sábado, 25 de junio de 2011

LA MÁQUINA TRITURADORA DE REPUTACIONES

Por Eduardo García Aguilar
El joven congresista demócrata norteamericano, Anthony Weiner, se vio obligado a renunciar y su carrera política fue destruida al ser acusado de enviar por mail fotos suyas en ropas menores a algunas de sus amigas. El ministro francés fetichista George Tron tuvo que renunciar en medio del escándalo tras ser acusado de hacer masajes a los pies de sus colaboradoras en la alcaldía a su cargo. Julian Assange, quien molestaba a los poderes mundiales al filtrar por Wikileaks informaciones de sus fechorías y delitos, fue enredado en un caso sexual y lleva ya meses detenido en residencia en Londres acusado por unas suecas, que reconocieron haber tenido sexo consentido con él en varias ocasiones.
John Galiano, brillante modisto gay de origen humilde nacido en Gibraltar, fue destituido de su cargo en Christian Dior y su prestigio hollado a causa de unas incongruencias pronunciadas en una banal borrachera en un café del centro de París. En el juicio celebrado esta semana, una de las «víctimas » reconoció incluso que fue sólo una discusión de bar que no merecía una mediatización mundial y la destrucción de la carrera del artista.
Estas son apenas algunas de las consecuencias de la caza de brujas mediática de personalidades que llegó a su culmen con la detención del jefe del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Khan, quien espera juicio tras ser acusado por la procuraduría neoyorquina de intento de violación a una camarera de un hotel de lujo y condenado por los medios de manera instantánea, sin que pudiera defenderse ni considerar el atenuante obvio de que sus poderosos enemigos políticos habían iniciado ya una semana antes una campaña mundial de desprestigio para tumbarlo del FMI e impedir su llegada a la presidencia de Francia.
En los cinco casos ocurridos en 2011, la máquina mediática destrozó instantáneamente las vidas y carreras de tres políticos, un periodista y un artista incómodos antes de que se diera el debido proceso y se pronunciara la absolución o la condena, como si estuviéramos en los tiempos de las Brujas de Salem. Uno por enviar emails en calzoncillos a sus novias, otro por hacer sesiones de reflexología con sus colaboradoras, este por viejo verde, aquel por querer repetir el coito en una relacion consentida y el más frágil por decir tonterías ebrio en un bar.
Y mientras tanto los gobiernos bombardean y matan y las potencias hacen la guerra para adueñarse de las riquezas petroleras y minerales de los países de la periferia sin que nadie se inmute ni deplore los daños colaterales. Las grandes fuerzas financieras y los bancos mundiales quiebran como hace dos años causando miseria y desolación en el orbe y todos los países tienen que sacar dinero de sus presupuestos para evitarles la quiebra a criminales de cuello blanco, mientras arruinan y despojan a millones de ahorradores y propietarios que ya no pueden pagar las cuotas de sus hipotecas.
Los presidentes corruptos protegidos por la inmunidad pasan a la jubilación tranquilos después de haber atracado con sus compinches las arcas de sus respectivos países sin que nadie los moleste. Y eso sin contar con el exterminio de opositores, desplazamientos obligados y asesinatos selectivos que se practican en todas partes sin que los altos políticos responsables de esas atrocidades pasen ni siquiera a juicio y por el contrario sean aplaudidos como grandes estadistas. Grandes genocidas del mundo contemporáneo han terminado su días en paz sin ser molestados y otros criminales de estado contemporáneo como los George Bush padre e hijo andan orondos y sin vergüenza por el mundo después de haber odenado bombardeos o asesinatos o declarado guerras con argumentos falaces.
Pero eso sí, la maquinaria mediática del mundo manejada por grandes capitales interesados en aupar o arruinar reputaciones asesina a quienes sufren un banal desliz humano o son acusados sin pruebas. La prensa, con tal de vender, se ha vuelto la gran chismosa y el periodismo como profesión ha perdido sus filtros éticos.
No nos olvidamos todavía de ese gran escándalo mundial provocado por la derecha republicana contra Bill Clinton por tener sexo consentido en el salón oval con una joven mayor de edad y la furia de sus procuradores puritanos e hipócritas, algunos de los cuales, se supo después, habían cometido, ellos si, delitos sexuales graves. Los estrictos republicanos también tienen hijos con la muchacha del servicio, lo acaba de probar Arnold Schwarzenegger.
Cualquiera sabe lo fácil que es hoy enredar a alguien. Sólo basta contratar una empresa especializada y se encargará de hallarle la caída al enemigo a través de sus debilidades, enviándole una call girl dotada de una cámara secreta o vendiéndole un codiciado objeto con historia. Y ni siquiera eso, sólo basta que un detective pague dinero de bolsillo a la señora que sirve los cafés, a la mucama, al mesero, al guardián, a una alumna o empleada necesitada de recursos para armar una historia de violación u hostigamiento heterosexual u homosexual.
Y así con estos escándalos sexuales se tapan los verdaderos crímenes de estado, la sangre de miles de víctimas en las guerras imperiales, los colosales robos financieros y la corrupción gubernamental. Los medios de esta primera década del siglo XXI se han vuelto un arma letal impresionante y una caja de resonancia para deshacerse al instante de personajes incómodos en ascenso como el pobre representante demócrata Weiner, el alcalde fetichista francés, Julian Assange el de Wikileaks, Strauss Kahn el libertino del FMI o el frágil y borracho modisto gay John Galiano

jueves, 23 de junio de 2011

EL FANTASMA DEL INQUILINO MIGUEL DE FRANCISCO

Por Eduardo García Aguilar

Hace poco Guido Tamayo publicó en Grijalbo Mondadori la novela « El Inquilino », basada en la vida de Miguel de Francisco, un escritor colombiano de la diáspora que murió olvidado y desconocido en París el 31 de febrero de 2006. La obra ganó en 2010 el premio de novela corta de la Universidad Javeriana. No la he leído y tal vez tarde mucho tiempo en tenerla entre mis manos, pero al saber que existe ya un texto que es una variación ficticia sobre una parte de su vida, la transcurrida en Barcelona, ha venido a mi memoria su figura y en general todo lo que significa el destino de un autor apátrida que no está ni aquí ni allá ni representa una tendencia política o un país, sino a sí mismo y a la literatura.
Antes de su muerte hablé con él por teléfono. Me extrañó que hablara como si estuviera aterrorizado. Estaba haciendo el último esfuerzo para enviar a sus amigos del alma el libro « El enano y el trébol », que acababa de salir en edición bilingüe, siempre lleno de personajes macarrónicos de picaresca madrileña, obra que tanto había trabajado y que por fin salía a la luz contra viento y marea.
El lunes llegó el libro y al interior la última nota insistiendo en que le enviara las direcciones de unos amigos. Recibir cada uno de sus libros siempre había sido una gran alegría, a sabiendas de los esfuerzos que hizo para que aparecieran. Primero « Arcana », en esa edición barcelonesa de 1977, grande y cuadrada, gris, con textos invocatorios, de un delicioso barroquismo, contra la corriente de la usual narrativa llena de lugares comunes. Después « Inventario provisional », de 1987 ; luego « Armario de Solterones », el más « narrativo » de todos ; y finalmente en francés « Le trefle des chants » traducido por Laure Bataillon e « Histoire de Four Roses et des sept sœurs », surgidos de sus estadías en Saint Nazaire, becado como escritor, en 1989, en uno de los momentos más felices de su vida.
El mismo lunes le mostré la edición a Julio Olaciregui en la redacción de la Agence France Presee, en Place de la Bourse y dijimos que había que celebrarlo. Pero el martes, con la voz temblorosa, asustado también, Julio me llamó para decirme que Miguel había muerto. Francisco Rocca lo había hallado inerte en su apartamento hacía una hora y nos decía que nos víéramos con él a las cuatro de la tarde en la rue du Vaugirard frente a la Prefectura de Policía, donde los agentes ya estaban encargados del caso.
Acudí a la cita al terminar el trabajo y durante el largo y lento viaje por la línea verde del metro pensaba en Miguel con dolor, con estupor, sin creer todavía en la muerte del viejo amigo, imaginando que era una broma suya, de las tantas que hizo y que sin duda estaba en otro lado, escondido, tramando algo para sorprendernos. Salí del metro y frente a la prefectura estaban Julio y Rocca.
Luego en el café esperamos. En la prefectura una bella y sexy policia rubia de película de serie negra neoyorquina recibió de Rocca las llaves del apartamento y nos dispersamos en la tarde, ya noche invernal. Rocca, Julio y yo pasamos luego un rato en un café penumbroso de la rue de Vaugirard. Cada uno contaba su Miguel. Rocca relató los últimos días cuando él decidió cambiar de hospital y venir a uno que estuviera cerca de su apartamento y de la casa estudio de los Rocca, que eran sus amigos más cercanos.
Los otros tienen siempre de nosotros una imagen subjetiva, que es sin duda la que proyectamos poco a poco como filtraciones líquidas que manan de una roca, gotas apenas de la verdad, nuestra verdad. Son sólo aristas las que llegan a tener de nosotros las personas que nos rodean, los amigos, colegas, vencinos, porque nosotros mismos nos encargamos de armar la estatua por medio de ocultamientos o mentiras piadosas.
Ahora que exploro la vida imaginaria de mi amigo Miguel de Francisco (1949-2006) descubro que hay todo un misterio detrás de cada uno de nosotros. Somos ficciones para los otros, somos para los otros lo que deseamos proyectar y lo que los demás se imaginan que somos a través de esa proyección. Comunicamos sólo una parte de nuestra historia familiar, ocultamos otras, reconstruimos franjas, hilachas de nuestra precaria genealogía, según el lugar que ocupamos en la sociedad.
El se sentía sin duda identificado con la musicalidad poética y mística de su apellido De Francisco, aunque su relación incierta con su padre después de la separación de sus progenitores y el exilio posterior suyo con su madre muy católica por Europa fuera una huída metafórica de esa Colombia arcaica de donde provenían.
Y tal vez una de las claves de su misterio sea esa relación traumática con el padre inaccesible que ha construido otra familia y ha dejado a este primer retoño como el fruto de una lejana relación anómala. Sería el síndrome de Pedro Páramo. De ahí provendría todo el problema de Miguel, ese malestar permanente, esa inestabilidad de escritor, su preciosismo cosmopolita, esa vida de príncipe y maldito. No se como habrá abordado Guido Tamayo su Miguel de Francisco, pero me imagino que será otro muy distinto al mío, pues no conocí con profundidad su vida en Barcelona, ciudad a donde tantos escritores latinoamericanos llegan alguna vez con la esperanza de ser reconocidos y existir
.

lunes, 13 de junio de 2011

LOS MISTERIOS LITERARIOS DE JAVIER MARÍAS

Por Eduardo García Aguilar
Nunca hasta ahora me había acercado a la obra de Javier Marías (1951), el novelista espanol hijo del filósofo Julián Marías (1914-2005) y de la escritora Dolores Franco Manera (1912-1977), quien se ha convertido poco a poco en una de las principales figuras de la narrativa española y europea contemporánea.


