lunes, 27 de junio de 2016

TEQUILA COXIS, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: UN VIAJE A LA RAÍZ

 Por Jorge Nájar* 
 En su vena más honda, Tequila coxis(1) es un viaje a la raíz. No a la raíz étnica, cultural o política; un viaje a la raíz antropológica, tejida por toda una red sanguínea que la nutre. Este viaje empieza en una vieja y destartalada mansión de Ciudad de México; una casa de las antiguas familias patricias convertida en ruinas. La voz, los ojos, los sentimientos de Néstor Aldaz nos permiten visitar esas ruinas tanto humanas como arquitectónicas e incluso sociales. Así descubrimos el estado de decadencia en el que vive Porfirio Antúnez, representante de una antigua aristocracia venida a menos. Así nos compenetramos con el estado de caos social. Escombros de una lucha identitaria extraviada en la búsqueda de fantasmas de la historia. Denuncia y fascinación de una situación frecuente en la ficción y en la realidad latinoamericana.
El que llega a dicho espacio es un periodista que hurga en el pasado de ese ser decrépito. Hurga en pos de la verdad sobre la muerte de una actriz. Y como consecuencia de su inmersión, emerge la voz que rige la acción en Tequila coxis. Esa voz da cuenta de los movimientos y manifestaciones de esos personajes, para terminar cuajando en una novela poliédrica cuyo eje central, la búsqueda de los orígenes, vertebra todas sus facetas.
En uno de sus aspectos más visibles, con la apariencia de un canto a la ciudad multifacética, a la vez engendradora y devoradora de mitos y leyendas, de pasiones extremas y de personajes extraños, la voz nos conduce hacia la intrahistoria del cine mexicano en su época dorada. En paralelo, imbricado con ese canto, asistimos a la debacle de uno de los sobrevivientes de ese período de gloria reciclado por los azares de la vida en el líder máximo de un movimiento de “renacimiento” de los valores más singulares de la civilización mexicana pre-hispánica, en lucha a muerte con la cultura cataclismática y moderna del México contemporáneo. Sexo, droga y alcohol. Pero ya dije, en el fondo, el personaje central, se mueve a la búsqueda de saber quién es, quienes fueron los suyos, por qué ahí y en ese contexto, él que no es precisamente mexicano.
El descubrimiento de la verdad resulta un verdadero asombro para él y, singularmente, para el lector. Tequila Coxis resulta así un canto de amor y odio a la Ciudad de México, a la vida, a los azares de la existencia. En sus diferentes escenarios los personajes se cruzan, se tocan, se desean, se separan, se encuentran en habitaciones de paso a donde acuden los amantes, las esposas aburridas, los maridos hastiados, todos devorados por un deseo incontrolado.
Desde el dintel de la novela, después de haber visto el estado imperante en esa antigua mansión colonial el lector asiste al encuentro con otra de las constantes: el elemento a la vez cómico y misterioso de la Coatlicue. “En el otro extremo de la sala, en la pared, estaba el enorme cuadro de la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, la deidad que pretendía (Porfirio Antúnez) convertir desde hace años en centro de culto entre la gente de las barriadas... En medio de la decrepitud y cercano ya al fin, Porfirio Antúnez tenía aún aliento para canalizar sus odios a través de la diosa pétrea de espectral rostro ofídico, cubierta de mutilaciones y calaveras, y proyectar su ciega venganza contra Hernán Cortés, el conquistador que cambió el rumbo de estas tierras para siempre.” (pp: 15-16) Desde ese paradójico punto de partida, poco a poco iremos descubriendo el período de gloria de ese extraño personaje durante los años del esplendor del cine mexicano, autoconvertido en su decrepitud en el animador del movimiento aztequista-zapatista-anticortesinano. “-…¡Vamos a vengarnos de los españoles!- exclamó mientras engullía el último resto de la suculenta papa.” Marcada por una voluntad de análisis del extremismo identitario, Tequila Coxis no por eso cae en el tono de la denuncia; por el contrario, el flujo narrativo acarrea, por momentos, un fino sentido del humor y, en otros, un intenso dramatismo. Así logra poner al desnudo una pasión capaz de llegar al asesinato por amor.
Tequila coxis es, asimismo, una incursión en el mundo de las exageraciones libertinas y la usura de los cuerpos, con un entramado de novela negra en lo que ello conlleva penetrar en los lados más oscuros de una sociedad para indagar el pasado de una generación que se extravió en el mundillo del cine, la droga y el alcohol. El hijo de la frustrada estrella del cine, indaga por las circunstancias de la muerte de su madre y en su averiguación va descubriendo la ciudad y vive él mismo la pasión y se enreda en la trama del deseo con una serie de “libertarias”, cuyos comportamientos las convierte en seres caricaturescos.
Así, Ciudad de México en Tequila coxis es presentada como una fiera dispuesta siempre a dar el gran zarpazo, como una urbe llena de lugares asombrosos o siniestros. No por nada la presencia de roedores nocturnos y de mamíferos voladores entre los techos de la ciudad es una de las imágenes recurrentes a lo largo de la historia de la ciudad y de los personajes.
Las incursiones de Néstor Aldaz en pos de recrear el pasado de su madre le lleva a comprender que ninguna ciudad puede palpitar ni entenderse sin su historia negra, sin sus tragedias cotidianas y pasiones turbulentas. La historia de la delincuencia y de sus movimientos de “resistencia autoctonista” es también una historia de la ciudad y sus habitantes.
En muchas ocasiones, esta historia tiene más lustre que la oficial, la de los próceres y las gestas heroicas. Recordemos que las ciudades legendarias de la modernidad están marcadas por sus hechos delictivos y sus personajes criminales: Chicago, Los Ángeles, Nueva York, París, Londres. Tal también es el caso de Ciudad de México en la versión de Tequila coxis cuya mirada socarrona se burla de muchos militantes folklóricos de la identidad nacional e individual.
En medio de eso submundo Néstor Aldaz llega a descubrimiento de su verdadera identidad. “Y entonces supe, con horror, que era hijo del asesino de mi madre, una historia digna del griego Sófocles, y como un sueño, supe también que mi verdadero nombre no era Néstor Aldaz, sino Néstor Antúnez. Yo era pues la rencarnación del monstruoso y repudiable Porfirio Antúnez.” (p. 203)
Un abismal y fascinante relato en pos de la “identidad”.



(1) Tequila coxis, Eduardo García Aguilar. Editorial Colibrí S.A. México. Distrito Federal, 2003.

* Jorge Nájar. Poeta, ensayista y narrador peruano residente en Francia. (Pucallpa-Perú, 1946). Estudió en Lima Educación y Ciencias Humanas en la Universidad Nacional «Federico Villarreal». Trabajó de profesor en su ciudad natal. Ejerció en Lima el periodismo hasta 1976, cuando viajó a Francia donde prosiguió sus estudios de antropología en el Institut de Hautes Etudes de l’Amerique Latine, París III. En 1972 publicó su primer poemario Malas maneras. Obtuvo el Primer premio de la Bienal del Poesía del Perú (1984), Premio Copé de Oro; y el Premio Juan Rulfo de Poesía (Radio France Internationale, 2001). En 2002, la Editorial de la Unesco publicó su antología Poesía contemporánea de expresión francesa y, en 2003, la U. Católica de Lima lo reeditó. Toda su obra poética ha sido reunida en Formas del delirio (Ediciones San Marcos, Lima, 1999). Gran parte de su obra narrativa y poética ha sido traducida al francés: Le dire du malappris (Correcaminos, 1988); Pérou, contes populaires (Syros-Alternatives, 1989); Le diables rient (Syros-Alternatives, 1990); Toile Écrite (La Différence, 1992); Gravures sur maté (Folle Avoine, 1999); Figure de proue (Folle Avoine, 2006). Vive en París desde 1977 donde enseña y traduce poesía.

