domingo, 19 de abril de 2015

LECCIONES DE GÜNTER GRASS y GARCÍA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar
Una tras otra las viejas glorias literarias del siglo XX desaparecen y los contemporáneos nos adaptamos poco a poco a su ausencia, cuando décadas antes aparecían como figuras inmortales, necesarias, similares a la argamasa primordial que lograba mantener en pie continentes o países rotos por guerras y miseria. García Márquez (1927-2014) y Günter Grass (1927-2015), nacidos el mismo 1927, desparecieron ambos en abril, con un año de diferencia.
No sabemos si este tipo de figuras que servían de cúpulas protectoras a lenguas, naciones o continentes desatrasados podrán repetirse como se venían repitiendo desde tiempos inmemoriales, pues son aun imprevisibles los cambios radicales que la cultura ha experimentado en las últimas décadas, luego del fin de la era de Gutenberg y del viejo humanismo greco-latino reinante durante dos milenios.
La gloria antes caía como lengua de fuego a los santos mártires que morían por las religiones cuando eran exterminados mientras viajaban a pie de pueblo en pueblo difundiendo la palabra de nuevos evangelios prohibidos. Al mismo tiempo, la pétrea gloria convertía en estatuas a guerreros que fundaban imperios y recorrían el mundo como Alejandro Magno para ampliar sus límites y sojuzgar lejanos pueblos a quienes imponían la ley y el silencio.
Hubo un momento en que la gloria ardió en las tonsuras de poetas, escritores, novelistas, humanistas, que como Cervantes Saavedra dieron unidad a una lengua, o que, como García Márquez crearon biblias de pueblos hasta entonces silenciosos, sojuzgados y humillados. Los héroes de la espada subieron con honores a las estatuas desde los tiempos de Darío y Ciro hasta los de Bolívar o de los guerrilleros heroicos tercermundistas del siglo XX, últimas remanencias de un arcaismo sangriento.
Los padres literarios de las patrias fueron hallazgos venerables de los pueblos que salían de la ignorancia y accedían a la lectura y a la educación masiva gracias al nuevo soporte inventado por Gutenberg y que dejó atrás papiros y pergaminos. Se convirtieron en figuras laicas, sacerdotes de la palabra que servían de ejemplos a las juventudes y consejo a los jefes de Estado. En Francia, Víctor Hugo, excelente dibujante, vivió todas las guerras y exilios y murió venerable y barbado, después de estar en todos los combates de la Nación con N mayúscula, surgida después del Imperio Napoleónico. El maestro, el patriarca, el poeta nacional, el panfletario de la patria reemplazaba como Voltaire al viejo santo iluminado y entre sus funciones estaba saber de todo y opinar de todo, dar consejos, visitar los palacios de los reyes, escribir poemas, piezas de teatro, memorias, y aconsejar al Príncipe.
Goethe el alemán, amigo de príncipes fue la máxima figura marmórea en vida, que sabía contar cuentos populares, crear obras como la de Fausto y su Mefistófeles, inventar a Werther el enamorado, cantar en los más bellos poemas la naturaleza de los Alpes, ejercer de botanista y entomólogo, explorar los colores y viajar con emoción hacia la Italia eterna. Padre de la patria, adorado en vida y después de la muerte, Goethe es el emblema de la inmortalidad literaria de los viejos tiempos humanistas que parecen concluir para siempre.
Günter Grass y García Márquez fueron en cierta forma las versiones máximas recientes de esa figura patriarcal que daba seguridad con sencillez y humor a millones de súbditos de sus lenguas y otros muchos que los conocieron y se identificaron con ellos en otros ámbitos. Ambos vivieron desde antes de nacer los múltiples desastres de sus respectivos países. García Márquez con la guerra de los mil días, la masacre de las bananeras y el 9 de abril y el holocausto posterior y Günter Grass con los rastros de la primera guerra, el ascenso de Hitler, la II guerra mundial y el fin catastrófico de Alemania, de la que no quedó piedra sobre piedra. Ambos tenían bigote y cierto aire plebeyo que los identificaba con la humanidad terrenal y corriente de proletarios y malevos. Ambos eran buenos en el buen sentido de la palabra buenos y eso se palpaba al hablar con ellos.
García Márquez bailaba y cantaba y se ponía camisas floridas y pantalones blancos. Cuando se hizo millonario usaba mocasines marca Gucci de color púrpura. Solía bromear con todos y sacarle la lengua a las bellas fotógrafas. Nunca se consideró un "intelectual" de esos que pontifican y miran al resto del mundo como si fueran cucarachas ignaras. Era simplemente un muchacho costeño del pueblo que se daba el lujo de ser buscado por presidentes y príncipes del mundo y que todo lo que logró en vida fue por su propios méritos, quemándose las pestañas estudiando en un gélido colegio laico de Zipaquirá donde lo formaron los poetas piedracielistas y los viejos maestros humanistas de esa época que usaban corbatín.
Günter Grass era excelente escultor y dibujante de mérito y le gustaba el jamón serrano y el buen vino español. También fue un hombre de pueblo, sencillo, un muchacho que vivió la guerra y vio su país aniquilado por el delirio de un loco iluminado y todas la ciudades arrasadas una tras otra, antes del caos final y la secesión de su patria en dos entidades opuestas que mucho tiempo después se reunificarían y volverían a vivir prósperas. Acompañó como patriarca la reconstrucción de su país y a través de sus obras grotescas y gargantuescas hizo hablar las angustias de un pueblo derrotado. Todos los príncipes y los ministros lo solicitaban en busca de consejo. Era un artista nato. Un ser humano caluroso.
Tuve la inmensa fortuna de conocer a ambas figuras y al hablar con ellos en Berlín o en Ciudad de México capté la sencillez esencial de los padres de la patria, de los viejos patriarcas literarios de la era humanista, en quienes se concretó el espíritu de la lengua y la cultura popular de sus patrias destruidas. Eran enormes escritores y lo sabían, pero no se las daban, pues fueron grandes bromistas surgidos del pueblo, gnomos bigotudos que seguían soñando con ogros y princesas dormidas en el bosque de una inocencia infantil, delirante y perfecta.

* Artículo publicado el domimgo 19 de abril de 2015 en La Patria. Manizales. Colombia.
---
FOTOS: * En la primera foto, Gunter Grass con su inconfundible pipa. La siguiente foto aparezco con GGM en 2003 conversando en la libería Gandhi de Ciudad de México, la última vez que lo vi (Foto de Pascal Borzelli Iglesias). La tercera foto, estoy al lado de Gunter Grass con un grupo de escritores latinoamericanos asistentes al congreso Internacional del PEN Internacional en Berlín, en 2006.
 

sábado, 11 de abril de 2015

LOS PACIFISTAS, DIÓGENES Y EL ODIO

Por Eduardo García Aguilar

El nuevo estrechón de manos de Barack Obama y Raúl Castro en Panamá antes del inicio de la Cumbre de las Américas el viernes 10 de abril es un ejemplo para quienes se empecinan en uno y otro bando de la izquierda y la derecha mundiales en el fanatismo y llevan a los pueblos a la guerra y la violencia sin fin, donde quienes sufren son y serán siempre los pobres y los débiles. En toda la historia de la humanidad han surgido y caído imperios por centenares, poderes que siempre soñaron con ser eternos, y las guerras más atroces han terminado algún día para ceder paso a décadas de paz y estabilidad, que por desgracia, pasadas las generaciones, vuelven a ensombrecerse por las nuevas veleidades bélicas de los descendientes lejanos de los guerreros de antaño.

Obama y Castro y sus asesores ya saben con toda lucidez que es inútil y ridículo después de medio siglo seguir sin hablarse ni mirarse a los ojos en una guerra fría que no lleva a ninguna parte, porque las viejas ideologías que representaron sus antecesores en el poder ya pasaron a la historia y el mundo se enfrenta hoy a otros retos terribles que ya no solo son políticos, religiosos e ideológicos, como los nuevos califatos medievales en auge, sino que ponen en peligro a la propia tierra, devastada por el llamado Antropoceno, era geológica que ya comienza a dejar en la corteza de la tierra huellas irreparables.

Tanto el imperio norteamericano, como el finado imperio soviético de Stalin y su colega chino desde Mao hasta hoy, coincidían y coinciden en creer en la industrialización y el crecimiento como los únicos objetivos ontológicos de la humanidad y en el trabajo y la esclavitud de campesinos, empleados y obreros como el único destino posible para el terrícola. Unos y otros creían y creen en la fuerza y tratan de imponer al mundo sus respectivos sistemas económicos e ideologías de la misma forma que el Führer Hitler y Mussolini quisieron imponerse con los suyos hace más de 80 años. Hoy todavía persisten en el error los discípulos lejanos de Stalin, Mussolini, Franco y Hitler. Y nosotros los pacifistas seguimos propugnando por el ocio y la paz y "el derecho a la pereza" reivindicado por Paul Lafargue.   

