domingo, 4 de octubre de 2015

LA CARAVANA DE GARDEL



Por Eduardo García Aguilar

Uno de los grandes escritores colombianos y latinoamericanos actuales, sin duda merecedor del Premio Cervantes y otros galardones internacionales si esas instancias exploraran más allá de autores de best sellers o ligados a esferas de poder y de intriga, es sin lugar a dudas Fernando Cruz Kronfly (1943), autor de una vasta obra que incluye nueve novelas, diversos libros de relatos y ensayo, e incluso poesía.

Cruz Kronfly pertenece a la generación de autores colombianos que empezaron a publicar muy jóvenes en los años 60 y fueron eclipsados desde el inicio por la irrupción del boom latinoamericano y la deflagración atómica de Gabriel García Márquez, y a la que pertenecen novelistas como Germán Espinosa (1939), Oscar Collazos (1942) y Rafael Humberto Moreno Durán (1946), para solo mencionar algunos de los ya fallecidos. Y entre los vivos Albalucía Angel, Fanny Buitrago y Roberto Burgos Cantor, entre otros.

Antes de que la narrativa colombiana diera un viraje casi total a la sicaresca, centrada en la temática del narco y la violencia criminal o hacia  la comercialización a ultranza de la mano del escándalo autobiográfico o el neocostumbrismo escatológico muy preciado por los lectores locales, esta generación se caracteriza por su amplia cultura, la práctica del ensayo y el diálogo con otras culturas y la reflexión sobre el acto de escribir en el contexto de su agitada época, no desde el ángulo de la fácil demagogia emocional sino del pensamiento riguroso y del cotejo académico y universitario.

Hijos del Extremo Occidente, definido así con lucidez por el ensayista francés Alain Rouquié, Cruz Kronfly y sus compañeros de generación, nacidos casi todos en los años 40 y que publicaron sus primeros textos en la revista Eco u otras publicaciones de alto nivel existentes antes de la frivolización de las letras colombianas, estaban al tanto de todas las corrientes del pensamiento mundial y ejercían el arte de novelar con una mirada mucho más amplia que la actual, menos preocupada en satisfacer al lector de novelas McDonald o a los editores chatarra, que en romper cánones, abrir laberintos y establecer vasos comunicantes.

Cruz Kronfly, abogado de la Universidad Gran Colombia de Bogotá, ha sido profesor de la Universidad del Valle en Cali, que le otorgó el dotorado Honoris Causa en Literatura. Allí en esa ciudad del occidente colombiano, centro de una gran actividad poética, cinematográfica y dramatúrgica de vanguadia en el siglo XX, ha vivido el autor entregado a su trabajo académico y de escritura.

De la vasta obra narrativa de Cruz Kronfly se destacan Falleba, La ceremonia de la soledad, El embarcadero de los incurables, La ceniza del Libertador y sus dos más recientes, La vida secreta de los perros infieles y Destierro, entre otros libros que abordan los avatares del deseo y la soledad, también publicados por la excelente editorial Sílaba de Medellín. En el campo del ensayo, figuran La tierra que atardece, Amapolas al vapor y La sombrilla planetaria, a través de los cuales conocemos su sólido pensamiento sobre nuestra época.

Pero hoy nos ocuparemos brevemente de La caravana de Gardel, que acaba de ser reeditada en Colombia por Sílaba y fue llevada al cine este mismo año por el director Carlos Palau, cineasta de la generación del llamado Caliwood, de Cali, y cuyo principal exponente de leyenda es el suicida Andrés Caicedo, autor de la mítica novela Que viva la Música.

La caravana de Gardel muestra la capacidad juguetona de Cruz Kronfly de salirse de sus propios senderos. Si en gran parte de su obra muy contemporánea nos introduce a los aposentos de parejas modernas confrontadas a la neurosis citadina, la asfixia del cuerpo y a las derivas del deseo, desde ángulos interiores y en ámbitos intelectuales y reflexivos, fragmentarios, desolados, en La caravana de Gardel viaja hasta el pasado, introduciéndonos primero al año 1935, cuando murió Carlitos Gardel en Medellín en un accidente aéreo.

Quince años después del accidente Cruz Kronfly nos lleva también a la trágica época de la violencia partidista en Colombia, a través de la voz de un personaje, Arturo Rendón, que participó en el traslado imaginario o real del cadáver del rey del tango por los caminos y montañas del occidente colombiano, a pie, a lomo de mulas, por camion o vía férrea para llegar al puerto de Buenaventura, desde donde el sarcófago viajaría en barco hasta Buenos Aires.

Rendón vuelve 15 años después a la ruta por donde transcurrió el traslado del cadáver del tanguero, en busca del tesoro que tal vez extrajo del catafalco gardeliano su compañero de aventura, el pillo Heriberto Franco. Pero Rendón ya es otro. No queda nada del humilde arriero. Ahora es un joven tanguero urbano que se ha despojado de su pasado agrario y viste como Gardel, con traje completo, chaleco, sombrero Stetson alón, mancuernas, pelo engominado y es un inveterado mujeriego.

El retorno de Rendón es el pretexto para hacer un viaje por una zona del país marcada por las masacres de la Violencia, cuando los ultramontanos conservadores liderados por Laureano Gómez buscaban exterminar a liberales y comunistas y cuando lo agrario, feudal y ultracatólico trataba de exteminar a machete el pecaminoso auge de lo liberal, ateo, librepensador y proletario que irumpía en pueblos y ciudades: o sea la modernidad urbana que transformaba a la vieja colombiam tema predilecto de Cruz Kronfly.

La novela es un cuadro de época, minuciosa reconstrucción de un tiempo ido en el que vamos de la mano de La leona y la gata, dos putas amantes de Rendón que frecuentan cantinas y hoteles de paso con el joven y adorado tanguero, un duro que busca su objetivo sin saber o tal vez sabiendo su fatal destino.

La caravana de Gardel es solo una de sus nueve novelas, terrible y llena de humor, pero es una ventana a la obra de este gran autor colombiano que ojalá los lectores latinamericanos y españoles descubran pronto, porque es el más importante novelista colombiano de su generación y de los más destacados de América Laina, al lado de Ricardo Piglia y César Aira y por eso ya es hora de leerlo y escucharlo porque está entre nosotros más lúcido que nunca.  

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  * Publicado en la sección Expresiones de Excélsior, México. D. F.,  el domingo 4 de octubre de 2015.

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sábado, 26 de septiembre de 2015

