sábado, 5 de septiembre de 2015

EL MENSAJE DEL NIÑO AYLAN KURDI




 Por Eduardo García Aguilar

La foto dramática del niño migrante Aylan Kurdi hallado muerto en una playa turca luego de que sus manitas se desprendieran de las de su padre y se ahogara en aguas del Mediterráneo, desencadenó una reacción continental ante la tragedia del éxodo de millones de personas que huyen de las múltiples guerras que afectan el Medio Oriente, el continente africano y regiones asiáticas.

Ya son miles los ahogados en los últimos años en aguas del Mediterráneo, cuando las precarias embarcaciones en las que se hacinan con la ilusión de tocar costas europeas naufragan ante la indiferencia de Occidente, en parte responsable de las guerras desatadas en esas regiones por la codicia plutocrática y las políticas bélicas erráticas, como las ocurridas en Irak o Libia.

A esos muertos se agregan yemeníes, etíopes, sudaneses, chadianos, nigerinos, libios, tunecinos que huyen de otros ejércitos yihadistas como Boko Haram o de guerras civiles y atraviesan los desiertos saharianos por donde transitan hacia Libia o los que han quedado atrapados en zonas de Irak o Siria dominadas por los fanáticos salafistas del Ejército islámico, que ahorca, lapida, fusila, incinera o decapita a quienes consideran infieles a los preceptos del Corán.

Millones de sirios de diversas obediencias están en campamentos turcos, kurdos, libaneses. Son familias de clase media arruinada, gente trabajadora, que abandona todo para huir de la muerte con sus hijos en busca de otra oportunidad sobre la tierra, tal y como ocurría con la familia del Aylan, cuyo cuerpecito inerme se convirtió en el símbolo de este terrible drama contemporáneo mundial.

Porque el éxodo no se da solo en esas regiones asiáticas, africanas y mediorientales en guerra sino también en  nuestro continente latinoamericano, donde bajo la apariencia de gobiernos democráticos se da el éxodo de la población en países como Colombia, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México, asediada por las fuerzas del orden coludidas con bandas criminales, cárteles de droga y mafias de toda índole.

Se olvida que solo en Colombia ya son millones de desplazados que huyeron a otros países de la región y del mundo en busca de oportunidades, a los que se agregan los desplazados interiores que nutren tugurios y suburbios precarios de las ciudades, zonas sin ley donde reina la muerte, lejos de los barrios de ricos que en cada ciudad son cotos vigilados y aislados del resto de la población, y donde las clases altas y los mafiosos practican la política del avestruz.

En los países centroamericanos limítrofes con México el drama es mayúsculo. Son países sin ley dominados por la corrupción y las bandas criminales, las famosas “maras” asesinas que reclutan jóvenes para robar y matar. De la pobreza huyen cientos de miles de jóvenes hacia el norte en buses o subidos a los trenes en largos viajes por el gigantesco y peligroso territorio mexicano, en cuyas rutas encuentran muchas veces la muerte.

La frontera de Estados Unidos, donde reina un muro, es también asaltada por esas poblaciones centroamericanas y mexicanas y de otros países del mundo que sueñan con llegar a ese país en busca de trabajo o de la compañía de familiares que ya ingresaron con antelación. El mundo se ha convertido entonces en una gigantesca ratonera, un barco ebrio, loco y perdido en medio del mar, a donde se suben los miserables que deja la guerra librada a cielo abierto por las grandes potencias que conquistan los recursos naturales del planeta y los territorios por donde transitan.

La imagen de ese niño tierno tirado como desecho en una playa turca fue el símbolo que desbordó por un momento el vaso de la indiferencia. Centenares de benévolos alemanes se volcaron en Munich a la Estación central para recibir miles de migrantes que llegan en trenes, ofrecerles comida, abrigo, orientación, juguetes a los niños y una sonrisa de amistad.

Porque hasta ahora la población europea veía a esos migrantes con desconfianza, como si fueran algo abstracto, bichos, alimañas, ratas, animales sin rostro, cuando son familias jóvenes, gente de bien que ha dejado casas, negocios, enseres, para escapar a la muerte decretada por los ejércitos de todo tipo, tanto los bombardeos occidentales como los fusiles y las horcas del fanatismo islamista. 

Desde los tiempos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial no se veía un éxodo bíblico de tal magnitud. Es un éxodo imparable que no parece tener solución, mientras los grandes consorcios y capitales financieros y los magnates del mundo siguen engordando sus capitales hasta el infinito e incrementando la miseria de miles de millones de humanos periféricos.

Y aunque hay fuerzas neo nazis, conservadoras, godas, que vociferan en contra de los migrantes que llegan a Europa porque los suponen amenaza contra una supuesta raza o civilización autóctona blanca y milenaria, se ha visto también una ola de solidaridad en personas de todas las edades que se acerca a los campamentos europeos a mirar a los ojos a esos jóvenes africanos y mediorientales, parejas con niños tiernos y sonrisa llena de futuro, para darles un nombre y ayudarlos.

Esa misma ola de solidaridad europea reciente debería darse en América Latina, en Colombia, México, Centroamérica, en Los Andes, llegar a esos barrios de ricos apertrechados entre lujos custodiados por el ejército, ahítos de acumular y conservar privilegios y tierras y el Apartheid racial y de clase que les suministra servidumbre barata. El mismo éxodo se da en Colombia día a día en las capitales y en Chocó, Cauca, Nariño, Guajira, Tolima, Llanos,  ante la indiferencia casi general.

En Colombia han muerto miles de niños como Aylan Kurdi acribillados, violados, tasajeados a lo largo de un siglo por pájaros, chulavita, paramilitares, hacedores de falsos positivos, guerrillas, cárteles o por el hambre y el olvido.

Como en los viejos tiempos ocurría con los famosos gamines abandonados por la guerra, hoy hay millones de niños Aylan Kurdi colombianos, centroamericanos, mexicanos desplazándose de un lado para otro, de Venezuela a Colombia, de Guatemala a Guatepeor, mientras los líderes vociferan e incendian, siembran el odio y la guerra con sus miradas de sicópatas insaciables, cuyo único objetivo es conservar privilegios, dinero, oro, lujo, tierras, mansiones, servidumbre.  Por eso el ángel Aylan Kurdi, ahogado y tirado en una playa turca, es el símbolo del fracaso de la humanidad y del homo sapiens, el más cruel animal que ha producido la tierra.

lunes, 17 de agosto de 2015

EL BAR DE LAS ILUSIONES POSIBLES

Por Eduardo García Aguilar

El bar Chez Georges, fundado en 1952, es una cápsula de tiempo detenida en los años del existencialismo y las doradas décadas 60 y 70 de la contracultura. El inconfundible portalón rojo se abre este día de agosto cuando se supone que está cerrado por vacaciones hasta el 1 de septiembre y aparece allí la figura del nieto del inolvidable viejo Georges, un joven de 50 años de barba, rozagante, amable y generoso que guarda, como en los tiempos bíblicos, el gesto de la hospitalidad.

Ya está acostumbrado desde niño a ver llegar al bar de su finado abuelo hombres y mujeres de todas las generaciones que van y vienen a veces desde el otro lado del mundo para recuperar por instantes, al calor de los vinos de marca Chez Georges, el tiempo perdido de su juventud, las horas felices del amor vivido entre el bullicio estudiantil y bohemio que ha poblado estos estrechos muros desde hace ya más de seis décadas. En las largas noches de invierno, comparten de igual a igual los viejos veteranos ya encanecidos y arrugados y los jóvenes que cada año llegan a engrosar las filas de las famosas academias del barrio latino.

El nieto acaba de despedirse de su amigo el hijo de Catherine Deneuve y Roger Vadim y de pie en sus botas de cuero mexicanas cuenta esa memoria de visitantes que aparecen de repente y lloran o ríen de felicidad al constatar que nada ha cambiado, que Chez Gorge tiene las mismas mesitas de vieja madera, los mismos largos butacones de color ocre adosados a los muros, la serie de pequeñas fotografías colgadas en las paredes donde se ve a jóvenes cantantes que dieron conciertos en la cava medieval cuyas piedras milenarias exhudan aires de existencialismo y jazz, o emiten la voz de esa diva espigada que fue y es Juliette Grecco, amada por Sartre, Beauvoir y Boris Vian y por toda la contracultura de esos tiempos de rebeldía después de la guerra.

De jovencita, su madre Nicolette, hija del viejo Georges, ahora de 80 años, trabajaba en las noches en el famoso bar latino La Escala de la rue Monsieur Le Prince, donde cuenta la leyenda que García Márquez y el artista plástico Jesús Soto cantaban y tocaban guitarra y maracas por unas monedas o tal vez por pura diversión. Además nos sorprende con la noticia de que la abuela tiene 100 años y todavía está ahí, transcurriendo, campante, por los lustros iniciales del siglo XXI.

Porque los miembros de la familia ampliada del viejo George viven cerca unos a otros en casas o apartamentos situados en esta manzana histórica que delimitan las calles Cannettes, Mabillon, Guisarde y Christine, lo que ha posibilitado la sobrevivencia del sitio, cuando muchos otros lugares cercanos han desaparecido para dar paso a tiendas de lujo, restaurantes de diversas gastronomías, joyerías, perfumerías y sedes de negocios de alta costura o artesanías.

