Por Eduardo García Aguilar
Luis
Ospina y Sandro Romero Rey vinieron a París para presentar una
retrospectiva cinematográfica de la llamada generación de Caliwood, a la
que pertenecen ellos al lado de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y varios
artistas de diversos géneros que actuaron en las últimas décadas del
siglo XX, desde los años 70 y 80 hasta la aurora del siglo XXI en la
ciudad de Cali, donde también reinaban otros grupos de pensamiento y
sueño que revolucionaron las maneras de vivir y ver el arte o ejercer el
pensamiento y el saber en Colombia con gran espíritu de libertad y
desorden de todos los sentidos, como proclamaba Arthur Rimbaud.
Además
de grandes maestros como Enrique Buenaventura y su genial grupo de
teatro de proyección mundial, también se dieron círculos como el
encabezado por el filósofo Estanislao Zuleta en torno al psicoanálisis o
la literatura y varias generaciones de narradores, poetas, ensayistas,
entre quienes figuran Fernando Cruz Kronfly, Umberto Valverde, Oscar
Collazos, Jotamario Arbeláez, Harold Alvarado Tenorio, Gustavo Alvarez
Gardeazábal y muchos más, cuya lista sería aquí interminable, así como
fotógrafos cada vez más reconocidos como Fernell Franco, cuya
retrospectiva se expone en la Fundación Cartier, organizadora a su vez
de esta visita de los eternos muchachos de Caliwood.
En el cine
Action Christine, en una húmeda callejuela del barrio de Saint Germain
des Prés, muy cerca de las riberas del Sena, Luis Ospina y Sandro Romero
Rey, apadrinados por su amigo el gran cineasta Barbet Srhoeder y la
actriz Bulle Ogier, estuvieron en primera fila viendo las proyecciones,
participando en los debates y atendiendo a un público de jóvenes
franceses y latinoamericanos entusiastas que estuvieron presentes en las
extensas sesiones de proyecciones, lecturas y debates.
En un
mundo donde todo es rapidez y efectividad y ya no hay tiempo para
degustar el cine a lo largo de las horas en maratones interminables,
cuando las salas de cine proyectan solo películas domesticadas y
uniformadas que se ven por igual en todos las salas comerciales del
mundo y cuentan historias efectivas que solo buscan la amenidad y se
niegan a la búsqueda, ver a estos dos mosqueteros de la cultura
colombiana en plena acción, comunicaba un gran entusiasmo al público
entendido. Me acordé entonces de las grandes jornadas de cine celebradas
en Century City en Los Angeles a las que asistía hace muchisimos años,
donde uno podía amanecer viendo filmes sentado al lado de glorias de la
cinematografía o jóvenes ambiciosos de las escuelas cinematográficas de
la gran metrópoli californiana donde estudió Ospina en su primera
juventud.
Un traductor francés de Andrés Caicedo leía largos
párrafos de la obra del mito, mientras se proyectaban enormes
fotografias suyas captadas en blanco y negro por Fernel Franco, imágenes
de una vivacidad e intensidad tales que nos traían desde el más allá a la
leyenda, con la mirada juguetona de niño travieso, su melena y los
gestos de suicida, una figura de geniecillo que de haber sobrevivido y
llegado a la horrible vejez, estaría hoy en los 65 años, ya cerca de la
senectud. También se proyectaron diversos fragmentos de películas de
Ospina y Mayolo, a quien vimos actuar y dirigir con esa agilidad y
vitalidad que lo caracterizaban, la de un hombre que se quería comer y
beber el mundo y que a su vez también fue otro genio desbocado que
sobrevivió más tiempo, pero se fue temprano. Sandro Romero Rey, al
convocarlo desde el atril donde hablaba de él, con un gesto nos recordó
que vivía como Caicedo en el misterioso universo del más allá.
Muy
distintos Ospina y Mayolo. En Ospina hay como la aparente y engañosa
serenidad o lentitud patricia de un rock star que vive en la saudade
permanente. Como si este flaco esencial estuviese siempre en una nube y
en un más allá indecible, flotando en un limbo de ideas permanentes,
pensando en proyectos logrados y soñados. Hizo una seríe de películas
cuando el cine en Colombia se hacía con las uñas y al ver los fragmentos
que vienen desde hace décadas de olvido se percibe con claridad su
mirada propia, los gags al gran cine de todos los tiempos, el deseo de
Ospina de transguedir hasta límites insospechados y terribles, por lo que
esas obras suyas encuentran en los jóvenes un público fiel que les
otorga ya un galardón de películas de culto. Con Ospina he caminado
fugazmente por las calles de París, en 1995, después del festival de
Biarritz dedicado a Colombia y luego en México por las calles del barrio
art-deco de la Condesa, luego de que estuviéramos una tarde en casa del
terrible Fernando Vallejo, a quien dedica su película barbajacobiana La
Desazón suprema.
Mayolo el hiperactivo tenía aires de un rock
star malevo y plebeyo con su cuerpo petizo de delantero de fútbol. Tuve
la fortuna de ver a Mayolo algunas veces y caminé con él por las calles
de Barcelona hace mucho tiempo y al escuchar su voz, sentir su deseo de
fiesta permanente y captar su generosidad bajo el sol de la capital
catalana, comprendía que era una fuerza de la naturaleza, y que con
justicia es ahora otro mito de la generación y que sus excesos eran
necesarios. Al ver en el pequeño cine Action Christine fragmentos de La
mansión de Araucaíma o instantes de su actuación natural, Mayolo volvió a
estar entre nosotros por un momento de la mano de sus amigos
sobrevivientes, los últimos mohicanos de ese movimiento.
Además
de la película generacional de Ospina que lleva por título Todo comenzó
por el fin, se proyectó un extraño film sobre la demolición de Cali,
rescatado de aquellos tiempos y donde se percibe la filigrana de joyero
en la mirada del cineasta. Dos largos pedazos de cine salvados del
olvido en homenaje a la ciudad de la infancia que desaparece para
siempre, mientras Cali se hundía y desaparecían de un momento para otro
aquellos años de esplendor cultural, reemplazado por la cultura
narcotraqueta que ha reinado allí desde entonces y fue una devastación,
una deflagración vital y cultural equiparable a la explosión de dinamita
militar de 1956 vivida por la urbe, cuando aquello quedó convertido en
una Hiroshina o un Nagasaki de tierra caliente. Por supuesto se proyectó
un fragmento de película referente a aquel traumático apocalipsis local
que los marcó.
La peregrinación mundial de Ospina y Romero Rey
reviviendo a Caliwood es necesaria y es ejemplo para la cultura
colombiana. En otros países latinoamericanos como Brasil, México o
Argentina se ha realizado siempre un trabajo de rescate serio y
sostenido del patrimonio cultural y de los creadores clásicos y
contemporáneos de todos los niveles, triunfadores y derrotados por
igual, mientras en Colombia todo desaparece en el desánimo y el olvido y
en el culto al éxito inmediato como único criterio de consagración. El
que no triunfa o no es rico es lanzado a la basura. Al rescatar y
difundir el trabajo de esta notable generación moderna de Cali, se abre
una ventana para que otras generaciones fracasadas o no de otras
ciudades o regiones puedan ser resucitadas y puestas en circulación para
enriquecimiento de la historia cultural del martirizado país
colombiano, una tierra maldita donde mandan plutócratas y terratenientes
matones, asesinos, cuchilleros, sicarios, bandidos de cuello blanco y
reinan el arribismo y las ideologías más extremas de la violencia, la
incultura y la intolerancia.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 10 de abril de 2016.
sábado, 9 de abril de 2016
sábado, 12 de marzo de 2016
JUNTO A CERVANTES EN MADRID
Por Eduardo García Aguilar
Así como como cuando uno va a Lisboa y se hospeda en el barrio donde deambulaba
el fantasmagórico Fernando Pessoa, al llegar a Madrid y bajar de la estación de
Atocha, el viajero literario sube la calle del mismo nombre en busca de un
hostal barato donde descargar los bártulos y reposar un poco antes de lanzarse
a vivir la noche de la capital española.
Como guiado por una fuerza indescriptible, el viajero llega al metro
Antón Martín y percibe que allí cerca hay una fuerza extraña que lo empuja a
virar a la derecha, después de subir la empinada calle por rumbos conocidos que
ya comienza a identificar. En esa esquina hay una encrucijada que lleva a todas
partes, a las Cortes, a la Plaza Mayor, a la Puerta del sol, o al Paseo del
Prado o a la calle de Alcalá. Camina dos cuadras apenas y se encuentra en la vieja calle de León,
esquina con calle Cervantes, donde está precisamente la casa donde vivio y
murió el autor de El Quijote, no lejos del convento de monjas de la calle Lope
de Vega, donde reposan para siempre los restos del narrador inolvidable,
maestro de todos los maestros.
Este año se celebran ya 400 años de su muerte, ocurrida en 1616, e
instituciones y lectores se preparan a realizar homenajes y recordatorios,
desde la pompa de los actos oficiales con políticos encorbatados, hasta el
humilde homenaje del lector solitario que se desvela leyendo las Novelas
ejemplares o revisando alguna biografía donde rastrea los misterios del viejo
novelista que soñó alguna vez con vivir en Cartagena de Indias.
No dudo un solo instante en internarme en el edificio de la esquina y
subir con lentitud y delicia las escalinatas viejas de los tiempos de Menéndez
Pelayo y Valle Inclán para llegar a un modesto hostal Fernández donde me abren,
hacen el registro y me llevan al piso siguiente a mi habitación número 16, remanso
de paz desde cuya ventana se insinúa la casa donde vivió el novelista mayor.
Los hostales, a diferencia de los hoteles de marca, no solo son más
baratos sino que lo hacen a uno sentirse a veces como si estuviese viviendo en
su propia casa. Son viejísimos apartamentos centenarios adaptados para recibir
huéspedes y conservan la sala con sus muebles de abuela, relojes de cucú,
esculturas de galgo, faisán o ángel rechoncho
y alado y cuadros de ambientes bucólicos que los habitantes han dejado allí
desde el siglo XIX, cuando aún vivían Leopoldo Alas Clarín, Gustavo Adolfo
Bécquer o Benito Perez Galdós.
La habitación huele a esa limpieza total y rigurosa propiciada por las
abuelas de otros tiempos, como si cortinas, colchas, frazadas, toallas, fundas
de almohadas hubiesen sido lavadas y planchadas la misma mañana con jabones
aromáticos de olores ancestrales y permanecido largas horas bajo el sol
castellano en alguna colina bañada por vientos del sur.
He pensado que el propio Cervantes me ha premiado desde el más allá con
este recodo de Madrid tan auténtico, por la fidelidad de venir a buscarlo 400
años después al mismo lugar donde murió, guiado por esa obsesión literaria que
me lleva siempre en las ciudades a rastrear los pasos de sus escritores y a
hospedarme cerca de donde vivieron. Todo eso pienso en la mullida cama donde reposo del viaje escuchando afuera
el paso de los transeúntes e inclusive el sonido sobre la piedra de los cascos
de algunos caballos que no sé sin son fantasmales o los de alguna pareja de
carabineros montados que hacen ronda en la tarde madrileña, no lejos de las
Cortes donde los políticos tratan de desenredar un lío inédito porque nadie
tiene mayoría para formar gobierno.
El reloj de cucú suena su tic tac en la sala del piso y uno piensa que
ya pronto aparecerá la mamá, la tía o la abuela ofreciéndonos una taza de
chocolate con churros, pero eso son solo delirios de un ya viejo huérfano
que carga sus huesos en la madre patria, lejos de la tierra natal situada en
las lejanías de ultramar.
Ahí junto a Cervantes, en la calle de León, he estado una semana y ya
no quería irme. Abajo del hostal hay un delicioso pub irlandés de paredes
tapizadas y muebles antiguos, donde tocaban músicas ancestrales y se bebía
cerveza y whisky hasta altas horas de la noche. Y en todas las calles aledañas
se suceden restaurantes, cafeterías, bares, y tiendas de comestibles típicos o
antiguallas y libros, que hacen las delicias de los habitantes del barrio de
Cervantes en este siglo XXI.
He concurrido a esos lugares del barrio como si viviera ahí desde
siempre y los fantasmas reales de Quevedo, Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío,
Valle Inclán, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna, García Lorca y tantos otros,
levantaran el sombrero en cada esquina saludando al viajero que viene a
inclinarse con lealtad ante Cervantes bajo un viento helado que presagia la
primavera.
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* La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de marzo de 2016
viernes, 11 de marzo de 2016
POESÍA EN GALLIMARD
Por Eduardo García Aguilar
Aunque los clásicos de la poesía universal y francesa desde Safo hasta Rimbaud tienen una presencia permanente en las librerías del país, gracias a los apasionados consumidores del género y a los estudiantes de escuelas y universidades que son obligados a adquirirlos por razones de pénsum, la verdad es que la presencia del arte del verso es casi secreta, cuando no clandestina.
