Por Eduardo García Aguilar
Los terribles
atentados que ensangrentaron París este viernes con saldo de más de cien
muertos en siete lugares distintos, entre ellos el popular salón de
conciertos Bataclán, estaban ya anunciados y eran ineluctables, y
quienes vivimos aquí desde hace tiempo sabíamos que los terroristas
atacarían en las zonas de fiesta, allí donde la gente de todas las
edades y orígenes, locales o turistas, salen a divertirse entre luces,
humos, cuerpos y copas, para ratificar la fama que esta ciudad ha
tenido desde siempre como sitio de esparcimiento, arte y poesía, cantados
por poetas, novelistas y artistas populares de todos los tiempos, desde
el medieval François Villon hasta Edith Piaf, Charles Aznavour o los
contemporáneos como Zaz.
El primer
sonido del gong del terror en el contexto de la guerra actual que sacude
la mitad del mundo sonó a comienzos de enero, cuando nos enteramos de
que los yihadistas atacaban en la sede del semanario satírico Charlie
Hebddo, acribillando a una decena de artistas irreverentes, no lejos de
los lugares donde otra vez volvieron a hacerlo ahora, cerca de Bastilla y
República, que los fines de semana están llenas de gente que va y viene
y circula entre bares, salas de conciertos, cines, restaurantes o que
simplemente deambula junto a los canales y los bulevares.
Todo es cuestión de azar y las personas que se vieron atrapadas
este viernes en medio del horror mientras escuchaban un concierto de
rock o comían en restaurantes y perecieron bajo las ráfagas de kalashnikov de los fanáticos islamistas, son las víctimas simbólicas de
una tragedia que nos afecta a todos. Ellos murieron ahora, pero los
habitantes de París sabemos que la sopresa podía surgir en una estación
de metro, supermercado, bar, sala de concierto, biblioteca, escuela,
universidad o museo.
Muchas veces pensé y le
dije a algunos amigos cuando hablábamos en algún idílico parque, plaza,
café o junto a los canales, que todo esto era solo provisional, porque
Europa ha vivido en paz solo en las últimas seis décadas después de
vivir toda la historia en una sucesión interminable de guerras, la
última de las cuales fue la Segunda Guerra Mundial, cuando de aquí
salían trenes enteros de humanos hacia los campos de concentración o de
trabajo alemanes. A través de la literatura, los libros de historia, el
teatro y los filmes sabemos el horror que vivieron los resistentes de la
ciudad, que tuvo la suerte de salvarse de ser destruida, pese a la
orden dada por Hitler de hacerla desaparecer, cuando preguntaba en el
búnker nazi a sus lugartenientes, con su mirada sicótica: "¿Arde París?"
París no ardió y desde entonces tras la
Liberación se vivieron largas décadas de prosperidad y paz. Pero esa paz
idílica de las últimas décadas vivida por los habitantes de esta gran
jaula de oro ha desaparecido y no se sabe que nos deparará el futuro.
Solo sabemos que el terrorismo es masivo y las guerras que incendian el
Maghreb, Africa subsahariana, Oriente Medio y Asia son de tal magnitud
que millones de refugiados ingresan o tratan de entrar a Europa para
huir de la muerte segura en su países, devastados por los conflictos
oscuros en que los ha sumido una plutocracia mundial que no tiene
principios ni corazón. Y que las fuerzas yihadistas de los ejércitos
islámicos quieren hacer el mayor mal posible a Europa, destruirla,
aterrorizarla y terminar el sueño de esta ciudad luz y de todos los que
viven y gozan en paz. Terminar el sueño de la democracia, la libertad
de pensamiento y de culto y la libertad de gozar y amar libremente.
Terminar el sueño de la tolerancia por la que abogaba hace siglos
Voltaire. Un mundo laico, respetuoso de los otros y sus culturas.
Estamos en plena conmoción, pero si miramos la historia, podría
vislumbrarse algún optimismo porque no hay mal que dure cien años ni
cuerpo que lo resista y es posible que esta locura yihadista sea una
fiebre que un día desaparecerá como ha desaparecido en otras épocas en
que incluso el mundo del Islam creó una gran cultura, poesía, ciencia.
Los occidentales tendrán que reconocer sus graves errores cometidos en
las zonas incendiadas en la actualidad y admitir los horrores de la
colonización, la esclavitud y de las múltiples guerras que por codicia
han realizado en esas ricas regiones. Y buscar reuniones multilaterales
para bajar la tensión y calmar a esa juventud suicida que ve en
Occidente un satán despreciable y vive en la miseria y el desprecio
permanente sin más ilusión que los falsos paraísos por los que mueren.
Las fuerzas del fanatismo crecen en Europa y las de los
nostálgicos del hitlerismo a su vez incrementan su presencia y poder
político en todos los países, beneficiándose en río revuelto. Ya graves
atentados han afectado a Noruega, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, España,
con saldo de centenares de muertos. Solo faltaba Francia en el cuadro y
el momento llegó.
Cuando hacia la medianoche comenzaron a llegar las
noticias nos invadió el dolor de saber que la historia había vuelto a
atrapar a esta ciudad que sabe desde hace milenos de masacres,
guillotinas y guerras sin fin. No es nada nuevo y solo lo habíamos
olvidado por unas décadas como si aplazáramos, exorcizáramos en silencio
la maldad humana presente en todos los martirizados países del mundo.
La sensación que experimento ahora, después de la terrible carnicería
que provocaron este viernes los fanáticos yihadistas en pleno corazón de
París, descrita por Ernest Hemingway como la ciudad de la fiesta, es la
de una profunda náusea provocada por la certeza de que la guerra ha
vuelto a estas calles de donde se había alejado hace siete décadas,
cuando se liberó de la invasión nazi y empezó una larga era de paz y
progreso y convivencia de gente de todos los orígenes y creencias.
París
es una ciudad popular y en sus barrios viven africanos, asiáticos,
mediorientales, magrebíes, ibéricos, europeos del este, italianos,
turcos, latinoamericanos, rusos, japoneses, australianos, indios,
paquistaníes y franceses de todas las regiones. Es una ciudad de
tolerancia republicana donde gente que ha llegado aquí desde hace tiempo
huyendo de la pobreza o de las guerras ha podido educar a sus hijos y
montar sus negocios gracias a una escuela gratuita y abierta y a las
facilidades para montar pequeños negocios.
Ahí en esas zonas multirraciales llenas de jóvenes fiesteros y mestizos
y gente de bien, estudiantes, maestros, trabajadores, que salen a
divertirse los fines de semana, los terroristas yihadistas han sembrado
el terror. En el salón Bataclán, donde centenares de personas escuchabn
un concierto de rock, los degolladores de infieles del Ejército islamico
quisieron repetir allí el espectáculo macabro que parcatican desde hace
un tiempo en los teatros y las ruinas de Palmira.
Ahí llegaron hoy al
grito de Alá Akbar y dejaron un reguero de sangre y más de cien
cadáveres de gente inocente. Intentaron también hacer atentados
suicidas en el gigantesco estadio de Francia, donde había un partido
amistoso entre Francia y Alemania que por fortuna no tuvo la amplitud
sanguinaria que esperaban. En enero nos vimos horrorizados por la
masacre de Charlie Hebdo, donde murieron los mejores caricaturistas del
país. Y a lo largo de estos meses muchos atentados fueron frustrados.
Era asunto de tiempo y ahora por fin lo lograron. Pero esto es solo el
comienzo de una era de incertidumbre para todos nosotros. Todos esos
lugares ensangrentados situados en la zona popular de la ciudad por
Bastille o République los conozco muy bien y los frecuento mucho en las
tardes y las noches. Yo hubiera podido estar por ahí como tantes veces.
Todos los habitantes de esta ciudad podríamos haber estado ahí. Esa es
la terrible realidad. La guerra ha llegado a París y tal vez no se vaya
en mucho tiempo.
-----
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 14 y 15 de noviembre de 2015. La bella foto de una esquina de París es del gran fotógrafo francés Atget.
sábado, 14 de noviembre de 2015
sábado, 17 de octubre de 2015
BORGES EN LA ERA INTERNET
Por Eduardo García Aguilar
Por donde pasaba Borges
parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, una noche de
los primeros años 80, vi como varios jóvenes admiradores se tiraron al suelo y
empezaron a seguirlo arrodillados, arrastrándose al grito de “¡gloria eterna
para usted maestro!” y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración,
poseídos, locos, delirantes.
La escena impresionante que ahora rememoro
me parece similar a a esos actos histéricos en que los fanáticos de alguna
secta religiosa entran en trace como se ha visto en todas las épocas ante las milagrerías
de los iluminados. Lo mismo que vi en México ocurría en Quito, Bogotá, Medellín,
Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokio, y París, ciudad donde desde hacía ya
muchas décadas se le había consagrado como leyenda viviente. Se le veía junto a
un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las de
Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final, devorándose al mundo con su
novia Kodama.
Francia lo adoraba y las calles de París
lo vieron pasar muchas veces. En el hotel de la rue des Beaux Arts donde murió
Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois,
Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire. En 1964 L’Herne dedicó un número especial a su
obra, en los años 70 Michel Foucault lo hizo protagonista de Las palabras y las
cosas y Gallimard en la colección Pléiade
publicó sus obras completas en edición establecida, presentada y anotada
por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de los últimos confidentes del maestro
autorizados entonces por María Kodama.
