jueves, 4 de junio de 2009

WILLIAM OSPINA CORONADO CON EL RÓMULO GALLEGOS

Por Eduardo García Aguilar
Ahora que William Ospina ha ganado el Rómulo Gallegos con su novela "El país de la canela", salta a la imaginación la figura delgada de ese muchacho de 25 años que recorría las calles de París en 1979 y ya era entonces, aunque no hubiera publicado todavía ningún libro, la caja de música que siempre ha sido y le hizo ganar muy pronto la posición de «maestro» entre los colombianos de todas las edades.
Ospina podía empezar la noche recitando de memoria todos los poemas posibles de las literaturas conocidas en diversas lenguas y terminar cantando boleros, tangos y milongas, después de hacer una larga escala por los cantos medievales. Como en su familia había músicos, para él no era extraño ese placer de agotar las horas de la noche ejerciendo él solo de tocadiscos y equipo de sonido para todos. Y cuando había una pausa, los asistentes a la fiesta estaban en torno a él, escuchando sus relatos o sus comentarios sobre los libros recién leídos y por leer.
Había llegado a París hacía poco y tenía como pertenencias sólo un abrigo negro largo, una bufanda gris con rayas moradas, pantalones de pana color naranja y botas que aguantaron todas las caminatas posibles por las calles de París, mientras iba de buhardilla en buhardilla encantando a las chicas latinoamericanas y europeas que caían enamoradas de su dulzura e inteligencia, mientras les recitaba de memoria los sonetos de Shakespeare.
Nació en Padua en 1954, un pequeño pueblo de la cordillera tolimense en medio de la guerra y cerca de la temible policía « chulavita ». Después de recorrer en la infancia y la adolescencia por varias ciudades sacándole el cuerpo a la Violencia, y luego de realizar estudios universitarios en Cali y nutrirse del movimiento cultural de esa ciudad en los años 70, pasó de Bogotá a las calles de París en 1979.
En ese entonces, en la capital francesa vivía toda una generación de jóvenes colombianos de diversas tendencias y gustos estéticos, cineastas, pintores, sociólogos, filósofos, científicos, que cuando no se vislumbraba ni la aparición del sida ni la nueva guerra que iba a azotar a Colombia, discutían sin cesar en el restaurante universitario de Mabillon, en el bar existencialista de Chez George y en los corredores de las universidades sobre lo divino y lo humano, mientras reinaban en las aulas Michel Foucault, Roland Barthes, Jacques Lacan y Gillez Deleuze, en las salas de cine Pasolini, Fellini, Bergman y Antonioni y en las calles el viejo Jean Paul Sartre y la novelista Marguerite Duras. Nuestra generación colombiana y latinoamericana, abriéndose al mundo en la capital francesa, vivía feliz recorriendo las coordenadas del París encontrado en la « Rayuela » de Julio Cortázar, que nos convocaba y guiaba, mientras se escuchaban afuera los ritmos de Miles Davis, Bob Marley, Jim Morrison, Santana, Jimmy Hendrix y Janis Joplin.
William cargaba con su poemas y los leía en esas largas noches de fiesta y amistad, pero aún no se atrevía a publicarlos. Eso ocurriría a su regreso, cuando la Presidencia de la República le publicó «Hilo de Arena», una primera colección que tiene algunos de los poemas básicos de su obra, algunos de ellos escritos al calor de la vida parisina. Luego vendrían «El país del viento» y «¿Con quién habla Virginia caminando hacia el agua?», poemarios donde revisa los horrores del holocausto universal del siglo XX, rinde homenaje a sus autores preferidos y canta a los paisajes de su tierra nativa.
A diferencia de otros compañeros de generación que nos quedamos para siempre en el exilio, William regresó pronto a Colombia y desde entonces optó por estar ahí, en medio del desastre y frente al peligro, acompañando a las nuevas generaciones de colombianos que surgen en ese país cainita en medio de la guerra y que cuentan con él para creer en algo y tener esperanzas de que algún día las cosas cambiarán. Porque además de su talento y esa dedicación sin falla al ejercicio literario, el mérito de Ospina se ha extendido a tratar de ejercer de conciencia de una patria en ciernes que para muchos va hacia la disolución definitiva y para otros aún puede salvarse.
Por medio del ensayo y la columna de fondo, escritos con un estilo depurado y de altas miras, ha expresado sus opiniones, discutibles a veces, sobre los rumbos del país, creando un espacio lejos de la frivolidad y el facilismo ambientes. «Es tarde para el hombre» (1992), «¿Donde está la franja amarilla?» (1996), «Los nuevos centros de la esfera» (2003), «La herida en la piel de la diosa» (2003), «América mestiza» (2004) son algunas de esas obras donde los colombianos de las nuevas generaciones, nacidos en medio de la más terrible conflagración y el genocidio rampantes, aprendieron a creer que puede haber pensamiento y reflexión colombianas en medio de la trivialidad televisiva y la falta de espacios para la inteligencia. En eso Ospina sigue el camino de los filósofos colombianos Danilo Cruz Vélez y Estanislao Zuleta, dos de sus admirados pensadores colombianos, a quienes les debe mucho y que ha tenido la fortuna de conocer y escuchar.
Su poesía, reunida en una preciosa edición de Arte dos Gráfico (1974-2004) comprende una vasta obra muy peculiar que sigue caminos muy distintos al ejercicio poético de otras generaciones colombianas anteriores y posteriores a él y muchos de esos textos, leídos en estas tres últimas décadas en los pueblos y las ciudades de Colombia en bares, teatros y escuelas abarrotados de gente, hacen parte ya imborrable de la memoria poética colombiana.
Con "Ursúa", «El país de la canela» y «La serpiente sin ojos», Ospina continúa con su brillante prosa un proyecto iniciado con «Las auroras de sangre» sobre el poeta Juan de Castellanos, y al que amina una generosa aventura propia: la de rescatar en medio del holocausto colombiano algunas de las raíces indígenas carbonizadas por los bombardeos del olvido y la violencia, para que tal vez germinen de nuevo y sean nutrimento para los que vendrán después de que su generación haya desaparecido.
Esta trilogía novelística de estirpre histórica la viene trabajando con el rigor que lo caracteriza desde sus primeras obras, sin importarle el tiempo que le tome encontrar el tono preciso y pulir como lo hacían los románticos y los modernistas, hasta quedar satisfecho con cada frase, con cada palabra. Y en el conjunto de la trilogía estarán presentes sin duda esos miles y miles de horas dedicadas por él a leer y a explorar con pasión los secretos de la literatura universal.
¿Quiénes eran esos ancestros aniquilados que poblaban la tierra americana? ¿Podemos rescatar su voz? ¿Cómo ocurrió ese encuentro de sangre con los conquistadores? ¿Por qué el paraíso de El Dorado no cesa de vivir en la violencia? ¿Podrán salvarse algún día América Latina y Colombia? Los que somos muy escépticos en ese empeño de la salvación nacional y continental, tenemos que desearle suerte a Ospina en esa lucha lúdica, aunque no estaremos aquí por desgracia en ese lejano futuro para saber si Ospina tenía razon de creer y tener fe en la humanidad de esta América escondida y no hallada entre el llanto de las espadas.

domingo, 31 de mayo de 2009

JÓVENES SOÑADORES DE IZQUIERDA



Eduardo García Aguilar


Me siento muy orgulloso de haber sido un adolescente con sensibilidad social y amante de la cultura en los colegios de bachillerato, de donde me expulsaron por ser rebelde y luchar contra las injusticias. En vez de ser un avorazado pichón de "empresario" en busca del enriquecimiento fácil, pensaba con algunos compañeros idealistas que valía la pena rebelarse y estar del lado de los humillados y ofendidos en un país tan desigual como el nuestro, cargado de viejas taras coloniales.

Sé que tener conciencia social es mal visto en estos tiempos en que se admira el becerro de oro de la corrupción, el dinero fácil, el arribismo, la apariencia, la para-narcocultura, el consumo desbordado y donde un ser humano vale más por el auto y las joyas que lleva que por sus sentimientos humanos y su generosidad para con los suyos o los otros.

Desde muy temprano en el Instituto Universitario de Manizales* participé en manifestaciones y reuniones agitadas donde nos enfrentábamos a la desigualdad social y el apartheid racial y clasista que dominaba y domina todavía nuestro país. Llenábamos el Teatro Fundadores para escuchar a Pablo Neruda y celebrar su extraordinario Canto General, que imitábamos en nuestros poemas. Devorábamos libros sobre América Latina y estábamos al tanto de la ola cultural latinoamericana que se imponía por el mundo. Pero pronto viví en carne propia lo que es hablar alto y esgrimir con independencia ideas propias. En una alianza de autoridades y profesores obtusos, los rebeldes que habíamos agitado el ambiente con nuestros centros culturales, fuimos triturados en los exámenes y expulsados del colegio.

Guardo todavía la libreta de notas de cuarto de bachillerato donde todas las materias, hasta las que me gustaban, aparecían marcadas en rojo mientras en negro se veía el sello fatídico de la expulsión. Con toda claridad a los 15 años recibí de parte del poder el bautismo de fuego al que están condenados quienes en Colombia luchan contra la injusticia. Después, en el Instituto Manizales, al lado de un grupo extraordinario de adolescentes lectores e inteligentes, seguimos difundiendo la cultura en semanas culturales llenas de teatro, conferencias y arte que promovíamos con un empeño generoso, que por fortuna encontraba eco en la ciudad. Hacíamos teatro y lo presentábamos en barrios de la periferia y en la cárcel. Pero ahí también la alianza de profesores y autoridades pendencieras selló mi destino con la expulsión del colegio por hacer cultura.

Otra vez como un judío errante, el muchacho de izquierda se encontraba de nuevo en la calle al terminar el quinto de bachillerato, sin comprender que los colegios públicos pusieran tanto empeño en destrozar la vida de un alumno que amaba la cultura, el arte, la poesía y lo decía en voz alta. Como los nazis de Goebbels, en ese colegio, cuando escuchaban la palabra cultura, de inmediato el rector y los prefectos de disciplina sacaban la pistola.

Pero mientras los colegios públicos me lanzaron con odio al despeñadero, los únicos que entendieron mi accionar fueron los padres franciscanos del colegio Gemelli, al comprender que en la rebeldía y las palabras del adolescente de izquierda lo que había era generosidad y talento y ningún peligro para la sociedad. Ellos me abrieron las puertas de ese colegio situado en el barrio La Francia, con vista a los paisajes inolvidables del Valle del Cauca y las montañas de la cordillera oriental, e hicieron posible que obtuviera el diploma de bachillerato. Allí también encontré jóvenes generosos y juntos sacamos un periódico llamado Conflictos, que los padres franciscanos nos dejaron hacer libremente, pese a que no estaban de acuerdo con el tono y los reportajes encendidos que hacíamos al introducirnos en los lugares más oscuros de la ciudad, como zonas de tolerancia y tugurios para tratar de entender los problemas del país. En una de esas incursiones en los tugurios en busca de la realidad profunda del país, varios compañeros fuimos detenidos y llevados al calabozo por varios días.

