lunes, 15 de febrero de 2016

LA MAESTRÍA DE JUAN MARSÉ

Por Eduardo García Aguilar

La obra novelística de Juan Marsé (1933) está ligada a su ciudad natal Barcelona, de la que hace un sarcástico cuadro social en Últimas tardes con Teresa, que cumple ahora medio siglo de publicada, y otras obras, a través de historias apasionantes sacadas de los tiempos de su juventud y dotadas de una prosa que vibra como pocas. Marsé, crecido en una familia modesta, trabajó primero como aprendiz de joyero 13 años en un taller en un barrio popular barcelonés, pero luego se trasladó a París, donde siguió su formación y regresó a su terruño ya dotado de una formidable lucidez social y un sentido profundo de la ironía.  

Marsé, ganador del Premio Cervantes que este enero cumplió 83 años, se ha vuelto una referencia de la literatura barcelonesa escrita en español por los hijos de inmigrantes residentes en esta zona que hoy experimenta tensiones a causa del nacionalismo de los catalanes "puros", quienes desean independizarse y consideran de manera un poco demagógica a España como un imperio que los ha colonizado desde hace siglos y vive de sus riquezas, lo que es por supuesto falso. El movimiento político nacionalista catalán ha detestado siempre a Marsé, quien califica a sus líderes en una reciente entrevista de "carroña sentimental". 

Barcelona ha sido desde hace milenios un puerto privilegiado situado de manera estratégica en el Mediterráneo, por lo que en diversas épocas ha sido centro de intercambio de mercancías y riquezas y lugar de confluencia de mucho dinero y pujanza y por lo tanto escenario de codicias y guerras. También ha sido centro cultural y editorial en los tiempos modernos, antes y después del Siglo de Oro, como nos lo recuerda Cervantes en El Quijote de la Mancha. El autor lleva al final a su personaje el Ingenioso Hidalgo a este puerto, donde se está editando el segundo volumen de sus historias, y escoge el lugar para que sea allí donde el caballero del Verde Gabán derrote al delirante en una justa caballeresca fingida en la playa y lo convenza de regresar a casa después de sus múltiples andanzas por España.
      
En Últimas tardes con Teresa, ganadora del premio Biblioteca Breve 1965, Marsé describe a esa Barcelona de los años 50, cuando, en tiempos de posguerra, la región vive momentos de desarrollo industrial acelerado comandado por una pujante burguesía catalana y atrae a cientos de miles de trabajadores pobres de otras regiones españolas, como valencianos, murcianos, andaluces, gallegos, moros y castellanos, que vienen a engrosar las filas obreras y a vivir marginados en los suburbios altos de la capital catalana y en ciudades aledañas que crecen de manera acelerada junto a las factorías.

A un lado Marsé muestra a la tradicional burguesía catalana que vive en fabulosos apartamentos de la Gran Vía o el Paseo de Gracia y tiene casas de campo y masías en los bellos campos, costas y bosques de la región y al otro un ejército de inmigrantes forasteros, llamados charnegos, de donde salen no solo los obreros y los criados de los exquisitos señoritos de apellido catalán tales como Trías, Pujol, Boffil o Serrat, sino también la escoria social, el lumpenproletariado, los ladrones y los delincuentes encarnados en el magistral personaje de chulo llamado Pijoaparte.

He subido este viernes al Monte Carmelo, donde estaban los malfamados tugurios de aquel tiempo y aunque ahora esos barrios son bastante limpios y ordenados y están dotados de un metro moderno y excelentes medios de transporte, siguen siendo lugar de residencia de forasteros de las clases bajas, a su vez hijos de inmigrantes árabes, esteuropeos o latinoamericanos, o sea los las nuevas versiones de esos aparentemente peligrosos jóvenes apaches de los años 50, ladrones de motocicletas, que eran el terror de las clase medias blancas y adineradas de la pulcra ciudad de abajo.

Ahí en el Carmel y en Ginardó se habla fundamentalmente español y es claro que la mayoría de la población vive allí en el desempleo rampante y tiene menos posibilidades aun que la clase media golpeada por la crisis que devasta al país desde 2008, cuando se derrumbó la burbuja inmobiliaria y sembró el país de incertidumbre política y social. Pero arriba, en estas colinas proletarias, sigue vibrando el mundo descrito por Marsé en Últimas tardes con Teresa y otras obras de juventud como Si te dicen que caí y La oscura historia de la prima Montse.

Marsé se ganó a pulso su fama y el consagratorio Premio Cervantes 2008. De la generación de García Márquez y otras estrellas del boom y contemporáneo de otros importantes autores españoles como los Goytisolo, Marsé, pese al éxito de sus obras, siempre fue mirado de reojo por la crítica, al considerarlo más un autor social que otra cosa. Ganó muy temprano el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, y una tras otra sus obras lograron múltiples ediciones y premios como el de la Crítica y el Planeta y le dieron renombre internacional, pero su lugar siempre estuvo un poco al margen de los exitosos del boom latinoamericano o de los exquisitos españoles del momento, lo que, supongo, no contrariaba de todo a Marsé, quien siempre ha estado a contracorriente y ha sido un rebelde, incluso en estos momentos.

Considera a gran parte de la clase política española de hoy una remanencia del franquismo que es todavía "un cadáver que apesta" y en conferencias y entrevistas muestra la desbordante inteligencia de quien no se dejó amansar por el éxito, se considera siempre un "aprendiz de novelista" y sabe expresar críticas acerbas a todas las manifestaciones del ablandamiento intelectual de muchos autores de su generación y otras posteriores. Nunca le perdonarán la creación de esos personajes de la burguesía catalana que como Teresa Serrat y sus amigos señoritos miraron la realidad social desde afuera. 

Dotado de un gran sentido de autocrítica, Marsé supo crear novelas inolvidables donde vibra la vida y que cumplen la función de molestar, irritar y cuestionar las inercias, además de ser ejemplos de talento y rigor narrativos.  Visitar los barrios populares de donde extrajo sus personajes, escrutarlos, olerlos, o mirar desde Premiá del Mar en un crepúsculo rojizo a la próspera Barcelona industrial difuminándose entre el oro ocre de la atmósfera solar, con sus fábricas y el Montjuich firme contra el Mediterráneo, nos acerca de nuevo a su vasta obra y al milagro siempre renovado de la literatura escrita en estas tierras bilingües catalanas pródigas de cultura y belleza. 
----
*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de febrero 2016.

