domingo, 16 de marzo de 2014

CUATRO NOVELISTAS FRANCESAS TERRIBLES

Por Eduardo García Aguilar
En su novela "Rendez vous" (2009), Christine Angot, una de las novelistas más exitosas y elogiadas por la critica parisina, lleva a extremos la gran neurosis que la caracteriza y la hizo famosa con su primer libro, "Incesto", donde relata con detalle su larga relación amorosa de diez años, desde los 14 a los 24, con su progenitor, un, para ella, burgués cínico que la traumatizó para siempre y la llevó a una vida marcada por el psicoanálisis y las relaciones sexuales y amorosas complicadas con hombres casados.
Cada libro de Angot es un verdadero escándalo, pues cuenta con lujo de detalles y con nombre propio las aventuras amorosas vividas durante su temporada de silencio literario. Mujer delgada, ágil, de cabello corto, que viste de manera moderna con jeans carísimos que se amoldan a su cuerpo, y zapatos deportivos futuristas de altas marcas, Angot goza con toda lucidez de su fama y el aura de perverso erotismo que la cubre con un halo de atracción. Con gusto establece relaciones sexuales con lectores y lectoras que la admiran y cuyos detalles luego cuenta en la novela de turno.
Su literatura hace parte de una corriente mundial establecida por el negocio editorial multinacional y que consiste en escribir novelas autobiográficas de escándalo con mucho contenido sexual, donde se despotrica y se hace la perorata soez e incesante contra el mundo y la sociedad para solaz de los espectadores del circo: lesbianas aquí, homosexuales allí, pedófilos acullá, sadomasoquistas en la esquina, asesinos, sicarios, curas, esposas, nobles, proletarios, políticos, narcos, son los protagonistas de estas obras de éxito comercial que tienen un público preciso y rentable.
Después de contar los detalles de su largo incesto, las novelas de Angot relatan su historias con parejas de diverso tipo: banqueros, aristócratas, actores, músicos, escritores, algunos fracasados, otros exitosos, extendiéndose al relato y burla de la vida miserable de las respectivas esposas de los mismos, algunas de las cuales, indignadas, la han demandado por revelar secretos íntimos. Los juicios en el Palacio de Justicia de París, transmitidos por televisión, aumentan las ventas para alegría de Flammarion, Gallimard, Stock y otras editoriales.
Como Virginie Despentes y Marcela Iacub, entre otras novelistas francesas de su generación, nacidas alrededor de los 60 en la clase media, y por lo regular en conflicto con sus madres o abandonadas desde temprano por su padres, sufridas en la adolescencia, estas autoras se han hecho famosas y ricas con sus libros autobiográficos.
Virginie Despentes es autora de un famoso libro, "Cógeme", elogiado por la crítica y llevado al cine en una película que estuvo a punto de ser prohibida. De joven fue violada y se prostituyó durante varios años antes de emprender una carrera literaria donde cuenta el profundo desprecio que siente por los hombres. En su famosa novela "Cógeme", la autora de estilo "trash", siempre vestida de jeans deslavados, tenis y sensuales camisetas, las dos chicas protagonistas matan de manera atroz a todos los hombres con quienes se acuestan.
Despentes residió un tiempo en el barrio popular de Belleville, y después de años de errancia y pobreza se ha convertido ahora en un ícono exitoso al lado del terrible Michel Houellebecq, galardonado hace unos años con el premio Goncourt y considerado por la crítica el más grande escritor vivo de Francia. Autora de "Teoría King Kong" y otros libros celebrados, Despentes terminó por adherir definitivamente al lesbianismo, que relata en cada una de sus esperadas obras, siempre llenas de detalles de su vida personal y hoy es una militante aguerrida.
Marcela Iacub, articulista de origen argentino muy leída del diario Libération, persiguió y sedujo al exministro Dominique Strauss-Khan después de su caída en desgracia por un affaire con una mucama en Nueva York, hasta hacerlo su amante, con el objetivo específico de escribir una novela de éxito contando el asunto, lo que escandalizó en su momento y llevó al decepcionado amante a demandarla por violación de la privacidad. En esa novela describe al exdirector del Fondo Monetario Internacional como un burgués viejo y gordo al que compara con un cerdo desaforado de sexo, pero elogia su vigor erótico y reconoce que se enamoró de él.
Este género autobiográfico fue inaugurado por la sulfurosa crítica de arte Catherine Millet con su libro "La vida sexual de Catherine M.", donde relata sus aventuras vividas, según ella, con miles de amantes en los años 60 y 70, en una actividad desbordada sobre autos, en sótanos, ascensores, oficinas, callejones, apartamentos, bosques, y mil lugares más. Millet sería así la madre putativa de las tres heroínas actuales de la novela sexual autobiográfica que domina el panorama literario francés actual.
Confieso que me encanta leerlas a todas y disfruté el libro de la mayor de todas, Catherine Millet, por su lucidez y gran prosa. Despentes, Angot y Iacub, cada una a su manera, son frutos de esta era en la que vivimos todos desnudándonos en la red y donde el viejo amor cortés o el amor convencional del siglo XIX se han hecho añicos al menos en Occidente. Vivimos ya dentro de una narrativa interactiva y ombliguista mundial donde ninguna retórica o adorno es admisible.
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* Publicado en La Patria, Manizales, 16 de marzo de 2014.


