domingo, 14 de agosto de 2011

CANTINFLAS EN LA ALAMEDA

Por Eduardo García Aguilar*
Las colas eran interminables en la famosa y centenaria Alameda central cercana al Palacio de Bellas Artes, donde reposaba el cuerpo de uno de los hombres más importantes del siglo XX en México y América Latina, el maravilloso Cantinflas (1911-1993), cuyo personaje inolvidable fue y es una de las versiones hispanoamericanas del Quijote y una metáfora mordaz de la vida humana, con sus triunfos vanos y fracasos.
A lo largo de medio siglo, este hombre humilde, este peladito que se inició desde Tepito en las carpas y los burlesques de las barriadas y ascendió a la fama mundial como pocos, caracterizó el absurdo destino humano y a los personajes típicos de nuestro universo folclórico de corrupción, como presidentes, curas, militares, bandidos, policías, políticos, mafiosos y tantos otros caracteres que constituyen el ser esencial hispanoamericano desde el trascendental Quijote de la Mancha y los pícaros encabezados por el Buscón y el Lazarillo de Tormes.
De una ternura sin par y sin que fuera perseguido gracias a su popularidad, pocos lograron como él burlarse de los poderes: su sarcasmo no tenía límites al usar ese lenguaje incomprensible y barroco, sincrético, macarrónico, mordaz, con el cual curas, políticos, militares, sindicalistas corruptos "charros" y ladrones nos engañan desde hace siglos.
Y con él todos reíamos: abuelas, bisabuelas, tías, primos y niños de la ya lejana época inicial de la televisión, cuando todavía para presentar una película se debía armar un tinglado dinosáurico de proyectores y pesadas latas amenazadas siempre por la avería en las plazas de pueblo o en los viejos teatros sobrevivientes del cine mudo y los clásicos en blanco y negro, nostálgicos de Charles Chaplin, los Hermanos Marx y El Gordo y el Flaco.
En las salas de cine de todas las ciudades y pueblos latinoamericanos las colas para ir a verlo fueron siempre tan nutridas como ese día final en que su cuerpo inmortal fue llevado a esa sala de hombres ilustres vivos y muertos que es el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, situado no lejos de El Colonial y otras carpas donde al final del siglo XX seguían presentándose los héroes del burlesque semiburdelesco que hacía desternillar de risa a los amantes de lo lépero y lo obsceno, a los pobres borrachines de barriada y a los habitantes de los inquilinatos.
Nació el 12 de agosto de 1911 y murió el 20 de abril de 1993, cuando se paralizaron México y América Latina enteros para rendirle homenaje a su ídolo. Bajo la llovizna la gente esperaba todas las horas necesarias en un silencio casi espectral que se observaba desde las alturas de la Torre Latinoamericana, y ese era el silencio de la gente del pueblo, las tías, abuelas, madres, hijos, padres, niños provenientes de todos los puntos cardinales de la urbe metálica: la familia continental en pleno. Ahí estaban de pie con sus bolsas llenas de tacos, tamales y refrescos, hasta que por fin accedían al Palacio a inclinarse ante su féretro. Y así fue hasta que por fin se lo llevaron al Panteón Español, lo que parecía mentira para quienes lo creían inmortal. Un pueblo entero quedaba huérfano.
En toda América Latina nos reíamos con Tintán, Clavillazo, Viruta y Capulina, con Sara García, pero nadie igual a él, con esa malicia ladina del que todo lo dice sin decir nada. Su sola aparición en la pantalla ya nos emocionaba y nos hacía estallar de risa, su lenguaje llegaba a todo el continente como la metáfora del absurdo novelesco de nuestra existencia. Diríase que Diógenes Bravo, Úrsulo, Sócrates García, el padre Sebas, Fidencio Barrenillo, Lopitos, Rogaciano, Feliciano Calloso, el portero, el piloto inocente, son los verdaderos personajes de la gran novela latinoamericana surgidos desde México. Habría que reunirlos a todos y ellos solos se encargarían de hacer palidecer las mejores novelas y obras coronadas, pues su autenticidad no tiene límites. Oir, ver y reir, he ahí el asunto primordial.
Un año antes, el día de su cumpleaños, hablé con él por teléfono para pedirle declaraciones. Al otro lado del auricular la voz del mito se escuchaba en esa oficina de un decadente viejo edificio de Insurgentes donde tenía su oficina. Se oía el cruce de los autos afuera, en medio del polvo, en ese rincón detenido del progreso mexicano donde se había refugiado entre las Colonias Roma y la Condesa. Lo había visto alguna veces desde lejos en medio del ajetreo de la gloria y la prensa y desde niño en el cine, pero otra cosa era escucharlo al otro lado del teléfono tratando de responder con chistes malos e incomprensibles a mis preguntas con la amabilidad y generosidad del senecto humorista que se acercaba al final. Le seguí la corriente un buen rato, pues sabía que estaba hablando con la historia.
Cómo olvidar en blanco y negro Ahí está el detalle (1940), Gran Hotel (1944), A volar joven (1947), El supersabio (1948), El bombero atómico (1950), Abajo el telón (1954), Si yo fuera diputado (1951), Entrega inmediata (1963), vistas en el viejo teatro Olympia de mi ciudad natal Manizales, a las que siguieron las películas a color, tal vez menos logradas, como La vuelta al mundo en ochenta dias (1956), Sube y baja (1958), El Padrecito (1964), Su excelencia (1966), El profe (1970) y El Quijote cabalga de nuevo (1972), entre otras muchas. En esos filmes todo el continente aprendió a conocer los profundos laberintos humanos, políticos, sociales y culturales de un país que ha sido y sigue siendo el hermano mayor de América Latina, como múltiple civilización prehispánica y Nueva España que fue, así como vecino del Imperio que lo desmembró y lo devoró, pero que al fin vuelve tal vez a ser conquistado por estas lenguas y este sentido de la autoburla y la irrisión que nos domina, en una comedia interminable de caudillos, dictadores, mafiosos y autoridades corruptas.
Habría que haber visto a esa muchedumbre en las interminables colas de la Alameda Central para comprender el amor de todo un pueblo por quien supo representar sus miserias y expectativas y decir en voz alta, a través de la risa, la profunda indiferencia que sienten los de abajo por quienes los dominan y los explotan a lo largo de vidas anónimas, dominadas por la carencia, la desesperanza y la lucha. Con Cantinflas el mundo se ponía al revés y el pelado era el rey, el "chato" verdadero que nutre y hace la cultura de un país y lo hace vivir a pesar de su vampiros multinacionales.




*En el centenario del nacimiento de Cantinflas

lunes, 8 de agosto de 2011

LA ÚLTIMA ODISEA DE KUBRICK

Por Eduardo García Aguilar
Las máscaras utilizadas en la orgía de Eyes Wide Shut (1999), la escafandra del astronauta y el disfraz del gorila inteligente de 2001 : Odisea del espacio (1968), los muebles psico-eróticos del bar de Naranja Mecánica (1972), la falda y el sofá amoroso de Lolita (1962), las prendas romanas lucidas por gladiadores y patricios romanos en Espartaco (1960), todos los objetos posibles estaban reunidos en la espléndida exposición sobre la obra total del gran cineasta Stanley Kubrick, que acaba de concluir en la Cinemateca francesa de Bercy, en París.
La exposición ha recorrido el mundo y para esta ocasión las autoridades cinematográficas tuvieron que destinar los últimos dos pisos del extraño edificio moderno de Geary, donde antes funcionó por décadas el Centro americano. La zona se ha convertido en uno de los más novedosos recodos futuristas de la ciudad, pues a un lado está el gran coliseo verde prado de Bercy, donde ocurren todos los conciertos de las estrellas del pop y al otro, la dúctil pasarela Simone de Beauvoir que conduce sobre el Sena hasta la Biblioteca Nacional François Mitterrand, enorme reproducción de cuatro libros abiertos en vidrio y metal donde están archivadas todas las referencias bibliográficas.
Desde un ámbito amplio, aireado, lleno de espacios verdes junto al río, el cinéfilo se introduce al retorcido edificio de Geary y toma el ascensor que lo llevará a encontarse con el mundo excéntrico de Kubrick. Una perfecta escenografía para llegar al universo siempre moderno, inaqietante, desestabilizador, del neurótico cineasta neoyorkino adoptado por Londres, cuya obra escasa y minuciosa ha adquirido el cáracter de un símbolo del siglo XX proyectado hacia otros siglos, como si ya desde antes, cuando empezó de adolescente en 1941 a tomar fotos periodísticas para la revista Look, tuviera claro su designio de mirada única.
En la primera sala estrecha, donde el público se presiona como sardinas en medio del sopor veraniego, se ven la vieja silla del director, la oxidada cámara cinematográfica portátil de los corresponsales de guerra, la máquina de escribir modelo Lettera de sus scripts y varios documentos de los inicios de su carrera cinematográfica dedicada a hacer películas negras de bajo rango que, sin embargo, ya tenían en sus imágenes y mundos gangsteriles la extrañeza de su talento. En las pantallas vemos escenas de un asesinato en un hipódromo o la riña de un boxeador con su amada y el amante de su novia en sórdidos ambientes neoyorkinos que nos revelan el ángulo visual y moral de Kubrick. Aquí se proyectan imágenes de Miedo y deseo (1953), El beso del asesino (1955) y La Ultima razzia (1956), al lado de cartas conflictivas con productores, contratos, guiones escritos a máquina y subrayados, facturas. Una inmersión en blanco y negro de los años 50, donde ya se perfila la explosión estética y cultural de los 60, algo que sólo ocurre una vez cada siglo.
Luego pasamos a la sala de El Sendero de la gloria (1957), película sobre los horrores de la Primera Guerra mundial, primera en convertirse en obra de culto prohibida porque planteaba en su momento problemas en torno a la ética militar y cuestionaba lo castrense en tiempos de airados patriotismos, macartismo y persecución implacable de disidentes a uno y otro lado de la Cortina de hierro, en medio de un balet de espías y sórdidas tramas. Kirk Douglas aparece en la pantalla representando a ese militar que se enfrenta a sus jefes y defiende a sus reclutas, y luego vemos una y otra vez la escena del fusilamiento de soldados inocentes que sólo fueron chivos expiatorios de una máquina trituradora de humanidades.
Lolita (1962) nos recibe después con la ligereza de su precoz libertad, metáfora de la pronta liberación que traerá la generación del Peace and Love y el hippismo. Todavía estamos en un mundo de conveniencias y formalismos, pero ella ya se ha liberado. Sue Lyon, la actriz de 14 años, aplastada para siempre por este personaje, se nos aparece en las pantallas mascando chicle y mostrando su cuerpo al viejo seducido Humbert Humbert. En la sala sentimos la presencia de Valdimir Nabokov cuando observamos tirado por ahí como una mariposa el traje de seda de la niña o sus muñecas probables junto a un sofá rojo de amor con forma de labios.
Y de repente, en otro mundo, accedemos a tres salas que reúnen objetos, maquetas, trajes de tres obras maestras de una desatada modernidad apocalíptica: Doctor Folamour (1964), 2001: Odisea del Espacio (1968) y Naranja mecánica (1972), emblemas de una década que salta excepcional sobre todas las otras del siglo y que Kubrik vivió más como precursor lúcido lanzado a los extremos que como simple protagonista. Tres obras maestras donde confluyen los fantasmas de la deflagración inminente y el fin ineluctable de la humanidad. Kubrick coleccionaba todas las escenografías, utilerías, vestimentas, documentos burocráticos y por eso palpamos en la exposición la penumbra y los diseños dieciochescos de Barry Lindon (1975), los espacios laberínticos de la locura en Shinning (1980), o la reincidencia en el cuestionamiento militar en Full Metal Jacket (1987).
Y como en un maratón desembocamos luego en el amplio espacio de la que creyó su obra maestra, la perversa Eyes Wide Shut, antes de admirar las salas dedicadas a filmes que programó y casi filma, como Napoleon y Aryan Papers, pero no fueron posibles aunque les hubiese dedicado con su manía iluminada lustros de su vida y millones de dólares de pre-producción. Ha terminado el viaje y para concluir la tarde, cuando salimos de nuevo a esos amplios espacios futuristas de Bercy inundados de jóvenes turistas, creemos ser partícipes de la filmación de una nueva película dirigida por Kubrick desde el más allá y pensamos que somos sólo extras perdidos en medio de una trama impredecible y perversa que nos está devorando.

