viernes, 26 de abril de 2013

LA GENERACIÓN SIN CUENTA DE ROBERTO BOLAÑO

Por Eduardo García Aguilar

Cada ciudad latinoamericana tuvo su Andrés Caicedo o su Roberto Bolaño, o sea algún miembro de la generación llamada Sin Cuenta, de autores nacidos en la década de los 50 y que en su mayoría fueron seres malogrados, rebeldes que huían de las convenciones y vivían la literatura y la vida como su modelo Arthur Rimbaud.

Esa generación Sin Cuenta latinoamericana que apenas comienza a investigarse después del éxito póstumo de Caicedo y Bolaño, despuntó a fines de los años 60 y comienzos de los 70 del siglo pasado, casi siempre a través de rabiosos y precoces adolescentes que a los 17 años habían leído muchas cosas y tenían ya en sus textos de prosa y poesía tono personal y fuerza original.

Su originalidad radica es que despuntaron a la adolescencia en un momento de brutal ruptura cultural mundial, en medio de una explosión que destruyó modelos familiares decimonónicos, estructuras sociales y educativas y usos y costumbres laborales y culturales tradicionales que rigieron hasta mediados del siglo pasado en una arcaica esfera hispánica y ancestral.

Varios momentos cruciales vivieron esos adolescentes, por lo que sus sueños fueron infinitos y devastadores : la llegada del hombre a la luna, el desarrollo de la televisión, la irrupción de un nuevo cine experimental, el uso del super 8, la imposición del rock como gran ola musical y de actitudes vitales aun vigentes, la revolución sexual, la liberación de la mujer y el reconocimiento de los derechos homosexuales, así como el uso extendido de las drogas, entre otras, por lo que ellos fueron la segunda verdadera ola de la generación psicodélica, hija de Bob Dylan y Rolling Stones. De esos escritores latinoamericanos nacidos en los años 50 dos lograron convertirse en verdaderos mitos crecientes más allá de sus fronteras.

En Colombia Andrés Caicedo (1951-1977) es el representante máximo y único de esa actitud, suicidado a los 25 años después de vivir una adolescencia y una primera juventud de creatividad asombrosa y protéica y escribir el clásico novelístico Que viva la música, obra hermana de La María y la Vorágine. Sus contemporáneos sobrevivientes llegaron o están llegando ya a la edad fatídica de los 60 años, cuando ya todas las cartas están echadas.

Esos sobrevivientes miran con estupor la obra polifacética de Caicedo, que nos interpela, nos cuestiona y hace reflexionar sobre los poderes de la literatura adolescente, cuando quien escribe lo hace para nada y para nadie, en un grito auténtico de existencia, tal y como lo practicó el emblema Rimbaud.

El caso de Roberto Bolaño (1953-2003) y los infrarrealistas es igual. Bolaño era un chileno errante que como adolescente recaló con sus padres en El Salvador y luego en México, donde ya desde temprana edad fue líder de un movimiento en el que participaron rebeldes peruanos y mexicanos, absolutamente terribles como Mario Santiago (1953-1998), inmortalizado en Los detectives salvajes con el nombre de Ulises Lima.

Ellos surgen del margen, combaten contra la cultura oficial dominada por Octavio Paz y los funcionarios oficiales y son detestados por todos sus contremporáneos convencionales mexicanos, aplicados desde temprano a escalar y hacer una « carrera literaria » y que ahora, cuando Bolaño se hizo leyenda, tratan de falsificar la historia y presumen de haber sido sus amigos.

Bolaño siguió siendo un cascarrabias rebelde hasta el final y gracias al gran editor Jorge Herralde salió de la marginalidad literaria y brincó a la consagración mundial. Nunca falló a esa actitud rebelde de sus incios y es un milagro que en un mundo literario de tantas imposturas haya salido del anonimato. Hasta el final fustigó a los sepulcros blanqueados de las letras latinoamericanas. Por eso es el héroe máximo de nuestra generación Sin Cuenta al lado de Caicedo.

Pero no son lo únicos. En los yacimientos arqueológicos de nuestra generación, hay muchos esqueletos escondidos y hay que sacarlos a la luz. En mi caso, que nací y viví mi rica adolescencia literaria en la ciudad colombiana de Manizales, quisiera referirme al caso de Rodrigo Acevedo González (1955-1996).

Hace poco encontré unas 30 cartas que Rodrigo me escribió a partir de 1972, cuando yo me había ido a estudiar a Bogotá. En esas cartas encendidas aparece el gran talento de este precoz poeta que, como casi todos nosotros, habia leído ya muchas cosas a los 17 años.

En vida solo publicó El territorio y la máscara y después, con carácter póstumo, el narrador y crítico Roberto Vélez Correa, de su misma generación y también ya fallecido, publicó y editó los Poemas del tiempo recobrado con un amplio estudio sobre su vida y su obra. Es lo único que se conoce de él aparte de lo esparcido en revistas y periódicos y no se sabe qué se hicieron sus papeles después de su trágica muerte a causa de una epilepsia que lo aquejó durante toda la vida y lo llevo a visitar el hospital siquiátrico y a luchar con la soledad, el alcohol, el amor, el deseo, la furia contra el medio y la neurastenia. Fuimos amigos en la adolescencia y después lo vi pocas veces cuando regresaba a Colombia.

Murió a los 41 años, pero durante tres lustros se alejó del mundo cultural. Excéntrico, caminaba solo con un enorme perro por las calles de la ciudad, que empezó a detestar, aunque tuvo la atención de familiares y amores secretos. No pudo cumplir los sueños de viajar a Europa e iniciar otra vida, ni de publicar afuera o ser traducido, pero al leer sus cartas distingo su talento, su inteligencia, la claridad, la solidez de su precoz cultura, su gran intuición poética. La prueba de su excelencia está en esas
decenas de poemas que nos dejó por fortuna. No se necesita más para reconocerlo.


lunes, 15 de abril de 2013

LA MUERTE DE LA MALVADA THATCHER

Todos los diarios del mundo publicaron esta semana en primera plana la foto de Margaret Thatcher (1925-2013), quien gobernó Inglaterra de 1979 a 1990 y murió el lunes a los 87 años de edad en una habitación del Hotel Ritz de Londres, a donde se había retirado después de quedar imposibilitada para bajar las escaleras de su casa y verse afectada por la demencia senil.
     Allí de vez en cuando recibía a sus últimos fieles, quienes relatan que la anciana aún tenía momentos de lucidez en que desplegaba su malvada lengua acerada de ofidio y su duro carácter, mientras saboreaba unos deliciosos tragos de gin. Tuvo una agitada y larga carrera que culminó con tres períodos seguidos como primera ministra de Gran Bretaña, primera y única vez para una mujer, en una época difícil de guerra fría, que culminó con el deshielo, el fin del comunismo en la Unión Soviética y la caída como fichas de dominó de todos los países de la cortina de hierro frente a la arremetida del triunfante capitalismo.
     Esta mujer representaba hasta la caricatura las políticas conservadoras y retardatarias aferradas a Cristo, la tradición, la familia y la propiedad y que negaba con furia la ayuda a los pobres, esos parásitos mantenidos, que según ella, contribuían a reducir y arruinar las arcas del Estado. Por tal razón aplicó drásticas medidas contra las políticas sociales, recortando aquí y allá presupuestos, lanzando a la miseria a cientos de miles de ciudadanos frágiles y reduciendo hasta la asfixia los servicios sociales.
     De la mano de su contraparte estadounidense, encabezada por Ronald Reagan y los Bush, padre e hijo, esta visión ultraconservadora de las cosas en materia económica que enterró por un tiempo la sabia economía política del gran John Manyard Keynes, dominó el panorama mundial durante tres décadas hasta que explotó en pedazos con la crisis financiera mundial de 2008, en la que seguimos todavía sumidos.
     La crisis mundial mostró que, por el contrario, los verdaderos subvencionados no eran esas ratas parásitas de pobres y extranjeros, sino bancos, multinacionales y holdings que recibían millones y millones de dólares de ayuda permanente y hacían todo lo posible para no pagar impuestos.
     Thatcher no solo fue la adalid de esa odiosa política que quita al Estado las ineludibles responsabilidades para con los pobres y beneficia a los poderosos, sino que al igual que Reagan y los Bush, era violenta y lanzaba sus ejércitos en guerras innecesarias con el único fin de recuperar caudal electoral perdido a causa de la crisis social provocada por sus medidas sectarias. Envió las tropas británicas a las islas Malvinas en 1982 causando miles de muertos, cuando probablemente el problema se hubiera podido arreglar por medios diplomáticos.
     Antifeminista, antiobrera, inflexible, polarizadora, megalómana y egocéntrica, esta mujer dividió a su país como nunca entre sus partidarios, los poderosos y las clases medias acomodadas y sus opositores, la pequeña burguesía ilustrada y los trabajadores, por lo que esta semana muchos cantaban en Gran Bretaña la famosa canción del Mago de Oz, que dice "ding dong, ding dong, ha muerto la bruja".
     Uno quisiera buscarle cualidades, tratar de equilibrar el retrato, pero la tarea se hace imposible. La era thatcheriana de los años 80 y 90 del siglo pasado fue espantosa. Sus ideas conservadoras triunfantes inundaron el mundo durante esas dos décadas: en todas partes la educación se privatizaba y se negaba el derecho a la escuela a los pobres, los enfermos fueron culpabilizados y morían en las puertas de los hospitales porque no tenían dinero para pagar, los trabajadores y los desempleados fueron estigmatizados como parásitos que viven de la beneficencia y las leyes laborales se hicieron cada vez más duras a favor de los patrones.
     Ese ideario fue el aplicado por Pinochet en Chile y por muchos dictadores del Tercer Mundo y gobernantes supuestamente democráticos de países menores, entre ellos los nuevos gobernantes de los países exsocialistas. La juventud tuvo que cortarse el pelo, vestir con formalidad, las veleidades artísticas fueron censuradas como peligrosas, por lo que en contra de esa ola surgió un arte y una música punk y trash marginales que revolucionaron las sensibilidades estéticas.
     Francis Fukuyama dijo que la historia había terminado y al final de los noventa muchos creyeron que ese modelo capitalista y retardatario a ultranza había llegado para quedarse. Pero tres lustros después todos hemos descubierto la gran estafa de la banca mundial, heroína de la reaganomics y el thatcherismo. Hasta el Estados Unidos de Obama cambió de rumbo y muchos sectores de la derecha moderada mundial tuvieron que reconocer que había que parar el delirio.
     Quien se opusiera a eso hace apenas unos años era acusado de comunista, marxista o terrorista. Hasta el pobre Carlos Marx ha resucitado de entre los muertos y se ha convertido en un santo que tenía razón al escribir su maravilloso libro El Capital. Ahora los indignados del mundo que manifiestan en Wall Street, España o Grecia, demostraron que esa lucha era legítima y justa.
     Con la muerte de Thatcher termina una era ominosa y ojalá que los espíritus críticos del mundo sigan presionando para que los gobiernos vuelvan a su función primaria en beneficio de la gente y de la sociedad, esa palabra que la recién fallecida tanto detestaba y cuyo lema soberbio era: "No existe nada llamado sociedad". Cómo sería de odiosa, que hasta la propia reina Isabel la detestaba.

