domingo, 26 de abril de 2009

LAS DESGRACIAS DE COETZEE


Por Eduardo Garcia Aguilar

Una vez en la librería Gandhi de la ciudad de México, Gabriel García Márquez me habló con mucho entusiasmo de la excelente calidad narrativa de J.M. Coetzee, quien acababa de ganar el Premio Nóbel en 2003, lo que mostraba que el autor colombiano siempre estaba al tanto de la actualidad novelística mundial y tenía tiempo para seguir los pasos de sus sucesores en el magno reconocimiento literario mundial.



Como su compatriota sudafricana Nadine Gordimer -quien se hallaba por esas fechas en México en el Congreso Internacional del Pen y le mandaba saludos al maestro a través mío-, Coetzee narra la desgracia de su país, anclado en la guerra y la violencia del Apartheid, que por esas fechas parecía sin solución alguna, tanto el odio entre las partes era profundo.



A un lado estaban los negros encabezados por el luchador guerrillero Nelson Mandela, en la cárcel desde hacía décadas, y al otro el gobierno implacable y terco de los gamonales blancos y ojiazules que se negaban a un cambio profundo de la propiedad de la tierra y la ancestral discriminación racial de la plebe negra.



Los tres Premio Nóbel de esa región, Coetzee, Gordimer y Doris Lessing, son blancos, pero a diferencia de los racistas terratenientes que dominaban al país y sumían a la población negra en la esclavitud y la discriminación, tratan de contar a través del género novelístico el drama nacional, profundizando en las entrañas de la violencia ciega y terrible, buscando las razones profundas de las acciones de los negros insurrectos, que no eran ningunas mansas palomas.



Por supuesto que los insurrectos negros sudafricanos cometían atrocidades, pero si lo hacían en la lucha contra el Apartheid era por razones profundas, históricas e ineludibles y la solución al problema no estaba en llenar las cárceles de rebeldes o los cementerios de cadáveres de guerrilleros, o de calificarlos de hijos del Infierno, sino de dar el paso hacia un gran cambio del país, lo que vendría después tras la liberación de Mandela y la llegada al poder de la plebe y la infame turba negra odiada por los hacendados blancos y ojiazules.



En la novela Desgracia, los negros cometen con naturalidad escalofriante atrocidades contra los blancos. Lucy, la hija del personaje David Lurie, es violada por ellos y despojada cuando era sólo una hippie ecologista que buscaba con ingenuo idealismo acercarse a ellos y vivir en paz en el fondo de la campiña sudrafricana vendiendo flores y cuidando perros.



La blanca hippie decidirá aceptar ese acto de sus violadores negros como el impuesto que debe pagar a siglos de explotación y tortura infligida a ellos por los blancos. No los denuncia por violación y si hace una deposición judicial por robo sólo lo hace para que el seguro le pague parte de lo perdido. Lucy quedó además embarazada y decide tener la criatura e incluso defender al menor de los violadores, un adolescente frío y violento, de la furia de su padre David, que no comprende las razones de su hija y considera lo más correcto que aborte y regrese a la ciudad y al mundo de su origen.



Su padre es un profesor especializado en los poetas románticos, que estudia a Wordsworth y planea un libro sobre Byron en Italia y ha sido destituido y enjuiciado por tener una relación amorosa con una alumna de veinte años. La novela relata además el drama de un intelectual cincuentón que se resiste a dejar de vivir el deseo y la pasión sexual desbordados que tiene por las mujeres, pulsión que lo ha llevado a la desgracia académica por seducir a una alumna.



En el trasfondo la novela aborda esa lucha permanente de hembras y machos en el juego del deseo, el encuentro violento de los cuerpos a través de la penetración y la eyaculación, la marca indeleble que deja esa lucha en la natural perpetuación de la especie. Y a través de las angustias sexuales del cincuentón crepuscular nos lleva a reflexionar sobre la vejez y la muerte, sobre el paso del tiempo y las generaciones y las razones disímiles de padres e hijos.



Tenía razón García Márquez al considerar a Coetzee uno de sus escritores favoritos, porque la lectura de Desgracia nos hace descubrir una pieza maestra de la novela contemporánea que a la vez es profunda y grave, pero llena de ironía, cinismo y humor. Y los diferentes niveles y capas de la estructura narrativa alcanzan para hacer una crítica mordaz al mundo de las universidades y el medio académico con sus intrigas e hipocresías y sus crueles leyes jerárquicas.



Y no contento con ello, a través de Melanie, la bella alumna que lo llevó a la perdición, asistimos a la búsqueda de las nuevas generaciones a través del arte, o al tema de la relación de animales y humanos con el retrato de esos Bev y Bill Shaw, idealistas de la Sociedad Protectora de Animales que encuentran en esa causa una ventana de salvación.



David Lurie ha perdido todo y al refugiarse en la finca de su hija se ha encontrado con la verdadera realidad del país en medio de la guerra. De dar clases sobre Wodsworth ha pasado a cuidar perros y a trabajar entre el barro y la mierda. Su vida ha cambiado drásticamente, pero esa desgracia le ha abierto los ojos a otras verdades.



Su hija hippie, que acepta imbricarse con el mundo en que viven sus violadores de la plebe negra, es la metáfora de ese nuevo país que tiene que surgir obligatoriamente de la fusión final entre los enemigos, a un lado los viejos explotadores blancos ojiazules de la aristocracia anglosajona que tuvieron que renunciar a su privilegios de casta y al otro los negros calibanes que por fin tuvieron acceso al poder y a ser ciudadanos verdaderos en el contexto de una democracia.



El bravucón gamonal blanco anglosajón, que sólo gritaba y ordenaba con el índice en alto, tuvo que ceder su poder muy a pesar suyo y el torvo monstruo de la rebelión negra aprendió a gobernar. En Lucy la violada blanca se encarna la nueva concordia en que los enemigos de siempre deben aprender a convivir en paz para seguir el ciclo de la historia. Y de esa fusión violenta y terrible nacerán las nuevas criaturas del futuro.


lunes, 6 de abril de 2009

CIUDAD GOTICA QUIERE A OBAMA


Eduardo García Aguilar

Por todas las calles de Nueva York se ve en las pantallas de televisión que titilan al interior de cafeterías y negocios la imagen de Obama al ser recibido de manera apoteósica por los jóvenes europeos el jueves en Estrasburgo, en el marco de su primera gira al extranjero para la cumbre del G-20 y la reunión de los países de la OTAN.

Al caminar junto al Ground Zero, ese hueco terrible de destrucción que sacudió a la primera potencia mundial y al mundo entero un 11 de septiembre, uno entiende que las cosas cambiaron en este país odiado antes por el Tercer Mundo y que un nuevo lenguaje parece imponerse poco a poco desde las calles antes dominadas por Wall Street y la voracidad de los financieros y los magnates delincuentes del planeta.

Al llegar al escenario ante la muchedumbre francoalemana e internacional, Obama recibe aclamaciones que superan todas las marcas, como si fuese una estrella de rock, y luego pronuncia un discurso claro, inteligente, que no obvia los temas incómodos, haciendo uso de un tono inédito, que genera peligrosamente tal vez muchas esperanzas en el mundo.

Ideas que hace poco eran consideradas izquierdistas o extremistas en contra del mercado libre y a favor del control de la plutocracia se oyen ahora en la boca de Obama y de los líderes europeos, que aparecen mínimos ante el aura del nuevo emperador del universo, parecido a un faraón egipcio salido de lámpara de Aladino. Además, como un hábil maestro de ceremonias Obama maneja con soltura y humor al público a la hora de escoger a los jóvenes que le hacen preguntas sobre todos los temas posibles, en especial sobre las medidas concretas que aplicará para enfrentar los riesgos de esta época de recesión y violencia.

Uno se pregunta en qué país está ahora cuando ve al presidente negro decir que Estados Unidos no es el patrón del mundo sino que desea compartir el liderazgo con las potencias europeas y asiáticas, porque los retos lo exigen. Y ve a los norteamericanos serenos ante las pantallas de televisión cuando los locutores de CNN describen los gestos de su líder e incluso bromean sobre el afectuoso abrazo de la reina Isabel de Inglaterra a la única primera dama negra de Estados Unidos y los cariños entre ella y su homóloga de Francia, la bella italiana Carla Bruni.

Los paseantes de la calle Broadway y de Times Square se detienen un momento a observar la sonrisa seductora del líder negro estadounidense que gobierna su país y marca pautas en el mundo desde hace dos meses, mientras algunos turistas compran camisetas con la imagen del carismático presidente. Uno no puede creerlo, pues hace poco la imagen dominante en Estados Unidos era la del funesto vaquero George W. Bush, con su limitado lenguaje de guerra y el odio ciego contra los disidentes del mundo o los países o las personas que no estuvieran de acuerdo con la cruzada maniqueista de un líder imbuido por las palabras bien y mal, blanco y negro.

Las enormes pantallas neoyorquinas muestran las aclamaciones de los asistentes al acto en la ciudad sede del parlamento europeo, cuando Obama dice al mundo que no quiere que Estados Unidos vuelva a aplicar la tortura como ocurrió en Guantánamo. Y algunos sonríen y celebran discretamente junto a un Starbucks. Ground Zero está al frente, el hueco se ve todavía profundo, las máquinas metálicas dan vueltas, los obreros con cascos van y vienen y el sol de primavera se refleja sobre los modernos edificios que sobrevivieron al ataque aéreo de Al Qaida, que causó la muerte de miles de personas y la enfermedad de muchas otras afectadas por la respiración de residuos tóxicos de las emblemáticas Twin Towers.

La otra vez, hace muchos anos, cuando vine a presentar la versión al inglés de mi novela Bulevar de los héroes en Americas Society, subí a esas alturas y desde ahí divisé la ciudad. Eran otras épocas de cambio. El muro de Berlín había caído, la cortina de hierro se había derrumbado. Los países totalitarios desaparecían uno tras otro y la sacrosanta Unión Soviética se desmembraba rápidamente como en un extraño naufragio. Las estatuas de Lenin, Mao y Stalin caían. El obrero Walesa llegaba al poder en Polonia y en estas mismas calles los heraldos del libre comercio, del capitalismo a ultranza, los adoradores del becerro de oro del dinero celebraban la victoria mientras aparecían los odiados yuppies thatcherianos y reaganianos. El capitalismo salvaje clamaba el fin de la historia. El ideólogo Fukuyama lo decía con claridad: la historia había terminado y viviríamos en un mundo capitalista donde las fuerzas del mercado regirían todo automáticamente.

