martes, 24 de febrero de 2015

ARTHUR RIMBAUD VISITA EL TEQUENDAMA

Por Eduardo García Aguilar

Una extraña agitación sucedía en casa del joven poeta José Asunción Silva, minutos antes de que un carruaje apareciera calle abajo, semioculto entre la bruma y la lluvia santafereñas. El vehículo tardó varios minutos en llegar al portón y tras una incómoda espera, se vio salir de allí a un hombre flaco y canoso, cuarentón de apariencia, a quien le fue difícil ocultar cierta amargura en el fondo de su cínica sonrisa. Le faltaba una pierna y se movía con ayuda de una muleta de finas maderas. Vestía con soberbia elegancia, de traje negro y camisa anudada con una corbata de seda color fucsia.

Silva lo ayudó a franquear la puerta y lo condujo hacia el patio central, donde un conjunto interpretaba suaves melodías entre un delirio de flores, bejucos, enredaderas, macetas de primaveras y dalias y orquídeas tiernas azotadas por la lluvia. El invitado saludó al selecto grupo de adolescentes miembros de la tertulia literaria Los lánguidos camellos, ataviados para la ocasión con las mejores prendas de moda en la Atenas Sudamericana, en ese año de 1896.

La bruma se hizo más pesada y cubrió las calles de Santa Fe de Bogotá con capas de un algodón insidioso. A veces era imposible ver a más de un metro a los arrieros que subían vacas o chivos hacia los cerros, o a los transeúntes que desaparecían como fantasmas en los zaguanes de las casonas coloniales. El huésped tosió y comentó a Silva, vestido aquel día como un discípulo de Brummel, sobre la dolencia pulmonar que lo aquejaba desde su ingreso a Colombia dos meses antes.

Llegó a Cartagena de Indias en el barco alemán Norstrand, que venía repleto de mercaderías exóticas, entre ellas tapices persas, textiles, narguiles, camafeos y otros lujos de chuchería para la tienda de su anfitrión. Después se embarcó por el río Magdalena hasta Honda, donde estuvo una semana bajo la canícula, con la esperanza de atenuar sus males respiratorios y luego empezó a subir la cordillera hasta la sabana, por esa ruta famosa entre aventureros europeos que buscaban emular las hazañas del Barón de Humboldt. Un paje de librea le sirvió una ardiente infusión y lo invitó a seguir al cuarto para bañarse los pies con agua caliente y luego a descansar del agotador viaje.

Al día siguiente, en dos carruajes, los invitados de Silva partieron con el huésped mayor hacia el salto de El Tequendama, donde, en un extraño castillo tapizado de rojo y de paredes empapeladas, se preparaba un suculento almuerzo que sería acompañado con los mejores vinos encontrados en la bodega. Todos los miembros de la tertulia continental, salvo Silva y Rubén Darío, que ya habían cruzado el senecto y fatídico límite de los 30 años, eran casi unos adolescentes. El uruguayo Julio Herrera y Reissig, el colombiano Guillermo Valencia, el argentino Leopoldo Lugones, el mexicano Amado Nervo y el peruano José Santos Chocano habían llegado en diferentes fechas secretas a la ciudad, convocados por José Asunción, quien corrió con los gastos de la aventura poética. Vestidos con las mejores galas, aderezados en extremo, perfumados, envueltos en albísimas camisas y zapatos de charol, con bombines de lujo, gasnés, bastones y otros adminículos de la gentlemanía, aquellos jovenzuelos departían felices dentro de los coches, mientras la sabana con sus tierras húmedas, neblinosas y verdes se extendía a lo lejos, cubierta de un tono esmeralda.

En el primer vehículo iban Silva, el nicaragüense Rubén Darío, Baldomero Sanín y la poetisa Ana Malo, Salomé que todos deseaban y pocos poseían. Silva dio las gracias a Rimbaud por arriesgarse a un viaje tan largo hasta el otro confín del universo y, en especial, por reconocer que aún vivía, cuando sus escasos admiradores y otros que sólo lo veían como epígono del rey Verlaine lo daban por muerto desde hacía cinco años, en condiciones penosas tras su aventura africana. Arthur respondió a Silva que la dicha le correspondía a él por estar en estas tierras soñadas que añoraba conocer desde hacía tanto.

El río Funza corría raudo y su murmullo se oía al lado del camino. Pronto llegaron y en la puerta de la rimbombante construcción un grupo de cocineros gordos y rozagantes ayudaron a bajar de los carruajes al selecto grupo de convivios, “los diez”, como los tildó Ana Malo mientras ayudaba al autor de las Iluminaciones a entrar al comedor, adornado con toda clase de bibelots, entre un penetrante olor a incienso oriental. Las paredes estaban cubiertas de tapicerías con escenas de sátiros, violaciones, sacrificios priápicos e imágenes de efebos y ninfas desnudas en desesperadas posiciones de coito.

Rimbaud fue llevado a la cabecera de la mesa y al otro extremo se colocó el anfitrión. Comieron y a la hora del postre Rubén Darío pronunció un brindis que todos aplaudieron. La servidumbre levantó la mesa y los contertulios se dirigieron a un cuarto contiguo adornado con flores reales en cuyo centro yacía un enorme y bruñido narguile de oro con largas tubamentas de pulpo por donde palpitaba ya el aroma del hachís. Silva fue el primero en chupar. Las palabras sonaban y chocaban contra las paredes y se escapaban para juntarse al ruido de la catarata. Desde la ventana se veía el precipicio y se observaba cómo el agua mansa de repente se hundía en las profundidades para caer con estruendo y provocar un permanente retorno de brisa.

Paraíso de los suicidas, lugar de encuentro de amantes secretos, sitio de invocación satánica y priápica, entorno de buitres acechantes, rincón del fin, oráculo de ecos, el salto de El Tequendama tenía ya una extensa historia en su haber. Años antes, un emigrante dejó tras su suicidio en el precipicio la orden expresa a sus herederos de que fuese construido un castillo en el lugar de donde se lanzó. Con parte de la fortuna heredada construyeron el edificio y destinaron para sus interiores los saldos de mercancías que había en la bodega del finado y que consistían en tapicerías, muebles, adornos, esculturas, cuadros, ropas e incluso una armadura hispana que perteneció al mismísimo don Gonzalo Jiménez de Quezada. En tal escenario, los bardos empezaron a hacer tintinear sus liras de lata en honor de Rimbaud: Herrera y Reissig habló de “tintinambulantes, macábricos y esfíngidos acróbatas”, mientras Darío -”el arcangélico, el barriolatinesco ormuzimno verleniano”- sacó a relucir sus “fálicas y jupiterinas volte
retas”.

- Tus clavicordios, ¡Oh poeta Paul Verlaine! -dijo Lugones y soltó una carcajada-. ¡Tenemos los clavicordios destemplados y la teja corrida! ¡Pasaremos a la historia como los más impertinentes y odiosos retorcidos de la palabra! ¿Barcos ebrios?

- ¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto! -replicó Darío, ebrio y dispuesto ya a lanzarse al precipicio del brazo de Amado Nervo, cubierto como estaba de futuras condecoraciones. Y luego vomitó sobre un cisne de porcelana, que atónito yacía sobre una mesita de caoba, junto a un florero lleno de rosas.

Arthur sonrió por primera vez ante las peripecias de los jóvenes y se disponía a levantarse para unirse a la fanfarria, cuando se abrió una puerta labrada y entre la humareda sepia con verde hospitalario aparecieron los cocineros gordos cargando una bandeja con dos bellísismas muchachas de unos 14 años, totalmente desnudas, en cuya piel estaba escrito el nombre del homenajeado con tintas de colores vistosos. Luego iniciaron una escenificación sáfica, lenta, minuciosa, apasionada, que hizo las delicias del poeta francés, incapaz de retener la tos que lo aquejaba, hundido en un mullido sillón, mientras lo abanicaba Ana Malo, disfrazada de Salomé, tal y como hacía en cuanta ocasión se presentara.

La tarde llegó y con ella bruma se hizo más pesada y la lluvia pertinaz de la sabana contribuyó al lúgubre fin del día. Santos Chocano y Valencia eran los únicos lúcidos a esa hora de la tarde, ya que los demás yacían adormecidos por la inhalación del hachís y los excesos alcohólicos. Silva, en un acceso de melancolía se había subido a un cuarto superior a interpretar el piano a la sorpresiva pareja de la noche: Rimbaud, el crepuscular, y la encendida poetisa Ana Malo. El bello rostro del santafereño se reflejaba sobre la brillante madera del instrumento y su impecable compostura, acorde a la melodía, parecía proyectarse sobre las paredes. Afuera el estruendo de la catarata era espectral y a medida que la noche seguía, se oía aún más penetrante, e incluso se percibía el cimbrar de las paredes. Silva lloraba mientras tocaba con las manos blancas y alargadas de noche triste. Había perdido importantes manuscritos en el naufragio del América, cuando regresaba de Venezuela a Colombia. Las deudas lo rondaban, gastaba mucho más de lo que percibía en su tienda de abalorios. Nadie, salvo un reducido grupo de escogidos conocía su obra y era objeto de burlas y críticas por parte de sus estultos contemporáneos. Nostálgico de París, Silva tenía en su haber la novela inédita De sobremesa, ejemplo de orfebrería decadentista. Por eso, con el homenaje a otro olvidado, desconocido, se despedía del mundo, a sabiendas de que la verdadera literatura es de catacumbas y de olvidos.

- Rimbaud -dijo- No sabe usted cómo se le ignora. Nadie por estas tierras sabe de su gloria precoz y maravillosa. Todos están obnubilados por el viejo Verlaine, y su leyenda aún tarda en penetrar estas sierras lejanas. Déjeme decirle, tal vez la única posibilidad de convertirse en leyenda es suicidándose de verdad o en vida, como usted hizo, abandonando para siempre este abstruso ejercicio de las palabras, que en almas impares como las nuestras, es sólo el tejido de una marcha fúnebre.

