domingo, 7 de septiembre de 2008

CANTINFLAS EN LA ALAMEDA


Por Eduardo García Aguilar

Las colas eran interminables en la famosa y centenaria Alameda central cercana al Palacio de Bellas Artes, donde reposaba el cuerpo de uno de los hombres más importantes del siglo XX en México y América Latina, el maravilloso Cantinflas, cuyo personaje inolvidable f ue y es la versión hispanoamericana del Quijote y una metáfora mordaz de la vida humana, con sus triunfos vanos y fracasos.

A lo largo de medio siglo, este hombre humilde, este peladito que se inició desde Tepito en las carpas y los burlesques de las barriadas y ascendió a la fama mundial como pocos, caracterizó el absurdo destino humano y a los personajes típicos de nuestro universo folclórico de corrupción, como presidentes, curas, militares, bandidos, policías, políticos, mafiosos y tantos otros caracteres que constituyen el ser esencial hispanoamericano desde el trascendental Quijote de la Mancha y los pícaros encabezados por el Buscón y el Lazarillo de Tormes.

De una ternura sin par y sin que fuera perseguido gracias a su popularidad, pocos lograron como él burlarse de los poderes: su sarcasmo no tenía límites al usar ese lenguaje incomprensible y barroco, sincrético, macarrónico, mordaz, con el cual curas, poíiticos, militares, sindicalistas corruptos "charros" y ladrones nos engañan desde hace siglos.

Y con él todos reíamos: abuelas, bisabuelas, tías, primos y niños de la ya lejana época inicial de la televisión, cuando todavía para presentar una película se debía armar un tinglado dinosáurico de proyectores y pesadas latas amenazadas siempre por la avería en las plazas de pueblo o en los viejos teatros sobrevivientes del cine mudo y los clásicos en blanco y negro, nostálgicos de Charles Chaplin, los Hermanos Marx y El Gordo y el Flaco.

En las salas de cine de todas las ciudades y pueblos latinoamericanos las colas para ir a verlo fueron siempre tan nutridas como ese día final en que su cuerpo inmortal fue llevado a esa sala de hombres ilustres vivos y muertos que es el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, situado no lejos de El Colonial y otras carpas donde al final del siglo XX seguían presentándose los héroes del burlesque semiburdelesco que hacía desternillar de risa a los amantes de lo lépero y lo obsceno, a los pobres borrachines de barriada y a los habitantes de los inquilinatos.

Nació el 12 de agosto de 1911 y murió el 20 de abril de 1993, cuando se paralizaron México y América Latina enteros para rendirle homenaje a su ídolo. Bajo la llovizna la gente esperaba todas las horas necesarias en un silencio casi espectral que se observaba desde las alturas de la Torre Latinoamericana, y ese era el silencio de la gente del pueblo, las tías, abuelas, madres, hijos, padres, niños provenientes de todos los puntos cardinales de la urbe metálica: la familia continental en pleno. Ahí estaban de pie con sus bolsas llenas de tacos, tamales y refrescos, hasta que por fin accedían al Palacio a inclinarse ante su féretro. Y así fue hasta que por fin se lo llevaron al Panteón Español, lo que parecía mentira para quienes lo creían inmortal. Un pueblo entero quedaba huérfano.

En toda América Latina nos reíamos con Tintán, Clavillazo, Viruta y Capulina, con Sara García, pero nadie igual a él, con esa malicia ladina del que todo lo dice sin decir nada. Su sola aparición en la pantalla ya nos emocionaba y nos hacía estallar de risa, su lenguaje llegaba a todo el continente como la metáfora del absurdo novelesco de nuestra existencia. Diríase que Diógenes Bravo, Úrsulo, Sócrates García, el padre Sebas, Fidencio Barrenillo, Lopitos, Rogaciano, Feliciano Calloso, el portero, el piloto inocente, son los verdaderos personajes de la gran novela latinoamericana surgidos desde México. Habría que reunirlos a todos y ellos solos se encargarían de hacer palidecer las mejores novelas y obras coronadas, pues su autenticidad no tiene límites. Oir, ver y reir, he ahí el asunto primordial.

Un año antes, el día de su cumpleaños, hablé con él por teléfono para pedirle declaraciones. Al otro lado del auricular la voz del mito se escuchaba en esa oficina de un decadente viejo edificio de Insurgentes donde tenía su oficina. Se oía el cruce de los autos afuera, en medio del polvo, en ese rincón detenido del progreso mexicano donde se había refugiado entre las Colonias Roma y la Condesa. Lo había visto alguna veces desde lejos en medio del ajetreo de la gloria y la prensa y desde niño en el cine, pero otra cosa era escucharlo al otro lado del teléfono tratando de responder con chistes malos e incomprensibles a mis preguntas con la amabilidad y generosidad del senecto humorista que se acercaba al final. Le seguí la corriente un buen rato, pues sabía que estaba hablando con la historia.

Cómo olvidar en blanco y negro Ahí está el detalle (1940), Gran Hotel (1944), A volar joven (1947), El supersabio (1948), El bombero atómico (1950), Abajo el telón (1954), Si yo fuera diputado (1951), Entrega inmediata (1963), vistas en el viejo teatro Olympia de mi ciudad natal Manizales, a las que siguieron las películas a color, tal vez menos logradas, como La vuelta al mundo en ochenta dias (1956), Sube y baja (1958), El Padrecito (1964), Su excelencia (1966), El profe (1970) y El Quijote cabalga de nuevo (1972), entre otras muchas. En esos filmes todo el continente aprendió a conocer los profundos laberintos humanos, políticos, sociales y culturales de un país que ha sido y sigue siendo el hermano mayor de América Latina, como múltiple civilización prehispánica y Nueva España que fue, así como vecino del Imperio que lo desmembró y lo devoró, pero que al fin vuelve tal vez a ser conquistado por estas lenguas y este sentido de la autoburla y la irrisión que nos domina, en una comedia interminable de caudillos, dictadores, mafiosos y autoridades corruptas.

Habría que haber visto a esa muchedumbre en las interminables colas de la Alameda Central para comprender el amor de todo un pueblo por quien supo representar sus miserias y expectativas y decir en voz alta, a través de la risa, la profunda indiferencia que sienten los de abajo por quienes los dominan y los explotan a lo largo de vidas anónimas, dominadas por la carencia, la desesperanza y la lucha. Con Cantinflas el mundo se ponía al revés y el pelado era el rey, el "chato" verdadero que nutre y hace la cultura de un país y lo hace vivir a pesar de su vampiros multinacionales.

domingo, 17 de agosto de 2008

SEIS DECADAS DE JAZZ EN LA HUCHETTE

Por Eduardo Garcia Aguilar
El viejo jazzista holandés Bert de Kort tiene casi 80 años y aunque sus movimientos corporales se hacen rígidos al alzar las manos y menear el cuerpo de añejo gañán, guarda el entusiamo de jefe de banda que lo hizo famoso en los años 60 en el mundo del jazz, cuando recorría como hoy lo hace de ciudad en ciudad haciendo feliz al público con su Jazz Band.
En pleno agosto, cuando se llenan de turistas norteamericanos las calles de la ciudad y el bajo barrio latino, situado a orillas del Sena, al lado de la iglesia Saint Severin, Notre Dame y la librería Shakespeare and Company, este sábado el histórico Caveau de la Huchette está repleto de gente como desde hace 60 años ininterrumpidos.
De Kort es una reliquia del desaparecido existencialismo y ahí está en el podio con su grupo, entusiasta, alegre, cínico y sabio, como quien cumple su concierto número 20.000. Con él, un baterista hierático que no sonríe y cumple su tarea burocráticamente, pero muy bien y con talento, enmarcado en sus largas patillas de capitán de barco, cejas de neurasténico y ojos grises, cansado de fatigar cueros y platinos, pero vigilado desde lejos por la mirada fiel de la amada rubia que le espera sentada con un coctel en la mano.
Al fondo, un pianista fumador, enclenque y pálido, excelente eso sí, se aferra al piano viejo con cabellera larga relamida y desleída camisa floreada de absurdo color verde. A su lado un joven bajista regordete, tal vez de Madagascar, risueño y elevado en su traba de hachís, arranca a las cuerdas notas que mantienen el ritmo desde la modestia secreta y parece feliz con su cola anudada y las gafas camajanescas de grueso aro negro. Y junto al viejo maestro, su preferido, el joven saxofonista y clarinetista en quien deposita la herencia como padre que se apresta a bajar tranquilo al sepulcro. « No está casado todavía », grita el jazzmen a las deseables muchachas que bailan con viejos verdes, sudorosos gigolós de camisas floreadas y jeans ceñidos, o ventripotentes alumnos sesentones de be bop vestidos de lino negro.
El caveau es un verdaero templo de jazz. Arriba en la barra se sirven cocteles, cervezas y alcoholes duros. Y bajando las escalinatas, se llega al amplio espacio construido en plena Edad Media. Todavía hay vestigios góticos, piedras labradas con escritos en latín, escalinatas de roca fijas ahí desde hace más de un milenio. Y desde 1946, cuando fue fundado el sitio, ha recibido sin descanso a jazzmen y crooners como Bill Coleman, Claude Bolling, Lionel Hampton, Milt Buckner y entre los franceses, a Sacha Distel, entre otros mil. Ahora en esta temporada de verano han estado Richard Raux Jazz Group, Philippe Lucas, Drew Davis Swing Band, Scott Hamilton Orchestra y Thomas Savy Jazz Group, entre otros.
No lejos de aquí, por la misma calle, está el teatro donde desde hace también seis décadas se presentan sin interrupción las obras del ya fallecido dramaturgo del Absurdo Eugenio Ionesco (1912-1994). Y en las callejuelas, entre avisos luminosos y ruido, la romería de visitantes es permanente y obligatoria para quien visite la ciudad. No hay turista que no se detenga a comer crepas, kebab turco o se introduzca a un restaurate griego, cuyo patrón quiebra en la puerta platos blancos para llamar la atención.
Las del barrio son todas casas antiquísimas, pues este rincón fue siempre centro portuario desde los tiempos romanos hasta los años medievales del barrio latino, los lustros románticos y malditos de Nerval, Baudelaire y Verlaine y la década humeante de los existencialistas de Jean Paul Sartre, Julio Cortázar y Boris Vian. Gabriel García Márquez, en 1957, cuando vivía no lejos de aquí, bajaba a estos rincones en busca de una sopa o unas papas fritas, mientras pensaba en El coronel no tiene quien le escriba.
Los betaniks norteamericanos liderados por Ferlinghetti se hospedaban en la librería Shakespeare and Company y el más importante poeta francés vivo, Yves Bonnefoy, vivió aquí cerca en su juventud en los oscuros años de la posguerra. Al Hotel Esmeralda, una de las joyas sobrevivientes aún sin cambios desde esas épocas, y cuya dueña casi centenaria espera en el lobby con un cigarrillo y un pastís, llegan todavía escritores deseosos de tomar notas junto a la Catedral de Quasimodo, antes de bajar a beber en LesTrois Mallets, a la vuelta de la esquina.
En las cavas medievales restauradas se fueron instalando desde entonces, en esa década que emergía de la guerra, los antros de jazz que figuran en novelas y memorias de los anos 50, escritas entre la precariedad y el tizne de las paredes, el olor a repollo y colifror y el tufo del vino barato, al mismo tiempo que las chimeneas crepitaban y humeaban en noches de invierno sin nombre que el calentamiento global transmutó y convirtió aho ra en benévolas.
Ahora el viejo nos anima a todos al anunciar melodías de Cole Porter, John Coltrane, Miles Davis, Dizzie Gilespie, Lester Young, Count Basie y tocar con su trompeta los clásicos del jazz. Una hermosísima turista niña rica gringa bosteza a mi lado sin entender este mundo sucio y subterráneo y obliga a su novio a sacarla de ahí. El viejo ventripontente que masca chicle se luce porque es un bailarin consumado ; el gigoló mediterráneo está bañado en sudor. Un diminuto hombrecito gay desacomplejado de cejas negras baila con una soberbia hembra nórdica y dos nenas parecidas a Scarlett Johanson, que vienen de Boston, se dejan zarandear felices por desconocidos canosos con experiencias y arrugas, que husmean sus ombligos con piercing.
Pero los maestros de hoy son los bailarines negros que sin fatiga han hecho vibrar las piedras milenarias con su parejas exhaustas. Ya termina el tercer set de la noche y Bert de Kort se despide. « Me pagan por hacer esto », nos dice feliz y octogenario. Son las tres de la mañana. Han sido cinco horas de jazz que resuenan todavía en el vientre de la ciudad. Afuera la fiesta de la calle continúa hasta el amanecer. Las bellas más sexys han caído en los brazos de sus osados y canosos seductores. Es el jazz. All that jazz.