Basta visitar grandes y pequeñas librerías para verse obligado a sacar la lupa y emprender una fuerte pesquisa en búsqueda de la modesta estantería donde aparecen novedades publicadas por casas editoriales que publican con amor obras de poetas clandestinos o desconocidos y cuyas sedes por lo regular se encuentran en provincias alejadas de la capital, donde alguien se aplica con pasión a editar un libro a mano, con viejos caracteres, en papeles finos y tirajes reducidos que encuentran, sin embargo, al reducido público de iluminados amantes de la poesía que los adquieren y los agotan con el corazón palpitante.
Nosotros los lectores apasionados de poesía, que consideramos ese género lo más alto e inasible de la literatura, adquirimos con el tiempo la capacidad casi mágica y chamánica para encontrar el lugar secreto, la mesa oculta o el rincón preciso donde destella algún libro de un poeta secreto editado por editoriales como Folle Avoine o Fata Morgana, e incluso los títulos de la más prestigiosa colección de bolsillo existente desde hace medio siglo en Francia, la de Gallimard.
Desde 1966 Gallimard ha publicado más de quinientos volúmenes de poesía en libros pequeños de color blanco que se han vuelto ya clásicos y algunos de los cuales se buscan como joyas en las librerías de viejo. La colección fue inaugurada bajo el mando del poeta Alain Jouffroy con libros de Paul Eluard, Federico García Lorca, Stéphane Mallarmé, Guillaume Apollinaire, Paul Claudel, Paul Valéry, Louis Aragon, Jules Supervielle, Valery Larbaud, Saint John Perse y René Char, entre otros y a lo largo de medio siglo ha constituido una ventana abierta a todas las poesías del mundo en ediciones baratas, cuidadas y preparadas con amor y rigor.
Desde 1998 la colección es dirigida por el poeta y viajero André Velter, quien nació en Charleville, la ciudad de Arthur Rimbaud y le ha otorgado a la misma una velocidad de crucero, llevándola al puerto de su medio siglo en las mejores condiciones. Entre las últimas novedades preparadas con esmero figuran entre otras muchas la poesía de Ingeborg Bachman, Luis de Camoens, Luis de Góngora e incluso una voluminosa nueva edición de La divina comedia de Dante, que se pueden llevar en el bolsillo o para el viaje en el tren o el avión o disfrutar en el retiro del campo, la montaña alpina o la playa mediterránea.
En esta era de André Velter se destaca también la publicación de Alvaro Mutis, Marina Tsvetáieva, Ana Ajmátova, Francisco de Quevedo, Rafael Alberti, William Blake, Juan Gelman, Ted Hugues y muchos poetas contemporáneos como Philippe Jacottet, Michel Deguy, Yves Bonnefoy, Nuno Júdice, Zeno Bianu, Adbelatif Laabi, Jacques Roubaud y Venus Khoury-Gatha, entre otros.
Tengo un ejemplar de Capital del dolor, con prefacio de André Pieyre de Mandiargues, primer número de la serie y cuando lo veo y lo tengo entre mis manos siento una especial emoción. Porque todos los habitantes de esta casa única pertenecen a un reino secreto de grandes vitalistas y seres frágiles cruzados por las flechas del dolor como Hölderlin, Nerval, Trakl, Antonin Artaud, Cesare Pavese, Paul Celan, Ingeborg Bachman y otra larga lista de artistas que vivieron y murieron en carne viva.
Muchos de los autores de la colección en su mayoría vivieron vidas modestas, retirados en sus residencias dejando pasar el día al día según los ciclos de las horas y la naturaleza y por lo regular murieron pobres y en el anonimato, aunque siempre cerca de algunos congéneres que compartían esa visión tan profunda que se adquiere en el ejercicio poético como extensión del dominio de la vida y sus arcanos.
Salvo el caso aquellos que vivieron en la luz pública o política como Victor Hugo, Pablo Neruda u Octavio Paz y estaban dotados de una gran fuerza para enfrentar las batallas mundanas, además de lograr la gloria, los honores desmesurados y el éxito en sus vidas, los poetas viven siempre tierra a tierra en la contemplación estelar o sanguínea o en la percepción de las cosas mínimas del existir y del ser como la lluvia y el viento, el dolor o el deseo. Ellos saben desde que se descubren poetas, muy temparno en sus vidas por lo regular, que ese ejercicio les traerá muchos rigores, incomprensión y olvido en vida y que no tienen más esperanza por fortuna que la de vivir y estar siempre prestos como antenas o corolas a los mensajes de las dimensiones interiores.
La colección de poesía de Gallimard ha reunido ya en esa gran casa a medio millar de esos seres extraños, los poetas, extraterrestres anclados en la tierra y muy acorde con ella, personas tan raras como Hölderlin, Rilke, Trakl, Tzara, Clément Marot, Lautréamont, Fernando Pessoa o Constantin Cavafis, gracias a los cuales los lectores nos salvamos un poco en cada lectura. La poesía es la vanguardia de la literatura porque con menos palabras dice muchas mas cosas y en sus redes, espacios infinitos, vericuetos y laberintos estamos conectados en definitiva con las raíces y las venas de la existencia.
Aunque los clásicos de la poesía universal y francesa desde Safo hasta Rimbaud tienen una presencia permanente en las librerías del país, gracias a los apasionados consumidores del género y a los estudiantes de escuelas y universidades que son obligados a adquirirlos por razones de pénsum, la verdad es que la presencia del arte del verso es casi secreta, cuando no clandestina.
Basta visitar grandes y pequeñas librerías para verse obligado a sacar la lupa y emprender una fuerte pesquisa en búsqueda de la modesta estantería donde aparecen novedades publicadas por casas editoriales que publican con amor obras de poetas clandestinos o desconocidos y cuyas sedes por lo regular se encuentran en provincias alejadas de la capital, donde alguien se aplica con pasión a editar un libro a mano, con viejos caracteres, en papeles finos y tirajes reducidos que encuentran, sin embargo, al reducido público de iluminados amantes de la poesía que los adquieren y los agotan con el corazón palpitante.
Nosotros los lectores apasionados de poesía, que consideramos ese género lo más alto e inasible de la literatura, adquirimos con el tiempo la capacidad casi mágica y chamánica para encontrar el lugar secreto, la mesa oculta o el rincón preciso donde destella algún libro de un poeta secreto editado por editoriales como Folle Avoine o Fata Morgana, e incluso los títulos de la más prestigiosa colección de bolsillo existente desde hace medio siglo en Francia, la de Gallimard.
Desde 1966 Gallimard ha publicado más de quinientos volúmenes de poesía en libros pequeños de color blanco que se han vuelto ya clásicos y algunos de los cuales se buscan como joyas en las librerías de viejo. La colección fue inaugurada bajo el mando del poeta Alain Jouffroy con libros de Paul Eluard, Federico García Lorca, Stéphane Mallarmé, Guillaume Apollinaire, Paul Claudel, Paul Valéry, Louis Aragon, Jules Supervielle, Valery Larbaud, Saint John Perse y René Char, entre otros y a lo largo de medio siglo ha constituido una ventana abierta a todas las poesías del mundo en ediciones baratas, cuidadas y preparadas con amor y rigor.
Desde 1998 la colección es dirigida por el poeta y viajero André Velter, quien nació en Charleville, la ciudad de Arthur Rimbaud y le ha otorgado a la misma una velocidad de crucero, llevándola al puerto de su medio siglo en las mejores condiciones. Entre las últimas novedades preparadas con esmero figuran entre otras muchas la poesía de Ingeborg Bachman, Luis de Camoens, Luis de Góngora e incluso una voluminosa nueva edición de La divina comedia de Dante, que se pueden llevar en el bolsillo o para el viaje en el tren o el avión o disfrutar en el retiro del campo, la montaña alpina o la playa mediterránea.
En esta era de André Velter se destaca también la publicación de Alvaro Mutis, Marina Tsvetáieva, Ana Ajmátova, Francisco de Quevedo, Rafael Alberti, William Blake, Juan Gelman, Ted Hugues y muchos poetas contemporáneos como Philippe Jacottet, Michel Deguy, Yves Bonnefoy, Nuno Júdice, Zeno Bianu, Adbelatif Laabi, Jacques Roubaud y Venus Khoury-Gatha, entre otros.
Tengo un ejemplar de Capital del dolor, con prefacio de André Pieyre de Mandiargues, primer número de la serie y cuando lo veo y lo tengo entre mis manos siento una especial emoción. Porque todos los habitantes de esta casa única pertenecen a un reino secreto de grandes vitalistas y seres frágiles cruzados por las flechas del dolor como Hölderlin, Nerval, Trakl, Antonin Artaud, Cesare Pavese, Paul Celan, Ingeborg Bachman y otra larga lista de artistas que vivieron y murieron en carne viva.
Muchos de los autores de la colección en su mayoría vivieron vidas modestas, retirados en sus residencias dejando pasar el día al día según los ciclos de las horas y la naturaleza y por lo regular murieron pobres y en el anonimato, aunque siempre cerca de algunos congéneres que compartían esa visión tan profunda que se adquiere en el ejercicio poético como extensión del dominio de la vida y sus arcanos.
Salvo el caso aquellos que vivieron en la luz pública o política como Victor Hugo, Pablo Neruda u Octavio Paz y estaban dotados de una gran fuerza para enfrentar las batallas mundanas, además de lograr la gloria, los honores desmesurados y el éxito en sus vidas, los poetas viven siempre tierra a tierra en la contemplación estelar o sanguínea o en la percepción de las cosas mínimas del existir y del ser como la lluvia y el viento, el dolor o el deseo. Ellos saben desde que se descubren poetas, muy temparno en sus vidas por lo regular, que ese ejercicio les traerá muchos rigores, incomprensión y olvido en vida y que no tienen más esperanza por fortuna que la de vivir y estar siempre prestos como antenas o corolas a los mensajes de las dimensiones interiores.
La colección de poesía de Gallimard ha reunido ya en esa gran casa a medio millar de esos seres extraños, los poetas, extraterrestres anclados en la tierra y muy acorde con ella, personas tan raras como Hölderlin, Rilke, Trakl, Tzara, Clément Marot, Lautréamont, Fernando Pessoa o Constantin Cavafis, gracias a los cuales los lectores nos salvamos un poco en cada lectura. La poesía es la vanguardia de la literatura porque con menos palabras dice muchas mas cosas y en sus redes, espacios infinitos, vericuetos y laberintos estamos conectados en definitiva con las raíces y las venas de la existencia.
sábado, 27 de febrero de 2016
EL MUNDO DE FERNELL FRANCO
Por Eduardo García Aguilar
Las fotografias del ya fallecido artista colombiano Fernell Franco, expuestas en la Fundación Cartier de París en el marco de varias actividades para destacar la pujante actividad cultural de Cali en los años 60 y 70 del siglo pasado en el campo del cine, la literatura, la dramaturgia y las artes plásticas, nos conducen de manera directa a un universo muy original que ya había sido reconocido en diversas exposiciones en el mundo. Franco, que nació en 1942 en la población de Versalles y murió en Cali en 2006 a los 64 años a causa de problemas cardiacos, pertenece a la pléyade de artistas vallunos en todos los campos en la que figuran Enrique Buenaventura, Oscar Collazos, Jotamario Arbeláez, Umberto Valverde, Andrés Caicedo, Harold Alvarado Tenorio, Fernando Cruz Kronfy, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Carlos Palau, Hernando Guerrero, Carlos Muñoz, entre muchos otros.
La efervescencia cultural de Cali la convirtió en un polo de atracción cultural de la que se nutría en esos momentos todo el país, porque no solo se trataba de la vida intelectual, en la que también se destacaban figuras como Estanislao Zuleta, quien recaló allí para ejercer su controvertido magisterio, sino también de las expresiones populares comandadas por la salsa y la fiesta y la actitud abierta donde el cuerpo era rey y que se remontan a los viejos tiempos del mestizaje especial que reinó en el Valle del Cauca, descrito por viajeros del siglo XIX como el francés Michel Zaffray. El Valle del Cauca, a la vez colonial, señorial, oligárquico y conservador, sabía expesarse desde abajo a través de cierto paganismo desbordado donde el deseo comandaba diversas expresiones, gracias al mestizaje entre blancos, indios y negros. Y si bien la explotación, la esclavitud y el sufrimiento bajo el látigo de los capataces eran reales aunque idealizados en La Maria de Jorge Isaacs, también hubo espacios de libertad popular y marginal que, por ejemplo, le confirió a la mujer un estatuto especial y cierta independencia, inéditos en otros lugares del país.
Franco llegó a Cali a los 8 años de edad con su familia porque la violencia los hizo huir del pueblo natal, donde su padre liberal ejercía de notario y resultó amenazado por las fuerzas oscuras de aquel horrible tiempo de la Violencia y allí, luego de ejercer diversas actividades como fotógrafo callejero o distribuidor de paquetería fotográfica en bicicleta, conoce los arcanos del arte de la imagen y se dedica desde temprano a captar los espacios y las calles de la ciudad, golpeada día a día por la luz incandescente y la brisa proveniente del Océano Pacífico. Luego trabaja para la agencia de publicidad Nichols y ejerce el fotoperiodismo en los diarios locales, pero en los tiempos libres se escapa y trata de captar viejos muros citadinos, mercados, burdeles, vehículos destartalados, vagones de tren, grupos de muchachos de las "galladas" que conversan en las esquinas y todo tipo de superficies golpeadas por ese magnífico sol implacable de Calí, mientras se construyen edificos y avenidas y desaparece la vieja ciudad, lo que entristece a Franco.
