Por Eduardo García Aguilar
En la bella ciudad donde inició su carrera Adolfo Hitler y
vivió Sigmund Freud, la urbe de Bavaria desde donde se ven las cumbres
nevadas de los Alpes, en la misma plaza Goethe, se observa este lunes de
fin de enero, a un lado los manifestantes de Peguida (Patriotas
Europeos Contra la Islamización de Occidente) y, al otro, diversos
grupos coloridos que los abuchean como si fueran la reencarnación de las
huestes del Nacional Socialismo, solo que entonces pedían la expulsión
de los judíos y ahora abogan por la de los musulmanes.
En medio de los dos bandos hay una larga fila de separadores
metálicos, patrullas y decenas de policías, mientras junto a una de las
salidas del metro, en uno de los segmentos de la plaza circular que
lleva el nombre del creador del personaje de Mefistófeles se apiñan los
manifestantes de derecha que llevan banderas tradicionales alemanas y
lucen pancartas donde fustigan al islam: "Mahoma tenía esposas de 9 años
¿eso queremos para Europa? pregunta una de ellas y otra dice: "en 1400
años de existencia el islam ha matado a 240 millones de personas".
Al otro lado están representantes del Partido Verde, muy fuerte en
la capital bávara, y manifestantes de diversos grupos de izquierda, así
como gente de derecha moderada, que aboga por la necesidad de la
inmigración en un país con graves problemas demográficos y un
crecimiento permanente que requiere mucha mano de obra. Los Verdes
ecologistas lucen pancartas que dicen "Alemania es multicolor" y muchos
jóvenes llevan banderas y banderines rojos o verdes o interpretan música
típica alemana con trompetas y trombones mientras cae poco a poco una
nieve fina en esta noche típica muniquense. También se ponen nariz roja
de payasos porque, afirman, quieren hacer contramanifestaciones
divertidas.
Cuando avanza la manifestación de Pegida, los multicolores abuchean
y hacen sonar pitos para acallar las voces de ese movimiento que, según
ellos, es una estrategia política de la extrema derecha neo-nazi para
movilizar a la gente, aprovechándose del obvio desprestigio de los
islamistas radicales de los diferentes grupos terroristas mundiales
inspirados por Al Qaida y el Ejército Islámico, cuyas acciones atroces
han manchado a todos los ciudadanos provenientes de la cultura
musulmana, en su mayoría gente pacífica y modesta que se dedica con
honradez a sus trabajos y a su vida familiar y que practica íntimamente
sus oraciones como lo hacen la mayoría de los católicos, protestantes,
ortodoxos, hinduístas o judíos.
El movimiento Pegida se reprodujo como pólvora por toda Alemania en
unos cuando días, aunque al parecer bajó esta semana, especialmente en
Dresde, donde se originó con decenas de miles de manifestantes. En cada
región iba cambiando de nombre, como en Bavaria, donde fue bautizado
Bagida. Su primer líder tuvo que renunciar hace una semana porque se
descubrieron fotos suyas donde aparece disfrazado, casi idéntico a
Adolfo Hitler, con el mismo bigote y el mismo mechón característico del
energúmeno austriaco que llevó el mundo a la guerra y propició el
Holocausto de millones de judíos y extranjeros de todo tipo en los
campos de concentración, el mayor de los cuales, Auchswitz, cumplió 70
años esta misma semana.
Múnich, donde los manifestantes han salido para conjurar el
renacimiendo del movimiento xenófobo, tiene su historia negra: aquí
surgió el Nacional Socialismo poco a poco al mando del perturbado Hitler
y uno puede visitar en la actualidad con escalofrío las gigantescas
cervecerías restauradas donde los primeros nazis se reunían a celebrar
los primeros aquelarres bajo los banderines de la Alemania ancestral y
entre el sonido de las músicas y las danzas típicas. Aquí en Munich
ocurrieron los primeros arreglos de cuentas entre bandos al interior del
movimiento nazi, como la nefasta Noche de los cuchillos largos, con la
cual Hitler se deshizo de sus rivales.
En Múnich Hitler conoció a su amada Eva Braun en un estudio
fotográfico céntrico, donde ella era empleada, y en estas calles vivió
parte de su juventud pintando acuarelas y leyendo. Ya en el poder,
cuando se soñaba el maestro del mundo, construyó su gran casona en las
alturas de una montaña no lejos de aquí, en el municipio de
Berchtesgaden, en uno de los paisajes más maravillosos de Alemania,
cerca de la frontera con Austria y no lejos de Salzburgo. Por ahí cerca
dormí en una cabaña y vi la noche estrellada de los Alpes y comprendí
entonces que el Führer tenía muy buen gusto y había escogido para vivir
como águila uno de los más bellos paisajes alpinos.
Por eso me quedé esa noche observando la manifestación pese al frío y
la caída de la nieve menuda. Tenía la sensación de estar de nuevo en el
centro de la historia azarosa de la humanidad, porque sin duda de la
misma manera, con pequeñas manifestaciones extremistas como esta de
Pegida, que pedían la expulsión de extranjeros, se inició poco a poco el
movimiento nazi que terminó en tragedia.
Pero el contexto es diferente: Alemania fue aplastada, derrotada,
devastada por la guerra que terminó en 1945 y desde entonces ha emergido
una sociedad democrática y tolerante, muy mestiza, y los alemanes de
hoy son multicolores y de todos los orígenes como se constata en las
fiestas y en la calle, en las escuelas, donde ya no son mayoría los
rubios de ojos azules. Se entiende, pues, que todas estas nuevas
generaciones se movilicen estos días para tratar de conjurar el peligro
de que la historia vuelva a repetirse. Jóvenes alemanes de todos los
colores, de origen griego, turco, magrebí, latino, polaco, ruso,
balcánico, asiático, italiano, español, saben que si de la caja del
horror vuelven a salir los fantasmas de la intolerancia antihumana, todo
estará perdido de nuevo.
Más tarde, en Sendlinger Tör, a donde se han desplazado los dos bandos
para seguir manifestando, veo como cae la nieve y todo lo cubre de
blanco, mientras los manifestantes multicolores ríen y celebran y se
dirigen a las tabernas. Los de Pegida son escoltados al metro por la
policía para que no haya disturbios. Y todo parece bello en esta
medianoche entre los avisos luminosos de los cines y las calles mojadas y
cubiertas de nieve. Pero en medio de todo, el peligro es patente como
en toda esta Europa en efervescencia.
sábado, 31 de enero de 2015
domingo, 18 de enero de 2015
LA MAESTRÍA DEL CATALÁN JOSEP PLA
Por Eduardo García Aguilar
Una de las lecturas más sustanciosas del último año fue para mi la del Cuaderno Gris de Josep Pla (1897-1981), escritor catalán considerado no solo uno de los grandes de esa lengua, sino de España toda, gracias a la traducción que al castellano realizó Dionisio Ridruejo, publicada de nuevo hace poco por la colección Austral, con ajustes y revisiones surgidas del cotejo de la versión con el manuscrito original.
El Cuaderno Gris es un diario de lo acontecido a un joven catalán estudiante de derecho, en los años 1918 y 1919, cuando en Europa terminaba la terrible primera guerra que clausuraba el siglo XIX de manera tardía y en todo el continente se agitaban las ideas modernas que revolucionarían las artes, las letras y las ciencias.
Pla es del Ampurdam, fértil zona norte de Cataluña, región muy específica al pie de los Pirineos, fronteriza con Francia, cruzada por vientos provenientes de todos los puntos cardinales, como la tramontana y el garbí, que tienen la especificidad de volver un poco locos y excéntricos a sus habitantes. Nació en Palafrugell, en el bajo Ampurdam, no lejos de las costas del Mediterráneo y creció en un mundo lleno de campesinos y pescadores que vivían una vida sencilla degustando delicias culinarias familiares, todos ellos muy ligados a la naturaleza y al disfrute del viento, el cielo, las estrellas, la tierra, el mar, el vino y la fiesta.
La zona tiene infinidad de bellos pueblos interiores y costeros y dos ciudades medias que poseen todo lo necesario, Figueres y Girona, aunque el centro regional irradia desde la capital catalana Barcelona, una próspera metrópoli caracterizada por sus palacios, avenidas, ramblas y las construcciones delirantes del gran arquitecto Gaudí como la Sagrada familia y el Parque Güell.
El más famoso y chiflado de los artistas del Ampurdam, al lado de Pla, es el gran surrealista bigotudo Salvador Dalí, originario de Figueres y quien vivió en Cadaqués y Port Lligat, pequeños puertos mediterráneos empotrados en intrincadas bahías rodeadas de montañas, rocas y mar, donde hoy es una delicia pasar las vacaciones bajo la luminosidad inextinguible de la Costa Brava. A esos lugares se agregan otros pueblecillos medievales que conservan rastros de habitación milenaria y recodos montañosos bañados por cascadas, en medio de bosques y reductos naturales a donde llegan las aves migratorias para descansar y reposarse en sus largos viajes desde el glacial norte europeo hasta el caluroso sur africano.
Pla centra su libro en la capacidad descriptiva de cosas, lugares, animales y humanos, pues para él lo más difícil para un escritor es saber describir y bien, pues opinar es banal, reino de lugares comunes y prejuicios, ingenuidades y estupideces encendidas por la ignorancia y la terquedad. Describir, relatar, contar, ahí esta para él lo mejor del escritor.
Su trabajo en esas mil espléndidas páginas largas de su Cuaderno Gris es plasmar lo que ocurrió en su vida en esos dos años: el relato de la rutina familiar y pueblerina, la descripción de la naturaleza viva en las diversas estaciones del año, el dibujo nítido de los seres humanos de todo origen y nivel, así como la vida estudiantil de Barcelona. Abuelos y abuelas, tíos y tías, amigos, ancianos de otro siglo, campesinos, pescadores, emigrantes millonarios que regresan de América, personajes exitosos o fracasados, solitarios, jugadores, payasos, profesores, tenderos, estudiantes, son plasmados con la maestría de una prosa que, como pocas, sabe captar la realidad y sus secretos.
Debo esa lectura al maestro Alvaro Mutis, quien alguna vez en México me regaló una vieja edición del Cuaderno Gris y me recomendó especialmente el libro, como de uno de los autores que él más admiraba y leía. Mutis estaba casado con la catalana Carmen Miracle, y tuvo una relación profunda con esa región española a lo largo de casi toda su vida, por lo que era buen conocedor de su literatura. Solo pude seguir su recomendación mucho tiempo después de su regalo, pero ya en la nueva edición revisada y muy cuidada. Al devorar esas páginas, divertirme y reir a carcajadas de las ocurrencias, la ironía y el sarcasmo de Pla, escéptico y poco confiado en los hombres, he descubierto cuánta influencia hay del viejo catalán en la prosa novelística del gran autor colombiano.
La prosa de Pla se bebe como agua fresca o vino blanco junto al oleaje del Mediterráneo, sacudido, irisado, por los vientos del norte y el sur. Es una prosa que huele, pica, agita, penetra hasta lo más insondable de la vida. Basta acercarse a ella para encontrar en cada página una sorprendente maestría en el manejo de los adjetivos, en el cincelado natural de la frase, en la definición excéntrica de colores o formas, objetos y rostros. Es una prosa socarrona llena de sorpresas y giros que solo él sabía lograr cuando dirigía su telescopio a la acción de seres humanos, animales, pájaros, perros, gatos, loros, cisnes, árboles, caracoles y piedras.
Pla es un autor necesario para todo buen lector, pues aunque él escribió una obra monumental en décadas de ejercicio periodístico diario en la prensa catalana, fue ante todo un lector y un observador incisivo que veía más y mucho mejor que los otros. El Cuaderno Gris es el libro fundacional de una lengua, la catalana, y a la vez un texto bíblico que nombra todas las cosas como si fuera por primera vez. Leerlo es renacer como escritor o lector, o, simplemente, como ser humano que vive y se extingue poco a poco.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de enero de 2015.
Una de las lecturas más sustanciosas del último año fue para mi la del Cuaderno Gris de Josep Pla (1897-1981), escritor catalán considerado no solo uno de los grandes de esa lengua, sino de España toda, gracias a la traducción que al castellano realizó Dionisio Ridruejo, publicada de nuevo hace poco por la colección Austral, con ajustes y revisiones surgidas del cotejo de la versión con el manuscrito original.
El Cuaderno Gris es un diario de lo acontecido a un joven catalán estudiante de derecho, en los años 1918 y 1919, cuando en Europa terminaba la terrible primera guerra que clausuraba el siglo XIX de manera tardía y en todo el continente se agitaban las ideas modernas que revolucionarían las artes, las letras y las ciencias.
