viernes, 17 de octubre de 2008

UN PREMIO NOBEL FRANCÉS JUNTO AL PARICUTÍN


Por Eduardo García Aguilar

El nuevo Premio Nóbel J.M G. Le Clezio es un reconocimiento de la Academia sueca a los escritores que experimentan contra la corriente, se hacen preguntas, dudan en vez de vivir entre certezas y permanecen alejados de los circuitos habituales del poder, donde pululan autores oficiales inflados por intereses nacionales o corrientes ideológicas. Este se agrega a otros premios a escritores situados en la vena literaria experimental como Elfriede Jelinek, J. M. Coetze, o en el campo marginal de la poesía como Wislawa Szymborska, entre otros. Le Clezio es un nómada que escribe en francés, por lo que el galardón es también para los autores trasterrados y cosmopolitas, en cierta forma apátridas, que prefieren estar lejos y desconfían mucho de las mieles y el calor de los seguros hogares nacionales llenos de himnos y banderas y discriminación hacia del otro, el extranjero.

Algunos críticos del mundo anglosajón le reprochan cierta ingenuidad al idealizar las esferas "indígenas" frente al progreso descabellado de Occidente y dicen que él representa al típico europeo alto, blanco, rubio que huye de la "cerebralidad" escolar y se instalan en los mundos exóticos, a lo que él responde que "si hablo de los indios no me refiero nunca a una edad dorada. Entre los indios hay violaciones y crímenes". Otros consideran que Le Clezio es una versión menor del gran maestro y prosista de genio Claude Levi Strauss, autor de Tristes trópicos, una de las más grandes obras del siglo XX, quien sin duda merecía también el Nóbel de LIteratura y está vivo entre nosotros, casi centenario. Levi Strauss también dejó París y las grandes escuelas para irse a vivir entre los indios brasileños en la cuenca amazónica y como él tres décadas antes decidió vivir fuera y ser un extranjero profesional cuya obra en su totalidad está marcada por esos mundos exóticos y disimétricos.

Tengo desde hace muchos años una especial debilidad por este excéntrico y nómada autor francés, nacido en 1940 de padre británico y madre francesa, oriundos de la Isla Mauricio, junto a Madgascar, que llevaron al niño de un lado para otro en medio de los avatares de la guerra y la posguerra. Ya adulto, el autor de "El buscador de Oro" y "Viaje a Rodrígues" se instaló en lo más profundo de México, en Michoacán, y no por casualidad en Nuevo México (Estados Unidos), en tierras que fueron cercenadas en el siglo XIX por el imperio americano a su vecino del sur.

Puesto que Le Clezio vivió en la Ciudad de México y luego más de una década junto al volcán Paricutín, su presencia fantasmal en ese país la sentíamos quienes éramos habituales del Instituto Francés de América Latina (IFAL), cuya biblioteca, ya desaparecida por desgracia, era uno de los rincones más deliciosos de la metrópoli para los infectados por la literatura que pasábamos todo el día allí.Después de ser expulsado de Tailandia cuando cumplía una misión equivalente al servicio militar, por denunciar la prostitución infantil que se iniciaba en aquel paraíso turistico, Le Clezio fue mutado a México, país que se convirtió en punto central de su vida y su obra. Allí trabajó en el IFAL muy joven haciendo las fichas de la biblioteca y leyendo todos los libros en vez de cumplir con sus tareas burocráticas y en múltiples paseos en torno a la capital y las provincias mexicanas ingresó poco a poco en el mundo prehispánico con sus colores, leyendas y mitos milenarios, siguiendo la tradición de otros franceses como el padre Charles Brasseur, viajero en el mundo maya, Antonin Artaud, amante de los Tarahumaras y Jacques Soustelle, Louis Panabière y Jean Meyer, entre otros muchos.

Según el historiador franco-mexicano Jean Meyer, lejos de ser uno de esos intelectuales vanidosos que caminan pavoneándose por Saint Germain de Prés en París, Le Clezio andaba siempre de sandalias, camiseta y jeans entre los medios expatriados de México, cuando a fines de los 60 eso era todavía inadmisible para quien cumpliera alguna función profesoral por muy modesta que fuera. Precisamente, cuenta Meyer, Le Clezio fue enviado a hacer las fichas de la bibliotea del IFAL porque en clase cometió el crimen de hacer escuchar a Los Beatles a los estudiantes de francés de esa institución.

Además Le Clezio, que tiene pinta de galán nórdico de cine bergmaniano, siempre andaba elevado, cuentan quienes lo frecuentaban, embebido como estaba en las historias que escribe desde niño y lo hicieron ganar a los 23 años de edad, en 1963, el premio Renaudot. Escritor nato, su vida es como la de un arácnido que teje y desteje sus telarañas minuciosamente día a día y sin cesar, dando vía libre a la palabra tal y como ella sale del flujo de la memoria. O sea dar rienda suelta a la palabra como algo casi natural, como una emanación líquida desde el fondo de la imaginación. Tal vez por eso su obra es tan vasta e irregular y alguna vez, cuando vivía en su Niza, coincidió al hablar en una estación de autobuses con ese otro gran escritor frances llamado Michel Butor, que ambos "escribían demasiado".

México es pues punto central de su obra. En El Sueño mexicano, La fiesta cantada, Relación de Michoacán, en su libro sobre Frida y Rivera, y sus versiones de las profecías del Chilam Balam y otros textos sagrados, Le Clezio rinde homenaje a ese país adoptivo y en especial al misterioso estado de Michoacán, donde los pueblos tienen nombres como Uruapan, Tacámbaro, Puruándiro, Purépero y Pátzcuaro. También es clave su estadía con los emberas del Darién, entre Colombia y Panamá, donde, según cuenta el filósofo colombiano Edgar Bastidas Urresty, Le Clezio probó extracto de hojas de datura, guiado por un chamán en su viaje por un mundo lleno de árboles con ojos y donde su voz se transmutó en la del brujo. Debido a que la universidad francesa no quiso aceptarlo como investigador, acusándolo de ser poco científico, demasiado literario y escribir novelas, Le Clezio no tuvo más remedio que adoptar a América, desempeñándose allí como profesor en Nuevo México y en el Colegio de Michoacán, al lado del maestro Luis Gonzáles.

Su obra es inmersión y defensa en los mundos de la periferia que dieron la espalda al progreso y a la v ez es el relato de sus lejanos orígenes, las aventuras del abuelo buscador de oro, el viaje infantil en barco hacia Nigeria a conocer a su padre como Pedro Páramo, y la vida de los hombres del desierto africano, de donde proviene su esposa Jamia. Es también un homenaje a la infancia y a la adolescencia que parecen ser esferas a las que sigue fiel este Nóbel de la francofonía que en apariencia guarda todavía ese aire de inmadurez y liviandad de antes de la vida adulta, a la que siempre temió.

Desde El proceso verbal, la Fiebre y el Diluvio, pasando por La guerra, Los gigantes, Desierto, El buscador de Oro, Onitsha y Pawana, entre otros muchos de sus libros, Le Clezio ha ejercido la novela como una forma de revelación, pues afirma que el ejercicio de la literatura es "una religión en el sentido pascaliano del término", una forma de "afirmar la existencia" a través de las palabras. "Escribimos por una razón que desconocemos. Si comprendiéramos dejaríamos de escribir. Escribir es una necesidad. Está dentro de uno. Tiene necesidad de salir y sale de esa forma", dice en una vasta entrevista con Gerard de Cortanze.

Por eso este premio es un galardón a la literatura, a los escritores adolescentes, a los que viven elevados, a los escritores que no usan corbata ni traje ni andan haciendo antesala ante los poderosos y los políticos, gustan vivir junto a los volcanes y prefieren las sandalias cuando viajan a los territorios más alejados, o sea que es un Nóbel para los escritores que la academia, el periodismo y la diplomacia rechazan y que al final planean sobre la cultura como Aladino y Lámpara maravillosa.

sábado, 4 de octubre de 2008

LOS FANTASMAS DEL PALACIO POSTAL


Por Eduardo García Aguilar


Una de las primeras cosas que hice al llegar a la Ciudad de México fue alquilar un apartado postal en el Palacio de Correos, edificio que pieza por pieza, según dice la leyenda, fue traído desde Italia con sus aires renacentistas y es uno de los monumentos más insólitos y bellos de la metrópoli capitalina.

Su ágil estructura metálica es un homenaje a la nueva industria, al progreso y a la arquitectura importada por Porfirio Díaz antes de su fin inminente, superando por fin a la piedra para erguir proezas de retorcida y liviana elegancia férrea. Como joya de la ciudad, día a día sus escalinatas y pisos de mosaico eran bruñidos con minucia y amor, por lo que parecían espejos en medio del caos, el esmog, el ruido y la basura citadinas, convirtiéndolo todo allí en un extraño oasis, un ámbito de otros siglos.

Adentro las oficinas y los mostradores estaban separados por altos enrejados de hierro pintado de negro y a la vez por figuras y adornos y figuras áureas que eran minuciosamente conservadas con productos que expelían un olor peculiar de limpieza química. Adentro el aire cruzaba con libertad, por lo que en días de invierno uno veía a los trabajadores del correo postal enfundados en gruesos suéteres de lana, ponchos o chaquetas de cuero. Las oficinas eran amplias, enormes, de techos altísimos y los seres humanos se volvían allí diminutos, liliputienses entre tanta belleza añeja.

También se vivía un ambiente de graciosa y nostálgica lentitud burocrática, con bultos puestos allá y aquí, llenos de cartas y paquetes, en uno de los cuales al fin rescaté el ultimo correo enviado por mi padre antes de morir y que antes de ser devuelto los empleados buscaron y rescataron del limbo. Pero no sólo ese detalle familiar me une al Palacio: como iba cada día a abrir mi apartado, situado en el mezzanine, entre muros churriguerescos de infinitas cápsulas postales rectangulares con puertas de metal antiguo, me sentía con frecuencia en una oficina occidental del Cargo del Far West californiano en tiempos de Mark Twain y Búffalo Bill. Probablemente entré ahí miles de días, pues a ese apartado permanente que conservé hasta el último día me llegaba correo de Europa y América, revistas literarias, cartas de amigos y familiares perdidos, invitaciones, periódicos y otras minucias de un tiempo ya borrado por los emails y el Internet, el skype y el messenger.

Parece mentira pues que cuente esto como si estuviera hablando ya de un siglo antediluviano, cuando apenas comenzamos la cuesta del siglo XXI. A veces tengo el sueño recurrente de que llego allí y vuelvo a buscar las cartas y los paquetes perdidos que tal vez llegaron después de mi partida de México y los rostros difusos de esos carteros y esas funcionarias amables de otro tiempo me abordan en una danza de figuras inasibles y neutras como espectros de una época sellada en los baúles de la historia.