A comienzo de los años 70 viaja con amigos a Buenaventura, viejo puerto húmedo y decadente donde la mayoría de la población es de origen africano, visitado por barcos desde todos los puntos cardinales con marineros y traficantes ávidos de sexo, y allí el joven fotógrafo deambula buscando lugares para fotografiar bajo puentes viejos, tugurios, calles inundadas de agua salitrosa, mercados de pescadores, prostíbulos, el todo en medio de la miseria ancestral y creciente y un ambiente insalubre casi dantesco.
Franco decide acercarse a uno de los más pobres burdeles de la ciudad donde convive con las prostitutas y logra ganar su confianza. De ese trabajo surge la primera exposición, Prostitutas, presentada en La ciudad solar de Cali, lugar proporcionado por el fotógrafo, cineasta y activista cultural Hernando Guerrero. La serie de fografías muestra la vida natural de estas mujeres que posan semidesnudas sobre los húmedos catres en que practican su actividad, junto a paredes decrépidas y patios húmedos donde se bañan sacando agua de botes en medio del zumbido de los mosquitos. Reproduce los rostros en series cinematográficas y trabaja las impresiones poniéndoles colores desleídos o resaltando la oscuridad o los blancos. Esta es una de las series centrales de la exposición en la Fundación Cartier y se muestra mientras suena en permanencia la salsa, según catálogo de melodías que él elaboró para la exposición original de 1972.
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Al inicio, la exposición nos muestra la serie Demoliciones, que es una mirada a la destrucción de la ciudad de la infancia para dar paso a edificios y avenidas de cemento, una devastación que se incrementó con la llegada del narcotráfico y las clases emergentes y los dineros calientes. Los habitantes tradicionales del centro se desplazaron a lujosos barrios nuevos de la periferia donde viven los ricos separados de los pobres o los calsemedieros y abandonaron las viejas casonas señoriales que murieron bajo la lluvia y el musgo, mostrando sus ruinas al aire y el sol. Franco se dedica a captar esos lugares abandonados, salas, baños, muros como muñones o dentaduras pútridas, techos caídos, patios llenos de basura, haciendo el cántico nostálgico de la devastación y el fin de la infancia. También se dedica a captar interiores de viviendas populares, donde se ven viejas fotos de abuelas o el tradicional Sagrado Corazón de Jesús.
Otra de las obsesiones de Franco es captar los mercados en el crepúsculo o la madrugada, cuando cantidades enormes de productos están protegidos, envueltos en plásticos o lonas y amarrados con gruesos lazos, como si fuesen cuerpos yertos y ocultos. De todos los tamaños y formas, estas figuras que emergen tras el flash de su mirada son como metáforas de la muerte y la violencia colombianas y constituyen otra de las series destacadas en esta retrospectiva, la primera de este rango que se hace del gran fotógrafo, una década después de su muerte, y que lleva por título Cali Claro-Oscuro.
Fernell Franco, como todo gran artista, fue un hombre sencillo, lúcido, sin pretensiones ni ambiciones desbordadas. Vivió solo para su arte, a contracorriente, recorrió las calles vestido con botas de terreno, jeans amplios y una camisa arrugada, oculto su rostro por una larga cabellera y una poblada barba. Hablaba con sencillez, pero con una gran claridad sobre los objetivos de su arte, sobre su persecución incesante de las intensidades de la luz y la sombra necesaria, sobre su tendencia a trabajar las copias humedeciéndolas, abandonándolas entre el polvo, las cucarachas y la basura, para que tuvieran huellas de tiempo y marginalidad, golpeándolas, untándolas, mojándolas, deteriorándolas, pisándolas.
El fotógrafo valluno fue descubierto en Francia por el fundador de las ediciones Toluca, Alexis Fabry, quien se topó con un viejo libro del fotógrafo publicado en 1983 bajo el título simple de Fotografías, en el enorme mercado de viejo de Clignancourt, al norte de París. De ese relativo olvido y ese hallazgo surge de nuevo la figura de este artista que no hubiera imaginado tal vez nunca una tan glamorosa restrospectiva en una de las fundaciones más ricas de Francia, en pleno centro de París, en el bulevard Raspail y al lado de los grandes de ayer y de hoy.
Al recorrer los espacios bajo el ritmo de la salsa, al escuchar su voz tierna y sabia que se escucha en un salón donde se exhibe un viejo documental de hace 25 años patrocinado por Colcultura, uno siente con claridad que el arte viaja a través del tiempo y el espacio y que necesariamente los grandes artistas nuestros salen a la luz contra viento y marea algún día, como es el caso de su ancestro, el gran colombiano Leo Matiz (1917-1998), hoy considerado uno de los grandes de la historia mundial de la fotografía.
sábado, 20 de febrero de 2016
TARDES CON DASSO SALDÍVAR EN MADRID
Por Eduardo García Aguilar
Dasso Saldívar vive desde hace mucho tiempo en Madrid, ciudad cuyos secretos conoce como la propia palma de su mano. Originario de Amalfi, en Antioquia, y nacido en 1951, ha dedicado su vida a la literatura y durante décadas escrutó los pasos de Gabriel García Márquez, sobre quien escribió la más minuciosa y detallada biografía bajo el título del Viaje a la semilla, que ha tenido muchas ediciones y traducciones y será presentada en una nueva edición revisada el próximo 3 de marzo en la sede mundial del Instituto Cervantes, con la presencia del canario Juan Cruz y el andaluz Felipe González.
La primera vez que lo vi fue cuando se encontraba él hace unas dos décadas en la Ciudad de México levantando y cotejando datos para escribir la parte mexicana de la vida del Nóbel. Vestía entonces de blanco en ese verano azteca y con él recorrí las calles centrales de la ciudad en busca de los inolvidables rincones de la capital hispanoamericana donde el autor de Cien años de soledad pasó medio siglo de su vida. En esas conversaciones interminables descubrí que Dasso vive en y por la literatura y que su oficio de lector no tiene límites. Como muchos autores de su generación en Colombia, considera que es un gran premio ser lector y poder viajar por las obras hacia todas las eras e instantes de la historia y la vida de la humanidad.
En dos ocasiones coincidimos en las islas Gran Canaria y Tenerife con motivo de la exposición itinerante dedicada al Nóbel colombiano y allí sentimos con toda claridad los vasos comunicantes y los puentes existentes entre esos islotes donde se detenían las naos de Colón y otros viajeros antes de atravesar el Atlántico hacia la aventura. En esas callejuelas, frente a plazas antiguas de piedra e iglesias construidas mucho antes del descubrimiento de América, hablamos como siempre de literatura, pero al mismo tiempo acompañados por amigos de Tenerife exploramos las escarpadas cumbres volcánicas de esa isla, que parece un secreto remanso antidiluviano. Dasso entonces también vestía de blanco y lucía un sombrero andaluz de amplias alas para conjurar los insistentes rayos de sol del interminable crepúsculo.
En la Gran Canaria se celebraba la feria del libro y en todas las esquinas se veía la inmensa fotografía del gran novelista de esa tierra, Benito Pérez Galdós o se podía uno cruzar con el poeta Leopoldo María Panero, que salía libre de su residencia en un hospital psiquiátrico para firmar sus libros en un puesto de libros de ocasión. Esa vez, después de fatigar las noches y sus piedras centenarias, o los bellos rincones junto al céntrico Ateneo de la localidad, acudíamos a saludar el mar con Luis Armando Soto, otro apasionado de la cultura y del arte.
Ahora en Madrid nos hemos encontrado de nuevo y caminamos como siempre por las calles intrincadas de la gran capital del mundo hispano tras los pasos del viejo Cervantes, de quien se celebran este año los cuatrocientos años de su muerte, junto con William Shakespeare, también ido del mundo ese mismo 1616. Debo a Dasso la primera visita de mi vida al lugar donde el autor del Quijote fue sepultado en un convento en la calle Lope de Vega, que lleva el nombre de su gran enemigo, y por eso he recalado esta vez en el Hostal Fernández, a unos pasos de la casa donde vivió y murió el padre máximo de quienes escribimos en castellano.
Caminamos en una excepcional noche gélida por las calles y avenidas y aledañas al Paseo del Prado y por los amplios espacios donde se destaca el ayuntamiento y la plaza Cibeles y hemos terminado en el bar restaurante del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde él ha evocado sus lecturas de Borges, Pessoa y tantos más junto a la preciosa escultura en mármol de una bella yaciente desnuda esculpida en Roma en 1900 y bajo los cuadros que recuerdan el esplendor de esa generación modernista encabezada por Sorolla y Zuloaga.
En su casa del centro de Madrid, no lejos de los lugares más bellos y emblemáticos de la capital del castellano, Dasso Saldívar vive al lado de su esposa Reina y sus hijos rodeado de libros que cuida como las pupilas de sus ojos. Y a cada instante se levanta para traer un volumen y leer alguna cita que cae como anillo al dedo a la conversación. Puede ser un libro de Erich Fromm, el Libro del desasosiego de Pessoa, alguna colección de conferencias de Jorge Luis Borges, Ovidio, Horacio, Virgilio, Rilke o Virginia Woolf, porque todos los libros estan ahí a su mano como en el propio Aleph, ojo desconocido desde donde se pueden consultar las bibliotecas del mundo y viajar hacia los siglos.
En ese apartamento largo lleno de libros Dasso Saldívar recibe a sus grandes amigos colombianos y compañeros de generación William Ospina y Héctor Abad Faciolince cuando pasan por Madrid y caminan con él por las calles de Madrid en busca de librerías de viejo o lugares cargados de historia, guerras, esplendores, las vidas de Goya o Velásquez o las aventuras de Rubén Darío o Valle Inclán. Ospina y Abad son sus interlocutores más cercanos y también quienes comentan en contraportada Los soles de Amalfi, primera novela publicada hace poco por Dasso en la editorial Navona y que es una de las obras narrativas más notables de la literatura colombiana de las últimas décadas.
En ella, Dasso hace su propio viaje a la semilla a través de la voz de la abuela y el nieto en medio de los bucólicos paisajes de una Antioquia agraria de infancia poblada de cocuyos, duendes, ánimas, pájaros y otros seres humanos del mal y del bien que rondan en los caminos de arriería y en las riberas de las quebradas bajo la lluvia o el viento. Esta obra notable es única pues está escrita como la huella digital de un gran autor que evoca aquellos tiempos alejándose del coloquialismo y el costumbrismo para izarse hacia los caminos de un lenguaje poético que es a la vez realidad y esencia de vidas.
Al día siguiente, antes de partir de Madrid, nos hemos dado cita en la oficina del Instituto Caro y Cuervo, en la sede del Instituto Cervantes, y allí junto a las amplias fotos del filólogo Rufino J. Cuervo en su biblioteca de París hemos conversado con Martín Gómez de libros y literaturas colombianas recientes. Queda poco tiempo y la charla se traslada a un café, donde se convierte en un lanzamiento acelerado de cartas sobre la mesa en torno a literatura, poesía, novela, industria editorial, realismo, retóricas, famas súbitas y olvidos tenaces, porque los libros siempre nos invitan a la pasión y tres bibliómanos, bibliópatas, bibliófagos como Saldívar, Gómez y yo no podíamos más que agotar las horas con premura al calor del sol y unos vinos.
Nos despedimos y Dasso Saldívar se difumina en esas calles donde ha caminado durante cuatro décadas. Va rumbo a su estudio, donde ajusta las últimas versiones de su nueva novela sobre los años de exilio y destierro de Manuelita Sáenz en un puerto del Pacífico, no lejos de donde vivía también el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez. Ahora lee la Carta de Jamaica en un pequeño y viejo volumen Crisol empastado en cuero. Trata de dar vida a los últimos largos pedazos vitales de estos dos amigos fieles del Libertador, quienes le sobrevivieron en la pobreza y el silencio mucho tiempo. Al verlo alejarse siento que ha viajado de repente a mediados del siglo XIX y que las ánimas de Manuelita y los dos Simones lo esperan en alguna taberna del Madrid dieciochesco para hablar de las horas, la gloria y el olvido.
Dasso Saldívar vive desde hace mucho tiempo en Madrid, ciudad cuyos secretos conoce como la propia palma de su mano. Originario de Amalfi, en Antioquia, y nacido en 1951, ha dedicado su vida a la literatura y durante décadas escrutó los pasos de Gabriel García Márquez, sobre quien escribió la más minuciosa y detallada biografía bajo el título del Viaje a la semilla, que ha tenido muchas ediciones y traducciones y será presentada en una nueva edición revisada el próximo 3 de marzo en la sede mundial del Instituto Cervantes, con la presencia del canario Juan Cruz y el andaluz Felipe González.
