Por Eduardo García Aguilar
Suicidada hace casi 85
años de un tiro en el corazón en la catedral de Notre Dame de París, un
11 de febrero de 1931, la escritora mexicana Antonieta Rivas Mercado es
considerada todavía como un mito de varias facetas, alimentado por
filmes, obras de teatro y publicaciones. Al lado de otras mexicanas
famosas como Frida Kahlo -esposa del pintor Diego Rivera-, o las
actrices Dolores del Río, María Félix y Pina Pellicer, Antonieta hace
parte de un "santoral" feminista inagotable que siempre renace en las
páginas de los diarios y revistas.
Nacida en 1900 en la
familia de un arquitecto ligado a la familia de Porfirio Díaz,
constructor del famoso Ángel de la Independencia de la Avenida Reforma y
otros grandes monumentos, Antonieta creció rodeada de escultores,
pintores, músicos y viajó desde temprano a Europa. Pero su drama fue la
contradicción entre su tendencia artística y libertina, su inquietud
intelectual, y la educación formal de la época, por lo que algunos la
consideraron una excéntrica que rompió con las tradiciones.
Enamorada de un pintor homosexual, amante del famoso escritor y
político José Vasconcelos, a quien acompañó en su frustrada campaña
presidencial en los años 1928-1929, casada a los 18 años con el
ingeniero norteamericano Albert Blair, Antonieta se enfrentó a una
demanda por abandono de hogar y perdió la tutela de su hijo, quien más
tarde, avergonzado, renunció al apellido de su madre. En 1927, luego de
la muerte de su rico padre Antonio, y tras lustros de violencia
revolucionaria, recibió una gran herencia y se volvió mecenas de los
artistas de la época, encabezados por los Contemporáneos, grupo de
escritores mexicanos que daban la espalda al convulsionado mundo de su
época, vistiendo con elegancia -flor en el ojal- y mirando hacia el
moderno viejo mundo. Promotores del arte mundial, europeo, cosmopolita,
buscaban romper con el nacionalismo artístico en boga en México tras la
Revolución. Los poetas Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta y
José Gorostiza, entre otros, conformaron con ella un movimiento de
apoyo a las Bellas Artes.
Rivas creó el Teatro Ulises y
la Editorial del mismo nombre, promocionó patronatos para orquestas de
música clásica, publicó obras de poetas jóvenes y participó activamente
en el movimiento del candidato presidencial independiente José
Vaconcelos, de quien se enamoró de inmediato. "Morena, bien hecha y
elástica, ejemplar de fina raza nativa, su fuerza, sin embargo, estaba
en el espíritu", dijo de ella el rocambolesco ministro Vasconcelos,
autor de Ulises Criollo y otros libros de memorias que le dieron fama
como un gran prosista latinoamericanpo del siglo.
Vasconcelos fue otro gran derrotado, al no encontrar apoyo para sus
planes de hacer de México un país moderno y democrático, y murió viejo y
amargado frente a la clase política mexicana. Brillante, mujeriego,
excelente escritor y orador, ambicioso y culto, Vasconcelos hizo una
gira por América Latina tras su derrota, a principios de los años 1930, y
fue recibido como un célebre prohombre continental en ciudades como
Bogotá, Barranquilla, Manizales y Lima, que saludaban su utópica defensa
de un "hombre cósmico".
La historia de amor entre ambos se
convirtió en leyenda, no solo por la notoriedad de ambos sino por el
retorno de Antonieta en 1930 a México para "secuestrar" a su hijo de las
manos de su ex esposo y volver a París, via Nueva Orleans, para
encontrarse con Vasconcelos. Allí, presa de angustias y culpas, se
dispara en el corazón, frente a los altares de Notre Dame de París, para
sellar con broche de oro su futura leyenda. El español Carlos Saura
realizó en 1981 la película Antonieta, donde la heroína trágica fue
representada por la francesa Isabelle Adjani.
"México fue
teatro de mi gran derrota y de mi gran victoria (...) Tomo la vida, ya
no dejaré que me tome ella", escribió antes de morir a los 30 años.
Rivas fue traductora de André Gide, amiga de García Lorca, y actriz,
junto con sus amigos los Contemporáneos, en obras de Bernard Shaw, Jean
Cocteau y Eugene O' Neill, en un mundo donde este tipo de actividades
los hacía sospechosos de "exquisitos" y de dar la espalda al pueblo y a
los indígenas.
El escritor argentino Luis Mario Schneider
publicó sus obras completas en 1987, entre las que destacan La campaña
de Vasconcelos, Cartas a Manuel Rodríguez Lozano, 87 cartas de amor y
otros papeles, Diario, la mujer mexicana, Ideales de mujeres, entre
otros textos. Como Frida Kahlo, cuyas fotografías, cuadros y biografías
se venden al por mayor, y cuya historia trágica llamó la atención de la
cantante estadounidense Madonna para una película, Antonieta es sin duda
otra de esas "santas" mexicanas que todos adoran.
En 2008 se realizó en el palacio de Bellas Artes una exposición
iconográfica sobre su vida que provocó cierta polémica en torno a sus
verdaderos méritos y al papel del mito en la historia cultural mexicana.
La biógrafa de la heroína, la francesa Fabienne Bradu, dijo al respecto
en un artículo publicado en Letras Libres que "en calidad de biógrafa
de Antonieta Rivas Mercado, he podido comprobar que el mito es más
fuerte que la verdad de una vida. A lo largo de los años, he visto cómo
poco a poco Antonieta se incrustaba en el imaginario de México a
fuerza de admiración, que a ratos hasta roza el fanatismo, y de honda
compasión. Despierta una extraña solidaridad femenina como si su
suicidio trasuntara las frustraciones y los desencantos de muchas otras
mujeres de todos los tiempos". Un suicidio espectacular en pleno templo
mítico: su leyenda viajará para siempre en la nave de la catedral, al
lado de Esmeralda y el Jorobado de Notre Dame de París.
sábado, 28 de marzo de 2015
sábado, 21 de marzo de 2015
BRASIL EN EL SALÓN DEL LIBRO DE PARÍS
Por Eduardo García Aguilar
Este
jueves se inauguró el Salón del Libro de París, que cada año se da cita
en la Puerta de Versalles y atrae a centenares de librerías de Francia y
el mundo en un aquelarre interminable de conferencias, debates,
presentaciones y coloquios sobre el futuro del libro y las nuevas
alternativas para la edición, en especial las virtuales.
La
inauguración contó con la presencia de la ministra francesa de Cultura
de Francia, Fleur Pellerin, joven de origen coreano adoptada siendo bebé
por una familia francesa y que ahora es una de las principales
representantes de la “diversidad” en las altas esferas del gobierno, con
ministros originarios del “extranjero”, como el del Interior, el
catalán Manuel Valls, la de Educación, la joven marroquí Najat
Vallaud-Belkacen y la de Justicia, la muy criticada por los derechistas,
la guyanesa Christiane Taubira.
En
esta ocasión el país invitado fue Brasil, que trajo una amplia
delegación encabezada por Nélida Piñón, Paulo Coelho y Ana Maria Machado
entre otros autores veteranos y jóvenes que alternan con figuras
locales de la literatura, para abrir una ventana a un país que siempre
genera sueño, alegría y sensualidad a través de sus clichés permanentes,
oficiales y profesionales, como son el fútbol, la playa, el deseo, el
cuerpo, las favelas, Lula, Pelé, la samba y la saudade de la bossa nova.
Brasil
es una potencia regional con sólida y tradicional actividad
diplomática, que sabe mantener y dar el rango que merece a la figuración
de su cultura a nivel mundial por medio de la presencia de sus libros
en múltiples reuniones y acontecimientos celebrados en el mundo. Para
ese efecto no escatima esfuerzo alguno, porque sabe que la cultura es la
mejor carta de presentación de un país en el mundo.
Esta
vez estuve en la inauguración, a la que asistí para saludar antes que
todo y en medio de la barahúnda a Geraldo Holanda Cavalcanti (1929),
presidente de la Academia de Letras de Brasil y quien al año pasado
recibió la antorcha de Argentina, país invitado en esa ocasión y cuya
presencia fue todo un éxito, incluso por la llegada de su mandataria a
la apertura de la feria en el contexto de una visita oficial. Una
impresionante delegación argentina encabezada por el padre de Mafalda,
Quino, y una exposición y homenaje a Julio Cortázar en su centenario,
animó la pasada feria, mostrando la vitalidad de la literatura y la
actividad editorial de ese país sudamericano también marcado por
folclóricos clichés oficiales como el fútbol, el tango, Gardel, Borges,
Cortázar, Maradona y Evita Perón.
Cavalcanti,
diplomático, poeta y amante fiel de la literatura, es el traductor de
la obra de Alvaro Mutis al portugués y fue embajador de Brasil en
México, donde estrechó una gran amistad con el recién fallecido autor de
la saga de Maqroll El Gaviero, por lo que cada ocasión de compartir con
él esa amistad es una gran alegría. El veterano diplomático es de una
generosidad a toda prueba y en medio de la sala donde se llevaba a cabo
la inauguración, al ser decano, marca la pauta para la febril actividad
de las letras brasileñas que se toma París por unos días del 20 al 23 de
marzo de 2015.
Le
presento a Cavalcanti a Melisa Serrato, joven y talentosa periodista
cultural, que trabajó varios años en El Tiempo de Bogotá y quien como
toda buena periodista colombiana siempre se encuentra en el lugar
indicado y a la hora indicada y luego, como por convocatoria de la
ausente literatura colombiana, aparecen en medio de la fiesta del libro
de París dos prestigiosas académicas colombianas de la diáspora, Fabiola
Rodríguez López, encargada del acervo hispanoamericano de la Biblioteca
Nacional de Francia y la profesora y poeta Luisa Ballesteros, de la
Universidad de Cergy-Pontoise, especialista de la literatura escrita por
mujeres en Colombia y América Latina.
Su
compañía me inspira para recorrer por corredores tapizados de rojo
mientras suenan las botellas de champaña recién destapadas en cada uno
de los salones de las grandes editoriales francesas que tiran la casa
por la ventana junto a su autores, por lo que durante estas horas de
inauguaración especial para los invitados puede decirse que el lugar
reúne la mayor cantidad de escritores y vedettes por metro cuadrado.
Claude Lellouche por aquí, Alain Duhamel por allá, Joseph Joffo acullá.
Porque
la literatura francesa y el mundo de la edición local, que es uno de
los pocos que publica tantos libros extranjeros cada año, es un
microcosmos endogámico y cruel donde la proliferación es de verdad
impresionante: solo en la temporada que se inicia en septiembre se
publican más de 700 novelas y se cuentan por decenas de miles los
títulos publicados cada año en el país, muchos de los cuales son obras
excelentes de ensayo que encuentran siempre un lector. Por fuera de las
grandes conglomerados editortiales como La Martinière, Editis, Hachette y
Gallimard, que son las contrapartes locales de Penguin, Harper Collins,
Random House-Mondadori y Planeta, es saludable visitar los puestos de
los exquisitos pequeños editores que publican joyas por cientos y a
veces pasan inadvertidos en medio de la abundancia.
Pero
de repente lo más soprendente de estas jornadas es la presencia de la
misteriosa Expresso Book Machine (Terminal de impresión del libro a la
demanda) que se supone puede curar las angustias actuales de la
industria editorial, pues solucionaría el problema de los stocks y la
distribución. Con un simple click el libro es impreso en menos de cinco
minutos a pedido del comprador, quien espera el volumen tomándose un
café.
Ahí,
por supuesto, he iniciado y terminado esta visita y por la máquina he
brindado el champán que por todas partes se riega a cántaros: en menos
de cinco minutos apareció el libro que he pedido, Alcools, de Guillaume
Apollinaire, mientras una dama más osada, editora muy elegante vestida
de negro, espera del mismo autor su clásico terrible y pornográfico Las
once mil vergas, que los dueños de la máquina y creadores del programa
Ireneo ofrecen gratuitamente a los curiosos más advertidos. Esta
es la fiesta del libro y por eso los bibliópatas todos brindamos ebrios
alzando la mano y la copa con el burbujeante líquido translúcido que
celebra la entrada de la edición a una nueva aventura numérica digna de
Blade Runner y 2001 Odisea del Espacio.
*Publicado en la Patria. Manizalez. Colombia. Domingo 22 de marzo de 2015.
domingo, 8 de marzo de 2015
MALCOLM LOWRY EN CUERNAVACA
Por
Eduardo García Aguilar
Hubo un tiempo en que aun se podía visitar el viejo Hotel Casino
de la Selva de Cuernavaca, que aparece en la gran novela mexicana de Malcolm
Lowry, Bajo el volcán, probablemente una de las obras máximas del género en el
siglo XX. Era ya un hotel decadente, desleído, de color amarillento, desolado,
más de medio siglo después de su esplendor. Uno de los lugares de la ciudad
signado por el fantasma del novelista alcohólico y el personaje alter ego que
creó en esa novela de soledad y deriva alcohólica de un hombre enamorado que no
se recupera de la separación y rueda con todo por los precipicios de un México
violento y arbitrario, pleno de sincretismos imposibles y cicatrices incurables.
Un México insondable donde el héroe se pierde para siempre.
