lunes, 3 de junio de 2013

MATRIMONIO GAY EN MONTPELLIER

Por Eduardo García Aguilar
Francia logró por fin esta semana, pese a la agitación provocada por las manifestaciones y disturbios organizados por la derecha y la ultraderecha, imponer la ley que autoriza el matrimonio de las personas del mismo sexo, en una ceremonia transmitida con toda pompa desde la ciudad de Montpellier, al sur del país.
Una entusiasta alcaldesa de edad madura, Hélène Mandroux, ofició la ceremonia en la que dos jóvenes hombres, Vinncent y Bruno, se dijeron el si frentre a la fotografía del mandatario francés François Hollande, una de cuyas promesas de campaña fue precisamente cumplirle a los homosexuales su reivindicación.
Se debe reconocer al presidente socialista francés el valor de cumplir las palabras de la campaña electoral, pese al largo y complejo proceso de adopción de la ley Taubira por el Congreso, en medio de multitudinarias manifestaciones, a veces violentas, organizadas por la Iglesia católica y una gran parte de los movimientos de derecha, aunque el sector más moderno y civilizado de ese bando optó por una posición más moderada.
Las manifestaciones multitudinarias abarrotaron varias veces las calles de París. Desde todos los pueblos, el campo, los suburbios, sacerdotes, obispos y arzobispos trajeron en buses a sus fieles, mayores y niños, familias enteras, que esgrimían pancartas donde se hablaba de la decadencia del país y se reiteraba la idea de que el matrimonio debe ser solo para un hombre y mujer dispuestos a reproducirse y a crear familia.
Más virulenta aun, la derecha católica se oponía a la posibilidad de que los homosexuales puedan adoptar hijos y crear familias, como ya ocurre en otros países del mundo. Las manifestaciones de mayo parecían ya el augurio de una especie de mayo de 1968 al revés, de derecha, y son impresionantes las imágenes de los grupos de choque enfrentándose ante la policía que vigilaba el recinto de la Asamblea Nacional.
La joven y bella portavoz del gobierno Najat Vallaud Belkacem, de origen marroquí, fue la enviada visible del gobierno a la ceremonia y con su radiante sonrisa y simpatía de sus treinta anos, elocuencia y  talento político, posó para las cámaras y declaró a quienes querían saberlo que no habrá marcha atrás y que el país de los Derechos Humanos se unía a la decena de países del mundo, entre ellos Argentina y España, que han optado por dar el derecho a los gays.
Los primeros en subir al altar de la República Francesa fueron dos apuestos y elegantes hombres, de 40 y 30 años respectivamente, quienes parecían preparados para la escena y a lo largo de la ceremonia, antes de la llegada de la oficiante y después ante el público y las tribunas, parecieron representar una especie de boda de familia real, equiparable a las recientes celebradas en Londres, Amsterdam o Mónaco.
En las afueras de la alcaldía la muchedumbre local celebró la boda con vítores y todo el país tuvo que ver el acto por el que se confirmaba que la ley triunfó y que la presión de la calle y de los políticos de derecha no impedirían dar el paso histórico que reconoce los derechos a una parte de la población marginada a lo largo de los siglos.
Las mismas manifestaciones opositoras se dieron en Francia hace más de tres décadas cuando la ministra Simone Veil y el gobierno de centro de Valéry Giscard d 'Estaing dieron el paso histórico de legalizar el aborto. Y la misma oposición suscitó en su momento la reivindicación de las mujeres sufragistas que reclamaban el derecho al voto primero y después la posibilidad del divorcio. Durante siglos la mujer fue considerada una menor de edad y solo después de muchas luchas ha logrado arrancar sus derechos a la intolerancia.
Por eso sin duda alguna el gobierno de Hollande pasará a la historia no solo por haberle cumplido la palabra a los homosexuales y lesbianas que votaron por él, sino por dar un nuevo impulso mundial a esta reivindicación necesaria. Hasta hace muy poco los homosexuales han sido perseguidos, estigmatizados, humib llados, discriminados en las escuelas y el trabajo. Y a lo largo de la historia han tenido que vivir su deseo y sus amores a contracorriente bajo el estigma pecaminoso, viviendo el atroz silencio al interior de su propias familias.
Reconocer sus derechos en público, en directo, ante todo el país, como ocurrió esta semana en Francia, es un triunfo para los sectores más progresistas de la humanidad que luchan contra la recrudescencia de la intolerancia en el mundo, pues en los países de dominio islamista los más arcaicos no solo persiguen a los homosexuales sino que cubren con la burka y confinan a las mujeres en casas o harems y crean tensiones en las sociedades democráticas donde quisieran imponer lo mismo.
La principal activista contra el matrimonio gay fue la Iglesia católica que paradójicamente ha vivido en los últimos años una crisis enorme al descubrirse que en su seno actuaron a lo largo del tiempo muchos sacerdotes pedófilos que abusaron de cientos de miles, tal vez millones de niños que debían cuidar en las escuelas.
No es ninguna sorpresa para nadie que la Iglesia ha servido en muchos casos de refugio para los homosexuales perseguidos que encontraron allí la paz que la sociedad intolerante de su tiempo nunca les dio. Razón por la cual el Vaticano, en vez de enfrentarse a esta realidad, debería legalizar en su seno la homosexualidad abiertamente y dar el derecho a los gays católicos de oficiar y ser sacerdotes como ocurre ya en otras iglesias protestantes, así como permitir que sacerdotes heterosexuales y homosexuales puedan vivir su vidas maritales ante el mundo sin miedo ni vergüenza.
Cuando la pareja de homosexuales se besaba ante el país entero, pensé en toda la tradición de literatura francesa y mundial donde los amores entre personas del mismo sexo son protagonistas. Por ejemplo en la histora de amor conflictiva entre los poetas Veraline y Rimbaud o en los poemas de Constantin Kavafis o en la gran novela  busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Antes de que la ley los legalizaran para siempre, las personas que aman a los de su mismo sexo vivían ya libreremente en la literatura y la ficción se ha hecho por fin realidad por el bien de la humanidad deseante y amante.
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* Publicado en Excélsior de México el 2 de junio de 2013.