martes, 2 de agosto de 2011

RÉQUIEM CARNAVALESCO PARA EL GRAN JOE ARROYO

Por Eduardo García Aguilar
La muerte de Joe Arroyo de repente nos lleva a reflexionar sobre la colombianitud o la colombianidad. Desde la lejanía de la diáspora en donde transcurrimos tal vez cinco o seis millones de colombianos, las reacciones fueron unánimes en Estados Unidos, Canadá, Francia, Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Estocolmo, Roma, México y Londres. En muchas casas de colombianos del extranjero, y con cualquier motivo, esta semana fue de encuentros celebratorios de su genio y su largo camino, que deja una impronta imborrable en la historia popular colombiana contemporánea.
Tuve también mi fiesta a su ritmo entre colombianos con el vino de la añoranza, la saudade, la nostalgia, que según nos dice Milan Kundera en su libro « La ignorancia » proviene de las palabras griegas « nostos », regreso, y « algos », sufrimiento ». Reuniones de recapitulación vital en torno al largo periplo musical del cartagenero, realizadas por supuesto al calor del vino y el sonido.
Miembro de nuestra generación « Sin cuenta », nacido en 1955 en Cartagena, Joe Arroyo es pues el representante máximo de la misma en todos los campos, la política, la literatura, el pensamiento, el arte, la industria, la ciencia, el deporte o la empresa. Hubo muchas reuniones de amigos colombianos donde el largo historial musical de Joe Arroyo, desde el tiempo de « Fruko y sus tesos », fue seguido con el estupor de comprobar que nos acompañó con su voz de jilguero desde siempre, sin falta, desde el principio, desde la adolescencia, pues decenas y decenas de melodías bailables suyas se izaron a los primeros lugares de éxito y quedan en la memoria, porque marcan de una u otra forma el ejercicio de nuestra colombianidad en diversas épocas y momentos de nuestras vidas.
Cada melodía inédita y algunas que ni siquiera sabíamos eran cantadas por él cuando muchacho, se nos revelan profundamente impreganadas en nuestra memoria, hacen parte especial de nuestra vida, amores, fiestas, cuerpos, sudores y soledades y las redescubrimos a medida que las escuchamos y revisamos la vida. ¿Quien no bailó hace tanto tiempo al ritmo de « Fruko y sus tesos » y después con « La Verdad » ? ¿Qué colombiano no ha escuchado « No le pegue a la negra» ?
La agonía de Joe Arroyo fue seguida por todos en directo hasta el instante de la extrema unción, algo que tiene los visos de ser profundamente colombiano y sacralizador. Hacía tiempo no oía hablar de esa esa ceremonia a la que acceden los héroes, como Simón Bolívar, quien en Santa Marta recibió la visita del prelado antes de morir. Lo mismo le ocurrió a Joe Arroyo. Cuando los diarios en primera plana hablaron de su extrema unción, supe que sólo quedaban unas horas para que estallara la infausta noticia y cuando ya fue inevitable y real, empezamos a llamarnos entre los amigos de la diáspora colombiana.
Al primero que llamé fue a Julio Olaciregui (1951), escritor, danzarín y filósofo barranquillero que lleva más de tres décadas por aquí en la ciudad luz y es una de las más importantes energías morales, bailables y literarias de Barranquilla, donde se explayó con todas sus fuerzas el genio del cartagenero. Como muchos colombianos del extranjero, Olaciregui hizo su propia fiesta personal de duelo y escribió un largo texto sobre el personaje desde el profundo sentir de su barranquillitud o carnavalidad.
En « Joe Arroyo, nunca te olvidaremos », el autor de « Los domingos de Charito , dice : « Un tal Joe Arroyo de Barranquilla, sí señores, con ustedes el mito de nuestra generación, el hombre que ha realizado nuestro sueño, mami lo que yo quiero es ser cantante de una orquesta ; con ustedes el hijo del etíope, el negro bembón, mayombe, con sabor, el nieto del bisabuelo que ayudó a fundarnos la patria, monsieur Mambo, cantando en vivo y en directo en el cabaret del trasatlántico » :
La primera vez que lo vi fue en Barranquilla, hace unos tres lustros, cuando Ariel Castillo me lo mostró una noche ahí al lado del bar discoteca La Cien, cuando él departía con unos amigos junto a una lujosa camioneta Ford Suburban y lo volví a ver al otro día en Cartagena cuando le hacían un gran homenaje en la plaza de toros, en el marco del Festival del Caribe, a donde me invitó Gustavo Tatis Guerra. Estuvimos ahi detrás del escenario en la zona de los periodistas e invitados especiales, donde había enormes botellas de promoción de ron Tres Esquinas, licor que era libado felizmente por todos. Al final del concierto salió Arroyo con su esposa e hijas, vestidas como hadas, de blanco, y lo vi ahí en medio de la deliciosa y excepcional ebriedad que produce ese ron blanco, entre la luminosidad azulosa y múltiple de los rayos laser proyectados por los luminutécnicos.
Al lado de Kid Pambelé, García Márquez y Héctor Rojas Herazo, Joe Arroyo es hijo de una región que transformó a Colombia desde su mirada al mar. Ese país cerrado, oligárquico, hispánico, castizo, cardenalicio, blanco, santafereño, bogotano, antioqueño, payanés, rolo, clasista, racista, excluyente, camadulero, beato, reprimido, ha sido defendido por los marginales de la costa, por esos costeños que llevan dentro de sí la fuerza africana de los esclavos. García Márquez y Joe Arroyo salieron de ahí y son los más grandes artistas del país porque concentraron en ellos la colombianitud, la univerzalizaron. Ellos fabricaron en el crisol alquimíco la mezcla de ese pueblo variado y enérgico con sus leyendas y cuentos y sueños y pesadillas.
En la fiesta mía, a medida que aumentaba el efecto de los vinos, los concelebrantes mencionabamos a Úrsula o a Melaquíades o a Remedios la Bella o al coronel Aureliano Buendia o a Eréndira, como si fuesen de la familia. Y cada una de las melodías de Joe Arroyo se nos aparecían también familiares. Con ellas amamos, bailamos, celebramos, vivimos cuatro décadas. Por eso Joe Arroyo sigue vivo. Porque nos dio vida y sólo vivió para cantar desde cuando cargaba agua en los recipientes de la pobreza bajo el sol candente del trópico. Vivió para vivir y darnos vida nada más.






lunes, 25 de julio de 2011

TERROR EN OSLO

Por Eduardo García Aguilar

Nunca imaginaron los lejanos noruegos, cercanos al Polo Norte, habitantes de un país de paisajes idílicos nórdicos, lejos del mundanal ruido de las guerras europeas, africanas, asiáticas, latinoamericanas y estadounidenses, que su propio corazón sería devastado como si se tratara de Nueva York, Trípoli, Bagdad, Kabul, Madrid, Islamabad o Bogotá y que el mundo vería aterrorizado el humeante centro de la ciudad recién impactada por la locura de los fanáticos.
Adolescentes de una belleza escalofriante, casi mudas, eran interrogadas en medio de los escombros del centro de Oslo, mientras no lejos de allí se recuperaban casi cien cadáveres de inocentes jóvenes que participaban en un campamento del Partido laborista, en una isla de sueño donde se veían las coloridas carpas instaladas para la fiesta veraniega.
Está tan lejos Noruega hacia el Polo Norte, que países como Francia, Italia, Grecia o España pueden parecer zonas africanas pobladas por bronceados aborígenes que en el imaginario de los habitantes del hielo suelen aplicarse a la estafa y a la guerra con la misma ligereza que a la vagancia.
Nunca imaginaron los noruegos que hasta allí donde cada año desfilan los galardonados por el Premio Nobel de la paz --algunos de los cuales, y a veces la mayoría por desgracia, no se caracterizan por buscarla sino por propiciarla--, llegaría esta locura generalizada de usar explosivos y armas como en videojuegos o películas bélicas para cometer masacres y genocidios e imponer la ley del más fuerte.
Hasta esas lejanías que parecían a salvo, ha llegado el fuego del apocalipsis y en la paz de una tarde veraniega los pacíficos habitantes que cruzan en bicicleta, vestidos de la manera más sencilla y ecológica, se vieron de repente saliendo despavoridos y ensangrentados de los edificios de gobierno, aturdidos por la explosión de las bombas como si estuvieran en Trípoli o Bagdad.
Y lo peor, familias enteras lloran este fin de semana la absurda masacre de muchachos que en el verano acampaban para debatir ideas del Partido Laborista en torno al futuro de su país. El primer ministro y su ministro de Justicia, que escaparon a la deflagración, afrontaron a la prensa inermes, sin poder explicar lo inexplicable, sorprendidos por la magnitud de la catástrofe y conscientes de la ingenuidad de sus servicios de inteligencia o sus fuerzas policiacas, ajenas a la guerra que corroe el mundo en la tierra caliente, y en la que ellos participan a control remoto, desde un país de glaciares, ballenas e inmensos pozos petroleros que hacen de su patria una rica zona donde la pobeza no existe. Los muchachos laboristas fueron ejecutados, fusilados a sangre fría como suelen morir los inocentes en las guerras que corroen a México, Libia, Afganistán, Somalia, Siria, Pakistán, Costa de Marfil o Colombia.
Sea la obra de un loco solitario o de una organización criminal, la tragedia hace parte del medio ambiente o del « miedo » ambiente que se apodera del planeta, huérfano ahora de la Guerra Fría donde los bandos estaban claramente identificados: a un lado Estados Unidos y sus aliados y al otro la Unión Sovietica y los suyos.
Desde el derrumbe de la cortina de hierro y el fin de la hegemonía soviética sobre amplios espacios del Tercer Mundo, la caja de pandora de las sectas fanáticas descontroladas y la criminalidad común dedicada a todo tipo de tráficos, desde drogas y armas hasta seres humanos, ha tomado la delantera cual hidra que aparece aquí y se difumina allá como en las peores películas de ciencia ficción.
Poco a poco el mundo se vuelve un solo escenario globalizado de caos donde se pesca en río revuelto. Arriba están las fuerzas financieras de la especulación mundial, secretas, oscuras e insaciables, que manejando sumas astronómicas y virtuales pueden desestabilizar a un país o un continente con sólo pulsar una tecla y dejar en la ruina a millones de ciudadanos inermes. Como un agujero negro, esas fuerza devoran los recursos de los países, que en vez de acudir a solucionar el hambre y la enfermedad del Tercer Mundo destinan sumas fantásticas a salvar siempre a los ladrones de cuello blanco que son los bancos, con sus estafas oficiales.
Al otro lado está la industria armamentista, cuya finalidad única es crear y perpetuar las guerras para proteger el negocio. Por eso se inventaron la innecesaria guerra de Irak y mantienen ahora las de Afganistán y de Libia, que son sólo un largo ballet publicitario de armas para futuras guerras. Y en medio de esas dos fuerzas prolifera el fabuloso negocio del narcotráfico que se sostiene gracias a una absurda prohibición mundial que llena las cárceles de pequeños traficantes y vuelve el mundo una inmensa lavandería de dinero sucio y de guerras de gangs para los que la vida no vale nada, como se dice en las canciones rancheras.
De todo eso parecía a salvo Noruega, miembro activo de la OTAN que defiende la caza de ballenas y tiene ingentes recursos petroleros. Pero aunque los atentados de Oslo hubieran sido realizados sólo por un locco, ese loco habría actuado como el zombie de la uniformización mediática que hace de todos nosotros personajes virtuales y víctimas colaterales de un inmenso videojuego sangriento de intereses financieros y bélicos, cuyas raíces secretas ignoramos.