La primera vez que lo vi fue cuando se encontraba él hace unas dos décadas en la Ciudad de México levantando y cotejando datos para escribir la parte mexicana de la vida del Nóbel. Vestía entonces de blanco en ese verano azteca y con él recorrí las calles centrales de la ciudad en busca de los inolvidables rincones de la capital hispanoamericana donde el autor de Cien años de soledad pasó medio siglo de su vida. En esas conversaciones interminables descubrí que Dasso vive en y por la literatura y que su oficio de lector no tiene límites. Como muchos autores de su generación en Colombia, considera que es un gran premio ser lector y poder viajar por las obras hacia todas las eras e instantes de la historia y la vida de la humanidad.
En dos ocasiones coincidimos en las islas Gran Canaria y Tenerife con motivo de la exposición itinerante dedicada al Nóbel colombiano y allí sentimos con toda claridad los vasos comunicantes y los puentes existentes entre esos islotes donde se detenían las naos de Colón y otros viajeros antes de atravesar el Atlántico hacia la aventura. En esas callejuelas, frente a plazas antiguas de piedra e iglesias construidas mucho antes del descubrimiento de América, hablamos como siempre de literatura, pero al mismo tiempo acompañados por amigos de Tenerife exploramos las escarpadas cumbres volcánicas de esa isla, que parece un secreto remanso antidiluviano. Dasso entonces también vestía de blanco y lucía un sombrero andaluz de amplias alas para conjurar los insistentes rayos de sol del interminable crepúsculo.
En la Gran Canaria se celebraba la feria del libro y en todas las esquinas se veía la inmensa fotografía del gran novelista de esa tierra, Benito Pérez Galdós o se podía uno cruzar con el poeta Leopoldo María Panero, que salía libre de su residencia en un hospital psiquiátrico para firmar sus libros en un puesto de libros de ocasión. Esa vez, después de fatigar las noches y sus piedras centenarias, o los bellos rincones junto al céntrico Ateneo de la localidad, acudíamos a saludar el mar con Luis Armando Soto, otro apasionado de la cultura y del arte.
Ahora en Madrid nos hemos encontrado de nuevo y caminamos como siempre por las calles intrincadas de la gran capital del mundo hispano tras los pasos del viejo Cervantes, de quien se celebran este año los cuatrocientos años de su muerte, junto con William Shakespeare, también ido del mundo ese mismo 1616. Debo a Dasso la primera visita de mi vida al lugar donde el autor del Quijote fue sepultado en un convento en la calle Lope de Vega, que lleva el nombre de su gran enemigo, y por eso he recalado esta vez en el Hostal Fernández, a unos pasos de la casa donde vivió y murió el padre máximo de quienes escribimos en castellano.
Caminamos en una excepcional noche gélida por las calles y avenidas y aledañas al Paseo del Prado y por los amplios espacios donde se destaca el ayuntamiento y la plaza Cibeles y hemos terminado en el bar restaurante del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde él ha evocado sus lecturas de Borges, Pessoa y tantos más junto a la preciosa escultura en mármol de una bella yaciente desnuda esculpida en Roma en 1900 y bajo los cuadros que recuerdan el esplendor de esa generación modernista encabezada por Sorolla y Zuloaga.
En su casa del centro de Madrid, no lejos de los lugares más bellos y emblemáticos de la capital del castellano, Dasso Saldívar vive al lado de su esposa Reina y sus hijos rodeado de libros que cuida como las pupilas de sus ojos. Y a cada instante se levanta para traer un volumen y leer alguna cita que cae como anillo al dedo a la conversación. Puede ser un libro de Erich Fromm, el Libro del desasosiego de Pessoa, alguna colección de conferencias de Jorge Luis Borges, Ovidio, Horacio, Virgilio, Rilke o Virginia Woolf, porque todos los libros estan ahí a su mano como en el propio Aleph, ojo desconocido desde donde se pueden consultar las bibliotecas del mundo y viajar hacia los siglos.
En ese apartamento largo lleno de libros Dasso Saldívar recibe a sus grandes amigos colombianos y compañeros de generación William Ospina y Héctor Abad Faciolince cuando pasan por Madrid y caminan con él por las calles de Madrid en busca de librerías de viejo o lugares cargados de historia, guerras, esplendores, las vidas de Goya o Velásquez o las aventuras de Rubén Darío o Valle Inclán. Ospina y Abad son sus interlocutores más cercanos y también quienes comentan en contraportada Los soles de Amalfi, primera novela publicada hace poco por Dasso en la editorial Navona y que es una de las obras narrativas más notables de la literatura colombiana de las últimas décadas.
En ella, Dasso hace su propio viaje a la semilla a través de la voz de la abuela y el nieto en medio de los bucólicos paisajes de una Antioquia agraria de infancia poblada de cocuyos, duendes, ánimas, pájaros y otros seres humanos del mal y del bien que rondan en los caminos de arriería y en las riberas de las quebradas bajo la lluvia o el viento. Esta obra notable es única pues está escrita como la huella digital de un gran autor que evoca aquellos tiempos alejándose del coloquialismo y el costumbrismo para izarse hacia los caminos de un lenguaje poético que es a la vez realidad y esencia de vidas.
Al día siguiente, antes de partir de Madrid, nos hemos dado cita en la oficina del Instituto Caro y Cuervo, en la sede del Instituto Cervantes, y allí junto a las amplias fotos del filólogo Rufino J. Cuervo en su biblioteca de París hemos conversado con Martín Gómez de libros y literaturas colombianas recientes. Queda poco tiempo y la charla se traslada a un café, donde se convierte en un lanzamiento acelerado de cartas sobre la mesa en torno a literatura, poesía, novela, industria editorial, realismo, retóricas, famas súbitas y olvidos tenaces, porque los libros siempre nos invitan a la pasión y tres bibliómanos, bibliópatas, bibliófagos como Saldívar, Gómez y yo no podíamos más que agotar las horas con premura al calor del sol y unos vinos.
Nos despedimos y Dasso Saldívar se difumina en esas calles donde ha caminado durante cuatro décadas. Va rumbo a su estudio, donde ajusta las últimas versiones de su nueva novela sobre los años de exilio y destierro de Manuelita Sáenz en un puerto del Pacífico, no lejos de donde vivía también el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez. Ahora lee la Carta de Jamaica en un pequeño y viejo volumen Crisol empastado en cuero. Trata de dar vida a los últimos largos pedazos vitales de estos dos amigos fieles del Libertador, quienes le sobrevivieron en la pobreza y el silencio mucho tiempo. Al verlo alejarse siento que ha viajado de repente a mediados del siglo XIX y que las ánimas de Manuelita y los dos Simones lo esperan en alguna taberna del Madrid dieciochesco para hablar de las horas, la gloria y el olvido.
lunes, 15 de febrero de 2016
LA MAESTRÍA DE JUAN MARSÉ
Por Eduardo García Aguilar
La
obra novelística de Juan Marsé (1933) está ligada a su ciudad natal
Barcelona, de la que hace un sarcástico cuadro social en Últimas tardes
con Teresa, que cumple ahora medio siglo de publicada, y otras obras, a
través de historias apasionantes sacadas de los tiempos de su juventud y
dotadas de una prosa que vibra como pocas. Marsé, crecido en una
familia modesta, trabajó primero como aprendiz de joyero 13 años en un
taller en un barrio popular barcelonés, pero luego se trasladó a París,
donde siguió su formación y regresó a su terruño ya dotado de una
formidable lucidez social y un sentido profundo de la ironía.
Marsé,
ganador del Premio Cervantes que este enero cumplió 83 años, se ha
vuelto una referencia de la literatura barcelonesa escrita en español
por los hijos de inmigrantes residentes en esta zona que hoy experimenta
tensiones a causa del nacionalismo de los catalanes "puros", quienes
desean independizarse y consideran de manera un poco demagógica a España
como un imperio que los ha colonizado desde hace siglos y vive de sus
riquezas, lo que es por supuesto falso. El movimiento político
nacionalista catalán ha detestado siempre a Marsé, quien califica a sus
líderes en una reciente entrevista de "carroña sentimental".
Barcelona
ha sido desde hace milenios un puerto privilegiado situado de manera
estratégica en el Mediterráneo, por lo que en diversas épocas ha sido
centro de intercambio de mercancías y riquezas y lugar de confluencia de
mucho dinero y pujanza y por lo tanto escenario de codicias y guerras.
También ha sido centro cultural y editorial en los tiempos modernos,
antes y después del Siglo de Oro, como nos lo recuerda Cervantes en El
Quijote de la Mancha. El autor lleva al final a su personaje el
Ingenioso Hidalgo a este puerto, donde se está editando el segundo
volumen de sus historias, y escoge el lugar para que sea allí donde el
caballero del Verde Gabán derrote al delirante en una justa caballeresca
fingida en la playa y lo convenza de regresar a casa después de sus
múltiples andanzas por España.
En Últimas
tardes con Teresa, ganadora del premio Biblioteca Breve 1965, Marsé
describe a esa Barcelona de los años 50, cuando, en tiempos de
posguerra, la región vive momentos de desarrollo industrial acelerado
comandado por una pujante burguesía catalana y atrae a cientos de miles
de trabajadores pobres de otras regiones españolas, como valencianos,
murcianos, andaluces, gallegos, moros y castellanos, que vienen a
engrosar las filas obreras y a vivir marginados en los suburbios altos
de la capital catalana y en ciudades aledañas que crecen de manera
acelerada junto a las factorías.
A un lado
Marsé muestra a la tradicional burguesía catalana que vive en fabulosos
apartamentos de la Gran Vía o el Paseo de Gracia y tiene casas de campo y
masías en los bellos campos, costas y bosques de la región y al otro un
ejército de inmigrantes forasteros, llamados charnegos, de donde salen
no solo los obreros y los criados de los exquisitos señoritos de
apellido catalán tales como Trías, Pujol, Boffil o Serrat, sino también
la escoria social, el lumpenproletariado, los ladrones y los
delincuentes encarnados en el magistral personaje de chulo llamado
Pijoaparte.
He subido este viernes al Monte
Carmelo, donde estaban los malfamados tugurios de aquel tiempo y aunque
ahora esos barrios son bastante limpios y ordenados y están dotados de
un metro moderno y excelentes medios de transporte, siguen siendo lugar
de residencia de forasteros de las clases bajas, a su vez hijos de
inmigrantes árabes, esteuropeos o latinoamericanos, o sea los las nuevas
versiones de esos aparentemente peligrosos jóvenes apaches de los años
50, ladrones de motocicletas, que eran el terror de las clase medias
blancas y adineradas de la pulcra ciudad de abajo.
Ahí
en el Carmel y en Ginardó se habla fundamentalmente español y es claro
que la mayoría de la población vive allí en el desempleo rampante y
tiene menos posibilidades aun que la clase media golpeada por la crisis
que devasta al país desde 2008, cuando se derrumbó la burbuja
inmobiliaria y sembró el país de incertidumbre política y social. Pero
arriba, en estas colinas proletarias, sigue vibrando el mundo descrito
por Marsé en Últimas tardes con Teresa y otras obras de juventud como Si
te dicen que caí y La oscura historia de la prima Montse.
Marsé
se ganó a pulso su fama y el consagratorio Premio Cervantes 2008. De la
generación de García Márquez y otras estrellas del boom y contemporáneo
de otros importantes autores españoles como los Goytisolo, Marsé, pese
al éxito de sus obras, siempre fue mirado de reojo por la crítica, al
considerarlo más un autor social que otra cosa. Ganó muy temprano el
Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, y una tras otra sus obras
lograron múltiples ediciones y premios como el de la Crítica y el
Planeta y le dieron renombre internacional, pero su lugar siempre estuvo
un poco al margen de los exitosos del boom latinoamericano o de los
exquisitos españoles del momento, lo que, supongo, no contrariaba de
todo a Marsé, quien siempre ha estado a contracorriente y ha sido un
rebelde, incluso en estos momentos.
Considera a
gran parte de la clase política española de hoy una remanencia del
franquismo que es todavía "un cadáver que apesta" y en conferencias y
entrevistas muestra la desbordante inteligencia de quien no se dejó
amansar por el éxito, se considera siempre un "aprendiz de novelista" y
sabe expresar críticas acerbas a todas las manifestaciones del
ablandamiento intelectual de muchos autores de su generación y otras
posteriores. Nunca le perdonarán la creación de esos personajes de la
burguesía catalana que como Teresa Serrat y sus amigos señoritos miraron
la realidad social desde afuera.
Dotado de un
gran sentido de autocrítica, Marsé supo crear novelas inolvidables
donde vibra la vida y que cumplen la función de molestar, irritar y
cuestionar las inercias, además de ser ejemplos de talento y rigor
narrativos. Visitar los barrios populares de donde extrajo sus
personajes, escrutarlos, olerlos, o mirar desde Premiá del Mar en un
crepúsculo rojizo a la próspera Barcelona industrial difuminándose entre
el oro ocre de la atmósfera solar, con sus fábricas y el Montjuich
firme contra el Mediterráneo, nos acerca de nuevo a su vasta obra y al
milagro siempre renovado de la literatura escrita en estas tierras
bilingües catalanas pródigas de cultura y belleza.
