martes, 7 de noviembre de 2017

LAS CARTAS DEL PERUANO RIBEYRO

Por Eduardo García Aguilar
Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) fue uno de los más notables escritores peruanos de la segunda mitad del siglo XX, al lado de José María Arguedas, Alfredo Bryce Echenique y Mario Vargas Llosa, y como casi la mayoría de los autores latinoamericanos se ganó la vida ejerciendo el periodismo en una agencia de noticias y como agregado cultural de su país en París, donde vivió desde 1960 hasta antes de su retorno definitivo al terruño. Tales funciones de periodista o diplomático las vivió “con el mismo desapego que un buen actor educado en la escuela brechtiana”, según dice en una de las cartas que dirigió durante décadas a su agente literario alemán Wolfgang Luchting, publicadas por la Universidad Veracruzana de México en recopilación crítica realizada por Juan José Barrientos.
El peruano, fumador empedernido, muy flaco y bajo de peso, quien sufrió toda su vida de graves enfermedades estomacales como úlceras y hemorragias que lo llevaron al hospital con frecuencia, agrega que le daba lo mismo haber sido “profesor en Ayacucho o abogaducho en Lima”, pues “en buena cuenta, haga lo que haga, yo estoy siempre en otra parte. ¿En dónde? Probablemente en la literatura. Pero esa sería una respuesta demasiado jactanciosa. No me extraña que cuando escribo, esté también en otra parte”.
Ribeyro, autor de las notables Prosas apátridas, pertenece a la estirpe de autores escépticos y desganados, poco dados a buscar el éxito, que no sólo se dedican a la narrativa o a la poesía en exclusiva, sino que exploran géneros laterales como diarios, correspondencia, aforismos y autobiografía, por medio de los cuales observan con lucidez su propia vida y la de quienes les rodean en sus labores o la vida familiar y amistosa. Inclusive añade que lo que “condena mi obra a la oscuridad es su carácter antiépico, lo que es imperdonable en un escritor latinoamericano”. Y como vivió de lleno el éxito de su compatriota y benjamín Mario Vargas Llosa (1936), quien llegó como él a París en 1960 y también trabajó en la Agencia France Presse, añade que “así Mario no existiera, mi obra sería igualmente poco conocida”.
Vargas Llosa llegó a París con su tía y esposa Julia Urquidi, protagonista posterior de su novela La tía Julia y el escribidor, y trabajó en la misma agencia francesa como redactor y traductor, y luego en Radio France International como locutor, inscribiéndose en la línea de escritores agencieros o locutores de emisoras radiales, tales como Juan Carlos Onetti, Gabriel García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando del Paso y muchos más. Gracias a la correspondencia de Ribeyro con Luchting seguimos paso a paso el camino al triunfo del genial autor de La ciudad y los perros, de quien es amigo íntimo, ve casi a diario y con quien comparte cenas frecuentes al calor del vino y la literatura.
No hay duda para él que estamos frente a un caso fenomenal, pues Vargas Llosasaltó a la fama mundial desde muy joven y logró un éxito arrollador con sus primeras novelas traducidas a muchas lenguas. Pero además es un autor peculiar, alejado de la bohemia usual entre los autores latinos, que logra también convertirse en brillante, aplicado y exitoso académico y ensayista, con obras notables tales como la monumental Historia de un deicidio, sobre Gabriel García Márquez, o La orgía perpetua, sobre Flaubert. A lo que se agrega su activismo político, que lo llevó a ser candidato y casi presidente de su país, derrotado al final por Alberto Fujimori y luego a presidente del PEN Internacional. Ribeyro no duda ya desde comienzos de los años 60 de que su joven amigo será premio Nobel. Aunque reconoce el “tempo lento” de la inteligencia de Vargas Llosa si se le compara con otros contemporáneos peruanos como Lucho Loayza, considera que “el aparato mental de Mario funciona con una constancia, una continuidad, una persistencia que yo calificaría de inhumana”.
En Cartas a Luchting (1960-1993) asistimos también al triunfo de García Márquez, cuya traducción al francés de Cien años de soledad recibe en 1969 un despliegue inusual de dos páginas en el diario Le Monde, por lo que el peruano redacta un cable para la Agencia France Presse que será reproducido en todos los diarios latinoamericanos, generando esa ola imparable de la fama y el éxito del colombiano. “Esto me reafirma cada vez más en mi convicción de que la celebridad es como un juego de espejos: las dos páginas de Le Monde reflejan la novela de García Márquez, mi nota refleja las páginas de Le Monde, revistillas y periódicos reflejarán mi nota, centenares de lectores, millares mejor dicho, probablemente millones, reflejarán en sus charlas y comentarios lo que diarios y revistas dicen, etcétera. Y así hasta el infinito”, dice Ribeyro en una carta del 6 de enero de 1969. 
Pero los avasalladores éxitos tanto del joven y apuesto narrador peruano, como del exótico novelista colombiano, contrastan con la situación del autor de Crónicas de San Gabriel (1960) y Los geniecillos dominicales (1965), quien por enfermedad debe abandonar sus trabajos parciales en la AFP y en la embajada para dedicarse en exclusiva a su labor en la Unesco. Por los cambios políticos en su país, Ribeyro se muestra preocupado de perder su empleo. Afirma que desde “el punto de vista material esto sería para mí una catástrofe, pues significaría volver a fojas uno: la del hombre sin profesión, sin diplomas, sin una calificación precisa, con familia y deudas, enfermo por añadidura, librado a los 46 años a su propio desamparo”. Frase autoimprecatoria ésta última de Ribeyro que no deja de tener un aire de dandismo. Él sabe que su obra es tal vez menor, pero no duda que poco a poco la lucidez de sus textos le darán un lugar imprescindible en la literatura latinoamericana, como lo atestigua el otorgamiento del Premio Rulfo poco antes de su muerte, en diciembre de 1994, a cuya recepción, por ironías del destino, no pudo asistir debido a su enfermedad. Las cartas del peruano son el testimonio de uno de los momentos más apasionantes de las letras latinoamericanas, cuando experimentaron un largo y excepcional auge mundial.
 * Publicado en Excélsior. Expresiones. México. Domingo 5 de noviembre de 2017.

