sábado, 23 de abril de 2011

NOVELA, EXITO Y PODER

Por Eduardo García Aguilar


La novela es un género literario que logró su máxima expresión en el siglo XIX, durante la expansión burguesa e industrial europea y norteamericana, y se desplegó con todas sus fuerzas en el mundo gracias a su estrecha relación con el poder, el dinero, la utilidad, la energía, la cantidad, lo rentable, lo palpable, el éxito y la fama, que son elementos básicos de la época en que vivimos.
Un novelista es grande porque batalla para construir él solo un mundo dentro del propio mundo, dándole vida propia y haciendo que al interior del volumen que abrimos en las noches de insomnio ocurran miles de cosas y se escuche el interminable bullicio de las muchedumbres y los siglos entre músicas, olores, dolores, llantos, triunfos, sentimientos, muerte.
Suelen coincidir los grandes novelistas en considerar que la novela, además de talento, exige más que todo gran capacidad de trabajo y paciencia infinita. No necesariamente los escritores más talentosos crean una vasta obra novelística, porque muchos fallan con su locura en el lado terrenal del trabajo y la tenacidad, que es la madera de los grandes empresarios, constructores y políticos.
A veces un escritor de talento mediocre, pero con gran capacidad de trabajo puesta al servicio de una historia, puede lograr la proeza de crear un mundo dentro del mundo. Y muchas veces los fantasmas, dudas y fracturas profundas hacen que un gran talento sea incapaz de controlar el río desbordado de sus sentimientos y fracase en el intento, sumido en un inexplicable e injusto mutismo.
En la historia de la novelística hay amplios cementerios de talentos traicionados por sus propias debilidades, de grandes autores muertos en plena batalla, incapaces de terminar los edificios y pirámides que habían iniciado con el ímpetu de sus ambiciones juveniles. Y en el prontuario del éxito hay muchos talentos medianos, que a fuerza de aplicar el hacha día a día, bajo el sol, a fuerza de sudor y tenaces sufrimientos y privaciones de años, logran derribar la selva y abrir espacios antes impenetrables que conducen al puerto, a las ciudades soñadas.
Todos los novelistas saben que ese género requiere un 5% de talento y 95% de trabajo. Sin ese 95% de trabajo empecinado del aserrador y el labriego ninguna gran idea, ningún proyecto, ninguna historia, logra revelarse y concretarse en libro. El poeta puede fracasar, su esencia y sus triunfos están compuestos de fracaso, derrota, inocencia, indiferencia, generosidad, mientras el novelista está condenado a buscar el triunfo y su combate se da hasta el último suspiro, pierda o gane, obtenga o no el reconocimiento de sus contemporáneos.
Como un empresario, el novelista trabaja miles de horas, años, domando con su palabra un mundo lleno personajes, muchedumbres, paisajes y ciudades donde suceden cosas y se oponen fuerzas múltiples. El novelista coordina y equilibra con tenacidad ejemplares las fuerzas centrífugas que pueden escapársele de la obra o arruinarla si no hallan los cauces necesarios para desplegar la energía que anima el proyecto. El novelista tiene que ser un gran jefe y poseer la minuciosidad balzaciana del experto contable, que tiene en mente todos los hilos secretos del negocio controlados de atrás para adelante y debe unificarlos para lograr el objetivo de sacar el producto al mercado y conquistar el mundo.
Por el contrario, el poeta vive en el ocio, la contemplación, el ensimismamiento, pues jamás podrá vivir de sus versos u obtener de ellos recompensa económica alguna. A un gran poeta pueden bastarle unas cuantas decenas de poemas escritos a lo largo de la vida, pues se considera que la proliferacion devalúa el mensaje de su palabra. El poeta está anclado a la vida, trabaja como cualquier otro ciudadano y en algunos instantes epifánicos escribe los textos que nos fascinan. El poeta es un medium, la poesía es su vida, la lleva adentro, es transparente y anónimo. Es el vecino de al lado.
En cambio al escribir novelas, desplegando su energía protéica, el escritor adquiere notabilidad en la sociedad y en algunos casos dinero o representatividad política. La sociedad lo premia por ese esfuerzo extraordinario, muscular, de crear obras con tenacidad y munuciosidad de relojero. El novelista es un gran deportista. Es notable como el político o el empresario y admirado porque emprende una tarea titánica a lo largo de muchos años de soledad. Y para conservar su lugar en el mundo, tiene que estar presente cada año con nuevas obras o debe opinar sobre política, guerras, religiones. El novelista es un demagogo. Siempre estará listo a subir a la tribuna para encender al pueblo y recibir ovaciones. El novelista expresa la fuerza de naciones, continentes, lenguas, ideologías, como Tolstoi, Dickens o Victor Hugo. El poeta sólo expresa los misterios del ser.
Vivimos en una época en que un escritor puede ser muy famoso sin ser leído e incluso sin escribir sus libros, pues ese trabajo se lo hacen los "ghost writers". Ser escritor es ahora sólo una "etiqueta" social, que puede llegar a ser muy rentable. Por eso es delicioso el estoico anonimato y el goce de vivir la literatura de los estetas, sin angustiarse por el poder, la competencia, el reconocimiento y la inútil fama.
Ningún escritor llega ahora a ser tan importante como un futbolista o un cantante pop. El modelo clásico o romántico o maldito de escritor, cuyo auge se vivió en los siglos XIX y XX, ha terminado. A través de la red hemos llegado a un verdadero comunismo literario. Todos los internautas son escritores de una fenomenal obra colectiva que de todas maneras irá al olvido por efecto de la proliferación, aplastada en si misma como un hueco negro. !La novela ha muerto! !Viva la novela!.
Como buen tendero, industrial o exportador, el novelista acumula materiales, intercambia, invierte, ahorra, genera prosperidad, trama estrategias de seducción del público y de los poderosos que le llevarán y lo acompañarán en el éxito. Si no lo hace desaparece.
Por eso admiramos a Tolstoi, Dostoievsky, Balzac, Zola, Melville, Conrad, Mark Twain, Miguel Angel Asturias, Gabriel García Márquez, Joseph Roth, Thomas Mann, Scott Fitzgerald, Truman Capote, Jorge Amado o Alejo Carpentier, entre otros muchos novelistas de los últimos dos siglos. Mientras nuestra época industrial perviva, ellos pervivirán. En cada novelista de hoy y de ayer se esconde siempre un Quijote aburguesado.


domingo, 17 de abril de 2011

LEGALIZAR LAS DROGAS PARA QUE CESE EL NARCOTRÁFICO


Por Eduardo García Aguilar
En los medios mundiales surgen voces respetadas que, como hace esta semana la revista británica The Economist, piden la legalización de las drogas en Estados Unidos y Europa y el mundo para que cese por fin el leviatán del narcotráfico, que domina las finanzas planetarias y desangra países enteros como Colombia y México y regiones carcomidas por la corrupción y la violencia ligada al negocio como América Central, Asia y África del oeste, entre otras.

Son decenas y decenas de miles los muertos cada año por el narcotráfico, en las zonas calientes de las ciudades y en las fronteras de los países involucrados, sin contar los policías y soldados que son lanzados a la guerra contra los capos o los jóvenes que por miles son obligados por las mafias a engrosar sus ejércitos asesinos como sicarios en Colombia, México y América Central.

Y eso sin contar que las cárceles del mundo están llenas de "mulas" y pequeños traficantes que solo hacen parte de la escala menor del negocio, cuando los verdaderos responsables andan libres. Jóvenes, amas de casa, trabajadores desempleados y pobre gente engañada y asfixiada por la pobreza llenan las cárceles del mundo y pagan largas penas por haber llevado en el vientre cápsulas del enervante, en un desperdicio de vidas totalmente absurdo que no llama a la compasión de nadie.