OKTOBERFEST CON INMIGRANTES

Por Eduardo García Aguilar
Unos seis millones de alemanes de todas las regiones, pero especialmente de Bavaria y Austria, y turistas del mundo entero, se dan cita desde este 19 de septiembre y hasta el 4 de octubre de 2015 en la enorme plaza Theresienwiese de Múnich para disfrutar durante dos semanas de la Oktoberfest, que celebra este año la versión 182 y fue iniciada con motivo de la boda de Luis I de Baviera.
En esta ocasión la Oktoberfest es excepcional, pues en las últimas dos semanas Múnich ha recibido cientos de miles de inmigrantes mediorientales de diversas obediencias que huyen de las guerras y aspiran a ser acogidos en El Eldorado alemán, o en algunos países nórdicos como Suecia, abiertos al ingreso de estas poblaciones a la deriva como en los tiempos bíblicos. Los fiesteros bávaros saldrán de la estación central por el norte y los inmigrantes por el sur, separados por las autoridades para evitar conflictos.
Creada para celebrar las bodas del famoso rey, la fiesta se quedó para siempre y es una celebración espectacular que llena las calles de bávaros ataviados con su prendas típicas: bellos trajes largos, amplios, escotados y coloridos para las hembras y calzonarias, camisas de cuadritos, tirantes, sombreros tiroleses, botas y medias tobilleras orladas para los hombres.
La estación central (Hauptbanhof), situada en un barrio poblado por turcos, se convierte en un hervidero de gente que acude cada día por centenares de miles y luego recorre las calles hacia los hoteles o las casas de familiares y amigos. Muchos de ellos son parejas de enamorados o grupos de amigos, hombres y mujeres.
Proliferan los jóvenes alegres que pronto llegarán a la Theresienwiese, donde desde hace ya un mes están instaladas gigantescas carpas provisionales con capacidad cada una para más de 5000 comensales y bailarines que vibran al ritmo de las orquestas típicas bávaras.
Es una ciudad dentro de la ciudad. Y además de las carpas, se destacan los gigantescas atracciones de todo tipo, expuestas como en las ferias foráneas que todos recordamos, con la rueda de Chicago, los carros chocones, aparatos para sentir emociones imposibles y todo tipo de milagrerías de recuerdo infantil, donde grandes y chicos retornan a la infancia.
Este tipo de ferias se dispersaron por el mundo a mediados del siglo XIX, en especial en  las ciudades europeas, estadounidenses y latinoamericanas y que todavía provocan felicidad y regocijo anual a las familias, que recorren las avenidas provisionales entre todo tipo de comestibles como chuzos de carne o pescado, salchichas, chorizos, albóndigas y por supuesto las diversas y deliciosas cervezas que en Múnich se toman en enormes jarras de varios litros.
La fortaleza de hombres y mujeres para consumir la cerveza en estas jarras es impresionante, pero los efectos se dejan sentir y hacia las tarde o en las noches las calles se ven llenas de borrachos, vigilados a lo lejos por la policía para evitar problemas.
Tal es la preocupación ahora de las autoridades, pues en las semanas anteriores ocurrió el éxodo más espectacular de refugiados en las puertas de Europa, en especial en Múnich, donde más de medio millón han llegado en trenes o por carretera, en su mayoría sirios, afganos, iraquíes, kurdos, palestinos y otros que huyen de las guerras del Oriente Medio donde el Ejército islámico toma regiones y ciudades y luego procede a torturar y matar a los que ellos llaman infieles de otras obediencias o matices de la misma loca religión islámica creada por Mahoma, un profeta poseído de visiones, quien escuchaba voces que le dictaban los textos sagrados.
Será interesante ver lo que pasará con todos los recién llegados, muchos de los cuales nunca habían salido de sus regiones y que ahora vivirán y convivirán con seis millones de alemanes y turistas dedicados a la fiesta desbordada y delirante. Será un contraste total para ellos, que acaban de salir de una  vida de bombardeos y ejecuciones masivas, llegar a una ciudad dedicada a la fiesta ancestral como en los cuentos de Grimm o Hoffmann y otros cuentistas románticos de las montañaas alpinas y los bosques germanos llenos de brujas, gnomos y flautistas de Hamelin.
Toda la vida han escuchado los cantos de los muecines islámicos, las plegarias y sermones de los imanes, se han inclinado en total sumisión al interior de las mezquitas y las mujeres además han sido sojuzgadas por una sociedad patriarcal que las confina al hogar, las cubre con burkas y las lapida por adúlteras o libres.
Y de repente desembarcan en una bella ciudad de sueño, barroca, limpia, cruzada por un río libre y boscoso y llena de hermosos templos católicos. Los niños no olvidarán jamás estos primeros días de libertad y los adultos tal vez se cuestionarán sobre el mundo medieval y cruel donde han vivido bajo la dictadura de fanáticos y violentos islamistas que recuerdan a sus congéneres de los tiempos de
la Inquisición medieval católica.
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*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 19 de septiembre de 2015






domingo, 13 de septiembre de 2015

¿ NERUDA EN EL LAGO DE ARANGUITO?

Por Eduardo García Aguilar
En Bolivia habían matado el año anterior al Che Guevara y proliferaban por todas partes las  imágenes de ese otro Cristo muerto con los ojos perdidos en las nubes de la inocencia. Dos años antes también habían matado al cura guerrillero Camilo Torres. En la calle los manifestantes esgrimían fotos de los guerrilleros ultimados y lanzaban encendidas consignas revolucionarias.

Alumnos de bachillerato y universitarios al unísono se lanzaban a un compromiso inevitable con la revolución y el cambio y, como nunca en el  país y en todo el continente, aumentaba la prédica del orgullo latinoamericano, la reivindicación de las raíces y el aborrecimiento de la odiada madre patria que nos había colonizado y del imperio yanqui que nos saqueaba, según insistían los ideólogos silvestres desde púlpitos improvisados.

Con el cuerpo del Che Guevara fresco aún en la memoria, en el Instituto Universitario los estudiantes sentían con mayor intensidad práctica la necesidad de manifestar en las calles y participar en el movimiento estudiantil.  Dejaban de ir a clase para salir a las manifestaciones a favor de los obreros
huelguistas de la fábrica de textiles Única y empapelaban la paredes de ese colegio destinado a formar futuros técnicos. Hicieron huelga, bloquearon las puertas, homenajearon al Che Guevara, gritaron vivas a la Revolución.

En ese año 1968 la agitación cundía por todas partes y la visita de Pablo Neruda a la ciudad en octubre para el Festival  Internacional de Teatro Universitario encendió aún más los espíritus con un feroz latinoamericanismo antiimperialista. Todo mundo leía el Canto General del chileno futuro Premio Nobel, considerado con su voz gangosa y su corpulencia araucana un patriarca de la América encendida, especie de guía, papa de las izquierdas imparables que tarde o temprano llegarían al poder para esparcir la felicidad sobre la tierra.

El  clímax de libertad llegó a lo máximo con la presencia en la de Pablo Neruda, el ídolo que insuflaba energía con su palabra. Su llegada a Manizales fue como un terremoto y su figura enorme,  gruesa, rostro hinchado, nariz de mapache, paso torpe de leviatán indonesio, era un imán que atraía a todos desde los rincones desclavando relojes.

A Neruda algunos miembros del grupo literario del colegio, el disidente Centro Cultural Independiente, lo seguían desde lejos, casi espiándolo, cuando se paseaba con su esposa Matilde Urrutia por las calles de Manizales durante esos días que estuvo en la ciudad. Dieron libre para ir al recital al Teatro Fundadores el 8 de octubre de 1968 y miles de personas de toda las edades y orígenes acudieron a escucharlo al moderno foro. Incluso era tal la algarabía y el entusiasmo, el deseo de no quedarse afuera, que el público rompió una de las gruesas vidrieras de las modernas puertas de entrada, causando un estruendo de cristales.

El teatro estaba repleto, como puede verse en las fotos de la época publicadas en La Patria, donde yo me veía, arriba, en el escenario, junto a quienes nos subimos en tropel y mirábamos desde la escena al público sentado abajo, en la platea, engrandecidos por estar al lado del poeta. Ahí hicimos guardia
y esperamos el final para dirigirle unas palabras. Le sustraje un  recorte de papel con el que marcaba el volumen del Canto General, del que había leído apartes ante el entusiasmo de la multitud y que decía en letras de plumón verde « 13. Pobreza ».

Poetas adolescentes lo persiguieron juntos por la ciudad, asediándolo desde lejos cuando salía del Hotel Ritz a pasear solo o acompañado, como esa tarde de bello crepúsculo cuando caminó por la
carrera 23 hasta Chipre para ver el atardecer color fuego que se extendía hacia el occidente, sobre las altas montañas tras las cuales se encuentra el Chocó, el río Atrato y el Océano Pacífico. Lo
acompañaban Iván Cocherín, José Naranjo, su esposa Matilde y dos miembros de la organización del Festival de Teatro.

Iba con su proverbial cachucha, que era su imagen de marca, camisa de cuello abotonado, sin corbata, y chaqueta deportiva color beige marca Polo. Caminaba paquidérmico, lánguido elefante, por la avenida que bordea el vasto precipicio que da al valle del Cauca, a la hondonada gigantesca que se encuentra entre las dos cordilleras. Subió hasta el mirador, llamado  Lago de Aranguito y se detuvo a observar un mono enjaulado que hacía piruetas y se masturbaba frente a los espectadores.

Tocó con sus manos las hojas de las plantas y las enredaderas que  componían un vivero alrededor de arcadas instaladas allí para tal efecto, e incluso olió las diferentes flores, en especial un entramado de bellas orquídeas que colgaban a la entrada del famoso estadero.  Y exclamó abriendo los brazos hacia la inmensidad : « ¡Manizales, en definitiva, es una fábrica de atardeceres ! ».

Más tarde entró al café restaurante del Lago de Aranguito con los acompañantes y los poetas adolescentes se instalaron en una mesa  cercana, mientras afuera los colores, los haces de luz fucsia y naranja intensos tajaban las nubes, se multiplicaban y adquirían el colorido magnífico de una oculta deidad fosforescente. José Naranjo conversaba con él y le hacía unas preguntas que publicó después en el dominical de La Patria.

Luego se fueron a acompañarlo al Hotel Ritz, en la carrera 22. El poeta y la esposa estaban algo fatigados. Les sirvieron trucha de la región con papitas al vapor y ensalada. Les dieron vino chileno. Neruda le regaló a los poetas impúberes una edición empastada del Canto General y otros libros. Fue la noche más feliz de sus vidas.

