domingo, 15 de mayo de 2016

INSTANTÁNEAS ERÓTICAS CORTAZARIANAS

Cortázar y su último gran amor Carole Dunlop
Por Eduardo García Aguilar
Cuando uno busca la plaza Dauphine tras el soplo bohemio de Julio Cortázar relatado en su cuento Las babas del diablo, descubre que es una escenografía de lo que fue hace siglos pero carente de vida, maquillada al extremo, deslavada, inerte, fría, espectral, como un cadáver recién embalsamado.

El cuento de Cortázar sirvió a Michelangelo Antonioni para el guión de la película Blow Up, que solo guarda de la historia cierta anécdota de la búsqueda fotográfica como reto estético y la sorpresa que genera, porque el filme gira hacia otra historia distinta y fascinante, convertida en un emblema de la cultura popular de los años sesenta y un clásico del cine moderno en el que participaron actrices de moda del momento en una Londres que explotaba con el surgimiento del rock, los Beatles, los Rolling Stones y otros muchos grupos que aun hoy siguen vivos en la memoria y el gusto de la gente.
Medio siglo después si uno trata de ponerse en el ángulo de la mirada del gran autor argentino, ve que ahí en la Plaza Dauphine hasta la arena es falsa y todo está congelado en una asfixiante tarde invernal de febrero, preparada en hibernación para que en el próximo verano lleguen los turistas o los nostálgicos del autor, que deambulaba por esos parajes con La Maga su amada imaginaria, cuando vivía pobre en una buhardilla y transcurría la vida como un episodio literario hasta la indecencia de su propia cultura rioplatense. Sin duda la plaza en aquella época no había sido restaurada y guardaba tal vez las paredes sucias de siglos de humo y lluvia, así como tiendas de carbón y bares de mala muerte que hoy han sido reemplazados por restaurantes con estrellas Michelin a donde acuden los millonarios que compran apartamentos dieciochescos en esa muy cotizada esquina de la isla del Sena.
Cerca de esa plaza, que es un rincón de siglos cuya arquitectura pareciera salir de la misma historia de los tres mosqueteros, fluye el río y en sus orillas se encuentran las tiendas de flores y animales que visitaba el personaje de Rayuela en su búsqueda erótica y azarosa inspirada en los surrealistas y en esa historia inolvidable de Breton, Nadja, que es una deambulación con otra Maga de entreguerras. Ahí están esos lugares todavía y uno puede jugar a Oliveira y la Maga en las alturas del siglo XXI como puede jugar a Breton y Nadja en otras zonas de la ciudad, por la zona de los grandes bulevares donde abunadna los pasajes y las sorpresas.
La Maga original
El argentino sin duda se inspiró en la Nadja de Breton para crear los ámbitos azarosos del encuentro en Rayuela, oda al amor libre. Como gran lector y ser libresco él leyó todos aquellos libros necesarios que se inspiran en las calles de una ciudad convertida desde siempre en un caleidoscopio infinito. Por eso los lectores descendientes lejanos de aquellos lectores y estetas de hace más de medio siglo, tratan hoy de ponerse los lentes erotómanos de esas miradas para ver los rostros y percibir los aromas de la belleza femenina.
Cortázar era un inveterado romántico, erotómano permanente y en esas deambulaciones por las calles el metro y los bares en pleno auge del existencialismo y el jazz,  imaginaba el nombre o olor de las desconocidas muchachas provenientes de algún suburbio lejano donde sus inquietantes presencias de forasteras pasan siempre inadvertidas como vuelos de gaviotas.
Cortázar observa al azar alguna de esas bellas y piensa que nadie sabrá lo que hará el tiempo de sus huesos,  ni de su carne ni de su mirada oblicua, incómoda a las miradas que en el metro la captan más con estupor que deseo y algo de incredulidad. El rostro de esa desconocida, esa otra Maga perteneciente al ejército de Magas es perfecto y se refleja en la escotilla del vagón en esta agitada tarde de ires y venires urbanos y laborales. Sus uñas traen barnices quebrados y desgastados de color granate oscuro, ajados tal vez de lavar platos o comerse las uñas pensando en mundos perdidos. Lleva chaqueta de cuero, blusa algo usada de algodón color azul pálido y jeans ceñidos  a sus muslos diminutos y torneados. Su cabello es fértil, castaño, desordenado y tal vez sin bañar desde hace días. Trae alguna huella de sangre en su pantalón y es arisca y sin mirar a quien parece vigilarla con celo, como si fuera ese individuo su proxeneta. ¿A dónde va? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su precio?                                
Bar l'Angora. Bastille.
Imaginemos al poeta Cortázar en detrás de la barra en algún bar cercano a Bastilla, preguntándose ante la mesera estudiante ¿Como es posible tanta belleza? ¿Tanta belleza inocente de su propia belleza entre artistas, bohemios, ebrios de amor y de arte? Ella está ahí con las ideas lejos, ajena a las tareas encomendadas.  A la mestiza estudiante de antropología se le olvidan los clientes y los pedidos, pasa con fugacidad el trapo de limpiar por las superficies del zinc o las mesas  y pareciera lejos en alguna galaxia. Lejos de todos y de nadie.
Su espesa cabellera fértil y oscura, abundante, recogida en moño por ahora, su piel de oliva y su rostro de actriz inigualable, entre Sofía Loren y Claudia Cardinale. Una nueva Penélope Cruz en el siglo XXI. Recién llegada de Madrid, bella y distraida flor en un desierto de rutinas, orquídea en la escarpada montaña del silencio, hermosa dentro de sus amplios jeans y la blusa impaciente por terminar el turno y correr a los brazos del incógnito amado en que piensa ella, hermosa  nada más sin saberlo. O sea un personaje de Rayuela que se reencarna en la segunda década del siglo XXI en habitante de amor, arte literatura, noche y eros.
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 * Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 15 de mayo de 2016.


 

sábado, 7 de mayo de 2016

LECCIONES DEL AUGE DE TRUMP

Por Eduardo García Aguilar
El triunfo de Donald Trump en la primaria del Partido Republicano estadounidense es escalofriante si se tiene en cuenta que desde el inicio de la campaña se dedicó a sembrar el odio y a polarizar a ese gran país del norte, abogando por la expulsión de mexicanos, latinos y musulmanes o insultando a las mujeres o los miembros de diversas minorías. Bien asesorado por los tecnólogos de las campañas electorales, Trump sabía que en las amplias capas de la población modesta de origen blanco, donde se celebra la violencia y se defiende el uso libre de armas de alto poder y se vive toda la vida frente a las pantallas del televisor, el lenguaje soez, violento, agresivo, polarizante, antihumano trae rápidos dividendos electorales y auge en las encuestas.
Fácilmente manipulables, esos amplios sectores olvidaron rápidamente de donde provenía Trump, representante de la peor plutocracia arribista, para la que los únicos valores son el dinero, la apariencia, el uso de la mujer como un adorno comprable a costa de dólares, la discriminación, la humillación del débil o fracasado y la permanencia de las élites y los privilegios de los potentados. Al adoptar el estilo de un payaso con su bronceado permanente artificial y la melena teñida, al usar expresiones histriónicas salidas de los peores espéctaculos del humor de vaudeville, el nuevo candidato republicano sorprendió a todos y derrotó a otros rivales mucho más serenos y formados política e intelectualmente. Solo resta desear que en la contienda mayor el nuevo candidato republicano sea derrotado por la candidata demócrata, una sólida abogada brillante y abierta al mundo.
El escándalo payasesco y la vulgar agresividad contra el otro, extranjeros, minorías, mujeres, homosexuales, originarios de la inmigración, así como el insulto escatológico y sin argumentos contra los representantes del establecimiento tradicional bipartidista del que siempre se benefició, levantó los ánimos en los desvalidos que sufren la precariedad del desempleo y los malestares del fracaso esencial y piensan equivocadamente que son las minorías étnicas las que les están quitando el pan de la boca. Los populismos aparecen en momentos difíciles y estallan como incendio y deflagraciones muy rápidas cuando son liderados por personalidades iluminadas y paranoicas irresponsables como Adolfo Hitler o Benito Mussolini, para solo mencionar a los dos más simbólicos representantes de esas fuerzas del fascismo, el falangismo y otras perlas del totalitarismo que pelechan en tiempos de crisis.
En el campo de la literatura, el ensayo, la oratoria o el panfleto sabemos que vulgaridad, anatema, insulto, escatología y ataques ad hominem traen excelentes dividendos y buenas ventas a los autores de ese tipo de libelos o libros de diversos géneros que gustan a amplios sectores de la población, como si la serenidad, la argumentación y el análisis pausado y generoso, el cotejo de ideas y el desminado de la palabra como arma de odio y muerte fueran asuntos aburridos y pasados de moda. El aumento de los partidos y movimientos extremos en Estados Unidos y Europa y en casi todo el mundo es paralelo con frecuencia al auge de escritores o panfletarios incendiarios e intolerantes cuyos discursos ganan incontables aplausos en todas partes aunque tienen el más bajo nivel posible.
La velocidad vertiginosa de la información como elemento de la sociedad del espectáculo en la que vivimos ha convertido a las figuras de la farándula, el dinero, el deporte y las revistas del corazón en las nuevas deidades de una población mayoritaria alienada que vegeta frente a las pantallas de televisión o escucha en la radio los programas de diversión que los nutren de ideas y prejuicios y para quienes ese mundo de ficción termina por convertirse en una realidad mágica dotada de poderes especiales. 
A través de medios y redes casi todos los habitantes de este mundo interconectado viven la ficción de ser millonarios, figuras del glamour, estrellas cinematográficas, a las que terminan por convertir en personajes de la familia, por lo que no sorprende que actores como Ronald Reagen en su tiempo y Arnold Swartzenegger en la actualidad y otros muchos han terminado por convertirse en figuras políticas y logran los más altos cargos colándose con su dinero en los ejercicios de una democracia desvirtuda y desviada. 
Escandaliza y triunfarás, insulta y ganarás, amenaza y vencerás: tales serían las consignas, los emblemas de esta nueva era de la política mundial que, al paso que vamos, terminará por ser dominada por payasos maléficos surgidos de las películas de terror. Toda persona que reflexione con serenidad, exprese de manera civilizada sus ideas y contienda con los adversarios sin calumniar o amenazar es inaudible. Pensadores, académicos, ensayistas y expertos pueden dedicar sus vidas a hacer avanzar los campos de sus estudios, pero al final serán inaudibles y morirán en el olvido como en nuestro país ha ocurrido con generaciones de grandes figuras como Danilo Cruz Velez, Dario Mesa, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda y muchos otros pensadores que nadie escucha y lee hoy y fueron reemplazados en el foro de este siglo XXI colombiano por el protagonismo de otros payasos de lenguaje escatológico, autista y violento de cuyos nombres no quisiéramos acordarnos en este sábado de sol.
Es probable que Trump no llege muy lejos, y ojalá así sea, pues muchos sectores del Partido Republicano ya han mostrado reticencias y se han deslindado de apoyarlo, pero aun es temprano para cantar victoria y sentarse sobre las laureles. A medida que la campaña avance y se acerque el momento de la votación, este candidato que sabe muy bien lo que hace y sus asesores y aliados pueden tratar de conquistar el electorado con sus artimañas y llevar al país a una peligrosa nueva era de intolerancia y miedo con consecuencias fatales en todo el globo. El mundo es un verdadero polvorín en estos momentos y el mando de la potencia mundial estadounidense no debería estar jamás en manos de un chiflado que usa la palabra como una ametralladora de discriminación e intolerancia cual si fuese el personaje malevo de una película de Batman.  
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 8 de mayo de 2016.

