domingo, 18 de mayo de 2008

ACTUALIDAD DE GOYA EN TIEMPOS DE GUERRA


Por Eduardo García Aguilar


El cuadro de los fusilados de Goya, titulado El tres de mayo de 1808, sigue siendo actual, exactamente dos siglos después de ocurrida la escena, sólo que ahora es con tecnología, aviones y bombardeos como los regímenes tiránicos tratan de aplastar a quienes se les oponen y cuestionan su ilegitimidad.


Matar, fusilar, acribillar, cortar manos, pagar recompensas que equivalen al presupuesto anual de cultura de un país a quien mate y corte la mano de su jefe para llevarla como prueba al Palacio del tirano y sus sanguinarios santificados: esa es y ha sido la política de las tiranías. Cuerpos destrozados por las bombas, entre la sangre, mostrados a la juventud como ejemplos de tolerancia, fosas comunes a lo largo y ancho del país, cuyos autores quedan impunes para siempre por decisión del tiranuelo, arrodillarse con vileza ante las potencias pero aplastar al pueblo: todo eso lo vio Goya, el ilustrado dieciochesco, en su España eterna, y lo dijo con el lenguaje rebelde del arte.


Al principio Goya pintaba las imágenes de los poderosos y eran tan buenas que se volvió asiduo de la corte y pintor oficial de los potentados, pero en su interior era un artista insurrecto que ya veía la injusticia de su país, el clasismo, la aristocracia decadente, la miseria en los suburbios y en las calles, la propaganda del régimen, la enfermedad, la locura, el desamparo, el olvido, la prostitución, el odio sanguinolento de los santos vestidos de ministros o los ministros vestidos de santos.


En ese cuadro de los fusilamientos del 3 de mayo en Moncloa el pelotón de fusilamiento está frente a las víctimas subversivas casi tan frágil como ellos pues está compuesto de soldados del pueblo que matan a sus hermanos y al lado hay hasta sacerdotes que acompañan a los ajusticiados en el último momento del martirio. Goya lo supo ver en ese cuadro genial de la pintura hispánica, que es en cierta forma y será la de nuestro ámbito latinoamericano, pues desde ahí venimos, de esa intolerancia fanática a ultranza que castiga con la muerte y la hoguera al opositor y crea diariamente la calumnia y la mentira para perpetuarse en el poder engañando a los inocentes de la calle que aullan de hambre, ceguera y peste.


La muerte tiene permiso allí en esos cuadros de Goya, está presente, circula en el aire de Madrid, cuyo pueblo se ha rebelado contra el nuevo tirano. En ese otro cuadro genial El dos de mayo de 1808, Goya pinta la rebelión de la plebe en las calles de Madrid y en medio de la sangrienta escena los caballos miran como seres racionales aterrorizados, mientras los humanos se desencadenan en el odio cual lobos sedientos. Porque la plebe, la infame turba, la muchedumbre hambrienta y humillada es cruel también en la rebelión, cuando estalla en el caos tras siglos de infortunio e injusticia. Goya no es inocente: el pueblo cuando decide rebelarse también se desliza en la sangre como los poderosos. Puesto que el lenguaje de los poderosos es el bombardeo y el pelotón de fusilamiento, el descuartizamiento con motosierra y la recompensa por denunciar al padre o al hermano, no se puede esperar de la plebe otro lenguaje distinto. Y Goya lo vio en estos dos cuadros soberbios que están expuestos por primera vez juntos en una gran sala de El Prado, mientras afuera reina el sol madrileño sobre la vegetación y las nubes que tan bien supieron pintar todos ellos: Goya, Velásquez, Ribera y tantos otros.


Esto tan actual se puede ver en Museo del Prado en la magna exposición Goya en tiempos de guerra dedicada al bicentenario de estas jornadas antifrancesas como día nacional de España, aunque otros consideran que hay fechas anteriores tal vez mucho más significativas. En Madrid hace un sol resplandeciente, toda la gente se ha ido de puente y El Prado esta ahí abierto y libre para los turistas perdidos y algunos admiradores de la obra de este cascarrabias gigante y genial que llegó a viejo y sordo desencadenándose en Los caprichos, Las tauromaquias, Los desastres de la guerra y Los disparates, usando con maestría las técnicas del grabado y la litografía.


Es el Madrid de la corte, el centro del poder y ahora aunque todo parece en cierta calma, mientras uno camina por las salas dedicadas al gran Goya se piensa en el garrote vil usado por el dictador Francisco Franco y en el golpe de estado de Tejero, quien esgrimió la pistola ante los diputados. Con Goya uno piensa en los tiranuelos latinoamericanos, en esos señores presidentes que tan bien han descrito sus novelistas desde Miguel Ángel Asturias y Augusto Roa Bastos hasta Gabriel García Márquez y pintores como Fernando Botero.


Semanas antes había visto otra exposición completa de Goya, pero esta vez de sus grabados y litografías en las salas del Petit Palais de París, que también se unió al homenaje a este hombre, pero desde el otro lado, o sea desde la tierra de José I, Pepe Botella, el enviado por Napoleón que reinó durante seis arduos años sobre los españoles rodeado de “afrancesados”. A diferencia de la majestuosidad de los cuadros al óleo, de la perfección realista de su óleos sobre celestinas y majas, en los grabados y litografías asistimos al genio desatado de Goya, capaz de mostrarnos en pequeñas imágenes de unos cuantos centímetros el horror de su tiempo, que es el nuestro: muertos, enfermos, asesinados, aplastados, bombardeados, ebrios, fanáticos, putas, iluminados, o sea el cuadro de una humanidad atroz que nunca deja de sorprendernos.


En su vejez este hombre, este genio hispano, supo llevar al máximo de lucidez la expresión de su escepticismo frente a las posibilidades de su especie. Goya es tan actual que uno cree ver la historia presente reflejada con extremo realismo, como si el tiempo sólo fuera una sombra, una ficción, que el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños sueños son, como diría el gran Calderón de la Barca.

viernes, 16 de mayo de 2008

EL BAR PASTÍS DE BARCELONA



Por Eduardo García Aguilar


Por esas cosas de la vida, pese a las muchas visitas que realicé a Barcelona nunca había ido al bar Pastís, una de esas reliquias del pasado que aún sobreviven a la modernidad desaforada de la ciudad condal. Había visitado y recorrido con amigos el bar Tales, el Marsella, el Opera, las tabernas del Borne y el bar gótico sin nunca cruzarme con este peculiar y diminuto antro de la calle Santa Mónica, fundado en 1947, y que durante décadas fue centro de cierta nostalgia francesa encabezada por las voces decadentes de Frehel, Damia y Edith Piaf, patrocinadas por una propietaria que los sobrevivientes recuerdan con cariño.
El pastís es una bebida fresca de anís para los días soleados de verano y libarla con su color amarillento desleído es una delicia. Es el suave y traicionero elíxir que poco a poco se adueña del bebedor, quien sin darse cuenta, fresco e hidratado, se ve sobrecogido por una ebriedad que desciende de las peligrosas sendas de la ya prohibida absenta. Trago de obreros y proletarios de overol, el pastís anima todo tipo de maldiciones y conversaciones triviales sobre fútbol, mujeres, el costo de la vida, política y esperanzas y temores de los de abajo, cuyas vidas pasan al margen en las periferas y los suburbios del desencanto.
Servido en su tradicional vaso cónico, se nutre con agua y hielo, por lo que es posible dosificarlo y alargarlo mientras afuera de la taberna cruzan los travestis y las prostitutas ávidas o los maleantes que medran detrás de los turistas y sus carteras llenas de joyas y euros. Y es bebida de barra y bullicio, acompañada de las exhalaciones sudorales de camioneros, carniceros y alabañiles, junto al mercado donde cuelgan perdices, conejos y jabalís. Es la fresca gota alegre que adormece las penas de la mujer enamorada, la viuda, la esposa abandonada, la cantante fracasada o la hetaira crepuscular. Por eso el pastís es un nombre perfecto para un bar y mucho más si desde su fundación sus paredes nunca fueron pintadas y guardan el viejo salitre que corroe la pintura ocre y las telarañas tejidas desde el más profundo franquismo parroquial, pasando por las vicisitudes de la democracia y la monarquía constitucional hasta los inquietantes albores del siglo XXI, lleno de riqueza y virtualidad posmoderna.
Llegue ahí de sorpresa una noche sabatina de abril tras cruzar la esquina más agitada de la prostitución reinante en Las Ramblas, con todo tipo de mujeres africanas jovencísimas atadas a las leyes de la padrotería criminal y entre el florilegio añejo del travestismo multicolor que tanto detestaba en sus tiempos mi amigo Miguel de Francisco. Los hombres escogen, arreglan el precio y suben de inmediato con su travesti o su mujer de ébano a alguno de esos hoteles donde mana el sudor de la incesante gimnasia prostitucional. Bajo los andamiajes que cubren viejísimos edificios en restauración que anuncian el fin de una época y tal vez la del propio Bar Pastís, amenazado por los pubs y los bares musicales para turistas ingleses y nórdicos que desembarcan en manada, se encuentra la puerta secreta y batiente, al interior de la cual el vaho del tiempo recibe con todos sus olores al nostálgico explorador del pasado de Darío y Verlaine.
Las paredes del antro están cubiertas por horrendos cuadros que el humo del cigarrillo, el polvo y la grasa han opacado durante 60 años hasta convertirlos en rectángulos de mugre indefinible. Y entre esos cuadros, pequeñas fotos de Piaf, figurillas de mal gusto, recuerdos del tiempo, recortes de periódico enmarcados y, colgando del techo, pequeñas palomas de papel que vibran con la música incesante de la bohemia parisina pasada de moda : Serge Gainsbourg y Jane Birkin con su Je t’aime moi non plus , Boris Vian, Yves Montand, Claude François, Charles Aznavour, Jacques Brel y toda la imaginería musical de la Francia pobre de posguerra, que parece representar hoy este bar insólito que ni en Paris ya se puede hallar.
El patrón tiene la voz gruesa del fumador, es gordo, ha tomado las formas de la barra y el bar y con rapidez trabaja como rara deidad india de seis manos para servir vino, pastís, cerveza, ron, whizky, champán que saca de estanterías cubiertas de polvo y cortinajes colgantes que esconden el brillo sabio de las botellas. El hombre lleva ahí detrás de la barra décadas y parece detestar profundamente ese trabajo que finalmente le hace vivir o hasta lo debe hacer rico. Pero su escenografía de cascarrabias intolerante e impredecible le sirve para no ser olvidado y cambiar de repente de la diatriba batracia a la generosidad de una o varias copas gratis.
Es el patrón del Bar Pastís, última reliquia de la noche francesa en Europa, templo de 61 años exactos, sobreviviente de guerras y modernidades, modas y fracasos, en medio del más ferviente mundo barcelonés. Ahí, por unas horas, uno parece al fin a salvo del bullicio asfixiande del rugby y de las estrellas producidas desde Miami, libre al fin del fútbol y de la Formula 1 que llenan ahora todas las pantallas de los bares del mundo, uniformándolo todo con sus abalorios de inocuidad.

martes, 6 de mayo de 2008

EN LAS PALMAS DE GRAN CANARIA


Por Eduardo García Aguilar
Entre las callejuelas nocturnas de Las Palmas de Gran Canaria aparece de repente la iglesia donde oraba Cristóbal Colón antes de partir tras la escala técnica hacia tierras de América, en una aventura que para entonces era casi intergaláctica. El templo, construido en 1477, está ahí en una plazoleta medieval arropada por el céfiro de los alisios que recorre por los islotes de las Canarias, una de las tierras más cercanas a América, y roza aquí los empedrados laberínticos y las paredes viejas de las casonas de antes del Descubrimiento.