Y ahora, cuando vuelvo tres lustros después a presentar mi novela El viaje triunfal traducida al inglés en la misma Americas Society de Park Avenue, me encuentro con otro escenario, como si otro muro de Berlín hubiese caído, pero esta vez el Muro de Wall Street, situado al lado de los edificios que el terrible Calibán islámico demolió mostrando la reacción ciega de los ilotas, de los esclavos del planeta ante el delirio de un mundo de magnates avorazados e insensibles a la pobreza y el hambre mundiales.

Un amigo que vive en Nueva York desde hace 35 años y ha visto correr la historia norteamericana desde el asesinato de Martin Luther King, el auge del Peace and Love y los años de Nixon y Reagan y el 11 de septiembre, me dice que lo más extraordinario que ha ocurrido en Estados Unidos desde su llegada al país es que un negro llegó a la presidencia, algo que nunca pensó iba ocurrir. Solo ese hecho expresa para el amigo el extraordinario cambio operado por la sociedad gringa, preocupada ahora por los que se quedan sin casa y son expulsados a la calle o los enfermos que no pueden pagar las altas sumas de los servicios médicos y mueren con llagas y tristeza en las calles del poder.

Junto a Ground Zero la gente come hamburguesas en Burger King y corre de un lado para otro mientras las pantallas muestran a un Obama querido en el extranjero como pocas veces un presidente estadounidense lo logró. En la libreria Barnes and Noble de la Quinta Avenida hay una vitrina gigantesca en su honor con fotos y libros dedicados a el y adentro una estanteria con decenas de novedades sobre el nuevo Lincoln del que los norteamericanos estan orgullosos.

La escritora franco-belga Amelie Nothomb escribe este domingo en en The New York Times que los europeos envidian a Estados Unidos y quisieran tener presidentes como el. Y uno finalmente no sabe si es cierto o no este cuento, si es una película de ficción Hollywoodense, pero lo cierto es que la Ciudad Gótica de Batman y el Guasón, la ciudad de Superman quiere a Barack Obama y que todo parece distinto en estas calles amadas.

miércoles, 1 de abril de 2009

PRIMAVERA EN EL CEMENTERIO PERE LACHAISE


Por Eduardo Garcia Aguilar
Veinte adolescentes italianas inquietas se arremolinan haciendo algarabía alrededor de la tumba del periodista Victor Noir para tocar el prominente miembro de la estatua de bronce, que se insinúa entre los pliegues del pantalón esculpido por el artista Jules Delon. Hacen gestos típicos con sus manos, ríen, bromean, saltan, dejan ver su belleza mediterránea cual clones virginales de Sophia Loren y se animan entre ellas para tocar el falo del muerto que brilla de tanto ser manoseado.
Según la tonta leyenda contemporánea urdida en broma por unos estudiantes borrachos, tocar el pene semierecto de la estatua yaciente de Noir da fertilidad a las mujeres y vigor sexual a los hombres, por lo que la tumba de este hombre asesinado por el príncipe Pierre Bonaparte en 1870, lo que desencadenó la Comuna de París, es una de las más visitadas del cementerio Père Lachaise.
Al otro lado del camposanto, otro grupo de muchachas hace la fiesta junto a la tumba del rockero Jim Morrison y acarician a un desvergonzado gato café que toma el sol en una tumba vecina. El animal debe hacer su banquete diario entre los pajarillos que trinan de tumba en tumba desde la llegada de los aires primaverales. En este jueves 19 de marzo, víspera de la primavera, el famoso cementerio, que por lo regular es helado, oscuro, húmedo y tenebroso, está inundado por una luz excepcional y semicelestial que golpea por milagro todas las tumbas y callejuelas del lugar destacando sus más inéditos ángulos.
Por todas partes revolotean los pájaros que retozan y juegan felices entre los recién florecidos copos de los árboles, algunos de los cuales acaban de explotar desparramando coloridos racimos de flores. En la tumba de mármol de un artista chino alguien colocó una pirámide de naranjas y el cuadro parece una escultura minimalista que resume la esencia vital : la piedra y la fruta unidas en la eternidad y lo efímero. Es el pequeño gesto de un deudo poeta al desconocido chino nacido en 1938 y muerto en 2005 y cuyo nombre no reconocemos porque está escrito en caligrafía china de oro.
Pero es en la tumba de Alain Kardec el espiritista donde hay más flores y más gente que lo celebra en silencio, mientras ven decenas y decenas de materos de plantas florales de todos los colores y guirnaldas que manos fieles riegan día a día a lo largo del año, sin falta nunca, por lo que siempre, sea cual fuere la hora o la estación, el lugar es un jardín que celebra la reencarnación y la eternidad. Puesto que para él y sus seguidores es ineluctable la renovación permanenente, ante esta tumba se siente la alegría y el entusiasmo de la flor como metáfora de vida.
En la discreta tumba en mármol negro de Marcel Proust, que está escondida entre otras, alguien dejó una carta escrita y puso flores. Los proustianos del mundo que son muchos, los lectores de En busca del tiempo perdido, vienen con frecuencia aquí a inclinarse ante este asmático que murió joven y cuya obra pasa siempre la prueba del tiempo. En la morada final del poeta Apollinaire otro dejó una pequeña veladora que arde entre flores y mensajes dejados por lectores asiduos, incluso aquellos que admiran su secreta obra pornográfica.
Una estela maya adorna la huesa de Miguel Angel Asturias, el autor de las Leyendas de Guatemala y El señor presidente, mole indígena descubierta por sus profesores de antropologia en la Sorbona, y a quien admiradores latinoamericanos dejan siempre guijarros y pequeños mensajes. Gran errante y viajero, el Premio Nobel a quien vi una vez en mi ciudad natal Manizales siendo adolescente, Asturias reposa en este rincón de una ciudad donde vivió años felices de juventud en los tiempos de entreguerras, cuando reinaban en París Pablo Picasso, Carlos Gardel y Josephine Baker.
La de Balzac está en obras y una larga cinta anaranjada envuelve la estructura que se está desmoronando. Su famoso e inolvidable personaje Rastignac, cuando llegó joven a la ciudad, subió al Père Lachaise y desafió a la metrópoli ambicionando triunfos y glorias. Ahora el creador del joven arribista provinciano reposa en este bucólico sendero al frente del poeta suicida Gerard de Nerval y no lejos del ya olvidado poeta romántico Casimir Delavigne. En otro lado el caminante se asombra de la cómica escultura que sirve de refugio al escritor decadente Georges Rodenbach, autor de Brujas la muerta. Desde la tumba un homúnculo verde sale abriendo la lápida de piedra para salir al aire primaveral.
Este es el Père Lachaise en la primavera de 2009 : un paseo alegre al azar por largas avenidas donde nos topamos con la horrenda tumba de Oscar Wilde, mole de cemento incomprensible abrazada por los travestis del mundo y llena de besos masculinos con lápiz labial y regalos y ofrendas o el mausoleo del pintor Gericault, que tiene una reproducción en bronce de su famoso cuadro de los náufragos o la de Chopin, que es otra de las más visitadas y floridas, casi un rincón de cuento infantil de los hermanos Grimm con reloj de cucú. Y ya en la periferia la amplia franja dedicada a los judíos y opositores deportados por los nazis hacia los campos de concentración, situada al frente del camino donde reposan todos los comunistas famosos, encabezados por Henri Barbusse y Paul Eluard.
En este lugar de muertos la vida florece porque los hombres no olvidan a los artistas y a los héroes, a los malditos y a los potentados. En medio de este mar de tumbas sobresalen las oxidadas, hundidas o que se desmoronan poco a poco sobre la colina, donde se han borrado los nombres escritos entre enormes columnatas griegas dedicadas con megalomanía a familias de militares, alcaldes, gobernadores, millonarios, nobles y políticos a quienes los devoró para siempre el olvido que a su vez, tarde o temprano, nos envolverá a todos por igual. El asunto es sólo cuestión de tiempo y por eso visitar cada año el famoso Père Lachaise es buen pretexto para recordarlo.


