martes, 21 de febrero de 2012

ALVARO MUTIS VUELVE A CIRCULAR

Por Eduardo García Aguilar


La editorial Grasset ha puesto a circular de nuevo varias obras de Alvaro Mutis, el gran escritor colombiano que a los 88 años de edad sigue presente como un faro desde su residencia en la ciudad de México, donde vive desde hace casi seis décadas. Son pequeños volúmenes de bolsillo, de color rojo, que hacen parte de una colección de clásicos extraídos del acervo editorial de la tradicional casa editora.
     
     Las historias de Maqroll el Gaviero y su cuerpo poético han tenido gran aceptación en algunos países europeos, donde se le considera un autor secreto, de culto, pues el personaje se identifica con las muchas diásporas del continente, donde desde hace milenios surgen personajes solitarios y lúcidos que recorren su existencia por el mundo sin mucha esperanza, pero sí con gran vitalismo y alegría de vivir.
   La obra de Mutis, compuesta por la Summa de Maqroll el Gaviero y una serie narrativa de sus andanzas y tribulaciones, en la que figuran La nieve del almirante, Un bel Morir, Ilona llega con la lluvia, Abdul Bashur y La última escala del Tramp Steamer, entre otras, establece un puente entre las brumas de los puertos europeos repletos de aventureros y prófugos y los del trópico, calcinados por el el sol y marcados por la impronta del deseo.
    Su factura se inició después de que Alvaro Mutis se jubiló y emprendió con pasión inagotable la escritura de obras donde quería decir todo lo que había acumulado en su larga vida aventurera de viajes y trabajos, caracterizada por el goce de la amistad y la lectura.
   Hasta antes de emprender esos libros narrativos donde haría existir a Maqroll el Gaviero, Mutis era sólo conocido por la Summa de Maqroll el Gaviero, publicada por la editorial Seix Barral en 1973 y que incluía su poesía de 1974 a 1970. En ese volumen figuraban colecciones ya clásicas como Los elementos del desastre, Los trabajos perdidos y Reseña de los hospitales de Ultramar. Era un autor secreto que sólo había obtenido el premio Cassius Clay, otorgado por los nadaístas.
   Después de su paso por la cárcel, de donde salió el libro Diario de Lecumberri, Mutis, como casi todos los poetas del continente, había agotado su horas de trabajo y lucha por la vida como locutor, publicista o empleado de empresas multinacionales de cine, dedicado a visitar una tras otra las capitales latinoamericanas para colocar películas y series de televisión. Incluso como locutor hizo la voz del narrador de Los intocables.
   En esos largos periplos cultivó la amistad de muchos poetas afines a él como el nicaragüense Carlos Martínez Rivas, autor de la Insurrección solitaria, o el argentino Enrique Molina, ex marinero autor de grandes libros como Las cosas y el delirio, Las pasiones terrestres y Amantes antípodas. Compartía con esos amigos y otros de su generación temáticas como el viaje, el deseo, la enfermedad, la fuga, la soledad, la fatiga, la desesperanza, la usura, la muerte, la podedumbre.
   En México Mutis estaba cerca de quien fue otra de sus influencias cuando jugaba billar y escribía poesía de joven en Bogotá, el gran poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, quien vivía por Coyoacán y cuya foto ocupa lugar privilegiado en la sala del poeta.
   En ese exilio mexicano Mutis ha vivido en una casa del barrio San Jerónimo repleta de libros, en compañía de varias generaciones de gatos y en su estudio figuran las fotos de Marcel Proust y Joseph Conrad, entre otros. Al lado, está su imprescindible bar con sus amados licores, vinos, cognacs y whizkys preferidos que adquiere o le envían sus amigos.
   Allí ha pasado décadas leyendo las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand o de Giacono Casanova o los diarios de Saint Simon, y decenas de autores de lengua francesa, como Valéry Larbaud, sin olvidar su revisión permanente de Antonio Machado, quien fue el primero que se le reveló cuando cursaba bachillerato en el Colegio Mayor del Rosario, en Bogotá.
   Después de publicar su saga literaria de Maqroll el Gaviero y obtener importantes premios en España y Francia, Mutis volvió a su guarida de San Jerónimo y se ha mantenido alejado de la farándula literaria actual. Hubiese podido como otros autores latinoamericanos seguir alimentando la serie narrativa para figurar, pero ha preferido volver a sus libros y a la vida, porque cuando un autor ha dicho lo que debía decir desde lo más profundo de su ser es preferible callar y el silencio entonces es mucho más radiante y significativo.
   Ahora que circulan de nuevo sus libros publicados por Grasset en las librerías del mundo francófono, vuelvo a su obra y a la evocación de nuestras conversaciones publicadas bajo el título de Celebraciones y otros fantasmas, editadas en Colombia y España y traducidas y publicadas en francés por Folle Avoine.
   En estos tiempos de derivas literarias, donde a veces predomina la escoria, sólo queda recomendar a los lectores volver a esa poesía esencial de Mutis y a sus cortas historias estremecedoras porque van al fondo de lo que « nosotros somos sin saberlo » como diría otro autor preferido por Mutis, el paralítico de Carcasona, Joe Bousquet. Mutis es un faro y el haz de su luz literaria gira en medio de la tormenta nocturna.
  


  


sábado, 11 de febrero de 2012

CONVERSACIONES CON LORD BYRON

Por Eduardo García Aguilar
No estamos lejos de la era romántica, pese a que han pasado dos siglos. En estos días, en el antiquísimo Pasaje Vivienne, frente a la vieja Biblioteca Nacional y en el mismo lugar donde vivió Bolívar entre 1804 y 1806, un librero de cabello cano despeinado, especializado en mapas antiguos, ofrecía a precios irrisorios libros recién rescatados de los sótanos o las buhardillas de su tienda, mientras se realizaban trabajos en su negocio.
     Ofrecía para desembarazarse y abrir espacio ediciones de los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX a sólo dos euros cada una a los curiosos que cruzamos por ahí hacia las librerías de viejo más antiguas de la ciudad sobrevivientes en manos de sus lejanos herederos.
     Entre los volúmenes encontré una bella edición ilustrada de Hojas de Hierba de Walt Withman con prólogo de Carl Sandburg y, para mi sorpresa, un pequeño volumen doble encuadernado de 1827 que incluye las Conversaciones de Lord Byron (1788-1924) con el capitán Thomas Medwin y parte de su correspondencia.
     El volumen pertenece a las obras completas publicadas por Ladvocat y Delangle Hermanos, en la traducción en boga de Amédée Pichot, quien contribuyó con esmero a la difusión del romántico inglés en Europa, donde la lengua francesa era la predominante.
     Adherida al libro hay una hoja escrita con aplicada letra caligráfica en pluma de ganso que dice « Byron Conversaciones 2 » y de repente me doy cuenta que en volúmenes idénticos, hermanos de esa edición canónica, los románticos franceses y europeos leyeron al mítico Lord. O sea que el libro que tengo en mis manos es uno de los que circularon en esa época y leyeron Nerval o Victor Hugo y ahora lo puedo llevar a casa por dos euros. El hombre me dice que puedo llevarme 7 libros por diez euros si quiero, pero no tengo tiempo en medio de la helada que cubre a la ciudad este febrero, para sentarme a revisar el túmulo de libros que yace en el suelo de la galería cartográfica.
     Muchas de las obras de los poetas románticos son hoy difícilmente accesibles a nuestro gusto e incluso la misma obra de Byron, Childe Harold o Don Juan, ha tomado ciertos golpes del tiempo, pero las Conversaciones con Medwin es un libro sincero que nos entrega una imagen real del héroe muerto en Missolonghi, Grecia.
     Como en el caso del famoso libro de Peru Lacroix sobre Bolívar, donde vemos a la leyenda en su vida cotidiana en Bucaramanga, con Medwin accedemos a un Byron de carne y hueso, descrito con lujo de detalles cuando disfrutaba de uno de esos momentos de errancia por Italia, en su aspecto físico, agradable trato, extremada inteligencia, memoria excepcional, rencores y fragilidad sentimental.
     Como tantos aristócratas románticos de la época se desplazaba por el continente con una caravana de carrozas cargadas con su biblioteca, muebles, objetos personales y cuando se detenía en algún lugar lo vemos en su cotidianidad atormentada, atraído por alguna bella, quejándose de la incomprensión de los suyos o doliéndose del fracaso de su vida matrimonial, sus líos financieros y la ausencia de su hija.
     Se trata, como casi todos los románticos, de seres rebeldes, maniaco-depresivos y megalómanos, imbuidos como era de rigor por la búsqueda de la gloria y la necesidad de hacer proezas militares y literarias capaces de subirlos al trono de mármol de la posteridad.
     Su vida de famoso transcurre de ciudad en ciudad y de país en país abierta a las costumbres y bellezas paisajísticas y arquitectónicas que pueden ser observadas con tiempo a diferencia de los impertinentes turistas que ya existían entonces y viajaban coleccionando instantes sin tener tiempo para digerirlos.
     Byron, Keats, Coleridge, Shelley, Nerval, Hugo, Novalis, Goethe, Holderlin, Von Kleist. La mayoría son letrados ricos de las tierras frías que bajan hacia los climas más benévolos del Mediterráneo en busca de ruinas romanas, vestigios renacentistas, sensualidad latina y el espiritu jugetón y hedonista de las poblaciones marcadas por el sol.
     En cada lugar encuentran interlocutores ilustrados y ricos con quienes realizan veladas inolvidables, en medio de las delicias culinarias y la degustación de vinos regionales, al calor de los cuales discuten sobre los rumbos políticos del continente y del mundo y hablan de las obras literarias del pasado y las intrigas de la literatura actual. Todos ellos son hipersensibles, se involucran en batallas perdidas y mueren en el campo de batalla como él, en duelos, o ahorcados como Nerval.
     Es difícil definir a ese movimiento que nace, muere y renace al vaivén de las generaciones. Robert Kanters dice que «parecido en toda Europa y sin embargo proteiforme, el romanticismo desanima la definición porque hay en él una mezcla de actitud literaria y espiritual». Es « la reacción y la revancha de la totalidad del hombre contra la tiranía de uno de sus componentes », o sea que sería la venganza del sentimiento frente al auge de la racionalidad o de la máquina. En ese sentido el movimiento pop de los 60, el rock, el arte moderno y mayo de 1968, serían un avatar moderno del romanticismo.
     De todos los temas discute Byron con su amigo el capitán y a través de esta versión deliciosa, carente de énfasis o adornos inútiles, tenemos la impresión de estar muy cerca de él y sentir que en estos tiempos de protestas mundiales contra los poderes globalizados se está alzando una nueva era romántica contra el poder del dinero, la técnica y las armas.



