Pla es del Ampurdam, fértil zona norte de Cataluña, región muy específica al pie de los Pirineos, fronteriza con Francia, cruzada por vientos provenientes de todos los puntos cardinales, como la tramontana y el garbí, que tienen la especificidad de volver un poco locos y excéntricos a sus habitantes. Nació en Palafrugell, en el bajo Ampurdam, no lejos de las costas del Mediterráneo y creció en un mundo lleno de campesinos y pescadores que vivían una vida sencilla degustando delicias culinarias familiares, todos ellos muy ligados a la naturaleza y al disfrute del viento, el cielo, las estrellas, la tierra, el mar, el vino y la fiesta.
La zona tiene infinidad de bellos pueblos interiores y costeros y dos ciudades medias que poseen todo lo necesario, Figueres y Girona, aunque el centro regional irradia desde la capital catalana Barcelona, una próspera metrópoli caracterizada por sus palacios, avenidas, ramblas y las construcciones delirantes del gran arquitecto Gaudí como la Sagrada familia y el Parque Güell.
El más famoso y chiflado de los artistas del Ampurdam, al lado de Pla, es el gran surrealista bigotudo Salvador Dalí, originario de Figueres y quien vivió en Cadaqués y Port Lligat, pequeños puertos mediterráneos empotrados en intrincadas bahías rodeadas de montañas, rocas y mar, donde hoy es una delicia pasar las vacaciones bajo la luminosidad inextinguible de la Costa Brava. A esos lugares se agregan otros pueblecillos medievales que conservan rastros de habitación milenaria y recodos montañosos bañados por cascadas, en medio de bosques y reductos naturales a donde llegan las aves migratorias para descansar y reposarse en sus largos viajes desde el glacial norte europeo hasta el caluroso sur africano.
Pla centra su libro en la capacidad descriptiva de cosas, lugares, animales y humanos, pues para él lo más difícil para un escritor es saber describir y bien, pues opinar es banal, reino de lugares comunes y prejuicios, ingenuidades y estupideces encendidas por la ignorancia y la terquedad. Describir, relatar, contar, ahí esta para él lo mejor del escritor.
Su trabajo en esas mil espléndidas páginas largas de su Cuaderno Gris es plasmar lo que ocurrió en su vida en esos dos años: el relato de la rutina familiar y pueblerina, la descripción de la naturaleza viva en las diversas estaciones del año, el dibujo nítido de los seres humanos de todo origen y nivel, así como la vida estudiantil de Barcelona. Abuelos y abuelas, tíos y tías, amigos, ancianos de otro siglo, campesinos, pescadores, emigrantes millonarios que regresan de América, personajes exitosos o fracasados, solitarios, jugadores, payasos, profesores, tenderos, estudiantes, son plasmados con la maestría de una prosa que, como pocas, sabe captar la realidad y sus secretos.
Debo esa lectura al maestro Alvaro Mutis, quien alguna vez en México me regaló una vieja edición del Cuaderno Gris y me recomendó especialmente el libro, como de uno de los autores que él más admiraba y leía. Mutis estaba casado con la catalana Carmen Miracle, y tuvo una relación profunda con esa región española a lo largo de casi toda su vida, por lo que era buen conocedor de su literatura. Solo pude seguir su recomendación mucho tiempo después de su regalo, pero ya en la nueva edición revisada y muy cuidada. Al devorar esas páginas, divertirme y reir a carcajadas de las ocurrencias, la ironía y el sarcasmo de Pla, escéptico y poco confiado en los hombres, he descubierto cuánta influencia hay del viejo catalán en la prosa novelística del gran autor colombiano.
La prosa de Pla se bebe como agua fresca o vino blanco junto al oleaje del Mediterráneo, sacudido, irisado, por los vientos del norte y el sur. Es una prosa que huele, pica, agita, penetra hasta lo más insondable de la vida. Basta acercarse a ella para encontrar en cada página una sorprendente maestría en el manejo de los adjetivos, en el cincelado natural de la frase, en la definición excéntrica de colores o formas, objetos y rostros. Es una prosa socarrona llena de sorpresas y giros que solo él sabía lograr cuando dirigía su telescopio a la acción de seres humanos, animales, pájaros, perros, gatos, loros, cisnes, árboles, caracoles y piedras.
Pla es un autor necesario para todo buen lector, pues aunque él escribió una obra monumental en décadas de ejercicio periodístico diario en la prensa catalana, fue ante todo un lector y un observador incisivo que veía más y mucho mejor que los otros. El Cuaderno Gris es el libro fundacional de una lengua, la catalana, y a la vez un texto bíblico que nombra todas las cosas como si fuera por primera vez. Leerlo es renacer como escritor o lector, o, simplemente, como ser humano que vive y se extingue poco a poco.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de enero de 2015.
domingo, 11 de enero de 2015
LOS YIHADISTAS DE MI BARRIO
Por Eduardo García Aguilar
En el mismo lugar por donde paso todos los días, entre los barrios Jaurès-Stalingrad y Buttes Chaumont, ahí mismo, junto al bistró de chinos donde tomo cerveza o compro lotería, junto a la lavandería donde dejo sacos y camisas y el sitio de Western Union de los paquistaníes, veo este mediodía atravesado en la calle el automóvil Citroen 3 negro donde los yihadistas de mi barrio Cherif y Said acaban de huir tras cometer la masacre de Charlie Hebdo, cerca de Bastille, matando a los más grandes caricaturistas franceses del último medio siglo y a casi toda la redacción.
La calle de Meaux, que va hacia el norte de París, donde ahora residía Cherif con su mujer cubierta por la negra burka, está acordonada y diez metros más adelante se ve ese vehículo robado que más tarde se haría famoso en el mundo, porque en él escaparon los hermanos de apellido Kouachi, jóvenes que pertenecían, según medios de prensa, a una célula yihadista de mi barrio, el de Buttes Chaumont, donde he vivido en dos periodos claves de mi vida en París y que es para mí un terreno familiar, al lado de Belleville, Barbès y Montmartre, la zona norte popular, multirracial y multirreligiosa, llena de vida y color, la más interesante y excitante.
En estas zonas del norte de París, indios, paquistaníes y originarios de Sri Lanka realizan en agosto la fiesta del dios Ganesha, el elefante que decenas de miles de inmigrantes pasean por las calles un domingo de fiesta y que es recibido al ruido de la quiebra de miles de cocos contra el asfalto y el colorido azafrán, fucsia y verde de los saris femeninos sobre cuerpos eróticos y paganos, mientras los hombres llevan el torso desnudo. El animismo es a veces más festivo que el monoteísmo.
Por estos lares del norte de París hay varias sinagogas y se ve caminar en familia a los judíos pobres con trajes negros, sombreros alones Stetson, kipas y crespos largos rumbo a los templos hebreos, en especial los sábados del Sabat. Por ahí donde está atravesado el ya famoso y terrorífico auto Citroen 3 negro robado por Cherif y Said, cruzan las familias que veo desde la barra del bistró chino y cuyo paso hacia el templo en un medio hostil me parece notable, una muestra de que en Francia y en Europa estamos viviendo ya al filo de la navaja, como en los tiempos del auge de los nazis en los años 20 y 30 del siglo XX.
Aunque la violencia en la India, Pakistán y Sri Lanka es extrema y se caracteriza por atentados contra sus líderes, como la familia de Indira Gandhi en la India o la de los Butho, Alí y Benazir, en Pakistán, o por el exterminio total de la rebelión en Sri Lanka la década pasada, esos conflictos no han aflorado todavía en las calles de París, donde vive una multitudinaria comunidad de ese origen, dedicada a trabajos de cocina en los sótanos de los restaurantes, la limpieza y el manejo de sitios internet. Aquí al lado del Citroen queda el café internet donde extranjeros del rumbo envían sus remesas a las familias lejanas de Asia y Africa a través de Western Union.
El simpático bistró-tabac chino Le Royal ha sido cerrado mientras la policía rodea la zona. Como los paquistaníes, la gigantesca y poderosa comunidad china no plantea problemas por ahora. Ellos solo se dedican silenciosamente al trabajo y a la acumulación de dinero. En el barrio de Place D' Italie se realiza cada año en febrero la fiesta del año nuevo y cientos de miles se pasean con dragones el festivo domingo. Belleville también alberga esas fiestas, mientras crecen como champiñones los negocios financiados por los capitales gigantescos de la milenaria tierra de Confucio y Mao.
Y así como ellos, las comunidades viven en paz y se integran en el trabajo y la actividad mirando hacia un futuro laico, multirracial y multicultural que cambiará para siempre el panorama demográfico y racial de Europa en este siglo. Así ocurre con los japoneses de la Calle Santa Ana, italianos, ex yugoslavos, rusos, africanos subsaharianos de todos los barrios y los paquistaníes de la Goute D'or o latinoamericanos de Clichy o de Belleville. La mezcla en estos países es ya irreversible como en los tiempos del Imperio Romano.
Pero la tensión es fuerte y peligrosa ahora que el yihadismo mundial crece y vivimos de facto en un guerra donde Occidente e Israel atacan en Oriente Medio, mientras pululan las sectas al interior del propio islam exterminándose unas a otras en Siria, Libia, Arabia, Irak, en la frontera turca, Yemen y otros lugares más como la propia París.
Los jóvenes yihadistas de mi barrio nacieron y crecieron aquí y hacen parte de la enorme comunidad musulmana. Aquí estudiaron, recibieron ayudas del estado y también sufrieron la incomprensión de la sociedad que los marginaba por su origen. Cherif, el más conocido de los dos hermanos fue músico rapero y el colega suyo que tomó los rehenes en Vincennes, hasta visitó el Palacio del Eliseo alguna vez. Representan el fracaso de la integración y la excitación de un mundo confesional que despierta los fantasmas milenarios de la violencia y la intolerancia de unos y otros.
Hace apenas seis meses, cuando Israel atacaba sangrientamente en Gaza y mataba a más de 2000 civiles, en los barrios Stalingrad-Jaurès y Buttes de Chaumont, al regresar del trabajo a medianoche, me encontraba con incendios junto a las sinagogas, escuchaba tiroteos y veía a las fuerzas del orden con cascos y escudos enfrentando a los airados jóvenes musulmanes encapuchados, entre los cuales estaban sin duda los protagonistas de los hechos de esta semana. Alguna noche de verano me despertaron en la madrugada los tiroteos sostenidos de las partes en conflicto.
Así estamos ahora en París. Y al ver a la policía judicial que llega a revisar el famoso Citroen 3 cuyas imágenes circularon por el mundo, comprendo que estamos en el centro de una peligrosa guerrilla cuyo futuro desconocemos. Porque centenares o miles de yihadistas de Al Qaida y el Ejército Islámico Daesh, los convencidos, los fanáticos del sunismo radical, estan aquí ya, dispuestos en Europa a morir como mártires matando y destruyendo en nombre de su profeta a las Repúblicas construidas desde los tiempos de la libertaria, laica y libertina Revolución Francesa.
-------------------
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2015.
En el mismo lugar por donde paso todos los días, entre los barrios Jaurès-Stalingrad y Buttes Chaumont, ahí mismo, junto al bistró de chinos donde tomo cerveza o compro lotería, junto a la lavandería donde dejo sacos y camisas y el sitio de Western Union de los paquistaníes, veo este mediodía atravesado en la calle el automóvil Citroen 3 negro donde los yihadistas de mi barrio Cherif y Said acaban de huir tras cometer la masacre de Charlie Hebdo, cerca de Bastille, matando a los más grandes caricaturistas franceses del último medio siglo y a casi toda la redacción.
La calle de Meaux, que va hacia el norte de París, donde ahora residía Cherif con su mujer cubierta por la negra burka, está acordonada y diez metros más adelante se ve ese vehículo robado que más tarde se haría famoso en el mundo, porque en él escaparon los hermanos de apellido Kouachi, jóvenes que pertenecían, según medios de prensa, a una célula yihadista de mi barrio, el de Buttes Chaumont, donde he vivido en dos periodos claves de mi vida en París y que es para mí un terreno familiar, al lado de Belleville, Barbès y Montmartre, la zona norte popular, multirracial y multirreligiosa, llena de vida y color, la más interesante y excitante.
En estas zonas del norte de París, indios, paquistaníes y originarios de Sri Lanka realizan en agosto la fiesta del dios Ganesha, el elefante que decenas de miles de inmigrantes pasean por las calles un domingo de fiesta y que es recibido al ruido de la quiebra de miles de cocos contra el asfalto y el colorido azafrán, fucsia y verde de los saris femeninos sobre cuerpos eróticos y paganos, mientras los hombres llevan el torso desnudo. El animismo es a veces más festivo que el monoteísmo.
