sábado, 16 de febrero de 2013

LOS MISTERIOS DE ARACATACA AND COMPANY

Por Eduardo García Aguilar
Casi toda la gran obra de Gabriel García Márquez, o sea Cien años de soledad y las novelas y libros de cuentos que la anteceden y la suceden, se centra en la evocación y reelaboración de lo visto y escuchado en la infancia en la casa de Aracataca, donde creció con sus abuelos y tías en los tiempos de auge de la compañía bananera de la United Fruit Company. Todo aquello se le reveló como material esencial de lo relatable, cuando ya joven adulto y periodista en Barranquilla, de 23 años, volvió a ese lugar en ruinas devastado por la ya lejanísima partida de la empresa que le daba vida económica al lugar, tras los sucesos de la masacre bananera.
El retorno con su madre Luisa Santiaga, la ya muy envejecida progenitora de 11 hijos y de 45 años de edad, fue clave para pasar a otra cosa después de haber estado bloqueado con una novela ambiciosa llamada La Casa y comenzar a escribir por fin con otro tono y perspectiva La hojarasca, que empezó a teclear de inmediato cuando regresó a Barranquilla luego de despedirse de su madre, cargado por la energía de ese viaje simbólico.
Al regresar al pueblo donde vivió hasta los ocho años, volvió a vivir con claridad el núcleo de su universo infantil en la casona del abuelo en Aracataca, que sería el escenario fundamental de muchos de sus cuentos magistrales y en especial de Cien años de soledad, la obra mayor del autor, que lo proyectó a nivel mundial. Porque casi todas sus narraciones se nutren de los recuerdos de ese niño criado por sus mujeres y por el viejo coronel Nicolás Márquez, quien batalló en la Guerra de los mil días entre liberales y conservadores al lado de los generales Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera, personajes que en un momento dado llegaron incluso a visitar la casa, construida por la familia cuando llegaron al pueblo como simples emigrantes pobres provenientes de Barracas, pueblo al otro lado de la sierra, de donde el coronel tuvo que irse por haber matado a Medardo Pacheco por un asunto de honor.
La familia paterna llegó al pueblo en su éxodo, atraída por la llegada de la United Fruit Company a ese lugar y de una muchedumbre de trabajadores de todos los orígenes, así como personas de mejor condición que venían del interior del país o del extranjero para beneficiarse del progreso y la intensa actividad económica generada alrededor del campamento de los gringos por la producción intensiva de banano.
Toda la infancia de García Márquez transcurre en un mundo imaginario lleno de actividades, relatos y sorpresas, cerca del confort y la modernidad estadounidenses, en medio del gentío bullicioso de los mercados y la variedad de tiendas de diversos productos necesarios para la población forastera que descendía sin cesar del tren atestado de carga. Ese universo estaba dividido entre los colombianos que vivían a un lado y el misterioso mundo de los directivos, técnicos e ingenieros norteamericanos que vivían en la "Zona", instalados tras las alambradas en casas cómodas dotadas con diversos adminículos domésticos modernos desconocidos por los nativos.
De modo que en Aracataca no solo llegaba el tren sino que además era crucial el telégrafo, que fue la profesión inicial de su padre Gabriel Eligio y la que lo atrajo al lugar donde conocería a la hija del coronel. En Aracataca el niño descubrió el hielo de los pargos, el tren que venía de Ciénaga, vio la llegada anual de los gitanos, el circo, y como nieto preferido y único hombre rodeado de tías solteronas, la barahúnda permanente de las visitas de familiares y amigos cargados de fantasmas del pueblo y la Provincia abandonadas en el éxodo, que se convertirían todos en personajes transmutados, gracias a lo que él llama la « transposición poética de la realidad », en los personajes de su Cien Años de soledad.
Al retornar, en la casa grande, que tuvo décadas antes dos alemendros a la entrada, un antepatio, la oficina del abuelo, el taller de platería donde el abuelo fabricaba sus pescaditos de oro, el corredor de begonias y las diferentes alcobas y al final la letrina y el patio para los animales, vivían unos inquilinos viejos a los que finalmente no se les pudo vender la casa por el remanente de una hipoteca no pagada. Y además en el pueblo todo era ruina y vejez, la casa del boticario, la estación abandonada, la escuela Montessori, la Iglesia, los rieles retorcidos, los vagones oxidados y las ruinas y rastros de lo que fue el campamento de la United Fruit Company, así como la estación y la plazoleta donde fueron masacrados muchos jornaleros y sindicalistas, y cuya cifra de muertos nunca se esclareció.
La casa y el pueblo resumían la historia contemporánea del país con sus dramas, amores, injusticias y tragedias y al palpar de nuevo la herrumbre del pasado ido y los lamentos y voces de las ánimas de los desaparecidos como en un coro griego, se repotenció de repente el talento del novelista, llevándalo pronto a la corta carrera que lo conduciría a crear una obra magistral que significó mucho para todos los pueblos del mundo en Europa, Asia, Africa, Oriente Medio, América y Oceanía, por lo que obtuvo el Premio Nobel a la joven edad de 54 años.
Para García Márquez el secreto fue muy simple, había que dejar atrás todos los retorcimientos de su primera cuentística existencialista y abstracta par contar simple y llanamente la vida de su familia y los pueblos donde vivieron. Pero la figura central es el abuelo, convertido en padre después del viaje de sus progenitores a otra parte en busca de mejores oportunidades. El niño, que era casi su alter ego menor, escuchó de su boca las historias de la Guerra de los mil días como si fueran aventuras fantásticas.
"Consumado el desastre de Aracataca, muerto el abuelo y extinguido lo que pudo quedar de sus poderes inciertos, quienes vivíamos de ellos estábamos a merced de las añoranzas", afirmó en sus memorias. Ya solo, sin el patriarca adorado, los fantasmas del pasado se concretaron en una obra que como las grandes es solo el relato y la exploración de los misterios de la infancia, tal y como hizo Marcel Proust en su novela En Busca del tiempo perdido. Grandes obras de la novelística mundial han surgido de esa materia esencial que posee una huella original en cada uno de los humanos.
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* Fragmento de un texto más amplio sobre la obra de Gabriel García Márquez.
En la foto, García Márquez recién golpeado por el "cadete" Vargas LLosa en México en 1976. Se tomó esta y otras fotos como testimonio de la golpiza propinada por su ex amigo, el autor de "Historia de un deicidio".  