La primera vez que escuché hablar de él con entusiasmo fue a través del escritor mexicano Pedro Angel Palou en la ciudad mexicana de Puebla, a donde él y Jorge Volpi nos habían invitado a asistir a un minicrongreso literario en compañía de Alvaro Mutis, Sergio Pitol, Daniel Sada, Juan Villoro, Guillermo Samperio y otros autores.


Palou, hijo de la muy tradicional ciudad de Puebla, lugar de grandes acontecimientos históricos y bellas construcciones coloniales barrocas, llevaba su entusiasmo por Marías hasta el punto de tener pegados en las paredes y puertas de su oficina carteles enormes con fotos del autor madrileño y de las portadas de algunos de sus libros como Corazón tan blanco, el Hombre sentimental y Todas las almas.


Luego tuve más noticias de Javier Marías de parte de José Luis Perdomo, escritor guatemalteco con quien explorábamos las más extrañas y antiguas cantinas y librerías de viejo del centro histórico de la ciudad de Mexico, quien en una de sus visitas a Madrid le hizo una larga entrevista en su apartamento. Me habló de ese personaje como de alguien dedicado a la literatura, ensimismado en su mundo y alejado de las mundanidades y los escenarios de la apariencia. O sea que me lo imaginé a través de sus descripciones como si fuese un personaje de Joris Karl Huysmans, una especie de Des Esseintes madrileño, acompañado de una tortuga recamada de pedrerías y esmeraldas.


No es extraño que el hijo del filósofo Julián Marías, amigo, estudioso y cómplice de Jorge Ortega Gasset, fuera un bicho raro de la literatura en tiempos de John Travolta, como suelen ser aquellos que han crecido de niños entre los libros de sus padres bibliómanos, viendo la nieve y jugando entre amplios pupitres de vieja madera y estanterías repletas de volúmenes empastados con olor y sabor de tiempo, excitados por el tecleo permanente de las viejas máquinas de escribir Underwood y Royal.


Perdomo me describió muy bien el hábitat libresco de Marías y la rareza de su mirada nublada de miope. Después supe que había creado un extraño reino con un premio literario y una rara editorial, el Reino de la Redonda, de lo que se tenían noticias espaciadas por la prensa; de que había cortado de manera conflictiva con su editorial Anagrama y su director Jorge Herralde y había aterrizado en Alfaguara, que ha publicado desde entonces toda su obra en bellos volúmenes muy bien cuidados, como sabe hacerlo esa editorial, un tiempo dirigida editorialmente por Juan Cruz y ahora por la colombiana Pilar Reyes.


Luego, cuando en 1998 me trasladé de México a París e ingresé a la sede histórica de la Agence France Presse en la Place de La Bourse, me encontré con Javier Franco, un colega de esa redacción que estaba por jubilarse, quien me cedió su archivero metálico, era mi vecino, y me decían era muy cercano pariente del joven novelista español de moda. Pero pese a todas esas recomendaciones y cruzamientos, nunca había querido leer sus libros, tal vez injustamente llevado por cierta reticencia con los contemporáneos, en especial españoles.


Hasta que la semana pasada vi en manos de una colega, Ana Fernández, el volumen de Los Enamoramientos, novela recién salida en España y sobre la que las rutinarias reseñas confusas de los diarios españoles decían poco o nada. Días después, me prestó el volumen y empecé a leer ese libro, que me sedujo y leí fascinado y aterrorizado durante varios días de envolvente lectura, de viaje por un extraño e impar tejido y de palabras y reflexiones sobre la vida, la muerte, el deseo, el amor, la traición y el silencio. Esta lectura me recordó los ámbitos novelísticos de François Mauriac, el excelente escritor francés cuyas obras nos sacuden y quien sin duda debe ser referencia de Marías.


La novela tiene todo para ser antipática para muchos lectores porque la narradora es una « joven prudente » que trabaja en una editorial y desde adentro nos muestra el mundo fatuo de los autores y la rutina terrible de esa profesión donde predominan personajes atroces llenos de ambición como ese detestable novelista Garay Fontina que sueña con el Nobel.


Los diálogos y reflexiones subjetivas de esta joven intelectual y su amante Díaz Varela son precisos, envolventes, llenos de referencias literarias a autores como Shakespeare o Balzac y su inquietante pequeña novela El coronel Chabert, que es a su vez personaje de la obra. Hay allí sólo ámbitos interiores, encuentros y desencuentros en torno al extraño asesinato de un hombre apuesto que hacía parte de una pareja perfecta como son todas las parejas perfectas que cruzamos en nuestra vida y que la narradora observa diariamente en un café a la hora del desayuno.


Quedé atrapado en el mundo imaginario de Marías, que desmenuza la gigantesca e inagotable madeja de la vida. Una superficie de palabras que se va tejiendo y destejiendo y a través de la cual viajamos por cuerpos, rostros de personajes, estados de ánimo, como si se tratase de una gigantesca telaraña a donde nos conduce con maestría una voz perversa que nos deja allí inermes y mudos, poseídos por el malestar esencial. 

Por eso puede decirse que si aún hay autores como Javier Marías, podemos confiar entonces en que la literatura que muerde, sacude y mata, seguirá firme su camino en un mundo que le será cada vez más hostil y tratará de aniquilarla.

domingo, 5 de junio de 2011

EL PARÍS DE WOODY ALLEN

Por Eduardo García Aguilar


*Publicado en Excélsior. México DF. Jun 5 2011.


Desde hace décadas los fieles de Woody Allen no nos perdemos ninguna de sus películas, que de manera casi sagrada aparecen cada año antes del verano con su cauda de sorpresas desbordantes de inteligencia, ligereza y humor. Viajes, ciudades, neurosis, sueños, trasvestismos, muerte, sexo, amor, seducción, timidez, tiranía materna, impotencia, son algunos de los temas recurrentes en una obra que exuda por todas partes modernidad, a través de los dramas insignificantes del animal urbano.
Esta vez en Midnigth in Paris, Woody Allen ha dejado atrás el Londres de Match Point y la espléndida Vicky Cristina Barcelona, donde gozamos con Sacarlett Johanson, Javier Bardem y Penélope Cruz a través de las peripecias febricitantes del deseo y la pasión españolas y hace su homenaje al París mitológico y literario de los tiempos de enteguerras y de la belle époque, poblados en el filme por caricaturas de Toulouse Lautrec, Paul Gauguin, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Ernest Hemingway, Cole Porter, Luis Buñuel, Gertrude Stein y Scott Fitzgerald.
París es una jaula de oro y un mito muy bien conservado por las autoridades, celosas de guardar minuciosamente una escenografía que es pulida y reconstruida día a día para satisfacer a los más de 60 millones de turistas que la visitan cada año y hacen de ella una localidad rentable como pocas. El habitante de París vive así en permanencia dentro de un enorme set cinematográfico, por lo que no es extraño cruzarse día a día con la filmación de alguna película, con actores vestidos a la usanza de los tiempos de Luis XIV, los años libertinos de Sade, Voltaire y Casanova, los de la Belle Epoque de Proust y Jean Jaurès o los de entreguerras de Josephine Baker, Chagall y Modigliani, sin dejar de lado los graves días de la Resistencia y la Liberación, unos de los temas más recurrentes y traumáticos para los franceses llenos de culpas pronazis.
Eso sin olvidar toda la deliciosa y copiosa cinematografía ombliguista parisina, donde aparecen los dramas amorosos del joven burgués bohemio del siglo XXI, encarnado en una pléyade de nuevas espléndidas actrices eróticas como Isild le Besco, Marion Cotillard, Cécile de France, Ludivine Sagnier, Virginie Ledoyen, Sarah Forestier, entre otras muchas, a quienes vemos en sus glamorosos e incesantes dramas de alcoba.
Cuando uno va hacia el trabajo se cruza en las calles con personajes vestidos de Molière, Voltaire o Casanova o con resistentes de sombrero Stetson, mientras en las calles Mouffetard o Montergueuil los camarógrafos tratan de captar las tiendas típicas, los bistrots y los mercados al aire libre llenos de faisanes, gallos, conejos y jabalíes colgantes, quesos, vinos, ancas de rana, ostras y otros productos de mar, acompañados de todo tipo de exquisiteces culinarias sin fin provenientes de las regiones locales europeas o de los países exóticos del ultramar.
París es la asifixiante avenida de los Campos Elíseos con sus tiendas de lujo y el consumismo desbordado, la rue Saint Honoré o la Avenue Montaigne con almacenes de las grandes marcas de moda, Versace, Cardin, Yves Saint Laurant, Dior, Jean Paul Gaultier, pero también es el París de los barrios populares de sueño con las imágenes típicas de edificios con chimeneas entre la bruma, o las calles empinadas de Belleville, Pigalle y Montmartre, desde donde se divisa la ciudad cruzada por el mítico río Sena de los suicidas y sus juguetes imprescindibles, que son la Torre Eiffel y la supermaquillada Notre Dame.
Y para Owen Wilson, que interpreta a un guionista de Hollywood que escribe una novela, París es la ciudad del amor, la lluvia, el perfume, el deseo, el beso furtivo junto a un puente y el sexo representado por esas chicas hermosas en sus sencillas blusas y jeans ceñidos, como se ve en el emblemático personaje de la sexy Gabrielle (Léa Seydoux), ante quien cae rendido bajo la lluvia el héroe literario de esta película. Y es también la contradicción entre el artista y el burgués, el bohemio y el puritano, el dinero y el vino. La literatura contra la realidad.
En Midnigth in París, Woody Allen nos sirve la sopa del trajinado mito parisino y el héroe intoxicado de lecturas y sueños de otras época viajará en el túnel del tiempo hacia el pasado embellecido por el paso del tiempo. Hablará con Hemingway y Dalí, se enamorará de una amante de Picasso y al final cambiará el proyecto de boda con su insoportable novia y sus detestables suegros por la supuesta vida bohemia y natural de un escritor enamorado, que opta por el sueño. Una historia cursi como las de Woody Allen, que sin embargo nos reconcilia con el set cinematográfico donde vivimos y sufrimos.
Cuando apareció hace cuatro décadas, Woody Allen, con su figura insignificante, escuálido, narizón y gafufo, se convirtió en el héroe de feos, tímidos y fracasados del mundo que luchan para sobrevivir en un mundo de competencia despiadada donde la publicidad incita a todos a ser millonarios, modelos, vedettes o estrellas de cine.
¿Cómo vivir la vida si el individuo es por el contrario el más insignificante, el menos erótico, el más indeciso, enclenque, enano y narizón hasta la ridiculez, un solitario onanista entre rascacielos, sistemáticamente humillado y marginado en el trabajo y la vida social y traicionado por amores que se aburren con él? Woody Allen ha realizado una obra que es una larga psicoterapia urbana de cuatro décadas, centrado en las destruccion de los arquetipos y los mitos, las insatisfacciones de la pareja, la imposibilidad de la vida familiar, las mentiras y autotraiciones recurrentes del ser en urbes que exigen éxito.
Con Bananas (1971), Play it Again, Sam (1972), Todo lo que usted quería saber sobre sexo y no se atrevió a preguntar (1972), Annie Hall (1977), Interiores (1978), Manhattan (1979), Stardust Memories (1980), La Rosa púrpura de El Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1987) y muchas más, Woddy Allen se convirtió en psicoterapeuta familiar de sus admiradores.
Pero en esta última caricatura de París se vuelve más ligero, menos neurótico, hace un guiño a los escritores, personajes que en vida sufren como Ernest Hemingway, Malcolm Lowry y Francis Scott Fitzgerald, pero que la leyenda engrandece. Woody Allen, que vino por primera vez a la ciudad en 1965 y desde entonces la visita con frecuencia, afirmó en el reciente festival de Cannes que esta película es su visión subjetiva de un París bajo la lluvia y un diálogo con algunos de los directores como Jean Renoir, François Truffaut y Jean Luc Godard, lo que ha logrado con creces. París, con Woody Allen, ha vuelto a ser de nuevo una fiesta.