lunes, 6 de febrero de 2012

¡QUE VIVA SHAKESPEARE & COMPANY

Por Eduardo García Aguilar*
La muerte del excéntrico George Whitman (1913-2011) a los 98 años de edad el pasado diciembre, causó gran duelo entre los bibliófilos del mundo entero, pues su librería anglófona Shakespeare and Company, la más famosa del planeta, se había convertido en emblema y bandera ondeante de la literatura, de la utopía de escribir y compartir, y era a su vez una mansión loca de varios pisos llena de libros viejos y nuevos, donde se quedaban a dormir y a vivir los jóvenes poetas y narradores errantes de paso por París.
     La librería existe desde hace seis décadas como centro literario en el número 37 de la calle de la Bûcherie, en uno de los muelles del Sena frente a la iglesia Notre Dame y al lado del Hotel Esmeralda, regentado por escritores latinoamericanos, en su mayoría peruanos herederos de César Vallejo y César Moro.
     Pasar por allí, mirar el vistoso aviso amarillo empotrado en la pared frontal, hurgar en los puestos exteriores en busca sorpresas de ocasión como el Frankenstein de Mary Wolsonecraft Shelley, ver las ventanas abiertas donde se asoman bellas escritoras australianas o suecas que fuman y toman café, es un ritual necesario para los infectados por el vicio de escribir.
     Desde hace más de tres décadas, desde mis tiempos de estudiante, suelo pasar por allí mínimo una vez cada mes y en muchas ocasiones tuve la fortuna de ver y cruzar unas palabras con George Withman, la leyenda que reinaba en el lugar con melena despeinada, barba de macho cabrío, vestido siempre con sacos amplísimos, camisas arugadas de colores chillones y suéteres y calcetines de color rojo o fucsia.
     El viejo era feliz ahí en su guarida rodeado por jóvenes dependientes que ayudaban a cambio de ser hospedados y tener derecho a una taza de café y croissants. Uno iba al fondo y se sentía en una casa de juguetes donde de repente brincaba un gato o saltaba un pájaro y se aventuraba luego por viejas escalinatas chirriantes hasta las habitaciones superiores, donde reposaban con frecuencia poetas enamoradas de Henry Miller y Anaís Nin, que a su vez se veían despeinadas y tan excéntricas como su protector.
     Shakespeare and Company es hermana de esa otra extraordiaria librería de San Francisco, City Lights Books, propiedad de su amigo el poeta beatnik Lawrence Ferlinghetti, quien se inspiró en esta casa para fundar a su vez una aventura similar al lado del Golden Gate, en el barrio italiano de la bella ciudad californiana.
     Whitman tenía fama de cascarrabias y son históricas sus rabietas, que pasaban rápido como el viento de invierno filtrado por los viejos ventanales de tarjeta postal. Todos los grandes diarios anglosajones dieron gran despliegue a la muerte de este idealista salido de un texto de Oscar Wilde o de Thomas de Quincey. El New York Times calificó su librería de « paraíso literario » y The Guardian convocó a James Campbell y a Jeannette Winterson para que nos contaran como se vivía allí en esa comuna anarquista de escritores hippies.
     George Whitman empezó vendiendo libros de ocasión en un puesto callejero en la famosa avenida Saint Michel y luego fundó la librería Mistral en el lugar actual, antes una tienda de árabes. Por allí pasaron escritores de su generación como la erotómana Anaís Nin, el pornópata Henry Miller, y otros desquiciados como el autor negro James Baldwin, Lawrence Durrel, Samuel Beckett, Jack Kerouac, William Bourroughs y Alen Ginsberg, que la convirtieron en cueva milagrosa de tertulia y proyectos literarios.
     La librería es heredera de la otra Shakespeare and Company, creada en la calle de Odeón en 1919 por la idealista Sylvia Beach, editora del Ulises de James Joyce y protectora de autores perdidos en París como Ezra Pound, Ernest Hemingway y Francis Scott Fitgzerald. La librería de Beach fue cerrada después de la Segunda guerra mundial, pero un día de 1958 la anciana editora pasó por la librería del excéntrico a una lectura de Lawrence Durrel y decidió heredarle públicamente el histórico nombre.
     Whitman, nacido en New Jersey y crecido en Salem, Massachusets, descubrió París en 1948, a los 34 años, cuando vino como ayudante médico en la posguerra. Había realizado estudios de periodismo y literatura y poco a poco se dedicó a vender ideas y volúmenes, pues creía que « el comercio de los libros es el comercio de la vida ».
     La buena noticia es que Shakespeare and Company sobrevivirá a la muerte de su extraño fundador, pues su única hija, nacida en 1981, y a quien bautizó con el nombre de su mentora Sylvia Beach, la dirige con éxito desde hace ya cinco años y como creció rodeada de libros y poetas en esa casa de locos, mantendrá sin duda la antorcha viva en el futuro, retando con valentía los vientos funestos que asedian a la industria editorial y a la bibliofilia.
     George Whitman, rey león de los libros, dejó una bella heredera con un corazón tan literario como el suyo, que no dejará desaparecer ese falansterio de escritores bañado por los aires del Sena, en pleno barrio Latino, junto a la calle Saint Jacques y el bar Polly Magoo.
     Tal vez era ella una de esas jóvenes que salían a fumar en alguno de los ventanales de la casona de la rue de la Bûcherie que conozco desde antes de que naciera. Como su padre, tal vez Sylvia Beach Whitman lucirá la melena despeinada y reinará cumpliendo su histórica misión con un libro de oro entre las manos sobre el trono más codiciable del mundo.
* Publicado en el diario Excélsior. Sección Expresiones. México D.F. Domingo 5 de febrero 2012










viernes, 3 de febrero de 2012

RUMBA Y GUERRA EN TUMACO

Por Eduardo García Aguilar
Con motivo del sangriento atentado en Tumaco de este miércoles reproduzco esta crónica mía publicada en Excélsior de México el 7 de noviembre de 2010.
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Los militares están por todas partes en Tumaco, puerto pesquero del Pacífico sur colombiano, cerca de la frontera con Ecuador, donde antes vivió la civilización prehispánica de los Tumacos (700... ac-1500 dc), que tendría probablemente sus orígenes lejanos en la cultura Olmeca mexicana. San Andrés Tumaco es habitado desde hace medio milenio por una mayoritaria población afrodescendiente que con serenidad y alegría se enfrenta a un conflicto entre guerrilleros, narcotraficantes, ejército, y paramilitares de las sanguinarias Aguilas Negras y Los Rastrojos.
     Un enérgico y musculado gorila colombiano ingresa a la cafetería del aeropuerto custodiado por tres soldados que esgrimen armas mirando a uno y otro lado, mientras el militar conversa con su novia y la mira maquillarse enamorado antes de subir al avión. Todos los militares y los mercenarios tienen bellas novias. Son atléticos, ágiles, seguros, corteses. Son los nuevos dioses de una sociedad en guerra permanente, en una zona marítima llena de esteros y manglares de donde salen los cargamentos de cocaína hacia otros lugares del mundo. Estamos en el reino de los Rambos. Dentro de una película de Hollywood. Palpamos la nueva fiebre del oro. Pululan los negocios de compra y venta de oro y joyas.
     Por todas partes hay avisos ofreciendo “magníficas recompensas” a quienes denuncien a “narcotraficantes y terroristas”. Pero la música del reguetón, el currulao, el merengue y la salsa sigue sonando desde los altavoces. En el mesón de don Chucho Ricaurte todo el día suena la salsa. Y a las múltiples escuelas acuden miles y miles de estudiantes orientados por los valerosos maestros, reyes del bien en Tumaco y guías de la sociedad en medio de esta guerra sin fin.
     Los militares colombianos y estadounidenses , que tienen una enorme base naval en la costa en el marco de la lucha contra “el narcotráfico y el terrorismo” del Plan Colombia son los reyes de la ciudad y las bellas muchachas los admiran y los sueñan mientras van y vienen los helicópteros y los aviones que fumigan para exterminar el cultivo de hoja de coca, devastando el campo y obligando a los campesinos a desplazarse en la miseria hacia otros lugares. Por los ríos que cruzan las veredas bajan con frecuencia cantidades de cadáveres.
     “No me explico cómo es que hay tantos muertos aquí si esto está lleno de militares. No sé lo que hacen. Donde está pues la labor de inteligencia para prevenir”, dice una mujer, sugiriendo extrañas complicidades entre militares y paramilitares. Desde hace quince días reina una calma que sorprende a los habitantes del lugar. Los arreglos de cuentas en la calle, la acción implacable de los sicarios en las tabernas se ha detenido por un instante, pero todos saben que tarde o temprano se reanudará. La parca esta tomándose un corto respiro después de tanta matanza.
     “Es impresionante la mirada de los asesinos cuando disparan sorpresivamente al lado de uno en un bar o en la calle”, dice un hombre. Una maestra cuenta cuando los guerrilleros llegaron a su pueblo de Barbacoas, no lejos de allí, en busca de supuestos “sapos” del ejército. Reunieron a toda la población en la plaza y mataron a cinco conocidas personas y a otras las conminaron a huir so pena de muerte. Alguien quiso ver a su amigo maestro recién fusilado, pero los guerrilleros se lo impidieron. “Váyase, es inútil, ya esta está muerto. Ahora el pueblo estará tranquilo. Ya han muerto los sapos”, dijo un dirigente guerrillero, relata la mujer.
     Las motocicletas de alto y bajo cilindraje se suceden las calles agitadas de esta isla ciudad rodeada de barrios llenos de palafitos. Las calles centrales están tupidas de prósperos comercios de ropa, electrodomésticos, supermercados, bares, restaurantes Pico Rico, sitios de Dunkin Donuts, siempre llenos de gente. Hay sitios de internet, locales telefónicos , venta de minutos en celular. Todos usan celulares. Pobres y ricos. Chicos y grandes.
     Hay abundancia, el dinero circula a manos llenas, la fiesta es permanente, pero a la vez reina la pobreza. Unos campesinos hacen cola en el Banco Agrario en espera que les den la ayuda mensual de unos de 25 dólares del programa Familias en Acción. Pero no ha llegado el dinero. Y gritan famélicos ante el paso de los forasteros: “¡Hay hambre en Tumaco!”.
     Las espigadas muchachas de cuerpos sanos bronceados y prendas ceñidas cruzan coquetamente devoradas por la lascivia masculina. La alegría de los escolares suena por todas partes. La guerra no impide que vayan a la escuela, aunque a muchos tratan de reclutarlos los “paracos” o la guerrilla y debe huir para siempre. En un parque de donde salió el gran futbolista Wellington Ortiz, los chicos hacen deporte emulándolo y las chicas practican el baile currulao.
     En la playa El Morro, cerca de la base naval, los retenes se suceden y en el Hotel Barranquilla soldados armados vigilan la tranquilidad de los enviados y asesores estadounidenses que se hospedan allí en ese pedazo de paraíso frente a la playa. El atardecer nublado deja entrever la rojizas franjas de sol crepuscular. Y el viento excepcionalmente frío a causa de los cambios climáticos provocados por el fenómeno de “la Niña” circula entre los bares playeros donde suena la estridente música tropical. Para llegar allí se pasa por un retén militar que vigila el este enorme complejo donde residen miles y miles de militares.
     Reinan los militares, van y vienen los vehículos de Naciones Unidas y en los hoteles trabajan los predicadores del comercio, la microempresa y la política local. Pero nada es igual al oasis salsero de don Chucho Ricaurte. Mientras unos temibles “paracos” beben con estridencia y arrogancia y piden vallenatos, el viejo rumbero dice firme: ”No señores. Aquí sólo ponemos salsa. Prohibido el merengue y el vallenato”. Pero los asesinos están de buen humor. Terminan sus cervezas y se van.
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Publicado en el diario Excélsior de México. Domingo 7 de noviembre de 2010.