Si en Colombia las autoridades hubieran aplicado desde hace tiempo la generosa actitud de los padres franciscanos del Colegio Gemelli de Manizales, que no vieron en el rebelde muchacho a un "peligroso terrorista criminal" sino a un ser lleno de posibilidades y sensibilidad social, las cosas serían muy distintas. Ahora, cuando comienzan a detener como a "grandes criminales" a profesores y alumnos de las universidades y se busca llevar a toda costa a prisión a los jóvenes opositores y se estigmatiza como enemigos del país a los artistas y a los intelectuales que viven al interior o en el extranjero, vale la pena pensar en el desperdicio que ha significado para el país llenar cárceles, calles y cementerios de jóvenes soñadores de izquierda.

Todavía se escucha el eco de las balas que exterminaron a miles de miembros de la UP o el asesinato a mansalva el 19 de mayo de 1997, hace exactamente 12 años, de gente tan generosa y noble como el ex jesuita Mario Calderón, miembro del Centro de Investigación y Educación Popular, CINEP, organización no gubernamental colombiana, a quien no debemos olvidar. Y eso sin mencionar la muerte del gran humorista Jaime Garzón y de tantos otros miles de colombianos jóvenes, llenos de humor, que partieron mucho antes de que pudieran dar al país y a la sociedad todo el despliegue de su talento.

Un estadista debe ser alguien que entiende los dolores del país y busca la concordia de sus connacionales. Su tarea, antes que azuzar la violencia, amenazar y dividir con rictus de odio, es extraer la savia generosa de la nación para que dominen ideales distintos al enriquecimiento fácil y el unanimismo de los gamonales, los arribistas y los terratenientes enfurecidos. Y en cada colegio o universidad pública o privada las directivas deberían a su vez actuar con grandeza ante los jóvenes, o sea como esos padres franciscanos que me salvaron el bachillerato y no como los pequeños personajes que trataron a toda costa en los colegios públicos de cerrarle el camino a un adolescente inundado de sensibilidad social y amor por su país y su pueblo.

Han pasado muchos años desde que recibí por fin mi diploma de bachiller, pero ahora siento que nada ha cambiado desde entonces y que en universidades y colegios públicos del país, en este crepúsculo del régimen autoritario, debemos todos estar muy alertas y no oír los mensajes de odio que desde el poder se hacen para perseguir, investigar, judicializar y si es posible detener a jóvenes que no tragan entero y sueñan con un país distinto. No les creamos el cuento a los halcones: en los jóvenes lo que hay es grandeza de corazón y un gran deseo de hacer grande a Colombia.

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*Manizales. Ciudad cafetera de la cordillera de los Andes en Colombia, capital del departamento de Caldas, situada a 2.200 metros sobre el nivel del mar.

sábado, 23 de mayo de 2009

EL OTOÑO DEL TIRANO

Por Eduardo García Aguilar
Cuando hace años se hablaba en coloquios universitarios de las novelas de dictadores hispanoamericanos como « Tirano banderas » de Valle Inclán, « Yo el supremo » de Augusta Roa Bastos, « El recurso del método » de Alejo Carpentier o « El otoño del patriarca » de Gabriel García Márquez, nunca pensamos que en Colombia uno de esos personajes pasados de moda se atornillaría en el poder, emulando a Cantinflas en la famosa película Su excelencia.

En Colombia la figura del patriarca fueteador y moralista que gobierna desde hace casi una década y espera todavía seguir en el trono, ha llevado al extremo el aspecto cómico de la figura patriarcal, infalible y energúmena, tramposa y arbitraria, con una larguísima nariz de Pinocho, frente a la que todos se hincan con servilismo, desde oligarcas bogotanos y manzanillos provincianos, hasta ministros, empresarios nacionales o extranjeros y líderes políticos por igual.

Durante décadas se dijo que Colombia era uno de los pocos países latinoamericanos con una democracia sólida que había resistido a la tentación dictatorial, donde los mandatarios por muy amantes del poder que fueran se eclipsaban mansos al concluir sus periodos, como una cuestion de honor personal que ninguno hasta ahora había osado violar.

Se podía estar en desacuerdo con esos personajes de la oligarquía colombiana que se sucedían uno tras otro en el poder, pero al menos debíamos reconocer que tenían cierta dignidad intelectual y decencia y que, como juristas que eran en su mayoría, consideraban un acto de honradez mínima respetar la Constitución y las Leyes y cumplir el precepto de que las reglas de juego no se cambian para beneficio personal y mucho menos por medio del cohecho y la compra de las conciencias de los congresistas.

A lo largo del siglo el Congreso estuvo compuesto en gran parte por personas que representaban ideas políticas claras, a veces atroces, por supuesto, y los debates tenían una mínima altura como lo pude constatar varias veces al entrar allí para mirar desde la barrera las discusiones de las comisiones. La palabra « padre de la patria » podría ser ridícula, pero los hombres del sistema que llegaban al Congreso a nombre de los partidos tradicionales eran relativamente respetados porque se destacaban en algo, en la elocuencia o en los conocimientos técnicos y pese a que contribuían a la perepetuación de la injusticia, los considerábamos interlocutores lúcidos en tiempos de guerra fría mundial.

Nada de eso ocurre ahora : al mismo tiempo que el patriarca llegó con las votaciones milagrosas que le arreglaban en muchas regiones del país las fuerzas oscuras que lo consideraban su representante y salvador, el Congreso se llenó de delincuentes de la peor laya que llegaron al extremo de recibir con honores en el recinto sagrado de las leyes a los peores genocidas y criminales que haya jamás producido el país en su larguísima historia de violencia. Ese día se entronizaron los hornos crematorios, las motosierras y las fosas comunes como las verdaderas hacedoras de la ley cantada en los himnos y simbolizada en la posición hierática de héroes nacionales como Nariño, Santander y Bolívar.

Un Congreso de bandidos perseguidos en su mayoría por la justicia se encargó de cambiar las reglas del juego para imponer la primera reelección de la figura del patriarca y otro Congreso de igual laya se ha encargado de repetirnos la dosis con un cinismo increíble, donde ministros turbios descuartizan la separación de los poderes usando métodos prohibidos. Ni en la más mala película de ficción hubiéramos imaginado el rumbo que terminó por seguir el país a comienzos del siglo XXI, acostumbrado ya al parecer a los sermones diarios del caudillo, a sus discursos cantinflescos para defender a los peores delincuentes o guardar silencio ante los crímenes más espantosos de sus amigos y valedores, que como las ejecuciones extrajudiciales, la coacción multitudinaria del voto y el espionaje al estilo soviético parecen para él pecados ínfimos o calumnias de izquierdistas.

Hace poco un ex presidente mexicano dijo que la impunidad es necesaria para que funcione el sistema político, lo que en su enormidad cantinflesca puede aplicarse perfectamente a lo ocurrido en Colombia: se cambia la Constitución para beneficio propio y no pasa nada , se compran las conciencias y no pasa nada, se concentran las tierras del país en unas cuantas manos ensagrentadas y no pasa nada, se enriquecen milagrosamente los miembros de la corte y no pasa nada, millones de colombianos son desplazados y no pasa nada, delincuentes son nombrados en los puestos diplomáticos y no pasa nada, miles de desaparecidos reposan en las fosas comunes y no pasa nada, se bombardea un país extranjero y no pasa nada, se graba ilegalmente a opositores, magistrados, periodistas y politicos y no pasa nada, casi todos los miembros del Congreso están siendo procesados y no pasa nada, todos están pendientes día y noche de los humores del patriarca y no pasa nada.

Si Tirano Banderas dice que de noche hace día, todos se inclinan y aceptan ; si dice que la luna es el sol, bajan la cerviz ; si amanece de mal humor, todos en palacio esperan a que se le pase la furia ; si regaña a los periodistas porque le hacen preguntas incómodas, los áulicos ríen. El caudillo habla de patriotismo, pero ha sido como ninguno el más servil ante los poderes de Washington ; el señor presidente reza y se persigna todas las mañanas, pero calla ante los delitos atroces de lesa humanidad.

Ni Valle Inclán en España, ni Augusto Roa Bastos al describir el delirio del dictador paraguayo Francia, ni Martin Luis Guzmán en México, ni García Márquez al contarnos los delirios del patriarca caribeño, ni Carpentier, ni Rómulo Gallegos, ni el biógrafo de Francisco Franco, ni quienes en América Latina abordaron el tema, imaginaron que seguiría vivo y coleando al concluir la primera década del siglo XXI en Colombia. Pensábamos que todo eso era pasado de moda, reminiscencias de viejos liberales artríticos, pero nada, ahora debemos pellizcarnos para creerlo, en nuestro país estamos viviendo dentro de una novela de tiranuelos hispanoamericanos y nuestro personaje de marras supera con creces a sus variados y vistosos modelos.

viernes, 15 de mayo de 2009

EVELIO ROSERO Y EL PREMIO THE INDEPENDENT


Por Eduardo García Aguilar

El escritor colombiano Evelio Rosero acaba de obtener en Inglaterra el Premio The Independent a la mejor traducción al ingles en ese pais de una obra de ficción. Con motivo del Premio Tusquets 2006 a la misma obra, escribí desde la Feria de Guadalajara el siguiente artículo difundido en la prensa latinoamericana:

El Premio Tusquets que acaba de obtener Evelio Rosero -el más prestigioso para novela en el ámbito iberoamericano por la calidad de sus jurados y su lejanía de la corrupción editorial ambiente- puede ser una sorpresa para muchos, mas no para quienes hemos seguido su camino desde el inicio con admiración y alegría.

Da la casualidad que me encuentro hoy en las calles llenas de libros de esta entrañable Feria del libro de Guadalajara y en medio de la decepción que provoca la mediocridad del estrellato narrativo actual latinoamericano y en especial colombiano, la coronación de Rosero entre medio centenar de novelas por un jurado probo, es un gran acontecimiento para la narrativa colombiana y sin duda un giro sorpresivo que obligará a reposicionar la obra de varios autores de su generación.

Rosero comenzó desde muy temprano una obra literaria de méritos extraordinarios con una narrativa nerviosa, ágil, que nunca cedió a la facilidad y exploró los más inquietantes caminos de la locura y el horror de la vida. Con novelas como Mateo Solo (1984), Juliana los mira (1986), El incendiado (1988) y la para mí espectacular Las muertes de fiesta (1995), entre otras muchas obras, Rosero forjó un cuerpo narrativo de primer orden.Un día antes de conocerse la noticia, conversando con Jorge Herralde al término de una conferencia del argentino Ricardo Piglia, el editor español recordaba la publicación hace dos décadas de Juliana los mira, obra que ya auguraba el aliento del narrador colombiano, quien como tantos otros de su generación ha sido rebelde y ha preferido cierta marginalidad, al lado de sus compañeros de generación, que deben estar celebrando este premio logrado con toda transparencia.

