jueves, 23 de octubre de 2014

ENCUENTROS CON MANUEL ZAPATA OLIVELLA

Por Eduardo García Aguilar
La última vez que lo vi fue en el Hotel Dann Colonial de La Candelaria. Una mañana nos encontramos en el ascensor, en el sexto piso, y descubrimos que estábamos en el mismo corredor y que nuestros cuartos estaban frente a frente. El mío tenía vista a los cerros y a Monserrate y al delicioso paisaje frío de la Bogotá nocturna. El cuarto de Manuel daba al silencio de los patios centenarios.
Había recalado ahí después de un Festival Internacional de Poesía organizado por el Instituto Caro y Cuervo, al que me había invitado Ignacio Chávez. Y al final dejé el Tequendama y me refugié en el Dann para decansar y leer en la Bogotá fría donde están sepultados mis padres, esa Bogotá a donde fui una vez de niño con ellos a un hotel cercano a la Casa del Florero y el Capitolio, el ya desaparecido Savoy.
Manuel había polemizado conmigo en Valledupar durante la clausura de un encuentro dedicado a García Márquez, organizado por La Cacica. Furioso, la había emprendido contra mí, haciéndome pagar a mí solo la supuesta soberbia racista de los académicos que ignoraban la literatura negra de Colombia. Yo pagué los platos rotos por todos los conferencistas venidos de Estados Unidos y de otras partes del mundo y como di el discurso final, me cayó la furia injusta de Manuel, como más tarde él lo reconoció al honrarme con unas disculpas inmerecidas.
Atiné a decirle que a lo mejor yo tenía sangre quimbaya o pijao, sangre árabe o judía, y que siempre he estado del lado de los mestizajes, el derrumbe de las fronteras y contra los nacionalismos y racismos. Mis argumentos eran inútiles, porque a él no le faltaba razón: Colombia es un país racista y clasista donde el color de la piel y la clase determinan muchas cosas y las famas y las glorias se definen por la pertenencia a ciertos nichos de privilegio. Salvo contadas excepciones, las clases dirigentes a nivel nacional o local no han dejado jamás a un indio o a un " negro " desempeñar un papel importante y al único " indio " que estuvo a punto de llegar al poder, el "negro" Jorge Eliécer Gaitán, lo mataron.
Recordé entonces al poeta Candelario Obeso, que no resistió en el siglo XIX esa discriminación de los capitalinos y que tuvo la equivocación de enamorarse de una blanca de familia bien; recordé a Arnoldo Palacios, el precoz autor de " Las estrellas son negras ", quien prefirió el exilio en Francia; pensé en la obra de Carlos Arturo Truque y de tantos otros que trataron de expresarse en la literatura del país desde su obvia condición marginal y murieron en el intento.
Colombia fue injusta con Manuel Zapata Olivella. Desde muy joven escribió espléndidos libros de viaje, dirigió la revista Letras Nacionales, en la que ayudó a la eclosión de nuevas generaciones, antes y después de la irrupción de Gabriel García Márquez. Como folklorista reivindicó los aportes de la negritud colombiana y siempre ondeó esa bandera. Como a la mayoría de quienes se aventuran con generosidad en los campos literarios, terminó sus días lúcido y sabio en ese refugio donde vivía rodeado de libros y de recuerdos y de decepciones.
Murió el 19 de noviembre de 2004 a los 84 años y pidió que sus cenizas fueran lanzadas al río Sinú, para que regresaran por el Atlántico al continente africano de sus ancentros. Había nacido en Lorica (Córdoba) el 17 de marzo de 1920 y dejó una vasta obra con títulos como Los pasos del indio, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Tierra mojada, Pasión vagabunda, Chambacú, corral de negros y Changó, el gran putas.
Pasé entonces a su guarida y me abrió una botella de vino con su manos temblorosas y su inefable cachucha. Las décadas que nos separaban desaparecieron de inmediato. Con la bondad del nuevo amigo que me llevaba 30 años, me habló de sus días de México cerca de Diego Rivera, quien lo pintó en un mural como pago por una consulta médica y pasamos revista a la literatura del país y a sus nuevas tendencias, mientras acabábamos esa botella y reíamos en pleno centro de Bogotá, en la Candelaria. Nos unía el México entrañable donde vivimos ambos.
La primera vez que lo vi fue en 1995 en el Festival de Biarritz, donde andaba siempre con el legendario fotógrafo Leo Matiz, convertido hoy en una figura mundial del lente del siglo XX, al lado de Brassai y de Cartier Bresson. Por ahí estaban Alvaro Mutis y García Márquez, tocados ellos por la gloria en vida, mientras Zapata Olivella dejaba ver sus largas patillas encanecidas en los salones de un Palacio frente al mar y al famoso faro pintado por Picasso.
Más tarde lo volví a ver en Valledupar donde, en un almuerzo al aire libre, en una estancia en el campo caliente del Cesar, nos contó del matriarcado ejercido por las indias de la zona y tarareó canciones frente a los críticos José Miguel Oviedo, Raymond Williams y Michael Palencia-Roth.
Con él caminamos por las calles y escuchamos nuevos grupos de Vallenatos, antes de que con un grito dolido hablara de la negritud y pronunciara un discurso sobre las frustaciones de su gente en Colombia.
Su protesta estaba justificada: al final la literatura termina confiscada por los profesores y los críticos de las universidades que la desmenuzan con el helado bisturí de la indiferencia. No vale para ellos la lucha de quienes como él batallaron desde el margen y no obtuvieron la gloria ni el poder ni la prostituida fama que todo lo corrompe. La crítica se vuelve la previsible loa al éxito y los congresos literarios una ceremonia absurda de vanidades de donde siempre se excluyen los derrotados.
Tenía razón Manuel Zapata Olivella en gritar al viento contra todo y contra nada, ante la incomodidad de la Cacica, los profesores y los altos funcionarios. Por eso al convertirme por una semana en su vecino y amigo en el Hotel Dann y acompañarlo mientras caminaba con su paso lerdo de octogenario, comprendí todo lo que le debíamos en Colombia a este moderno que exploró las más profundas sabias mestizas de nuestro país y quiso dejar por escrito el testimonio de quienes llegaron esclavizados en barcos y luego aportaron la crucial alegría y la tristeza de su cánticos y la plasticidad de su danza.
                                                                                

