
lunes, 5 de octubre de 2009
LA POLEMICA EXHUMACIÓN DE GARCIA LORCA

sábado, 3 de octubre de 2009
RIVALIDADES EN VENECIA

Las rivalidades y emulaciones de los grandes maestros Tiziano, Tintoreto, Veronese y Bassano en la segunda mitad del siglo XVI, son presentadas en la exposición « Rivalidades en Venecia » en la sala Napoleón del Museo del Louvre, en asociación con el Museum of Arts de Boston, hasta el 4 de enero de 2010. Desde ángulos muy originales y alrededor de temas específicos se despliegan 85 obras del gran Tiziano, decano y el más prestigioso de todos en ese momento, y de los nuevos artistas ascendentes, para hacer por primera vez de manera simultánea en una sala de exposiciones el estudio comparativo de sus cualidades y diferencias en medio de la expansión y apogeo de la gran ciudad en el ya muy analizado segundo cinquecento.
Tiziano, como Rafael y Miguel Angel, merced a la afirmación del individualismo renacentista, es un gran señor, nombrado conde palatino de Letrán por Carlos V y miembro de la corte imperial. Es además una figura que se codea con los poderosos del momento y adquiere incluso más rango que ellos, al gozar de rentas principescas y regalos reales sin fin, y tiene una altura, un éxito y una autoconciencia tan marcada de la grandeza, que todo ello se refleja en su propio autorretrato de 1562. Al morir en 1576 Tiziano es sepultado con todos los honores. De él dice Arnold Hauser que « Carlos V se inclina a recoger el pincel que Tiziano deja caer, y piensa que nada es más natural que un maestro como Tiziano sea servido por un emperador ».
Centro del comercio y las finanzas mundiales, Venecia es un hormiguero de riquezas inconmensurables y la concentración más impresionante de ricos potentados, patricios y eclesiásticos profanos de alto rango, que competían entre ellos por adornar de la mejor forma sus palacios situados entre los meandros abigarrados de la serenísima ciudad lagunar. Un enorme mapa muestra callejuelas, laberintos y canales junto a los cuales crecen palacios, iglesias, instituciones educativas y financieras que rivalizan para contratar a los mejores artistas. Cada año verdaderas hectáreas de paredes y superficies eran cubiertas por los artistas que desde todas las regiones de Italia y de Europa acudían allí buscando obtener los mejores contratos y oportunidades, generando entre ellos rivalidades, intrigas y crueles traiciones. Pero además obligaba a esos artistas a emularse en permanencia y llevar su talento hasta los puntos más altos jamás alcanzados por un grupo de artistas en ese siglo de oro veneciano, en medio de conflictos mundiales y conflagraciones como la famosa Batalla de Lepanto, que fue ilustrada con genio por casi todos ellos. Como en los tiempos modernos, tal emulación se dio por medio de concursos oficiales, como los convocados para la Biblioteca Marciana, La Scuola di San Rocco y la sala mayor del Consiglio de los Doges.
La exposiciôn se inicia con una serie de retratos de patricios, eclesiásticos, almirantes y personalidades de la Republica de Venecia a partir de supremacía de Tiziano en 1540, y la ascensión paulatina de jóvenes como el temperamental Tintoretto y Veronse, estrella emergente del firmamento pictórico italiano. Pasamos luego en otra sala a ver el despliegue el ingenio de los artistas para demostrar con obra el dominio de la pintura sobre las demás artes, en el marco de una polémica que estaba entonces en boga sobre ese tema de los parangones. A través de reflejos en espejos y espacios acuáticos se trata de mostrar la capacidad de la pintura para llegar a las tres dimensiones y volverse casi omnisciente al captar la realidad y el esplendor de los cuerpos humanos. Venus ante el espejo de Tiziano y Susana y los ancianos de Tintoreto son muestras de ese intento paranoico por demostrar el dominio del pincel sobre todas cosas.
Luego pasamos a buscar el límite entre lo sagrado y lo profano, a través de cuadros enormes donde las situaciones bíblicas son pretexto para mostrar con lujo de detalles comidas, figuras de seres humanos de todas las edades y la irrupción amplia de los animales domésticos, que comienzan a tener un especial lugar al lado de sus amos, como se ve en Los peregrinos de Emaús de Veronese. En otra sala se ve como los distintos artistas abordan la noche en sus telas, así como otros aspectos de la representación, como ocurre con el famoso El bautismo de Cristo de Tintoreto y los diversos San Jerónimo de Tiziano.
En el campo específico de los retratos mundanos, que nos acercan a la terrenalidad de los poderosos, incluso burgueses ascendentes, se destaca la soberbia imagen del dealer de la época Jacopo Strada de Tiziano, donde se ve su astuta mirada de vendedor al acecho para convencer a un posible cliente y la agitación corporal del comerciante, que obtuvo la gloria al ser pintado por Tiziano. Asimismo son de subrayar los retratos por Veronese de Iseppo da Porto y su hijo Adriano, asi como el de su mujer Livia y su hija Porzia. Ambos cuadros, efectivos y esenciales, muestran la majestuosidad serena y fría que dan la riqueza y el poder.
