sábado, 13 de febrero de 2010

VIDA IMAGINARIA DEL PRECOZ HUMBERTO OYODA


Por Eduardo García Aguilar

Pronto se cumplirán 40 años de la muerte a los 18 años de una fulminante enfermedad en Manizales, la misma ciudad donde nació, del precoz escritor Humberto Oyoda (1953-1971). Lo conocí en el Instituto Manizales cuando todavía no se había cambiado de nombre e intercambiábamos poemas en las clases de matemáticas o en las sesiones de la Tertulia Literaria José Asunción Silva, al lado de inquietos estudiantes, muchos de los cuales ejercieron después como abogados o maestros. Antes de que adoptara el seudónimo de Humberto Oyoda, era para nosotros simplemente Eladio Ramírez Vega.
Oyoda era un muchacho alto, delgado, con una mirada ágil y noble y una elocuencia admirable para su edad, que causaba admiración entre condiscípulos y maestros y entre las muchachas. Tenía manos ágiles con dedos largos, esqueléticos, que manejaba con particular elegancia, haciendo a veces la pose de intelectual insoportable para molestar a sus contertulios, mientras una mecha de pelo rebelde caía sobre su frente.
A los 17 años había leído gran cantidad de clásicos y era un verdadero placer escucharlo disertar sobre la locura de Nietzsche, la angustia en Kierkegaard, la poesía de Walt Whitman o las obras de Franz Kafka o Knut Hamsum, entre otros temas. Oyoda era asiduo lector en la biblioteca del Colombo-Americano que manejaba una rubiecita de la que todos estábamos enamorados y gracias a la cual muchos se inclinaron hacia la literatura. Allí descubrió los grandes clásicos recientes latinoamericanos como Rayuela de Julio Cortázar, Paradiso de José Lezama Lima, Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante y algunas obras de Jorge Luis Borges, que devoró de inmediato.
Por esas fechas escribió textos inspirados en la lectura de La ciudad y los perros y La Casa Verde de Mario Vargas Llosa. Cien años de soledad de García Márquez lo leyó antes de las conflictivas elecciones del 19 de abril de 1970. Esa lectura fue muy importante para él y su primer artículo fue una reseña de ese libro para el periódico del colegio, Faro. Además de Cortázar, Oyoda admiraba la corta obra de Juan Rulfo a quien le bastó sólo dos pequeños volúmenes, Pedro Páramo y El llano en llamas para ocupar un enorme lugar en la historia de la literatura latinoamericana.
Vestía siempre amplias camisas blancas y pantalones ceñidos de rayas azules, verdes y naranja con punta de campana, y cuando hacia frío llevaba un saco cruzado de paño café a rayas fabricado en la Sastrería Aldaz de la carrera 23, regentada por un viejo comunista que compartía la pasión de los libros con don Pablo Pachón, el dueño de la librería Mi Libro, situada en la misma cuadra y a donde todos los adolescentes de la época nos nutríamos de libros de ocasión a preciós módicos.
Debido a que sus familiares eran de los pocos comunistas en una ciudad tan católica y conservadora como Manizales, Oyoda creció en un ambiente de cofradía secreta masónica y en su modesta casa, en unos bajos situados en Hoyofrío, detrás del Club Manizales, se reunían a tomar chocolate en las frías tardes escritores de izquierda como José Naranjo e Iván Cocherín, que el imberbe Oyoda admiró desde el principio y de quienes recibió los primeros consejos literarios, como la lectura de Tolstoi, Dostoievsky, Gogol y Turgueniev. En esa vieja casa de bahareque que daba a un amplio patio muy florecido, su madre Rosa solía leer poesía en voz alta en recuerdo de la amistad que trenzó alguna vez con Pablo Neruda durante su estadía en Chile, en los años 50.
Allí en esa casa, además de hablar de literatura, se imprimían en mimeógrafo octavillas subversivas del Frente Unido, que circulaban secretamente por la ciudad incitando a rebelarse contra los gobiernos del Frente Nacional y las olas represivas contra sindicalistas, además de apoyar la impugnación de las elecciones ganadas fraudulentamente por Misael Pastrana Borrero en 1970 al general Rojas Pinilla y sus partidarios de la ANAPO, por medio de una trampa urdida según ellos por el ministro del Interior el « trigrillo » Noriega y su jefe el energúmeno presidente Carlos Lleras Restrepo.
No era extraña pues la precocidad de Humberto Oyoda, quien a los 16 años ya era ducho en manejar el mimeógrafo y teclear en viejas máquinas Underwood largas páginas de sus escritos o de textos que sus tíos le pedían picar en las hojas para reprografía. Y mucho más ducho era aún en manipular los viejos volúmenes que había en la biblioteca de la casa, o en las de los amigos de sus padres, sastres, trabajadores en imprentas, ex telegrafistas o líderes sindicales, como sus progenitores, que aparecieron muertos en un baldío por el lado de la quebrada de Olivares con el tiro de gracia, cortando de repente esa felicidad en la que transcurría su adolescencia.
Oyoda pudo continuar su rumbo, aunque su salud se debilitó y se lo llevó una extraña neumonía en la misma casa de Hoyofrío donde estaba la cuidado de sus tías. Antes de morir solía escaparse de su medio e ir a una taberna donde tocaba el grupo de rock encabezado por el poeta Wadys Echeverry. Por ese tiempo conoció y compartió lecturas y andanzas con otro malogrado y precoz poeta manizaleño, Rodrigo Acevedo González. A veces me confesó que no veía contradicción alguna en ser fiel a la memoria de su padres « mamertos » como se le decía y se le dice todavía en Colombia a la gente de izquierda, y a la vez admirar y gozar de las nuevas tendencias del rock surgidas tras la irrupción de Rolling Stones, con « Satisfaction » o « Brown Sugar », o « In a gadda da vida » de Iron Butterfly, que escucha al escondido de sus tías marxistas que temían se estuviera volviendo un « alienado pequeñoburgués».
De su corta vida amorosa supe algo por algunas cosas que me contó, como de una novia que tuvo muy temprano, a los 11 años, alumna del colegio Antonia Santos, después con otra chica, que participaba con nosotros en la tertulia y estaba muy enamorada de él pero sufría porque tenía un poco de acné y otra que tuvo en Ibagué, según me dijo, ciudad a donde iba en bus a visitar a un tío ex guerrillero de las huestes de Guadalupe Salcedo. Tuvo, pues, la felicidad amar y ser amado antes de morir a la tiernísima edad de 18 años y dejó además una corta obra poética llena de ironía y prosas misteriosas que hoy nos asombran a sus lectores secretos.

sábado, 6 de febrero de 2010

LOS EFECTOS DE LA PROLIFERACIÓN LITERARIA


Por Eduardo García Aguilar
La era internet ha terminado por modificar de manera profunda el estatuto del escritor al despojarlo del aura mítica que lo nimbó durante tanto tiempo, al hacer parte de una élite especializada casi inalcanzable para el resto de los mortales. Al acercar el teclado a toda la población y darle los medios electrónicos para que se exprese libremente sin redir cuentas a ningún dios o grupo de poder editorial o mediático, la red ha liberado las fuerzas de la palabra, democratizándola, desacralizándola como en su tiempo ocurrió con la Reforma protestante, que comunicó a los hombres con los dioses de manera directa, sin pasar por los tradicionales intermediarios.
La función de las editoriales se ha desacralizado a su vez al convertirse ellas claramente y sin tapujos en empresas cuyo objetivo único es la rentabilidad, lo que resta desde el punto de vista estético credibilidad a sus productos. Las editoriales no pueden publicar a todo el mundo y si escogen a uno o dos productos se ven obligadas a inflarlos por medio de comunicados de prensa y bombardeos de ruidos mediáticos. De ahí que cada nuevo autor de las editoriales comerciales sea rutinariamente presentado siempre como el nuevo genio y cada nuevo libro la gran nueva obra maestra. Ya pocos creen en la infalibilidad de esos lanzamientos, pues hacen parte de las leyes del marketing.
Quien haya publicado libros se ha visto confrontado a esa impostura, pues como en los famosos quince minutos de fama a los que todos por igual tenemos derecho, según la teoría de Andy Warhol, en las fajillas se habrá visto caracterizado como la nueva revelación, el salvador de la literatura nacional, la reencarnación contemporánea de algún crepuscular Premio Nobel patriótico. Las literaturas nacionales de hoy son grandes cementerios de geniales escritores jóvenes perecidos en el intento. Pero todo eso hace parte de la quimera, pues el gran escritor nacional decimonónico o el gran patriarca continental ha muerto como en los funerales de la mama grande.
En América Latina la era de Pablo Neruda o Miguel Angel Asturias, la era de Paz o García Márquez como patriarcas nacionales o continenales ha concluido gracias a la red internet, que terminó por hacer efímera toda gloria, diluyendo la genialidad en moléculas intercambiables y colectivas. Los grandes patriarcas literarios latinoamericanos eran gordos como batracios y lentos en sus movimientos cargados de colesterol, vanidad y soberbia. De capital en capital giraban llevando el mensaje sagrado de la latinoamericaneidad o el patriotismo, hinchando de orgullo las almas nacionales o continentales, cuando la región cargaba un aura de novedad en la repartición geopolítica de la humanidad a través de la figura crística del Che Guevara.
Incluso Jorge Luis Borges, que era el menos nacionalista y el más cosmopolita de todos los patriarcas literarios latinoamericanos, se convirtió a su vez en una deidad, una imagen de marca, especie de profeta que hacía milagros a su paso, en sus giras de capital en capital y de universidad en universidad, guiado por sus lazarillos como un Homero contemporáneo. Pero ahora un lector avisado podrá encontrar las grietas de su obra, cierta impostura en la afectación universal algo caricatural, influida por las posturas de los simbolistas franceses o los decadentes y exquisitos ingleses hijos de Oscar Wilde, con sus ocurrencias aforísticas y sus manías de dandy aristocrático. Borges fue un gran descrestador.
En la primera década del siglo XX se ha querido repetir la fórmula con el invento del chileno Roberto Bolaño, un puro producto editorial español inventado por el astuto Jorge Herralde, que tiene el mérito de llevar el joven neopatriarca embalsamado después de su muerte, como un Mio Cid que gana batallas desde ultratumba. Bolaño, que era el más escéptico y marginal de la generación de los nacidos en los años 5O, y un rebelde auténtico, impresentable en las fiestas y los cocteles, al lado de sus hermanos infrarrealistas, se reiría si viera hoy el marketing organizado en torno suyo por el agente literario norteamericano apodado El Chacal, que ahora cada año se saca un nuevo libro suyo de la manga, sin duda dictado por el muerto desde el más allá, algo parecido a lo que ocurre en Colombia con el mítico Andrés Caicedo, cuya obra aumenta cada año de manera fenomenal extraída desde su tumba o escrita por mediums en trance que reciben sus instrucciones desde el hades de los increíbles escritores muertos.
En la era de la red mundial cualquiera puede ser escritor, llegar a amplios públicos o reinar en el general anonimato. Los ejércitos literarios de hoy son vastas muchedumbres de anónimos, latentes todos ellos en la infinita red de la blogosfera, convertida en un limbo literario. Por eso es probable que el texto conquiste por fin su gratuidad como fruto máximo y más exquisito del ocio para ociosos y así, en su gratuidad, el lector anónimo, el lector rey, a su vez omnipresente y omnisciente, accederá al texto sin intermediarios editoriales, libre por fin de descubrir al azar lo sorprendente.
Y por ese camino es probable que sea necesario entonces revisar la concepción y la naturaleza de la gloria literaria, que fue en general un producto de la era romántica decimonónica nostálgica de Grecia y las gestas olímpicas, y se resiste a morir, pero cuya interminable agonía llega ya de manera ineluctable a su fin. Adiós a Lord Byron, adiós a Victor Hugo, de quienes somos hijos espirituales los latinoamericanos. Nuestros anonimatos alimentarán por fin el gran texto infinito y anónimo de la telaraña virtual. La gloria literaria radicará en decir todo y nada para nada y para nadie sin esperar mausoleos ni estatuas de mármol.