sábado, 11 de octubre de 2014

EL PARÍS INAGOTABLE DE MODIANO

Por Eduardo García Aguilar
El nuevo Premio Nobel de Literatura para el francés Patrick Modiano (1945) es un reconocimiento de la Academia Sueca antes que todo a los escritores que pasan la vida ensimismados en sus temas sin apartarse nunca de sus objetivos y que evitan desplegarse como otros en el ágora dedicados a actividades políticas y mundanas que terminan por devorarlos y apartarlos de sus más profundas inquietudes.
Modiano inició su camino literario muy joven, siendo un tímido adolescente solitario que pasó varios años en pensionados escolares lejos de su familia y aprendió desde muy temprano a caminar solo en los característicos días otoñales de París, en esos lejanos años 1950, cuando Francia salía de la ocupación penosamente y lidiaba con el conflicto argelino en busca de una estabilidad política que al fin le llegó con el inicio de la V Republica y el patriarcado del general Charles de Gaulle.
Quienes han visto alguna vez el inolvidable filme de François Truffaut Los 400 golpes, protagonizado por el también solitario niño Jean Pierre Léaud, podrán ingresar a la París brumosa de esos tiempos, tan distinta a la museográfica del siglo XXI. Había la misma agitación en las calles, pero los edificios estaban aun cubiertos por esa pátina negra provocada por el humo y la lluvia y en general eran decrépitas construcciones que no habían sido renovadas ni limpiadas desde el siglo XIX, desde los tiempos del renovador urbanista Haussmann, ocupada como había estado Francia en todos esos años en hundirse y salir de guerras y conflictos sin fin.
El niño Léaud de Los 400 golpes es un solitario que deambula por las calles un poco abandonado a su propia suerte y desde temprano aprende a observar el mundo de los adultos desde su óptica, con una mirada precoz, decepcionada y profunda. Los adultos de esa época estaban todos heridos por las dos terribles guerras y acababan de salir de la ocupación nazi, con la que muchos de ellos colaboraron. Todos esos padres y madres fueron, según el caso, deportados, resistentes, colaboradores, traficantes, contrabandistas, mártires, desleales, traidores, y cada quien tenía sus historias secretas. Ningún adulto estaba a salvo.
Por eso los niños nacidos durante la guerra o al terminar ésta crecieron así, marcados sin saberlo por el drama nacional, por las historias silenciadas que toda esa gente quería borrar de la incómoda memoria. El nino Léaud ve a su madre besarse en la calle con un hombre a lo lejos y se vuelve un poco pillo en esos largos días en que anda suelto, carente del idílico afecto que se supone otorgan las sacrosantas familias. Toda esa generación de adultos estaba quebrada por la guerra y la ocupación, todos esos hombres y mujeres tenían adentro una herida profunda, incurable.
En los años en que Modiano escribe y empieza a publicar, a fines de los 60 y comienzos de los 70, tan revolucionarios y cambiantes, donde se percibía el auge del progreso y el crecimiento otorgados por la estabilidad política y económica, quienes conocimos en París de esa época podíamos ver en los viejos los remanentes de ese rencor terrible, la cicatriz imborrable. A un lado estaban ellos, los sobrevivientes de la guerra, con sus secretos y mentiras, sus heroicidades falsas o sus dolores verdaderos y al otro los jóvenes, rubicundos muchachos intrusos, alegres y festivos, ávidos de placer y rock, en un mundo de sombras y amarguras.
Ese es el mundo que ha querido revelar Modiano en sus novelas: es la indagación del joven tímido, algo tartamudo, en los entresijos de la generación de sus padres y sus contemporáneos. Se pregunta él quiénes fueron, qué hicieron, qué secretos guardaron, indaga sobre sus amores, mentiras y traiciones. Lo mismo ha hecho Michel Houellebecq (1958), el otro gran novelista francés actual, al cuestionar y demoler a la generación de sus odiados padres, un poco posterior a los de Modiano.
En los libros de Modiano también está presente siempre París: como Proust en En busca del tiempo perdido, Modiano recorre las calles de la ciudad centímetro a centímetro, ingresa en esos bistrots anónimos que se encuentran en esquinas, plazas y callejones y donde todo el día agotan el tiempo seres quebrados que deliran a veces y hablan también entre ellos, ebrios al calor de unos vinos, en las emblemáticas barras metálicas tan necesarias para los millones de solitarios que habitan la ciudad. Es tan aburrido todo para ellos, que pueden divertirse leyendo la guía telefónica. 
Quienes hemos vivido mucho tiempo en París desde aquellos anos en que Modiano empezó a publicar, encontramos en los libros suyos las mismas calles y lugares, cines viejos, librerías, cafés, restaurantes y bistrots y a tantos personajes, mujeres y hombres desilusionados, cruzados al azar, por quienes nos hubiera gustado tanto indagar como él hace en sus novelas.
En sus páginas captamos las atmósferas variadas de París según las diversas estaciones, percibimos la bruma, la lluvia, la esperanza de la primavera, las luces que surgen de tantos diminutos apartamentos y buhardillas, las sombras de esos habitantes secretos que vemos obligatoriamente a través de visillos y cortinas porque la ciudad es un estrecho hormiguero de gente que vive hacinada en espacios y calles estrechas y lugubres.
Uno hubiese pensado que el tema de París, el epicentro de la obra de Proust y tantos otros autores, había sido cerrado para siempre y pasado de moda. Pero no, la verdad es que con el Premio Nobel a Modiano, se ha premiado también a esta maravillosa ciudad donde ha existido una de las literaturas más extraordinarias y permanentes del planeta desde los tiempos del Villon, Sade, Nerval, Hugo, Balzac, Baudelaire, Dumas, Zola, Huysmans, Céline, Sartre y tantos otros hasta nuestros tiempos.
Gran parte de esa literatura ha surgido en las intrigas y secretos del barrio editorial de Saint Germain des Prés, donde ha reinado la gran editorial Gallimard, la misma de Proust y de todos los Premios Nobel franceses sin falta, que ya llegan a 15 y convierten a Francia en el país más premiado en la historia del galardón. En esas cuantas cuadras se define todo en la literatura francesa y a veces mundial, y Modiano, como Le Clézio, son perfectos productos de esos "cogollitos" cerrados de los que hablaba Proust, por fuera de los cuales ninguna otra literatura existe.
Modiano y Le Clézio fueron lanzados por la familia Gallimard en los años 60 como figuras jovencísimas, apuestas y promisorias de Saint Germain des Prés y desde entonces la casa editorial los ha protegido y tenido trabajando cerca siempre, como hijos mimados, en silencio, otorgándoles todas las garantías posibles y proyectando su obra a otras lenguas con una fidelidad y profesionalidad a toda prueba.
Modiano tuvo como padrinos a Raymond Queneau, Paul Morand y André Malraux, de la misma forma que Proust los tuvo en su momento después de que el incrédulo André Gide cometiera el terrible error de rechazar para Gallimard el primer tomo su obra magistral, pues a la literatura francesa se ingresa casi por cooptación, en medio de rituales y de crueles cofradías secretas que actúan en los laberintos del mismo barrio.
Como en los tiempos de la corte de Luis XIV, tan bien descritos por Saint Simon o Retz y tantos otros memorialistas, las carreras literarias francesas surgen o se hunden en ese barrio en medio de intrigas y secretos dignos del Ancien Régime. La academia francesa y Gallimard reinan en esas mismas calles de Saint Germain des Prés donde reinaban antes los salones de las duquesas y las marquesas de Proust frecuentados por Anatole France, Maurice Barrés, André Gide y Jean Cocteau. En esos mismos salones surgieron Malraux, Camus, Beauvoir o Sartre, y surgen hoy los elegidos del momento y fuera de los cuales nadie es coronado por el Goncourt o el Reanudot.
Por eso el tímido Modiano supo del premio cuando caminaba por ahí después de almorzar con su esposa en alguno de los restaurantes del barrio y caminando tal vez llegó a Gallimard a ofrecer la conferencia de prensa ante la prensa mundial, escoltado por el descendiente de los Gallimard y actual director, el poderoso Antoine, y por su séquito de editores encabezados hoy Phillippe Solers y Michel Braudeau. Modiano nunca ha salido de Saint Germain des Prés y de los barrios cercanos y por eso su obra es un puro producto parisino en la línea de Hugo, Balzac, Proust o Céline. Su Nobel es también un premio a París y sus fantasmas.  