Por estos lares del norte de París hay varias sinagogas y se ve caminar en familia a los judíos pobres con trajes negros, sombreros alones Stetson, kipas y crespos largos rumbo a los templos hebreos, en especial los sábados del Sabat. Por ahí donde está atravesado el ya famoso y terrorífico auto Citroen 3 negro robado por Cherif y Said, cruzan las familias que veo desde la barra del bistró chino y cuyo paso hacia el templo en un medio hostil me parece notable, una muestra de que en Francia y en Europa estamos viviendo ya al filo de la navaja, como en los tiempos del auge de los nazis en los años 20 y 30 del siglo XX.
Aunque la violencia en la India, Pakistán y Sri Lanka es extrema y se caracteriza por atentados contra sus líderes, como la familia de Indira Gandhi en la India o la de los Butho, Alí y Benazir, en Pakistán, o por el exterminio total de la rebelión en Sri Lanka la década pasada, esos conflictos no han aflorado todavía en las calles de París, donde vive una multitudinaria comunidad de ese origen, dedicada a trabajos de cocina en los sótanos de los restaurantes, la limpieza y el manejo de sitios internet. Aquí al lado del Citroen queda el café internet donde extranjeros del rumbo envían sus remesas a las familias lejanas de Asia y Africa a través de Western Union.
El simpático bistró-tabac chino Le Royal ha sido cerrado mientras la policía rodea la zona. Como los paquistaníes, la gigantesca y poderosa comunidad china no plantea problemas por ahora. Ellos solo se dedican silenciosamente al trabajo y a la acumulación de dinero. En el barrio de Place D' Italie se realiza cada año en febrero la fiesta del año nuevo y cientos de miles se pasean con dragones el festivo domingo. Belleville también alberga esas fiestas, mientras crecen como champiñones los negocios financiados por los capitales gigantescos de la milenaria tierra de Confucio y Mao.
Y así como ellos, las comunidades viven en paz y se integran en el trabajo y la actividad mirando hacia un futuro laico, multirracial y multicultural que cambiará para siempre el panorama demográfico y racial de Europa en este siglo. Así ocurre con los japoneses de la Calle Santa Ana, italianos, ex yugoslavos, rusos, africanos subsaharianos de todos los barrios y los paquistaníes de la Goute D'or o latinoamericanos de Clichy o de Belleville. La mezcla en estos países es ya irreversible como en los tiempos del Imperio Romano.
Pero la tensión es fuerte y peligrosa ahora que el yihadismo mundial crece y vivimos de facto en un guerra donde Occidente e Israel atacan en Oriente Medio, mientras pululan las sectas al interior del propio islam exterminándose unas a otras en Siria, Libia, Arabia, Irak, en la frontera turca, Yemen y otros lugares más como la propia París.
Los jóvenes yihadistas de mi barrio nacieron y crecieron aquí y hacen parte de la enorme comunidad musulmana. Aquí estudiaron, recibieron ayudas del estado y también sufrieron la incomprensión de la sociedad que los marginaba por su origen. Cherif, el más conocido de los dos hermanos fue músico rapero y el colega suyo que tomó los rehenes en Vincennes, hasta visitó el Palacio del Eliseo alguna vez. Representan el fracaso de la integración y la excitación de un mundo confesional que despierta los fantasmas milenarios de la violencia y la intolerancia de unos y otros.
Hace apenas seis meses, cuando Israel atacaba sangrientamente en Gaza y mataba a más de 2000 civiles, en los barrios Stalingrad-Jaurès y Buttes de Chaumont, al regresar del trabajo a medianoche, me encontraba con incendios junto a las sinagogas, escuchaba tiroteos y veía a las fuerzas del orden con cascos y escudos enfrentando a los airados jóvenes musulmanes encapuchados, entre los cuales estaban sin duda los protagonistas de los hechos de esta semana. Alguna noche de verano me despertaron en la madrugada los tiroteos sostenidos de las partes en conflicto.
Así estamos ahora en París. Y al ver a la policía judicial que llega a revisar el famoso Citroen 3 cuyas imágenes circularon por el mundo, comprendo que estamos en el centro de una peligrosa guerrilla cuyo futuro desconocemos. Porque centenares o miles de yihadistas de Al Qaida y el Ejército Islámico Daesh, los convencidos, los fanáticos del sunismo radical, estan aquí ya, dispuestos en Europa a morir como mártires matando y destruyendo en nombre de su profeta a las Repúblicas construidas desde los tiempos de la libertaria, laica y libertina Revolución Francesa.
-------------------
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2015.
domingo, 4 de enero de 2015
WOODY ALLEN Y SU JAZZ BAND
Por Eduardo García Aguilar
¿Que Woddy Allen toca su clarinete este fin de año en el Liceu de Barcelona y yo estoy a dos cuadras, en el Hotel Barbara, junto a la Rambla del Raval? Imposible no asistir al concierto programado en el marco del Suite Festival de Jazz de la ciudad condal. El casi octogenario neoyorquino es un personaje de la familia y desde hace cuatro décadas, desde adolescentes, lo seguimos, admiramos, odiamos, imitamos, empezando por esa película en que se disfrazó de espermatozoide y se lanzó desde un avión.
Y después hemos seguido todas sus historias reales y supuestas con las divas que han actuado en sus películas, la nieta de Hemingway, Mia Farrow, Diane Keaton, Scarlett Johanson, Penélope Cruz y decenas y decenas más. Lo hemos acompañado en sus líos conyugales, sus procesos judiciales, las denuncias de su despechada esposa y el matrimonio con su hijastra Soon Yi.
Woody Allen (1935) ha filmado en París, Roma, Barcelona, ha actuado de guerrillero latinoamericano, mago, transformista, psicoanalizado, fracasado, triunfador. Es un gran travesti del arte, haciendo el seductor a lo Humphrey Bogart, mago, astronauta, snob, montañista, viajero, depresivo, ladrón, enamorado, excitado, psicópata, hipomaniaco, brujo y Dios.
Y ahora, a los 79 años, Woody sale con su The New Orleans Jazz Band al escenario del Liceu de Barcelona, recién reconstruido después del incendio que lo devastó hace una década, soberbio edificio que admiran los espectadores en este fin de año 2014. Al emerger desde bambalinas Allen da pasos titubeantes de anciano, pues tiene ese esqueleto que los de su edad a duras penas soportan como una armadura chueca de hojalata, aunque tengan la mejor intención, y luego va directamente el micrófono enfundado en sus amplios pantalones payasescos de pana beige, sus gafas redondas de aro negro y la camisa a cuadros y su melena canosa. Acaba de estar en Mónaco y Badajoz y termina la gira en Barcelona para recibir el nuevo año 2015.
Es Woody Allen, el gran payaso quien saluda al público y tras él entran sus sesentones comparsas de la urbe, quienes poco a poco lo han adoptado y terminaron por ser sus amigotes, y a los que ahora pasea por el mundo como una nueva banda equivalente a la del Buenavista Social Club, grupo de nonagenarios cubanos, lanzados a la fama en 1998 gracias a la película de Wim Wenders.
El grupo interpreta música de jazz de la Nueva Orleans de los años 20 y 30, en esos tiempos felices de entreguerras marcados por el crack de 1929 que cimbró a la humanidad y llevó después a una sucesión de guerras y desgracias mil, entre ellas el holocausto propiciado por los nazis de Hitler contra los judíos y los marginales de Europa, gitanos, comunistas, sicoanalistas, pintores degenerados, personajes todos ellos presentes en las películas inolvidables del Woody.
El Liceu de Barcelona no está lleno, pero eso no importa. En los puntos principales, especialmente en platea, está apeñuscado el público entusiasta que aplaude todas las peripecias y ocurrencias de ese All that Jazz. En las galerías salpicadas de admiradores los aplausos suenan ceñidos, al unísono que la algarabía de las plateas repletas y los gritos de los entendidos que celebran los solos del contrabajista Greg Cohen, del banjo Eddy Davis, del trombón, el piano o la batería.
No importa si Woddy a veces no da el tono ni le alcanza la respiración o que sea muy chillón con su clarinete y tenga que limpiarse la boca o que a duras penas trate de mover el esqueleto sentado al lado del líder del grupo, el tocador de banjo, y del trompetista y cantante que se levanta para calentar al público en un crescendo paulatino. Atrás están el joven contrabajo, de traje, el aplaudido pianista y el baterista, todos salidos de una novela de Phillip Roth, de origenes judío, italiano o polaco, neoyorquinos de New Jersey, perfectos personajes para alguna película inédita del gran Woody, panzones y calvos casi todos ellos, neoyorquinos y gozones hasta la saciedad.
Afuera la Rambla de Barcelona está llena de gente. En el tradicional y bello Café La Opera, situado al frente del Liceu, se comenta que Woody ha estado allí tal vez tomando el emblemático chocolate con churros y ensaimadas, pero es como una leyenda imposible de probar. En el Liceu, muchos acicalados en extremo suben las ecalinatas imponentes trajeados de negro, corbatín y abrigos de piel que se quitan y entregan a los bell boys. En su mayoría el público es de jubilados, empresarios, curiosos, amantes del jazz, cinéfilos, despistados y algunos que han pagado 165 dólares para estar en la cena posterior, donde probablemente esté presente el adorado clown.
Woody se mueve sentado en su silla y a veces se entusiasma y logra una buena tonada, otras se hunde, se defenestra, pero es salvado ineluctablemente por sus amigos con el trombón, el bajo, el piano o el banjo. El mismo Woody sabe: en su gira, lo que atrae es su nombre y si no fuera por él, la banda no habría salido nunca de su rincón en New York: nada que ver con Louis Armstrong, Miles Davis, Dizzy Gilepsie, John Coltrane.
Woddy se levanta otra vez y se dirige al micrófono para desear el "happy new year" que todos esperamos y en verdad se crea una comunión simbólica entre todos. Nuestro querido Woody no da un concierto banal, pues se trata del fin de año y todos ahí estamos con él, en la Barcelona de su pelicula sobreactuada por Bardem, Penélope y Scarlett, un poco caricaturesca como todas las peliculas que hace sobre París, Londres, Roma o New York. Woody está ahí pasando el año nuevo con nosotros, probablemente uno de sus últimos fines de año, porque nadie es eterno: ni él ni García Márquez, ni Picasso, ni Dalí ni el Papa ni Lauren Bacall.
El concierto termina, pero la gente aplaude y exige un retorno, que es largo y feliz. Al final todos hemos sido seducidos por esta banda de barrio de amigos sesentones, que vienen de regreso de todo y están más allá del bien y del mal, como Woody con su pantalón amplio, sus gafitas de aro negro, sus canas y sus zapatos de cuero café. Y así desaparece detrás del escenario hacia la noche de la Rambla, que estará llena de decenas de miles de catalanes, españoles y turistas que acuden a recibir 2015 junto al mar, bajo los juegos pirotécnicos y la estatua de Cristóbal Colón, quien extiende su mano hacia América, porque como dice Obama, "todos somos americanos" en este jazz del siglo XXI.
Publicado en Expresiones. Excélsior. Domingo 4 de enero de 2015.
* @ Foto de Woody Allen de Ferran Sendra. Publicada en El Periódico. Barcelona. Jueves 1 ene 2014.
¿Que Woddy Allen toca su clarinete este fin de año en el Liceu de Barcelona y yo estoy a dos cuadras, en el Hotel Barbara, junto a la Rambla del Raval? Imposible no asistir al concierto programado en el marco del Suite Festival de Jazz de la ciudad condal. El casi octogenario neoyorquino es un personaje de la familia y desde hace cuatro décadas, desde adolescentes, lo seguimos, admiramos, odiamos, imitamos, empezando por esa película en que se disfrazó de espermatozoide y se lanzó desde un avión.
Y después hemos seguido todas sus historias reales y supuestas con las divas que han actuado en sus películas, la nieta de Hemingway, Mia Farrow, Diane Keaton, Scarlett Johanson, Penélope Cruz y decenas y decenas más. Lo hemos acompañado en sus líos conyugales, sus procesos judiciales, las denuncias de su despechada esposa y el matrimonio con su hijastra Soon Yi.
Woody Allen (1935) ha filmado en París, Roma, Barcelona, ha actuado de guerrillero latinoamericano, mago, transformista, psicoanalizado, fracasado, triunfador. Es un gran travesti del arte, haciendo el seductor a lo Humphrey Bogart, mago, astronauta, snob, montañista, viajero, depresivo, ladrón, enamorado, excitado, psicópata, hipomaniaco, brujo y Dios.
Y ahora, a los 79 años, Woody sale con su The New Orleans Jazz Band al escenario del Liceu de Barcelona, recién reconstruido después del incendio que lo devastó hace una década, soberbio edificio que admiran los espectadores en este fin de año 2014. Al emerger desde bambalinas Allen da pasos titubeantes de anciano, pues tiene ese esqueleto que los de su edad a duras penas soportan como una armadura chueca de hojalata, aunque tengan la mejor intención, y luego va directamente el micrófono enfundado en sus amplios pantalones payasescos de pana beige, sus gafas redondas de aro negro y la camisa a cuadros y su melena canosa. Acaba de estar en Mónaco y Badajoz y termina la gira en Barcelona para recibir el nuevo año 2015.