Han pasado los años y Rosero ha seguido ahí fiel a su estilo y a sus fantasmas sin ceder un solo instante a la feria de vanidades y corrupciones de la narrativa colombiana reciente, con sus ídolos falsos. Ya los adalides abusivos de cierta paraliteratura cantaban victoria haciendo tabla rasa de generaciones recientes y actuales y se pavoneaban como salvadores de pacotilla de la narrativa colombiana, acríticos y lambones ante el infame régimen paramilitar que nos gobierna. Con las motosierras de su arribismo ya habían enterrado a los excelentes escritores de la generación de la Buchholz, nacidos alrededor de los años 40.

En la fiesta convocada en el Centro de Industriales de Guadalajara, en ausencia de Rosero, se reunió el mundo editorial y literario iberoamericano. Las copas iban de un lado a otro y yo trataba de apurar algunas de más a nombre de Rosero, que debería estar aquí celebrando. Gracias a él y por la alegría que siento de que sea coronado este rebelde colombiano, he saboreado y alzado al aire deliciosos cócteles de tequila.

Beatriz de Moura estaba muy contenta en medio del inmenso salón y preguntaba sobre la posición de Rosero en la literatura colombiana y el significado de este premio. Hablamos sobre quien es Rosero: un hombre libre, un autor de novelas espléndidas, un habitante de ese país en guerra gobernado por delincuentes asesinos, un ser humano que nuestra generación conoce porque es una antena eléctrica de los males y las muertes de fiesta nacionales. De Moura destacó que la novela premiada podría ser una alegoría de todas las guerras y su universalidad hace que esos ámbitos puedan situarse en los Balcanes u otros países encendidos por la conflagración bélica mundial, donde las fronteras se pierden en el horror y el dolor provocado por la codicia de los poderosos. Dice que es un texto claro, transparente, mientras Aurelio Major, el coordinador del premio expresa a su vez la alegría por este acontecimiento.

Viene a mi memoria ese Rosero siempre silencioso o felizmente ebrio, en quien se resumían las nocturnidades de Bogotá City, en aquella vieja cafetería de la Librería Nacional de la séptima o en las Residencias Tequendama repletas de poetas iberoamericanos o tomándonos unos whiskies en la Feria del Libro de Bogotá, cuando se celebraba a los escritores de la diáspora.

Seamos claros, con Evelio Rosero, Sonia Truque, Eugenia Sánchez, Juan Carlos Moyano, Pedro Badrán, Julio Olaciregui, Pablo Montoya, Julio Paredes, Consuelo Triviño Anzola, Octavio Escobar, y otros muchos, toda una generación de escritores emerge desde los márgenes de una Colombia que excluye y mata. Todos ellos han llevado al extremo su compromiso con la palabra y la libertad.

Ese ha sido su puesto de combate, el mismo iniciado hace tiempos por el legendario Jorge, el Gordo Valderrama en su suplemento de Vanguardia Liberal en Bucaramanga, y luego por los amplios espacios de la red de Cronopios de Ignacio Ramírez, los talleres de Isaías Peña Gutiérrez en la Universidad Central, la revista de Milciades Arévalo, entre otros, y mucho antes por el inolvidable Manuel Zapata Olivella en Letras Nacionales. Una literatura que surge desde todos los puntos cardinales del país y desde todos los estratos y que no es confiscada por el obtuso exclusivismo de los "gomelos" de Medellín y Bogotá, para quienes lo urbano colombiano sólo existe allí alrededor del Gimnasio Moderno y que decretaban ya el triunfo de una paraliteratura que extermina al reciente pasado y al presente de la Colombia profunda. Con este premio a Rosero podemos decirles, chao, chao, bye, bye, nos vemos en el ring.

jueves, 14 de mayo de 2009

LAS PERIPECIAS DE UN SÁTIRO HIPERESTÉSICO


Por Eduardo García Aguilar
Uno de los aspectos más olvidados de la generación modernista en Latinoamérica es la prosa. Martí, Montalvo, Vargas Vila, Gómez Carrillo, Gutiérrez Nájera, Darío y Silva, para sólo mencionar a unos cuantos, escribieron alucinantes páginas, como cuentos y crónicas de viaje, que fueron con razón eclipsados por el delirio poético.
Enrique Gómez Carrillo, un guatemalteco famoso por sus aventuras galantes, dejó miles de cuartillas que hoy languidecen en los viejos anaqueles de las bibliotecas, pero que conforman un fresco de la época. Por primera vez en mucho tiempo, los latinoamericanos se negaban al provincianismo y se perdían en el exilio voluntario, deseosos de conquistar las metrópolis del lujo y el progreso.
Un vacuo nacionalismo criollo que reclamaba el reino de lo “autóctono” miró con malos ojos a estos enfermizos personajes que tuvieron como capital a París y como estilo el dandysmo en boga por aquellos tiempos. En sus crónicas de errancia, Gómez Carrillo, que fue, según dicen, amante de Mata Hari, nos lleva de la mano por Oriente, se nutre de desiertos, viaj a a monasterios de Judea, describe islas maravillosas, asiste a la guerra y ve la mortandad sin límites. Muchas de esas páginas tal vez no sean antológicas, pero algunas salen de los empolvados volúmenes como joyas de una época de transición que hoy maravilla. Los modernistas fueron los primeros en quitarse el complejo de un americanismo ingenuo y se sintieron con derecho a comerse el mundo con el pasaporte del talento.
Sus congéneres de Europa también iban en contra de la corriente. Huysmans, por ejemplo, se encerraba en la ficción de sus casas de sueño, a masticar la enfermedad de moda: la hiperestesia. Hartos del progreso y de la técnica, aburridos frente al culto de la razón, los modernistas de Europa se insurgieron en contra del utilitarismo con obras “decadentes, preciosistas, que se negaban a reflejar la realidad o a tomar posiciones científicas” frente a la sociedad, como lo hicieron Jules Vallès y Emile Zola. Nuestros modernistas no fueron, pues, simples repetidores de una moda metropolitana, sino los hermanos de un movimiento mundial en contra del utilitarismo y el positivismo. Rubén Darío, Silva y Martí, miraban con sorna la influencia cada vez mayor del im perio protestante del Norte con su confort y su sport y prefirieron la bohemia de la absenta con su delirium tremens.
José Asunción Silva (1865-1896), conocido por sus nocturnos y por ser uno de los más brillantes y malogrados representantes de esa generación, tuvo que soportar la pacatería de una ciudad colonial y brumosa, situada en las alturas de la cordillera andina, dedicado a un arte absurdo para entonces: la poesía. Heredero de un negoicio que no sabía manejar, requerido por compromisos sociales y chismografías de convento, el joven no resiste y se suicida a los treinta años, ante la indiferencia de sus contemporáneos. Antes vivió un tiempo en París, a donde viajó enviado por su padre en funciones comerciales. En Venezuela, de regreso a Colombia, naufraga el vapor Amérique, en donde viajaba también Gómez Carrillo. Silva pierde los manuscritos de los Cuentos negros y “lo mejor de mi o bra”.
Poco antes de morir rehace De Sobremesa, novela que reúne todas las características esenciales de su personalidad y su época. El prologuista a la edición de sus obras por la Biblioteca Ayacucho de Caracas, esgrime su lanza contra él, poeta, acusándolo de imitador y ”colonizado”, comos si el pobre estuviese condenado a escribir sobre chinchorros, chozas, serpientes, cuchilleros y monjas. Desconociendo el fenómeno subversivo del modernismo y sus efectos en la literatura posterior en castellano, Eduardo Camacho Guizado llega hasta el despropósito de acusar a Silva de mentiroso porque en su novela seduce a más de trece mujeres, aduciendo que éste era muy débil y tímido. El crítico olvidó en su pasión antimodernista, que estaba comentando una novela y no una autobiografía. El Fernández de la novela no es Silva. Todo novelista, por demás, es un mentiroso y nadie puede acusarlo de hacer invenciones.
La novela sucede durante la sobremesa. Fernández, que es un millonario decadente, le cuenta a sus amigos las dudas respecto a su actividad literaria y después de ser requerido comienza a leerles el relato de sus aventuras en Europa. Los primeros capítulos de ese diario están cargados de las lecturas de la época: María Bashkirtseff, Maurice Barrès, Max Nordau, Nietzsche, Swimburne, Verlaine, etcétera. Los amigos que lo escuchan en el exquisito ambiente de su mansión bogotana, son opacos personajes que admiran al poeta Fernández, pero que no pueden comprender sus angustias y frustraciones.
El protagonista de la novela se enreda con una bella mujer, la Orloff, a quien encuentra después en el lecho dedicada al arte de Lesbos con una de sus amigas: “Al hacer saltar la puerta de la alcoba que se deshizo al primer empujón brutal y cedió rompiéndose, un doble grito de terror me sonó en los oídos y antes de que ninguna de las dos pudieran desenlazarse, había alzado con un impulso de loco duplicado por la ira el grupo infame, lo había tirado al suelo, sobre la piel de oso negro que está al pie del lecho, y lo golpeaba furiosamente con todas mis fuerzas, arrancando gritos y blasfemias, con las manos violentas, con los tacones de las botas, como quien aplasta una culebra”.
Después de la decepción, Fernández huye a Whyl y delira inventando un sistema apto para su país. Es una metáfora del progreso, donde “las monstruosas fábricas nublarán en ese entonces con el humo denso de sus chimeneas el azul profundo de los cielos que cobijan nuestros paisajes tropicales; vibrará en los llanos el grito metálico de las locomotoras que cruzan los rieles comunicando las ciudades y los pueblecillos nacidos donde quince años antes fueron las estaciones de madera tosca y donde, a la hora en que escribo, entre lo enmarañado de la selva virgen, extienden sus ramas las colosales ceibas”. Al sueño político que en De sobremesa adquiere los contornos del ensayo dentro de la novela, el personaje vive sus conquistas amorosas: Nini Rousset, Helena de Scilly Dancourt, Lady Viviann, Fanny Green, etcétera, y prueba el cloroformo, el éter, la morfina y el hachish.
Personaje disimétrico, telúrico, caprichoso, malvado, Fernández es la encarn ación del espíritu de una época que iba rumbo a la catástrofe. ¿Mientras los industriales organizaban ferias mundiales y en ciertos cabarets se hablaba de la belle époque, los modernistas, más en la prosa que en la poesía, palpaban el malestar del fin de siglo.
A nivel formal, Silva no se queda atrás y nos ofrece un texto fraccionado, absurdo, que contrasta con las novelas realistas y sus tramas ordenadas con moraleja y broche de oro. En ciertos pasajes uno cree ver ya en José Asunción Silva elementos formales que hicieron novedoso a Cortázar setenta años después.

