había resistido a la tentación dictatorial, donde los mandatarios por muy amantes del poder que fueran se eclipsaban mansos al concluir sus periodos, como una cuestion de honor personal que ninguno hasta ahora había osado violar.
Se podía estar en desacuerdo con esos personajes de la oligarquía colombiana que se sucedían uno tras otro en el poder, pero al menos debíamos reconocer que tenían cierta dignidad intelectual y decencia y que, como juristas que eran en su mayoría, consideraban un acto de honradez mínima respetar la Constitución y las Leyes y cumplir el precepto de que las reglas de juego no se cambian para beneficio personal y mucho menos por medio del cohecho y la compra de las conciencias de los congresistas.
A lo largo del siglo el Congreso estuvo compuesto en gran parte por personas que representaban ideas políticas claras, a veces atroces, por supuesto, y los debates tenían una mínima altura como lo pude constatar varias veces al entrar allí para mirar desde la barrera las discusiones de las comisiones. La palabra « padre de la patria » podría ser ridícula, pero los hombres del sistema que llegaban al Congreso a nombre de los partidos tradicionales eran relativamente respetados porque se destacaban en algo, en la elocuencia o en los conocimientos técnicos y pese a que contribuían a la perpetuación de la injusticia, los considerábamos interlocutores lúcidos en tiempos de guerra fría mundial.
Nada de eso ocurre ahora : al mismo tiempo que el patriarca llegó con las votaciones milagrosas que le arreglaban en muchas regiones del país las fuerzas oscuras que lo consideraban su representante y salvador, el Congreso se llenó de delincuentes de la peor laya que llegaron al extremo de recibir con honores en el recinto sagrado de las leyes a los peores genocidas y criminales que haya jamás producido el país en su larguísima historia de violencia. Ese día se entronizaron los hornos crematorios, las motosierras y las fosas comunes como las verdaderas hacedoras de la ley cantada en los himnos y simbolizada en la posición hierática de héroes nacionales como Nariño, Santander y Bolívar.
Un Congreso de bandidos perseguidos en su mayoría por la justicia se encargó de cambiar las reglas del juego para imponer la primera reelección de la figura del patriarca y otro Congreso de igual laya se ha encargado de repetirnos la dosis con un cinismo increíble, donde ministros turbios descuartizan la separación de los poderes usando métodos prohibidos. Ni en la más mala película de ficción hubiéramos imaginado el rumbo que terminó por seguir el país a comienzos del siglo XXI, acostumbrado ya al parecer a los sermones diarios del caudillo, a sus discursos cantinflescos para defender a los peores delincuentes o guardar silencio ante los crímenes más espantosos de sus amigos y valedores, que como las ejecuciones extrajudiciales, la coacción multitudinaria del voto y el espionaje al estilo soviético parecen para él pecados ínfimos o calumnias de izquierdistas.
Hace poco un ex presidente mexicano dijo que la impunidad es necesaria para que funcione el sistema político, lo que en su enormidad cantinflesca puede aplicarse perfectamente a lo ocurrido en Colombia: se cambia la Constitución para beneficio propio y no pasa nada, se compran las conciencias y no pasa nada, se concentran las tierras del país en unas cuantas manos ensagrentadas y no pasa nada, se enriquecen milagrosamente los miembros de la corte palaciega y no pasa nada, millones de colombianos son desplazados y no pasa nada, delincuentes son nombrados en los puestos diplomáticos y no pasa nada, miles de desaparecidos reposan en las fosas comunes y no pasa nada, se bombardea un país extranjero y no pasa nada, se graba ilegalmente a opositores, magistrados, periodistas y politicos y no pasa nada, casi todos los miembros del Congreso están siendo procesados y no pasa nada, todos están pendientes día y noche de los humores del patriarca y no pasa nada.
Si Tirano Banderas dice que de noche hace día, todos se inclinan y aceptan ; si dice que la luna es el sol, bajan la cerviz; si amanece de mal humor, todos en palacio esperan a que se le pase la furia; si regaña a los periodistas porque le hacen preguntas incómodas, los áulicos ríen. El caudillo habla de patriotismo, pero ha sido como ninguno el más servil ante los poderes de Washington ; el señor presidente reza y se persigna todas las mañanas, pero calla ante los delitos atroces de lesa humanidad.
Ni Valle Inclán en España, ni Augusto Roa Bastos al describir el delirio del dictador paraguayo Francia, ni Martin Luis Guzmán en México, ni García Márquez al contarnos los delirios del patriarca caribeño, ni Carpentier, ni Rómulo Gallegos, ni el biógrafo de Francisco Franco, ni quienes en América Latina abordaron el tema, imaginaron que seguiría vivo y coleando al concluir la primera década del siglo XXI en Colombia. Pensábamos que todo eso era pasado de moda, reminiscencias de viejos liberales artríticos, pero nada, ahora debemos pellizcarnos para creerlo, en nuestro país estamos viviendo dentro de una novela de tiranuelos hispanoamericanos y nuestro personaje de marras supera con creces a sus variados y vistosos modelos.