No queda otro remedio que recogerse entonces emocionado e invocar las almas de los viajeros, convocar los espíritus de los aventureros que en aquellas épocas abrían el mundo por los mares como si fueran trochas por montañas de agua, arriesgándose a la muerte y al olvido. Y uno dice: Colón estuvo aquí y durmió en la casona de enfrente que es ahora el museo que lleva su nombre. Uno lo ve hablando con sus marineros, ajustando los últimos detalles, arreglando los problemas de las naves o aceptando los últimos viajeros, muchos de ellos canarios, que son nuestros antepasados. Y en la gente que pasa con su habladito inconfundible de musicales ondas uno cree distinguir a un tío o a una tía, de lo parecidos que son los canarios a los habitantes de las tierras cafeteras de los Andes colombianos.

Uno se imagina entonces ahí al genovés arrodillado ante las imágenes de las vírgenes o los nazarenos, orando y pidiendo buena suerte para cada una de las etapas decisivas de tres de los cuatro viajes que emprendió hacia las Indias, que entonces no eran todavía las Américas maravillosas que alegraron el mundo con su tabaco y lo salvaron de la hambruna con la papa y el chocolate, entre tantos otros productos novedosos y nutritivos que salieron del cuerno de oro de su abundancia y se regaron como milagro por la antigua empobrecida Europa.

El griterío de jóvenes muchachos y chicas hermosas empieza a sonar cuando bajo hacia las calles cercanas al puerto y al mercado de la Mojana, entre olores de pescado frito. En la taberna de los Sobrinos, que huele a siglos y a intimidad de poetas y de artistas, me paro a tomar un vino blanco y a degustar un delicioso jamón serrano con mis amigos Dasso Saldívar y Luis Armando Soto, después de gozar uno de los días más calurosos del año en la isla, con casi 40 grados centígrados.

En la tarde habíamos hablado en el Gabinete Literario, un edificio modernista donde pasaba horas Benito Pérez Galdós, de literatura colombiana y de las aventuras de ese canario ideal y absoluto que es el Nóbel Gabriel García Márquez, nuestro maestro y nuestro tormento, que al parecer nunca ha venido por aquí. En uno de los salones de este espléndido palacio art-nouveau tropical se realiza una exposición de fotografías de la vida del Premio Nóbel, curada por Santiago Mutis Durán, y que Colombia ha traído a estas islas para que los amantes de la literatura y los estudiantes vean al prodigio desde los años infantiles de Aracataca hasta sus años de gloria y fama mundial.

Nos acompaña pues el espíritu de Gabriel García Márquez en estas calles que podrían ser las de cualquier puerto colonial del Caribe, idénticas a La Habana Vieja o Veracruz, con sus muros de piedra, sus ventanales de madera y sus techos de teja española por donde fluye el agua de la lluvia. Porque en las islas Canarias uno se siente en los pueblos imaginarios del realismo mágico y entre el sopor del Macondo inmortal. Los promotores y conservadores del Gabinete Literario que nos ha acogido hablan con este acento suave y musical que hace amar por sobre todas a la lengua castellana y nos llevan a mirar el Salón Dorado donde cantaban los cantantes de Ópera de los tiempos de Rubén Darío y las salas en donde desde hace más de un siglo juegan a las cartas las señoras elegantes de abanico o departen políticos y comerciantes sobre las estrategias a seguir, hundidos en mullidos muebles de otra época.

Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad próspera y fuerte donde se siente el esplendor comercial de más de medio milenio y en las aguas del puerto reinan los mástiles y las gavias como en 1492 reinaron La Niña, La Pinta y La Santamaría de Cristóbal Colón antes de que partieran a descubrir al otro lado del Atlántico el Nuevo Mundo que cambiaría la faz de la tierra. En los parques de palmeras los niños juegan en bellas réplicas de madera de aquellas naos descubridoras, mientras en la playa los habitantes locales gozan hacia la tarde del sol de las playas en un griterío que trae la música de una lengua viva donde sin duda podrían pronunciarse las mejores palabras de amor.

Más tarde en la XX Feria del Libro en el Parque de San Telmo, dedicada a Benito Pérez Galdós, me he encontrado con el poeta Leopoldo María Panero y me ha recitado de memoria poemas de Porfirio Barba Jacob para mostrarme que sabe de Colombia, pues uno de sus hermanos fue novio de la ya fallecida poeta colombiana María Mercedes Carranza. Me ha dedicado su bello primer libro "Así se fundó Carnaby Street" donde dice cosas tan maravillosas como "todos temen que el gigante vuelva a entrar en acción". Hablar con Panero, uno de los grandes autores españoles vivos, un hombre que ha asumido la sabia locura como la única solución al desastre, entre tantos libros de poesía, y después leerlo saboreando una cerveza Dorada es una forma milagrosa y mágica de terminar el día.

Con el poeta Panero, que como todo poeta loco nos salva en este mundo de marcas, cifras, dinero y burócratas fríos, terminamos un día más en Canarias, un archipiélago de sueños literarios y de viajes colocada en el centro de un Océano Atlántico que nos baña y nos nombra. Y comprobamos que no hay nada más nutritivo que el viaje y la errancia, los exilios de los mares y los continentes.

domingo, 13 de abril de 2008

MARVEL MORENO Y LA DEMOLICIÓN DE LA ARCADIA FALOCRÁTICA


Por Eduardo García Aguilar


Con una obra excéntrica en el panorama latinoamericano del post-boom dominada por su novela En diciembre llegaban las brisas, la colombiana Marvel Moreno (1939-1995) contribuyó a un lento pero sólido viraje en la literatura continental de las últimas décadas, caracterizado por una demolición continua de los grandes arquetipos, que van de la virginal y asexuada heroína del romanticismo tardío, cortejada por el casto caballero suicida, hasta el culto desmesurado a las proezas del falo en la novela neo-telúrica del llamado boom.


Desde su ausencia casi absoluta en la recatada literatura latinoamericana del romanticismo y la explosión modernista, la fusta masculina fue adquiriendo una presencia cada vez mayor, hasta convertirse en eje de casi toda la narrativa regional, donde la actividad de las mujeres era casi nula. La novela se volvió el recuento de las proezas de la falocracia patriarcal. La hembra era allí sumisa víctima o despreciable casquivana o puta.


Eso se reflejó de la misma manera en gran parte de las narrativas latinoamericanas desde la misoginia patética de José María Vargas Vila hasta los mundos violentos de Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros, La casa verde y Pantaleón y las visitadoras, el orbe gozoso del cabaret en Tres Tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, casi toda la narrativa menor desde el Río Bravo hasta la Patagonia. En Vargas Vila la mujer era la serpiente pecadora que incitaba a la perdición del hombre, incluso los castos prelados, por lo que casi siempre morían ahorcadas o ahogadas por la furiosa víctima.

En la novela telúrica de los años 30, la mujer fue o la mosquita muerta que llevó a la perdición a Arturo Cova en La vorágine de José Eustasio Rivera, o la terrible Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, que esgrimía su látigo desde la cabalgadura. Entre los del boom ya fue la desvergonzada portadora del coño devorador, en la imaginación de Cabrera Infante, o la proverbial Úrsula Iguarán, cuyo sexo se quema en el fogón del castigo para convertirse en eje de un mundo de matones, borrachos o portadores de penes tan enormes como los de José Arcadio Buendía.


La falocracia dominó durante cien años el panorama de la narrativa latinoamericana hasta la irrupción en los 60 de una generación subversiva liderada por Yolanda Oreamuno, Elena Garro, Rosario Castellanos, Clarice Lispector, entre otras ya fallecidas. Y entre tanto se perfiló a su vez un viraje en la narrativa masculina continental con el surgimiento en París de la espectacular Maga de Julio Cortázar y las “liberadas” capitalinas de Juan García Ponce.


A partir de esos años comienza a crecer la presencia de la mujer en el ejercicio literario latinoamericano, hasta convertirse en la gran protagonista de hoy, con decenas de autoras como la brasileña Nélida Piñón, las argentinas Luisa Futoransky, Luisa Valenzuela y Tununa Mercado, las colombianas Marvel Moreno y Fanny Buitrago, las mexicanas Margo Glantz y Cristina Rivera Garza y la uruguaya Cristina Peri-Rossi, entre otras. Con ellas, la fallecida Marvel Moreno aparece ya como maravillosa precursora de esta rebelión. Su obra, conquistada con las uñas al descreimiento, desde el exilio, es una de las más lúcidas y entra ya a ser parte de una cofradía de mujeres mundiales que ya habían iniciado el proceso en otras partes, como es el caso de Djuna Barnes con El bosque de la noche, Mercé Rodoreda con La plaza del Diamante, Marguerite Yourcenar y Marguerite Duras con sus vastas obras, para sólo mencionar algunos nombres cimeros, entre los cuales no pueden fallar Virgina Woolf.


Esa “escritura desde la vagina” debe mucho a Marvel Moreno, como puede colegirse de la atenta lectura de su novela y algunos de su cuentos como Algo Tan feo en la vida de una señora bien, que están construidos con los mismos pilares básicos: las madre que desea para su hija la misma suerte, la hija en conflicto que se insurge, el marido despótico y tonto que castiga y el amante gozoso y terrible que mancha con su impronta de placer. Y como instrumentos claves: el sexo femenino como oquedad para la saciedad masculina. El esquema de la novela se perfila ya en el cuento Algo tan feo en la vida de una señora bien, donde la mujer aparece ante los hombres “como una mula o una vaca” o “un recipiente donde masturbarse decentemente”.