Los capitales fabulosos de los narcotraficantes y sus socios circulan camuflados en bancos y grupos financieros de Suiza, Europa, Estados Unidos, monarquías árabes, potencias emergentes asiáticas y paraísos fiscales con la complicidad de los grandes de este mundo. Esos dineros sirven para financiar guerras, comprar gobiernos, financiar campañas políticas, incrementar el crecimiento de la industria inmobiliaria y automovilística de lujo y lubricar el crecimiento ficticio de países que luego se hunden como España o Irlanda. La industria armamentista norteamericana se frota las manos vendiendo armas libremente a los capos.

Estados Unidos y Europa, grandes consumidores de cocaína que financian al narcotráfico, exigen a países como México y Colombia derramar la sangre de decenas de miles de sus habitantes en una guerra inútil, pues mientras haya demanda en esas grandes potencias, mientras el consumo sea generalizado entre las clases altas y se pague un alto precio por el polvo en los balnearios de lujo del Mediterráneo y en las discotecas y playas de Estados Unidos, se seguirá produciendo cocaína.

Los ejércitos del narcotráfico son a veces más poderosos que los propios países involucrados e incluso se dan el lujo de comprar presidentes, gobernadores, alcaldes y jueces. Los nuevos barones de la droga superan con creces a Al Capone y a los mafiosos que en su tiempo se enriquecieron con el tráfico del alcohol prohibido.

Cuando cesó la prohibición del alcohol cesó el poder de esas mafias. Hoy el alcohol es libre. Si se hiciera lo mismo con la cocaína y otras drogas, el consumidor o el adicto las comprará en las farmacias y los gobiernos dejarían de gastar sumas fabulosas y de ofrendar vidas en una guerra absurda ante la indiferencia de las grandes potencias consumidoras. Esas sumas desperdiciadas hoy servirían para invertir en educación y salud y mejorar la vida de millones de colombianos, mexicanos y centroamericanos.

En México, la ejecución, asfixiados con cinta adhesiva, del joven hijo del poeta católico Javier Sicilia y cuatro de sus amigos cerca de Cuernavaca, provocó una excepcional conmoción nacional, punta del iceberg de un desangre generalizado que en cuatro años ha causado la muerte de más de 40.000 mexicanos en una guerra inútil contra las mafias del narcotrafico.

En Colombia, la ejecución de una parejita de biólogos enamorados cerca de San Bernardo del Viento, en la Costa Atlántica, también provocó una especial reacción en los medios capitalinos, conmovidos por la historia de amor novelesca de estas inocentes víctimas del narcotráfico y el paramilitarismo en Colombia.

El hijo del poeta Sicilia en México y la parejita de enamorados en Colombia pertenecían a la sociedad privilegiada y hacían parte de esa nueva generación mundial de muchachos nacidos en los años 80 y 90 que tratan de comprometerse con las realidades del mundo, lejos de los tiempos de la guerra fría, utilizando conceptos de mejoría ecológica y humanística del planeta. Es una generación de nuevos idealistas que creían poder circular libremente haciendo el bien sin ser pagados con la moneda del mal.

No se trató en ambos casos de muchachos privilegiados que buscaban solo la ganancia y el poder a toda costa como los adultos, sino jóvenes que buscaban un mundo mejor sin violencia. Los colombianos asesinados solo trataban de estudiar el comportamiento de los manatíes, buscar plantas fósiles y explorar las riquezas biológicas de su fabuloso país, mientras el joven mexicano era un militante humanista como su padre el poeta.

A los primeros los acribillaron a bala cuando caminaban tomados de la mano en medio de la naturaleza paradisíaca del departamento de Córdoba y al joven Sicilia y a sus amigos los asfixiaron y los dejaron metidos en la cajuela de un vehículo abandonado, con las manos y los pies atados como si fueran ganado.

Estos jóvenes idealistas exterminados en México y Colombia por las implacables fuerzas de los narcotraficantes son el símbolo de esta guerra atroz a la que nos obligan los países consumidores. Mientras ellos consumen felices una droga prohibida, seguirán muriendo decenas de miles de miserables e inocentes en nuestros países. Hay que legalizar las drogas para que cese el tráfico apocalíptico que llena de sangre los paraísos perdidos de la tierra.

sábado, 9 de abril de 2011

LA PESADILLA DEL 9 DE ABRIL EN COLOMBIA

Por Eduardo García Aguilar
La jornada del 9 de abril de 1948, cuando mataron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, sigue marcando 63 años después la historia de Colombia con su devastadora presencia de destrucción, intolerancia y odio.

Cada vez que en el país surgió una figura que como el « negro » Gaitán representara una alternativa distinta a los poderes bipartidistas, fue eliminada u hostigada de manera violenta, como ocurrió también con Rafael Uribe Uribe o Bernardo Jaramillo y centenares de personalidades opositoras honradas. Incluso todo un partido político, la UP, fue exterminado hace poco en su totalidad por las impunes fuerzas oscuras de la intolerancia nacional.

Como si fuera una mala pesadilla, tenemos que reconocer que el país sigue gobernado hoy en las mismas posiciones exactas por los nietos de algunos de los protagonistas del 9 de abril que partió en dos la historia del país, lo que muestra que la política colombiana sigue siendo por lo general coto vedado de la vieja oligarquía que se expresaba antes desde las trincheras de El Tiempo y El Siglo y hoy lo hace por Caracol o RCN.

Las dinastías ya hacen cola unas tras otras para subir indefinidamente al poder por los siglos de los siglos, como si los colombianos no pudiéramos asumir nuestros propios destinos. Santos, López, Gómez, Rojas, Lleras, Barco, Pastrana, Peñalosa, Turbay siguen ahí firmes en los mismos lugares de sus ancestros, mientras nuevos delfines de apellidos Galán o Gaviria se preparan ya por dictado divino para asumir ineluctablemente las riendas del poder cuando les toque el turno dentro de unos lustros. Durante ocho años tuvimos a un Santos alocado de vicepresidente y ahora a un taimado Santos como presidente. Y todo indica que ya se apresta a subir al solio de Bolívar el nieto de Lleras Restrepo.

Incluso el drama dinástico afecta hasta la propia izquierda. Los nietos del dictador Gustavo Rojas Pinilla, hijos de la famosa « Nena » Maria Eugenia, dominan el Polo Democrático y la alcaldía de Bogotá aunque gobiernen como el caballo de Calígula y hasta una López dirige el supuesto partido del pueblo.

Las principales embajadas del país son feudos de algunas familias. A los López les encanta Londres y a los Gómez les fascina París. Si Virgilio Barco fue embajador en Washington, por supuesto que su hija Carolina lo tenía que ser algún día. Si Misael Pastrana fue embajador en Washington antes de ser presidente gracias al fraude, por supuesto que su hijo Andrés tendría que ocupar esos cargos también.

Si se hace un estudio genealógico de la alta dirigencia del país, se puede llegar con toda certeza a la conclusión de que Colombia es un país incluso más dinástico que una vieja monarquía árabe o europea y que los miembros de algunas de esas familias, aunque sean casi bobos, llegarán tarde o temprano a las más altas dignidades.

No es de extrañar entonces que cuando a la « infame turba », a la « chusma », a la « ignara plebe » colombiana le mataron a su « negro » Gaitán, hijo de un librero radical de un modesto barrio bogotano, que parecía ir rumbo a ganar las elecciones presidenciales de 1950, la capital fuera devastada en una jornada de furia y destrucción. Y que sobre las ruinas humeantes de Bogotá y el cadáver de Gaitán los endogámicos máximos líderes conservadores y liberales pactaran en Palacio a cambio de « puestos » para evitar la caída del gobierno.

He revisado con atención dos libros escritos al calor de los acontecimientos por representantes de las distintas fuerzas en pugna. Uno del conservador ospinista Joaquín Estrada Monsalve, titulado « El 9 de abril en palacio. Historia de un golpe de estado » , publicado días después de la tragedia, y otro del poeta y periodista de izquierda Luis Vidales, « La insurrección desplomada. El 9 de abril, su teoría y su praxis ».