sábado, 9 de febrero de 2013

EVOCACIÓN DE DARÍO MESA: AQUELARRE DE IDEAS EN LA UNIVERSIDAD NACIONAL


Por Eduardo García Aguilar*
Al cruzar por el campus de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá hace dos años, en plena fiesta de los aquelarres el 1 de noviembre y recorrer por sus senderos, se me vino de repente el grato recuerdo de los dos años que pasé allí estudiando sociología, la carrera fundada por Camilo Torres y Orlando Fals Borda, de moda en mi generación, así como ahora lo es el periodismo, profesión que está llamada a desaparecer poco a poco.
Aunque volví a comenzar de cero en París en la Universidad de Vincennes, que vivía sus momentos estelares, y allí me gradué en Economía Politica, con subdominante Filosofía, mantuve durante muchos años los tiempos de la Nacional en lo más profundo de mis recuerdos íntimos, como algo familiar, básico, casi incomunicable, aunque fue allí, bajo el magisterio del gran profesor Darío Mesa y otros profesores como Jesús Bejarano y Jaime Eduardo Jaramillo, donde obtuve los elementos básicos en materia de ciencias sociales que me han servido para ahorrar derivas e ir al grano en muchos aspectos del pensamiento.
La clase de Darío Mesa, quien había publicado varios ensayos básicos en la revista Mito y puede considerarse un miembro notable de esa generacón, es algo que ninguno de sus alumnos podrá olvidar durante su vida, como ejemplo de la profunda densidad de un pensador que tiene todos los cabos atados y sabe establecer las relaciones entre los diversos niveles de los saberes. El hombre, discreto, austero, aparecía en el escenario del anfiteatro y de pie, con una gran elegancia, llevando en sus manos un fólder con unas cuantas hojas, lograba decir e iluminar en una o dos horas pedazos de la historia económica, social, política, científica, filosófica, que a otros les tomaría años y de repente los alumnos más aventajados salían de allí decididos a lanzarse a devorar las vastas bibliografías que sugería.
De esa manera pasábamos horas y horas en esa excelente biblioteca de la Universidad Nacional agotando todas las aristas de un autor o un fenómeno, como fue el caso, por ejemplo, de Maquiavelo, para citar solo un nombre básico o las figuras que revolucionaron la filosofía desde antes a después del Renacimiento. Y de semana en semana los alumnos fuimos situando con claridad el nudo gordiano de la modernidad, los vasos comunicantes de un milenio de historia. Con él todos los más mínimos detalles tenían su significado, como la función y las consecuencias del uso del arnés para el caballo, la noción de los universales, el pensamiento de Nicolás de Cusa o Marsilio Ficino, el sentido de las ferias de Champaña, la perspectiva en las artes plásticas, la obra de Baltasar de Castiglione sobre el cortesano, la vida en Venecia, la obra de Leonardo da Vinci, el papel de los conventos medievales, el comercio de especias con Oriente y así bebíamos cada una de sus clases como una apertura infinita de ventanas a la historia moderna de los humanos y sus métodos para conocer, saber, construir, gobernar, vivir o morir.
Darío Mesa vestía discretamente, sin corbata, con el pelo rapado. Su clase, pronunciada de un tirón, sin pausas, no aceptaba fáciles anécdotas para amenizar y cada una de sus reflexiones o palabras bastaban en su cristalinidad para que lo escuchado tuviera la seducción del saber como pasión y vocación inagotables. La verdad es que cuando llegué a Vincennes, en París, en 1974, me sentía "sobrado" ante el nivel encontrado en las aulas europeas y cada vez que asistía a clases de grandes figuras de la filosofía o las ciencias sociales en boga en ese momento en ese país, recordaba con orgullo al gran maestro que reinaba en la lejana Bogotá y cuya claridad hubiera sido de gran valor en las aulas francesas que descubríamos entonces. Los elementos básicos para pensar y estudiar nos fueron comunicados por ese hombre a unos jóvenes primíparos de 18 años, edad en la que se adquieren todos los vicios ideológicos o se tuercen muchas veces las vocaciones, por lo que a veces pienso con horror lo que hubiera sido de sus alumnos de no haberlo encontrado en el camino al ingresar por primera vez a las aulas universitarias dominadas entre los estudiantes por la intolerancia de las ideologías fanáticas.
Además de la cátedra básica de Darío Mesa y las de otras jóvenes eminencias formadas por él como Piza, Kalmanovitz, Alzate, Jaramillo, Miranda, Bejarano y muchos más que regresaban con posgrados desde Europa, y que enseñaban en las carreras de Economía, Antropología, Filosofía y Economía, vivíamos la efervescencia intelectual mundial de la que no se escapaba Colombia. Ya desde la irrupción de la generación de la revista Mito Colombia se había modernizado en materia de pensamiento. Por ahí andaban Danilo Cruz Vélez, Rubén Sierra Mejía, Pérez Mantilla y otros pensadores que se habían nutrido en la Alemania o la Francia de Posguerra. También asistíamos a las clases impartidas por varios de los extranjeros que llegaron a Colombia en los años 30 y 40 huyendo de las guerras europeas y rehicieron sus vidas enseñando a generaciones de colombianos. Alrededor de la Universidad Nacional, en el Instituto Agustín Codazzi o en el DANE o en otras instituciones técnicas republicanas ya trabajaban jóvenes brillantes como el gran escritor Rafael Humberto Moreno Durán, para solo citar un nombre entre los miembros de esa generación nacida en los años 40.
Y en el Planetario se hacían exposiciones de arte moderno absolutamente renovadoras como la del venzolano Soto, mientras en el primer nivel del futurista lugar astronómico los primeros grandes críticos de cine colombiano nos iniciaban en los arcanos del cine italiano liderado por Antonioni y Fellini o del sueco Bergmann. Y por todas partes florecían las librerías encabezadas por la Buchholz y su revista Eco, a donde llegaban los libros desde los centros culturales de Buenos Aires, México y Barcelona, traducidos por generaciones de republicanos expañoles transterrados.
En esa década de los 70 Bogotá era una torre de babel de pensamiento. La juventud tenía como principal diversión la lectura, el debate, la pasión por el cine moderno, el arte, la música explosiva, influidos todos ellos por los efectos de la lucha pacifista y antiimperialista causada por la guerra de Vietnam en Estados Unidos o por las ideas de mayo del 68 en Francia. Incluso si el país estaba dominado por el Frente Nacional, se sentía una apertura en las ideas y no la decadencia y el retroceso vividos en Colombia a nivel intelectual en la funesta primera década del siglo XXI, donde volvimos al caudillismo decimonónico.
Al caminar por el campus de la Universidad Nacional varias décadas después, todos esos fantasmas y visiones empezaron a rodearme en medio de la oscuridad rota por las fogatas de las nuevas generaciones y sus fiestas sin límite entre el aquelarre del Halloween. De repente sentí el dolor vivido por los estudiantes cuando el golpe militar de Augusto Pinochet en Chile. En esos mismos prados permanecimos días enteros poseídos por la ingenua ilusión de que el general Prats regresaría y recobraría el poder para los socialistas de Allende. Los tribunos estudiantiles de aquel entonces, muchos de los cuales han sido después ministros o altos funcionarios, o grandes escritores o notables cineastas, arengaban desesperados ante la tragedia que afectaba a Chile y el Cono Sur entero.
Pero yo estaba a punto de irme de Colombia, cruzar el charco y llegar a la no menos efervescente París, ciudad entonces dominada por el sueño latinoamericano del boom, que recibía uno tras a otro a los miles de refugiados que llegaban huyendo de las dictaduras militares del Cono sur y de otros lugares tropicales de Oriente y Occidente. Sentí mucho después, entre el aquelarre de los nuevos del siglo XXI, que aunque no terminé la carrera allí en la querida Nacional, fundada por López Pumarejo y que ahora quieren amputar por intereses inmobiliarios, sino en Vincennes, la hija de mayo del 68, yo era y soy un estudiante de la Universidad Nacional de Colombia y que nunca tendré palabras para agradecer a Darío Mesa y a los maestros de filosofía, economía, geografía y otras materias que me dieron las bases para viajar por el mundo sin complejos intelectuales.
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*Publicado el domingo 10 de febrero en el diario La Patria. Manizales. Colombia.

