martes, 12 de octubre de 2010

LOS POETAS LATINOAMERICANOS


Eduardo García Aguilar
 
 
Después de leer « Visiones de lo real en la poesía hispanoamericana » , del ecuatoriano Mario Campaña, editada por DVD ediciones en España, es legítimo pensar que las personas más notables del continente son y han sido los poetas. Porque en un mundo que tiene como prioridad la guerra, la competencia y la codicia insaciables, el bullicio de las telenovelas y el fútbol, aplicarse a un arte tan minoritario e ignorado es una prueba de rebeldía y generosidad.
En el ejercicio solitario de la poesía están implicados todos los sentidos y la aventura por esos caminos es una muestra de que aún hay esperanzas en el hombre. Que en vez de ejercer la vacía y rentable palabrería de los políticos, la intonsa jerga de economistas , juristas y novelistas, un hombre prefiera el lenguaje poético, que sin duda lo llevará más rápido al olvido y a la pobreza que a la gloria, es síntoma de demencia o altruismo y confianza en el hecho de existir.
En este libro figuran poetas del siglo XX como el argentino Enrique Molina, Carlos Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra, de Nicaragua, los chilenos Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, el colombiano Alvaro Mutis, el cubano Eliseo Diego y los peruanos Blanca Varela, Carlos Germán Belli y Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Esos nombres desconocidos para muchos ejercieron otros oficios para vivir de manera pacífica y sin hacer mal a nadie y en los tiempos libres, en la soledad de las tardes o las madrugadas, convocaron palabras que deslumbran y nos hacen mejores. Hubo grandes lectores de poesía entre los capitanes de los barcos que a media noche, bajo la tormenta, en el camarote, a la luz de una débil bujía recorrieron las palabras de esos que vivieron a la deriva.
La antología comienza con Enrique Molina, hombre con pinta de capitán, bajo de estaura, pero musculado, a quien vi una vez antes de que muriera, en un recital en México, en uno de sus últimos viajes que realizó a ese país. Su poesía es marina, erótica, y poemas como « Rito acuático » o « No Róbinson » son joyas inolvidables dedicadas a la pasión amorosa, a la usura de los cuerpos. Luego sigue Pablo Antonio Cuadra, mítico, alto, flaco y elegante, director de un gran periódico, con quien crucé unas palabras felices al subir por el ascensor del Hotel de la Ciudad de México, donde se realizaba un encuentro internacional de poetas. Comparte con su compatriota Carlos Martínez Rivas, autor de « La insurrección solitaria », esa capacidad revolucionaria iniciada con Rubén Darío que los hace inesperados, extremos y originales.
Más adelante uno se topa con la poesía de ese renovador increíble que es Nicanor Parra, que nos sorprende a cada renglón y nos hace desternillar de risa, invadidos por la ironía y el sarcasmo y la facilidad con que da otros sentidos a las manidas palabras. Nada que ver con la retórica preciosista latinoamericana y con « escribir bonito »: Parra descarriló a la poesía latinoamericana y la puso a caminar por los barrios y la vida cotidiana, como nos muestra ese duro y cruel poema dedicado a « La víbora ». Su compatriota Gonzalo Rojas es otro de los que usan la palabra como una cauchera, quebrando verso a verso la vidriera de la realidad, jugando con las retóricas para demolerlas con el más cruel sarcasmo. Lo vi una tarde de mayo de 1998 frente al Palacio de Bellas Artes donde había estado el féretro del gran Octavio Paz. Jorge Teiller,
del sur chileno, nos comunica, por el contrario, la lluvia y la humedad de los páramos, cerca a rieles abandonados entre la soledad, el desamor y el margen. Es una poesía desolada de ángel caído.
Eliseo Diego, Alvaro Mutis, Carlos Germán Belli, Eielson, Blanca Varela, Rosario Castellanos, Idea Villarino, Jaime Sabines, Enrique Lihn, Juan Gelman, Roque Dalton y Eugenio Montejo son otros de los autores incluidos en esta antología de poesía latinoamericana dedicada a quienes bajaron de los pedestales de mármol y se untaron del barro. Al cubano Diego, lo vi con todos los sobrevivientes del grupo de Orígenes durante el homenaje que se le hizo por recibir el Premio Juan Rulfo en la Feria del Libro de Guadalajara, el mismo año que estuvo dedicada a Colombia. Murió poco después y entonces estaba ahí silencioso, sabio y profundo como si supiera su inminente fin.
Al gran Alvaro Mutis, cuya poesía y la saga novelística de Maqroll el Gaviero son de las obras mayores del siglo XX, lo he visto en México, Bogotá, París y Madrid, con ese entusiasmo permanente y generosidad de quien sabe que la vida es un premio equivocado. Capitanes, contrabandistas solitarios, mujeres perdidas, enfermos, viajeros, pueblan esa obra vasta que nos cambia y de la que salimos distintos.
Belli y Eielson son « raros » como todos los poetas peruanos : siempre encuentran una veta inédita para bucear en un mar de palabras extrañas y encontrar sus propios caminos. El mexicano Jaime Sabines y Juan Gelman escriben una poesía que puede ser bolero o tango : el primero dulzón como los boleristas, lame de adjetivos, lágrimas y gomina el cuerpo femenino y el segundo, como en sus poemas « Ofelia » y « Mujeres », descree de la poesía con mayúscula y la acerca al barrio y al arrabal. De tanto demarcarse, Gelman ha creado un mundo propio en los santuarios de la poesía latinoamericana. Y de las mujeres salvadas, se destaca la Blanca Varela, con esa poesía vasta y estricta, llena de libertad, porque en su generación la rebeldía de la mujer poeta tenía que ser siempre doble.
Mucho se puede decir de todos esos poetas latinoamericanos del siglo XX, pero al escuchar su palabra, comprendemos que son grandes profetas destronados. Porque antes, en el siglo XIX y en el albor del XX, la poesía y el poder cohabitaban en los palacios presidenciales y los poetas como Nervo, Santos Chocano y Neruda discurrían hinchados en carrozas de gloria, ungidos de solemnidades como sapos rodeados de áulicos croantes. Después, los poetas perdieron el poder y fueron lanzados al margen. Por eso todos los incluidos en esta antología de lo « real hispanoamericano » son campeones sin corona. Reyes desnudos y tiernos sin laureles ni cetro.
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Arriba, fotos de los poetas Enrique Molina y Alvaro Mutis.

LA DICTADURA PERFECTA DE VARGAS LLOSA


Por Eduardo García Aguilar

El Premio Nobel a Mario Vargas Llosa es un reconocimiento a la literatura latinoamericana de inspiración decimonónica, convencional y previsible, que sigue vigente en el siglo XXI, y al maridaje obsceno y exasperante de nuestros escritores con las fuerzas del poder, el dinero y la apariencia.

Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz, que lo precedieron en el trono, fueron todos representantes del escritor comprometido con los poderes, que medraron todas sus vidas en las antesalas de los palacios presidenciales y los salones de la plutocracia. Los escritores rebeldes, experimentales y disidentes de América Latina están condenados al ostracismo.

Durante años Octavio Paz fue la voz omnipresente y servil de la cadena Televisa, una especie de big brother totalitario al servicio del régimen mexicano del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Cruel con los débiles y los disidentes, y servicial con los poderosos y los ricos, Paz era un megalómano omnívoro de ideas ajenas que se consideraba infalible.

El chileno Pablo Neruda fue el típico hombre de letras pro-estalinista al servicio de la tiranía soviética, pero a la vez se arrastraba sobre todos los tapices del dinero y los poderes terrenales de Oriente y Occidente. Poeta inolvidable, el destino lo atrapó sin embargo en las garras de uno de los dictadores de derecha más sanguinarios de la historia y murió en Chile con aires de tragedia en los sombríos aposentos del exilio interior y la enfermedad.

Miguel Angel Asturias a su vez estuvo empantanado al servicio de las peores dictaduras de su Guatemala natal y al final, ya casi como un enorme batracio engordaba como engordaron Paz y Neruda en las embajadas de sus respectivos países en París. Todos ellos son el arquetipo del escritor embajador, del novelista político, del bardo poderoso y feliz.

Gabriel García Márquez, más atípico y astuto, ha sido también un gran servidor de la dictadura de los hermanos Castro en la isla cubana, ajeno al sufrimiento atroz de ese pueblo en manos de una burocracia tropical y totalitaria, lo que no le ha impedido a su vez dejarse manosear por casi todos los presidentes de derecha o izquierda que ha encontrado a su paso, mediando aquí y allá en lo inmediable, llevando razones de un tirano a otro tirano.

Mario Vargas Llosa, el alumno perfecto del boom, es el ejemplo máximo de esa connivencia permanente de los hombres de letras latinoamericanos con los poderes y después de su conversión ha repetido sin cesar el sermón en defensa de ricos, empresarios, presidentes de derecha, la señora Margaret Thatcher y todos los magnates que encuentra a su paso. Es el mismo sermón que repetía como candidato presidencial en su natal Perú.

El Nobel peruano, como su gran maestro Octavio Paz, ha fustigado sin piedad a esos latinoamericanos « idiotas », que sin ser serviles del castrismo o los regímenes totalitarios asiáticos o europeos, osan oponerse a esa derecha financiera mundial depredadora que él tanto defiende. Cada semana encontramos en algún periódico el Angelus dominical del papa Vargas Llosa, donde nos habla de un capitalismo feliz, unos empresarios maravillosos y unos ricos que al ser más ricos traerán la felicidad y la abundancia a esa infame turba de las barriadas que sólo existe en la ficción de sus novelas de juventud y en los recuerdos de su mocedad peruana.