sábado, 19 de septiembre de 2009

ALCURNIAS IMAGINARIAS COLOMBIANAS


Por Eduardo García Aguilar

Hay quienes endulzan hasta el delirio la historia de sus familias y mucho más en Colombia, país de arribistas marcado por las oligarquías nacionales del siglo XX que siempre tuvieron y tienen ínfulas aristocráticas, a imagen y semejanza de la familia real británica, aunque desciendan de pillos aventureros gachupines, mercenarios asesinos y de regentadoras europeas de burdeles.
Para explorar las razones de la tragedia nacional hay que abordar esta parte de la manía colombiana, obsesiva, patética, de sentirse siempre de « buena familia ». Cada fraja de la sociedad se siente de « mejor familia » que la otra, y uno tras otro cada estrato se siente superior al de abajo, generando el Apartheid sudafricano en que vivimos sin saberlo. Y si no, que lo digan los infrahumanos colombianos que viven en los tugurios y los peones que van de finca en finca levantando cosechas por un salario de miseria.
Hasta en los barrios más modestos de la clase media colombiana la familia vecina se sentirá de « mejor familia » o se imaginará que tal ancestro era muy rico, poseía tierras o grandes negocios, y que después poco a poco la saga llegó a la ruina en que está por culpa de los comunistas. Y aunque no tegan para comer, siempre tendrán una pobre « sirvienta » a quien mandar y humillar y si es posible con cofia y uniforme.
En todas partes habrá una pobre viejecita a quien visita como fantasma el ancestro de alcurnia que la limpia de su actual miseria y con el estómago vacío y sin nadita que comer de todas maneras se sentirá superior a los otros por la supuesta « nobleza » perdida. Siempre he pensado en esos tristes casos de colombianos que a toda hora, sin falta, donde estén, en cualquier fiesta o cena, en la buhardilla del exilio o el cafetín de la penuria, no cesan de sugerir que son de « muy buena familia» y hasta la saciedad lo restregarán al comensal de al lado sin saber que hacen francamente el ridículo y caen en el llamado « mal gusto ».
Esos personajes cómicos son el arquetipo del fenómeno nacional patológico y pululan en todas partes, en especial en embajadas y consulados colombianos del mundo. Es una pulsión, una manía, una sicopatía, pero es. Colombia es un país muy reciente y además con rango medio entre las naciones latinoamericanas, menor que Perú o México que sí fueron en tiempos de la Colonia grandes virreinatos con aristocracias reales indígenas y españolas que pueden rastrear sus orígenes cinco siglos sin entrar en delirios. En Colombia se da el caso de los López, quienes serían el emblema de las sagas « reales » colombianas, revividas ahora con la publicación de las memorias del « compañero jefe » traidor del MRL, Alfonso López Michelsen, donde éste pela el cobre de quienes son los verdaderos causantes de la desigualdad en el país que ha conducido a la guerra y a la violencia endémicas.
López deja ver claro el nepotismo de esa casta oligárquica que ha vivido y vive del erario, mantenidos siempre por los colombianos en puestos diplomáticos, pues al país que llegara en el mundo siempre había allí un cónsul o embajador de la familia para atenderlos como ahora en todo el mundo atienden al vicepresidente Santos y a su corte payasesca. López hace referencia en sus mediocres escritos a la « servidumbre » al servicio de la familia y a la plebe colombiana con una desvergüenza en que nunca incurrirían la reina Isabel, los borbones, los Orleans o el Príncipe Ernesto de Hannover.
Los López, involucrados siempre de abuelos a nietos en negociados como los de la Handel y La Libertad, y que han tenido dos presidentes, se han creído la familia real colombiana como lo muestran los escritos de este delfín en la Colombia jerárquica de los años 30 y 40 cuando recorría Europa y hacía estudios en París. Pero los López no son los únicos, pues hay otras familias como los Gómez, los Santos, los Santodomingo, los Pastrana, los Lleras, los Samper, los Holguín, y otras más que son y han sido los vampiros que han chupado del país y puesto a Colombia donde está, sembrada de odio y miseria.
Los arribistas y los áulicos del poder que merodean en las embajadas del mundo y en los mejores puestos públicos, « al servicio de la patria», tratan de moldearse a imagen y semejanza de esas familias supuestamente « nobles » del país, que con el apellido creen tener la presidencia, los ministerios y las embajadas garantizados de generación en generación hasta el fin de los días. Todos ellos descienden en su mayoría de arrieros, mineros, campesinos, comerciantes, artesanos, pillos, aventureros, estafadores, regentadoras de burdeles y maleantes que edificaron por desgracia una nacionalidad de asesinos y ladrones forjados en guerras civiles y luchas de clanes por el botín en la profunda Colombia del siglo XIX. Que esa oligarquía colombiana no venga a meternos el cuento de que tienen alcurnia, pues sólo se han autoforjado esa historia en su larga borrachera de poder y robo del presupuesto.
Esta pulsión es el síntoma del gran mal colombiano, de los verdaderos y profundos problemas de nuestra sociedad injusta, colonial, jerárquica, de castas. Todos los colombianos somos víctimas de nuestra propia historia y esa patología sigue viva a comienzos del siglo XXI en tiempo de nuevos delfines y clases emergentes. En el fondo las familias principescas colombianas son sólo unos pobres reyezuelos abusivos de un país con 20 millones de pobres, ocho millones de indigentes, cuatro millones de desplazados y miles de muertos en las fosas comunes esperando el esclarecimiento de sus desapariciones a manos de los paramilitares. Por mucho esfuerzo que hagan, los López, Santos, Gómez, Pastrana, Holguín, Samper, Lleras y demás oligarcas colombianos no llegarán nunca a ser como los Windsor, los Borbon, los Hannover o los Orleans, pues sólo son a lo máximo pillos de una banana república tercermundista.