Las calles adoquinadas conducen a la Plaza de San Sulpicio, donde suenan las campanas de la catedral y bullen las aguas de una soberbia fuente dieciochesca custodiada por leones de piedra. En un muro de una de las esquinas de la plaza está escrito en la roca el poema El barco Ebrio de Rimbaud como guiño al hecho de que al otro lado, en la esquina de la calle Cannettes, se reunía el adolescente Rimbaud con Verlaine y amigos artistas inmortalizados por el pintor Courbet, en largas francachelas poéticas y gastronómicas. Eran los tiempos en que el bardo adolescente era amante de su protector Verlaine y se escapaba de su casa en Charleville para venir a París a recitar poemas y a buscar el triunfo, antes de que se retirara del mundo y desapareciera como presidiario evadido bajo los soles de la lejana Abisina, en las profundidas del Africa bañada por el Océano Índico y por países con nombres dulces como Yemen o Sudán.

El nieto de Georges evoca a todos los exiliados que han sido felices en este lugar y lamenta la desparición de las dos librerías hispanoamericanas del barrio. Cuando yo era estudiante en el segundo lustro de los 70, llegaban al lugar refugiados españoles prófugos de la dictadura de Franco, hombres de izquierda clandestina, comunistas, anarquistas, socialistas que contaban sus historias. Y tras ellos nuevos exiliados latinoamericanos que huían de las atroces dictaduras, chilenos, uruguayos, argentinos, que encontraban escucha en el inolvidable barman argentino Jorge, quien trabajó ahí por más de tres décadas y terminó siendo parte de la familia ampliada de Chez Georges.

Y a ellos se agregaba la visita cotidiana de los estudiantes que permanecíamos ahí hasta las dos de la madrugada y a veces debíamos esperar afuera porque ya no cabía una aguja. Georges era paternal y nos prohibía regresar al sitio por quince días o un mes, pues consideraba que la bohemia podía desviarnos del objetivo académico. Su decisión era inapelabale. Adiós entonces al vino y a los deliciosos sánduiches que preparaba la hija del patrón y eran tan grandes y abundantes, que con uno solo quedábamos saciados.

Todo esto viene a cuento ahora que llegamos al sitio a filmar para Canal Capital de Bogotá con Zeher, Anabella, Angélica y Floresmiro, dirigidos a distancia por Lisandro Duque, apartes de un documental que le sigue los pasos a García Márquez en sus tiempos de vacas flacas y vacas gordas parisinos, mexicanos, colombianos y barceloneses.

Esta cápsula de tiempo nos muestra como pudo haber sido la vida de ese muchacho flaco, costeño y genial en los tiempos del invierno, el mismo que tres décadas después era invitado por François Mitterrand a su posesión y al año siguiente obtenía el Premio Nobel. Y el nieto de George cuenta de nuevo emocionado que su madre conoció bien a ese muchacho y a otros bohemios latinoamericanos en el bar la Escala cuando ella tenía solo 20 años.

Y mientras brindamos el vino de la casa, el anfitrión nos recuerda que ahí venía en las tardes el gran cineasta chileno Raoul Ruiz, en alguna de cuyas películas actuó el hijo de Catherine Deneuve, que media hora antes se despidió de su amigo y vecino el nieto de Georges el fundador, cuya foto cuelga en la pared de un bar que ojalá nunca desaparezca, porque con ello se difuminaría la voz de seis décadas de generaciones llenas de amor, amistad, sueños e ilusiones perdidas y ganadas.

* En la foto el nieto de Georges, Floresmiro, Zeher, y adelante Eduardo, Angélica y Anabella.
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* Ver otro texto mío sobre Chez George en este blog:
http://egarciaguilar.blogspot.fr/2012/03/el-bar-chez-georges.html

lunes, 10 de agosto de 2015

LA GITANILLA DE LA CONTRAESCARPE

Por Eduardo García Aguilar
La Plaza de la Contraescarpe albergó hace siglos a los marginales, malvivientes y maleantes que se aglomeraban en la puerta sur de la ciudad, de donde salían los viajeros por las rutas conducentes al Mediterráneo e Italia.
En aquellos tiempos, no cualquiera tenía el salvoconducto para ingresar a la urbe de los reyes o pagar los tributos requeridos por comerciar o trabajar y que luego de ser rechazados por los alguaciles pululaban, junto a las murallas, entre el bullicio de los mercados, las exclamaciones de milagreros, saltimbanquis, gitanos, putas y ladrones alrededor de las tabernas frecuentadas por el poeta bandido François Villon.
Más abajo, en la Iglesia gótica de Saint Medard, los fieles asistían a las ceremonias y luego salían a deambular por la calle Mouffettard, plena de mercaderías, frutas, perniles de cerdo, carne de aves o pescados diversas, chorizos, patés y otros productos alimenticios.
La calle medieval que hoy está casi igual a la de aquellos tiempos, sube sinuosa hacia la colina de Santa Genoveva y las viejas casas retorcidas, inclinadas, permanecen ahí todavía firmes sobre los cimientos de piedra que sembraron los constructores hace mil años. Algunas fachadas conservan las insignias de los comercios o incluso los amplios frescos que las adonaban con imágenes bucólicas.
Subir y bajar por allí es siempre una delicia, una inmersión en el pasado. Aquí el bistró Le Papillon, de vinos exquisitos, allá las tradicionales queserías o los negocios de pescados y mariscos frescos recién traídos de las costas del norte. A lo que se agregan las ventas de artesanías y regalos o los restaurantes griegos, italianos, españoles, turcos, argentinos y franceses, librerías, tiendas de ropa, entre otros muchos negocios que casi siempre están llenos.
La iglesia de Saint Medard es una cápsula de tiempo: en cada una de sus capillas se observan grandes cuadros y esculturas originales de artistas de los siglos XVII y XVIII, intactas e iluminadas por la luz que cruza a través de los viejos vitrales. En cada una hay un confesionario original tallado en madera, que nos recuerda la costumbre católica que fue devastada tras la irrupción de siconoalistas, sicólogos, terapeutas y todo tipo de activistas de la sanación de los espíritus y las almas retorcidas de los humanos modernos. Las finas maderas de los confesionarios confieren a esas cajas donde se encerraba el cura a escuchar los pecados el estatuto de obras de arte, igual que el retorcido púlpito de lujosas maderas, tallado por artistas, lugar a donde los sacerdotes se subían a pronunciar sermones.
En las afueras de esta iglesia sectas protestantes o heréticas solían incitar a los creyentes a episodios de iluminaciones, milagrerías, hipnotismo e histeria masivos que inquietaron a Luis XIV hasta el punto de prohibir a Dios, por orden suya, “hacer milagros en ese lugar”. Hoy una placa nos recuerda que eso fue cierto, pero ahora, la iglesia casi siempre desolada, nos recuerda que vivimos otros tiempos y la luz que cruza de los vitrales destaca el aire polvoriento que respiraron siglos antes los dramaturgos Corneille y Racine, el violinista Marin Marais, quien fue bautizado aquí, y tantas otras figuras o parroquainos normales que durante vidas enteras frecuentaron esta esquina luminosa de París.
Hacia el crepúsculo sube uno hacia la Plaza Contraescarpe y está llena de gente como en los tiempos de Villon. Diríase que es la placita pequeña de algún barrio de pueblo de provincia. En la mitad el mismo árbol de siempre donde los músicos tocan y los saltimbanquis brincan. Las casas son antiguas y muestran el declive original y al interior de las habitaciones las viejas vigas aparentes de maderas tan resistentes como rocas o vigas de cemento. Ahora la gente, locales y turistas, degusta cervezas y vinos mientras transcurre el tiempo hacia la larga noche de la fiesta extendida hacia la madrugada en estos tiempos de paz.
Un pintor de costumbres podría inmortalizar esta escena. El árbol frondoso centenario, las piedras que sirven de adoquines en la calzada, los niños que juegan y comen paletas o conos italianos, los mendigos, el borrachín, la vieja loca que gesticula, los policías, los turistas perdidos, la juventud ajena con sus risas a las lejanas guerras de sus antepasados, los inmigrantes recién llegados, huyendo de los mundos que arden en el Medio Oriente, Asia y Africa, en el hemisferio sur, más allá del Mediterráneo.
Y como surgida de un cuento de Cervantes, una graciosa gitanilla de 13 años apenas, sus senos despuntando, alta, bella, de cabellera negra y piel canela como en los cuadros, sabotea con una sonrisa radiante y cínica durante dos horas seguidas el concierto de dos muchachos franceses de 20 años que interpretan canciones de los Beatles y otras estrellas del rock que no pasan de moda. Ella baila, brinca, ríe, irrumpe en el micrófono, se burla de los músicos furiosos y se gana la simpatía del público burgués.
Una vieja mujer borracha sale a bailar con ella y la fiesta se arma ya cuando se acerca la medianoche. Pero la estrella es la gitanilla de la calle, errante, la maestra precoz de la danza del vientre, una de las miles niñas que duermen con parientes o desconocidos en sucios colchones en las esquinas, bajo algún muro o alero protector.
Gitanilla proveniente de algún pais arruinado del este europeo, belleza silvestre, gamina nocturna, hiperactiva, loca, que ha sobrevivido a guerras y peligros sin fin y llega por fin a París para engrosar las filas de los inmigrantes ilegales, como reaparición medieval en el siglo XXI, sin miedo, irreverente, burlándose de los burgueses y los jóvenes músicos exasperados, a quienes termina por robar el show. Todos los espectadores desde sus cómodas mesas, la boca llena, celebran y aplauden con risas y lanzan monedas a la niña gitana, serenos, felices, la billetera plena, ajenos a los peligros del tiempo que algún día los borrará como polvo a la hora del huracán.
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* La Gitanilla. Descripción: Óleo sobre tabla. 58 x 52 cm. Museo del Louvre. París Autor: Frans Hals