sábado, 25 de junio de 2016

AMADÍS Y CÁNDIDO: LEER LA GUERRA

Por Eduardo García Aguilar
La lectura del Amadís de Gaula, obra de un anónimo ibérico, y de Cándido,  farsa del filósofo socarrón francés Voltaire, nos conduce a diferentes épocas de la humanidad, cuyo hábito sostenido es y ha sido la guerra permanente.
    La primera obra es una novela de caballerías, escrita al parecer durante el siglo XIII. Esta obra es la inauguración del género de las novelas de caballerías que concluye magistralmente con las historias del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Preciosa, cautivadora, la novela no merece un simple análisis literario, pues nos lleva de acción en acción a los conflictos que se dan entre príncipes y caballeros, por peñascos, islas, valles poblados por preciosas doncellas.
     Los dos personajes centrales son Amadís de Gaula y Galaor, hermanos y brillantes caballeros andantes, desfacedores de entuertos, enamorados, coquetos, idealistas y tan vigorosos en la guerra como en el amor. El mundo mítico, lleno de castillos y florestas, amaneceres turbios, firmamentos salpicados de estrellas, prados, valles y alcázares es un orbe de muerte descrito con tal candor, que las cortadas de cabeza, despellejamientos, decapitaciones y atravesamientos de abdomen con adarga, hacen parte de un paisaje normal y corriente poblado de villanos y buenos.
     Me sorprendí riendo al leer esas descripciones de batallas. Dice por ejemplo que Galaor se enfrentó a fulano de tal caballero cortándole su cabeza; a otro, la adarga le atraviesa los huesos de las costillas dejando ver las tripas rojas regadas sobre el suelo; a otro lado le descalabra; a aquél le corta la mano derecha y se ve al caballero derrotado que con los muñones rojos aun de la sangre vertida se arrodilla y le pide perdón al triunfante por el entuerto hecho.
     Cándido es también una historia divertida de muerte, escrita con tal ironía que nos hace reir de nuestra propia imbecilidad. Es un hombre bueno este Cándido, que sin quererlo termina asesinando, matando y guerreando con una inocencia inusitada. Es cándido, porque la muerte que él encuentra en el camino y a la que se ve abocado, le parece algo normal y moral. Paradójicamente sus primeros encuentros ocurren en tierras de la pampa argentina y luego se extienden por nuestro atribulado continente, tan ducho en guerras y conflictos de toda índole. Cuando Cándido quiere la paz, de nuevo hay sucederes ineluctables que acrecientan su ingenua lista de muertos y agresiones.
     Cándido y el Amadís de Gaula se reúnen hoy aquí por el capricho de la pluma, ya que la comparación podría hacerse con casi todas las obras de la literatura universal o de la historia. Pocas son las obras, por muy míticas o románticas que sean, que no traten de la guerra, ese juego divertido e infantil de los hombres de todos los tiempos. El mérito de los textos citados es precisamente que ahora, bombardeados por las noticias de tantas guerras contemporáneas, tenemos la tendencia a olvidarnos de esa carnicería incomprensible y por ende, de la muerte certera que la anima.
     Para no llenarnos de horror y ponerle un poco de picante a la historia, que es sangrienta, más vale leer a Voltaire y a ese anónimo, que sentarnos frente a la televisión: leamos la guerra, pero a través de la ficción y los libros, esa sería la nueva consigna.
     La lectura de estas obras es ejemplar pues olvidamos a veces que el “progreso” del que tanto hablaban liberales y revolucionarios del siglo XVIII,  esperanzados en que nuevos mayores niveles de técnica y productividad traerían consigo mejores niveles de vida de la humanidad y paz creciente, se tradujo por el contrario en un avance de las codicias y el incremento y perfeccionamiento de las armas, que de adargas y espadas pasaron a ametralladoras, tanques, misiles, gases, bombarderos, portaviones, submarinos y bombas atómicas convirtiendo al mundo en un polvorín infinito.
    Si los trogloditas se peleaban con piedras y lanzas, los medievales lo hacían con ballestas multicolores, adargas y arcabuces, desuetos ya para tristeza de los hombres. Las nuevas armas conllevan la muerte mucho más rápido que antes, pero sigue siendo muerte al fin al cabo, muerte feliz que lleva a la ceniza enamorada de los cuerpos calcinados.
     No olvidemos que la soberbia del hombre contemporáneo, antropólatra, es tan vana como su propia inocencia. Nosotros los pacifistas de hoy podemos cantar victoria por ver alejado uno de tantos episodios humanos en los campos de batalla, pero la humanidad no se curará de la enfermedad y otros conflictos surgirán en otros lugares de manera ineluctable.
     Más vale pues leer el Amadís y el Cándido para comprender la fragilidad de toda paz y saber que en cualquier momento, por decisión absurda de gobernantes, políticos, gamonales, magnates, bandidos y poderosos guerreros de todo cuño, pueden volver a sonar los clarines de la batalla.
     Antes de que la ignominiosa guerra regrese leámosla a través de los libros o el arte en general. La bibliografía sobre la guerra en la ficción es inagotable y estas dos obras sugeridas hoy son apenas un abrebocas insignificante para atestiguar las tareas de la parca.
     Y más allá de los libros, podemos también reconocer la guerra  en las obras de grandes artistas de todos los tiempos y seguirla en las imágenes de los templos milenarios, asiáticos, europeos, africanos, americanos, mediorientales. Allí, a lo largo de los milenios, los artesanos chinos, japoneses, camboyanos, egipcios, persas, griegos, romanos, judíos, cristianos, islamistas, han recreado siempre en frescos y bajorrelieves millones de batallas con una minuciosidad que nos asombra, nos ilustra y por supuesto, nos aterra.  
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 * De la serie Textos nómadas.
       

lunes, 13 de junio de 2016

ETERNIDAD VIRTUAL DE BORGES

Eduardo García Aguilar
Nacido el 23 de agosto de 1899 y muerto hace 20 años* en Ginebra el 14 de junio de 1986, Jorge Luis Borges vive en la más inquietante nube de su gloria, con la obra acogida en la prestigiosa colección francesa de La Pléiade y cientos de miles de entradas en la red Internet, que potencian el sueño del Aleph. Se necesitarían muchos años para poder visitar cada uno de esos sitios llenos de sopresas, laberintos, datos, juegos, enigmas y delirios de sus admiradores de todo el planeta y para viajar por los enlaces borgianos de la telaraña mundial, que nos llevan al nuevo efecto multiplicador de su palabra. 
Por donde pasaba, Borges parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad literaria. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, unos años antes de su muerte, varios jóvenes se lanzaron una noche al suelo y empezaron a seguirlo arrodillados al grito de "¡gloria eterna para usted maestro!" y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración. Era exagerada esa histeria, pero lo mismo ocurría en Quito, Bogotá, Medellín, Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokyo, y París, ciudad donde desde hacía ya muchas décadas se le había consagrado como leyenda viviente. Se le veía junto a un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las avenidas de Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final devorándose el mundo junto a su lúcida y leal guía María Kodama.
Francia lo adoraba y las calles de París lo vieron pasar muchas veces. En el hotel de la rue des Beaux Arts, donde murió Oscar Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois, Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire, gesto clave para desencadenar su fama global. En 1964 la revista L’Herne dedicó un número especial a su obra, en los años 70 Michel Foucault lo hizo protagonista de su obra mayor Las palabras y las cosas y la Pléiade editó en 1999 sus obras en dos tomos revisados y escogidos por él hasta el último suspiro y presentadas y anotadas por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de sus últimos confidentes.
Para Borges la gloria era la mayor incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de fetiche hacedor de milagros. Pero a diferencia de otros pavosrreales, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde, subversivo, anarquista. Contra la corriente no escribió novelas porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, mezcló prosa y poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno. Su reino fue el estilo. Su patria verdadera la literatura. 
De él dijo Cioran que "la desgracia de ser reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en lo imperceptible, seguir inasible y tan impopular como el matiz". El hispanista Gérard de Cortanze, afirma que trata siempre de "volver de nuevo a esta obra vasta y enigmática" y a un Borges "humanizado y más caluroso", lejos de la leyenda aceptada de "un intelectual abstracto y gélido". El último exégeta Bernès lo define como "el viejo anarquista tranquilo", según la propia y final autodefinición del poeta. Bernès cuenta los últimos días previos a su deceso y dice que tiene "la certeza de que preparaba su muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo precedieron" y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que "yo no se en que lengua voy a morir". Héctor Banciotti, que estuvo cerca a esa hora postrera, dice que murió dormido. O sea que se fue en uno de sus sueños.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus poemas, ficciones, enigmas e ironías y lo tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna y pasaba de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría del sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido. 
El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira con nostalgia: en todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud latinoamericana entusiasta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta literaria sino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el libro, la vida, la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el desierto.
No era nacionalista sino abierto a todos los mundos y a todos los tiempos y su patria era en definitiva la literatura. Vivía en el espacio de la poesía. A los que llegaban a ella, les abría un reino de ficción e inteligencia. Toda esa generación debe percibir ahora con susto cómo el mundo literario mundial gira hacia la dictadura de los editores y escritores analfabetas sacralizados por la lista de ventas, el tintineo de las máquinas registradoras y el paso por las emisiones de televisión.
En tiempos de Borges el antiguo, la Gran Biblioteca estaba cerca de la gente, era amable, generosa, llena de afecto y alegría, de fiesta; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar reina el hielo de los supermercados. Silvia Barón Supervielle escribió que para Borges "la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del infinito" y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura. Aunque por fortuna en la bienvenida red virtual su palabra se rebela y se reproduce, se esconde y fluye ante la mirada interior de ese viejo irónico convertido en algo más que una figura legendaria: en escudo y espada de las letras inútiles.
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* De la serie Textos nómadas. París, agosto 29 de 2006.