martes, 28 de mayo de 2013

CAVILACIONES EXISTENCIALES EN EL SAINT MORITZ

Por Eduardo García Aguilar
Siempre que regreso a Bogotá celebro el ritual de visitar el Café Saint Moritz, situado en la callejuela entre las carreras séptima y octava que separa dos de las más viejas y bellas iglesias coloniales bogotanas, frente al parque Santander. Se entra allí por el zaguán de una casa antigua sobreviviente frente al viejo Gun Club, pintada de naranja con techos de teja y aleros añejos, hacia un interior que es una cápsula del tiempo de los años 30 y 40 bajo la mirada de Jorge Eliécer Gaitán, cuya foto amarillenta está pegada en la pared.
El sitio tiene mosaicos desleídos, una claraboya abierta a la lluvia y amplios espacios donde antes había billares y que ahora ocupan los clientes, gente modesta de la ciudad, cundinamarqueses, provincianos, loteros, comerciantes, estudiantes y personas que están de paso por ese centro donde aun se hacen trámites y se respira el aire de otros tiempos, los de una Colombia que poco a poco desaparece entre los ajetreos del siglo XXI.
Mi amigo Jaime Eduardo Jaramillo, con quien he ido esta vez al sitio, me confiesa que va allí desde los 18 años, cuando llegó a Bogotá a estudiar en la Universidad Nacional de Colombia y que desde entonces poco ha cambiado el sitio, donde suena todo el día la música popular latinoamericana de la primera mitad del siglo XX. A veces hay lapsos largos de tiempo en los que se escucha la vieja música ranchera mexicana de los clásicos Javier Solís y Miguel Aceves Mejía, otras las horas se detienen en los tangos de la era gardeliana o magaldiana o en las melodías para ebrios andinos y tristes de Olimpo Cárdenas y Oscar Agudelo. De repente suena la música cubana de antes de la Revolución, aquella de la que hablaba Guillermo Cabrera Infante en Tres tristes tigres.
Los clientes no se quitan los sombreros, lucen a veces bigotes negros teñidos a la mexicana, otros son viejos jubilados con la mirada perdida que reposan ahí en la tarde para luego dirigirse a buscar el transporte colectivo hacia los lejanos barrios de la enorme urbe donde los esperan largas noches lluviosas, a veces son parejas de amantes de mediana edad detenidas entre los ajetreos de la dura vida para tomarse la mano y reir con desenfado junto a mesas metálicas que permanecen ahí desde hace medio siglo.
No hay allí glamour alguno ni "doctores" perfumados y arribistas, o "gomelos" de mocasín y camisa Lacoste o Polo, ni mujeres elegantes de tacón y trajes ceñidos, o de look estilo Gina Parody, sino gente auténtica del pueblo, encargados de modestos negocios, desempleados, trabajadores precarios, vendedores callejeros, sindicalistas, dependientes de las librerías de viejo que proliferan en la octava y con frecuencia hombres golpeados con su largas cabelleras canas descuidadas o rostros de fatiga existencial en los que se lee la historia contemporánea de la patria.
En las paredes hay fotos grandes y pequeñas en blanco y negro de la vieja Bogotá de antes del 9 de abril, cuando aun por esos pagos, junto al Gun Club, entre las grandes iglesias y hoteles, vivía en casas y apartamentos art deco la gente acomodada de Bogotá, como la familia de Nicolás Gómez Dávila, cuya mansión alberga hoy la Librería Torre de Babel o el edificio de fachada arruinada donde perviven los soberbios espacios que utiliza la librería Merlín.
Hace ya más de 60 o 70 años la gente bien de Bogotá abandonó esa zona por sus residencias del norte, dejando que el tiempo se ensañara sobre todas las edificaciones de un centro marcado por la Avenida Jiménez, el Hotel Continental, las sedes de El Tiempo y El Espectador y el edificio donde estaba la vieja Librería Buchholz. Tiempos lejanos de modernidad de entreguerras que uno imagina bajo la impronta de Enrique Olaya Herrera, Eduardo Santos, Alfonso López Pumarejo y Alberto Lleras Camargo, antes del desastre del 9 de abril y el inicio de la Violencia que hoy todavía nos signa.
El visitante del Saint Moritz se asombra de que aun sobreviva el lugar para proceder a una inmersión en aquellos años y evocar las figuras que recorrían el centro de café en café para hablar de política y literatura como Jorge Zalamea, Luis Vidales, Alfonso Romero Aguirre, Ignacio Torres Giraldo, Gerardo Molina, entre los liberales de izquierda, o entre los conservadores o moderados los piedracelistas de Eduardo Carranza y Jorge Rojas, sin olvidar los renovadores de la generación de la revista Mito de Jorge Gaitán Durán.
Uno se imagina por ahí a Alvaro Mutis de veinte años agotando el tiempo entre los billares o la poesía o a un crepuscular Jose Antonio Osorio Lizarazo, autor de la magnífica trilogía bogotana donde están descritos esos tiempos burocráticos y tristes o a Eduardo Zalamea Borda y a los jóvenes Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivella cargados de nostalgia costeña.
En el Saint Moritz uno puede palpar aun la primera mitad del siglo XX y sentir la respiración de una generación que por estas fechas estaría cumpliendo cien años y que como habitantes de una era humanista y polígrafa amaban los libros, la poesía, los diccionarios, el buen decir y la discusión sin insultos e imprecaciones. Ellos vivieron el auge del nazismo y el fascismo, siguieron la Segunda Guerra Mundial a través de diarios y emisoras radiales antes de la televisión y reflexionaron sobre el destino de un país joven equidistante entre la Patria Boba y la sorpresas que depara el siglo XXI.
Aquí al Saint Moritz vuelvo cada año hasta que algún día ya no lo encuentre más. Sus clientela pasará entonces a los terrenos de la ficción como ocurrió con aquellos cafés que se esfumaron para siempre con el fin del Imperio Austro Húngaro o los similares de la Belle Epoque antes de la devastadora Primer Guerra Mundial y de Los años locos de entreguerras.
Colombia a principios del siglo XXI, en este 2013, es otra, emergente, veloz, caldera ardiente de dinero, llena de turbinas en acción, adaptándose a otro contexto continental y mundial inédito, es una Colombia que parece dejar por fin el caótico siglo XX marcado por las distintas violencias y el lenguaje de la guerra fría y que mira tal vez por fin hacia el futuro como nunca, dispuesta a curar sus taras decimonónicas y a dejar atrás los fantasmas infernales que perviven en esta cápsula del tiempo del saint Moritz, lugar apto para todo tipo de cavilaciones de novela, porque a veces la novela es más real que la propia realidad.
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Publicado en La Patria. Colombia, 26 de mayo de 2013.

A PROPÓSITO DEL CAUCA

Por Eduardo García Aguilar

El río Cauca baña el Occidente de Colombia y está en todas partes a ese lado cordial del país, serpenteando entre las montañas por cañones bañados de sol y de niebla. Alguna vez lo descubrí en palabras en el poema de León de Greiff que dice " En el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca". Es un río de poesía y prosa porque es además protagonista de varios grandes libros como la novelas La María de Jorge Isaacs y Risaralda, de Bernardo Arias Tujillo, entre otros.
Pero además, mucho antes, lo descubrí de niño en viajes con mis padres por las tierras del Occidente de Caldas o el valle del Cauca. Es un río muy generoso, porque a pesar de que se le atribuye un papel secundario de afluente frente la gran río Magdalena, no se inmuta y sigue siendo feliz, como si no le importara competir o entrar en pugilatos típicamente colombianos.
Cada país, cada mundo tiene sus ríos. El Ganges en la India, el Indus milenario donde las primeras civilizaciones amanecieron en lo que hoy es Pakistán, el Nilo egipcio, el Rhin alemán, el Sena, el Tajo, el Mississipí, el río de la Plata, el Danubio y muchísimos otros.
El Cauca ha existido siempre, rico y verdadero, manso e impetuoso, potente, lleno de troncos y de animales muertos, de pedazos de tierra y hojas inmensas, y en las montañas aledañas los indígenas quimbayas y otras muchos hijos de tribus o de etnias diferentes lo observaban desde lejos como una deidad y a veces desde la lejanía solían vestirse de oro para que el sol irradiara de sus torsos y se reflejara sobre la cinta plateada de ese río metálico y vegetal.
En Arauca, joven aún, cruza los espacios contados por Bernardo Arias Trujillo en Risaralda, su novela de tierra caliente, cinematográfica según su joven fuerza de escritor malogrado, muerto en los fríos de Manizales. En el mundo de Sopinga, el Cauca es fundamental y múltiples remansos pueden llamarse paraísos de un mundo prediluviano, lleno de aves y bestias maravillosas y músicas de indios.
Allí por Arauca se siente el Cauca cerca, hermano, familiar, incluso desde los viejos tiempos de la infancia y hoy, entre la algarabía del semipuerto fluvial pleno de todos los peligros y todas las emociones, canta desde lejos aunque lleve la memoria de los muertos de las violencias sucesivas. Porque el Cauca ha llevado muchos muertos de la Violencia, muertos contados por muchos autores desde todos los tiempos, como en La María, Viento Seco o Cóndores no entierran todos los días.
El río Cauca tiene historia pues está presente en La María de Jorge Isaacs, canto a los valles que irrigaba e irriga con su primer ímpetu. En aquellos y estos tiempos el río ha dado vida y riqueza a los vallunos y la serpiente plateada de su viaje tiene allí los ímpetus de la adolescencia.
Los viajeros extranjeros, como el francés Saffray, escribían sobre esas tierras vallunas donde se mezclaban las razas y la vida era más libre para todos, en las orillas de ese generoso afluente del Magdalena que no tiene complejos y desemboca arriba con el orgullo de haber soñado en su viaje las cordilleras y los valles lejanos del extremo occidente.
En Arauca ya comienza a tomar otra fuerza aún mayor y en ese cañón el sol canicular lo deja percibir como un decidido poema de agua, que desde otras alturas neblinosas se ve desde la extraña Belalcázar. Allí lo vi desde lejos por primera vez en la primera infancia, tal vez a los tres años, cuando mi madre viajó allí a visitar a una amiga y desde un balcón vi el Cristo enorme de cemento erigido en tiempos de la Violencia.
Mucho tiempo después, una querida amiga me llevó allí para que resolviera el recuerdo vago que me hacía imaginar un Corcovado imaginario en pleno Caldas, cosa que me parecía imposible. Y era cierto, ese cristo de brazos abiertos estaba allí desde 1946 mirando pasar los muertros que dejaban los armados de todos los bandos.
He viajado hacia el alto de de Greiff luego de volverlo a ver en Irra, en la noche cálida colombiana, llena de camiones ruidoso e iluminados como altares intermitentes y llenos de músicas, y mujeres flotantes salidas de la savia del país, espigadas, espectrales, ancestrales, campesinas cocinando allí el bagre para los viajeros que toman cerveza y aguardiente y no saben que ocurrirá mañana con ellos al otro lado del país.
Y lo he vuelto a ver cerca de la bella Santa Fé de Antioquia, la Mompox antioqueña, cruzando un viejo puente amarillo, ya listo para su largo camino hacia la desembocadura lejana con el Magdalena, donde chocará y creará una fuerza nutritiva que terminará en las Bocas de Ceniza, unida, consustancial, feliz.
El Cauca nutre otra vez con sus aromas esta tierra hacia el atardecer y se llena de sus humedades esenciales. Aquí estoy. Hay algo más que vida en su cauce. Es prehispánico, verdadero, actual, y las tierras que visita son las más bellas y generosas para muchos. Los de antes de la Conquista y los colonizadores después, han dejado sus rastros en su espejo. Los violentos lo han hecho Ganges de difuntos. Pero el Cauca es un ofidio de espejos y a veces un tigre sereno que mira y rasca con sus felinas garras el humus de la tierra nativa.
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Publicado en La Patria, Colombia, el 19 de mayo de 2013.