Para Borges la gloria era la mayor
incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno
de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de
fetiche hacedor de milagros. Pero a
diferencia de otros pavosrreales, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran
sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde,
subversivo, anarquista, arbitrario. Argentino elitista y de derechas como su
amigo Bioy Casares, cometió la torpeza de elogiar y buscar al repugnante
dictador chileno Augusto Pinochet, lo que, según algunos conocedores, lo alejó
del Nobel de literatura que parecía llegarle en bandeja de plata
Contra la corriente no escribió novelas
porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, mezcló prosa y
poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno.
Su reino fue el estilo. De él dijo Emile Cioran que “la desgracia de ser
reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en
lo imperceptible, seguir inasible e impopular”.
En un texto publicado en la revista Magazine littéraire,que le ha dedicado
varias ediciones, el hispanista Gérard de Cortanze, afirma que hay “volver de
nuevo a esta obra vasta y enigmática” y a un Borges “humanizado y más caluroso”
lejos de la leyenda aceptada de “un intelectual abstracto y gélido”. El último
exégeta Bernès trata de mostrarlo por su lado como “el viejo anarquista
tranquilo”, según la propia y final autodefinición del poeta, poco antes de
morir en Ginebra luego de casarse con María Kodama y participar con entusiasmo
en la preparación de su obras completas para La Pléiade.
Bernès cuenta los últimos días previos a
la muerte, en junio de 1986, y dice que tiene “la certeza de que preparaba su
muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo
precedieron” y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que “yo no se en
que lengua voy a morir”.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la
juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus enigmas e ironías y lo
tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna
y pasa de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría de
un sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido.
El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira hoy con nostalgia: en
todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud entusiasta hoy
envejecida o muerta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta
literaria sino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el
libro, la vida, la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el
desierto.
Nacido según la Fundación San Telmo el 23
de agosto de 1899 y para otros el 24 del mismo mes, Jorge Luis Borges sigue en
su nube de gloria en este siglo XXI de guerras religiosas, aunque es menos
leído y poco conocido por las nuevas generaciones latinoamericanas y menos aun
por los lectores internacionales, poco afines ya a ese tipo de autores desplazados
por una literatura concreta, útil, periodística, literatura fácil de divertimento
y sin estilo o matices, literatura para viajes, vacaciones o playas.
Pero Borges sigue vivo reproduciéndose
hasta el infinito para los curiosos en la red internet que él presagió en El
Aleph y se necesitarían muchos años para visitar todos esos sitios llenos de
sopresas, datos, referencias, juegos, enigmas y delirios y viajar por los
múltiples enlaces borgianos en la telaraña mundial, gobernada por una magnífica
inteligencia virtual y artificial donde el personaje que él fue para nosotros
es un ahora un punto imperceptible a punto de desaparecer.
En tiempos de Borges la Gran Biblioteca
estaba cerca de la gente, era una biblioteca amable, generosa, personal, llena
de gracia y alegría; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar
reina el hielo de los supermercados. Silvia Barón Superviele dice que para
Borges “la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del
infinito” y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura.
Aunque en la red virtual su palabra crece hasta el infinito, parece también desaparecer
reproduciénose, fluir escondiéndose ante la mirada ciega de un Borges que flota
en el espacio como un astronauta perdido.
lunes, 12 de octubre de 2015
LAS OBSESIONES DEL PREMIO NOBEL
Por Eduardo García Aguilar
La noticia anual del nuevo Premio Nobel
de literatura anunciado por la Academia Sueca en las primeras semanas de
octubre de cada año ha sido siempre una fiesta para los amantes de las letras,
a veces una deflagración personal cuando se trata de un conocido del ámbito
cultural al que pertenecemos, un autor admirado y leído, u otras cuando el
galardonado es una figura que sale de la sombra desde un país exótico, por lo
regular con nombre casi impronunciable.
Quienes fuimos infectados por la
literatura desde muy temprano hemos tenido una relación especial con esos autores
cubiertos por el aura del premio otorgado a lo largo de más un siglo, pues abundan
las ediciones y biografías de los afortunados y las leyendas en torno a sus
vidas, como es el caso del sorpresivo Nobel Albert Camus, nativo de Argelia,
hijo de española analfabeta, premiado muy joven, y quien murió poco después en
un accidente automovilístico.
La Academia premiaba entonces al
militante por la paz que tenía una posición ambigua y polémica en torno al
propio conflicto sangriento que encendía su tierra natal y terminaría en la
desgarradora independencia de Argelia y el éxodo de millones de colonos franceses
y nativos en barcos llenos que huían de la masacre segura y quienes se
enfrentarían luego a la hostilidad de los habitantes de la metrópoli, que
persiste aun bien entrado el siglo XXI.
El premio a Camus fue aun mas polémico,
pues un joven le ganaba la partida a las otras dos grandes figuras de las
letras francesas de ese momento, los cascarrabias André Malraux y Jean Paul
Sartre, subidos ambos en altos pedestales de gloria construidos por los fieles
de sus respectivas tendencias políticas: el gaullismo de derecha moderada en el
caso del primero y la extrema izquierda marxista en el caso del otro.
La muerte prematura del apuesto Camus,
con su figura de galán de cine, aumentó su leyenda y poco a poco el tiempo le
fue dando la razón. Muy temprano, los adolescentes infectados por la literatura
leyeron en esos tiempos El extranjero, La caída y otras de sus obras o se
aventuraron a leer las diversas colecciones de ensayo sobre los asuntos de su
época. Y nunca olvidarían a Mersault, personaje de su corta obra de ficción más
famosa.
Unos tres lustros después se le otorgó el
Premio Nobel a Alexandre Solyenitzin, oscuro escritor de provincia en la Unión
Soviética, pequeño profesor de ciencias genial cuyas obras estaban prohibidas
pero pasaban de mano en mano y constituían la más fenomenal crítica al sistema
totalitario soviético, por lo que había sido apresado y enviado a las cárceles
del famoso gulag.
Escritor dotado de una inteligencia y talento
extraordinarios y fuerza de carácter afin a lo que se ha dado en llamar el alma
rusa, Solyenitzin escribió obras notables, entre las que se destaca El primer
círculo, donde caricaturiza al propio tirano Stalin y describe, entre otras
cosas, los ambientes cerrados donde científicos y técnicos son obligados a
trabajar para el régimen en cárceles privilegiadas, perfeccionando los sistemas
de telefonía y de escucha que no le gustan a Stalin.
Las obras de ese autor, entre las que
figuran Un día en la vida de Iván Denisovich y El archipiélago de Gulag, son ya
enormes clásicos y su rango se encuentra al nivel de los más grandes escritores rusos, como Tolstoi y
Dostoievski, entre otros que han sabido contar la peculiaridad de esa gran
cultura de extremos, violenta, sentimental, cruel y festiva que hoy sigue dando
noticias y es el tema que le valió el sorpresivo premio a la nueva galardonada,
la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, autora de Voces de Chernóbil y El
fin del hombre rojo.
Muchas décadas después la lucha contra
los sistemas totalitarios y sus derivas sigue dando tema a los escritores y
premios a los perseguidos. Un poco eurocentrista en las última década, la
Academia ha galardnado uno tras otro, a autores poco conocidos de los ex países
satélites de la Unión Soviética. Tal es el caso del húngaro Imre Kertez, la rumana
de lengua alemana Herta Müller, la polaca Wyslava Symborska.
La Europa central y del este parece ser
por ahora el centro de las preocupaciones de los académicos suecos al
galardonar figuras exóticas para el resto del mundo como la austríaca Elfriede
Jelinek, el sueco Thomas Trastörmer o
los franceses Jean Marie le Clezio y Patrick Modiano, tras lo cual de vez en
cuando se premia a algún outsider chino o africano o a viejos consagrados como
Doris Lessing o Günter Grass. Estados Unidos y América Latina le interesan menos
por ahora.
No es para menos. Europa es e la actualidad
un taller en plena ebullición y cambios, situada en el centro de un mundo en
guerra donde los polvorines son muchos y variados en Ucrania, los balcanes, Oriente
Medio, el sudeste asiático y casi todo Africa, cuyos problemas estallan también
al interior de estas naciones en pleno proceso de cambio, inmigración y
mestizajes múltiples.
Está todavía muy fresca la guerra en
Europa. Las cenizas de la gran conflagración de la Segunda Guerra Mundial están
todavía calientes y los escritores de todas las generaciones abordan los temas
de la violencia vivida por padres, abuelos y bisabuelos en el siglo XX. Las
fronteras aun son frágiles y los rencores persisten en España, donde las
cicatrices del franquismo aun no cierran, o en Francia, donde el dolor de la
Ocupación nazi sigue vivo, o en Italia, donde Mussollini y la falange sigue
latente, por lo que los fantasmas del fascismo y sus exterminios de extranjeros
tientan aun a grandes sectores de la poblacion local en los suburbios y los
campos.
Por eso la literatura europea sigue muy
viva, es abundante y variada, y está casi siempre relacionada con todos los
dolores de judíos, gitanos, rusos, polacos, alemanes, franceses, griegos,
serbios, húngaros, españoles, ucranianos, búlgaros, rumanos, checos, el de las
víctimas de los diversos totalitarismos en fin de cuentas.
Los peligros de que está rodeada Europa y
el miedo de que estalle una nueva guerra en los mismos lugares donde se
iniciaron las anteriores, convierte al Nobel en un galardón bastante eurocéntrico.
