Por Eduardo García Aguilar
Hace cien años, el 6 de febrero de 1916, murió en León el gran poeta nicaragüense y latinoamericano Rubén Darío
(1867-1916), cuya irrupción en el panorama de la literatura en español
fue un sismo que todavía estremece con sus vibraciones a los amantes de
la poesía y la prosa modernas. Este niño precoz, de nombre Félix Rubén García Sarmiento,
nació en Metapa y desde muy temprano mostró sus cualidades como
versificador, cuando la poesía, a fines del siglo XIX, era el arte mayor
en los lejanos países latinoamericanos que, independizados de España
desde hacía décadas, buscaban su voz dejando atrás siglos de vieja
retórica parroquial encorsetada en modelos inamovibles.
Ya terminaban las patrias bobas y el mundo todo vivía tiempos de
aceleramiento y velocidad comerciales luego de la Revolución industrial
inglesa y el predominio de potencias como Inglaterra y Francia, que
colonizaban el orbe e imponían su cultura en los más alejados confines
del mundo. Los grandes barcos a vapor recorrían los mares, los ruidosos
trenes cruzaban los campos, y todos esos vehículos llegaban a los
puertos, convertidos como nunca en centros de comercio y poder y lugares
de intercambio de mercancías, cuerpos, palabras, músicas, ideas y
modas.
En esa lejana provincia nicaragüense y centroamericana el geniecillo
sorprendía a notables y presidentes por su fabulosa memoria y la
facilidad con la que creaba al instante los versos más fantásticos o los
escribía por encargo. Invitado imprescindible en salones, escuelas,
ateneos, fiestas, Darío se lucía y hay fotos donde se
ve al adolescente de 14 años mostrando sus habilidades ante el asombro
de los patriarcas. Pronto empezó a recorrer los pequeños países
centroamericanos, donde ejercería la profesión alimentaria de periodista
y fundaría periódicos y revistas, y crearía tertulias literarias de un
delicioso anacronismo, como era usual en esos tiempos en que la poesía,
las tabernas y los burdeles eran las únicas diversiones paganas
posibles.
Sus capacidades lo llevaron a recalar en Chile, donde trabajó en el periódico La Época y publicó su famoso libro Azul,
y más tarde, tras regresar a América Central y visitar fugazmente el
viejo continente europeo, llegó a Buenos Aires, la Nueva York del sur, a
donde acudían millones de inmigrantes pobres de Europa y el mundo para
crear una metrópoli cosmopolita donde el joven poeta desplegó todos sus
talentos y publicó Los raros, en homenaje a sus escritores preferidos, y Prosas profanas. A esa ciudad había sido enviado como cónsul de Colombia por el poeta y presidente Rafael Núñez, como era usual entonces, donde a veces los mandatarios eran escribidores de gramáticas y los embajadores poetas.
Desde París, Madrid y Barcelona, llegaban a Buenos Aires todos los libros posibles, y en sus calles Darío continuó la lectura de los poetas franceses del momento, de Victor Hugo
en adelante hasta parnasianos, simbolistas y otros decadentes
retorcidos y extraños que ejercieron gran influencia en él y sobre
quienes escribió semblanzas admiradas, cargadas de un afrancesamiento
casi patológico, excitado por Nerval, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Verlaine y tantos otros.
Luego viajó a París como enviado del poderoso diario bonaerense La Nación
y se quedó allí en la que era la capital editorial del mundo hispánico
con la editorial Garnier a la cabeza. Vivía a un lado del Jardín de
Luxemburgo y hoy se ve la placa con su nombre junto a la puerta del
número 5 de la rue Hershel, donde lo vio y describió el modernista
colombiano José María Vargas Vila, prosista empalagoso
que escribía historias truculentas y panfletos anticlericales y
antidicatoriales plagados de adjetivos que lo convirtieron en el mayor best-seller de su tiempo en América Latina. Vargas Vila, megalómano, se inclinó ante el genio y escribió un libro sobre Darío, que es tal vez uno de los pocos suyos que se salvan.
La poesía brotaba de Rubén Darío y se reproducía en
torrentes, cataratas, vorágines, amazonas de versos y abismos
inesperados entre conflagraciones de palabras y sentidos. Sus
combinaciones de temas, sentimientos, metáforas, ritmos, historias, eran
desconcertantes en su variada matemática. Todo era nuevo en él y el
castellano volvió a vibrar como no lo hacía desde Cervantes, Góngora y Quevedo.
Los jóvenes poetas españoles lo comprendieron rápido y lo acogieron
como el maestro, el príncipe que la literatura del idioma castellano
reclamaba. Para saberlo, hay que leer sus Cantos de vida y esperanza
o las diversas recopilaciones como la más famosa publicada por Aguilar,
empastada en cuero, u otras más rigurosas y recientes, como la
realizada por el Fondo de Cultura Económica, en México, y cuidada por Ernesto Mejía Sánchez.
Tanto éxito, amistad e influencia lo marcaron. Agobiado por tantos
viajes y líos personales, adicto al vino y a la vida, excesivo y frágil,
llegó a la cima para caer en la decadencia y retornar a América por
Nueva York e ir de gira, ya enfermo, de teatro en teatro, cabestreado
por agentes inescrupulosos. Al final, extenuado, se extingue en León
luego de retornar a su tierra natal, antes de llegar al medio siglo de
edad, pero su obra sigue viva y es “tan antigua y tan moderna” como él
mismo lo definió con la extrema lucidez de su inteligencia.
* Publicado en Excélsior. Ciudad de México. 7 de febrero de 2016.
domingo, 7 de febrero de 2016
sábado, 16 de enero de 2016
EL CORRIDO DE KATE DEL CASTILLO
Por Eduardo García Aguilar
Asistí en México
hace dos décadas frente a las pantallas de la televisión a la irrupción
de Kate del Castillo como actriz de telenovelas y a su ascenso como sex
symbol en el imaginario de los televidentes mexicanos de todas las
edades.
No era la primera ni sería la última de estas vedettes populares que tan bien sabe inventar la televisión
mexicana cada lustro, practicando una renovación permanente del
producto, que no tiene falla desde los tiempos de Verónica Castro y
Lucía Mendez, hasta la era de Salma Hayek, Bibi Gaitán, Thalía y otras más, entre ellas La Gaviota, que es la actual primera dama del país azteca.
Durante décadas
Televisa supo crear ese imaginario y perfeccionarlo al cosechar y
cultivar figuritas angelicales que terminan siendo parte de la familia
de todos los cien millones de mexicanos. Salma Hayek, que es hoy una de
las reinas de la moda de París, se inició en la telenovela Teresa, pero
rápidamente después de vivir escándalos con novios como
el boxeador Julio César Chávez, partió rumbo a Hollywood a probar
suerte, donde tuvo una carrera digna y al final casó con uno de los
grandes herederos de Francia, dueño de muchas casas de moda que ahora
están a los pies de su esposa.
Digamos que Salma
Hayek “tiró el balón muy alto”, como dijo el presidente colombiano
Belisario Betancur cuando le dieron el premio Nobel a García Márquez. La
pequeña chica de Coatzacoalcos, de origen libanés, comprendió que era
muy poco para ella el destino de ser solo una acriz de telenovelas
mexicanas.
Otras estrellas de
primero y segundo rango optaron por casarse con políticos o millonarios
locales, sirviendo a veces como comparsas glamorosas de las carreras de
sus maridos, tal y como ocurrió con Angélica Rivera, que al casarse con
el actual mandatario mexicano cuando era candidato viudo, accedió al
rango de primera dama.
Thalía, la de María
del Mar y otras telenovelas que la hicieron inmensamente popular en
América Latina viró hacia niveles más altos al casarse con uno de los
magnates musicales de Miami, donde lleva una vida soñada en el corazón
del imperio, cuyos episodios son seguidos por las amas de casa y los
televidentes.
Todas ellas, desde
Verónica Castro hasta Angélica Rivera y ahora Kate del Castillo,
pertenecen a la élite económica del país, están ligadas al poder, y
viven a años luz de los sufrimientos del pueblo mexicano, sumido siempre
en el dolor y la miseria y obnubilado día a día por las pantallas
televisivas, que son la única ventana al sueño y el bálsamo para sus
sufrimlientos ancestrales.
La bella Kate del Castillo es lo que en México se denomina “un cuero”,
o sea una mujer bomba, excepcional, con un cuerpo de espectáculo y un
sex appeal sin límites, deidad popular que hace soñar a todos los
hombres al unísono y a las amas de casa que la ven todo el día en
telenovelas o películas, mientras hacen las arduas tareas domésticas.
Pero Kate es algo
más que una diva o un cuerpo de película, como lo demostró en el filme
La Reina del Sur, inspirada en la novela de Arturo Pérez Reverte.
Haciendo lo mismo que otras de sus antecesoras, Kate ha querido alzarse
de esa frivolidad glamorosa y
fútil de ser solo objeto sexual hacia niveles más altos de compromiso
social, creando sus propias empresas y opinando sobre las realidades del
país a riesgo de quemarse las alas. En este caso, la bella ha querido
redimir al Chapo Guzmán, el Pablo Escobar mexicano y uno de los narcos
más famosos de todos los tiempos.
Kate ha osado decir
que confía más en el capo que en los políticos mexicanos y emprendió un
coqueteo epistolar y por internet con el bandido, erotómano que también a
su vez creyó cumplir el sueño de adquirir para su harém a la hermosa
estrella que se arriesga a visitarlo y pretende hacer una pelicula sobre
él.
En la cama del Chapo encontraron videos de la película donde Kate hace
de narcotraficante y sin duda él, como todos los mexicanos, la vio y
deseó en telenovelas y la siguió
en sus historias de amor y tuvo sueños eróticos con la hermosa de piel
canela, cuerpo escultural, esencia de la belleza mexicana mestiza, como
en su tiempo lo fueron Dolores del Río, Maria Félix, Salma Hayek y Bibi
Gaitán.
Acompañada de Sean
Penn, actor comprometido y mundialmente famoso, ex marido de Madona,
Kate llegó hasta la guarida del capo y participó en una velada donde
sonaron los mariachis y se distribuyeron deliciosas exquisiteces
campiranas. Así cumplía el peligroso capo la palabra de “protegerla como
a mis ojos”.
Por unas horas, la
Bella y la Bestia, el capo y la diva, estuvieron juntos en la jungla del
norte de México protagonizando uno de los mayores escándalos y
propiciando de paso la captura del fugitivo, experto en túneles, especie
de mago Houdini de la evasión.