Los peregrinos
visitaban los lugares donde vivió y bebió el cónsul con sus amigos y los
parajes cercanos del Estado de Morelos, el bastión de Emiliano Zapata, con sus
carreteras polvorientas que conducían a otros pueblos minúsculos que, como
Tepoztlán, Temixco o Cuautla, podrían ser el imaginario Tomalín y desde donde
se observaban las barrancas o cumbres lejanas, el griterío de los borrachines
en las cantinas de las plazas, los zócalos donde hervía el mercado popular, las
precarias plazas de toros donde lucía la faena o las galleras del desespero.
El viaje a Cuernavaca
era necesario para conectarse con uno de los máximos mitos de la literatura
moderna: todo estaba intacto, los viejos edificios de ladrillo, las plazoletas,
las callejuelas empinadas y el sol radiante de ese balneario florido y arbolado
a donde los capitalinos iban de fin de semana desde las lejanas primeras
décadas del siglo XX, cuando México hervía de revoluciones y contrarrevoluciones
y en todas partes reinaban la muerte, los colgados, los fusilados y los
ejercitos de unos y otros, héroes circunstanciales del caos que por donde
pasaban sembraban todo de desolación en medio de un infinito reguero de
hemoglobina, decapitados, desmembrados y sesos y ojos arrancados por doquier.
Todavía quedaban en pie
los viejos hoteles medianos de aquellos años de entreguerras, o de los años 40
y 50, decadentes ya, pero donde el estudiante o el viajero pobre podía quedarse
a poco precio y palpar el descascaramiento de las paredes, el moho de medio
siglo, las cucarachas y los grillos y los sapos alrededor de albercas pasadas
de moda, unas vacías y otras llenas de agua estacada y renacuajos.
Cuernavaca era siempre
sorpresiva y las tardes de fin de semana pasaban en esos restaurantes del
centro después del almuerzo copioso y el sol caía poco a poco en la tarde,
mientras los comensales apuraban los tequilas, reacios a hacer la siesta
mientras en la plaza indígenas y hippies
vendían artesanías en medio del sonido de los músicos y los odiados capitalinos
se paseaban comiendo el último helado antes de emprender el regreso a México
Distrito Federal por esa larga autopista congestionada de autos, donde en solo
una hora ya volvían a sus casas para prepararse a una nueva semana de trabajo y
estrés.
Cuernavaca fue tierra de divas y casonas amplias, residencias secundarias de los ricos capitalinos. Ahí tuvo palacio el conquistador Hernán Cortés, allí se instaló también el emperador Maximiliano durante su aventura de monarca extranjero, en esos parajes de balneario infatigable vivieron personalidades como la arista Art Deco Tamara de Lempicka, o el novelista Bruno Traven y tuvieron casa los más grandes artistas, estrellas de la cinematografía o la canción vernácula, sin olvidar políticos, militares, mafiosos y millonarios.
Cuernavaca fue tierra de divas y casonas amplias, residencias secundarias de los ricos capitalinos. Ahí tuvo palacio el conquistador Hernán Cortés, allí se instaló también el emperador Maximiliano durante su aventura de monarca extranjero, en esos parajes de balneario infatigable vivieron personalidades como la arista Art Deco Tamara de Lempicka, o el novelista Bruno Traven y tuvieron casa los más grandes artistas, estrellas de la cinematografía o la canción vernácula, sin olvidar políticos, militares, mafiosos y millonarios.
Pero entre todos los extranjeros y
estrellas residentes allí, el novelista Malcolm Lowry terminó por ser el
emblema de la ciudad y su novela Bajo el volcán es un bloque inaccesible para
muchos donde fluye el laberinto del tiempo y la desolación, entre el polvo y el
sol candente del que huyen los escorpiones en tardes sin fin cuya calma puede
ser interrumpida en cualquier instante por la muerte, la balacera, el crimen, el
horror.
En su crepúsculo vital,
el cineasta y actor John Houston realizó con Bajo el volcan una de sus mejores
películas y con ese motivo en la cinta quedaron plasmados para siempre en la
imagen calles, carretaras, montañas y
paisajes visitados por la novela original. En esa película actuó otra
gran estrella del cine de oro de México, el inolvidable Emilio Indio Fernández,
hombre bronco como los de su estirpre, la misma de la diva Maria Félix y el
beodo y mujeriego cantor Agustin Lara.
Y muertos todos, ida
toda una época y un siglo, Cuernavaca sigue ahí, pero ahora como territorio
donde los nuevos reyes son narcotraficantes y poderosos bandidos que se escoden
en sus mansiones y donde la muerte es
tan familar como siempre lo fue desde tiempos inmemoriales, antes y después de
los conquistadores españoles.
Esa deliciosa tierra
caliente que se encuentra entre El Distrito Federal y Acapulco sigue siendo
balneario ocasional para decenas de millones de habitantes de la metrópoli que
reina desde las alturas, junto a los volcanes Ixtaccíuatl y Popocatépetl,
pervive coño el pequeño paraíso infernal de verdura y agua, paraje escogido por
los poderosos de todos los tiempos desde Hernán Cortés hasta el Shá de Irán,
que se exilió ahí después de que lo derrocaran en los ayatolas. Y tierra final
de novelistas como el argentino Manuel Puig, quien murió allí.
Pero Cuernavaca vive
aun más viva que nunca en esa novela que es el Santo Grial de los novelistas,
aleph de la ficción, extraño bloque que
como toda piedra meteorítica o diamantina emana del novelista cual prueba
sanguínea, mundo del mundo, cosmos dentro del cosmos, precipicio en el
precipicio por donde se depeñan los fantasmas de los personajes y sus vidas
llamadas a la difuminación y el olvido o a la permanencia espectral a través de
vampíricos siglos.
domingo, 1 de marzo de 2015
RESURRECCIÓN DE CHARLIE HEBDO
Por Eduardo García Aguilar
Este miércoles 25 de febrero
reapareció la revista Charlie Hebdo después de una larga convalecencia de más
de un mes, convertida de repente en una millonaria publicación mítica con la
que se identificaron en Francia, Europa y el mundo los defensores de la
libertad de expresión, la tolerancia y el derecho a disentir y burlarse de religiones,
fanatismos, dictaduras y totalitarismos. Se desempolvó de repente el viejísimo
espíritu volteriano del dieciochesco Siglo de las Luces, que repareció en el
siglo XXI con su mensaje de libertad, laicidad y separación entre iglesias y Estados.
El 14 de enero, una semana
después de los atentados en que resultó diezmada casi toda la redacción de la
publicación satírica y en medio de la conmoción nacional y mundial por la
muerte de los más viejos y famosos caricaturistas del país, Wolinski y Cabu, entre
otros, apareció un número de portada color verde con el dibujo de un profeta
lagrimeante que afirmaba “Je suis Charlie”, y un encabezado con la frase “Todo
está perdonado”. Escondidos en un búnker prestado por el diario Libération, los
sobrevivientes de la redacción de Charlie Hebdo, que temían ser rematados en cualquier
momento por haber escapado a las balas
de los asesinos, tuvieron el valor de reunirse y armar, gélidos y temblorosos
todavía, un número en caliente, rápido, que al aparecer provocó desde la
madrugada colas enormes en los puestos de periódicos de todo el país, a donde
el público acudió en masa y compró unos 8 millones de ejemplares de ese
histórico número de colección, el 1178.
El nuevo director, Riss, con
el costado derecho aun inmovilizado por las balas que percutieron su homoplato y
el caricatursta Luz, quien se salvó de milagro por llegar tarde, así como el
médico urgentista Patrick Pelloux, el primero en auxiliar a sus 12 amigos y
colegas ejecutados, y otros colaboradores aun traumatizados, paranoicos,
insomnes, lograron la resurreción casi por milagro de la publicación, pese a
que los yihadistas salieron por las calles cercanas a Bastille a celebrar la
masacre al grito de “Matamos a Charlie Hebdo”, un grito que resuena desde
entonces en las calles de París y obedecía a las órdenes del más oscuro
califato surgido en los últimos tiempos, el que ahora destroza y demuele
monumentos y figuras milenarias de Nínive y Babilonia en los museos de Irak, y
cuelga, lapida, degüella y fusila seres humanos sin cesar. Desde entonces las
redacciones de los pricipales diarios y revistas europeos son custodiados por
policías armados, así como escoltadas muchas figuras públicas que han escrito o
hablado en solidaridad con el medio y respondido a quienes creen que debemos
callarnos y ceder el derecho a la sátira ante al amenaza de los asesinos,
vestidos de negro, enmascarados y quienes actúan con la misma frialdad que los
exterminadores nazis.
En un lúcido editorial, Riss,
amenazado como todos por una fatua implacable del califato, expresa con
palabras escritas a mano y algunas imágenes todo lo que significó el atroz
acontecimiento. Con palabras muy claras, dice lo que ya muchos tienen miedo a
decir, y esto porque los criminales yihadistas actuaron de nuevo en Copenhage
la semana pasada para tratar de ejecutar a otro caricaturista, el sueco que
dibujó al profeta y a una serie de personas de la cultura que debatían en un
salón del centro de la capital danesa sobre la libertad de expresión. Aunque
tal vez la redacción de Charlie Hebdo no tenía la intención manifiesta de volver
a insistir sobre el tema, la acción armada en Dinamarca los obligó a abordarlo,
pues siguió el mismo guión aplicado en París los días 7 y 9 de enero, atacando
primero a los caricaturistas heterodoxos y luego a un lugar judío. Riss dice
que cuando él, Luz y el asesinado ex director Charb llegaban jovencitos a Charlie
Hebdo a proponer sus caricaturas mordaces, pensaban “que estaban protegidos por
el sacrosanto derecho a la libertad de expresión, pero se pregunta ahora quien
tendrá deseos de luchar por el derecho a la blasfemia, quien tiene deseos de
desafiar las religiones, si para hacerlo hay que terminar protegido por diez
policías 24 horas sobre 24” y responde “Nadie”, él, que se despierta todas las
noches aun cuando oye un ruido porque piensa que ya vuelven a exterminarlo.
Riss agrega en este número 1179 de portada color rojo, que “los ataques de París y Copenhage
son antes que todo contra una concepción moderna de las relaciones entre
individuos, contra la pluralidad de las ideas y de los hombres. Durante siglos,
las religiones cuestionaron con violencia esos valores. La época moderna parecía
haber ganado para la razón a las religiones retrógradas y su pretensión hegemónica
sobre los hombres y los espíritus. Los ataques de París y Copenhage indican que
se requerirá todavía tiempo y sangre para que todas las religiones acepten defnitivamente
ese marco democrático no negociable”.
El escritor y crítico literario
Philippe Lançon, a quien le volaron el maxilar, relata cuando vio a un metro de
distancia el cerebro vertido del anterior director Charb, destrozado por las
balas. El autor cuenta su estadía en el hospital, las diversas operaciones y
sus paseos, ya más recuperado, por los pasillos del hospital, custodiado por sus
guardaespaldas en medio de cavilaciones e inquietudes que no cesan.
El nuevo número de Charlie Hebdo
es sustancioso porque sigue cumpliendo su función satírica y vuelve a mostrar
el talento de los dibujantes que llevan la antorcha prendida del erotismo, lo
grotesco y la burla de políticos y poderosos y por medio de entrevistas a
expertos aborda con serenidad el yihadismo y la religión islámica y las
religiones en general, donde la duda está prohibida. Y discrepa con elegancia de
quienes los culpabilizan y dudan de la necesidad de la sátira antirreligiosa y del
erotismo a ultranza de los dibujantes libres de todos los países del mundo. Sin
ellos dictadores, corruptos, mojigatos y ayatolás ganarán para siempre la
partida. Por eso los caricaturistas se han vuelto ahora las primeras víctimas
de la intolerancia en un mundo desquiciado.
* Publicado en Excélsior. México D.F. Domingo 1 de marzo de 2014.
martes, 24 de febrero de 2015
ARTHUR RIMBAUD VISITA EL TEQUENDAMA
Por Eduardo García Aguilar
Una extraña agitación sucedía en casa del joven poeta José Asunción Silva, minutos antes de que un carruaje apareciera calle abajo, semioculto entre la bruma y la lluvia santafereñas. El vehículo tardó varios minutos en llegar al portón y tras una incómoda espera, se vio salir de allí a un hombre flaco y canoso, cuarentón de apariencia, a quien le fue difícil ocultar cierta amargura en el fondo de su cínica sonrisa. Le faltaba una pierna y se movía con ayuda de una muleta de finas maderas. Vestía con soberbia elegancia, de traje negro y camisa anudada con una corbata de seda color fucsia.
Silva lo ayudó a franquear la puerta y lo condujo hacia el patio central, donde un conjunto interpretaba suaves melodías entre un delirio de flores, bejucos, enredaderas, macetas de primaveras y dalias y orquídeas tiernas azotadas por la lluvia. El invitado saludó al selecto grupo de adolescentes miembros de la tertulia literaria Los lánguidos camellos, ataviados para la ocasión con las mejores prendas de moda en la Atenas Sudamericana, en ese año de 1896.
La bruma se hizo más pesada y cubrió las calles de Santa Fe de Bogotá con capas de un algodón insidioso. A veces era imposible ver a más de un metro a los arrieros que subían vacas o chivos hacia los cerros, o a los transeúntes que desaparecían como fantasmas en los zaguanes de las casonas coloniales. El huésped tosió y comentó a Silva, vestido aquel día como un discípulo de Brummel, sobre la dolencia pulmonar que lo aquejaba desde su ingreso a Colombia dos meses antes.