domingo, 7 de febrero de 2016

CIEN AÑOS DE RUBÉN DARÍO

Por Eduardo García Aguilar
Hace cien años, el 6 de febrero de 1916, murió en León el gran poeta nicaragüense y latinoamericano Rubén Darío (1867-1916), cuya irrupción en el panorama de la literatura en español fue un sismo que todavía estremece con sus vibraciones a los amantes de la poesía y la prosa modernas. Este niño precoz, de nombre Félix Rubén García Sarmiento, nació en Metapa y desde muy temprano mostró sus cualidades como versificador, cuando la poesía, a fines del siglo XIX, era el arte mayor en los lejanos países latinoamericanos que, independizados de España desde hacía décadas, buscaban su voz dejando atrás siglos de vieja retórica parroquial encorsetada en modelos inamovibles.
Ya terminaban las patrias bobas y el mundo todo vivía tiempos de aceleramiento y velocidad comerciales luego de la Revolución industrial inglesa y el predominio de potencias como Inglaterra y Francia, que colonizaban el orbe e imponían su cultura en los más alejados confines del mundo. Los grandes barcos a vapor recorrían los mares, los ruidosos trenes cruzaban los campos, y todos esos vehículos llegaban a los puertos, convertidos como nunca en centros de comercio y poder y lugares de intercambio de mercancías, cuerpos, palabras, músicas, ideas y modas.
En esa lejana provincia nicaragüense y centroamericana el geniecillo sorprendía a notables y presidentes por su fabulosa memoria y la facilidad con la que creaba al instante los versos más fantásticos o los escribía por encargo. Invitado imprescindible en salones, escuelas, ateneos, fiestas, Darío se lucía y hay fotos donde se ve al adolescente de 14 años mostrando sus habilidades ante el asombro de los patriarcas. Pronto empezó a recorrer los pequeños países centroamericanos, donde ejercería la profesión alimentaria de periodista y fundaría periódicos y revistas, y crearía tertulias literarias de un delicioso anacronismo, como era usual en esos tiempos en que la poesía, las tabernas y los burdeles eran las únicas diversiones paganas posibles.
Sus capacidades lo llevaron a recalar en Chile, donde trabajó en el periódico La Época y publicó su famoso libro Azul, y más tarde, tras regresar a América Central y visitar fugazmente el viejo continente europeo, llegó a Buenos Aires, la Nueva York del sur, a donde acudían millones de inmigrantes pobres de Europa y el mundo para crear una metrópoli cosmopolita donde el joven poeta desplegó todos sus talentos y publicó Los raros, en homenaje a sus escritores preferidos, y Prosas profanas. A esa ciudad había sido enviado como cónsul de Colombia por el poeta y presidente Rafael Núñez, como era usual entonces, donde a veces los mandatarios eran escribidores de gramáticas y los embajadores poetas.
Desde París, Madrid y Barcelona, llegaban a Buenos Aires todos los libros posibles, y en sus calles Darío continuó la lectura de los poetas franceses del momento, de Victor Hugo en adelante hasta parnasianos, simbolistas y otros decadentes retorcidos y extraños que ejercieron gran influencia en él y sobre quienes escribió semblanzas admiradas, cargadas de un afrancesamiento casi patológico, excitado por Nerval, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Verlaine y tantos otros.
Luego viajó a París como enviado del poderoso diario bonaerense La Nación y se quedó allí en la que era la capital editorial del mundo hispánico con la editorial Garnier a la cabeza. Vivía a un lado del Jardín de Luxemburgo y hoy se ve la placa con su nombre junto a la puerta del número 5 de la rue Hershel, donde lo vio y describió el modernista colombiano José María Vargas Vila, prosista empalagoso que escribía historias truculentas y panfletos anticlericales y antidicatoriales plagados de adjetivos que lo convirtieron en el mayor best-seller de su tiempo en América Latina. Vargas Vila, megalómano, se inclinó ante el genio y escribió un libro sobre Darío, que es tal vez uno de los pocos suyos que se salvan.
La poesía brotaba de Rubén Darío y se reproducía en torrentes, cataratas, vorágines, amazonas de versos y abismos inesperados entre conflagraciones de palabras y sentidos. Sus combinaciones de temas, sentimientos, metáforas, ritmos, historias, eran desconcertantes en su variada matemática. Todo era nuevo en él y el castellano volvió a vibrar como no lo hacía desde Cervantes, Góngora y Quevedo. Los jóvenes poetas españoles lo comprendieron rápido y lo acogieron como el maestro, el príncipe que la literatura del idioma castellano reclamaba. Para saberlo, hay que leer sus Cantos de vida y esperanza o las diversas recopilaciones como la más famosa publicada por Aguilar, empastada en cuero, u otras más rigurosas y recientes, como la realizada por el Fondo de Cultura Económica, en México, y cuidada por Ernesto Mejía Sánchez.
Tanto éxito, amistad e influencia lo marcaron. Agobiado por tantos viajes y líos personales, adicto al vino y a la vida, excesivo y frágil, llegó a la cima para caer en la decadencia y retornar a América por Nueva York e ir de gira, ya enfermo, de teatro en teatro, cabestreado por agentes inescrupulosos. Al final, extenuado, se extingue en León luego de retornar a su tierra natal, antes de llegar al medio siglo de edad, pero su obra sigue viva y es “tan antigua y tan moderna” como él mismo lo definió con la extrema lucidez de su inteligencia.
* Publicado en Excélsior. Ciudad de México. 7 de febrero de 2016.

sábado, 16 de enero de 2016

EL CORRIDO DE KATE DEL CASTILLO

Por Eduardo García Aguilar
Asistí en México hace dos décadas frente a las pantallas de la televisión a la irrupción de Kate del Castillo como actriz de telenovelas y a su ascenso como sex symbol en el imaginario de los televidentes mexicanos de todas las edades.
No era la primera ni sería la última de estas vedettes populares que tan bien sabe inventar la televisión mexicana cada lustro, practicando una renovación permanente del producto, que no tiene falla desde los tiempos de Verónica Castro y Lucía Mendez, hasta la era de Salma Hayek, Bibi Gaitán, Thalía y otras más, entre ellas La Gaviota, que es la actual primera dama del país azteca.
Durante décadas Televisa supo crear ese imaginario y perfeccionarlo al cosechar y cultivar figuritas angelicales que terminan siendo parte de la familia de todos los cien millones de mexicanos. Salma Hayek, que es hoy una de las reinas de la moda de París, se inició en la telenovela Teresa, pero rápidamente después de vivir escándalos con novios como el boxeador Julio César Chávez, partió rumbo a Hollywood a probar suerte, donde tuvo una carrera digna y al final casó con uno de los grandes herederos de Francia, dueño de muchas casas de moda que ahora están a los pies de su esposa.
Digamos que Salma Hayek “tiró el balón muy alto”, como dijo el presidente colombiano Belisario Betancur cuando le dieron el premio Nobel a García Márquez. La pequeña chica de Coatzacoalcos, de origen libanés, comprendió que era muy poco para ella el destino de ser solo una acriz de telenovelas mexicanas.
Otras estrellas de primero y segundo rango optaron por casarse con políticos o millonarios locales, sirviendo a veces como comparsas glamorosas de las carreras de sus maridos, tal y como ocurrió con Angélica Rivera, que al casarse con el actual mandatario mexicano cuando era candidato viudo, accedió al rango de primera dama.
Thalía, la de María del Mar y otras telenovelas que la hicieron inmensamente popular en América Latina viró hacia niveles más altos al casarse con uno de los magnates musicales de Miami, donde lleva una vida soñada en el corazón del imperio, cuyos episodios son seguidos por las amas de casa y los televidentes.
Todas ellas, desde Verónica Castro hasta Angélica Rivera y ahora Kate del Castillo, pertenecen a la élite económica del país, están ligadas al poder, y viven a años luz de los sufrimientos del pueblo mexicano, sumido siempre en el dolor y la miseria y obnubilado día a día por las pantallas televisivas, que son la única ventana al sueño y el bálsamo para sus sufrimlientos ancestrales.
La bella Kate del Castillo es lo que en México se denomina “un cuero”, o sea una mujer bomba, excepcional, con un cuerpo de espectáculo y un sex appeal sin límites, deidad popular que hace soñar a todos los hombres al unísono y a las amas de casa que la ven todo el día en telenovelas o películas, mientras hacen las arduas tareas domésticas.
Pero Kate es algo más que una diva o un cuerpo de película, como lo demostró en el filme La Reina del Sur, inspirada en la novela de Arturo Pérez Reverte. Haciendo lo mismo que otras de sus antecesoras, Kate ha querido alzarse de esa frivolidad glamorosa y fútil de ser solo objeto sexual hacia niveles más altos de compromiso social, creando sus propias empresas y opinando sobre las realidades del país a riesgo de quemarse las alas. En este caso, la bella ha querido redimir al Chapo Guzmán, el Pablo Escobar mexicano y uno de los narcos más famosos de todos los tiempos.
Kate ha osado decir que confía más en el capo que en los políticos mexicanos y emprendió un coqueteo epistolar y por internet con el bandido, erotómano que también a su vez creyó cumplir el sueño de adquirir para su harém a la hermosa estrella que se arriesga a visitarlo y pretende hacer una pelicula sobre él.
En la cama del Chapo encontraron videos de la película donde Kate hace de narcotraficante y sin duda él, como todos los mexicanos, la vio y deseó en telenovelas y la siguió en sus historias de amor y tuvo sueños eróticos con la hermosa de piel canela, cuerpo escultural, esencia de la belleza mexicana mestiza, como en su tiempo lo fueron Dolores del Río, Maria Félix, Salma Hayek y Bibi Gaitán.
Acompañada de Sean Penn, actor comprometido y mundialmente famoso, ex marido de Madona, Kate llegó hasta la guarida del capo y participó en una velada donde sonaron los mariachis y se distribuyeron deliciosas exquisiteces campiranas. Así cumplía el peligroso capo la palabra de “protegerla como a mis ojos”.
Por unas horas, la Bella y la Bestia, el capo y la diva, estuvieron juntos en la jungla del norte de México protagonizando uno de los mayores escándalos y propiciando de paso la captura del fugitivo, experto en túneles, especie de mago Houdini de la evasión.
Ahora la Bestia ha quedado enjaulada de nuevo, víctima de su deseo por la diva y la diva ha quedado enredada en un problema donde sus nuevos enemigos de la política mexicana y hasta el gobierno mismo tratarán de acusarla de complicidad y encubrimiento y le cobrarán la osadía de opinar, como muchos opinan, que los políticos son tan bandidos como todos los bandidos del narcotráfico.
No le falta razón a la sexy Kate. Los capos de México, Colombia y el mundo han contado con la complicidad de políticos, gobiernos, policías, élites locales y militares, pues tienen todo el dinero posible para comprarlos. Y han contado con la complicidad de muchos estamentos en Estados Unidos y Europa, donde están los consumidores de droga, como si fuera Coca Cola, en balnearios, hoteles, burdeles y discotecas.
Ha terminado el corrido de Kate del Castilo y el Chapo Guzmán. El jefe del cártel de Sinaloa está tras las rejas y probablemente será extraditado, si no se escapa antes. Kate tendrá que capear el terrible vendaval que se avecina y se habrá convertido en otro mito, como la colombiana Virginia Vallejo, joya de las pantallas que fue amante de Pablo Escobar, líder del cártel de Medellín, y después lo reemplazó por su rival, el jefe del cártel de Cali, Rodríguez Orejuela.
Como mariposas doradas, las bellas Kate y Virginia resultaron quemadas en el fuego de su deseo al obnubilarse por figuras temibles y monstruosas, calibanes asesinos que en su ilegalidad han matado sin límites ni piedad y sembrado el terror en sus respectivos países.
---
* Publicado el domingo 17 de enero en La Patria. Manizales. Colombia. 