sábado, 28 de mayo de 2011

LA INFAME POLICÍA CATALANA Y EL MALESTAR EUROPEO

Por Eduardo García Aguilar
Las escenas de violencia del viernes 27 de mayo en las calles de Barcelona, cuando la policía atacó con lujo de violencia a indefensas jovencitas y jovencitos del movimiento pacífico « Indignados » que acampaban en la plaza de Cataluña, muestra la efervescencia que se siente en varias capitales de Europa, donde se trata de reproducir el modelo de las rebeliones de Túnez y Egipto contra un clase política corrupta y desprestigiada.
Las imágenes de los temibles policías catalanes golpeando y haciendo sangrar a una jovencita que grita despavorida mientras es arrastrada hacia el vehículo policial y las imágenes de jóvenes ensangrentados bajo los golpes inclementes, muestran que cualquier chispa trágica puede desencadenar un movimiento grave de rebelión contra la injusticia en España.
De inmediato los indignados volvieron a acampar en Madrid, donde miles de manifestantes acudieron a la Puerta del Sol y los barceloneses se reinstalaron en la plaza, de donde los querían desalojar con el pretexto que había que preparar las festividades en caso de triunfo del equipo local Barça frente al Manchester en la Liga de Campeones. O sea el fútbol corrupto como arma para aplastar a un movimiento ciudadano.
El estado se arroga el derecho de despejar a los ciudadanos indignados para obligarlos a celebrar la millonaria empresa futbolística privada y por supuesto imponer el anestesiante pan y circo del fútbol a una ciudadanía que está harta de la crisis, la corrupción, la plutocracia y la dictadura de dos partidos que ligados a los grandes capitales y a los medios manipulan a la población y la polarizan.
Los infames Mossos de Escuadra actuaron igual que los policías tunecinos y egipcios contra los valerosos jóvenes que gritaron basta y tratan de hacer reflexionar sobre estos años de delirio artificial vivido por España tras el ingreso a la Comunidad Europea hace unas décadas, cuando gracias a las subvenciones europeas y a las burbujas inmobiliarias y financieras hicieron creer a todos que el pais había pasado sólidamente de la pobreza del franquismo a convertirse en una potencia que bajo el derechista Aznar incluso se daba el lujo de apoyar guerras ajenas.
Todo era una gran mentira. Millones y milones de edificios surgían como champiñones en ciudades, playas, campos, riberas, devastando con cemento la naturaleza. Ilusionados por el cuento chino de ser propietarios, millones de españoles de todas las edades se endeudaron hasta el cogote en condiciones leoninas y ahora no saben como hacer para pagar los enormes intereses de esas viviendas devaluadas que valen a veces la mitad de lo que costaron.
La clase política corrupta del Partido Popular bajo Aznar y del Partido Socialista bajo González y Zapatero se enriqueció en esa feria, y escándalo tras escándalo vimos el desfile del concubinato entre políticos y celebridades, mafiosos latinoamericanos, árabes y rusos y la plutocracia de España, autoritaria y sedienta, depredando en América Latina como en los tiempos de la Colonia.
La burbuja atrajo como moscos a millones de latinoamericanos, en su mayoría peruanos, ecuatorianos, argentinos y colombianos pobres que viajaron a España con la ilusión de un empleo y de un día para otro, tras la crisis y el fin del sueño, se vieron atrapados allí sin un peso, considerados como desechables, por lo que regresaron más pobres que antes a su tierras. Y en lo que respecta españoles, el desempleo es la ley en todo el país, los jóvenes deben vivir para siempre al lado de sus padres y quienes milagrosamente obtienen un empleo deben satisfacerse con los famosos mil euros que dieron origen al triste calificativo de « mileuristas » a los millones de empleadillos de la Madre patria.
La dictadura bipartidista surgida de la transición ha terminado por ser una arrogante bota de plomo sobre la juventud que nació y creció después de la muerte del dictador genocida Francisco Franco. Los políticos siembran odio día a día y sólo utilizan las fallas del enemigo para atacarse sin pensar en el bien común. Por eso los jóvenes ya no pueden más y salen a acampar en las calles ante la mirada atónita de esos padres que vivieron las tres décadas gloriosas de la ilusión de progreso generado por el ingreso a la Comunidad Europea, cuando ingresar a ella era visto aún como la llegada a las tierras del maná bíblico.
A los españoles han seguido ahora los indignados griegos que acampan para protestar por las condiciones draconianas de los planes de rigor aplicadas por las potencias a una población que no tiene la culpa de las fallas de su clase politica. En Inglaterra los jóvenes manifestaron hace unos meses contra los planes gubernamentales de precarizarlos y cerrarles las puertas de las universidades, mientras los intoxican con bodas reales millonarias. La juventud inmigrante francesa de los suburbios también se rebeló hace unos años incendiando miles de vehículos en los malditos barrios donde la policía sarkozysta reina dictatorialmente contra el inmigrante árabe o africano.
Pero ahora las imágenes de la infame policía catalana golpeando a inermes jovencitas, dejan atónitos a quienes hemos amado a Barcelona como un lugar de luz y cultura. Ahora la policía quiere obligarlos a celebrar la industria de un fútbol millonario y corrupto con el que la clase política quiere tampar el sol de la crisis con balones. Los despreciados jóvenes moros de Túnez y Egipto han dado por fin un ejemplo a los jóvenes europeos y les muestra el camino de indignación necesaria tras años de lobotomía mediática, arribismo y política mediocre.

lunes, 23 de mayo de 2011

SEXO, CAMA, POLÍTICA Y MENTIRA




Por Eduardo García Aguilar
Dominique Strauss Kahn, director del Fondo Monetario Internacional (FMI), era uno de los hombres más poderosos del mundo y el más probable futuro presidente de Francia, o sea una figura a abatir a toda costa para sus enemigos políticos. Los gabinetes secretos habían empezado ya a disparar unos días antes contra el personaje, acusándolo de todas las barbaridades. Primero, de viajar en un auto Porsche que ni siquiera era suyo y luego usar trajes de decenas de miles de dólares. Pero la principal acusación era que se trataba de un peligroso seductor y libertino que adoraba a las mujeres, las orgías y los desbordamientos sexuales en la cama.
En unas semanas todo indicaba que Strauss Kahn presentaría su candidatura, mientras las encuestas auguraban casi con toda certeza que derrotaría al actual presidente de Francia dentro de un año por amplio margen. Su ascenso causaba pánico en el Palacio del Elíseo y en los rangos de la derecha, dividida y desanimada a causa de las torpezas del actual mandatario.
Cuando Strauss Kahn tomó la jefatura el FMI hace unos años, esa institucion había perdido toda su fuerza y prestigio y ahora, tras su renuncia por el escándalo, el brillante economista la dejó en pleno funcionamiento, con energía recobrada para enfrentar las consecuencias de la crisis mundial y tratar de apagar incendios en varios paises en bancarrota de la vieja Europa.
Cáiganos bien o mal su figura, el asesinato político y humano en directo del personaje y su defenestración por un supuesto intento de violación o manoseo de una camarera de 32 años en un hotel de lujo de Manhattan, lleva a sacar conclusiones sobre la nueva era informativa que vivimos, donde la noticia es una mercancía muy rentable. La presunción de inocencia fue totalmente vapuleada en directo y la vendetta fue de tal magnitud que provoca escalofríos y muestra la perversidad del sistema político-mediático que domina el mundo como una gigantesca araña de multiples visos fosforescentes.
Cuando Strauss Kahn entraba a la cárcel, se anunciaba que la modelo italiana Carla Bruni, esposa del actual presidente de Francia y principal rival del supuesto sátiro, está embarazada, por lo que en este año electoral todas las revistas del corazón hablarán de ellos y al final una buena parte de la población cursi, probablemente lo reelegirá para un segundo mandato, pues el bebé fascinante aparecerá en la recta final, poco antes de las elecciones.
Por un lado veremos en directo el viacrucis del poderoso libertino, el sucio viejo verde, y por otro la historia perfecta del triunfante aunque poco agraciado presidente que será padre en plena campaña electoral. A un lado el demonio, el lascivo macho cabrío panzón y canoso, socialista, y al otro el reencauchado personaje presidencial de derecha, muy parecido a Louis de Funés, que se ha desembarazado milagrosamente de su principal enemigo.
Strauss Kahn era el único candidato de rango mundial en las filas de la izquierda moderada cuyas capacidades técnicas y de estadista nadie cuestionaba. Pero como el otro único presidente socialista, el finado Francois Mitterrand, tiene fama de mujeriego y libertino, asunto por demás totalmente natural en un país donde florecieron en el siglo XVIII los inolvidables libertinos encabezados por Casanova, Retif de la Bretonne y el Marqués de Sade.
Francia se salvó de convertirse en un país puritano como Estados Unidos, el único donde pueden ocurrir cosas tan delirantes como el escándalo vivido por Bill Clinton a raíz de una aventura consentida con Mónica Lewinsky en la Sala Oval de la Casa Blanca. El mundo vivió en directo su caída entre polémicas bizantinas sobre la introducción de un cigarro en el sexo de la joven y las probables manchas de semen en la falda. Todo eso instrumentalizado en una batalla política entre republicanos y demócratas por repugnantes procuradores que después se supo tenían rabo de paja.
En Francia y los países latinos europeos, desde los tiempos de los libertinos, el sexo, las orgías, el intercambio de parejas, la heterosexualidad o la homosexualidad, el adulterio, la frecuentación de cortesanas, los hijos fuera del matrimonio, son asuntos de orden privado que no afectan a las carreras políticas ni incumben a los procuradores de la moral.
Pero ante la globalización mediática acelerada en la era internet, se ha introducido una velocidad escalofriante que impide, cuando se genera un escándalo, tomar la distancia necesaria para reflexionar y por eso un chisme, una calumnia o un presunto delito se convierten de facto en condenas puritanas en directo, lapidaciones instantáneas del acusado.
Basta entonces lanzar un rumor, una acusación falsa, una manipulación infomativa, para que el mal esté hecho y sea irreversible en una coyuntura política. Un opositor puede ser fácilmente llevado a la picota pública. Poderosos, gobiernos, servicios secretos, gabinetes mediáticos, lobbys económicos, especialistas en guerras sucias informativas pueden difundir historias en la prensa que abatirán al abatible.
La política en democracia se convirtió en una astuta obra de ficción donde todas las armas son posibles. Desprestigiar al enemigo y armarle trampas sexuales. Utilizar la propia vida privada para engrandecerse, inventando parejas de sueño, historias de amor ficticias. Todas las armas mediáticas son posibles para manipular a una población mundial de miles de millones de borregos.
Las revistas del corazón y la prensa en general son los instrumentos de esta manipulación permanente y la democracia, que se inventó supuestamente para oponer ideas políticas y dar la voz al pueblo, se volvió una sucia trama de golpes y contragolpes mediáticos que ocultan siempre la verdad en beneficio de sucios y tenebrosos intereses.