Pero de esa relación casi familiar con el edificio me quedan otros encuentros esos sí fantásticos, con espectros del pasado, con gente decimonónica salida de alguna novela decadente del siglo XIX. Uno de esos encuentros fue con el poeta Germán Litz Arzubide, que ya bien avanzado en sus noventa iba a ese corredor en busca de su correo, para abrir un apartado que tal vez tenía desde los años 20 del siglo pasado.

Allí me lo encontré varias veces y fui forjando con él una relación de charlas intensas, en las que me relataba anécdotas de la vida poética mexicana y los contactos que como uno de los jóvenes jefes del movimiento poético Estridentista que tuvo con poetas de vanguardia de Suramérica como los colombianos Luis Carlos López y Luis Vidales, autor este último de Suenan Timbres y tío del gran poeta colombiano actual Juan Manuel Roca Vidales.

Todavía me parece verlo impecablemente vestido de traje cruzado color café claro a rayas, corbata asida con mancuerna dorada, sombrero Stetson y paraguas o bastón de rigor. Y todavía lo admiro con envidia de que a sus casi cien años de edad anduviera por el centro de la ciudad diciéndole piropos a las muchachas. Alto, rubio, con la impronta clara de su ancestros germanos o vikingos, Germán Lizt Arzubide me fue presentado como personaje por mi amigo el Palacio de Correos. Un día supe que éramos vecinos en los condominios de Avenida Universidad 1953, donde también vivía Adolfo Castañón, y lo veía llegar solitario en las tardes desde mi ventana, erguido y elegante como un dandy de los tiempos Art Nouveau y Art Deco.

Pero me quedan todavía otras dos figuras fantasmales: la poetisa Guadalupe Amor, que llegó a ser publicada por Austral y caminaba por el centro de la ciudad ya muy anciana, vestida de manera estrafalaria como muñeca de cuento infantil o pieza de teatro nórdica, con los labios pintarrajeados de rojo, muy peinada con cintas verdes, violetas y rojas y un bastón que a veces le servía para amenazar con toda razón a los inoportunos que buscaban abordarla creyéndola una aparición milagrosa de otro siglo. Sólo se dignaba saludar y decir bellas palabras a los niños que encontraba a su paso en las inmediaciones. Cuando deambulaba por ahí, no lejos de su casa de Bucareli, Amor tal vez iba en pos de los recuerdos de la juventud, cuando era estrella de la poesía mexicana y mucho antes de que la atropellara el olvido implacable de los contemporáneos.

Y el otro fantasma centenario que tenía apartado postal junto al mío era el poeta Germán Pardo García, contemporáneo y protegido de Porfirio Barba Jacob, mexicanizado a lo largo del siglo, amigo de las costarricences Eunice Odio y Yolanda Oreamuno y quien también impecable como un conde decadente llegaba a abrir su apartado, usando un sombrero de bombín y traje bocadillo, bajo de estatura, con la mirada clara perdida en la absurda ambición poética que lo lleva a soñar en un imposible Premio Nóbel y en hacer de su poesía un delirio de científico einsteniano. ¿Dónde están sus inmensos mamotretos de más de mil páginas corroídos de tiempo y los números de su revista Nivel, una reliquia que llegaba a Colombia a mediados del siglo XX con sus poemas anacrónicos?

Sólo ahí en ese Palacio Postal perviven estos fantasmas de la ciudad de México. Ahí están los tres, Lizt Arzubide, Guadalupe Amor y Germán Pardo García para recordarnos que el tiempo pasa y todo es olvido, incluso para los más engreídos, dandys y vanidosos. Ellos viven ahí en alguno de esos diminutos apartados de correo de este Palacio de fantasmas donde se escuchan los ritos marciales del porfirismo y el sonido rayado de los discos de Carusso, el más grande tenor, cuya voz hace vibrar para siempre el hierro forjado de su estructura centenaria.

domingo, 28 de septiembre de 2008

REALISMO MÁGICO Y SUCIO EN TIEMPOS DE LA MAGA


Por Eduardo García Aguilar

De manera cíclica cada lustro los nuevos escritores latinoamericanos tratan de plantear una discusión absurda, al oponer el realismo sucio que practican al realismo mágico del buen Gabriel García Márquez y negar con acrimonia a este último toda posibilidad de vigencia presente o futura. Influidos por la literatura norteamericana que leen en pésimas traducciones españolas, los « nuevos » e ingenuos autores, algunos de ellos ya calvos y barrigones, salen a la palestra con sus pastiches de Bukowski y Mailer para decirnos que no hay más tema que la delincuencia, las bandas, los sicarios, el horror, la guerra y la sangre que reinan en calles y campos latinoamericanos, como si eso fuera especificidad única de nuestro continente y novedad humana.

Olvidan que la violencia y las atrocidades del hombre contra el hombre son algo inherente a este animal desde tiempos inmemoriales y que traficantes, pistoleros, ejércitos privados, masacres, genocidios, guerras, secuestros, pirateos y persecuciones han sido una historia repetitiva de nunca acabar desde que hay registros de las acciones del llamado homo sapiens.

Basta hacer una visita al museo del Louvre por los salones de la historia antigua para ve r en imágenes el relato claro de la sanguinolenta saga de guerras sin fin que opone a los pueblos del mundo desde siempre en una lucha sin tregua por poder, dominio territorial, riquezas y supervivencia. Edipo, Electra, Yocasta, Ulises, Penélope, Agamenón, Ajax, Medea, Helena, Ifigenia y otros personajes pueden encontrarlos esos calvos y barrigones « jóvenes autores » de McOndo, denostadores del realismo mágico, en sus propias familias y en su banal tragicomedia personal.
En las salas dedicadas a China, India, Nínive, Babilonia, Egipto, Grecia, Roma, en vasos, frescos, esculturas, murales, columnas, frisos y mausoleos se cuenta la historia de los hombres y vemos cómo la historia mágica de dioses y semidioses es reflejo de sucias realidades concretas. Las grandes tragedias griegas fueron el relato de hechos sangrientos incesantes entre pueblos, tribus y familias, que desde la ley común se transformaron en mitos y leyendas, como ocurrió después en nuestro continente con Tupac Amaru, Bolívar, Zapata, Pancho Villa, Sandino, Che Guevara, Tirofijo y Pablo Escobar, que poco a poco se van convirtiendo en santos y semidioses.

No saben estos « noveles » escritores pre-senectos descubridores cada año del agua tibia, que los grandes libros sagrados indios, mediorientales, nórdicos, europeos, latinoamericanos, son el relato de la violencia, el éxodo, la persecución, la esclavitud, la destrucción bélica y que así como en aquellos tiempos se peleaban por sus dioses, hoy en los tiempos de la supuesta novedosa modernidad sucia que creen defender frente al anacrónico realismo mágico, el mundo vive una guerra atroz entre cristianos, musulmanes, hebreos, hinduistas, budistas, ortodoxos y demás sectas, lo que francamente no nos hace muy distintos a los personajes bíblicos, de las Mil y una Noches, las tragedias y comedias d e Shakespeare y Cien años de Soledad. Si Moisés, Abraham, Cristo y Herodes resucitaran y vieran lo que ocurre en Irak, Israel, Palestina, Afganistán, Colombia, México, Bolivia, Perú, en la ex Yugoslavia y en las fronteras del Cáucaso, simplemente se morirían de risa y sabrían que sus historias mágicas son pan corriente en el siglo XXI.

A todos los congresos a donde los editores llevan en manada a estos pobres « nuevos narradores» ---como ocurrió con los de McOndo y los patéticos 39 menores de 39 que llevaron con lazo cual escolares de primaria o gozques famélicos por Bogotá y Madrid, guiados juiciosamente de la mano de monjas corintelladescas---, los ingenuos despotrican en coro contra el realismo mágico y García Márquez, mientras esgrimen su haburguesa McDonalds chorreada de mayonesa y ketchup barato o la mala traducción de turno de cierto autor gringo, al que muestran como su nueva biblia.

La literatura y la imaginación en general son tan amplias que hay lugar para todo el mundo. A fines del siglo XIX convivían las proclamas y los libros realistas de Emile Zola y Jules Vallès con las historias misteriosas y abracadabrantes de Barbey D‘Aurevilly, Joris Karl Huysmans, Villiers de L’Isle Adam y los demás simbolistas. Ambose Bierce y H. P. Lovecraft compartieron época con John Reed y Marcel Proust y Stephane Mallarmé podían escribir en sus torres de marfil al mismo tiempo que decenas de escritores proletarios lo hacían en infectas buhardillas. En América Latina todo es posible : Jorge Luis Borges y Roberto Artl, Octavio Paz y Juan Rulfo, Lezama Lima y Reynaldo Arenas, Alvaro Mutis, Manuel Zapata Olivella y García Márquez.

Cada autor vive su vida y sus fantasmas. En su gabinete privado decide lo que cuenta. No por nacer en Colombia todos los escritores colombianos estamos obligados por ley a escribir de narcos, paras y sicarios y no por ser argentinos los gauchos tendrán que hablar obligatoriamente y para siempre de Carlos Gardel, Evita Perón y Maradona. La libertad es el espacio de la literatura y ni los « noveles » autores calvos y barrigones del movimiento McOndo o los 39 que van en manada atados al cabestro de sus editores, van a hacernos creer con sus rebuznos desafinados que los únicos temas posibles son los que les ordenan en las ofi cinas de sus editoriales.