Ahora la Bestia ha
quedado enjaulada de nuevo, víctima de su deseo por la diva y la diva ha
quedado enredada en un problema donde sus nuevos enemigos de la
política mexicana y hasta el gobierno mismo tratarán de acusarla de
complicidad y encubrimiento y le cobrarán la osadía de opinar, como muchos opinan, que los políticos son tan bandidos como todos los bandidos del narcotráfico.
No le falta razón a
la sexy Kate. Los capos de México, Colombia y el mundo han contado con
la complicidad de políticos, gobiernos, policías, élites
locales y militares, pues tienen todo el dinero posible para
comprarlos. Y han contado con la complicidad de muchos estamentos en
Estados Unidos y Europa, donde están los consumidores de droga, como si
fuera Coca Cola, en balnearios, hoteles, burdeles y discotecas.
Ha terminado el corrido de Kate del Castilo y el Chapo Guzmán.
El jefe del cártel de Sinaloa está tras las rejas y probablemente será
extraditado, si no se escapa antes. Kate tendrá que capear el terrible
vendaval que se avecina y se habrá
convertido en otro mito, como la colombiana Virginia Vallejo, joya de
las pantallas que fue amante de Pablo Escobar, líder del cártel de
Medellín, y después lo reemplazó por su rival, el jefe del cártel de
Cali, Rodríguez Orejuela.
Como mariposas
doradas, las bellas Kate y Virginia resultaron quemadas en el fuego de
su deseo al obnubilarse por figuras temibles y monstruosas, calibanes
asesinos que en su ilegalidad han matado sin límites ni piedad y
sembrado el terror en sus respectivos países.
---
* Publicado el domingo 17 de enero en La Patria. Manizales. Colombia.
* Publicado el domingo 17 de enero en La Patria. Manizales. Colombia.
sábado, 9 de enero de 2016
WILFREDO LAM Y ANSELM KIEFER EN EL POMPIDOU
En el Centro Pompidou se encuentran lado a lado, en el sexto nivel
del extraño edificio, dos exposiciones retrospectivas excepcionales,
una dedicada al cubano Wilfredo Lam (1902-1982) y otra al gran artista
alemán contemporáneo Anselm Kiefer (1945). Poco a poco la gloria de Lam
asciende colocándose ya al lado de su amigo Picasso gracias a una vasta
obra sincrética donde se expresan sus diversos orígenes, pues desciende
de chinos y negros y nació y creció en su natal isla caribeña Cuba y
vivió en Suecia, Estados Unidos España y Francia.
Kiefer, por su lado, es un titán del arte que a sus 70 años nos asombra con una vasta obra expresada a través de óleo, acrílico, cerámica, tierra, arena, fotografía, plomo y está en permanente conexión con la poesía y la literatura, y los temas apocalípticos del siglo, ya que es lector atento y pensador permanente.
El museo, inaugurado en enero de 1977 por el presidente Valéry Giscard d'Estaing en presencia de varios presidentes africanos, suscitó en su momento críticas porque sus jóvenes arquitectos encabezados por Renzo Piano hicieron en medio de París uno de los edificios más extraños, que inclusive hoy causa impresión a los visitantes cuando emprenden la subida por las escaleras tubulares de nave espacial y observan sus intrincadas estructuras coloridas a medida que ascienden hasta un nivel desde donde se tiene una soberbia vista de la ciudad.
A lo largo de estos cuarenta años de historia la institución ha realizado exposiciones de arte contemporáneo del siglo XX en adelante, que van del dadaísmo, cubismo, futurismo, surrealismo, suprematismo, expresionismo hasta arte pop, caricatura, video, y diversas expresiones actuales de las artes plásticas. Allí se han celebrado ciclos de conferencias, debates, homenajes y retrospectivas de grandes artistas como Bonnard, Kandisnsky, Max Ernst, Dalí, Picasso, Braque, Giacometti, Duchamp, Kandinsky, Münch, Balthus, Warhol, Francis Bacon, David Hockney y muchos más.
El lugar revivió y dio vida a una zona insalubre situada no lejos del centenario mercado de Les Halles y es hoy un centro de experimentación, dotado de una gran biblioteca y diversas instituciones para estudios e investigaciones artísticas y posee una explanada donde perfomeros y artesanos callejeros se manifiestan libremente durante todo el año, atrayendo a personas de todas las edades. Es la fiesta permanente del arte contemporáneo y a lo largo del año se muestra la colección propia del museo, una de las tres más importantes del mundo, así como obras prestadas por otros museos del orbe.
Esta vez subí las escaleras tubulares salidas de una escena de Star Wars porque deseaba ver la retrospectiva del gran pintor cubano Wilfredo Lam que termina este 15 de enero y debía reencontrarme allí con La Jungla, ese maravilloso cuadro que pintó en Cuba y se ha convertido en una de las grandes obras del siglo XX, prestaba en esta ocasión al Pompidou por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. He querido mirar de cerca sus trazos, observar de manera minuciosa el trazo de su mano, pero la alarma se ha puesto a sonar y tuve que alejarme a una buena distancia de esta colorida obra donde se resumen su trazo y el intrincado mundo de sus selvas tropicales.
Las diversas etapas de la actividad de Lam son expuestas con generosidad, desde sus primeros dibujos de infancia y juventud cubanas hasta su paso por España, Estados Unidos, Francia, Suecia y otros países donde residió. Alto, espigado, armado como un totem sincrético, Lam fue admirado por sus contemporáneos, pues lejos de la vanidad y el bullicio de otras estrellas, solo vivía para su arte y el amor y de ahí su cercanía con los poetas, entre ellos el gran René Char y su diálogo con otras figuras de la literatura. El trazo inconfundible de su obra se despliega en varias salas y uno sale renacido tras el contacto con este mundo visual cincelado en más de seis décadas.
Un respiro, una mirada a la ciudad bañada en pleno invierno bajo el sol y paso a la otra sala de al lado a ver la retrospectiva de Anselm Kiefer, uno de los artistas vivos que más admiro y cuya obra impactante y profunda me hace palpitar con taquicardia. Ya hace unos años había visto su monumental obra Caída de Estrellas en los amplios espacios del Gran Palais, compuesta por enormes ruinas de cemento acompañadas por cuadros enormes y objetos oxidados y rotos de todos los tamaños, donde realizaba una metáfora del apocalipsis.
El olor del óleo fresco me recibe en la primera sala. Se siente que Kiefer ha estado ahí hace poco instalando las obras, ya que tiene su inmenso taller en el campo. La retrospectiva se inicia con una serie de obras de juventud donde ironiza sobre al pasado nazi de su padre y trata de exorcizar la tragedia germana de su generación con imágenes donde él alza la mano como Hitler en medio de enormes espacios desolados o boscosos.
Libros calcinados, acuarelas, fotografías, dan paso a enormes obras realizadas con diversos materiales y sobre telas de texturas variadas, en las que dialoga con poetas del siglo XX como Paul Celan e Ingeborg Bachman. Y poco a poco nos introduce en las grandes mitologías germanas, desde Los Nibelungos hasta la generación romántica que tanto le llama la atención, todas ellas relacionadas con la obsesión de los bosques y las montañas alpinas, la marcha a pie sobre musgos, líquenes, hongos, champiñones, cascadas, lagos, ríos. En otra parte expone unas cajas al interior de las cuales los más extraños objetos dialogan con la poesía y la literatura germanas de todos los tiempos y los textos sagrados desde el paganismo griego y las mitologías nórdicas hasta la Kabala y los textos bíblicos.
Este día ha sido para mi un viaje profundo a los misterios del arte a través de dos artistas con los cuales se comprueba que la expresión estética es el lenguaje más universal y una de las formas de salvarnos en medio de las amenazas de nuevos holocaustos y deflagraciones apocalípticas. Y de nuevo bajo las escaleras tubulares del Centro Pompidou y llego a la explanada donde el aire fresco golpea la piel y llena los pulmones. Los niños corren y juegan. Un saltimbanqui lanza enormes pompas de jabón. El arte es vida, nos hace renacer, es la universidad permanente y el sendero que lleva a la libertad por encima de fronteras y etnias cerradas. El arte nos hace renacer a todos desde las cenizas.
Kiefer, por su lado, es un titán del arte que a sus 70 años nos asombra con una vasta obra expresada a través de óleo, acrílico, cerámica, tierra, arena, fotografía, plomo y está en permanente conexión con la poesía y la literatura, y los temas apocalípticos del siglo, ya que es lector atento y pensador permanente.
El museo, inaugurado en enero de 1977 por el presidente Valéry Giscard d'Estaing en presencia de varios presidentes africanos, suscitó en su momento críticas porque sus jóvenes arquitectos encabezados por Renzo Piano hicieron en medio de París uno de los edificios más extraños, que inclusive hoy causa impresión a los visitantes cuando emprenden la subida por las escaleras tubulares de nave espacial y observan sus intrincadas estructuras coloridas a medida que ascienden hasta un nivel desde donde se tiene una soberbia vista de la ciudad.
A lo largo de estos cuarenta años de historia la institución ha realizado exposiciones de arte contemporáneo del siglo XX en adelante, que van del dadaísmo, cubismo, futurismo, surrealismo, suprematismo, expresionismo hasta arte pop, caricatura, video, y diversas expresiones actuales de las artes plásticas. Allí se han celebrado ciclos de conferencias, debates, homenajes y retrospectivas de grandes artistas como Bonnard, Kandisnsky, Max Ernst, Dalí, Picasso, Braque, Giacometti, Duchamp, Kandinsky, Münch, Balthus, Warhol, Francis Bacon, David Hockney y muchos más.
El lugar revivió y dio vida a una zona insalubre situada no lejos del centenario mercado de Les Halles y es hoy un centro de experimentación, dotado de una gran biblioteca y diversas instituciones para estudios e investigaciones artísticas y posee una explanada donde perfomeros y artesanos callejeros se manifiestan libremente durante todo el año, atrayendo a personas de todas las edades. Es la fiesta permanente del arte contemporáneo y a lo largo del año se muestra la colección propia del museo, una de las tres más importantes del mundo, así como obras prestadas por otros museos del orbe.