Más tarde los adolescentes salieron a la calle sin poder creer lo que  había ocurrido. Se sentían los poetas más colmados del mundo. Veían a Rimbaud en el firmamento. Walt Whitman los saludaba desde el nevado de El Ruiz.  No sé si todo esto que cuento fue verdad o mentira, ficción, sueño o delirio. Pero pudo ocurrir en el Festival Internacional de Teatro Universitario de 1968,  hace casi medio siglo, o sea toda una eternidad cósmica.

* Publicado en el diario LA PATRIA. Manizales. Colombia. 13 de septiembre de 2015.
* Fotografia del ya desaparecido Lago de Aranguito y del restaurante que había allí en aquellos tiempos.

sábado, 5 de septiembre de 2015

EL MENSAJE DEL NIÑO AYLAN KURDI




 Por Eduardo García Aguilar

La foto dramática del niño migrante Aylan Kurdi hallado muerto en una playa turca luego de que sus manitas se desprendieran de las de su padre y se ahogara en aguas del Mediterráneo, desencadenó una reacción continental ante la tragedia del éxodo de millones de personas que huyen de las múltiples guerras que afectan el Medio Oriente, el continente africano y regiones asiáticas.

Ya son miles los ahogados en los últimos años en aguas del Mediterráneo, cuando las precarias embarcaciones en las que se hacinan con la ilusión de tocar costas europeas naufragan ante la indiferencia de Occidente, en parte responsable de las guerras desatadas en esas regiones por la codicia plutocrática y las políticas bélicas erráticas, como las ocurridas en Irak o Libia.

A esos muertos se agregan yemeníes, etíopes, sudaneses, chadianos, nigerinos, libios, tunecinos que huyen de otros ejércitos yihadistas como Boko Haram o de guerras civiles y atraviesan los desiertos saharianos por donde transitan hacia Libia o los que han quedado atrapados en zonas de Irak o Siria dominadas por los fanáticos salafistas del Ejército islámico, que ahorca, lapida, fusila, incinera o decapita a quienes consideran infieles a los preceptos del Corán.

Millones de sirios de diversas obediencias están en campamentos turcos, kurdos, libaneses. Son familias de clase media arruinada, gente trabajadora, que abandona todo para huir de la muerte con sus hijos en busca de otra oportunidad sobre la tierra, tal y como ocurría con la familia del Aylan, cuyo cuerpecito inerme se convirtió en el símbolo de este terrible drama contemporáneo mundial.

Porque el éxodo no se da solo en esas regiones asiáticas, africanas y mediorientales en guerra sino también en  nuestro continente latinoamericano, donde bajo la apariencia de gobiernos democráticos se da el éxodo de la población en países como Colombia, Nicaragua, Honduras, El Salvador, Guatemala y México, asediada por las fuerzas del orden coludidas con bandas criminales, cárteles de droga y mafias de toda índole.

Se olvida que solo en Colombia ya son millones de desplazados que huyeron a otros países de la región y del mundo en busca de oportunidades, a los que se agregan los desplazados interiores que nutren tugurios y suburbios precarios de las ciudades, zonas sin ley donde reina la muerte, lejos de los barrios de ricos que en cada ciudad son cotos vigilados y aislados del resto de la población, y donde las clases altas y los mafiosos practican la política del avestruz.

En los países centroamericanos limítrofes con México el drama es mayúsculo. Son países sin ley dominados por la corrupción y las bandas criminales, las famosas “maras” asesinas que reclutan jóvenes para robar y matar. De la pobreza huyen cientos de miles de jóvenes hacia el norte en buses o subidos a los trenes en largos viajes por el gigantesco y peligroso territorio mexicano, en cuyas rutas encuentran muchas veces la muerte.

La frontera de Estados Unidos, donde reina un muro, es también asaltada por esas poblaciones centroamericanas y mexicanas y de otros países del mundo que sueñan con llegar a ese país en busca de trabajo o de la compañía de familiares que ya ingresaron con antelación. El mundo se ha convertido entonces en una gigantesca ratonera, un barco ebrio, loco y perdido en medio del mar, a donde se suben los miserables que deja la guerra librada a cielo abierto por las grandes potencias que conquistan los recursos naturales del planeta y los territorios por donde transitan.

La imagen de ese niño tierno tirado como desecho en una playa turca fue el símbolo que desbordó por un momento el vaso de la indiferencia. Centenares de benévolos alemanes se volcaron en Munich a la Estación central para recibir miles de migrantes que llegan en trenes, ofrecerles comida, abrigo, orientación, juguetes a los niños y una sonrisa de amistad.

Porque hasta ahora la población europea veía a esos migrantes con desconfianza, como si fueran algo abstracto, bichos, alimañas, ratas, animales sin rostro, cuando son familias jóvenes, gente de bien que ha dejado casas, negocios, enseres, para escapar a la muerte decretada por los ejércitos de todo tipo, tanto los bombardeos occidentales como los fusiles y las horcas del fanatismo islamista. 

Desde los tiempos de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial no se veía un éxodo bíblico de tal magnitud. Es un éxodo imparable que no parece tener solución, mientras los grandes consorcios y capitales financieros y los magnates del mundo siguen engordando sus capitales hasta el infinito e incrementando la miseria de miles de millones de humanos periféricos.

Y aunque hay fuerzas neo nazis, conservadoras, godas, que vociferan en contra de los migrantes que llegan a Europa porque los suponen amenaza contra una supuesta raza o civilización autóctona blanca y milenaria, se ha visto también una ola de solidaridad en personas de todas las edades que se acerca a los campamentos europeos a mirar a los ojos a esos jóvenes africanos y mediorientales, parejas con niños tiernos y sonrisa llena de futuro, para darles un nombre y ayudarlos.

Esa misma ola de solidaridad europea reciente debería darse en América Latina, en Colombia, México, Centroamérica, en Los Andes, llegar a esos barrios de ricos apertrechados entre lujos custodiados por el ejército, ahítos de acumular y conservar privilegios y tierras y el Apartheid racial y de clase que les suministra servidumbre barata. El mismo éxodo se da en Colombia día a día en las capitales y en Chocó, Cauca, Nariño, Guajira, Tolima, Llanos,  ante la indiferencia casi general.

En Colombia han muerto miles de niños como Aylan Kurdi acribillados, violados, tasajeados a lo largo de un siglo por pájaros, chulavita, paramilitares, hacedores de falsos positivos, guerrillas, cárteles o por el hambre y el olvido.

Como en los viejos tiempos ocurría con los famosos gamines abandonados por la guerra, hoy hay millones de niños Aylan Kurdi colombianos, centroamericanos, mexicanos desplazándose de un lado para otro, de Venezuela a Colombia, de Guatemala a Guatepeor, mientras los líderes vociferan e incendian, siembran el odio y la guerra con sus miradas de sicópatas insaciables, cuyo único objetivo es conservar privilegios, dinero, oro, lujo, tierras, mansiones, servidumbre.  Por eso el ángel Aylan Kurdi, ahogado y tirado en una playa turca, es el símbolo del fracaso de la humanidad y del homo sapiens, el más cruel animal que ha producido la tierra.

lunes, 17 de agosto de 2015

EL BAR DE LAS ILUSIONES POSIBLES

Por Eduardo García Aguilar

El bar Chez Georges, fundado en 1952, es una cápsula de tiempo detenida en los años del existencialismo y las doradas décadas 60 y 70 de la contracultura. El inconfundible portalón rojo se abre este día de agosto cuando se supone que está cerrado por vacaciones hasta el 1 de septiembre y aparece allí la figura del nieto del inolvidable viejo Georges, un joven de 50 años de barba, rozagante, amable y generoso que guarda, como en los tiempos bíblicos, el gesto de la hospitalidad.

Ya está acostumbrado desde niño a ver llegar al bar de su finado abuelo hombres y mujeres de todas las generaciones que van y vienen a veces desde el otro lado del mundo para recuperar por instantes, al calor de los vinos de marca Chez Georges, el tiempo perdido de su juventud, las horas felices del amor vivido entre el bullicio estudiantil y bohemio que ha poblado estos estrechos muros desde hace ya más de seis décadas. En las largas noches de invierno, comparten de igual a igual los viejos veteranos ya encanecidos y arrugados y los jóvenes que cada año llegan a engrosar las filas de las famosas academias del barrio latino.