* Publicado en La Patria. Manizales. 14 de abril de 2013.

lunes, 8 de abril de 2013

LA PESADILLA DEL 9 DE ABRIL EN COLOMBIA

Por Eduardo García Aguilar

* Reproduzco este artículo sobre el 9 de abril de 1948, publicado hace dos años, al cumplirse este martes un aniversario más de ese magnicidio en Colombia, que sigue 65 años después marcada por la tragedia y repitiendo la historia.

La jornada del 9 de abril de 1948, cuando mataron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, sigue marcando 63 años después la historia de Colombia con su devastadora presencia de destrucción, intolerancia y odio.
Cada vez que en el país surgió una figura que como el « negro » Gaitán representara una alternativa distinta a los poderes bipartidistas, fue eliminada u hostigada de manera violenta, como ocurrió también con Rafael Uribe Uribe o Bernardo Jaramillo y centenares de personalidades opositoras honradas. Incluso todo un partido político, la UP, fue exterminado hace poco en su totalidad por las impunes fuerzas oscuras de la intolerancia nacional.
Como si fuera una mala pesadilla, tenemos que reconocer que el país sigue gobernado hoy en las mismas posiciones exactas por los nietos de algunos de los protagonistas del 9 de abril que partió en dos la historia del país, lo que muestra que la política colombiana sigue siendo por lo general coto vedado de la vieja oligarquía que se expresaba antes desde las trincheras de El Tiempo y El Siglo y hoy lo hace por Caracol o RCN.
Las dinastías ya hacen cola unas tras otras para subir indefinidamente al poder por los siglos de los siglos, como si los colombianos no pudiéramos asumir nuestros propios destinos. Santos, López, Gómez, Rojas, Lleras, Barco, Pastrana, Peñalosa, Turbay siguen ahí firmes en los mismos lugares de sus ancestros, mientras nuevos delfines de apellidos Galán o Gaviria se preparan ya por dictado divino para asumir ineluctablemente las riendas del poder cuando les toque el turno dentro de unos lustros. Durante ocho años tuvimos a un Santos alocado de vicepresidente y ahora a un taimado Santos como presidente. Y todo indica que ya se apresta a subir al solio de Bolívar el nieto de Lleras Restrepo.
Incluso el drama dinástico afecta hasta la propia izquierda. Los nietos del dictador Gustavo Rojas Pinilla, hijos de la famosa « Nena » Maria Eugenia, dominan el Polo Democrático y la alcaldía de Bogotá aunque gobiernen como el caballo de Calígula (Nota: ahora, dos después de escribir este artículo, ya están en la cárcel por corrupción) y hasta una López dirige el supuesto partido del pueblo (Nota: Ahora la nieta de López Pumarejo y sobrina de López Michelsen es la candidata presidencial del Polo Democrático).
Las principales embajadas del país son feudos de algunas familias. A los López les encanta Londres y a los Gómez les fascina París. Si Virgilio Barco fue embajador en Washington, por supuesto que su hija Carolina lo tenía que ser algún día. Si Misael Pastrana fue embajador en Washington antes de ser presidente gracias al fraude, por supuesto que su hijo Andrés tendría que ocupar esos cargos también.
Si se hace un estudio genealógico de la alta dirigencia del país, se puede llegar con toda certeza a la conclusión de que Colombia es un país incluso más dinástico que una vieja monarquía árabe o europea y que los miembros de algunas de esas familias, aunque sean casi bobos, llegarán tarde o temprano a las más altas dignidades.
No es de extrañar entonces que cuando a la « infame turba », a la « chusma », a la « ignara plebe » colombiana le mataron a su « negro » Gaitán, hijo de un librero radical de un modesto barrio bogotano, que parecía ir rumbo a ganar las elecciones presidenciales de 1950, la capital fuera devastada en una jornada de furia y destrucción. Y que sobre las ruinas humeantes de Bogotá y el cadáver de Gaitán los endogámicos máximos líderes conservadores y liberales pactaran en Palacio a cambio de « puestos » para evitar la caída del gobierno.
He revisado con atención dos libros escritos al calor de los acontecimientos por representantes de las distintas fuerzas en pugna. Uno del conservador ospinista Joaquín Estrada Monsalve, titulado « El 9 de abril en palacio. Historia de un golpe de estado » , publicado días después de la tragedia, y otro del poeta y periodista de izquierda Luis Vidales, « La insurrección desplomada. El 9 de abril, su teoría y su praxis ».
Estrada Monsalve describe con prosa clara y vívida las jornadas del 9 al 10 de abril vistas desde la óptica de Ospina Pérez, por lo que vivimos la historia minuto a minuto en medio el temor de que la « chusma » liberal se tomara el palacio.
Asistimos también al arreglo final entre líderes liberales y conservadores para salvar el pellejo. Se destaca la descripción de los protagonistas, como el frío mandatario, descendiente a su vez de presidentes, a quien uno de sus servidores, Augusto Ramírez Moreno, llegó a decirle al día siguiente que era un « semidios ». Todas las figuras aparecen en la tragicomedia : doña Berta Hernández con pistola al cinto, Guillermo León Valencia, Laureano Gómez, Darío Echandía, Carlos Lleras Restrepo, entre otros.
Luis Vidales, el famoso autor de « Suenan timbres », quien conoció a Gaitán en Europa y fue su amigo, describe por su parte al inteligente líder popular, cargado del aura extraña que lo rodeaba cuando encarnaba a su pueblo e iba rumbo a la presidencia, ante el estupor de Lleras y Santos y los conservadores. Su libro es una defensa de la desesperada plebe acéfala ante la traición de sus líderes y tras el asesinato de su caudillo.
Y al leer esos textos uno se da cuenta que el país ha cambiado muy poco. A un lado la « infame turba » decadente, manipulada, violenta, delincuencial, bandida, eterna menor de edad y al otro la inamovible nomenclatura perfumada de unas cuantas familias hereditarias, Santos, López, Gómez, Lleras, Ospina, Rojas, Barco, Turbay, Pastrana, Samper, Holguín, Galán, Gaviria y sus avorazados delfines ungidos por la gracia divina.