Tras un paso por los pequeños formatos decorativos, la exposición termina con una sala dedicada al cuerpo de la mujer, que tiene como centro protagónico las versiones de la violación de la virtuosa Lucrecia por el enérgico Tarquino, de Tiziano y Tintoreto, la primera de ellas ejemplo de violencia contenida y la segunda una versión plástica y sensual que muestra el deseo de diferenciación del más joven frente al maestro. Otras imágenes inolvidables del cuerpo femenino nos quedan en la memoria despuês de este saludable recorrido por la sala Napoleón que en permanencia está repleta de 500 visitantes del mundo entero.
domingo, 27 de septiembre de 2009
"TIERRA DE LEONES", DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR

jueves, 24 de septiembre de 2009
EL OTOÑO DEL TIRANO
sábado, 19 de septiembre de 2009
ALCURNIAS IMAGINARIAS COLOMBIANAS

Para explorar las razones de la tragedia nacional hay que abordar esta parte de la manía colombiana, obsesiva, patética, de sentirse siempre de « buena familia ». Cada fraja de la sociedad se siente de « mejor familia » que la otra, y uno tras otro cada estrato se siente superior al de abajo, generando el Apartheid sudafricano en que vivimos sin saberlo. Y si no, que lo digan los infrahumanos colombianos que viven en los tugurios y los peones que van de finca en finca levantando cosechas por un salario de miseria.
Hasta en los barrios más modestos de la clase media colombiana la familia vecina se sentirá de « mejor familia » o se imaginará que tal ancestro era muy rico, poseía tierras o grandes negocios, y que después poco a poco la saga llegó a la ruina en que está por culpa de los comunistas. Y aunque no tegan para comer, siempre tendrán una pobre « sirvienta » a quien mandar y humillar y si es posible con cofia y uniforme.
En todas partes habrá una pobre viejecita a quien visita como fantasma el ancestro de alcurnia que la limpia de su actual miseria y con el estómago vacío y sin nadita que comer de todas maneras se sentirá superior a los otros por la supuesta « nobleza » perdida. Siempre he pensado en esos tristes casos de colombianos que a toda hora, sin falta, donde estén, en cualquier fiesta o cena, en la buhardilla del exilio o el cafetín de la penuria, no cesan de sugerir que son de « muy buena familia» y hasta la saciedad lo restregarán al comensal de al lado sin saber que hacen francamente el ridículo y caen en el llamado « mal gusto ».
Esos personajes cómicos son el arquetipo del fenómeno nacional patológico y pululan en todas partes, en especial en embajadas y consulados colombianos del mundo. Es una pulsión, una manía, una sicopatía, pero es. Colombia es un país muy reciente y además con rango medio entre las naciones latinoamericanas, menor que Perú o México que sí fueron en tiempos de la Colonia grandes virreinatos con aristocracias reales indígenas y españolas que pueden rastrear sus orígenes cinco siglos sin entrar en delirios. En Colombia se da el caso de los López, quienes serían el emblema de las sagas « reales » colombianas, revividas ahora con la publicación de las memorias del « compañero jefe » traidor del MRL, Alfonso López Michelsen, donde éste pela el cobre de quienes son los verdaderos causantes de la desigualdad en el país que ha conducido a la guerra y a la violencia endémicas.
López deja ver claro el nepotismo de esa casta oligárquica que ha vivido y vive del erario, mantenidos siempre por los colombianos en puestos diplomáticos, pues al país que llegara en el mundo siempre había allí un cónsul o embajador de la familia para atenderlos como ahora en todo el mundo atienden al vicepresidente Santos y a su corte payasesca. López hace referencia en sus mediocres escritos a la « servidumbre » al servicio de la familia y a la plebe colombiana con una desvergüenza en que nunca incurrirían la reina Isabel, los borbones, los Orleans o el Príncipe Ernesto de Hannover.
Los López, involucrados siempre de abuelos a nietos en negociados como los de la Handel y La Libertad, y que han tenido dos presidentes, se han creído la familia real colombiana como lo muestran los escritos de este delfín en la Colombia jerárquica de los años 30 y 40 cuando recorría Europa y hacía estudios en París. Pero los López no son los únicos, pues hay otras familias como los Gómez, los Santos, los Santodomingo, los Pastrana, los Lleras, los Samper, los Holguín, y otras más que son y han sido los vampiros que han chupado del país y puesto a Colombia donde está, sembrada de odio y miseria.
Los arribistas y los áulicos del poder que merodean en las embajadas del mundo y en los mejores puestos públicos, « al servicio de la patria», tratan de moldearse a imagen y semejanza de esas familias supuestamente « nobles » del país, que con el apellido creen tener la presidencia, los ministerios y las embajadas garantizados de generación en generación hasta el fin de los días. Todos ellos descienden en su mayoría de arrieros, mineros, campesinos, comerciantes, artesanos, pillos, aventureros, estafadores, regentadoras de burdeles y maleantes que edificaron por desgracia una nacionalidad de asesinos y ladrones forjados en guerras civiles y luchas de clanes por el botín en la profunda Colombia del siglo XIX. Que esa oligarquía colombiana no venga a meternos el cuento de que tienen alcurnia, pues sólo se han autoforjado esa historia en su larga borrachera de poder y robo del presupuesto.