Vargas Llosa tiene una fuerza proteica y una suerte maravillosa. Apuesto como pocos y según las señoras cada vez más bello a medida que pasan los años y encanece, dotado de una dentadura digna de publicidad para dentrífico, estudiante impecable, este portento cuya única mancha en la vida es haberle dado un puñetazo por celos a García Marquez, saltó a la fama muy pronto con tres novelas costumbristas y desde entonces en la ola del boom ha surfeado publicando varios libros por año, impecables, bien escritos, amenos, comprensibles, vendibles, previsibles y a veces banales como telenovelas.

Cada mes recibe desde hace décadas un nuevo doctorado honoris causa. En toda provincia latinoamericana o española alguien crea un nuevo premio para tenerlo unas horas en su salón y él siempre, muy solícito, cobrará el cheque y partirá unas horas después en medio de los aplausos. Es y ha sido una verdadera y feliz industria de premios millonarios que ahora se corona con el premio mayor.

Puesto que el éxito atrae el éxito y el aplauso los aplausos y vivimos en una sociedad que se arrodilla ante la fama y el dinero y abomina el fracaso o la rebeldía, ahora viviremos para siempre felices bajo la dictadura perfecta de Vargas Llosa, hipnotizados por su sonrisa Pepsodent.
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* Eduardo García Aguilar (1953). Escritor colombiano, autor de El viaje triunfal y Bulevar de los héroes, entre otras novelas, así como de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Alvaro Mutis. Reside en París)

sábado, 21 de agosto de 2010

ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING EN EL TRÓPICO



Por Eduardo García Aguilar
Ver a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.
En este verano volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.
En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.
Charlotte, que en la película se llama Ellen es la mayor de ellas, tiene 55 años, y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradiasiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por por Menothy Cesar.
Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.
Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al « viscoso » y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo : Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.

sábado, 14 de agosto de 2010

RESURRECCIÓN DE VOLTAIRE


Por Eduardo García Aguilar

Si Voltaire se despertara hoy, más de dos siglos después de su muerte en París a los 84 años de edad, en 1778, se sentiría profundamente impactado por el renacimiento en el mundo entero de los fanatismos religiosos, políticos e ideológicos. Al escribir el corto ensayo biográfico Voltaire, el festín de la inteligencia para la colección de personajes editada por la editorial colombiana Panamericana, rendía homenaje a ese viejo esquelético, mueco y socarrón que muchos consideraban un espantajo impresentable en el helado museo de las estatuas abandonadas. Aunque la bibliografía sobre su obra es tan abundante como los granos de arena de un desierto africano, su figura sigue confinada a las aburridas obligaciones escolares y por eso muchos franceses se extrañan de que un latinoamericano del siglo XXI se interese en seguir los pasos del autor de Cándido (1759) y el Tratado sobre la tolerancia (1763) y lo encuentre actual.
En todo el mundo los hombres son dominados por ideologías y creencias beligerantes que los llevan a morir por causas oscuras, a suicidarse en aras de una deidad, a torturar por ideas, a matar o mandar matar por intolerancia. En las calles de las capitales europeas la mujeres islamistas vuelven a cubrirse de pies a cabeza como hace mil años y en otras partes del mundo todo tipo de gurús, profetas, iluminados, mesías, incitan a la guerra, la destrucción, la inmolación y el crimen, con la esperanza de dominar el mundo y obligar a los hombres a seguirlos bajo el sonido amenazador de las ametralladoras. El horror de los conflictos regionales, la mortandad incesante en las guerras puntuales, la trivilización del secuestro, la celebraciones armadas de los triunfos electorales, las amenazas nucleares de regímenes tan delirantes como el norcoreano y el iraní, la agresividad estadounidense, nos muestran que el mundo anda muy mal, como en las peores eras locas de Nerón o de Atila.
Por eso, mientras me sumía en la lectura de algunas de las obras de Voltaire, de textos sobre su larga vida de exiliado incómodo y muestras de su correspondencia, no sólo me maravillaba la luz de la prosa llena de humor e ironía, sino también la energía de su lucha contra la intolerancia y las « supersticiones » en la Europa del Siglo de las Luces. Sin duda hoy los fanáticos lo amenzarían con una fatwa y sus enemigos lo mandarían a matar con sicarios. Parado frente al pequeño pero famosísimo sillón Voltaire de color verde jaspeado, donde trabajó los últimos meses de su vida, que está expuesto en el Museo Carnavalet, trataba de imaginarlo acosado por la tos, con su bonete, mientras llenaba hojas y hojas con la hiperactividad característica de su genio.
Lo habían dejado regresar a la capital después de décadas de exilio, para que asistiera a la presentación de una de sus obras dramáticas y a un homenaje que le hacían sus admiradores en el Comedia Francesa. Vino enfermo desde Ferney, que era la residencia y la ciudadela donde vivía junto a las tierras protestantes suizas, a resguardo de posibles detenciones. Allí recibía a la romería de discípulos y curiosos que venían de toda Europa, y que como el libertino Giacomo Casanova, relataron con detalle el ingenio admirable del viejo, sus rápidas respuestas de cascarrabias que siempre tenía razón y la agitación incesante de su vida dedicada a escribir, pensar y rabiar.
Fue el primer gran periodista de la era moderna, al escribir sin descanso todo tipo de obras de historia, libros de vulgarización científica y narraciones con « mensaje » que se vendían como pan caliente en ediciones clandestinas, por lo que contribuyó a abrir los espíritus y a mostrar que era posible enfrentarse a la intolerancia del Antiguo Régimen.
Pensó que iba pasar a la historia como gran autor de tragedias y gran poeta, pero aunque escribió miles de versos y decenas de piezas que fueron presentadas en todas las capitales, éstas obras fueron olvidadas y se le recuerda más por sus panfletos y narraciones, que él consideraba sólo divertimentos para entretener a los amigos en las veladas palaciegas.
Su obra abarca decenas y decenas de volúmenes, pero basta leer sus divertidas ficciones como Cándido o El ingenuo para reirnos con él de la estupidez bélica de la humanidad actual y entender que en vez de avanzar retrocedemos a los peores tiempos de la barbarie y que incluso estamos a punto de superarlos. Un día de éstos terminaremos todos en « átomos volando » como dice el himno, mientras Voltaire, con su larga peluca empolvada, se carcajeará de nosotros los herederos de un futuro radiante sin luces ni risa.

domingo, 1 de agosto de 2010

MI OBSCENO PARIS LITERARIO

Por Eduardo García Aguilar
Trabajo en la Plaza de la Bolsa, a pocos metros de donde vivió Simón Bolívar en dos ocasiones en 1804 y 1806, en tiempos de Napoleón. Por ahí, a dos cuadras, Stendhal escribió Rojo y Negro y sufrió un desmayo que lo dejó tirado en la calle. Esa era la zona financiera y el sector de la poderosa prensa coludida con la plutocracia descrita por Balzac, Zola y Maupassant.
A dos cuadras mataron al socialista Jean Jaurès y al lado publicó Emile Zola su famoso Yo acuso en protesta por la condena al militar judío Dreyfus en el diario La Aurora. Uno puede caminar ahora por los mismos lugares por los que ellos paseaban y la diferencia es poca. Por esta zona, orilla derecha del Sena, están los famosos pasajes del siglo XIX, sobre los que escribió el autor judío-alemán Walter Benjamin. Los grandes multicentros de tiendas y cafés lujosos de la época eran pasajes que cruzaban de una calle a otra y en el interior había cafés, almacenes, sitios de encuentro, cortesanas, y eso está detallado en la obra de todos los escritores del XIX.
Es delicioso caminar por París y poder leer esas obras y encontrar que las mismas calles están como si no hubiera pasado el tiempo. Encontrarse con la placa de Molière, que vivió y murió aquí cerca, o con las dedicadas a César Vallejo y al gran viajero Bougainville es lo más natural del mundo. Es una ciudad literaria y lo literario es aquí hivernal. En París la obra literaria de todos los autores ha estado marcada por el invierno, el hielo, la tuberculosis, la mugre de Los Miserables de Victor Hugo o Jules Vallès. Gérard de Nerval , el autor de “Aurelia” y otros decadentes como Maupassant fueron prácticamente aniquilados por el invierno, el frío y la tuberculosis, la sífilis y la depresión neurasténica reinante a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En las habitaciones y oficinas la calefacción era precaria en ese entonces, mientras hoy se vive en casas con clima equilibrado y en los cafés se instalan aparatos que posibilitan estar afuera, sentado, tomando vino o cerveza sin tener frío, pero los autores del XIX y otras épocas sí sufrían de una forma terrible el invierno y de ello morían.
Me agrada andar por las calles de Saint Germain-des-Prés, epicentro de la vida literaria donde estuvieron presentes Joyce, Beckett, Camus, Hemingway, Sartre, Simone de Beauvoir y Roland Barthes y sobre todo los escritores latinoamericanos. En los años 20 y 30 París era el centro de la literatura latinoamericana, con autores tan importantes como los peruanos César Vallejo y los hermanos García Calderón, el guatemalteco Miguel Angel Asturias y el mexicano Alfonso Reyes. Hay placas que ellos colocaban con ceremonias para celebrar a los latinoamericanos que los antecedieron como el gran nicaraguense Rubén Dario, el colombiano Vargas Vila y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, que vivieron en París en la transición del siglo XIX al XX, en tiempos del viejo Paul Verlaine.
París hoy es mucho más cosmopolita que antes. Hay barrios paquistaníes, indios, chinos, rusos, árabes, africanos, judíos, de modo que también me encanta caminar por el mundo popular que nos transporta hacia el Extremo Oriente, Oriente Medio, Africa y la Europa Oriental como si uno hubiera tomado un avión hacia esos lugares. Hacia el norte de la ciudad, cerca de las estaciones ferroviarias del Norte y del Este, por Belleville o Montmartre, donde viven árabes, tailandeses, sirlankeses, japoneses, judíos, africanos, la ciudad es una urbe semiproletaria donde se hablan todas las lenguas y se lucen las más extrañas prendas, lo que contrasta con los barrios de la perfumada burguesía mundial, situados por Madeleine, Place Vendôme, Trocadero, Passy, Monceau, Saint-Cloud, Boulogne y otros sectores.
Hay cuatro épocas fundamentales de la literatura latinoamericana parisina. Primero el modernismo con Ruben Darío, Gómez Carrillo, José María Vargas Vila y otros latinoamericanos que vivieron intesamente cuando estaban vivos Verlaine y Mallarmé. Luego viene la generación de entreguerras en los años 20 y 30, cuando todos los escritores latinoamericanos venían a estudiar como el joven Asturias o a hacer diplomacia como Alfonso Reyes. Más tarde viene el “boom” latinoamericano en el que estuvieron presentes García Márquez, Julio Cortázar, Alejo Carpentier, Severo Sarduy, Julio Ramón Ribeyro, Alfredo Bryce Echenique, Mario Vargas Llosa, y como diplomáticos y vedettes activas Octavio Paz y Carlos Fuentes. Y en la actualidad vive una vasta generación de autores latinoamericanos de todas las nacionalidades, pero principalmente peruanos, como los hermanos Rosas Ribeyro, Mario Wong, Edgar Montiel, Alejandro Calderón, Jorge Nájar y los argentinos Luisa Futoransky y Arnaldo Calveyra.
Los escritores latinoamericanos malditos no vivieron tan mal como dice la leyenda. César Vallejo no vivió tan triste y pobre como se cuenta bajo el frío y la lluvia de París "con aguacero". Su tumba está en el cementerio de Montparnasse, rumbo de fiesta en tiempos de entreguerras. Todos vivieron momentos muy felices porque había vino y fiesta y eso en todos los casos, desde la generación de Ruben Darío, a la de Asturias, y a la de García Márquez, que se queja de su etapa parisina, pero se la pasaba de rumba tocando y cantando en los bares de Odeon al lado del artista venezolano Soto.
Los que vivimos ahora en esta primera década del siglo XXI somos los escritores mas felices de todas las generaciones, a salvo de la tuberculosis y la sífilis y la soledad. Vivimos en una jaula de oro y con la alegría de que la literatura latinoamericana ha pasado de moda. Ya no somos los exitosos personajes folclóricos de antes, sino que entramos a la era cosmopolita donde cada esquina del mundo es el mundo mismo y Paris un obsceno lugar literario cargado de fantasmas del pasado que chillan desde sus frías mazmorras de gloria.