NUESTRA SEÑORA DE LA RUTINA

Por Eduardo García Aguilar
En estos días de fiestas pascuales, cuando los occidentales se aplican a sus devociones milenarias en la mitad del planeta, no queda más remedio este aburrido viernes santo que visitar Notre Dame de París, lugar común que atrae cada año a más de 60 millones de turistas y cumple por estas fechas 850 años de existencia (1163-2013).
     Centro de todas las peregrinaciones, cantada por los poetas, escenario de la famosa novela de Victor Hugo, sitio de iluminaciones, milagros, saqueos revolucionarios, coronaciones reales, entre ellas la del emperador Napoleón Bonaparte, la Señora de París acaba de recibir para ese efecto una decena de nuevas campanas, entre ellas una mayor, fundidas todas en Bélgica, que renuevan el sonido portentoso de los campanarios, omnipresente antes con su impronta y ahora ahogado por el insoportable murmullo citadino.
     He pasado por ahí miles de veces a lo largo de las décadas y siempre me embarga una sensación especial, incómoda, extraña, de banalidad y lugar común, aliados al estupor del tiempo, aunque la verdad sea dicha ha sido mayor la impresión sentida frente a la Catedral de Estrasburgo, joya sin par situada en la capital legislativa de Europa que uno nunca se cansa de admirar, pues allí quedan todavía vestigios de la ciudad medieval y alquimista empotrada en un cruce de caminos del viejo mundo, bañado por el agua de un río, el Ille, que desemboca al majestuoso Rhin.
     Notre Dame de París, por el contrario, carece de las torres bruñidas que impresionan en Estrasburgo, Colonia o Chartres y es una especie de pastel pesado reemplazado a lo largo de los siglos por múltiples renovaciones a veces fantasiosas, como la última y más espectacular de Viollet Le Duc en el siglo XIX, a quien se acusa de haber hecho su catedral personal, llena de sus propios fantasmas y delirios de megalómano decimonónico.
     En varias ocasiones la catedral, situada en una isla del Sena, en pleno centro de la ciudad, se encontró en tal estado de decrepitud que estuvo a punto de ser derruida y varias veces fue salvada in extremis, por lo que ahí está hoy de milagro mientras hace ya siglos desapareció el barrio medieval que la rodeaba en medio de estiércol y detritus, habitado por ciegos, tuertos, paralíticos, miserables, huérfanos, mendigos, payasos y clochards.
     Ahora, con motivo de los 850 años, Notre Dame se ve renovada, limpia en exceso y en su interior se aprecian los ladrillos nuevos que colocan los albañiles y luego serán cubiertos con una pátina artificial de tiempo para dar la impresión de antigüedad. El espléndido sonido del órgano lo inunda todo y el incienso borbotea de los recipientes y sube y se enreda por arcos y arcadas hasta arquitrabes, cúpulas y vitrales.
     Una romería incesante de visitantes hace la cola en permanencia, y frente a los portales, en la amplia plaza, se ha instalado una gradería horrenda donde en su mayoría asiáticos, estadunidenses, europeos y latinoamericanos se sitúan en masa para activar los flashes de sus cámaras. Todos llevan el kit del viajero: bolsas de marca en la espalda, tenis de caminante marca Adidas, New Balance, Nike o Reebook, y parkas abullonadas para el invierno persistente.
     Adentro, en medio de los cánticos variados de la misa vespertina, cuando el órgano estremece todo, puede uno observar los rostros de los visitantes del mundo entero que tal vez nunca regresarán y tratan, en el ajetreo de las agendas turísticas, de captar la imagen interior que se llevarán para siempre. Lo mismo hemos sentido en los milenarios templos de la India o en la ruina de la estupa budista de Sarnath, donde supuestamente oró Buda. O sea que hoy el papel del aburrido habitante local y el visitante efímero se han trocado entre piedras que ni siquiera lloran de humedad o apocalipsis.
     El espectáculo de hoy es la exposición de la corona de espinas que los clérigos de monseñor Vingt-Trois, cardenal arzobispo de París, sacan cada primer viernes de mes y ante la cual oran los adoradores de reliquias. Dícese que la joya crística fue adquirida por el rey cruzado Luis, el gran San Luis Rey de Francia, el más famoso de los luises, incluso por encima del muy moderno Luis XIV.
     En Brujas, la antigua Venecia del norte, visitada por todos los reyes, incluso Carlos V, en cuyo reino nunca se acostaba el sol, los cofrades medievalistas herederos de los cruzados pasean hoy el recipiente donde se supone se encuentra la sangre de Cristo en procesiones tradicionalistas que estremecen ante el sonido del espectacular campanario central de la ciudad, descrita por el decadente Georges Rodenbach en su Brujas la muerta.
     Luego, con micrófonos siniestros que rompen cualquier ceremonia, en la pequeña capilla de la Santa Sangre, de Brujas, los pastores proceden a invitar a los turistas asiáticos a que pasen a ver la reliquia y depositen junto a ella sus gruesos billetes en una especie de ofrenda pagana o ritual de turistas.
     Pero allí, pese a todo, hay más tiempo, más pátina, más auténtico aroma de antigüedad. Aquí en París, por el contrario, sólo faltan el Kentucky Fried Chicken y el McDonald’s al lado de la mole para que el cuadro sea perfecto en este siglo XXI de todas las globalizaciones y el turismo masivo.
     Sólo me resta entonces sacar el libro París a través de las edades, de M. F. Hoffbauer, el prusiano renano que consagró su vida a la historia de la ciudad en el siglo XIX y que en un capítulo ilustrado de su libro nos habla de la vieja catedral y su entorno medieval por medio de grabados en madera, aguafuertes coloridos y palabras. Notre Dame la vieja, la otra, sólo vive ya en los libros de la leyenda.

* Publicado en Excélsior, México, domingo 7 de abril de 2013.

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miércoles, 3 de abril de 2013

DE LAUTRÉAMONT A CABALLERO CALDERÓN

Por Eduardo García Aguilar
Siempre son irritantes las novelas latinoamericanas, fallidas por lo regular, que tienen como escenario París, pues tienen por lo regular la forma de diarios de un escritor o pintor pobre, exiliado y ávido de gloria, perdido en las redes de la ciudad con el triste estatuto de forastero.
      Sería interminable hacer el catálogo de los libros escritos por jóvenes o viejos que alguna vez vivieron y sufrieron en la Ciudad Luz y que en el instante o mucho después tratan de recuperar la urbe, convertida en el escenario de sus obras con su calles, avenidas, cafés, hoteluchos sarnosos, restaurantes universitarios y cruciales buhardillas inhóspitas y llenas de humo donde los hijos de la bohemia pasan largos días de invierno aquejados de gripe, tuberculosis, sífilis, desnutrición o por la resaca de las múltiples ebriedades.
      Han caído en mis manos muchos de esos libros escritos por hispanoamericanos de todas las nacionalidades, el principal de los cuales es Rayuela, la novela de Julio Cortázar que cumple ya 50 años de publicada y se ha convertido en un clásico del género, lo que que la convierte en la menos irritante de todas, aunque también tiene sus detractores.
      Lo increíble de esas historias escritas en los últimos 150 años en forma de diario, cuadernos o epistolarios, es que la ciudad casi no ha cambiado desde los tiempos de la gran transformación practicada por el Barón Haussman en el gobierno del Emperador Luis Napoleón Bonaparte, lo que las hace muy familiares para un lector del siglo XXI.
      Entre los escenarios estará el bulevard Saint Michel y el barrio latino estudiantil de la Sorbona, el Odeón y el bulevard Saint Germain, o las riberas del Sena donde se suicidó Nerval y cerca de las cuales transcurrieron las vidas beodas de Charles Baudelaire, Paul Verlaine y los últimos años del derrumbado Oscar Wilde. También figurarán el Montparnasse y el Montmartre de Picasso y Modigliani y la Ópera y Campos Elíseos, entre otros muchos rincones consabidos.
      En esos escenarios, que son como telones de fondo de teatro de variedades, siempre figura el joven intelectual o escritor romántico y bohemio que sufre por crear una obra lejos de su patria, casi siempre señorito en desgracia o clasemediero que tarda en recibir el giro de la familia o la beca y debe recurrir a la ayuda del consulado de su país y mientras tanto deambula en antros donde se encuentra con exiliados de otras nacionalidades que viven las mismas peripecias y comparten las mismas amantes bohemias, fumadoras y tristes.
      Personajes fracasados que usan el pretexto de los estudios para vegetar en la ciudad o envejecer en una juventud ficticia que les parece eterna, los de las novelas latinoamericanas sobre París, peruanas, colombianas, guatemaltecas, uruguayas o chilenas, son deprimentes.
      Los modernistas latinoamericanos fueron especialistas en el tema y todos sin falta escribieron historias de bohemios algo patológicos, cuyo precursor principal fue el uruguayo Conde de Latréamont, inicialmente llamado Isidore Ducasse, autor de los Cantos de Maldoror.
Lautréamont no fue solo uno de los precursores de esas novelas parisinas de bohemia, equivalentes a las de Murger y Jules Vallès, sino insuperable ejemplo de una horrorífica temática asesina, donde el perverso personaje de su obra, rescatada después por los surrealistas, se dedica a imaginar y cometer los más atroces crímenes, las más innombrables desviaciones que hoy todavía nos aterran.
      Rubén Darío, José Asunción Silva, Enrique Gómez Carrillo, José Juan Tabalada y otros modernistas vinieron a París y así como ellos sucesivamente cada generación, la de Miguel Angel Asturias y Alfonso Reyes o la de Cortázar y Julio Ramón Ribeyro,  dio su cuota de aventurerosfracasados y de novelas depresivas y de tumbas solitarias en los cementerios Pere Lachaise y Montparnasse.
      De ellos el colombiano José Asunción Silva, escribió De Sobremesa, una obra típica del género donde el personaje consume drogas, vive el París parnasiano y simbolista, asiste a las escenas sáficas de su amante y regresa después a su país a recordar los años vividos en la que en aquel entonces fue la capital del mundo y hoy es un museo asfixiante.
      El también colombiano Eduardo Caballero Calderón, que era el más famoso novelista colombiano antes de que apareciera Gabriel García Márquez y arrasara con todo, ganó en 1965 el Premio Nadal con El buen salvaje, novela irritante y fallida que sin embargo se lee con ternura y dolor porque reúne todas las taras del género. Pero allí donde Julio Cortázar vuela en una concreción poética que es obra de su gran cultura y talento, Caballero Calderón se hunde como el Titánic al mostrar sinceramente las costuras de su terrible fracaso como en una expiación o inmolación de bonzo tibetano.
      El arcaico costumbrista colombiano, cuatro años mayor que Cortázar, quiere ser moderno y no puede. Harto de todo, en crisis sin duda, ávido de gloria y consciente de su fracaso, depresivo, el alter ego del novelista quiere experimentar y escribir la novela dentro de la novela, y hacer de la búsqueda inútil de su escritor la temática caótica de su obra en los escenarios del mismo París de siempre.
      Mitómano, mediocre, incumplido, ruin, el personaje que habla logra sin embargo mostrarnos el horror del París bohemio de los latinoamericanos y españoles en los años 50 y 60, donde fenecieron tantas ilusiones artísticas.
      Puesto que vivo en la misma ciudad y he escrito sobre ella en Bulevar de los héroes, tenía que leer esta novela de un Caballero Calderón que nos asusta y nos deja un sabor amargo sobre el terrible ejercicio de escribir novelas sobre París y fracasar en el intento, como fracasaron Lautréamont y todos los miles de autores que como chapolas negras mueren calcinados por la vela nocturna que alumbró al gran Baudelaire y su spleen de París.