Esta pulsión es el síntoma del gran mal colombiano, de los verdaderos y profundos problemas de nuestra sociedad injusta, colonial, jerárquica, de castas. Todos los colombianos somos víctimas de nuestra propia historia y esa patología sigue viva a comienzos del siglo XXI en tiempo de nuevos delfines y clases emergentes. En el fondo las familias principescas colombianas son sólo unos pobres reyezuelos abusivos de un país con 20 millones de pobres, ocho millones de indigentes, cuatro millones de desplazados y miles de muertos en las fosas comunes esperando el esclarecimiento de sus desapariciones a manos de los paramilitares. Por mucho esfuerzo que hagan, los López, Santos, Gómez, Pastrana, Holguín, Samper, Lleras y demás oligarcas colombianos no llegarán nunca a ser como los Windsor, los Borbon, los Hannover o los Orleans, pues sólo son a lo máximo pillos de una banana república tercermundista.
sábado, 12 de septiembre de 2009
ARTE, COCAÍNA Y PERFORMANCE
sábado, 5 de septiembre de 2009
JAIME MEJÍA DUQUE, GENIO Y FIGURA

sábado, 1 de agosto de 2009
JOSEPH ROTH EN EL CAFÉ LE TOURNON

Durante su exilio parisino Joseph Roth, el gran autor austriaco de La Marcha de Radetzky, era un cliente habitual del café Le Tournon, cerca del Jardín de Luxemburgo, donde se ve hoy una pequeña placa junto a la mesa donde pasaba horas tomando vino, escribiendo o recibiendo a los amigos.
Con frecuencia voy ahí con los amigos a rendirle homenaje a este escritor tan admirado cuya propia vida parece salida de una de sus novelas y desde la barra, con una copa de vino en la mano, observamos la amplia calle donde hace mucho tiempo vivió también otro viajero, el libertino Giacomo Casanova. La calle Tournon da al viejo palacio de Catalina de Médicis, sede del Senado francés donde en 1789 se dieron los debates que condujeron a la Revolución Francesa.
Como está cerca al viejo Teatro del Odeon y del barrio latino y sus universidades, librerías, bibliotecas y liceos, estos rumbos están cargados de historia intelectual y vieron cruzar a Voltaire, D’Alembert, Diderot, Robespierre, Napoleón, Simón Bolívar, Fouché, Chateaubriand y Víctor Hugo, Baudelaire, Rimbaud, Óscar Wilde, André Breton, James Joyce, Ernest Hemingway, Henry Miller, Simone de Beauvoir, Walter Benjamin, César Vallejo, Julio Cortázar, Marguerite Duras, y a todo el prontuario interminable de escritores, poetas, artistas y hombres de pensamiento producidos en esta tierra en diversos siglos o que pasaron necesariamente por aquí provenientes de todos los puntos cardinales del mundo.
Hay algo de fetichismo para quienes gozamos y padecemos el amor por las letras en visitar esta calle y rendir homenaje con una copa a Roth, en quien se concentran las energías profundas de lo que significa ser escritor en este mundo: ser una especie de antena y guardar una posición firme y ética de rebelión frente a las injusticias del mundo y sus poderes. Y ese homenaje es mucho más conmovedor cuando sabemos que los seis años que vivió en hoteles de esta calle y en este último Hotel de la Poste, donde murió alcohólico, significaron la caída de un autor todavía joven, asediado, atribulado por las deudas, que ve hundirse en la locura y la desesperación a muchos de los suyos, en medio del sonido incesante de las botas militares.
Como tantos otros escritores judíos de su generación Roth tuvo que escapar en 1933 de Alemania, cuando llegó Hitler al poder y el auge nazi avanzó a pasos agigantados arrasando con las vidas y las obras del talentoso pueblo judío. El odio racial, la inquina ciega, la locura del Führer y sus seguidores se inventaron ese enemigo imaginario para cimentar un patriotismo ridículo basado en el odio que llevó a la guerra y a la casi destrucción de Europa. Las tiranías de corte fascista o falangista tienen que inventarse siempre enemigos interiores y exteriores para conducir a sus pueblos a la guerra y justificar la carrera armamentista y el levantamiento de los muros para el fusilamiento y las fosas comunes para los cuerpos de sus falsos positivos en la persecución de las supuestas fuerzas del mal, como judíos, comunistas, poetas, homosexuales, dramaturgos, artistas, gitanos, bohemios, sociólogos, antropólogos, filósofos. Hitler y Mussolini eran expertos en ese tipo de falsos positivos, o sea matar miles de inocentes para mostrarlos como elementos del mal y llenar así la tierra de anónimos ajusticiados por el delirio del jefe, del Führer.
Roth (1894-1939) es uno de los símbolos más entrañables de lo que significa un escritor en su transparencia máxima, que se iza desde la desgracia y el olvido marginales del origen hasta la gloria y luego vuelve a caer y hundirse poco a poco en la tragedia. Los éxitos literarios que propicia en algunos casos precoces el vigor juvenil no pone salvo de la caída ni al más grande de los autores. Con La Marcha de Radetzky, el Cien años de soledad del imperio austro-húngaro y obra que lo llevó desde 1932 a la fama, no impidió que el terror nazi lo obligara a huir de Berlín a París, una ciudad que ya había visitado y por la cual tenía predilección.