sábado, 18 de julio de 2015

CINCO AÑOS JUNTO A HITLER

Por Eduardo García Aguilar
El modesto y discreto soldado Rochus Mish pasó de 1940 a 1945 al lado de Adolfo Hitler, como miembro del equipo de escoltas y ayudantes del trágico líder alemán, tanto en la Cancillería, como en su nido de águilas de Berschtesgaden en los Alpes o en otros lugares a donde fue enviado como guardaespaldas, telefonista y mensajero.
Fue el último en salir del bunker de la Cancillería el 2 de mayo de 1945 después del suicidio de Hitler, Eva Braun y otros dignatarios del régimen, luego de la toma de Berlín por las tropas soviéticas, que lo tuvieron preso durante nueve años en Rusia.     
Al terminar su cautiverio, Mish regresó a Berlín, donde transcurrió su longeva vida en el relativo anonimato, hasta cuando se decidió a contar la experiencia al periodista de Le Monde Nicolas Bourcier en 2005, 60 años después de que terminó su aventura en el centro de una mítica leyenda.
En el libro Yo fui escolta de Hitler, publicado originalmente en Francia por la editoral Cherche Midi,  cuenta con lujo de detalles lo que le ocurrió y los azares y misterios que lo llevaron, como si nada, a compartir la vida de Hitler durante los cinco años más importantes de la historia de la humanidad en el último siglo, cuando el delirio de un hombre, del partido creado por él y su propio pueblo seducido por su magnetismo, llevó a practicar uno de los más espantosos exterminios conocidos por la humanidad y condujo al planeta a una guerra mundial atroz de la que aun no se recupera y que teme se repita en este siglo XXI de incertidumbres.
Huérfano desde niño, Mish, quien nació en 1917, creció con sus abuelos en Silesia escuchando historias de otras guerras anteriores como la que hubo contra Francia en 1871 y la muy devastadora Primera mundial de 1914-18, en las que su ancestro participó y sobre las que discurría a la hora del almuerzo y la cena.
El muchacho fue formado en la disciplina y la obediencia, la discreción y el esfuerzo de los pobres por esos viejos de otra época, durante los años del ascenso de Hitler iniciados desde desde 1923 en Munich y después de hacer estudios de impresión y gráfica conoció los años de auge del canciller y los tiempos de gloria de los Juegos Olímpicos de 1936 de Berlín, donde vio por primera vez llegar al Führer, quien era aclamado como un dios por el país entero.
Nunca imaginó Mish cuando lo vio por primera vez desde lejos en compañía de su tía en ese Berlín esplendoroso diseñado por el arquitecto Albert Speer y lloró de emoción, que unos años después habría de estar junto a sus aposentos día a día, listo a realizar cualquier gestión o necesidad de quien por su empecinamiento y locura habrá de ser recordado para siempre por la humanidad al lado de otros sanguinarios sátrapas destructores como Nerón o Atila.
Mish ingresó poco después al ejército y participó en las primeras movilizaciones del imperio nazi como la ocupación entre flores y vítores multitudinarios de Austria, de donde era oriundo el Führer, que fue, según él, un paseo donde no sonó ni una bala y donde incluso los soldados alemanes se daban el lujo de broncearse en los parques de Viena.
Resultó herido por el contrario durante la ocupación de Polonia, en el marco de la cual recibió balazos que le perforaron un pulmón y un brazo, por lo que fue considerado herido de guerra y enviado a recuperarse en diversos lugares donde lo atendieron como héroe.
En uno de esos hospitales conoció a otro soldado, hermano de un comanante nazi, que los invitó a reposarse en su finca durante unas semanas felices. Ese azar incomprensible habría de cambiar su destino. Debido a que el hermano de su amigo, cercano a quienes reclutaban los escoltas para Hitler, guardó una muy buena impresión del soldado invitado, Rochus Mish fue llamado a presentarse cuando hubo una vacante en el cuerpo del Begleitkommando de escoltas  de Hitler, que debía ser llenada con urgencia.
Mish fue llevado a la Cancillería y el asunto se definió en minutos. Poco después ya estaba a las órdenes del equipo como mensajero por los corredores del edificio o encargado de recibir a los invitados, guardar sus abrigos y estar pendiente para todo, siempre a unos pasos de Hitler.
La primera vez que lo vio por sorpresa al abrir una puerta para que su jefe inmediato saliera, descubrió que ese hombre a quien todos aclamaban era de voz suave, afable, quien al saber que era silesiano y hacía poco había sido reclutado para su cuerpo, lo envio como primera misón exterior a llevarle una carta y un pastel a la hermana del líder, residente en Viena, quien lo invitó a su vez al té y le preguntó como estaba su hermano.
Así transcurrieron los días y los años de Mish. Supo que Hitler recibía siempre un paquete con un pan especial que le enviaba una mujer del campo, conoció su gusto por la películas de Holywood, como Lo que el viento se llevó, y que una vez incluso vio la película donde Charles Chaplin se burlaba de él.
Estaba al tanto de los invitados que llegaban a acompañarlo en almuerzos y cenas de distracción, donde nunca se hablaba de política ni de guerra y varias veces coincidió a solas con Goëring o Rommel, con quienes conversaba mientras hacían antesala.
Y una vez por inadvertencia, porque nadie le dijo que ella estaba en la Cancillería, cuando iba a dejar cartas en los apsentos privados de Hitler, se llevó la sorpresa de encontrar en su cama a la bella Eva Braun, semidesnuda, con una pequeña camiseta nada más, quien con signos le dio a entender que no era grave y sobre lo cual nunca más se habló.
En el nido de águilas de Bershtesgaden, la residencia personal situada en los Alpes y a unos kilómetros de Salzburgo, Mish presenció las fiestas que hacía Eva Braun con sus amigas cuando Hitler estaba lejos, durante las cuales se bailaba fox trot hasta muy tarde.
Hitler conoció a Eva en una tienda fotográfíca de Munich, a donde iba a hacerse captar en poses diversas y desde entonces fue su amada no oficial hasta cuando, según la leyenda, sellaron su pacto suicidándose cuando todo estaba perdido. El fiel Rochus Mish sería el último en ver su cadáveres en un sofá antes de salir del búnker y ser detenido por los rusos. Y como muchos otros nazis, este hombre modesto, vivió una larga vida tranquila en Berlín, no lejos de donde experimentó la más extraordinaria aventura que le pueda ocurrir a un mediocre.
    