Pero al levantar la mirada del piano para escuchar la respuesta del autor de Une saison en enfer, observó el rictus de horror de la poetisa, antes de que su grito retumbara en el recinto. !Rimbaud estaba muerto! Estirado, con los ojos azules abiertos y la boca desencajada, se alcazaba a percibir el grotesco muñón atorado en la muleta. Una de sus manos crispadas estaba aferrada de forma atroz al seno izquierdo de Ana Malo, de donde salían hilillos de sangre que manchaban sus atrevidos encajes.

Fue difícil arrancar a Rimbaud de las carnes de Ana Malo y más difícil aún enderezarlo. Eran ya las tres la madrugada y el frío sabanero llegaba a límites insoportables de niebla. Los amortajadores de rutina, habituados a trabajar con el alto número de suicidas encontrados por allí, prepararon el cuerpo según indicaciones de Amado Nervo y lo metieron en un sarcófago egipcio que hallaron en las bodegas del castillo. Darío, Silva, Santos Chocano y Herrera y Reissig cargaron el exótico ataúd y salieron del castillo para internarse por un camino rodeado de flores, pinos y altos cipreses. Valencia consolaba a la poetisa, que lloraba a cántaros, mientras Nervo acariciaba sus manos. En poco tiempo llegaron al borde del precipicio, donde era imposible escuchar las palabras, que desaparecían envueltas en la ominosa brisa procedente del fondo, a causa del choque de las aguas con las rocas.

Luego acercaron el féretro a la corriente y lo dejaron fluir hacia el abismo, entre troncos, ramas y reses muertas, mientras la lluvia arreciaba y una tormenta eléctrica iluminaba el ámbito con luz de azul de metileno.


EDUARDO GARCIA AGUILAR. Nació en Manizales, en los Andes cafeteros de Colombia, el 7 de septiembre de 1953, bajo el signo Virgo. En esa ciudad de tierra fría muy literaria, donde casi todos -jóvenes y viejos- querían ser poetas y se vestían como Pessoa, con sombreros Stetson, traje, chaleco y llevaban paraguas y bastón, en el filo de la cordillera, con barrios art-deco y casonas españolas construidas gracias al auge del café, el niño fue desgraciadamente infectado por la literatura desde los 12 años, cuando escribió su primer poema.
Residió después en San Francisco (Estados Unidos) y casi una vida en México, desempeñándose allí como corresponsal extranjero de la Agence France Presse (AFP) durante 13 años. En México, en 1981, la editorial El tucán de Virginia, gracias a Guillermo Samperio, publicó su primer libro de cuentos, Cuaderno de sueños. Otros libros iniciales fueron publicados por complicidad de Luis Mario Schneider y Vicente Quirarte. En México creció, aprendió a tomar tequila y a pasar horas en deliciosas cantinas y pudo publicar casi todos sus libros y decenas y decenas de textos nómadas, literarios. Sostuvo una columna los jueves en la página cultural de Excélsior de1980 a 1983 en la sección cultural dirigida por Edmundo Valadés. Después trabajó con Huberto Batis en unomásuno y publicó allí durante años textos de diverso tono, desde artículos a ensayos y crónicas. Ahora vive en París y comparte la actividad de la activa colonia literaria latinoamericana compuesta por escritores de casi todos los países latinoamericanos que recorren las calles y leen textos en cavas y en la Casa de América Latina de Saint Germain des Pres.
Ha publicado las novelas Tierra de Leones (México. 1986), Bulevar de los héroes (México. 1987, traducida y publicada en Estados Unidos en 1994), y El viaje triunfal (Bogotá, 1993 y México 1997), novela ganadora en Colombia del premio Ernesto Sábato de Proartes. También ha publicado el poemario Llanto de la espada (1992), los libros de cuento y relato Cuaderno de sueños (México, 1981), Palpar la zona prohibida (México, 1984) y Urbes luminosas (México 1991. Bogotá 1994) y en el campo del ensayo: Gabriel García Márquez.
Sus crónicas, reportajes y textos críticos y literarios publicados en diarios y revistas latinoamericanos y europeos, pero especialmente en México, serán reunidos bajo el título de Textos nómadas.

sábado, 14 de febrero de 2015

SUMISIÓN AL ISLAM

Por Eduardo García Aguilar

La última novela de Michel Houellebecq figura en el primer lugar de las listas de ventas desde el día de su aparición, que coincidió con el famoso atentado del 7 de enero contra la revista de caricaturas Charlie Hebdo por parte de un comando asesino de fanáticos yihadistas.


Las semanas y los meses que precedieron a los atentados que conmocionaron a Francia se habían caracterizado por la omnipresencia en los medios de dos libros mediocres y llenos de odio. El primero, rey de las ventas de 2014, fue "Gracias por ese momento", de la ex concubina del presidente francés, que se vengaba de él por el fin de su historia de amor y el otro, "El suicidio francés", de un mediocre comentarista de radio y televisón que aboga por la deportación de los extranjeros de Francia, en especial los negros y los árabes porque, según él, amenazan con terminar con la grandeza cultural, racial y social del país por medio del horrible mestizaje de razas.



Libros mediocres y tristes, los de Valérie Trierwieler y Eric Zemmour dominaron el panorama de 2014 y toda la prensa obnubilada e hipnotizada dedicaba semana tras semana portadas y primeros horarios de televisión y radio a estos dos engendros de la verdadera decadencia intelectual del país, mientras se agigantaba mes tras mes el partido neofascista Frente Nacional y todo el mundo criticaba al presidente francés y a su partido y negaba, en un delirio increíble y depresivo de cilicios y azotes, todo lo salvable que pudiese existir en el país en medio de una peligrosa y gravísima crisis internacional económica y gepolítica.



La llegada de la nueva novela de Houellebecq, uno de los escritores más notables de su generación, nacido en 1958 y ganador del premio Goncourt, aunque se inspiraba en la misma tendencia depresiva francesa, al menos auguraba el reencuentro con la buena literatura y el talento. Entre los depresivos hay niveles, y por supuesto el nivel del novelista parisino más exitoso de los últimos tres lustros es un nivel superior a millones de años luz de los líderes de las listas de ventas que lo precedieron en 2014.

Houellebecq es un hijo triste de la generación de sus padres, la del baby boom y el 68, caracterizada por haber surgido en medio del auge económico del país y la liberación de costumbres traída por la era pop. Sus temas están marcados por el descuido en que fue criado por sus progenitores hippies, egoístas e irresponsables y por eso en sus novelas, especialmente en su mayor éxito, "Las particulas elementales", los fustiga y expresa el grito de amargura de un muchacho frustrado, flaco, feo, enfermizo y tímido.



Con esos elementos ha creado un personaje mediático atípico que rompe con el culto a la belleza y al glamour. Houellebecq es desdentado como un vejete, fuma más de cuatro cajetillas de cigarrillos al día, ha sido alcohólico, visitante de prostíbulos y tiene un cabello que es como la peluca horrenda de maniquí abandonado y su piel blanca y fláccida y su posición desgarbada lo asemejan a personajes malditos como Charles Boukowski, Louis Ferdinand Céline y otros indigentes famosos de la literatura del siglo XX.



Él cultiva esa imagen y en ella se identifican todos los frustrados blancos franceses de su generación que ven en los árabes y los negros, en los extranjeros en general, el vector de la supuesta desgracia del país. Pero en el fondo, Houellebecq es un ángel y su fama y éxito es un merecido homenaje al talento de los disminuidos y un triunfo de la literatura sobre el glamour, el arribismo y la impostura.

El libro ya era un escándalo antes de salir. Todos los diarios, revistas y programas de radio y televisión hablaban de la novedad antes de que saliera al público y para colmo de todo, a los yihadistas islamistas se les ocurrió matar a 12 miembros de la redacción de Charlie Hebdo, entre ellos un amigo suyo, el mismo día en que salió a la venta el libro, por lo que su autor tuvo que irse a la montaña a descansar, conmocionado, y a estar un poco a salvo de la histórica tormenta que ratificaba en términos generales los temores expresados por él de manera brillante en el tema de su novela "Sumisión".



El autor se imagina que en 2022 llega al poder un presidente musulmán bastante moderado, inteligente y culto, que ha hecho alianza con la derecha moderada, los izquierdistas, los comunistas y los socialistas, para evitar el ascenso al poder de los fascistas del Frente Nacional. El presidente Ben Abes considera que a través del islam Europa entera reencontrará el protagonismo que otrora tuvo el Imperio Romano y, abierta a los países de Oriente Medio y del Magreb, puede conformar de nuevo una gran civilización alrededor del Mediterráneo, liderada por el islam, pero que convive como bajo los Omeyas de Córdoba en la España islámica, con judíos y cristianos, o sea con las tres religiones monoteístas surgidas del Libro sagrado.



El personaje, François, alter ego de Houellebecq, es un profesor de literatura de la Sorbona, que de ahora en adelante se llamará Universidad Internacional Islámica de la Sorbona, cuyos profesores deben convertirse al islam para ejercer y gozar así de enormes sueldos financiados por las monarquías petroleras árabes y acceder al derecho de poseer varias esposas de distintas edades, como ocurre en gran parte del orbe musulmán. Puesto que las mujeres regresan a cuidar a sus hijos y a ejercer de sumisas amas de casa, el desempleo desaparece, entre otras consecuencias favorables del nuevo régimen, centrado en la protección de la familia tradicional, como ocurre a su vez entre cristianos y judíos.



Como era de esperarse, el feo y frustrado personaje onanista y putañero opta por convertirse al islam, atraído por la perspectiva de poder copular con tres esposas al mismo tiempo y ganar un buen sueldo de académico universitario en la Universidad Islámica de la Sorbona, y así, colorín colorado, termina esta novela menor, un divertimento que, pese a todo, es muy cómica y bien escrita por el patito feo de la literatura francesa, convertido a estas alturas en un millonario cumbre de la literatura del país de Stendhal, Balzac, Flaubert y Proust, que se niega a llevar, eso sí, caja de dientes.
     

sábado, 7 de febrero de 2015

EL MUSEO DEL LOUVRE EN LA ESQUINA

Por Eduardo García Aguilar

Es una fortuna tener a unas cuadras del trabajo al Museo del Louvre y poder escaparse unas horas para visitar al azar alguna de sus salas permanentes o las exposiciones del momento. Bajando por la calle Vivienne, donde vivieron Simón Bolívar y el Conde de Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, llego al parque del Palacio Real, uno de los lugares más plácidos de la capital, que fue en el siglo XVIII centro de encuentro de jóvenes, pensadores, libertinos y militares ilustrados de la época en cafés y chocolaterías pobladas de cortesanas. Era además el barrio de Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin y de una novia del Libertador que le escribía cartas encendidas cuando ya él se había convertido en un héroe y en el Che Guevara de la independencia decimonónica.