El Museo de Arte e Historia del Judaísmo del barrio Le Marais en la capital francesa hace una pequeña exposición dedicada a esos seis largos años de exilio final hasta su muerte, cuando sus amigos y colegas judíos se suicidaban o morían en la diáspora, al mismo tiempo que se abarrotaban los campos de concentración, y salía la humareda de los hornos crematorios y el aire mortífero de las cámaras de gas destinadas a exterminar en masa al pueblo judío y otras etnias marginales de Europa.
Originario de Brody, en Galicia, una lejana provincia marginal del imperio austro-húngaro donde los judíos compartían el espacio con polacos y ucranianos, no conoció a su padre desaparecido en la guerra y fue criado por su madre. Desde muy joven expresó su talento realizando brillantes estudios y escribiendo en periódicos locales austriacos de Viena como Der neue Tag y Arbeiter-Zeitug, antes de recalar en Berlín muy joven para convertirse en gran periodista de los principales diarios de la capital alemana como Vorwärts o Frankfurter Zeitung.
Amigo de Stefan Sweig, Heinrich Mann, Ludwig Marcuse, Egon Erwin Kish, Ernst Toller y rodeado por amistades parisinas muy leales como su traductora Blanche Guidon y Soma Morgenstern, Roth terminó perdido en las aguas del delirium tremens a medida que le llegaban las noticias del suicido o la locura de sus amigos y amores. El espectro de la ocupación y la sensación del fin lo llevaron a terminar hundido en este hotel desde donde fue llevado al Hospital Necker para su fin y posterior entierro en el cementerio de pobres de Thiais.
En la exposición podemos ver su pequeña y pulcra letra en cartas escritas en hojas de papel de hoteles, sus libros en las ediciones originales, manuscritos, fotos de sus distintas etapas, imágenes de video de la época y retratos de los momentos de felicidad compartida en el café con los amigos que venían a visitarlo. Y al final está la lista de todos los que tuvieron que irse y dispersarse por el mundo. Estar aquí junto a las cosas del admirado Joseph Roth es convivir en la literatura, ese espacio que nos salva al mismo tiempo que nos hunde en los pantanos de la verdad.
viernes, 17 de julio de 2009
ENTREVISTA CON EDUARDO GARCIA AGUILAR EN PAPEL SALMON DE LA PATRIA

-Arnaldo Faría Utrillo, personaje de El viaje triunfal, es un “extranjero profesional”, un hombre del mundo. ¿También es así Eduardo García Aguilar?
El apátrida siempre busca la tierra prometida o perdida. De niño y adolescente en Manizales me encantaba escuchar por onda larga las emisoras radiales lejanas que transmitían en otras lenguas o en español programas desde Holanda, Francia, Rusia, China, Inglaterra o Estados Unidos. En las noches de insomnio, cuando afuera sonaba la lluvia, pasaba horas explorando esos universos y deseando viajar. Soñé muchas veces en amplios espacios de nieve y ciudades imaginarias como París, a donde finalmente llegué a los 20 años.
Desde mi ventana veo esta ciudad tan entrañable que me acogió, me abrió sus universidades y me dio trabajo y la siento tan mía como la natal. Me gusta vivir entre gente de múltiples nacionalidades, saber que en el metro o en el bus se hablan decenas de lenguas distintas y que en los rostros se observan los orígenes más extraños y distintos.
Me encanta ser un ciudadano del mundo, un “cosmopolita” en el sentido más noble. Pero mi nacionalidad está bien definida y es la colombiana, pues de ahí vienen mis ancestros. El personaje Faria Utrillo se define como “extranjero profesional”, pero al final viene a morir a su tierra, en su casa de La Francia, y es devorado por el espejismo del retorno.
Es la Manizales de mi infancia y adolescencia, a la que retorno siempre y está fija en un mundo mítico y legendario situado en la esquina del Hotel Escorial, diagonal con el café Osiris, cerca de donde papá tenía su oficina en un edificio que después convirtieron en Hotel Cumanday. Es la Manizales de la Catedral omnipresente, el edifico de la Gobernación, la ciudad del centro, Hoyofrío, Chipre, el manicomio de San Cancio, La Francia y los parques Fundadores, Bolívar, Caldas y Olaya Herrera, el Puente de Olivares, el Carretero, el cementerio San Esteban.
Se dice que los novelistas siempre tratan de contar los mundos fantásticos de su infancia y retornan a ellos de manera cíclica. Rulfo, García Márquez, Vargas Llosa, Joseph Roth, James Joyce, Thomas Mann, Marcel Proust, Virginia Woolf. Los grandes narradores exploran sin cesar esos mundos idos. Sin saberlo tal vez, guiado por la fuerza del relato, he hecho lo mismo, tratar de explorar y contar las calles de mi infancia a través de personajes como Leonardo Quijano en Tierra de Leones, Tulio Bayer en Bulevar de los héroes y Faria Utrillo en El viaje triunfal, que componen mi trilogía sobre la ciudad natal.