sábado, 14 de mayo de 2011

VIDA, GLORIA Y TRAGEDIA DE PABLO NERUDA

Por Eduardo García Aguilar

Ahora que la polémica sobre el posible asesinato de Pablo Neruda a manos de los esbirros de Augusto Pinochet el 23 de septiembre de 1973 enciende los espíritus en Chile, basta tomar su Canto General para volar como nunca por los océanos de la palabra, porque de su voz, de eso que llaman estro brotan acantilados, precipicios, soles, montañas, grandes ríos, lágrimas y amores desbordados en el salitre de la tarde.


Todo lo que tocaba Neruda con su palabra lo convertía en oro o en dolor o en lluvia o en silencio y desde muy temprano, iluminado por la fuerza inédita de la lengua castellana, enriquecida por viajes y lecturas, se convirtió poco a poco en la voz del continente y más allá, de la tierra toda y las estrellas.


Nació en 1904, publicó su primer poema a los 14 años y sus famosos Veinte poemas de amor a los 20, y más tarde con los Versos del Capitán y el Canto General obtuvo una merecida gloria en vida, sólo comparable a la que tuvo otro gran poeta latinoamericano, el nicaragüense Ruben Darío, de similar magnitud literaria.


He pensado en todo esto al leer en la prestigiosa revista mexicana Proceso, que su último asistente personal y chofer, Manuel Araya, de 65 años, da otra versión de su muerte, que parece bastante factible. Dice la revista Proceso que « Todo estaba dispuesto para que el poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda se exiliara en México. Había viajado de su casa en Isla Negra a Santiago de Chile y un avión enviado por el gobierno mexicano estaba listo para recogerlo. Sin embargo, tuvo que ser internado en la clínica Santa María. Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a su asistente Manuel Araya que un médico le había puesto una inyección en el estómago. Unas horas después murió. Araya –quien estuvo al lado del poeta en sus últimos días– cuenta a Proceso un secreto que lo ahoga: el poeta fue asesinado ».


El golpe lo había sorprendido en su preciosa casa junto al mar en Isla Negra, donde tenía todas las pertenencias recogidas a lo largo de su vida de viajes, como el famoso mascarón de proa y todo tipo de piedras, obras de arte y libros. Sufría un cáncer de la próstata que estaba controlado, según Araya. Cuenta el ayudante que se fueron el 19 de septiembre con Matilde Urritia y Neruda, hacia Santiago de Chile, con la esperanza de huir en ese vuelo que llevaría al poeta al exilio. Dejaron a Neruda en la clínica, fueron por sus pertenencias y al regresar de Isla Negra se percataron de la mancha roja en el estómago del poeta. Esa misma noche, del 23 se septiembre, murió quien acababa de obtener apenas dos años antes el Premio Nobel de Literatura. Araya fue detenido esa misma tarde, baleado e internado en un estadio. Matilde Urrutia no quiso presentar demanda para no agravar su situación y evitar que le confiscaran la casa de Isla Negra.

Así terminó esa gran vida en la angustia, el dolor y el miedo. Cuentan que los tres fugitivos se tomaron de la mano y lloraron juntos e inconsolables en ese viaje de Isla Negra a Santiago antes del desenlace final, luego de ser agredidos, requisados y humillados varias veces por los militares, impasibles ante el hecho de que fuera Neruda el más grande hombre de Chile y les pidiera clemencia. Los militares habían llenado los estadios de presos y estaban matando como ratones a todos los opositores, sin dejar de revisar ni el más mínimo rincón del país para exterminar socialistas, comunistas, izquierdistas o miembros de agrupaciones progresistas cristianas o humanitarias de bien.

Cuando Neruda estaba en vida, su voz fue una liberación y un consuelo que se volvía clímax al llegar a las ciudades que visitaba, convertido en la fuerza moral latinoamericana. Su llegada era siempre un terremoto y su figura enorme, gruesa, paquidérmica, rostro hinchado, cachucha de cuadros, nariz protuberante, gran barriga, paso torpe de leviatán indonesio, era un imán que atraía a todos desde los rincones desclavando relojes, en países y ciudades donde todavía la poesía tenía algún valor.

A Neruda a los quince años tuvimos la fortuna de seguirlo desde lejos, casi espiándolo, cuando se paseaba con su esposa Matilde Urrutia por las calles de Manizales, durante los días que estuvo en la ciudad. Nos habían dado libre en el Instituto Universitario para ir al recital al Teatro Fundadores el 8 de octubre de 1968 y miles de personas de toda las edades y orígenes acudimos a escucharlo. Fue tal la algarabía y el entusiasmo, el deseo de no quedarse afuera, que centenares de personas excluidas rompieron las gruesas vidrieras de la entrada y abarrotaron el teatro hasta que no cupo una aguja.

Como no había lugar, nos subimos al escenario y permanecimos todo el tiempo a su lado escuchándolo, mirando desde arriba al público hipnotizado. Al final le sustraje un recorte de papel con el que marcaba el volumen del Canto General, del que había leído apartes ante el entusiasmo de la multitud y que decía con su letra escrita con plumón verde « 13. Pobreza. ».


Sólo cinco años después vendría el trágico desenlace de este gran poeta que de la gloria pasó en unos días a ser un paria solitario e incómodo, que pudo ser asesinado antes de salir por el mundo a volver a cantar y luchar contra la dictadura con una fuerza moral que habría sido intorelable para el régimen.

domingo, 8 de mayo de 2011

OSAMA BIN LADEN Y EL SATÁNICO DOCTOR NO

Por Eduardo García Aguilar

Ni en las películas más delirantes de espionaje, como las del agente 007 James Bond frente al Satánico Doctor No, se alcanzó la dimensión fantástica y cómica del personaje global y destructor Osama Bin Laden, quien logró dominar esta primera década del siglo XXI dejándonos sin aliento y sembrando el terror, apoyado en el fanatismo de una secta religiosa loca.


Todos los hombres de esta época recordaremos hasta el último suspiro la espectacultar destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York y la muerte de miles de personas atrapadas en ese símbolo mundial del poder estadounidense, al lado del Wall Street. Cuando vimos en directo esas imágenes pensábamos que se trataba de una película y no de la realidad contante y sonante que inauguraba con esplendor escalofriante el siglo XXI.


Una década antes, en 1989, habíamos celebrado en Nueva York la impensable caída del Muro de Berlín y de los tiempos de la Guerra Fría, e incluso algunos excitados teóricos del momento, como el famoso Francis Fukuyama, auguraron con ingenuidad el fin de la historia.


Uno tras otro los países de la esfera soviética se fueron liberando de la bota totalitaria y la propia Rusia, al mando de Mijail Gorbachov y del borracho Boris Yeltsin, se desmoronó como un castillo de naipes, dando paso al retorno del capitalismo y del cristianismo ortodoxo bizantino que reconstruyó las fabulosas iglesias derruidas por José Stalin.


La vieja Rusia bolchevique se trocó en un país supercapitalista dominado por grandes oligarcas ultramillonarios y caminar ahora por la calle Arbat es asistir a un obsceno espectáculo de lujo y derroche, autos de marca, tiendas para nuevos ricos, prostitutas fascinantes y glamour de perfumados arribistas.


De lado asiático, la China de Mao Tse Tung, el "inolvidable sol rojo que ilumina nuestros corazones" de hace cuatro décadas se volvió el infame taller de un capitalismo salvaje, donde los supuestos comunistas dominan una mano de obra barata con la que logran una acumulación gigantesca que hace temblar las potencias occidentales dominadas por estafadores.


Y en medio de tantas sorpresas, los islamistas fanáticos, surgidos de la caja de pandora dejada por el hundimiento del bloque soviético, reaparecieron con toda su fuerza exigiendo que el mundo vuelva humildemente bajo su dominio, como lo soñó el profeta Mahoma. Un mundo tribal bajo la ley del diente por diente, donde la teocracia domine todas las expresiones humanas bajo el grito estremecedor de los muecines desde las cúpulas de sus minaretes.