lunes, 18 de julio de 2011

EL LEVIATÁN DE KAPOOR EN EL GRAND PALAIS

Por Eduardo García Aguilar
Durante un mes, en el marco del programa anual Monumenta, del 11 de mayo al 23 de junio, estuvo expuesto al interior del gigantesco Grand Palais de París el inquietante Leviatán de Anish Kapoor, artista indio nacido en Bombay en 1954, quien reside en Londres desde 1970, ha sido ganador del Turner Prize y adquirió ya un sólido prestigio como escultor en el campo de las artes plásticas con sus exposiciones en los museos Guggenheim, Tate Modern y en la Royal Academy of Arts.
Cada año, al final de la primavera, Monumenta convoca a un artista consagrado para que haga una proposición monumental e inédita al interior de la imponente estructura férrea, una obra Art Nouveau de 13.500 metros cuadrados, construida con motivo de la Exposición Universal de 1900, convocada para dar paso al siglo XXI y mostrar de nuevo el poder estético y maleable del hierro. Ese noble y rudo material reinó a lo largo del siglo XIX, mientras el mundo se industrializaba, y se rompían las barreras del tiempo y el espacio bajo la impronta de los incontenibles dioses del capital, la guerra y el progreso.
Por si solo el Gran Palais es una obra extarordinaria y culminante del Art Nouveau, hermana de la torre Eiffel (1889) y otras estructuras de hierro de la época que combinaron la piedra, el hierro y a veces el vidrio, como los múltiples edificios, palacios, monumentos, mercados, estaciones de ferrocarril que proliferaron en muchas partes del mundo de manos de los discípulos de Eiffel, y fueron el signo de la modernidad de su tiempo.
Adentro, si el espacio está vacío, el espectador queda maravillado por la luminosidad que cruza a través de las vidrieras interminables de las enormes cúpulas de la nave central de 200 metros de largo y 45 de alto, que flotan en el espacio, no lejos del río y en una de las zonas más espaciosas de la ciudad, entre la avenida de los Campos Elíseos y el Sena. Las sombras de esas dúctiles estructuras metálicas hacen del Grand Palais una obra de arte en transformación permanente y ahora, después de la minuciosa restauración practicada durante la primera década del siglo XXI uno viaja en el tiempo y se siente transportado a esos años dominados por los impresionistas.
Adentro y afuera de este monumento se viaja a los plácidos tiempos de la Belle Époque, tan bien relatados por Marcel Proust en su obra monumental En busca del tiempo perdido. Estamos en una época de relativa paz, entre guerras atroces y a tres lustros de que estalle la terrible Primera Guerra Mundial donde se experimentaron las más atroces armas que causaron la pulverización de todas las artes.
Para desplegarse en ese inmenso espacio y ser modernos y arcaicos a ultranza dentro de la estructura, cuatro artistas han acudido a esta cita. Primero fue el alemán Anselm Kieffer, luego el estadounidense Richard Serra, el francés Christian Boltaski y ahora Kapoor, que atrajo a casi 280.000 espectadores. Kiefer nos llevó al apocalipsis y su obra nos introdujo a lo que será el mundo después de la deflagración. Boltaski nos transportó a la máquina industrial de la muerte a través de los restos anónimos y silentes de los deportados y los gaseados en los campos de concentración. Kapoor ahora nos interroga sobre la vida dentro de la matriz.
Del color de la berenjena y enorme versión tripartita y anómala de la misma, la obra de Kapoor fue inflada al interior del espacio cual globo aerostático construido con materiales plásticos traslúcidos y sugiere a primera vista una criatura viva y palpitante proveniente de un enorme planeta lejano. El Leviatán de Kapoor (http://www.monumenta.com/) es un ser vivo, una « cosa » que pudo haber llegado en forma de bacteria o embrión y crecido en la tierra y a la que los terrícolas nos acercamos con temor y fascinación. El público inerme, temeroso, corderil, rodea el objeto, el monstruo, la presencia, la masa, el tumor, la excrecencia monumental, la rodea, se interroga, palpa la superficie plástica, trata de adivinar sus costuras, calibrar su tamaño.
La criatura de Kapoor llegó y estuvo ahí en silencio durante mes y medio. La gente hizo cola frente a una pequeña escotilla con puertas giratorias para acceder al vientre del monstruo tras observarlo por fuera. Y se preguntó : ¿Que habrá allí adentro? ¿Que nos ocurrirá?¿Saldremos transformados? ¿Seremos devorados como Job por la ballena bíblica? ¿Tendremos una revelación? Y la respuesta fue todo y nada a la vez, al experimentar la sensación intrauterina y palpar de nuevo la incógnita y la fragilidad del planeta y de la vida.
Adentro hubo estupor. Bellas lesbianas se tomaron de la mano y se besaron, ancianos permanecieron encorvados hombro a hombro, reflexionando sobre su muerte inminente, los niños cesaron de jugar y volvieron al embrión. Otros se desearon en silencio. Hubo susurros en todas las lenguas. Sólo faltó el líquido amniótico para volver al origen. Y la bomba y el crimen. El Leviatán de Kapoor nos volvió a enseñar la fragilidad del planeta tierra y la insignificancia fugaz de los animales que vivimos y morimos en él.




* Publicado el 3 de julio de 2011 en Excélsior, México D.F (Sección expresiones)




sábado, 9 de julio de 2011

EL ATLANTIS Y UN POCO DE CIENCIA FICCIÓN

Por Eduardo García Aguilar
El 20 de julio, con el regreso a tierra del último Atlantis, habrá terminado, 30 años después de su inicio, la era espacial de los transbordadores, que sucedieron sin mucha gloria y con dos notorias tragedias, a las históricas naves Apolo, que llevaron a hombre a la Luna, propulsadas por el cohete Saturno desde Cabo Canaveral.
En una sola década el hombre logró cumplir el objetivo de llegar al espacio y además alejarse de la tierra y llegar al satélite por medio de una proeza tecnológica que enorgulleció por un momento al hombre, en medio de la competencia provocada por la guerra fría entre las dos superpotencias, la Unión Soviética y Estados Unidos.
Ahora la prioridad será llegar a Marte en unas décadas, pero ya no como un desafío nacional estadounidense, sino como un objetivo conjunto de varias potencias mundiales y capitales privados capaces de reunir de manera conjunta las ingentes sumas necesarias para cumplir ese nuevo sueño de la humanidad, que augura la explotación de inagotables recursos naturales en los planetas cercanos del sistema solar.
Dentro de poco el planeta llegará a la temible cifra de 7000 millones de habitantes, lo que augura años futuros difíciles para la humanidad, que se ha convertido en una especie depredadora del planeta que amenaza la sobrevivencia de la especie y su hábitat.
El crecimiento desbordado de la humanidad terminará por crear tarde o temprano no sólo un colpaso alimentario, sino la destrucción de la naturaleza misma, los bosques, las riquezas minerales, el agotamiento del agua dulce, los hidrocarburos, el fin de los polos glaciales y tal vez, si creemos las predicciones de oficinas especializadas, un dramatico calentamiento global de la temperatura que aumentará las catástrofes y desencadenará la furia apocaliptica de tormentas, inundaciones, ciclones y deslizamientos que se unirán al ineluctable movimiento catastrófico de la corteza terrestre, cuyo mapa de océanos y continentes se encuentra siempre en cambio permanente.
No sabemos como concluirá finalmente esa guerra ciega entre los hombres y el planeta, entre la humanidad y la naturaleza circundante. Cuando llegue la tierra a los 9000 millones de habitantes, en este mismo siglo, no sabemos el rumbo que tomará el planeta. No sabemos si la naturaleza decidirá deshacerse de este huésped incómodo y voraz como en otras ocasiones se deshizo de especies nocivas o si finalmente el hombre terminará autodestruyéndose y dejando el globo convertido en una zona semidesértica donde sólo sobrevivirán los que siempre la han habitado, como cucarachas, ratones, bacterias y microbios. Tal vez millones de años después los huesos del hombre serán para los arqueólogos imaginarios remanentes de una especie extinguida, como miles y tal vez millones de otras especies huéspedes anteriores del planeta antes de desaparecer.
Tampoco sabemos si por el contrario y felizmente el hombre futuro avanzará en sus espectaculares descubrimientos hasta solucionar los problemas más acuciantes, como son la alimentación y el agua, liberando así a la humanidad de la esclavitud de ganarse el pan con el sudor de la frente y conduciéndola a dedicarse en exclusiva a la investigación y el saber y a esforzarse en un impulso ecologista auténtico por salvar el planeta, agredido de manera infame en siglos de era industrial. En ese caso la humanidad entera podrá parecerse a una especie jubilada que se dedica a crear inimaginables potencialidades y a viajar a otros planetas para extraer de allí riquezas, mientras la tierra recobra su vitalidad. No sabemos bajo que tipo de regímenes globalizados se instaurará entonces esa era de progreso y abundancia.
Pienso en todo esto como un homenaje al niño que se fascinaba por los avances de la era espacial de los años 60, con los primeros hombres en el espacio, Yuri Gagarin y John Glenn, y el impulso dado a la era espacial bajo el gobierno de John Fitzgerald Kennedy, antes de ser asesinado por Lee Harvey Oswald en 1963, en Dallas (Texas). Y luego, las proezas de las naves Géminis y Soyúz y el lento preparativo de los astronautas estadounidenses liderados por Neil Armstrong para el viaje a la Luna, que fue coronado con éxito en julio de 1969.
Desde ese punto climático de la llegada del hombre a la Luna y la exploración de la superficie lunar en otros viajes más complejos, cuyas imágenes todos observamos en directo en el mundo como un augurio del futuro, la conquista espacial fue perdiendo espectacularidad y se volvió rutinaria. Ahora Estados Unidos tendrá que utilizar las naves rusas para ir a la Estación Espacial, mientras inventa una nueva nave o participa colectivamente en la creación de la misma con otros países. Nuevos invitados al selecto club espacial han realizado grandes avances como Francia, India, Japón y China.
Pero nada igualará a la conquista de la Luna, a los emocionantes pasos de Neil Armstrong y los otros astronautas que lo sucedieron en la superficie del satélite. Mientras tanto, después de la despedida del Atlantis, sólo nos queda de nuevo la imaginación del precursor Julio Verne, el autor sorprendente del libro de "La Tierra a la Luna" y otros autores de ciencia ficción o cineastas cruciales como Stanley Kubrik y su inolvidable 2001 Odisea del Espacio, con quienes podemos especular hasta el cansancio sobre el futuro de la humanidad y del planeta, en lejanos tiempos que no tendremos la fortuna de conocer.