Ahí también trato de reconstruir la ciudad art decó de los años 50 y 60, algo idílica, anterior al progreso, los supermercados y las grandes avenidas. Una ciudad muy bella, llena de naturaleza por todas partes, en una biosfera poblada de árboles, montes, volcanes, riachuelos y casas de sueño. En El viaje triunfal hago énfasis en esa ciudad del centenario. Esas tres novelas son mi búsqueda del tiempo perdido, mientras mis libros de poesía Llanto de la espada y Animal sin tiempo abordan el viaje, el exilio, el destierro, la errancia, el paraíso perdido y la nada perpetua.
-Según el traductor Gregory Rabassa, El viaje triunfal es una novela sobre el modernismo. ¿Cómo lo definiría?
En América Latina el modernismo se refiere a la generación encabezada por Rubén Darío, que revolucionó el castellano, incluso en la metrópoli española. A esa generación pertenecieron Salvador Díaz Mirón, Amado Nervo, José Santos Chocano, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig y José Asunción Silva, discípulos del simbolismo francés y la literatura decadente de fin de siglo XIX, encabezada por Baudelaire y Verlaine.
En el mundo de la crítica europea y anglosajona el modernismo está más relacionado con las vanguardias de entre guerras que revolucionaron el arte poético y pictórico. A ese mundo pertenecen el dadaísmo, el cubismo, el futurismo, el surrealismo, poetas como Apollinaire, Blaise Cendrars, César Moro o artistas polifacéticos como Francis Picabia y Marcel Duchamp.
El viaje triunfal abarca esas dos generaciones y Faría Utrillo nada entre ambas porque es hijo de la primera a través de su madre Ana Malo y testigo de la segunda en París y Nueva York. Asiste al mundo terrible que presagia la segunda guerra mundial y viene a morir a Colombia cuando se inician los terribles años de La violencia.
El personaje central es un Frankenstein de ambas generaciones y a través de él quería hacerles un homenaje de lector. El maestro Rabassa, que hizo también el prólogo a la edición en inglés de Bulevar de los héroes, subrayó en la presentación en Americas Society de El viaje triunfal el hecho de que la mejor forma de hacer literatura es viviéndola como tal, dentro de ella, y este libro para mí fue una forma feliz de vivirla desde adentro, desde su propia materia.
El escritor adolescente es el esencial
Me fui de Colombia a los 20 años y nunca volví a vivir allí. Salvo la parte adolescente de la escritura, el resto ha sido desde la lejanía, en otros países como Francia y México. Los intentos más fuertes y adultos por escribir una obra se han dado afuera. Sin embargo, creo que el escritor adolescente es el esencial y sigue dictando los rumbos. En el bachillerato, como poeta adolescente, visto así por compañeros y profesores, uno ya es lo que busca, ahí la vocación está químicamente pura. Es impresionante la lucidez con que uno en ese momento se identifica con los grandes autores que va descubriendo, clásicos griegos y latinos, Cervantes, Lope de Vega, Shakespeare, Goethe, Dostoievsky, Tolstoi, Proust, Kafka y los grandes clásicos nacionales como Jorge Isaacs, José Asunción Silva, Guillermo Valencia, Tomás Carrasquilla, José Eustasio Rivera y León de Greiff.
En mi caso, México es muy importante porque es la capital literaria de América Latina y por su sincretismo entre un fuerte mundo prehispánico, un poderoso mundo cultural colonial hispano y la vecindad con Estados Unidos, que da una espléndida perspectiva para situarse en el marco de las letras hispanoamericanas. Ahí crecí entre los colegas de mi generación mientras Juan Rulfo y Octavio Paz estaban todavía vivos, aprendiendo de Alfonso Reyes y Vasconcelos; ahí publiqué mis libros y devoré obras que encontraba en las grandes librerías del orbe hispanoamericano, que son las de la calle Donceles. México fue una universidad literaria y cambió mi rumbo definitivamente, hasta el punto que a veces creo tener el espejismo de ser un autor mexicano antes que colombiano.
-Usted lleva 20 años trabajando en la AFP, ¿qué le ha aportado el periodista al escritor y viceversa?
Trabajar en periodismo en una agencia mundial le pone a uno los pies en la tierra, lo conecta con la realidad y la necesidad de comunicarse con la gente y darse a entender. A nivel personal, me obligó a ir al grano, a ejercer el trabajo con gran voluntad y energía y a obtener a toda costa los objetivos, pasando la mayor cantidad de barreras y obstáculos posibles.
Esa profesión lo vuelve a uno recursivo en el mundo, perfecciona la mirada de águila y da una visión amplia sobre este ser humano tan complejo y vivo que domina el mundo y lo está destruyendo. En periodismo el escritor debe hacer mutis porque son dos lenguajes muy diferentes y tienen objetivos disímiles. De hecho los escritores, los poetas, no son bien vistos en el periodismo y mucho más ahora. Como en el caso de Juan Carlos Onetti, que fue agenciero como yo, la literatura es un jardín secreto, clandestino, que se debe conservar para uno y lo mejor es tenerlo escondido. Eso es como un político honrado en el Congreso. Es un ave rara muy mal vista.
Hacia el olvido
-¿Siente que se cumple en usted el refrán “no es profeta en su tierra”?