Todos los sistemas contemporáneos han pretendido y pretenden imponer sus designios por medio del terror y por eso la tierra está llena de espadas, machetes, cuchillos, minas, bombas atómicas, submarinos, tanques, misiles, fusiles, revólveres, kalashníkovs y bombas molotov. Con esas armas los poderosos de uno y otro bando logran que la gran mayoría de los habitantes de esta tierra, que somos pacifistas de facto, vivamos amedrentados. Ellos viven de vender y comprar armas y con ellas participan en el juego geopolítico de perder a veces y adueñarse otras de las riquezas del subsuelo, los paraísos hídricos, marítimos y agrícolas del planeta.    

Nosotros los pacifistas somos probablemente mayoría en el mundo, personas incapaces de matar a una mosca y sufrimos por el dolor de todos los seres que nos rodean, humanos, animales, árboles y paisajes. Pertenecemos por fortuna a ese lado de la humanidad que se niega a creer que con la violencia, la vociferación o el grito de terror se pueden solucionar los problemas, a ese segmento humano que se niega a ejercer el poder o a creerse superior a los otros por clase, ideología, religión, talento o color. Si fuera por nosotros los pacifistas, el mundo sería un oasis de relativa concordia, pero por desgracia otra gran parte de la humanidad no piensa lo mismo y nos amenazan con sus dientes de hienas sedientas y palabras envenenadas.

En todo el mundo a nosotros los pacifistas nos odian los poderosos de izquierda y derecha porque somos una amenaza para sus intereses y por eso sorprende la virulencia con que los violentos, sus líderes y portavoces nos atacan como si fuésemos las peores alimañas del planeta. No ahorran insultos, diatribas, denuestos, para atacarnos sin tregua y en momentos coyunturales de "efervescencia y calor" sacan las armas para matarnos como han hecho en Colombia y en muchos países del mundo contra ese tipo de personas que luchan por la tolerancia. Hay  que descargar las palabras del veneno del odio, porque también pueden convertirse en armas letales.  

Los poderosos de la tierra, que vociferan aquí y en cafarnaún sembrando odio, detestan a poetas, pensadores, artistas, músicos, soñadores, saltimbanquis, humoristas, intérpretes de flauta y laúd, científicos, ecologistas, biólogos, o sea a la gente de paz, y quisieran exterminarlos porque así sus siervos jamás se dispersarán en sueños, placeres y deseos inútiles y no rentables. Nada peor que el odio de clase y de raza de esos bárbaros potentados, hacendados, empresarios, delincuentes de cuello blanco y la inquina de sus delfines, capataces, secuaces y sicarios.

Ellos mataron a Mahatma Gandhi y a Martin Luther King y han exterminado a miles, tal vez millones de personas de bien que dicen en voz alta que los fantismos no llevan a ninguna parte y que es posible un mundo donde se pueda discutir y disentir sin ser exterminado. Sus pistolas y fusiles y sus palabras de odio suenan siempre contra periodistas, escritores, maestros, religiosos humanitarios y todo aquel que no quiere creer que la única vía es la codicia y la avidez plutocrática y ecocida que defienden.

Por fortuna las generaciones pasan y poco a poco frente a ese arcaico productivismo a ultranza de la plutocracia, basado en las cifras y las armas, surgen movimientos pacifistas y ecologistas que pertenecen a la pulsión utópica de la humanidad que siempre ha existido desde la Antigüedad en todas las partes del planeta, desde Diógenes y Sócrates.


Los acérrimos enemigos Estados Unidos y Cuba se han dado la mano un viernes de abril, se han mirado a los ojos, han sonreído. Es poco, es un simple gesto, pero es un símbolo que debería servir en el continente americano para que los enemigos se hablen y se miren y ojalá se tocaran e hicieran el amor. No hay nada como la paz y una vida de placer y saber, sin insultos y anatemas.  Esos periodos de relativa paz duran poco, pero mientras duren, ya son una ganancia para todos y la tierra donde vivimos.

domingo, 5 de abril de 2015

DE FRANÇOISE HARDY A ZAZ

Por Eduardo García Aguilar
Una de las divas pop más inolvidables de la canción francesa del último medio siglo es la escéptica Françoise Hardy, cuya belleza natural impactó en su tiempo a una generación que rompía los moldes del pasado y dejaba atrás las proezas de Édith Piaf, el perfume oriental de Sheila, o los peinados ridículos, sostenidos con gomina y cemento por lagrimeantes estrellas sucesivas y efímeras, marionetas al servicio de cursis tonadas de amor.
Las canciones de Hardy (1944), escritas por ella, eran poemas de sílex y piedra, interpretados con la frescura de una juventud que nació después de la guerra y creció en medio de un progreso económico que parecía no tener fin, mientras las dos potencias mundiales en coexistencia pacífica luchaban con símbolos tan lúdicos como la conquista del espacio y la carrera por llegar a la Luna.
El cantante y compositor emblemático de la época fue el terrible borracho Serge Gainsbourg, autor de la exitosa Je t’aime moi non plus, interpretada por él con sus amantes Brigitte Bardot y Jane Birkin, y el novelista del grupo era el joven melenudo Patrick Modiano (1945), quien acaba de obtener el Nobel de  Literatura 2014. Modiano, además, se paseaba con ella en un pequeño bote, en una especie de noviazgo de manitas tomadas, irrealizado y de compositor, pues le escribía canciones a la Hardy y a otros intérpretes. Una foto atestigua ese romance imaginario de dos bellos iconos de moda: el futuro Nobel y la diva, a solas en barcaza, sobre las aguas del Sena o en algún idílico canal aledaño.
Hardy nació en un barrio del centro de la ciudad, el noveno, en uno de esos recodos normales donde la vida está lejos de los palacios de la riqueza o los ghettos de la pobreza magrebí, cerca de todo y lejos de nada, en medio de edificios uniformes y venerables donde ha transcurrido la vida de las generaciones locales antes y después de Proust. Ella tenía algo de lo que carecían las demás. Ningún grito exagerado, alejamiento puntual de todo histrionismo vulgar y toda mueca, en el estricto límite de la naturalidad postexistencialista y prepunk.
Ella aspiraba a ser cantante en esa adolescencia triste de la clase media, salida de una escena de la película Los 400 golpes, de Francois Truffaut, en una casa sin padre, donde la madre corría en las mañanas al trabajo y la muchacha deambulaba entre el colegio y las plazas con su uniforme, las medias tobilleras y una mirada calurosa frente a la irrupción de la modernidad que venía de las calles obreras de Londres o Liverpool, donde ya apuntaban los Beatles y los Rolling Stones y Antonioni filmaba Blow up, basado en el cuento Las babas del diablo, de Cortázar, en el que un fotógrafo cabalgaba sobre cuerpos de ninfas indecibles como Twiggy, ella misma o Jane Birkin.
Ahora que ya se encuentra vieja y se dice con naturalidad condenada a la fealdad de la senectud por un cáncer de linfoma, pelo canoso, rostro demacrado, pero igual de menuda como en sus veinte, la Hardy es aún más bella y crepuscular, como su colega mayor, la existencialista Juliette Gréco, pero una Juliette Gréco rock que usa chaquetas gruesas de cuero, gafas oscuras y tiene el pelo corto, un jean viejo de bota campana y una actitud ante la vida que rompe con el arribismo bling blig de la era neoliberal impuesta por Nicolas Sarkozy, afín a casi todos los miembros de su generación, encabezada por Gérard Depardieu y Johnny Hallyday y las estrellas que hacen tintinear sus joyas y sus autos de lujo en medio de un séquito de esclavos de la apariencia que adoran como nadie la vulgaridad y huyen del país para no pagar impuestos.
Desde el fondo del tiempo uno la ve a ella decir sus canciones como representante discreta de los ligeros años 60 y 70 surgidos de una sicodelia ejemplar, antes del sida y el renacimiento de las religiones y los fanatismos degolladores y unanimistas. Todos la amaban. Madres, abuelas, jóvenes, observaban en ella algo como la ventana a la fragilidad y a la fuerza de la autenticidad.
La que todos desearon como la novia ideal de los años de rock, cortejada por las estrellas del pop inglés y los millonarios relajados de los tiempos de Brigitte Bardot, se casó al fin con su versión masculina, Jacques Dutronc, el cantante de Paris s’eveille (París se despierta), canción que todos tarareaban en el ebrio amanecer en los tiempos de Julien Clerc y Maxime Leforestier, quien soñaba a su vez en el viaje a San Francisco al otro lado del mundo, frente al Océano Pacífico y entre las olas del surf. Dutronc, escéptico como ella, maestro del humor negro, cuyas canciones fueron una burla a las verdades recibidas, se quedó con la bella para siempre, una bella que afirmaba aspirar a convertirse pronto en una viuda joven y deseable, y nunca lo pudo ser.
Pero ahora, aterrorizada ante su delgadez, las dificultades para caminar y el vientre que le crece como si estuviera embarazada, publica en la editorial Equateurs el libro Opiniones no autorizadas, donde cuenta su vida y decepciones y se enfrenta a la vida y a la muerte con la lucidez de muchas décadas de sicoanálisis. Jacques Dutronc sigue ahí vivo y coleando con su humor negro y odioso que la saca de quicio, ambos viejos y ricos, entre París y Córcega, donde tienen la casa de campo, unidos por la alegría de tener un hijo músico y simpático que canta e intepreta la guitarra como el mito gitano del jazz Django Reinhardt.
En tiempos de racismo, guerra, resurgimiento de la extrema derecha y atentados, le han salido muchas sucesoras, algunas muy similares que cantan en diminutos bares y escriben letras precisas y escépticas. Pero entre todas, una émula muy distinta ha aparecido, igual de rebelde y astral. Es la joven cantante popular Zaz (1980), que viene del pueblo y del sur y se ha convertido en dos años en una estrella con sus canciones contra lo que se llama aquí el bling bling. Una intérprete que cantaba muy pobre hace poco en las calles de Montmartre, acompañada de un guitarrista gitano y un bajista negro, y ahora lo hace en todas partes del mundo sin cesar y no sabe qué hacer con tanto dinero en la cuenta del banco.
La nueva cantante Zaz posee otra belleza y otra sencillez popular distinta a la de ángel terrible citadino que Hardy tuvo en su tiempo, pero tiene la naturalidad a flor de piel que estremece e invita a rebelarse. Hardy puede morir tranquila, porque Zaz, tan distinta a ella, casi opuesta a ella en sus gestos y actitudes, va contra la corriente también y no se deja manipular, arisca e imprevisible como todo verdadero artista. Zaz y otras muchas cantan ahora como Hardy contra los corazones helados de sílex, porque necesitan cantar como los pájaros y nada más.
----------------
* Publicado en Expresiones. Excélsior. México D.F. 5 de abril de 2015