sábado, 9 de enero de 2016

WILFREDO LAM Y ANSELM KIEFER EN EL POMPIDOU

Por Eduardo García Aguilar

En el Centro Pompidou se encuentran lado a lado, en el sexto nivel del extraño edificio, dos exposiciones retrospectivas excepcionales, una dedicada al cubano Wilfredo Lam (1902-1982) y otra al gran artista alemán contemporáneo Anselm Kiefer (1945). Poco a poco la gloria de Lam asciende colocándose ya al lado de su amigo Picasso gracias a una vasta obra sincrética donde se expresan sus diversos orígenes, pues desciende de chinos y negros y nació y creció en su natal isla caribeña Cuba y vivió en Suecia, Estados Unidos España y Francia.

Kiefer, por su lado, es un titán del arte que a sus 70 años nos asombra con una vasta obra expresada a través de óleo, acrílico, cerámica, tierra, arena, fotografía, plomo y está en permanente conexión con la poesía y la literatura, y los temas apocalípticos del siglo, ya que es lector atento y pensador permanente.
 
El museo, inaugurado en enero de 1977 por el presidente Valéry Giscard d'Estaing en presencia de varios presidentes africanos, suscitó en su momento críticas porque sus jóvenes arquitectos encabezados por Renzo Piano hicieron en medio de París uno de los edificios más extraños, que inclusive hoy causa impresión a los visitantes cuando emprenden la subida por las escaleras tubulares de nave espacial y observan sus intrincadas estructuras coloridas a medida que ascienden hasta un nivel desde donde se tiene una soberbia vista de la ciudad.

A lo largo de estos cuarenta años de historia la institución ha realizado exposiciones de arte contemporáneo del siglo XX en adelante, que van del dadaísmo, cubismo, futurismo, surrealismo, suprematismo, expresionismo hasta arte pop, caricatura, video, y diversas expresiones actuales de las artes plásticas. Allí se han celebrado ciclos de conferencias, debates, homenajes y retrospectivas de grandes artistas como Bonnard, Kandisnsky, Max Ernst, Dalí, Picasso, Braque, Giacometti, Duchamp, Kandinsky, Münch, Balthus, Warhol, Francis Bacon, David Hockney y muchos más.

El lugar revivió y dio vida a una zona insalubre situada no lejos del centenario mercado de Les Halles y es hoy un centro de experimentación, dotado de una gran biblioteca y diversas instituciones para estudios e investigaciones artísticas y posee una explanada donde perfomeros y artesanos callejeros se manifiestan libremente durante todo el año, atrayendo a personas de todas las edades. Es la fiesta permanente del arte contemporáneo y a lo largo del año se muestra la colección propia del museo, una de las tres más importantes del mundo, así como obras prestadas por otros museos del orbe.

Esta vez subí las escaleras tubulares salidas de una escena de Star Wars porque deseaba ver la retrospectiva del gran pintor cubano Wilfredo Lam que termina este 15 de enero y debía reencontrarme allí con La Jungla, ese maravilloso cuadro que pintó en Cuba y se ha convertido en una de las grandes obras del siglo XX, prestaba en esta ocasión al Pompidou por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. He querido mirar de cerca sus trazos, observar de manera minuciosa el trazo de su mano, pero la alarma se ha puesto a sonar y tuve que alejarme a una buena distancia de esta colorida obra donde se resumen su trazo y el intrincado mundo de sus selvas tropicales.

Las diversas etapas de la actividad de Lam son expuestas con generosidad, desde sus primeros dibujos de infancia y juventud cubanas hasta su paso por España, Estados Unidos, Francia, Suecia y otros países donde residió. Alto, espigado, armado como un totem sincrético, Lam fue admirado por sus contemporáneos, pues lejos de la vanidad y el bullicio de otras estrellas, solo vivía para su arte y el amor y de ahí su cercanía con los poetas, entre ellos el gran René Char y su diálogo con otras figuras de la literatura. El trazo inconfundible de su obra se despliega en varias salas y uno sale renacido tras el contacto con este mundo visual cincelado en más de seis décadas.

Un respiro, una mirada a la ciudad bañada en pleno invierno bajo el sol y paso a la otra sala de al lado a ver la retrospectiva de Anselm Kiefer, uno de los artistas vivos que más admiro y cuya obra impactante y profunda me hace palpitar con taquicardia. Ya hace unos años había visto su monumental obra Caída de Estrellas en los amplios espacios del Gran Palais, compuesta por enormes ruinas de cemento acompañadas por cuadros enormes y objetos oxidados y rotos de todos los tamaños, donde realizaba una metáfora del apocalipsis.

El olor del óleo fresco me recibe en la primera sala. Se siente que Kiefer ha estado ahí hace poco instalando las obras, ya que tiene su inmenso taller en el campo. La retrospectiva se inicia con una serie de obras de juventud donde ironiza sobre al pasado nazi de su padre y trata de exorcizar la tragedia germana de su generación con imágenes donde él alza la mano como Hitler en medio de enormes espacios desolados o boscosos.

Libros calcinados, acuarelas, fotografías, dan paso a enormes obras realizadas con diversos materiales y sobre telas de texturas variadas, en las que dialoga con poetas del siglo XX como Paul Celan e Ingeborg Bachman. Y poco a poco nos introduce en las grandes mitologías germanas, desde Los Nibelungos hasta la generación romántica que tanto le llama la atención, todas ellas relacionadas con la obsesión de los bosques y las montañas alpinas, la marcha a pie sobre musgos, líquenes, hongos, champiñones, cascadas, lagos, ríos. En otra parte expone unas cajas al interior de las cuales los más extraños objetos dialogan con la poesía y la literatura germanas de todos los tiempos y los textos sagrados desde el paganismo griego y las mitologías nórdicas hasta la Kabala y los textos bíblicos.

Este día ha sido para mi un viaje profundo a los misterios del arte a través de dos artistas con los cuales se comprueba que la expresión estética es el lenguaje más universal y una de las formas de salvarnos en medio de las amenazas de nuevos holocaustos y deflagraciones apocalípticas. Y de nuevo bajo las escaleras tubulares del Centro Pompidou y llego a la explanada donde el aire fresco golpea la piel y llena los pulmones. Los niños corren y juegan. Un saltimbanqui lanza enormes pompas de jabón. El arte es vida, nos hace renacer, es la universidad permanente y el sendero que lleva a la libertad por encima de fronteras y etnias cerradas. El arte nos hace renacer a todos desde las cenizas.            


lunes, 4 de enero de 2016

BARCELONA Y EL CAMBIO EN ESPAÑA

Por Eduardo García Aguilar

Hace bien empezar el año nuevo respirando frente al Mediterráno en esta ciudad de Barcelona que el año pasado vivió turbulencias y cambios excepcionales como los vividos por ella casi siempre, por lo que es considerada una ciudad histórica en cuyas calles se respira el auge centenario y los dramas de la vida, la guerra, la cultura y el comercio incesantes, agitados por las pasiones de la política.