Bueno, para empezar habría que preguntarse si uno quiere ser “profeta” o convertirse en “escritor nacional, oficial”, de esos engolados que caminan orondos como el sapo de Pombo, con levita y corbatín, rodeados de corte e ilusos admiradores que aplauden y aplauden todo el día.
A mí eso me da mucha pereza. Es un modelo muy decimonónico y su ejemplo típico es Víctor Hugo, cuyo arquetipo se impuso en América Latina con los “maestros de juventudes” que parecían arzobispos de la literatura. De ahí salen esos escritores nacionales latinoamericanos del modernismo tipo Amado Nervo, o embajadores poetas y políticos a la vez como Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, a quienes les encanta andar entre presidentes, dictadores y políticos, reyes, millonarios y parecen caminar siempre con la mitra y el báculo bien puestos, dando lecciones a diestra y siniestra.
Digamos que el escritor “profeta nacional” fue el que se impuso hasta hace poco en nuestro continente, y en Europa reinó hasta los tiempos de André Malraux y Sartre. Pero creo que eso ya está cambiando. Digamos que el escritor se “privatizó” y ahora reinan los best sellers que son a la vez vedettes de la farándula. El escritor nacional ya es anacrónico con la globalización. A ese modelo, prefiero la vertiente marginal rebelde, a la que pertenecen poetas ladrones o presidiarios como François Villon y Jean Genet en Francia, o el barbudo Walt Withman y el borrachín degenerado Charles Bukowsky en Estados Unidos. O para volver a Francia, los malditos maravillosos Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Artaud, o los suicidas Nerval, Silva, Cesare Pavese o Paul Celan, entre otros. La mayoría de los escritores malditos y marginales fueron conocidos con carácter póstumo y por casualidad muchas veces, rescatados azarosamente del olvido. Estoy convencido de que los escritores juntos vamos de manera rauda hacia el olvido absoluto. Suficiente nuestro grito momentáneo como el trino anónimo del pajarito, el sonido del grillo entre la maleza o el croar de las ranas junto al riachuelo, antes de la tempestad.
sábado, 4 de julio de 2009
LA SINFONIA CARIBE DE BURGOS CANTOR

Por Eduardo García Aguilar
Como homenaje al gran novelista colombiano Roberto Burgos Cantor, finalista del Premio Rómulo Gallegos y ganador del Jose María Arguedas con La ceiba de la memoria en 2009, saco de mi gaveta un ensayo escrito hace un cuarto de siglo con motivo de la salida de su primera novela, e incluido en mi libro Atenas Express. Cien años de literatura colombiana, todavía inédito.
Una de las novelas más destacadas dentro del panorama de la nueva novela colombiana es El patio de los vientos perdidos de Roberto Burgos Cantor (1948). Novela de ciénagas y tierra húmeda, incrustada en el colorido ambiente del Caribe, la de Burgos es notoria porque es la primera en desembarazarse de la retórica macondina que casi todos los escritores de la costa colombiana no habían podido superar.
Durante los últimos años esos escritores luchaban sin resultados por expulsar el pulpo garciamarquino que los asfixiaba. Con esta novela, en la que campea un mundo mítico repleto de guiños a sus maestros, la guerra ha terminado con resultados favorables para el soldado de las letras. Como buen discípulo, Burgos ha logrado sintetizar los mejores logros de García Márquez con el mundo maravilloso de Alvaro Mutis, quien está presente en cada una de estas páginas. Más mutisiano que macondiano, Burgos produjo, sin embargo, una novela absolutamente burguiana.
La novela trascurre en dos tempos : el de un boxeador decadente que trata de justificar su derrota y el de una casa de putas regentada por Germania de la Concepción Cochero. Miguel Sarmiento, el músico, Beny el boxeador, Lácides, el aristócrata decadente, Olimpia y los músicos se entrecruzan en esa casa húméda rodeada de flores y de iguanas, especie de barco fantasma donde se concentra la maravilla de un mundo ajeno a la tierra fría de los Andes. Araucaíma de las ciénagas.
La literatura colombiana está marcada irremediablemente por sus signos geográficos. A un lado la tierra fría de la cordillera con sus mundos nublados con mitologías peculiares y al otro lado la tierra caliente de la costa con autores atrapados en la nieve como Germán Espinosa, Burgos Cantor, Jaime Manrique Ardila y Julio Olaciregui, para sólo mencionar algunos recientes, cuya obra es fiel a su tierra. De estas oposiciones, de estos ámbitos tan disímiles está surgiendo una nueva novela fogosa y variada que explota súbitamente después de un lento proceso de incubación.
Burgos vive en Bogotá y desde el « exilio » evoca un mundo que tiene mayores coincidencias con las islas y las costas del Caribe que con las tierras altas de Colombia. Otros escritores, esta vez andinos, como Eduardo Zalamea Borda, han escrito obras donde muestran el ansia de fundirse en la otra mitad del país. Cuatro años a bordo de mi mismo, publicada en 1934, es una Vorágine aguamarina. En sus páginas se ve claramente que quien escribe es un paramuno deseoso de comerse a la costa. Y al final de esta gran novela hay un sabor de inevitable fracaso.