lunes, 11 de agosto de 2008

LA TORRE LATINOAMERICANA

Por Eduardo Garcia Aguilar
Uno de los monumentos más extraordinarios de la Ciudad de México y de América Latina es la Torre Latinoamericana, erigida en 1954 y desde entonces presente y a la vista de todos los habitantes de la metrópoli, semejante a un cohete de ciencia ficción salido de las utilerías de los estudios Churubusco y listo a lanzarse a la conquista del espacio de los sentidos y los símbolos.
Con el viso azulado de sus vidrieras y mosaicos y sus antenas y pararrayos la torre ha resistido todos los temblores, en especial los de 1957 y 1985, meciéndose en el aire gracias a los originales pilones antisísmicos sobre los que está construida. Desde sus alturas ha visto las ruinas y las iluminaciones bíblicas cernirse sobre la metrópoli, como las llamaradas asesinas de las refinerías de petróleo, las tolvaneras gigantescas provenientes de Texcoco, que antes enceguecían y asfixiaban la ciudad, o los paisajes transparentes de enero, cuando la nieve de los volcanes se vuelve nítida y los contornos prehispánicos del valle renacen desde la oscuridad del progreso.
Tuve la fortuna de subir el día de mi llegada a México al restaurante Muralto a cenar en companía de una linda guía prehispánica que el azar me presentó en las viejas calles coloniales, idéntica a una ofrenda afortunada de Coatlicue. Desde entonces tejí con la mole una relación de amistad y complicidad secreta que se solidificaría años después, cuando sin siquiera sospecharlo ese día iniciático, terminé trabajando durante más de una década en una agencia de noticias en el piso 28 de esa torre, convirtiéndose en mi segunda casa.
Durante años, arrullado por el sonido de los incesantes teletipos que traían las buenas y las malas noticias del mundo, vi los más bellos amaneceres en el valle y a veces alcancé a divisar las pirámides de Teotihuacán, cuando de repente el valle se volvía de verdad la región más transparente del aire, como lo escribió alguna vez Alfonso Reyes en Palinodia del polvo. Durante el día se veía crecer el agite monstruoso de cuatro millones de vehículos y se oía el murmullo arterial del Eje Lázaro Cárdenas con su sinfonía de bocinas y la humareda que brotaba de camiones y autos viejos.
Y poco a poco, hacia el atardecer, todo se transformaba y lo que era realidad diurna total y concreta se volvía titilante universo lumínico de la ciudad más grande mundo, un mar cósmico, planetario, un océano de luciérnagas donde se distinguían las largas avenidas como nervaduras de hojas enormes de Victoria Regia o líneas y huellas de una mano inconmensurable. El silencio lo dominaba todo, salvo cuando sonaban las sirenas apresuradas de los carros de policía o de bomberos o estallaba de súbito el ruido de los disparos nocturnos o el grito desolado e inerme de los atracados.
Trabajar de noche en la Torre, cuando ya la calma de la ciudad volvía, era una experiencia muy especial que daba al observador desde las alturas la sensación de dominarlo todo y otorgaba poderes casi chamánicos al espectador de aquella inmensidad, donde medio milenio antes reinó la ciudad de Techochitlán con sus lagos, danzas y sacrificios. Uno trataba de levantar con la imaginación las humaredas de copal que serpenteaban alrededor de las pirámides o convocaba los cánticos de los conventos coloniales con sus monjas y abates tapiados. O reclamaba la presencia de Zapata y Pancho Villa en El Sanborns o el sonido de sus cabalgatas por la calle Madero. O la música de Guty Cárdenas en La Cucharacha antes de que sonaran los disparos.
Muchos años antes de llegar a México, la Torre Latinoamericana se nos apareció en las diversas y sucesivas portadas de La región más transparente de Carlos Fuentes, novela que circulaba por todo el continente latinoamericano desde que fue publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1958 y es hoy un clásico de la narrativa hispanoamericana de todos los tiempos.
En la prosa innovadora y rabiosa de este gran escritor, entonces un joven de 30 años, aprendimos a conocer la ciudad y a su gente a través de la voz delirante de Ixca Cinefuegos y de los personajes que él registró con la esperanza de marcar para siempre en palabras la huella de la urbe contemporánea mexicana. Tenía que ser la Torre Latinoamericana la que ilustrara las portadas más conocidas de esa novela, pues Carlos Fuentes tuvo que estar ahí presente, rodeándola, mientras la escribía electrizado por la energía que emanaba del sorpresivo monolito que conectó al Distrito Federal, « tuna incandescente » y « serpiente de estrellas », con los rascacielos neoyorkinos y el futuro impredecible en el que vivimos.
La ciudad palpitaba ahí a nuestro alcance : la mole del palacio de Bellas Artes asediada por colas de miles de defeños listos a rendir homenaje al féretro de Cantinflas en su último día en la tierra. Las ruinas permanentes de cientos de edificios que como el Hotel Regis y otros inolvidables que fueron tumbados en el centro por el terremoto de 1985. Las fiestas de Garibaldi y el salon Colonial con sus mariachis, su burlesque increíble y el vaho de pulque y tequila en las calles. El caminar de los borrachines de la Avenida Hidalgo o la calle Bucareli. Las conversaciones de periodistas en El Negresco o La Habana.
Otras imágenes acuden en tropel. Los enormes helicópteros estadounideses que traían desde el aeropuerto a Los Pinos al presidente estadounidense Bill Clinton, las manifestaciones de los zapatistas, los campamentos de maestros, los multitudianarios gritos festivos del 15 de septiembre o los ya pasados de moda desfiles del Día del Infome del Señor Presidente.
Todo eso se veía desde las alturas de la Torre Latinoamericana, hermana mayor de la urbe que todo lo ve y todo lo vive, Cuatlicue de acero, cemento y vidrio con ojos de robot, que ahora sigue su rumbo en el siglo XXI convirtiéndose en monumento del pasado, obelisco del presente, pirámide que desafia el tiempo e identifica a cada uno de los habitantes con su ciudad, pues es un símbolo desafiante y sereno.

lunes, 28 de julio de 2008

MISS UNIVERSO, KENNEDY, LA LUNA Y YO

Por Eduardo García Aguilar

Hay recuerdos infantiles que nos marcan para siempre y son imborrables porque conectan con la extraña experiencia de la multitud y la colectividad y acercan al descubrimiento súbito de la nacionalidad y la pertenencia a una sociedad concreta. Desde las nubosidades del sueño infantil aquellos recuerdos quedan ahí para siempre y conectan con la historia del país natal y el mundo.

Es el caso, por ejemplo, del día de la muerte de John F.Kennedy en 1963, la del padre guerrillero Camilo Torres en 1966 y la de Ernesto Che Guevara en 1967, el primer transplante de corazón en 1968 y la llegada del hombre a la luna en 1969, entre otros muchos acontecimientos que poco a poco estructuran, dan pautas sobre la política y la realidad mundiales o informan de la violencia interminable, los avances de la tecnología y la ciencia o el esplendor del arte.

Esos recuerdos son de dos tipos: aquellos de carácter histórico o social y los íntimos, que estructuran la psicología, el comportamiento y el carácter de las personas. Explorar ese mundo misterioso de los recuerdos y los olvidos, la impronta arbitraria y definitiva de los acontecimientos íntimos o sociales es un ejercicio revitalizador lleno de sorpresas. De los dos años de edad me quedan algunas fugaces imágenes, cierta escalera, el vuelo de una sábana recién lavada o el perfume de la madre. De ese orden puede ser el recuerdo del padre afeitándose mientras lo carga a uno de pie frente al espejo. Algún insecto en el corredor, como un escarabajo que sube por la pared con sus largas tenazas antediluvianas, la calle húmeda y fría en la noche manizaleña de invierno o la llegada de un tío cargado de delicias traídas de otra parte.

De los recuerdos relacionados con Colombia, tengo uno vago de los tres años cuando cayó Rojas Pinilla y sonaba la sirena interminable del cuerpo de bomberos, mientras mi padre comentaba el acontecimiento con la gente que iba en el bus. Más tarde tengo el recuerdo nítido de la victoria del primer presidente del Frente Nacional Alberto Lleras y la foto de una página completa del nuevo mandatario publicada en El Espectador, que nos mostraba mi hermano mayor Humberto en la casa donde vivíamos en la esquina del Parque Caldas, encima de una famosa salsamentaria llena de exquisiteces fabricadas por un inmigrante extranjero, entre las que se destacaba un delicioso pastel con forma de rana verde y ojos brotados de dulce rojo, que era mi preferido.