sábado, 23 de marzo de 2013

TANJA : LA GUERRILLERA SEXY

Por Eduardo García Aguilar
Tanja, la guerrillera holandesa sexy de las FARC, se ha convertido en la estrella de las conversaciones de paz que el movimiento armado sostiene con el gobierno colombiano en La Habana. Se comprende muy bien que todos esos comandantes gordos y feos que representan al longevo movimiento de Tirofijo estén locos por ella y la hayan puesto en primera fila para dar una imagen más amable y menos dura de los rebeldes.
Los guerrilleros están muy bien asesorados en materia de comunicación, porque a la delegación oficial colombiana, encabezada por mi coterráneo Humberto de la Calle Lombana, le hace falta la presencia de mujeres bellas y jóvenes que representen a la juventud que tomará el relevo del país en el futuro del post conflicto.
Aunque Tanja dice que es una « flaca insípida » y que en las filas del ejército rebelde las que tienen más éxito son las « gorditas », es obvio que la también apodada Alexandra es una mujer elegante, espigada, a quien le quedan bien todas las prendas que luce, por lo que podría ser una modelo de éxito, por ejemplo para la tienda virtual de ropas exóticas de Tatiana Santodomingo, la millonaria heredera del magnate colombiano Julio Mario y de su hijo de mismo nombre, que acaba de dar un descendiente más a la familia real monegasca y es la nuera de Carolina de Mónaco.
Tatiana Santodomingo debería ofrecer algunas de esas maravillosas prendas ecológicas a la guerrillera, sacos tejidos en países extraños asiáticos, africanos y latinoamericanos, o bolsas, blusas y pantalones que cuestan fortunas y lucen ahora los millonarios que van al Hay Festival, al Festival de Cine y otras festividades cartageneras a las que asisten las familias reales de Colombia y toda su cohorte de arribistas.
Debería propiciarse un encuentro entre Tanja la holandesa y Tatiana Santodomingo, para emprender un diálogo de glamour que significaría por fin la paz entre los dos mundos opuestos: el de los magnates que pasan todo el año de vacaciones en los yates y las playas de lujo y el de la arriesgada europea que da la vida por los pobres de nuestro país y baila en las fiestas de la jungla.
Desde su llegada a Cuba Tanja se ha comido las cámaras y cada una de sus entrevistas es una sorpresa por su aplomo, inteligencia, sentido del humor y la firme convicción de que es la heredera de Antonia Santos, Policarpa Salavarrieta y Maria Cano, y que debe darse por fin la oportunidad a los olvidados de la tierra del país adoptivo, pero que no ha dejado, por su cerebralidad y constancia, de ser una típica europea, pasionaria de izquierdas con sentido global.
Como he sido extranjero en varios países durante mucho tiempo y estoy a favor del cosmopolitismo, siento especial atracción por quienes abandonan sus propios países y de repente adhieren a otros mundos hasta arriesgar la vida por ellos. Tal es el caso de cientos de miles de europeos que se fueron para siempre de aquellas tierras frías hacia países del Sur golpeados por el sol y las olas de los mares tropicales, atraídos por mitos heróicos como el Che Guevara o Patricio Lumumba.
Me he cruzado con franceses, alemanes y nórdicos que se han fundido con México, Centroamérica, Africa o Asia y de ninguna manera volverían a sus anquilosados ex países. Consideran que sus tierras de origen son vejestorios aplastados por las catedrales góticas y la sangre petrificada dejada por milenios enteros de colonialismo, guerra y violencia.
Si se compara con la sangre regada durante milenios en la vieja Europa, la guerra colombiana sólo sería una guerrita escuálida de novela bananera, sin la magnitud apocalíptica de las conflagraciones que solo en el siglo XX provocaron millones de muertos con bayonetas, fusiles, armas químicas, cámaras de gas y bombardeos.
Tanja se ve en un video, preciosa, bailando en la selva algún ritmo con la gracia de su cuerpo, rodeada por jóvenes guerrilleras y ante la vista torpe de los milicianos selváticos. Un guerrillero llega y apaga la cámara que filma la escena y se ve a la holandesa salir de foco como una chica regañada. ¿Cómo habrá cambiado la libertad europea y las discotecas libertinas por el acuartelamiento autoritario en la selva, bajo el mando de típicos machistas colombianos ultrafalocráticos y patriarcales?
La holandesa llegó a Colombia por medio de intercambios universitarios y según se cuenta estuvo en Bogotá y Pereira, donde empezó a conocer la realidad del país y quedó seducida por nuestros terribles encantos. Por lo visto nunca se quejó de las rudas pruebas de la selva al lado del Mono Jojoy y encontró en ese mundo peligroso bajo los bombardeos y al acecho de los ataques del Ejército una realización vital que sorprende.
En las conferencias de prensa se ha visto a la guerrillera cambiar de prendas y adornos con excelente tino, convertida en la diva amable de ese movimiento, rodeada por los severos comandantes que son los machos alfa de la selva implacable.
Los guerrilleros que Tanja representa son el lado secreto de una Colombia que fue capaz de exterminar uno por uno a los 4000 militantes de la Unión Patriótica, el partido político del negociador Iván Márquez, quien siempre aparece escoltado por la bella, lo que muestra su buen gusto en materia femenina. Ojalá hagan la paz, aunque la verdad sea dicha nunca confiaré ni en el establecimiento ni en sus opositores armados. Pero la paz vale bien una misa papal y la caricia virtual de una guerrillera muy europea y muy sexy.
 
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* Publicado en La Patria, Manizalez, Colombia, el 24 de marzo de 2013. 

viernes, 15 de marzo de 2013

A CADA QUIEN SUS PAPAS

Por Eduardo García Aguilar
Todos los habitantes de la zona cristiana occidental, ateos o no,hemos tenido relaciones imborrables con los distintos papas y su elección, actividades, viajes, muerte o inédita renuncia, como la de Joseph Ratzinger, nos han marcado de una u otra forma, querámoslo o no.
Ahora la aparición sorpresiva del nuevo papa argentino Jorge Bergoglio, de 76 años, ante el público asombrado del mundo quedará en la memoria mediática de muchos latinoamericanos. La novedad cinematográfica fue efectiva y el viejo cardenal de blanco vestido impresionó con su silencio inicial ante el foro romano y después con sus palabras llenas de humor y calidez .
Luego del estruendoso fracaso y el poco carisma del renunciante Bendicto XVI, continuidad pura del conservatismo militante de su antecesor Juan Pablo II, la imagen de Francisco ha generado buena impresión inicial, aunque apenas se comienza a analizar las posiciones bastante tibias y "neutrales" del mismo ante la dictadura argentina, como fue el caso en su momento de Pío XII frente a los regímenes de Hitler y Mussolini.
Es dificíl pedir milagros a poderosos cardenales de la curia obligados a negociar desde el tiempo de los Borgia con los poderes terrenales y a dar la mano y la comunión a figuras políticas que tarde o temprano se vuelven impresentables como Jorge Videla y Augusto Pinochet y otros grandes violadores de los derechos humanos a veces muy creyentes, entre ellos dictadores, caudillos, patriarcas, potentados, magnates y militares.
La primera imagen de un papa personal fue la de Juan XXIII, anciano de apariencia bonachona elegido a los 76 años y quien pasó a la historia por convocar el Concilio Vaticano II, propiciar cambios importantes como la misa en lenguas locales y escribir su encíclica Pacem in terris en plena guerra fría.
En el borroso mundo de la infancia recuerdo la conmoción causada por su muerte tras su corto pontificado en tías y abuelas o personas muy religiosas allegadas, que meses después creían verlo todavía como aparición o sentían cercana su inefable presencia para ellos santa y bondadosa.
Probablemente sea uno de los pontífices más importantes del siglo XX por los cambios modernos logrados en la anquilosada Iglesia y que en muchos aspectos ya fueron borrados con minuciosa inquina por la ola conservadora reciente encabezada por Juan Pablo II y Benedicto XVI, artífices de la contrarreforma.
Al calor de esos cambios lanzados por el anciano patriarca de Venecia, cuyo nombre original era Angelo Giuseppe Roncalli (1881-1963), y quien gobernó de 1958 a 1963, la Iglesia se volvió por un momento más popular, abierta, cálida y muchos jóvenes sacerdotes se comprometieron con los pobres de manera radical, según las corrientes de generosidad de las nuevas generaciones.
Estos últimos dos papas lograron darle la vuelta a la tuerca y hacer de la iglesia una institución en crisis, cerrada, aliada del poder, asediada por lo que durante mucho tiempo se escondió en los viejos escaparates  empolvados de la infamia. Bendicto XVI se vio obligado a renunciar porque su papado se desbordó mientras él se aplicaba a abstrusas meditaciones teológicas alejadas de la realidad concreta de más de mil millones de creyentes.
Juan Pablo II fue un pontífice clave en los momentos del derrumbe de la Unión Soviética y los países comunistas del Este, aplastados por las mentiras de su jerarquía marxista-leninista y los crímenes escondidos en diversos gulags de la intolerancia estalinista.
Wojtyla dio fuerza en su momento a esa lucha por la libertad de los pueblos sojuzgados por la URSS, pero se le fue la mano en apagar todo tipo de crítica y borrar del mapa, especialmente en América Latina, a  las corrientes sociales y humanitarias surgidas en los años 60 tras los trabajos del Concilio progresista y los movimientos sociales y políticos que se dieron en aquella época contra el violento y codicioso imperio estadounidense de Nixon, Reagan y Bush.
Después del modesto Juan XXIII vino Pablo VI, primer pontífice viajero y diplomático, flaco y de apariencia intelectual, quien marcó a los colombianos por su visita al país generando una gran expectativa por una presencia que hasta entonces parecía quimérica. Cuando la televisión colombiana avanzaba hacia la conquista de todos los hogares, miles de familias adquirieron enormes televisores empotrados en madera marca Philips, verdaderos muebles de sala para seguir el acontecimiento frente a la pantalla.
Pablo VI, arzobispo de Milán llamado Giovanni Battista Montini (1897-1978), gobernó desde 1963 a 1978, continuó los trabajos del Concilio Vaticano II y durante su pontificado fueron llevados al cardenalato tres de sus sucesores, Juan Pablo I, Juan Pablo II y Benedicto XVI. Su gobierno dejo una huella de modernidad que sus sucesores se encargarían de borrar poco a poco.
El polaco Karol Józef Wojtyła (1920-2005) llegaría al trono después de  la sorpresiva y misteriosa muerte de Albino Luciani, el malogrado Juan Pablo I, muerto en 1978, y se convertiría en una verdadera figura  protéica a lo largo de su extensísimo reinado, caracterizado por su vigor. Intelectual, escritor, deportista, rebelde surgido de las sombras del totalitarismo, su figura fue un vendaval hasta la llegada  del apagado Ratzinger, electo Papa en 2005 y quien sorprendió al mundo con su renuncia para regresar a sus libros de teología y a su piano.



sábado, 9 de marzo de 2013

¿UN HÉROE FARAÓNICO DEL SIGLO XXI?

