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sábado, 22 de noviembre de 2025

ARIEL CASTILLO CUENTA A ESCALONA

Por Eduardo García Aguilar

Conocí al barranquillero Ariel Castillo Mier en México hace tiempos cuando hacía sus posgrados en temas literarios y compartíamos en parrandas interminables con otros amigos y amigas escritores y académicos mexicanos y colombianos que a veces duraban hasta el amanecer y donde él, erudito literario, nos iniciaba en el arte y los oficios de la música vallenata, a través de sus máximos juglares, el principal de ellos el gran Rafael Escalona, sobre quien escribió Encantos de una vida en cantos, publicado por la Fundación La Cueva en 2010.                                      ..

Amigo de las figuras del Grupo de Barranquilla al comienzo y después de presidentes y políticos, y poderoso líder musical de Sayco, Escalona (1927-2009) conoció de joven al futuro Premio Nobel de Aracataca, y a sus amigos Alvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alfonso Fuenmayor y a tantos otros, entre ellos novias, juglares, músicos, acordeonistas y cantantes de la costa mítica y sus interiores donde nació y creció y trató de terminar el bachillerato en Santa Marta, que abandonó para convertirse en cultivador de arroz y algodón, mujeriego, parrandero y coleccionista de armas.

Aquellas parrandas, que eran también clases de Ariel Castillo (1956) en las que participábamos poetas, narradores y estudiantes de literatura en la Universidad Nacional Autónoma de México, entre otros, todos muy jóvenes entonces y gozadores de México, transcurrían escuchando los clásicos del vallenato y desde entonces todas esas historias juglarescas quedaron para siempre grabadas en nuestra memoria, especialmente las atribuidas a Escalona, donde nos cuenta la historia de la vieja Sara, del pobre Miguel, La Maye o el perro de Pabajeau, La patillalera, La custodia de badillo, El destierro de Somón, El gavilán cebado, el Jerre-Jerre, entre otras.

Como García Márquez (1927-2014) había afirmado que Cien años de soledad era un vallenato de 350 páginas, estudiábamos con Ariel las narrativas de aquel mundo vallenato, donde se inspiró el de Aracataca en tantas historias que incluían todas las regiones de la costa desde la Guajira hasta Valledupar y de ahí hasta Riohacha, Cartagena, Barranquilla y Santa Marta, Atanquez, Patillal, Manaure, por donde todos deambularon en la romería familiar: turcos, gitanos, negros, cachacos, paisas, extranjeros perdidos, y tantos más, a veces en tiempos del contrabando desde Venezuela.

Después de aquellas inolvidables cátedras vallenatas en México de Ariel Castillo, volvimos a vernos en un gran Festival Vallenato en Valledupar, donde estaba casi todo el mundo, el misterioso Rafael Escalona, la Cacica Araújo Noriega, que lo dirigía y patrocinaba, Juan Luis Mejía, director de Colcultura, Manuel Zapata Olivella, el crítico peruano José Miguel Oviedo, y los profesores estadounidenses Raymond Williams, y con guardaespaladas, Michael Valencia-Roth, así como el pintor Jacamijoy y Heriberto Fiorillo.

Ahí en los almuerzos el legendario Manuel Zapata Olivella nos contaba el matriarcado de su región y nos situaba el espacio geográfico del César y las montañas que van a la Sierra Nevada. Deambulábamos por la calles de Valledupar en medio de la algarabía de la música que reinaba en todas las esquinas y plazas. En un momento compartimos varios en un patio florido con la hija de Escalona, Ada María, cantada en su clásica canción la Casa en el aire, que ya había sido abordada por otro juglar antes que él.

Ariel me inició y abrió las puertas de ese mundo, hasta el punto de presentarme a Alfonso Fuenmayor, a quien visitamos en su apartamento en un alto piso desde donde se veía la ciudad y donde él gozaba de su biblioteca y recibía las revistas y diarios del todo el mundo. También me llevó a conocer la casa del fallecido Alvaro Cepeda Samudio, que en aquel entonces estaba intacta como en los tiempos del Grupo de Barranquilla y que guardaba con celo y entusiasmo su esposa Beatriz "Tita" Cepeda, que nos recibió aquella tarde con su inmensa generosidad. 

Cada vez que escucho vallenatos de Escalona pienso en Ariel Castillo y su familia, con la esperanza de un día volverlo a ver para escuchar en Barranquilla con los amigos a Bovea y sus Vallenatos, unos de sus mejores intérpretes. El libro de Ariel es una lectura obligada para introducirse al mundo literario del gran juglar colombiano.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de noviembre de 2025. 

viernes, 1 de agosto de 2025

RÉRQUIEM CARNAVALESCO PARA JOE


La muerte de Joe Arroyo de repente nos lleva a reflexionar sobre la colombianitud o la colombianidad. Desde la lejanía de la diáspora en donde transcurrimos tal vez cinco o seis millones de colombianos, las reacciones fueron unánimes en Estados Unidos, Canadá, Francia, Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Estocolmo, Roma, México y Londres. En muchas casas de colombianos del extranjero, y con cualquier motivo, esta semana fue de encuentros celebratorios de su genio y su largo camino, que deja una impronta imborrable en la historia popular colombiana contemporánea.

