miércoles, 20 de junio de 2007
viernes, 15 de junio de 2007
SAMUEL BECKETT: UN CHAPLIN LITERARIO CON SUERTE
Por Eduardo Garcia Aguilar
Samuel Beckett, Premio Nobel de Literatura 1969, se ha convertido poco a poco en una leyenda excéntrica de las letras del siglo XX y cada año que pasa su obra conquista más adeptos. Nada prefiguraba en él una futura gloria tan merecida, pues era un tímido casi autista con problemas mentales, pero los vasos comunicantes que tejió a lo largo del siglo entre poesía, novela, teatro, cine, circo y artes plásticas, prefiguraron el mundo mediático moderno pleno de intertextualidades y lo posicionaron como un renovador que desmontó los lugares comunes donde dormían los géneros.
Nació en 1906 en Foxrock, Irlanda, al sur de Dublín, en el seno de una familia protestante, y murió el 22 de diciembre de 1989. En su juventud descubrió la literatura francesa, a la que sería adicto hasta el punto de adoptarla: Molloy, Malone muere y El Innombrable fueron redactadas en la lengua de Proust. En los años 30 conoció a James Joyce en París y después de experimentar problemas de salud, vivir la guerra y acudir al psicoanálisis entre idas y venidas a su tierra nativa, decide quedarse a vivir definitivamente en la capital francesa. En 1953 escribe Esperando a Godot, obra que lo lanza a la fama mundial y desde entonces publicó sus libros en Editions de Minuit, editorial confidencial para públicos entendidos que sobrevivió contra viento y marea ante el auge arrasador de la literatura comercial.
Ahora el Centro Pompidou presenta una vasta exposición sobre ese recorrido excepcional que lo llevó al Nobel de Literatura. En un rectángulo dividido en siete espacios nos familiarizamos con la vida de este hombre silencioso y semiesquelético con aires de miope, que se encerraba solo en una casa de las afueras de la capital para concentrarse en la escritura de sus piezas teatrales y fraguar textos poéticos y libros de prosa que negaban las leyes fáciles del argumento y la amenidad. A la entrada nos topamos con la proyección de una boca enorme que pronuncia incesantemente, rindiendo así un homenaje a la voz y al placer de la lengua y la palabra que son degustadas con fruición. Porque más allá del argumento o la sucesión de historias triviales que vegetan en la novela convencional, se trata de dar protagonismo a la palabra, a sus sonidos y viscosidades, a la materia que emerge de ella en la oscuridad.
Más adelante hay un libro enorme cuyas letras han sido abiertas en una pared plástica gracias a la energía de un perfecto rayo láser y podemos ingresar a él y ser traspasados por los colores y las imágenes de la cámara oscura. Las palabras escritas en ese enorme libro adquieren otra dimensión: son materia, tienen vida propia, son arte por encima y más allá de lo que agencien o signifiquen. Las letras, palabras y oraciones que hay en las dos gigantescas páginas del libro se convierten en obras de arte, en elementos de un cuadro, residuos de una actividad literaria que se ha rebelado de su autor.
De la voz pasamos a la letra y de la letra seguimos al cuerpo que escribe con su propia materia sobre líquidos regados y que repta en silencio pronunciando sonidos guturales. Porque el cuerpo es la materia de sus novelas y piezas teatrales: una mujer enterrada que habla bajo la sombrilla, seres humanos que viven entre canecas de basura, hombres enfermos y paralíticos perdidos en el margen, sucios, grotescos, malolientes, corroidos en la basura de la existencia y de la historia. El catálogo nos dice que «los personajes son cuerpos burlescos poseídos por el frenesí de la palabra, cuerpos cómicos horadados por las reminiscencias del music-hall y del circo, arquetipos de una humanidad que corre implacablemente hacia su fracaso».
Todo ese mundo tan sugestivo de Beckett, que hizo explotar la literatura en los años 50 y 60 del siglo XX, encuentra cómplices en artistas como Pierre Alechinsky, Jaspers Johns, Robert Motherwell, Sean Scully, Bram van Velde, Richard Serra y Alberto Giacometti, entre otros, cuyas obras podemos ver entreveradas con grandes imágenes fotográficas del autor, retratos, cuadernos, manuscritos, documentos personales, fotografías de infancia y juventud, filmes sobre Dublín, Londres o París, ediciones originales, videos, filmes de Charles Chaplin, cartas y objetos personales.
Los curadores de la exposición han dado en el clavo: la literatura, la novela, el teatro se han escapado de su moldes y de la prisión donde la falta de crítica los encerraron. El argumento, la amenidad, la claridad, la utilidad, el éxito comercial, no tienen nada que ver con la verdadera exploración artística. Al recorrer esta muestra en torno a un autor revolucionario y excepcional, comprendemos que no todo está perdido. Mientras la trivialidad reina en la literatura comercial, el arte sigue su camino por otros subterráneos y laberintos. Allí encontramos la lúcida figura de Beckett acompañado por su admirado Charles Chaplin, otro artista del siglo XX cuyas pequeñas obras maestras y absurdas se proyectan en una pequeña pantalla, para mostrarnos que entre ambos hay más similitudes que diferencias. Así la voz y la palabra del texto literario se convierten en una fenomenal carcajada ante el mundo desquiciado.
* Expuesta hasta el 25 de junio en el Centro Pompidou
Nació en 1906 en Foxrock, Irlanda, al sur de Dublín, en el seno de una familia protestante, y murió el 22 de diciembre de 1989. En su juventud descubrió la literatura francesa, a la que sería adicto hasta el punto de adoptarla: Molloy, Malone muere y El Innombrable fueron redactadas en la lengua de Proust. En los años 30 conoció a James Joyce en París y después de experimentar problemas de salud, vivir la guerra y acudir al psicoanálisis entre idas y venidas a su tierra nativa, decide quedarse a vivir definitivamente en la capital francesa. En 1953 escribe Esperando a Godot, obra que lo lanza a la fama mundial y desde entonces publicó sus libros en Editions de Minuit, editorial confidencial para públicos entendidos que sobrevivió contra viento y marea ante el auge arrasador de la literatura comercial.
Ahora el Centro Pompidou presenta una vasta exposición sobre ese recorrido excepcional que lo llevó al Nobel de Literatura. En un rectángulo dividido en siete espacios nos familiarizamos con la vida de este hombre silencioso y semiesquelético con aires de miope, que se encerraba solo en una casa de las afueras de la capital para concentrarse en la escritura de sus piezas teatrales y fraguar textos poéticos y libros de prosa que negaban las leyes fáciles del argumento y la amenidad. A la entrada nos topamos con la proyección de una boca enorme que pronuncia incesantemente, rindiendo así un homenaje a la voz y al placer de la lengua y la palabra que son degustadas con fruición. Porque más allá del argumento o la sucesión de historias triviales que vegetan en la novela convencional, se trata de dar protagonismo a la palabra, a sus sonidos y viscosidades, a la materia que emerge de ella en la oscuridad.
Más adelante hay un libro enorme cuyas letras han sido abiertas en una pared plástica gracias a la energía de un perfecto rayo láser y podemos ingresar a él y ser traspasados por los colores y las imágenes de la cámara oscura. Las palabras escritas en ese enorme libro adquieren otra dimensión: son materia, tienen vida propia, son arte por encima y más allá de lo que agencien o signifiquen. Las letras, palabras y oraciones que hay en las dos gigantescas páginas del libro se convierten en obras de arte, en elementos de un cuadro, residuos de una actividad literaria que se ha rebelado de su autor.
De la voz pasamos a la letra y de la letra seguimos al cuerpo que escribe con su propia materia sobre líquidos regados y que repta en silencio pronunciando sonidos guturales. Porque el cuerpo es la materia de sus novelas y piezas teatrales: una mujer enterrada que habla bajo la sombrilla, seres humanos que viven entre canecas de basura, hombres enfermos y paralíticos perdidos en el margen, sucios, grotescos, malolientes, corroidos en la basura de la existencia y de la historia. El catálogo nos dice que «los personajes son cuerpos burlescos poseídos por el frenesí de la palabra, cuerpos cómicos horadados por las reminiscencias del music-hall y del circo, arquetipos de una humanidad que corre implacablemente hacia su fracaso».
Todo ese mundo tan sugestivo de Beckett, que hizo explotar la literatura en los años 50 y 60 del siglo XX, encuentra cómplices en artistas como Pierre Alechinsky, Jaspers Johns, Robert Motherwell, Sean Scully, Bram van Velde, Richard Serra y Alberto Giacometti, entre otros, cuyas obras podemos ver entreveradas con grandes imágenes fotográficas del autor, retratos, cuadernos, manuscritos, documentos personales, fotografías de infancia y juventud, filmes sobre Dublín, Londres o París, ediciones originales, videos, filmes de Charles Chaplin, cartas y objetos personales.
Los curadores de la exposición han dado en el clavo: la literatura, la novela, el teatro se han escapado de su moldes y de la prisión donde la falta de crítica los encerraron. El argumento, la amenidad, la claridad, la utilidad, el éxito comercial, no tienen nada que ver con la verdadera exploración artística. Al recorrer esta muestra en torno a un autor revolucionario y excepcional, comprendemos que no todo está perdido. Mientras la trivialidad reina en la literatura comercial, el arte sigue su camino por otros subterráneos y laberintos. Allí encontramos la lúcida figura de Beckett acompañado por su admirado Charles Chaplin, otro artista del siglo XX cuyas pequeñas obras maestras y absurdas se proyectan en una pequeña pantalla, para mostrarnos que entre ambos hay más similitudes que diferencias. Así la voz y la palabra del texto literario se convierten en una fenomenal carcajada ante el mundo desquiciado.
* Expuesta hasta el 25 de junio en el Centro Pompidou
martes, 12 de junio de 2007
DIALOGUE WITH VULTURES
S H O R T S T O R Y
E d u a r d o G a r c í a A g u i l a r
~ P a r i s, Fr a n c e
Published in MARGIN (www.angelfire.com/wa2/margin/Aguilar.html)
E d u a r d o G a r c í a A g u i l a r
~ P a r i s, Fr a n c e
Published in MARGIN (www.angelfire.com/wa2/margin/Aguilar.html)
A FEW vultures fly over the river of black lava that flows down the mountain like demonic vomit. They slowly descend and come to rest upon lunar rocks and with their inquisitorial beaks cautiously observe my movements. Shortly after getting out of the taxi I understand these strange animals to be the most advantaged, the most gainful in this mournful and allegorical epoch. Old vehicles pass on the highway raising a punctual, poisonous dust that settles over the human remains, recently devoured by black birds. The man leads me over the rocks toward the hollows most populated by the skulls and rib cages of civilians and soldiers.
Above us I see the long black river of volcanic lava, and a Luciferian feeling stirs me to poke beneath the brambles and thickets and prod even further among rusty belt buckles and pelvic bones covered by cobwebs. The photographer kicks a skull with the point of his shoe and places it among the others to get a good picture, while I stop to observe the bones of so many men. Among the remains are bones of dogs and skeletons of children. The smell of death floats in the wind. Ten meters away men with lost, ghost-like gazes unload refuse from a truck and observe us with curiosity, as if we were another, even more rapacious kind of vulture.
The afternoon lingers in a leaden stupor and a silvery air spreads over the sterile landscape of the Killing Fields. Leaping over the stones spewed many decades ago by a nearby volcano, I destroy the extensive cobwebs and continue watching the spectacle. At times I'm struck by the temptation to clutch one of the skulls and ask the photographer to take a portrait of me with this terrible black profundity in my hand, but then I think how obscene that would be. I establish a dialogue with the furtive gazes of the vultures, while the Basque photographer continues arranging the skeletons and the taxi driver talks to me about death. He lives a few kilometers away and makes his living taking Western scavengers to see and enjoy the Killing Fields.
At times I feel like many eyes are watching me, and I discern their brilliance coming from beneath the rocks and in the air, for they fly languidly, expectantly. A thousand eyes in the skies looking at me without hate, without smiles, only looking. I feel like I've been placed in a black hollow, in one of those centers where the mass, the volume of truth is even more present than in the streets. I, too, am a piece of death. I've come here to provoke death. So it will speak to me. So it will quit me of my fear. A plane flies through the cloudless blue sky and several vehicles, full of living men who seem as if they were already dead, pass down the highway. The taxi driver speeds up and talks to me about the town and markets we pass through.
I feel like I'm inside an illuminated steel tube and I hear explosions in the air, invisible blasts of wind, the violent sucking of a gigantic and lascivious mouth. As we approach the City of Death that concussion of wind sways us even more, crowding out the silence. We reach the hotel on the Boulevard of Heroes and the taxi finds a place in front of the door. I walk across the carpet, ask for my key and then head to the restaurant. An American journalist, skinny, spare, dressed casually, crosses the room with a bottle of whiskey in his hand, lips dried and chapped. Another reporter struts about in his clogs, jeans, t-shirt and bullet-proof vest. Off to the side an obsessed and obese newsman wears a shirt an American is selling that says, "Don't shoot. I'm a journalist."
I feel like puking on the lecherous platter they serve me and the white wine tastes like a lichen extract. The sepulchral music echoing around a few businessmen stuns me. Gigantic gringo marines approach the bar and outside a man butts his head against the wall. He looks like the soldier with a scar along one side of his face who gave me my safe conduct pass so I could freely move throughout this city of fateful ambushes. With that piece of paper I've gone through markets and alleys of lost neighborhoods and seen the faces of women crying before the tomb of an assassinated archbishop. I've seen the fear in the gaze of those who leave letters at the post office or the fear of people on the street when huge trucks filled with soldiers rumble by, their smiles menacing anyone who dares look them in the eyes.
As the days pass I begin to feel a tickling in my armpits and return to the bottle like a shipwreck survivor does to a lifejacket. The fear of dying struck by a stray bullet or in the middle of a skirmish provoked by the army on a street corner while I drink a cup of coffee or buy a newspaper keeps me from sleeping, disturbs my mind at the moment I begin to write the articles I must send by cables and mysterious airwaves to the other side of the world, to the City of Peace. As soon as I write a few lines a bitter taste lodges in my throat that prevents me from goin on. From the other side of the telex a desperate voice asks me for macabre, bloody news. But I only manage to see the scarred face of the major with a revolver in his hand holding out to me the long safe conduct pass, some lost hippies, a few hostages, the highway and a certain nostalgia for an innocent world. I enter the bar with the Basque photographer and get drunk while rock music plays, forgetting that I am an abundantly wise vulture. As the liquor induces its effects, the light becomes more tenuous and only a red haze is cast over the walls. A dance of devils surges from the depths of the stage. The waiters smile and excuse themselves, coming and going amidst the clamor. In a flash the red light changes to neon and at the tables I see only vultures, buzzards who drink from the cups of the clients. On stage, instead of a band playing pop music there are birds as big as human beings, with large beaks and dark eyes who brilliance reflects off the bottles. Their grotesque dance leaves behind a wake of feathers.
I flee toward the carpeted vestibules of the luxurious hotel and I see only uniformed vultures helping put baggage in the elevators and enormous vultures tipping a few female birds that cackle in the lobby, singing along to the solemn nocturnal melodies. I ask for the key to my room and I go up agitated, trying to fend off the images assaulting me.
A slight earthquake shakes the corridors of the sixth floor. Several shots come from outside, far away, and murmurs from a room fly through the clean passages where a few plastic plants wither as I walk by. I search for the keys to my room and try to open it after a long interval that clumsy shaking hands make more difficult. At last I manage to open the door and enter. I take a breath and as I head with closed eyes toward the comfortable recess I need not open them to understand someone is watching me. Opening my eyelids I see an enormous nest with three chicks being fed by a vulture just my size. I raise my hands and scream and fall silent to discover my wings of black plumage flapping, casting new shadows upon the walls, my screams coming not from my mouth but from a rapacious, malodorous beak. In silence I fling myself down in the nest and there I sleep with no other hope but death.