sábado, 28 de marzo de 2015

LA SUICIDA MEXICANA DE NOTRE DAME

Por Eduardo García Aguilar
Suicidada hace casi 85 años de un tiro en el corazón en la catedral de Notre Dame de París, un 11 de febrero de 1931, la escritora mexicana Antonieta Rivas Mercado es considerada todavía como un mito de varias facetas, alimentado por filmes, obras de teatro y publicaciones. Al lado de otras mexicanas famosas como Frida Kahlo -esposa del pintor Diego Rivera-, o las actrices Dolores del Río, María Félix y Pina Pellicer, Antonieta hace parte de un "santoral" feminista inagotable que siempre renace en las páginas de los diarios y revistas.
     Nacida en 1900 en la familia de un arquitecto ligado a la familia de Porfirio Díaz, constructor del famoso Ángel de la Independencia de la Avenida Reforma y otros grandes monumentos, Antonieta creció rodeada de escultores, pintores, músicos y viajó desde temprano a Europa. Pero su drama fue la contradicción entre su tendencia artística y libertina, su inquietud intelectual, y la educación formal de la época, por lo que algunos la consideraron una excéntrica que rompió con las tradiciones.
     Enamorada de un pintor homosexual, amante del famoso escritor y político José Vasconcelos, a quien acompañó en su frustrada campaña presidencial en los años 1928-1929, casada a los 18 años con el ingeniero norteamericano Albert Blair, Antonieta se enfrentó a una demanda por abandono de hogar y perdió la tutela de su hijo, quien más tarde, avergonzado, renunció al apellido de su madre. En 1927, luego de la muerte de su rico padre Antonio, y tras lustros de violencia revolucionaria, recibió una gran herencia y se volvió mecenas de los artistas de la época, encabezados por los Contemporáneos, grupo de escritores mexicanos que daban la espalda al convulsionado mundo de su época, vistiendo con elegancia -flor en el ojal- y mirando hacia el moderno viejo mundo. Promotores del arte mundial, europeo, cosmopolita, buscaban romper con el nacionalismo artístico en boga en México tras la Revolución. Los poetas Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta y José Gorostiza, entre otros, conformaron con ella un movimiento de apoyo a las Bellas Artes.
      Rivas creó el Teatro Ulises y la Editorial del mismo nombre, promocionó patronatos para orquestas de música clásica, publicó obras de poetas jóvenes y participó activamente en el movimiento del candidato presidencial independiente José Vaconcelos, de quien se enamoró de inmediato. "Morena, bien hecha y elástica, ejemplar de fina raza nativa, su fuerza, sin embargo, estaba en el espíritu", dijo de ella el rocambolesco ministro Vasconcelos, autor de Ulises Criollo y otros libros de memorias que le dieron fama como un gran prosista latinoamericanpo del siglo.
     Vasconcelos fue otro gran derrotado, al no encontrar apoyo para sus planes de hacer de México un país moderno y democrático, y murió viejo y amargado frente a la clase política mexicana. Brillante, mujeriego, excelente escritor y orador, ambicioso y culto, Vasconcelos hizo una gira por América Latina tras su derrota, a principios de los años 1930, y fue recibido como un célebre prohombre continental en ciudades como Bogotá, Barranquilla, Manizales y Lima, que saludaban su utópica defensa de un "hombre cósmico".
    La historia de amor entre ambos se convirtió en leyenda, no solo por la notoriedad de ambos sino por el retorno de Antonieta en 1930 a México para "secuestrar" a su hijo de las manos de su ex esposo y volver a París, via Nueva Orleans, para encontrarse con Vasconcelos. Allí, presa de angustias y culpas, se dispara en el corazón, frente a los altares de Notre Dame de París, para sellar con broche de oro su futura leyenda. El español Carlos Saura realizó en 1981 la película Antonieta, donde la heroína trágica fue representada por la francesa Isabelle Adjani.
    "México fue teatro de mi gran derrota y de mi gran victoria (...) Tomo la vida, ya no dejaré que me tome ella", escribió antes de morir a los 30 años. Rivas fue traductora de André Gide, amiga de García Lorca, y actriz, junto con sus amigos los Contemporáneos, en obras de Bernard Shaw, Jean Cocteau y Eugene O' Neill, en un mundo donde este tipo de actividades los hacía sospechosos de "exquisitos" y de dar la espalda al pueblo y a los indígenas.
     El escritor argentino Luis Mario Schneider publicó sus obras completas en 1987, entre las que destacan La campaña de Vasconcelos, Cartas a Manuel Rodríguez Lozano, 87 cartas de amor y otros papeles, Diario, la mujer mexicana, Ideales de mujeres, entre otros textos. Como Frida Kahlo, cuyas fotografías, cuadros y biografías se venden al por mayor, y cuya historia trágica llamó la atención de la cantante estadounidense Madonna para una película, Antonieta es sin duda otra de esas "santas" mexicanas que todos adoran.
    En 2008 se realizó en el palacio de Bellas Artes una exposición iconográfica sobre su vida que provocó cierta polémica en torno a sus verdaderos méritos y al papel del mito en la historia cultural mexicana. La biógrafa de la heroína, la francesa Fabienne Bradu, dijo al respecto en un artículo publicado en Letras Libres que "en calidad de biógrafa de Antonieta Rivas Mercado, he podido comprobar que el mito es más fuerte que la verdad de una vida. A lo largo de los años, he visto cómo poco a poco Antonieta se incrustaba en el imaginario de México a fuerza de admiración, que a ratos hasta roza el fanatismo, y de honda compasión. Despierta una extraña solidaridad femenina como si su suicidio trasuntara las frustraciones y los desencantos de muchas otras mujeres de todos los tiempos". Un suicidio espectacular en pleno templo mítico: su leyenda viajará para siempre en la nave de la catedral, al lado de Esmeralda y el Jorobado de Notre Dame de París.
      

     

sábado, 21 de marzo de 2015

BRASIL EN EL SALÓN DEL LIBRO DE PARÍS

 Por Eduardo García Aguilar
 
Este jueves se inauguró el Salón del Libro de París, que cada año se da cita en la Puerta de Versalles y atrae a centenares de librerías de Francia y el mundo en un aquelarre interminable de conferencias, debates, presentaciones y coloquios sobre el futuro del libro y las nuevas alternativas para la edición, en especial las virtuales.
 
La inauguración contó con la presencia de la ministra francesa de Cultura de Francia, Fleur Pellerin, joven de origen coreano adoptada siendo bebé por una familia francesa y que ahora es una de las principales representantes de la “diversidad” en las altas esferas del gobierno, con ministros originarios del “extranjero”, como el del Interior, el catalán Manuel Valls, la de Educación, la joven marroquí Najat Vallaud-Belkacen y la de Justicia, la muy criticada por los derechistas, la guyanesa Christiane Taubira.
 