Es un jardín racional como casi todos los franceses, en cuyo centro hay una fuente fresca en verano y solemne en invierno. Los árboles cruzan el rectángulo de manera simétrica y al final, en los patios del ministerio de Cultura y el consejo Constitucional se encuentran las columnas de Van Buren y la hoy llamada plaza Colette, sede de la ancestral Comedia francesa de Molière. Uno puede tomar un chocolate caliente en época fría o una cerveza durante los calores en un café empotrado en el viejo palacio y cuyas sillas están bajo las antiguas columnatas. Donde antes fueron cafeterías, burdeles y oficinas editoriales de la Ilustración, en tiempos de Voltaire, hay en la actualidad tiendas variadas de moda, antigüedades, expendios de medallas, arte, muñecas, y muchas cosas más de marcas exquisitas o excéntricas.

Cruza uno la calle Saint Honoré y se encuentra de frente con una de mis preferidas librerías de París, la Delamain, perteneciente a Gallimard, una de aquellas ya escasas donde todavía hay con quien hablar sobre libros nuevos y antiguos y se puede pasar una hora hojeando libros de narrativa, historia, poesía, política, traducciones recientes, temas extraños, libros de lujo y obras de editores pequeños que son expuestas ahí con igual esmero que las de los grandes pulpos.

Al lado de la librería está el viejo café donde solía pasar las tardes el poeta peruano César Vallejo, quien vivió a dos cuadras de allí y cuyo espíritu parece presente en ese viejo ámbito cubierto de viejas maderas centenarias donde el vino servido es abundante y exquisito. Muchos dicen que Vallejo fue infeliz en París, pero basta pasar un rato en ese café, llamado La Civette, para comprender que el poeta de los Poemas Humanos y de Trilce no la pasó tan mal en esta ciudad a pesar de los fríos y los aguaceros.

Unos metros más adelante uno esta ya frente a un costado lateral del Museo, donde se ven los enormes anuncios de las exposiciones del momento y puede ingresar entonces al gran vestíbulo de entrada, situado bajo la pirámide invertida del gran arquitecto japonés Pei. A lo largo de los años he corrido para llegar a tiempo a exposiciones inolvidables que están a punto de acabar, como la de Alejandro Magno, basada en las nuevas excavaciones realizadas en Macedonia, o aquella dedicada a los tiempos de Fidias o Praxiteles, a quienes grandes mandatarios como Pericles y otros les encargaban estatuas de Zeus o Afroditas.

Estremece poder ver cascos, escudos, platos, lámparas, recipientes de perfume o vino, estructuras para camas, aretes, anillos, monedas, mesas, instrumentos de cocina, fragmentos de frescos, mosaicos  y tantas otras cosas más extraídas de las tumbas y que nos acercan a la vida cotidiana en tiempos de Alejandro Magno. Y en el caso de Praxiteles y Fidias, seguir sus rastros, observar las copias, tratar de acercarse a su tiempo y al genio de sus manos. 

Estas dos últimas semanas he ido a ver dos exposiciones que estaban en su último día, una monumental sobre el arte practicado en Marruecos en los tiempos de las diferentes corrientes del islam en esa región, que incluía entonces como un todo geopolítico el sur de España bajo el Al Andalous y ciudades como Córdoba, Sevilla, Algesiras, Cartagena, Almería, Cádiz, y otra muestra menos monumental sobre la isla de Rodas, basada en colecciones de cerámica, joyas y monedas rescatadas por los primeros arqueólogos franceses y alemanes, y pertenecientes a los siglos VII y VI antes de nuestra era.

Pero fuera de esas exposiciones que concluyen y se van para siempre, nada como pasearse de manera intermitente y a través de los años por las salas permanentes: pasar horas y horas viendo la magnífica colección de miles vasos, jarras y ánforas griegas de las épocas más antiguas, con la imaginería increíble de sus dibujos e ilustraciones en cerámica, algunas de precioso sentido erótico y pornográfico. O ver el Hermafrodita dormido, o la Venus de Milo, o la Victoria de Samotracia o los rostros originales en mármol de todas las figuras históricas griegas clásicas, filósofos, reyes, magnates y otros muchos menos conocidos, pero casi vivientes.

O pasearse por la gran sala Egipcia interminable con sus sarcófagos y sus momias y su Escriba sentado, o por la de los persas y asirios, etruscos o romanos, que siempre nos impresionan y nos muestran que nosotros no somos los primeros ni los más avanzados en la historia de este planeta tierra. Y eso sin hablar de las decenas de salas dedicadas a la pintura, dotadas de la colección más impresionante de imágenes de los más grandes artistas, frente a cuyas obras uno puede pasar horas y estar conmovido, observando los detalles, la verdad de otros tiempos: ¿qué hacer frente a un Ver Meer o un Rembrand? ¿frente a un Greco o un Goya? ¿Un Tintoretto o un Rafael?

El jueves, al salir de la muestra sobre Rodas, desemboqué por azar en la sala dedicada al arte medieval francés y he quedado maravillado ante la variedad de las magníficas obras, en su mayoría monumentos funerarios y bustos. A través del mármol y por la mano de excepcionales artistas, uno recorre esos siglos desde los primeros reyes medievales, conmovido por monjes, militares, patriarcas, jerarcas eclesiásticos, potentados, viajeros y los monarcas y sus esposas cubiertas de joyas, algunas acompañadas en su morada final por el pequeño perro de raza, esculpido a sus pies como un detalle de humor o coquetería o ternura.

Pero nada como esa terrible figura de la parca descarnada y esquelética cubierta de jirones que se encontraba en el centro del desparecido cementerio medieval de los Inocentes de París, donde con la más tétrica realidad parecida a las imágenes en óleo de Grünewald, comprendemos que ese tiempo estaba marcado por la muerte y su terror omnipresente y la impronta de la religión católica y la monarquía de la Flor de Lis y su inmenso poder sobre los hombres, en su mayoría siervos. Una sala vista al azar una tarde de sol que nos conmueve y nos reconcilia con el arte de todos los tiempos.


sábado, 31 de enero de 2015

MULTICOLORES Y ANTIISLAMISTAS EN MÚNICH

Por Eduardo García Aguilar

En la bella ciudad donde inició su carrera Adolfo Hitler y vivió Sigmund Freud, la urbe de Bavaria desde donde se ven las cumbres nevadas de los Alpes, en la misma plaza Goethe, se observa este lunes de fin de enero, a un lado los manifestantes de Peguida (Patriotas Europeos Contra la Islamización de Occidente) y, al otro, diversos grupos coloridos que los abuchean como si fueran la reencarnación de las huestes del Nacional Socialismo, solo que entonces pedían la expulsión de los judíos y ahora abogan por la de los musulmanes.

En medio de los dos bandos hay una larga fila de separadores metálicos, patrullas y decenas de policías, mientras junto a una de las salidas del metro, en uno de los segmentos de la plaza circular que lleva el nombre del creador del personaje de Mefistófeles se apiñan los manifestantes de derecha que llevan banderas tradicionales alemanas y lucen pancartas donde fustigan al islam: "Mahoma tenía esposas de 9 años ¿eso queremos para Europa? pregunta una de ellas y otra dice: "en 1400 años de existencia el islam ha matado a 240 millones de personas".

Al otro lado están representantes del Partido Verde, muy fuerte en la capital bávara, y manifestantes de diversos grupos de izquierda, así como gente de derecha moderada, que aboga por la necesidad de la inmigración en un país con graves problemas demográficos y un crecimiento permanente que requiere mucha mano de obra. Los Verdes ecologistas lucen pancartas que dicen "Alemania es multicolor" y muchos jóvenes llevan banderas y banderines rojos o verdes o interpretan música típica alemana con trompetas y trombones mientras cae poco a poco una nieve fina en esta noche típica muniquense. También se ponen nariz roja de payasos porque, afirman, quieren hacer contramanifestaciones divertidas. 

Cuando avanza la manifestación de Pegida, los multicolores abuchean y hacen sonar pitos para acallar las voces de ese movimiento que, según ellos, es una estrategia política de la extrema derecha neo-nazi para movilizar a la gente, aprovechándose del obvio desprestigio de los islamistas radicales de los diferentes grupos terroristas mundiales inspirados por Al Qaida y el Ejército Islámico, cuyas acciones atroces han manchado a todos los ciudadanos provenientes de la cultura musulmana, en su mayoría gente pacífica y modesta que se dedica con honradez a sus trabajos y a su vida familiar y que practica íntimamente sus oraciones como lo hacen la mayoría de los católicos, protestantes, ortodoxos, hinduístas o judíos.

El movimiento Pegida se reprodujo como pólvora por toda Alemania en unos cuando días, aunque al parecer bajó esta semana, especialmente en Dresde, donde se originó con decenas de miles de manifestantes. En cada región iba cambiando de nombre, como en Bavaria, donde fue bautizado Bagida. Su primer líder tuvo que renunciar hace una semana porque se descubrieron fotos suyas donde aparece disfrazado, casi idéntico a Adolfo Hitler, con el mismo bigote y el mismo mechón característico del energúmeno austriaco que llevó el mundo a la guerra y propició el Holocausto de millones de judíos y extranjeros de todo tipo en los campos de concentración, el mayor de los cuales, Auchswitz, cumplió 70 años esta misma semana.

Múnich, donde los manifestantes han salido para conjurar el renacimiendo del movimiento xenófobo, tiene su historia negra: aquí surgió el Nacional Socialismo poco a poco al mando del perturbado Hitler y uno puede visitar en la actualidad con escalofrío las gigantescas cervecerías restauradas donde los primeros nazis se reunían a celebrar los primeros aquelarres bajo los banderines de la Alemania ancestral y entre el sonido de las músicas y las danzas típicas. Aquí en Munich ocurrieron los primeros arreglos de cuentas entre bandos al interior del movimiento nazi, como la nefasta Noche de los cuchillos largos, con la cual Hitler se deshizo de sus rivales.