Página tras página Marvel Moreno desmonta la tradición latinoamericana, a partir de una de sus instituciones sagradas, convertida en cárcel de mujeres. Después del matrimonio éstas ingresan a un estado catatónico, a una cripta de donde ya no pueden salir y donde la sola esperanza es buscar que sus hijas tengan un destino parecido, en los casos más felices, o que lo reproduzcan al pie de la letra, en las más lamentables. Hueco penetrable, satisfactor de egoísmo genital masculino, objeto golpeado, máscara oficial de la que se burlan las amantes del marido, madre decrépita de la que huyen sus hijas, la esposa recibe la bendición y camina hacia una larga y terrible agonía. Los textos de Moreno son el escenario de esa decadencia incesante que transcurre tras los visillos de las ventanas de las mansiones burguesas, entre paredes adornadas y materas de flores, perros finos y tintineo de platos y cubiertos. Madre-esposa, viuda-esposa, abuela, son las corveas tristes de esa mujer y su existencia, centro del relato marveliano.


Cabe destacar que en Marvel Moreno al profundo buceo en las relaciones del deseo, se agrega una estructura de ovillo que se va desenredando mediante una prosa notable. Lo interesante es que son las mujeres latinoamericanas las que están operando el saludable salto, como lo demuestran en sus obras de implacable desmonte del poder falocrático. De seguir ese camino, la Mama-Grande habrá terminado por dominar no sólo el mundo doméstico, sino también el imaginario narrativo. El sacrificio de la Cándida Eréndira no habrá sido en vano.

sábado, 29 de marzo de 2008

VISITA A LA CIUDAD DE RIMBAUD


Por Eduardo García Aguilar


El sábado 15 de marzo llegamos por la mañana a la tumba de Rimbaud en el cementerio de Charleville, después de un viaje desde París hacia las regiones de Champangne y Ardennes, cerca de la frontera, en el noreste de Francia. La ciudad del genial poeta adolescente sorprende pues sus casas y edificios antiguos están construidos con una piedra de color amarillo óxido, lo que le da un aire peculiar de crepúsculo y su calle central tiene una perspectiva espléndida que, pasando por la Plaza Ducal, lleva hasta el Museo Rimbaud, construido en un antiguo y bello molino.


Y aunque Rimbaud renegó de la ciudad natal, él está siempre presente en todas partes. Su figura despeinada e insumisa domina en paredes, tiendas, cafés, bares y restaurantes. El poeta reina como una deidad familiar desde esta localidad al borde del rio Meuse, en cuyo camposanto reposa su martirizado cuerpo, iluminando a todos los muchachos del mundo que se inspiran en él para huir del tedio de un día convertirse en adultos domados. Rimbaud representa al adolescente permanente que pervive en los viejos poetas muertos de pobreza y tuberculosis o ante el pelotón de fusilamiento. Porque escribir poemas es prolongar la infancia y viajar con ella adentro hasta el final. Walt Whitman, el viejo barbudo de overol, fue un niño hasta el final y Baudelaire un mozo alocado y eterno en las noches de absenta y poesía.


Así como Niza, en el Mediterráneo, posee de la piedra rosada de sus canteras alpinas, aquí ese extraño color amarillento de los edificios del siglo XVII y XVIII le dan a Charleville una iluminación peculiar y al verlos, comprendo de repente que los ojos del poeta los vieron tal y como están hoy y que miro lo que él vio cuando escribía sus primeros versos. He venido invitado por la ciudad en el marco de la Primavera de los Poetas, que se celebra en todo el país, acompañado por la poeta colombiana Myriam Montoya, una de las voces más importantes de mi país y del poeta francés Stéphane Chaumet, viajero abierto al mundo con su poesia de encuentros y fugas, para dar lecturas en la tumba y el museo y participar en una fiesta en una guinguette, típica fonda donde celebramos al autor de Las Iluminaciones hasta bien entrada la noche junto a los jóvenes cultores de la poesia y el slam como Gonzague, Oriana y una joven poeta que usa el misterioso seudónimo de Marcel Proust.


Hijos de Charleville, François Massut y el prolífico poeta Richard dalla Rosa nos han guiado y acompañado por esta ciudad soñada desde la adolescencia con el entusiasmo de la fuerza joven que guarda la llama del más celebre hijo de su tierra, quien vio su luz aquí el 20 de octubre de 1854 y murio en Marsella el 10 de noviembre de 1891, tras años de aventura en AbisiniaEsta mañana, luego de llegar, caminamos por las hermosas calles de esta ciudad y por la Plaza Ducal, que es una imitación pequeña de la muy conocida Place des Vosgues en París, donde reinaban hace tiempo los Tres Mosqueteros. Calle tras calle está presente esta arquitectura profunda que sobrevivió a tantas guerras, siempre dominada por ese color amarillento que parece al de ciertas caídas de sol o al ámbito de ciertos poemas eternos.


No lejos de aquí, entraron siempre por Sedan las tropas invasoras alemanas en las guerras de 1870, 1914-1918 y 1939-1944. Y en los campos húmedos de estas fronteras reposan los cuerpos y la sangre de cientos de miles de hombres asesinados en sangrientas conflagraciones sin fin. Esta es una tierra de viejas guerras que por ahora está en paz, pero que probablemente por su situación fronteriza algún día vuelva a sentir la fuerza ominosa de los bombardeos y el paso de los tanques.


Más tarde, en una ceremonia más íntima, llegamos al cementerio viejo donde reposa el poeta. Los miembros de la Sociedad de Amigos de Rimbaud, en su mayoría hombres de edad, llegaron a la tumba para escuchar la poesía de dos colombianos del exilio que partimos hace mucho tiempo de nuestro país, pero lo llevamos en el corazón. Algunos camarógrafos y fotógrafos tomaban imágenes del grupo reunido en torno al sepulcro del emblema de la rebelión y de la adolescencia poéticas, ese hombre que dejó todo antes de llegar a los 20 años y después se fue de aventurero a las lejanas tierras de África, donde vivió dedicado a turbios negocios y tráficos y enfermó antes de morir a los 37 años después un agitado retorno a su tierra en cañilla, amputado y agonizante.


Myriam, Stéphane y yo leímos primero poemas de Rimbaud y luego versos nuestros con la emoción de visitar por primera vez este lugar simbólico. Rodeados de poetas, los tres sentimos la emoción de leer allí en su honor, en su tumba, en un sitio a donde siempre quisimos venir algún día. En mi caso, le dije a los asistentes que venía de un lejano país llamado Colombia y que cuando adolescente, en mi ciudad Manizales, soñaba algún día con hacer la peregrinación a la tumba del poeta maldito.


En aquel entonces, con Rodrigo Acevedo González o Enrique Cardona Hernández, entre otros poetas adolescentes, queríamos imitar a Rimbaud. En el Instituto Universitario o en el Instituto Manizales escribíamos poemas sin límite inspirados por la imagen de ese muchacho genial que nos maravillaba con El Barco Ebrio y Las Iluminaciones. Lo hacíamos entonces para acercarnos a él, palparlo, viajar en su barco por ríos impasibles, y desafiar las tradiciones con la pureza de quien sólo busca expresarse y ser a través de las palabras. Era nuestro modelo como lo ha sido en todas las ciudades y pueblos del mundo donde florecen los poetas.


A esta tumba llegan en peregrinación día a día personas de todas las partes del mundo. Vienen japoneses, chinos, africanos, rusos, latinoamericanos, europeos, norteamericanos. Y llegar por fin a la tumba es un instante clave en la vida de los poetas. El primer amigo que me contó el detalle de su visita a Charleville hace muchos años fue el poeta mexicano Vicente Quirarte, en quien pensé en ese instante inolvidable de estar ahí, de ser ahí, de llegar ahí donde reposa Rimbaud al lado de su hermana y su madre, que lo sobrevivió hasta 1907.


Poco a poco Charleville se vuelve una ciudad poética a donde son invitados en residencia autores de todas las partes del mundo para visitar dos de las casas donde vivió de niño antes de irse y que están intactas y tienen también el extraño desleído color de los atardeceres. En la casa donde más tiempo vivió, frente al río Meuse, sorprende que cada una de su habitaciones guarde sorpresas en su honor, a través del arte contemporáneo y el multimedia. En una habitación se escucha el sonido del viento tradicional de la región de Ardennes, el sonido del mar y el chillido de los barcos cuando llegan y se van de puerto. En otra se esucha a través de orificios y bocinas instalados en las paredes su poesía en una voz nítida como si viniera del mas allá. En las paredes de su dormitorio se reflejan palabras que circulan. Y desde otras habitaciones se ve el río y la calle que sin duda hacieron soñar al impúber poeta bajo la mirada escrutadora de su hermana y su madre. Ahora hace una tarde de sol y la ciudad está cubierta por Las Iluminaciones.


A Myrian Montoya, la poeta proveniente de la antioqua colombiana donde se inició en los talleres del novelista Manuel Mejía Vallejo, se le han humedecido los ojos junto a la tumba de su amado Rimbaud, el del espíritu lúcido e insaciable, antes de leer sus poemas. Ha estado ahí largos minutos en silencio, con la mirada perdida, emocionada, y he comprendido sus palpitaciones mientras el aire fresco inundaba el camposanto. Stéphane Chaumet, hijo de la ciudad de Dunkerke, viajero en Siria, China, México y Colombia, ha expresado su rabia interior con su voz agitada y su corazón en la mano y yo he quedado volando en un tapiz persa por los aires de la poesía al cumplir un sueño de la vida. François Massut, el generoso joven poeta residente en París que propició con amor esta visita y la de otros poetas, ha llegado con sus familiares y paso a paso nos ha mostrado el secreto tesoro y los haces de luz prismática que surgen de sus honduras.


Todos los poetas del mundo deberían visitar algún día esta tumba y recorrer Charleville. De regreso a París en el Tren de Alta Velocidad nos ha despedido desde la campiña un intenso arcoiris, como si a través de ese milagro se expresara Rimbaud desde sus ríos impasibles y su mares agitados donde la nave cautiva del relámpago viaja sin detenerse nunca.


