domingo, 3 de abril de 2011

EL FANTASMA DE JUAN RULFO

Por Eduardo García Aguilar *
La leyenda de Juan Rulfo entre los escritores de hoy y de mañana quedará fija como la de quien se rebeló con todas sus fuerzas ante la esclavitud de la imagen propia y la vanidad. Tal vez al lado de Samuel Beckett y Julien Gracq y de otros pocos, el autor mexicano se negó a subir a la carroza de la « carrera literaria », mezquino vehículo que en estos tiempos de pragmatismo comercial devora a los escritores de todo el planeta.

Que este hombre, con una enorme celebridad ganada contra viento y marea y tal vez a pesar suyo, hubiera resistido a la tentación de hacer dinero ofreciendo libros a destajo, muestra que las voces de su delirio provenían de un yacimiento muy peculiar, cuyo material sólo se revela a los más sabios, a los más auténticos escritores.

Recién llegado a México, tuve la oportunidad de encontrarlo en varias ocasiones en la cafetería y librería El Agora, solo o conversando con los meseros, y tuve también la maravillosa idea de no abordarlo para decirle cuanto su gesto marcó y marca a los escritores de mi país natal, empezando por Gabriel García Márquez, a quien Alvaro Mutis le dio a leer como ejemplo el legendario libro Perdro Páramo.

Rulfo vestía modestos trajes oscuros, el cabello cano peinado hacia atrás dejaba ver su frente blanca y a veces se le veía con unos enormes lentes oscuros de carey. Alguna vez en la mañana fuimos ambos a lo largo de varias horas los únicos clientes de esa cafetería situada en los altos de la librería de la Avenida Insurgentes y para mi aquella comunión con su presencia fue otro de esos momentos epifánicos de la vida, cuando uno sabe que la fuerza de la verdad y la autenticidad está ahí al lado.

No se trataba en mi caso de esa idolatría que ahora se impone en el mundo frente a los escritores que más venden y ganan premios, más se arrastran ante el poder y los ricos, sino la veneración hacia quien era una especie de San Francisco de la literatura latinoamericana.

Me podrán decir que estoy loco al comparar a Rulfo con San Francisco de Asís, pero no hallo otra figura con quien parangonarlo. Si el nombre de San Francisco aparece aquí para acercarnos a Rulfo es porque el verdadero escritor es siempre alguien muy cercano a la santidad y su ejercicio equiparable a la religión.

El Rulfo que yo vi aquella larga hora sin un libro ni un periódico en la mano y que sólo intercambiaba calurosas palabras con el mesero, acababa de regresar de un viaje a China y tenía la mirada perdida en una extraña placidez irónica de santo. Mientras sus contemporáneos intrigaban aquí y allá, o se lanzaban piedras o miradas de odio, o se pavoneaban buscando el poder, él no temía bajar a la realidad de esa mesa y esa cafetería, ajeno a eso que llaman « gloria ».

Rulfo se me apareció también en los sueños y lo veo nítido en una de aquellas excursiones oníricas. Estaba en una calurosa población de Brasil, tal vez Paraty, con casonas coloniales y calles empedradas y de pronto me hallaba en un cementerio. De repente se aparecía Rulfo, se sentaba a mi lado y me ponía conversación sobre algo absurdo como el color ocre de las hojas de otoño. Tenía la mirada acuosa, lejana, de quien se sabe sueño, fantasma, irrealidad, concreción mítica, imagen fantástica, cuerpo de aire o poesía. Ese encuentro es para mi tan real como si hubiera sido cierto, igual al verdadero de años antes en la cafetería El Agora, una mañana sin fecha.

Rulfo nos legó en unas cuantas páginas la gesta de esos hombres de la tierra que son y han sido los mismos desde siempre, marcados por el rezo, el miedo a la muerte, imploradores de lluvia, curadores de llagas, gimientes en la oscuridad. Ahora que he vuelto a Talpa, El llano en llamas, Diles que no me maten, Luvina, La herencia de Matilde Arcángel o Pedro Páramo, he sentido el escalofrío de saber que estuve cerca alguna vez de un escritor que se sabía ajeno a las voces que de él emergieron en las desoladas tardes de los años 50. Llanto, tierra, montaña, cordillera, tumba, herencia, padre, fusilamiento, llaga, ranas, peregrinación, oración, treno de rezanderas, enfermedad, silencio, palabras de donde nace la literatura.

Cuando murió tuve otra oportunidad de estar cerca a él. La televisión colombiana me pidió imágenes sobre el mundo del recién fallecido y entonces recorrí los sitios por donde anduvo en la capital mexicana, las librerías preferidas, las calles de barrio donde estaba su apartamento y las oficinas del Instituto Nacional Indigenista, en la Avenida Revolución, donde trabajó durante años. Entré a su oficina aún fresca de él, vi su taza de café y escuché el llanto lento de sus secretarias, que lo vieron entrar y salir de ahí, ajeno a la gloria que lo perseguía ya desde hacía décadas.

La furia del poder autocrático de un presidente que se creía Quetzaltcoatl había caído sobre Rulfo hacía unos años, por la osadía que tuvo de opinar sobre los militares.

Hoy nadie se acuerda del presidente de turno y la obra de Rulfo está cada vez más presente porque relata los sufrimientos de un pueblo que sigue y seguirá sufriendo, lejos de toda redención en la tierra. La de Rulfo es una voz que estará siempre ahí como una pirámide, una montaña, la voz que a través de un hombre del siglo XX quiso expresar la de las ánimas que poblaron esta tierra desde hace milenios y la seguirán poblando cuando ya no haya nada.


* Publicado en Excélsior, México. Domingo 3 de abril de 2011.

domingo, 27 de marzo de 2011

CORNELIO HISPANO Y LA ROCAMBOLESCA HISTORIA DE BOLÍVAR Y PERU DE LACROIX


Por Eduardo García Aguilar


En torno a la rocambolesca historia del Diario de Bucaramanga de Peru de Lacroix , publicado en 1912 en París por el escritor colombiano Cornelio Hispano, se pueden tejer varias historias novelísticas, como si se tratase de una serie de intrincadas cajas chinas o matrioschkas rusas.



Primero está la historia trágica del general francés Lacroix, que trabajaba al lado libertador Simón Bolivar y fue uno de sus hombres de confianza como tantos otros europeos de su círculo más allegado. Tras la muerte de Bolívar, él como otros de sus colaboradores cayeron en desgracia y fue conducido injustamente al exilio por su enemigo Obando, viéndose obligado a abandonar a su mujer y sus hijos.



Ya en París, en 1837, a los 57 años de edad, en la ruina y sin poder ya pagar la pensión donde estaba hospedado, se disparó un pistoletazo dejando un testamento y varios manuscritos, entre los cuales figura el famoso Diario de Bucaramanga, que se había quedado en Caracas en manos del marqués del Toro.



Dicho documento relata día a día la vida cotidiana de Bolívar en Bucaramanga en 1828, cuando estaba rodeado de sus colaboradores mientras se llevaba a cabo la frustada convención de Ocaña. Es uno de esos instantes transitorios y apacibles en la vida del héroe que trascurre en calma, sin batallas y con mucho tiempo libre, sólo interrupido por la firma de documentos oficiales, escritura de correspondencia y recepción de invitados o colaboradores que acudían desde toda la región a rendir informes al mandatario.



Peru de Lacroix, tres años mayor que Bolívar, aprovecha esos largos momentos de intimidad y conversaciones en desayunos, almuerzos, cenas y paseos para anotar todo lo que cuenta el jefe y describirlo en los más mínimos detalles de la intimidad, sin que él estuviera enterado del propósito, por lo que el libro es una verdadera instantánea original y viva del personaje.



Peru de Lacroix anota muchos de los comentarios polémicos de Bolivar en torno a las diversas circunstancias de la lucha por la independencia y calificativos duros sobre sus colaboradores, lo que muestra otra faceta oculta de las verdades oficiales. Por ejemplo, habla muy mal de los militares granadinos, a quienes considera enemigos, describe con lucidez los defectos y cualidades de otros como Páez, Santander y Sucre y esclarece muchas de sus acciones de realpolitik.