Tuve también mi fiesta a su ritmo entre colombianos con el vino de la añoranza, la saudade, la nostalgia, que según nos dice Milan Kundera en su libro « La ignorancia » proviene de las palabras griegas « nostos », regreso, y « algos », sufrimiento ». Reuniones de recapitulación vital en torno al largo periplo musical del cartagenero, realizadas por supuesto al calor del vino y el sonido.
Miembro de nuestra generación « Sin cuenta », nacido en 1955 en Cartagena, Joe Arroyo es pues el representante máximo de la misma en todos los campos, la política, la literatura, el pensamiento, el arte, la industria, la ciencia, el deporte o la empresa. Hubo muchas reuniones de amigos colombianos donde el largo historial musical de Joe Arroyo, desde el tiempo de « Fruko y sus tesos », fue seguido con el estupor de comprobar que nos acompañó con su voz de jilguero desde siempre, sin falta, desde el principio, desde la adolescencia, pues decenas y decenas de melodías bailables suyas se izaron a los primeros lugares de éxito y quedan en la memoria, porque marcan de una u otra forma el ejercicio de nuestra colombianidad en diversas épocas y momentos de nuestras vidas.
Cada melodía inédita y algunas que ni siquiera sabíamos eran cantadas por él cuando muchacho, se nos revelan profundamente impreganadas en nuestra memoria, hacen parte especial de nuestra vida, amores, fiestas, cuerpos, sudores y soledades y las redescubrimos a medida que las escuchamos y revisamos la vida. ¿Quien no bailó hace tanto tiempo al ritmo de « Fruko y sus tesos » y después con « La Verdad » ? ¿Qué colombiano no ha escuchado « No le pegue a la negra» ?
La agonía de Joe Arroyo fue seguida por todos en directo hasta el instante de la extrema unción, algo que tiene los visos de ser profundamente colombiano y sacralizador. Hacía tiempo no oía hablar de esa ceremonia a la que acceden los héroes, como Simón Bolívar, quien en Santa Marta recibió la visita del prelado antes de morir. Lo mismo le ocurrió a Joe Arroyo. Cuando los diarios en primera plana hablaron de su extrema unción, supe que sólo quedaban unas horas para que estallara la infausta noticia y cuando ya fue inevitable y real, empezamos a llamarnos entre los amigos de la diáspora colombiana.
Al primero que llamé fue a Julio Olaciregui (1951), escritor, danzarín y filósofo barranquillero que lleva más de tres décadas por aquí en la ciudad luz y es una de las más importantes energías morales, bailables y literarias de Barranquilla, donde se explayó con todas sus fuerzas el genio del cartagenero. Como muchos colombianos del extranjero, Olaciregui hizo su propia fiesta personal de duelo y escribió un largo texto sobre el personaje desde el profundo sentir de su barranquillitud o carnavalidad.
En « Joe Arroyo, nunca te olvidaremos », el autor de « Los domingos de Charito , dice : « Un tal Joe Arroyo de Barranquilla, sí señores, con ustedes el mito de nuestra generación, el hombre que ha realizado nuestro sueño, mami lo que yo quiero es ser cantante de una orquesta ; con ustedes el hijo del etíope, el negro bembón, mayombe, con sabor, el nieto del bisabuelo que ayudó a fundarnos la patria, monsieur Mambo, cantando en vivo y en directo en el cabaret del trasatlántico » :
La primera vez que lo vi fue en Barranquilla, hace unos tres lustros, cuando Ariel Castillo me lo mostró una noche ahí al lado del bar discoteca La Cien, cuando él departía con unos amigos junto a una lujosa camioneta Ford Suburban y lo volví a ver al otro día en Cartagena cuando le hacían un gran homenaje en la plaza de toros, en el marco del Festival del Caribe, a donde me invitó Gustavo Tatis Guerra. Estuvimos ahi detrás del escenario en la zona de los periodistas e invitados especiales, donde había enormes botellas de promoción de ron Tres Esquinas, licor que era libado felizmente por todos. Al final del concierto salió Arroyo con su esposa e hijas, vestidas como hadas, de blanco, y lo vi ahí en medio de la deliciosa y excepcional ebriedad que produce ese ron blanco, entre la luminosidad azulosa y múltiple de los rayos láser proyectados por los luminotécnicos.
Al lado de Kid Pambelé, García Márquez y Héctor Rojas Herazo, Joe Arroyo es hijo de una región que transformó a Colombia desde su mirada al mar. Ese país cerrado, oligárquico, hispánico, castizo, cardenalicio, blanco, santafereño, bogotano, antioqueño, payanés, rolo, clasista, racista, excluyente, camandulero, beato, reprimido, ha sido defendido por los marginales de la costa, por esos costeños que llevan dentro de sí la fuerza africana de los esclavos. García Márquez y Joe Arroyo salieron de ahí y son los más grandes artistas del país porque concentraron en ellos la colombianitud, la universalizaron. Ellos fabricaron en el crisol alquímico la mezcla de ese pueblo variado y enérgico con sus leyendas y cuentos y sueños y pesadillas.
En la fiesta mía, a medida que aumentaba el efecto de los vinos, los concelebrantes mencionábamos a Úrsula o a Melaquíades o a Remedios la Bella o al coronel Aureliano Buendía o a Eréndira, como si fuesen de la familia. Y cada una de las melodías de Joe Arroyo se nos aparecían también familiares. Con ellas amamos, bailamos, celebramos, vivimos cuatro décadas. Por eso Joe Arroyo sigue vivo. Porque nos dio vida y sólo vivió para cantar desde cuando cargaba agua en los recipientes de la pobreza bajo el sol candente del trópico. Vivió para vivir y darnos vida nada más.