sábado, 12 de septiembre de 2009

ARTE, COCAÍNA Y PERFORMANCE

Por Eduardo García Aguilar
El escándalo provocado por el performance de la prestigiosa artista cubana Tania Bruguera en la escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional, durante el cual circularon tres bandejas con 20 líneas de cocaína cada una, como metáfora de un problema real e ineludible, muestra los niveles de intolerancia y ridiculez a los que está llegando Colombia en la primera decada del siglo XXI, después de casi ocho años de estar centrada en la palabra supuestamente divina de un caudillo mediocre, autoritario y abusivo.
Un país que tuvo en los años 60 del siglo pasado una generación de artistas de avanzada en los campos de la poesía, las artes plasticas, la crítica y el teatro como Alejandro Obregón, Gonzalo Arango, X-504, Enrique Buenaventura, Santiago García y Marta Traba, entre otras muchas figuras, ha retrocedido en unas décadas a niveles impensables de ñoñez parroquial.
Cuando sabemos que a Palacio de Nariño han entrado en secreto personas ligadas al narcotráfico y que el Congreso nacional, compuesto en gran parte por personas relacionadas con la delincuencia, recibió con honores a narcoparamilitares de alto nivel, no entiendo como saltan algunos a pedir la expulsión de la artista cubana y exigir que se le haga un exorcismo, cuando ha estado presente en los principales lugares de la expresión artística contemporánea, donde, como en los performance presentados en la Bienal de Venecia, se logra por medio de duras escenas poner el dedo en la llaga de la realidad.
El fotógrafo norteamericano Serrano provocó escándalo al mostrar imágenes de Jesús sumergidas en enormes vasos de vidrio llenos de orina, Anselm Kiefer presentó en el Gran Palais de París una exhibición apocalíptica de lo que sería una nueva guerra destructiva, un artista representó al papa Juan Pablo II aplastado por un meteorito, y así sucesivamente el nuevo arte de hoy revela, como lo hicieron en su tiempo dadaístas y surrealistas, y con toda libertad además, las heridas y las verdades de nuestro tiempo. Marcel Duchamp causó y causa polémica todavía con su famoso orinal, considerado un punto básico de ruptura del arte del siglo XX. La artista francesa Louise Bougeois nos estremece con obras escalofriantes que nos obligan a veces a retirar la mirada, como ocurre con Christian Boltanski, uno de mis más admirados artistas de hoy, cuyos performance pueden hacernos vomitar de angustia o de dolor. Otro artista ha osado con fortuna vender mierda humana enlatada como obras de arte. Warhol se hizo rico con sus famosas latas de sopas Campbell.
En este caso la artista cubana no iba a presentar una obra "políticamente correcta" para dejar contentos a todos y partir del país como otro artista más domesticado después del coctel, de los tantos que hay en este país y en el mundo entre novelistas, poetas y artistas plásticos que prefieren callar y ser melifluos para quedar bien con todo el mundo: la izquierda y la derecha, los militaristas y los pacifistas, los gazmoños y los libertinos, los camanduleros y los ateos, los pobres y los ricos.
El arte verdadero es el subversivo y no vale la pena dedicarse a ese oficio para ser complacientes. Kafka desenmascaró los horrores de la burocracia y la novela norteamericana contemporánea va directo al centro de los problemas reales dejando fluir el lenguaje de las calles. Finalmente el arte y la literatura colombianos se han convertido por lo general en un ejercicio de arribistas que quieren ascender y tener la bendición de los poderosos escribiendo o haciendo obras insípidas para consumo y aplauso general. Tania Bruguera le ha dicho a los artistas colombianos que despierten como Lázaro, pues en las últimas décadas se han vuelto momias putrefactas de hipocresía, miedo y arribismo.