Pero tal vez el primer recuerdo que tengo de la existencia de la sociedad multitudinaria y de la colectividad como tal es cuando, a punto de cumplir yo cuatro años, llegó el 16 de agosto de 1958 a Manizales la nueva Miss Universo Luz Marina Zuluaga. Desde la ventana de la casa en esa esquina del Parque Caldas vi con mi familia pasar por la carrera 23 el cortejo precedido por policías motorizados, carabineros a caballo y flanqueado por una larga fila de uniformados, en medio del griterio y los aplausos conmovedores de la muchedumbre agolpada en las aceras.

La ciudadanía estaba orgullosa por partida doble: como nacionales del pais galardonado mundialmente en Miss Universo y como provincia, al ser la reina oriunda de la ciudad. Aquella apoteosis quedó marcada para siempre con lujo de detalles: la atmósfera eléctrica de la ciudad, la solemnidad excepcional de la celebración en ese parque entrañable de la infancia, todo ello con la conciencia primigenia de pertenecer a una patria y a un terruño.

Y como en toda apoteosis celebratoria, lo más importante fue el carácter pacífico y popular del acontecimiento, que dio al pueblo instantes de convivencia y euforia, lejos de la violencia reinante, con las atrocidades que oíamos contar a los adultos. Diríase que esa noticia popular regocijante para el país significaba un receso en la letanía de La Violencia que tuvo su punto catastrófico 10 años antes, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. O sea que a tres semanas de cumplir mis cuatro años, ese hecho significó mi bautizo como ciudadano.

Años después, cerca de los nueve, la noticia de la muerte de John F. Kennedy y el posterior asesinato de Lee Harvey Oswald por Jack Rubi me comunicó con la realidad mundial y el hecho de ser súbdito de un imperio. La noticia me llegó en uno de los patios de la casa de la carrera 19 con 25 y me acuerdo haber marcado con tiza la fecha y estado al tanto de la noticia por la radio. Después vendría la terrible foto del padre guerrillero Camilo Torres, masacrado por las fuerzas del orden y en esa misma casa comentar el hecho con mi padre Alvaro. En ese entonces, como ahora, el gobierno colombiano celebraba esa muerte con felicidad y decía que la guerrilla se había exterminado para siempre. Un año después sería el turno del Che Guevara, convertido ahora en un mito general junto a Santa Claus.

Sin embargo, al lado de la Miss Universo Luz Marina y J. F. Kennedy, tal vez el recuerdo más impresionante y de rango cósmico es el de la observación familiar, en esa misma casa de la 19, de la llegada del hombre a la luna, en un enorme televisor empotrado en un mueble, de donde salían las imágenes en blanco y negro de la flotación sobre el satélite de Neil Amstrong antes de posar la bandera estadounidense sobre el suelo lunar.

Allí, a los 15 años, descubrí la pertenencia al universo y a una humanidad capaz de abandonar terruño, patria y mundo para ir al encuentro del cosmos. O sea que entre la irrupción de Miss Universo en mi ciudad y la salida del hombre hacia el Universo, sólo había transcurrido una década de recuerdos, que entonces parecían una eternidad y ahora son sólo un pedazo de vida impregnado por fortuna en la memoria antes de que llegue el Alzheimer.

domingo, 20 de julio de 2008

FIESTA DEL 14 DE JULIO EN LA CONTRESCARPE

Por Eduardo García Aguilar

La calle Mouffetard es la más antigua de París y mi preferida porque baja desde el Panteón, después de la calle Descartes, por la misma vía transitada desde hace más de 2.000 años por los peregrinos que llegaban o iban a Roma. La callejuela sinuosa está llena de viejas casas de otro tiempo perfectamente conservadas y de cafés, restaurantes, librerías, tiendas y negocios de gastronomía que le dan un aire de provincia con sus olores inolvidables.


Todos los días están desplegados en puestos callejeros los frescos productos de mar, las deliciosas viandas asadas con especias, pasteles, frutas, vegetales y productos exóticos idénticos a los que figuran en las fotos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. En esta calle vivieron en su tiempo Paul Verlaine y Ernest Heminguay y a lo largo de los siglos ha recibido la visita de los catadores de alcohol y vinos de todos los orígenes, pues durante mucho tiempo fue un mendro malevo de extramuros poblado de marginales, mendigos, bandidos y borrachos.


Incluso en un tiempo, antes de la Revolución y la caída del Antiguo Régimen, la iglesia de Saint Medard fue lugar de milagros histéricos hechos por el diácono Francisco de París a poseídos miembros de la secta de los Convulsionarios, que obligaron a las autoridades eclesiásticas y al Rey a exorcizar los demonios convocados por la mente delirante del populacho. En el sitio de los poseídos se puso una placa donde decía:"De parte del Rey se prohíbe a Dios hacer milagros en este lugar".


La gente va y viene, sube y baja con sus bolsas de compra. También llegan turistas del mundo entero que vienen a mirar un rincón verdadero de París, de los pocos que realmente unen mito y realidad, o parroquianos de este barrio que es cruce de zonas tradicionales y lugar de encuentro estudiantil a donde llegan por la noche los estudiantes de las diversas Sorbonas a llenar los pubs y las tascas. Y en medio de la calle, arriba, ya cerca del Panteón de los Hombres Ilustres, la iglesia Saint Etienne du Mont y las viejas murallas medievales, está la famosa Plaza de la Contrescarpe, donde se celebra la fiesta patria francesa cada 14 de julio, en un ambiente de provincia salido de los cuentos de Maupassant o los relatos de Víctor Hugo, Balzac y Dumas.


Como vivo cerca de ahí, cada 14 de julio voy a celebrar el día de la Revolución y de la Declaración de los Derechos Humanos bajo el lema de Libertad, Igualdad, Fraternidad. A muchos pueden sonar palabras huecas, pero qué importantes fueron en ese lejano 1789 y para los siglos futuros el hecho de que unos idealistas las hubieran proferido cambiando para siempre el rumbo de la historia y provocando la caída de la monarquía y del Antiguo Régimen. Poco a poco, a lo largo de los siglos XIX y XX se fue completando el ideario de la Revolución con la abolición de la esclavitud, el establecimiento de la República y la Democracia representativa, el surgimiento de los derechos sindicales de los trabajadores, la igualdad de la mujer, el derecho al aborto, la laicidad, la separación de la Iglesia y el Estado, entre muchas otras conquistas de las fuerzas avanzadas del mundo.


Por eso cada 14 de julio vengo a esta plaza a ver cómo acuden desde temprano las familias de franceses y de emigrantes a pasearse en calma por las dulcerías y las heladerías, mientras jóvenes y viejos se agolpan en los múltiples bares que sacan las mesas a la calle y no dan abasto para atender a la clientela. Hay alegría en los diez bares de donde sale la música antes de que una orquesta típica y de baja calidad se instale en un podio techado al que adornan con banderas rojo, azul y blanco francesas y comience a interpretar música tropical movida o éxitos de la época disco como los de Claude François, que hace bailar a niños y viejos y vagabundos malolientes alrededor de la fuente de la plaza de la Contrescarpe.


Es un ambiente de provincia salido de Madame Bovary de Flaubert: por una vez al año las mujeres de edad se desatan y se mueven con torpeza animando a sus nietos. Los franceses no se caracterizan mucho por el movimiento armonioso en el baile, pero hacen el esfuerzo como en esas ordalías medievales al calor de la gaita. Pero en su ayuda vienen negros, gringos, alemanes, italianos, paquistaníes, árabes e hindúes, que celebran de esa forma la multirracialidad todavía amenazada y hacen real la palabra igualdad en este rincón rodeado de callejuelas. Los chinos, más discretos, se ven representados por la belleza pálida y discreta de las elegantes hongkonesas que han pescado novio francés.


Año tras año soy fiel a la Contrescarpe desde los tiempos en que era estudiante y aquí veníamos entre el ruido de la pólvora, ahora prohibida por seguridad. En el café de la esquina me han servido otro vino y los amigos ríen ante la torpeza de la banda municipal. De repente se desatan y tocan un pasodoble o un mambo o una cumbia y la gente delira allí en el centro, alzando las manos. Para dar gusto a todos, por los altoparlantes pasan a veces rock arcaico de ese que bailaban los engominados de West Side History.


Y así, entre música y música, pasa la noche del 14 de julio, hasta que poco a poco todos van desapareciendo y los bares cierran mientras la llovizna de julio impregna las piedras que tapizan la calle más vieja de París. A esa hora aparecen los malevos ebrios y fumados que heredan medio milenio después las costumbres de los bandidos medievales amigos de François Villon, el poeta que cantó a los ahorcados y los ajusticiados por la policía. Por eso alguna vez Hemingway dijo que "París es una fiesta". A las tres de la mañana, bajando por la Mouffetard, no hay duda de que lo es y lo será todavía por mucho tiempo.

lunes, 30 de junio de 2008

SHAKESPEARE AND COMPANY


Por Eduardo García Aguilar

Al fondo se escucha el piano, alguien toca jazz y la música inunda este templo irreverente dedicado a los libros y a los escritores del mundo, lleno siempre de anglosajones o cosmopolitas excéntricos de todos los puntos cardinales del planeta, y situado en el histórico número 37 de la rue de la Boucherie. Arriba, en el segundo piso, en el mínimo y macarrónico Hotel Tumbleweed, las muchachas viajeras hablan y ríen, mientras el sol afuera cae sobre árboles y aceras para que los turistas tomen fotos frente a Notre Dame y vean pasar barcos por uno de los estrechos brazos del Sena.

Es Shakespeare and Company, legendaria librería fundada en 1951 por George Whitman, quien guarda frente al río la memoria de la otra librería inolvidable del mismo nombre, corazón entonces de la literatura en el barrio del Odeon bajo la animación de Sylvia Beach, en tiempos de Ernst Heminguay, Henry Miller, James Joyce, Lawrence Durrel y Gertrude Stein. En aquel tiempo, en ese pequeño santuario de la verdadera literatura, la pareja de dueñas publicó en ediciones confidenciales el Ulysses de Joyce y otros libros claves de la explosión narrativa experimental de los años de entre guerras, cuya fuerza sigue vigente para los entendidos.

Al desaparecer aquella librería de entreguerras, el viajero norteamericano Whitman decidió fundar la nueva del mismo nombre en este rincón de París, en complicidad con su amigo el beatnik Lawrence Ferlinghetti, fundador al mismo tiempo en San Francisco de la librería City Lights, otro de los faros de la literatura marginal y rebelde en las orillas del Océano Pacífico.