jueves, 29 de julio de 2010

LAS NOCHES PARISINAS DE TABLADA

Por Eduardo García Aguilar
José Juan Tablada (1871-1945) es uno de los escritores mexicanos más fascinantes, ya que no sólo dejó una obra poética original sino que escribió miles de artículos y crónicas como solían hacerlo sus infatigables compañeros modernistas latinoamericanos en periódicos y revistas del continente.
La vida le deparó desde temprano viajes que lo ligaron a otras culturas como la de Japón, que visitó en 1900, Francia, donde estuvo entre 1911 y 1912, y Estados Unidos, donde vivió parte de su vida y murió este devorador de todas las cosas. En esos países se nutrió de ámbitos extraños que perfeccionaron su visión del mundo y dieron aliento a su poesía para sacarla de la retórica ambiente y proyectarla a una permanente juventud y experimentación.
En Nueva York fue uno de los centros magnéticos de la cultura latinoamericana, pues en esa metrópoli insomne tuvo acceso a todo tipo de sensaciones que alimentaron su desaforada dispersión intelectual. Pero venía de la capital mexicana, de la que siempre hablaba con nostalgia al escribir sus crónicas desde el extranjero, afectado por las noticias de la devastación provocada por los conflictos sociales y la Revolución, que llevaron a la caída del dictador Porfirio Díaz.
Como todos los modernsitas, Tablada tuvo su París y nada más curioso que leer ahora la edición original de las crónicas parisinas Los días y las noches de París, (Viuda de Ch. Bouret. México. 1918. 214 páginas), que adquirí en un acto tabladiano hace tres años en la Librería Madero, donde el poeta, con ojo avisado, nos relata los instantes vividos en la ciudad, considerada entonces la luminosa capital artística del mundo.
Relatada desde del otoño de 1911 a la primavera de 1912 en arbitrarias acuarelas que enviaba a la Revista de Revistas o en cartas y pedazos de diario donde contaba lo que veía, París se nos antoja allí mucho más cercano de lo que insinuaría el paso certero de un siglo.
Solemos los contemporáneos del siglo XXI creer que nuestros antepasados vivían un mundo atrasadísimo e ingenuo y pensamos que la supuesta modernidad desbocada de hoy es única y original. Pero basta revisar estas crónicas, que también fueron editadas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1988, para darnos cuenta que París ha cambiado muy poco y que sus descripciones no difieren mucho de las que hiciera un cronista latinoamericano de hoy.
Por supuesto que ahora hay muchas comodidades impensables para aquella época como los celulares, la TV, los jets, las computadoras e Internet, que muchas enfermedades están controladas y otras nuevas como el sida han surgido, pero la pobreza y la soledad, la miseria y el olvido reinan igual que entonces al lado del derroche de los privilegiados en los mismos barrios y bulevares.Los malevos descritos en su crónica Fantasmas de apaches por Tablada, quien presencia un crimen cinematográfico desde un tranvía, siguen tan presentes como antes, y en los mismos lugares de hace cien años los dandys de hoy van a tenis a Roland Garros y a las carreras de caballos de Auteuil, mientras viciosos, dealers, prostitutas, gigolós, drogadictos y ladrones pululan en Montmarte, Pigalle, Bastille o Montparnasse con idéntica intensidad que a comienzos del siglo XX.
Cuando describe a los jóvenes artistas bohemios latinoamericanos que se hacinaban en buhardillas de nueve metros cuadrados para fumar, beber y copular en medio de la tuberculosis y la sífilis, lejos de su tierra, parece retratar a los jóvenes extranjeros y provincianos franceses actuales que hacen su París y pasan dificultades similares que sus ancestros de hace un siglo.
En la carta crónica Los luchadores vencidos, Tablada lamenta el estado del joven pintor mexicano Juan Mora que está flaco y abatido, afectado por la tisis en una buhardilla de la rue Monge, lejos de su madre lejana, pero rodeado de dos mexicanos, un artista colombiano y una pelirroja, que se reúnen para verlo mientras beben y comen charcutería y queso sobre un periódico, por lo que exclama "¡Ah, ese París, lo que le confiamos y lo que nos devuelve!".
Con Tablada descubrimos a Diego Rivera que vive en Montparnasse con Angelina Beloff, visitamos la tumba del pintor Julio Ruelas sepultado en el cementerio de Montparnasse antes de que allí se instalara también para siempre Porfirio Díaz. Y lamenta la muerte prematura de ese artista que reposa bajo la bella escultura de una hembra de mármol. Y como hoy se hace en los salones de la FIAC o en el Salón de Otoño, visitó la obra de los pintores del mundo expuestos en el Grand Palais para destacar allí el éxito del mexicano Ángel Zárraga y observar con menos entusiasmo lo expuesto por Diego Rivera y el Doctor Atl.
Y vemos a la Bella Otero o a Mistinguette actuando en los cabarets, o a la sáfica Colette en el teatro, visitamos las mismas viejas librerías y galerías del muelle Voltaire o las callejuelas de Saint Germain, Le Marais o Palais Royal, atendidas ahora por los descendientes, así como los antros de prostitutas, cabarets, bares y comederos de siempre, algunos de los cuales como Chartier, Bollinger o Polydor siguen ahí sin mucho cambio.
Tablada dedica una emocionada crónica al gran poeta argentino modernista Leopoldo Lugones, a quien visitó en su casa de Passy y con quien tuvo la fortuna de ser amigo. Así como hace décadas los latinoamericanos saludaban al superparisino Julio Cortázar, el de Rayuela, Lugones fue el gran escritor que conmovió con su sencillez a un admirativo Tablada.
Tablada vivía en una casa de estilo japonés en Coyoacán, saqueda según la leyenda por los revolucionarios. Ausente en París, se lamenta de los colgados y los fusilados dejados por la violencia en su país y que aparecen en las noticias de la prensa francesa, así como hoy se lamentaría de los ejecutados, decapatidos y deslenguados que en el México actual.
O sea que si el poeta volviera hoy a visitar la tumba de Ruelas en Montparnasse o caminara de nuevo por Campos Elíseos, Montparnasse o Bastille, comprendería que el actual mundo de guerras, atentados y crisis financieras no es menos bárbaro ni menos genial que el descrito por él hace un siglo con su escritura ágil y desordenada de lúcido viajero.

sábado, 24 de julio de 2010

HACIA UNA NUEVA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar
Carmen Barvo, directora de Fundalectura, planteó hace poco la necesidad de reflexionar sobre los nuevos rumbos de la literatura colombiana y pide dar vuelta a la página "de la violencia y el narcotráfico". A mi entender se trata de dejar atrás a las literaturas basadas en el escándalo, el narcotráfico y a la prosa pre-vargasviliana y pre-carrasquillana practicada por los best-sellers antioqueños de moda, que prácticamente han sido hegemónicos en la literatura del país en la primera década de este siglo. Escriben tan mal como Vargas Vilas godos y nos hacen creer que son nuevos.