El nieto acaba de despedirse de su amigo el hijo de Catherine Deneuve y Roger Vadim y de pie en sus botas de cuero mexicanas cuenta esa memoria de visitantes que aparecen de repente y lloran o ríen de felicidad al constatar que nada ha cambiado, que Chez Gorge tiene las mismas mesitas de vieja madera, los mismos largos butacones de color ocre adosados a los muros, la serie de pequeñas fotografías colgadas en las paredes donde se ve a jóvenes cantantes que dieron conciertos en la cava medieval cuyas piedras milenarias exhudan aires de existencialismo y jazz, o emiten la voz de esa diva espigada que fue y es Juliette Grecco, amada por Sartre, Beauvoir y Boris Vian y por toda la contracultura de esos tiempos de rebeldía después de la guerra.

De jovencita, su madre Nicolette, hija del viejo Georges, ahora de 80 años, trabajaba en las noches en el famoso bar latino La Escala de la rue Monsieur Le Prince, donde cuenta la leyenda que García Márquez y el artista plástico Jesús Soto cantaban y tocaban guitarra y maracas por unas monedas o tal vez por pura diversión. Además nos sorprende con la noticia de que la abuela tiene 100 años y todavía está ahí, transcurriendo, campante, por los lustros iniciales del siglo XXI.

Porque los miembros de la familia ampliada del viejo George viven cerca unos a otros en casas o apartamentos situados en esta manzana histórica que delimitan las calles Cannettes, Mabillon, Guisarde y Christine, lo que ha posibilitado la sobrevivencia del sitio, cuando muchos otros lugares cercanos han desaparecido para dar paso a tiendas de lujo, restaurantes de diversas gastronomías, joyerías, perfumerías y sedes de negocios de alta costura o artesanías.

Las calles adoquinadas conducen a la Plaza de San Sulpicio, donde suenan las campanas de la catedral y bullen las aguas de una soberbia fuente dieciochesca custodiada por leones de piedra. En un muro de una de las esquinas de la plaza está escrito en la roca el poema El barco Ebrio de Rimbaud como guiño al hecho de que al otro lado, en la esquina de la calle Cannettes, se reunía el adolescente Rimbaud con Verlaine y amigos artistas inmortalizados por el pintor Courbet, en largas francachelas poéticas y gastronómicas. Eran los tiempos en que el bardo adolescente era amante de su protector Verlaine y se escapaba de su casa en Charleville para venir a París a recitar poemas y a buscar el triunfo, antes de que se retirara del mundo y desapareciera como presidiario evadido bajo los soles de la lejana Abisina, en las profundidas del Africa bañada por el Océano Índico y por países con nombres dulces como Yemen o Sudán.

El nieto de Georges evoca a todos los exiliados que han sido felices en este lugar y lamenta la desparición de las dos librerías hispanoamericanas del barrio. Cuando yo era estudiante en el segundo lustro de los 70, llegaban al lugar refugiados españoles prófugos de la dictadura de Franco, hombres de izquierda clandestina, comunistas, anarquistas, socialistas que contaban sus historias. Y tras ellos nuevos exiliados latinoamericanos que huían de las atroces dictaduras, chilenos, uruguayos, argentinos, que encontraban escucha en el inolvidable barman argentino Jorge, quien trabajó ahí por más de tres décadas y terminó siendo parte de la familia ampliada de Chez Georges.

Y a ellos se agregaba la visita cotidiana de los estudiantes que permanecíamos ahí hasta las dos de la madrugada y a veces debíamos esperar afuera porque ya no cabía una aguja. Georges era paternal y nos prohibía regresar al sitio por quince días o un mes, pues consideraba que la bohemia podía desviarnos del objetivo académico. Su decisión era inapelabale. Adiós entonces al vino y a los deliciosos sánduiches que preparaba la hija del patrón y eran tan grandes y abundantes, que con uno solo quedábamos saciados.

Todo esto viene a cuento ahora que llegamos al sitio a filmar para Canal Capital de Bogotá con Zeher, Anabella, Angélica y Floresmiro, dirigidos a distancia por Lisandro Duque, apartes de un documental que le sigue los pasos a García Márquez en sus tiempos de vacas flacas y vacas gordas parisinos, mexicanos, colombianos y barceloneses.

Esta cápsula de tiempo nos muestra como pudo haber sido la vida de ese muchacho flaco, costeño y genial en los tiempos del invierno, el mismo que tres décadas después era invitado por François Mitterrand a su posesión y al año siguiente obtenía el Premio Nobel. Y el nieto de George cuenta de nuevo emocionado que su madre conoció bien a ese muchacho y a otros bohemios latinoamericanos en el bar la Escala cuando ella tenía solo 20 años.

Y mientras brindamos el vino de la casa, el anfitrión nos recuerda que ahí venía en las tardes el gran cineasta chileno Raoul Ruiz, en alguna de cuyas películas actuó el hijo de Catherine Deneuve, que media hora antes se despidió de su amigo y vecino el nieto de Georges el fundador, cuya foto cuelga en la pared de un bar que ojalá nunca desaparezca, porque con ello se difuminaría la voz de seis décadas de generaciones llenas de amor, amistad, sueños e ilusiones perdidas y ganadas.

* En la foto el nieto de Georges, Floresmiro, Zeher, y adelante Eduardo, Angélica y Anabella.
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* Ver otro texto mío sobre Chez George en este blog:
http://egarciaguilar.blogspot.fr/2012/03/el-bar-chez-georges.html