lunes, 6 de octubre de 2014

OKTOBERFEST EN MUNICH

Por Eduardo García Aguilar
Oktoberfest en Múnich
Nadie puede imaginar que los bávaros puedan ser más locos y rumberos que los caribeños cuando se trata de agotar las incontables fiestas que celebran todo el año, la mayor de las cuales es la famosa Oktoberfest de Múnich, que termina el primer domingo de octubre, y a la que acuden millones de alemanes ataviados con las prendas típicas de la región a bailar, beber enormes jarras de cerveza, divertirse en las atracciones y juegos mecánicos, comer salchichas, albóndigas y piezas de cerdo y res que, preparadas in situ, generan una inmensa humareda de barbecue rupestre.
Antes de Oktoberfest, que se inició en 1810 con las celebraciones de la boda de Luis de Baviera y se realiza desde entonces como un verdadero ritual báquico a fines de septiembre y comienzos de octubre, se llevan a cabo otras muchas, como la fiesta del bosque, la llegada del verano y tantas otras celebraciones multitudinarias relacionadas con el futbol y el equipo local Bayern Múnich, cuando toda la gente inunda las calles para celebrar los triunfos o llorar las derrotas. También los jóvenes practican la fiesta posmoderna punk, house, rock, latino, disco, en los centenares de bares y discotecas instaladas en Kulturfabrik, complejo situado en la antigua sede de la fábrica de sopas Maggi, originarias de la región.
Por todas las calles y avenidas de la urbe muniquesa se ve a los millones de convivios paseándose en carrozas o a pie, casi todos marcados desde temprano por el efecto de las diversas cervezas, tambaleándose, brincando, resbalándose y gritando con alegría para desfogar todas las energías y liberarse del estrés del trabajo, unas semanas antes de que llegue el invierno y cubra todo con su gélida capa de nieve. Por eso se suben a las mesas ebrios a bailar a lo largo de la tarde y entrada la noche, cuando el griterío alcanza a oírse desde lejos, como si tratara de exorcizar los pasos crecientes del hielo invernal.
En el inmenso parque Theresienwiese de Múnich se instalan enormes carpas y construcciones provisionales de las diferentes marcas de cerveza que están activas durante todo el día y donde la fiesta y la libación de la cerveza supera todos los récords posibles. Un sector museográfico en vivo reproduce las fiestas antiguas y en una inmensa taberna comen, beben y bailan las danzas tradicionales. Allí en cada una de esas enormes casetas circulan millones de personas durante las dos semanas de las festividades, ataviados los hombres con su calzones bávaros de cuero café que va hasta las rodillas, medias hasta la mitad de pantorrilla, tirantes, camisas de cuadros coloridas y sombreros de fieltro con plumas o adornos.
Las mujeres, muchas de ellas rubias, altas, hermosas y simples lucen una variedad infinita de faldas, chalecos y delantales típicos de las campesinas de antaño y van con trenzas y todo tipo de adornos, a veces tan ebrias como los propios hombres, corpulentos ellos y rozagantes de tanta alimentación e ingestión del divino líquido.
El bávaro es un pueblo sencillo, de origen campesino, conservador, rubicundo, que habla el alemán con un acento peculiar, mucho más marcado en los pueblecillos que se suceden en las escarpadas montañas de Los Alpes, junto a ríos, lagos, cascadas o encrucijadas viales que se han practicado desde hace mucho tiempo, en especial por los comerciantes y traficantes desde el Imperio Romano o el Medioevo y mucho más atrás, hace seis mil años, en los tiempos del Ötzi, el hombre de Smilaun, cuando vivían los pueblos dedicados a la pesca fluvial y lacustre, tribus consideradas después como bárbaras y paganas.
Desde las altísimas montañas cercanas de los Alpes bávaros, sus valles, precipicios y bosques, han surgido las más ignotas tradiciones, los relatos infantiles, la poesía natural de los románticos, la música de las tabernas de paso, en fin de cuentas todas las expresiones culturales de un pueblo de aserradores, mineros, ferreteros, talabarteros, artesanos, campesinos, zapateros, relojeros, panaderos, carniceros, carretilleros e infinidad de otros oficios sencillos. Por los muchos cañones de ríos, quebradas y riachuelos, entre la piedra horadada por el agua del deshielo de los glaciares alpinos, los aserradores transportaban los troncos de los árboles, una de las actividades más típicas, necesarias y prósperas de aquellos viejos tiempos y cuyo eco histórico aun se escucha.
Anclados en el catolicismo más devoto, los pueblos de las montañas y los campos de Bavaria se asemejan en su religiosidad a los latinoamericanos con sus procesiones permanentes llenas de imágenes de vírgenes y cristos sangrantes, sus iglesias modestas y la imaginería de la estatuaria y la iconografía periféricas que pervive en los caminos y se dibuja en los exvotos de las carreteras y en las paredes de la casas de estilo austriaco, pues Austria y Bavaria siempre han estado unidos por lazos culturales profundos.
También en estas zonas hubo a través de los siglos importantes y violentas guerras de religión y rebeliones campesinas míticas que perviven en la poesía y la literatura a través de sus héroes. Y apenas en el siglo pasado fue en estos pagos donde se originó el Nacional-Socialismo de Adolfo Hitler, el führer que fraguó en la capital regional Múnich en los años 20 sus primeros pasos terribles hacia la llegada al poder del nazismo, al lado de su asesinos y sicarios, entre ellos otro bávaro, Himmler.
Hitler solía vestirse con esas calzonarias de cuero y el sombrero típico cuando descansaba en las montañas de la zona y en especial en la cumbre de su mansión alpina en las alturas de Berchtesgaden, uno de los pasajes alpinos más bellos de la zona. En materia paisajística el gusto del führer no puede ponerse en duda al recorrer las montañas de donde provienen los festejantes y observar las estrellas como tal vez lo hacía el temible Adolfo en las noches despejadas, cuando soñaba en el dominio del mundo de la raza superior en que creía.
Los nazis solían celebrar esas fiestas rituales en las grandes tabernas de Múnich al calor de la cerveza y la exquisita comida campesina, por lo que al visitar esos lugares sentimos cierto escalofrío. Sin duda, una buena parte de los adultos de hoy son los nietos de aquellos nazis que sembraron el terror inicial y llevaron a todo el país a la catástrofe y a uno de los genocidios más espantosos de la historia. Pero no puede imputársele a sus descendientes los horrores de sus ancestros, pues todos los países y pueblos del mundo han conocido los más grandes horrores y las más sangrientas guerras de exterminio, a las que han sucedido largas y prósperas épocas de paz.
Por eso, al festejar con esta gente alegre en la noche, al escuchar la música típica de los grupos entre la gritería total, al degustar el cerdo, las albóndigas, los peces ahumados, las salchichas y esgrimir las gigantes jarras de cerveza repletas y espumosas, celebramos que hoy todo esto se lleve a cabo en paz en una Bavaria cubierta de nubes, estrellas y sol, la Bavaria rodeada por los Alpes y sus paisajes de sueño loados por los más grandes poetas de la lengua germana como Goethe, Hölderlin, Novalis, Von Kleist y tantos otros que libaron y amaron sin fatiga.
* Publicado en Expresiones. Excélsior. 5 de octubre de 2014

domingo, 5 de octubre de 2014

SARTRE CONTRA LOS PAVOSRREALES LITERARIOS

Por Eduardo García Aguilar
Hace 50 años Jean Paul Sartre rechazó por estas fechas el Premio Nobel de Literatura que le fue otorgado por la Academia sueca, aduciendo que no lo hacía en contra del galardón ni la institución que lo daba, sino porque consideraba que su deber era continuar ejerciendo como un escritor libre de compromisos y honores y que aceptarlo lo limitaría en ese objetivo.

El autor de esa bella pieza autobiográfica Las palabras y de tantos otros libros en géneros como novela, ensayo, panfleto, crítica y filosofía, que marcaron su época, siguió siendo libre hasta el final de sus días, tomando a veces posiciones y compromisos equivocados en el campo de la ultraizquierda en boga en aquellos tiempos, pero sin renunciar al deseo de ser un marginal, de estar en la periferia con los periféricos, de ir contra la corriente.

Al rechazar el mayor honor que puede recibir un escritor en un acto valiente que muchos todavía no entienden, al negarse a recibir la enorme suma del premio y a acudir a Estocolmo a cosechar aplausos y venias en una especie de canonización infinita, Sartre dio un gran ejemplo a todos los escritores del mundo, que por lo regular son tan vanidosos y engreídos y ávidos de incienso.

A lo largo de la era humanista que inició su auge cuando Gutenberg inventó la imprenta, el escritor ha ejercido como un sacerdote laico y poco a poco fue tomando el lugar que en la Iglesia desempeñan obispos, cardenales y papas. Debido a que en siglos pasados los letrados eran desde el punto demográfico solo una infinitesimal cifra de la humanidad, éstos adquirieron un papel de guías, sabios, y como sacerdotes y profetas tomaron la actitud altiva y orgullosa de los que saben más y se creen guías de naciones o de juventudes.

Los gobiernos, los príncipes, las instituciones, las academias, los cooptaron desde entonces llevando a muchos de ellos a convertirse en una clerecía que medra entre los poderosos y a medida que sube y escala desdeña a los congéneres que por temperamento o nobleza rechazan cubrirse de las togas cardenalicias de la fama, el poder y la gloria, que en fin de cuentas son tan efímeros como la vida misma.

Tuve la fortuna de ver a Sartre en 1979, cuando era un anciano enfermo y babeante y además relativamente pobre, que compartía su vida con esa gran mujer Simone de Beauvoir. Por esas fechas el viejo filósofo era amigo de los jóvenes más radicales del maoísmo local y lejos de las academias y los palacios del poder vestía mal, con la misma chaqueta color beige, y caminaba cegatón por los lugares donde transcurrió su vida estudiantil y académica en la París amada del barrio latino.

Al rechazar el Nobel de Literatura, Sartre quiso conservar esa libertad de equivocarse hasta el final y terminar en el margen. Ahora que se celebran exactamente 50 años de ese gesto incomprendido, nos damos cuenta que el viejo filósofo tenía razón.

Lo que deseaba era bajar al clérigo literario de sus estatuas y púlpitos, de sus curules académicas, de sus medallas y grados, alejarlo del aplauso y la veneración fetichista, o sea hacer del escritor un ser humano más, tan humilde como el zapatero, panadero, talabartero o artesano que pasa sus días trabajando entre el bullicio feliz de las calles y los barrios populares.

O sea volver a acercar al escritor, al poeta, el filósofo, el ensayista al loco Diógenes, quien vivía en un barril y andaba más pobre que nadie en las plazas hablando y convenciendo con su palabra; acercarlo a Sócrates, quien llegaba ebrio a las fiestas a hablar con sus discípulos y admiradores de todos los temas posibles y que un día tuvo que beber la cicuta.

En esta era hedonista de las redes sociales, donde todos nos damos en espectáculo, y en que proliferan los escritores como nunca, pareciera que los autores tienen como finalidad principal el reconocimiento, generar la atención de los otros, en lo que bien podría denominarse un déficit patológico de atención. Los escritores están desesperados por acumular premios, dinero, homenajes, medallas y son felices cuando se pavonean ante los demás creyéndose uncidos por una lengua de fuego que los distingue de los despreciables ágrafos, los que viven la vida, los que piensan y no se exhiben, los que caminan anónimos por su cuadra y agotan las tardes jugando dominó en la taberna de la esquina.