sábado, 8 de marzo de 2014

LA ISLA DE LEOPOLDO MARÍA PANERO

Por Eduardo García Aguilar

Hace unos años me encontraba en la isla Las Palmas de Gran Canaria, donde estuvo Cristóbal Colón antes de partir hacia América y por las noches recorría callejones antiguos poblados por fantasmas de viajeros que ahí se apertrechaban y realizaban sus últimos rezos previos a la aventura en ultramar.
En el casco viejo se siente la historia y al cruzar las plazoletas iluminadas por la luna se capta la paz de los aljibes nocturnos. Sobre la piedra de las calles deambulan espectros de agitados viajeros, monjes, escribanos, espadachines, conquistadores de metal. Y uno se sienta entonces en un banco de piedra para mirar de frente la modesta iglesia donde Colón y sus hombres solían asistir a los oficios religiosos antes de que las tres carabelas partieran raudas en 1492 y después en otros viajes en busca del Atlántico desconocido.
La iglesia de piedra estaba ahí antes del descubrimiento de América y los hombres que la visitaban entonces vivían en un mundo donde tales islas eran lo más lejano conocido hacia Occidente, como si estuvieran situadas al borde de un precipicio o cascada apocalíptica, lo que no deja de ser cierto, pues emergieron del fondo de las aguas gracias a la actividad de las placas tectónicas y son la punta visible de altísimas montañas sumergidas en el agua salada del océano.
De noche me internaba en viejas tabernas situadas en pétreas edificaciones de mil años y allí escuchaba la música andaluza de fusión o a veces la caribeña, porque los canarios poblaron Venezuela, Dominica y Cuba, creando vasos comunicantes que aun persisten. Los emigrantes aventureros convertidos décadas después en "indianos", como se les llamaba entonces, regresaban ricos a la Gran Canaria a pasar sus últimos años en la tierra de origen disfrutando de su plata.
También solia buscar los restaurantes de comida de mar, donde de noche disfrutaba deliciosos platos de pescado fresco en un ambiente de taberna y después de los vinos volvía a fatigar las callejuelas empredadas que desearía practicar otra vez. Pero eran solo paseos de la noche Canaria bajo la luna y las estrellas. Desde el Hotel, al lado del viejo Ateneo decimonónico, percibía la iluminación de esa plaza artística más moderna y en el bar restaurante del primer piso lleno de gente seguía con el vino y el bullicio. Vida de isleño en la confluencia de los mares.
El día lo dedicaba a la exploración de libros y otras calles modernas, lejos de la piedra antigua. Las Palmas de la Gran Canaria es la tierra de Benito Perez Galdós (1842-1920) y la Feria del libro que visitaba estaba dedicada a este personaje enorme, que es como una montaña de la literatura española e hispana en general, un realista hermano de Tolstoi, Dickens y Zola, escritor río que hacía política y escribía en los periódicos como era entonces de uso para todos los escribidores.
Una delicia recorrer esa feria Canaria volviendo a tocar los libros publicados en España, ediciones que nos acompañaron muy temprano y se reencuentran en los puestos de libros de ocasión que pululan en los laberintos de la fiesta librera. Pérez Galdós estaba en todas partes, padre y monumento de la isla.
En uno de esos lugares empecé a mirar al azar libros usado y encontré en una de las estanterías dos libros del poeta y narrador colombiano Nicolás Suescún, autor de Retorno a casa, uno de los grandes cuentos de la narrativa colombiana. Y junto a esos libros de Suescún, otros de autores colombianos de su generación, como si se tratara de un pequeño islote colombiano entre el océano de libros hispanos recalados en las playas de la gran isla.
En esas estaba, con los libros de Suescún en mano, observando el precio, cuando un demente, alto, de rostro muy arrugado, pálido, devastado, desdentado, desarreglado y de mirada intensa y desquiciada se me acercó y me dijo, "no, no compre esos libros" y me llevó con él a una mesa donde tenía expuestos los suyos. ¿Me espiaba porque tal vez vendía él su biblioteca o la de su familia, llena de libros colombianos cuya posición en la estantería conocía?
Era Leopoldo María Panero (1948-2014), poeta que acaba de fallecer en la isla, donde se internó de manera voluntaria hace años en un establecimiento siquiátrico. Allí se sentía protegido de la civilización de los "normales", adultos con quien peleaba desde su adolescencia, excrecencias del viejo franquismo y probablemente mucho más peligrosos que los hermanos de Antonin Artaud.
Establecí con él un diálogo donde se refirió a que María Mercedes Carranza fue novia de su hermano y me contó otras historias íntimas de su relación con Colombia, conocida a través de su "cuñada". Y al final me convenció de comprarle su libro "Así se fundó Carnaby Street", que me dedicó con letra caótica de vampiro, al mismo tiempo que apuraba un cigarrillo sin filtro.
Hijo del viejo poeta y prohombre franquista Leopoldo Panero y hermano del poeta Juan Luis, Leopoldo María perteneció a una familia autoritaria afín al viejo caudillo, con la que estuvo relacionado el poeta colombiano Eduardo Carranza en sus tiempos de diplomático laureanista y que ha sido descrita en El desencanto, de Jaime Chávarri, documental de culto porque mostró la decadencia de una época, el fin de un largo episodio nacional español.
De esa familia bien con muchos secretos en los escaparates falangista salió este muchacho frágil golpeado por años de drogadicción y sufrimiento y lucha sin tregua con el mundo repugnante donde nació. Gran poeta elogiado por la crítica, al final seguía siendo el mismo muchacho destruido tal vez por una familia y un país rancio oloroso a franquismo contra los que se rebeló.
"Asi se fundó Carnaby Street" está otra vez en mis manos y su autor ha muerto este 5 de marzo en ese hospital de Las Palmas de Gran Canaria donde se sintió seguro, mientras se convertia en un poeta clásico en vida. Muchos de sus textos impresionan porque son los de un poeta que sabe perderse por las encrucijadas y las cavernas más secretas, al otro lado de los acantilados y los precipicios llenos de líquen y musgo.
Su contemporáneo, el exquisito dandy Perre Gimferrer (1948), lo sabía, y aunque es lo más opuesto al maldito, lamenta y teme hoy tal vez su pérdida desde su altísima torre de marfil catalana. Y desde los manicomios y las torres de marfil del mundo, quienes leímos algunos de sus poemas y lo conocimos por fortuna en la esquina del tiempo, también lo despedimos porque fue un santo atormentado que habitó la poesía.

domingo, 2 de marzo de 2014

DIEZ POEMAS COLOMBIANOS EN ÁRABE

Por Eduardo García Aguilar
El ministerio de Relaciones Exteriores y la Embajada de Colombia en Marruecos lanzaron en el XX Salón del Libro de Casablanca una bella edición de Diez poemas colombianos traducidos al árabe, editados de manera impecable por el Taller de Edición Roca, una selección elaborada por los poetas Juan Felipe Robledo y Catalina González y vertida a la lengua del desierto por Ahmad Yamani.
Centenares de ejemplares del bello libro fueron distribuidos entre los lectores marroquíes y africanos que acudieron en masa al encuentro librero y ante el público un muy buen lector marroquí recitó el más conocido poema de José Asunción Silva, Nocturno, que a veces parecía sonar mejor en aquella lengua que en el castellano original.
Bello gesto el de lanzar al viento una muestra de poesía colombiana en aquellos parajes que por milenios han sido reino de guerras y poesía, junto a encantados desiertos y oasis donde beduinos y sultanes solían apurar las largas horas de espera en las tiendas, dedicados a justas de versos, mientras tomaban té y descansaban los lánguidos camellos de Guillermo Valencia, ausente en esta ocasión al lado de Álvaro Mutis.
El libro, que por obvias razones no podía extenderse hasta el infinito, pues sabemos que en cada colombiano yace un poeta, incluye los poemas La Creación, de los Koguis; Afecto 45, de la Madre Castillo; De noche, de Rafael Pombo; el Nocturno de Silva; la Canción de la vida profunda, de Barba Jacob; el Relato de Sergio Stepansky, de León de Greiff; Llanura de Tuluá, de Fernando Charry Lara; Morada al Sur, de Aurelio Arturo; Raíz antigua, de Meira del Mar y el misterioso Canto del extranjero, de Giovanni Quessep.
Robledo y González volaron como cigüeñas tiernas y sabias sobre toda la poesía colombiana de medio milenio para escoger con tino estas obras imprescindibles de nueve poetas muertos y uno vivo y luego llevarlos desde sus nidos lejanos de Colombia a las extensiones infinitas del mundo árabe, presididas ellas por el silencio, los espejismos, la sed y las ventiscas de arena.
El XX Salón de libro de Casablanca es uno de los más importantes encuentros libreros del mundo, porque congrega en la metrópoli marroquí a escritores y editores de muchos países africanos, en especial del Oeste, que tienen lazos firmes y cada vez más crecientes con el reino magrebí.
Por los pasillos de la muy bien organizada exposición librera, dirigida por el poeta Hassan El Ouazzani, no solo se agolpaban familias enteras de casablanqueses en busca de libros infantiles o religiosos, sino visitantes de 52 países, gente de Malí, Níger, Nigeria, Camerún, Senegal, Costa de Marfil, Sudáfrica, Egipto, Argelia, Túnez, Somalia, Sudán, Libia, Israel, Siria, Irak, entre otros.
En ese ambiente milagroso y feliz dedicado a festejar el libro, cuando por todas partes se derrumban editoriales y librerías y son condenados a más y más soledad los escritores y con mayor razón los poetas, estos diez poemas colombianos comenzaron a circular en esa lengua incógnita para quienes la ignoramos, aunque sabemos que vive en muchas de nuestras expresiones. Y como era de esperarse, los fantasmas humanos de estos poetas colombianos comenzaron a manifestarse en mi memoria mientras resonaba el vigoroso cántico de los muecines desde la gigantesca mezquita Hassan II.
Se sentía el treno de Los Koguis sobrevivientes del exterminio practicado por los españoles y en su voz creacional los árabes perciben una versión lejana y posterior de El Corán, como me lo dijo un joven imán barbudo que tomó el libro y leyó para mí en árabe los primeros versos del poema indígena seleccionado y estableció de inmediato vasos comunicantes con el libro sagrado del Islam. Me pareció fascinante la experiencia con ese discípulo del profeta y pensé que el acto colombiano de publicar este libro y lanzarlo al aire en estas tierras sí tenía sentido.
Luego se manifestó la Madre Francisca Josefa del Castillo y Guevara con ese bello poema místico y amoroso, titulado Afecto 45, que representa de manera indirecta los largos siglos de dominación colonial y católica en nuestras tierras y nos trae la voz desde esos conventos fríos de las altiplanicies donde se hallaban enclaustrados los religiosos hispanos y criollos lejos del mundanal ruido de los indios derrotados y los esclavos africanos inventores de la cumbia.
El siglo XIX está representado por el inefable Rafael Pombo, romántico que se hizo famoso al traducir poemas infantiles escritos originalmente por otros en lengua inglesa y que luego todos los colombianos aprendimos de memoria pensando que eran de él. Y a su lado, de nuevo el suicida Silva, enviado a París a realizar estudios comerciales, pero que al final vivió la bohemia parnasiana y simbolista y fracasó en su retorno a la patria. Y con ellos Porfirio Barba Jacob, exiliado y bohemio homosexual derrotado en México y Centroamérica, cuya obra dejó dispersa en diarios y revistas.
El siglo XX se lleva la mejor parte de esta bella antología: si antes los poetas fueron clérigos o monjas místicas, o gramáticos o malditos suicidas parnasianos y simbolistas, o libadores en calaveras como nuestro gran Julio Flórez, ahora llegaba el turno de los modestos abogados de corbatín y corbata como Aurelio Arturo y Fernando Charry Lara, o del díscolo empleado de origen sueco León de Greiff, quienes caminaban bajo la lluvia por la séptima de Bogotá tras largas jornadas burocráticas, en busca del café "Automático" sin saber que la gloria ya estaba en ellos.
Al final figuran dos tiernos de ascendencia árabe. Meira del Mar, una de las grandes poetas mujeres colombianas al lado de Maruja Vieira, cuya voz es necesaria y debería recuperarse en un país de poetas varones y guerreros. Y Giovanni Quessep, cuyo Canto del extranjero es magistral.
Todos esos poetas se manifestaron en Casablanca y echaron a correr en árabe por medinas y avenidas, playas, montañas y desiertos gracias a un acto poético que Colombia debería repetir: lanzar al viento poesía y ficción en otras lenguas y en todas partes, en vez de gastar dinero en armas y politiquería.

Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. 2 de marzo de 2014

lunes, 24 de febrero de 2014

RETORNO A RABAT

Por Eduardo García Aguilar
Por alguna razón fenicios, romanos, berebes, árabes, hispanos y franceses escogieron a través de los milenios instalarse en este valle rodeado de colinas frente al mar, donde se encuentra Rabat, capital de Marruecos, ciudad plena de verdura y sorprendente luminosidad.
En las ruinas de Chella se pueden observar los diferentes vestigios de las civilizaciones que se avecindaron en un oasis cuya fertilidad desbordante se debe sin duda al abono de las explosiones volcánicas cercanas por la emergencia cataclísmica de las islas Canarias y los choques de las placas tectónicas que provocaron destructores terremotos, como el famoso que lleva el nombre de Lisboa, en el siglo XVIII, sobre el que escribió Voltaire y que sorprendió a los europeos ilustrados de entonces.
Esos sucesivos terremotos destruyeron diferentes ciudades milenarias que permanecieron unas sobre otras durante siglos en capas que fueron excavadas con rigor durante el protectorado francés, que duró cuatro décadas en la primera mitad del siglo XX.Al llegar al sitio vemos las murallas color ocre de hace un milenio, intactas, construidas por alguna de esas dinastías musulmanas que llegaron a estos territorios después del inicio del Islam, inaugurado por el profeta Mahoma siglos antes y que poco a poco se iba extendiendo con fuerza por África, Oriente Medio y Asia y es hoy una religión en plena actividad que siguen los fieles de muchas naciones y continentes, cientos y cientos de millones de seres arrullados por las plegarias de los muecines que resuenan desde la Meca.
Lo sorprendente en este bello lugar de ruinas sobre ruinas es la placidez de las cigüeñas que anidan sobre los muros y el minarete de la mezquita echada a tierra bajo el efecto de un terremoto. Desde hace milenios estas aves que traen buena suerte han escogido el lugar para anidar y reproducirse luego de extensas peregrinaciones desde Kenia hasta los Alpes, cerca de Estrasburgo.
Ellas están ahí impasibles con sus enormes nidos, seguras de que nadie las molesta y que son de hecho propietarias del terreno y el paisaje que las circunda. Por eso el río que cruza el valle lleva su nombre en homenaje a su permanencia milenaria, a su fidelidad y al buen gusto de anidar desde siempre en estos parajes.
En la superficie, el dominio pertenece a los gatos de Chella, que por decenas viven entre las ruinas y reposan como esfinges junto a los aljibes, herederos de incontables dinastías gatunas que se han reproducido a lo largo de los milenios. A su lado picotean las gallinas y cantan los gallos de los modestos guardianes que habitan el lugar y dan al lugar un aire de familiaridad.
Otras cigüeñas anidan en los árboles cercanos y su presencia allí es hermosa, como si estuviésemos en un delirio surgido de Las Mil y una noches, confundidas ellas con los ramajes frente a las colinas adyacentes de un verde esencial.
Ahmed me cuenta con detalle estas historias en un francés bien aprendido y cuidado por este maestro de idiomas nacido en Yousufiya, un bereber sensible con alma de poeta, traumatizado por la muerte accidental de todos sus maestros aplastados por un camión lleno de ladrillos cuando iban a oficiar las pruebas de fin de curso. Décadas después no los olvida y los menciona cuando vamos saliendo del lugar.
Después de esa visión he querido ir de nuevo a la tumba de Mohamed V, un deslumbrante lugar situado frente a la bahía central, junto a las ruinas de una enorme mezquita milenaria destruida también por otro terremoto, por lo cual el poder islamista abandonó la ciudad por Fés, antigua ciudad situada al norte, que fue el centro de Marruecos durante mucho tiempo.
En esta bahía se puede ver a un lado el pueblo de Salé y su mezquita y al otro un lugar que fue residencia de comunidades andaluzas y piratas, según me dice Ilyas otro originario de Rabat. La tumba y la explanada donde se observan centenares de columnas testimonio de un desmesurado proyecto son el punto central de Rabat y la parte del minarete que resta nos indica que en el siglo XIV aquel edificio completo era un impresionante rascacielo del mundo entonces conocido, visto por los marinos desde lejos al acercarse al puerto.
En muchos lugares se escucha la música andaluza y ratificamos entonces que esto fue junto con el sur de España dominio de la gran civilización de los Omeyas, reinantes sobre Córdoba y otras ciudades arabo-andaluzas, de donde musulmanes y judíos sefarditas fueron expulsados en 1492 por los reyes Católicos. Todos esos expulsados se instalaron en Fés y otras ciudades del Oriente Medio como Damasco, Bagdad y Jerusalén, entre otras donde encontraron refugio. Y eso sin contar a los muchos que cambiaron de nombre y apellido para adoptar uno cristiano y viajar hacia la conquista de América.
Por eso al estar en Marruecos, en Fés, Casablanca, Mogador, Marrakesh, Agadir, Tanger y otras ciudades, uno como latinoamericano se siente en casa.
Todo esto es familiar, pues en la memoria profunda nuestra permanece impregnada la presencia de los ancestros que habitaron estas tierras en la esquina norte de África, una encrucijada de los vientos y los mares.
------Publicado en Excélsior. Ciudad de México. Mexico. marzo 2 de 2014