En Múnich Hitler conoció a su amada Eva Braun en un estudio fotográfico céntrico, donde ella era empleada, y en estas calles vivió parte de su juventud pintando acuarelas y leyendo. Ya en el poder, cuando se soñaba el maestro del mundo, construyó su gran casona en las alturas de una montaña no lejos de aquí, en el municipio de Berchtesgaden, en uno de los paisajes más maravillosos de Alemania, cerca de la frontera con Austria y no lejos de Salzburgo. Por ahí cerca dormí en una cabaña y vi la noche estrellada de los Alpes y comprendí entonces que el Führer tenía muy buen gusto y había escogido para vivir como águila uno de los más bellos paisajes alpinos.

Por eso me quedé esa noche observando la manifestación pese al frío y la caída de la nieve menuda. Tenía la sensación de estar de nuevo en el centro de la historia azarosa de la humanidad, porque sin duda de la misma manera, con pequeñas manifestaciones extremistas como esta de Pegida, que pedían la expulsión de extranjeros, se inició poco a poco el movimiento nazi que terminó en tragedia.

Pero el contexto es diferente: Alemania fue aplastada, derrotada, devastada por la guerra que terminó en 1945 y desde entonces ha emergido una sociedad democrática y tolerante, muy mestiza, y los alemanes de hoy son multicolores y de todos los orígenes como se constata en las fiestas y en la calle, en las escuelas, donde ya no son mayoría los rubios de ojos azules. Se entiende, pues, que todas estas nuevas generaciones se movilicen estos días para tratar de conjurar el peligro de que la historia vuelva a repetirse. Jóvenes alemanes de todos los colores, de origen griego, turco, magrebí, latino, polaco, ruso, balcánico, asiático, italiano, español, saben que si de la caja del horror vuelven a salir los fantasmas de la intolerancia antihumana, todo estará perdido de nuevo.

Más tarde, en Sendlinger Tör, a donde se han desplazado los dos bandos para seguir manifestando, veo como cae la nieve y todo lo cubre de blanco, mientras los manifestantes multicolores ríen y celebran y se dirigen a las tabernas. Los de Pegida son escoltados al metro por la policía para que no haya disturbios. Y todo parece bello en esta medianoche entre los avisos luminosos de los cines y las calles mojadas y cubiertas de nieve. Pero en medio de todo, el peligro es patente como en toda esta Europa en efervescencia.  




domingo, 18 de enero de 2015

LA MAESTRÍA DEL CATALÁN JOSEP PLA

Por Eduardo García Aguilar

Una de las lecturas más sustanciosas del último año fue para mi la del Cuaderno Gris de Josep Pla (1897-1981), escritor catalán considerado no solo uno de los grandes de esa lengua, sino de España toda, gracias a la traducción que al castellano realizó Dionisio Ridruejo, publicada de nuevo hace poco por la colección Austral, con ajustes y revisiones surgidas del cotejo de la versión con el manuscrito original.

El Cuaderno Gris es un diario de lo acontecido a un joven catalán estudiante de derecho, en los años 1918 y 1919, cuando en Europa terminaba la terrible primera guerra que clausuraba el siglo XIX de manera tardía y en todo el continente se agitaban las ideas modernas que revolucionarían las artes, las letras y las ciencias.

Pla es del Ampurdam, fértil zona norte de Cataluña, región muy específica al pie de los Pirineos, fronteriza con Francia, cruzada por vientos provenientes de todos los puntos cardinales, como la tramontana y el garbí, que tienen la especificidad de volver un poco locos y excéntricos a sus habitantes. Nació en Palafrugell, en el bajo Ampurdam, no lejos de las costas del Mediterráneo y creció en un mundo lleno de campesinos y pescadores que vivían una vida sencilla degustando delicias culinarias familiares, todos ellos muy ligados a la naturaleza y al disfrute del viento, el cielo, las estrellas, la tierra, el mar, el vino y la fiesta.

La zona tiene infinidad de bellos pueblos interiores y costeros y dos ciudades medias que poseen todo lo necesario, Figueres y Girona, aunque el centro regional irradia desde la capital catalana Barcelona, una próspera metrópoli caracterizada por sus palacios, avenidas, ramblas y las construcciones delirantes del gran arquitecto Gaudí como la Sagrada familia y el Parque Güell.

El más famoso y chiflado de los artistas del  Ampurdam, al lado de Pla, es el gran surrealista bigotudo Salvador Dalí, originario de Figueres y quien vivió en Cadaqués y Port Lligat, pequeños puertos mediterráneos empotrados en intrincadas bahías rodeadas de montañas, rocas y mar, donde hoy es una delicia pasar las vacaciones bajo la luminosidad inextinguible de la Costa Brava. A esos lugares se agregan otros pueblecillos medievales que conservan rastros de habitación milenaria y recodos montañosos bañados por cascadas, en medio de bosques y reductos naturales a donde llegan las aves migratorias para descansar y reposarse en sus largos viajes desde el glacial norte europeo hasta el caluroso sur africano.

Pla centra su libro en la capacidad descriptiva de cosas, lugares, animales y humanos, pues para él lo más difícil para un escritor es saber describir y bien, pues opinar es banal, reino de lugares comunes y prejuicios, ingenuidades y estupideces encendidas por la ignorancia y la terquedad. Describir, relatar, contar, ahí esta para él lo mejor del escritor.

Su trabajo en esas mil espléndidas páginas largas de su Cuaderno Gris es plasmar lo que ocurrió en su vida en esos dos años: el relato de la rutina familiar y pueblerina, la descripción de la naturaleza viva en las diversas estaciones del año, el dibujo nítido de los seres humanos de todo origen y nivel, así como la vida estudiantil de Barcelona. Abuelos y abuelas, tíos y tías, amigos, ancianos de otro siglo, campesinos, pescadores, emigrantes millonarios que regresan de América, personajes exitosos o fracasados, solitarios, jugadores, payasos, profesores, tenderos, estudiantes, son plasmados con la maestría de una prosa que, como pocas, sabe captar la realidad y sus secretos.

Debo esa lectura al maestro Alvaro Mutis, quien alguna vez en México me regaló una vieja edición del Cuaderno Gris y me recomendó especialmente el libro, como de uno de los autores que él más admiraba y leía. Mutis estaba casado con la catalana Carmen Miracle, y tuvo una relación profunda con esa región española a lo largo de casi toda su vida, por lo que era buen conocedor de su literatura. Solo pude seguir su recomendación mucho tiempo después de su regalo, pero ya en la nueva edición revisada y muy cuidada. Al devorar esas páginas, divertirme y reir a carcajadas de las ocurrencias, la ironía y el sarcasmo de Pla, escéptico y poco confiado en los hombres, he descubierto cuánta influencia hay del viejo catalán en la prosa novelística del gran autor colombiano.

La prosa de Pla se bebe como agua fresca o vino blanco junto al oleaje del Mediterráneo, sacudido, irisado, por los vientos del norte y el sur. Es una prosa que huele, pica, agita, penetra hasta lo más insondable de la vida.  Basta acercarse a ella para encontrar en cada página una sorprendente maestría en el manejo de los adjetivos, en el cincelado natural de la frase, en la definición excéntrica de colores o formas, objetos y rostros. Es una prosa socarrona llena de sorpresas y giros que solo él sabía lograr cuando dirigía su telescopio a la acción de seres humanos, animales, pájaros, perros, gatos, loros, cisnes, árboles, caracoles y piedras.
        
Pla es un autor necesario para todo buen lector, pues aunque él escribió una obra monumental en décadas de ejercicio periodístico diario en la prensa catalana, fue ante todo un lector y un observador incisivo que veía más y mucho mejor que los otros. El Cuaderno Gris es el libro fundacional de una lengua, la catalana, y a la vez un texto bíblico que nombra todas las cosas como si fuera por primera vez. Leerlo es renacer como escritor o lector, o, simplemente, como ser humano que vive y se extingue poco a poco.



* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de enero de 2015.

domingo, 11 de enero de 2015

LOS YIHADISTAS DE MI BARRIO

Por Eduardo García Aguilar

En el mismo lugar por donde paso todos los días, entre los barrios Jaurès-Stalingrad y Buttes Chaumont, ahí mismo, junto al bistró de chinos donde tomo cerveza o compro lotería, junto a la lavandería donde dejo sacos y camisas y el sitio de Western Union de los paquistaníes, veo este mediodía atravesado en la calle el automóvil Citroen 3 negro donde los yihadistas de mi barrio Cherif y Said acaban de huir tras cometer la masacre de Charlie Hebdo, cerca de Bastille, matando a los más grandes caricaturistas franceses del último medio siglo y a casi toda la redacción.

La calle de Meaux, que va hacia el norte de París, donde ahora residía Cherif con su mujer cubierta por la negra burka, está acordonada y diez metros más adelante se ve ese vehículo robado que más tarde se haría famoso en el mundo, porque en él escaparon los hermanos de apellido Kouachi, jóvenes que pertenecían, según medios de prensa, a una célula yihadista de mi barrio, el de Buttes Chaumont, donde he vivido en dos periodos claves de mi vida en París y que es para mí un terreno familiar, al lado de Belleville, Barbès y Montmartre, la zona norte popular, multirracial y multirreligiosa, llena de vida y color, la más interesante y excitante.

En estas zonas del norte de París, indios, paquistaníes y originarios de Sri Lanka realizan en agosto la fiesta del dios Ganesha, el elefante que decenas de miles de inmigrantes pasean por las calles un domingo de fiesta y que es recibido al ruido de la quiebra de miles de cocos contra el asfalto y el colorido azafrán, fucsia y verde de los saris femeninos sobre cuerpos eróticos y paganos, mientras los hombres llevan el torso desnudo. El animismo es a veces más festivo que el monoteísmo.