lunes, 10 de agosto de 2015

LA GITANILLA DE LA CONTRAESCARPE

Por Eduardo García Aguilar
La Plaza de la Contraescarpe albergó hace siglos a los marginales, malvivientes y maleantes que se aglomeraban en la puerta sur de la ciudad, de donde salían los viajeros por las rutas conducentes al Mediterráneo e Italia.
En aquellos tiempos, no cualquiera tenía el salvoconducto para ingresar a la urbe de los reyes o pagar los tributos requeridos por comerciar o trabajar y que luego de ser rechazados por los alguaciles pululaban, junto a las murallas, entre el bullicio de los mercados, las exclamaciones de milagreros, saltimbanquis, gitanos, putas y ladrones alrededor de las tabernas frecuentadas por el poeta bandido François Villon.
Más abajo, en la Iglesia gótica de Saint Medard, los fieles asistían a las ceremonias y luego salían a deambular por la calle Mouffettard, plena de mercaderías, frutas, perniles de cerdo, carne de aves o pescados diversas, chorizos, patés y otros productos alimenticios.
La calle medieval que hoy está casi igual a la de aquellos tiempos, sube sinuosa hacia la colina de Santa Genoveva y las viejas casas retorcidas, inclinadas, permanecen ahí todavía firmes sobre los cimientos de piedra que sembraron los constructores hace mil años. Algunas fachadas conservan las insignias de los comercios o incluso los amplios frescos que las adonaban con imágenes bucólicas.
Subir y bajar por allí es siempre una delicia, una inmersión en el pasado. Aquí el bistró Le Papillon, de vinos exquisitos, allá las tradicionales queserías o los negocios de pescados y mariscos frescos recién traídos de las costas del norte. A lo que se agregan las ventas de artesanías y regalos o los restaurantes griegos, italianos, españoles, turcos, argentinos y franceses, librerías, tiendas de ropa, entre otros muchos negocios que casi siempre están llenos.
La iglesia de Saint Medard es una cápsula de tiempo: en cada una de sus capillas se observan grandes cuadros y esculturas originales de artistas de los siglos XVII y XVIII, intactas e iluminadas por la luz que cruza a través de los viejos vitrales. En cada una hay un confesionario original tallado en madera, que nos recuerda la costumbre católica que fue devastada tras la irrupción de siconoalistas, sicólogos, terapeutas y todo tipo de activistas de la sanación de los espíritus y las almas retorcidas de los humanos modernos. Las finas maderas de los confesionarios confieren a esas cajas donde se encerraba el cura a escuchar los pecados el estatuto de obras de arte, igual que el retorcido púlpito de lujosas maderas, tallado por artistas, lugar a donde los sacerdotes se subían a pronunciar sermones.
En las afueras de esta iglesia sectas protestantes o heréticas solían incitar a los creyentes a episodios de iluminaciones, milagrerías, hipnotismo e histeria masivos que inquietaron a Luis XIV hasta el punto de prohibir a Dios, por orden suya, “hacer milagros en ese lugar”. Hoy una placa nos recuerda que eso fue cierto, pero ahora, la iglesia casi siempre desolada, nos recuerda que vivimos otros tiempos y la luz que cruza de los vitrales destaca el aire polvoriento que respiraron siglos antes los dramaturgos Corneille y Racine, el violinista Marin Marais, quien fue bautizado aquí, y tantas otras figuras o parroquainos normales que durante vidas enteras frecuentaron esta esquina luminosa de París.
Hacia el crepúsculo sube uno hacia la Plaza Contraescarpe y está llena de gente como en los tiempos de Villon. Diríase que es la placita pequeña de algún barrio de pueblo de provincia. En la mitad el mismo árbol de siempre donde los músicos tocan y los saltimbanquis brincan. Las casas son antiguas y muestran el declive original y al interior de las habitaciones las viejas vigas aparentes de maderas tan resistentes como rocas o vigas de cemento. Ahora la gente, locales y turistas, degusta cervezas y vinos mientras transcurre el tiempo hacia la larga noche de la fiesta extendida hacia la madrugada en estos tiempos de paz.
Un pintor de costumbres podría inmortalizar esta escena. El árbol frondoso centenario, las piedras que sirven de adoquines en la calzada, los niños que juegan y comen paletas o conos italianos, los mendigos, el borrachín, la vieja loca que gesticula, los policías, los turistas perdidos, la juventud ajena con sus risas a las lejanas guerras de sus antepasados, los inmigrantes recién llegados, huyendo de los mundos que arden en el Medio Oriente, Asia y Africa, en el hemisferio sur, más allá del Mediterráneo.
Y como surgida de un cuento de Cervantes, una graciosa gitanilla de 13 años apenas, sus senos despuntando, alta, bella, de cabellera negra y piel canela como en los cuadros, sabotea con una sonrisa radiante y cínica durante dos horas seguidas el concierto de dos muchachos franceses de 20 años que interpretan canciones de los Beatles y otras estrellas del rock que no pasan de moda. Ella baila, brinca, ríe, irrumpe en el micrófono, se burla de los músicos furiosos y se gana la simpatía del público burgués.
Una vieja mujer borracha sale a bailar con ella y la fiesta se arma ya cuando se acerca la medianoche. Pero la estrella es la gitanilla de la calle, errante, la maestra precoz de la danza del vientre, una de las miles niñas que duermen con parientes o desconocidos en sucios colchones en las esquinas, bajo algún muro o alero protector.
Gitanilla proveniente de algún pais arruinado del este europeo, belleza silvestre, gamina nocturna, hiperactiva, loca, que ha sobrevivido a guerras y peligros sin fin y llega por fin a París para engrosar las filas de los inmigrantes ilegales, como reaparición medieval en el siglo XXI, sin miedo, irreverente, burlándose de los burgueses y los jóvenes músicos exasperados, a quienes termina por robar el show. Todos los espectadores desde sus cómodas mesas, la boca llena, celebran y aplauden con risas y lanzan monedas a la niña gitana, serenos, felices, la billetera plena, ajenos a los peligros del tiempo que algún día los borrará como polvo a la hora del huracán.
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* La Gitanilla. Descripción: Óleo sobre tabla. 58 x 52 cm. Museo del Louvre. París Autor: Frans Hals



sábado, 18 de julio de 2015

CINCO AÑOS JUNTO A HITLER

Por Eduardo García Aguilar
El modesto y discreto soldado Rochus Mish pasó de 1940 a 1945 al lado de Adolfo Hitler, como miembro del equipo de escoltas y ayudantes del trágico líder alemán, tanto en la Cancillería, como en su nido de águilas de Berschtesgaden en los Alpes o en otros lugares a donde fue enviado como guardaespaldas, telefonista y mensajero.
Fue el último en salir del bunker de la Cancillería el 2 de mayo de 1945 después del suicidio de Hitler, Eva Braun y otros dignatarios del régimen, luego de la toma de Berlín por las tropas soviéticas, que lo tuvieron preso durante nueve años en Rusia.     
Al terminar su cautiverio, Mish regresó a Berlín, donde transcurrió su longeva vida en el relativo anonimato, hasta cuando se decidió a contar la experiencia al periodista de Le Monde Nicolas Bourcier en 2005, 60 años después de que terminó su aventura en el centro de una mítica leyenda.
En el libro Yo fui escolta de Hitler, publicado originalmente en Francia por la editoral Cherche Midi,  cuenta con lujo de detalles lo que le ocurrió y los azares y misterios que lo llevaron, como si nada, a compartir la vida de Hitler durante los cinco años más importantes de la historia de la humanidad en el último siglo, cuando el delirio de un hombre, del partido creado por él y su propio pueblo seducido por su magnetismo, llevó a practicar uno de los más espantosos exterminios conocidos por la humanidad y condujo al planeta a una guerra mundial atroz de la que aun no se recupera y que teme se repita en este siglo XXI de incertidumbres.
Huérfano desde niño, Mish, quien nació en 1917, creció con sus abuelos en Silesia escuchando historias de otras guerras anteriores como la que hubo contra Francia en 1871 y la muy devastadora Primera mundial de 1914-18, en las que su ancestro participó y sobre las que discurría a la hora del almuerzo y la cena.
El muchacho fue formado en la disciplina y la obediencia, la discreción y el esfuerzo de los pobres por esos viejos de otra época, durante los años del ascenso de Hitler iniciados desde desde 1923 en Munich y después de hacer estudios de impresión y gráfica conoció los años de auge del canciller y los tiempos de gloria de los Juegos Olímpicos de 1936 de Berlín, donde vio por primera vez llegar al Führer, quien era aclamado como un dios por el país entero.
Nunca imaginó Mish cuando lo vio por primera vez desde lejos en compañía de su tía en ese Berlín esplendoroso diseñado por el arquitecto Albert Speer y lloró de emoción, que unos años después habría de estar junto a sus aposentos día a día, listo a realizar cualquier gestión o necesidad de quien por su empecinamiento y locura habrá de ser recordado para siempre por la humanidad al lado de otros sanguinarios sátrapas destructores como Nerón o Atila.
Mish ingresó poco después al ejército y participó en las primeras movilizaciones del imperio nazi como la ocupación entre flores y vítores multitudinarios de Austria, de donde era oriundo el Führer, que fue, según él, un paseo donde no sonó ni una bala y donde incluso los soldados alemanes se daban el lujo de broncearse en los parques de Viena.
Resultó herido por el contrario durante la ocupación de Polonia, en el marco de la cual recibió balazos que le perforaron un pulmón y un brazo, por lo que fue considerado herido de guerra y enviado a recuperarse en diversos lugares donde lo atendieron como héroe.
En uno de esos hospitales conoció a otro soldado, hermano de un comanante nazi, que los invitó a reposarse en su finca durante unas semanas felices. Ese azar incomprensible habría de cambiar su destino. Debido a que el hermano de su amigo, cercano a quienes reclutaban los escoltas para Hitler, guardó una muy buena impresión del soldado invitado, Rochus Mish fue llamado a presentarse cuando hubo una vacante en el cuerpo del Begleitkommando de escoltas  de Hitler, que debía ser llenada con urgencia.
Mish fue llevado a la Cancillería y el asunto se definió en minutos. Poco después ya estaba a las órdenes del equipo como mensajero por los corredores del edificio o encargado de recibir a los invitados, guardar sus abrigos y estar pendiente para todo, siempre a unos pasos de Hitler.
La primera vez que lo vio por sorpresa al abrir una puerta para que su jefe inmediato saliera, descubrió que ese hombre a quien todos aclamaban era de voz suave, afable, quien al saber que era silesiano y hacía poco había sido reclutado para su cuerpo, lo envio como primera misón exterior a llevarle una carta y un pastel a la hermana del líder, residente en Viena, quien lo invitó a su vez al té y le preguntó como estaba su hermano.
Así transcurrieron los días y los años de Mish. Supo que Hitler recibía siempre un paquete con un pan especial que le enviaba una mujer del campo, conoció su gusto por la películas de Holywood, como Lo que el viento se llevó, y que una vez incluso vio la película donde Charles Chaplin se burlaba de él.
Estaba al tanto de los invitados que llegaban a acompañarlo en almuerzos y cenas de distracción, donde nunca se hablaba de política ni de guerra y varias veces coincidió a solas con Goëring o Rommel, con quienes conversaba mientras hacían antesala.
Y una vez por inadvertencia, porque nadie le dijo que ella estaba en la Cancillería, cuando iba a dejar cartas en los apsentos privados de Hitler, se llevó la sorpresa de encontrar en su cama a la bella Eva Braun, semidesnuda, con una pequeña camiseta nada más, quien con signos le dio a entender que no era grave y sobre lo cual nunca más se habló.
En el nido de águilas de Bershtesgaden, la residencia personal situada en los Alpes y a unos kilómetros de Salzburgo, Mish presenció las fiestas que hacía Eva Braun con sus amigas cuando Hitler estaba lejos, durante las cuales se bailaba fox trot hasta muy tarde.
Hitler conoció a Eva en una tienda fotográfíca de Munich, a donde iba a hacerse captar en poses diversas y desde entonces fue su amada no oficial hasta cuando, según la leyenda, sellaron su pacto suicidándose cuando todo estaba perdido. El fiel Rochus Mish sería el último en ver su cadáveres en un sofá antes de salir del búnker y ser detenido por los rusos. Y como muchos otros nazis, este hombre modesto, vivió una larga vida tranquila en Berlín, no lejos de donde experimentó la más extraordinaria aventura que le pueda ocurrir a un mediocre.
    