Charleville-París, 17 de marzo de 2008

martes, 18 de marzo de 2008

ROBBE GRILLET: DESLIZAMIENTOS PROGRESIVOS DEL DESEO


Por Eduardo García Aguilar
Alain Robbe-Grillet, quien murió el lunes 18 de febrero por un mal cardiaco en el Centro Hospitalario de Caen a los 85 años de edad, era tal vez el más divertido y uno de los más lúcidos escritores de la segunda mitad del siglo xx en Francia. Con melena encrespada y tupida barba negra, este alto y elegante individuo nacido en Bretaña fue gracias a su elocuencia y malicia el líder incontestable del Nouveau Roman y director editorial de Minuit, una de las pocas casas editoras que se mantuvieron en la clandestinidad durante la ocupación nazi y a la que fue fiel toda su vida.
Desde 1953, con la aparición de su novela Las gomas, fundó el movimiento al lado del editor rebelde Jerôme Lindon y de otros narradores no menos subversivos como Robert Pinget, Claude Simon, Nathalie Sarraute, Marguerite Duras y Samuel Beckett, que tuvieron relaciones estrechas con el cine y el teatro y criticaron el tradicional ejercicio de la narrativa en Francia y en el mundo al combatir la vacuidad de contar solo historias amenas para un amplio público convencional anclado en la novelística decimonónica.
Robbe-Grillet estaba del lado de “quienes buscan nuevas formas novelísticas que puedan expresar (o crear) nuevas relaciones entre el hombre y el mundo y que están decididos a inventar la novela, o sea, a inventar al hombre”. En su narrativa cuestionaba la existencia del personaje por banal, daba más importancia al estilo que al contenido, reivindicaba la autonomía de la obra frente a la utilidad de la historia y sus cargas nacionales y políticas. Pensamiento que sigue siendo pertinente en el siglo xxi ante la viscosa ofensiva anestesiadora de la narrativa actual, agenciada por las multinacionales para lectores bobos, pasivos, consumidores de los best sellers y las obras de éxito reinantes hoy en América Latina y casi todo el mundo. Dentro de esa profesión de fe literaria salieron obras como Molloy, de Beckett; Moderato Cantabile, de Marguerite Duras; El camino de Flandes, de Claude Simon; Tropismes, de Nathalie Sarraute; La mise en scène, de Claude Ollier, y El empleo del tiempo, de Michel Buttor, el único sobreviviente del movimiento.
Herederos directos del excéntrico Raymond Roussel, autor de Locus Solus, de James Joyce y de su discípulo Italo Svevo, escritor de la inolvidable y necesaria Conciencia de Zeno, entre otros, el grupo logró estar en la vanguardia de la literatura francesa y mundial de la posguerra y pese a la oposición y animadversión que provocó y provoca entre muchos escritores convencionales de obras vendibles, los del Nouveau Roman obtuvieron dos premios Nobel, el de Beckett y el de Simon. Y si Robbe-Grillet no accedió al máximo galardón sueco se debió probablemente a que su vida fue también subversiva y que en algunas de sus obras literarias o cinematográficas abordó asuntos de “lolitofilia” y sadomasoquismo hasta extremos inaceptables para su tiempo. De hecho, su última obra, Una novela sentimental, provocó escándalo en 2007 y se vendió cerrada en celofán, las hojas sin cortar y con un aviso explícito advirtiendo los peligros de su lectura, dos siglos después de El Marqués de Sade, uno después de las Once mil vergas de Apollinaire y cincuenta años después de George Bataille y su Madame Edwarda, entre otras.
Robbe-Grillet nació el 18 de agosto de 1922 en Brest, Bretaña. Tenía como profesión ingeniero agrónomo y en su casa de Normandía cultivaba cactus y árboles que fueron arrasados por los huracanes de 1999. Pero además de ese profundo amor por la naturaleza y los cactus espinosos, en su casa se celebraban ceremonias colectivas eróticas y sadomasoquistas a las que invitaba amigos y adictos. En esas tareas del deseo y el placer tuvo la fortuna de vivir toda la vida con Catherine Robbe-Grillet, escritora prohibidísima con la que organizó a lo largo de su vida esas grandes escenografías sexuales y que pasó con el tiempo de ser la lolita inicial de trenzas a la dominadora experta en el látigo. Todavía hasta hace poco se le veía en la televisión debatir ante aterrorizados varones domados o en fotos junto a su terrible tocaya Catherine Millet, autora de Vida sexual de Catherine M.
Todas esas actitudes subversivas lo convirtieron en un personaje peligroso para el establecimiento literario convencional de Francia. Pese a ello, tres años antes de su muerte fue nombrado en 2004, casi contra su voluntad, miembro de la venerable Académie Française, pero se dio el lujo de nunca entronizarse, ante su rechazo a llevar el traje oficial y darle vueltas a la posibilidad del discurso. Hasta el final fue coherente con su rebelión literaria.
De prodigiosa memoria, cocinero de talento, agrónomo, realizador de cine y excelente profesor de literatura, como lo demostró durante 25 años en la Universidad de Nueva York, Robbe-Grillet está ahora más vivo que nunca. Solo bastará volver a hojear algunas de sus obras como El Mirón (1955), La Celosía (1957), En el laberinto (1959), Romanesques (1985-1994) y La reprise (2001), que fueron traducidas a muchas lenguas y tuvieron seguidores en América Latina, Estados Unidos y Japón.
A todo eso se agregaría la visión de sus filmes La inmortal (1963), Trans-Europ-Express (1963), Deslizamientos progresivos de placer (1974) y La bella cautiva (1983), entre otros, aunque sean fallidos.Con su entusiasmo de dandy literario, Robbe-Grillet adquirirá poco a poco los perfiles de un clásico francés y pronto llegará a la consagratoria colección Pleiade. Y aunque por sus peculiares preferencias sexuales es poco probable que lo entierren en el Panteón de los Hombres Ilustres al lado de los venerables padres de la patria, desde el limbo de la Nueva-Nueva Novela que presagiaba se dedicará con más libertad a los interminables deslizamientos progresivos del deseo y la letra.

domingo, 2 de marzo de 2008

LA TERRORÍFICA MANO DEL GENERAL OBREGÓN


El dulce color del mamey casi sexual vagaba sobre los puestos de frutas multicolores en la mañana sabatina del mercado de San Ángel, adonde había ido a recuperarme de la visión terrorífica de la mano del general Álvaro Obregón (1880-1928) en medio de las músicas de organilleros y el chillido de los pericos desde sus jaulas, mientras todo tipo de juguetes robóticos de pilas se movían en la delirante ceremonia de los autómatas incesantes.
La gente iba de un lado para otro apresurada a la hora de comprar o se apeñuscaba junto al puesto del paletero o el vendedor de algodones rosados de azúcar. El humo salía de los tubos de los camiones, que en fila india esperaban la salida para Contreras o Tlalpan o acababan de llegar entre chillidos de llantas y frenos. Un paseante compraba la papeleta que el perico sacaba con datos de buena o mala suerte. Una cohorte de payasos adolescentes cruzaba la esquina. Un tipo miraba películas donde aparecían Cantinflas, Tin Tán, Viruta y Capulina y Clavillazo. Un niño gozaba con su autómata barato.
Sentado en la mesa de un bar donde servían caldo tlalpeño a los afectados por la resaca del viernes, alcé la espumosa cerveza Bohemia y la tomé con igual alegría que los trasnochados vecinos de mesa. En los puestos había ropa de todos los colores, jeans de marcas desconocidas, aparatos eléctricos de contrabando, blusas, ropa interior, telas. De cada grabadora salía la música de un cantante diferente, pero siempre sobresalían las voces de Juan Gabriel o de Rocío Durcal. Tal vez se colaba de repente alguna canción de Rigo Tovar o Chico Che. La humareda de los tacos salía de las planchas metálicas entre aromas de cebollas y salsas.
En un puesto de libros y revistas viejos vi El vampiro de la colonia Roma, de Luis Zapata, a un lado de La tumba, de José Agustín, Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco y, Amor perdido, de Carlos Monsiváis, junto a varios volúmenes hojeados y maltratados de Julio Cortázar y Mario Benedetti, editados por el viejo sello Nueva Imagen. La gente iba y venía, pero sólo compraba cómics de La Familia Burrón o revistas viejas con imágenes de mujeres semidesnudas o deportistas, mientras al lado las muchachas miraban anillos, esclavas y otros adornos de pacotilla expuestos junto a perfumes baratos con nombres egipcios. El aire fresco sabatino de las montañas campeaba por San Ángel y más abajo se sentía el ruido intermitente de la avenida Insurgentes frente al monumento de Álvaro Obregón y el Sanborns repleto de desayunadores.
Antes de subir hasta este rincón del mercado, me había despedido de Gerardo Ochoa Sandy, frente al Sanborns de San Ángel después de tomar una Negra Modelo y ver la mano de Obregón, cuando todavía estaba allí en ese monumento, en el interior de un frasco, flotando atroz entre el líquido transparente de formol. Eso ocurrió tiempo antes de que los descendientes del general y el gobierno de Salinas decidieran darle final sepultura al glorioso apéndice del héroe. La mano de Obregón es buen título para una novela o una película que parafrasee Las manos de Orlac, filme que aparece en la espléndida novela Bajo el Volcán, de Malcolm Lowry, probablemente una de las más grandes de todos los tiempos, pensada y fraguada cuando probablemente el manco estaba vivo todavía.
Después de tomar dos cervezas frescas Negra Modelo, sorbidas lentamente con los labios sedientos de gruesos vasos helados de vidrio húmedo y, luego de chupar la sal y los limones amargos, había yo visitado, como tantas veces, ese santuario heroico de México que tanto me impresionaba y me detuve a mirar las escalinatas, las figuras humanas de hierático rictus y posición muy a tono con el arte de la época y, adentro, en el nicho, la mano pálida arrancada que perdió el prócer en Santa Ana del Conde, después de la Convención de Aguascalientes y las batallas de Trinidad, León y Celaya.
Obregón, personaje fornido, de bigote, vestido a veces con su uniforme militar y otras con frac presidencial, había muerto no lejos de allí en el restaurante La Bombilla, en este mismo San Ángel, el 7 de julio de 1928, en un banquete que se celebraba en su honor tras su reelección, abatido por el legendario José León Toral, como tantos miles y miles de héroes de las revoluciones mexicanas. En el mármol, las palabras lo calificaban de “paladín de las instituciones” y lo ponían al lado de Morelos y Bolívar. Y, para confirmar su realidad, su carnalidad, ahí se veía ese muñón flotante que parecía aún más atroz a causa de la resaca de la fiesta.
Sobre él había hablado con mi amigo Luis Gastélum, periodista de Huatabampo, la tierra donde el viejo fue alcalde e hizo sus primeros estudios. Y cada vez que pasaba por allí me imaginaba ese 1928, las idas y venidas de los transeúntes con sus sombreros elegantes y de cinta, los campesinos y pueblerinos con sus sayas de algodón rústico, los puestos de mercado, gallinas, guajolotes, canastas, tejidos y las músicas de la lejana década interpretadas con maestría en tiempos de las revoluciones, mientras las meseras hacían tintinear las copas de los mejores tequilas y pulques. Y tal vez imaginaba a José Vasconcelos, en pleno apogeo, con su zapatos de charol y sus novias merodeando junto a La Bombilla, sitio lleno de políticos, escritores oficiales, petimetres, arribistas, oportunistas, pintores y poetas.
Ese día me quedé mirando fijamente aquel pedazo de carne que era a su vez un pedazo de historia, esa piel que era de nación y de patria, carne de mitos y leyendas, sin saber que sería la última ocasión que vería la terrorífica mano de Obregón y que, ahora, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento del tiempo, podía contarle a quienes nunca la vieron que sí estuvo ahí en pleno San Ángel, mientras afuera cantaban los pájaros y que todavía irrumpe de súbito en la noche para asustarme en otras tierras llenas de guerras milenarias, muertes y héroes que perdieron, como él, manos, cabezas, ojos y miembros como horas y vilanos al aire en nombre de revoluciones, guerras y sueños imposibles.

miércoles, 27 de febrero de 2008

EL "PARIS" COTIDIANO DEL CINEASTA CEDRIC KLAPISH


Como he vivido gran parte de mi vida en esta ciudad, que es una terrible y deliciosa jaula de oro, siempre acudo a ver las películas que versan sobre la dura vida cotidiana de los parisinos. Esta vez fue “París”, un filme de Cédric Klapish, joven autor del exitoso largometraje “El albergue español” (2002). Cada generación ha tenido aquí sus realizadores: Marcel Carné y Jean Renoir en los años 40 y 50, la “nouvelle vague” de Godard y Truffaut en los años 50 y 60, Philippe Garrel y Agnès Varda a fines del siglo XX.