La idea de Whitman, que ahora casi centenario está retirado, pero viene con frecuencia a sentarse como siempre junto a la caja registradora, era crear una especie de falansterio para los escritores, un lugar donde pudieran llegar de todo el mundo y pasar una o dos noches sobre las históricas almohadas y sofás del irónicamente llamado Hotel Tumbleweed. Su consigna ha sido la hospitalidad, palabra sagrada de los viajeros y errantes del mundo desde antes de los griegos. Se dice que Whitman aprendió a ser hospitalario cuando viajó por Suramérica estando muy joven y fue recibido indistintamente por los pobres indígenas en sus casas de múltiples pueblos de su ruta beatnik.

Frente a las puertas o junto a la caja registradora de Shakespeare and Company se agrupan desde hace medio siglo los jóvenes poetas y autores marginales desconocidos, pero que después se convertirán en referencias literarias de la insurrección estética, como en su tiempo lo fueron Ezra Pound y Samuel Beckett en esta ciudad de las letras. Pero también hay espacio en la “writer room” para los viajeros escritores crepusculares, pobres, calvos, canosos, viejos y perdidos que necesitan estar ahí unas horas en ese pupitre frente a la página en blanco viendo desde la ventana la vieja catedral de Quasimodo y Esmeralda.

Shakespeare and Company se quedó para siempre en este muelle del Sena, al lado de la rue Saint Jacques y desde entonces ha estado animada por su propietario, recién condecorado con la medalla de las Artes y las letras de Francia. Afuera están las butacas de madera donde se besan los enamorados en un escenario cinematográfico lleno de cajas de libros viejos baratos en inglés y estaterías de madera con libros de bolsillo usados y animados por el espíritu de los viajeros. Un hombre de unos cincuenta años, de jeans y chaqueta de cuero negra, besa apasionadamente a una bella chica morena de ojos de oblicuos de almendra, sentada en sus piernas, en la escalera que da a la acera y a un pequeño jardín.

Bajo un fondo amarillo se ve el nombre Shakespeare and Company en letras negras a la manera de las viejas tiendas del siglo XIX balzaciano y una emoción hace vibrar a los lectores que no amamos los supermercados de libros llenos de absurdos bestsellers para anancefálicos, sino que preferimos los rincones donde reinan Lawrence Sterne, Joseph Conrad y John Dos Passos, donde vibran Malcolm Lowry, T. E. Lawrence de Arabia y Virginia Woolf, o E. E. Cummings, Marianne Morre y Denise Levertov.

El lugar siempre está lleno de pasantes fugitivos mientras alguien atrás, cualquiera, el cliente anónimo, la mujer solitaria, se sienta a tocar el piano que inunda este ámbito de vigas aparentes y estanterías añejas. Al interior una pequeña fuente abandonada recibe las monedas de la suerte que lanzan los visitantes y allí se acumulan las piezas amarillas de todos los tamaños y procedencias.

En las estanterías hay novedades de casas editoriales desconocidas, al lado de los libros de Penguin Books o Harper Collins y los best sellers franceses que tienen ahora éxito en el mundo anglosajón tales como Anne Gavalda, Amélie Nothomb o Michel Houellebecq. Un adolescente vestido como Pete Doherty, el novio de la modelo Kate Moss, con el sombrero irlandés, se abraza con su padre y una pareja de nórdicos va cargada de libros de Charles Bukowski para leer en el hotel esta noche de fines de junio, cuando después de la fiesta de la música la ciudad ha entrado de lleno en la libertad del verano, en la alegría de la vagancia, en el delirio de la canícula, los árboles, las flores y los pájaros, lejos del las guerras sanguinolentas del tercer mundo, pero muy cerca de la hecatombe nazi.

Una bella inglesa feliz de 20 años, hospedada por Whitman, toma fotos desde la ventana de arriba. Los flashes de los visitantes sesuceden unos tras otros, japoneses, chinos, gringos, europeos, africanos. Este lugar ya es leyenda y es amor literario. Algo excepcional en estos tiempos. Shakespeare and Company siempre ha estado ahí desde hace décadas y si desapareciera habría duelo entre los escritores y lectores del mundo. He venido aquí centenares de veces en mi vida y volver hoy es regresar a mi casa, la choza de la vida, el iglú de la poesía, el castillo gótico imaginario de la literatura.

martes, 17 de junio de 2008

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE YVES SAINT LAURENT

Por Eduardo García Aguilar
Suelen ser los más locos y torpes, los más tímidos y sensibles quienes alumbran con su genio a una época. Tal fue el caso de Yves Saint Laurent, extraño personaje que transformó la moda en los años sesenta del siglo pasado y dedicó su vida a la mujer, a sus curvas, belleza, caprichos y encantos.

Su nombre no sólo era una marca reproducida infinitamente en todos los lugares del mundo sobre prendas, perfumes y otros accesorios, sino la leyenda de la post-guerra arrasadora, con su derroche desbocado y el lujo de las llamadas Tres Décadas Gloriosas de crecimiento y progreso vividos bajo la Quinta República del patriarca y héroe nacional Charles de Gaulle.

Yves Saint Laurent nació en el puerto argelino mediterráneo de Orán y fue criado bajo el sol entre sus dos hermanas Brigitte y Michelle por una madre elegante y bella, Lucienne, a la que tuvo siempre como modelo y que ahora, a los 95 años, bebió el amargo trago de dispersar las cenizas de su famoso hijo.

Lanzado por Christian Dior en 1957, se convierte a los 21 años en su heredero a la muerte súbita de su viejo maestro y el mundo lo saluda como un talento desde el primer desfile realizado en 1958, desplegando los cortes sobrios de la línea Trapecio que liberó la nuca y las espaldas y realzó a la hembra con liviandad, sombreros estrafalarios y guantes de perverso armiño.

Su gran modelo básico fue Catherine Deneuve, otro monumento viviente de la historia contemporánea de la farándula y la moda, para quien hizo los trajes lucidos en la película Bella de Día de Luis Bunuel. Deneuve fue una de sus mejores amigas, tanto que ahora, conmovida y crepuscular, no acepta hablar del temperamental artista en pasado, una conjugación imposible para esta generación que comienza a desgranarse poco a poco.

Este modisto homosexual y en extremo amanerado, era tímido, torpe, maniaco-depresivo, hipocondriaco y, cual otras glorias de su generación como la escritora Françoise Sagan, fue presa de las drogas duras a lo largo de su vida y cayó muchas veces al fondo para resurgir de nuevo desde las cenizas.

Gracias a su amante Pierre Bergé, que era experto en finanzas y negocios, Saint Laurent pudo concretizar sus sueños y hacer de su marca una de las más importantes de la moda mundial o al menos la más glamorosa y respetada. Bergé estuvo siempre ahí para manejar las cuentas y apoyarlo cuando caía en alguna de sus terribles depresiones. Sin él, coinciden todos, Saint Laurent hubiera desaparecido hacía mucho tiempo o se habría hundido en el alcoholismo y la adicción a las drogas.

En tal sentido él representa el drama de una época capitalista de progreso marcada por la velocidad de las urbes y los estragos de la ambición, las apariencias y el arribismo. Y aunque sus trajes valían fortunas, la moda suya permeó hasta las capas más bajas de la sociedad en los talleres de las modistas de provincia, en los lejanos países de ultramar, que imitaban con torpeza sus prendas.

Desde el lujo y la frivolidad supo filtrar a sus obras el talento de los grandes pintores del siglo XX y bajo el efecto de las anfetaminas o la cocaína creó a raudales las imágenes que ahora nutrirán el museo de la fundación creada con su concubino y hechas en exclusiva para modelos tan bellas y extraordinarias como Laetitia Casta y Carla Bruni, ahora primera dama de Francia.

Al lado de esta diosa italiana de una belleza más que escalofriante aparece Saint Laurent sentado en 1998 en un soberbio sofá verde, mientras ella luce un ceñido traje blanco, que adelante muestra con versatilidad y finura dos aves en vuelo besándose. Si alguna vez la escultura griega mostró la belleza de la mujer, los encantos de la Venus, esta foto que publica París Match representa para la posteridad la belleza increíble de la mujer de esta época nuestra que reposa sobre los cuerpos famélicos de miles de millones de tercermundistas aquejados por enfermedades y guerras.

En lo que respecta a la excitante beldad Laetitia Casta, el modisto vistió su desnudez con rosas sobre sus senos y su pubis angelical, mientras cuelgan sus trenzas de dos enormes selvas de pétalos, como si esas rosas fueran testigo de “eso que si amor no fue, ningún otro amor sería”, como dijo el poeta León de Greiff.

Victoire, Catherine, Twiggy, Linda Evangelista, Claudia Shiffer, Naomi Campbell, Katoucha, Karen Moulder, son otros de los nombres inolvidables de las musas de los siglos XX y XXI sobre cuyos cuerpos trabajó con sus manos temblorosas de gay.

Cuando en 1992, a los 55 años y 30 de carrera, un centenar de bellas lucían en la Ópera Bastilla los trajes más significativos surgidos de talento, pudo verse por fin el cuadro colorido de una época lúdica que el resto del mundo veía en las pantallas de la televisión o las revistas de corazón. Figuraban allí desde smokings femeninos hasta vaporosas prendas sacadas de la estatuaria griega, con sus pliegues de mármol. Rubias, negras, orientales, latinas, eslavas, rindieron homenaje a este personaje que parecía colgar de sus enormes gafas de miope y caminar como pajarraco sobre piedras calientes.

En todas las salas de espera de las peluquerías y dentisterías del mundo las mujeres soñaron gracias a él. Con hambre y sin un peso en la cartera todas soñaron con ser alguna de esas modelos y lucir prendas inalcanzables. Con él se encarnó el arte en la moda y la moda se alzó de su banalidad por un momento antes de que la sociedad de consumo y de supermercado destruyera su legado, convirtiéndolo en producción serial de adefesios para la caja registradora.

sábado, 7 de junio de 2008

LA ENERGÍA REVOLUCIONARIA DE MAYO DEL 68


Por Eduardo García Aguilar


Cuarenta años después, la energía revolucionaria del movimiento de mayo del 1968 en el mundo sigue viva, pese a que las fuerzas tenebrosas y siniestras del gran capital y las mafias económicas que dominan la tierra quieran sepultarla para siempre entre los desechos radiactivos de su cruzada destructora de propaganda, bombardeos y tierra arrasada.

La rebelión de los jóvenes estadounidenses contra la atroz guerra de Vietnam en los campus californianos y de los franceses en las calles de París contra la sociedad cerrada, que luego se extendió al orbe, es una muestra de que de manera cíclica los jóvenes están a la vanguardia de los cambios frente a las petrificaciones de los viejos tiranuelos que siempre desearon y desean atornillarse de manera ilegítima y para siempre en el poder.