(Tomado de Textos Nómadas. Publicado originalmente en Unomásuno de México. 1986)



lunes, 4 de mayo de 2009

EL EXTRAÑO ENCANTO DE OLIVIA RUIZ


Eduardo García Aguilar

En 2001, cuando participó en el popularísimo programa de telerrealidad Star Academy, Olivia Ruiz se destacó ya entre las estrellas de pacotilla que inventaba el programa al vapor, por sus ojos negros españoles, la mirada pícara de brujita del sur y la gracia de los gestos y movimientos de su fragilísimo cuerpo, siempre enfundado en jeans desleídos y camisa de lanilla a cuadros, emisor de una vocecilla valiente, aguda y original.

Su participación en el circo romano de la farándula televisiva francesa fue impecable por el profesionalismo y la fuerza con que nadó entre las terribles intrigas del show bussines. Muchos telespectadores, aunque no la mayoría, estábamos ya seducidos por ella, gracias a la sensualidad a flor de piel, el leve acento de origen español y la leyenda de su origen: la muchachita forastera de las provincias del sur, en la frontera con España, que sube a triunfar a París como en las novelas y en las biografías de las divas de antaño.

Por supuesto fue eliminada por cantantes de una espectacular mediocridad y ocupó el cuarto lugar en el concurso, pero desde entonces se creó entre ella y el público francés una historia de amor que ha llegado a su clímax en esta primavera de 2009, cuando aparece fotografiada al lado de la gran Julliette Greco, la musa de los existencialistas, que a los 80 años ha expresado su admiración por esta niña a la que le lleva la enorme distancia de más de medio siglo, aunque parecen contemporáneas.Todo esto ha sido posible por la súbita mutación del gusto. En la primera década del siglo XXI se dio una peculiar revolución en el mundo de la música popular francesa dominada por tontas comedias musicales: los jóvenes de la llamada chanson française, que cantan en las tabernas juveniles y los cabarets de París y provincia experimentando y haciendo poesía se fueron adueñando de los grandes podios, desplazando por fin a esa música pop gritona y formateada que promocionaban las grandes casas disqueras para adolescentes bobas.

De repente las estrellitas creadas a fuerza de campañas de imagen fueron desplazadas por verdaderos artistas que escriben sus propias canciones, exploran con músicos e instrumentos extraños y se identifican con un arte musical cercano a la poesía y a la rebelión, distinto por su tono a la hegemonía del rock anglosajón de los años sesenta y setenta. Porque igual que en la poesía o en la novela, el verdadero reto es abrir nuevas ventanas y cambiar el canon. En el último lustro volvieron con fuerza la palabra y la música a través de una pléyade de artistas creadores auténticos nacidos en los años ochenta, que generan un extraño onirismo de circo o retornan a una intimidad urbana de hijos desolados de un mundo implacable. La canción volvió a decir algo de verdad, a rescatar olores y sabores, la ternura de los viejos, la soledad de la urbe y no esas letras convencionales de amor patético y gritón para fanáticos sin cerebro.

Fue un proceso lento pero triunfal el que rescató a la canción francesa de décadas de frivolidad y mediocridad exasperantes encabezadas por Claude François y sus claudettes y las starlettes olorosas a naftalina lanzadas por Universal y Emi. Y en ese campo se dio el éxito imparable de la bella franco-española, que escribe sus propias canciones y recurre por su propia voluntad a músicos que la llenan y con quienes convive desde sus inicios a los 15 años en los bares del sur al lado de un acordeonista.

Con "La mujer chocolate" Olivia obtuvo una Victoria de la música en 2005 y el disco de diamante por superar el millón de ejemplares vendidos, algo excepcional en tiempos de crisis. Se instaló entonces en las alturas de Montmartre, donde reina sobre París y Francia como en su tiempo ocurrió con su mentora la legendaria Juliette Greco. Enormes fotos suyas, donde figura en un columpio con una bata circense cuelgan ahora de las grandes paredes de los almacenes cercanos a la estación Saint Lazare con motivo de su nuevo disco "Miss Meteores" y anoche la recibió con honores el animador Nagui en su importante programa Taratatá, ventana donde desde hace más de una década difunde las nuevas expresiones musicales del mundo y a artistas nacientes de Estados Unidos, Islandia, Alemania, Canadá, Suiza, Inglaterra, Dinamarca, Suecia o Noruega y otros lugares.

Su primer disco se llamó "J’aime pas l’amour" y sólo vendió 50.000 ejemplares. Yo fui a verla por supuesto cuando cantó aquí cerca en una librería ante unas 50 personas una tarde de promoción. No era nadie y se entregaba completa a nosotros creyendo en su arte. Pero ahora, lejos de la Star Academy, la historia es distinta: ¿en qué consiste el extraño encanto de Olivia Ruiz, nacida en la medieval ciudad amurallada de Carcassonne el primero de enero de 1980? Sin duda su fidelidad al arte y a los dictados de la creación.

Ha trabajado antes con The Cramberries, Lenny Kravitz, la compositora Juliette, Chet, Weeper Circus y ahora con Coming soon, The Noissettes, Lonely Drifter y Karen, entre otros. Sus músicos sacan de raros instrumentos sonidos inéditos y su gramática musical se desvía por caminos inusitados como pesadillas de niños perdidos en bosques encantados de Freddy Kruger o sótanos terríficos gobernados por el mundo de Tim Burton y Johhny Deep, al lado de Eduardo Manos de Tijera y Charly and the chocolat factory. Es el inevitable cambio de rumbo de las generaciones, la ley de la renovación inevitable que ya hace ver muy viejos a los Beatles y a los Rolling Stones, tan viejos como abuelos de un acelerado siglo ido, lejano, color sepia, mustio.

sábado, 2 de mayo de 2009

EL ULTIMO FESTÍN DE LA OLIGARQUÍA EGOÍSTA


Por Eduardo García Aguilar


Los diversos festejos del día del trabajo en el mundo se dieron este año en un contexto novedoso tras la grave crisis económica provocada por el capitalismo salvaje y el auge progresivo de las ideas sociales en muchos rincones del mundo, especialmente en América Latina, donde por primera vez gobiernos moderados de izquierda dominan por fortuna en casi todos los países, salvo en Colombia, que vive bajo un régimen de extrema derecha que busca perpetuarse a toda costa.


Uno puede estar o no de acuerdo con algunos de los matices radicales o moderados de esos gobiernos de izquierda en el continente, pero justo es reconocer que por primera vez han sido descartadas de los asuntos de gobierno las oligarquías tradicionales dominantes desde la conquista, y que de manera mesiánica se creían ungidas por Dios y la Virgen como las únicas capaces de gobernar a la plebe.


En un hecho inédito, el polémico presidente de Venezuela Hugo Chávez, un zambo odiado por las oligarquías blancas aristocráticas latinoamericanas, abordó en la cumbre de Trinidad y Tobago al presidente norteamericano Barack Obama para entregarle un ejemplar del libro Las venas abiertas de América latina, que desde hace casi 40 años es la biblia continental de la izquierda.


El libro, que fue escrito en tres meses en 1970 por el entonces muy joven Eduardo Galeano, puede adolecer de fallas y ligerezas en el campo del rigor histórico o documental, pero es innegable que sus ideas fundamentales no pueden ser negadas. Es obvio que el continete fue objeto de rapiña en la conquista primero por los españoles y después, tras la independencia, por los imperios británico y norteamericano, que a su vez intervenían con otros imperios en Africa, Oriente Medio y Asia.


Sería absurdo no reconocer la atroz devastación realizada en la búsqueda del oro y otras riquezas por los sanguinarios españoles, que fue relatada con lujo de detalles por Bartolomé de las Casas en su Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Tampoco se puede negar la explotación cruel de los indígenas y el exterminio de millones de nativos, así como el esclavismo practicado por las potencias europeas al comerciar con los negros de Africa.


Algunos derechistas recalcitrantes comienzan ya a cuestionar el libro de Galeano y a su popular propagandista Chávez, a quien desprecian por su figura racial, de la misma forma como critican o se burlan de las capacidades intelectuales de Evo Morales y de sus indios gobernates o de Rafael Correa y su claro interés por el destino de los pobres de su país. El presidente y Premio Nobel costarricense Oscar Arias, en su discurso de Trinitidad Tobago, que circula por internet, quiere incluso eximir a los diversos imperialismos e imputar del atraso latinoameicano a una culpa colectiva « nuestra » y a un « nosotros » muy amplio, que cae por su propio peso, porque en ese « nosotros » del que habla hay muchos niveles de responsabilidad.


Para saberlo basta trazar la historia de las castas oligárquicas blancas que han servido a lo largo de los siglos como representantes e intermediarias avorazadas de esos intereses extranjeros en América Latina. Las oligarquías dominantes y sus delfines, como ocurre en Colombia desde las familias López, Santos, Gómez, Ospina, Lleras, Barco y Pastrana, hasta los actuales herederos del caudillo, tienen como único objetivo enriquecerse rápido y vivir del presupuesto en los cargos diplomáticos, mientras mandan a los hijos de la plebe a morir en la guerra o en su defecto a languidecer en la miseria, lejos de la educación y mínimas garantías sociales, higiénicas y laborales.


El balance de los gobiernos de la oligarquía blanca « ojiazul » y de sus ínfulas aristocráticas de « buena familia », como diría irónicamente el presidente de Brasil Lula da Silva, ha sido el desastre no sólo de Colombia sino de todos los países latinoamericanos expoliados por apellidos tan funestos cuyo interés nunca fue nacional sino a favor de los imperios, los potentados locales y las empresas multinacionales,


En Colombia se nos ha hecho creer que sólo los miembros de cuatro o cinco familias, Santos, López, Gómez, Lleras, Pastrana y sus aliados de sangre o interés son los únicos que pueden hacerse cargo del país y de su representatividad diplomática. Tanto es así que el caudillo, miembro de recientes clases emergentes de provincia, llamó a su gobierno a miembros de esas castas como los Santos en la defensa y la vicepresidencia, los López en Londres, los Gomez en París, Pastrana en Washington o a la Barco en la diplomacia.


Este ejemplo local de nepotismo y favoritismo que se ha reproducido por siglos en todo el continente en torno a una casta endogámica aliada con los intereses foráneos, muestra que con todos sus defectos el libro y las ideas de Galeano, por muy simples que sean, siguen siendo muy actuales y que a partir de ese documento elemental se puede profundizar, si se quiere, en siglos de injusticia, inepcia y saqueo. Incluso los discursos autocríticos pronunciados en los primeros cien días de gobierno por Obama, que no es ningún « terrorista », abundan en plantear cambios necesarios que coinciden con esta nueva ola democrática, social y antioligárquica continental.