Estrada Monsalve describe con prosa clara y vívida las jornadas del 9 al 10 de abril vistas desde la óptica de Ospina Pérez, por lo que vivimos la historia minuto a minuto en medio el temor de que la « chusma » liberal se tomara el palacio.


Asistimos también al arreglo final entre líderes liberales y conservadores para salvar el pellejo. Se destaca la descripción de los protagonistas, como el frío mandatario, descendiente a su vez de presidentes, a quien uno de sus servidores, Augusto Ramírez Moreno, llegó a decirle al día siguiente que era un « semidios ». Todas las figuras aparecen en la tragicomedia : doña Berta Hernández con pistola al cinto, Guillermo León Valencia, Laureano Gómez, Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo, entre otros.

Luis Vidales, el famoso autor de « Suenan timbres », quien conoció a Gaitán en Europa y fue su amigo, describe por su parte al inteligente líder popular, cargado del aura extraña que lo rodeaba cuando encarnaba a su pueblo e iba rumbo a la presidencia, ante el estupor de Lleras y Santos y los conservadores. Su libro es una defensa de la desesperada plebe acéfala ante la traición de sus líderes y tras el asesinato de su caudillo.

Y al leer esos textos uno se da cuenta que el país ha cambiado muy poco. A un lado la « infame turba » decadente, manipulada, violenta, delincuencial, bandida, eterna menor de edad y al otro la inamovible nomenclatura perfumada de unas cuantas familias hereditarias, Santos, López, Gómez, Lleras, Ospina, Rojas, Barco, Turbay, Pastrana, Samper, Holguín, Galán, Gaviria y sus avorazados delfines ungidos por la gracia divina.

domingo, 3 de abril de 2011

EL FANTASMA DE JUAN RULFO

Por Eduardo García Aguilar *
La leyenda de Juan Rulfo entre los escritores de hoy y de mañana quedará fija como la de quien se rebeló con todas sus fuerzas ante la esclavitud de la imagen propia y la vanidad. Tal vez al lado de Samuel Beckett y Julien Gracq y de otros pocos, el autor mexicano se negó a subir a la carroza de la « carrera literaria », mezquino vehículo que en estos tiempos de pragmatismo comercial devora a los escritores de todo el planeta.

Que este hombre, con una enorme celebridad ganada contra viento y marea y tal vez a pesar suyo, hubiera resistido a la tentación de hacer dinero ofreciendo libros a destajo, muestra que las voces de su delirio provenían de un yacimiento muy peculiar, cuyo material sólo se revela a los más sabios, a los más auténticos escritores.

Recién llegado a México, tuve la oportunidad de encontrarlo en varias ocasiones en la cafetería y librería El Agora, solo o conversando con los meseros, y tuve también la maravillosa idea de no abordarlo para decirle cuanto su gesto marcó y marca a los escritores de mi país natal, empezando por Gabriel García Márquez, a quien Alvaro Mutis le dio a leer como ejemplo el legendario libro Perdro Páramo.

Rulfo vestía modestos trajes oscuros, el cabello cano peinado hacia atrás dejaba ver su frente blanca y a veces se le veía con unos enormes lentes oscuros de carey. Alguna vez en la mañana fuimos ambos a lo largo de varias horas los únicos clientes de esa cafetería situada en los altos de la librería de la Avenida Insurgentes y para mi aquella comunión con su presencia fue otro de esos momentos epifánicos de la vida, cuando uno sabe que la fuerza de la verdad y la autenticidad está ahí al lado.

No se trataba en mi caso de esa idolatría que ahora se impone en el mundo frente a los escritores que más venden y ganan premios, más se arrastran ante el poder y los ricos, sino la veneración hacia quien era una especie de San Francisco de la literatura latinoamericana.

Me podrán decir que estoy loco al comparar a Rulfo con San Francisco de Asís, pero no hallo otra figura con quien parangonarlo. Si el nombre de San Francisco aparece aquí para acercarnos a Rulfo es porque el verdadero escritor es siempre alguien muy cercano a la santidad y su ejercicio equiparable a la religión.

El Rulfo que yo vi aquella larga hora sin un libro ni un periódico en la mano y que sólo intercambiaba calurosas palabras con el mesero, acababa de regresar de un viaje a China y tenía la mirada perdida en una extraña placidez irónica de santo. Mientras sus contemporáneos intrigaban aquí y allá, o se lanzaban piedras o miradas de odio, o se pavoneaban buscando el poder, él no temía bajar a la realidad de esa mesa y esa cafetería, ajeno a eso que llaman « gloria ».

Rulfo se me apareció también en los sueños y lo veo nítido en una de aquellas excursiones oníricas. Estaba en una calurosa población de Brasil, tal vez Paraty, con casonas coloniales y calles empedradas y de pronto me hallaba en un cementerio. De repente se aparecía Rulfo, se sentaba a mi lado y me ponía conversación sobre algo absurdo como el color ocre de las hojas de otoño. Tenía la mirada acuosa, lejana, de quien se sabe sueño, fantasma, irrealidad, concreción mítica, imagen fantástica, cuerpo de aire o poesía. Ese encuentro es para mi tan real como si hubiera sido cierto, igual al verdadero de años antes en la cafetería El Agora, una mañana sin fecha.

Rulfo nos legó en unas cuantas páginas la gesta de esos hombres de la tierra que son y han sido los mismos desde siempre, marcados por el rezo, el miedo a la muerte, imploradores de lluvia, curadores de llagas, gimientes en la oscuridad. Ahora que he vuelto a Talpa, El llano en llamas, Diles que no me maten, Luvina, La herencia de Matilde Arcángel o Pedro Páramo, he sentido el escalofrío de saber que estuve cerca alguna vez de un escritor que se sabía ajeno a las voces que de él emergieron en las desoladas tardes de los años 50. Llanto, tierra, montaña, cordillera, tumba, herencia, padre, fusilamiento, llaga, ranas, peregrinación, oración, treno de rezanderas, enfermedad, silencio, palabras de donde nace la literatura.

Cuando murió tuve otra oportunidad de estar cerca a él. La televisión colombiana me pidió imágenes sobre el mundo del recién fallecido y entonces recorrí los sitios por donde anduvo en la capital mexicana, las librerías preferidas, las calles de barrio donde estaba su apartamento y las oficinas del Instituto Nacional Indigenista, en la Avenida Revolución, donde trabajó durante años. Entré a su oficina aún fresca de él, vi su taza de café y escuché el llanto lento de sus secretarias, que lo vieron entrar y salir de ahí, ajeno a la gloria que lo perseguía ya desde hacía décadas.

La furia del poder autocrático de un presidente que se creía Quetzaltcoatl había caído sobre Rulfo hacía unos años, por la osadía que tuvo de opinar sobre los militares.

Hoy nadie se acuerda del presidente de turno y la obra de Rulfo está cada vez más presente porque relata los sufrimientos de un pueblo que sigue y seguirá sufriendo, lejos de toda redención en la tierra. La de Rulfo es una voz que estará siempre ahí como una pirámide, una montaña, la voz que a través de un hombre del siglo XX quiso expresar la de las ánimas que poblaron esta tierra desde hace milenios y la seguirán poblando cuando ya no haya nada.


* Publicado en Excélsior, México. Domingo 3 de abril de 2011.

domingo, 27 de marzo de 2011

CORNELIO HISPANO Y LA ROCAMBOLESCA HISTORIA DE BOLÍVAR Y PERU DE LACROIX


Por Eduardo García Aguilar


En torno a la rocambolesca historia del Diario de Bucaramanga de Peru de Lacroix , publicado en 1912 en París por el escritor colombiano Cornelio Hispano, se pueden tejer varias historias novelísticas, como si se tratase de una serie de intrincadas cajas chinas o matrioschkas rusas.