lunes, 13 de julio de 2015

PRIMERA CITA CON PLUTÓN

Por Eduardo García Aguilar
 
Después de nueve años de viaje, la nave New Horizons de la Nasa llegará este 14 de julio a Pluton, que durante mucho tiempo fue considerado el último planeta del sistema solar, pero desde hace unos años fue retrocedido al rango de planeta enano, comparable a otros múltiples astros postneptunianos del cinturón de Kuiper, 1.600 de los cuales ya han sido detectados por los astrónomos.
La nave, de media tonelada, lanzada en 2006 a una velocidad de 49.000 kilómetros por hora, ha logrado recorrer los espacios lejanos del sistema solar y si todo marcha bien, deberá ofrecernos las primeras fotografías de alta calidad del planeta y de sus lunas Charon, Hydra y Nixa, situados a una distancia en este momento de 4.700 millones de kilómetros de la tierra.
Descubierto por el joven astrónomo Clyde Tombaugh el 18 de febrero de 1930, este astro de roca y hielo alimentó a lo largo de casi un siglo la imaginación de adolescentes y adultos amantes de la lejanías siderales, asociado a sus vecinos y antecesores Urano y Neptuno, en la zona más remota del sistema solar.
Hace apenas una semanas veíamos en el cielo hacia el crepúsculo la conjunción de Venus y Júpiter, alineados con la tierra en su órbita alrededor del sol y durante unos días podíamos colocarnos en la atalaya terráquea y sentirnos en un viaje interplanetario, percibir con toda claridad la luminosidad de ese lajano planeta gaseoso, el mayor del sistema solar, al lado del brillo espectacular del lucero más intenso del firmamento. Una forma oblicua y tangencial de sentirnos en el sistema solar como pocas veces podemos hacerlo y percibir nuestra pertenencia al mismo desde la infinita pequeñez humana, a sabiendas de que una vez terminado nustro ciclo terrestre todo aquello seguirá su curso ineluctable.
Aparte los detalles científicos de la aventura de New Horizons, que llevará a conocer el comportamiento de la superficie de Plutón y los movimientos de sus hielos y la frágil atmósfera, la visita al lejano astro nos confirma la continuidad de la investigación humana, más de medio siglo después que otras naves comenzaran a sobrevolar planetas cercanos como Mercurio, Venus y Marte y enviaran a tierra las fotografías magníficas de sus superficies llenas de cráteres y extraños valles desolados.
Los niños o adolescentes de entonces coleccionábamos las fotos reproducidas en los diarios y las revistas de entonces y comentábamos con los más duchos en materias científicas, en mi caso mis amigos y vecinos León Duque Orrego y Carlos Augusto Gonzáles, el inicio de una aventura que no cesa y que nos maravilló con la espectacular llegada del hombre a la Luna en 1969.
Después otras naves llegaron a planetas aun más lejanos y gaseosos como Saturno, Júpiter, Urano y Neptuno y pudieron explorar de cerca los fascinantes satélites de aquellos astros, plenos de sorpresas, océanos, géysers, superficies heladas, mares subterráneos y comportamientos que aun deben revelarse y alimentarán en las próximas décadas la imaginación de nuevos niños, adolescentes y adultos con sed de conocimiento.
Al mismo tiempo la aventura del telecospio Hubble y el trabajo minucioso de hormigas de todos los astrónomos en los observatorios del planeta han contribuido ha realizar una amplia cartografía del universo desde el Big Bang, comunicándonos imágenes jamás imaginadas de lejanas galaxias en colisión o explosión, nubes infinitas flotantes que son vestigios de catástrofes y apocalipsis y huecos negros devoradores de materias secretas; o revelándonos la existencia de sistemas solares y miles de expoplanetas, muchos de ellos similares a la Tierra.
Ya desde la Antigüedad y mucho antes de ella, el hombre tuvo la mirada fija en los astros y reguló sus calendarios y estaciones observando con exactitud la rutina de los astros visibles, la confluencia periódica de los mismos y construyendo pirámides o edificios en honor de las ineluctables citas astrales que fascinaron a todas las grandes civilizaciones milenarias surgidas en el Indus, Mesopotamia, en el Nilo, o entre nosotros, en las alturas de Machu Pichu o en los terrenos donde vivieron los avanzados y geniales mayas, que construyeron Palenque, Tikal y Chichen Itza, u otras civilizaciones mesoamericanas, como la que trazó Teotihuacán, cuyos secretos están aun por revelarse.
Todas esas ciudades y templos fueron inspirados por la relación permanente del hombre con el cosmos, el espacio infinito y los astros y galaxias que los pueblan. Miles de años de transmisión de conocimientos de padres a hijos fueron creando el catálogo de los eclipses y las confluencias y el surgimiento de esas élites sabias y poéticas que establecieron la relación entre la luna y las mareas y escrutaron las leyes del tiempo.
Con la llegada a Plutón este 14 de julio de la nave New Horizons se cumple un nuevo episodio del capítulo relativo del Sistema Solar, nuestra vecindad, pero en las próximas décadas y siglos seguirá la aventura para escrutar los misterios aun escondidos en los planetas y lunas cercanas, tal y como lo prueban la peregrinacion de la nave Curiosity por la superfice de Marte o la visita de la nave Philae a un cometa que se acerca al sol.
New Horizons solo pasará como un bólido unas cuantas horas por el vecindario de Plutón y sus lunas, para seguir la ruta hacia los confines oscuros del cinturón de Kuiper y explorar otros astros similares que aun están por definir en esa última zona del sistema solar. Pero durante esas horas recopilará material suficiente para que los cientificos trabajen en las próximas décadas, hasta que una nueva nave visite el astro y tal vez lo orbite.
Pero esta aventura y otras aun más fascinantes serán posibles, siempre y cuando el hombre, amigo de las guerras y las más espantosas atrocidades, no se autodestruya en alguna nueva guerra mundial, para la cual cuenta con todas las armas atómicas y nucleares disponibles. En ese caso, las naves lanzadas por la humanidad registrarán desde lejos la más absurda implosión de un planeta poblado por una depredadora especie autodestructiva y asesina.  
 * Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de julio de 2015. 

domingo, 5 de julio de 2015

SOÑAR CON GRECIA

 Por Eduardo García Aguilar
En estos tiempos caniculares que sacuden buena parte de Europa, todas las miradas están fijas en Grecia y su capital Atenas, donde los manifestantes el viernes por la noche se reunieron, unos en la Plaza Syntagma para decir No a la austeridad eterna, y otros en el estadio donde se celebraron los Juegos Olimpicos de1896 para defender el Si a las exigencias de los acreedores.
Como en los tiempos de Lord Byron y los románticos europeos que soñaban con liberar a Grecia de las garras del imperio otomano y salvarla para Europa y Occidente, ahora los jóvenes indignados del sur europeo apoyan al joven líder Alex Tsipras, que supo poner en jaque a la tecnocracia que manda desde la capital de la Unión Europea, Bruselas, y les lanzó a la cara una nueva lección de Democracia, una palabra que surge de las ágoras griegas y de los viejos partenones.
Puesto que este continente se considera fundantalmente greco-latino y basa su cultura intelectual y estética en todos los inventos culturales que se dieron en esa península hace miles de años con filósofos, poetas y dramaturgos que deambulaban por las plazas, bajo las columnatas dóricas y la estatuas perfectas de los cuerpos de atletas y diosas, esta nueva tragedia provocada por la avaricia del dios dinero parece a muchos la repetición de una vieja historia sin oráculos.
¿Tragedia o Comedia? Se preguntan quienes miran en las pantallas las imágenes de ese joven líder inexperto que cumple la palabra y convoca a su pueblo a un referéndum,  cuestionando de esa manera la falta de consultas de una nomenclatura, que sin ser elegida, decide por millones desde oscuros gabinetes en Bruselas o en el parlamento de Estrasburgo, donde dominan quienes defienden el sistema imperante desde hace décadas y unas veces salvan bancos y magnates y otras piden que la carga de las deudas y sus intereses gigantescos pese sobre trabajadores y jubilados, enfermos, viudas y niños.
Parece mentira, pero es cierto, miles de años atrás en Grecia unos hombres extraños inventaron todo. Por eso podemos soñar hoy con lo que dirían Diógenes y Sócrates si estuvieran presentes en la plaza Syntagma o en la Acrópolis viendo las aglomeraciones y escuchando los discursos de sus lejanos descendientes. Sería bueno preguntarle a Esquilo, Sófocles y Eurípides sobre lo que ocurre y estudiar a los centenares de galenos, juristas y estrategas que dejaron sus huellas en libros reales y concretos que la humanidad rescató en el medioevo al interior de los conventos y sigue leyendo todavía. Aristóteles, Platón, Pericles, los cínicos y los epicúreos y tantos otros sabios serían de gran utilidad en estas jornadas dramáticas en tiempos de dominio total de la fría plutocracia del cálculo y el interés por sobre la pervivencia de humanos, animales y su naturaleza.
La imagen de un viejo jubilado que llora desamparado frente a un banco y es retirado por agentes, es el emblema de esta nueva tragedia contemporánea donde los reyes Midas de las finanzas propugnan por medidas que afectan en especial a los pobres, para salvar a toda costa a los banqueros que durante décadas prestaron alegremente a este pequeño país de unos cuantos millones de habitantes, que viven del turismo, las artesanías y la pesca.
En los tiempos del derroche, fluían para el país donde se originó la Democracia miles de millones de euros destinados a la celebración de faraónicos Juegos Olímpicos que solo dejaron deudas y la resaca de una fiesta dionisíaca. En ese entonces tecnócratas, líderes locales, magnates y contratistas mafiosos se llenaron los bolsillos a manos llenas sin pensar que un día tarde o temprano la deuda caería como espada de Damocles sobre sus cabezas. 
Lo mismo sucedió en Portugal, España, Grecia, Chipre e Italia, donde las inyecciones de euros solo sirvieron para alimentar el delirio de la burbuja inmobiliaria y la construcción de elefantes blancos, aeropuertos inútiles, multicentros, estadios, edificios gubernamentales, ruinas artificiales, por los que todos los corrruptos cobraban porcentajes y mordidas, timando a los pobres incautos que a su vez se endeudaban con facilidad usando tarjetas de crédito o comprando apartamentos o condominios mediocres a precios absurdos, con intereses eternos e impagables.
Todo eso se derrumbó como un castillo de naipes, pero los tecnócratas y los estrategas de Bruselas son los primeros responsables del delirio que estalló con la gran crisis financiera de 2008. Cinco años de negociaciones no han conducido a nada y los grandes acreedores quieren seguir aplicando las mismas medidas de austeridad que dejaron en la ruina a los españoles y portugueses humildes, alejándolos de toda esperanza.
Por eso los jóvenes rebeldes de Siryza en Grecia han sacado de la manga la palabra referéndum y decidieron consultar otra vez en el ágora a su pueblo, ante el estupor de magnates y tecnócratas, porque se niegan a traicionarlo después de recibir un mandato claro contra la austeridad en elecciones hace seis meses.
Sin saberlo o sabiéndolo, Tsipras y su carismático ministro de Economía Varoufakis, están haciendo historia como sus milenarios antecesores: un lustro de remedios inútiles y dictados desde Bruselas no conducían a niguna parte y había que ensayar otras recetas.