Llegó a Cartagena de Indias en el barco alemán Norstrand, que venía repleto de mercaderías exóticas, entre ellas tapices persas, textiles, narguiles, camafeos y otros lujos de chuchería para la tienda de su anfitrión. Después se embarcó por el río Magdalena hasta Honda, donde estuvo una semana bajo la canícula, con la esperanza de atenuar sus males respiratorios y luego empezó a subir la cordillera hasta la sabana, por esa ruta famosa entre aventureros europeos que buscaban emular las hazañas del Barón de Humboldt. Un paje de librea le sirvió una ardiente infusión y lo invitó a seguir al cuarto para bañarse los pies con agua caliente y luego a descansar del agotador viaje.
Al día siguiente, en dos carruajes, los invitados de Silva partieron con el huésped mayor hacia el salto de El Tequendama, donde, en un extraño castillo tapizado de rojo y de paredes empapeladas, se preparaba un suculento almuerzo que sería acompañado con los mejores vinos encontrados en la bodega. Todos los miembros de la tertulia continental, salvo Silva y Rubén Darío, que ya habían cruzado el senecto y fatídico límite de los 30 años, eran casi unos adolescentes. El uruguayo Julio Herrera y Reissig, el colombiano Guillermo Valencia, el argentino Leopoldo Lugones, el mexicano Amado Nervo y el peruano José Santos Chocano habían llegado en diferentes fechas secretas a la ciudad, convocados por José Asunción, quien corrió con los gastos de la aventura poética. Vestidos con las mejores galas, aderezados en extremo, perfumados, envueltos en albísimas camisas y zapatos de charol, con bombines de lujo, gasnés, bastones y otros adminículos de la gentlemanía, aquellos jovenzuelos departían felices dentro de los coches, mientras la sabana con sus tierras húmedas, neblinosas y verdes se extendía a lo lejos, cubierta de un tono esmeralda.
En el primer vehículo iban Silva, el nicaragüense Rubén Darío, Baldomero Sanín y la poetisa Ana Malo, Salomé que todos deseaban y pocos poseían. Silva dio las gracias a Rimbaud por arriesgarse a un viaje tan largo hasta el otro confín del universo y, en especial, por reconocer que aún vivía, cuando sus escasos admiradores y otros que sólo lo veían como epígono del rey Verlaine lo daban por muerto desde hacía cinco años, en condiciones penosas tras su aventura africana. Arthur respondió a Silva que la dicha le correspondía a él por estar en estas tierras soñadas que añoraba conocer desde hacía tanto.
El río Funza corría raudo y su murmullo se oía al lado del camino. Pronto llegaron y en la puerta de la rimbombante construcción un grupo de cocineros gordos y rozagantes ayudaron a bajar de los carruajes al selecto grupo de convivios, “los diez”, como los tildó Ana Malo mientras ayudaba al autor de las Iluminaciones a entrar al comedor, adornado con toda clase de bibelots, entre un penetrante olor a incienso oriental. Las paredes estaban cubiertas de tapicerías con escenas de sátiros, violaciones, sacrificios priápicos e imágenes de efebos y ninfas desnudas en desesperadas posiciones de coito.
Rimbaud fue llevado a la cabecera de la mesa y al otro extremo se colocó el anfitrión. Comieron y a la hora del postre Rubén Darío pronunció un brindis que todos aplaudieron. La servidumbre levantó la mesa y los contertulios se dirigieron a un cuarto contiguo adornado con flores reales en cuyo centro yacía un enorme y bruñido narguile de oro con largas tubamentas de pulpo por donde palpitaba ya el aroma del hachís. Silva fue el primero en chupar. Las palabras sonaban y chocaban contra las paredes y se escapaban para juntarse al ruido de la catarata. Desde la ventana se veía el precipicio y se observaba cómo el agua mansa de repente se hundía en las profundidades para caer con estruendo y provocar un permanente retorno de brisa.
Paraíso de los suicidas, lugar de encuentro de amantes secretos, sitio de invocación satánica y priápica, entorno de buitres acechantes, rincón del fin, oráculo de ecos, el salto de El Tequendama tenía ya una extensa historia en su haber. Años antes, un emigrante dejó tras su suicidio en el precipicio la orden expresa a sus herederos de que fuese construido un castillo en el lugar de donde se lanzó. Con parte de la fortuna heredada construyeron el edificio y destinaron para sus interiores los saldos de mercancías que había en la bodega del finado y que consistían en tapicerías, muebles, adornos, esculturas, cuadros, ropas e incluso una armadura hispana que perteneció al mismísimo don Gonzalo Jiménez de Quezada. En tal escenario, los bardos empezaron a hacer tintinear sus liras de lata en honor de Rimbaud: Herrera y Reissig habló de “tintinambulantes, macábricos y esfíngidos acróbatas”, mientras Darío -”el arcangélico, el barriolatinesco ormuzimno verleniano”- sacó a relucir sus “fálicas y jupiterinas volte
retas”.
- Tus clavicordios, ¡Oh poeta Paul Verlaine! -dijo Lugones y soltó una carcajada-. ¡Tenemos los clavicordios destemplados y la teja corrida! ¡Pasaremos a la historia como los más impertinentes y odiosos retorcidos de la palabra! ¿Barcos ebrios?
- ¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto! -replicó Darío, ebrio y dispuesto ya a lanzarse al precipicio del brazo de Amado Nervo, cubierto como estaba de futuras condecoraciones. Y luego vomitó sobre un cisne de porcelana, que atónito yacía sobre una mesita de caoba, junto a un florero lleno de rosas.
Arthur sonrió por primera vez ante las peripecias de los jóvenes y se disponía a levantarse para unirse a la fanfarria, cuando se abrió una puerta labrada y entre la humareda sepia con verde hospitalario aparecieron los cocineros gordos cargando una bandeja con dos bellísismas muchachas de unos 14 años, totalmente desnudas, en cuya piel estaba escrito el nombre del homenajeado con tintas de colores vistosos. Luego iniciaron una escenificación sáfica, lenta, minuciosa, apasionada, que hizo las delicias del poeta francés, incapaz de retener la tos que lo aquejaba, hundido en un mullido sillón, mientras lo abanicaba Ana Malo, disfrazada de Salomé, tal y como hacía en cuanta ocasión se presentara.
La tarde llegó y con ella bruma se hizo más pesada y la lluvia pertinaz de la sabana contribuyó al lúgubre fin del día. Santos Chocano y Valencia eran los únicos lúcidos a esa hora de la tarde, ya que los demás yacían adormecidos por la inhalación del hachís y los excesos alcohólicos. Silva, en un acceso de melancolía se había subido a un cuarto superior a interpretar el piano a la sorpresiva pareja de la noche: Rimbaud, el crepuscular, y la encendida poetisa Ana Malo. El bello rostro del santafereño se reflejaba sobre la brillante madera del instrumento y su impecable compostura, acorde a la melodía, parecía proyectarse sobre las paredes. Afuera el estruendo de la catarata era espectral y a medida que la noche seguía, se oía aún más penetrante, e incluso se percibía el cimbrar de las paredes. Silva lloraba mientras tocaba con las manos blancas y alargadas de noche triste. Había perdido importantes manuscritos en el naufragio del América, cuando regresaba de Venezuela a Colombia. Las deudas lo rondaban, gastaba mucho más de lo que percibía en su tienda de abalorios. Nadie, salvo un reducido grupo de escogidos conocía su obra y era objeto de burlas y críticas por parte de sus estultos contemporáneos. Nostálgico de París, Silva tenía en su haber la novela inédita De sobremesa, ejemplo de orfebrería decadentista. Por eso, con el homenaje a otro olvidado, desconocido, se despedía del mundo, a sabiendas de que la verdadera literatura es de catacumbas y de olvidos.
- Rimbaud -dijo- No sabe usted cómo se le ignora. Nadie por estas tierras sabe de su gloria precoz y maravillosa. Todos están obnubilados por el viejo Verlaine, y su leyenda aún tarda en penetrar estas sierras lejanas. Déjeme decirle, tal vez la única posibilidad de convertirse en leyenda es suicidándose de verdad o en vida, como usted hizo, abandonando para siempre este abstruso ejercicio de las palabras, que en almas impares como las nuestras, es sólo el tejido de una marcha fúnebre.
Pero al levantar la mirada del piano para escuchar la respuesta del autor de Une saison en enfer, observó el rictus de horror de la poetisa, antes de que su grito retumbara en el recinto. !Rimbaud estaba muerto! Estirado, con los ojos azules abiertos y la boca desencajada, se alcazaba a percibir el grotesco muñón atorado en la muleta. Una de sus manos crispadas estaba aferrada de forma atroz al seno izquierdo de Ana Malo, de donde salían hilillos de sangre que manchaban sus atrevidos encajes.
Fue difícil arrancar a Rimbaud de las carnes de Ana Malo y más difícil aún enderezarlo. Eran ya las tres la madrugada y el frío sabanero llegaba a límites insoportables de niebla. Los amortajadores de rutina, habituados a trabajar con el alto número de suicidas encontrados por allí, prepararon el cuerpo según indicaciones de Amado Nervo y lo metieron en un sarcófago egipcio que hallaron en las bodegas del castillo. Darío, Silva, Santos Chocano y Herrera y Reissig cargaron el exótico ataúd y salieron del castillo para internarse por un camino rodeado de flores, pinos y altos cipreses. Valencia consolaba a la poetisa, que lloraba a cántaros, mientras Nervo acariciaba sus manos. En poco tiempo llegaron al borde del precipicio, donde era imposible escuchar las palabras, que desaparecían envueltas en la ominosa brisa procedente del fondo, a causa del choque de las aguas con las rocas.
Luego acercaron el féretro a la corriente y lo dejaron fluir hacia el abismo, entre troncos, ramas y reses muertas, mientras la lluvia arreciaba y una tormenta eléctrica iluminaba el ámbito con luz de azul de metileno.
EDUARDO GARCIA AGUILAR. Nació en Manizales, en los Andes cafeteros de Colombia, el 7 de septiembre de 1953, bajo el signo Virgo. En esa ciudad de tierra fría muy literaria, donde casi todos -jóvenes y viejos- querían ser poetas y se vestían como Pessoa, con sombreros Stetson, traje, chaleco y llevaban paraguas y bastón, en el filo de la cordillera, con barrios art-deco y casonas españolas construidas gracias al auge del café, el niño fue desgraciadamente infectado por la literatura desde los 12 años, cuando escribió su primer poema.
Residió después en San Francisco (Estados Unidos) y casi una vida en México, desempeñándose allí como corresponsal extranjero de la Agence France Presse (AFP) durante 13 años. En México, en 1981, la editorial El tucán de Virginia, gracias a Guillermo Samperio, publicó su primer libro de cuentos, Cuaderno de sueños. Otros libros iniciales fueron publicados por complicidad de Luis Mario Schneider y Vicente Quirarte. En México creció, aprendió a tomar tequila y a pasar horas en deliciosas cantinas y pudo publicar casi todos sus libros y decenas y decenas de textos nómadas, literarios. Sostuvo una columna los jueves en la página cultural de Excélsior de1980 a 1983 en la sección cultural dirigida por Edmundo Valadés. Después trabajó con Huberto Batis en unomásuno y publicó allí durante años textos de diverso tono, desde artículos a ensayos y crónicas. Ahora vive en París y comparte la actividad de la activa colonia literaria latinoamericana compuesta por escritores de casi todos los países latinoamericanos que recorren las calles y leen textos en cavas y en la Casa de América Latina de Saint Germain des Pres.
Ha publicado las novelas Tierra de Leones (México. 1986), Bulevar de los héroes (México. 1987, traducida y publicada en Estados Unidos en 1994), y El viaje triunfal (Bogotá, 1993 y México 1997), novela ganadora en Colombia del premio Ernesto Sábato de Proartes. También ha publicado el poemario Llanto de la espada (1992), los libros de cuento y relato Cuaderno de sueños (México, 1981), Palpar la zona prohibida (México, 1984) y Urbes luminosas (México 1991. Bogotá 1994) y en el campo del ensayo: Gabriel García Márquez.
Sus crónicas, reportajes y textos críticos y literarios publicados en diarios y revistas latinoamericanos y europeos, pero especialmente en México, serán reunidos bajo el título de Textos nómadas.
Una extraña agitación sucedía en casa del joven poeta José Asunción Silva, minutos antes de que un carruaje apareciera calle abajo, semioculto entre la bruma y la lluvia santafereñas. El vehículo tardó varios minutos en llegar al portón y tras una incómoda espera, se vio salir de allí a un hombre flaco y canoso, cuarentón de apariencia, a quien le fue difícil ocultar cierta amargura en el fondo de su cínica sonrisa. Le faltaba una pierna y se movía con ayuda de una muleta de finas maderas. Vestía con soberbia elegancia, de traje negro y camisa anudada con una corbata de seda color fucsia.
Silva lo ayudó a franquear la puerta y lo condujo hacia el patio central, donde un conjunto interpretaba suaves melodías entre un delirio de flores, bejucos, enredaderas, macetas de primaveras y dalias y orquídeas tiernas azotadas por la lluvia. El invitado saludó al selecto grupo de adolescentes miembros de la tertulia literaria Los lánguidos camellos, ataviados para la ocasión con las mejores prendas de moda en la Atenas Sudamericana, en ese año de 1896.
La bruma se hizo más pesada y cubrió las calles de Santa Fe de Bogotá con capas de un algodón insidioso. A veces era imposible ver a más de un metro a los arrieros que subían vacas o chivos hacia los cerros, o a los transeúntes que desaparecían como fantasmas en los zaguanes de las casonas coloniales. El huésped tosió y comentó a Silva, vestido aquel día como un discípulo de Brummel, sobre la dolencia pulmonar que lo aquejaba desde su ingreso a Colombia dos meses antes.