Por el contrario los colombianos deberíamos felicitar a la artista cubana por su valentía y porque en un gesto maravilloso, mostró lo que es cosa común en los salones de los ricos del mundo, en los balnearios más exclusivos y en las altas esferas de los potentados, empresarios, ejecutivos, corredores de bolsa, modelos y actores de glamour, en las fiestas de las juventudes doradas de todos los países del primer mundo, empezando por Estados Unidos, que son los consumidores de la droga por la cual tienen estigmatizada a Colombia por la única razón de que enormes intereses se niegan a legalizarla.
No nos metamos mentiras: Colombia es el principal productor del mundo de cocaína porque hay millones de consumidores en los países ricos, que están dispuestos a comprarla al precio que sea para amenizar sus fiestas o mantener la energía en las interminables y deliciosas rumbas de la sociedad de consumo. Si no existiera tal demanda libre en los países industrializados no habría producción en Colombia y volveríamos a nuestras actividades tradicionales. Con su "arte de conducta" la cubana Bruguera prueba que la legalización dejaría en manos de cada quien la responsabilidad de consumir o no, como ocurre con el alcohol, que es un elíxir tan peligroso como la cocaína, el cigarrillo, los autos de lujo y otras drogas legalizadas por las multinacionales.
Si se legalizara el consumo, como ocurrió en los tiempos de la prohibición del alcohol, se acabarían las mafias, los capos, el lavado de dinero, la corrupción de los gobiernos, las policías y los ejércitos, y las sumas multimillonarias destinadas a una guerra inútil podrían aplicarse a prevenir y ayudar a los adictos y el resto a elevar el nivel de vida de los miserables o a mejorar los niveles de educación o la salud. Ya basta del Plan Colombia y los miles y miles de millones de dólares destinados a hacer la guerra al interior del país, cuando el verdadero problema son los consumidores en Estados Unidos y Europa que hacen posible la producción mafiosa.
¿Cuántas generaciones hemos perdido los colombianos en esta lucha absurda? Miles de presidiarios en todo el mundo por el simple hecho de ser pobres "mulas" utilizadas, jóvenes en la flor de su edad que ven sus vidas arruinadas en las cárceles por el error de hacer un viaje equivocado con droga y decenas de miles de muertos en una guerra sin fin entre bandas y autoridades, que conduce sólo al derroche de sangre y dinero. Y mientras tanto los verdaderos capos y lavadores de dinero, los millonarios y los magnates, siguen libres gozando de su renta millonaria en los balnearios del poder y la gloria o entran como pedro por su casa al Palacio Presidencial.
A Tania Bruguera deberíamos darle la nacionalidad honorífica como se la dieron a la polémica crítica argentina Marta Traba y a su coterránea la actriz Fanny Mickey, a quien alguna vez también se le consideró sulfurosa en Colombia por su irreverencia. Con su "arte de conducta" Tania Bruguera ha desatado la polémica sobre un tema esencial: ¿por qué no legalizar la cocaína en vez de sostener solos una guerra inútil en la que Colombia da los muertos y la sangre y los países del primer mundo sólo ofrecen sus narices? Dejemos de ser más papistas que el papa y ojalá quede atrás para siempre esta guerra absurda en la que nos tienen sumidos los energúmenos del Palacio de Nariño y su áulicos hipócritas. 
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* Nota bene: Artículo publicado el 12 de septiembre de 2009, en pleno régimen del innombrable caudillo de El Ubérrimo de cuyo nombre no quiero acordarme. Más de una década después, este agosto de 2022, comenzó un nuevo gobierno que plantea por fortuna otras políticas en materia de solución del problema del narcotráfico en el marco de una reflexión mundial sobre el tema. Reproduzco el artículo ahora para refresfcar la memoria.