 

lunes, 2 de mayo de 2016

EL PEATÓN DE PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
El peatón de París es y ha sido una figura que atraviesa el tiempo a través de los siglos y sigue tan vigente como nunca porque se alimenta de la efervescencia permanente de las calles, pasajes, rincones, bulevares y plazas de una de las ciudades más cantadas y descritas del mundo. El escritor Leon Paul Fargue, quien escribió un magnífico libro de crónicas con ese título peatonal en los años treinta del siglo XX, en tiempos de entreguerras, afirmó cuando aun no se sabía nada de la futura conflagración mundial iniciada en 1939, que sin duda los pilotos de aviones bombarderos se negarían algun día a lanzar bombas contra la ciudad al percibirla desde sus alturas, cruzada por la plateada serpiente fluvial del Sena.
Según la leyenda, Adolfo Hitler habría ordenado la destrucción de la joya como objetivo final ante la derrota ineluctable y preguntaba iracundo en su búnker a sus subalternos ¿Arde París? sin saber que el general encargado de destruirla se negaría a hacerlo. El militar nazi ya se había enamorado como todo el mundo de sus calles, museos, edificios, bulevares, gentes, mujeres, bares, y de los lugares de lenocinio de Pigalle, Montparnasse o de los grandes bulevares del norte donde reinaba el Folies Bergere y la danza fenomenal de la negra Josephine Baker.
Ese hombre habría sido embrujado como tantos otros militares y soldados ocupantes y cientos de millones de visitantes de todos los tiempos por los colores, las luces intermitentes de caleidoscopio lanzados como haces de pasión sobre cuerpos de divas y por la fiesta permanente y la vida noctámbula que él tal vez agotó entre sudores y risas al lado de los amantes del dancing y el libertinaje heredado de Sade y Casanova, mientras sus subalternos mataban y fusilaban resistentes o enviaban en vagones a familias enteras, ancianos, niños y mujeres judíos, comunistas, extranjeros o gitanos hacia los campos de concentración.
Esa locura insaciable de la ciudad ha reinado en todos los tiempos, desde la era del poeta bandido François Villon cuando los borrachines y los malandrines se hacinaban en las puertas de la urbe en espera de un salvoconducto, ya fuera en la Contrescarpe de la rive gauche a donde se llegaba desde Italia o España o en la puerta de Saint Denis de la rive droite, a donde se llegaba de los países del norte o del este. Hoy, como hace siglos, esos mismos sitios están llenos de gente que departe hasta la madrugada en los bares junto al abigarramiento de las tiendas de olorosos productos culinarios de diversos orígenes o como en Saint Denis poblados de las prostitutas que ejercen el más viejo oficio del planeta bajo las arcadas o junto a los portalones de sórdidas y sucias callejuelas donde se observan a contraluz sus rostros asiáticos,  eslavos o africanos.
El peatón de París puede caminar y caminar sin rumbo preciso y por todas partes hallará sorpresas, nuevos bistrots o bares, tiendas de todos los orígenes, librerías, sex shops, almacenes de ropa, telescopios, autos de lujo, mapas, muñecas, antigüedades, queserías, pescaderías, licorerías, pasajes de comida hindú, libanesa, china o africana y mil lugares más que conservan a veces desde hace siglos los avisos originales, como ocurre en las añejas calles de Montorgueil o Moufettard para solo mencionar dos de las más famosas.
El caminante puede también desparecer en el barrio de la Goute d’Or para introducirse a África como si hubiera volado ese mismo día por avión a Senegal, Costa de Marfil, Burkina Fasso, Benin, Malí, Camerún, Congo o Angola y perderse en sus meandros exóticos o vistar los diversos barrios chinos, tailandeses o indochinos donde lo asaltará el olor de coco o piña, o de las sopas Pho o la comida libanesa y los aromas de Vietnam, Laos y Camboya. Y en esos lugares podrá disfrazarse con las prendas coloridas y originales de aquellos lejanos mundos o untarse de ung üentos y perfumes como ocurre por Barbès, donde proliferan las tiendas de pelucas y los salones de belleza para lindas africanas o en Jean Pierre Timbaud, por Belleville, donde se expenden burkas y chlilabas para nostálgicos magrebíes soñadores de medinas o mediorientales bronceados por el imaginario sol medierráneo cruzado por misiles y bombarderos en plena guerra siria.
Todos los escritores locales y extranjeros han cantado y celebrado la ciudad en las distintas épocas y leer sus memorias, diarios, correspondencias o novelas nos confronta a esa permamencia del bazar interminable que ha reinado desde siempre y que se centra en la conversaciónm el vino y la búsqueda incesante del placer. Y lo de hoy es sin duda tan similar a lo de ayer según esas escrituras que nos abren las ventanas al siglo XVII, al Siglo de las luces y la Revolución, al largo y pujante siglo XIX y al XX creador de tantos horrores y maravillas.
Al deambular hoy en esta primavera que avanza se constata que después de los atentados del año pasado, perpetrados por los yihadistas neonazis que buscaban acabar con la fiesta pagana, jóvenes y viejos se niegan a dejarse vencer por el terror como sus ancestros de otros siglos. Al verlos agitados a todos en la alegre conversación mestiza, como miles de pájaros cantando en el crepúsculo sobre frondosos árboles, confirmamos que la fiesta de París continúa pese a todo como antes ocurrió en medio de guerras y revoluciones y que la Noche de la rebeldía sigue de pie.
Y de repente salen de los bares y bistrots las voces inconfundibles de Edith Piaf, Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Françoise Hardy, Jaques Dutronc -- el de la inoxidable canción Paris s’éveille (París se despierta) --, así como la voz rauca del ídolo popular parisino Renaud que por estos días renace  de sus cenizas tras una década de alcohol, tan ocurrente y frágil como nunca. O sea que olores, perfumes, canciones, belleza, amor y vida siguen firmes y tangibles para el infatigable peatón de París del siglo XXI que es el mismo de otros tiempos como un Dorian Gray redivivo.
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 * Publicado en Excélsior. México. 1 de mayo de 2016. 
- La foto que ilustra el texto es de Eugène Atget.