Por Eduardo García Aguilar
La humanidad de todos los tiempos ha requerido siempre de héroes y dioses venerables con quienes identificarse hasta el delirio. Todas las grandes figuras míticas de la historia han surgido de seres reales que se izaron entre sus contemporáneos como grandes sabios, mártires o guerreros y con el tiempo subieron a la leyenda con poderes milagrosos. Tal fue el caso con el penúltimo semidiós aparecido en América Latina bajo el nombre del Che Guevara, figura crística conocida y seguida en todo el planeta por varias generaciones.
Lo que todo el mundo observó en estos días con la muerte y el sepelio del caudillo venezolano Hugo Chávez fue el despliegue de una escenografía conocida y milenaria, pero que no es tan frecuente, pues se requieren varias condiciones personales e históricas para la encarnación de una figura de ese rango.
Su originalidad radicó en que a diferencia de otros héroes tercermundistas revolucionarios y populares del siglo XX no renegó de la religión considerada por Marx como «el opio del pueblo », sino que la utilizó en su discurso hasta la saciedad, creando un sincretismo novedoso entre Jesús, Marx, Bolívar, el Che y Fidel Castro, su padre adoptivo.
En la ceremonia se diseñó muy bien el guión de los simbolismos. Maduro, el heredero de Chávez, esgrimió una copia áurea de la espada de Bolívar y la colocó sobre el féretro. Sus manos y las de militares y representantes de los poderes se unieron sobre el cadáver del héroe muerto en una especie de juramento ritual surgido de los tiempos del Santo Grial y de las grandes sagas míticas.
En ese fuerte militar lleno de presidentes, primeros ministros, el príncipe de España, jerarcas eclesiásticos y delegaciones de todo el mundo, ataviadas de oscuro y con los rostros adoloridos, vibraba el fantasma de Simón Bolívar unido al de Chávez en conjunción corpórea y espiritual y ambas figuras del más allá, escalofriantes, espectrales, radiantes, flotaban en el ambiente como en un acto de chamanismo político. Todo ello fue acompañado por la música sinfónica y cánticos autóctonos e himnos que dieron gran fuerza a la ceremonia iniciática de transmisión de poderes del fallecido héroe al corpulento heredero.
Inspirados en las grandes ceremonias chamánicas y tribales afines al homo sapiens desde su existencia, los funerales de Chávez se inscriben en la gran tradición del realismo mágico latinoamericano llevado a su máximas consecuencias por autores como Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez y Augusto Roa Bastos, entre otros.
Muchos creyeron que en el siglo XXI no veríamos nunca en el continente algo tan relacionado con la magia y los poderes faraónicos de la muerte, pero la verdad superó a la ficción y nos inscribimos así como continente en la gran tradición de los libros sagrados que han jalonado la historia espiritual de la humanidad desde el Ramayana y el Mahabarata hasta la Biblia, el Corán, el Manifiesto Comunista y el Libro Rojo de Mao Tse Tung, o sea un mundo lleno de dioses, espadas, sables, mantras, parábolas y espíritus trascendentes, eternos. O sea el poder emanado de fuerzas divinas.
En ese momento extraordinario que vieron millones en el mundo pensamos en los mitos inciáticos de los múltiples faraones egipcios al ser inhumados en las pirámides, así como los de Alejandro Magno, Darío, Julio César, Augusto, Constantino, Belisario, Stalin, Mao y los reyes mayas enterrados en pirámides de cresterías barrocas bajo extraordinarios monolitos como el de Pakal, rey dios de Palenque.
El heredero fue muy claro en su discurso al unir a Jesucristo, Bolívar y Chávez en una saga que apenas comienza en un contexto latinoamericano dominado por nuevas izquierdas ya no inspiradas en el marxismo ateo sino en originales sincretismos populistas. Y además se anunció que el cuerpo de Chávez será embalsamado como los de Lenin y Mao. De esta manera concluyó la era iniciada por la Revolución Francesa y la Ilustración racionalista del siglo XVIII que deseaban hacer de los ciudadanos adultos. Ahora los ciudadanos seremos crédulos niños eternos poseídos en un estado de trance chamánico televisivo.
La mayoría de los aspirantes a héroes iluminados no logran su objetivo y caen en el camino atrapados por sus propias trampas o vencidos por el enemigo. En el caso de Chávez, como en un juego de video, el personaje sorteó todas las trampas y peligros en el camino y solo fue vencido por la única prueba de la que no se salva nadie, la muerte.
Incluso el deceso prematuro luego de una larga enfermedad le servirá a su causa, pues no tuvo que vivir el largo desgaste que viven los caudillos cuando se eternizan en el poder y evitó la probable caída o el fin dramático, como ocurrió con Muhamar Kadahafi y otros héroes continentales longevos. Chávez murió como otros héroes en pleno ejercicio del poder y sin haber sido derrotado. Como Lenin y Mao fue atrapado por la parca reinante y será puesto en un mausoleo a la vista del público y no lejos de su inspirador Simon Bolívar.
La ceremonia transmitida en directo al mundo entero desde Caracas fue significativa. Mandatarios de derecha e izquierda latinoamericanos coincidieron en las guardias de honor e incluso vinieron mandatarios y delegaciones del otro extremo del planeta como el persa Mahmud Ajmadineyad.
Esto sucedió en América Latina dos siglos después de las batallas, traiciones y aventuras de Simón Bolívar, que sigue presente en el imaginario político continental. Lo ocurrido esta semana en Caracas no fue un sueño sino una realidad que nos invita a reflexionar como nunca en los avatares cíclicos de la historia humana hecha de símbolos y mitificaciones.
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Publicado el domingo 10 de marzo de 2013 en La Patria. Manizales. Colombia.