sábado, 25 de junio de 2011

LA MÁQUINA TRITURADORA DE REPUTACIONES

Por Eduardo García Aguilar
El joven congresista demócrata norteamericano, Anthony Weiner, se vio obligado a renunciar y su carrera política fue destruida al ser acusado de enviar por mail fotos suyas en ropas menores a algunas de sus amigas. El ministro francés fetichista George Tron tuvo que renunciar en medio del escándalo tras ser acusado de hacer masajes a los pies de sus colaboradoras en la alcaldía a su cargo. Julian Assange, quien molestaba a los poderes mundiales al filtrar por Wikileaks informaciones de sus fechorías y delitos, fue enredado en un caso sexual y lleva ya meses detenido en residencia en Londres acusado por unas suecas, que reconocieron haber tenido sexo consentido con él en varias ocasiones.
John Galiano, brillante modisto gay de origen humilde nacido en Gibraltar, fue destituido de su cargo en Christian Dior y su prestigio hollado a causa de unas incongruencias pronunciadas en una banal borrachera en un café del centro de París. En el juicio celebrado esta semana, una de las «víctimas » reconoció incluso que fue sólo una discusión de bar que no merecía una mediatización mundial y la destrucción de la carrera del artista.
Estas son apenas algunas de las consecuencias de la caza de brujas mediática de personalidades que llegó a su culmen con la detención del jefe del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Khan, quien espera juicio tras ser acusado por la procuraduría neoyorquina de intento de violación a una camarera de un hotel de lujo y condenado por los medios de manera instantánea, sin que pudiera defenderse ni considerar el atenuante obvio de que sus poderosos enemigos políticos habían iniciado ya una semana antes una campaña mundial de desprestigio para tumbarlo del FMI e impedir su llegada a la presidencia de Francia.
En los cinco casos ocurridos en 2011, la máquina mediática destrozó instantáneamente las vidas y carreras de tres políticos, un periodista y un artista incómodos antes de que se diera el debido proceso y se pronunciara la absolución o la condena, como si estuviéramos en los tiempos de las Brujas de Salem. Uno por enviar emails en calzoncillos a sus novias, otro por hacer sesiones de reflexología con sus colaboradoras, este por viejo verde, aquel por querer repetir el coito en una relacion consentida y el más frágil por decir tonterías ebrio en un bar.
Y mientras tanto los gobiernos bombardean y matan y las potencias hacen la guerra para adueñarse de las riquezas petroleras y minerales de los países de la periferia sin que nadie se inmute ni deplore los daños colaterales. Las grandes fuerzas financieras y los bancos mundiales quiebran como hace dos años causando miseria y desolación en el orbe y todos los países tienen que sacar dinero de sus presupuestos para evitarles la quiebra a criminales de cuello blanco, mientras arruinan y despojan a millones de ahorradores y propietarios que ya no pueden pagar las cuotas de sus hipotecas.
Los presidentes corruptos protegidos por la inmunidad pasan a la jubilación tranquilos después de haber atracado con sus compinches las arcas de sus respectivos países sin que nadie los moleste. Y eso sin contar con el exterminio de opositores, desplazamientos obligados y asesinatos selectivos que se practican en todas partes sin que los altos políticos responsables de esas atrocidades pasen ni siquiera a juicio y por el contrario sean aplaudidos como grandes estadistas. Grandes genocidas del mundo contemporáneo han terminado su días en paz sin ser molestados y otros criminales de estado contemporáneo como los George Bush padre e hijo andan orondos y sin vergüenza por el mundo después de haber odenado bombardeos o asesinatos o declarado guerras con argumentos falaces.
Pero eso sí, la maquinaria mediática del mundo manejada por grandes capitales interesados en aupar o arruinar reputaciones asesina a quienes sufren un banal desliz humano o son acusados sin pruebas. La prensa, con tal de vender, se ha vuelto la gran chismosa y el periodismo como profesión ha perdido sus filtros éticos.
No nos olvidamos todavía de ese gran escándalo mundial provocado por la derecha republicana contra Bill Clinton por tener sexo consentido en el salón oval con una joven mayor de edad y la furia de sus procuradores puritanos e hipócritas, algunos de los cuales, se supo después, habían cometido, ellos si, delitos sexuales graves. Los estrictos republicanos también tienen hijos con la muchacha del servicio, lo acaba de probar Arnold Schwarzenegger.
Cualquiera sabe lo fácil que es hoy enredar a alguien. Sólo basta contratar una empresa especializada y se encargará de hallarle la caída al enemigo a través de sus debilidades, enviándole una call girl dotada de una cámara secreta o vendiéndole un codiciado objeto con historia. Y ni siquiera eso, sólo basta que un detective pague dinero de bolsillo a la señora que sirve los cafés, a la mucama, al mesero, al guardián, a una alumna o empleada necesitada de recursos para armar una historia de violación u hostigamiento heterosexual u homosexual.
Y así con estos escándalos sexuales se tapan los verdaderos crímenes de estado, la sangre de miles de víctimas en las guerras imperiales, los colosales robos financieros y la corrupción gubernamental. Los medios de esta primera década del siglo XXI se han vuelto un arma letal impresionante y una caja de resonancia para deshacerse al instante de personajes incómodos en ascenso como el pobre representante demócrata Weiner, el alcalde fetichista francés, Julian Assange el de Wikileaks, Strauss Kahn el libertino del FMI o el frágil y borracho modisto gay John Galiano

jueves, 23 de junio de 2011

EL FANTASMA DEL INQUILINO MIGUEL DE FRANCISCO

Por Eduardo García Aguilar

Hace poco Guido Tamayo publicó en Grijalbo Mondadori la novela « El Inquilino », basada en la vida de Miguel de Francisco, un escritor colombiano de la diáspora que murió olvidado y desconocido en París el 31 de febrero de 2006. La obra ganó en 2010 el premio de novela corta de la Universidad Javeriana. No la he leído y tal vez tarde mucho tiempo en tenerla entre mis manos, pero al saber que existe ya un texto que es una variación ficticia sobre una parte de su vida, la transcurrida en Barcelona, ha venido a mi memoria su figura y en general todo lo que significa el destino de un autor apátrida que no está ni aquí ni allá ni representa una tendencia política o un país, sino a sí mismo y a la literatura.
Antes de su muerte hablé con él por teléfono. Me extrañó que hablara como si estuviera aterrorizado. Estaba haciendo el último esfuerzo para enviar a sus amigos del alma el libro « El enano y el trébol », que acababa de salir en edición bilingüe, siempre lleno de personajes macarrónicos de picaresca madrileña, obra que tanto había trabajado y que por fin salía a la luz contra viento y marea.
El lunes llegó el libro y al interior la última nota insistiendo en que le enviara las direcciones de unos amigos. Recibir cada uno de sus libros siempre había sido una gran alegría, a sabiendas de los esfuerzos que hizo para que aparecieran. Primero « Arcana », en esa edición barcelonesa de 1977, grande y cuadrada, gris, con textos invocatorios, de un delicioso barroquismo, contra la corriente de la usual narrativa llena de lugares comunes. Después « Inventario provisional », de 1987 ; luego « Armario de Solterones », el más « narrativo » de todos ; y finalmente en francés « Le trefle des chants » traducido por Laure Bataillon e « Histoire de Four Roses et des sept sœurs », surgidos de sus estadías en Saint Nazaire, becado como escritor, en 1989, en uno de los momentos más felices de su vida.
El mismo lunes le mostré la edición a Julio Olaciregui en la redacción de la Agence France Presee, en Place de la Bourse y dijimos que había que celebrarlo. Pero el martes, con la voz temblorosa, asustado también, Julio me llamó para decirme que Miguel había muerto. Francisco Rocca lo había hallado inerte en su apartamento hacía una hora y nos decía que nos víéramos con él a las cuatro de la tarde en la rue du Vaugirard frente a la Prefectura de Policía, donde los agentes ya estaban encargados del caso.
Acudí a la cita al terminar el trabajo y durante el largo y lento viaje por la línea verde del metro pensaba en Miguel con dolor, con estupor, sin creer todavía en la muerte del viejo amigo, imaginando que era una broma suya, de las tantas que hizo y que sin duda estaba en otro lado, escondido, tramando algo para sorprendernos. Salí del metro y frente a la prefectura estaban Julio y Rocca.
Luego en el café esperamos. En la prefectura una bella y sexy policia rubia de película de serie negra neoyorquina recibió de Rocca las llaves del apartamento y nos dispersamos en la tarde, ya noche invernal. Rocca, Julio y yo pasamos luego un rato en un café penumbroso de la rue de Vaugirard. Cada uno contaba su Miguel. Rocca relató los últimos días cuando él decidió cambiar de hospital y venir a uno que estuviera cerca de su apartamento y de la casa estudio de los Rocca, que eran sus amigos más cercanos.
Los otros tienen siempre de nosotros una imagen subjetiva, que es sin duda la que proyectamos poco a poco como filtraciones líquidas que manan de una roca, gotas apenas de la verdad, nuestra verdad. Son sólo aristas las que llegan a tener de nosotros las personas que nos rodean, los amigos, colegas, vencinos, porque nosotros mismos nos encargamos de armar la estatua por medio de ocultamientos o mentiras piadosas.
Ahora que exploro la vida imaginaria de mi amigo Miguel de Francisco (1949-2006) descubro que hay todo un misterio detrás de cada uno de nosotros. Somos ficciones para los otros, somos para los otros lo que deseamos proyectar y lo que los demás se imaginan que somos a través de esa proyección. Comunicamos sólo una parte de nuestra historia familiar, ocultamos otras, reconstruimos franjas, hilachas de nuestra precaria genealogía, según el lugar que ocupamos en la sociedad.
El se sentía sin duda identificado con la musicalidad poética y mística de su apellido De Francisco, aunque su relación incierta con su padre después de la separación de sus progenitores y el exilio posterior suyo con su madre muy católica por Europa fuera una huída metafórica de esa Colombia arcaica de donde provenían.
Y tal vez una de las claves de su misterio sea esa relación traumática con el padre inaccesible que ha construido otra familia y ha dejado a este primer retoño como el fruto de una lejana relación anómala. Sería el síndrome de Pedro Páramo. De ahí provendría todo el problema de Miguel, ese malestar permanente, esa inestabilidad de escritor, su preciosismo cosmopolita, esa vida de príncipe y maldito. No se como habrá abordado Guido Tamayo su Miguel de Francisco, pero me imagino que será otro muy distinto al mío, pues no conocí con profundidad su vida en Barcelona, ciudad a donde tantos escritores latinoamericanos llegan alguna vez con la esperanza de ser reconocidos y existir
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lunes, 13 de junio de 2011

LOS MISTERIOS LITERARIOS DE JAVIER MARÍAS

Por Eduardo García Aguilar
Nunca hasta ahora me había acercado a la obra de Javier Marías (1951), el novelista espanol hijo del filósofo Julián Marías (1914-2005) y de la escritora Dolores Franco Manera (1912-1977), quien se ha convertido poco a poco en una de las principales figuras de la narrativa española y europea contemporánea.