MONTMARTRE EN LOS TIEMPOS DE UTRILLO


Por Eduardo Garcia Aguilar

El alcohólico y misántropo Mauricio Utrillo (1883-1955) se convirtió poco a poco en el más famoso pintor de la vida de Montmartre, con unas 6000 telas donde plasmó en ambientes de bruma onírica escalinatas, calles, parques, cafés y casitas típicas de la turística colina habitada por los más famosos pintores de la Escuela de París.
Era hijo de Suzanne Valadon (1865-1938), bellísima y muy humilde muchacha que se inicio a los 15 años trabajando de modelo desnuda y amante de impresionistas como Edgar Degas, Jean Renoir, Puvis de Chabannes y Toulouse Lautrec. Luego se volvió una de las pintoras más notables de su tiempo con una obra escasa pero admirable por su precisión e intensidad. Mujer fatal, disoluta, erotómana insaciable de cuerpo enloquecedor y además gran artista, su destino increíble podría inspirar una película de éxito con Scarlett Johanson.
En la exposición « Valadon y Utrillo, del Impresionismo a la Escuela de París » se ven por vez primera juntas las obras de madre e hijo en la Pinacoteca de la Plaza de la Madeleine, que ha dedicado en dos años de existencia importantes temporadas a artistas plásticos de la primera mitad del siglo XX como Soutine, Vlaminck y Modigliani.
Montmartre era en ese entonces una colina alta situada al norte de la ciudad, cuyo ambiente publerino y popular atraía a obreros, artesanos y artistas que pagaban allí bajos alquileres por sus talleres y buhardillas. En la parte baja estaban los burdeles y cabarets de Pigalle inmortalizados por Toulouse Lautrec y en la parte alta el refugio de bohemios, maleantes, prostitutas, artistas y poetas miserables, tuberculosos y sifilíticos, que se recuperaban allí de la resaca de la fiesta. El joven Picasso, Van Dongen, Braque, Modigliani y muchos otros vivieron allí en un ambiente de rumba en la primera y segunda décadas del siglo XX, junto a antros ya míticos como El Conejo Agil y el Molino de la Gallette.
Cuando esos miserables artistas pobres y borrachines se volvieron todos famosos y millonarios, el mito de Montmartre creció tanto que hoy los turistas visitan en romería incesante la plaza de Tertre donde pésimos pintores de boina, paleta y pincel al aire retratan los visitantes por unos cuantos euros. El lugar guarda su encanto con sus callejuelas empinadas y rincones bucólicos desde donde se observa al fondo la urbe luminosa. Incluso pervive en su faldas un amplio viñedo y cada año celebran una fiesta para lanzar el vino, a la que asiten las estrellas musicales del momento como la encantadora y original diva Olivia Ruiz. Y aunque ahora sólo pueden comprar allí propiedades los millonarios del mundo atraídos por un filme tan aburrido como Amelie Poulain, el lugar conmueve porque fue centro de la gran aventura artística encabezada por el genial Pablo Picasso.
Utrillo, a quien llamaban « litrillo » por su beodez, vivió traumatizado desde la infancia. Su madre no tenía mucho tiempo para él, nunca supo quien fue su padre y tuvo el apellido Utrillo gracias a un artista catalán que siendo amante de su madre se ofreció a reconocerlo. Desde muy temprano fue internado en asilos para desintoxicarse y pagaba las cuentas de bar haciendo cuadros rápidos de calles, parques y esquinas de barrio. Nadie lo tomaba en serio y para acabar de arreglar el cuadro, su madre Suzanne se enamoró de su mejor amigo, Utter, veinte años menor que la modelo de Degas.
Gracias a Utter madre e hijo establecieron contactos con el medio comprador y el hombre se convirtió en el administrador de esos dos talentos malogrados durante los largos y felices años de entreguerras. Poco a poco los cuadros de Utrillo gustaron por sus ambientes misteriosos cargados de bruma que llegaban al alma del público. Sus cuadros se vendían como pan caliente y aunque al final la calidad de Utrrillo se derrumbó, se volvió una celebridad visitada por Rita Hayworth y el Aga Khan y cortejaba por la alta sociedad parisina. El borrachín triunfó y la ciudad lo lloró cuando murió en 1955 convertido en una leyenda cargada de medallas y honores.
Poco importa ahora si sus obras tienen para la crítica la importancia estética de otros pintores revolucionarios venidos del este como Chagall, Malevich, Rodchenko y Soutine, o de los innovadores Duchamp, Brancusi, Munch y Braque. Sus obras se volvieron un fenómeno de sociedad y ellos solos encarnaron en pareja el mito figurativo de Montmartre que aún hoy fascina a los turistas. Por eso conmueve ver estas obras juntas en la penumbra de la Pinacoteca y celebrar que dos humildes y complejas personalidades despreciadas a sus inicios terminaron siendo aplaudidos.
El cuerpo desnudo y adolescente de Suzanne Valadon, que enloqueció de amor al músico Erick Satie y a otros muchos de su época, puede verse en el famoso cuadro de Degas « Después del baño » y en una foto color sepia que él le tomó para plasmar su desnudez inolvidable. Valadon será experta en desnudos luminosos y coloridos de gran factura, expuestos al lado de los impersonales ambientes de su hijo. Murió alcohólica y según la leyenda, subía clochards y maleantes a su cama en la casa de rica de la avenida Junot, en Montmartre, donde terminó sus días lejos de su hijo, un Mauricio Utrillo ya elegante, casado, estable y millonario, que se extinguió a su vez en paz en una mansión del elegante suburbio de Le Vesinet, donde pintaba en piyama con sus profundos ojos azules y su rostro arrugado de empedernido fumador.

sábado, 28 de febrero de 2009

RESCATEMOS A ZALAMEA EN ESTOS TIEMPOS SOMBRIOS


Por Eduardo García Aguilar

El maestro Jorge Zalamea (1905-1969) es uno de los faros más importantes en la literatura colombiana. Además de sus dos obras más conocidas, El gran burundún burundá ha muerto y El sueño de las escalinatas debemos a él la traducción de la poesía de Saint John Perse y una antología secreta para iniciados, publicada bajo el título Poesía ignorada y olvidada.

Sin su vibrante presencia en el continente muchas obras que hoy nos deleitan no hubieran existido o fueran diferentes. Su recia personalidad pública, aunada a su inteligencia, cambió el estilo dominante en esa república almidonada y abrió el paso a una nueva pasión literaria. A caballo entre una cierta “retórica” política y una exquisitez de lenguaje, Zalamea escribió en El gran burundú burundá, una de las sátiras más deliciosas a la tradición política continental, acendrada en el caciquismo y el gorilato castrense. Con una diferencia respecto a otras obras que le sucedieron: más que una obra útil políticamente, es sobre todo una obra comprometida con la palabra y su poder ilimitado.

Barroca, churrigueresca o como quiera llamársele, El gran burundú burundá fue una biblia de palabras y de efectos para los jóvenes estudiantes colombianos, a quienes los maestros obligaban a leerla para extraer de ella las palabras más exóticas y áureas. Obra escrita desde una tarima de mármol, tiene el tono de los textos que no quieren quedarse aferrados al piso, sino que desean volar por los aires del mundo y de las horas.

Otra de sus obras, el poema en prosa que lleva por título El sueño de las escalinatas, desarrolla hasta el delirio el gusto por la convocación planetaria. Un profeta llama a los desposeídos del mundo desde unas escalinatas vacías y ve llegar poco a poco a la masa de leprosos y parias, el mundo cojo de los ilotas, el treno vacío de los hambrientos, hasta producir un murmullo de fronda comparable a las exhortaciones nietzscheanas.

Publicada en disco, la recia voz de Zalamea era escuchada por los borrachos al final de sus fiestas, cuando no quedaba otra esperanza que burlarse de un país cuya esencia es la desesperanza y la falta de fe. Zalamea, esperanzado en un mundo mejor, partícipe de las mejores causas, fue uno de los últimos exponentes, con Neruda, de esa estirpe de burgueses que luchaban por un mundo en donde no les hubiese gustado vivir.

En muchos de los textos contemporáneos la voz de Zalamea, como la de León de Greiff -con todas sus cornetas y chirimías- , está muy presente. Cada región, cada país, parece adoptar un tono que subyace tras la mayoría de los textos en él producidos. Hijos de José Asunción Silva y los tules perversos de su modernista novela De sobremesa, hermanos del delirio selvático de José Eustacio Rivera, el de La vorágine, y sus fieras, sobrinos del tono ancestral de Aurelio Arturo y su Morada al sur, así como del descarnado Osorio Lizarazo con sus sórdidas pensiones bogotanas, los escritores colombianos son fieles a esa “retórica” churrigueresca cuya mayor jungla se dio en el mundo macondiano.

Caníbales de sus rictos, de sus tramoyas y bambalinas perfumadas, Zalamea y los suyos, si bien usaron la literatura para comunicar algo útil, no pudieron evitar los florilegios y las guirnaldas esparcidas por el Amazonas. Asesino de los viejos gramáticos-presidentes, Zalamea, en El sueño de las escalinatas no olvida que todo allí funciona entre podios, tarimas, púlpitos y curules de cedro.

Ni las más sangrientas revoluciones ni los discursos más escépticos o glorificadores podrán ahorrarse la dosis senatorial y doctoral que desde siempre disfrazó la pobreza, el atraso y la falta de tradición con un tinglado de falsos colores. El sueño de las escalintas y El gran burundún-Burundá ha muerto, al lado de El señor presidente de Asturias, Canto general de Neruda y los universos de Carpentier y Lezama Lima, hacen parte de una época clausurada, pero no por ello menos maravillosa y nutricia.

Los más grades sabios han vivido en las escalinatas de los templos o de los capitolios. Es allí -como en la película de Einseinstein- donde se fraguan las asonadas y se sofocan las revoluciones. Caen los dignatarios, suben los nuevos caudillos sobre su frío mármol y, en la soledad, ciertos soñadores escriben con la mente a la espera del alba. Nunca es más brillante el sol rojo que sobre las escalinatas de las plazas públicas.

De ese ámbito Zalamea extrajo sus serpientes encantadas y sus artificios verbales para engatusar a un pueblo imaginario, a una turba soñada. Desde el ágora añorada por los políticos, que en ese entonces se confundían con gramáticos y polígrafos, Zalamea saca esta biblia pequeña y mundial para uso de los que tienen esperanza.

Creadores de masas y revoluciones imaginarias, los escritores latinoamericanos, por tradición, se ven comprometidos tarde o temprano con causas que pronto se difuminan. Las ideas pasan y los hombres quedan. Las ilusiones cambian de tono, pero las obras que incitan se quedan para siempre entre nosotros. He ahí la maravillael poder de la palabra, capaz de crear y destruir mundos, de producir zonas cóncavas, selvas tras espejos, bosques artificiales, tapices voladores y cielos e infiernos novedosos.

Jorge Zalamea, que vivió en contacto con la obra de Perse y de tantos otros sabios, no es la excepción y su sueño y su Gran Burundún son voces que flotan y nos nutren para siempre. Rescatemos a Zalamea en estos tiempos sombríos.

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Jorge Zalamea. El sueño de las escalintas. Editorial Fontamara. Barcelona. 1974. 58 pp. La poesía ignorada y olvidada, Premio Casa de las Américas 1965, Ediciones La Nueva Prensa. Bogotá. Colombia. Octubre de 1965. 318 páginas.


miércoles, 25 de febrero de 2009

VARGAS LLOSA SE EQUIVOCA SOBRE RIMBAUD Y VERLAINE


En su último artículo sobre Borges en El País, Mario Vargas Llosa se equivoca al decir que Verlaine era un cincuentón que "fornicaba" en Londres con el adolescente poeta Rimbaud. Para información del erudito maestro peruano, Paul Verlaine nació en 1844 y Rimbaud en 1854, o sea que la diferencia entre ambos era sólo de unos 10 años. Cuando Verlaine tenia 27 años, Rimbaud celebraba 17.