domingo, 29 de octubre de 2017

LUISA FUTORANSKY EN PARÍS

Por Eduardo García Aguilar
Hubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable argentino Julio Cortázar. Ahora en esta ciudad amada, llena de inmigrantes y exiliados de todo el mundo, nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual, y decenas de escritores discípulos y amigos tejen día a día su testimonio.
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press, Nueva York, 2000), nos habla de “un país que se te encima al de ayer”, y agrega que “deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres”.
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el cortazariano Pont des Arts, visitar la librería Colette en el dieciochesco y volteriano barrio Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Museo de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en Beaubourg, para observar una exposición de Pierre Klossowski, es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicable y lo raro.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades y paradojas literarias y vitales. Parece que vuela en el tapiz de Las mil y una noches, o viaja en los laberintos del Manuscrito hallado en Zaragoza, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tíbet, cerca del Yeti ancestral.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas o lanzan arco iris caleidoscópicos.
“Soy tierra prometida en París”, nos dice Futoransky mientras camina por la viejísima rue au Maire en busca de las calles del original Chinatown, el de tiempos de entreguerras y espías, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto “Arde París. Aquí vivimos”, incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores, Jerez, España, 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 niños africanos pobres achicharrados y hacinados en un tugurio del barrio de La Ópera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, nos dice con ironía, “persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias”.
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafía en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa (pirámide cónica) inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Picchu o en La Paz, Bolivia, en un caHubo un tiempo en que en París reinaba con su ingenio el gran e inolvidable argentino Julio Cortázar. Ahora en esta ciudad amada, llena de inmigrantes y exiliados de todo el mundo, nos ilumina Luisa Futoransky (Buenos Aires, 1939), la más grande escritora latinoamericana actual, y decenas de escritores discípulos y amigos tejen día a día su testimonio.
Vivir en estos tiempos en París y coincidir con Luisa Futoransky es una fortuna y un honor. Su vasta obra siempre ha recorrido los caminos prohibidos y desde su exilio permanente, desde el viaje, nos nutre con lucidez, ironía e inteligencia.
En el libro París, desvelos y quebranto (Pen Press, Nueva York, 2000), nos habla de “un país que se te encima al de ayer”, y agrega que “deshice casas, perdí bibliotecas, me fui con lo puesto en una valija, dos, valijas, tres”.
Por eso caminar con ella por la rue Saint Honoré, cruzar el cortazariano Pont des Arts, visitar la librería Colette en el dieciochesco y volteriano barrio Le Marais o atreverse a deambular por las salas del Museo de Arte Contemporáneo Georges Pompidou, en Beaubourg, para observar una exposición de Pierre Klossowski, es una aventura de la que se sale más encumbrado siempre en la sabiduría de lo inexplicable y lo raro.
Por donde va Luisa Futoransky se crea una especie de halo de eternidades y paradojas literarias y vitales. Parece que vuela en el tapiz de Las mil y una noches, o viaja en los laberintos del Manuscrito hallado en Zaragoza, o que va tras las huellas del pequeño buda Karmapa de 14 años por las nieves del Tíbet, cerca del Yeti ancestral.
Así la he visto en Bastille, en Saint Germain de Prés, en la rue de Charonne, en el Café Nemours junto a la Comédie Française, volando en un tren de palabras o en un trineo halado por lánguidos camellos que dicen poemas o profieren oraciones crípticas o lanzan arco iris caleidoscópicos.
“Soy tierra prometida en París”, nos dice Futoransky mientras camina por la viejísima rue au Maire en busca de las calles del original Chinatown, el de tiempos de entreguerras y espías, poblado de pequeños restaurantes familiares y bodegas subterráneas que se intercomunican bajo tierra, en una especie de falansterio de hormigas y abejas orientales.
También la he visto degustar exquisiteces en alguno de aquellos lugares secretos de novela vietnamita situados en el otro Chinatown del barrio XIII, al sur de la ciudad, o en un salón de amistad pequinesa terminando un plato milenario contemporáneo de la Muralla China, preparado según la receta del Emperador y servido en vajillas traídas desde Brujas.
Pero en el texto “Arde París. Aquí vivimos”, incluido en Seqüana Barrosa (EH Editores, Jerez, España, 2007), la escritora nos impreca furiosa cuando en la navidad de 2006 mueren 10 niños africanos pobres achicharrados y hacinados en un tugurio del barrio de La Ópera, o cuando matan a un muchacho de 11 años, o se profieren referencias racistas diarias, pero eso sí, nos dice con ironía, “persígnense. El foie gras no espera, el relleno del pavo tampoco. Las burbujas y la vanidad bien, gracias”.
Futoransky vivió en China y en Japón mucho tiempo antes de recalar con su caligrafía en París para construir su vasto movimiento tejido de palabras. Y se dice que ella sigue allá leyendo las cartas junto a una gigantesca estatua de Buda o en la Stupa (pirámide cónica) inicial de Sarnat. Pero también la dicen presente en las alturas de Machu Picchu o en La Paz, Bolivia, en un campo de golf, en la “Villa Imperial de Potosí”, leyendo a Única Zürn.
Toda su poesía es un viaje: poemas como “Tokio hora zeta”, “Yendo a Benoa”, “Di Provenza”, “Crema catalana”, “Alud en Galese , “Derrota en Tienanmen”, “Jerusa mi amor”, son apenas algunas de sus escalas. En Prender del Gajo (Calambur, Madrid, 2006), el periplo continúa: nos habla de “Los efectos del viaje según Ibn Arabi” o del “Luto en Charenton” o de la “Isola de Giglio” y en De donde son las palabras (Plaza y Janés, Barcelona, 1998), en el poema “Restaurante de Ekoda”, la viajera nos dice que es “singular hallarse aquí ante una tevé, un buda con baberito, una pagoda en construcción envuelta en una llovizna tenaz”.
En su poema “Nuevo barco ebrio” de Babel, babel, sabemos que “el corazón se estremece por las nieblas que no comprende” y al explorar los olvidados arcanos terribles de la infancia concluye que “el bajel está solo con los acantilados que surgen bajo su quilla; a barlovento la ciudad mohosa en el limo de la infancia, en el norte los pecados capitales incendiados por un gas de neón maligno que ha invadido los bulevares del mar de silencio, hasta ser esa llaga animal y corrosiva que nunca le abandona”.
Esta es sólo una breve muestra de su singular obra poética, a la que se agrega la vasta obra narrativa y ensayística, traducida al francés y al inglés, con novelas como Son cuentos chinos, De Pe a Pa, Urracas y Formosas, y los ensayos Pelos y Lunas de miel, entre otros.
Con Luisa Futoransky París y el mundo es mejor y más sabio. Nosotros los errantes, los cosmopolitas, los que hemos perdido bibliotecas, casas, gemas y amores podemos sanar del extravío al leer sus libros, que deben estar al lado, en la mesa de noche. Luisa Futoransky está en París. “¿Arde París? Aquí vivimos”.
  • Futoransky, Luisa. De donde son las palabras. Plaza y Janés Editores. Barcelona, España, 1988.
    —. Antología poética. Poetas argentinos contemporáneos. Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires, Argentina, 1996.


domingo, 22 de octubre de 2017

EN LA CIUDAD DE JULIO VERNE

Por Eduardo García Aguilar

Nantes es una de las ciudades más sorprendentes de Francia y en sus calles, avenidas, puentes y las riberas del Loira vibra la presencia de Julio Verne (1828-1905), uno de sus más ilustres hijos, el novelista que desató la imaginación futurista de muchas generaciones de lectores. Estamos en la región de Bretaña, en el extremo oeste de Francia, en una casi península que parece la proa de un barco que rompe las aguas del Océano Atlántico. En estas tierras húmedas, donde pugnan vientos y olas a lo largo del año, se respira una atmósfera peculiar que ha dado y da a sus habitantes desde siempre formas peculiares de percibir el mundo desde la excentricidad y la diversidad.
Desde hace milenios humanos provenientes de lo que hoy es España habitaron en estas fértiles tierras, como lo prueban los vestigios de actividades metalúrgicas descubiertas por los arqueólogos y después residieron en estas playas y riberas pueblos galos, romanos y vikingos que se disputaban los territorios en cruentas guerras mitificadas en las leyendas y las sagas medievales. Durante siglos el Ducado de Bretaña fue rico y autónomo hasta su anexión al poder central de la corona francesa, cuyos reyes se casaron con las poderosas duquesas autóctonas.
El castillo circular alberga hoy el rico Museo de historia local, donde seguimos paso a paso los avantares de la ciudad y sus gentes y que se centra en el episodio del comercio esclavista del que Nantes fue por desgracia epicentro mundial. Durante siglos esta ciudad bretona, especializada en los astilleros donde se construían hace siglos y se construyen hoy las embarcaciones más grandes y fabulosas de la industria naviera, ejerció el próspero comercio triangular en el hemisferio occidental. Desde este puerto europeo viajaban cargadas de mercancías las expediciones navales a los países de la costa occidental africana para negociar la compra de miles de negros esclavizados que luego eran transportados como bestias hacinadas hacia Louisiana o a los diversos puertos del Caribe como Veracruz, La Habana y Cartagena de Indias.
Pero hoy en estos mismos aposentos de la realeza de antaño se exponen las pruebas de una atrocidad que aún duele en el mundo y sigue generando polémica, pues unos quisieran olvidar y otros por el contrario los estudian para denunciarlos y exigir la reparación para los descendientes de esos pueblos humillados y torturados durante siglos hasta la abolición de la esclavitud en el siglo XIX y que aún hoy siguen siendo discriminados en sociedades donde pervive un larvado racismo.
En el marco del año Francia-Colombia, el castillo de los Duques de Bretaña alberga hasta fin de año una bella y muy bien curada exposición del oro prehispánico colombiano, en la cual vemos piezas de las diferentes culturas indígenas que fueron arrasadas y exterminadas por los conquistadores españoles. Mostrada desde el ángulo peculiar del chamanismo, la exposición es una metáfora de ese choque brutal de dos mundos en el que uno fue silenciado y pervive solo en esas joyas de oro que lucían dignatarios y chamanes y que son visualizaciones abstractas de animales sagrados como jaguares, murciélagos, monos o caimanes.
Pero Nantes no es solo el epicentro del ominoso pasado esclavista y conquistador. Desde hace décadas la actividad cultural reina en sus calles, convirtiendo a la ciudad en un atractivo polo artístico y de rebeldía humanista gracias a la impronta del gran Julio Verne, quien nació y creció en esta ciudad y cuya imaginación desbordante presagió los inventos y los viajes fabulosos interplanetarios. En Nantes, donde estudió en el Liceo Real, y después de adulto en París y Amiens, el escritor imaginó sus viajes impregnado a lo largo del siglo XIX por el auge de las industrias y las ciencias.
En el antiguo astillero de Nantes, trasladado más adelante al sitio de Saint Nazaire, se encuentra ahora un gran parque de atracciones que rinde homenaje a esa imaginación futurista de Julio Verne. Un gigantesco elefante mecánico de 12 metros de altura y varios pisos recorre las avenidas del parque, potenciado por turbinas y lanzando vapor desde su trompa móvil. En otro lado, varios mecanos gigantescos se activan y los niños viajan en tiovivos desbordantes de imaginación que parecen salidos de un sueño suerrealista. Todo esto da a la ciudad universitaria una increíble potencia lúdica que se fortalece con festivales de teatro, música, coloquios, exposiciones, programados a lo largo del año.
Para el transeúnte recorrer sus rincones es leer los distintos episodios históricos a través de casas medievales como la de la Judería, templos, puertas antiguas, edificios decimonónicos dotados de balcones típicos en hierro, así como plazas y callejones llenos de bares, cafés y restaurantes o a la vez construcciones recientes donde se expresa la arquitectura y el urbanismo del siglo XXI, tan futurista como los sueños del autor de los Viajes extraordinarios.
Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en 80 días, Miguel Strogoff, De la tierra a la luna, Veinte mil leguas submarinas, La isla misteriosa, son apenas algunas de las 62 novelas producidas en su larga vida por el hijo de Nantes, libros que todos leímos fascinados en la niñez y la adolescencia y por eso al venir aquí uno peregrina y se inclina con agradecimiento ante este padre de la ficción que inició a tantos escritores en el vicio de leer y fabular sin límite. El primer libro que compré en mi vida con mi propio dinero a los 12 años en Bogotá fue De la tierra a luna, en la edición ilustrada de la editorial Kapelusz, que aun conservo como una joya. Estar por primera vez en la ciudad natal de Julio Verne dispara las emociones y nos invita a continuar con entusiasmo el viaje de la imaginación. 
 