Incluso Bolívar llega a decir que Ricaurte no murió en átomos volando en San Mateo y que esa como otras historias son solo leyendas patrióticas de progaganda necesarias a la lucha por el poder en medio de una guerra. Quienes leyeron el documento quedaron escandalizados y la Academia de Historia venezolana prefirió guardarlo en secreto y ocultarlo celosamente del público para evitarse problemas.



El joven y ambicioso intelectual colombiano Cornelio Hispano, nacido en 1880, buen estudiante y abogado graduado en Bogotá, fue nombrado cónsul en Venezela y haciendo uso de su rango logró entrar en contacto con el documento, que copió en secreto, a escondidas de quienes lo conservaban entre el polvo.



Ismael López, cuyo seudónimo era Cornelio Hispano, llegó a París en tiempos de Vargas Vila, Enrique Gómez Carrillo y Rufino Blanco Fombona, y publicó en 1912 en la editorial Ollendorf varios libros de éxito, entre ellos el famoso Diario. Al editar y difundir el documento se generó un escándalo continental con partidarios y detractores de Hispano. Pero por primera vez el público europeo, que admiraba a Bolívar como un héroe romántico, y el público latinoamericano, tuvieron acceso a un verdadero retrato íntimo y vivo del Libertador.



Allí vemos al hombre sencillo y generoso que viste de paisano, con camisa y pantalón blancos, casaca azul y sombrero de paja, monta a caballo para despejarse en los alrededores de Bucaramanga, va a misa con frecuencia aunque es incrédulo, y dedica largas horas a la lectura de los clásicos y a jugar a las cartas con sus más cercanos colaboradores. En esas veladas cuenta a Lacroix sus propias aventuras, como cuando vio desde lejos a Napoleón el día de su coronación y múltiples detalles de su vida, como su matrimonio, batallas, amores, prejuicios, ideas y decepciones diversas.



Cornelio Hispano, discípulo de Miguel Antonio Caro y amigo joven de Guillermo Valencia, es el otro personaje de esta curiosa historia tripartita. Pese a haber tenido éxito literario desde muy temprano en París con obras tales como el Jardín de las hespérides, Elegías caucanas y De París al amazonas, hoy es totalmente desconocido e ignorado. Se sabe poco de su larga vida y murió en Colombia en 1962 a los 82 años de edad. En algunos textos recuerda con nostalgia los años de juventud y prosperidad económica en París, cuando la vida le sonreía, relacionado con los grandes autores del momento y mimado por su editor.



Tres historias desgraciadas se imbrican en esta novela policiaca sobre un códice perdido y sus palimpsestos. Bolívar el héroe termina desgraciado y enfermo en San Pedro Alejandrino, Peru Lacroix cae en la miseria y se suicida viejo y pobre en París y a Cornelio Hispano lo devoró el olvido pese a su rimbombante seudónimo y a sus juveniles ambiciones de éxito.



Por eso leer ahora el Diario de Bucaramanga de Peru de Lacroix, vertido por Cornelio Hispano en una prosa impecable y enriquecido con su exordio y múltiples cometarios anexos, es como leer una novela donde vivimos desde adentro la vida cotidiana de un héroe que nos habla sin la posición hierática de las estatuas o la versión idealizada y servil de los fanáticos, mientras de paso descubrimos la vida de otros dos personajes menores que giran en torno a su leyenda.



lunes, 21 de marzo de 2011

EL CURA CAMILO TORRES

Por Eduardo García Aguilar

La foto del padre Camilo Torres en la primera plana de los periódicos me impresionó para siempre en ese lejano febrero de 1966, cuando, niño aún, supe que lo habían matado a los 37 años de edad, el 15 de ese mes, en un combate en Patiocemento, en las montañas de San Vicente de Chucurí. Han pasado 45 años y las cosas han cambiado muy poco en el país, que vive inmerso en sus mismas obsesiones bajo el mando de los nietos de los líderes de entonces, como si el tiempo estuviera estancado en un círculo vicioso adorador de Tánatos.

Desde mi visión de niño veo como la gente mayor tenía los diarios abiertos y leía en silencio la noticia que cerraba el corto y delirante sueño político de un nuevo liderazgo popular, tres lustros después de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948. El cura muerto tenía los ojos semiabiertos, opacos, de pez ido, de ciego, hacia la nada. En la foto de los diarios se veía la boca entrabierta del cura, los dientes aparentes y el rostro inexpresivo en la paz de la inercia. Y el cabello ensortijado negro y la barba desordenada aferrándose a su cara de angel caído, Lucifer defenestrado desde las alturas. Diablo. Angel. Diablo. Angel.

Otra foto de lado, con los brazos abiertos de crucificado, dejaba ver la sangre mezclada a su barba y sus cabellos ensortijados y el perfil de muchacho perdido, de niño bien de la clase alta bogotana, que excepcionalmente se había entregado a los pobres, lejos de mamá Isabel, sin el aura que le daba el traje clergyman, la pipa de sociólogo graduado en Lovaina o las poses oratorias de impactante líder nacional. El cura guerrillero, fundador del Frente Unido en 1965 , había cometido el terrible e ingenuo error de irse a la boca del lobo de la guerrilla, como lelo, hipnotizado por la moda que incendiaba al continente y tendría su clímax con la muerte en 1967 de otro niño bien, el Che Guevara.

Los políticos capitalinos de traje negro y sombreros Stetson y los obispos con báculo, celebraban al unísono felices junto a la Plaza de Bolívar el fin de la guerrilla en Colombia. Los líderes del Partido Liberal o del Partido Conservador aliados en el Frente Nacional, se sucedían en la radio emocionados para celebrar el suceso, la muerte de este cura idealista que, ahora en el siglo XXI, cuando escribo 45 años después de su sacrificio inútil, ya casi nadie recuerda.

En un semestre su fama nacional, ya bastante sólida desde hacía unos años tras su regreso de Lovaina, se acrecentó vertiginosamente y el hecho de que fuera cura y profesara la religión católica lo hacía aún mucho más peligroso a los ojos del establecimiento. Para la clase dirigente era mucho más fácil cuestionar y perseguir a forajidos marxistas leninistas que a un cura cuyo ideario era ser un « profesional del amor ». Se volvió un líder carismático y a donde iba encontraba centenares de seguidores y tumultos y miles y miles de personas de todas las capas del pueblo dispuestas a seguirlo, a trabajar para la causa del Frente Unido. Obreros, campesinos, sindicalistas, artesanos, maestros, pequeños funcionarios, amas de casa, acudían a recibirlo a las ciudades y pueblos a donde llegaba.

En ese último semestre se aceleró su destino llegando al clímax, a su incorporación absurda a la guerrilla y a su muerte en el primer combate. De esos momentos quedan las fotos donde se le ve con el morral, la barba, el uniforme militar, como si fuese un miliciano de la revolución cubana, que era entonces desde hacía unos años el modelo de los idealistas revolucionarios más radicales latinoamericanos. En esas fotos se le veía perdido, iluminado, ingenuo, jugando al guerrillero como lo hicieron tantos otros miles de jóvenes colombianos de ese tiempo.

Todo eso fue un gran desperdicio, un gran delirio y la expresión local de ilusiones continentales luego de la victoria de los revolucionarios cubanos. Camilo Torres fue un personaje de su tiempo, un perfecto producto de su época desesperada. Unos con Stalin y los bolcheviques, otros con Mao Tse Tung y su reciente revolución cultural, otros con la Teología de la liberación o la reciente revolución cubana de Fidel Castro. Y al frente, en el contexto de la Guerra Fría, unos poderes implacables, codiciosos, afines a los terribles halcones norteamericanos, los mismos que matarían a Martin Luther King y propiciarían golpes de estado y terribles dictaduras como las del Cono Sur, auspiciadas por los tenebrosos agentes de la CIA.