domingo, 24 de abril de 2016

EFERVESCENCIA EN LA CALLE MALEVA


Por Eduardo García Aguilar
Junto a Bastille la calle maleva se llena de electricidad a medida que llega la medianoche del viernes y los jóvenes de los suburbios acuden ebrios ya a desbocarse en la madrugada. Un enorme muchacho golpea a su novia y de inmediato otros la rodean para defenderla y las bandas estallan en una contienda relámpago que rápidamente se controla, como si estuviésemos en una escena de la legendaria película hollywodense West Side History. La calle de Lappe es así desde hace siglo y medio, con sus luces intermitentes y los anuncios de neón de los distintos bares a donde se han dado cita para bailar decenas de generaciones de noctámbulos. El Balajo, rey del tango en los tiempos de entreguerras, el bar cubano, el dancing de las tapas españolas, y uno tras otro diversos sitios de rock, samba, salsa, reggaeton, ritmos africanos, música de las antillas o de variedad francesa y mil metederos más que siempre están llenos.
     Es el barrio de la Bastilla, el mismo que trae los recuerdos de la Revolución de 1789, cuando los proletarios del suburbio de San Antonio derribaron piedra por piedra la cárcel llena de rebeldes y libertinos. Ahora, solo quedan bajo tierra algunos pedazos de los cimientos pétreos de aquella mazmorra famosa donde morían los erráticos y que dio el nombre a la revuelta que terminó con la vieja monarquía borbónica. Ahora es una inmensa plaza circular donde cruzan los autos que vienen y van en todas las direcciones circundando un obelisco en cuya punta vuela un ángel desnudo de oro iluminado por la luna llena.
     El obelisco fue construido en homenaje a otras revoluciones sucedidas después de la primera y la más grande de 1789 a lo largo del siglo XIX, centuria que jugó pin pong entre nuevos emperadores emergentes como Napoleón el corso, restauraciones aristocráticas borbónicas y napoleónicas y nuevas revoluciones democráticas conquistadas por la generación de los románticos y más tarde por sus herederos los utopistas derrotados al fin en 1871, cuando la Comuna de París fue aplastada en sangre y fusilamientos en masa. O sea que Bastille es y ha sido un nido de rebeliones, sitio de encuentro de pensadores y desde su centro salen otras avenidas que van a la Plaza de la República o a la Plaza de la Nación, arterias que cíclicamente son pobladas por manifestaciones multitudinarias de sindicalistas o militantes políticos de diversas tendencias.
     Pero nada igual a la maleva calle de Lappe, a la que se accede por la menos antigua y animada calle de la Roquette, que lleva el nombre de otrá prisión y vive siempre entre olores a chorizo, cuscús y crepes y el bullicio de los conversadores que discuten llueve o truene sobre el futuro del mundo o sobre las noticias de la farándula o del fútbol. Al costado de Bastille está el Bar Restaurante Falstaff que nunca cierra y es el refugio de todos los hambrientos borrachines que salen de los grandes centros de diversión cercanos como L'Angora, el Balajo, el Bar Latino o el Sanz, estos últimos dotados de varios niveles enfebrecidos de fiesta interminable al calor de la actividad de los discjokeys y la danza de los clientes de todas las edades.
     En la calle del suburbio de San Antonio hay igual electricidad en plena madrugada cuando se agolpan afuera los que no han sido admitidos al Sanz o al Barrio Latino y cruzan con la música a todo volumen los autos de los jóvenes bandidos de la droga, franceses de origen magrebí o africano que imprecan a los transeúntes y son arrogantes como todos los arribistas y los narcos del mundo, todopoderosos sin ley cuyo único lenguaje es el dinero y la violencia, la agresión y la amenaza. Su movimiento es circular y desbocado entre estas arterias, mientras afuera de la Nueva Opera los taxis esperan en fila a los clientes y los autobuses Noctambus recogen a los jóvenes pobres que regresan a los lejanos suburbios.
     A unas cuadras, en la Plaza de la República han comenzado de nuevo los enfrentamientos de los izquierdistas con la policía, como ocurre desde hace ya casi un mes día a día, en una rutina que se ha impuesto en la Noche de Pie, a medida que se solidifica el movimiento de los indigandos locales que sueñan con un ingreso básico para todos los ciudadanos y el derecho al ocio y la pereza propugando por Paul Lafargue, el yerno de Marx. Cuando terminan hacia las dos de la mañana actividades militantes, debates, proyecciones de cine alternativo y comprometido y los discursos políticos, un núcleo final de un centenar de revoltosos anárquicos comienza la construcción de barricadas con mesas y basuras, latas de cerveza y el disparo de todo tipo de proyectiles ante la arremetida de las fuerzas del orden.
     Y entonces decenas de patrullas y vehículos policiales recorren el barrio por las avenidas con sus luces y sirenas encendidas y acuden a la refriega que poco a poco se va extinguiendo hacia la madrugada en los barrios del noreste de la ciudad. La calle maleva de Lappe va vaciándose de sus fiesteros y el barrio vuelve a cierta calma. En algunas esquinas o bajo portalones duermen sobre colchones familias de inmigrantes con sus hijos o vagabundos con su perros, una población que en los últimos años ha aumentado vertiginosamente con la llegada de oleadas de desplazados que huyen de las guerras de África y el Magreb o de Oriente Medio y se han logrado infiltrar en Francia, aunque de manera mucho más reducida que en Alemania. Ellos están ahí esquina tras esquina, en las riberas de los canales, debajo las arcadas del metro aéreo o al borde de las vías del ferrocarril, más allá de las estaciones del Norte y el Este.
     La ciudad sigue su ritmo. El bar restaurante Falstaff de Bastille sigue abierto para los habituados de los after show de toda la zona, esas fiestas que siguen hasta al amancer para las insaciables nuevas generaciones nacidas en el año 2000 o en este siglo XXI, que ya están llegando a la mayoría de edad y renuevan siglo tras siglo la divisa de la ciudad como una fiesta que no termina nunca. París es una fiesta, decía Hemingway. Solo que ahora, como en otros tiempos pasados, las guerras y las crisis vuelven a estar más cerca y después de los atentados de noviembre no queda para ellos más que divertirse, bailar y beber antes de un improbable cataclismo.
 

domingo, 17 de abril de 2016

NOCHE DE PIE EN PLAZA DE LA REPÚBLICA

 Por Eduardo García Aguilar

Desde hace dos semanas estudiantes y militantes alternativos se reúnen todos los días en la plaza de la República en el marco del movimiento Noche de pie, para protestar contra una nueva ley del trabajo en Francia y las condiciones deplorables en que transcurre la vida de los jóvenes precarios en estos tiempos de crisis y austeridad. Durante la tarde y la noche colegiales, bachilleres, universitarios  o miembros de movimientos izquierdistas, anarquistas o sindicalistas, ven películas, bailan, cantan, oyen música, beben cerveza,  discuten en pequeños grupos, realizan animados debates y escuchan arengas de iluminados y otros no tanto.

Todo eso me hace recordar las jornadas cíclicas que todo estudiante de cualquier época ha vivido en algún momento de su vida en cualquier país del mundo, tanto en los llamados países en desarrollo de América Latina, Asia y África,  o ricos y potentes como Estados Unidos, donde las universidades californianas estuvieron en la vanguardia de las protestas por la guerra de Vietnam y siguen generando ideas para la mejoría y el cambio del mundo.

Al pasearme entre la muchedumbre de estos jóvenes viajé  en la cápsula de tiempo a mi paso por la Universidad Nacional de Colombia, donde frente al edificio de Sociología, en el llamado Jardín de Freud, pasábamos noches en vela en espera de que fracasara el golpe de estado de Pinochet, entre fogatas y algarabía de fiesta e iluminada solidaridad de soñadores.

Y al percibir entre la humareda de los puestos de comestibles de la Plaza de la República el olor a chorizo asado en parrillas, viajé a la Universidad de Vincennes donde estudié Economía Política en un ambiente idéntico a este que veo ahora décadas después como si no hubiese pasado el tiempo. A veces pensé que me iba a encontar conmigo, o sea con ese muchacho de veinte años que fui en aquellos agitados años en que Estados Unidos salía derrotado de Vietnam y cuando se pensaba que el mundo iba ineluctablemente hacia cambios permamentes sin saber que en el siglo XXI nos encontraríamos enfrentando guerras religiosas.

Varios centenares de jóvenes sentados en el suelo ven la proyección de una película donde protagonistas de movimientos sociales de Brasil, España, Bolivia y otros países del mundo cuentan sus gestas contra el poder del dinero y promueven acciones de autogestión de los trabajadores y de resistencia ante la devastación de los capitales multinacionales que viajan de un lado para otro como vampiros sacando las riquezas minerales y agrícolas de los países de la periferia que abandonan luego en estado de miseria y desertificación.

En ese filme se ven los mismos arquetipos de siempre, líderes obreros, indígenas, campesinos, luchadores sociales exóticos de todas las épocas que a veces llegan al poder y fracasan en el intento de crear un mundo nuevo y mueren ya viejos y agotados de tanto soñar y nunca lograr el paraíso en la tierra. Sus arengas emocionan y estremecen porque sus denuncias son justas y sus sueños legítimos, aunque el poder del dinero terminará tarde o temprano por domarlos.

Y frente a ellos, de nuevo otra generación atenta de muchachos nacidos a fines del siglo XX o a comienzos del siglo XXI, con la mirada fresca para el sueño, con sus bolsas en la espalda, el cabello hirsuto, la belleza a flor de piel, chicas perfumadas y magníficas que pasan la noche ahí descubriendo el mundo, la generosidad, la militancia y que tarde o temprano entrarán al rango de la realidad, unos hacia la élite después de concluir los estudios con éxito, en  los altos cargos de la economía y la políticia y la mayoría de ellos tal vez en la precariedad en empleos secundarios y mal pagados, o en la la frustarción, el desempleo, la marginalidad, la droga o la pobreza.

La misma historia de siempre se ve en estas caras que recuerdan a los ancestros de la Revolución Francesa que auguraba un mundo de libertad, igualdad y fraternidad o de las revoluciones románticas del siglo XIX, o la Comuna de París de 1871, derrotada en la sangre para siempre y eso sin olvidar los movimientos utópicos inspirados por Fourier, Blanqui y Bakunín, que inspiraron a tantos hace siglo y medio y que de la utopía pasaron a encarnarse en pesadillas mortíferas como la Rusia de Stalin, la China de Mao, la Camboya de Pol Pot, la Cuba de los Castro, la Rumania de Ceaucescu, o la tiranía de la familia de Kim il Sung en Corea del Norte, entre muchos otros experimentos frustradados aquí y acullá. 