Por estos lares del norte de París hay varias sinagogas y se ve caminar en familia a los judíos pobres con trajes negros, sombreros alones Stetson, kipas y crespos largos rumbo a los templos hebreos, en especial los sábados del Sabat. Por ahí donde está atravesado el ya famoso y terrorífico auto Citroen 3 negro robado por Cherif y Said, cruzan las familias que veo desde la barra del bistró chino y cuyo paso hacia el templo en un medio hostil me parece notable, una muestra de que en Francia y en Europa estamos viviendo ya al filo de la navaja, como en los tiempos del auge de los nazis en los años 20 y 30 del siglo XX.

Aunque la violencia en la India, Pakistán y Sri Lanka es extrema y se caracteriza por atentados contra sus líderes, como la familia de Indira Gandhi en la India o la de los Butho, Alí y Benazir, en Pakistán, o por el exterminio total de la rebelión en Sri Lanka la década pasada, esos conflictos no han aflorado todavía en las calles de París, donde vive una multitudinaria comunidad de ese origen, dedicada a trabajos de cocina en los sótanos de los restaurantes, la limpieza y el manejo de sitios internet. Aquí al lado del Citroen queda el café internet donde extranjeros del rumbo envían sus remesas a las familias lejanas de Asia y Africa a través de Western Union.

El simpático bistró-tabac chino Le Royal ha sido cerrado mientras la policía rodea la zona. Como los paquistaníes, la gigantesca y poderosa comunidad china no plantea problemas por ahora. Ellos solo se dedican silenciosamente al trabajo y a la acumulación de dinero. En el barrio de Place D' Italie se realiza cada año en febrero la fiesta del año nuevo y cientos de miles se pasean con dragones el festivo domingo. Belleville también alberga esas fiestas, mientras crecen como champiñones los negocios financiados por los capitales gigantescos de la milenaria tierra de Confucio y Mao.

Y así como ellos, las comunidades viven en paz y se integran en el trabajo y la actividad mirando hacia un futuro laico, multirracial y multicultural que cambiará para siempre el panorama demográfico y racial de Europa en este siglo. Así ocurre con los japoneses de la Calle Santa Ana, italianos, ex yugoslavos, rusos, africanos subsaharianos de todos los barrios y los paquistaníes de la Goute D'or o latinoamericanos de Clichy o de Belleville. La mezcla en estos países es ya irreversible como en los tiempos del Imperio Romano.

Pero la tensión es fuerte y peligrosa ahora que el yihadismo mundial crece y vivimos de facto en un guerra donde Occidente e Israel atacan en Oriente Medio, mientras pululan las sectas al interior del propio islam exterminándose unas a otras en Siria, Libia, Arabia, Irak, en la frontera turca, Yemen y otros lugares más como la propia París.

Los jóvenes yihadistas de mi barrio nacieron y crecieron aquí y hacen parte de la enorme comunidad musulmana. Aquí estudiaron, recibieron ayudas del estado y también sufrieron la incomprensión de la sociedad que los marginaba por su origen. Cherif, el más conocido de los dos hermanos fue músico rapero y el colega suyo que tomó los rehenes en Vincennes, hasta visitó el Palacio del Eliseo alguna vez. Representan el fracaso de la integración y la excitación de un mundo confesional que despierta los fantasmas milenarios de la violencia y la intolerancia de unos y otros.

Hace apenas seis meses, cuando Israel atacaba sangrientamente en Gaza y mataba a más de 2000 civiles, en los barrios Stalingrad-Jaurès y Buttes de Chaumont, al regresar del trabajo a medianoche, me encontraba con incendios junto a las sinagogas, escuchaba tiroteos y veía a las fuerzas del orden con cascos y escudos enfrentando a los airados jóvenes musulmanes encapuchados, entre los cuales estaban sin duda los protagonistas de los hechos de esta semana. Alguna noche de verano me despertaron en la madrugada los tiroteos sostenidos de las partes en conflicto.

Así estamos ahora en París. Y al ver a la policía judicial que llega a revisar el famoso Citroen 3 cuyas imágenes circularon por el mundo, comprendo que estamos en el centro de una peligrosa guerrilla cuyo futuro desconocemos. Porque centenares o miles de yihadistas de Al Qaida y el Ejército Islámico Daesh, los convencidos, los fanáticos del sunismo radical, estan aquí ya, dispuestos en Europa a morir como mártires matando y destruyendo en nombre de su profeta a las Repúblicas construidas desde los tiempos de la libertaria, laica y libertina Revolución Francesa.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2015.
 

domingo, 4 de enero de 2015

WOODY ALLEN Y SU JAZZ BAND

Por Eduardo García Aguilar

¿Que Woddy Allen toca su clarinete este fin de año en el Liceu de Barcelona y yo estoy a dos cuadras, en el Hotel Barbara, junto a la Rambla del Raval? Imposible no asistir al concierto programado en el marco del Suite Festival de Jazz de la ciudad condal. El casi octogenario neoyorquino es un personaje de la familia y desde hace cuatro décadas, desde adolescentes, lo seguimos, admiramos, odiamos, imitamos, empezando por esa película en que se disfrazó de espermatozoide y se lanzó desde un avión.

Y después hemos seguido todas sus historias reales y supuestas con las divas que han actuado en sus películas, la nieta de Hemingway, Mia Farrow, Diane Keaton, Scarlett Johanson, Penélope Cruz y decenas y decenas más. Lo hemos acompañado en sus líos conyugales, sus procesos judiciales, las denuncias de su despechada esposa y el matrimonio con su hijastra Soon Yi.

Woody Allen (1935) ha filmado en París, Roma, Barcelona, ha actuado de guerrillero latinoamericano, mago, transformista, psicoanalizado, fracasado, triunfador. Es un gran travesti del arte, haciendo el seductor a lo Humphrey Bogart, mago, astronauta, snob, montañista, viajero, depresivo, ladrón, enamorado, excitado, psicópata, hipomaniaco, brujo y Dios.

Y ahora, a los 79 años, Woody sale con su The New Orleans Jazz Band al escenario del Liceu de Barcelona, recién reconstruido después del incendio que lo devastó hace una década, soberbio edificio que admiran los espectadores en este fin de año 2014. Al emerger desde bambalinas Allen da pasos titubeantes de anciano, pues tiene ese esqueleto que los de su edad a duras penas soportan como una armadura chueca de hojalata, aunque tengan la mejor intención, y luego va directamente el micrófono enfundado en sus amplios pantalones payasescos de pana beige, sus gafas redondas de aro negro y la camisa a cuadros y su melena canosa. Acaba de estar en Mónaco y Badajoz y termina la gira en Barcelona para recibir el nuevo año 2015. 

Es Woody Allen, el gran payaso quien saluda al público y tras él entran sus sesentones comparsas de la urbe, quienes poco a poco lo han adoptado y terminaron por ser sus amigotes, y a los que ahora pasea por el mundo como una nueva banda equivalente a la del Buenavista Social Club, grupo de nonagenarios cubanos, lanzados a la fama en 1998 gracias a la película de Wim Wenders.

El grupo interpreta música de jazz de la Nueva Orleans de los años 20 y 30, en esos tiempos felices de entreguerras marcados por el crack de 1929 que cimbró a la humanidad y llevó después a una sucesión de guerras y desgracias mil, entre ellas el holocausto propiciado por los nazis de Hitler contra los judíos y los marginales de Europa, gitanos, comunistas, sicoanalistas, pintores degenerados, personajes todos ellos presentes en las películas inolvidables del Woody.

El Liceu de Barcelona no está lleno, pero eso no importa. En los puntos principales, especialmente en platea, está apeñuscado el público entusiasta que aplaude todas las peripecias y ocurrencias de ese All that Jazz. En las galerías salpicadas de admiradores los aplausos suenan ceñidos, al unísono que la algarabía de las plateas repletas y los gritos de los entendidos que celebran los solos del contrabajista Greg Cohen, del banjo Eddy Davis, del trombón, el piano o la batería.
 
No importa si Woddy a veces no da el tono ni le alcanza la respiración o que sea muy chillón con su clarinete y tenga que limpiarse la boca o que a duras penas trate de mover el esqueleto sentado al lado del líder del grupo, el tocador de banjo, y del trompetista y cantante que se levanta para calentar al público en un crescendo paulatino. Atrás están el joven contrabajo, de traje, el aplaudido pianista y el baterista, todos salidos de una novela de Phillip Roth, de origenes judío, italiano o polaco, neoyorquinos de New Jersey, perfectos personajes para alguna película inédita del gran Woody, panzones y calvos casi todos ellos, neoyorquinos y gozones hasta la saciedad.

Afuera la Rambla de Barcelona está llena de gente. En el tradicional y bello Café La Opera, situado al frente del Liceu, se comenta que Woody ha estado allí tal vez tomando el emblemático chocolate con churros y ensaimadas, pero es como una leyenda imposible de probar. En el Liceu, muchos acicalados en extremo suben las ecalinatas imponentes trajeados de negro, corbatín y abrigos de piel que se quitan y entregan a los bell boys. En su mayoría el público es de jubilados, empresarios, curiosos, amantes del jazz, cinéfilos, despistados y algunos que han pagado 165 dólares para estar en la cena posterior, donde probablemente esté presente el adorado clown.

Woody se mueve sentado en su silla y a veces se entusiasma y logra una buena tonada, otras se hunde, se defenestra, pero es salvado ineluctablemente por sus amigos con el trombón, el bajo, el piano o el banjo. El mismo Woody sabe: en su gira, lo que atrae es su nombre y si no fuera por él, la banda no habría salido nunca de su rincón en New York: nada que ver con Louis Armstrong, Miles Davis, Dizzy Gilepsie, John Coltrane.

Woddy se levanta otra vez y se dirige al micrófono para desear el "happy new year" que todos esperamos y en verdad se crea una comunión simbólica entre todos. Nuestro querido Woody no da un concierto banal, pues se trata del fin de año y todos ahí estamos con él, en la Barcelona de su pelicula sobreactuada por Bardem, Penélope y Scarlett, un poco caricaturesca como todas las peliculas que hace sobre París, Londres, Roma o New York. Woody está ahí pasando el año nuevo con nosotros, probablemente uno de sus últimos fines de año, porque nadie es eterno: ni él ni García Márquez, ni Picasso, ni Dalí ni el Papa ni Lauren Bacall.