Primero está la historia trágica del general francés Lacroix, que trabajaba al lado libertador Simón Bolivar y fue uno de sus hombres de confianza como tantos otros europeos de su círculo más allegado. Tras la muerte de Bolívar, él como otros de sus colaboradores cayeron en desgracia y fue conducido injustamente al exilio por su enemigo Obando, viéndose obligado a abandonar a su mujer y sus hijos.



Ya en París, en 1837, a los 57 años de edad, en la ruina y sin poder ya pagar la pensión donde estaba hospedado, se disparó un pistoletazo dejando un testamento y varios manuscritos, entre los cuales figura el famoso Diario de Bucaramanga, que se había quedado en Caracas en manos del marqués del Toro.



Dicho documento relata día a día la vida cotidiana de Bolívar en Bucaramanga en 1828, cuando estaba rodeado de sus colaboradores mientras se llevaba a cabo la frustada convención de Ocaña. Es uno de esos instantes transitorios y apacibles en la vida del héroe que trascurre en calma, sin batallas y con mucho tiempo libre, sólo interrupido por la firma de documentos oficiales, escritura de correspondencia y recepción de invitados o colaboradores que acudían desde toda la región a rendir informes al mandatario.



Peru de Lacroix, tres años mayor que Bolívar, aprovecha esos largos momentos de intimidad y conversaciones en desayunos, almuerzos, cenas y paseos para anotar todo lo que cuenta el jefe y describirlo en los más mínimos detalles de la intimidad, sin que él estuviera enterado del propósito, por lo que el libro es una verdadera instantánea original y viva del personaje.



Peru de Lacroix anota muchos de los comentarios polémicos de Bolivar en torno a las diversas circunstancias de la lucha por la independencia y calificativos duros sobre sus colaboradores, lo que muestra otra faceta oculta de las verdades oficiales. Por ejemplo, habla muy mal de los militares granadinos, a quienes considera enemigos, describe con lucidez los defectos y cualidades de otros como Páez, Santander y Sucre y esclarece muchas de sus acciones de realpolitik.



Incluso Bolívar llega a decir que Ricaurte no murió en átomos volando en San Mateo y que esa como otras historias son solo leyendas patrióticas de progaganda necesarias a la lucha por el poder en medio de una guerra. Quienes leyeron el documento quedaron escandalizados y la Academia de Historia venezolana prefirió guardarlo en secreto y ocultarlo celosamente del público para evitarse problemas.



El joven y ambicioso intelectual colombiano Cornelio Hispano, nacido en 1880, buen estudiante y abogado graduado en Bogotá, fue nombrado cónsul en Venezela y haciendo uso de su rango logró entrar en contacto con el documento, que copió en secreto, a escondidas de quienes lo conservaban entre el polvo.



Ismael López, cuyo seudónimo era Cornelio Hispano, llegó a París en tiempos de Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo y Rufino Blanco Fombona, y publicó en 1912 en la editorial Ollendorf varios libros de éxito, entre ellos el famoso Diario. Al editar y difundir el documento se generó un escándalo continental con partidarios y detractores de Hispano. Pero por primera vez el público europeo, que admiraba a Bolívar como un héroe romántico, y el público latinoamericano, tuvieron acceso a un verdadero retrato íntimo y vivo del Libertador.



Allí vemos al hombre sencillo y generoso que viste de paisano, con camisa y pantalón blancos, casaca azul y sombrero de paja, monta a caballo para despejarse en los alrededores de Bucaramanga, va a misa con frecuencia aunque es incrédulo, y dedica largas horas a la lectura de los clásicos y a jugar a las cartas con sus más cercanos colaboradores. En esas veladas cuenta a Lacroix sus propias aventuras, como cuando vio desde lejos a Napoleón el día de su coronación y múltiples detalles de su vida, como su matrimonio, batallas, amores, prejuicios, ideas y decepciones diversas.



Cornelio Hispano, discípulo de Miguel Antonio Caro y amigo joven de Guillermo Valencia, es el otro personaje de esta curiosa historia tripartita. Pese a haber tenido éxito literario desde muy temprano en París con obras tales como el Jardín de las hespérides, Elegías caucanas y De París al amazonas, hoy es totalmente desconocido e ignorado. Se sabe poco de su larga vida y murió en Colombia en 1962 a los 82 años de edad. En algunos textos recuerda con nostalgia los años de juventud y prosperidad económica en París, cuando la vida le sonreía, relacionado con los grandes autores del momento y mimado por su editor.



Tres historias desgraciadas se imbrican en esta novela policiaca sobre un códice perdido y sus palimpsestos. Bolívar el héroe termina desgraciado y enfermo en San Pedro Alejandrino, Peru Lacroix cae en la miseria y se suicida viejo y pobre en París y a Cornelio Hispano lo devoró el olvido pese a su rimbombante seudónimo y a sus juveniles ambiciones de éxito.



Por eso leer ahora el Diario de Bucaramanga de Peru de Lacroix, vertido por Cornelio Hispano en una prosa impecable y enriquecido con su exordio y múltiples cometarios anexos, es como leer una novela donde vivimos desde adentro la vida cotidiana de un héroe que nos habla sin la posición hierática de las estatuas o la versión idealizada y servil de los fanáticos, mientras de paso descubrimos la vida de otros dos personajes menores que giran en torno a su leyenda.



lunes, 21 de marzo de 2011

EL CURA CAMILO TORRES

Por Eduardo García Aguilar

La foto del padre Camilo Torres en la primera plana de los periódicos me impresionó para siempre en ese lejano febrero de 1966, cuando, niño aún, supe que lo habían matado a los 37 años de edad, el 15 de ese mes, en un combate en Patiocemento, en las montañas de San Vicente de Chucurí. Han pasado 45 años y las cosas han cambiado muy poco en el país, que vive inmerso en sus mismas obsesiones bajo el mando de los nietos de los líderes de entonces, como si el tiempo estuviera estancado en un círculo vicioso adorador de Tánatos.

Desde mi visión de niño veo como la gente mayor tenía los diarios abiertos y leía en silencio la noticia que cerraba el corto y delirante sueño político de un nuevo liderazgo popular, tres lustros después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. El cura muerto tenía los ojos semiabiertos, opacos, de pez ido, de ciego, hacia la nada. En la foto de los diarios se veía la boca entrabierta del cura, los dientes aparentes y el rostro inexpresivo en la paz de la inercia. Y el cabello ensortijado negro y la barba desordenada aferrándose a su cara de angel caído, Lucifer defenestrado desde las alturas. Diablo. Angel. Diablo. Angel.

Otra foto de lado, con los brazos abiertos de crucificado, dejaba ver la sangre mezclada a su barba y sus cabellos ensortijados y el perfil de muchacho perdido, de niño bien de la clase alta bogotana, que excepcionalmente se había entregado a los pobres, lejos de mamá Isabel, sin el aura que le daba el traje clergyman, la pipa de sociólogo graduado en Lovaina o las poses oratorias de impactante líder nacional. El cura guerrillero, fundador del Frente Unido en 1965 , había cometido el terrible e ingenuo error de irse a la boca del lobo de la guerrilla, como lelo, hipnotizado por la moda que incendiaba al continente y tendría su clímax con la muerte en 1967 de otro niño bien, el Che Guevara.

Los políticos capitalinos de traje negro y sombreros Stetson y los obispos con báculo, celebraban al unísono felices junto a la Plaza de Bolívar el fin de la guerrilla en Colombia. Los líderes del Partido Liberal o del Partido Conservador aliados en el Frente Nacional, se sucedían en la radio emocionados para celebrar el suceso, la muerte de este cura idealista que, ahora en el siglo XXI, cuando escribo 45 años después de su sacrificio inútil, ya casi nadie recuerda.