Above us I see the long black river of volcanic lava, and a Luciferian feeling stirs me to poke beneath the brambles and thickets and prod even further among rusty belt buckles and pelvic bones covered by cobwebs. The photographer kicks a skull with the point of his shoe and places it among the others to get a good picture, while I stop to observe the bones of so many men. Among the remains are bones of dogs and skeletons of children. The smell of death floats in the wind. Ten meters away men with lost, ghost-like gazes unload refuse from a truck and observe us with curiosity, as if we were another, even more rapacious kind of vulture.
The afternoon lingers in a leaden stupor and a silvery air spreads over the sterile landscape of the Killing Fields. Leaping over the stones spewed many decades ago by a nearby volcano, I destroy the extensive cobwebs and continue watching the spectacle. At times I'm struck by the temptation to clutch one of the skulls and ask the photographer to take a portrait of me with this terrible black profundity in my hand, but then I think how obscene that would be. I establish a dialogue with the furtive gazes of the vultures, while the Basque photographer continues arranging the skeletons and the taxi driver talks to me about death. He lives a few kilometers away and makes his living taking Western scavengers to see and enjoy the Killing Fields.
At times I feel like many eyes are watching me, and I discern their brilliance coming from beneath the rocks and in the air, for they fly languidly, expectantly. A thousand eyes in the skies looking at me without hate, without smiles, only looking. I feel like I've been placed in a black hollow, in one of those centers where the mass, the volume of truth is even more present than in the streets. I, too, am a piece of death. I've come here to provoke death. So it will speak to me. So it will quit me of my fear. A plane flies through the cloudless blue sky and several vehicles, full of living men who seem as if they were already dead, pass down the highway. The taxi driver speeds up and talks to me about the town and markets we pass through.
I feel like I'm inside an illuminated steel tube and I hear explosions in the air, invisible blasts of wind, the violent sucking of a gigantic and lascivious mouth. As we approach the City of Death that concussion of wind sways us even more, crowding out the silence. We reach the hotel on the Boulevard of Heroes and the taxi finds a place in front of the door. I walk across the carpet, ask for my key and then head to the restaurant. An American journalist, skinny, spare, dressed casually, crosses the room with a bottle of whiskey in his hand, lips dried and chapped. Another reporter struts about in his clogs, jeans, t-shirt and bullet-proof vest. Off to the side an obsessed and obese newsman wears a shirt an American is selling that says, "Don't shoot. I'm a journalist."
I feel like puking on the lecherous platter they serve me and the white wine tastes like a lichen extract. The sepulchral music echoing around a few businessmen stuns me. Gigantic gringo marines approach the bar and outside a man butts his head against the wall. He looks like the soldier with a scar along one side of his face who gave me my safe conduct pass so I could freely move throughout this city of fateful ambushes. With that piece of paper I've gone through markets and alleys of lost neighborhoods and seen the faces of women crying before the tomb of an assassinated archbishop. I've seen the fear in the gaze of those who leave letters at the post office or the fear of people on the street when huge trucks filled with soldiers rumble by, their smiles menacing anyone who dares look them in the eyes.
As the days pass I begin to feel a tickling in my armpits and return to the bottle like a shipwreck survivor does to a lifejacket. The fear of dying struck by a stray bullet or in the middle of a skirmish provoked by the army on a street corner while I drink a cup of coffee or buy a newspaper keeps me from sleeping, disturbs my mind at the moment I begin to write the articles I must send by cables and mysterious airwaves to the other side of the world, to the City of Peace. As soon as I write a few lines a bitter taste lodges in my throat that prevents me from goin on. From the other side of the telex a desperate voice asks me for macabre, bloody news. But I only manage to see the scarred face of the major with a revolver in his hand holding out to me the long safe conduct pass, some lost hippies, a few hostages, the highway and a certain nostalgia for an innocent world. I enter the bar with the Basque photographer and get drunk while rock music plays, forgetting that I am an abundantly wise vulture. As the liquor induces its effects, the light becomes more tenuous and only a red haze is cast over the walls. A dance of devils surges from the depths of the stage. The waiters smile and excuse themselves, coming and going amidst the clamor. In a flash the red light changes to neon and at the tables I see only vultures, buzzards who drink from the cups of the clients. On stage, instead of a band playing pop music there are birds as big as human beings, with large beaks and dark eyes who brilliance reflects off the bottles. Their grotesque dance leaves behind a wake of feathers.
I flee toward the carpeted vestibules of the luxurious hotel and I see only uniformed vultures helping put baggage in the elevators and enormous vultures tipping a few female birds that cackle in the lobby, singing along to the solemn nocturnal melodies. I ask for the key to my room and I go up agitated, trying to fend off the images assaulting me.
A slight earthquake shakes the corridors of the sixth floor. Several shots come from outside, far away, and murmurs from a room fly through the clean passages where a few plastic plants wither as I walk by. I search for the keys to my room and try to open it after a long interval that clumsy shaking hands make more difficult. At last I manage to open the door and enter. I take a breath and as I head with closed eyes toward the comfortable recess I need not open them to understand someone is watching me. Opening my eyelids I see an enormous nest with three chicks being fed by a vulture just my size. I raise my hands and scream and fall silent to discover my wings of black plumage flapping, casting new shadows upon the walls, my screams coming not from my mouth but from a rapacious, malodorous beak. In silence I fling myself down in the nest and there I sleep with no other hope but death.
Translated by Jay Miskowiec
domingo, 10 de junio de 2007
El LIBRO DE LAS CELEBRACIONES COLOMBIANAS
Por Eduardo Garcia Aguilar
Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán y Juan Manuel Roca, que siempre están listos con generosidad a emprender los proyectos más utópicos a favor del arte y la poesía, lograron hacer realidad el libro más bello y necesario. Se trata de El libro de las Celebraciones, editado por la Fundación Domingo Atrasado, donde los tres curadores del proyecto convocan a más de cincuenta autores colombianos a escribir un homenaje personal a su figura querida del arte, las letras o el pensamiento de Colombia en el siglo XX.
En un país tan terrible como el nuestro, donde la ley es el olvido y el ostracismo para la gente que dedica su vida a ejercer el arte, a enseñar, a amar, a cantar, a cuidar la naturaleza y donde por el contrario se encumbra y se premia a los pillos y a los asesinos, rescatar a esos hombres y mujeres buenos en el buen sentido de la palabra bueno era necesario para que desde el más allá o el más acá nos den energía renovadora para vivir en estos tiempos difíciles.
Muchos de ellos iluminaron y brillaron al mismo tiempo que llevaban una vida modesta como maestros u oficinistas, sorteando los dramas del exilio, la pobreza, la enfermedad, el olvido o la incomprensión. Algunos publicaron sus obras en ediciones modestas, emprendieron proyectos de revistas efímeras que hacían con las uñas, dieron clase con pasión a alumnos que los recuerdan o lucharon contra la injusticia del país como se lucha contra un monstruo invencible de mil cabezas. Sus voces se escuchan todavía en cafés como el Pasaje, el Saint Moritz o El Colonial, de Bogotá. Esos viejos nuestros caminan aún fantasmales por la séptima del brazo de sus amigos o sacudiéndose de la lluvia del siglo XX --todavía por armar-- con paraguas y sombrero Stetson.
Cuando por fin me llegó a París el libro, me senté a devorarlo en el café Sarah Bernhardt, en la Plaza de Chatelet, junto al río Sena y con los torreones puntiagudos del Palacio de Justicia al frente, mientras ardía el sol de junio. Desde lejos y en ese lugar privilegiado las palabras de la tierra me llegaban mucho más dulces o más amargas y brotaban de las páginas con peligrosa efectividad, como puñetazos de boxeador o revelaciones angustiosas de ese inmenso rompecabezas cultural que es el siglo XX en Colombia.
Pasar revista a esas figuras entrañables y verlas salir desde la humareda del desastre, renueva hasta el más escéptico. Ahí están los retratos de quienes nos dejaron hace tiempo como Ciro Mendía, Fernando González, Leon de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, Leo Matiz, Alejandro Obregón, Fernando Charry Lara, Manuel Zapata Olivella, Jorge Gaitán Durán, Héctor Rojas Herazo, Pedro Gómez Valderrama, Enrique Buenaventura, Hernando Valencia Goelkel, René Rebetez, Feliza Bursztyn, Estanislao Zuleta, Ignacio Chávez, R. H. Moreno Durán, Miguel de Francisco, Jorge García Usta, César Pérez y Andrés Caicedo, para mencionar sólo a algunos.
Cada retrato es un mundo: ahí está el viejo loco Fernando González fotografiado y contado por Guillermo Angulo, muy real, lejos del mito y la leyenda. Volvemos a ver a ese personaje lleno de luz que era Leo Matiz, convertido ahora en celebridad mundial del arte fotográfico, y además el hombre mas modesto y sencillo. Jaime Echeverri nos cuenta un instante en la vida de un ofinista discreto que tomaba tinto en El Pasaje y se llamaba Aurelio Arturo. Juan Manuel Roca nos habla de Alejandro Obregón, ese otro generoso a flor de piel y amigo que iluminaba todo a su alrededor con afecto y whizky.
Nicolás Suescún nos presenta a Hernando Valencia Goelkel, figura rigurosa y ponderada que dijo lo que tenía que decir y es ejemplo de rigor y ética intelectuales. Lisandro Duque nos cuenta con la maestría narrativa y la vena humorística que lo caracteriza la vida de su amigo el cineasta español José María Arzuaga, quien vino a Colombia por loco y se quedo, malogrando tal vez una gran carrera cinematográfica. Y volvemos a ver a Ignacio Chávez, el hombre abierto y tolerante que recibió la estocada del infame régimen actual como pago a una vida de entrega a la palabra y a la amistad.
Entre los vivos Gustavo Alvarez Gardeazabal nos presenta a Otto Morales Benitez, una fuerza proteica aue debio ser presidente. Joe Broderick nos trae al sorprendente Fernando Oramas, Ignacio Ramirez a Antonio Samudio, y hay semblanzas de Germán Espinosa, Teresita Gomez, Andrea Echeverry y Efrain Medina, dos necesarios niños terribles de la cultura colombiana en movimiento.
Pero el texto que más me conmovió, por su belleza romántica, gótica y erótica, y sin duda uno de los más logrados del libro, es el de Patricia Restrepo, que nos entrega en carne viva las últimas horas y los días de Andrés Caicedo, ese ídolo de leyenda que conquistó la eternidad por su gesto de rebelión total, al suicidarse el mismo día que salió su primera novela, Que viva la musica, clásico de la literatura colombiana.
Minuto a minuto vemos a esos dos muchachos enamorados, íconos de una generación desbocada, cuyo fulgor en los años 70 está por revisar, contar y reactivar. Los tenis rojos de Patricia en el sepelio son el símbolo de la más absoluta soledad de la generación de los nacidos en los años cincuenta que se quedaron para sobrevivir, encanecer, envejecer, engordar, cuando habían soñado con hacer explotar al mundo con arte, cine, poesía, rumba, sexo y ron.
Los jeans que Patricia se quita en el estoico nido de amor, sus cuerpos desbocados en un lecho de piedra, la forma peculiar y excéntrica de bailar la salsa, las cartas de amor, las pataletas de los enamorados salen de esas pocas páginas como la revelación que nos quita la respiración y nos revela el desastre generacional de sobrevivir y envejecer en el caos de la super boba patria.
En fin, en este primer volumen de las Celebraciones aparecen más de cincuenta personajes que debemos explorar y abrir para entender un poco el hecho de ser los colombianos y no morir en el intento. Es un libro necesario para tratar de entender la cultura colombiana del siglo XX, con sus aristas, sombras, destellos y desfallecimientos.
Ese siglo que en su crepúsculo nos dio la sorpresiva voz mítica de Andrea Echeverri, leyenda viva cuyo retrato, escrito por su homónima Andrea Echeverri Jaramillo, abre puentes entre dos generaciones desbocadas y rebeldes. Este penútimo texto nos hace visitar la creativa Colombia underground donde vibra la fuerza artistica que pasa de generación en generación y se trasmuta en el inmenso dragón sediento de futuro.
En las nuevas entregas del Libro de las Celebraciones aparecerán sin duda muchos más personajes que están por contar como Danilo Cruz Velez, Darío Mesa, Maruja Vieira, Meira del Mar, Jaime García Maffla, Harold Alvarado Tenorio, Fernando Denis y Ramón Illán Bacca, entre muchos otros que nos acompañan y eso sin contar decenas y decenas de los que se fueron y aún no nos han revelado todos sus secretos.
Colombia arde en estas primeras 278 páginas de sorpresas inolvidables, mostrándonos que el dragón de la cultura colombiana está vivo: León de Greiff, Fdeernando Charry Lara, Andrés Caicedo, Alejandro Obregón y Enrique Buenaventura desde el firmamento nos incitan a seguir su camino para conjurar la mansedumbre de estos tiempos dominados por los peores asesinos y bandidos disfrazados de padres de la patria.
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El libro de las celebraciones. Fundacion Domingo atrasado. Curadores y editores: Jineth Ardila, Santiago Mutis Duran y Juan Manuel Roca. Bogota. Abril 2007. 278 paginas.
sábado, 2 de junio de 2007
VIAJE CINEMATOGRAFICO A LOS TIEMPOS LIBERTINOS
POR EDUARDO GARCIA AGUILAR
Se cree con frecuencia que la segunda mitad del siglo XX fue una de las épocas más libres de la historia de la pasión sexual, en especial luego de la revolución de las costumbres provocada por mayo del 68.
Se cree con frecuencia que la segunda mitad del siglo XX fue una de las épocas más libres de la historia de la pasión sexual, en especial luego de la revolución de las costumbres provocada por mayo del 68.
La directora Catherine Breillat, una de las más sulfurosas y polémicas realizadoras francesas feministas, famosa por dirigir varias películas sexuales escandalosas como «Romance», donde actuó el actor pornográfico Rocco Sifredi, ha vuelto a golpear con una reconstrucción minuciosa de los tiempos libertinos del siglo XIX.
Basada en el relato «Una vieja amante» del escritor decadente Barbey d’Aurevilly, autor del libro de relatos «Las Diabólicas», la película, que acaba de presentarse en la selección oficial del Festival de Cannes, busca la intemporalidad al rastrear las emociones a través de la expresión facial de los actores, en una especie de «tectónica de los rostros», como dice un crítico. No es sólo una película de época donde se despliegan rutinariamente vestidos, muebles y escenarios, sino una exploración de aquel tiempo romántico donde el deseo, la sangre, y amor y el pecado vuelan de lecho en lecho, de castillo en castillo y de callejuela en callejuela, bajo la mirada escrutadora del chismorreo y la condena.
Se cree con frecuencia que la segunda mitad del siglo XX fue una de las épocas más libres de la historia de la pasión sexual, en especial luego de la revolución de las costumbres provocada por mayo del 68, el auge del rock, el surgimiento del feminismo, el movimiento gay y la desacralización de la familia. Quienes vivimos en estos tiempos consideramos a veces con orgullo que hemos sido los seres más liberados de la humanidad en esa materia. Pero basta mirar los frescos romanos de Pompeya, revisar el erotismo griego, ver los milenarios templos pornográficos de Kajuraho en la India o estudiar el sensualismo corporal japonés o los priapismos escultóricos africano y prehispánico para darnos cuenta de que tal vez sólo somos unas mansas palomas agobiadas por los aceleres de la modernidad y la búsqueda de la supervivencia o el lucro.
«Se cree que soy una sulfurosa, pero soy también romántica», dice Breillat a la prensa al tratar de explicar que en sus películas escandalosas busca algo más que mostrar cuerpos en el éxtasis de la cópula o personas corroídas por el amor, los celos, el deseo, la codicia y el dolor. Por eso escogió la historia de un autor de fin de siglo XIX, cuando el simbolismo era más importante que la realidad escueta y empezaba a superarse el vulgar costumbrismo reinante a lo largo del siglo. «Busco una intemporalidad propia a la tragedia griega o a la pintura. Sólo busco mostrar los sentimientos y la violencia de los sentimientos en los que la gente se identifica».
