miércoles, 27 de febrero de 2008

EL "PARIS" COTIDIANO DEL CINEASTA CEDRIC KLAPISH


Como he vivido gran parte de mi vida en esta ciudad, que es una terrible y deliciosa jaula de oro, siempre acudo a ver las películas que versan sobre la dura vida cotidiana de los parisinos. Esta vez fue “París”, un filme de Cédric Klapish, joven autor del exitoso largometraje “El albergue español” (2002). Cada generación ha tenido aquí sus realizadores: Marcel Carné y Jean Renoir en los años 40 y 50, la “nouvelle vague” de Godard y Truffaut en los años 50 y 60, Philippe Garrel y Agnès Varda a fines del siglo XX.

En total hay unas 7.500 películas sobre la ciudad guardadas en el Foro de las Imágenes y los aficionados tienen en permanencia acceso a ellas. Muchas de esas películas son ahora clásicos como “Hotel del Norte” de Marcel Carné, “Los 400 golpes” de Francois Truffaut, “French Can-Can” de Jean Renoir, “Sin aliento” de Jean Luc Godard, “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, “Un americano en París” de Vicente Minelli. Otras películas han sido un desastre, tal vez la mayoría, pero siempre se rescata de ellas una atmósfera, la luz inmejorable según las estaciones, rincones, pasajes y callejones cargados de vida e historia.

La cotidianidad en esta capital no sólo es la de los franceses ricos “puros” o “de souche”, como les dicen aquí, ni la de los extranjeros millonarios, en especial dictadores y mafiosos que lavan en estos pagos sus fortunas y siempre van cubiertos de abrigos absurdos y prendas de moda. La dura realidad es la vida de una gran mayoría de franceses pobres y extranjeros de todos los orígenes y edades que laboramos en esta ciudad y luchamos día a día con dificultad para ganar el sustento.

Por supuesto que uno puede cruzarse con jeques árabes saliendo del Hotel Ritz, o millonarios orientales, africanos o norteamericanos que brotan de las tiendas de lujo cargados de regalos o escogen, como si fueran dulces, anillos y collares de Van&Cleef en la Place Vendôme, al lado del ese hotel donde hizo por última vez el amor Lady Di con su amante Dodi al Fayed.

Por la mañana, cuando uno va apresurado hacia el trabajo, ve en el metro bellísimas chicas de sueño perfumadas, prospectos de modelos o de actrices que van rumbo a los “castings” de las casas de moda o las agencias de Sentier o Saint Honoré y a muchas celebridades se las ve caminar con la baguette debajo del brazo y la angustia a cuestas, pensando ya en la próxima cita con el sicoanalista. No es raro encontrarse a Catherine Deneuve tomando un café en la barra de un café o ver a los ministros desayunando en el Nemours, en el Palais Royal, al lado del Consejo de Estado. Todos los grandes escritores del mundo caminan por Saint Germain des Pres y se pueden oír las risotadas de Umberto Eco o Álvaro Mutis al encontrarse con algún periodista junto a uno de esos cafés con historia.

Pero para que eso ocurra está toda la vida real del trabajo: africanos, árabes o ex yugoslavos que limpian alcantarillas nauseabundas y lavan platos en restaurantes, meseros, vendedores de mercado, albañiles, artistas, maestros, enfermeros, burócratas y trabajadores sociales que no ganan mucho y siempre están endeudados. El glamour es la excepción, la lucha por la vida la norma. En las buhardillas cunde el hambre y la desesperación entre quienes llegan aquí de provincia y del extranjero a abrirse camino como en las novelas del siglo XIX y pueden morir en el intento. Esa es la vida real que cuentan a veces cada año las películas contemporáneas que hablan de los parisinos de la calle, obras intimistas donde vemos a los actores y actrices del momento.

En “París”, de Cedric Klapish, que acaba de salir en carteleras, la gente se identifica de alguna forma con los personajes: un joven ex bailarín que espera un trasplante de corazón (Romain Duris), su hermana, bella madre soltera en la crisis de sus 40 (Juliette Binoche), un grupo de vendedores de legumbre en el mercado, un profesor de historia neurótico enamorado de una alumna coqueta, un arquitecto exitoso que crea dentro de la ciudad un gélido barrio moderno, una chica árabe tierna que trabaja en una panadería con una típica y cómica patrona francesa (Karin Viard), un africano que emigra desde Camerún.

A diferencia de “El fabuloso destino de Amelie Poulain”, una de las películas más exitosas y a la vez más fallidas, “París” es mucho más real y no se basa en los insoportables y empalagosos clichés de la primera. Para el narrador moribundo es una fortuna poder andar entre sus bellas calles cargadas de historia, a veces demasiado perfectas para ser ciertas, es un privilegio cruzar sus puentes, ver amanecer sobre las azoteas humeantes, palpar el río de los suicidas y ver los monumentos reflejados en ese turbio espejo, observar la belleza humana de todas las razas y orígenes que circula a cántaros por sus intrincadas calles.

Cuando el narrador va hacia la operación final y desde el taxi ve París por última vez, piensa en la fortuna de quienes la habitan y la sufren, pero ignoran sus maravillas. Porque todos se quejan de la ciudad y la maldicen hasta el hastío, cuando al final sólo basta bajar al café de la esquina para vivir y comprender que es el escenario de excepción que responde sin duda al estremecedor guión de nuestras vidas.

domingo, 17 de febrero de 2008

SECRETAS PORNOGRAFÍAS CELESTIALES


Por Eduardo García Aguilar

Durante siglos y desde el Antiguo Régimen la Biblioteca Nacional de Francia (BNF) o sus nobles antecesoras en los palacios reales, guardaron con celo en un gabinete secreto llamado «El infierno» todos los libros « obscenos, escandalosos e inmorales» que circulaban de mano en mano entre aristócratas, prelados, potentados y libertinos europeos y del mundo entero.
Ahora todos esos incunables y sus imágenes se pueden ver en la gigantesca nueva sede posmoderna de la biblioteca situada junto al río, frente a la Pasarela Simone de Beauvoir: cuatro altísimas torres de vidrio en forma de libros, en una de las cuales titila la enorme equis violeta de prohibición que se ve desde las autopistas.
Las colas de visitantes son enormes y poetas, editores e historiadores septuagenarios comparten la emoción con bellas muchachas neolibertinas de 25, estrellas porno y profesoras de 30, ex modelos de 40 y elegantes cincuentones y cincuentonas avorazados como adolescentes iniciáticos o sexagenarios aturdidos de nostalgia. Es la única posibilidad feliz de ver de cerca los manuscritos del Marqués de Sade, Pierre Louys, Apollinaire, Jean Genet y George Bataille, así como las imágenes más sugestivas de la fotografía iluminada del siglo XIX o los primeros filmes pornos de la Bella Época.
No es un secreto para nadie que en las ociosas cortes y palacios lejanos las ediciones eróticas ilustradas contribuían a encender la imaginación de marqueses y marquesas licenciosos, mientras en las barriadas el pueblo se divertía a su vez con poemas y canciones picarescos tras siglos de miseria, pestes, venéreas, guerras y control casi total de la religión sobre la vida cotidiana.
Milenios atrás, en todas las civilizaciones antiguas, las imágenes de la vida sexual fueron mucho más libres y gozosas, como lo atestigua la visita de cualquier gran museo actual, donde se ven imágenes sexuales, penes, vulvas, príapos, falos, y senos en vasijas, copas, platos, camafeos y frescos murales de grandes mansiones señoriales como las de Pompeya, o en el templo fabuloso de Kajuraho en la India, donde todas las posiciones sexuales están ilustradas en miles de imágenes esculpidas que pueblan desde hace siglos sus paredes sagradas. Entre griegos y romanos se hizo culto al cuerpo y fueron celebrados en arte y poesía el deseo, la cópula y las caricias orgiásticas sáficas, homosexuales y heterosexuales, que se practicaban en los interminables festines de la imaginación clásica. Los dioses y los personajes mitológicos mismos fueron mostrados en sus ajetreos venéreos con lujo de detalles : Marte y Venus, ninfas y sátiros, Hércules y Deyanira, Príapo, Antonio y Cleopatra, Baco y Ariana, Eneas y Dido, Aquiles, Pandora, Alcibiades y otros aparecían en las más comprometedoras y posiciones.
Pero otra cosa ocurría en ese mundo cerrado del Antiguo Régimen donde, al menos de puertas para afuera, tales muestras de placer eran sinónimo de cercanía con el Infierno y Satanás en persona. Tuvieron que llegar los discípulos perversos de Gutemberg y las impresiones clandestinas para que empezaran a proliferar bellos libros eróticos y pornograficos ilustrados con excelencia por artistas ocultos, para uso de altos dignatarios, así como la llegada de estampas baratas a los mercados de la plebe.
Al principio, en el siglo XVII el « Infierno » contó con unas 50 obras de esa índole, y más tarde, a partir del pornográfico relato « Teresa Filósofa » del Marqués de Argens y las obras de Aretino, se nutrió con el « Decamerón » de Bocaccio y las obras del terrible Marqués de Sade y de Restif de la Bretonne, entre otros. Con la Revolución y la Ilustración la apertura fue mucho mayor y aunque las obras eran decomisadas o perseguidas, el « Infierno » creció y en 1830 subió a 130 ejemplares prohibidos, veinte años después, en el Segundo Imperio subió a 300 y en 1876 a 620 libros.
Con la aparición de la fotografía el acervo obsceno creció y en 1899 se creó un catálogo razonado y completo de todas estas joyas, que ahora se exponen en la sede moderna de la biblioteca, en una de las más exitosas exposiciones de los últimos tiempos. Se debe al poeta Apollinaire, autor secreto de obras pornográficas como « Los once mil falos », la organización definitiva del primer catálogo y la sistematización de este rico tesoro bibliográfico que con la revuelta de mayo de 1968 logró salir fin de esa « cárcel de la obscenidad » y dejó de ser estigmatizado.
En esta visita podemos ir de « La escuela de las muchachas » (1655), a « La Academia de las Damas » (1680), pasando por « Teresa filósofa » (1748), las dieciochescas obras del Marqués de Sade o « La Religiosa » de Diderot (1796) hasta las obras de Pierre Louys, Apollinaire, George Bataille Jean Genet, Pierre Guyotat y Catherine Millet, con lo que la muestra nos lleva hasta la nueva pornografía literaria de los siglos XX y XXI.
Guyotat, el excelente autor contemporáneo, hasta hace poco prohibido, de la novela « Edén, Edén, Edén » concluye la muestra con la exposición de sus manuscritos, mientras Catherine Millet, autora de « La vida sexual de Catherine M. » nos habla en un video de lo que significó para ella el éxito de su interesante libro. Las colas son enormes y un aire de azufre reina en la BNF en este febrero de invierno, pero el mayor placer del bibliomaníaco es ver cómo los otros y las otras miran lo prohibido, pues el erotismo inunda los cuerpos de quienes circulan por estos espacios magníficamente organizados para ver, oír, desear y mirar sin sonrojarse.