sábado, 2 de marzo de 2013

EL INDIGNADO STÉPHANE HESSEL

Por Eduardo García Aguilar
Esta semana murió a los 95 años de edad el indignado Stéphane Hessel (1917-2013), adorable anciano, impecable en el vestir, que hablaba un francés de otra época y practicaba la tolerancia y el diálogo en un mundo de fanatismos y culto desbocado a la plutocracia de los capitales financieros y a la narcojuventud arribista.
Gracias a su longevidad vivió todas las tragedias y las glorias del siglo XX, e incluso fue deportado por los nazis a Buchenwald, de donde por fortuna regresó vivo. Estudió en la prestigiosa Escuela Normal Superior y realizó estudios de filosofía antes de que estallara la Segunda guerra mundial. Participó en la resistencia antinazi en Francia y al concluir la conflagración ingresó a la carrera diplomática y participó en el nacimiento de la ONU y representó a Francia ante esa instancia.
Tenía otra gran cualidad y era que amaba la poesía y solía recitar de memoria sus poemas preferidos hasta sus últimas apariciones en público en universidades y escuelas, generando entusiasmo y admiración entre sus escuchas.
Era un dinosaurio humanista en un mundo donde los únicos dominantes son el dinero, la vulgaridad, la violencia, el arribismo, el uso de la bala y el grito para acallar al adversario. Era un pasado de moda que criticaba la odiosa sociedad de consumo y pugnaba por los valores de la convivencia.
En todos los países del mundo, las personas que piensan como él, que son capaces de reflexionar antes de responder y tratan de crear concordia en vez de odio ideológico son despreciadas por generaciones intermedias a quienes tantos años de dominio absoluto del dios dinero, frivolidad televisiva y futbolística y arribismo narco terminaron por lavarles para siempre el cerebro.
Para esas generaciones intermedias que dominan los gobiernos y los partidos políticos en muchos países el que no roba es un tonto, el que no manda matar al rival es un débil, el que no grita y amenaza un pusilánime. Y por supuesto para ellos los humanistas son tontarrones mandados a recoger pues el dinero y la avidez son ley y la trampa y la estafa grandes cualidades.
Los humanistas se sentían derrotados antes de 2008 cuando estalló la crisis económica mundial. En Estados Unidos gobernaba un presidente ignaro que hizo guerras absurdas a diestra y siniestra para beneficio de las industria armamentista y petrolera. En Francia gobernaba un arribista inculto que buscaba imponer la cultura bling bling, versión dulcificada de la cultura popular del narcotráfico dominante en Estados Unidos, América Latina y Asia, con sus limusinas de lujo y relojes de oro con incrustaciones de diamantes. En Italia el impresentable mafioso Berlusconi. En España los nuevos ricos construían edificios sin medida hasta que la burbuja inmobiliaria estalló.
Hessel se levantó contra toda esa vulgaridad del arribismo reinante en el mundo. En 2010 publicó el pequeño y modesto folleto « Indignez vous » que de manera asombrosa se convirtió en el opúsculo más leído por los jóvenes y dio lugar en Europa al surgimiento del fenómeno de los indignados en muchos países del Viejo mundo en crisis, especialmente en España, donde generó multitudinarias manifestaciones.
Grandes sectores empezaron a cuestionar a políticos corruptos, senadores y diputados hinchados de dinero, ministros absusivos que derrochaban y miraban a sus súbditos con desprecio, a reyes borrachines cazadores de elefantes. Y los manifestantes pidieron transparencia y rigor y fin de la impunidad en muchos países e incluso en Wall Street.
Nacido en plena primera guerra, Hessel surge del drama de la historia contemporánea europea y no se olvidó de sus orígenes ni lo obnubiló la comodidad de su vida como diplomático. Su padre Franz Hesel era amigo del filósofo y crítico judío Walter Benjamin suicidado en Port Bout y su madre una joven y bella que fue fotografiada desnuda en su tiempo e inspiro la novela Jules et Jim, llevada al cine por Francois Truffaut en 1962.
Cuando ya pocos se acordaban del anciano jubilado, decidió tomar cartas en el asunto en medio de la terrible crisis que afectó a Estados Unidos y en Europa a partir de 2008 con el hundimiento de múltiples sectores financieros por los abusos del capital y el fin del sueño neoliberal en boga desde los tiempos de Ronald Reagan y Margaret Thathcher.
Cuando el anciano volvió a los escenarios a hablar con su deliciosa elocuencia de otra época, muchos filósofos nuevos lo miraban con soberbia y desdén, como si fuese un viejito idealista pasado de moda. En algún debate televisivo el filósofo Alain Finkielkrault lo fustigó con desdén y Hessel le respondió con inteligencia y rapidez a cada uno de sus cuestionamientos.
Varias generaciones de nuevos filósofos franceses y europeos aburguesados o atontados como André Glucksmann, obnubilados por el reino del capitalismo a ultranza, creyeron enterrar para siempre al humanismo socialista, que consideraban delirio de viejitos gagá en tiempos de realidad y reino de la nueva derecha. Hessel no se amilanó nunca ante ellos y por el contrario ganó cada vez más adeptos en su corta carrera de estrella mundial.
En estos días sentía ya cercana su muerte en París. El famoso Dany el Rojo, líder del mayo del 68 que este año cumple 68 años y era su amigo, lo visitó en casa y casi llora cuando el viejo le dijo que ya estaba pronto su fin.
Hessel le dijo con una sonrisa, « Dany, ¿no te das cuenta que ya tengo 95 años ?». Nadie podía creerlo, pues Hessel era el anciano más joven del mundo y la prueba de que los viejos filósofos vuelven a dar ejemplo de rebeldía en un mundo donde el culto a la soberbia narcojuventud comienza a ser una verdadera trampa.
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* Publicado el domingo 3 de marzo en el diario La Patria. Manizales. Colombia







sábado, 23 de febrero de 2013

EL INTERREGNO DE LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar
En la pasada Feria del libro de Buenos Aires 2013, el ministerio de Cultura de Colombia designó a Fernando Vallejo y a William Ospina como a los dos representantes oficiales máximos de la literatura colombiana, y encabezaron la multitudinaria delegación del país en una especie de toma cultural de la capital argentina.
Pese a que sus literaturas y personalidades difieren como la noche del día, Vallejo y Ospina son los autores colombianos más reconocidos y con el mayor y más abundante éxito de ventas sostenido desde hace ya más de una década. Sus obras son ampliamente leídas y conocidas en todo el territorio y se imparten como libros de texto en escuelas y colegios.
Cada nuevo libro de ambos se convierte por navidad en un fenómeno de ventas y es el regalo obligado que los colombianos amantes o no de los libros se hacen entre sí u obsequian a sus familiares o amigos. Es tan increíble el fenómeno, que muchas veces cada libro de Fernando y William me es regalado en París por decenas de viajeros de mi tierra natal, y he acumulado un verdadero stock repetido de libros de ambos con el que podría fundar una librería. Ursúa, El país de la canela o En busca de Bolívar de Ospina me fueron obsequiados muchas veces, de la misma forma que El Cuervo blanco u otras obras de Vallejo.
Como ambos son mis amigos y los conozco desde hace más de tres décadas, no deja de ser una gran satisfacción que a las dos estrellas rutilantes actuales de la literatura colombiana, ambos galardonados con el Premio Rómulo Gallegos, los haya conocido cuando no habían publicado ningún libro y no soñaban con tomarse el poder en la literatura colombiana como sus dos caudillos más solicitados en el, a mi parecer, un incómodo interregno, pues las dos más altas figuras de la literatura nacional, Gabriel García Márquez y Alvaro Mutis se silenciaron desde hace más de un lustro para siempre, aunque viven su longevidad en la capital mexicana, donde residen hace más de medio siglo.
Vallejo representaría esa vertiente del escándalo siempre presente en la literatura colombiana desde los tiempos del terrible Vargas Vila y cuya bandera fue posteriormente tomada por don Fernando González, el cascarrabias de Otraparte, por Gonzalo Arango y los nadaístas y al final por Gustavo Alvarez Gardeázabal, talentoso narrador que renunció a la literatura para dedicarse a la chismografía política, lo que fue una lástima, pues su obra es más importante de lo que se piensa.
Vallejo es egocéntrico, no tiene duda intelectual alguna, siempre considera tener la razón, no necesita leer a los otros y despotrica a diestra y siniestra insultando presidentes, curas, escritores, mujeres y políticos, como lo hacía Vargas Vila. Su inmensa popularidad entre los colombianos radica en la repetición incesante de sus tres huevitos literarios : no reproducirse, escribir en primera persona y amar a los animales. Y además hace violentas declaraciones que causan hilaridad y coinciden con la violencia verbal y física de los colombianos, una de las taras nacionales. Pero en persona Fernando es un santo, tímido y bueno como una mansa paloma. Su ventrílocuo personal es un bocón odioso e impredecible, o sea lo más opuesto a su discreta alma de seminarista de los ojos negros.
Nada más distinto a Vallejo que William Ospina. Su literatura representa la otra vertiente de la literatura colombiana, la mesurada, basada en el buen decir y en la búsqueda de la belleza de la palabra y la corrección de las ideas. Así lo ha sido siempre desde sus años mozos. Ospina lee sin cesar a los clásicos griegos y romanos, se inspira en los románticos, ama a los autores y figuras patrias, canta y recita de memoria el repertorio nacional, piensa antes de opinar a diferencia de Vallejo y Uribe, no es violento con la palabra, cree en la humanidad y actúa como un generoso maestro de las juventudes colombianas, a las que augura un futuro más radiante que el actual. Sus obras son cinceladas con tiempo hasta el último detalle y la literatura es para él un verdadero sacerdocio nacional y patriótico, por lo que es amado y admirado casi como un gurú, una especie de Mahatma Gandhi nacional, un padre de la patria.
A falta de los, para mí, más grandes e insuperables, García Márquez y Mutis, el ministerio de Cultura ha optado pues por entronizarlos como figuras oficiales en una decisión razonable, pues son dos aspectos opuestos de nuestra literatura y lograron en carambolas certeras gracias a su talento el codiciado premio Rómulo Gallegos, que le fue esquivo a otras grandes figuras de la narrativa nacional como Germán Espinosa, Oscar Collazos, Rafael Humberto Moreno Durán, Fernando Cruz Kronfly, Marvel Moreno, Fanny Buitrago, y Robero Burgos Cantor, para solo mencionar a unos cuantos de esa extraordinaria generación post macondiana que escribió aplastada por la gloria de nuestro milagroso Premio Nobel. Ellos son ahora, pese a lo importantes que son, las cenicientas de la literatura nacional, al lado de Giovanni Quessep, Jaime García Maffla y Jaime Jaramillo Escobar.
Pero aunque sean mis dos amigos los agraciados con esta coronación oficial del Estado, que por supuesto se basa en su éxito local, siento que la literatura colombiana está viviendo un incómodo, largo e inquietante interregno, en un mundo donde los parámetros de la gloria y la difusión literarias fueron sacudidos por la llegada de internet, las redes sociales y el fin de la era Gutemberg. ¿Volverá a haber un rey ?
Se añoran los momentos más reposados, lúcidos y profundos de la literatura colombiana en tiempos de las revistas Mito y Eco, de Aurelio Arturo, Jorge Gaitán Durán, Hernando Téllez, Fernando Charry Lara y de toda una generación de grandes críticos o filósofos como Ernesto Volkening, Hernando Valencia Goelkel, Nicolás Gómez Dávila y Danilo Cruz Vélez, entre otros muchos que practicaban menos la apariencia y más la profundidad. Se siente una gran nostalgia por esa época ida en que las glorias literarias estaban menos ungidas por las leyes del marketing y las estrategias de venta de las grandes editoras multinacionales, cosa impensable en tiempos de Reyes, Borges, Carpentier, Rulfo, Onetti, Mujica Láinez, Cortázar y Lezama Lima, a quienes hoy tal vez ninguna editorial comercial publicaría por razones de ventas.
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* Publicado en el diario La Patria. Manizales. 24 de febrero de 2013.