Y Breillat lo logra en esta cinta donde actúa la joven y no menos sulfurosa italiana Asia Argento en el papel de una amante adúltera de origen español que vive una larga relación con un hombre que se casará finalmente con cierta juvenil y dulce aristócrata. Asistimos a un despliegue de duelos, heridas en carne viva, escenas donde se quiebran vasos, cuchicheos, cuerpos en la tensión muscular de la desnudez lúbrica, viejos lamentables comiendo e intrigando, arrugas, canas, gordura, joyas, prendas, candelabros, muebles, todo eso visto bajo la bruma de invierno o en interiores dominados por el ocre de los cortinajes o el fuego de las chimeneas, como en los cuadros de Cranach. Además Breillat desarrolla un plástica desbordada de cuerpos cubiertos por tejidos de época o hundidos en sábanas que resaltan la verdad del erotismo sin límites, lleno de angustias, lágrimas, gemidos y heridas.
La vieja amante está convencida de que él siempre volverá de otras aventuras y no se inquieta cuando se entera por chismes de que su amante se casará con la bella inocente. La abuela de ésta, surgida del libertino siglo XVIII -interpetrada por la anciana Claude Sarraute, hija de la novelista Nathalie Sarraute y esposa del fallecido filósofo y politólogo Jean François Revel-, lo interroga y al calor de los Oportos escucha sin inmutarse el increíble relato de esa pasión diabólica. Tras escuchar su historia, la anciana cómplice acepta que se case con su nieta pase lo que pase y sucede la boda entre cánticos y escenografías de una lograda efectividad estética. Después vendrá la vida del castillo, el embarazo y la reaparición de la diabólica amante en ambientes marinos de crepúsculo.
Con esta película Breillat nos vuelve a reconociliar con el séptimo arte y logra un nuevo maridaje entre literatura y cine al rescatar a un clásico del simbolismo finisecular del siglo XIX. Si en «Romance» nos relacionaba con las desviaciones sadomasoquistas y pornográficas de fines del siglo XX, en «Una vieja amante» explora el pasado y saca de él esa eterna delicia libertina de otros tiempos en que se languidecía de tormento y amor junto a chimeneas crepitantes donde siempre acechaba un cómico Satán de opereta.
Basada en el relato «Una vieja amante» del escritor decadente Barbey d’Aurevilly, autor del libro de relatos «Las Diabólicas», la película, que acaba de presentarse en la selección oficial del Festival de Cannes, busca la intemporalidad al rastrear las emociones a través de la expresión facial de los actores, en una especie de «tectónica de los rostros», como dice un crítico. No es sólo una película de época donde se despliegan rutinariamente vestidos, muebles y escenarios, sino una exploración de aquel tiempo romántico donde el deseo, la sangre, y amor y el pecado vuelan de lecho en lecho, de castillo en castillo y de callejuela en callejuela, bajo la mirada escrutadora del chismorreo y la condena.
Se cree con frecuencia que la segunda mitad del siglo XX fue una de las épocas más libres de la historia de la pasión sexual, en especial luego de la revolución de las costumbres provocada por mayo del 68, el auge del rock, el surgimiento del feminismo, el movimiento gay y la desacralización de la familia. Quienes vivimos en estos tiempos consideramos a veces con orgullo que hemos sido los seres más liberados de la humanidad en esa materia. Pero basta mirar los frescos romanos de Pompeya, revisar el erotismo griego, ver los milenarios templos pornográficos de Kajuraho en la India o estudiar el sensualismo corporal japonés o los priapismos escultóricos africano y prehispánico para darnos cuenta de que tal vez sólo somos unas mansas palomas agobiadas por los aceleres de la modernidad y la búsqueda de la supervivencia o el lucro.
«Se cree que soy una sulfurosa, pero soy también romántica», dice Breillat a la prensa al tratar de explicar que en sus películas escandalosas busca algo más que mostrar cuerpos en el éxtasis de la cópula o personas corroídas por el amor, los celos, el deseo, la codicia y el dolor. Por eso escogió la historia de un autor de fin de siglo XIX, cuando el simbolismo era más importante que la realidad escueta y empezaba a superarse el vulgar costumbrismo reinante a lo largo del siglo. «Busco una intemporalidad propia a la tragedia griega o a la pintura. Sólo busco mostrar los sentimientos y la violencia de los sentimientos en los que la gente se identifica».
Y Breillat lo logra en esta cinta donde actúa la joven y no menos sulfurosa italiana Asia Argento en el papel de una amante adúltera de origen español que vive una larga relación con un hombre que se casará finalmente con cierta juvenil y dulce aristócrata. Asistimos a un despliegue de duelos, heridas en carne viva, escenas donde se quiebran vasos, cuchicheos, cuerpos en la tensión muscular de la desnudez lúbrica, viejos lamentables comiendo e intrigando, arrugas, canas, gordura, joyas, prendas, candelabros, muebles, todo eso visto bajo la bruma de invierno o en interiores dominados por el ocre de los cortinajes o el fuego de las chimeneas, como en los cuadros de Cranach. Además Breillat desarrolla un plástica desbordada de cuerpos cubiertos por tejidos de época o hundidos en sábanas que resaltan la verdad del erotismo sin límites, lleno de angustias, lágrimas, gemidos y heridas.
La vieja amante está convencida de que él siempre volverá de otras aventuras y no se inquieta cuando se entera por chismes de que su amante se casará con la bella inocente. La abuela de ésta, surgida del libertino siglo XVIII -interpetrada por la anciana Claude Sarraute, hija de la novelista Nathalie Sarraute y esposa del fallecido filósofo y politólogo Jean François Revel-, lo interroga y al calor de los Oportos escucha sin inmutarse el increíble relato de esa pasión diabólica. Tras escuchar su historia, la anciana cómplice acepta que se case con su nieta pase lo que pase y sucede la boda entre cánticos y escenografías de una lograda efectividad estética. Después vendrá la vida del castillo, el embarazo y la reaparición de la diabólica amante en ambientes marinos de crepúsculo.
Con esta película Breillat nos vuelve a reconociliar con el séptimo arte y logra un nuevo maridaje entre literatura y cine al rescatar a un clásico del simbolismo finisecular del siglo XIX. Si en «Romance» nos relacionaba con las desviaciones sadomasoquistas y pornográficas de fines del siglo XX, en «Una vieja amante» explora el pasado y saca de él esa eterna delicia libertina de otros tiempos en que se languidecía de tormento y amor junto a chimeneas crepitantes donde siempre acechaba un cómico Satán de opereta.
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miércoles, 30 de mayo de 2007
UN POEMA DE AMOR ESCRITO EN COIMBRA
PASO POR COIMBRA
POR EDUARDO GARCÍA AGUILAR
Fresco aire de Coimbra bajo el sol.
Caluroso aroma de la tarde.
Luminosidad y palmeras bajas ante el firmamento.
Todo ello cruzado por el tren Oporto-Lisboa,
fruto maduro de añejos sueños.
Pese a que intentaste besarla frente al Duero,
la bella ha aceptado viajar contigo hacia Lisboa.
Entonces el vagón está lleno de complicidad y esperanza.
La colega de oscuros lentes escribe cartas de amor
y Portugal ya no es sólo un nombre lleno de mares
y ruinas espléndidas.
Su cuerpo delgado latinoamericano sabe a Coimbra
y se conjuga y se bebe con translúcido Oporto.
El cuerpo de la viajera con camiseta blanca,
jeans y sandalias, levita en la tarde de Coimbra.
Y el corazón ardiente vuelve a pulsar
con la energía de cierta arqueológica adolescencia.
Entre su aroma también escribo cartas de amor y poemas.
El aire añejo portugués vuela sobre la planicie
rota por chimeneas de abandonadas fábricas
o impregna la maleza que repta entre rieles.
¡Antiguo es tu nombre, Coimbra,como antigua la palabra amor!
Mansa la plenitud de la tarde, cuando se bebe
el inmerecido milagro del viaje junto a la viajera deseada.
Las palabras no bastan para cantarte entonces, Portugal,
si tu sonido viene acompañado del deseo.
El corazón pulsa ante el antiguo esplendor
y por los vagonesel aire embriagante de viejos vinos se adueña de ti.
¿Es eso amor?
Viajas a lo soñado a través de la eterna huida.
Y la palabra Portugal se conjuga con los labios de la viajera.
Y la noción de imperio marino viaja entre sus brazos.
Tren Oporto-Lisboa, 1998
POR EDUARDO GARCÍA AGUILAR
Fresco aire de Coimbra bajo el sol.
Caluroso aroma de la tarde.
Luminosidad y palmeras bajas ante el firmamento.
Todo ello cruzado por el tren Oporto-Lisboa,
fruto maduro de añejos sueños.
Pese a que intentaste besarla frente al Duero,
la bella ha aceptado viajar contigo hacia Lisboa.
Entonces el vagón está lleno de complicidad y esperanza.
La colega de oscuros lentes escribe cartas de amor
y Portugal ya no es sólo un nombre lleno de mares
y ruinas espléndidas.
Su cuerpo delgado latinoamericano sabe a Coimbra
y se conjuga y se bebe con translúcido Oporto.
El cuerpo de la viajera con camiseta blanca,
jeans y sandalias, levita en la tarde de Coimbra.
Y el corazón ardiente vuelve a pulsar
con la energía de cierta arqueológica adolescencia.
Entre su aroma también escribo cartas de amor y poemas.
El aire añejo portugués vuela sobre la planicie
rota por chimeneas de abandonadas fábricas
o impregna la maleza que repta entre rieles.
¡Antiguo es tu nombre, Coimbra,como antigua la palabra amor!
Mansa la plenitud de la tarde, cuando se bebe
el inmerecido milagro del viaje junto a la viajera deseada.
Las palabras no bastan para cantarte entonces, Portugal,
si tu sonido viene acompañado del deseo.
El corazón pulsa ante el antiguo esplendor
y por los vagonesel aire embriagante de viejos vinos se adueña de ti.
¿Es eso amor?
Viajas a lo soñado a través de la eterna huida.
Y la palabra Portugal se conjuga con los labios de la viajera.
Y la noción de imperio marino viaja entre sus brazos.
Tren Oporto-Lisboa, 1998
martes, 29 de mayo de 2007
SOBRE EL TUSQUETS A EVELIO JOSE ROSERO
Un Gran Narrador Iberoamericano Premiado Con El Tusquets Evelio Rosero
Por Eduardo García Aguilar
(Difundido durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en noviembre de 2006)
Por Eduardo García Aguilar
(Difundido durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en noviembre de 2006)
El importantísimo Premio Tusquets que acaba de obtener con la novela Los ejércitos el escritor colombiano Evelio Rosero ---el más prestigioso para novela en el ámbito iberoamericano por la calidad de sus jurados y su lejanía de la corrupción editorial--- y cuyo anuncio se dio en la Feria Internacional de Guadalajara, puede ser una sorpresa para muchos, mas no para quienes hemos seguido su camino desde el inicio con admiración y alegría.
Da la casualidad que me encuentro hoy en las calles llenas de libros de esta entrañable XX Feria del libro de Guadalajara y en medio de la decepción que provoca la mediocridad del estrellato narrativo actual latinoamericano y en especial colombiano, la coronación de Rosero entre medio centenar de novelas por un jurado probo, es un gran acontecimiento para la narrativa colombiana y sin duda un giro sorpresivo que obligará a reposicionar la obra de varios autores de su generación, a la que Fabio Martínez ha denominado en su antología publicada por la Universidad del Valle, la Generación Sin Cuenta. Rosero (1958) comenzó desde muy temprano una obra literaria de méritos extraordinarios con una narrativa nerviosa, ágil, que nunca cedió a la facilidad y exploró los más inquietantes caminos de la locura y el horror de la vida. Con novelas como Mateo Solo (1984), Juliana los mira (1986), El incendiado (1988) y la para mí espectacular Las muertes de fiesta (1995), entre otras muchas obras, Rosero forjó un cuerpo narrativo de primer orden.
Un día antes de conocerse la noticia, conversando yo con Jorge Herralde al término de una conferencia del argentino Ricardo Piglia, el editor español recordaba la publicación en Anagrama hace dos décadas de Juliana los mira, obra que ya auguraba el aliento del narrador colombiano, quien como tantos otros de su generación ha sido rebelde y ha preferido cierto margen, lejos del arribismo desbordado y cerca de revistas milagrosas como Puesto de Combate, animada por Milcíades Arévalo. Pienso en escritores tan completos de la generación Sin Cuenta como Julio Olaciregui, Sonia Truque, José Luis Garcés, Juan Carlos Moyano, Tomás González, Fabio Martínez, Felipe Agudelo, William Ospina y otros más recientes como Pedro Badrán y Pablo Montoya, que deben estar celebrando este premio logrado con toda transparencia por Rosero. Han pasado los años y Rosero ha seguido ahí fiel a su estilo y a sus fantasmas sin ceder un solo instante a la feria de vanidades y corrupciones de la narrativa colombiana reciente, con sus ídolos falsos. Ya los adalides abusivos de cierta paraliteratura cantaban victoria haciendo tabla rasa de generaciones recientes y actuales y se pavoneaban como salvadores de pacotilla de la narrativa colombiana, acríticos y lambones ante el infame régimen paramilitar que nos gobierna. Con las motosierras de su arribismo ya habían enterrado a los excelentes escritores de la generación de la Bucholz, nacidos alrededor de los años 40.
En la fiesta convocada por Tusquets en el Centro de Industriales de Guadalajara, en ausencia de Rosero, se reunió el mundo editorial y literario iberoamericano asistente a esta Feria. Las copas iban de un lado a otro y yo trataba de apurar algunas de más a nombre de Rosero, que debería estar aquí celebrando. Gracias a él y por la alegría que siento de que sea coronado este rebelde colombiano, he saboreado y alzado al aire deliciosos cocteles de tequila. Beatriz de Moura, la gran editora de Tusquets, estaba muy contenta en medio del inmenso salón y preguntaba sobre la posición de Rosero en la literatura colombiana y el significado de este premio. Hablamos sobre quien es Rosero: un hombre libre, un autor de novelas espléndidas, un habitante de ese país en guerra gobernado por delincuentes asesinos, un ser humano que nuestra generación conoce porque es una antena eléctrica de los males y las muertes de fiesta nacionales. De Moura destacó que la novela premiada podría ser una alegoría de todas las guerras y su universalidad hace que esos ámbitos puedan situarse en los Balcanes u otros países encendidos por la conflagración bélica mundial, donde las fronteras se pierden en el horror y el dolor provocado por la codicia de los poderosos. Dice que es un texto claro, transparente, mientras Aurelio Major, el coordinador del Premio en esta ocasión, expresa a su vez la alegría por este acontecimiento.
Viene a mi memoria ese Rosero siempre silencioso o felizmente ebrio, en quien se resumían las nocturnidades de Bogotá City, en aquella vieja cafetería de la Librería Nacional de la séptima o en las Residencias Tequendama repletas de poetas iberoamericanos o tomándonos unos whiskies en la Feria del Libro de Bogotá, cuando se celebraba a los escritores de la diáspora. Seamos claros, con Evelio Rosero, Sonia Truque, Eugenia Sánchez, Juan Carlos Moyano, Pedro Badrán, Julio Olaciregui, Pablo Montoya, Julio Paredes, Consuelo Triviño Anzola, Octavio Escobar, toda una generación de escritores Sin Cuenta emerge desde los márgenes de una Colombia que excluye y mata. Todos ellos han llevado al extremo su compromiso con la palabra y la libertad. Ese ha sido su Puesto de Combate, el mismo iniciado hace tiempos por el legendario Gordo Valderrama en su suplemento de Vanguardia Liberal en Bucaramanga, luego por el Magazín cultural de El Espectador, la agitación incesante de Isaías Peña Gutiérrez a lo largo de décadas en diversas publicaciones y en el taller narrativo de la Universidad Central, los amplios espacios en la red de Cronopios de Ignacio Ramírez y mucho antes por el inolvidable Manuel Zapata Olivella en Letras Nacionales. O sea abrir espacios antes que excluir. Esa es una literatura que surge desde todos los puntos cardinales del país y desde todos los estratos y que no es confiscada por el obtuso exclusivismo de los "gomelos" de Medellín y Bogotá, para quienes lo urbano colombiano sólo existe allí alrededor del Gimnasio Moderno y que decretaban ya el triunfo de una paraliteratura que extermina al reciente pasado y al presente de la Colombia profunda. Con el Premio Tusquets a Rosero podemos decirles, chao, chao, bye, bye, nos vemos en el ring.