Esta vez subí las escaleras tubulares salidas de una escena de Star Wars porque deseaba ver la retrospectiva del gran pintor cubano Wilfredo Lam que termina este 15 de enero y debía reencontrarme allí con La Jungla, ese maravilloso cuadro que pintó en Cuba y se ha convertido en una de las grandes obras del siglo XX, prestaba en esta ocasión al Pompidou por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. He querido mirar de cerca sus trazos, observar de manera minuciosa el trazo de su mano, pero la alarma se ha puesto a sonar y tuve que alejarme a una buena distancia de esta colorida obra donde se resumen su trazo y el intrincado mundo de sus selvas tropicales.
Las diversas etapas de la actividad de Lam son expuestas con generosidad, desde sus primeros dibujos de infancia y juventud cubanas hasta su paso por España, Estados Unidos, Francia, Suecia y otros países donde residió. Alto, espigado, armado como un totem sincrético, Lam fue admirado por sus contemporáneos, pues lejos de la vanidad y el bullicio de otras estrellas, solo vivía para su arte y el amor y de ahí su cercanía con los poetas, entre ellos el gran René Char y su diálogo con otras figuras de la literatura. El trazo inconfundible de su obra se despliega en varias salas y uno sale renacido tras el contacto con este mundo visual cincelado en más de seis décadas.
Un respiro, una mirada a la ciudad bañada en pleno invierno bajo el sol y paso a la otra sala de al lado a ver la retrospectiva de Anselm Kiefer, uno de los artistas vivos que más admiro y cuya obra impactante y profunda me hace palpitar con taquicardia. Ya hace unos años había visto su monumental obra Caída de Estrellas en los amplios espacios del Gran Palais, compuesta por enormes ruinas de cemento acompañadas por cuadros enormes y objetos oxidados y rotos de todos los tamaños, donde realizaba una metáfora del apocalipsis.
El olor del óleo fresco me recibe en la primera sala. Se siente que Kiefer ha estado ahí hace poco instalando las obras, ya que tiene su inmenso taller en el campo. La retrospectiva se inicia con una serie de obras de juventud donde ironiza sobre al pasado nazi de su padre y trata de exorcizar la tragedia germana de su generación con imágenes donde él alza la mano como Hitler en medio de enormes espacios desolados o boscosos.
Libros calcinados, acuarelas, fotografías, dan paso a enormes obras realizadas con diversos materiales y sobre telas de texturas variadas, en las que dialoga con poetas del siglo XX como Paul Celan e Ingeborg Bachman. Y poco a poco nos introduce en las grandes mitologías germanas, desde Los Nibelungos hasta la generación romántica que tanto le llama la atención, todas ellas relacionadas con la obsesión de los bosques y las montañas alpinas, la marcha a pie sobre musgos, líquenes, hongos, champiñones, cascadas, lagos, ríos. En otra parte expone unas cajas al interior de las cuales los más extraños objetos dialogan con la poesía y la literatura germanas de todos los tiempos y los textos sagrados desde el paganismo griego y las mitologías nórdicas hasta la Kabala y los textos bíblicos.
Este día ha sido para mi un viaje profundo a los misterios del arte a través de dos artistas con los cuales se comprueba que la expresión estética es el lenguaje más universal y una de las formas de salvarnos en medio de las amenazas de nuevos holocaustos y deflagraciones apocalípticas. Y de nuevo bajo las escaleras tubulares del Centro Pompidou y llego a la explanada donde el aire fresco golpea la piel y llena los pulmones. Los niños corren y juegan. Un saltimbanqui lanza enormes pompas de jabón. El arte es vida, nos hace renacer, es la universidad permanente y el sendero que lleva a la libertad por encima de fronteras y etnias cerradas. El arte nos hace renacer a todos desde las cenizas.
lunes, 4 de enero de 2016
BARCELONA Y EL CAMBIO EN ESPAÑA
Por Eduardo García Aguilar
Hace bien empezar el año nuevo respirando frente al Mediterráno en esta ciudad de Barcelona que el año pasado vivió turbulencias y cambios excepcionales como los vividos por ella casi siempre, por lo que es considerada una ciudad histórica en cuyas calles se respira el auge centenario y los dramas de la vida, la guerra, la cultura y el comercio incesantes, agitados por las pasiones de la política.
Junto a las iglesias Santa Maria del Mar o a Santa Maria del Pi o en una callejuela junto a la catedral gótica central, mientras un joven toca el Concierto de Aranjuez en su guitarra, o frente a las obras monumentales de la delirante Catedral de Gaudí, o en la Barceloneta o en la Rambla de Raval, se comprende la razón del éxito y el señorío de la llamada ciudad condal.
Ya en el Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes decidió llevar a su personaje a estas playas barcelonesas a luchar con el caballero del Verde Gabán, afectado como está el andante caballero por sus delirios políticos y humanitarios y su fama de apasionado desfacedor de entuertos. Vencido en una pantomima necesaria, el viejo loco pierde aquí su batalla de sueños y luego es llevado a su hogar a morir con la razón perdida y el amor de los suyos.
Este año, la soñadora Ada Colau, joven mujer luchadora de barrio a favor de los desalojados de sus casas, quien hace poco pronunciaba discursos ante solo unas decenas de marginales, derrotó a la vieja aristocracia burguesa catalana y tomó el poder en la capital, antes de ratificar y ganar a su vez las legislativas locales y convertirse en figura nacional con un gran futuro político.
Tanto en Barcelona como en Madrid, figuras de la oposición barrial y asociativa cumplieron este año el sueño de llegar al poder en nombre de los olvidados, aquellos precarios olvidados por décadas de auge ecomómico y corrupción, donde los barones políticos de derecha y de izquierda se repartían el poder en un festín obsceno contra el cual el Quijote de la Mancha también se hubiera rebelado de resucitar en estos tiempos de comienzos del siglo XXI.
Son milllones los visitantes europeos que huyen desde el norte y vienen a Barcelona a percibir el mar y gozar el sol permanente que juega con las fuerzas del viento y de las nubes. Todas las lenguas se escuchan en la vieja Rambla siempre repleta de visitantes y en las callejuelas que dan al mar en la salitrosa y húmeda Barceloneta.
Y al mismo tiempo que se escuchan todas las lenguas exóticas, se oye el español omnipresente y el catalán local entremezclándose con sus voces y conflictos. Muchos catalanes quieren separarse de España y otros tantos quieren quedarse en el seno de esa madre patria, que para algunos es protectora y para aquellos una madrastra.
La primera vez que vine a Barcelona fue en 1975 en tiempos de Franco, cuando en la misma Rambla central que va de la Plaza Cataluña al monumeto a Cristóbal Colón los carabineros de la Guardia Civil perseguían a los manifestantes contra la dictadura que los azuzaban en permannecia cuando se vivía ya la agonía de la larga y sangrienta dictadura del caudillo gallego.
En aquellos tiempos agónicos del franquismo, Barcelona ya era la capital de la edición hispanoamericana por medio de una pujante vida editorial y literaria y la pujanza de ateneos, librerías, bibliotecas y todo tipo de expresiones culturales, musicales, pictóricas y teatrales.
Permanecían todavía muchos exiliados españoles en otros países de Europa, en especial los más comprometidos rebeldes que corrían peligro de ser detenidos y torturados por el régimen, pero ya la vida de la contracorriente se sentía en esas calles que auguraban la libertad y el pronto ingreso a la era democrática. Los congresos políticos de los partidos opositores de izquierda debían aun celebrarse en otras capitales europeas y sus líderes de entonces, Felipe González y Santiago Carrillo, solo podían venir a España como clandestinos, pero ya era inevitable que el anciano tirano daría su patético último suspiro de eructos asesinos.
Poco después murió Franco y se dio inició a la gran transición hacia la democracia que ha durado cuatro décadas y ahora vive nuevos momentos de crisis y cambios, donde como es la uzanza, Barcelona y los habitantes de Cataluña vuelven a ser protagonistas.
Bajo el sol barcelonés el año 2016 se inicia ahora en medio de una saludable incertidumbre política: la era iniciada en 1976 se agotó con el bloqueo del sistema tras las elecciones legislativas de diciembre y el fin del reinante bipartidismo dominante en estas cuatro décadas, cuando los conservadores del Partido Popular y los socialistas del PSOE compartieron hegemónicamente el poder de manera alternativa.
El juvenil partido Podemos de los indignados, compuesto por treintañeros universitarios encabezados por el coletudo e informal Pablo Iglesias, quien lleva por casualidad el mismo nombre del fundador del Partido Socialista hace 138 años, obtuvo 69 escaños, y su irrupción espectacular en solo un año de existencia resquebrajó el sistema imperante.
El gobernante y viejo Partido Popular del presidente Mariano Rajoy perdió su mayoría absoluta, un nuevo partido conservador moderado y joven, Ciuadanos, logró importante participación, los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia reciente y otras fuerzas alternativas, entre ellas varias catalanas, lograron representación en un parlamento superfragmentado en el marco del cual es casi imposible llegar por ahora a la formación de un gobierno estable.
Un bello ejemplo democrático impensable hace poco: la voz de los jóvenes y los marginados llega al congreso por primera vez con una fuerza decisiva y al despuntar el 2016 nadie sabe si será necesario o no convocar a nuevas elecciones para destrabar el bloqueo. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde la irrupción de nuevas fuerzas alternativas bloquea la formación de un gobierno local.
Pero este sol inicial que baña las costas del Mediterráneo calienta este nuevo escenario inédito de renovación democrática, de cambio feliz, pues sea cual fuere el desenlace hará de España y de Cataluña un país y una región renovadas, gobernadas por jóvenes alternativos, y de Barcelona el mismo puerto estratégico y pujante, multicultural, rebelde, donde la historia se seguirá escribiendo bajo la mirada cómplice de Picasso, Gaudí, Casals y Dalí.
* Publicado el domingo 3 de enero de 2016 en La Patria. Manizales. Colombia
Hace bien empezar el año nuevo respirando frente al Mediterráno en esta ciudad de Barcelona que el año pasado vivió turbulencias y cambios excepcionales como los vividos por ella casi siempre, por lo que es considerada una ciudad histórica en cuyas calles se respira el auge centenario y los dramas de la vida, la guerra, la cultura y el comercio incesantes, agitados por las pasiones de la política.
Junto a las iglesias Santa Maria del Mar o a Santa Maria del Pi o en una callejuela junto a la catedral gótica central, mientras un joven toca el Concierto de Aranjuez en su guitarra, o frente a las obras monumentales de la delirante Catedral de Gaudí, o en la Barceloneta o en la Rambla de Raval, se comprende la razón del éxito y el señorío de la llamada ciudad condal.