sábado, 21 de febrero de 2009

LA VIDA DE TULIO BAYER

Por Eduardo García Aguilar
Era tan alto que casi rozaba su cabeza con el umbral de las puertas y a veces debía agacharse para cruzarlas con su mirada alerta de águila andina y el don de gentes y la generosidad a flor de piel. Tulio Bayer (1924-1982), siempre lúcido, con el pensamiento desbocado, se mantenía al tanto de los acontecimientos mundiales del momento como el ayatola Jomeini y la revolución iraní, el Gulag soviético, los horrores en Camboya o la guerra de Vietnam, la expansión del universo, las ideas ecológicas de René Dumont, la libertad y la necesidad, el objeto y el sujeto, los universales, Pitágoras, Euclides, Newton, Einstein y otros más.
Al mismo tiempo Tulio traducía textos farmacéuticos y militares para ganarse muy bien la vida frente a dos máquinas eléctricas IBM último modelo, en una de las cuales yo también traducía textos sobre cohetes, satélites y tanques, por lo que me pagaba en efectivo las mismas buenas sumas que recibia él, cada tarde, después de haber pasado horas arreglando y deshaciendo el mundo. Así aprendí a concer a este gran humanista utópico colombiano, cuya primera biografía acaba de salir bajo el título « Tulio Bayer, solo contra todos », de Carlos Bueno Osorio, publicada por el Instituto Tecnológico Metropolitano de Medellín (ITM).
En estos tiempos colombianos de anatemas y amenazas al más alto nivel contra quienes se oponen a una nueva tiranía en ciernes, valdría la pena revisar sin temores la vida de esos hombres idealistas que lucharon por sacar a Colombia de la injusticia, el atraso y el apartheid social y fracasaron en el intento, enfrentados a una oligarquía endogámica, injusta y egoísta, que quiere todo para sí y nada para las amplias mayorías del país y obliga a los colombianos a la odiosa alternativa de ser siervos o forajidos. Colombia ha sido tierra de alzados en armas, desde los comuneros de José Antonio Galán y Simón Bolívar hasta Jorge Isaacs y Camilo Torres, para mencionar sólo algunos de ellos. ¿Por qué no estudiarlos con serenidad y preguntarnos las razones de sus luchas ? Este libro sobre un idealista olvidado, puede ser un inicio para reflexionar sobre las consecuencias de la injusticia ancestral colombiana.
Tulio Bayer era un rebelde permanente y su espíritu crítico lo llevó desde sus luchas juveniles contra la corrupción en Caldas y Urabá, la utópica guerrilla del Vichada y sus combates con el militar Alvaro Valencia Tovar, a chocarse luego con el régimen cubano y los países del este dominados por la Unión Soviética, para desembocar hacia una visión mucho más amplia del cambio, que incluía ideas ecológicas y humanistas muy novedosas. Lector permanente, Bayer admiraba libros como el « Desierto de los Tártaros » de Dino Buzzati, que regalaba en ejemplares de bolsillo a sus amigos, y leía sin cesar obras clásicas y contemporáneas y libros de ensayos sociopolíticos o científicos mientras escribía grandes sátiras contra la oligarquía de su país y la iglesia católica retardataria en el seno de la cual nació, fue bautizado dos veces en Riosucio (Caldas) y sufrió como interno del Colegio Nuestra Senora de Manizales en tiempos del futuro obispo Baltazar Alvarez Restrepo, al que llamaba San Bar.
Había llegado antes de mayo del 68 a París luego de salir de Colombia tras pasar meses en la cárcel Modelo acusado de rebelión, y ser expulsado de México, invitado a salir de Cuba y aburrirse como una ostra en los países comunistas del Este europeo, dominados por los jerarcas del Kremlim. Lo conocí en 1978 cuando yo estudiaba en la Universidad de Vincennes y un amigo me dijo que en París vivía el mítico gurrillero y paisano Tulio Bayer, médico de Harvard, funcionario promisorio en el campo de la salud, autor de la novela « Carrretera al mar », fustigador de las corruptelas farmacéuticas y lácteas locales y creador de una guerrilla humanista en el Vichada, empresa en la que por supuesto fracasó.
Hacía una década Tulio no veía colombianos y vivía exiliado en la Torre Atlas de un elegante conjunto residencial, dedicado a sus cosas lejos del país ingrato y perdido que abandonó para siempre. Le envié unos cuentos eróticos que acaba de escribir sobre una nínfula nabokoviana y recibí instantáneamente una invitación a su casa a almorzar un mediodía de invierno. Así, gigante y enorme, lo vi por primera vez al abrir la puerta de su apartamento y desde ese instante, aunque nos separaban 30 años de edad, tuvimos un diálogo incesante y permanente en el que revisamos todos lo temas habidos y por haber. Los filósofos presocráticos, Socrates mismo, Platón, Epicuro y Lucrecio, el Renacimiento italiano, la Inquisición, la conquista de América, Bolívar, Napoleón y las guerras mundiales, el budismo zen, las cultura medioriental, el judaísmo, la novela Lolita de Vladimir Nabokov y los libros de Karel Kapek.
Tulio me pedía que le trajera jóvenes colombianos de diversas regiones de Colombia para saber cómo era el espíritu de las nuevas generaciones de su país, que deseaba redescubrir despues del largo exilio solitario. Y cada vez que íbamos a su casa nos ofrecía unas cenas espectacularres con ostras de entrada y exquisitos platos preparados por la maravillosa Amira, su esposa venezolana, que apurábamos con botellas de buen vino Saint Emilion, cognac Napoleon y champana Moët Chandon.
De aquellas francachelas, que confluían al final hacia largas horas de juego con cartas de mesa y carcajadas y evocaciones de fonda antioqueña, salieron las mejores amistades, como si estuviéramos en la finca de los abuelos al calor de las velas y el titilar de las luciérnagas, viviendo al interior de « Asistencia y Camas » de Rafael Arango Villegas y en el ambiente de « A la diestra de Dios padre » de Tomás Carrasquilla.
Todo eso lo rememoro ahora que tengo en mis manos el primer libro serio que intenta dar vida a este humanista generoso, lejos de los anatemas y las amenazas que salen desde las altas esferas contra los que buscan una Colombia mejor y más justa sin apartheid social. Tulio Bayer y Camilo Torres merecen ser revisados con serenidad pues son figuras humanistas que pertenecen a la historia de Colombia como Jose Antonio Galán, Policarpa Salavarrieta, Simón Bolívar, Jorge Isaacs, María Cano y Jorge Eliécer Gaitán.
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Tulio Bayer. Solo contra todos. Carlos Bueno Osorio. Instituto Tecnológico Metropolitano. Medellín. 2008. 470 páginas.

viernes, 13 de febrero de 2009

LA PRIMAVERA PERMANENTE DE JULIO CORTAZÁR: A 25 AÑOS DE SU PARTIDA


Por Eduardo García Aguilar

En la casa de América Latina de París se presenta una exposición de fotografías, documentos y videos de Julio Cortázar, muchos de los cuales desconocidos, que se muestran auspiciados por su primera esposa Aurora Bernárdez, albacea suya al lado del recién fallecido crítico Saúl Yurkievich. Fotos de infancia, documentos de viajero, objetos personales como una clepsidra o la pipa, fotografías de la vida íntima en todas las etapas de su vida adulta comparten el escenario con videos tomados por él, cuadros, música, cartas y libros protagonizados por París, ciudad que lo albergó gran parte de su vida.

Nació en Bruselas (Bélgica) en 1914, creció desde 1918 en Argentina donde fue maestro en Chivilcoy, Cuyo y Buenos Aires y floreció en la capital francesa, a donde llegó en 1951 y falleció el 12 de febrero 1984. La primera vez que vi a Julio Cortázar fue en la primavera de 1978, cuando asistimos un grupo de jóvenes estudiantes a un congreso sobre narrativa latinoamericana en Toulouse, en el que participaban Augusto Roa Bastos, Jorge Enrique Adoum, Jacques Gilard y Juan José Saer, entre otros.

Lo que más me impresionó cuando lo vi de cerca y hablé un momento con él, era que su rostro estaba marcado por profundísimas arrugas. Desde lejos el monstruo de la literatura latinoamericana e ídolo nuestro por su maravillosa novela Rayuela y el misterio de sus cuentos, se veía mucho más joven, como un gran adolescente envejecido, alto y enjuto de cabellera y barba oscuras. Pero al estar junto a él saltaban de inmediato las huellas implacables del tiempo sobre el rostro inconfundible de quien en ese entonces debía estar un sus 63 años. Usaba pantalones informales, zapatos de gamuza, suéteres de cuello tortuga y amplias chaquetas impermeables de paleontólogo en invierno. Lo veíamos después de lejos caminar por el campus de Toulouse le Mirail, al lado de la novelista colombiana Alba Lucía Angel, que en el Congreso cantaba música rebelde para el público y además parecía tener las preferencias del maestro.

Y en París uno podía jugar a encontrarlo en alguna librería, en un mitin de izquierda o caminando por las calles elevado y desprevenido como uno de su personajes. París había quedado para siempre en Rayuela como la glauca ciudad fría y precaria de los años 50 que vio reinar a jazzistas y existencialistas en las cavas de Saint Germain dés Pres y a los artistas latinoamericanos pobres que vivían a salto de mata en hoteles miserables o edificios semiderruidos que no habían sido renovados desde el siglo XIX, como fue el caso de Gabriel García Márquez, Nicolás Guillén o el venzolano Soto y otros miles que desaparecieron para siempre.

Habría que haber vivido en ese tiempo para entender lo que significaba para la juventud urbana de América Latina la figura de Julio Cortázar. Con él quedaba atrás la entrañable narrativa telúrica de dictadores, señores presidentes y campesinos mitológicos y se abrían las calles y avenidas de las ciudades, con sus enamorados literarios que disertaban de filosofía, oían jazz y vivían pobres entre la humareda de los bares y la calurosa precariedad de las buhardillas del exilio. La famosa Maga, que fue su novia fugaz y hoy cuenta ya anciana desde Inglaterra su aventura con ese hombre raro y torpe, se convirtió en una especie de modelo de muchacha moderna, un poco loca, impredecible, tal vez mucho más sexy en la ficción cortazariana que en la realidad.

En las buhardillas de los años 70 se daban cita los estudiantes o los vagos para leer párrafos o capítulos enteros de Rayuela con una devoción sólo comparable a la que debieron practicar los seguidores del surrealismo medio siglo antes, como si el arte y la ficción fueran la salvación. ¿Quien no se sintió Cronopio o Fama o soñó con los personajes ultramodernos que surgían en sus cuentos o en obras tan extrañas como los Autonautas de la Cosmopista, escrita con una de sus últimas amadas, Carole Dunlop? Además, el viejo Cortázar se había transmutado súbitamente al calor de las revoluciones en boga de un intelectual argentino tímido, erudito, exquisito y muy acicalado, en un verdadero hippie polígamo izquierdista que creía en la Revolución cubana y participaba en las fiestas militantes de protesta contra Estados Unidos, la guerra de Vietnam y las genocidas dictaduras militares latinoamericanas.

