domingo, 16 de octubre de 2011

MACEDONIA EN TIEMPOS DE ALEJANDRO MAGNO

Por Eduardo García Aguilar
El Louvre acaba de inaugurar una grandiosa exposición sobre la antigua Macedonia en tiempos de Alejandro Magno, en la cual, gracias a los recientes descubrimientos arqueológicos, logramos palpar casi con las manos objetos e instrumentos tocados por el mito y los hombres comunes y reales que lo rodeaban en esa región del norte de Grecia, relegada a veces por arqueólogos e historiadores.
Centrados más que todo en Grecia y Esparta y sus múltiples ruinas, y en todo lo que gira alrededor de Atenas o Creta, o las partes arqueológicas de las islas y de lo que hoy es la costa turca troyana, los arqueólogos habían descuidado la región del gran Alejandro (356-323 antes de nuestra era) y su padre Filipo II, desde donde el héroe inició muy joven la gesta de conquistar el mundo conocido, desde el estrecho de Gibraltar hasta la India.
Aunque a lo largo del siglo XIX se recuperaron importantes rastros de esa civilización que fueron traídos al museo por militares franceses en misión o de paso por esas tierras, en 1977 se descubrieron las tumbas de Filipo II y de otros notables de la época, desatando en las últimas décadas la proliferación de excavaciones que dieron a luz miles y miles de objetos de la vida cotidiana, ilustrativos del amplio grado de desarrollo y refinamiento de ese pueblo y lo que es mejor, que bajaron a esos hombres desde las esferas de lo mítico a la verdad terrenal histórica, lejos de la biografía de Plutarco.
Sobresalen por su esplendor esas guirnaldas de hojas de mirto o roble en oro puro con las que se coronaba a guerreros o personalidades civiles, halladas intactas en sus sepulturas, así como espadas, cascos, corazas, escudos, vasijas, objetos de adorno e incluso cajas de metal cilíndricas para uso de los escribas, con sus espacios para la tinta y los elementos escriturales, prefiguraciones de la máquina de escribir o la computadora moderna.
Sabemos por la leyenda que la educación de Alejandro Magno fue encargada a Aristóteles, por lo que uno imagina al sabio en su vida cotidiana y a esos hombres que iban de una localidad a otra expresándose y discutiendo en los lugares públicos. Los mosaicos y frescos nos muestran los tradicionales banquetes donde se hablaba, se filosofaba, se amaba y se bebía vino a cántaros. Por el armamento expuesto, como esas letales lanzas de cinco metros con las que se vencía a cualquier enemigo, accedemos también al campo de batalla. Soberbias representaciones de un realismo y refinamiento extraordinarios en mármol nos llevan al imaginario de aquel pueblo, como las recurrentes batallas de amazonas semidesnudas con soldados griegos o las representaciones de diversa índole de escenas de caza, guerra o ceremonias religiosas y bélicas.
Todo lo existente en el Louvre desde comienzos del siglo XIX ha sido reunido para esta ocasión al lado de centenares de nuevas piezas descubiertas hace pocos años de manera ordenada y monumental a veces, por lo que al salir de la exposición se tiene la sensación de haber estado cerca del mito, de haber recorrido a su lado el mundo de su tiempo y experimentado la vida cotidiana de los macedonios en su capital Pellas y en otros pueblos situados cerca del Monte Olimpo.
En lo que a mi respecta la figura de Alejandro Magno se hallaba siempre en esa esfera irreal y mítica que nos comunicaban los libros de historia antigua, los relatos escolares o las películas de Hollywood que nos hablan de quien llegó hasta los confines de la India por un lado y al norte de Africa, dejando como rastro la maravillosa Alejandría con su Faro y su biblioteca, hoy reconstruida.
Pero pese a todos esos relatos o filmes, bustos y representaciones pictóricas clásicas y románticas, el personaje no dejaba de ser ficción y residir en esa nube inalcanzable para nosotros los contemporáneos e increíble a la vez por los niveles de cercanía cultural, como si nuestro mundo, más de dos milenios después, siguiera desandando los mismos pasos de conquistas y mitificaciones con sus héroes bélicos y deidades de la farándula olímpica y artística en medio de un reguero de sangre, impunidad y horror.
Pero al palpar esas ánforas para agua o vino, ilustradas con escenas de gran fuerza pornográfica, percibir vasos exquisitos de perfumería y joyas como diademas, pulseras y aretes que lucían aquellas mujeres confinadas al hogar, y todos esos objetos masculinos como las rodilleras para la guerra o corazas y cascos magníficos, sabemos por fin que todo fue real, tan real como las lápidas donde los deudos hablan de sus muertos o los portalones de mármol que imitan las puertas de madera asidas con clavos de bronce o aldabas leoninas que vemos ahí hasta el punto de creer oír su crujido al ser abiertos en los cementerios.
Su gesta lo llevó desde 334 a 330 antes de nuestra era, en escasos diez años por Asia Menor, Siria, Fenicia, Egipto y Mesopotamia, Persia, Asia Central, Afganistán y los límites de la India, donde fundó decenas de ciudades que llevaban su nombre y dejó para siempre, incluso después de la implosión póstuma de su reino, su figura inolvidable, terrible y luminosa, como el testimonio de una gesta excepcional inspirada por las obras de Homero que leyó bajo la impronta pedagógica de su maestro Aristóteles. Millones de monedas y miles de bustos lo hacen para muchos obsesos casi un contemporáneo, un familiar, una deidad personal como Napoleón o Bolívar.
La gran Macedonia fue real y exquisita, el mito palpable y accesible, el largo viaje sin fin de la guerra un hecho indudable, por lo que estar durante dos horas junto a esos restos y rastros reunidos nos golpea despertándonos a nuestra insignificancia y finitud. Los contemporáneos soberbios con su mediocridad y codicia, su banalidad y venalidad sin límites, su ignorancia y vulgaridad lamentables, deberían hacer este viaje a los confines del mito para recuperar un poco de humildad en tiempos de espejos infinitos de frivolidad. Ahora que se hunde Grecia en una comedia de estafas financieras y la región que dominó Alejandro lidia con crisis y guerras, asomarnos a ese tiempo es como asomarnos a un abismo grotesco.

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Exposición "En el reino de Alejandro Magno - La antigua Macedonia". Museo del Louvre. Del 13 de octubre al 16 de enerode 2012








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domingo, 9 de octubre de 2011

EL ENDIOSAMIENTO EXAGERADO DE STEVE JOBS

Por Eduardo García Aguilar
La prensa mundial dio una cobertura exagerada a la muerte del inventor y empresario Steve Jobs, con un despliegue que llega a los nivles de la muerte del Papa o el presidente de Estados Unidos. En primera plana y a ocho columnas, con suplementos especiales y miles de artículos con diferentes ángulos, los medios del planeta se desataron en una hagiografía sin límites del creador de las computadoras Machintosh, los estudios Pixar, el Imac, el Ipod, el Iphone y el Ipad, como si hubiese sido el creador, el transformador del mundo, una especie de nuevo mesías ante quien todos deberíamos inclinarnos y rezar.
En las grandes avenidas de las capitales del mundo, delirantes fanáticos ahítos de soledad no sólo pusieron flores en honor del muerto, sino que pasaron a hacer compras de productos Apple y luego a llorar la muerte de su ídolo, por el cual hacían colas de días enteros e incluso dormían a la intemperie en espera de adquirir sus nuevos productos.
Yo, que he sido Mac toda la vida y he seguido la aventura de las PC de Microsoft de Bill Gates y las Mac de Steve Jobs desde que viví en San Francisco en 1980, que he cargado y poseído casi todos los modelos y conservo como joya sentimental mi Imac azul, al lado de una Underwood 1910, pienso que es exagerado endiosar al difunto creador, que sucumbió a los 56 años a causa del cáncer del páncreas y nos mostró en directo su ineluctable fin mientras hacía la promoción del nuevo objeto necesario.
Todos los grandes diarios financieros y de noticias generales desplegaron con lujo de detalles la extensa trayectoria de este hijo de sirio, adoptado por una familia norteamericana, quien al igual que Bill Gates y Mark Zukcemberg, el creador de Facebbok, se volvieron empresarios y millonarios a los 20 años trabajando en los garajes de las modestas casas familiares.
Pero lo que poco se dice era que Steve Jobs era un empresario tirano que humillaba a sus trabajadores y los despedía según sus estados de humor, sin tener en cuenta sus derechos, « deslocalizaba » a China sus fábricas de partes para aumentar sus ganancias sin importarle que allí el capitalismo de los comunistas militarice el trabajo y pague sueldos miserables, o declaraba la residencia legal de sus empresas en el paraíso fiscal de Luxemburgo para evadir impuestos y ganarle así a sus competidores honrados.
Leyendo muchos de esos retratos en Financial Times, The New York Times o en el diario económico francés Les Echos, se descubre que tras el inventor también estaba presente la fiera de los negocios, el ejemplo claro de los vicios más duros de un sistema empresarial y financiero que basa todo su éxito en el consumo desmesurado de cosas que pueden ser útiles para la ciencia, la universidad, las comunicaciones o la policía, pero que al generalizarse como una necesidad angustiosa a todas las capas de la población, sólo ayudan al gigantesco vampiro de las ganancias.
Como llevó a Apple a los niveles más altos de las inversiones este año en Wall Street, superando a Exxon Mobil, Petrochina, Microsoft, IBM y BHP Billiton, la prensa mundial lo ha santificado y nos lo quiere vender como el ejemplo a seguir, casi como si se tratara de Buda, Cristo, Alá o Zaratustra.
Nada nos dicen de esos miles de ingenieros y diseñadores que trabajaban para él en Cupertino, la sede de su imperio, y que después de hacer los inventos y llevarlos a la práctica él expulsaba como un pequeño tiranuelo, ni de los obreros chinos que hacían las partes y ensamblaban los objetos para el consumo generalizado, ni la angustia de esas esas familias de todo el mundo que dejan de comer para satisfacer los requerimientos de sus hijos y luego pagar las cuotas mensuales a las empresas telefónicas que han engordado como cerdos galácticos, encabezadas por el millonario mexicano Slim.
Steve Jobs no es el único creador de este becerro de oro informático. Es ahora el más celebrado porque murió, pero ya llegará el momento de adorar a Bill Gates o a los magnates de la telefonía que cobran día a día el diezmo mundial a los esclavos de la información inmediata, colgados de su teléfonos y sus ordenadores, intercambiando con los otros tonterías y banalidades mientras el mundo y la naturaleza están afuera esperando y hundiéndose.
Steve Jobs es amirable como en su tiempo lo fueron Thomas Alva Edison o Marconi en materia de comunicaciones, pero de allí a convertirlo en un dios, un mesías todopoderoso como nos indican las portadas de los diarios y los anuncios de los noticieros es una muestra de la deriva de un mundo dominado por la industria armamentista y sus guerras, un mundo donde unos cuantos millones gastan miles de millones de dólares en juguetes informáticos mientras el resto del mundo se muere de hambre y analfabetismo, o cae acribillado por las bombas y las balas de los guerreros.
Los indignados del mundo industrializado que protestan en las capitales europeas y en el propio Wall Street, muestran que una nueva generación abre los ojos frente a este culto exagerado al consumo, el éxito, las finanzas. Diógenes el filósofo que vivía dentro de un tonel se burlaría de ellos y en su desnudez les diría : respiren y vivan antes que comprar a toda costa los abalorios en un mundo donde vender y comprar es más importante que vivir, amar y ser.

martes, 27 de septiembre de 2011

25 RAZONES PARA EL FIN DE LA NARRATIVA HISPANOAMERICANA

Por Eduardo García Aguilar




Este texto leído por el escritor Eduardo García Aguilar en 1992 en la Feria Internacional del libro de Guadalajara (México) en un congreso hispanoamericano de escritores, puede ser de actualidad ahora cuando vuelve a reinar la incertidumbre en la narrativa del continente en la era de la red global, se derrumban las grandes editoriales y se hunden como Titanics de barro mitos, héroes, glorias, estrellas y famas cada vez más fugaces. Texto publicado en el Magazín Dominical No. 510 del periódico El Espectador (Bogotá, Colombia), el 31 de enero de 1993, p. 2.