La primera vez que escuché hablar de él con entusiasmo fue a través del escritor mexicano Pedro Angel Palou en la ciudad mexicana de Puebla, a donde él y Jorge Volpi nos habían invitado a asistir a un minicrongreso literario en compañía de Alvaro Mutis, Sergio Pitol, Daniel Sada, Juan Villoro, Guillermo Samperio y otros autores.


Palou, hijo de la muy tradicional ciudad de Puebla, lugar de grandes acontecimientos históricos y bellas construcciones coloniales barrocas, llevaba su entusiasmo por Marías hasta el punto de tener pegados en las paredes y puertas de su oficina carteles enormes con fotos del autor madrileño y de las portadas de algunos de sus libros como Corazón tan blanco, el Hombre sentimental y Todas las almas.


Luego tuve más noticias de Javier Marías de parte de José Luis Perdomo, escritor guatemalteco con quien explorábamos las más extrañas y antiguas cantinas y librerías de viejo del centro histórico de la ciudad de Mexico, quien en una de sus visitas a Madrid le hizo una larga entrevista en su apartamento. Me habló de ese personaje como de alguien dedicado a la literatura, ensimismado en su mundo y alejado de las mundanidades y los escenarios de la apariencia. O sea que me lo imaginé a través de sus descripciones como si fuese un personaje de Joris Karl Huysmans, una especie de Des Esseintes madrileño, acompañado de una tortuga recamada de pedrerías y esmeraldas.


No es extraño que el hijo del filósofo Julián Marías, amigo, estudioso y cómplice de Jorge Ortega Gasset, fuera un bicho raro de la literatura en tiempos de John Travolta, como suelen ser aquellos que han crecido de niños entre los libros de sus padres bibliómanos, viendo la nieve y jugando entre amplios pupitres de vieja madera y estanterías repletas de volúmenes empastados con olor y sabor de tiempo, excitados por el tecleo permanente de las viejas máquinas de escribir Underwood y Royal.


Perdomo me describió muy bien el hábitat libresco de Marías y la rareza de su mirada nublada de miope. Después supe que había creado un extraño reino con un premio literario y una rara editorial, el Reino de la Redonda, de lo que se tenían noticias espaciadas por la prensa; de que había cortado de manera conflictiva con su editorial Anagrama y su director Jorge Herralde y había aterrizado en Alfaguara, que ha publicado desde entonces toda su obra en bellos volúmenes muy bien cuidados, como sabe hacerlo esa editorial, un tiempo dirigida editorialmente por Juan Cruz y ahora por la colombiana Pilar Reyes.


Luego, cuando en 1998 me trasladé de México a París e ingresé a la sede histórica de la Agence France Presse en la Place de La Bourse, me encontré con Javier Franco, un colega de esa redacción que estaba por jubilarse, quien me cedió su archivero metálico, era mi vecino, y me decían era muy cercano pariente del joven novelista español de moda. Pero pese a todas esas recomendaciones y cruzamientos, nunca había querido leer sus libros, tal vez injustamente llevado por cierta reticencia con los contemporáneos, en especial españoles.


Hasta que la semana pasada vi en manos de una colega, Ana Fernández, el volumen de Los Enamoramientos, novela recién salida en España y sobre la que las rutinarias reseñas confusas de los diarios españoles decían poco o nada. Días después, me prestó el volumen y empecé a leer ese libro, que me sedujo y leí fascinado y aterrorizado durante varios días de envolvente lectura, de viaje por un extraño e impar tejido y de palabras y reflexiones sobre la vida, la muerte, el deseo, el amor, la traición y el silencio. Esta lectura me recordó los ámbitos novelísticos de François Mauriac, el excelente escritor francés cuyas obras nos sacuden y quien sin duda debe ser referencia de Marías.


La novela tiene todo para ser antipática para muchos lectores porque la narradora es una « joven prudente » que trabaja en una editorial y desde adentro nos muestra el mundo fatuo de los autores y la rutina terrible de esa profesión donde predominan personajes atroces llenos de ambición como ese detestable novelista Garay Fontina que sueña con el Nobel.


Los diálogos y reflexiones subjetivas de esta joven intelectual y su amante Díaz Varela son precisos, envolventes, llenos de referencias literarias a autores como Shakespeare o Balzac y su inquietante pequeña novela El coronel Chabert, que es a su vez personaje de la obra. Hay allí sólo ámbitos interiores, encuentros y desencuentros en torno al extraño asesinato de un hombre apuesto que hacía parte de una pareja perfecta como son todas las parejas perfectas que cruzamos en nuestra vida y que la narradora observa diariamente en un café a la hora del desayuno.


Quedé atrapado en el mundo imaginario de Marías, que desmenuza la gigantesca e inagotable madeja de la vida. Una superficie de palabras que se va tejiendo y destejiendo y a través de la cual viajamos por cuerpos, rostros de personajes, estados de ánimo, como si se tratase de una gigantesca telaraña a donde nos conduce con maestría una voz perversa que nos deja allí inermes y mudos, poseídos por el malestar esencial. 

Por eso puede decirse que si aún hay autores como Javier Marías, podemos confiar entonces en que la literatura que muerde, sacude y mata, seguirá firme su camino en un mundo que le será cada vez más hostil y tratará de aniquilarla.

domingo, 5 de junio de 2011

EL PARÍS DE WOODY ALLEN

Por Eduardo García Aguilar


*Publicado en Excélsior. México DF. Jun 5 2011.


Desde hace décadas los fieles de Woody Allen no nos perdemos ninguna de sus películas, que de manera casi sagrada aparecen cada año antes del verano con su cauda de sorpresas desbordantes de inteligencia, ligereza y humor. Viajes, ciudades, neurosis, sueños, trasvestismos, muerte, sexo, amor, seducción, timidez, tiranía materna, impotencia, son algunos de los temas recurrentes en una obra que exuda por todas partes modernidad, a través de los dramas insignificantes del animal urbano.
Esta vez en Midnigth in Paris, Woody Allen ha dejado atrás el Londres de Match Point y la espléndida Vicky Cristina Barcelona, donde gozamos con Sacarlett Johanson, Javier Bardem y Penélope Cruz a través de las peripecias febricitantes del deseo y la pasión españolas y hace su homenaje al París mitológico y literario de los tiempos de enteguerras y de la belle époque, poblados en el filme por caricaturas de Toulouse Lautrec, Paul Gauguin, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Ernest Hemingway, Cole Porter, Luis Buñuel, Gertrude Stein y Scott Fitzgerald.
París es una jaula de oro y un mito muy bien conservado por las autoridades, celosas de guardar minuciosamente una escenografía que es pulida y reconstruida día a día para satisfacer a los más de 60 millones de turistas que la visitan cada año y hacen de ella una localidad rentable como pocas. El habitante de París vive así en permanencia dentro de un enorme set cinematográfico, por lo que no es extraño cruzarse día a día con la filmación de alguna película, con actores vestidos a la usanza de los tiempos de Luis XIV, los años libertinos de Sade, Voltaire y Casanova, los de la Belle Epoque de Proust y Jean Jaurès o los de entreguerras de Josephine Baker, Chagall y Modigliani, sin dejar de lado los graves días de la Resistencia y la Liberación, unos de los temas más recurrentes y traumáticos para los franceses llenos de culpas pronazis.
Eso sin olvidar toda la deliciosa y copiosa cinematografía ombliguista parisina, donde aparecen los dramas amorosos del joven burgués bohemio del siglo XXI, encarnado en una pléyade de nuevas espléndidas actrices eróticas como Isild le Besco, Marion Cotillard, Cécile de France, Ludivine Sagnier, Virginie Ledoyen, Sarah Forestier, entre otras muchas, a quienes vemos en sus glamorosos e incesantes dramas de alcoba.
Cuando uno va hacia el trabajo se cruza en las calles con personajes vestidos de Molière, Voltaire o Casanova o con resistentes de sombrero Stetson, mientras en las calles Mouffetard o Montergueuil los camarógrafos tratan de captar las tiendas típicas, los bistrots y los mercados al aire libre llenos de faisanes, gallos, conejos y jabalíes colgantes, quesos, vinos, ancas de rana, ostras y otros productos de mar, acompañados de todo tipo de exquisiteces culinarias sin fin provenientes de las regiones locales europeas o de los países exóticos del ultramar.
París es la asifixiante avenida de los Campos Elíseos con sus tiendas de lujo y el consumismo desbordado, la rue Saint Honoré o la Avenue Montaigne con almacenes de las grandes marcas de moda, Versace, Cardin, Yves Saint Laurant, Dior, Jean Paul Gaultier, pero también es el París de los barrios populares de sueño con las imágenes típicas de edificios con chimeneas entre la bruma, o las calles empinadas de Belleville, Pigalle y Montmartre, desde donde se divisa la ciudad cruzada por el mítico río Sena de los suicidas y sus juguetes imprescindibles, que son la Torre Eiffel y la supermaquillada Notre Dame.
Y para Owen Wilson, que interpreta a un guionista de Hollywood que escribe una novela, París es la ciudad del amor, la lluvia, el perfume, el deseo, el beso furtivo junto a un puente y el sexo representado por esas chicas hermosas en sus sencillas blusas y jeans ceñidos, como se ve en el emblemático personaje de la sexy Gabrielle (Léa Seydoux), ante quien cae rendido bajo la lluvia el héroe literario de esta película. Y es también la contradicción entre el artista y el burgués, el bohemio y el puritano, el dinero y el vino. La literatura contra la realidad.
En Midnigth in París, Woody Allen nos sirve la sopa del trajinado mito parisino y el héroe intoxicado de lecturas y sueños de otras época viajará en el túnel del tiempo hacia el pasado embellecido por el paso del tiempo. Hablará con Hemingway y Dalí, se enamorará de una amante de Picasso y al final cambiará el proyecto de boda con su insoportable novia y sus detestables suegros por la supuesta vida bohemia y natural de un escritor enamorado, que opta por el sueño. Una historia cursi como las de Woody Allen, que sin embargo nos reconcilia con el set cinematográfico donde vivimos y sufrimos.
Cuando apareció hace cuatro décadas, Woody Allen, con su figura insignificante, escuálido, narizón y gafufo, se convirtió en el héroe de feos, tímidos y fracasados del mundo que luchan para sobrevivir en un mundo de competencia despiadada donde la publicidad incita a todos a ser millonarios, modelos, vedettes o estrellas de cine.
¿Cómo vivir la vida si el individuo es por el contrario el más insignificante, el menos erótico, el más indeciso, enclenque, enano y narizón hasta la ridiculez, un solitario onanista entre rascacielos, sistemáticamente humillado y marginado en el trabajo y la vida social y traicionado por amores que se aburren con él? Woody Allen ha realizado una obra que es una larga psicoterapia urbana de cuatro décadas, centrado en las destruccion de los arquetipos y los mitos, las insatisfacciones de la pareja, la imposibilidad de la vida familiar, las mentiras y autotraiciones recurrentes del ser en urbes que exigen éxito.
Con Bananas (1971), Play it Again, Sam (1972), Todo lo que usted quería saber sobre sexo y no se atrevió a preguntar (1972), Annie Hall (1977), Interiores (1978), Manhattan (1979), Stardust Memories (1980), La Rosa púrpura de El Cairo (1985), Hannah y sus hermanas (1987) y muchas más, Woddy Allen se convirtió en psicoterapeuta familiar de sus admiradores.
Pero en esta última caricatura de París se vuelve más ligero, menos neurótico, hace un guiño a los escritores, personajes que en vida sufren como Ernest Hemingway, Malcolm Lowry y Francis Scott Fitzgerald, pero que la leyenda engrandece. Woody Allen, que vino por primera vez a la ciudad en 1965 y desde entonces la visita con frecuencia, afirmó en el reciente festival de Cannes que esta película es su visión subjetiva de un París bajo la lluvia y un diálogo con algunos de los directores como Jean Renoir, François Truffaut y Jean Luc Godard, lo que ha logrado con creces. París, con Woody Allen, ha vuelto a ser de nuevo una fiesta.