sábado, 16 de febrero de 2008

VARGAS LLOSA: EL TRANSEÚNTE DE SAINT-GERMAIN


Por Eduardo García Aguilar
Hace unas horas, cuando estaba en la barra de un café de Saint Germain de Prés tomando una cerveza Leff, cerca de mis librerías preferidas, vi cruzar por la calle de enfrente, en este viernes primaveral, a Mario Vargas Llosa, una verdadera institución latinoamericana. Iba solo y cruzaba con lentitud el bulevard, muy elegante, con un soberbio saco azul claro y un pantalón beige, sin duda recién comprados para la temporada, impecable de pies a cabeza entre finísimas ropas de marca, pero sin corbata, y con un aura inconfundible de alegría, confort y plenitud.
Traía el cabello blanco níveo que brillaba bajo el sol y cargaba una pesada bolsa roja llena de libros en la mano izquierda que lo hacía trastabillar. Caminaba con cierta torpeza, como suelen hacerlo los escritores que han pasado la vida sentados frente a la máquina y que de tanto estar en esa posición parecen cargar la historia de todas las sillas del mundo. Se le veía feliz en este fin de abril fresco y soleado, en que todos se agitan de felicidad ante la ida del invierno y la cercanía de la larga temporada veraniega. Las chicas se deshacen de sus abrigos y salen con su ropas ligeras y ceñidas cada vez más sexys, perfumadas y coquetas, colgadas de sus celulares, y todos, jóvenes y viejos, se agitan en las calles mirando vitrinas con ilusión o hablando radiantes en los cafés, como si salieran al fin de la hibernación. ¿Como no venir a caminar un viernes 28 de abril entre calles y terrazas que vieron pasar a todas las generaciones literarias de Francia y el extranjero y de paso visitar las estanterías para ver las novedades?
Vargas Llosa se veía en su hábitat perfecto al detenerse un momento a respirar el aire perfumado de flores recientes y retoños de hojas, en esa esquina que frecuenta desde 1958, cuando a los 21 años ya estaba en Paris buscando entrevistarse con Jean Paul Sartre y Albert Camus, los futuros Premio Nobel franceses de moda en aquellos lejanos tiempos de mediados del siglo XX. Aquí, salvo algún profesor francés muy informado, un estudiante o turista latinoamericano, nadie lo reconoce en la calle y puede caminar tranquilo como en sus viejos tiempos, pero convertido ya en un venerable y sólido anciano mucho más que próspero, cubierto por todas las condecoraciones, los elogios y los honores posibles.
De repente me di cuenta, al verlo cruzar rumbo al café de Flore, frente a la iglesia casi milenaria de Saint Germain, en la pequeña plaza Beauvoir-Sartre, que el autor de La ciudad y los perros, La casa verde y Pantaleón y las visitadoras tiene ya 70 años de edad. Que ese eterno joven nacido en 1936 que nutrió de historias y de éxitos a varias generaciones y siempre estuvo en la primera plana de los debates, cruzaba la séptima década por las calles del barrio latino, no lejos de su casa del Jardin de Luxemburgo, que es, según dicen, uno de sus refugios secretos para huir de la celebridad en España, donde los diarios sacan su foto día a día y cada semana se informa que recibió un nuevo premio de 50.000 dólares en Berlín, Jerusalén, Londres, Cali, Buenos Aires o Nueva York, o un doctorado honoris causa en Tasmania o Yakutia. Todo eso lo merece, pues ha sido el más aplicado de los autores del boom : excelente novelista, muy ameno para todos, ensayista de rigor, experto en Flaubert o las novelas de caballería, articulista y panfletario de miedo, siempre hace la tarea como se debe sin ninguna falla, sin importar las horas que le tome el trabajo.
Vargas Llosa es una verdadera institución en Francia, y los franceses y su mayor editorial, la prestigiosa y altiva Gallimard, lo quieren y lo miman incluso más que a los suyos. Termino la cerveza pensando en todas esas cosas, como en la primera vez que lo vi en el Festival de Teatro de Manizales a inicios de los años 70 del siglo pasado, cuando unos maoístas lo atacaron con vociferaciones en la Universidad y tuvo que ser defendido por un jovencísimo Juan Gustavo Cobo Borda o en un coctel del congreso internacional del PEN club en 2003 en el palacio de Bellas Artes de México, en medio de una muchedumbre de señoras ricas que le sonreían a él, tan fatigado y harto por los viajes. Vargas Llosa, al que todos los adolescentes queríamos imitar y seguir ; el mismo que le pegó trompadas a García Márquez en México, terminando con una amistad apasionada y condenando al ostracismo el mamotreto de su tesis sobre el colombiano, llamada Historia de un Deicidio.
En todo eso pensaba y al terminar la Leff me dirigí por la misma ruta hasta la librería. Allí, en el lugar de las novedades, Gallimard expone un libro que acaba de salir en honor de su 70 cumpleaños y los 40 de haber publicado en francés La Ciudad y los Perros. En el prólogo, Antoine Gallimard celebra la frescura de sus siete décadas y dice que esa casa editorial no podía dejar pasar la fecha, por lo que el volumen está lleno de fotos de la infancia, adolescencia y juventud de este hombre que ama y es amado por Francia. El peruano, el inca, el muchacho que en los 60 trabajaba en la Agence France Presse y abordaba con timidez a Albert Camus a la salida de un teatro. Un gran escritor, una leyenda que ha vivido por y para la literatura e incluso se ha dado el lujo de querer ser presidente y fracasar, por fortuna, en el intento.

lunes, 11 de febrero de 2008

SUBVERSiÓN Y REVOLUCIÓN EN LA OBRA DE ALBERTO GIACOMETTI


Por Eduardo García Aguilar
La exposición retrospectiva de la obra de Alberto Giacometti (1901-1966) en el Centro Pompidou, está centrada en el taller que durante 40 años, desde 1926 hasta su muerte, tuvo el artista en Montparnasse y que se convirtió no sólo en sitio de vivienda sino en centro, laboratorio, y punto de difusión de su obra subversiva y revolucionaria en el campo estético, al lado de Joan Miró y Jean Arp, entre otros.
El barrio de Montparnasse fue antes y después de la Segunda Guerra Mundial un nido de brillantes artistas apátridas provenientes de todos los rincones del mundo y por lo tanto crisol de muchas revoluciones del arte de su tiempo. En los años de entreguerras, el barrio poseyó la concentración más densa de artistas mundiales pobres y borrachos como el japonés Foujita, el italiano Modigliani, el lituano Soutine y el mexicano Diego Rivera, entre otros muchos que se hicieron famosos y ricos después de muertos. Algunos vestigios de esa actividad en Montaparnase quedan todavía en rincones del barrio que sobrevivieron milagrosamente a la explosión inmobiliaria de los años 60 y 70, cuyo epicentro es la hórrida y gigantesca Torre de Montparnasse.
La obra de Giacometti, nacido en Borgonovo, en el cantón de Grisons en Suiza, es famosa en todo el mundo, en especial por las esculturas longuilíneas que redujeron a la más mínima expresión el cuerpo y el rostro humanos, como figuras de extraterrestres comprimidas por una extraña presión atmosférica o cierta inédita gravedad newtoniana. Obra que lleva al extremo el camino de abrir nuevos espacios de percepción y significado, lejos de los senderos indicados por la oficialidad artística. Algunas de sus piezas son diminutas y cabían en una caja de fósforos, tal y como las mínimas obras de escultores anónimos de viejas civilizaciones que vemos en los museos con enorme estupor al saber que tienen 10.000 ó 5.000 años. La figurillas mínimas de Giacometti, cabezas con intensos ojos negros de interrogación, cuerpos, miembros, fueron hechas para ser fácilmente transportadas en tiempos de guerra y ahora nos maravillan y nos cuestionan con sarcasmo.
Como todo artista o escritor, a Giacometti le gustaba posar y era sin duda megalómano en la manera de mostrarse ante la cámara y crear toda una leyenda en torno a su mundo creativo, al lado de su mujer Annette Arm y los amigos que solían visitarlo, como el escritor homosexual, ladrón y maldito Jean Genet, autor del libro “El taller de Alberto Giacometti”, en el que se inspiraron los curadores de esta muestra retrospectiva que concluye este 11 de febrero. Allí en ese taller luchaba para sortear los problemas económicos cotidianos, la angustia de las tensiones europeas que condujeron a la guerra y provocaron nuevas diásporas o la muerte de muchos de los contemporáneos en los campos de concentración nazis, pero fue sin duda feliz en medio de tantos materiales mientras sus mujeres posaban y él craneaba la excepcional deriva artística con obras notables como Mujer cuchara (yeso, 1927) o Mujer acostada que sueña (bronce, 1929).
En la primera obra se destaca ese volumen oval y mullido de la hembra fértil y reproductora, como un homenaje tal vez a esas infladas figuras milenarias de las Venus que crearon los primeros artistas de la humanidad en las civilizaciones de Extremo Oriente y Extremo Ocidente, desde China a Perú, desde las estepas orientales hasta las altiplanicies mexicanas, desde las extensiones africanas hasta las rocas pobladas de dólmenes en Bretaña. En la segunda, con una ironía exquisita se celebra a la hembra moderna ondulada y a la vez ese cuerpo abstracto es labios y deseo, electricidad, elegancia y transparencia, fluir a través del tiempo sin límites.
Luego Giacometti se dedicó a trabajar las cabezas y los cuerpos. Una obra emblemática de esa experimentación es El hombre que camina (1947), figura humanoide solitaria que marcha en puntillas sobre una superficie, como si explorase entre la eternidad y el absurdo. No en vano Giacometti hizo el árbol para la escenografía de la obra “Esperando a Godot” de Samuel Beckett, contemporáneo suyo y compañero en la literatura y el teatro de las mismas proposiciones estéticas subversivas y contemporáneas.
En la enorme sala del sexto piso del Museo Nacional de Arte Moderno, que ha albergado hace poco exposiciones sobre el dadaísmo o Samuel Beckett, entre otras, el viaje por sus 600 obras se inicia con las imágenes del niño Giacometti pintadas por su padre, el impresionista Giovanni Giacometti y su padrino el simbolista Cuno Amiet, así como reproducciones de su rostro en las grandes revistas del mundo, tomadas en su taller por grandes fotógrafos de la época como Brassai, Henri Cartier Bresson, Robert Doisneau, Arnold Newman o Gordon Parks. Desde niño vivió inmerso en el arte, creció viendo pintar a su padre y a sus amigos y por eso su obra desde temprano se rebela y va hacia rumbos originales donde las figuras adquieren formas metafóricas que juegan con espacio, volúmenes y formas.
Debido a que su viuda Anette tuvo que abandonar el taller de la calle Hypolitte Maindron, expulsada por el casero pocos años después del fallecimiento de Alberto, pedazos enteros de los muros y puertas y muebles del mismo se salvaron y son mostrados en una reproducción a escala del mismo, similar a lo que se hizo con otro gran escultor, Brancusi, otro artista de Montparnasse, cuyo taller intacto se muestra aparte, en una construcción exclusiva para ese efecto situada en la explanada del Centro Pompidou.
La exposición termina con cuadros al óleo de una economía ejemplar que hacen parte de su experimentación en torno al retrato. Son cuadros monocromáticos, sin perspectiva, las posiciones son fijas, hieráticas, los rostros estallados con líneas y los trazos nerviosos. Los modelos de esos cuadros son Annette, su hermano Diego, el japonés Yanaihara, su amante y última pasión Carolina y el médico de los surrealistas, Frankel. Tanto las esculturas como los cuadros de Giacometti nos sorprenden porque la figura humana que emerge de su estética convoca en nosotros lo más milenario, esencial y primitivo de nuestras existencias, o sea ese común denominador de nuestro efímero paso por la vida que es la nada perpetua.