domingo, 17 de septiembre de 2017

EXOTISMOS ORIENTALISTAS DE MARRUECOS

Por Eduardo García Aguilar

La primera vez que visité Casablanca, en la Costa Atlántica de Marruecos, me pareció muy parecida a la ciudad colombiana de Barranquilla. Había entrado a un café en una calle polvorienta de un barrio popular bajo el sol ardiente y la gente que deambulaba por las calles o estaba sentada frente a las mesas parecía salida de un barrio de la ciudad costera colombiana situada cerca de donde desemboca el río Magdalena.
Tomé la cerveza y estuve en la tarde refugiándome del sol y después fui a los ajetreos de la Feria del libro, que es una de las más importantes de África desde hace tiempo. La primera visita fue corta, porque había que viajar más al sur, a Essaouira, la antes mítica Mogador, pero luego tuve la fortuna de regresar a la misma feria en dos ocasiones y así estar en periodos más largos, recorriendo el centro histórico de estilo art déco o la medina antigua, o tomar el moderno tranvía de fabricación francesa que atraviesa la capital industrial, portuaria y comercial del reino para visitar la inmensa y lujosa mezquita Hassan II o a su rival, un gigantesco centro comercial moderno y cosmopolita recién inaugurado.
La feria del libro de Casablanca es muy animada y siempre cuenta con presencia de amplias delegaciones francesas y de los países del África del Oeste, que pertenecen a la zona de influencia cada vez más fuerte del poderoso reino gobernado por el riquísimo Mohamed VI, hijo del rey Hassan II, quien con frecuencia realiza giras por la región haciendo inversiones y abogando por una visión más moderada del islam.
Marruecos, que en su mayor parte fue protectorado francés de 1912 a 1956, es un país francófono y en tiempos de auge de esa influencia la urbe moderna fue construida en estilo Art Deco, como otras muchas ciudades que recibieron influencia de esa corriente arquitectónica en todos los rincones del mundo, desde Australia y Camboya, hasta México, Río de Janeiro o Nueva York. En Francia hay una gran presencia de escritores descendientes o hijos de exfuncionarios de la metrópoli que guardan ataduras familiares en el soleado país, al que aman y relatan en sus novelas y poemas, así como notables autores marroquíes francófonos que viven y publican en París, como Tahar ben Jelloun y Abdelatif Laabi y otros muchos más. También otra parte del país estuvo bajo protectorado hispano, y los ritmos de la música andaluza se dejan sentir hoy en todos los rincones de fiesta y diversión.
Por su clima, la Costa Atlántica, las montañas nevadas, los desiertos, las medinas, Marruecos atrajo en el siglo XIX y XX a artistas y turistas europeos y norteamericanos fascinados que decidieron vivir allí, como los estadounidenses Allen Ginsberg, William Borroughs y Paul Bowles, el francés Jean Genet y el español Juan Goytisolo, y en Tánger y otras ciudades se han instalado muchos aventureros para huir de las inclemencias de los inviernos y vivir en un mundo exótico y sensual, que también fue durante mucho tiempo un paraíso sexual y tema predilecto de fotógrafos, acuarelistas y pintores orientalistas.
Por su posición estratégica el país siempre fue codiciado a lo largo del tiempo por las potencias, en especial portugueses, españoles, alemanes y franceses, por lo que se pueden ver rastros de murallas hispanas en los diferentes puertos, como en Mogador, donde la pesca y la artesanía han sido y son los centros de actividad y que fue en los años 60 y 70 refugio de centenares de hippies y estrellas de rock occidentales, que acudían allí después de visitar Marrakesh.
Pero ya hace milenios esta tierra extrema que era el confin del universo conocido fue poblada por fenicios, griegos y romanos, que dejaron sus huellas en ruinas tan hermosas como las de Volubilis en Meknés o Chellah en la capital Rabat, que son visitas obligadas y fascinantes. Ya más tarde los árabes y los sultanatos inspirados por Mahoma tomaron posición en el lugar, desplazando a los habitantes originales berberes y desde entonces impusieron la religión islámica, que se extendió hasta la mitad sur de España bajo el nombre de Al Andalus y terminó allí cuando fueron expulsados definitivamente hacia 1492 por los reyes católicos Fernando e Isabel, con la derrota del "último rey moro de Granada", tal y como cuenta la leyenda.
Al recorrer la inmensa medina de Fés, otra ciudad imprescindible del reino, situada al norte, un viajero hispanoamericano se siente en terreno conocido cuando los campesinos o comerciantes de ascendiente árabe o judío gritan "arre, arre" a sus fatigadas mulas por las callejuelas de la ciudad medieval o al atestiguar la actividad artesanal que también fue practicada en las colonias hispanoamericanas por parientes indianos de estos expulsados que se aventuraron en las naos españolas ya transmutados en conversos con apellidos sefardíes o hispanos.
Todos esos elementos sincréticos y milenarios dan una carga simbólica especial a cada uno de los rincones de este país: los vigorosos juegos y justas de los jinetes sobre caballos adornados y ataviados en las costas de Essaouira o Casablanca, las danzas de los posesos gnaouas de origen negro en las barriadas de las ciudades, la actividad de las medinas secretas y laberínticas o las caravanas de camellos en los desiertos interminables del Sahara.
Y en siglo XX el mito de Hollywood tocó a la próspera e industrial Casablanca con la famosa película del mismo nombre dirigida por Michael Curtiz y protagonizada en 1942 por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, convertida desde entonces en símbolo de la Segunda Guerra Mundial y en una de las historias de amor más admiradas por los cinéfilos del mundo entero. Hasta esa ciudad llegaban quienes huían de la guerra y esperaban allí la oportunidad de partir hacia América. Volver a Casablanca, caminar por sus calles, ver en casi todos los bares imágenes de esa película inolvidable, nos confirma la carga simbólica de esta tierra que nutre desde siempre las artes y las letras.