sábado, 30 de enero de 2010

LA IMPERIO SEXUAL DE LOS GAINSBOURG


Por Eduardo García Aguilar

No hay un sólo día del año en que no aparezca por televisión, en revistas, radio, publicidad o en periódicos alguna noticia o imagen sobre un miembro de la familia del mítico cantante francés Serge Gainsbourg (1928-1991) y el último año el incremento de su omnipresencia ha llegado a límites insospechados e inéditos con la mitificación de su hija Charlotte.

Este hombre narizón, orejón, cumbabón y grotesco como una marioneta, que terminó sus días sumido en una profunda depresión, devastado por el alcohol y el cigarrillo, se impuso a lo largo de cuatro décadas y dos más después de su muerte como un símbolo sexual y su sex appeal se ha extendido a su descendencia y a los amigos o allegados de sus herederos.

Era lo que se llama un típico « tití » o camaján parisino que tras sobrevivir a la caza nazi antisemita de los años cuarenta se impuso desde muy temprano como compositor y cantante de extrañas canciones como El obturador de Lilas y Je t’aime moi non plus, que compuso para su amante Brigitte Bardot, pero se hizo famosa mundialmente interpretada al lado de su esposa la lúbrica y virginal inglesa Jane Birkin.

En todo el mundo desde fines de los años 60 suena esa extraña canción con los gemidos de dos amantes que hacen furiosamente el amor a lo largo de tres minutos de coito y nos introducen a la cama de su pasión sin contemplaciones, lo que en su momento provocó reacciones de las iglesias y la moral pública.

El horrendo camaján que debutó en la televisión en blanco y negro cantando sus extrañas y modernas canciones caracterizadas por un sincopado original y letras de poesía contemporánea, coleccionó entre muchas de sus conquistas a tres grandes divas : la existencialista leyenda Juliette Greco, la insuperable sex symbol Brigitte Bardot y la musa pre-ecologista de jeans, sandalias y camiseta Jane Birkin, una de las adolescentes que se hace fotografiar en la película Blow Up de Michelangelo Antonioni, inspirada en un cuento de Julio Cortázar.

Las canciones Je t’aime moi non plus y Bonnie and Clyde fueron compuestas por este poeta, que aspirada a ser tan inmortal como Baudelaire, en dos meses de intensa pasión vivida con la joven Brigitte Bardot en lo máximo de su devastadora influencia erótica mundial, pero tras la separación la reemplazó por Jane Birkin y su largo amor fue seguido día a día durante tres lustros en las revistas de corazón y la televisión.

El mito de la bella y la bestia sigue siendo un atractivo en la modernidad, por lo que ver a este hombre fumador con la barba semicrecida y ojos brotados de sapo, trajeado de jeans deslavados y camisas arrugadas y sucias, con la preciosa Birkin, significó una fantasía sexual para hombres y mujeres de varias generaciones.

Luego vino el fruto de sus amores, una niña casi afásica y supertímida, tan narizona y cumbambona como su padre, a la que lanzó con escándalo a los 13 años con la canción Lemon incest, que sugería relaciones insugeribles entre padre e hija. Luego la fea Charlotte, traumatizada porque en las escuelas sus compañeros consideraban a su padre un drogadicto y a su madre una putica, pidió ser internada en una escuela suiza, desde donde los directores amigos de la familia la sacaban para filmar películas que todo el mundo celebraba porque era la única heredera de la dinastía erótica del momento.

Después vino la separación. La divina Jane Birkin, harta de cuidar borracheras y escándalos de su pigmalión lo dejó por el cineasta Jacques Doillon y desde entonces el ídolo underground se hundió en una depresión alcohólica de la que nunca se recuperó ni siquiera viviendo al lado de la lolita Bambou, muchacha asiática abandonada que creció en orfanatos, a quien se ligó en un bar de mala muerte.

Gainsbourg multiplicó los escándalos en los programas de televisión en los tiempos de libertad surgidos tras el triunfo en 1981 de los socialistas y los aires de « movida » libertaria reinantes fugazmente en esos años, cuando todo era permitido en la pantalla chica. Quemó billetes de 500 francos, rodó frente a las cámaras, escandalizó pidiéndoselo en público a estrellas norteamericanas, convirtiéndose en una figura adorada por la población, tanto que circulaban y se vendían muñecos con su imagen semibarbada de clochard de lujo y el Museo de Cera Grevin lo incluyó entre sus figuras.

Y un día amaneció muerto en su casa de la calle de Verneuil, junto al Saint Germain des Prés de Sartre y Beauvoir, saltando a la fama póstuma que sigue tan viva como nunca. La casa fantasmal es lugar de peregrinación y las paredes que la protegen están cubiertas de inscripciones coloridas que dejan sus admiradores. Una nueva película que relata su historia acaba de estrenarse en enero signada por nuevas leyendas : la bella actriz inglesa que hizo el papel de la Birkin se suicidó inexplicablemente antes del estreno en Cannes el año pasado y el papel de Brigitte Bardot fue encarnado por otra diva erótica, la modelo corsa Laetitia Casta.

Pero el triunfo de los Gainsbourg no llega sólo a través del viejo verde, sucio como un Charles Bukowski parisino, sino además con la gloria reinante de su hija Charlotte. La habíamos dejado arriba como una adolescente fea y acomplejada en un pensionado de ricos en Suiza. Desde entonces su carrera ha sido fulgurante y se ha vuelto el símbolo sexual de su generación, superando a su madre, la ya anciana e hiperactiva Jane Birkin, hija a su vez de la actriz que desempeñó el papel de mujer de Tarzán.

Charlotte es todo lo contario a los cánones de la belleza occidental a lo Kate Moss o Scarlett Johanson, pues es totalmente plana, sin senos, altísima, desgarbada y semijorobada, pero a lo largo de varios discos experimentales, campañas exitosas de publicidad para moda, veinte películas y el premio a la mejor actriz en Cannes por su actuación en Anticristo en 2009, se ha convertido en un poderoso ícono de la contracultura. Como su padre, no hay día que no aparezca semidesnuda en alguna revista, o en los afiches publicitarios del metro extendiendo su largo cuerpo de erotismo deforme, cubierto de prendas sadomasoquistas que invitan a la rebelión y al disturbio como hacía en vida su impresentable padre, quien desde el cielo controla todo ahogado en whiskie y humo de cigarrillos negros marca Gitanes.