¿Qué buscaba este cura ? En su Mensaje a los Cristianos, publicado en la primera edición del periódico Frente Unido el 26 de agosto de 1965, Camilo Torres dijo que “creo que me he entregado a la Revolución por amor al prójimo. He dejado de decir misa para realizar ese amor al prójimo en el terreno temporal, económico y social ». Pero esas palabras ya se las llevó el viento y sólo pertenecen a la historia y a sus analistas. Una historia que se repite sin cesar y de la que los colombianos nunca aprendemos nada. Sólo nos resta vivir esa gesta de novela en las biografías que escribieron Germán Guzmán Campos, Eduardo Umaña Luna y Joe Broderick y preguntarnos qué hubiera sido de él si estuviera vivo entre nosotros, ya anciano a los 82 años de edad, dos menos que su amigo Gabriel García Márquez.

sábado, 12 de marzo de 2011

UNA HUMANIDAD DE ZOMBIES NOTICIOSOS



Por Eduardo García Aguilar
En estos tiempos dominados por el desenfrenado flujo de noticias, el hombre ha perdido toda posibilidad de comprender las líneas y los ejes constitutivos de su época y su ser y ha quedado sumergido, asfixiado, aplastado por un tsunami de acontecimientos informativos que lo ahogan día a día y está conformado por una gama de basura que va desde catástrofes mundiales a chismes de farándula.
La humanidad entera se ha vuelto un rebaño de zombies hipnotizados que van al despeñadero como las pobres ratas del flautista de Hamelin. Miles de millones de humanos viven intoxicados por la información, el uso del celular y la publicidad consumista que le genera perspectivas virtuales de éxito y apariencia totalmente ajenas a su propia miseria. Los dioses milenarios han sido trocados por deidades paganas ante las que el ciudadano ora en trance mientras los magnates les succionan sus magros ingresos salariales.
Se trabaja hoy para consumir basura. Padres e hijos viven encadenados en una esclavitud planetaria que ni el más perverso pirata hubiese imaginado jamás y viven angustiados por la necesidad patológica de aparentar lo que no son y vivir de prestado. La famosa máxima « pienso, luego existo », ha pasado de moda y se ha cambiado por « tengo tarjeta de crédito, luego existo » o « tengo celular, luego existo », « estoy en Facebook, luego existo » o « tengo carro, luego existo ».
Nadie puede escapar hoy a la noticia, pues en todos los lugares públicos hay pantallas televisivas que transmiten noticieros permanentes con imágenes en directo de guerras y catástrofes, mientras en los transportes públicos suena la radio con la chismografía política local o los avatares sexuales de las estrellas de la farándula. Además de las noticias de guerras y catástrofes que sacuden al mundo con frecuencia y producen la misma letanía desde Haití a Japón y desde Australia a Chile, pasando por Africa, Asia y Oriente Medio, el hombre moderno está informado en permanencia de la vida de estrellas, príncipes y deportistas, y escruta en directo sus historias de cama, divorcios, ruinas, enfermedades.
El ciudadano contemporáneo es bombardeado a diario por la chismografia política de sus países respectivos, en una sucesión sucia de escándalos y declaraciones vacías con que los pillos intoxican a la población. Los gobiernos saben muy bien tapar un escándalo con otro o mantener a la gente adicta a esas riñas diarias entre políticos, que en su mayoría sólo son bandidos que se enrostran unos a otros su condición.
Leyendo a los columnistas de los diarios uno se asombra de ver como pueden perder toda una vida entera siguiendo día a día esa sucesión inútil de noticias políticas locales que no conducen a nada. Salvo algunas excepciones caracterizadas por el buen escribir o la investigación y la denuncia riesgosa de la corrupción a riesgo de morir, todos los escribidores de los periódicos pierden el tiempo con análisis intonsos sobre el devenir de esos politicastros.
El ciudadano de todos los países es llevado así de la brida a merced de los intereses de esas cadenas radiales, televisivas o de la gran prensa multimedia que llena sus cerebros de basura noticiosa 24 horas diarias.
George Orwel en su libro 1984 imaginó al famoso big brother que todo lo controlaba, pero su fantasía paranoica se quedó corta, pues cada uno de nuestros pasos y gestos es seguido, archivado y controlado a través de nuestros teléfonos, computadores o tarjetas de crédito. La humanidad en vez de estudiar y formarse, aprender del pasado y reflexionar sobre el futuro, vive manipulada por esas informaciones que llenan el cerebro de detritus infectos. Rumbo a su trabajo el hombre vive inmerso en la noticia y al regresar a casa tras la jornada laboral vuelve otra vez a vegetar frente al televisor. Nadie habla con el otro. Todos estamos pegados a las pantallas, a nuestros celulares u ordenadores. Somos sombras los unos de los otros. No vivimos, no existimos por cuenta propia, sino en función de ese alud incesante de datos, declaraciones, partes, que se suceden hasta que el pobre ser humano cae rendido, dormido, para volver el día siguente a repetir la rutina de ser sólo el escucha o el visor de un mundo virtual dominado por los poderosos y sus escándalos financieros mundiales.
Con la telefonía móvil el hombre no se liberó sino que terminó por ser presa también de sus noticias domésticas. No es extraño pues que la revista económica Forbes nos informe ahora que el hombre más rico del mundo sea Carlos Slim, el capo mexicano de la telefonía celular en América Latina. Y todos celebran orgullosos ahora a ese vampiro que ha logrado esclavizar a cientos de millones de miserables latinoamericanos que no comen para tener celular y engrosar así las cuentas de este magnate apocalíptico que llegó en la impunidad total a la suma astronómica de 70.000 millones de dólares sacados del bolsillo del pobre. Siente uno nostalgia de Bill Gates, el Marconi contemporáneo que al menos inventó la era del computador personal e internet. Porque la fortuna impensable de este gran pillo es la prueba contundente de que vivimos en un mundo de zombies noticiosos encadenados al celular como una prótesis de su vana existencia.

sábado, 26 de febrero de 2011

EDUARDO CARRANZA O EL SÚBITO GALOPE DE LOS ALAZANES FUNERARIOS

Por Eduardo García Aguilar*
Los amigos de periodizaciones históricas encontrarían gran dificultad para situar a Eduardo Carranza en el panorama de las letras colombianas y latinoamericanas. Si fuera exacta la idea de que un movimiento sigue a otro por obra y gracia de un proceso evolucionista, la poesía, que es tal vez la forma más profunda y luminosa del conocimiento humano, perdería el carácter intemporal que hace de ella un relámpago sobre los siglos. En un Olimpo secreto y deliciosamente anacrónico, se reúnen los poetas y no encuentran dificultad para entenderse, por una razón muy simple : conocen la esencia de las cosas, o al menos perciben la imposibilidad de conocerla. Siempre, a través de los siglos, por encima de las guerras y de las catástrofes, el género humano producirá esos extraños seres que buscan detener lo imposible con palabras. El día en que en este mundo ya no haya luz y todo semeje una enorme caverna, habrá un solitario que cantará a los musgos, a la humanidad, a la tiniebla. Y ese canto, aunque es único, tiene la misma fuerza e idéntica liviandad en los tiempos de Propercio, de Joachim du Bellay o del poeta futuro.
Eduardo Carranza, que nació en 1913 en los extensos llanos orientales de Colombia, habría tenido que cantar a los aviones o a las bombas atómicas, si fuera cierto que las minucias del tiempo debieran reflejarse en el poema. Tal poesía cataloga objetos que se acaban y desedeña al hombre, sin saber que las ideas pasan y los hombres quedan, con sus paisajes y nostalgias, sus desdichas y triunfos. La voz de un poeta, aún la de aquellos desconocidos y secretos, es siempre una ventana que se abre a ciudades lejanas cuyas cúpulas tienen un brillo proporcional a la entrega de quien la pronuncia. En un poema de Carranza, dedicado a un gran poeta místico de Colombia que murió loco y siempre viajó a contracorriente, « Cantata en honor de Antonio Llanos », el poeta nos dice :

El día como un rojo gavilán
Volaba entre palmeras y cruzaba
Una venada blanca con su cinta
Azul. La juventud con una brasa
O un lucero en la mano atravesaba
Entre doncellas como una floresta
O una isla de árboles frutales.
«Lo que una vez ha sido será siempre ! »
Somos memoria solamente, tiempo
Con pisadas de música, de lluvia,
Como en tu poesía, maestro mío.
A veces a las playas del insomnio,
Vuelvo a encontrar los ángeles de entonces,
Las voces por los tiempos sepultadas
Los besos por el tiempo apenumbrados,
Los pasos que llevan al amor
Cubiertos de silencio y de nostalgia.
Y oigo latir el corazón del tiempo
Y el rumor submarino del pasado.
Oigo los sueños que suspiran y oigo
La luna andando, entre palmeras, sola.