lunes, 11 de septiembre de 2017

MÉXICO Y LA LEY DE LOS SISMOS

Por Eduardo García Aguilar
El fuerte terremoto de 8,4 grados de magnitud que sacudió a México este jueves a medianoche, que por fortuna no dejó miles de muertos como en otras ocasiones, me trajo a la memoria la experiencia de otra catástofre que viví en carne propia en la zona de desastre en la capital mexicana, en la Colonia Roma, el 19 de septiembre de 1985. De niño y adolescente había vivido varios terremotos fuertes en Colombia, pero aquel sismo es el más duro que he experimentado por su duración, magnitud y carácter casi apocalíptico.
Vivía entonces en un bello edificio antiguo de la época porfiriana, construido con ladrillo rojo y con una torre puntiaguda como de cuento de hadas, llamado la Casa de las brujas, lugar donde a comienzos del siglo XX vivieron diplomáticos y después, a medida que se deterioraba, fue sitio de residencia de muchos artistas y escritores, dos de ellos Premio Cervantes, el joven Carlos Fuentes y su esposa la actriz Rita Macedo, que lo habitaron en los años 60, y Sergio Pitol, quien vivió allí en los años 80. Ambos se refirieron al edificio en sus escritos y Pitol sitúa El desfile del amor en su ambiente exótico y en los interiores Art Deco de los años de antes y después de la Segunda guerra mundial.
La Colonia Roma fue construida en los tiempos de Porfirio Díaz y es una zona de bellas casas, avenidas, parques, palacios y edificios de diversas arquitecturas, donde residía la élite de generada por aquella dictadura inspirada en el positivismo y el progreso, que dio al país un gran impulso económico, pero generó a su vez las tensiones que condujeron a la Revolución mexicana. Cafeterías italianas, tiendas, restaurantes, pastelerías y dulcerías de lujo, templos, galerías de arte, centros culturales, inspirados por las capitales europeas, alternan en ese barrio con nuevas edificaciones y rincones un poco desuetos. Y en la Plaza Río de Janeiro, frente a la Casa de las Brujas, está una réplica del David de Miguel Ángel.
Quienes vivíamos en ese edificio nos sentíamos privilegiados y muchos de los habitantes se dedicaban a alguna de las artes, por lo que no era raro escuchar el sonido de pianos, chelos o violines de los músicos, o visitar los talleres de los pintores y artistas plásticos o percibir el traqueteo nocturno de las máquinas de escribir que fatigaban con fuerza poetas, ensayistas y escritores de todas edades y tendencias. La colonia Roma era el centro del arte, la música y la poesía.
Todos fuimos sorprendidos al amanecer de ese día fatídico por largo remezón de 8,1 grados de magnitud, que primero fue oscilatorio. El edificio parecía un barco en medio del océano mecido por el oleaje, una nave ebria, loca, que viajaba sobre las ondas terráqueas generadas por el poderoso movimiento telúrico. Ese primer episodio fue eterno y cuando creíamos que iba a cesar, conscientes del riesgo y paralizados por el pánico, comenzó la segunda parte, esta vez trepidatoria, que hizo crujir y abrir paredes e inclinar edificios aledaños, de los cuales uno veía caer muros y vidrieras y hasta las camas y los muebles que salían disparados desde los apartamentos en las alturas, al mismo tiempo que los transformadores eléctricos estallaban proyectando chispas en medio de chirridos.
Muchos nos despedimos de la vida y dijimos adiós para siempre ese día, pero sobrevivimos. Otros habitantes de la zona de desastre, decenas de miles, según diversas cifras, murieron entre las ruinas de centenares de edificios derruidos, hundidos, inclinados o caídos sobre calles, parques y avenidas como castillos de naipes. Hospitales, industrias textiles, vecindarios, barrios enteros quedaron arrasados. Un estadio se convirtió en una morgue al aire libre. El olor a muerte inundó todas las semanas siguientes la zona de desastre. El país quedó incomunicado durante dos semanas. Nos salvamos por vivir en un edificio viejo y decrépito, porque los que se desplomaron fueron casi todos los modernos.
Los seres humanos olvidamos pronto y la Ciudad de México volvió a vivir su vida poco a poco. Año tras año empezaron a aparecer nuevos rascacielos cada vez más altos, sin tener en cuenta que temblores como el ocurrido esta semana a medianoche, con saldo muy bajo por fortuna de solo 61 muertos y 200 heridos, se repetirán tarde o temprano a lo largo de las zonas donde chocan las placas tectónicas de las costas del Océano Pacífico desde Estados Unidos hasta la Patagonia.
En California, donde en 1906 San Francisco fue arrasada por un terremoto, se espera desde hace años un evento devastador que los expertos denominan el Big One y ocurrirá en la falla de San Andrés. Centroamérica también ha sido golpeada cíclicamente, así como Colombia, Ecuador, Perú y Chile y otros países latinoamericanos. Y en otras regiones del mundo se vive bajo la amenaza permanente como en Japón, India y China y en las zonas cercanas al Himalaya y el Everest, cuya altura es la prueba de esas fuerzas telúricas profundas. Nepal ha sido destruido con frecuencia. En algunos países mediterráneos también chocan las placas y países como Italia, Grecia, Turquía pueden ser golpeados con frecuencia por fuertes sismos.
Muchos habitantes de la Casa de las brujas decidimos irnos de inmediato de allí a vivir en zonas del sur de la ciudad con menor riesgo sísmico, pues están asentadas sobre capas terráqueas menos inestables. El centro de la ciudad fue construido sobre el antiguo lago de Tenochtitlán y por eso los sismos allí tienen más impacto, como si la ciudad flotara sobre una masa coloidal, casi líquida. Así observamos este fin de semana con pavor en las redes sociales la oscilación del ángel de la Independencia de la céntrica avenida Reforma y de muchos rascacielos enormes, mientras la energía desatada por la tierra provocaba extrañas luminosidades en los cielos parecidas a las auroras boreales. Los relatos de quienes vivieron este nuevo episodio sísmico en la metrópoli mexicana nos recuerdan que vivir allí y en otras urbes de la región es estar en el peligro permanente.
Por eso uno se sorprende cuando en ciudades como Bogotá y otras de América Latina florecen ahora rascacielos autorizados y construidos de manera irresponsable, cuando las autoridades deberían ser estrictas y obligar como en Japón a crear urbes humanas preparadas para los inevitables choques sísmicos. Cuando alguien decide vivir en un alto edificio por muy elegante y bello que sea, olvida que la tierra a veces tiembla. Ese es el lado optimista de los humanos, quienes olvidamos siempre que la tierra es un planeta frágil lleno de terribles tensiones geológicas, un globo minúsculo que flota como polvo en medio del universo infinito.  

 