En total hay unas 7.500 películas sobre la ciudad guardadas en el Foro de las Imágenes y los aficionados tienen en permanencia acceso a ellas. Muchas de esas películas son ahora clásicos como “Hotel del Norte” de Marcel Carné, “Los 400 golpes” de Francois Truffaut, “French Can-Can” de Jean Renoir, “Sin aliento” de Jean Luc Godard, “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, “Un americano en París” de Vicente Minelli. Otras películas han sido un desastre, tal vez la mayoría, pero siempre se rescata de ellas una atmósfera, la luz inmejorable según las estaciones, rincones, pasajes y callejones cargados de vida e historia.

La cotidianidad en esta capital no sólo es la de los franceses ricos “puros” o “de souche”, como les dicen aquí, ni la de los extranjeros millonarios, en especial dictadores y mafiosos que lavan en estos pagos sus fortunas y siempre van cubiertos de abrigos absurdos y prendas de moda. La dura realidad es la vida de una gran mayoría de franceses pobres y extranjeros de todos los orígenes y edades que laboramos en esta ciudad y luchamos día a día con dificultad para ganar el sustento.

Por supuesto que uno puede cruzarse con jeques árabes saliendo del Hotel Ritz, o millonarios orientales, africanos o norteamericanos que brotan de las tiendas de lujo cargados de regalos o escogen, como si fueran dulces, anillos y collares de Van&Cleef en la Place Vendôme, al lado del ese hotel donde hizo por última vez el amor Lady Di con su amante Dodi al Fayed.

Por la mañana, cuando uno va apresurado hacia el trabajo, ve en el metro bellísimas chicas de sueño perfumadas, prospectos de modelos o de actrices que van rumbo a los “castings” de las casas de moda o las agencias de Sentier o Saint Honoré y a muchas celebridades se las ve caminar con la baguette debajo del brazo y la angustia a cuestas, pensando ya en la próxima cita con el sicoanalista. No es raro encontrarse a Catherine Deneuve tomando un café en la barra de un café o ver a los ministros desayunando en el Nemours, en el Palais Royal, al lado del Consejo de Estado. Todos los grandes escritores del mundo caminan por Saint Germain des Pres y se pueden oír las risotadas de Umberto Eco o Álvaro Mutis al encontrarse con algún periodista junto a uno de esos cafés con historia.

Pero para que eso ocurra está toda la vida real del trabajo: africanos, árabes o ex yugoslavos que limpian alcantarillas nauseabundas y lavan platos en restaurantes, meseros, vendedores de mercado, albañiles, artistas, maestros, enfermeros, burócratas y trabajadores sociales que no ganan mucho y siempre están endeudados. El glamour es la excepción, la lucha por la vida la norma. En las buhardillas cunde el hambre y la desesperación entre quienes llegan aquí de provincia y del extranjero a abrirse camino como en las novelas del siglo XIX y pueden morir en el intento. Esa es la vida real que cuentan a veces cada año las películas contemporáneas que hablan de los parisinos de la calle, obras intimistas donde vemos a los actores y actrices del momento.

En “París”, de Cedric Klapish, que acaba de salir en carteleras, la gente se identifica de alguna forma con los personajes: un joven ex bailarín que espera un trasplante de corazón (Romain Duris), su hermana, bella madre soltera en la crisis de sus 40 (Juliette Binoche), un grupo de vendedores de legumbre en el mercado, un profesor de historia neurótico enamorado de una alumna coqueta, un arquitecto exitoso que crea dentro de la ciudad un gélido barrio moderno, una chica árabe tierna que trabaja en una panadería con una típica y cómica patrona francesa (Karin Viard), un africano que emigra desde Camerún.

A diferencia de “El fabuloso destino de Amelie Poulain”, una de las películas más exitosas y a la vez más fallidas, “París” es mucho más real y no se basa en los insoportables y empalagosos clichés de la primera. Para el narrador moribundo es una fortuna poder andar entre sus bellas calles cargadas de historia, a veces demasiado perfectas para ser ciertas, es un privilegio cruzar sus puentes, ver amanecer sobre las azoteas humeantes, palpar el río de los suicidas y ver los monumentos reflejados en ese turbio espejo, observar la belleza humana de todas las razas y orígenes que circula a cántaros por sus intrincadas calles.

Cuando el narrador va hacia la operación final y desde el taxi ve París por última vez, piensa en la fortuna de quienes la habitan y la sufren, pero ignoran sus maravillas. Porque todos se quejan de la ciudad y la maldicen hasta el hastío, cuando al final sólo basta bajar al café de la esquina para vivir y comprender que es el escenario de excepción que responde sin duda al estremecedor guión de nuestras vidas.

domingo, 17 de febrero de 2008

SECRETAS PORNOGRAFÍAS CELESTIALES


Por Eduardo García Aguilar

Durante siglos y desde el Antiguo Régimen la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) o sus nobles antecesoras en los palacios reales, guardaron con celo en un gabinete secreto llamado «El infierno» todos los libros « obscenos, escandalosos e inmorales» que circulaban de mano en mano entre aristócratas, prelados, potentados y libertinos europeos y del mundo entero.
Ahora todos esos incunables y sus imágenes se pueden ver en la gigantesca nueva sede posmoderna de la biblioteca situada junto al río, frente a la Pasarela Simone de Beauvoir: cuatro altísimas torres de vidrio en forma de libros, en una de las cuales titila la enorme equis violeta de prohibición que se ve desde las autopistas.
Las colas de visitantes son enormes y poetas, editores e historiadores septuagenarios comparten la emoción con bellas muchachas neolibertinas de 25, estrellas porno y profesoras de 30, ex modelos de 40 y elegantes cincuentones y cincuentonas avorazados como adolescentes iniciáticos o sexagenarios aturdidos de nostalgia. Es la única posibilidad feliz de ver de cerca los manuscritos del Marqués de Sade, Pierre Louys, Apollinaire, Jean Genet y George Bataille, así como las imágenes más sugestivas de la fotografía iluminada del siglo XIX o los primeros filmes pornos de la Bella Época.
No es un secreto para nadie que en las ociosas cortes y palacios lejanos las ediciones eróticas ilustradas contribuían a encender la imaginación de marqueses y marquesas licenciosos, mientras en las barriadas el pueblo se divertía a su vez con poemas y canciones picarescos tras siglos de miseria, pestes, venéreas, guerras y control casi total de la religión sobre la vida cotidiana.
Milenios atrás, en todas las civilizaciones antiguas, las imágenes de la vida sexual fueron mucho más libres y gozosas, como lo atestigua la visita de cualquier gran museo actual, donde se ven imágenes sexuales, penes, vulvas, príapos, falos, y senos en vasijas, copas, platos, camafeos y frescos murales de grandes mansiones señoriales como las de Pompeya, o en el templo fabuloso de Kajuraho en la India, donde todas las posiciones sexuales están ilustradas en miles de imágenes esculpidas que pueblan desde hace siglos sus paredes sagradas. Entre griegos y romanos se hizo culto al cuerpo y fueron celebrados en arte y poesía el deseo, la cópula y las caricias orgiásticas sáficas, homosexuales y heterosexuales, que se practicaban en los interminables festines de la imaginación clásica. Los dioses y los personajes mitológicos mismos fueron mostrados en sus ajetreos venéreos con lujo de detalles : Marte y Venus, ninfas y sátiros, Hércules y Deyanira, Príapo, Antonio y Cleopatra, Baco y Ariana, Eneas y Dido, Aquiles, Pandora, Alcibiades y otros aparecían en las más comprometedoras y posiciones.
Pero otra cosa ocurría en ese mundo cerrado del Antiguo Régimen donde, al menos de puertas para afuera, tales muestras de placer eran sinónimo de cercanía con el Infierno y Satanás en persona. Tuvieron que llegar los discípulos perversos de Gutemberg y las impresiones clandestinas para que empezaran a proliferar bellos libros eróticos y pornograficos ilustrados con excelencia por artistas ocultos, para uso de altos dignatarios, así como la llegada de estampas baratas a los mercados de la plebe.
Al principio, en el siglo XVII el « Infierno » contó con unas 50 obras de esa índole, y más tarde, a partir del pornográfico relato « Teresa Filósofa » del Marqués de Argens y las obras de Aretino, se nutrió con el « Decamerón » de Bocaccio y las obras del terrible Marqués de Sade y de Restif de la Bretonne, entre otros. Con la Revolución y la Ilustración la apertura fue mucho mayor y aunque las obras eran decomisadas o perseguidas, el « Infierno » creció y en 1830 subió a 130 ejemplares prohibidos, veinte años después, en el Segundo Imperio subió a 300 y en 1876 a 620 libros.
Con la aparición de la fotografía el acervo obsceno creció y en 1899 se creó un catálogo razonado y completo de todas estas joyas, que ahora se exponen en la sede moderna de la biblioteca, en una de las más exitosas exposiciones de los últimos tiempos. Se debe al poeta Apollinaire, autor secreto de obras pornográficas como « Los once mil falos », la organización definitiva del primer catálogo y la sistematización de este rico tesoro bibliográfico que con la revuelta de mayo de 1968 logró salir fin de esa « cárcel de la obscenidad » y dejó de ser estigmatizado.
En esta visita podemos ir de « La escuela de las muchachas » (1655), a « La Academia de las Damas » (1680), pasando por « Teresa filósofa » (1748), las dieciochescas obras del Marqués de Sade o « La Religiosa » de Diderot (1796) hasta las obras de Pierre Louys, Apollinaire, George Bataille Jean Genet, Pierre Guyotat y Catherine Millet, con lo que la muestra nos lleva hasta la nueva pornografía literaria de los siglos XX y XXI.
Guyotat, el excelente autor contemporáneo, hasta hace poco prohibido, de la novela « Edén, Edén, Edén » concluye la muestra con la exposición de sus manuscritos, mientras Catherine Millet, autora de « La vida sexual de Catherine M. » nos habla en un video de lo que significó para ella el éxito de su interesante libro. Las colas son enormes y un aire de azufre reina en la BNF en este febrero de invierno, pero el mayor placer del bibliomaníaco es ver cómo los otros y las otras miran lo prohibido, pues el erotismo inunda los cuerpos de quienes circulan por estos espacios magníficamente organizados para ver, oír, desear y mirar sin sonrojarse.