No sabemos el desenlace de la tragedia, pero al menos los débiles del margen han mostrado coherencia y alzaron la voz a los paternalistas locos que les prometían austeridad eterna para incrementar y proteger a toda costa las ganancias gigantescas de multinacionales, accionistas millonarios y bancos. Desde su barril, rodeado de perros sabios, el cínico Diógenes lanza una carcajada al futuro que se escucha en un ágora que ahora es mundial y casi planetaria.
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* Publicado en Expresiones. Excélsior. México, D.F. 5 de julio de 2015.
    

domingo, 28 de junio de 2015

LA CUEVA DE HUBERTO BATIS

Por Eduardo García Aguilar
Huberto Batis (1934) acaba de retirarse después de más de medio siglo de docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, aclamado por varias generaciones de discípulos y amigos que no dudan en calificarlo como uno de los pilares de la cultura mexicana de los últimos tiempos.
Personaje de ficción, temperamental, energúmeno, agudo, erotómano, pornópata, bibliópata y editor de vocación, Batis reinaba en su cueva del suplemento Sábado del Unomásuno, apertrechado detrás de un inmenso pupitre lleno de papeles y periódicos y frente a un diván donde solía tomar fotografías de las más bellas muchachas poetas y artistas de la capital mexicana, en poses eróticas, a veces semidesnutas, cómplices de su fenomenal voyerismo.
Con unas tijeras que manipulaba con rapidez asombrosa, Huberto recortaba de los diarios y revistas todo lo que pudiese interesarle para el inmenso collage de la actualidad cultural del México de los años 80 y 90, cuando aun estaban vivos  los grandes patriarcas-matriarcas de la literatura mexicana, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Alvaro Mutis, Elena Garro, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Francisco Cervantes, Carlos Monsiváis, y el más temible de todos, Octavio Paz, a quien a veces caricaturizaba en las primeras planas de Sábado como un dios Zeus tronante y castigador, a través de la pluma irreverente del gran dibujante mexicano Eko.
El autor de Estética de lo obsceno y otros muchos libros, pertenece a una generación de autores modernos y activistas culturales que contribuyeron a crear excelentes  suplementos literarios donde abrieron los primeros espacios a casi todos los autores mexicanos que se iniciaban, como los fallecidos José Rafael Calva, Daniel Sada, Severino Salazar y Roberto Vallarino, Alberto Ruy Sánchez, Evodio Escalante, Enrique Serna, Xavier Velasco, Pura López Colomé, Myriam Moscona, Coral Bracho, María Baranda, Rocío Beltrán, Carmen Boullosa, o el actual jefe de redacción de Letras Libres, Fernando García Ramírez, entre otros muchos.
Huberto era gran amigo del gran narrador Juan García Ponce, a quien visitaba en veladas interminables cuando éste ya estaba paralizado por la enfermedad esclerótica y desde la silla de ruedas, con el cerebro a mil revoluciones por microsegundo reinaba aun con su paganismo intacto y la prosa disolvente y crítica, incitado por las ocurrencias de su amigo el polígrafo jaliciense Batis.
A la redacción de Sábado, el más leído suplemento cultural sabatino del país, acudían todos los autores del momento a depositar sus textos o imágenes, desde Augusto Monterroso, hasta el fotógrafo Héctor García, Noé Jitrik, Juan Carvajal, Raymundo Ramos, Ida Vitale, Enrique Fierro, Federico Patán o el dramaturgo y dibujante Juan José Gurrola, otro de sus amigos y miembro de esa generación de libertinos a la que pertenece.
Tuve la fortuna de trabajar con él varios años a mediados de la década de los 80 en esa redacción, frente a él, todos los días sin falta desde las cinco de la tarde hasta más allá de medianoche, al lado de Miguel Rico Diener, Gerardo Ochoa Sandy y Pura López Colomé, recibiendo y revisando los textos traídos por un centenar de escritores, consagrados y jóvenes en una romería interminable.
Por nuestras manos pasaban las notas críticas de Sandro Cohen, Arturo Trejo Villafuerte, Vicente Quirarte, Vicente Francisco Torres, Ignacio Trejo Fuentes, Ignacio Padilla, los comentarios dramatúrgicos de Gonzalo Valdés Medellín, los cinematográficos de Gustavo García y José Felipe Coria, las notas erotómanas de Andrés de Luna, los escritos de Nedda G. De Anhalt, Magali Tercero, Rocío Barrionuevo, Yolanda López y Angelina Muñoz-Hubermann, José Manuel Spriger, Marco Tulio Lamoyi, Francisco Hinojosa, Naief Yehya y  Guillermo Fadanelli, entre muchos otros, incluidos los múltiples autores latinoamericanos que enviaban sus colaboraciones por correo desde todo el continente antes de la irrupción de internet.
Muchos nombres faltan, pero todos ellos tienen presente en este 2015 a este humanista moderno que tenía la generosidad de prestar sus libros a los jóvenes escritores que acudían a la redacción e inquirían sobre autores necesarios. No olvido en mi caso cuando me trajo una noche Los Sonámbulos de Herman Broch, como una lectura necesaria e inapelable.
México es el gran hermano mayor del orbe literario hispanoamericano y por eso haber participado por un tiempo de la aventura de Sábado con Huberto Batis, desde adentro, es uno de los grandes privilegios que me ha deparado la vida como amante de las letras. Estar en ese barco, que era como una nave de corsarios alucinados, ver pasar por mis manos miles de ensayos, poemas y textos que después se convirtieron en libros, ver en el vivero la eclosión de tantos autores de por lo menos dos generaciones, es fácil de contar ahora que las viejas figuras se han ido una tras otra, cuando en ese entonces parecían inextinguibles monolitos, tótems, pirámides, piedras circulares de sol.
En la cueva de Huberto Batis se sabía todo de los cotilleos literarios del país, ascensos y caídas en desgracia, actividades de suplementos rivales, odios, amores, rencores, envidias, inquinas, admiraciones, que bien podrían ser objeto de una novela similar a las que escribían los autores austrohúngaros, franceses y germanos, donde estaba relatada la vida de varias generaciones como en una gran comedia humana llena de esplendores y miserias.
Batis lo sabía todo en esos momentos de Sábado con el escepticismo de un gran sabio y él sabe hoy como ayer que todos esos jóvenes estaban y están condenados al olvido y que sus ilusiones y ambiciones son fuegos fatuos o la luz fugaz de la luciérnaga noctámbula. Por eso él abría las puertas de Sábado sin distingos a todos outsiders y rebeldes, obscenos, herejes y demoledores de estatuas y se negaba a crear élites cerradas de mafias literarias. Ese es uno de los grandes méritos de Batis. En un país tan adicto a lo piramidal y funesto, tan crédulo de tlatoanis y reyezuelos literarios, Batis por el contrario da respiración a las letras mexicanas y abre siempre las puertas a quienes piensan, desean, escriben, oyen, cantan, pintan o dibujan con pasión y libertad.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de junio de 2015.

domingo, 14 de junio de 2015

AGUDELO TENORIO Y SU VORÁGINE DE MAR


 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los autores más notables en estos momentos en Colombia es Felipe Agudelo Tenorio, quien se coloca en la atalaya del ejercicio narrativo frente a un abismo, golpeado por la ventisca, sin contemplaciones, lejos de quimeras de gloria y éxito en tiempos de velocidad mercantil y olvido. Escribe ficciones por el camino más arduo, al acercarse a la realidad contemporánea exigiendo de su palabra rastros, huellas de verdad y lucidez, savias extraídas luego de una larga y dolorosa maceración vital, como en su segunda novela, El vuelo negro del pelícano, publicada en excelente edición y con bella portada por Sílaba editores de Medellín, en 2015.

Autor de la novela Las raíces de los cielos, de varios libros de relatos, entre ellos Cosecha de verdugos y otros de poesía, el bogotano vivió durante varias décadas fuera de Colombia, en México, antes de regresar a su país, perturbado como siempre por un vendaval siniestro de muerte y asfixia, donde enfrenta, además del sanguinario contexto nacional, el fin de una época personal desde donde observa, ya decantadas, las temáticas de la existencia, el deseo, la carne, el vicio y la muerte.

El personaje y narrador central de su novela es el médico cincuentón Fabian Martel, quien, sobreviviente de todos los vendavales y desastres, opta por transcurrir como ave rara y solitaria en innombrables bares, habitáculos de lujo donde bailarines y bebedores, jóvenes hembras magníficas y musculados varones metrosexuales bailan, hablan y se divierten sin cesar porque “viven apabullados por el miedo” sabiéndolo y sin saberlo.

Martel, quien ha decidido por opción filosófica personal “no destruir”, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos colombianos, está cubierto por una gruesa coraza de quelonio dentro de la cual conviven en turbulencia las más profundas fragilidades y vive su deriva en el bar, “destino central” del hombre, sitio fundamental donde desde el silencio hace un diagnóstico de la realidad, con tan buenos resultados “que cuando le pasan la cuenta no le gusta pensar que se está gastando su dinero sino que acaba de invertirlo”

En el bar decide vivir la realidad y la diseca y analiza viajando en el tiempo, convocando el fantasma de la misteriosa y ausente Alicia, y “como es un impostor muy curtido, nadie nota el fraude en sus maneras de avenirse a cualquier topografía y sumarse a la multitud, a pesar de que son mayúsculos los esfuerzos con que intenta no levantar sospechas de excesiva diferencia haciendo, como bien puede, la mejor imitación de si mismo”.