No es pertinente pues tratar de imputar los males del continente a « nuestra » única responsabilidad y exonerar a los saqueadores y sus representantes locales ni cerrar los ojos ante el hecho de que durante mucho tiempo los opositores y los agentes del cambio social fueron exterminados antes de llegar al poder o tumbados de manera sangrienta con métodos muy bien orquestados desde los centros mundiales del poder. Ahora a las oligarquías les quedará muy difícil exterminar en bloque a la mayoría de presidentes latinoamericanos con sensibilidad social y mucho menos cuando el propio imperio vive un cambio con la llegada de Obama, que hace parte de la misma oleada que nos acerca en la lucha, al imperio y a sus ex colonias, contra el festín inicuo de las castas y los oligopolios abusivos.



domingo, 26 de abril de 2009

LAS DESGRACIAS DE COETZEE


Por Eduardo Garcia Aguilar

Una vez en la librería Gandhi de la ciudad de México, Gabriel García Márquez me habló con mucho entusiasmo de la excelente calidad narrativa de J.M. Coetzee, quien acababa de ganar el Premio Nóbel en 2003, lo que mostraba que el autor colombiano siempre estaba al tanto de la actualidad novelística mundial y tenía tiempo para seguir los pasos de sus sucesores en el magno reconocimiento literario mundial.



Como su compatriota sudafricana Nadine Gordimer -quien se hallaba por esas fechas en México en el Congreso Internacional del Pen y le mandaba saludos al maestro a través mío-, Coetzee narra la desgracia de su país, anclado en la guerra y la violencia del Apartheid, que por esas fechas parecía sin solución alguna, tanto el odio entre las partes era profundo.



A un lado estaban los negros encabezados por el luchador guerrillero Nelson Mandela, en la cárcel desde hacía décadas, y al otro el gobierno implacable y terco de los gamonales blancos y ojiazules que se negaban a un cambio profundo de la propiedad de la tierra y la ancestral discriminación racial de la plebe negra.



Los tres Premio Nóbel de esa región, Coetzee, Gordimer y Doris Lessing, son blancos, pero a diferencia de los racistas terratenientes que dominaban al país y sumían a la población negra en la esclavitud y la discriminación, tratan de contar a través del género novelístico el drama nacional, profundizando en las entrañas de la violencia ciega y terrible, buscando las razones profundas de las acciones de los negros insurrectos, que no eran ningunas mansas palomas.



Por supuesto que los insurrectos negros sudafricanos cometían atrocidades, pero si lo hacían en la lucha contra el Apartheid era por razones profundas, históricas e ineludibles y la solución al problema no estaba en llenar las cárceles de rebeldes o los cementerios de cadáveres de guerrilleros, o de calificarlos de hijos del Infierno, sino de dar el paso hacia un gran cambio del país, lo que vendría después tras la liberación de Mandela y la llegada al poder de la plebe y la infame turba negra odiada por los hacendados blancos y ojiazules.



En la novela Desgracia, los negros cometen con naturalidad escalofriante atrocidades contra los blancos. Lucy, la hija del personaje David Lurie, es violada por ellos y despojada cuando era sólo una hippie ecologista que buscaba con ingenuo idealismo acercarse a ellos y vivir en paz en el fondo de la campiña sudrafricana vendiendo flores y cuidando perros.



La blanca hippie decidirá aceptar ese acto de sus violadores negros como el impuesto que debe pagar a siglos de explotación y tortura infligida a ellos por los blancos. No los denuncia por violación y si hace una deposición judicial por robo sólo lo hace para que el seguro le pague parte de lo perdido. Lucy quedó además embarazada y decide tener la criatura e incluso defender al menor de los violadores, un adolescente frío y violento, de la furia de su padre David, que no comprende las razones de su hija y considera lo más correcto que aborte y regrese a la ciudad y al mundo de su origen.



Su padre es un profesor especializado en los poetas románticos, que estudia a Wordsworth y planea un libro sobre Byron en Italia y ha sido destituido y enjuiciado por tener una relación amorosa con una alumna de veinte años. La novela relata además el drama de un intelectual cincuentón que se resiste a dejar de vivir el deseo y la pasión sexual desbordados que tiene por las mujeres, pulsión que lo ha llevado a la desgracia académica por seducir a una alumna.



En el trasfondo la novela aborda esa lucha permanente de hembras y machos en el juego del deseo, el encuentro violento de los cuerpos a través de la penetración y la eyaculación, la marca indeleble que deja esa lucha en la natural perpetuación de la especie. Y a través de las angustias sexuales del cincuentón crepuscular nos lleva a reflexionar sobre la vejez y la muerte, sobre el paso del tiempo y las generaciones y las razones disímiles de padres e hijos.



Tenía razón García Márquez al considerar a Coetzee uno de sus escritores favoritos, porque la lectura de Desgracia nos hace descubrir una pieza maestra de la novela contemporánea que a la vez es profunda y grave, pero llena de ironía, cinismo y humor. Y los diferentes niveles y capas de la estructura narrativa alcanzan para hacer una crítica mordaz al mundo de las universidades y el medio académico con sus intrigas e hipocresías y sus crueles leyes jerárquicas.



Y no contento con ello, a través de Melanie, la bella alumna que lo llevó a la perdición, asistimos a la búsqueda de las nuevas generaciones a través del arte, o al tema de la relación de animales y humanos con el retrato de esos Bev y Bill Shaw, idealistas de la Sociedad Protectora de Animales que encuentran en esa causa una ventana de salvación.



David Lurie ha perdido todo y al refugiarse en la finca de su hija se ha encontrado con la verdadera realidad del país en medio de la guerra. De dar clases sobre Wodsworth ha pasado a cuidar perros y a trabajar entre el barro y la mierda. Su vida ha cambiado drásticamente, pero esa desgracia le ha abierto los ojos a otras verdades.



Su hija hippie, que acepta imbricarse con el mundo en que viven sus violadores de la plebe negra, es la metáfora de ese nuevo país que tiene que surgir obligatoriamente de la fusión final entre los enemigos, a un lado los viejos explotadores blancos ojiazules de la aristocracia anglosajona que tuvieron que renunciar a su privilegios de casta y al otro los negros calibanes que por fin tuvieron acceso al poder y a ser ciudadanos verdaderos en el contexto de una democracia.



El bravucón gamonal blanco anglosajón, que sólo gritaba y ordenaba con el índice en alto, tuvo que ceder su poder muy a pesar suyo y el torvo monstruo de la rebelión negra aprendió a gobernar. En Lucy la violada blanca se encarna la nueva concordia en que los enemigos de siempre deben aprender a convivir en paz para seguir el ciclo de la historia. Y de esa fusión violenta y terrible nacerán las nuevas criaturas del futuro.


lunes, 6 de abril de 2009

CIUDAD GOTICA QUIERE A OBAMA


Eduardo García Aguilar

Por todas las calles de Nueva York se ve en las pantallas de televisión que titilan al interior de cafeterías y negocios la imagen de Obama al ser recibido de manera apoteósica por los jóvenes europeos el jueves en Estrasburgo, en el marco de su primera gira al extranjero para la cumbre del G-20 y la reunión de los países de la OTAN.

Al caminar junto al Ground Zero, ese hueco terrible de destrucción que sacudió a la primera potencia mundial y al mundo entero un 11 de septiembre, uno entiende que las cosas cambiaron en este país odiado antes por el Tercer Mundo y que un nuevo lenguaje parece imponerse poco a poco desde las calles antes dominadas por Wall Street y la voracidad de los financieros y los magnates delincuentes del planeta.

Al llegar al escenario ante la muchedumbre francoalemana e internacional, Obama recibe aclamaciones que superan todas las marcas, como si fuese una estrella de rock, y luego pronuncia un discurso claro, inteligente, que no obvia los temas incómodos, haciendo uso de un tono inédito, que genera peligrosamente tal vez muchas esperanzas en el mundo.

Ideas que hace poco eran consideradas izquierdistas o extremistas en contra del mercado libre y a favor del control de la plutocracia se oyen ahora en la boca de Obama y de los líderes europeos, que aparecen mínimos ante el aura del nuevo emperador del universo, parecido a un faraón egipcio salido de lámpara de Aladino. Además, como un hábil maestro de ceremonias Obama maneja con soltura y humor al público a la hora de escoger a los jóvenes que le hacen preguntas sobre todos los temas posibles, en especial sobre las medidas concretas que aplicará para enfrentar los riesgos de esta época de recesión y violencia.

Uno se pregunta en qué país está ahora cuando ve al presidente negro decir que Estados Unidos no es el patrón del mundo sino que desea compartir el liderazgo con las potencias europeas y asiáticas, porque los retos lo exigen. Y ve a los norteamericanos serenos ante las pantallas de televisión cuando los locutores de CNN describen los gestos de su líder e incluso bromean sobre el afectuoso abrazo de la reina Isabel de Inglaterra a la única primera dama negra de Estados Unidos y los cariños entre ella y su homóloga de Francia, la bella italiana Carla Bruni.

Los paseantes de la calle Broadway y de Times Square se detienen un momento a observar la sonrisa seductora del líder negro estadounidense que gobierna su país y marca pautas en el mundo desde hace dos meses, mientras algunos turistas compran camisetas con la imagen del carismático presidente. Uno no puede creerlo, pues hace poco la imagen dominante en Estados Unidos era la del funesto vaquero George W. Bush, con su limitado lenguaje de guerra y el odio ciego contra los disidentes del mundo o los países o las personas que no estuvieran de acuerdo con la cruzada maniqueista de un líder imbuido por las palabras bien y mal, blanco y negro.

Las enormes pantallas neoyorquinas muestran las aclamaciones de los asistentes al acto en la ciudad sede del parlamento europeo, cuando Obama dice al mundo que no quiere que Estados Unidos vuelva a aplicar la tortura como ocurrió en Guantánamo. Y algunos sonríen y celebran discretamente junto a un Starbucks. Ground Zero está al frente, el hueco se ve todavía profundo, las máquinas metálicas dan vueltas, los obreros con cascos van y vienen y el sol de primavera se refleja sobre los modernos edificios que sobrevivieron al ataque aéreo de Al Qaida, que causó la muerte de miles de personas y la enfermedad de muchas otras afectadas por la respiración de residuos tóxicos de las emblemáticas Twin Towers.

La otra vez, hace muchos anos, cuando vine a presentar la versión al inglés de mi novela Bulevar de los héroes en Americas Society, subí a esas alturas y desde ahí divisé la ciudad. Eran otras épocas de cambio. El muro de Berlín había caído, la cortina de hierro se había derrumbado. Los países totalitarios desaparecían uno tras otro y la sacrosanta Unión Soviética se desmembraba rápidamente como en un extraño naufragio. Las estatuas de Lenin, Mao y Stalin caían. El obrero Walesa llegaba al poder en Polonia y en estas mismas calles los heraldos del libre comercio, del capitalismo a ultranza, los adoradores del becerro de oro del dinero celebraban la victoria mientras aparecían los odiados yuppies thatcherianos y reaganianos. El capitalismo salvaje clamaba el fin de la historia. El ideólogo Fukuyama lo decía con claridad: la historia había terminado y viviríamos en un mundo capitalista donde las fuerzas del mercado regirían todo automáticamente.