La literatura latinoamericana es y ha sido lenguaje, imaginación, rebelión, delirio, poesía y la urbe más concreta es también el espacio lúdico que nos abre con sus invitaciones azarosas el personaje de La Maga, aparecida en la Rayuela de Julio Cortázar, quien como semidiosa griega descubre los laberintos del jazz y el deseo, tal y como antes el movimiento surrealista apareció de la mano de Nadja de André Breton para liberar a la literatura de cabestros y cencerros asnales. El realismo mágico sigue vivo en el mundo de Alá, Cristo, Buda y Jehová, como sigue viva la literatura vital de La Maga cortazariana perdida en las callejuelas terribles y fascinantes de la urbe moderna.

sábado, 27 de septiembre de 2008

CICERÓN Y SUS AMIGOS


Por Eduardo García Aguilar

En Cicerón y su amigos, Gaston Boissier nos ofrece una visión de la sociedad romana en tiempos de César. Con la prosa exacta y concisa de los polígrafos decimonónicos, el autor nos hace vivir los tiempos de Cicerón y describe con maestría los ámbitos donde se desarrollaron sus proezas oratorias. Tal vez todo aquello sólo pertenezca a la ficción, o sea la novela imaginaria de un contemporáneo sobre un imperio tan lejano en el tiempo, que todo acercamiento a sus glorias se vuelve quimera. Pero asistimos así a los estrados del foro romano y observamos a los senadores de cabellos hirsutos vociferando mientras afuera, por las calles de tierra, la algarabía de libertos, esclavos, soldados y extranjeros se acrecienta al llegar una legión de las Galias. Por el Aventino o al lado del Tíber, los contertulios de Atico o Clodia hacen la fiesta en lujosas mansiones. En el Coliseo varios lones devoran a un esclavo y dos gladiadores pelean a muerte ante la vista excitada de los espectadores. Como en la actualidad, los hombres luchan por el poder en medio de intrigas y traiciones. Los candidatos compran los votos y la masa recibe hoy con vítores al derrotado de ayer, a quien escupieron sin límites.
Ante la angustiosa imposibilidad de palpar las épocas remotas, toda reconstrucción histórica nos atrapa en su redes de ébano. Para conocer Bizancio recurrimos al Belisario de Graves ; para conocer Roma acudimos a las Memorias de Adriano de Yourcenar. Así tenemos la ilusión de palpar seres míticos, de asistir a sus cenas y de conocer sus pasiones. No importa que de su verdaera historia sólo nos lleguen ecos de otros ecos, sombras de otras sombras. Como un caracol interminable el tiempo destiñe sus colores auténticos y en la concavidad oscura su grito se vuelve el guiño de un poeta. El cine de la materia nos proyecta el derroche de Dolabela, la lujuria de Clodia, a la que Catulo hizo Lesbia, la derrota de Pompeyo y el triunfo de César. Por el Mediterráneo, una nave carga estatuas marmóreas hechas en Atenas y, entre la noche, un centurión incita al pillaje de una población oriental y perdida.
Qué poca diferencia hay entre aquellos tiempo s y estos, si nos atenemos a la sabia descripción que de aquel imperio hace Boissier. Tres frentes se disputan el protagonismo de una época : la masa, el populacho, que se deja llevar por las pasiones y por las vanas promesas ; los políticos ambiciosos que se apoyan en los intereses de una casta y los poetas, que fluctúan entre la tribuna y los caracoles de ébano de su fantasía.
Al referirse a las indecisiones y fracasos de Cicerón, el autor dice que « el literato goza de un talento más completo, más capaz, más amplio, que el político, y esta amplitud le estorba y le contraria cuando pone mano en los negocios. Suele preguntarse qué cualidades se debe poser para ser hombre de Estado. ¿No sería más justo averiguar cuáles son las que conviene que falten ? ¿No se revela muchas veces la capacidad política por límites y exclusiones ? Una vista de las cosas demasiado fina y penetrante puede ser un obstáculo para un hombre de acción, que debe tomar decisiones rápidas a causa del gran número de razones contrarias que le ofrece. Una imaginación demasiado viva, presentándole muchos proyectos a la vez, le impide fijarse en ninguno » .
Boissier, que publicó este libro en 1865, fue hijo de una época que todavía no se desbocaba por los abstrusos meandros de la ciencia social. El sabio decimonónico, fiel a sus clásicos, tenía mucho más tiempo para llegar a la esencia del acontecer histórico, ya que no interferían en sus investigaciones los conceptos « científicos », las diacronías y las sincronías de una mecánica del espiritu. Viejos sabios de duna y atardeceres, los polígrafos sabían que la vida era un caracol incesante y que las pasiones humanas difieren poco a medida que pasan los siglos. No requerían de vanas y eruditas estadísticas para desentrañar las ambiciones de un tirano o la ingenuidad de un demócrata. No se fiaban de ciertas periodizaciones para adivinar a posteriori las razones de un asesinato político.
Por el contrario, el pecado de Boissier y sus amigos, padres de la historiografía francesa, consistió en fiarse demasiado en el lado humano de su protagonistas. Al leerlo, la historia no se nos aparece como una máquina de procesos escalonados tendientes a un fin paradiasiaco, sino como un círculo concéntrico donde los nuevos adminículos y l as nuevas costubres no logran diluir las esencias. Como emanaciones de una roca milenaria, como viscosidades de un molusco centenario, cual corales, los hombres reproducen sus conflictos a su guisa, imprimiéndoles tonalidades inéditas. Hoy como ayer, del fondo de los barrios plebeyos, aparece de pronto la horda que venga la humillación de los suyos. Hoy como ayer, los gobiernos revolucionarios que acceden al poder cargados de ilusiones se vuelven de inmediato conservadores : « Ordinariamente, los partidos son injustos en sus quejas cuando se ven vencidos, crueles en sus represalias cuando vencedores y dispuestos a permitirse sin escrúpulos, en cuanto pierden , lo que censuran severamente a sus enemigos (…) El éxito es algunas veces más fatal a las coaliciones que los descalabros. Cuando el enemigo común, cuyo odio los reúne, está vencido, reaparecen las disensiones particulares », nos dice el autor de Cicerón y su amigos.
Boissier, Michelet, Montaigne, buceadores palpitantes del pasado. Novelistas del tiempo. Su lectura, que nos lleva a la tranquila disección de la historia, nos ayuda, muchos siglos después, a entender un presente cuyos misterios son simples como el viento y la lluvia. Agredidos por la absurda información diaria, no tenemos sosiego=2 0para entender la concéntrica circulación de lo mismo. Aplastados por la noticia, deshechos por la minucia del acontecimiento, somos mucho menos que la plebe de Roma y Bizancio. Juguetes sin voz y sin voto. Prisioneros dentro de los caracoles de ébano de la historia.

-------Gaston Boissier, Ciceron y su amigos (2 tomos). Biblioteca Joven. Fondo de Cultura Económica. SEP/CREA. México, 1986. 209 y 189 pp.

Sábado. Uno mas Uno. Octubre 11 de 1986.

sábado, 20 de septiembre de 2008

MANIZALES Y LA BECA NACIONAL DE TRADUCCION

Por Eduardo García Aguilar

Jay Miskowiec, traductor y editor estadounidense, acaba de ganar la Primera Beca Nacional de Traducción Literaria del Ministerio de Cultura 2008 para vertir al inglés mi tercera novela El viaje triunfal, publicada en Colombia por TM Editores, en México por Nueva Imagen, en España por Altera y traducida al begalí y publicada en Calcuta (India) en 2005.

El traductor estadounidense ha realizado una importante labor de difusión de la novela latinoamericana en el muy cerrado espacio de Estados Unidos, al publicar autores brasileños, argentinos y mexicanos en la editorial Aliform (
www.aliformgroup.com) y trabajar conjuntamente con el maestro Gregory Rabassa, el celebrado traductor de García Márquez, Jorge Amado y Julio Cortázar, de quien Miskowiec fue discípulo en Nueva York.

Miskowiec (1958) doctor en letras y profesor del Minneapolis College de Minessotta, debe entregar en unos meses la traducción de la novela, que será publicada en la primavera de 2009 en Estados Unidos y presentada en Nueva York, como ocurrió antes con la precedente Bulevar de los héroes, publicada en México y traducida al inglés, pero aún inédita en Colombia.

El ganador de la beca ha traducido y publicado también en inglés mi libro de relatos Urbes luminosas y el ensayo Delirio de San Cristóbal. Manifiesto para una generación desencantada, hechos que son casi desconocidos en mi país, como los de otros autores colombianos no costumbristas ni escandalosos, debido a que por medio de un golpe de estado literario el canon narco-sicarial autobiográfico en boga en el país se adueñó totalmente del imaginario literario colombiano.

El jurado, compuesto por los traductores y académicos Juan Manuel Pombo y Timothy Keppel, otorgó la beca a Miskowiec porque El viaje triunfal « es una novela bien escrita que capta una época histórica de América Latina de las generaciones del modernismo y el vanguardismo, es una traducción bien ejecutada y es interesante que se conozca ese periodo fuera del país. La experiencia del traductor es sólida, con una buena formación académica ».

Como se que algunos de mis contemporáneos, los editores de Bogotá y la crítica reinante en Colombia tratarán de ocultar a toda costa la noticia, no me queda más remedio que expresar mi opinión sobre un veredicto que para mi significa una bienvenida rebelión contra la narrativa en boga y un reconocimiento a otros autores alejados del neocostumbrismo escandaloso y autobiográfico, considerado ahora como única alternativa literaria válida en la novela nacional.

La novela galardonada hace parte de una trilogía que trabajé muchos años durante mi residencia en México y que está compuesta por Tierra de leones, Bulevar de los héroes y El viaje triunfal, obras donde trataba de exorcizar desde la diáspora los demonios de la infancia y la adolescencia literarias vividas en mi ciudad natal Manizales.

Puesto que un gran sector de la novelística de todos los tiempos aborda el tema de la fundación, como es el caso de Cien años de Soledad, y relata la infancia, los ancestros, el poder, la rebelión y el transcurso del tiempo que todo lo difumina y lo aniquila, haciendo trizas las esperanzas de las generaciones, estas tres novelas salieron desde el fondo, después de muchos intentos en la adolescencia y los años estudiantiles de París sobre el el tema de la fundación, el auge, la gloria y la caída de la ciudad de Manizales.

Para efectos literarios, Manizales es perfecta para una novelistica de sagas fundacionales humanas, pues fue creada en el siglo XIX por jóvenes colonizadores de éxodo bíblico que se fueron hacia las selvas baldías del sur a abrir un nuevo mundo de la nada. El pueblo que fundaron vivió un auge espectacular, a l convertirse en centro mundial de la producción de café, generando enormes excedentes y, bajo la tutela de la Iglesia, que todo lo domina, emprende la construcción de obras espectaculares.

Pero la catástrofe iniciática no tardaría en llegar y sufre incendios y terremotos destructores de los cuales se levanta de nuevo para crear la ciudad moderna, reconstruida por arquitectos extranjeros adictos al art-deco y a la desmesura. Y en medio de esa reconstrucción se irguió una Catedral gigantesca que busca con desmesura traducir en las alturas de los Andes el milenario esfuerzo gótico medieval europeo y la gesta de los arrieros. Un siglo después de la fundación, las fuerzas de la juventud surgidas de mayo del 68 en todo el mundo, con el rock, la salsa y la liberacion de costumbres, comienzan a minar ese mundo católico, cerrado y ultraconservador que dominó la vida desde su fundación.

Puesto que hago parte de esta tierra y mis ancestros fueron colonizadores antioqueños que venían desde Sonsón y Santa Rosa de Osos en busca de la tierra prometida a finales del siglo XIX y soy un lejano descendiente de los tiempos del rock y la revolución, escribí desde distintos ángulos esa historia maravillosa que se dio a l o largo de un siglo.

Tierra de leones cuenta la historia de Leonardo Quijano, loco lúcido que vimos por las calles imprecando el mundo que lo rodeaba, Bulevar de los héroes relata la historia de Tulio Bayer, un médico ilustrado que se rebeló y se volvió guerrillero para terminar exiliado en una torre de París y El viaje triunfal aborda la vida de Arnaldo Faria Utrillo, escritor imaginario modernista y vanguardista que le da la vuelta al mundo y regresa a morir y ser devorado en su tierra.