El Renacimiento, la Ilustración y las Repúblicas lograron detener por un tiempo el avance de los fanáticos islamistas, instalando en parte del mundo valores de tolerancia y derechos humanos, pero de repente, cuando creíamos haber llegado a la modernidad laica lejos de totalitarismos y fanatismos, la hidra de la intolerancia renació con las dos cabezas ventrílocas de Bin Laden y George W. Bush.


Cuando los talibanes dominaron Afganistán tras la retirada rusa y empezaron a hacer reinar el terror de la ley islamista, vimos decapitaciones y lapidaciones de infieles y adúlteras en estadios llenos de gente que celebraba la explosión de la sangre. La mujer que Occidente había liberado poco a poco, volvió a ser la esclava cubierta por las negras burqas y las imágenes o expresiones de otras religiones o culturas fueron prohibidas. La locura y el desafío de estos dementes llegó incluso a dinamitar una giganteca imagen milenaria de Buda, sin tener en cuenta las protestas del mundo.


Ahí en ese Afganistán dominado por los talibanes reinaba Osama Bin Laden. Ahí se formaron los nuevos ejércitos que combatirían contra los infieles de Occidente y poco a poco ese millonario descarriado, hijo de magnates árabes, que conocía todos los lujos y poderes, se volvió el líder mundial de un espectacular desafío, como en su tiempo lo fueron en la ficción el tenebroso Doctor No o Goldfinger, perseguidos por el apuesto agente 007 y sus bellas acompañantes.


Bin Laden siguió apareciendo en videos, lanzando mensajes amenazantes y sobreviviendo milagrosamente a bombardeos y guerras de venganza lanzados por Estados Unidos. Los talibanes cayeron, pero Bin Laden siguió por ahí protegido por las tribus y los altos poderes secretos de Pakistán, una potencia nuclear que oscila peligrosamente entre Occidente y el islamismo.


Todas las especulaciones eran posibles y ahora, de repente, diez años después, volvemos a vivir en directo el fin de este oscuro personaje, con la esperanza de que su tiempo haya pasado, pues las revoluciones árabes han dado por ahora la espalda al fanatismo religioso y al deseo de teocracias.


Como en las películas de James Bond, Bin Laden murió en la casa donde vivía hacía seis años al lado de su harem y después su cadáver fue lanzado al mar para que nunca haya un santuario o una nueva Meca a su nombre.


Bin laden quería ser el nuevo Mahoma y tal vez en los próximos siglos los hombres de esas tierras lo tendrán en su santoral al lado de los profetas. Este es el mundo increíble que vivimos. Si los grandes pensadores de la Ilustración, encabezados por Voltaire, regresaran al mundo, no podrían creer lo que vemos. El Satánico Doctor No ha vuelto y se ha ido como por encanto disfrazado de Bin laden, el espléndido juguete que asustó esta década al niño que todos llevamos dentro.

domingo, 1 de mayo de 2011

OSCAR JURADO: DANDY Y SAMURÁI DE LOS ANDES

Por Eduardo García Aguilar
La última vez que lo vi fue en el café La Casona, a donde llegué por azar hace cuatro años y lo encontré sentado allí con la imagen inconfundible de dandy en el mejor sentido de la palabra dandy, o sea elegante, indómito, lúcido y rebelde como fue siempre a lo largo de su vida, desde los tiempos en que los adolescentes infectados por la literatura lo admirábamos en Manizales como el modelo a seguir porque además era un Samurái invencible.
Fue muy emocionante volver a verlo, pues para muchos desempeñó el papel de un hermano mayor en materias de literatura, dramaturgia y actitudes vitales y éticas, sin olvidar los momentos vividos al calor de la copa y la amistad o en las intensas luchas sociales de entonces, sin las cuales la formación de un hombre no vale la pena. Era el más contemporáneo y lúcido escritor del momento, conectado con las tendencias nuevas de la literatura latinoamericana, que palpó en su periplo argentino, y sus ideas políticas y sociales eran abiertas y mesuradas sin el fanatismo infantil de los sectarios en boga.
Oscar me miró con esa complicidad que nos unía desde hacia tanto tiempo, cuando en zonas ya arqueológicas del recuerdo vivíamos los años en que la ciudad nuestra se convirtió en un centro cultural de importancia latinoamericana y mundial con el Festival Internacional de Teatro, visitada por figuras como Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Ernesto Sábato, ---quien acaba de morir mientras escribo estas líneas--- Jerzy Grotowsky y centenares de figuras del teatro y la literatura que llegaban desde todos los puntos cardinales y nos nutrían con sus ideas.
Pidió media botella de aguardiente Cristal para celebrar el momento y brindamos con pocas palabras, con la alegría mutua de saber que el discípulo había seguido su camino lejos y que el joven maestro había recorrido el suyo con dignidad admirable en una sociedad injusta y corrompida, alejado de la vanidad y la apariencia, el arribismo, la intriga, la burocratización, transcurriendo con inteligencia y lucidez a toda prueba contra la corriente.
En otra mesa mi amigo el poeta Antonio Leyva fue testigo de ese reencuentro y con la sabiduría de los viejos amigos generosos que entendía lo que significaba para mí, quiso que fuera así entre ambos, cara a cara, solos, sin interrupciones, el encuentro de dos seres humanos que saben ya con la experiencia que veinte años no es nada, como dice el tango.
Debo decir que esos momentos de conversación y alegría vividos mientras terminábamos la media botella han sido uno de los más emocionantes encuentros que he tenido con un escritor, porque pocas veces se comparte además de la literatura, una forma de vivir la vida y pedazos de la misma que se hunden ya en una personal arqueología coterránea digna de ficción. Fue tan emocionante ese encuentro como cuando almorcé con Gabriel García Márquez en el restaurante André de Coyoacán. No sólo los escritores triunfantes, famosos y gloriosos son importantes. Los escritores cobijados por el silencio, los rebeldes como él, son también muy grandes.
Porque sus amigos más jóvenes fuimos testigos de su amor y el dolor profundo de perderlo y tuvimos la fortuna de conocer a Antonieta y atestiguar esa bella pareja que hacía con su amada, podemos decir que Oscar era también un ser de carne y hueso, más allá del mito que era para todos nosotros los estudiantes poetas, con sus inolvidables piezas teatrales Ellos tienen la culpa, El día de la ira, Collage para siete marginados y el magisterio como formador de directores de teatro. Una parte de la historia de la ciudad y la vida lo compartimos. Los agites sociales, el entusiasmo cultural y periodístico y la pasión de vivir con la única ambición de guiarse por una ética humana, más cerca de los desposeídos que de los poderosos.
La hora pasó y el dandy en el mejor sentido de la palabra dandy se despidió. Salió de La Casona rumbo a la terminal de autobuses, cargando una bolsa oblicua en el hombro y se perdió por las calles antes de que avanzara la noche. Se fue con su barba entrecana, el bello rostro de viejo viajero erguido frente a la tempestad de la vida, su impecable saco, que en él parecía salido de una exclusiva sastrería londinense. Fue la última vez que lo vi. Me dijo que vivía afuera de la ciudad y era un ermitaño rodeado de música y de libros. No se quejaba, sonreía, comunicaba vitalidad.
Oscar Jurado (1944-2011) nos acompañó con la complicidad de un hermano mayor cuando dábamos los primeros pasos de escritores, nos abrió con Héctor Moreno, Beatriz Zuluaga y Mario Escobar Ortiz las páginas culturales de La Patria para nuestras primeras creaciones.
Alguna vez, a los 15 años, fui a verlo en la redacción de ese diario con un pequeño cuaderno de poemas que escribí en cuarto de bachillerato, durante las clases de matemáticas, y después de leerlos, puso allí estas palabras inolvidables : « Eduardo: el día que el azúcar sea para todos ya no tendremos palabras amargas » y estampó su firma, que tengo aquí a la vista, a mi lado a la hora que ha muerto Ernesto Sábato, el autor de El Túnel y Sobre héroes y tumbas.
En aquellos tiempos irrepetibles, cuando la ciudad se convirtió en un centro cultural importante a través los primeros Festivales Internacionales de Teatro, Oscar Jurado ya era una autoridad en materia teatral, intelectual y periodística. Ahora nos toca releer sus textos y volver a ver sus piezas de teatro. Y seguir teniéndolo como ejemplo de Samurái, de viajero solitario en océanos agitados por la tempestad de la poesía.

------





Otras obras de Oscar Jurado: Las señales del desahucio. Las fronteras del sueño. Retrato de un desconocido.