En esta ocasión el país invitado fue Brasil, que trajo una amplia delegación encabezada por Nélida Piñón, Paulo Coelho y Ana Maria Machado entre otros autores veteranos y jóvenes que alternan con figuras locales de la literatura, para abrir una ventana a un país que siempre genera sueño, alegría y sensualidad a través de sus clichés permanentes, oficiales y profesionales, como son el fútbol, la playa, el deseo, el cuerpo, las favelas, Lula, Pelé, la samba y la saudade de la bossa nova.
 
Brasil es una potencia regional con sólida y tradicional actividad diplomática, que sabe mantener y dar el rango que merece a la figuración de su cultura a nivel mundial por medio de la presencia de sus libros en múltiples reuniones y acontecimientos celebrados en el mundo. Para ese efecto no escatima esfuerzo alguno, porque sabe que la cultura es la mejor carta de presentación de un país en el mundo.
 
Esta vez estuve en la inauguración, a la que asistí para saludar antes que todo y en medio de la barahúnda a Geraldo Holanda Cavalcanti (1929), presidente de la Academia de Letras de Brasil y quien al año pasado recibió la antorcha de Argentina, país invitado en esa ocasión y cuya presencia fue todo un éxito, incluso por la llegada de su mandataria a la apertura de la feria en el contexto de una visita oficial. Una impresionante delegación argentina encabezada por el padre de Mafalda, Quino, y una exposición y homenaje a Julio Cortázar en su centenario, animó la pasada feria, mostrando la vitalidad de la literatura y la actividad editorial de ese país sudamericano también marcado por folclóricos clichés oficiales como el fútbol, el tango, Gardel, Borges, Cortázar, Maradona y Evita Perón.
 
Cavalcanti, diplomático, poeta y amante fiel de la literatura, es el traductor de la obra de Alvaro Mutis al portugués y fue embajador de Brasil en México, donde estrechó una gran amistad con el recién fallecido autor de la saga de Maqroll El Gaviero, por lo que cada ocasión de compartir con él esa amistad es una gran alegría. El veterano diplomático es de una generosidad a toda prueba y en medio de la sala donde se llevaba a cabo la inauguración, al ser decano, marca la pauta para la febril actividad de las letras brasileñas que se toma París por unos días del 20 al 23 de marzo de 2015.
 
Le presento a Cavalcanti a Melisa Serrato, joven y talentosa periodista cultural, que trabajó varios años en El Tiempo de Bogotá y quien como toda buena periodista colombiana siempre se encuentra en el lugar indicado y a la hora indicada y luego, como por convocatoria de la ausente literatura colombiana, aparecen en medio de la fiesta del libro de París dos prestigiosas académicas colombianas de la diáspora, Fabiola Rodríguez López, encargada del acervo hispanoamericano de la Biblioteca Nacional de Francia y la profesora y poeta Luisa Ballesteros, de la Universidad de Cergy-Pontoise, especialista de la literatura escrita por mujeres en Colombia y América Latina.
 
Su compañía me inspira para recorrer por corredores tapizados de rojo mientras suenan las botellas de champaña recién destapadas en cada uno de los salones de las grandes editoriales francesas que tiran la casa por la ventana junto a su autores, por lo que durante estas horas de inauguaración especial para los invitados puede decirse que el lugar reúne la mayor cantidad de escritores y vedettes por metro cuadrado. Claude Lellouche por aquí, Alain Duhamel por allá, Joseph Joffo acullá.
 
Porque la literatura francesa y el mundo de la edición local, que es uno de los pocos que publica tantos libros extranjeros cada año, es un microcosmos endogámico y cruel donde la proliferación es de verdad impresionante: solo en la temporada que se inicia en septiembre se publican más de 700 novelas y se cuentan por decenas de miles los títulos publicados cada año en el país, muchos de los cuales son obras excelentes de ensayo que encuentran siempre un lector. Por fuera de las grandes conglomerados editortiales como La Martinière, Editis, Hachette y Gallimard, que son las contrapartes locales de Penguin, Harper Collins, Random House-Mondadori y Planeta, es saludable visitar los puestos de los exquisitos pequeños editores que publican joyas por cientos y a veces pasan inadvertidos en medio de la abundancia.
 
Pero de repente lo más soprendente de estas jornadas es la presencia de la misteriosa Expresso Book Machine (Terminal de impresión del libro a la demanda) que se supone puede curar las angustias actuales de la industria editorial, pues solucionaría el problema de los stocks y la distribución. Con un simple click el libro es impreso en menos de cinco minutos a pedido del comprador, quien espera el volumen tomándose un café.
 
Ahí, por supuesto, he iniciado y terminado esta visita y por la máquina he brindado el champán que por todas partes se riega a cántaros: en menos de cinco minutos apareció el libro que he pedido, Alcools, de Guillaume Apollinaire, mientras una dama más osada, editora muy elegante vestida de negro, espera del mismo autor su clásico terrible y pornográfico Las once mil vergas, que los dueños de la máquina y creadores del programa Ireneo ofrecen gratuitamente a los curiosos más advertidos.  Esta es la fiesta del libro y por eso los bibliópatas todos brindamos ebrios alzando la mano y la copa con el burbujeante líquido translúcido que celebra la entrada de la edición a una nueva aventura numérica digna de Blade Runner y 2001 Odisea del Espacio.
 
*Publicado en la Patria. Manizalez. Colombia. Domingo 22 de marzo de 2015.
 
     

domingo, 8 de marzo de 2015

MALCOLM LOWRY EN CUERNAVACA




                                                                                                   
Por Eduardo García Aguilar

Hubo un tiempo en que aun se podía visitar el viejo Hotel Casino de la Selva de Cuernavaca, que aparece en la gran novela mexicana de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, probablemente una de las obras máximas del género en el siglo XX. Era ya un hotel decadente, desleído, de color amarillento, desolado, más de medio siglo después de su esplendor. Uno de los lugares de la ciudad signado por el fantasma del novelista alcohólico y el personaje alter ego que creó en esa novela de soledad y deriva alcohólica de un hombre enamorado que no se recupera de la separación y rueda con todo por los precipicios de un México violento y arbitrario, pleno de sincretismos imposibles y cicatrices incurables. Un México insondable donde el héroe se pierde para siempre.
     Los peregrinos visitaban los lugares donde vivió y bebió el cónsul con sus amigos y los parajes cercanos del Estado de Morelos, el bastión de Emiliano Zapata, con sus carreteras polvorientas que conducían a otros pueblos minúsculos que, como Tepoztlán, Temixco o Cuautla, podrían ser el imaginario Tomalín y desde donde se observaban las barrancas o cumbres lejanas, el griterío de los borrachines en las cantinas de las plazas, los zócalos donde hervía el mercado popular, las precarias plazas de toros donde lucía la faena o las galleras del desespero.
     El viaje a Cuernavaca era necesario para conectarse con uno de los máximos mitos de la literatura moderna: todo estaba intacto, los viejos edificios de ladrillo, las plazoletas, las callejuelas empinadas y el sol radiante de ese balneario florido y arbolado a donde los capitalinos iban de fin de semana desde las lejanas primeras décadas del siglo XX, cuando México hervía de revoluciones y contrarrevoluciones y en todas partes reinaban la muerte, los colgados, los fusilados y los ejercitos de unos y otros, héroes circunstanciales del caos que por donde pasaban sembraban todo de desolación en medio de un infinito reguero de hemoglobina, decapitados, desmembrados y sesos y ojos arrancados por doquier.
     Todavía quedaban en pie los viejos hoteles medianos de aquellos años de entreguerras, o de los años 40 y 50, decadentes ya, pero donde el estudiante o el viajero pobre podía quedarse a poco precio y palpar el descascaramiento de las paredes, el moho de medio siglo, las cucarachas y los grillos y los sapos alrededor de albercas pasadas de moda, unas vacías y otras llenas de agua estacada y renacuajos. 
     Cuernavaca era siempre sorpresiva y las tardes de fin de semana pasaban en esos restaurantes del centro después del almuerzo copioso y el sol caía poco a poco en la tarde, mientras los comensales apuraban los tequilas, reacios a hacer la siesta mientras en la plaza indígenas y  hippies vendían artesanías en medio del sonido de los músicos y los odiados capitalinos se paseaban comiendo el último helado antes de emprender el regreso a México Distrito Federal por esa larga autopista congestionada de autos, donde en solo una hora ya volvían a sus casas para prepararse a una nueva semana de trabajo y estrés.
     Cuernavaca fue tierra de divas y casonas amplias, residencias secundarias de los ricos capitalinos. Ahí tuvo palacio el conquistador Hernán Cortés, allí se instaló también el emperador Maximiliano durante su aventura de monarca extranjero, en esos parajes de balneario infatigable vivieron personalidades como la arista Art Deco Tamara de Lempicka, o el novelista Bruno Traven y tuvieron casa los más grandes artistas, estrellas de la cinematografía o la canción vernácula, sin olvidar políticos, militares, mafiosos y millonarios.
     Pero entre todos los extranjeros y estrellas residentes allí, el novelista Malcolm Lowry terminó por ser el emblema de la ciudad y su novela Bajo el volcán es un bloque inaccesible para muchos donde fluye el laberinto del tiempo y la desolación, entre el polvo y el sol candente del que huyen los escorpiones en tardes sin fin cuya calma puede ser interrumpida en cualquier instante por la muerte, la balacera, el crimen, el horror.
     En su crepúsculo vital, el cineasta y actor John Houston realizó con Bajo el volcan una de sus mejores películas y con ese motivo en la cinta quedaron plasmados para siempre en la imagen calles, carretaras, montañas y  paisajes visitados por la novela original. En esa película actuó otra gran estrella del cine de oro de México, el inolvidable Emilio Indio Fernández, hombre bronco como los de su estirpre, la misma de la diva Maria Félix y el beodo y mujeriego cantor Agustin Lara.
     Y muertos todos, ida toda una época y un siglo, Cuernavaca sigue ahí, pero ahora como territorio donde los nuevos reyes son narcotraficantes y poderosos bandidos que se escoden en sus  mansiones y donde la muerte es tan familar como siempre lo fue desde tiempos inmemoriales, antes y después de los conquistadores españoles.
     Esa deliciosa tierra caliente que se encuentra entre El Distrito Federal y Acapulco sigue siendo balneario ocasional para decenas de millones de habitantes de la metrópoli que reina desde las alturas, junto a los volcanes Ixtaccíuatl y Popocatépetl, pervive coño el pequeño paraíso infernal de verdura y agua, paraje escogido por los poderosos de todos los tiempos desde Hernán Cortés hasta el Shá de Irán, que se exilió ahí después de que lo derrocaran en los ayatolas. Y tierra final de novelistas como el argentino Manuel Puig, quien murió allí.
     Pero Cuernavaca vive aun más viva que nunca en esa novela que es el Santo Grial de los novelistas, aleph de  la ficción, extraño bloque que como toda piedra meteorítica o diamantina emana del novelista cual prueba sanguínea, mundo del mundo, cosmos dentro del cosmos, precipicio en el precipicio por donde se depeñan los fantasmas de los personajes y sus vidas llamadas a la difuminación y el olvido o a la permanencia espectral a través de vampíricos siglos.