Ya en el Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes decidió llevar a su personaje a estas playas barcelonesas a luchar con el caballero del Verde Gabán, afectado como está el andante caballero por sus delirios políticos y humanitarios y su fama de apasionado desfacedor de entuertos. Vencido en una pantomima necesaria, el viejo loco pierde aquí su batalla de sueños y luego es llevado a su hogar a morir con la razón perdida y el amor de los suyos.
Este año, la soñadora Ada Colau, joven mujer luchadora de barrio a favor de los desalojados de sus casas, quien hace poco pronunciaba discursos ante solo unas decenas de marginales, derrotó a la vieja aristocracia burguesa catalana y tomó el poder en la capital, antes de ratificar y ganar a su vez las legislativas locales y convertirse en figura nacional con un gran futuro político.
Tanto en Barcelona como en Madrid, figuras de la oposición barrial y asociativa cumplieron este año el sueño de llegar al poder en nombre de los olvidados, aquellos precarios olvidados por décadas de auge ecomómico y corrupción, donde los barones políticos de derecha y de izquierda se repartían el poder en un festín obsceno contra el cual el Quijote de la Mancha también se hubiera rebelado de resucitar en estos tiempos de comienzos del siglo XXI.
Son milllones los visitantes europeos que huyen desde el norte y vienen a Barcelona a percibir el mar y gozar el sol permanente que juega con las fuerzas del viento y de las nubes. Todas las lenguas se escuchan en la vieja Rambla siempre repleta de visitantes y en las callejuelas que dan al mar en la salitrosa y húmeda Barceloneta.
Y al mismo tiempo que se escuchan todas las lenguas exóticas, se oye el español omnipresente y el catalán local entremezclándose con sus voces y conflictos. Muchos catalanes quieren separarse de España y otros tantos quieren quedarse en el seno de esa madre patria, que para algunos es protectora y para aquellos una madrastra.
La primera vez que vine a Barcelona fue en 1975 en tiempos de Franco, cuando en la misma Rambla central que va de la Plaza Cataluña al monumeto a Cristóbal Colón los carabineros de la Guardia Civil perseguían a los manifestantes contra la dictadura que los azuzaban en permannecia cuando se vivía ya la agonía de la larga y sangrienta dictadura del caudillo gallego.
En aquellos tiempos agónicos del franquismo, Barcelona ya era la capital de la edición hispanoamericana por medio de una pujante vida editorial y literaria y la pujanza de ateneos, librerías, bibliotecas y todo tipo de expresiones culturales, musicales, pictóricas y teatrales.
Permanecían todavía muchos exiliados españoles en otros países de Europa, en especial los más comprometidos rebeldes que corrían peligro de ser detenidos y torturados por el régimen, pero ya la vida de la contracorriente se sentía en esas calles que auguraban la libertad y el pronto ingreso a la era democrática. Los congresos políticos de los partidos opositores de izquierda debían aun celebrarse en otras capitales europeas y sus líderes de entonces, Felipe González y Santiago Carrillo, solo podían venir a España como clandestinos, pero ya era inevitable que el anciano tirano daría su patético último suspiro de eructos asesinos.
Poco después murió Franco y se dio inició a la gran transición hacia la democracia que ha durado cuatro décadas y ahora vive nuevos momentos de crisis y cambios, donde como es la uzanza, Barcelona y los habitantes de Cataluña vuelven a ser protagonistas.
Bajo el sol barcelonés el año 2016 se inicia ahora en medio de una saludable incertidumbre política: la era iniciada en 1976 se agotó con el bloqueo del sistema tras las elecciones legislativas de diciembre y el fin del reinante bipartidismo dominante en estas cuatro décadas, cuando los conservadores del Partido Popular y los socialistas del PSOE compartieron hegemónicamente el poder de manera alternativa.
El juvenil partido Podemos de los indignados, compuesto por treintañeros universitarios encabezados por el coletudo e informal Pablo Iglesias, quien lleva por casualidad el mismo nombre del fundador del Partido Socialista hace 138 años, obtuvo 69 escaños, y su irrupción espectacular en solo un año de existencia resquebrajó el sistema imperante.
El gobernante y viejo Partido Popular del presidente Mariano Rajoy perdió su mayoría absoluta, un nuevo partido conservador moderado y joven, Ciuadanos, logró importante participación, los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia reciente y otras fuerzas alternativas, entre ellas varias catalanas, lograron representación en un parlamento superfragmentado en el marco del cual es casi imposible llegar por ahora a la formación de un gobierno estable.
Un bello ejemplo democrático impensable hace poco: la voz de los jóvenes y los marginados llega al congreso por primera vez con una fuerza decisiva y al despuntar el 2016 nadie sabe si será necesario o no convocar a nuevas elecciones para destrabar el bloqueo. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde la irrupción de nuevas fuerzas alternativas bloquea la formación de un gobierno local.
Pero este sol inicial que baña las costas del Mediterráneo calienta este nuevo escenario inédito de renovación democrática, de cambio feliz, pues sea cual fuere el desenlace hará de España y de Cataluña un país y una región renovadas, gobernadas por jóvenes alternativos, y de Barcelona el mismo puerto estratégico y pujante, multicultural, rebelde, donde la historia se seguirá escribiendo bajo la mirada cómplice de Picasso, Gaudí, Casals y Dalí.
* Publicado el domingo 3 de enero de 2016 en La Patria. Manizales. Colombia
lunes, 21 de diciembre de 2015
LOS ESCRITORES LATINOAMERICANOS DE PARÍS
![]() |
| Luisa Futoransky |
Aunque los escritores latinoamericanos que viven hoy en París pasan casi inadvertidos en América Latina porque la ciudad ya no es considerada faro cultural del continente desde hace décadas, hay herederos de esa tradición que siguen activos, creando una obra que no por desconocida u oculta carece de fuerza e interés.
En la actualidad, los latinoamericanos, pese han que han pasado de moda, presentan sus libros en la Casa de América Latina y realizan actividades permanentes mientras escriben sus obras: las argentinas Luisa Futoransky (ver foto) y Alicia Dujovne Ortiz, los peruanos Jorge Najar, Mario Wong, Alejandro Calderón (ver foto) y autores de Argentina, Uruguay, Colombia, Centroamérica y Chile, entre otros países, hacen parte de esa larga lista de escritores residentes en esta ciudad, de donde tal vez no se vayan nunca.
![]() |
| Alejandro Calderón |
![]() |
| Rubén Darío |
En la actualidad uno puede deambular por los pasajes construidos en la primera mitad del siglo XIX, muchos de los cuales existen, como Panoramas, Jouffroy, Brady y tantos otros que permanecen intactos y bien restaurados para mostrar a quienes los visitan dos siglos después cómo esta ciudad era una verdadera caja de maravillas que sorprendía a todos en aquellos tiempos de riqueza y auge, cuando este país era sin duda una de las dos grandes potencias mundiales al lado de Inglaterra.
Los pasajes eran lugares cubiertos y laberínticos llenos de tiendas, cafés, librerías, oficinas, donde la joven burguesía se guarecía de la intemperie exterior y el mal estado de callejuelas, avenidas y bulevares empantanados, sucios por las deposiciones de los equinos que halaban las carrozas y por el incremento de pútridos desperdicios.
Adentro, elegantes románticos tomaban chocolate, café, té o bebían y comían mientras departían sobre lo divino y lo humano, en tiempos de gran auge del mundo editorial y de las ideas. Sobre ellos, el gran autor judío-alemán escribió múltiples ensayos donde con precisión describe aquellos ambientes y sus consecuencias para la cultura de la época.
![]() |
| César Vallejo |
![]() |
| Miguel Angel Asturias |
Para publicar y hacerse conocer, un latinoamericano tenía que venir a Francia, donde la editorial Garnier o la casa editora de Ch. Bouret editaban prácticamente todas las novedades del continente en español y luego las exportaban por barco a las jóvenes repúblicas hispanas de ultramar. Inclusive los autores españoles del momento también acudían a París a trabajar en las empresas de ese rico y fogoso panorama editorial que convirtió en fenomenales best-sellers a Vargas Vila y Gómez Carrillo.
En el siglo XX, después del episodio de los modernistas que adoraron París, las drogas y la absenta, otras dos generaciones se instalaron y reinaron aquí: los autores de los años de entreguerras y la generación latinoamericana del boom en los años 50 y 60.
![]() |
| Julio Cortázar |
![]() |
| Carlos Fuentes |
Pero pese a que ahora son preferidas otras literaturas asiáticas, nórdicas, anglosajonas, africanas y mediorientales en detrimento de las nuestras, los escritores latinoamericanos, argentinos, peruanos, uruguayos, brasileños, chilenos, mexicanos y centroamericanos que vivimos aquí seguimos llevando la antorcha de esa relación amistosa y amorosa entre los nativos del continente americano y una ciudad que sigue cada vez más bella y activa, iluminada por la fuerza de un pasado cuyos rastros y fantasmas perviven entre calles y edificios centenarios conservados como joyas que se resisten a desaparecer.
domingo, 6 de diciembre de 2015
BOTERO EN LOS ELÍSEOS
Por Eduardo García Aguilar
No
lejos del palacio presidencial del Elíseo y de las avenidas que van
hasta el Arco del Triunfo y que ya están iluminadas para las fiestas de
Navidad y año nuevo, Botero, gran parisino, convocó este 2 de diciembre a
coleccionistas, magnates, críticos y amigos de vieja data a la galería
Hopkins de la lujosa Avenida Matignon para inaugurar una “Selección de
obras recientes”, que estará exhibida dos meses.
Una
puerta blindada de metal color violeta se abre accionada desde el
interior como si fuera una caja fuerte y adentro amables damas reciben
los abrigos de viejos millonarios,
admiradoras damas crepusculares, amigos y estetas o críticos que suben
por las escalinatas y caminan por dos salones desde cuyos ventanales se
ven las luces de las Tullerías o las cúpulas del Grand y el Petit Palais
construidos para la gran Exposición Universal de 1889, ambientes todos
ellos muy proustianos en este invierno de 2015.
De
inmediato el observador ingresa a ese mundo del gran pintor colombiano
nacido en Medellín en 1932, universo lleno de colores, frutas y
voluminosos personajes familiares extraidos de su imaginario pueblerino,
como en estos dos cuadros de 2013, "Danzarines", donde dos parejas
bailan brincando sobre botellas regadas o "Los músicos y la cantante",
donde una mujer vestida de rojo y amplia cabellera rubia canta
acompañada por un grupo de hombres modestos que tocan batería,
guitarra y flauta traversa en un escenario cálido de Antioquia.