Junto a las iglesias Santa Maria del Mar o a Santa Maria del Pi o en una callejuela junto a la catedral gótica central, mientras un joven toca el Concierto de Aranjuez en su guitarra, o frente a las obras monumentales de la delirante Catedral de Gaudí, o en la Barceloneta o en la Rambla de Raval, se comprende la razón del éxito y el señorío de la llamada ciudad condal.

Ya en el Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes decidió llevar a su personaje a estas playas barcelonesas a luchar con el caballero del Verde Gabán, afectado como está el andante caballero por sus delirios políticos y humanitarios y su fama de apasionado desfacedor de entuertos. Vencido en una pantomima necesaria, el viejo loco pierde aquí su batalla de sueños y luego es llevado a su hogar a morir con la razón perdida y el amor de los suyos.

Este año, la soñadora Ada Colau, joven mujer luchadora de barrio a favor de los desalojados de sus casas, quien hace poco pronunciaba discursos ante solo unas decenas de marginales, derrotó a la vieja aristocracia burguesa catalana y tomó el poder en la capital, antes de ratificar y ganar a su vez las legislativas locales y convertirse en figura nacional con un gran futuro político.

Tanto en Barcelona como en Madrid, figuras de la oposición barrial y asociativa cumplieron este año el sueño de llegar al poder en nombre de los olvidados, aquellos precarios olvidados por décadas de auge ecomómico y corrupción, donde los barones políticos de derecha y de izquierda se repartían el poder en un festín obsceno contra el cual el Quijote de la Mancha también se hubiera rebelado de resucitar en estos tiempos de comienzos del siglo XXI.

Son milllones los visitantes europeos que huyen desde el norte y vienen a Barcelona a percibir el mar y gozar el sol permanente que juega con las fuerzas del viento y de las nubes. Todas las lenguas se escuchan en la vieja Rambla siempre repleta de visitantes y en las callejuelas que dan al mar en la salitrosa y húmeda Barceloneta.

Y al mismo tiempo que se escuchan todas las lenguas exóticas, se oye el español omnipresente y el catalán local entremezclándose con sus voces y conflictos. Muchos catalanes quieren separarse de España y otros tantos quieren quedarse en el seno de esa madre patria, que para algunos es protectora y para aquellos una madrastra.

La primera vez que vine a Barcelona fue en 1975 en tiempos de Franco, cuando en la misma Rambla central que va de la Plaza Cataluña al monumeto a Cristóbal Colón los carabineros de la Guardia Civil perseguían a los manifestantes contra la dictadura que los azuzaban en permannecia cuando se vivía ya la agonía de la larga y sangrienta dictadura del caudillo gallego.

En aquellos tiempos agónicos del franquismo, Barcelona ya era la capital de la edición hispanoamericana por medio de una pujante vida editorial y literaria y la pujanza de ateneos, librerías, bibliotecas y todo tipo de expresiones culturales, musicales, pictóricas y teatrales.

Permanecían todavía muchos exiliados españoles en otros países de Europa, en especial los más comprometidos rebeldes que corrían peligro de ser detenidos y torturados por el régimen, pero ya la vida de la contracorriente se sentía en esas calles que auguraban la libertad y el pronto ingreso a la era democrática. Los congresos políticos de los partidos opositores de izquierda debían aun celebrarse en otras capitales europeas y sus líderes de entonces, Felipe González y Santiago Carrillo, solo podían venir a España como clandestinos, pero ya era inevitable que el anciano tirano daría su patético último suspiro de eructos asesinos.

Poco después murió Franco y se dio inició a la gran transición hacia la democracia que ha durado cuatro décadas y ahora vive nuevos momentos de crisis y cambios, donde como es la uzanza, Barcelona y los habitantes de Cataluña vuelven a ser protagonistas.

Bajo el sol barcelonés el año 2016 se inicia ahora en medio de una saludable incertidumbre política: la era iniciada en 1976 se agotó con el bloqueo del sistema tras las elecciones legislativas de diciembre y el fin del reinante bipartidismo dominante en estas cuatro décadas, cuando los conservadores del Partido Popular y los socialistas del PSOE compartieron hegemónicamente el poder de manera alternativa.

El juvenil partido Podemos de los indignados, compuesto por treintañeros universitarios encabezados por el coletudo e informal Pablo Iglesias, quien lleva por casualidad el mismo nombre del fundador del Partido Socialista hace 138 años, obtuvo 69 escaños, y su irrupción espectacular en solo un año de existencia resquebrajó el sistema imperante.

El gobernante y viejo Partido Popular del presidente Mariano Rajoy perdió su mayoría absoluta, un nuevo partido conservador moderado y joven, Ciuadanos, logró importante participación, los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia reciente y otras fuerzas alternativas, entre ellas varias catalanas, lograron representación en un parlamento superfragmentado en el marco del cual es casi imposible llegar por ahora a la formación de un gobierno estable.

Un bello ejemplo democrático impensable hace poco: la voz de los jóvenes y los marginados llega al congreso por primera vez con una fuerza decisiva y al despuntar el 2016 nadie sabe si será necesario o no convocar a nuevas elecciones para destrabar el bloqueo. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde la irrupción de nuevas fuerzas alternativas bloquea la formación de un gobierno local.

Pero este sol inicial que baña las costas del Mediterráneo calienta este nuevo escenario inédito de renovación democrática, de cambio feliz, pues sea cual fuere el desenlace hará de España y de Cataluña un país y una región renovadas, gobernadas por jóvenes alternativos, y de Barcelona el mismo puerto estratégico y pujante, multicultural, rebelde, donde la historia se seguirá escribiendo bajo la mirada cómplice de Picasso, Gaudí, Casals y Dalí.   

  * Publicado el domingo 3 de enero de 2016 en La Patria. Manizales. Colombia
 


     

lunes, 21 de diciembre de 2015

LOS ESCRITORES LATINOAMERICANOS DE PARÍS

Luisa Futoransky
Por Eduardo García Aguilar

Aunque los escritores latinoamericanos que viven hoy en París pasan casi inadvertidos en América Latina porque la ciudad ya no es considerada faro cultural del continente desde hace décadas, hay herederos de esa tradición que siguen activos, creando una obra que no por desconocida u oculta carece de fuerza e interés.

A lo largo de los últimos dos siglos ha habido oleadas de latinoamericanos que decidieron instalarse en la ciudad, ya sea de manera voluntaria o durante largas temporadas de exilio político. Los próceres de la era de la independencia venían al centro de las nuevas ideas de la Ilustración en medio de la efervescencia de la Revolución francesa que derrocó a los antiguos regímenes monárquicos vigentes durante más de un milenio.

En la actualidad, los latinoamericanos, pese han que han pasado de moda, presentan sus libros en la Casa de América Latina y realizan actividades permanentes mientras escriben sus obras: las argentinas Luisa Futoransky (ver foto) y Alicia Dujovne Ortiz, los peruanos Jorge Najar, Mario Wong, Alejandro Calderón (ver foto) y autores de Argentina, Uruguay, Colombia, Centroamérica y Chile, entre otros países, hacen parte de esa larga lista de escritores residentes en esta ciudad, de donde tal vez no se vayan nunca.

Alejandro Calderón 
Francisco Miranda vivió en estas tierras e incluso su nombre está inscrito en el Arco del Triunfo como héroe de la Revolución y tras él el joven Simón Bolívar residió en dos temporadas, en 1805 y 1806, cerca del parque de Palais Royal, en las calles Richelieu y Vivienne, entre las cuales está situada la vieja Biblioteca Nacional de Francia. La zona del Palacio Real, cerca del Louvre, era sitio de encuentro juvenil de bohemios, militares, revolucionarios, editores, escritores, libertinos, viciosos y cortesanas.

Rubén Darío
A lo largo de dos siglos, centenares de letrados latinoamericanos de todos los países recién independizados visitaron la ciudad y vivieron largas temporadas aquí gozando de la rica vida cultural y sería interminable hacer el catálogo de memorias, diarios y libros escritos por ellos e inspirados por esa gran experiencia de coincidir en los tiempos de Napoleón Bonaparte o en la décadas posteriores marcadas por el auge de los Románticos, encabezados por Victor Hugo y otros muchos poetas, músicos, dramaturgos, pintores y pensadores. 