Pero aun así, no deja de abrir ventanas necesarias a los lectores y creadores ávidos
de nuevas literaturas, voces y temas.
domingo, 4 de octubre de 2015
LA CARAVANA DE GARDEL
Por
Eduardo García Aguilar
Uno de los
grandes escritores colombianos y latinoamericanos actuales, sin duda merecedor
del Premio Cervantes y otros galardones internacionales si esas instancias
exploraran más allá de autores de best sellers o ligados a esferas de poder y
de intriga, es sin lugar a dudas Fernando Cruz Kronfly (1943), autor de una
vasta obra que incluye nueve novelas, diversos libros de relatos y ensayo, e
incluso poesía.
Cruz Kronfly
pertenece a la generación de autores colombianos que empezaron a publicar muy
jóvenes en los años 60 y fueron eclipsados desde el inicio por la irrupción del
boom latinoamericano y la deflagración atómica de Gabriel García Márquez, y a
la que pertenecen novelistas como Germán Espinosa (1939), Oscar Collazos (1942)
y Rafael Humberto Moreno Durán (1946), para solo mencionar algunos de los ya
fallecidos. Y entre los vivos Albalucía Angel, Fanny Buitrago y Roberto Burgos Cantor,
entre otros.
Antes de que
la narrativa colombiana diera un viraje casi total a la sicaresca, centrada en
la temática del narco y la violencia criminal o hacia la comercialización a ultranza de la mano del
escándalo autobiográfico o el neocostumbrismo escatológico muy preciado por los
lectores locales, esta generación se caracteriza por su amplia cultura, la
práctica del ensayo y el diálogo con otras culturas y la reflexión sobre el
acto de escribir en el contexto de su agitada época, no desde el ángulo de la
fácil demagogia emocional sino del pensamiento riguroso y del cotejo académico
y universitario.
Hijos del
Extremo Occidente, definido así con lucidez por el ensayista francés Alain
Rouquié, Cruz Kronfly y sus compañeros de generación, nacidos casi todos en los
años 40 y que publicaron sus primeros textos en la revista Eco u otras
publicaciones de alto nivel existentes antes de la frivolización de las letras
colombianas, estaban al tanto de todas las corrientes del pensamiento mundial y
ejercían el arte de novelar con una mirada mucho más amplia que la actual, menos
preocupada en satisfacer al lector de novelas McDonald o a los editores
chatarra, que en romper cánones, abrir laberintos y establecer vasos comunicantes.
Cruz Kronfly,
abogado de la Universidad Gran Colombia de Bogotá, ha sido profesor de la
Universidad del Valle en Cali, que le otorgó el dotorado Honoris Causa en
Literatura. Allí en esa ciudad del occidente colombiano, centro de una gran actividad
poética, cinematográfica y dramatúrgica de vanguadia en el siglo XX, ha vivido
el autor entregado a su trabajo académico y de escritura.
De la vasta
obra narrativa de Cruz Kronfly se destacan Falleba, La ceremonia de la soledad,
El embarcadero de los incurables, La ceniza del Libertador y sus dos más
recientes, La vida secreta de los perros infieles y Destierro, entre otros libros
que abordan los avatares del deseo y la soledad, también publicados por la excelente
editorial Sílaba de Medellín. En el campo del ensayo, figuran La tierra que
atardece, Amapolas al vapor y La sombrilla planetaria, a través de los cuales
conocemos su sólido pensamiento sobre nuestra época.
Pero hoy nos
ocuparemos brevemente de La caravana de Gardel, que acaba de ser reeditada en
Colombia por Sílaba y fue llevada al cine este mismo año por el director Carlos
Palau, cineasta de la generación del llamado Caliwood, de Cali, y cuyo principal
exponente de leyenda es el suicida Andrés Caicedo, autor de la mítica novela
Que viva la Música.
La caravana de
Gardel muestra la capacidad juguetona de Cruz Kronfly de salirse de sus propios
senderos. Si en gran parte de su obra muy contemporánea nos introduce a los
aposentos de parejas modernas confrontadas a la neurosis citadina, la asfixia
del cuerpo y a las derivas del deseo, desde ángulos interiores y en ámbitos
intelectuales y reflexivos, fragmentarios, desolados, en La caravana de Gardel
viaja hasta el pasado, introduciéndonos primero al año 1935, cuando murió Carlitos
Gardel en Medellín en un accidente aéreo.
Quince años después
del accidente Cruz Kronfly nos lleva también a la trágica época de la violencia
partidista en Colombia, a través de la voz de un personaje, Arturo Rendón, que
participó en el traslado imaginario o real del cadáver del rey del tango por
los caminos y montañas del occidente colombiano, a pie, a lomo de mulas, por camion
o vía férrea para llegar al puerto de Buenaventura, desde donde el sarcófago viajaría
en barco hasta Buenos Aires.
Rendón vuelve
15 años después a la ruta por donde transcurrió el traslado del cadáver del
tanguero, en busca del tesoro que tal vez extrajo del catafalco gardeliano su
compañero de aventura, el pillo Heriberto Franco. Pero Rendón ya es otro. No queda
nada del humilde arriero. Ahora es un joven tanguero urbano que se ha despojado
de su pasado agrario y viste como Gardel, con traje completo, chaleco, sombrero
Stetson alón, mancuernas, pelo engominado y es un inveterado mujeriego.
El retorno de
Rendón es el pretexto para hacer un viaje por una zona del país marcada por las
masacres de la Violencia, cuando los ultramontanos conservadores liderados por
Laureano Gómez buscaban exterminar a liberales y comunistas y cuando lo
agrario, feudal y ultracatólico trataba de exteminar a machete el pecaminoso
auge de lo liberal, ateo, librepensador y proletario que irumpía en pueblos y
ciudades: o sea la modernidad urbana que transformaba a la vieja colombiam tema
predilecto de Cruz Kronfly.
La novela es
un cuadro de época, minuciosa reconstrucción de un tiempo ido en el que vamos
de la mano de La leona y la gata, dos putas amantes de Rendón que frecuentan
cantinas y hoteles de paso con el joven y adorado tanguero, un duro que busca su
objetivo sin saber o tal vez sabiendo su fatal destino.
La caravana de
Gardel es solo una de sus nueve novelas, terrible y llena de humor, pero es una
ventana a la obra de este gran autor colombiano que ojalá los lectores
latinamericanos y españoles descubran pronto, porque es el más importante novelista
colombiano de su generación y de los más destacados de América Laina, al lado
de Ricardo Piglia y César Aira y por eso ya es hora de leerlo y escucharlo
porque está entre nosotros más lúcido que nunca.
-----
* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior, México. D. F., el domingo 4 de octubre de 2015.
.
sábado, 26 de septiembre de 2015
OKTOBERFEST CON INMIGRANTES
Por Eduardo García Aguilar
Unos seis millones de alemanes de todas las regiones, pero especialmente de Bavaria y Austria, y turistas del mundo entero, se dan cita desde este 19 de septiembre y hasta el 4 de octubre de 2015 en la enorme plaza Theresienwiese de Múnich para disfrutar durante dos semanas de la Oktoberfest, que celebra este año la versión 182 y fue iniciada con motivo de la boda de Luis I de Baviera.
En esta ocasión la Oktoberfest es excepcional, pues en las últimas dos semanas Múnich ha recibido cientos de miles de inmigrantes mediorientales de diversas obediencias que huyen de las guerras y aspiran a ser acogidos en El Eldorado alemán, o en algunos países nórdicos como Suecia, abiertos al ingreso de estas poblaciones a la deriva como en los tiempos bíblicos. Los fiesteros bávaros saldrán de la estación central por el norte y los inmigrantes por el sur, separados por las autoridades para evitar conflictos.
Creada para celebrar las bodas del famoso rey, la fiesta se quedó para siempre y es una celebración espectacular que llena las calles de bávaros ataviados con su prendas típicas: bellos trajes largos, amplios, escotados y coloridos para las hembras y calzonarias, camisas de cuadritos, tirantes, sombreros tiroleses, botas y medias tobilleras orladas para los hombres.
La estación central (Hauptbanhof), situada en un barrio poblado por turcos, se convierte en un hervidero de gente que acude cada día por centenares de miles y luego recorre las calles hacia los hoteles o las casas de familiares y amigos. Muchos de ellos son parejas de enamorados o grupos de amigos, hombres y mujeres.
Proliferan los jóvenes alegres que pronto llegarán a la Theresienwiese, donde desde hace ya un mes están instaladas gigantescas carpas provisionales con capacidad cada una para más de 5000 comensales y bailarines que vibran al ritmo de las orquestas típicas bávaras.
Es una ciudad dentro de la ciudad. Y además de las carpas, se destacan los gigantescas atracciones de todo tipo, expuestas como en las ferias foráneas que todos recordamos, con la rueda de Chicago, los carros chocones, aparatos para sentir emociones imposibles y todo tipo de milagrerías de recuerdo infantil, donde grandes y chicos retornan a la infancia.
Este tipo de ferias se dispersaron por el mundo a mediados del siglo XIX, en especial en las ciudades europeas, estadounidenses y latinoamericanas y que todavía provocan felicidad y regocijo anual a las familias, que recorren las avenidas provisionales entre todo tipo de comestibles como chuzos de carne o pescado, salchichas, chorizos, albóndigas y por supuesto las diversas y deliciosas cervezas que en Múnich se toman en enormes jarras de varios litros.