Pese a que desde la muerte de Rafael Humberto Moreno Durán y su condena al ostracismo al lado de otros grandes narradores de su generación como Fernando Cruz Kronfly, Alberto Duque López, Oscar Collazos, Helena Araújo, Darío Ruiz Gómez, Fanny Buitrago, Albalucía Angel, Ricardo Cano Gaviria, Roberto Burgos Cantor y Marco Tulio Aguilera, entre otros, la crítica parece recuperarse poco a poco. Tras haber desaparecido misteriosamente en universidades y revistas, comienzan a rebelarse algunas voces intelectuales que se niegan a ser complacientes y a aceptar como borregos lo que imponen en Colombia las editoriales Norma, Alfaguara y Planeta con su aburrida letanía de obras costumbristas de lectura fácil promocionadas desde España, país que vive una de las peores épocas literarias de su historia milenaria.

Esas voces hasta ahora silenciadas comienzan a tratar de establecer puentes con otras generaciones literarias colombianas que habían logrado sacar a la literatura colombiana de un autismo costumbrista para conectarla con el mundo y el pensamiento contemporáneo. Me refiero a los escritores que desde mediados de siglo pasado escribían en las revistas Mito y Eco y cuyos discípulos irrumpieron en los años 60 y 70 eperanzados en abrir ventanas a la modernidad, a las literaturas experimentales y al pensamiento contemporáneo.

Obnubilados por los best-sellers, las universidades y las escuelas decidieron enterrar para siempre en las fosas comunes a grandes escritores polígrafos colombianos de espíritu abierto y liberal, que como Germán Arciniegas, Enrique Uribe White, Jaime Jaramillo Uribe, Eduardo Mendoza Varela, Ernesto Volkening, Jaime Gaitán Durán, Fernando Charry Lara, Alvaro Mutis, Hernando Valencia Goelkel, Danilo Cruz Vélez y otros escribían y ejercían la crítica en Lecturas Dominicales de El Tiempo o en revistas universitarias.

Estos hombres traducían literatura francesa, alemana, rusa, centroeuropea y abordaban con espíritu abierto las nuevas corrientes del pensamiento mundial surgidas después de la post-guerra. Todos ellos eran la contraparte colombiana de las generaciones cosmopolitas que marcaron su impronta en Argentina con la revista Sur y Jorge Luis Borges, en Cuba con Orígenes y José Lezama Lima y en México alrededor de Octavio Paz, así como en Chile, Brasil, Perú, Venezuela y otros países del continente.

¿Por que se cortó ese aliento contemporáneo de la literatura colombiana y latinoamericana? Sin duda se debió a la irrupción del boom comercial y a la gran deriva de la literatura comprometida que reinó durante décadas enceguecida por la revolución cubana y el sueño revolucionario armado en el continente, simbolizado por el mito del Che Guevara. De un cosmopolitismo liberal y librepensador pasamos a una literatura comprometida, basada en el realismo mágico y los temas nacionalistas y continentalistas acordes con el discurso del tribuno dictatorial Fidel Castro. De un espíritu crítico pasamos al dogma nacionalista y tercermundista y los puentes con Europa y el mundo se cerraron para abrir otros de tipo animista y folclórico. Los latinoamericanos quedamos como figuras de pacotilla tercermundista y por eso estuvimos de moda durante tres décadas en esos centros del poder. Por eso sólo publican best-sellers de sicarios y narcos y niegan la traducción a generaciones enteras de autores de alto nivel como Fernando Cruz Kronfly, un intelectual colombiano que merece los Premios Cervantes y Príncipe de Asturias.

Ahora todo ha cambiado. Desde la caída del muro de Berlín y el fin de esos sueños, el pensamiento abierto y cosmopolita de escritores colombianos como Moreno Durán y Cruz Kronfly quedó enterrado en el pasado y bajo la decepción y el pragmatismo del neoliberalismo salvaje, la literatura latinoamericana se vendió a los criterios de la comercialización. Sólo vale lo que vende. Vendo, luego existo. Si una novela vende es porque es buena y punto. Y así los grandes autores colombianos desaparecieron para dar paso a varias generaciones de autores ramplones de bajísima calidad o que ejercitan una ingenua retórica formalista de cartón piedra.

Por eso las declaraciones recientes de una mujer como Carmen Barvo son bienvenidas como un signo de que ya hay que rebelarse contra esta dictadura de la mediocridad literaria que se impuso en esta década ante la inercia de generaciones de intelectuales desmoralizados por el miedo ambiente. Ahora hay que apoyar a las pequeñas editoriales y revistas del país y dejar de financiar con millones a Alfaguara, Norma y Planeta.
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* La irónica imagen utilizada es de la ilustradora Nancy Arroyave. La literatura de hoy, como en tiempos de Vargas Vila es para asustar monjas.

domingo, 11 de julio de 2010

GERMAN ARCINIEGAS: LA LONGEVIDAD DEL LADINO

Por Eduardo Garcia Aguilar
En su muy larga vida, Germán Arciniegas ha transitado por los países y las literaturas de América Latina como un interlocutor privilegiado. Para presentarlo a nuestros lectores, acudimos a Eduardo García Aguilar, colombiano de México, autor de la novela El viaje triunfal y de Celebraciones y otros fantasmas. Una biografía intelectual de Álvaro Mutis. (Publicado en La Jornada Semanal. México, el 9 de junio de 1996)
En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en las diversas trincheras de la intelligentsia latinoamericana de la última década del siglo XX, es refrescante celebrar la longevidad de un viejo demócrata, marcado por el ejercicio generoso del diálogo y la polémica. Este patriarca viajero, que tiene la edad del siglo, pertenece a una amplia generación de latinoamericanistas liberales que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía desde la independencia anegado en pobreza, luchas fratricidas y caudillismo.
Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo bolivariano: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela, José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México, Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana, José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú, Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por el canto uniformizador de la gorda sirena tecnocrática, rellena de hamburguesas McDonald's. Al mismo tiempo, y sin necesidad de afirmarse, Jorge Luis Borges, más excéntrico y escéptico, se comía al mundo sin bandera.
Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Villa y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes bestsellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tiene del primero, que era espantoso escritor, el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparten ambos la ligereza y la imaginación desbordada. Pero aquellos entusiastas años veinte y treinta de entreguerras parecen ahora más lejanos aún que los de la Independencia, pues los cambios sucesivos en la región y el mundo a lo largo del siglo confinaron el ingenuo ideario latinoamericanista o ladinoamericanista, como diría Arciniegas, a un extraño limbo, o cuarentena, que exige revisiones dramáticas por parte de quienes ensayamos y pensamos en este momento.
Ya Bolívar, en sus últimas cartas, entre la amargura del desprecio, expresó con lucidez escalofriante sus dudas sobre la posibilidad de redención del continente, convirtiéndose así en el primer decepcionado y único visionario apocalíptico. Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción, porque para el mundo actual no hay hombre más bobo que uno íntegro. Después de muchas décadas de aventura romántica, signada por la angustia de vivir entre la civilización y la barbarie, hombres como éstos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. Eran la contraparte absoluta del poeta maldito francés baudeleriano, imagen tuberculosa que por esas fechas languidecía en las cantinas a lo largo y ancho del continente, y del cacique ignaro que esgrimía su látigo en las plantaciones de banano o henequén. Jóvenes de bombín y cabello engominado, devoraban lo que venía del otro lado del mar sin caer postrados, como sus antecesores modernistas, en ciegas admiraciones de heliotropo, y trataban de poblar las aulas, cada vez más abiertas y modernas, con la búsqueda de una "identidad latinoamericana" que a veces condujo y aún conduce a tristes debates "bizantinos". La mayoría, como el derrotado Vasconcelos, uno de los prosistas más notables del siglo y cuyas Memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano­, terminaría vencida, en el exilio, apedreada, pateada, salvo Arciniegas, que siguió fiel a su entusiasmo.