Y ahora, cuando vuelvo tres lustros después a presentar mi novela El viaje triunfal traducida al inglés en la misma Americas Society de Park Avenue, me encuentro con otro escenario, como si otro muro de Berlín hubiese caído, pero esta vez el Muro de Wall Street, situado al lado de los edificios que el terrible Calibán islámico demolió mostrando la reacción ciega de los ilotas, de los esclavos del planeta ante el delirio de un mundo de magnates avorazados e insensibles a la pobreza y el hambre mundiales.

Un amigo que vive en Nueva York desde hace 35 años y ha visto correr la historia norteamericana desde el asesinato de Martin Luther King, el auge del Peace and Love y los años de Nixon y Reagan y el 11 de septiembre, me dice que lo más extraordinario que ha ocurrido en Estados Unidos desde su llegada al país es que un negro llegó a la presidencia, algo que nunca pensó iba ocurrir. Solo ese hecho expresa para el amigo el extraordinario cambio operado por la sociedad gringa, preocupada ahora por los que se quedan sin casa y son expulsados a la calle o los enfermos que no pueden pagar las altas sumas de los servicios médicos y mueren con llagas y tristeza en las calles del poder.

Junto a Ground Zero la gente come hamburguesas en Burger King y corre de un lado para otro mientras las pantallas muestran a un Obama querido en el extranjero como pocas veces un presidente estadounidense lo logró. En la libreria Barnes and Noble de la Quinta Avenida hay una vitrina gigantesca en su honor con fotos y libros dedicados a el y adentro una estanteria con decenas de novedades sobre el nuevo Lincoln del que los norteamericanos estan orgullosos.

La escritora franco-belga Amelie Nothomb escribe este domingo en en The New York Times que los europeos envidian a Estados Unidos y quisieran tener presidentes como el. Y uno finalmente no sabe si es cierto o no este cuento, si es una película de ficción Hollywoodense, pero lo cierto es que la Ciudad Gótica de Batman y el Guasón, la ciudad de Superman quiere a Barack Obama y que todo parece distinto en estas calles amadas.

miércoles, 1 de abril de 2009

PRIMAVERA EN EL CEMENTERIO PERE LACHAISE


Por Eduardo Garcia Aguilar
Veinte adolescentes italianas inquietas se arremolinan haciendo algarabía alrededor de la tumba del periodista Victor Noir para tocar el prominente miembro de la estatua de bronce, que se insinúa entre los pliegues del pantalón esculpido por el artista Jules Delon. Hacen gestos típicos con sus manos, ríen, bromean, saltan, dejan ver su belleza mediterránea cual clones virginales de Sophia Loren y se animan entre ellas para tocar el falo del muerto que brilla de tanto ser manoseado.
Según la tonta leyenda contemporánea urdida en broma por unos estudiantes borrachos, tocar el pene semierecto de la estatua yaciente de Noir da fertilidad a las mujeres y vigor sexual a los hombres, por lo que la tumba de este hombre asesinado por el príncipe Pierre Bonaparte en 1870, lo que desencadenó la Comuna de París, es una de las más visitadas del cementerio Père Lachaise.
Al otro lado del camposanto, otro grupo de muchachas hace la fiesta junto a la tumba del rockero Jim Morrison y acarician a un desvergonzado gato café que toma el sol en una tumba vecina. El animal debe hacer su banquete diario entre los pajarillos que trinan de tumba en tumba desde la llegada de los aires primaverales. En este jueves 19 de marzo, víspera de la primavera, el famoso cementerio, que por lo regular es helado, oscuro, húmedo y tenebroso, está inundado por una luz excepcional y semicelestial que golpea por milagro todas las tumbas y callejuelas del lugar destacando sus más inéditos ángulos.
Por todas partes revolotean los pájaros que retozan y juegan felices entre los recién florecidos copos de los árboles, algunos de los cuales acaban de explotar desparramando coloridos racimos de flores. En la tumba de mármol de un artista chino alguien colocó una pirámide de naranjas y el cuadro parece una escultura minimalista que resume la esencia vital : la piedra y la fruta unidas en la eternidad y lo efímero. Es el pequeño gesto de un deudo poeta al desconocido chino nacido en 1938 y muerto en 2005 y cuyo nombre no reconocemos porque está escrito en caligrafía china de oro.
Pero es en la tumba de Alain Kardec el espiritista donde hay más flores y más gente que lo celebra en silencio, mientras ven decenas y decenas de materos de plantas florales de todos los colores y guirnaldas que manos fieles riegan día a día a lo largo del año, sin falta nunca, por lo que siempre, sea cual fuere la hora o la estación, el lugar es un jardín que celebra la reencarnación y la eternidad. Puesto que para él y sus seguidores es ineluctable la renovación permanenente, ante esta tumba se siente la alegría y el entusiasmo de la flor como metáfora de vida.
En la discreta tumba en mármol negro de Marcel Proust, que está escondida entre otras, alguien dejó una carta escrita y puso flores. Los proustianos del mundo que son muchos, los lectores de En busca del tiempo perdido, vienen con frecuencia aquí a inclinarse ante este asmático que murió joven y cuya obra pasa siempre la prueba del tiempo. En la morada final del poeta Apollinaire otro dejó una pequeña veladora que arde entre flores y mensajes dejados por lectores asiduos, incluso aquellos que admiran su secreta obra pornográfica.
Una estela maya adorna la huesa de Miguel Angel Asturias, el autor de las Leyendas de Guatemala y El señor presidente, mole indígena descubierta por sus profesores de antropologia en la Sorbona, y a quien admiradores latinoamericanos dejan siempre guijarros y pequeños mensajes. Gran errante y viajero, el Premio Nobel a quien vi una vez en mi ciudad natal Manizales siendo adolescente, Asturias reposa en este rincón de una ciudad donde vivió años felices de juventud en los tiempos de entreguerras, cuando reinaban en París Pablo Picasso, Carlos Gardel y Josephine Baker.
La de Balzac está en obras y una larga cinta anaranjada envuelve la estructura que se está desmoronando. Su famoso e inolvidable personaje Rastignac, cuando llegó joven a la ciudad, subió al Père Lachaise y desafió a la metrópoli ambicionando triunfos y glorias. Ahora el creador del joven arribista provinciano reposa en este bucólico sendero al frente del poeta suicida Gerard de Nerval y no lejos del ya olvidado poeta romántico Casimir Delavigne. En otro lado el caminante se asombra de la cómica escultura que sirve de refugio al escritor decadente Georges Rodenbach, autor de Brujas la muerta. Desde la tumba un homúnculo verde sale abriendo la lápida de piedra para salir al aire primaveral.
Este es el Père Lachaise en la primavera de 2009 : un paseo alegre al azar por largas avenidas donde nos topamos con la horrenda tumba de Oscar Wilde, mole de cemento incomprensible abrazada por los travestis del mundo y llena de besos masculinos con lápiz labial y regalos y ofrendas o el mausoleo del pintor Gericault, que tiene una reproducción en bronce de su famoso cuadro de los náufragos o la de Chopin, que es otra de las más visitadas y floridas, casi un rincón de cuento infantil de los hermanos Grimm con reloj de cucú. Y ya en la periferia la amplia franja dedicada a los judíos y opositores deportados por los nazis hacia los campos de concentración, situada al frente del camino donde reposan todos los comunistas famosos, encabezados por Henri Barbusse y Paul Eluard.
En este lugar de muertos la vida florece porque los hombres no olvidan a los artistas y a los héroes, a los malditos y a los potentados. En medio de este mar de tumbas sobresalen las oxidadas, hundidas o que se desmoronan poco a poco sobre la colina, donde se han borrado los nombres escritos entre enormes columnatas griegas dedicadas con megalomanía a familias de militares, alcaldes, gobernadores, millonarios, nobles y políticos a quienes los devoró para siempre el olvido que a su vez, tarde o temprano, nos envolverá a todos por igual. El asunto es sólo cuestión de tiempo y por eso visitar cada año el famoso Père Lachaise es buen pretexto para recordarlo.