En una esquina de la plaza los jóvenes construyen nuevas carpas para cubrirse de la lluvia, otros venden libros clásicos de sueño y utopía, otros beben y bailan alrededor de grupos de música alternativa surgidos como champiñones entre la muchedumbre que se agolpa este viernes por la noche en la vieja  plaza, no lejos de los lugares donde hace poco los yihadistas causaron una de las peores matanzas de la historia reciente.

El ambiente se caldea. A medida que se acerca la medianoche la ebriedad va ganando los manifestantes y el olor de la cerveza, el vino y la canabis inunda los aires y comienzan a sonar las botellas que se quiebran en el suelo y van apareciendo los encapuchados que más tarde iniciarán los desórdenes y se enfrentarán en batalla campal con los policías, como ocurre todos los días desde hace dos semanas. Ya van unos 80 policías heridos y cientos de jóvenes detenidos.

Es hora de partir antes de quedar atrapados en los enfrentamientos y subimos por la calle de la Barriada del templo, el Faubourg du Temple donde se han vivido tantas  historias en este país,   a la varguardia siempre de las luchas sociales desde la Declaración de los derechos humanos hasta las causas de la liberación de la mujer, los derechos de los gays y la ecología.

La fiesta continúa por todas partes, pero las escaramuzas entre jóvenes enchapuchados seguirán hasta las cuatro de la mañana de este sábado en los barrios populares del norte de París. Es la primavera, pronto llega mayo y los jóvenes quieren inventar algo parecido al movimiento español de los indignados. Antes de dormirme pienso que la historia se repite en un ciclo permanente de tragedias y comedias sin fin. Y sueño a veces con la guerra, como si ella fuera la naturaleza de una humanidad felina, dinosáurica y cainita.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 17 de abril de 2016

sábado, 9 de abril de 2016

LUIS OSPINA Y LA GENERACIÓN DE CALIWOOD

Por Eduardo García Aguilar
Luis Ospina y Sandro Romero Rey vinieron a París para presentar una retrospectiva cinematográfica de la llamada generación de Caliwood, a la que pertenecen ellos al lado de Andrés Caicedo, Carlos Mayolo y varios artistas de diversos géneros que actuaron en las últimas décadas del siglo XX, desde los años 70 y 80 hasta la aurora del siglo XXI en la ciudad de Cali, donde también reinaban otros grupos de pensamiento y sueño que revolucionaron las maneras de vivir y ver el arte o ejercer el pensamiento y el saber en Colombia con gran espíritu de libertad y desorden de todos los sentidos, como proclamaba Arthur Rimbaud.

Además de grandes maestros como Enrique Buenaventura y su genial grupo de teatro de proyección mundial, también se dieron círculos como el encabezado por el filósofo Estanislao Zuleta en torno al psicoanálisis o la literatura y varias generaciones de narradores, poetas, ensayistas, entre quienes figuran Fernando Cruz Kronfly, Umberto Valverde, Oscar Collazos, Jotamario Arbeláez, Harold Alvarado Tenorio, Gustavo Alvarez Gardeazábal y muchos más, cuya lista sería aquí interminable, así como fotógrafos cada vez más reconocidos como Fernell Franco, cuya retrospectiva se expone en la Fundación Cartier, organizadora a su vez de esta visita de los eternos muchachos de Caliwood.

En el cine Action Christine, en una húmeda callejuela del barrio de Saint Germain des Prés, muy cerca de las riberas del Sena, Luis Ospina y Sandro Romero Rey, apadrinados por su amigo el gran cineasta Barbet Srhoeder y la actriz Bulle Ogier, estuvieron en primera fila viendo las proyecciones, participando en los debates y atendiendo a un público de jóvenes franceses y latinoamericanos entusiastas que estuvieron presentes en las extensas sesiones de proyecciones, lecturas y debates.

En un mundo donde todo es rapidez y efectividad y ya no hay tiempo para degustar el cine a lo largo de las horas en maratones interminables, cuando las salas de cine proyectan solo películas domesticadas y uniformadas que se ven por igual en todos las salas comerciales del mundo y cuentan historias efectivas que solo buscan la amenidad y se niegan a la búsqueda, ver a estos dos mosqueteros de la cultura colombiana en plena acción, comunicaba un gran entusiasmo al público entendido. Me acordé entonces de las grandes jornadas de cine celebradas en Century City en Los Angeles a las que asistía hace muchisimos años, donde uno podía amanecer viendo filmes sentado al lado de glorias de la cinematografía o jóvenes ambiciosos de las escuelas cinematográficas de la gran metrópoli californiana donde estudió Ospina en su primera juventud.

Un traductor francés de Andrés Caicedo leía largos párrafos de la obra del mito, mientras se proyectaban enormes fotografias suyas captadas en blanco y negro por Fernel Franco, imágenes de una vivacidad e intensidad tales que nos traían desde el más allá a la leyenda, con la mirada juguetona de niño travieso, su melena y los gestos de suicida, una figura de geniecillo que de haber sobrevivido y llegado a la horrible vejez, estaría hoy en los 65 años, ya cerca de la senectud. También se proyectaron diversos fragmentos de películas de Ospina y Mayolo, a quien vimos actuar y dirigir con esa agilidad y vitalidad que lo caracterizaban, la de un hombre que se quería comer y beber el mundo y que a su vez también fue otro genio desbocado que sobrevivió más tiempo, pero se fue temprano. Sandro Romero Rey, al convocarlo desde el atril donde hablaba de él, con un gesto nos recordó que vivía como Caicedo en el misterioso universo del más allá.

Muy distintos Ospina y Mayolo. En Ospina hay como la aparente y engañosa serenidad o lentitud patricia de un rock star que vive en la saudade permanente. Como si este flaco esencial estuviese siempre en una nube y en un más allá indecible, flotando en un limbo de ideas permanentes, pensando en proyectos logrados y soñados. Hizo una seríe de películas cuando el cine en Colombia se hacía con las uñas y al ver los fragmentos que vienen desde hace décadas de olvido se percibe con claridad su mirada propia, los gags al gran cine de todos los tiempos, el deseo de Ospina de transguedir hasta límites insospechados y terribles, por lo que esas obras suyas encuentran en los jóvenes un público fiel que les otorga ya un galardón de películas de culto. Con Ospina he caminado fugazmente por las calles de París, en 1995, después del festival de Biarritz dedicado a Colombia y luego en México por las calles del barrio art-deco de la Condesa, luego de que estuviéramos una tarde en casa del terrible Fernando Vallejo, a quien dedica su película barbajacobiana La Desazón suprema.  

Mayolo el hiperactivo tenía aires de un rock star malevo y plebeyo con su cuerpo petizo de delantero de fútbol. Tuve la fortuna de ver a Mayolo algunas veces y caminé con él por las calles de Barcelona hace mucho tiempo y al escuchar su voz, sentir su deseo de fiesta permanente y captar su generosidad bajo el sol de la capital catalana, comprendía que era una fuerza de la naturaleza, y que con justicia es ahora otro mito de la generación y que sus excesos eran necesarios. Al ver en el pequeño cine Action Christine fragmentos de La mansión de Araucaíma o instantes de su actuación natural, Mayolo volvió a estar entre nosotros por un momento de la mano de sus amigos sobrevivientes, los últimos mohicanos de ese movimiento.

Además de la película generacional de Ospina que lleva por título Todo comenzó por el fin, se proyectó un extraño film sobre la demolición de Cali, rescatado de aquellos tiempos y donde se percibe la filigrana de joyero en la mirada del cineasta. Dos largos pedazos de cine salvados del olvido en homenaje a la ciudad de la infancia que desaparece para siempre, mientras Cali se hundía y desaparecían de un momento para otro aquellos años de esplendor cultural, reemplazado por la cultura narcotraqueta que ha reinado allí desde entonces y fue una devastación, una deflagración vital y cultural equiparable a la explosión de dinamita militar de 1956 vivida por la urbe, cuando aquello quedó convertido en una Hiroshina o un Nagasaki de tierra caliente. Por supuesto se proyectó un fragmento de película referente a aquel traumático apocalipsis local que los marcó.