***El jurado del II Premio Tusquets de Novela estuvo integrado por Alberto Manguel, en calidad de presidente, Almudena Grandes, Alberto Ruy Sánchez, Francisco Goldman, Beatriz de Moura en representación de la editorial y Aurelio Major en calidad de secretario.
El premio consiste en 40.00 euros y una estatuilla diseñada por Joaquim Camps.
lunes, 28 de mayo de 2007
LAS MARAVILLAS DE CALCUTA
Por Eduardo García Aguilar
Pocas ciudades conmueven tanto como Calcuta, la mítica capital de Bengala, situada a las orillas del Hooghly, en el delta final del sagrado Ganges. Es un inmenso hormiguero de millones y millones de seres humanos que circulan entre polvo, contaminación, canícula o lluvia, en un incesante ir y venir de risas, lágrimas, miseria, riqueza, fiesta, generosidad, injusticia y amor inagotables. En los viejos muros de los edificios neoclásicos del antiguo esplendor colonial crecen árboles y plantas que florecen y echan raíces entre la humedad generalizada. Una mujer tiende ropa en una ventana y al lado, en los nobles muros de un palacio viejo, poblado tal vez antaño por un magnate, un alto funcionario colonial o un embajador, se explaya ahora un matorral de flores color fucsia, amarillo y rojo sangre, poblado de pájaros y monos sagrados.
Porque hay que escuchar los pájaros a la hora del crepúsculo tropical: cuando se avecina la noche llegan por cientos de miles desde las amplias extensiones del delta y se refugian en los árboles del patio de un palacete decimonónico convertido en Gran Hotel. Hacen un bullicio fenomenal, como si cada una de esas aves hubiera llegado para contarles a las otras las experiencias del día en los amplios campos cantados por viejos cantores de epopeyas, poetas budistas o Rabindranath Tagore. Y de repente, a las seis y media, de súbito y al unísono, como comandados por una fuerza natural escrita desde hace millones de años, esos cientos de miles de pájaros se silencian y duermen dejando un halo de paz, mientras uno bebe cerveza india y piensa en los viejos tiempos del comercio de especias, en los años de Marco Polo, en las naos de los aventureros portugueses, ingleses y británicos que llegaron allí.Surgida como un fortín y puesto comercial de la Compaía de las Indias Orientales en el siglo XVII, Kalikata fue compañera inicial de otros prósperos enclaves coloniales como el Chinsura holandés, los franceses Chandenagor y Pondichery y el Goa portugués. Luego de la decadencia final del imperio moghol musulmán, que dominó la India durante siglos construyendo mezquitas sobre los derruidos templos hinduístas o budistas, todo ese enorme imperio islamista invasor se fragmentó en un caótico entramado de feudos de maharajás y nababs, que finalmente aceptaron el triunfo británico.
Calcuta fue la capital colonial desde 1774 hasta 1911, cuando fue trasladado el poder a Nueva Delhi, al otro lado noroeste de la India. La joven urbe surgió de un depósito comercial instalado el 24 de agosto de 1690 en el poblado Kalikata por Job Charnock. Luego de que los ingleses derrotaron a los caciques locales se convirtió en la capital de las posesiones británicas. Y tras su corto esplendor, la enorme metrópoli de palacios inimaginables y lujosos edificios diplomáticos y burocráticos, construidos a imagen y semejanza de los del Imperio Británico, fue cubriéndose de moho y vegetación y creciendo de manera desordenada hacia todos los puntos cardinales, pero enriqueciéndose de cultura, poesía, arte e ideas religiosas, políticas y filosóficas. En su seno Ramakrishna a fines del siglo XIX y Vivekananda en el XX pretendieron reunir todas las religiones en una sola para tratar de terminar con las guerras religiosas y los odios fanáticos; allí escribieron el sublime Rabindranath Tagore o el profundo Jibananda Das; hizo cine el grandioso Satyajit Ray y lo hace hoy el moderno Mrinal Sen.Y aunque se habla de la Madre Teresa y de indigentes que duermen en la calle, rickshaws halados por famélicos, bellas esposas repudiadas y viudas indigentes, o niños enfermos, también es cierto que cada año la Feria del Libro impresiona porque desde todas las partes de la ciudad acuden cientos de miles de visitantes, niños y grandes, al encuentro con la próspera industria editorial bengalí que se despliega en el Maiden, un verdadero pulmón verde en el centro de la ciudad. De un día para otro crecen edificaciones efímeras de madera y surge una ciudad dentro de la ciudad, una metrópoli de libros con calles y avenidas de polvo que no da abasto a la muchedumbre.
Los bengalíes, que han sido rebeldes y se sienten orgullosos de ser el centro cultural de la India, están ávidos de conocimiento. Decenas de jóvenes abordan a este colombiano proveniente de la tierra del legendario Gabriel García Márquez para hablarle en el español que aprendieron con el joven hispanista Dibyajyoti Mukhopadhiay, director de estudios hispánicos en la Ramakrishna Mission, una torre de babel en pleno Calcuta, construida a fines del siglo XIX y donde todos pueden estudiar por unas cuantas rupias las lenguas del mundo. Ellos conocen a Pablo Neruda, a Miguel Angel Asturias, a Juan Rulfo y a Julio Cortázar y consideran a América Latina como una tierra hermana.El auditorio de la Feria es una construcción de madera cubierta de flores y decenas de materos de plantas exuberantes y hasta allí llegan los conferencistas que hablan ante ese público de piel quemada por el sol, elgante en sus trajes ceñidos de tela blanca de algodón, adornados con chalecos y vistosos tocados cilíndricos. A la salida, el viejo sabio Doctor B. Chakravarti, todo de blanco, me ha regalado y firmado los tres tomos de su investigación The indians and the amerindians, donde desarrolla, a través de minuciosas comparaciones iconográficas del arte prehispanico e indio milenario, la teoría de los vasos comunicantes y la hermadad que, según él, une desde hace muchos milenios a estas dos regiones antípodas del planeta.Terminada la Feria del Libro, la actividad cultural seguirá en el Indian Coffee House, en Bankin Chatterjee Street, en torno al barrio universitario lleno de casetas de libreros ágiles y entusiastas. Adentro del café se mueven las aspas de los ventiladores y en cada mesa el diálogo fluye entre taza y taza de té. Al salir cruzará por la calle un pastor con cien ovejas y más allá uno podrá comprar un coco en una tienda protegida de la lluvia con latas de Coca-Cola, junto a una imagen en altorelieve del revolucionario Lenín.
En la Sahitya Academy los escritores de Calcuta preguntarán sobre América Latina al recién venido y recordarán con orgullo los poemas de los siddhacharias budistas que son considerados las primeras formas del lenguaje bengalí, de los siglos VII y VIII de nuestra era. Y más tarde, en la casa del gran maestro casi centenario Annada Sankar, la más importante figura viva de las letras de Calcuta, los escritores de la ciudad participarán en el encuentro de un viajero colombiano nacido en Manizales con las inolvidables letras de Bengala, que lo dejarán marcado para siempre.Porque en el ejercicio del arte, las letras y el pensamiento, los bengalíes conservan una orgullosa fuerza milenaria alejada de la competencia, el comercio desbocado, el dinero, la codicia y la usura ciegas en que se hunden ahora las letras occidentales. Se nota en la mirada profunda y sabia de esos hombres y mujeres de todas las edades a la hora de sentarse en círculo a hablar y compartir la alegría de leer y pensar, la alegría de escribir y morir, que todavía allÌ la literatura es algo sagrado y terrenal como el polvo de las calles y la incesante lluvia traÌda por los monzones. Y por eso, a la hora de decir adiós y subir al avión de Air India, no queda más remedio que llorar de felicidad al saber que aún existe una ciudad tan real y tan mítica como Calcuta.
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Pocas ciudades conmueven tanto como Calcuta, la mítica capital de Bengala, situada a las orillas del Hooghly, en el delta final del sagrado Ganges. Es un inmenso hormiguero de millones y millones de seres humanos que circulan entre polvo, contaminación, canícula o lluvia, en un incesante ir y venir de risas, lágrimas, miseria, riqueza, fiesta, generosidad, injusticia y amor inagotables. En los viejos muros de los edificios neoclásicos del antiguo esplendor colonial crecen árboles y plantas que florecen y echan raíces entre la humedad generalizada. Una mujer tiende ropa en una ventana y al lado, en los nobles muros de un palacio viejo, poblado tal vez antaño por un magnate, un alto funcionario colonial o un embajador, se explaya ahora un matorral de flores color fucsia, amarillo y rojo sangre, poblado de pájaros y monos sagrados.
Porque hay que escuchar los pájaros a la hora del crepúsculo tropical: cuando se avecina la noche llegan por cientos de miles desde las amplias extensiones del delta y se refugian en los árboles del patio de un palacete decimonónico convertido en Gran Hotel. Hacen un bullicio fenomenal, como si cada una de esas aves hubiera llegado para contarles a las otras las experiencias del día en los amplios campos cantados por viejos cantores de epopeyas, poetas budistas o Rabindranath Tagore. Y de repente, a las seis y media, de súbito y al unísono, como comandados por una fuerza natural escrita desde hace millones de años, esos cientos de miles de pájaros se silencian y duermen dejando un halo de paz, mientras uno bebe cerveza india y piensa en los viejos tiempos del comercio de especias, en los años de Marco Polo, en las naos de los aventureros portugueses, ingleses y británicos que llegaron allí.Surgida como un fortín y puesto comercial de la Compaía de las Indias Orientales en el siglo XVII, Kalikata fue compañera inicial de otros prósperos enclaves coloniales como el Chinsura holandés, los franceses Chandenagor y Pondichery y el Goa portugués. Luego de la decadencia final del imperio moghol musulmán, que dominó la India durante siglos construyendo mezquitas sobre los derruidos templos hinduístas o budistas, todo ese enorme imperio islamista invasor se fragmentó en un caótico entramado de feudos de maharajás y nababs, que finalmente aceptaron el triunfo británico.
Calcuta fue la capital colonial desde 1774 hasta 1911, cuando fue trasladado el poder a Nueva Delhi, al otro lado noroeste de la India. La joven urbe surgió de un depósito comercial instalado el 24 de agosto de 1690 en el poblado Kalikata por Job Charnock. Luego de que los ingleses derrotaron a los caciques locales se convirtió en la capital de las posesiones británicas. Y tras su corto esplendor, la enorme metrópoli de palacios inimaginables y lujosos edificios diplomáticos y burocráticos, construidos a imagen y semejanza de los del Imperio Británico, fue cubriéndose de moho y vegetación y creciendo de manera desordenada hacia todos los puntos cardinales, pero enriqueciéndose de cultura, poesía, arte e ideas religiosas, políticas y filosóficas. En su seno Ramakrishna a fines del siglo XIX y Vivekananda en el XX pretendieron reunir todas las religiones en una sola para tratar de terminar con las guerras religiosas y los odios fanáticos; allí escribieron el sublime Rabindranath Tagore o el profundo Jibananda Das; hizo cine el grandioso Satyajit Ray y lo hace hoy el moderno Mrinal Sen.Y aunque se habla de la Madre Teresa y de indigentes que duermen en la calle, rickshaws halados por famélicos, bellas esposas repudiadas y viudas indigentes, o niños enfermos, también es cierto que cada año la Feria del Libro impresiona porque desde todas las partes de la ciudad acuden cientos de miles de visitantes, niños y grandes, al encuentro con la próspera industria editorial bengalí que se despliega en el Maiden, un verdadero pulmón verde en el centro de la ciudad. De un día para otro crecen edificaciones efímeras de madera y surge una ciudad dentro de la ciudad, una metrópoli de libros con calles y avenidas de polvo que no da abasto a la muchedumbre.
Los bengalíes, que han sido rebeldes y se sienten orgullosos de ser el centro cultural de la India, están ávidos de conocimiento. Decenas de jóvenes abordan a este colombiano proveniente de la tierra del legendario Gabriel García Márquez para hablarle en el español que aprendieron con el joven hispanista Dibyajyoti Mukhopadhiay, director de estudios hispánicos en la Ramakrishna Mission, una torre de babel en pleno Calcuta, construida a fines del siglo XIX y donde todos pueden estudiar por unas cuantas rupias las lenguas del mundo. Ellos conocen a Pablo Neruda, a Miguel Angel Asturias, a Juan Rulfo y a Julio Cortázar y consideran a América Latina como una tierra hermana.El auditorio de la Feria es una construcción de madera cubierta de flores y decenas de materos de plantas exuberantes y hasta allí llegan los conferencistas que hablan ante ese público de piel quemada por el sol, elgante en sus trajes ceñidos de tela blanca de algodón, adornados con chalecos y vistosos tocados cilíndricos. A la salida, el viejo sabio Doctor B. Chakravarti, todo de blanco, me ha regalado y firmado los tres tomos de su investigación The indians and the amerindians, donde desarrolla, a través de minuciosas comparaciones iconográficas del arte prehispanico e indio milenario, la teoría de los vasos comunicantes y la hermadad que, según él, une desde hace muchos milenios a estas dos regiones antípodas del planeta.Terminada la Feria del Libro, la actividad cultural seguirá en el Indian Coffee House, en Bankin Chatterjee Street, en torno al barrio universitario lleno de casetas de libreros ágiles y entusiastas. Adentro del café se mueven las aspas de los ventiladores y en cada mesa el diálogo fluye entre taza y taza de té. Al salir cruzará por la calle un pastor con cien ovejas y más allá uno podrá comprar un coco en una tienda protegida de la lluvia con latas de Coca-Cola, junto a una imagen en altorelieve del revolucionario Lenín.
En la Sahitya Academy los escritores de Calcuta preguntarán sobre América Latina al recién venido y recordarán con orgullo los poemas de los siddhacharias budistas que son considerados las primeras formas del lenguaje bengalí, de los siglos VII y VIII de nuestra era. Y más tarde, en la casa del gran maestro casi centenario Annada Sankar, la más importante figura viva de las letras de Calcuta, los escritores de la ciudad participarán en el encuentro de un viajero colombiano nacido en Manizales con las inolvidables letras de Bengala, que lo dejarán marcado para siempre.Porque en el ejercicio del arte, las letras y el pensamiento, los bengalíes conservan una orgullosa fuerza milenaria alejada de la competencia, el comercio desbocado, el dinero, la codicia y la usura ciegas en que se hunden ahora las letras occidentales. Se nota en la mirada profunda y sabia de esos hombres y mujeres de todas las edades a la hora de sentarse en círculo a hablar y compartir la alegría de leer y pensar, la alegría de escribir y morir, que todavía allÌ la literatura es algo sagrado y terrenal como el polvo de las calles y la incesante lluvia traÌda por los monzones. Y por eso, a la hora de decir adiós y subir al avión de Air India, no queda más remedio que llorar de felicidad al saber que aún existe una ciudad tan real y tan mítica como Calcuta.
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sábado, 26 de mayo de 2007
JUNTO A LA TUMBA DE CHATEAUBRIAND EN SAINT-MALO
Por Eduardo García Aguilar
En el puerto corsario de Saint-Malo, ante el viento y las olas del norte, en la isla del Gran Bé, está situada la tumba del gran escritor francés Chateaubriand (1768-1848), autor de Memorias de Ultratumba, El Genio del Cristianismo, Itinerario de París a Jerusalén y de las novelas Atala y René, entre otras obras. Antes de morir pobre, este aristócrata bretón que vivió el Antiguo Régimen, la Revolución, las restauraciones y alcanzó a vislumbrar ya anciano la modernidad, pidió que fuera sepultado en la pequeña isla de su tierra natal para "sólo escuchar el mar y el viento" desde ultratumba.