Fue una derrota para ellos, pero por el lado de la creación los mismos años de caos se encargaron de unir el continente a través del delirio de la palabra narrativa, primero con la gran novela telúrica de los campos y las selvas, desde Rómulo Gallegos y Miguel Ángel Asturias hasta Arguedas y Guimaraes Rosa, más tarde con el barroco maravilloso de Alejo Carpentier, Lezama Lima y Severo Sarduy, y al final con el fresco de la pléyade del boom, con autores tan claves como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Julio Cortázar, Carlos Fuentes y Juan Rulfo, entre otros. La palabra, que siempre se anticipa a los gobiernos, hizo estallar las fronteras sin necesidad de ejércitos a través de la poesía, la más agresiva trituradora de tradiciones y viejos sentidos. Neruda, Huidobro y Pablo de Rokha, César Vallejo, César Moro, Oliverio Girondo, Jorge Luis Borges, Enrique Molina, Álvaro Mutis, Vicente Gerbasi, Octavio Paz y Gonzalo Rojas, entre otros, se encargaron de dinamitar esas paredes y dejaron a los políticos con sus discursos ajados.
A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas de los tiempos de antes de la televisión, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de los héroes. Con él, los adolescentes descubrieron las maravillas de El Dorado, siguieron las gestas de Tupac Amaru y Los Comuneros, conocieron a fray Servando Teresa de Mier, a Bolívar, Flora Tristán y José Martí, y siguieron las proezas de película de los bucaneros del Caribe. Los más mórbidos supieron de la chiflada Gabriela Mistral en su delirio errante, o del maldito Porfirio Barba Jacob, cuyos huesos desenterró en México hace 50 años y llevó a Colombia en un avión, acompañado por Carlos Pellicer y León de Greiff.
Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental. Cosa extraña de la historia, tanto él como esa generación de discretos intelectuales civilistas que trabajaban en la primera mitad del siglo para sus gobiernos y peregrinaban cada año a París, en ese entonces capital cultural latinoamericana, fueron arrasados por el renacimiento de un neotelurismo literario que desplazó el interés por esa reflexión liberal. Tanto la religión marxista leninista como el neoconservadurismo nutrido de falange española y nazismo mandaron a estos hombres a un desván de sospecha: eran demasiado burgueses para los comunistas, y algo comunistoides y diabólicos para los conservadores. Tras la Revolución cubana y la gran histeria latinoamericanista subsiguiente, su discurso recibió el tiro de gracia, dejó de tener el arrastre de antes y los lectores se volcaron, según el gusto, ya sea en brazos del "realismo mágico" o de los catecismos de la guerra fría. Arciniegas, y otros intelectuales pasados de moda, vivieron décadas de ostracismo hasta que ahora, por fin, las nuevas generaciones de ensayistas tratan de restablecer un puente con ellos, para volver a "pensar" con calma y civilismo, y no con las llamas y la atractiva exuberancia ideológica de las últimas décadas. Esos liberales de entonces, como Sanín Cano, Reyes, Henríquez Ureña, Picón Salas, Sánchez o Uslar Pietri, se verían incómodos en esta lucha fratricida de fin de siglo entre la intelligentsia del libre mercado pro neoliberal, nostálgica de la guerra fría, y los "idiotas" que no están de acuerdo con ellos, tal y como los define un reciente libro titulado Manual del perfecto idiota latinoamericano (1) , cuya contraparte, también absurda, bien podría titularse Manual del perfecto hideputa latinoamericano. ¿No es preferible entonces el discurrir de ese liberal generoso, poco dado a las descalificaciones y a veces pleno de humor y alegría, al discurso encendido, maniqueo, egoísta, lleno de odios y anatemas de quienes mandan al ostracismo a los que no piensan como ellos?
Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dado voz especial a la anécdota para sentarse en los laureles de la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos. Así lo reconoció el joven Gabriel García Márquez en su columna del Heraldo de Barranquilla, en 1952, al decir que sólo un escritor como él, "que lo acostumbra a uno a tratar con familiaridad a los personajes más inaccesibles y remotos, podía ponernos en camino de hacer las paces con los viejos intrépidos bandoleros del mar". Es obvio que en la actualidad se cuenta en la región con una disciplina histórica y crítica más rigurosa, y que los episodios de nuestro santoral patriótico, literario y político, se revisan con mayor lucidez y exactitud, pero también es cierto que este viejo patriarca cometió un pecado maravilloso que bien puede perdonársele: lo devoró la ficción y la imaginación desbordada, tal vez el deseo secreto de unas novelas que no pudo escribir.
Este prosista y sus afines polígrafos, que nadaron entre el ensayo, la ficción y el discurso, pueden contribuir en estos momentos a una revisión más amable de las discrepancias continentales, cuando grados indecibles de pobreza, enfermedad y analfabetismo vuelven a la región ante la mirada egoísta e indiferente de la mayoría de sus castas intelectuales, hipnotizadas por el progreso y el camino hacia la quimera del Primer Mundo. El discurso de Arciniegas en todo momento estuvo marcado por la búsqueda de la democracia y la tolerancia, una "defensa constante de los valores democráticos, una prédica que puede resultar monótona si la miramos en la larga duración de sus 70 años de escritor público", según nos dice Juan Gustavo Cobo Borda en el prólogo de la reciente recopilación de sus principales páginas bajo el título de América Ladina (FCE, México, 1993). En sus mejores libros, América, tierra firme (1937), Los comuneros (1938), Este pueblo de América (1945), Biografía del Caribe (1945), Entre la libertad y el miedo (1952), Amérigo y el Nuevo Mundo (1955), El mundo de la bella Simonetta (1962), El continente de los siete colores (1965) y América Mágica (1959), Arciniegas reivindica el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. Y aunque la realidad lo contradice a veces, exalta la vocación democrática de la región frente a los horrores coloniales del Viejo Mundo, y protesta a los 90 años de edad ante el gobierno colombiano porque éste aceptó que la celebración de los 500 años se hiciera con un emblema adornado por la Corona española. Sus textos son un homenaje a los hombres humildes, a los labriegos, a las mujeres que abrieron con sudor los nuevos surcos, y una diatriba permanente contra los poderosos y los tiranos, llámense Juan Vicente Gómez o Fidel Castro.
No deja por supuesto de ser difícil una lectura en este fin de siglo de muchos de sus textos de ocasión, pero el mérito mayor de Arciniegas es que no se dejó devorar por ellos y emprendió obras más ambiciosas, para romper con la tradición devoradora del diarismo. El periodismo y la política fueron y son los cementerios más terribles del talento latinoamericano, pero Arciniegas, que fue ministro y diplomático, logró sacarle el cuerpo a ambos con esa alegre irreverencia que aún hoy no cesa, la alegría del "estudiante" eterno que reivindicó en su primer libro famoso.
Al lado del venezolano Uslar Pietri y otros muchos moderados, Arciniegas nos incita a pensar y a escribir sobre los rumbos de este ámbito hispanoamericano, a escrutar sus mitos y mentiras, sus fanfarronadas y cursilerías, sus tragedias y hazañas, porque sólo así se pueden conjurar los fantasmas del silencio y la intolerancia. Su preocupación por las injusticias de los viejos y los nuevos tiranos nos indica además que, por desgracia, la historia no concluye y se avecina para el continente un siglo aún más oscuro que éste. Los héroes y ejércitos rebeldes de hace siglos, que parecían caducos y que en sus obras figuraban como muñecos de guiñol o soldados de plomo, vuelven a surgir de las ruinas de una modernidad cuyos tiranos no tienen ya charreteras sino corbatas y en vez de carrozas, autos blindados.
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(1) Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa, Manual del perfecto idiota latinoamericano, Plaza & Janés, México, 1996.






sábado, 10 de julio de 2010

EL MAGO MILCÍADES ARÉVALO

Por Eduardo García Aguilar
Colombia a pesar de los dramas sangrientos, traumas y taras incesantes de su historia, es un país donde la cultura florece y es a veces un bálsamo para confrontar la violencia, la soledad y la pobreza.En todos sus rincones hay gente que se dedica de manera desinteresada y a costa de su bolsillo a propiciar las artes y a crear espacios para la expresión artística de los nuevos. Tal es el caso del escritor Milcíades Arévalo, quien desde 1973 publica contra viento y marea la revista literaria Puesto de Combate, La revista de la Imaginación, donde a lo largo de cuatro décadas ha publicado a centenares de autores de todos los puntos cardinales.
Arévalo nació en Zipaquirá y desde muy temprano, en el cruce de la niñez a la adolescencia, se trasladó a Bogotá a finales de los años cincuenta a vivir con familiares en una pensión del céntrico barrio Santa Fé, no lejos de donde residía el poeta León de Greiff, a quien veía caminar por las calles con los bolsillos llenos de libros y periódicos. En El oficio de la adoración, relato de gran calidad literaria, que es una pequeña joya de la literatura colombiana, el escritor nos relata desde la mirada de la pubertad una Bogotá ya desaparecida, que hacía la transición vertiginosa del pueblo grande que era a la urbe moderna.
Los barrios céntricos todavía eran residenciales y amables, viveros de la clase media colombiana que inmigraba desde todas las regiones, llenos de colegialas de falda corta y mujeres de manto que iban puntualmente a misa como en los pueblos, antes de que se convirtieran en tenebrosos sectores sucios y violentos corroídos por la decrepitud, la pobreza, la violencia, el tráfico y la prostitución y que hoy son la materia prima de la crónica roja.
Hacia el norte el narrador de El oficio de la adoración evoca los barrios más acomodados que iban desde Chapinero al Chicó, como otras zonas llenas de naturaleza, enormes casas de fantasía de estilo británico y largas calles y avenidas llenas de árboles y flores a donde a veces se aventuraba en la exploración solitaria. Todavía la ciudad se limitaba a esas zonas, antes de que creciera devorando día a día la húmeda y brumosa sabana y los cerros.
Algo destacable en el libro es el erotismo que aflora en el joven narrador, seducido por las adolescentes que cruzaban las calles o las mujeres casadas que lo adoptaban como a un huérfano de amor y al final cedían a su precoz ímpetu. Esa mirada de ternura, esa intensa capacidad para dar vida a la gente común y corriente, al pueblo que lucha día a día para superarse y vivir en medio de la violencia y la incertidumbre es un canto de amor a Colombia a través de la prosa de Milcíades Arévalo,impecable, transparente y de una factura de cristal.
Así como cuenta y hace maravilloso ese mundo desaparecido de la entrañable Bogotá a través de su cámara literaria, semejante a la de Lewis Carroll, su maestro y mentor en ninfulofilia, Milcíades Arévalo se ha dedicado a abrir las puertas a los jóvenes escritores en su revista y en la editorial, que poco a poco, gota gota, da a luz libros de poesía, cuento y narrativa. También ha abierto ventanas a las literaturas del mundo a través de traducciones de autores de diversas lenguas y en lo que respecta a Colombia, rendido homenaje a los escritores colombianos alejados del poder, la ambición y la apariencia.
Arévalo ha vivido la mayor parte de su vida adulta en una casa del barrio La Candelaria, ese otro maravilloso sector de la Bogotá Colonial que por fortuna sobrevivió a los embates del progreso. Ahí en esa casa ha fraguado uno a uno los números de su revista literaria y planificado sus incursiones anuales a la Feria del Libro, donde su puesto está abierto a las publicaciones que se hacen con amor por fuera de los grandes grupos comerciales y difunden la otra literatura colombiana viva, inesperada y creativa, lejos de la monotemática del narcotráfico, el sicariato y la violencia. Su casa es la guarida de un mago acompañado de increíbles quimeras y otros animales fabulosos. Milcíades Arévalo es a la vez nuestro Mago Merlín y nuestro flautista de Hamelin.