Ahora que se hacen otra vez las cábalas para saber quien será el nuevo ganador del Premio Nobel de Literatura y que decenas de autores arribistas pelean entre ellos en la escalinata de los honores, defenestrándose unos a otros, ninguneándose o insultándose, calumniándose, odiándose o golpeándose, haciendo listas y absurdas clasificaciones jerárquicas o generacionales, el ejemplo del viejo babeante Sartre, el que tuvo la osadía de decir no al Nobel, brilla con toda su luz como un eco contemporáneo del hálito milenario de Sócrates y Diógenes y tantos otros sabios de la calle.

domingo, 21 de septiembre de 2014

BARCELONA ESTA VIVA DESPUES DE LA BATALLA

Por Eduardo García Aguilar 
Cuando uno está sentado en la Rambla de Raval, tomando café o cerveza, no deja de sentir la profunda emoción por reencontrarse con los aires de esa ciudad popular que figura en las novelas de Mercé Rodoreda, Eduardo Mendoza y Juan Marsé y otros autores locales, y que durante tantas décadas fue el centro literario de hispanoamérica.
En esa vieja Barcelona que se explaya por el barrio Gótico, por la Barceloneta, entre otros lugares húmedos y salitrosos que huelen a mar y a viento mediterráneo, permanecen las estrechas callejuelas donde la gente todavía saca sus ropas, sábanas, toallas y otras prendas a secarse y a airearse como en barrio de gitanos o de pobres.
En esas callejuelas viejas uno podría sentirse más de un siglo antes al interior de algún grabado de Goya o dentro de la acuarela turística del viajero. Ahí están todavía esos patios interiores y ese olor inconfundible de fritanga, pescado, tapa, impregnando en las paredes de los pequeños negocios y que por fortuna aun no se han vuelto antisépticos como hospitales, tal y como sucede en los inmensos centros comerciales del mundo contemporáneo. Y en contraste, por la Ronda San Antonio, se ven nuevas tiendas informáticas y papelerías regentadas por recientes generaciones de comerciantes activos que miran hacia adelante.
Por eso no hay duda que Barcelona, y España en general con todas sus diferentes culturas, sigue viva, y se encuentra otra vez mucho más cerca de Latinoamérica, porque al fin de cuentas después de ese Encuentro de los dos Mundos de hace cinco siglos, hacemos parte del mismo melting pot inevitable. Los indígenas que otrora fueron vapuleados por conquistadores y gachupines invadieron a España en las décadas de prosperidad con su mano de obra barata y su humildad y su disponibilidad inagotables y muchos de ellos se quedaron para siempre.
Pese al auge turístico, a la llegada de gigantescos barcos transatlánticos capaces de transportar hasta 7.000 viajeros, pese a que todos los jubilados del norte de Europa migran en verano en busca de algo de sol y se sientan a tomar cerveza en la Plaza Real luciendo sus bermudas y sus cachuchas de béisbol, pese a que los turistas y los jóvenes fiesteros llegan aquí en romería los fines de semana para divertirse, la ciudad concreta sigue su curso porque es imposible impedirlo.
Y con más razón ahora que la crisis logró por fin limitar la soberbia que los ibéricos habían adquirido con el sueño de haberse convertido en ricos de un día para otro gracias a los beneficios y las subvenciones milagrosas de la quimérica Unión Europea. Más modestos, bajados del delirio, todos los habitantes originales, limitados por las deudas hipotecarias, viviendo a salto de mata, vieron como muchos peruanos, ecuatorianos, sudamericanos en general que cumplían funciones de tercera categoría y eran a veces humillados con racismo y desprecio, regresaron a sus países de ultramar o emigraron a otros lugares mas prósperos de Europa del norte.
Y muchos hispanos a su vez, en la quiebra y el desempleo después de la catástrofe del hundimiento inmobiliario, volvieron sin una peseta en sus bolsillos a rehacer el camino de sus ancestros hacia los países de América Latina, por ahora emergentes y a veces prósperos, para reiniciar sus vidas como tenderos, taxistas o negociantes, ejerciendo todo tipo de actividades modestas como en otros tiempos.
Barcelona ya no es el centro de la literatura hispanoamericana como en los tiempos del boom y los muchos escritores latinoamericanos que vivieron y soñaron aquí con la gloria imposible ya han muerto o regresaron para siempre a sus pagos. Las librerías han desaparecido poco a poco y, como después de un naufragio, uno encuentra ofertas de libros de viejo en tiendas que a la vez son papelerías, expendios de revistas, juguetes, diarios y dulcerías y entre los empolvados volúmenes se encuentran rastros de ese auge de hace medio siglo que ahora es historia.
Pero la vida sigue. Barcelona está viva y es la misma y es la otra. Varias capas de auge la conforman, la última de ellas compuesta por los soberbios edificios de los tiempos de los Juegos Olímpicos y las obras faraónicas desoladas de la prosperidad y el derroche idos. Pero la Barcelona popular está ahí y la sentimos. Podemos estar aquí y escribir y pensar y soñar como antes en un entorno que, como alguna vez dijo Juan Goytisolo, es un "paisaje después de la batalla".

sábado, 20 de septiembre de 2014

CATALUÑA ENCENDIDA SIN SALVADOR DALÍ

Por Eduardo García Aguilar 

En Figueras, tierra del gran Salvador Dalí, miles de autóctonos recorrieron de noche en procesión las calles enarbolando antorchas y banderas catalanas de listas amarillas y rojas, a un día de las grandes celebraciones de la fiesta nacional del 11 de septiembre, cuando millón y medio de catalanes manifiestaron en Barcelona exigiendo la posibilidad de realizar un referéndum para la independencia.

Esta vez la fecha tiene mayor significado pues se celebra el tricentenario de la derrota en 1714 ante los borbones, que condujo a la eliminación de los fueros y prebendas de este pueblo que ha luchado frente el centralismo castellano y contra las imposiciones del gobierno de Madrid.

Siempre me ha asustado el nacionalismo, el patriotismo, las religiones étnicas, raciales, la encendida irracionalidad de pertenecer a una tribu y de excluir a los otros. Cuando millones de personas se congregan para afirmar una raza, un color, una pertenencia exclusiva, pienso en los otros, aquellos que también viven allí pero son de otro origen. El patrioterismo es fácil y los demagogos saben ganar en río revuelto utilizando esas emociones que mueven a las masas.

Al ver familias enteras, niños, personas discapacitadas, ancianos, jóvenes, adultos enarbolando poseídos de fervor y en silencio las banderas catalanas por las calles de la ciudad cercana a los Prineos, me asaltan varias sensaciones. Reconozco que tienen derecho a reivindicar su especificidad, su lengua, que fueron reprimidos por la corona y en el siglo XX por la dictadura de Francisco Franco, pero a la vez no dejo de pensar en los políticos que en las últimas décadas hicieron todo lo posible para encender el delirio nacionalista y quienes no han sido ningunos ángeles o adalides de la rebeldía, como si lo fueron los anarquistas de Durruti. Políticos que, como decía el gran Dalí de sí mismo, pertenecen a la especie de los "Avida dollar".

El propio "padre de la patria catalana" Jordi Pujol y gobernante reelegido durante décadas, reconoció hace un mes que él y su familia escondieron su fortuna en paraísos fiscales del extranjero para no pagar impuestos. Todos saben también que muchos miembros de la clase dirigente local han sido corruptos y se han enriquecido en secreto cobrando comisiones por obras públicas y contratos, como ocurrió en casi toda España antes de la reciente debacle económica. Ellos acusaban a España de vivir de la riqueza catalana, cuando eran ellos los verdaderos vampiros de su propio pueblo, al mismo tiempo que lo incitaban al nacionalismo antiespañol.

Pero el pueblo es crédulo y confía en esos políticos. Por eso se siente un espíritu religioso en esa marcha casi medieval por las arterias céntricas del viejo pueblo de Figueras, donde nació Dalí y cuyas calles y esquinas, tabernas, cafeterías y tiendas son tan similares a las de toda América Latina. El olor mismo de Figueras me recuerda los aromas de las de provincia latinoamericanas, por lo que me asalta la sensación de una pertenencia mucho más amplia que la reivindicada en este pequeño recodo de España. Una pertenencia hispanoamericana y mundial sin fronteras ni banderas.

Cataluña es y ha sido España. ¿Como no acordarse de la llegada del Quijote de la Mancha a Barcelona y los enternecedeores episodios vividos por él con el caballero del verde Gabán? Siempre que he recorrido estas callles, pueblos, montañas, me he sentido perteneciente a esa gran familia interoceánica de unos 500 millones de hispanoablantes que provenimos de las mismas raíces que el destino nos otorgó.

En esta región del norte de Cataluña que presiden Figueras y Girona se ven muchas banderas catalanas en los balcones de las casas y en los pueblos medievales de las montañas pirenaicas se escucha al unísono esa lengua hermana del español, el viejo dialecto hablado por los campesinos que a lo largo del tiempo fue vivero de poetas, narradores y ensayistas como Salvador Espriú, Josep Plá o Mercé Rodoreda, entre muchos otros.