sábado, 5 de septiembre de 2009

JAIME MEJÍA DUQUE, GENIO Y FIGURA



Por Eduardo García Aguilar
Jaime Mejía Duque fue la primera persona que busqué en Bogotá cuando llegué allí a los 18 años para iniciar mis estudios en la Universidad Nacional de Colombia. De inmediato me recibió en su oficina del Ministerio del Trabajo donde trabajaba como jurista y después de largas conversaciones en los cafés de la séptima y visitas a librerías emblemáticas del centro, me abrió las puertas para publicar en Lecturas Dominicales de El Tiempo, dirigido por Enrique Santos Calderón, entonces su amigo entusiasta y generoso joven de izquierda.
En su órbita se discutía con pasión sobre literatura latinoamericana y colombiana y se buscaba analizar las tendencias de las letras continentales en tiempos de auge del irrepetible boom de la novela latinoamericana, cuando autores extraordinarios como Alejo Carpentier, Miguel Angel Asturias, Guillermo Cabrera Infante, Augusto Roa Bastos, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, José María Arguedas, Julio Cortázar, José Donoso, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa irrumpían a nivel mundial, pues nuestro continente estaba de moda en el mundo por las ilusiones que suscitaba su probable camino hacia la revolución encabezada por el mito crístico del Che Guevara.
Después de las presentaciones de libros, conferencias o entregas de premios literarios universitarios, recalábamos todos en grupo en algún bar restaurante cercano a la carrera séptima, como ocurrió aquella vez en que llegó a Colombia el joven narrador Oscar Collazos, entonces la estrella máxima de las letras jóvenes continentales tras su conocida polémica con Julio Cortázar y Vargas Llosa, publicada por Siglo XXI editores. Mejía Duque encabezaba la mesa y la literatura era nuestro reino. Alto, cejón, cegatón, manco, pero de una elegancia de cachaco impecable, con la otra mano alzaba la cerveza entre la humareda del antro y reía sin perder la compostura. El país no imaginaba entonces hasta dónde llegaría en materia de horrores y sorpresas sangrientas. Aún caminaban por ahí León de Greiff y Aurelio Arturo y el fantasma de Baldomero Sanín Cano todavía estaba fresco.  
Aquel momento de euforia colectiva no volverá a repetirse: la literatura latinoamericana era de una variedad asombrosa y había lugar allí para todo tipo de expresiones en el campo de la ficción, fueran ellas borgianas, barrocas, costumbristas, neorrealistas, experimentales, mágicas, agrarias, urbanas, eruditas, absurdas, crípticas, comprometidas, procaces o macarrónicas. La poesía, encabezada por la maestría viviente del gran Pablo Neruda, irrigaba toda la geografía continental hundiendo sus raíces en el modernismo y estirando sus brazos y manos abiertas a todo tipo de experimentaciones, a través de las vanguardias. Y al lado de esa pléyade de autores y multitud de obras notables escritas y publicadas entre los años 50 y 70, vibraba con derecho propio el ejercicio del ensayo y la crítica con nombres inolvidables como Emir Rodríguez Monegal, José Miguel Oviedo, Fernando Ainsa, Angel Rama y Jaime Mejía Duque, Hernando Valencia Goelkel, Oscar Collazos, Isaías Peña Gutiérrez y Juan Gustavo Cobo Borda, entre los colombianos.
Desde todos los países surgían obras que circulaban frescas entre las diversas capitales y a diferencia de esta primera década del siglo, dominada por productos editoriales desechables de consumo inmediato, se trataba de obras monumentales devoradas en colegios y universidades por una generación enfebrecida por los campos magnéticos de la historia en movimiento. Mejía Duque era una antena de esa inquietud en la Bogotá de los años 70 y en torno suyo jóvenes y contemporáneos intercambiábamos libros y discutíamos sin cesar sobre el fenómeno en curso.
Después de cuatro décadas de reino ininterrumpido de Gabriel García Márquez, autor aclamado unánimente por toda la crítica y la prensa literaria del mundo, es difícil entender para quienes no vivieron esos momentos lo que significó ser testigos de la verdadera declaración de independencia cultural y artística de América Latina. Ahora es algo ya admitido, pues pasada la efervescencia revolucionaria de aquellos años, los logros culturales se solidificaron en las mentalidades, pero entonces, cuando el continente luchaba por desatarse de las garras del cruel imperio norteamericano, cómplice y autor de los más grandes crímenes para apuntalar a dictadores locales, esos acontecimientos históricos irreversibles suscitaban una efervescencia intelectual poco vista en universidades, cafés y librerías. Desde la adolescencia tratábamos de desentrañar los aracanos de la historia, estudiando a la luz de los grandes pensadores del momento los procesos históricos de la humanidad y la aventura del pensamiento.
En esos tiempos de agitación política latinoamericana marcada por los asedios de la ultraderecha y las dictaduras, las acciones imperiales violentas de Estados Unidos y el auge opositor de las ideas marxistas agenciadas por la Unión Soviética, China y Cuba, Mejía Duque era un « intelectual orgánico » que analizaba las tendencias de la cultura latinoamericana del momento, pero lo hacía de manera rebelde, leal a la causa de la revolución, aunque nada ingenuo ante las fisuras y vicios del bando insurgente y los problemas detrás del Muro de Berlín. Este abogado erudito y riguroso pertenecía a una generación estudiada en las universidades de Rusia, Alemania del Este y otros países de la órbita soviética situados tras la cortina de hierro en plena guerra fría, y que durante su estadía en esos países accedió a otras lenguas y culturas que llegaron a conocer y traducir ampliamente, como es el caso del excelente poeta Eduardo Gómez o del fallecido Henry Luque Muñoz, entre otros muchos intelectuales colombianos de izquierda.
Cuando pronto viajé en 1974 a continuar mis estudios en la Universidad de París, me llevé en la valija sus obras y más tarde propicié la edición en francés por parte del Centro de Información de América Latina (CIAL) de El otoño del patriarca y la crisis de la desmesura, donde Mejía Duque ejercía su crítica ante la nueva obra de GGM posterior a Cien años de soledad, con valentía meritoria, cuando el hecho de cuestionar al futuro Nobel era un pecado de lesa majestad.
Sus libros Literatura y realidad, Mito y realidad en Gabriel García Márquez, Narrativa y neocoloniaje en América Latina, así cono sus exploraciones sobre las vanguardias latinoamericanas y sus textos sobre Jorge Isaacs, Tomás Carrasquilla y otros autores colombianos merecen una nueva relectura situada en el contexto en que fueron escritos. Mejía Duque está posicionado para siempre al lado de los otros grandes críticos latinoamericanos contemporáneos del boom. Él y los hombres de izquierda de su generación fueron seres honrados que amaron a su país y por eso murieron olvidados en vida: en estos tiempos de bandidos y mafias tenebrosas aferradas en el poder para robar y matar, ellos son ejemplo significativo para nuestro país a la deriva.
      