viernes, 21 de febrero de 2014

RETORNO A CASABLANCA

Por Eduardo Garcia Aguilar
He vuelto a la gran metrópoli marroquí Casablanca para participar invitado como escritor al XX Salón Internacional del Libro de esta ciudad, uno de los encuentros editoriales y libreros más importantes del continente africano, que en esta ocasión está dedicado a los 15 países de África del Oeste reunidos en la Cedeao y a diversos temas multiculturales, de género y de sociedad.
Hace ya más de una década estuve en este puerto en un encuentro similar, por lo que gracias al matiz del tiempo puedo percibir los cambios experimentados en este país. Casablanca es no solo en este 2014 la gran metrópoli y el pulmón económico del país, sino una urbe con pasado que ha sido pujante desde el empuje dado por el protectorado francés en las primeras décadas del siglo XX.
De 1920 en adelante se construyó una ciudad estilo Art Deco con miles de bellos edificios de ese estilo que perviven a lo largo del tiempo y algunos de los cuales están siendo restaurados, convertidos en hoteles, residencias o sedes de oficinas empresariales, mediante un programa que animan infatigables amantes de la ciudad que se resisten a ver desaparecer las joyas de aquel tiempo, escondidas en callejuelas y vericuetos de barrios céntricos descuidados.
Este viernes he caminado cuadra por cuadra, avenida por avenida tratando de palpar esa vieja ciudad moderna e imaginarla en esas décadas de entreguerras, cuando se convirtió en un faro africano con mirada hacia el Atlántico y las Américas, por lo que al llegar la guerra se volvió punto de refugio provisional para quienes huían de la persecución nazi o del franquismo hispano y el fascismo italiano.
Por esa razón fue escenario ficticio de la gran película Casablanca, interpretada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, que relata el ambiente febril y moderno de la ciudad llena de inmigrantes y fugitivos que pasaban el tiempo en espera de poder huir en avión o barco en los bares y hoteles magníficos que proliferaban en aquel entonces, como el Excelsior, cuyo edificio se ve hoy en la Plaza de las Naciones Unidas, frente a la bella y vieja Medina.
Situada frente al mar, la caótica y contaminada ciudad, está llena de cafés con mesas exteriores donde junto a una taza de té de menta los habitantes leen el diario, juegan cartas y agotan las horas a otro ritmo. Es indudable que a diferencia de otros países de la región, Marruecos no ha cedido a la tentación de encerrarse o fanatizarse y abre las puertas a otras tendencias políticas al interior de su sistema legislativo. Su apertura a las inversiones, al auge de internet, a la televisión permanente y en vivo y a las tecnologías modernas, a la publicidad desbordada, a los negocios con el exterior, lo hace un país como tantos otros del mundo occidental, con problemas, pero próspero.
Sus lazos fuertes con Francia posibilitan asimismo que sea un centro de diálogo y reflexión intelectual sobre los problemas culturales de la región, además de que en su seno viven otras culturas y religiones que encuentran canales de expresión, aunque la dominante sea otra.
Además cuenta con una diáspora propia de emigrantes instalada en el mundo que va y viene desde Europa y Estados Unidos y permea poco a poco a la sociedad, modernizándola, como ha ocurrido poco a poco con los países latinoamericanos y asiáticos.
Y a su vez por su mayor tolerancia y pujanza económica Marruecos también atrae importantes flujos migratorios de otros países, en especial africanos, tema abordado con la exposición de las obras escritas en Marruecos por los habitantes originarios de terceros países. Una muestra de esa apertura es que las lenguas oficiales del Salón Internacional de la Edición y del Libro de Casablanca (SIEL) son el francés, el árabe y el bereber, esta última una minoría milenaria otrora discriminada que ahora por ley es reconocida plenamente tras recuperarse el alfabeto de su lengua ancestral.
Es posible pues en esta esquina africana frente al Atlántico y el Mediterráneo discutir todavía sobre esas culturas como en los tiempos de la película Casablanca, cuando los inmigrantes desesperados que huían de la guerra la convirtieron en una torre de babel momentánea y cuando todas las lenguas se hablaban en esos bares llenos de desterrados sin brújula.
El feminismo en Marruecos fue tratado desde el inicio por autoras como Aïcha Barkaoui y Yasmine Chami, habitantes de Casablanca, y el asunto del compromiso militante es abordado por una serie de blogueras y escritoras de Marruecos, Argelia, Túnez y otros países. La libertad de la mujer y la conquista de sus derechos fue uno de los motores de la reciente Primavera Árabe, que en muchos casos ha querido ser detenida, controlada y frustrada por las fuerzas retardatarias.
En este ambiente marítimo y portuario, con aires de un sencillo, vivo y colorido mundo popular, da gusto participar en una fiesta dedicada al libro cuya vigencia sigue siendo cuestionada, pero cuya pervivencia es una necesidad humana aquí o en Cafarnaun para que la humanidad sea más tolerante y supere los prejuicios y las taras que perviven desde hace milenios y siempre amenazan el espíritu de la Ilustración y la tolerancia.
Publicado en La Patria, Manizales, Colombia, el domingo 17 de febrero de 2014 

domingo, 9 de febrero de 2014

LA TIERRA HUMANA DE SAINT-EXUPERY













Por Eduardo Garcia Aguilar
En Tierra humana, texto personal y autobiográfico, Antoine de Saint-Exupéry despliega una prosa diáfana carente de artificios, para comunicarnos con la vida y la muerte y las tribulaciones y alegrías del hombre, a través de historias vividas como uno de los pioneros de la aviación comercial.
En la novela Vuelo de noche nos cuenta las proezas de los jóvenes pilotos al abrir las rutas sudamericanas para una empresa francesa postal con sede en Buenos Aires y en Tierra humana regresa con una serie de capítulos, donde mucho tiempo después rememora los instantes más dramáticos y profundos de la vida suicida de los pioneros aéreos.
Saint-Exupéry es uno de los prosistas más importantes de la lengua francesa, no solo de todos los tiempos, sino del propio siglo XX, lapso de tiempo que tuvo una verdadera pléyade de escritores, desde Proust hasta Malraux, pasando por François Mauriac, Louis Ferdinand Céline, Albert Camus, Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Marguerite Duras, entre otros muchos y muchas.
El piloto ingresó desde muy joven al oficio suicida de piloto postal, manejando esos pesados aviones o hidroaviones de hélice patentados en la Primera Guerra Mundial y que poco a poco se iban perfeccionando, pues en sus inicios todavía eran muy precarios en el campo tecnológico.
De un grupo de cien pilotos novatos se sabía que una tercera parte al menos no regresaría algún día de su misión. Algunos de ellos como Mermoz y Guillaumet se convertían en héroes con miles de vuelos sobre desiertos, cordilleras y océanos, pero tarde o temprano la muerte los reclamaba, como al propio Saint-Exupéry en las aguas del Mediterráneo.
El lado humano ancestral de la gloria estaba presente en el delirio suicida de estos hombres. Hubieran podido trabajar de manera cómoda en la diplomacia, el gobierno, la empresa, el periodismo, la docencia, pero preferían ser la carne de ensayo de una industria naciente. Saint-Exupéry capta con su prosa esa pasión poética de pilotos escritores como él que dieron su vida a cambio de la alegría de ver la tierra y el cielo desde ángulos y ópticas desconocidas para el resto de los mortales, una posición que semejaba a la de los cóndores, las águilas, los cometas o los meteoros.
Primero estaba el mar, la tierra, los ríos, los desiertos, los deltas, las cumbres nevadas, la luminosidad de las ciudades destellando en la superficie cóncava del globo terráqueo. Luego el viaje entre brumas y nubosidades cegadoras donde todo era expectativa y riesgo, para de repente emerger por encima de las nubes y volar por espacios nítidos donde se ven todos los astros y luceros viajantes. Para un poeta tales experiencias eran extraordinarias y mucho más cuando dichas visiones solo podían ser conocidas por unos cuantos aventureros.
Saint-Exupéry nos estremece con esa visión poética de la existencia del cosmos donde la tierra es un grano de arena. Se detiene también en la textura de la superficie terrestre, en especial las altísimas cumbres andinas tan bien conocidas y viajadas por él y los desiertos africanos que recorrió durante centenares de vuelos para la empresa postal. Y en esas rutas se detiene como pocos a contar al ser humano con sus intrigas y mezquindades, pero también generosidad, heroicidad, amistad y desprendimiento ocasionales.
Sus libros son un canto a la amistad de esos camaradas aviadores que saben que un día ya no regresarán al aeropuerto. Sus páginas están llenas de instantes en que los meteorólogos y funcionarios de las torres de control sudan y sufren cuando se ha perdido el contacto con alguno de los pilotos y pasan las horas de angustia que viven en silencio amigos, colegas, futuras viudas y huérfanos. La noticia de la muerte siempre es terrible y dolorosa porque ella toca a los mejores, a los abnegados y geniales sin distingo alguno, por obra de un azar y un destino ineluctables.
Saint-Expupéry nos cuenta los accidentes y las sobrevivencias milagrosas. El largo periplo en los Andes de Guillaumet perdido entre las nieves perpetuas andinas y las largas jornadas de sed y delirio vividos por el propio autor en los desiertos de Libia donde su nave se accidentó de noche y donde solo el encuentro con un beduino lo salva de una muerte segura en las calcinantes arenas africanas.
Para poder contar esas extraordinarias experiencias, Saint-Exupéry quiso ser piloto y el resultado es notable. Su obra es original, sus palabras son pura verdad, no hay allí artificio ni vanidad, son expresiones de la mejor literatura, necesaria, vital.
Por eso es conveniente retornar con frecuencia a sus libros para viajar con él por las alturas más nítidas y al hacerlo palpamos con claridad lo que es la gran literatura de todos los tiempos, una literatura que parece escrita por la naturaleza o el destino mismos.