 

domingo, 1 de marzo de 2015

RESURRECCIÓN DE CHARLIE HEBDO

 Por Eduardo García Aguilar
Este miércoles 25 de febrero reapareció la revista Charlie Hebdo después de una larga convalecencia de más de un mes, convertida de repente en una millonaria publicación mítica con la que se identificaron en Francia, Europa y el mundo los defensores de la libertad de expresión, la tolerancia y el derecho a disentir y burlarse de religiones, fanatismos, dictaduras y totalitarismos. Se desempolvó de repente el viejísimo espíritu volteriano del dieciochesco Siglo de las Luces, que repareció en el siglo XXI con su mensaje de libertad, laicidad y separación entre iglesias y Estados. 


El 14 de enero, una semana después de los atentados en que resultó diezmada casi toda la redacción de la publicación satírica y en medio de la conmoción nacional y mundial por la muerte de los más viejos y famosos caricaturistas del país, Wolinski y Cabu, entre otros, apareció un número de portada color verde con el dibujo de un profeta lagrimeante que afirmaba “Je suis Charlie”, y un encabezado con la frase “Todo está perdonado”. Escondidos en un búnker prestado por el diario Libération, los sobrevivientes de la redacción de Charlie Hebdo, que temían ser rematados en cualquier momento por  haber escapado a las balas de los asesinos, tuvieron el valor de reunirse y armar, gélidos y temblorosos todavía, un número en caliente, rápido, que al aparecer provocó desde la madrugada colas enormes en los puestos de periódicos de todo el país, a donde el público acudió en masa y compró unos 8 millones de ejemplares de ese histórico número de colección, el 1178. 


El nuevo director, Riss, con el costado derecho aun inmovilizado por las balas que percutieron su homoplato y el caricatursta Luz, quien se salvó de milagro por llegar tarde, así como el médico urgentista Patrick Pelloux, el primero en auxiliar a sus 12 amigos y colegas ejecutados, y otros colaboradores aun traumatizados, paranoicos, insomnes, lograron  la resurreción  casi por milagro de la publicación, pese a que los yihadistas salieron por las calles cercanas a Bastille a celebrar la masacre al grito de “Matamos a Charlie Hebdo”, un grito que resuena desde entonces en las calles de París y obedecía a las órdenes del más oscuro califato surgido en los últimos tiempos, el que ahora destroza y demuele monumentos y figuras milenarias de Nínive y Babilonia en los museos de Irak, y cuelga, lapida, degüella y fusila seres humanos sin cesar. Desde entonces las redacciones de los pricipales diarios y revistas europeos son custodiados por policías armados, así como escoltadas muchas figuras públicas que han escrito o hablado en solidaridad con el medio y respondido a quienes creen que debemos callarnos y ceder el derecho a la sátira ante al amenaza de los asesinos, vestidos de negro, enmascarados y quienes actúan con la misma frialdad que los exterminadores nazis.


En un lúcido editorial, Riss, amenazado como todos por una fatua implacable del califato, expresa con palabras escritas a mano y algunas imágenes todo lo que significó el atroz acontecimiento. Con palabras muy claras, dice lo que ya muchos tienen miedo a decir, y esto porque los criminales yihadistas actuaron de nuevo en Copenhage la semana pasada para tratar de ejecutar a otro caricaturista, el sueco que dibujó al profeta y a una serie de personas de la cultura que debatían en un salón del centro de la capital danesa sobre la libertad de expresión. Aunque tal vez la redacción de Charlie Hebdo no tenía la intención manifiesta de volver a insistir sobre el tema, la acción armada en Dinamarca los obligó a abordarlo, pues siguió el mismo guión aplicado en París los días 7 y 9 de enero, atacando primero a los caricaturistas heterodoxos y luego a un lugar judío. Riss dice que cuando él, Luz y el asesinado ex director Charb llegaban jovencitos a Charlie Hebdo a proponer sus caricaturas mordaces, pensaban “que estaban protegidos por el sacrosanto derecho a la libertad de expresión, pero se pregunta ahora quien tendrá deseos de luchar por el derecho a la blasfemia, quien tiene deseos de desafiar las religiones, si para hacerlo hay que terminar protegido por diez policías 24 horas sobre 24” y responde “Nadie”, él, que se despierta todas las noches aun cuando oye un ruido porque piensa que ya vuelven a exterminarlo.


Riss agrega en este número 1179 de portada color rojo, que “los ataques de París y Copenhage son antes que todo contra una concepción moderna de las relaciones entre individuos, contra la pluralidad de las ideas y de los hombres. Durante siglos, las religiones cuestionaron con violencia esos valores. La época moderna parecía haber ganado para la razón a las religiones retrógradas y su pretensión hegemónica sobre los hombres y los espíritus. Los ataques de París y Copenhage indican que se requerirá todavía tiempo y sangre para que todas las religiones acepten defnitivamente ese marco democrático no negociable”.


El escritor y crítico literario Philippe Lançon, a quien le volaron el maxilar, relata cuando vio a un metro de distancia el cerebro vertido del anterior director Charb, destrozado por las balas. El autor cuenta su estadía en el hospital, las diversas operaciones y sus paseos, ya más recuperado, por los pasillos del hospital, custodiado por sus guardaespaldas en medio de cavilaciones e inquietudes que no cesan.


El nuevo número de Charlie Hebdo es sustancioso porque sigue cumpliendo su función satírica y vuelve a mostrar el talento de los dibujantes que llevan la antorcha prendida del erotismo, lo grotesco y la burla de políticos y poderosos y por medio de entrevistas a expertos aborda con serenidad el yihadismo y la religión islámica y las religiones en general, donde la duda está prohibida. Y discrepa con elegancia de quienes los culpabilizan y dudan de la necesidad de la sátira antirreligiosa y del erotismo a ultranza de los dibujantes libres de todos los países del mundo. Sin ellos dictadores, corruptos, mojigatos y ayatolás ganarán para siempre la partida. Por eso los caricaturistas se han vuelto ahora las primeras víctimas de la intolerancia en un mundo desquiciado. 

 * Publicado en Excélsior. México D.F. Domingo 1 de marzo de 2014.

martes, 24 de febrero de 2015

ARTHUR RIMBAUD VISITA EL TEQUENDAMA

Por Eduardo García Aguilar

Una extraña agitación sucedía en casa del joven poeta José Asunción Silva, minutos antes de que un carruaje apareciera calle abajo, semioculto entre la bruma y la lluvia santafereñas. El vehículo tardó varios minutos en llegar al portón y tras una incómoda espera, se vio salir de allí a un hombre flaco y canoso, cuarentón de apariencia, a quien le fue difícil ocultar cierta amargura en el fondo de su cínica sonrisa. Le faltaba una pierna y se movía con ayuda de una muleta de finas maderas. Vestía con soberbia elegancia, de traje negro y camisa anudada con una corbata de seda color fucsia.