sábado, 1 de agosto de 2009

JOSEPH ROTH EN EL CAFÉ LE TOURNON


Eduardo García Aguilar
Durante su exilio parisino Joseph Roth, el gran autor austriaco de La Marcha de Radetzky, era un cliente habitual del café Le Tournon, cerca del Jardín de Luxemburgo, donde se ve hoy una pequeña placa junto a la mesa donde pasaba horas tomando vino, escribiendo o recibiendo a los amigos.
Con frecuencia voy ahí con los amigos a rendirle homenaje a este escritor tan admirado cuya propia vida parece salida de una de sus novelas y desde la barra, con una copa de vino en la mano, observamos la amplia calle donde hace mucho tiempo vivió también otro viajero, el libertino Giacomo Casanova. La calle Tournon da al viejo palacio de Catalina de Médicis, sede del Senado francés donde en 1789 se dieron los debates que condujeron a la Revolución Francesa.
Como está cerca al viejo Teatro del Odeon y del barrio latino y sus universidades, librerías, bibliotecas y liceos, estos rumbos están cargados de historia intelectual y vieron cruzar a Voltaire, D’Alembert, Diderot, Robespierre, Napoleón, Simón Bolívar, Fouché, Chateaubriand y Víctor Hugo, Baudelaire, Rimbaud, Óscar Wilde, André Breton, James Joyce, Ernest Hemingway, Henry Miller, Simone de Beauvoir, Walter Benjamin, César Vallejo, Julio Cortázar, Marguerite Duras, y a todo el prontuario interminable de escritores, poetas, artistas y hombres de pensamiento producidos en esta tierra en diversos siglos o que pasaron necesariamente por aquí provenientes de todos los puntos cardinales del mundo.
Hay algo de fetichismo para quienes gozamos y padecemos el amor por las letras en visitar esta calle y rendir homenaje con una copa a Roth, en quien se concentran las energías profundas de lo que significa ser escritor en este mundo: ser una especie de antena y guardar una posición firme y ética de rebelión frente a las injusticias del mundo y sus poderes. Y ese homenaje es mucho más conmovedor cuando sabemos que los seis años que vivió en hoteles de esta calle y en este último Hotel de la Poste, donde murió alcohólico, significaron la caída de un autor todavía joven, asediado, atribulado por las deudas, que ve hundirse en la locura y la desesperación a muchos de los suyos, en medio del sonido incesante de las botas militares.
Como tantos otros escritores judíos de su generación Roth tuvo que escapar en 1933 de Alemania, cuando llegó Hitler al poder y el auge nazi avanzó a pasos agigantados arrasando con las vidas y las obras del talentoso pueblo judío. El odio racial, la inquina ciega, la locura del Führer y sus seguidores se inventaron ese enemigo imaginario para cimentar un patriotismo ridículo basado en el odio que llevó a la guerra y a la casi destrucción de Europa. Las tiranías de corte fascista o falangista tienen que inventarse siempre enemigos interiores y exteriores para conducir a sus pueblos a la guerra y justificar la carrera armamentista y el levantamiento de los muros para el fusilamiento y las fosas comunes para los cuerpos de sus falsos positivos en la persecución de las supuestas fuerzas del mal, como judíos, comunistas, poetas, homosexuales, dramaturgos, artistas, gitanos, bohemios, sociólogos, antropólogos, filósofos. Hitler y Mussolini eran expertos en ese tipo de falsos positivos, o sea matar miles de inocentes para mostrarlos como elementos del mal y llenar así la tierra de anónimos ajusticiados por el delirio del jefe, del Führer.
Roth (1894-1939) es uno de los símbolos más entrañables de lo que significa un escritor en su transparencia máxima, que se iza desde la desgracia y el olvido marginales del origen hasta la gloria y luego vuelve a caer y hundirse poco a poco en la tragedia. Los éxitos literarios que propicia en algunos casos precoces el vigor juvenil no pone salvo de la caída ni al más grande de los autores. Con La Marcha de Radetzky, el Cien años de soledad del imperio austro-húngaro y obra que lo llevó desde 1932 a la fama, no impidió que el terror nazi lo obligara a huir de Berlín a París, una ciudad que ya había visitado y por la cual tenía predilección.
El Museo de Arte e Historia del Judaísmo del barrio Le Marais en la capital francesa hace una pequeña exposición dedicada a esos seis largos años de exilio final hasta su muerte, cuando sus amigos y colegas judíos se suicidaban o morían en la diáspora, al mismo tiempo que se abarrotaban los campos de concentración, y salía la humareda de los hornos crematorios y el aire mortífero de las cámaras de gas destinadas a exterminar en masa al pueblo judío y otras etnias marginales de Europa.
Originario de Brody, en Galicia, una lejana provincia marginal del imperio austro-húngaro donde los judíos compartían el espacio con polacos y ucranianos, no conoció a su padre desaparecido en la guerra y fue criado por su madre. Desde muy joven expresó su talento realizando brillantes estudios y escribiendo en periódicos locales austriacos de Viena como Der neue Tag y Arbeiter-Zeitug, antes de recalar en Berlín muy joven para convertirse en gran periodista de los principales diarios de la capital alemana como Vorwärts o Frankfurter Zeitung.
Amigo de Stefan Sweig, Heinrich Mann, Ludwig Marcuse, Egon Erwin Kish, Ernst Toller y rodeado por amistades parisinas muy leales como su traductora Blanche Guidon y Soma Morgenstern, Roth terminó perdido en las aguas del delirium tremens a medida que le llegaban las noticias del suicido o la locura de sus amigos y amores. El espectro de la ocupación y la sensación del fin lo llevaron a terminar hundido en este hotel desde donde fue llevado al Hospital Necker para su fin y posterior entierro en el cementerio de pobres de Thiais.
En la exposición podemos ver su pequeña y pulcra letra en cartas escritas en hojas de papel de hoteles, sus libros en las ediciones originales, manuscritos, fotos de sus distintas etapas, imágenes de video de la época y retratos de los momentos de felicidad compartida en el café con los amigos que venían a visitarlo. Y al final está la lista de todos los que tuvieron que irse y dispersarse por el mundo. Estar aquí junto a las cosas del admirado Joseph Roth es convivir en la literatura, ese espacio que nos salva al mismo tiempo que nos hunde en los pantanos de la verdad.

viernes, 17 de julio de 2009

ENTREVISTA CON EDUARDO GARCIA AGUILAR EN PAPEL SALMON DE LA PATRIA


La Manizales de El viaje triunfal es la de la infancia y adolescencia de García Aguilar. Sus intentos más fuertes y adultos por escribir una obra se han dado afuera. México le cambió su rumbo definitivamente. El escritor nacional ya es anacrónico con la globalización. Búsqueda.