Estas obras desconocidas en Colombia siguen emprendiendo ahora el viaje en inglés de la mano de Jay Miskowiec, uncidas sorpresivamente en esta Primera Beca Nacional por un jurado probo, lo que muestra en definitiva que uno puede a veces ser y no ser profeta en su tierra.


lunes, 15 de septiembre de 2008

RATZINGER EN UN CONVENTO MEDIEVAL DE PARIS


Por Eduardo García Aguilar


El Colegio de los Bernardinos , fundado en 1247, es una bella edificación medieval que acaba de ser restaurada con motivo de la visita del papa Joseph Ratzinger a París este viernes y sábado 12 y 13 de septiembre de 2008. Casi a medianoche, cuando ya han pasado todos los ajetreos de su llegada, la visita al Palacio Elíseo, el discurso sobre la “laicidad positiva” en esta vieja edificación, y las vísperas en Notre Dame, busco con ansiedad el edificio entre las callejuelas que dan al Bulevar Saint Germain.


En medio de la noche, cuando todos se dispersan y los vehículos desaparecen, es nutritivo detenerse a ver estos vestigios milenarios, como la Torre Saint Jacques, que después de una década de trabajos de restauración fue revelada a los ojos de los transeúntes y los amantes del arte que la vieron escondida en una caja de herméticos andamios.


Al Colegio lo abrieron tres días a comienzos de septiembre para mostrarlo después de cinco años de trabajos, pero no había tenido tiempo de verlo en esa pequeña calle de Poissy, situada entre la Calle de las Escuelas y el bulevar Saint Germain, en pleno epicentro del Barrio Latino, llamado así porque durante siglos la lengua de los estudiantes de teología en esta zona histórica fue el latín. No lejos de aquí estaba el convento de Saint Victor que desapareció totalmente y en su lugar se elevan las horrendas edificaciones de cemento de la Universidad de Jussieu, construidas durante la locura urbanística de los años 60.


De todos los rincones de Europa llegaban los estudiantes a seguir en estas escuelas eclesiásticas las enseñanzas de los más reputados maestros en boga en ese medioevo monacal, que Ratzinger ha venido esta tarde a elogiar en un discurso ante personalidades de la cultura. Buscar ese edificio cargado de historia, no es tarea difícil, pero me dejo llevar por el azar en esta medianoche de suave brisa, caundo aún quedan las vallas en todas las calles por donde pasó el papamóvil y las luces encendidas para resaltar las edificaciones históricas.


Notre Dame está llena de gente y las luces la bañan toda después de que el jerarca celebró las vísperas. Adentro hay agitación y música y se prepara una procesión de antorchas que en la madrugada irá hasta la explanada de los Inválidos, donde este sábado el Papa celebró la misa de rigor ante unos 200.000 fieles. Jóvenes creyentes de todo el país deambulan por las calles o instalan en las plazas sus carpas y colocan sus morrales; las fuerzas de seguridad controlan las esquinas que comienzan a estar desiertas y los barrenderos limpian todo a su alrededor con la minucia de todo fin de fiesta. Es raro ver la ciudad tan iluminada y tan desierta, pero algunas iglesias como San Severino están repletas y afuera, en el patio monacal, entre las arcadas góticas los visitantes de provincia descansan y consumen alimentos y refrescos después de un día dedicado a recibir a su jefe espiritual, como lo hacen budistas, ortodoxos, musulmanes y judíos.


Los comentaristas debaten sobre la figura de este papa intelectual, erudito, que durante su vida ejerció con timidez la enseñanza en todos los rincones del mundo. Me acuerdo que oí hablar por primera vez de este cardenal a un amigo filósofo y muy erudito, Carlos Arturo Orozco Grajales, quien fue monje benedictino en El Rosal, en la sabana de Bogotá y me relataba las airadas discusiones que tenía con este teólogo alemán contemporáneo de Hans Küng y Jürgen Habermas, cuando yo lo visitaba largas horas en ese monasterio donde se destacaba por sus amplios conocimientos y buena pronunciación del latín. Como eso fue hace muchos años, yo sé que Ratzinger tal vez gozó del chocolate santafereño en esas heladas y brumosas mañanas de la altiplanicie sin saber que un día llegaría a ser Papa.


Puesto que nací en la órbita del mundo cristiano y católico hispanoamericano y aunque me considere ateo, liberal ilustrado y libertino, debo reconocer la profunda empatía con esos monumentos milenarios construidos por la Iglesia y el arte que se ha producido en su entorno. Suelo muchos domingos escuchar en la Iglesia de San Eustaquio los espléndidos conciertos de órgano, en uno de los más bellos instrumentos que reina en la basílica donde fue confirmado Luis XIV y está enterrado el ministro Colbert. También suelo ir a Saint Etienne du Mont a escuchar el órgano, de pie, junto a las tumbas de Racine y Pascal y de Santa Genoveva, a donde he llevado algunos escasos amigos, porque la sé muy benévola con los amantes de París y muy valiente al reconfortar a los habitantes de esta ciudad en el siglo VI, cuando los amenazaba una invasión de Atila, el malfamado rey de los Hunos.


Por eso ahora busco este colegio de monjes estudiosos y lo encuentro por fin ahí en esa calle que hasta ahora pasaba inadvertida a cualquiera. Un joven sacerdote que caminaba por ahí me ha dado las indicaciones precisas. Es una joya arquitectónica. Está iluminada como nunca lo volverá a estar porque la acaban de inaugurar con una conferencia de Ratzinger. Trato de fotografiar el edificio desde ciertos ángulos para transportarme cientos y cientos de años atrás en los tiempos de la agitación latina.


Y de repente, desde un ángulo preciso, entiendo cómo pudo haber sido ese edificio rodeado de árboles y campiñas en la parte izquierda de la ciudad junto al Sena que Luis Felipe, el constructor de las murallas, entregó a los clérigos para que construyeran escuelas que hoy todavía sobreviven como la iglesia de Saint Germain y este convento tan bello que hoy ha renacido en París. No hay nadie en la calle, hay un viento suave y mucha luz. En este claustro los monjes transcribían con caligrafías exquisitas los viejos clásicos que hoy todavía nos iluminan.Ahora está desierto e iluminado como una aparición gótica en medio de la urbe moderna, cargada de milenos, vacío, nada y eternidad.

domingo, 7 de septiembre de 2008

CANTINFLAS EN LA ALAMEDA


Por Eduardo García Aguilar

Las colas eran interminables en la famosa y centenaria Alameda central cercana al Palacio de Bellas Artes, donde reposaba el cuerpo de uno de los hombres más importantes del siglo XX en México y América Latina, el maravilloso Cantinflas, cuyo personaje inolvidable f ue y es la versión hispanoamericana del Quijote y una metáfora mordaz de la vida humana, con sus triunfos vanos y fracasos.

A lo largo de medio siglo, este hombre humilde, este peladito que se inició desde Tepito en las carpas y los burlesques de las barriadas y ascendió a la fama mundial como pocos, caracterizó el absurdo destino humano y a los personajes típicos de nuestro universo folclórico de corrupción, como presidentes, curas, militares, bandidos, policías, políticos, mafiosos y tantos otros caracteres que constituyen el ser esencial hispanoamericano desde el trascendental Quijote de la Mancha y los pícaros encabezados por el Buscón y el Lazarillo de Tormes.

De una ternura sin par y sin que fuera perseguido gracias a su popularidad, pocos lograron como él burlarse de los poderes: su sarcasmo no tenía límites al usar ese lenguaje incomprensible y barroco, sincrético, macarrónico, mordaz, con el cual curas, poíiticos, militares, sindicalistas corruptos "charros" y ladrones nos engañan desde hace siglos.

Y con él todos reíamos: abuelas, bisabuelas, tías, primos y niños de la ya lejana época inicial de la televisión, cuando todavía para presentar una película se debía armar un tinglado dinosáurico de proyectores y pesadas latas amenazadas siempre por la avería en las plazas de pueblo o en los viejos teatros sobrevivientes del cine mudo y los clásicos en blanco y negro, nostálgicos de Charles Chaplin, los Hermanos Marx y El Gordo y el Flaco.

En las salas de cine de todas las ciudades y pueblos latinoamericanos las colas para ir a verlo fueron siempre tan nutridas como ese día final en que su cuerpo inmortal fue llevado a esa sala de hombres ilustres vivos y muertos que es el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, situado no lejos de El Colonial y otras carpas donde al final del siglo XX seguían presentándose los héroes del burlesque semiburdelesco que hacía desternillar de risa a los amantes de lo lépero y lo obsceno, a los pobres borrachines de barriada y a los habitantes de los inquilinatos.

Nació el 12 de agosto de 1911 y murió el 20 de abril de 1993, cuando se paralizaron México y América Latina enteros para rendirle homenaje a su ídolo. Bajo la llovizna la gente esperaba todas las horas necesarias en un silencio casi espectral que se observaba desde las alturas de la Torre Latinoamericana, y ese era el silencio de la gente del pueblo, las tías, abuelas, madres, hijos, padres, niños provenientes de todos los puntos cardinales de la urbe metálica: la familia continental en pleno. Ahí estaban de pie con sus bolsas llenas de tacos, tamales y refrescos, hasta que por fin accedían al Palacio a inclinarse ante su féretro. Y así fue hasta que por fin se lo llevaron al Panteón Español, lo que parecía mentira para quienes lo creían inmortal. Un pueblo entero quedaba huérfano.

En toda América Latina nos reíamos con Tintán, Clavillazo, Viruta y Capulina, con Sara García, pero nadie igual a él, con esa malicia ladina del que todo lo dice sin decir nada. Su sola aparición en la pantalla ya nos emocionaba y nos hacía estallar de risa, su lenguaje llegaba a todo el continente como la metáfora del absurdo novelesco de nuestra existencia. Diríase que Diógenes Bravo, Úrsulo, Sócrates García, el padre Sebas, Fidencio Barrenillo, Lopitos, Rogaciano, Feliciano Calloso, el portero, el piloto inocente, son los verdaderos personajes de la gran novela latinoamericana surgidos desde México. Habría que reunirlos a todos y ellos solos se encargarían de hacer palidecer las mejores novelas y obras coronadas, pues su autenticidad no tiene límites. Oir, ver y reir, he ahí el asunto primordial.

Un año antes, el día de su cumpleaños, hablé con él por teléfono para pedirle declaraciones. Al otro lado del auricular la voz del mito se escuchaba en esa oficina de un decadente viejo edificio de Insurgentes donde tenía su oficina. Se oía el cruce de los autos afuera, en medio del polvo, en ese rincón detenido del progreso mexicano donde se había refugiado entre las Colonias Roma y la Condesa. Lo había visto alguna veces desde lejos en medio del ajetreo de la gloria y la prensa y desde niño en el cine, pero otra cosa era escucharlo al otro lado del teléfono tratando de responder con chistes malos e incomprensibles a mis preguntas con la amabilidad y generosidad del senecto humorista que se acercaba al final. Le seguí la corriente un buen rato, pues sabía que estaba hablando con la historia.