Llegó a Cartagena de Indias en el barco alemán Norstrand, que venía repleto de mercaderías exóticas, entre ellas tapices persas, textiles, narguiles, camafeos y otros lujos de chuchería para la tienda de su anfitrión. Después se embarcó por el río Magdalena hasta Honda, donde estuvo una semana bajo la canícula, con la esperanza de atenuar sus males respiratorios y luego empezó a subir la cordillera hasta la sabana, por esa ruta famosa entre aventureros europeos que buscaban emular las hazañas del Barón de Humboldt. Un paje de librea le sirvió una ardiente infusión y lo invitó a seguir al cuarto para bañarse los pies con agua caliente y luego a descansar del agotador viaje.
Al día siguiente, en dos carruajes, los invitados de Silva partieron con el huésped mayor hacia el salto de El Tequendama, donde, en un extraño castillo tapizado de rojo y de paredes empapeladas, se preparaba un suculento almuerzo que sería acompañado con los mejores vinos encontrados en la bodega. Todos los miembros de la tertulia continental, salvo Silva y Rubén Darío, que ya habían cruzado el senecto y fatídico límite de los 30 años, eran casi unos adolescentes. El uruguayo Julio Herrera y Reissig, el colombiano Guillermo Valencia, el argentino Leopoldo Lugones, el mexicano Amado Nervo y el peruano José Santos Chocano habían llegado en diferentes fechas secretas a la ciudad, convocados por José Asunción, quien corrió con los gastos de la aventura poética. Vestidos con las mejores galas, aderezados en extremo, perfumados, envueltos en albísimas camisas y zapatos de charol, con bombines de lujo, gasnés, bastones y otros adminículos de la gentlemanía, aquellos jovenzuelos departían felices dentro de los coches, mientras la sabana con sus tierras húmedas, neblinosas y verdes se extendía a lo lejos, cubierta de un tono esmeralda.
En el primer vehículo iban Silva, el nicaragüense Rubén Darío, Baldomero Sanín y la poetisa Ana Malo, Salomé que todos deseaban y pocos poseían. Silva dio las gracias a Rimbaud por arriesgarse a un viaje tan largo hasta el otro confín del universo y, en especial, por reconocer que aún vivía, cuando sus escasos admiradores y otros que sólo lo veían como epígono del rey Verlaine lo daban por muerto desde hacía cinco años, en condiciones penosas tras su aventura africana. Arthur respondió a Silva que la dicha le correspondía a él por estar en estas tierras soñadas que añoraba conocer desde hacía tanto.
El río Funza corría raudo y su murmullo se oía al lado del camino. Pronto llegaron y en la puerta de la rimbombante construcción un grupo de cocineros gordos y rozagantes ayudaron a bajar de los carruajes al selecto grupo de convivios, “los diez”, como los tildó Ana Malo mientras ayudaba al autor de las Iluminaciones a entrar al comedor, adornado con toda clase de bibelots, entre un penetrante olor a incienso oriental. Las paredes estaban cubiertas de tapicerías con escenas de sátiros, violaciones, sacrificios priápicos e imágenes de efebos y ninfas desnudas en desesperadas posiciones de coito.
Rimbaud fue llevado a la cabecera de la mesa y al otro extremo se colocó el anfitrión. Comieron y a la hora del postre Rubén Darío pronunció un brindis que todos aplaudieron. La servidumbre levantó la mesa y los contertulios se dirigieron a un cuarto contiguo adornado con flores reales en cuyo centro yacía un enorme y bruñido narguile de oro con largas tubamentas de pulpo por donde palpitaba ya el aroma del hachís. Silva fue el primero en chupar. Las palabras sonaban y chocaban contra las paredes y se escapaban para juntarse al ruido de la catarata. Desde la ventana se veía el precipicio y se observaba cómo el agua mansa de repente se hundía en las profundidades para caer con estruendo y provocar un permanente retorno de brisa.
Paraíso de los suicidas, lugar de encuentro de amantes secretos, sitio de invocación satánica y priápica, entorno de buitres acechantes, rincón del fin, oráculo de ecos, el salto de El Tequendama tenía ya una extensa historia en su haber. Años antes, un emigrante dejó tras su suicidio en el precipicio la orden expresa a sus herederos de que fuese construido un castillo en el lugar de donde se lanzó. Con parte de la fortuna heredada construyeron el edificio y destinaron para sus interiores los saldos de mercancías que había en la bodega del finado y que consistían en tapicerías, muebles, adornos, esculturas, cuadros, ropas e incluso una armadura hispana que perteneció al mismísimo don Gonzalo Jiménez de Quezada. En tal escenario, los bardos empezaron a hacer tintinear sus liras de lata en honor de Rimbaud: Herrera y Reissig habló de “tintinambulantes, macábricos y esfíngidos acróbatas”, mientras Darío -”el arcangélico, el barriolatinesco ormuzimno verleniano”- sacó a relucir sus “fálicas y jupiterinas volte
retas”.
- Tus clavicordios, ¡Oh poeta Paul Verlaine! -dijo Lugones y soltó una carcajada-. ¡Tenemos los clavicordios destemplados y la teja corrida! ¡Pasaremos a la historia como los más impertinentes y odiosos retorcidos de la palabra! ¿Barcos ebrios?
- ¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto! -replicó Darío, ebrio y dispuesto ya a lanzarse al precipicio del brazo de Amado Nervo, cubierto como estaba de futuras condecoraciones. Y luego vomitó sobre un cisne de porcelana, que atónito yacía sobre una mesita de caoba, junto a un florero lleno de rosas.
Arthur sonrió por primera vez ante las peripecias de los jóvenes y se disponía a levantarse para unirse a la fanfarria, cuando se abrió una puerta labrada y entre la humareda sepia con verde hospitalario aparecieron los cocineros gordos cargando una bandeja con dos bellísismas muchachas de unos 14 años, totalmente desnudas, en cuya piel estaba escrito el nombre del homenajeado con tintas de colores vistosos. Luego iniciaron una escenificación sáfica, lenta, minuciosa, apasionada, que hizo las delicias del poeta francés, incapaz de retener la tos que lo aquejaba, hundido en un mullido sillón, mientras lo abanicaba Ana Malo, disfrazada de Salomé, tal y como hacía en cuanta ocasión se presentara.
La tarde llegó y con ella bruma se hizo más pesada y la lluvia pertinaz de la sabana contribuyó al lúgubre fin del día. Santos Chocano y Valencia eran los únicos lúcidos a esa hora de la tarde, ya que los demás yacían adormecidos por la inhalación del hachís y los excesos alcohólicos. Silva, en un acceso de melancolía se había subido a un cuarto superior a interpretar el piano a la sorpresiva pareja de la noche: Rimbaud, el crepuscular, y la encendida poetisa Ana Malo. El bello rostro del santafereño se reflejaba sobre la brillante madera del instrumento y su impecable compostura, acorde a la melodía, parecía proyectarse sobre las paredes. Afuera el estruendo de la catarata era espectral y a medida que la noche seguía, se oía aún más penetrante, e incluso se percibía el cimbrar de las paredes. Silva lloraba mientras tocaba con las manos blancas y alargadas de noche triste. Había perdido importantes manuscritos en el naufragio del América, cuando regresaba de Venezuela a Colombia. Las deudas lo rondaban, gastaba mucho más de lo que percibía en su tienda de abalorios. Nadie, salvo un reducido grupo de escogidos conocía su obra y era objeto de burlas y críticas por parte de sus estultos contemporáneos. Nostálgico de París, Silva tenía en su haber la novela inédita De sobremesa, ejemplo de orfebrería decadentista. Por eso, con el homenaje a otro olvidado, desconocido, se despedía del mundo, a sabiendas de que la verdadera literatura es de catacumbas y de olvidos.
- Rimbaud -dijo- No sabe usted cómo se le ignora. Nadie por estas tierras sabe de su gloria precoz y maravillosa. Todos están obnubilados por el viejo Verlaine, y su leyenda aún tarda en penetrar estas sierras lejanas. Déjeme decirle, tal vez la única posibilidad de convertirse en leyenda es suicidándose de verdad o en vida, como usted hizo, abandonando para siempre este abstruso ejercicio de las palabras, que en almas impares como las nuestras, es sólo el tejido de una marcha fúnebre.
Pero al levantar la mirada del piano para escuchar la respuesta del autor de Une saison en enfer, observó el rictus de horror de la poetisa, antes de que su grito retumbara en el recinto. !Rimbaud estaba muerto! Estirado, con los ojos azules abiertos y la boca desencajada, se alcazaba a percibir el grotesco muñón atorado en la muleta. Una de sus manos crispadas estaba aferrada de forma atroz al seno izquierdo de Ana Malo, de donde salían hilillos de sangre que manchaban sus atrevidos encajes.
Fue difícil arrancar a Rimbaud de las carnes de Ana Malo y más difícil aún enderezarlo. Eran ya las tres la madrugada y el frío sabanero llegaba a límites insoportables de niebla. Los amortajadores de rutina, habituados a trabajar con el alto número de suicidas encontrados por allí, prepararon el cuerpo según indicaciones de Amado Nervo y lo metieron en un sarcófago egipcio que hallaron en las bodegas del castillo. Darío, Silva, Santos Chocano y Herrera y Reissig cargaron el exótico ataúd y salieron del castillo para internarse por un camino rodeado de flores, pinos y altos cipreses. Valencia consolaba a la poetisa, que lloraba a cántaros, mientras Nervo acariciaba sus manos. En poco tiempo llegaron al borde del precipicio, donde era imposible escuchar las palabras, que desaparecían envueltas en la ominosa brisa procedente del fondo, a causa del choque de las aguas con las rocas.
Luego acercaron el féretro a la corriente y lo dejaron fluir hacia el abismo, entre troncos, ramas y reses muertas, mientras la lluvia arreciaba y una tormenta eléctrica iluminaba el ámbito con luz de azul de metileno.
EDUARDO GARCIA AGUILAR. Nació en Manizales, en los Andes cafeteros de Colombia, el 7 de septiembre de 1953, bajo el signo Virgo. En esa ciudad de tierra fría muy literaria, donde casi todos -jóvenes y viejos- querían ser poetas y se vestían como Pessoa, con sombreros Stetson, traje, chaleco y llevaban paraguas y bastón, en el filo de la cordillera, con barrios art-deco y casonas españolas construidas gracias al auge del café, el niño fue desgraciadamente infectado por la literatura desde los 12 años, cuando escribió su primer poema.
Residió después en San Francisco (Estados Unidos) y casi una vida en México, desempeñándose allí como corresponsal extranjero de la Agence France Presse (AFP) durante 13 años. En México, en 1981, la editorial El tucán de Virginia, gracias a Guillermo Samperio, publicó su primer libro de cuentos, Cuaderno de sueños. Otros libros iniciales fueron publicados por complicidad de Luis Mario Schneider y Vicente Quirarte. En México creció, aprendió a tomar tequila y a pasar horas en deliciosas cantinas y pudo publicar casi todos sus libros y decenas y decenas de textos nómadas, literarios. Sostuvo una columna los jueves en la página cultural de Excélsior de1980 a 1983 en la sección cultural dirigida por Edmundo Valadés. Después trabajó con Huberto Batis en unomásuno y publicó allí durante años textos de diverso tono, desde artículos a ensayos y crónicas. Ahora vive en París y comparte la actividad de la activa colonia literaria latinoamericana compuesta por escritores de casi todos los países latinoamericanos que recorren las calles y leen textos en cavas y en la Casa de América Latina de Saint Germain des Pres.
Ha publicado las novelas Tierra de Leones (México. 1986), Bulevar de los héroes (México. 1987, traducida y publicada en Estados Unidos en 1994), y El viaje triunfal (Bogotá, 1993 y México 1997), novela ganadora en Colombia del premio Ernesto Sábato de Proartes. También ha publicado el poemario Llanto de la espada (1992), los libros de cuento y relato Cuaderno de sueños (México, 1981), Palpar la zona prohibida (México, 1984) y Urbes luminosas (México 1991. Bogotá 1994) y en el campo del ensayo: Gabriel García Márquez.
Sus crónicas, reportajes y textos críticos y literarios publicados en diarios y revistas latinoamericanos y europeos, pero especialmente en México, serán reunidos bajo el título de Textos nómadas.
sábado, 14 de febrero de 2015
SUMISIÓN AL ISLAM
La última
novela de Michel Houellebecq figura en el primer lugar de las listas de ventas
desde el día de su aparición, que coincidió con el famoso atentado del 7 de
enero contra la revista de caricaturas Charlie Hebdo por parte de un comando asesino
de fanáticos yihadistas.
Las semanas y los meses que
precedieron a los atentados que conmocionaron a Francia se habían
caracterizado por la omnipresencia en los medios de dos libros mediocres y
llenos de odio. El primero, rey de las ventas de 2014, fue "Gracias
por ese momento", de la ex concubina del presidente francés, que se vengaba de
él por el fin de su historia de amor y el otro, "El suicidio francés", de un
mediocre comentarista de radio y televisón que aboga por la deportación de los
extranjeros de Francia, en especial los negros y los árabes porque, según él,
amenazan con terminar con la grandeza cultural, racial y social del país por
medio del horrible mestizaje de razas.