Según Vargas Llosa, la transmutación espectacular del exquisito se dio a fines de los años 60, cuando empezó a vivir con la editora nórdica Ugné Karvelis, en cuyos brazos la crisálida se habría metamorfoseado. Era un nuevo modelo: no correspondía ya para nada al viejo arquetipo de escritor latinoamericano encorbatado, manso y lento que lagarteaba embajadas y puestos diplomáticos en las antesalas del poder. Y sin ser maldito, permanecía al margen fustigando las injusticias y defendiendo a capa y espada la poesía, los libros y la creación lejos del mercantilismo. Era a los ojos de toda una generación un artista auténtico y fue tal su cristalinidad que lo admiraron por igual sus copartidarios y adversarios políticos como Octavio Paz y Mario Vargas Llosa, situados al otro extremo ideológico.

Hasta ese entonces había vivido con su primera esposa Aurora Bernárdez, con quien se casó en 1953 y compartió esos primeros años de París y viajes tan importantes como el que realizó a la India. El Cortázar de primavera permanente con el que nos quedamos fue ese hermano mayor que abría y abre todavía las puertas a la verdadera literatura que no es copia chata de la realidad, como ocurre hoy, sino que la transforma e ilumina. Ver sus cosas y su álbumes en la Casa de América Latina un febrero taciturno como el que lo vio morir hace 13 años, es un verdadero regalo para quienes lo vimos alguna vez en la vida y para los múltiples cómplices e íntimos suyos que sobreviven en este siglo XXI de aburridos best-sellers, nuevas guerras horribles y escritores mercantiles que no tienen nada de Cronopios ni de Magas.

( Tomado de Textos nómadas)

jueves, 5 de febrero de 2009

UN LATINOAMERICANO EN VINCENNES


Por Eduardo García Aguilar

En enero de 2009 se cumplieron 40 años de la fundación en París de la Universidad de Vincennes, experimento cultural surgido del movimiento de mayo de 1968, hito para la cultura francesa de la segunda mitad del siglo XX que reunió en su seno, bajo la orientación de Michel Foucault, Gilles Deleuze y François Châtelet, entre otros, a la pléyade de la contracultura francesa de su tiempo.
Fue tal el éxito autogestionario y popular que se dio en sus aulas situadas en medio del bosque de Vincennes, junto a un zoológico, que las autoridades, presas de pánico, la mandaron demoler tres lustros después para que no quedara piedra sobre piedra y las futuras generaciones no supieran nunca que había existido una Sodoma y Gomorra del pensamiento y el saber alternativos, pese a que las ideas y las actitudes generadas allí se volvieron moneda corriente en las grandes y pequeñas universidades del mundo, desde Berkeley a Sydney y desde la Patagonia al estrecho de Behring.
Todas las calumnias abundaban en la prensa retardataria del momento, a la cabeza de la cual figuraba el ultraderechista libelo pro fascista Minute, que acusaba al lugar de ser antro sexual donde los profesores daban clase a estudiantes desnudos que hacían el amor en las aulas, de ser un centro de tráfico de drogas y paraíso del hachís magrebí, protector de adolescentes fugados, además de cueva de Alí Babá receptora de negros, asiáticos, “terroristas” italianos y alemanes, sudamericanos, rusos y árabes depravados, melenudos y sucios.
Como yo venía desde Bogotá en 1974 tocado por las enseñanzas de los profesores de la Universidad Nacional, pude calibrar con sus méritos y defectos el experimento de Vincennes (París 8) sin estar obnubilado. Escuchar durante horas a Châtelet, Deleuze y Guattari, ver a Jacques Lacan de negro con su maletín, participar en las más descabelladas discusiones, después del cuscus, para salvar a los países de la periferia, observar el agite de los estudiantes de cine cuando anunciaban la llegada de Pier Paolo Pasolini, discutir sin trabas sobre los horrores de los totalitarismos soviético, camboyano, cubano y chino, y tener ecos de todas las ideas posibles, me fortaleció en la convicción de que se debe defender a toda costa la laicidad, la libertad y la tolerancia. En ese ambiente obtuve el diploma, por medio de un sistema transversal que facilitaba al estudiante avanzar consiguiendo “unidades de valor” en distintos departamentos dedicados a disciplinas de su interés.
Todo eso ocurría ahí entre el mercado persa que los estudiantes franceses, europeos y tercermundistas instalaron en los corredores y patios de la universidad. Entre el olor de chorizos magrebíes y el tamborileo de las músicas africanas, unos 30 mil estudiantes acudíamos entusiastas a pasar el día en ese universo donde se discutía sin cesar hasta altas horas de la noche sobre la guerra de Vietnam, el surrealismo, el feminismo, el hombre unidimensional, el antiedipo, el judaísmo y el islamismo, el sicoanálisis, la belleza del mestizaje y el desarrollo desigual.
En el Centro de Información para América Latina (CIAL), donde yo trabajaba a cambio de una pequeña beca que me consiguió el uruguayo Sergio Cajarville, vi llegar a exiliados brasileños y del Cono Sur, que hallaron refugio en Vincennes sin imaginar que un día habría un presidente negro en Estados Unidos y que Evo Morales, Lula da Silva, Hugo Chávez y Rafael Correa, personajes muy distintos de los líderes de las oligarquías tradicionales latinoamericanas, gobernarían en Bolivia, Brasil, Venezuela y Ecuador, respectivamente. Ahí en el CIAL publicábamos libros y revistas y dábamos ánimo al espíritu latinoamericano al lado de nuestros amigos árabes, asiáticos, franceses y africanos.
Fueron años extraordinarios de mi vida y fundamentales para mi formación humana, intelectual y literaria y por eso celebro que el diario Liberation haya dedicado un suplemento especial en su honor y creara un espacio para que los entonces alumnos de ese corto experimento expresáramos nuestras sensaciones cargadas de un especial erotismo intelectual.
Muchos franceses de provincia u originarios de las clases desfavorecidas o proletarias subrayan la facilidad que les dio Vincennes para abrirse al pensamiento y a los estudios universitarios, desmitificando en las aulas y en el llamado zouk árabe el muro jerárquico del saber. Para muchos de ellos su vida cambió gracias a esa libertad delirante en tiempos de exclusión. Otros, provenientes de Estados Unidos, América Latina, Europa, Africa o Asia, celebran con afecto esos instantes inolvidables en que se concentró el deseo de saber, en un bosque real y encantado, sucio y prístino a la vez. Y de los archivos de la memoria van saliendo las imágenes de quienes filmaron en Super 8 u otros formatos la vida cotidiana de este permanente Woodstock universitario, como el filme Los muros y la palabra.
El experimento contó con el apoyo, entre otros muchos, de Noam Chomsky, Mario Soares, Jean François Lyotard, Herbert Marcuse, Roland Barthes, Michel Butor, Maria Antonieta Macciocchi, Hélène Cixous. Entre los profesores figuraban Henri Meschonnic, Georges Lapassade, Samir Amin, Nicos Poulantzas, René Scherer, Guy Hocqhenghem, Michel Beaud, Pierre Vidal-Naquet, Jean Pierre Balp, Madeleine Rébérioux, Nikos Dimadis, Zouzi Chebbi. Y entre los latinoamericanos estaban Rubén Barreiro Saguier, Alfredo Bryce, Saúl Yurkievitch, Sergio Cajarville y Miguel Rojas Mix.
Todos estos nombres de profesores generosos deben ser mencionados al lado de miles de alumnos que no olvidan esos años locos que los marcaron para siempre y generaron una actitud libertaria ante la vida que sobrevivió a los funestos y tenebrosos tiempos de Reagan, Thatcher y Bush. Luchaban todos ellos contra el racismo, la intolerancia y la exclusión, por el pensar libre y contra las jerarquías absurdas y excluyentes, contra el capitalismo desigual y salvaje; y su lucha por la libertad no fue en vano. Esos nombres están vivos. Vincennes, la del bosque, sigue viva.
* La imagen arriba es del Castillo de Vincennes, donde estuvo preso el marqués de Sade.

sábado, 31 de enero de 2009

EL PRO-NAZI RAMON FERNANDEZ, CONTADO POR SU HIJO EL ACADÉMICO

Por Eduardo Garcia Aguilar
Esta es la triste historia de un mexicano playboy que reinó en los más exclusivos cenáculos de la literatura francesa al lado de Proust, Gide, Céline y Mauriac, y que desde esas alturas cayó en la mayor ignominia para convertirse en un colaborador de los nazis fascinado por la mirada « oceánica » del siniestro jefe de propaganda Joseph Goebbels.

Más de 60 años después de su muerte, su hijo Dominique Fernandez (1929), uno de los más notables escritores de su generación y miembro de la Academia Francesa, explora la tragedia de su padre y trata de encontrar las razones secretas que lo llevaron a malograr su carrera literaria.

Ramón Fernández III (1894) era hijo de Jeanne Gabrié, bellísima e inteligente francesa, y de un apocado diplomático mexicano en París, Ramón II, nacido en México D.F, en 1871, hijo a su vez de Ramón I, corrupto ex gobernador porfirista de la capital mexicana, nacido en 1833 en San Luis Potosí y enviado a París por su amigo el dictador Porfirio Díaz para ponerlo a salvo de las acusaciones de pillo y saqueador del erario público.

Del exilio de un politicastro mexicano del siglo XIX surge la saga de los Fernández franceses, que ahora trata de recuperarse con dificultad tras medio siglo de ignominia y escarmiento por el desprestigio al que la llevó uno de los suyos, odiado colaborador bajo la ocupación, mientras los soldados de Hitler y Pétain fusilaban resistentes y detenían a miles de judíos para enviarlos a las cámaras de gas en Alemania en los famosos trenes de la muerte.

Ramón III reinó en los salones de la alta sociedad parisina en tiempos de entreguerras : de joven fue uno de los efebos preferidos de Proust, de quien fue su discípulo y amigo y sobre el que escribió un libro. Como era mal estudiante, bebedor y vividor, su madre autoritaria lo conectó con las condesas millonarias de Saint Germain de Prés, algunas de las cuales fueron sus protectoras y amantes. Introdujo el tango en los salones de la aristocracia, donde bailaba con el cabello engominado, los ternos de lino y los zapatos de charol.

Como su padre murió joven y él creció huérfano como hijo único de la posesiva francesa, directora de la revista Vogue y amiga de los intelectuales de moda de los años de entreguerras, Ramón Fernández III fue un típico niño bien pobre y arribista que adoraba la buena ropa, los autos Bugatti y las motocicletas de lujo, lujos que obtenía y mantenía con los dineros proporcionados por su mamá, sus amantes y su esposa.