Cómo olvidar en blanco y negro Ahí está el detalle (1940), Gran Hotel (1944), A volar joven (1947), El supersabio (1948), El bombero atómico (1950), Abajo el telón (1954), Si yo fuera diputado (1951), Entrega inmediata (1963), vistas en el viejo teatro Olympia de mi ciudad natal Manizales, a las que siguieron las películas a color, tal vez menos logradas, como La vuelta al mundo en ochenta dias (1956), Sube y baja (1958), El Padrecito (1964), Su excelencia (1966), El profe (1970) y El Quijote cabalga de nuevo (1972), entre otras muchas. En esos filmes todo el continente aprendió a conocer los profundos laberintos humanos, políticos, sociales y culturales de un país que ha sido y sigue siendo el hermano mayor de América Latina, como múltiple civilización prehispánica y Nueva España que fue, así como vecino del Imperio que lo desmembró y lo devoró, pero que al fin vuelve tal vez a ser conquistado por estas lenguas y este sentido de la autoburla y la irrisión que nos domina, en una comedia interminable de caudillos, dictadores, mafiosos y autoridades corruptas.

Habría que haber visto a esa muchedumbre en las interminables colas de la Alameda Central para comprender el amor de todo un pueblo por quien supo representar sus miserias y expectativas y decir en voz alta, a través de la risa, la profunda indiferencia que sienten los de abajo por quienes los dominan y los explotan a lo largo de vidas anónimas, dominadas por la carencia, la desesperanza y la lucha. Con Cantinflas el mundo se ponía al revés y el pelado era el rey, el "chato" verdadero que nutre y hace la cultura de un país y lo hace vivir a pesar de su vampiros multinacionales.

domingo, 17 de agosto de 2008

SEIS DECADAS DE JAZZ EN LA HUCHETTE

Por Eduardo Garcia Aguilar
El viejo jazzista holandés Bert de Kort tiene casi 80 años y aunque sus movimientos corporales se hacen rígidos al alzar las manos y menear el cuerpo de añejo gañán, guarda el entusiamo de jefe de banda que lo hizo famoso en los años 60 en el mundo del jazz, cuando recorría como hoy lo hace de ciudad en ciudad haciendo feliz al público con su Jazz Band.
En pleno agosto, cuando se llenan de turistas norteamericanos las calles de la ciudad y el bajo barrio latino, situado a orillas del Sena, al lado de la iglesia Saint Severin, Notre Dame y la librería Shakespeare and Company, este sábado el histórico Caveau de la Huchette está repleto de gente como desde hace 60 años ininterrumpidos.
De Kort es una reliquia del desaparecido existencialismo y ahí está en el podio con su grupo, entusiasta, alegre, cínico y sabio, como quien cumple su concierto número 20.000. Con él, un baterista hierático que no sonríe y cumple su tarea burocráticamente, pero muy bien y con talento, enmarcado en sus largas patillas de capitán de barco, cejas de neurasténico y ojos grises, cansado de fatigar cueros y platinos, pero vigilado desde lejos por la mirada fiel de la amada rubia que le espera sentada con un coctel en la mano.
Al fondo, un pianista fumador, enclenque y pálido, excelente eso sí, se aferra al piano viejo con cabellera larga relamida y desleída camisa floreada de absurdo color verde. A su lado un joven bajista regordete, tal vez de Madagascar, risueño y elevado en su traba de hachís, arranca a las cuerdas notas que mantienen el ritmo desde la modestia secreta y parece feliz con su cola anudada y las gafas camajanescas de grueso aro negro. Y junto al viejo maestro, su preferido, el joven saxofonista y clarinetista en quien deposita la herencia como padre que se apresta a bajar tranquilo al sepulcro. « No está casado todavía », grita el jazzmen a las deseables muchachas que bailan con viejos verdes, sudorosos gigolós de camisas floreadas y jeans ceñidos, o ventripotentes alumnos sesentones de be bop vestidos de lino negro.
El caveau es un verdaero templo de jazz. Arriba en la barra se sirven cocteles, cervezas y alcoholes duros. Y bajando las escalinatas, se llega al amplio espacio construido en plena Edad Media. Todavía hay vestigios góticos, piedras labradas con escritos en latín, escalinatas de roca fijas ahí desde hace más de un milenio. Y desde 1946, cuando fue fundado el sitio, ha recibido sin descanso a jazzmen y crooners como Bill Coleman, Claude Bolling, Lionel Hampton, Milt Buckner y entre los franceses, a Sacha Distel, entre otros mil. Ahora en esta temporada de verano han estado Richard Raux Jazz Group, Philippe Lucas, Drew Davis Swing Band, Scott Hamilton Orchestra y Thomas Savy Jazz Group, entre otros.
No lejos de aquí, por la misma calle, está el teatro donde desde hace también seis décadas se presentan sin interrupción las obras del ya fallecido dramaturgo del Absurdo Eugenio Ionesco (1912-1994). Y en las callejuelas, entre avisos luminosos y ruido, la romería de visitantes es permanente y obligatoria para quien visite la ciudad. No hay turista que no se detenga a comer crepas, kebab turco o se introduzca a un restaurate griego, cuyo patrón quiebra en la puerta platos blancos para llamar la atención.
Las del barrio son todas casas antiquísimas, pues este rincón fue siempre centro portuario desde los tiempos romanos hasta los años medievales del barrio latino, los lustros románticos y malditos de Nerval, Baudelaire y Verlaine y la década humeante de los existencialistas de Jean Paul Sartre, Julio Cortázar y Boris Vian. Gabriel García Márquez, en 1957, cuando vivía no lejos de aquí, bajaba a estos rincones en busca de una sopa o unas papas fritas, mientras pensaba en El coronel no tiene quien le escriba.
Los betaniks norteamericanos liderados por Ferlinghetti se hospedaban en la librería Shakespeare and Company y el más importante poeta francés vivo, Yves Bonnefoy, vivió aquí cerca en su juventud en los oscuros años de la posguerra. Al Hotel Esmeralda, una de las joyas sobrevivientes aún sin cambios desde esas épocas, y cuya dueña casi centenaria espera en el lobby con un cigarrillo y un pastís, llegan todavía escritores deseosos de tomar notas junto a la Catedral de Quasimodo, antes de bajar a beber en LesTrois Mallets, a la vuelta de la esquina.
En las cavas medievales restauradas se fueron instalando desde entonces, en esa década que emergía de la guerra, los antros de jazz que figuran en novelas y memorias de los anos 50, escritas entre la precariedad y el tizne de las paredes, el olor a repollo y colifror y el tufo del vino barato, al mismo tiempo que las chimeneas crepitaban y humeaban en noches de invierno sin nombre que el calentamiento global transmutó y convirtió aho ra en benévolas.
Ahora el viejo nos anima a todos al anunciar melodías de Cole Porter, John Coltrane, Miles Davis, Dizzie Gilespie, Lester Young, Count Basie y tocar con su trompeta los clásicos del jazz. Una hermosísima turista niña rica gringa bosteza a mi lado sin entender este mundo sucio y subterráneo y obliga a su novio a sacarla de ahí. El viejo ventripontente que masca chicle se luce porque es un bailarin consumado ; el gigoló mediterráneo está bañado en sudor. Un diminuto hombrecito gay desacomplejado de cejas negras baila con una soberbia hembra nórdica y dos nenas parecidas a Scarlett Johanson, que vienen de Boston, se dejan zarandear felices por desconocidos canosos con experiencias y arrugas, que husmean sus ombligos con piercing.
Pero los maestros de hoy son los bailarines negros que sin fatiga han hecho vibrar las piedras milenarias con su parejas exhaustas. Ya termina el tercer set de la noche y Bert de Kort se despide. « Me pagan por hacer esto », nos dice feliz y octogenario. Son las tres de la mañana. Han sido cinco horas de jazz que resuenan todavía en el vientre de la ciudad. Afuera la fiesta de la calle continúa hasta el amanecer. Las bellas más sexys han caído en los brazos de sus osados y canosos seductores. Es el jazz. All that jazz.