sábado, 23 de abril de 2011

NOVELA, EXITO Y PODER

Por Eduardo García Aguilar


La novela es un género literario que logró su máxima expresión en el siglo XIX, durante la expansión burguesa e industrial europea y norteamericana, y se desplegó con todas sus fuerzas en el mundo gracias a su estrecha relación con el poder, el dinero, la utilidad, la energía, la cantidad, lo rentable, lo palpable, el éxito y la fama, que son elementos básicos de la época en que vivimos.
Un novelista es grande porque batalla para construir él solo un mundo dentro del propio mundo, dándole vida propia y haciendo que al interior del volumen que abrimos en las noches de insomnio ocurran miles de cosas y se escuche el interminable bullicio de las muchedumbres y los siglos entre músicas, olores, dolores, llantos, triunfos, sentimientos, muerte.
Suelen coincidir los grandes novelistas en considerar que la novela, además de talento, exige más que todo gran capacidad de trabajo y paciencia infinita. No necesariamente los escritores más talentosos crean una vasta obra novelística, porque muchos fallan con su locura en el lado terrenal del trabajo y la tenacidad, que es la madera de los grandes empresarios, constructores y políticos.
A veces un escritor de talento mediocre, pero con gran capacidad de trabajo puesta al servicio de una historia, puede lograr la proeza de crear un mundo dentro del mundo. Y muchas veces los fantasmas, dudas y fracturas profundas hacen que un gran talento sea incapaz de controlar el río desbordado de sus sentimientos y fracase en el intento, sumido en un inexplicable e injusto mutismo.
En la historia de la novelística hay amplios cementerios de talentos traicionados por sus propias debilidades, de grandes autores muertos en plena batalla, incapaces de terminar los edificios y pirámides que habían iniciado con el ímpetu de sus ambiciones juveniles. Y en el prontuario del éxito hay muchos talentos medianos, que a fuerza de aplicar el hacha día a día, bajo el sol, a fuerza de sudor y tenaces sufrimientos y privaciones de años, logran derribar la selva y abrir espacios antes impenetrables que conducen al puerto, a las ciudades soñadas.
Todos los novelistas saben que ese género requiere un 5% de talento y 95% de trabajo. Sin ese 95% de trabajo empecinado del aserrador y el labriego ninguna gran idea, ningún proyecto, ninguna historia, logra revelarse y concretarse en libro. El poeta puede fracasar, su esencia y sus triunfos están compuestos de fracaso, derrota, inocencia, indiferencia, generosidad, mientras el novelista está condenado a buscar el triunfo y su combate se da hasta el último suspiro, pierda o gane, obtenga o no el reconocimiento de sus contemporáneos.
Como un empresario, el novelista trabaja miles de horas, años, domando con su palabra un mundo lleno personajes, muchedumbres, paisajes y ciudades donde suceden cosas y se oponen fuerzas múltiples. El novelista coordina y equilibra con tenacidad ejemplares las fuerzas centrífugas que pueden escapársele de la obra o arruinarla si no hallan los cauces necesarios para desplegar la energía que anima el proyecto. El novelista tiene que ser un gran jefe y poseer la minuciosidad balzaciana del experto contable, que tiene en mente todos los hilos secretos del negocio controlados de atrás para adelante y debe unificarlos para lograr el objetivo de sacar el producto al mercado y conquistar el mundo.
Por el contrario, el poeta vive en el ocio, la contemplación, el ensimismamiento, pues jamás podrá vivir de sus versos u obtener de ellos recompensa económica alguna. A un gran poeta pueden bastarle unas cuantas decenas de poemas escritos a lo largo de la vida, pues se considera que la proliferacion devalúa el mensaje de su palabra. El poeta está anclado a la vida, trabaja como cualquier otro ciudadano y en algunos instantes epifánicos escribe los textos que nos fascinan. El poeta es un medium, la poesía es su vida, la lleva adentro, es transparente y anónimo. Es el vecino de al lado.
En cambio al escribir novelas, desplegando su energía protéica, el escritor adquiere notabilidad en la sociedad y en algunos casos dinero o representatividad política. La sociedad lo premia por ese esfuerzo extraordinario, muscular, de crear obras con tenacidad y munuciosidad de relojero. El novelista es un gran deportista. Es notable como el político o el empresario y admirado porque emprende una tarea titánica a lo largo de muchos años de soledad. Y para conservar su lugar en el mundo, tiene que estar presente cada año con nuevas obras o debe opinar sobre política, guerras, religiones. El novelista es un demagogo. Siempre estará listo a subir a la tribuna para encender al pueblo y recibir ovaciones. El novelista expresa la fuerza de naciones, continentes, lenguas, ideologías, como Tolstoi, Dickens o Victor Hugo. El poeta sólo expresa los misterios del ser.
Vivimos en una época en que un escritor puede ser muy famoso sin ser leído e incluso sin escribir sus libros, pues ese trabajo se lo hacen los "ghost writers". Ser escritor es ahora sólo una "etiqueta" social, que puede llegar a ser muy rentable. Por eso es delicioso el estoico anonimato y el goce de vivir la literatura de los estetas, sin angustiarse por el poder, la competencia, el reconocimiento y la inútil fama.
Ningún escritor llega ahora a ser tan importante como un futbolista o un cantante pop. El modelo clásico o romántico o maldito de escritor, cuyo auge se vivió en los siglos XIX y XX, ha terminado. A través de la red hemos llegado a un verdadero comunismo literario. Todos los internautas son escritores de una fenomenal obra colectiva que de todas maneras irá al olvido por efecto de la proliferación, aplastada en si misma como un hueco negro. !La novela ha muerto! !Viva la novela!.
Como buen tendero, industrial o exportador, el novelista acumula materiales, intercambia, invierte, ahorra, genera prosperidad, trama estrategias de seducción del público y de los poderosos que le llevarán y lo acompañarán en el éxito. Si no lo hace desaparece.
Por eso admiramos a Tolstoi, Dostoievsky, Balzac, Zola, Melville, Conrad, Mark Twain, Miguel Angel Asturias, Gabriel García Márquez, Joseph Roth, Thomas Mann, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Jorge Amado o Alejo Carpentier, entre otros muchos novelistas de los últimos dos siglos. Mientras nuestra época industrial perviva, ellos pervivirán. En cada novelista de hoy y de ayer se esconde siempre un Quijote aburguesado.


domingo, 17 de abril de 2011

LEGALIZAR LAS DROGAS PARA QUE CESE EL NARCOTRÁFICO


Por Eduardo García Aguilar
En los medios mundiales surgen voces respetadas que, como hace esta semana la revista británica The Economist, piden la legalización de las drogas en Estados Unidos y Europa y el mundo para que cese por fin el leviatán del narcotráfico, que domina las finanzas planetarias y desangra países enteros como Colombia y México y regiones carcomidas por la corrupción y la violencia ligada al negocio como América Central, Asia y África del oeste, entre otras.

Son decenas y decenas de miles los muertos cada año por el narcotráfico, en las zonas calientes de las ciudades y en las fronteras de los países involucrados, sin contar los policías y soldados que son lanzados a la guerra contra los capos o los jóvenes que por miles son obligados por las mafias a engrosar sus ejércitos asesinos como sicarios en Colombia, México y América Central.

Y eso sin contar que las cárceles del mundo están llenas de "mulas" y pequeños traficantes que solo hacen parte de la escala menor del negocio, cuando los verdaderos responsables andan libres. Jóvenes, amas de casa, trabajadores desempleados y pobre gente engañada y asfixiada por la pobreza llenan las cárceles del mundo y pagan largas penas por haber llevado en el vientre cápsulas del enervante, en un desperdicio de vidas totalmente absurdo que no llama a la compasión de nadie.

Los capitales fabulosos de los narcotraficantes y sus socios circulan camuflados en bancos y grupos financieros de Suiza, Europa, Estados Unidos, monarquías árabes, potencias emergentes asiáticas y paraísos fiscales con la complicidad de los grandes de este mundo. Esos dineros sirven para financiar guerras, comprar gobiernos, financiar campañas políticas, incrementar el crecimiento de la industria inmobiliaria y automovilística de lujo y lubricar el crecimiento ficticio de países que luego se hunden como España o Irlanda. La industria armamentista norteamericana se frota las manos vendiendo armas libremente a los capos.

Estados Unidos y Europa, grandes consumidores de cocaína que financian al narcotráfico, exigen a países como México y Colombia derramar la sangre de decenas de miles de sus habitantes en una guerra inútil, pues mientras haya demanda en esas grandes potencias, mientras el consumo sea generalizado entre las clases altas y se pague un alto precio por el polvo en los balnearios de lujo del Mediterráneo y en las discotecas y playas de Estados Unidos, se seguirá produciendo cocaína.

Los ejércitos del narcotráfico son a veces más poderosos que los propios países involucrados e incluso se dan el lujo de comprar presidentes, gobernadores, alcaldes y jueces. Los nuevos barones de la droga superan con creces a Al Capone y a los mafiosos que en su tiempo se enriquecieron con el tráfico del alcohol prohibido.

Cuando cesó la prohibición del alcohol cesó el poder de esas mafias. Hoy el alcohol es libre. Si se hiciera lo mismo con la cocaína y otras drogas, el consumidor o el adicto las comprará en las farmacias y los gobiernos dejarían de gastar sumas fabulosas y de ofrendar vidas en una guerra absurda ante la indiferencia de las grandes potencias consumidoras. Esas sumas desperdiciadas hoy servirían para invertir en educación y salud y mejorar la vida de millones de colombianos, mexicanos y centroamericanos.

En México, la ejecución, asfixiados con cinta adhesiva, del joven hijo del poeta católico Javier Sicilia y cuatro de sus amigos cerca de Cuernavaca, provocó una excepcional conmoción nacional, punta del iceberg de un desangre generalizado que en cuatro años ha causado la muerte de más de 40.000 mexicanos en una guerra inútil contra las mafias del narcotrafico.

En Colombia, la ejecución de una parejita de biólogos enamorados cerca de San Bernardo del Viento, en la Costa Atlántica, también provocó una especial reacción en los medios capitalinos, conmovidos por la historia de amor novelesca de estas inocentes víctimas del narcotráfico y el paramilitarismo en Colombia.

El hijo del poeta Sicilia en México y la parejita de enamorados en Colombia pertenecían a la sociedad privilegiada y hacían parte de esa nueva generación mundial de muchachos nacidos en los años 80 y 90 que tratan de comprometerse con las realidades del mundo, lejos de los tiempos de la guerra fría, utilizando conceptos de mejoría ecológica y humanística del planeta. Es una generación de nuevos idealistas que creían poder circular libremente haciendo el bien sin ser pagados con la moneda del mal.

No se trató en ambos casos de muchachos privilegiados que buscaban solo la ganancia y el poder a toda costa como los adultos, sino jóvenes que buscaban un mundo mejor sin violencia. Los colombianos asesinados solo trataban de estudiar el comportamiento de los manatíes, buscar plantas fósiles y explorar las riquezas biológicas de su fabuloso país, mientras el joven mexicano era un militante humanista como su padre el poeta.

A los primeros los acribillaron a bala cuando caminaban tomados de la mano en medio de la naturaleza paradisíaca del departamento de Córdoba y al joven Sicilia y a sus amigos los asfixiaron y los dejaron metidos en la cajuela de un vehículo abandonado, con las manos y los pies atados como si fueran ganado.

Estos jóvenes idealistas exterminados en México y Colombia por las implacables fuerzas de los narcotraficantes son el símbolo de esta guerra atroz a la que nos obligan los países consumidores. Mientras ellos consumen felices una droga prohibida, seguirán muriendo decenas de miles de miserables e inocentes en nuestros países. Hay que legalizar las drogas para que cese el tráfico apocalíptico que llena de sangre los paraísos perdidos de la tierra.

sábado, 9 de abril de 2011

LA PESADILLA DEL 9 DE ABRIL EN COLOMBIA

Por Eduardo García Aguilar
La jornada del 9 de abril de 1948, cuando mataron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, sigue marcando 63 años después la historia de Colombia con su devastadora presencia de destrucción, intolerancia y odio.

Cada vez que en el país surgió una figura que como el « negro » Gaitán representara una alternativa distinta a los poderes bipartidistas, fue eliminada u hostigada de manera violenta, como ocurrió también con Rafael Uribe Uribe o Bernardo Jaramillo y centenares de personalidades opositoras honradas. Incluso todo un partido político, la UP, fue exterminado hace poco en su totalidad por las impunes fuerzas oscuras de la intolerancia nacional.