Libros mediocres y tristes, los de Valérie Trierwieler y Eric Zemmour dominaron el panorama de 2014 y toda la prensa obnubilada e hipnotizada dedicaba semana tras semana portadas y primeros horarios de televisión y radio a estos dos engendros de la verdadera decadencia intelectual del país, mientras se agigantaba mes tras mes el partido neofascista Frente Nacional y todo el mundo criticaba al presidente francés y a su partido y negaba, en un delirio increíble y depresivo de cilicios y azotes, todo lo salvable que pudiese existir en el país en medio de una peligrosa y gravísima crisis internacional económica y gepolítica.
La llegada de la nueva novela de Houellebecq, uno de los escritores más notables de su generación, nacido en 1958 y ganador del premio Goncourt, aunque se inspiraba en la misma tendencia depresiva francesa, al menos auguraba el reencuentro con la buena literatura y el talento. Entre los depresivos hay niveles, y por supuesto el nivel del novelista parisino más exitoso de los últimos tres lustros es un nivel superior a millones de años luz de los líderes de las listas de ventas que lo precedieron en 2014.
Houellebecq es un hijo triste de la generación de sus padres, la del baby boom y el 68, caracterizada por haber surgido en medio del auge económico del país y la liberación de costumbres traída por la era pop. Sus temas están marcados por el descuido en que fue criado por sus progenitores hippies, egoístas e irresponsables y por eso en sus novelas, especialmente en su mayor éxito, "Las particulas elementales", los fustiga y expresa el grito de amargura de un muchacho frustrado, flaco, feo, enfermizo y tímido.
Con esos elementos ha creado un personaje mediático atípico que rompe con el culto a la belleza y al glamour. Houellebecq es desdentado como un vejete, fuma más de cuatro cajetillas de cigarrillos al día, ha sido alcohólico, visitante de prostíbulos y tiene un cabello que es como la peluca horrenda de maniquí abandonado y su piel blanca y fláccida y su posición desgarbada lo asemejan a personajes malditos como Charles Boukowski, Louis Ferdinand Céline y otros indigentes famosos de la literatura del siglo XX.
Él cultiva esa imagen y en ella se identifican todos los frustrados blancos franceses de su generación que ven en los árabes y los negros, en los extranjeros en general, el vector de la supuesta desgracia del país. Pero en el fondo, Houellebecq es un ángel y su fama y éxito es un merecido homenaje al talento de los disminuidos y un triunfo de la literatura sobre el glamour, el arribismo y la impostura.
El libro ya era un escándalo antes de salir. Todos los diarios, revistas y programas de radio y televisión hablaban de la novedad antes de que saliera al público y para colmo de todo, a los yihadistas islamistas se les ocurrió matar a 12 miembros de la redacción de Charlie Hebdo, entre ellos un amigo suyo, el mismo día en que salió a la venta el libro, por lo que su autor tuvo que irse a la montaña a descansar, conmocionado, y a estar un poco a salvo de la histórica tormenta que ratificaba en términos generales los temores expresados por él de manera brillante en el tema de su novela "Sumisión".
El autor se imagina que en 2022 llega al poder un presidente musulmán bastante moderado, inteligente y culto, que ha hecho alianza con la derecha moderada, los izquierdistas, los comunistas y los socialistas, para evitar el ascenso al poder de los fascistas del Frente Nacional. El presidente Ben Abes considera que a través del islam Europa entera reencontrará el protagonismo que otrora tuvo el Imperio Romano y, abierta a los países de Oriente Medio y del Magreb, puede conformar de nuevo una gran civilización alrededor del Mediterráneo, liderada por el islam, pero que convive como bajo los Omeyas de Córdoba en la España islámica, con judíos y cristianos, o sea con las tres religiones monoteístas surgidas del Libro sagrado.
El personaje, François, alter ego de Houellebecq, es un profesor de literatura de la Sorbona, que de ahora en adelante se llamará Universidad Internacional Islámica de la Sorbona, cuyos profesores deben convertirse al islam para ejercer y gozar así de enormes sueldos financiados por las monarquías petroleras árabes y acceder al derecho de poseer varias esposas de distintas edades, como ocurre en gran parte del orbe musulmán. Puesto que las mujeres regresan a cuidar a sus hijos y a ejercer de sumisas amas de casa, el desempleo desaparece, entre otras consecuencias favorables del nuevo régimen, centrado en la protección de la familia tradicional, como ocurre a su vez entre cristianos y judíos.
Como era de esperarse, el feo y frustrado personaje onanista y putañero opta por convertirse al islam, atraído por la perspectiva de poder copular con tres esposas al mismo tiempo y ganar un buen sueldo de académico universitario en la Universidad Islámica de la Sorbona, y así, colorín colorado, termina esta novela menor, un divertimento que, pese a todo, es muy cómica y bien escrita por el patito feo de la literatura francesa, convertido a estas alturas en un millonario cumbre de la literatura del país de Stendhal, Balzac, Flaubert y Proust, que se niega a llevar, eso sí, caja de dientes.
sábado, 7 de febrero de 2015
EL MUSEO DEL LOUVRE EN LA ESQUINA
Por Eduardo García Aguilar
Es una fortuna tener a unas cuadras del trabajo al Museo del Louvre y poder escaparse unas horas para visitar al azar alguna de sus salas permanentes o las exposiciones del momento. Bajando por la calle Vivienne, donde vivieron Simón Bolívar y el Conde de Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, llego al parque del Palacio Real, uno de los lugares más plácidos de la capital, que fue en el siglo XVIII centro de encuentro de jóvenes, pensadores, libertinos y militares ilustrados de la época en cafés y chocolaterías pobladas de cortesanas. Era además el barrio de Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin y de una novia del Libertador que le escribía cartas encendidas cuando ya él se había convertido en un héroe y en el Che Guevara de la independencia decimonónica.
Es un jardín racional como casi todos los franceses, en cuyo centro hay una fuente fresca en verano y solemne en invierno. Los árboles cruzan el rectángulo de manera simétrica y al final, en los patios del ministerio de Cultura y el consejo Constitucional se encuentran las columnas de Van Buren y la hoy llamada plaza Colette, sede de la ancestral Comedia francesa de Molière. Uno puede tomar un chocolate caliente en época fría o una cerveza durante los calores en un café empotrado en el viejo palacio y cuyas sillas están bajo las antiguas columnatas. Donde antes fueron cafeterías, burdeles y oficinas editoriales de la Ilustración, en tiempos de Voltaire, hay en la actualidad tiendas variadas de moda, antigüedades, expendios de medallas, arte, muñecas, y muchas cosas más de marcas exquisitas o excéntricas.
Cruza uno la calle Saint Honoré y se encuentra de frente con una de mis preferidas librerías de París, la Delamain, perteneciente a Gallimard, una de aquellas ya escasas donde todavía hay con quien hablar sobre libros nuevos y antiguos y se puede pasar una hora hojeando libros de narrativa, historia, poesía, política, traducciones recientes, temas extraños, libros de lujo y obras de editores pequeños que son expuestas ahí con igual esmero que las de los grandes pulpos.
Al lado de la librería está el viejo café donde solía pasar las tardes el poeta peruano César Vallejo, quien vivió a dos cuadras de allí y cuyo espíritu parece presente en ese viejo ámbito cubierto de viejas maderas centenarias donde el vino servido es abundante y exquisito. Muchos dicen que Vallejo fue infeliz en París, pero basta pasar un rato en ese café, llamado La Civette, para comprender que el poeta de los Poemas Humanos y de Trilce no la pasó tan mal en esta ciudad a pesar de los fríos y los aguaceros.
Unos metros más adelante uno esta ya frente a un costado lateral del Museo, donde se ven los enormes anuncios de las exposiciones del momento y puede ingresar entonces al gran vestíbulo de entrada, situado bajo la pirámide invertida del gran arquitecto japonés Pei. A lo largo de los años he corrido para llegar a tiempo a exposiciones inolvidables que están a punto de acabar, como la de Alejandro Magno, basada en las nuevas excavaciones realizadas en Macedonia, o aquella dedicada a los tiempos de Fidias o Praxiteles, a quienes grandes mandatarios como Pericles y otros les encargaban estatuas de Zeus o Afroditas.
Estremece poder ver cascos, escudos, platos, lámparas, recipientes de perfume o vino, estructuras para camas, aretes, anillos, monedas, mesas, instrumentos de cocina, fragmentos de frescos, mosaicos y tantas otras cosas más extraídas de las tumbas y que nos acercan a la vida cotidiana en tiempos de Alejandro Magno. Y en el caso de Praxiteles y Fidias, seguir sus rastros, observar las copias, tratar de acercarse a su tiempo y al genio de sus manos.
Estas dos últimas semanas he ido a ver dos exposiciones que estaban en su último día, una monumental sobre el arte practicado en Marruecos en los tiempos de las diferentes corrientes del islam en esa región, que incluía entonces como un todo geopolítico el sur de España bajo el Al Andalous y ciudades como Córdoba, Sevilla, Algesiras, Cartagena, Almería, Cádiz, y otra muestra menos monumental sobre la isla de Rodas, basada en colecciones de cerámica, joyas y monedas rescatadas por los primeros arqueólogos franceses y alemanes, y pertenecientes a los siglos VII y VI antes de nuestra era.
Pero fuera de esas exposiciones que concluyen y se van para siempre, nada como pasearse de manera intermitente y a través de los años por las salas permanentes: pasar horas y horas viendo la magnífica colección de miles vasos, jarras y ánforas griegas de las épocas más antiguas, con la imaginería increíble de sus dibujos e ilustraciones en cerámica, algunas de precioso sentido erótico y pornográfico. O ver el Hermafrodita dormido, o la Venus de Milo, o la Victoria de Samotracia o los rostros originales en mármol de todas las figuras históricas griegas clásicas, filósofos, reyes, magnates y otros muchos menos conocidos, pero casi vivientes.
O pasearse por la gran sala Egipcia interminable con sus sarcófagos y sus momias y su Escriba sentado, o por la de los persas y asirios, etruscos o romanos, que siempre nos impresionan y nos muestran que nosotros no somos los primeros ni los más avanzados en la historia de este planeta tierra. Y eso sin hablar de las decenas de salas dedicadas a la pintura, dotadas de la colección más impresionante de imágenes de los más grandes artistas, frente a cuyas obras uno puede pasar horas y estar conmovido, observando los detalles, la verdad de otros tiempos: ¿qué hacer frente a un Ver Meer o un Rembrand? ¿frente a un Greco o un Goya? ¿Un Tintoretto o un Rafael?
El jueves, al salir de la muestra sobre Rodas, desemboqué por azar en la sala dedicada al arte medieval francés y he quedado maravillado ante la variedad de las magníficas obras, en su mayoría monumentos funerarios y bustos. A través del mármol y por la mano de excepcionales artistas, uno recorre esos siglos desde los primeros reyes medievales, conmovido por monjes, militares, patriarcas, jerarcas eclesiásticos, potentados, viajeros y los monarcas y sus esposas cubiertas de joyas, algunas acompañadas en su morada final por el pequeño perro de raza, esculpido a sus pies como un detalle de humor o coquetería o ternura.
Pero nada como esa terrible figura de la parca descarnada y esquelética cubierta de jirones que se encontraba en el centro del desparecido cementerio medieval de los Inocentes de París, donde con la más tétrica realidad parecida a las imágenes en óleo de Grünewald, comprendemos que ese tiempo estaba marcado por la muerte y su terror omnipresente y la impronta de la religión católica y la monarquía de la Flor de Lis y su inmenso poder sobre los hombres, en su mayoría siervos. Una sala vista al azar una tarde de sol que nos conmueve y nos reconcilia con el arte de todos los tiempos.
Es una fortuna tener a unas cuadras del trabajo al Museo del Louvre y poder escaparse unas horas para visitar al azar alguna de sus salas permanentes o las exposiciones del momento. Bajando por la calle Vivienne, donde vivieron Simón Bolívar y el Conde de Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, llego al parque del Palacio Real, uno de los lugares más plácidos de la capital, que fue en el siglo XVIII centro de encuentro de jóvenes, pensadores, libertinos y militares ilustrados de la época en cafés y chocolaterías pobladas de cortesanas. Era además el barrio de Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin y de una novia del Libertador que le escribía cartas encendidas cuando ya él se había convertido en un héroe y en el Che Guevara de la independencia decimonónica.
Es un jardín racional como casi todos los franceses, en cuyo centro hay una fuente fresca en verano y solemne en invierno. Los árboles cruzan el rectángulo de manera simétrica y al final, en los patios del ministerio de Cultura y el consejo Constitucional se encuentran las columnas de Van Buren y la hoy llamada plaza Colette, sede de la ancestral Comedia francesa de Molière. Uno puede tomar un chocolate caliente en época fría o una cerveza durante los calores en un café empotrado en el viejo palacio y cuyas sillas están bajo las antiguas columnatas. Donde antes fueron cafeterías, burdeles y oficinas editoriales de la Ilustración, en tiempos de Voltaire, hay en la actualidad tiendas variadas de moda, antigüedades, expendios de medallas, arte, muñecas, y muchas cosas más de marcas exquisitas o excéntricas.
Cruza uno la calle Saint Honoré y se encuentra de frente con una de mis preferidas librerías de París, la Delamain, perteneciente a Gallimard, una de aquellas ya escasas donde todavía hay con quien hablar sobre libros nuevos y antiguos y se puede pasar una hora hojeando libros de narrativa, historia, poesía, política, traducciones recientes, temas extraños, libros de lujo y obras de editores pequeños que son expuestas ahí con igual esmero que las de los grandes pulpos.