domingo, 2 de febrero de 2014

LA POTENCIA DEL ART DECO

Por Eduardo Garcia Aguilar
Ningún sitio mejor que el Palacio de Chaillot en Trocadero para hacer una gran exposición sobre el Art Deco (1914-1940), movimiento arquitectónico, plástico, literario y artístico en general surgido en 1925 tras la Primera Guerra Mundial, durante las dos décadas de paz siguientes, cuando surgió un amplio deseo de cambio total de la vida con el desbordamiento de la fiesta y la potencia de los nuevos tiempos del aire, la tierra y el mar.
Irrumpió una era de novedades con cambios tecnológicos impensables hasta entonces como las proezas aéreas tan bien descritas por el aviador y escritor Antoine de Saint-Exupéry en su novela Vuelo de noche o el auge de los transatlánticos como el Titanic o el Normandie, así como la aparición de la radio, la industria automovilística con sus ágiles Bugatti y la cinematografía muda, difundidos todos ellos al instante por los mensajes en Marconi que prefiguraban ocho décadas antes al Internet y por por fin daban la espalda para siempre al siglo XIX con sus adornos insoportables de pacotilla y las recrudescencias de un hostigante neoclásico.
Estar frente al enorme Palacio de Chaillot, último ejemplo magnífico del Art Deco monumental, situado en una colina frente al Sena y a la no menos impresionante Torre Eiffel, proeza del hierro que lo prefiguraba e inaugurada ella en 1889, es de por sí una inmersión en el ambiente de una de esas eras de cambio radical, cuando varias generaciones deciden juntas despedir al pasado que pugna por quedarse siempre en las inercias de la mediocridad y la repetición, algo que puede semejar a estas primeras mediocres décadas del siglo XXI inscritas aun en las explosiones de los irrepetibles pop y rock de la década de 1960.
Entre las figuras de aquella corta era llena de fuerza y tono figuran Joséphine Baker y Tamara de Lempicka, dos mujeres modernas que rompieron a su vez con todas las ataduras. La negra Baker, reina del Follies Bergère, fascina su tiempo con sus largas piernas y su cuerpo serpentino agitado en permanencia y la sonrisa generosa que abrió puertas a la corta paz reinante y Tamara la pintora, que no solo crea una nueva dimensión en el delineamiento de los cuerpos femeninos sino que vive una vida también Art Deco en su erotismo polígamo, que la llevaría a terminar sus días en la muy mexicana Cuernavaca, ciudad del Estado de Morelos que tuvo el honor de acoger su último suspiro.
La muestra desplegada en la Cité de l’Architecture et du Patrimoine, reconstruye entre otras muchas cosas, el apartamento de la bella y famosa pintora Lempicka con amplias fotos de fondo y varias piezas del mobiliario de su hábitat parisino que se pueden cotejar al instante, al mismo tiempo que la vemos en película deambular por sus estancias, perfumarse, mirarse al espejo y mostrar su glamour seductor.
Por el lado de Joséphine Baker, vemos su danzas insaciables, sus declaraciones de amor por Francia, que se convirtió en su patria hasta el punto que hoy piden sea llevada al Panteón de los Hombres Ilustres al lado de Voltaire y Víctor Hugo, porque se reconocen sus gestos de rebelión ante la Ocupación alemana y su actividad humanitaria posterior, al adoptar decenas de infantes que la llevaron a la ruina en su crepúsculo mediterráneo, no lejos de la bella Niza, en la Costa Azul.
Ambas mujeres son emblemas del Ar Deco, como el principal arquitecto inspirador del movimiento Robert Mallet Joris, quien como futurista realizó un catálogo de lo que debía contener una ciudad moderna.
Edificios de líneas geométricas desprovistos de imaginería de cartón piedra, lejos de dioses griegos y reproducciones renacentistas de efebos y madonnas. Un estilo geométrico, árido, aéreo en edificios, casas, alcaldías, estaciones de bomberos, guarderías infantiles, bibliotecas, tiendas, hospitales, boutiques, almacenes como el emblemático Samaritaine, cines como el Rex o el Luxor, estadios, hoteles, aeropuertos y muchas cosas mas.
El movimiento Art Deco mostrado en esa Exposición Internacional de Artes Decorativas realizada en la explanada de los Inválidos de París en 1925 era tan necesario y causó tal impresión a los visitantes, que se regó como pólvora por el mundo en el lustro siguiente reproduciéndose con lujo de detalles en Nueva York, Bruselas, Tokio, Sao Paulo, Casablanca, Saigon, Phon Phen, Chicago, Belgrado, entre otras muchas ciudades.
En Nueva York el Rockefeller Center y el edificio de la Chrysler son apenas dos muestras, en Sao Paulo nada más ni nada menos que el Cristo de Corcovado, y tras ellos las ciudades mencionadas se transformaron rápidamente hasta 1939 cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. En México Cuernavaca, la colonia Condesa y otros barrios periféricos mencionados por Malcolm Lowry en Bajo el Volcán siguen el ejemplo, en Colombia la ciudad de Manizales incendiada en 1925 se reconstruyó con la pericia de los arquitectos del momento importados al instante por la clase emergente cafetera y una tras otra todas las ciudades del mundo se regeneraron con su rincón Art Deco, moderno, provocador, futurista.
No solo el movimiento se ve en los grandes edificios sino en la vivienda de clase media y popular. Casas de ese tipo se reprodujeron como hongos por el mundo, gracias a su funcionalidad, luminosidad y confort. Y los transatlánticos difundieron muebles que invadieron los interiores del mundo con pupitres, mesas, sillas, comedores, escaparates, sofás, adornos, lámparas, esculturas decorativas e interiores de water close.
Moda, perfumería, instrumentos educativos y de cocina, ropa interior y deportiva, todo fue sacudido por este nuevo estilo democrático que superaba los ámbitos de la elegancia aristocrática del Art Nouveau dominante hasta entonces y tan bien contados y ridiculizados por Marcel Proust en su gran novela rio En Busca del tiempo perdido.
La mujer salió de los templos y las escuelas religiosas a jugar tenis, a nadar y a explorar los montes en grupos libres adoradores del aire libre que prefiguraban el nudismo. La mujer se cortó el cabello y usó prendas deportivas y en la elegancia de la fiesta nocturna desapareció el corsé, reemplazado por trajes aéreos adaptados al cuerpo, fáciles de quitar a la hora de hacer el amor. Por eso el estilo de entreguerras fue tan revolucionario, aunque el horror de la nueva guerra mundial y los escándalos del Holocausto terminarían por sepultarlo por un tiempo.
Hoy, un siglo después de su aparición lo rescatamos y los disfrutamos con estupor. Apollinaire, Saint Exupéry, Malraux, Virginia Woolf, John Manyard Keynes, el grupo de Bloomsbury, los dadaidas, cubistas, estridentistas y futuristas, y los narradores modernos como John Dos Passos, Francis Scott Fitgerald y Malcolm Lowry, entre otros muchos, son ejemplos de esa nueva ola cultural tan actual un siglo después.
Esperemos que ya pronto se revolucionen las inercias de esta segunda década del siglo XXI tan frívola, asfixiante y mediocre.