domingo, 8 de enero de 2012

VISITA A BRUJAS LA MUERTA


Por Eduardo García Aguilar
Había conocido siempre a Brujas a través de la referencia de Georges Rodenbach, escritor decadente belga de fines del siglo XIX que publicó en su honor en 1898 Brujas la muerta, primera novela ilustrada con fotografías, cuyo éxito estético no se dejó esperar, conviertiéndose rápido en obra de culto secreto.
     En aquellos tiempos de guerras y auge desbocado de la industria y las finanzas, artistas ingleses y europeos prefirieron optar por el esteticismo a ultranza, aislándose del mundo por medio de una literatura y un arte calificados de mórbidos por los críticos convencionales.
     En torno a Oscar Wilde toda una serie de pintores, poetas y escritores ingleses, como los llamados prerafaelitas, crearon obras donde flotaba un mundo extraño de gran sensualidad que convocaba a viejas mitologías paganas y religiosas medievales o milenarias y las hacía viajar hacia la inquietante modernidad.
     A su vez en Francia y Bélgica varios autores siguieron ese mismo camino con obras extrañas como las del dandy Barbey D’Aurevilly y el excéntrico Joris Karl Huysmans, sin olvidar al precursor más notable, el gran Baudelaire, autor de Las flores del mal o el norteamericano Edgar Allan Poe.
     El deseo, la sensualidad mórbida, el cuerpo, la piel, la muerte, el suicidio, estaban presentes en esas obras que suscitaban la desconfianza de los ámbitos tradicionales y el desprecio y la aversión de los artistas del realismo y el naturalismo en boga. Se trataba de la lucha entre el bien y el mal y de la expansión del pecado como fuente de placer.
     Para demarcarse de la sociedad esos jóvenes se vestían de manera estrafalaria, como lo hacía Wilde, haciendo dudar a veces a los observadores sobre su verdadero género sexual y vivían en comunas donde experimentaban con la música, la fotografía, la pintura y la literatura, marcados por la aparente insania de sus motivaciones. En su visita a Estados Unidos, en pleno éxito y antes de su estruendosa caída, Wilde causó conmoción por su vestimenta y actitudes afeminadas.
     Las mujeres de esos grupos se vestían de manera ultranatural, lejos de los corsés y la parafernalia de la moda victoriana y flotaban como vestales en amplias prendas donde se insinuaba la desnudez interior. Andaban descalzas, eran seductoras, provocaban el deseo desbordado de sus contemporáneos, posaban para fotógrafos y pintores y expresaban cierta inspiradora langidez poética. Lewis Carrol llegó incluso a destacar de manera cifrada el erotismo de las niñas.
     Brujas, vieja ciudad muerta, fue un próspero puerto medieval autónomo de riqueza excepcional que se convirtió en la Venecia del norte, al lado de Ostende, a donde llegaban y salían a lo largo de estrechos canales todas las mercancías del mundo.
     Llena de torres medievales, molinos, iglesias góticas, callejuelas y canales, fue muy codiciada por todas las potencias nacientes y experimentó diversas dominaciones, entre ellas la española en tiempos de Fernando e Isabel la Católica y Carlos V, en cuyo imperio nunca se ocultaba el sol y cuya visita a la ciudad quedó plasmada en bustos, cuadros, esculturas. Tambien la dominaron sucesivamente los austro-híngaros y Napoleón.
     Todo en esa ciudad huele a tiempo e historia, bajo la impronta del catolicismo y el tañido de las campanas de sus inmensas catedrales y torres que suenan todo el tiempo guiando la vida cotidiana de sus habitantes desde hace siglos. En sus recodos hay puentes memorables, remansos y lagos donde flotan o descansan los emblemáticos cisnes de la poesía. Y hay viejos hospitales y conventos y casas intactas de los tiempos de Brueguel, El Bosco y Rembrandt que huelen a siglos, a madera vieja, a crujientes vigas centenarias.
     Ese ámbito fue escogido por Rodenbach para el retiro de un joven viudo rico destrozado por la muerte de su esposa amada. Allí encontrará al doble de la muerta, una actriz libertina y ambiciosa con quien decide vivir en concubinato en medio de las críticas y burlas de la sociedad.
     Esta novela de extremo erotismo mórbido tuvo gan éxito en su momento al incluir fotos en blanco y negro de esos recodos y monumentos por donde transcurrió esa historia de amor con una muerta en una ciudad muerta, vigilada por las agujas de las catedrales y la mirada severa de monjas, curas y burgueses prósperos.
      Millones de turistas visitan a Brujas y ahora se ha convertido en un Disneylandia medieval donde reina el chocolate, la cerveza, el fútbol y la moda, pero para entenderla, ingresar a su secretos, es necesario quedarse ahí como lo hice en el decimonónico Hotel Patritius,  deambular de noche por las callejuelas nocturnas cubiertas de niebla, viajar por los canales de helada agua estancada y rodear las viejas construcciones llenas de fantasmas y espíritus y gemidos de dolor crístico.
      Rodenbach me guió hacia sus calles y en ellas volví a gozar esa obra finisecular cotejando la realidad actual con las fotos. Nada ha cambiado. En la preciosa capilla gótica de la Santa sangre, donde se encuentra el relicario traído por un cruzado desde Jerusalén en el siglo XIV, se siente el fanático fervor de las cruzadas.
      Lo fascinante es que Brujas se parece a nuestras ciudades coloniales latinoamericanas como Quito, Oaxaca o Zacatecas, y otras italianas, este europeas o ibéricas donde reinó la España de la Inquisición y donde los rituales de llagas y silicios del catolicismo más animista colindan con el erotismo de las obras de Charles Baudelaire, Oscar Wilde y otros decadentes. Ese sincretismo mórbido sedujo a Rodenbach para hacer de Brujas el escenario de una novela muy antigua y muy moderna y atrae hoy a los lectores que acudimos a ella para desafiar el tiempo a pesar de Disneylandia.

 * Publicado en Excélsior. México D. F.  Sección Expresiones. Domingo 8 de enero de 2012.
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lunes, 19 de diciembre de 2011

MÚSICA CON VACA SACRA EN BASTILLA

Por Eduardo García Aguilar

Desde adentro del bar de Tony, sale la música flamenca experimental del grupo Vaca Sacra. Como siempre Bastilla arde todas las noches. Acuden ahí desde hace un siglo estudiantes y jóvenes fiesteros que se dan cita frente al monumento coronado por un ángel alado. En la amplia plaza donde circulan sin cesar los vehículos se encontraba hace más de 200 años la prisión de la Bastilla y estuvieron ahí recluidos todos los presos ilustres, como el Marqués de Sade e incluso Voltaire.
     La toma de la cárcel fue el acontecimiento histórico, la chispa, que desencadenó la revolución que tumbó el Antiguo Régimen aristocrático y creó la República tras un proceso sangriento en que la guillotina funcionó todos los días para cortar cabezas de rebeldes, líderes en desgracia, diputados, ideólogos equivocados, traidores, soplones, nobles, poetas, soldados, tenderos, prostitutas, curas, ladrones y terminó por decapitar al rey bonachón Luis XVI y a su esposa Maria Antonieta en una fecha memorable que todavía duele y nadie olvida. Pero ahora Bastille es sitio estatégico de la fiesta.
     De la histórica rotonda salen calles ilustres como el Faubourg Saint-Antoine, que era un suburbio popular famoso por las barricadas de la Comuna de París, y hoy es lugar de comercios de marca y grandes bares como el Barrio Latino. Hacia otro lado surge la rue de la Roquette, antigua callejuela estrecha y torcida llena de tiendas y cafés que siempre es un hormiguero de gente. Librerías, galerías, tiendas de todo tipo alternan con los bares de la calle de Lappe, que desde los años 20 de siglo pasado alberga el bailadero de tango Balajó y decenas de pequeños antros de fiesta y comida de todos los orígenes. Mas allá sale el Bulevard Beaumarchais, de edificaciones decimonónicas hermosas que aún perviven y donde alguna vez vivió el novelista Flaubert.
     Hacia otro lado sale hacia el río un canal, que es a la vez puerto citadino y arteria donde se estancionan los barquitos que salen luego a recorrer el Sena hasta su desembocadura. Y más allá está una arteria que va por la calle Rivoli hacia el centro de París. O sea que Bastille es uno de los corazones palpitantes de la ciudad, donde está la moderna Opera, que es el lugar donde la gente se sa cita para planear sus rumbas.
     He llegado por la noche a este bar de la esquina de la calle de la Roquette y el Faubourg Saint Antoine, cuyo patrón Tony es un simpático personaje que anima y bromea con los clientes imponiéndole al sitio un aire irreverente que recuerda los tiempos de la revolución de Mayo del 68 y los agites filosóficos y políticos de los años 70 y 80. Ahora ahí tocan Pierre y Frank, que acaban de crear el grupo Vaca Sacra y experimentan con la música flamenca española interpretando el primero la guitarra y el segundo el saxofón tenor y la flauta.
     Como siempre ha ocurrido en la ciudad desde los tiempos de la bohemia de Murguer, Baudelaire, Verlaine y Picasso, en los bares se han creado las más extraordinarias carreras de la música popular francesa. Edith Piaf cantó primero por unas monedas como lo hizo su joven amante Charles Aznavour, que todavía da conciertos en el Olympia al borde de los 90 años y es una institución nacional, tan importante como la Torre Eiffel o la propia Bastilla. En los bares comenzó también Georges Brassens, que fue pobrísimo hasta los 40 años y de repente se convirtió en una leyenda, mito sabio, asombrado que pasar de paria a estrella.
     La música como la poesía son artes que se practican por vocación. Son expersiones de lo más profundo del ser y exigen generosidad. Frank el saxofonista, cuando juega con las notas y entra al quite de Pierre el guitarrista flamenco, se agita y se mueve poseído al buscar las notas que saca mientras los parroquianos degustan la alegría de esa música andaluza. A veces con las manos extrae el sonido de las palmas. De repente Pierre cierra los ojos y se introduce a su vez por los meandros de una melodía gitana que eleva a los pocos clientes que acuden al bar esta noche de frío y lluvia, en plena navidad. Es la segunda vez que tocan aquí y los he encontrado por sorpresa.
     No ganaron mucho esta noche, pero han tocado en esta esquina desde donde se ve el monumento de la Bastilla y el cruce de miles de muchachas hermosas cuyo perfume ingresa con el viento de las nuevas tormentas. Algunos clientes les dieron unas cuantas monedas, pero ellos han recibido los aplausos, que es lo más importante. Así se crean los grupos y las aventuras musicales.
     Ocurre lo mismo en centenares de cafés citadinos, donde la música acompaña las noches de los solitarios o los enamorados. Vaca Sacra ha terminado su presentación y la medianoche llega con más llovizna. Tal vez se conviertan en grupo o no, acompañados con un percusionista. Pero por un instante han sido excelentes y con su entrega han dado vida al flamenco y al bar de Tony, y se han iluminado ellos mismos como lo hacen poetas, músicos, pintores, bailarinas y mimos como Pierrot, cuyo epitafio fue: « Aquí yace el que lo dijo todo sin hablar nunca ».