CENTENARIO DE BORGES

Por Eduardo García Aguilar
Nacido según la Fundación San Telmo el 23 de agosto de 1899 y para otros el 24 del mismo mes, Jorge Luis Borges llega este día a su centenario en la más espectacular nube de gloria, con dos volúmenes y un álbum en la prestigiosacolección francesa de La Pléiade y miles de entradas en la red Internet que realizan el sueño del Aleph. Se necesitarían muchos años para poder visitar cada una de esos sitios llenos de sorpresas, datos, juegos, enigmas y delirios de sus admiradores de todo el planeta. Y para viajar por esos múltiples enlaces borgianos en la telaraña mundial que nos introducen al escalofriante nuevo efecto de su palabra.
Por donde pasaba Borges parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, una noche de los primeros años 80, varios jóvenes se tiraron al suelo y empezaron a seguirlo arrodillados al grito de "¡gloria eterna para usted maestro!" y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración. Lo mismo ocurría en Quito, Bogotá, Medellin, Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokyo, y París, ciudad donde desde hacía ya muchas décadas se le había consagrado como una leyenda viviente. Se le veía junto a un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las de Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final devorándose al mundo.
Francia lo adoraba y las calles de París lo vieron pasar muchas veces. En el Hotel de la rue des Beaux Arts, donde murió Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire. En 1964 Herne dedicó un número especial a su obra, en los años 70 Michel Foucault lo hace protagonista de Las palabras y las cosas y en 1999 la Pléiade concluye la edición del segundo volumen desus obras completas en edición establecida, presentada y anotada por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de los últimos confidentes del maestro.
Para Borges la gloria era la mayor incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de fetiche hacedor de milagros. Pero a diferencia de otros, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde, subversivo, anarquista. Contra la corriente no escribió novelas porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, y mezcló prosa y poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno. Su reino fue el estilo. De él dijo Cioran que “la desgracia de ser reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en lo imperceptible, seguir inasible y tan impopular como el matiz”.
En la tercera entrega del Magazine littéraire de 1999 dedicada a Borges, después de las de 1979 y 1988, el editor del número, el hispanista Gerard de Cortanze, trata de “volver de nuevo a esta obra vasta y enigmática” y a un Borges “humanizado y más caluroso” lejos de la leyenda aceptada de “un intelectual abstracto y gélido”. El último exégeta Bernès trata de mostrarlo como “el viejo anarquista tranquilo”, según la propia y final autodefinición del poeta poco antes de morir en Ginebra tras casarse con María Kodama y participar con entusiasmo en la preparación de su obras completas para La Pléiade. Bernès cuenta los últimos días previos a la muerte, en junio de 1986, y dice que tiene “la certeza de que preparaba su muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo precedieron” y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que “yo no sé en que lengua voy a morir”.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus enigmas e ironías y lo tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna y pasa de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría de un sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido. El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira con nostalgia: en todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud latinoamericana entusiasta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta literariasino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el libro, la vida , la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el desierto.
Toda esa generación debe percibir ahora con susto cómo el mundo literario ha girado hacia la dictadura de los editores y escritores analfabetas sacralizados por la lista de ventas, el tintineo de las máquinas registradoras y el paso por las emisiones de televisión. En tiempos de Borges la Gran Biblioteca estaba cerca de la gente, era una biblioteca amable, generosa, llena de gracia y alegría, de fiesta; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar reina el hielo de los supermercados.
Silvia Barón Superviele dice que para Borges “la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del infinito” y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura. Aunque en la red virtual su palabra crece precisamente hasta el infinito, se reproduce, se esconde y fluye ante la mirada ciega del viejo centenario convertido en algo más que una figura legendaria
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(Letras libres, agosto de 1999)

domingo, 3 de febrero de 2008

ROBERTO BOLAÑO Y MARIO SANTIAGO EN LA CALLE REGINA


Por Eduardo García Aguilar

Ahora que Roberto Bolaño y Mario Santiago se han vuelto leyendas literarias de nuestra generación y cuando quienes les hubieran dado la espalda hace décadas se pelean ahora por aparecer relacionados de alguna manera con ellos y subirse al carro de su gloria maldita, quisiera recordar a ese ángel terrible de Mario, su mejor amigo, a quien vi por primer vez recién llegado a México en su buhardilla, cuando después de caminar y caminar con el novelista francés Joanni Hocquenghem nos invitó a beber una botella de mezcal, al fondo de la cual crecía un peyote verde esmeralda con retoños rojizos.

Ahora que al parecer van a editar en buenas editoriales la obra de Santiago, inmortalizado como personaje de Los detectives salvajes, Premio Rómulo Gallegos y una las novelas emblema de la generación de los nacidos en los años 50, es imposible no pensar en los avatares azarosos que dan las palabras a través del tiempo, cuando los malditos en vida terminan convirtiéndose en santos y en lo que más hubieran detestado: estrellas míticas rodeadas de incienso.

El chileno Bolaño y el mexicano Santiago y sus amigos peruanos y centroamericanos, entre otros muchos, eran malditos y rebeldes y protestaban a contracorriente contra el sistema literario piramidal que reinaba en el México de los años 70 y 80, contra una poesía formalista de la que estaba ausente la vida y una literatura de cortesanos y papas, de santones y santonas transportados en hamacas como ídolos de Babilonia.

Sólo una vez los vi juntos. Como ángeles aparecieron Bolaño y Santiago en mi cueva de la calle Regina. Era un domingo y Mario me presentaba al amigo chileno que estaba de paso y me pedía le prestara unos pesos que yo tampoco tenía, en ese edificio de película de vampiros surgido desde el fondo del siglo XIX, en medio de los más auténticos aromas de comidas mexicanas y ajetreos pueblerinos de ciudad añeja. Fue la primera y la última vez que los vi juntos en ese apartamento del primer piso, a unos metros de la avenida 20 de noviembre, del que se apoderaban como en los sueños de Walpurgis los efluvios vaporosos de una lavandería vecina.

Cuando yo llegé a México en 1980 la leyenda decía que Santiago y los suyos se presentaban en los actos más solemnes y en los sitios más sagrados para sabotear ese mundo literario de grandes sacerdotes supremos de la palabra y monaguillos serviles que tanto detestaban. Incluso se decía que Santiago había sido lanzado, con violencia inaudita, a rodar por las escaleras de algún palacio céntrico por sus propios compañeros fresas de generación, pues había osado enfrentar y sabotear la palabra infalible del gran Burundún Burundá mexicano Octavio Paz.

En la única foto donde aparecen todos los infrarrealistas juntos, tal vez cerca de la Casa del Lago, se les ve a todos greñudos y risueños con el aire de haber amanecido en medio de una fiesta interminable de humos, sexo, yerba, vinos y alcoholes terrígenos. En la mitad está Bolaño, jovencísimo, peludo y con el rostro alargado de quijote apátrida. El mismo Bolaño que adolescente vivía en 1971 cerca de la villa de Guadalupe, en la calle Samuel 27, con su padre Láutaro y su madre Maria Victoria, que bailaban muy bien la cueca. Y a su lado están entre otros y otras, Santiago y José Vicente Anaya.

Bolaño hace parte y es símbolo de un grupo de escritores extranjeros nacidos más o menos en los 50, que bien podría llamarse la Generación Sin Cuenta, llegados a México desde todos los países de Centro y Suramérica e incluso de Francia, como es el caso de Frederic Yves Jeannet, Joanni Hocquenghem e Iván Alechin, el hijo de Pierre Alechinsky, entre muchos otros. Otros nombres son el veracruzano Orlando Guillén (1947), el colombiano Marco Tulio Aguilera Garramuño (1949), los salvadoreños Manuel Sorto (1950) y Horacio Castellanos Moya (1958), el argentino Mempo Giardinelli (1948), también Premio Rómulo Gallegos, entre otros muchos más.

Todos ellos han escrito y escribirán sobre México y en especial de su capital, porque la experiencia de crecer con la espléndida generación artística mexicana los dejó marcados para siempre. Es una Ciudad de México especial, de transiciones, que se va abriendo estéticamente después de muchas décadas de una hegemonía piramidal nacionalista y funesta, dando paso a la expresión centrífuga de un arte mestizo, cosmopolita, apátrida, abierto al resto del continente y al mundo.

En ese México nacionalista, de carreras literarias que se construían con mansedumbre y servilismo, los infrarrealistas decidieron ser niños terribles apátridas cuando finalmente sólo eran unos santos.Bolaño venía de Chile y se la pasaba leyendo tiras cómicas a los 17 años, como lo relata el poeta y narrador salvadoreño Manuel Sorto, que vivió en su casa de la Villa, en 1971, recién llegado a México. Los otros infrarrealistas no miraban hacia el México de la poesía formal sino hacia el coloquialismo etílico de los poetas peruanos y centroamericanos y antes que mexicanos se consideraron apátridas.

Santiago, que en Barcelona y París se relacionó con los incas, decía que antes de ser un escritor azteca era peruano y a lo largo de su vida fustigó a los suyos, salvo con algunas excepciones que ganaron su afecto, como fueron Carmen Boullosa y Juan Villoro.