sábado, 11 de enero de 2014

MUERTE ANUNCIADA DE UN HALCÓN ISRAELÍ

Por Eduardo García Aguilar
Con la muerte de Ariel Sharon a los 85 años, después de ocho en estado de coma, desaparece uno de los grandes halcones de la derecha israelí, considerado un "criminal" por los palestinos y un héroe por los israelíes. Involucrado en la terrible masacre de Sabra y Chatila en 1982 en Líbano, por lo que al año siguiente tuvo que renunciar como ministro de Defensa, el llamado "bulldozer" regresó al poder en 2001 y de manera paradójica contribuyó al deshielo de la situación israelo-palestina con la histórica retirada de la franja de Gaza en 2005.
Como ocurre en todas las guerras entre naciones o conflictos armados internos de los países, tarde o temprano los enemigos de siempre deben terminar en la mesa de negociaciones y lograr acuerdos de paz, pues no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista.
En varias ocasiones alemanes y franceses tuvieron que llegar a armisticios y hoy, después de dos espantosas guerras mundiales, ambos países son amigos y colaboran en la construcción de una Europa unida y democrática. Las terribles cicatrices quedan para la historia, aunque la rivalidad política y económica sigue siendo un motor que da vitalidad a sus sociedades. Las huellas y las ruinas dejadas por los bombardeos, las heridas familiares, la memoria del terrible exterminio de los judíos y de otras minorías están presentes y siguen recordándose como atrocidades que no pueden repetirse.
En Vietnam, el héroe militar Nguyen Giap (1911-2013) murió el año pasado a los 102 años, después de haber sido el artífice de las históricas derrotas de Francia y Estados Unidos en las guerras de Indochina y de Vietnam. Estados Unidos, que realizó espantosos bombardeos, exterminios y torturas masivas de la población en su enconada lucha anticomunista, y Vietnam, el pequeño David asiático que venció al Goliath gringo, terminaron décadas después por reunirse y comerciar en paz.
Como ejemplo de esa voluntad de paz, el líder republicano John Mc Cain, quien fue cautivo como soldado de la guerrilla del Vietcong, realizó una visita en su residencia al viejo militar enemigo para un encuentro cordial que describió en un afortunado artículo publicado en la prensa estadounidense como obituario del longevo general. La guerra de Vietnam fue de las más atroces de la historia, pero tras la derrota inconcebible del imperio, los viejos contrincantes terminaron por reunirse y hablar mientras tomaban un jugo de mango.
Lo mismo ocurrió en Sudáfrica entre el recién fallecido Nelson Mandela y sus enemigos blancos del Apartheid, que lo tuvieron preso en mazmorras durante décadas, acusado de "terrorista".
El temible militar Ariel Sharon (1928-2013) llegó a la conclusión durante su mandato como onceavo primer ministro israelí, de la necesidad de renunciar a la colonización indefinida y al sueño de un Gran Israel con  las fronteras logradas en la famosa Guerra de los Seis Días, en la que combatió en 1967 al lado del famoso general tuerto Moshé Dayan y del jefe militar Isaac Rabin.
De manera sorpresiva Sharon retiró a su ejército de la Franja de Gaza luego de casi cuatro décadas de ocupación, abriendo nuevas vías hacia una negociación que hoy continúa con nuevos protagonistas, el palestino Mahmud Abas, sucesor de Yaser Arafat (1929-2004), el secretario de Estado estadounidense John Kerry y el nuevo halcón israelí Bejamin Netayahu.
En el camino quedaron inmoladas las figuras que firmaron los Acuerdos de Paz de Oslo en 1994: Isaac Rabin (1922-1995), asesinado por un extremista israelí y Yaser Arafat, quien para los palestinos fue envenenado por el enemigo.
Rabin y Arafat son el ejemplo máximo del acercamiento de encarnizados enemigos bajo el patrocinio de Noruega, país que ha propiciado acuerdos tan importantes como los que solucionaron los sangrientos conflictos armados en El Salvador y Guatemala y que apadrina ahora las negociaciones de paz en Colombia entre la insurgencia armada y el gobierno. Rabin y Arafat obtuvieron un criticado Premio Nobel de la Paz y su estrechón de manos junto a Bill Clinton en la Casa Blanca es histórico y siempre está presente en las difíciles negociaciones en curso.
Sharon vivió en estado vegetal durante ocho años y recientemente, en  diciembre, los médicos registraron una excepcional actividad cerebral en el paciente, internado en un hospital en Tel Aviv. Tal vez en su  profundo sueño Ariel Sharon soñaba con levantarse para continuar en sus esfuerzos de lograr al fin fijar las fronteras necesarias para llegar a un acuerdo con el enemigo palestino. O tal vez soñaba con todas sus  muchas guerras en las arenas del desierto donde su pueblo ha vivido durante milenios.