lunes, 5 de diciembre de 2011

EL RETORNO DE CASANOVA

Por Eduardo García Aguilar
Recorrió toda Europa a lo largo del siglo XVIII cometiendo las más variadas picardías, seduciendo, estafando, engañando, jugando a las cartas, inventando loterías, disfrazándose de diplomático, creando fábricas de textiles o vasijas de vidrio.
Todo lo vio en su natal Venecia, de donde se escapó de la cárcel y aun más en Roma, Madrid, Constantinopla, París, Londres, Dresde, San Petersburgo, Varsovia y Praga y en las poblaciones y castillos intermedios. Era hijo de una actriz de bajo rango que deambulaba entre arlequines y bufones y con sus ojos abiertos el díscolo niño observó la poco recomendable vida de los artistas en la agitada Venecia, llena de forasteros, comerciantes, estafadores y mujeres de vida alegre.
Era el gran Giacomo Casanova (1725-1798), cuya leyenda recorrió tres siglos como emblema del seductor, libertino y pícaro, pero que sólo ahora adquiere con toda solidez su carácter de clásico de las letras, recibido con todos sus ajuares en la Biblioteca Nacional de Francia, que le dedica una vasta exposición alrededor del manuscrito original de sus inolvidables Memorias.
Casanova vivió la vida a toda velocidad con la lucidez de un lector de la época de las Luces, contemporáneo de Voltaire y los Enciclopedistas. Allto, delgado y hercúleo, plebeyo, con el rostro y el tono mediterráneo de los marginales venidos del Sur, Casanova penetró en las cortes y los salones de París, donde sedujo con su palabra y la inventividad incesante.
Bajo el reino de Luis XV se hizo pasar por aristócrata y disfrazó sus origenes con apelllidos y títulos falsos para poder estar allí a la hora de la danza, las fiestas de máscaras y las grandes comilonas rociadas de vino y champán al infinito, cuyas risas y gemidos se escuchaban kilómetros a la redonda.
Grandes damas aprendieron de sus aventuras y ocurrencias y con ellas asumió el papel de alquimista o rosacruz o vidente para darles gusto, aburridas como estaban mientras sus esposos los generales o los coroneles recorrían los campos de batalla o vegetaban en lejanas misiones diplomáticas.
Todo lo miraba en tercera dimensión, todo lo veía, todo lo seducía. Vio como descuartizaban con caballos al joven que intentó matar al rey Luis XV, en una esquina vio elevar inmensos globos, más allá presenció la entrega de cartas credenciales en ámbitos cardenalicios, en los secretos recodos de los monasterios ayudó a monjas a escaparse de sus madres superioras y a las ex amantes les consiguió buenos esposos y les adquirió dotes imaginarias.
Era el siglo XVIII encarnado con todas sus luces de inteligencia, ciencia, viaje, esplendor arquitectónico, elegancia, perfumería, danza, comedia y delirio. Participó en ceremonias de francmasonería y en los gabinetes mágicos de Cagliostro y el Conde Saint Germain. Solía transmutarse o viajar a través del tiempo, reproducir oro en alambiques o billetes con un prestidigitador movimiento de manos. Pero cuando ya no podía más de tantas mentiras y era perseguido por acreedores o engañados, escapaba hacia otra ciudad y otra corte donde repetía las proezas de timar amando, seducir queriendo y divertir huyendo.
En su retiro de Ferney el gran Voltaire reconoció que el payaso era un portento de inteligencia y de gracia y lo dejó dicho por escrito. Sus amadas le escribieron cartas encendidas desde todos los puntos cardinales, añorando al cómplice incluso cuando subían al altar con un viejo noble desdentado o un heredero disminuido.
Y en cada puerto o capital nuevos notables le otorgaban cartas de presentación para que fuese recibido en otros lugares sin fin, en una incesante fuga en carrozas y diligencias haladas por caballos o en naves fluviales y marítimas.
Pero ya viejo y pobre, triste de no suscitar emociones entre las mujeres, el cascarrabias consigue una beca para cuidar la Biblioteca en el castillo de Dux, en Bohemia, apoyado por un conde, y deambula ahí desesperado por salones y corredores, solitario en invierno, craneando planes imposible.
Escribió primero una novela de ciencia ficción que fue un horrible fracaso de ventas y derrotado, reumático, aquejado de tos y achaques múltiples, emprende a los 60 años la escritura de sus Memorias, las mismas que le darán finalmente la gloria. Y día a día, en francés, con una minuciosa e impecable escritura, llena páginas donde evoca una vida de emociones y sorpresas sin saber que se izaría a los niveles de los grandes memorialistas de la historia, Saint Simon, Rousseau, Chateaubriand y que en el siglo XXI se convertiría en la metáfora de Europa, el continente que busca unirse en medio de conflictos y tropiezos .
En 1798 muere Casanova y el manuscrito es vendido por los herederos a un editor que lo manda traducir al alemán en una versión expurgada y lo guarda en varias cajas cubiertas de tela negra. Se salva de la destruccion en 1945 durante los bombardeos de la guerra mundial, hasta que el orignal fue redescubierto y reeditado en 1960 por Brockhaus-Plon.
Un mecenas adquirió en 2010 el manuscrito de 3700 páginas guardado celosamente en una caja bancaria en Suiza y ahora es desplegado en varias salas, en una espléndida exposición de época que reproduce recodos de ciudades y todo tipo de elementos evocadores de ese tiempo. Trajes, pelucas, maletas, manuscritos, armas, paisajes, mapas, retratos, fragmentos de películas inspiradas en su vida, melodías, representaciones teatrales, rinden finalmente homenaje tardío a quien durante siglos fue sólo un pillo de opereta.
Y de repente surge otro Casanova, ya no el unívoco y omnipresente seductor de hembras sino el ilustrado que modernizó la lengua francesa y resumió en una obra genial el Siglo de las Luces, que todavía nos ilumina con sus revoluciones, circunvoluciones y explosiones.

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* Publicado en Excélsior el 4 de diciembre de 2011, en sección Expresiones. México D.F.