Son
unos cuantos cuadros grandes, impecables, con un fondo bucólico de
remansos verdes, tejados y cúpulas de iglesias, obras maestras que nos
recuerdan al Botero discípulo de Ingres y Piero della Francesca,
habituado desde muy joven a los museos de Madrid e Italia y del mundo, en
busca de una expresión personal que un día descubrió al dibujar en
Nueva York el orificio central de una mandolina que de inmediato adquirió
nuevas dimensiones y lo cambió todo.
Donde
quiera que se le vea, en una galería de Nueva York, en el museo Maillol
o en su taller, Botero está ahí presente con gafas de aro de carey
oscuro, casaca negra, o traje impecable de telas italianas y su figura
semeja la del matador que una vez quiso ser de adolescente, listo para
la faena, con la mirada lúcida, alerta, de quien viene de regreso de
todas las batallas contra la modernidad y el pop en medio del cual
emergió llevando la contraria en ese Nueva York de los años 60 dominado
por Warhol donde dominaba el arte pop, el expresionista abstracto o el
geométrico, tan lejanos a su mundo de origen, la Antioquia colombiana
donde la gente se desplazaba y todavía se desplaza a caballo por colinas
y montañas exuberantes llenas de pájaros, lianas, follajes y frutas
maravillosas.
Más
adelante, el espectador que apura el champán y deglute los pasabocas se
topa con "Mujer en el Sofá", de 2013, hembra inmensa y desnuda de
cabello negro que reposa alargada, serena, onírica, mientras guarda el
banano a mitad mordido entre sus manos. O se encuentra con "Pareja en el
prado", de 2012, ella vestida de azul de metileno y él fumando con
camisa violeta y corbata roja mirando hacia el cielo. Ambos hacen la
siesta en una colina desde donde se ven los tejados y las cúpulas de un
pueblo que bien puede ser un villorio de su tierra natal, Santa Rosa de
Osos o Sonsón, o uno de su querida Toscana, Pietrasanta, situados en
viejas ex colonias de la España de Carlos V y Felipe II, en los tiempos
del reino de Nápoles.
Y
frente a frente, dos cuadros de 2013 donde por separado se ve a un
hombre y a una mujer haciendo el pic-nic en un universo límpido de
absoluta poesía, cuyo fondo contrasta con el aparente caos colorido de
sandías, naranjas, bananos, vasos, cubiertos y restos que deja
paulatinamente el solitario convite.
Todos
esos personajes están poseídos por una extraña tristeza existencial,
igual a ese "Matador" de 2014, o la pareja de "El balcón" sobre fondo
bucólico, de 2013, o "La plaza", también del mismo año, que nos lleva a
esa infancia lejana de Colombia, porque gran parte de su obra al óleo es
extraída de ese magma sepia de los mundos idos de la infancia, la
violencia, la soledad y el dolor de su país de origen, que en este mundo
reciente de su pintura se percibe en la mirada árida de los seres
humanos presentados y el silencio espectral de sus ambientes de
pesadilla por fuera del tiempo y la realidad estrictos.
También
en esta ocasión se exponen unas cuantas esculturas escogidas para la
ocasión: un "Pájaro" en mármol blanco, de 2014, una "Mujer desnuda en el
lecho" en bronce, de 2006, una "Mujer a caballo" en bronce, de 2008 y
más al fondo, para recordar el inicio de la aventura de sus volúmenes,
un dibujo, "Guitarra en la silla", de 2006.
Botero
está en el salón del fondo, en la oficina central de la galería,
situada más allá de otra sala donde domina una enorme escultura en
bronce de Lobo y en una pared, un pequeño cuadro de Max Ernst. Unas
cuantas personas esperan para acercarse a saludar a la leyenda y pedirle
les firme el catálogo de pasta dura envuelta en tela de un color
amarillo intenso como el que aparece en algunos de sus cuadros. Bellas
mujeres jóvenes le piden firmar el catálogo para su madre o la abuela y
le dan un papel con el apellido exacto para que no se equivoque. A veces
es la abuela misma la que se le acerca con lentitud y le expresa su
admiración y casi le besa el anillo como si fuera el papa.
Otros
amigos lo abrazan o los impertinentes tratan de acaparar los preciosos
segundos otorgados. Su esposa, la escultora griega Sofia Vari, atiende a
los amigos en la otra sala y está pendiente cuando baja por un momento
las escaleras. Botero acaba de llegar de China, donde inauguró una
exposición retrospectiva con motivo de los 35 años de las relaciones
diplomáticas entre Colombia y la potencia oriental y en enero inaugurará
otra muestra en la gran capital económica de ese país, Shanghái.
Botero
está ahí en el sofá y firma con paciencia a las decenas de asistentes.
Es Botero y a estas alturas, con sus 83 años bien vividos, Botero es
Botero: medio siglo de fama y éxitos permanentes. Cifras estratosféricas
por algunas de sus obras lo atestiguan y lo posicionan como uno de los
más cotizados del mundo. Como los grandes maestros de los últimos
siglos, bebe el tiempo como Monet, Picasso, Maillol y Tamayo y su
vocación es longeva. Cargando su gloria en vida, recorre en su periplo
permanente Nueva York, México, Mónaco, Roma, Londres, Medellín, Bogotá,
Tokio, Pekín, Berlín, Buenos Aires, Rio de Janeiro. Pero ahora está
fugazmente en París como si las luces intermitentes de los Campos
Elíseos fueran instaladas solo para él.
------
* Publicado en Expresiones. Excélsior. México D.F. 6 de diciembre de 2015.
jueves, 3 de diciembre de 2015
LUZ MARINA ZULUAGA Y EL UNIVERSO
Por Eduardo García Aguilar
El primer recuerdo que tengo de la existencia de la sociedad multitudinaria y de la colectividad como tal es cuando, a punto de cumplir yo cuatro años, llegó el 16 de agosto de 1958 a Manizales la nueva Miss Universo Luz Marina Zuluaga (1932-2015).
Desde la ventana de la casa en esa esquina del Parque Caldas vi con mi familia pasar por la carrera 23 el cortejo precedido por policías motorizados, carabineros a caballo y flanqueado por una larga fila de uniformados, en medio del griterio y los aplausos conmovedores de la muchedumbre agolpada en las aceras.
La ciudadanía estaba orgullosa por partida doble: como nacionales del país galardonado mundialmente en Miss Universo y como provincia, al ser la reina oriunda de la ciudad. Aquella apoteosis quedó marcada para siempre con lujo de detalles: la atmósfera eléctrica de la ciudad, la solemnidad excepcional de la celebración en ese parque entrañable de la infancia, todo ello con la conciencia primigenia de pertenecer a una patria y a un terruño.
Y como en toda apoteosis celebratoria, lo más importante fue el carácter pacífico y popular del acontecimiento, que dio al pueblo instantes de convivencia y euforia, lejos de la violencia reinante, con las atrocidades que oíamos contar a los adultos. Diríase que esa noticia popular regocijante para el país significaba un receso en la letanía de La Violencia que tuvo su punto catastrófico 10 años antes, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. O sea que a tres semanas de cumplir mis cuatro años, ese hecho significó mi bautizo como ciudadano.
Años después, cerca de los nueve, la noticia de la muerte de John F. Kennedy y el posterior asesinato de Lee Harvey Oswald por Jack Rubi me comunicó con la realidad mundial y el hecho de ser súbdito de un imperio. La noticia me llegó en uno de los patios de la casa de la carrera 19 con 25 y me acuerdo haber marcado con tiza la fecha y estado al tanto de la noticia por la radio. Después vendría la terrible foto del padre guerrillero Camilo Torres, masacrado por las fuerzas del orden y en esa misma casa comentar el hecho con mi padre Alvaro. En ese entonces, el gobierno colombiano celebraba esa muerte con felicidad y decía que la guerrilla se había exterminado para siempre. Un año después sería el turno del Che Guevara, convertido ahora en un mito general junto a Santa Claus.
Sin embargo, al lado de la Miss Universo Luz Marina y J. F. Kennedy, tal vez el recuerdo más impresionante y de rango cósmico es el de la observación familiar, en esa misma casa de la 19, de la llegada del hombre a la luna, en un enorme televisor empotrado en un mueble, de donde salían las imágenes en blanco y negro de la flotación sobre el satélite de Neil Amstrong antes de posar la bandera estadounidense sobre el suelo lunar.
Allí, a los 15 años, descubrí la pertenencia al universo y a una humanidad capaz de abandonar terruño, patria y mundo para ir al encuentro del cosmos. O sea que entre la irrupción de Miss Universo en mi ciudad y la salida del hombre hacia el Universo, sólo había transcurrido una década de recuerdos, que entonces parecían una eternidad y ahora son sólo un pedazo de vida impregnado por fortuna en la memoria antes de que llegue el Alzheimer.
---
* Con motivo del fallecimiento este miércoles de Luz Marina Zuluaga.
domingo, 22 de noviembre de 2015
EL APOCALIPSIS DE LOS ILUMINADOS
Por Eduardo García Aguilar
André Malraux dijo alguna vez que “el
siglo XXI será religioso o no será” y como una profecía bíblica su precepto
parece realizarse con creces a lo largo de estos primeros tres lustros caóticos
iniciados con el derribo de las Torres Gemelas de Nueva York por Al Qaida,
comandado por el millonario saudita Osama Bin Laden, al que sucede ahora otro
más poderoso y con más vastas redes mundiales, el Estado Islámico que busca
imponer un utópico califato global.
Ahora que la capital europea Bruselas se
encuentra este sábado en estado de alerta máxima bajo la amenaza de inminentes
atentados y que día tras día suceden tomas de rehenes y atentados suicidas en
Yemen, Egipto, Malí, Libia, Líbano, Sudán, Siria, Turquía, Irak, Pakistán, uno
cree vivir dentro de una pesadilla o al interior de una película catastrófica
hollywodense como Blade Runner.
La reserva de suicidas convertidos al
islam fanático parece inagotable y lo más sorprendente es que en esas filas hay
miles de jóvenes nacidos en Europa, que desde hace unos años han ido cayendo en
las redes de la clerecía islamista y poco a poco encuentran un sentido a sus
vidas al unirse a la causa del sanguinario califato.