Cuando baja la marea hacia el atardecer, el viajero cruza un camino cubierto de algas y sube a la isla por un camino modesto, dejando atrás las imponentes murallas del milenario puerto, uno de los más bellos del país. Y poco después se está junto al sepulcro de este prosista considerado como uno de los más grandes de la lengua francesa. Ante el precipicio sólo resta el sonido de las olas, que en tiempos de tormenta pueden ser gigantescas y golpear con furia las murallas, y el silbido persistente del frío viento de los mares del norte. Las gaviotas danzan frente al visitante que a lo lejos vislumbra los faros y las islas lejanas. En el sitio funerario no figura su nombre: sólo se ve una placa en un viejo muro de piedras, la lápida, una fea cruz rústica de granito y sobre la superficie funeraria algunas ofrendas de viajeros y admiradores del vanidoso escritor que aspiraba a figurar en la historia al lado de Napoleón Bonaparte y colaboró con todos los gobiernos y ocupó las más altas dignidades, siempre sin decidirse entre el Rey y la República. Pero la sorpresa para el curioso es que a diez metros de la tumba se puede ver y tocar uno de los indestructibles búnkeres de concreto construidos por los invasores nazis, como prueba de que la historia siguió su camino después de la desaparición del hijo ilustre de Saint-Malo.
Chateaubriand nació en Saint-Malo y luego fue trasladado al castillo de Combourg donde pasó el resto de la infancia al lado de su familia, tal y como lo relata al inicio de sus Memorias, cuando describe con detalle a sus ancianas tías abuelas, sobrevivientes reliquias del siglo XVII. Llegó la Revolución y como joven aristócrata tuvo que huir al exilio hacia el Nuevo Mundo. A su regreso supo con dolor que familiares suyos fueron guillotinados. Tuvo entonces la fortuna y la desgracia de vivir un siglo de acontecimientos excepcionales en Europa que significaron el fin del Antiguo Régimen y el surgimiento de nuevas realidades geopolíticas y sociales. Ser testigo de tantos cambios radicales y sangrientos lo hizo flexible y lúcido y lo llevó a utilizar su excelente prosa para dar testimonio de hechos inolvidables. Memorias de Ultratumbra es una de las grandes obras modernas al lado de las Confesiones de Rousseau o las Memorias del Cardenal de Retz, entre otras que usan un tono intimista en primera persona, sin las tiesuras ceremoniales propias del pasado.
Visitar este viejo puerto de piratas y corsarios es una peregrinación obligada de los amantes de la literatura, pues además de ser tierra natal de este extraordinario escritor, hay tanta carga de ficción en esos muros medievales restaurados después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, que entre sus callejuelas parecen deambular los fantasmas de mil aventureros y viajeros marinos. Aquí llegaron indígenas del Brasil y norteamérica, de aquí partió Jacques Cartier a descubrir lo que hoy es Quebec y estas murallas fueron testigo por siglos de la trata de esclavos y de todo tipo de comercios mundiales.
Cada año se celebra aquí el festival Impresionantes viajeros, que conovoca a un centenar de escritores y poetas provenientes de todo el mundo. Los actos se realizan en la Casa Internacional de Poetas y Escritores, la casa natal de Chateaubriand, el Teatro del mismo nombre, el castillo medieval, mientras sigue en el puerto el ajetreo de los transbordadores que viajan a las islas de Jersey, Gernesey y Gran Bretaña. En calles, plazas y restaurantes se ven hombres disfrazados como en tiempos de los corsarios y los turistas vienen a ver caer el sol y el fenómeno de las mareas. Viejos y jóvenes sueñan con piratas y aventureros sin saber que el romántico Chateaubriand los mira desde el más allá viajando en el lomo de una fugaz gaviota o en el destello de un buque fantasma. Gracias a este mentor de lujo la literatura, que es arte de insensatos, rebeldes y utópicos, sigue muy viva aquí en Saint-Malo, como si fuera el mejor tesoro extraído de ciertos galeones hundidos.
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lunes, 21 de mayo de 2007
GRECIA, ROMA Y LOS HITLERCITOS TROPICALES

Por Eduardo García Aguilar
Hitler no es una caricatura sino un personaje muy real y muy reciente que sedujo con sus gritos histéricos y sus desplantes de neurasténico a muchas personas del pueblo y a muchos intelectuales.
Hitler no es una caricatura sino un personaje muy real y muy reciente que sedujo con sus gritos histéricos y sus desplantes de neurasténico a muchas personas del pueblo y a muchos intelectuales.
En las salas griegas o romanas del museo del Louvre suele uno toparse con frecuencia con los bustos de grandes filósofos y escritores de la antigüedad como Homero, Sócrates, Platón, Aristóteles y otros muchos que fueron inmortalizados por sus contemporáneos en mármol. Y con ellos se deambula por un bosque de obras maestras como el sátiro Marsyas colgado, que espera la muerte, sediento, en medio del suplicio.
Otras obras de una perfección sideral vienen a nuestro encuentro en las amplias salas silenciosas que nos muestran los instantes de una civilización antigua que en muchos aspectos jamás igualaremos los contemporáneos. En la sala etrusca uno puede ver objetos cotidianos y ataúdes gozosos donde los difuntos ríen o duermen o se abrazan para la eternidad. Basta visitar esas salas para recuperar un poco de confianza en el hombre, empecinado siempre en seguir el camino de la guerra, el odio y la avaricia. Después de caminar horas en medio de esos vestigios, de observar a través de las vidrieras el trabajo minucioso de los restauradores sobre obras inmensas y milenarias, el observador sale un poco reconciliado con el arte, el saber, el talento, el desinterés de aquellos viejos hombres que caminaban por el pueblo haciendo preguntas aparentemente idiotas como quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos. Lo mismo ocurre cuando uno pasa delante del circo romano o el pequeño templo llamado la Casa cuadrada de Nîmes, en el sur de Francia, que por razones extrañas permanecieron indemnes después del derrumbe del Imperio Romano, para que podamos intuir la grandeza de aquellos tiempos, la riqueza, el orden y el talento de los lejanos ancestros que también conocieron el dolor, la guerra y el exterminio.
No hace medio siglo los europeos, que son descendientes directos de aquel esplendor, se trenzaron en una guerra espantosa que aún humea sobre las frágiles instituciones actuales. Sus aviones y ejércitos destruyeron ciudades enteras y convirtieron en ruinas millones de edificios y obras y, lo peor, condenaron a la muerte y al éxodo a millones de seres humanos por obra y gracia de un iluminado llamado Hitler, que sedujo a las masas de su país con su palabra agresiva y primaria llena de odio y mentira. A todo mundo calificaba de bandido, pero el bandido era él. A Hitler nada lo detuvo en su locura y en su desequilibrio para llevar a su pueblo a la derrota y a la destrucción, empecinado como estaba en purificar supuestamente a su raza y a limpiarla de toda escoria étnica y de toda disidencia. Este hombre desequilibrado de pocos estudios y una ignorancia notable condujo a su pueblo a la deflagración y al final, después de suicidarse en un búnker, dejó sólo ruinas a su alrededor, allí donde hubo antes trabajo, cultura, riqueza, arte y cabaret. Quería a toda costa el unanimismo delirante y sembró el odio entre los suyos por ese maravilloso pueblo judío que creció por siglos allí aportando riqueza, inteligencia y obras maestras y al que condujo a los campos de concentración y al éxodo. Y al opositor de izquierda, al defensor del trabajador y del obrero, al defensor del débil, lo persiguió con su agentes de inteligencia y sus SS y los hizo desaparecer uno por uno o por grupo en atroces vendettas de exterminio. Las fosas comunes se fueron llenando de opositores y supuestos agentes del extranjero.
Hitler no es una caricatura sino un personaje muy real y muy reciente que sedujo con sus gritos histéricos y sus desplantes de neurasténico a muchas personas del pueblo y a muchos intelectuales, escritores, políticos y pensadores, que recitaban con odio esos gritos de exclusión en toda América Latina y en otras partes del mundo. Para todos ellos era muy normal aniquilar y exterminar al adversario caricaturizándolo de judío, de comunista o de bandido e incitar a la «infame turba» al genocidio, la masacre, el asesinato, el descuartizamiento del otro, del que piensa distinto a nosotros y alza su voz a favor de los débiles y en contra de los delincuentes de cuello blanco que se hacen millonarios con transacciones ilícitas y por otro lado chillan odas a la moralidad, al orden y al trabajo que no practican.
Cada generación está condenada a la disidencia y a la crítica: si nuestros abuelos y padres tuvieron que enfrentar con dolor a la chulavita armada e intelectual de hace apenas medio siglo, a nosotros nos toca ahora presenciar con espanto la vitalidad de una neo-chulavita tecnológica asuzada por nuestros hitlercitos tropicales. A medida que salen los cadáveres de entre 10.000 y 31.000 colombianos asesinados y desaparecidos por una de las fuerzas más genocidas de la historia de nuestro país, no nos queda otra cosa que refugiarnos entre esas estatuas y esos rostros de sabios de la antigüedad y preguntar con ellos cosas tan idiotas como quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos.
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lunes, 14 de mayo de 2007
ANTONIN ARTAUD: EXCENTRICIDAD, LOCURA Y POESIA
Por Eduardo García Aguilar
En la futurista Biblioteca Nacional de Francia, situada al lado del río Sena, en uno de los sectores más modernos e inquietantes de París, no lejos del último manicomio donde estuvo internado, se presenta una amplia exposición sobre la vida y obra de Antonin Artaud (1986-1948), uno de los escritores malditos más excéntricos y atormentados del siglo XX.
Perseguido por la locura a lo largo de su vida, con varios internamientos en hospitales psiquiátricos, este hijo de la mediterránea Marsella representa una variante muy atractiva del ejercicio artístico por su cercanía con el martirologio y la inmolación en aras de la creación. Artaud es uno de los representantes típicos del "genio loco", arquetipo romántico que ha sido abordado con fascinación por muchos autores, al lado de los casos de Nietzsche, Nerval y Maupassant. En Francia, el ya fallecido Jacques Derrida, autor de De la Gramatología, escribió notables páginas sobre este autor que descubrió en la adolescencia en Argelia y a quien considera un caso básico para explorar a fondo en los arcanos de la escritura. Artaud no tiene nada que ver con los grandes santones de las letras francesas como André Maurois, André Malraux y François Mauriac y tantos otros que siguieron una carrera convencional entre la sociedad, cerca del poder y de los salones literarios, pero sí con marginales rebeldes tan notables como Louis Ferdinand Céline, Blaise Cendrars, Jean Genet o Jean Paul Sartre. Mientras los primeros engordaban perfumados, sentados como Panatgruel frente a jugosos perniles, Artaud enflaquecía y perdía los dientes al mismo tiempo que lo invadían las voces de la demencia.
Este poeta maldito fue la concreción de la belleza pura y del talento a ultranza y como Juana de Arco fue devorado por las llamas, convirtiéndose en mito. La exposición nos ingresa al mundo delirante de Artaud utilizando todos los instrumentos del multimedia: lo vemos en grandes pantallas en escenas de sus películas, como cuando representa a Savonarola antes de ser inmolado, escuchamos su voz de imprecación permanente, lo vemos actuar en películas del cine mudo, entramos en contacto con su letra atormentada escrita en las hojas de los cuadernos sin fin que podemos ver con las manchas de la cotidianidad, palpamos sus retratos de personas cercanas o médicos o enfermeras, viajamos a las tierras mexicanas donde vivió momentos de felicidad y tormento y seguimos las imágernes de esos indios cuyos rituales vivió con devoción iniciática.
En México, país de entrañable locura, lo recibieron los artistas como a uno de los suyos y dejó huella en artículos publicados en el diario El Nacional, luego recopilados con un prólogo del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón. En el legendario Café París del Centro histórico de la capital mexicana los miembros de la generación de Los Contemporáneos y probablemente el joven Octavio Paz lo escucharon con atención cuando contaba su experiencia iniciática entre los Tarahumaras. Tal vez allí en ese México surrealista de Diego Rivera y Frida Kahlo, donde la colorida realidad es a veces más delirante que los delirios, Aratud fue feliz porque su locura francesa se volvía allí normalidad y porque los rituales prehispánicos embonaban con su mal. En la exposición las paredes están llenas de frases suyas extraídas de su desesperada correspondencia, cuando desde las celdas pedía a gritos y escritos su libertad. Se reproduce allí esa grafía mural por donde suelen expresarse los presos y los locos y en medio de imágenes, fragmentos de películas, cuadros, videos, el espectador se vuelve un poco demente a su vez para entrar en comunión con el mártir de la palabra. Y de manera paulatina vemos como de la belleza inicial, de ese rostro de galán cinematográfico, su figura va convirtiéndose en la ruina humana desdentada y demacrada que terminó por legar a la historia. Y nada más útil que ese rostro martirizado para suscitar la culpa de una sociedad que lava sus pecados glorificando a sus malditos, perseguidos, enfermos, leprosos, sifilíticos, mutilados.
Creador del teatro de la crueldad, poeta delirante inspirado por los paraísos artificiales y en especial por los efectos del peyote mexicano que consumió durante su visita a los indios tarahumaras, cercano a los surrealistas y dotado de un gran talento como actor y dibujante, Artaud pasó de los manicomios a la gloria como representante máximo en el siglo XX de la relación entre la locura y el arte. En un momento fue director irónico y onírico de la Oficina de investigaciones surrealistas, luego de que en 1924 ingresara al movimiento dirigido por su autoritario Papa André Breton, se orientó después hacia la teoría teatral en obras como en El teatro y su doble, donde busca sacudir al espectador y tras dejar huellas de su apostura en varias películas y obras teatrales, dejó via libre a su grafomanía en centenares de cuadernos que llenó en los años de internado en los hospitales de Rodez y Villejuif, entre otros.
Pero lo más increíble es que al final los médicos sabían que a través de su paciente pasarían a la historia y se tomaban fotografías con él durante las sesiones de electrochoques. Artaud era la estrella del hospital y se le otorgaban todas las facilidades para que escribiera o dibujara sin límites. Gracias a esa admiración del poder médico por el "genio loco" podemos hoy viajar por su cartas y libros. Cuando salió libre antes de morir y fue invitado por las autoridades literarias a hablar en conferencias, llevó aún más a fondo su rebelión: se levantaba de la mesa en mitad de una lectura y abandonaba a ese público que lo miraba con curiosidad, desenmascarando así la farsa de la escritura y la figuración. Todo escritor cuerdo en esta sociedad es ya de por sí un loco, pero mucho más cuerdo es y seguirá siendo el verdadero "genio demente", que como Artaud rompe todas las ataduras con la gloria y la difícil e infame tarea de obtenerla.
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sábado, 12 de mayo de 2007
SIMPATIAS Y DIFERENCIAS CON GERMAN ARCINIEGAS
Por Eduardo García Aguilar
Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental.
En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en América Latina es refrescante celebrar a un longevo colombiano que estuvo caracterizado por el ejercicio del diálogo y la polémica y que murió como un personaje de realismo mágico antes de cumplir los cien años (1900-1999). Este patriarca viajero, que tuvo la edad del siglo XX, perteneció a una amplia generación de latinoamericanistas que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía y vive desde siempre anegado en pobreza, violencia atroz, luchas fratricidas y caudillismo.
Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela; José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México; Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana; José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú; Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por el canto uniformizador de la sirena tecnocrática o el caudillismo unanimista. Al mismo tiempo, y sin necesidad de afirmarse, Jorge Luis Borges, más excéntrico y escéptico, se comía al mundo sin bandera.
Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Villa y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes best-sellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tuvo del primero, que era espantoso escritor, el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparten ambos la ligereza y la imaginación desbordada.
Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo XX en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción. Después de muchas décadas hombres como estos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. La mayoría de ellos como el derrotado Vasconcelos, uno de los prosistas más notables del siglo y cuyas memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano, terminaría vencido, en el exilio, apedreado, pateado, salvo Arciniegas, que siguió fiel a su entusiasmo, cercano al poder y a las dignidades que le encantaban.
A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas de los tiempos de antes de la televisión, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de los héroes.
Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental. Cosa extraña de la historia, tanto él como esa generación de intelectuales civilistas que trabajaban en la primera mitad del siglo para sus gobiernos y peregrinaban cada año a París, en ese entonces capital cultural latinoamericana, fueron arrasados por el renacimiento de un neotelurismo literario que desplazó el interés por esa reflexión tolerante.
Arciniegas y otros intelectuales pasados de moda en tiempos de revoluciones, vivieron décadas de ostracismo hasta que las nuevas generaciones académicas empezaron a restablecer un puente con ellos, para volver a "pensar" con calma y civilismo, y no con las llamas y la atractiva exuberancia ideológica de las últimas décadas. Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dado voz especial a la anécdota para sentarse en la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos.
Este prosista y sus afines polígrafos, que nadaron entre el ensayo, la ficción y el discurso, pueden contribuir en estos momentos a una revisión más amable de las discrepancias continentales, cuando grados indecibles de pobreza, enfermedad y analfabetismo vuelven a la región ante la mirada egoísta e indiferente de la mayoría de sus castas, hipnotizadas por el progreso y el camino hacia la quimera del Primer Mundo.
En sus mejores libros Arciniegas reivindicó el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. No deja por supuesto de ser difícil a veces la lectura de muchos de sus textos de ocasión, pero el mérito mayor es que no se dejó devorar por ellos y emprendió obras más ambiciosas, para romper con la tradición devoradora del diarismo. El periodismo y la política fueron y son los cementerios más terribles del talento latinoamericano, pero Arciniegas, que fue ministro y diplomático, logró sacarle el cuerpo a ambos con la alegre irreverencia del "estudiante" eterno que reivindicó en su primer libro famoso.
En tiempos de recrudecimiento de la intolerancia en América Latina es refrescante celebrar a un longevo colombiano que estuvo caracterizado por el ejercicio del diálogo y la polémica y que murió como un personaje de realismo mágico antes de cumplir los cien años (1900-1999). Este patriarca viajero, que tuvo la edad del siglo XX, perteneció a una amplia generación de latinoamericanistas que, desde diversos matices y temperamentos, lucharon por la implantación de la democracia en un continente que vivía y vive desde siempre anegado en pobreza, violencia atroz, luchas fratricidas y caudillismo.
Marcados en el norte por el entusiasmo generado por la Revolución Mexicana y las acciones culturales del ministro José Vasconcelos, y en el sur por la rebelión estudiantil de Córdoba o el ideario de Víctor Raúl Haya de la Torre, se caracterizaron por una creatividad desbordada al servicio del continentalismo: Mariano Picón Salas y Arturo Uslar Pietri en Venezuela; José Vasconcelos y Alfonso Reyes en México; Pedro Henríquez Ureña en República Dominicana; José Carlos Mariátegui y Luis Alberto Sánchez en Perú; Baldomero Sanín Cano y Jorge Zalamea en Colombia, y Aníbal Ponce y Enrique Anderson Imbert en Argentina, fueron algunos de esos nombres que inundaron las páginas de diarios y revistas con esa fe latinoamericanista que ahora se cambió por el canto uniformizador de la sirena tecnocrática o el caudillismo unanimista. Al mismo tiempo, y sin necesidad de afirmarse, Jorge Luis Borges, más excéntrico y escéptico, se comía al mundo sin bandera.
Creían entonces que era posible conducir al conjunto de naciones del área hacia la convivencia pacífica, en el marco del renacimiento cultural y el diálogo abierto entre opiniones diversas sobre los rumbos a seguir. Surgidos al calor del auge periodístico, algunos de esos hombres trataban de seguir las huellas de antecesores modernistas como el colombiano José María Vargas Villa y el guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, los más grandes best-sellers idolatrados de la época y de quienes hoy pocos se acuerdan. Arciniegas tuvo del primero, que era espantoso escritor, el gusto por el escándalo, y del segundo una redacción más pulida y llena de color, aunque comparten ambos la ligereza y la imaginación desbordada.
Estos buenos hombres íntegros y discretos que eran civilistas, universitarios, funcionarios, diplomáticos, editores, capitalinos de sombrero Stetson, bastón, chaleco, corbata negra y cuello duro, florecieron en la primera mitad del siglo XX en todo el continente y hoy por hoy nos parecen extraños animales en vías de extinción. Después de muchas décadas hombres como estos constituyeron el primer esfuerzo latinoamericano por pensar desde las universidades sin complejos frente al Viejo Mundo. La mayoría de ellos como el derrotado Vasconcelos, uno de los prosistas más notables del siglo y cuyas memorias son lectura fundacional para todo latinoamericano, terminaría vencido, en el exilio, apedreado, pateado, salvo Arciniegas, que siguió fiel a su entusiasmo, cercano al poder y a las dignidades que le encantaban.
A través de los libros de Arciniegas, muchos entraron al mundo ficticio del pasado continental lleno de Coatlicues y príncipes de taparrabos y plumas, virreyes de peluca y zapatillas, bucaneros tuertos y con pie de palo, reyes lejanos, mercaderes, esclavos negros y bellas cortesanas, inquisidores, fantasmas, vírgenes, monjes y libertadores, en lo que constituía el catálogo barroco de los abalorios históricos del continente a lo largo de 500 años de colisión con el Viejo Mundo. Él supo captar con sus relatos la atención de varias generaciones de estudiantes y autodidactas de los tiempos de antes de la televisión, convirtiéndose en documentalista de las tragedias y hazañas de los héroes.
Durante muchos años El estudiante de la mesa redonda (1932) y Biografía del Caribe (1945), desde sus sólidas ediciones argentinas, circularon por encima de las fronteras y fueron traducidos a varias lenguas, convirtiendo al bogotano en clásico continental. Cosa extraña de la historia, tanto él como esa generación de intelectuales civilistas que trabajaban en la primera mitad del siglo para sus gobiernos y peregrinaban cada año a París, en ese entonces capital cultural latinoamericana, fueron arrasados por el renacimiento de un neotelurismo literario que desplazó el interés por esa reflexión tolerante.
Arciniegas y otros intelectuales pasados de moda en tiempos de revoluciones, vivieron décadas de ostracismo hasta que las nuevas generaciones académicas empezaron a restablecer un puente con ellos, para volver a "pensar" con calma y civilismo, y no con las llamas y la atractiva exuberancia ideológica de las últimas décadas. Es posible que la obra de Arciniegas haya sacrificado el rigor en aras de la difusión, alejado la prueba documental en vez de cotejar archivos, y dado voz especial a la anécdota para sentarse en la amenidad periodística, pero es innegable que sus libros y miles de artículos encendieron y animaron a muchos.
Este prosista y sus afines polígrafos, que nadaron entre el ensayo, la ficción y el discurso, pueden contribuir en estos momentos a una revisión más amable de las discrepancias continentales, cuando grados indecibles de pobreza, enfermedad y analfabetismo vuelven a la región ante la mirada egoísta e indiferente de la mayoría de sus castas, hipnotizadas por el progreso y el camino hacia la quimera del Primer Mundo.
En sus mejores libros Arciniegas reivindicó el derecho de los millones de aventureros pobres que, según él, poblaron América a través de los siglos, y predica la solidificación de esa mezcla de razas en busca de una nueva tierra. No deja por supuesto de ser difícil a veces la lectura de muchos de sus textos de ocasión, pero el mérito mayor es que no se dejó devorar por ellos y emprendió obras más ambiciosas, para romper con la tradición devoradora del diarismo. El periodismo y la política fueron y son los cementerios más terribles del talento latinoamericano, pero Arciniegas, que fue ministro y diplomático, logró sacarle el cuerpo a ambos con la alegre irreverencia del "estudiante" eterno que reivindicó en su primer libro famoso.
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jueves, 10 de mayo de 2007
EN COMUN, SOLAMENTE EL ACENTO
El Día de Colombia congregó a autores tan diversos como Santiago Gamboa, Efraim Medina Reyes, Juan Gabriel Vásquez o Eduardo García Aguilar
ANGÉLICA TANARRO/VALLADOLID
«El escritor colombiano es cada uno de los escritores colombianos». La frase de Santiago Gamboa (Bogotá, 1965. Autor de 'Los impostores' y 'El síndrome Ulises') sirve para tomar el pulso a un estado de ánimo. Ayer era el Día de Colombia en la Feria del Libro de Valladolid y distintas voces literarias fueron congregadas en las dos mesas redondas de la tarde. Sin tema preestablecido, cada cual con su trayectoria a cuestas y sus vivencias particulares en el 'oficio de nombrar' que era como Octavio Paz se refería a la literatura. Unidos por el país de procedencia, por el acento y, en la mayoría de los casos, por vivir fuera de su país. Y rebeldes ante cualquier etiqueta, ya venga del exterior o se plantee desde sus mismas filas.
«El escritor colombiano es cada uno de los escritores colombianos». La frase de Santiago Gamboa (Bogotá, 1965. Autor de 'Los impostores' y 'El síndrome Ulises') sirve para tomar el pulso a un estado de ánimo. Ayer era el Día de Colombia en la Feria del Libro de Valladolid y distintas voces literarias fueron congregadas en las dos mesas redondas de la tarde. Sin tema preestablecido, cada cual con su trayectoria a cuestas y sus vivencias particulares en el 'oficio de nombrar' que era como Octavio Paz se refería a la literatura. Unidos por el país de procedencia, por el acento y, en la mayoría de los casos, por vivir fuera de su país. Y rebeldes ante cualquier etiqueta, ya venga del exterior o se plantee desde sus mismas filas.
Eduardo García Aguilar (Manizales, 1953. Autor de 'Tequila coxis' y 'Una biografía intelectual de Álvaro Mutis') abrió la caja de los truenos cuando, refiriéndose a esa circunstancia común de estar fuera de Colombia, dijo «me voy, luego existo». «Me voy luego existo como escritor», añadió para extenderse después en los problemas de un país cuya historia ha estado marcada por la guerra, la violencia, las masacres. Denunció que en su país «se está cometiendo un genocidio a cargo de los paramilitares de extrema derecha, que apoyaron a Uribe en el poder, y puedo decirlo porque estoy fuera de Colombia. Dentro me asesinarían por decir esto».
Efraim Medina Reyes (Cartagena de Indias, 1971. Autor de 'Érase una vez el amor pero tuve que matarlo' ) dijo que a pesar de residir en Italia había vivido la mayor parte de su vida en Colombia y no se imaginaba la vida en otro lugar. Dibujó una experiencia completamente distinta. «Crecí en Cartagena y luego en Bogotá y jamás vi un guerrillero. Cuando me han disparado ha sido por una discusión a causa del alcohol, por pendejadas, no por causas políticas. Y esa realidad de guerra, que existe, yo no la he percibido. Nací en una familia muy humilde, con dificultades de todo tipo, pero feliz. En Colombia hay otras experiencias que no tienen que ver con la guerra o la violencia. Y yo amo a mi país con guerra o sin ella. Fuera me aburro muchísimo».
Medina Reyes, que carga con un cierto sambenito de 'enfant terrible' afirma no tener compromisos. «Me importa un pimiento si el mundo se acaba o se extinguen los delfines rosas. Me interesa la vida en un plano corto. Hay algo psicológico que me impulsa a escribir: las criaturas enfrentadas a su propio devenir. Nadie, ni siquiera en la experiencia de un campo de refugiados vive la guerra como una crisis cósmica. Vive su día a día».
Gamboa afirma rotundo: «Mi literatura no la define el problema político de Colombia. Es la mirada eurocéntrica sobre América Latina la que exige al escritor de América Latina una definición desde el punto de vista político. Es como si hubiera además una obligación de informar sobre la historia del país de origen. A ningún escritor belga se le exige que informe sobre Bélgica en sus novelas. A nuestra literatura se le exigen cosas como exotismo, evasión, revolución o compromiso. Pero esto es paternalismo europeo. Para que la literatura exista no es necesario ni irse ni quedarse. Este es un debate agotado».
Hubo además otras voces. La de Pedro Sorela (Bogotá, 1951. Autor de 'Ya verás') para quien las banderas y nacionalidades en literatura forman parte del negocio editorial o la de Consuelo Triviño (Bogotá, 1956. Autora de 'La casa imposible') quien se quedó sola defendiendo la postura de que sí existe una literatura colombiana. «Existe. Otra cosa es desde qué punto de vista empezamos a definirla. No sé si es cuestión de estilo o temática. Pero cómo no va a haber una literatura colombiana existiendo faros, autores tan importantes como García Márquez que nos han influido a todos, tanto para situarnos en su rastro y reconocer su enseñanza o para desmarcanos de ellos».
lunes, 30 de abril de 2007
SEGOLÈNE ROYAL EN BIKINI AZUL
Por Eduardo Garcia Aguilar
Pierda o gane, Segolène Royal ha pasado a la historia contemporánea de Francia. Nacida hace 53 años en Dakar, en Senegal, hija de un militar y crecida en una numerosa familia provinciana y modesta de clase media, esta mujer es ejemplo típico del ascenso por méritos propios a las altas esferas de la política francesa. De joven cuidó niños en Inglaterra y fue tan buena estudiante que escaló todos los puestos hasta graduarse en Ciencias Políticas e ingresar a la Escuela Nacional de Administración. Allí conoció a su cómplice y compañero de vida Francois Hollande, actual secretario general del Partido Socialista, con quien tuvo cuatro hijos.
Pero su estrella comenzó muy pronto cuando fueron cooptados como jóvenes promesas por importantes asesores del presidente François Mittterand, que gran donjuan y amante desbordado de faldas, sin duda quedó maravillado por la belleza y el sex appeal de esta joven y severa funcionaria. Primero fue joven ministra de Ecología y a medida que nacían sus hijos, tuvo cargos en educación y asuntos de la familia, que desempeñó a veces embarazada. Ya desde entonces abrió con tino político las puertas de la clínica de maternidad a las revistas del corazón para que vieran a su ministra amamantando a sus bebés o extendida después de dar a luz. En el verano pasado fue sorprendida en bikini azul nadando en las playas del sur, mostrando su bello cuerpo ante la sorpresa de todos. Para sus 53 abriles se observaba muy bien, coincidía toda la prensa. Segolène es todo un encanto, comparada al muy feo Sarkozy. Se comprende que el ya muy anciano presidente Mitterrand exigiera y ordenara, autoritario como era, que su bella asesora lo acompañara en algunas de sus giras, aunque no fuera necesario.
Claro que hace unos meses, cuando la vieron nadando como sirena con su bikini azul, nadie imaginaba ni podía siquiera calibrar en el sueño más delirante que algún día llegaría a ser la candidata presidencial de su partido, en un país muy machista donde los candidatos surgen después de décadas de dura batalla entre un vasto sanederín de hombres ambiciosos rodeados de mujeres de adorno. Como en los buenos tiempos del Antiguo Régimen monárquico, la Revolución, los años napoleónicos, la Restauración o las viejas repúblicas, para acceder a una candidatura con posibilidades habrá sido necesario descabezar antes a centenares de rivales. Los presidentes franceses fueron siempre viejos zorros de colmillos afilados como Pompidou o Chirac o leyendas como el general De Gaulle o Mitterrand, no menos astutos y expertos en las luchas palaciegas.
Segolène Royal logró pasar inadvertida como la mujer bonita de un poco agraciado líder del partido, algo chistoso y barrigón. Ninguno de los prohombres de ese movimiento lleno de talentos como Bernard Kouchner, Laurent Fabius o Dominique Strauss-Kahn, entre otros muchos, pudo pensar alguna vez que mientras impedían el ascenso del simpático François Hollande, éste preparara en secreto la carta de su mujer y en una jugada maestra, manipulando muy bien a la opinión, logró obtener para ella en 2006 la candidatura presidencial en los comicios internos del partido.