sábado, 3 de diciembre de 2011

ELOGIO DE LA LIBRERÍA MADERO

Por Eduardo García Aguilar
En una época en que una tras otra desaparecen de las capitales del mundo las buenas librerías de viejo para ser reemplazadas por comercios de ropa o comida rápida, la Librería Madero sigue ahí llevando la antorcha de ser emblema mundial de la bibliofilia desde hace 60 años en la capital mexicana.
En un centro milenario cargado de historia, saber y sangre, donde todavía se escuchan los ecos imaginarios de viejas batallas y los pasos de sabios clérigos o sanguinarios guerreros, la Librería Madero fue fundada por el refugiado español Tomás Espresate en 1951 y luego retomada por Ana María Cama, antes de pasar al cuidado de Enrique Fuentes Castilla, viajero que la ha mantenido a flote en los tiempos más difíciles que haya vivido la era de los libros impresos iniciada por Gutemberg.
Tuve la oportunidad de entrar por primera vez a esa librería y frecuentarla en tiempos de Ana María Cama y sus socias, de mano del poeta y bibliópata Francisco Cervantes, quien vivía a unos pasos de allí, en el Hotel Cosmos, y solía pasar varias veces a la semana a hacerles conversación al calor de unos vinos a esas damas catalanas modernas e ilustradas que eran sus amigas y lo toleraban y se divertían con sus interminables ocurrencias y picardías de lisboeta-queretano.
Desde entonces, en la década de los 80, la Librería Madero se convirtió para mi en un sitio familiar y simbólico y cuando ingresé a la Agencia France Presse, situada al frente, en el piso 28 de la Torre Latinoamericana, solía cruzar la calle y pasar casí todos los días en los momentos de reposo, lejos del ajetreo noticioso, para iniciar desde ahí el lento recorrido de las librerías de viejo de la calle Donceles y otras esparcidas entonces en el centro histórico, en busca de libros inesperados y felices.
Enrique Fuentes Castilla salvó la librería en otra de esas crisis cíclicas que la han afectado cuando la codicia de los comerciantes ataca en busca de sus muros y le ha dado en estas dos décadas una existencia coherente, sólida y con brújula, al concentrarla en el tema histórico y literario mexicano, abierta al pasado y al presente.
Poco a poco sus estanterías fueron adquiriendo una nueva pátina similar a la de otra librería extraordinaria que recuerdo, la de Lello & Irmao, situada en la calle de las Carmelitas de Oporto, que es un templo inolvidable para el bibliómano, construido en 1906, y hoy monumento europeo reconocido, o de esas librerías que todavía por fortuna existen en el centro de París o en los viejos Pasajes decimonónicos estudiados por Walter Benjamin, como la cueva de libros situada en la calle Tournon, al lado del café donde murió ebrio el gran novelista Joseph Roth, el autor de La marcha de Radezky y las Memorias del Santo Bebedor.
Esa nueva índole cargada de historia y rigor se la infundió Enrique Fuentes Castilla con su pasión y seriedad, ya que sabe pasar de la concentración alerta en torno a los nuevos libros que aparecen por allí o los clientes que de México y el mundo entero acuden en busca de un incunable, a la alegría afectuosa de la tertulia, donde sabe con emoción entregar los secretos de una larga vida pasada en las aulas, el mar, el viaje y la excursión por las montañas de la memoria.
No es raro ver pasar por ahí a Adolfo Castañón y Vicente Quirarte, dos de los más grandes humanistas y polígrafos contemporáneos de México, herederos ambos de Don Alfonso Reyes y del librereo y poeta José Juan Tablada, escritores y lectores que lejos de la velocidad codiciosa de las letras comerciales de este tiempo, están anclados en el viejo saber de los monasterios y los colegios medievales donde se tradujeron los clásicos.
Ambos son la vanguardia que toma con valentía la antorcha del saber literario y la bibliofilia en México y tras ellos llegan los mexicanólogos y mexicanófilos de Dresde o Hamburgo, Trieste, Londres, París, Chicago o Nueva York, que viajan directo a la Librería Madero a rastrear con el guía del templo un nuevo detalle de la terrible y fascinante historia de este país de imperios prehispánicos, virreinatos y Repúblicas cojas, encrucijada de migraciones y tendencias, tensiones y diásporas de sabios judíos, españoles, sudamericanos y otros que como Trotsky, Tamara de Lempicka, Antonin Artaud, Luis Cernuda o Bruno Traven, han encontrado siempre refugio en las tierras hospitalarias del valle del Anáhuac.
Dentro de esos muros y esas maderas se escucha la voz del poeta León Felipe, cuya silla dicen anda todavía por ahí, y sin duda la de todos los trasterrados españoles y el grito de Pablo Neruda o Gonzalo Rojas, cuando no la palabra de Alvaro Mutis, o la sonrisa del humanista peruano Edgar Montiel acompañado por el editor José Mejía Baca y otros fieles que han hecho la romería sin fin.
La última vez que pisé la Librería Madero adquirí la edición original de Los días y las noches de París de José Juan Tablada, editada por la viuda de Ch.Bouret en 1918, donde cuenta las aventuras de los trasterrados mexicanos de la capital francesa, y cada vez que lo abro y lo huelo y lo toco y sus hojas se deshacen en mis manos me acuerdo de ese sitio esencial para México, que debe ser declarado monumento nacional.
Cuando van amigos a México yo les pido que vayan ritualmente a visitar la librería. La semana pasada la joven poeta Maria del Rosario Laverde cumplió y tuvo la felicidad de comprobar que don Enrique Fuentes es un librero « maravilloso ». De ahí salió con un libro raro sobre el poeta colombiano Porfirio Barba Jacob, quien vivió y murió no lejos del lugar y cuyo fantasma sin duda suele flotar en los aires de ese refugio.

* Publicado en el diario Excélsior de México. Martes 29 de noviembre de 2011. Sección Expresiones.

sábado, 26 de noviembre de 2011

FERNANDO VALLEJO, EL ULTIMO NADAÍSTA


Por Eduardo García Aguilar
Cuando vi por primera vez a Fernando Vallejo, éste era un señor cegatón y muy feo que acababa de terminar la biografía de Porfirio Barba Jacob, cuyo centenario de nacimiento se celebraba en 1983. El cónsul de Colombia en México nos invitó a su casa de Coyoacán para hablar de los respectivos proyectos, siendo el mío en ese entonces la minuciosa recopilación de la obra periodística del poeta, publicada finalmente en el Fondo de Cultura Económica con el título de Escritos mexicanos.
Vallejo vivía como siempre en la calle Amsterdam con su enorme perra Bruja, un piano, muchos cuadros y esculturas, muebles antiguos y el caballeroso escenógrafo mexicano David Antón, con quien ha compartido su vida a lo largo de cuatro décadas.
Ya había terminado también el titanesco libro Logoi, elaborado para aprender a escribir y emprendía en el total anonimato la escritura de su saga novelística de carácter autobiográfico. Como nadie lo situaba ni en México ni en Colombia entre los escritores de futuro, tuvo que publicar la biografía de su paisano poeta y sus dos primeras novelas con plata de su propio bolsillo, aplicándose él mismo a buscar las ilustraciones para la portada, elaborar el diseño y corregir las pruebas.
Con mucha frecuencia Fernando nos invitaba a su casa a largos almuerzos de donde todos salíamos muy ebrios de tanto vino y cognac. Eran reuniones alegres donde se hablaba de todo sin pretensiones de ninguna clase, porque es y ha sido siempre alguien desprendido de todas las vanidades literarias del mundo.
Suelen los escritores y los artistas en general luchar a lo largo de su vidas por obtener honores y escalar posiciones en la clasificación boxística de la literatura e hincharse de vanidad como pavos reales cuando obtienen premios o reconocimientos, pero en el caso de Vallejo eso no es posible porque sabe que vamos al hoyo y al olvido.
Como los viejos sabios cascarrabias de la historia, Vallejo ha vivido con resignación el hecho de existir en el mundo y dejado transcurrir el tiempo veloz que tarde o temprano cesará de ser su vehículo viajero. Descree profundamente de los seres humanos, pero es buen amigo y noble y servicial si es el caso como lo pueden ser los sencillos campesinos de su estirpe antioqueña.
Vallejo emprendió en México primero la factura de varias obras cinematográficas y luego la escritura de sus memorias para tratar de exorcizar el horror de haber nacido en Colombia, país tan injusto y terrible que le parece una version aún más atroz de los círculos infernales de Dante, donde siglos de guerra y sangre y abuso generalizado han dejado huellas indelebles de dolor, frustración y amargura en la gran mayoría de su hijos.
Pero su diatriba va más allá y se vuelve universal al cruzar las fronteras de su patria y emprender el juicio verbal no sólo contra la tierra natal sino contra la familia misma, estructura monstruosa donde según él se originan todos los odios y pulsiones criminales, y contra la Iglesia y la religión, que cimentan los horrores que hierven en sancrosantos hogares y patrias.
Fernando Vallejo, tal vez sin quererlo ni saberlo, es uno de los principales representantes del movimiento nadaísta colombiano, apadrinado por su mentor y precursor Fernando González y fundado desde Antioquia por el profeta Gonzalo Arango y sus jóvenes discípulos surgidos en las barriadas de las ciudades colombianas a finales de la década del 50, cuando aún humeaba la sangre fresca y caliente de la Violencia.
Todo en Vallejo es puro Nadaísmo. Nadaísmo en el vestir, hablar, perorar, gritar, rebelarse contra todo y contra nadie y en el amar sin límites a los animales, para él seres más confiables y nobles que los hombres y a quienes ha destinado las ganancias de sus premios y regalías editoriales. Nadaísta en su desprendimiento y nadaísta en su descreimiento, porque como decía su también paisano León de Greiff « todo no vale nada si el resto vale menos ».
Y aunque Vallejo haya destinado miles de páginas a atacarla y denunciarla con ferocidad, la Iglesia católica permea su obra y su ser como esencia de la que nunca podrá liberarse. La ideología profunda subyacente en su escritura es el anarquismo católico que en otros tiempos practicaron autores tan polémicos como D’Annunzio y Georges Bernanos e incluso José María Vargas Vila, que en el fondo fue sólo un cura laico traumatizado por la misma religión anclada en las montañas aisladas de Colombia.
Cuando los nadaístas pisaban hostias y escandalizaban frente a las iglesias, arrastrando tras ellos a jóvenes que se rebelaban contra la familia, la religión y la patria, actuaban como seminaristas rebeldes desde el fondo de la cultura antioqueña que ha moldeado parte de los imaginarios colombianos, excepto tal vez en las costas Atlántica y Pacífica donde por fortuna reinaron el animismo y los ritmos africanos.
Tuve la alegría de conocer los primeros manuscritos de sus obras, cuando Fernando no figuraba en ninguno de los catálogos de la literatura colombiana contemporánea y mucho menos en las listas de los nadaístas. Y poco a poco, a medida que fueron publicados, sus libros sedujeron a los colombianos, como antes sedujeron los poemas nadaístas y las novelas de Gustavo Alvarez Gardeazábal, porque son gritos generales contra la cultura blanca, católica, hispana, neurótica, señorial y autista de las montañas colombianas. Con Vallejo el nadaísmo gana y por eso puede ya bajar tranquilo al sepulcro, como diría Bolívar.

sábado, 19 de noviembre de 2011

DANIEL SADA: LA VIDA PARA PULIR UN VERSO


Por Eduardo García Aguilar

El mexicano Daniel Sada (1953-2011) vivió por y para literatura contra la corriente, haciendo un esfuerzo descomunal para que la historia contada y la forma llegaran a plasmarse en un todo ambicioso. Lo conocí cuando teníamos 27 años y publicábamos los primeros libros en la Ciudad de México, en ese tiempo feliz para la literatura, cuando no había sido devorada por el comercio y estaban aún vivos Octavio Paz, Juan Rulfo, Salvador Elizondo, Augusto Monterroso, Francisco Cervantes y toda una pléyade de autores mexicanos inmersos en el crepúsculo de un humanismo preciosita donde se « sacrificaba un mundo para pulir un verso », como dijo el poeta colombiano Guillermo Valencia.

Nuestra primera charla sobre el decadentista Joris Karl Huysmans, que él adoraba, fue en el Palacio de Bellas Artes, presentados por Guillermo Samperio. Lo veo recostado en una de las columnas de mármol, a la entrada del inmenso templo laico construido por los padres fundadores de la patria revolucionaria y humanista mexicana, encabezada por el gran José Vasconcelos, autor del imprescindible Ulises criollo. Es la primera imagen que tengo de él.

O sea que fue allí, entre mármoles untados de modernismo, entre los fantasmas de Amado Nervo y José Juan Tablada, donde se inició ese diálogo de jóvenes devorados por la literatura, que poca atención hacían a la realidad. México se hundía, lastrado por la corrupción del régimen y pronto se quebraría del todo en el crepúsculo de un Quetzalcóatl megalómano, pero nosotros sólo sabíamos de los incunables hallados en las librerías de viejo de la calle Donceles o de Las Diabólicas del dandy Jules Barbey d’Aurevilly.