Las fotos de esa gente de pelo largo que caminaba descalza y escuchaba música, hacía el amor y buscaba la paz libremente, conmueven a quienes hoy las ven como una reacción natural del género humano frente a las fuerzas cancerígenas y depredadoras del egoísmo de los grandes capitales financieros mundiales y el poder que está a su servicio hoy para aplastar a la población en 132 países del mundo.

El gran concierto de Woodstock fue la joya simbólica de ese gran movimiento de rebelión. Centenares de miles de muchachos abandonaron sus casas y se fueron a pie o como pudieran para llegar al sitio del concierto y permanecieron allí días bajo la lluvia o el sol escuchando a las más extraordinarias leyendas del rock, que entonces apenas comenzaban a ser leyendas. ¿Quien no se conmueve al ver de nuevo a Bob Marley Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Carlos Santana, Joe Cocker y otros muchos que sacudieron la música popular y hoy siguen vivos y son escuchados por los nuevos sin que tengan ese matiz pálido y desvaído del pasado?

Janis Joplin es una fuerza telúrica. Su voz sale desde lo más profundo de la especie, desde la matriz de la mamá grande, desde la profundidad de la hembra todopoderosa y atemporal y al vibrar nos comunica la entrega al arte y el brillo que expresa sin ser una beldad perfumada y maquillada. Tenía acné, estaba despeinada, pasada de peso y era y es una diosa aún más bella que Marilyn Monroe. Se fue antes de los 30 años porque no hubiera podido envejecer en este mundo en que vivimos hoy los 6.000 millones de borregos del mundo.

¿Y quien no se estremece con los sonidos metálicos, esenciales, geológicos, de la guitarra de Jimmy Hendrix, que parecen despertar la aventura de los primeros neardentales y homo sapiens cruzando desiertos y montañas bajo canícula, fuego, hielo, lluvia y rayos de una naturaleza viva y aún no aniquilada por el ácido del azul de metileno moderno?

Y al lado de esas dos fuerzas Bob Marley y Carlos Santana nos llevaron de su mano por un bosque de ritmos que en vez de adormecer conducían entre lianas y cascadas hacia un bosque paradisíaco en que el ser humano se comunicaba y se fundía con la naturaleza, con sus aguas, nubes, mares, ríos, precipicios, galaxias. Bob Marley llevaba la rebelión con sus aires caribeños hacia la comunión con el sol y la vibración de las venas y arterias como afluentes de la vida total, efímera, pero estremecedora. Santana gritaba con sus manos sobre las cuerdas para recordarnos de donde veníamos: sus sonidos llegaban al fondo de lo que es sólo el vestigio del animal carnívoro que somos.

Y con ellos estallaron la pintura, la literatura, el cine, las ciencias sociales, las ciencias naturales, el conocimiento, el saber, el sentir, el amar, el vestir. Los años 60 del siglo XX están vivos como en otro tiempo ocurrió con el Renacimiento, la Ilustración, el movimiento Romántico, el surrealismo y el dadaísmo. Diríase que la rebelión que salió de las calles de París y de los Campus de California destapó y dio a luz todas las rebeliones anteriores del siglo XX, como fueron el dadaísmo y el surrealismo de Breton, Buñuel y Dalí, que yacían ocultos bajo capas de convenciones y prejuicios.

El mundo de hoy reclama una nueva rebelión cultural de todos contra la manipulación mediática que maneja a los seres como conejos de laboratorio frente a la televisión y la prensa mundiales, que están al servicio de intereses oscuros de guerra. Es un fenómeno que ocurre en todo el mundo: cada día las fuerzas del capital especulativo y devorador, que se reproduce y se acumula a sí mismo, se inventa una historia para aplastar la anterior y los seres humanos son controlados en sus emociones e ideas por esa tecnología perfeccionada de la manipulación mediática. Ideas, partidos, candidatos, libros, amor, muerte, todo se ha conventido en producto, en mercancía que nos vende el big brother de la televisón al servicio del Eje de la Ganancia a toda costa y no de la sociedad. Se nos vende la guerra y el militarismo como únicas soluciones mesiánicas y renace como en los tiempos de Hitler la palabra "exterminio" convertida en el destino que merece el opositor o el disidente.

La gente de mayo de 1968 se rebeló contra la guerra de Vietnam y contra las bombas de Napalm y reclamó humanidad, serenidad, cuerpo, música, piel, en vez de ejércitos; globos de colores, dulces y música en vez de helicópteros y bombardeos. ¿Es el destino de los humanos de hoy avalar ese lenguaje repetitivo de odio guerrero, marcial, exterminador que nos quieren imponer esas fuerzas y los líderes del mundo? Pues No. No puede ser. No pasarán. Escuchemos otra vez a Janis Joplin y a Bob Marley para saber que se puede gritar. Leamos a Julio Cortázar y veamos Zabriskie Point y Blow Up para saber que se puede imaginar. Las consignas del 68 de "Paz y Amor" y "La Imaginanción al Poder" no han pasado de moda. Por el contrario son de total actualidad. Los atilas, los Pinochet, los Franco, los Bush y los Nerón de hoy, disfrazados de ovejas, están aquí y nos tienen en la mira. Cuidado, pueden disparar.
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domingo, 25 de mayo de 2008

TENERIFE: PRESAGIO DE AMÉRICA

Por Eduardo García Aguilar


La isla de Tenerife es un verdadero presagio de América Latina y en su interior se vive una atmósfera natural antediluviana. Desde todos los puntos cardinales emergen los aromas de una vegetación casi fósil que se nutre de brisas frescas y de suelos volcánicos dispersados en sucesivas erupciones por el volcán Teide, que reina sobre la pequeña isla de 2.034 kilómetros cuadrados, frente a las costas africanas por un lado y con mirada hacia América, por el otro.




En un pequeño parque frente al Hotel Taburiente, en Santa Cruz de Tenerife, crece un bosque de plantas exóticas que nos recibe con una miríada de puros olores de otros tiempos, lejos de la contaminación que reina en el resto del mundo. Con minucia de amantes desbordados de la naturaleza, las autoridades de la isla ponen junto a cada árbol o planta el nombre científico y su proveniencia. Tabaibas, cardones, cardoncillos, sabinas, dragos, palmeras, laureles, magnolios, jazmines, pinos, eucaliptos, araucarias y centenares de otras muestras se exponen allí en plena fertilidad entre canto de pájaros y movimiento de nubes y brumas.




A lo lejos reina el volcán Teide que a 3.718 metros de altura señorea sobre la isla, rodeado por un Parque Nacional donde la naturaleza es aún más feroz y fósil, lo que hace opinar a muchos de sus visitantes que puede aparecer de súbito un dinosaurio o un pterodáctilo. La isla está bañada por una brisa marina que mantiene la temperatura lejos de los atroces sofocos del trópico y la neblina va y viene rozando las montañas y los pueblos antiguos de esta tierra conquistada por los españoles a unas tribus nativas provenientes del norte de África.




Estamos pues en la zona centro-oriental del Atlántico Norte, en el sistema de archipiélagos de las Azores, Madeira, Salvajes, Canarias y Cabo Verde, visitados antaño por viajeros que iban rumbo al Nuevo Mundo o regresaban de él convertidos ya en indianos millonarios. De esos lejanos tiempos queda el testimonio de las viejas ciudades y pueblos que como La Laguna -considerada por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad-, conservan templos, conventos, palacios y casonas sobre cuyos techos crecen plantas y fantasmas del tiempo.




Hacia el norte de la isla se encuentran lugares paradisiacos sobre los acantilados que dan al mar y que están llenos de chalets y casas en declive ocupadas por gente adinerada del lugar o por los jubilados ricos que llegan desde Europa a gozar del microclima especial de Tenerife. En el Sauzal se observa la caída del sol entre rocas y riachuelos que compiten con insectos y pájaros, en el concierto perpetuo de la naturaleza. Una cafetería de sueño entre las rocas es un mirador hacia el soberbio crepúsculo de poesía. Suena la música de Janis Joplin y Pink Floyd y el espíritu vuela sobre las olas.




En La Orotava, una ciudad señorial con casino donde la tradicional burguesía canaria jugaba, bailaba y celebraba fiestas y bodas, las calles empinadas albergan casas antiguas de balcones restauradas con minucia y edificios republicanos decimonónicos que enseñan la riqueza y el esplendor de otros tiempos que renacen como homenaje a los emprendedores de esta isla visitada y catalogada por el barón de Humboldt.




En todas partes se canta el himno a la madera: en las ruinas de alguna iglesia carbonizada se ven todavía los restos de esas tablas centenarias y por todas partes la madera reina en techos, pisos, balcones, portalones, tejados, ventanas y ominosos lugares desde donde las enclaustradas monjas salían a veces a recibir un poco de sol y ver desde lejos el ajetreo de los vendedores y de los viajeros. Al interior de esas iglesias y conventos estrictos que perviven con la fuerza de una religión que en otras partes declina, se ve como en pocos lugares de Occidente un barroco vivo e intenso cuya imaginería dolorosa y llagada del dolor crístico, nos muestra casi en carne viva a los conquistadores y al mismísimo Colón arrodillados antes de partir hacia el otro mundo en busca de El Dorado.




En La Laguna y en La Orotava, surgidas en el siglo XV, se sienten los pasos de abates, monjas, obispos y letrados, la lenta procesión de los creyentes iluminados que perviven con minucia en quienes hoy trabajan con arena de distintos colores del volcán Teide para elaborar en las plazas catedralicias los gigantescos mosaicos de las próximas fiestas del Corpus Christi. Todo mana religión católica en estas calles antiguas de Tenerife: ni una mezquita, ni una sinagoga, ningún budista u ortodoxo se ve en el claustro isleño. Sólo el nazareno sangrante, el tradicional Sagrado Corazón, la Virgen, los santos y la monja santa que reivindican los de El Sauzal como nativa y que, según la leyenda, está impútrida dentro de su ataúd como signo del milagro.




Uno se pregunta: ¿si eso es así en la actualidad, como habría sido en los tiempos de la conquista y los años de la colonia de estas islas que buscan cada día más y más autonomía? El volcán y las nieves eternas vigilan a los súbditos de Tenerife y a su vez el dios de los humanos, con su implacabe dolor, los llena de culpa. Y la naturaleza reina libre en la exuberancia de lianas y árboles milenarios y el canto insurrecto de aves e insectos.




Uno puede estallar de belleza en Tenerife, estar asfixiado por la eternidad en mitad del Atlántico, puede sentir escalofrío viendo los claustros y las monjas como en el siglo XV, pero para decantar todas estas reflexiones metafísicas y ontológicas existe por fortuna la Casa del Vino donde se degusta el fruto de la original vid tinerfeña y se escancia hasta más allá de la medianoche el vino rojo de la felicidad y el asombro.