Como si fuera una mala pesadilla, tenemos que reconocer que el país sigue gobernado hoy en las mismas posiciones exactas por los nietos de algunos de los protagonistas del 9 de abril que partió en dos la historia del país, lo que muestra que la política colombiana sigue siendo por lo general coto vedado de la vieja oligarquía que se expresaba antes desde las trincheras de El Tiempo y El Siglo y hoy lo hace por Caracol o RCN.

Las dinastías ya hacen cola unas tras otras para subir indefinidamente al poder por los siglos de los siglos, como si los colombianos no pudiéramos asumir nuestros propios destinos. Santos, López, Gómez, Rojas, Lleras, Barco, Pastrana, Peñalosa, Turbay siguen ahí firmes en los mismos lugares de sus ancestros, mientras nuevos delfines de apellidos Galán o Gaviria se preparan ya por dictado divino para asumir ineluctablemente las riendas del poder cuando les toque el turno dentro de unos lustros. Durante ocho años tuvimos a un Santos alocado de vicepresidente y ahora a un taimado Santos como presidente. Y todo indica que ya se apresta a subir al solio de Bolívar el nieto de Lleras Restrepo.

Incluso el drama dinástico afecta hasta la propia izquierda. Los nietos del dictador Gustavo Rojas Pinilla, hijos de la famosa « Nena » Maria Eugenia, dominan el Polo Democrático y la alcaldía de Bogotá aunque gobiernen como el caballo de Calígula y hasta una López dirige el supuesto partido del pueblo.

Las principales embajadas del país son feudos de algunas familias. A los López les encanta Londres y a los Gómez les fascina París. Si Virgilio Barco fue embajador en Washington, por supuesto que su hija Carolina lo tenía que ser algún día. Si Misael Pastrana fue embajador en Washington antes de ser presidente gracias al fraude, por supuesto que su hijo Andrés tendría que ocupar esos cargos también.

Si se hace un estudio genealógico de la alta dirigencia del país, se puede llegar con toda certeza a la conclusión de que Colombia es un país incluso más dinástico que una vieja monarquía árabe o europea y que los miembros de algunas de esas familias, aunque sean casi bobos, llegarán tarde o temprano a las más altas dignidades.

No es de extrañar entonces que cuando a la « infame turba », a la « chusma », a la « ignara plebe » colombiana le mataron a su « negro » Gaitán, hijo de un librero radical de un modesto barrio bogotano, que parecía ir rumbo a ganar las elecciones presidenciales de 1950, la capital fuera devastada en una jornada de furia y destrucción. Y que sobre las ruinas humeantes de Bogotá y el cadáver de Gaitán los endogámicos máximos líderes conservadores y liberales pactaran en Palacio a cambio de « puestos » para evitar la caída del gobierno.

He revisado con atención dos libros escritos al calor de los acontecimientos por representantes de las distintas fuerzas en pugna. Uno del conservador ospinista Joaquín Estrada Monsalve, titulado « El 9 de abril en palacio. Historia de un golpe de estado » , publicado días después de la tragedia, y otro del poeta y periodista de izquierda Luis Vidales, « La insurrección desplomada. El 9 de abril, su teoría y su praxis ».

Estrada Monsalve describe con prosa clara y vívida las jornadas del 9 al 10 de abril vistas desde la óptica de Ospina Pérez, por lo que vivimos la historia minuto a minuto en medio el temor de que la « chusma » liberal se tomara el palacio.


Asistimos también al arreglo final entre líderes liberales y conservadores para salvar el pellejo. Se destaca la descripción de los protagonistas, como el frío mandatario, descendiente a su vez de presidentes, a quien uno de sus servidores, Augusto Ramírez Moreno, llegó a decirle al día siguiente que era un « semidios ». Todas las figuras aparecen en la tragicomedia : doña Berta Hernández con pistola al cinto, Guillermo León Valencia, Laureano Gómez, Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo, entre otros.

Luis Vidales, el famoso autor de « Suenan timbres », quien conoció a Gaitán en Europa y fue su amigo, describe por su parte al inteligente líder popular, cargado del aura extraña que lo rodeaba cuando encarnaba a su pueblo e iba rumbo a la presidencia, ante el estupor de Lleras y Santos y los conservadores. Su libro es una defensa de la desesperada plebe acéfala ante la traición de sus líderes y tras el asesinato de su caudillo.

Y al leer esos textos uno se da cuenta que el país ha cambiado muy poco. A un lado la « infame turba » decadente, manipulada, violenta, delincuencial, bandida, eterna menor de edad y al otro la inamovible nomenclatura perfumada de unas cuantas familias hereditarias, Santos, López, Gómez, Lleras, Ospina, Rojas, Barco, Turbay, Pastrana, Samper, Holguín, Galán, Gaviria y sus avorazados delfines ungidos por la gracia divina.

domingo, 3 de abril de 2011

EL FANTASMA DE JUAN RULFO

Por Eduardo García Aguilar *
La leyenda de Juan Rulfo entre los escritores de hoy y de mañana quedará fija como la de quien se rebeló con todas sus fuerzas ante la esclavitud de la imagen propia y la vanidad. Tal vez al lado de Samuel Beckett y Julien Gracq y de otros pocos, el autor mexicano se negó a subir a la carroza de la « carrera literaria », mezquino vehículo que en estos tiempos de pragmatismo comercial devora a los escritores de todo el planeta.

Que este hombre, con una enorme celebridad ganada contra viento y marea y tal vez a pesar suyo, hubiera resistido a la tentación de hacer dinero ofreciendo libros a destajo, muestra que las voces de su delirio provenían de un yacimiento muy peculiar, cuyo material sólo se revela a los más sabios, a los más auténticos escritores.

Recién llegado a México, tuve la oportunidad de encontrarlo en varias ocasiones en la cafetería y librería El Agora, solo o conversando con los meseros, y tuve también la maravillosa idea de no abordarlo para decirle cuanto su gesto marcó y marca a los escritores de mi país natal, empezando por Gabriel García Márquez, a quien Alvaro Mutis le dio a leer como ejemplo el legendario libro Perdro Páramo.

Rulfo vestía modestos trajes oscuros, el cabello cano peinado hacia atrás dejaba ver su frente blanca y a veces se le veía con unos enormes lentes oscuros de carey. Alguna vez en la mañana fuimos ambos a lo largo de varias horas los únicos clientes de esa cafetería situada en los altos de la librería de la Avenida Insurgentes y para mi aquella comunión con su presencia fue otro de esos momentos epifánicos de la vida, cuando uno sabe que la fuerza de la verdad y la autenticidad está ahí al lado.

No se trataba en mi caso de esa idolatría que ahora se impone en el mundo frente a los escritores que más venden y ganan premios, más se arrastran ante el poder y los ricos, sino la veneración hacia quien era una especie de San Francisco de la literatura latinoamericana.

Me podrán decir que estoy loco al comparar a Rulfo con San Francisco de Asís, pero no hallo otra figura con quien parangonarlo. Si el nombre de San Francisco aparece aquí para acercarnos a Rulfo es porque el verdadero escritor es siempre alguien muy cercano a la santidad y su ejercicio equiparable a la religión.

El Rulfo que yo vi aquella larga hora sin un libro ni un periódico en la mano y que sólo intercambiaba calurosas palabras con el mesero, acababa de regresar de un viaje a China y tenía la mirada perdida en una extraña placidez irónica de santo. Mientras sus contemporáneos intrigaban aquí y allá, o se lanzaban piedras o miradas de odio, o se pavoneaban buscando el poder, él no temía bajar a la realidad de esa mesa y esa cafetería, ajeno a eso que llaman « gloria ».

Rulfo se me apareció también en los sueños y lo veo nítido en una de aquellas excursiones oníricas. Estaba en una calurosa población de Brasil, tal vez Paraty, con casonas coloniales y calles empedradas y de pronto me hallaba en un cementerio. De repente se aparecía Rulfo, se sentaba a mi lado y me ponía conversación sobre algo absurdo como el color ocre de las hojas de otoño. Tenía la mirada acuosa, lejana, de quien se sabe sueño, fantasma, irrealidad, concreción mítica, imagen fantástica, cuerpo de aire o poesía. Ese encuentro es para mi tan real como si hubiera sido cierto, igual al verdadero de años antes en la cafetería El Agora, una mañana sin fecha.

Rulfo nos legó en unas cuantas páginas la gesta de esos hombres de la tierra que son y han sido los mismos desde siempre, marcados por el rezo, el miedo a la muerte, imploradores de lluvia, curadores de llagas, gimientes en la oscuridad. Ahora que he vuelto a Talpa, El llano en llamas, Diles que no me maten, Luvina, La herencia de Matilde Arcángel o Pedro Páramo, he sentido el escalofrío de saber que estuve cerca alguna vez de un escritor que se sabía ajeno a las voces que de él emergieron en las desoladas tardes de los años 50. Llanto, tierra, montaña, cordillera, tumba, herencia, padre, fusilamiento, llaga, ranas, peregrinación, oración, treno de rezanderas, enfermedad, silencio, palabras de donde nace la literatura.

Cuando murió tuve otra oportunidad de estar cerca a él. La televisión colombiana me pidió imágenes sobre el mundo del recién fallecido y entonces recorrí los sitios por donde anduvo en la capital mexicana, las librerías preferidas, las calles de barrio donde estaba su apartamento y las oficinas del Instituto Nacional Indigenista, en la Avenida Revolución, donde trabajó durante años. Entré a su oficina aún fresca de él, vi su taza de café y escuché el llanto lento de sus secretarias, que lo vieron entrar y salir de ahí, ajeno a la gloria que lo perseguía ya desde hacía décadas.

La furia del poder autocrático de un presidente que se creía Quetzaltcoatl había caído sobre Rulfo hacía unos años, por la osadía que tuvo de opinar sobre los militares.

Hoy nadie se acuerda del presidente de turno y la obra de Rulfo está cada vez más presente porque relata los sufrimientos de un pueblo que sigue y seguirá sufriendo, lejos de toda redención en la tierra. La de Rulfo es una voz que estará siempre ahí como una pirámide, una montaña, la voz que a través de un hombre del siglo XX quiso expresar la de las ánimas que poblaron esta tierra desde hace milenios y la seguirán poblando cuando ya no haya nada.


* Publicado en Excélsior, México. Domingo 3 de abril de 2011.

domingo, 27 de marzo de 2011

CORNELIO HISPANO Y LA ROCAMBOLESCA HISTORIA DE BOLÍVAR Y PERU DE LACROIX


Por Eduardo García Aguilar


En torno a la rocambolesca historia del Diario de Bucaramanga de Peru de Lacroix , publicado en 1912 en París por el escritor colombiano Cornelio Hispano, se pueden tejer varias historias novelísticas, como si se tratase de una serie de intrincadas cajas chinas o matrioschkas rusas.