Es Woody Allen, el gran payaso quien saluda al público y tras él entran sus sesentones comparsas de la urbe, quienes poco a poco lo han adoptado y terminaron por ser sus amigotes, y a los que ahora pasea por el mundo como una nueva banda equivalente a la del Buenavista Social Club, grupo de nonagenarios cubanos, lanzados a la fama en 1998 gracias a la película de Wim Wenders.
El grupo interpreta música de jazz de la Nueva Orleans de los años 20 y 30, en esos tiempos felices de entreguerras marcados por el crack de 1929 que cimbró a la humanidad y llevó después a una sucesión de guerras y desgracias mil, entre ellas el holocausto propiciado por los nazis de Hitler contra los judíos y los marginales de Europa, gitanos, comunistas, sicoanalistas, pintores degenerados, personajes todos ellos presentes en las películas inolvidables del Woody.
El Liceu de Barcelona no está lleno, pero eso no importa. En los puntos principales, especialmente en platea, está apeñuscado el público entusiasta que aplaude todas las peripecias y ocurrencias de ese All that Jazz. En las galerías salpicadas de admiradores los aplausos suenan ceñidos, al unísono que la algarabía de las plateas repletas y los gritos de los entendidos que celebran los solos del contrabajista Greg Cohen, del banjo Eddy Davis, del trombón, el piano o la batería.
No importa si Woddy a veces no da el tono ni le alcanza la respiración o que sea muy chillón con su clarinete y tenga que limpiarse la boca o que a duras penas trate de mover el esqueleto sentado al lado del líder del grupo, el tocador de banjo, y del trompetista y cantante que se levanta para calentar al público en un crescendo paulatino. Atrás están el joven contrabajo, de traje, el aplaudido pianista y el baterista, todos salidos de una novela de Phillip Roth, de origenes judío, italiano o polaco, neoyorquinos de New Jersey, perfectos personajes para alguna película inédita del gran Woody, panzones y calvos casi todos ellos, neoyorquinos y gozones hasta la saciedad.
Afuera la Rambla de Barcelona está llena de gente. En el tradicional y bello Café La Opera, situado al frente del Liceu, se comenta que Woody ha estado allí tal vez tomando el emblemático chocolate con churros y ensaimadas, pero es como una leyenda imposible de probar. En el Liceu, muchos acicalados en extremo suben las ecalinatas imponentes trajeados de negro, corbatín y abrigos de piel que se quitan y entregan a los bell boys. En su mayoría el público es de jubilados, empresarios, curiosos, amantes del jazz, cinéfilos, despistados y algunos que han pagado 165 dólares para estar en la cena posterior, donde probablemente esté presente el adorado clown.
Woody se mueve sentado en su silla y a veces se entusiasma y logra una buena tonada, otras se hunde, se defenestra, pero es salvado ineluctablemente por sus amigos con el trombón, el bajo, el piano o el banjo. El mismo Woody sabe: en su gira, lo que atrae es su nombre y si no fuera por él, la banda no habría salido nunca de su rincón en New York: nada que ver con Louis Armstrong, Miles Davis, Dizzy Gilepsie, John Coltrane.
Woddy se levanta otra vez y se dirige al micrófono para desear el "happy new year" que todos esperamos y en verdad se crea una comunión simbólica entre todos. Nuestro querido Woody no da un concierto banal, pues se trata del fin de año y todos ahí estamos con él, en la Barcelona de su pelicula sobreactuada por Bardem, Penélope y Scarlett, un poco caricaturesca como todas las peliculas que hace sobre París, Londres, Roma o New York. Woody está ahí pasando el año nuevo con nosotros, probablemente uno de sus últimos fines de año, porque nadie es eterno: ni él ni García Márquez, ni Picasso, ni Dalí ni el Papa ni Lauren Bacall.
El concierto termina, pero la gente aplaude y exige un retorno, que es largo y feliz. Al final todos hemos sido seducidos por esta banda de barrio de amigos sesentones, que vienen de regreso de todo y están más allá del bien y del mal, como Woody con su pantalón amplio, sus gafitas de aro negro, sus canas y sus zapatos de cuero café. Y así desaparece detrás del escenario hacia la noche de la Rambla, que estará llena de decenas de miles de catalanes, españoles y turistas que acuden a recibir 2015 junto al mar, bajo los juegos pirotécnicos y la estatua de Cristóbal Colón, quien extiende su mano hacia América, porque como dice Obama, "todos somos americanos" en este jazz del siglo XXI.
Publicado en Expresiones. Excélsior. Domingo 4 de enero de 2015.
* @ Foto de Woody Allen de Ferran Sendra. Publicada en El Periódico. Barcelona. Jueves 1 ene 2014.
sábado, 27 de diciembre de 2014
ELOGIO DE LOS BISTROTS
Por Eduardo García Aguilar
Una de las instituciones preferidas en toda Francia y de las más nutritivas y alegres de la vida en París, es el bistrot, que desde el siglo XIX cumple una función social inigualable en todas las estaciones del año y sin la cual la vida en la ciudad o los pueblos no sería lo que es. En cada cuadra de la ciudad capital y en todas las ciudades y pueblos de provincia, sin falta, hay varios de estos lugares que llevan nombres diversos evocadores de la región de donde provenían los viejos fundadores o el nombre famoso de algún militar, barco, profesión, amada o país: el Sully, la Estrasburguesa, el Bastilla, el Cañón de Italia, el Jaurés, el Sarah Bernhardt, el Daiquirí, el Floreal y mil etcéteras más.
Los hay muy pequeños en mitad de la cuadra para una clientela muy precisa y casi familiar y también en las esquinas o en las plazas concurridas, donde por la situación privilegiada se vuelven más animados y prósperos y se convierten con el tiempo a veces en negocios millonarios y famosos y de alto glamour como el Deux Magots y el Café de Flore de Saint Germain, La Coupole y el Select de Montmartre o el Café de la Paix de la Plaza de la Opera, todos ellos de precios inabordables para la población común.
El bistrot es un sitio muy sencillo, especializado en la venta de vino, cerveza y licores a precios bajos, que se sirven en las viejas barras métalias de bronce, zinc o madera, lo que se complementa con la venta de sándwichs rápidos o tentenpiés de queso, jamón, paté, atún, pollo o chorizo para una clientela popular y atareada que se refugia un instante en el lugar para restaurarse y luego seguir el camino de su lucha por la vida en los tiempos de crisis, que siempre han sido la norma en todas las épocas. Todos los países del mundo siempre han estado o están en crisis.
En las mañanas heladas, cuando los transeúntes van rumbo al metro para trasladarse a sus trabajos, la especialidad del bistrot es servir el delicioso café con leche, acompañado de croissants, por lo que el olor inconfundible de las máquinas cafeteras italianas atrae desde lejos a los acelerados, al mismo tiempo que el sonido inolvidable que emiten cuando transforman el elíxir del grano molido proveniente de Colombia, Kenia, Brasil o Guatemala, en la exquisita taza humeante que da vida y energía al trabajador.
Porque el bistrot es y ha sido siempre el lugar de encuentro de los trabajadores, de los proletarios de los últimos dos siglos, inmortalizados en tantas obras literarias, en especial aquellas que cuentan la vida popular de París y en cuadros donde se les ve con las boinas ancestrales y las bufandas modestas o los overoles manchados de pintura o cemento, cuando no con sus bigotes heredados de la vieja etnia original gala pre-romana, contada en los dibujos animado, cómics o caricaturas del inefable Ásterix.
A mediodía, el bistrot se especializa en un almuerzo sencillo que comienza a servirse a las doce en punto y que por un costo relativamente bajo trae un menú basico de entrada, plato central y postre: huevos con mayonesa, paté, arenques o una ensaladilla rusa simple, seguido luego por la clásico pedazo de carne de res o pollo con papas fritas, o un grasoso cassoulet, una choucroute, el boeuf bourguignon, o la pieza de ternera en salsa con arroz y frijoles blancos, que lleva el nombre de blanquette de veau. El menú de tres opciones cambia cada día de la semana y constituye la delicia del pobre que sale durante una hora a recobrar energía para seguir la jornada. Pero casi siempre se trata de platos populares como los que preparaba la abuelita o hacía la mamá.
Viene luego la tarde solitaria del bistrot, cuando por lo regular son pocos los clientes y donde pasan las horas jubilados, desempleados, viudas o esposas que van y vienen del supermercado y se refugian de la llovizna para reposar un instante allí leyendo el periódico local, ya sea Le Parisien en la capital y otros de nombres improbables en cada una de las capitales, desde Marsella y Toulouse a Lyon, y desde Burdeos y Poitiers a Lille, Rouen, Estrasburgo o Nantes.
Hacia las seis de la tarde el bistrot se vuelve a animar con la clientela más alcohólica y solitaria, que libre ya de su tareas burocráticas pasa a degustar un vino blanco o rojo, un calvados o un pastís, mientras pasan las noticias del día en continuo por la televisión, a través de canales como BFMTV o ITelé. El personaje típico del bistrot emerge allí con toda su fuerza: se trata de un hombre o mujer solitario, o que evita regresar pronto a casa y que en esas horas habla sobre política o chismes del momento, como las amantes de los presidentes o las celebridades y las historias más escabrosas de los criminales o las guerras y las tragedias que informa sin cesar la máquina trituradora de noticias. Hacia la noche, el bistró acoge en la barra a los clientes más fieles, que tienen un trato especial del patrón y ya ebrios deliran con sus narices bien rojas y sus ojos humedecidos. El pilar de bistrot ha sido inmortalizado en programas cómicos de la televisión por la talentosa humorista Anne Rumanoff
En sus primeros tiempos el bistrot fue una institución regentada por habitantes originales o de diversas provincias francesas muy específicas, como los famosos bougnat, provenientes del macizo Central, y en las primeras décadas del siglo XXI ha sufrido un gran transformación con la globalización, al pasar a manos de las nuevas generaciones de inmigrantes chinos o norafricanos, por lo que se han convertido en un vivero de mestizajes de todos los orígenes. Si resucitaran los franceses de antes, a veces tan nacionalistas y cerrados, se espantarían de ver tanta gente de origen extranjero, en especial mediorientales, africanos y asiáticos compartiendo en la barras de los bistrots a la hora del crepúsculo.
Sin el bistrot París sería invivible y sus barras cumplen la función del psicoanálisis o del consejero espiritual para todos los golpeados por la vida: se discuten allí divorcios, muertes, ruinas, fracasos, desempleo, enfermedades, bodas, nacimientos. En su caluroso líquido amniótico, vibran las historias y los secretos que muchos novelistas han utilizado para dar consistencia a sus personajes, como Zola o Louis Ferdinand Céline, expertos en contar el destino del pueblo en su cíclico ir y venir.
Una de las instituciones preferidas en toda Francia y de las más nutritivas y alegres de la vida en París, es el bistrot, que desde el siglo XIX cumple una función social inigualable en todas las estaciones del año y sin la cual la vida en la ciudad o los pueblos no sería lo que es. En cada cuadra de la ciudad capital y en todas las ciudades y pueblos de provincia, sin falta, hay varios de estos lugares que llevan nombres diversos evocadores de la región de donde provenían los viejos fundadores o el nombre famoso de algún militar, barco, profesión, amada o país: el Sully, la Estrasburguesa, el Bastilla, el Cañón de Italia, el Jaurés, el Sarah Bernhardt, el Daiquirí, el Floreal y mil etcéteras más.
Los hay muy pequeños en mitad de la cuadra para una clientela muy precisa y casi familiar y también en las esquinas o en las plazas concurridas, donde por la situación privilegiada se vuelven más animados y prósperos y se convierten con el tiempo a veces en negocios millonarios y famosos y de alto glamour como el Deux Magots y el Café de Flore de Saint Germain, La Coupole y el Select de Montmartre o el Café de la Paix de la Plaza de la Opera, todos ellos de precios inabordables para la población común.
El bistrot es un sitio muy sencillo, especializado en la venta de vino, cerveza y licores a precios bajos, que se sirven en las viejas barras métalias de bronce, zinc o madera, lo que se complementa con la venta de sándwichs rápidos o tentenpiés de queso, jamón, paté, atún, pollo o chorizo para una clientela popular y atareada que se refugia un instante en el lugar para restaurarse y luego seguir el camino de su lucha por la vida en los tiempos de crisis, que siempre han sido la norma en todas las épocas. Todos los países del mundo siempre han estado o están en crisis.
En las mañanas heladas, cuando los transeúntes van rumbo al metro para trasladarse a sus trabajos, la especialidad del bistrot es servir el delicioso café con leche, acompañado de croissants, por lo que el olor inconfundible de las máquinas cafeteras italianas atrae desde lejos a los acelerados, al mismo tiempo que el sonido inolvidable que emiten cuando transforman el elíxir del grano molido proveniente de Colombia, Kenia, Brasil o Guatemala, en la exquisita taza humeante que da vida y energía al trabajador.