La fortaleza de hombres y mujeres para consumir la cerveza en estas jarras es impresionante, pero los efectos se dejan sentir y hacia las tarde o en las noches las calles se ven llenas de borrachos, vigilados a lo lejos por la policía para evitar problemas.
Tal es la preocupación ahora de las autoridades, pues en las semanas anteriores ocurrió el éxodo más espectacular de refugiados en las puertas de Europa, en especial en Múnich, donde más de medio millón han llegado en trenes o por carretera, en su mayoría sirios, afganos, iraquíes, kurdos, palestinos y otros que huyen de las guerras del Oriente Medio donde el Ejército islámico toma regiones y ciudades y luego procede a torturar y matar a los que ellos llaman infieles de otras obediencias o matices de la misma loca religión islámica creada por Mahoma, un profeta poseído de visiones, quien escuchaba voces que le dictaban los textos sagrados.
Será interesante ver lo que pasará con todos los recién llegados, muchos de los cuales nunca habían salido de sus regiones y que ahora vivirán y convivirán con seis millones de alemanes y turistas dedicados a la fiesta desbordada y delirante. Será un contraste total para ellos, que acaban de salir de una vida de bombardeos y ejecuciones masivas, llegar a una ciudad dedicada a la fiesta ancestral como en los cuentos de Grimm o Hoffmann y otros cuentistas románticos de las montañaas alpinas y los bosques germanos llenos de brujas, gnomos y flautistas de Hamelin.
Toda la vida han escuchado los cantos de los muecines islámicos, las plegarias y sermones de los imanes, se han inclinado en total sumisión al interior de las mezquitas y las mujeres además han sido sojuzgadas por una sociedad patriarcal que las confina al hogar, las cubre con burkas y las lapida por adúlteras o libres.
Y de repente desembarcan en una bella ciudad de sueño, barroca, limpia, cruzada por un río libre y boscoso y llena de hermosos templos católicos. Los niños no olvidarán jamás estos primeros días de libertad y los adultos tal vez se cuestionarán sobre el mundo medieval y cruel donde han vivido bajo la dictadura de fanáticos y violentos islamistas que recuerdan a sus congéneres de los tiempos de
la Inquisición medieval católica.
la Inquisición medieval católica.
----------
*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 19 de septiembre de 2015
domingo, 13 de septiembre de 2015
¿ NERUDA EN EL LAGO DE ARANGUITO?
Por Eduardo García Aguilar
Con el cuerpo del Che Guevara fresco aún en la memoria, en el Instituto Universitario los estudiantes sentían con mayor intensidad práctica la necesidad de manifestar en las calles y participar en el movimiento estudiantil. Dejaban de ir a clase para salir a las manifestaciones a favor de los obreros
huelguistas de la fábrica de textiles Única y empapelaban la paredes de ese colegio destinado a formar futuros técnicos. Hicieron huelga, bloquearon las puertas, homenajearon al Che Guevara, gritaron vivas a la Revolución.
En ese año 1968 la agitación cundía por todas partes y la visita de Pablo Neruda a la ciudad en octubre para el Festival Internacional de Teatro Universitario encendió aún más los espíritus con un feroz latinoamericanismo antiimperialista. Todo mundo leía el Canto General del chileno futuro Premio Nobel, considerado con su voz gangosa y su corpulencia araucana un patriarca de la América encendida, especie de guía, papa de las izquierdas imparables que tarde o temprano llegarían al poder para esparcir la felicidad sobre la tierra.
El clímax de libertad llegó a lo máximo con la presencia en la de Pablo Neruda, el ídolo que insuflaba energía con su palabra. Su llegada a Manizales fue como un terremoto y su figura enorme, gruesa, rostro hinchado, nariz de mapache, paso torpe de leviatán indonesio, era un imán que atraía a todos desde los rincones desclavando relojes.
A Neruda algunos miembros del grupo literario del colegio, el disidente Centro Cultural Independiente, lo seguían desde lejos, casi espiándolo, cuando se paseaba con su esposa Matilde Urrutia por las calles de Manizales durante esos días que estuvo en la ciudad. Dieron libre para ir al recital al Teatro Fundadores el 8 de octubre de 1968 y miles de personas de toda las edades y orígenes acudieron a escucharlo al moderno foro. Incluso era tal la algarabía y el entusiasmo, el deseo de no quedarse afuera, que el público rompió una de las gruesas vidrieras de las modernas puertas de entrada, causando un estruendo de cristales.
El teatro estaba repleto, como puede verse en las fotos de la época publicadas en La Patria, donde yo me veía, arriba, en el escenario, junto a quienes nos subimos en tropel y mirábamos desde la escena al público sentado abajo, en la platea, engrandecidos por estar al lado del poeta. Ahí hicimos guardia
y esperamos el final para dirigirle unas palabras. Le sustraje un recorte de papel con el que marcaba el volumen del Canto General, del que había leído apartes ante el entusiasmo de la multitud y que decía en letras de plumón verde « 13. Pobreza ».
Poetas adolescentes lo persiguieron juntos por la ciudad, asediándolo desde lejos cuando salía del Hotel Ritz a pasear solo o acompañado, como esa tarde de bello crepúsculo cuando caminó por la
carrera 23 hasta Chipre para ver el atardecer color fuego que se extendía hacia el occidente, sobre las altas montañas tras las cuales se encuentra el Chocó, el río Atrato y el Océano Pacífico. Lo
acompañaban Iván Cocherín, José Naranjo, su esposa Matilde y dos miembros de la organización del Festival de Teatro.
Iba con su proverbial cachucha, que era su imagen de marca, camisa de cuello abotonado, sin corbata, y chaqueta deportiva color beige marca Polo. Caminaba paquidérmico, lánguido elefante, por la avenida que bordea el vasto precipicio que da al valle del Cauca, a la hondonada gigantesca que se encuentra entre las dos cordilleras. Subió hasta el mirador, llamado Lago de Aranguito y se detuvo a observar un mono enjaulado que hacía piruetas y se masturbaba frente a los espectadores.
Tocó con sus manos las hojas de las plantas y las enredaderas que componían un vivero alrededor de arcadas instaladas allí para tal efecto, e incluso olió las diferentes flores, en especial un entramado de bellas orquídeas que colgaban a la entrada del famoso estadero. Y exclamó abriendo los brazos hacia la inmensidad : « ¡Manizales, en definitiva, es una fábrica de atardeceres ! ».
Más tarde entró al café restaurante del Lago de Aranguito con los acompañantes y los poetas adolescentes se instalaron en una mesa cercana, mientras afuera los colores, los haces de luz fucsia y naranja intensos tajaban las nubes, se multiplicaban y adquirían el colorido magnífico de una oculta deidad fosforescente. José Naranjo conversaba con él y le hacía unas preguntas que publicó después en el dominical de La Patria.
Luego se fueron a acompañarlo al Hotel Ritz, en la carrera 22. El poeta y la esposa estaban algo fatigados. Les sirvieron trucha de la región con papitas al vapor y ensalada. Les dieron vino chileno. Neruda le regaló a los poetas impúberes una edición empastada del Canto General y otros libros. Fue la noche más feliz de sus vidas.
Más tarde los adolescentes salieron a la calle sin poder creer lo que había ocurrido. Se sentían los poetas más colmados del mundo. Veían a Rimbaud en el firmamento. Walt Whitman los saludaba desde el nevado de El Ruiz. No sé si todo esto que cuento fue verdad o mentira, ficción, sueño o delirio. Pero pudo ocurrir en el Festival Internacional de Teatro Universitario de 1968, hace casi medio siglo, o sea toda una eternidad cósmica.
* Publicado en el diario LA PATRIA. Manizales. Colombia. 13 de septiembre de 2015.
* Fotografia del ya desaparecido Lago de Aranguito y del restaurante que había allí en aquellos tiempos.
En Bolivia habían matado el año anterior al Che Guevara y proliferaban por todas partes las imágenes de ese otro Cristo muerto con los ojos perdidos en las nubes de la inocencia. Dos años antes también habían matado al cura guerrillero Camilo Torres. En la calle los manifestantes esgrimían fotos de los guerrilleros ultimados y lanzaban encendidas consignas revolucionarias.
Alumnos de bachillerato y universitarios al unísono se lanzaban a un compromiso inevitable con la revolución y el cambio y, como nunca en el país y en todo el continente, aumentaba la prédica del orgullo latinoamericano, la reivindicación de las raíces y el aborrecimiento de la odiada madre patria que nos había colonizado y del imperio yanqui que nos saqueaba, según insistían los ideólogos silvestres desde púlpitos improvisados.
Con el cuerpo del Che Guevara fresco aún en la memoria, en el Instituto Universitario los estudiantes sentían con mayor intensidad práctica la necesidad de manifestar en las calles y participar en el movimiento estudiantil. Dejaban de ir a clase para salir a las manifestaciones a favor de los obreros
huelguistas de la fábrica de textiles Única y empapelaban la paredes de ese colegio destinado a formar futuros técnicos. Hicieron huelga, bloquearon las puertas, homenajearon al Che Guevara, gritaron vivas a la Revolución.