La peregrinación mundial de Ospina y Romero Rey reviviendo a Caliwood es necesaria y es ejemplo para la cultura colombiana. En otros países latinoamericanos como Brasil, México o Argentina se ha realizado siempre un trabajo de rescate serio y sostenido del patrimonio cultural y de los creadores clásicos y contemporáneos de todos los niveles, triunfadores y derrotados por igual, mientras en Colombia todo desaparece en el desánimo y el olvido y en el culto al éxito inmediato como único criterio de consagración. El que no triunfa o no es rico es lanzado a la basura. Al rescatar y difundir el trabajo de esta notable generación moderna de Cali, se abre una ventana para que otras generaciones fracasadas o no de otras ciudades o regiones puedan ser resucitadas y puestas en circulación para enriquecimiento de la historia cultural del martirizado país colombiano, una tierra maldita donde mandan plutócratas y terratenientes matones, asesinos, cuchilleros, sicarios, bandidos de cuello blanco y reinan el arribismo y las ideologías más extremas de la violencia, la incultura y la intolerancia.    
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 10 de abril de 2016.

sábado, 12 de marzo de 2016

JUNTO A CERVANTES EN MADRID

Por Eduardo García Aguilar
Así como como cuando uno va a Lisboa y se hospeda en el barrio donde deambulaba el fantasmagórico Fernando Pessoa, al llegar a Madrid y bajar de la estación de Atocha, el viajero literario sube la calle del mismo nombre en busca de un hostal barato donde descargar los bártulos y reposar un poco antes de lanzarse a vivir la noche de la capital española.
Como guiado por una fuerza indescriptible, el viajero llega al metro Antón Martín y percibe que allí cerca hay una fuerza extraña que lo empuja a virar a la derecha, después de subir la empinada calle por rumbos conocidos que ya comienza a identificar. En esa esquina hay una encrucijada que lleva a todas partes, a las Cortes, a la Plaza Mayor, a la Puerta del sol, o al Paseo del Prado o a la calle de Alcalá. Camina dos cuadras apenas y se encuentra en la vieja calle de León, esquina con calle Cervantes, donde está precisamente la casa donde vivio y murió el autor de El Quijote, no lejos del convento de monjas de la calle Lope de Vega, donde reposan para siempre los restos del narrador inolvidable, maestro de todos los maestros.
Este año se celebran ya 400 años de su muerte, ocurrida en 1616, e instituciones y lectores se preparan a realizar homenajes y recordatorios, desde la pompa de los actos oficiales con políticos encorbatados, hasta el humilde homenaje del lector solitario que se desvela leyendo las Novelas ejemplares o revisando alguna biografía donde rastrea los misterios del viejo novelista que soñó alguna vez con vivir en Cartagena de Indias.    
No dudo un solo instante en internarme en el edificio de la esquina y subir con lentitud y delicia las escalinatas viejas de los tiempos de Menéndez Pelayo y Valle Inclán para llegar a un modesto hostal Fernández donde me abren, hacen el registro y me llevan al piso siguiente a mi habitación número 16, remanso de paz desde cuya ventana se insinúa la casa donde vivió el novelista mayor.
Los hostales, a diferencia de los hoteles de marca, no solo son más baratos sino que lo hacen a uno sentirse a veces como si estuviese viviendo en su propia casa. Son viejísimos apartamentos centenarios adaptados para recibir huéspedes y conservan la sala con sus muebles de abuela, relojes de cucú, esculturas de  galgo, faisán o ángel rechoncho y alado y cuadros de ambientes bucólicos que los habitantes han dejado allí desde el siglo XIX, cuando aún vivían Leopoldo Alas Clarín, Gustavo Adolfo Bécquer o Benito Perez Galdós.
La habitación huele a esa limpieza total y rigurosa propiciada por las abuelas de otros tiempos, como si cortinas, colchas, frazadas, toallas, fundas de almohadas hubiesen sido lavadas y planchadas la misma mañana con jabones aromáticos de olores ancestrales y permanecido largas horas bajo el sol castellano en alguna colina bañada por vientos del sur.
He pensado que el propio Cervantes me ha premiado desde el más allá con este recodo de Madrid tan auténtico, por la fidelidad de venir a buscarlo 400 años después al mismo lugar donde murió, guiado por esa obsesión literaria que me lleva siempre en las ciudades a rastrear los pasos de sus escritores y a hospedarme cerca de donde vivieron. Todo eso pienso en la mullida cama donde reposo del viaje escuchando afuera el paso de los transeúntes e inclusive el sonido sobre la piedra de los cascos de algunos caballos que no sé sin son fantasmales o los de alguna pareja de carabineros montados que hacen ronda en la tarde madrileña, no lejos de las Cortes donde los políticos tratan de desenredar un lío inédito porque nadie tiene mayoría para formar gobierno.
El reloj de cucú suena su tic tac en la sala del piso y uno piensa que ya pronto aparecerá la mamá, la tía o la abuela ofreciéndonos una taza de chocolate con churros, pero eso son solo delirios de un ya viejo huérfano que carga sus huesos en la madre patria, lejos de la tierra natal situada en las lejanías de ultramar.
Ahí junto a Cervantes, en la calle de León, he estado una semana y ya no quería irme. Abajo del hostal hay un delicioso pub irlandés de paredes tapizadas y muebles antiguos, donde tocaban músicas ancestrales y se bebía cerveza y whisky hasta altas horas de la noche. Y en todas las calles aledañas se suceden restaurantes, cafeterías, bares, y tiendas de comestibles típicos o antiguallas y libros, que hacen las delicias de los habitantes del barrio de Cervantes en este siglo XXI.
He concurrido a esos lugares del barrio como si viviera ahí desde siempre y los fantasmas reales de Quevedo, Gustavo Adolfo Bécquer, Rubén Darío, Valle Inclán, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna, García Lorca y tantos otros, levantaran el sombrero en cada esquina saludando al viajero que viene a inclinarse con lealtad ante Cervantes bajo un viento helado que presagia la primavera.  
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 * La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de marzo de 2016

viernes, 11 de marzo de 2016

POESÍA EN GALLIMARD

Por Eduardo García Aguilar

Aunque los clásicos de la poesía universal y francesa desde Safo hasta Rimbaud tienen una presencia permanente en las librerías del país, gracias a los apasionados consumidores del género y a los estudiantes de escuelas y universidades que son obligados a adquirirlos por razones de pénsum, la verdad es que la presencia del arte del verso es casi secreta, cuando no clandestina.

Basta visitar grandes y pequeñas librerías para verse obligado a sacar la lupa y emprender una fuerte pesquisa en búsqueda de la modesta estantería donde aparecen novedades publicadas por casas editoriales que publican con amor obras de poetas clandestinos o desconocidos y cuyas sedes por lo regular se encuentran en provincias alejadas de la capital, donde alguien se aplica con pasión a editar un libro a mano, con viejos caracteres, en papeles finos y tirajes reducidos que encuentran, sin embargo, al reducido público de iluminados amantes de la poesía que los adquieren y los agotan con el corazón palpitante.

Nosotros los lectores apasionados de poesía, que consideramos ese género lo más alto e inasible de la literatura, adquirimos con el tiempo la capacidad casi mágica y chamánica para encontrar el lugar secreto, la mesa oculta o el rincón preciso donde destella algún libro de un poeta secreto editado por editoriales como Folle Avoine o Fata Morgana, e incluso los títulos de la más prestigiosa colección de bolsillo existente desde hace medio siglo en Francia, la de Gallimard.

Desde 1966 Gallimard ha publicado más de quinientos  volúmenes de poesía en libros pequeños de color blanco que se han vuelto ya clásicos y algunos de los cuales se buscan como joyas en las librerías de viejo. La colección fue inaugurada bajo el mando del poeta Alain Jouffroy con libros de Paul Eluard, Federico García Lorca, Stéphane Mallarmé, Guillaume Apollinaire, Paul Claudel, Paul Valéry, Louis Aragon, Jules Supervielle, Valery Larbaud, Saint John Perse y René Char, entre otros y a lo largo de medio siglo ha constituido una ventana abierta a todas las poesías del mundo en ediciones baratas, cuidadas y preparadas con amor y rigor.

Desde 1998 la colección es dirigida por el poeta y viajero André Velter, quien nació en Charleville, la ciudad de Arthur Rimbaud y le ha otorgado a la misma una velocidad de crucero, llevándola al puerto de su medio siglo en las mejores condiciones. Entre las últimas novedades preparadas con esmero figuran entre otras muchas la poesía de Ingeborg Bachman, Luis de Camoens, Luis de Góngora e incluso una voluminosa nueva edición de La divina comedia de Dante, que se pueden llevar en el bolsillo o para el viaje en el tren o el avión o disfrutar en el retiro del campo, la montaña alpina o la playa mediterránea.

En esta era de André Velter se destaca también la publicación de Alvaro Mutis, Marina Tsvetáieva, Ana Ajmátova, Francisco de Quevedo, Rafael Alberti, William Blake, Juan Gelman, Ted Hugues y muchos poetas contemporáneos como Philippe Jacottet, Michel Deguy, Yves Bonnefoy, Nuno Júdice, Zeno Bianu, Adbelatif Laabi, Jacques Roubaud y Venus Khoury-Gatha, entre otros.

Tengo un ejemplar de Capital del dolor, con prefacio de André Pieyre de Mandiargues, primer número de la serie y cuando lo veo y lo tengo entre mis manos siento una especial emoción. Porque todos los habitantes de esta casa única pertenecen a un reino secreto de grandes vitalistas y seres frágiles cruzados por las flechas del dolor como Hölderlin, Nerval, Trakl, Antonin Artaud, Cesare Pavese, Paul Celan, Ingeborg Bachman y otra larga lista de artistas que vivieron y murieron en carne viva.

Muchos de los autores de la colección en su mayoría vivieron vidas modestas, retirados en sus residencias dejando pasar el día al día según los ciclos de las horas y la naturaleza y por lo regular murieron pobres y en el anonimato, aunque siempre cerca de algunos congéneres que compartían esa visión tan profunda que se adquiere en el ejercicio poético como extensión del dominio de la vida y sus arcanos.

Salvo el caso aquellos que vivieron en la luz pública o política como Victor Hugo, Pablo Neruda u Octavio Paz y estaban dotados de una gran fuerza para enfrentar las batallas mundanas, además de lograr la gloria, los honores desmesurados y el éxito en sus vidas, los poetas viven siempre tierra a tierra en la contemplación estelar o sanguínea o en la percepción de las cosas mínimas del existir y del ser como la lluvia y el viento, el dolor o el deseo. Ellos saben desde que se descubren poetas, muy temparno en sus vidas por lo regular, que ese ejercicio les traerá muchos rigores, incomprensión y olvido en vida y que no tienen más esperanza por fortuna que la de vivir y estar siempre prestos como antenas o corolas a los mensajes de las dimensiones interiores.