1. La novela, género muy joven, apenas de unos cuantos siglos, está ahora más muerta que nunca, y su vigencia estética es casi nula aunque por un espejismo comercial parece vivir uno de sus momentos más prósperos.



2. La crisis de la palabra y de la escritura, perecederas también como todo en el mundo, asesta un golpe definitivo a esas monstruosas construcciones basadas en la torpe reiteración de personajes y mundos aptos para aquellos siglos que no tenían aún cine, televisión ni radio.



3. Los novelistas de hoy pueden volverse famosos sin ser leídos: son antes que todo figuras públicas de un odioso show bussines, repugnantes vedettes que —una vez asentadas en su pedestal histriónico— viven de la tontería de la masa manipulada por la publicidad y los comerciantes de la edición.


4. Los novelistas de hoy en casi todo el mundo son cada vez más tontos, no miran más allá de sus narices y a diferencia de sus antecesores buscan sólo la fama y el éxito: para cumplir ese objetivo se han convertido en tristes empleadillos sin sueldo de las editoriales, regentadas a veces por verdaderos analfabetas.


5. A los novelistas, a los narradores en general, les tiene sin cuidado si son o no leídos y son cómplices de esa gran farsa por la cual logra sobrevivir el género: la gente dice que Fulano es un gran novelista o un gran escritor, pero no lee sus inútiles y vacuos mamotretos.


6. Desde hace varios años no he leído ni escuchado una sola frase interesante de un novelista, incluso de algunos de los que más fama tienen en el mundo. Su persistencia en un género literario industrializado y muerto los convierte en mercaderes del templo, loros, onanistas de su propia torpeza.


7. Los últimos grandes narradores del mundo fueron todos unos fracasados: Kafka, Proust, Joyce, Céline, Musil, Broch, Roussel, Barnes, entre otros especímenes humanos de la era anterior al reino de Walt Disney. La novela murió antes que sonara el 31 de diciembre de 1945.


8. El drama de los narradores radica en que al usar cantidades absurdas de palabras mustias, pierden la perspectiva de su labor y cual bestias elefantiásicas patalean en escenarios sin público, incapaces de lucidez frente a su obtusa empresa: indigestados de palabras sólo escuchan el rumor de sus pútridos intestinos literarios.


9. Sólo la codicia del éxito los mantiene montados sobre sus computadores como bobos agricultores que trabajan de sol a sol cultivando maleza, soñando —ilusos— en su fabulosas ganancias.


10. Los narradores latinoamericanos de las últimas décadas fracasaron todos porque estaban convencidos de que algún día se acostarían con Jane Fonda. En cuanto a las narradoras latinoamericanas, su estruendoso fracaso radica en que aman demasiado a los hombres, cuando es bien sabido que —casi sin excepción alguna— las grandes escritoras tuvieron poco apego por ellos.


11. La poesía, practicada ya desde hace milenios, sigue por el contrario viva porque es verdadera y mucho más flexible: es un instrumento elástico y resistente, versión microscópica y maravillosa del big-bang de la creación.

12. La poesía es el único género literario a salvo de la industrialización y sus cultores son sabios porque se saben fracasados de antemano.


13. La crisis de la narrativa latinoamericana se inició con el derrumbe de sus tres pilares básicos: los enormes penes garciamarquianos, los loros de las portadas y los cocodrilos.


14. Abandonada por sus padrinos europeos y estadounidenses, la narrativa del nuevo mundo anda como perro en misa recibiendo patadas de sus abuelas desalmadas.


15. El “boom” fue una terrible equivocación porque instituyó la neurosis verbal y la histeria logorréica en sus cánones absolutos: en vez de rastrear la verdad, los latinoamericanos sólo intentaron lucirse ante los desdenes de su horrible madrastra.


16. La narrativa latinoa-mericana murió con Felisberto Hernández y aún no encuentra a su nuevo pianista.


17.Estamos viviendo ya en otra placa tectónica a la deriva, aferrados a palabras que no suenan y a personajes que nos huyen: los novelistas de hoy son abuelitas locas en mecedoras desvencijadas.


18. Los narradores latinoamericanos deben seguir escribiendo por un acto de caridad: de lo contrario cundiría el desempleo en los hogares de profesores y críticos.


19. La palabra de los escritores latinoamericanos sólo se escucha en los depósitos de cadáveres.


20. Picabia decía que los pintores trabajan para adornar los consultorios de los dentistas. Los narradores latinoamericanos lo hacen para probar que en cada familia siempre hay un hijo calavera.


21. Tristram Shandy, de Lawrence Sterne, inauguró la decadencia de la novela: como el protagonista de ese libro, la narrativa latinoamericana fue engendro de un espermatozoide disminuido.


22. Preguntada una escritora de este continente sobre las temáticas narrativas de sus congéneres, los hombres latinoamericanos de hoy, exclamó: “Mucho pene, mucho pene...”.


23. Muchas personas creyeron en los años 60 y 70 que el réquiem para la novela por parte de los adalides del nouveau roman francés fue sólo una escaramuza en el largo camino triunfal del género. Seis lustros después, su entonces delirante aserto se volvió más que obvio. El auge posterior de la novelística y su absoluta industrialización, son pruebas de su fin: su buena salud es sólo como negocio, pero no desde el lado estético.


24. Los novelistas de hoy deberían reflexionar un poco para darse cuenta que viajan en un barco pronto a naufragar para siempre, aunque queden aún algunos siglos de negocio más o menos próspero y declinante.


25. Las razones para la existencia del género han desaparecido en estos tiempos: cada noche los cientos de millones de espectadores de telenovelas muestran lo inocuo de ese género construido, por demás, con la palabra, ese otro elemento con talón de Aquiles.


© Eduardo García Aguilar

sábado, 24 de septiembre de 2011

CIEN AÑOS DE JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

Por Eduardo García Aguilar

Este año se celebraron con muchos actos los cien años del natalicio del escritor suicida indigenista José María Arguedas (1911-1969), peruano que con el tiempo adquiere un carácter mítico comparable al del mexicano Juan Rulfo. Arguedas se suicidó en 1969 tras de dejar una vasta obra novelística con clásicos tan importantes como Los Ríos Profundos (1958), una de las más grandes novelas latinoamericanas del siglo XX, y varios volúmenes de obra antropológica, sociológica y militante a favor las causas populares de su país.

Arguedas, blanco e hijo de un abogado, tuvo una infancia difícil tras la muerte prematura de su madre y los maltratos de la madrasta y el medio hermano, quienes para despreciarlo lo confinaban en la finca, en ausencia de su padre, al cuidado de los indios, con quienes aprendió por fortuna el quechua, la amistad, el amor, la solidaridad y la cultura milenaria prehispánica. Después de bajar de la sierra y realizar estudios de letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, y especializarse luego en antropología, Arguedas inició una larga vida militante y estudiosa de la cultura popular peruana al lado de su primera esposa Celia Bustamante y su hermana Alicia, con las cuales se le abrieron las puertas de la cultura limeña pese a ser un "serrano".

Artífice cuidadoso de su obras, las creó municiosamente por esa necesidad profunda de rendir homenaje a los indios humillados por la racista y jerárquica sociedad peruana inspirada en los largos años de la colonia y a la lengua indígena, que está presente e imbricada de manera original en su excelente prosa.

Arguedas, tras un psicoanálisis, se divorció de Celia en 1965, e inició una nueva relación con la joven militante e intelectual chilena Sybila Arredondo, encargada luego de reunir y editar sus obras completas. El 28 de noviembre de 1969 se disparó en el cráneo y falleció días después, el 2 de diciembre de ese año, dejando una leyenda en torno a las profundas razones psicológicas de su acto, que se remontarían a los traumas profundos de su infancia, al hecho de ser a la vez blanco e indio y bilingüe por educación, y a las culpas e incomprensiones diversas.

Su generación fue inspirada por las obras de José Carlos Mariátegui, cuyo clásico libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, publicado por Amauta en 1928, era leído por los militantres latinoamericanistas de todo el continente, desde México hasta la Patagonia, y también por la poesía compleja y la militancia del gran César Vallejo en pleno auge de los conflictos mundiales y la lucha contra dictaduras e injusticias.

El centro de su pensamiento se basa en la lucidez de saberse mestizo y en la realización de una obra que sólo podía ser "indigenista", pues la literatura indígena sólo podría ser escrita según él por los propios indios, cuando "estén en grado de producirla".

En pleno auge del "boom" latinoamericano y de las nuevas corrientes de la literatura continental, deseosa de occidentalizarse, Arguedas estuvo en el centro de la polémica y de las incomprensiones de sus contemporáneos del momento, quienes como Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa le criticaron su falta de "universalismo" y la supuesta creencia en "utopías arcaicas" y lo consideraron un advenedizo a la literatura desde la antropología que no merecía entrar al selecto club del "boom".

Yawar fiesta (1941), Los ríos profundos, El sexto (1961), Todas las sangres (1964) y El Zorro de arriba y el zorro de abajo (póstuma) y siete volúmenes de su obra antropológica y sociológica, han sido analizadas en Perú a lo largo de este año en una especie de necesaria reconciliación con el sensible y flagelado personaje, según me cuenta el escritor peruano Mario Wong, quien estuvo presente en los homenajes.

Cuando se creía que el indigenismo o las devaluadas causas populares serían definitivamente expulsadas y barridas del continente por la ola globalizadora mundial del hoy fracasado neoliberalismo, una nueva ola de reivindicación de esas tendencias ha llevado al poder a casi todos los nuevos mandatarios del continente sudamericano y el acercamiento a las culturas indígena, afroamericana o de las barriadas o favelas donde reina el narco vuelve a ser un tema legítimo en los medios literarios y académicos serios.

José María Arguedas se suicidó fracasado e incomprendido por sus contemporáneos ricos del "boom", pero ahora parece resucitar de entre los muertos como un ejemplo contundente de que en literatura y en temas sociales la última palabra nunca es la definitiva. Arguedas, el blanco que amaba a los indios, es tan moderno porque los indios y sus fantasmas siguen ahí flotando en el continente, pese a medio milenio de colonización y saqueo multinacional.

Los modernos jóvenes de los grupos del "Crack" y "Mc Ondo" querían volver a matar hace poco el indio mexicano o peruano que todos llevamos dentro en América Latina, pero el indio "canijo" o "condenado" se les salió de nuevo de la jaula a donde querían confinarlo.