sábado, 28 de diciembre de 2013

LA BACHUÉ DE RÓMULO ROZO

Por Eduardo García Aguilar
El libro más importante aparecido en Colombia en 2013 es "La Bachué de Rómulo Rozo", un ícono del arte moderno colombiano, que se inscribe en la gran tradición latinoamericana de recuperar los huecos de su historia olvidada. El libro no solo se destaca por la altura de los ensayos allí incluidos sino por la excelente calidad de la lujosa edición, cuidada en extremo y dotada de una iconografía magnífica que aclara y revela un segmento de nuestro pasado artístico en el contexto mundial y latinoamericano de entreguerras.
Rómulo Rozo fue uno de los grandes artistas desterrados por voluntad propia de Colombia, que nunca quiso volver a su país y pasó su vida en otras latitudes, primero de joven en la París de las revoluciones artísticas de vanguardia y después en el México revolucionario, donde dio rienda suelta a su arte, realizando monumentos admirados cuyos más grandes rastros monumentales quedan  en Yucatán y su capital Mérida, sobre las tierras que alguna vez fueron de la gran civilización Maya.
Los años 20 y 30 en el mundo eran un crisol de muchos movimientos artísticos y políticos y de grandes cambios que conducirían a la reanudación de la guerra y a una conflagración mundial que todavía está en carne viva. Los hombres de ese entonces sabían que después de la atroz Primera Guerra Mundial tenían que dedicarse a escribir, crear, gozar, viajar, vivir, porque los años de paz podían ser cortos, como en efecto ocurrió.
En París se concentraron todos los artistas plásticos del mundo, mientras en los cabarets de Pigalle bailaba la maravillosa negra  Josephine Baker y estallaba por todas partes el Art Deco. En Montmartre y Montparnasse trabajaban y rompían las normas Chagall, Picasso, Braque, Modigliani, Diego Rivera, al lado de poetas, músicos, galeristas y editores. Vivían allí el gran poeta peruano César Vallejo, el guatemalteco Miguel Angel Asturias, el mexicano Alfonso Reyes y el  colombiano Max Grillo y como ellos los autores anglófonos Ernest Hemingway, James Joyce y Henry Miller, o el austrohúngaro Joseph Roth, sin contar héroes futuros como el vietnamita Ho Chi Mihn o los chinos Chou--En-Lai y Deng-Tsiao-Ping.
Rozo, nacido en 1899 y muerto en 1964, tenía entonces 26 años cuando esculpió "La Bachué, diosa generatriz de los indios chibchas" en piedra negra, obra clave de la modernidad colombiana, según prueban Alvaro Medina, Ricardo Arcos-Palma, Clara Isabel Botero, Christian Padilla Peñuela, y Melba Pineda García, quienes esclarecen desde todos los ángulos posibles los orígenes y el contexto de la imagen de la fértil diosa chibcha. El libro es editado por editorial La Bachué y hace parte del proyecto del mismo nombre (www.proyectobachue.org)
En México acababa de pasar la Revolución Mexicana y, bajo la guía cultural de José Vasconcelos, la gran nación azteca trataba de recuperar su pasado y reivindicar las ruinas que yacían debajo de los templos católicos y los palacios construidos por los españoles. Diego Rivera abandonó París, donde se dedicaba a realizar obra de caballete en Montmartre, y se fue a su país a crear los famosos murales que inauguraron  el imaginario reivindicativo de esa revolución autóctona. En Perú José Carlos Mariátegui, desde su revista Amauta, trataba a su vez de abrir ventanas a ese mundo prehispánico despreciado por las élites blancas de los países hispanoamericanos.
Y en Colombia, gracias a la escultura de Rozo, figura central en el pabellón colombiano de la Feria Mundial de Sevilla en 1929, y cuya imagen fue muy difundida en Colombia, surgió la generación de "Los  Bachué", que tenían por objetivo "Colombianizar a Colombia". Es una década de movimientos sociales liberales y de izquierda que reivindican los derechos  laborales de los colombianos, pero también de actos represivos como la Masacre de las bananeras, mientras recorría las ciudades y los pueblos la gran líder de los trabajadores María Cano.
Comienza a surgir en el país una conciencia que busca dejar atrás el país de las momias ultramontanas que mantenían una larga hegemonía en el poder. Surgen museos arqueológicos, etnológicos, históricos, revistas, suplementos literarios, editoriales, y proliferan poetas que, como León de Greiff y Luis Vidales, revolucionan la práctica del verso.
Rómulo Rozo se inscribe dentro de esa tendencia que a través de la reivindicacion de lo autóctono y la sublevación de las formas, quiere superar la copia fiel de lo clásico greco-romano como única alternativa eterna, y romper con el servilismo de los artistas a los cánones académicos. O sea que es un gran vanguardista y un moderno olvidado por los colombianos, que vivió hasta su muerte en México.
En este libro seguimos la aventura de la búsqueda por Álvaro Medina de la obra "La Bachué", supuestamente perdida desde 1929, y que al final se encontró, por fortuna intacta, en la sala de la casa de la familia Moreno en Barranquilla, uno de cuyos ancestros la compró en
París al joven artista de Chiquinquirá. Es una fértil diosa chibcha en granito negro que Rozo hace sensual con sus piernas helicoidales hechas de serpientes y un cuerpo que se parece al de la negra Josephine Baker contorneándose en el teatro-cabaret Follies Bergére. Pero queda aún por recuperar toda la obra dispersa de un gran desterrado colombiano que vivió y murió para el arte, sin preocuparse por el olvido y la indiferencia de los suyos.

sábado, 21 de diciembre de 2013

LA MUERTE DEL HISPANISTA CLAUDE COUFFON

Por Eduardo García Aguilar
El miércoles 18 de diciembre murió a los 87 años de edad en Caen el poeta y ensayista Claude Couffon (1926-2013), uno de los principales hispanistas franceses del siglo XX, traductor de numerosos autores españoles y latinoamericanos, a quienes a lo largo de su vida y hasta el final, les abrió con generosidad las puertas de su país.
En la línea de otros hispanistas y latinoamericanistas como Valery Larbaud, Marcel Bataillon, Roger Caillois, Jacques Gilard y Claude Fell, su carrera se inició con sus investigaciones sobre la muerte de Federico García Lorca, víctima de las fuerzas franquistas. Hace poco, con motivo de nuevas pesquisas incómodas en busca de los restos del poeta andaluz, lo que molestaba a los nostálgicos de la dictadura, Couffon regresó al lugar de los hechos en España y fue ampliamente entrevistado sobre el caso por la prensa española.
Profesor de la Sorbona, Couffon difundió en Francia desde los años 50 a diversos autores latinaomericanos como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, entre otros autores del boom y del post boom. Y en la primera década del siglo XXI tradujo con entusiasmo a jóvenes poetas mujeres latinoamericanas y publicó antologías de poesía dominicana, cubana, mexicana, hondureña.
Ya en la ancianidad, retirado de la universidad, Couffon, gran amante del vino, la amistad y las mujeres, seguía sus actividades en su ciudad natal normanda de Caen y en el puerto de Saint-Malo, legendario lugar de corsarios y piratas y traficantes de esclavos donde está enterrado Chateaubriand. Cada año invitaba allí a un autor español o latinoamericano para difundir y traducir su obra entre los estudiantes, en jornadas inolvidables para unos y otros.
Tuve la oportunidad de verlo en los años 70 cuando estaba en su apogeo y era una eminencia reconocida como uno de los principales expertos de literatura española y latinoamericana, pero fue en la primera década de este siglo cuando pude conocerlo de cerca y hablar con él muchas veces en encuentros literarios en la Casa de América Latina o en reuniones con amigos comunes. Con cierta frecuencia regresaba a París desde su retiro o hacía viajes a México o España, pese a que tenía ya graves problemas de salud.
A diferencia de otros hispanistas mucho más tímidos y lejanos, Couffon era lo que se llama en Francia un "bon vivant", buen amigo de sus amigos, abierto al diálogo y al sentido del humor, siempre mirando directamente a los ojos con la picardía y la sonrisa a flor de piel.
Bajo de estatura, corpulento, y con un rostro de libertino dieciochesco, rubicundo tal vez por una vida de buena comida y buen vino, Couffon nunca dejó de leer e interesarse por la literatura de ese Extremo Occidente que es América Latina, que en estas épocas ha pasado de moda en Francia y ha sido suplantada por otras preferencias tales como la literatura asiática, africana, nórdica o norteamericana.
La gran amistad entre los franceses y la literatura latinoamericana tuvo uno de los primeros puntos fundacionales climáticos en París con la traducción y la publicación en francés de Leyendas de Guatemala, libro del entonces joven escritor Miguel Angel Asturias, quien con el tiempo se izaría hasta obtener el Premio Nobel. Asturias vino a Francia en los años 30 a realizar sus estudios en la Sorbona y perteneció a una generación muy activa de latinoamericanos, entre los que figuraban César Vallejo, César Moro y los hermanos Ventura y Fernando García Calderón, de Perú y Alfonso Reyes, de México, entre otros.
Antes, a fines del siglo XIX y comienzos del XX, vivieron en París lo modernistas Rubén Darío, José María Vargas Vila y Enrique Gómez Carrillo, pero sus obras no lograron ganar al amplio público francés de entonces, como si ocurrió de inmediato con Miguel Angel Asturias y después, a lo largo de varias décadas sin interrupción, con Jorge Luis Borges, antes de que estallara el boom en los años 60.
Este movimiento del boom conquistó al calor de las luchas políticas latinoamericanas y europeas, a amplios sectores de la sociedad francesa, que veían en las obras de Pablo Neruda, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Jorge Amado, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Alvaro Mutis y Mario Vargas Llosa, una especie de amplio ventanal hacia un edén tropical en plena ebullición revolucionaria y antidictatorial.
En ese marco, la gloria de los latinoamericanos otorgaba a los hispanistas y latinoamericanistas galos un aura que parecía iluminarlos de manera paralela a las proezas de sus pupilos literarios de ultramar.
Los traductores y difusores de las obras de César Vallejo, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Octavio Paz y demás autores latinoamericanos del siglo XX entraban a ese club colorido que reinó hasta desvanecerse después de la caída del Muro de Berlín.
En la actualidad se realizan muchas actividades en la Maison de l'Amérique Latine (Casa de América Latina) del bulevar Saint Germain, pero ya sin el impacto glorioso de los años 60 y 70. Hay en las universidades y en algunas editoriales una nueva generación de hispano-latinoamericanistas muy activos, pero la literatura de ese continente ya no logra el impacto que tuvo en el siglo anterior y las apariciones son como fugaces y diminutos fuegos pirotécnicos.
Con la desaparición de Couffon termina una época de esa gran amistad ultramarina. Habrá que recopilar y editar sus artículos aparecidos en  Le Figaro Littéraire, Le Monde, Les Lettres Françaises, Les Temps Modernes,  Europe y Le Magazine Littéraire, para hacer una bitácora de aquella luna de miel franco-latinoamericana casi extinguida.
Y también debemos poner atención a su obra poética, en la que se destacan obras como Cuaderno de la bahía del Monte Saint Michel, Cuerpo otoñal y Ventana a la noche, entre otros libros suyos. Los latinoamericanos y los españoles debemos mucho a este gran amigo de nuestras palabras que ahora descansa en paz lejos de la belleza del cuerpo femenino, la poesía y el vino.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