A diferencia de Cuatro años a bordo de mi mismo, El patio de los vientos perdidos inunda de humedad el cuarto de un lector ajeno y lo sume en el letargo de ciertos atardeceres desde donde emergen ferrys abandonados, corredores y escalinatas rodeadas de enredaderas, techos lejanos de paja y músicas de harmonios encantados que huelen a colonia de Murray. El tiempo que une a los objetos es el del almanaque Bristol. Y su dirección loca es la de los cangrejos azules. El vehículo en que viaja, una victoria halada por corceles negros.
Antes había publicado en la colección del Instituto Colombiano de Cultura un libro de cuentos, Lo Amador, donde se vislumbraban los principales temas y ámbitos de El patio de los vientos perdidos. Desde entonces Burgos escogió para escribir una trompeta. Tomando partido por el lenguaje, por la música de las palabras y sus destellos, asestó un golpe certero a cierto manierismo, cuyo objetivo era la confusión estructuralista antes que la poesía o la música.
La novela comienza con el contrapunteo de dos tiempos : el del boxeador fracasado y el de la casa de Germania. Son fotografías donde se muestran los elementos fundamentales de la historia. Luego, en una larga sinfonía caribe, Burgos se remonta al pasado colonial, el de los ancestros de don Laci, para llegar de nuevo a la casa con su ambiente de farra mítica. Es un texto de más de cien paginas para ser cantado en voz alta. Después volvemos a la angustia del fracaso, con un texto para percusión, donde Beny, asiduo de la casa, cuenta los peligros del éxito. Al final viene el entierro de don Laci, personaje misterioso que llegó y se quedó como sombra, seguro de haber encontrado en Germania su otra parte. Es un entierro de opera, bajo el sol y la humedad, arrullado por el oleaje y los chapuceos de los cangrejos.
Para desentrañar El patio de los vientos perdidos debemos sumergirnos en él sin temores. Con la fogosidad de otros textos realistas, Burgos abre una brecha dentro de la nueva literatura colombiana. Su partido es la música antes que todo y a través de ella cuenta las historias. Los hechos y los protagonistas son el eco del combo. La novela es el sonido que ha dejado el combo junto al mar, cuando los borrachos se reúnen a tomar las cervezas frías del alba.
El delirio novelístico de la nueva generación de escritores de Colombia es sorprendente. Tal vez en pocos países de América Latina se están escribiendo tantas novelas, y esto se debe al deseo de emular al gran Patriarca. Hay un abanico que va desde el más descarnado realismo hasta las más abstrusas experimentaciones. Burgos Cantor, con El patio de los vientos perdidos, ha optado por dar a las palabras poderes musicales, visuales, olfativos y táctiles.
Otro cartagenero, Germán Espinosa (1938), escribió y publicó en Montevideo en 1970 una novela que puede considerarse precursora de El patio de los vientos perdidos en lo que respecta a la utilización de la palabra como nota musical : Los cortejos del diablo. En ambas se percibe el deseo de hacer de éstas el cuero de un tambor, la cuerda de un instrumento, el metal de la corneta. La de Espinosa se remonta, como en su momento también lo hace la de Burgos, a los tiempos virreinales. Y todo parece como si en el remoto pasado estuvieran escritas las tragedias y las dichas presentes, los signos de la suerte, las cartas de la baraja. Como si Cartagena de Indias, tierra de fundación, estuviera poblada de los más extraños fantasmas de la palabra, gnomos de la ficción.
De Lo Amador hasta El patio de los vientos perdidos (Planeta colombiana. Bogota, 1984) hay ya un camino recorrido que augura nuevas fiestas y delirios. Con su primera novela, Burgos Cantor coloca una de las más valiosas piedras del edificio novelístico del post-macondismo colombiano.
sábado, 27 de junio de 2009
MICHAEL JACKSON EN LA CAMA

Por Eduardo García Aguilar
Estaba despierto en la madrugada viendo CNN al otro lado del Atlántico, cuando de repente apareció el urgente sobre la súbita hospitalización de Michael Jacskon y de inmediato las imágenes del hospital a donde fue llevado y la casa rentada en Los Angeles donde vivía y se preparaba para el esperado retorno, programado para julio en Londres.
Poco a poco la noticia, que ya estaba confirmada en otros canales y sitios de la farándula, se fue oficializando y de súbito nos vimos todos inmersos en un acontecimiento mediático de carácter histórico, del rango de las muertes de John F. Kennedy, el Che Guevara o John Lennon.
Los contemporáneos de tres generaciones hemos vivido a lo largo de nuestras vidas acompañados por la dúctil voz y la danza milagrosa de este ídolo popular contemporáneo, que aprendió las astucias trabajando desde niño en el grupo Jackson Five o cuando asistía, transido de admiración, a las presentaciones del mimo francés Marcel Marceau, su gran cómplice, maestro y modelo.
El mimo es un artista esencial que nos cuestiona con gestos y silencios y resume en su increíble poesía abstracta tragedias, dramas, guerras, risas, felicidades, olvidos, amores y muertes. Marceau, que fue uno de los grandes del siglo XX al lado de su predecesor Charles Chaplin, recorría el mundo en medio de las guerras provocando admiración en las sensibilidades de todas las edades y castas. Jackson lo admiraba y algunos de su pasos y trucos escénicos los aprendió viéndolo en sus presentaciones estadounidenses, a donde exigia ser llevado cuando apenas era un adolescente que se transmutaba en el monstruo, en el fantástico freak necesario que poco a poco surgió de la crisálida de su leyenda.