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*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de febrero 2016.
domingo, 7 de febrero de 2016
CIEN AÑOS DE RUBÉN DARÍO
Por Eduardo García Aguilar
Hace cien años, el 6 de febrero de 1916, murió en León el gran poeta nicaragüense y latinoamericano Rubén Darío (1867-1916), cuya irrupción en el panorama de la literatura en español fue un sismo que todavía estremece con sus vibraciones a los amantes de la poesía y la prosa modernas. Este niño precoz, de nombre Félix Rubén García Sarmiento, nació en Metapa y desde muy temprano mostró sus cualidades como versificador, cuando la poesía, a fines del siglo XIX, era el arte mayor en los lejanos países latinoamericanos que, independizados de España desde hacía décadas, buscaban su voz dejando atrás siglos de vieja retórica parroquial encorsetada en modelos inamovibles.
Ya terminaban las patrias bobas y el mundo todo vivía tiempos de aceleramiento y velocidad comerciales luego de la Revolución industrial inglesa y el predominio de potencias como Inglaterra y Francia, que colonizaban el orbe e imponían su cultura en los más alejados confines del mundo. Los grandes barcos a vapor recorrían los mares, los ruidosos trenes cruzaban los campos, y todos esos vehículos llegaban a los puertos, convertidos como nunca en centros de comercio y poder y lugares de intercambio de mercancías, cuerpos, palabras, músicas, ideas y modas.
En esa lejana provincia nicaragüense y centroamericana el geniecillo sorprendía a notables y presidentes por su fabulosa memoria y la facilidad con la que creaba al instante los versos más fantásticos o los escribía por encargo. Invitado imprescindible en salones, escuelas, ateneos, fiestas, Darío se lucía y hay fotos donde se ve al adolescente de 14 años mostrando sus habilidades ante el asombro de los patriarcas. Pronto empezó a recorrer los pequeños países centroamericanos, donde ejercería la profesión alimentaria de periodista y fundaría periódicos y revistas, y crearía tertulias literarias de un delicioso anacronismo, como era usual en esos tiempos en que la poesía, las tabernas y los burdeles eran las únicas diversiones paganas posibles.
Sus capacidades lo llevaron a recalar en Chile, donde trabajó en el periódico La Época y publicó su famoso libro Azul, y más tarde, tras regresar a América Central y visitar fugazmente el viejo continente europeo, llegó a Buenos Aires, la Nueva York del sur, a donde acudían millones de inmigrantes pobres de Europa y el mundo para crear una metrópoli cosmopolita donde el joven poeta desplegó todos sus talentos y publicó Los raros, en homenaje a sus escritores preferidos, y Prosas profanas. A esa ciudad había sido enviado como cónsul de Colombia por el poeta y presidente Rafael Núñez, como era usual entonces, donde a veces los mandatarios eran escribidores de gramáticas y los embajadores poetas.
Desde París, Madrid y Barcelona, llegaban a Buenos Aires todos los libros posibles, y en sus calles Darío continuó la lectura de los poetas franceses del momento, de Victor Hugo en adelante hasta parnasianos, simbolistas y otros decadentes retorcidos y extraños que ejercieron gran influencia en él y sobre quienes escribió semblanzas admiradas, cargadas de un afrancesamiento casi patológico, excitado por Nerval, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Verlaine y tantos otros.
Luego viajó a París como enviado del poderoso diario bonaerense La Nación y se quedó allí en la que era la capital editorial del mundo hispánico con la editorial Garnier a la cabeza. Vivía a un lado del Jardín de Luxemburgo y hoy se ve la placa con su nombre junto a la puerta del número 5 de la rue Hershel, donde lo vio y describió el modernista colombiano José María Vargas Vila, prosista empalagoso que escribía historias truculentas y panfletos anticlericales y antidicatoriales plagados de adjetivos que lo convirtieron en el mayor best-seller de su tiempo en América Latina. Vargas Vila, megalómano, se inclinó ante el genio y escribió un libro sobre Darío, que es tal vez uno de los pocos suyos que se salvan.
La poesía brotaba de Rubén Darío y se reproducía en torrentes, cataratas, vorágines, amazonas de versos y abismos inesperados entre conflagraciones de palabras y sentidos. Sus combinaciones de temas, sentimientos, metáforas, ritmos, historias, eran desconcertantes en su variada matemática. Todo era nuevo en él y el castellano volvió a vibrar como no lo hacía desde Cervantes, Góngora y Quevedo. Los jóvenes poetas españoles lo comprendieron rápido y lo acogieron como el maestro, el príncipe que la literatura del idioma castellano reclamaba. Para saberlo, hay que leer sus Cantos de vida y esperanza o las diversas recopilaciones como la más famosa publicada por Aguilar, empastada en cuero, u otras más rigurosas y recientes, como la realizada por el Fondo de Cultura Económica, en México, y cuidada por Ernesto Mejía Sánchez.
Tanto éxito, amistad e influencia lo marcaron. Agobiado por tantos viajes y líos personales, adicto al vino y a la vida, excesivo y frágil, llegó a la cima para caer en la decadencia y retornar a América por Nueva York e ir de gira, ya enfermo, de teatro en teatro, cabestreado por agentes inescrupulosos. Al final, extenuado, se extingue en León luego de retornar a su tierra natal, antes de llegar al medio siglo de edad, pero su obra sigue viva y es “tan antigua y tan moderna” como él mismo lo definió con la extrema lucidez de su inteligencia.
* Publicado en Excélsior. Ciudad de México. 7 de febrero de 2016.
Hace cien años, el 6 de febrero de 1916, murió en León el gran poeta nicaragüense y latinoamericano Rubén Darío (1867-1916), cuya irrupción en el panorama de la literatura en español fue un sismo que todavía estremece con sus vibraciones a los amantes de la poesía y la prosa modernas. Este niño precoz, de nombre Félix Rubén García Sarmiento, nació en Metapa y desde muy temprano mostró sus cualidades como versificador, cuando la poesía, a fines del siglo XIX, era el arte mayor en los lejanos países latinoamericanos que, independizados de España desde hacía décadas, buscaban su voz dejando atrás siglos de vieja retórica parroquial encorsetada en modelos inamovibles.
Ya terminaban las patrias bobas y el mundo todo vivía tiempos de aceleramiento y velocidad comerciales luego de la Revolución industrial inglesa y el predominio de potencias como Inglaterra y Francia, que colonizaban el orbe e imponían su cultura en los más alejados confines del mundo. Los grandes barcos a vapor recorrían los mares, los ruidosos trenes cruzaban los campos, y todos esos vehículos llegaban a los puertos, convertidos como nunca en centros de comercio y poder y lugares de intercambio de mercancías, cuerpos, palabras, músicas, ideas y modas.
En esa lejana provincia nicaragüense y centroamericana el geniecillo sorprendía a notables y presidentes por su fabulosa memoria y la facilidad con la que creaba al instante los versos más fantásticos o los escribía por encargo. Invitado imprescindible en salones, escuelas, ateneos, fiestas, Darío se lucía y hay fotos donde se ve al adolescente de 14 años mostrando sus habilidades ante el asombro de los patriarcas. Pronto empezó a recorrer los pequeños países centroamericanos, donde ejercería la profesión alimentaria de periodista y fundaría periódicos y revistas, y crearía tertulias literarias de un delicioso anacronismo, como era usual en esos tiempos en que la poesía, las tabernas y los burdeles eran las únicas diversiones paganas posibles.
Sus capacidades lo llevaron a recalar en Chile, donde trabajó en el periódico La Época y publicó su famoso libro Azul, y más tarde, tras regresar a América Central y visitar fugazmente el viejo continente europeo, llegó a Buenos Aires, la Nueva York del sur, a donde acudían millones de inmigrantes pobres de Europa y el mundo para crear una metrópoli cosmopolita donde el joven poeta desplegó todos sus talentos y publicó Los raros, en homenaje a sus escritores preferidos, y Prosas profanas. A esa ciudad había sido enviado como cónsul de Colombia por el poeta y presidente Rafael Núñez, como era usual entonces, donde a veces los mandatarios eran escribidores de gramáticas y los embajadores poetas.
Desde París, Madrid y Barcelona, llegaban a Buenos Aires todos los libros posibles, y en sus calles Darío continuó la lectura de los poetas franceses del momento, de Victor Hugo en adelante hasta parnasianos, simbolistas y otros decadentes retorcidos y extraños que ejercieron gran influencia en él y sobre quienes escribió semblanzas admiradas, cargadas de un afrancesamiento casi patológico, excitado por Nerval, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Verlaine y tantos otros.
Luego viajó a París como enviado del poderoso diario bonaerense La Nación y se quedó allí en la que era la capital editorial del mundo hispánico con la editorial Garnier a la cabeza. Vivía a un lado del Jardín de Luxemburgo y hoy se ve la placa con su nombre junto a la puerta del número 5 de la rue Hershel, donde lo vio y describió el modernista colombiano José María Vargas Vila, prosista empalagoso que escribía historias truculentas y panfletos anticlericales y antidicatoriales plagados de adjetivos que lo convirtieron en el mayor best-seller de su tiempo en América Latina. Vargas Vila, megalómano, se inclinó ante el genio y escribió un libro sobre Darío, que es tal vez uno de los pocos suyos que se salvan.
La poesía brotaba de Rubén Darío y se reproducía en torrentes, cataratas, vorágines, amazonas de versos y abismos inesperados entre conflagraciones de palabras y sentidos. Sus combinaciones de temas, sentimientos, metáforas, ritmos, historias, eran desconcertantes en su variada matemática. Todo era nuevo en él y el castellano volvió a vibrar como no lo hacía desde Cervantes, Góngora y Quevedo. Los jóvenes poetas españoles lo comprendieron rápido y lo acogieron como el maestro, el príncipe que la literatura del idioma castellano reclamaba. Para saberlo, hay que leer sus Cantos de vida y esperanza o las diversas recopilaciones como la más famosa publicada por Aguilar, empastada en cuero, u otras más rigurosas y recientes, como la realizada por el Fondo de Cultura Económica, en México, y cuidada por Ernesto Mejía Sánchez.
Tanto éxito, amistad e influencia lo marcaron. Agobiado por tantos viajes y líos personales, adicto al vino y a la vida, excesivo y frágil, llegó a la cima para caer en la decadencia y retornar a América por Nueva York e ir de gira, ya enfermo, de teatro en teatro, cabestreado por agentes inescrupulosos. Al final, extenuado, se extingue en León luego de retornar a su tierra natal, antes de llegar al medio siglo de edad, pero su obra sigue viva y es “tan antigua y tan moderna” como él mismo lo definió con la extrema lucidez de su inteligencia.
* Publicado en Excélsior. Ciudad de México. 7 de febrero de 2016.
sábado, 16 de enero de 2016
EL CORRIDO DE KATE DEL CASTILLO
Por Eduardo García Aguilar
Asistí en México
hace dos décadas frente a las pantallas de la televisión a la irrupción
de Kate del Castillo como actriz de telenovelas y a su ascenso como sex
symbol en el imaginario de los televidentes mexicanos de todas las
edades.
No era la primera ni sería la última de estas vedettes populares que tan bien sabe inventar la televisión
mexicana cada lustro, practicando una renovación permanente del
producto, que no tiene falla desde los tiempos de Verónica Castro y
Lucía Mendez, hasta la era de Salma Hayek, Bibi Gaitán, Thalía y otras más, entre ellas La Gaviota, que es la actual primera dama del país azteca.
Durante décadas
Televisa supo crear ese imaginario y perfeccionarlo al cosechar y
cultivar figuritas angelicales que terminan siendo parte de la familia
de todos los cien millones de mexicanos. Salma Hayek, que es hoy una de
las reinas de la moda de París, se inició en la telenovela Teresa, pero
rápidamente después de vivir escándalos con novios como
el boxeador Julio César Chávez, partió rumbo a Hollywood a probar
suerte, donde tuvo una carrera digna y al final casó con uno de los
grandes herederos de Francia, dueño de muchas casas de moda que ahora
están a los pies de su esposa.
Digamos que Salma
Hayek “tiró el balón muy alto”, como dijo el presidente colombiano
Belisario Betancur cuando le dieron el premio Nobel a García Márquez. La
pequeña chica de Coatzacoalcos, de origen libanés, comprendió que era
muy poco para ella el destino de ser solo una acriz de telenovelas
mexicanas.
Otras estrellas de
primero y segundo rango optaron por casarse con políticos o millonarios
locales, sirviendo a veces como comparsas glamorosas de las carreras de
sus maridos, tal y como ocurrió con Angélica Rivera, que al casarse con
el actual mandatario mexicano cuando era candidato viudo, accedió al
rango de primera dama.
Thalía, la de María
del Mar y otras telenovelas que la hicieron inmensamente popular en
América Latina viró hacia niveles más altos al casarse con uno de los
magnates musicales de Miami, donde lleva una vida soñada en el corazón
del imperio, cuyos episodios son seguidos por las amas de casa y los
televidentes.