Cuando por primera vez vine a Barcelona en los tiempos crepusculares de la dictadura de Franco, viví el inicio de esa fuerza al calor de las canciones de Juan Manuel Serrat y Luis Llach, y en fiestas y conciertos, el catalanismo era un grito de libertad que nos seducía. En ese tiempo Barcelona era uno de los centros editoriales del orbe hispánico y poco después, con el advenimiento de la democracia y la prosperidad, se convirtió en el Vaticano editorial de la lengua, el centro desde donde se irradió el boom latinoamericano bajo la comandancia de la agente literaria Carmen Balcells, gran catalana ella, y de sellos editoriales tan importantes como Sex Barral, Anagrama y Tusquets, entre otros. Pero poco a poco el panorama cambió y el nacionalismo catalán a ultranza ahuyentó a muchos espíritus libres, cosmopolitas. 

El 11 de septiembre, al otro día de la procesión de las antorchas nocturnas, más de un millón de catalanes hicieron una impresionante manifestación que fue real y contundente y significó una victoria para la astuta clase política local. Los catalanes moderados que no quieren una separación y prefieren el bilingüismo sin exclusiones, se reunieron por su lado en Tarragona, encabezados entre otros por la política socialista catalana Carme Chacón, pero fueron solo unos miles, ante la indiferencia de la prensa local. Algunos articulistas escribieron que el gobierno autónomo catalán y la radio, la prensa y la televisión locales pusieron todo al servicio de esa causa, y otros afirmaron que la Generalitat no gobierna para todos, como si en la región no vivieran también millones de personas originarias de otras tierras.


Pero no importa, el viernes por la noche, en el bello pueblo de Castelló d'Empúries, todas estas dudas y reflexiones sobre el complejo fenómeno nacionalista catalán se disiparon en mi mente, al ver como el pueblo se convierte por tres días durante el Festival Terra de Trobadors en una reencarnación del mundo medieval, donde todos van vestidos a la usanza de aquellos tiempos y comen y se divierten como si estuviéramos mil años atrás entre brujas, doncellas, monjes, obispos y cruzados. 
 
 
En la fiesta de Castelló d'Empúries nos divertimos danzando al calor de los vinos frente a la basílica gótica. Y a medianoche fuimos aun más felices cuando un grupo de música andaluza en español animó la rumba y todos bailamos felices sin pensar en nacionalismos ni en patrias ni razas que dividen. Ojalá esto siga así. El catalanismo fanático y demagogo no extirpará de aquí a esta España andaluza de García Lorca o Paco de Lucía. ¡Y olé! ¡Y que viva el más grande catalán de todos, el loquísimo Salvador Dalí!
  

sábado, 30 de agosto de 2014

EL PARÍS INAGOTABLE DE CORTÁZAR


Por Eduardo García Aguilar

Esta semana los medios literarios celebraron con entusiasmo el centenario del nacimiento de Julio Cortázar (1914-1984), quien a medida que pasan los años se convierte en un mito sólido de la literatura latinoamericana de todos los tiempos, cuya obra en vez de envejecer o marchitarse como otras de sus contemporáneos, se vuelve cada vez más contemporánea y actual.

Esa modernidad de su vasta obra se debe a sus lazos con la contracultura que comenzó a florecer en los años 50 en todo el mundo y tuvo su auge en los años 60 al calor del cine experimental, el rock, la droga, el sexo y la liberación de las costumbres, como símbolos de una generación que dejaba atrás los terribles años de la Segunda Guerra mundial y expresaba con el arte una rebelión similar a la efectuada en los lustros de entreguerras por artistas plásticos, narradores, danzantes, dramaturgos y poetas que escuchaban y practicaban el jazz que tanto marcó al autor argentino.

Ejemplo de esos tiempos es la espléndida película Blow Up de Antonioni, basada no por azar en un cuento de Cortázar, y que cuenta las aventuras de un fotógrafo en el Londres rockero, rodeado de preciosas modelos que se exponen semidesnudas y eróticas en un estudio de artista. En Blow Up actúan la adorable Jane Birkin adolescente y otras modelos nacientes como Vanesa Redgrave, y los ambientes, colores, la trama, el misterio y la música son allí tan dúctiles como la propia historia en que está basada, una fuga minimalista en busca del azar de la imagen.     

Cortázar nació en Bruselas pero creció en Argentina y después de ejercer varios oficios, entre ellos el de modesto profesor, el larguilíneo intelectual embebido de literaturas exquisitas tomó un barco como era usual entonces para viajar a París, que seguía siendo en ese entonces una de las capitales del mundo y mucho más para artistas y escritores. En una pequeña exposición realizada hace años en la Casa de Argentina, en la Ciudad Universitaria de París, vi expuesta la carta mecanuscrita que Cortázar dirigió antes de su viaje a los encargados de ese albergue estudiantil solicitando alojamiento.

Con el fetichismo que nos caracteriza a quienes estamos infectados por el virus de la literatura, observé durante largos minutos ese documento que me acercaba a ese hombre cuyo destino cambió con el viaje a París, pues de no haber vivido en estas calles y en estas buhardillas frías y estrechas, no hubiese escrito nunca una obra tan significativa como Rayuela, basada en hechos reales ocurridos al narrador en sus aventuras de bohemio pobre en la ciudad, pero de otro tipo distinto a los de los tiempos románticos, tan bien descritos por Henri Murger en Escenas de la vida de bohemia.

El término de bohemia surgió en el siglo XIX en referencia a la vida de los gitanos que iban de un lado para otro del mundo en una errancia sin fin, y que en medio de la pobreza encontraban tiempo para la risa, el amor y la música. Los gitanos parecían vivir del aire, al margen de la sociedad, sin empleo ni horarios fijos, asumiendo un ancestral destino que ha sido inmortalizado por milenios en obras de arte y testimonios, pues estos personajes eran recibidos en la capital romana en tiempos del Imperio, donde las mujeres danzarinas y las lectoras de la suerte ya ejercían sus oficios. Los bohemios con sus proverbiales pitonisas y ladrones figuran en múltiples obras pictóricas que los sitúan en las grandes capitales, como en la vieja España u otros centros de poder.
 
Cortázar ejerció de bohemio en París como ese otro gran contemporáneo suyo, Gabriel García Márquez, quien tocaba el tambor y las maracas al lado del artista plástico venezolano Soto en antros de rumba céntricos de la ciudad, por los lados de Odeón y Saint Germain de Prés, al final de los años 50. El autor de Rayuela podía deambular todo el día en busca de un encuentro casual con la famosa Maga, protagonista del libro y personaje basado en una muchacha real llamada Edith Aron, que él conoció en el barco de marras y de quien fue amante en aquellos tiempos de penuria y felicidad literaria parisinas. La Maga vive hoy en Londres y ha contado que Cortázar no se portó nada bien con ella después de que emprendió los caminos del éxito.

La bohemia literaria y artística es con París el centro de Rayuela, por lo que su figura quedó para siempre como la de un eterno joven de pull over, barba crecida y anorak azul, un joven que juega todas las cartas a la literatura sin preocuparse por el poder y ejerce trabajos varios e inestables, entre ellos el de traductor en las gigantescas oficinas de la UNESCO, un joven que rescata objetos en las calles y se dedica con felicidad al ocio como una de las grandes virtudes, un joven heredero de los surrealistas y de la Nadja de André Breton.

Los personajes de la novela pasan el tiempo en las buhardillas haciendo el amor o hablando de literatura o de la vida como si viviesen en un caleidoscopio infinito de sorpresas, interminable, extenso, donde se presagiaban los efectos de la experiencia sicodélica tan en boga en aquellos tiempos. Quienes llegamos a París en pleno auge de Rayuela, a mediados de los años 70, vivimos con felicidad esas actitudes y solíamos entre amigos leer fragmentos del libro en las mismas buhardillas que fatigó Cortázar. Veo como si fuera ayer a nuestro amigo el ya fallecido escritor colombiano Miguel de Francisco, llegar con su ejemplar de Rayuela y emprender la lectura en voz alta en medio de la humareda de los cigarrillos y el tintineo de las copas de vino.

Rayuela era el ejemplo para todos los escritores de nuestra generación, nos guiaba por las calles de París, nos iluminaba y abría caminos, nos conducía a las viejas tabernas y cavas, y además nos daba acceso a versiones distintas y clónicas de La Maga, pues todas las jóvenes estudiantes de aquella época deseaban ser magas y estaban dispuestas a jugar el mismo juego en esos tiempos de liberación, antes de la epidemia de sida y los nuevos puritanismos y fanatismos.

Por eso, al cumplirse un centenario de Cortázar, bastaría con ver Blow Up, escuchar a Miles Dives y añorar a una Maga para vivir en el relámpago eterno de la literatura que por naturaleza es el arte de los gitanos y los bohemios de espíritu de todos los tiempos, o sea de quienes seguirán siendo jóvenes aun después de la muerte.