sábado, 16 de enero de 2010

EL ABSURDO DEBATE DE LA IDENTIDAD NACIONAL


Por Eduardo García Aguilar
Algunos sectores de la derecha francesa decidieron de nuevo levantar en año electoral los demonios de la intolerancia al plantear un debate caduco, el de la identidad nacional. Al despertar el miedo al extranjero y enfrentar a los supuestos « franceses cristianos y blancos puros » frente a los impuros extranjeros africanos, asiáticos o árabes, esos partidos logran pescar votos a la ultraderecha y ganarán curules, pero despiertan a su vez los terribles fantasmas que afectaron a Francia en los años 30 cuando se dio el auge del pensamiento ultranacionalista de la Acción Francesa mientras en Alemania, Italia y España crecían el nazismo, el fascismo y el falangismo que condujeron al holocausto, a genocidios y absurdas guerras civiles fratricidas.
Si los pensadores de la Ilustración y del Siglo de las Luces se levantaran de sus tumbas hoy, se asombrarían de la violencia y el sectarismo que se percibe en los debates televisivos o escritos, agenciados por políticos de segundo orden, e intelectuales iluminados conversos, quienes aseguran que los blancos cristianos franceses están en peligro ante la arremetida de la barbarie extranjera islamista. Y utilizan epifenómenos de sociedad para levantar esos fantasmas, como que jóvenes de origen árabe de los suburbios silben la Marsellesa en los partidos de fútbol, quemen esporádicamente la bandera francesa o que algunas jóvenes árabes se pongan el chador y la burka para asustar a sus vecinos y hacen de eso verdadera amenaza para la nación. Cualquier observador descubre que los pocos centenares de chicas que se cubren con el chador y las decenas en todo el país que se ponen la burka lo hacen como una forma de protesta en estos tiempos revueltos y de histeria guerrera, porque debajo de esas prendas se observan sus jeans de moda, las uñas pintadas y sus sensuales formas perfumadas. Que lo hagan, ahí no pasa nada, no hay ningún peligro, de la misma forma que un chico o una chica se deja crecer las rastas, se tatúa el cuerpo, se pone piercings o se viste de gótico o de emo para llamar la atención de los mayores.
El gran escritor argelino Yasmina Kadra respondió con inteligencia en un debate a una agitada intelectual al decirle que ante esos fenomenos periféricos y no esenciales hay que responder con tolerancia y comprensión antes que con la represión y la histeria que incendian y amplían el problema, de la misma forma que sería absurdo penalizar a jóvenes góticos, emos, rastas, y de otras tendencias que se visten de forma estrafalaria. Cualquier persona tolerante comprende que eso expresa una rebelión interior, una llamada de atención y que de esas excentricidades no hay que hacer un absurdo grito de guerra como ahora cierta derecha intolerante lo hace a riesgo de volver a incendiar los suburbios como hace cuatro años.
Y además, en estos tiempos de globalización cosmopolita, una República es el compuesto simultáneo de personas de muchos orígenes y tendencias diversas que conviven en paz bajo el respeto de ciertos principios básicos como la solución democrática de los conflictos, el respeto a los derechos humanos y la tolerancia del otro. Bajo una República los judíos irán a sus sinagogas y celebrarán sus fiestas ancestrales, los árabes irán a la mezquita, ayunarán en el Ramadán y degustarán luego el cous-cous, los hinduístas adorarán a su dios elefante Ganesha, los católicos irán a misa y comulgarán, los protestantes clamarán sus aleluyas mientras nosotros los ateos, que somos muchos, seguimos en paz nuestras vidas sin asustarnos por el fervor religioso de los otros. Y no veo donde está el problema : un país puede vivir en paz en esas condiciones.
Después del fin de la guerrra fría la amenaza del comunismo se acabó para las grandes potencias y el capital internacional y entonces los poderes occidentales se han inventado una nueva amenaza que es el mundo musulmán, como en los tiempos de las cruzadas. Nadie duda que una importante minoría islamista fanática y violenta ha surgido en el amplio y vasto mundo musulmán, pero también es necesario buscar las razones de esa radicalización que se remontan a las guerras coloniales y a la explotación violenta de los grandes recursos petroleros y minerales que subyacen en los desiertos del Oriente Medio y en los continentes africano y asiático.
Tanto Rusia, como el imperio estadounidense y las grandes potencias europeas han actuado siempre como depredadores en esas regiones para extraer las riquezas sin dar nada a cambio. En el caso particular de Francia, cualquier historiador reconoce la terrible colonización violenta que este país hizo junto con los ingleses y holandeses, desde siempre en los lejanos países asiáticos, en Oriente Medio y en Africa. Los occidentales fueron odiosos. La memoria de sus guerras, violaciones, genocidios está escrita y todavía es tabú abordar las guerras coloniales de mediados del siglo XX, cuando los países del Magreb y el Africa subsahariana lograron su independencia.
Los « cristianos blancos » que hoy se sienten amenazados fueron hienas racistas que humillaron y sembraron el terror en todas esas poblaciones del desierto o más lejos aun en Vietnam, Laos y Camboya y en los enclaves comerciales y portuarios de China e India como Calcuta, Shangai, Macao y Pondichery, desde donde salían barcos llenos con las riquezas del saqueo en tiempos de las guerras del opio. Que no olviden los « cristianos blancos » europeos los siglos de esclavismo cuando se dedicaban a la trata de negros en el Nuevo Mundo y a los horrores sin fin que aplicaron a los pueblos negros africanos que hoy hacen parte del amplio orbe musulmán. Si a Francia llegó una inmigración árabe o africana de sus ex colonias fue porque esos países pertenecieron a Francia en la epoca colonial y su gente contribuyó con su sangre en las guerras, como fue el caso de los famosos soldados senegaleses, o con su sudor a la construcción del progreso y la riqueza de los grandes países europeos. Negros y árabes construyeron con sus manos autopistas, edificios, acueductos, centrales nucleares, renovaron ciudades enteras y trabajaron como servicio doméstico y recolectores de la basura de los supuestos « blancos cristianos » impolutos. Si están aquí fue porque los trajeron a trabajar y al estar aquí tuvieron hijos y crearon comunidades donde subsisten las viejas tradiciones ancestrales religiosas, culinarias, musicales. Ellos también son miembros de la República francesa.
Como el caso de árabes y negros en el siglo XIX y XX hubo también amplias inmigraciones de trabajadores italianos, españoles, portugueses, polacos, rusos y judíos pobres que trabajaron en este país y contribuyeron a forjarlo como una nación moderna. Los franceses de hoy son el fruto de un centenario mestizaje y es absurdo plantear que hay una « raza pura francesa blanca y cristiana » amenazada por el otro, cuando todos descienden, quiéranlo o no, de algún extranjero miserable que llegó aquí a trabajar desde los tiempos de la construcción de las catedrales góticas.

domingo, 10 de enero de 2010

EL TRISTE FIN DE LOS CAUDILLOS LITERARIOS


Por Eduardo García Aguilar

Uno de los objetivos mejores de quien se dedica a las letras debería ser la conquista del silencio, virtud por la cual el pensador escucha antes que hablar, prefiere leer a escribir y observa en vez de estar en la escena gesticulando. Vivimos un mundo donde la proliferación infinita de la letra y la imagen nos aplasta y es un abismo de telarañas de vanidades y monólogos, donde poco a poco todos vamos quedando atrapados en la soledad de un alvéolo o capullo.

Autores, personajes de la farándula, políticos y predicadores monologan desesperadamente para tener presencia, no escuchan nunca al otro y en la ambición de dominar el escenario no dejan tiempo a la decantación de ideas o intuiciones. Cuando no había imprenta los hombres hablaban en las plazas y sus palabras se las llevaba el viento, o se expresaban en los pergaminos que permanecían secretos e inaccesibles.

Gutemberg liberó entonces la voz de muchos a través de libros y gacetas. Pero para llegar a expresarse por medio de la palabra el camino era arduo y sólo unas cuantas élites religiosas o aristocráticas podían dominar la escritura y por ende, hablar. La visión del mundo o lo que se contaba de la realidad era lo que veían las élites. De ahí que estemos muy enterados de los avatares de la corte y el lujo de los salones reales o cardenalicios, pero muy poco de la vida de la imfame turba de las sucias barriadas o el campo.

Excepcionalmente algún autor de la élite se volvía sensible a ese otro lado escondido de la pobreza. Y por eso de los indios del Nuevo Mundo sólo sabemos lo que les ocurría por Bartolomé de las Casas, quien contó las atrocidades sufridas por los nativos a manos de los crueles españoles, pero desconocemos la voz de los esclavos, sus inquietudes y sus dolores. A medida que la educación fue abriéndose a las clases bajas en las repúblicas decimonónicas, el correo o los diarios secretos empezaron a ser una forma de expresión de amplias capas de la población modesta, aunque el analfabetismo seguía reinando bajo la férula de la casta de los escribanos.

A comienzos del siglo XXI se ha solidificado una extraordinaria revolución iniciada en el último cuarto del siglo pasado, tal vez más espectacular que la provocada por la invención de la imprenta y son ahora varios miles de millones los humanos que acceden a través de computadores e internet a una información cada vez más vasta y a su vez pueden escribir y guardar lo escrito sin límites de espacio o de tiempo. A través de blogs o sitios de intercambio en la red cualquiera se expresa, opina, debate, cuenta, se revela o se oculta. Y cualquiera puede comunicarse con el mundo sin pasar por el cedazo de los medios de poder. Cualquiera hoy puede crear un diario internet o ser escritor, videasta, periodista o fotógrafo.

Las élites intelectuales hasta hace poco debían pertencer a un grupo o tribu de poder editorial para expesarse u opinar en diarios, revistas o editoriales. Si un pensador o escritor era expulsado de la tribu podía caer en el anonimato total o ingresar a la muerte literaria a través del ninguneo de sus contemporáneos, los poderosos directores de revistas, periódicos o editoriales. Las tribus intelectuales se reunían alrededor de afinidades políticas o literarias bajo la férula de un jefe o caudillo literario, con poder en las esferas diplomáticas o gubernamentales. El ostracismo era el destino de los rebeldes y de quienes evitaban las variantes de la lambonería.

Ahora tales mecanismos de poder literario se han vuelto arcaicos y rebeldes e incómodos pueden expresarse a través de la red y conquistar adeptos por fuera de las capillas de poder literario o intelectual. Los escritores o los pensadores pueden difundir al instante sus obras sin esperar años para encontrar un editor, un padrino o hacer antesala toda una vida en las salas de redacción o las editoriales.

Este es uno de los logros más estupendos del internet en la primera década del siglo XXI y una de las conquistas mayores de la libertad de pensamiento iniciada en el Renacimiento y con más fuerza en el Siglo de las Luces. El escritor ha conquistado libertad e independencia y a su vez el lector puede acceder sin límite a otras ideas sin que sean pasadas por el cedazo de las camarillas literarias o intelectuales. Al mismo tiempo los caudillos literarios surgidos del modelo decimonónico, como el ultrapoderoso Victor Hugo, han perdido poder y se han disuelto en la proliferación espectacular de la creatividad de la masa bloguera conquistada por la « plebe » , la « infame turba ». Y esto puede declinarse a los campos musical, fotográfico, pintórico, plástico, poético y periodístico.

Hasta hace poco el lector debía soportar la dictadura de esos caudillos literarios hispanoamericanos que como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes o Camilo José Cela y Fernando Savater, en España, entre otros muchos, acaparaban la proliferación para ellos solos y secuestraban la palabra y las ideas al servicio de su megalomanía verborreica. Ahora todo esto ha terminado y estamos viviendo una especie de reforma protestante en la literatura y el pensamiento por la cual ya rendimos cuentas directamente al Dios de la Letra sin pasar por obispos, cardenales y monaguillos.

Esa revolución está afectando también a las grandes editoriales que han debido replegarse en el uso sistemático de uno o dos autores por casa a los que aplica la batería exasperante de la propaganda y el marketing para captar compradores, pero que a su vez la nueva libertad protestante del lector moderno de la web identifica como genios inflados del momento que surgen y desaparecen como pompas de jabón.