sábado, 16 de febrero de 2013

LOS MISTERIOS DE ARACATACA AND COMPANY

Por Eduardo García Aguilar
Casi toda la gran obra de Gabriel García Márquez, o sea Cien años de soledad y las novelas y libros de cuentos que la anteceden y la suceden, se centra en la evocación y reelaboración de lo visto y escuchado en la infancia en la casa de Aracataca, donde creció con sus abuelos y tías en los tiempos de auge de la compañía bananera de la United Fruit Company. Todo aquello se le reveló como material esencial de lo relatable, cuando ya joven adulto y periodista en Barranquilla, de 23 años, volvió a ese lugar en ruinas devastado por la ya lejanísima partida de la empresa que le daba vida económica al lugar, tras los sucesos de la masacre bananera.
El retorno con su madre Luisa Santiaga, la ya muy envejecida progenitora de 11 hijos y de 45 años de edad, fue clave para pasar a otra cosa después de haber estado bloqueado con una novela ambiciosa llamada La Casa y comenzar a escribir por fin con otro tono y perspectiva La hojarasca, que empezó a teclear de inmediato cuando regresó a Barranquilla luego de despedirse de su madre, cargado por la energía de ese viaje simbólico.
Al regresar al pueblo donde vivió hasta los ocho años, volvió a vivir con claridad el núcleo de su universo infantil en la casona del abuelo en Aracataca, que sería el escenario fundamental de muchos de sus cuentos magistrales y en especial de Cien años de soledad, la obra mayor del autor, que lo proyectó a nivel mundial. Porque casi todas sus narraciones se nutren de los recuerdos de ese niño criado por sus mujeres y por el viejo coronel Nicolás Márquez, quien batalló en la Guerra de los mil días entre liberales y conservadores al lado de los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, personajes que en un momento dado llegaron incluso a visitar la casa, construida por la familia cuando llegaron al pueblo como simples emigrantes pobres provenientes de Barracas, pueblo al otro lado de la sierra, de donde el coronel tuvo que irse por haber matado a Medardo Pacheco por un asunto de honor.
La familia paterna llegó al pueblo en su éxodo, atraída por la llegada de la United Fruit Company a ese lugar y de una muchedumbre de trabajadores de todos los orígenes, así como personas de mejor condición que venían del interior del país o del extranjero para beneficiarse del progreso y la intensa actividad económica generada alrededor del campamento de los gringos por la producción intensiva de banano.
Toda la infancia de García Márquez transcurre en un mundo imaginario lleno de actividades, relatos y sorpresas, cerca del confort y la modernidad estadounidenses, en medio del gentío bullicioso de los mercados y la variedad de tiendas de diversos productos necesarios para la población forastera que descendía sin cesar del tren atestado de carga. Ese universo estaba dividido entre los colombianos que vivían a un lado y el misterioso mundo de los directivos, técnicos e ingenieros norteamericanos que vivían en la "Zona", instalados tras las alambradas en casas cómodas dotadas con diversos adminículos domésticos modernos desconocidos por los nativos.
De modo que en Aracataca no solo llegaba el tren sino que además era crucial el telégrafo, que fue la profesión inicial de su padre Gabriel Eligio y la que lo atrajo al lugar donde conocería a la hija del coronel. En Aracataca el niño descubrió el hielo de los pargos, el tren que venía de Ciénaga, vio la llegada anual de los gitanos, el circo, y como nieto preferido y único hombre rodeado de tías solteronas, la barahúnda permanente de las visitas de familiares y amigos cargados de fantasmas del pueblo y la Provincia abandonadas en el éxodo, que se convertirían todos en personajes transmutados, gracias a lo que él llama la « transposición poética de la realidad », en los personajes de su Cien Años de soledad.
Al retornar, en la casa grande, que tuvo décadas antes dos alemendros a la entrada, un antepatio, la oficina del abuelo, el taller de platería donde el abuelo fabricaba sus pescaditos de oro, el corredor de begonias y las diferentes alcobas y al final la letrina y el patio para los animales, vivían unos inquilinos viejos a los que finalmente no se les pudo vender la casa por el remanente de una hipoteca no pagada. Y además en el pueblo todo era ruina y vejez, la casa del boticario, la estación abandonada, la escuela Montessori, la Iglesia, los rieles retorcidos, los vagones oxidados y las ruinas y rastros de lo que fue el campamento de la United Fruit Company, así como la estación y la plazoleta donde fueron masacrados muchos jornaleros y sindicalistas, y cuya cifra de muertos nunca se esclareció.
La casa y el pueblo resumían la historia contemporánea del país con sus dramas, amores, injusticias y tragedias y al palpar de nuevo la herrumbre del pasado ido y los lamentos y voces de las ánimas de los desaparecidos como en un coro griego, se repotenció de repente el talento del novelista, llevándalo pronto a la corta carrera que lo conduciría a crear una obra magistral que significó mucho para todos los pueblos del mundo en Europa, Asia, Africa, Oriente Medio, América y Oceanía, por lo que obtuvo el Premio Nobel a la joven edad de 54 años.
Para García Márquez el secreto fue muy simple, había que dejar atrás todos los retorcimientos de su primera cuentística existencialista y abstracta par contar simple y llanamente la vida de su familia y los pueblos donde vivieron. Pero la figura central es el abuelo, convertido en padre después del viaje de sus progenitores a otra parte en busca de mejores oportunidades. El niño, que era casi su alter ego menor, escuchó de su boca las historias de la Guerra de los mil días como si fueran aventuras fantásticas.
"Consumado el desastre de Aracataca, muerto el abuelo y extinguido lo que pudo quedar de sus poderes inciertos, quienes vivíamos de ellos estábamos a merced de las añoranzas", afirmó en sus memorias. Ya solo, sin el patriarca adorado, los fantasmas del pasado se concretaron en una obra que como las grandes es solo el relato y la exploración de los misterios de la infancia, tal y como hizo Marcel Proust en su novela En Busca del tiempo perdido. Grandes obras de la novelística mundial han surgido de esa materia esencial que posee una huella original en cada uno de los humanos.
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* Fragmento de un texto más amplio sobre la obra de Gabriel García Márquez.
En la foto, García Márquez recién golpeado por el "cadete" Vargas LLosa en México en 1976. Se tomó esta y otras fotos como testimonio de la golpiza propinada por su ex amigo, el autor de "Historia de un deicidio".  