sábado, 11 de mayo de 2013

EN LA CASA DEL FLORERO

Por Eduardo García Aguilar
Desde los balcones de la Casa del florero en Bogotá una tarde cualquiera se puede observar el aguacero implacable que todo lo dispersa en la plaza de Bolívar. De repente, solo una absurda llama peruana corre sobre los escuetos baldosines de la explanada, acompañada por su amos agrarios, para refugiarse en las arcadas de la alcaldía mayor de la ciudad. Las calles han quedado desiertas y no se percibe un alma en el amplio espacio del centro de la República, como si todo fuera espectral y metafórico.
He vuelto como un niño a explorar en la vieja casona los orígenes de este país que es Colombia y que nos convoca a millones en una implacable algarabía de imprecaciones e insultos radicales bañados por el odio permanente y la superficial alegría de danzas y músicas ancestrales. Allí nos muestran en una torpe escenografía figuras animadas de virreyes malos y buenos, de Nariño y Simón Bolivar, al lado de las imágenes de los desaparecidos en las jornadas apocalípticas del 9 de abril o la toma del Palacio de Justicia en 1985 que aun remueven y agitan las conciencias. Y en una habitación se exhiben los productos importados que se vendían en las tiendas de criollos y gachupines o las prendas dieciochescas que usaban los lejanos habitantes de la colonia.
Y en la sala desde donde se anuncia el balcón colonial que se abre a la plaza inmensa, está el supuesto florero, un horrendo objeto de pacotilla que habría originado las disputas que llevaron a la Independencia y a la fundación de la patria contra la madrastra española. Hoy la pelea a puños de palabras es entre el nietecito de Laureano Gómez y el zambo plebeyo Petro o entre el paisa energúmeno del Ubérrimo y el primo Pachito Santos contra sus enemigos reales e imaginarios. Nada ha cambiado pues en dos siglos.
Salvo la magnificencia de la lluvia sabanera y andina, todo allí en esta casa es minúsculo y a veces hasta ridículo. Y como para indicarnos que este país es una finca, por todas partes las placas de mármol nos indican que el benefactor del sacrosanto sitio diseñado en los años sesenta es el ex presidente Eduardo Santos, tío abuelo del actual mandatario Juan Manuel.
En las paredes de la Casa del Florero se exhiben las cartas que historiadores o ministros de apellidos pomposos como Hernández de Alba o López de Mesa escriben al primer Santos, quien vivía entonces cerca de Central Park, en Nueva York, con detalles de las actividades que condujeron a crear en la esquina de la plaza una casa patria que indicase a los jóvenes el punto nodal del inicio de la historia republicana, para que se inclinen y amen a los héroes bienamados. Desde allí el rico prohombre nacional, magnánimo, respondió con benevolencia al petimetre de turno que huía como la llama peruana con su sombrero Stetson y su paraguas abierto de las lluvias y los juzgados, en medio de los truenos y los rayos que cubren desde siempre la ciudad y sus fríos cerros.
Porque los héroes de nuestra República, originarios casi siempre de unas cuantas familias afortunadas y aristocráticas, residen lejos de la infame turbe bogotana en las exquisitas capitales del mundo donde han retozado como diplomáticos del nepotismo o viajeros de lujo desde los tiempos de Bolívar y Santander.
El doctor Santos a veces vivía en París y otras en Nueva York, como en su tiempo los doctores Santander, Rafael Núñez, López Pumarejo, Olaya Herrera o los Lleras o Barco o Laureano u Ospina residían en Londres o París o Roma o Benidorm y Sitges, lugares estos últimos en las playas mediterráneas. Todos ellos doctores a veces sin serlo, togados imaginarios, ungidos por un dios sabanero, magnánimos ellos, sabios, bondadosos, vestidos por modistos londinenses y bebedores de té.
La Casa del Florero no olvida sin embargo la muerte de Jorge Eliécer Gaitán a unas cuadras de allí y la conflagración que dejó el 9 de abril de 1948 la ciudad inerme entre sus cenizas y las ruinas de edificios y tranvías y cadáveres amontonados en las esquinas y que desde entonces sigue marcando la historia de la republiqueta leguleya gobernada la mayoría de las veces por corruptos, ladrones, pillos y mentirosos.
Dos jóvenes guardias acuden también al balcón a mirar la plaza inundada por la lluvia, ya sin llama peruana ni fotógrafos familiares o turistas esporádicos y atónitos. Desde ese punto esquinero trato de imaginarme el triste villorio que fue entonces Santa Fe de Bogotá, donde criollos y gachupines se daban de puños como lo muestra una cómica escultura tamaño natural que los representa para solaz de los jovenzuelos y ninfas de los colegios capitalinos.
Esa es la trompada nacional, una trompada permanente que terminó convertida en ruido de motosierras dos siglos después, o fogonazos de ametralladoras o bombardeo de aviones fantasma. De la trompada inicial de los pueblerinos, la patria avanzó hasta las altas tecnologías del insulto y la exterminación con drones y ataques quirúrgicos desde los cielos.
El portero del edificio nos regala una vieja postal donde se ve la habitación de nuestro Simón Bolivar y en la precaria tienda se venden vasos, la pluma de Nariño, libretas, libros, tasas y floreros imaginarios.
El aguacero interminable sigue afuera y debemos esperar para salir mirando el bello patio interior como si estuviésemos en ese lejano tiempo de los inicios. Una paloma negra agoniza empapada de agua helada. Extraña sensación esta de volver a la patria a visitar el primer día, aun con jet lag, la esquina de la leyenda, cuando la algarabía de los conflictos siguen y los líderes aristócratas y plebeyos se siguen dando trompadas coloniales por radio, televisión o twitter, mientras en las montañas o los llanos lejanos se siguen amontonando los muertos.

 

domingo, 5 de mayo de 2013

FERIA DEL LIBRO EN BOGOTÁ CON LE CLÉZIO


Por Eduardo García Aguilar
La 26 Feria Internacional del libro de Bogotá (Filbo), que se llevó a cabo del 18 de abril al 1 de mayo, se posicionó en definitiva como una de las dos más importantes fiestas libreras del mundo hispanoamericano, debido a la nutrida asistencia del público local e internacional, que superó las marcas de las anteriores, con más de 400.000 personas y la presencia de importantes figuras, entre las que se destacaron el Premio Nobel francés JMG Le Clézio, Cees Noteboon y el periodista alemán Gunter Walrraf.
Le Clézio, quien en el fondo de sus múltiples corazones es también un gran mexicano, regresó a Colombia después de cuatro décadas, pues vivió allí dos años inmerso en el mundo de los indígenas de las selvas del Darién, en la frontera con Panamá, siguiendo la tradición etnográfica y expedicionaria de los viajeros sucesores del gran Bougainville, entre los que se encuentra Claude Lévi Strauss, el autor de Tristes trópicos.
Durante su visita a Bogotá Le Clézio celebró una charla pública con el novelista Óscar Collazos, quien al lado de Fernando Cruz Kronfly es una de las dos figuras literarias colombianas mayores que se perfilan como merecedores del Premio Cervantes. Le Clézio visitó también los mercados populares para palpar la realidad vegetal del país y tuvo encuentros con miembros de las etnias con las que vivió hace tiempos, aunque no logró encontrar a sus guías y amigos de entonces en un recorrido selvático por las tierras del Chocó, quienes a su parecer marcaron su vida para siempre y dieron norte a una obra literaria marcada por fuerzas humanistas y centrífugas.
Era la primera vez que un Premio Nobel de Literatura asistía a la Feria y su presencia generosa y auténtica de ex hippie marcó la pauta de las actividades que llenaron las salas y los auditorios en permanencia y difundió entusiasmo en las avenidas repletas de gente que pasaban de un lado para otro para escuchar la palabra de los invitados locales e internacionales.
Porque la Feria del libro en Bogotá demostró en esta ocasión ser multifacética, abierta a todas las tendencias, incluso las incómodas, haciendo del acontecimiento una torre de babel situada lejos de las apariencias y las ceremonias tan usuales en este tipo de celebraciones colonizadas por la odiosa pomposidad. Con Le Clézio a la cabeza, por el contrario, se animaba a desacralizar a la literatura de librea y corbatín, cercana a los lobbys de poder, para abrir las compuertas a las nuevas expresiones, las nuevas editoriales y la nueva crítica.
El periodista camaleón alemán Gunter Wallraff, autor de Cabeza de turco, fue con Le Clézio la otra gran figura de la feria, no por casualidad otro autor irreverente que busca siempre estar lejos de las apariencias y las vanidades del orbe de las letras, quien encabezó el Encuentro internacional de periodismo organizado con la Universidad Externado de Colombia, y que convocó a un público multitudinario ante el que relató todas las peripecias de sus investigaciones para denunciar la injusticia y la explotación de los trabajadores.
Su presencia rebelde coincidió con la efervescencia que se vive en Colombia por las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) después de 50 años de conflicto, que parecen ir por buen camino y traen a la memoria el recuerdo de los periodistas e intelectuales asesinados en Colombia por las fuerzas oscuras del paramilitarismo. Con Wallraff estuvieron presentes varios de los principales periodistas investigativos colombianos, muchos de los cuales han sido perseguidos u hostigados y que relataron sus experiencias para llegar a la verdad en un país encendido por los odios de una guerra ancestral. El tema de la violentología y los debates en torno a novelas y ensayos sobre el conflicto colombiano, abordado por los autores locales desde todas sus aristas, fueron otras actividades, lo que muestra que está generando toda una literatura que explora la herida para tratar de sanarla.
Además, la feria, dedicada a Portugal, estuvo animada por una importante de delegación lusitana que asistió para presentar las nuevas traducciones al español de muchos autores de ese país, publicadas por nuevas editoriales locales como El Peregerino Ediciones, que están convirtiendo a Bogotá en un centro editorial dinámico de América Latina. Por las callejuelas de la feria se sentía la presencia de Camoes, Garrett, Queiroz y de Fernando Pessoa, pues como dijo Francisco José Viegas, autor de La polvareda que cae sobre la tierra, en cada portugués hay un heterónimo del autor de la Oda marítima. Nuno Júdice, el gran poeta portugués, estuvo presente para dar el gran regalo de traducir cien años de poesía colombiana al portugués, en Un país que sonha, bello volumen publicado por Assirio y Alvim, muestra del caluroso abrazo colombo-lusitano. Siete editoriales colombianas nuevas acudieron a la cita y publicaron 30 libros portugueses para la ocasión.
Muchos de los autores de diversas nacionalidades, como los centroamericanos Horacio Castellanos Moya y Rodrigo Rey Rosa, se sorprendieron por los movimientos telúricos que se están percibiendo en la cultura en una ciudad que encabeza a un país emergente, en pleno crecimiento económico, que después de décadas de crisis y conflictos y derivas políticas está dando el salto a una contemporaneidad ardiente, con rupturas y fuerzas inéditas.
Sebastiá Jovani, autor de Emet o la rebelión, de la editorial Duomo de Barcelona, destacó en medio de una fiesta en el café Pastis, convocada por la revista Arcadia, el sentimiento de lava ardiente y de efervescencia cultural que se percibe en las arterias de la urbe bogotana, situada a 2.700 metros de altura en la cordillera de los Andes, y que parece estar a punto de despegar hacia un viaje interplanetario cuyo destino se desconoce.