En la era de la red internet ya nadie come cuento y por eso allí es donde tal vez estén circulando las nuevas ideas y creaciones, como electrones libres de una bienvenida proliferación, donde todos somos genios al instante en una sucesión de efímeras glorias que se difuminan en el delicioso e inquietante abismo del tiempo y el espacio virtuales.

sábado, 2 de enero de 2010

SIMÓN BOLÍVAR EN 2010


Por Eduardo García Aguilar

Comencé el año leyendo los documentos básicos de Simón Bolívar publicados en la clásica Colección Panamericana bajo el título de Ideas políticas y militares, con prólogo de Vicente Lecuna. Sorprende hacer una relectura de los textos fundacionales del país como si se tratase de la novela de las gestas libertadoras y el testimonio de un hombre de aquella época sobre los avatares del continente recién desmembrado de la odiosa madrastra española, que lo sojuzgó durante tres siglos de sangre y humillación.

Lo primero que salta a la vista es la grandeza de ese joven idealista que lanzó sus primeras proclamas de guerra a los 29 años y cuya prosa es la de un clásico de la lengua castellana. Sólo con piezas tan notables como Contestación de un americano meridional a un caballero de esta isla, también conocida como Carta de Jamaica, de 1815, o el Discurso en el Congreso de Angostura de 1819, el héroe pasaría a la historia como un gran escritor político de la estirpe de Montesquieu o Chateaubriand.

Revisar la prosa lúcida y exacta de Bolívar el primer día del año en que se celebra el bicentenario de las independencias, reconcilia al lector en estos tiempos de frivolidad planetaria con la tradición intelectual y política de América Latina, ese extremo occidente de mil aristas que en su seno vio nacer y crecer a grandes hombres, no sólo héroes sino pensadores y escritores como José Martí, Rubén Darío o José Enrique Rodó, que pueden todavía decirnos tantas cosas y que poco a poco hemos ido olvidando en medio de la gritería violenta y la estupidez reinantes.

Suelen algunos fanáticos actuales creer que cuando en estos días se menciona a Simón Bolívar se está hablando de un loco al que se recurre para hacer la guerra o practicar la demagogia, cuando por el contrario, como padre fundador de las naciones libres y soberanas de esta tierra latinoamericana, su voz es de una actualidad escalofriante. Lo que pasa es que pocos lo leen y lo escuchan o tratan de colocarse en el centro de esa gesta histórica que con incomparable generosidad encabezó en tiempos revueltos de geopolítica mundial.

Hoy como ayer el mundo se reacomoda en medio de las tensiones entre potencias establecidas y emergentes que algunas veces negocian y otras se amenazan como perros rabiosos mostrándose los dientes. En aquel entonces la arcaica y torpe potencia española declinaba y se instalaba en su lugar Gran Bretaña como el gran imperio de todos los mares, con sus ideas abiertas, la ciencia floreciente y claros intereses económicos y militares de hegemonía mundial. España se eclipsaba ante naciones que habían adoptado ideas protestantes, acordes con los nuevos vientos económicos, y criterios más modernos en materia de gobierno, justicia, gestión y comercio. Las viejas aristocracias y castas autistas e intolerantes eran reemplazadas por el auge del emprendedor burgués decimonónico que escalaba gracias a sus meritos y talentos y no por el apellido, la canonjía y el fuero.

En esos textos límpidos Simón Bolívar vio con claridad la necesidad de concretar para siempre el corte definitivo con la odiosa madrastra española para abrirse a otras alianzas mundiales novedosas. Y por medio de las armas, sorteando todos los peligros, paso a paso, como los grandes héroes y visionarios logró su objetivo poseido por la osadía delirante de los utópicos. En sus discursos y cartas salta a la vista la mente de un hombre culto que desde muy joven vio mundo y gozó de una notable formación política y militar. La Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura son textos fundacionales, cuya lectura en 2010 es útil para tratar de entender el extraño tinglado geopolítico mundial, cuando emprendemos un nuevo siglo de supuesta independencia buscando una mayoría de edad verdadera, ya no como simples colonias o cuarteles del amo sino como países maduros capaces de hablar con tolerancia, de tu a tu con las potencias en el ágora mundial, tal y como hoy lo hacen por ejemplo naciones antes sojuzgadas y hoy emergentes como China e India y en nuestro continente el notable y sorprendente Brasil de Lula da Silva.

En una bellísima carta del 22 de agosto de 1815, Bolívar advierte al presidente de las Provincias Unidas de Nueva Granada sobre el peligro de que el derrotado Napoleón Bonaparte trate de instalarse en América del Norte o en América Meridional para involucrar el continente en una nueva guerra perdida contra las potencias triunfadoras en Waterloo. Esta bella ficción no se concretó nunca y el gran Napoleon murió derrotado y preso en la perdida isla de Santa Helena, en medio del Océano Atlántico, pero muestra como en aquellos tiempos las arenas movedizas de la política mundial eran tan inciertas y peligrosas.


En este 2010, como hace apenas dos siglos, los equilibrios mundiales están cambiando. Están los poderes tradicionales a un lado y al otro una extraña hidra calibanesca de varias caras en Asia, Medio Oriente y Africa con la que hay un tratar, como Perseo, con mesura y talento, tratando de que no sea la cara más agresiva y fundamentalista la que predomine allí. Y cosa curiosa, América Latina se debate entre ser un cuartel o una base militar al servicio de una sola potencia, como ocurre por desgracia en Colombia, o asumir con dignidad su destino en el concierto pacífico de las naciones como ocurre con Brasil. O sea : o seguir siendo sólo un conjunto de naciones que se comportan como perros falderos llorones de la potencia del norte cual banana repúblicas o tener la dignidad de tomar decisiones propias y pesar en el concierto mundial nutriéndose de las ideas de los grandes pensadores del continente.

No se que escribiría Simón Bolívar si resucitara en estos días en Santa Marta, pero es bastante probable que optara por modelos de países tolerantes y abiertos que no se enfeuden a un solo protector sino que se abran a Europa y a los países emergentes y negocien de manera elegante con los vecinos que no piensen igual o incluso desafien a las ideologías reinantes de la plutocracia. Una de las nuevas proclamas de Bolívar sería sin duda contra los Pablo Morillo contemporáneos, o sea contra la idea de que la gran Colombia se convierta sólo en un cuartel servil y esquinero al servicio de Estados Unidos y que siendo el « corazón » de América se vuelva vil perro boxer gruñón del amo, llevando a sus ciudadanos a una conflagracion inútil y nefasta con sus vecinos por puro fanatismo ideológico.

lunes, 28 de diciembre de 2009

JOSÉ EMILIO PACHECO EN LA CASA SILVA


Por Eduardo García Aguilar
El pasado agosto, en la penumbrosa Casa de Poesía Silva de Bogotá se presentó el poeta mexicano José Emilio Pacheco (1939), quien acaba de obtener el consagratorio Premio Cervantes, semanas después de recibir el Reina Sofía de poesía. Aquella tarde de viernes en Bogotá caminé por la séptima y luego por las calles de La Candelaria para llegar a tiempo a la casa del suicida autor de Gotas amargas y De sobremesa.
Las calles estaban llenas de gente, en las esquinas viejos cantantes de tango engominados interpretaban la Cumparsita y decenas de saltimbanquis y mimos hacían piruetas para el público vespertino de la multitudinaria Bogotá. Como muy pocas veces regreso a Colombia, me emocionaba caminar entre el gentío por la séptima, comprobando que seguía siendo el dominio de la plebe de barrios bajos y suburbios, de los desempleados y empleados modestos que se apresuran a tomar el transporte colectivo o estudiantes que se despliegan a encontrarse con amigos en alguna taberna improvisada.
Sin duda hervían también por esas calles carteristas, cuchilleros, espías del DAS y vendedores de lotería, mendigos y estudiantes pobres de universidades y colegios públicos. Y en medio de esa barahúnda, el chilango José Emilio Pacheco trataba de llegar a la Casa de Poesía Silva sorteando en el vehículo en que lo llevaban el embotellamiento infernal de las calles bogotanas.
Como yo iba a pie conmovido por el reencuentro con la entrañable Bogotá que sólo veo de cuando en vez, pude llegar a tiempo al santuario de la poesía colombiana como un caminante de los tiempos de la Gruta Simbólica de Julio Flórez, mirando con nostalgia las pequeñas fondas y las colegialas que volantoneaban por las calles de la vieja Bogotá colonial con minifaldas cuadriculadas color verde savia y camisas blancas cubiertas por un modesto suéter café. No podía perderme al poeta Pacheco en La Candelaria.
En la Casa Silva me encontré con Hugo Chaparro Valderrama y Genoveva que ya estaban en segunda fila, con la poeta bogotana Eugenia Sánchez Nieto y con Alberto y Margarita Ruy Sánchez, en primera fila, quienes esperaban al sabio mexicano. Tras una espera entró por fin Pacheco, quien con sentido de humor contó las peripecias de sortear en vehículo las intrincadas calles coloniales bogotanas parecidas a las de una agitada Shanghái de tiempos de entreguerra o una lejana Calcuta bengalí, caótica y alegre, demencial, cómica, grotesca y terrible, pero en el fondo real, surreal y llena de vida.
Pacheco, con el inconfundible rostro pálido enmarcado por gafas cuadradas de carey y el corte de pelo de eterno adolescente aplicado de los años 50, se colocó en la mesa, posó a un lado su novedoso bastón valleinclanesco, y lejos de la solemnidad que suelen agenciar los autores, distendió el ambiente con bromas y chistes para excusarse por el retardo y desde ese instante hasta al final leyó versos y prosas de sus dos últimos libros y creó un especial ambiente de informalidad agradecido por los asistentes que llenábamos la sala central y las adyacentes, en espera del “canelazo” santafereño que nunca llegó.
El autor de Morirás lejos y Batallas en el desierto obtuvo hace años el Premio de la Casa Silva, primer galardón de carácter continental que mereció cuando era sólo considerado un polígrafo, autor raro, extraño erudito rodeado de libros en su casa de la colonia Condesa de la ciudad de México, no lejos de la Capilla Alfonsina de su maestro Alfonso Reyes. Y verlo ahí esa noche de agosto entre los aires santafereños y decimonónicos nos parecía un hecho insólito, salido de la novela De sobremesa de Silva o de las historias excéntricas de Joris-Karl Huysmans, ambos autores simbolistas y decadentes. Era una lectura histórica que no se podía perder un colombiano que ama a México y a toda su profunda tradición poligráfica. Sólo faltaba la gigantesca tortuga recamada de esmeraldas de Des Esseintes.
Durante los tres lustros que viví en México comprobé que José Emilio Pacheco ha sido para los mexicanos una universidad permanente a distancia, ejercida a través de la columna semanal Inventario, publicada inicialmente en Proceso, ventana minuciosa a todas las literaturas del mundo y una revisión crítica de los autores mexicanos y latinoamericanos olvidados o por conocer. Con una prosa transparente, sin escándalos y con profunda generosidad magisterial de erudito, Inventario ha creado vocaciones entre los nuevos e incitado las curiosidades de los infectados literarios. Esperábamos cada semana ansiosos ese texto para partir luego a las librerías de viejo de la calle Donceles a hallar libros de los autores recomendados por él.
Sus novelas cortas también han sido un descubrimiento, como Batallas en el desierto, donde despunta el erotismo desde la perspectiva adolescente en el vientre romano de la ciudad de México, cuando aún era una región transparente del aire, o en Morirás lejos, sobre los avatares de la diáspora judía, ambas publicadas por Era. Su poesía, entregada gota a gota a través de las décadas, es una conversación sobre las cosas esenciales, desprovista de himnos, engolamientos y corbatines tan usuales en la poesía escolar y juiciosa de México y otros países latinoamericanos.
La primera vez que vi a Pacheco fue a principios de los años 80, presentado a él entre la algarabía mexicana una noche tras una presentación de libros, por uno de los más brillantes compañeros de su generación, el gran poeta Francisco Cervantes, el ya fallecido rebelde lisboeta-queretano con quien están en deuda en México en estos momentos de olvidos y consagraciones.
Otra vez lo vi en la Feria del Libro de Guadalajara en 2006 para comprobar en directo la memoria asombrosa que lo puebla, cuando recordó de inmediato con escalofriante precisión un artículo mío de un cuarto de siglo antes sobre la traducción suya de Epístola: In Carcere et Vinculis (De profundis) de Oscar Wilde, publicada por Seix Barral, en 1980, y la última en el hotel Tequendama de Bogotá, al día siguiente del recital en Casa Silva, al lado de los novelistas Elmer Mendoza y Oscar Collazos.
José Emilio Pacheco ha sido para muchos el ejemplo más transparente de lo que es el ejercicio literario. Estar en la literatura y para la literatura sin aspavientos, lejos del mundanal ruido pero entre el ruido mundanal de las calles, habitado por la curiosidad permanente de conectarse con los fantasmas de los escritores que pueblan el reino del olvido.
Por eso hay que creerle cuando dijo, al conocer la noticia del Premio Cervantes, que “no soy ni el mejor poeta de mi barrio”, porque sabemos con él que Sócrates sólo era el mejor filósofo de la plaza del pueblo y Miguel de Cervantes Saavedra sólo un pequeño escribano que soñaba con un nombramiento en Cartagena de Indias, en la Nueva Granada, y fracasó en el intento.