sábado, 26 de enero de 2013

LA AVENTURA DE LAS MIL Y UNA NOCHES



Por Eduardo García Aguilar*
El Instituto del Mundo Arabe de París dedica una vasta exposición a la aventura histórica de Las Mil y una noches, uno de los libros más notables de todos los tiempos, que inició en los placeres de la lectura y la imaginación a niños y adolescentes del último milenio y en muchos casos los guió hacia la incierta vocación literaria.
De la rigurosa muestra sobre el destino de Alf layla wa layla, como se denomina en árabe, se concluye que se trata de un ejemplo claro de creación colectiva, tal y como ocurrió en otros tiempos con las viejas historias indias del Ramayana y el Mahabarata o con la Biblia y todas las sagas y los libros sagrados.
En estos tiempos de culto total al individualismo y a la vanidad exacerbados de los escritores que escriben más para figurar que para expresarse o aprender y mejorar, saber que este libro tan actual se escribió por estratos a lo largo de los siglos, merced a los aportes de las diversas generaciones y en regiones distintas, es refrescante y reconfortante.
El librero Ibn an Nadim refirió en el siglo X la noticia de que Alejandro el Grande, tres siglos antes de Cristo, habría sido uno de esos monarcas a quienes les gustaba le contaran o leyeran cuentos en las noches antes de dormirse, como ocurre con los niños de todos los tiempos, lo que no es extraño, dado el gran refinamiento de la cultura macedonia, que poco a poco van desenterrando los arqueólogos.
El mismo librero afirma que los primeros redactores persas habrían trabajado durante varios siglos, antes y después del comienzo de nuestra era, en la escritura del primer cuerpo de estas historias, cuyo personaje encantador básico es la mítica Sherezada, mujer que cuenta las historias a un soberano sanguinario traumatizado por la infidelidad de las hembras y que decide poseer cada noche a una de ellas y matarla al alba.
La exposición nos muestra el primer registro escrito de Las Mil y una noches, conservado en la biblioteca del Oriental Institute de la Universidad de Chicago, una hoja rota que observamos detenidamente en la vitrina como la prueba clara de que hubo alguna vez un escribano encargado en el año 879 de pasar en limpio aquellas historias.
Y luego, de vitrina en vitrina, miramos los diversos manuscritos ilustrados que pertenecieron a notables a través de los siglos, algunos de los cuales pertenecieron o fueron encomendados, según se nos dice, a los sultanes otomanos que enriquecieron el libro con sus propias historias.
Pero su llegada al rango de best seller occidental se da ya tardíamente, gracias al viajero francés Antoine Galland, quien pagó diez escudos por un manuscrito sirio del siglo XV que contenía 35 historias, a las que añadió relatos orales de un viajero maronita de la ciudad de Alepo, y que tradujo para el placer de los lectores occidentales entre 1704 y 1717.
Desde entonces proliferaron los manuscritos verdaderos y apócrifos, así como nuevas versiones a las que se añadían cada vez más historias, entre ellas preciosos cuentos de origen egipcio. El libro fue aumentando de tamaño a través de los años y sus versiones al árabe, inglés y todas las lenguas no tardaron en venir. Ya en el siglo XX se han realizado ediciones más fiables, ya que Galland y otros editores anteriores censuraron el lado erótico, que era uno de los más importantes del texto.
En el primer nivel de la exposición, dedicada a la arqueología bibliográfica del texto, vemos todas aquellas ediciones, entre las que se destaca la del traductor Joseph-Charles Mardrus, publicada en 1905, la más erótica de todas, dedicada al poeta Stéphane Mallarmé, de quien era discípulo, y a la que se refiere Marcel Proust como una de sus lecturas favoritas.
Pasamos luego a otras salas donde se nos relata con iconografía y objetos el destino del libro en los siglos XIX y XX, a través de sus versiones cinematográficas, desde los tiempos de Georges Méliès hasta las grandes producciones de Hollywood y también se nos presentan muchos cuadros, dibujos, ilustraciones, que van desde el emblemático óleo de Paul Emile Destouches, donde se ve al sultán y a Sherezada arrellanados en un sofá oriental, hasta las imágenes de Picasso, Van Dongen y otros muchos artistas occidentales.
Descubrimos entonces que Las mil y una noches contemporánea es un libro recreado en los imperios francés e inglés, adaptado por viajeros como Antoine Galland, Joseph-Charles Mardrus o Richard Francis Burton, cuyas versiones nutrieron a los lectores latinoamericanos, entre ellos a García Márquez, quien sin duda le debe mucho a la historia en la elaboración de su Cien años de soledad.
Las mil y una noches debe hacernos despertar y confirmarnos que la deriva individualista de los últimos siglos, donde reina el autor vanidoso lleno de codicia y egolatría es insignificante frente al genial palimpsesto literario de los milenios. Las historias más fascinantes son siempre aquellas elaboradas al calor del fuego por el relato oral de los hombres que viven y sueñan en un mundo de guerras e injusticias sin nombre y que sobreviven contando historias como si fuesen niños eternos.
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* La exposición Las mil y una noches estará en el El Instituto del Mundo Arabe de París hasta el 28 de abril de 2013.

sábado, 19 de enero de 2013

EL SWING GITANO DE DJANGO REINHARDT



Por Eduardo García Aguilar
Creció en las zonas marginales de París donde vivían gitanos, nómadas de todo pelambre y marginales que expulsaba la ciudad, hacinado en caravanas típicas, como lo hacían los suyos desde tiempos inmemoriales. Allí aprendió con su padre y sus tíos los ritmos de las cuerdas y los acordeones con los que se ganaban la vida en las calles y cafés en los felices tiempos de entreguerras, cuando el ritmo de la java sonaba en los bailes de los cabarets que bordeaban los ríos o los canales y que hacían la felicidad de los pobres.
Django Reinhardt había nacido por azar en 1910 en un pueblo de Bélgica llamado Liberchies, y luego de viajar durante la primera guerra mundial a Argelia, donde su padre fundó un grupo de cuerdas, retornó a la "zona" de la querida París, donde su etnia se dedicaba a leer la suerte en las líneas de la mano, a sellar orificios en ollas y sartenes o a posar desnudos para los pintores del momento, entre otras actividades posibles. Las estrechas caravanas de madera haladas por caballos o viejos vehículos deshauciados constituían su hábitat en los suburbios aún rurales donde la naturaleza estaba a flor de piel, lejos de las leyes de la urbe.
Así había vivido su gente toda la vida a través de los siglos y en esa independencia y libertad prefería que el tiempo transcurriera en una fiesta permanente que la gente de la ciudad no comprendía. El niño empezó a tocar el banjó que le prestó su tía, un instrumento pesado que se parecía a una mandolina y sonaba muy duro y con él desde muy temprano acompañó en las calles, el metro, las plazas y los cabarets a sus tíos o primos o amigos de la familia, a cambio de las monedas que el público les lanzaba.
El París de entreguerras era una verdadera fiesta, como la describe Ernest Hemingway en el libro París es una fiesta, y en los cabarets famosos o marginales bailaba Josephine Baker o se escuchaba la voz de Mistinguett y Frehel, precursoras de Edith Piaf, mientras estallaban el teatro, la pintura, la literatura, el cine y la arquitectura art deco, que irrumpía con sus imágenes cubistas. Marcel Marceau era el mimo de moda y Fernandel una estrella.
En el vientre de la ciudad nunca dormía el mercado de Les Halles, rodeado de restaurantes y bistrós que siempre estaban llenos y donde la lengua hervía de ingenio y ocurrencias. Ese mundo de pobres trabajadores, alegres y bulliciosos, cínicos y escépticos, héroes de la palabra, está muy bien descrito en la novela Viaje al fondo de la noche y otras obras narrativas de Louis Ferdinand Céline, que llegó al alma de ese tiempo que presagiaba el retorno de la guerra.
El adolescente Django es conocido en los bajos fondos de París por el indescriptible talento con que interpretaba el banjó y los dueños de antros musicales se lo peleaban para tenerlo de acompañante del acordeón en las veladas musicales. En una tarde o una noche Django ganaba mucho más que un obrero en una semana o un mes sudando sin cesar desde la madrugada hasta la noche y por eso su mamá irrumpía en esos lugares antes de que su hijo empezara a derrochar las ganancias. Rápidamente le incautaba las sumas, pero no la alegría de hacer la fiesta, de ver desde el escenario como tiraba paso la juventud de entonces, consciente que una época de paz era corta y había que gozarla.
El geniecillo adolescente de boina era la sensación y suscitaba la admiración de los entendidos, cuando se incendió de repente la caravana donde dormía hacinado con los suyos y se salvó de milagro, aunque su mano izquierda quedó achicharrada. Era la peor tragedia que podía ocurrirle a un intérprete de banjó o a un músico cualquiera que vive gracias a sus dedos. Cualquier otro ser humano se hubiera hundido en la desesperación, pero él vivió con paciencia el largo proceso de recuperación de las quemaduras con ayuda de la familia gitana, en su vertiente étnica manouche, proveniente de Alemania y Alsacia. Dos dedos de su mano izquierda quedaron inmovilizados para siempre y en medio de horrendas cicatrices los otros tres sobrevivieron en el extraño muñón que emergió del desastre y el fuego.
Como el banjó era muy pesado, un primo le pasó una guitarra y Django empezó con lentitud el reaprendizaje musical, en esas largas tardes y noches que pasaba sentado en el prado, observando a lo lejos el humear de los fogones de leña donde las mujeres cocinaban. Pronto su defecto se convirtió en motivo de originalidad porque la guitarra en sus manos empezó a sonar de otra manera y los tres dedos salvados del fuego comenzaron a cobrar vida propia, maravillando a los observadores. Con los dedos de la mano derecha completos rasgaba la guitarra, mientras el atroz muñón se desplazaba al otro lado a la velocidad de la luz, inventando un swing que era solo suyo, por lo que empezó a sorprender a los entendidos y a la crítica siempre estricta de los medios.
Con el violinista Stephane Grapelli creó el Quinteto del Jazz Hot de Francia, club musical donde sonaba el jazz proveniente de Estados Unidos y que se había puesto de moda en los llamados Años Locos, la época que tanto ama y filma Woody Allen en sus películas parisinas, acompañadas siempre por la música de su admirado Django Reinhardt. Grapelli, virtuoso del violín, tenía 26 años, y Reinhard 24, y pronto la corriente pasó entre ellos aunque eran muy diferentes, creando melodías y éxitos inolvidables que hoy son de culto mundial.
Grapelli era un dandy exagerado que trataba de ocultar con su amaneramiento sus orígenes muy humildes, mientras Django era la sencillez y la modestia encarnadas con su mirada sabia y el bigote de galán de cine a lo Porfirio Rubirosa. De manera espontánea ambos volaban por terrenos musicales inéditos, aunque el tiempo y la leyenda posteriores destacaran cada vez más el delirante entrevere de las notas que el gitano sacaba a su guitarra con el muñón calcinado, opacando el legado de Grapelli. La pareja musical improvisaba melodías sorprendentes y en unos años llegó a convertirse en un verdadero mito.
Luego llegó el inicio de la II Guerra Mundial y la separación de los amigos, pues Grapelli optó por quedarse en Londres durante la Ocupación nazi y Django se quedó para crear su propio grupo, reemplazando el violín por el clarinete. Durante esos años peligrosos, la fama del músico evitó que fuera detenido o deportado como los suyos o los judíos a los campos de concentración o a las fábricas del trabajo obligatorio. Al fin y al cabo, París se convirtió en el lupanar de los soldados nazis y la música y la fiesta se volvieron fáciles salvoconductos para los marginales.
Terminada la guerra, Duke Ellington se lo llevó de gira en 1946 a Estados Unidos, donde el extraño personaje con la mano quemada asombró en Cleveland, Indianapolis, Chicago, Minneapolis, Kansas City, Boston, Detroit y Nueva York, entre otras ciudades. Pero ese viaje triunfal, que tuvo solo un momento de fracaso en el Carnegie Hall, cuando tuvo que interpretar con una guitarra desafinada, terminó mal, pues Django tenía nostalgia de su familia y quería regresar a su caravana y a los campos rurales de las afueras de París, al lado de su esposa y su hijo. "No me hablen más de música", llegó a exclamar. Pasaba las tardes pescando en las quebradas y riachuelos y sus guitarras estaban empolvadas.
Reinhardt retornó por un tiempo a los clubes de fama en el París de los existencialistas en el barrio de Saint Germain des Prés, en los primeros años cincuenta, y aunque ya era en cierta forma el mito que sigue siendo en este siglo XXI, prefería pintar sus cuadros y pasar el tiempo entre su gente, lejos de los aplausos, como si la melancolía gitana se hubiese apoderado de él. Su mirada se veía fatigada y la gloria y el dinero le importaban poco, cuando de repente murió de manera brutal por un derrame cerebral a los 43 años, el 15 de mayo de 1953, cuando regresaba una tarde de la pesca.
Ahora, a 60 años de su muerte, Django el gitano vuelve al primer plano y proliferan las exposiciones y las ediciones de su obra, en la que se destaca la inolvidable melodía Nubes, seguida por otras que resuenan como la encarnación de la música en el modesto cuerpo herido de un manouche gitano. Escuchar a Django Reinhardt es viajar a un planeta desconocido, donde la guitarra es el corazón del tiempo y la nada.