Porque el bistrot es y ha sido siempre el lugar de encuentro de los trabajadores, de los proletarios de los últimos dos siglos, inmortalizados en tantas obras literarias, en especial aquellas que cuentan la vida popular de París y en cuadros donde se les ve con las boinas ancestrales y las bufandas modestas o los overoles manchados de pintura o cemento, cuando no con sus bigotes heredados de la vieja etnia original gala pre-romana, contada en los dibujos animado, cómics o caricaturas del inefable Ásterix.
A mediodía, el bistrot se especializa en un almuerzo sencillo que comienza a servirse a las doce en punto y que por un costo relativamente bajo trae un menú basico de entrada, plato central y postre: huevos con mayonesa, paté, arenques o una ensaladilla rusa simple, seguido luego por la clásico pedazo de carne de res o pollo con papas fritas, o un grasoso cassoulet, una choucroute, el boeuf bourguignon, o la pieza de ternera en salsa con arroz y frijoles blancos, que lleva el nombre de blanquette de veau. El menú de tres opciones cambia cada día de la semana y constituye la delicia del pobre que sale durante una hora a recobrar energía para seguir la jornada. Pero casi siempre se trata de platos populares como los que preparaba la abuelita o hacía la mamá.
Viene luego la tarde solitaria del bistrot, cuando por lo regular son pocos los clientes y donde pasan las horas jubilados, desempleados, viudas o esposas que van y vienen del supermercado y se refugian de la llovizna para reposar un instante allí leyendo el periódico local, ya sea Le Parisien en la capital y otros de nombres improbables en cada una de las capitales, desde Marsella y Toulouse a Lyon, y desde Burdeos y Poitiers a Lille, Rouen, Estrasburgo o Nantes.
Hacia las seis de la tarde el bistrot se vuelve a animar con la clientela más alcohólica y solitaria, que libre ya de su tareas burocráticas pasa a degustar un vino blanco o rojo, un calvados o un pastís, mientras pasan las noticias del día en continuo por la televisión, a través de canales como BFMTV o ITelé. El personaje típico del bistrot emerge allí con toda su fuerza: se trata de un hombre o mujer solitario, o que evita regresar pronto a casa y que en esas horas habla sobre política o chismes del momento, como las amantes de los presidentes o las celebridades y las historias más escabrosas de los criminales o las guerras y las tragedias que informa sin cesar la máquina trituradora de noticias. Hacia la noche, el bistró acoge en la barra a los clientes más fieles, que tienen un trato especial del patrón y ya ebrios deliran con sus narices bien rojas y sus ojos humedecidos. El pilar de bistrot ha sido inmortalizado en programas cómicos de la televisión por la talentosa humorista Anne Rumanoff
En sus primeros tiempos el bistrot fue una institución regentada por habitantes originales o de diversas provincias francesas muy específicas, como los famosos bougnat, provenientes del macizo Central, y en las primeras décadas del siglo XXI ha sufrido un gran transformación con la globalización, al pasar a manos de las nuevas generaciones de inmigrantes chinos o norafricanos, por lo que se han convertido en un vivero de mestizajes de todos los orígenes. Si resucitaran los franceses de antes, a veces tan nacionalistas y cerrados, se espantarían de ver tanta gente de origen extranjero, en especial mediorientales, africanos y asiáticos compartiendo en la barras de los bistrots a la hora del crepúsculo.
Sin el bistrot París sería invivible y sus barras cumplen la función del psicoanálisis o del consejero espiritual para todos los golpeados por la vida: se discuten allí divorcios, muertes, ruinas, fracasos, desempleo, enfermedades, bodas, nacimientos. En su caluroso líquido amniótico, vibran las historias y los secretos que muchos novelistas han utilizado para dar consistencia a sus personajes, como Zola o Louis Ferdinand Céline, expertos en contar el destino del pueblo en su cíclico ir y venir.
domingo, 21 de diciembre de 2014
MÉXICO Y LA CULTURA PIRAMIDAL
Por Eduardo García Aguilar
En México existe un sistema cultural que algunos críticos locales califican de piramidal y que ha enfeudado desde hace un siglo a la mayoría de los creadores cubriéndoles de prebendas y haciéndolos cómplices de los grandes políticos, muchos de ellos demagogos, corruptos y violentos.
Sin embargo, pese al servilismo de un sector importante de la intelectualidad y de los artistas, la cultura mexicana contemporánea tiene tanta fuerza que ha sobrevivido a esa tentación permanente de vivir adosada al poder de los príncipes y los tlatoanis, como se denominaba a los ancestrales jerarcas indígenas.
No es para menos, ya que todo el país vive sobre las ruinas de varios imperios prehispánicos espléndidos que construyeron ciudades y templos de rango mundial, equiparables a los de las grandes civilizaciones que florecieron en China, el Sudeste Asiático, Egipto y entre el Eufrates y el Tigris, en tiempos de Nínive y Babilonia.
Por todas partes el arte de esos pueblos se ve y surge de la tierra con una fuerza imbatible que impresiona a quienes han visitado Teotihuacán, Palenque, Monte Albán y tantas otras ciudades milenarias construidas por verdaderos Estados poderosos y ricos que tenían burocracia, clero, escuelas y ejércitos.
Cuando llegaron los conquistadores españoles encontraron grandes imperios en pleno ejercicio de su poder y merced a una alianza con los príncipes locales crearon un nuevo mundo colonial cuya expresión cultural es impresionante: catedrales, plazas enormes, palacios, conventos, avenidas, teatros y todo tipo de edificios barrocos emergieron de tal fusión y del sincretismo de la religión prehispánica y el catolicismo que llegó para quedarse.
La prueba de esa irradiación cultural sincrética es el vasto centro histórico de la Ciudad de México y la belleza de muchas ciudades coloniales como Morelia, Zacatecas, Guadalajara, Oaxaca, Puebla, Querétaro y muchas más que uno nunca termina de visitar y apreciar. Dichas ciudades y sus centros ceremoniales fueron construidos sobre las viejas pirámides con la piedra de aquella grandeza.
Después de la Independencia, esa cultura siguió solidificándose con nuevas influencias, entre ellas la francesa y después la norteamericana, que llegó en el siglo XX para construir rascacielos y grandes ciudades, avenidas y suburbios interminables de cemento.
La Revolución mexicana trató de recuperar el orgullo indígena a través de los muralistas y por medio de un proyecto inicialmente muy valioso de afirmación de las culturas nativas. Sin embargo, al institucionalizarse la Revolución y crearse el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ese esfuerzo cultural que dio grandes frutos se fue solemnizando. Por eso los críticos actuales tratan de despertar a las élites culturales para que respondan con ideas a la gran tragedia que vive el país, ahora dominado y carcomido por el narcotráfico en alianza con todos los partidos políticos.
Después de la Revolución Mexicana se creó una clerecía priísta laica, una élite cultural muy bien financiada de por vida con becas, homenajes y prebendas oficiales, que reemplazó de facto a los sacerdotes y obispos católicos de otros tiempos.
Los jóvenes escritores en su mayoría empiezan desde muy temprano su carrera literaria como sacristanes de algún grupo o de algún líder cultural o "maestro de juventudes" como Vasconcelos, el creador del sistema, y son fieles e incondicionales de por vida a la figura o grupo poderoso que los protege y así van subiendo, subiendo, ganando muchos premios y becas, hasta convertirse en monseñores, obispos literarios, cardenales poéticos y algunos hasta papas, como Reyes, Paz o Fuentes.
Para llegar a esas alturas casi siempre hay que desempeñarse como diplomático y tener excelentes relaciones con los políticos y los magnates de la comunicación, quienes financian los premios y las prebendas intercambiables que benefician a esos jerarcas culturales exitosos.
Los escritores e intelectuales ligados al poder celebran sus sínodos y concilios, sus aquelarres y festines. Hay exclusiones, "ninguneos", vendettas, y todo tipo de guerras y guerrillas culturales. Los escritores rebeldes o malditos o los críticos terminan muy, pero muy mal. Sufrir la ojeriza de un Cardenal o de un Papa cultural todopoderoso como era Paz, significa la muerte literaria.
La mayoría creen en la "carrera literaria" y la toman muy en serio y por eso son algunos de ellos tan solemnes. Y así van tomando desde muy temprano una posición hierática, rígida, como de políticos del PRI. La mayoría no arriesgan nunca nada por temor y algunos -tanto mujeres como hombres- desde jóvenes ya están entronizados con sus casullas y destinados a ser un día líderes con su grey y báculo.
Y así permanecen toda la vida, aburridos, aspirando, intrigando, para llegar a ser los jefes de grupo con su corte y tal vez subir a la cúspide de la pirámide con las prebendas del caso y el impulso oficial necesario para aspirar a premios internacionales como el Cervantes. El sueño de muchos jóvenes escritores es ser llamados un día "maestros" y homenajeados cuando mueran en cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes, o si no se puede ahí, en algún lugar más modesto de carácter regional o universitario.
Ese es el sueño máximo de muchos de los escritores, por lo que sus obras se vuelven secas y parecidas en su manierismo oficial. Son muy pocos los que no creen en eso, pero por fortuna hay rebeldes hoy como los que describe Bolaño en su novela espléndida, irónica, Los detectives salvajes.
Por supuesto, esos rebeldes no se conocen mucho y no los ponen en las listas oficiales de las que son desterrados. Si no son fuertes se van apagando, muertos en vida como los personajes de Rulfo y tienen que ser muy valientes para resistir ante el sistema cultural oficial, pero los hay por fortuna para la literatura y las artes mexicanas y tal vez sean ellos los que ahora gritan para que cambie México y logre liberarse de la empresa de la mafia narcotraficante que ha cooptado al gobierno y a casi toda la clase política. O sea que la historia milenaria de esa gran patria hermana sigue viva y ardiente y mirando hacia el futuro con una creación pujante que siempre se sale de la cesta o huacal donde tratan de encerrarla.Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de diciembre de 2014.
martes, 16 de diciembre de 2014
MIRADAS ESTÉTICAS A LA CIUDAD NATAL
Por Eduardo García Aguilar
Siempre he pensado que Manizales es uno de los secretos más importantes de América Latina, una ciudad de una inmensa belleza no solo por los paisajes que la rodean desde el balcón geológico que habita a partir de su fundación reciente en el siglo XIX, sino por la arquitectura de su centro histórico principal y de los barrios antiguos, que como Hoyofrío y Los Agustinos, sobrevivieron a los incendios que la devastaron en los años veinte del siglo pasado y que aun sobreviven milagrosamente, pese a la fuerza de la cultura del cemento, arrodillada desde hace más de medio siglo al reino todopoderoso del Dios automóvil.
Quienes tuvimos la fortuna de nacer y crecer en Manizales ignoramos a veces las joyas arquitectónicas que se encuentran todavía en muchos lugares, esquinas, cuadras secretas, plazas, empinadas calles, rincones olvidados, porque ellas hacen parte natural de nuestra visión desde la infancia y son como un reflejo natural del imaginario personal, un poblado ámbito onírico que nos constituye y nos alimenta desde siempre.
Hace poco, al observar las fotos que ha tomado Beatriz Gómez a muchas construcciones y rincones de su ciudad natal con un amor lleno de sorpresa y que han circulado por Facebook, muchos han reaccionado con un gran entusiasmo, como si se sintiera la necesidad de salvar la ciudad para siempre y reconocer a todos aquellos que contra viento y marea han luchado en estas décadas aciagas por rescatar y conservar el ámbito donde nacimos los Manizaleños.
La mirada de Beatriz Gómez tiene mucha fuerza porque es la de un nativo que regresa después de mucho tiempo y constata que no todo está perdido y comprueba que durante la ausencia ciudadanos conocidos o anónimos, expertos, arquitectos, artistas han cuidado el patrimonio, aunque por supuesto mucho se ha perdido. Sus fotos nos vuelven a despertar y nos tocan porque nos muestran el privilegio que tenemos los que nacimos y crecimos allí. Como ella, otras personas amantes de la ciudad comparten día a día en las redes sociales las fotos de la ciudad donde viven y que alguna vez elogió Neruda, quien la visitó y la admiró, como una "fábrica de atardeceres".
Barrios enteros y edificaciones míticas fueron arrasadas sin contemplación desde los años 60, merced a un mal llamado proceso de modernización por el cual se hicieron ensanches inútiles, se mutilaron plazas como la de Caldas o Fundadores para dar paso a avenidas, y eso sin contar la demolición de centenares de casas antiguas llenas de historia que eran el orgullo de barrios donde hoy solo se percibe la desolación de las avenidas contaminantes, el ruido de los vehículos y la incongruencia de centenares de horrendas fachadas de cemento construidas sin orden alguno, en una proliferación salvaje y caótica.