En un semestre su fama nacional, ya bastante sólida desde hacía unos años tras su regreso de Lovaina, se acrecentó vertiginosamente y el hecho de que fuera cura y profesara la religión católica lo hacía aún mucho más peligroso a los ojos del establecimiento. Para la clase dirigente era mucho más fácil cuestionar y perseguir a forajidos marxistas leninistas que a un cura cuyo ideario era ser un « profesional del amor ». Se volvió un líder carismático y a donde iba encontraba centenares de seguidores y tumultos y miles y miles de personas de todas las capas del pueblo dispuestas a seguirlo, a trabajar para la causa del Frente Unido. Obreros, campesinos, sindicalistas, artesanos, maestros, pequeños funcionarios, amas de casa, acudían a recibirlo a las ciudades y pueblos a donde llegaba.

En ese último semestre se aceleró su destino llegando al clímax, a su incorporación absurda a la guerrilla y a su muerte en el primer combate. De esos momentos quedan las fotos donde se le ve con el morral, la barba, el uniforme militar, como si fuese un miliciano de la revolución cubana, que era entonces desde hacía unos años el modelo de los idealistas revolucionarios más radicales latinoamericanos. En esas fotos se le veía perdido, iluminado, ingenuo, jugando al guerrillero como lo hicieron tantos otros miles de jóvenes colombianos de ese tiempo.

Todo eso fue un gran desperdicio, un gran delirio y la expresión local de ilusiones continentales luego de la victoria de los revolucionarios cubanos. Camilo Torres fue un personaje de su tiempo, un perfecto producto de su época desesperada. Unos con Stalin y los bolcheviques, otros con Mao Tse Tung y su reciente revolución cultural, otros con la Teología de la liberación o la reciente revolución cubana de Fidel Castro. Y al frente, en el contexto de la Guerra Fría, unos poderes implacables, codiciosos, afines a los terribles halcones norteamericanos, los mismos que matarían a Martin Luther King y propiciarían golpes de estado y terribles dictaduras como las del Cono Sur, auspiciadas por los tenebrosos agentes de la CIA.

¿Qué buscaba este cura ? En su Mensaje a los Cristianos, publicado en la primera edición del periódico Frente Unido el 26 de agosto de 1965, Camilo Torres dijo que “creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social ». Pero esas palabras ya se las llevó el viento y sólo pertenecen a la historia y a sus analistas. Una historia que se repite sin cesar y de la que los colombianos nunca aprendemos nada. Sólo nos resta vivir esa gesta de novela en las biografías que escribieron Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Joe Broderick y preguntarnos qué hubiera sido de él si estuviera vivo entre nosotros, ya anciano a los 82 años de edad, dos menos que su amigo Gabriel García Márquez.

sábado, 12 de marzo de 2011

UNA HUMANIDAD DE ZOMBIES NOTICIOSOS



Por Eduardo García Aguilar
En estos tiempos dominados por el desenfrenado flujo de noticias, el hombre ha perdido toda posibilidad de comprender las líneas y los ejes constitutivos de su época y su ser y ha quedado sumergido, asfixiado, aplastado por un tsunami de acontecimientos informativos que lo ahogan día a día y está conformado por una gama de basura que va desde catástrofes mundiales a chismes de farándula.
La humanidad entera se ha vuelto un rebaño de zombies hipnotizados que van al despeñadero como las pobres ratas del flautista de Hamelin. Miles de millones de humanos viven intoxicados por la información, el uso del celular y la publicidad consumista que le genera perspectivas virtuales de éxito y apariencia totalmente ajenas a su propia miseria. Los dioses milenarios han sido trocados por deidades paganas ante las que el ciudadano ora en trance mientras los magnates les succionan sus magros ingresos salariales.
Se trabaja hoy para consumir basura. Padres e hijos viven encadenados en una esclavitud planetaria que ni el más perverso pirata hubiese imaginado jamás y viven angustiados por la necesidad patológica de aparentar lo que no son y vivir de prestado. La famosa máxima « pienso, luego existo », ha pasado de moda y se ha cambiado por « tengo tarjeta de crédito, luego existo » o « tengo celular, luego existo », « estoy en Facebook, luego existo » o « tengo carro, luego existo ».
Nadie puede escapar hoy a la noticia, pues en todos los lugares públicos hay pantallas televisivas que transmiten noticieros permanentes con imágenes en directo de guerras y catástrofes, mientras en los transportes públicos suena la radio con la chismografía política local o los avatares sexuales de las estrellas de la farándula. Además de las noticias de guerras y catástrofes que sacuden al mundo con frecuencia y producen la misma letanía desde Haití a Japón y desde Australia a Chile, pasando por Africa, Asia y Oriente Medio, el hombre moderno está informado en permanencia de la vida de estrellas, príncipes y deportistas, y escruta en directo sus historias de cama, divorcios, ruinas, enfermedades.
El ciudadano contemporáneo es bombardeado a diario por la chismografia política de sus países respectivos, en una sucesión sucia de escándalos y declaraciones vacías con que los pillos intoxican a la población. Los gobiernos saben muy bien tapar un escándalo con otro o mantener a la gente adicta a esas riñas diarias entre políticos, que en su mayoría sólo son bandidos que se enrostran unos a otros su condición.
Leyendo a los columnistas de los diarios uno se asombra de ver como pueden perder toda una vida entera siguiendo día a día esa sucesión inútil de noticias políticas locales que no conducen a nada. Salvo algunas excepciones caracterizadas por el buen escribir o la investigación y la denuncia riesgosa de la corrupción a riesgo de morir, todos los escribidores de los periódicos pierden el tiempo con análisis intonsos sobre el devenir de esos politicastros.
El ciudadano de todos los países es llevado así de la brida a merced de los intereses de esas cadenas radiales, televisivas o de la gran prensa multimedia que llena sus cerebros de basura noticiosa 24 horas diarias.
George Orwel en su libro 1984 imaginó al famoso big brother que todo lo controlaba, pero su fantasía paranoica se quedó corta, pues cada uno de nuestros pasos y gestos es seguido, archivado y controlado a través de nuestros teléfonos, computadores o tarjetas de crédito. La humanidad en vez de estudiar y formarse, aprender del pasado y reflexionar sobre el futuro, vive manipulada por esas informaciones que llenan el cerebro de detritus infectos. Rumbo a su trabajo el hombre vive inmerso en la noticia y al regresar a casa tras la jornada laboral vuelve otra vez a vegetar frente al televisor. Nadie habla con el otro. Todos estamos pegados a las pantallas, a nuestros celulares u ordenadores. Somos sombras los unos de los otros. No vivimos, no existimos por cuenta propia, sino en función de ese alud incesante de datos, declaraciones, partes, que se suceden hasta que el pobre ser humano cae rendido, dormido, para volver el día siguente a repetir la rutina de ser sólo el escucha o el visor de un mundo virtual dominado por los poderosos y sus escándalos financieros mundiales.
Con la telefonía móvil el hombre no se liberó sino que terminó por ser presa también de sus noticias domésticas. No es extraño pues que la revista económica Forbes nos informe ahora que el hombre más rico del mundo sea Carlos Slim, el capo mexicano de la telefonía celular en América Latina. Y todos celebran orgullosos ahora a ese vampiro que ha logrado esclavizar a cientos de millones de miserables latinoamericanos que no comen para tener celular y engrosar así las cuentas de este magnate apocalíptico que llegó en la impunidad total a la suma astronómica de 70.000 millones de dólares sacados del bolsillo del pobre. Siente uno nostalgia de Bill Gates, el Marconi contemporáneo que al menos inventó la era del computador personal e internet. Porque la fortuna impensable de este gran pillo es la prueba contundente de que vivimos en un mundo de zombies noticiosos encadenados al celular como una prótesis de su vana existencia.