lunes, 13 de julio de 2015

PRIMERA CITA CON PLUTÓN

Por Eduardo García Aguilar
 
Después de nueve años de viaje, la nave New Horizons de la Nasa llegará este 14 de julio a Pluton, que durante mucho tiempo fue considerado el último planeta del sistema solar, pero desde hace unos años fue retrocedido al rango de planeta enano, comparable a otros múltiples astros postneptunianos del cinturón de Kuiper, 1.600 de los cuales ya han sido detectados por los astrónomos.
La nave, de media tonelada, lanzada en 2006 a una velocidad de 49.000 kilómetros por hora, ha logrado recorrer los espacios lejanos del sistema solar y si todo marcha bien, deberá ofrecernos las primeras fotografías de alta calidad del planeta y de sus lunas Charon, Hydra y Nixa, situados a una distancia en este momento de 4.700 millones de kilómetros de la tierra.
Descubierto por el joven astrónomo Clyde Tombaugh el 18 de febrero de 1930, este astro de roca y hielo alimentó a lo largo de casi un siglo la imaginación de adolescentes y adultos amantes de la lejanías siderales, asociado a sus vecinos y antecesores Urano y Neptuno, en la zona más remota del sistema solar.
Hace apenas una semanas veíamos en el cielo hacia el crepúsculo la conjunción de Venus y Júpiter, alineados con la tierra en su órbita alrededor del sol y durante unos días podíamos colocarnos en la atalaya terráquea y sentirnos en un viaje interplanetario, percibir con toda claridad la luminosidad de ese lajano planeta gaseoso, el mayor del sistema solar, al lado del brillo espectacular del lucero más intenso del firmamento. Una forma oblicua y tangencial de sentirnos en el sistema solar como pocas veces podemos hacerlo y percibir nuestra pertenencia al mismo desde la infinita pequeñez humana, a sabiendas de que una vez terminado nustro ciclo terrestre todo aquello seguirá su curso ineluctable.
Aparte los detalles científicos de la aventura de New Horizons, que llevará a conocer el comportamiento de la superficie de Plutón y los movimientos de sus hielos y la frágil atmósfera, la visita al lejano astro nos confirma la continuidad de la investigación humana, más de medio siglo después que otras naves comenzaran a sobrevolar planetas cercanos como Mercurio, Venus y Marte y enviaran a tierra las fotografías magníficas de sus superficies llenas de cráteres y extraños valles desolados.
Los niños o adolescentes de entonces coleccionábamos las fotos reproducidas en los diarios y las revistas de entonces y comentábamos con los más duchos en materias científicas, en mi caso mis amigos y vecinos León Duque Orrego y Carlos Augusto Gonzáles, el inicio de una aventura que no cesa y que nos maravilló con la espectacular llegada del hombre a la Luna en 1969.
Después otras naves llegaron a planetas aun más lejanos y gaseosos como Saturno, Júpiter, Urano y Neptuno y pudieron explorar de cerca los fascinantes satélites de aquellos astros, plenos de sorpresas, océanos, géysers, superficies heladas, mares subterráneos y comportamientos que aun deben revelarse y alimentarán en las próximas décadas la imaginación de nuevos niños, adolescentes y adultos con sed de conocimiento.
Al mismo tiempo la aventura del telecospio Hubble y el trabajo minucioso de hormigas de todos los astrónomos en los observatorios del planeta han contribuido ha realizar una amplia cartografía del universo desde el Big Bang, comunicándonos imágenes jamás imaginadas de lejanas galaxias en colisión o explosión, nubes infinitas flotantes que son vestigios de catástrofes y apocalipsis y huecos negros devoradores de materias secretas; o revelándonos la existencia de sistemas solares y miles de expoplanetas, muchos de ellos similares a la Tierra.
Ya desde la Antigüedad y mucho antes de ella, el hombre tuvo la mirada fija en los astros y reguló sus calendarios y estaciones observando con exactitud la rutina de los astros visibles, la confluencia periódica de los mismos y construyendo pirámides o edificios en honor de las ineluctables citas astrales que fascinaron a todas las grandes civilizaciones milenarias surgidas en el Indus, Mesopotamia, en el Nilo, o entre nosotros, en las alturas de Machu Pichu o en los terrenos donde vivieron los avanzados y geniales mayas, que construyeron Palenque, Tikal y Chichen Itza, u otras civilizaciones mesoamericanas, como la que trazó Teotihuacán, cuyos secretos están aun por revelarse.
Todas esas ciudades y templos fueron inspirados por la relación permanente del hombre con el cosmos, el espacio infinito y los astros y galaxias que los pueblan. Miles de años de transmisión de conocimientos de padres a hijos fueron creando el catálogo de los eclipses y las confluencias y el surgimiento de esas élites sabias y poéticas que establecieron la relación entre la luna y las mareas y escrutaron las leyes del tiempo.
Con la llegada a Plutón este 14 de julio de la nave New Horizons se cumple un nuevo episodio del capítulo relativo del Sistema Solar, nuestra vecindad, pero en las próximas décadas y siglos seguirá la aventura para escrutar los misterios aun escondidos en los planetas y lunas cercanas, tal y como lo prueban la peregrinacion de la nave Curiosity por la superfice de Marte o la visita de la nave Philae a un cometa que se acerca al sol.
New Horizons solo pasará como un bólido unas cuantas horas por el vecindario de Plutón y sus lunas, para seguir la ruta hacia los confines oscuros del cinturón de Kuiper y explorar otros astros similares que aun están por definir en esa última zona del sistema solar. Pero durante esas horas recopilará material suficiente para que los cientificos trabajen en las próximas décadas, hasta que una nueva nave visite el astro y tal vez lo orbite.
Pero esta aventura y otras aun más fascinantes serán posibles, siempre y cuando el hombre, amigo de las guerras y las más espantosas atrocidades, no se autodestruya en alguna nueva guerra mundial, para la cual cuenta con todas las armas atómicas y nucleares disponibles. En ese caso, las naves lanzadas por la humanidad registrarán desde lejos la más absurda implosión de un planeta poblado por una depredadora especie autodestructiva y asesina.  
 * Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de julio de 2015. 