Carranza publicó en 1936 « Canciones para iniciar una fiesta », convirtiéndose en el portaestandarte del « piedracielismo », movimiento poético que se reclamaba del mundo de Juan Ramón Jiménez. Era entonces un muchacho de 23 o 24 años. En ediciones delgadas, fakirescas, los piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper provocaron un escándalo en Colombia, no porque se dedicaran a asustar señoras sino porque retornaban a la voz de Garcilaso, buscaban en un mundo ideal los ritmos de una poesía que la ciencia, el progreso y la academia habían convertido en un horroroso lánguido camello de papier maché para opereta. Carranza y los piedracielistas hicieron una pequeña revolución en Bogotá al desnudarse lentamente y caminar flotando por la altiva floresta de nísperos y guamos. Un señor, muy piernijunto él, don Juan Lozano y Lozano, llegó a decir de ese movimiento que « en todo aquel galimatías de confusión palabrera no hay nada de original, nada de estable, nada de duradero. Para quienes tenemos una visión fuerte y grande de esa patria, constituye deber ineludible salir al encuentro de todo síntoma débil, morboso, extraviado, disociador, decadente, erostrático, que aparezca en el horizonte de la nacionalidad ».

Esa patria, esa nacionalidad, es para Carranza a veces « un deseo de llorar y a veces un deseo de cantar ». En las primeras obras del poeta los poemas no pesan y pareciera que se vuelan de la página para dejarla en blanco. Su mundo son olores, perfumes, aromas, sueños, jardines. Por lo que espíritus pesados que llevan siempre un ancla herrumbrosa como corazón , no podían ni podrán comprender esta poesía hedónica.

En los poemas de « El olvidado » (1948-1954), por ejemplo, dice « La primavera con sus largas piernas, / huía riendo como una muchacha » o « la llama blanca de un jazmín ardía » o « crecen, a veces, cuando estás dormida/ a través de tus sueños los jardines » o « El silencio dobla la esquina de tu calle » o « Una barca desciende, paralela,/ llena de flores, rumbo a la mañana » o « Se abren las puertas de la lluvia,/ y en algo entramos tan hermoso/ como una casa de aire y flores ».

Estos versos sacudieron la poesía de ese país sudamericano. Hasta ellos y poco antes de aparecer el recatado y maravilloso Aurelio Arturo, autor de Morada al sur, la poesía era una inmensa réplica de basílicas de cartón sobre las que cada día los cultores seudo grecolatinos del país, como Guillermo Valencia y otros menores discípulos suyos, colocaban con énfasis cada vez más asfixiante estatuas de cemento, cruces de acero, madonas de plástico, camellos de elásticas cervices, hermafroditas dormidos. Los poetas de entonces, con la excepción de Silva, el extraterrestre, terminaban por tradición de politiqueros en el « honorable » Senado de la República. La poesía era para ellos una variante del discurso, una forma menor de la arenga. Enfundados en sus lustrosas levitas, con sus sombreros chaplinescos y sus cuellos almidonados, los que tuvieron la desgracia de vivir en esos años, se alumbraban con cirios para escribir poemas sobre ataúdes de cedro. Como una corbata de plomo, el incienso se colgó de los versos para ahogarlos. Los de la Gruta Simbólica, todos ellos malditos, surgieron a finales del XIX para convertirse en la otra cara, mucho más lúgubre aún, de ese ejercicio que los piedracielistas vinieron a airear. En el desván de la poesía colombiana encontraron los fémures tallados y las pelvis con telarañas de Julio Flórez. Después de limpiar, quedaron flores, jardines, muchachas, cabelleras al aire, jugadoras semidesnudas de tenis, observadas con deseo, y eso era, de verdad, un peligro mortal para la patria, según don Juan Lozano y Lozano.

Escuchemos « Cantando en la lejanía » :

Crecen las flores hacia tus pestañas.
Te rodea la música lo mismo
Que a las islas el canto de la espuma,
Tu frente pura se deshoja en nubes
De silencio, de gracia, de nostalgia.
Como esa estela de flotantes nubes
Que sigue el curso de los grandes ríos,
Alta, celeste, vas sobre mi sangre.
Y en sus márgenes eres como una
Blanca floresta de alas y de sueños.
La mañana se acerca de puntillas
Como una doncella de rocío
En tu ventana y en tu voz aprende.
La tarde apoya su dorada frente
En tus cristales. Tu piensas la tarde.
Los ríos llevan hacia el mar su imagen
Que ha de brillar en los futuros nácares.
Qué invisible Pompeya de ademanes
Y de imágenes tuyas en el aire :
Por ella va mi alma, ojos absortos !

Antes de que las sombras del fin vinieran a perturbarlo para producir la eterna Epístola mortal, Carranza siguió cultivando con rebeldía una llama de alegría y de conciliación con la naturaleza como en « Se Canta a los llanos de la patria en metáfora de muchacha » o los sonetos de « Azul de ti », cuyos solos nombres indican su materia : « Alazul », « Muchacha como isla », « Soneto atravesado por un río », « María con un jazmín de lágrimas », « Espacio de mi voz », « Soneto asomado a la ventana » o « El poeta se despide de las muchachas ».
El poeta todavía está en el medio del camino de la vida y nada lo turba como una piel o unas manos, un aliento o una cabellera, una seda, un seno, unos ojos, un perfume. Este conjunto de textos gratos, que parecieron contradecir el sino trágico del desdichado, están, sin embargo, cruzados por un río siniestro. Detrás de lo más bello y puro, junto a las azules ventanas de un mundo imaginario, los demonios acechan y se ríen. En la blancura angelical de los sonetos, ciertas caries fatídicas son apenas cubiertas por el marfil de una felicidad que siempre trae su carga de desgracia. En estos versos de Carranza, el lúcido lector descubre tras el paraíso, los túneles, las cavernas, el ruido incontenible del detritus, el galope súbito de ciertos alazanes funerarios. Tanta belleza semeja el rostro florecido de una doncella muerta.

En « Los pasos cantados », dice :

… Bueno es a veces detenerse un poco
en medio del camino de la vida,
y mirar, a lo lejos, como absortos.
Vamos desde el recuerdo a la esperanza
Por el puente instantáneo del presente ;
Del ayer al mañana caminamos,
Unidos por el aire y por las flores.
Vamos pisando como un tenue prado
Ese niño que fuimos, caminamos
Pisando como un suelo de jardín
Enardecido, ese adolescente
Con su traje sonámbulo de besos
que también fuimos cuando Dios quería.
Como tierra mezclada con el cielo
Vamos pisando al joven de los sueños,
De los sueños,
De los sueños, de los sueños, de los sueños…

De ahí para adelante Carranza tratará de rescatar al niño ; y toda su poesía, que se carga de soledades, extranjeros y violetas, cantará la nostalgia de su mundo. Mientras la terrible antropolatría atea, con su carroza de ciencias y de técnicas, trataba encontrar razones para la sinrazón, Carranza seguía cabalgando en un corcel de niño. No estaba equivocado. El poeta, el verdadero instrumento de la palabra, es un niño eterno que ve morir su cuerpo, y celebra como un emperador el incendio de la propia ciudad de sus ensueños. La poesía es la perversa voz de los niños, una voz hermosísima y terrible. Es el ángel de Rilke que dicta tras la puerta. La gran tragedia de Carranza y de todos los seres humanos, es tener conciencia de haber sido infantes. La nostalgia de su voz, el recuerdo punzante de su contacto con la tierra y con el bosque, la memoria de un nido de pájaros destruido al azar, el sueño de una carretera polvorienta, son sólo algunas de las punzadas que nos hieren día a día. La juventud, que debería ser dicha, carga la sombra inatajable de su fin y una lágrima del tamaño del mundo nos inunda y ahoga. En el poema « El nino del retrato », dice el poeta :

Entre cuantos he sido me perturba,
Más que ninguno otro aquel
De la barca : vestido marinero
La frente que ya todo lo soñaba
Y ojos desamparados.