sábado, 26 de agosto de 2017

EL MATUSALÉN CHILENO DE LA POESÍA

Por Eduardo García Aguilar
El poeta chileno Nicanor Parra (1914) siempre ha vivido contra la corriente y se da inclusive ahora el lujo de llegar este 5 de septiembre de 2017 a los 103 años de edad, lo que ya de por si es una proeza para cualquier ser humano y mucho más para un escritor de versos, bardo, vate o como quiera llamársele, cuando no un acto más de su extraordinario sentido del humor y su irreverencia a toda prueba.
Solo a él podría ocurrírsele llegar lúcido y caminando a estas alturas de la senectud, cuando por lo regular sus congéneres mueren jóvenes por los excesos de la vida, como los malditos herederos de Edgar Allan Poe, Rimbaud, Baudelaire y Verlaine, el sufrimiento, la pobreza y los fusilamientos, cuando no por la locura y las pulsiones suicidas. La lista de los mártires poetas del mundo sería interminable: recordemos al alemán Hölderlin, a los colombianos José Asución Silva y Raúl Gómez Jatin, los españoles Federico García Lorca, Miguel Hernández  y Leopoldo Maria Panero, a los rusos Vladimir Maiakovsky y Maria Tsvetáieva o a la argentina Alejandra Pizarnik, entre otros miles que yacen hoy en el olvido o en la gloria.     
Retirado en su casa frente al mar Pacífico, el hermano de la cantante popular Violeta Parra, el mayor de una familia de artistas y bohemios, ha recibido allí a lo largo de tiempo las visitas de sus admiradores de todo el continente, jóvenes seguidores que se han muerto antes que él, como el famoso narrador Roberto Bolaño, para quien era su maestro máximo y su inspiración. Por su casa han pasado todos los poetas latinoamericanos que han peregrinado hasta Chile en busca de conocerlo y han relatado desde hace décadas en artículos, entrevistas o reportajes la forma en que recibe con sencillez que desarma y agudeza que sacude, cubierto por una ruana para enfrentar al frío austral y moviendo las pobladas cejas que lo caracterizan.
Otros lo han visto recitar sus poemas desde palcos o escenarios haciendo desternillar de risa a sus oyentes con sus ocurrencias o lo vieron inmutable al lado de la presidente Michelle Bachellet cuando Chile celebró con todas las pompas y entusiasmos su centenario en vida hace tres años, cosa que muy pocos grandes escritores han podido experimentar, salvo el caso de Ernest Jünger, militar y escritor alemán autor de Los acantilados de mármol.
En el centenario se reeditó en libro y se hizo una exposición de sus Artefactos, imágenes u objetos irreverentes que siguen la corriente lúdica inaugurada por Marcel Duchamp, quien convirtió en su momento a un orinal en una obra de arte. Parra en esas imágenes y objetos se burla de los dioses, la izquierda, la derecha, la mujer, el hombre, los poetas y todas las instituciones civiles, eclesiásticas y militares, incluso la propia poesía.    
Matemático y físico de profesión y profesor durante décadas, Nicanor Parra se hizo conocido muy pronto al final de la primera mitad del siglo XX por sus Poemas y antipoemas (1954), una serie de textos escritos con una naturalidad asombrosa, coloquiales, sorpresivos, llenos de ocurrencias y recursos nuevos, donde cambió los rumbos de la poesía continental ante la incredulidad de la mayoría de poetas de su época, aun presos en las redes del modernismo, la solemnidad, la retórica o la poesía comprometida, cuyo máximo exponente era Pablo Neruda (1904-1973), glorificado desde los años 20 por sus Veinte poemas de amor, Residencia en la tierra y en especial por el monumental Canto General, que lo llevaría directo a obtener el Premio Nobel en 1971, segundo chileno en lograrlo después de Gabriela Mistral (1889-1957).
Chile, por su insularidad y geografía abrupta de país extendido en estrecha franja de tierra entre las alturas de la cordillera y el mar, con regiones a veces áridas, desérticas y otras húmedas, frías e inhóspitas, ha generado escrituras y artes muy excéntricas acordes con su situación excepcional. Ya antes el escritor vanguardista Vicente Huidobro (1893-1948) había quebrado con sus delirios y sonidos especiales la tradición poética recién liberada del modernismo. 
Más adelante Pablo de Rokha (1895-1968), el autor del Canto del macho anciano, ejerció también una poesía rebelde que se enfrentaba al tododeroso y proteico Neruda, militante del Partido Comunista y amante de la Unión Soviética que fue diplomático, político e incluso llegó a ser candidato presidencial. En esa línea han seguido Gonzalo Rojas (1917-2011), un poeta también en extremo original y longevo, ganador del Premio Cervantes cuyos poemas son obras maestras que hacen viajar por laberintos, escapándose siempre por las tangentes, y el contemporáneo Raúl Zurita (1950), quien escribe poemas en el aire y en los desiertos, como lo hicieron antes de él los prehispánicos con las líneas de Nazca.
Parra ha logrado gracias a su longevidad reconocimientos que le fueron ajenos antes como el Premio Cervantes, en 2011, y el Pablo Neruda en 2012. Antes obtuvo en 1991 el I Premio Juan Rulfo y como discurso pronunció un escandaloso poemario que desmonta las solemnidades de la escritura, la poesía y la gloria, inspirándose en la vida sencilla y a veces difícil del autor de Pedro Páramo. Algunos quisieran que a esas consagraciones centenarias se agregara el Premio Nobel.  En su poemario Sermones y prédicas del Cristo de Elqui (1971), otra de sus grandes obras, están todas las invocaciones para que tal suceso improbable ocurra como punto final a una vida consagrada a tomarle el pelo a los humanos.
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* En Francia, la editorial Seuil y la Maison de l'Amérique acaban de publicar una monumental selección bilingüe de las obras de Parra, bajo la coordinación y con postfacio del escritor chileno Felipe Tupper. Poèmes et antipoèmes et Anthologie de Nicanor Parra. (1937-2014). Traduit par Bernard Pautrat. http://www.seuil.com/ouvrage/poemes-et-antipoemes-et-anthologie-nicanor-parra/9782021237450
  
 

lunes, 21 de agosto de 2017

BARCELONA A LA VUELTA DE LA ESQUINA

Por Eduardo García Aguilar
Desde la fuente de Canaletas, donde deudos y paseantes colocan ahora flores, hasta el Liceo, frente al Café La Ópera, se ha escrito gran parte de la historia de La Rambla principal de Barcelona, larga vía en declive que va hacia el mar y se detiene ante la estatua de Colón, que señala desde ahí la lejanía americana.
Junto a las flores de siempre, en un tiempo hubo griterío de los pájaros que eran vendidos en sus jaulas para gusto de infantes y abuelitas. Y desde el largo siglo XIX, que amaba tanto el papel y las ideas, los kioscos de periódicos y revistas han hecho las delicias de los habitantes y viajeros llenos de ideas, sueños e ilusiones, esos que cruzan la calle y toman un café con leche y un croissant para desplegar el diario y enterarse de los chismes políticos o de las lejanas revoluciones o desastres.
Todas las generaciones de transeúntes y peatones, especialmente los parlanchines letrados, estudiantes y poetas, han ido de un extremo a otro conversando animadamente para arreglar el mundo o confesar las cuitas y las ilusiones y fracasos de la vida. Ninguna vía como esta apta entonces para aparecer en novelas o poemas o en crónicas y relatos orales o en las imágenes de los fotógrafos aficionados o los amantes de postales. Todo eso está en los libros de Josep Plá, Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza y Juan Marsé.
La Rambla es familiar. La abuela va con la hija o la nieta rumbo al mercado de Boquería con su ambiente colorido y ruidoso en busca del pescado o la carne fresca, frutas, legumbres o delicias de todo tipo, cuando no se desvía a buscar del pan en alguna de las legendarias pastelerías art nouveau de la zona o de algún medicamento, vino, vajilla, copa, joya, telas o prenda veraniega o de invierno.
El tío va con el sobrino, el padre con el hijo, los novios tomados de la mano y así todo allí se impregna de historias familiares, tanto de los oriundos catalanes que esgrimen sus apellidos de pureza en un largo algoritmo de ficciones nacionalistas, como de los inmigrantes que son la mayoría y vienen de Andalucía, Extremadura, Valencia, Murcia, Asturias, Navarra, Galicia, Canarias, Cuba o de América Latina toda.
La primera vez que la visité en 1975, cuando agonizaba el dictador Franco, fui testigo allí de la cabalgata violenta de los policías montados que perseguían a quienes protestaban por los ajusticiamientos crepusculares del tirano o manifestaban a favor de la democracia y la apertura. Los jóvenes corrían y se dispersaban en las callejuelas mientras los jinetes del apocalipsis franquista esgrimían sus armas y a veces lograban atrapar a algún desafortunado.
Ahora esta semana terrible fueron los jinetes del apocalipsis mahometano los que cruzaron raudos en una furgoneta aplastando a centenares de personas a su paso, sembrando el terror, el caos y la muerte y dejando lisiados para siempre a decenas de inocentes paseantes, locales y extranjeros. De repente la hospitalaria Barcelona se convirtió en un infierno al grito de Alá. He ido tantas veces que Barcelona es como mi casa y cada milímetro de La Rambla lo he recorrido miles de veces poseído por la alegría de volver al lugar de donde uno nunca se ha ido ni se irá.
En ese 1975 había sido invitado por mis amigos barceloneses Mari José López Touron, de la calle Duque de la Victoria, Antonio, del barrio San Rafael y Antoni Farreni i Pociello, el de la calle Sepúlveda, quienes se desvivieron todo ese verano para atendernos como reyes y comer como gigantes las más deliciosas exquisiteces gastronómicas. Cómo no enamorarse de Barcelona y de los barceloneses después de tanta hospitalidad en esos tiempos en que reinaba el boom latinoamericano en sus calles y todo era poesía y canción bajo el mando de Joan Manuel Serrat, cuyos conciertos multitudinarios nos convocaban con frecuencia.
Barcelona es y ha sido un polo cultural invaluable, centro de editoriales y librerías y con el tiempo se ha convertido en el balneario de los millones de turistas europeos que huyen del frío y buscan el sol mediterráneo, que nunca se va de la ciudad condal en ninguna temporada del año. La mayoría de los transeúntes son viajeros que llenan hoteles, bares y restaurantes y hacen bulla y se emborrachan, provocando la furia de muchos lugareños asfixiados por la ola de visitantes.
También Barcelona es y sigue siendo la capital cosmopolita, pese a que dos o tres generaciones de catalanes puros, no necesariamente mayoritarios, han sido poseídos lamentablemente por el delirio identitario y quieren separarse a toda costa de España y crear un diminuto país cerrado a una sola raza pura y a una lengua sola y única. Son los peligros absurdos del regionalismo ciego, el patriotismo y el nacionalismo obtusos que carcomen a la humanidad. En ese contexto, ya con las alas golpeadas por la división, la bella Barcelona ha recibido un golpe de magnitud extrema al grito de Alá, un golpe asestado por los sanguinarios soldados del Ejército Islámico.
Al día siguiente se vio una imagen impensable en la Plaza Cataluña. El rey Felipe VI, el presidente Mariano Rajoy, la alcaldesa Ada Colau, el ideólogo radical de Esquerra Republicana Oriol Junqueras y el presidente de la Generalitat local Carles Puigdemont juntos en un minuto de silencio urgente ante la tragedia y el dolor bajo un vuelo de aves blancas.
Quienes amamos a Barcelona y a Cataluña quisiéramos que ese momento de concordia entre el Estado español y los acalorados líderes del nacionalismo catalán se repita una y muchas veces. Y que el delirio independentista y absurdamente antiespañol de los nacionalistas catalanes se calme, porque ante la magnitud de la amenaza y lo sorpresivo del golpe asestado, deben saber ahora que el verdadero enemigo de Cataluña no es la España democrática y multinacional, sino el ejército del incendiario califato islámico infiltrado ya es sus pueblos profundos, barrios y callejuelas de ensueño.