   

domingo, 24 de agosto de 2014

RIESGOS DE CUBRIR LA GUERRA

Por Eduardo García Aguilar
Ahora cuando el mundo está conmocionado por la decapitación del fotógrafo de prensa estadounidense James Foley a manos del Ejército Islámico, que busca instaurar un califato en Oriente Medio y si fuera posible en el mundo, vuelvo a vivir los instantes de peligro experimentados durante una inolvidable experiencia como corresponsal de guerra.
Solo una vez tuve la oportunidad de cubrir una conflagración y sentir en carne propia lo que son los peligros que corren los periodistas en zonas donde la violencia llega a extremos inimaginables. Fue en Centroamérica a fines de 1981, cuando toda la zona estaba encendida y las carreteras, ciudades, valles y montes eran killing fields (campos de la muerte).
Por lo regular los medios de prensa utilizan como carne de cañón en las guerras a chicos y chicas brillantes y apasionados que están dispuestos a arriesgar sus vidas por vivir una primera experiencia periodística de fondo, para exorcizar el aburrimiento de los días banales en las redacciones de periódicos burocráticos o infames o en agencias de prensa multitudinarias. No solo les cuestan barato sino que encuentran en ellos la energía inagotable de la juventud y la locura necesaria para penetrar en los entresijos de un conflicto a donde los directores de los medios o las figuras conocidas ya no se arriesgan, salvo en excepcionales casos que lindan con pulsiones suicidas.
Un joven escribidor que tiene buena pluma y es inteligente y astuto, es con rapidez detectado por los jefes de redacción y la propuesta de dirigirse a los campos de la muerte no tarda en presentarse, lo que el novato ve como una oportunidad extraordinaria, una ocasión feliz de unirse a los grandes nombres de la prensa de guerra que en muchos casos se convierten en míticos como John Reed, Albert Londres o Ernest Hemingway, para mencionar solo tres en una larga lista de cientos.
También es el momento para los jóvenes escribidores o fotógrafos novatos de superar la penuria cuasiestudiantil y manejar sumas importantes de dólares nunca vistos y descubrir antes de pasar a los campos de la muerte el lujo de los grandes hoteles donde pululan los enviados de las grandes cadenas y agencias, muchos de ellos y ellas vedettes conocidas, los que se ven hoy a diario en las pantallas de televisión o en las primeras planas de los diarios que tienen medios para cubrir acontecimientos lejanos.
En mi caso se trataba de un diario efímero de cuyo nombre no quiero acordarme y que en el momento manejaba sumas millonarias salidas de quién sabe dónde para un proyecto que parecía una locura del derroche tercermundista. Un medio que alquilaba jets privados para llevar cada día a una cumbre mundial celebrada en con todos los jefes de Estado del mundo, versiones en inglés y francés del diario matutino.
Como a veces era capaz en un día de escribir con pasión casi todo el diario, editoriales, reportajes, crónicas y armar páginas enteras de farándula, libros o política internacional a una velocidad notable y con buena pluma, el director, que andaba en limusina por las calles de la Ciudad de México acompañado de cortesanas de alto vuelo, me llevó una noche en uno de esos vehículos negros a una fiesta donde llovía el champán y el whisky para indicarme que pasara temprano al día siguiente, pues el jefe de redacción me haría una propuesta.
Tenían en la mesa ya un sobre con varios miles de dólares de anticipo para el viaje y este escribidor, que ganaba con gusto el salario mínimo por el placer de escribir como un loco en los largos días de redacción, no podía rechazar esa oportunidad de película y a la mañana siguiente ya estaba en la frontera con Guatemala, donde los horrores de la guerra eran innombrables si se tiene en cuenta las atrocidades cometidas por el ejército de ese país contra los opositores y los indígenas que llevarían un día al Premio Nobel de la Paz a Rigoberta Menchú.
Después de Guatemala, el plato fuerte de esa larga gira centroamericana era El Salvador, donde después del asesinato de monseñor Romero, la guerra había llegado a límites inimaginables. En el Hotel Camino Real, a donde llegué, un periodista anglófono enclenque y alcohólico, el presidente de la Asociación de corresponsales que deambulaba por los corredores con una botella de whiski en la mano, me dio la tarjeta de corresponsal extranjero para el lugar y una camiseta que decía "Soy periodista, no dispare" con una sonrisa sardónica.
Al día siguiente estaba observando El Playón de la muerte, la cosa más horrenda que haya visto en mi vida entera, un volcán de lava negra donde "las partes", ejército y guerrilla, tiraban los cadáveres de los caídos que llevaban allí en volquetas. Los cuerpos eran devorados por gallinazos y perros gordos y el olor era apocalíptico, infernal.
Varios días no pude comer y vomitaba poseído por la náusea que experimentan aquellos que por primera vez en la vida observan algo dantesco, algo que no tiene nombre, algo que los perseguirá sus vidas enteras: un gigantesco terreno de la muerte, los famosos killing filelds que han visto los corresponsales en Alemania, Rusia, Vietnam, Camboya, Irak y muchos países africanos donde los genocidios ocurren como si fueran la norma y no la excepción.
En esos días de guerra cualquier joven podía ser asesinado por un francotirador más papista que el papa por solo llevar cabellos largos y tener imagen de lo que para ellos es un "izquierdista". Se que varias veces estuve a punto, cuando el taxista huía de mi al ingresar a las dependencias eclesiásticas, o entrevistaba a jesuitas que luego serían acribillados o recorría el mercado y las calles en busca de imágenes para alimentar mis crónicas sobre la guerra.
Perdí diez kilos y sobreviví. Cuando al fin salí de El Salvador hacia Honduras, respiré al saber que el bus de mi partida no fue atacado o no pisó minas o explosivos y que cuando unos hombres armados nos hicieron bajar a mitad de camino para requisarnos, no nos fusilaron al instante.
Pero en Honduras me esperaba otro conflicto: el de los Contras que se entrenaba en ese país para atacar a la revolución de Nicaragua y allí en los bares de mala muerte de Comayagüela veía a soldados americanos, a mercenarios y a personas extrañas que miraban con ojos de espías o soplones. Y luego vino Nicaragua, pero esa ya es otra historia.
Lo bueno de todo eso es que la experiencia me sirvió cuando cubrí las negociaciones de paz de Guatemala y El Salvador en México, que tiempo después concluyeron con éxito con apoyo de la ONU y de Oslo, en ceremonias increíbles donde los antiguos enemigos, militares y guerrilleros, ultraizquierdistas y ultraderechistas, se estrechaban las manos y se abrazaban ante los flashes de la prensa internacional. Ojala eso mismo ocurra pronto en mi país, Colombia.

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 24 de agosto 2014

sábado, 16 de agosto de 2014

LA FUTURISTA EXPOSICIÓN UNIVERSAL DE 1900

Por Eduardo García Aguilar

Con escaleras mecánicas en medio de la enorme ciudad artificial, un palacio de la Electricidad impresionante iluminado por la noche en la explanada de la Torre Eiffel, la Exposición Universal de 1900, que inauguró el siglo XX, fue una fiesta de modernidad pocas veces igualada, con sus 50 millones de visitantes y la reproducción de los palacios de las naciones en la ribera del río Sena, que veía fluir embarcaciones repletas de turistas y curiosos, inmersos en un mundo de fantasía futurista bien captada por las cámaras cinematográficas de los hermanos Lumière.

Cada país visitante tuvo su gran construcción efímera y los cuadros, objetos, muebles, filmes y fotos que nos quedan de la época nos muestran una ciudad imaginaria, enérgica, llena de sorpresas y misterios, una metrópoli de arte, pensamiento, vicio, fiesta y moda que ahora visitamos los contemporáneos nostágicos del siglo XXI gracias al trabajo de los curadores de la exposición que en su honor y memoria se realizó hasta este domingo 17 de agosto en el Petit Palais, pequeño palacio de estilo Art Nouveau que albergó para la ocasión una muestra de las expresiones artísticas en boga: Rodin, Monet, Cézanne, Zuloaga y muchos más.

Un siglo después ese derroche de poder metropolitano se vive en todo el mundo: en los rascacielos de Shangái y Hong Kong que muestran la reemergencia de China como una de las potencias mundiales decisivas; en los Emiratos Árabes Unidos y Catar, donde los jeques hinchados de dinero por la inmensa riqueza del petróleo, reproducen delirantes imitaciones de Nueva York en los desiertos castigados por la canícula flamígera de Oriente Medio; en las ciudades latinoamericanas como Bogotá, Sao Paulo, Río de Janeiro y México City, con sus periféricos aéreos bajo el esmog y la pobreza asfixiantes; en urbes ruidosas como Singapur, Calcutta, Bombay, y otras tantas de África, donde aquellos experimentos de la Exposición Universal de 1900 se ven con la nostalgia con que observamos los experimentos cinematográficos de los hermanos Lumière y Meliès.  