domingo, 13 de enero de 2013

GITANOS Y BOHEMIOS EN EL GRAND PALAIS

Por Eduardo García Aguilar*
Siete siglos después de que los gitanos cruzaran el Bósforo y comenzaran a viajar por toda Europa causando simpatía, miedo o estupor, sus descendientes siguen en el centro de la polémica como los incómodos invitados de la llamada civilización, pletórica de horarios, reglas e injusticias.
Instalados en caravanas en las afueras de las ciudades, debajo de puentes, junto a las autopistas, perseguidos por las autoridades que destruyen sus precarios tugurios, los también llamados gypsies, zíngaros o roms de hoy se distinguen a la legua en el metro y en las avenidas por su desenvoltura, algarabía e indiferencia ante los habitantes locales.
Provenientes del norte de la India, de donde habrían sido expulsados por los islamistas invasores, los gitanos guardaron desde siempre su lengua, costumbres e identidad, y en su errancia sin fin llegaron a cruzar el Atlántico e invitarse a las Américas. Ahí desde hace siglos se aparecen en pueblos y ciudades y se esfuman con sus baratijas, inventos y picardías tal y como lo cuenta Gabriel García Márquez en Cien años de soledad, donde el inmortal Melquíades sería su representación metafórica.
Como hace siglos, quienes los critican los acusan de los mismos entuertos : malvivientes, entrometidos, de turbia sexualidad, dedicados al robo y a la estafa menores, a la lectura de la suerte y la venta de pacotilla y abalorios, y que con el pretexto de la vida alegre y sin ley traen caos e incertidumbre a los ciudadanos burgueses de bien.
Quienes los admiran desde el Renacimiento destacan en ellos la libertad, el espíritu de viaje e itinerancia, el color de su piel y en especial la belleza singular de las gitanillas, cantada por los poetas y por el mismísimo Miguel de Cervantes Saavedra en uno de su más bellos relatos.
Con frecuencia en el metro de París irrumpen las gitanas en pleno, las viejas canosas y desdentadas que leen la suerte, las maduras gordas que alertan a la llegada de la policía y las bellas adolescentes de ojos negros y cabellera hirsuta que en la barhúnda rodean a un rico turista japonés o chino y le roban la cartera y escapan. Un dibujo en sanguina de Leonardo da Vinci muestra la misma escena : un patricio italiano es rodeado por un grupo de gitanos grotescos que lo intimidan y tal vez lo dejan si su bolsa llena de ducados.
Cuando una bella gitanilla venida desde el fondo de los países del Este entra con sus hermanas o primas al metro, siempre es en medio de la algarabía, como si el mundo estricto que las rodea no existiera y fuera solo un escenario para su migración permanente. En una serie de cuadros famosos los pintores de todos los tiempos han descrito el encuentro inquietante entre la gitana lectora de las líneas de la mano, vestida de harapos, y la noble refulgente entre sus prendas de seda y sus joyas.
Pero el mito gitano también es el amplio repertorio musical catalogado por Franz Listz, que se puso de moda en los grandes escenarios, el teatro y el cine, así como las danzas al son de las panderetas y una vestimenta colorida que ama collares, pulseras y cuentas, pañoletas floridas y largos faldones que los pintores contaron con sus pinceles y se ve en la inolvidable Carmen de Bizet o en La Gitane de Richepin.
En el siglo XIX la generación de jóvenes artistas románticos y finiseculares se identificaron con todas estas facetas del mito y como en ese entonces los emigrantes traían salvoconductos de la lejana Bohemia, tomaron para ellos el famoso calificativo de bohemios, tema central de la exposicion que en honor de ambos grupos marginales presenta el Gran Palais y se traslada pronto a Madrid.
En el segundo nivel del Palacio, después de haber mostrado en el primero una vasta iconografía del fenómeno gitano, la exposición aborda el tema del artista bohemio decimonónico, joven burgués menor de 30 años que abandona sus comodidades y se dedica al arte por el arte, es itinerante como Byron, vive en buhardillas como Chatterton o en talleres precarios al calor de un fogón o una chimenea, pasa la noche en burdeles y tabernas, fuma opio, hachís y bebe absenta en busca de sensaciones extremas hasta la locura y la sífilis, como ocurrió con Nerval, Baudelaire, Maupassant y Verlaine.
El bohemio romántico o finisecular detesta los salones oficiales y las academias, togas, uniformes y honores, es un rebelde contra la sociedad y a veces se suicida. El romaticismo fue una fabulosa epidemia que dejó obras inolvidables y sigue reproduciéndose cíclicamente en las sociedades. Hoy dominan los escritores y artistas burócratas y oficiales, avorazados de marketing, pero tal vez pronto una nueva generación romántica como la de los beatniks, hippies o rockeros o los artistas de La Factory vuelva a recuperar las antorchas del romántico bohemio, o sea del gitano, el insumiso.
En esta parte de la exposición se destaca a Gustave Courbet, quien se volvió viajero a pie que escandalizaba de ciudad en ciudad con sus telas iconoclastas como el famoso y prohibido Origen del mundo. En otro lugar se reproducen las paredes húmedas de las buhardillas parisinas y las tabernas frecuentadas por Baudelaire, Verlaine y Rimbaud, así como los ámbitos de Montmartre y Montparnasse que extendieron la bohemia hasta comienzos del siglo XXI con Picasso y Toulouse Lautrec.
Y al final, a través de los cuadros del alemán Otto Mueller se nos recuerda que el régimen nazi exterminó medio millón de gitanos porque consideraba a éste como un pueblo decandente, así como a los peligrosos artistas de vanguardia que hacían explotar las formas contra las verdades del arte oficial.
* Publicado en la sección Expresiones. En Excélsior, México D. F:. Domingo 13 de enero 2013