El bar de El vuelo negro del pelícano está “emplazado con costoso esmero comercial sobre el lomo de una pequeña colina que sirve de mirador hacia un viejo puerto caribeño, justo a orillas de una bahía tersa y parcialmene iluminada, desde cuyas terrazas es posible, si así lo desea, contemplar el cansino trajinar nocturno de los estibadores y las grúas sobre los barcos de carga, el zarpe hermético de buques de guerra (...) y la sedante navegación de los transatlánticos de lujo” que fluyen por el mar como incendios flotantes, dice Agudelo Tenorio haciendo uso de su pertinente voz poética.

Hay una mujer fundamental que se ha ido y cuya ausencia y cruel lucidez lo rondan, Alicia, pero aparece al instante en la pista una joven hembra magnífica, una morenaza de abundante cabellera, que miente tanto como él finge y danza solitaria lanzando al aire las feromonas del deseo. Se inicia entonces un intercambio entre seres a la deriva, la del maduro experto y la bella gacela venal, que le haría exclamar a Martel: “tu carne es la única porción de la realidad que me gusta”.

Como “la pájara tenía su sed” Martel la invita a beber y acepta ese intercambio nocturno entre silencios, pieles reunidas al azar que nunca se volverán a ver, en medio de un gentío de ebrios y desbocados que cumplen con la consigna nacional colombiana y tal vez mundial de que “bebemos para amansar el terror de abrazarnos y bailamos para no tener que matarnos todo el tiempo”. Siguen unas horas en que esos dos cuerpos salen a la noche y luego van al apartamento bajo la lluvia tropical y la historia se convierte en un ojo de huracán, maelström donde la metáfora de la vida de Martel se une a la de la existencia de los viejos pelícanos que dan nombre a la novela de Agudelo Tenorio, aves extrañas, pesadas, cómicas, sobrevivientes de la era de los dinosauros, criaturas tan longevas como los humanos, que envejecen y pierden la vista para morir perdidas e inermes tambaleándose ante la burla de los paseantes en las playas del mundo.

La novela no solo es notable porque opta por el riesgo de contar la realidad vital del momento, lo que pasa en un rincón de este planeta en unas cuantas horas y con unidad de lugar y de tiempo bajo las estrellas y junto al mar, sino porque es breve, necesaria, está escrita con una prosa donde palabras y oraciones se encuentran bien instaladas en la estructura minuciosa de relojería del edificio narrativo y donde la carne, el deseo, la piel, se tejen, se entremezclan con ideas y reflexiones que el médico carga a lo largo de su periplo y terminan convirtiéndose en parte de su ser, como se lee en el último apartado epilogal de aforismos que nadan en la memoria del doctor Martel, viejo pelícano ciego que se ahoga en un mar que es ya una inmensa e inabarcable lágrima de verdad.

El vuelo negro del pelícano de Agudelo Tenorio ingresa al catálogo extraño de las novelas colombianas de la desesperación y la lucidez, a veces obras únicas de autor, anómalas, monólogos del viajero curtido en un instante de la vida de Colombia, tales como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Cuatro años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea Borda, Las llaves falsas de José Vélez Sáenz, o Un bel morir de Alvaro Mutis. Libros raros, breves, únicos, dolorosos e irrepetibles.
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*  Publicado en La Patria, Manizales, Colombia,  el 14 de mayo de 2015.

sábado, 13 de junio de 2015

¿OH, QUIÉN ES PABLO MONTOYA?

Por Eduardo García Aguilar
De repente y por sorpresa el colombiano Pablo Montoya (1963) ganó el Premio Rómulo Gallegos 2015 con su novela Tríptico de la infamia, provocando una conmoción al interior de la narrativa colombiana, sentada desde hace tres lustros en los laureles del marketing y cubierta de enormes guirnaldas adornadas con estrellas y best-sellers inflados, elegidos a dedo desde los oscuros gabinetes secretos, en las suscursales locales de las multinacionales que por ahora tienen el monopolio del canon.
Ante el estupor, los síncopes y los ataques cardíacos por la noticia que obliga a barajar de nuevo las cartas de la novelística colombiana, la única reacción que tuvo El Tiempo, asombrado de que ninguno de sus columnistas oficiales participantes en la justa se hubiese llevado el premio, fue escribir que en Caracas se había premiado a un autor “casi secreto”, lo que muestra que donde era un “secreto” era allí en las redacciones culturales y no en el mundo de los lectores, que desde hace tiempos leíamos a Montoya y admirábamos su entereza y el fervor para escribir contra viento y marea, poseído por una indestructible vocación literaria, similar a las de William Ospina y Evelio Rosero.
Un libro tan notable como Lejos de Roma, publicado por Alfaguara, pasó casi ignorado, como si la propia casa editora no creyera en él y lo arrinconara para dar paso a sus estrellas preferidas e infladas. No se volvió a reeditar y Montoya lo sacó del purgatorio en la editorial Sílaba de Medellín. Y lo mismo parecía ocurrir con Tríptico de la infamia, que no tuvo casi promoción de sus editores, inclusive en la pasada Feria del Libro, como si también ellos hubieran decidido esconderlo con desgano debajo de las mesas para que no interfiriera en la campaña aplicada a promover a sus autores de preferencia.
Para los editores del monopolio editorial y los jefes de secciones de “Entretenimiento”, un autor tan “intelectual” y “erudito”, quien además ejerce una crítica literaria incisiva en un contexto donde casi todo lo que vende y suena es escandaloso y vulgar, un autor que escribe sobre Ovidio y aborda la vida de pintores europeos, es en estos tiempos en Colombia una especie de Objeto Literario No Identificado (OLNI).
La narrativa colombiana fue en el siglo XX, hasta los tiempos de García Márquez y la generaciones posteriores, encabezadas por Collazos y Moreno Durán y la Generación Sin Cuenta, el coto vedado de autores de provincias lejanas o de clases medias y bajas de las ciudades. Las oligarquías les habían cedido ese “hueso” después del fin de las letras decimonónicas de Silva, Caro, Cuervo, Pombo y Valencia.
Algunos notables de la élite oligárquica capitalina escribían la novela única en su juventud, como fue el caso de Alfonso López Michelsen con Los Elegidos, pero después pasaban a tareas más importantes como la política, el dinero y el periodismo capitalino. Salvo la excepción de Eduardo Caballero Calderón, autor de esa horenda novela El buen salvaje, narrada por un rolo oligarca loco que se asombra de que los negros puedan andar libres y encorbatados en las avenidas de París, la narrativa colombiana fue casi siempre ejercida por pobres y clasemedieros de la capital y la provincia: Osorio Lizarazo, Manuel Zapata Olivella, Carlos Arturo Truque, Iván Cocherín, Oscar Collazos, Moreno Durán y cien etcéteras. 
Ser escritor, novelista, narrador, era algo que desprestigiaba y era muy mal visto en las familias hasta que Gabriel García Márquez, muchacho pobre costeño, originario de un pueblucho canicular, a quien consideraban en Bogotá “un caso perdido”, se volvió figura mundial y, como en un  sueño de cuento de hadas, emergió del inframundo ya famoso y millonario, fue recibido por magnates, estrellas de Hollywood y presidentes y al final subió al cielo en cuerpo y alma en medio de una lluvia de mariposas amarillas, despedido con todos los honores militares y presidenciales y con la bendición del mismo Papa.
En los últimos tres lustros, ida ya para siempre la generación de “intelectuales” y “eruditos” como Lezama Lima, Borges, Paz y Cortázar y convertida la narrativa en industria multinacional que eventualmente puede dar dinero y prestigio, los autores latinoamericanos ya no surgen a la notabilidad después de un largo camino de trabajo y dedicación, como García Márquez, sino que son productos confeccionados rápidamente en los gabinetes secretos de las editoriales multinacionales y luego engordados e inflados como cerdos en campañas mediáticas donde cuentan con la complicidad de las páginas de “Entretenimiento”. Reinas de belleza, modelos, presentadores de televisión, gomelos desvirolados y laureanistas trasnochados, arribistas, chicos descarriados de los “estratos altos” que no hallan oficio, encontraron que la literatura podía darles algo de renombre y hasta plata. Así instauraron en Colombia y en América Latina lo que bien podría denominarse la Estética de los Gomelos.
Unos cuantos nombres de autores coludidos con esos gabinetes secretos practicaron el rápido hold-up y se adueñaron de la narrativa colombiana como viejos tiranuelos de bananas repúblicas. Salían directamente del Gimnasio Moderno o de otros colegios del Norte bogotano, o de la Javeriana, el Rosario o Los Andes, o de sus contrapartes medellinenses, a ser ungidos como candidatos a todos los premios y hasta el Nobel si fuera posible, promovidos por los Reyes y Reinas de Alfaguara, Planeta, Random y la finada Norma, e inflados como globos que se escapan de las manos de los infantes hacia el cielo infinito. Pusieron así en práctica la frase magistral del corroncho García Márquez en El Otoño del Patriarca: “El día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.
Por eso el Premio Rómulo Gallegos cayó como una bomba en medio de las secciones de “Entretenimiento” de los diarios capitalinos y en las salas de profesores de Literatura de las universidades de paga bogotanas, salvo en la Central y la Nacional. ¿Que pasó?, se interrogaban todos, apeñuscados a la entrada del Gimnasio Moderno. ¿Oh, quién es Pablo Montoya, ala?,  preguntaban estupefactos con un rictus de terror. Pero por fortuna la literatura colombiana está de fiesta y se dispone ahora sí a barajar de nuevo las cartas.
 * La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de junio 2015.
 