domingo, 12 de junio de 2016

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Por Eduardo García Aguilar
El corazón de las tinieblas es el título de una de las importantes novelas del polaco-inglés Joseph Conrad y base argumental de la película Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola. Más allá de sus certeras cualidades narrativas y la tensión incsante que alimenta sus páginas, este pequeño texto es una parábola significativa del mundo moderno, de las consecuencias a donde nos lleva la locura y la soledad.
     Kurtz, el personaje que figura como sombra oculta desde el comienzo de la novela y que todos mencionan con temor y lástima, es un brillante hombre administrativo, encargado por una empresa mercantil de recolectar la mayor cantidad de marfil, pero que en su desenfrenada carrera de codicia en las espesuras de la jungla, pierde la razón y decide aprovecharse de la visión mítica que de él tienen los salvajes nativos de la selva africana, para alimentar sus delirios.
     Obcecado por el poder, por la fuerza incontenible y desmesurada que le otorgan los ignaros selváticos, Kurtz se envuelve en la violencia y en la sangre con saña mística, como si el poder fuera un fin en si, cuya moral acepta y destruye la vida humana, sin medida ni límite. La descripción de la odisea es relatada por un viejo marinero que recuerda su misión. El relato se pierde en descripciones preciosas y profundas de la lucha de la embarcación con los torrentes violentos del río, se interna en la personalidad de tantos personajes disímiles ahogados por la ambición y por el celo mutuo, contoneándose por sinuosos presagios de muerte y misterio.
     Parábola de la vida y la muerte, El corazón de las tinieblas es sin duda algo más que un río sinuosos y las flechas que los salvajes lanzan desde la ribera. Es en cierta forma la descripción del transcurso de la humanidad hacia la locura de la sangre, encarnada en ese hombre de calvicie pronunciada que es Kurtz y quien ya al borde de la muerte, carcomido por la enfermedad, se afirma en el rito sagrado de la sangre, con apoyo de la bestia calibanesca de la plebe. “Vivimos solos, como soñamos”, dice uno de sus personajes. Solos, en el transcurso, como las rutas del sueño, como las rutas del delirio.
     Es también El corazón de las tinieblas la magistal descripción del colonialismo decimonónico en las junglas de África, el cuadro pincelado con detalles miniaturizados de ese conflicto entre dos razas, una de las cuales apenas merece el título de seres vivientes. El negro del Africa, torturado hasta la saciedad, el negro que muere dejando una triste mirada vidriosa mientras se aferra a la flecha larga que le atraviesa el tronco y sale de él como el tallo fogoso de una planta joven.
     Ford Coppola intentó adaptar la historia a un tema que marcó a su generación, la guerra de Vietnam, uno de los grandes horrores de la segunda mitad del siglo XX. El Kurtz de la película sería uno de los militares estadounidenses que seducidos por el horror terminan saliéndose del redil e instalan en medio de la selva su propio reino de las tinieblas, implacable, solitario, animado por una moral propia, suya, negra, oscura como su vocación y las huellas malditas de su propia estirpe originaria.
     El corazón de las tinieblas está aquí presente a nuestro lado y transcurre repitiéndose como el común denominador del succeder humano. Inatajable, prolífico, rojo, negro, blanco, toma los carices camaleónicos del tiempo moderno y se viste de presidentes, secretarios de estado, magantes, bandidos de jungla o asaltantes de caminos. Conrad, que vivió durante años inmerso en la soledad que lleva el marinero a cuestas, comprendió muy bien al género humano como para poder describirlo con el óleo de su pluma magistal.
    Conrad tuvo tiempo para meditar en medio de la inmensidad salitrosa del mar, en el camarote, en la soledad del mando, en la lucha contra tifones y huracanes sobre todos los motivos del lobo humano, como diría Rubén Darío en su poema Los motivos del lobo. Esa sabiduría colocada por encima de los intereses banales de una política efímera e ilusoria, podía vestirse de conservadurismo, pero atinaba a develar sombras y pulsiones íntimas de la humanidad.
    La lectura renovada de este pequeño libro, obra maestra de la novelística mundial, nos sirve para tomar distancia de los aconteceres contemporáneos y entender que la repetición de la tragedia es continua, siempre sedienta de triturar y devorar vidas en un vacío de sombras.
     Allí donde reina la muerte, reina el sopor de los tifones, la soledad  de los silencios del bosque, el misterioso ajetreo de las fuerzas naturales. El mundo es y será el corazón de una extraña tiniebla y es necesario por lo tanto aprender a distinguir las formas de su transcurso entre la tenebrosa oscuridad de la historia.
     Conrad escribió muchas obras maestras y su vida de viaje le sirvió para recolectar todo tipo de caracteres humanos, personajes, paisajes, tramas, situaciones, dramas, desenlaces, que plasmó como si fuera el aeda ciego de las batallas homéricas.
     Su prosa impecable, seca, desprovista de inútiles adornos, va directo al grano, al corazón, a la pulpa de la existencia y de la humanidad. Con su obra rompió fronteras y nos demostró que el horror causado por el hombre es el mismo en todos los confines donde atracaron sus barcos. El escritor dio muchas veces la vuelta al globo por el mar y de sus vivencias de marinero y capitán extrajo el más fascinante retrato del hombre y sus tragedias. Conrad debe ser nuestro autor de cabecera y su lectura permanente nos despierta siempre de la enajenación a la que conduce la antropolatría, la fe ciega en la superiedad del homo sapiens sapiens, que de sapiens tiene poco y mucho más de hiena.
       
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 * De la serie Textos nómadas.