lunes, 7 de enero de 2013

FIESTA EN NUEVA YORK

Por Eduardo García Aguilar
La última vez que estuve en Nueva York participé en una fiesta en casa del poeta Nelson Ortega y otros amigos en Central Park, donde suelen reunirse personalidades del arte, la música el teatro y la literatura latinoamericanas y estadounidenses, entre los que figuran Silvio Martínez Palau, Plinio Garrido, Roberto Quesada, Eduardo Márceles Daconte, Renán Arango y el dibujante Naide, entre otros muchos.
Acababa de presentar en Americas Society la versión al inglés de mi novela El viaje triunfal, publicada por Aliformgroup en versión de Jay Miskowiec, con la presencia del maestro Gregory Rabassa, y habían transmitido hacía poco en la región una entrevista que me hizo Jorge Gestoso, donde me refería a las grandes taras de nuestro país natal, y que Nelson grabó con generosidad para mi.
Esos momentos inolvidables de encuentro entre amantes del arte y la literatura en Nueva York, en pleno Central Park, me abrieron de nuevo una puerta a esa diáspora colombiana y latinoamericana que vive y hace cultura en esa ciudad y es hermana de otras diásporas residentes en Canadá, Madrid, París, Londres, Berlín, Barcelona, Buenos Aires, Quito y otras capitales.
Nelson Ortega, actor y poeta, es un ser lúdico y generoso y por eso en torno a él se siente el aura de quienes guardan viva en estos tiempos fríos de marketing el alma artística por encima de todo y tiene las puertas abiertas de su espacio y su corazón a quienes con su sola presencia luchan contra las barbaries contemporáneas.
Cuando voy a Nueva York siento esa fuerza latinoamericana o colombiana que siempre estuvo presente allí desde los tiempos de José Marti, José Juan Tablada y José Eustasio Rivera, quienes como otros miles de escritores, pintores, músicos, actores, filósofos, han vivido en esas calles explosivas largas etapas de su vida, cuando no la vida entera.
En sus calles me tocó vivir en 1989 en directo la caída del Muro de Berlín y la agitación que se sentía por Greenwich Village y sus bares, en los puestos de periódicos y librerías nocturnas que esperaban los diarios europeos provenientes del escenario. Aquella fecha histórica que cambiaba los rumbos del mundo nos llegaba en las imágenes televisivas que mostraban al mundo esa juventud que derruía un muro de la infamia como ejemplo de que no debe haber muros en ninguna parte, ni siquiera en nuestro propio interior.
Por esas calles caminamos con Silvio, Lupe, Plinio, Marco Tulio Lamoyi, Eduardo Márceles, Tomás González y Dora, quienes vivían por Lower East Side y que como muchos otros prefirieron el retorno al origen después de vivir en directo la caída de las Torres Gemelas, la otra noticia impactante, bíblica que marco el inicio del siglo XXI.
Ahí en Nueva York también he vivido la fiesta del jazz, la música en Queens, las rumbas ultracontemporáneas en antros de Manhattan y las presentaciones de libros y recitales en pequeñas librerías donde se siente el paso de los beatniks y las generaciones perdidas herederas de Walt Whitman.
Porque Nueva York, donde escribió Federico García Lorca su extraordinario libro Poeta en Nueva York, es una ciudad de poesía e imágenes, un mundo a veces cruel y solitario donde vibran las fuerzas de la creación como un puñetazo boxístico, un jab inclemente del rey Cassius Clay antes de transmutase en Mohamed Ali, o un mordisco de Hanníbal Lecter el caníbal.
Las ciudades de las diásporas artísticas mundiales son metrópolis enormes y difíciles donde el artista lucha solitario contra los demonios de la creación sin cortes de validos, venias coloniales, petrificaciones provincianas, exclusiones étnicas o emperifollamientos, como ocurre a veces en las capitales latinoamericanas que, como Bogotá o Lima, están llenas de castas endógamas, ignaras y abusivas y millones de intocables, arrodillados ante prelados literarios y cargadores acríticos de incesarios.
En Nueva York la realidad es la realidad a secas. El cruce de los vientos es entrevere de los huracanes devastadores del arte, que es pesadilla, rebelión, fiesta, aquelarre, miedo en el ombligo del Imperio contemporáneo, patrón de las guerras y las armas.
El estremecimiento de los rieles del metro neoyorquino, significa el chillido de quienes alguna vez llegaron allí desde todos los puntos cardinales del planeta en busca de un futuro o un pasado, la muerte, el suicidio, el sudor del albañil, o de las luces tramposas de los rascacielos que mostraban las fotografías de Berenice Abbot o las novelas de John Dos Passos, Norman Mailer, Truman Capote o Philip Roth.
París, donde vivo y comparto mis horas con una nutrida diáspora latinoamericana un poco muda ahora, que poco o nada tiene que ver con los tiempos donde reinaron Rubén Darío y Vargas Vila, César Vallejo y César Moro o el siempre joven y moderno Julio Cortázar, quien todavía se nos aparece en las noches de lluvia, es una jaula de oro, un inmenso museo para turistas donde el artista puede sucumbir ahogado por el perfume y el glamour del pasado.
Nueva York para mi es otra cosa, una máquina trituradora de seres, verdades y acomodamientos, un lugar donde el arte se busca y se encuentra y se pierde como la vieja Louise Bourgeois o el delirante Muntadas en el solitario cruce de las avenidas aciagas. Y en esa Nueva York querida y odiada, la diáspora de artistas y escritores colombianos y latinoamericanos, escribe día a día su solo infinito de trompeta para nada y para nadie, como debe ser
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* Publicado en La Patria, Manizales. Colombia. Domingo 6 de diciembre 2013.

domingo, 30 de diciembre de 2012

LA MUERTE DE NEWSWEEK Y OTRAS MUERTES

Por Eduardo García Aguilar
La desaparición esta semana de la legendaria revista estadounidense Newsweek en papel, a la que antecedieron las extinciones de numerosos periódicos y revistas en ricos países democráticos de Occidente que mueren día a día como moscas, muestra la tendencia ineluctable al predominio de la virtualidad y a la llegada de una nueva era donde cada ciudadano será un periodista móvil y multimedia del instante.
La deliciosa costumbre de leer el diario en el café entre el bullicio de los comensales o la espera del periódico en casa antes de iniciar el desayuno para enterarse de las noticias del día y guiarse para opinar en la jornada, quedará ya como un ritual arcaico de abuelos y bisabuleos, mientras las nuevas generaciones pasan directo al auge de los teléfonos portátiles inteligentes y las tabletas, cada día más accesibles y baratas.
Es cierto que todavía diarios y revistas son muy vigorosos en muchos países asiáticos, africanos y latinoamericanos, donde todavía se resisten a desaparecer y por el contrario crecen en medio de la corrupción política y engrosan su cartera en tiempos de la cíclica y multimillonaria temporada electoral que aporta maná caído de los cielos.
En países emergentes y corruptos como Brasil, México, India, China, Indonesia o Sudáfrica, o en los países del Este europeo, los diarios siguen compartiendo el poder hegemónico con la radio, la televisión y la publicidad callejera, e incluso suelen tener un enorme paginaje como en los buenos tiempos en que Los Angeles Times o The New York Times pesaban dos kilos en su edición dominical. Pero ese auge tiene la apariencia de la artificialidad.
Tal vez esa buena salud de los diarios en papel en países emergentes como México o Brasil se deba también a la inyección desbordada de dineros públicos o sucios por medio de la publicidad de ministerios, alcaldías y gobernaturas o empresas oficiales o privadas, que nutren sin control las arcas de esos medios a cambio de control ideológico y propaganda y muchas veces en espera de retrocomisiones.
En esos países donde reina la corrupción, los periódicos y revistas prósperos, las televisiones y las radios, pertenecen a veces a unas cuantas familias o grupos de poder que ejercen a su vez el poder político y económico y controlan así todas las arcas del Estado, por lo que la vida y la prosperidad de esos medios son en la mayoría de los casos artificiales y una feliz fiesta endogámica.
En México, país muy rico donde la danza de los millones y el derroche es impresionante, diarios y revistas cumplen todavía al lado de radio y televisión una función decisiva en el rumbo político del país y hay un aceitado sistema donde los generadores de opinión pueden hacerse ricos en un abrir y cerrar de ojos con solo seguir la línea del gobierno nacional o local de turno y participar en las campañas de desprestigio o elogio del caso, según las pautas marcadas por los asesores de comunicación.
El día en que llegue la transparencia y se ejerza el control estricto de los dineros públicos en esos países, como ocurre en muchas democracias occidentales, todos esos imperios mediáticos se derrumbarán como castillos de naipes, pues solo son hábiles entramados de lavado de dinero ilegal y público.
El asunto es obvio cuando se ve el tamaño cada vez más raquítico de diarios y revistas en países democráticos ricos, cuando no se anuncia la desaparición pura y simple de los mismos, mientras engordan algunos medios de los países del llamado Tercer Mundo, donde en la capital y sus regiones pueden convivir a veces decenas de grandes y prósperos periódicos y revistas.
Cuando se lee en la última portada de Newsweek, que ya de por sí era una publicación raquítica en papel, la invitación a lectores y suscriptores para que se den de alta rápidamente para recibir la edición virtual por Internet, se comprende con toda claridad que la nueva era del periodismo sigue su rumbo incierto hacia el precipicio, guiada por los cantos del flautista de Hamelin.
Y vale la pena preguntarse con estupor qué harán entonces los centenares de miles de jóvenes graduados en costosas escuelas de periodismo en el mundo entero, porque esa profesión se había vuelto la carrera de moda para alumnos indecisos que no encontraban vocación alguna y soñaban con aparecer algún día en televisión o hacer de reporteros internacionales en países lejanos, cuando cada vez hay menos enviados oficiales, desbancados por aficionados o stringers que reportan casi gratis y al instante desde cualquier lugar del planeta.
La proliferación de sitios, blogs, medios virtuales de grupos o asociaciones no gubernamentales, el hecho de que cada individuo tiene en su teléfono portátil o su tableta un eficaz instrumento multimedia, y es ya de facto un periodista en potencia, convierte en grandes elefantes blancos a las facultades de periodismo, a las agencias internacionales y a los grandes medios tradicionales, que como Newsweek y tantos otros grandes diarios y revistas mueren mientras concluye la larga era de la imprenta de Gutemberg.