Gloria Luz Ángel – Papel Salmón - La Patria - Manizales

La novela de Eduardo García Aguilar

El viaje triunfal fue presentada en su traducción al inglés el pasado mes de abril en la sede de Americas Society en Nueva York. Papel Salmón le hizo una entrevista vía internet acerca del libro y su vida como escritor en el exterior.


-Arnaldo Faría Utrillo, personaje de El viaje triunfal, es un “extranjero profesional”, un hombre del mundo. ¿También es así Eduardo García Aguilar?
El apátrida siempre busca la tierra prometida o perdida. De niño y adolescente en Manizales me encantaba escuchar por onda larga las emisoras radiales lejanas que transmitían en otras lenguas o en español programas desde Holanda, Francia, Rusia, China, Inglaterra o Estados Unidos. En las noches de insomnio, cuando afuera sonaba la lluvia, pasaba horas explorando esos universos y deseando viajar. Soñé muchas veces en amplios espacios de nieve y ciudades imaginarias como París, a donde finalmente llegué a los 20 años.
Desde mi ventana veo esta ciudad tan entrañable que me acogió, me abrió sus universidades y me dio trabajo y la siento tan mía como la natal. Me gusta vivir entre gente de múltiples nacionalidades, saber que en el metro o en el bus se hablan decenas de lenguas distintas y que en los rostros se observan los orígenes más extraños y distintos.
Me encanta ser un ciudadano del mundo, un “cosmopolita” en el sentido más noble. Pero mi nacionalidad está bien definida y es la colombiana, pues de ahí vienen mis ancestros. El personaje Faria Utrillo se define como “extranjero profesional”, pero al final viene a morir a su tierra, en su casa de La Francia, y es devorado por el espejismo del retorno.

-¿Cómo es la Manizales que aparece en El viaje triunfal?
Es la Manizales de mi infancia y adolescencia, a la que retorno siempre y está fija en un mundo mítico y legendario situado en la esquina del Hotel Escorial, diagonal con el café Osiris, cerca de donde papá tenía su oficina en un edificio que después convirtieron en Hotel Cumanday. Es la Manizales de la Catedral omnipresente, el edifico de la Gobernación, la ciudad del centro, Hoyofrío, Chipre, el manicomio de San Cancio, La Francia y los parques Fundadores, Bolívar, Caldas y Olaya Herrera, el Puente de Olivares, el Carretero, el cementerio San Esteban.
Se dice que los novelistas siempre tratan de contar los mundos fantásticos de su infancia y retornan a ellos de manera cíclica. Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, Joseph Roth, James Joyce, Thomas Mann, Marcel Proust, Virginia Woolf. Los grandes narradores exploran sin cesar esos mundos idos. Sin saberlo tal vez, guiado por la fuerza del relato, he hecho lo mismo, tratar de explorar y contar las calles de mi infancia a través de personajes como Leonardo Quijano en Tierra de Leones, Tulio Bayer en Bulevar de los héroes y Faria Utrillo en El viaje triunfal, que componen mi trilogía sobre la ciudad natal.
Ahí también trato de reconstruir la ciudad art decó de los años 50 y 60, algo idílica, anterior al progreso, los supermercados y las grandes avenidas. Una ciudad muy bella, llena de naturaleza por todas partes, en una biosfera poblada de árboles, montes, volcanes, riachuelos y casas de sueño. En El viaje triunfal hago énfasis en esa ciudad del centenario. Esas tres novelas son mi búsqueda del tiempo perdido, mientras mis libros de poesía Llanto de la espada y Animal sin tiempo abordan el viaje, el exilio, el destierro, la errancia, el paraíso perdido y la nada perpetua.

El modernismo
-Según el traductor Gregory Rabassa, El viaje triunfal es una novela sobre el modernismo. ¿Cómo lo definiría?
En América Latina el modernismo se refiere a la generación encabezada por Rubén Darío, que revolucionó el castellano, incluso en la metrópoli española. A esa generación pertenecieron Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, José Santos Chocano, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig y José Asunción Silva, discípulos del simbolismo francés y la literatura decadente de fin de siglo XIX, encabezada por Baudelaire y Verlaine.
En el mundo de la crítica europea y anglosajona el modernismo está más relacionado con las vanguardias de entre guerras que revolucionaron el arte poético y pictórico. A ese mundo pertenecen el dadaísmo, el cubismo, el futurismo, el surrealismo, poetas como Apollinaire, Blaise Cendrars, César Moro o artistas polifacéticos como Francis Picabia y Marcel Duchamp.
El viaje triunfal abarca esas dos generaciones y Faría Utrillo nada entre ambas porque es hijo de la primera a través de su madre Ana Malo y testigo de la segunda en París y Nueva York. Asiste al mundo terrible que presagia la segunda guerra mundial y viene a morir a Colombia cuando se inician los terribles años de La violencia.
El personaje central es un Frankenstein de ambas generaciones y a través de él quería hacerles un homenaje de lector. El maestro Rabassa, que hizo también el prólogo a la edición en inglés de Bulevar de los héroes, subrayó en la presentación en Americas Society de El viaje triunfal el hecho de que la mejor forma de hacer literatura es viviéndola como tal, dentro de ella, y este libro para mí fue una forma feliz de vivirla desde adentro, desde su propia materia.
El escritor adolescente es el esencial