sábado, 16 de febrero de 2008

VARGAS LLOSA: EL TRANSEÚNTE DE SAINT-GERMAIN


Por Eduardo García Aguilar
Hace unas horas, cuando estaba en la barra de un café de Saint Germain de Prés tomando una cerveza Leff, cerca de mis librerías preferidas, vi cruzar por la calle de enfrente, en este viernes primaveral, a Mario Vargas Llosa, una verdadera institución latinoamericana. Iba solo y cruzaba con lentitud el bulevard, muy elegante, con un soberbio saco azul claro y un pantalón beige, sin duda recién comprados para la temporada, impecable de pies a cabeza entre finísimas ropas de marca, pero sin corbata, y con un aura inconfundible de alegría, confort y plenitud.
Traía el cabello blanco níveo que brillaba bajo el sol y cargaba una pesada bolsa roja llena de libros en la mano izquierda que lo hacía trastabillar. Caminaba con cierta torpeza, como suelen hacerlo los escritores que han pasado la vida sentados frente a la máquina y que de tanto estar en esa posición parecen cargar la historia de todas las sillas del mundo. Se le veía feliz en este fin de abril fresco y soleado, en que todos se agitan de felicidad ante la ida del invierno y la cercanía de la larga temporada veraniega. Las chicas se deshacen de sus abrigos y salen con su ropas ligeras y ceñidas cada vez más sexys, perfumadas y coquetas, colgadas de sus celulares, y todos, jóvenes y viejos, se agitan en las calles mirando vitrinas con ilusión o hablando radiantes en los cafés, como si salieran al fin de la hibernación. ¿Como no venir a caminar un viernes 28 de abril entre calles y terrazas que vieron pasar a todas las generaciones literarias de Francia y el extranjero y de paso visitar las estanterías para ver las novedades?
Vargas Llosa se veía en su hábitat perfecto al detenerse un momento a respirar el aire perfumado de flores recientes y retoños de hojas, en esa esquina que frecuenta desde 1958, cuando a los 21 años ya estaba en Paris buscando entrevistarse con Jean Paul Sartre y Albert Camus, los futuros Premio Nobel franceses de moda en aquellos lejanos tiempos de mediados del siglo XX. Aquí, salvo algún profesor francés muy informado, un estudiante o turista latinoamericano, nadie lo reconoce en la calle y puede caminar tranquilo como en sus viejos tiempos, pero convertido ya en un venerable y sólido anciano mucho más que próspero, cubierto por todas las condecoraciones, los elogios y los honores posibles.
De repente me di cuenta, al verlo cruzar rumbo al café de Flore, frente a la iglesia casi milenaria de Saint Germain, en la pequeña plaza Beauvoir-Sartre, que el autor de La ciudad y los perros, La casa verde y Pantaleón y las visitadoras tiene ya 70 años de edad. Que ese eterno joven nacido en 1936 que nutrió de historias y de éxitos a varias generaciones y siempre estuvo en la primera plana de los debates, cruzaba la séptima década por las calles del barrio latino, no lejos de su casa del Jardin de Luxemburgo, que es, según dicen, uno de sus refugios secretos para huir de la celebridad en España, donde los diarios sacan su foto día a día y cada semana se informa que recibió un nuevo premio de 50.000 dólares en Berlín, Jerusalén, Londres, Cali, Buenos Aires o Nueva York, o un doctorado honoris causa en Tasmania o Yakutia. Todo eso lo merece, pues ha sido el más aplicado de los autores del boom : excelente novelista, muy ameno para todos, ensayista de rigor, experto en Flaubert o las novelas de caballería, articulista y panfletario de miedo, siempre hace la tarea como se debe sin ninguna falla, sin importar las horas que le tome el trabajo.
Vargas Llosa es una verdadera institución en Francia, y los franceses y su mayor editorial, la prestigiosa y altiva Gallimard, lo quieren y lo miman incluso más que a los suyos. Termino la cerveza pensando en todas esas cosas, como en la primera vez que lo vi en el Festival de Teatro de Manizales a inicios de los años 70 del siglo pasado, cuando unos maoístas lo atacaron con vociferaciones en la Universidad y tuvo que ser defendido por un jovencísimo Juan Gustavo Cobo Borda o en un coctel del congreso internacional del PEN club en 2003 en el palacio de Bellas Artes de México, en medio de una muchedumbre de señoras ricas que le sonreían a él, tan fatigado y harto por los viajes. Vargas Llosa, al que todos los adolescentes queríamos imitar y seguir ; el mismo que le pegó trompadas a García Márquez en México, terminando con una amistad apasionada y condenando al ostracismo el mamotreto de su tesis sobre el colombiano, llamada Historia de un Deicidio.
En todo eso pensaba y al terminar la Leff me dirigí por la misma ruta hasta la librería. Allí, en el lugar de las novedades, Gallimard expone un libro que acaba de salir en honor de su 70 cumpleaños y los 40 de haber publicado en francés La Ciudad y los Perros. En el prólogo, Antoine Gallimard celebra la frescura de sus siete décadas y dice que esa casa editorial no podía dejar pasar la fecha, por lo que el volumen está lleno de fotos de la infancia, adolescencia y juventud de este hombre que ama y es amado por Francia. El peruano, el inca, el muchacho que en los 60 trabajaba en la Agence France Presse y abordaba con timidez a Albert Camus a la salida de un teatro. Un gran escritor, una leyenda que ha vivido por y para la literatura e incluso se ha dado el lujo de querer ser presidente y fracasar, por fortuna, en el intento.

lunes, 11 de febrero de 2008

SUBVERSiÓN Y REVOLUCIÓN EN LA OBRA DE ALBERTO GIACOMETTI


Por Eduardo García Aguilar
La exposición retrospectiva de la obra de Alberto Giacometti (1901-1966) en el Centro Pompidou, está centrada en el taller que durante 40 años, desde 1926 hasta su muerte, tuvo el artista en Montparnasse y que se convirtió no sólo en sitio de vivienda sino en centro, laboratorio, y punto de difusión de su obra subversiva y revolucionaria en el campo estético, al lado de Joan Miró y Jean Arp, entre otros.
El barrio de Montparnasse fue antes y después de la Segunda Guerra Mundial un nido de brillantes artistas apátridas provenientes de todos los rincones del mundo y por lo tanto crisol de muchas revoluciones del arte de su tiempo. En los años de entreguerras, el barrio poseyó la concentración más densa de artistas mundiales pobres y borrachos como el japonés Foujita, el italiano Modigliani, el lituano Soutine y el mexicano Diego Rivera, entre otros muchos que se hicieron famosos y ricos después de muertos. Algunos vestigios de esa actividad en Montaparnase quedan todavía en rincones del barrio que sobrevivieron milagrosamente a la explosión inmobiliaria de los años 60 y 70, cuyo epicentro es la hórrida y gigantesca Torre de Montparnasse.
La obra de Giacometti, nacido en Borgonovo, en el cantón de Grisons en Suiza, es famosa en todo el mundo, en especial por las esculturas longuilíneas que redujeron a la más mínima expresión el cuerpo y el rostro humanos, como figuras de extraterrestres comprimidas por una extraña presión atmosférica o cierta inédita gravedad newtoniana. Obra que lleva al extremo el camino de abrir nuevos espacios de percepción y significado, lejos de los senderos indicados por la oficialidad artística. Algunas de sus piezas son diminutas y cabían en una caja de fósforos, tal y como las mínimas obras de escultores anónimos de viejas civilizaciones que vemos en los museos con enorme estupor al saber que tienen 10.000 ó 5.000 años. La figurillas mínimas de Giacometti, cabezas con intensos ojos negros de interrogación, cuerpos, miembros, fueron hechas para ser fácilmente transportadas en tiempos de guerra y ahora nos maravillan y nos cuestionan con sarcasmo.
Como todo artista o escritor, a Giacometti le gustaba posar y era sin duda megalómano en la manera de mostrarse ante la cámara y crear toda una leyenda en torno a su mundo creativo, al lado de su mujer Annette Arm y los amigos que solían visitarlo, como el escritor homosexual, ladrón y maldito Jean Genet, autor del libro “El taller de Alberto Giacometti”, en el que se inspiraron los curadores de esta muestra retrospectiva que concluye este 11 de febrero. Allí en ese taller luchaba para sortear los problemas económicos cotidianos, la angustia de las tensiones europeas que condujeron a la guerra y provocaron nuevas diásporas o la muerte de muchos de los contemporáneos en los campos de concentración nazis, pero fue sin duda feliz en medio de tantos materiales mientras sus mujeres posaban y él craneaba la excepcional deriva artística con obras notables como Mujer cuchara (yeso, 1927) o Mujer acostada que sueña (bronce, 1929).
En la primera obra se destaca ese volumen oval y mullido de la hembra fértil y reproductora, como un homenaje tal vez a esas infladas figuras milenarias de las Venus que crearon los primeros artistas de la humanidad en las civilizaciones de Extremo Oriente y Extremo Ocidente, desde China a Perú, desde las estepas orientales hasta las altiplanicies mexicanas, desde las extensiones africanas hasta las rocas pobladas de dólmenes en Bretaña. En la segunda, con una ironía exquisita se celebra a la hembra moderna ondulada y a la vez ese cuerpo abstracto es labios y deseo, electricidad, elegancia y transparencia, fluir a través del tiempo sin límites.
Luego Giacometti se dedicó a trabajar las cabezas y los cuerpos. Una obra emblemática de esa experimentación es El hombre que camina (1947), figura humanoide solitaria que marcha en puntillas sobre una superficie, como si explorase entre la eternidad y el absurdo. No en vano Giacometti hizo el árbol para la escenografía de la obra “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, contemporáneo suyo y compañero en la literatura y el teatro de las mismas proposiciones estéticas subversivas y contemporáneas.
En la enorme sala del sexto piso del Museo Nacional de Arte Moderno, que ha albergado hace poco exposiciones sobre el dadaísmo o Samuel Beckett, entre otras, el viaje por sus 600 obras se inicia con las imágenes del niño Giacometti pintadas por su padre, el impresionista Giovanni Giacometti y su padrino el simbolista Cuno Amiet, así como reproducciones de su rostro en las grandes revistas del mundo, tomadas en su taller por grandes fotógrafos de la época como Brassai, Henri Cartier Bresson, Robert Doisneau, Arnold Newman o Gordon Parks. Desde niño vivió inmerso en el arte, creció viendo pintar a su padre y a sus amigos y por eso su obra desde temprano se rebela y va hacia rumbos originales donde las figuras adquieren formas metafóricas que juegan con espacio, volúmenes y formas.
Debido a que su viuda Anette tuvo que abandonar el taller de la calle Hypolitte Maindron, expulsada por el casero pocos años después del fallecimiento de Alberto, pedazos enteros de los muros y puertas y muebles del mismo se salvaron y son mostrados en una reproducción a escala del mismo, similar a lo que se hizo con otro gran escultor, Brancusi, otro artista de Montparnasse, cuyo taller intacto se muestra aparte, en una construcción exclusiva para ese efecto situada en la explanada del Centro Pompidou.
La exposición termina con cuadros al óleo de una economía ejemplar que hacen parte de su experimentación en torno al retrato. Son cuadros monocromáticos, sin perspectiva, las posiciones son fijas, hieráticas, los rostros estallados con líneas y los trazos nerviosos. Los modelos de esos cuadros son Annette, su hermano Diego, el japonés Yanaihara, su amante y última pasión Carolina y el médico de los surrealistas, Frankel. Tanto las esculturas como los cuadros de Giacometti nos sorprenden porque la figura humana que emerge de su estética convoca en nosotros lo más milenario, esencial y primitivo de nuestras existencias, o sea ese común denominador de nuestro efímero paso por la vida que es la nada perpetua.