CHINA REVIVE SUEÑO ESPACIAL

Por Eduardo García Aguilar
China logró este sábado un histórico alunizaje de su sonda Chang'e 3, de la que saldrá el vehículo Conejo de Jade para iniciar exploraciones en el territorio de la Bahía de los Arcoiris, lo que constituye un espectacular logro para la vieja nación asiática, que se iguala ahora con Estados Unidos y la URSS, superpotencias que hace más de medio siglo lograron proezas similares en el contexto de la guerra fría.
Después de que Estados Unidos y Rusia, afectados por crisis sucesivas, redujeran presupuestos de conquista espacial y desaparecieran los transbordadores y hasta la posibilidad de lanzamientos en Cabo Cañaveral, o se presentaran muchas fallas y fracasos en los lanzamientos rusos desde Baikonur, naciones emergentes como India, Brasil y China quieren avanzar en ese camino ampliando el club de las potencias espaciales.
En estos momentos Francia, desde Guyana, en América del Sur, tiene el único complejo viable de lanzamiento que garantiza la posibilidad de llevar satélites estatales o privados a la órbita terrestre, mientras algunas empresas privadas avanzan en la implementación del turismo espacial privado.
Los chinos, que se han convertido en los nuevos magnates del mundo y cada año incrementan su influencia política y económica en todos los continentes, no solo aspiran a llevar a nuestro satélite vehículos como el Conejo de jade, sino seres humanos, lo que tal vez en una o dos décadas sea una realidad, dado el impulso del milenario país de Confucio, el autor de las sabias Analectas.
Estados Unidos y Rusia nos hicieron soñar desde niños con la conquista espacial. Antes de que los hombres, encabezados por Yuri Gagarin y John Glenn, comenzaran a salir fuera de la Tierra, ya nos habíamos acostumbrado a los viajes de las sondas que antes de estrellarse e la Luna o en Marte, enviaban a nuestro planeta fotografías apasionantes de extraños territorios con las que armó poco a poco la cartografía de aquellas vecinas esferas.
Estados Unidos realizó una espectacular carrera espacial con experimentos de naves como Géminis y paseos espaciales de personajes que como el malogrado Ed White nos fascinaban cuando aparecían en las portadas de la revista Life, de circulación continental. Con el cordón umbilical enlazado a la cápsula y el traje espacial, White aparecía flotando en el espacio delante de la hermosa esfera azul de nuestro planeta, cubierta de hilos y madejas de nubes.
Luego, con inversiones gigantescas que hoy serían imposibles, Estados Unidos emprendió la conquista de la Luna y llevó por fin a seres humanos a la superficie selenita. En julio de 1969 todo el planeta vio en vivo y en directo la llegada del recién fallecido Neil Amstrong, seguido luego por Buzz Aldrin, y supervisados desde la órbita por Mike Collins, personajes que quedaron grabados para siempre en nuestra memoria.
Luego vinieron otros viajes y exploraciones a la Luna por medio de los viajes de Apolo, que terminaron para dar paso a otro tipo de conquistas también memorables, como el envío de sondas a todo el sistema solar, Saturno, Júpiter, Neptuno, e incluso más allá, así como avances tecnológicos que han hecho posible llegar hasta el instante del big-bang y descubrir miles de exoplanetas y millones de galaxias y agujeros negros.
Las imágenes del telescopio Hubble han sido sorprendentes para los que vivimos fascinados desde niños por el espacio lejano. Gracias a ellas hemos comprendido mejor el universo y nos hemos acercado a los más extraños confines del mismo. Los humanos hemos palpado así 14.000 millones de años de historia de la materia en expansión y deriva, solidificación y explosión, concreción y difuminación infinitas. Con esas imágenes somos cada vez más poetas, porque la poesía es el reino de lo inefable e inasible.
Las naves nos han acercado a los satélites de Saturno y Júpiter, algunos de los cuales son planetas vivos con océanos de líquidos de otros colores, composiciones y densidades. En esas superficies hemos visto actividad volcánica, huracanes gigantes, lagos y paisajes jamás imaginados. En su viaje por los planetas, las naves se han acercado y orbitado aquellos globos que giran en torno a los gigantescos hermanos mayores del Sistema Solar.
Una nave que ya está saliendo de los confines del Sistema Solar lleva un mensaje de los terrícolas inscrito en una placa por si alguna vez lo captan probables extraterrestres. O sea que la humanidad no se niega al sueño de que en otros lugares, en alguno de esos millones y millones de exoplanetas, exista la vida y la inteligencia.
A futuro la aventura espacial será colectiva y se aunarán los esfuerzos de varios países para avanzar en otras conquistas inimaginables. Estaríamos apenas en el albor de la aventura soñada por los humanos desde hace milenios y contemplada con más certeza científica por los sabios del Renacimiento, los Galileo Galilei y los Leonardo Da Vinci que entendieron por fin que la tierra era un grano de arena en un océano infinito de polvo interestelar.
Pese a las guerras y a las crisis, al fanatismo y a la locura, el hombre avanzará en el dominio de la materia y la energía y tarde o temprano los descubrimientos nos acercarán cada vez más a lo desconocido.
Dentro de miles de años, otros hombres habrán llevado la aventura espacial a confines inesperados. Nuestra generación tuvo la fortuna de palpar el albor de esta aventura y seguirla desde la infancia con pasión. Por eso es loable que los chinos ingresen ahora al club de los exploradores con su nave y su vehículo Conejo de Jade.
Llegarán a la Luna, mientras una coalición internacional tratará en dos o tres décadas de llegar con humanos a Marte, planeta mucho más vivo de lo esperado y que en estos momentos está revelando grandes secretos, como la presencia de agua y la existencia lejana de océanos, ríos y lagos cuyas huellas exploran en este momento vehículos norteamericanos.