domingo, 5 de junio de 2016

LA CRECIDA DEL SENA

Foto Eugenia Varela
Por Eduardo García Aguilar
Este viernes por la tarde, caminando largas horas por las orillas del río Sena en crecida impresionante de más de seis metros, casi a punto de desbordarse e inundar parte de la ciudad, presencié una de las tardes más originales y extrañas que haya vivido recorriendo sus meandros entre la niebla, la humedad y la brisa fría de junio. A lo lejos, la Torre Eiffel estaba cubierta de bruma y los haces de luz que despedía desde el crepúsculo adquirían un tono de irrealidad, como si el monumento fuera un truco de efectos especiales.
En la estación Austerlitz, donde se miden los vaivenes del Sena desde hace siglos, comparándolos con su más grande crecida de 1910, cuando ascendió en más de ocho metros e inundó la capital, la visión era impresionante y respetable: un río sereno que cruza con fuerza llevando troncos y zurcado por el vuelo extrañado de gaviotas, garzas y patos, mientras los vecinos toman fotos con sus celulares y las familias se acercan asombradas con sus menores a observar un fenómeno que no ocurría desde hacía tres décadas.
En tiempos normales la rutina hace que salvo los turistas, la gente de la ciudad ignore al río cuando pasa por el metro elevado o en auto o camina apresurada hacia distintos rumbos, pero en esta fecha excepcional los transeúntes locales, residentes o nativos, salen de su letargo y ensimismamiento, para proyectar algo de luz en su mirada de introspección permanente. La magnitud de la crecida los incita a desviarse y a acercarse a las orillas inundadas o a permanecer allí impactados por el acontecimiento, viendo como las vías están sumergidas o percibiendo solo el copo de los arboles del jardín Tino Rossi.
Al lado de la Estación de Austerlitz está el centenario Jardín de Plantas, uno de los más bellos remansos verdes de la ciudad, donde se encuentra el más antiguo zoológico del país y el Museo de Historia Natural con sus gigantescos esqueletos de dinosaurios y todo tipo de animales y especies, así  como los enormes invernaderos donde se reproducen selvas y plantas exóticas. La cercanía y la inminencia de la inundación daba este viernes al lugar una nueva vida, ya que el río cruza simpre hundido y canalizado entre vías ferroviarias y automovilísticas o muros de piedra y cemento y ahora se le veía rebelde, como si deseara meterse a ese lugar que ha sido desde los tiempos de Bouffon y Lavoisier el centro de la investigación y el amor por la naturaleza.
Al frente los niños se acercan a un gimnasio sumergido totalmente, exploran las orillas de los jardines y las escaleras cubiertas y observan los barcos anclados que de repente han subido seis metros y se encuentran ahora separados e incomunicados y a punto de que estallen sus amarras tensas y decidan seguir el curso de las aguas como el Barco Ebrio de Arthur Rimbaud. Los policías ordenan a los curiosos que se alejen de las orillas y toman fotos de avisos y postes de luz hundidos entre el agua.  
Al lado del Jardín de Plantas está el Instituto del Mundo Arabe y más allá la Universidad de Jussieu, edificio enorme, pesado, horrendo y sucio del siglo XX, construido en puro cemento, donde se han impartido las disciplinas de la ciencia y se ha congregado la comunidad científica del país, pero que es incongruente con la casi etérea belleza arquitectónica de las orillas del río pobladas de edificios, casas y mansiones de millonarios que sobrevivieron a los siglos. El restaurante La tour d'Argent está iluminado y el obelisco del puente se ve semisumergido como en una película apocalíptica.
El agua del torrente pasa ahora con dificultad casi rozando los diversos puentes de la zona, cuyos arcos ahora diminutos impresionan y dan perspectiva a la excepcional crecida. Parejas de enamorados se detienen y se toman fotos para el recuerdo, fotógrafos profesionales y periodistas de televisión tratan de lograr el ángulo preciso y la muchedumbre crece cuando nos acercamos a la Catedral de Notre Dame y cruzamos hacia las dos islas centrales, la de San Luis y la de la Cité, donde los hombres han vivido desde hace milenios, antes de que llegaran los romanos y que hoy son los barrios más caros y secretos de la urbe.  
En una de esas mansiones palaciegas veo una placa donde dice que ahí vivió Charles Baudelaire en 1841 y 1842, lo que prueba que el poeta tenía buen gusto y adoraba residir en las orillas del Sena, porque otro de sus sitios de residencia era frente al Louvre, en la misma ribera donde murió Voltaire, el polémico autor de Cándido y otras mil obras. La Isla San Luis se ve hoy mejor que nunca entre la bruma y de ser un lugar irreal y glacial adquiere este viernes excepcional, con las luces de las habitaciones prendidas y las ventanas abiertas de par en par por sus residentes curiosos, un aire de humanidad de la que carece el resto del año. Los patos extrañados han poblado ahora la calle de la ribera, asombrados también por el fenómeno.
Los exclusivos y potentados habitantes de la Isla San Luis no salen de su asombro al ver tanta gente en las riberas deambulando y tomando fotos en uno de los ángulos magníficos de postal y de repente somos testigos de una fiesta elegante que se da en los salones de una residencia llena de cuadros antiguos y lampadarios vieneses, desde cuyas salas se ve la parte posterior de la Catedral Notre Dame, ahora magnificada por la creciente y que uno imagina rodeada por aguas o canoas ante el sonido de las campanas contadas por Victor Hugo en la novela donde los protagonistas son el Jorobado de París y su amada Esmeralda.  
Pero más adelante, donde las dos islas se miran y se cruzan en un amplio espacio acuático de corte veneciano, generando una de las visiones más hermosas y socorridas por las postales turísticas, con las misteriosas torretas agudas del Palacio de Justicia al fondo y otras cúpulas y torres circundantes, y además la Torre Eiffel semicuibierta de neblina y difundiendo sus haces de luz, la experiencia de la crecida llega a su culmen estético, con esas aguas que parecen poseerlo todo y donde se reflejan ya las luces amarillentas de los faroles antiguos.   
Estas aguas crecidas que he visto comenzarán a ceder el sábado poco a poco y la ciudad volverá a su rutina infalible, pero quienes caminamos toda esta tarde y esta noche de viernes fuimos partícipes de un momento único, epifanía excepcional que no se repetirá en mucho tiempo y estamos seguros de haber sido testigos de unas horas encantadas donde París amenazada fue más París y más poética que nunca entre la llovizna y la niebla. 
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* Publicado en Excélsior. Expresiones. México. 5 de junio de 2016.



domingo, 29 de mayo de 2016

DIEZ AÑOS SIN MIGUEL DE FRANCISCO

Por Eduardo García Aguilar
Hace ya diez años falleció un día de febrero en París el escritor colombiano Miguel de Francisco (1949-2006), aquejado por el cáncer fulminante de pulmón que le provocó su consumo exagerado de tabaco, que se agravó cuando comenzaba una nueva etapa creativa de su vida en un apartamento desde donde podía ver extendida la  ciudad a sus pies.
De Francisco fue un escritor raro, excéntrico, esteta que dedicó su vida a la literatura como si esta fuera una religión, alejándolo muchas veces de las obligaciones reales a las que están obligados todos los comunes mortales en este planeta, lo que le causó no muchas dificultades económicas y vitales en su larga errancia por varios países europeos como España, Francia y Austria entre otros.
Quienes lo conocimos sabemos que el sentido de su vida fue la lectura, la pasión por autores raros de todos los tiempos y la afición por otras ramas del arte como la plástica y la música, a las que dedicó crónicas y no pocos trabajos periodísticos dispersos en revistas y suplementos literarios.
Antes de irse para siempre de Colombia, trabajó como profesor de literatura en el Colegio Juan Ramón Jiménez en Bogotá y dio clases sobre escritura y lectura en varias universidades, donde comunicó a sus alumnos la pasión por autores de todos los tiempos y las técnicas literarias diversas que él exploraba en todos los sentidos.
En Barcelona, donde vivio muchos años, realizó trabajos para editoriales como traductor y corrector y después tuvo empleos en Viena y París, ciudad esta última donde trabajó en el Centro de Arte contemporáneo Pompidou y en oficinas de difusión del ministerio de Cultura.
Errante esencial, vivió en muchos sitios, poblando hoteles, buhardillas, casas y apartamentos de amigos o amadas y lugares donde solía pasar poco tiempo. En un momento obtuvo la beca para escritores de Saint Nazaire, donde residió en un apartamento situado en un piso alto frente a los astilleros de esa fría ciudad frente al Atlántico. En todos esos lugares escribió miles de cartas a los amigos cuando aun se solía ejercer la correspondencia escrita y redactó algunos de sus principales libros como Arcana, Armario de Solterones o El Enano y el Trébol, entre otros.
Su prosa era barroca, a veces difícil de seguir por lo culterana y cargada de múltiples sentidos, inspirado por la obra de José Lezama Lima y otros barrocos latinoamericanos como Severo Sarduy. También fue un gran lector de los modernistas y de los decadentes franceses y europeos de fines del siglo XIX y exploró autores raros de todos los tiempos, grandes novelistas experimentales como Lawrence Sterne o James Joyce, o místicos cristianos o judíos.
Poseo unas 30 cartas inéditas de Miguel de Francisco escritas desde Barcelona y París donde en largas páginas cuenta su cotidianidad y la vida literaria de las ciudades, así como sus lecturas insomnes, proyectos e ilusiones, y en todas ellas anima al corresponsal a descubrir nuevos autores y a luchar contra viento y marea para vencer los fantasmas de página en blanco.
En Armario de solterones cuenta la vida de las pensiones e inquilinatos donde estuvo temporadas en Bogotá con su anciana madre divorciada y se acerca en esas páginas al destino de solitarios y fracasados en esa fría capital de los años 50 y 60 donde transcurre su infancia y parte de la adolescencia.
También con su madre, que fue enterrada en el cementerio de Montjuich en Barcelona,  Miguel de Francisco Forero viajó por varias ciudades europeas de niño y adolescente residiendo en hoteles y pensiones hasta que la poca fortuna familiar se fue extinguiendo y dejó a esa improbale pareja de madre e hijo casi en la miseria novelesca. Miguel siempre esperó durante su vida una herencia, y quiso el destino que cuando ya se resolvieron los pleitos judiciales de décadas, el asunto se aclaró poco después de su muerte y el legado al parecer fue devuelto al Estado pues él murió intestado, sin hijos y sin viuda, como en las novelas.  
De las miserias y pobrezas cíclicas siempre se levantaba el escritor, quien gustaba de trajes finos y chaquetas de cuero, gasnés, camisas exquisitas, mancuernas, corbatas y corbatines de seda, sombreros y otros admínuculos de la elegancia propugnada por Brummel, y de esta forma, aunque andara a veces sin un peso en el bolsillo, deambulaba como un verdadero dandy por las calles de Madrid, Barcelona, Viena o París.
Algunos de sus libros fueron traducidos al francés por autores conocidos como Laure Bataillon o Michel Falempin, quienes lo apreciaban y admiraban, y editados en bellas ediciones, pero como casi siempre ocurre en Colombia con los errantes y viajeros, poco se le publicó allí, salvo en la colección de la diáspora de Colcultura, dirigida hace cinco lustros por Oscar Collazos y Guido Tamayo, que escribió una noveleta, El inquilino, inspirada en la vida de este esteta colombiano olvidado.
El sol caía en París, nítido, enorme, a la izquierda del paisaje de tarjeta postal vista desde los dos ventanales del último apartamento de Miguel de Francisco. Ahí lo sorprendió la muerte entre desesperados ataques de tos, la madrugada de un sábado o un domingo o un lunes de fines de febrero de 2006, con los pulmones cristalizados por cuatro décadas de humo.
Quedó ahí tirado con un plato destrozado, los pies hacia el baño, a donde tal vez fue a conectarse al aparato de oxígeno, y su rostro sereno hacia el pequeño corredor que da a la cocina y a la habitación.  Vivía allí desde hacía un año, en el piso 17, apartamento K, del número 46 de la rue Bargue, al sur de la ciudad, no lejos de la rue de Vaugirard y del metro Volontaires, con la inmensa Torre Eiffel al frente, y a la derecha la cúpula dorada de Invalides, donde reposa Napoleón. Era un sitio espléndido para un literario total, indecente y marginal como él --« muy antiguo y muy moderno », como diría su adorado poeta nicaragüense Rubén Darío.
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 * Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de mayo de 2016.