En ese año 1968 la agitación cundía por todas partes y la visita de Pablo Neruda a la ciudad en octubre para el Festival Internacional de Teatro Universitario encendió aún más los espíritus con un feroz latinoamericanismo antiimperialista. Todo mundo leía el Canto General del chileno futuro Premio Nobel, considerado con su voz gangosa y su corpulencia araucana un patriarca de la América encendida, especie de guía, papa de las izquierdas imparables que tarde o temprano llegarían al poder para esparcir la felicidad sobre la tierra.
El clímax de libertad llegó a lo máximo con la presencia en la de Pablo Neruda, el ídolo que insuflaba energía con su palabra. Su llegada a Manizales fue como un terremoto y su figura enorme, gruesa, rostro hinchado, nariz de mapache, paso torpe de leviatán indonesio, era un imán que atraía a todos desde los rincones desclavando relojes.
A Neruda algunos miembros del grupo literario del colegio, el disidente Centro Cultural Independiente, lo seguían desde lejos, casi espiándolo, cuando se paseaba con su esposa Matilde Urrutia por las calles de Manizales durante esos días que estuvo en la ciudad. Dieron libre para ir al recital al Teatro Fundadores el 8 de octubre de 1968 y miles de personas de toda las edades y orígenes acudieron a escucharlo al moderno foro. Incluso era tal la algarabía y el entusiasmo, el deseo de no quedarse afuera, que el público rompió una de las gruesas vidrieras de las modernas puertas de entrada, causando un estruendo de cristales.
El teatro estaba repleto, como puede verse en las fotos de la época publicadas en La Patria, donde yo me veía, arriba, en el escenario, junto a quienes nos subimos en tropel y mirábamos desde la escena al público sentado abajo, en la platea, engrandecidos por estar al lado del poeta. Ahí hicimos guardia
y esperamos el final para dirigirle unas palabras. Le sustraje un recorte de papel con el que marcaba el volumen del Canto General, del que había leído apartes ante el entusiasmo de la multitud y que decía en letras de plumón verde « 13. Pobreza ».
Poetas adolescentes lo persiguieron juntos por la ciudad, asediándolo desde lejos cuando salía del Hotel Ritz a pasear solo o acompañado, como esa tarde de bello crepúsculo cuando caminó por la
carrera 23 hasta Chipre para ver el atardecer color fuego que se extendía hacia el occidente, sobre las altas montañas tras las cuales se encuentra el Chocó, el río Atrato y el Océano Pacífico. Lo
acompañaban Iván Cocherín, José Naranjo, su esposa Matilde y dos miembros de la organización del Festival de Teatro.
Iba con su proverbial cachucha, que era su imagen de marca, camisa de cuello abotonado, sin corbata, y chaqueta deportiva color beige marca Polo. Caminaba paquidérmico, lánguido elefante, por la avenida que bordea el vasto precipicio que da al valle del Cauca, a la hondonada gigantesca que se encuentra entre las dos cordilleras. Subió hasta el mirador, llamado Lago de Aranguito y se detuvo a observar un mono enjaulado que hacía piruetas y se masturbaba frente a los espectadores.
Tocó con sus manos las hojas de las plantas y las enredaderas que componían un vivero alrededor de arcadas instaladas allí para tal efecto, e incluso olió las diferentes flores, en especial un entramado de bellas orquídeas que colgaban a la entrada del famoso estadero. Y exclamó abriendo los brazos hacia la inmensidad : « ¡Manizales, en definitiva, es una fábrica de atardeceres ! ».
Más tarde entró al café restaurante del Lago de Aranguito con los acompañantes y los poetas adolescentes se instalaron en una mesa cercana, mientras afuera los colores, los haces de luz fucsia y naranja intensos tajaban las nubes, se multiplicaban y adquirían el colorido magnífico de una oculta deidad fosforescente. José Naranjo conversaba con él y le hacía unas preguntas que publicó después en el dominical de La Patria.
Luego se fueron a acompañarlo al Hotel Ritz, en la carrera 22. El poeta y la esposa estaban algo fatigados. Les sirvieron trucha de la región con papitas al vapor y ensalada. Les dieron vino chileno. Neruda le regaló a los poetas impúberes una edición empastada del Canto General y otros libros. Fue la noche más feliz de sus vidas.
Más tarde los adolescentes salieron a la calle sin poder creer lo que había ocurrido. Se sentían los poetas más colmados del mundo. Veían a Rimbaud en el firmamento. Walt Whitman los saludaba desde el nevado de El Ruiz. No sé si todo esto que cuento fue verdad o mentira, ficción, sueño o delirio. Pero pudo ocurrir en el Festival Internacional de Teatro Universitario de 1968, hace casi medio siglo, o sea toda una eternidad cósmica.
* Publicado en el diario LA PATRIA. Manizales. Colombia. 13 de septiembre de 2015.
* Fotografia del ya desaparecido Lago de Aranguito y del restaurante que había allí en aquellos tiempos.
sábado, 5 de septiembre de 2015
EL MENSAJE DEL NIÑO AYLAN KURDI
Por Eduardo García Aguilar
La foto dramática del niño migrante Aylan
Kurdi hallado muerto en una playa turca luego de que sus manitas se
desprendieran de las de su padre y se ahogara en aguas del Mediterráneo,
desencadenó una reacción continental ante la tragedia del éxodo de millones de
personas que huyen de las múltiples guerras que afectan el Medio Oriente, el
continente africano y regiones asiáticas.
Ya son miles los ahogados en los últimos
años en aguas del Mediterráneo, cuando las precarias embarcaciones en las que
se hacinan con la ilusión de tocar costas europeas naufragan ante la
indiferencia de Occidente, en parte responsable de las guerras desatadas en
esas regiones por la codicia plutocrática y las políticas bélicas erráticas,
como las ocurridas en Irak o Libia.
A esos muertos se agregan yemeníes, etíopes,
sudaneses, chadianos, nigerinos, libios, tunecinos que huyen de otros ejércitos
yihadistas como Boko Haram o de guerras civiles y atraviesan los desiertos
saharianos por donde transitan hacia Libia o los que han quedado atrapados en
zonas de Irak o Siria dominadas por los fanáticos salafistas del Ejército islámico,
que ahorca, lapida, fusila, incinera o decapita a quienes consideran infieles
a los preceptos del Corán.
Millones de sirios de diversas
obediencias están en campamentos turcos, kurdos, libaneses. Son familias de clase
media arruinada, gente trabajadora, que abandona todo para huir de la muerte
con sus hijos en busca de otra oportunidad sobre la tierra, tal y como ocurría
con la familia del Aylan, cuyo cuerpecito inerme se convirtió en el símbolo de
este terrible drama contemporáneo mundial.
Porque el éxodo no se da solo en esas regiones
asiáticas, africanas y mediorientales en guerra sino también en nuestro continente latinoamericano, donde bajo
la apariencia de gobiernos democráticos se da el éxodo de la población en países
como Colombia, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México, asediada
por las fuerzas del orden coludidas con bandas criminales, cárteles de droga y
mafias de toda índole.
Se olvida que solo en Colombia ya son
millones de desplazados que huyeron a otros países de la región y del mundo en
busca de oportunidades, a los que se agregan los desplazados interiores que
nutren tugurios y suburbios precarios de las ciudades, zonas sin ley donde
reina la muerte, lejos de los barrios de ricos que en cada ciudad son cotos
vigilados y aislados del resto de la población, y donde las clases altas y los
mafiosos practican la política del avestruz.
En los países centroamericanos limítrofes
con México el drama es mayúsculo. Son países sin ley dominados por la corrupción
y las bandas criminales, las famosas “maras” asesinas que reclutan jóvenes para
robar y matar. De la pobreza huyen cientos de miles de jóvenes hacia el norte
en buses o subidos a los trenes en largos viajes por el gigantesco y peligroso territorio
mexicano, en cuyas rutas encuentran muchas veces la muerte.
La frontera de Estados Unidos, donde
reina un muro, es también asaltada por esas poblaciones centroamericanas y
mexicanas y de otros países del mundo que sueñan con llegar a ese país en busca
de trabajo o de la compañía de familiares que ya ingresaron con antelación. El
mundo se ha convertido entonces en una gigantesca ratonera, un barco ebrio,
loco y perdido en medio del mar, a donde se suben los miserables que deja la
guerra librada a cielo abierto por las grandes potencias que conquistan los recursos
naturales del planeta y los territorios por donde transitan.
La imagen de ese niño tierno tirado como desecho
en una playa turca fue el símbolo que desbordó por un momento el vaso de la indiferencia.
Centenares de benévolos alemanes se volcaron en Munich a la Estación central
para recibir miles de migrantes que llegan en trenes, ofrecerles comida,
abrigo, orientación, juguetes a los niños y una sonrisa de amistad.
Porque hasta ahora la población europea
veía a esos migrantes con desconfianza, como si fueran algo abstracto, bichos,
alimañas, ratas, animales sin rostro, cuando son familias jóvenes, gente de
bien que ha dejado casas, negocios, enseres, para escapar a la muerte decretada
por los ejércitos de todo tipo, tanto los bombardeos occidentales como los
fusiles y las horcas del fanatismo islamista.
Desde los tiempos de los tiempos de la
Segunda Guerra Mundial no se veía un éxodo bíblico de tal magnitud. Es un éxodo
imparable que no parece tener solución, mientras los grandes consorcios y
capitales financieros y los magnates del mundo siguen engordando sus capitales hasta
el infinito e incrementando la miseria de miles de millones de humanos
periféricos.