El concierto termina, pero la gente aplaude y exige un retorno, que es largo y feliz. Al final todos hemos sido seducidos por esta banda de barrio de amigos sesentones, que vienen de regreso de todo y están más allá del bien y del mal, como Woody con su pantalón amplio, sus gafitas de aro negro, sus canas y sus zapatos de cuero café. Y así desaparece detrás del escenario hacia la noche de la Rambla, que estará llena de decenas de miles de catalanes, españoles y turistas que acuden a recibir 2015 junto al mar, bajo los juegos pirotécnicos y la estatua de Cristóbal Colón, quien extiende su mano hacia América, porque como dice Obama, "todos somos americanos" en este jazz del siglo XXI.  

Publicado en Expresiones. Excélsior.  Domingo 4 de enero de 2015.
* @ Foto de Woody Allen de Ferran Sendra. Publicada en El Periódico. Barcelona. Jueves 1 ene 2014.

sábado, 27 de diciembre de 2014

ELOGIO DE LOS BISTROTS

Por Eduardo García Aguilar

Una de las instituciones preferidas en toda Francia y de las más nutritivas y alegres de la vida en París, es el bistrot, que desde el siglo XIX cumple una función social inigualable en todas las estaciones del año y sin la cual la vida en la ciudad o los pueblos no sería lo que es. En cada cuadra de la ciudad capital y en todas las ciudades y pueblos de provincia, sin falta, hay varios de estos lugares que llevan nombres diversos evocadores de la región de donde provenían los viejos fundadores o el nombre famoso de algún militar, barco, profesión, amada o país: el Sully, la Estrasburguesa, el Bastilla, el Cañón de Italia, el Jaurés, el Sarah Bernhardt, el Daiquirí, el Floreal y mil etcéteras más.

Los hay muy pequeños en mitad de la cuadra para una clientela muy precisa y casi familiar y también en las esquinas o en las plazas concurridas, donde por la situación privilegiada se vuelven más animados y prósperos y se convierten con el tiempo a veces en negocios millonarios y famosos y de alto glamour como el Deux Magots y el Café de Flore de Saint Germain, La Coupole y el Select de Montmartre o el Café de la Paix de la Plaza de la Opera, todos ellos de precios inabordables para la población común.

El bistrot es un sitio muy sencillo, especializado en la venta de vino, cerveza y licores a precios bajos, que se sirven en las viejas barras métalias de bronce, zinc o madera, lo que se complementa con la venta de sándwichs rápidos o tentenpiés de queso, jamón, paté, atún, pollo o chorizo para una clientela popular y atareada que se refugia un instante en el lugar para restaurarse y luego seguir el camino de su lucha por la vida en los tiempos de crisis, que siempre han sido la norma en todas las épocas. Todos los países del mundo siempre han estado o están en crisis.

En las mañanas heladas, cuando los transeúntes van rumbo al metro para trasladarse a sus trabajos, la especialidad del bistrot es servir el delicioso café con leche, acompañado de croissants, por lo que el olor inconfundible de las máquinas cafeteras italianas atrae desde lejos a los acelerados, al mismo tiempo que el sonido inolvidable que emiten cuando transforman el elíxir del grano molido proveniente de Colombia, Kenia, Brasil o Guatemala, en la exquisita taza humeante que da vida y energía al trabajador.

Porque el bistrot es y ha sido siempre el lugar de encuentro de los trabajadores, de los proletarios de los últimos dos siglos, inmortalizados en tantas obras literarias, en especial aquellas que cuentan la vida popular de París y en cuadros donde se les ve con las boinas ancestrales y las bufandas modestas o los overoles manchados de pintura o cemento, cuando no con sus bigotes heredados de la vieja etnia original gala pre-romana, contada en los dibujos animado, cómics o caricaturas del inefable Ásterix.

A mediodía, el bistrot se especializa en un almuerzo sencillo que comienza a servirse a las doce en punto y que por un costo relativamente bajo trae un menú basico de entrada, plato central y postre: huevos con mayonesa, paté, arenques o una ensaladilla rusa simple, seguido luego por la clásico pedazo de carne de res o pollo con papas fritas, o un grasoso cassoulet, una choucroute, el boeuf bourguignon, o la pieza de ternera en salsa con arroz y frijoles blancos, que lleva el nombre de blanquette de veau. El menú de tres opciones cambia cada día de la semana y constituye la delicia del pobre que sale durante una hora a recobrar energía para seguir la jornada. Pero casi siempre se trata de platos populares como los que preparaba la abuelita o hacía la mamá.

Viene luego la tarde solitaria del bistrot, cuando por lo regular son pocos los clientes y donde pasan las horas jubilados, desempleados, viudas o esposas que van y vienen del supermercado y se refugian de la llovizna para reposar un instante allí leyendo el periódico local, ya sea Le Parisien en la capital y otros de nombres improbables en cada una de las capitales, desde Marsella y Toulouse a Lyon, y desde Burdeos y Poitiers a Lille, Rouen, Estrasburgo o Nantes.

Hacia las seis de la tarde el bistrot se vuelve a animar con la clientela más alcohólica y solitaria, que libre ya de su tareas burocráticas pasa a degustar un vino blanco o rojo, un calvados o un pastís, mientras pasan las noticias del día en continuo por la televisión, a través de canales como BFMTV o ITelé. El personaje típico del bistrot emerge allí con toda su fuerza: se trata de un hombre o mujer solitario, o que evita regresar pronto a casa y que en esas horas habla sobre política o chismes del momento, como las amantes de los presidentes o las celebridades y las historias más escabrosas de los criminales o las guerras y las tragedias que informa sin cesar la máquina trituradora de noticias. Hacia la noche, el bistró acoge en la barra a los clientes más fieles, que tienen un trato especial del patrón y ya ebrios deliran con sus narices bien rojas y sus ojos humedecidos. El pilar de bistrot ha sido inmortalizado en programas cómicos de la televisión por la talentosa humorista Anne Rumanoff

En sus primeros tiempos el bistrot fue una institución regentada por habitantes originales o de diversas provincias francesas muy específicas, como los famosos bougnat, provenientes del macizo Central, y en las primeras décadas del siglo XXI ha sufrido un gran transformación con la globalización, al pasar a manos de las nuevas generaciones de inmigrantes chinos o norafricanos, por lo que se han convertido en un vivero de mestizajes de todos los orígenes. Si resucitaran los franceses de antes, a veces tan nacionalistas y cerrados, se espantarían de ver tanta gente de origen extranjero, en especial mediorientales, africanos y asiáticos compartiendo en la barras de los bistrots a la hora del crepúsculo.

Sin el bistrot París sería invivible y sus barras cumplen la función del psicoanálisis o del consejero espiritual para todos los golpeados por la vida: se discuten allí divorcios, muertes, ruinas, fracasos, desempleo, enfermedades, bodas, nacimientos. En su caluroso líquido amniótico, vibran las historias y los secretos que muchos novelistas han utilizado para dar consistencia a sus personajes, como Zola o Louis Ferdinand Céline, expertos en contar el destino del pueblo en su cíclico ir y venir.

  

domingo, 21 de diciembre de 2014

MÉXICO Y LA CULTURA PIRAMIDAL


Por Eduardo García Aguilar
En México existe un sistema cultural que algunos críticos locales califican de piramidal y que ha enfeudado desde hace un siglo a la mayoría de los creadores cubriéndoles de prebendas y haciéndolos cómplices de los grandes políticos, muchos de ellos demagogos, corruptos y violentos.

Sin embargo, pese al servilismo de un sector importante de la intelectualidad y de los artistas, la cultura mexicana contemporánea tiene tanta fuerza que ha sobrevivido a esa tentación permanente de vivir adosada al poder de los príncipes y los tlatoanis, como se denominaba a los ancestrales jerarcas indígenas.

No es para menos, ya que todo el país vive sobre las ruinas de varios imperios prehispánicos espléndidos que construyeron ciudades y templos de rango mundial, equiparables a los de las grandes civilizaciones que florecieron en China, el Sudeste Asiático, Egipto y entre el Eufrates y el Tigris, en tiempos de Nínive y Babilonia.

Por todas partes el arte de esos pueblos se ve y surge de la tierra con una fuerza imbatible que impresiona a quienes han visitado Teotihuacán, Palenque, Monte Albán y tantas otras ciudades milenarias construidas por verdaderos Estados poderosos y ricos que tenían burocracia, clero, escuelas y ejércitos.

Cuando llegaron los conquistadores españoles encontraron grandes imperios en pleno ejercicio de su poder y merced a una alianza con los príncipes locales crearon un nuevo mundo colonial cuya expresión cultural es impresionante: catedrales, plazas enormes, palacios, conventos, avenidas, teatros y todo tipo de edificios barrocos emergieron de tal fusión y del sincretismo de la religión prehispánica y el catolicismo que llegó para quedarse.

La prueba de esa irradiación cultural sincrética es el vasto centro histórico de la Ciudad de México y la belleza de muchas ciudades coloniales como Morelia, Zacatecas, Guadalajara, Oaxaca, Puebla, Querétaro y muchas más que uno nunca termina de visitar y apreciar. Dichas ciudades y sus centros ceremoniales fueron construidos sobre las viejas pirámides con la piedra de aquella grandeza.

Después de la Independencia, esa cultura siguió solidificándose con nuevas influencias, entre ellas la francesa y después la norteamericana, que llegó en el siglo XX para construir rascacielos y grandes ciudades, avenidas y suburbios interminables de cemento.

La Revolución mexicana trató de recuperar el orgullo indígena a través de los muralistas y por medio de un proyecto inicialmente muy valioso de afirmación de las culturas nativas. Sin embargo, al institucionalizarse la Revolución y crearse el Partido Revolucionario Institucional (PRI), ese esfuerzo cultural que dio grandes frutos se fue solemnizando. Por eso los críticos actuales tratan de despertar a las élites culturales para que respondan con ideas a la gran tragedia que vive el país, ahora dominado y carcomido por el narcotráfico en alianza con todos los partidos políticos.

Después de la Revolución Mexicana se creó una clerecía priísta laica, una élite cultural muy bien financiada de por vida con becas, homenajes y prebendas oficiales, que reemplazó de facto a los sacerdotes y obispos católicos de otros tiempos.