viernes, 26 de abril de 2013

LA GENERACIÓN SIN CUENTA DE ROBERTO BOLAÑO

Por Eduardo García Aguilar

Cada ciudad latinoamericana tuvo su Andrés Caicedo o su Roberto Bolaño, o sea algún miembro de la generación llamada Sin Cuenta, de autores nacidos en la década de los 50 y que en su mayoría fueron seres malogrados, rebeldes que huían de las convenciones y vivían la literatura y la vida como su modelo Arthur Rimbaud.

Esa generación Sin Cuenta latinoamericana que apenas comienza a investigarse después del éxito póstumo de Caicedo y Bolaño, despuntó a fines de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado, casi siempre a través de rabiosos y precoces adolescentes que a los 17 años habían leído muchas cosas y tenían ya en sus textos de prosa y poesía tono personal y fuerza original.

Su originalidad radica es que despuntaron a la adolescencia en un momento de brutal ruptura cultural mundial, en medio de una explosión que destruyó modelos familiares decimonónicos, estructuras sociales y educativas y usos y costumbres laborales y culturales tradicionales que rigieron hasta mediados del siglo pasado en una arcaica esfera hispánica y ancestral.

Varios momentos cruciales vivieron esos adolescentes, por lo que sus sueños fueron infinitos y devastadores : la llegada del hombre a la luna, el desarrollo de la televisión, la irrupción de un nuevo cine experimental, el uso del super 8, la imposición del rock como gran ola musical y de actitudes vitales aun vigentes, la revolución sexual, la liberación de la mujer y el reconocimiento de los derechos homosexuales, así como el uso extendido de las drogas, entre otras, por lo que ellos fueron la segunda verdadera ola de la generación psicodélica, hija de Bob Dylan y Rolling Stones. De esos escritores latinoamericanos nacidos en los años 50 dos lograron convertirse en verdaderos mitos crecientes más allá de sus fronteras.

En Colombia Andrés Caicedo (1951-1977) es el representante máximo y único de esa actitud, suicidado a los 25 años después de vivir una adolescencia y una primera juventud de creatividad asombrosa y protéica y escribir el clásico novelístico Que viva la música, obra hermana de La María y la Vorágine. Sus contemporáneos sobrevivientes llegaron o están llegando ya a la edad fatídica de los 60 años, cuando ya todas las cartas están echadas.

Esos sobrevivientes miran con estupor la obra polifacética de Caicedo, que nos interpela, nos cuestiona y hace reflexionar sobre los poderes de la literatura adolescente, cuando quien escribe lo hace para nada y para nadie, en un grito auténtico de existencia, tal y como lo practicó el emblema Rimbaud.

El caso de Roberto Bolaño (1953-2003) y los infrarrealistas es igual. Bolaño era un chileno errante que como adolescente recaló con sus padres en El Salvador y luego en México, donde ya desde temprana edad fue líder de un movimiento en el que participaron rebeldes peruanos y mexicanos, absolutamente terribles como Mario Santiago (1953-1998), inmortalizado en Los detectives salvajes con el nombre de Ulises Lima.

Ellos surgen del margen, combaten contra la cultura oficial dominada por Octavio Paz y los funcionarios oficiales y son detestados por todos sus contremporáneos convencionales mexicanos, aplicados desde temprano a escalar y hacer una « carrera literaria » y que ahora, cuando Bolaño se hizo leyenda, tratan de falsificar la historia y presumen de haber sido sus amigos.

Bolaño siguió siendo un cascarrabias rebelde hasta el final y gracias al gran editor Jorge Herralde salió de la marginalidad literaria y brincó a la consagración mundial. Nunca falló a esa actitud rebelde de sus incios y es un milagro que en un mundo literario de tantas imposturas haya salido del anonimato. Hasta el final fustigó a los sepulcros blanqueados de las letras latinoamericanas. Por eso es el héroe máximo de nuestra generación Sin Cuenta al lado de Caicedo.

Pero no son lo únicos. En los yacimientos arqueológicos de nuestra generación, hay muchos esqueletos escondidos y hay que sacarlos a la luz. En mi caso, que nací y viví mi rica adolescencia literaria en la ciudad colombiana de Manizales, quisiera referirme al caso de Rodrigo Acevedo González (1955-1996).

Hace poco encontré unas 30 cartas que Rodrigo me escribió a partir de 1972, cuando yo me había ido a estudiar a Bogotá. En esas cartas encendidas aparece el gran talento de este precoz poeta que, como casi todos nosotros, habia leído ya muchas cosas a los 17 años.

En vida solo publicó El territorio y la máscara y después, con carácter póstumo, el narrador y crítico Roberto Vélez Correa, de su misma generación y también ya fallecido, publicó y editó los Poemas del tiempo recobrado con un amplio estudio sobre su vida y su obra. Es lo único que se conoce de él aparte de lo esparcido en revistas y periódicos y no se sabe qué se hicieron sus papeles después de su trágica muerte a causa de una epilepsia que lo aquejó durante toda la vida y lo llevo a visitar el hospital siquiátrico y a luchar con la soledad, el alcohol, el amor, el deseo, la furia contra el medio y la neurastenia. Fuimos amigos en la adolescencia y después lo vi pocas veces cuando regresaba a Colombia.

Murió a los 41 años, pero durante tres lustros se alejó del mundo cultural. Excéntrico, caminaba solo con un enorme perro por las calles de la ciudad, que empezó a detestar, aunque tuvo la atención de familiares y amores secretos. No pudo cumplir los sueños de viajar a Europa e iniciar otra vida, ni de publicar afuera o ser traducido, pero al leer sus cartas distingo su talento, su inteligencia, la claridad, la solidez de su precoz cultura, su gran intuición poética. La prueba de su excelencia está en esas
decenas de poemas que nos dejó por fortuna. No se necesita más para reconocerlo.