La colección de poesía de Gallimard ha reunido ya en esa gran casa a medio millar de esos seres extraños, los poetas, extraterrestres anclados en la tierra y muy acorde con ella, personas tan raras como Hölderlin, Rilke, Trakl, Tzara, Clément Marot, Lautréamont, Fernando Pessoa o Constantin Cavafis, gracias a los cuales los lectores nos salvamos un poco en cada lectura. La poesía es la vanguardia de la literatura porque con menos palabras dice muchas mas cosas y en sus redes, espacios infinitos, vericuetos y laberintos estamos conectados en definitiva con las raíces y las venas de la existencia.  
 

sábado, 27 de febrero de 2016

EL MUNDO DE FERNELL FRANCO

Por Eduardo García Aguilar

Las fotografias del ya fallecido artista colombiano Fernell Franco, expuestas en la Fundación Cartier de París en el marco de varias actividades para destacar la pujante actividad cultural de Cali en los años 60 y 70 del siglo pasado en el campo del cine, la literatura, la dramaturgia y las artes plásticas, nos conducen de manera directa a un universo muy original que ya había sido reconocido en diversas exposiciones en el mundo. Franco, que nació en 1942 en la población de Versalles y murió en Cali en 2006 a los 64 años a causa de problemas cardiacos, pertenece a la pléyade de artistas vallunos en todos los campos en la que figuran Enrique Buenaventura, Oscar Collazos, Jotamario Arbeláez, Umberto Valverde, Andrés Caicedo, Harold Alvarado Tenorio, Fernando Cruz Kronfy, Gustavo Álvarez Gardeazábal, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Carlos Palau, Hernando Guerrero, Carlos Muñoz, entre muchos otros.

La efervescencia cultural de Cali la convirtió en un polo de atracción cultural de la que se nutría en esos momentos todo el país, porque no solo se trataba de la vida intelectual, en la que también se destacaban figuras como Estanislao Zuleta, quien recaló allí para ejercer su controvertido magisterio, sino también de las expresiones populares comandadas por la salsa y la fiesta y la actitud abierta donde el cuerpo era rey y que se remontan a los viejos tiempos del mestizaje especial que reinó en el Valle del Cauca, descrito por viajeros del siglo XIX como el francés Michel Zaffray. El Valle del Cauca, a la vez colonial, señorial, oligárquico y conservador, sabía expesarse desde abajo a través de cierto paganismo desbordado donde el deseo comandaba diversas expresiones, gracias al mestizaje entre blancos, indios y negros. Y si bien la explotación, la esclavitud y el sufrimiento bajo el látigo de los capataces eran reales aunque idealizados en La Maria de Jorge Isaacs, también hubo espacios de libertad popular y marginal que, por ejemplo, le confirió a la mujer un estatuto especial y cierta independencia, inéditos en otros lugares del país. 

Franco llegó a Cali a los 8 años de edad con su familia porque la violencia los hizo huir del pueblo natal, donde su padre liberal ejercía de notario y resultó amenazado por las fuerzas oscuras de aquel horrible tiempo de la Violencia y allí, luego de ejercer diversas actividades como fotógrafo callejero o distribuidor de paquetería fotográfica en bicicleta, conoce los arcanos del arte de la imagen y se dedica desde temprano a captar los espacios y las calles de la ciudad, golpeada día a día por la luz incandescente y la brisa proveniente del Océano Pacífico. Luego trabaja para la agencia de publicidad Nichols y ejerce el fotoperiodismo en los diarios locales, pero en los tiempos libres se escapa y trata de captar viejos muros citadinos, mercados, burdeles, vehículos destartalados, vagones de tren, grupos de muchachos de las "galladas" que conversan en las esquinas y todo tipo de superficies golpeadas por ese magnífico sol implacable de Calí, mientras se construyen edificos y avenidas y desaparece la vieja ciudad, lo que entristece a Franco.

A comienzo de los años 70 viaja con amigos a Buenaventura, viejo puerto húmedo y decadente donde la mayoría de la población es de origen africano, visitado por barcos desde todos los puntos cardinales con marineros y traficantes ávidos de sexo, y allí el joven fotógrafo deambula buscando lugares para fotografiar bajo puentes viejos, tugurios, calles inundadas de agua salitrosa, mercados de pescadores, prostíbulos, el todo en medio de la miseria ancestral y creciente y un ambiente insalubre casi dantesco.

Franco decide acercarse a uno de los más pobres burdeles de la ciudad donde convive con las prostitutas y logra ganar su confianza. De ese trabajo surge la primera exposición, Prostitutas, presentada en La ciudad solar de Cali, lugar proporcionado por el fotógrafo, cineasta y activista cultural Hernando Guerrero. La serie de fografías muestra la vida natural de estas mujeres que posan semidesnudas sobre los húmedos catres en que practican su actividad, junto a paredes decrépidas y patios húmedos donde se bañan sacando agua de botes en medio del zumbido de los mosquitos. Reproduce los rostros en series cinematográficas y trabaja las impresiones poniéndoles colores desleídos o resaltando la oscuridad o los blancos. Esta es una de las series centrales de la exposición en la Fundación Cartier y se muestra mientras suena en permanencia la salsa, según catálogo de melodías que él elaboró para la exposición original de 1972.
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Al inicio, la exposición nos muestra la serie Demoliciones, que es una mirada a la destrucción de la ciudad de la infancia para dar paso a edificios y avenidas de cemento, una devastación que se incrementó con la llegada del narcotráfico y las clases emergentes y los dineros calientes. Los habitantes tradicionales del centro se desplazaron a lujosos barrios nuevos de la periferia donde viven los ricos separados de los pobres o los calsemedieros y abandonaron las viejas casonas señoriales que murieron bajo la lluvia y el musgo, mostrando sus ruinas al aire y el sol. Franco se dedica a captar esos lugares abandonados, salas, baños, muros como muñones o dentaduras pútridas, techos caídos, patios llenos de  basura, haciendo el cántico nostálgico de la devastación y el fin de la infancia. También se dedica a captar interiores de viviendas populares, donde se ven viejas fotos de abuelas o el tradicional Sagrado Corazón de Jesús.

Otra de las obsesiones de Franco es captar los mercados en el crepúsculo o la madrugada, cuando cantidades enormes de productos están protegidos, envueltos en plásticos o lonas y amarrados con gruesos lazos, como si fuesen cuerpos yertos y ocultos. De todos los tamaños y formas, estas figuras que emergen tras el flash de su mirada son como metáforas de la muerte y la violencia colombianas y constituyen otra de las series destacadas en esta retrospectiva, la primera de este rango que se hace del gran fotógrafo, una década después de su muerte, y que lleva por título Cali Claro-Oscuro.

Fernell Franco, como todo gran artista, fue un hombre sencillo, lúcido, sin pretensiones ni ambiciones desbordadas. Vivió solo para su arte, a contracorriente, recorrió las calles vestido con botas de terreno, jeans amplios y una camisa arrugada, oculto su rostro por una larga cabellera y una poblada barba. Hablaba con sencillez, pero con una gran claridad sobre los objetivos de su arte, sobre su persecución incesante de las intensidades de la luz y la sombra necesaria, sobre su tendencia a trabajar las copias humedeciéndolas, abandonándolas entre el polvo, las cucarachas y la basura, para que tuvieran huellas de tiempo y marginalidad, golpeándolas, untándolas, mojándolas, deteriorándolas, pisándolas.

El fotógrafo valluno fue descubierto en Francia por el fundador de las ediciones Toluca, Alexis Fabry, quien se topó con un viejo libro del fotógrafo publicado en 1983 bajo el título simple de Fotografías, en el enorme mercado de viejo de Clignancourt, al norte de París. De ese relativo olvido y ese hallazgo surge de nuevo la figura de este artista que no hubiera imaginado tal vez nunca una tan glamorosa restrospectiva en una de las fundaciones más ricas de Francia, en pleno centro de París, en el bulevard Raspail y al lado de los grandes de ayer y de hoy.