lunes, 14 de agosto de 2017

EL FANTASMA DE JUAN RULFO
Por Eduardo García Aguilar *
La leyenda de Juan Rulfo entre los escritores de hoy y de mañana quedará fija como la de quien se rebeló con todas sus fuerzas ante la esclavitud de la imagen propia y la vanidad. Tal vez al lado de Samuel Beckett y Julien Gracq y de otros pocos, el autor mexicano se negó a subir a la carroza de la « carrera literaria », mezquino vehículo que en estos tiempos de pragmatismo comercial devora a los escritores de todo el planeta. (1)

Que este hombre, con una enorme celebridad ganada contra viento y marea y tal vez a pesar suyo, hubiera resistido a la tentación de hacer dinero ofreciendo libros a destajo, muestra que las voces de su delirio provenían de un yacimiento muy peculiar, cuyo material sólo se revela a los más sabios, a los más auténticos escritores.

Recién llegado a México, tuve la oportunidad de encontrarlo en varias ocasiones en la cafetería y librería El Agora, solo o conversando con los meseros, y tuve también la maravillosa idea de no abordarlo para decirle cuanto su gesto marcó y marca a los escritores de mi país natal, empezando por Gabriel García Márquez, a quien Alvaro Mutis le dio a leer como ejemplo el legendario libro Perdro Páramo.

Rulfo vestía modestos trajes oscuros, el cabello cano peinado hacia atrás dejaba ver su frente blanca y a veces se le veía con unos enormes lentes oscuros de carey. Alguna vez en la mañana fuimos ambos a lo largo de varias horas los únicos clientes de esa cafetería situada en los altos de la librería de la Avenida Insurgentes y para mi aquella comunión con su presencia fue otro de esos momentos epifánicos de la vida, cuando uno sabe que la fuerza de la verdad y la autenticidad está ahí al lado.

No se trataba en mi caso de esa idolatría que ahora se impone en el mundo frente a los escritores que más venden y ganan premios, más se arrastran ante el poder y los ricos, sino la veneración hacia quien era una especie de San Francisco de la literatura latinoamericana.

Me podrán decir que estoy loco al comparar a Rulfo con San Francisco de Asís, pero no hallo otra figura con quien parangonarlo. Si el nombre de San Francisco aparece aquí para acercarnos a Rulfo es porque el verdadero escritor es siempre alguien muy cercano a la santidad y su ejercicio equiparable a la religión.

El Rulfo que yo vi aquella larga hora sin un libro ni un periódico en la mano y que sólo intercambiaba calurosas palabras con el mesero, acababa de regresar de un viaje a China y tenía la mirada perdida en una extraña placidez irónica de santo. Mientras sus contemporáneos intrigaban aquí y allá, o se lanzaban piedras o miradas de odio, o se pavoneaban buscando el poder, él no temía bajar a la realidad de esa mesa y esa cafetería, ajeno a eso que llaman « gloria ».

Rulfo se me apareció también en los sueños y lo veo nítido en una de aquellas excursiones oníricas. Estaba en una calurosa población de Brasil, tal vez Paraty, con casonas coloniales y calles empedradas y de pronto me hallaba en un cementerio. De repente se aparecía Rulfo, se sentaba a mi lado y me ponía conversación sobre algo absurdo como el color ocre de las hojas de otoño. Tenía la mirada acuosa, lejana, de quien se sabe sueño, fantasma, irrealidad, concreción mítica, imagen fantástica, cuerpo de aire o poesía. Ese encuentro es para mi tan real como si hubiera sido cierto, igual al verdadero de años antes en la cafetería El Agora, una mañana sin fecha.

Rulfo nos legó en unas cuantas páginas la gesta de esos hombres de la tierra que son y han sido los mismos desde siempre, marcados por el rezo, el miedo a la muerte, imploradores de lluvia, curadores de llagas, gimientes en la oscuridad. Ahora que he vuelto a Talpa, El llano en llamas, Diles que no me maten, Luvina, La herencia de Matilde Arcángel o Pedro Páramo, he sentido el escalofrío de saber que estuve cerca alguna vez de un escritor que se sabía ajeno a las voces que de él emergieron en las desoladas tardes de los años 50. Llanto, tierra, montaña, cordillera, tumba, herencia, padre, fusilamiento, llaga, ranas, peregrinación, oración, treno de rezanderas, enfermedad, silencio, palabras de donde nace la literatura.

Cuando murió tuve otra oportunidad de estar cerca a él. La televisión colombiana me pidió imágenes sobre el mundo del recién fallecido y entonces recorrí los sitios por donde anduvo en la capital mexicana, las librerías preferidas, las calles de barrio donde estaba su apartamento y las oficinas del Instituto Nacional Indigenista, en la Avenida Revolución, donde trabajó durante años. Entré a su oficina aún fresca de él, vi su taza de café y escuché el llanto lento de sus secretarias, que lo vieron entrar y salir de ahí, ajeno a la gloria que lo perseguía ya desde hacía décadas.

La furia del poder autocrático de un presidente que se creía Quetzaltcoatl había caído sobre Rulfo hacía unos años, por la osadía que tuvo de opinar sobre los militares.

Hoy nadie se acuerda del presidente de turno y la obra de Rulfo está cada vez más presente porque relata los sufrimientos de un pueblo que sigue y seguirá sufriendo, lejos de toda redención en la tierra. La de Rulfo es una voz que estará siempre ahí como una pirámide, una montaña, la voz que a través de un hombre del siglo XX quiso expresar la de las ánimas que poblaron esta tierra desde hace milenios y la seguirán poblando cuando ya no haya nada.



* Publicado en Expresiones de Excélsior, México. Domingo 3 de abril de 2011.