domingo, 22 de mayo de 2016

JOTAMARIO EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Pasó como un rayo por París el poeta nadaísta Jotamario Arbeláez, quien a sus 75 años de edad es un verdadero fenómeno y sigue pareciendo tres décadas más joven por la infatigable energía que derrocha, la apertura, simpatía, coquetería e irreverencia que lo ha caracterizado como líder sobreviviente y activista máximo del más fenomenal movimiento literario poético surgido en Colombia en el último medio siglo y que, cosa curiosa, a medida que avanza el siglo XXI y el país parece arcaizarse y retroceder con frecuencia a los tiempos de la Colonia y de los gamonales asesinos y esclavistas más godos, sigue siendo cada vez más moderno y necesario y una voz de libertad en medio de la radicalización ambiente.
Ya lo he dicho en varios escritos y en especial en la Diatriba contra la poesía colombiana sentada en sus laureles, que los poetas de la generación nadaísta merecen todos estatuas en plazas de ciudades, pueblos y veredas colombianos, bustos en colegios, academias, universidades e instituciones como la Academia Colombiana de la Lengua y el Instituto Caro y Cuervo, a lo que alguna vez el benjamín del movimiento, Eduardo Escobar, replicó que mejor les dieran ahora cuando vivos la plata contante y sonante del costo de tales efigies. 
Hay grandes poetas contemporáneos de la generación nadaísta que admiro y leo con frecuencia como Jaime García Maffla y Giovanni Quessep, y otros de la llamada Generación Sin Nombre o Desencantada, como Juan Gustavo Cobo Borda, Harold Alvarado Tenorio y Juan Manuel Roca, entre otros, pero el nadaísmo como tal es un fenómeno notable en Colombia y es difícil ahora imaginar lo que significó en este país cainita y atrasado la emergencia de estos jóvenes rebeldes, que inspirados en la generación de los beatniks estadounidenses y las ideas existencialistas en boga en los años 50 en Francia, decidieron renovar el ambiente cultural del país, sacudirlo, inyectarle humor y alejarlo de la pomposidad y la retórica clerical que dominaba casi todos los géneros literarios del país, donde se ha aspirado siempre a escribir muy bonito y a alzar la voz engolada en las tertulias literarias olorosas a naftalina y aguardiente.
Fenómeno a la vez publicitario y de sociedad, el nadaísmo surge en los tiempos del Frente Nacional, cuando se da una pequeña tregua en la guerra y se oyen ya los pasos lentos para iniciar las nuevas guerras cíclicas que han asolado el país desde entonces, dejando centenares de miles de muertos y millones de desplazados al interior y hacia el exterior del país. Nadie imaginaba entonces la terrible era del delirio guerrillero ni la hegemonía aún más delirante de los capos del narcotráfico encabezados por Pablo Escobar ni la tenebrosa era del narcoparamilitarismo de motosierra, que llegó inclusive a poner en la llamada "Casa de Nari" a un presidente durante ocho años.
Jotamario y Gonzalo Arango 
El profeta Gonzalo Arango, ungido por Fernando González, el sabio de Otraparte, inició un movimiento que practicó en permanencia el performance para sacudir las conciencias y al mismo tiempo que el padre Camilo Torres conseguía adeptos en sus correrías cristianas al mando del Frente Unido o que los marxistas conquistaban fieles para su catecismo, él lograba la adhesión de jóvenes apóstoles, entre ellos el precoz Jotamario Arbeláez, hijo de un sastre de Rionegro que le confeccionaba en Cali trajes y vestimentas al mejor estilo de Los Beatles británicos y a su vez compartía con esos locos la aventura de la poesía. No es extraño que ese movimiento surja de la católica y endogámica Antioquia, región que ha dado al país y dará aun los mayores iconoclastas desde Cosiaca a Fernando Vallejo, pasando por Fernando González y Montecristo.
Jotamario (1940) y otros apóstoles difundieron la palabra nadaísta en las ciudades de provincia y lograron así conformar un movimiento donde se destacaron mujeres notables como la precoz narradora Fanny Buitrago, con quien está en deuda el país, y la dramaturga Patricia Ariza, entre otras, así como otras figuras masculinas vivas o muertas que se han convertido en leyenda. Unos se quedaron en Colombia y otros se fueron al extranjero para siempre, pero su voz sigue siendo necesaria porque rompe con los esquemas de la solemnidad de la literatura colombiana. Y entre ellos es de destacar al gran poeta Jaime Jaramillo Escobar, X-504, el autor de Sombrero de ahogado y otros libros extraordinarios que lo izan al mando literario del movimiento y lo hacen merecedor de todos los galardones posibles. Rebelde y retraído, X-504 está por fortuna entre nosotros y es un grande que todos debemos leer y releer.
Jotamario iba rumbo a un recital de poesía en China, pero paró unos días en la capital francesa para realizar su peregrinación emocionada, iniciada en 1982. Ya en su famoso libro de memorias Nada es para siempre, Jotamario Arbeláez relató con emoción su primera visita a París a los 42 años, una edad que él consideró tardía para conocer a la ciudad luz. Aquella vez vivió hasta el delirio la alegría de llegar a la capital donde reinaron muchos de sus poetas preferidos, entre ellos Baudelaire y Verlaine, y la recorrió agitado, infatigable, se untó de las aguas del Sena, vio las luces ocres del crepúsculo caer sobre la mítica Notre Dame, deseó con la mirada a las bellezas de la calle y trató en vano de hospedarse en el Hotel de Flandre, donde vivió García Márquez pobre e indocumentado.
En estos días rápidos de su visita relámpago Jotamario recorrió la ciudad y leyó a un grupo de amigos al calor del vino fragmentos de textos donde mencionó la inolvidable In a gadda da vida, himno rockero para muchos de nosotros, por lo que no dudé en ofrecerle como regalo un performance de danza de aquella interminable melodía, volando casi sobre el piso y simulando las gitarras en compañía un gran amigo músico y dramaturgo que canta cumbias en Pigalle y me hizo el favor de hacerme el bajo. Alegría de aquella noche inolvidable en Ivry, en casa de Efer, en compañía de Liliana, Luisa y Carolina, y otros amigos poetas, que no olvidaremos nunca.
Después de su corto paso por China, Jotamario regresó a París y de nuevo mostró su infatigable energía. En la Asociación France Amérique Latine presentó una publicación donde varios nadaístas adhieren a las negociaciones de paz de La Habana ante un público de colombianos y franceses y después de libar vino y hablar de poesía concedió una entrevista a la periodista Angélica Pérez de Radio France Internacional, antes de volar de regreso a Colombia como si el periplo de diez días hasta el Extremo Oriente no le hubiera hecho mella alguna. 
Fernando Vallejo, que hace poco lo acusó de ser un "hippie viejo" en un sermón pronunciado en la última Feria del Libro de Bogotá, envidiaría esa fuerza vital, y la capacidad de bailar e intentar seducir a sus admiradoras de todas las edades y reivindicar sin tapujos de ninguna índole el uso del viagra a los 75 años. Ya es hora de que Jotamario y Fernando Vallejo hagan la paz, porque en fin de cuentas el novelista antioqueño es otro de los últimos nadaístas, aunque él no quiera reconocerlo. A ellos debería unirse el notable poeta y ensayista Harold Alvarado Tenorio. Si ese encuentro se diera algún día, el nadaísmo habría logrado por fin la paz más difícil de lograr: la paz entre poetas y escritores que se odian.
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de mayo de 2016.