Pero su estrella comenzó muy pronto cuando fueron cooptados como jóvenes promesas por importantes asesores del presidente François Mittterand, que gran donjuan y amante desbordado de faldas, sin duda quedó maravillado por la belleza y el sex appeal de esta joven y severa funcionaria. Primero fue joven ministra de Ecología y a medida que nacían sus hijos, tuvo cargos en educación y asuntos de la familia, que desempeñó a veces embarazada. Ya desde entonces abrió con tino político las puertas de la clínica de maternidad a las revistas del corazón para que vieran a su ministra amamantando a sus bebés o extendida después de dar a luz. En el verano pasado fue sorprendida en bikini azul nadando en las playas del sur, mostrando su bello cuerpo ante la sorpresa de todos. Para sus 53 abriles se observaba muy bien, coincidía toda la prensa. Segolène es todo un encanto, comparada al muy feo Sarkozy. Se comprende que el ya muy anciano presidente Mitterrand exigiera y ordenara, autoritario como era, que su bella asesora lo acompañara en algunas de sus giras, aunque no fuera necesario.
Claro que hace unos meses, cuando la vieron nadando como sirena con su bikini azul, nadie imaginaba ni podía siquiera calibrar en el sueño más delirante que algún día llegaría a ser la candidata presidencial de su partido, en un país muy machista donde los candidatos surgen después de décadas de dura batalla entre un vasto sanederín de hombres ambiciosos rodeados de mujeres de adorno. Como en los buenos tiempos del Antiguo Régimen monárquico, la Revolución, los años napoleónicos, la Restauración o las viejas repúblicas, para acceder a una candidatura con posibilidades habrá sido necesario descabezar antes a centenares de rivales. Los presidentes franceses fueron siempre viejos zorros de colmillos afilados como Pompidou o Chirac o leyendas como el general De Gaulle o Mitterrand, no menos astutos y expertos en las luchas palaciegas.
Segolène Royal logró pasar inadvertida como la mujer bonita de un poco agraciado líder del partido, algo chistoso y barrigón. Ninguno de los prohombres de ese movimiento lleno de talentos como Bernard Kouchner, Laurent Fabius o Dominique Strauss-Kahn, entre otros muchos, pudo pensar alguna vez que mientras impedían el ascenso del simpático François Hollande, éste preparara en secreto la carta de su mujer y en una jugada maestra, manipulando muy bien a la opinión, logró obtener para ella en 2006 la candidatura presidencial en los comicios internos del partido.
Pero incluso así, la campaña fue dura para ella: los compañeros socialistas se burlaban en secreto por sus supuestos errores e incompetencia, en lo que eran seguidos por los políticos de derecha, que no le perdonaron la más mínima inexactitud o torpe declaración. Se la consideraba autoritaria, dura, superficial, ambiciosa, altiva, desleal, oportunista. Hace poco se decía incluso que ni siquiera pasaría a la segunda vuelta y se preparaba en el partido la noche de los cuchillos largos.
Royal aprendió en la dura lucha y poco a poco fue luciéndose hasta lograr a su favor una votacion que redujo a migajas a los otros cinco candidatos de las izquierdas, desde el comunismo al ecologismo, y la acercó al candidato de la derecha Sarkozy. Esta semana, después de las elecciones del 22 de abril, en el lapso que la llevará a la segunda vuelta, ha resultado tan astuta que logró el sábado imponer un debate público con el derrotado centrista Bayrou, en el que ambos coquetearon prometiendo un cambio en la polarización estricta derecha-izquierda, hasta ahora reinante en la política francesa. Sarkozy, que siempre despreció a Bayrou, quiso impedir con sus poderosas relaciones con el alto poder mediático ese debate que se hizo contra viento y marea, abriendo a Royal la posibilidad de rescatar millones de votos hacia el centro.
A una semana de la vuelta definitiva el panorama opone a una derecha fuerte, imponente y severa en el poder, que cuenta con la enjundia desesperada de Sarkozy y los votos de la extrema derecha, contra un socialismo dulcificado con aires de centro, cobijado por los encantos de la bella cincuentona Segolène, la del bikini azul. Gane quien gane, Francia ha dado un gran ejemplo al llevar a las urnas a casi todo el pueblo y reducir a muy poco el abstencionismo. Sea Sarkozy o Segolène, el ganador entra al poder con toda la legitimidad de las urnas para aplicar sus programas, que son tan opuestos como la luz y las tinieblas.
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Royal aprendió en la dura lucha y poco a poco fue luciéndose hasta lograr a su favor una votacion que redujo a migajas a los otros cinco candidatos de las izquierdas, desde el comunismo al ecologismo, y la acercó al candidato de la derecha Sarkozy. Esta semana, después de las elecciones del 22 de abril, en el lapso que la llevará a la segunda vuelta, ha resultado tan astuta que logró el sábado imponer un debate público con el derrotado centrista Bayrou, en el que ambos coquetearon prometiendo un cambio en la polarización estricta derecha-izquierda, hasta ahora reinante en la política francesa. Sarkozy, que siempre despreció a Bayrou, quiso impedir con sus poderosas relaciones con el alto poder mediático ese debate que se hizo contra viento y marea, abriendo a Royal la posibilidad de rescatar millones de votos hacia el centro.
A una semana de la vuelta definitiva el panorama opone a una derecha fuerte, imponente y severa en el poder, que cuenta con la enjundia desesperada de Sarkozy y los votos de la extrema derecha, contra un socialismo dulcificado con aires de centro, cobijado por los encantos de la bella cincuentona Segolène, la del bikini azul. Gane quien gane, Francia ha dado un gran ejemplo al llevar a las urnas a casi todo el pueblo y reducir a muy poco el abstencionismo. Sea Sarkozy o Segolène, el ganador entra al poder con toda la legitimidad de las urnas para aplicar sus programas, que son tan opuestos como la luz y las tinieblas.
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lunes, 23 de abril de 2007
EL LIBRO EN LOS TIEMPOS CAROLINGIOS
Por Eduardo García Aguilar
En los viejos tiempos de los reyes carolingios, que reinaron desde 750 de nuestra era hasta fines del siglo IX, conventos, abadías, catedrales y palacios reales en Europa se dedicaron a la transcripción minuciosa de miles de libros y documentos antiguos, gracias a lo cual hoy podemos gozar de las obras de filósofos, poetas, dramaturgos, científicos, historiadores y cronistas clásicos, que fueron luego redescubiertos por los humanistas del Renacimiento.
Todas esas joyas conservadas después de más un milenio y cuya calidad de factura es asombrosa, pueden observarse en la Biblioteca Nacional de Francia de la calle Richelieu, donde están expuestas por primera vez en mucho tiempo en la muestra denominada "Tesoros Carolingios", un verdadero regalo para los maniáticos de la escritura y los bibliópatas.
Los libros de todos los tamaños fueron copiados en los scriptorium sobre pergaminos y traen al interior las más bellas estampas de artistas, pintadas con todos los matices de colores, incluso de oro auténtico. Están además empastados con metal, madera, marfil y joyas preciosas. Las letras traen ornamentaciones trenzadas exquisitas de tipo geométrico o con animales y lugares fantásticos y pájaros exóticos, que expresaban el delirio artístico de los calígrafos, mientras afuera reinaba el hambre, la guerra y la peste.
Ahora que con la red internet y los blogs estamos viviendo otra revolución editorial y de comunicación tan importante como la realizada por Gutemberg con la creación de la imprenta, vale la pena recorrer estas vitrinas y ver de primera mano el trabajo de nuestros ancestros los monjes para darnos cuenta de que estamos a la vez muy cerca y muy lejos de aquellas proezas. Siempre es fascinante y saludable comprender que nuestros tiempos, tan bárbaros como aquellos, están asentados sobre siglos de actividad cultural de la humanidad. Que hace miles de años hubo ciudades enormes y bellas, ciencia, medicina, cultura y hombres sabios que reflexionaron e inventaron y se arriesgaron frente a los tiranos. Ahora que nuestros presidentes del siglo XXI son casi todos brutos, ignorantes, violentos y ladrones como George Bush y Osama Ben Laden y sus acólitos del mundo, da gusto recordar que hubo alguna vez reyes y cortesanos ilustrados.
El gran Carlomagno (747-814), que es para nosotros una figura de leyenda pero fue muy real, amplió y dio todas las facilidades a los centros educativos que formarían maestros, religiosos, funcionarios y copistas eclesiásticos y laicos encargados de plasmar para siempre los logros de ese lapso de extraño esplendor intelectual. Allí se enseñó la lectura y la escritura del latín, la teología y el cálculo y luego las artes liberales que debía conocer todo hombre libre, divididas en el trivium (gramática, retórica y la dialéctica) y el cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía).
Terencio, Cicerón, Virgilio, Séneca, Suetonio y otros más fueron redescubiertos y tomados como modelos de escritura latina, al mismo tiempo que se estudiaron todos los avances científicos en materia médica, arquitectónica, botánica y agrícola dejados en tratados y manuales por los antiguos y que poco a poco reaparecieron en los viejos rollos griegos y latinos perdidos. Esa actividad exige la uniformización de la escritura y el rigor en la corrección de los textos, lo que conduce a la creación de la letra carolina, mucho más clara y de fácil lectura, que deja atrás la retorcida caligrafía casi ilegible de los tiempos merovingios.
Esos activos lugares en Aquisgrán, Corbie, Saint Denis, Reims, Metz, Saint Amand, se convirtieron en centros culturales, donde bajo la orden de las más altas autoridades desde Pipino III el Breve hasta Carlomagno, lo escrito adquirió una importancia central, en una especie de extraordinario renacimiento que hoy nos maravilla y que floreció después de siglos de oscuridad, ruina y decadencia tras el fin del esplendor greco-romano. Las artes del imperio oriental bizantino y de Irlanda fueron importadas por el soberano para mejorar la calidad de los manuscritos y desde todos los puntos cardinales llegaron expertos maestros encargados de formar la nueva élite artística.
Esta dinastía casi logra la unidad total del Occidente con la aplicación de reformas religiosas, administrativas, legislativas y educativas en las que desempeñaron papel fundamental sabios y consejeros eruditos instalados en la corte. Pero después de Carlomagno, al dividirse el reino entre los celosos herederos, la decadencia y las invasiones normandas dieron la estocada final al auge de los copistas carolingios.
Tener casi en las manos esas joyas, verlas desde todos los ángulos, apreciar sus perlas y sus gemas, imaginar al calígrafo y al ilustrador inclinados sobre los pergaminos en los lejanos monasterios, es una sensación inolvidable y nos prueba que la humanidad no siempre fue violenta y estúpida como hoy.
Ahora que con la red internet y los blogs estamos viviendo otra revolución editorial y de comunicación tan importante como la realizada por Gutemberg con la creación de la imprenta, vale la pena recorrer estas vitrinas y ver de primera mano el trabajo de nuestros ancestros los monjes para darnos cuenta de que estamos a la vez muy cerca y muy lejos de aquellas proezas. Siempre es fascinante y saludable comprender que nuestros tiempos, tan bárbaros como aquellos, están asentados sobre siglos de actividad cultural de la humanidad. Que hace miles de años hubo ciudades enormes y bellas, ciencia, medicina, cultura y hombres sabios que reflexionaron e inventaron y se arriesgaron frente a los tiranos. Ahora que nuestros presidentes del siglo XXI son casi todos brutos, ignorantes, violentos y ladrones como George Bush y Osama Ben Laden y sus acólitos del mundo, da gusto recordar que hubo alguna vez reyes y cortesanos ilustrados.
El gran Carlomagno (747-814), que es para nosotros una figura de leyenda pero fue muy real, amplió y dio todas las facilidades a los centros educativos que formarían maestros, religiosos, funcionarios y copistas eclesiásticos y laicos encargados de plasmar para siempre los logros de ese lapso de extraño esplendor intelectual. Allí se enseñó la lectura y la escritura del latín, la teología y el cálculo y luego las artes liberales que debía conocer todo hombre libre, divididas en el trivium (gramática, retórica y la dialéctica) y el cuadrivium (aritmética, geometría, música y astronomía).
Terencio, Cicerón, Virgilio, Séneca, Suetonio y otros más fueron redescubiertos y tomados como modelos de escritura latina, al mismo tiempo que se estudiaron todos los avances científicos en materia médica, arquitectónica, botánica y agrícola dejados en tratados y manuales por los antiguos y que poco a poco reaparecieron en los viejos rollos griegos y latinos perdidos. Esa actividad exige la uniformización de la escritura y el rigor en la corrección de los textos, lo que conduce a la creación de la letra carolina, mucho más clara y de fácil lectura, que deja atrás la retorcida caligrafía casi ilegible de los tiempos merovingios.
Esos activos lugares en Aquisgrán, Corbie, Saint Denis, Reims, Metz, Saint Amand, se convirtieron en centros culturales, donde bajo la orden de las más altas autoridades desde Pipino III el Breve hasta Carlomagno, lo escrito adquirió una importancia central, en una especie de extraordinario renacimiento que hoy nos maravilla y que floreció después de siglos de oscuridad, ruina y decadencia tras el fin del esplendor greco-romano. Las artes del imperio oriental bizantino y de Irlanda fueron importadas por el soberano para mejorar la calidad de los manuscritos y desde todos los puntos cardinales llegaron expertos maestros encargados de formar la nueva élite artística.
Esta dinastía casi logra la unidad total del Occidente con la aplicación de reformas religiosas, administrativas, legislativas y educativas en las que desempeñaron papel fundamental sabios y consejeros eruditos instalados en la corte. Pero después de Carlomagno, al dividirse el reino entre los celosos herederos, la decadencia y las invasiones normandas dieron la estocada final al auge de los copistas carolingios.
Tener casi en las manos esas joyas, verlas desde todos los ángulos, apreciar sus perlas y sus gemas, imaginar al calígrafo y al ilustrador inclinados sobre los pergaminos en los lejanos monasterios, es una sensación inolvidable y nos prueba que la humanidad no siempre fue violenta y estúpida como hoy.
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lunes, 16 de abril de 2007
CANCIÓN
LA MUSA DE LOS EXISTENCIALISTAS
Por Eduardo García Aguilar
Tiene 80 años y su cuerpo altivo y delgado, bajo la luz circular de los proyectores, se insinúa bajo la tela del largo vestido negro ceñido que lleva desde hace 60 años por los escenarios del mundo. Pero ahora, en este febrero del suave invierno del año 2007, Juliette Greco está en el centro del escenario del Teatro de Chatelet al lado de otra leyenda, el pianista Gerard Jouannest, quien compuso la música para cuarenta canciones de Jacques Brel.
El teatro está a reventar y la electricidad se siente en el ambiente del lugar donde danzaron Nijinski y el ballet ruso en 1909. Cuando se presenta la llamada musa de los existencialistas la gente acude pensando que tal vez será el último concierto del ícono. Se imaginan que de entre bambalinas saldrá una anciana encorvada y temblorosa y por el contrario aparece esbelta, con inconfundible energía y luego caminará erguida hacia el micrófono, toda de negro vestida, mientras el público aplaude a la más grande leyenda viva de la canción francesa. A ese mundo llegó ella incitada por Jean Paul-Sartre, quien le ayudó a escoger las primeras letras de poetas y le consiguió una cita con el pianista Joseph Kosma para que le enseñara a cantar.