LA FUERZA PROTEICA DE OCTAVIO PAZ

Por Eduardo García Aguilar
En los años que viví en México entre 1980 y 1998 me tocó presenciar la impactante influencia intelectual en todos los dominios de Octavio Paz, quizá uno de últimos escritores que han concentrado en torno a su obra y figura el espíritu histórico de una nación y en este caso una que por su riqueza, variedad, complejidad y antigüedad milenaria se encuentra al lado de Egipto, India, China y Japón en el primer rango de las civilizaciones irradiantes de imaginarios y sentidos.
En esos tres lustros de vida en México no había un solo día en que no apareciera Octavio Paz involucrado en todos los medios de comunicación en una polémica con la izquierda o con alguno de sus muchos enemigos jurados o adversarios literarios. Reinaba desde la poderosa y muy rica revista Vuelta, que tenía influencia internacional, dirigía debates y programas culturales en la cadena Televisa, escribía en diarios, organizaba encuentros internacionales de poesía o de temas mundiales, ejercía como brillante crítico de arte y publicada múltiples libros sobre política mexicana y mundial, poesía, estudios y tratados literarios como El arco y la Lira o Sor Juana Inés o las trampas de la fe, Cuadrivio, El ogro filantrópico, El mono gramático, Árbol Adentro y muchos más.
Dirigía la cultura del país con mano de hierro y estaba al tanto de todo, hasta de los más nimios chismes, y alerta y obsesivo como siempre participaba en la esgrima y en las batallas culturales y literarias no dejando títere con cabeza, como un Quijote con su adarga pugnaz. Con su magnífica prosa, erudición e inteligencia desbordantes y omnívoras, Paz fue un maestro irritante y urticario para quienes vivimos en México en esos últimos quince años de su vida. El solo fue una universidad y todos estábamos alertas a comprar la nueva revista Vuelta y a devorarla o a asistir a los debates y coloquios donde se presentaba. Sus textos nos invitaban a leer y conocer cada vez más y aunque no se estaba de acuerdo con él en muchas cosas, especialmente en sus pasiones políticas, su magisterio fue de crítica y libertad y su ausencia se nota desde su partida.     
Paz (1914-1998) era una fuerza proteica dotada de una energía fenomenal, pues fue gran poeta, crítico literario y artístico, historiador, director de revistas, diplomático y político. A lo largo de su vida fue también un ejemplo típico "escritor comprometido" latinoamericano que abogó por varias causas y fue militante alerta y lúcido a los cambios de su sociedad y del mundo en el sangriento siglo XX.
Igual que Víctor Hugo en Francia, Goethe en Alemania, Tolstoi en Rusia, Paz se inscribe dentro de la tradición de los escritores padres de la patria, orientadores de juventudes, líderes de opinión y solo le faltó ser candidato presidencial, como lo fueron en el continente José Vasconcelos, Rómulo Gallegos, Mario Vargas Llosa y Pablo Neruda, entre otros. Asimismo Paz fue cercano al poder como diplomático de alto nivel y embajador en la India, cargo al que renunció a causa de la famosa matanza de Tlatelolco antes de los Juegos Olímpicos de 1968, durante el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz.
En los años de diplomático en Francia, India, Japón y Ginebra ante organismos de Naciones Unidas, elaboró muchos informes sobre la situación geopolítica mundial y en la capital francesa, donde fue cercano al surrealismo y amigo de André Breton, reflexionó sobre los tiempos de la posguerra, la guerra fría y la crítica de los totalitarismos de inspiración marxista-leninista que ya comenzaban a ser analizados desde los años 40 por sus amigos Cornelius Castoriadis, Jean François Revel  y Claude Lefort, en los que se inspiró para avanzar por ese camino antitotalitario y evolucionar de las ideas marxistas, agraristas y socialistas de su primera juventud hacia un pensamiento de corte social-demócrata primero y luego finalmente liberal y de derecha. 
El autor de "El laberinto de la soledad" era el nieto de un liberal porfiriano, Irineo Paz, e hijo de un abogado zapatista, asesor intelectual de Emiliano Zapata, hombre de vida compleja cuyos artículos políticos zapatistas pasaba en máquina el joven y precoz Octavio Paz en su casa de Mixcoac. Desde sus años de estudiante de bachillerato y universidad Paz militó en movimientos de izquierda y viajó a Yucatán a trabajar con los campesinos, antes de ser invitado a los 23 años de edad como representante de la izquierda mexicana al congreso de la Alianza de intelectuales antifascistas para la defensa de la cultura en Madrid y Valencia en 1937, donde se codeó con las grandes figuras progresistas de la poesía y la literatura de entonces como André Malraux, César Vallejo, Pablo Neruda, Antonio Machado y Rafael Alberti, entre otros muchos.
Leer su obra nos ayuda a comprender la rica complejidad de un México sincrético, anclado en el milenario pasado de sus múltiples civilizaciones prehispánicas, luego enriquecido por los largos siglos barrocos de la colonia, agitado por las batallas entre conservadores y liberales del siglo XIX y marcado para siempre con trazos de sangre por la Revolución mexicana de 1910 y la posterior solidificación de la misma encarnada en el todopoderoso Partido Revolucionario Institucional (PRI), para él un verdadero "ogro filántrópico" al que fue cada vez más fiel hacia el final. El ogro lo protegió en sus últimos meses de enfermedad, después del incendio de su casa, en una casona colonial de Coyoacán, escoltado como un mandatario por el mismísimo Estado mayor presidencial y cuya propia silla de ruedas de enfermo terminal fue impulsada varias veces por el propio presidente de la República, el joven Ernesto Zedillo Ponce de León, el Tlatoani protector.
A casi 20 años de su muerte podemos volver con más serenidad a leer su obra múltiple y rescatar de él al intelectual que quiso hablar de igual a igual con las ideas y las literaturas mundiales, encarnarse en las tradiciones milenarias de Occidente y Oriente sin desechar lo prehispánico y contribuir a que la poesía y la literatura sean espacios de libertad, modernidad y reflexión lúcida sobre la existencia, en un mundo agitado donde las guerras religiosas vuelven a ensombrecer el panorama y las fuerzas del dinero y el mal acechan y abogan por nuevas guerras y conflictos que tocará a otros conjurar y analizar.   
  

sábado, 22 de julio de 2017

EL DANUBIO DE CLAUDIO MAGRIS

Por Eduardo García Aguilar
Claudio Magris (1939) es uno de los escritores contemporáneos más notables y su libro Danubio, publicado en 1986, una de las lecturas más fascinantes y actuales para quienes exploran géneros híbridos como los libros de viaje y el ensayo polifacético, que se aparentan pese a todo con la novela, convertida a veces en un simple sucedáneo comercial donde poco importa el fondo y más los avatares de tramas repetitivas y banales de estilo hollywoodense.  El italiano, ganador de los premios Strega, Médicis, Guadalajara y Príncipe de Asturias, entre otros muchos y que es mencionado con frecuencia en las listas de probables ganadores del Premio Nobel, es un autor de la estirpe de los grandes polígrafos de Europa central y del Este de todos los tiempos, entre quienes figuran Hölderlin, Goethe, Mann, Kafka, Roth, Canetti y una lista interminable de escritores que dejaron huella de su paso por el mundo y fueron fieles al pensamiento, a la reflexión histórica y a la atracción por la naturaleza, ríos, lagos, cañones y cascadas de las montañas alpinas.
Magris nos comunica en su obra la delicia de tener como oficio principal en la vida la lectura, pues a través de ella abrimos ventanas en el tiempo y el espacio y viajamos sin cesar por las ideas, paisajes y misterios de la vida y la historia. En sus libros nos cuenta esa aventura humana llena de episodios luminosos y también de terribles tragedias. Visitante incesante de bibliotecas en abadías, conventos, viejas universidades y librerías de viejo, no se limita a leer solo a los grandes autores consagrados, sino también a los olvidados y excéntricos que sorprenden incluso cuando sus obras son decepcionantes, ingenuas, maniáticas, excesivas o patológicas.
También explora en sus estudios correspondencias rescatadas, archivos municipales y notariales, contabilidades de comerciantes, traficantes, jueces, funcionarios, alguaciles, pícaros, arquitectos, ingenieros, cartógrafos, médicos, militares o eclesiásticos de todas las diferentes confesiones surgidas y desaparecidas a lo largo del tiempo. Rescata a su vez canciones y cuentos infantiles, leyendas de fantasmas y desaparecidos, historias de traiciones amorosas y filiales, costumbres culinarias o vinícolas campesinas, usos agrarios y veterinarios y describe con detalle muebles, cuadros, objetos, viejos bastones, camafeos, álbumes fotográficos familiares, todos ellos hallados en desvanes abandonados o en mercados de pulgas que pululan los domingos o días de fiesta en las plazas de viejas ciudades y pueblos.
Para él todo ser humano, poderoso u humilde, debe ser escuchado con atención para crear el rompecabezas de ese universo danubiano donde mandaron en oleadas sucesivas figuras como Atila o los monarcas del Sacro Imperio romano-germánico o el multiétnico Imperio Austro-Húngaro de los Habsburgo, derrumbado al alba de la Primera Guerra Mundial, y a veces, tras incursiones sangrientas, hasta las huestes del temible Atila o las de Solimán el Magnífico y los otomanos que desde Turquía siempre trataron de conquistar a Europa desembarcando en Grecia y en las zonas de los países del Este. Y eso sin olvidar los episodios totalitarios recientes del nazismo y el estalinismo, cuyas fuerzas militares sembraron el miedo y el terror a su paso, o la mucho más reciente Guerra de los Balcanes que despertó los fantasmas de las conflagraciones étnicas y religiosas ancestrales.
Escenario del éxodo humano, la Mitteleuropa que Magris nos describe en su libro Danubio nos ayuda a entender las tensiones que en este siglo XXI siguen tan vivas y amenazantes como nunca. Hace apenas un año un millón de inmigrantes sirios, iraquíes y afganos y de otras nacionalidades llegaron a Alemania de un solo golpe huyendo de las guerras en Oriente Medio y Asia, eso sin contar la tragedia de los ahogados que por miles mueren en las aguas griegas o en el Mediterráneo central buscando llegar al continente Europeo en barcos precarios.
Asesinatos, magnicidios y guerras infernales han ocurrido ahí en esa Europa Central desde todos los tiempos y aun hoy, en medio de la crisis mundial y las nuevas guerras religiosas, sabemos con Magris que los fantasmas del miedo y el terror pueden volver a desencadenarse con actores nuevos y distintos a los de otras épocas llenas de anarquistas, nacionalistas, racistas, fascistas, nacional-socialistas o bolcheviques. El Holocausto nazi parece estar sepultado, pero los odios y las pulsiones del mal siguen ahí porque el ser humano, ya lo sabemos, siempre ha sido un lobo para el hombre y busca chivos expiatorios.
Nacido en Trieste en una zona europea donde las fronteras han cambiado sin cesar en medio de guerras fratricidas entre imperios y países, etnias o iglesias, Magris ha dedicado su vida a rastrear la historia de los hombres de esa Mitteleuropa, que va desde las fuentes iniciáticas del Danubio en el Bosque Negro, al suroeste de Alemania, y el Mar Negro, donde desemboca después de cruzar raudo por lo que hoy es Alemania, Austria, Hungría, Bulgaria, Eslovaquia, Serbia y Rumania, entre otros países que se han despedazado en mil guerras y han cambiado de amos, reyes y emperadores como de camisas.
El autor ha ejercido como profesor en la universidad y dedicado su vida a la lectura incesante de las obras literarias generadas en esa zona y de los documentos diversos con los cuales se construye la microhistoria de cada uno de los pueblos, villorrios y ciudades surgidas en las riberas de este rico río navegable por donde han transitado desde hace decenas de miles de años los inefables homo sapiens sapiens, y antes de ellos, los Neandertales. En una de las cumbres fue hallado congelado hace unas décadas un hombre que murió hace 5.000 años y cuyos restos nos muestran el modo de vida de los anónimos viajeros arcaicos de mucho antes de que hubieran surgido las grandes civilizaciones griega y romana y los grandes ejércitos.
Nada le es ajeno a Magris en este maravillo fresco de la región donde nació y donde sus ancestros vivieron y murieron a lo largo de los siglos. Acompañado de amigos, viejos colegas, amores o compañeros de escuela, entrevistándose con expertos o sobrevivientes de guerras y tragedias familiares, parándose en hostales, tabernas o restaurantes, el autor logra en este libro ensayístico de viajes reconciliarnos con la literatura, porque la literatura es antes que todo vida y pasión.  