A Santiago, con quien me veía con frecuencia en el Centro Histórico para pasar revista a la literatura mexicana, le debo una ventana hacia otro México urbano marginal, así como una nostalgia por el París de las buhardillas poéticas de comienzos de los años 70, donde él vivió antes de aventurarse a los desiertos bíblicos de Israel tras amores imposibles. Y a Bolaño le debo la certeza de que a veces los derrotados salen ganando. Ambos iluminan a la generación Sin cuenta mexicana desde los cielos, donde sin duda no dejan de sabotear y molestar a Octavio Paz.

lunes, 28 de enero de 2008

CHAIM SOUTINE: FORMAS Y COLORES DE UN APATRIDA


Por Eduardo García Aguilar

En la plaza de la Madeleine, por ironía al lado lado de la lujosa tienda alimentaria Fauchon, se expone por estos días una retrospectiva del pintor de origen judío Soutine. Los ricos y los que sueñan con ser ricos hacen cola para entrar a comprar carísimos productos exóticos y exquisitos y salen cargados de su cajas de caviar, foie gras, vinos, pasteles y champán en medio de la abundancia de estos extraños años de paz. Otros hacemos cola para ingresar a la Pinacoteca de la Ciudad de París, deseosos de alimentarnos de arte, que también es un lujo, pero de otro tipo. Hace una tarde espléndida y el sol cae detrás de las altas columnatas de la enorme iglesia que imita un templo griego y fue construida en tiempos de Napoleón. Nada que ver con los tiempos de guerra, angustia y pobreza que vivió Soutine.
Llegó a París a los 19 años desde su lejana tierra natal, Smilovitchi, situada cerca de Minsk en Lituania, donde nació en una familia judía en 1893. Rebelándose al parecer contra la ortodoxia de la religión de los padres, que veían en sus imágenes una herejía, empezó a pintar desaforadamente y casi niño se fue con un amigo a Minsk y después a Vilna, antes de recalar en París en 1913. Entre las fotos famosas del mundo artístico de las décadas fascinantes de Montparnasse, lugar donde coincidieron Diego Rivera, Modigliani, Picasso y otros muchos, se ve al joven Soutine al lado de los compañeros de estudios y aventuras en los talleres pictóricos La Colmena, un romántico ghetto de artistas que todavía existe y más tarde en la escuela de Bellas Artes, donde solidificó sus precoces conocimientos en el taller de Fernand Cormon, quien también fue maestro de VanGogh.

Más tarde conoció a su amigo más cercano, Modigliani, que ha quedado para la historia popular como el autor de unos cuadros de belleza estilizada, aunque su obra era mucho más subversiva y revolucionaria que la estela dejada para la posteridad mediática. Modigliani descubrió el talento de su amigo y fue uno de quienes más lo hizo conocer en el medio artístico de esa agitada época de guerras, fiesta y pobreza. Después de la primera guerra mundial, a donde ambos asisten como voluntarios y sobreviven, Soutine regresa a París y vive en condiciones muy difíciles y marginales, trabajando como obrero en la fábrica Renault o en el Grand Palais y sufriendo la penuria generalizada de posguerra.
Es un hombre insoportable, alcohólico, neurasténico, que lleva dentro de sí una furia destructiva y creativa a la vez que lo lanza como fiera sobre telas que inunda de colores y formas inéditas. Pero por fortuna el galerista Zborowski le da un sueldo a cambio de la exclusividad de sus obras y Soutine vive en la región de los Pirineos, donde realiza una obra de tipo expresionista que parece transformar o « deconstruir » la naturaleza para cargarla de las fuerzas distorsionadoras y destructoras de la época de entreguerras.
De esos tiempos son el dadaísmo, el ultraísmo y otros movimientos que hoy son estudiados por la osadía de sus proposiciones desbordantes acordes con los cambios tecnológicos y el auge del perfeccionamiento bélico y de los delirios políticos de los totalistarismos. En 1922, tras ser descubierto por el galerista estadounidense Barnes y ser expuesto en Estados Unidos, el joven y excéntrico pintor obtiene reconocimiento y dinero y de ser el beodo marginal insoportable de
Montparnasse pasa a ser respetado por todos. Barnes le habría comprado de una sola vez 100 cuadros, según la leyenda y 35 según los biógrafos. Con el dinero se aleja de sus amigos y compra ropa fina, se estiliza, se perfuma y luce trajes que le quedan grandes y lo hacen ver algo cómico.
Perto siempre fue un lúcido y desde la lejanía de su intratabilidad expresaba el malestar de su época.
Vienen los tiempos de tranquilidad dedicados a la pintura en una finca cerca de Chartres, ciudad de cuya Catedral hace un cuadro memorable y se codea allí como estrella con lo más reconocido de laintelectualidad y el arte gracias a lo cual tenemos muchos testimonios de su vida y su amores. En 1935 expone en Chicago, Nueva York y Londres y parece vivir en esos años cierta tranquilidad con algunas de sus novias, que lo acompañan, lo quieren y lo ayudan.

En una de esas vueltas sus problemas gástricos se agravan en medio de las tensiones de la guerra, la ocupación y la persecución a extranjeros y judíos y sus ultimas horas transcurren en un viaje en ambulancia hacia París, donde murió el 9 de agosto de 1943, cuando sólo llegaba a los 50 años de edad. Fue enterrado en el cementerio de Montaparnase, donde lo acompañaron sus amigos y conocidos, entre ellos Pablo Picasso, el más famoso, exitoso y longevo de esa generación.

La posteridad ha tenido a Soutine un poco oculto bajo el imperio de otros artistas más exitosos, pero su figura marginal y excéntrica adquiere cada día más fuerza.

Al salir de la Pinoteca esas imágenes quedan impregnadas : la rabia del pincel grueso sobre la tela sucia, los rostros deformes de los retratados, los cuerpos retorcidos, las imágenes de una naturaleza volcánica donde se apeñuscan colores de remolino, así como aves y reses muertas de donde mana la sangre de su tiempo de guerra.

Y en la plaza los amantes del caviar de Fauchon y de la pintura deS outine se cruzan felices en esta plaza exquisita que en cualquier momento podría volver a vivir los dolores de la guerra y la persecución que tanto afectaron a los habitantes del siglo XX y que no parecen lejanos en este siglo XXI lleno de otros Soutine pobres y anónimos y otros Hitlercillos que vociferan odio en todos los rincones del mundo, en Oriente Medio, Oriente y Occidente.

domingo, 20 de enero de 2008

DESEO, SEXO, ESPIONAJE Y PELIGRO EN SHANGAI


Por Eduardo García Aguilar


La espléndida película "Deseo, peligro" (Lust, caution) de Ang Lee, merecedora del León de Oro de Venecia en 2007, nos traslada de manera magistral a la segunda guerra mundial, cuando Japón, aliado de los nazis, invadió China y cometió atrocidades sin nombre que todavía permanecen como herida ardiente causante de tensiones diplomáticas entre ambos países.


El siglo XX, que hasta ahora ha superado todas las marcas de violencia o al menos las igualó para estar a la par con la sangre derramada por el hombre desde su existencia en la tierra, aparece aquí en todo su macabro esplendor. Y el realizador Ang Lee, a través de una historia particular, nos ofrece la metáfora de la pasión y el fanatismo del hombre que, imbricados con ardor sexual, lo llevan a enloquecer y cometer lo que nunca imaginó: matar, torturar, entregar el cuerpo al enemigo por un objetivo, traicionar, involucrar a los seres queridos, perderse en el delirio de trascender como lo hacen hoy los kamikazes de Bin Laden en nombre de Alá o de la patria, u otros en nombre de la izquierda o la derecha.


Mientras en Europa ocurría el holocausto nazi contra los judíos y la violencia reinaba en todos los países del viejo mundo, como en la España de Franco o la Italia de Mussolini, en Asia la guerra se refinaba y conducía ineluctablemente a la apoteosis nuclear de las bombas de Hiroshima y Nagasaki lanzadas por Estados Unidos a nombre de los aliados.


La película cuenta la historia de una célula de jóvenes estudiantes idealistas chinos dedicados al teatro comprometido, que finalmente pasa a tramar en Hong Kong la muerte de un alto dignatario colaborador de los invasores japoneses. En la célula estudiantil se destaca una dulce adolescente de nombre Wong Chia Chi, encarnada por la bella y deseable actriz Tang Wei y quien, como en un juego infantil jura participar con sus amigos hasta las últimas consecuencias en las acciones subversivas y se infiltra en el círculo íntimo del alto y sangriento dignatario represor.


Wong Chia Chi no sólo es bella sino excelente actriz y cuando actúa en el grupo universitario como hermana de un patriota muerto y pide la salvación de China enciende en el teatro el nacionalismo de los espectadores, que aplauden de pie. Su capacidad histriónica natural la hace perfecta para hacerse pasar por lo que no es, la esposa burguesa de un negociante que acompañará a la mujer del alto policía en sus juegos y compras, en medio de las tensiones crecientes de la guerra.


Su tarea es seducir al asesino represor, cosa que logra rápidamente y cuando la acción está casi lista ocurre un contratiempo y presencia la muerte a manos de sus amigos de un individuo que los ha descubierto, en una terrible escena de asesinos novatos. La bella huye, pero tres años después la célula subversiva se reorganiza y en Shangai vuelve a contactar al policía ascendido a ministro con la misión de hacerlo matar.


Se inicia así entre ellos una pasión sexual intensa de visos sadomasoquistas. La espía termina atrapada en las redes del sexo al extenderse la "misión" y pasar del asco a la excitación y el represor termina enamorado de la subversiva, al pasar de la violación al amor, mientras en sus rutinarios días de trabajo tortura y mata a opositores chinos que después son lanzados muertos a los ríos o a los precipicios. Después de la tortura y el asesinato viene la intensa cópula prohibida, único refugio para ambos en medio de una guerra real y carnal que el director Ang Lee nos muestra con maestría en inolvidables escenas de cama.


Todo esto pasa en Shangai en 1942, pero finalmente ocurre todavía en casi todas partes del mundo: Rusia, Serbia, África, Oriente Medio, Guantánamo, América Latina, Estados Unidos, China, Indonesia, India, Afganistán y Pakistán.


¿Qué lleva al idealista a matar en nombre de un ideario político y al funcionario de un régimen a torturar y eliminar con saña al subversivo? ¿Qué hay de humano en el odiado esbirro del gobierno y en el implacable revolucionario? ¿El subversivo y el represor, el secuestrador y la víctima, el revolucionario y el reaccionario pueden encontrarse en los placeres animales de la carne y olvidar allí por un momento las fuerzas oscuras de la ideología y la muerte? Estas preguntas vibran en esta soberbia película asiática que hace parte de esa nueva ola cinematográfica que arrasa con los premios en los festivales occidentales.

lunes, 14 de enero de 2008

EL ORIGEN DEL MUNDO DE GUSTAVE COURBET


Por Eduardo García Aguilar


El origen del mundo, cuadro que representa de manera realista el sexo femenino, pintado en 1866 por el gran artista Gustave Courbet, es uno de los más famosos y misteriosos de Francia. Podría decirse que es la Gioconda venérea. Su último propietario después de un siglo de existencia clandestina fue el psicoanalista Jacques Lacan, quien lo tenía escondido en su consultorio tras otro cuadro superpuesto de André Masson y solía mostrarlo con coquetería a los amigos o tal vez a sus amadas pacientes.