lunes, 15 de abril de 2013

LA MUERTE DE LA MALVADA THATCHER

Todos los diarios del mundo publicaron esta semana en primera plana la foto de Margaret Thatcher (1925-2013), quien gobernó Inglaterra de 1979 a 1990 y murió el lunes a los 87 años de edad en una habitación del Hotel Ritz de Londres, a donde se había retirado después de quedar imposibilitada para bajar las escaleras de su casa y verse afectada por la demencia senil.
     Allí de vez en cuando recibía a sus últimos fieles, quienes relatan que la anciana aún tenía momentos de lucidez en que desplegaba su malvada lengua acerada de ofidio y su duro carácter, mientras saboreaba unos deliciosos tragos de gin. Tuvo una agitada y larga carrera que culminó con tres períodos seguidos como primera ministra de Gran Bretaña, primera y única vez para una mujer, en una época difícil de guerra fría, que culminó con el deshielo, el fin del comunismo en la Unión Soviética y la caída como fichas de dominó de todos los países de la cortina de hierro frente a la arremetida del triunfante capitalismo.
     Esta mujer representaba hasta la caricatura las políticas conservadoras y retardatarias aferradas a Cristo, la tradición, la familia y la propiedad y que negaba con furia la ayuda a los pobres, esos parásitos mantenidos, que según ella, contribuían a reducir y arruinar las arcas del Estado. Por tal razón aplicó drásticas medidas contra las políticas sociales, recortando aquí y allá presupuestos, lanzando a la miseria a cientos de miles de ciudadanos frágiles y reduciendo hasta la asfixia los servicios sociales.
     De la mano de su contraparte estadounidense, encabezada por Ronald Reagan y los Bush, padre e hijo, esta visión ultraconservadora de las cosas en materia económica que enterró por un tiempo la sabia economía política del gran John Manyard Keynes, dominó el panorama mundial durante tres décadas hasta que explotó en pedazos con la crisis financiera mundial de 2008, en la que seguimos todavía sumidos.
     La crisis mundial mostró que, por el contrario, los verdaderos subvencionados no eran esas ratas parásitas de pobres y extranjeros, sino bancos, multinacionales y holdings que recibían millones y millones de dólares de ayuda permanente y hacían todo lo posible para no pagar impuestos.
     Thatcher no solo fue la adalid de esa odiosa política que quita al Estado las ineludibles responsabilidades para con los pobres y beneficia a los poderosos, sino que al igual que Reagan y los Bush, era violenta y lanzaba sus ejércitos en guerras innecesarias con el único fin de recuperar caudal electoral perdido a causa de la crisis social provocada por sus medidas sectarias. Envió las tropas británicas a las islas Malvinas en 1982 causando miles de muertos, cuando probablemente el problema se hubiera podido arreglar por medios diplomáticos.
     Antifeminista, antiobrera, inflexible, polarizadora, megalómana y egocéntrica, esta mujer dividió a su país como nunca entre sus partidarios, los poderosos y las clases medias acomodadas y sus opositores, la pequeña burguesía ilustrada y los trabajadores, por lo que esta semana muchos cantaban en Gran Bretaña la famosa canción del Mago de Oz, que dice "ding dong, ding dong, ha muerto la bruja".
     Uno quisiera buscarle cualidades, tratar de equilibrar el retrato, pero la tarea se hace imposible. La era thatcheriana de los años 80 y 90 del siglo pasado fue espantosa. Sus ideas conservadoras triunfantes inundaron el mundo durante esas dos décadas: en todas partes la educación se privatizaba y se negaba el derecho a la escuela a los pobres, los enfermos fueron culpabilizados y morían en las puertas de los hospitales porque no tenían dinero para pagar, los trabajadores y los desempleados fueron estigmatizados como parásitos que viven de la beneficencia y las leyes laborales se hicieron cada vez más duras a favor de los patrones.
     Ese ideario fue el aplicado por Pinochet en Chile y por muchos dictadores del Tercer Mundo y gobernantes supuestamente democráticos de países menores, entre ellos los nuevos gobernantes de los países exsocialistas. La juventud tuvo que cortarse el pelo, vestir con formalidad, las veleidades artísticas fueron censuradas como peligrosas, por lo que en contra de esa ola surgió un arte y una música punk y trash marginales que revolucionaron las sensibilidades estéticas.
     Francis Fukuyama dijo que la historia había terminado y al final de los noventa muchos creyeron que ese modelo capitalista y retardatario a ultranza había llegado para quedarse. Pero tres lustros después todos hemos descubierto la gran estafa de la banca mundial, heroína de la reaganomics y el thatcherismo. Hasta el Estados Unidos de Obama cambió de rumbo y muchos sectores de la derecha moderada mundial tuvieron que reconocer que había que parar el delirio.
     Quien se opusiera a eso hace apenas unos años era acusado de comunista, marxista o terrorista. Hasta el pobre Carlos Marx ha resucitado de entre los muertos y se ha convertido en un santo que tenía razón al escribir su maravilloso libro El Capital. Ahora los indignados del mundo que manifiestan en Wall Street, España o Grecia, demostraron que esa lucha era legítima y justa.
     Con la muerte de Thatcher termina una era ominosa y ojalá que los espíritus críticos del mundo sigan presionando para que los gobiernos vuelvan a su función primaria en beneficio de la gente y de la sociedad, esa palabra que la recién fallecida tanto detestaba y cuyo lema soberbio era: "No existe nada llamado sociedad". Cómo sería de odiosa, que hasta la propia reina Isabel la detestaba.

* Publicado en La Patria. Manizales. 14 de abril de 2013.

lunes, 8 de abril de 2013

LA PESADILLA DEL 9 DE ABRIL EN COLOMBIA

Por Eduardo García Aguilar

* Reproduzco este artículo sobre el 9 de abril de 1948, publicado hace dos años, al cumplirse este martes un aniversario más de ese magnicidio en Colombia, que sigue 65 años después marcada por la tragedia y repitiendo la historia.

La jornada del 9 de abril de 1948, cuando mataron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, sigue marcando 63 años después la historia de Colombia con su devastadora presencia de destrucción, intolerancia y odio.
Cada vez que en el país surgió una figura que como el « negro » Gaitán representara una alternativa distinta a los poderes bipartidistas, fue eliminada u hostigada de manera violenta, como ocurrió también con Rafael Uribe Uribe o Bernardo Jaramillo y centenares de personalidades opositoras honradas. Incluso todo un partido político, la UP, fue exterminado hace poco en su totalidad por las impunes fuerzas oscuras de la intolerancia nacional.
Como si fuera una mala pesadilla, tenemos que reconocer que el país sigue gobernado hoy en las mismas posiciones exactas por los nietos de algunos de los protagonistas del 9 de abril que partió en dos la historia del país, lo que muestra que la política colombiana sigue siendo por lo general coto vedado de la vieja oligarquía que se expresaba antes desde las trincheras de El Tiempo y El Siglo y hoy lo hace por Caracol o RCN.
Las dinastías ya hacen cola unas tras otras para subir indefinidamente al poder por los siglos de los siglos, como si los colombianos no pudiéramos asumir nuestros propios destinos. Santos, López, Gómez, Rojas, Lleras, Barco, Pastrana, Peñalosa, Turbay siguen ahí firmes en los mismos lugares de sus ancestros, mientras nuevos delfines de apellidos Galán o Gaviria se preparan ya por dictado divino para asumir ineluctablemente las riendas del poder cuando les toque el turno dentro de unos lustros. Durante ocho años tuvimos a un Santos alocado de vicepresidente y ahora a un taimado Santos como presidente. Y todo indica que ya se apresta a subir al solio de Bolívar el nieto de Lleras Restrepo.
Incluso el drama dinástico afecta hasta la propia izquierda. Los nietos del dictador Gustavo Rojas Pinilla, hijos de la famosa « Nena » Maria Eugenia, dominan el Polo Democrático y la alcaldía de Bogotá aunque gobiernen como el caballo de Calígula (Nota: ahora, dos después de escribir este artículo, ya están en la cárcel por corrupción) y hasta una López dirige el supuesto partido del pueblo (Nota: Ahora la nieta de López Pumarejo y sobrina de López Michelsen es la candidata presidencial del Polo Democrático).
Las principales embajadas del país son feudos de algunas familias. A los López les encanta Londres y a los Gómez les fascina París. Si Virgilio Barco fue embajador en Washington, por supuesto que su hija Carolina lo tenía que ser algún día. Si Misael Pastrana fue embajador en Washington antes de ser presidente gracias al fraude, por supuesto que su hijo Andrés tendría que ocupar esos cargos también.
Si se hace un estudio genealógico de la alta dirigencia del país, se puede llegar con toda certeza a la conclusión de que Colombia es un país incluso más dinástico que una vieja monarquía árabe o europea y que los miembros de algunas de esas familias, aunque sean casi bobos, llegarán tarde o temprano a las más altas dignidades.
No es de extrañar entonces que cuando a la « infame turba », a la « chusma », a la « ignara plebe » colombiana le mataron a su « negro » Gaitán, hijo de un librero radical de un modesto barrio bogotano, que parecía ir rumbo a ganar las elecciones presidenciales de 1950, la capital fuera devastada en una jornada de furia y destrucción. Y que sobre las ruinas humeantes de Bogotá y el cadáver de Gaitán los endogámicos máximos líderes conservadores y liberales pactaran en Palacio a cambio de « puestos » para evitar la caída del gobierno.
He revisado con atención dos libros escritos al calor de los acontecimientos por representantes de las distintas fuerzas en pugna. Uno del conservador ospinista Joaquín Estrada Monsalve, titulado « El 9 de abril en palacio. Historia de un golpe de estado » , publicado días después de la tragedia, y otro del poeta y periodista de izquierda Luis Vidales, « La insurrección desplomada. El 9 de abril, su teoría y su praxis ».
Estrada Monsalve describe con prosa clara y vívida las jornadas del 9 al 10 de abril vistas desde la óptica de Ospina Pérez, por lo que vivimos la historia minuto a minuto en medio el temor de que la « chusma » liberal se tomara el palacio.
Asistimos también al arreglo final entre líderes liberales y conservadores para salvar el pellejo. Se destaca la descripción de los protagonistas, como el frío mandatario, descendiente a su vez de presidentes, a quien uno de sus servidores, Augusto Ramírez Moreno, llegó a decirle al día siguiente que era un « semidios ». Todas las figuras aparecen en la tragicomedia : doña Berta Hernández con pistola al cinto, Guillermo León Valencia, Laureano Gómez, Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo, entre otros.
Luis Vidales, el famoso autor de « Suenan timbres », quien conoció a Gaitán en Europa y fue su amigo, describe por su parte al inteligente líder popular, cargado del aura extraña que lo rodeaba cuando encarnaba a su pueblo e iba rumbo a la presidencia, ante el estupor de Lleras y Santos y los conservadores. Su libro es una defensa de la desesperada plebe acéfala ante la traición de sus líderes y tras el asesinato de su caudillo.
Y al leer esos textos uno se da cuenta que el país ha cambiado muy poco. A un lado la « infame turba » decadente, manipulada, violenta, delincuencial, bandida, eterna menor de edad y al otro la inamovible nomenclatura perfumada de unas cuantas familias hereditarias, Santos, López, Gómez, Lleras, Ospina, Rojas, Barco, Turbay, Pastrana, Samper, Holguín, Galán, Gaviria y sus avorazados delfines ungidos por la gracia divina.