Y en mi caso recordar la infancia y la adolescencia transcurridas en mi ciudad natal Manizales, junto a un volcán como El Teide, en medio de una naturaleza similar que aquí en la isla sigue viva y fósil mientras en mi ciudad es día a día destrozada por el odioso progreso del óxido y el cemento desaforados.

domingo, 18 de mayo de 2008

ACTUALIDAD DE GOYA EN TIEMPOS DE GUERRA


Por Eduardo García Aguilar


El cuadro de los fusilados de Goya, titulado El tres de mayo de 1808, sigue siendo actual, exactamente dos siglos después de ocurrida la escena, sólo que ahora es con tecnología, aviones y bombardeos como los regímenes tiránicos tratan de aplastar a quienes se les oponen y cuestionan su ilegitimidad.


Matar, fusilar, acribillar, cortar manos, pagar recompensas que equivalen al presupuesto anual de cultura de un país a quien mate y corte la mano de su jefe para llevarla como prueba al Palacio del tirano y sus sanguinarios santificados: esa es y ha sido la política de las tiranías. Cuerpos destrozados por las bombas, entre la sangre, mostrados a la juventud como ejemplos de tolerancia, fosas comunes a lo largo y ancho del país, cuyos autores quedan impunes para siempre por decisión del tiranuelo, arrodillarse con vileza ante las potencias pero aplastar al pueblo: todo eso lo vio Goya, el ilustrado dieciochesco, en su España eterna, y lo dijo con el lenguaje rebelde del arte.


Al principio Goya pintaba las imágenes de los poderosos y eran tan buenas que se volvió asiduo de la corte y pintor oficial de los potentados, pero en su interior era un artista insurrecto que ya veía la injusticia de su país, el clasismo, la aristocracia decadente, la miseria en los suburbios y en las calles, la propaganda del régimen, la enfermedad, la locura, el desamparo, el olvido, la prostitución, el odio sanguinolento de los santos vestidos de ministros o los ministros vestidos de santos.


En ese cuadro de los fusilamientos del 3 de mayo en Moncloa el pelotón de fusilamiento está frente a las víctimas subversivas casi tan frágil como ellos pues está compuesto de soldados del pueblo que matan a sus hermanos y al lado hay hasta sacerdotes que acompañan a los ajusticiados en el último momento del martirio. Goya lo supo ver en ese cuadro genial de la pintura hispánica, que es en cierta forma y será la de nuestro ámbito latinoamericano, pues desde ahí venimos, de esa intolerancia fanática a ultranza que castiga con la muerte y la hoguera al opositor y crea diariamente la calumnia y la mentira para perpetuarse en el poder engañando a los inocentes de la calle que aullan de hambre, ceguera y peste.


La muerte tiene permiso allí en esos cuadros de Goya, está presente, circula en el aire de Madrid, cuyo pueblo se ha rebelado contra el nuevo tirano. En ese otro cuadro genial El dos de mayo de 1808, Goya pinta la rebelión de la plebe en las calles de Madrid y en medio de la sangrienta escena los caballos miran como seres racionales aterrorizados, mientras los humanos se desencadenan en el odio cual lobos sedientos. Porque la plebe, la infame turba, la muchedumbre hambrienta y humillada es cruel también en la rebelión, cuando estalla en el caos tras siglos de infortunio e injusticia. Goya no es inocente: el pueblo cuando decide rebelarse también se desliza en la sangre como los poderosos. Puesto que el lenguaje de los poderosos es el bombardeo y el pelotón de fusilamiento, el descuartizamiento con motosierra y la recompensa por denunciar al padre o al hermano, no se puede esperar de la plebe otro lenguaje distinto. Y Goya lo vio en estos dos cuadros soberbios que están expuestos por primera vez juntos en una gran sala de El Prado, mientras afuera reina el sol madrileño sobre la vegetación y las nubes que tan bien supieron pintar todos ellos: Goya, Velásquez, Ribera y tantos otros.


Esto tan actual se puede ver en Museo del Prado en la magna exposición Goya en tiempos de guerra dedicada al bicentenario de estas jornadas antifrancesas como día nacional de España, aunque otros consideran que hay fechas anteriores tal vez mucho más significativas. En Madrid hace un sol resplandeciente, toda la gente se ha ido de puente y El Prado esta ahí abierto y libre para los turistas perdidos y algunos admiradores de la obra de este cascarrabias gigante y genial que llegó a viejo y sordo desencadenándose en Los caprichos, Las tauromaquias, Los desastres de la guerra y Los disparates, usando con maestría las técnicas del grabado y la litografía.


Es el Madrid de la corte, el centro del poder y ahora aunque todo parece en cierta calma, mientras uno camina por las salas dedicadas al gran Goya se piensa en el garrote vil usado por el dictador Francisco Franco y en el golpe de estado de Tejero, quien esgrimió la pistola ante los diputados. Con Goya uno piensa en los tiranuelos latinoamericanos, en esos señores presidentes que tan bien han descrito sus novelistas desde Miguel Ángel Asturias y Augusto Roa Bastos hasta Gabriel García Márquez y pintores como Fernando Botero.


Semanas antes había visto otra exposición completa de Goya, pero esta vez de sus grabados y litografías en las salas del Petit Palais de París, que también se unió al homenaje a este hombre, pero desde el otro lado, o sea desde la tierra de José I, Pepe Botella, el enviado por Napoleón que reinó durante seis arduos años sobre los españoles rodeado de “afrancesados”. A diferencia de la majestuosidad de los cuadros al óleo, de la perfección realista de su óleos sobre celestinas y majas, en los grabados y litografías asistimos al genio desatado de Goya, capaz de mostrarnos en pequeñas imágenes de unos cuantos centímetros el horror de su tiempo, que es el nuestro: muertos, enfermos, asesinados, aplastados, bombardeados, ebrios, fanáticos, putas, iluminados, o sea el cuadro de una humanidad atroz que nunca deja de sorprendernos.


En su vejez este hombre, este genio hispano, supo llevar al máximo de lucidez la expresión de su escepticismo frente a las posibilidades de su especie. Goya es tan actual que uno cree ver la historia presente reflejada con extremo realismo, como si el tiempo sólo fuera una sombra, una ficción, que el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño y los sueños sueños son, como diría el gran Calderón de la Barca.

viernes, 16 de mayo de 2008

EL BAR PASTÍS DE BARCELONA



Por Eduardo García Aguilar


Por esas cosas de la vida, pese a las muchas visitas que realicé a Barcelona nunca había ido al bar Pastís, una de esas reliquias del pasado que aún sobreviven a la modernidad desaforada de la ciudad condal. Había visitado y recorrido con amigos el bar Tales, el Marsella, el Opera, las tabernas del Borne y el bar gótico sin nunca cruzarme con este peculiar y diminuto antro de la calle Santa Mónica, fundado en 1947, y que durante décadas fue centro de cierta nostalgia francesa encabezada por las voces decadentes de Frehel, Damia y Edith Piaf, patrocinadas por una propietaria que los sobrevivientes recuerdan con cariño.
El pastís es una bebida fresca de anís para los días soleados de verano y libarla con su color amarillento desleído es una delicia. Es el suave y traicionero elíxir que poco a poco se adueña del bebedor, quien sin darse cuenta, fresco e hidratado, se ve sobrecogido por una ebriedad que desciende de las peligrosas sendas de la ya prohibida absenta. Trago de obreros y proletarios de overol, el pastís anima todo tipo de maldiciones y conversaciones triviales sobre fútbol, mujeres, el costo de la vida, política y esperanzas y temores de los de abajo, cuyas vidas pasan al margen en las periferas y los suburbios del desencanto.
Servido en su tradicional vaso cónico, se nutre con agua y hielo, por lo que es posible dosificarlo y alargarlo mientras afuera de la taberna cruzan los travestis y las prostitutas ávidas o los maleantes que medran detrás de los turistas y sus carteras llenas de joyas y euros. Y es bebida de barra y bullicio, acompañada de las exhalaciones sudorales de camioneros, carniceros y alabañiles, junto al mercado donde cuelgan perdices, conejos y jabalís. Es la fresca gota alegre que adormece las penas de la mujer enamorada, la viuda, la esposa abandonada, la cantante fracasada o la hetaira crepuscular. Por eso el pastís es un nombre perfecto para un bar y mucho más si desde su fundación sus paredes nunca fueron pintadas y guardan el viejo salitre que corroe la pintura ocre y las telarañas tejidas desde el más profundo franquismo parroquial, pasando por las vicisitudes de la democracia y la monarquía constitucional hasta los inquietantes albores del siglo XXI, lleno de riqueza y virtualidad posmoderna.
Llegue ahí de sorpresa una noche sabatina de abril tras cruzar la esquina más agitada de la prostitución reinante en Las Ramblas, con todo tipo de mujeres africanas jovencísimas atadas a las leyes de la padrotería criminal y entre el florilegio añejo del travestismo multicolor que tanto detestaba en sus tiempos mi amigo Miguel de Francisco. Los hombres escogen, arreglan el precio y suben de inmediato con su travesti o su mujer de ébano a alguno de esos hoteles donde mana el sudor de la incesante gimnasia prostitucional. Bajo los andamiajes que cubren viejísimos edificios en restauración que anuncian el fin de una época y tal vez la del propio Bar Pastís, amenazado por los pubs y los bares musicales para turistas ingleses y nórdicos que desembarcan en manada, se encuentra la puerta secreta y batiente, al interior de la cual el vaho del tiempo recibe con todos sus olores al nostálgico explorador del pasado de Darío y Verlaine.
Las paredes del antro están cubiertas por horrendos cuadros que el humo del cigarrillo, el polvo y la grasa han opacado durante 60 años hasta convertirlos en rectángulos de mugre indefinible. Y entre esos cuadros, pequeñas fotos de Piaf, figurillas de mal gusto, recuerdos del tiempo, recortes de periódico enmarcados y, colgando del techo, pequeñas palomas de papel que vibran con la música incesante de la bohemia parisina pasada de moda : Serge Gainsbourg y Jane Birkin con su Je t’aime moi non plus , Boris Vian, Yves Montand, Claude François, Charles Aznavour, Jacques Brel y toda la imaginería musical de la Francia pobre de posguerra, que parece representar hoy este bar insólito que ni en Paris ya se puede hallar.
El patrón tiene la voz gruesa del fumador, es gordo, ha tomado las formas de la barra y el bar y con rapidez trabaja como rara deidad india de seis manos para servir vino, pastís, cerveza, ron, whizky, champán que saca de estanterías cubiertas de polvo y cortinajes colgantes que esconden el brillo sabio de las botellas. El hombre lleva ahí detrás de la barra décadas y parece detestar profundamente ese trabajo que finalmente le hace vivir o hasta lo debe hacer rico. Pero su escenografía de cascarrabias intolerante e impredecible le sirve para no ser olvidado y cambiar de repente de la diatriba batracia a la generosidad de una o varias copas gratis.
Es el patrón del Bar Pastís, última reliquia de la noche francesa en Europa, templo de 61 años exactos, sobreviviente de guerras y modernidades, modas y fracasos, en medio del más ferviente mundo barcelonés. Ahí, por unas horas, uno parece al fin a salvo del bullicio asfixiande del rugby y de las estrellas producidas desde Miami, libre al fin del fútbol y de la Formula 1 que llenan ahora todas las pantallas de los bares del mundo, uniformándolo todo con sus abalorios de inocuidad.

martes, 6 de mayo de 2008

EN LAS PALMAS DE GRAN CANARIA


Por Eduardo García Aguilar
Entre las callejuelas nocturnas de Las Palmas de Gran Canaria aparece de repente la iglesia donde oraba Cristóbal Colón antes de partir tras la escala técnica hacia tierras de América, en una aventura que para entonces era casi intergaláctica. El templo, construido en 1477, está ahí en una plazoleta medieval arropada por el céfiro de los alisios que recorre por los islotes de las Canarias, una de las tierras más cercanas a América, y roza aquí los empedrados laberínticos y las paredes viejas de las casonas de antes del Descubrimiento.