Aquella época fue dominada por la vida vibrante patente en los los afiches de Toulouse Lautrec: el reino de los grandes burdeles de lujo y la fiesta permanente en Pigalle, el tiempo de Proust y Mallarmé y de las ideas socialistas de Jean Jaurès, todo ello signado por la vertiginosa apertura de costumbres y de vida que celebrara el nuevo siglo con la emancipación de la mujer y el desborde alucinógeno de los vicios y el derroche de la gastromía, el licor, la moda, el teatro, la danza y el sexo y el deseo desbordado en la voz de la cantante Mistinguett.

La gran moda bajó de las alturas crepusculares de las vanidosas condesas y marquesas proustianas o de las millonarias americanas, rusas o londinenses, a la masiva utilización por las jóvenes trabajadores que lucían como ellas y llevaban el nombre de "midinettes", porque almorzaban fuera de casa en medio de la urbe, entregadas a las aventuras amorosas que estallaban desde los escenarios con el reino de las famosas cocottes Cléo de Merode, Liane de Pougy, Sarah Bernhard o la Bella Otero. Muchachas ellas que trabajaban y ganaban para darse esos pequeños lujos, visitando las modistas, comprando un sombrero o un traje, unos botines o una cartera o una joya de moda con las que impresionaban al amante que un día tal vez las mantendrá, las vestirá como reinas y les pondrá casa a cambio de sus efímeros encantos.

Todo eso era real entonces, vivo, lejos de la gran escenografía, la gran maquetta grotesca y tamaño natural para 70 millones de turistas en que se ha convertido la para muchos la más bella ciudad del mundo en estas primeras décadas del siglo XXI. Una ciudad que en julio y agosto se vacía de su habitantes para dar paso a la muchedumbre proveniente de todos los países emergentes. Miles de chinos, japoneses, paquistaníes, brasileños, mexicanos, estadounidenses, rusos, africanos que recorren la vacía urbe y la captan con sus cámaras y sus flashes luminosos o dejan como los enamorados un candado amarrado para siempre con sus nombres en el Pont des Arts, casi hundido ya por el multitudinario peso del absurdo rito metálico del amor.

París era entonces sin duda la capital del mundo, aunque ya emergían más allá del canal de la Mancha, Londres, y al otro lado del Atlántico, Nueva York antes de los rascacielos. En pleno auge de la República, lejos ya las monarquías muertas con el Segundo Imperio de Luis Napoleón Bonaparte, radiante de arquitectura y urbanismo después de las transformaciones debidas al barón Haussman, pletórica de comercio, tecnología, moda, vicio, burdeles, la ciudad recibió al mundo con su mejores galas sumida en su hedonista autosatisfacción.

Para el efecto, se construyeron el Pequeño y el Gran Palacio, frente a frente, joyas que hoy todavía irradian energía, intactas, como si hubiesen sido erigidas ayer, con sus estructuras de hierro y sus abundantes claraboyas vítreas que dejaban pasar la luz y jugaban con el cielo nublado o azul visitado por los globos aerostáticos y los primeros aviones. Más allá estaba y está el lujoso puente Alejandro III, construido hacía poco en honor del Zar y la amistad con los rusos, un puente que hoy es bruñido como una joya con sus figuras aladas áureas que brillan ahora como ayer y daba paso entre luces sobre el río hacia los grandes espacios de la explanada del Hotel Nacional de los Inválidos, enorme edificio hospitalario construido mucho tiempo atrás para los heridos y mutilados de las guerras por el rey Luis XIV, donde se encuentra la tumba de Napoleón. Allí también había sorpresas para los visitantes alucinados.

Todas las hectáreas entre la Torre Eiffel y Los Inválidos y de ahí a Concordia y Campos Elíseos se llenaron de vida mundial, agitación, electricidad y fiebre en ese 1900, sin saber que una década después la primera gran guerra europea hundiría esos sueños y traería años de sangre y dolor infinitos que devastaron generaciones. Pero de las cenizas de este ondeante y vegetal Art Nouveau, surgirían los años locos de entreguerras y su Art Déco, que a su vez con fiesta y delirio presagiarían otra guerra no menos atroz de donde emergería este mundo contemporáneo de guerras frías ignorante aun de cuando volverá a chocarse con la hecatombe. 


sábado, 9 de agosto de 2014

EL ESPLENDOR DE AUGUSTO

Por Eduardo García Aguilar
El 19 de agosto de 2014 se cumplieron 2.000 años de la muerte del emperador Augusto, motivo por el cual el Gran Palais de París realizó una exposición monumental sobre la vida, obra y el tiempo del prócer romano, sobrino e hijo adoptivo de Julio César, que llegó al poder luego de deshacerse poco a poco de sus rivales, tras la decisiva batalla de Actium y su proclamación como Augusto en el año 27 antes de nuestra era.
Fui el último día de la exposición para no perderme la coincidencia afortunada de tantos objetos, estatuas, estelas, muebles, bustos, vasijas y mil otras pruebas de que aquello no fue ficción, provenientes de museos de todo el mundo, lo que hizo posible tocar casi con las manos la grandeza de aquellos tiempos de esplendor romano, cuando casi todo el mundo conocido era dominado y administrado por el longevo gobernante, un dios para los hombres de su tiempo que supo imponer la paz.
Nació el 23 de septiembre de 63 antes de cristo y murió el 19 de agosto del ano 14, a los 76 años, una edad excepcional para un hombre de su época. Los individuos todos sin distingo de clases morían por lo regular jóvenes a causa de las guerras o las enfermedades y las múltiples vicisitudes de la vida violenta e implacable en la que solían transcurrir sus vidas.
Esa larga vida y el hecho de sobrevivir a tantos peligros y eliminar a centenares de encarnizados enemigos, entre ellos el famoso Antonio, esposo de Cleopatra, le confirió en vida esa estela mítica que se veía reproducida con exactitud en todos los confines del Imperio Romano. Hombre que según los testimonios era muy apuesto, desde temprano fue modelo de escultores y artesanos, por lo que su figura nos es muy familiar y sobrevivió en estatuas monumentales de mármol, bustos de piedra o bronce, monedas, camafeos, intaglios, frescos y por supuesto en las palabras de Suetonio.
Bajo su gobierno el Imperio vivió los momentos más largos de estabilidad, paz y gloria, solidificando con mano dura las conquistas del gran Julio César. Los más lejanos países fueron conquistados a la vez con mano dura y blanda, merced a una diplomacia brillante y una burocracia mundial bien preparada que sabía dar autonomía necesaria y poder a los habitantes y aristocracias locales, a cambio de aplicar en aquellos lugares el modelo central de la pax romana y la imagen de marca cultural, además de pagar sus impuestos y mandar riquezas a la metrópoli.
Por eso cuando viajamos a los más lejanos lugares de aquel imperio, como lo que hoy se conoce como Marruecos, las costas españolas del mediterráneo, Inglaterra, Francia o los países del este, descubrimos siempre ruinas de las ciudades de impronta romana, caracterizadas por la Vía máxima y la Vía mínima, avenidas desde las cuales surgía el entramado de la ciudad con sus templos, ágoras, escuelas, baños termales y viviendas confortables a donde llegaba el agua y que gozaban de una perfecta red de alcantarillado, caminos y acueductos.
Hasta en un lugar tan lejano del imperio, como la hoy capital marroquí Rabat, la ciudad romana crecía con sus funcionarios, recaudadores, jueces, prefectos, representantes del estado central y en su plazas brillaba siempre bajo el sol la imagen en mármol, tamaño natural y gigantesca de Augusto. A lo largo del tiempo, e incluso recientemente, del fondo de los mares y de los ríos y los campos, merced a nuevas pesquisas arqueológicas, el patrimonio iconográfico del héroe se ha acrecentado.
En los pueblos y ciudades no solo había esas figuras impresionantes que recordaban a los súbditos quién era su divino emperador, sino que en las casas de notables y pobres su figura también estaba presente a través de bustos, relieves o monedas. Su presencia virtual daba unidad, estabilidad y solidez a ese gran imperio cuya estabilidad nos sorprende hoy en un mundo lleno de inestabilidades y guerras sin fin.
La exposición da lugar destacado a los relieves, especies medios de prensa iconográficos donde se contaban las batallas o los acontecimientos centrales de la vida imperial ,así como a los edictos o comunicados escritos en piedra que daban cuenta de órdenes imperiales, informes de gobierno, tal y como hoy los mandatarios, gobernadores y alcaldes rinden informes finales de sus gestiones y el destino de los denarios públicos surgidos de la recaudación o el saqueo. Muchas de esas piedras u obeliscos escritos se conservan en los museos.
Visitar la exposición nos deparó sensaciones muy especiales, la primera de ellas la certeza de que el mundo ha avanzado muy poco y que aquel gran imperio ya había descubierto las cosas elementales necesarias para la vida cotidiana en la urbe y que las pasiones políticas y los conflictos sociales son muy similares a los nuestros. La ciencia y la medicina han avanzado y se han perfeccionado hasta el asombro en estos 2000 años todas las ciencias y las tecnologías, pero ya entonces existían los galenos y los instrumentos necesarios para la práctica de tal ejercicio, los astrónomos, botánicos y teólogos, y por supuesto escritores, filósofos, poetas y oradores como el contemporáneo Cicerón. Existía la ciencia militar, la marina, la estrategia política y bélica, así como autores de memorias, juristas, notarios, senadores, constitucionalistas, geómetras, matemáticos, arquitectos, agrimensores, marineros, economistas, banqueros, comerciantes y sus infaltables contables o expertos en finanzas.
Nada es nuevo pues bajo el sol y al rozar esas estatuas y bustos tamaño natural de Augusto y sus familiares contemporáneos, al ver los frangmentos de los frescos de sus viviendas en Roma y ver todo tipo de objetos como mesas de comer o de juego, asientos, vasijas y adornos de vidrio, platos, cubiertos, recipientes para vino o cereales, vasos para la libación y mil cosas más, sentimos la hermandad humana que no borra el tiempo. Esos hombres de aquel tiempo son en parte nuestros ancestros. De ellos procedemos sin duda alguna y esa emoción nos confunde y nos anima.
A lo largo de dos o tres horas tenemos tiempo para ver los bustos de amigos y rivales, esposas y descendientes o ascendientes de la augusta persona, observarlos con atención, porque aquellas figuras eran las fotografías de la época, el testimonio de sus penas y temperamento, de su juventud y su decadencia. Y al mirarlos de frente casi sentimos que podrían despertarse del mármol y hablar y caminar en el ágora, rumbo al senado o a la taberna o al burdel.
La exposición sobre Augusto reunió por unos meses los retazos de una época, provenientes todos ellos de muchos museos del mundo y al abandonarla el último día sabemos que hemos deambulado dos milenios atrás como en un sueño que es realidad, que hemos estado ahí muy cerca de Antonio y Cleopatra, de Cicerón, Mecenas y Augusto y que palpamos de lleno y en la piedra el instante de un poder omnímodo que desapareció pero se reproduce de manera intermitente cada siglo en los nuevos imperios que surgen en el largo camino de la humanidad hacia lo que puede ser un día el desastre o la utopía.