Al recorrer los espacios bajo el ritmo de la salsa, al escuchar su voz tierna y sabia que se escucha en un salón donde se exhibe un viejo documental de hace 25 años patrocinado por Colcultura, uno siente con claridad que el arte viaja a través del tiempo y el espacio y que necesariamente los grandes artistas nuestros salen a la luz contra viento y marea algún día, como es el caso de su ancestro, el gran colombiano Leo Matiz (1917-1998), hoy considerado uno de los grandes de la historia mundial de la fotografía.        


sábado, 20 de febrero de 2016

TARDES CON DASSO SALDÍVAR EN MADRID

Por Eduardo García Aguilar
Dasso Saldívar vive desde hace mucho tiempo en Madrid, ciudad cuyos secretos conoce como la propia palma de su mano. Originario de Amalfi, en Antioquia, y nacido en 1951, ha dedicado su vida a la literatura y durante décadas escrutó los pasos de Gabriel García Márquez, sobre quien escribió la más minuciosa y detallada biografía bajo el título del Viaje a la semilla, que ha tenido muchas ediciones y traducciones y será presentada en una nueva edición revisada el próximo 3 de marzo en la sede mundial del Instituto Cervantes, con la presencia del canario Juan Cruz y el andaluz Felipe González.
La primera vez que lo vi fue cuando se encontraba él hace unas dos décadas en la Ciudad de México levantando y cotejando datos para escribir la parte mexicana de la vida del Nóbel. Vestía entonces de blanco en ese verano azteca y con él recorrí las calles centrales de la ciudad en busca de los inolvidables rincones de la capital hispanoamericana donde el autor de Cien años de soledad pasó medio siglo de su vida. En esas conversaciones interminables descubrí que Dasso vive en y por la literatura y que su oficio de lector no tiene límites. Como muchos autores de su generación en Colombia, considera que es un gran premio ser lector y poder viajar por las obras hacia todas las eras e instantes de la historia y la vida de la humanidad.
En dos ocasiones coincidimos en las islas Gran Canaria y Tenerife con motivo de la exposición itinerante dedicada al Nóbel colombiano y allí sentimos con toda claridad los vasos comunicantes y los puentes existentes entre esos islotes donde se detenían las naos de Colón y otros viajeros antes de atravesar el Atlántico hacia la aventura. En esas callejuelas, frente a plazas antiguas de piedra e iglesias construidas mucho antes del descubrimiento de América, hablamos como siempre de literatura, pero al mismo tiempo acompañados por amigos de Tenerife exploramos las escarpadas cumbres volcánicas de esa isla, que parece un secreto remanso antidiluviano. Dasso entonces también vestía de blanco y lucía un sombrero andaluz de amplias alas para conjurar los insistentes rayos de sol del interminable crepúsculo.
En la Gran Canaria se celebraba la feria del libro y en todas las esquinas se veía la inmensa fotografía del gran novelista de esa tierra, Benito Pérez Galdós o se podía uno cruzar con el poeta Leopoldo María Panero, que salía libre de su residencia en un hospital psiquiátrico para firmar sus libros en un puesto de libros de ocasión. Esa vez, después de fatigar las noches y sus piedras centenarias, o los bellos rincones junto al céntrico Ateneo de la localidad, acudíamos a saludar el mar con Luis Armando Soto, otro apasionado de la cultura y del arte.
Ahora en Madrid nos hemos encontrado de nuevo y caminamos como siempre por las calles intrincadas de la gran capital del mundo hispano tras los pasos del viejo Cervantes, de quien se celebran este año los cuatrocientos años de su muerte, junto con William Shakespeare, también ido del mundo ese mismo 1616. Debo a Dasso la primera visita de mi vida al lugar donde el autor del Quijote fue sepultado en un convento en la calle Lope de Vega, que lleva el nombre de su gran enemigo, y por eso he recalado esta vez en el Hostal Fernández, a unos pasos de la casa donde vivió y murió el padre máximo de quienes escribimos en castellano.
Caminamos en una excepcional noche gélida por las calles y avenidas y aledañas al Paseo del Prado y por los amplios espacios donde se destaca el ayuntamiento y la plaza Cibeles y hemos terminado en el bar restaurante del Círculo de Bellas Artes de Madrid, donde él ha evocado sus lecturas de Borges, Pessoa y tantos más junto a la preciosa escultura en mármol de una bella yaciente desnuda esculpida en Roma en 1900 y bajo los cuadros que recuerdan el esplendor de esa generación modernista encabezada por Sorolla y Zuloaga.
En su casa del centro de Madrid, no lejos de los lugares más bellos y emblemáticos de la capital del castellano, Dasso Saldívar vive al lado de su esposa Reina y sus hijos rodeado de libros que cuida como las pupilas de sus ojos. Y a cada instante se levanta para traer un volumen y leer alguna cita que cae como anillo al dedo a la conversación. Puede ser un libro de Erich Fromm, el Libro del desasosiego de Pessoa, alguna colección de conferencias  de Jorge Luis Borges, Ovidio, Horacio, Virgilio, Rilke o Virginia Woolf, porque todos los libros estan ahí a su mano como en el propio Aleph, ojo desconocido desde donde se pueden consultar las bibliotecas del mundo y viajar hacia los siglos.
En ese apartamento largo lleno de libros Dasso Saldívar recibe a sus grandes amigos colombianos y compañeros de generación William Ospina y Héctor Abad Faciolince cuando pasan por Madrid y caminan con él por las calles de Madrid en busca de librerías de viejo o lugares cargados de historia, guerras, esplendores, las vidas de Goya o Velásquez o las aventuras de Rubén Darío o Valle Inclán. Ospina y Abad son sus interlocutores más cercanos y también quienes comentan en contraportada Los soles de Amalfi, primera novela publicada hace poco por Dasso en la editorial Navona y que es una de las obras narrativas más notables de la literatura colombiana de las últimas décadas. 
En ella, Dasso hace su propio viaje a la semilla a través de la voz de la abuela y el nieto en medio de los bucólicos paisajes de una Antioquia agraria de infancia poblada de cocuyos, duendes, ánimas, pájaros y otros seres humanos del mal y del bien que rondan en los caminos de arriería y en las riberas de las quebradas bajo la lluvia o el viento. Esta obra notable es única pues está escrita como la huella digital de un gran autor que evoca aquellos tiempos alejándose del coloquialismo y el costumbrismo para izarse hacia los caminos de un lenguaje poético que es a la vez realidad y esencia de vidas.
Al día siguiente, antes de partir de Madrid, nos hemos dado cita en la oficina  del Instituto Caro y Cuervo, en la sede del Instituto Cervantes, y allí junto a las amplias fotos del filólogo Rufino J. Cuervo en su biblioteca de París hemos conversado con Martín Gómez de libros y literaturas colombianas recientes. Queda poco tiempo y la charla se traslada a un café, donde se convierte en un lanzamiento acelerado de cartas sobre la mesa en torno a literatura, poesía, novela, industria editorial, realismo, retóricas, famas súbitas y olvidos tenaces, porque los libros siempre nos invitan a la pasión y tres bibliómanos, bibliópatas, bibliófagos como Saldívar, Gómez y yo no podíamos más que agotar las horas con premura al calor del sol y unos vinos.
Nos despedimos y Dasso Saldívar se difumina en esas calles donde ha caminado durante cuatro décadas. Va rumbo a su estudio, donde ajusta las últimas versiones de su nueva novela sobre los años de exilio y destierro de Manuelita Sáenz en un puerto del Pacífico, no lejos de donde vivía también el maestro de Bolívar, Simón Rodríguez. Ahora lee la Carta de Jamaica en un pequeño y viejo volumen Crisol empastado en cuero. Trata de dar vida a los últimos largos pedazos vitales de estos dos amigos fieles del Libertador, quienes le sobrevivieron en la pobreza y el silencio mucho tiempo. Al verlo alejarse siento que ha viajado de repente a mediados del siglo XIX y que las ánimas de Manuelita y los dos Simones lo esperan en alguna taberna del Madrid dieciochesco para hablar de las horas, la gloria y el olvido.

lunes, 15 de febrero de 2016

LA MAESTRÍA DE JUAN MARSÉ

Por Eduardo García Aguilar

La obra novelística de Juan Marsé (1933) está ligada a su ciudad natal Barcelona, de la que hace un sarcástico cuadro social en Últimas tardes con Teresa, que cumple ahora medio siglo de publicada, y otras obras, a través de historias apasionantes sacadas de los tiempos de su juventud y dotadas de una prosa que vibra como pocas. Marsé, crecido en una familia modesta, trabajó primero como aprendiz de joyero 13 años en un taller en un barrio popular barcelonés, pero luego se trasladó a París, donde siguió su formación y regresó a su terruño ya dotado de una formidable lucidez social y un sentido profundo de la ironía.  

Marsé, ganador del Premio Cervantes que este enero cumplió 83 años, se ha vuelto una referencia de la literatura barcelonesa escrita en español por los hijos de inmigrantes residentes en esta zona que hoy experimenta tensiones a causa del nacionalismo de los catalanes "puros", quienes desean independizarse y consideran de manera un poco demagógica a España como un imperio que los ha colonizado desde hace siglos y vive de sus riquezas, lo que es por supuesto falso. El movimiento político nacionalista catalán ha detestado siempre a Marsé, quien califica a sus líderes en una reciente entrevista de "carroña sentimental". 

Barcelona ha sido desde hace milenios un puerto privilegiado situado de manera estratégica en el Mediterráneo, por lo que en diversas épocas ha sido centro de intercambio de mercancías y riquezas y lugar de confluencia de mucho dinero y pujanza y por lo tanto escenario de codicias y guerras. También ha sido centro cultural y editorial en los tiempos modernos, antes y después del Siglo de Oro, como nos lo recuerda Cervantes en El Quijote de la Mancha. El autor lleva al final a su personaje el Ingenioso Hidalgo a este puerto, donde se está editando el segundo volumen de sus historias, y escoge el lugar para que sea allí donde el caballero del Verde Gabán derrote al delirante en una justa caballeresca fingida en la playa y lo convenza de regresar a casa después de sus múltiples andanzas por España.
      
En Últimas tardes con Teresa, ganadora del premio Biblioteca Breve 1965, Marsé describe a esa Barcelona de los años 50, cuando, en tiempos de posguerra, la región vive momentos de desarrollo industrial acelerado comandado por una pujante burguesía catalana y atrae a cientos de miles de trabajadores pobres de otras regiones españolas, como valencianos, murcianos, andaluces, gallegos, moros y castellanos, que vienen a engrosar las filas obreras y a vivir marginados en los suburbios altos de la capital catalana y en ciudades aledañas que crecen de manera acelerada junto a las factorías.