Al lado de la librería está el viejo café donde solía pasar las tardes el poeta peruano César Vallejo, quien vivió a dos cuadras de allí y cuyo espíritu parece presente en ese viejo ámbito cubierto de viejas maderas centenarias donde el vino servido es abundante y exquisito. Muchos dicen que Vallejo fue infeliz en París, pero basta pasar un rato en ese café, llamado La Civette, para comprender que el poeta de los Poemas Humanos y de Trilce no la pasó tan mal en esta ciudad a pesar de los fríos y los aguaceros.
Unos metros más adelante uno esta ya frente a un costado lateral del Museo, donde se ven los enormes anuncios de las exposiciones del momento y puede ingresar entonces al gran vestíbulo de entrada, situado bajo la pirámide invertida del gran arquitecto japonés Pei. A lo largo de los años he corrido para llegar a tiempo a exposiciones inolvidables que están a punto de acabar, como la de Alejandro Magno, basada en las nuevas excavaciones realizadas en Macedonia, o aquella dedicada a los tiempos de Fidias o Praxiteles, a quienes grandes mandatarios como Pericles y otros les encargaban estatuas de Zeus o Afroditas.
Estremece poder ver cascos, escudos, platos, lámparas, recipientes de perfume o vino, estructuras para camas, aretes, anillos, monedas, mesas, instrumentos de cocina, fragmentos de frescos, mosaicos y tantas otras cosas más extraídas de las tumbas y que nos acercan a la vida cotidiana en tiempos de Alejandro Magno. Y en el caso de Praxiteles y Fidias, seguir sus rastros, observar las copias, tratar de acercarse a su tiempo y al genio de sus manos.
Estas dos últimas semanas he ido a ver dos exposiciones que estaban en su último día, una monumental sobre el arte practicado en Marruecos en los tiempos de las diferentes corrientes del islam en esa región, que incluía entonces como un todo geopolítico el sur de España bajo el Al Andalous y ciudades como Córdoba, Sevilla, Algesiras, Cartagena, Almería, Cádiz, y otra muestra menos monumental sobre la isla de Rodas, basada en colecciones de cerámica, joyas y monedas rescatadas por los primeros arqueólogos franceses y alemanes, y pertenecientes a los siglos VII y VI antes de nuestra era.
Pero fuera de esas exposiciones que concluyen y se van para siempre, nada como pasearse de manera intermitente y a través de los años por las salas permanentes: pasar horas y horas viendo la magnífica colección de miles vasos, jarras y ánforas griegas de las épocas más antiguas, con la imaginería increíble de sus dibujos e ilustraciones en cerámica, algunas de precioso sentido erótico y pornográfico. O ver el Hermafrodita dormido, o la Venus de Milo, o la Victoria de Samotracia o los rostros originales en mármol de todas las figuras históricas griegas clásicas, filósofos, reyes, magnates y otros muchos menos conocidos, pero casi vivientes.
O pasearse por la gran sala Egipcia interminable con sus sarcófagos y sus momias y su Escriba sentado, o por la de los persas y asirios, etruscos o romanos, que siempre nos impresionan y nos muestran que nosotros no somos los primeros ni los más avanzados en la historia de este planeta tierra. Y eso sin hablar de las decenas de salas dedicadas a la pintura, dotadas de la colección más impresionante de imágenes de los más grandes artistas, frente a cuyas obras uno puede pasar horas y estar conmovido, observando los detalles, la verdad de otros tiempos: ¿qué hacer frente a un Ver Meer o un Rembrand? ¿frente a un Greco o un Goya? ¿Un Tintoretto o un Rafael?
El jueves, al salir de la muestra sobre Rodas, desemboqué por azar en la sala dedicada al arte medieval francés y he quedado maravillado ante la variedad de las magníficas obras, en su mayoría monumentos funerarios y bustos. A través del mármol y por la mano de excepcionales artistas, uno recorre esos siglos desde los primeros reyes medievales, conmovido por monjes, militares, patriarcas, jerarcas eclesiásticos, potentados, viajeros y los monarcas y sus esposas cubiertas de joyas, algunas acompañadas en su morada final por el pequeño perro de raza, esculpido a sus pies como un detalle de humor o coquetería o ternura.
Pero nada como esa terrible figura de la parca descarnada y esquelética cubierta de jirones que se encontraba en el centro del desparecido cementerio medieval de los Inocentes de París, donde con la más tétrica realidad parecida a las imágenes en óleo de Grünewald, comprendemos que ese tiempo estaba marcado por la muerte y su terror omnipresente y la impronta de la religión católica y la monarquía de la Flor de Lis y su inmenso poder sobre los hombres, en su mayoría siervos. Una sala vista al azar una tarde de sol que nos conmueve y nos reconcilia con el arte de todos los tiempos.
sábado, 31 de enero de 2015
MULTICOLORES Y ANTIISLAMISTAS EN MÚNICH
Por Eduardo García Aguilar
En la bella ciudad donde inició su carrera Adolfo Hitler y vivió Sigmund Freud, la urbe de Bavaria desde donde se ven las cumbres nevadas de los Alpes, en la misma plaza Goethe, se observa este lunes de fin de enero, a un lado los manifestantes de Peguida (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente) y, al otro, diversos grupos coloridos que los abuchean como si fueran la reencarnación de las huestes del Nacional Socialismo, solo que entonces pedían la expulsión de los judíos y ahora abogan por la de los musulmanes.
En medio de los dos bandos hay una larga fila de separadores metálicos, patrullas y decenas de policías, mientras junto a una de las salidas del metro, en uno de los segmentos de la plaza circular que lleva el nombre del creador del personaje de Mefistófeles se apiñan los manifestantes de derecha que llevan banderas tradicionales alemanas y lucen pancartas donde fustigan al islam: "Mahoma tenía esposas de 9 años ¿eso queremos para Europa? pregunta una de ellas y otra dice: "en 1400 años de existencia el islam ha matado a 240 millones de personas".
Al otro lado están representantes del Partido Verde, muy fuerte en la capital bávara, y manifestantes de diversos grupos de izquierda, así como gente de derecha moderada, que aboga por la necesidad de la inmigración en un país con graves problemas demográficos y un crecimiento permanente que requiere mucha mano de obra. Los Verdes ecologistas lucen pancartas que dicen "Alemania es multicolor" y muchos jóvenes llevan banderas y banderines rojos o verdes o interpretan música típica alemana con trompetas y trombones mientras cae poco a poco una nieve fina en esta noche típica muniquense. También se ponen nariz roja de payasos porque, afirman, quieren hacer contramanifestaciones divertidas.
Cuando avanza la manifestación de Pegida, los multicolores abuchean y hacen sonar pitos para acallar las voces de ese movimiento que, según ellos, es una estrategia política de la extrema derecha neo-nazi para movilizar a la gente, aprovechándose del obvio desprestigio de los islamistas radicales de los diferentes grupos terroristas mundiales inspirados por Al Qaida y el Ejército Islámico, cuyas acciones atroces han manchado a todos los ciudadanos provenientes de la cultura musulmana, en su mayoría gente pacífica y modesta que se dedica con honradez a sus trabajos y a su vida familiar y que practica íntimamente sus oraciones como lo hacen la mayoría de los católicos, protestantes, ortodoxos, hinduístas o judíos.
El movimiento Pegida se reprodujo como pólvora por toda Alemania en unos cuando días, aunque al parecer bajó esta semana, especialmente en Dresde, donde se originó con decenas de miles de manifestantes. En cada región iba cambiando de nombre, como en Bavaria, donde fue bautizado Bagida. Su primer líder tuvo que renunciar hace una semana porque se descubrieron fotos suyas donde aparece disfrazado, casi idéntico a Adolfo Hitler, con el mismo bigote y el mismo mechón característico del energúmeno austriaco que llevó el mundo a la guerra y propició el Holocausto de millones de judíos y extranjeros de todo tipo en los campos de concentración, el mayor de los cuales, Auchswitz, cumplió 70 años esta misma semana.
Múnich, donde los manifestantes han salido para conjurar el renacimiendo del movimiento xenófobo, tiene su historia negra: aquí surgió el Nacional Socialismo poco a poco al mando del perturbado Hitler y uno puede visitar en la actualidad con escalofrío las gigantescas cervecerías restauradas donde los primeros nazis se reunían a celebrar los primeros aquelarres bajo los banderines de la Alemania ancestral y entre el sonido de las músicas y las danzas típicas. Aquí en Munich ocurrieron los primeros arreglos de cuentas entre bandos al interior del movimiento nazi, como la nefasta Noche de los cuchillos largos, con la cual Hitler se deshizo de sus rivales.
En Múnich Hitler conoció a su amada Eva Braun en un estudio fotográfico céntrico, donde ella era empleada, y en estas calles vivió parte de su juventud pintando acuarelas y leyendo. Ya en el poder, cuando se soñaba el maestro del mundo, construyó su gran casona en las alturas de una montaña no lejos de aquí, en el municipio de Berchtesgaden, en uno de los paisajes más maravillosos de Alemania, cerca de la frontera con Austria y no lejos de Salzburgo. Por ahí cerca dormí en una cabaña y vi la noche estrellada de los Alpes y comprendí entonces que el Führer tenía muy buen gusto y había escogido para vivir como águila uno de los más bellos paisajes alpinos.
Por eso me quedé esa noche observando la manifestación pese al frío y la caída de la nieve menuda. Tenía la sensación de estar de nuevo en el centro de la historia azarosa de la humanidad, porque sin duda de la misma manera, con pequeñas manifestaciones extremistas como esta de Pegida, que pedían la expulsión de extranjeros, se inició poco a poco el movimiento nazi que terminó en tragedia.
Pero el contexto es diferente: Alemania fue aplastada, derrotada, devastada por la guerra que terminó en 1945 y desde entonces ha emergido una sociedad democrática y tolerante, muy mestiza, y los alemanes de hoy son multicolores y de todos los orígenes como se constata en las fiestas y en la calle, en las escuelas, donde ya no son mayoría los rubios de ojos azules. Se entiende, pues, que todas estas nuevas generaciones se movilicen estos días para tratar de conjurar el peligro de que la historia vuelva a repetirse. Jóvenes alemanes de todos los colores, de origen griego, turco, magrebí, latino, polaco, ruso, balcánico, asiático, italiano, español, saben que si de la caja del horror vuelven a salir los fantasmas de la intolerancia antihumana, todo estará perdido de nuevo.
Más tarde, en Sendlinger Tör, a donde se han desplazado los dos bandos para seguir manifestando, veo como cae la nieve y todo lo cubre de blanco, mientras los manifestantes multicolores ríen y celebran y se dirigen a las tabernas. Los de Pegida son escoltados al metro por la policía para que no haya disturbios. Y todo parece bello en esta medianoche entre los avisos luminosos de los cines y las calles mojadas y cubiertas de nieve. Pero en medio de todo, el peligro es patente como en toda esta Europa en efervescencia.
En la bella ciudad donde inició su carrera Adolfo Hitler y vivió Sigmund Freud, la urbe de Bavaria desde donde se ven las cumbres nevadas de los Alpes, en la misma plaza Goethe, se observa este lunes de fin de enero, a un lado los manifestantes de Peguida (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente) y, al otro, diversos grupos coloridos que los abuchean como si fueran la reencarnación de las huestes del Nacional Socialismo, solo que entonces pedían la expulsión de los judíos y ahora abogan por la de los musulmanes.
En medio de los dos bandos hay una larga fila de separadores metálicos, patrullas y decenas de policías, mientras junto a una de las salidas del metro, en uno de los segmentos de la plaza circular que lleva el nombre del creador del personaje de Mefistófeles se apiñan los manifestantes de derecha que llevan banderas tradicionales alemanas y lucen pancartas donde fustigan al islam: "Mahoma tenía esposas de 9 años ¿eso queremos para Europa? pregunta una de ellas y otra dice: "en 1400 años de existencia el islam ha matado a 240 millones de personas".
Al otro lado están representantes del Partido Verde, muy fuerte en la capital bávara, y manifestantes de diversos grupos de izquierda, así como gente de derecha moderada, que aboga por la necesidad de la inmigración en un país con graves problemas demográficos y un crecimiento permanente que requiere mucha mano de obra. Los Verdes ecologistas lucen pancartas que dicen "Alemania es multicolor" y muchos jóvenes llevan banderas y banderines rojos o verdes o interpretan música típica alemana con trompetas y trombones mientras cae poco a poco una nieve fina en esta noche típica muniquense. También se ponen nariz roja de payasos porque, afirman, quieren hacer contramanifestaciones divertidas.
Cuando avanza la manifestación de Pegida, los multicolores abuchean y hacen sonar pitos para acallar las voces de ese movimiento que, según ellos, es una estrategia política de la extrema derecha neo-nazi para movilizar a la gente, aprovechándose del obvio desprestigio de los islamistas radicales de los diferentes grupos terroristas mundiales inspirados por Al Qaida y el Ejército Islámico, cuyas acciones atroces han manchado a todos los ciudadanos provenientes de la cultura musulmana, en su mayoría gente pacífica y modesta que se dedica con honradez a sus trabajos y a su vida familiar y que practica íntimamente sus oraciones como lo hacen la mayoría de los católicos, protestantes, ortodoxos, hinduístas o judíos.