Deseaban también matar de paso al "realismo mágico" de García Márquez, pero también este movimiento milenario, terco y rebelde como la Biblia o Las mil y una noches, se les volvió a salir de la Lámpara de Aladino con el pobre novelista suicida Arguedas a la cabeza, muy vivo y coleando.

lunes, 19 de septiembre de 2011

EUROPA Y SUS CALÍGULAS TECNOCRÁTICOS

Por Eduardo García Aguilar
Hace apenas una década, con el comienzo del siglo XXI, los europeos celebraban el surgimiento de la moneda única y emprendían lo que para ellos era el camino ineluctable a ser una potencia mundial capaz de enfrentarse a los retos del milenio naciente. En ese entonces China y los países asiáticos apenas se recuperaban de la pobreza y los regímenes fanáticos, América Latina de la miseria ancestral y las dictaduras militares, y África era, como siempre lo ha sido, el vasto territorio del hambre, la violencia y el caos.
Luego del fin de la Segunda guerra mundial, con la derrota del nazismo, el fascismo y el falangismo, y después de medio siglo de complejas tractaciones, recuperación, saneamiento de heridas y odios, limpieza de ruinas dejadas por los bombardeos y reconstrucción con ayuda del pujante imperio norteamericano, el continente europeo se convirtió, al lado de Estados Unidos, en esa tierra prometida de progreso y pleno empleo imparables a donde soñaban con viajar los tercermundistas de todos los colores, culturas y pelambres.
Desde todos los lugares del mundo, desde el caos de las ciudades desbordadas y los tugurios circundantes, se admiraba la arquitectura renovadora, la industria pujante y la cultura luminosa que siempre estuvo a la vanguardia con sus pensadores, artistas, músicos, dramaturgos, filósofos y escritores inagotables y recursivos. La creación de la Unión Europea y su ampliacion a todos los estados del Este liberados después de la caída del muro de Berlín y de la Unión Soviética, era el colorario de ese extraordinario empuje continental liderado por una Alemania unificada y democrática.
Al principio, países que se habían quedado rezagados por la dictadura como España, Portugal y Grecia recibieron inyecciones millonarias y emprendieron un mirífico cambio que sorprendió a quienes conocieron en carne propia lo que eran antes y se volvieron después. La España triste y humillada, vestida de mantos negros y lágrimas, que enviaba exiliados a América y servidumbre a la vecina Europa, de la que era sólo vistosa periferia de toreros y flamencos, entró de repente durante dos décadas al mundo de los nuevos rincos sin pensar que todo eso era artificial y que tarde o temprano terminaría como encanto, tal y como le ocurrió a la pobre Cenicienta.
Millones de latinoamericanos, en su mayoría peruanos, ecuatorianos, bolivianos y colmbianos, emigraron al nuevo El Dorado español del progreso en busca de un trabajo y una educación para sus hijos y las playas y ciudades de la península ibérica se llenaron de urbanizaciones antiecológicas de cemento que alimentaron una burbuja inmobiliaria de mafiosos que estalló con la crisis mundial de 2008. Los despreciados « sudacas » tuvieron que regresar corriendo a sus países de origen y los españoles se quedaron en casa tan pobres como lo fueron antes del sueño europeo, condenados a la única alternativa de « indignarse ». Del otro lado acudieron en busca de sueños el plomero polaco, el albañil yugoeslavo y las « modelos » eslavas.
Ahora España, Portugal y Grecia, en el caso más dramático, e Italia y hasta la propia Francia a otro nivel, están al borde de la quiebra, lastrados por deudas inconmensurables, agobiados por el desempleo, la desasaceleración industrial y la precariedad y los susburbios multirraciales que de bellos barrios inspirados por Le Corbusier en los qmos 60 pasaron a ghettos explosivos que estallan en París y Londres cuando a la policía se le va la mano y mata a algún inocente muchacho indio, árabe o negro.
Los líderes europeos de las últimas décadas pecaron de soberbia e ingenuidad. Crearon una moneda sobrevaluada que arruinó la industria y generó desempleo y malestar en todos los países de la zona. Las industrias europeas no tuvieron más camino que « deslocalizarse » en países asiáticos o latinoamericanos que ahora aparecen como economías emergentes y se dan el lujo, como China, India y Brasil, de ofrecer ayuda a la vieja región de los imperios francés, inglés y germano.
Para sobrevivir y mantener el ritmo y el lujo a que estaban acostumbrados y seguir suministrando subvenciones y ayudas a los países precarios que admitieron en su club, los europeos se endeudaron y ahora cargan el peso de fabulosos déficits incontrolables. Devorada por la especulación de los capitales financieros mundiales, la exoneración de impuestos a los ricos y las múltiples trabas que hacen imposible la agilidad económica y la prosperidad de la pequeña y mediana empresa, Europa toda es ahora un monstruo gordo y enfermo a punto de estallar, gobernada por jóvenes líderes tecnócratas formados en escuelas elitistas que hablan lenguajes incomprensibles, convertidos en Calígulas infatuados del siglo XXI.
Detrás de las bellas ciudades y junto a los remanentes arquitectónicos de milenios de gloria pasada, ronda la miseria y el hambre, la desesperanza de una juventud sin empleo que tiene como única perspectiva sostener y ver envejecer a las viejas generaciones privilegiadas y a las multitudinarias burocracias de los diversos estamentos, ávidas de dinero y poder como centuriones romanos.
El aquelarre lo celebran los líderes de la Unión Europea en Bruselas, congresistas europeos de Estrasburgo, gobiernos nacionales y regionales, parlamentarios, diplomáticos, expertos, politicastros, comunidades autónomas, mientras en la calle sobrevive aplastada por el euro y los impuestos una población cada vez más pobre y separada de sus aristocracias políticas, tal y como alguna vez ocurrió en una Roma aplastada por sus ebrios Calígulas y Nerones. Europa es ahora una Torre de Babel a punto de desplomarse y sobre sus ruinas reinarán como antes de la guerra los filósofos, poetas, putas y cómicos de El Angel azul, el inolvidable cabaret de Marlene Dietrich.

lunes, 12 de septiembre de 2011

EL LIBRO DE LAS 56 CELEBRACIONES

Por Eduardo García Aguilar

* En El Libro de las Celebraciones sólo aparece una foto: el retrato de Fernando González, hecho por Guillermo Angulo.

Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán y Juan Manuel Roca, quienes siempre están listos para emprender con generosidad los proyectos más utópicos en favor del arte y la poesía, lograron hacer realidad el libro más bello y necesario. Se trata de El libro de las celebraciones, editado por la Fundación Domingo Atrasado, y en el que los tres curadores del proyecto convocan a más de cincuenta autores colombianos para escribir un homenaje personal a su figura querida del arte, las letras o el pensamiento de Colombia en el siglo XX. En un país tan terrible como el nuestro, donde la ley es el olvido y el ostracismo para la gente que dedica su vida a ejercer el arte, a enseñar, a amar, a cantar, a cuidar la naturaleza, y donde por el contrario se encumbra y se premia a los pillos y asesinos, rescatar a esos hombres y mujeres buenos —en el buen sentido de la palabra «bueno»— era necesario para que, desde el más allá o el más acá, nos den energía renovadora para vivir en estos tiempos difíciles.

Muchos de ellos brillaron al mismo tiempo que llevaban una vida modesta como maestros u oficinistas, sorteando los dramas del exilio, la pobreza, la enfermedad, el olvido o la incomprensión. Algunos publicaron sus obras en ediciones modestas, emprendieron proyectos de revistas efímeras que hacían con las uñas, dieron clase con pasión a alumnos que los recuerdan, o lucharon contra la injusticia del país como se lucha contra un monstruo invencible de mil cabezas. Sus voces se escuchan todavía en cafés como El Pasaje, el Saint Moritz o El Colonial de Bogotá. Esos viejos nuestros caminan aún fantasmales por la Séptima, del brazo de sus amigos o sacudiéndose de la lluvia del siglo XX —todavía por armar— con paraguas y sombrero Stetson.

Cuando por fin me llegó el libro a París, me senté a devorarlo en el café Sarah Bernhardt, en la Plaza de Châtelet, junto al río Sena y con los torreones puntiagudos del Palacio de Justicia al frente, mientras ardía el sol de junio. Desde lejos y en ese lugar privilegiado las palabras de la tierra me llegaban mucho más dulces o más amargas, y brotaban de las páginas con peligrosa efectividad, como puñetazos de boxeador o revelaciones angustiosas de ese inmenso rompecabezas cultural que es el siglo XX en Colombia.

Pasar revista a esas figuras entrañables y verlas salir desde la humareda del desastre renueva hasta al más escéptico. Ahí están los retratos de quienes nos dejaron hace tiempo, como Ciro Mendía, Fernando González, León de Greiff, Luis Vidales, Aurelio Arturo, Jorge Zalamea, Leo Matiz, Alejandro Obregón, Fernando Charry Lara, Manuel Zapata Olivella, Jorge Gaitán Durán, Héctor Rojas Herazo, Pedro Gómez Valderrama, Enrique Buenaventura, Hernando Valencia Goelkel, René Rebetez, Feliza Bursztyn, Estanislao Zuleta, Ignacio Chávez, R. H. Moreno Durán, Miguel de Francisco, Jorge García Usta, César Pérez y Andrés Caicedo, para mencionar sólo a algunos.

Cada retrato es un mundo: ahí está el viejo loco Fernando González fotografiado y contado por Guillermo Angulo, muy real, lejos del mito y la leyenda. Volvemos a ver ese personaje lleno de luz que era Leo Matiz, convertido ahora en celebridad mundial del arte fotográfico, y además el hombre más modesto y sencillo. Jaime Echeverri nos cuenta un instante en la vida de un oficinista discreto que tomaba tinto en El Pasaje y se llamaba Aurelio Arturo. Juan Manuel Roca nos habla de Alejandro Obregón, ese otro generoso a flor de piel y amigo que iluminaba todo a su alrededor con afecto y whisky. Nicolás Suescún nos presenta a Hernando Valencia Goelkel, figura ponderada que dijo lo que tenía que decir y es ejemplo de rigor y ética intelectuales. Lisandro Duque nos cuenta, con la maestría narrativa y la vena humorística que lo caracteriza, la vida de su amigo el cineasta español José María Arzuaga, quien vino a Colombia por loco y se quedó, malogrando tal vez una gran carrera cinematográfica. Y volvemos a ver a Ignacio Chávez, el hombre abierto y tolerante que recibió la estocada del infame régimen actual como pago por una vida de entrega a la palabra y a la amistad.

Entre los vivos Gustavo Álvarez Gardeazábal nos presenta a Otto Morales Benítez, una fuerza proteica que debió ser presidente. Joe Broderick nos trae al sorprendente Fernando Oramas, Ignacio Ramírez a Antonio Samudio, y hay semblanzas de Germán Espinosa y Teresita Gómez, de Andrea Echeverri y Efraim Medina, dos necesarios niños terribles de la cultura colombiana en movimiento. Pero el texto que más me conmovió, por su belleza romántica, gótica y erótica, y sin duda uno de los más logrados del libro, es el de Patricia Restrepo, quien nos entrega en carne viva los últimos días y horas de Andrés Caicedo, ese ídolo de leyenda que conquistó la eternidad por su gesto de rebelión total, al suicidarse el mismo día en que salió su primera novela, Que viva la música, clásico de la literatura colombiana.

Minuto a minuto vemos a esos dos muchachos enamorados, iconos de una generación desbocada cuyo fulgor en los años setenta está por revisar, contar y reactivar. Los tenis rojos de Patricia en el sepelio son el símbolo de la más absoluta soledad de la generación de los nacidos en los años cincuenta, quienes se quedaron para sobrevivir, encanecer, envejecer, engordar, cuando habían soñado con hacer explotar el mundo con arte, cine, poesía, rumba, sexo y ron. Los jeans que Patricia se quita en el estoico nido de amor, sus cuerpos desbocados en un lecho de piedra, la forma peculiar y excéntrica de bailar la salsa, las cartas de amor, las pataletas de los enamorados, salen de esas pocas páginas para quitarnos la respiración y revelarnos el desastre generacional de sobrevivir y envejecer en el caos de la superboba patria.