Y aunque hay fuerzas neo nazis,
conservadoras, godas, que vociferan en contra de los migrantes que llegan a
Europa porque los suponen amenaza contra una supuesta raza o civilización autóctona
blanca y milenaria, se ha visto también una ola de solidaridad en personas de
todas las edades que se acerca a los campamentos europeos a mirar a los ojos a
esos jóvenes africanos y mediorientales, parejas con niños tiernos y sonrisa
llena de futuro, para darles un nombre y ayudarlos.
Esa misma ola de solidaridad europea
reciente debería darse en América Latina, en Colombia, México, Centroamérica,
en Los Andes, llegar a esos barrios de ricos apertrechados entre lujos
custodiados por el ejército, ahítos de acumular y conservar privilegios y tierras
y el Apartheid racial y de clase que les suministra servidumbre barata. El
mismo éxodo se da en Colombia día a día en las capitales y en Chocó, Cauca, Nariño,
Guajira, Tolima, Llanos, ante la indiferencia
casi general.
En Colombia han muerto miles de niños
como Aylan Kurdi acribillados, violados, tasajeados a lo largo de un siglo por
pájaros, chulavita, paramilitares, hacedores de falsos positivos, guerrillas,
cárteles o por el hambre y el olvido.
Como en los viejos tiempos ocurría con los
famosos gamines abandonados por la guerra, hoy hay millones de niños Aylan
Kurdi colombianos, centroamericanos, mexicanos desplazándose de un lado para
otro, de Venezuela a Colombia, de Guatemala a Guatepeor, mientras los líderes
vociferan e incendian, siembran el odio y la guerra con sus miradas de sicópatas
insaciables, cuyo único objetivo es conservar privilegios, dinero, oro, lujo, tierras,
mansiones, servidumbre. Por eso el ángel
Aylan Kurdi, ahogado y tirado en una playa turca, es el símbolo del fracaso de
la humanidad y del homo sapiens, el más cruel animal que ha producido la
tierra.
lunes, 17 de agosto de 2015
EL BAR DE LAS ILUSIONES POSIBLES
Por Eduardo García Aguilar
El bar Chez Georges, fundado en 1952, es una cápsula de tiempo detenida en los años del existencialismo y las doradas décadas 60 y 70 de la contracultura. El inconfundible portalón rojo se abre este día de agosto cuando se supone que está cerrado por vacaciones hasta el 1 de septiembre y aparece allí la figura del nieto del inolvidable viejo Georges, un joven de 50 años de barba, rozagante, amable y generoso que guarda, como en los tiempos bíblicos, el gesto de la hospitalidad.
Ya está acostumbrado desde niño a ver llegar al bar de su finado abuelo hombres y mujeres de todas las generaciones que van y vienen a veces desde el otro lado del mundo para recuperar por instantes, al calor de los vinos de marca Chez Georges, el tiempo perdido de su juventud, las horas felices del amor vivido entre el bullicio estudiantil y bohemio que ha poblado estos estrechos muros desde hace ya más de seis décadas. En las largas noches de invierno, comparten de igual a igual los viejos veteranos ya encanecidos y arrugados y los jóvenes que cada año llegan a engrosar las filas de las famosas academias del barrio latino.
El nieto acaba de despedirse de su amigo el hijo de Catherine Deneuve y Roger Vadim y de pie en sus botas de cuero mexicanas cuenta esa memoria de visitantes que aparecen de repente y lloran o ríen de felicidad al constatar que nada ha cambiado, que Chez Gorge tiene las mismas mesitas de vieja madera, los mismos largos butacones de color ocre adosados a los muros, la serie de pequeñas fotografías colgadas en las paredes donde se ve a jóvenes cantantes que dieron conciertos en la cava medieval cuyas piedras milenarias exhudan aires de existencialismo y jazz, o emiten la voz de esa diva espigada que fue y es Juliette Grecco, amada por Sartre, Beauvoir y Boris Vian y por toda la contracultura de esos tiempos de rebeldía después de la guerra.
De jovencita, su madre Nicolette, hija del viejo Georges, ahora de 80 años, trabajaba en las noches en el famoso bar latino La Escala de la rue Monsieur Le Prince, donde cuenta la leyenda que García Márquez y el artista plástico Jesús Soto cantaban y tocaban guitarra y maracas por unas monedas o tal vez por pura diversión. Además nos sorprende con la noticia de que la abuela tiene 100 años y todavía está ahí, transcurriendo, campante, por los lustros iniciales del siglo XXI.
Porque los miembros de la familia ampliada del viejo George viven cerca unos a otros en casas o apartamentos situados en esta manzana histórica que delimitan las calles Cannettes, Mabillon, Guisarde y Christine, lo que ha posibilitado la sobrevivencia del sitio, cuando muchos otros lugares cercanos han desaparecido para dar paso a tiendas de lujo, restaurantes de diversas gastronomías, joyerías, perfumerías y sedes de negocios de alta costura o artesanías.
Las calles adoquinadas conducen a la Plaza de San Sulpicio, donde suenan las campanas de la catedral y bullen las aguas de una soberbia fuente dieciochesca custodiada por leones de piedra. En un muro de una de las esquinas de la plaza está escrito en la roca el poema El barco Ebrio de Rimbaud como guiño al hecho de que al otro lado, en la esquina de la calle Cannettes, se reunía el adolescente Rimbaud con Verlaine y amigos artistas inmortalizados por el pintor Courbet, en largas francachelas poéticas y gastronómicas. Eran los tiempos en que el bardo adolescente era amante de su protector Verlaine y se escapaba de su casa en Charleville para venir a París a recitar poemas y a buscar el triunfo, antes de que se retirara del mundo y desapareciera como presidiario evadido bajo los soles de la lejana Abisina, en las profundidas del Africa bañada por el Océano Índico y por países con nombres dulces como Yemen o Sudán.
El nieto de Georges evoca a todos los exiliados que han sido felices en este lugar y lamenta la desparición de las dos librerías hispanoamericanas del barrio. Cuando yo era estudiante en el segundo lustro de los 70, llegaban al lugar refugiados españoles prófugos de la dictadura de Franco, hombres de izquierda clandestina, comunistas, anarquistas, socialistas que contaban sus historias. Y tras ellos nuevos exiliados latinoamericanos que huían de las atroces dictaduras, chilenos, uruguayos, argentinos, que encontraban escucha en el inolvidable barman argentino Jorge, quien trabajó ahí por más de tres décadas y terminó siendo parte de la familia ampliada de Chez Georges.
Y a ellos se agregaba la visita cotidiana de los estudiantes que permanecíamos ahí hasta las dos de la madrugada y a veces debíamos esperar afuera porque ya no cabía una aguja. Georges era paternal y nos prohibía regresar al sitio por quince días o un mes, pues consideraba que la bohemia podía desviarnos del objetivo académico. Su decisión era inapelabale. Adiós entonces al vino y a los deliciosos sánduiches que preparaba la hija del patrón y eran tan grandes y abundantes, que con uno solo quedábamos saciados.
Todo esto viene a cuento ahora que llegamos al sitio a filmar para Canal Capital de Bogotá con Zeher, Anabella, Angélica y Floresmiro, dirigidos a distancia por Lisandro Duque, apartes de un documental que le sigue los pasos a García Márquez en sus tiempos de vacas flacas y vacas gordas parisinos, mexicanos, colombianos y barceloneses.
Esta cápsula de tiempo nos muestra como pudo haber sido la vida de ese muchacho flaco, costeño y genial en los tiempos del invierno, el mismo que tres décadas después era invitado por François Mitterrand a su posesión y al año siguiente obtenía el Premio Nobel. Y el nieto de George cuenta de nuevo emocionado que su madre conoció bien a ese muchacho y a otros bohemios latinoamericanos en el bar la Escala cuando ella tenía solo 20 años.
Y mientras brindamos el vino de la casa, el anfitrión nos recuerda que ahí venía en las tardes el gran cineasta chileno Raoul Ruiz, en alguna de cuyas películas actuó el hijo de Catherine Deneuve, que media hora antes se despidió de su amigo y vecino el nieto de Georges el fundador, cuya foto cuelga en la pared de un bar que ojalá nunca desaparezca, porque con ello se difuminaría la voz de seis décadas de generaciones llenas de amor, amistad, sueños e ilusiones perdidas y ganadas.
* En la foto el nieto de Georges, Floresmiro, Zeher, y adelante Eduardo, Angélica y Anabella.
------------------
* Ver otro texto mío sobre Chez George en este blog:
http://egarciaguilar.blogspot.fr/2012/03/el-bar-chez-georges.html
* En la foto el nieto de Georges, Floresmiro, Zeher, y adelante Eduardo, Angélica y Anabella.
------------------
* Ver otro texto mío sobre Chez George en este blog:
http://egarciaguilar.blogspot.fr/2012/03/el-bar-chez-georges.html
lunes, 10 de agosto de 2015
LA GITANILLA DE LA CONTRAESCARPE
Por Eduardo García Aguilar
La Plaza de la Contraescarpe albergó hace siglos a los marginales, malvivientes y maleantes que se aglomeraban en la puerta sur de la ciudad, de donde salían los viajeros por las rutas conducentes al Mediterráneo e Italia.