domingo, 5 de julio de 2015

SOÑAR CON GRECIA

 Por Eduardo García Aguilar
En estos tiempos caniculares que sacuden buena parte de Europa, todas las miradas están fijas en Grecia y su capital Atenas, donde los manifestantes el viernes por la noche se reunieron, unos en la Plaza Syntagma para decir No a la austeridad eterna, y otros en el estadio donde se celebraron los Juegos Olimpicos de1896 para defender el Si a las exigencias de los acreedores.
Como en los tiempos de Lord Byron y los románticos europeos que soñaban con liberar a Grecia de las garras del imperio otomano y salvarla para Europa y Occidente, ahora los jóvenes indignados del sur europeo apoyan al joven líder Alex Tsipras, que supo poner en jaque a la tecnocracia que manda desde la capital de la Unión Europea, Bruselas, y les lanzó a la cara una nueva lección de Democracia, una palabra que surge de las ágoras griegas y de los viejos partenones.
Puesto que este continente se considera fundantalmente greco-latino y basa su cultura intelectual y estética en todos los inventos culturales que se dieron en esa península hace miles de años con filósofos, poetas y dramaturgos que deambulaban por las plazas, bajo las columnatas dóricas y la estatuas perfectas de los cuerpos de atletas y diosas, esta nueva tragedia provocada por la avaricia del dios dinero parece a muchos la repetición de una vieja historia sin oráculos.
¿Tragedia o Comedia? Se preguntan quienes miran en las pantallas las imágenes de ese joven líder inexperto que cumple la palabra y convoca a su pueblo a un referéndum,  cuestionando de esa manera la falta de consultas de una nomenclatura, que sin ser elegida, decide por millones desde oscuros gabinetes en Bruselas o en el parlamento de Estrasburgo, donde dominan quienes defienden el sistema imperante desde hace décadas y unas veces salvan bancos y magnates y otras piden que la carga de las deudas y sus intereses gigantescos pese sobre trabajadores y jubilados, enfermos, viudas y niños.
Parece mentira, pero es cierto, miles de años atrás en Grecia unos hombres extraños inventaron todo. Por eso podemos soñar hoy con lo que dirían Diógenes y Sócrates si estuvieran presentes en la plaza Syntagma o en la Acrópolis viendo las aglomeraciones y escuchando los discursos de sus lejanos descendientes. Sería bueno preguntarle a Esquilo, Sófocles y Eurípides sobre lo que ocurre y estudiar a los centenares de galenos, juristas y estrategas que dejaron sus huellas en libros reales y concretos que la humanidad rescató en el medioevo al interior de los conventos y sigue leyendo todavía. Aristóteles, Platón, Pericles, los cínicos y los epicúreos y tantos otros sabios serían de gran utilidad en estas jornadas dramáticas en tiempos de dominio total de la fría plutocracia del cálculo y el interés por sobre la pervivencia de humanos, animales y su naturaleza.
La imagen de un viejo jubilado que llora desamparado frente a un banco y es retirado por agentes, es el emblema de esta nueva tragedia contemporánea donde los reyes Midas de las finanzas propugnan por medidas que afectan en especial a los pobres, para salvar a toda costa a los banqueros que durante décadas prestaron alegremente a este pequeño país de unos cuantos millones de habitantes, que viven del turismo, las artesanías y la pesca.
En los tiempos del derroche, fluían para el país donde se originó la Democracia miles de millones de euros destinados a la celebración de faraónicos Juegos Olímpicos que solo dejaron deudas y la resaca de una fiesta dionisíaca. En ese entonces tecnócratas, líderes locales, magnates y contratistas mafiosos se llenaron los bolsillos a manos llenas sin pensar que un día tarde o temprano la deuda caería como espada de Damocles sobre sus cabezas. 
Lo mismo sucedió en Portugal, España, Grecia, Chipre e Italia, donde las inyecciones de euros solo sirvieron para alimentar el delirio de la burbuja inmobiliaria y la construcción de elefantes blancos, aeropuertos inútiles, multicentros, estadios, edificios gubernamentales, ruinas artificiales, por los que todos los corrruptos cobraban porcentajes y mordidas, timando a los pobres incautos que a su vez se endeudaban con facilidad usando tarjetas de crédito o comprando apartamentos o condominios mediocres a precios absurdos, con intereses eternos e impagables.
Todo eso se derrumbó como un castillo de naipes, pero los tecnócratas y los estrategas de Bruselas son los primeros responsables del delirio que estalló con la gran crisis financiera de 2008. Cinco años de negociaciones no han conducido a nada y los grandes acreedores quieren seguir aplicando las mismas medidas de austeridad que dejaron en la ruina a los españoles y portugueses humildes, alejándolos de toda esperanza.
Por eso los jóvenes rebeldes de Siryza en Grecia han sacado de la manga la palabra referéndum y decidieron consultar otra vez en el ágora a su pueblo, ante el estupor de magnates y tecnócratas, porque se niegan a traicionarlo después de recibir un mandato claro contra la austeridad en elecciones hace seis meses.
Sin saberlo o sabiéndolo, Tsipras y su carismático ministro de Economía Varoufakis, están haciendo historia como sus milenarios antecesores: un lustro de remedios inútiles y dictados desde Bruselas no conducían a niguna parte y había que ensayar otras recetas.

No sabemos el desenlace de la tragedia, pero al menos los débiles del margen han mostrado coherencia y alzaron la voz a los paternalistas locos que les prometían austeridad eterna para incrementar y proteger a toda costa las ganancias gigantescas de multinacionales, accionistas millonarios y bancos. Desde su barril, rodeado de perros sabios, el cínico Diógenes lanza una carcajada al futuro que se escucha en un ágora que ahora es mundial y casi planetaria.
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* Publicado en Expresiones. Excélsior. México, D.F. 5 de julio de 2015.
    

domingo, 28 de junio de 2015

LA CUEVA DE HUBERTO BATIS

Por Eduardo García Aguilar
Huberto Batis (1934) acaba de retirarse después de más de medio siglo de docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, aclamado por varias generaciones de discípulos y amigos que no dudan en calificarlo como uno de los pilares de la cultura mexicana de los últimos tiempos.
Personaje de ficción, temperamental, energúmeno, agudo, erotómano, pornópata, bibliópata y editor de vocación, Batis reinaba en su cueva del suplemento Sábado del Unomásuno, apertrechado detrás de un inmenso pupitre lleno de papeles y periódicos y frente a un diván donde solía tomar fotografías de las más bellas muchachas poetas y artistas de la capital mexicana, en poses eróticas, a veces semidesnutas, cómplices de su fenomenal voyerismo.
Con unas tijeras que manipulaba con rapidez asombrosa, Huberto recortaba de los diarios y revistas todo lo que pudiese interesarle para el inmenso collage de la actualidad cultural del México de los años 80 y 90, cuando aun estaban vivos  los grandes patriarcas-matriarcas de la literatura mexicana, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Alvaro Mutis, Elena Garro, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Francisco Cervantes, Carlos Monsiváis, y el más temible de todos, Octavio Paz, a quien a veces caricaturizaba en las primeras planas de Sábado como un dios Zeus tronante y castigador, a través de la pluma irreverente del gran dibujante mexicano Eko.
El autor de Estética de lo obsceno y otros muchos libros, pertenece a una generación de autores modernos y activistas culturales que contribuyeron a crear excelentes  suplementos literarios donde abrieron los primeros espacios a casi todos los autores mexicanos que se iniciaban, como los fallecidos José Rafael Calva, Daniel Sada, Severino Salazar y Roberto Vallarino, Alberto Ruy Sánchez, Evodio Escalante, Enrique Serna, Xavier Velasco, Pura López Colomé, Myriam Moscona, Coral Bracho, María Baranda, Rocío Beltrán, Carmen Boullosa, o el actual jefe de redacción de Letras Libres, Fernando García Ramírez, entre otros muchos.
Huberto era gran amigo del gran narrador Juan García Ponce, a quien visitaba en veladas interminables cuando éste ya estaba paralizado por la enfermedad esclerótica y desde la silla de ruedas, con el cerebro a mil revoluciones por microsegundo reinaba aun con su paganismo intacto y la prosa disolvente y crítica, incitado por las ocurrencias de su amigo el polígrafo jaliciense Batis.
A la redacción de Sábado, el más leído suplemento cultural sabatino del país, acudían todos los autores del momento a depositar sus textos o imágenes, desde Augusto Monterroso, hasta el fotógrafo Héctor García, Noé Jitrik, Juan Carvajal, Raymundo Ramos, Ida Vitale, Enrique Fierro, Federico Patán o el dramaturgo y dibujante Juan José Gurrola, otro de sus amigos y miembro de esa generación de libertinos a la que pertenece.
Tuve la fortuna de trabajar con él varios años a mediados de la década de los 80 en esa redacción, frente a él, todos los días sin falta desde las cinco de la tarde hasta más allá de medianoche, al lado de Miguel Rico Diener, Gerardo Ochoa Sandy y Pura López Colomé, recibiendo y revisando los textos traídos por un centenar de escritores, consagrados y jóvenes en una romería interminable.
Por nuestras manos pasaban las notas críticas de Sandro Cohen, Arturo Trejo Villafuerte, Vicente Quirarte, Vicente Francisco Torres, Ignacio Trejo Fuentes, Ignacio Padilla, los comentarios dramatúrgicos de Gonzalo Valdés Medellín, los cinematográficos de Gustavo García y José Felipe Coria, las notas erotómanas de Andrés de Luna, los escritos de Nedda G. De Anhalt, Magali Tercero, Rocío Barrionuevo, Yolanda López y Angelina Muñoz-Hubermann, José Manuel Spriger, Marco Tulio Lamoyi, Francisco Hinojosa, Naief Yehya y  Guillermo Fadanelli, entre muchos otros, incluidos los múltiples autores latinoamericanos que enviaban sus colaboraciones por correo desde todo el continente antes de la irrupción de internet.
Muchos nombres faltan, pero todos ellos tienen presente en este 2015 a este humanista moderno que tenía la generosidad de prestar sus libros a los jóvenes escritores que acudían a la redacción e inquirían sobre autores necesarios. No olvido en mi caso cuando me trajo una noche Los Sonámbulos de Herman Broch, como una lectura necesaria e inapelable.
México es el gran hermano mayor del orbe literario hispanoamericano y por eso haber participado por un tiempo de la aventura de Sábado con Huberto Batis, desde adentro, es uno de los grandes privilegios que me ha deparado la vida como amante de las letras. Estar en ese barco, que era como una nave de corsarios alucinados, ver pasar por mis manos miles de ensayos, poemas y textos que después se convirtieron en libros, ver en el vivero la eclosión de tantos autores de por lo menos dos generaciones, es fácil de contar ahora que las viejas figuras se han ido una tras otra, cuando en ese entonces parecían inextinguibles monolitos, tótems, pirámides, piedras circulares de sol.
En la cueva de Huberto Batis se sabía todo de los cotilleos literarios del país, ascensos y caídas en desgracia, actividades de suplementos rivales, odios, amores, rencores, envidias, inquinas, admiraciones, que bien podrían ser objeto de una novela similar a las que escribían los autores austrohúngaros, franceses y germanos, donde estaba relatada la vida de varias generaciones como en una gran comedia humana llena de esplendores y miserias.
Batis lo sabía todo en esos momentos de Sábado con el escepticismo de un gran sabio y él sabe hoy como ayer que todos esos jóvenes estaban y están condenados al olvido y que sus ilusiones y ambiciones son fuegos fatuos o la luz fugaz de la luciérnaga noctámbula. Por eso él abría las puertas de Sábado sin distingos a todos outsiders y rebeldes, obscenos, herejes y demoledores de estatuas y se negaba a crear élites cerradas de mafias literarias. Ese es uno de los grandes méritos de Batis. En un país tan adicto a lo piramidal y funesto, tan crédulo de tlatoanis y reyezuelos literarios, Batis por el contrario da respiración a las letras mexicanas y abre siempre las puertas a quienes piensan, desean, escriben, oyen, cantan, pintan o dibujan con pasión y libertad.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de junio de 2015.