MONTMARTRE EN LOS TIEMPOS DE UTRILLO


Por Eduardo Garcia Aguilar

El alcohólico y misántropo Mauricio Utrillo (1883-1955) se convirtió poco a poco en el más famoso pintor de la vida de Montmartre, con unas 6000 telas donde plasmó en ambientes de bruma onírica escalinatas, calles, parques, cafés y casitas típicas de la turística colina habitada por los más famosos pintores de la Escuela de París.
Era hijo de Suzanne Valadon (1865-1938), bellísima y muy humilde muchacha que se inicio a los 15 años trabajando de modelo desnuda y amante de impresionistas como Edgar Degas, Jean Renoir, Puvis de Chabannes y Toulouse Lautrec. Luego se volvió una de las pintoras más notables de su tiempo con una obra escasa pero admirable por su precisión e intensidad. Mujer fatal, disoluta, erotómana insaciable de cuerpo enloquecedor y además gran artista, su destino increíble podría inspirar una película de éxito con Scarlett Johanson.
En la exposición « Valadon y Utrillo, del Impresionismo a la Escuela de París » se ven por vez primera juntas las obras de madre e hijo en la Pinacoteca de la Plaza de la Madeleine, que ha dedicado en dos años de existencia importantes temporadas a artistas plásticos de la primera mitad del siglo XX como Soutine, Vlaminck y Modigliani.
Montmartre era en ese entonces una colina alta situada al norte de la ciudad, cuyo ambiente publerino y popular atraía a obreros, artesanos y artistas que pagaban allí bajos alquileres por sus talleres y buhardillas. En la parte baja estaban los burdeles y cabarets de Pigalle inmortalizados por Toulouse Lautrec y en la parte alta el refugio de bohemios, maleantes, prostitutas, artistas y poetas miserables, tuberculosos y sifilíticos, que se recuperaban allí de la resaca de la fiesta. El joven Picasso, Van Dongen, Braque, Modigliani y muchos otros vivieron allí en un ambiente de rumba en la primera y segunda décadas del siglo XX, junto a antros ya míticos como El Conejo Agil y el Molino de la Gallette.
Cuando esos miserables artistas pobres y borrachines se volvieron todos famosos y millonarios, el mito de Montmartre creció tanto que hoy los turistas visitan en romería incesante la plaza de Tertre donde pésimos pintores de boina, paleta y pincel al aire retratan los visitantes por unos cuantos euros. El lugar guarda su encanto con sus callejuelas empinadas y rincones bucólicos desde donde se observa al fondo la urbe luminosa. Incluso pervive en su faldas un amplio viñedo y cada año celebran una fiesta para lanzar el vino, a la que asiten las estrellas musicales del momento como la encantadora y original diva Olivia Ruiz. Y aunque ahora sólo pueden comprar allí propiedades los millonarios del mundo atraídos por un filme tan aburrido como Amelie Poulain, el lugar conmueve porque fue centro de la gran aventura artística encabezada por el genial Pablo Picasso.
Utrillo, a quien llamaban « litrillo » por su beodez, vivió traumatizado desde la infancia. Su madre no tenía mucho tiempo para él, nunca supo quien fue su padre y tuvo el apellido Utrillo gracias a un artista catalán que siendo amante de su madre se ofreció a reconocerlo. Desde muy temprano fue internado en asilos para desintoxicarse y pagaba las cuentas de bar haciendo cuadros rápidos de calles, parques y esquinas de barrio. Nadie lo tomaba en serio y para acabar de arreglar el cuadro, su madre Suzanne se enamoró de su mejor amigo, Utter, veinte años menor que la modelo de Degas.
Gracias a Utter madre e hijo establecieron contactos con el medio comprador y el hombre se convirtió en el administrador de esos dos talentos malogrados durante los largos y felices años de entreguerras. Poco a poco los cuadros de Utrillo gustaron por sus ambientes misteriosos cargados de bruma que llegaban al alma del público. Sus cuadros se vendían como pan caliente y aunque al final la calidad de Utrrillo se derrumbó, se volvió una celebridad visitada por Rita Hayworth y el Aga Khan y cortejaba por la alta sociedad parisina. El borrachín triunfó y la ciudad lo lloró cuando murió en 1955 convertido en una leyenda cargada de medallas y honores.
Poco importa ahora si sus obras tienen para la crítica la importancia estética de otros pintores revolucionarios venidos del este como Chagall, Malevich, Rodchenko y Soutine, o de los innovadores Duchamp, Brancusi, Munch y Braque. Sus obras se volvieron un fenómeno de sociedad y ellos solos encarnaron en pareja el mito figurativo de Montmartre que aún hoy fascina a los turistas. Por eso conmueve ver estas obras juntas en la penumbra de la Pinacoteca y celebrar que dos humildes y complejas personalidades despreciadas a sus inicios terminaron siendo aplaudidos.
El cuerpo desnudo y adolescente de Suzanne Valadon, que enloqueció de amor al músico Erick Satie y a otros muchos de su época, puede verse en el famoso cuadro de Degas « Después del baño » y en una foto color sepia que él le tomó para plasmar su desnudez inolvidable. Valadon será experta en desnudos luminosos y coloridos de gran factura, expuestos al lado de los impersonales ambientes de su hijo. Murió alcohólica y según la leyenda, subía clochards y maleantes a su cama en la casa de rica de la avenida Junot, en Montmartre, donde terminó sus días lejos de su hijo, un Mauricio Utrillo ya elegante, casado, estable y millonario, que se extinguió a su vez en paz en una mansión del elegante suburbio de Le Vesinet, donde pintaba en piyama con sus profundos ojos azules y su rostro arrugado de empedernido fumador.

sábado, 28 de febrero de 2009

RESCATEMOS A ZALAMEA EN ESTOS TIEMPOS SOMBRIOS


Por Eduardo García Aguilar

El maestro Jorge Zalamea (1905-1969) es uno de los faros más importantes en la literatura colombiana. Además de sus dos obras más conocidas, El gran burundún burundá ha muerto y El sueño de las escalinatas debemos a él la traducción de la poesía de Saint John Perse y una antología secreta para iniciados, publicada bajo el título Poesía ignorada y olvidada.

Sin su vibrante presencia en el continente muchas obras que hoy nos deleitan no hubieran existido o fueran diferentes. Su recia personalidad pública, aunada a su inteligencia, cambió el estilo dominante en esa república almidonada y abrió el paso a una nueva pasión literaria. A caballo entre una cierta “retórica” política y una exquisitez de lenguaje, Zalamea escribió en El gran burundú burundá, una de las sátiras más deliciosas a la tradición política continental, acendrada en el caciquismo y el gorilato castrense. Con una diferencia respecto a otras obras que le sucedieron: más que una obra útil políticamente, es sobre todo una obra comprometida con la palabra y su poder ilimitado.

Barroca, churrigueresca o como quiera llamársele, El gran burundú burundá fue una biblia de palabras y de efectos para los jóvenes estudiantes colombianos, a quienes los maestros obligaban a leerla para extraer de ella las palabras más exóticas y áureas. Obra escrita desde una tarima de mármol, tiene el tono de los textos que no quieren quedarse aferrados al piso, sino que desean volar por los aires del mundo y de las horas.

Otra de sus obras, el poema en prosa que lleva por título El sueño de las escalinatas, desarrolla hasta el delirio el gusto por la convocación planetaria. Un profeta llama a los desposeídos del mundo desde unas escalinatas vacías y ve llegar poco a poco a la masa de leprosos y parias, el mundo cojo de los ilotas, el treno vacío de los hambrientos, hasta producir un murmullo de fronda comparable a las exhortaciones nietzscheanas.

Publicada en disco, la recia voz de Zalamea era escuchada por los borrachos al final de sus fiestas, cuando no quedaba otra esperanza que burlarse de un país cuya esencia es la desesperanza y la falta de fe. Zalamea, esperanzado en un mundo mejor, partícipe de las mejores causas, fue uno de los últimos exponentes, con Neruda, de esa estirpe de burgueses que luchaban por un mundo en donde no les hubiese gustado vivir.

En muchos de los textos contemporáneos la voz de Zalamea, como la de León de Greiff -con todas sus cornetas y chirimías- , está muy presente. Cada región, cada país, parece adoptar un tono que subyace tras la mayoría de los textos en él producidos. Hijos de José Asunción Silva y los tules perversos de su modernista novela De sobremesa, hermanos del delirio selvático de José Eustacio Rivera, el de La vorágine, y sus fieras, sobrinos del tono ancestral de Aurelio Arturo y su Morada al sur, así como del descarnado Osorio Lizarazo con sus sórdidas pensiones bogotanas, los escritores colombianos son fieles a esa “retórica” churrigueresca cuya mayor jungla se dio en el mundo macondiano.

Caníbales de sus rictos, de sus tramoyas y bambalinas perfumadas, Zalamea y los suyos, si bien usaron la literatura para comunicar algo útil, no pudieron evitar los florilegios y las guirnaldas esparcidas por el Amazonas. Asesino de los viejos gramáticos-presidentes, Zalamea, en El sueño de las escalinatas no olvida que todo allí funciona entre podios, tarimas, púlpitos y curules de cedro.

Ni las más sangrientas revoluciones ni los discursos más escépticos o glorificadores podrán ahorrarse la dosis senatorial y doctoral que desde siempre disfrazó la pobreza, el atraso y la falta de tradición con un tinglado de falsos colores. El sueño de las escalintas y El gran burundún-Burundá ha muerto, al lado de El señor presidente de Asturias, Canto general de Neruda y los universos de Carpentier y Lezama Lima, hacen parte de una época clausurada, pero no por ello menos maravillosa y nutricia.

Los más grades sabios han vivido en las escalinatas de los templos o de los capitolios. Es allí -como en la película de Einseinstein- donde se fraguan las asonadas y se sofocan las revoluciones. Caen los dignatarios, suben los nuevos caudillos sobre su frío mármol y, en la soledad, ciertos soñadores escriben con la mente a la espera del alba. Nunca es más brillante el sol rojo que sobre las escalinatas de las plazas públicas.

De ese ámbito Zalamea extrajo sus serpientes encantadas y sus artificios verbales para engatusar a un pueblo imaginario, a una turba soñada. Desde el ágora añorada por los políticos, que en ese entonces se confundían con gramáticos y polígrafos, Zalamea saca esta biblia pequeña y mundial para uso de los que tienen esperanza.

Creadores de masas y revoluciones imaginarias, los escritores latinoamericanos, por tradición, se ven comprometidos tarde o temprano con causas que pronto se difuminan. Las ideas pasan y los hombres quedan. Las ilusiones cambian de tono, pero las obras que incitan se quedan para siempre entre nosotros. He ahí la maravillael poder de la palabra, capaz de crear y destruir mundos, de producir zonas cóncavas, selvas tras espejos, bosques artificiales, tapices voladores y cielos e infiernos novedosos.

Jorge Zalamea, que vivió en contacto con la obra de Perse y de tantos otros sabios, no es la excepción y su sueño y su Gran Burundún son voces que flotan y nos nutren para siempre. Rescatemos a Zalamea en estos tiempos sombríos.

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Jorge Zalamea. El sueño de las escalintas. Editorial Fontamara. Barcelona. 1974. 58 pp. La poesía ignorada y olvidada, Premio Casa de las Américas 1965, Ediciones La Nueva Prensa. Bogotá. Colombia. Octubre de 1965. 318 páginas.


miércoles, 25 de febrero de 2009

VARGAS LLOSA SE EQUIVOCA SOBRE RIMBAUD Y VERLAINE


En su último artículo sobre Borges en El País, Mario Vargas Llosa se equivoca al decir que Verlaine era un cincuentón que "fornicaba" en Londres con el adolescente poeta Rimbaud. Para información del erudito maestro peruano, Paul Verlaine nació en 1844 y Rimbaud en 1854, o sea que la diferencia entre ambos era sólo de unos 10 años. Cuando Verlaine tenia 27 años, Rimbaud celebraba 17.