Tras la caída de La Unión Soviética que
controlaba esas regiones con otros idearios y el fin de la guerra fría el mundo
quedó huérfano de causas absolutas. El marxismo-leninismo, religión que movió
montañas a lo largo del siglo XX en la Unión Soviética y sus satélites, en la
China de Mao Tse Tung y en casi todos los países del Tercer Mundo,
especialmente América Latina, el sudeste asiático y Africa, ha sido reemplazada
en las juventudes extremistas de hoy por el fanatismo islamista opuesto a un
Occidente para ellos cruel, satánico y pecaminoso.
Al leer los perfiles de los jóvenes
asesinos suicidas de Daesh, casi todos nacidos en los años 80 y 90, sorprende
la forma tan acelarada como cambiaron sus mentalidades, por lo regular a través
del uso permanente de las redes sociales, donde son captados y adoctrinados por
la organización. La mayoría hace apenas uno o dos años llevaban vidas comunes y
corrientes de fiesta, conciertos, alcohol, en los suburbios de las capitales y
de repente cambiaron de hábitos, asumiendo el riguroso puritanismo coránico y
el deseo del martirio a nombre de Alá.
Luego los muchachos viajaron a Siria para
enrolarse en las filas de ese Ejército y de ahí, tras las pruebas de fuego
iniciáticas de los fusilamientos, degollamientos y combates bajo los bombardeos
de Occidente regresan a conformar las células dormidas que atacan y siembran el
terror en Francia, España, Bélgica, Suecia, Italia,Dinamarca.
Muchas de las armas y recursos con que
cuenta el Ejercito Islámico fueron suministrados hace poco por Occidente mismo,
que envió materiales de guerra a los escenarios sirio, iraquí y libio para
ayudar a supuestos rebeldes, pero que finalmente cayeron en manos de estas
fuerzas comandadas por expertos miltares iraquíes o mediorentales entrenados
tiempo atrás por las propias fuerzas occidentales, como en su momento lo fue el
propio Bin Laden. O sea que el monstruo es en cierta forma el propio Golem
creado por un Occidente errático desde los delirios bélicos de tenebrosa era de
los Bush.
El conflicto ahora ha entrado en una
etapa cuyo control tardará años pues esta generación de extremistas no solo
sueña con el paraíso que les depara Alá en un cielo lleno de huríes, sino que
agita sus mentes delirantes con un lenguaje que recuerda el de los primeros
mahometanos creadores de califatos y dispuestos a llegar a Roma y a dominar el
mundo para imponer a todos la religión del profeta.
Todas las generaciones humanas han tenido
a sus iluminados y no se debe olvidar que antes las utopías llevaron a muchos a
sembrar el terror a nombre de ideales absolutos. Hubo largas y sanguinolentas guerras religiosas
que opusieron a protestantes y católicos, católicos y cátaros, cristianos y
judíos y los genocidios, persecuciones y expulsiones fueron la ley durante
siglos. En 1492 los Reyes católicos Fernando e Isabel expulsaron a judíos y
musulmanes de España obligándolos a huir a Bagdad, Tierra Santa, Estambul y Fés
y durante siglos reinó la inquisición y la caza de brujas en los territorios de
la cristiandad.
A nombre de la cristiandad ejércitos
guiados por la cruz sembraron el terror en muchas partes y en los territorios
descubiertos y conquistados impusieron a sangre y fuego la religión a los
nativos, ante la mirada complaciente de jerarcas o la crítica de curas
excepcionales como Bartolomé de las Casas.
Después de los años de la Ilustración
llegó la razón convertida en Utopía y con la Revolución francesa una generación
guillotinó a los desviados y tras cortar la cabeza al Rey saquearon iglesias y
conventos y pretendieron expulsar a Dios de la tierra.
Más tarde vendrían otras utopías y fue el
turno de los anarquistas y los revolucionarios que soñaban con un mundo feliz
dominado por el proletariado bajo los cánticos de La Internacional, pero que a
fin de cuentas condujo a la creación de feroces regímenes totalitarios y baños
de sangre. Luego llegaron Hitler y sus nazis y Mussolini y sus falangistas y
Franco y sus hordas que sembraron el terror y llenaron Europa de campos de
concentración y fosas comunes.
A su vez América Latina, vapuleada por el
imperio norteamericano, generó una era de guerrilleros que se fueron a las
montañas a seguir el ejemplo del martir máximo, el Che Guevara y a nombre de un
sueño diversos ejércitos mataron y estuvieron dispuestos a sacrificarse por una
causa como lo hizo el padre Camilo Torres y despues de él decenas de miles de
jóvenes iluminados.
Habrá que esperar entonces a que la
fiebre baje para que todo retorne a una relativa calma, pero es probable que la
humanidad esté condenada a vivir cíclicamente el febril delirio de la muerte
por una razón muy simple: cada generación nueva de iluminados creerá que
matando a nombre de una utopía puede forzar el mundo a convertirse en lo que
nunca fue ni será.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo, 22 de noviembre de 2015.
sábado, 14 de noviembre de 2015
Y LA GUERRA LLEGÓ A PARÍS
Por Eduardo García Aguilar
Los terribles atentados que ensangrentaron París este viernes con saldo de más de cien muertos en siete lugares distintos, entre ellos el popular salón de conciertos Bataclán, estaban ya anunciados y eran ineluctables, y quienes vivimos aquí desde hace tiempo sabíamos que los terroristas atacarían en las zonas de fiesta, allí donde la gente de todas las edades y orígenes, locales o turistas, salen a divertirse entre luces, humos, cuerpos y copas, para ratificar la fama que esta ciudad ha tenido desde siempre como sitio de esparcimiento, arte y poesía, cantados por poetas, novelistas y artistas populares de todos los tiempos, desde el medieval François Villon hasta Edith Piaf, Charles Aznavour o los contemporáneos como Zaz.
El primer sonido del gong del terror en el contexto de la guerra actual que sacude la mitad del mundo sonó a comienzos de enero, cuando nos enteramos de que los yihadistas atacaban en la sede del semanario satírico Charlie Hebddo, acribillando a una decena de artistas irreverentes, no lejos de los lugares donde otra vez volvieron a hacerlo ahora, cerca de Bastilla y República, que los fines de semana están llenas de gente que va y viene y circula entre bares, salas de conciertos, cines, restaurantes o que simplemente deambula junto a los canales y los bulevares.
Todo es cuestión de azar y las personas que se vieron atrapadas este viernes en medio del horror mientras escuchaban un concierto de rock o comían en restaurantes y perecieron bajo las ráfagas de kalashnikov de los fanáticos islamistas, son las víctimas simbólicas de una tragedia que nos afecta a todos. Ellos murieron ahora, pero los habitantes de París sabemos que la sopresa podía surgir en una estación de metro, supermercado, bar, sala de concierto, biblioteca, escuela, universidad o museo.
Muchas veces pensé y le dije a algunos amigos cuando hablábamos en algún idílico parque, plaza, café o junto a los canales, que todo esto era solo provisional, porque Europa ha vivido en paz solo en las últimas seis décadas después de vivir toda la historia en una sucesión interminable de guerras, la última de las cuales fue la Segunda Guerra Mundial, cuando de aquí salían trenes enteros de humanos hacia los campos de concentración o de trabajo alemanes. A través de la literatura, los libros de historia, el teatro y los filmes sabemos el horror que vivieron los resistentes de la ciudad, que tuvo la suerte de salvarse de ser destruida, pese a la orden dada por Hitler de hacerla desaparecer, cuando preguntaba en el búnker nazi a sus lugartenientes, con su mirada sicótica: "¿Arde París?"
París no ardió y desde entonces tras la Liberación se vivieron largas décadas de prosperidad y paz. Pero esa paz idílica de las últimas décadas vivida por los habitantes de esta gran jaula de oro ha desaparecido y no se sabe que nos deparará el futuro. Solo sabemos que el terrorismo es masivo y las guerras que incendian el Maghreb, Africa subsahariana, Oriente Medio y Asia son de tal magnitud que millones de refugiados ingresan o tratan de entrar a Europa para huir de la muerte segura en su países, devastados por los conflictos oscuros en que los ha sumido una plutocracia mundial que no tiene principios ni corazón. Y que las fuerzas yihadistas de los ejércitos islámicos quieren hacer el mayor mal posible a Europa, destruirla, aterrorizarla y terminar el sueño de esta ciudad luz y de todos los que viven y gozan en paz. Terminar el sueño de la democracia, la libertad de pensamiento y de culto y la libertad de gozar y amar libremente. Terminar el sueño de la tolerancia por la que abogaba hace siglos Voltaire. Un mundo laico, respetuoso de los otros y sus culturas.
Estamos en plena conmoción, pero si miramos la historia, podría vislumbrarse algún optimismo porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista y es posible que esta locura yihadista sea una fiebre que un día desaparecerá como ha desaparecido en otras épocas en que incluso el mundo del Islam creó una gran cultura, poesía, ciencia. Los occidentales tendrán que reconocer sus graves errores cometidos en las zonas incendiadas en la actualidad y admitir los horrores de la colonización, la esclavitud y de las múltiples guerras que por codicia han realizado en esas ricas regiones. Y buscar reuniones multilaterales para bajar la tensión y calmar a esa juventud suicida que ve en Occidente un satán despreciable y vive en la miseria y el desprecio permanente sin más ilusión que los falsos paraísos por los que mueren.
Las fuerzas del fanatismo crecen en Europa y las de los nostálgicos del hitlerismo a su vez incrementan su presencia y poder político en todos los países, beneficiándose en río revuelto. Ya graves atentados han afectado a Noruega, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, España, con saldo de centenares de muertos. Solo faltaba Francia en el cuadro y el momento llegó.
Cuando hacia la medianoche comenzaron a llegar las noticias nos invadió el dolor de saber que la historia había vuelto a atrapar a esta ciudad que sabe desde hace milenos de masacres, guillotinas y guerras sin fin. No es nada nuevo y solo lo habíamos olvidado por unas décadas como si aplazáramos, exorcizáramos en silencio la maldad humana presente en todos los martirizados países del mundo.
La sensación que experimento ahora, después de la terrible carnicería que provocaron este viernes los fanáticos yihadistas en pleno corazón de París, descrita por Ernest Hemingway como la ciudad de la fiesta, es la de una profunda náusea provocada por la certeza de que la guerra ha vuelto a estas calles de donde se había alejado hace siete décadas, cuando se liberó de la invasión nazi y empezó una larga era de paz y progreso y convivencia de gente de todos los orígenes y creencias.