Todas ellas, desde
Verónica Castro hasta Angélica Rivera y ahora Kate del Castillo,
pertenecen a la élite económica del país, están ligadas al poder, y
viven a años luz de los sufrimientos del pueblo mexicano, sumido siempre
en el dolor y la miseria y obnubilado día a día por las pantallas
televisivas, que son la única ventana al sueño y el bálsamo para sus
sufrimlientos ancestrales.
La bella Kate del Castillo es lo que en México se denomina “un cuero”,
o sea una mujer bomba, excepcional, con un cuerpo de espectáculo y un
sex appeal sin límites, deidad popular que hace soñar a todos los
hombres al unísono y a las amas de casa que la ven todo el día en
telenovelas o películas, mientras hacen las arduas tareas domésticas.
Pero Kate es algo
más que una diva o un cuerpo de película, como lo demostró en el filme
La Reina del Sur, inspirada en la novela de Arturo Pérez Reverte.
Haciendo lo mismo que otras de sus antecesoras, Kate ha querido alzarse
de esa frivolidad glamorosa y
fútil de ser solo objeto sexual hacia niveles más altos de compromiso
social, creando sus propias empresas y opinando sobre las realidades del
país a riesgo de quemarse las alas. En este caso, la bella ha querido
redimir al Chapo Guzmán, el Pablo Escobar mexicano y uno de los narcos
más famosos de todos los tiempos.
Kate ha osado decir
que confía más en el capo que en los políticos mexicanos y emprendió un
coqueteo epistolar y por internet con el bandido, erotómano que también a
su vez creyó cumplir el sueño de adquirir para su harém a la hermosa
estrella que se arriesga a visitarlo y pretende hacer una pelicula sobre
él.
En la cama del Chapo encontraron videos de la película donde Kate hace
de narcotraficante y sin duda él, como todos los mexicanos, la vio y
deseó en telenovelas y la siguió
en sus historias de amor y tuvo sueños eróticos con la hermosa de piel
canela, cuerpo escultural, esencia de la belleza mexicana mestiza, como
en su tiempo lo fueron Dolores del Río, Maria Félix, Salma Hayek y Bibi
Gaitán.
Acompañada de Sean
Penn, actor comprometido y mundialmente famoso, ex marido de Madona,
Kate llegó hasta la guarida del capo y participó en una velada donde
sonaron los mariachis y se distribuyeron deliciosas exquisiteces
campiranas. Así cumplía el peligroso capo la palabra de “protegerla como
a mis ojos”.
Por unas horas, la
Bella y la Bestia, el capo y la diva, estuvieron juntos en la jungla del
norte de México protagonizando uno de los mayores escándalos y
propiciando de paso la captura del fugitivo, experto en túneles, especie
de mago Houdini de la evasión.
Ahora la Bestia ha
quedado enjaulada de nuevo, víctima de su deseo por la diva y la diva ha
quedado enredada en un problema donde sus nuevos enemigos de la
política mexicana y hasta el gobierno mismo tratarán de acusarla de
complicidad y encubrimiento y le cobrarán la osadía de opinar, como muchos opinan, que los políticos son tan bandidos como todos los bandidos del narcotráfico.
No le falta razón a
la sexy Kate. Los capos de México, Colombia y el mundo han contado con
la complicidad de políticos, gobiernos, policías, élites
locales y militares, pues tienen todo el dinero posible para
comprarlos. Y han contado con la complicidad de muchos estamentos en
Estados Unidos y Europa, donde están los consumidores de droga, como si
fuera Coca Cola, en balnearios, hoteles, burdeles y discotecas.
Ha terminado el corrido de Kate del Castilo y el Chapo Guzmán.
El jefe del cártel de Sinaloa está tras las rejas y probablemente será
extraditado, si no se escapa antes. Kate tendrá que capear el terrible
vendaval que se avecina y se habrá
convertido en otro mito, como la colombiana Virginia Vallejo, joya de
las pantallas que fue amante de Pablo Escobar, líder del cártel de
Medellín, y después lo reemplazó por su rival, el jefe del cártel de
Cali, Rodríguez Orejuela.
Como mariposas
doradas, las bellas Kate y Virginia resultaron quemadas en el fuego de
su deseo al obnubilarse por figuras temibles y monstruosas, calibanes
asesinos que en su ilegalidad han matado sin límites ni piedad y
sembrado el terror en sus respectivos países.
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* Publicado el domingo 17 de enero en La Patria. Manizales. Colombia.
* Publicado el domingo 17 de enero en La Patria. Manizales. Colombia.
sábado, 9 de enero de 2016
WILFREDO LAM Y ANSELM KIEFER EN EL POMPIDOU
En el Centro Pompidou se encuentran lado a lado, en el sexto nivel
del extraño edificio, dos exposiciones retrospectivas excepcionales,
una dedicada al cubano Wilfredo Lam (1902-1982) y otra al gran artista
alemán contemporáneo Anselm Kiefer (1945). Poco a poco la gloria de Lam
asciende colocándose ya al lado de su amigo Picasso gracias a una vasta
obra sincrética donde se expresan sus diversos orígenes, pues desciende
de chinos y negros y nació y creció en su natal isla caribeña Cuba y
vivió en Suecia, Estados Unidos España y Francia.
Kiefer, por su lado, es un titán del arte que a sus 70 años nos asombra con una vasta obra expresada a través de óleo, acrílico, cerámica, tierra, arena, fotografía, plomo y está en permanente conexión con la poesía y la literatura, y los temas apocalípticos del siglo, ya que es lector atento y pensador permanente.
El museo, inaugurado en enero de 1977 por el presidente Valéry Giscard d'Estaing en presencia de varios presidentes africanos, suscitó en su momento críticas porque sus jóvenes arquitectos encabezados por Renzo Piano hicieron en medio de París uno de los edificios más extraños, que inclusive hoy causa impresión a los visitantes cuando emprenden la subida por las escaleras tubulares de nave espacial y observan sus intrincadas estructuras coloridas a medida que ascienden hasta un nivel desde donde se tiene una soberbia vista de la ciudad.
A lo largo de estos cuarenta años de historia la institución ha realizado exposiciones de arte contemporáneo del siglo XX en adelante, que van del dadaísmo, cubismo, futurismo, surrealismo, suprematismo, expresionismo hasta arte pop, caricatura, video, y diversas expresiones actuales de las artes plásticas. Allí se han celebrado ciclos de conferencias, debates, homenajes y retrospectivas de grandes artistas como Bonnard, Kandisnsky, Max Ernst, Dalí, Picasso, Braque, Giacometti, Duchamp, Kandinsky, Münch, Balthus, Warhol, Francis Bacon, David Hockney y muchos más.
El lugar revivió y dio vida a una zona insalubre situada no lejos del centenario mercado de Les Halles y es hoy un centro de experimentación, dotado de una gran biblioteca y diversas instituciones para estudios e investigaciones artísticas y posee una explanada donde perfomeros y artesanos callejeros se manifiestan libremente durante todo el año, atrayendo a personas de todas las edades. Es la fiesta permanente del arte contemporáneo y a lo largo del año se muestra la colección propia del museo, una de las tres más importantes del mundo, así como obras prestadas por otros museos del orbe.
Esta vez subí las escaleras tubulares salidas de una escena de Star Wars porque deseaba ver la retrospectiva del gran pintor cubano Wilfredo Lam que termina este 15 de enero y debía reencontrarme allí con La Jungla, ese maravilloso cuadro que pintó en Cuba y se ha convertido en una de las grandes obras del siglo XX, prestaba en esta ocasión al Pompidou por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. He querido mirar de cerca sus trazos, observar de manera minuciosa el trazo de su mano, pero la alarma se ha puesto a sonar y tuve que alejarme a una buena distancia de esta colorida obra donde se resumen su trazo y el intrincado mundo de sus selvas tropicales.
Las diversas etapas de la actividad de Lam son expuestas con generosidad, desde sus primeros dibujos de infancia y juventud cubanas hasta su paso por España, Estados Unidos, Francia, Suecia y otros países donde residió. Alto, espigado, armado como un totem sincrético, Lam fue admirado por sus contemporáneos, pues lejos de la vanidad y el bullicio de otras estrellas, solo vivía para su arte y el amor y de ahí su cercanía con los poetas, entre ellos el gran René Char y su diálogo con otras figuras de la literatura. El trazo inconfundible de su obra se despliega en varias salas y uno sale renacido tras el contacto con este mundo visual cincelado en más de seis décadas.
Un respiro, una mirada a la ciudad bañada en pleno invierno bajo el sol y paso a la otra sala de al lado a ver la retrospectiva de Anselm Kiefer, uno de los artistas vivos que más admiro y cuya obra impactante y profunda me hace palpitar con taquicardia. Ya hace unos años había visto su monumental obra Caída de Estrellas en los amplios espacios del Gran Palais, compuesta por enormes ruinas de cemento acompañadas por cuadros enormes y objetos oxidados y rotos de todos los tamaños, donde realizaba una metáfora del apocalipsis.
El olor del óleo fresco me recibe en la primera sala. Se siente que Kiefer ha estado ahí hace poco instalando las obras, ya que tiene su inmenso taller en el campo. La retrospectiva se inicia con una serie de obras de juventud donde ironiza sobre al pasado nazi de su padre y trata de exorcizar la tragedia germana de su generación con imágenes donde él alza la mano como Hitler en medio de enormes espacios desolados o boscosos.
Libros calcinados, acuarelas, fotografías, dan paso a enormes obras realizadas con diversos materiales y sobre telas de texturas variadas, en las que dialoga con poetas del siglo XX como Paul Celan e Ingeborg Bachman. Y poco a poco nos introduce en las grandes mitologías germanas, desde Los Nibelungos hasta la generación romántica que tanto le llama la atención, todas ellas relacionadas con la obsesión de los bosques y las montañas alpinas, la marcha a pie sobre musgos, líquenes, hongos, champiñones, cascadas, lagos, ríos. En otra parte expone unas cajas al interior de las cuales los más extraños objetos dialogan con la poesía y la literatura germanas de todos los tiempos y los textos sagrados desde el paganismo griego y las mitologías nórdicas hasta la Kabala y los textos bíblicos.
Este día ha sido para mi un viaje profundo a los misterios del arte a través de dos artistas con los cuales se comprueba que la expresión estética es el lenguaje más universal y una de las formas de salvarnos en medio de las amenazas de nuevos holocaustos y deflagraciones apocalípticas. Y de nuevo bajo las escaleras tubulares del Centro Pompidou y llego a la explanada donde el aire fresco golpea la piel y llena los pulmones. Los niños corren y juegan. Un saltimbanqui lanza enormes pompas de jabón. El arte es vida, nos hace renacer, es la universidad permanente y el sendero que lleva a la libertad por encima de fronteras y etnias cerradas. El arte nos hace renacer a todos desde las cenizas.
Kiefer, por su lado, es un titán del arte que a sus 70 años nos asombra con una vasta obra expresada a través de óleo, acrílico, cerámica, tierra, arena, fotografía, plomo y está en permanente conexión con la poesía y la literatura, y los temas apocalípticos del siglo, ya que es lector atento y pensador permanente.
El museo, inaugurado en enero de 1977 por el presidente Valéry Giscard d'Estaing en presencia de varios presidentes africanos, suscitó en su momento críticas porque sus jóvenes arquitectos encabezados por Renzo Piano hicieron en medio de París uno de los edificios más extraños, que inclusive hoy causa impresión a los visitantes cuando emprenden la subida por las escaleras tubulares de nave espacial y observan sus intrincadas estructuras coloridas a medida que ascienden hasta un nivel desde donde se tiene una soberbia vista de la ciudad.
A lo largo de estos cuarenta años de historia la institución ha realizado exposiciones de arte contemporáneo del siglo XX en adelante, que van del dadaísmo, cubismo, futurismo, surrealismo, suprematismo, expresionismo hasta arte pop, caricatura, video, y diversas expresiones actuales de las artes plásticas. Allí se han celebrado ciclos de conferencias, debates, homenajes y retrospectivas de grandes artistas como Bonnard, Kandisnsky, Max Ernst, Dalí, Picasso, Braque, Giacometti, Duchamp, Kandinsky, Münch, Balthus, Warhol, Francis Bacon, David Hockney y muchos más.
El lugar revivió y dio vida a una zona insalubre situada no lejos del centenario mercado de Les Halles y es hoy un centro de experimentación, dotado de una gran biblioteca y diversas instituciones para estudios e investigaciones artísticas y posee una explanada donde perfomeros y artesanos callejeros se manifiestan libremente durante todo el año, atrayendo a personas de todas las edades. Es la fiesta permanente del arte contemporáneo y a lo largo del año se muestra la colección propia del museo, una de las tres más importantes del mundo, así como obras prestadas por otros museos del orbe.
Esta vez subí las escaleras tubulares salidas de una escena de Star Wars porque deseaba ver la retrospectiva del gran pintor cubano Wilfredo Lam que termina este 15 de enero y debía reencontrarme allí con La Jungla, ese maravilloso cuadro que pintó en Cuba y se ha convertido en una de las grandes obras del siglo XX, prestaba en esta ocasión al Pompidou por el Museo de Arte Moderno de Nueva York. He querido mirar de cerca sus trazos, observar de manera minuciosa el trazo de su mano, pero la alarma se ha puesto a sonar y tuve que alejarme a una buena distancia de esta colorida obra donde se resumen su trazo y el intrincado mundo de sus selvas tropicales.