domingo, 15 de mayo de 2016

INSTANTÁNEAS ERÓTICAS CORTAZARIANAS

Cortázar y su último gran amor Carole Dunlop
Por Eduardo García Aguilar
Cuando uno busca la plaza Dauphine tras el soplo bohemio de Julio Cortázar relatado en su cuento Las babas del diablo, descubre que es una escenografía de lo que fue hace siglos pero carente de vida, maquillada al extremo, deslavada, inerte, fría, espectral, como un cadáver recién embalsamado.

El cuento de Cortázar sirvió a Michelangelo Antonioni para el guión de la película Blow Up, que solo guarda de la historia cierta anécdota de la búsqueda fotográfica como reto estético y la sorpresa que genera, porque el filme gira hacia otra historia distinta y fascinante, convertida en un emblema de la cultura popular de los años sesenta y un clásico del cine moderno en el que participaron actrices de moda del momento en una Londres que explotaba con el surgimiento del rock, los Beatles, los Rolling Stones y otros muchos grupos que aun hoy siguen vivos en la memoria y el gusto de la gente.
Medio siglo después si uno trata de ponerse en el ángulo de la mirada del gran autor argentino, ve que ahí en la Plaza Dauphine hasta la arena es falsa y todo está congelado en una asfixiante tarde invernal de febrero, preparada en hibernación para que en el próximo verano lleguen los turistas o los nostálgicos del autor, que deambulaba por esos parajes con La Maga su amada imaginaria, cuando vivía pobre en una buhardilla y transcurría la vida como un episodio literario hasta la indecencia de su propia cultura rioplatense. Sin duda la plaza en aquella época no había sido restaurada y guardaba tal vez las paredes sucias de siglos de humo y lluvia, así como tiendas de carbón y bares de mala muerte que hoy han sido reemplazados por restaurantes con estrellas Michelin a donde acuden los millonarios que compran apartamentos dieciochescos en esa muy cotizada esquina de la isla del Sena.
Cerca de esa plaza, que es un rincón de siglos cuya arquitectura pareciera salir de la misma historia de los tres mosqueteros, fluye el río y en sus orillas se encuentran las tiendas de flores y animales que visitaba el personaje de Rayuela en su búsqueda erótica y azarosa inspirada en los surrealistas y en esa historia inolvidable de Breton, Nadja, que es una deambulación con otra Maga de entreguerras. Ahí están esos lugares todavía y uno puede jugar a Oliveira y la Maga en las alturas del siglo XXI como puede jugar a Breton y Nadja en otras zonas de la ciudad, por la zona de los grandes bulevares donde abunadna los pasajes y las sorpresas.
La Maga original
El argentino sin duda se inspiró en la Nadja de Breton para crear los ámbitos azarosos del encuentro en Rayuela, oda al amor libre. Como gran lector y ser libresco él leyó todos aquellos libros necesarios que se inspiran en las calles de una ciudad convertida desde siempre en un caleidoscopio infinito. Por eso los lectores descendientes lejanos de aquellos lectores y estetas de hace más de medio siglo, tratan hoy de ponerse los lentes erotómanos de esas miradas para ver los rostros y percibir los aromas de la belleza femenina.
Cortázar era un inveterado romántico, erotómano permanente y en esas deambulaciones por las calles el metro y los bares en pleno auge del existencialismo y el jazz,  imaginaba el nombre o olor de las desconocidas muchachas provenientes de algún suburbio lejano donde sus inquietantes presencias de forasteras pasan siempre inadvertidas como vuelos de gaviotas.
Cortázar observa al azar alguna de esas bellas y piensa que nadie sabrá lo que hará el tiempo de sus huesos,  ni de su carne ni de su mirada oblicua, incómoda a las miradas que en el metro la captan más con estupor que deseo y algo de incredulidad. El rostro de esa desconocida, esa otra Maga perteneciente al ejército de Magas es perfecto y se refleja en la escotilla del vagón en esta agitada tarde de ires y venires urbanos y laborales. Sus uñas traen barnices quebrados y desgastados de color granate oscuro, ajados tal vez de lavar platos o comerse las uñas pensando en mundos perdidos. Lleva chaqueta de cuero, blusa algo usada de algodón color azul pálido y jeans ceñidos  a sus muslos diminutos y torneados. Su cabello es fértil, castaño, desordenado y tal vez sin bañar desde hace días. Trae alguna huella de sangre en su pantalón y es arisca y sin mirar a quien parece vigilarla con celo, como si fuera ese individuo su proxeneta. ¿A dónde va? ¿De dónde viene? ¿Cuál es su precio?                                
Bar l'Angora. Bastille.
Imaginemos al poeta Cortázar en detrás de la barra en algún bar cercano a Bastilla, preguntándose ante la mesera estudiante ¿Como es posible tanta belleza? ¿Tanta belleza inocente de su propia belleza entre artistas, bohemios, ebrios de amor y de arte? Ella está ahí con las ideas lejos, ajena a las tareas encomendadas.  A la mestiza estudiante de antropología se le olvidan los clientes y los pedidos, pasa con fugacidad el trapo de limpiar por las superficies del zinc o las mesas  y pareciera lejos en alguna galaxia. Lejos de todos y de nadie.
Su espesa cabellera fértil y oscura, abundante, recogida en moño por ahora, su piel de oliva y su rostro de actriz inigualable, entre Sofía Loren y Claudia Cardinale. Una nueva Penélope Cruz en el siglo XXI. Recién llegada de Madrid, bella y distraida flor en un desierto de rutinas, orquídea en la escarpada montaña del silencio, hermosa dentro de sus amplios jeans y la blusa impaciente por terminar el turno y correr a los brazos del incógnito amado en que piensa ella, hermosa  nada más sin saberlo. O sea un personaje de Rayuela que se reencarna en la segunda década del siglo XXI en habitante de amor, arte literatura, noche y eros.
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 * Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 15 de mayo de 2016.


 