No queda otro remedio que recogerse entonces emocionado e invocar las almas de los viajeros, convocar los espíritus de los aventureros que en aquellas épocas abrían el mundo por los mares como si fueran trochas por montañas de agua, arriesgándose a la muerte y al olvido. Y uno dice: Colón estuvo aquí y durmió en la casona de enfrente que es ahora el museo que lleva su nombre. Uno lo ve hablando con sus marineros, ajustando los últimos detalles, arreglando los problemas de las naves o aceptando los últimos viajeros, muchos de ellos canarios, que son nuestros antepasados. Y en la gente que pasa con su habladito inconfundible de musicales ondas uno cree distinguir a un tío o a una tía, de lo parecidos que son los canarios a los habitantes de las tierras cafeteras de los Andes colombianos.

Uno se imagina entonces ahí al genovés arrodillado ante las imágenes de las vírgenes o los nazarenos, orando y pidiendo buena suerte para cada una de las etapas decisivas de tres de los cuatro viajes que emprendió hacia las Indias, que entonces no eran todavía las Américas maravillosas que alegraron el mundo con su tabaco y lo salvaron de la hambruna con la papa y el chocolate, entre tantos otros productos novedosos y nutritivos que salieron del cuerno de oro de su abundancia y se regaron como milagro por la antigua empobrecida Europa.

El griterío de jóvenes muchachos y chicas hermosas empieza a sonar cuando bajo hacia las calles cercanas al puerto y al mercado de la Mojana, entre olores de pescado frito. En la taberna de los Sobrinos, que huele a siglos y a intimidad de poetas y de artistas, me paro a tomar un vino blanco y a degustar un delicioso jamón serrano con mis amigos Dasso Saldívar y Luis Armando Soto, después de gozar uno de los días más calurosos del año en la isla, con casi 40 grados centígrados.

En la tarde habíamos hablado en el Gabinete Literario, un edificio modernista donde pasaba horas Benito Pérez Galdós, de literatura colombiana y de las aventuras de ese canario ideal y absoluto que es el Nóbel Gabriel García Márquez, nuestro maestro y nuestro tormento, que al parecer nunca ha venido por aquí. En uno de los salones de este espléndido palacio art-nouveau tropical se realiza una exposición de fotografías de la vida del Premio Nóbel, curada por Santiago Mutis Durán, y que Colombia ha traído a estas islas para que los amantes de la literatura y los estudiantes vean al prodigio desde los años infantiles de Aracataca hasta sus años de gloria y fama mundial.

Nos acompaña pues el espíritu de Gabriel García Márquez en estas calles que podrían ser las de cualquier puerto colonial del Caribe, idénticas a La Habana Vieja o Veracruz, con sus muros de piedra, sus ventanales de madera y sus techos de teja española por donde fluye el agua de la lluvia. Porque en las islas Canarias uno se siente en los pueblos imaginarios del realismo mágico y entre el sopor del Macondo inmortal. Los promotores y conservadores del Gabinete Literario que nos ha acogido hablan con este acento suave y musical que hace amar por sobre todas a la lengua castellana y nos llevan a mirar el Salón Dorado donde cantaban los cantantes de Ópera de los tiempos de Rubén Darío y las salas en donde desde hace más de un siglo juegan a las cartas las señoras elegantes de abanico o departen políticos y comerciantes sobre las estrategias a seguir, hundidos en mullidos muebles de otra época.

Las Palmas de Gran Canaria es una ciudad próspera y fuerte donde se siente el esplendor comercial de más de medio milenio y en las aguas del puerto reinan los mástiles y las gavias como en 1492 reinaron La Niña, La Pinta y La Santamaría de Cristóbal Colón antes de que partieran a descubrir al otro lado del Atlántico el Nuevo Mundo que cambiaría la faz de la tierra. En los parques de palmeras los niños juegan en bellas réplicas de madera de aquellas naos descubridoras, mientras en la playa los habitantes locales gozan hacia la tarde del sol de las playas en un griterío que trae la música de una lengua viva donde sin duda podrían pronunciarse las mejores palabras de amor.

Más tarde en la XX Feria del Libro en el Parque de San Telmo, dedicada a Benito Pérez Galdós, me he encontrado con el poeta Leopoldo María Panero y me ha recitado de memoria poemas de Porfirio Barba Jacob para mostrarme que sabe de Colombia, pues uno de sus hermanos fue novio de la ya fallecida poeta colombiana María Mercedes Carranza. Me ha dedicado su bello primer libro "Así se fundó Carnaby Street" donde dice cosas tan maravillosas como "todos temen que el gigante vuelva a entrar en acción". Hablar con Panero, uno de los grandes autores españoles vivos, un hombre que ha asumido la sabia locura como la única solución al desastre, entre tantos libros de poesía, y después leerlo saboreando una cerveza Dorada es una forma milagrosa y mágica de terminar el día.

Con el poeta Panero, que como todo poeta loco nos salva en este mundo de marcas, cifras, dinero y burócratas fríos, terminamos un día más en Canarias, un archipiélago de sueños literarios y de viajes colocada en el centro de un Océano Atlántico que nos baña y nos nombra. Y comprobamos que no hay nada más nutritivo que el viaje y la errancia, los exilios de los mares y los continentes.

domingo, 13 de abril de 2008

MARVEL MORENO Y LA DEMOLICIÓN DE LA ARCADIA FALOCRÁTICA


Por Eduardo García Aguilar


Con una obra excéntrica en el panorama latinoamericano del post-boom dominada por su novela En diciembre llegaban las brisas, la colombiana Marvel Moreno (1939-1995) contribuyó a un lento pero sólido viraje en la literatura continental de las últimas décadas, caracterizado por una demolición continua de los grandes arquetipos, que van de la virginal y asexuada heroína del romanticismo tardío, cortejada por el casto caballero suicida, hasta el culto desmesurado a las proezas del falo en la novela neo-telúrica del llamado boom.


Desde su ausencia casi absoluta en la recatada literatura latinoamericana del romanticismo y la explosión modernista, la fusta masculina fue adquiriendo una presencia cada vez mayor, hasta convertirse en eje de casi toda la narrativa regional, donde la actividad de las mujeres era casi nula. La novela se volvió el recuento de las proezas de la falocracia patriarcal. La hembra era allí sumisa víctima o despreciable casquivana o puta.


Eso se reflejó de la misma manera en gran parte de las narrativas latinoamericanas desde la misoginia patética de José María Vargas Vila hasta los mundos violentos de Mario Vargas Llosa en La ciudad y los perros, La casa verde y Pantaleón y las visitadoras, el orbe gozoso del cabaret en Tres Tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante, casi toda la narrativa menor desde el Río Bravo hasta la Patagonia. En Vargas Vila la mujer era la serpiente pecadora que incitaba a la perdición del hombre, incluso los castos prelados, por lo que casi siempre morían ahorcadas o ahogadas por la furiosa víctima.

En la novela telúrica de los años 30, la mujer fue o la mosquita muerta que llevó a la perdición a Arturo Cova en La vorágine de José Eustasio Rivera, o la terrible Doña Bárbara de Rómulo Gallegos, que esgrimía su látigo desde la cabalgadura. Entre los del boom ya fue la desvergonzada portadora del coño devorador, en la imaginación de Cabrera Infante, o la proverbial Úrsula Iguarán, cuyo sexo se quema en el fogón del castigo para convertirse en eje de un mundo de matones, borrachos o portadores de penes tan enormes como los de José Arcadio Buendía.


La falocracia dominó durante cien años el panorama de la narrativa latinoamericana hasta la irrupción en los 60 de una generación subversiva liderada por Yolanda Oreamuno, Elena Garro, Rosario Castellanos, Clarice Lispector, entre otras ya fallecidas. Y entre tanto se perfiló a su vez un viraje en la narrativa masculina continental con el surgimiento en París de la espectacular Maga de Julio Cortázar y las “liberadas” capitalinas de Juan García Ponce.


A partir de esos años comienza a crecer la presencia de la mujer en el ejercicio literario latinoamericano, hasta convertirse en la gran protagonista de hoy, con decenas de autoras como la brasileña Nélida Piñón, las argentinas Luisa Futoransky, Luisa Valenzuela y Tununa Mercado, las colombianas Marvel Moreno y Fanny Buitrago, las mexicanas Margo Glantz y Cristina Rivera Garza y la uruguaya Cristina Peri-Rossi, entre otras. Con ellas, la fallecida Marvel Moreno aparece ya como maravillosa precursora de esta rebelión. Su obra, conquistada con las uñas al descreimiento, desde el exilio, es una de las más lúcidas y entra ya a ser parte de una cofradía de mujeres mundiales que ya habían iniciado el proceso en otras partes, como es el caso de Djuna Barnes con El bosque de la noche, Mercé Rodoreda con La plaza del Diamante, Marguerite Yourcenar y Marguerite Duras con sus vastas obras, para sólo mencionar algunos nombres cimeros, entre los cuales no pueden fallar Virgina Woolf.