Irresistible, mujeriego, gran conversador, este mestizo de mexicano y francesa, que en su rostro traía los inconfundibles aires de lo exótico, conquistó poco a poco todos los difíciles grados del poder literario hasta ser aceptado como miembro de la Nueva Revista Francesa, de la que se origina la editorial Gallimard. Durante tres décadas Fernández fue el crítico de moda de la editorial, que podía lanzar o defenestrar un libro y durante ese tiempo reseñó las novedades literarias en ensayos calificados de notables por autores como Proust, Gide, Mauriac y Saint-Exupéry, lo que no es poca cosa.

Durante una década el joven y apuesto Fernández también fue el motor mundano de los Coloquios de Pontigny, tertulia anual de humanistas dirigida por Paul Desjardins, el maestro intelectual de su esposa Lilianne Chomette, una agregada de letras clásicas de Toulon a quien conoció allí y a la que amó. Y en ese contexto, cuando se caldeaban los ánimos en Europa, adhirió a movimientos de izquierda moderados que ya veían con temor la impronta futura de los nazis alemanes y del Duce italiano Mussollini.

Pero la serpiente del mal empezó a acechar junto a la manzana de la discordia. El matrimonio de Ramón con la atractiva y severa intelectual francesa de Toulon se fue a pique en medio de riñas diarias y conflictos a la hora de pagar las deudas de los autos y motocicletas de lujo. Fernández empezó de correr de amante en amante y de bar en bar hasta que el amatrimonio se hizo trizas, lo que según su hijo sería en parte causante de su extraña voltereta política.

De un momento para otro y sin que hubiera coherencia con su pensamiento, casi como un acto de rebeldia del niño mimado, Fernández se volvió fascista, nacionalista pro-germánico, adorador del mediocre político nazi francés llamado Jacques Doriot e ingreso al ultraderechista Partido Popular Francés, luciendo uniformes militares y suspirando ante el paso de los uniformados de Hitler.

Durante la ocupación Fernández no sólo viajó a Weimar en la gira organizada por Goebbels, sino que fue uno de los líderes de la intelectualidad colaboracionista francesa al lado de Robert Brasillach, fusilado al llegar la Liberación, y Drieu La Rochelle, otro brillante escritor que prefirió el suicidio a la ignominia de vivir la derrota y el triunfo del general Charles de Gaulle y los partisanos de la Resistencia.

Fernández, Drieu y Brasillach, jóvenes y brillantes escritores de su generación, creyeron en la Europa unida bajo la bota hitleriana, fueron seducidos por la imaginería del jefe totalitario y el esplendor de los uniformes y las botas nazis y callaron mientras eran detenidos y despojados miles y miles de judíos o resistentes y llevados a la muerte en los campos de concentración.

Su hijo Dominique, que ese agosto de 1944 dirigió a los 15 años el cortejo del cadáver de su padre, fulminado por una embolia, hacia la iglesia de Saint Germain des Prés, escribe en su libro Ramón (Grasset, Paris, 2009) 800 páginas en las que trata de explorar el misterio de su familia, las razones del fracaso de su padre, y las lejanas raíces mexicanas.

Al final, Ramón es un canto de amor por ese padre frívolo y mundano, a la vez buen escritor, que pudo haber sido una gloria de las letras francesas de haber elegido a De Gaulle y la resistencia en vez de Doriot y la colaboración. Al final sólo queda la amarga lección del peligro que conlleva para los escritores acercarse mucho a los políticos y al poder, que en todo el mundo es la manzana de la tentación y el gusano de la decadencia.

domingo, 25 de enero de 2009

UNA INSÓLITA TARDE BOGOTANA


Por Eduardo García Aguilar

La lluvia caía sobre Bogotá esa tarde y, como no había sacado paraguas, me escampé en la librería Lerner de la Avenida Jiménez. Era una de esas tardes agobiantes llenas de bruma y frío y pantano y el agua se me entraba por las suelas de los zapatos. Me puse a mirar libros y en la estantería de literatura colombiana encontré un ensayo de una de mis más queridas amigas de adolescencia, Patty Coba, editado hacía cinco años por una Universidad y que versaba sobre Vargas Vila y la mujer fatal. No podía explicarme cómo no había tenido noticia de la existencia de ese libro, pese a estar desde lejos tan bien informado de las novedades publicadas por los escritores de mi país.
Pero lo que más me inquietaba es que ella no se hubiera dignado hacérmelo llegar de alguna forma, lo que mostraba hasta qué punto el tiempo nos aleja de los viejos amigos. En la contraportada estaba su fotografía, donde se veía con mirada ágil, su atractivo rostro firme a sus 36 años, que debía haber cumplido el pasado abril. Estaba algo maquillada, muy moderna, con aires de muy próspera. ¿Qué sería de ella? ¿Estaría en Bogotá? ¿Con quien andaría ahora? ¿Estaría enamorada? ¿Se acordaría de mí? fueron algunas de esas preguntas tontas que me asaltaron mientras trataba de bajarme con cuidado de la escalera donde estaba montado, tratando de evitar que me cayera encima uno de los volúmenes que poblaban aquella estantería dedicada a la literatura colombiana. ¡Qué terrible!, pensé, ni siquiera sabía que había publicado un libro. Lo compré y en espera de que escampara me paré a mirar libros lujosos de paisajes colombianos, con la nostalgia de quien sabe que perdió para siempre a su país y es ya un extranjero sin remedio.
Hacía dos años no regresaba a Bogotá y me había instalado en una de las suites de Residencias Tequendama con mirada a los cerros, dispuesto a echar la casa por la ventana para vivir en cierta calma los días que pasara en Bogotá, tratando de ahuyentar el hastío, la depresión, la certeza de ya no tener nada o muy poco que ver con el país, mis padres enterrados al norte de Bogotá en los Jardines de la Paz, con los amigos cada vez más barrigones, canosos y entrados en razón o destruidos por la terrible decepción en que los sumía la crisis permanente del país. Colombia no estaba jodida como el Perú. No, lo que estaba era casi muerta y eso se veía en los ojos de mis mejores amigos, en la mansedumbre de los casados y llenos de hijos, atribulados por el trabajo, los impuestos o el desempleo, en la decrepitud de las mujeres y hombres de mi generación totalmente devastados, tal vez como yo mismo, por una larga lista de sucesos y aventuras absurdos. ¿Cómo podían sobrevivir en esta urbe infernal llena de trancones y miedo ambiente por todas partes?
La lluvia paró y entonces pude salir a caminar por la séptima, como cada vez que regresaba a Colombia. Allí, no lejos del Planetario Distrital, deambulaba el fantasmal muchacho de 18 años que fui, estudiante de sociología en la Universidad Nacional, fascinado por el cine, que asistía en grupo a ver las retrospectivas de Bergman, Antonioni o Truffaut. Más tarde había quedado de ir con unos amigos a un homenaje al recién suicidado poeta Raúl Gómez Jattin, quien se había convertido en uno de esos gurús de jovencitas incautas y desolados muchachos seguidos por crepusculares amantes de la literatura, y quien hacía poco se le había lanzado a un bus para que lo aplastara en la señorial Cartagena de Indias. Nada mejor para garantizar la posteridad en Colombia que cerrar su ciclo con un suicidio bien planeado como José Asunción Silva. Ahí estaba todo el mundo. Los escritores de moda, los directores de revistas, los poetas desconocidos, los funcionarios de la cultura local, los amargados, los alegres, los sabios.
Proyectaban en la pantalla cóncava un documental sobre la vida del poeta, sus caprichos de reyezuelo poético, la paciencia de sus admiradoras, sus desplantes de tirano loco y literario en la Colombia “de fin de milenio”, como sin duda dirían los redactores de contracarátulas. El documental terminó y, como en una película de Fellini se pasó a la rifa de un computador. Mi amiga Rosita Jaramillo, la organizadora del evento, tuvo la genial idea de aprovechar mi paso por Colombia para decir que yo iba a sacar la boleta ganadora, lo que me hizo sonrojar y ponerme embarazado cuando mucha gente me observó de inmediato aunque nunca hubiera escuchado mi nombre. Saqué el boleto, dieron el nombre, y resultó que la ganadora era la poetisa Bella Clara Ventura, quien acababa de llegar de Miami. Apareció entre el público y recibió el regalo, mientras me abordó la poetisa lustrabotas Alma de la Calle, muy molesta por no haber sido ella la afortunada.
La poeta emboladora, cuyo verdadero nombre es María Amparo Anaya Alarcón, me cayó muy bien. “Seguro ya estaba arreglada la rifa¨, me dijo en broma, a lo que le respondí que todo había sido obra del azar. Era una mujer diminuta, encantadora, auténtica, cuyo libro había sido publicado por la editorial de la oficina de cultura del Distrito. Brindamos un vino y empezamos a hablar mientras los escritores de moda eran rodeados de inmediato por su séquito de turno. La poetisa lustrabotas me mostró el libro, compré un ejemplar y pasé de corrillo en corrillo presentándola a mis amigos, extrañados de que los obligara a comprar ejemplares del modesto libro. En menos de diez minutos vendió 20 ejemplares gracias a mí, una fortuna sorpresiva para ella. Agradecida me dio un beso en la mejilla y me dijo, “a usted es al único aquí al que le voy a embolar los zapatos gratis” y se puso manos a la obra, mientras empezaba a ser rodeado por mujeres asombradas por mi pose ante mi nueva amiga la lustrabotas, yo en el esplendor de mi primera noche de regreso, forastero excitado por el viaje, con la fuerza de la novedad, de la extrañeza, de la emoción que se siente de todas formas cuando uno retorna tras los pasos perdidos.
La lustrabotas se quedó mucho tiempo limpiándome con la mayor profesionalidad los zapatos, como si fuera yo un príncipe elegido, y hacía todo lo posible para que cada uno de mis zapatos brillara como nunca zapato alguno brilló. Y entonces me sentí volar en una historia maravillosa donde la poesía se personificaba toda en esa poetisa lúcida que era la mejor de todos los poetas de esa noche en Colombia, aunque no hubiera ganado la computadora ni la incluyeran en las antologías. Alma de la Calle se había convertido en la princesa de un cuento de hadas y yo en el ceniciento que venía del hielo al país de mi infancia y tenía que irme rápido antes de que sonaran las campanadas de medianoche.