La ciudad fue el fruto de un extraordinario impulso colonizador que en unas cuantas décadas creó en el albor del siglo XX un nuevo departamento y una capital pujante rodeada a su vez hacia todos los puntos cardinales por varias poblaciones que son joyas intactas de la arquitectura de la guadua y el bahareque, cuya belleza conservada e intacta en muchos casos daría para un catálogo de rango mundial. Además de esas casas familiares o construcciones gubernametales, escolares o religiosas, pervive en esos ámbitos el fantasma de unos pobladores y una cultura regional muy original que por fortuna fue y es objeto de estudios de expertos de distintas disciplinas. Lo que ocurrió en esa región fue la emergencia de un mundo nuevo que erigió una especie de espacio mediador entre dos poderosas instancias que vivían en guerra, como son la vieja Antioquia y el viejo Cauca, cuyas culturas difieren en muchos aspectos, como ya lo advertían en sus crónicas los viajeros europeos que se aventuraron a esos confines y relataron lo visto en siglos pasados.
Manizales fue arrasada por dos incendios y esa catástrofe animó a sus élites y habitantes de entonces a recrear algo que sorprende hoy todavía al experto o al simple viajero. Con recursos económicos extraordinarios y un impulso colectivo en el que participaron notables arquitectos, artistas y constructores provenientes de varios países de Europa, surgió esa ciudad que parece a veces el delirio de un genio loco coronado por la soberbia Catedral neogótica y decenas de edificios inolvidables, cada uno de los cuales tiene su historia y la huella de uno o varios artistas viajeros.
A quienes nos dedicamos a las labores del espíritu y las artes, contar con una ciudad natal de este rango es una verdadera fortuna. En mi caso personal, en casi todas mis novelas y relatos he tratado de exorcizar esas imágenes captadas en la infancia y la adolescencia, construcciones y lugares que recorríamos cada día y que nutrieron nuestros mejores momentos de formación. En mi primera novela Tierra de leones (1983) visité desde lejos a través del sueño de un loco llamado Leonardo Quijano esas construcciones espléndidas como la Catedral, la antigua Estación del ferrocarril, la Gobernación, el Palacio de bellas artes, el edificio Escorial y tantos otros, incluso el magnífico Teatro Olympia, joya arquitectónica destruida para dar lugar a un estacionamiento. Y en otras novelas como Bulevar de los héroes, El viaje triunfal y la que escribo en estos momentos, he vuelto a visitar esos lugares como si se tratara de viajar a los confines de la más secreta memoria.
Se dice que la literatura por lo general es un arreglo de cuentas con la infancia y la adolescencia y que por lo regular las obras de los autores se nutren de esos ámbitos, como ocurre con Gabriel García Márquez al recrear el mundo vivido en el pueblo natal y las ciudades y lugares de la región de la que es originario. Pero todas las artes a su vez tienen en la tierra natal una cantera natural. Por eso en estos momentos hay en Manizales fotógrafos, poetas, narradores, arquitectos, urbanistas, dramaturgos, ensayistas, historiadores, músicos, ecologistas, pensadores de todas las generaciones que tienen la certeza de que la ciudad donde nacimos es una joya material y paisajística para conservar. Cada día hay una mirada que la reconstruye y la plasma. Y serán tantas las miradas que el sueño de sus constructores se plasmará en la conservación de un ámbito que futuras generaciones tal vez disfrutarán en paz muy emocionadas y orgullosas cuando ya no estemos aquí quienes nacimos en el siglo XX.
Siempre he pensado que Manizales es uno de los secretos más importantes de América Latina, una ciudad de una inmensa belleza no solo por los paisajes que la rodean desde el balcón geológico que habita a partir de su fundación reciente en el siglo XIX, sino por la arquitectura de su centro histórico principal y de los barrios antiguos, que como Hoyofrío y Los Agustinos, sobrevivieron a los incendios que la devastaron en los años veinte del siglo pasado y que aun sobreviven milagrosamente, pese a la fuerza de la cultura del cemento, arrodillada desde hace más de medio siglo al reino todopoderoso del Dios automóvil.
Quienes tuvimos la fortuna de nacer y crecer en Manizales ignoramos a veces las joyas arquitectónicas que se encuentran todavía en muchos lugares, esquinas, cuadras secretas, plazas, empinadas calles, rincones olvidados, porque ellas hacen parte natural de nuestra visión desde la infancia y son como un reflejo natural del imaginario personal, un poblado ámbito onírico que nos constituye y nos alimenta desde siempre.
Hace poco, al observar las fotos que ha tomado Beatriz Gómez a muchas construcciones y rincones de su ciudad natal con un amor lleno de sorpresa y que han circulado por Facebook, muchos han reaccionado con un gran entusiasmo, como si se sintiera la necesidad de salvar la ciudad para siempre y reconocer a todos aquellos que contra viento y marea han luchado en estas décadas aciagas por rescatar y conservar el ámbito donde nacimos los Manizaleños.
La mirada de Beatriz Gómez tiene mucha fuerza porque es la de un nativo que regresa después de mucho tiempo y constata que no todo está perdido y comprueba que durante la ausencia ciudadanos conocidos o anónimos, expertos, arquitectos, artistas han cuidado el patrimonio, aunque por supuesto mucho se ha perdido. Sus fotos nos vuelven a despertar y nos tocan porque nos muestran el privilegio que tenemos los que nacimos y crecimos allí. Como ella, otras personas amantes de la ciudad comparten día a día en las redes sociales las fotos de la ciudad donde viven y que alguna vez elogió Neruda, quien la visitó y la admiró, como una "fábrica de atardeceres".
Barrios enteros y edificaciones míticas fueron arrasadas sin contemplación desde los años 60, merced a un mal llamado proceso de modernización por el cual se hicieron ensanches inútiles, se mutilaron plazas como la de Caldas o Fundadores para dar paso a avenidas, y eso sin contar la demolición de centenares de casas antiguas llenas de historia que eran el orgullo de barrios donde hoy solo se percibe la desolación de las avenidas contaminantes, el ruido de los vehículos y la incongruencia de centenares de horrendas fachadas de cemento construidas sin orden alguno, en una proliferación salvaje y caótica.
La ciudad fue el fruto de un extraordinario impulso colonizador que en unas cuantas décadas creó en el albor del siglo XX un nuevo departamento y una capital pujante rodeada a su vez hacia todos los puntos cardinales por varias poblaciones que son joyas intactas de la arquitectura de la guadua y el bahareque, cuya belleza conservada e intacta en muchos casos daría para un catálogo de rango mundial. Además de esas casas familiares o construcciones gubernametales, escolares o religiosas, pervive en esos ámbitos el fantasma de unos pobladores y una cultura regional muy original que por fortuna fue y es objeto de estudios de expertos de distintas disciplinas. Lo que ocurrió en esa región fue la emergencia de un mundo nuevo que erigió una especie de espacio mediador entre dos poderosas instancias que vivían en guerra, como son la vieja Antioquia y el viejo Cauca, cuyas culturas difieren en muchos aspectos, como ya lo advertían en sus crónicas los viajeros europeos que se aventuraron a esos confines y relataron lo visto en siglos pasados.
Manizales fue arrasada por dos incendios y esa catástrofe animó a sus élites y habitantes de entonces a recrear algo que sorprende hoy todavía al experto o al simple viajero. Con recursos económicos extraordinarios y un impulso colectivo en el que participaron notables arquitectos, artistas y constructores provenientes de varios países de Europa, surgió esa ciudad que parece a veces el delirio de un genio loco coronado por la soberbia Catedral neogótica y decenas de edificios inolvidables, cada uno de los cuales tiene su historia y la huella de uno o varios artistas viajeros.
A quienes nos dedicamos a las labores del espíritu y las artes, contar con una ciudad natal de este rango es una verdadera fortuna. En mi caso personal, en casi todas mis novelas y relatos he tratado de exorcizar esas imágenes captadas en la infancia y la adolescencia, construcciones y lugares que recorríamos cada día y que nutrieron nuestros mejores momentos de formación. En mi primera novela Tierra de leones (1983) visité desde lejos a través del sueño de un loco llamado Leonardo Quijano esas construcciones espléndidas como la Catedral, la antigua Estación del ferrocarril, la Gobernación, el Palacio de bellas artes, el edificio Escorial y tantos otros, incluso el magnífico Teatro Olympia, joya arquitectónica destruida para dar lugar a un estacionamiento. Y en otras novelas como Bulevar de los héroes, El viaje triunfal y la que escribo en estos momentos, he vuelto a visitar esos lugares como si se tratara de viajar a los confines de la más secreta memoria.
Se dice que la literatura por lo general es un arreglo de cuentas con la infancia y la adolescencia y que por lo regular las obras de los autores se nutren de esos ámbitos, como ocurre con Gabriel García Márquez al recrear el mundo vivido en el pueblo natal y las ciudades y lugares de la región de la que es originario. Pero todas las artes a su vez tienen en la tierra natal una cantera natural. Por eso en estos momentos hay en Manizales fotógrafos, poetas, narradores, arquitectos, urbanistas, dramaturgos, ensayistas, historiadores, músicos, ecologistas, pensadores de todas las generaciones que tienen la certeza de que la ciudad donde nacimos es una joya material y paisajística para conservar. Cada día hay una mirada que la reconstruye y la plasma. Y serán tantas las miradas que el sueño de sus constructores se plasmará en la conservación de un ámbito que futuras generaciones tal vez disfrutarán en paz muy emocionadas y orgullosas cuando ya no estemos aquí quienes nacimos en el siglo XX.
sábado, 29 de noviembre de 2014
LA ALEGRÍA DE LEER A EVODIO ESCALANTE
Acabo
de terminar un excelente libro de ensayos sobre Octavio Paz, de Evodio
Escalante (1946), uno de los pensadores más originales y eruditos de
México, quien ha mantenido vivo el espíritu de la crítica en ese país.
En Las sendas perdidas de Octavio
Paz, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y Ediciones Sin
Nombre en 2013, establece un diálogo con el gran poeta y ensayista que
obtuvo el Premio Nobel en 1990, a lo largo de siete ensayos minuciosos
donde no solo muestra el conocimiento profundo de la cultura mexicana,
latinoamericana y universal, sino de filosofía y filología, lo que le
permite conversar de tú a tú con el irascible maestro de los mexicanos
(1914-1998), cuya obra enorme y brillante nos impresiona a comienzos del
siglo XXI.
Este año se celebra el centenario de
Octavio Paz, quien nació en pleno tiempo de la Revolución Mexicana, y
tuvo como tantos otros que vivir en carne propia los efectos de la
violencia. Su padre fue un rebelde zapatista que dejó su rango familiar
para aliarse con los revolucionarios y murió arrasado por un tren en el
norte de México, lugar hasta donde el joven Paz va con su madre para
recuperar el cadáver despedazado. Durante ese largo viaje en busca del
cuerpo del padre, el casi niño Paz ve a lo largo del camino, mientras
avanza el tren hacia el norte, muchos hombres colgados en los árboles y
los postes.
Desde muy temprano Paz se entrega a
la literatura, pero en sus años juveniles ejerce una poesía comprometida
que lo lleva a conocer a Pablo Neruda (1904-1973), convertirse en su
discípulo y a viajar a España invitado por el autor del Canto General a
un congreso de republicanos que luchaban contra los avances de la
derecha franquista. Entonces solo tenía 23 años y ya había experimentado
en el sur de México, en Yucatán, las tareas del compromiso social con
los campesinos de su país. Al regresar a México, efectúa su primera
ruptura con ese maestro, lo que cuenta y analiza con lujo de detalles
Evodio Escalante, en uno de los episodios más importantes de este libro.
Escalante también analiza varias
rupturas, ingratitudes y reconciliaciones claves del autor del laberinto
de la Soledad y Libertad bajo palabra, entre otros libros. La primera
es la ruptura secreta de Paz con su mentor mexicano, el gran maestro
Alfonso Reyes (1889-1959), quien lo animó en su primeros pasos y le
abrió con generosidad el camino para publicar sus obras y obtener un
sólido reconocimiento. La ingratitud de Paz con el generoso maestro, que
estuvo a punto de obtener el Premio Nobel y fue en cierta forma el
Octavio Paz de su época y un protéico autor de miles de escritos
fundamentales como El deslinde e Ifigenia Cruel, llegó hasta el extremo
de tratar de excluirlo de la antología Poesía en Movimiento que publicó
en su momento el Fondo de Cultura Económica, bajo la dirección del
infatigable Paz, entonces diplomático en Oriente.