Los jóvenes escritores en su mayoría empiezan desde muy temprano su carrera literaria como sacristanes de algún grupo o de algún líder cultural o "maestro de juventudes" como Vasconcelos, el creador del sistema, y son fieles e incondicionales de por vida a la figura o grupo poderoso que los protege y así van subiendo, subiendo, ganando muchos premios y becas, hasta convertirse en monseñores, obispos literarios, cardenales poéticos y algunos hasta papas, como Reyes, Paz o Fuentes.

Para llegar a esas alturas casi siempre hay que desempeñarse como diplomático y tener excelentes relaciones con los políticos y los magnates de la comunicación, quienes financian los premios y las prebendas intercambiables que benefician a esos jerarcas culturales exitosos.

Los escritores e intelectuales ligados al poder celebran sus sínodos y concilios, sus aquelarres y festines. Hay exclusiones, "ninguneos", vendettas, y todo tipo de guerras y guerrillas culturales. Los escritores rebeldes o malditos o los críticos terminan muy, pero muy mal. Sufrir la ojeriza de un Cardenal o de un Papa cultural todopoderoso como era Paz, significa la muerte literaria.

La mayoría creen en la "carrera literaria" y la toman muy en serio y por eso son algunos de ellos tan solemnes. Y así van tomando desde muy temprano una posición hierática, rígida, como de políticos del PRI. La mayoría no arriesgan nunca nada por temor y algunos -tanto mujeres como hombres- desde jóvenes ya están entronizados con sus casullas y destinados a ser un día líderes con su grey y báculo.

Y así permanecen toda la vida, aburridos, aspirando, intrigando, para llegar a ser los jefes de grupo con su corte y tal vez subir a la cúspide de la pirámide con las prebendas del caso y el impulso oficial necesario para aspirar a premios internacionales como el Cervantes. El sueño de muchos jóvenes escritores es ser llamados un día "maestros" y homenajeados cuando mueran en cuerpo presente en el Palacio de Bellas Artes, o si no se puede ahí, en algún lugar más modesto de carácter regional o universitario.

Ese es el sueño máximo de muchos de los escritores, por lo que sus obras se vuelven secas y parecidas en su manierismo oficial. Son muy pocos los que no creen en eso, pero por fortuna hay rebeldes hoy como los que describe Bolaño en su novela espléndida, irónica, Los detectives salvajes.
Por supuesto, esos rebeldes no se conocen mucho y no los ponen en las listas oficiales de las que son desterrados. Si no son fuertes se van apagando, muertos en vida como los personajes de Rulfo y tienen que ser muy valientes para resistir ante el sistema cultural oficial, pero los hay por fortuna para la literatura y las artes mexicanas y tal vez sean ellos los que ahora gritan para que cambie México y logre liberarse de la empresa de la mafia narcotraficante que ha cooptado al gobierno y a casi toda la clase política. O sea que la historia milenaria de esa gran patria hermana sigue viva y ardiente y mirando hacia el futuro con una creación pujante que siempre se sale de la cesta o huacal donde tratan de encerrarla.

Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de diciembre de 2014. 

martes, 16 de diciembre de 2014

MIRADAS ESTÉTICAS A LA CIUDAD NATAL

Por Eduardo García Aguilar

Siempre he pensado que Manizales es uno de los secretos más importantes de América Latina, una ciudad de una inmensa belleza no solo por los paisajes que la rodean desde el balcón geológico que habita a partir de su fundación reciente en el siglo XIX, sino por la arquitectura de su centro histórico principal y de los barrios antiguos, que como Hoyofrío y Los Agustinos, sobrevivieron a los incendios que la devastaron en los años veinte del siglo pasado y que aun sobreviven milagrosamente, pese a la fuerza de la cultura del cemento, arrodillada desde hace más de medio siglo al reino todopoderoso del Dios automóvil.

Quienes tuvimos la fortuna de nacer y crecer en Manizales ignoramos a veces las joyas arquitectónicas que se encuentran todavía en muchos lugares, esquinas, cuadras secretas, plazas, empinadas calles, rincones olvidados, porque ellas hacen parte natural de nuestra visión desde la infancia y son como un reflejo natural del imaginario personal, un poblado ámbito onírico que nos constituye y nos alimenta desde siempre.

Hace poco, al observar las fotos que ha tomado Beatriz Gómez a muchas construcciones y rincones de su ciudad natal con un amor lleno de sorpresa y que han circulado por Facebook, muchos han reaccionado con un gran entusiasmo, como si se sintiera la necesidad de salvar la ciudad para siempre y reconocer a todos aquellos que contra viento y marea han luchado en estas décadas aciagas por rescatar y conservar el ámbito donde nacimos los Manizaleños.

La mirada de Beatriz Gómez tiene mucha fuerza porque es la de un nativo que regresa después de mucho tiempo y constata que no todo está perdido y comprueba que durante la ausencia ciudadanos conocidos o anónimos, expertos, arquitectos, artistas han cuidado el patrimonio, aunque por supuesto mucho se ha perdido. Sus fotos nos vuelven a despertar y nos tocan porque nos muestran el privilegio que tenemos los que nacimos y crecimos allí. Como ella, otras personas amantes de la ciudad comparten día a día en las redes sociales las fotos de la ciudad donde viven y que alguna vez elogió Neruda, quien la visitó y la admiró, como una "fábrica de atardeceres".    

Barrios enteros y edificaciones míticas fueron arrasadas sin contemplación desde los años 60, merced a un mal llamado proceso de modernización por el cual se hicieron ensanches inútiles, se mutilaron plazas como la de Caldas o Fundadores para dar paso a avenidas, y eso sin contar la demolición de centenares de casas antiguas llenas de historia que eran el orgullo de barrios donde hoy solo se percibe la desolación de las avenidas contaminantes, el ruido de los vehículos y la incongruencia de centenares de horrendas fachadas de cemento construidas sin orden alguno, en una proliferación salvaje y caótica.

La ciudad fue el fruto de un extraordinario impulso colonizador que en unas cuantas décadas creó en el albor del siglo XX un nuevo departamento y una capital pujante rodeada a su vez hacia todos los puntos cardinales por varias poblaciones que son joyas intactas de la arquitectura de la guadua y el bahareque, cuya belleza conservada e intacta en muchos casos daría para un catálogo de rango mundial. Además de esas casas familiares o construcciones gubernametales, escolares o religiosas, pervive en esos ámbitos el fantasma de unos pobladores y una cultura regional muy original que por fortuna fue y es objeto de estudios de expertos de distintas disciplinas. Lo que ocurrió en esa región fue la emergencia de un mundo nuevo que erigió una especie de espacio mediador entre dos poderosas instancias que vivían en guerra, como son la vieja Antioquia y el viejo Cauca, cuyas culturas difieren en muchos aspectos, como ya lo advertían en sus crónicas los viajeros europeos que se aventuraron a esos confines y relataron lo visto en siglos pasados.

Manizales fue arrasada por dos incendios y esa catástrofe animó a sus élites y habitantes de entonces a recrear algo que sorprende hoy todavía al experto o al simple viajero. Con recursos económicos extraordinarios y un impulso colectivo en el que participaron notables arquitectos, artistas y constructores provenientes de varios países de Europa, surgió esa ciudad que parece a veces el delirio de un genio loco coronado por la soberbia Catedral neogótica y decenas de edificios inolvidables, cada uno de los cuales tiene su historia y la huella de uno o varios artistas viajeros.

A quienes nos dedicamos a las labores del espíritu y las artes, contar con una ciudad natal de este rango es una verdadera fortuna. En mi caso personal, en casi todas mis novelas y relatos he tratado de exorcizar esas imágenes captadas en la infancia y la adolescencia, construcciones y lugares que recorríamos cada día y que nutrieron nuestros mejores momentos de formación. En mi primera novela Tierra de leones (1983) visité desde lejos a través del sueño de un loco llamado Leonardo Quijano esas construcciones espléndidas como la Catedral, la antigua Estación del ferrocarril, la Gobernación, el Palacio de bellas artes, el edificio Escorial y tantos otros, incluso el magnífico Teatro Olympia, joya arquitectónica destruida para dar lugar a un estacionamiento. Y en otras novelas como Bulevar de los héroes,  El viaje triunfal y la que escribo en estos momentos, he vuelto a visitar esos lugares como si se tratara de viajar a los confines de la más secreta memoria.

Se dice que la literatura por lo general es un arreglo de cuentas con la infancia y la adolescencia y que por lo regular las obras de los autores se nutren de esos ámbitos, como ocurre con Gabriel García Márquez al recrear el mundo vivido en el pueblo natal y las ciudades y lugares de la región de la que es originario. Pero todas las artes a su vez tienen en la tierra natal una cantera natural. Por eso en estos momentos hay en Manizales fotógrafos, poetas, narradores, arquitectos, urbanistas, dramaturgos, ensayistas, historiadores, músicos, ecologistas, pensadores de todas las generaciones que tienen la certeza de que la ciudad donde nacimos es una joya material y paisajística para conservar. Cada día hay una mirada que la reconstruye y la plasma. Y serán tantas las miradas que el sueño de sus constructores se plasmará en la conservación de un ámbito que futuras generaciones tal vez disfrutarán en paz muy emocionadas y orgullosas cuando ya no estemos aquí quienes nacimos en el siglo XX.