Y a veces me desvelo imaginando
Como tocar podré esa mano mía ,
Como podré volver a esa mirada
Donde volaban visionarios ángeles
Hacia mi ahora :

Donde los días caminan en silencio
Hacia el secreto adolescente triste
Y el joven victorioso en su relámpago
Y el que su vida atravesó, jinete
En rojo potro.

Me hago el dormido a veces esperando
Despertar a ese niño del retrato
Que duerme por los siglos de los siglos
-y en el fondo del tiempo y de mi vida –
y que ya te miraba.

Después, en Epístola mortal, que es uno de los poemas más logrados de su obra, Carranza se rebela contra la muerte. El gran poeta Propercio, furioso hace dos milenios porque Cinthya lo engañaba y se negaba a ser suya, desdeñando su amor, la poseyó para siempre en la eternidad del poema. Usando el poder que le confiere este arte maravilloso, la hace prisionera suya para siempre. De igual forma Carranza conjuró su fin en esta Epístola, que comienza diciendo :

Miro un retrato : todos están muertos;
Poetas que adoró mi adolescencia
Ojeo un álbum familiar y pasan
Trajes y sombras y perfumes muertos.
(Desangrados de azul yacen mis sueños)

Carranza pasa revista a su vida e invoca a los amigos, a las novias, a los paisajes, para decirnos que « somos antepasados de otros muertos » y que sólo esperamos « el tiro de gracia ». Esa verdad terrible aparece en todo su esplendor, y Carranza no tiene compasión para hacer sonar las trompetas del juicio. Este largo poema es totalmente disitinto del tono de su obra. Parece un dictado texto de la noche. El fruto de una ebriedad sobrenatural, la prueba de que el poeta es un elegido, un ser dotado de ciertos sentidos secretos. Si la poesía es una terrible enfermedad, Epistola mortal es el síntoma más notorio de que el virus glorioso ya domina su genio. Es la hora del llamado y el poeta que ya habló con los abismos cóncavos nos dice la verdad. Cada uno de los versos de este poema está dotado de una fuerza devastadora y quien lo lee no puede evitar estremecerse. La vista del funesto alegórico pudo haberlo acodado a esa revelación :

Las niñas de Primera comunión
De cuyas manos vuela una paloma,
Las blancas novias que arden en su hoguera,
Días y bailes, reyes destinados
Y coronas caídas en el polvo,
La manzana y el cámbulo, el turpial,
El tigre, la venada, los pescados,
El rocío, mi sombra, estas palabras :
Todo muriò mañana ! Ya está muerto.
El polvo es nuestra cara verdadera

Eso nos indica que Eduardo Carranza si está vivo y anda hoy entre nosotros.

* Ensayo publicado en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica en México D. F., en 1984.








sábado, 12 de febrero de 2011

LECCIONES DE LA REVOLUCIÓN EGIPCIA

Por Eduardo García Aguilar
Como todas las revoluciones, nadie vio venir la de Egipto, porque su régimen parecía inamovible, ungido por los dioses faraónicos del miedo con la complicidad terrena de las grandes potencias, confiadas en la sumisión ancestral de ese pueblo.
En directo, desde la plaza Liberación, los humanos vieron la tenacidad de un sorpresivo pueblo unido dispuesto a tumbar a sus tiranos, encabezados por Hosni Mubarak, que llegó al poder hace 30 años tras la muerte en vivo de Anuar el Sadat, acribillado por una facción del ejército, molesta porque firmó la paz con Israel.
El régimen de Mubarak era una enorme pirámide de piedra que impedia la caída como dominós de todos los países de la región en un caos total capaz de provocar una Tercera Guerra Mundial. Ese megalito anclado en los desiertos y bordeado por las aguas del Nilo, era una cuña perfecta, una muralla china capaz de sostener por una lado a los tiránicos regímenes de Arabia Saudita, los Emiratos, Yemen, Sudán y Etiopía, las pequeñas tiranías siria, libanesa y jordana y por otro a los países autoritarios del Magreb bañados por las aguas del Mediterráneo.
Y en medio del juego, el menhir egipcio era capaz de tranquilizar a Israel y mantener en una ebullición sin consecuencias, asfixiados, a los territorios palestinos, confinados en una precaria inexistencia de facto. Y también mantener quietos a Irak e Irán, otras semipotencias instaladas sobre ingentes riquezas minerales y petroleras, capaces de estremecer al mundo con sus movimientos y estados de ánimo.
Mubarak era una esfinge necesaria y por sus servicios las grandes potencias y sus analistas lo convirtieron en un gran estadista, a quien el paso de las décadas no hacía mella, con su pelo teñido de estricto negro y las sucesivas operaciones de su rostro, que hicieron de él una máscara de sarcófago carente de gestos a sus 82 años.
Después de la caída del mínimo Ben Alí en Túnez, el mundo estuvo y está pendiente de Egipto porque de lo que pase allí depende el futuro del orbe en las próximas décadas. Los seres humanos asistimos inermes al estallido de pequeñas guerras sucesivas, en los Balcanes, Líbano, Irak, Irán, Afganistán y Pakistán, India, Corea, Georgia, Chechenia, que arden momentáneamente y luego se apagan dejando cenizas ardientes cual signos de un gran malestar planetario, basado en la codicia de las riquezas del subsuelo y su control futuro.
La Segunda Guerra Mundial terminó hace sólo 65 años, pero todos sabemos que vivimos sobre un polvorín y que una nueva chispa puede volvernos al horror de aquellos anos terribles de Stalin, Hitler, Mussolini, Churchill y Eisenhower. Todavía en los suburbios de las ciudades europeas se desentierran bombas de esa época que pueden estallar, y la última fue esta semana, en Boulogne, a un lado de París, cuando se evacuó todo un barrio para proceder al desminado del enorme objeto explosivo.
Y como esas bombas, también están vivas las ideas nefastas: los partidos fascistas crecen de nuevo en Europa con su lenguaje de odio hacia los otros y su plan de cerrar fronteras al extranjero, al musulmán, el árabe, el islamista, que desde los ataques del 11 de septiembre en Nueva York se han convertido en los espantajos del mundo, con su payaso máximo, el inasible Osaba bin Laden, el malo de la película de Batman.
Egipto, el de las pirámides, sitio visitado por millones de turistas atraídos por las vistosas imagenes y ruinas de miles de años de historia, era el hermano mayor capaz de mantener a raya a los menores. Gobierno laico, el de Mubarak podía controlar al espectro del fanatismo islámico o la deflagración de las guerras religiosas, pero a cambio impedir el verdadero juego democrático y mantener una enorme mazmorra de torturas para amansar a los rebeldes.
Fue la codicia de Mubarak, su hijo y la corte palaciega la que condujo a este triste fin a un héroe de varias guerras. Acumulando riquezas colosales, la oligarquía egipcia succionó todas las riquezas y no dejó nada para el pueblo, igual como hacen las familias de jeques sauditas y de los Emiratos, el rey de Maruecos, Kadhafi y los líderes sirios y jordanos, entre otros de la zona.
Pero Mubarak y sus apoyos occidentales no contaron con que de repente los niños crecieron y la población se convirtió en un ejército de jóvenes de una nueva era, conectados con el mundo, rápidos, alejados de las costumbres feudales, abiertos a otras lenguas y a otros conocimientos y ávidos de libertad y oportunidades. Fueron ellos los que llenaron la Plaza de la Liberación, los que hicieron despertar a madres, padres, abuelos, tíos y en jornadas inéditas permanecieron allí sin flaquear hasta la caída del tirano y su corte. Pero ahora apenas comienza un nuevo capítulo de insospechados peligros para Egipto, Oriente Medio y el Mundo.


viernes, 4 de febrero de 2011

ULTIMO TANGO EN PARÍS. MARIA SHNEIDER (1952-2011)




Por Eduardo García Aguilar

La escena de la sodomización por Marlon Brando, que la inmortalizó en la película El Ultimo tango en París, podría ser trivial en estos tiempos, 40 años después, pero en su momento tuvo el efecto de una bomba cinematográfica que revolucionaba los años de su precursora Brigitte Bardot. Maria Schneider se había convertido en la encarnación de la desbordada irreverencia de los anos años 60 y 70, los mismos de la revuelta de mayo del 68, el rock pesado y las latas Campbell de Andy Warhol.