sábado, 28 de mayo de 2011

LA INFAME POLICÍA CATALANA Y EL MALESTAR EUROPEO

Por Eduardo García Aguilar
Las escenas de violencia del viernes 27 de mayo en las calles de Barcelona, cuando la policía atacó con lujo de violencia a indefensas jovencitas y jovencitos del movimiento pacífico « Indignados » que acampaban en la plaza de Cataluña, muestra la efervescencia que se siente en varias capitales de Europa, donde se trata de reproducir el modelo de las rebeliones de Túnez y Egipto contra un clase política corrupta y desprestigiada.
Las imágenes de los temibles policías catalanes golpeando y haciendo sangrar a una jovencita que grita despavorida mientras es arrastrada hacia el vehículo policial y las imágenes de jóvenes ensangrentados bajo los golpes inclementes, muestran que cualquier chispa trágica puede desencadenar un movimiento grave de rebelión contra la injusticia en España.
De inmediato los indignados volvieron a acampar en Madrid, donde miles de manifestantes acudieron a la Puerta del Sol y los barceloneses se reinstalaron en la plaza, de donde los querían desalojar con el pretexto que había que preparar las festividades en caso de triunfo del equipo local Barça frente al Manchester en la Liga de Campeones. O sea el fútbol corrupto como arma para aplastar a un movimiento ciudadano.
El estado se arroga el derecho de despejar a los ciudadanos indignados para obligarlos a celebrar la millonaria empresa futbolística privada y por supuesto imponer el anestesiante pan y circo del fútbol a una ciudadanía que está harta de la crisis, la corrupción, la plutocracia y la dictadura de dos partidos que ligados a los grandes capitales y a los medios manipulan a la población y la polarizan.
Los infames Mossos de Escuadra actuaron igual que los policías tunecinos y egipcios contra los valerosos jóvenes que gritaron basta y tratan de hacer reflexionar sobre estos años de delirio artificial vivido por España tras el ingreso a la Comunidad Europea hace unas décadas, cuando gracias a las subvenciones europeas y a las burbujas inmobiliarias y financieras hicieron creer a todos que el pais había pasado sólidamente de la pobreza del franquismo a convertirse en una potencia que bajo el derechista Aznar incluso se daba el lujo de apoyar guerras ajenas.
Todo era una gran mentira. Millones y milones de edificios surgían como champiñones en ciudades, playas, campos, riberas, devastando con cemento la naturaleza. Ilusionados por el cuento chino de ser propietarios, millones de españoles de todas las edades se endeudaron hasta el cogote en condiciones leoninas y ahora no saben como hacer para pagar los enormes intereses de esas viviendas devaluadas que valen a veces la mitad de lo que costaron.
La clase política corrupta del Partido Popular bajo Aznar y del Partido Socialista bajo González y Zapatero se enriqueció en esa feria, y escándalo tras escándalo vimos el desfile del concubinato entre políticos y celebridades, mafiosos latinoamericanos, árabes y rusos y la plutocracia de España, autoritaria y sedienta, depredando en América Latina como en los tiempos de la Colonia.
La burbuja atrajo como moscos a millones de latinoamericanos, en su mayoría peruanos, ecuatorianos, argentinos y colombianos pobres que viajaron a España con la ilusión de un empleo y de un día para otro, tras la crisis y el fin del sueño, se vieron atrapados allí sin un peso, considerados como desechables, por lo que regresaron más pobres que antes a su tierras. Y en lo que respecta españoles, el desempleo es la ley en todo el país, los jóvenes deben vivir para siempre al lado de sus padres y quienes milagrosamente obtienen un empleo deben satisfacerse con los famosos mil euros que dieron origen al triste calificativo de « mileuristas » a los millones de empleadillos de la Madre patria.
La dictadura bipartidista surgida de la transición ha terminado por ser una arrogante bota de plomo sobre la juventud que nació y creció después de la muerte del dictador genocida Francisco Franco. Los políticos siembran odio día a día y sólo utilizan las fallas del enemigo para atacarse sin pensar en el bien común. Por eso los jóvenes ya no pueden más y salen a acampar en las calles ante la mirada atónita de esos padres que vivieron las tres décadas gloriosas de la ilusión de progreso generado por el ingreso a la Comunidad Europea, cuando ingresar a ella era visto aún como la llegada a las tierras del maná bíblico.
A los españoles han seguido ahora los indignados griegos que acampan para protestar por las condiciones draconianas de los planes de rigor aplicadas por las potencias a una población que no tiene la culpa de las fallas de su clase politica. En Inglaterra los jóvenes manifestaron hace unos meses contra los planes gubernamentales de precarizarlos y cerrarles las puertas de las universidades, mientras los intoxican con bodas reales millonarias. La juventud inmigrante francesa de los suburbios también se rebeló hace unos años incendiando miles de vehículos en los malditos barrios donde la policía sarkozysta reina dictatorialmente contra el inmigrante árabe o africano.
Pero ahora las imágenes de la infame policía catalana golpeando a inermes jovencitas, dejan atónitos a quienes hemos amado a Barcelona como un lugar de luz y cultura. Ahora la policía quiere obligarlos a celebrar la industria de un fútbol millonario y corrupto con el que la clase política quiere tampar el sol de la crisis con balones. Los despreciados jóvenes moros de Túnez y Egipto han dado por fin un ejemplo a los jóvenes europeos y les muestra el camino de indignación necesaria tras años de lobotomía mediática, arribismo y política mediocre.

lunes, 23 de mayo de 2011

SEXO, CAMA, POLÍTICA Y MENTIRA




Por Eduardo García Aguilar
Dominique Strauss Kahn, director del Fondo Monetario Internacional (FMI), era uno de los hombres más poderosos del mundo y el más probable futuro presidente de Francia, o sea una figura a abatir a toda costa para sus enemigos políticos. Los gabinetes secretos habían empezado ya a disparar unos días antes contra el personaje, acusándolo de todas las barbaridades. Primero, de viajar en un auto Porsche que ni siquiera era suyo y luego usar trajes de decenas de miles de dólares. Pero la principal acusación era que se trataba de un peligroso seductor y libertino que adoraba a las mujeres, las orgías y los desbordamientos sexuales en la cama.
En unas semanas todo indicaba que Strauss Kahn presentaría su candidatura, mientras las encuestas auguraban casi con toda certeza que derrotaría al actual presidente de Francia dentro de un año por amplio margen. Su ascenso causaba pánico en el Palacio del Elíseo y en los rangos de la derecha, dividida y desanimada a causa de las torpezas del actual mandatario.
Cuando Strauss Kahn tomó la jefatura el FMI hace unos años, esa institucion había perdido toda su fuerza y prestigio y ahora, tras su renuncia por el escándalo, el brillante economista la dejó en pleno funcionamiento, con energía recobrada para enfrentar las consecuencias de la crisis mundial y tratar de apagar incendios en varios paises en bancarrota de la vieja Europa.
Cáiganos bien o mal su figura, el asesinato político y humano en directo del personaje y su defenestración por un supuesto intento de violación o manoseo de una camarera de 32 años en un hotel de lujo de Manhattan, lleva a sacar conclusiones sobre la nueva era informativa que vivimos, donde la noticia es una mercancía muy rentable. La presunción de inocencia fue totalmente vapuleada en directo y la vendetta fue de tal magnitud que provoca escalofríos y muestra la perversidad del sistema político-mediático que domina el mundo como una gigantesca araña de multiples visos fosforescentes.
Cuando Strauss Kahn entraba a la cárcel, se anunciaba que la modelo italiana Carla Bruni, esposa del actual presidente de Francia y principal rival del supuesto sátiro, está embarazada, por lo que en este año electoral todas las revistas del corazón hablarán de ellos y al final una buena parte de la población cursi, probablemente lo reelegirá para un segundo mandato, pues el bebé fascinante aparecerá en la recta final, poco antes de las elecciones.
Por un lado veremos en directo el viacrucis del poderoso libertino, el sucio viejo verde, y por otro la historia perfecta del triunfante aunque poco agraciado presidente que será padre en plena campaña electoral. A un lado el demonio, el lascivo macho cabrío panzón y canoso, socialista, y al otro el reencauchado personaje presidencial de derecha, muy parecido a Louis de Funés, que se ha desembarazado milagrosamente de su principal enemigo.
Strauss Kahn era el único candidato de rango mundial en las filas de la izquierda moderada cuyas capacidades técnicas y de estadista nadie cuestionaba. Pero como el otro único presidente socialista, el finado Francois Mitterrand, tiene fama de mujeriego y libertino, asunto por demás totalmente natural en un país donde florecieron en el siglo XVIII los inolvidables libertinos encabezados por Casanova, Retif de la Bretonne y el Marqués de Sade.
Francia se salvó de convertirse en un país puritano como Estados Unidos, el único donde pueden ocurrir cosas tan delirantes como el escándalo vivido por Bill Clinton a raíz de una aventura consentida con Mónica Lewinsky en la Sala Oval de la Casa Blanca. El mundo vivió en directo su caída entre polémicas bizantinas sobre la introducción de un cigarro en el sexo de la joven y las probables manchas de semen en la falda. Todo eso instrumentalizado en una batalla política entre republicanos y demócratas por repugnantes procuradores que después se supo tenían rabo de paja.
En Francia y los países latinos europeos, desde los tiempos de los libertinos, el sexo, las orgías, el intercambio de parejas, la heterosexualidad o la homosexualidad, el adulterio, la frecuentación de cortesanas, los hijos fuera del matrimonio, son asuntos de orden privado que no afectan a las carreras políticas ni incumben a los procuradores de la moral.
Pero ante la globalización mediática acelerada en la era internet, se ha introducido una velocidad escalofriante que impide, cuando se genera un escándalo, tomar la distancia necesaria para reflexionar y por eso un chisme, una calumnia o un presunto delito se convierten de facto en condenas puritanas en directo, lapidaciones instantáneas del acusado.
Basta entonces lanzar un rumor, una acusación falsa, una manipulación infomativa, para que el mal esté hecho y sea irreversible en una coyuntura política. Un opositor puede ser fácilmente llevado a la picota pública. Poderosos, gobiernos, servicios secretos, gabinetes mediáticos, lobbys económicos, especialistas en guerras sucias informativas pueden difundir historias en la prensa que abatirán al abatible.
La política en democracia se convirtió en una astuta obra de ficción donde todas las armas son posibles. Desprestigiar al enemigo y armarle trampas sexuales. Utilizar la propia vida privada para engrandecerse, inventando parejas de sueño, historias de amor ficticias. Todas las armas mediáticas son posibles para manipular a una población mundial de miles de millones de borregos.
Las revistas del corazón y la prensa en general son los instrumentos de esta manipulación permanente y la democracia, que se inventó supuestamente para oponer ideas políticas y dar la voz al pueblo, se volvió una sucia trama de golpes y contragolpes mediáticos que ocultan siempre la verdad en beneficio de sucios y tenebrosos intereses.


sábado, 14 de mayo de 2011

VIDA, GLORIA Y TRAGEDIA DE PABLO NERUDA

Por Eduardo García Aguilar

Ahora que la polémica sobre el posible asesinato de Pablo Neruda a manos de los esbirros de Augusto Pinochet el 23 de septiembre de 1973 enciende los espíritus en Chile, basta tomar su Canto General para volar como nunca por los océanos de la palabra, porque de su voz, de eso que llaman estro brotan acantilados, precipicios, soles, montañas, grandes ríos, lágrimas y amores desbordados en el salitre de la tarde.