domingo, 20 de diciembre de 2009

LA GRAN FARSA ECOLOGICA DE COPENHAGUE



Por Eduardo García Aguilar


La década termina con el intento fallido de los poderosos del mundo en Copenhague por tratar de reducir la contaminación del planeta y la destrucción de los recursos naturales, que supuestamente nos llevan al calentamiento global. La reunión, que fue preparada durante mucho tiempo y tuvo propaganda a diestra y siniestra, en un bombardeo asfixiante de temas por radio, prensa y televisión multinacionales, concluyó en el caos, ya que las potencias y los grandes grupos económicos no podían aceptar medidas que fueran en su detrimento en tiempos de crisis económica.


Las potencias ya instaladas de Europa y América, que basaron su progreso en la destrucción del planeta en el último medio milenio de guerras y colonizaciones, no desean bajarse del tren de consumismo y riqueza en el que viajan cómodamente y que uno puede percibir en los aires cuando viaja de noche en avión sobre el orbe y ve la impresionante mancha lumínica que cubre a todos los países ricos del norte. Las potencias emergentes como China, India y Brasil y los países pobres que apenas comienzan a saquear sus riquezas de manera atónoma, no quieren renunciar a ese usufructo a cambio de nada, cuando los ricos ya están asentados cómodamente desde hace siglos en la explotación indiscriminada del planeta.


Las naciones asiáticas y mediorientales ricas, donde la gente viajaba hasta hace poco en bicicleta, quieren ahora ir en autos enormes y construir rascacielos y nuevas copias de Nueva York, como ocurre en Shangai, Dubai y Singapur. En América Latina el sueño de las ciudades y los pueblos es hacer avenidas y puentes de cemento, llenarse de autos y celebrar felices que el esmog las cubra hasta la asfixia. Zonas enteras del pasado con riquezas culturales invaluables son arrasadas cada día para hacer estacionamientos y construir urbanizaciones que son hongos interminables de cemento.


Las familias latinoamericanas no quieren tener un solo auto en casa sino un carro por persona y no poseer uno de esos vehículos es considerado un verdadero fracaso vital en los países del tercer mundo. La vida de los hombres pobres se reduce a ahorrar para comprar un carro, ojalá el más grande y contaminador posible. En las ciudades los gobernantes son felices derrumbando los barios antiguos e inaugurando cada semana puentes, rascacielos y avenidas. Un alcalde o un gobernador latinoamericano que no cubra de cemento sus campos y no abra boquetes para dar paso al dios automóvil es un funcionario fracasado. En una megalópolis monstruosa como la Ciudad de México, la locura llega hasta construir autopistas de varios pisos donde los habitantes son felices pasando horas y horas atrapados por el congestionamiento en los viaductos y en los periféricos en medio del estrés.


Los ríos están contaminados y son caños hediondos de detritus y desperdicios innombrables, las montañas nevadas se derriten y los bosques se vuelven desiertos ante la indiferencia de los humanos que celebran ese apocalipsis como el signo del desarrollo y el progreso y el aumento del PIB. Los cielos están inundados de aviones y el turismo de masa ha banalizado el viaje dejando una estela de basura por donde pasa la muchedumbre devastadora de los vacacionistas agitados, cuya mente manipula la propaganda de las grandes agencias de viajes. Ya estamos muy cerca de los paisajes impresionantes de Blade Runner, esa gran película de culto que imagina el mundo a donde nos conduce la idea de progreso y desarrollo que ha dominado las políticas gubernamentales a lo largo del siglo XX.


Aunque ya fue un progreso que en todo el mundo se planteara cambiar de actitud frente al derroche de agua, la deforestación, el crecimiento del parque vehicular y la idea de progreso a toda costa, la confusión de los representantes de las distintas regiones del mundo, como si estuviesen en una Torre de Babel, nos muestra que la humanidad sigue su camino ineluctable a la autodestrucción.


Pero hay algo también sospechoso en la súbita unanimidad neo-ecologista de las grandes multinacionales que mostraron esta semana la propaganda de sus nuevos inventos, al parecer con la anuencia de las grandes potencias y los grandes capitales multinacionales. Tal vez ya se están preparando para aprovechar el próximo agotamiento de los combustibles fósiles, subirse al rentable tren de las nuevas tecnologías alternativas e instaurar así una nueva hegemonía que apenas podemos imaginar los habitantes de este comienzo de siglo que por desgracia, a no ser que nos clonen, ya no estaremos vivos en 2050.


Asustan esas propagandas idílicas de los molinos de viento eólicos del futuro, las placas de energía solar y otras supuestas maravillas que vimos en estos últimos días en publicidad por la cadena mundial televisiva CNN. También es extraña la imposición televisiva de esa nueva religión neo-ecológica para ricos que se impone poco a poco y que puede ser una cortina de humo para esconder el verdadero problema de la pobreza y la miseria extremas que reinan en todos los países subdesarrollados del sur y en los suburbios repletos de inmigrantes en las grandes potencias. Es sospechoso que de repente todos los tiranos, magnates y presidentes del mundo se hayan convertido en ovejitas neo-ecológicas en Copenhague y que mientras hacen la guerra y gastan miles de millones en armamentismo propugan por jugar a la lechera bucólica de Vermeer o a la campesina lavandera junto a idílico riachuelo nórdico y el paisaje de estampa ideal.


Todos esos maleantes hipócritas que gobiernan el planeta nos han engañado en Copenhague. Durante una semana hablaron de ecología y energías alternativas, pero al regresar a sus atribulados países seguirán haciendo la guerra, enviando tropas, bombardeando, destruyendo el campo y llenando sus países de aviones, tanques, autos, avenidas, supermercados y productos de consumo innecesarios que ellos mismos fabrican y venden a una población hipnotizada por la propaganda de la televisión.


domingo, 29 de noviembre de 2009

LOS DESCUBRIDORES DEL AGUA TIBIA LITERARIA


Por Eduardo García Aguilar

Algunos escritores latinoamericanos suelen por estas fechas quejarse en foros hispánicos y universidades de que en América Latina se nos ha prohibido escribir sobre temas universales, en especial por culpa de Gabriel García Márquez y el boom latinoamericano y quieren convencer a sus auditorios de que acaban de revolucionar la literatura continental al escribir sobre asuntos europeos, medorientales o asiáticos que no tienen nada que ver con sus pobres y despreciables países de origen.

Estos autores se quejan de que los europeos le exigen a los latinoamericanos escribir únicamente sobre temas locales y folclóricos, cosa que ellos afirman estar remediando desde hace unos años con sus novelas, por lo que se posicionan ya como las nuevas Juana de Arco de la literatura hemisférica, aunque al final sólo serán clasificados como los grandes descubridores del agua tibia. Olvidan que autores "cosmopolitas" como Jorge Luis Borges y Octavio Paz ya fueron editados por los malvados europeos que supuestamente nos ignoran, en la prestigiosa colección de la Pléiade de la editorial Gallimard, en Francia.