sábado, 26 de febrero de 2011

EDUARDO CARRANZA O EL SÚBITO GALOPE DE LOS ALAZANES FUNERARIOS

Por Eduardo García Aguilar*
Los amigos de periodizaciones históricas encontrarían gran dificultad para situar a Eduardo Carranza en el panorama de las letras colombianas y latinoamericanas. Si fuera exacta la idea de que un movimiento sigue a otro por obra y gracia de un proceso evolucionista, la poesía, que es tal vez la forma más profunda y luminosa del conocimiento humano, perdería el carácter intemporal que hace de ella un relámpago sobre los siglos. En un Olimpo secreto y deliciosamente anacrónico, se reúnen los poetas y no encuentran dificultad para entenderse, por una razón muy simple : conocen la esencia de las cosas, o al menos perciben la imposibilidad de conocerla. Siempre, a través de los siglos, por encima de las guerras y de las catástrofes, el género humano producirá esos extraños seres que buscan detener lo imposible con palabras. El día en que en este mundo ya no haya luz y todo semeje una enorme caverna, habrá un solitario que cantará a los musgos, a la humanidad, a la tiniebla. Y ese canto, aunque es único, tiene la misma fuerza e idéntica liviandad en los tiempos de Propercio, de Joachim du Bellay o del poeta futuro.
Eduardo Carranza, que nació en 1913 en los extensos llanos orientales de Colombia, habría tenido que cantar a los aviones o a las bombas atómicas, si fuera cierto que las minucias del tiempo debieran reflejarse en el poema. Tal poesía cataloga objetos que se acaban y desedeña al hombre, sin saber que las ideas pasan y los hombres quedan, con sus paisajes y nostalgias, sus desdichas y triunfos. La voz de un poeta, aún la de aquellos desconocidos y secretos, es siempre una ventana que se abre a ciudades lejanas cuyas cúpulas tienen un brillo proporcional a la entrega de quien la pronuncia. En un poema de Carranza, dedicado a un gran poeta místico de Colombia que murió loco y siempre viajó a contracorriente, « Cantata en honor de Antonio Llanos », el poeta nos dice :

El día como un rojo gavilán
Volaba entre palmeras y cruzaba
Una venada blanca con su cinta
Azul. La juventud con una brasa
O un lucero en la mano atravesaba
Entre doncellas como una floresta
O una isla de árboles frutales.
«Lo que una vez ha sido será siempre ! »
Somos memoria solamente, tiempo
Con pisadas de música, de lluvia,
Como en tu poesía, maestro mío.
A veces a las playas del insomnio,
Vuelvo a encontrar los ángeles de entonces,
Las voces por los tiempos sepultadas
Los besos por el tiempo apenumbrados,
Los pasos que llevan al amor
Cubiertos de silencio y de nostalgia.
Y oigo latir el corazón del tiempo
Y el rumor submarino del pasado.
Oigo los sueños que suspiran y oigo
La luna andando, entre palmeras, sola.

Carranza publicó en 1936 « Canciones para iniciar una fiesta », convirtiéndose en el portaestandarte del « piedracielismo », movimiento poético que se reclamaba del mundo de Juan Ramón Jiménez. Era entonces un muchacho de 23 o 24 años. En ediciones delgadas, fakirescas, los piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper provocaron un escándalo en Colombia, no porque se dedicaran a asustar señoras sino porque retornaban a la voz de Garcilaso, buscaban en un mundo ideal los ritmos de una poesía que la ciencia, el progreso y la academia habían convertido en un horroroso lánguido camello de papier maché para opereta. Carranza y los piedracielistas hicieron una pequeña revolución en Bogotá al desnudarse lentamente y caminar flotando por la altiva floresta de nísperos y guamos. Un señor, muy piernijunto él, don Juan Lozano y Lozano, llegó a decir de ese movimiento que « en todo aquel galimatías de confusión palabrera no hay nada de original, nada de estable, nada de duradero. Para quienes tenemos una visión fuerte y grande de esa patria, constituye deber ineludible salir al encuentro de todo síntoma débil, morboso, extraviado, disociador, decadente, erostrático, que aparezca en el horizonte de la nacionalidad ».

Esa patria, esa nacionalidad, es para Carranza a veces « un deseo de llorar y a veces un deseo de cantar ». En las primeras obras del poeta los poemas no pesan y pareciera que se vuelan de la página para dejarla en blanco. Su mundo son olores, perfumes, aromas, sueños, jardines. Por lo que espíritus pesados que llevan siempre un ancla herrumbrosa como corazón , no podían ni podrán comprender esta poesía hedónica.

En los poemas de « El olvidado » (1948-1954), por ejemplo, dice « La primavera con sus largas piernas, / huía riendo como una muchacha » o « la llama blanca de un jazmín ardía » o « crecen, a veces, cuando estás dormida/ a través de tus sueños los jardines » o « El silencio dobla la esquina de tu calle » o « Una barca desciende, paralela,/ llena de flores, rumbo a la mañana » o « Se abren las puertas de la lluvia,/ y en algo entramos tan hermoso/ como una casa de aire y flores ».

Estos versos sacudieron la poesía de ese país sudamericano. Hasta ellos y poco antes de aparecer el recatado y maravilloso Aurelio Arturo, autor de Morada al sur, la poesía era una inmensa réplica de basílicas de cartón sobre las que cada día los cultores seudo grecolatinos del país, como Guillermo Valencia y otros menores discípulos suyos, colocaban con énfasis cada vez más asfixiante estatuas de cemento, cruces de acero, madonas de plástico, camellos de elásticas cervices, hermafroditas dormidos. Los poetas de entonces, con la excepción de Silva, el extraterrestre, terminaban por tradición de politiqueros en el « honorable » Senado de la República. La poesía era para ellos una variante del discurso, una forma menor de la arenga. Enfundados en sus lustrosas levitas, con sus sombreros chaplinescos y sus cuellos almidonados, los que tuvieron la desgracia de vivir en esos años, se alumbraban con cirios para escribir poemas sobre ataúdes de cedro. Como una corbata de plomo, el incienso se colgó de los versos para ahogarlos. Los de la Gruta Simbólica, todos ellos malditos, surgieron a finales del XIX para convertirse en la otra cara, mucho más lúgubre aún, de ese ejercicio que los piedracielistas vinieron a airear. En el desván de la poesía colombiana encontraron los fémures tallados y las pelvis con telarañas de Julio Flórez. Después de limpiar, quedaron flores, jardines, muchachas, cabelleras al aire, jugadoras semidesnudas de tenis, observadas con deseo, y eso era, de verdad, un peligro mortal para la patria, según don Juan Lozano y Lozano.

Escuchemos « Cantando en la lejanía » :

Crecen las flores hacia tus pestañas.
Te rodea la música lo mismo
Que a las islas el canto de la espuma,
Tu frente pura se deshoja en nubes
De silencio, de gracia, de nostalgia.
Como esa estela de flotantes nubes
Que sigue el curso de los grandes ríos,
Alta, celeste, vas sobre mi sangre.
Y en sus márgenes eres como una
Blanca floresta de alas y de sueños.
La mañana se acerca de puntillas
Como una doncella de rocío
En tu ventana y en tu voz aprende.
La tarde apoya su dorada frente
En tus cristales. Tu piensas la tarde.
Los ríos llevan hacia el mar su imagen
Que ha de brillar en los futuros nácares.
Qué invisible Pompeya de ademanes
Y de imágenes tuyas en el aire :
Por ella va mi alma, ojos absortos !

Antes de que las sombras del fin vinieran a perturbarlo para producir la eterna Epístola mortal, Carranza siguió cultivando con rebeldía una llama de alegría y de conciliación con la naturaleza como en « Se Canta a los llanos de la patria en metáfora de muchacha » o los sonetos de « Azul de ti », cuyos solos nombres indican su materia : « Alazul », « Muchacha como isla », « Soneto atravesado por un río », « María con un jazmín de lágrimas », « Espacio de mi voz », « Soneto asomado a la ventana » o « El poeta se despide de las muchachas ».
El poeta todavía está en el medio del camino de la vida y nada lo turba como una piel o unas manos, un aliento o una cabellera, una seda, un seno, unos ojos, un perfume. Este conjunto de textos gratos, que parecieron contradecir el sino trágico del desdichado, están, sin embargo, cruzados por un río siniestro. Detrás de lo más bello y puro, junto a las azules ventanas de un mundo imaginario, los demonios acechan y se ríen. En la blancura angelical de los sonetos, ciertas caries fatídicas son apenas cubiertas por el marfil de una felicidad que siempre trae su carga de desgracia. En estos versos de Carranza, el lúcido lector descubre tras el paraíso, los túneles, las cavernas, el ruido incontenible del detritus, el galope súbito de ciertos alazanes funerarios. Tanta belleza semeja el rostro florecido de una doncella muerta.