sábado, 22 de diciembre de 2012

LOS REYES DECAPITADOS

*
Por Eduardo García Aguilar
Leí por primera el miércoles el poema « La revolución francesa » del poeta y dibujante romántico inglés William Blake (1757-1827) mientras la ciudad estaba cubierta por una pesada capa de bruma y humedad invernal. Descubrí así un extraño texto estremecedor donde se atisba el espanto total de un poder que ha dominado todo durante milenios y de repente ve derrumbarse y hundirse sus cimientos, que parecían inamovibles.
Nobles, clérigos, familia real, pajes, ayudantes, ministros, corte, alguaciles reciben en palacio las inquietantes noticias que vienen de la Bastilla, donde la fuerza popular iracunda e incontenible se dispone a derrumbar sin piedad el viejo régimen de príncipes y favoritos.
El largo fragmento escrito en 1790 por encargo del librero progresista Joseph Johnson hacía parte de un gran conjunto, a la usanza romántica, que Blake nunca concluyó y no fue publicado en vida del autor. Blake era conocido en vida por sus imágenes y solo después sus manuscritos perdidos y recuperados poco a poco, entre otros por Dante Gabriel Rossetti, fueron revelando la magnitud póstuma del escritor, posicionado desde hace mucho tiempo como uno de los clásiscos de la literatura universal e incluido en un volumen de la Biblioteca Personal de Jorge Luis Borges, que tengo en mis manos.
Este fragmento es conmovedor, pues con voz precisa y certera, metáforas, alegorías y figuras magistrales, nos comunica el sismo que significó una revolución, el fin de un mundo y una época cimentada durante miles de años en la creencia de la estirpe divina de los príncipes.
Y los personajes descritos por Blake, representantes del linaje real, los poderes ejecutivo, eclesiástico, militar, se encuentran en el imagiario palacio del Louvre petrificados de miedo ante el cataclismo de la Revolución Francesa de 1789 contra el Antiguo Régimen.
Un verso lo dice todo, cuando expresa que « El rey, envuelto en púrpura y fruncido el regio entrecejo, yacerá junto al oscuro labriego y los gusanos de ambos fraternizarán ».
Se me ocurrió entonces brincar e ir a la Basílica de Saint Denis, donde están sepultados todos los reyes de Francia, cuyos cadáveres fueron desenterrados por la turba y después, durante la Restauración recuperados poco a poco y vueltos a enterrar en esta antigua Catedral situada al norte de París.
En este templo Juana de Arco entregó sus armas en el siglo XV antes de ser supliciada bajo fuego y fue erigido en homenaje a Saint Denis, predicador cristiano que según la leyenda fue decapitado por los romanos en el siglo III y caminó solo llevando su cabeza en sus propias manos hasta el sitio final.
Nunca había venido a este lugar aunque a lo largo de las décadas la tuve a mano, ya que solo basta tomar el metro para llegar hasta sus puertas. La Catedral de Saint Denis sería el equivalente de Westminster, donde están sepultados los monarcas británicos aún no derrocados en tierra de Blake y Byron.
Pero Westminster pervive todavía en un país de monarcas y la Basílica de Saint Denis sobrevive apenas con sus muertos y criptas húmedas y musgosas en los suburbios republicanos de la inmigración y la pobreza, 230 años después la Revolución Francesa.
Cuando descendientes de los reyes franceses como el actual borbón Luis XX, quien es además bisnieto de Francisco Franco, han venido al sitio, se han quejado del deterioro ostensible del lugar, lo que salta a la vista cuando el visitante sale de la boca del metro y se encuentra en un laberinto de nuevos edificios de cemento y plástico construidos en la década de los 70.
En medio de comercios de baratijas y calles sucias este visitante observa una torre y se dirige bajo la lluvia a la antigua construcción gótica, cubierta por la pátina del tiempo, una capa de mugre negra adosada a cada una de sus arcadas, estautas, agujas góticas, rosetas y muros esculpidos.
Lugo entra y ve los mausoleos detrás de rejas visitados por unos cuantos turistas ancianos y comprende con toda claridad gracias al poema de Blake y a la realidad histórica palpable lo que fue de verdad en su momento la Revolución Francesa surgida de la Ilustración, el apocalipsis deflagrante que significó el hecho para los nobles derrocados y pueblo incrédulo que durante milenos se inclinaba ante ellos.
Blake escribió el poema tres años de que Luis XVI fuera decapitado en la plaza de la Concordia, pero ya en este fragmento contaba el estremecimiento del fin de una época histórica, de un sistema de creencias y privilegios, con la voz y la fuerza de la generación romántica.
Ahora, al salir de ese templo y caminar por las calles populares de uno de los suburbios mas pobres de París, recorro la arteria central y veo el ajetreo de los habitantes de hoy, franceses pobres, arabes, africanos, asiáticos más pobres aún, todos ellos ajenos a ese cementerio de reyes decapitados simbólicamente hace dos siglos.
Dos siglos en historia no son nada, por lo que es claro adivinar que la era de los monarcas terminó apenas ayer y que quienes caminamos por estas ruinas hoy somos casi contemporáneos de Danton, Marat y Robespierre, de la Ilustración y el Culto a la Razón.
Bajo la lluvia y la humedad hablo con el humilde policía de guardia y camino luego sobre la misma tierra que vio rendirse a Juana de Arco, hacia la boca de un metro anónimo, sucio, caótico.
Quedo lleno de cavilaciones, pero maravillado por el poder del texto de un gran poeta romántico que murió anónimo y sin fama para mostrar que los grandes monarcas se esfuman y los poetas como Dante y Blake quedan para siempre sin necesidad de coronas.