sábado, 17 de enero de 2009

LUISA FUTORANSKY EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky, la más importante escritora latinoamericana actual, es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press. Nueva York. 2000), nos habla de « un país que se te encima al de ayer », y agrega que « deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres ».
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el Pont des Arts, visitar la librería Colette en Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Beaubourg es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicabe.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades. Parece que vuela en el tapiz de Las Mil y una noches, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tibet, cerca del Yeti.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas.
«Soy tierra prometida en París » nos dice Futoransky mientras camina por la rue au Maire en busca de las viejas calles del original Chinatown, el de los tiempos de entreguerras, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, rive gauche, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto « Arde París. Aquí vivimos » , incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores. Jerez. España. 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 chicos africanos pobres achicharrados y hacinados en un taudis del barrio de La Opera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, « persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias ».
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafia en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Pichu o en La Paz, Bolivia, en un campo de golf, en la « Villa imperial de Potosí », leyendo a Única Zürn.
Toda su poesía es un viaje : poemas como « Tokio hora zeta », « Yendo a Benoa », « Di Provenza », « Crema catalana », « Alud en Galese , « Derrota en Tienanmen », « Jerusa mi amor », son apenas algunas de sus escalas. En Prender del Gajo (Calambur. Madrid. 2006), el periplo continúa : nos habla de « Los efectos del viaje según Ibn Arabi » o del « Luto en Charenton » o de la « Isola de Giglio » y en De donde son las palabras (Plaza y Janés. Barcelona. 1998), en el poema « Restaurante de Ekoda », la viajera nos dice que es

«singular hallarse aquí
ante una tevé, un buda con baberito
una pagoda en construcción envuelta en una llovizna tenaz y persistente
no una pesadilla, no un sueño renacentista con persas a la veneciana
sino madera y agua, tablones y alguna rana desprevenida »


En su poema « Nuevo barco ebrio » de Babel, babel, sabemos que « el corazón se estremece por las nieblas que no comprende » y al explorar los olvidados arcanos terribles de la infancia concluye:

« el bajel está solo con los acantilados que surgen bajo su quilla ;
a barlovento la ciudad mohosa en el limo de la infancia,
en el norte los pecados capitales incendiados por un gas de neón maligno
que ha invadido los bulevares del mar de silencio
hasta ser esa llaga animal y corrosiva que nuca le abandona ».

Esta es sólo una breve muestra de su singular obra poética, a la que se agrega la vasta obra narrativa y ensayística, traducida al francés y al inglés, con novelas como Son cuentos chinos, De Pe a Pa, Urracas y Formosas y los ensayos Pelos y Lunas de miel, entre otros.

Hubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable Julio Cortázar. Ahora en París nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual y decenas de escritores discípulos y amigos, tejen día a día su testimonio.

Con Luisa Futoransky París es mejor y más sabio. Nosotros los errantes, los cosmopolitas, los que hemos perdido bibliotecas, casas, gemas y amores podemos sanar del extravío al leer sus libros, que deben estar al lado, en la mesa de noche. Luisa Futoransky está en París. « ¿Arde París ? Aquí vivimos ».

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Para leer a Luisa Futoransky:

* Luisa Futoransky. De donde son las palabras. Plaza y Janés Editores. Barcelona. España. 1988.
* Luisa Futoransky. Antología poética. Poetas argentinos contemporáneos. Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires. Argentina. 1996.

lunes, 12 de enero de 2009

EL MERCADO DE LAS PULGAS DE CLIGNANCOURT


Por Eduardo García Aguilar
(Letras libres, noviembre 1999)

Es todo un bazar o un mercado persa. Desbordado por vendedores de ropa, chucherías, inciensos, pipas, bolsas, máscaras africanas, crepas, prendas de cuero, zapatos, camisas, bufandas, sombreros y todo tipo de adornos de pacotilla, el viejo mercado de pulgas de Clignancourt se ha desvirtuado poco a poco en las últimas décadas. Para llegar a los diversos mercados situados en los pasajes del laberinto, al norte de París, hay que caminar entre cuadras enteras de vendedores ambulantes, muchos de ellos agresivos y malencarados, en medio de miles y miles de clientes en su mayoría jóvenes.
En la estación del metro Porte de Clignancourt el visitante es recibido este domingo invernal por la llamada racaille, compuesta por una juventud agresiva que expresa su odio contra la sociedad donde ha crecido marginada. No hay que mirarlos a los ojos y hay que evitar entrar en conflicto con esas bandas de adolescentes que en grupo pueden rematarte a patadas. Apenas ayer, no lejos de aquí, en el metro Garibaldi, uno de esos individuos degolló con un puñal a un usuario tras una riña por una silla. Y toda la gente comenta el incremento de la violencia, la acción de las bandas, el miedo ambiente que reina cada vez más en los barrios de la periferia norte de París; las agresiones injustificadas al interior de los vagones y autobuses, como si fueran copiadas de la película Naranja mecánica del recién fallecido Stanley Kubrick.
De modo que, después de sufrir los gritos y las agresiones de las bandas apostadas en la estación, se recorre entre el gentío y se cruza hasta el suburbio de Saint Ouen, donde está el conocido e inevitable mercado. Hay dos tipos de pasajes que dan a la rue des Rosiers: los que fueron construidos recientemente para anticuarios más pudientes y organizados y los viejos y tradicionales pasajes, como el Biron, donde están los más añejos vendedores de bibelots.
En los primeros, todo está ordenado, limpio y especializado: muebles de todos los siglos, vasijas, vajillas y lámparas art déco, viejas esculturas, cuadros, vestidos de los tiempos del can-can, sombreros, adornos con colmillos de elefante, juguetes antiguos, tiendas de muñecas, relojes, tapices, libros. Los dueños se ven elegantes y prósperos y se infiere que estas tiendas son apenas sucursales de negocios más extensos. Los objetos han perdido la humedad y la mugre del tiempo. Están perfectamente restaurados, tan limpios y pulcros que parecen falsos.
En los viejos pasajes, que se encuentran a lo largo y ancho de varias cuadras, la sorpresas nos esperan en cada esquina. Son centenas de pequeños locales regentados por ancianos y ancianas tristes, fracasados, personajes de novela excéntrica o jóvenes locos y raros inventados por Joris Karl Huysmans. Allí llega el desecho del tiempo, rescatado de la basura nocturna de los jueves o de las ventas rápidas que suceden luego del fallecimiento del abuelo, la tía abuela, el tío perdido y solitario. Recorrer por esos laberintos es una delicia. Paso a paso palpamos los rastros del siglo a través de ropas viejas, vajillas y cubiertos centenarios, vestimentas antiguas para bebés, botones, prendedores, ribetes, condecoraciones, placas de viejas tiendas, espejos, escaparates, butacas, sillas, mesas, burós, pupitres manchados de tinta de la belle-époque o los años de entreguerras, periódicos y revistas viejas, kepis, uniformes, floreros, camas, nocheros, instrumentos, postales, afiches, xilófonos.
En Saint Ouen, antiguo barrio obrero, sobreviven algunas casas de fin de siglo pasado y edificios de apartamentos de techos bajos y modestos para familias obreras. Algunas fábricas quedan ahí como muestras de ese tiempo ido. Y ahora, con la luna llena, enorme a lo lejos, entre la bruma, la gente tirita de frío y se frota las manos o luce guantes de todos los precios y estilos. Parejas de jóvenes cargan bolsas con los bibelots del día. Hermosas chicas van felices con el hallazgo de la tarde. Cincuentonas alegres y flacas ríen y exhiben la compra a sus alborozadas compinches. A pesar del frío han venido al ritual inevitable de rendir visita a una institución con pasado y mucho futuro. Alguien ha encontrado un cenicero con la publicidad de Dubonnet, otro un daguerrotipo, aquél una lámpara fascinante, éste un camafeo, ese un narguile verdadero, ella una retorcida tetera marroquí, el otro un incunable o un grabado de los tiempos napoleónicos.
¿Quién que viva en París no ha ido alguna vez al mercado de pulgas de Clignancourt? ¿Quién no se ha atrevido a entrar a la guinguette de Luisette, cada vez más decadente, con sus cantantes gordas de narices enrojecidas y cantantes de vieja canción francesa destemplados y estrafalarios aupados en el pequeño escenario? Allí se come y se bebe mal, pero entre la decadencia y la mediocridad de los payasos que se suceden y se pelean por pasar al estrado y por las propinas de la clientela, uno cree asistir al último destello de un París que sólo pervive en las películas de Renoir y Carné o en las memorias de Paul Leautaud. Chez Luisette es el centro de este cafranaún del desperdicio y la basura, de la muerte y el tiempo clausurado.
Ha terminado el paseo. La noche llegó demasiado rápido. El termómetro pasa hacia abajo el umbral de los cero grados. Los viejos cierran sus tristes tienduchas. Libreros de otra época siguen entre miles y miles de libros y revistas, ocultos entre la humareda de la pipa. Chez Luisette cierra. Los cantantes borrachos salen tambaleándose por los laberintos. La tienda de objetos para bebé de los años 2veinte0 queda atrás como un escenario para una película de terror de Alfred Hitchcock. Un sicópata ha comprado una muñeca de 1901 o un oso de peluche deshilachado. El que recuerda a sus tías se lleva un sombrero de vampiresa.

lunes, 5 de enero de 2009

EL FUNERAL DEL SEÑOR DE LOS CIELOS


Por Eduardo García Aguilar

(Excélsior. México. 04-Ene-2009.Café París)

Yo estuve en Guamuchilito, Sinaloa, en el entierro del tenebroso Señor de los cielos el 11 de julio de 1997. Su cuerpo cruzó por la noche el enorme portalón de la hacienda familiar en una carroza de la funeraria Emaús y, de inmediato, decenas de familiares y protegidos entraron para asistir al último homenaje, en automóviles último modelo los más ricos y a pie los más pobres.

En un exuberante Lincoln color crema pasaron primero la matriarca Aurora y sus hermanas y más tarde, a pie, la tía María Juana y el cuñado Candelario, mientras la servidumbre ingresaba enormes recipientes llenos de carne, víveres, refrescos y otras viandas deliciosas para ofrecer a los invitados en la larga y tensa velada fúnebre.

Un gordo muchacho de botas rancheras y camisa estrafalaria que vendía pan en las calles de Culiacán, y por esas fechas ya era lugarteniente de la familia, organizaba la entrada de la gente y furioso observó a los periodistas que se aglutinaban junto al portalón de la Hacienda esgrimiendo sus cámaras y micrófonos.

Los incrédulos deseaban comprobar que el cuerpo del narco estaba ahí después de errar una semana de un lado para otro con su cara desfigurada, rictus espeluznante, corbata y traje oscuro. El implacable narco, jefe del cártel de Juárez, cuya identidad había sido confirmada por las autoridades, lo que no era por supuesto ninguna garantía, había muerto en misteriosas circunstancias luego de una cirugía plástica y una liposucción en un hospital de México, Distrito Federal.