La escena famosa del filme de Bertolucci se desarrollaba en un amplio apartamento cerca al metro Bir Hakeim, no lejos de la Torre Eiffel. Maria Schneider o su personaje Jeanne, yacía sobre el tapiz, bella en sus 19 años, morena, el pelo ensortijado y un encanto erótico nuevo, lejos de las divas de la pantalla cinematográfica de los tiempos de Ava Gardner, Sophia Loren o Marylin Monroe.

Marlos Brando, en sus 48 años de edad, estaba en el apogeo de su gloria. Todas las mujeres del mundo morían por él, por ese cuerpo musculado de rudo malo volando como bólido en su motocicleta y por sus introspecciones de gran actor shakespeareano. Brando representa en la película el papel de un viudo triste y cínico que comienza a encanecer y teme la vejez ineluctable. Tiene la potencia erótica de un animal declinante y desesperado, de un macho alfa a punto de ser desplazado por la jauría de los nuevos sementales.

Ella, la víctima, está ahí. El personaje Jeanne representa todo lo que una muchacha del post-rock y el post-mayo del 68 puede representar de irreverencia y salto al vacío. Como ella, la nueva camada de nacidos en los 50 se lanza en auto-stop por el mundo y toma todos los alucinógenos y los alcoholes en largas sesiones de conciertos y sexo al aire libre. Como ella, el personaje sabe que el cuerpo se ha liberado como nunca y es intercambiable en el placer de una inmensa orgía mundial y perpetua, en los tiempos de antes del Sida.

El viudo musculado la aprisiona con su fuertes brazos de bíceps metálicos. Le baja los jeans. Deja ver su bello trasero. La víctima se mueve y se debate ante el ímpetu. El hombre bloquea sus codos con su manos implacables. Sobre el tapiz aparece la más famosa barra de mantequilla de la historia del cine. Toma un pedazo y lo unta en los pliegues de las nalgas de la bella asustada y procede a penetrarla en una larga escena pornoerótica que enmudeció al mundo entero y movilizó en su contra a papas, obispos, autoridades culturales, civiles y militares. La bella y la bestia. El macho y la virgen moderna, asustada, inerme, sorprendida hasta el hastío.

Ella, nacida ilegítima en 1952, de un padre actor, Daniel Gelin, que nunca la reconoció y de una modelo, se inició en la cinematografía, como todos los nacidos en los Sin Cuenta, al ver a los 15 años la gran película de Antonioni Blow Up, basada en un cuento de Julio Cortázar. Ahí también, bellas jovencitas inglesas retozan frente al fotógrafo en el estudio, insinuando sus cuerpos modernos de Twiggy frente a la cámara devoradora. Fueron las primeras niñas en no llegar a tiempo a casa a rendir cuentas a su padres y por el contrario, están ahí disponibles y eróticas ante el obturador mecánico y humano. Disponibles en su humanidad moderna, libre de prejuicios y anatemas.

Ella, toda alegría natural y belleza en ese rostro abierto al mundo, se había escapado de casa a los 15 años y recalado en París en los perversos medios de la publicidad y el cine. Allí la descubrió su precursora Brigitte Bardot, quien le dio posada y la ayudó en sus primeros pasos a la salida de la filmación de Mujeres (1969). La nena estaba perdida, pero por donde cruzaba, un halo de sensualidad, erotismo, sexo, o lujuria se desprendia e iluminaba el espacio, estremeciendo mujeres y hombres, como estremecía a ese viudo Marlon Brando, encerrado con ella en un apartamento para vivir un coito eterno, infinito, la cópula de toda una generación.

El Ultimo tango en París (1972), contemporánea de las incómodas Portero de noche, donde también surgió Charlotte Rampling, y de la excesiva y grotesca Gran Comilona de Ferrari, se volvió un filme de culto y con él la muchacha de cabellos ensortijados pasó la gloria inmediata. Después Antonioni, el mismo de Blow Up, la pondría al lado de Jack Nicholson en Profession Reporter, otro de sus grandes papeles de su vida. Luego vendrían Baby Sitter de René Clement, Merry-Go-Round
de Rivette, Weisse Reise (1978) de Schroder, Just a gigolo con David Bowie y La Derobade (1979) de Daniel Duval, antes de ser llamada por el malogrado Ciryill Collard, que muere de sida antes de los 40.

Con el peso de la leyenda y la fama implacables, la ilegítima Maria Schneider siguió rebelándose contra el mundo. Inteligente, incisiva, se entregó al alcohol, la cocaína y la heroína y sufrió una larga caída hasta que el cáncer se la llevó a los 58 años. Será enterrada en el Père Lachaise, donde están Jim Morrison, otro de los ídolos de su generación. Y en pleno siglo XXI seguimos viendo a Brandon y a Schneider atados por el sexo para siempre.





sábado, 29 de enero de 2011

REVOLUCIÓN E INTERNET EN EL MUNDO


Por Eduardo García Aguilar

Los rebeldes del mundo, que pasaron décadas deprimidos luego del triunfo de la dama de hierro Margaret Thacher, Ronald Reagan y los dos George Bush, no pueden creer, al iniciarse esta segunda década del siglo XXI, que internet se convertiría en el arma maravillosa de las nuevas revoluciones en todo el orbe contra las tiranías de izquierda y de derecha.
En Irán, donde dominan los ayatolas y el atómico lapidador Mahmud Ahmajinedad, internet hizo posible una insurrección que no triunfó, pero fue una primera llamada de atención y dejó la esperanza de que tarde o temprano los líderes religiosos de la teocracia chiita, aupados al poder por Occidente, caerán en la maravillosa y rica tierra milenaria que dominan con sotana de hierro.
En China, donde los líderes comunistas lograron inventar un capitalismo aún más salvaje que el de los capitalistas y soñado por ideólogos como Milton Friedman, internet y google se han convertido en armas secretas para una rebelión popular que arde efervescente en el inmenso imperio amarillo. Allí la mano de obra está militarizada por capataces del régimen hinchados de millones, mientras aplican las cadencias más espantosas que jamás haya conocido el mundo capitalista, con salarios de miseria que hacen sonrojar a los avaros industriales multinacionales del planeta y parecen regresarnos a los tiempos de la Revolución Industrial inglesa tan bien descrita por Charles Dickens en Oliver Twist.
Este 2011 ha comenzado con una revolución espectacular en los países árabes del norte de Africa, donde sátrapas instalados desde hace décadas comienzan a temblar, mientras la insurrección popular se extiende como pólvora incontrolable por pueblos y oasis, ante la sorpresa de los cómplices dirigentes occidentales.
Túnez dio el primer ejemplo al tumbar a la cleptocracia de Ben Alí gracias a la Revolución de los jazmines y ahora en las calles de ciudades egipcias como Alejandría y El Cairo, se repite el experimento, haciendo tambalear a Hosni Mubarak tras treinta años de régimen y quien sueña con poner a su hijo como sucesor en el trono.
De manera tardía e insuficiente, la momia del octogenario líder egipcio, con su pelo tinturado como el del millonario Ben Alí y múltiples operaciones estéticas que lo hacen parecer más joven, salió de su sarcófago para hacer las promesas que hacen siempre los políticos : acabar con la pobreza, y dar empleo y libertad al hambrieno pueblo descendiente de los faraones.
Pero este sábado, pese a las promesas del Rais, han vuelto a salir a las calles, logrando saltarse el bloqueo de internet y los celulares en todo el país. Como una sola voz, desde todos los hogares, como ocurrió en Túnez, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, salen al unísono desbordados y hartos de tantos años de humillaciones y promesas vanas, de tanta sumisión ancestral inoculada por una religión medieval de desierto creada para proteger a jeques, imames, sátrapas, califas y a toda esa serie de oligarcas que han dominado merced al terror de la policía secreta, y a las lapidaciones, ahorcamientos, decapitaciones y torturas de disidentes.
Tiemblan ahora los tiranos de Marruecos encabezados por el rey Mohamed y su corte de millonarios y el abusivo Mohamed Kadhafi en Libia, así como los líderes de la sufrida Argelia, donde la caldera de la revolución espera el momento de saltar en los abandonados y precarios rincones de un país detenido en la nada del silencio. Todo esto se lo debemos en parte y por fortuna al auge de internet que llega a los más humildes barrios del mundo, donde en viejas computadoras los jóvenes juegan y a la vez se comunican y acceden a informaciones que antes eran controladas por los tiranos o los jerarcas religiosos.
En la India, en China, en Africa, en América Latina, en los países caucásicos o bálticos, en todos los países del tercer mundo, internet es una ventana abierta a lo otro. Alguna vez, en los tugurios miserables de Calcuta o Benarés, vi esos pequeños sitios internet donde por unos centavos uno puede conectarse con el mundo mientras pasan por la calle las vacas y los monos sagrados. Y lo mismo ocurre en América Latina y Africa.
Los jóvenes del tercer mundo, incluso los más pobres, han adoptado la red como una arma. La dominan, acceden a ella, la manejan a su guisa ante la mirada atónita de abuelos, presidentes vitalicios, líderes infalibles, presidentes ubérrimos, comandantes heróicos, ayatolas, imames, raises egipcios, jeques de Arabia Saudita, secretarios generales de partidos comunistas. Y ni siquiera Fidel y Raúl Castro, los hermanos gerontócratas que dominan a Cuba desde hace medio siglo, han podido controlar internet para impedir que surja la voz de los disidentes en la isla.
Fracasen o no estas rebeliones árabes tan inéditas y saludables, estamos ante un fenómeno nuevo que ha vuelto a resucitar la hasta hace poco aborrecida y arcaica palabra Revolución, que se creía sepultada para siempre y que por fin vuelve cíclicamente desde los tiempos de Espartaco y los Comuneros como una amenaza para los autoritarios que desean quedarse en el poder y nadan en olas de debilidad, ignorancia y miseria para perpetuarse sobre sus pueblos y enriquecerse a su costa.