Primero está la historia trágica del general francés Lacroix, que trabajaba al lado libertador Simón Bolivar y fue uno de sus hombres de confianza como tantos otros europeos de su círculo más allegado. Tras la muerte de Bolívar, él como otros de sus colaboradores cayeron en desgracia y fue conducido injustamente al exilio por su enemigo Obando, viéndose obligado a abandonar a su mujer y sus hijos.



Ya en París, en 1837, a los 57 años de edad, en la ruina y sin poder ya pagar la pensión donde estaba hospedado, se disparó un pistoletazo dejando un testamento y varios manuscritos, entre los cuales figura el famoso Diario de Bucaramanga, que se había quedado en Caracas en manos del marqués del Toro.



Dicho documento relata día a día la vida cotidiana de Bolívar en Bucaramanga en 1828, cuando estaba rodeado de sus colaboradores mientras se llevaba a cabo la frustada convención de Ocaña. Es uno de esos instantes transitorios y apacibles en la vida del héroe que trascurre en calma, sin batallas y con mucho tiempo libre, sólo interrupido por la firma de documentos oficiales, escritura de correspondencia y recepción de invitados o colaboradores que acudían desde toda la región a rendir informes al mandatario.



Peru de Lacroix, tres años mayor que Bolívar, aprovecha esos largos momentos de intimidad y conversaciones en desayunos, almuerzos, cenas y paseos para anotar todo lo que cuenta el jefe y describirlo en los más mínimos detalles de la intimidad, sin que él estuviera enterado del propósito, por lo que el libro es una verdadera instantánea original y viva del personaje.



Peru de Lacroix anota muchos de los comentarios polémicos de Bolivar en torno a las diversas circunstancias de la lucha por la independencia y calificativos duros sobre sus colaboradores, lo que muestra otra faceta oculta de las verdades oficiales. Por ejemplo, habla muy mal de los militares granadinos, a quienes considera enemigos, describe con lucidez los defectos y cualidades de otros como Páez, Santander y Sucre y esclarece muchas de sus acciones de realpolitik.



Incluso Bolívar llega a decir que Ricaurte no murió en átomos volando en San Mateo y que esa como otras historias son solo leyendas patrióticas de progaganda necesarias a la lucha por el poder en medio de una guerra. Quienes leyeron el documento quedaron escandalizados y la Academia de Historia venezolana prefirió guardarlo en secreto y ocultarlo celosamente del público para evitarse problemas.



El joven y ambicioso intelectual colombiano Cornelio Hispano, nacido en 1880, buen estudiante y abogado graduado en Bogotá, fue nombrado cónsul en Venezela y haciendo uso de su rango logró entrar en contacto con el documento, que copió en secreto, a escondidas de quienes lo conservaban entre el polvo.



Ismael López, cuyo seudónimo era Cornelio Hispano, llegó a París en tiempos de Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo y Rufino Blanco Fombona, y publicó en 1912 en la editorial Ollendorf varios libros de éxito, entre ellos el famoso Diario. Al editar y difundir el documento se generó un escándalo continental con partidarios y detractores de Hispano. Pero por primera vez el público europeo, que admiraba a Bolívar como un héroe romántico, y el público latinoamericano, tuvieron acceso a un verdadero retrato íntimo y vivo del Libertador.



Allí vemos al hombre sencillo y generoso que viste de paisano, con camisa y pantalón blancos, casaca azul y sombrero de paja, monta a caballo para despejarse en los alrededores de Bucaramanga, va a misa con frecuencia aunque es incrédulo, y dedica largas horas a la lectura de los clásicos y a jugar a las cartas con sus más cercanos colaboradores. En esas veladas cuenta a Lacroix sus propias aventuras, como cuando vio desde lejos a Napoleón el día de su coronación y múltiples detalles de su vida, como su matrimonio, batallas, amores, prejuicios, ideas y decepciones diversas.



Cornelio Hispano, discípulo de Miguel Antonio Caro y amigo joven de Guillermo Valencia, es el otro personaje de esta curiosa historia tripartita. Pese a haber tenido éxito literario desde muy temprano en París con obras tales como el Jardín de las hespérides, Elegías caucanas y De París al amazonas, hoy es totalmente desconocido e ignorado. Se sabe poco de su larga vida y murió en Colombia en 1962 a los 82 años de edad. En algunos textos recuerda con nostalgia los años de juventud y prosperidad económica en París, cuando la vida le sonreía, relacionado con los grandes autores del momento y mimado por su editor.



Tres historias desgraciadas se imbrican en esta novela policiaca sobre un códice perdido y sus palimpsestos. Bolívar el héroe termina desgraciado y enfermo en San Pedro Alejandrino, Peru Lacroix cae en la miseria y se suicida viejo y pobre en París y a Cornelio Hispano lo devoró el olvido pese a su rimbombante seudónimo y a sus juveniles ambiciones de éxito.



Por eso leer ahora el Diario de Bucaramanga de Peru de Lacroix, vertido por Cornelio Hispano en una prosa impecable y enriquecido con su exordio y múltiples cometarios anexos, es como leer una novela donde vivimos desde adentro la vida cotidiana de un héroe que nos habla sin la posición hierática de las estatuas o la versión idealizada y servil de los fanáticos, mientras de paso descubrimos la vida de otros dos personajes menores que giran en torno a su leyenda.



lunes, 21 de marzo de 2011

EL CURA CAMILO TORRES

Por Eduardo García Aguilar

La foto del padre Camilo Torres en la primera plana de los periódicos me impresionó para siempre en ese lejano febrero de 1966, cuando, niño aún, supe que lo habían matado a los 37 años de edad, el 15 de ese mes, en un combate en Patiocemento, en las montañas de San Vicente de Chucurí. Han pasado 45 años y las cosas han cambiado muy poco en el país, que vive inmerso en sus mismas obsesiones bajo el mando de los nietos de los líderes de entonces, como si el tiempo estuviera estancado en un círculo vicioso adorador de Tánatos.

Desde mi visión de niño veo como la gente mayor tenía los diarios abiertos y leía en silencio la noticia que cerraba el corto y delirante sueño político de un nuevo liderazgo popular, tres lustros después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. El cura muerto tenía los ojos semiabiertos, opacos, de pez ido, de ciego, hacia la nada. En la foto de los diarios se veía la boca entrabierta del cura, los dientes aparentes y el rostro inexpresivo en la paz de la inercia. Y el cabello ensortijado negro y la barba desordenada aferrándose a su cara de angel caído, Lucifer defenestrado desde las alturas. Diablo. Angel. Diablo. Angel.

Otra foto de lado, con los brazos abiertos de crucificado, dejaba ver la sangre mezclada a su barba y sus cabellos ensortijados y el perfil de muchacho perdido, de niño bien de la clase alta bogotana, que excepcionalmente se había entregado a los pobres, lejos de mamá Isabel, sin el aura que le daba el traje clergyman, la pipa de sociólogo graduado en Lovaina o las poses oratorias de impactante líder nacional. El cura guerrillero, fundador del Frente Unido en 1965 , había cometido el terrible e ingenuo error de irse a la boca del lobo de la guerrilla, como lelo, hipnotizado por la moda que incendiaba al continente y tendría su clímax con la muerte en 1967 de otro niño bien, el Che Guevara.

Los políticos capitalinos de traje negro y sombreros Stetson y los obispos con báculo, celebraban al unísono felices junto a la Plaza de Bolívar el fin de la guerrilla en Colombia. Los líderes del Partido Liberal o del Partido Conservador aliados en el Frente Nacional, se sucedían en la radio emocionados para celebrar el suceso, la muerte de este cura idealista que, ahora en el siglo XXI, cuando escribo 45 años después de su sacrificio inútil, ya casi nadie recuerda.

En un semestre su fama nacional, ya bastante sólida desde hacía unos años tras su regreso de Lovaina, se acrecentó vertiginosamente y el hecho de que fuera cura y profesara la religión católica lo hacía aún mucho más peligroso a los ojos del establecimiento. Para la clase dirigente era mucho más fácil cuestionar y perseguir a forajidos marxistas leninistas que a un cura cuyo ideario era ser un « profesional del amor ». Se volvió un líder carismático y a donde iba encontraba centenares de seguidores y tumultos y miles y miles de personas de todas las capas del pueblo dispuestas a seguirlo, a trabajar para la causa del Frente Unido. Obreros, campesinos, sindicalistas, artesanos, maestros, pequeños funcionarios, amas de casa, acudían a recibirlo a las ciudades y pueblos a donde llegaba.

En ese último semestre se aceleró su destino llegando al clímax, a su incorporación absurda a la guerrilla y a su muerte en el primer combate. De esos momentos quedan las fotos donde se le ve con el morral, la barba, el uniforme militar, como si fuese un miliciano de la revolución cubana, que era entonces desde hacía unos años el modelo de los idealistas revolucionarios más radicales latinoamericanos. En esas fotos se le veía perdido, iluminado, ingenuo, jugando al guerrillero como lo hicieron tantos otros miles de jóvenes colombianos de ese tiempo.

Todo eso fue un gran desperdicio, un gran delirio y la expresión local de ilusiones continentales luego de la victoria de los revolucionarios cubanos. Camilo Torres fue un personaje de su tiempo, un perfecto producto de su época desesperada. Unos con Stalin y los bolcheviques, otros con Mao Tse Tung y su reciente revolución cultural, otros con la Teología de la liberación o la reciente revolución cubana de Fidel Castro. Y al frente, en el contexto de la Guerra Fría, unos poderes implacables, codiciosos, afines a los terribles halcones norteamericanos, los mismos que matarían a Martin Luther King y propiciarían golpes de estado y terribles dictaduras como las del Cono Sur, auspiciadas por los tenebrosos agentes de la CIA.

¿Qué buscaba este cura ? En su Mensaje a los Cristianos, publicado en la primera edición del periódico Frente Unido el 26 de agosto de 1965, Camilo Torres dijo que “creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social ». Pero esas palabras ya se las llevó el viento y sólo pertenecen a la historia y a sus analistas. Una historia que se repite sin cesar y de la que los colombianos nunca aprendemos nada. Sólo nos resta vivir esa gesta de novela en las biografías que escribieron Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Joe Broderick y preguntarnos qué hubiera sido de él si estuviera vivo entre nosotros, ya anciano a los 82 años de edad, dos menos que su amigo Gabriel García Márquez.