Sada venía del norte y solía escribir sobre los ámbitos vividos en la infancia y la adolescencia, llenos de artistas de circo y gitanos de paso en pueblos y ciudades polvorientas esparcidas en territorios unidos por largas vías férreas o carreteras sin fin entre cactus. Usaba el lenguaje coloquial de la gente del norte, con sus modismos y acentos peculiares y osaba escribir novelas en octosílabos, endecasílabos y alejandrinos perfectos que revisaba uno a uno a lo largo de páginas y volúmenes sin fin.

Vestía sencillo, con ropas amplias de colores no muy vistosos y una cachucha de béisbol. Tenía la amenidad y la generosidad que fluía por las redondeces de una corporalidad similar a la de su admirado maestro Alfonso Reyes, que como él vivió rodeado de libros y buscó en ellos la frase sorpresiva, la idea escondida entre el polvo y los siglos. Barroco hasta el extremo, Sada llevaba dentro de sí un Góngora personal que garantizaba el funcionamiento de su relojería, aunado a un Gracián de cabecera, que daba consistencia ontológica al transcurso de sus personajes.

Hablaba rápido y reía con frecuencia. Su rostro, en la alegría, adquiría el tono de los budas risueños provenientes del Oriente que adornan como amuletos los restaurantes chinos y traen suerte y abundancia. Amaba el vino, la comida, el béisbol, los amigos, y se le veía feliz poseído siempre por las historias y proyectos que fraguaba. Le gustaba en la tierra caliente usar gafas oscuras y en los encuentros de escritores en los que coincidimos, desde el homenaje a José Agustín por sus cuarenta años en Cuautla, hasta los de Puebla y Huatulco, solíamos hablar también del inescrutable tema del amor, que por fortuna lo rodeó hasta al final, al lado de su esposa y sus dos hijas.

Cuando lo conocí, vivía por las torres de Satélite con sus padres y había leído todos los libros. Se había iniciado con Lampa Vida (Premiá. 1980) y soñaba con escribir, como lo hizo, enormes obras narrativas de orfebrería única donde vivieran a sus anchas sus personajes cómicos y picarescos de provincia. Albedrío (1989), Una de dos (1994), Porque parece mentira la verdad nunca se sabe (1999), Juguete de nadie y otras historias (1985), entre otras obras, representan un vasto y sólido balance.

Cargaba siempre sus manuscritos y leía por teléfono a sus amigos las historias que acababan de surgir de su pluma. Vivía por y para la literatura. Todo en él se reducía a buscar historias y encontrar el tono y las palabras para contarlas. Su obra estaba al servicio de sus ambiciones, por lo que nunca cedió a la narrativa fácil y exigió que el lector lo siguiera por sus difíciles laberintos.

Hacía parte de ese amplio espectro de provincianos que desde todos los puntos cardinales llegaban a la capital, como Juan Rulfo o Carlos Montemayor, a nutrir de palabras el árbol fértil de la literatura mexicana. Pero en su caso, venía del norte, que siempre dio a la literatura mexicana voces y ámbitos peculiares para alimentar el crisol multifacético que hierve en el Distrito Federal.

Daniel Dada fue un Quijote de la novela. Dio su vida al acto de escribir movido por una pulsión incontenible. Y en sus archivos reposará sin duda una obra secreta de poesía, que fue el jardín secreto, básico, que cimentaba sus proezas narrativas.

Acaba de morir este viernes 18 de noviembre y, al recordarlo, sabemos que es un ejemplo heroico para todos los que escogimos el camino de la literatura en un mundo cada vez más hostil para los creadores, porque nunca se apartó del camino contra viento y marea, siempre estuvo ahí al frente en el a veces árido campo de las letras, en la soledad del oficio y de la vida, entre sus diccionarios y su biblioteca nutrida de clásicos de todos los tiempos.

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domingo, 13 de noviembre de 2011

EUROPA, FIESTA, CRISIS, NOCHE



Por Eduardo García Aguilar

Mientras en las pantallas de televisión se ve al primer ministro griego Georges Papandreou en medio de la crisis financiera y política mundial que amenaza al viejo continente como si fuera un país del Tercer Mundo, la fiesta continúa en las calles céntricas de Bruselas, capital de la Unión Europea y sede de las principales instituciones de esa zona.
En la Gran Plaza jóvenes y adolescentes liban y cantan sentados en círculo y poco a poco llegan ebrios de todos los pelambres a celebrar y tomar cerveza Leff o Grinberguen, mientras a lo lejos se escucha la incesante voz de la diva pelirroja Axelle Reed o la del inconfundible cantante nacional Adamo. No lejos de ahí centenares de gays inundan una calle y hacen la fiesta con sus banderas multicolores.
A una hora por avión de la capital belga, a la misma hora, en la famosa Cannes, los presidentes de los países más poderosos del planeta reunidos en la Cumbre del G-20 siguen estremecidos por la posibilidad, ya conjurada, de que se convoque al pueblo griego a un referéndum para decidir si continúa o no en la Unión Europea.
En la esquina de la plaza, en los bajos de una vieja casa antigua del siglo XVIII de estilo flamenco, en un amplio viejo antro, una joven familia popular latinoamericana anima una discoteca donde suenan bajo la penumbra rota por haces lumínicos el reggaeton y la bachata que bailan expertas muchachas provenientes de las barriadas del Caribe, Colombia o Perú.
Sin duda miles de peruanos, bolivianos, ecuatorianos y colombianos, desempleados después de la quiebra de España y el fin del sueño laboral de la Madre Patria han emigrado a esta capital en busca de trabajo y pululan por todas partes. El reggaeton, la bachata y otras músicas de ese tipo proliferan poco a poco en estas callejuelas y los bares están llenos de emigrantes populares. Los diplomáticos y la juventud burocrática dorada europea hace la fiesta en otros sitios de más glamour.
El español Zapatero, el portugués Sócrates, los líderes irlandés e islandés, ahora Papandreu y después Berlusconi han caído unos tras otros precipitados por la crisis de la deuda y la incertidumbre. Las fronteras se difuminan, los Estados desaparecen y las fuerzas oscuras de las finanzas instalan poco a poco el gobierno de magnates, grandes grupos y corredores de bolsa. Ni el francés Sarkozy ni la alemana Merkel están a salvo de caer al precipicio, chupados por el hueco negro del desastre.
Papandreou, tercero de una dinastía política social-demócrata, trata de salvar los últimos muebles, antes de ceder el poder y en espera de la llegada de los representantes de los acreedores internacionales con las órdenes de incautación de los enseres domésticos. Se llevarán hasta las vajillas y la licuadora.
El cómico presidente francés Sarkozy, que considera ridículamente a Papandreou su prefecto en una provincia lejana, salta como Luis de Funés en El Gendarme de Saint Tropez ante la sorpresiva idea de que el pueblo griego pueda decidir democráticamente su destino. Papandreou lo mira desde lo alto de su dinastía ateniense como se observa a un gañán impertinente que se cree más importante de lo que es y ni siquiera sabe quien fue Pericles.
En Bruselas uno trata de palpar ese malestar que sacude la región y los estremecimientos monetarios, las bajas y subidas de tobogán de las bolsas, la sucesión de las calificaciones de Standard's and Poors y Moody's, pero nada indica en la calle que un sueño se derrumba, que languidece una utopía creada por los viejos fundadores de la Unión Europea.
En Bélgica los flamencos y wallones se ignoran, hablan sus respectivas lenguas y se dan la espalda como catalanes y castellanos. Desde hace año y medio no hay consenso para formar gobierno en Bélgica y se desempeña como primer ministro interino el economista Yves Laterne. Por todas partes surgen nuevos nacionalismos. La extrema derecha progresa.
Después de medio siglo de minuciosa y conflictiva construcción, la Unión Europa tiembla y uno tras otro los países del continente caen de rodillas ante las oscuras instituciones financieras internacionales. La magnitud de las deudas nacionales es tal que Irlanda, Grecia, Italia, Islandia, España, Portugal y ahora Francia y en el futuro Inglaterra, Bélgica y otros países caen uno tras otro incapaces de pagar los intereses de la deuda, tras décadas de cuentas alegres y delirios de grandeza.
Grecia organizó los Juegos Olímpicos y tiró por la ventana más de 20.000 millones de dólares así como muchas familias pobres gastan a crédito en fiestas de bodas o cumpleaños de quinceañeras y quedan ahorcadas a expensas de los agiotistas. La corrupción chupó los miles de millones de euros de las subvenciones que han ido a dormir a las cuentas de los bancos suizos.
Pero la deuda de Grecia es poco comparada con las de Francia, Italia, Estados Unidos, que han gastado a crédito millones en guerras exteriores absurdas o tirado fortunas por la ventana dando canonjías a bancos y a grandes multinacionales. Las industrias nacionales han sido pulverizadas y deslocalizadas a China, donde la mano de obra no vale nada.
Los indignados de todo el continente acuden a Bruselas a protestar y expertos sindicales o humanitarios de todo el planeta, convocados por partidos de izquierda europeos, se reúnen en un amplio salón de la calle Washington para tratar de entender este nuevo Imperio del Big Bussines, gigantesco pulpo inteligente de capitales apátridas y crueles que asfixia al planeta con sus ocho brazos dúctiles llenos de ventosas. Pero no es tiempo de llorar. Después todos saldremos en busca de fiesta al ritmo caribeño de la bachata y el reggaetón.