NUESTRA SEÑORA DE LA RUTINA

Por Eduardo García Aguilar
En estos días de fiestas pascuales, cuando los occidentales se aplican a sus devociones milenarias en la mitad del planeta, no queda más remedio este aburrido viernes santo que visitar Notre Dame de París, lugar común que atrae cada año a más de 60 millones de turistas y cumple por estas fechas 850 años de existencia (1163-2013).
     Centro de todas las peregrinaciones, cantada por los poetas, escenario de la famosa novela de Victor Hugo, sitio de iluminaciones, milagros, saqueos revolucionarios, coronaciones reales, entre ellas la del emperador Napoleón Bonaparte, la Señora de París acaba de recibir para ese efecto una decena de nuevas campanas, entre ellas una mayor, fundidas todas en Bélgica, que renuevan el sonido portentoso de los campanarios, omnipresente antes con su impronta y ahora ahogado por el insoportable murmullo citadino.
     He pasado por ahí miles de veces a lo largo de las décadas y siempre me embarga una sensación especial, incómoda, extraña, de banalidad y lugar común, aliados al estupor del tiempo, aunque la verdad sea dicha ha sido mayor la impresión sentida frente a la Catedral de Estrasburgo, joya sin par situada en la capital legislativa de Europa que uno nunca se cansa de admirar, pues allí quedan todavía vestigios de la ciudad medieval y alquimista empotrada en un cruce de caminos del viejo mundo, bañado por el agua de un río, el Ille, que desemboca al majestuoso Rhin.
     Notre Dame de París, por el contrario, carece de las torres bruñidas que impresionan en Estrasburgo, Colonia o Chartres y es una especie de pastel pesado reemplazado a lo largo de los siglos por múltiples renovaciones a veces fantasiosas, como la última y más espectacular de Viollet Le Duc en el siglo XIX, a quien se acusa de haber hecho su catedral personal, llena de sus propios fantasmas y delirios de megalómano decimonónico.
     En varias ocasiones la catedral, situada en una isla del Sena, en pleno centro de la ciudad, se encontró en tal estado de decrepitud que estuvo a punto de ser derruida y varias veces fue salvada in extremis, por lo que ahí está hoy de milagro mientras hace ya siglos desapareció el barrio medieval que la rodeaba en medio de estiércol y detritus, habitado por ciegos, tuertos, paralíticos, miserables, huérfanos, mendigos, payasos y clochards.
     Ahora, con motivo de los 850 años, Notre Dame se ve renovada, limpia en exceso y en su interior se aprecian los ladrillos nuevos que colocan los albañiles y luego serán cubiertos con una pátina artificial de tiempo para dar la impresión de antigüedad. El espléndido sonido del órgano lo inunda todo y el incienso borbotea de los recipientes y sube y se enreda por arcos y arcadas hasta arquitrabes, cúpulas y vitrales.
     Una romería incesante de visitantes hace la cola en permanencia, y frente a los portales, en la amplia plaza, se ha instalado una gradería horrenda donde en su mayoría asiáticos, estadunidenses, europeos y latinoamericanos se sitúan en masa para activar los flashes de sus cámaras. Todos llevan el kit del viajero: bolsas de marca en la espalda, tenis de caminante marca Adidas, New Balance, Nike o Reebook, y parkas abullonadas para el invierno persistente.
     Adentro, en medio de los cánticos variados de la misa vespertina, cuando el órgano estremece todo, puede uno observar los rostros de los visitantes del mundo entero que tal vez nunca regresarán y tratan, en el ajetreo de las agendas turísticas, de captar la imagen interior que se llevarán para siempre. Lo mismo hemos sentido en los milenarios templos de la India o en la ruina de la estupa budista de Sarnath, donde supuestamente oró Buda. O sea que hoy el papel del aburrido habitante local y el visitante efímero se han trocado entre piedras que ni siquiera lloran de humedad o apocalipsis.
     El espectáculo de hoy es la exposición de la corona de espinas que los clérigos de monseñor Vingt-Trois, cardenal arzobispo de París, sacan cada primer viernes de mes y ante la cual oran los adoradores de reliquias. Dícese que la joya crística fue adquirida por el rey cruzado Luis, el gran San Luis Rey de Francia, el más famoso de los luises, incluso por encima del muy moderno Luis XIV.
     En Brujas, la antigua Venecia del norte, visitada por todos los reyes, incluso Carlos V, en cuyo reino nunca se acostaba el sol, los cofrades medievalistas herederos de los cruzados pasean hoy el recipiente donde se supone se encuentra la sangre de Cristo en procesiones tradicionalistas que estremecen ante el sonido del espectacular campanario central de la ciudad, descrita por el decadente Georges Rodenbach en su Brujas la muerta.
     Luego, con micrófonos siniestros que rompen cualquier ceremonia, en la pequeña capilla de la Santa Sangre, de Brujas, los pastores proceden a invitar a los turistas asiáticos a que pasen a ver la reliquia y depositen junto a ella sus gruesos billetes en una especie de ofrenda pagana o ritual de turistas.
     Pero allí, pese a todo, hay más tiempo, más pátina, más auténtico aroma de antigüedad. Aquí en París, por el contrario, sólo faltan el Kentucky Fried Chicken y el McDonald’s al lado de la mole para que el cuadro sea perfecto en este siglo XXI de todas las globalizaciones y el turismo masivo.
     Sólo me resta entonces sacar el libro París a través de las edades, de M. F. Hoffbauer, el prusiano renano que consagró su vida a la historia de la ciudad en el siglo XIX y que en un capítulo ilustrado de su libro nos habla de la vieja catedral y su entorno medieval por medio de grabados en madera, aguafuertes coloridos y palabras. Notre Dame la vieja, la otra, sólo vive ya en los libros de la leyenda.

* Publicado en Excélsior, México, domingo 7 de abril de 2013.

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miércoles, 3 de abril de 2013

DE LAUTRÉAMONT A CABALLERO CALDERÓN

Por Eduardo García Aguilar
Siempre son irritantes las novelas latinoamericanas, fallidas por lo regular, que tienen como escenario París, pues tienen por lo regular la forma de diarios de un escritor o pintor pobre, exiliado y ávido de gloria, perdido en las redes de la ciudad con el triste estatuto de forastero.
      Sería interminable hacer el catálogo de los libros escritos por jóvenes o viejos que alguna vez vivieron y sufrieron en la Ciudad Luz y que en el instante o mucho después tratan de recuperar la urbe, convertida en el escenario de sus obras con su calles, avenidas, cafés, hoteluchos sarnosos, restaurantes universitarios y cruciales buhardillas inhóspitas y llenas de humo donde los hijos de la bohemia pasan largos días de invierno aquejados de gripe, tuberculosis, sífilis, desnutrición o por la resaca de las múltiples ebriedades.
      Han caído en mis manos muchos de esos libros escritos por hispanoamericanos de todas las nacionalidades, el principal de los cuales es Rayuela, la novela de Julio Cortázar que cumple ya 50 años de publicada y se ha convertido en un clásico del género, lo que que la convierte en la menos irritante de todas, aunque también tiene sus detractores.
      Lo increíble de esas historias escritas en los últimos 150 años en forma de diario, cuadernos o epistolarios, es que la ciudad casi no ha cambiado desde los tiempos de la gran transformación practicada por el Barón Haussman en el gobierno del Emperador Luis Napoleón Bonaparte, lo que las hace muy familiares para un lector del siglo XXI.
      Entre los escenarios estará el bulevard Saint Michel y el barrio latino estudiantil de la Sorbona, el Odeón y el bulevard Saint Germain, o las riberas del Sena donde se suicidó Nerval y cerca de las cuales transcurrieron las vidas beodas de Charles Baudelaire, Paul Verlaine y los últimos años del derrumbado Oscar Wilde. También figurarán el Montparnasse y el Montmartre de Picasso y Modigliani y la Ópera y Campos Elíseos, entre otros muchos rincones consabidos.
      En esos escenarios, que son como telones de fondo de teatro de variedades, siempre figura el joven intelectual o escritor romántico y bohemio que sufre por crear una obra lejos de su patria, casi siempre señorito en desgracia o clasemediero que tarda en recibir el giro de la familia o la beca y debe recurrir a la ayuda del consulado de su país y mientras tanto deambula en antros donde se encuentra con exiliados de otras nacionalidades que viven las mismas peripecias y comparten las mismas amantes bohemias, fumadoras y tristes.
      Personajes fracasados que usan el pretexto de los estudios para vegetar en la ciudad o envejecer en una juventud ficticia que les parece eterna, los de las novelas latinoamericanas sobre París, peruanas, colombianas, guatemaltecas, uruguayas o chilenas, son deprimentes.
      Los modernistas latinoamericanos fueron especialistas en el tema y todos sin falta escribieron historias de bohemios algo patológicos, cuyo precursor principal fue el uruguayo Conde de Latréamont, inicialmente llamado Isidore Ducasse, autor de los Cantos de Maldoror.
Lautréamont no fue solo uno de los precursores de esas novelas parisinas de bohemia, equivalentes a las de Murger y Jules Vallès, sino insuperable ejemplo de una horrorífica temática asesina, donde el perverso personaje de su obra, rescatada después por los surrealistas, se dedica a imaginar y cometer los más atroces crímenes, las más innombrables desviaciones que hoy todavía nos aterran.
      Rubén Darío, José Asunción Silva, Enrique Gómez Carrillo, José Juan Tabalada y otros modernistas vinieron a París y así como ellos sucesivamente cada generación, la de Miguel Angel Asturias y Alfonso Reyes o la de Cortázar y Julio Ramón Ribeyro,  dio su cuota de aventurerosfracasados y de novelas depresivas y de tumbas solitarias en los cementerios Pere Lachaise y Montparnasse.
      De ellos el colombiano José Asunción Silva, escribió De Sobremesa, una obra típica del género donde el personaje consume drogas, vive el París parnasiano y simbolista, asiste a las escenas sáficas de su amante y regresa después a su país a recordar los años vividos en la que en aquel entonces fue la capital del mundo y hoy es un museo asfixiante.
      El también colombiano Eduardo Caballero Calderón, que era el más famoso novelista colombiano antes de que apareciera Gabriel García Márquez y arrasara con todo, ganó en 1965 el Premio Nadal con El buen salvaje, novela irritante y fallida que sin embargo se lee con ternura y dolor porque reúne todas las taras del género. Pero allí donde Julio Cortázar vuela en una concreción poética que es obra de su gran cultura y talento, Caballero Calderón se hunde como el Titánic al mostrar sinceramente las costuras de su terrible fracaso como en una expiación o inmolación de bonzo tibetano.
      El arcaico costumbrista colombiano, cuatro años mayor que Cortázar, quiere ser moderno y no puede. Harto de todo, en crisis sin duda, ávido de gloria y consciente de su fracaso, depresivo, el alter ego del novelista quiere experimentar y escribir la novela dentro de la novela, y hacer de la búsqueda inútil de su escritor la temática caótica de su obra en los escenarios del mismo París de siempre.
      Mitómano, mediocre, incumplido, ruin, el personaje que habla logra sin embargo mostrarnos el horror del París bohemio de los latinoamericanos y españoles en los años 50 y 60, donde fenecieron tantas ilusiones artísticas.
      Puesto que vivo en la misma ciudad y he escrito sobre ella en Bulevar de los héroes, tenía que leer esta novela de un Caballero Calderón que nos asusta y nos deja un sabor amargo sobre el terrible ejercicio de escribir novelas sobre París y fracasar en el intento, como fracasaron Lautréamont y todos los miles de autores que como chapolas negras mueren calcinados por la vela nocturna que alumbró al gran Baudelaire y su spleen de París.