En « Los pasos cantados », dice :

… Bueno es a veces detenerse un poco
en medio del camino de la vida,
y mirar, a lo lejos, como absortos.
Vamos desde el recuerdo a la esperanza
Por el puente instantáneo del presente ;
Del ayer al mañana caminamos,
Unidos por el aire y por las flores.
Vamos pisando como un tenue prado
Ese niño que fuimos, caminamos
Pisando como un suelo de jardín
Enardecido, ese adolescente
Con su traje sonámbulo de besos
que también fuimos cuando Dios quería.
Como tierra mezclada con el cielo
Vamos pisando al joven de los sueños,
De los sueños,
De los sueños, de los sueños, de los sueños…

De ahí para adelante Carranza tratará de rescatar al niño ; y toda su poesía, que se carga de soledades, extranjeros y violetas, cantará la nostalgia de su mundo. Mientras la terrible antropolatría atea, con su carroza de ciencias y de técnicas, trataba encontrar razones para la sinrazón, Carranza seguía cabalgando en un corcel de niño. No estaba equivocado. El poeta, el verdadero instrumento de la palabra, es un niño eterno que ve morir su cuerpo, y celebra como un emperador el incendio de la propia ciudad de sus ensueños. La poesía es la perversa voz de los niños, una voz hermosísima y terrible. Es el ángel de Rilke que dicta tras la puerta. La gran tragedia de Carranza y de todos los seres humanos, es tener conciencia de haber sido infantes. La nostalgia de su voz, el recuerdo punzante de su contacto con la tierra y con el bosque, la memoria de un nido de pájaros destruido al azar, el sueño de una carretera polvorienta, son sólo algunas de las punzadas que nos hieren día a día. La juventud, que debería ser dicha, carga la sombra inatajable de su fin y una lágrima del tamaño del mundo nos inunda y ahoga. En el poema « El nino del retrato », dice el poeta :

Entre cuantos he sido me perturba,
Más que ninguno otro aquel
De la barca : vestido marinero
La frente que ya todo lo soñaba
Y ojos desamparados.

Y a veces me desvelo imaginando
Como tocar podré esa mano mía ,
Como podré volver a esa mirada
Donde volaban visionarios ángeles
Hacia mi ahora :

Donde los días caminan en silencio
Hacia el secreto adolescente triste
Y el joven victorioso en su relámpago
Y el que su vida atravesó, jinete
En rojo potro.

Me hago el dormido a veces esperando
Despertar a ese niño del retrato
Que duerme por los siglos de los siglos
-y en el fondo del tiempo y de mi vida –
y que ya te miraba.

Después, en Epístola mortal, que es uno de los poemas más logrados de su obra, Carranza se rebela contra la muerte. El gran poeta Propercio, furioso hace dos milenios porque Cinthya lo engañaba y se negaba a ser suya, desdeñando su amor, la poseyó para siempre en la eternidad del poema. Usando el poder que le confiere este arte maravilloso, la hace prisionera suya para siempre. De igual forma Carranza conjuró su fin en esta Epístola, que comienza diciendo :

Miro un retrato : todos están muertos;
Poetas que adoró mi adolescencia
Ojeo un álbum familiar y pasan
Trajes y sombras y perfumes muertos.
(Desangrados de azul yacen mis sueños)

Carranza pasa revista a su vida e invoca a los amigos, a las novias, a los paisajes, para decirnos que « somos antepasados de otros muertos » y que sólo esperamos « el tiro de gracia ». Esa verdad terrible aparece en todo su esplendor, y Carranza no tiene compasión para hacer sonar las trompetas del juicio. Este largo poema es totalmente disitinto del tono de su obra. Parece un dictado texto de la noche. El fruto de una ebriedad sobrenatural, la prueba de que el poeta es un elegido, un ser dotado de ciertos sentidos secretos. Si la poesía es una terrible enfermedad, Epistola mortal es el síntoma más notorio de que el virus glorioso ya domina su genio. Es la hora del llamado y el poeta que ya habló con los abismos cóncavos nos dice la verdad. Cada uno de los versos de este poema está dotado de una fuerza devastadora y quien lo lee no puede evitar estremecerse. La vista del funesto alegórico pudo haberlo acodado a esa revelación :

Las niñas de Primera comunión
De cuyas manos vuela una paloma,
Las blancas novias que arden en su hoguera,
Días y bailes, reyes destinados
Y coronas caídas en el polvo,
La manzana y el cámbulo, el turpial,
El tigre, la venada, los pescados,
El rocío, mi sombra, estas palabras :
Todo muriò mañana ! Ya está muerto.
El polvo es nuestra cara verdadera

Eso nos indica que Eduardo Carranza si está vivo y anda hoy entre nosotros.

* Ensayo publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica en México D. F., en 1984.