Las diversas etapas de la actividad de Lam son expuestas con generosidad, desde sus primeros dibujos de infancia y juventud cubanas hasta su paso por España, Estados Unidos, Francia, Suecia y otros países donde residió. Alto, espigado, armado como un totem sincrético, Lam fue admirado por sus contemporáneos, pues lejos de la vanidad y el bullicio de otras estrellas, solo vivía para su arte y el amor y de ahí su cercanía con los poetas, entre ellos el gran René Char y su diálogo con otras figuras de la literatura. El trazo inconfundible de su obra se despliega en varias salas y uno sale renacido tras el contacto con este mundo visual cincelado en más de seis décadas.
Un respiro, una mirada a la ciudad bañada en pleno invierno bajo el sol y paso a la otra sala de al lado a ver la retrospectiva de Anselm Kiefer, uno de los artistas vivos que más admiro y cuya obra impactante y profunda me hace palpitar con taquicardia. Ya hace unos años había visto su monumental obra Caída de Estrellas en los amplios espacios del Gran Palais, compuesta por enormes ruinas de cemento acompañadas por cuadros enormes y objetos oxidados y rotos de todos los tamaños, donde realizaba una metáfora del apocalipsis.
El olor del óleo fresco me recibe en la primera sala. Se siente que Kiefer ha estado ahí hace poco instalando las obras, ya que tiene su inmenso taller en el campo. La retrospectiva se inicia con una serie de obras de juventud donde ironiza sobre al pasado nazi de su padre y trata de exorcizar la tragedia germana de su generación con imágenes donde él alza la mano como Hitler en medio de enormes espacios desolados o boscosos.
Libros calcinados, acuarelas, fotografías, dan paso a enormes obras realizadas con diversos materiales y sobre telas de texturas variadas, en las que dialoga con poetas del siglo XX como Paul Celan e Ingeborg Bachman. Y poco a poco nos introduce en las grandes mitologías germanas, desde Los Nibelungos hasta la generación romántica que tanto le llama la atención, todas ellas relacionadas con la obsesión de los bosques y las montañas alpinas, la marcha a pie sobre musgos, líquenes, hongos, champiñones, cascadas, lagos, ríos. En otra parte expone unas cajas al interior de las cuales los más extraños objetos dialogan con la poesía y la literatura germanas de todos los tiempos y los textos sagrados desde el paganismo griego y las mitologías nórdicas hasta la Kabala y los textos bíblicos.
Este día ha sido para mi un viaje profundo a los misterios del arte a través de dos artistas con los cuales se comprueba que la expresión estética es el lenguaje más universal y una de las formas de salvarnos en medio de las amenazas de nuevos holocaustos y deflagraciones apocalípticas. Y de nuevo bajo las escaleras tubulares del Centro Pompidou y llego a la explanada donde el aire fresco golpea la piel y llena los pulmones. Los niños corren y juegan. Un saltimbanqui lanza enormes pompas de jabón. El arte es vida, nos hace renacer, es la universidad permanente y el sendero que lleva a la libertad por encima de fronteras y etnias cerradas. El arte nos hace renacer a todos desde las cenizas.
lunes, 4 de enero de 2016
BARCELONA Y EL CAMBIO EN ESPAÑA
Por Eduardo García Aguilar
Hace bien empezar el año nuevo respirando frente al Mediterráno en esta ciudad de Barcelona que el año pasado vivió turbulencias y cambios excepcionales como los vividos por ella casi siempre, por lo que es considerada una ciudad histórica en cuyas calles se respira el auge centenario y los dramas de la vida, la guerra, la cultura y el comercio incesantes, agitados por las pasiones de la política.
Junto a las iglesias Santa Maria del Mar o a Santa Maria del Pi o en una callejuela junto a la catedral gótica central, mientras un joven toca el Concierto de Aranjuez en su guitarra, o frente a las obras monumentales de la delirante Catedral de Gaudí, o en la Barceloneta o en la Rambla de Raval, se comprende la razón del éxito y el señorío de la llamada ciudad condal.
Ya en el Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes decidió llevar a su personaje a estas playas barcelonesas a luchar con el caballero del Verde Gabán, afectado como está el andante caballero por sus delirios políticos y humanitarios y su fama de apasionado desfacedor de entuertos. Vencido en una pantomima necesaria, el viejo loco pierde aquí su batalla de sueños y luego es llevado a su hogar a morir con la razón perdida y el amor de los suyos.
Este año, la soñadora Ada Colau, joven mujer luchadora de barrio a favor de los desalojados de sus casas, quien hace poco pronunciaba discursos ante solo unas decenas de marginales, derrotó a la vieja aristocracia burguesa catalana y tomó el poder en la capital, antes de ratificar y ganar a su vez las legislativas locales y convertirse en figura nacional con un gran futuro político.
Tanto en Barcelona como en Madrid, figuras de la oposición barrial y asociativa cumplieron este año el sueño de llegar al poder en nombre de los olvidados, aquellos precarios olvidados por décadas de auge ecomómico y corrupción, donde los barones políticos de derecha y de izquierda se repartían el poder en un festín obsceno contra el cual el Quijote de la Mancha también se hubiera rebelado de resucitar en estos tiempos de comienzos del siglo XXI.
Son milllones los visitantes europeos que huyen desde el norte y vienen a Barcelona a percibir el mar y gozar el sol permanente que juega con las fuerzas del viento y de las nubes. Todas las lenguas se escuchan en la vieja Rambla siempre repleta de visitantes y en las callejuelas que dan al mar en la salitrosa y húmeda Barceloneta.
Y al mismo tiempo que se escuchan todas las lenguas exóticas, se oye el español omnipresente y el catalán local entremezclándose con sus voces y conflictos. Muchos catalanes quieren separarse de España y otros tantos quieren quedarse en el seno de esa madre patria, que para algunos es protectora y para aquellos una madrastra.
La primera vez que vine a Barcelona fue en 1975 en tiempos de Franco, cuando en la misma Rambla central que va de la Plaza Cataluña al monumeto a Cristóbal Colón los carabineros de la Guardia Civil perseguían a los manifestantes contra la dictadura que los azuzaban en permannecia cuando se vivía ya la agonía de la larga y sangrienta dictadura del caudillo gallego.
En aquellos tiempos agónicos del franquismo, Barcelona ya era la capital de la edición hispanoamericana por medio de una pujante vida editorial y literaria y la pujanza de ateneos, librerías, bibliotecas y todo tipo de expresiones culturales, musicales, pictóricas y teatrales.
Permanecían todavía muchos exiliados españoles en otros países de Europa, en especial los más comprometidos rebeldes que corrían peligro de ser detenidos y torturados por el régimen, pero ya la vida de la contracorriente se sentía en esas calles que auguraban la libertad y el pronto ingreso a la era democrática. Los congresos políticos de los partidos opositores de izquierda debían aun celebrarse en otras capitales europeas y sus líderes de entonces, Felipe González y Santiago Carrillo, solo podían venir a España como clandestinos, pero ya era inevitable que el anciano tirano daría su patético último suspiro de eructos asesinos.
Poco después murió Franco y se dio inició a la gran transición hacia la democracia que ha durado cuatro décadas y ahora vive nuevos momentos de crisis y cambios, donde como es la uzanza, Barcelona y los habitantes de Cataluña vuelven a ser protagonistas.
Bajo el sol barcelonés el año 2016 se inicia ahora en medio de una saludable incertidumbre política: la era iniciada en 1976 se agotó con el bloqueo del sistema tras las elecciones legislativas de diciembre y el fin del reinante bipartidismo dominante en estas cuatro décadas, cuando los conservadores del Partido Popular y los socialistas del PSOE compartieron hegemónicamente el poder de manera alternativa.
El juvenil partido Podemos de los indignados, compuesto por treintañeros universitarios encabezados por el coletudo e informal Pablo Iglesias, quien lleva por casualidad el mismo nombre del fundador del Partido Socialista hace 138 años, obtuvo 69 escaños, y su irrupción espectacular en solo un año de existencia resquebrajó el sistema imperante.
El gobernante y viejo Partido Popular del presidente Mariano Rajoy perdió su mayoría absoluta, un nuevo partido conservador moderado y joven, Ciuadanos, logró importante participación, los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia reciente y otras fuerzas alternativas, entre ellas varias catalanas, lograron representación en un parlamento superfragmentado en el marco del cual es casi imposible llegar por ahora a la formación de un gobierno estable.
Un bello ejemplo democrático impensable hace poco: la voz de los jóvenes y los marginados llega al congreso por primera vez con una fuerza decisiva y al despuntar el 2016 nadie sabe si será necesario o no convocar a nuevas elecciones para destrabar el bloqueo. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde la irrupción de nuevas fuerzas alternativas bloquea la formación de un gobierno local.
Pero este sol inicial que baña las costas del Mediterráneo calienta este nuevo escenario inédito de renovación democrática, de cambio feliz, pues sea cual fuere el desenlace hará de España y de Cataluña un país y una región renovadas, gobernadas por jóvenes alternativos, y de Barcelona el mismo puerto estratégico y pujante, multicultural, rebelde, donde la historia se seguirá escribiendo bajo la mirada cómplice de Picasso, Gaudí, Casals y Dalí.
* Publicado el domingo 3 de enero de 2016 en La Patria. Manizales. Colombia
Hace bien empezar el año nuevo respirando frente al Mediterráno en esta ciudad de Barcelona que el año pasado vivió turbulencias y cambios excepcionales como los vividos por ella casi siempre, por lo que es considerada una ciudad histórica en cuyas calles se respira el auge centenario y los dramas de la vida, la guerra, la cultura y el comercio incesantes, agitados por las pasiones de la política.
Junto a las iglesias Santa Maria del Mar o a Santa Maria del Pi o en una callejuela junto a la catedral gótica central, mientras un joven toca el Concierto de Aranjuez en su guitarra, o frente a las obras monumentales de la delirante Catedral de Gaudí, o en la Barceloneta o en la Rambla de Raval, se comprende la razón del éxito y el señorío de la llamada ciudad condal.
Ya en el Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes decidió llevar a su personaje a estas playas barcelonesas a luchar con el caballero del Verde Gabán, afectado como está el andante caballero por sus delirios políticos y humanitarios y su fama de apasionado desfacedor de entuertos. Vencido en una pantomima necesaria, el viejo loco pierde aquí su batalla de sueños y luego es llevado a su hogar a morir con la razón perdida y el amor de los suyos.
Este año, la soñadora Ada Colau, joven mujer luchadora de barrio a favor de los desalojados de sus casas, quien hace poco pronunciaba discursos ante solo unas decenas de marginales, derrotó a la vieja aristocracia burguesa catalana y tomó el poder en la capital, antes de ratificar y ganar a su vez las legislativas locales y convertirse en figura nacional con un gran futuro político.
Tanto en Barcelona como en Madrid, figuras de la oposición barrial y asociativa cumplieron este año el sueño de llegar al poder en nombre de los olvidados, aquellos precarios olvidados por décadas de auge ecomómico y corrupción, donde los barones políticos de derecha y de izquierda se repartían el poder en un festín obsceno contra el cual el Quijote de la Mancha también se hubiera rebelado de resucitar en estos tiempos de comienzos del siglo XXI.
Son milllones los visitantes europeos que huyen desde el norte y vienen a Barcelona a percibir el mar y gozar el sol permanente que juega con las fuerzas del viento y de las nubes. Todas las lenguas se escuchan en la vieja Rambla siempre repleta de visitantes y en las callejuelas que dan al mar en la salitrosa y húmeda Barceloneta.
Y al mismo tiempo que se escuchan todas las lenguas exóticas, se oye el español omnipresente y el catalán local entremezclándose con sus voces y conflictos. Muchos catalanes quieren separarse de España y otros tantos quieren quedarse en el seno de esa madre patria, que para algunos es protectora y para aquellos una madrastra.
La primera vez que vine a Barcelona fue en 1975 en tiempos de Franco, cuando en la misma Rambla central que va de la Plaza Cataluña al monumeto a Cristóbal Colón los carabineros de la Guardia Civil perseguían a los manifestantes contra la dictadura que los azuzaban en permannecia cuando se vivía ya la agonía de la larga y sangrienta dictadura del caudillo gallego.
En aquellos tiempos agónicos del franquismo, Barcelona ya era la capital de la edición hispanoamericana por medio de una pujante vida editorial y literaria y la pujanza de ateneos, librerías, bibliotecas y todo tipo de expresiones culturales, musicales, pictóricas y teatrales.
Permanecían todavía muchos exiliados españoles en otros países de Europa, en especial los más comprometidos rebeldes que corrían peligro de ser detenidos y torturados por el régimen, pero ya la vida de la contracorriente se sentía en esas calles que auguraban la libertad y el pronto ingreso a la era democrática. Los congresos políticos de los partidos opositores de izquierda debían aun celebrarse en otras capitales europeas y sus líderes de entonces, Felipe González y Santiago Carrillo, solo podían venir a España como clandestinos, pero ya era inevitable que el anciano tirano daría su patético último suspiro de eructos asesinos.