En fin, en este primer volumen de El libro de las celebraciones aparecen más de cincuenta personajes que debemos abrir y explorar para entender un poco el hecho de ser colombianos y no morir en el intento. Es un libro necesario para tratar de entender la cultura colombiana del siglo XX, con sus aristas, sombras, destellos y desfallecimientos. Ese siglo que en su crepúsculo nos dio la sorpresiva voz mítica de Andrea Echeverri, leyenda viva cuyo retrato, escrito por su homónima Andrea Echeverri Jaramillo, abre puentes entre dos generaciones rebeldes. Este penúltimo texto nos hace visitar la creativa Colombia underground, donde vibra la fuerza artística que pasa de generación en generación y se transmuta en el inmenso dragón sediento de futuro.

En las nuevas entregas aparecerán sin duda muchos más personajes que están por contar, como Danilo Cruz Vélez, Darío Mesa, Maruja Vieira, Meira del Mar, Jaime García Maffla, Harold Alvarado Tenorio, Fernando Denis y Ramón Illán Bacca, entre muchos otros que nos acompañan, y eso sin contar decenas y decenas de los que se fueron y aún no nos han revelado todos sus secretos. Colombia arde en estas primeras 278 páginas de sorpresas inolvidables, mostrándonos que el dragón de la cultura colombiana está vivo: León de Greiff, Fernando Charry Lara, Andrés Caicedo, Alejandro Obregón y Enrique Buenaventura, desde el firmamento, nos incitan a seguir su camino para conjurar la mansedumbre de estos tiempos dominados por los peores asesinos y bandidos disfrazados de padres de la patria.

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EL LIBRO DE LAS CELEBRACIONES. Curadores y editores: Jineth Ardila, Santiago Mutis Durán y Juan Manuel Roca Fundación Domingo Atrasado Bogotá, 2007. 278 páginas.

sábado, 10 de septiembre de 2011

11 DE SEPTIEMBRE: LOS ATENTADOS DEL MAL Y DEL BIEN

Por Eduardo Garcia Aguilar

Una década después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas, la humareda que ondeaba sobre Nueva York parece todavía cercana y la era de George W. Bush y sus graves errores estratégicos son episodios aún no superados de la historia contemporánea de Estados Unidos.

Este domingo, el presidente Barack Obama y su antecesor se presentarán juntos en la herida abierta del Ground Zero, en pleno Manhattan histórico, para conmemorar la fatídica fecha que suscita todo tipo de reflexiones sobre la primera década del siglo XXI, marcada por una absurda guerra religiosa entre el bien y el mal, entre el Islam y el Cristianismo, mientras crecía soterrada la grave crisis financiera mundial.

Nadie podía creer lo que veía y mucho menos la noticia de que el Pentágono había sido atacado y que la Casa Blanca se salvó de milagro luego de que pasajeros desviaron heróicamente el avión antes de estrellarse. Todos sabemos donde estábamos en ese instante, qué nos disponíamos a hacer y qué palabras pronunciamos sumidos en el estupor.

Como en los tiempos de los ataques suicidas japoneses que precedieron el estallido de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki en 1945 para terminar la guerra, los televidentes del mundo temblábamos ese día ante la posibilidad del estallido de una conflagración mundial. El presidente estadounidense fue puesto a salvo en un lugar secreto y el vicepresidente y los más altos dignatarios se refugiaron en búnkeres subterráneos mientras pasaba el peligro.

Golpeada en su centro y en sus símbolos por el grupo fanático privado Al Qaida y no por un Estado enemigo, la potencia norteamericana se tambaleó ese día, y luego se plantearon las nuevas alternativas de retaliación, iniciadas con una guerra de Afganistán que se ha convertido en un Vietnam moderno.

Los estrategas de la guerra y los expertos de la diplomacia saben que vale menos la retaliación ciega y caótica de un poderoso monstruo herido que la secreta planificación de las respuestas con cabeza fría, buscando verdaderos efectos y beneficios a futuro. Y que no tenía sentido lanzar al mundo en una tensa guerra indiscriminada de palabras entre el bien y el mal, tal y como lo plantearon los gobernantes de turno, pues ese tipo de acontecimientos se enracinan en fenómenos más complejos con causas profundas que requieren análisis, cartografías, diplomacia y cirugías rigurosas.

Al lanzar una guerra entre el bien y el mal, en este caso el "terrorismo", que es una palabra ambigua que se refiere a un método y donde cabe todo, la potencia engrandeció y diplomó a los fanáticos y les dio el rango del que carecían. Pero lo peor fue que bajo ese gobierno los más radicales halcones de la derecha estadounidense, los grandes lobbys de la industria armamentista y los herederos del sectarismo ideológico se adueñaron de la Casa Blanca e hicieron marchar al mundo a su ritmo, provocando una inútil guerra en Irak, que no tenía nada que ver con los atentados.

Para muchos expertos, como Joseph S. Nye, ex vice secretario de Defensa de Bill Clinton y el excanciller francés socialista Hubert Vedrine, fue un error declarar una "guerra mundial contra el terrorismo". Nye dice que "el precio real del 11 de septiembre para Estados Unidos es tal vez el de un error estratégico", pues durante la primera década del siglo XXI, cuando "el centro de gravedad económico mundial se inclinaba para Asia , ellos se preocupaban por una guerra inepta en Oriente Medio". La crisis financiera mundial iniciada en 2008 reveló por demás que ahora se están repartiendo las cartas del poder mundial y las viejas potencias tienen ahora que negociar en serio con los países emergentes del antiguo Tercer Mundo, gestándose nuevas alianzas y consensos inéditos.

Francia, que en ese entonces no estaba alineada como ahora, tuvo el honor de rebelarse en las Naciones Unidas en la voz del ministro de Relaciones exteriores Dominique de Villepin, el 14 de febrero de 2003, para advertir el error que significaba esa sangrienta guerra de Irak, que causó un millón de muertos, devastó el país y contribuyó a radicalizar con mayor fuerza a los grupos fanáticos del islamismo radical, que se volvieron franquicias de un Mc Donald's del terror y causaron baños de sangre desde la periferia asiática, medioriental y africana hasta el centro de las capitales occidentales como Madrid, en 2004, y Londres, en 2005.

Ahora la verdad es que hay otras Torres Gemelas económicas que amenzan con caerse y devastar muchos países ricos que ahora giran hacia el estancamiento, víctimas de su soberbia, los derroches en guerras inútiles y la tolerancia con los bandidos de cuello blanco de las finanzas mundiales. Mientras se hablaba del bien y el mal, los terroristas del dinero construían pirámides de especulación abusivas que aunadas al gasto delirante en guerras hacen temblar ahora los cimientos económicos del planeta, dejando una nueva humareda de recesión y pobreza.

lunes, 5 de septiembre de 2011

EL PREMIO FIL A VALLEJO Y LA LITERATURA COLOMBIANA

Por Eduardo García Aguilar
La Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) otorgó su premio anual de Lenguas Romances 2011 a Fernando Vallejo, el más exitoso representante de una amplia generación de escritores colombianos nacidos en los años 40, en pleno estallido de la Violencia, en una Colombia tanática y ultramontana que describe con lujo de detalles el premiado en su saga novelística.
Que este premio al talentoso autor de El río del tiempo y La Virgen de los sicarios, nuestro Louis Ferdinand Céline, nuestro anarquista de derechas, sirva ahora para que la FIL abra con mesas redondas y debates una ventana a esta excelente generación colombiana posterior al boom, relegada por los éxitos arrasadores de sus mayores, pero que aunque solitaria, derrotada y dispersa, es de una solidez y variedad tales, que entre ellos hay varios autores merecedores del Premio Cervantes.
Con Linda Berg, Hernán Lara Zavala y Fernando Vallejo (1942), que es santo y gran estratega, logramos en 1994 traer a casi todos los miembros de esa generación a México para que leyeran y debatieran durante una semana en la Universidad Nacional Autónoma de México, Tlaxcala y otros sitios sobre los destinos de la literatura colombiana, memoria de lo cual es el libro Veinte ante el Milenio (Difusión cultural UNAM, 1994).
Todos estos autores, que ahora fluctúan entre los 60 y 70 años de edad, como Ramón Illán Bacca (1940), Oscar Collazos (1942), Fernando Cruz Kronfly (1943), Gustavo Alvarez Gardeázabal (1945), Luis Fayad (1945), Fanny Buitrago (1945), el finado R. H. Moreno Durán (1946), Ricardo Cano Gaviria (1946), Roberto Burgos Cantor (1948) y Marco Tulio Aguilera (1949), entre otros*, despuntaron a la vida y a la literatura cuando el país vivía en carne propia los estragos del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán en 1948.
Colombia era entonces decimonónica y cesáreo-papista, dominada gracias al Concordato con el Vaticano por la jerarquía eclesiástica y las viejas castas conservadoras de orientación franquista, que en pugna violenta con el derrotado liberalismo de corte anglosajón, estaban empeñadas, en el contexto de la guerra fría, en conservar el poder y salvar el país para la Iglesia, Cristo Rey y el Sagrado Corazón de Jesús.
Buscaban además impedir a toda costa el advenimiento de la pecaminosa modernidad anglosajona o, peor aún, de la temible amenaza del comunismo soviético. O sea que por esas fechas, en el pobre país de Vallejo y en especial en la zona de donde es oriundo, Antioquia, se esgrimía como nunca la cruz contra la hoz y el martillo y se azuzaba al ignaro pueblo a matarse en los campos por esa hipotética amenaza.
En ese entonces se vivían las consecuencias del genocido practicado por tres gobiernos sucesivos conservadores, los del « zorro plateado » Mariano Ospina Pérez (1946-1950), el tribuno filo-falangista Laureano Gómez (1950-1953) y el dictador Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), quienes para eliminar al rival electoral liberal y el crecimiento de la supuesta amenaza bolchevique, practicaron el exterminio en el campo con la policía política « chulavita » y los « pájaros », lo que causó el nacimiento de violentas autodefensas campesinas y guerrillas, que retaliaron con pistola, machete, desolación y muerte, tema este muy bien tratado por el gran narrador Gustavo Alvarez Gardeazábal en su clásico Cóndores no entierran todos los días.
Todos estos autores de sólida fomación intelectual empezaron a publicar y a debatir en los 60, cuando reinaba el Frente Nacional, que repartió el poder entre las dos fuerzas políticas enemigas y surgía un nuevo país urbanizado que disolvía los viejos moldes parroquiales y se abría hacia las corrientes culturales provenientes de Estados Unidos y Europa. Los escritores mayores que empezaron el desorden literario fueron los hasta ahora insuperables Alvaro Mutis (1923) y Gabriel García Márquez (1928), pertenecientes a la generación de la revista Mito, dirigida por Jorge Gaitán Durán.
A Colombia llegaron nuevos vientos estéticos a través de la emblemática librería Buchholz, las galerías de arte y las salas de cine. El existencialismo, la nueva novela, el cine de autor, el pop art, la contracultura de Beatniks y hippies y el movimiento de Peace and Love estadounidense contra la guerra de Vietnam, así como la rebelión de mayo del 68 trajeron al país una ola de liberación sexual y literaria, con el surgimiento del movimiento feminista, la reivindicación homosexual, el fin del traje y la corbata y el surgimiento de nuevas generaciones poéticas irreverentes que dejaron atrás para siempre el arte rimbombante del modernismo rezagado.
La mayoría de esos autores de la generación de Vallejo tenían como destino ser curas, abogados, proxenetas o guerrilleros izquierdistas, pero la explosión cultural y la desagregación social y sexual del país los llevaron por los caminos del arte, mientras por las calles predicaban los poetas nadaístas de Gonzalo Arango, X 504 y Jotamario, también nacidos en los años 40, quienes irrumpieron a partir de 1958 en las iglesias para pisotear hostias y escandalizar monjas, como hace Vallejo, que es sin duda el último nadaísta.
En esta generación, además de los nadaístas --- discípulos como Vallejo del iconoclasta ensayista antioqueño Fernando González---, figuran autores que optaron por asumir los retos de la experimentación y un trabajo profundo del lenguaje, las temáticas y las voces, a los que se agregan historiadores, sociólogos y filósofos que renovaron las ciencias sociales en las universidades y enseñaron a pensar con rigor y sin odios heredados. El premio de la FIL 2011 a Vallejo, puede ser una buena ocasión para que desempolvemos todos los libros de esos autores y tengamos así una visión más amplia y rigurosa de la literatura colombiana, más allá de Macondo y los sicarios.