Esa “escritura desde la vagina” debe mucho a Marvel Moreno, como puede colegirse de la atenta lectura de su novela y algunos de su cuentos como Algo Tan feo en la vida de una señora bien, que están construidos con los mismos pilares básicos: las madre que desea para su hija la misma suerte, la hija en conflicto que se insurge, el marido despótico y tonto que castiga y el amante gozoso y terrible que mancha con su impronta de placer. Y como instrumentos claves: el sexo femenino como oquedad para la saciedad masculina. El esquema de la novela se perfila ya en el cuento Algo tan feo en la vida de una señora bien, donde la mujer aparece ante los hombres “como una mula o una vaca” o “un recipiente donde masturbarse decentemente”.


Página tras página Marvel Moreno desmonta la tradición latinoamericana, a partir de una de sus instituciones sagradas, convertida en cárcel de mujeres. Después del matrimonio éstas ingresan a un estado catatónico, a una cripta de donde ya no pueden salir y donde la sola esperanza es buscar que sus hijas tengan un destino parecido, en los casos más felices, o que lo reproduzcan al pie de la letra, en las más lamentables. Hueco penetrable, satisfactor de egoísmo genital masculino, objeto golpeado, máscara oficial de la que se burlan las amantes del marido, madre decrépita de la que huyen sus hijas, la esposa recibe la bendición y camina hacia una larga y terrible agonía. Los textos de Moreno son el escenario de esa decadencia incesante que transcurre tras los visillos de las ventanas de las mansiones burguesas, entre paredes adornadas y materas de flores, perros finos y tintineo de platos y cubiertos. Madre-esposa, viuda-esposa, abuela, son las corveas tristes de esa mujer y su existencia, centro del relato marveliano.


Cabe destacar que en Marvel Moreno al profundo buceo en las relaciones del deseo, se agrega una estructura de ovillo que se va desenredando mediante una prosa notable. Lo interesante es que son las mujeres latinoamericanas las que están operando el saludable salto, como lo demuestran en sus obras de implacable desmonte del poder falocrático. De seguir ese camino, la Mama-Grande habrá terminado por dominar no sólo el mundo doméstico, sino también el imaginario narrativo. El sacrificio de la Cándida Eréndira no habrá sido en vano.

sábado, 29 de marzo de 2008

VISITA A LA CIUDAD DE RIMBAUD


Por Eduardo García Aguilar


El sábado 15 de marzo llegamos por la mañana a la tumba de Rimbaud en el cementerio de Charleville, después de un viaje desde París hacia las regiones de Champangne y Ardennes, cerca de la frontera, en el noreste de Francia. La ciudad del genial poeta adolescente sorprende pues sus casas y edificios antiguos están construidos con una piedra de color amarillo óxido, lo que le da un aire peculiar de crepúsculo y su calle central tiene una perspectiva espléndida que, pasando por la Plaza Ducal, lleva hasta el Museo Rimbaud, construido en un antiguo y bello molino.


Y aunque Rimbaud renegó de la ciudad natal, él está siempre presente en todas partes. Su figura despeinada e insumisa domina en paredes, tiendas, cafés, bares y restaurantes. El poeta reina como una deidad familiar desde esta localidad al borde del rio Meuse, en cuyo camposanto reposa su martirizado cuerpo, iluminando a todos los muchachos del mundo que se inspiran en él para huir del tedio de un día convertirse en adultos domados. Rimbaud representa al adolescente permanente que pervive en los viejos poetas muertos de pobreza y tuberculosis o ante el pelotón de fusilamiento. Porque escribir poemas es prolongar la infancia y viajar con ella adentro hasta el final. Walt Whitman, el viejo barbudo de overol, fue un niño hasta el final y Baudelaire un mozo alocado y eterno en las noches de absenta y poesía.


Así como Niza, en el Mediterráneo, posee de la piedra rosada de sus canteras alpinas, aquí ese extraño color amarillento de los edificios del siglo XVII y XVIII le dan a Charleville una iluminación peculiar y al verlos, comprendo de repente que los ojos del poeta los vieron tal y como están hoy y que miro lo que él vio cuando escribía sus primeros versos. He venido invitado por la ciudad en el marco de la Primavera de los Poetas, que se celebra en todo el país, acompañado por la poeta colombiana Myriam Montoya, una de las voces más importantes de mi país y del poeta francés Stéphane Chaumet, viajero abierto al mundo con su poesia de encuentros y fugas, para dar lecturas en la tumba y el museo y participar en una fiesta en una guinguette, típica fonda donde celebramos al autor de Las Iluminaciones hasta bien entrada la noche junto a los jóvenes cultores de la poesia y el slam como Gonzague, Oriana y una joven poeta que usa el misterioso seudónimo de Marcel Proust.


Hijos de Charleville, François Massut y el prolífico poeta Richard dalla Rosa nos han guiado y acompañado por esta ciudad soñada desde la adolescencia con el entusiasmo de la fuerza joven que guarda la llama del más celebre hijo de su tierra, quien vio su luz aquí el 20 de octubre de 1854 y murio en Marsella el 10 de noviembre de 1891, tras años de aventura en AbisiniaEsta mañana, luego de llegar, caminamos por las hermosas calles de esta ciudad y por la Plaza Ducal, que es una imitación pequeña de la muy conocida Place des Vosgues en París, donde reinaban hace tiempo los Tres Mosqueteros. Calle tras calle está presente esta arquitectura profunda que sobrevivió a tantas guerras, siempre dominada por ese color amarillento que parece al de ciertas caídas de sol o al ámbito de ciertos poemas eternos.


No lejos de aquí, entraron siempre por Sedan las tropas invasoras alemanas en las guerras de 1870, 1914-1918 y 1939-1944. Y en los campos húmedos de estas fronteras reposan los cuerpos y la sangre de cientos de miles de hombres asesinados en sangrientas conflagraciones sin fin. Esta es una tierra de viejas guerras que por ahora está en paz, pero que probablemente por su situación fronteriza algún día vuelva a sentir la fuerza ominosa de los bombardeos y el paso de los tanques.


Más tarde, en una ceremonia más íntima, llegamos al cementerio viejo donde reposa el poeta. Los miembros de la Sociedad de Amigos de Rimbaud, en su mayoría hombres de edad, llegaron a la tumba para escuchar la poesía de dos colombianos del exilio que partimos hace mucho tiempo de nuestro país, pero lo llevamos en el corazón. Algunos camarógrafos y fotógrafos tomaban imágenes del grupo reunido en torno al sepulcro del emblema de la rebelión y de la adolescencia poéticas, ese hombre que dejó todo antes de llegar a los 20 años y después se fue de aventurero a las lejanas tierras de África, donde vivió dedicado a turbios negocios y tráficos y enfermó antes de morir a los 37 años después un agitado retorno a su tierra en cañilla, amputado y agonizante.


Myriam, Stéphane y yo leímos primero poemas de Rimbaud y luego versos nuestros con la emoción de visitar por primera vez este lugar simbólico. Rodeados de poetas, los tres sentimos la emoción de leer allí en su honor, en su tumba, en un sitio a donde siempre quisimos venir algún día. En mi caso, le dije a los asistentes que venía de un lejano país llamado Colombia y que cuando adolescente, en mi ciudad Manizales, soñaba algún día con hacer la peregrinación a la tumba del poeta maldito.


En aquel entonces, con Rodrigo Acevedo González o Enrique Cardona Hernández, entre otros poetas adolescentes, queríamos imitar a Rimbaud. En el Instituto Universitario o en el Instituto Manizales escribíamos poemas sin límite inspirados por la imagen de ese muchacho genial que nos maravillaba con El Barco Ebrio y Las Iluminaciones. Lo hacíamos entonces para acercarnos a él, palparlo, viajar en su barco por ríos impasibles, y desafiar las tradiciones con la pureza de quien sólo busca expresarse y ser a través de las palabras. Era nuestro modelo como lo ha sido en todas las ciudades y pueblos del mundo donde florecen los poetas.


A esta tumba llegan en peregrinación día a día personas de todas las partes del mundo. Vienen japoneses, chinos, africanos, rusos, latinoamericanos, europeos, norteamericanos. Y llegar por fin a la tumba es un instante clave en la vida de los poetas. El primer amigo que me contó el detalle de su visita a Charleville hace muchos años fue el poeta mexicano Vicente Quirarte, en quien pensé en ese instante inolvidable de estar ahí, de ser ahí, de llegar ahí donde reposa Rimbaud al lado de su hermana y su madre, que lo sobrevivió hasta 1907.


Poco a poco Charleville se vuelve una ciudad poética a donde son invitados en residencia autores de todas las partes del mundo para visitar dos de las casas donde vivió de niño antes de irse y que están intactas y tienen también el extraño desleído color de los atardeceres. En la casa donde más tiempo vivió, frente al río Meuse, sorprende que cada una de su habitaciones guarde sorpresas en su honor, a través del arte contemporáneo y el multimedia. En una habitación se escucha el sonido del viento tradicional de la región de Ardennes, el sonido del mar y el chillido de los barcos cuando llegan y se van de puerto. En otra se esucha a través de orificios y bocinas instalados en las paredes su poesía en una voz nítida como si viniera del mas allá. En las paredes de su dormitorio se reflejan palabras que circulan. Y desde otras habitaciones se ve el río y la calle que sin duda hacieron soñar al impúber poeta bajo la mirada escrutadora de su hermana y su madre. Ahora hace una tarde de sol y la ciudad está cubierta por Las Iluminaciones.


A Myrian Montoya, la poeta proveniente de la antioqua colombiana donde se inició en los talleres del novelista Manuel Mejía Vallejo, se le han humedecido los ojos junto a la tumba de su amado Rimbaud, el del espíritu lúcido e insaciable, antes de leer sus poemas. Ha estado ahí largos minutos en silencio, con la mirada perdida, emocionada, y he comprendido sus palpitaciones mientras el aire fresco inundaba el camposanto. Stéphane Chaumet, hijo de la ciudad de Dunkerke, viajero en Siria, China, México y Colombia, ha expresado su rabia interior con su voz agitada y su corazón en la mano y yo he quedado volando en un tapiz persa por los aires de la poesía al cumplir un sueño de la vida. François Massut, el generoso joven poeta residente en París que propició con amor esta visita y la de otros poetas, ha llegado con sus familiares y paso a paso nos ha mostrado el secreto tesoro y los haces de luz prismática que surgen de sus honduras.


Todos los poetas del mundo deberían visitar algún día esta tumba y recorrer Charleville. De regreso a París en el Tren de Alta Velocidad nos ha despedido desde la campiña un intenso arcoiris, como si a través de ese milagro se expresara Rimbaud desde sus ríos impasibles y su mares agitados donde la nave cautiva del relámpago viaja sin detenerse nunca.


Charleville-París, 17 de marzo de 2008