En manos del Museo de Orsay desde 1995, la imagen del vientre abierto de una mujer, la raya vaginal, el monte de Venus, los senos insinuados tras una prenda blanca y los fuertes muslos extendidos, ha suscitado todo tipo de análisis y reflexiones y muestra hasta qué punto Courbet fue un rebelde surgido de las revoluciones políticas y culturales francesas de 1848 y 1871. Sus preciosas obras con desnudos femeninos, como Las bañistas o La mujer y el loro, entre otros, escandalizaron, pero a la vez maravillaron a la vanguardia artística de la época.

Courbet (1819-1877) fue uno de los pintores más importantes del siglo XIX y representa, al lado de novelistas y poetas como Baudelaire, Balzac, Flaubert y Maupassant, la energía creativa del progreso que explotó a mediados del siglo tras la era romántica. Después de las novelas góticas, los poemas lagrimosos o heroicos, el culto a los misterios y la heroicidad napoleónica, Courbet quiso mostrar la vida tal y como era, con desbordada fuerza realista, en esa época de cambios acelerados.

Primero se inició con los retratos de personas cercanas y autorretratos como el magistral Desesperado, que ha servido para ilustrar las portadas de El Horla de Maupassant, y luego siguió con amplios panoramas de la vida en su natal Ornans, como atestigua Un entierro en Ornans de 1849 o El taller del pintor de 1855, obras enormes que son mundos dentro del mundo y parecen tener como objetivo reunir en un sólo espacio la esencia de un pueblo o de un artista lleno de fantasmas.

El Grand Palais ha reunido ahora de manera excepcional más de cien obras de este artista, traídas desde los principales museos del mundo, desde varias ciudades norteamericanas o europeas y de colecciones particulares, lo que la hace una muestra excepcional. Ver de manera coherente la obra de este artista es un acontecimiento que tardará tal vez décadas en repetirse. Además, la exposición está acompañada de unas 60 imágenes fotográficas primigenias, ya que Courbet no sólo fue aficionado a ese nuevo arte sino que vivió el inicio de esa experiencia y utilizó algunas de las imágenes para realizar sus cuadros.

Le encantaba posar para la cámara y a su vez captar a sus contemporáneos por ese novedoso medio que cuestionaba e interrogaba de frente a los propios pintores. Figuran fotografías de Gustave Le Gray, Auguste Belloc o Nadar, que fueron algunos de los fotógrafos que a mediados del siglo XIX comenzaron a devorar la realidad con sus lentes e inauguraron y abrieron el camino de la fotografía. Ese contrapunto da una nueva lectura a muchos de los cuadros de Courbet, como ocurre con su amplia obra paisajística y la dedicada a captar animales, caballos, lebreles, peces, aves.

El siglo XIX mostraba su energía con la industria en todo su apogeo, creciendo a toda velocidad, se expresaba en la fuerza de los barcos que cruzaban mares y nuevos canales interoceánicos, en las minas, el crecimiento de las urbes de hierro, la aparición de la locomotora y de los transportes públicos y el inicio de una desbocada globalización a través de la tecnología, que rompía fronteras y naciones y creaba nuevos y voraces imperios. Al mismo tiempo el pensamiento se hacía más positivo y concreto y las ciencias naturales y humanas saltaban hacia otros niveles de conocimiento.

Todo eso puede ser leído en la vasta obra de Courbet, contemporáneo de Baudelaire y del socialista Proudhon, de quienes hizo retratos. En el rostro del Desesperado de Courbet se avistan ya Las flores del mal del gran traductor de Poe y los delirios de Aurelia de Nerval. Y aunque no quiso pintar las calles modernas de París ni sus grandes edificios, el cambio se percibía en los rostros de burgueses, pueblerinos o bohemios de su época y en los colores y la veracidad de sus imágenes bucólicas y eróticas.

Cruzar los salones del Gran Palais, otra obra impresionante del siglo XIX al lado de la Tour Eiffel, y recorrer en este palacio de hierro la obra de este gran artista nos invita a mirar y leer con más atención un siglo que es más revolucionario y de vaguardia de lo que creemos. Y de paso podemos extasiarnos frente a los desnudos y el sexo bello, deseable y abierto de la mujer, que es origen del mundo, de la vida, la locura y el arte.

domingo, 6 de enero de 2008

EL POETA VAMPIRO DEL HOTEL COSMOS


Por Eduardo García Aguilar

En el eje Lázaro Cárdenas de la Ciudad de México, a unos metros de la calle Madero, existía el inolvidable Hotel Cosmos en un edificio gris de la era porfiriana que parece todavía un fantasma de alguna vieja capital europea del siglo XIX.

Lleno de leyendas y fuerzas cargadas de poesía, novela y pasión, el hotel albergó durante una década a uno de los poetas mexicanos más brillantes del siglo XX, el queretano Francisco Cervantes, a quien se le debe la traducción de la biografía de Fernando Pessoa de Joao Gaspar Simoens y la introducción a la lengua castellana de decenas de poetas brasileños y portugueses, además de una vasta y original obra poética que está por reconocerse en su debido mérito.

Por ese amor tan profundo a todo lo referente a la lengua portuguesa, por el delirio inagotable suyo de hacer conocer a mexicanos y latinoamericanos en general las letras y las leyendas del apagado viejo imperio de Camoes y Vasco da Gama, el dueño de ese y otros hoteles del centro histórico le cedió al poeta una habitación permanente en ese edificio para que viviera tranquilo dedicado a la poesía y a la traducción.

Cervantes (1938-2005), que era un verdadero príncipe de las tinieblas que presumía sin pena alguna de ser muy feo y muy cascarrabias, y hasta de ser vampiro, entraba allí como rey por su palacio, convertido en un perfecto Rubén Darío de fines del siglo XX, o sea muy antiguo y muy moderno. El rebelde y a veces intratable poeta contaba allí, día tras día y sin límites, con la atención de mucamas y porteros que lo saludaban y agasajaban por órdenes contundentes de los propietarios, dándole así el verdadero rango de maestro que era y sigue siendo el suyo en el más allá, que era uno de sus anhelos hasta cuando murió en su tierra natal reconciliado con la vida y los amigos perdidos a quienes declaró su afecto final.

El autor de Los varones señalados, Cantado para nadie, Heridas que se alternan y La materia del tributo, entre muchos otros libros, pertenecía a la generación de José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Homero Aridjis y Sergio Pitol, pero fue un rebelde permanente que coleccionó enemigos gracias al terrible arte viperino de su lengua implacable, aunque también coleccionó amigos entre jóvenes escritores, con quienes fue generoso y a los que acompañó a las farras literarias de los bares del vientre capitalino.

El Hotel Cosmos sobrevivió a todos los cambios e incluso a la construcción de la Torre Latinoamerica en 1954 y al temblor de 1985, que tiró sin piedad al suelo cientos de edificios mucho más modernos. Al mirarlo desde cualquier ángulo del Eje o desde el palacio de Bellas Artes, uno se imagina la ciudad de los tiempos de Don Porfirio llena de palacetes a lo largo de Reforma, Santa Maria La Ribera o la Roma, parajes copiados de París, Berlín o Bruselas de antes de la primera guerra mundial. Hotel barato para provincianos de paso y muchachos y muchachas enamorados de pasiones fugaces, el Hotel Cosmos fue uno de los lugares más queridos de la ciudad por la extensa historia vivida a lo largo de un siglo de revoluciones, exilios, migraciones y soledades.

Cervantes trasladó su biblioteca a la habitación y centenares de libros se apeñuscaban con la forma de un volcán que las mucamas sabían desempolvar de manera cotidiana con sus frágiles plumeros. Cuando uno tenía el privilegio de entrar allí, el poeta sacaba desde el intríngulis de volúmenes todos los libros habidos y por haber, desde las Historias Trágico-Marítimas de los navegantes portugueses hasta los sonetos de Villamediana, la poesía de Rosalía de Castro o todo tipo de clásicos medievales, novelas policíacas o góticas.

Desde el Hotel Cosmos Cervantes salía a recorrer los bares y cantinas del centro, como La Cucaracha, que fue lugar de lenocinio en los años 40 y 50 y permanecía allí bajo el mando de su vieja patrona y sus pintorroteadas pupilas, con muebles de madera lustrada y biombos adornados de cucarachas de bombín, chaleco y bastón hasta bien entrada la década de los 80.

Y desde ahí, uno tras otro, los amigos del poeta íbamos descubriendo con él el laberinto de la noche defeña, sus novias dulcineas o poetas, el liliputiense Margarito, la historia literaria de una época intensa, los recuerdos de Lisboa, Guatemala y Bogotá, sus años de publicista o de traductor en el excelente Fondo de Cultura Económica en tiempos de Jaime García Terrés y Adolfo Castañón y su aprecio indefectible por Álvaro Mutis y Gabriel García Márquez, a quienes conoció recién llegados a México siendo él muy joven y adoptó como padres simbólicos.

Al caminar por las calles del centro histórico uno sabe que Cervantes sigue allí entre sus libros, sus carcajadas e ironías como una leyenda viva de la historia literaria del Distrito Federal que merece estatuas, homenajes y placas de mármol para que desde ultratumba él intente demolerlos con el arte inimitable de su sarcasmo.

lunes, 31 de diciembre de 2007

VIDEOJUEGOS DE MUERTE AQUÍ Y EN CAFARNAÚN


Por Eduardo García Aguilar

Se ha buscado siempre la posibilidad de remediar los males del mundo sin que hasta ahora se encuentre la fórmula. Cada año que pasa el balance es el mismo: una mezcla de tragedias naturales, temblores, tsunamis, deslizamientos, inundaciones, a las que se agregan los despropósitos efectuados por la propia humanidad violenta. O sea una sucesión real y terrible de videojuegos de la muerte aquí y en Cafarnaún.

Este diciembre los pistoleros y los suicidas fanáticos islamistas salieron para inmolar a la líder paquistaní Benazir Bhutto, que se une al destino de Mahatma Gandhi y de la política india Indira Gandhi, como si en esa tierra milenaria de donde todos venimos la violencia fuera la única vía para solucionar las contradicciones políticas.

Al concluir el año los cuerpos descuartizados de sus seguidores proyectados por la explosión nos recuerdan que no sólo allí sino en casi todos los países del mundo el asesinato es una de las artes mayores, pues hasta el propio líder sueco social demócrata Olaf Palme cayó bajo las balas asesinas, como en Estados Unidos lo fueron John Fitzgerald Kennedy, su hermano Robert y el líder negro pacifista Martin Luther King.

De los primeros recuerdos de infancia está la imagen en cámara lenta de la limusina descapotable del joven presidente estadounidense que cae abatido bajo las balas de Lee Harvey Oswald, quien a su vez poco después caería acribillado por las de un tipo con pinta y sombrero de mafioso italiano llamado Jack Ruby. Antes de la llegada a la Luna los niños ya sabíamos que el crimen es el arte esencial de los políticos y desde entonces comprendemos que en este mundo de intereses, codicias y grandes negocios el lenguaje de las armas es la regla y la excepción la paz, la tolerancia y el diálogo.