Silva lo ayudó a franquear la puerta y lo condujo hacia el patio central, donde un conjunto interpretaba suaves melodías entre un delirio de flores, bejucos, enredaderas, macetas de primaveras y dalias y orquídeas tiernas azotadas por la lluvia. El invitado saludó al selecto grupo de adolescentes miembros de la tertulia literaria Los lánguidos camellos, ataviados para la ocasión con las mejores prendas de moda en la Atenas Sudamericana, en ese año de 1896.

La bruma se hizo más pesada y cubrió las calles de Santa Fe de Bogotá con capas de un algodón insidioso. A veces era imposible ver a más de un metro a los arrieros que subían vacas o chivos hacia los cerros, o a los transeúntes que desaparecían como fantasmas en los zaguanes de las casonas coloniales. El huésped tosió y comentó a Silva, vestido aquel día como un discípulo de Brummel, sobre la dolencia pulmonar que lo aquejaba desde su ingreso a Colombia dos meses antes.

Llegó a Cartagena de Indias en el barco alemán Norstrand, que venía repleto de mercaderías exóticas, entre ellas tapices persas, textiles, narguiles, camafeos y otros lujos de chuchería para la tienda de su anfitrión. Después se embarcó por el río Magdalena hasta Honda, donde estuvo una semana bajo la canícula, con la esperanza de atenuar sus males respiratorios y luego empezó a subir la cordillera hasta la sabana, por esa ruta famosa entre aventureros europeos que buscaban emular las hazañas del Barón de Humboldt. Un paje de librea le sirvió una ardiente infusión y lo invitó a seguir al cuarto para bañarse los pies con agua caliente y luego a descansar del agotador viaje.

Al día siguiente, en dos carruajes, los invitados de Silva partieron con el huésped mayor hacia el salto de El Tequendama, donde, en un extraño castillo tapizado de rojo y de paredes empapeladas, se preparaba un suculento almuerzo que sería acompañado con los mejores vinos encontrados en la bodega. Todos los miembros de la tertulia continental, salvo Silva y Rubén Darío, que ya habían cruzado el senecto y fatídico límite de los 30 años, eran casi unos adolescentes. El uruguayo Julio Herrera y Reissig, el colombiano Guillermo Valencia, el argentino Leopoldo Lugones, el mexicano Amado Nervo y el peruano José Santos Chocano habían llegado en diferentes fechas secretas a la ciudad, convocados por José Asunción, quien corrió con los gastos de la aventura poética. Vestidos con las mejores galas, aderezados en extremo, perfumados, envueltos en albísimas camisas y zapatos de charol, con bombines de lujo, gasnés, bastones y otros adminículos de la gentlemanía, aquellos jovenzuelos departían felices dentro de los coches, mientras la sabana con sus tierras húmedas, neblinosas y verdes se extendía a lo lejos, cubierta de un tono esmeralda.

En el primer vehículo iban Silva, el nicaragüense Rubén Darío, Baldomero Sanín y la poetisa Ana Malo, Salomé que todos deseaban y pocos poseían. Silva dio las gracias a Rimbaud por arriesgarse a un viaje tan largo hasta el otro confín del universo y, en especial, por reconocer que aún vivía, cuando sus escasos admiradores y otros que sólo lo veían como epígono del rey Verlaine lo daban por muerto desde hacía cinco años, en condiciones penosas tras su aventura africana. Arthur respondió a Silva que la dicha le correspondía a él por estar en estas tierras soñadas que añoraba conocer desde hacía tanto.

El río Funza corría raudo y su murmullo se oía al lado del camino. Pronto llegaron y en la puerta de la rimbombante construcción un grupo de cocineros gordos y rozagantes ayudaron a bajar de los carruajes al selecto grupo de convivios, “los diez”, como los tildó Ana Malo mientras ayudaba al autor de las Iluminaciones a entrar al comedor, adornado con toda clase de bibelots, entre un penetrante olor a incienso oriental. Las paredes estaban cubiertas de tapicerías con escenas de sátiros, violaciones, sacrificios priápicos e imágenes de efebos y ninfas desnudas en desesperadas posiciones de coito.

Rimbaud fue llevado a la cabecera de la mesa y al otro extremo se colocó el anfitrión. Comieron y a la hora del postre Rubén Darío pronunció un brindis que todos aplaudieron. La servidumbre levantó la mesa y los contertulios se dirigieron a un cuarto contiguo adornado con flores reales en cuyo centro yacía un enorme y bruñido narguile de oro con largas tubamentas de pulpo por donde palpitaba ya el aroma del hachís. Silva fue el primero en chupar. Las palabras sonaban y chocaban contra las paredes y se escapaban para juntarse al ruido de la catarata. Desde la ventana se veía el precipicio y se observaba cómo el agua mansa de repente se hundía en las profundidades para caer con estruendo y provocar un permanente retorno de brisa.

Paraíso de los suicidas, lugar de encuentro de amantes secretos, sitio de invocación satánica y priápica, entorno de buitres acechantes, rincón del fin, oráculo de ecos, el salto de El Tequendama tenía ya una extensa historia en su haber. Años antes, un emigrante dejó tras su suicidio en el precipicio la orden expresa a sus herederos de que fuese construido un castillo en el lugar de donde se lanzó. Con parte de la fortuna heredada construyeron el edificio y destinaron para sus interiores los saldos de mercancías que había en la bodega del finado y que consistían en tapicerías, muebles, adornos, esculturas, cuadros, ropas e incluso una armadura hispana que perteneció al mismísimo don Gonzalo Jiménez de Quezada. En tal escenario, los bardos empezaron a hacer tintinear sus liras de lata en honor de Rimbaud: Herrera y Reissig habló de “tintinambulantes, macábricos y esfíngidos acróbatas”, mientras Darío -”el arcangélico, el barriolatinesco ormuzimno verleniano”- sacó a relucir sus “fálicas y jupiterinas volte
retas”.

- Tus clavicordios, ¡Oh poeta Paul Verlaine! -dijo Lugones y soltó una carcajada-. ¡Tenemos los clavicordios destemplados y la teja corrida! ¡Pasaremos a la historia como los más impertinentes y odiosos retorcidos de la palabra! ¿Barcos ebrios?

- ¡Que púberes canéforas te ofrenden el acanto! -replicó Darío, ebrio y dispuesto ya a lanzarse al precipicio del brazo de Amado Nervo, cubierto como estaba de futuras condecoraciones. Y luego vomitó sobre un cisne de porcelana, que atónito yacía sobre una mesita de caoba, junto a un florero lleno de rosas.

Arthur sonrió por primera vez ante las peripecias de los jóvenes y se disponía a levantarse para unirse a la fanfarria, cuando se abrió una puerta labrada y entre la humareda sepia con verde hospitalario aparecieron los cocineros gordos cargando una bandeja con dos bellísismas muchachas de unos 14 años, totalmente desnudas, en cuya piel estaba escrito el nombre del homenajeado con tintas de colores vistosos. Luego iniciaron una escenificación sáfica, lenta, minuciosa, apasionada, que hizo las delicias del poeta francés, incapaz de retener la tos que lo aquejaba, hundido en un mullido sillón, mientras lo abanicaba Ana Malo, disfrazada de Salomé, tal y como hacía en cuanta ocasión se presentara.

La tarde llegó y con ella bruma se hizo más pesada y la lluvia pertinaz de la sabana contribuyó al lúgubre fin del día. Santos Chocano y Valencia eran los únicos lúcidos a esa hora de la tarde, ya que los demás yacían adormecidos por la inhalación del hachís y los excesos alcohólicos. Silva, en un acceso de melancolía se había subido a un cuarto superior a interpretar el piano a la sorpresiva pareja de la noche: Rimbaud, el crepuscular, y la encendida poetisa Ana Malo. El bello rostro del santafereño se reflejaba sobre la brillante madera del instrumento y su impecable compostura, acorde a la melodía, parecía proyectarse sobre las paredes. Afuera el estruendo de la catarata era espectral y a medida que la noche seguía, se oía aún más penetrante, e incluso se percibía el cimbrar de las paredes. Silva lloraba mientras tocaba con las manos blancas y alargadas de noche triste. Había perdido importantes manuscritos en el naufragio del América, cuando regresaba de Venezuela a Colombia. Las deudas lo rondaban, gastaba mucho más de lo que percibía en su tienda de abalorios. Nadie, salvo un reducido grupo de escogidos conocía su obra y era objeto de burlas y críticas por parte de sus estultos contemporáneos. Nostálgico de París, Silva tenía en su haber la novela inédita De sobremesa, ejemplo de orfebrería decadentista. Por eso, con el homenaje a otro olvidado, desconocido, se despedía del mundo, a sabiendas de que la verdadera literatura es de catacumbas y de olvidos.