Evodio Escalante cuenta en detalle la
historia de esa lucha interior con el maestro Reyes, a quien también
quiso matar como a Neruda para poder eclosionar como autor original, y
rastrea con exactitud las huellas innegables que la obra del viejo dejó
en el joven Paz y que él trata por todos los medios de ocultar, como
ocultó a su vez la utilización de los conceptos filosóficos de Martin
Heidegger, de los que ya tenían conocimiento autores mexicanos
anteriores a Paz en México, pero que el Nobel usa muchas veces sin citar
en El arco y la lira.
También nos introduce en la primera
repulsión paciana de los surrealistas, a quienes detesta inicialmente
por escapistas y la posterior alianza con los mismos, al encontrar en
ellos en París una actitud subversiva que lo marcó, pues para él sería
más importante la rebelión como acto demoledor inconsciente y onírico,
que los propios frutos literarios surgidos de la misma.
Otro aspecto importante del libro de
Evodio Escalante es el estudio de la relación de Paz con la gran
generación de Los Contemporáneos, a la que pertenecieron brillantes
personajes de otra generación anterior mexicana, como Jorge Cuesta y
Xavier Villaurrutia, a quienes también Octavio Paz debe muchos de sus
primeros impulsos y preocupaciones, lo que dejó registrado en varios
ensayos.
Es una delicia seguir a Escalante en
este diálogo de admiración y crítica que nos lleva hasta el estudio
riguroso de su obra poética, los vasos comunicantes de la misma con la
mexicanidad prehispánica y las temáticas orientalistas, así como con las
rupturas modernas. Octavio Paz, ya consagrado y seguro de haber escrito
una obra magna, avanza en sus rupturas y experimentaciones iniciadas
desde los primeros poemas comprometidos de Raíz del Hombre y la Estación
violenta, hasta la cumbre de Piedra de sol y los experimentos
colectivos de Renga o ya de manera personal, en Pasado en claro y en
Árbol adentro, que sus lectores disfrutamos hoy como nunca.
Lo bueno de este libro es que
hablamos, nos peleamos y nos reconciliamos con el maestro Paz, pero a la
vez descubrimos la prosa maravillosa de Evodio Escalante, una delicia
de escritura donde no hay una sola línea que no esté al filo de la
navaja, alerta, inteligente, irónica, que abre siempre puertas y nos
mantiene insomnes a través de la lectura.
Sin duda Octavio Paz hubiera gozado
la lectura del libro de este inquieto heredero que se alza a su rango en
materia de crítica literaria y habla de tú a tú con él. Escalante es no
solo gran lector, gran escritor, sino también músico y amante de jazz, o
sea un renacentista contemporáneo de los que solo produce un gran país
como México, el hermano mayor de hispanoamérica, tierra donde los
autores dialogan en permanencia con sus mayores, no solo escrutando y
salvando sus obras, sino cotejando ideas y conceptos para que el molino
de la palabra siga girando en medio de la batalla quijotesca de la
literatura.
----
Publicado el domingo 23 de noviembre en La Patria. Manizales. Colombia
http://www.lapatria.com/columnas/72/alegria-de-leer-evodio-escalante
----
Publicado el domingo 23 de noviembre en La Patria. Manizales. Colombia
http://www.lapatria.com/columnas/72/alegria-de-leer-evodio-escalante
domingo, 16 de noviembre de 2014
EL ARDOR DE LOS NACIONALISTAS CATALANES
Por Eduardo García Aguilar
Hay algo inquietante en la deriva nacionalista que afecta a un sector de los catalanes convencidos de ser la raza superior ibérica y que fue instigada en las últimas décadas por una cuestionada clase política electoralista. Nada que ver con aquel movimiento romántico de los catalanes encabezados por Joan Manuel Serrat, Luis Llach y María del Mar Bonet, quienes a través de la música y el espíritu libertario luchaban en los años 70 contra el franquismo y la asfixia cultural que reinaba en el país durante la dictadura. A ellos acudíamos a escucharlos en Montjuich y otros muchos lugares con el juvenil fervor reinante en aquella época.
Barcelona, a la que amo porque he vivido allí muchos meses en más de 30 estadías a lo largo de mi vida, era entonces el centro editorial y cultural de hispanoamérica, una región increíble y próspera donde convivían dos lenguas y dos culturas similares, la española y la catalana. El propio Joan Manuel Serrat, que es un ícono catalán y gloria de la región al lado de Salvador Espriú, Salvador Dalí, Josep Plà, Pablo Casals, Mercé Rodoreda y Pablo Picasso, dice hoy que no se imagina a Cataluña fuera de España.
Desde la Generalitat, desde la administración que ha reinado en Cataluña, se han usado los recursos públicos españoles de la prosperidad, gracias a la generosidad de las autonomías, para reconstruir la historia reescribiéndola mediante construcciones faraónicas en honor de actos y sitios heroicos dudosos y la elaboración de un guión histórico que magnifica supuestos pasados y héroes independentistas que ningún historiador serio ratificaría con certeza desde las aulas universitarias libres.
Tal país ilusorio se ha convertido en parque temático para turistas alemanes, franceses, ingleses, nórdicos, rusos, que visitan localidades reconstruidas y remozadas de acuerdo al nuevo guión. Y lo peor de todo, se pretende expulsar a la lengua castellana, como si esta fuera el peor enemigo, desterrándola de las escuelas y universidades y de los documentos y avisos oficiales, obligando a quienes quisieran seguir sus cursos en la lengua de Cervantes al exilio.
Todos los escritores catalanes que escriben en español como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila Matas fueron excluidos de las delegaciones a las ferias del libro internacionales, como la de Frankfurt, y de la radio catalana, pagada con recursos de la nación, fue expulsada hace un lustro la escritora Cristina Peri Rossi, por hablar la lengua de Garcilaso, Quevedo y Lope, lo que generó la protesta de centenares de figuras de la cultura mundial, encabezadas por Mario Vargas Llosa.
Esta deriva de las burocracias políticas electoralistas catalanas sobrepasa los límites y como en la historia del flautista de Hamelin sus jefes llevaron al pueblo hipnotizado a una consulta donde quienes organizaron y escrutaron el voto fueron ellos mismos y con recursos del Estado, sin dar garantía a las dos terceras partes del cuerpo electoral que no aboga por la independencia.
Porque solo basta recorrer Cataluña, la bella e irremplazable Barcelona que tanto amo, pasear por pueblos, capitales regionales, playas y villorrios de las montañas pirenaicas, para darse cuenta que muchos catalanes de origen, hechizados por un patriotismo arcaico, viven en un mundo autista. Como las avestruces en peligro, ignoran el mundo que los rodea: millones de personas que sin ser catalanes de origen nacieron o crecieron allí y han ganado derechos, los inmigrantes de todos los orígenes que hicieron sus vidas en esa tierra y con sus manos y sudor contribuyeron a hacerla grande, a construir todo lo que vale en esa región.
Recientemente comprobé el dolor de esa gente al recorrer Cataluña de nuevo y escucharlos, ya en confianza, porque descubrían que era "forastero" como ellos: taxistas, choferes, campesinos, obreros, tenderos, dueños de cafés, bares y restaurantes modestos, cocineros, amas de casa, intelectuales, profesores, artistas, abuelas, barmans, estudiantes, mucamas, barrenderos, gente de Girona, Figueres, Rosas, Barcelona, Albany, Empuriabrava, L'Escala, Castelló d'Empúries, Benidorm, Sitges, Vilanova i La Geltrú y tantas otras bellas localidades que visité. Y eso sin olvidar la voz de cientos de miles de "moros" o descendientes de "moros" que viven en barrios separados y que alguna vez dominaron media Iberia, antes de ser expulsados junto a los hebreos en 1492 por los reyes católicos.
Ojalá esta deriva catalana secesionista termine y que el tiempo vuelva a moderar las aguas y traiga la concordia, lo que al parecer ya se vislumbra. Que Cataluña y Barcelona vuelvan a ser faros de cultura abiertos al mundo como en los tiempos de Picasso, Casals, Dalí y Serrat y muchos más. Que Cataluña vuelva a ser la tierra abierta que tantos extranjeros sentimentales como yo amamos y admiramos y que como Serrat no imaginamos separada de España.
* Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 16 de noviembre de 2014
Hay algo inquietante en la deriva nacionalista que afecta a un sector de los catalanes convencidos de ser la raza superior ibérica y que fue instigada en las últimas décadas por una cuestionada clase política electoralista. Nada que ver con aquel movimiento romántico de los catalanes encabezados por Joan Manuel Serrat, Luis Llach y María del Mar Bonet, quienes a través de la música y el espíritu libertario luchaban en los años 70 contra el franquismo y la asfixia cultural que reinaba en el país durante la dictadura. A ellos acudíamos a escucharlos en Montjuich y otros muchos lugares con el juvenil fervor reinante en aquella época.
Barcelona, a la que amo porque he vivido allí muchos meses en más de 30 estadías a lo largo de mi vida, era entonces el centro editorial y cultural de hispanoamérica, una región increíble y próspera donde convivían dos lenguas y dos culturas similares, la española y la catalana. El propio Joan Manuel Serrat, que es un ícono catalán y gloria de la región al lado de Salvador Espriú, Salvador Dalí, Josep Plà, Pablo Casals, Mercé Rodoreda y Pablo Picasso, dice hoy que no se imagina a Cataluña fuera de España.
Desde la Generalitat, desde la administración que ha reinado en Cataluña, se han usado los recursos públicos españoles de la prosperidad, gracias a la generosidad de las autonomías, para reconstruir la historia reescribiéndola mediante construcciones faraónicas en honor de actos y sitios heroicos dudosos y la elaboración de un guión histórico que magnifica supuestos pasados y héroes independentistas que ningún historiador serio ratificaría con certeza desde las aulas universitarias libres.
Tal país ilusorio se ha convertido en parque temático para turistas alemanes, franceses, ingleses, nórdicos, rusos, que visitan localidades reconstruidas y remozadas de acuerdo al nuevo guión. Y lo peor de todo, se pretende expulsar a la lengua castellana, como si esta fuera el peor enemigo, desterrándola de las escuelas y universidades y de los documentos y avisos oficiales, obligando a quienes quisieran seguir sus cursos en la lengua de Cervantes al exilio.
Todos los escritores catalanes que escriben en español como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila Matas fueron excluidos de las delegaciones a las ferias del libro internacionales, como la de Frankfurt, y de la radio catalana, pagada con recursos de la nación, fue expulsada hace un lustro la escritora Cristina Peri Rossi, por hablar la lengua de Garcilaso, Quevedo y Lope, lo que generó la protesta de centenares de figuras de la cultura mundial, encabezadas por Mario Vargas Llosa.
Esta deriva de las burocracias políticas electoralistas catalanas sobrepasa los límites y como en la historia del flautista de Hamelin sus jefes llevaron al pueblo hipnotizado a una consulta donde quienes organizaron y escrutaron el voto fueron ellos mismos y con recursos del Estado, sin dar garantía a las dos terceras partes del cuerpo electoral que no aboga por la independencia.
Porque solo basta recorrer Cataluña, la bella e irremplazable Barcelona que tanto amo, pasear por pueblos, capitales regionales, playas y villorrios de las montañas pirenaicas, para darse cuenta que muchos catalanes de origen, hechizados por un patriotismo arcaico, viven en un mundo autista. Como las avestruces en peligro, ignoran el mundo que los rodea: millones de personas que sin ser catalanes de origen nacieron o crecieron allí y han ganado derechos, los inmigrantes de todos los orígenes que hicieron sus vidas en esa tierra y con sus manos y sudor contribuyeron a hacerla grande, a construir todo lo que vale en esa región.
Recientemente comprobé el dolor de esa gente al recorrer Cataluña de nuevo y escucharlos, ya en confianza, porque descubrían que era "forastero" como ellos: taxistas, choferes, campesinos, obreros, tenderos, dueños de cafés, bares y restaurantes modestos, cocineros, amas de casa, intelectuales, profesores, artistas, abuelas, barmans, estudiantes, mucamas, barrenderos, gente de Girona, Figueres, Rosas, Barcelona, Albany, Empuriabrava, L'Escala, Castelló d'Empúries, Benidorm, Sitges, Vilanova i La Geltrú y tantas otras bellas localidades que visité. Y eso sin olvidar la voz de cientos de miles de "moros" o descendientes de "moros" que viven en barrios separados y que alguna vez dominaron media Iberia, antes de ser expulsados junto a los hebreos en 1492 por los reyes católicos.
Ojalá esta deriva catalana secesionista termine y que el tiempo vuelva a moderar las aguas y traiga la concordia, lo que al parecer ya se vislumbra. Que Cataluña y Barcelona vuelvan a ser faros de cultura abiertos al mundo como en los tiempos de Picasso, Casals, Dalí y Serrat y muchos más. Que Cataluña vuelva a ser la tierra abierta que tantos extranjeros sentimentales como yo amamos y admiramos y que como Serrat no imaginamos separada de España.
* Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 16 de noviembre de 2014
sábado, 1 de noviembre de 2014
RAYMOND ARON, UN SENSATO ABURRIDO
Por Eduardo García Aguilar
Con el título de Un espectador comprometido, dos jóvenes discípulos suyos publicaron en 1981 un libro de conversaciones con el filósofo, historiador, sociólogo, periodista y politólogo Raymond Aron (1905-1983), una de las figuras intelectuales más controvertidas y urticantes de Francia en la segunda parte del siglo XX, considerado durante mucho tiempo un anacrónico anti-Jean Paul-Sartre, pese a que ambos fueron jóvenes amigos y condiscípulos en la Escuela Normal Superior en los años 20. Jean Louis Missika y Dominique Wolton, entonces de 30 y 34 años de edad, se acercaron al viejo maestro y le propusieron un diálogo en torno a la compleja historia del siglo XX y sus posiciones y compromisos a lo largo del periodo marcado por el auge de Hitler, la II Guerra mundial, los años de la Guerra Fría y la prosperidad de la posguerra en el marco del atlantismo europeo en alianza con Estados Unidos.
Aron y Sartre se formaron juntos en los años 20 y todo parecía que serían amigos toda la vida, pero los acontecimientos de la historia en su país y en el mundo los separararon para siempre. Durante décadas dejaron de hablarse y Sartre odió a su amigo por elegir la democracia burguesa en vez de la Revolución marxista-leninista. Ambos, de origen judío, estudiaron en posgrados en Alemania durante los años de auge paulatino del Fürher, en una Alemania cada vez más poderosa y antisemita, dispuesta a volver a la guerra para vengarse de las viejas derrotas a manos de su enemiga ancestral Francia. Bajo la Ocupación nazi y los años posteriores, Sartre practicó la filosofía, la dramaturgia y la literatura convirtiéndose poco a poco en la mayor figura literaria del momento, mientras Aron se trasladó a Londres, donde trabajó al lado de De Gaulle y tras la Liberación regresó para dedicarse al modesto periodismo.
Tras la derrota alemana, De Gaulle entró triunfalmente a Francia y se inició un largo periodo de reconstrucción y progreso continental que separó aún más a los amigos. De las ruinas de la guerra y la repartición de Europa surgió la Guerra Fría: a un lado quedó una Europa occidental, democrática y pro-estadounidense, moderna, y al otro una Europa del Este sovietizada y marxista-leninista bajo el mando de la Unión Soviética de Stalin. Las cosas quedaron así en el statu quo simbolizado por el Muro de Berlín y nadie, ni rusos ni americanos estaban interesados en una nueva guerra.
Aron habría de convertirse en el activo ideólogo de la élite del atlantismo pro-estadounidense, mientras Sartre, como casi toda la intelectualidad progresista del momento, fue seducido por el marxismo-leninismo, convertido en esos años en una religión utópica por fuera de la cual todo intelectual que no adhiriese al sueño revolucionario era considerado un réprobo reaccionario aliado de los gringos y de la CIA. Sartre fue el intelectual máximo de las izquierdas y guía moral de la rebelión de mayo de 1968, e incluso hacia el final de sus días fue seducido como otros muchos por el delirio maoísta. Aron, al contrario, estuvo firme del lado de la democracia burguesa encarnada en la V República del general De Gaulle y con André Malraux desfiló para impedir el improbable triunfo de la revuelta, cuyo líder estudiantil Cohn-Bendit, Dany el Rojo, terminó convertido en un sensato y respetado congresista demócrata europeo que acaba de jubilarse con aplausos.
La ruptura fue total entre ambos, pero hoy, más de 30 años después de estas conversaciones de Raymond Aron con sus discípulos, las cartas han sido repartidas de nuevo y tal vez las ideas moderadas y aburridas del viejo filósofo agnóstico y liberal se revelaron mucho más sensatas que las del viejo filósofo, novelista y dramaturgo revolucionario Sartre. Aron, admirador y estudioso de El Capital de Carlos Marx, advirtió siempre contra los sueños utópicos de un mundo perfecto, dominado por la "vanguardia de la historia", o sea el proletariado, según lo planteado por el credo. El proletariado en el poder terminaría al fin con la historia y traería el paraíso en la tierra, donde todos los hombres serían felices e iguales.
Tal utopía encarnada llevó por el contrario a los horrores del totalitarismo y el "Gulag" en la Unión Soviética de Stalin, el "padre de los pueblos", denunciados en los libros de Alexandre Sojenitzin; a la oscuridad mansa en los países del Este ocupados y manejados por una nomenklatura burocrática pro-soviética; a las masacres y abusos en el reino delirante del gran timonel Mao Tse Tung, "sol rojo que ilumina nuestros corazones"; y después, a las terribles experiencias de Camboya al mando de Pol Pot y de Corea del Norte, bajo la dinastía de los Kim, cuyo último heredero es un payaso cruel que tiene de rehén a su hambreado pueblo. Y eso sin hablar de la larga hegemonía de los hermanos Castro a lo largo de más de medio siglo en Cuba, tal vez propiciada por la propia intoleracia de los ultras de la derecha estadounidense.
Nadie en este momento niega las realidades provocadas por los totalitarismos de izquierda, como tampoco por supuesto ignora los horrores cometidos por el Imperio Norteamericano y los grandes capitales multinacionales de Occidente durante sus múltiples intervenciones sangrientas por el botín en América Latina, Africa, Oriente Medio y Asia, donde se sembró el terror en las guerras de Vietnam e Irak o propiciando golpes sangrientos como el de Pinochet en Chile, a nombre de la supuesta democracia occidental.
Raymond Aron, muchas de cuyas ideas coyunturales no siempre se comparten y a veces causan urticaria, abogaba por un punto intermedio, aburrido por lo sensato: más que ir a la aventura tras utopías perfeccionistas, totales y gloriosas de derecha o izquierda, que terminan en baños de sangre, más vale tratar de vivir en un mundo imperfecto de equilibrios de poderes donde se pueda debatir en torno a la realidad concreta y ajustar las políticas gubernamentales a las coyunturas y avatares de la historia y los ciclos económicos. Saber que vivimos en un mundo defectuoso e imperfecto, siempre en riesgo por las ambiciones de la humanidad codiciosa, violenta e injusta, pero con la convicción de que el paraíso terrenal no llegará nunca como lo piensan las religiones y las ideologías.
jueves, 23 de octubre de 2014
ENCUENTROS CON MANUEL ZAPATA OLIVELLA
Por Eduardo García Aguilar
La última vez que lo vi fue en el Hotel Dann Colonial de La Candelaria.
Una mañana nos encontramos en el ascensor, en el sexto piso, y
descubrimos que estábamos en el mismo corredor y que nuestros cuartos
estaban frente a frente. El mío tenía vista a los cerros y a Monserrate y
al delicioso paisaje frío de la Bogotá nocturna. El cuarto de Manuel
daba al silencio de los patios centenarios.
Había recalado ahí después de un Festival Internacional de Poesía
organizado por el Instituto Caro y Cuervo, al que me había invitado
Ignacio Chávez. Y al final dejé el Tequendama y me refugié en el Dann
para decansar y leer en la Bogotá fría donde están sepultados mis
padres, esa Bogotá a donde fui una vez de niño con ellos a un hotel
cercano a la Casa del Florero y el Capitolio, el ya desaparecido Savoy.
Manuel había polemizado conmigo en Valledupar durante la clausura de un
encuentro dedicado a García Márquez, organizado por La Cacica. Furioso,
la había emprendido contra mí, haciéndome pagar a mí solo la supuesta
soberbia racista de los académicos que ignoraban la literatura negra de
Colombia. Yo pagué los platos rotos por todos los conferencistas venidos
de Estados Unidos y de otras partes del mundo y como di el discurso
final, me cayó la furia injusta de Manuel, como más tarde él lo
reconoció al honrarme con unas disculpas inmerecidas.
Atiné a decirle que a lo mejor yo tenía sangre quimbaya o pijao, sangre
árabe o judía, y que siempre he estado del lado de los mestizajes, el
derrumbe de las fronteras y contra los nacionalismos y racismos. Mis
argumentos eran inútiles, porque a él no le faltaba razón: Colombia es
un país racista y clasista donde el color de la piel y la clase
determinan muchas cosas y las famas y las glorias se definen por la
pertenencia a ciertos nichos de privilegio. Salvo contadas excepciones,
las clases dirigentes a nivel nacional o local no han dejado jamás a un
indio o a un " negro " desempeñar un papel importante y al único " indio
" que estuvo a punto de llegar al poder, el "negro" Jorge Eliécer
Gaitán, lo mataron.
Recordé entonces al poeta Candelario Obeso, que no resistió en el siglo
XIX esa discriminación de los capitalinos y que tuvo la equivocación de
enamorarse de una blanca de familia bien; recordé a Arnoldo Palacios, el
precoz autor de " Las estrellas son negras ", quien prefirió el exilio
en Francia; pensé en la obra de Carlos Arturo Truque y de tantos otros
que trataron de expresarse en la literatura del país desde su obvia
condición marginal y murieron en el intento.
Colombia fue injusta con Manuel Zapata Olivella. Desde muy joven
escribió espléndidos libros de viaje, dirigió la revista Letras
Nacionales, en la que ayudó a la eclosión de nuevas generaciones, antes y
después de la irrupción de Gabriel García Márquez. Como folklorista
reivindicó los aportes de la negritud colombiana y siempre ondeó esa
bandera. Como a la mayoría de quienes se aventuran con generosidad en
los campos literarios, terminó sus días lúcido y sabio en ese refugio
donde vivía rodeado de libros y de recuerdos y de decepciones.
Murió el 19 de noviembre de 2004 a los 84 años y pidió que sus cenizas
fueran lanzadas al río Sinú, para que regresaran por el Atlántico al
continente africano de sus ancentros. Había nacido en Lorica (Córdoba)
el 17 de marzo de 1920 y dejó una vasta obra con títulos como Los pasos
del indio, Hotel de vagabundos, El retorno de Caín, Tierra mojada,
Pasión vagabunda, Chambacú, corral de negros y Changó, el gran putas.
Pasé entonces a su guarida y me abrió una botella de vino con su manos
temblorosas y su inefable cachucha. Las décadas que nos separaban
desaparecieron de inmediato. Con la bondad del nuevo amigo que me
llevaba 30 años, me habló de sus días de México cerca de Diego Rivera,
quien lo pintó en un mural como pago por una consulta médica y pasamos
revista a la literatura del país y a sus nuevas tendencias, mientras
acabábamos esa botella y reíamos en pleno centro de Bogotá, en la
Candelaria. Nos unía el México entrañable donde vivimos ambos.
La primera vez que lo vi fue en 1995 en el Festival de Biarritz, donde
andaba siempre con el legendario fotógrafo Leo Matiz, convertido hoy en
una figura mundial del lente del siglo XX, al lado de Brassai y de
Cartier Bresson. Por ahí estaban Alvaro Mutis y García Márquez, tocados
ellos por la gloria en vida, mientras Zapata Olivella dejaba ver sus
largas patillas encanecidas en los salones de un Palacio frente al mar y
al famoso faro pintado por Picasso.
Más tarde lo volví a ver en Valledupar donde, en un almuerzo al aire
libre, en una estancia en el campo caliente del Cesar, nos contó del
matriarcado ejercido por las indias de la zona y tarareó canciones
frente a los críticos José Miguel Oviedo, Raymond Williams y Michael
Palencia-Roth.
Con él caminamos por las calles y escuchamos nuevos grupos de
Vallenatos, antes de que con un grito dolido hablara de la negritud y
pronunciara un discurso sobre las frustaciones de su gente en Colombia.
Su protesta estaba justificada: al final la literatura termina
confiscada por los profesores y los críticos de las universidades que la
desmenuzan con el helado bisturí de la indiferencia. No vale para ellos
la lucha de quienes como él batallaron desde el margen y no obtuvieron
la gloria ni el poder ni la prostituida fama que todo lo corrompe. La
crítica se vuelve la previsible loa al éxito y los congresos literarios
una ceremonia absurda de vanidades de donde siempre se excluyen los
derrotados.
Tenía razón Manuel Zapata Olivella en gritar al viento contra todo y
contra nada, ante la incomodidad de la Cacica, los profesores y los
altos funcionarios. Por eso al convertirme por una semana en su vecino y
amigo en el Hotel Dann y acompañarlo mientras caminaba con su paso
lerdo de octogenario, comprendí todo lo que le debíamos en Colombia a
este moderno que exploró las más profundas sabias mestizas de nuestro
país y quiso dejar por escrito el testimonio de quienes llegaron
esclavizados en barcos y luego aportaron la crucial alegría y la
tristeza de su cánticos y la plasticidad de su danza.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)