Suelen las nuevas generaciones literarias de todos los tiempos tratar de desembarazarse de susancestros y proclamar con estruendo que van a cambiar el mundo y las letras gracias a sus desplantes y excentricidades. Eso está bien en autores adolescentes hijos de Rimbaud o impetuosos jóvenes de 25 años que miran el mundo con la novedad romántica de quienes acaban de acceder a la adultez. Pero estos "noveles" autores latinoamericanos ya calvos y barrigones que se posicionan ahora como los estoqueadores en el coso tauromáquico de las letras del pobre Gabriel García Márquez y el boom hacen más bien el ridículo o, a lo máximo, dan ternura.

Además, antes que ellos, dos o tres generaciones de brillantes autores latinoamericanos se proclamaron demoledores de sus ancestros, pero con mucha mayor precocidad que ellos, pues al menos en Colombia, además de Andrés Caicedo, los autores anteriores a éste se destacaron desde muy jóvenes con obras notables y acciones mucho más rebeldes y sólidas, de las que pronto avanzaron hacia vastas obras en el campo del ensayo, la novela o la poesía.

Cualquier estudioso atento de la literatura latinoamericana sabrá que desde siempre los autores de este continente han hablado de tú a tú con todas las literaturas del orbe y, para mejor ejemplo, recordemos a la generación modernista, encabezada por Rubén Darío, un autor que no sólo recorrió todos los países del continente escribiendo en sus principales diarios y tuvo como centro a la gran Buenos Aires, sino que posteriormente viajó a Europa y allí desarrolló una obra universal con temáticas universales.

Y como el gran Rubén Darío, puede decirse que tal fue el caso de todos sus compañeros de generación, como José Enrique Rodó, Amado Nervo, José Juan Tablada, Leopoldo Lugones, Julio Herrera y Reissig y Enrique Gómez Carrillo, el guatemalteco que escribió toda su obra en el viejo continente abordando temas mundiales hasta el día de su muerte prematura a los 54 años y que cubrió la primera guerra mundial y estuvo presente en deflagraciones asiáticas y mediorientales dejando una vasta obra que está por descubrir.

Casi todos esos autores exploraron las culturas universales y tanto en la poesía como en la prosa escribieron sobre Grecia, Japón, India, Oriente Medio, Rusia, Inglaterra, África y todos los puntos cardinales posibles o viajaron en sus obras por las leyendas y los mitos universales. Sus discípulos de la generación posterior, afincados por lo regular en París o Madrid, siguieron su ejemplo, por lo que sería interminable la lista de obras en que los grandes autores latinoamericanos del siglo XX abordaron temas universales en sus novelas, ensayos y poesías: Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Jorge Zalamea, Baldomero Sanín Cano, Arturo Uslar Pietri, Octavio Paz, Julio Cortázar, Álvaro Mutis, Gonzalo Rojas, son apenas algunos de esos nombres y eso sin mencionar a decenas y decenas de autores menos conocidos del siglo XX que hicieron lo mismo que nosotros: viajar, leer y tratar de comerse el mundo con sus palabras.

Resulta pues incomprensible que estos autores de best-sellers traten ahora de vender gato por libre haciendo creer a los desinformados que antes de ellos sólo hubo en la literatura latinoamericana autores terrígenos, naturalistas, folclóricos o telúricos. Hubo por supuesto episodios cíclicos de literatura terrígena, lo que de paso nada tiene de malo cuando releemos obras tan extraordinarias como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Los Ríos profundos de José María Argüedas, o Pedro Páramo y El llano en llamas de Juan Rulfo, pero en términos generales los autores del continente han sido cosmopolitas incluso si en momentos de su trayectoria quisieron contar lo que sucedía en el terruño. Quienes conocieron a Rulfo saben que no sólo fue un gran fotógrafo moderno sino un lector insaciable de literatura universal, que estaba informado de todo.

El ejercicio de la novela es un espacio de libertad. Por eso un autor libre no debe limitarse ni a lo uno ni lo otro ni exigirle a otros que se limite: es tan legítimo hablar de las ciudades donde uno creció y amó, como explorar en la fantasía o contar sucesos de otras partes del planeta entre personas o ámbitos distintos a los que nos vieron nacer.
Incluso es válido ser literario hasta la indecencia o libresco si tal es la pulsión del autor. Un autor que se encierre en su biblioteca y sólo escribe de los mundos que lee, es tan válido como el gran Arguedas, que relató su infancia peruana marcada por los imaginarios y mundos milenarios indígenas.

Estos autores ingenuos y engolados que ahora se dan de cosmopolitas y van de Instituto Cervantes en Instituto Cervantes dando sermones sobre el horror del boom y García Márquez y sobre el martirio que sufren y supuestamente padecemos los autores latinoamericanos al ser obligados a hablar de lo que somos y vivimos, deberían mejor ponerse a estudiar la literatura latinoamericana para descubrir que el agua tibia que ahora dicen descubrir, ya está descubierta hace tiempos.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

EL RETORNO PERMANENTE DE ALBERT CAMUS


Por Eduardo García Aguilar

Los franceses se preparan para celebrar el 4 de enero de 2010 los 50 años de la muerte trágica del Premio Nobel Albert Camus (1913-1960), que después de varias décadas de ser considerado por la intelectualidad marxista y sartreana como un autor fácil para adolescentes, "filósofo incompetente" e ideólogo blando, ha terminado por convertirse en un gurú contemporáneo de la tolerancia y la no violencia.

Hijo de una sirvienta española analfabeta y un humilde agricultor que murió en la guerra, el autor de "El extranjero" y "La peste" creció en la miseria en la colonial Argelia francesa. Un maestro, Louis Germain, cambió su destino al sugerir a su familia que ingresara a los estudios secundarios en un liceo de Argel frecuentado por niños bien y allí se encontró después milagrosamente con la literatura a través de los libros que había en casa de un tío y las orientaciones de su admirado maestro y mentor Jean Grenier.

Empezó desde temprano una obra literaria y una actividad teatral y periodística en los diarios Alger Republicain y Soir Republicain, donde describió la miseria de su clase y mostró en contra de las autoridades el drama de los árabes humillados por el colonizador, así como el desprecio reinante por las costumbres musulmanas del amplio Magreb de parte del autoritario europeo: militares, funcionarios, comerciantes, industriales e incluso obreros y pobres de la metrópoli.

Al estallar la guerra, el joven reportero de 27 años, nacido en Constantine bajo el sol mediterráneo y amante del fútbol, acepta la invitación de Pascal Pia a viajar al húmedo París para trabajar en el diario París Soir. Hace fila en el puerto, entre los árabes, antes de subir al barco y pasar el humillante proceso de desinfección y eliminación de piojos que le aplicaban a los colonizados, sin pensar un sólo instante que 17 años después sería Premio Nobel de Literatura.

Gallimard le publica "El extranjero", que tiene un éxito fulgurante y muy rápido su intensa actividad teatral, ensayística y novelística lo llevó a la fama y a la gloria en medio del violento conflicto por la independencia argelina. Se había convertido en un símbolo joven de los "condenados de la tierra" descritos por Frantz Fanon y en ejemplo coyuntural de la lucha pacífica contra la colonización del Tercer Mundo.

Novelista y dramaturgo de éxito en el París de la post-guerra, Camus se destacó como periodista, reportero, articulista en el diario Combat, donde expresó la idea de que el conflicto concluyera con un país que admitiera, en concordia, la convivencia de los hermanos enfrentados: los nativos de siempre y los descendientes de los colonizadores franceses, o los mestizos que hicieron la vida allí y se sentían en casa tanto como los originarios de esa añeja tierra de dátiles que alguna vez fue colonizada por Roma.

Pero la guerra fue irreversible y la represión del ejército francés tan cruel y miserable con los árabes, que las heridas entre los bandos fueron de tal magnitud que al independizarse Argelia los franceses y los colaboradores de la metrópoli llamados pied noir (pies negros) tuvieron que abandonar en masa sus propiedades y tierras y viajar al exilio por millones a Francia, en la miseria, un país que muchos de ellos ni siquiera conocían.

De ahí viene el problema de los suburbios y el conflicto que se vive en Francia, donde existe la mayor cantidad de población musulmana e islámica de Europa. Durante décadas los que llegaron del Magreb fueron considerados la escoria de Francia y sirvieron como humildes trabajadores aplicados a las tareas más sucias, mientras la potencia francesa vivía sus famosos Treinta años gloriosos de progreso y crecimiento, que garantizaron el pleno empleo.

Sólo ahora a comienzos del siglo XXI algunos miembros de esa población argelina inmigrante de tercera o cuarta generación comienzan a acceder poco a poco a algunos puestos importantes, pero el origen árabe sigue siendo una tara para quienes buscan trabajo o ingresar a las escuelas. Medio siglo después de la muerte de Camus, la discriminación sigue viva y la cicatriz de la guerra de independencia arde con fuerza, mientras perviven sectores racistas de ultraderecha listos a endurecer las medidas contra los extranjeros y a desconocer a los descendientes de colonizados el estatuto de franceses auténticos.

Las grandes figuras literarias francesas del momento eran el gran autor de "La condición humana" André Malraux y el inquieto intelectual Jean Paul Sartre, que evolucionó hacia la izquierda y el marxismo y fue el filósofo de referencia de Francia en los años de antes de mayo del 68. Pero fue el humilde argelino periodista de Combat, extranjero en los medios literarios parisinos, el que recibió a los 44 años el Premio Nobel ante la indignación de los admiradores de Sartre y Malraux.

Alto, apuesto, con su cigarrillo siempre colgando de los labios, el personaje se volvió leyenda y sex-symbol al subir a los estrados de Estocolmo, pero tres años después la parca se lo llevó a los 47 años al estrellarse el auto en que viajaba con su editor Michel Gallimard contra un árbol en Villeblevin, cerca de Montereau, en el sureste de París, convirtiéndolo en leyenda, al igual que el aviador Saint Exupéry, autor de "El principito".

"Yo no aprendí la libertad con Marx. La aprendí en la miseria", dijo Camus para destacar que sus ideas estaban ancladas en la realidad de su pueblo natal Mondovi, el sufrimiento de su madre española analfabeta y la tuberculosis que lo aquejó desde muy joven, y no en la moda intelectual de los círculos parisinos.