En aquellos tiempos, no cualquiera tenía el salvoconducto para ingresar a la urbe de los reyes o pagar los tributos requeridos por comerciar o trabajar y que luego de ser rechazados por los alguaciles pululaban, junto a las murallas, entre el bullicio de los mercados, las exclamaciones de milagreros, saltimbanquis, gitanos, putas y ladrones alrededor de las tabernas frecuentadas por el poeta bandido François Villon.
Más abajo, en la Iglesia gótica de Saint Medard, los fieles asistían a las ceremonias y luego salían a deambular por la calle Mouffettard, plena de mercaderías, frutas, perniles de cerdo, carne de aves o pescados diversas, chorizos, patés y otros productos alimenticios.
La calle medieval que hoy está casi igual a la de aquellos tiempos, sube sinuosa hacia la colina de Santa Genoveva y las viejas casas retorcidas, inclinadas, permanecen ahí todavía firmes sobre los cimientos de piedra que sembraron los constructores hace mil años. Algunas fachadas conservan las insignias de los comercios o incluso los amplios frescos que las adonaban con imágenes bucólicas.
Subir y bajar por allí es siempre una delicia, una inmersión en el pasado. Aquí el bistró Le Papillon, de vinos exquisitos, allá las tradicionales queserías o los negocios de pescados y mariscos frescos recién traídos de las costas del norte. A lo que se agregan las ventas de artesanías y regalos o los restaurantes griegos, italianos, españoles, turcos, argentinos y franceses, librerías, tiendas de ropa, entre otros muchos negocios que casi siempre están llenos.
La iglesia de Saint Medard es una cápsula de tiempo: en cada una de sus capillas se observan grandes cuadros y esculturas originales de artistas de los siglos XVII y XVIII, intactas e iluminadas por la luz que cruza a través de los viejos vitrales. En cada una hay un confesionario original tallado en madera, que nos recuerda la costumbre católica que fue devastada tras la irrupción de siconoalistas, sicólogos, terapeutas y todo tipo de activistas de la sanación de los espíritus y las almas retorcidas de los humanos modernos. Las finas maderas de los confesionarios confieren a esas cajas donde se encerraba el cura a escuchar los pecados el estatuto de obras de arte, igual que el retorcido púlpito de lujosas maderas, tallado por artistas, lugar a donde los sacerdotes se subían a pronunciar sermones.
En las afueras de esta iglesia sectas protestantes o heréticas solían incitar a los creyentes a episodios de iluminaciones, milagrerías, hipnotismo e histeria masivos que inquietaron a Luis XIV hasta el punto de prohibir a Dios, por orden suya, “hacer milagros en ese lugar”. Hoy una placa nos recuerda que eso fue cierto, pero ahora, la iglesia casi siempre desolada, nos recuerda que vivimos otros tiempos y la luz que cruza de los vitrales destaca el aire polvoriento que respiraron siglos antes los dramaturgos Corneille y Racine, el violinista Marin Marais, quien fue bautizado aquí, y tantas otras figuras o parroquainos normales que durante vidas enteras frecuentaron esta esquina luminosa de París.
Hacia el crepúsculo sube uno hacia la Plaza Contraescarpe y está llena de gente como en los tiempos de Villon. Diríase que es la placita pequeña de algún barrio de pueblo de provincia. En la mitad el mismo árbol de siempre donde los músicos tocan y los saltimbanquis brincan. Las casas son antiguas y muestran el declive original y al interior de las habitaciones las viejas vigas aparentes de maderas tan resistentes como rocas o vigas de cemento. Ahora la gente, locales y turistas, degusta cervezas y vinos mientras transcurre el tiempo hacia la larga noche de la fiesta extendida hacia la madrugada en estos tiempos de paz.
Un pintor de costumbres podría inmortalizar esta escena. El árbol frondoso centenario, las piedras que sirven de adoquines en la calzada, los niños que juegan y comen paletas o conos italianos, los mendigos, el borrachín, la vieja loca que gesticula, los policías, los turistas perdidos, la juventud ajena con sus risas a las lejanas guerras de sus antepasados, los inmigrantes recién llegados, huyendo de los mundos que arden en el Medio Oriente, Asia y Africa, en el hemisferio sur, más allá del Mediterráneo.
Y como surgida de un cuento de Cervantes, una graciosa gitanilla de 13 años apenas, sus senos despuntando, alta, bella, de cabellera negra y piel canela como en los cuadros, sabotea con una sonrisa radiante y cínica durante dos horas seguidas el concierto de dos muchachos franceses de 20 años que interpretan canciones de los Beatles y otras estrellas del rock que no pasan de moda. Ella baila, brinca, ríe, irrumpe en el micrófono, se burla de los músicos furiosos y se gana la simpatía del público burgués.
Una vieja mujer borracha sale a bailar con ella y la fiesta se arma ya cuando se acerca la medianoche. Pero la estrella es la gitanilla de la calle, errante, la maestra precoz de la danza del vientre, una de las miles niñas que duermen con parientes o desconocidos en sucios colchones en las esquinas, bajo algún muro o alero protector.
Gitanilla proveniente de algún pais arruinado del este europeo, belleza silvestre, gamina nocturna, hiperactiva, loca, que ha sobrevivido a guerras y peligros sin fin y llega por fin a París para engrosar las filas de los inmigrantes ilegales, como reaparición medieval en el siglo XXI, sin miedo, irreverente, burlándose de los burgueses y los jóvenes músicos exasperados, a quienes termina por robar el show. Todos los espectadores desde sus cómodas mesas, la boca llena, celebran y aplauden con risas y lanzan monedas a la niña gitana, serenos, felices, la billetera plena, ajenos a los peligros del tiempo que algún día los borrará como polvo a la hora del huracán.
---------
* La Gitanilla. Descripción: Óleo sobre tabla. 58 x 52 cm. Museo del Louvre. París Autor: Frans Hals
---------
* La Gitanilla. Descripción: Óleo sobre tabla. 58 x 52 cm. Museo del Louvre. París Autor: Frans Hals
sábado, 18 de julio de 2015
CINCO AÑOS JUNTO A HITLER
Por Eduardo García Aguilar
El
modesto y discreto soldado Rochus Mish pasó de 1940 a 1945 al lado de
Adolfo Hitler, como miembro del equipo de escoltas y ayudantes del
trágico líder alemán, tanto en la Cancillería, como en su nido de
águilas de Berschtesgaden en los Alpes o en otros lugares a donde fue
enviado como guardaespaldas, telefonista y mensajero.
Fue
el último en salir del bunker de la Cancillería el 2 de mayo de 1945
después del suicidio de Hitler, Eva Braun y otros dignatarios del
régimen, luego de la toma de Berlín por las tropas soviéticas, que lo
tuvieron preso durante nueve años en Rusia.
Al
terminar su cautiverio, Mish regresó a Berlín, donde transcurrió su
longeva vida en el relativo anonimato, hasta cuando se decidió a contar
la experiencia al periodista de Le Monde Nicolas Bourcier en 2005, 60
años después de que terminó su aventura en el centro de una mítica
leyenda.
En el libro Yo fui escolta de Hitler, publicado originalmente en Francia por la editoral Cherche Midi,
cuenta con lujo de detalles lo que le ocurrió y los azares y misterios
que lo llevaron, como si nada, a compartir la vida de Hitler durante los
cinco años más importantes de la historia de la humanidad en el último
siglo, cuando el delirio de un hombre, del partido creado por él y su
propio pueblo seducido por su magnetismo, llevó a practicar uno de los
más espantosos exterminios conocidos por la humanidad y condujo al
planeta a una guerra mundial atroz de la que aun no se recupera y que
teme se repita en este siglo XXI de incertidumbres.
Huérfano
desde niño, Mish, quien nació en 1917, creció con sus abuelos en
Silesia escuchando historias de otras guerras anteriores como la que
hubo contra Francia en 1871 y la muy devastadora Primera mundial de
1914-18, en las que su ancestro participó y sobre las que discurría a la
hora del almuerzo y la cena.
El
muchacho fue formado en la disciplina y la obediencia, la discreción y
el esfuerzo de los pobres por esos viejos de otra época, durante los
años del ascenso de Hitler iniciados desde desde 1923 en Munich y
después de hacer estudios de impresión y gráfica conoció los años de
auge del canciller y los tiempos de gloria de los Juegos Olímpicos de
1936 de Berlín, donde vio por primera vez llegar al Führer, quien era
aclamado como un dios por el país entero.
Nunca
imaginó Mish cuando lo vio por primera vez desde lejos en compañía de
su tía en ese Berlín esplendoroso diseñado por el arquitecto Albert
Speer y lloró de emoción, que unos años después habría de estar junto a
sus aposentos día a día, listo a realizar cualquier gestión o necesidad
de quien por su empecinamiento y locura habrá de ser recordado para
siempre por la humanidad al lado de otros sanguinarios sátrapas
destructores como Nerón o Atila.
Mish
ingresó poco después al ejército y participó en las primeras
movilizaciones del imperio nazi como la ocupación entre flores y vítores
multitudinarios de Austria, de donde era oriundo el Führer, que fue,
según él, un paseo donde no sonó ni una bala y donde incluso los
soldados alemanes se daban el lujo de broncearse en los parques de
Viena.
Resultó
herido por el contrario durante la ocupación de Polonia, en el marco de
la cual recibió balazos que le perforaron un pulmón y un brazo, por lo
que fue considerado herido de guerra y enviado a recuperarse en diversos
lugares donde lo atendieron como héroe.