Publicado en Excélsior. México D.F. Domingo 4 de septiembre 2011.
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* Otros narradores notables de esta generación son Darío Ruiz Gómez (1936), Rodrigo Parra Sandoval (1937), Nicolás Suescún (1937), y el fallecido Germán Espinosa (1939), así como otros nombres nacidos en los 40 como Jaime Echeverry, Francisco Sánchez Jiménez, Alonso Aristizábal, Albalucía Angel, el fallecido Alberto Duque López, Néstor Gustavo Díaz, Gabriel Uribe Carreño, Adalberto Agudelo, Milciades Arévalo, Héctor Sánchez, Carlos Perozzo, Umberto Valverde, Miguel de Francisco, Jaime Manrique Ardila, entre otros.

jueves, 1 de septiembre de 2011

JOSÉ EMILIO PACHECO EN LA CASA SILVA

Por Eduardo García Aguilar

El agosto de 2009, en la penumbrosa Casa de Poesía Silva de Bogotá se presentó el poeta mexicano José Emilio Pacheco (1939), quien acababa de obtener el consagratorio Premio Cervantes, semanas después de recibir el Reina Sofía de poesía. Aquella tarde de viernes en Bogotá caminé por la séptima y luego por las calles de La Candelaria para llegar a tiempo a la casa del suicida autor de Gotas amargas y De sobremesa.
Las calles estaban llenas de gente, en las esquinas viejos cantantes de tango engominados interpretaban la Cumparsita y decenas de saltimbanquis y mimos hacían piruetas para el público vespertino de la multitudinaria Bogotá. Como muy pocas veces regreso a Colombia, me emocionaba caminar entre el gentío por la séptima, comprobando que seguía siendo el dominio de la plebe de barrios bajos y suburbios, de los desempleados y empleados modestos que se apresuran a tomar el transporte colectivo o estudiantes que se despliegan a encontrarse con amigos en alguna taberna improvisada.

Sin duda hervían también por esas calles carteristas, cuchilleros, espías del DAS y vendedores de lotería, mendigos y estudiantes pobres de universidades y colegios públicos. Y en medio de esa barahúnda, el chilango José Emilio Pacheco trataba de llegar a la Casa de Poesía Silva sorteando en el vehículo en que lo llevaban el embotellamiento infernal de las calles bogotanas.

Como yo iba a pie conmovido por el reencuentro con la entrañable Bogotá que sólo veo de cuando en vez, pude llegar a tiempo al santuario de la poesía colombiana como un caminante de los tiempos de la Gruta Simbólica de Julio Flórez, mirando con nostalgia las pequeñas fondas y las colegialas que volantoneaban por las calles de la vieja Bogotá colonial con minifaldas cuadriculadas color verde savia y camisas blancas cubiertas por un modesto suéter café. No podía perderme al poeta Pacheco en La Candelaria.

En la Casa Silva me encontré con Hugo Chaparro Valderrama y Genoveva que ya estaban en segunda fila, con la poeta bogotana Eugenia Sánchez Nieto y con Alberto y Margarita Ruy Sánchez, en primera fila, quienes esperaban al sabio mexicano. Tras una espera entró por fin Pacheco, quien con sentido de humor contó las peripecias de sortear en vehículo las intrincadas calles coloniales bogotanas parecidas a las de una agitada Shanghái de tiempos de entreguerra o una lejana Calcuta bengalí, caótica y alegre, demencial, cómica, grotesca y terrible, pero en el fondo real, surreal y llena de vida.

Pacheco, con el inconfundible rostro pálido enmarcado por gafas cuadradas de carey y el corte de pelo de eterno adolescente aplicado de los años 50, se colocó en la mesa, posó a un lado su novedoso bastón valleinclanesco, y lejos de la solemnidad que suelen agenciar los autores, distendió el ambiente con bromas y chistes para excusarse por el retardo y desde ese instante hasta al final leyó versos y prosas de sus dos últimos libros y creó un especial ambiente de informalidad agradecido por los asistentes que llenábamos la sala central y las adyacentes, en espera del “canelazo” santafereño que nunca llegó.

El autor de Morirás lejos y Batallas en el desierto obtuvo hace años el Premio de la Casa Silva, primer galardón de carácter continental que mereció cuando era sólo considerado un polígrafo, autor raro, extraño erudito rodeado de libros en su casa de la colonia Condesa de la ciudad de México, no lejos de la Capilla Alfonsina de su maestro Alfonso Reyes. Y verlo ahí esa noche de agosto entre los aires santafereños y decimonónicos nos parecía un hecho insólito, salido de la novela De sobremesa de Silva o de las historias excéntricas de Joris-Karl Huysmans, ambos autores simbolistas y decadentes. Era una lectura histórica que no se podía perder un colombiano que ama a México y a toda su profunda tradición poligráfica. Sólo faltaba la gigantesca tortuga recamada de esmeraldas de Des Esseintes.

Durante los tres lustros que viví en México comprobé que José Emilio Pacheco ha sido para los mexicanos una universidad permanente a distancia, ejercida a través de la columna semanal Inventario, publicada inicialmente en Proceso, ventana minuciosa a todas las literaturas del mundo y una revisión crítica de los autores mexicanos y latinoamericanos olvidados o por conocer. Con una prosa transparente, sin escándalos y con profunda generosidad magisterial de erudito, Inventario ha creado vocaciones entre los nuevos e incitado las curiosidades de los infectados literarios. Esperábamos cada semana ansiosos ese texto para partir luego a las librerías de viejo de la calle Donceles a hallar libros de los autores recomendados por él.

Sus novelas cortas también han sido un descubrimiento, como Batallas en el desierto, donde despunta el erotismo desde la perspectiva adolescente en el vientre romano de la ciudad de México, cuando aún era una región transparente del aire, o en Morirás lejos, sobre los avatares de la diáspora judía, ambas publicadas por Era. Su poesía, entregada gota a gota a través de las décadas, es una conversación sobre las cosas esenciales, desprovista de himnos, engolamientos y corbatines tan usuales en la poesía escolar y juiciosa de México y otros países latinoamericanos.

La primera vez que vi a Pacheco fue a principios de los años 80, presentado a él entre la algarabía mexicana una noche tras una presentación de libros, por uno de los más brillantes compañeros de su generación, el gran poeta Francisco Cervantes, el ya fallecido rebelde lisboeta-queretano con quien están en deuda en México en estos momentos de olvidos y consagraciones.

Otra vez lo vi en la Feria del Libro de Guadalajara en 2006 para comprobar en directo la memoria asombrosa que lo puebla, cuando recordó de inmediato con escalofriante precisión un artículo mío de un cuarto de siglo antes sobre la traducción suya de Epístola: In Carcere et Vinculis (De profundis) de Oscar Wilde, publicada por Seix Barral, en 1980, y la última en el hotel Tequendama de Bogotá, al día siguiente del recital en Casa Silva, al lado de los novelistas Elmer Mendoza y Oscar Collazos.

José Emilio Pacheco ha sido para muchos el ejemplo más transparente de lo que es el ejercicio literario. Estar en la literatura y para la literatura sin aspavientos, lejos del mundanal ruido pero entre el ruido mundanal de las calles, habitado por la curiosidad permanente de conectarse con los fantasmas de los escritores que pueblan el reino del olvido.Por eso hay que creerle cuando dijo, al conocer la noticia del Premio Cervantes, que “no soy ni el mejor poeta de mi barrio”, porque sabemos con él que Sócrates sólo era el mejor filósofo de la plaza del pueblo y Miguel de Cervantes Saavedra sólo un pequeño escribano que soñaba con un nombramiento en Cartagena de Indias, en la Nueva Granada, y fracasó en el intento.