sábado, 23 de marzo de 2013

TANJA : LA GUERRILLERA SEXY

Por Eduardo García Aguilar
Tanja, la guerrillera holandesa sexy de las FARC, se ha convertido en la estrella de las conversaciones de paz que el movimiento armado sostiene con el gobierno colombiano en La Habana. Se comprende muy bien que todos esos comandantes gordos y feos que representan al longevo movimiento de Tirofijo estén locos por ella y la hayan puesto en primera fila para dar una imagen más amable y menos dura de los rebeldes.
Los guerrilleros están muy bien asesorados en materia de comunicación, porque a la delegación oficial colombiana, encabezada por mi coterráneo Humberto de la Calle Lombana, le hace falta la presencia de mujeres bellas y jóvenes que representen a la juventud que tomará el relevo del país en el futuro del post conflicto.
Aunque Tanja dice que es una « flaca insípida » y que en las filas del ejército rebelde las que tienen más éxito son las « gorditas », es obvio que la también apodada Alexandra es una mujer elegante, espigada, a quien le quedan bien todas las prendas que luce, por lo que podría ser una modelo de éxito, por ejemplo para la tienda virtual de ropas exóticas de Tatiana Santodomingo, la millonaria heredera del magnate colombiano Julio Mario y de su hijo de mismo nombre, que acaba de dar un descendiente más a la familia real monegasca y es la nuera de Carolina de Mónaco.
Tatiana Santodomingo debería ofrecer algunas de esas maravillosas prendas ecológicas a la guerrillera, sacos tejidos en países extraños asiáticos, africanos y latinoamericanos, o bolsas, blusas y pantalones que cuestan fortunas y lucen ahora los millonarios que van al Hay Festival, al Festival de Cine y otras festividades cartageneras a las que asisten las familias reales de Colombia y toda su cohorte de arribistas.
Debería propiciarse un encuentro entre Tanja la holandesa y Tatiana Santodomingo, para emprender un diálogo de glamour que significaría por fin la paz entre los dos mundos opuestos: el de los magnates que pasan todo el año de vacaciones en los yates y las playas de lujo y el de la arriesgada europea que da la vida por los pobres de nuestro país y baila en las fiestas de la jungla.
Desde su llegada a Cuba Tanja se ha comido las cámaras y cada una de sus entrevistas es una sorpresa por su aplomo, inteligencia, sentido del humor y la firme convicción de que es la heredera de Antonia Santos, Policarpa Salavarrieta y Maria Cano, y que debe darse por fin la oportunidad a los olvidados de la tierra del país adoptivo, pero que no ha dejado, por su cerebralidad y constancia, de ser una típica europea, pasionaria de izquierdas con sentido global.
Como he sido extranjero en varios países durante mucho tiempo y estoy a favor del cosmopolitismo, siento especial atracción por quienes abandonan sus propios países y de repente adhieren a otros mundos hasta arriesgar la vida por ellos. Tal es el caso de cientos de miles de europeos que se fueron para siempre de aquellas tierras frías hacia países del Sur golpeados por el sol y las olas de los mares tropicales, atraídos por mitos heróicos como el Che Guevara o Patricio Lumumba.
Me he cruzado con franceses, alemanes y nórdicos que se han fundido con México, Centroamérica, Africa o Asia y de ninguna manera volverían a sus anquilosados ex países. Consideran que sus tierras de origen son vejestorios aplastados por las catedrales góticas y la sangre petrificada dejada por milenios enteros de colonialismo, guerra y violencia.
Si se compara con la sangre regada durante milenios en la vieja Europa, la guerra colombiana sólo sería una guerrita escuálida de novela bananera, sin la magnitud apocalíptica de las conflagraciones que solo en el siglo XX provocaron millones de muertos con bayonetas, fusiles, armas químicas, cámaras de gas y bombardeos.
Tanja se ve en un video, preciosa, bailando en la selva algún ritmo con la gracia de su cuerpo, rodeada por jóvenes guerrilleras y ante la vista torpe de los milicianos selváticos. Un guerrillero llega y apaga la cámara que filma la escena y se ve a la holandesa salir de foco como una chica regañada. ¿Cómo habrá cambiado la libertad europea y las discotecas libertinas por el acuartelamiento autoritario en la selva, bajo el mando de típicos machistas colombianos ultrafalocráticos y patriarcales?
La holandesa llegó a Colombia por medio de intercambios universitarios y según se cuenta estuvo en Bogotá y Pereira, donde empezó a conocer la realidad del país y quedó seducida por nuestros terribles encantos. Por lo visto nunca se quejó de las rudas pruebas de la selva al lado del Mono Jojoy y encontró en ese mundo peligroso bajo los bombardeos y al acecho de los ataques del Ejército una realización vital que sorprende.
En las conferencias de prensa se ha visto a la guerrillera cambiar de prendas y adornos con excelente tino, convertida en la diva amable de ese movimiento, rodeada por los severos comandantes que son los machos alfa de la selva implacable.
Los guerrilleros que Tanja representa son el lado secreto de una Colombia que fue capaz de exterminar uno por uno a los 4000 militantes de la Unión Patriótica, el partido político del negociador Iván Márquez, quien siempre aparece escoltado por la bella, lo que muestra su buen gusto en materia femenina. Ojalá hagan la paz, aunque la verdad sea dicha nunca confiaré ni en el establecimiento ni en sus opositores armados. Pero la paz vale bien una misa papal y la caricia virtual de una guerrillera muy europea y muy sexy.
 
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* Publicado en La Patria, Manizalez, Colombia, el 24 de marzo de 2013. 