jueves, 8 de julio de 2010

LA MILLONARIA Y EL FOTÓGRAFO

Por Eduardo García Aguilar
Francia vive desde hace unas semanas una tormenta familiar, económica y política en torno a la millonaria dueña de la famosa marca de cosméticos L’Oreal, la más rica del país, que de repente reveló todos los podridos lazos ocultos existentes entre potentados y funcionarios gubernamentales. A un lado una elegente anciana de 87 años, que brilló en su juventud por su belleza y ser la heredera del negocio más rentable de Francia y el mundo, el de los cosméticos, que a lo largo del siglo XX se convirtieron en una costosa necesidad para las mujeres pobres y ricas del planeta y luego para los hombres, que poco a poco pasaron de su proverbial rudeza a las caricias hedonistas de la metrosexualidad. Y al otro un fotógrafo arribista y un ministro.
La señora Lilianne Bettencourt, hija única del fundador de la empresa, se casó con un turbio político que fue siete veces ministro de los gobiernos de derecha y en los tiempos de auge económico del país reinó en todos los salones y acontecimientos mundanos como reina discreta, elegante, amante del arte, los viajes y la buena vida. Fue a lo largo de siete décadas de mujer adulta una vida perfecta, que gracias a las profundas redes de influencias al interior de los sucesivos gobiernos y a las múltiples donaciones y favores, figuró como la historia impecable y glamurosa de una afortunada mujer.
Pero como en las telenovelas, semanas después de la muerte del viejo marido en medio de la reciente crisis financiera mundial, la hija única de la señora Bettencourt decidió destapar la olla podrida de sus progenitores escondida tras una inmensa montaña de perfumes y cremas para la belleza, islas de sueño, balnearios, jets privados, yates, autos y mansiones de serie americana en la lujosa localidad para millonarios de Neuilly sur Seine, que nada por azar fue gobernada durante décadas y desde muy joven por el actual presidente de la República.
La hija demandó al fotógrafo y escritor multisexual François-Marie Banier, de 63 años, un arribista típico que desde una infancia infeliz marcada por un padre agresivo y una madre indiferente se izó desde muy joven por su belleza de modelo a los lechos de los famosos y millonarios que como Salvador Dalí y Louis Aragon y otras figuras lo adoraban, lo colmaban de regalos y quedaban atrapadas en sus sensuales redes de placer y alegría mundana. Al parecer a lo largo de varias décadas irrumpió en la vida de la pareja de millonarios, seduciendo a un anciano marido declinante y a la millonaria alegre que se resistía con toda razón a vivir encerrada entre los añejos muros de las mansiones de Neuilly sur Seine y se desbocó a compartir con los pebleyos del arte y la fiesta los enviadiables placeres de la sensual Pompeya.
Todo no hubiera sido más que un mal vaudeville, si no fuera porque el fotógrafo empezó a insistir y a recibir regalos de la dama que ascienden a mil millones de euros y comprenden dinero, cuadros y al parecer hasta una isla paradisiaca en las Seycheles. Y además se especula que incluso había logrado que la dama lo declarara heredero universal de una parte de la fortuna. Razón por la cual la hija única sacó los floretes y con ayuda del mejor abogado del país pidió solucionar el problema e impedir que un grupo de vividores se aprovechara de la anciana casi sorda y olvidadiza, capaz de hacer cheques con muchos ceros como si se tratara de servilletas usadas.
En medio de la historia el fiel mayordomo de la anciana pareja decidió grabar tras la muerte de su amo, las conversaciones secretas de quienes rodeaban a la viuda crepuscular y medraban para obtener favores y regalos. Y en esas grabaciones estalló un escándalo aún mayor en medio de la grave crisis económica, cuando el gobierno pide sacrificios interminables al pueblo. Se descubre que la millonaria contrató para manejar su fortuna a la esposa del ministro de presupuesto Eric Woerth, encargado de la fiscalidad y quien se había convertido en la estrella del gobierno como un incorruptible que exigía a todos pagar estrictamente sus impuestos, salvo a la millonaria, poseedora de cuentas ocultas en Suiza y otros paraísos fiscales. El ministro devolvió el favor condecorando con la Legión de Honor al administrador principal de la millonaria y acudió presto a cenar con la magnate sin pensar que podía haber conflicto de intereses.
El caso apenas comienza y lo que era sólo la historia de un fotógrafo arribista se convirtió en uno de los más espetaculares escándalos de Estado que enreda al actual gobierno y deja a la luz pública las relaciones secretas entre poder y dinero. Y es además un golpe a una joya nacional del glamour y el mecenazgo artistico, pues el perfumado cuento de hadas termina manchado por las cámaras de los paparazzis, las grabaciones de los mayordomos y la difusión de la vida secreta de la millonaria y el fotógrafo que llegó a su vida para su diversión y desgracia.

lunes, 28 de junio de 2010

SIMÓN BOLÍVAR EN 2010

Por Eduardo García Aguilar
Comencé el año leyendo los documentos básicos de Simón Bolívar publicados en la clásica Colección Panamericana bajo el título de Ideas políticas y militares, con prólogo de Vicente Lecuna. Sorprende hacer una relectura de los textos fundacionales del país como si se tratase de la novela de las gestas libertadoras y el testimonio de un hombre de aquella época sobre los avatares del continente recién desmembrado de la odiosa madrastra española, que lo sojuzgó durante tres siglos de sangre y humillación. Lo primero que salta a la vista es la grandeza de ese joven idealista que lanzó sus primeras proclamas de guerra a los 29 años y cuya prosa es la de un clásico de la lengua castellana. Sólo con piezas tan notables como Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, también conocida como Carta de Jamaica, de 1815, o el Discurso en el Congreso de Angostura de 1819, el héroe pasaría a la historia como un gran escritor político de la estirpe de Montesquieu o Chateaubriand.
Revisar la prosa lúcida y exacta de Bolívar el primer día del año en que se celebra el bicentenario de las independencias, reconcilia al lector en estos tiempos de frivolidad planetaria con la tradición intelectual y política de América Latina, ese extremo occidente de mil aristas que en su seno vio nacer y crecer a grandes hombres, no sólo heroes sino pensadores y escritores como José Martí, Rubén Darío o José Enrique Rodó, que pueden todavía decirnos tantas cosas y que poco a poco hemos ido olvidando en medio de la gritería violenta y la estupidez reinantes.
Suelen algunos fanáticos actuales creer que cuando en estos días se menciona a Simón Bolívar se está hablando de un loco al que se recurre para hacer la guerra o practicar la demagogia, cuando por el contrario, como padre fundador de las naciones libres y soberanas de esta tierra latinoamericana, su voz es de una actualidad escalofriante. Lo que pasa es que pocos lo leen y lo escuchan o tratan de colocarse en el centro de esa gesta histórica que con incomparable generosidad encabezó en tiempos revueltos de geopolítica mundial.Hoy como ayer el mundo se reacomoda en medio de las tensiones entre potencias establecidas y emergentes que algunas veces negocian y otras se amenazan como perros rabiosos mostrándose los dientes. En aquel entonces la arcaica y torpe potencia española declinaba y se instalaba en su lugar Gran Bretaña como el gran imperio de todos los mares, con sus ideas abiertas, la ciencia floreciente y los claros intereses económicos y militares de hegemonía mundial. España se eclipsaba ante naciones que habían adoptado ideas protestantes, acordes con los nuevos vientos económicos, y criterios más modernos en materia de gobierno, justicia, gestión y comercio. Las viejas aristocracias y castas autistas e intolerantes eran reemplazadas por el auge del emprendedor burgués decimonónico que escalaba gracias a sus méritos y talentos y no por el apellido, la canonjía y el fuero.
En esos textos límpidos Simón Bolívar vio con claridad la necesidad de concretar para siempre el corte definitivo con la odiosa madrastra española para abrirse a otras alianzas mundiales novedosas. Y por medio de las armas, sorteando todos los peligros, paso a paso, como los grandes héroes y visionarios logró su objetivo poseído por la osadía delirante de los utópicos. En sus discursos y cartas salta a la vista la mente de un hombre culto que desde muy joven vio mundo y gozó de una notable formación política y militar. La Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura son textos fundacionales, cuya lectura en 2010 es útil para tratar de entender el extraño tinglado geopolítico mundial, cuando emprendemos un nuevo siglo de supuesta independencia buscando una mayoría de edad verdadera, ya no como simples colonias o cuarteles del amo sino como países maduros capaces de hablar con tolerancia, de tú a tú con las potencias en el ágora mundial, tal y como hoy lo hacen por ejemplo naciones antes sojuzgadas y hoy emergentes como China e India y en nuestro continente el notable y sorprendente Brasil de Lula da Silva.
En una bellísima carta del 22 de agosto de 1815, Bolívar advierte al presidente de las Provincias Unidas de Nueva Granada sobre el peligro de que el derrotado Napoleón Bonaparte trate de instalarse en América del Norte o en América Meridional para involucrar el continente en una nueva guerra perdida contra las potencias triunfadoras en Waterloo. Esta bella ficción no se concretó nunca y el gran Napoleón murió derrotado y preso en la perdida isla de Santa Helena, en medio del Océano Atlántico, pero muestra como en aquellos tiempos las arenas movedizas de la política mundial eran tan inciertas y peligrosas.
En este 2010, como hace apenas dos siglos, los equilibrios mundiales están cambiando. Están los poderes tradicionales a un lado y al otro una extraña hidra calibanesca de varias caras en Asia, Medio Oriente y África con la que hay un tratar, como Perseo, con mesura y talento, tratando de que no sea la cara más agresiva y fundamentalista la que predomine allí. Y cosa curiosa, América Latina se debate entre ser un cuartel o una base militar al servicio de una sola potencia, como ocurre por desgracia en Colombia, o asumir con dignidad su destino en el concierto pacífico de las naciones como ocurre con Brasil. O sea: o seguir siendo sólo un conjunto de naciones que se comportan como perros falderos llorones de la potencia del norte cual banana repúblicas o tener la dignidad de tomar decisiones propias y pesar en el concierto mundial nutriéndose de las ideas de los grandes pensadores del continente.
No sé qué escribiría Simón Bolívar si resucitara en estos días en Santa Marta, pero es bastante probable que optara por modelos de países tolerantes y abiertos que no se enfeuden a un solo protector sino que se abran a Europa y a los países emergentes y negocien de manera elegante con los vecinos que no piensen igual o incluso desafíen a las ideologías reinantes de la plutocracia. Una de las nuevas proclamas de Bolívar sería sin duda contra los Pablo Morillo contemporáneos, o sea contra la idea de que la gran Colombia se convierta sólo en un cuartel servil y esquinero al servicio de Estados Unidos y que siendo el "corazón" de América se vuelva vil perro bóxer gruñón del amo, llevando a sus ciudadanos a una conflagracion inútil y nefasta con sus vecinos por puro fanatismo
ideológico.