sábado, 2 de agosto de 2014

LA GUERRA Y EL ÉXODO TIENEN PERMISO

Por Eduardo García Aguilar
Este 3 de agosto, cuando se conmemora el centenario del inicio de la terrible Primera Guerra Mundial, que de 1914 a 1918 dejó decenas de millones de muertos y otros tantos mutilados y heridos, coincide no por casualidad con un panorama mundial similar al que condujo de manera ineluctable al inicio de las hostilidades en ese entonces. Los contemporáneos de este 2014 vemos ahora como las guerras estallan por todas partes con sangrientas imágenes y balances tanáticos, en Siria, Gaza, Irak, Libia, Ucrania, mientras continúan los conflictos en Afganistán y otros lugares de Asia y Africa donde no cesa el sonido de las ametralladoras y los misiles ni el tráfico permante de todo tipo de elementos bélicos.
Como en los tiempos bíblicos, en este momento son millones los humanos conducidos al éxodo en Gaza, Irak, Ucrania, Libia, e incluso la guerra religiosa iraquí ha logrado lo que desde hace 1800 años no ocurría: que los cristianos fueran expulsados de Mosul, puestos en la terrible alternativa de convertirse al Islam o morir. Ya son imágenes normales las de millones y millones de niños sedientos y hambrientos que lloran mientras caminan por senderos polvorientos con sus padres y abuelos, ante la indeferencia del mundo, que ve ese espectáculo como un trivial divertimento televisivo.  
Lo curioso es que esos lugares citados donde hoy se ve el movimiento de los tanques y de los ejércitos han sido escenarios de guerras desde hace milenios, porque son lugares de encrucijada, puertas hacia territorios con grandes riquezas que siempre despertaron codicias. Cerca a Crimea se encuentra Estambul, antes Bizancio, ciudad de sueño que fue visitada por todas las guerras, y que en 1453 fue tomada a Occidente por los islamistas, iniciándose así el gran reino del Imperio Otomano, potencia poderosísima a lo largo de los siglos ante la cual muchos tocaron la gloria, como en esa famosa batalla de Lepanto, donde el genial manco Miguel de Cervantes participó. Y en esa zona también se dieron las guerras entre mundos que llevaron a la creación de la Ilíada de Homero, relato de la guerra de Troya, otra de las tantas que a lo largo de los milenos se han dado en torno a lo que hoy es Turquía, siempre codiciada puerta hacia el Oriente.
Los sucesores de Osama bin Laden sueñan con la restauración de ese gran califato otomano que dominó todo el Oriente Medio durante cinco siglos y fue pulverizado después de la Primera Guerra Mundial por medio de una guerra donde brilló Lawrence de Arabia, autor de Los siete pilares de la sabiduría, libro imprescindible para comprender lo que sucede hoy en el Oriente Medio. Las fronteras artificiales que en la actualidad vuelven a cuestionarse en Irak, Siria, Líbano, Arabia Saudita, Sudán, Yemen, la antigua tierra Santa, Egipto y el norte de Africa, surgieron de la rebatiña que hicieron los imperios en los años 20 del siglo pasado, asunto bien relatado por Lawrence de Arabia en su magistral obra.
El asesinato del heredero de la corona autro-húngara en Sarajevo habría sido la chispa que encendió el fuego en aquella ocasión en el este europeo, pero en la actualidad el polvorín está a punto de estallar en el este de Ucrania, donde una Europa débil incitada por los estadounidenses presiona en las fronteras de un viejo imperio ruso que trata de renacer bajo la batuta del nuevo zar, Vladimir Putin, y considera con el apoyo de China que no debe ceder ante los intentos occidentales de quitarle sus cotos vedados.
Siguen los combates en el mismo lugar donde fue derribado un avión de Malaysia Airlines lleno de holandeses que se dirigían a las tierras del Extremo Oriente, convirtiéndose en víctimas colaterales de un conflicto que apenas comienza y se desarrolla al lado de los países balcánicos que se han caracterizado por ser escenario de las primeras chispas de conflictos territoriales entre las grandes potencias: Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos y el desaparecido imperio Austro-Húngaro, a los que se agregan hoy China y los nostálgicos del desaparecido Imperio Otomano y de ese gigantesco califato soñado donde se espera reinarán las leyes islámicas de la implacable sharia y el canto interminable de los muecines aupados en las torres de las mezquitas, mientras se lapida a las adúlteras y se mutila a los ladrones de gallinas.
El éxodo de los desplazados, la destrucción de ciudades enteras y pueblos en Libia, Irak, Gaza, el este de Ucrania y Siria, lugares que de nuevo deberán ser reconstruidos desde la nada cuando se apaguen por un tiempo los cañones y los bombardeos, el llanto e los niños, las madres y los abuelos aterrorizados, el silencio de los muertos y la tristeza de los mutilados, todas esas tragedias generales o personales, están siendo observadas en estos momentos en directo por una humanidad de zombies manipulados por la imagen y las noticias permanentes que impiden toda posibilidad de análisis y cualquier distancia filosófica ante la maldad infinita de los poderosos.
En la exposición que la Biblioteca Nacional de Francia presenta sobre los últimos días de antes del estallido de la Primera Guerra Mundial en el verano de 1914, el visitante queda espantado ante la similitud de ambos momentos históricos: 1914 y 2014. Vemos como en las ciudades seguía la vida normal, los paseos, las carreras de caballos, los pic-nics, las fiestas, mientras afuera se daban todos los signos de un conflicto decidido allá lejos, en las altas esferas de poder, por los grandes líderes que mandan a sus pueblos a la guerra como carne de cañón. Y lo peor, que las noticias provenían de lugares familiares que hoy resuenan en nuestros oídos como si la historia se estuviese repitiendo.
Es impresionante ver como millones de soldados salían felices a la guerra como un juego sin imaginar un instante que el conflicto duraría cuatro años y dejaría al continente herido bajo el horror de las armas químicas, los gases y el sonido de tanques, bombarderos y fusiles. Ahora, un siglo después, se sabe que zonas enteras son camposantos donde reposan millones y millones de jóvenes triturados por la máquina infernal de una guerra que el hombre parece convocar de manera cíclica, como si la muerte y el éxodo tuvieran permiso eterno a través de los siglos.