A un lado Marsé muestra a la tradicional burguesía catalana que vive en fabulosos apartamentos de la Gran Vía o el Paseo de Gracia y tiene casas de campo y masías en los bellos campos, costas y bosques de la región y al otro un ejército de inmigrantes forasteros, llamados charnegos, de donde salen no solo los obreros y los criados de los exquisitos señoritos de apellido catalán tales como Trías, Pujol, Boffil o Serrat, sino también la escoria social, el lumpenproletariado, los ladrones y los delincuentes encarnados en el magistral personaje de chulo llamado Pijoaparte.

He subido este viernes al Monte Carmelo, donde estaban los malfamados tugurios de aquel tiempo y aunque ahora esos barrios son bastante limpios y ordenados y están dotados de un metro moderno y excelentes medios de transporte, siguen siendo lugar de residencia de forasteros de las clases bajas, a su vez hijos de inmigrantes árabes, esteuropeos o latinoamericanos, o sea los las nuevas versiones de esos aparentemente peligrosos jóvenes apaches de los años 50, ladrones de motocicletas, que eran el terror de las clase medias blancas y adineradas de la pulcra ciudad de abajo.

Ahí en el Carmel y en Ginardó se habla fundamentalmente español y es claro que la mayoría de la población vive allí en el desempleo rampante y tiene menos posibilidades aun que la clase media golpeada por la crisis que devasta al país desde 2008, cuando se derrumbó la burbuja inmobiliaria y sembró el país de incertidumbre política y social. Pero arriba, en estas colinas proletarias, sigue vibrando el mundo descrito por Marsé en Últimas tardes con Teresa y otras obras de juventud como Si te dicen que caí y La oscura historia de la prima Montse.

Marsé se ganó a pulso su fama y el consagratorio Premio Cervantes 2008. De la generación de García Márquez y otras estrellas del boom y contemporáneo de otros importantes autores españoles como los Goytisolo, Marsé, pese al éxito de sus obras, siempre fue mirado de reojo por la crítica, al considerarlo más un autor social que otra cosa. Ganó muy temprano el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral, y una tras otra sus obras lograron múltiples ediciones y premios como el de la Crítica y el Planeta y le dieron renombre internacional, pero su lugar siempre estuvo un poco al margen de los exitosos del boom latinoamericano o de los exquisitos españoles del momento, lo que, supongo, no contrariaba de todo a Marsé, quien siempre ha estado a contracorriente y ha sido un rebelde, incluso en estos momentos.

Considera a gran parte de la clase política española de hoy una remanencia del franquismo que es todavía "un cadáver que apesta" y en conferencias y entrevistas muestra la desbordante inteligencia de quien no se dejó amansar por el éxito, se considera siempre un "aprendiz de novelista" y sabe expresar críticas acerbas a todas las manifestaciones del ablandamiento intelectual de muchos autores de su generación y otras posteriores. Nunca le perdonarán la creación de esos personajes de la burguesía catalana que como Teresa Serrat y sus amigos señoritos miraron la realidad social desde afuera. 

Dotado de un gran sentido de autocrítica, Marsé supo crear novelas inolvidables donde vibra la vida y que cumplen la función de molestar, irritar y cuestionar las inercias, además de ser ejemplos de talento y rigor narrativos.  Visitar los barrios populares de donde extrajo sus personajes, escrutarlos, olerlos, o mirar desde Premiá del Mar en un crepúsculo rojizo a la próspera Barcelona industrial difuminándose entre el oro ocre de la atmósfera solar, con sus fábricas y el Montjuich firme contra el Mediterráneo, nos acerca de nuevo a su vasta obra y al milagro siempre renovado de la literatura escrita en estas tierras bilingües catalanas pródigas de cultura y belleza. 
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*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 13 de febrero 2016.

domingo, 7 de febrero de 2016

CIEN AÑOS DE RUBÉN DARÍO

Por Eduardo García Aguilar
Hace cien años, el 6 de febrero de 1916, murió en León el gran poeta nicaragüense y latinoamericano Rubén Darío (1867-1916), cuya irrupción en el panorama de la literatura en español fue un sismo que todavía estremece con sus vibraciones a los amantes de la poesía y la prosa modernas. Este niño precoz, de nombre Félix Rubén García Sarmiento, nació en Metapa y desde muy temprano mostró sus cualidades como versificador, cuando la poesía, a fines del siglo XIX, era el arte mayor en los lejanos países latinoamericanos que, independizados de España desde hacía décadas, buscaban su voz dejando atrás siglos de vieja retórica parroquial encorsetada en modelos inamovibles.
Ya terminaban las patrias bobas y el mundo todo vivía tiempos de aceleramiento y velocidad comerciales luego de la Revolución industrial inglesa y el predominio de potencias como Inglaterra y Francia, que colonizaban el orbe e imponían su cultura en los más alejados confines del mundo. Los grandes barcos a vapor recorrían los mares, los ruidosos trenes cruzaban los campos, y todos esos vehículos llegaban a los puertos, convertidos como nunca en centros de comercio y poder y lugares de intercambio de mercancías, cuerpos, palabras, músicas, ideas y modas.
En esa lejana provincia nicaragüense y centroamericana el geniecillo sorprendía a notables y presidentes por su fabulosa memoria y la facilidad con la que creaba al instante los versos más fantásticos o los escribía por encargo. Invitado imprescindible en salones, escuelas, ateneos, fiestas, Darío se lucía y hay fotos donde se ve al adolescente de 14 años mostrando sus habilidades ante el asombro de los patriarcas. Pronto empezó a recorrer los pequeños países centroamericanos, donde ejercería la profesión alimentaria de periodista y fundaría periódicos y revistas, y crearía tertulias literarias de un delicioso anacronismo, como era usual en esos tiempos en que la poesía, las tabernas y los burdeles eran las únicas diversiones paganas posibles.
Sus capacidades lo llevaron a recalar en Chile, donde trabajó en el periódico La Época y publicó su famoso libro Azul, y más tarde, tras regresar a América Central y visitar fugazmente el viejo continente europeo, llegó a Buenos Aires, la Nueva York del sur, a donde acudían millones de inmigrantes pobres de Europa y el mundo para crear una metrópoli cosmopolita donde el joven poeta desplegó todos sus talentos y publicó Los raros, en homenaje a sus escritores preferidos, y Prosas profanas. A esa ciudad había sido enviado como cónsul de Colombia por el poeta y presidente Rafael Núñez, como era usual entonces, donde a veces los mandatarios eran escribidores de gramáticas y los embajadores poetas.
Desde París, Madrid y Barcelona, llegaban a Buenos Aires todos los libros posibles, y en sus calles Darío continuó la lectura de los poetas franceses del momento, de Victor Hugo en adelante hasta parnasianos, simbolistas y otros decadentes retorcidos y extraños que ejercieron gran influencia en él y sobre quienes escribió semblanzas admiradas, cargadas de un afrancesamiento casi patológico, excitado por Nerval, Baudelaire, Lautréamont, Rimbaud, Verlaine y tantos otros.
Luego viajó a París como enviado del poderoso diario bonaerense La Nación y se quedó allí en la que era la capital editorial del mundo hispánico con la editorial Garnier a la cabeza. Vivía a un lado del Jardín de Luxemburgo y hoy se ve la placa con su nombre junto a la puerta del número 5 de la rue Hershel, donde lo vio y describió el modernista colombiano José María Vargas Vila, prosista empalagoso que escribía historias truculentas y panfletos anticlericales y antidicatoriales plagados de adjetivos que lo convirtieron en el mayor best-seller de su tiempo en América Latina. Vargas Vila, megalómano, se inclinó ante el genio y escribió un libro sobre Darío, que es tal vez uno de los pocos suyos que se salvan.
La poesía brotaba de Rubén Darío y se reproducía en torrentes, cataratas, vorágines, amazonas de versos y abismos inesperados entre conflagraciones de palabras y sentidos. Sus combinaciones de temas, sentimientos, metáforas, ritmos, historias, eran desconcertantes en su variada matemática. Todo era nuevo en él y el castellano volvió a vibrar como no lo hacía desde Cervantes, Góngora y Quevedo. Los jóvenes poetas españoles lo comprendieron rápido y lo acogieron como el maestro, el príncipe que la literatura del idioma castellano reclamaba. Para saberlo, hay que leer sus Cantos de vida y esperanza o las diversas recopilaciones como la más famosa publicada por Aguilar, empastada en cuero, u otras más rigurosas y recientes, como la realizada por el Fondo de Cultura Económica, en México, y cuidada por Ernesto Mejía Sánchez.
Tanto éxito, amistad e influencia lo marcaron. Agobiado por tantos viajes y líos personales, adicto al vino y a la vida, excesivo y frágil, llegó a la cima para caer en la decadencia y retornar a América por Nueva York e ir de gira, ya enfermo, de teatro en teatro, cabestreado por agentes inescrupulosos. Al final, extenuado, se extingue en León luego de retornar a su tierra natal, antes de llegar al medio siglo de edad, pero su obra sigue viva y es “tan antigua y tan moderna” como él mismo lo definió con la extrema lucidez de su inteligencia.
* Publicado en Excélsior. Ciudad de México. 7 de febrero de 2016.