domingo, 14 de junio de 2015

AGUDELO TENORIO Y SU VORÁGINE DE MAR


 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los autores más notables en estos momentos en Colombia es Felipe Agudelo Tenorio, quien se coloca en la atalaya del ejercicio narrativo frente a un abismo, golpeado por la ventisca, sin contemplaciones, lejos de quimeras de gloria y éxito en tiempos de velocidad mercantil y olvido. Escribe ficciones por el camino más arduo, al acercarse a la realidad contemporánea exigiendo de su palabra rastros, huellas de verdad y lucidez, savias extraídas luego de una larga y dolorosa maceración vital, como en su segunda novela, El vuelo negro del pelícano, publicada en excelente edición y con bella portada por Sílaba editores de Medellín, en 2015.

Autor de la novela Las raíces de los cielos, de varios libros de relatos, entre ellos Cosecha de verdugos y otros de poesía, el bogotano vivió durante varias décadas fuera de Colombia, en México, antes de regresar a su país, perturbado como siempre por un vendaval siniestro de muerte y asfixia, donde enfrenta, además del sanguinario contexto nacional, el fin de una época personal desde donde observa, ya decantadas, las temáticas de la existencia, el deseo, la carne, el vicio y la muerte.

El personaje y narrador central de su novela es el médico cincuentón Fabian Martel, quien, sobreviviente de todos los vendavales y desastres, opta por transcurrir como ave rara y solitaria en innombrables bares, habitáculos de lujo donde bailarines y bebedores, jóvenes hembras magníficas y musculados varones metrosexuales bailan, hablan y se divierten sin cesar porque “viven apabullados por el miedo” sabiéndolo y sin saberlo.

Martel, quien ha decidido por opción filosófica personal “no destruir”, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos colombianos, está cubierto por una gruesa coraza de quelonio dentro de la cual conviven en turbulencia las más profundas fragilidades y vive su deriva en el bar, “destino central” del hombre, sitio fundamental donde desde el silencio hace un diagnóstico de la realidad, con tan buenos resultados “que cuando le pasan la cuenta no le gusta pensar que se está gastando su dinero sino que acaba de invertirlo”

En el bar decide vivir la realidad y la diseca y analiza viajando en el tiempo, convocando el fantasma de la misteriosa y ausente Alicia, y “como es un impostor muy curtido, nadie nota el fraude en sus maneras de avenirse a cualquier topografía y sumarse a la multitud, a pesar de que son mayúsculos los esfuerzos con que intenta no levantar sospechas de excesiva diferencia haciendo, como bien puede, la mejor imitación de si mismo”.

El bar de El vuelo negro del pelícano está “emplazado con costoso esmero comercial sobre el lomo de una pequeña colina que sirve de mirador hacia un viejo puerto caribeño, justo a orillas de una bahía tersa y parcialmene iluminada, desde cuyas terrazas es posible, si así lo desea, contemplar el cansino trajinar nocturno de los estibadores y las grúas sobre los barcos de carga, el zarpe hermético de buques de guerra (...) y la sedante navegación de los transatlánticos de lujo” que fluyen por el mar como incendios flotantes, dice Agudelo Tenorio haciendo uso de su pertinente voz poética.

Hay una mujer fundamental que se ha ido y cuya ausencia y cruel lucidez lo rondan, Alicia, pero aparece al instante en la pista una joven hembra magnífica, una morenaza de abundante cabellera, que miente tanto como él finge y danza solitaria lanzando al aire las feromonas del deseo. Se inicia entonces un intercambio entre seres a la deriva, la del maduro experto y la bella gacela venal, que le haría exclamar a Martel: “tu carne es la única porción de la realidad que me gusta”.

Como “la pájara tenía su sed” Martel la invita a beber y acepta ese intercambio nocturno entre silencios, pieles reunidas al azar que nunca se volverán a ver, en medio de un gentío de ebrios y desbocados que cumplen con la consigna nacional colombiana y tal vez mundial de que “bebemos para amansar el terror de abrazarnos y bailamos para no tener que matarnos todo el tiempo”. Siguen unas horas en que esos dos cuerpos salen a la noche y luego van al apartamento bajo la lluvia tropical y la historia se convierte en un ojo de huracán, maelström donde la metáfora de la vida de Martel se une a la de la existencia de los viejos pelícanos que dan nombre a la novela de Agudelo Tenorio, aves extrañas, pesadas, cómicas, sobrevivientes de la era de los dinosauros, criaturas tan longevas como los humanos, que envejecen y pierden la vista para morir perdidas e inermes tambaleándose ante la burla de los paseantes en las playas del mundo.

La novela no solo es notable porque opta por el riesgo de contar la realidad vital del momento, lo que pasa en un rincón de este planeta en unas cuantas horas y con unidad de lugar y de tiempo bajo las estrellas y junto al mar, sino porque es breve, necesaria, está escrita con una prosa donde palabras y oraciones se encuentran bien instaladas en la estructura minuciosa de relojería del edificio narrativo y donde la carne, el deseo, la piel, se tejen, se entremezclan con ideas y reflexiones que el médico carga a lo largo de su periplo y terminan convirtiéndose en parte de su ser, como se lee en el último apartado epilogal de aforismos que nadan en la memoria del doctor Martel, viejo pelícano ciego que se ahoga en un mar que es ya una inmensa e inabarcable lágrima de verdad.

El vuelo negro del pelícano de Agudelo Tenorio ingresa al catálogo extraño de las novelas colombianas de la desesperación y la lucidez, a veces obras únicas de autor, anómalas, monólogos del viajero curtido en un instante de la vida de Colombia, tales como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Cuatro años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea Borda, Las llaves falsas de José Vélez Sáenz, o Un bel morir de Alvaro Mutis. Libros raros, breves, únicos, dolorosos e irrepetibles.
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*  Publicado en La Patria, Manizales, Colombia,  el 14 de mayo de 2015.