* En la imagen, el poeta William Blake






viernes, 21 de diciembre de 2012

LOS 30 AÑOS DEL NOBEL MILAGROSO

Por Eduardo García Aguilar
Cuando el 8 de diciembre de 1982, hace 30 años ya, Gabriel García Márquez, vestido de blanco liqui-liqui, recibió a los 54 años de edad de manos del rey Carlos Gustavo XVI de Suecia el Nobel de Literatura, se cerraba un ciclo milagroso del destino que marcó para siempre a un hombre, un país y un continente en plena efervescencia.
Nada al comienzo presagiaba que este hijo de un telegrafista pobre y calavera, nacido en un remotísimo villorio de la Costa Atlántica y que fue criado por sus abuelos, llegaría un día a ser recibido en todas partes como un jefe de Estado por presidentes, dictadores, reyes, gobernadores, alcaldes y reinas de belleza y que sus libros, por una magia especial, generarían el consenso absoluto de la crítica y de los lectores y fuera leído con pasión en todos los puntos del orbe.
El niño, el adolescente y el joven, perteneciente a una familia de costeños numerosa y modesta, a quienes muchos consideraban un "caso perdido", tendría que franquear todos los obstáculos y dificultades posibles para surgir en un país arcaico dominado por una casta política y económica endogámica, bunkerizada como los virreyes españoles en la fría capital colonial Bogotá, y donde a lo largo de los siglos siempre fueron los mismos quienes gozaron de los honores y las venias, mientras provincianos, indios, negros y miserables de todos los orígenes eran discriminados en las periferias.
A los 14 años, el destino se le atravesó y obtuvo gracias a los contactos y a la suerte una beca nacional para realizar los estudios de bachillerato en un frío pueblo de la sabana bogotana, Zipaquirá, región donde habitaron los indígenas autóctonos Chibchas, y que albergaba un yacimiento de sal en cuyo hueco se instaló una subterránea catedral que atrae desde siempre a los turistas.
Allí vivió en un internado que fue clave en su vida, porque lejos de las tierras cálidas y alegres de la costa tuvo que dedicarse de lleno a la lectura y al estudio para paliar la soledad, guiado por una pléyade de excelentes maestros normalistas, algunos de los cuales, como Carlos Martín, eran miembros de la generación poética llamada de Piedra y Cielo y que abría nuevas ventanas a la literatura costumbrista o engolada de Colombia.
Durante esos años adolescentes, lejos de casa, García Márquez tuvo la fortuna de leer todos los libros posibles y ejercer sus primeros pasos literarios escribiendo poemas de amor con el tono intimista de esa poesía inspirada por el español Juan Ramón Jiménez, quien obtendría el Premio Nobel en 1956, un cuarto de siglo antes que el propio estudiante provinciano perdido en las alturas de los Andes. Allí en ese colegio se encontró, por ejemplo con Thomas Mann, otro Premio Nobel autor de La montaña mágica y José y sus hermanos, libros que lo marcarían para siempre.
Mientras millones y millones de colombianos de su generación tenían que abandonar rápido los estudios primarios para trabajar o ni siquiera hacerlos, porque desde la infancia cargaban ladrillos en los tugurios, hacían la guerra como soldados o recogían cosechas como jornaleros, bajo la intemperie, el modesto muchacho al menos tuvo la oportunidad de pertenecer a esa pequeña élite de los estrictos colegios públicos nacionales, donde unos cuantos escogidos que resistían la dura prueba madrugaban para devanarse los sesos estudiando latín y aprendiendo las leyes de la gramática, en un país donde presidentes, ministros, prelados y legisladores eran obligatoriamente letrados a la usanza española.
El destino de casi todos ellos era la docencia, la burocracia, alguna profesión liberal o por supuesto la abogacía, profesión nacional por excelencia y sueño de quienes buscaban escalar para sacar a sus familias de la pobreza. Con mucha mayor razón si se era el varón primogénito de una enorme familia, llamado por tradición a salvarla.
García Márquez ingresó entonces a estudiar derecho en la Universidad Nacional, donde fue discípulo del hijo del expresidente liberal Alfonso López, de mismo nombre, quien también llegaría al llamado solio de Bolívar y sería uno de sus amigos recurrentes en los años de gloria y en las fiestas animadas por la típica música vallenata.
En esos primeros años de Bogotá el costeño alegre e informal conocería muchos secretos del país y aprendería a escrutarlo y comprenderlo desde el centro, pero la tragedia se le atravesó rápido cuando el 9 de abril mataron al líder liberal Jorge Eliécer Gaitán y el país entró en la nueva era de la Violencia que aún no concluye, después de que parte de la capital fuera incendiada y destrozada por la revuelta en medio de una terrible matanza.
La deflagración estalló durante la reunión de la Conferencia Panamericana, a la que por casualidad asistió el joven líder estudiantil cubano Fidel Castro, quien una década después tomaría el poder por medio de una Revolución y no lo dejaría durante el siguiente medio siglo y quien también sería uno de sus grandes amigos personales.
De retorno a casa, García Márquez volvió de nuevo a la deriva y ejerció todos los oficios posibles según cuenta la leyenda, como vendedor de enciclopedias, guardián de burdel, cantante de vallenatos y boleros, hasta que se le atravesó el periodismo, el oficio que ha salvado y perdido a todos los poetas del continente.
Al lado de un grupo de sabios amigos bohemios, intelectuales y escritores de Barranquilla, apadrinados por el sabio catalán Ramón Vinyes, García Márquez desarrolló sus armas como escribidor incesante frente a las viejas máquinas Underwood o Remington que sonaban como ametralladoras en las redacciones de los periódicos.
Treinta años después, en octubre de 1982, cuando la noticia del anuncio del Nobel salió de los teletipos de las agencias internacionales y apareció en primera plana en los vespertinos de la Ciudad de México, donde vivía desde hacía apenas dos décadas, todos supieron que se había producido un milagro que nunca volvería a repetirse. García Márquez acababa de elevarse a los cielos como Remedios la Bella, uno de los personajes inolvidables de Cien años de soledad, la obra que le dio gloria y fortuna gracias al poder inescrutable de la palabra.

* Publicado en el diario La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de diciembre de 2012.

domingo, 9 de diciembre de 2012

PEQUEÑA GUÍA ECOLÓGICA DE MÜNICH


Por Eduardo García Aguilar*
Un río libre y natural, el Isar, la cruza en una serie de meandros selváticos que desde los tiempos de los bárbaros y los reyes siempre se han conservado para delicia de los amantes de la naturaleza. A su alrededor abundan lagos como el Ammersee y el Starnberger See que surgieron de los deshielos de las glaciaciones y hoy son deliciosos balnearios alpinos.
Además, las montañas de los Alpes, las inmensas cumbres nevadas que inspiraron a los románticos bucólicos Hölderlin, Von Kleist, Novalis, Heine y Goethe, le otorgan a la región un clima cambiante de lluvias desatadas y soles potentes que se mezclan con el viento y la nieve en invierno o la canícula y el aroma vegetal en verano.
Para quien ignore la historia contemporánea, sería una verdadera sorpresa enterarse de que en esta ciudad se originó en los años 20 del siglo pasado el nazismo de Adolfo Hitler y su amigo Heinrich Himmler, quienes crearon el partido y las ominosas SS en algunas de las cervecerías repletas de gente que hoy todavía pueden vistarse con cierta inquietud macabra.
Aquí dio sus primeros pasos el pintorzuelo austriaco Hitler, pues en una tienda fotográfica conoció a su gran amor Eva Braun y con sus lugartenientes creó las primeras células de un partido que llegó en 1933 al poder, después de la ominosa Noche de los cuchillos largos, presagio de futuros horrores como la Jornada de los cristales rotos y los campos de concentración.
Es cierto que estos hechos históricos persiguen al visitante enterado cuando entra a la céntrica cervecería donde se reunían los nazis a celebrar sus avances al calor de la música, las salchichas y la cerveza bávaras o cuando recorre las avenidas que aparecen en las viejas tarjetas postales, por donde recorrían antes las hordas agresivas del Nacional-Socialismo con sus uniformes estrictos.
Pero el contraste es extraordinario al percibir que una nueva sociedad ha emergido y que Münich es hoy gobernada por una coalición de socialdemócratas y ecologistas, ejemplo de gobierno para otras ciudades del mundo que rinden culto al cemento, los edificios enormes, al ruido, el esmog, las autopistas y los automóviles.
Estoy hablando de Münich, la ciudad alemana del sur, capital del Estado Federado de Baviera, que en los viejos tiempos perteneció o estuvo aliada a otras esferas geopolíticas como el Imperio Sacro Germánico y el Imperio Austrohúngaro.
La ciudad nutre sus raíces culturales en las montañas nevadas, las grandes cascadas, los bosques llenos de luciérnagas, enanos, brujas, elfos y gnomos de cuento romántico escrito por los hermanos Grimm o por Hoffmann, entre otros autores de relatos fantásticos.
Rodeada de campos boscosos donde las costumbres de otros siglos se conservan, como los enormes árboles adornados que dieron origen al tradicional de navidad que invadió el planeta, las vestimentas excéntricas que se guardan y se usan con orgullo, los sombreros tiroleses, las calzonarias de cuero con tirantes para los hombres y las faldas y las cofias campesinas coloridas para las mujeres, la ciudad está llena de sorpresas barrocas.
Los campos huelen a abono natural, ya que los pesticidas han sido reducidos por los gobernantes ecologistas y ya es natural el paisaje de los paneles solares sobre los techos de las viejas casas de campo, que adoptaroncon entusiasmo una energía natural que genera lo necesario para la vivienda e ingresos extras al venderse los excedentes para la comunidad.
Y eso sin contar el uso del agua fluvial que baja de los Alpes para crear energía hidráulica ecológica en todos los meandros de sus ríos y lagos, por lo que no es estraño encontrarse con represas naturales que arrullan con el sonido insistente de las aguas retenidas y liberadas. Igual ocurre con el viento alpino que en un abrir y cerrar de ojos despeja las nubes y deja el azul firmamento libre.
Münich es el paraíso de la cerveza y durante todo el año se rinde culto a la deliciosa bebida, servida en recipientes de todas las formas en las múltiples fiestas paganas que celebran con cualquier motivo los habitantes de este lugar y cuyo punto climático es la famosa Oktoberfest.
Hay un aire pagano en todas las celebraciones ruidosas que practican, ya sea con motivo del verano, la primavera, el otoño o el invierno, o usando como pretexto el triunfo del Bayern de Münich, su equipo de fútbol. Por las amplias avenidas la gente sale a celebrar esgrimiendo sus cervezas, en medio de la alagarabía de los músicos y la alegría de una juventud cada vez más mestiza y abierta a los aires del mundo. Abundan turcos, árabes, asiáticos, latinoamericanos, españoles.
En verano se suceden las celebraciones y en las boscosas islas o riberas del río inmemorial se practica el nudismo, que en otros lugares es más discreto o incluso prohibido. Los gobernantes socioecologistas han decidido dar rienda suelta a esa práctica pagana que da contacto con el sol y la naturaleza y genera paz y bienestar, y que otras ciudades del mundo deberían propiciar.
Las ciudades modernas suelen canalizar sus ríos o rodearlos de muros de piedra y cemento y sobre sus riberas se construyen autopistas como ocurre en París, pero en Münich las autoridades decidieron dejar
via libre a esa naturaleza que ya conservaba el rey Ludwig, cuando cuidó el Jardín inglés, un inmeso bosque del palacio que hoy sigue allí a salvo de construcciones citadinas, urbanizaciones venales y la voracidad de los agentes inmobiliarios.
En las amplias avenidas del centro, junto a iglesias y palacios decimonónicos, en el barrio francés, en la antigua Marienplatz, junto a sus construcciones barrocas o modernas, se siente ese aire original de una Baviera convencida seguidora de la naturaleza, los vientos, la fiesta pagana y la hirsuta rebeldía campesina que escribió jornadas históricas hace siglos.
Münich dio la espalda para siempre a su pasado más negro de Hitler. Es una ciudad poderosa y rica y sin duda falta mucho por hacer, pero los gobernantes contemporáneos hacen esfuerzos a favor de las energías alternativas como muestra de que puede estar pasando la era de la industrialziación depredadora y contaminante que en otros países emergentes se considera la única vía de un equivocado progreso. 
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* Publicado por La Patria. Manizales. Domingo 9 de diciembre de 2012.