Todo lo que tocaba Neruda con su palabra lo convertía en oro o en dolor o en lluvia o en silencio y desde muy temprano, iluminado por la fuerza inédita de la lengua castellana, enriquecida por viajes y lecturas, se convirtió poco a poco en la voz del continente y más allá, de la tierra toda y las estrellas.


Nació en 1904, publicó su primer poema a los 14 años y sus famosos Veinte poemas de amor a los 20, y más tarde con los Versos del Capitán y el Canto General obtuvo una merecida gloria en vida, sólo comparable a la que tuvo otro gran poeta latinoamericano, el nicaragüense Ruben Darío, de similar magnitud literaria.


He pensado en todo esto al leer en la prestigiosa revista mexicana Proceso, que su último asistente personal y chofer, Manuel Araya, de 65 años, da otra versión de su muerte, que parece bastante factible. Dice la revista Proceso que « Todo estaba dispuesto para que el poeta y premio Nobel de Literatura Pablo Neruda se exiliara en México. Había viajado de su casa en Isla Negra a Santiago de Chile y un avión enviado por el gobierno mexicano estaba listo para recogerlo. Sin embargo, tuvo que ser internado en la clínica Santa María. Avisó por teléfono a su mujer, Matilde Urrutia, y a su asistente Manuel Araya que un médico le había puesto una inyección en el estómago. Unas horas después murió. Araya –quien estuvo al lado del poeta en sus últimos días– cuenta a Proceso un secreto que lo ahoga: el poeta fue asesinado ».


El golpe lo había sorprendido en su preciosa casa junto al mar en Isla Negra, donde tenía todas las pertenencias recogidas a lo largo de su vida de viajes, como el famoso mascarón de proa y todo tipo de piedras, obras de arte y libros. Sufría un cáncer de la próstata que estaba controlado, según Araya. Cuenta el ayudante que se fueron el 19 de septiembre con Matilde Urritia y Neruda, hacia Santiago de Chile, con la esperanza de huir en ese vuelo que llevaría al poeta al exilio. Dejaron a Neruda en la clínica, fueron por sus pertenencias y al regresar de Isla Negra se percataron de la mancha roja en el estómago del poeta. Esa misma noche, del 23 se septiembre, murió quien acababa de obtener apenas dos años antes el Premio Nobel de Literatura. Araya fue detenido esa misma tarde, baleado e internado en un estadio. Matilde Urrutia no quiso presentar demanda para no agravar su situación y evitar que le confiscaran la casa de Isla Negra.

Así terminó esa gran vida en la angustia, el dolor y el miedo. Cuentan que los tres fugitivos se tomaron de la mano y lloraron juntos e inconsolables en ese viaje de Isla Negra a Santiago antes del desenlace final, luego de ser agredidos, requisados y humillados varias veces por los militares, impasibles ante el hecho de que fuera Neruda el más grande hombre de Chile y les pidiera clemencia. Los militares habían llenado los estadios de presos y estaban matando como ratones a todos los opositores, sin dejar de revisar ni el más mínimo rincón del país para exterminar socialistas, comunistas, izquierdistas o miembros de agrupaciones progresistas cristianas o humanitarias de bien.

Cuando Neruda estaba en vida, su voz fue una liberación y un consuelo que se volvía clímax al llegar a las ciudades que visitaba, convertido en la fuerza moral latinoamericana. Su llegada era siempre un terremoto y su figura enorme, gruesa, paquidérmica, rostro hinchado, cachucha de cuadros, nariz protuberante, gran barriga, paso torpe de leviatán indonesio, era un imán que atraía a todos desde los rincones desclavando relojes, en países y ciudades donde todavía la poesía tenía algún valor.

A Neruda a los quince años tuvimos la fortuna de seguirlo desde lejos, casi espiándolo, cuando se paseaba con su esposa Matilde Urrutia por las calles de Manizales, durante los días que estuvo en la ciudad. Nos habían dado libre en el Instituto Universitario para ir al recital al Teatro Fundadores el 8 de octubre de 1968 y miles de personas de toda las edades y orígenes acudimos a escucharlo. Fue tal la algarabía y el entusiasmo, el deseo de no quedarse afuera, que centenares de personas excluidas rompieron las gruesas vidrieras de la entrada y abarrotaron el teatro hasta que no cupo una aguja.

Como no había lugar, nos subimos al escenario y permanecimos todo el tiempo a su lado escuchándolo, mirando desde arriba al público hipnotizado. Al final le sustraje un recorte de papel con el que marcaba el volumen del Canto General, del que había leído apartes ante el entusiasmo de la multitud y que decía con su letra escrita con plumón verde « 13. Pobreza. ».


Sólo cinco años después vendría el trágico desenlace de este gran poeta que de la gloria pasó en unos días a ser un paria solitario e incómodo, que pudo ser asesinado antes de salir por el mundo a volver a cantar y luchar contra la dictadura con una fuerza moral que habría sido intorelable para el régimen.

domingo, 8 de mayo de 2011

OSAMA BIN LADEN Y EL SATÁNICO DOCTOR NO

Por Eduardo García Aguilar

Ni en las películas más delirantes de espionaje, como las del agente 007 James Bond frente al Satánico Doctor No, se alcanzó la dimensión fantástica y cómica del personaje global y destructor Osama Bin Laden, quien logró dominar esta primera década del siglo XXI dejándonos sin aliento y sembrando el terror, apoyado en el fanatismo de una secta religiosa loca.


Todos los hombres de esta época recordaremos hasta el último suspiro la espectacultar destrucción de las Torres Gemelas en Nueva York y la muerte de miles de personas atrapadas en ese símbolo mundial del poder estadounidense, al lado del Wall Street. Cuando vimos en directo esas imágenes pensábamos que se trataba de una película y no de la realidad contante y sonante que inauguraba con esplendor escalofriante el siglo XXI.


Una década antes, en 1989, habíamos celebrado en Nueva York la impensable caída del Muro de Berlín y de los tiempos de la Guerra Fría, e incluso algunos excitados teóricos del momento, como el famoso Francis Fukuyama, auguraron con ingenuidad el fin de la historia.


Uno tras otro los países de la esfera soviética se fueron liberando de la bota totalitaria y la propia Rusia, al mando de Mijail Gorbachov y del borracho Boris Yeltsin, se desmoronó como un castillo de naipes, dando paso al retorno del capitalismo y del cristianismo ortodoxo bizantino que reconstruyó las fabulosas iglesias derruidas por José Stalin.


La vieja Rusia bolchevique se trocó en un país supercapitalista dominado por grandes oligarcas ultramillonarios y caminar ahora por la calle Arbat es asistir a un obsceno espectáculo de lujo y derroche, autos de marca, tiendas para nuevos ricos, prostitutas fascinantes y glamour de perfumados arribistas.


De lado asiático, la China de Mao Tse Tung, el "inolvidable sol rojo que ilumina nuestros corazones" de hace cuatro décadas se volvió el infame taller de un capitalismo salvaje, donde los supuestos comunistas dominan una mano de obra barata con la que logran una acumulación gigantesca que hace temblar las potencias occidentales dominadas por estafadores.


Y en medio de tantas sorpresas, los islamistas fanáticos, surgidos de la caja de pandora dejada por el hundimiento del bloque soviético, reaparecieron con toda su fuerza exigiendo que el mundo vuelva humildemente bajo su dominio, como lo soñó el profeta Mahoma. Un mundo tribal bajo la ley del diente por diente, donde la teocracia domine todas las expresiones humanas bajo el grito estremecedor de los muecines desde las cúpulas de sus minaretes.


El Renacimiento, la Ilustración y las Repúblicas lograron detener por un tiempo el avance de los fanáticos islamistas, instalando en parte del mundo valores de tolerancia y derechos humanos, pero de repente, cuando creíamos haber llegado a la modernidad laica lejos de totalitarismos y fanatismos, la hidra de la intolerancia renació con las dos cabezas ventrílocas de Bin Laden y George W. Bush.


Cuando los talibanes dominaron Afganistán tras la retirada rusa y empezaron a hacer reinar el terror de la ley islamista, vimos decapitaciones y lapidaciones de infieles y adúlteras en estadios llenos de gente que celebraba la explosión de la sangre. La mujer que Occidente había liberado poco a poco, volvió a ser la esclava cubierta por las negras burqas y las imágenes o expresiones de otras religiones o culturas fueron prohibidas. La locura y el desafío de estos dementes llegó incluso a dinamitar una giganteca imagen milenaria de Buda, sin tener en cuenta las protestas del mundo.


Ahí en ese Afganistán dominado por los talibanes reinaba Osama Bin Laden. Ahí se formaron los nuevos ejércitos que combatirían contra los infieles de Occidente y poco a poco ese millonario descarriado, hijo de magnates árabes, que conocía todos los lujos y poderes, se volvió el líder mundial de un espectacular desafío, como en su tiempo lo fueron en la ficción el tenebroso Doctor No o Goldfinger, perseguidos por el apuesto agente 007 y sus bellas acompañantes.


Bin Laden siguió apareciendo en videos, lanzando mensajes amenazantes y sobreviviendo milagrosamente a bombardeos y guerras de venganza lanzados por Estados Unidos. Los talibanes cayeron, pero Bin Laden siguió por ahí protegido por las tribus y los altos poderes secretos de Pakistán, una potencia nuclear que oscila peligrosamente entre Occidente y el islamismo.


Todas las especulaciones eran posibles y ahora, de repente, diez años después, volvemos a vivir en directo el fin de este oscuro personaje, con la esperanza de que su tiempo haya pasado, pues las revoluciones árabes han dado por ahora la espalda al fanatismo religioso y al deseo de teocracias.


Como en las películas de James Bond, Bin Laden murió en la casa donde vivía hacía seis años al lado de su harem y después su cadáver fue lanzado al mar para que nunca haya un santuario o una nueva Meca a su nombre.