Eran los tiempos de la posguerra y El Tabú y La Rosa Roja, entre otras tabernas del barrio latino, se habían convertido en lugares de fama mundial, pues allí los nuevos hedonistas paganos se reunían a delirar luego de la Segunda Guerra Mundial y el genocidio nazi, todavía frescos en su horror mortífero. Las revistas estadounidenses Life y Times y otras publicaciones del mundo saludaban la emergencia de esa generación existencialista francesa que se vestía de negro y hablaba de filosofía entre la humareda nicotínica de los bares. Maurice Merleau-Ponty, Boris Vian, Albert Camus, Simone de Beauvoir y Sartre, al lado de Raymond Queneau, Jean Cocteau, Jean Marais, Marcel Marceau, Jacques Prevert, François Mauriac, Marguerite Duras, se daban cita allí donde circulaba el vino, la poesía y el amor. La filosofía, la poesía y la cultura en general habían conquistado los bares y aunque la explosión mediática falseaba la esencia del movimiento, Sartre aceptó que la Greco fuera considerada por la prensa como la musa y emblema del existencialismo.
En una hoja del 25 de julio de 1950 escribió el autor de El Ser y la Nada que él, compositor y autor lírico, se comprometía a entregarle a Juliette una canción escrita de su puño y letra antes del 10 de agosto de ese año. Los amigos de los bares El Tabú y La Rosa Roja la convencieron de pasar de la actuación a la canción para animar las noches de fiesta en esos lugares convertidos en tremendos éxitos comerciales. La guerra quedó atrás y los jóvenes sobrevivientes de los campos de concentración y de la Resistencia contra el invasor alemán y sus colaboradores volvían a la vida y querían beber y divertirse.
Existir ya era un milagro suficiente. Eran existencialistas. Y con ellos renacieron la literatura, el cine y el teatro, florecieron de nuevo las editoriales confiscadas, así como los diarios y las universidades. La menuda y gótica Juliette Greco sedujo a todo el mundo y pronto fue invitada a hacer cine en algunas producciones de Hollywood, bajo la protección de su amante, el anciano y poderoso productor Darryl Zanuck. María Callas, Orson Welles, Cary Grant, Tyrone Power, Marlon Brando, Trevor Howard, John Huston, Ava Gardner y otras estrellas la admiraron o la desearon. Fue la rompecorazones de la época y rechazó muchas ofertas que la invitaban a trivializarse en la danza millonaria del éxito para seguir fiel a su mito de cantante intelectual, amiga de poetas y filósofos, selectiva en la elección de las letras de sus canciones. Siempre escogió la calidad frente al fácil éxito masivo. Un piano y un acordeón y su voz: con esos tres instrumentos pasó de un siglo al otro. Durante 20 años la acompañó el pianista Henri Patterson, a quien ella rinde homenaje en sus memorias y ahora lo hace el inseparable Jouannest, no menos legendario que ella y a quien el público del Teatro de Chatelet le lanza ramos de rosas.
Esta noche, casi seis décadas después de su salto a la celebridad, la gente aplaude una tras otra las interpretaciones de esta mujer cuyo cuerpo de anciana sexy es arropado por las expertas luces de técnicos especializados que la aman desde hace décadas. A veces para una canción de amor o de pasión sexual la luz roja inunda el escenario, luego para otra sobre la inminencia de la muerte, aparece una luz blanca helada que inunda todo y la deja ver a ella ya casi convertida en la calavera que canta desde el más allá. Para hacer más intenso el contraste, sin duda ha pedido que los reflectores cubran claramente su rostro delgado e insinúen las oquedades sombrías del cráneo y el movimiento ágil de sus alargados dedos esqueléticos, mientras la mano acaricia el traje negro que la cubre. Se suceden las canciones de Leo Ferré, George Brassens, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Jean Cocteau, Charles Aznavour y la del genio popular que compuso la canción anarquista El tiempo de las cerezas, un himno al amor que según ella sólo puede ser revolucionario porque, nos dice, el amor es revolucionario.
Ha terminado el concierto. Todos de pie la aplaudimos una y otra vez y ella sale de nuevo a inclinarse ante respetable que la celebra, hasta que al fin el telón cae. ¿Será la última vez que la vemos? La también llamada en los años cincuenta flor venenosa del barrio Saint Germain o liana negra del desvelo, ha cumplido una vez más al público con su gruesa voz intacta y en el escenario queda la energía de su rebelde carácter y el halo de su sensual elegancia filosófica. Y sólo tiene 80 años, en el filo intermitente del ser y la nada.
Por Eduardo García Aguilar
Tiene 80 años y su cuerpo altivo y delgado, bajo la luz circular de los proyectores, se insinúa bajo la tela del largo vestido negro ceñido que lleva desde hace 60 años por los escenarios del mundo. Pero ahora, en este febrero del suave invierno del año 2007, Juliette Greco está en el centro del escenario del Teatro de Chatelet al lado de otra leyenda, el pianista Gerard Jouannest, quien compuso la música para cuarenta canciones de Jacques Brel.
El teatro está a reventar y la electricidad se siente en el ambiente del lugar donde danzaron Nijinski y el ballet ruso en 1909. Cuando se presenta la llamada musa de los existencialistas la gente acude pensando que tal vez será el último concierto del ícono. Se imaginan que de entre bambalinas saldrá una anciana encorvada y temblorosa y por el contrario aparece esbelta, con inconfundible energía y luego caminará erguida hacia el micrófono, toda de negro vestida, mientras el público aplaude a la más grande leyenda viva de la canción francesa. A ese mundo llegó ella incitada por Jean Paul-Sartre, quien le ayudó a escoger las primeras letras de poetas y le consiguió una cita con el pianista Joseph Kosma para que le enseñara a cantar.
Eran los tiempos de la posguerra y El Tabú y La Rosa Roja, entre otras tabernas del barrio latino, se habían convertido en lugares de fama mundial, pues allí los nuevos hedonistas paganos se reunían a delirar luego de la Segunda Guerra Mundial y el genocidio nazi, todavía frescos en su horror mortífero. Las revistas estadounidenses Life y Times y otras publicaciones del mundo saludaban la emergencia de esa generación existencialista francesa que se vestía de negro y hablaba de filosofía entre la humareda nicotínica de los bares. Maurice Merleau-Ponty, Boris Vian, Albert Camus, Simone de Beauvoir y Sartre, al lado de Raymond Queneau, Jean Cocteau, Jean Marais, Marcel Marceau, Jacques Prevert, François Mauriac, Marguerite Duras, se daban cita allí donde circulaba el vino, la poesía y el amor. La filosofía, la poesía y la cultura en general habían conquistado los bares y aunque la explosión mediática falseaba la esencia del movimiento, Sartre aceptó que la Greco fuera considerada por la prensa como la musa y emblema del existencialismo.
En una hoja del 25 de julio de 1950 escribió el autor de El Ser y la Nada que él, compositor y autor lírico, se comprometía a entregarle a Juliette una canción escrita de su puño y letra antes del 10 de agosto de ese año. Los amigos de los bares El Tabú y La Rosa Roja la convencieron de pasar de la actuación a la canción para animar las noches de fiesta en esos lugares convertidos en tremendos éxitos comerciales. La guerra quedó atrás y los jóvenes sobrevivientes de los campos de concentración y de la Resistencia contra el invasor alemán y sus colaboradores volvían a la vida y querían beber y divertirse.
Existir ya era un milagro suficiente. Eran existencialistas. Y con ellos renacieron la literatura, el cine y el teatro, florecieron de nuevo las editoriales confiscadas, así como los diarios y las universidades. La menuda y gótica Juliette Greco sedujo a todo el mundo y pronto fue invitada a hacer cine en algunas producciones de Hollywood, bajo la protección de su amante, el anciano y poderoso productor Darryl Zanuck. María Callas, Orson Welles, Cary Grant, Tyrone Power, Marlon Brando, Trevor Howard, John Huston, Ava Gardner y otras estrellas la admiraron o la desearon. Fue la rompecorazones de la época y rechazó muchas ofertas que la invitaban a trivializarse en la danza millonaria del éxito para seguir fiel a su mito de cantante intelectual, amiga de poetas y filósofos, selectiva en la elección de las letras de sus canciones. Siempre escogió la calidad frente al fácil éxito masivo. Un piano y un acordeón y su voz: con esos tres instrumentos pasó de un siglo al otro. Durante 20 años la acompañó el pianista Henri Patterson, a quien ella rinde homenaje en sus memorias y ahora lo hace el inseparable Jouannest, no menos legendario que ella y a quien el público del Teatro de Chatelet le lanza ramos de rosas.
Esta noche, casi seis décadas después de su salto a la celebridad, la gente aplaude una tras otra las interpretaciones de esta mujer cuyo cuerpo de anciana sexy es arropado por las expertas luces de técnicos especializados que la aman desde hace décadas. A veces para una canción de amor o de pasión sexual la luz roja inunda el escenario, luego para otra sobre la inminencia de la muerte, aparece una luz blanca helada que inunda todo y la deja ver a ella ya casi convertida en la calavera que canta desde el más allá. Para hacer más intenso el contraste, sin duda ha pedido que los reflectores cubran claramente su rostro delgado e insinúen las oquedades sombrías del cráneo y el movimiento ágil de sus alargados dedos esqueléticos, mientras la mano acaricia el traje negro que la cubre. Se suceden las canciones de Leo Ferré, George Brassens, Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Jean Cocteau, Charles Aznavour y la del genio popular que compuso la canción anarquista El tiempo de las cerezas, un himno al amor que según ella sólo puede ser revolucionario porque, nos dice, el amor es revolucionario.
Ha terminado el concierto. Todos de pie la aplaudimos una y otra vez y ella sale de nuevo a inclinarse ante respetable que la celebra, hasta que al fin el telón cae. ¿Será la última vez que la vemos? La también llamada en los años cincuenta flor venenosa del barrio Saint Germain o liana negra del desvelo, ha cumplido una vez más al público con su gruesa voz intacta y en el escenario queda la energía de su rebelde carácter y el halo de su sensual elegancia filosófica. Y sólo tiene 80 años, en el filo intermitente del ser y la nada.
lunes, 9 de abril de 2007
AMOR Y LITERATURA
LA AMADA SALVADOREÑA DE SAINT EXUPERY
Por Eduardo García Aguilar
Por Eduardo García Aguilar
Poco a poco crece el mito de la diva Consuelo Suncín, una pequeña salvadoreña que desde su humilde pueblo natal de El Salvador, en América Central, saltó de amante en amante y de esposo en esposo, hasta ser la tributaria de la obra de Antoine de Saint- Exupéry y la musa que lo llevó a crear El Principito, uno de los libros más famosos del siglo XX.
Según la leyenda, Consuelo salió de su tierra natal, un pueblo llamado Armenia, hacia a México, a donde llegó en los albores del siglo XX en busca de fortuna. Allí, después de unas aventuras poco felices, encantó al entonces Ministro de Educación, el escritor José Vasconcelos, quien dedicó a la mujer páginas inflamadas de sus Memorias, iniciadas con el famoso volumen Ulises Criollo. La mujer quedó plasmada para siempre en esa obra, que es una de las más bellas escritas en el siglo XX por un mexicano, ya que es un himno a su patria, escrito con una prosa llena de efectos, deslumbrante y auténtica como pocas, gracias al talento y la emoción con que describe su tiempo y los paisajes de su extenso y variado país. Cualquier diva quedaría feliz con ser sólo la inspiración de estas páginas memorables, pero ella nos guardaría aún mayores e increíbles sorpresas amorosas.
A lo largo de las páginas de Vasconcelos fluye la pasión secreta que suscitó en él esta diminuta mujer, que en apariencia no tenía gracia muy especial. Enloquecido de deseo por su nueva amada salvadoreña y lleno de culpas atroces por ser infiel a su esposa -una abnegada matrona de la bella tierra de Oaxaca-, la llevó de viaje a París, en un juego de laberintos, pues a su vez traicionaba a otra de sus amantes, la muy intelectual y muy aristocrática Antonieta Rivas Mercado, que despechada por la traición del tribuno, se suicidó lanzándose desde las alturas de la catedral de Notre Dame, en un melodrama de crónica roja que inundó los titulares de los periódicos amarillistas.
Consuelo Suncín voló de los brazos del gran Vasconcelos y llegó a los del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, considerado como el más exitoso escritor latinoamericano de su tiempo y para muchos el mejor prosista de la generación modernista. Vasconcelos, que era una verdadera leyenda del continente y un frustrado líder mexicano que mucho después moriría marcado por el fraude que le impidió llegar a la Presidencia de su país, recibió el golpe en silencio y sólo pudo exorcizarlo mucho después en las bellas páginas que le dedicó a la mujer, a quien puso el seudónimo de Amparo.
Gómez Carrillo, autor de casi un centenar de libros de crónicas que eran editados en París por la viuda de Ch. Bouret y en Barcelona por Sopena, tuvo tal éxito, que gozó de gran fortuna y su prosa amena y llena de sorpresas, sus páginas de viaje y descripciones de la primera guerra o la vida de la belle-époque europea eran leídos en todo el mundo hispanoamericano. Vargas Vila lo odiaba y lo envidiaba por su éxito y porque a fin de cuentas tuvo mayor penetración en los medios literarios europeos de aquel tiempo, cuando él y Rubén Darío acudían a la mesa etílica del gran Verlaine y vivían con intensidad la vida mundana y cosmopolita de los tiempos de entreguerras, dominados por el art-déco, el surrealismo, el cubismo, las nuevas técnicas de comunicación inalámbrica, el cine y los raudos autos de lujo. Pero pese a su éxito y a estar con la salvadoreña, Gómez Carrillo sucumbió en pleno esplendor de la vida, a los 54 años, cuando a su alrededor cundían los elogios y la admiración de sus contemporáneos. La fortuna del malogrado escritor Gómez Carrillo, el best-seller desbordado de su tiempo de quien pocos se acuerdan hoy, pasó de inmediato a Consuelo Suncín, quien no tuvo más remedio que sufrir luego los avances de otro grande, Gabriel D'Annunzio, el autor de Gog y Magog, y de otros hombres de letras de su tiempo. ¿Qué tenía? ¿Cuál era su misterio? ¿Por qué los escritores morían de amor por ella y le daban todo?
Pronto la conoció Antoine de Saint-Exupery, un piloto de leyenda y escritor aristócrata del sur de Francia, que hizo todo por seducirla, como invitarla a dar una vuelta en avión por las alturas argentinas y decirle que lo dejaba caer si no aceptaba estar con él y darle un beso en el instante. El bonachón Saint-Exupery la amó con locura, pese a la oposición de la familia francesa y se casó con ella, causando reacciones encontradas en la sociedad de su tiempo. Después viene el relato de este amor loco, los celos del autor de Piloto de Guerra y Tierra de Hombres, el exilio en Nueva York durante la guerra, la aparición de El Principito y el misterioso fin en un accidente de su avión en las costas mediterráneas, cerca de Marsella, tragedia en torno a la cual se tejen todo tipo de historias, como por ejemplo que el propio novelista cayó en el mar a propósito, desesperado por los celos.Muerto Saint-Exupéry, la Suncín, ya millonaria, afrancesada y heredera de los derechos y las propiedades del autor francés, pasó los últimos años de ancianidad en París convertida en centro de amistades y admiración, hasta que a su vez se enamoró de su jardinero y chofer, un español simple y joven que tras la muerte de la anciana heredó toda la fortuna del guatemalteco y los derechos editoriales del francés, cosa que jamás perdonaron ni la familia de este último ni los medios intelectuales de Francia.
Hace unos años, en una fiesta en el bulevar Saint-Germain con motivo del centenario de Saint-Exupéry y la aparición de varios libros autorizados por el heredero español, las botellas de champán se quedaban sin abrir en ausencia de invitados. El mundo editorial francés, los diplomáticos y con mayor razón la familia no acudieron al cóctel. El inmenso patio dieciochesco estaba semivacío bajo el sol de mayo. Pero unos cuantos curiosos estábamos allí admirados, hablando con el último amor de la diva, ese español simple que nos decía con afabilidad crepuscular: "!Beban, beban champán, muchachos, que invita Consuelo Suncín!". Cosa que hicimos con alegría; pero era tanto el champán y tan pocos los asistentes, que no pudimos agotar aquellas botellas gigantes que se quedaron allí en ese jardín como prueba de que aún pocos en Francia comprenden la leyenda de esta salvadoreña inolvidable, que de cenicienta pasó a las glorias de la fama.
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