Por esos años los niños colombianos tuvimos otra imagen conmovedora: la del cura guerrillero colombiano Camilo Torres, cuyo rostro apareció en las primeras planas de los periódicos con ese rictus de muerte, la hirsuta barba y el silencio de quien nunca hablaría ya más que en el mito. Y un año después, desde Bolivia, nos llegaba la imagen de otro guerrillero latinoamericano, esta vez el Che Guevara, que en este año que termina cumplió 40 anos de ser ejecutado tras su captura en las montañas de Bolivia y cuya imagen está viva para bien o para mal en el mundo.

Desde entonces en una progresión geométrica, Colombia siguió el camino de la muerte, superando cada década el horror de las anteriores. Los niños de entonces escuchábamos los relatos de La Violencia que dejó cientos de miles de muertos tras el asesinato del líder popular Jorge Eliécer Gaitán. Y nombres como el de la policía “chulavita”, que eran los paramilitares de la época, quedaron para siempre grabados en nuestra memoria junto a sus métodos de tortura y exterminio, incluso contra cuerpos ya inertes, como el tristemente célebre “corte de franela”.

Medio siglo después los nuevos “chulavitas” son los narcoparamilitares y sus métodos superan en horror los de aquellos, con sus famosas motosierras, sicarios y masacres, que son más genocidios que otra cosa. Un partido político completo con miles de militantes fue exterminado por esas temibles fuerzas paramilitares que ejecutaron a miles y miles de opositores o supuestos opositores, sacerdotes, profesores, sindicalistas, obreros, intelectuales, que apenas comienzan a salir de las fosas comunes parecidas a las de Argentina, Chile, Uruguay, Serbia, Bosnia y Ruanda. Y hasta hoy no se sabe quiénes fueron los autores intelectuales de esa matanza.

Y lo que nunca se vio ocurrió: los líderes de esas fuerzas criminales narcoparamilitares fueron recibidos en el Congreso por los padres de la patria que, al parecer, casi en su mayoría son sólo testaferros de esas temibles fuerzas incrustadas en el Estado con la anuencia de la vieja clase dirigente.

Si los niños de ayer oímos hablar de la muerte de Gaitán y de la terrible policía “chulavita”, los niños de hoy oyen hablar de Pablo Escobar y sus sucesores, de los paramilitares y las motosierras y de la guerrilla y los secuestros, mientras día a día escuchan el balance de subversivos muertos o detenidos. No sé si todavía se ha hecho el balance de los guerrilleros dados de baja en el país desde que existe la guerrilla hace medio siglo. Tal vez sean decenas o cientos de miles y la guerrilla sigue ahí. ¿Cuántos guerrilleros más matará la clase dirigente en las próximas décadas? ¿Cuándo llegaremos al millón, a los dos millones, a los 20 millones de subversivos abatidos? A ese paso unos y otros, ejército, paramilitares, narcos y guerrillas exterminarán a los seres humanos de nuestro país y al final el último colombiano vivo que apague la luz y se vaya.

No es consuelo, pero la violencia de nuestro país es sólo un episodio de la violencia humana en general. Si hoy todo el tercer mundo de Asia, Oriente Medio y África está encendido entre atentados, guerras y genocidios, no hay que olvidar que Europa estuvo igual hace apenas medio siglo y que la guerra de los balcanes tiene apenas una década. Y que la Segunda Guerra Mundial está casi tan cerca como el inicio de la Violencia en Colombia.

Todo indica pues que el nuevo año será otro más de cifras y balances de muertes, atentados, partes de guerras y agresiones, en una apocalíptica lucha sin fin por las riquezas del mundo que viene desde los orígenes de la humanidad y es al parecer algo inherente y esencial a su extraña presencia sobre la tierra.

domingo, 23 de diciembre de 2007

EL NUEVO ZAR RUSO DE LA MODERNIDAD

Por Eduardo Garcia Aguilar

El líder ruso Vladimir Putin ha sido elegido por la revista Time como el hombre del año 2007, e incluso personalidades como el ex disidente y Premio Nóbel Alexander Soljeniztin y el inspirador de la Perestroika y ex mandatario ruso Mijail Gorbachov reconocen y elogian al nuevo autócrata del Kremlim como el hombre que rescató a Rusia del caos y la condujo de nuevo a influir con fuerza en el contexto mundial.




Tuve el escalofrío de ver hace poco llegar rauda la comitiva de Putin al Kremlim. Salía de la bella iglesia de San Basilio llena de iconos bajo el mágico manto de sus cúpulas coloridas, cuando de repente salieron de la nada enormes hombres vestidos de negro que nos miraban directo a los ojos a los turistas que salíamos del recinto sagrado.




Me pregunté el por qué de esas miradas y la respuesta no se dejó esperar: como en una película de Hollywood, una enome limusina negra con bandera rusa ondeante subió rauda la pendiente e ingresó por el enorme portalón, seguida por varios vehículos blindados en donde colgaban hombres armados.




Todo eso duró unos segundos, pero el paso de Valdimir Putin, quien de seguro regresaba de su casa situada en los suburbios o de alguna reunión de alto nivel, quedó fijado para siempre en mis ojos en ese mediodía de octubre, cuando se celebran los aniversarios de la Revolución comunista bolchevique, como muestra de un poder en un país donde es aún más poder que en otras partes, pues ha sido cantado y sufrido por poetas, novelistas, popes, obreros, campesinos, militares, espías y políticos de todas las esferas y tendencias.




Los detractores de Putin dicen que es un temible autócrata que se formó en la tenebrosa KGB y escaló desde el fondo de los servicios secretos con su fría mirada y estabilidad hierática de impertubable militar atlético. Por estas fechas otros avanzan que ya es una de las fortunas más importantes del mundo, al poseer partes importantes en las empresas de energéticos que habría controlado luego de encarcelar en las frías estepas de Siberia a varios de esos nuevos jóvenes magnates caídos en desgracia hace poco.




Acaba de nombrar a dedo como sucesor a Dimitri Mevdeved, de sólo 42 años, 13 menos que su jefe, y quien ha sido su hombre de confianza desde los tiempos iniciales como burgomaestre de San Peterburgo, la antigua Leningrado. Una semana después de ese anuncio acaba de aceptar que será el nuevo Primer ministro de su débil sucesor, lo que augura para Putin una continuidad de facto como el hombre fuerte del Kremlim en la próxima década.




Otros detractores afirman que su régimen elimina a disidentes, bombardea regiones rebeldes y que, como en los tiempos de Rasputín, manda a envenenar a rivales o espías enemigos que mueren o terminan desfigurados, defenestrados o inválidos por los efectos de una pócima de dioxina o un empujón al vacío.




Quienes lo han visto de cerca dicen que es más frío que un témpano del Ártico y que es más fácil sacarle alguna emoción o una sonrisa a una piedra en las profundidades de algún yacimiento siberiano. A veces aparece montando a caballo con torso desnudo y siempre se le ve impecable y seguro, como hace unos días, cuando entró al congreso de su partido Rusia Unida al lado de su delfín, que al parecer arrasará en las elecciones pese a lo que diga el ex campeón mundial de ajedrez Garry Gasparov, líder de la oposición detenido hace poco por participar en una manifestación prohibida.




Lo cierto es que al hablar con los rusos poco se logra saber de lo que piensan del hombre. Ellos, que vivieron el totalitarismo soviético, saben muy bien guardar silencio y ser discretos ante el extranjero, el extraño o el desconocido. Mas esa discreción no les impide hacer la fiesta y ser afectuosos y fiesteros en los cafés bohemios como el de la Sociedad de Escritores donde bebieron algún día Maiakovsky, Ajmatova y Pasternak.




Los rusos que fueron súbditos de una de las dos grandes potencias mundiales del siglo XX saben mucho de todo el mundo. Ahora cualquier desempleado o anciano borrachín es una mina de saberes y de sabidurías: han viajado por el mundo, aprendieron las lenguas más lejanas, fueron agentes de un poder que contaba durante la Guerra Fría y que tal vez esté volviendo a contar con fuerza, ya reconvertido a las artes del capitalismo.




Y lo curioso es que mientras desaparecían todas las estatuas de Stalin y se borraba el rastro de los burócratas siniestros que mandaron alguna vez en la Unión Soviética, Putin ha respetado la memoria de Lenin, cuyo mausoleo sigue firme ahí en la Plaza Roja. De hecho la comitiva del nuevo Zar Putin cruzó ante nosotros y al fondo se veía el monumento del líder de la Revolución de Octubre, que algunos consideran el verdadero inventor implacable del totalitarismo y del gulag.




No lejos de ahí, por las grandes avenidas se pasean las limusinas y los autos de lujo de los nuevos millonarios y oligarcas y la juventud dorada anima los cafés que, como el Pushkin, están llenos a reventar hasta altas horas de la noche. Todo es excesivo allí, como las horrendas esculturas gigantescas de un artista allegado al poder, pero en las afueras, cuando uno se aventura en el metro hacia los círculos más alejados, Moscú parece una ciudad latinoamericana o tercermundista más, cubierta de esmog y carcomida por embotellamientos de autos y tranvías viejos, mientras la gente lucha desesperada por un puñado de rublos en medio de la opulencia de los nuevos ricos corruptos y los avisos de una sociedad de consumo que no llega ni llegará a todos.