sábado, 12 de febrero de 2011

LECCIONES DE LA REVOLUCIÓN EGIPCIA

Por Eduardo García Aguilar
Como todas las revoluciones, nadie vio venir la de Egipto, porque su régimen parecía inamovible, ungido por los dioses faraónicos del miedo con la complicidad terrena de las grandes potencias, confiadas en la sumisión ancestral de ese pueblo.
En directo, desde la plaza Liberación, los humanos vieron la tenacidad de un sorpresivo pueblo unido dispuesto a tumbar a sus tiranos, encabezados por Hosni Mubarak, que llegó al poder hace 30 años tras la muerte en vivo de Anuar el Sadat, acribillado por una facción del ejército, molesta porque firmó la paz con Israel.
El régimen de Mubarak era una enorme pirámide de piedra que impedia la caída como dominós de todos los países de la región en un caos total capaz de provocar una Tercera Guerra Mundial. Ese megalito anclado en los desiertos y bordeado por las aguas del Nilo, era una cuña perfecta, una muralla china capaz de sostener por una lado a los tiránicos regímenes de Arabia Saudita, los Emiratos, Yemen, Sudán y Etiopía, las pequeñas tiranías siria, libanesa y jordana y por otro a los países autoritarios del Magreb bañados por las aguas del Mediterráneo.
Y en medio del juego, el menhir egipcio era capaz de tranquilizar a Israel y mantener en una ebullición sin consecuencias, asfixiados, a los territorios palestinos, confinados en una precaria inexistencia de facto. Y también mantener quietos a Irak e Irán, otras semipotencias instaladas sobre ingentes riquezas minerales y petroleras, capaces de estremecer al mundo con sus movimientos y estados de ánimo.
Mubarak era una esfinge necesaria y por sus servicios las grandes potencias y sus analistas lo convirtieron en un gran estadista, a quien el paso de las décadas no hacía mella, con su pelo teñido de estricto negro y las sucesivas operaciones de su rostro, que hicieron de él una máscara de sarcófago carente de gestos a sus 82 años.
Después de la caída del mínimo Ben Alí en Túnez, el mundo estuvo y está pendiente de Egipto porque de lo que pase allí depende el futuro del orbe en las próximas décadas. Los seres humanos asistimos inermes al estallido de pequeñas guerras sucesivas, en los Balcanes, Líbano, Irak, Irán, Afganistán y Pakistán, India, Corea, Georgia, Chechenia, que arden momentáneamente y luego se apagan dejando cenizas ardientes cual signos de un gran malestar planetario, basado en la codicia de las riquezas del subsuelo y su control futuro.
La Segunda Guerra Mundial terminó hace sólo 65 años, pero todos sabemos que vivimos sobre un polvorín y que una nueva chispa puede volvernos al horror de aquellos anos terribles de Stalin, Hitler, Mussolini, Churchill y Eisenhower. Todavía en los suburbios de las ciudades europeas se desentierran bombas de esa época que pueden estallar, y la última fue esta semana, en Boulogne, a un lado de París, cuando se evacuó todo un barrio para proceder al desminado del enorme objeto explosivo.
Y como esas bombas, también están vivas las ideas nefastas: los partidos fascistas crecen de nuevo en Europa con su lenguaje de odio hacia los otros y su plan de cerrar fronteras al extranjero, al musulmán, el árabe, el islamista, que desde los ataques del 11 de septiembre en Nueva York se han convertido en los espantajos del mundo, con su payaso máximo, el inasible Osaba bin Laden, el malo de la película de Batman.
Egipto, el de las pirámides, sitio visitado por millones de turistas atraídos por las vistosas imagenes y ruinas de miles de años de historia, era el hermano mayor capaz de mantener a raya a los menores. Gobierno laico, el de Mubarak podía controlar al espectro del fanatismo islámico o la deflagración de las guerras religiosas, pero a cambio impedir el verdadero juego democrático y mantener una enorme mazmorra de torturas para amansar a los rebeldes.
Fue la codicia de Mubarak, su hijo y la corte palaciega la que condujo a este triste fin a un héroe de varias guerras. Acumulando riquezas colosales, la oligarquía egipcia succionó todas las riquezas y no dejó nada para el pueblo, igual como hacen las familias de jeques sauditas y de los Emiratos, el rey de Maruecos, Kadhafi y los líderes sirios y jordanos, entre otros de la zona.
Pero Mubarak y sus apoyos occidentales no contaron con que de repente los niños crecieron y la población se convirtió en un ejército de jóvenes de una nueva era, conectados con el mundo, rápidos, alejados de las costumbres feudales, abiertos a otras lenguas y a otros conocimientos y ávidos de libertad y oportunidades. Fueron ellos los que llenaron la Plaza de la Liberación, los que hicieron despertar a madres, padres, abuelos, tíos y en jornadas inéditas permanecieron allí sin flaquear hasta la caída del tirano y su corte. Pero ahora apenas comienza un nuevo capítulo de insospechados peligros para Egipto, Oriente Medio y el Mundo.


viernes, 4 de febrero de 2011

ULTIMO TANGO EN PARÍS. MARIA SHNEIDER (1952-2011)




Por Eduardo García Aguilar

La escena de la sodomización por Marlon Brando, que la inmortalizó en la película El Ultimo tango en París, podría ser trivial en estos tiempos, 40 años después, pero en su momento tuvo el efecto de una bomba cinematográfica que revolucionaba los años de su precursora Brigitte Bardot. Maria Schneider se había convertido en la encarnación de la desbordada irreverencia de los anos años 60 y 70, los mismos de la revuelta de mayo del 68, el rock pesado y las latas Campbell de Andy Warhol.

La escena famosa del filme de Bertolucci se desarrollaba en un amplio apartamento cerca al metro Bir Hakeim, no lejos de la Torre Eiffel. Maria Schneider o su personaje Jeanne, yacía sobre el tapiz, bella en sus 19 años, morena, el pelo ensortijado y un encanto erótico nuevo, lejos de las divas de la pantalla cinematográfica de los tiempos de Ava Gardner, Sophia Loren o Marylin Monroe.

Marlos Brando, en sus 48 años de edad, estaba en el apogeo de su gloria. Todas las mujeres del mundo morían por él, por ese cuerpo musculado de rudo malo volando como bólido en su motocicleta y por sus introspecciones de gran actor shakespeareano. Brando representa en la película el papel de un viudo triste y cínico que comienza a encanecer y teme la vejez ineluctable. Tiene la potencia erótica de un animal declinante y desesperado, de un macho alfa a punto de ser desplazado por la jauría de los nuevos sementales.

Ella, la víctima, está ahí. El personaje Jeanne representa todo lo que una muchacha del post-rock y el post-mayo del 68 puede representar de irreverencia y salto al vacío. Como ella, la nueva camada de nacidos en los 50 se lanza en auto-stop por el mundo y toma todos los alucinógenos y los alcoholes en largas sesiones de conciertos y sexo al aire libre. Como ella, el personaje sabe que el cuerpo se ha liberado como nunca y es intercambiable en el placer de una inmensa orgía mundial y perpetua, en los tiempos de antes del Sida.

El viudo musculado la aprisiona con su fuertes brazos de bíceps metálicos. Le baja los jeans. Deja ver su bello trasero. La víctima se mueve y se debate ante el ímpetu. El hombre bloquea sus codos con su manos implacables. Sobre el tapiz aparece la más famosa barra de mantequilla de la historia del cine. Toma un pedazo y lo unta en los pliegues de las nalgas de la bella asustada y procede a penetrarla en una larga escena pornoerótica que enmudeció al mundo entero y movilizó en su contra a papas, obispos, autoridades culturales, civiles y militares. La bella y la bestia. El macho y la virgen moderna, asustada, inerme, sorprendida hasta el hastío.

Ella, nacida ilegítima en 1952, de un padre actor, Daniel Gelin, que nunca la reconoció y de una modelo, se inició en la cinematografía, como todos los nacidos en los Sin Cuenta, al ver a los 15 años la gran película de Antonioni Blow Up, basada en un cuento de Julio Cortázar. Ahí también, bellas jovencitas inglesas retozan frente al fotógrafo en el estudio, insinuando sus cuerpos modernos de Twiggy frente a la cámara devoradora. Fueron las primeras niñas en no llegar a tiempo a casa a rendir cuentas a su padres y por el contrario, están ahí disponibles y eróticas ante el obturador mecánico y humano. Disponibles en su humanidad moderna, libre de prejuicios y anatemas.

Ella, toda alegría natural y belleza en ese rostro abierto al mundo, se había escapado de casa a los 15 años y recalado en París en los perversos medios de la publicidad y el cine. Allí la descubrió su precursora Brigitte Bardot, quien le dio posada y la ayudó en sus primeros pasos a la salida de la filmación de Mujeres (1969). La nena estaba perdida, pero por donde cruzaba, un halo de sensualidad, erotismo, sexo, o lujuria se desprendia e iluminaba el espacio, estremeciendo mujeres y hombres, como estremecía a ese viudo Marlon Brando, encerrado con ella en un apartamento para vivir un coito eterno, infinito, la cópula de toda una generación.

El Ultimo tango en París (1972), contemporánea de las incómodas Portero de noche, donde también surgió Charlotte Rampling, y de la excesiva y grotesca Gran Comilona de Ferrari, se volvió un filme de culto y con él la muchacha de cabellos ensortijados pasó la gloria inmediata. Después Antonioni, el mismo de Blow Up, la pondría al lado de Jack Nicholson en Profession Reporter, otro de sus grandes papeles de su vida. Luego vendrían Baby Sitter de René Clement, Merry-Go-Round
de Rivette, Weisse Reise (1978) de Schroder, Just a gigolo con David Bowie y La Derobade (1979) de Daniel Duval, antes de ser llamada por el malogrado Ciryill Collard, que muere de sida antes de los 40.

Con el peso de la leyenda y la fama implacables, la ilegítima Maria Schneider siguió rebelándose contra el mundo. Inteligente, incisiva, se entregó al alcohol, la cocaína y la heroína y sufrió una larga caída hasta que el cáncer se la llevó a los 58 años. Será enterrada en el Père Lachaise, donde están Jim Morrison, otro de los ídolos de su generación. Y en pleno siglo XXI seguimos viendo a Brandon y a Schneider atados por el sexo para siempre.