lunes, 11 de agosto de 2008

LA TORRE LATINOAMERICANA

Por Eduardo Garcia Aguilar
Uno de los monumentos más extraordinarios de la Ciudad de México y de América Latina es la Torre Latinoamericana, erigida en 1954 y desde entonces presente y a la vista de todos los habitantes de la metrópoli, semejante a un cohete de ciencia ficción salido de las utilerías de los estudios Churubusco y listo a lanzarse a la conquista del espacio de los sentidos y los símbolos.
Con el viso azulado de sus vidrieras y mosaicos y sus antenas y pararrayos la torre ha resistido todos los temblores, en especial los de 1957 y 1985, meciéndose en el aire gracias a los originales pilones antisísmicos sobre los que está construida. Desde sus alturas ha visto las ruinas y las iluminaciones bíblicas cernirse sobre la metrópoli, como las llamaradas asesinas de las refinerías de petróleo, las tolvaneras gigantescas provenientes de Texcoco, que antes enceguecían y asfixiaban la ciudad, o los paisajes transparentes de enero, cuando la nieve de los volcanes se vuelve nítida y los contornos prehispánicos del valle renacen desde la oscuridad del progreso.
Tuve la fortuna de subir el día de mi llegada a México al restaurante Muralto a cenar en companía de una linda guía prehispánica que el azar me presentó en las viejas calles coloniales, idéntica a una ofrenda afortunada de Coatlicue. Desde entonces tejí con la mole una relación de amistad y complicidad secreta que se solidificaría años después, cuando sin siquiera sospecharlo ese día iniciático, terminé trabajando durante más de una década en una agencia de noticias en el piso 28 de esa torre, convirtiéndose en mi segunda casa.
Durante años, arrullado por el sonido de los incesantes teletipos que traían las buenas y las malas noticias del mundo, vi los más bellos amaneceres en el valle y a veces alcancé a divisar las pirámides de Teotihuacán, cuando de repente el valle se volvía de verdad la región más transparente del aire, como lo escribió alguna vez Alfonso Reyes en Palinodia del polvo. Durante el día se veía crecer el agite monstruoso de cuatro millones de vehículos y se oía el murmullo arterial del Eje Lázaro Cárdenas con su sinfonía de bocinas y la humareda que brotaba de camiones y autos viejos.
Y poco a poco, hacia el atardecer, todo se transformaba y lo que era realidad diurna total y concreta se volvía titilante universo lumínico de la ciudad más grande mundo, un mar cósmico, planetario, un océano de luciérnagas donde se distinguían las largas avenidas como nervaduras de hojas enormes de Victoria Regia o líneas y huellas de una mano inconmensurable. El silencio lo dominaba todo, salvo cuando sonaban las sirenas apresuradas de los carros de policía o de bomberos o estallaba de súbito el ruido de los disparos nocturnos o el grito desolado e inerme de los atracados.
Trabajar de noche en la Torre, cuando ya la calma de la ciudad volvía, era una experiencia muy especial que daba al observador desde las alturas la sensación de dominarlo todo y otorgaba poderes casi chamánicos al espectador de aquella inmensidad, donde medio milenio antes reinó la ciudad de Techochitlán con sus lagos, danzas y sacrificios. Uno trataba de levantar con la imaginación las humaredas de copal que serpenteaban alrededor de las pirámides o convocaba los cánticos de los conventos coloniales con sus monjas y abates tapiados. O reclamaba la presencia de Zapata y Pancho Villa en El Sanborns o el sonido de sus cabalgatas por la calle Madero. O la música de Guty Cárdenas en La Cucharacha antes de que sonaran los disparos.
Muchos años antes de llegar a México, la Torre Latinoamericana se nos apareció en las diversas y sucesivas portadas de La región más transparente de Carlos Fuentes, novela que circulaba por todo el continente latinoamericano desde que fue publicada por el Fondo de Cultura Económica en 1958 y es hoy un clásico de la narrativa hispanoamericana de todos los tiempos.
En la prosa innovadora y rabiosa de este gran escritor, entonces un joven de 30 años, aprendimos a conocer la ciudad y a su gente a través de la voz delirante de Ixca Cinefuegos y de los personajes que él registró con la esperanza de marcar para siempre en palabras la huella de la urbe contemporánea mexicana. Tenía que ser la Torre Latinoamericana la que ilustrara las portadas más conocidas de esa novela, pues Carlos Fuentes tuvo que estar ahí presente, rodeándola, mientras la escribía electrizado por la energía que emanaba del sorpresivo monolito que conectó al Distrito Federal, « tuna incandescente » y « serpiente de estrellas », con los rascacielos neoyorkinos y el futuro impredecible en el que vivimos.
La ciudad palpitaba ahí a nuestro alcance : la mole del palacio de Bellas Artes asediada por colas de miles de defeños listos a rendir homenaje al féretro de Cantinflas en su último día en la tierra. Las ruinas permanentes de cientos de edificios que como el Hotel Regis y otros inolvidables que fueron tumbados en el centro por el terremoto de 1985. Las fiestas de Garibaldi y el salon Colonial con sus mariachis, su burlesque increíble y el vaho de pulque y tequila en las calles. El caminar de los borrachines de la Avenida Hidalgo o la calle Bucareli. Las conversaciones de periodistas en El Negresco o La Habana.
Otras imágenes acuden en tropel. Los enormes helicópteros estadounideses que traían desde el aeropuerto a Los Pinos al presidente estadounidense Bill Clinton, las manifestaciones de los zapatistas, los campamentos de maestros, los multitudianarios gritos festivos del 15 de septiembre o los ya pasados de moda desfiles del Día del Infome del Señor Presidente.
Todo eso se veía desde las alturas de la Torre Latinoamericana, hermana mayor de la urbe que todo lo ve y todo lo vive, Cuatlicue de acero, cemento y vidrio con ojos de robot, que ahora sigue su rumbo en el siglo XXI convirtiéndose en monumento del pasado, obelisco del presente, pirámide que desafia el tiempo e identifica a cada uno de los habitantes con su ciudad, pues es un símbolo desafiante y sereno.

lunes, 28 de julio de 2008

MISS UNIVERSO, KENNEDY, LA LUNA Y YO

Por Eduardo García Aguilar

Hay recuerdos infantiles que nos marcan para siempre y son imborrables porque conectan con la extraña experiencia de la multitud y la colectividad y acercan al descubrimiento súbito de la nacionalidad y la pertenencia a una sociedad concreta. Desde las nubosidades del sueño infantil aquellos recuerdos quedan ahí para siempre y conectan con la historia del país natal y el mundo.

Es el caso, por ejemplo, del día de la muerte de John F.Kennedy en 1963, la del padre guerrillero Camilo Torres en 1966 y la de Ernesto Che Guevara en 1967, el primer transplante de corazón en 1968 y la llegada del hombre a la luna en 1969, entre otros muchos acontecimientos que poco a poco estructuran, dan pautas sobre la política y la realidad mundiales o informan de la violencia interminable, los avances de la tecnología y la ciencia o el esplendor del arte.

Esos recuerdos son de dos tipos: aquellos de carácter histórico o social y los íntimos, que estructuran la psicología, el comportamiento y el carácter de las personas. Explorar ese mundo misterioso de los recuerdos y los olvidos, la impronta arbitraria y definitiva de los acontecimientos íntimos o sociales es un ejercicio revitalizador lleno de sorpresas. De los dos años de edad me quedan algunas fugaces imágenes, cierta escalera, el vuelo de una sábana recién lavada o el perfume de la madre. De ese orden puede ser el recuerdo del padre afeitándose mientras lo carga a uno de pie frente al espejo. Algún insecto en el corredor, como un escarabajo que sube por la pared con sus largas tenazas antediluvianas, la calle húmeda y fría en la noche manizaleña de invierno o la llegada de un tío cargado de delicias traídas de otra parte.

De los recuerdos relacionados con Colombia, tengo uno vago de los tres años cuando cayó Rojas Pinilla y sonaba la sirena interminable del cuerpo de bomberos, mientras mi padre comentaba el acontecimiento con la gente que iba en el bus. Más tarde tengo el recuerdo nítido de la victoria del primer presidente del Frente Nacional Alberto Lleras y la foto de una página completa del nuevo mandatario publicada en El Espectador, que nos mostraba mi hermano mayor Humberto en la casa donde vivíamos en la esquina del Parque Caldas, encima de una famosa salsamentaria llena de exquisiteces fabricadas por un inmigrante extranjero, entre las que se destacaba un delicioso pastel con forma de rana verde y ojos brotados de dulce rojo, que era mi preferido.

Pero tal vez el primer recuerdo que tengo de la existencia de la sociedad multitudinaria y de la colectividad como tal es cuando, a punto de cumplir yo cuatro años, llegó el 16 de agosto de 1958 a Manizales la nueva Miss Universo Luz Marina Zuluaga. Desde la ventana de la casa en esa esquina del Parque Caldas vi con mi familia pasar por la carrera 23 el cortejo precedido por policías motorizados, carabineros a caballo y flanqueado por una larga fila de uniformados, en medio del griterio y los aplausos conmovedores de la muchedumbre agolpada en las aceras.

La ciudadanía estaba orgullosa por partida doble: como nacionales del pais galardonado mundialmente en Miss Universo y como provincia, al ser la reina oriunda de la ciudad. Aquella apoteosis quedó marcada para siempre con lujo de detalles: la atmósfera eléctrica de la ciudad, la solemnidad excepcional de la celebración en ese parque entrañable de la infancia, todo ello con la conciencia primigenia de pertenecer a una patria y a un terruño.

Y como en toda apoteosis celebratoria, lo más importante fue el carácter pacífico y popular del acontecimiento, que dio al pueblo instantes de convivencia y euforia, lejos de la violencia reinante, con las atrocidades que oíamos contar a los adultos. Diríase que esa noticia popular regocijante para el país significaba un receso en la letanía de La Violencia que tuvo su punto catastrófico 10 años antes, con el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán. O sea que a tres semanas de cumplir mis cuatro años, ese hecho significó mi bautizo como ciudadano.

Años después, cerca de los nueve, la noticia de la muerte de John F. Kennedy y el posterior asesinato de Lee Harvey Oswald por Jack Rubi me comunicó con la realidad mundial y el hecho de ser súbdito de un imperio. La noticia me llegó en uno de los patios de la casa de la carrera 19 con 25 y me acuerdo haber marcado con tiza la fecha y estado al tanto de la noticia por la radio. Después vendría la terrible foto del padre guerrillero Camilo Torres, masacrado por las fuerzas del orden y en esa misma casa comentar el hecho con mi padre Alvaro. En ese entonces, como ahora, el gobierno colombiano celebraba esa muerte con felicidad y decía que la guerrilla se había exterminado para siempre. Un año después sería el turno del Che Guevara, convertido ahora en un mito general junto a Santa Claus.

Sin embargo, al lado de la Miss Universo Luz Marina y J. F. Kennedy, tal vez el recuerdo más impresionante y de rango cósmico es el de la observación familiar, en esa misma casa de la 19, de la llegada del hombre a la luna, en un enorme televisor empotrado en un mueble, de donde salían las imágenes en blanco y negro de la flotación sobre el satélite de Neil Amstrong antes de posar la bandera estadounidense sobre el suelo lunar.

Allí, a los 15 años, descubrí la pertenencia al universo y a una humanidad capaz de abandonar terruño, patria y mundo para ir al encuentro del cosmos. O sea que entre la irrupción de Miss Universo en mi ciudad y la salida del hombre hacia el Universo, sólo había transcurrido una década de recuerdos, que entonces parecían una eternidad y ahora son sólo un pedazo de vida impregnado por fortuna en la memoria antes de que llegue el Alzheimer.

domingo, 20 de julio de 2008

FIESTA DEL 14 DE JULIO EN LA CONTRESCARPE

Por Eduardo García Aguilar

La calle Mouffetard es la más antigua de París y mi preferida porque baja desde el Panteón, después de la calle Descartes, por la misma vía transitada desde hace más de 2.000 años por los peregrinos que llegaban o iban a Roma. La callejuela sinuosa está llena de viejas casas de otro tiempo perfectamente conservadas y de cafés, restaurantes, librerías, tiendas y negocios de gastronomía que le dan un aire de provincia con sus olores inolvidables.


Todos los días están desplegados en puestos callejeros los frescos productos de mar, las deliciosas viandas asadas con especias, pasteles, frutas, vegetales y productos exóticos idénticos a los que figuran en las fotos de fines del siglo XIX y comienzos del XX. En esta calle vivieron en su tiempo Paul Verlaine y Ernest Heminguay y a lo largo de los siglos ha recibido la visita de los catadores de alcohol y vinos de todos los orígenes, pues durante mucho tiempo fue un mendro malevo de extramuros poblado de marginales, mendigos, bandidos y borrachos.


Incluso en un tiempo, antes de la Revolución y la caída del Antiguo Régimen, la iglesia de Saint Medard fue lugar de milagros histéricos hechos por el diácono Francisco de París a poseídos miembros de la secta de los Convulsionarios, que obligaron a las autoridades eclesiásticas y al Rey a exorcizar los demonios convocados por la mente delirante del populacho. En el sitio de los poseídos se puso una placa donde decía:"De parte del Rey se prohíbe a Dios hacer milagros en este lugar".