Poco después murió Franco y se dio inició a la gran transición hacia la democracia que ha durado cuatro décadas y ahora vive nuevos momentos de crisis y cambios, donde como es la uzanza, Barcelona y los habitantes de Cataluña vuelven a ser protagonistas.
Bajo el sol barcelonés el año 2016 se inicia ahora en medio de una saludable incertidumbre política: la era iniciada en 1976 se agotó con el bloqueo del sistema tras las elecciones legislativas de diciembre y el fin del reinante bipartidismo dominante en estas cuatro décadas, cuando los conservadores del Partido Popular y los socialistas del PSOE compartieron hegemónicamente el poder de manera alternativa.
El juvenil partido Podemos de los indignados, compuesto por treintañeros universitarios encabezados por el coletudo e informal Pablo Iglesias, quien lleva por casualidad el mismo nombre del fundador del Partido Socialista hace 138 años, obtuvo 69 escaños, y su irrupción espectacular en solo un año de existencia resquebrajó el sistema imperante.
El gobernante y viejo Partido Popular del presidente Mariano Rajoy perdió su mayoría absoluta, un nuevo partido conservador moderado y joven, Ciuadanos, logró importante participación, los socialistas obtuvieron el peor resultado de su historia reciente y otras fuerzas alternativas, entre ellas varias catalanas, lograron representación en un parlamento superfragmentado en el marco del cual es casi imposible llegar por ahora a la formación de un gobierno estable.
Un bello ejemplo democrático impensable hace poco: la voz de los jóvenes y los marginados llega al congreso por primera vez con una fuerza decisiva y al despuntar el 2016 nadie sabe si será necesario o no convocar a nuevas elecciones para destrabar el bloqueo. Lo mismo ocurre en Cataluña, donde la irrupción de nuevas fuerzas alternativas bloquea la formación de un gobierno local.
Pero este sol inicial que baña las costas del Mediterráneo calienta este nuevo escenario inédito de renovación democrática, de cambio feliz, pues sea cual fuere el desenlace hará de España y de Cataluña un país y una región renovadas, gobernadas por jóvenes alternativos, y de Barcelona el mismo puerto estratégico y pujante, multicultural, rebelde, donde la historia se seguirá escribiendo bajo la mirada cómplice de Picasso, Gaudí, Casals y Dalí.
* Publicado el domingo 3 de enero de 2016 en La Patria. Manizales. Colombia
lunes, 21 de diciembre de 2015
LOS ESCRITORES LATINOAMERICANOS DE PARÍS
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| Luisa Futoransky |
Aunque los escritores latinoamericanos que viven hoy en París pasan casi inadvertidos en América Latina porque la ciudad ya no es considerada faro cultural del continente desde hace décadas, hay herederos de esa tradición que siguen activos, creando una obra que no por desconocida u oculta carece de fuerza e interés.
En la actualidad, los latinoamericanos, pese han que han pasado de moda, presentan sus libros en la Casa de América Latina y realizan actividades permanentes mientras escriben sus obras: las argentinas Luisa Futoransky (ver foto) y Alicia Dujovne Ortiz, los peruanos Jorge Najar, Mario Wong, Alejandro Calderón (ver foto) y autores de Argentina, Uruguay, Colombia, Centroamérica y Chile, entre otros países, hacen parte de esa larga lista de escritores residentes en esta ciudad, de donde tal vez no se vayan nunca.
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| Alejandro Calderón |
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| Rubén Darío |
En la actualidad uno puede deambular por los pasajes construidos en la primera mitad del siglo XIX, muchos de los cuales existen, como Panoramas, Jouffroy, Brady y tantos otros que permanecen intactos y bien restaurados para mostrar a quienes los visitan dos siglos después cómo esta ciudad era una verdadera caja de maravillas que sorprendía a todos en aquellos tiempos de riqueza y auge, cuando este país era sin duda una de las dos grandes potencias mundiales al lado de Inglaterra.
Los pasajes eran lugares cubiertos y laberínticos llenos de tiendas, cafés, librerías, oficinas, donde la joven burguesía se guarecía de la intemperie exterior y el mal estado de callejuelas, avenidas y bulevares empantanados, sucios por las deposiciones de los equinos que halaban las carrozas y por el incremento de pútridos desperdicios.
Adentro, elegantes románticos tomaban chocolate, café, té o bebían y comían mientras departían sobre lo divino y lo humano, en tiempos de gran auge del mundo editorial y de las ideas. Sobre ellos, el gran autor judío-alemán escribió múltiples ensayos donde con precisión describe aquellos ambientes y sus consecuencias para la cultura de la época.
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| César Vallejo |
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| Miguel Angel Asturias |
Para publicar y hacerse conocer, un latinoamericano tenía que venir a Francia, donde la editorial Garnier o la casa editora de Ch. Bouret editaban prácticamente todas las novedades del continente en español y luego las exportaban por barco a las jóvenes repúblicas hispanas de ultramar. Inclusive los autores españoles del momento también acudían a París a trabajar en las empresas de ese rico y fogoso panorama editorial que convirtió en fenomenales best-sellers a Vargas Vila y Gómez Carrillo.
En el siglo XX, después del episodio de los modernistas que adoraron París, las drogas y la absenta, otras dos generaciones se instalaron y reinaron aquí: los autores de los años de entreguerras y la generación latinoamericana del boom en los años 50 y 60.
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| Julio Cortázar |
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| Carlos Fuentes |
Pero pese a que ahora son preferidas otras literaturas asiáticas, nórdicas, anglosajonas, africanas y mediorientales en detrimento de las nuestras, los escritores latinoamericanos, argentinos, peruanos, uruguayos, brasileños, chilenos, mexicanos y centroamericanos que vivimos aquí seguimos llevando la antorcha de esa relación amistosa y amorosa entre los nativos del continente americano y una ciudad que sigue cada vez más bella y activa, iluminada por la fuerza de un pasado cuyos rastros y fantasmas perviven entre calles y edificios centenarios conservados como joyas que se resisten a desaparecer.
domingo, 6 de diciembre de 2015
BOTERO EN LOS ELÍSEOS
Por Eduardo García Aguilar
No
lejos del palacio presidencial del Elíseo y de las avenidas que van
hasta el Arco del Triunfo y que ya están iluminadas para las fiestas de
Navidad y año nuevo, Botero, gran parisino, convocó este 2 de diciembre a
coleccionistas, magnates, críticos y amigos de vieja data a la galería
Hopkins de la lujosa Avenida Matignon para inaugurar una “Selección de
obras recientes”, que estará exhibida dos meses.
Una
puerta blindada de metal color violeta se abre accionada desde el
interior como si fuera una caja fuerte y adentro amables damas reciben
los abrigos de viejos millonarios,
admiradoras damas crepusculares, amigos y estetas o críticos que suben
por las escalinatas y caminan por dos salones desde cuyos ventanales se
ven las luces de las Tullerías o las cúpulas del Grand y el Petit Palais
construidos para la gran Exposición Universal de 1889, ambientes todos
ellos muy proustianos en este invierno de 2015.
De
inmediato el observador ingresa a ese mundo del gran pintor colombiano
nacido en Medellín en 1932, universo lleno de colores, frutas y
voluminosos personajes familiares extraidos de su imaginario pueblerino,
como en estos dos cuadros de 2013, "Danzarines", donde dos parejas
bailan brincando sobre botellas regadas o "Los músicos y la cantante",
donde una mujer vestida de rojo y amplia cabellera rubia canta
acompañada por un grupo de hombres modestos que tocan batería,
guitarra y flauta traversa en un escenario cálido de Antioquia.
Son
unos cuantos cuadros grandes, impecables, con un fondo bucólico de
remansos verdes, tejados y cúpulas de iglesias, obras maestras que nos
recuerdan al Botero discípulo de Ingres y Piero della Francesca,
habituado desde muy joven a los museos de Madrid e Italia y del mundo, en
busca de una expresión personal que un día descubrió al dibujar en
Nueva York el orificio central de una mandolina que de inmediato adquirió
nuevas dimensiones y lo cambió todo.
Donde
quiera que se le vea, en una galería de Nueva York, en el museo Maillol
o en su taller, Botero está ahí presente con gafas de aro de carey
oscuro, casaca negra, o traje impecable de telas italianas y su figura
semeja la del matador que una vez quiso ser de adolescente, listo para
la faena, con la mirada lúcida, alerta, de quien viene de regreso de
todas las batallas contra la modernidad y el pop en medio del cual
emergió llevando la contraria en ese Nueva York de los años 60 dominado
por Warhol donde dominaba el arte pop, el expresionista abstracto o el
geométrico, tan lejanos a su mundo de origen, la Antioquia colombiana
donde la gente se desplazaba y todavía se desplaza a caballo por colinas
y montañas exuberantes llenas de pájaros, lianas, follajes y frutas
maravillosas.
Más
adelante, el espectador que apura el champán y deglute los pasabocas se
topa con "Mujer en el Sofá", de 2013, hembra inmensa y desnuda de
cabello negro que reposa alargada, serena, onírica, mientras guarda el
banano a mitad mordido entre sus manos. O se encuentra con "Pareja en el
prado", de 2012, ella vestida de azul de metileno y él fumando con
camisa violeta y corbata roja mirando hacia el cielo. Ambos hacen la
siesta en una colina desde donde se ven los tejados y las cúpulas de un
pueblo que bien puede ser un villorio de su tierra natal, Santa Rosa de
Osos o Sonsón, o uno de su querida Toscana, Pietrasanta, situados en
viejas ex colonias de la España de Carlos V y Felipe II, en los tiempos
del reino de Nápoles.
Y
frente a frente, dos cuadros de 2013 donde por separado se ve a un
hombre y a una mujer haciendo el pic-nic en un universo límpido de
absoluta poesía, cuyo fondo contrasta con el aparente caos colorido de
sandías, naranjas, bananos, vasos, cubiertos y restos que deja
paulatinamente el solitario convite.
Todos
esos personajes están poseídos por una extraña tristeza existencial,
igual a ese "Matador" de 2014, o la pareja de "El balcón" sobre fondo
bucólico, de 2013, o "La plaza", también del mismo año, que nos lleva a
esa infancia lejana de Colombia, porque gran parte de su obra al óleo es
extraída de ese magma sepia de los mundos idos de la infancia, la
violencia, la soledad y el dolor de su país de origen, que en este mundo
reciente de su pintura se percibe en la mirada árida de los seres
humanos presentados y el silencio espectral de sus ambientes de
pesadilla por fuera del tiempo y la realidad estrictos.
También
en esta ocasión se exponen unas cuantas esculturas escogidas para la
ocasión: un "Pájaro" en mármol blanco, de 2014, una "Mujer desnuda en el
lecho" en bronce, de 2006, una "Mujer a caballo" en bronce, de 2008 y
más al fondo, para recordar el inicio de la aventura de sus volúmenes,
un dibujo, "Guitarra en la silla", de 2006.
Botero
está en el salón del fondo, en la oficina central de la galería,
situada más allá de otra sala donde domina una enorme escultura en
bronce de Lobo y en una pared, un pequeño cuadro de Max Ernst. Unas
cuantas personas esperan para acercarse a saludar a la leyenda y pedirle
les firme el catálogo de pasta dura envuelta en tela de un color
amarillo intenso como el que aparece en algunos de sus cuadros. Bellas
mujeres jóvenes le piden firmar el catálogo para su madre o la abuela y
le dan un papel con el apellido exacto para que no se equivoque. A veces
es la abuela misma la que se le acerca con lentitud y le expresa su
admiración y casi le besa el anillo como si fuera el papa.
Otros
amigos lo abrazan o los impertinentes tratan de acaparar los preciosos
segundos otorgados. Su esposa, la escultora griega Sofia Vari, atiende a
los amigos en la otra sala y está pendiente cuando baja por un momento
las escaleras. Botero acaba de llegar de China, donde inauguró una
exposición retrospectiva con motivo de los 35 años de las relaciones
diplomáticas entre Colombia y la potencia oriental y en enero inaugurará
otra muestra en la gran capital económica de ese país, Shanghái.
Botero
está ahí en el sofá y firma con paciencia a las decenas de asistentes.
Es Botero y a estas alturas, con sus 83 años bien vividos, Botero es
Botero: medio siglo de fama y éxitos permanentes. Cifras estratosféricas
por algunas de sus obras lo atestiguan y lo posicionan como uno de los
más cotizados del mundo. Como los grandes maestros de los últimos
siglos, bebe el tiempo como Monet, Picasso, Maillol y Tamayo y su
vocación es longeva. Cargando su gloria en vida, recorre en su periplo
permanente Nueva York, México, Mónaco, Roma, Londres, Medellín, Bogotá,
Tokio, Pekín, Berlín, Buenos Aires, Rio de Janeiro. Pero ahora está
fugazmente en París como si las luces intermitentes de los Campos
Elíseos fueran instaladas solo para él.
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* Publicado en Expresiones. Excélsior. México D.F. 6 de diciembre de 2015.
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