En la actualidad uno puede deambular por los pasajes construidos en la primera mitad del siglo XIX, muchos de los cuales existen, como Panoramas, Jouffroy, Brady y tantos otros que permanecen intactos y bien restaurados para mostrar a quienes los visitan dos siglos después cómo esta ciudad era una verdadera caja de maravillas que sorprendía a todos en aquellos tiempos de riqueza y auge, cuando este país era sin duda una de las dos grandes potencias mundiales al lado de Inglaterra.

Los pasajes eran lugares cubiertos y laberínticos llenos de tiendas, cafés, librerías, oficinas, donde la joven burguesía se guarecía de la intemperie exterior y el mal estado de callejuelas, avenidas y bulevares empantanados, sucios por las deposiciones de los equinos que halaban las carrozas y por el incremento de pútridos desperdicios.

Adentro, elegantes románticos tomaban chocolate, café, té o bebían y comían mientras departían sobre lo divino y lo humano, en tiempos de gran auge del mundo editorial y de las ideas. Sobre ellos, el gran autor judío-alemán escribió múltiples ensayos donde con precisión describe aquellos ambientes y sus consecuencias para la cultura de la época.

César Vallejo
Leer diarios, correspondencias y memorias de viajeros de todos los rincones de América Latina nos acerca a esa realidad multitudinaria de la capital mundial de aquellos tiempos, la metrópoli cosmopolita inigualada que fue. Pienso por ejemplo en el diario del general Francisco de Paula Santander, que nos cuenta sus experiencias día a día. Y, como él, prácticamente no hubo jurista, intelectual, político o magnate de aquellas épocas que no hiciera la visita obligada a la Ciudad luz y contara su periplo con admirado lujo de detalles.

Miguel Angel Asturias
En la segunda mitad del siglo XIX, desde la generación de los parnasianos hasta los simbolistas, otros personajes escribieron a su vez sobre el auge de la capital bajo el reino del Segundo Imperio, como el franco-uruguayo Lautréamont, los hermanos Angel y Rufino J. Cuervo y el poeta modernista José Asunción Silva, oriundos de Colombia, y después toda la generación de modernistas latinoamericanos encabezados por el nicaragüense Rubén Darío (ver foto), el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, el colombiano José Maria Vargas Vila, el mexicano José Juan Tablada y el argentino Leopoldo Lugones, entre otros.

Para publicar y hacerse conocer, un latinoamericano tenía que venir a Francia, donde la editorial Garnier o la casa editora de Ch. Bouret editaban prácticamente todas las novedades del continente en español y luego las exportaban por barco a las jóvenes repúblicas hispanas de ultramar. Inclusive los autores españoles del momento también acudían a París a trabajar en las empresas de ese rico y fogoso panorama editorial que convirtió en fenomenales best-sellers a Vargas Vila y Gómez Carrillo.

En el siglo XX, después del episodio de los modernistas que adoraron París, las drogas y la absenta, otras dos generaciones se instalaron y reinaron aquí: los autores de los años de entreguerras y la generación latinoamericana del boom en los años 50 y 60.
Julio Cortázar
En la primera, toda una pléyade se instaló por décadas en tan cálido ambiente bohemio. Encabezados por Miguel Angel Asturias (ver foto), que fue el primer best seller latinoamericano traducido en francés con Leyendas de Guatemala, vivieron y escribieron aquí el poeta peruano César Vallejo (ver foto) y sus compatriotas César Moro, los hermanos García Calderón, el ecuatoriano Gangotena, el mexicano Alfonso Reyes, la venezolana Teresa de la Parra, la argentina Victoria Ocampo, entre otros que tejieron relaciones con los hipanófilos Valéry Larbaud y Roger Caillois.

Carlos Fuentes
La segunda generación, antes y después del boom, con Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Octavio Paz, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes (ver foto), Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa,  Elena Garro, Severo Sarduy, Julio Ramón Ribeyro, Marta Traba, Marvel Moreno, entre otros, ganó en esta capital un reconocimiento fenomenal inigualable, antes de que la literatura latinoamericana pasara de moda y perdiera protagonismo a fines del siglo XX y los tres primeros lustros del siglo XXI.

Pero pese a que ahora son preferidas otras literaturas asiáticas, nórdicas, anglosajonas, africanas y  mediorientales en detrimento de las nuestras, los escritores latinoamericanos, argentinos, peruanos, uruguayos, brasileños, chilenos, mexicanos y centroamericanos que vivimos aquí seguimos llevando la antorcha de esa relación amistosa y amorosa entre los nativos del continente americano y una ciudad que sigue cada vez más bella y activa, iluminada por la fuerza de un pasado cuyos rastros y fantasmas perviven entre calles y edificios centenarios conservados como joyas que se resisten a desaparecer.

domingo, 6 de diciembre de 2015

BOTERO EN LOS ELÍSEOS

Por Eduardo García Aguilar
No lejos del palacio presidencial del Elíseo y de las avenidas que van hasta el Arco del Triunfo y que ya están iluminadas para las fiestas de Navidad y año nuevo, Botero, gran parisino, convocó este 2 de diciembre a coleccionistas, magnates, críticos y amigos de vieja data a la galería Hopkins de la lujosa Avenida Matignon para inaugurar una “Selección de obras recientes”, que estará exhibida dos meses.
Una puerta blindada de metal color violeta se abre accionada desde el interior como si fuera una caja fuerte y adentro amables damas reciben los abrigos de viejos millonarios, admiradoras damas crepusculares, amigos y estetas o críticos que suben por las escalinatas y caminan por dos salones desde cuyos ventanales se ven las luces de las Tullerías o las cúpulas del Grand y el Petit Palais construidos para la gran Exposición Universal de 1889, ambientes todos ellos muy proustianos en este invierno de 2015.
De inmediato el observador ingresa a ese mundo del gran pintor colombiano nacido en Medellín en 1932, universo lleno de colores, frutas y voluminosos personajes familiares extraidos de su imaginario pueblerino, como en estos dos cuadros de 2013, "Danzarines", donde dos parejas bailan brincando sobre botellas regadas o "Los músicos y la cantante", donde una mujer vestida de rojo y amplia cabellera rubia canta acompañada  por un grupo de hombres modestos que tocan  batería, guitarra y flauta traversa en un escenario cálido de Antioquia.
Son unos cuantos cuadros grandes, impecables, con un fondo bucólico de remansos verdes, tejados y cúpulas de iglesias, obras maestras que nos recuerdan al Botero discípulo de Ingres y Piero della Francesca, habituado desde muy joven a los museos de Madrid e Italia y del mundo, en busca de una expresión personal que un día descubrió al dibujar en Nueva York el orificio central de una mandolina que de inmediato adquirió nuevas dimensiones y lo cambió todo.
Donde quiera que se le vea, en una galería de Nueva York, en el museo Maillol o en su taller, Botero está ahí presente con gafas de aro de carey oscuro, casaca negra, o traje impecable de telas italianas y su figura semeja la del matador que una vez quiso ser de adolescente, listo para la faena, con la mirada lúcida, alerta, de quien viene de regreso de todas las batallas contra la modernidad y el pop en medio del cual emergió llevando la contraria en ese Nueva York de los años 60 dominado por Warhol donde dominaba el arte pop, el expresionista abstracto o el geométrico, tan lejanos a su mundo de origen, la Antioquia colombiana donde la gente se desplazaba y todavía se desplaza a caballo por colinas y montañas exuberantes llenas de pájaros, lianas, follajes y frutas maravillosas.
Más adelante, el espectador que apura el champán y deglute los pasabocas se topa con "Mujer en el Sofá", de 2013, hembra inmensa y desnuda de cabello negro que reposa alargada, serena, onírica, mientras guarda el banano a mitad mordido entre sus manos. O se encuentra con "Pareja en el prado", de 2012, ella vestida de azul de metileno y él fumando con camisa violeta y corbata roja mirando hacia el cielo. Ambos hacen la siesta en una colina desde donde se ven los tejados y las cúpulas de un pueblo que bien puede ser un villorio de su tierra natal, Santa Rosa de Osos o Sonsón, o uno de su querida Toscana, Pietrasanta, situados en viejas ex colonias de la España de Carlos V y Felipe II, en los tiempos del reino de Nápoles.
Y frente a frente, dos cuadros de 2013 donde por separado se ve a un hombre y a una mujer haciendo el pic-nic en un universo límpido de absoluta poesía, cuyo fondo contrasta con el aparente caos colorido de sandías, naranjas, bananos, vasos, cubiertos y restos que deja paulatinamente el solitario convite. 
Todos esos personajes están poseídos por una extraña tristeza existencial, igual a ese "Matador" de 2014, o la pareja de "El balcón" sobre fondo bucólico, de 2013, o "La plaza", también del mismo año, que nos lleva a esa infancia lejana de Colombia, porque gran parte de su obra al óleo es extraída de ese magma sepia de los mundos idos de la infancia, la violencia, la soledad y el dolor de su país de origen, que en este mundo reciente de su pintura se percibe en la mirada árida de los seres humanos presentados y el silencio espectral de sus ambientes de pesadilla por fuera del tiempo y la realidad estrictos.
También en esta ocasión se exponen unas cuantas esculturas escogidas para la ocasión: un "Pájaro" en mármol blanco, de 2014, una "Mujer desnuda en el lecho" en bronce, de 2006, una "Mujer a caballo" en bronce, de 2008 y más al fondo, para recordar el inicio de la aventura de sus volúmenes, un dibujo, "Guitarra en la silla", de 2006.
Botero está en el salón del fondo, en la oficina central de la galería, situada más allá de otra sala donde domina una enorme escultura en bronce de Lobo y en una pared, un pequeño cuadro de Max Ernst. Unas cuantas personas esperan para acercarse a saludar a la leyenda y pedirle les firme el catálogo de pasta dura envuelta en tela de un color amarillo intenso como el que aparece en algunos de sus cuadros. Bellas mujeres jóvenes le piden firmar el catálogo para su madre o la abuela y le dan un papel con el apellido exacto para que no se equivoque. A veces es la abuela misma la que se le acerca con lentitud y le expresa su admiración y casi le besa el anillo como si fuera el papa. 
Otros amigos lo abrazan o los impertinentes tratan de acaparar los preciosos segundos otorgados. Su esposa, la escultora griega Sofia Vari, atiende a los amigos en la otra sala y está pendiente cuando baja por un momento las escaleras.  Botero acaba de llegar de China, donde inauguró una exposición retrospectiva con motivo de los 35 años de las relaciones diplomáticas entre Colombia y la potencia oriental y en enero inaugurará otra muestra en la gran capital económica de ese país, Shanghái. 
Botero está ahí en el sofá y firma con paciencia a las decenas de asistentes. Es Botero y a estas alturas, con sus 83 años bien vividos, Botero es Botero: medio siglo de fama y éxitos permanentes. Cifras estratosféricas por algunas de sus obras lo atestiguan y lo posicionan como uno de los más cotizados del mundo. Como los grandes maestros de los últimos siglos, bebe el tiempo como Monet, Picasso, Maillol y Tamayo y su vocación es longeva. Cargando su gloria en vida, recorre en su periplo permanente Nueva York, México, Mónaco, Roma, Londres, Medellín, Bogotá, Tokio, Pekín, Berlín, Buenos Aires, Rio de Janeiro. Pero ahora está fugazmente en París como si las luces intermitentes de los Campos Elíseos fueran instaladas solo para él.    
------
 * Publicado en Expresiones. Excélsior. México D.F. 6 de diciembre de 2015.