- Rimbaud -dijo- No sabe usted cómo se le ignora. Nadie por estas tierras sabe de su gloria precoz y maravillosa. Todos están obnubilados por el viejo Verlaine, y su leyenda aún tarda en penetrar estas sierras lejanas. Déjeme decirle, tal vez la única posibilidad de convertirse en leyenda es suicidándose de verdad o en vida, como usted hizo, abandonando para siempre este abstruso ejercicio de las palabras, que en almas impares como las nuestras, es sólo el tejido de una marcha fúnebre.

Pero al levantar la mirada del piano para escuchar la respuesta del autor de Une saison en enfer, observó el rictus de horror de la poetisa, antes de que su grito retumbara en el recinto. !Rimbaud estaba muerto! Estirado, con los ojos azules abiertos y la boca desencajada, se alcazaba a percibir el grotesco muñón atorado en la muleta. Una de sus manos crispadas estaba aferrada de forma atroz al seno izquierdo de Ana Malo, de donde salían hilillos de sangre que manchaban sus atrevidos encajes.

Fue difícil arrancar a Rimbaud de las carnes de Ana Malo y más difícil aún enderezarlo. Eran ya las tres la madrugada y el frío sabanero llegaba a límites insoportables de niebla. Los amortajadores de rutina, habituados a trabajar con el alto número de suicidas encontrados por allí, prepararon el cuerpo según indicaciones de Amado Nervo y lo metieron en un sarcófago egipcio que hallaron en las bodegas del castillo. Darío, Silva, Santos Chocano y Herrera y Reissig cargaron el exótico ataúd y salieron del castillo para internarse por un camino rodeado de flores, pinos y altos cipreses. Valencia consolaba a la poetisa, que lloraba a cántaros, mientras Nervo acariciaba sus manos. En poco tiempo llegaron al borde del precipicio, donde era imposible escuchar las palabras, que desaparecían envueltas en la ominosa brisa procedente del fondo, a causa del choque de las aguas con las rocas.

Luego acercaron el féretro a la corriente y lo dejaron fluir hacia el abismo, entre troncos, ramas y reses muertas, mientras la lluvia arreciaba y una tormenta eléctrica iluminaba el ámbito con luz de azul de metileno.


EDUARDO GARCIA AGUILAR. Nació en Manizales, en los Andes cafeteros de Colombia, el 7 de septiembre de 1953, bajo el signo Virgo. En esa ciudad de tierra fría muy literaria, donde casi todos -jóvenes y viejos- querían ser poetas y se vestían como Pessoa, con sombreros Stetson, traje, chaleco y llevaban paraguas y bastón, en el filo de la cordillera, con barrios art-deco y casonas españolas construidas gracias al auge del café, el niño fue desgraciadamente infectado por la literatura desde los 12 años, cuando escribió su primer poema.
Residió después en San Francisco (Estados Unidos) y casi una vida en México, desempeñándose allí como corresponsal extranjero de la Agence France Presse (AFP) durante 13 años. En México, en 1981, la editorial El tucán de Virginia, gracias a Guillermo Samperio, publicó su primer libro de cuentos, Cuaderno de sueños. Otros libros iniciales fueron publicados por complicidad de Luis Mario Schneider y Vicente Quirarte. En México creció, aprendió a tomar tequila y a pasar horas en deliciosas cantinas y pudo publicar casi todos sus libros y decenas y decenas de textos nómadas, literarios. Sostuvo una columna los jueves en la página cultural de Excélsior de1980 a 1983 en la sección cultural dirigida por Edmundo Valadés. Después trabajó con Huberto Batis en unomásuno y publicó allí durante años textos de diverso tono, desde artículos a ensayos y crónicas. Ahora vive en París y comparte la actividad de la activa colonia literaria latinoamericana compuesta por escritores de casi todos los países latinoamericanos que recorren las calles y leen textos en cavas y en la Casa de América Latina de Saint Germain des Pres.
Ha publicado las novelas Tierra de Leones (México. 1986), Bulevar de los héroes (México. 1987, traducida y publicada en Estados Unidos en 1994), y El viaje triunfal (Bogotá, 1993 y México 1997), novela ganadora en Colombia del premio Ernesto Sábato de Proartes. También ha publicado el poemario Llanto de la espada (1992), los libros de cuento y relato Cuaderno de sueños (México, 1981), Palpar la zona prohibida (México, 1984) y Urbes luminosas (México 1991. Bogotá 1994) y en el campo del ensayo: Gabriel García Márquez.
Sus crónicas, reportajes y textos críticos y literarios publicados en diarios y revistas latinoamericanos y europeos, pero especialmente en México, serán reunidos bajo el título de Textos nómadas.

sábado, 14 de febrero de 2015

SUMISIÓN AL ISLAM

Por Eduardo García Aguilar

La última novela de Michel Houellebecq figura en el primer lugar de las listas de ventas desde el día de su aparición, que coincidió con el famoso atentado del 7 de enero contra la revista de caricaturas Charlie Hebdo por parte de un comando asesino de fanáticos yihadistas.


Las semanas y los meses que precedieron a los atentados que conmocionaron a Francia se habían caracterizado por la omnipresencia en los medios de dos libros mediocres y llenos de odio. El primero, rey de las ventas de 2014, fue "Gracias por ese momento", de la ex concubina del presidente francés, que se vengaba de él por el fin de su historia de amor y el otro, "El suicidio francés", de un mediocre comentarista de radio y televisón que aboga por la deportación de los extranjeros de Francia, en especial los negros y los árabes porque, según él, amenazan con terminar con la grandeza cultural, racial y social del país por medio del horrible mestizaje de razas.



Libros mediocres y tristes, los de Valérie Trierwieler y Eric Zemmour dominaron el panorama de 2014 y toda la prensa obnubilada e hipnotizada dedicaba semana tras semana portadas y primeros horarios de televisión y radio a estos dos engendros de la verdadera decadencia intelectual del país, mientras se agigantaba mes tras mes el partido neofascista Frente Nacional y todo el mundo criticaba al presidente francés y a su partido y negaba, en un delirio increíble y depresivo de cilicios y azotes, todo lo salvable que pudiese existir en el país en medio de una peligrosa y gravísima crisis internacional económica y gepolítica.



La llegada de la nueva novela de Houellebecq, uno de los escritores más notables de su generación, nacido en 1958 y ganador del premio Goncourt, aunque se inspiraba en la misma tendencia depresiva francesa, al menos auguraba el reencuentro con la buena literatura y el talento. Entre los depresivos hay niveles, y por supuesto el nivel del novelista parisino más exitoso de los últimos tres lustros es un nivel superior a millones de años luz de los líderes de las listas de ventas que lo precedieron en 2014.

Houellebecq es un hijo triste de la generación de sus padres, la del baby boom y el 68, caracterizada por haber surgido en medio del auge económico del país y la liberación de costumbres traída por la era pop. Sus temas están marcados por el descuido en que fue criado por sus progenitores hippies, egoístas e irresponsables y por eso en sus novelas, especialmente en su mayor éxito, "Las particulas elementales", los fustiga y expresa el grito de amargura de un muchacho frustrado, flaco, feo, enfermizo y tímido.



Con esos elementos ha creado un personaje mediático atípico que rompe con el culto a la belleza y al glamour. Houellebecq es desdentado como un vejete, fuma más de cuatro cajetillas de cigarrillos al día, ha sido alcohólico, visitante de prostíbulos y tiene un cabello que es como la peluca horrenda de maniquí abandonado y su piel blanca y fláccida y su posición desgarbada lo asemejan a personajes malditos como Charles Boukowski, Louis Ferdinand Céline y otros indigentes famosos de la literatura del siglo XX.



Él cultiva esa imagen y en ella se identifican todos los frustrados blancos franceses de su generación que ven en los árabes y los negros, en los extranjeros en general, el vector de la supuesta desgracia del país. Pero en el fondo, Houellebecq es un ángel y su fama y éxito es un merecido homenaje al talento de los disminuidos y un triunfo de la literatura sobre el glamour, el arribismo y la impostura.

El libro ya era un escándalo antes de salir. Todos los diarios, revistas y programas de radio y televisión hablaban de la novedad antes de que saliera al público y para colmo de todo, a los yihadistas islamistas se les ocurrió matar a 12 miembros de la redacción de Charlie Hebdo, entre ellos un amigo suyo, el mismo día en que salió a la venta el libro, por lo que su autor tuvo que irse a la montaña a descansar, conmocionado, y a estar un poco a salvo de la histórica tormenta que ratificaba en términos generales los temores expresados por él de manera brillante en el tema de su novela "Sumisión".