sábado, 29 de octubre de 2011

CONFORTABLES Y LUJURIOSAS RUINAS DE POMPEYA

Por Eduardo García Aguilar
En el Museo Maillol, fundado por Diana Vierny, modelo, galerista, heredera y amada de varios de los artistas plásticos más importantes del siglo XX, como Aristide Maillol y Henri Matisse, se reproduce con todos los objetos posibles traídos desde varios museos italianos una casa emblemática de Pompeya, ciudad sepultada por la ceniza volcánica del Vesubio hace 2000 años, en el año 79 de esta era, y que gracias a ello quedó casi intacta para asombro de los habitantes del futuro.
En la exposición "Pompeya: un arte de vivir", nos impresiona que sus habitantes gozaran de todas las tecnologías para el bienestar e higiene y tenían acueducto y tuberías que llegaban a cada una de las residencias incluso hasta el baño, la ducha o la cocina, así como sistemas de calefacción instalados en los sótanos para garantizar una temperatura adecuada durante los inviernos o los tiempos aciagos.
Bien ordenada, con plazas, templos, mercados, cafeterías, prostíbulos, escuelas, comercios, edificios burocráticos, Pompeya nos indica el alto grado de civilización al que llegó el pueblo romano y que en muchos aspectos a lo largo de milenos posteriores se vio reducido paulatinamente en la europa medieval y dieciochesca, afectada por guerras, enfermedades y miserias.
Las casas estaban perfectamente estructuradas con sus patios interiores abiertos para recoger el agua de las lluvias, amplios y frescos corredores y habitaciones para todos los miembros de la familia e invitados. La ciudad también tenía toda una red de comercios y lugares de diversión y en las paredes de esas residencias y negocios solían colocar amplios paisajes y, si el habitante era libertino, escenas fértiles de sexo, desnudez y priapismo, que aún hoy harían sonrojar a amplios sectores pacatos de la sociedad. De allí que se descubrieron muchos falos tanto dibujados como esculpidos o usados como amuletos y joyas, expuestos ahora en una sala especial, que es una de las más exitosas.
Pompeya era una ciudad de unos 20.000 habitantes, centro comercial al estar junto a un río y no lejos del mar, y por lo tanto en la medida que se desenterró de las cenizas hace dos siglos salieron a la luz millones de objetos que van desde monedas a candelabros, mesas de metal o mármol, bañeras, lámparas, vasijas, escaparates, cajas fuertes, y diversas esculturas, joyas y enseres domésticos como vajillas de una perfección que asombra y muestra el alto nivel de sus artesanos y el confort reinante.
La exposición del Museo Maillol ha traído todo eso a París para darnos una idea de lo que podía ser la vida en tiempos del Imperio Romano. Como era una ciudad de provincia, se daban allí muchas más libertades y los espacios eran más amplios y prósperos, si se les compara con otras capitales del Imperio que desaparecieron poco a poco a través de los milenios de sucesivos palimpsestos urbanísticos, por lo que hay pocos vestigios completos de su realidad doméstica.
Pompeya es un caso único, pues los frescos de las paredes quedaron intactos y podemos observarlos con detenimiento como si acabásemos de entrar de visita a una de esas residencias a cenar o libar. Y para dar un toque dramático se exponen varias de las figuras humanas o animales que pudieron ser recreadas al inyectar yeso en el vacío dejado por los cuerpos calcinados y esfumados. La ceniza y el barro ardientes cubrían los cuerpos antes de que estos se desaparecieran dejando su molde. Así se exponen dos bellos cuerpos jóvenes unidos en la agonía o un perro captado en el rictus de su muerte atroz.
Por el éxito de la exposición hay una gran cola para acceder a esas estancias reconstruidas de la vieja Pompeya y adentro se agolpan muchos adolescentes y niños llevados por sus familias para que capten el inovidable recuerdo que llevarán por vida, con una lección filosófica. De que la vida es frágil y todos somos absolutamente perecederos y que sólo una sepultura como la de Pompeya, entre cenizas ardientes, a seis metros de profundidad, pudo dejarnos testimonios de vidas que los arqueólogos exhuman y estudian para el futuro desde los siglos XVIII y XIX, pero que de no ser así hubieran desaparecido para siempre y serían ignoradas como lo seremos nosotros.
Si esa era sólo una ciudad de provincia, bien puede uno imaginar como sería el esplendor de Roma y otras urbes del gran imperio que se extendió desde el Estrecho de Gibraltar hasta más allá de la actual Turquia y su emblemática Bizancio.
Todos los asistentes quedan maravillados por la impresión de cercanía que nos dejan esos hombres de hace dos milenios a través de los grafittis. Incluso podemos ver la "caja registradora" de un negocio pompeyano con las ganancias del día o una taberna lista para los convivios. Los muebles de mármol y metal, los retratos de la gente, las cajas fuertes adornadas, las llaves de los portalones, las vajillas completas puestas sobre una mesa, las lámparas, las ánforas para aceite y vino, nos parecen tan reales que creemos estar a punto de pasar a mesa a una cena inolvidable al lado de Plinio el Viejo, Propercio, el "chef" de cocina Apicius y Ovidio.
Esa fue la Pompeya inmortal destruida en un abrir y cerrar de ojos por la explosión piroclástica del temido volcán Vesubio, que ha generado las más diversas especulaciones posibles desde aquellos tiempos llenos de sabios, poderosos, viajeros, filósofos, comerciantes y artistas que en mucho se nos parecen porque están hechos de la misma materia que la nuestra.



martes, 25 de octubre de 2011

RÉQUIEM POR LOS LIBROS


                                   

                                                                                                                      Por Eduardo García Aguilar

Cuando uno entra a la casa de un viejo e inveterado amigo intelectual amante de los libros y observa todas las paredes repletas de volúmenes en medio de un olor a incunables, mientras los espacios vitales se reducen a lo mínimo, sentimos de repente que la era de Gutemberg y los libros ha terminado para siempre.
     El raro espécimen humanista libresco es ya una reliquia del pasado que agoniza lentamente en este siglo XXI lleno de imágenes y sonidos, donde gracias a la digitalización todos los libros de las bibliotecas del mundo pueden estar en la memoria de un ordenador al alcance de la mano.
    Basta interrogar a los motores de búsqueda para que el inaccesible incunable que está al otro lado del planeta aparezca en pantalla para goce del investigador o el lector enfermizo que aúlla en busca de sus autores queridos. Podrá consultarlo y si es del caso imprimirlo o pasarlo a un lector portátil junto a otros miles de libros de su gusto. ¿Entonces para qué esas enormes bibliotecas que estorban a los otros, siempre amenazadas por las polillas o el desastre de una inundación o la irrupción de la humedad y los hongos?
     Ya se avizoraba ese destino final de las bibliotecas personales cuando al visitar las librerías de viejo de las grandes ciudades observaba como iban llegando allí las bibliotecas de los viejos humanistas hijos del modernismo de Rubén Darío, feriados a precios irrisorios por sus descendientes calaveras, ávidos a su muerte de expulsar de casa los libros del difunto.
    Porque las bibliotecas, las librerías y los libros se han vuelto un estorbo para las amplias mayorías adoradoras del fútbol omnisciente y omnipresente, razón por la cual una tras otra cierran las editoriales y quiebran las viejas liberías independientes, animadas por ilusos amantes de eso que en otros tiempos daba brillo y se llamaba cultura.
     Un día vi llorar en un aeropuerto a un gran librero que conocí en mi adolescencia y cuya librería frente al Teatro Cumanday era un paraíso para quienes amábamos las letras sin saber que pertenecíamos a una especie en vías de extinción.
    El hombre me reconoció y en ese espacio corto que propician los aeropuertos me dio a entender el dolor de saber que su librería terminaba para siempre porque ninguno de sus descendientes estaba interesado en continuarla. Y entonces supe que aunque nos separaban tres décadas, pertenecíamos a la misma estirpe y quise también llorar con él, a sabiendas que ya nada podía hacer por su soledad y su mundo desaparecido.
     A lo largo de la primera década del siglo XX el libro reinó en todo el mundo como un signo de engrandecimiento de la personalidad y fueron muchos los humanistas, autodidactas o no, que separaban en sus viviendas un espacio para su biblioteca personal, donde siempre había un busto de Cervantes, Shakespeare o Dante, o una escultura de El Quijote con su adarga altiva, acompañado del terrenal Sancho.
    Todas las familias del mundo contaron con uno de esos personajes que eran respetados como representantes del letrado, el escribano, el sabio, el Confucio de la casa, cuya pasión por los libros y el pasado era garantía de conservación de la especie en su mejor producto milenario, el humanista adorador de palabras e ideas.
     Las ciudades y los países los preservaban y les daban su lugar, como fue el caso de Paul Valery, Jorge Luis Borges o Alfonso Reyes. Incluso los economistas de ese tiempo eran letrados, como fue el caso del ahora resucitado John Manyard Keynes
     Las élites políticas de algunos países estaban entonces compuestas aún por esos personajes que solían ser elocuentes y se inspiraban en los clásicos para gobernar países ingobernables, por lo que a veces sólo fueron testigos líricos del desastre, como Marco Fidel Suárez o Belisario Betancur en Colombia. Eran versiones de ese emperador Adriano, cuyas memorias ficticias escribió dos milenios después la extraordinaria Marguerite Yourcenar o de esos príncipes ilustrados que actuaban de mecenas y protegían las artes y las letras.
     Así como en la antigüedad el hombre ilustrado se reconocía porque siempre llevaba un pergamino en la mano, el extinto humanista del siglo XX se fotografiaba junto a las estanterías de su biblioteca y la foto que más amaba era aquella en la que se le veía hojeando un libro.
    Los hijos de Leonardo da Vinci y Erasmo, los herederos de de Montaigne y Voltaire, construyeron todos su pequeña torre de babel llena de libros, y nosotros, los últimos de la estirpe sin cola de cerdo, ilusos también, cargamos o abandonamos bibliotecas con las que soñamos de manera recurrente.
     En una ciudad como París los libros se ferian en las librerías de ocasión a precios irrisorios o se botan a la basura y no es difícl encontrar en el suelo algún incunable o algún bello libro del editor Franco Maria Ricci, que hace un lustro costaba 200 euros, subastado a dos euros para los últimos amantes de bellas ediciones de lujo. E incluso así no hallará compradores.
    El día de mi cumpleaños llegué a casa con una batería de esos libros bellos y pesados, aun envueltos en papel celofán, intactos, publicados por el mejor y más exquisito editor contemporáneo. Y aquí los tengo al lado, los hojeo, palpo al variedad de sus papeles de lujo o me asombro por la perfección de sus reproducciones y los tipos de letra. Y de repente comprendo que una era ha terminado y que el sueño de ser gran editor y crear libros para bibliófilos es algo tan antiguo como la búsqueda de la gloria, las pirámides de Egipto o la Biblioteca de Alejandría.  