París es una ciudad popular y en sus barrios viven africanos, asiáticos, mediorientales, magrebíes, ibéricos, europeos del este, italianos, turcos, latinoamericanos, rusos, japoneses, australianos, indios, paquistaníes y franceses de todas las regiones. Es una ciudad de tolerancia republicana donde gente que ha llegado aquí desde hace tiempo huyendo de la pobreza o de las guerras ha podido educar a sus hijos y montar sus negocios gracias a una escuela gratuita y abierta y a las facilidades para montar pequeños negocios.
Ahí en esas zonas multirraciales llenas de jóvenes fiesteros y mestizos y gente de bien, estudiantes, maestros, trabajadores, que salen a divertirse los fines de semana, los terroristas yihadistas han sembrado el terror. En el salón Bataclán, donde centenares de personas escuchabn un concierto de rock, los degolladores de infieles del Ejército islamico quisieron repetir allí el espectáculo macabro que parcatican desde hace un tiempo en los teatros y las ruinas de Palmira.
Ahí llegaron hoy al grito de Alá Akbar y dejaron un reguero de sangre y más de cien cadáveres de gente inocente. Intentaron también hacer atentados suicidas en el gigantesco estadio de Francia, donde había un partido amistoso entre Francia y Alemania que por fortuna no tuvo la amplitud sanguinaria que esperaban. En enero nos vimos horrorizados por la masacre de Charlie Hebdo, donde murieron los mejores caricaturistas del país. Y a lo largo de estos meses muchos atentados fueron frustrados.
Era asunto de tiempo y ahora por fin lo lograron. Pero esto es solo el comienzo de una era de incertidumbre para todos nosotros. Todos esos lugares ensangrentados situados en la zona popular de la ciudad por Bastille o République los conozco muy bien y los frecuento mucho en las tardes y las noches. Yo hubiera podido estar por ahí como tantes veces. Todos los habitantes de esta ciudad podríamos haber estado ahí. Esa es la terrible realidad. La guerra ha llegado a París y tal vez no se vaya en mucho tiempo.
-----
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 14 y 15 de noviembre de 2015. La bella foto de una esquina de París es del gran fotógrafo francés Atget.
Los terribles atentados que ensangrentaron París este viernes con saldo de más de cien muertos en siete lugares distintos, entre ellos el popular salón de conciertos Bataclán, estaban ya anunciados y eran ineluctables, y quienes vivimos aquí desde hace tiempo sabíamos que los terroristas atacarían en las zonas de fiesta, allí donde la gente de todas las edades y orígenes, locales o turistas, salen a divertirse entre luces, humos, cuerpos y copas, para ratificar la fama que esta ciudad ha tenido desde siempre como sitio de esparcimiento, arte y poesía, cantados por poetas, novelistas y artistas populares de todos los tiempos, desde el medieval François Villon hasta Edith Piaf, Charles Aznavour o los contemporáneos como Zaz.
El primer sonido del gong del terror en el contexto de la guerra actual que sacude la mitad del mundo sonó a comienzos de enero, cuando nos enteramos de que los yihadistas atacaban en la sede del semanario satírico Charlie Hebddo, acribillando a una decena de artistas irreverentes, no lejos de los lugares donde otra vez volvieron a hacerlo ahora, cerca de Bastilla y República, que los fines de semana están llenas de gente que va y viene y circula entre bares, salas de conciertos, cines, restaurantes o que simplemente deambula junto a los canales y los bulevares.
Todo es cuestión de azar y las personas que se vieron atrapadas este viernes en medio del horror mientras escuchaban un concierto de rock o comían en restaurantes y perecieron bajo las ráfagas de kalashnikov de los fanáticos islamistas, son las víctimas simbólicas de una tragedia que nos afecta a todos. Ellos murieron ahora, pero los habitantes de París sabemos que la sopresa podía surgir en una estación de metro, supermercado, bar, sala de concierto, biblioteca, escuela, universidad o museo.
Muchas veces pensé y le dije a algunos amigos cuando hablábamos en algún idílico parque, plaza, café o junto a los canales, que todo esto era solo provisional, porque Europa ha vivido en paz solo en las últimas seis décadas después de vivir toda la historia en una sucesión interminable de guerras, la última de las cuales fue la Segunda Guerra Mundial, cuando de aquí salían trenes enteros de humanos hacia los campos de concentración o de trabajo alemanes. A través de la literatura, los libros de historia, el teatro y los filmes sabemos el horror que vivieron los resistentes de la ciudad, que tuvo la suerte de salvarse de ser destruida, pese a la orden dada por Hitler de hacerla desaparecer, cuando preguntaba en el búnker nazi a sus lugartenientes, con su mirada sicótica: "¿Arde París?"
París no ardió y desde entonces tras la Liberación se vivieron largas décadas de prosperidad y paz. Pero esa paz idílica de las últimas décadas vivida por los habitantes de esta gran jaula de oro ha desaparecido y no se sabe que nos deparará el futuro. Solo sabemos que el terrorismo es masivo y las guerras que incendian el Maghreb, Africa subsahariana, Oriente Medio y Asia son de tal magnitud que millones de refugiados ingresan o tratan de entrar a Europa para huir de la muerte segura en su países, devastados por los conflictos oscuros en que los ha sumido una plutocracia mundial que no tiene principios ni corazón. Y que las fuerzas yihadistas de los ejércitos islámicos quieren hacer el mayor mal posible a Europa, destruirla, aterrorizarla y terminar el sueño de esta ciudad luz y de todos los que viven y gozan en paz. Terminar el sueño de la democracia, la libertad de pensamiento y de culto y la libertad de gozar y amar libremente. Terminar el sueño de la tolerancia por la que abogaba hace siglos Voltaire. Un mundo laico, respetuoso de los otros y sus culturas.
Estamos en plena conmoción, pero si miramos la historia, podría vislumbrarse algún optimismo porque no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista y es posible que esta locura yihadista sea una fiebre que un día desaparecerá como ha desaparecido en otras épocas en que incluso el mundo del Islam creó una gran cultura, poesía, ciencia. Los occidentales tendrán que reconocer sus graves errores cometidos en las zonas incendiadas en la actualidad y admitir los horrores de la colonización, la esclavitud y de las múltiples guerras que por codicia han realizado en esas ricas regiones. Y buscar reuniones multilaterales para bajar la tensión y calmar a esa juventud suicida que ve en Occidente un satán despreciable y vive en la miseria y el desprecio permanente sin más ilusión que los falsos paraísos por los que mueren.
Las fuerzas del fanatismo crecen en Europa y las de los nostálgicos del hitlerismo a su vez incrementan su presencia y poder político en todos los países, beneficiándose en río revuelto. Ya graves atentados han afectado a Noruega, Suecia, Dinamarca, Inglaterra, España, con saldo de centenares de muertos. Solo faltaba Francia en el cuadro y el momento llegó.
Cuando hacia la medianoche comenzaron a llegar las noticias nos invadió el dolor de saber que la historia había vuelto a atrapar a esta ciudad que sabe desde hace milenos de masacres, guillotinas y guerras sin fin. No es nada nuevo y solo lo habíamos olvidado por unas décadas como si aplazáramos, exorcizáramos en silencio la maldad humana presente en todos los martirizados países del mundo.
La sensación que experimento ahora, después de la terrible carnicería que provocaron este viernes los fanáticos yihadistas en pleno corazón de París, descrita por Ernest Hemingway como la ciudad de la fiesta, es la de una profunda náusea provocada por la certeza de que la guerra ha vuelto a estas calles de donde se había alejado hace siete décadas, cuando se liberó de la invasión nazi y empezó una larga era de paz y progreso y convivencia de gente de todos los orígenes y creencias.
París es una ciudad popular y en sus barrios viven africanos, asiáticos, mediorientales, magrebíes, ibéricos, europeos del este, italianos, turcos, latinoamericanos, rusos, japoneses, australianos, indios, paquistaníes y franceses de todas las regiones. Es una ciudad de tolerancia republicana donde gente que ha llegado aquí desde hace tiempo huyendo de la pobreza o de las guerras ha podido educar a sus hijos y montar sus negocios gracias a una escuela gratuita y abierta y a las facilidades para montar pequeños negocios.
Ahí en esas zonas multirraciales llenas de jóvenes fiesteros y mestizos y gente de bien, estudiantes, maestros, trabajadores, que salen a divertirse los fines de semana, los terroristas yihadistas han sembrado el terror. En el salón Bataclán, donde centenares de personas escuchabn un concierto de rock, los degolladores de infieles del Ejército islamico quisieron repetir allí el espectáculo macabro que parcatican desde hace un tiempo en los teatros y las ruinas de Palmira.
Ahí llegaron hoy al grito de Alá Akbar y dejaron un reguero de sangre y más de cien cadáveres de gente inocente. Intentaron también hacer atentados suicidas en el gigantesco estadio de Francia, donde había un partido amistoso entre Francia y Alemania que por fortuna no tuvo la amplitud sanguinaria que esperaban. En enero nos vimos horrorizados por la masacre de Charlie Hebdo, donde murieron los mejores caricaturistas del país. Y a lo largo de estos meses muchos atentados fueron frustrados.
Era asunto de tiempo y ahora por fin lo lograron. Pero esto es solo el comienzo de una era de incertidumbre para todos nosotros. Todos esos lugares ensangrentados situados en la zona popular de la ciudad por Bastille o République los conozco muy bien y los frecuento mucho en las tardes y las noches. Yo hubiera podido estar por ahí como tantes veces. Todos los habitantes de esta ciudad podríamos haber estado ahí. Esa es la terrible realidad. La guerra ha llegado a París y tal vez no se vaya en mucho tiempo.
-----
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 14 y 15 de noviembre de 2015. La bella foto de una esquina de París es del gran fotógrafo francés Atget.
sábado, 17 de octubre de 2015
BORGES EN LA ERA INTERNET
Por Eduardo García Aguilar
Por donde pasaba Borges
parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, una noche de
los primeros años 80, vi como varios jóvenes admiradores se tiraron al suelo y
empezaron a seguirlo arrodillados, arrastrándose al grito de “¡gloria eterna
para usted maestro!” y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración,
poseídos, locos, delirantes.