jueves, 3 de diciembre de 2015

LUZ MARINA ZULUAGA Y EL UNIVERSO

Eduardo García Aguilar's photo.


Por Eduardo García Aguilar
El primer recuerdo que tengo de la existencia de la sociedad multitudinaria y de la colectividad como tal es cuando, a punto de cumplir yo cuatro años, llegó el 16 de agosto de 1958 a Manizales la nueva Miss Universo Luz Marina Zuluaga (1932-2015).
Desde la ventana de la casa en esa esquina del Parque Caldas vi con mi familia pasar por la carrera 23 el cortejo precedido por policías motorizados, carabineros a caballo y flanqueado por una larga fila de uniformados, en medio del griterio y los aplausos conmovedores de la muchedumbre agolpada en las aceras.
La ciudadanía estaba orgullosa por partida doble: como nacionales del país galardonado mundialmente en Miss Universo y como provincia, al ser la reina oriunda de la ciudad. Aquella apoteosis quedó marcada para siempre con lujo de detalles: la atmósfera eléctrica de la ciudad, la solemnidad excepcional de la celebración en ese parque entrañable de la infancia, todo ello con la conciencia primigenia de pertenecer a una patria y a un terruño.
Y como en toda apoteosis celebratoria, lo más importante fue el carácter pacífico y popular del acontecimiento, que dio al pueblo instantes de convivencia y euforia, lejos de la violencia reinante, con las atrocidades que oíamos contar a los adultos. Diríase que esa noticia popular regocijante para el país significaba un receso en la letanía de La Violencia que tuvo su punto catastrófico 10 años antes, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. O sea que a tres semanas de cumplir mis cuatro años, ese hecho significó mi bautizo como ciudadano.
Años después, cerca de los nueve, la noticia de la muerte de John F. Kennedy y el posterior asesinato de Lee Harvey Oswald por Jack Rubi me comunicó con la realidad mundial y el hecho de ser súbdito de un imperio. La noticia me llegó en uno de los patios de la casa de la carrera 19 con 25 y me acuerdo haber marcado con tiza la fecha y estado al tanto de la noticia por la radio. Después vendría la terrible foto del padre guerrillero Camilo Torres, masacrado por las fuerzas del orden y en esa misma casa comentar el hecho con mi padre Alvaro. En ese entonces, el gobierno colombiano celebraba esa muerte con felicidad y decía que la guerrilla se había exterminado para siempre. Un año después sería el turno del Che Guevara, convertido ahora en un mito general junto a Santa Claus.
Sin embargo, al lado de la Miss Universo Luz Marina y J. F. Kennedy, tal vez el recuerdo más impresionante y de rango cósmico es el de la observación familiar, en esa misma casa de la 19, de la llegada del hombre a la luna, en un enorme televisor empotrado en un mueble, de donde salían las imágenes en blanco y negro de la flotación sobre el satélite de Neil Amstrong antes de posar la bandera estadounidense sobre el suelo lunar.
Allí, a los 15 años, descubrí la pertenencia al universo y a una humanidad capaz de abandonar terruño, patria y mundo para ir al encuentro del cosmos. O sea que entre la irrupción de Miss Universo en mi ciudad y la salida del hombre hacia el Universo, sólo había transcurrido una década de recuerdos, que entonces parecían una eternidad y ahora son sólo un pedazo de vida impregnado por fortuna en la memoria antes de que llegue el Alzheimer.
---
* Con motivo del fallecimiento este miércoles de Luz Marina Zuluaga.

domingo, 22 de noviembre de 2015

EL APOCALIPSIS DE LOS ILUMINADOS




 Por Eduardo García Aguilar

André Malraux dijo alguna vez que “el siglo XXI será religioso o no será” y como una profecía bíblica su precepto parece realizarse con creces a lo largo de estos primeros tres lustros caóticos iniciados con el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York por Al Qaida, comandado por el millonario saudita Osama Bin Laden, al que sucede ahora otro más poderoso y con más vastas redes mundiales, el Estado Islámico que busca imponer un utópico califato global.

Ahora que la capital europea Bruselas se encuentra este sábado en estado de alerta máxima bajo la amenaza de inminentes atentados y que día tras día suceden tomas de rehenes y atentados suicidas en Yemen, Egipto, Malí, Libia, Líbano, Sudán, Siria, Turquía, Irak, Pakistán, uno cree vivir dentro de una pesadilla o al interior de una película catastrófica hollywodense como Blade Runner.

La reserva de suicidas convertidos al islam fanático parece inagotable y lo más sorprendente es que en esas filas hay miles de jóvenes nacidos en Europa, que desde hace unos años han ido cayendo en las redes de la clerecía islamista y poco a poco encuentran un sentido a sus vidas al unirse a la causa del sanguinario califato.

Tras la caída de La Unión Soviética que controlaba esas regiones con otros idearios y el fin de la guerra fría el mundo quedó huérfano de causas absolutas. El marxismo-leninismo, religión que movió montañas a lo largo del siglo XX en la Unión Soviética y sus satélites, en la China de Mao Tse Tung y en casi todos los países del Tercer Mundo, especialmente América Latina, el sudeste asiático y Africa, ha sido reemplazada en las juventudes extremistas de hoy por el fanatismo islamista opuesto a un Occidente para ellos cruel, satánico y pecaminoso.