LOS POETAS LATINOAMERICANOS

Eduardo García Aguilar
Después de leer « Visiones de lo real en la poesía hispanoamericana » , del ecuatoriano Mario Campaña, editada por DVD ediciones en España, es legítimo pensar que las personas más notables del continente son y han sido los poetas. Porque en un mundo que tiene como prioridad la guerra, la competencia y la codicia insaciables, el bullicio de las telenovelas y el fútbol, aplicarse a un arte tan minoritario e ignorado es una prueba de rebeldía y generosidad.
En el ejercicio solitario de la poesía están implicados todos los sentidos y la aventura por esos caminos es una muestra de que aún hay esperanzas en el hombre. Que en vez de ejercer la vacía y rentable palabrería de los políticos, la intonsa jerga de economistas , juristas y novelistas, un hombre prefiera el lenguaje poético, que sin duda lo llevará más rápido al olvido y a la pobreza que a la gloria, es síntoma de demencia o altruismo y confianza en el hecho de existir.
En este libro figuran poetas del siglo XX como el argentino Enrique Molina, Carlos Martínez Rivas y Pablo Antonio Cuadra, de Nicaragua, los chilenos Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, el colombiano Alvaro Mutis, el cubano Eliseo Diego y los peruanos Blanca Varela, Carlos Germán Belli y Jorge Eduardo Eielson, entre otros. Esos nombres desconocidos para muchos ejercieron otros oficios para vivir de manera pacífica y sin hacer mal a nadie y en los tiempos libres, en la soledad de las tardes o las madrugadas, convocaron palabras que deslumbran y nos hacen mejores. Hubo grandes lectores de poesía entre los capitanes de los barcos que a media noche, bajo la tormenta, en el camarote, a la luz de una débil bujía recorrieron las palabras de esos que vivieron a la deriva.
La antología comienza con Enrique Molina, hombre con pinta de capitán, bajo de estaura, pero musculado, a quien vi una vez antes de que muriera, en un recital en México, en uno de sus últimos viajes que realizó a ese país. Su poesía es marina, erótica, y poemas como « Rito acuático » o « No Róbinson » son joyas inolvidables dedicadas a la pasión amorosa, a la usura de los cuerpos. Luego sigue Pablo Antonio Cuadra, mítico, alto, flaco y elegante, director de un gran periódico, con quien crucé unas palabras felices al subir por el ascensor del Hotel de la Ciudad de México, donde se realizaba un encuentro internacional de poetas. Comparte con su compatriota Carlos Martínez Rivas, autor de « La insurrección solitaria », esa capacidad revolucionaria iniciada con Rubén Darío que los hace inesperados, extremos y originales.
Más adelante uno se topa con la poesía de ese renovador increíble que es Nicanor Parra, que nos sorprende a cada renglón y nos hace desternillar de risa, invadidos por la ironía y el sarcasmo y la facilidad con que da otros sentidos a las manidas palabras. Nada que ver con la retórica preciosista latinoamericana y con « escribir bonito »: Parra descarriló a la poesía latinoamericana y la puso a caminar por los barrios y la vida cotidiana, como nos muestra ese duro y cruel poema dedicado a « La víbora ». Su compatriota Gonzalo Rojas es otro de los que usan la palabra como una cauchera, quebrando verso a verso la vidriera de la realidad, jugando con las retóricas para demolerlas con el más cruel sarcasmo. Lo vi una tarde de mayo de 1998 frente al Palacio de Bellas Artes donde había estado el féretro del gran Octavio Paz. Jorge Teiller, del sur chileno, nos comunica, por el contrario, la lluvia y la humedad de los páramos, cerca a rieles abandonados entre la soledad, el desamor y el margen. Es una poesía desolada de ángel caído.
Eliseo Diego, Alvaro Mutis, Carlos Germán Belli, Eielson, Blanca Varela, Rosario Castellanos, Idea Villarino, Jaime Sabines, Enrique Lihn, Juan Gelman, Roque Dalton y Eugenio Montejo son otros de los autores incluidos en esta antología de poesía latinoamericana dedicada a quienes bajaron de los pedestales de mármol y se untaron del barro. Al cubano Diego, lo vi con todos los sobrevivientes del grupo de Orígenes durante el homenaje que se le hizo por recibir el Premio Juan Rulfo en la Feria del Libro de Guadalajara, el mismo año que estuvo dedicada a Colombia. Murió poco después y entonces estaba ahí silencioso, sabio y profundo como si supiera su inminente fin.
Al gran Alvaro Mutis, cuya poesía y la saga novelística de Maqroll el Gaviero son de las obras mayores del siglo XX, lo he visto en México, Bogotá, París y Madrid, con ese entusiasmo permanente y generosidad de quien sabe que la vida es un premio equivocado. Capitanes, contrabandistas solitarios, mujeres perdidas, enfermos, viajeros, pueblan esa obra vasta que nos cambia y de la que salimos distintos.
Belli y Eielson son « raros » como todos los poetas peruanos : siempre encuentran una veta inédita para bucear en un mar de palabras extrañas y encontrar sus propios caminos. El mexicano Jaime Sabines y Juan Gelman escriben una poesía que puede ser bolero o tango : el primero dulzón como los boleristas, lame de adjetivos, lágrimas y gomina el cuerpo femenino y el segundo, como en sus poemas « Ofelia » y « Mujeres », descree de la poesía con mayúscula y la acerca al barrio y al arrabal. De tanto demarcarse, Gelman ha creado un mundo propio en los santuarios de la poesía latinoamericana. Y de las mujeres salvadas, se destaca la Blanca Varela, con esa poesía vasta y estricta, llena de libertad, porque en su generación la rebeldía de la mujer poeta tenía que ser siempre doble.
Mucho se puede decir de todos esos poetas latinoamericanos del siglo XX, pero al escuchar su palabra, comprendemos que son grandes profetas destronados. Porque antes, en el siglo XIX y en el albor del XX, la poesía y el poder cohabitaban en los palacios presidenciales y los poetas como Nervo, Santos Chocano y Neruda discurrían hinchados en carrozas de gloria, ungidos de solemnidades como sapos rodeados de áulicos croantes. Después, los poetas perdieron el poder y fueron lanzados al margen. Por eso todos los incluidos en esta antología de lo « real hispanoamericano » son campeones sin corona. Reyes desnudos y tiernos sin laureles ni cetro.

sábado, 27 de agosto de 2011

EL VIDEOJUEGO DE LA NEOCOLONIZACIÓN

Por Eduardo García Aguilar
Todos sabíamos que Muammar Kadhafi era un dictador que permaneció en el poder durante 42 años bajo el pretexto de representar a su pueblo y al Tercer Mundo y que sus hijos y allegados se habían enriquecido desviando la ingente fortuna petrolera que manejaban como dinero de caja chica. Nadie va a llorar una lágrima por el tirano, pero la manera como los occidentales se apoderaron del país y sus importantes riquezas da mucho a reflexionar sobre la nueva era de neocolonización que se perfila en momentos de grave crisis financiera y reestructuración de los poderes hegemónicos mundiales.
La corrupción libia era similar a la que sucede en las poderosas monarquías del golfo encabezadas por Arabia Saudita y gobernadas por una impune aristocracia aliada con Estados Unidos y Europa, cuyos príncipes obscenamente multimillonarios succionan todas las riquezas y dominan a sangre y fuego y religión a millones de esclavos y mujeres sumisas, mientras juegan golf y departen con los magnates del mundo. Por supuesto allí a esos principados aliados no entrarán nunca los ejércitos de Occidente ni bombarderán los aviones de la OTAN con el pretexto de « instaurar la democracia » y « defender a los civiles » de la vergonzosa depredación de sus tiranos.
Pese a la retórica tercermundista y a sus vistosas bravuconadas antioccidentales, todos sabíamos que el personaje era un tirano excéntrico que gustaba de los disfraces y sufría de megalomanía como todos los tiranos. Pero su poder reposaba en un complejo equilibrio tribal y durante largo tiempo desempeñó un papel de estabilidad y equilibro en alianza tácita con las potencias europeas que le perdonaron sus desafueros e hicieron grandes negocios con él vendiéndole armas y participando en jugosos contratos de obras públicas a cambio de su petróleo. Inmensas fortunas hicieron los políticos europeos con Kadhafi y muchas las sumas que el coronel les suministró para ayudarlos en su campañas políticas.
Para tomar Libia y sus riquezas, Occidente no ahorró medios y aun así, con los portaviones en el Mediterráneo y decenas de aviones bombardeando día y noche el país, tardaron seis meses para arrancarle el poder a Kadhafi. Una gran cantidad de supuestos « rebeldes » hablan inglés como si hubieran llegado ayer mismo de Nueva York o los Angeles y todos los analistas coinciden en que, aunque oficialmente se desmiente, si había fuerte presencia en tierra de expertos y mercenarios occidentales. La toma aquella tarde de la Plaza verde y la residencia vacía del tirano fue una escenografia televisiva montada por histriones de la propaganda occidental. La entrada de esos mercenarios causó una atroz masacre y los cádaveres en Trípoli y otras ciudades aparecen por todos los lados en bolsas azules o cubiertos por tapices o sábanas y llenan las morgues despues de los arreglos de cuentas, los fusilamientos sumarios y los bombadeos de la OTAN. Esta sangrienta guerra hubiera podido evitarse. La voz de los pacifistas del mundo debe elevarse contra ella.
Detestábamos a Kadhafi y su bravuconadas, pero esta guerra ha sido indecente pues se trató, como en el siglo XIX, de la ocupación de un rico territorio petrolero y de la confiscación de las riquezas que ese país tenía en las instituciones financieras mundiales y que a partir de ahora, en manos de las potencias, serán suministradas a cuentagotas a los nuevos gobernantes títeres que presidirán al rico país. En pleno siglo XX hemos visto de nuevo una guerra en directo tan vergonzosa y atroz como la de Irak, realizada sin pretextos legítimos por un presidente ubuesco y que dejó millones de muertos y una herida eterna los valles del Eufrates y el Tigris, sede milenaria de las civilizaciones de Nínive y Babilonia. En Libia en ningún momento hubo rebelión popular masiva como en Túnez, Egipto y Siria, sino la incursión de un ejército teledirigido y la posterior toma paulatina del país ayudada por bombardeos. La manera como las potencias occidentales se apoderaron del país después de seis meses de bombardeos en directo deja un extraño sabor amargo que nos recuerda la toma de Panamá y su riqueza geo-estratégica por los estadounidenses para realizar el Canal, y su compra hace un siglo por una suma irrisoria de dinero a los pusilánimes gobernantes colombianos de turno. Y recuerda todas las guerras coloniales de los siglos XIX y XX por medio de las cuales los mismos países que hoy atacan dominaron Africa, Asia, el Oriente Medio y América Latina con gobiernos de opereta subidos al trono con la ayuda de los amos.
En Egipto, Túnez y Siria si hubo rebeliones populares imparables, mediante un largo proceso de maduración en la sociedad, con manifestaciones multitudinarias intergeneracionales convocadas gracias a las nuevas tecnologías de comunicación. Sus pueblos tomaron su propio destino sin ayuda de ejércitos extranjeros ni mercenarios. En Libia, por el contrario, se trató sólo de una asonada occidental muy bien organizada en el este del país contra el tirano, que en principio se creyó triunfaría en unos cuantos días, pero se volvió más difícil de lo esperado y causó más muertos de los que pretendía evitar.
¿Habrá sido este un ensayo general para otras invasiones a países ricos del Sur que opten por vías distintas a las ordenadas? Oremos a los dioses para que este ensayo bélico occidental no se aplique de nuevo en América Latina, llena de riquezas sin fin, petróleo, minas, recursos hídricos, porque los únicos perdedores serían los pobres pueblos sufridos e inermes en cuyo nombre las potencias bombardean como en un videojuego sangriento.