jueves, 6 de diciembre de 2012

EL PODER DE LOS ROTHSCHILD

Por Eduardo García Aguilar
En una antigua sala de la sede histórica de la Biblioteca Nacional de Francia, y mientras se realizan enormes trabajos de restauración, se acaba de inaugurar la exposición Los Rotschild en Francia en el siglo XIX, una inmersión en el poder económico, social y político de esta familia de banqueros judíos provientes de Frankfurt, que tuvo a sus pies a toda Europa y se convirtió en verdadera dinastía todavía reinante.
El muy inteligente James Rothschild llegó muy joven a Francia en 1812, en la parte final del imperio de Napoleón, para desempeñarse como Cónsul de Austria y con rapidez tejió una red de relaciones con las que fraguó una fortuna colosal entre las múltiples guerras y vicisitudes políticas provocadas por restauraciones monárquicas y revoluciones, quiebras, asonadas y guerras sin fin que contribuyeron a inflar día a día su fortuna.
A lo largo de más de medio siglo James de Rorhschild tuvo a su pies al declinante Napoleón Bonaparte, a los frágiles monarcas de la Restauración y al Emperador Luis Napoleón Bonaparte III, bajo cuyo régimen se dio un auge industrial, colonial, cultural y urbanístico sin precedentes.
Como un rey Midas, James financió las obras monumentales de Haussman que transformaron a París, la construcción de los ferrocarriles y múltiples operaciones financieras mundiales para construir canales, puertos, puentes, industrias y minas. Comerció a nivel mundial con madera, tabaco de Cuba, algodón, oro, bronce, mercurio. Y fue así el triunfador y el sobreviviente de los banqueros, pues otros poderosos como Camondo y Pereire, también instalados en París, cayeron en el camino como pobres leones derrotados.
En su mansión de la calle Laffitte, en su castillo de La Ferrière o en su balneario de Arcachon, él y su esposa Betty realizaban fastuosas fiestas a las que acudían los grandes de su tiempo, amenizadas por Berlioz o Chopin y donde se cruzaban reyes, reinas, príncipes, diplomáticos, industriales, militares, diputados, senadores, artistas, cortesanas y arribistas de todo pelambre, bien descritos en las obras de Stendhal, Balzac, Maupassant, Dumas y Zola, entre otros.
James de Rothschild trabajaba en relación con sus poderosos hermanos, instalados cada uno estratégicamente en las grandes plazas de Londres, Frankfurt, Viena y Nápoles, por lo que casi todo el dinero de nobleza, industria, agro, gobiernos, políticos y sociedad en general era administrada por él en esas oficinas que eran como el corazón palpitante del que pendía la vida de todos. Hipotecas, ruinas, herencias, obligaciones, empréstitos, inversiones, préstamos, confiscaciones, quiebras, eran palabras que sonaban de manera cotidina en esas oficinas famosas rodeadas de notarios, abogadillos y funcionarios de pompas fúnebres.
La exposición nos hace viajar hacia esos tiempos para sentir elescalofrío del poder omnímodo del dinero. El enorme y magniífico retrato de James en 1864, pintado por Flandrin, nos comunica esa seguridad devastadora también descrita por Balzac en su famoso personaje del baron Nucingen. El rico James, que derrotó a su rivales Pereire y Camondo y que recibía besamanos de emperadores y reinas, nos mira a los ojos y sentimos a la vez fascinación y miedo.
La exposición de la BNF no lo dice por supuesto, porque la familia ha sido y es todavía una de sus más grandes mecenas desde el siglo XIX, pero detrás de tal esplendor y riqueza y tanta magnificencia, lujo, arte, música, exquisitez, refinamiento, uno atisba cuánto habrá sido el dolor de los arruinados, los despojados, el sudor de los obreros en las factorías metalúrgicas y los campesinos en los plantaciones, la enfermedad, el hambre y la muerte en los cultivos coloniales de ultramar o la sangre derramada en las guerras financiadas con su dinero. Tanta fortuna reposa sobre la ruina de millones y tal vez de ahí surge la necesidad del mecenazgo artístico y la caridad a través de fundaciones.
La vieja sede la BNF se encuentra en el corazón del barrio finnaciero, político y periodístico que dominó Francia desde el siglo XIX. Situada hacia el norte del Louvre y la Plaza Real, la Biblioteca ocupa una cuadra entre las calles Richelieu y Viviene, a unos pasos del edificio neoclásico de la Bolsa, alrededor del cual giró la historia del siglo burgués por excelencia, marcado por la impronta del capital y las transacciones finacieras que sustentaron el auge económico del imperio colonial.
Al frente de la BNF vivió Bolívar en 1804 y 1806 y cada una de las calles de la zona está llena de placas que nos muestran que al lado de la Biblioteca y la Bolsa vivieron el viajero Bouganville, el novelista Stendhal, el cocinero Brillat-Savarin, y centenares de figuras de la farándula, la política, las letras y el dinero. Emile Zola, publicó su famoso Yo acuso en el diario La Aurora, no lejos de aquí, y el socialista Jaurès, fue asesinado en un café cercano mientras sus émulos luchaban ilusamente contra el omnímodo poder financiero.
En la muy bien curada exposición hemos palpado documentos claves de grandes negocios, cuadros, fotografías color sepia, testamentos y actas de bodas, libros antiguos y objetos diversos que adornaban los salones del rico y sus herederos.
Vimos a la familia en pleno de paseo y de fiesta, a la reina Victoria y al Emperador Luis Napoleón inclinados ante el magnate. Sonaba la música de Chopin y de Berlioz. Y al salir en la tarde invernal y brumosa, inmerso del todo en aquel mundo ido, uno cree cruzarse de repente con el fantasmas de James de Rotshild, que acaba de subir enguantado y ensombrerado a la carroza y cuya mirada nos persigue como la de un Big brother mientras se dirige raudo al edificio de la Bolsa.

* Publicado el domingo 2 de diciembre en Excélsior. México.