domingo, 23 de enero de 2011

BOLAÑO ESCRIBE DESDE EL MÁS ALLÁ


Por Eduardo García Aguilar

La editorial Angrama anunció esta semana con gran bombo la publicación de una nueva novela de Roberto Bolaño, que se suma así a otras obras póstumas suyas salidas en los últimos años, entre ellas el grandísimo mamotreto 2666. Sin duda alguna, mientras sea negocio, el pobre chileno seguirá dándonos sorpresas desde el más allá, ese terreno incógnito y misterioso donde habita y trabaja a solas, esclavizado, sin descansar en paz, sentado en una nube y vestido tal vez con una clámide griega.
Ya puedo imaginar al muerto, desesperado en su nuboso hábitat celestial sin poder conseguir cigarrillos ni tomar café o whisky, dando vueltas como un loco en los gélidos y ebúrneos senderos de algodón, despotricando por la condena terrible de tener que escribir eternamente y no poder jubilarse.
Bolaño nació en 1953 y pertenece a la generación Sin Cuenta de escritores latinoamericanos, caracterizada por un gran desprendimiento terrenal y una rebeldía contra los poderes literarios, aplastada como ha estado entre la deflagración del boom y sus reyes Midas y el éxito desbordado de los nuevos best-sellers jóvenes nacidos en los años 60 y 70.
El editor y la viuda, ayudados por el gran agente apodado “El Chacal”, seguirán haciendo escribir al chileno a través de la ouija una obra por año, que encontrarán depositada por arte de magia en el disco duro de la computadora del difunto o en forma de misteriosos mecanuscritos, que aparecen sobre su escritorio, ante la mirada atónita de un gato egipcio.
La nueva novela del muerto se llama “Los sinsabores del verdadero policía”, que según informaciones de prensa es “protagonizada por algunos personajes” de su también novela póstuma 2666. El cómico cable noticioso agrega que la viuda del escritor, Carolina López, halló en el ordenador del escritor parte de la obra y dice que está compuesta por varios textos truncos y 50 y 100 páginas misteriosas y dispersas. Ademas halló “un texto en parte mecanografiado con una máquina de escribir eléctrica y en parte impreso desde un ordenador sin archivo informático” que lleva el mismo título que el primer texto trunco “Los sinsabores del verdadero policía”.
Este último texto fantasma, dice la viuda en el rocambolesco cable de la agencia, es “una novela completa de 283 páginas, clasificada en siete carpetas, cinco de las cuales se encontraban en la mesa de trabajo del autor, junto con otros materiales relativos a 2666, en tanto que las otras dos partes se descubrieron al organizar su legado”.
El cable reproducido por los diarios añade que “sus historias y protagonistas transitan por otras novelas de Bolaño como Estrella distante, Llamadas telefónicas, Los detectives salvajes y 2666, cuyo centro oculto quizás podría estar constituido por la presente novela. Además, comparten algunos de los personajes, como Amalfitano, su hija Rosa y Arcimboldi”.
El gran editor Jorge Herralde declaró a la agencia espanola Efe que “la lectura de la novela nos convence de que estamos ante una obra de una calidad literaria extraordinaria, en el territorio de 2666 y Los detectives salvajes, es decir, del Bolaño en su mejor forma”. En el prólogo de la obra, el crítico Juan Antonio Masoliver Ródenas señala que Los sinsabores del verdadero policía, como 2666, es “una novela inacabada, pero no una novela incompleta, porque lo importante para su autor no ha sido completarla sino desarrollarla”.
El artículo de prensa nos cuenta que la novela trata de un viudo que se ve obligado a huir de Barcelona hacia la frontera entre México y Estados Unidos, donde se encuentra con el mago Arcimboldi, un escritor francés cuya obra nos despliega el muerto en su nueva novela, y en ella aparecen decenas de otros personajes grotescos y circenses, que, según el cable, ya han aparecido en otras novelas suyas.
Para rematar el sancocho novelesco, la noticia añade que la obra incluye también el relato de la filmación de una película sobre la vida de Leopardi que sería protagonizada como actores por escritores como Vila Matas, Vargas Losa, Camilo José Cela, Juan Goytisolo y Juan Marsé. Así estaríamos ante el surgimiento de un nuevo género literario, la novela Frankenstein, una especie de pot-purri hecho de retazos múltiples e incongruentes unidos a la fuerza y cosidos en el quirófano de las letras en medio de un aquelarre sinigual.
Como podemos ver, la nueva obra del difunto es, si le creemos al cable de Efe, una verdadera “mamada de gallo”, como solemos decir los colombianos, o para ser más explícitos, un perfecto “paquete chileno”, una concreción futurista del realismo mágico que haría sonrojar de furia al propio difunto Bolaño, desesperado mudo fantasmagórico incapaz de protestar desde la eternidad contra las picardías literarias de su viuda y los editores.