miércoles, 24 de agosto de 2011

LAS NOCHES PARISINAS DE TABLADA

Por Eduardo García Aguilar


José Juan Tablada (1871-1945) es uno de los escritores mexicanos más fascinantes, ya que no sólo dejó una obra poética original sino que escribió miles de artículos y crónicas como solían hacerlo sus infatigables compañeros modernistas latinoamericanos en periódicos y revistas del continente.
La vida le deparó desde temprano viajes que lo ligaron a otras culturas como la de Japón, que visitó en 1900, Francia, donde estuvo entre 1911 y 1912, y Estados Unidos, donde vivió parte de su vida y murió este devorador de todas las cosas. En esos países se nutrió de ámbitos extraños que perfeccionaron su visión del mundo y dieron aliento a su poesía para sacarla de la retórica ambiente y proyectarla a una permanente juventud y experimentación.
En Nueva York fue uno de los centros magnéticos de la cultura latinoamericana, pues en esa metrópoli insomne tuvo acceso a todo tipo de sensaciones que alimentaron su desaforada dispersión intelectual. Pero venía de la capital mexicana, de la que siempre hablaba con nostalgia al escribir sus crónicas desde el extranjero, afectado por las noticias de la devastación provocada por los conflictos sociales y la Revolución, que llevaron a la caída del dictador Porfirio Díaz.
Como todos los modernsitas, Tablada tuvo su París y nada más curioso que leer ahora la edición original de las crónicas parisinas Los días y las noches de París, (Viuda de Ch. Bouret. México. 1918. 214 páginas), que adquirí en un acto tabladiano hace tres años en la Librería Madero, donde el poeta, con ojo avisado, nos relata los instantes vividos en la ciudad, considerada entonces la luminosa capital artística del mundo.
Relatada desde del otoño de 1911 a la primavera de 1912 en arbitrarias acuarelas que enviaba a la Revista de Revistas o en cartas y pedazos de diario donde contaba lo que veía, París se nos antoja allí mucho más cercano de lo que insinuaría el paso certero de un siglo.
Solemos los contemporáneos del siglo XXI creer que nuestros antepasados vivían un mundo atrasadísimo e ingenuo y pensamos que la supuesta modernidad desbocada de hoy es única y original. Pero basta revisar estas crónicas, que también fueron editadas por la Universidad Nacional Autónoma de México en 1988, para darnos cuenta que París ha cambiado muy poco y que sus descripciones no difieren mucho de las que hiciera un cronista latinoamericano de hoy.
Por supuesto que ahora hay muchas comodidades impensables para aquella época como los celulares, la TV, los jets, las computadoras e Internet, que muchas enfermedades están controladas y otras nuevas como el sida han surgido, pero la pobreza y la soledad, la miseria y el olvido reinan igual que entonces al lado del derroche de los privilegiados en los mismos barrios y bulevares.Los malevos descritos en su crónica Fantasmas de apaches por Tablada, quien presencia un crimen cinematográfico desde un tranvía, siguen tan presentes como antes, y en los mismos lugares de hace cien años los dandys de hoy van a tenis a Roland Garros y a las carreras de caballos de Auteuil, mientras viciosos, dealers, prostitutas, gigolós, drogadictos y ladrones pululan en Montmarte, Pigalle, Bastille o Montparnasse con idéntica intensidad que a comienzos del siglo XXI.
Cuando describe a los jóvenes artistas bohemios latinoamericanos que se hacinaban en buhardillas de nueve metros cuadrados para fumar, beber y copular en medio de la tuberculosis y la sífilis, lejos de su tierra, parece retratar a los jóvenes extranjeros y provincianos franceses actuales que hacen su París y pasan dificultades similares que sus ancestros de hace un siglo.
En la carta crónica Los luchadores vencidos, Tablada lamenta el estado del joven pintor mexicano Juan Mora que está flaco y abatido, afectado por la tisis en una buhardilla de la rue Monge, lejos de su madre lejana, pero rodeado de dos mexicanos, un artista colombiano y una pelirroja, que se reúnen para verlo mientras beben y comen charcutería y queso sobre un periódico, por lo que exclama "¡Ah, ese París, lo que le confiamos y lo que nos devuelve!".
Con Tablada descubrimos a Diego Rivera que vive en Montparnasse con Angelina Beloff, visitamos la tumba del pintor Julio Ruelas sepultado en el cementerio de Montparnasse antes de que allí se instalara también para siempre Porfirio Díaz. Y lamenta la muerte prematura de ese artista que reposa bajo la bella escultura de una hembra de mármol. Y como hoy se hace en los salones de la FIAC o en el Salón de Otoño, visitó la obra de los pintores del mundo expuestos en el Grand Palais para destacar allí el éxito del mexicano Ángel Zárraga y observar con menos entusiasmo lo expuesto por Diego Rivera y el Doctor Atl.
Y vemos a la Bella Otero o a Mistinguette actuando en los cabarets, o a la sáfica Colette en el teatro, visitamos las mismas viejas librerías y galerías del muelle Voltaire o las callejuelas de Saint Germain, Le Marais o Palais Royal, atendidas ahora por los descendientes, así como los antros de prostitutas, cabarets, bares y comederos de siempre, algunos de los cuales como Chartier, Bollinger o Polydor siguen ahí sin mucho cambio.
Tablada dedica una emocionada crónica al gran poeta argentino modernista Leopoldo Lugones, a quien visitó en su casa de Passy y con quien tuvo la fortuna de ser amigo. Así como hace décadas los latinoamericanos saludaban al superparisino Julio Cortázar, el de Rayuela, Lugones fue el gran escritor que conmovió con su sencillez a un admirativo Tablada.
Tablada vivía en una casa de estilo japonés en Coyoacán, saqueda según la leyenda por los revolucionarios. Ausente en París, se lamenta de los colgados y los fusilados dejados por la violencia en su país y que aparecen en las noticias de la prensa francesa, así como hoy se lamentaría de los ejecutados, decapatidos y deslenguados que en el México actual.
O sea que si el poeta volviera hoy a visitar la tumba de Ruelas en Montparnasse o caminara de nuevo por Campos Elíseos, Montparnasse o Bastille, comprendería que el actual mundo de guerras, atentados y crisis financieras no es menos bárbaro ni menos genial que el descrito por él hace un siglo con su escritura ágil y desordenada de lúcido viajero.

domingo, 14 de agosto de 2011

CANTINFLAS EN LA ALAMEDA

Por Eduardo García Aguilar*
Las colas eran interminables en la famosa y centenaria Alameda central cercana al Palacio de Bellas Artes, donde reposaba el cuerpo de uno de los hombres más importantes del siglo XX en México y América Latina, el maravilloso Cantinflas (1911-1993), cuyo personaje inolvidable fue y es una de las versiones hispanoamericanas del Quijote y una metáfora mordaz de la vida humana, con sus triunfos vanos y fracasos.
A lo largo de medio siglo, este hombre humilde, este peladito que se inició desde Tepito en las carpas y los burlesques de las barriadas y ascendió a la fama mundial como pocos, caracterizó el absurdo destino humano y a los personajes típicos de nuestro universo folclórico de corrupción, como presidentes, curas, militares, bandidos, policías, políticos, mafiosos y tantos otros caracteres que constituyen el ser esencial hispanoamericano desde el trascendental Quijote de la Mancha y los pícaros encabezados por el Buscón y el Lazarillo de Tormes.
De una ternura sin par y sin que fuera perseguido gracias a su popularidad, pocos lograron como él burlarse de los poderes: su sarcasmo no tenía límites al usar ese lenguaje incomprensible y barroco, sincrético, macarrónico, mordaz, con el cual curas, políticos, militares, sindicalistas corruptos "charros" y ladrones nos engañan desde hace siglos.
Y con él todos reíamos: abuelas, bisabuelas, tías, primos y niños de la ya lejana época inicial de la televisión, cuando todavía para presentar una película se debía armar un tinglado dinosáurico de proyectores y pesadas latas amenazadas siempre por la avería en las plazas de pueblo o en los viejos teatros sobrevivientes del cine mudo y los clásicos en blanco y negro, nostálgicos de Charles Chaplin, los Hermanos Marx y El Gordo y el Flaco.
En las salas de cine de todas las ciudades y pueblos latinoamericanos las colas para ir a verlo fueron siempre tan nutridas como ese día final en que su cuerpo inmortal fue llevado a esa sala de hombres ilustres vivos y muertos que es el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, situado no lejos de El Colonial y otras carpas donde al final del siglo XX seguían presentándose los héroes del burlesque semiburdelesco que hacía desternillar de risa a los amantes de lo lépero y lo obsceno, a los pobres borrachines de barriada y a los habitantes de los inquilinatos.
Nació el 12 de agosto de 1911 y murió el 20 de abril de 1993, cuando se paralizaron México y América Latina enteros para rendirle homenaje a su ídolo. Bajo la llovizna la gente esperaba todas las horas necesarias en un silencio casi espectral que se observaba desde las alturas de la Torre Latinoamericana, y ese era el silencio de la gente del pueblo, las tías, abuelas, madres, hijos, padres, niños provenientes de todos los puntos cardinales de la urbe metálica: la familia continental en pleno. Ahí estaban de pie con sus bolsas llenas de tacos, tamales y refrescos, hasta que por fin accedían al Palacio a inclinarse ante su féretro. Y así fue hasta que por fin se lo llevaron al Panteón Español, lo que parecía mentira para quienes lo creían inmortal. Un pueblo entero quedaba huérfano.
En toda América Latina nos reíamos con Tintán, Clavillazo, Viruta y Capulina, con Sara García, pero nadie igual a él, con esa malicia ladina del que todo lo dice sin decir nada. Su sola aparición en la pantalla ya nos emocionaba y nos hacía estallar de risa, su lenguaje llegaba a todo el continente como la metáfora del absurdo novelesco de nuestra existencia. Diríase que Diógenes Bravo, Úrsulo, Sócrates García, el padre Sebas, Fidencio Barrenillo, Lopitos, Rogaciano, Feliciano Calloso, el portero, el piloto inocente, son los verdaderos personajes de la gran novela latinoamericana surgidos desde México. Habría que reunirlos a todos y ellos solos se encargarían de hacer palidecer las mejores novelas y obras coronadas, pues su autenticidad no tiene límites. Oir, ver y reir, he ahí el asunto primordial.
Un año antes, el día de su cumpleaños, hablé con él por teléfono para pedirle declaraciones. Al otro lado del auricular la voz del mito se escuchaba en esa oficina de un decadente viejo edificio de Insurgentes donde tenía su oficina. Se oía el cruce de los autos afuera, en medio del polvo, en ese rincón detenido del progreso mexicano donde se había refugiado entre las Colonias Roma y la Condesa. Lo había visto alguna veces desde lejos en medio del ajetreo de la gloria y la prensa y desde niño en el cine, pero otra cosa era escucharlo al otro lado del teléfono tratando de responder con chistes malos e incomprensibles a mis preguntas con la amabilidad y generosidad del senecto humorista que se acercaba al final. Le seguí la corriente un buen rato, pues sabía que estaba hablando con la historia.
Cómo olvidar en blanco y negro Ahí está el detalle (1940), Gran Hotel (1944), A volar joven (1947), El supersabio (1948), El bombero atómico (1950), Abajo el telón (1954), Si yo fuera diputado (1951), Entrega inmediata (1963), vistas en el viejo teatro Olympia de mi ciudad natal Manizales, a las que siguieron las películas a color, tal vez menos logradas, como La vuelta al mundo en ochenta dias (1956), Sube y baja (1958), El Padrecito (1964), Su excelencia (1966), El profe (1970) y El Quijote cabalga de nuevo (1972), entre otras muchas. En esos filmes todo el continente aprendió a conocer los profundos laberintos humanos, políticos, sociales y culturales de un país que ha sido y sigue siendo el hermano mayor de América Latina, como múltiple civilización prehispánica y Nueva España que fue, así como vecino del Imperio que lo desmembró y lo devoró, pero que al fin vuelve tal vez a ser conquistado por estas lenguas y este sentido de la autoburla y la irrisión que nos domina, en una comedia interminable de caudillos, dictadores, mafiosos y autoridades corruptas.
Habría que haber visto a esa muchedumbre en las interminables colas de la Alameda Central para comprender el amor de todo un pueblo por quien supo representar sus miserias y expectativas y decir en voz alta, a través de la risa, la profunda indiferencia que sienten los de abajo por quienes los dominan y los explotan a lo largo de vidas anónimas, dominadas por la carencia, la desesperanza y la lucha. Con Cantinflas el mundo se ponía al revés y el pelado era el rey, el "chato" verdadero que nutre y hace la cultura de un país y lo hace vivir a pesar de su vampiros multinacionales.