El movimiento Pegida se reprodujo como pólvora por toda Alemania en unos cuando días, aunque al parecer bajó esta semana, especialmente en Dresde, donde se originó con decenas de miles de manifestantes. En cada región iba cambiando de nombre, como en Bavaria, donde fue bautizado Bagida. Su primer líder tuvo que renunciar hace una semana porque se descubrieron fotos suyas donde aparece disfrazado, casi idéntico a Adolfo Hitler, con el mismo bigote y el mismo mechón característico del energúmeno austriaco que llevó el mundo a la guerra y propició el Holocausto de millones de judíos y extranjeros de todo tipo en los campos de concentración, el mayor de los cuales, Auchswitz, cumplió 70 años esta misma semana.
Múnich, donde los manifestantes han salido para conjurar el renacimiendo del movimiento xenófobo, tiene su historia negra: aquí surgió el Nacional Socialismo poco a poco al mando del perturbado Hitler y uno puede visitar en la actualidad con escalofrío las gigantescas cervecerías restauradas donde los primeros nazis se reunían a celebrar los primeros aquelarres bajo los banderines de la Alemania ancestral y entre el sonido de las músicas y las danzas típicas. Aquí en Munich ocurrieron los primeros arreglos de cuentas entre bandos al interior del movimiento nazi, como la nefasta Noche de los cuchillos largos, con la cual Hitler se deshizo de sus rivales.
En Múnich Hitler conoció a su amada Eva Braun en un estudio fotográfico céntrico, donde ella era empleada, y en estas calles vivió parte de su juventud pintando acuarelas y leyendo. Ya en el poder, cuando se soñaba el maestro del mundo, construyó su gran casona en las alturas de una montaña no lejos de aquí, en el municipio de Berchtesgaden, en uno de los paisajes más maravillosos de Alemania, cerca de la frontera con Austria y no lejos de Salzburgo. Por ahí cerca dormí en una cabaña y vi la noche estrellada de los Alpes y comprendí entonces que el Führer tenía muy buen gusto y había escogido para vivir como águila uno de los más bellos paisajes alpinos.
Por eso me quedé esa noche observando la manifestación pese al frío y la caída de la nieve menuda. Tenía la sensación de estar de nuevo en el centro de la historia azarosa de la humanidad, porque sin duda de la misma manera, con pequeñas manifestaciones extremistas como esta de Pegida, que pedían la expulsión de extranjeros, se inició poco a poco el movimiento nazi que terminó en tragedia.
Pero el contexto es diferente: Alemania fue aplastada, derrotada, devastada por la guerra que terminó en 1945 y desde entonces ha emergido una sociedad democrática y tolerante, muy mestiza, y los alemanes de hoy son multicolores y de todos los orígenes como se constata en las fiestas y en la calle, en las escuelas, donde ya no son mayoría los rubios de ojos azules. Se entiende, pues, que todas estas nuevas generaciones se movilicen estos días para tratar de conjurar el peligro de que la historia vuelva a repetirse. Jóvenes alemanes de todos los colores, de origen griego, turco, magrebí, latino, polaco, ruso, balcánico, asiático, italiano, español, saben que si de la caja del horror vuelven a salir los fantasmas de la intolerancia antihumana, todo estará perdido de nuevo.
Más tarde, en Sendlinger Tör, a donde se han desplazado los dos bandos para seguir manifestando, veo como cae la nieve y todo lo cubre de blanco, mientras los manifestantes multicolores ríen y celebran y se dirigen a las tabernas. Los de Pegida son escoltados al metro por la policía para que no haya disturbios. Y todo parece bello en esta medianoche entre los avisos luminosos de los cines y las calles mojadas y cubiertas de nieve. Pero en medio de todo, el peligro es patente como en toda esta Europa en efervescencia.
domingo, 18 de enero de 2015
LA MAESTRÍA DEL CATALÁN JOSEP PLA
Por Eduardo García Aguilar
Una de las lecturas más sustanciosas del último año fue para mi la del Cuaderno Gris de Josep Pla (1897-1981), escritor catalán considerado no solo uno de los grandes de esa lengua, sino de España toda, gracias a la traducción que al castellano realizó Dionisio Ridruejo, publicada de nuevo hace poco por la colección Austral, con ajustes y revisiones surgidas del cotejo de la versión con el manuscrito original.
El Cuaderno Gris es un diario de lo acontecido a un joven catalán estudiante de derecho, en los años 1918 y 1919, cuando en Europa terminaba la terrible primera guerra que clausuraba el siglo XIX de manera tardía y en todo el continente se agitaban las ideas modernas que revolucionarían las artes, las letras y las ciencias.
Pla es del Ampurdam, fértil zona norte de Cataluña, región muy específica al pie de los Pirineos, fronteriza con Francia, cruzada por vientos provenientes de todos los puntos cardinales, como la tramontana y el garbí, que tienen la especificidad de volver un poco locos y excéntricos a sus habitantes. Nació en Palafrugell, en el bajo Ampurdam, no lejos de las costas del Mediterráneo y creció en un mundo lleno de campesinos y pescadores que vivían una vida sencilla degustando delicias culinarias familiares, todos ellos muy ligados a la naturaleza y al disfrute del viento, el cielo, las estrellas, la tierra, el mar, el vino y la fiesta.
La zona tiene infinidad de bellos pueblos interiores y costeros y dos ciudades medias que poseen todo lo necesario, Figueres y Girona, aunque el centro regional irradia desde la capital catalana Barcelona, una próspera metrópoli caracterizada por sus palacios, avenidas, ramblas y las construcciones delirantes del gran arquitecto Gaudí como la Sagrada familia y el Parque Güell.
El más famoso y chiflado de los artistas del Ampurdam, al lado de Pla, es el gran surrealista bigotudo Salvador Dalí, originario de Figueres y quien vivió en Cadaqués y Port Lligat, pequeños puertos mediterráneos empotrados en intrincadas bahías rodeadas de montañas, rocas y mar, donde hoy es una delicia pasar las vacaciones bajo la luminosidad inextinguible de la Costa Brava. A esos lugares se agregan otros pueblecillos medievales que conservan rastros de habitación milenaria y recodos montañosos bañados por cascadas, en medio de bosques y reductos naturales a donde llegan las aves migratorias para descansar y reposarse en sus largos viajes desde el glacial norte europeo hasta el caluroso sur africano.
Pla centra su libro en la capacidad descriptiva de cosas, lugares, animales y humanos, pues para él lo más difícil para un escritor es saber describir y bien, pues opinar es banal, reino de lugares comunes y prejuicios, ingenuidades y estupideces encendidas por la ignorancia y la terquedad. Describir, relatar, contar, ahí esta para él lo mejor del escritor.
Su trabajo en esas mil espléndidas páginas largas de su Cuaderno Gris es plasmar lo que ocurrió en su vida en esos dos años: el relato de la rutina familiar y pueblerina, la descripción de la naturaleza viva en las diversas estaciones del año, el dibujo nítido de los seres humanos de todo origen y nivel, así como la vida estudiantil de Barcelona. Abuelos y abuelas, tíos y tías, amigos, ancianos de otro siglo, campesinos, pescadores, emigrantes millonarios que regresan de América, personajes exitosos o fracasados, solitarios, jugadores, payasos, profesores, tenderos, estudiantes, son plasmados con la maestría de una prosa que, como pocas, sabe captar la realidad y sus secretos.
Debo esa lectura al maestro Alvaro Mutis, quien alguna vez en México me regaló una vieja edición del Cuaderno Gris y me recomendó especialmente el libro, como de uno de los autores que él más admiraba y leía. Mutis estaba casado con la catalana Carmen Miracle, y tuvo una relación profunda con esa región española a lo largo de casi toda su vida, por lo que era buen conocedor de su literatura. Solo pude seguir su recomendación mucho tiempo después de su regalo, pero ya en la nueva edición revisada y muy cuidada. Al devorar esas páginas, divertirme y reir a carcajadas de las ocurrencias, la ironía y el sarcasmo de Pla, escéptico y poco confiado en los hombres, he descubierto cuánta influencia hay del viejo catalán en la prosa novelística del gran autor colombiano.
La prosa de Pla se bebe como agua fresca o vino blanco junto al oleaje del Mediterráneo, sacudido, irisado, por los vientos del norte y el sur. Es una prosa que huele, pica, agita, penetra hasta lo más insondable de la vida. Basta acercarse a ella para encontrar en cada página una sorprendente maestría en el manejo de los adjetivos, en el cincelado natural de la frase, en la definición excéntrica de colores o formas, objetos y rostros. Es una prosa socarrona llena de sorpresas y giros que solo él sabía lograr cuando dirigía su telescopio a la acción de seres humanos, animales, pájaros, perros, gatos, loros, cisnes, árboles, caracoles y piedras.
Pla es un autor necesario para todo buen lector, pues aunque él escribió una obra monumental en décadas de ejercicio periodístico diario en la prensa catalana, fue ante todo un lector y un observador incisivo que veía más y mucho mejor que los otros. El Cuaderno Gris es el libro fundacional de una lengua, la catalana, y a la vez un texto bíblico que nombra todas las cosas como si fuera por primera vez. Leerlo es renacer como escritor o lector, o, simplemente, como ser humano que vive y se extingue poco a poco.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de enero de 2015.
Una de las lecturas más sustanciosas del último año fue para mi la del Cuaderno Gris de Josep Pla (1897-1981), escritor catalán considerado no solo uno de los grandes de esa lengua, sino de España toda, gracias a la traducción que al castellano realizó Dionisio Ridruejo, publicada de nuevo hace poco por la colección Austral, con ajustes y revisiones surgidas del cotejo de la versión con el manuscrito original.
El Cuaderno Gris es un diario de lo acontecido a un joven catalán estudiante de derecho, en los años 1918 y 1919, cuando en Europa terminaba la terrible primera guerra que clausuraba el siglo XIX de manera tardía y en todo el continente se agitaban las ideas modernas que revolucionarían las artes, las letras y las ciencias.
Pla es del Ampurdam, fértil zona norte de Cataluña, región muy específica al pie de los Pirineos, fronteriza con Francia, cruzada por vientos provenientes de todos los puntos cardinales, como la tramontana y el garbí, que tienen la especificidad de volver un poco locos y excéntricos a sus habitantes. Nació en Palafrugell, en el bajo Ampurdam, no lejos de las costas del Mediterráneo y creció en un mundo lleno de campesinos y pescadores que vivían una vida sencilla degustando delicias culinarias familiares, todos ellos muy ligados a la naturaleza y al disfrute del viento, el cielo, las estrellas, la tierra, el mar, el vino y la fiesta.
La zona tiene infinidad de bellos pueblos interiores y costeros y dos ciudades medias que poseen todo lo necesario, Figueres y Girona, aunque el centro regional irradia desde la capital catalana Barcelona, una próspera metrópoli caracterizada por sus palacios, avenidas, ramblas y las construcciones delirantes del gran arquitecto Gaudí como la Sagrada familia y el Parque Güell.
El más famoso y chiflado de los artistas del Ampurdam, al lado de Pla, es el gran surrealista bigotudo Salvador Dalí, originario de Figueres y quien vivió en Cadaqués y Port Lligat, pequeños puertos mediterráneos empotrados en intrincadas bahías rodeadas de montañas, rocas y mar, donde hoy es una delicia pasar las vacaciones bajo la luminosidad inextinguible de la Costa Brava. A esos lugares se agregan otros pueblecillos medievales que conservan rastros de habitación milenaria y recodos montañosos bañados por cascadas, en medio de bosques y reductos naturales a donde llegan las aves migratorias para descansar y reposarse en sus largos viajes desde el glacial norte europeo hasta el caluroso sur africano.
Pla centra su libro en la capacidad descriptiva de cosas, lugares, animales y humanos, pues para él lo más difícil para un escritor es saber describir y bien, pues opinar es banal, reino de lugares comunes y prejuicios, ingenuidades y estupideces encendidas por la ignorancia y la terquedad. Describir, relatar, contar, ahí esta para él lo mejor del escritor.
Su trabajo en esas mil espléndidas páginas largas de su Cuaderno Gris es plasmar lo que ocurrió en su vida en esos dos años: el relato de la rutina familiar y pueblerina, la descripción de la naturaleza viva en las diversas estaciones del año, el dibujo nítido de los seres humanos de todo origen y nivel, así como la vida estudiantil de Barcelona. Abuelos y abuelas, tíos y tías, amigos, ancianos de otro siglo, campesinos, pescadores, emigrantes millonarios que regresan de América, personajes exitosos o fracasados, solitarios, jugadores, payasos, profesores, tenderos, estudiantes, son plasmados con la maestría de una prosa que, como pocas, sabe captar la realidad y sus secretos.
Debo esa lectura al maestro Alvaro Mutis, quien alguna vez en México me regaló una vieja edición del Cuaderno Gris y me recomendó especialmente el libro, como de uno de los autores que él más admiraba y leía. Mutis estaba casado con la catalana Carmen Miracle, y tuvo una relación profunda con esa región española a lo largo de casi toda su vida, por lo que era buen conocedor de su literatura. Solo pude seguir su recomendación mucho tiempo después de su regalo, pero ya en la nueva edición revisada y muy cuidada. Al devorar esas páginas, divertirme y reir a carcajadas de las ocurrencias, la ironía y el sarcasmo de Pla, escéptico y poco confiado en los hombres, he descubierto cuánta influencia hay del viejo catalán en la prosa novelística del gran autor colombiano.