sábado, 15 de enero de 2011

SORPRESIVA REVOLUCIÓN EN TÚNEZ

Por Eduardo García Aguilar
El ano 2011 empezó con una inesperada revolución en Túnez, donde la juventud se alzó contra el régimen y tras semanas de manifestaciones, enfrentamientos y disturbios obligó al dictador Ben Alí a huir la noche del viernes en un avión fuera del país que manejó con mano de hierro durante 23 años, con el apoyo tácito de Occidente.
Los países democráticos de Occidente y sus grandes empresas se hacen siempre los de la vista gorda para hacer sus negocios y explotar las riquezas del subsuelo en esos países sin ley donde la mano de obra no vale nada, como ocurre en la admirada China de hoy, cuyo régimen seudocomunista se ha convertido en potencia mundial gracias a salarios de miseria y a la militarización totalitaria de la producción.
El Maghreb es una zona mediterránea compuesta por Marruecos, Argelia, Túnez, Libia, y Mauritania, que fue colonia romana hace miles de años como lo atestiguan las ruinas y hasta hace poco el patio trasero de Francia, cuyas atrocidades coloniales sin nombre a lo largo de los siglos y hasta los años 60 del siglo pasado aún generan polémica y vergüenza en la metrópoli cuna de la Declaración de los Derechos Humanos.
Marruecos es hoy una monarquía medieval manejada con mano de hierro por Mohamed VI y dominada por una casta de jóvenes magnates de cuento oriental que medran en la corte de los múltiples palacios de un rey tan autoritario y tenebroso como lo fue su padre Hasan II, el temido monarca de las mazmorras.
Alguna vez estuve un mes en ese país y pude ver horrorizado con mis propios ojos esa asfixia total de la población a manos de la policía secreta y las fuerzas del orden y el dominio total de esa casta de privilegiados que viven en palacios de cuentos de hadas, mientras la población recorre en Fes, Tanger, Rabat o Casablanca las calles en la miseria viviendo de la basura. En una inmensa justa literaria vi llegar al asesor intocable del régimen de Hassan II y preceptor de Mohamed VI, a quienes todos rendían pleitesía agachados.
Argelia, donde también ha habido recientemente disturbios y protestas, es gobernada por el ya declinante Buteflika y vive bajo la bota de unos millonarios corruptos que reptan en las esferas del poder mientras la población carece de empleo y las más mínimas oportunidades. Allí la democracia no funcionó cuando los imames islamistas ganaron electoralmente, por lo que en el transfondo hierve en los desiertos ese otro lado terrible de la moneda, la violencia y la intolerancia fanáticas de los jerarcas islámicos.
Ni qué decir de Libia, dominada por el rey de los tenebrosos Mohamed Kadhafi, ahora perdonado por Occidente después de haber cometido incontables crímenes, como el famoso avión derribado en Lockerbie, y cuyos hijos millonarios y desvergonzados, depredadores del erario, son objeto de escándalo frecuente cuando viajan a sus retiros de reyes Midas en Suiza o pasean con líderes ultraderechistas austríacos. Nadie puede levantar un dedo ahí ante el sátrapa que se ha operado su rostro decenas de veces para ganar los secretos de una imposible eterna juventud.
Cada vez que este individuo, ídolo de ciertas izquierdas totalitarias, sale de viaje con su corte de millonarios y amazonas, actúa con insolencia, instala sus carpas en lugares históricos de las capitales y recibe las venias de los avariciosos líderes democráticos occidentales, ávidos de firmar jugosos contratos para extraer las riquezas del subsuelo libio o venderle armas, aviones o tecnología.
Todos ellos, como el muy elegante Ben Alí, han logrado tener a raya hasta ahora a los fanáticos de Mahoma y de Al Qaida y por eso las potencias occidentales han sido tolerantes. Pero ahora la región es un polvorín, con una juventud urbana mayoritaria que a través de internet abirió los ojos a las libertades del mundo y decide reunirse para protestar, como ocurrió en Irán el año pasado con las manifestaciones contra el fraude electoral de Mahmud Admajinedad.
Después de la caída de la metrópoli colonial francesa, e italiana en el caso de Libia, estos países han vivido bajo la bota de regímenes oscuros y como ilotas, esclavos o siervos de gleba, sus habitantes han pasado de siglo sobre las ruinas de su pasado y las fosas comunes dejadas por los crueles ejércitos coloniales o por las policías secretas autóctonas.
No se sabe que pasará ahora porque si esos regímenes se derrumban no tardarán en salir de sus madrigueras a la ofensiva los soldados de Alá, que son incluso más oscurantistas y terribles. Nadie hubiera pensado que en pleno siglo XXI el mundo se encontraría sin alternativa dominado por dictaduras de todos los pelambres, como si regesarámos a los tiempos bíblicos de los grandes imperios milenarios teocráticos, donde nadie movía un pelo sin el permiso del faraón y reinaban las horcas, las piras, las lapidaciones y la ley del ojo por ojo y el diente por diente.

sábado, 8 de enero de 2011

EL PLAGIO COMO UNA DE LAS BELLAS ARTES


Por Eduardo García Aguilar


Patrick Poivre d‘Arvor es una institución nacional en Francia, pues durante un cuarto de siglo fue el presentador del más poderoso noticiero de la mayor cadena televisiva TF1. A lo largo de buena parte de la historia contemporánea su imagen llegó cada noche sin falta a los hogares para dar buenas o malas noticias. Presidentes, ministros, artistas, empresarios, religiosos, delincuentes, deportistas, actrices y todos los habitantes del país, poderosos o miserables, se rendían a sus pies como el Papa mediático que fue desde los tiempos de antes del cable e internet, en los lejanos años setenta.



Hasta esta semana, cuando se comprobó que su nueva biografía de Ernest Hemingway, impecablemente editada y lanzada por una gran editorial como el best seller de la temporada invernal, era un plagio de otra escrita por un autor anglosajón ya muerto, esta vez un investigador serio que sí paso años quemándose las pestañas. Lo triste de todo es que lo acusan de plagio, pero él ni había visto el manucrito que le escribió como siempre uno de sus fieles colaboradores, o para ser más directos, uno de sus ghost writers, escritores « negros », o como quiera llamárseles a quienes escriben en secreto los libros a estrellas, políticos o escritores famosos y cansados.



Sin duda hombre inteligente, culto y amable, su figura daba seguridad y parecía inmune hasta hace tres años, el día en que osó burlarse en una entrevista del nuevo presidente, al sugerir que se comportaba como un hombre inmaduro e infantil con el cargo y parecía jugar con él como un niño lo hace con sus juguetes, en lo que casi todos los observadores coinciden.



La desgracia no tardó en caer. Desde el palacio del Elíseo salió la furiosa orden y Poivre d'Arvor fue destituido de su cargo, del que parecía inamovible, y lo peor es que nadie se lo dijo antes y se enteró de la terrible noticia por la prensa, mientras asistía a un partido de tenis en el estadio de Roland Garros, acompañado de una dama.



Esta ha sido una de las más escalofriantes defenestraciones shakespeareanas del universo mediático local y sus verdugos, los dueños de la cadena TF1, millonarios muy amigos del play boy presidente, cumplieron la orden y pusieron en su lugar a una bella admirada por el mandatario. Ahora, con este escándalo, los amigos de Sarkozy le darán sin duda la estocada final a este ídolo de barro que cayó en su propia trampa.



Después de meses depresivos lejos de la antena, siguió su carrera con dignidad y retornó a la escena televisiva poco a poco en cadenas menores, ejerciendo la crítica, reivindicando su honor y dedicándose a su debilidad personal, el amor por la literatura. Pero ahora Poivre d'Arvor ha recibido el tiro de gracia víctima de sus debilidades y esa terrible sensación de impunidad en que viven las estrellas mediáticas, rodeadas de corte y gente que les hace el trabajo. Toda la prensa le ha caído encima a causa del fraude que significa su biografía de Hemingway y que fue revelado con lujo de detalles por la revista L’Express.



Probabalemente haya escrito con pasión alguno de sus primeros libros y tal vez pueda escribir todavía, pero el éxito es tentador y en pleno apogeo como el hombre más famoso del país publicaba cada año tres, cuatro o cinco libros suyos que salían al mercado, uno tras otro, novelas, ensayos, testimonios, biografías, que se vendían en un instante como pan caliente, comprados por millones de amas de casa enamoradas y admiradores del país entero. Llegó incluso a ser mencionado como finalista para los grandes premios literarios del año, el Goncourt y el Renaudot. Con 63 libros en su activo, se había convertido en una verdadera mina de oro editorial.



Y aunque vivía en la mentira de que todas esas 63 obras eran suyas, la verdad es que la mayoría, sino todas, eran elaboradas por los ghost writers, escritores fantasmas o "negros" profesionales de las editorales, mientras él pasaba el día en las redacciones y los estudios de televisión, en las recepciones y los viajes de trabajo o paseando con sus múltiples novias, una de las cuales al parecer fue la mismísima Lady Di. Poivre d’Arvor terminó por creer que era un escritor, e incluso un gran escritor. Al fin y al cabo cuando salía una obra suya todo el mundo lo elogiaba y los diarios y revistas se esmeraban por hacer las mejores críticas.Y como él siguen y seguirán haciendo trampa decenas de escritores famosos.



El escándalo revela las bambalinas corruptas del mundo editorial, que ha engañado a los pobres lectores en la segunda mitad el siglo XX y lo sigue haciendo con mayor descaro en el siglo XXI. Salvo excepciones honrosas, los autores de hoy son marcas, incluso los sacrosantos Premios Nobel que, como el español Camilo José Cela, plagió la novela con que ganó el muy corrupto premio Planeta. Se puede llegar a ser escritor famoso y multipremiado y Premio Nobel sin escribir los libros. Sólo basta ser una figura mediática. Esa es la cruel realidad que ignoran los inocentes lectores.