En 1978 cuando salió Thriller todos los jóvenes de la época quisimos movernos como él, seducidos por sus peripecias y la contundencia de una voz que parecía provenir de una mezcla de castrattis de comedia italiana y cantantes de operetas bufas decimonónicas que hubiesen sido trasladados por la máquina del tiempo a un siglo raro y posterior. Después de la explosión hippie y del rock que todavía domina el canon del pop mundial, las leyendas de la década de los 70 fueron el italiano John Travolta y sus pasos de disco en las discotecas de la plebe estadounidense y Michael Jackson, que dio nuevo impulso entre los blancos a la discriminada raza negra golpeada por la muerte de Martin Luther King.
Nadie podrá negar el fenómeno popular de estos dos seres salidos del margen proletario de la cultura norteamericana, cuyas músicas y gestos se reprodujeron como pólvora en las más lejanas discotecas y al interior de los cuartos de los adolescentes y jóvenes de todos los puntos cardinales, que en la soledad imitaban sus pasos como antes su padres o tíos imitaron los malevos de West Side Story o los movimientos de cadera de Elvis Presley.
John Travolta se salvó de la tragedia tras su largo paso en el desierto del olvido, pero Jackson se transmutó frente a nosotros en un hermano raro, trasvesti, transgenérico, salido del Retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde o de las novelas de vampiros u hombres lobo. Gracias a la nueva red mundial de televisión y a la proliferación geométrica de imágenes que han hecho del mundo un gigantesco e incesante Times Square, conocimos a veces con mucha mayor precisión los detalles de la vida del ídolo que la nuestra y de los allegados. Sabíamos que Elizabeth Taylor lo adoraba, lamentamos la frialdad de sus progenitores, el rumbo disperso de sus hermanos, la soledad del payaso millonario encerrado en sus enormes mansiones y hoteles, preso de sus pulsiones sexuales y la androginia anómala en un mundo de puritanismos e hipocresías.
Y para agregar más elementos fascinantes al cuadro, el personaje invertía su dinero en delirantes proyectos de cirugía plástica y planes de lograr la eternidad en extrañas y futuristas cápsulas transparentes de oxígenos interplanetarios. Todo podermos decir de él, menos que careciera de originalidad desbordada y que en su quimera metafórica nos mostrara en vivo y en directo la pulsión universal y permanente del ser humano por transformarse y escapar de sí mismo. No sólo era un artista, sino un filósofo de facto, un líder espiritual extraterrestre que nos invitaba a la transmutación esquizoide, al escapismo del transformista Houdini, a una liberación metafisica, ontológica, más allá del ser y su mundo, del ente y sus ataduras.
Y en el último tramo de su representación permanente asitimos al juicio en directo de sus evidentes pulsiones pedófilas, a su amor desmesurado e incontrolabale por los muchachitos, a los que amaba, deseaba y llevaba a su cama como si se desease y se amara a si mismo, al artista niño que no tuvo infancia, enmarcado en la horrible estructura laboral adulta, metáfora de la cual es la monstruosa industria de Charlie y la Factoría de chocolates de Tim Burton, con su misterioso Johnny Deep, el mismo de Eduardo Manos de Tijera.
Jackson, que vivía inmerso en el mundo de sueño de Alicia en el país de las maravillas de otro gran pedófilo tierno, Lewis Carroll, creyó poder decirle al mundo que no había nada de malo en dormir con muchachitos en su gran castillo de Neverland y tal vez dejarse tocar por ellos y tocarlos entre osos de peluche y relojes de fantasía. Así apareció en la fatídica entrevista que revivió el juicio, tomado de la mano de uno de sus ultimos niños amantes, como una década antes lo hizo en los fastos de un palacio Mónaco al lado de otro jovenzuelo, con quien vivía una verdadera luna de miel.
Con esos efebos amantes que al parecer fueron muchos y complacientes, Jackson dio la espalda a los adultos, a un mundo de violadores que a lo largo de la historia hizo del cuerpo humano una moneda corriente de cambio oficial o no oficial, ante la mirada lasciva y permisiva de patriarcas, mamás grandes, madres superioras, Papas, Ayatolas, rabinos, pastores y fiscales como el que llevo al viejo Bill Clinton a juicio por una felación en la oficina oval con la joven Mónica Lewinsky.
Hasta en su vida amorosa nos sorprendió Jackson, casándose con la hija de Elvis Presley y concibiendo tres hijos en condiciones aún más extrañas, lejos de las triviales historias mafiosas de Marylin Monroe y sus amantes presidentes o de Silvio Berlusconi y sus lolitas en las mansiones del poder mediterráneo, o de los harems islámicos y asiáticos, lejos del gran burdel mundial, de Britney Spears, Brad Pitt, Angelina Jolie, Jennifer López y Paris Hilton. Humillado y narcotizado hasta la saciedad, el ícono de nuestro tiempo fue entregado envuelto en una sábana blanca sobre una camilla, para la autopsia, que será sin duda la autopsia de nuestra época.