*En el centenario del nacimiento de Cantinflas

lunes, 8 de agosto de 2011

LA ÚLTIMA ODISEA DE KUBRICK

Por Eduardo García Aguilar
Las máscaras utilizadas en la orgía de Eyes Wide Shut (1999), la escafandra del astronauta y el disfraz del gorila inteligente de 2001 : Odisea del espacio (1968), los muebles psico-eróticos del bar de Naranja Mecánica (1972), la falda y el sofá amoroso de Lolita (1962), las prendas romanas lucidas por gladiadores y patricios romanos en Espartaco (1960), todos los objetos posibles estaban reunidos en la espléndida exposición sobre la obra total del gran cineasta Stanley Kubrick, que acaba de concluir en la Cinemateca francesa de Bercy, en París.
La exposición ha recorrido el mundo y para esta ocasión las autoridades cinematográficas tuvieron que destinar los últimos dos pisos del extraño edificio moderno de Geary, donde antes funcionó por décadas el Centro americano. La zona se ha convertido en uno de los más novedosos recodos futuristas de la ciudad, pues a un lado está el gran coliseo verde prado de Bercy, donde ocurren todos los conciertos de las estrellas del pop y al otro, la dúctil pasarela Simone de Beauvoir que conduce sobre el Sena hasta la Biblioteca Nacional François Mitterrand, enorme reproducción de cuatro libros abiertos en vidrio y metal donde están archivadas todas las referencias bibliográficas.
Desde un ámbito amplio, aireado, lleno de espacios verdes junto al río, el cinéfilo se introduce al retorcido edificio de Geary y toma el ascensor que lo llevará a encontarse con el mundo excéntrico de Kubrick. Una perfecta escenografía para llegar al universo siempre moderno, inaqietante, desestabilizador, del neurótico cineasta neoyorkino adoptado por Londres, cuya obra escasa y minuciosa ha adquirido el cáracter de un símbolo del siglo XX proyectado hacia otros siglos, como si ya desde antes, cuando empezó de adolescente en 1941 a tomar fotos periodísticas para la revista Look, tuviera claro su designio de mirada única.
En la primera sala estrecha, donde el público se presiona como sardinas en medio del sopor veraniego, se ven la vieja silla del director, la oxidada cámara cinematográfica portátil de los corresponsales de guerra, la máquina de escribir modelo Lettera de sus scripts y varios documentos de los inicios de su carrera cinematográfica dedicada a hacer películas negras de bajo rango que, sin embargo, ya tenían en sus imágenes y mundos gangsteriles la extrañeza de su talento. En las pantallas vemos escenas de un asesinato en un hipódromo o la riña de un boxeador con su amada y el amante de su novia en sórdidos ambientes neoyorkinos que nos revelan el ángulo visual y moral de Kubrick. Aquí se proyectan imágenes de Miedo y deseo (1953), El beso del asesino (1955) y La Ultima razzia (1956), al lado de cartas conflictivas con productores, contratos, guiones escritos a máquina y subrayados, facturas. Una inmersión en blanco y negro de los años 50, donde ya se perfila la explosión estética y cultural de los 60, algo que sólo ocurre una vez cada siglo.
Luego pasamos a la sala de El Sendero de la gloria (1957), película sobre los horrores de la Primera Guerra mundial, primera en convertirse en obra de culto prohibida porque planteaba en su momento problemas en torno a la ética militar y cuestionaba lo castrense en tiempos de airados patriotismos, macartismo y persecución implacable de disidentes a uno y otro lado de la Cortina de hierro, en medio de un balet de espías y sórdidas tramas. Kirk Douglas aparece en la pantalla representando a ese militar que se enfrenta a sus jefes y defiende a sus reclutas, y luego vemos una y otra vez la escena del fusilamiento de soldados inocentes que sólo fueron chivos expiatorios de una máquina trituradora de humanidades.
Lolita (1962) nos recibe después con la ligereza de su precoz libertad, metáfora de la pronta liberación que traerá la generación del Peace and Love y el hippismo. Todavía estamos en un mundo de conveniencias y formalismos, pero ella ya se ha liberado. Sue Lyon, la actriz de 14 años, aplastada para siempre por este personaje, se nos aparece en las pantallas mascando chicle y mostrando su cuerpo al viejo seducido Humbert Humbert. En la sala sentimos la presencia de Valdimir Nabokov cuando observamos tirado por ahí como una mariposa el traje de seda de la niña o sus muñecas probables junto a un sofá rojo de amor con forma de labios.
Y de repente, en otro mundo, accedemos a tres salas que reúnen objetos, maquetas, trajes de tres obras maestras de una desatada modernidad apocalíptica: Doctor Folamour (1964), 2001: Odisea del Espacio (1968) y Naranja mecánica (1972), emblemas de una década que salta excepcional sobre todas las otras del siglo y que Kubrik vivió más como precursor lúcido lanzado a los extremos que como simple protagonista. Tres obras maestras donde confluyen los fantasmas de la deflagración inminente y el fin ineluctable de la humanidad. Kubrick coleccionaba todas las escenografías, utilerías, vestimentas, documentos burocráticos y por eso palpamos en la exposición la penumbra y los diseños dieciochescos de Barry Lindon (1975), los espacios laberínticos de la locura en Shinning (1980), o la reincidencia en el cuestionamiento militar en Full Metal Jacket (1987).
Y como en un maratón desembocamos luego en el amplio espacio de la que creyó su obra maestra, la perversa Eyes Wide Shut, antes de admirar las salas dedicadas a filmes que programó y casi filma, como Napoleon y Aryan Papers, pero no fueron posibles aunque les hubiese dedicado con su manía iluminada lustros de su vida y millones de dólares de pre-producción. Ha terminado el viaje y para concluir la tarde, cuando salimos de nuevo a esos amplios espacios futuristas de Bercy inundados de jóvenes turistas, creemos ser partícipes de la filmación de una nueva película dirigida por Kubrick desde el más allá y pensamos que somos sólo extras perdidos en medio de una trama impredecible y perversa que nos está devorando.

martes, 2 de agosto de 2011

RÉQUIEM CARNAVALESCO PARA EL GRAN JOE ARROYO

Por Eduardo García Aguilar
La muerte de Joe Arroyo de repente nos lleva a reflexionar sobre la colombianitud o la colombianidad. Desde la lejanía de la diáspora en donde transcurrimos tal vez cinco o seis millones de colombianos, las reacciones fueron unánimes en Estados Unidos, Canadá, Francia, Nueva Zelanda, Australia, Argentina, Estocolmo, Roma, México y Londres. En muchas casas de colombianos del extranjero, y con cualquier motivo, esta semana fue de encuentros celebratorios de su genio y su largo camino, que deja una impronta imborrable en la historia popular colombiana contemporánea.
Tuve también mi fiesta a su ritmo entre colombianos con el vino de la añoranza, la saudade, la nostalgia, que según nos dice Milan Kundera en su libro « La ignorancia » proviene de las palabras griegas « nostos », regreso, y « algos », sufrimiento ». Reuniones de recapitulación vital en torno al largo periplo musical del cartagenero, realizadas por supuesto al calor del vino y el sonido.
Miembro de nuestra generación « Sin cuenta », nacido en 1955 en Cartagena, Joe Arroyo es pues el representante máximo de la misma en todos los campos, la política, la literatura, el pensamiento, el arte, la industria, la ciencia, el deporte o la empresa. Hubo muchas reuniones de amigos colombianos donde el largo historial musical de Joe Arroyo, desde el tiempo de « Fruko y sus tesos », fue seguido con el estupor de comprobar que nos acompañó con su voz de jilguero desde siempre, sin falta, desde el principio, desde la adolescencia, pues decenas y decenas de melodías bailables suyas se izaron a los primeros lugares de éxito y quedan en la memoria, porque marcan de una u otra forma el ejercicio de nuestra colombianidad en diversas épocas y momentos de nuestras vidas.
Cada melodía inédita y algunas que ni siquiera sabíamos eran cantadas por él cuando muchacho, se nos revelan profundamente impreganadas en nuestra memoria, hacen parte especial de nuestra vida, amores, fiestas, cuerpos, sudores y soledades y las redescubrimos a medida que las escuchamos y revisamos la vida. ¿Quien no bailó hace tanto tiempo al ritmo de « Fruko y sus tesos » y después con « La Verdad » ? ¿Qué colombiano no ha escuchado « No le pegue a la negra» ?
La agonía de Joe Arroyo fue seguida por todos en directo hasta el instante de la extrema unción, algo que tiene los visos de ser profundamente colombiano y sacralizador. Hacía tiempo no oía hablar de esa esa ceremonia a la que acceden los héroes, como Simón Bolívar, quien en Santa Marta recibió la visita del prelado antes de morir. Lo mismo le ocurrió a Joe Arroyo. Cuando los diarios en primera plana hablaron de su extrema unción, supe que sólo quedaban unas horas para que estallara la infausta noticia y cuando ya fue inevitable y real, empezamos a llamarnos entre los amigos de la diáspora colombiana.
Al primero que llamé fue a Julio Olaciregui (1951), escritor, danzarín y filósofo barranquillero que lleva más de tres décadas por aquí en la ciudad luz y es una de las más importantes energías morales, bailables y literarias de Barranquilla, donde se explayó con todas sus fuerzas el genio del cartagenero. Como muchos colombianos del extranjero, Olaciregui hizo su propia fiesta personal de duelo y escribió un largo texto sobre el personaje desde el profundo sentir de su barranquillitud o carnavalidad.
En « Joe Arroyo, nunca te olvidaremos », el autor de « Los domingos de Charito , dice : « Un tal Joe Arroyo de Barranquilla, sí señores, con ustedes el mito de nuestra generación, el hombre que ha realizado nuestro sueño, mami lo que yo quiero es ser cantante de una orquesta ; con ustedes el hijo del etíope, el negro bembón, mayombe, con sabor, el nieto del bisabuelo que ayudó a fundarnos la patria, monsieur Mambo, cantando en vivo y en directo en el cabaret del trasatlántico » :
La primera vez que lo vi fue en Barranquilla, hace unos tres lustros, cuando Ariel Castillo me lo mostró una noche ahí al lado del bar discoteca La Cien, cuando él departía con unos amigos junto a una lujosa camioneta Ford Suburban y lo volví a ver al otro día en Cartagena cuando le hacían un gran homenaje en la plaza de toros, en el marco del Festival del Caribe, a donde me invitó Gustavo Tatis Guerra. Estuvimos ahi detrás del escenario en la zona de los periodistas e invitados especiales, donde había enormes botellas de promoción de ron Tres Esquinas, licor que era libado felizmente por todos. Al final del concierto salió Arroyo con su esposa e hijas, vestidas como hadas, de blanco, y lo vi ahí en medio de la deliciosa y excepcional ebriedad que produce ese ron blanco, entre la luminosidad azulosa y múltiple de los rayos laser proyectados por los luminutécnicos.
Al lado de Kid Pambelé, García Márquez y Héctor Rojas Herazo, Joe Arroyo es hijo de una región que transformó a Colombia desde su mirada al mar. Ese país cerrado, oligárquico, hispánico, castizo, cardenalicio, blanco, santafereño, bogotano, antioqueño, payanés, rolo, clasista, racista, excluyente, camadulero, beato, reprimido, ha sido defendido por los marginales de la costa, por esos costeños que llevan dentro de sí la fuerza africana de los esclavos. García Márquez y Joe Arroyo salieron de ahí y son los más grandes artistas del país porque concentraron en ellos la colombianitud, la univerzalizaron. Ellos fabricaron en el crisol alquimíco la mezcla de ese pueblo variado y enérgico con sus leyendas y cuentos y sueños y pesadillas.
En la fiesta mía, a medida que aumentaba el efecto de los vinos, los concelebrantes mencionabamos a Úrsula o a Melaquíades o a Remedios la Bella o al coronel Aureliano Buendia o a Eréndira, como si fuesen de la familia. Y cada una de las melodías de Joe Arroyo se nos aparecían también familiares. Con ellas amamos, bailamos, celebramos, vivimos cuatro décadas. Por eso Joe Arroyo sigue vivo. Porque nos dio vida y sólo vivió para cantar desde cuando cargaba agua en los recipientes de la pobreza bajo el sol candente del trópico. Vivió para vivir y darnos vida nada más.