viernes, 15 de marzo de 2013

A CADA QUIEN SUS PAPAS

Por Eduardo García Aguilar
Todos los habitantes de la zona cristiana occidental, ateos o no,hemos tenido relaciones imborrables con los distintos papas y su elección, actividades, viajes, muerte o inédita renuncia, como la de Joseph Ratzinger, nos han marcado de una u otra forma, querámoslo o no.
Ahora la aparición sorpresiva del nuevo papa argentino Jorge Bergoglio, de 76 años, ante el público asombrado del mundo quedará en la memoria mediática de muchos latinoamericanos. La novedad cinematográfica fue efectiva y el viejo cardenal de blanco vestido impresionó con su silencio inicial ante el foro romano y después con sus palabras llenas de humor y calidez .
Luego del estruendoso fracaso y el poco carisma del renunciante Bendicto XVI, continuidad pura del conservatismo militante de su antecesor Juan Pablo II, la imagen de Francisco ha generado buena impresión inicial, aunque apenas se comienza a analizar las posiciones bastante tibias y "neutrales" del mismo ante la dictadura argentina, como fue el caso en su momento de Pío XII frente a los regímenes de Hitler y Mussolini.
Es dificíl pedir milagros a poderosos cardenales de la curia obligados a negociar desde el tiempo de los Borgia con los poderes terrenales y a dar la mano y la comunión a figuras políticas que tarde o temprano se vuelven impresentables como Jorge Videla y Augusto Pinochet y otros grandes violadores de los derechos humanos a veces muy creyentes, entre ellos dictadores, caudillos, patriarcas, potentados, magnates y militares.
La primera imagen de un papa personal fue la de Juan XXIII, anciano de apariencia bonachona elegido a los 76 años y quien pasó a la historia por convocar el Concilio Vaticano II, propiciar cambios importantes como la misa en lenguas locales y escribir su encíclica Pacem in terris en plena guerra fría.
En el borroso mundo de la infancia recuerdo la conmoción causada por su muerte tras su corto pontificado en tías y abuelas o personas muy religiosas allegadas, que meses después creían verlo todavía como aparición o sentían cercana su inefable presencia para ellos santa y bondadosa.
Probablemente sea uno de los pontífices más importantes del siglo XX por los cambios modernos logrados en la anquilosada Iglesia y que en muchos aspectos ya fueron borrados con minuciosa inquina por la ola conservadora reciente encabezada por Juan Pablo II y Benedicto XVI, artífices de la contrarreforma.
Al calor de esos cambios lanzados por el anciano patriarca de Venecia, cuyo nombre original era Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963), y quien gobernó de 1958 a 1963, la Iglesia se volvió por un momento más popular, abierta, cálida y muchos jóvenes sacerdotes se comprometieron con los pobres de manera radical, según las corrientes de generosidad de las nuevas generaciones.
Estos últimos dos papas lograron darle la vuelta a la tuerca y hacer de la iglesia una institución en crisis, cerrada, aliada del poder, asediada por lo que durante mucho tiempo se escondió en los viejos escaparates  empolvados de la infamia. Bendicto XVI se vio obligado a renunciar porque su papado se desbordó mientras él se aplicaba a abstrusas meditaciones teológicas alejadas de la realidad concreta de más de mil millones de creyentes.
Juan Pablo II fue un pontífice clave en los momentos del derrumbe de la Unión Soviética y los países comunistas del Este, aplastados por las mentiras de su jerarquía marxista-leninista y los crímenes escondidos en diversos gulags de la intolerancia estalinista.
Wojtyla dio fuerza en su momento a esa lucha por la libertad de los pueblos sojuzgados por la URSS, pero se le fue la mano en apagar todo tipo de crítica y borrar del mapa, especialmente en América Latina, a  las corrientes sociales y humanitarias surgidas en los años 60 tras los trabajos del Concilio progresista y los movimientos sociales y políticos que se dieron en aquella época contra el violento y codicioso imperio estadounidense de Nixon, Reagan y Bush.
Después del modesto Juan XXIII vino Pablo VI, primer pontífice viajero y diplomático, flaco y de apariencia intelectual, quien marcó a los colombianos por su visita al país generando una gran expectativa por una presencia que hasta entonces parecía quimérica. Cuando la televisión colombiana avanzaba hacia la conquista de todos los hogares, miles de familias adquirieron enormes televisores empotrados en madera marca Philips, verdaderos muebles de sala para seguir el acontecimiento frente a la pantalla.
Pablo VI, arzobispo de Milán llamado Giovanni Battista Montini (1897-1978), gobernó desde 1963 a 1978, continuó los trabajos del Concilio Vaticano II y durante su pontificado fueron llevados al cardenalato tres de sus sucesores, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Su gobierno dejo una huella de modernidad que sus sucesores se encargarían de borrar poco a poco.
El polaco Karol Józef Wojtyła (1920-2005) llegaría al trono después de  la sorpresiva y misteriosa muerte de Albino Luciani, el malogrado Juan Pablo I, muerto en 1978, y se convertiría en una verdadera figura  protéica a lo largo de su extensísimo reinado, caracterizado por su vigor. Intelectual, escritor, deportista, rebelde surgido de las sombras del totalitarismo, su figura fue un vendaval hasta la llegada  del apagado Ratzinger, electo Papa en 2005 y quien sorprendió al mundo con su renuncia para regresar a sus libros de teología y a su piano.



sábado, 9 de marzo de 2013

¿UN HÉROE FARAÓNICO DEL SIGLO XXI?

Por Eduardo García Aguilar
La humanidad de todos los tiempos ha requerido siempre de héroes y dioses venerables con quienes identificarse hasta el delirio. Todas las grandes figuras míticas de la historia han surgido de seres reales que se izaron entre sus contemporáneos como grandes sabios, mártires o guerreros y con el tiempo subieron a la leyenda con poderes milagrosos. Tal fue el caso con el penúltimo semidiós aparecido en América Latina bajo el nombre del Che Guevara, figura crística conocida y seguida en todo el planeta por varias generaciones.
Lo que todo el mundo observó en estos días con la muerte y el sepelio del caudillo venezolano Hugo Chávez fue el despliegue de una escenografía conocida y milenaria, pero que no es tan frecuente, pues se requieren varias condiciones personales e históricas para la encarnación de una figura de ese rango.
Su originalidad radicó en que a diferencia de otros héroes tercermundistas revolucionarios y populares del siglo XX no renegó de la religión considerada por Marx como «el opio del pueblo », sino que la utilizó en su discurso hasta la saciedad, creando un sincretismo novedoso entre Jesús, Marx, Bolívar, el Che y Fidel Castro, su padre adoptivo.
En la ceremonia se diseñó muy bien el guión de los simbolismos. Maduro, el heredero de Chávez, esgrimió una copia áurea de la espada de Bolívar y la colocó sobre el féretro. Sus manos y las de militares y representantes de los poderes se unieron sobre el cadáver del héroe muerto en una especie de juramento ritual surgido de los tiempos del Santo Grial y de las grandes sagas míticas.
En ese fuerte militar lleno de presidentes, primeros ministros, el príncipe de España, jerarcas eclesiásticos y delegaciones de todo el mundo, ataviadas de oscuro y con los rostros adoloridos, vibraba el fantasma de Simón Bolívar unido al de Chávez en conjunción corpórea y espiritual y ambas figuras del más allá, escalofriantes, espectrales, radiantes, flotaban en el ambiente como en un acto de chamanismo político. Todo ello fue acompañado por la música sinfónica y cánticos autóctonos e himnos que dieron gran fuerza a la ceremonia iniciática de transmisión de poderes del fallecido héroe al corpulento heredero.
Inspirados en las grandes ceremonias chamánicas y tribales afines al homo sapiens desde su existencia, los funerales de Chávez se inscriben en la gran tradición del realismo mágico latinoamericano llevado a su máximas consecuencias por autores como Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Augusto Roa Bastos, entre otros.
Muchos creyeron que en el siglo XXI no veríamos nunca en el continente algo tan relacionado con la magia y los poderes faraónicos de la muerte, pero la verdad superó a la ficción y nos inscribimos así como continente en la gran tradición de los libros sagrados que han jalonado la historia espiritual de la humanidad desde el Ramayana y el Mahabarata hasta la Biblia, el Corán, el Manifiesto Comunista y el Libro Rojo de Mao Tse Tung, o sea un mundo lleno de dioses, espadas, sables, mantras, parábolas y espíritus trascendentes, eternos. O sea el poder emanado de fuerzas divinas.
En ese momento extraordinario que vieron millones en el mundo pensamos en los mitos inciáticos de los múltiples faraones egipcios al ser inhumados en las pirámides, así como los de Alejandro Magno, Darío, Julio César, Augusto, Constantino, Belisario, Stalin, Mao y los reyes mayas enterrados en pirámides de cresterías barrocas bajo extraordinarios monolitos como el de Pakal, rey dios de Palenque.
El heredero fue muy claro en su discurso al unir a Jesucristo, Bolívar y Chávez en una saga que apenas comienza en un contexto latinoamericano dominado por nuevas izquierdas ya no inspiradas en el marxismo ateo sino en originales sincretismos populistas. Y además se anunció que el cuerpo de Chávez será embalsamado como los de Lenin y Mao. De esta manera concluyó la era iniciada por la Revolución Francesa y la Ilustración racionalista del siglo XVIII que deseaban hacer de los ciudadanos adultos. Ahora los ciudadanos seremos crédulos niños eternos poseídos en un estado de trance chamánico televisivo.
La mayoría de los aspirantes a héroes iluminados no logran su objetivo y caen en el camino atrapados por sus propias trampas o vencidos por el enemigo. En el caso de Chávez, como en un juego de video, el personaje sorteó todas las trampas y peligros en el camino y solo fue vencido por la única prueba de la que no se salva nadie, la muerte.
Incluso el deceso prematuro luego de una larga enfermedad le servirá a su causa, pues no tuvo que vivir el largo desgaste que viven los caudillos cuando se eternizan en el poder y evitó la probable caída o el fin dramático, como ocurrió con Muhamar Kadahafi y otros héroes continentales longevos. Chávez murió como otros héroes en pleno ejercicio del poder y sin haber sido derrotado. Como Lenin y Mao fue atrapado por la parca reinante y será puesto en un mausoleo a la vista del público y no lejos de su inspirador Simon Bolívar.
La ceremonia transmitida en directo al mundo entero desde Caracas fue significativa. Mandatarios de derecha e izquierda latinoamericanos coincidieron en las guardias de honor e incluso vinieron mandatarios y delegaciones del otro extremo del planeta como el persa Mahmud Ajmadineyad.
Esto sucedió en América Latina dos siglos después de las batallas, traiciones y aventuras de Simón Bolívar, que sigue presente en el imaginario político continental. Lo ocurrido esta semana en Caracas no fue un sueño sino una realidad que nos invita a reflexionar como nunca en los avatares cíclicos de la historia humana hecha de símbolos y mitificaciones.
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Publicado el domingo 10 de marzo de 2013 en La Patria. Manizales. Colombia.