Él admiraba desde adolescente a André Malraux y declaró que hubiera preferido que le hubieran dado el Nobel a él. Pero el destino escogió a Camus. En lo que respecta a Sartre, la historia mostró que su entusiasmo final por los totalitarismos de izquierda no fue tan acertado. Y ahora de nuevo las ideas humanistas de Camus, pasadas de moda un tiempo, reviven y vuelven con fuerza en tiempos de guerras y conflictos atroces y discriminaciones mundiales que parecen estar a punto de estallar en todas partes.

sábado, 14 de noviembre de 2009

LA REBELIÓN GROTESCA DE JAMES ENSOR

Por Eduardo García Aguilar
El Museo de Orsay de París, en colaboración con el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MOMA), está presentando la exposición de James Ensor (1860-1949), uno de los pintores que más me ha inquietado siempre, en especial por su cuadro grotesco "La intriga", que es uno de mis preferidos. Ensor, belga de Ostende, comenzó su vida pictórica por caminos convencionales como gran naturalista y pre-impresionista, situado entre Manet y Van Gogh, pero harto del rechazo de la crítica y la falta de reconocimiento en las exposiciones colectivas del momento, decidió romper con las tradiciones, realizando desde entonces una obra que espantó a las buenas conciencias y a quienes dominaban los cánones artísticos.
"La intriga", de 1890, es un cuadro arquetípico de su rebelión artística. Es un retrato grotesco de unos burgueses decimonónicos rodeados por figuras macabras, caricaturales, que se expresan con muecas y rictus de terror, en un mundo brumoso de locura, delirio y deformidad. La mujer de sombrero floreado y el hombre de bombín de copa negro, que se encuentran en el centro de la obra, expresan una burla extrema de su época, cuando el mundo europeo, en pleno auge de la técnica y la industrialización, esperaba días mejores y no imaginaba ni por equivocación que pronto vendrían dos conflagraciones espantosas que superarían en horror a todas las anteriores.
En las terribles tribulaciones de San Antonio, de 1887, Ensor se posiciona para los críticos de hoy en la vanguardia de la época, aunque por supuesto eso no se sabía entonces y es una lectura actual, a posteriori. Después sus figuras esqueléticas y sus máscaras casi mortuorias, con rostros y pieles de muñecos de cera, siguieron espantando en las galerías y provocando reacciones airadas de la sociedad.
Puesto que sobrevivió más de medio siglo a su rebelión, tuvo tiempo de ver después el éxito de impresionistas, cubistas, futuristas, expresionistas y modernos de todo tipo, a quienes saludó con la certeza de que él se había anticipado a todos ellos, aunque no lo supieran ni lo reconocieran. En las amplias salas del Museo de Orsay, una vieja estación de trenes decimonónica dedicada al arte de ese siglo, se puede ver paso a paso el proceso que lleva a Ensor de la convencionalidad a la ruptura.
"La comedora de ostras" (1882) muestra el talento de este artista anclado en lo más profundo del arte naturalista de ese siglo. La mujer se ve sentada junto a la mesa después de devorar el copioso almuerzo marino y reducir la botella de vino blanco, por lo que se siente un aire de sopor burgués en ese ámbito de tiempo detenido. Pero el personaje es sin duda la luz que inunda el comedor lleno de muebles, entre el silencio estable y vespertino de las grandes casas acomodadas de Bruselas y Ostende.
Luego, en lo que respecta a su trabajo de exploración de la luz, vemos en dos salas centrales varios de los cuadros más impresionantes de la muestra, entre ellos "Las aureolas de Cristo" (1887) y "La entrada de Cristo en Bruselas" (1888), entre otros donde la realidad es deformada por medio de un caos apocalíptico. En la primera serie crística vemos a Cristo en medio del mar con su aureola radiante en medio de las olas y el viento marino y en el segundo se trata de un Cristo recibido en Bruselas, pretexto de Ensor para caricaturizar una vez más esa sociedad que detestaba. En los cuadros marinos y apocalípticos, llenos de ángeles del juicio final o demonios, en horizontes ocres, naranjas y fucsias, entramos en pleno expresionismo, décadas antes del auge de ese arte y sus telas parecen anticipar la explosión artística de las primeras décadas del siglo XX.
Más adelante vemos sus 112 autorretratos por medio de los cuales el agrio y amargado artista se burla de sí mismo y de sus contemporáneos. Podemos ver su famoso "Autorretrato con sombrero de flores" (1888), donde el joven artista se pinta con su barba de fin de siglo y un sombrero de flores amarillas y plumas magenta. Su mirada severa nos ausculta y nos impreca. Después el juego pasará a mayores y se pintará en muchos cuadros como un esqueleto o un personaje grotesco que irrumpe en la escena para burlarse del hecho de crear.
En "Los baños de Ostende" (1890), Ensor pasa al otro lado del espejo al mostrar las playas de su tierra en verano, con un estilo que no tiene nada que ver con sus antecesores y bien podría ser de un artista contemporáneo. Hay humor, burla, alegría, felicidad. La playa está llena de bañistas y no hay un sólo espacio vacío en ese extraño aquelarre descrito con su aguda y disolvente mirada.Finalmente, vemos algunos de los objetos de su casa familiar y su estudio, como una sirena hecha con la cabeza de un mono y el cuerpo de un pez momificados, o una lámpara china con una calavera real, antes de pasar al amplio juego de máscaras que sin duda le sirvieron de modelos y por fortuna se conservan.
La obra de Ensor se inscribe dentro de esa tendencia decadente y simbolista de fin de siglo XIX que tuvo representantes excelentes en la literatura como Villiers de l'Isle Adam, Barbey D'Aurevilly y Joris Karl Huysmans y en la pintura el francés Gustave Moreau, maestro de esa escuela en París y quien inspiró el personaje de Des Esseintes de Huysmans y probablemente algunos ámbitos decadentes de la novela De Sobremesa del poeta colombiano José Asunción Silva, quien muy joven residió en ese tiempo en París.
En esa rebelión contra el auge industrial, financiero y burgués, que escondía a la vez la profunda infelicidad de la mayoría de la población, no sólo se destacaron pintores, músicos y escritores, sino también iluminados políticos como los anarquistas y los socialistas, que se difundieron por toda Europa con sus ideas antiautoritarias y pretendían disolver el Estado.
Contra esa sociedad de "progreso" a ultranza artistas como Paul Gauguin se escaparon hacia islas perdidas en busca de un mundo primitivo ideal gobernado por el deseo y el ocio. Por eso, ver a James Ensor de cerca en una tarde lluviosa de otoño, 110 años despues de su fracaso en los salones artísticos de Bruselas y París, es la prueba de que el arte rebelde termina tarde o temprano por llevar a la gloria a los artistas rechazados en vida y que, con carácter póstumo, son comprendidos por las generaciones venideras.
Ensor parece reirse a carcajadas mientras los habitantes del siglo XXI recorremos las salas y reímos y nos emocionamos ante esa obra contemporánea que nos dice mucho sobre nuestro tiempo de estafa, caos, violencia y mentira plutocrática. Sólo quedan las máscaras, la intriga y lo grotesco del mundo en que vivimos todos los humanos sin excepción y ese mundo lo intuyó un Ensor revolucionario.

sábado, 7 de noviembre de 2009

MI CAÍDA DEL MURO DE BERLÍN


Por Eduardo García Aguilar

El 9 de noviembre de 1989, cuando cayó el Muro de Berlin, me encontraba en Nueva York cerca de Greenwich Village y el barrio universitario, al sur de Manhattan. Como todas las noches, solía pasear con los amigos hasta la madrugada por esas calles heladas donde uno podia encontrar restaurantes abiertos y puestos de periódicos que nunca cerraban a donde llegaban todos los diarios de Europa. Por eso, después de pasar la tarde viendo las imágenes televisivas de los noticieros nocturnos, amanecimos por esas calles tomando cerveza en espera de los diarios, en especial franceses como Liberation, que llegaban con la noticia fresca de la caída del famoso Muro de Berlín que marcó, como una extraña fantasía de cine gore, el imaginario de nuestra formación socio-política en los años 70.

La efervescencia en esas calles neoyorquinas era especial. Todos los jóvenes comentaban frente a la televisión o en los cafés las bellas imágenes de la juventud aupada al muro ante la mirada serena e impasible de los soldados de Alemania del Este, que por primera vez no dispararon a los fugitivos o a los curiosos. Una tras otro caían los segmentos del muro, coloreados con los tags del tiempo, en medio de la fiesta generalizada y por primera vez los estealemanes pudieron cruzar libremente hacia la Berlín capitalista y occidental de la que estaban cortados desde hacía décadas. Y los jóvenes de Berlín Oeste podían a su vez compartir con sus congéneres del otro lado, descubrirlos, y destapar botellas llenas de un licor que sabía a estupor y esperanza.

Como consecuencia de la política de la Perestroika y la Glasnost de Mijail Gorbachov, los países de la esfera soviética se vieron confrontados uno tras otro a asumir su destino, algunos en medio de la violencia como Rumania y otros por fortuna en una transición pacífica, mezcla de miedo y de fiesta. Puesto que para la declinante Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en bancarrota esos países antes dominados y avasallados eran más una carga que un beneficio, las fichas del dominó cayeron con seco estruendo sobre la mesa metálica de la historia, dejando inermes ante sus pueblos a los tiranuelos locales que durante décadas fueron las marionetas del Kremlim.

Y como la joya de la corona, ese 9 de noviembre de 1989 tocó el turno a la poderosa Alemania del Este, abandonada a su suerte por los rusos y los países amigos. Viejos jerarcas, agentes de la policía secreta Stasi, ideólogos y militares asistieron impasibles a la reanudación del contacto y a la fiesta de arte y júbilo. Atrás quedaron los jóvenes mártires que fueron acribillados por las autoridades por intentar pasar al otro lado. Y poco a poco se fue borrando ese extraño espacio de no man’s land entre ambas partes de la vieja ciudad cubierto por la maleza, donde no se escuchaba ni el canto de las cigarras. Tuve la fortuna de conocer esos espacios diez años antes de la caída del Muro y ahora trato de rememorar esos instantes salidos de la historia, con la certeza de que muchas de las opiniones actuales son lugares comunes que ocultan un problema más profundo lleno de ángulos y de claroscuros.