El autor se imagina que en 2022 llega al poder un presidente musulmán bastante moderado, inteligente y culto, que ha hecho alianza con la derecha moderada, los izquierdistas, los comunistas y los socialistas, para evitar el ascenso al poder de los fascistas del Frente Nacional. El presidente Ben Abes considera que a través del islam Europa entera reencontrará el protagonismo que otrora tuvo el Imperio Romano y, abierta a los países de Oriente Medio y del Magreb, puede conformar de nuevo una gran civilización alrededor del Mediterráneo, liderada por el islam, pero que convive como bajo los Omeyas de Córdoba en la España islámica, con judíos y cristianos, o sea con las tres religiones monoteístas surgidas del Libro sagrado.



El personaje, François, alter ego de Houellebecq, es un profesor de literatura de la Sorbona, que de ahora en adelante se llamará Universidad Internacional Islámica de la Sorbona, cuyos profesores deben convertirse al islam para ejercer y gozar así de enormes sueldos financiados por las monarquías petroleras árabes y acceder al derecho de poseer varias esposas de distintas edades, como ocurre en gran parte del orbe musulmán. Puesto que las mujeres regresan a cuidar a sus hijos y a ejercer de sumisas amas de casa, el desempleo desaparece, entre otras consecuencias favorables del nuevo régimen, centrado en la protección de la familia tradicional, como ocurre a su vez entre cristianos y judíos.



Como era de esperarse, el feo y frustrado personaje onanista y putañero opta por convertirse al islam, atraído por la perspectiva de poder copular con tres esposas al mismo tiempo y ganar un buen sueldo de académico universitario en la Universidad Islámica de la Sorbona, y así, colorín colorado, termina esta novela menor, un divertimento que, pese a todo, es muy cómica y bien escrita por el patito feo de la literatura francesa, convertido a estas alturas en un millonario cumbre de la literatura del país de Stendhal, Balzac, Flaubert y Proust, que se niega a llevar, eso sí, caja de dientes.
     

sábado, 7 de febrero de 2015

EL MUSEO DEL LOUVRE EN LA ESQUINA

Por Eduardo García Aguilar

Es una fortuna tener a unas cuadras del trabajo al Museo del Louvre y poder escaparse unas horas para visitar al azar alguna de sus salas permanentes o las exposiciones del momento. Bajando por la calle Vivienne, donde vivieron Simón Bolívar y el Conde de Lautréamont, el autor de los Cantos de Maldoror, llego al parque del Palacio Real, uno de los lugares más plácidos de la capital, que fue en el siglo XVIII centro de encuentro de jóvenes, pensadores, libertinos y militares ilustrados de la época en cafés y chocolaterías pobladas de cortesanas. Era además el barrio de Flora Tristán, abuela de Paul Gauguin y de una novia del Libertador que le escribía cartas encendidas cuando ya él se había convertido en un héroe y en el Che Guevara de la independencia decimonónica.

Es un jardín racional como casi todos los franceses, en cuyo centro hay una fuente fresca en verano y solemne en invierno. Los árboles cruzan el rectángulo de manera simétrica y al final, en los patios del ministerio de Cultura y el consejo Constitucional se encuentran las columnas de Van Buren y la hoy llamada plaza Colette, sede de la ancestral Comedia francesa de Molière. Uno puede tomar un chocolate caliente en época fría o una cerveza durante los calores en un café empotrado en el viejo palacio y cuyas sillas están bajo las antiguas columnatas. Donde antes fueron cafeterías, burdeles y oficinas editoriales de la Ilustración, en tiempos de Voltaire, hay en la actualidad tiendas variadas de moda, antigüedades, expendios de medallas, arte, muñecas, y muchas cosas más de marcas exquisitas o excéntricas.

Cruza uno la calle Saint Honoré y se encuentra de frente con una de mis preferidas librerías de París, la Delamain, perteneciente a Gallimard, una de aquellas ya escasas donde todavía hay con quien hablar sobre libros nuevos y antiguos y se puede pasar una hora hojeando libros de narrativa, historia, poesía, política, traducciones recientes, temas extraños, libros de lujo y obras de editores pequeños que son expuestas ahí con igual esmero que las de los grandes pulpos.

Al lado de la librería está el viejo café donde solía pasar las tardes el poeta peruano César Vallejo, quien vivió a dos cuadras de allí y cuyo espíritu parece presente en ese viejo ámbito cubierto de viejas maderas centenarias donde el vino servido es abundante y exquisito. Muchos dicen que Vallejo fue infeliz en París, pero basta pasar un rato en ese café, llamado La Civette, para comprender que el poeta de los Poemas Humanos y de Trilce no la pasó tan mal en esta ciudad a pesar de los fríos y los aguaceros.

Unos metros más adelante uno esta ya frente a un costado lateral del Museo, donde se ven los enormes anuncios de las exposiciones del momento y puede ingresar entonces al gran vestíbulo de entrada, situado bajo la pirámide invertida del gran arquitecto japonés Pei. A lo largo de los años he corrido para llegar a tiempo a exposiciones inolvidables que están a punto de acabar, como la de Alejandro Magno, basada en las nuevas excavaciones realizadas en Macedonia, o aquella dedicada a los tiempos de Fidias o Praxiteles, a quienes grandes mandatarios como Pericles y otros les encargaban estatuas de Zeus o Afroditas.

Estremece poder ver cascos, escudos, platos, lámparas, recipientes de perfume o vino, estructuras para camas, aretes, anillos, monedas, mesas, instrumentos de cocina, fragmentos de frescos, mosaicos  y tantas otras cosas más extraídas de las tumbas y que nos acercan a la vida cotidiana en tiempos de Alejandro Magno. Y en el caso de Praxiteles y Fidias, seguir sus rastros, observar las copias, tratar de acercarse a su tiempo y al genio de sus manos. 

Estas dos últimas semanas he ido a ver dos exposiciones que estaban en su último día, una monumental sobre el arte practicado en Marruecos en los tiempos de las diferentes corrientes del islam en esa región, que incluía entonces como un todo geopolítico el sur de España bajo el Al Andalous y ciudades como Córdoba, Sevilla, Algesiras, Cartagena, Almería, Cádiz, y otra muestra menos monumental sobre la isla de Rodas, basada en colecciones de cerámica, joyas y monedas rescatadas por los primeros arqueólogos franceses y alemanes, y pertenecientes a los siglos VII y VI antes de nuestra era.

Pero fuera de esas exposiciones que concluyen y se van para siempre, nada como pasearse de manera intermitente y a través de los años por las salas permanentes: pasar horas y horas viendo la magnífica colección de miles vasos, jarras y ánforas griegas de las épocas más antiguas, con la imaginería increíble de sus dibujos e ilustraciones en cerámica, algunas de precioso sentido erótico y pornográfico. O ver el Hermafrodita dormido, o la Venus de Milo, o la Victoria de Samotracia o los rostros originales en mármol de todas las figuras históricas griegas clásicas, filósofos, reyes, magnates y otros muchos menos conocidos, pero casi vivientes.

O pasearse por la gran sala Egipcia interminable con sus sarcófagos y sus momias y su Escriba sentado, o por la de los persas y asirios, etruscos o romanos, que siempre nos impresionan y nos muestran que nosotros no somos los primeros ni los más avanzados en la historia de este planeta tierra. Y eso sin hablar de las decenas de salas dedicadas a la pintura, dotadas de la colección más impresionante de imágenes de los más grandes artistas, frente a cuyas obras uno puede pasar horas y estar conmovido, observando los detalles, la verdad de otros tiempos: ¿qué hacer frente a un Ver Meer o un Rembrand? ¿frente a un Greco o un Goya? ¿Un Tintoretto o un Rafael?

El jueves, al salir de la muestra sobre Rodas, desemboqué por azar en la sala dedicada al arte medieval francés y he quedado maravillado ante la variedad de las magníficas obras, en su mayoría monumentos funerarios y bustos. A través del mármol y por la mano de excepcionales artistas, uno recorre esos siglos desde los primeros reyes medievales, conmovido por monjes, militares, patriarcas, jerarcas eclesiásticos, potentados, viajeros y los monarcas y sus esposas cubiertas de joyas, algunas acompañadas en su morada final por el pequeño perro de raza, esculpido a sus pies como un detalle de humor o coquetería o ternura.

Pero nada como esa terrible figura de la parca descarnada y esquelética cubierta de jirones que se encontraba en el centro del desparecido cementerio medieval de los Inocentes de París, donde con la más tétrica realidad parecida a las imágenes en óleo de Grünewald, comprendemos que ese tiempo estaba marcado por la muerte y su terror omnipresente y la impronta de la religión católica y la monarquía de la Flor de Lis y su inmenso poder sobre los hombres, en su mayoría siervos. Una sala vista al azar una tarde de sol que nos conmueve y nos reconcilia con el arte de todos los tiempos.