sábado, 7 de mayo de 2016

LECCIONES DEL AUGE DE TRUMP

Por Eduardo García Aguilar
El triunfo de Donald Trump en la primaria del Partido Republicano estadounidense es escalofriante si se tiene en cuenta que desde el inicio de la campaña se dedicó a sembrar el odio y a polarizar a ese gran país del norte, abogando por la expulsión de mexicanos, latinos y musulmanes o insultando a las mujeres o los miembros de diversas minorías. Bien asesorado por los tecnólogos de las campañas electorales, Trump sabía que en las amplias capas de la población modesta de origen blanco, donde se celebra la violencia y se defiende el uso libre de armas de alto poder y se vive toda la vida frente a las pantallas del televisor, el lenguaje soez, violento, agresivo, polarizante, antihumano trae rápidos dividendos electorales y auge en las encuestas.
Fácilmente manipulables, esos amplios sectores olvidaron rápidamente de donde provenía Trump, representante de la peor plutocracia arribista, para la que los únicos valores son el dinero, la apariencia, el uso de la mujer como un adorno comprable a costa de dólares, la discriminación, la humillación del débil o fracasado y la permanencia de las élites y los privilegios de los potentados. Al adoptar el estilo de un payaso con su bronceado permanente artificial y la melena teñida, al usar expresiones histriónicas salidas de los peores espéctaculos del humor de vaudeville, el nuevo candidato republicano sorprendió a todos y derrotó a otros rivales mucho más serenos y formados política e intelectualmente. Solo resta desear que en la contienda mayor el nuevo candidato republicano sea derrotado por la candidata demócrata, una sólida abogada brillante y abierta al mundo.
El escándalo payasesco y la vulgar agresividad contra el otro, extranjeros, minorías, mujeres, homosexuales, originarios de la inmigración, así como el insulto escatológico y sin argumentos contra los representantes del establecimiento tradicional bipartidista del que siempre se benefició, levantó los ánimos en los desvalidos que sufren la precariedad del desempleo y los malestares del fracaso esencial y piensan equivocadamente que son las minorías étnicas las que les están quitando el pan de la boca. Los populismos aparecen en momentos difíciles y estallan como incendio y deflagraciones muy rápidas cuando son liderados por personalidades iluminadas y paranoicas irresponsables como Adolfo Hitler o Benito Mussolini, para solo mencionar a los dos más simbólicos representantes de esas fuerzas del fascismo, el falangismo y otras perlas del totalitarismo que pelechan en tiempos de crisis.
En el campo de la literatura, el ensayo, la oratoria o el panfleto sabemos que vulgaridad, anatema, insulto, escatología y ataques ad hominem traen excelentes dividendos y buenas ventas a los autores de ese tipo de libelos o libros de diversos géneros que gustan a amplios sectores de la población, como si la serenidad, la argumentación y el análisis pausado y generoso, el cotejo de ideas y el desminado de la palabra como arma de odio y muerte fueran asuntos aburridos y pasados de moda. El aumento de los partidos y movimientos extremos en Estados Unidos y Europa y en casi todo el mundo es paralelo con frecuencia al auge de escritores o panfletarios incendiarios e intolerantes cuyos discursos ganan incontables aplausos en todas partes aunque tienen el más bajo nivel posible.
La velocidad vertiginosa de la información como elemento de la sociedad del espectáculo en la que vivimos ha convertido a las figuras de la farándula, el dinero, el deporte y las revistas del corazón en las nuevas deidades de una población mayoritaria alienada que vegeta frente a las pantallas de televisión o escucha en la radio los programas de diversión que los nutren de ideas y prejuicios y para quienes ese mundo de ficción termina por convertirse en una realidad mágica dotada de poderes especiales. 
A través de medios y redes casi todos los habitantes de este mundo interconectado viven la ficción de ser millonarios, figuras del glamour, estrellas cinematográficas, a las que terminan por convertir en personajes de la familia, por lo que no sorprende que actores como Ronald Reagen en su tiempo y Arnold Swartzenegger en la actualidad y otros muchos han terminado por convertirse en figuras políticas y logran los más altos cargos colándose con su dinero en los ejercicios de una democracia desvirtuda y desviada. 
Escandaliza y triunfarás, insulta y ganarás, amenaza y vencerás: tales serían las consignas, los emblemas de esta nueva era de la política mundial que, al paso que vamos, terminará por ser dominada por payasos maléficos surgidos de las películas de terror. Toda persona que reflexione con serenidad, exprese de manera civilizada sus ideas y contienda con los adversarios sin calumniar o amenazar es inaudible. Pensadores, académicos, ensayistas y expertos pueden dedicar sus vidas a hacer avanzar los campos de sus estudios, pero al final serán inaudibles y morirán en el olvido como en nuestro país ha ocurrido con generaciones de grandes figuras como Danilo Cruz Velez, Dario Mesa, Jaime Jaramillo Uribe, Orlando Fals Borda y muchos otros pensadores que nadie escucha y lee hoy y fueron reemplazados en el foro de este siglo XXI colombiano por el protagonismo de otros payasos de lenguaje escatológico, autista y violento de cuyos nombres no quisiéramos acordarnos en este sábado de sol.
Es probable que Trump no llege muy lejos, y ojalá así sea, pues muchos sectores del Partido Republicano ya han mostrado reticencias y se han deslindado de apoyarlo, pero aun es temprano para cantar victoria y sentarse sobre las laureles. A medida que la campaña avance y se acerque el momento de la votación, este candidato que sabe muy bien lo que hace y sus asesores y aliados pueden tratar de conquistar el electorado con sus artimañas y llevar al país a una peligrosa nueva era de intolerancia y miedo con consecuencias fatales en todo el globo. El mundo es un verdadero polvorín en estos momentos y el mando de la potencia mundial estadounidense no debería estar jamás en manos de un chiflado que usa la palabra como una ametralladora de discriminación e intolerancia cual si fuese el personaje malevo de una película de Batman.  
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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 8 de mayo de 2016.

 

lunes, 2 de mayo de 2016

EL PEATÓN DE PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
El peatón de París es y ha sido una figura que atraviesa el tiempo a través de los siglos y sigue tan vigente como nunca porque se alimenta de la efervescencia permanente de las calles, pasajes, rincones, bulevares y plazas de una de las ciudades más cantadas y descritas del mundo. El escritor Leon Paul Fargue, quien escribió un magnífico libro de crónicas con ese título peatonal en los años treinta del siglo XX, en tiempos de entreguerras, afirmó cuando aun no se sabía nada de la futura conflagración mundial iniciada en 1939, que sin duda los pilotos de aviones bombarderos se negarían algun día a lanzar bombas contra la ciudad al percibirla desde sus alturas, cruzada por la plateada serpiente fluvial del Sena.
Según la leyenda, Adolfo Hitler habría ordenado la destrucción de la joya como objetivo final ante la derrota ineluctable y preguntaba iracundo en su búnker a sus subalternos ¿Arde París? sin saber que el general encargado de destruirla se negaría a hacerlo. El militar nazi ya se había enamorado como todo el mundo de sus calles, museos, edificios, bulevares, gentes, mujeres, bares, y de los lugares de lenocinio de Pigalle, Montparnasse o de los grandes bulevares del norte donde reinaba el Folies Bergere y la danza fenomenal de la negra Josephine Baker.
Ese hombre habría sido embrujado como tantos otros militares y soldados ocupantes y cientos de millones de visitantes de todos los tiempos por los colores, las luces intermitentes de caleidoscopio lanzados como haces de pasión sobre cuerpos de divas y por la fiesta permanente y la vida noctámbula que él tal vez agotó entre sudores y risas al lado de los amantes del dancing y el libertinaje heredado de Sade y Casanova, mientras sus subalternos mataban y fusilaban resistentes o enviaban en vagones a familias enteras, ancianos, niños y mujeres judíos, comunistas, extranjeros o gitanos hacia los campos de concentración.
Esa locura insaciable de la ciudad ha reinado en todos los tiempos, desde la era del poeta bandido François Villon cuando los borrachines y los malandrines se hacinaban en las puertas de la urbe en espera de un salvoconducto, ya fuera en la Contrescarpe de la rive gauche a donde se llegaba desde Italia o España o en la puerta de Saint Denis de la rive droite, a donde se llegaba de los países del norte o del este. Hoy, como hace siglos, esos mismos sitios están llenos de gente que departe hasta la madrugada en los bares junto al abigarramiento de las tiendas de olorosos productos culinarios de diversos orígenes o como en Saint Denis poblados de las prostitutas que ejercen el más viejo oficio del planeta bajo las arcadas o junto a los portalones de sórdidas y sucias callejuelas donde se observan a contraluz sus rostros asiáticos,  eslavos o africanos.
El peatón de París puede caminar y caminar sin rumbo preciso y por todas partes hallará sorpresas, nuevos bistrots o bares, tiendas de todos los orígenes, librerías, sex shops, almacenes de ropa, telescopios, autos de lujo, mapas, muñecas, antigüedades, queserías, pescaderías, licorerías, pasajes de comida hindú, libanesa, china o africana y mil lugares más que conservan a veces desde hace siglos los avisos originales, como ocurre en las añejas calles de Montorgueil o Moufettard para solo mencionar dos de las más famosas.
El caminante puede también desparecer en el barrio de la Goute d’Or para introducirse a África como si hubiera volado ese mismo día por avión a Senegal, Costa de Marfil, Burkina Fasso, Benin, Malí, Camerún, Congo o Angola y perderse en sus meandros exóticos o vistar los diversos barrios chinos, tailandeses o indochinos donde lo asaltará el olor de coco o piña, o de las sopas Pho o la comida libanesa y los aromas de Vietnam, Laos y Camboya. Y en esos lugares podrá disfrazarse con las prendas coloridas y originales de aquellos lejanos mundos o untarse de ung üentos y perfumes como ocurre por Barbès, donde proliferan las tiendas de pelucas y los salones de belleza para lindas africanas o en Jean Pierre Timbaud, por Belleville, donde se expenden burkas y chlilabas para nostálgicos magrebíes soñadores de medinas o mediorientales bronceados por el imaginario sol medierráneo cruzado por misiles y bombarderos en plena guerra siria.
Todos los escritores locales y extranjeros han cantado y celebrado la ciudad en las distintas épocas y leer sus memorias, diarios, correspondencias o novelas nos confronta a esa permamencia del bazar interminable que ha reinado desde siempre y que se centra en la conversaciónm el vino y la búsqueda incesante del placer. Y lo de hoy es sin duda tan similar a lo de ayer según esas escrituras que nos abren las ventanas al siglo XVII, al Siglo de las luces y la Revolución, al largo y pujante siglo XIX y al XX creador de tantos horrores y maravillas.
Al deambular hoy en esta primavera que avanza se constata que después de los atentados del año pasado, perpetrados por los yihadistas neonazis que buscaban acabar con la fiesta pagana, jóvenes y viejos se niegan a dejarse vencer por el terror como sus ancestros de otros siglos. Al verlos agitados a todos en la alegre conversación mestiza, como miles de pájaros cantando en el crepúsculo sobre frondosos árboles, confirmamos que la fiesta de París continúa pese a todo como antes ocurrió en medio de guerras y revoluciones y que la Noche de la rebeldía sigue de pie.
Y de repente salen de los bares y bistrots las voces inconfundibles de Edith Piaf, Georges Brassens, Serge Gainsbourg, Françoise Hardy, Jaques Dutronc -- el de la inoxidable canción Paris s’éveille (París se despierta) --, así como la voz rauca del ídolo popular parisino Renaud que por estos días renace  de sus cenizas tras una década de alcohol, tan ocurrente y frágil como nunca. O sea que olores, perfumes, canciones, belleza, amor y vida siguen firmes y tangibles para el infatigable peatón de París del siglo XXI que es el mismo de otros tiempos como un Dorian Gray redivivo.
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 * Publicado en Excélsior. México. 1 de mayo de 2016. 
- La foto que ilustra el texto es de Eugène Atget.