CENTENARIO DE BORGES

Por Eduardo García Aguilar
Nacido según la Fundación San Telmo el 23 de agosto de 1899 y para otros el 24 del mismo mes, Jorge Luis Borges llega este día a su centenario en la más espectacular nube de gloria, con dos volúmenes y un álbum en la prestigiosacolección francesa de La Pléiade y miles de entradas en la red Internet que realizan el sueño del Aleph. Se necesitarían muchos años para poder visitar cada una de esos sitios llenos de sorpresas, datos, juegos, enigmas y delirios de sus admiradores de todo el planeta. Y para viajar por esos múltiples enlaces borgianos en la telaraña mundial que nos introducen al escalofriante nuevo efecto de su palabra.
Por donde pasaba Borges parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, una noche de los primeros años 80, varios jóvenes se tiraron al suelo y empezaron a seguirlo arrodillados al grito de "¡gloria eterna para usted maestro!" y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración. Lo mismo ocurría en Quito, Bogotá, Medellin, Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokyo, y París, ciudad donde desde hacía ya muchas décadas se le había consagrado como una leyenda viviente. Se le veía junto a un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las de Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final devorándose al mundo.
Francia lo adoraba y las calles de París lo vieron pasar muchas veces. En el Hotel de la rue des Beaux Arts, donde murió Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire. En 1964 Herne dedicó un número especial a su obra, en los años 70 Michel Foucault lo hace protagonista de Las palabras y las cosas y en 1999 la Pléiade concluye la edición del segundo volumen desus obras completas en edición establecida, presentada y anotada por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de los últimos confidentes del maestro.
Para Borges la gloria era la mayor incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de fetiche hacedor de milagros. Pero a diferencia de otros, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde, subversivo, anarquista. Contra la corriente no escribió novelas porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, y mezcló prosa y poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno. Su reino fue el estilo. De él dijo Cioran que “la desgracia de ser reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en lo imperceptible, seguir inasible y tan impopular como el matiz”.
En la tercera entrega del Magazine littéraire de 1999 dedicada a Borges, después de las de 1979 y 1988, el editor del número, el hispanista Gerard de Cortanze, trata de “volver de nuevo a esta obra vasta y enigmática” y a un Borges “humanizado y más caluroso” lejos de la leyenda aceptada de “un intelectual abstracto y gélido”. El último exégeta Bernès trata de mostrarlo como “el viejo anarquista tranquilo”, según la propia y final autodefinición del poeta poco antes de morir en Ginebra tras casarse con María Kodama y participar con entusiasmo en la preparación de su obras completas para La Pléiade. Bernès cuenta los últimos días previos a la muerte, en junio de 1986, y dice que tiene “la certeza de que preparaba su muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo precedieron” y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que “yo no sé en que lengua voy a morir”.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus enigmas e ironías y lo tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna y pasa de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría de un sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido. El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira con nostalgia: en todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud latinoamericana entusiasta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta literariasino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el libro, la vida , la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el desierto.
Toda esa generación debe percibir ahora con susto cómo el mundo literario ha girado hacia la dictadura de los editores y escritores analfabetas sacralizados por la lista de ventas, el tintineo de las máquinas registradoras y el paso por las emisiones de televisión. En tiempos de Borges la Gran Biblioteca estaba cerca de la gente, era una biblioteca amable, generosa, llena de gracia y alegría, de fiesta; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar reina el hielo de los supermercados.
Silvia Barón Superviele dice que para Borges “la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del infinito” y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura. Aunque en la red virtual su palabra crece precisamente hasta el infinito, se reproduce, se esconde y fluye ante la mirada ciega del viejo centenario convertido en algo más que una figura legendaria
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(Letras libres, agosto de 1999)

domingo, 3 de febrero de 2008

ROBERTO BOLAÑO Y MARIO SANTIAGO EN LA CALLE REGINA


Por Eduardo García Aguilar

Ahora que Roberto Bolaño y Mario Santiago se han vuelto leyendas literarias de nuestra generación y cuando quienes les hubieran dado la espalda hace décadas se pelean ahora por aparecer relacionados de alguna manera con ellos y subirse al carro de su gloria maldita, quisiera recordar a ese ángel terrible de Mario, su mejor amigo, a quien vi por primer vez recién llegado a México en su buhardilla, cuando después de caminar y caminar con el novelista francés Joanni Hocquenghem nos invitó a beber una botella de mezcal, al fondo de la cual crecía un peyote verde esmeralda con retoños rojizos.

Ahora que al parecer van a editar en buenas editoriales la obra de Santiago, inmortalizado como personaje de Los detectives salvajes, Premio Rómulo Gallegos y una las novelas emblema de la generación de los nacidos en los años 50, es imposible no pensar en los avatares azarosos que dan las palabras a través del tiempo, cuando los malditos en vida terminan convirtiéndose en santos y en lo que más hubieran detestado: estrellas míticas rodeadas de incienso.

El chileno Bolaño y el mexicano Santiago y sus amigos peruanos y centroamericanos, entre otros muchos, eran malditos y rebeldes y protestaban a contracorriente contra el sistema literario piramidal que reinaba en el México de los años 70 y 80, contra una poesía formalista de la que estaba ausente la vida y una literatura de cortesanos y papas, de santones y santonas transportados en hamacas como ídolos de Babilonia.

Sólo una vez los vi juntos. Como ángeles aparecieron Bolaño y Santiago en mi cueva de la calle Regina. Era un domingo y Mario me presentaba al amigo chileno que estaba de paso y me pedía le prestara unos pesos que yo tampoco tenía, en ese edificio de película de vampiros surgido desde el fondo del siglo XIX, en medio de los más auténticos aromas de comidas mexicanas y ajetreos pueblerinos de ciudad añeja. Fue la primera y la última vez que los vi juntos en ese apartamento del primer piso, a unos metros de la avenida 20 de noviembre, del que se apoderaban como en los sueños de Walpurgis los efluvios vaporosos de una lavandería vecina.

Cuando yo llegé a México en 1980 la leyenda decía que Santiago y los suyos se presentaban en los actos más solemnes y en los sitios más sagrados para sabotear ese mundo literario de grandes sacerdotes supremos de la palabra y monaguillos serviles que tanto detestaban. Incluso se decía que Santiago había sido lanzado, con violencia inaudita, a rodar por las escaleras de algún palacio céntrico por sus propios compañeros fresas de generación, pues había osado enfrentar y sabotear la palabra infalible del gran Burundún Burundá mexicano Octavio Paz.

En la única foto donde aparecen todos los infrarrealistas juntos, tal vez cerca de la Casa del Lago, se les ve a todos greñudos y risueños con el aire de haber amanecido en medio de una fiesta interminable de humos, sexo, yerba, vinos y alcoholes terrígenos. En la mitad está Bolaño, jovencísimo, peludo y con el rostro alargado de quijote apátrida. El mismo Bolaño que adolescente vivía en 1971 cerca de la villa de Guadalupe, en la calle Samuel 27, con su padre Láutaro y su madre Maria Victoria, que bailaban muy bien la cueca. Y a su lado están entre otros y otras, Santiago y José Vicente Anaya.

Bolaño hace parte y es símbolo de un grupo de escritores extranjeros nacidos más o menos en los 50, que bien podría llamarse la Generación Sin Cuenta, llegados a México desde todos los países de Centro y Suramérica e incluso de Francia, como es el caso de Frederic Yves Jeannet, Joanni Hocquenghem e Iván Alechin, el hijo de Pierre Alechinsky, entre muchos otros. Otros nombres son el veracruzano Orlando Guillén (1947), el colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño (1949), los salvadoreños Manuel Sorto (1950) y Horacio Castellanos Moya (1958), el argentino Mempo Giardinelli (1948), también Premio Rómulo Gallegos, entre otros muchos más.

Todos ellos han escrito y escribirán sobre México y en especial de su capital, porque la experiencia de crecer con la espléndida generación artística mexicana los dejó marcados para siempre. Es una Ciudad de México especial, de transiciones, que se va abriendo estéticamente después de muchas décadas de una hegemonía piramidal nacionalista y funesta, dando paso a la expresión centrífuga de un arte mestizo, cosmopolita, apátrida, abierto al resto del continente y al mundo.

En ese México nacionalista, de carreras literarias que se construían con mansedumbre y servilismo, los infrarrealistas decidieron ser niños terribles apátridas cuando finalmente sólo eran unos santos.Bolaño venía de Chile y se la pasaba leyendo tiras cómicas a los 17 años, como lo relata el poeta y narrador salvadoreño Manuel Sorto, que vivió en su casa de la Villa, en 1971, recién llegado a México. Los otros infrarrealistas no miraban hacia el México de la poesía formal sino hacia el coloquialismo etílico de los poetas peruanos y centroamericanos y antes que mexicanos se consideraron apátridas.

Santiago, que en Barcelona y París se relacionó con los incas, decía que antes de ser un escritor azteca era peruano y a lo largo de su vida fustigó a los suyos, salvo con algunas excepciones que ganaron su afecto, como fueron Carmen Boullosa y Juan Villoro.