domingo, 16 de diciembre de 2007

DELIRIO AMAZÓNICO DE LA CIUDAD DE MÉXICO

Me sentía feliz de nuevo en la Colonia Roma, pero también amaba toda la ciudad con sus Vips, Sanborns y Denny’s luminosos donde leía a Styron o a Lawrence Durrel en noches interminables de café insípido. Me encantaba, me atraía, me seducía, la ciudad caótica, a la vez urbe luminosa y campo ranchero, aceitosa línea de avenidas o matriz de barriadas, recodo de vecindades anacrónicas en su vistosa pobreza, atadas al cine de oro de Pedro Infante, Jorge Negrete, Javier Solís, María Félix y Dolores del Río.
Deseaba sus cines desperdigados donde veía novedades pornográficas: el Savoy, el Arcadia, el palacio Chino, el Venus, el Teresa, el Maya, el Río. En la colonia Roma tomaba café en La Bella Italia, compraba dulces en la confitería Celaya, recorría la avenida Álvaro Obregón con su camellón y las esculturas de dioses griegos y santos cristianos, de las cuales prefería la de San Sebastián y pasaba horas enteras junto a viejas casonas de sueño o rinconadas que parecían callejones de ciudades inventadas. Me escapaba a la Condesa para recorrer la avenida Amsterdam o sentarme a tomar cerveza en el Belmonte o La Bodega.
Recorría la Plaza México con sus cisnes bajo el sol en el pequeño lago y la calle Sonora y palpaba con mis ojos los enormes avisos publicitarios de Insurgentes empotrados sobre edificios y viejas casonas decrépitas, y de los cuales prefería el circular, amarillo azul y rojo de la Cerveza Corona, intacto en su extraña belleza desde hace décadas.
El contraste entre la Roma y el desfile de avisos luminosos de la cercana Insurgentes excitaba la vista, lo mismo que aceleraba la carne el aire poluido, el olor a gas oil, la tolvanera infecta atascada en la garganta. En la Roma se tenía la sensación de estar lejos del caos citadino y de las deliciosas agresiones visuales y acústicas reinantes desde hacía tiempo a todo lo largo y ancho de la ciudad. Un aire de pasado nos invadía a los habitantes de ese lugar, que era mundo dentro del mundo, agua quemada, desfile del amor, salamandra de fuego, batalla en el desierto, vampiro, ciudad lunar cerca del abismo y nos daba musgo a la piel, ruina a la armadura, tos a la noche, chupaba muertos de otro tiempo, succionaba nostalgias de lo no vivido.
Sonaba de repente desde el aparato de radio de una ferretería la vieja melodía de mi preferida Carole King : “It’s Too Late, Baby”, y su sensual, triste canción me conducía a los años de niñez y adolescencia en Colombia, cuando pegado al radio, imploraba por saber de otros mundos. Ya para entonces la gente se protegía allá de los ladrones por medio de fuertes chapas y el terror reinaba en las calles, invadidas por asaltantes, carteristas, cuchilleros, pistoleros, todos ellos expelidos por el hambre desde los barrios pobres o el campo.
Masacres, guerra civil, guerrilleros muertos, manifestaciones, estado de sitio, tortura, militares, balaceras de esmeralderos, presidentes autoritarios; tal era el panorama en tiempos de mi adolescencia, la noticia diaria en los periódicos. Algo parecido empezaba a manifestarse desde hacía tiempo en las calles de la Ciudad de México. De noche, por casi todas partes, asaltantes y policías arreciaban sus zarpazos. Pero el aroma de mi ciudad, la lejana y andina Manizales, se aparecía de repente para arrullarme donde estuviera, aunque también me recibía donde llegaba, con sus vertientes locales de vegetación esencial.
Sólo me acompañaba el deseo imaginario de tocar el violoncello como Pau Casals. Tocaba en quimeras locas esas cuerdas de llanto, intensas, de una verdad abrumadora, me regodeaba en sus largos gritos, gemidos, ronquidos, las hacía chillar por las escaleras, los cuartos, volar hacia el patio, detenerse en el zarzo, golpear las puertas, mover las lámparas de cristal de Murano. Y alzaba los ojos perdidos hacia los vitrales sacros de las escalinatas de caracol de un Palacio de Bellas Artes art-deco, convirtiendo los aullidos de los perros en aullidos de lobos, coyotes, las paredes de esa casa centenaria de bahareque en muros de castillo nórdico.
Yo respondía aterrorizado con gritos a sus miradas de lobo perdidas en la inmensidad del vestíbulo y corría hacia el patio a esconderme en las casas de madera que construía, solo, en los rincones, junto a los magnolios y las enredaderas alimentadas por la lluvia incesante. Y todo eso entre nubes, frío, llovizna, vientos helados, atardeceres luminosos en espera de que una maga de sueño me llevara en sus viajes a la selva, al Amazonas, al Chocó, a los Llanos. Una maga moderna que saliera de la guaca de los indios Quimbayas.
Llegaba entonces la maga y me abría el cielo. Lo mejor de esos tiempos fueron los largos viajes que tuve con la maga de los sueños por lugares exóticos del mundo. Me llevó al Amazonas e hicimos un viaje por barco hasta Manaos y la desembocadura del río por Belem do Pará, en una expedición encargada de fotografiar los meandros del delta con su vegetación y fauna y estudiar las condiciones cilmatológicas de la cuenca. Otra vez fuimos a las alturas del Machu Pichu y el lago Titicaca. Después cruzamos el mar hasta Egipto y recorrimos el Nilo de punta a punta y en el último viaje nos aventuramos hasta la India, donde estuvimos más de cuatro meses recorriendo el país.
Cada una de sus visitas desde la guaca constituía un viaje al país de otros tiempos, a la gesta de los colonizadores, al surgimiento de los primeros caminos de arriería, la fundación de los primeros pueblos, la vida prehispánica de tribus combativas dispuestas a morir antes que dejarse vencer por los invasores blancos, la epopeya de los libertadores bolivarianos en su paso por cumbres nevadas y valles ardientes, la explosión de los volcanes, el cambio de los lechos fluviales, la magnificencia del Magdalena, la fuerza incontrolable del Atrato, el feraz intríngulis de los afluentes del Orinoco y el Amazonas.
Pero todo eso que evocaba de repente tan lejos de la tierra no era más que un delirio inútil en medio de la urbe. La neurosis de la metrópoli, del cemento, de la gasolina. El delirio amazónico de la Ciudad de México, entre aceite, ruidos y avisos luminosos del siglo XXI.

lunes, 10 de diciembre de 2007

LA OBRA EXCEPCIONAL DE FERNANDO CRUZ KRONFLY

Por Eduardo García Aguilar
Uno de los autores más importanes de Colombia en estos momentos es sin duda alguna Fernando Cruz Kronfly (1943), a quien podrían otorgársele ya los premios más importates de la lengua como el Príncipe de Asturias, el FIL Guadalajara o el Cervantes. Orfebre de la prosa y la poesía, uno imagina la titánica empresa de sus construcciones, la obra de pulimiento de la catedral proustiana que llega a su clímax en las tribulaciones de Uldarico y las lascivias de Mariana Valentina, en los mundos fantasmales de Teófilo y Barbarela, Pensilvania y Pánfilo, entre ámbitos del ayer y de hoy como La mansión de las cadenas y el Edificio de la Villa Maipo. Eso sin referirnos al viaje del Libertador Simón Bolívar hacia su muerte por el río Magdalena o el del cuerpo de Carlos Gardel hacia la nada, en sendas novelas dedicadas a esos personajes.
Más allá de la musicalidad exacerbada de su prosa, Cruz Kronfly conecta con otras corrientes de la narrativa latinoamericana. Rebelde y disolvente por naturaleza, no se hunde en el ya trajinado realismo mágico, para quedarse sólo en los arabescos de lianas de su imaginación, o en el neocostumbrismo o el escándalo. Va más allá y entra al mundo del deseo, al conflicto de los cuerpos, a la incuria de la soledad, a la imposibilidad del amor entre cerrados compartimientos totalmente concretos y modernos.
No sólo se hermana Cruz Kronfly con el quehacer artesanal del cubano José Lezama Lima en su investigación del deseo, sino que se comunica con el delicioso cinismo desesperanzado de Juan Carlos Onetti, con sus mujeres perversas, enfrentadas día a día con hombres desvirolados, fracasados, que se desmoronan en el alcohol, todos ellos cónsules como Geoffrey Firmin, el de Bajo el Volcán de Malcolm Lowry.
La deliciosa crudeza de los asertos de sus mujeres, hermanada con los rumbos montevideanos de Onetti y sus mujeres cultas y sexuales, hace de novelas como Falleba (Editorial la Oveja Negra. Bogotá. 1980), La obra del sueño (Editorial la Oveja Negra. Bogotá. 1984) y La ceremonia de la soledad (Planeta. Bogotá. 1992) , entre otras, obras excepcionales en el mapa novelístico colombiano reciente.
Liberado de la retórica falocrática que ha dominado desde La María de Jorge Isaacs y La vorágine de José Eustasio Rivera, hasta Cien años de soledad y a buena parte de la novelística colombiana postmacondiana, la obra de Cruz es una reflexión sobre la muerte, la decrepitud, la caída, la soledad, tanto en los ámbitos urbanos de la segunda mitad de este siglo como en los viejos tiempos de la Patria Boba y la Fundación abordados en La ceniza del libertador (Planeta. Bogotá. 1987) y en La obra del sueño.
Novela de fundación y de estirpe, homenaje a los progenitores, La obra del sueño abre una nueva veta ficcional y prefigura la exploración posterior del fin del libertador Simón Bolívar en su viaje tragicómico hacia la nada. Cruz Kronfly escribe desde un lugar marcado por el cruce de caminos, porque él mismo es fruto de la mixtura de razas y parece que en cada nueva obra despliega una gran sombrilla imaginaria para los habitantes del exilio: un libertador entre olor de letrinas y podredumbre de cuerpos afiebrados huye exiliado y vapuleado por su gente, mujeres modernas se exilian de un lecho a otro buscando una felicidad que nunca llegará y todos recuerdan viejas casonas llenas de flores y de pájaros o se encierran en recámaras a masticar su derrota. De toda su prosa brota el dolor y el desasosiego, y mana el grito del niño perdido que todos llevamos adentro y cuya convocatoria es dínamo de la obra narrativa.
La ceniza del Libertador es tal vez, junto con Celia se pudre de Héctor Rojas Herazo, La otra raya del tigre de Pedro Gómez Valderrama y La tejedora de Coronas de Germán Espinosa, una de novelas más notables escritas en Colombia en el espacio del post-macondismo. Quien recorre sus páginas, comprenderá que más allá de la historia o del paisaje telúrico, el gran personaje allí es el lenguaje, la delirante reverberación de palabras que Cruz Kronfly convoca con exactitud maniática, acercándose a lo que denomina “estética de la muerte que apaga afanosa los últimos fósforos”.
Los colombianos, los latinoamericanos, que somos tan reacios a observar y ponderar lo que se escribe entre nosotros, hemos tardado mucho en dar el lugar merecido a esta gran saga narrativa que apenas va en el punto central de un camino aún por venir. Me imagino a veces cómo sonarán estas novelas cuando se viertan a otras lenguas y entonces salte el esplendor de la prosa y cobren nuevos brillos terribles los ámbitos donde transcurren las penas de sus personajes.
Juntas, vistas con perspectiva y no en ediciones saltarinas y dispersas, estas novelas constituyen una gran feria de vanidades y derrotas, llena de colores, espectros, adefesios, ruinas, tal y como siempre ocurre con los mundos de los novelistas logrados que, como Onetti y Roberto Artl, o narradores natos como Felisberto Hernández o Juan Rulfo, logran arrancar sus delirios de lo terrenal para transponerlos hacia el limbo poético. Colombia y el mundo hispanoamericano tardan en reconocer como se debe la obra de este escritor colombiano que está entre nosotros y escribe en silencio con la dignidad caballeresca y el orgullo de los grandes maestros iluminados.