domingo, 7 de junio de 2015

TARDE FELIZ EN EL ELÍSEO

Por Eduardo García Aguilar
La cola de invitados empezó a formarse en la tarde canicular del jueves a las puertas del viejo Palacio del Elíseo, a donde el presidente de Francia François Hollande invitó a figuras y personalidades de las artes y las letras francesas relacionadas con América Latina y latinoamericanos y caribeños de cultura residentes en Francia, con motivo de la Semana de América Latina y el Caribe que se organiza cada año.
     Entre ellos se veía al presidente de la Maison de l’Amérique Latine en París, Alain Rouquié, gran conocedor de México y Brasil, quien hace tiempo definió latinoamérica con el concepto de Extremo Occidente, por esa amistad, esa confluencia y a veces esos sangrientos desencuentros que desde tiempos inmemoriales se tejieron entre ambos y que incluyen el atroz episodio de la trata de esclavos africanos hacia América y la invasión de México por las tropas de Napoleon III.
     La literatura y las artes han dado testimonio de ese ir y venir de artistas a través del Océano Atlántico y la imaginación que suscitan los misterios y demonios mutuos, como lo muestra el recién galardonado con el premio Rómulo Gallegos 2015 de novela Pablo Montoya, colombiano que durante más de una década vivió en París dedicado a trabajar esos espejos recíprocos destacados en la novela galardonada, Tríptico de la infamia, sobre tres pintores europeos ligados a través de la imaginación con el continente ultramarino de volcanes y tormentas.
     Miranda, Bolívar, Lautréamont, Rubén Darío, Vargas Vila, Gómez Carrillo, César Vallejo, Alfonso Reyes, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Severo Sarduy, Rufino Tamayo, Botero, Cruz Díez, Soto, y multitud de músicos, pensadores, y dramaturgos latinoamericanos han vivido y viven Francia con amor, lo que llevó a  decir en su discurso al presidente Hollande, con el gran sentido del humor que lo caracteriza, que hasta “los fraceses también pueden amar a Francia”, en referencia a esa característica falta de fe, algo masoquista, de muchos franceses, en su propio país.
     A su vez figuras francesas como los viajeros Charles Brasseur y Michel Safray, el geógrafo Elisée Reclus, Antonin Artaud y los surrealistas que se afincaron en México, Claude Lévi Strauss, Jacques Soustelle, Paul Rivet, Roger Callois, el Nobel J.M. Le Clézio, Régis Debray, Jean Meyer y mil otros han soñado y amado hasta la locura el continente de todos los colores, cantado en su máxima expresión por Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, quienes vivieron en París.
     Todos esos fantasmas del amor recíproco se dieron cita en los salones del Palacio cubiertos de gobelinos donde brilla la pátina áurea de la República: aquí el colombiano Yuri Buenaventura que de cantar en el metro se convirtió en estrella al interpretar en francés y con ritmo de salsa la famosa canción Ne me quittez pas del belga Jacques Brel y quien ahora abraza al presidente, o allá las grandes escritoras argentinas Luisa Futoransky y Alicia Dujovne Ortiz, en representacion de la tierra de Gardel y Borges, o Milagros Palma, de Nicaragua. Con ellos se cruzaban los fantasmas de Nicolás Guillén, García Márquez y el pintor Jesús Soto, que vivieron pobres en un hotel de la rue de Cujas y se ganaban la vida cantando y tocando tambor, guitarra y maracas en los bares cercanos al metro Odeon.
     A veces uno creía percibir la presencia de François Mitterrand, el otro presidente socialista que hizo historia en este palacio y quien invitó a su posesión al Nobel colombiano y al mexicano Carlos Fuentes, el autor de Terra Nostra. Y entre esas espléndidas salas y recovecos tapizados de rojo intenso y en medio de los ornamentos florales y los reflejos de luz que provenían de los jardines, uno pensaba en la condesa Castiglione, insumisa fotógrafa italiana amada por Louis Napoleon Bonaparte, o en los suspiros de ese anciano presidente Félix Faure, quien murió en brazos de su amante Marguerite Steinheil en 1899 en uno de esos salones, o en Georges Pompidou, mecenas de las artes contemporáneas, fulminado entre estos oros por la enfermedad.
     Hollande circula entre los invitados latinoamericanos siempre presto al buen sentido del humor y la actitud de “presidente normal”, que pese a las tormentas y a las críticas acerbas a su gestión y a la falta de popularidad en un país cada vez más derechizado y agobiado por sus fantasmas ideológicos y las nostalgias de Vichy, ratifica su voluntad de que la República sea de todos y no para un solo segmento blanco de la población con aspavientos de vieja nobleza del Ancien Régime y que aboga por la discriminación de los otros, el negro, el árabe, el asiático, el levantino, el judío, el hispano, el latino, el gay.
      Como prueba de ese cambio esta aquí la bella y joven ministra de Educación Najat Vallaud-Belkacem, de origen marroquí, quien recibe los dardos de una derecha que no soporta que una ciudadana de la llamada “diversidad” ostente uno de los cargos más prestigiosos de la República, al igual que la guyanesa ministra de Justicia Christiane Taubira. También en pimera fila de los que aman América Latina está el ex presidente del Senado, el socialista Jean Pierre Bel, promotor de los acercamientos entre ambas culturas, quien guarda una relación privilegiada con Cuba, y el ex Primer ministro y actual ministro de Relaciones exteriores Laurent Fabius, quien, según dijo Hollande, "está en todas partes", pero no pierde oportunidad de desplazarse a la tierra del realismo mágico.
     Al final toda esta fiesta de cultura, color y música latinoamericana y francesa se desplaza ya con los vapores del champán en alto hacia la salida del Palacio de Elíseo, bajo una canícula que recuerda a Manaos, Veracruz o Cartagena de Indias, como si París de repente se hubiese vuelto una ciudad tropical a comienzos de junio y todo se volviera barroco bajo la batuta del muy parisino y sincrético fantasma de Severo Sarduy. 
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* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior, México D. F., el domingo 7 de junio de 2015. 
Foto: En las puertas del Elíseo.

domingo, 24 de mayo de 2015

ADIOS A OSCAR COLLAZOS

Por Eduardo García Aguilar
Oscar Collazos, uno de los grandes escritores contemporáneos de Colombia, murió hace una semana después de padecer una dura enfermedad a la que enfrentó con total lucidez, llevando la proeza hasta escribir su última columna sobre el robo de la primera edición de Cien de Soledad en la Feria del Libro, el pasado 7 de mayo, desde el hospital y una semana antes de su partida. 

Como casi todos los autores de su generación y de las anteriores, era un hombre surgido de los sectores populares, nacido en Bahía Solano (Chocó) en 1942 frente a las costas del Océano Pacífico, a donde se replegaron tantos colombianos de origen indígena o africano, descendientes de los esclavos que en la Colonia fueron trasladados a estas tierras a trabajar y morir exhaustos para enriquecer a los colonos blancos de origen hispano que hoy siguen en las riendas del poder. 

De Bahía Solano, donde vivió la primera infancia, Collazos se trasladó con su familia a Bogotá un tiempo y luego a Cali, donde desde adolescente se destacó como cuentista en el contexto de la gran actividad cultural que reinaba en esa ciudad de tierra caliente abierta al baile, el teatro, el nuevo cine, el arte, la danza, el pensamiento y las ideas renovadoras. En Cali floreció en los años 60 y 70 una de las generaciones de escritores, pensadores, dramaturgos, cineastas, poetas, músicos y artistas plásticos más notables del Colombia. 

Los investigadores tienen ahora la tarea de rastrear la savia renovadora que desde Cali y el Valle del Cauca en general irrigó la cultura colombiana en esos años. Collazos y sus contemporáneos del occidente mestizo del país abrieron ventanas a una Colombia acartonada donde todo se decidía desde la capital y al ritmo de la fiesta, el baile y la alegría, la curiosidad y la rebeldía desempolvaron la cultura y las ideas en Colombia. Todos miramos en algún momento hacia Cali como la añorada Meca pagana de la cultura, aunque ese corto verano fue cortado de tajo por los avatares terribles de la narco-paraco-historia del país. 

Desde Cali se trasladó a Bogotá, donde pasó por la facultad de Sociología de la Universidad Nacional, otro foco crucial del pensamiento colombiano, y muy temprano, en pleno 1968 renovador, viajó a París y se nutrió de la renovación cultural en Francia. Alemania, Suecia, Cuba, fueron otros de esos lugares donde Collazos vivió en su juventud, antes de instalarse por largo tiempo en Barcelona, donde se casó con la escritora catalana Nuria Amat y nació su hija Laia. 