La gente va y viene, sube y baja con sus bolsas de compra. También llegan turistas del mundo entero que vienen a mirar un rincón verdadero de París, de los pocos que realmente unen mito y realidad, o parroquianos de este barrio que es cruce de zonas tradicionales y lugar de encuentro estudiantil a donde llegan por la noche los estudiantes de las diversas Sorbonas a llenar los pubs y las tascas. Y en medio de la calle, arriba, ya cerca del Panteón de los Hombres Ilustres, la iglesia Saint Etienne du Mont y las viejas murallas medievales, está la famosa Plaza de la Contrescarpe, donde se celebra la fiesta patria francesa cada 14 de julio, en un ambiente de provincia salido de los cuentos de Maupassant o los relatos de Víctor Hugo, Balzac y Dumas.


Como vivo cerca de ahí, cada 14 de julio voy a celebrar el día de la Revolución y de la Declaración de los Derechos Humanos bajo el lema de Libertad, Igualdad, Fraternidad. A muchos pueden sonar palabras huecas, pero qué importantes fueron en ese lejano 1789 y para los siglos futuros el hecho de que unos idealistas las hubieran proferido cambiando para siempre el rumbo de la historia y provocando la caída de la monarquía y del Antiguo Régimen. Poco a poco, a lo largo de los siglos XIX y XX se fue completando el ideario de la Revolución con la abolición de la esclavitud, el establecimiento de la República y la Democracia representativa, el surgimiento de los derechos sindicales de los trabajadores, la igualdad de la mujer, el derecho al aborto, la laicidad, la separación de la Iglesia y el Estado, entre muchas otras conquistas de las fuerzas avanzadas del mundo.


Por eso cada 14 de julio vengo a esta plaza a ver cómo acuden desde temprano las familias de franceses y de emigrantes a pasearse en calma por las dulcerías y las heladerías, mientras jóvenes y viejos se agolpan en los múltiples bares que sacan las mesas a la calle y no dan abasto para atender a la clientela. Hay alegría en los diez bares de donde sale la música antes de que una orquesta típica y de baja calidad se instale en un podio techado al que adornan con banderas rojo, azul y blanco francesas y comience a interpretar música tropical movida o éxitos de la época disco como los de Claude François, que hace bailar a niños y viejos y vagabundos malolientes alrededor de la fuente de la plaza de la Contrescarpe.


Es un ambiente de provincia salido de Madame Bovary de Flaubert: por una vez al año las mujeres de edad se desatan y se mueven con torpeza animando a sus nietos. Los franceses no se caracterizan mucho por el movimiento armonioso en el baile, pero hacen el esfuerzo como en esas ordalías medievales al calor de la gaita. Pero en su ayuda vienen negros, gringos, alemanes, italianos, paquistaníes, árabes e hindúes, que celebran de esa forma la multirracialidad todavía amenazada y hacen real la palabra igualdad en este rincón rodeado de callejuelas. Los chinos, más discretos, se ven representados por la belleza pálida y discreta de las elegantes hongkonesas que han pescado novio francés.


Año tras año soy fiel a la Contrescarpe desde los tiempos en que era estudiante y aquí veníamos entre el ruido de la pólvora, ahora prohibida por seguridad. En el café de la esquina me han servido otro vino y los amigos ríen ante la torpeza de la banda municipal. De repente se desatan y tocan un pasodoble o un mambo o una cumbia y la gente delira allí en el centro, alzando las manos. Para dar gusto a todos, por los altoparlantes pasan a veces rock arcaico de ese que bailaban los engominados de West Side History.


Y así, entre música y música, pasa la noche del 14 de julio, hasta que poco a poco todos van desapareciendo y los bares cierran mientras la llovizna de julio impregna las piedras que tapizan la calle más vieja de París. A esa hora aparecen los malevos ebrios y fumados que heredan medio milenio después las costumbres de los bandidos medievales amigos de François Villon, el poeta que cantó a los ahorcados y los ajusticiados por la policía. Por eso alguna vez Hemingway dijo que "París es una fiesta". A las tres de la mañana, bajando por la Mouffetard, no hay duda de que lo es y lo será todavía por mucho tiempo.

lunes, 30 de junio de 2008

SHAKESPEARE AND COMPANY


Por Eduardo García Aguilar

Al fondo se escucha el piano, alguien toca jazz y la música inunda este templo irreverente dedicado a los libros y a los escritores del mundo, lleno siempre de anglosajones o cosmopolitas excéntricos de todos los puntos cardinales del planeta, y situado en el histórico número 37 de la rue de la Boucherie. Arriba, en el segundo piso, en el mínimo y macarrónico Hotel Tumbleweed, las muchachas viajeras hablan y ríen, mientras el sol afuera cae sobre árboles y aceras para que los turistas tomen fotos frente a Notre Dame y vean pasar barcos por uno de los estrechos brazos del Sena.

Es Shakespeare and Company, legendaria librería fundada en 1951 por George Whitman, quien guarda frente al río la memoria de la otra librería inolvidable del mismo nombre, corazón entonces de la literatura en el barrio del Odeon bajo la animación de Sylvia Beach, en tiempos de Ernst Heminguay, Henry Miller, James Joyce, Lawrence Durrel y Gertrude Stein. En aquel tiempo, en ese pequeño santuario de la verdadera literatura, la pareja de dueñas publicó en ediciones confidenciales el Ulysses de Joyce y otros libros claves de la explosión narrativa experimental de los años de entre guerras, cuya fuerza sigue vigente para los entendidos.

Al desaparecer aquella librería de entreguerras, el viajero norteamericano Whitman decidió fundar la nueva del mismo nombre en este rincón de París, en complicidad con su amigo el beatnik Lawrence Ferlinghetti, fundador al mismo tiempo en San Francisco de la librería City Lights, otro de los faros de la literatura marginal y rebelde en las orillas del Océano Pacífico.

La idea de Whitman, que ahora casi centenario está retirado, pero viene con frecuencia a sentarse como siempre junto a la caja registradora, era crear una especie de falansterio para los escritores, un lugar donde pudieran llegar de todo el mundo y pasar una o dos noches sobre las históricas almohadas y sofás del irónicamente llamado Hotel Tumbleweed. Su consigna ha sido la hospitalidad, palabra sagrada de los viajeros y errantes del mundo desde antes de los griegos. Se dice que Whitman aprendió a ser hospitalario cuando viajó por Suramérica estando muy joven y fue recibido indistintamente por los pobres indígenas en sus casas de múltiples pueblos de su ruta beatnik.

Frente a las puertas o junto a la caja registradora de Shakespeare and Company se agrupan desde hace medio siglo los jóvenes poetas y autores marginales desconocidos, pero que después se convertirán en referencias literarias de la insurrección estética, como en su tiempo lo fueron Ezra Pound y Samuel Beckett en esta ciudad de las letras. Pero también hay espacio en la “writer room” para los viajeros escritores crepusculares, pobres, calvos, canosos, viejos y perdidos que necesitan estar ahí unas horas en ese pupitre frente a la página en blanco viendo desde la ventana la vieja catedral de Quasimodo y Esmeralda.

Shakespeare and Company se quedó para siempre en este muelle del Sena, al lado de la rue Saint Jacques y desde entonces ha estado animada por su propietario, recién condecorado con la medalla de las Artes y las letras de Francia. Afuera están las butacas de madera donde se besan los enamorados en un escenario cinematográfico lleno de cajas de libros viejos baratos en inglés y estaterías de madera con libros de bolsillo usados y animados por el espíritu de los viajeros. Un hombre de unos cincuenta años, de jeans y chaqueta de cuero negra, besa apasionadamente a una bella chica morena de ojos de oblicuos de almendra, sentada en sus piernas, en la escalera que da a la acera y a un pequeño jardín.

Bajo un fondo amarillo se ve el nombre Shakespeare and Company en letras negras a la manera de las viejas tiendas del siglo XIX balzaciano y una emoción hace vibrar a los lectores que no amamos los supermercados de libros llenos de absurdos bestsellers para anancefálicos, sino que preferimos los rincones donde reinan Lawrence Sterne, Joseph Conrad y John Dos Passos, donde vibran Malcolm Lowry, T. E. Lawrence de Arabia y Virginia Woolf, o E. E. Cummings, Marianne Morre y Denise Levertov.

El lugar siempre está lleno de pasantes fugitivos mientras alguien atrás, cualquiera, el cliente anónimo, la mujer solitaria, se sienta a tocar el piano que inunda este ámbito de vigas aparentes y estanterías añejas. Al interior una pequeña fuente abandonada recibe las monedas de la suerte que lanzan los visitantes y allí se acumulan las piezas amarillas de todos los tamaños y procedencias.

En las estanterías hay novedades de casas editoriales desconocidas, al lado de los libros de Penguin Books o Harper Collins y los best sellers franceses que tienen ahora éxito en el mundo anglosajón tales como Anne Gavalda, Amélie Nothomb o Michel Houellebecq. Un adolescente vestido como Pete Doherty, el novio de la modelo Kate Moss, con el sombrero irlandés, se abraza con su padre y una pareja de nórdicos va cargada de libros de Charles Bukowski para leer en el hotel esta noche de fines de junio, cuando después de la fiesta de la música la ciudad ha entrado de lleno en la libertad del verano, en la alegría de la vagancia, en el delirio de la canícula, los árboles, las flores y los pájaros, lejos del las guerras sanguinolentas del tercer mundo, pero muy cerca de la hecatombe nazi.

Una bella inglesa feliz de 20 años, hospedada por Whitman, toma fotos desde la ventana de arriba. Los flashes de los visitantes sesuceden unos tras otros, japoneses, chinos, gringos, europeos, africanos. Este lugar ya es leyenda y es amor literario. Algo excepcional en estos tiempos. Shakespeare and Company siempre ha estado ahí desde hace décadas y si desapareciera habría duelo entre los escritores y lectores del mundo. He venido aquí centenares de veces en mi vida y volver hoy es regresar a mi casa, la choza de la vida, el iglú de la poesía, el castillo gótico imaginario de la literatura.

martes, 17 de junio de 2008

VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE YVES SAINT LAURENT

Por Eduardo García Aguilar
Suelen ser los más locos y torpes, los más tímidos y sensibles quienes alumbran con su genio a una época. Tal fue el caso de Yves Saint Laurent, extraño personaje que transformó la moda en los años sesenta del siglo pasado y dedicó su vida a la mujer, a sus curvas, belleza, caprichos y encantos.

Su nombre no sólo era una marca reproducida infinitamente en todos los lugares del mundo sobre prendas, perfumes y otros accesorios, sino la leyenda de la post-guerra arrasadora, con su derroche desbocado y el lujo de las llamadas Tres Décadas Gloriosas de crecimiento y progreso vividos bajo la Quinta República del patriarca y héroe nacional Charles de Gaulle.