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lunes, 3 de diciembre de 2007

VIVIR EN LA CASA DE LAS BRUJAS


Por Eduardo García Aguilar

Uno de los edificios más bellos y misteriosos de la capital mexicana es la famosa Casa de las Brujas, situada en la Plaza Río de Janeiro, en cuyo centro hay una reproducción del David de Miguel Angel. Personaje de varias novelas mexicanas escritas por autores que van desde Carlos Fuentes hasta Sergio Pitol, el lugar ha sido residencia de muchos artistas y escritores a lo largo de un siglo de existencia, así como de gente que ama el arte por sobre todas las cosas o el espionaje o el amor o la fiesta o la nada y la perdición.
Excéntrico e impresionante en medio de la Colonia Roma, el edificio tiene una torreta aguda en el frente y sus ventanas son como almenas de un viejo castillete medieval o gótico. La piedra roja le da un aire aún más especial a ese tejido de líneas algo mozárabes que se entrecruzan en la esquina de una plaza que es como un oasis en medio de los ajetreos y el ruido interminable de la urbe, cuyas avenidas y ejes pasan amenazantes no lejos de ahí. Todo a su alrededor está cargado de historia: calles y más calles de un barrio señorial construido hacia el fin del porfiriato por mentes que soñaban con reproducir en el nuevo mundo los aires de París y de las capitales europeas de este como Praga o Budapest.
Todo un siglo de historia literaria tuvo que fraguarse cerca de esta construcción quimérica, que vieron los poetas Moderrnistas y los Contemporáneos en esos viejos años 30 y 40, cuando el mundo era otro antes de las guerra, ya fuera en los apartamentos de los nuevos modernos o en las mansiones de aristocracias que se venían abajo, como ocurre en esa maravillosa historia crepuscular Agua Quemada, escrita por el gran mexicano Carlos Fuentes.
Por las calles adyacentes pasaban los emigrados españoles del recién fundado Colegio de México, pasaban los exiliados judíos, rusos, latinomericanos, norteamericanos que alguna vez coincidieron en ese panal de imágenes y personalidades. William Bouroughs tuvo que cruzar con sus amigos betaniks antes de que diparara a la manzana mítica que su esposa sostenía en medio de la testuz, López Velarde mucho antes tuvo que haberse detenido antes de cruzar hacia la Avenida Alvaro Obregón, añorando tal vez su lejana provincia o una amada imposible, Salvador Novo tuvo que haberse sostenido con su bastón mirando inquieto hacia alguna de las ventanas y las escritoras centroamericanas Eunice Odio y Yolanda Oramundo tuvieron tal vez que taconear subiendo por las escalinatas hacia la fiesta de algún enardecido clarinetista.
Y antes de ellos en el albor del siglo, caundo los hombres andaban con bastón y bombín y zapatos de charol, como Charles Chaplin desbocados, ¿cuántos habrán sido los iluminados que vieron su aguda torre central esgrimirse como un cuento de hadas en medio de una ciudad que apenas se extendía sobre la planicie y era cubierta cada tarde por un sol de colores magenta y anaranajados fucsia de Nápoles.
Quienes hemos vivido en ese edificio sabemos muy bien la carga artística y literaria que lo estremece en cada mañana o en cada atardecer. Sabemos de la lluvia cayendo interminable sobre la plaza o la paz de los ancianos y las madres que arrullan a su bebés mientras las palomas caminan y acechan entre el óvalo de la plaza.
Refugio de hombres de letras como el propio Sergio Pitol, Guillermo Fernandez y Carlos Fuentes y entre otros más jóvenes Vicente Quirarte, Mario del Valle, Eduardo Vázquez y otros que se me olvidan, la Casa de las Brujas sabe que ahí arriba en la azotea estaban los vestigios abandonados de la libreria de Castrovido y miles de papeles, cartas, revistas de poetas o ensayistas habitantes de paso, amantes del piano o el color.
¿Quién no ha soñado vivir en alguno de esos apartamentos que traen la nostalgia de los tiempos art deco y del albor de una modernidad que ya ha quedado en el pasado? Los afortunados que como yo alguna vez fuimos sus habitantes sabemos que quienes viven hoy allí conservan la llama de cierta estética disimétrica en medio de una de las ciudades más ricas, terribles, asfixiantes y fascinantes del mundo, porque en su seno conviven milenios de historia, progreso, pasado y destrucción. Una llama de arte y poesîa que se niega morir.

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martes, 27 de noviembre de 2007

LA DEIFICACIÓN EXAGERADA DE GARCÍA MÁRQUEZ

Eduardo García Aguilar
Durante los homenajes realizados a Gabriel García Márquez en Moscú y París varios conferencistas, entre ellos traductores y biógrafos de diversas nacionalidades, rusos, japoneses, franceses, norteamericanos, suizos y colombianos, abordaron desde diversos ángulos la obra del famoso escritor colombiano. En general expresaron su admiración por el novelista, analizaron un punto específico de su obra y sus actividades colaterales, o contaron anécdotas vitales y chispeantes ocurridas en compañía de este caribeño afable y divertido.
Pero en medio de todas esas entusiastas reflexiones, quise tratar de entender con espíritu crítico el desaforado fenómeno de glorificación hagiográfica que se ha tejido en los últimos meses con motivo de su cumpleaños 80 y el aniversario número 40 de la publicación de su obra cumbre Cien Años de Soledad. En esas ceremonias oficiales participaron los gobiernos y las instituciones colombianas y españolas, el Rey de España, los presidentes de ambos países y en masa miles de invitados, funcionarios, escritores, políticos, ministros, personajes de farándula, magnates de prensa y millonarios, señoras de la alta sociedad, generales, coroneles, arzobispos, estudiantes, lagartos y público en general, convocados en actos faraónicos en Medellín, Bogotá, Cartagena y otras ciudades del mundo.
Todos reconocemos sin lugar a dudas la calidad de muchas de las obras del homenajeado, y tenemos un gran afecto por ese big brother que hemos visto en el firmamento desde hace 40 años ininterrumpidos de fama, pero a veces se tiene la sensación de que en la desbocada carroza del éxito y la gloria la figura del hombre se instrumentaliza de manera política para intereses nacionalistas, editoriales o de expansión de la lengua española.
Y cuando se concentra en una sola figura en estos tiempos tan mediáticos la luz de las cámaras, suelen cometerse injusticias con decenas de otros autores del continente latinoamericano que tienen también obras notables en poesía, ensayo y narrativa y que podrían a su vez ser objeto de difusión masiva.
Pareciera que el resto de autores del continente no existiera y que personas extrañas a la literatura hubieran decretado para siempre un canon literario definitivo y apresurado del que se excluye para siempre a autores de cuatro generaciones que han ejercido su actividad desde el Río Bravo hasta la Patagonia.
García Márquez es un personaje muy especial pues se concentran en él además de la literatura, cuatro de los oficios más generalizados en los tiempos modernos: el periodismo, la publicidad, la política y el cine. Un buen periodista sabe instrumentalizar y lograr objetivos de difusión mucho más percutantes que un autor modesto dedicado en exclusiva a la poesía, el ensayo o la academia.
Con la publicidad, que ejerció el Nóbel en algún momento en México, se aprenden fórmulas para lograr por medio de frases impactantes o acontecimientos mediáticos efectos multiplicadores en la opinión. Con la política, en la que el maestro es también un experto, y con la cercanía de los poderosos, este tipo de autores como Neruda, Saramago y Vargas Llosa, que ya va por su doctorado honoris causa número 40, logran tener homenajes, glorificaciones oficiales y aumento de las cortes áulicas que generan una bola de nieve permanente de éxito, dinero, fama y glamour. Y con el cine a su vez el impacto de las obras de ficción accede a públicos más vastos, por lo que muchas veces un autor no necesita ya ser leído para ser conocido. Un extraño proceso de sincretismo hace que los límites entre lo escrito y lo visto en cine y televisión se difuminen merced a este séptimo arte que ha sido desde siempre una pasión para el autor colombiano.
Pero para explicar el gran fenómeno de deificación hasta la asfixia de García Márquez, de la que él es ajeno, habría que tratar de situar también históricamente el fenómeno de su entronización como una especie de ídolo babilónico.
Curiosamente la novela Cien años de Soledad salió el mismo año en que surgió otro mito latinoamericano, el del guerrillero Ernesto Che Guevara, cuya figura crística de héroe crucificado, abatido y yaciente, sigue viva en el mundo entero y parece iniciar una carrera milenaria de orden religioso como el Buda, Jesús o San Francisco de Asís. Este mismo año 2007 se celebran a su vez el 40 aniversario de ambos acontecimientos, que son dos caras de la misma moneda, pues representan la necesidad que tuvo el continente de afirmarse política y culturalmente después de siglos de colonización española y décadas de hegemonía militar norteamericana sobre las bananas repúblicas.
En esos años 60 la coyuntura mundial se caracterizaba por el auge del movimiento hippie de liberación humanista y el cambio de costumbres de la juventud surgido como protesta contra las actividades bélicas estadounidenses en el mundo, especialmente con la Guerra de Vietnam y la desestabilizacion de una Cuba, gobernada por los barbudos, y cuyo experimento suscitaba ingenuo entusiasmo en las élites intelectuales europeas y los sectores influidos por la poderosa ideología expansionista de la Unión Soviética.
Los países del Tercer Mundo encontraron en los soldados del Vietcong, en los rebeldes africanos y árabes y en el Che Guevara y los barbudos cubanos los modelos de lucha liberadora antiimperialista de los pueblos tercermundistas. Al mismo tiempo, en el campo cultural y del imaginario, la obra del joven García Márquez y su figura popular de descomplicado bigotón caribe de camisas floreadas opuesto al elitista Jorge Luis Borges, fue la expresión máxima mundial de esa reivindicación popular continental que encontró émulos en África, los países asiáticos y en las juventudes del rico Occidente conmovidas por la rebelión de mayo de 1968. De esa manera la figura del autor colombiano inició una carrera de glorificación permanente parecida a la que en su momento desempeñaron León Tolstoi en Rusia, Rabindranath Tagore en Bengala y Pablo Neruda en América Latina.
En el caso del colombiano, esa figura representaba la reivindicación del pueblo latinoamericano, que recibía así un bálsamo de autoestima y afirmación frente al mundo europeo y anglosajón: como ocurre con el fútbol brasileño, podíamos decir por fin que uno de los nuestros era el mejor escritor del mundo y su figura radiante, infalible, omnipresente, omnisciente, todopoderosa, chistosa y milagrosa aparecía sobre el firmamento como el Sol Rojo de Mao Tse Tung. Y en el transfondo aparecía también la otra deidad, el Che Guevara, tierna y buena, milagrosa e infinitamente salvadora.
Ambos iniciaron así juntos su camino hacia la petrificacion mítica desde 1967, efemérides que hoy celebran ya no sólo los revolucionarios y los poetas famélicos sino presidentes, reyes, arzobispos, generales, empresarios, magnates, señoras encopetadas y personajes de la farándula concentrados como en los Funerales de la Mama Grande bajo el patrocino del Papa, el Rey, el señor Presidente, las autoridades civiles y militares y la apolillada Academia de la Lengua.
Que Dios los bendiga a todos y se eleven pronto al reino de los cielos.

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