-¿Qué rumbo ha tomado su escritura luego de vivir en México y Francia?
Me fui de Colombia a los 20 años y nunca volví a vivir allí. Salvo la parte adolescente de la escritura, el resto ha sido desde la lejanía, en otros países como Francia y México. Los intentos más fuertes y adultos por escribir una obra se han dado afuera. Sin embargo, creo que el escritor adolescente es el esencial y sigue dictando los rumbos. En el bachillerato, como poeta adolescente, visto así por compañeros y profesores, uno ya es lo que busca, ahí la vocación está químicamente pura. Es impresionante la lucidez con que uno en ese momento se identifica con los grandes autores que va descubriendo, clásicos griegos y latinos, Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Goethe, Dostoievsky, Tolstoi, Proust, Kafka y los grandes clásicos nacionales como Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Tomás Carrasquilla, José Eustasio Rivera y León de Greiff.
En mi caso, México es muy importante porque es la capital literaria de América Latina y por su sincretismo entre un fuerte mundo prehispánico, un poderoso mundo cultural colonial hispano y la vecindad con Estados Unidos, que da una espléndida perspectiva para situarse en el marco de las letras hispanoamericanas. Ahí crecí entre los colegas de mi generación mientras Juan Rulfo y Octavio Paz estaban todavía vivos, aprendiendo de Alfonso Reyes y Vasconcelos; ahí publiqué mis libros y devoré obras que encontraba en las grandes librerías del orbe hispanoamericano, que son las de la calle Donceles. México fue una universidad literaria y cambió mi rumbo definitivamente, hasta el punto que a veces creo tener el espejismo de ser un autor mexicano antes que colombiano.

Entre la literatura y el periodismo
-Usted lleva 20 años trabajando en la AFP, ¿qué le ha aportado el periodista al escritor y viceversa?
Trabajar en periodismo en una agencia mundial le pone a uno los pies en la tierra, lo conecta con la realidad y la necesidad de comunicarse con la gente y darse a entender. A nivel personal, me obligó a ir al grano, a ejercer el trabajo con gran voluntad y energía y a obtener a toda costa los objetivos, pasando la mayor cantidad de barreras y obstáculos posibles.
Esa profesión lo vuelve a uno recursivo en el mundo, perfecciona la mirada de águila y da una visión amplia sobre este ser humano tan complejo y vivo que domina el mundo y lo está destruyendo. En periodismo el escritor debe hacer mutis porque son dos lenguajes muy diferentes y tienen objetivos disímiles. De hecho los escritores, los poetas, no son bien vistos en el periodismo y mucho más ahora. Como en el caso de Juan Carlos Onetti, que fue agenciero como yo, la literatura es un jardín secreto, clandestino, que se debe conservar para uno y lo mejor es tenerlo escondido. Eso es como un político honrado en el Congreso. Es un ave rara muy mal vista.
Hacia el olvido
-¿Siente que se cumple en usted el refrán “no es profeta en su tierra”?
Bueno, para empezar habría que preguntarse si uno quiere ser “profeta” o convertirse en “escritor nacional, oficial”, de esos engolados que caminan orondos como el sapo de Pombo, con levita y corbatín, rodeados de corte e ilusos admiradores que aplauden y aplauden todo el día.
A mí eso me da mucha pereza. Es un modelo muy decimonónico y su ejemplo típico es Víctor Hugo, cuyo arquetipo se impuso en América Latina con los “maestros de juventudes” que parecían arzobispos de la literatura. De ahí salen esos escritores nacionales latinoamericanos del modernismo tipo Amado Nervo, o embajadores poetas y políticos a la vez como Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, a quienes les encanta andar entre presidentes, dictadores y políticos, reyes, millonarios y parecen caminar siempre con la mitra y el báculo bien puestos, dando lecciones a diestra y siniestra.
Digamos que el escritor “profeta nacional” fue el que se impuso hasta hace poco en nuestro continente, y en Europa reinó hasta los tiempos de André Malraux y Sartre. Pero creo que eso ya está cambiando. Digamos que el escritor se “privatizó” y ahora reinan los best sellers que son a la vez vedettes de la farándula. El escritor nacional ya es anacrónico con la globalización. A ese modelo, prefiero la vertiente marginal rebelde, a la que pertenecen poetas ladrones o presidiarios como François Villon y Jean Genet en Francia, o el barbudo Walt Withman y el borrachín degenerado Charles Bukowsky en Estados Unidos. O para volver a Francia, los malditos maravillosos Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Artaud, o los suicidas Nerval, Silva, Cesare Pavese o Paul Celan, entre otros. La mayoría de los escritores malditos y marginales fueron conocidos con carácter póstumo y por casualidad muchas veces, rescatados azarosamente del olvido. Estoy convencido de que los escritores juntos vamos de manera rauda hacia el olvido absoluto. Suficiente nuestro grito momentáneo como el trino anónimo del pajarito, el sonido del grillo entre la maleza o el croar de las ranas junto al riachuelo, antes de la tempestad.