La prosa de Pla se bebe como agua fresca o vino blanco junto al oleaje del Mediterráneo, sacudido, irisado, por los vientos del norte y el sur. Es una prosa que huele, pica, agita, penetra hasta lo más insondable de la vida. Basta acercarse a ella para encontrar en cada página una sorprendente maestría en el manejo de los adjetivos, en el cincelado natural de la frase, en la definición excéntrica de colores o formas, objetos y rostros. Es una prosa socarrona llena de sorpresas y giros que solo él sabía lograr cuando dirigía su telescopio a la acción de seres humanos, animales, pájaros, perros, gatos, loros, cisnes, árboles, caracoles y piedras.
Pla es un autor necesario para todo buen lector, pues aunque él escribió una obra monumental en décadas de ejercicio periodístico diario en la prensa catalana, fue ante todo un lector y un observador incisivo que veía más y mucho mejor que los otros. El Cuaderno Gris es el libro fundacional de una lengua, la catalana, y a la vez un texto bíblico que nombra todas las cosas como si fuera por primera vez. Leerlo es renacer como escritor o lector, o, simplemente, como ser humano que vive y se extingue poco a poco.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de enero de 2015.
domingo, 11 de enero de 2015
LOS YIHADISTAS DE MI BARRIO
Por Eduardo García Aguilar
En el mismo lugar por donde paso todos los días, entre los barrios Jaurès-Stalingrad y Buttes Chaumont, ahí mismo, junto al bistró de chinos donde tomo cerveza o compro lotería, junto a la lavandería donde dejo sacos y camisas y el sitio de Western Union de los paquistaníes, veo este mediodía atravesado en la calle el automóvil Citroen 3 negro donde los yihadistas de mi barrio Cherif y Said acaban de huir tras cometer la masacre de Charlie Hebdo, cerca de Bastille, matando a los más grandes caricaturistas franceses del último medio siglo y a casi toda la redacción.
La calle de Meaux, que va hacia el norte de París, donde ahora residía Cherif con su mujer cubierta por la negra burka, está acordonada y diez metros más adelante se ve ese vehículo robado que más tarde se haría famoso en el mundo, porque en él escaparon los hermanos de apellido Kouachi, jóvenes que pertenecían, según medios de prensa, a una célula yihadista de mi barrio, el de Buttes Chaumont, donde he vivido en dos periodos claves de mi vida en París y que es para mí un terreno familiar, al lado de Belleville, Barbès y Montmartre, la zona norte popular, multirracial y multirreligiosa, llena de vida y color, la más interesante y excitante.
En estas zonas del norte de París, indios, paquistaníes y originarios de Sri Lanka realizan en agosto la fiesta del dios Ganesha, el elefante que decenas de miles de inmigrantes pasean por las calles un domingo de fiesta y que es recibido al ruido de la quiebra de miles de cocos contra el asfalto y el colorido azafrán, fucsia y verde de los saris femeninos sobre cuerpos eróticos y paganos, mientras los hombres llevan el torso desnudo. El animismo es a veces más festivo que el monoteísmo.
Por estos lares del norte de París hay varias sinagogas y se ve caminar en familia a los judíos pobres con trajes negros, sombreros alones Stetson, kipas y crespos largos rumbo a los templos hebreos, en especial los sábados del Sabat. Por ahí donde está atravesado el ya famoso y terrorífico auto Citroen 3 negro robado por Cherif y Said, cruzan las familias que veo desde la barra del bistró chino y cuyo paso hacia el templo en un medio hostil me parece notable, una muestra de que en Francia y en Europa estamos viviendo ya al filo de la navaja, como en los tiempos del auge de los nazis en los años 20 y 30 del siglo XX.
Aunque la violencia en la India, Pakistán y Sri Lanka es extrema y se caracteriza por atentados contra sus líderes, como la familia de Indira Gandhi en la India o la de los Butho, Alí y Benazir, en Pakistán, o por el exterminio total de la rebelión en Sri Lanka la década pasada, esos conflictos no han aflorado todavía en las calles de París, donde vive una multitudinaria comunidad de ese origen, dedicada a trabajos de cocina en los sótanos de los restaurantes, la limpieza y el manejo de sitios internet. Aquí al lado del Citroen queda el café internet donde extranjeros del rumbo envían sus remesas a las familias lejanas de Asia y Africa a través de Western Union.
El simpático bistró-tabac chino Le Royal ha sido cerrado mientras la policía rodea la zona. Como los paquistaníes, la gigantesca y poderosa comunidad china no plantea problemas por ahora. Ellos solo se dedican silenciosamente al trabajo y a la acumulación de dinero. En el barrio de Place D' Italie se realiza cada año en febrero la fiesta del año nuevo y cientos de miles se pasean con dragones el festivo domingo. Belleville también alberga esas fiestas, mientras crecen como champiñones los negocios financiados por los capitales gigantescos de la milenaria tierra de Confucio y Mao.
Y así como ellos, las comunidades viven en paz y se integran en el trabajo y la actividad mirando hacia un futuro laico, multirracial y multicultural que cambiará para siempre el panorama demográfico y racial de Europa en este siglo. Así ocurre con los japoneses de la Calle Santa Ana, italianos, ex yugoslavos, rusos, africanos subsaharianos de todos los barrios y los paquistaníes de la Goute D'or o latinoamericanos de Clichy o de Belleville. La mezcla en estos países es ya irreversible como en los tiempos del Imperio Romano.
Pero la tensión es fuerte y peligrosa ahora que el yihadismo mundial crece y vivimos de facto en un guerra donde Occidente e Israel atacan en Oriente Medio, mientras pululan las sectas al interior del propio islam exterminándose unas a otras en Siria, Libia, Arabia, Irak, en la frontera turca, Yemen y otros lugares más como la propia París.
Los jóvenes yihadistas de mi barrio nacieron y crecieron aquí y hacen parte de la enorme comunidad musulmana. Aquí estudiaron, recibieron ayudas del estado y también sufrieron la incomprensión de la sociedad que los marginaba por su origen. Cherif, el más conocido de los dos hermanos fue músico rapero y el colega suyo que tomó los rehenes en Vincennes, hasta visitó el Palacio del Eliseo alguna vez. Representan el fracaso de la integración y la excitación de un mundo confesional que despierta los fantasmas milenarios de la violencia y la intolerancia de unos y otros.
Hace apenas seis meses, cuando Israel atacaba sangrientamente en Gaza y mataba a más de 2000 civiles, en los barrios Stalingrad-Jaurès y Buttes de Chaumont, al regresar del trabajo a medianoche, me encontraba con incendios junto a las sinagogas, escuchaba tiroteos y veía a las fuerzas del orden con cascos y escudos enfrentando a los airados jóvenes musulmanes encapuchados, entre los cuales estaban sin duda los protagonistas de los hechos de esta semana. Alguna noche de verano me despertaron en la madrugada los tiroteos sostenidos de las partes en conflicto.
Así estamos ahora en París. Y al ver a la policía judicial que llega a revisar el famoso Citroen 3 cuyas imágenes circularon por el mundo, comprendo que estamos en el centro de una peligrosa guerrilla cuyo futuro desconocemos. Porque centenares o miles de yihadistas de Al Qaida y el Ejército Islámico Daesh, los convencidos, los fanáticos del sunismo radical, estan aquí ya, dispuestos en Europa a morir como mártires matando y destruyendo en nombre de su profeta a las Repúblicas construidas desde los tiempos de la libertaria, laica y libertina Revolución Francesa.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2015.
En el mismo lugar por donde paso todos los días, entre los barrios Jaurès-Stalingrad y Buttes Chaumont, ahí mismo, junto al bistró de chinos donde tomo cerveza o compro lotería, junto a la lavandería donde dejo sacos y camisas y el sitio de Western Union de los paquistaníes, veo este mediodía atravesado en la calle el automóvil Citroen 3 negro donde los yihadistas de mi barrio Cherif y Said acaban de huir tras cometer la masacre de Charlie Hebdo, cerca de Bastille, matando a los más grandes caricaturistas franceses del último medio siglo y a casi toda la redacción.
La calle de Meaux, que va hacia el norte de París, donde ahora residía Cherif con su mujer cubierta por la negra burka, está acordonada y diez metros más adelante se ve ese vehículo robado que más tarde se haría famoso en el mundo, porque en él escaparon los hermanos de apellido Kouachi, jóvenes que pertenecían, según medios de prensa, a una célula yihadista de mi barrio, el de Buttes Chaumont, donde he vivido en dos periodos claves de mi vida en París y que es para mí un terreno familiar, al lado de Belleville, Barbès y Montmartre, la zona norte popular, multirracial y multirreligiosa, llena de vida y color, la más interesante y excitante.
En estas zonas del norte de París, indios, paquistaníes y originarios de Sri Lanka realizan en agosto la fiesta del dios Ganesha, el elefante que decenas de miles de inmigrantes pasean por las calles un domingo de fiesta y que es recibido al ruido de la quiebra de miles de cocos contra el asfalto y el colorido azafrán, fucsia y verde de los saris femeninos sobre cuerpos eróticos y paganos, mientras los hombres llevan el torso desnudo. El animismo es a veces más festivo que el monoteísmo.
Por estos lares del norte de París hay varias sinagogas y se ve caminar en familia a los judíos pobres con trajes negros, sombreros alones Stetson, kipas y crespos largos rumbo a los templos hebreos, en especial los sábados del Sabat. Por ahí donde está atravesado el ya famoso y terrorífico auto Citroen 3 negro robado por Cherif y Said, cruzan las familias que veo desde la barra del bistró chino y cuyo paso hacia el templo en un medio hostil me parece notable, una muestra de que en Francia y en Europa estamos viviendo ya al filo de la navaja, como en los tiempos del auge de los nazis en los años 20 y 30 del siglo XX.
Aunque la violencia en la India, Pakistán y Sri Lanka es extrema y se caracteriza por atentados contra sus líderes, como la familia de Indira Gandhi en la India o la de los Butho, Alí y Benazir, en Pakistán, o por el exterminio total de la rebelión en Sri Lanka la década pasada, esos conflictos no han aflorado todavía en las calles de París, donde vive una multitudinaria comunidad de ese origen, dedicada a trabajos de cocina en los sótanos de los restaurantes, la limpieza y el manejo de sitios internet. Aquí al lado del Citroen queda el café internet donde extranjeros del rumbo envían sus remesas a las familias lejanas de Asia y Africa a través de Western Union.
El simpático bistró-tabac chino Le Royal ha sido cerrado mientras la policía rodea la zona. Como los paquistaníes, la gigantesca y poderosa comunidad china no plantea problemas por ahora. Ellos solo se dedican silenciosamente al trabajo y a la acumulación de dinero. En el barrio de Place D' Italie se realiza cada año en febrero la fiesta del año nuevo y cientos de miles se pasean con dragones el festivo domingo. Belleville también alberga esas fiestas, mientras crecen como champiñones los negocios financiados por los capitales gigantescos de la milenaria tierra de Confucio y Mao.
Y así como ellos, las comunidades viven en paz y se integran en el trabajo y la actividad mirando hacia un futuro laico, multirracial y multicultural que cambiará para siempre el panorama demográfico y racial de Europa en este siglo. Así ocurre con los japoneses de la Calle Santa Ana, italianos, ex yugoslavos, rusos, africanos subsaharianos de todos los barrios y los paquistaníes de la Goute D'or o latinoamericanos de Clichy o de Belleville. La mezcla en estos países es ya irreversible como en los tiempos del Imperio Romano.
Pero la tensión es fuerte y peligrosa ahora que el yihadismo mundial crece y vivimos de facto en un guerra donde Occidente e Israel atacan en Oriente Medio, mientras pululan las sectas al interior del propio islam exterminándose unas a otras en Siria, Libia, Arabia, Irak, en la frontera turca, Yemen y otros lugares más como la propia París.
Los jóvenes yihadistas de mi barrio nacieron y crecieron aquí y hacen parte de la enorme comunidad musulmana. Aquí estudiaron, recibieron ayudas del estado y también sufrieron la incomprensión de la sociedad que los marginaba por su origen. Cherif, el más conocido de los dos hermanos fue músico rapero y el colega suyo que tomó los rehenes en Vincennes, hasta visitó el Palacio del Eliseo alguna vez. Representan el fracaso de la integración y la excitación de un mundo confesional que despierta los fantasmas milenarios de la violencia y la intolerancia de unos y otros.
Hace apenas seis meses, cuando Israel atacaba sangrientamente en Gaza y mataba a más de 2000 civiles, en los barrios Stalingrad-Jaurès y Buttes de Chaumont, al regresar del trabajo a medianoche, me encontraba con incendios junto a las sinagogas, escuchaba tiroteos y veía a las fuerzas del orden con cascos y escudos enfrentando a los airados jóvenes musulmanes encapuchados, entre los cuales estaban sin duda los protagonistas de los hechos de esta semana. Alguna noche de verano me despertaron en la madrugada los tiroteos sostenidos de las partes en conflicto.
Así estamos ahora en París. Y al ver a la policía judicial que llega a revisar el famoso Citroen 3 cuyas imágenes circularon por el mundo, comprendo que estamos en el centro de una peligrosa guerrilla cuyo futuro desconocemos. Porque centenares o miles de yihadistas de Al Qaida y el Ejército Islámico Daesh, los convencidos, los fanáticos del sunismo radical, estan aquí ya, dispuestos en Europa a morir como mártires matando y destruyendo en nombre de su profeta a las Repúblicas construidas desde los tiempos de la libertaria, laica y libertina Revolución Francesa.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2015.
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