sábado, 21 de febrero de 2009

LA VIDA DE TULIO BAYER

Por Eduardo García Aguilar
Era tan alto que casi rozaba su cabeza con el umbral de las puertas y a veces debía agacharse para cruzarlas con su mirada alerta de águila andina y el don de gentes y la generosidad a flor de piel. Tulio Bayer (1924-1982), siempre lúcido, con el pensamiento desbocado, se mantenía al tanto de los acontecimientos mundiales del momento como el ayatola Jomeini y la revolución iraní, el Gulag soviético, los horrores en Camboya o la guerra de Vietnam, la expansión del universo, las ideas ecológicas de René Dumont, la libertad y la necesidad, el objeto y el sujeto, los universales, Pitágoras, Euclides, Newton, Einstein y otros más.
Al mismo tiempo Tulio traducía textos farmacéuticos y militares para ganarse muy bien la vida frente a dos máquinas eléctricas IBM último modelo, en una de las cuales yo también traducía textos sobre cohetes, satélites y tanques, por lo que me pagaba en efectivo las mismas buenas sumas que recibia él, cada tarde, después de haber pasado horas arreglando y deshaciendo el mundo. Así aprendí a concer a este gran humanista utópico colombiano, cuya primera biografía acaba de salir bajo el título « Tulio Bayer, solo contra todos », de Carlos Bueno Osorio, publicada por el Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín (ITM).
En estos tiempos colombianos de anatemas y amenazas al más alto nivel contra quienes se oponen a una nueva tiranía en ciernes, valdría la pena revisar sin temores la vida de esos hombres idealistas que lucharon por sacar a Colombia de la injusticia, el atraso y el apartheid social y fracasaron en el intento, enfrentados a una oligarquía endogámica, injusta y egoísta, que quiere todo para sí y nada para las amplias mayorías del país y obliga a los colombianos a la odiosa alternativa de ser siervos o forajidos. Colombia ha sido tierra de alzados en armas, desde los comuneros de José Antonio Galán y Simón Bolívar hasta Jorge Isaacs y Camilo Torres, para mencionar sólo algunos de ellos. ¿Por qué no estudiarlos con serenidad y preguntarnos las razones de sus luchas ? Este libro sobre un idealista olvidado, puede ser un inicio para reflexionar sobre las consecuencias de la injusticia ancestral colombiana.
Tulio Bayer era un rebelde permanente y su espíritu crítico lo llevó desde sus luchas juveniles contra la corrupción en Caldas y Urabá, la utópica guerrilla del Vichada y sus combates con el militar Alvaro Valencia Tovar, a chocarse luego con el régimen cubano y los países del este dominados por la Unión Soviética, para desembocar hacia una visión mucho más amplia del cambio, que incluía ideas ecológicas y humanistas muy novedosas. Lector permanente, Bayer admiraba libros como el « Desierto de los Tártaros » de Dino Buzzati, que regalaba en ejemplares de bolsillo a sus amigos, y leía sin cesar obras clásicas y contemporáneas y libros de ensayos sociopolíticos o científicos mientras escribía grandes sátiras contra la oligarquía de su país y la iglesia católica retardataria en el seno de la cual nació, fue bautizado dos veces en Riosucio (Caldas) y sufrió como interno del Colegio Nuestra Senora de Manizales en tiempos del futuro obispo Baltazar Alvarez Restrepo, al que llamaba San Bar.
Había llegado antes de mayo del 68 a París luego de salir de Colombia tras pasar meses en la cárcel Modelo acusado de rebelión, y ser expulsado de México, invitado a salir de Cuba y aburrirse como una ostra en los países comunistas del Este europeo, dominados por los jerarcas del Kremlim. Lo conocí en 1978 cuando yo estudiaba en la Universidad de Vincennes y un amigo me dijo que en París vivía el mítico gurrillero y paisano Tulio Bayer, médico de Harvard, funcionario promisorio en el campo de la salud, autor de la novela « Carrretera al mar », fustigador de las corruptelas farmacéuticas y lácteas locales y creador de una guerrilla humanista en el Vichada, empresa en la que por supuesto fracasó.
Hacía una década Tulio no veía colombianos y vivía exiliado en la Torre Atlas de un elegante conjunto residencial, dedicado a sus cosas lejos del país ingrato y perdido que abandonó para siempre. Le envié unos cuentos eróticos que acaba de escribir sobre una nínfula nabokoviana y recibí instantáneamente una invitación a su casa a almorzar un mediodía de invierno. Así, gigante y enorme, lo vi por primera vez al abrir la puerta de su apartamento y desde ese instante, aunque nos separaban 30 años de edad, tuvimos un diálogo incesante y permanente en el que revisamos todos lo temas habidos y por haber. Los filósofos presocráticos, Socrates mismo, Platón, Epicuro y Lucrecio, el Renacimiento italiano, la Inquisición, la conquista de América, Bolívar, Napoleón y las guerras mundiales, el budismo zen, las cultura medioriental, el judaísmo, la novela Lolita de Vladimir Nabokov y los libros de Karel Kapek.
Tulio me pedía que le trajera jóvenes colombianos de diversas regiones de Colombia para saber cómo era el espíritu de las nuevas generaciones de su país, que deseaba redescubrir despues del largo exilio solitario. Y cada vez que íbamos a su casa nos ofrecía unas cenas espectacularres con ostras de entrada y exquisitos platos preparados por la maravillosa Amira, su esposa venezolana, que apurábamos con botellas de buen vino Saint Emilion, cognac Napoleon y champana Moët Chandon.
De aquellas francachelas, que confluían al final hacia largas horas de juego con cartas de mesa y carcajadas y evocaciones de fonda antioqueña, salieron las mejores amistades, como si estuviéramos en la finca de los abuelos al calor de las velas y el titilar de las luciérnagas, viviendo al interior de « Asistencia y Camas » de Rafael Arango Villegas y en el ambiente de « A la diestra de Dios padre » de Tomás Carrasquilla.
Todo eso lo rememoro ahora que tengo en mis manos el primer libro serio que intenta dar vida a este humanista generoso, lejos de los anatemas y las amenazas que salen desde las altas esferas contra los que buscan una Colombia mejor y más justa sin apartheid social. Tulio Bayer y Camilo Torres merecen ser revisados con serenidad pues son figuras humanistas que pertenecen a la historia de Colombia como Jose Antonio Galán, Policarpa Salavarrieta, Simón Bolívar, Jorge Isaacs, María Cano y Jorge Eliécer Gaitán.
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Tulio Bayer. Solo contra todos. Carlos Bueno Osorio. Instituto Tecnológico Metropolitano. Medellín. 2008. 470 páginas.

viernes, 13 de febrero de 2009

LA PRIMAVERA PERMANENTE DE JULIO CORTAZÁR: A 25 AÑOS DE SU PARTIDA


Por Eduardo García Aguilar

En la casa de América Latina de París se presenta una exposición de fotografías, documentos y videos de Julio Cortázar, muchos de los cuales desconocidos, que se muestran auspiciados por su primera esposa Aurora Bernárdez, albacea suya al lado del recién fallecido crítico Saúl Yurkievich. Fotos de infancia, documentos de viajero, objetos personales como una clepsidra o la pipa, fotografías de la vida íntima en todas las etapas de su vida adulta comparten el escenario con videos tomados por él, cuadros, música, cartas y libros protagonizados por París, ciudad que lo albergó gran parte de su vida.

Nació en Bruselas (Bélgica) en 1914, creció desde 1918 en Argentina donde fue maestro en Chivilcoy, Cuyo y Buenos Aires y floreció en la capital francesa, a donde llegó en 1951 y falleció el 12 de febrero 1984. La primera vez que vi a Julio Cortázar fue en la primavera de 1978, cuando asistimos un grupo de jóvenes estudiantes a un congreso sobre narrativa latinoamericana en Toulouse, en el que participaban Augusto Roa Bastos, Jorge Enrique Adoum, Jacques Gilard y Juan José Saer, entre otros.

Lo que más me impresionó cuando lo vi de cerca y hablé un momento con él, era que su rostro estaba marcado por profundísimas arrugas. Desde lejos el monstruo de la literatura latinoamericana e ídolo nuestro por su maravillosa novela Rayuela y el misterio de sus cuentos, se veía mucho más joven, como un gran adolescente envejecido, alto y enjuto de cabellera y barba oscuras. Pero al estar junto a él saltaban de inmediato las huellas implacables del tiempo sobre el rostro inconfundible de quien en ese entonces debía estar un sus 63 años. Usaba pantalones informales, zapatos de gamuza, suéteres de cuello tortuga y amplias chaquetas impermeables de paleontólogo en invierno. Lo veíamos después de lejos caminar por el campus de Toulouse le Mirail, al lado de la novelista colombiana Alba Lucía Angel, que en el Congreso cantaba música rebelde para el público y además parecía tener las preferencias del maestro.

Y en París uno podía jugar a encontrarlo en alguna librería, en un mitin de izquierda o caminando por las calles elevado y desprevenido como uno de su personajes. París había quedado para siempre en Rayuela como la glauca ciudad fría y precaria de los años 50 que vio reinar a jazzistas y existencialistas en las cavas de Saint Germain dés Pres y a los artistas latinoamericanos pobres que vivían a salto de mata en hoteles miserables o edificios semiderruidos que no habían sido renovados desde el siglo XIX, como fue el caso de Gabriel García Márquez, Nicolás Guillén o el venzolano Soto y otros miles que desaparecieron para siempre.

Habría que haber vivido en ese tiempo para entender lo que significaba para la juventud urbana de América Latina la figura de Julio Cortázar. Con él quedaba atrás la entrañable narrativa telúrica de dictadores, señores presidentes y campesinos mitológicos y se abrían las calles y avenidas de las ciudades, con sus enamorados literarios que disertaban de filosofía, oían jazz y vivían pobres entre la humareda de los bares y la calurosa precariedad de las buhardillas del exilio. La famosa Maga, que fue su novia fugaz y hoy cuenta ya anciana desde Inglaterra su aventura con ese hombre raro y torpe, se convirtió en una especie de modelo de muchacha moderna, un poco loca, impredecible, tal vez mucho más sexy en la ficción cortazariana que en la realidad.

En las buhardillas de los años 70 se daban cita los estudiantes o los vagos para leer párrafos o capítulos enteros de Rayuela con una devoción sólo comparable a la que debieron practicar los seguidores del surrealismo medio siglo antes, como si el arte y la ficción fueran la salvación. ¿Quien no se sintió Cronopio o Fama o soñó con los personajes ultramodernos que surgían en sus cuentos o en obras tan extrañas como los Autonautas de la Cosmopista, escrita con una de sus últimas amadas, Carole Dunlop? Además, el viejo Cortázar se había transmutado súbitamente al calor de las revoluciones en boga de un intelectual argentino tímido, erudito, exquisito y muy acicalado, en un verdadero hippie polígamo izquierdista que creía en la Revolución cubana y participaba en las fiestas militantes de protesta contra Estados Unidos, la guerra de Vietnam y las genocidas dictaduras militares latinoamericanas.

Según Vargas Llosa, la transmutación espectacular del exquisito se dio a fines de los años 60, cuando empezó a vivir con la editora nórdica Ugné Karvelis, en cuyos brazos la crisálida se habría metamorfoseado. Era un nuevo modelo: no correspondía ya para nada al viejo arquetipo de escritor latinoamericano encorbatado, manso y lento que lagarteaba embajadas y puestos diplomáticos en las antesalas del poder. Y sin ser maldito, permanecía al margen fustigando las injusticias y defendiendo a capa y espada la poesía, los libros y la creación lejos del mercantilismo. Era a los ojos de toda una generación un artista auténtico y fue tal su cristalinidad que lo admiraron por igual sus copartidarios y adversarios políticos como Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, situados al otro extremo ideológico.

Hasta ese entonces había vivido con su primera esposa Aurora Bernárdez, con quien se casó en 1953 y compartió esos primeros años de París y viajes tan importantes como el que realizó a la India. El Cortázar de primavera permanente con el que nos quedamos fue ese hermano mayor que abría y abre todavía las puertas a la verdadera literatura que no es copia chata de la realidad, como ocurre hoy, sino que la transforma e ilumina. Ver sus cosas y su álbumes en la Casa de América Latina un febrero taciturno como el que lo vio morir hace 13 años, es un verdadero regalo para quienes lo vimos alguna vez en la vida y para los múltiples cómplices e íntimos suyos que sobreviven en este siglo XXI de aburridos best-sellers, nuevas guerras horribles y escritores mercantiles que no tienen nada de Cronopios ni de Magas.

( Tomado de Textos nómadas)