Yves Saint Laurent nació en el puerto argelino mediterráneo de Orán y fue criado bajo el sol entre sus dos hermanas Brigitte y Michelle por una madre elegante y bella, Lucienne, a la que tuvo siempre como modelo y que ahora, a los 95 años, bebió el amargo trago de dispersar las cenizas de su famoso hijo.

Lanzado por Christian Dior en 1957, se convierte a los 21 años en su heredero a la muerte súbita de su viejo maestro y el mundo lo saluda como un talento desde el primer desfile realizado en 1958, desplegando los cortes sobrios de la línea Trapecio que liberó la nuca y las espaldas y realzó a la hembra con liviandad, sombreros estrafalarios y guantes de perverso armiño.

Su gran modelo básico fue Catherine Deneuve, otro monumento viviente de la historia contemporánea de la farándula y la moda, para quien hizo los trajes lucidos en la película Bella de Día de Luis Bunuel. Deneuve fue una de sus mejores amigas, tanto que ahora, conmovida y crepuscular, no acepta hablar del temperamental artista en pasado, una conjugación imposible para esta generación que comienza a desgranarse poco a poco.

Este modisto homosexual y en extremo amanerado, era tímido, torpe, maniaco-depresivo, hipocondriaco y, cual otras glorias de su generación como la escritora Françoise Sagan, fue presa de las drogas duras a lo largo de su vida y cayó muchas veces al fondo para resurgir de nuevo desde las cenizas.

Gracias a su amante Pierre Bergé, que era experto en finanzas y negocios, Saint Laurent pudo concretizar sus sueños y hacer de su marca una de las más importantes de la moda mundial o al menos la más glamorosa y respetada. Bergé estuvo siempre ahí para manejar las cuentas y apoyarlo cuando caía en alguna de sus terribles depresiones. Sin él, coinciden todos, Saint Laurent hubiera desaparecido hacía mucho tiempo o se habría hundido en el alcoholismo y la adicción a las drogas.

En tal sentido él representa el drama de una época capitalista de progreso marcada por la velocidad de las urbes y los estragos de la ambición, las apariencias y el arribismo. Y aunque sus trajes valían fortunas, la moda suya permeó hasta las capas más bajas de la sociedad en los talleres de las modistas de provincia, en los lejanos países de ultramar, que imitaban con torpeza sus prendas.

Desde el lujo y la frivolidad supo filtrar a sus obras el talento de los grandes pintores del siglo XX y bajo el efecto de las anfetaminas o la cocaína creó a raudales las imágenes que ahora nutrirán el museo de la fundación creada con su concubino y hechas en exclusiva para modelos tan bellas y extraordinarias como Laetitia Casta y Carla Bruni, ahora primera dama de Francia.

Al lado de esta diosa italiana de una belleza más que escalofriante aparece Saint Laurent sentado en 1998 en un soberbio sofá verde, mientras ella luce un ceñido traje blanco, que adelante muestra con versatilidad y finura dos aves en vuelo besándose. Si alguna vez la escultura griega mostró la belleza de la mujer, los encantos de la Venus, esta foto que publica París Match representa para la posteridad la belleza increíble de la mujer de esta época nuestra que reposa sobre los cuerpos famélicos de miles de millones de tercermundistas aquejados por enfermedades y guerras.

En lo que respecta a la excitante beldad Laetitia Casta, el modisto vistió su desnudez con rosas sobre sus senos y su pubis angelical, mientras cuelgan sus trenzas de dos enormes selvas de pétalos, como si esas rosas fueran testigo de “eso que si amor no fue, ningún otro amor sería”, como dijo el poeta León de Greiff.

Victoire, Catherine, Twiggy, Linda Evangelista, Claudia Shiffer, Naomi Campbell, Katoucha, Karen Moulder, son otros de los nombres inolvidables de las musas de los siglos XX y XXI sobre cuyos cuerpos trabajó con sus manos temblorosas de gay.

Cuando en 1992, a los 55 años y 30 de carrera, un centenar de bellas lucían en la Ópera Bastilla los trajes más significativos surgidos de talento, pudo verse por fin el cuadro colorido de una época lúdica que el resto del mundo veía en las pantallas de la televisión o las revistas de corazón. Figuraban allí desde smokings femeninos hasta vaporosas prendas sacadas de la estatuaria griega, con sus pliegues de mármol. Rubias, negras, orientales, latinas, eslavas, rindieron homenaje a este personaje que parecía colgar de sus enormes gafas de miope y caminar como pajarraco sobre piedras calientes.

En todas las salas de espera de las peluquerías y dentisterías del mundo las mujeres soñaron gracias a él. Con hambre y sin un peso en la cartera todas soñaron con ser alguna de esas modelos y lucir prendas inalcanzables. Con él se encarnó el arte en la moda y la moda se alzó de su banalidad por un momento antes de que la sociedad de consumo y de supermercado destruyera su legado, convirtiéndolo en producción serial de adefesios para la caja registradora.

sábado, 7 de junio de 2008

LA ENERGÍA REVOLUCIONARIA DE MAYO DEL 68


Por Eduardo García Aguilar


Cuarenta años después, la energía revolucionaria del movimiento de mayo del 1968 en el mundo sigue viva, pese a que las fuerzas tenebrosas y siniestras del gran capital y las mafias económicas que dominan la tierra quieran sepultarla para siempre entre los desechos radiactivos de su cruzada destructora de propaganda, bombardeos y tierra arrasada.

La rebelión de los jóvenes estadounidenses contra la atroz guerra de Vietnam en los campus californianos y de los franceses en las calles de París contra la sociedad cerrada, que luego se extendió al orbe, es una muestra de que de manera cíclica los jóvenes están a la vanguardia de los cambios frente a las petrificaciones de los viejos tiranuelos que siempre desearon y desean atornillarse de manera ilegítima y para siempre en el poder.

Las fotos de esa gente de pelo largo que caminaba descalza y escuchaba música, hacía el amor y buscaba la paz libremente, conmueven a quienes hoy las ven como una reacción natural del género humano frente a las fuerzas cancerígenas y depredadoras del egoísmo de los grandes capitales financieros mundiales y el poder que está a su servicio hoy para aplastar a la población en 132 países del mundo.

El gran concierto de Woodstock fue la joya simbólica de ese gran movimiento de rebelión. Centenares de miles de muchachos abandonaron sus casas y se fueron a pie o como pudieran para llegar al sitio del concierto y permanecieron allí días bajo la lluvia o el sol escuchando a las más extraordinarias leyendas del rock, que entonces apenas comenzaban a ser leyendas. ¿Quien no se conmueve al ver de nuevo a Bob Marley Jimmy Hendrix, Janis Joplin, Carlos Santana, Joe Cocker y otros muchos que sacudieron la música popular y hoy siguen vivos y son escuchados por los nuevos sin que tengan ese matiz pálido y desvaído del pasado?

Janis Joplin es una fuerza telúrica. Su voz sale desde lo más profundo de la especie, desde la matriz de la mamá grande, desde la profundidad de la hembra todopoderosa y atemporal y al vibrar nos comunica la entrega al arte y el brillo que expresa sin ser una beldad perfumada y maquillada. Tenía acné, estaba despeinada, pasada de peso y era y es una diosa aún más bella que Marilyn Monroe. Se fue antes de los 30 años porque no hubiera podido envejecer en este mundo en que vivimos hoy los 6.000 millones de borregos del mundo.

¿Y quien no se estremece con los sonidos metálicos, esenciales, geológicos, de la guitarra de Jimmy Hendrix, que parecen despertar la aventura de los primeros neardentales y homo sapiens cruzando desiertos y montañas bajo canícula, fuego, hielo, lluvia y rayos de una naturaleza viva y aún no aniquilada por el ácido del azul de metileno moderno?

Y al lado de esas dos fuerzas Bob Marley y Carlos Santana nos llevaron de su mano por un bosque de ritmos que en vez de adormecer conducían entre lianas y cascadas hacia un bosque paradisíaco en que el ser humano se comunicaba y se fundía con la naturaleza, con sus aguas, nubes, mares, ríos, precipicios, galaxias. Bob Marley llevaba la rebelión con sus aires caribeños hacia la comunión con el sol y la vibración de las venas y arterias como afluentes de la vida total, efímera, pero estremecedora. Santana gritaba con sus manos sobre las cuerdas para recordarnos de donde veníamos: sus sonidos llegaban al fondo de lo que es sólo el vestigio del animal carnívoro que somos.

Y con ellos estallaron la pintura, la literatura, el cine, las ciencias sociales, las ciencias naturales, el conocimiento, el saber, el sentir, el amar, el vestir. Los años 60 del siglo XX están vivos como en otro tiempo ocurrió con el Renacimiento, la Ilustración, el movimiento Romántico, el surrealismo y el dadaísmo. Diríase que la rebelión que salió de las calles de París y de los Campus de California destapó y dio a luz todas las rebeliones anteriores del siglo XX, como fueron el dadaísmo y el surrealismo de Breton, Buñuel y Dalí, que yacían ocultos bajo capas de convenciones y prejuicios.

El mundo de hoy reclama una nueva rebelión cultural de todos contra la manipulación mediática que maneja a los seres como conejos de laboratorio frente a la televisión y la prensa mundiales, que están al servicio de intereses oscuros de guerra. Es un fenómeno que ocurre en todo el mundo: cada día las fuerzas del capital especulativo y devorador, que se reproduce y se acumula a sí mismo, se inventa una historia para aplastar la anterior y los seres humanos son controlados en sus emociones e ideas por esa tecnología perfeccionada de la manipulación mediática. Ideas, partidos, candidatos, libros, amor, muerte, todo se ha conventido en producto, en mercancía que nos vende el big brother de la televisón al servicio del Eje de la Ganancia a toda costa y no de la sociedad. Se nos vende la guerra y el militarismo como únicas soluciones mesiánicas y renace como en los tiempos de Hitler la palabra "exterminio" convertida en el destino que merece el opositor o el disidente.

La gente de mayo de 1968 se rebeló contra la guerra de Vietnam y contra las bombas de Napalm y reclamó humanidad, serenidad, cuerpo, música, piel, en vez de ejércitos; globos de colores, dulces y música en vez de helicópteros y bombardeos. ¿Es el destino de los humanos de hoy avalar ese lenguaje repetitivo de odio guerrero, marcial, exterminador que nos quieren imponer esas fuerzas y los líderes del mundo? Pues No. No puede ser. No pasarán. Escuchemos otra vez a Janis Joplin y a Bob Marley para saber que se puede gritar. Leamos a Julio Cortázar y veamos Zabriskie Point y Blow Up para saber que se puede imaginar. Las consignas del 68 de "Paz y Amor" y "La Imaginanción al Poder" no han pasado de moda. Por el contrario son de total actualidad. Los atilas, los Pinochet, los Franco, los Bush y los Nerón de hoy, disfrazados de ovejas, están aquí y nos tienen en la mira. Cuidado, pueden disparar.
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