Su estadía en la ciudad condal, centro del mundo editorial hispano del momento y su colaboración con grandes editoriales y figuras literarias latinoamericanas como Julio Cortázar y Gabriel García Marquez, en pleno auge del boom, solidificaron su rango como escritor a medida que publicaba sus nuevos libros Los días de la paciencia, Biografía del desarraigo, Crónica de tiempo muerto, que siguieron a sus primeras colecciones de cuentos publicadas en Colombia, Son de Máquina y El verano también moja las espaldas, que son la base de una vasta obra ensayística y novelística. Collazos regresó a Colombia en 1989 como lo hicieron otros autores colombianos que también coincidieron con él en Cataluña y en Bogotá creó para Colcultura la colección de la Diáspora y se dedicó a diversas actividades periodísticas, antes de trasladarse a Cartagena de Indias, donde vivió el resto de su vida. 

El autor de Fugas, Rencor, La modelo asesinada y Señor sombra, entre otras novelas, se caracterizó durante todos los años colombianos por una profunda serenidad y ecuanimidad como intelectual, que contrastaba con el nerviosismo general en años de terribles conflictos y deflagraciones políticas, delincuenciales, económicas y bélicas. Fue siempre generoso con sus contemporáneos y con las nuevas generaciones, no estaba desesperado por obtener a toda costa el éxito, el poder o la fama, y entre sus cualidades estaba no ser presumido ni vanidoso como su trayectoria hubiese podido sugerirlo. Entre sus principios figuraba no denostar de sus colegas escritores, ya de por si vapuleados por la vida. 

Además propició la fiesta y estuvo disponible siempre al diálogo y a la reflexión serena sobre los rumbos de la cultura y el país. Lo conocí desde muy temprano cuando en 1972 y 1973 yo cursaba los primeros semestres de Sociología en la Universidad Nacional y llegó a dar una conferencia a la que asistimos un centenar de estudiantes. Luego estuvimos celebrando con él y otros amigos en un restaurante de la calle 24 con séptima, cerca de la Biblioteca Nacional. En ese entonces, a los 29 años, era la estrella ascendente de la narrativa colombiana, famoso por su polémica con Cortázar y Vargas Llosa, publicada por Siglo XXI editores. Como lo dije en una crónica que escribí sobre su regreso con su esposa Jimena a París en agosto 2007, antes de cumplir los 20 años muchos escritores colombianos en ciernes queríamos entonces ser cuando grandes como Oscar Collazos y mucho tiempo después seguíamos pensando lo mismo. 

Ser como Collazos es vivir la literatura y la cultura con espíritu de tolerancia y serenidad, aportando a un país histérico y violento, marcado por el anatema, el insulto y la descalificación sistemática de los otros una pausa de diálogo y reflexión, basada en las ideas que otros grandes pensadores y escritores colombianos olvidados ya han trajinado con paciencia y generosidad. Ser como él es vivir lejos del odio y del insulto y más cerca de la amistad, el diálogo y la fiesta, como vivió Collazos en su larga trayectoria de 72 años como escritor. Es difícil decirle adiós a un amigo. Pero el solo hecho de que Oscar Collazos haya existido entre nosotros prueba que esa es la Colombia valiosa que debería predominar frente a los heraldos de la muerte, la inquina y el odio. 
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*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. 24 de mayo de 2015. 

martes, 12 de mayo de 2015

BARCELONA Y LOS ESCRITORES COLOMBIANOS

Por Eduardo García Aguilar
Cuando regreso a Barcelona y camino por sus calles, me asalta la imagen de los escritores colombianos que vivieron en esta ciudad, desde los radicales Antonio José Restrepo y José María Vargas Vila, quienes murieron aquí el mismo año, en 1933, hasta los miembros de la numerosa generación post macondiana que llegaron a la ciudad seducidos por el esplendor editorial de la época y tras los pasos de García Márquez. 

Vargas Vila (1860-1933) fue el rey de las letras latinoamericanas y el más grande best seller de su momento, autor de un centenar de libros, entre ellos novelas, diarios, panfletos y recopilaciones de crónicas que se vendían como pan caliente en toda América Latina y hacían las delicias de liberales y radicales de entonces por su espíritu anticlerical y escandaloso. Barcelona era entonces, como lo sería de nuevo tiempo después, una vez concluido el largo episodio de la dictadura franquista, el centro editorial hispanoamericano y todos los escritores del continente debían publicar en Sopena y Maucci y otras editoriales catalanas para tener alguna repercusión. 

Los libros salían de las prensas de la palaciega ciudad condal y viajaban en barcos a los principales puertos latinoamericanos como Veracruz, La Habana, Cartagena de Indias o Buenos Aires, donde los esperaban maestros, libreros, juristas y humanistas. En bibliotecas o en librerías de viejo de las capitales del Nuevo Mundo se puede palpar aun esas viejas ediciones que traían estampillas para garantizar la autenticidad de la edición y cuyas portadas de pasta dura eran muy vistosas y grotescas. Vargas Vila era el rey Midas de la edición y cada una de sus obras se agotaba pronto y requería de inmediatas reediciones en diferentes editoriales que se peleaban por tenerlo en su catálogo. Los jóvenes de aquella época eran seducidos por sus novelas de erotismo finisecular y su prosa cargada de adjetivos, adornos inútiles, anatemas y gritos histéricos sin fin. Hoy su obra es ilegible y salvo algunos curiosos casi nadie se acerca a esos volúmenes insoportables y pomposos. 

Barcelona era en tiempos de Vargas Vila una metrópoli impresionante que desde siempre albergó grandes templos y palacios y que en el siglo XIX se convirtió en una urbe moderna, poblada de Ateneos, bibliotecas, universidades y librerías, ciudad cosmopolita donde en los cafés, restaurantes y bares la literatura y el pensamiento reinaban, tal como lo describe el gran autor catalán Josep Pla en su Cuaderno Gris. A diferencia de París, que era la otra gran ciudad europea de la cultura, Barcelona tenía entonces la fuerza que le daba el mar y a su puerto llegaban los americanos, los indianos, que traían noticias frescas del otro lado del Atlántico. Ñito José Restrepo (1855-1933) y Vargas Vila vivieron en una gran metrópoli envidiable y de sueño que nada tenía que ver con la provinciana y fría capital colombiana. 

Pasaron más de tres décadas desde la muerte de Vargas Vila y Restrepo para que una nueva estrella de las letras colombianas, Gabriel García Márquez, se instalara allí a fines de los 60 y triunfara del brazo de su agente literaria catalana Carmen Balcells. García Márquez hasta su crepúsculo llegó como rey a Barcelona. Y su llegada a vivir a Cataluña atrajo a muchos jóvenes discípulos, entre quienes se cuentan Óscar Collazos, Héctor Sánchez, R.H Moreno Durán, Luis Fayad, Ricardo Cano Gaviria, las hermanas Colombia y Sonia Truque, Manuel Giraldo, Guido Tamayo y Miguel de Francisco, entre otros que vivieron y trabajaron aquí aunque con menos suerte que su patriarca el creador de Macondo. 

La primera vez que vine aquí, en 1975, casi todos estaban en Barcelona y colaboraban en las editoriales como correctores o traductores. Eran jóvenes apasionados por la literatura, dispuestos a dar la vida por ella, sin saber que eran casi los últimos especímenes de ese tipo de amantes sin límites de las letras, inspirados por la maestría de Jorge Luis Borges y la gran literatura europea del siglo XX. Por esas épocas, en los años 60 y 70, la ciudad era el paraíso de las letras hispanas antes de que el obtuso chovinismo catalán matara aquella fuerza e hiciera todo lo posible para reducir la presencia del castellano, para ellos su enemigo principal. Poco a poco todos los escritores colombianos de Barcelona, marginados como casi todos los "sudacas", se vieron obligados a regresar a su país, salvo Ricardo Cano Gaviria, que sigue con la antorcha en estos pagos. 

Los fanáticos politiqueros nacionalistas catalanes de hoy causarían el estupor de José Pla, Eugeni D'Ors, Ramón Vinyes y Merce Rodoreda y de toda una pléyade de grandes narradores, ensayistas y poetas catalanes que hicieron brillar el cosmopolitismo literario en este puerto de palacios delirantes y artistas inolvidables como Antoni Gaudí, Salvador Dalí, Pau Casals y Picasso. Esos politiqueros de hoy ignoran que en la segunda parte de El Quijote, el ingenioso Hidalgo vino a Barcelona para constatar su fama y terminar su gesta con la lucha frente al Caballero del Verde Gabán, que deseaba traerlo de regreso a casa. 

El 7 de mayo de 1905, hace 110 años, en esa gran Barcelona cosmopolita que conocieron Vargas Vila y Ñito Restrepo, los barceloneses celebraron una multitudinaria procesión en honor de Miguel de Cervantes Saavedra por las calles de la ciudad, como lo muestra una foto de la época publicada en el diario La Vanguardia. Y por eso yo ahora, imitándolos bajo el sol candente, manifiesto por las calles en memoria y honor de esos muchos escritores colombianos que vivieron aquí y lo dieron todo por la literatura y su Barcelona amada sin pedir nada a cambio, salvo el olvido.

 ------ *Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. 10 de mayo de 2015.