Bin laden quería ser el nuevo Mahoma y tal vez en los próximos siglos los hombres de esas tierras lo tendrán en su santoral al lado de los profetas. Este es el mundo increíble que vivimos. Si los grandes pensadores de la Ilustración, encabezados por Voltaire, regresaran al mundo, no podrían creer lo que vemos. El Satánico Doctor No ha vuelto y se ha ido como por encanto disfrazado de Bin laden, el espléndido juguete que asustó esta década al niño que todos llevamos dentro.

domingo, 1 de mayo de 2011

OSCAR JURADO: DANDY Y SAMURÁI DE LOS ANDES

Por Eduardo García Aguilar
La última vez que lo vi fue en el café La Casona, a donde llegué por azar hace cuatro años y lo encontré sentado allí con la imagen inconfundible de dandy en el mejor sentido de la palabra dandy, o sea elegante, indómito, lúcido y rebelde como fue siempre a lo largo de su vida, desde los tiempos en que los adolescentes infectados por la literatura lo admirábamos en Manizales como el modelo a seguir porque además era un Samurái invencible.
Fue muy emocionante volver a verlo, pues para muchos desempeñó el papel de un hermano mayor en materias de literatura, dramaturgia y actitudes vitales y éticas, sin olvidar los momentos vividos al calor de la copa y la amistad o en las intensas luchas sociales de entonces, sin las cuales la formación de un hombre no vale la pena. Era el más contemporáneo y lúcido escritor del momento, conectado con las tendencias nuevas de la literatura latinoamericana, que palpó en su periplo argentino, y sus ideas políticas y sociales eran abiertas y mesuradas sin el fanatismo infantil de los sectarios en boga.
Oscar me miró con esa complicidad que nos unía desde hacia tanto tiempo, cuando en zonas ya arqueológicas del recuerdo vivíamos los años en que la ciudad nuestra se convirtió en un centro cultural de importancia latinoamericana y mundial con el Festival Internacional de Teatro, visitada por figuras como Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Ernesto Sábato, ---quien acaba de morir mientras escribo estas líneas--- Jerzy Grotowsky y centenares de figuras del teatro y la literatura que llegaban desde todos los puntos cardinales y nos nutrían con sus ideas.
Pidió media botella de aguardiente Cristal para celebrar el momento y brindamos con pocas palabras, con la alegría mutua de saber que el discípulo había seguido su camino lejos y que el joven maestro había recorrido el suyo con dignidad admirable en una sociedad injusta y corrompida, alejado de la vanidad y la apariencia, el arribismo, la intriga, la burocratización, transcurriendo con inteligencia y lucidez a toda prueba contra la corriente.
En otra mesa mi amigo el poeta Antonio Leyva fue testigo de ese reencuentro y con la sabiduría de los viejos amigos generosos que entendía lo que significaba para mí, quiso que fuera así entre ambos, cara a cara, solos, sin interrupciones, el encuentro de dos seres humanos que saben ya con la experiencia que veinte años no es nada, como dice el tango.
Debo decir que esos momentos de conversación y alegría vividos mientras terminábamos la media botella han sido uno de los más emocionantes encuentros que he tenido con un escritor, porque pocas veces se comparte además de la literatura, una forma de vivir la vida y pedazos de la misma que se hunden ya en una personal arqueología coterránea digna de ficción. Fue tan emocionante ese encuentro como cuando almorcé con Gabriel García Márquez en el restaurante André de Coyoacán. No sólo los escritores triunfantes, famosos y gloriosos son importantes. Los escritores cobijados por el silencio, los rebeldes como él, son también muy grandes.
Porque sus amigos más jóvenes fuimos testigos de su amor y el dolor profundo de perderlo y tuvimos la fortuna de conocer a Antonieta y atestiguar esa bella pareja que hacía con su amada, podemos decir que Oscar era también un ser de carne y hueso, más allá del mito que era para todos nosotros los estudiantes poetas, con sus inolvidables piezas teatrales Ellos tienen la culpa, El día de la ira, Collage para siete marginados y el magisterio como formador de directores de teatro. Una parte de la historia de la ciudad y la vida lo compartimos. Los agites sociales, el entusiasmo cultural y periodístico y la pasión de vivir con la única ambición de guiarse por una ética humana, más cerca de los desposeídos que de los poderosos.
La hora pasó y el dandy en el mejor sentido de la palabra dandy se despidió. Salió de La Casona rumbo a la terminal de autobuses, cargando una bolsa oblicua en el hombro y se perdió por las calles antes de que avanzara la noche. Se fue con su barba entrecana, el bello rostro de viejo viajero erguido frente a la tempestad de la vida, su impecable saco, que en él parecía salido de una exclusiva sastrería londinense. Fue la última vez que lo vi. Me dijo que vivía afuera de la ciudad y era un ermitaño rodeado de música y de libros. No se quejaba, sonreía, comunicaba vitalidad.
Oscar Jurado (1944-2011) nos acompañó con la complicidad de un hermano mayor cuando dábamos los primeros pasos de escritores, nos abrió con Héctor Moreno, Beatriz Zuluaga y Mario Escobar Ortiz las páginas culturales de La Patria para nuestras primeras creaciones.
Alguna vez, a los 15 años, fui a verlo en la redacción de ese diario con un pequeño cuaderno de poemas que escribí en cuarto de bachillerato, durante las clases de matemáticas, y después de leerlos, puso allí estas palabras inolvidables : « Eduardo: el día que el azúcar sea para todos ya no tendremos palabras amargas » y estampó su firma, que tengo aquí a la vista, a mi lado a la hora que ha muerto Ernesto Sábato, el autor de El Túnel y Sobre héroes y tumbas.
En aquellos tiempos irrepetibles, cuando la ciudad se convirtió en un centro cultural importante a través los primeros Festivales Internacionales de Teatro, Oscar Jurado ya era una autoridad en materia teatral, intelectual y periodística. Ahora nos toca releer sus textos y volver a ver sus piezas de teatro. Y seguir teniéndolo como ejemplo de Samurái, de viajero solitario en océanos agitados por la tempestad de la poesía.

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Otras obras de Oscar Jurado: Las señales del desahucio. Las fronteras del sueño. Retrato de un desconocido.

sábado, 23 de abril de 2011

NOVELA, EXITO Y PODER

Por Eduardo García Aguilar


La novela es un género literario que logró su máxima expresión en el siglo XIX, durante la expansión burguesa e industrial europea y norteamericana, y se desplegó con todas sus fuerzas en el mundo gracias a su estrecha relación con el poder, el dinero, la utilidad, la energía, la cantidad, lo rentable, lo palpable, el éxito y la fama, que son elementos básicos de la época en que vivimos.
Un novelista es grande porque batalla para construir él solo un mundo dentro del propio mundo, dándole vida propia y haciendo que al interior del volumen que abrimos en las noches de insomnio ocurran miles de cosas y se escuche el interminable bullicio de las muchedumbres y los siglos entre músicas, olores, dolores, llantos, triunfos, sentimientos, muerte.
Suelen coincidir los grandes novelistas en considerar que la novela, además de talento, exige más que todo gran capacidad de trabajo y paciencia infinita. No necesariamente los escritores más talentosos crean una vasta obra novelística, porque muchos fallan con su locura en el lado terrenal del trabajo y la tenacidad, que es la madera de los grandes empresarios, constructores y políticos.
A veces un escritor de talento mediocre, pero con gran capacidad de trabajo puesta al servicio de una historia, puede lograr la proeza de crear un mundo dentro del mundo. Y muchas veces los fantasmas, dudas y fracturas profundas hacen que un gran talento sea incapaz de controlar el río desbordado de sus sentimientos y fracase en el intento, sumido en un inexplicable e injusto mutismo.
En la historia de la novelística hay amplios cementerios de talentos traicionados por sus propias debilidades, de grandes autores muertos en plena batalla, incapaces de terminar los edificios y pirámides que habían iniciado con el ímpetu de sus ambiciones juveniles. Y en el prontuario del éxito hay muchos talentos medianos, que a fuerza de aplicar el hacha día a día, bajo el sol, a fuerza de sudor y tenaces sufrimientos y privaciones de años, logran derribar la selva y abrir espacios antes impenetrables que conducen al puerto, a las ciudades soñadas.
Todos los novelistas saben que ese género requiere un 5% de talento y 95% de trabajo. Sin ese 95% de trabajo empecinado del aserrador y el labriego ninguna gran idea, ningún proyecto, ninguna historia, logra revelarse y concretarse en libro. El poeta puede fracasar, su esencia y sus triunfos están compuestos de fracaso, derrota, inocencia, indiferencia, generosidad, mientras el novelista está condenado a buscar el triunfo y su combate se da hasta el último suspiro, pierda o gane, obtenga o no el reconocimiento de sus contemporáneos.
Como un empresario, el novelista trabaja miles de horas, años, domando con su palabra un mundo lleno personajes, muchedumbres, paisajes y ciudades donde suceden cosas y se oponen fuerzas múltiples. El novelista coordina y equilibra con tenacidad ejemplares las fuerzas centrífugas que pueden escapársele de la obra o arruinarla si no hallan los cauces necesarios para desplegar la energía que anima el proyecto. El novelista tiene que ser un gran jefe y poseer la minuciosidad balzaciana del experto contable, que tiene en mente todos los hilos secretos del negocio controlados de atrás para adelante y debe unificarlos para lograr el objetivo de sacar el producto al mercado y conquistar el mundo.
Por el contrario, el poeta vive en el ocio, la contemplación, el ensimismamiento, pues jamás podrá vivir de sus versos u obtener de ellos recompensa económica alguna. A un gran poeta pueden bastarle unas cuantas decenas de poemas escritos a lo largo de la vida, pues se considera que la proliferacion devalúa el mensaje de su palabra. El poeta está anclado a la vida, trabaja como cualquier otro ciudadano y en algunos instantes epifánicos escribe los textos que nos fascinan. El poeta es un medium, la poesía es su vida, la lleva adentro, es transparente y anónimo. Es el vecino de al lado.
En cambio al escribir novelas, desplegando su energía protéica, el escritor adquiere notabilidad en la sociedad y en algunos casos dinero o representatividad política. La sociedad lo premia por ese esfuerzo extraordinario, muscular, de crear obras con tenacidad y munuciosidad de relojero. El novelista es un gran deportista. Es notable como el político o el empresario y admirado porque emprende una tarea titánica a lo largo de muchos años de soledad. Y para conservar su lugar en el mundo, tiene que estar presente cada año con nuevas obras o debe opinar sobre política, guerras, religiones. El novelista es un demagogo. Siempre estará listo a subir a la tribuna para encender al pueblo y recibir ovaciones. El novelista expresa la fuerza de naciones, continentes, lenguas, ideologías, como Tolstoi, Dickens o Victor Hugo. El poeta sólo expresa los misterios del ser.
Vivimos en una época en que un escritor puede ser muy famoso sin ser leído e incluso sin escribir sus libros, pues ese trabajo se lo hacen los "ghost writers". Ser escritor es ahora sólo una "etiqueta" social, que puede llegar a ser muy rentable. Por eso es delicioso el estoico anonimato y el goce de vivir la literatura de los estetas, sin angustiarse por el poder, la competencia, el reconocimiento y la inútil fama.
Ningún escritor llega ahora a ser tan importante como un futbolista o un cantante pop. El modelo clásico o romántico o maldito de escritor, cuyo auge se vivió en los siglos XIX y XX, ha terminado. A través de la red hemos llegado a un verdadero comunismo literario. Todos los internautas son escritores de una fenomenal obra colectiva que de todas maneras irá al olvido por efecto de la proliferación, aplastada en si misma como un hueco negro. !La novela ha muerto! !Viva la novela!.
Como buen tendero, industrial o exportador, el novelista acumula materiales, intercambia, invierte, ahorra, genera prosperidad, trama estrategias de seducción del público y de los poderosos que le llevarán y lo acompañarán en el éxito. Si no lo hace desaparece.
Por eso admiramos a Tolstoi, Dostoievsky, Balzac, Zola, Melville, Conrad, Mark Twain, Miguel Angel Asturias, Gabriel García Márquez, Joseph Roth, Thomas Mann, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Jorge Amado o Alejo Carpentier, entre otros muchos novelistas de los últimos dos siglos. Mientras nuestra época industrial perviva, ellos pervivirán. En cada novelista de hoy y de ayer se esconde siempre un Quijote aburguesado.