La escena impresionante que ahora rememoro
me parece similar a a esos actos histéricos en que los fanáticos de alguna
secta religiosa entran en trace como se ha visto en todas las épocas ante las milagrerías
de los iluminados. Lo mismo que vi en México ocurría en Quito, Bogotá, Medellín,
Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokio, y París, ciudad donde desde hacía ya
muchas décadas se le había consagrado como leyenda viviente. Se le veía junto a
un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las de
Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final, devorándose al mundo con su
novia Kodama.
Francia lo adoraba y las calles de París
lo vieron pasar muchas veces. En el hotel de la rue des Beaux Arts donde murió
Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois,
Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire. En 1964 L’Herne dedicó un número especial a su
obra, en los años 70 Michel Foucault lo hizo protagonista de Las palabras y las
cosas y Gallimard en la colección Pléiade
publicó sus obras completas en edición establecida, presentada y anotada
por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de los últimos confidentes del maestro
autorizados entonces por María Kodama.
Para Borges la gloria era la mayor
incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno
de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de
fetiche hacedor de milagros. Pero a
diferencia de otros pavosrreales, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran
sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde,
subversivo, anarquista, arbitrario. Argentino elitista y de derechas como su
amigo Bioy Casares, cometió la torpeza de elogiar y buscar al repugnante
dictador chileno Augusto Pinochet, lo que, según algunos conocedores, lo alejó
del Nobel de literatura que parecía llegarle en bandeja de plata
Contra la corriente no escribió novelas
porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, mezcló prosa y
poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno.
Su reino fue el estilo. De él dijo Emile Cioran que “la desgracia de ser
reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en
lo imperceptible, seguir inasible e impopular”.
En un texto publicado en la revista Magazine littéraire,que le ha dedicado
varias ediciones, el hispanista Gérard de Cortanze, afirma que hay “volver de
nuevo a esta obra vasta y enigmática” y a un Borges “humanizado y más caluroso”
lejos de la leyenda aceptada de “un intelectual abstracto y gélido”. El último
exégeta Bernès trata de mostrarlo por su lado como “el viejo anarquista
tranquilo”, según la propia y final autodefinición del poeta, poco antes de
morir en Ginebra luego de casarse con María Kodama y participar con entusiasmo
en la preparación de su obras completas para La Pléiade.
Bernès cuenta los últimos días previos a
la muerte, en junio de 1986, y dice que tiene “la certeza de que preparaba su
muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo
precedieron” y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que “yo no se en
que lengua voy a morir”.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la
juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus enigmas e ironías y lo
tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna
y pasa de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría de
un sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido.
El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira hoy con nostalgia: en
todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud entusiasta hoy
envejecida o muerta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta
literaria sino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el
libro, la vida, la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el
desierto.
Nacido según la Fundación San Telmo el 23
de agosto de 1899 y para otros el 24 del mismo mes, Jorge Luis Borges sigue en
su nube de gloria en este siglo XXI de guerras religiosas, aunque es menos
leído y poco conocido por las nuevas generaciones latinoamericanas y menos aun
por los lectores internacionales, poco afines ya a ese tipo de autores desplazados
por una literatura concreta, útil, periodística, literatura fácil de divertimento
y sin estilo o matices, literatura para viajes, vacaciones o playas.
Pero Borges sigue vivo reproduciéndose
hasta el infinito para los curiosos en la red internet que él presagió en El
Aleph y se necesitarían muchos años para visitar todos esos sitios llenos de
sopresas, datos, referencias, juegos, enigmas y delirios y viajar por los
múltiples enlaces borgianos en la telaraña mundial, gobernada por una magnífica
inteligencia virtual y artificial donde el personaje que él fue para nosotros
es un ahora un punto imperceptible a punto de desaparecer.
En tiempos de Borges la Gran Biblioteca
estaba cerca de la gente, era una biblioteca amable, generosa, personal, llena
de gracia y alegría; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar
reina el hielo de los supermercados. Silvia Barón Superviele dice que para
Borges “la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del
infinito” y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura.
Aunque en la red virtual su palabra crece hasta el infinito, parece también desaparecer
reproduciénose, fluir escondiéndose ante la mirada ciega de un Borges que flota
en el espacio como un astronauta perdido.
lunes, 12 de octubre de 2015
LAS OBSESIONES DEL PREMIO NOBEL
Por Eduardo García Aguilar
La noticia anual del nuevo Premio Nobel
de literatura anunciado por la Academia Sueca en las primeras semanas de
octubre de cada año ha sido siempre una fiesta para los amantes de las letras,
a veces una deflagración personal cuando se trata de un conocido del ámbito
cultural al que pertenecemos, un autor admirado y leído, u otras cuando el
galardonado es una figura que sale de la sombra desde un país exótico, por lo
regular con nombre casi impronunciable.
Quienes fuimos infectados por la
literatura desde muy temprano hemos tenido una relación especial con esos autores
cubiertos por el aura del premio otorgado a lo largo de más un siglo, pues abundan
las ediciones y biografías de los afortunados y las leyendas en torno a sus
vidas, como es el caso del sorpresivo Nobel Albert Camus, nativo de Argelia,
hijo de española analfabeta, premiado muy joven, y quien murió poco después en
un accidente automovilístico.
La Academia premiaba entonces al
militante por la paz que tenía una posición ambigua y polémica en torno al
propio conflicto sangriento que encendía su tierra natal y terminaría en la
desgarradora independencia de Argelia y el éxodo de millones de colonos franceses
y nativos en barcos llenos que huían de la masacre segura y quienes se
enfrentarían luego a la hostilidad de los habitantes de la metrópoli, que
persiste aun bien entrado el siglo XXI.
El premio a Camus fue aun mas polémico,
pues un joven le ganaba la partida a las otras dos grandes figuras de las
letras francesas de ese momento, los cascarrabias André Malraux y Jean Paul
Sartre, subidos ambos en altos pedestales de gloria construidos por los fieles
de sus respectivas tendencias políticas: el gaullismo de derecha moderada en el
caso del primero y la extrema izquierda marxista en el caso del otro.
La muerte prematura del apuesto Camus,
con su figura de galán de cine, aumentó su leyenda y poco a poco el tiempo le
fue dando la razón. Muy temprano, los adolescentes infectados por la literatura
leyeron en esos tiempos El extranjero, La caída y otras de sus obras o se
aventuraron a leer las diversas colecciones de ensayo sobre los asuntos de su
época. Y nunca olvidarían a Mersault, personaje de su corta obra de ficción más
famosa.
Unos tres lustros después se le otorgó el
Premio Nobel a Alexandre Solyenitzin, oscuro escritor de provincia en la Unión
Soviética, pequeño profesor de ciencias genial cuyas obras estaban prohibidas
pero pasaban de mano en mano y constituían la más fenomenal crítica al sistema
totalitario soviético, por lo que había sido apresado y enviado a las cárceles
del famoso gulag.
Escritor dotado de una inteligencia y talento
extraordinarios y fuerza de carácter afin a lo que se ha dado en llamar el alma
rusa, Solyenitzin escribió obras notables, entre las que se destaca El primer
círculo, donde caricaturiza al propio tirano Stalin y describe, entre otras
cosas, los ambientes cerrados donde científicos y técnicos son obligados a
trabajar para el régimen en cárceles privilegiadas, perfeccionando los sistemas
de telefonía y de escucha que no le gustan a Stalin.
Las obras de ese autor, entre las que
figuran Un día en la vida de Iván Denisovich y El archipiélago de Gulag, son ya
enormes clásicos y su rango se encuentra al nivel de los más grandes escritores rusos, como Tolstoi y
Dostoievski, entre otros que han sabido contar la peculiaridad de esa gran
cultura de extremos, violenta, sentimental, cruel y festiva que hoy sigue dando
noticias y es el tema que le valió el sorpresivo premio a la nueva galardonada,
la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich, autora de Voces de Chernóbil y El
fin del hombre rojo.
Muchas décadas después la lucha contra
los sistemas totalitarios y sus derivas sigue dando tema a los escritores y
premios a los perseguidos. Un poco eurocentrista en las última década, la
Academia ha galardnado uno tras otro, a autores poco conocidos de los ex países
satélites de la Unión Soviética. Tal es el caso del húngaro Imre Kertez, la rumana
de lengua alemana Herta Müller, la polaca Wyslava Symborska.
La Europa central y del este parece ser
por ahora el centro de las preocupaciones de los académicos suecos al
galardonar figuras exóticas para el resto del mundo como la austríaca Elfriede
Jelinek, el sueco Thomas Trastörmer o
los franceses Jean Marie le Clezio y Patrick Modiano, tras lo cual de vez en
cuando se premia a algún outsider chino o africano o a viejos consagrados como
Doris Lessing o Günter Grass. Estados Unidos y América Latina le interesan menos
por ahora.
No es para menos. Europa es e la actualidad
un taller en plena ebullición y cambios, situada en el centro de un mundo en
guerra donde los polvorines son muchos y variados en Ucrania, los balcanes, Oriente
Medio, el sudeste asiático y casi todo Africa, cuyos problemas estallan también
al interior de estas naciones en pleno proceso de cambio, inmigración y
mestizajes múltiples.
Está todavía muy fresca la guerra en
Europa. Las cenizas de la gran conflagración de la Segunda Guerra Mundial están
todavía calientes y los escritores de todas las generaciones abordan los temas
de la violencia vivida por padres, abuelos y bisabuelos en el siglo XX. Las
fronteras aun son frágiles y los rencores persisten en España, donde las
cicatrices del franquismo aun no cierran, o en Francia, donde el dolor de la
Ocupación nazi sigue vivo, o en Italia, donde Mussollini y la falange sigue
latente, por lo que los fantasmas del fascismo y sus exterminios de extranjeros
tientan aun a grandes sectores de la poblacion local en los suburbios y los
campos.
Por eso la literatura europea sigue muy
viva, es abundante y variada, y está casi siempre relacionada con todos los
dolores de judíos, gitanos, rusos, polacos, alemanes, franceses, griegos,
serbios, húngaros, españoles, ucranianos, búlgaros, rumanos, checos, el de las
víctimas de los diversos totalitarismos en fin de cuentas.
Los peligros de que está rodeada Europa y
el miedo de que estalle una nueva guerra en los mismos lugares donde se
iniciaron las anteriores, convierte al Nobel en un galardón bastante eurocéntrico.
Pero aun así, no deja de abrir ventanas necesarias a los lectores y creadores ávidos
de nuevas literaturas, voces y temas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
