domingo, 24 de abril de 2016

EFERVESCENCIA EN LA CALLE MALEVA


Por Eduardo García Aguilar
Junto a Bastille la calle maleva se llena de electricidad a medida que llega la medianoche del viernes y los jóvenes de los suburbios acuden ebrios ya a desbocarse en la madrugada. Un enorme muchacho golpea a su novia y de inmediato otros la rodean para defenderla y las bandas estallan en una contienda relámpago que rápidamente se controla, como si estuviésemos en una escena de la legendaria película hollywodense West Side History. La calle de Lappe es así desde hace siglo y medio, con sus luces intermitentes y los anuncios de neón de los distintos bares a donde se han dado cita para bailar decenas de generaciones de noctámbulos. El Balajo, rey del tango en los tiempos de entreguerras, el bar cubano, el dancing de las tapas españolas, y uno tras otro diversos sitios de rock, samba, salsa, reggaeton, ritmos africanos, música de las antillas o de variedad francesa y mil metederos más que siempre están llenos.
     Es el barrio de la Bastilla, el mismo que trae los recuerdos de la Revolución de 1789, cuando los proletarios del suburbio de San Antonio derribaron piedra por piedra la cárcel llena de rebeldes y libertinos. Ahora, solo quedan bajo tierra algunos pedazos de los cimientos pétreos de aquella mazmorra famosa donde morían los erráticos y que dio el nombre a la revuelta que terminó con la vieja monarquía borbónica. Ahora es una inmensa plaza circular donde cruzan los autos que vienen y van en todas las direcciones circundando un obelisco en cuya punta vuela un ángel desnudo de oro iluminado por la luna llena.
     El obelisco fue construido en homenaje a otras revoluciones sucedidas después de la primera y la más grande de 1789 a lo largo del siglo XIX, centuria que jugó pin pong entre nuevos emperadores emergentes como Napoleón el corso, restauraciones aristocráticas borbónicas y napoleónicas y nuevas revoluciones democráticas conquistadas por la generación de los románticos y más tarde por sus herederos los utopistas derrotados al fin en 1871, cuando la Comuna de París fue aplastada en sangre y fusilamientos en masa. O sea que Bastille es y ha sido un nido de rebeliones, sitio de encuentro de pensadores y desde su centro salen otras avenidas que van a la Plaza de la República o a la Plaza de la Nación, arterias que cíclicamente son pobladas por manifestaciones multitudinarias de sindicalistas o militantes políticos de diversas tendencias.
     Pero nada igual a la maleva calle de Lappe, a la que se accede por la menos antigua y animada calle de la Roquette, que lleva el nombre de otrá prisión y vive siempre entre olores a chorizo, cuscús y crepes y el bullicio de los conversadores que discuten llueve o truene sobre el futuro del mundo o sobre las noticias de la farándula o del fútbol. Al costado de Bastille está el Bar Restaurante Falstaff que nunca cierra y es el refugio de todos los hambrientos borrachines que salen de los grandes centros de diversión cercanos como L'Angora, el Balajo, el Bar Latino o el Sanz, estos últimos dotados de varios niveles enfebrecidos de fiesta interminable al calor de la actividad de los discjokeys y la danza de los clientes de todas las edades.
     En la calle del suburbio de San Antonio hay igual electricidad en plena madrugada cuando se agolpan afuera los que no han sido admitidos al Sanz o al Barrio Latino y cruzan con la música a todo volumen los autos de los jóvenes bandidos de la droga, franceses de origen magrebí o africano que imprecan a los transeúntes y son arrogantes como todos los arribistas y los narcos del mundo, todopoderosos sin ley cuyo único lenguaje es el dinero y la violencia, la agresión y la amenaza. Su movimiento es circular y desbocado entre estas arterias, mientras afuera de la Nueva Opera los taxis esperan en fila a los clientes y los autobuses Noctambus recogen a los jóvenes pobres que regresan a los lejanos suburbios.
     A unas cuadras, en la Plaza de la República han comenzado de nuevo los enfrentamientos de los izquierdistas con la policía, como ocurre desde hace ya casi un mes día a día, en una rutina que se ha impuesto en la Noche de Pie, a medida que se solidifica el movimiento de los indigandos locales que sueñan con un ingreso básico para todos los ciudadanos y el derecho al ocio y la pereza propugando por Paul Lafargue, el yerno de Marx. Cuando terminan hacia las dos de la mañana actividades militantes, debates, proyecciones de cine alternativo y comprometido y los discursos políticos, un núcleo final de un centenar de revoltosos anárquicos comienza la construcción de barricadas con mesas y basuras, latas de cerveza y el disparo de todo tipo de proyectiles ante la arremetida de las fuerzas del orden.
     Y entonces decenas de patrullas y vehículos policiales recorren el barrio por las avenidas con sus luces y sirenas encendidas y acuden a la refriega que poco a poco se va extinguiendo hacia la madrugada en los barrios del noreste de la ciudad. La calle maleva de Lappe va vaciándose de sus fiesteros y el barrio vuelve a cierta calma. En algunas esquinas o bajo portalones duermen sobre colchones familias de inmigrantes con sus hijos o vagabundos con su perros, una población que en los últimos años ha aumentado vertiginosamente con la llegada de oleadas de desplazados que huyen de las guerras de África y el Magreb o de Oriente Medio y se han logrado infiltrar en Francia, aunque de manera mucho más reducida que en Alemania. Ellos están ahí esquina tras esquina, en las riberas de los canales, debajo las arcadas del metro aéreo o al borde de las vías del ferrocarril, más allá de las estaciones del Norte y el Este.
     La ciudad sigue su ritmo. El bar restaurante Falstaff de Bastille sigue abierto para los habituados de los after show de toda la zona, esas fiestas que siguen hasta al amancer para las insaciables nuevas generaciones nacidas en el año 2000 o en este siglo XXI, que ya están llegando a la mayoría de edad y renuevan siglo tras siglo la divisa de la ciudad como una fiesta que no termina nunca. París es una fiesta, decía Hemingway. Solo que ahora, como en otros tiempos pasados, las guerras y las crisis vuelven a estar más cerca y después de los atentados de noviembre no queda para ellos más que divertirse, bailar y beber antes de un improbable cataclismo.