Su cadáver había sido trasladado bajo una identidad falsa a Culiacán, pero su cuerpo fue “confiscado” por la policía antinarcóticos y devuelto a México, donde permaneció una semana en la morgue, mientras la agencia antidrogas estadunidense, DEA, y el gobierno polemizaban sobre su verdadera identidad y le hacían un examen genético.

Buscado durante años por el FBI, la Interpol y la policía mexicana, no se conocía su verdadero rostro ni la magnitud de su inmensa fortuna. Convertido en el enemigo público número uno, ganó su apodo celestial por su vasto imperio aéreo para introducir cocaína colombiana a Estados Unidos. Así, el joven capo, alto, blanco y de cabello claro, güero como se dice en México, se había convertido en personaje incómodo por sus complicidades en los medios políticos y en el Ejército, pues uno de sus generales, el zar antidrogas mismo, Jesús Gutiérrez Rebollo, trabajaba para él antes de ser destituido y encarcelado.

En Guamuchilito construyó una iglesia y una escuela y los vecinos nos decían que la matriarca Aurora y sus hijos dominaban la economía regional con sus temidos escoltas que cruzaban calles y carreteras, en su autos Cherokee y Lincoln último modelo, armados hasta los dientes.

Se había salvado de milagro de un atentado en el restaurante Bali Hai en la capital y vivía a salto de mata, pero siempre lograba escapar de las emboscadas con la complicidad de los policías como un héroe de película del Far West.

El cadáver del capo estaba en una sala a la entrada de la casa entre coronas mortuorias y por un momento el féretro tuvo abierta una escotilla hacia su rostro. Intenté entrar varias veces pero los familiares y doña Aurora la matriarca me lo impedían. Ningún extraño podía acercarse a ver su rostro maquillado.

Afuera la tensión reinaba, pues se decía que toda la zona estaba rodeada. Kilómetros a la redonda fuerzas especiales garantizaban la seguridad hasta el entierro y facilitaban el paso de los mafiosos y los deudos, por lo que los miembros de la prensa mexicana y de las agencias internacionales y las televisoras del mundo entero servíamos de escudo a la familia.

Allí pasamos la noche y el día siguiente y el otro esperando el entierro mientras las muchachas que organizaban la comida en amplias mesas bajo impecables toldos de recepción coqueteaban con los periodistas. Incluso sobrinas, hermanas, primas y otros familiares del capo empezaron a conversar y a intercambiar con los extraños que esperaban con cámaras, grabadoras, micrófonos o libretas de apuntes.

Al amanecer aquello parecía el alba desnuda después de una interminable fiesta feliniana. Nos levantamos de las sillas y con los ojos todavía agotados por el semisueño o el insomnio pasamos a picar algo en las mesas repletas de deliciosas carnitas, caldos, sopas, nopalitos, taquitos, frijolitos y jugos. Ya éramos familiares de la finca, deudos oficiales del capo. Incluso algunos periodistas jugaban futbolito en un extremo. Se decía que de un momento para otro podía entrar alguna policía enemiga. El cielo norteño y el campo recobraron la calma ancestral. El ganado pastaba en las inmediaciones. Una serpiente se escurrió entre la maleza. Un asno rebuznó en sonido estéreo.

Y hacia mediodía ocurrió la gran ceremonia fúnebre. En un amplio patio, atrás de la casona, la muchedumbre estaba alerta. Había más periodistas que deudos. El ataúd salió al fin de la casa y fue conducido hacia un mausoleo familiar, donde un cura oficiaba ceremonia y rociaba agua bendita. La madre, las hermanas, las sobrinas lloraban como plañideras helénicas.

¿Sería todo esto una gran comedia, la más espectacular tragedia representada por soberbios actores? ¿Yacería de verdad dentro del ataúd algún cadáver, o no sería acaso un simple muñeco de cera? ¿Sería de verdad el cuerpo del temido capo Señor de los cielos? ¿Estaríamos presenciando una gran mascarada? ¿Serían ciertas tantas lágrimas ? ¿Actuaríamos de extras en una nueva versión de la legendaria película de Francis Ford Coppola,El Padrino?

Al final, el ataúd del Señor de los cielos entró a tierra y todo terminó como por encanto. Ya en Cualiacán, por la tarde, bajo el sol canicular, fui a la capilla del santo Jesús Malverde, el milagroso santo de los sicarios y los narcos y compré un collar amuleto con el rostro del forajido bigotón enmarcado en cuero. El mismo que me protege años después a la hora de escribir sobre narcos. ¿No será él también el santo de los escritores?

lunes, 29 de diciembre de 2008

LA GRAN ESTAFA LITERARIA MUNDIAL


Por Eduardo García Aguilar
(Excélsior. México.29-Dic-2008)

Los viejos escritores latinoamericanos encorvados por las medallas y los doctorados honoris causa, deberían lealtad al autor adolescente que alguna vez fueron si tuvieron la fortuna de la precocidad, y no convertirse en presos y cómplices de la nueva industria editorial estafadora que domina en el mundo.

Antes de que la literatura se convirtiera hace medio siglo en una industria multinacional rentable y los escritores en empleadillos sin sueldo de las grandes multinacionales editoras, el ejercicio de la palabra estaba relacionado con la utopía y las ilusiones caballerescas y quienes se dedicaban a ella lo hacían empujados por una extraña pulsión de la que estaba exenta la ambición del dinero, el poder o la fama televisiva.

Dentro del imaginario del escritor adolescente de todos los tiempos estaban presentes autores muchas veces suicidas, marginales o castigados por la sociedad que como Gerard de Nerval, Arthur Rimbaud, Oscar Wilde, Franz Kafka, Porfirio Barba Jacob, Malcolm Lowry o César Vallejo mostraban a los seducidos por la poesía que el camino escogido era el más difícil posible, pues hasta la más humilde profesión es remunerada mientras la literatura en general y la poesía en particular eran seguros caminos hacia la pobreza, la indiferencia y la burla de los contemporáneos.

Salvo los escritores afortunados o los que hacían carreras políticas o diplomáticas al servicio de tiranos, la mayoría vivía una vida de privaciones que poco a poco los sumían en la desesperación, la marginalidad y la penuria, por lo que sus vidas semejaban a las de los mártires de los santorales religiosos. Muchos hemos conocido a ese tipo de escritor maldito que con modestia se dirige encorvado por las noches a su perdida vivienda a encontrarse con los libros que ama y a ser feliz viajando por el mundo y el tiempo como el más derrochador millonario. Pienso en grandes autores sabios como Paul Verlaine, Yasunari Kawabata, Juan Rulfo, Juan Carlos Onetti o Nagib Mafhuz. Ese hombre viaja por las civilizaciones y visita los lugares más exóticos mientras devora volúmenes con sus ojos enrojecidos de pasión y su quijotesco estómago vacío.

En estos tiempos en que son premiados con recompensas millonarias narcos, prostitutas, violentos, torturadores, delatores, criminales, arribistas, ignorantes y políticos venales, la literatura sigue siendo marginal, pero amplios sectores de la misma han emprendido el camino de la corrupción al servicio del poder y el dinero. Muchos autores exitosos, analfabetas que ni siquiera escriben sus libros, se ufanan como estrellas en las Ferias del Libro de una industria editorial corrompida, mientras son expulsados de ellas y rayados de las listas de invitados los verdaderos escritores.

Por medio de la propaganda editorial vehiculada por los medios masivos a los que pertenecen las casas editoras españolas que dominan en América Latina, se inventan genios de las letras, pensadores descerebrados, narradores que no han hecho jamás sus primeras letras, mientras grupos de modestos editores o ghost writers se encargan de escribir y armar los libros que serán los éxitos de la temporada y el centro de las ferias del libro.

Además se ha puesto de moda el escándalo y el exhibicionismo ramplones y suben a la fama los autores que más se destapan, insultan, cuentan intimidades de sus familiares, escritorzuelos que parecen escribir sermones imprecatorios llenos de insultos baratos y escatológicos e ideas de pacotilla para gusto de un consumidor nacional aferrado a sus manías y ridiculeces ancestrales de tribu. Desterrados quedan los grandes autores, los libros escritos por personas que han dedicado su vida a estudiar y pensar con rigor y a cambio nos venden siempre literatura de cuarto nivel cercana a los libros de autoayuda o a los panfletos iluminados de las sectas empresariales.

Esa es la literatura que hoy circula en ferias, escuelas y bibliotecas y se enseña en las universidades de América Latina y que las avorazadas editoriales españolas y sus empleados venden risueños mientras hacen sonar sus infectas cajas registradoras. El libro de temporada se vende como producto de supermercado y con fajillas coloridas que por lo regular mienten, quieren hacernos creer que el nuevo autor es siempre el genio sucesor del patriarca de turno y así cada temporada descubrimos a uno o dos genios nacionales que se inflan, porque lo patético del marketing es que la mentira no sólo la cree el estafado comprador, sino el supuesto autor que del semianalfabetismo premiado pasa a creerse, en un abrir y cerrar de ojos, el nuevo Homero, Conrad, Faulkner o Hemingway de turno.

El escritor y el lector adolescente es por fortuna mucho más rebelde y lúcido y sabe calibrar entre la oferta lo que sólo es engaño publicitario. La gran literatura abre caminos, viaja por senderos desconocidos y no por caminos trillados, molesta antes que ofrecer un producto que alimente las ideas fanáticas del momento. Por eso el lector adolescente es el que puede rebelarse contra la estulticia ambiente manipulada desde los centros de pilotaje de las editoriales multinacionales de hoy en el mundo y en particular las españolas que deciden entre eructos de chorizo el grado de genialidad de la literatura en sus súbditas colonias.

España, como decía el cruel pacificador gachupín Pablo Morillo al pobre sabio neogranadino Caldas antes de fusilarlo, “no necesita de sabios”. Entonces que los estafadores españoles se regresen con sus Pérez Reverte y sus genios coloniales hechos al vapor cada año y nos dejen a los latinoamericanos seguir la herencia de Rubén Darío, Huidobro, Vallejo, Neruda, Felisberto Hernández, Borges, Rulfo, Carpentier, Lezama, García Márquez, Cortázar, Onetti y Paz, entre otros muchos. No necesitamos que las editoriales españolas nos fabriquen con mañas de tenderos nuestros geniecillos dominicales en sus oficinas de Madrid o Barcelona. Que se vayan con su corrupto e infame negocio a otra parte.