jueves, 24 de junio de 2010

LA PRIMAVERA PERMANENTE DE JULIO CORTÁZAR


Por Eduardo García Aguilar

En la casa de América Latina de París se presentó en 2007 una exposición de fotografías, documentos y videos de Julio Cortázar, muchos de ellos desconocidos, que se muestran auspiciados por su primera esposa Aurora Bernárdez, albacea suya junto al recién fallecido crítico Saúl Yurkievich. Fotos de infancia, documentos de viajero, objetos personales como una clepsidra o la pipa, fotografías de la vida íntima en todas las etapas de su vida adulta comparten el escenario con videos tomados por él, cuadros, música, cartas y libros protagonizados por París, ciudad que lo albergó gran parte de su vida.

Nació en Bruselas (Bélgica) en 1914, creció desde 1918 en Argentina donde fue maestro en Chivilcoy, Cuyo y Buenos Aires y floreció en la capital francesa, adonde llegó en 1951 y falleció el 12 de febrero de 1984. La primera vez que vi a Julio Cortázar fue en la primavera de 1978, cuando asistimos un grupo de jóvenes estudiantes a un congreso sobre narrativa latinoamericana en Toulouse, en el que participaban Augusto Roa Bastos, Jorge Enrique Adoum, Jacques Gilard y Juan José Saer, entre otros.

Lo que más me impresionó cuando lo vi de cerca y hablé un momento con él, era que su rostro estaba marcado por profundísimas arrugas. Desde lejos el monstruo de la literatura latinoamericana e ídolo nuestro por su maravillosa novela Rayuela y el misterio de sus cuentos, se veía mucho más joven, como un gran adolescente envejecido, alto y enjuto, de cabellera y barba oscuras. Pero al estar junto a él saltaban de inmediato las huellas implacables del tiempo sobre el rostro inconfundible de quien en ese entonces debía estar en sus 63 años. Usaba pantalones informales, zapatos de gamuza, suéter de cuello tortuga y amplias chaquetas impermeables de paleontólogo en invierno.

Lo veíamos después de lejos caminar por el campus de Toulouse le Mirail, al lado de la novelista colombiana Alba Lucía Ángel, que en el Congreso cantaba música rebelde para el público y además parecía tener las preferencias del maestro. Y en París uno podía jugar a encontrarlo en alguna librería, en un mitin de izquierda o caminando por las calles, elevado y desprevenido como uno de su personajes. París había quedado para siempre en Rayuela como la glauca ciudad fría y precaria de los años 50 que vio reinar a jazzistas y existencialistas en las cavas de Saint Germain des Prés y a los artistas latinoamericanos pobres que vivían a salto de mata en hoteles miserables o edificios semiderruidos que no habían sido renovados desde el siglo XIX, como fue el caso de Gabriel García Márquez, Nicolás Guillén o el venezolano Jesús Soto y otros miles que desaparecieron para siempre.

Habría que haber vivido en ese tiempo para entender lo que significaba para la juventud urbana de América Latina la figura de Julio Cortázar. Con él quedaba atrás la entrañable narrativa telúrica de dictadores, señores presidentes y campesinos mitológicos y se abrían las calles y avenidas de las ciudades, con sus enamorados literarios que disertaban de filosofía, oían jazz y vivían pobres entre la humareda de los bares y la calurosa precariedad de las buhardillas del exilio. La famosa Maga, que fue su novia fugaz y hoy cuenta ya anciana desde Inglaterra su aventura con ese hombre raro y torpe, se convirtió en una especie de modelo de muchacha moderna, un poco loca, impredecible, tal vez mucho más sexy en la ficción cortazariana que en la realidad.

En las buhardillas de los años 70 se daban cita los estudiantes o los vagos para leer párrafos o capítulos enteros de Rayuela con una devoción sólo comparable a la que debieron practicar los seguidores del surrealismo medio siglo antes, como si el arte y la ficción fueran la salvación. ¿Quién no se sintió Cronopio o Fama o soñó con los personajes ultramodernos que surgían en sus cuentos o en obras tan extrañas como los Autonautas de la Cosmopista, escrita con una de sus últimas amadas, Carol Dunlop? Además, el viejo Cortázar se había transmutado súbitamente al calor de las revoluciones en boga de un intelectual argentino tímido, erudito, exquisito y muy acicalado, en un verdadero hippie polígamo, un izquierdista que creía en la Revolución cubana y participaba en las fiestas militantes de protesta contra Estados Unidos, la guerra de Vietnam y las genocidas dictaduras militares Latinoamericanas.

Según Vargas Llosa, la transmutación espectacular del exquisito se dio a fines de los años 60, cuando empezó a vivir con la editora lituana Ugné Karvelis, en cuyos brazos la crisálida se habría metamorfoseado. Era un nuevo modelo: no correspondía ya para nada al viejo arquetipo de escritor latinoamericano encorbatado, manso y lento que lagarteaba embajadas y puestos diplomáticos en las antesalas del poder. Y sin ser maldito, permanecía al margen fustigando las injusticias y defendiendo a capa y espada la poesía, los libros y la creación lejos del mercantilismo. Era a los ojos de toda una generación un artista auténtico y fue tal su cristalinidad que lo admiraron por igual sus copartidarios y adversarios políticos como Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, situados al otro extremo ideológico.

Hasta ese entonces había vivido con su primera esposa Aurora Bernárdez, con quien se casó en 1953 y compartió esos primeros años de París y viajes tan importantes como el que realizó a la India. El Cortázar de primavera permanente con el que nos quedamos fue ese hermano mayor que abría y abre todavía las puertas a la verdadera literatura, que no es copia chata de la realidad, como ocurre hoy, sino que la transforma e ilumina.

Ver sus cosas y su álbumes en la Casa de América Latina un febrero taciturno como el que lo vio morir hace 23 años, es un verdadero regalo para quienes lo vimos alguna vez en la vida y para los múltiples cómplices e íntimos suyos que sobreviven en este siglo XXI de aburridos best-sellers, nuevas guerras horribles y escritores mercantiles que no tienen nada de Cronopios ni de Magas.
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(Publicado inicialmente en 2007, a los 23 años de su muerte, en varios medios latinoamericanos.)

sábado, 5 de junio de 2010

UNIVERSIDADES UTÓPICAS


Por Eduardo García Aguilar
No lejos del castillo donde estuvo preso el Marqués de Sade, existió durante tres lustros en el bosque del mismo nombre la Universidad de Vincennes, experimento cultural subversivo surgido del movimiento de mayo de 1968, que fue un hito para la cultura francesa de la segunda mitad del siglo XX y reunió en su seno, bajo la orientación de Michel Foucault, Gilles Deleuze y François Châtelet, entre otros, a la pléyade de la contracultura francesa de su tiempo.
Fue tal el éxito autogestionario y popular que se dio en sus aulas situadas en medio del bosque de Vincennes, junto a un zoológico, que las autoridades, presas de pánico, la mandaron demoler para que no quedara piedra sobre piedra y las futuras generaciones no supieran nunca que había existido una Sodoma y Gomorra del pensamiento y el saber alternativos, pese a que las ideas y actitudes generadas allí se volvieron moneda corriente en las grandes y pequeñas universidades del mundo desde Berkeley a Sydney y desde la Patagonia al estrecho de Behring.
Todas las calumnias abundaban en la prensa retardataria del momento, que acusaba al lugar de ser antro sexual donde los profesores daban clase a estudiantes desnudos que hacían el amor en las aulas, ser un centro de tráfico de drogas y paraíso del hachís magrebí, protector de adolescentes fugados, además de cueva de Alí Babá receptora de negros, asiáticos, « terroristas » italianos y alemanes, sudamericanos, rusos y árabes depravados, melenudos y sucios.
Escuchar durante horas a Châtelet, Deleuze y Guattari, ver a Jacques Lacan con su maletín negro deambulando esporádicamente por los corredores, participar en las más descabelladas discusiones después del cous-cous para salvar a los países de la periferia, observar el agite de los estudiantes de cine cuando anunciaban la llegada de Pier Paolo Pasolini, discutir sin trabas sobre los horrores de los totalitarismos soviético, camboyano, cubano y chino y tener ecos de todas las ideas posibles, me fortaleció en la convicción de que se debe defender a toda costa la laicidad, la libertad y la tolerancia.
Todo eso ocurría ahí entre el mercado persa que los estudiantes franceses, europeos y tercermundistas instalaron en los corredores y patios de la Universidad. Entre el olor de chorizos magrebíes y el tamborileo de las músicas africanas, unos 30.000 estudiantes acudíamos entusiastas a pasar el día en ese universo donde se discutía sin cesar hasta altas horas de la noche sobre la guerra de Vietnam, el surrealismo, el feminismo, el hombre unidimensional, el Antiedipo, el judaísmo y el islamismo, el psicoanálisis, la belleza del mestizaje y el desarrollo desigual.