domingo, 16 de octubre de 2011

MACEDONIA EN TIEMPOS DE ALEJANDRO MAGNO

Por Eduardo García Aguilar
El Louvre acaba de inaugurar una grandiosa exposición sobre la antigua Macedonia en tiempos de Alejandro Magno, en la cual, gracias a los recientes descubrimientos arqueológicos, logramos palpar casi con las manos objetos e instrumentos tocados por el mito y los hombres comunes y reales que lo rodeaban en esa región del norte de Grecia, relegada a veces por arqueólogos e historiadores.
Centrados más que todo en Grecia y Esparta y sus múltiples ruinas, y en todo lo que gira alrededor de Atenas o Creta, o las partes arqueológicas de las islas y de lo que hoy es la costa turca troyana, los arqueólogos habían descuidado la región del gran Alejandro (356-323 antes de nuestra era) y su padre Filipo II, desde donde el héroe inició muy joven la gesta de conquistar el mundo conocido, desde el estrecho de Gibraltar hasta la India.
Aunque a lo largo del siglo XIX se recuperaron importantes rastros de esa civilización que fueron traídos al museo por militares franceses en misión o de paso por esas tierras, en 1977 se descubrieron las tumbas de Filipo II y de otros notables de la época, desatando en las últimas décadas la proliferación de excavaciones que dieron a luz miles y miles de objetos de la vida cotidiana, ilustrativos del amplio grado de desarrollo y refinamiento de ese pueblo y lo que es mejor, que bajaron a esos hombres desde las esferas de lo mítico a la verdad terrenal histórica, lejos de la biografía de Plutarco.
Sobresalen por su esplendor esas guirnaldas de hojas de mirto o roble en oro puro con las que se coronaba a guerreros o personalidades civiles, halladas intactas en sus sepulturas, así como espadas, cascos, corazas, escudos, vasijas, objetos de adorno e incluso cajas de metal cilíndricas para uso de los escribas, con sus espacios para la tinta y los elementos escriturales, prefiguraciones de la máquina de escribir o la computadora moderna.
Sabemos por la leyenda que la educación de Alejandro Magno fue encargada a Aristóteles, por lo que uno imagina al sabio en su vida cotidiana y a esos hombres que iban de una localidad a otra expresándose y discutiendo en los lugares públicos. Los mosaicos y frescos nos muestran los tradicionales banquetes donde se hablaba, se filosofaba, se amaba y se bebía vino a cántaros. Por el armamento expuesto, como esas letales lanzas de cinco metros con las que se vencía a cualquier enemigo, accedemos también al campo de batalla. Soberbias representaciones de un realismo y refinamiento extraordinarios en mármol nos llevan al imaginario de aquel pueblo, como las recurrentes batallas de amazonas semidesnudas con soldados griegos o las representaciones de diversa índole de escenas de caza, guerra o ceremonias religiosas y bélicas.
Todo lo existente en el Louvre desde comienzos del siglo XIX ha sido reunido para esta ocasión al lado de centenares de nuevas piezas descubiertas hace pocos años de manera ordenada y monumental a veces, por lo que al salir de la exposición se tiene la sensación de haber estado cerca del mito, de haber recorrido a su lado el mundo de su tiempo y experimentado la vida cotidiana de los macedonios en su capital Pellas y en otros pueblos situados cerca del Monte Olimpo.
En lo que a mi respecta la figura de Alejandro Magno se hallaba siempre en esa esfera irreal y mítica que nos comunicaban los libros de historia antigua, los relatos escolares o las películas de Hollywood que nos hablan de quien llegó hasta los confines de la India por un lado y al norte de Africa, dejando como rastro la maravillosa Alejandría con su Faro y su biblioteca, hoy reconstruida.
Pero pese a todos esos relatos o filmes, bustos y representaciones pictóricas clásicas y románticas, el personaje no dejaba de ser ficción y residir en esa nube inalcanzable para nosotros los contemporáneos e increíble a la vez por los niveles de cercanía cultural, como si nuestro mundo, más de dos milenios después, siguiera desandando los mismos pasos de conquistas y mitificaciones con sus héroes bélicos y deidades de la farándula olímpica y artística en medio de un reguero de sangre, impunidad y horror.
Pero al palpar esas ánforas para agua o vino, ilustradas con escenas de gran fuerza pornográfica, percibir vasos exquisitos de perfumería y joyas como diademas, pulseras y aretes que lucían aquellas mujeres confinadas al hogar, y todos esos objetos masculinos como las rodilleras para la guerra o corazas y cascos magníficos, sabemos por fin que todo fue real, tan real como las lápidas donde los deudos hablan de sus muertos o los portalones de mármol que imitan las puertas de madera asidas con clavos de bronce o aldabas leoninas que vemos ahí hasta el punto de creer oír su crujido al ser abiertos en los cementerios.
Su gesta lo llevó desde 334 a 330 antes de nuestra era, en escasos diez años por Asia Menor, Siria, Fenicia, Egipto y Mesopotamia, Persia, Asia Central, Afganistán y los límites de la India, donde fundó decenas de ciudades que llevaban su nombre y dejó para siempre, incluso después de la implosión póstuma de su reino, su figura inolvidable, terrible y luminosa, como el testimonio de una gesta excepcional inspirada por las obras de Homero que leyó bajo la impronta pedagógica de su maestro Aristóteles. Millones de monedas y miles de bustos lo hacen para muchos obsesos casi un contemporáneo, un familiar, una deidad personal como Napoleón o Bolívar.
La gran Macedonia fue real y exquisita, el mito palpable y accesible, el largo viaje sin fin de la guerra un hecho indudable, por lo que estar durante dos horas junto a esos restos y rastros reunidos nos golpea despertándonos a nuestra insignificancia y finitud. Los contemporáneos soberbios con su mediocridad y codicia, su banalidad y venalidad sin límites, su ignorancia y vulgaridad lamentables, deberían hacer este viaje a los confines del mito para recuperar un poco de humildad en tiempos de espejos infinitos de frivolidad. Ahora que se hunde Grecia en una comedia de estafas financieras y la región que dominó Alejandro lidia con crisis y guerras, asomarnos a ese tiempo es como asomarnos a un abismo grotesco.

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Exposición "En el reino de Alejandro Magno - La antigua Macedonia". Museo del Louvre. Del 13 de octubre al 16 de enerode 2012








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domingo, 9 de octubre de 2011

EL ENDIOSAMIENTO EXAGERADO DE STEVE JOBS

Por Eduardo García Aguilar
La prensa mundial dio una cobertura exagerada a la muerte del inventor y empresario Steve Jobs, con un despliegue que llega a los nivles de la muerte del Papa o el presidente de Estados Unidos. En primera plana y a ocho columnas, con suplementos especiales y miles de artículos con diferentes ángulos, los medios del planeta se desataron en una hagiografía sin límites del creador de las computadoras Machintosh, los estudios Pixar, el Imac, el Ipod, el Iphone y el Ipad, como si hubiese sido el creador, el transformador del mundo, una especie de nuevo mesías ante quien todos deberíamos inclinarnos y rezar.
En las grandes avenidas de las capitales del mundo, delirantes fanáticos ahítos de soledad no sólo pusieron flores en honor del muerto, sino que pasaron a hacer compras de productos Apple y luego a llorar la muerte de su ídolo, por el cual hacían colas de días enteros e incluso dormían a la intemperie en espera de adquirir sus nuevos productos.
Yo, que he sido Mac toda la vida y he seguido la aventura de las PC de Microsoft de Bill Gates y las Mac de Steve Jobs desde que viví en San Francisco en 1980, que he cargado y poseído casi todos los modelos y conservo como joya sentimental mi Imac azul, al lado de una Underwood 1910, pienso que es exagerado endiosar al difunto creador, que sucumbió a los 56 años a causa del cáncer del páncreas y nos mostró en directo su ineluctable fin mientras hacía la promoción del nuevo objeto necesario.
Todos los grandes diarios financieros y de noticias generales desplegaron con lujo de detalles la extensa trayectoria de este hijo de sirio, adoptado por una familia norteamericana, quien al igual que Bill Gates y Mark Zukcemberg, el creador de Facebbok, se volvieron empresarios y millonarios a los 20 años trabajando en los garajes de las modestas casas familiares.
Pero lo que poco se dice era que Steve Jobs era un empresario tirano que humillaba a sus trabajadores y los despedía según sus estados de humor, sin tener en cuenta sus derechos, « deslocalizaba » a China sus fábricas de partes para aumentar sus ganancias sin importarle que allí el capitalismo de los comunistas militarice el trabajo y pague sueldos miserables, o declaraba la residencia legal de sus empresas en el paraíso fiscal de Luxemburgo para evadir impuestos y ganarle así a sus competidores honrados.
Leyendo muchos de esos retratos en Financial Times, The New York Times o en el diario económico francés Les Echos, se descubre que tras el inventor también estaba presente la fiera de los negocios, el ejemplo claro de los vicios más duros de un sistema empresarial y financiero que basa todo su éxito en el consumo desmesurado de cosas que pueden ser útiles para la ciencia, la universidad, las comunicaciones o la policía, pero que al generalizarse como una necesidad angustiosa a todas las capas de la población, sólo ayudan al gigantesco vampiro de las ganancias.
Como llevó a Apple a los niveles más altos de las inversiones este año en Wall Street, superando a Exxon Mobil, Petrochina, Microsoft, IBM y BHP Billiton, la prensa mundial lo ha santificado y nos lo quiere vender como el ejemplo a seguir, casi como si se tratara de Buda, Cristo, Alá o Zaratustra.
Nada nos dicen de esos miles de ingenieros y diseñadores que trabajaban para él en Cupertino, la sede de su imperio, y que después de hacer los inventos y llevarlos a la práctica él expulsaba como un pequeño tiranuelo, ni de los obreros chinos que hacían las partes y ensamblaban los objetos para el consumo generalizado, ni la angustia de esas esas familias de todo el mundo que dejan de comer para satisfacer los requerimientos de sus hijos y luego pagar las cuotas mensuales a las empresas telefónicas que han engordado como cerdos galácticos, encabezadas por el millonario mexicano Slim.
Steve Jobs no es el único creador de este becerro de oro informático. Es ahora el más celebrado porque murió, pero ya llegará el momento de adorar a Bill Gates o a los magnates de la telefonía que cobran día a día el diezmo mundial a los esclavos de la información inmediata, colgados de su teléfonos y sus ordenadores, intercambiando con los otros tonterías y banalidades mientras el mundo y la naturaleza están afuera esperando y hundiéndose.
Steve Jobs es amirable como en su tiempo lo fueron Thomas Alva Edison o Marconi en materia de comunicaciones, pero de allí a convertirlo en un dios, un mesías todopoderoso como nos indican las portadas de los diarios y los anuncios de los noticieros es una muestra de la deriva de un mundo dominado por la industria armamentista y sus guerras, un mundo donde unos cuantos millones gastan miles de millones de dólares en juguetes informáticos mientras el resto del mundo se muere de hambre y analfabetismo, o cae acribillado por las bombas y las balas de los guerreros.
Los indignados del mundo industrializado que protestan en las capitales europeas y en el propio Wall Street, muestran que una nueva generación abre los ojos frente a este culto exagerado al consumo, el éxito, las finanzas. Diógenes el filósofo que vivía dentro de un tonel se burlaría de ellos y en su desnudez les diría : respiren y vivan antes que comprar a toda costa los abalorios en un mundo donde vender y comprar es más importante que vivir, amar y ser.