A Santiago, con quien me veía con frecuencia en el Centro Histórico para pasar revista a la literatura mexicana, le debo una ventana hacia otro México urbano marginal, así como una nostalgia por el París de las buhardillas poéticas de comienzos de los años 70, donde él vivió antes de aventurarse a los desiertos bíblicos de Israel tras amores imposibles. Y a Bolaño le debo la certeza de que a veces los derrotados salen ganando. Ambos iluminan a la generación Sin cuenta mexicana desde los cielos, donde sin duda no dejan de sabotear y molestar a Octavio Paz.

lunes, 28 de enero de 2008

CHAIM SOUTINE: FORMAS Y COLORES DE UN APATRIDA


Por Eduardo García Aguilar

En la plaza de la Madeleine, por ironía al lado lado de la lujosa tienda alimentaria Fauchon, se expone por estos días una retrospectiva del pintor de origen judío Soutine. Los ricos y los que sueñan con ser ricos hacen cola para entrar a comprar carísimos productos exóticos y exquisitos y salen cargados de su cajas de caviar, foie gras, vinos, pasteles y champán en medio de la abundancia de estos extraños años de paz. Otros hacemos cola para ingresar a la Pinacoteca de la Ciudad de París, deseosos de alimentarnos de arte, que también es un lujo, pero de otro tipo. Hace una tarde espléndida y el sol cae detrás de las altas columnatas de la enorme iglesia que imita un templo griego y fue construida en tiempos de Napoleón. Nada que ver con los tiempos de guerra, angustia y pobreza que vivió Soutine.
Llegó a París a los 19 años desde su lejana tierra natal, Smilovitchi, situada cerca de Minsk en Lituania, donde nació en una familia judía en 1893. Rebelándose al parecer contra la ortodoxia de la religión de los padres, que veían en sus imágenes una herejía, empezó a pintar desaforadamente y casi niño se fue con un amigo a Minsk y después a Vilna, antes de recalar en París en 1913. Entre las fotos famosas del mundo artístico de las décadas fascinantes de Montparnasse, lugar donde coincidieron Diego Rivera, Modigliani, Picasso y otros muchos, se ve al joven Soutine al lado de los compañeros de estudios y aventuras en los talleres pictóricos La Colmena, un romántico ghetto de artistas que todavía existe y más tarde en la escuela de Bellas Artes, donde solidificó sus precoces conocimientos en el taller de Fernand Cormon, quien también fue maestro de VanGogh.

Más tarde conoció a su amigo más cercano, Modigliani, que ha quedado para la historia popular como el autor de unos cuadros de belleza estilizada, aunque su obra era mucho más subversiva y revolucionaria que la estela dejada para la posteridad mediática. Modigliani descubrió el talento de su amigo y fue uno de quienes más lo hizo conocer en el medio artístico de esa agitada época de guerras, fiesta y pobreza. Después de la primera guerra mundial, a donde ambos asisten como voluntarios y sobreviven, Soutine regresa a París y vive en condiciones muy difíciles y marginales, trabajando como obrero en la fábrica Renault o en el Grand Palais y sufriendo la penuria generalizada de posguerra.
Es un hombre insoportable, alcohólico, neurasténico, que lleva dentro de sí una furia destructiva y creativa a la vez que lo lanza como fiera sobre telas que inunda de colores y formas inéditas. Pero por fortuna el galerista Zborowski le da un sueldo a cambio de la exclusividad de sus obras y Soutine vive en la región de los Pirineos, donde realiza una obra de tipo expresionista que parece transformar o « deconstruir » la naturaleza para cargarla de las fuerzas distorsionadoras y destructoras de la época de entreguerras.
De esos tiempos son el dadaísmo, el ultraísmo y otros movimientos que hoy son estudiados por la osadía de sus proposiciones desbordantes acordes con los cambios tecnológicos y el auge del perfeccionamiento bélico y de los delirios políticos de los totalistarismos. En 1922, tras ser descubierto por el galerista estadounidense Barnes y ser expuesto en Estados Unidos, el joven y excéntrico pintor obtiene reconocimiento y dinero y de ser el beodo marginal insoportable de
Montparnasse pasa a ser respetado por todos. Barnes le habría comprado de una sola vez 100 cuadros, según la leyenda y 35 según los biógrafos. Con el dinero se aleja de sus amigos y compra ropa fina, se estiliza, se perfuma y luce trajes que le quedan grandes y lo hacen ver algo cómico.
Perto siempre fue un lúcido y desde la lejanía de su intratabilidad expresaba el malestar de su época.
Vienen los tiempos de tranquilidad dedicados a la pintura en una finca cerca de Chartres, ciudad de cuya Catedral hace un cuadro memorable y se codea allí como estrella con lo más reconocido de laintelectualidad y el arte gracias a lo cual tenemos muchos testimonios de su vida y su amores. En 1935 expone en Chicago, Nueva York y Londres y parece vivir en esos años cierta tranquilidad con algunas de sus novias, que lo acompañan, lo quieren y lo ayudan.

En una de esas vueltas sus problemas gástricos se agravan en medio de las tensiones de la guerra, la ocupación y la persecución a extranjeros y judíos y sus ultimas horas transcurren en un viaje en ambulancia hacia París, donde murió el 9 de agosto de 1943, cuando sólo llegaba a los 50 años de edad. Fue enterrado en el cementerio de Montaparnase, donde lo acompañaron sus amigos y conocidos, entre ellos Pablo Picasso, el más famoso, exitoso y longevo de esa generación.

La posteridad ha tenido a Soutine un poco oculto bajo el imperio de otros artistas más exitosos, pero su figura marginal y excéntrica adquiere cada día más fuerza.

Al salir de la Pinoteca esas imágenes quedan impregnadas : la rabia del pincel grueso sobre la tela sucia, los rostros deformes de los retratados, los cuerpos retorcidos, las imágenes de una naturaleza volcánica donde se apeñuscan colores de remolino, así como aves y reses muertas de donde mana la sangre de su tiempo de guerra.

Y en la plaza los amantes del caviar de Fauchon y de la pintura deS outine se cruzan felices en esta plaza exquisita que en cualquier momento podría volver a vivir los dolores de la guerra y la persecución que tanto afectaron a los habitantes del siglo XX y que no parecen lejanos en este siglo XXI lleno de otros Soutine pobres y anónimos y otros Hitlercillos que vociferan odio en todos los rincones del mundo, en Oriente Medio, Oriente y Occidente.

domingo, 20 de enero de 2008

DESEO, SEXO, ESPIONAJE Y PELIGRO EN SHANGAI


Por Eduardo García Aguilar


La espléndida película "Deseo, peligro" (Lust, caution) de Ang Lee, merecedora del León de Oro de Venecia en 2007, nos traslada de manera magistral a la segunda guerra mundial, cuando Japón, aliado de los nazis, invadió China y cometió atrocidades sin nombre que todavía permanecen como herida ardiente causante de tensiones diplomáticas entre ambos países.


El siglo XX, que hasta ahora ha superado todas las marcas de violencia o al menos las igualó para estar a la par con la sangre derramada por el hombre desde su existencia en la tierra, aparece aquí en todo su macabro esplendor. Y el realizador Ang Lee, a través de una historia particular, nos ofrece la metáfora de la pasión y el fanatismo del hombre que, imbricados con ardor sexual, lo llevan a enloquecer y cometer lo que nunca imaginó: matar, torturar, entregar el cuerpo al enemigo por un objetivo, traicionar, involucrar a los seres queridos, perderse en el delirio de trascender como lo hacen hoy los kamikazes de Bin Laden en nombre de Alá o de la patria, u otros en nombre de la izquierda o la derecha.


Mientras en Europa ocurría el holocausto nazi contra los judíos y la violencia reinaba en todos los países del viejo mundo, como en la España de Franco o la Italia de Mussolini, en Asia la guerra se refinaba y conducía ineluctablemente a la apoteosis nuclear de las bombas de Hiroshima y Nagasaki lanzadas por Estados Unidos a nombre de los aliados.


La película cuenta la historia de una célula de jóvenes estudiantes idealistas chinos dedicados al teatro comprometido, que finalmente pasa a tramar en Hong Kong la muerte de un alto dignatario colaborador de los invasores japoneses. En la célula estudiantil se destaca una dulce adolescente de nombre Wong Chia Chi, encarnada por la bella y deseable actriz Tang Wei y quien, como en un juego infantil jura participar con sus amigos hasta las últimas consecuencias en las acciones subversivas y se infiltra en el círculo íntimo del alto y sangriento dignatario represor.


Wong Chia Chi no sólo es bella sino excelente actriz y cuando actúa en el grupo universitario como hermana de un patriota muerto y pide la salvación de China enciende en el teatro el nacionalismo de los espectadores, que aplauden de pie. Su capacidad histriónica natural la hace perfecta para hacerse pasar por lo que no es, la esposa burguesa de un negociante que acompañará a la mujer del alto policía en sus juegos y compras, en medio de las tensiones crecientes de la guerra.


Su tarea es seducir al asesino represor, cosa que logra rápidamente y cuando la acción está casi lista ocurre un contratiempo y presencia la muerte a manos de sus amigos de un individuo que los ha descubierto, en una terrible escena de asesinos novatos. La bella huye, pero tres años después la célula subversiva se reorganiza y en Shangai vuelve a contactar al policía ascendido a ministro con la misión de hacerlo matar.


Se inicia así entre ellos una pasión sexual intensa de visos sadomasoquistas. La espía termina atrapada en las redes del sexo al extenderse la "misión" y pasar del asco a la excitación y el represor termina enamorado de la subversiva, al pasar de la violación al amor, mientras en sus rutinarios días de trabajo tortura y mata a opositores chinos que después son lanzados muertos a los ríos o a los precipicios. Después de la tortura y el asesinato viene la intensa cópula prohibida, único refugio para ambos en medio de una guerra real y carnal que el director Ang Lee nos muestra con maestría en inolvidables escenas de cama.


Todo esto pasa en Shangai en 1942, pero finalmente ocurre todavía en casi todas partes del mundo: Rusia, Serbia, África, Oriente Medio, Guantánamo, América Latina, Estados Unidos, China, Indonesia, India, Afganistán y Pakistán.


¿Qué lleva al idealista a matar en nombre de un ideario político y al funcionario de un régimen a torturar y eliminar con saña al subversivo? ¿Qué hay de humano en el odiado esbirro del gobierno y en el implacable revolucionario? ¿El subversivo y el represor, el secuestrador y la víctima, el revolucionario y el reaccionario pueden encontrarse en los placeres animales de la carne y olvidar allí por un momento las fuerzas oscuras de la ideología y la muerte? Estas preguntas vibran en esta soberbia película asiática que hace parte de esa nueva ola cinematográfica que arrasa con los premios en los festivales occidentales.