En el Centro de Información para América Latina (CIAL, vi llegar a exiliados brasileños y del Cono Sur, que hallaron refugio en Vincennes sin imaginar que un día habría un presidente negro en Estados Unidos y que Evo Morales, Lula da Silva, Pepe Mojica, Hugo Chávez y Rafael Correa, personajes muy distintos a los líderes de las oligarquías tradicionales latinoamericanas, gobernarían en Bolivia, Brasil, Uruguay, Venezuela y Ecuador. Ahí en el CIAL publicábamos libros y revistas y dábamos ánimo al espíritu latinoamericano al lado de nuestros amigos árabes, asiáticos, franceses y africanos. Fueron años extraordinarios de vida y formación humana, intelectual y literaria para varias generaciones cargadas de un especial erotismo intelectual bajo la música de los Rolling Stones.
Muchos franceses de provincia u originarios de las clases desfavorecidas o proletarias subrayan la facilidad que les dio Vincennes para abrirse al pensamiento y a los estudios universitarios, desmitificando en las aulas y en el llamado zouk árabe el muro jerárquico del saber. Para muchos de ellos su vida cambió gracias a esa libertad delirante en tiempos de exclusión. Otros provenientes de Estados Unidos, América Latina, Europa, Africa o Asia celebran con afecto esos instantes inolvidables en que se concentró el deseo de saber en un bosque real y encantado, sucio y prístino a la vez.
El experimento contó con el apoyo, entre otros muchos, de Noam Chomsky, Mario Soares, Jean François Lyotard, Herbert Marcuse, Roland Barthes, Michel Butor, Maria Antonieta Macciocchi, Hélène Cixous. Todos estos nombres de profesores generosos deben ser mencionados al lado de miles de alumnos que no olvidan esos años locos que los marcaron para siempre y generaron una actitud libertaria ante la vida, que sobrevivió a los funestos y tenebrosos tiempos de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y los Georges Bush.
Luchaban todos ellos contra el racismo, la intolerancia y la exclusión, por el pensar libre y contra las jerarquías absurdas y excluyentes, contra el capitalismo desigual y salvaje que todo lo devasta; y su lucha por la libertad no fue en vano. Esos nombres utópicos están vivos. Y la Universidad de Vincennes, la del bosque, la de la era del rock y el pacifismo, sigue viva aunque sea sólo en los sueños de su vecino el Marqués de Sade.

miércoles, 26 de mayo de 2010

HERTA MÜLLER Y LOS ESCRITORES DESCONOCIDOS

Por Eduardo García Aguilar
Es muy saludable para el arte cuando el premio Nobel de literatura es otorgado de manera acertada a escritores desconocidos como Herta Müller, Gao Xingjian, Wyzlaba Symborszka, Wole Soyinka o Imre Kertesz, Elfriede Jelinek, surgidos del margen, lejos de las esferas del poder, el marketing, el arribismo y la representación.
La literatura por estos tiempos se ha vuelto un desfile de marketing y los escritores en general son hoy sólo productos de algún monopolio editorial mundial capaz de convertir a un asno o a un jabalí en genio de la literatura, a punta de publicidad e intoxicación de periodistas en las secciones culturales y críticos acríticos en las universidades.
En este caso, el premio Nobel de Literatura 2009 fue dado una autora de mi generación, que nació en la misma estación del año de 1953 cuando murio Stalin y cuyos primeros libros fueron publicados a comienzos de los años 80 en Rumania, país de la esfera soviética dominado por la dictadura comunista y bajo la imagen patriarcal del tirano Nicolau Ceaucescu y su esposa, la bienamada Helena.
En la foto que aparece en el primer libro que publicó en francés en 1988, en una editorial marginal, Herta Müller aparece con la pinta algo punk, un corte rebelde de pelo y una vestimenta tîpica de los jôvenes que detrás de la Cortina de hierro trataban ya de liberarse de décadas de propaganda oficial y pobreza : chaqueta y camisa de jean desleído, largos aretes de pacotilla, un suéter de poliestireno y la mirada de la muchacha pobre recién emigrada de 34 años que no se imagina que dos décadas después ganaría el premio Nobel.
«El hombre es un gran faisán en la tierra» pasó totalmente inadvertido en Francia y es un milagro si en alguna librería de viejo de París, entre volúmenes empolvados, se encuentra un ejemplar. Es una novela corta divida en pequeños segmentos titulados y por medio de una prosa de frases cortas hace el fresco de un infeliz pueblo rumano donde muchos quieren huir hacia el oeste y escapar de la pobreza y el totalitarismo. Los personajes son arquetipos del margen : el ebanista, el molinero, el tendero, el cartero, el policía, el cura, el lechero, el cantinero y en medio de todos mujeres derruídas y muchachas jóvenes que tienen que dejarse manosear por hombres lascivos, entre ellos el cura o el funcionario, que a cambio de un acostón les entregan la partida de bautismo o un documento necesario para iniciar los trámites para el exilio. Nadie tiene un peso o un lei en este caso, todo es precario, la pobreza ronda en todas partes, el silencio es de rigor, la muerte y la enfermedad están presentes y los velorios ocurren bajo lluvias antediluvianas mientras el ebanista cuadra el ataúd y clava la tapa con puntillas oxidadas.
En los años 70 muchos de los estudiantes europeos del este y el oeste de Europa íbamos en primavera y verano a trabajar a Suecia, que era un próspero emporio nórdico de modernidad, para ganar mucho dinero y sobrevivir después en los fríos meses siguientes, después del tradicional regreso a clases en el otoño. En los restaurantes, oficinas, fábricas, cafés, residencias universitarias y discotecas suecas uno se cruzaba entonces con chicas venidas de los países del este dominados por la Union Soviética, muy parecidas a la de la foto de Herta Müller, en esta típoca edición modesta apta para animar a un nuevo autor promisorio. Rumanas, polacas, alemanas del este y yugoeslavas compartían con los latinoamericanos en el delirio del verano sueco. Me impresionaba esa avidez de las chicas del este, algunas cultas y muy interesantes, por perfumarse e ir de compras para gozar por fin de todos esos abalorios a los que se tenia acceso con abundancia en los países del oeste capitalista, después de tres décadas de progreso ininterrumpido tras el fin de la guerra y el New Deal.
En los restaurantes u oficinas donde trabajábamos o en las fiestas desbordadas de alcohol y sexo de los fines de semana, cuando el día duraba casi 24 horas, aprendimos a conocer a estas chicas de otro mundo desconocido para nosotros, Europa del Este, mucho antes de que cayera el muro de Berlin y con esa caída el Imperio Soviético y sus verdades admitidas, himnos y patriarcas.
Ahora la academia sueca para celebrar los 20 años de la caída del Muro de Berlín ha rescatado a esta autora de 56 años, perteneciente a la minoría alemana marginada de Rumania, que en 20 años se ha convertido en Berlín en una notable autora de la misma lengua de Mann, Böll y Grass y de tantos otros autores extraordinarios como Joseph Roth, Elias Canetti y Hermann Broch, todos ellos verdaderos ejemplos de lo que debe ser la literatura: algo que surge desde el fondo del corazón y no del marketing y la ambición competitiva de un Occidente neoliberal, arribista, codicioso y podrido.
Fue enternecedor ver a esta mujer decir que nunca creyó en la posibilidad de obtener el premio y que aunque sabía que era cierto, todavia la noticia no subía a su cabeza. Müller no tiene nada que ver con estos autores latinoamericanos que pasan sus vidas medrando en las esferas del poder y que parecen estrellas maquilladas de cine como Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y sus jóvenes discípulos, encorvados por tantos doctorados honoris causa y por premios y honores venales conseguidos por las multinacionales de turno y que son un pretexto para vender un nuevo best seller.
Hasta hace poco nadie la conocía en el mundo, pero su obra existía y era el grito de dolor de una infancia, una adolescencia y una juventud vividas bajo la dictadura totalitaria de Ceaucescu, el tirano que cayó y fue ejecutado en medio de una asonada que todo el mundo siguió por televisión. Al mirar su foto en esta edición confidencial que tengo en mis manos, celebro el Nobel para un escritor auténtico, pues la verdadera literatura del mundo está en la voz de los autores desconocidos de las provincias o los barrios marginados de las capitales, aquellos que viven sus vidas lejos de las esferas de poder y las zalamerías de la corrupción y el arribismo mafioso y para quienes vivir y escribir es ya un gran premio, tan extarordinario como el Nobel.