Al leer los perfiles de los jóvenes asesinos suicidas de Daesh, casi todos nacidos en los años 80 y 90, sorprende la forma tan acelarada como cambiaron sus mentalidades, por lo regular a través del uso permanente de las redes sociales, donde son captados y adoctrinados por la organización. La mayoría hace apenas uno o dos años llevaban vidas comunes y corrientes de fiesta, conciertos, alcohol, en los suburbios de las capitales y de repente cambiaron de hábitos, asumiendo el riguroso puritanismo coránico y el deseo del martirio a nombre de Alá.

Luego los muchachos viajaron a Siria para enrolarse en las filas de ese Ejército y de ahí, tras las pruebas de fuego iniciáticas de los fusilamientos, degollamientos y combates bajo los bombardeos de Occidente regresan a conformar las células dormidas que atacan y siembran el terror en Francia, España, Bélgica, Suecia, Italia,Dinamarca.   

Muchas de las armas y recursos con que cuenta el Ejercito Islámico fueron suministrados hace poco por Occidente mismo, que envió materiales de guerra a los escenarios sirio, iraquí y libio para ayudar a supuestos rebeldes, pero que finalmente cayeron en manos de estas fuerzas comandadas por expertos miltares iraquíes o mediorentales entrenados tiempo atrás por las propias fuerzas occidentales, como en su momento lo fue el propio Bin Laden. O sea que el monstruo es en cierta forma el propio Golem creado por un Occidente errático desde los delirios bélicos de tenebrosa era de los Bush.

El conflicto ahora ha entrado en una etapa cuyo control tardará años pues esta generación de extremistas no solo sueña con el paraíso que les depara Alá en un cielo lleno de huríes, sino que agita sus mentes delirantes con un lenguaje que recuerda el de los primeros mahometanos creadores de califatos y dispuestos a llegar a Roma y a dominar el mundo para imponer a todos la religión del profeta.

Todas las generaciones humanas han tenido a sus iluminados y no se debe olvidar que antes las utopías llevaron a muchos a sembrar el terror a nombre de ideales absolutos. Hubo  largas y sanguinolentas guerras religiosas que opusieron a protestantes y católicos, católicos y cátaros, cristianos y judíos y los genocidios, persecuciones y expulsiones fueron la ley durante siglos. En 1492 los Reyes católicos Fernando e Isabel expulsaron a judíos y musulmanes de España obligándolos a huir a Bagdad, Tierra Santa, Estambul y Fés y durante siglos reinó la inquisición y la caza de brujas en los territorios de la cristiandad.

A nombre de la cristiandad ejércitos guiados por la cruz sembraron el terror en muchas partes y en los territorios descubiertos y conquistados impusieron a sangre y fuego la religión a los nativos, ante la mirada complaciente de jerarcas o la crítica de curas excepcionales como Bartolomé de las Casas.

Después de los años de la Ilustración llegó la razón convertida en Utopía y con la Revolución francesa una generación guillotinó a los desviados y tras cortar la cabeza al Rey saquearon iglesias y conventos y pretendieron expulsar a Dios de la tierra.

Más tarde vendrían otras utopías y fue el turno de los anarquistas y los revolucionarios que soñaban con un mundo feliz dominado por el proletariado bajo los cánticos de La Internacional, pero que a fin de cuentas condujo a la creación de feroces regímenes totalitarios y baños de sangre. Luego llegaron Hitler y sus nazis y Mussolini y sus falangistas y Franco y sus hordas que sembraron el terror y llenaron Europa de campos de concentración y fosas comunes.

A su vez América Latina, vapuleada por el imperio norteamericano, generó una era de guerrilleros que se fueron a las montañas a seguir el ejemplo del martir máximo, el Che Guevara y a nombre de un sueño diversos ejércitos mataron y estuvieron dispuestos a sacrificarse por una causa como lo hizo el padre Camilo Torres y despues de él decenas de miles de jóvenes iluminados.

Habrá que esperar entonces a que la fiebre baje para que todo retorne a una relativa calma, pero es probable que la humanidad esté condenada a vivir cíclicamente el febril delirio de la muerte por una razón muy simple: cada generación nueva de iluminados creerá que matando a nombre de una utopía puede forzar el mundo a convertirse en lo que nunca fue ni será. 
     
 * Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo, 22 de noviembre de 2015. 



 



sábado, 14 de noviembre de 2015

Y LA GUERRA LLEGÓ A PARÍS

Por Eduardo García Aguilar

Los terribles atentados que ensangrentaron París este viernes con saldo de más de cien muertos en siete lugares distintos, entre ellos el popular salón de conciertos Bataclán, estaban ya anunciados y eran ineluctables, y quienes vivimos aquí desde hace tiempo sabíamos que los terroristas atacarían en las zonas de fiesta, allí donde la gente de todas las edades y orígenes, locales o turistas, salen a divertirse entre luces, humos, cuerpos  y copas, para ratificar la fama que esta ciudad ha tenido desde siempre como sitio de esparcimiento, arte y poesía, cantados por poetas, novelistas y artistas populares de todos los tiempos, desde el medieval François Villon hasta Edith Piaf, Charles Aznavour o los contemporáneos como Zaz.      

El primer sonido del gong del terror en el contexto de la guerra actual que sacude la mitad del mundo sonó a comienzos de enero, cuando nos enteramos de que los yihadistas atacaban en la sede del semanario satírico Charlie Hebddo, acribillando a una decena de artistas irreverentes, no lejos de los lugares donde otra vez volvieron a hacerlo ahora, cerca de Bastilla y República, que los fines de semana están llenas de gente que va y viene y circula entre bares, salas de conciertos, cines, restaurantes o que simplemente deambula junto a los canales y los bulevares.

Todo es cuestión de azar y las personas que se vieron atrapadas este viernes en medio del horror mientras escuchaban un concierto de rock o comían en restaurantes y perecieron bajo las ráfagas de kalashnikov de los fanáticos islamistas, son las víctimas simbólicas de una tragedia que nos afecta a todos. Ellos murieron ahora, pero los habitantes de París sabemos que la sopresa podía surgir en una estación de metro, supermercado, bar, sala de concierto, biblioteca, escuela, universidad o museo.

Muchas veces pensé y le dije a algunos amigos cuando hablábamos en algún idílico parque, plaza, café o junto a los canales, que todo esto era solo provisional, porque Europa ha vivido en paz solo en las últimas seis décadas después de vivir toda la historia  en una sucesión interminable de guerras, la última de las cuales fue la Segunda Guerra Mundial, cuando de aquí salían trenes enteros de humanos hacia los campos de concentración o de trabajo alemanes. A través de la literatura, los libros de historia, el teatro y los filmes sabemos el horror que vivieron los resistentes de la ciudad, que tuvo la suerte de salvarse de ser destruida, pese a  la orden dada por Hitler de hacerla desaparecer, cuando preguntaba en el búnker nazi a sus lugartenientes, con su mirada sicótica: "¿Arde París?"

París no ardió y desde entonces tras la Liberación se vivieron largas décadas de prosperidad y paz. Pero esa paz idílica de las últimas décadas vivida por los habitantes de esta gran  jaula de oro ha desaparecido y no se sabe que nos deparará el futuro. Solo sabemos que el terrorismo es masivo y las guerras que incendian el Maghreb, Africa subsahariana, Oriente Medio y Asia son de tal magnitud que millones de refugiados ingresan o tratan de entrar a Europa para huir de la muerte segura en su países, devastados por los conflictos oscuros en que los ha sumido una plutocracia mundial que no tiene principios ni corazón. Y que las fuerzas yihadistas de los ejércitos islámicos quieren hacer el mayor mal posible a Europa, destruirla, aterrorizarla y terminar el sueño de esta ciudad luz y de todos los que viven y gozan en paz. Terminar el sueño de la democracia, la libertad de pensamiento y de culto y la libertad de gozar y amar libremente. Terminar el sueño de la tolerancia por la que abogaba hace siglos Voltaire. Un mundo laico, respetuoso de los otros y sus culturas.