sábado, 9 de febrero de 2013

EVOCACIÓN DE DARÍO MESA: AQUELARRE DE IDEAS EN LA UNIVERSIDAD NACIONAL


Por Eduardo García Aguilar*
Al cruzar por el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá hace dos años, en plena fiesta de los aquelarres el 1 de noviembre y recorrer por sus senderos, se me vino de repente el grato recuerdo de los dos años que pasé allí estudiando sociología, la carrera fundada por Camilo Torres y Orlando Fals Borda, de moda en mi generación, así como ahora lo es el periodismo, profesión que está llamada a desaparecer poco a poco.
Aunque volví a comenzar de cero en París en la Universidad de Vincennes, que vivía sus momentos estelares, y allí me gradué en Economía Politica, con subdominante Filosofía, mantuve durante muchos años los tiempos de la Nacional en lo más profundo de mis recuerdos íntimos, como algo familiar, básico, casi incomunicable, aunque fue allí, bajo el magisterio del gran profesor Darío Mesa y otros profesores como Jesús Bejarano y Jaime Eduardo Jaramillo, donde obtuve los elementos básicos en materia de ciencias sociales que me han servido para ahorrar derivas e ir al grano en muchos aspectos del pensamiento.
La clase de Darío Mesa, quien había publicado varios ensayos básicos en la revista Mito y puede considerarse un miembro notable de esa generacón, es algo que ninguno de sus alumnos podrá olvidar durante su vida, como ejemplo de la profunda densidad de un pensador que tiene todos los cabos atados y sabe establecer las relaciones entre los diversos niveles de los saberes. El hombre, discreto, austero, aparecía en el escenario del anfiteatro y de pie, con una gran elegancia, llevando en sus manos un fólder con unas cuantas hojas, lograba decir e iluminar en una o dos horas pedazos de la historia económica, social, política, científica, filosófica, que a otros les tomaría años y de repente los alumnos más aventajados salían de allí decididos a lanzarse a devorar las vastas bibliografías que sugería.
De esa manera pasábamos horas y horas en esa excelente biblioteca de la Universidad Nacional agotando todas las aristas de un autor o un fenómeno, como fue el caso, por ejemplo, de Maquiavelo, para citar solo un nombre básico o las figuras que revolucionaron la filosofía desde antes a después del Renacimiento. Y de semana en semana los alumnos fuimos situando con claridad el nudo gordiano de la modernidad, los vasos comunicantes de un milenio de historia. Con él todos los más mínimos detalles tenían su significado, como la función y las consecuencias del uso del arnés para el caballo, la noción de los universales, el pensamiento de Nicolás de Cusa o Marsilio Ficino, el sentido de las ferias de Champaña, la perspectiva en las artes plásticas, la obra de Baltasar de Castiglione sobre el cortesano, la vida en Venecia, la obra de Leonardo da Vinci, el papel de los conventos medievales, el comercio de especias con Oriente y así bebíamos cada una de sus clases como una apertura infinita de ventanas a la historia moderna de los humanos y sus métodos para conocer, saber, construir, gobernar, vivir o morir.
Darío Mesa vestía discretamente, sin corbata, con el pelo rapado. Su clase, pronunciada de un tirón, sin pausas, no aceptaba fáciles anécdotas para amenizar y cada una de sus reflexiones o palabras bastaban en su cristalinidad para que lo escuchado tuviera la seducción del saber como pasión y vocación inagotables. La verdad es que cuando llegué a Vincennes, en París, en 1974, me sentía "sobrado" ante el nivel encontrado en las aulas europeas y cada vez que asistía a clases de grandes figuras de la filosofía o las ciencias sociales en boga en ese momento en ese país, recordaba con orgullo al gran maestro que reinaba en la lejana Bogotá y cuya claridad hubiera sido de gran valor en las aulas francesas que descubríamos entonces. Los elementos básicos para pensar y estudiar nos fueron comunicados por ese hombre a unos jóvenes primíparos de 18 años, edad en la que se adquieren todos los vicios ideológicos o se tuercen muchas veces las vocaciones, por lo que a veces pienso con horror lo que hubiera sido de sus alumnos de no haberlo encontrado en el camino al ingresar por primera vez a las aulas universitarias dominadas entre los estudiantes por la intolerancia de las ideologías fanáticas.
Además de la cátedra básica de Darío Mesa y las de otras jóvenes eminencias formadas por él como Piza, Kalmanovitz, Alzate, Jaramillo, Miranda, Bejarano y muchos más que regresaban con posgrados desde Europa, y que enseñaban en las carreras de Economía, Antropología, Filosofía y Economía, vivíamos la efervescencia intelectual mundial de la que no se escapaba Colombia. Ya desde la irrupción de la generación de la revista Mito Colombia se había modernizado en materia de pensamiento. Por ahí andaban Danilo Cruz Vélez, Rubén Sierra Mejía, Pérez Mantilla y otros pensadores que se habían nutrido en la Alemania o la Francia de Posguerra. También asistíamos a las clases impartidas por varios de los extranjeros que llegaron a Colombia en los años 30 y 40 huyendo de las guerras europeas y rehicieron sus vidas enseñando a generaciones de colombianos. Alrededor de la Universidad Nacional, en el Instituto Agustín Codazzi o en el DANE o en otras instituciones técnicas republicanas ya trabajaban jóvenes brillantes como el gran escritor Rafael Humberto Moreno Durán, para solo citar un nombre entre los miembros de esa generación nacida en los años 40.
Y en el Planetario se hacían exposiciones de arte moderno absolutamente renovadoras como la del venzolano Soto, mientras en el primer nivel del futurista lugar astronómico los primeros grandes críticos de cine colombiano nos iniciaban en los arcanos del cine italiano liderado por Antonioni y Fellini o del sueco Bergmann. Y por todas partes florecían las librerías encabezadas por la Buchholz y su revista Eco, a donde llegaban los libros desde los centros culturales de Buenos Aires, México y Barcelona, traducidos por generaciones de republicanos expañoles transterrados.
En esa década de los 70 Bogotá era una torre de babel de pensamiento. La juventud tenía como principal diversión la lectura, el debate, la pasión por el cine moderno, el arte, la música explosiva, influidos todos ellos por los efectos de la lucha pacifista y antiimperialista causada por la guerra de Vietnam en Estados Unidos o por las ideas de mayo del 68 en Francia. Incluso si el país estaba dominado por el Frente Nacional, se sentía una apertura en las ideas y no la decadencia y el retroceso vividos en Colombia a nivel intelectual en la funesta primera década del siglo XXI, donde volvimos al caudillismo decimonónico.
Al caminar por el campus de la Universidad Nacional varias décadas después, todos esos fantasmas y visiones empezaron a rodearme en medio de la oscuridad rota por las fogatas de las nuevas generaciones y sus fiestas sin límite entre el aquelarre del Halloween. De repente sentí el dolor vivido por los estudiantes cuando el golpe militar de Augusto Pinochet en Chile. En esos mismos prados permanecimos días enteros poseídos por la ingenua ilusión de que el general Prats regresaría y recobraría el poder para los socialistas de Allende. Los tribunos estudiantiles de aquel entonces, muchos de los cuales han sido después ministros o altos funcionarios, o grandes escritores o notables cineastas, arengaban desesperados ante la tragedia que afectaba a Chile y el Cono Sur entero.
Pero yo estaba a punto de irme de Colombia, cruzar el charco y llegar a la no menos efervescente París, ciudad entonces dominada por el sueño latinoamericano del boom, que recibía uno tras a otro a los miles de refugiados que llegaban huyendo de las dictaduras militares del Cono sur y de otros lugares tropicales de Oriente y Occidente. Sentí mucho después, entre el aquelarre de los nuevos del siglo XXI, que aunque no terminé la carrera allí en la querida Nacional, fundada por López Pumarejo y que ahora quieren amputar por intereses inmobiliarios, sino en Vincennes, la hija de mayo del 68, yo era y soy un estudiante de la Universidad Nacional de Colombia y que nunca tendré palabras para agradecer a Darío Mesa y a los maestros de filosofía, economía, geografía y otras materias que me dieron las bases para viajar por el mundo sin complejos intelectuales.
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*Publicado el domingo 10 de febrero en el diario La Patria. Manizales. Colombia.

sábado, 26 de enero de 2013

LA AVENTURA DE LAS MIL Y UNA NOCHES



Por Eduardo García Aguilar*
El Instituto del Mundo Arabe de París dedica una vasta exposición a la aventura histórica de Las Mil y una noches, uno de los libros más notables de todos los tiempos, que inició en los placeres de la lectura y la imaginación a niños y adolescentes del último milenio y en muchos casos los guió hacia la incierta vocación literaria.
De la rigurosa muestra sobre el destino de Alf layla wa layla, como se denomina en árabe, se concluye que se trata de un ejemplo claro de creación colectiva, tal y como ocurrió en otros tiempos con las viejas historias indias del Ramayana y el Mahabarata o con la Biblia y todas las sagas y los libros sagrados.
En estos tiempos de culto total al individualismo y a la vanidad exacerbados de los escritores que escriben más para figurar que para expresarse o aprender y mejorar, saber que este libro tan actual se escribió por estratos a lo largo de los siglos, merced a los aportes de las diversas generaciones y en regiones distintas, es refrescante y reconfortante.
El librero Ibn an Nadim refirió en el siglo X la noticia de que Alejandro el Grande, tres siglos antes de Cristo, habría sido uno de esos monarcas a quienes les gustaba le contaran o leyeran cuentos en las noches antes de dormirse, como ocurre con los niños de todos los tiempos, lo que no es extraño, dado el gran refinamiento de la cultura macedonia, que poco a poco van desenterrando los arqueólogos.
El mismo librero afirma que los primeros redactores persas habrían trabajado durante varios siglos, antes y después del comienzo de nuestra era, en la escritura del primer cuerpo de estas historias, cuyo personaje encantador básico es la mítica Sherezada, mujer que cuenta las historias a un soberano sanguinario traumatizado por la infidelidad de las hembras y que decide poseer cada noche a una de ellas y matarla al alba.
La exposición nos muestra el primer registro escrito de Las Mil y una noches, conservado en la biblioteca del Oriental Institute de la Universidad de Chicago, una hoja rota que observamos detenidamente en la vitrina como la prueba clara de que hubo alguna vez un escribano encargado en el año 879 de pasar en limpio aquellas historias.
Y luego, de vitrina en vitrina, miramos los diversos manuscritos ilustrados que pertenecieron a notables a través de los siglos, algunos de los cuales pertenecieron o fueron encomendados, según se nos dice, a los sultanes otomanos que enriquecieron el libro con sus propias historias.
Pero su llegada al rango de best seller occidental se da ya tardíamente, gracias al viajero francés Antoine Galland, quien pagó diez escudos por un manuscrito sirio del siglo XV que contenía 35 historias, a las que añadió relatos orales de un viajero maronita de la ciudad de Alepo, y que tradujo para el placer de los lectores occidentales entre 1704 y 1717.
Desde entonces proliferaron los manuscritos verdaderos y apócrifos, así como nuevas versiones a las que se añadían cada vez más historias, entre ellas preciosos cuentos de origen egipcio. El libro fue aumentando de tamaño a través de los años y sus versiones al árabe, inglés y todas las lenguas no tardaron en venir. Ya en el siglo XX se han realizado ediciones más fiables, ya que Galland y otros editores anteriores censuraron el lado erótico, que era uno de los más importantes del texto.
En el primer nivel de la exposición, dedicada a la arqueología bibliográfica del texto, vemos todas aquellas ediciones, entre las que se destaca la del traductor Joseph-Charles Mardrus, publicada en 1905, la más erótica de todas, dedicada al poeta Stéphane Mallarmé, de quien era discípulo, y a la que se refiere Marcel Proust como una de sus lecturas favoritas.
Pasamos luego a otras salas donde se nos relata con iconografía y objetos el destino del libro en los siglos XIX y XX, a través de sus versiones cinematográficas, desde los tiempos de Georges Méliès hasta las grandes producciones de Hollywood y también se nos presentan muchos cuadros, dibujos, ilustraciones, que van desde el emblemático óleo de Paul Emile Destouches, donde se ve al sultán y a Sherezada arrellanados en un sofá oriental, hasta las imágenes de Picasso, Van Dongen y otros muchos artistas occidentales.
Descubrimos entonces que Las mil y una noches contemporánea es un libro recreado en los imperios francés e inglés, adaptado por viajeros como Antoine Galland, Joseph-Charles Mardrus o Richard Francis Burton, cuyas versiones nutrieron a los lectores latinoamericanos, entre ellos a García Márquez, quien sin duda le debe mucho a la historia en la elaboración de su Cien años de soledad.
Las mil y una noches debe hacernos despertar y confirmarnos que la deriva individualista de los últimos siglos, donde reina el autor vanidoso lleno de codicia y egolatría es insignificante frente al genial palimpsesto literario de los milenios. Las historias más fascinantes son siempre aquellas elaboradas al calor del fuego por el relato oral de los hombres que viven y sueñan en un mundo de guerras e injusticias sin nombre y que sobreviven contando historias como si fuesen niños eternos.
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* La exposición Las mil y una noches estará en el El Instituto del Mundo Arabe de París hasta el 28 de abril de 2013.