En
uno de esos hospitales conoció a otro soldado, hermano de un comanante
nazi, que los invitó a reposarse en su finca durante unas semanas
felices. Ese azar incomprensible habría de cambiar su destino. Debido a
que el hermano de su amigo, cercano a quienes reclutaban los escoltas
para Hitler, guardó una muy buena impresión del soldado invitado, Rochus
Mish fue llamado a presentarse cuando hubo una vacante en el cuerpo del
Begleitkommando de escoltas de Hitler, que debía ser llenada con urgencia.
Mish
fue llevado a la Cancillería y el asunto se definió en minutos. Poco
después ya estaba a las órdenes del equipo como mensajero por los
corredores del edificio o encargado de recibir a los invitados, guardar sus abrigos y estar pendiente para todo, siempre a unos pasos de Hitler.
La
primera vez que lo vio por sorpresa al abrir una puerta para que su
jefe inmediato saliera, descubrió que ese hombre a quien todos aclamaban
era de voz suave, afable, quien al saber que era silesiano y hacía poco
había sido reclutado para su cuerpo, lo envio como primera misón
exterior a llevarle una carta y un pastel a la hermana del líder,
residente en Viena, quien lo invitó a su vez al té y le preguntó como
estaba su hermano.
Así
transcurrieron los días y los años de Mish. Supo que Hitler recibía
siempre un paquete con un pan especial que le enviaba una mujer del
campo, conoció su gusto por la películas de Holywood, como Lo que el viento se llevó, y que una vez incluso vio la película donde Charles Chaplin se burlaba de él.
Estaba
al tanto de los invitados que llegaban a acompañarlo en almuerzos y
cenas de distracción, donde nunca se hablaba de política ni de guerra y
varias veces coincidió a solas con Goëring o Rommel, con quienes
conversaba mientras hacían antesala.
Y
una vez por inadvertencia, porque nadie le dijo que ella estaba en la
Cancillería, cuando iba a dejar cartas en los apsentos privados de
Hitler, se llevó la sorpresa de encontrar en su cama a la bella Eva
Braun, semidesnuda, con una pequeña camiseta nada más, quien con signos
le dio a entender que no era grave y sobre lo cual nunca más se habló.
En
el nido de águilas de Bershtesgaden, la residencia personal situada en
los Alpes y a unos kilómetros de Salzburgo, Mish presenció las fiestas
que hacía Eva Braun con sus amigas cuando Hitler estaba lejos, durante
las cuales se bailaba fox trot hasta muy tarde.
Hitler
conoció a Eva en una tienda fotográfíca de Munich, a donde iba a
hacerse captar en poses diversas y desde entonces fue su amada no
oficial hasta cuando, según la leyenda, sellaron su pacto suicidándose
cuando todo estaba perdido. El fiel Rochus Mish sería el último en ver
su cadáveres en un sofá antes de salir del búnker y ser detenido por los
rusos. Y como muchos otros nazis, este hombre modesto, vivió una larga
vida tranquila en Berlín, no lejos de donde experimentó la más
extraordinaria aventura que le pueda ocurrir a un mediocre.
lunes, 13 de julio de 2015
PRIMERA CITA CON PLUTÓN
Después de nueve años de viaje, la nave New Horizons de la Nasa llegará este 14 de julio a Pluton, que durante mucho tiempo fue considerado el último planeta del sistema solar, pero desde
hace unos años fue retrocedido al rango de planeta enano, comparable a
otros múltiples astros postneptunianos del cinturón de Kuiper, 1.600 de
los cuales ya han sido detectados por los astrónomos.
La
nave, de media tonelada, lanzada en 2006 a una velocidad de 49.000
kilómetros por hora, ha logrado recorrer los espacios lejanos del
sistema solar y si todo marcha bien, deberá ofrecernos las primeras
fotografías de alta calidad del planeta y de sus lunas Charon, Hydra y
Nixa, situados a una distancia en este momento de 4.700 millones de
kilómetros de la tierra.
Descubierto
por el joven astrónomo Clyde Tombaugh el 18 de febrero de 1930, este
astro de roca y hielo alimentó a lo largo de casi un siglo la imaginación
de adolescentes y adultos amantes de la lejanías siderales, asociado a
sus vecinos y antecesores Urano y Neptuno, en la zona más remota del
sistema solar.
Hace
apenas una semanas veíamos en el cielo hacia el crepúsculo la
conjunción de Venus y Júpiter, alineados con la tierra en su órbita
alrededor del sol y durante unos días podíamos colocarnos en la atalaya
terráquea y sentirnos en un viaje interplanetario, percibir con toda
claridad la luminosidad de ese lajano planeta gaseoso, el mayor del
sistema solar, al lado del brillo espectacular del lucero más intenso
del firmamento. Una
forma oblicua y tangencial de sentirnos en el sistema solar como pocas
veces podemos hacerlo y percibir nuestra pertenencia al mismo desde la
infinita pequeñez humana, a sabiendas de que una vez terminado nustro
ciclo terrestre todo aquello seguirá su curso ineluctable.
Aparte
los detalles científicos de la aventura de New Horizons, que llevará a
conocer el comportamiento de la superficie de Plutón y los movimientos
de sus hielos y la frágil atmósfera, la visita al lejano astro nos
confirma la continuidad de la investigación humana, más de medio siglo
después que otras naves comenzaran a sobrevolar planetas cercanos como
Mercurio, Venus y Marte y enviaran a tierra las fotografías magníficas
de sus superficies llenas de cráteres y extraños valles desolados.
Los
niños o adolescentes de entonces coleccionábamos las fotos reproducidas
en los diarios y las revistas de entonces y comentábamos con los más
duchos en materias científicas, en mi caso mis amigos y vecinos León
Duque Orrego y Carlos Augusto Gonzáles, el inicio de una aventura que no
cesa y que nos maravilló con la espectacular llegada del hombre a la
Luna en 1969.
Después
otras naves llegaron a planetas aun más lejanos y gaseosos como
Saturno, Júpiter, Urano y Neptuno y pudieron explorar de cerca los
fascinantes satélites de aquellos astros, plenos de sorpresas, océanos,
géysers, superficies heladas, mares subterráneos y comportamientos que
aun deben revelarse y alimentarán en las próximas décadas la imaginación
de nuevos niños, adolescentes y adultos con sed de conocimiento.
Al
mismo tiempo la aventura del telecospio Hubble y el trabajo minucioso
de hormigas de todos los astrónomos en los observatorios del planeta han
contribuido ha realizar una amplia cartografía del universo desde el
Big Bang, comunicándonos imágenes jamás imaginadas de lejanas galaxias
en colisión o explosión, nubes infinitas flotantes que son vestigios de
catástrofes y apocalipsis y huecos negros devoradores de materias
secretas; o revelándonos la existencia de sistemas solares y miles de expoplanetas, muchos de ellos similares a la Tierra.
Ya
desde la Antigüedad y mucho antes de ella, el hombre tuvo la mirada
fija en los astros y reguló sus calendarios y estaciones observando con
exactitud la rutina de los astros visibles, la confluencia periódica de
los mismos y construyendo pirámides o edificios en honor de las
ineluctables citas astrales que fascinaron a todas las grandes
civilizaciones milenarias surgidas en el Indus, Mesopotamia, en el Nilo,
o entre nosotros, en las alturas de Machu Pichu o en los terrenos donde
vivieron los avanzados y geniales mayas, que construyeron Palenque,
Tikal y Chichen Itza, u otras civilizaciones mesoamericanas, como la que
trazó Teotihuacán, cuyos secretos están aun por revelarse.
Todas
esas ciudades y templos fueron inspirados por la relación permanente
del hombre con el cosmos, el espacio infinito y los astros y galaxias
que los pueblan. Miles de años de transmisión de conocimientos de padres
a hijos fueron creando el catálogo de los eclipses y las confluencias y
el surgimiento de esas élites sabias y poéticas que establecieron la
relación entre la luna y las mareas y escrutaron las leyes del tiempo.
Con
la llegada a Plutón este 14 de julio de la nave New Horizons se cumple
un nuevo episodio del capítulo relativo del Sistema Solar, nuestra
vecindad, pero en las próximas décadas y siglos seguirá la aventura para
escrutar los misterios aun escondidos en los planetas y lunas cercanas,
tal y como lo prueban la peregrinacion de la nave Curiosity por la
superfice de Marte o la visita de la nave Philae a un cometa que se
acerca al sol.
New
Horizons solo pasará como un bólido unas cuantas horas por el
vecindario de Plutón y sus lunas, para seguir la ruta hacia los confines
oscuros del cinturón de Kuiper y explorar otros astros similares que
aun están por
definir en esa última zona del sistema solar. Pero durante esas horas
recopilará material suficiente para que los cientificos trabajen en las
próximas décadas, hasta que una nueva nave visite el astro y tal vez lo
orbite.
Pero
esta aventura y otras aun más fascinantes serán posibles, siempre y
cuando el hombre, amigo de las guerras y las más espantosas atrocidades,
no se autodestruya en alguna nueva guerra mundial, para la cual cuenta
con todas las armas atómicas y nucleares disponibles. En ese caso, las
naves lanzadas por la humanidad registrarán desde lejos la más absurda
implosión de un planeta poblado por una depredadora especie
autodestructiva y asesina.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de julio de 2015.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