Con la caída del Muro y la reunificación alemana terminaba simbólicamente la guerra fría, se derrotaba para siempre al totalitarismo soviético, pero al mismo tiempo ganaba la avorazada sociedad de consumo, el capitalismo neoliberal encabezado entonces por George Bush padre y Margaret Thatcher. Amplios espacios al este de Europa fueron rápida presa de los consorcios occidentales y muchos dramas humanos se vivirían desde entonces entre los obreros y los campesinos rasos, mientras los nuevos oligarcas rusos reemplazaban a los jerarcas de la Numenklatura soviética.

En 1979 hice una visita a Berlin Oriental con mis amigos Carlos Augusto González y Ricardo Scoremblut. Recuerdo todavía las grises estaciones del metro por donde cruzábamos vigilados por guardias, y el ambiente de sobriedad, penuria y tensión que se vivia al otro lado, donde todos eran sospechosos de algo y eran vigilados por la Stasi. Caminamos por esas avenidas siempre escrutados por la policía, experimentamos la penuria en las tiendas, la falta de variedad en las librerías, la omnipresencia de Marx y Engels en la estatuaria y al final nos acercamos al muro, del otro lado, para tomarnos fotos y fingir que éramos fusilados contra esas paredes que tenían las huellas de los impactos de bala. Las fotos en blanco y negro las guarda todavía mi amigo Carlos.

Sin duda no había punto de comparación entre la Berlín Occidental, especie de oasis juvenil donde al llegar la primavera o el verano las chicas tomaban semidesnudas el sol a la orilla de los lagos y en los parques y la Oriental, donde la sospecha, la delación y el moralismo soviético reinaban con su larga impronta congelada de estalinismo. Claro que no todo era terrible en una Alemania del Este, región germana que desde hacía siglos era siempre más agrícola y pobre que la occidental, más rica e industrial, con ciudades prósperas y universitarias como Frankfurt y Munich.

Incluso ahora, veinte años después, amplios sectores de la Alemania del Este tienen dificultades para competir con el avasallador ímpetu del capitalismo occidental, y eso pese a que la actual canciller alemana Angela Merkel es originaria de la RDA. Hay temor en mucha gente por el fin de las subvenciones y las ayudas que en estas dos décadas hicieron posible sobrevivir a amplios sectores de la población afectados por la súbita reunificación y la bancarrota de la atrasada industria y el arcaico agro estealemanes. Se espera que en una década la economía de Alemania de Este sea totalmente autónoma y despegue por medio de una industria aplicada a nichos novedosos. La larga transición no habrá sido en vano.

Han pasado 20 años desde el día en que en Nueva York veíamos con estupor la agitación provocada por un acontecimiento histórico que figurará en los libros de texto y 30 desde nuestra visita a una Berlin del Este, que nos pareció gris y asfixiante. Desde entonces Europa se ha ampliado y extendido a muchos de los países que antes estaban tras la cortina de hierro, cambiando radicalmente la forma de vivir de millones de habitantes. Nuevos problemas surgen cada día y muchos faltan por resolver, pero es probable que el proceso sea a la larga más positivo que negativo.

Después de la crisis espectacular del neoliberalismo occidental con la catástrofe financiera de los últimos años en el mundo, que fue otra especie de caída de Muro, es probable que el capitalismo salvaje que triunfó con el derrumbe de la esfera soviética sea ahora más moderado y viva bajo mayores controles, al menos Europa. Este 9 de noviembre se celebra la caída en Occidente de dos muros: el Muro del totalitarismo soviético y el Muro del capitalismo a ultranza que sólo piensa ciegamente en la ganancia y en las cifras. Pero ambas hidras siguen vivas en otras regiones del mundo, como Asia, amenazando con su codicia y frialdad a la humanidad entera. Sin duda en el futuro se construirán otros muros y llegará después la hora de derribarlos.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

LEVI-STRAUSS ESTÁ VIVO AUNQUE SE FUE


Por Eduardo García Aguilar
Casi centenario, Claude Levi-Strauss (1908-2009) caminó en 2005 hasta el Instituto Catalán de Cultura de París, erguido, enfundado en un traje ajustado gris, chaleco, y con un paraguas colgando de su brazo, como una figura intemporal de otra época, incluso futura. Este hombre contemporáneo de Jean Paul Sartre había recibido un importante galardón catalán y caminaba tranquilo por las calles de Saint Germain de Prés y Odeon, no lejos de la Antigua Comedia y el restaurante Procope, donde solían ir Voltaire y sus contemporáneos los enciclopedistas dieciochescos a comer y beber antes de la Revolución.

Parecía mentira verlo en la excelente fotografía del argentino Mordzinsky caminando por esas calles, en la flor de sus 97 años, como el último gran mito viviente del pensamiento y el saber del siglo XX francés. Todos sus discípulos y amigos desaparecieron hace tiempos. Las glorias del estructuralismo, al que se le atribuye la paternidad, murieron hace décadas en diversas circuntancias, como el gran polígrafo Roland Barthes, aplastado por un camión o el filósofo post-marxista Louis Althusser, loco, después de estrangular a su esposa. Y sus más famosos maestros, los grandes etnólogos Marcel Mauss y Levy Bruhl, vestidos con anacrónicas levitas, de bigote retorcido, sombrero y lentes quevedianos, se internan en un pasado remoto, mucho más cercano al siglo XIX que a este siglo XXI, por donde deambulaba Levi-Straus con su sonrisa irónica de sobreviviente. A esos viejos maestros él rinde homenaje con afecto pero sin complacencia en las primeras páginas de su extraordinaria obra Tristes trópicos.

Levi-Strauss sobrevivió a todos los peligros en las selvas y planicies amazónicas en los años 30 y 40, a donde viajó para anotar la vida cotidiana, los usos y costumbres de las últimas tribus casi vírgenes del planeta; se salvó de todas las acechanzas en Oriente, a donde también fue en pos de los rastros fósiles del pasado humano; sobrevivió a la persecución nazi-fascista de los judíos y pudo huir de Europa en barcos que lo llevaron al Caribe y a Estados Unidos, cargado de maletas y apuntes; venció todas las fiebres tropicales y picaduras de mosquitos, culebras y zancudos; hizo temblar la mano de los asesinos o se salvó milagrosamente de atracos y asonadas en la inmensidad de las selvas, por ríos caudalosos y pueblos perdidos que recorrió con espíritu científico para explorar las leyes del parentesco, la arqueología de los tabúes y las coloridas costumbres, lenguajes y expresiones artísticas y míticas de los aborígenes, para él tan sabios o más que los bárabaros hombres civilizados de un siglo XX bañado en la sangre de las guerras.

Levi-Strauss está vivo aunque se fue: cuando respondía a las preguntas de algún periodista televisivo lo hací con una sabiduría y una inteligencia admirables no carentes de ironía. Desde su venerable ancianidad, en el fondo de un abullonado sofá de cuero, junto a los viejos relojes de su viejísima morada, al hablar de religiones y creencias, de saberes y sabores, el viejo nos muestra que su enorme talento y brillantez están por encima del tiempo. Ese anciano es más moderno que todos los jóvenes juntos y pertenece a una generación de sabios y hombres que vivieron jóvenes las dos grandes guerras y en medio del holocausto escribieron obras fundamentales como Mircea Eliade, Ernest Junger, Jean Paul Sartre, Hannah Arendt, Karl Popper, Isaiah Berlin o Walter Benjamin, entre otros muchos. Fue una generación que se fraguó en medio de las más atroces guerras de la historia y entre la precariedad escribió las obras más sólidas y luminosas. Y además del saber se expresaron por medio de escrituras, de estilos admirables.

El autor de Las estructuras elementales de parentesco, Raza e historia, Tristes trópicos, El pensamiento salvaje y Mitológicas, entre otros libros, saltó a la fama mundial y popular en 1955 cuando en Tristes Trópicos relató sus experiencias de etnólogo e investigador para el gran público. Publicado en la colección Tierra humana, dirigida por el viajero Jean Malaurie, especialista en los esquimales, Tristes tropicos se volvió rápido uno de los grandes libros del siglo XX. Lo escribió en unos cuantos meses, del 12 de octubre de 1954 al 5 de marzo de 1955, culpabilizado por violar el rigor de los grandes académicos y dejar libre curso a su prosa encantadora, para contar paso a paso las aventuras que vivió al hacer sus investigaciones en las tribus " salvajes " de Oriente y Occidente.

El libro comienza con la ya legendaria oración "odio lo viajes y los exploradores ", con lo que indicaba el horror que sentía al lanzarse a una obra de intimidades autobiográficas donde no campea la lejanía helada del lenguaje académico. Y todavía, medio siglo después de su publicación, no entiende porqué él es más conocido en el mundo por este libro y no por las otras obras suyas, que él considera decisivas. El secreto es muy simple: la prosa que esgrime Levi-Strauss en Tristres trópicos se alza al nivel de las mejores en lengua francesa, al lado de escritores como Voltaire y Chateaubriand, como lo atestiguan esas diez páginas sobre el crepúsculo, escritas en 1935 en el barco, antes de llegar a Brasil.

Es claro que el autor escribe con soltura, armado de todas las cualidades de una formación académica excepcional y también de un amplio conocimiento de los clásicos. No sólo lo que dice es profundo, conmueve, nos hunde en la extraordinaria aventura humana, ayuda a situarnos en la inmensidad del cosmos y del globo terráqueo y al interior de la naturaleza y las especies que lo habitan, sino que además está escrito por un mago de la escritura.

Su prosa vibra, huele, suena, sangra, se mete en los más extraños recovecos, levanta polvos milenarios, a través de extensos pasajes donde nos describe las maravillas del extenso Brasil con sus interminable selvas y sus ciudades en plena formación y la India con sus arcaicas metrópolis y su sorprendente actualidad. El París de sus años estudiantiles, el éxodo por la guerra, la aventura de participar en la fundación de la universidad moderna brasileña y la exploracion de la India y otros países e islas asiáticas quedan plasmadas en medio millar de páginas magistrales.

Pero lo increíble es que Levi Straus está vivo todavía entre nosotros como el tótem viviente de la aventura del saber y la palabra, una figura donde confluyen el rigor moderno de las ciencias humanas y el talento literario que lo izará sin duda al lado de los grandes prosistas de la lengua francesa.