Estamos en plena conmoción, pero si miramos la historia, podría vislumbrarse algún optimismo porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista y es posible que esta locura yihadista sea una fiebre que un día desaparecerá como ha desaparecido en otras épocas en que incluso el mundo del Islam creó una gran cultura, poesía, ciencia. Los occidentales tendrán que reconocer sus graves errores cometidos en las zonas incendiadas en la actualidad y admitir los horrores de la colonización, la esclavitud y de las múltiples guerras que por codicia han realizado en esas ricas regiones. Y buscar reuniones multilaterales para bajar la tensión y calmar a esa juventud suicida que ve en Occidente un satán despreciable y vive en la miseria y el desprecio permanente sin más ilusión que los falsos paraísos por los que mueren. 

Las fuerzas del fanatismo crecen en Europa y las de los nostálgicos del hitlerismo a su vez incrementan su presencia y poder político en todos los países, beneficiándose en río revuelto. Ya graves atentados han afectado a Noruega, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, España, con saldo de centenares de muertos. Solo faltaba Francia en el cuadro y el momento llegó.

Cuando hacia la medianoche comenzaron a llegar las noticias nos invadió el dolor de saber que la historia había vuelto a atrapar a esta ciudad que sabe desde hace milenos de masacres, guillotinas y guerras sin fin. No es nada nuevo y solo lo habíamos olvidado por unas décadas como si aplazáramos, exorcizáramos en silencio la maldad humana presente en todos los martirizados países del mundo.

La sensación que experimento ahora, después de la terrible carnicería que provocaron este viernes los fanáticos yihadistas en pleno corazón de París, descrita por Ernest Hemingway como la ciudad de la fiesta, es la de una profunda náusea provocada por la certeza de que la guerra ha vuelto a estas calles de donde se había alejado hace siete décadas, cuando se liberó de la invasión nazi y empezó una larga era de paz y progreso y convivencia de gente de todos los orígenes y creencias.

París es una ciudad popular y en sus barrios viven africanos, asiáticos, mediorientales, magrebíes, ibéricos, europeos del este, italianos, turcos, latinoamericanos, rusos, japoneses, australianos, indios, paquistaníes y franceses de todas las regiones. Es una ciudad de tolerancia republicana donde gente que ha llegado aquí desde hace tiempo huyendo de la pobreza o de las guerras ha podido educar a sus hijos y montar sus negocios gracias a una escuela gratuita y abierta y a las facilidades para montar pequeños negocios. 

Ahí en esas zonas multirraciales llenas de jóvenes fiesteros y mestizos y gente de bien, estudiantes, maestros, trabajadores, que salen a divertirse los fines de semana, los terroristas yihadistas han sembrado el terror. En el salón Bataclán, donde centenares de personas escuchabn un concierto de rock, los degolladores de infieles del Ejército islamico quisieron repetir allí el espectáculo macabro que parcatican desde hace un tiempo en los teatros y las ruinas de Palmira.

Ahí llegaron hoy al grito de Alá Akbar y dejaron un reguero de sangre y más de cien cadáveres de gente inocente.  Intentaron también hacer atentados suicidas en el gigantesco estadio de Francia, donde había un partido amistoso entre Francia y Alemania que por fortuna no tuvo la amplitud sanguinaria que esperaban. En enero nos vimos horrorizados por la masacre de Charlie Hebdo, donde murieron los mejores caricaturistas del país. Y a lo largo de estos meses muchos atentados fueron frustrados.

Era asunto de tiempo y ahora por fin lo lograron. Pero esto es solo el comienzo de una era de incertidumbre para todos nosotros. Todos esos lugares ensangrentados situados en la zona popular de la ciudad por Bastille o République los conozco muy bien y los frecuento mucho en las tardes y las noches. Yo hubiera podido estar por ahí como tantes veces. Todos los habitantes de esta ciudad podríamos haber estado ahí. Esa es la terrible realidad. La guerra ha llegado a París y tal vez no se vaya en mucho tiempo.

-----
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 14 y 15 de noviembre de 2015. La bella foto de una esquina de París es del gran fotógrafo francés Atget.

sábado, 17 de octubre de 2015

BORGES EN LA ERA INTERNET



 Por Eduardo García Aguilar

Por donde pasaba Borges parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad. En México, al  salir de la sala Ollin Yoliztli, una noche de los primeros años 80, vi como varios jóvenes admiradores se tiraron al suelo y empezaron a seguirlo arrodillados, arrastrándose al grito de “¡gloria eterna para usted maestro!” y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración, poseídos, locos, delirantes.
     La escena impresionante que ahora rememoro me parece similar a a esos actos histéricos en que los fanáticos de alguna secta religiosa entran en trace como se ha visto en todas las épocas ante las milagrerías de los iluminados. Lo mismo que vi en México ocurría en Quito, Bogotá, Medellín, Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokio, y París, ciudad donde desde hacía ya muchas décadas se le había consagrado como leyenda viviente. Se le veía junto a un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las de Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final, devorándose al mundo con su novia Kodama.
     Francia lo adoraba y las calles de París lo vieron pasar muchas veces. En el hotel de la rue des Beaux Arts donde murió Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois, Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire. En 1964 L’Herne dedicó un número especial a su obra, en los años 70 Michel Foucault lo hizo protagonista de Las palabras y las cosas y Gallimard en la colección Pléiade publicó sus obras completas en edición establecida, presentada y anotada por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de los últimos confidentes del maestro autorizados entonces por María Kodama.
     Para Borges la gloria era la mayor incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de fetiche hacedor de milagros.  Pero a diferencia de otros pavosrreales, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde, subversivo, anarquista, arbitrario. Argentino elitista y de derechas como su amigo Bioy Casares, cometió la torpeza de elogiar y buscar al repugnante dictador chileno Augusto Pinochet, lo que, según algunos conocedores, lo alejó del Nobel de literatura que parecía llegarle en bandeja de plata  
     Contra la corriente no escribió novelas porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, mezcló prosa y poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno. Su reino fue el estilo. De él dijo Emile Cioran que “la desgracia de ser reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en lo imperceptible, seguir inasible e impopular”.   
     En un texto publicado en la revista Magazine littéraire,que le ha dedicado varias ediciones, el hispanista Gérard de Cortanze, afirma que hay “volver de nuevo a esta obra vasta y enigmática” y a un Borges “humanizado y más caluroso” lejos de la leyenda aceptada de “un intelectual abstracto y gélido”. El último exégeta Bernès trata de mostrarlo por su lado como “el viejo anarquista tranquilo”, según la propia y final autodefinición del poeta, poco antes de morir en Ginebra luego de casarse con María Kodama y participar con entusiasmo en la preparación de su obras completas para La Pléiade. 
     Bernès cuenta los últimos días previos a la muerte, en junio de 1986, y dice que tiene “la certeza de que preparaba su muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo precedieron” y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que “yo no se en que lengua voy a morir”.
     Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus enigmas e ironías y lo tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna y pasa de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría de un sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido. El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira hoy con nostalgia: en todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud entusiasta hoy envejecida o muerta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta literaria sino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el libro, la vida, la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el desierto.
     Nacido según la Fundación San Telmo el 23 de agosto de 1899 y para otros el 24 del mismo mes, Jorge Luis Borges sigue en su nube de gloria en este siglo XXI de guerras religiosas, aunque es menos leído y poco conocido por las nuevas generaciones latinoamericanas y menos aun por los lectores internacionales, poco afines ya a ese tipo de autores desplazados por una literatura concreta, útil, periodística, literatura fácil de divertimento y sin estilo o matices, literatura para viajes, vacaciones o playas.
    Pero Borges sigue vivo reproduciéndose hasta el infinito para los curiosos en la red internet que él presagió en El Aleph y se necesitarían muchos años para visitar todos esos sitios llenos de sopresas, datos, referencias, juegos, enigmas y delirios y viajar por los múltiples enlaces borgianos en la telaraña mundial, gobernada por una magnífica inteligencia virtual y artificial donde el personaje que él fue para nosotros es un ahora un punto imperceptible a punto de desaparecer. 
     En tiempos de Borges la Gran Biblioteca estaba cerca de la gente, era una biblioteca amable, generosa, personal, llena de gracia y alegría; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar reina el hielo de los supermercados. Silvia Barón Superviele dice que para Borges “la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del infinito” y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura. Aunque en la red virtual su palabra crece hasta el infinito, parece también desaparecer reproduciénose, fluir escondiéndose ante la mirada ciega de un Borges que flota en el espacio como un astronauta perdido.