sábado, 29 de noviembre de 2014

LA ALEGRÍA DE LEER A EVODIO ESCALANTE

Por Eduardo García Aguilar
Acabo de terminar un excelente libro de ensayos sobre Octavio Paz, de Evodio Escalante (1946), uno de los pensadores más originales y eruditos de México, quien ha mantenido vivo el espíritu de la crítica en ese país.
En Las sendas perdidas de Octavio Paz, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana y Ediciones Sin Nombre en 2013, establece un diálogo con el gran poeta y ensayista que obtuvo el Premio Nobel en 1990, a lo largo de siete ensayos minuciosos donde no solo muestra el conocimiento profundo de la cultura mexicana, latinoamericana y universal, sino de filosofía y filología, lo que le permite conversar de tú a tú con el irascible maestro de los mexicanos (1914-1998), cuya obra enorme y brillante nos impresiona a comienzos del siglo XXI.
Este año se celebra el centenario de Octavio Paz, quien nació en pleno tiempo de la Revolución Mexicana, y tuvo como tantos otros que vivir en carne propia los efectos de la violencia. Su padre fue un rebelde zapatista que dejó su rango familiar para aliarse con los revolucionarios y murió arrasado por un tren en el norte de México, lugar hasta donde el joven Paz va con su madre para recuperar el cadáver despedazado. Durante ese largo viaje en busca del cuerpo del padre, el casi niño Paz ve a lo largo del camino, mientras avanza el tren hacia el norte, muchos hombres colgados en los árboles y los postes.
Desde muy temprano Paz se entrega a la literatura, pero en sus años juveniles ejerce una poesía comprometida que lo lleva a conocer a Pablo Neruda (1904-1973), convertirse en su discípulo y a viajar a España invitado por el autor del Canto General a un congreso de republicanos que luchaban contra los avances de la derecha franquista. Entonces solo tenía 23 años y ya había experimentado en el sur de México, en Yucatán, las tareas del compromiso social con los campesinos de su país. Al regresar a México, efectúa su primera ruptura con ese maestro, lo que cuenta y analiza con lujo de detalles Evodio Escalante, en uno de los episodios más importantes de este libro.
Escalante también analiza varias rupturas, ingratitudes y reconciliaciones claves del autor del laberinto de la Soledad y Libertad bajo palabra, entre otros libros. La primera es la ruptura secreta de Paz con su mentor mexicano, el gran maestro Alfonso Reyes (1889-1959), quien lo animó en su primeros pasos y le abrió con generosidad el camino para publicar sus obras y obtener un sólido reconocimiento. La ingratitud de Paz con el generoso maestro, que estuvo a punto de obtener el Premio Nobel y fue en cierta forma el Octavio Paz de su época y un protéico autor de miles de escritos fundamentales como El deslinde e Ifigenia Cruel, llegó hasta el extremo de tratar de excluirlo de la antología Poesía en Movimiento que publicó en su momento el Fondo de Cultura Económica, bajo la dirección del infatigable Paz, entonces diplomático en Oriente.
Evodio Escalante cuenta en detalle la historia de esa lucha interior con el maestro Reyes, a quien también quiso matar como a Neruda para poder eclosionar como autor original, y rastrea con exactitud las huellas innegables que la obra del viejo dejó en el joven Paz y que él trata por todos los medios de ocultar, como ocultó a su vez la utilización de los conceptos filosóficos de Martin Heidegger, de los que ya tenían conocimiento autores mexicanos anteriores a Paz en México, pero que el Nobel usa muchas veces sin citar en El arco y la lira.
También nos introduce en la primera repulsión paciana de los surrealistas, a quienes detesta inicialmente por escapistas y la posterior alianza con los mismos, al encontrar en ellos en París una actitud subversiva que lo marcó, pues para él sería más importante la rebelión como acto demoledor inconsciente y onírico, que los propios frutos literarios surgidos de la misma.
Otro aspecto importante del libro de Evodio Escalante es el estudio de la relación de Paz con la gran generación de Los Contemporáneos, a la que pertenecieron brillantes personajes de otra generación anterior mexicana, como Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, a quienes también Octavio Paz debe muchos de sus primeros impulsos y preocupaciones, lo que dejó registrado en varios ensayos.
Es una delicia seguir a Escalante en este diálogo de admiración y crítica que nos lleva hasta el estudio riguroso de su obra poética, los vasos comunicantes de la misma con la mexicanidad prehispánica y las temáticas orientalistas, así como con las rupturas modernas. Octavio Paz, ya consagrado y seguro de haber escrito una obra magna, avanza en sus rupturas y experimentaciones iniciadas desde los primeros poemas comprometidos de Raíz del Hombre y la Estación violenta, hasta la cumbre de Piedra de sol y los experimentos colectivos de Renga o ya de manera personal, en Pasado en claro y en Árbol adentro, que sus lectores disfrutamos hoy como nunca.
Lo bueno de este libro es que hablamos, nos peleamos y nos reconciliamos con el maestro Paz, pero a la vez descubrimos la prosa maravillosa de Evodio Escalante, una delicia de escritura donde no hay una sola línea que no esté al filo de la navaja, alerta, inteligente, irónica, que abre siempre puertas y nos mantiene insomnes a través de la lectura.
Sin duda Octavio Paz hubiera gozado la lectura del libro de este inquieto heredero que se alza a su rango en materia de crítica literaria y habla de tú a tú con él. Escalante es no solo gran lector, gran escritor, sino también músico y amante de jazz, o sea un renacentista contemporáneo de los que solo produce un gran país como México, el hermano mayor de hispanoamérica, tierra donde los autores dialogan en permanencia con sus mayores, no solo escrutando y salvando sus obras, sino cotejando ideas y conceptos para que el molino de la palabra siga girando en medio de la batalla quijotesca de la literatura.
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Publicado el domingo 23 de noviembre en La Patria. Manizales. Colombia
http://www.lapatria.com/columnas/72/alegria-de-leer-evodio-escalante 

domingo, 16 de noviembre de 2014

EL ARDOR DE LOS NACIONALISTAS CATALANES

Por Eduardo García Aguilar
Hay algo inquietante en la deriva nacionalista que afecta a un sector de los catalanes convencidos de ser la raza superior ibérica y que fue instigada en las últimas décadas por una cuestionada clase política electoralista. Nada que ver con aquel movimiento romántico de los catalanes encabezados por Joan Manuel Serrat, Luis Llach y María del Mar Bonet, quienes a través de la música y el espíritu libertario luchaban en los años 70 contra el franquismo y la asfixia cultural que reinaba en el país durante la dictadura. A ellos acudíamos a escucharlos en Montjuich y otros muchos lugares con el juvenil fervor reinante en aquella época.

Barcelona, a la que amo porque he vivido allí muchos meses en más de 30 estadías a lo largo de mi vida, era entonces el centro editorial y cultural de hispanoamérica, una región increíble y próspera donde convivían dos lenguas y dos culturas similares, la española y la catalana. El propio Joan Manuel Serrat, que es un ícono catalán y gloria de la región al lado de Salvador Espriú, Salvador Dalí, Josep Plà, Pablo Casals, Mercé Rodoreda y Pablo Picasso, dice hoy que no se imagina a Cataluña fuera de España.

Desde la Generalitat, desde la administración que ha reinado en Cataluña, se han usado los recursos públicos españoles de la prosperidad, gracias a la generosidad de las autonomías, para reconstruir la historia reescribiéndola mediante construcciones faraónicas en honor de actos y sitios heroicos dudosos y la elaboración de un guión histórico que magnifica supuestos pasados y héroes independentistas que ningún historiador serio ratificaría con certeza desde las aulas universitarias libres.

Tal país ilusorio se ha convertido en parque temático para turistas alemanes, franceses, ingleses, nórdicos, rusos, que visitan localidades reconstruidas y remozadas de acuerdo al nuevo guión. Y lo peor de todo, se pretende expulsar a la lengua castellana, como si esta fuera el peor enemigo, desterrándola de las escuelas y universidades y de los documentos y avisos oficiales, obligando a quienes quisieran seguir sus cursos en la lengua de Cervantes al exilio.

Todos los escritores catalanes que escriben en español como Juan Marsé, Eduardo Mendoza y Enrique Vila Matas fueron excluidos de las delegaciones a las ferias del libro internacionales, como la de Frankfurt, y de la radio catalana, pagada con recursos de la nación, fue expulsada hace un lustro la escritora Cristina Peri Rossi, por hablar la lengua de Garcilaso, Quevedo y Lope, lo que generó la protesta de centenares de figuras de la cultura mundial, encabezadas por Mario Vargas Llosa.

Esta deriva de las burocracias políticas electoralistas catalanas sobrepasa los límites y como en la historia del flautista de Hamelin sus jefes llevaron al pueblo hipnotizado a una consulta donde quienes organizaron y escrutaron el voto fueron ellos mismos y con recursos del Estado, sin dar garantía a las dos terceras partes del cuerpo electoral que no aboga por la independencia.

Porque solo basta recorrer Cataluña, la bella e irremplazable Barcelona que tanto amo, pasear por pueblos, capitales regionales, playas y villorrios de las montañas pirenaicas, para darse cuenta que muchos catalanes de origen, hechizados por un patriotismo arcaico, viven en un mundo autista. Como las avestruces en peligro, ignoran el mundo que los rodea: millones de personas que sin ser catalanes de origen nacieron o crecieron allí y han ganado derechos, los inmigrantes de todos los orígenes que hicieron sus vidas en esa tierra y con sus manos y sudor contribuyeron a hacerla grande, a construir todo lo que vale en esa región.

Recientemente comprobé el dolor de esa gente al recorrer Cataluña de nuevo y escucharlos, ya en confianza, porque descubrían que era "forastero" como ellos: taxistas, choferes, campesinos, obreros, tenderos, dueños de cafés, bares y restaurantes modestos, cocineros, amas de casa, intelectuales, profesores, artistas, abuelas, barmans, estudiantes, mucamas, barrenderos, gente de Girona, Figueres, Rosas, Barcelona, Albany, Empuriabrava, L'Escala, Castelló d'Empúries, Benidorm, Sitges, Vilanova i La Geltrú y tantas otras bellas localidades que visité. Y eso sin olvidar la voz de cientos de miles de "moros" o descendientes de "moros" que viven en barrios separados y que alguna vez dominaron media Iberia, antes de ser expulsados junto a los hebreos en 1492 por los reyes católicos.

Ojalá esta deriva catalana secesionista termine y que el tiempo vuelva a moderar las aguas y traiga la concordia, lo que al parecer ya se vislumbra. Que Cataluña y Barcelona vuelvan a ser faros de cultura abiertos al mundo como en los tiempos de Picasso, Casals, Dalí y Serrat y muchos más. Que Cataluña vuelva a ser la tierra abierta que tantos extranjeros sentimentales como yo amamos y admiramos y que como Serrat no imaginamos separada de España.


* Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 16 de noviembre de 2014