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* Publicado en Expresiones de Excélsior. México. Domingo 6 de agosto de 2017.  
 



sábado, 15 de julio de 2017

LA NUEVA IGLESIA DE GARCÍA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar
 
En medio de los miles de homenajes que día a día, mes a mes y año por año hacen las autoridades en institutos, embajadas, consulados, universidades, palacios presidenciales, museos, bares, librerías, a Gabriel García Márquez, por cualquier motivo, ya sea un aniversario más de su libro máximo o cumpleaños de textos o hechos relacionados con su vida y obra, asistentes, escuchas y ponentes pierden a veces la perspectiva histórica de lo que significó su irrupción en el mundo literario en ese año 1967, cuando apareció Cien años de soledad en la editorial Sudamericana de Buenos Aires.
 
El fenómeno García Márquez será irrepetible porque el modelo romántico del escritor cervantino fundacional que representa a la nación, al continente y a la lengua surge de la confluencia milagrosa de la necesidad imperiosa de afirmación de un país, región o idioma en un contexto histórico y a su vez de la solidaridad y la sed de revolución experimentada por Occidente en un momento de cambios en paradigmas culturales y rechazo al colonialismo y a la guerra.
 
García Márquez, más que otras estrellas del boom en el momento como el cultísimo y afrancesado Alejo Carpentier, el moderno y urbano Julio Cortázar, el barroco y recursivo Augusta Roa Bastos o el realista y brillante académico Vargas Llosa, encarnó con su joven figura popular e irreverente, su aspecto peculiar de bigote y cabello encrespado a lo african look y camisas de flores y pantalones rojos, al escritor que desde un origen muy humilde y desde una región periférica accede a las más altas esferas de la gloria literaria en vida y se convierte en el padre de la patria, como ocurrió en su momento con Victor Hugo, Walt Whitman o Leon Tolstoy, entre muchas otras figuras de ese tipo, a su vez irrepetibles.
 
En la Europa de los tiempos de mayo del 68 había una intensa sed de revolución y de rechazo al imperio estadounidense que hacía la guerra de Vietnam y mataba a Martin Luther King o apresaba a Angela Davis y las generaciones del momento en esa vieja región cargada de monumentos e historia quedaron fascinadas por los insurgentes barbudos cubanos y sus seguidores guerrilleros que proliferaron en el continente latinoamericano y se convirtieron en modelo de insurgencia armada en muchas partes del llamado Tercer Mundo.
 
América Latina se puso de moda como un símbolo cultural y erótico. A un lado estaba el mártir crístico y barbudo revolucionario Ché Guevara, cuya imagen yaciente recorrió el mundo ese mismo año 1967 y después se convirtió en un ícono aun vigente medio siglo después. Al otro lado, como la otra cara de la moneda, aparecía ese mismo año Gabriel García Márquez, el escritor popular que accedía con Cien años de Soledad a las altas esferas de la gloria literaria, hasta entonces reservada a los autores de las grandes potencias coloniales.
 
Medio siglo después, ya afirmada América Latina en su fuerza cultural, económica y política, las nuevas generaciones del mundo miran hacia otras culturas como las asiáticas, africanas, nórdicas e incluso leen en su mayoría a los autores anglosajones que a ambos lados del Atlántico escriben en inglés. América Latina ha pasado de  moda y aunque se publican algunos libros y surgen fenómenos póstumos como el de Roberto Bolaño, el continente se inscribe ya en el marco de esa cultura globalizada mundial, digitalizada por la red de internet y sus clubes sociales como Facebook, Twitter, YouTube y muchos más, foros donde la cultura y la vida por ahora encuentran un escenario y un modo de difusión para las nuevas generaciones.
 
García Márquez ha sido cooptado por las autoridades legislativas, ejecutivas, judiciales, eclesiásticas y militares como un ícono nacional y continental y casi viene a suplantar poco a poco al himno nacional con su inolvidable "Oh gloria inmarcesible, oh júbilo inmortal, en surcos de dolores el bien germina ya". Asociaciones, institutos, academias y premios cuentísticos, cinematográficos y periodísticos que llevan su marca proliferan y se reproducen como champiñones de manera exponencial en todas partes recaudando jugosas donaciones o presupuestos. 
 
Presidentes, alcaldes, embajadores, cónsules, ministros, rectores de universidades y colegios, se han convertido en la nueva clerecía de una especie de religión gaboteológica que devora presupuestos, papel para libros y afiches, imágenes para billetes y monedas y aplasta y relega a toda otra expresión literaria que no sea la del Nobel omnipresente, omnisciente, omnipotente y omnívoro.
 
Semana tras semana, mes por mes, año por año, todos los calendarios institucionales se coordinan para celebrar de una y otra forma su eternidad y uno no sabe ya si es al propio García Márquez a quien se celebra o si son los propios clérigos de la garciamarquía los que se autoengrandecen y logran así existir y protegerse del olvido y el anonimato bajo la iluminación de las lengüetas de fuego que emanan desde sus tonsuras ígneas, por la fuerza divina del nacido en Aracataca, como Jesús lo fue en Belén.
 
No tardarán tal vez algún día en reunirse esos prelados de todos los orígenes y pelambres en Cartagena de Indias, trajeados con impolutos liqui-liquis o guayaberas bordadas para celebrar un cónclave secreto en torno a sus cenizas, destinado elegir a un papa de la nueva religión, una especie de Pedro fundacional o Aureliano o Melquíades o José Arcadio sobre quien construir la poderosa Iglesia garciamarquina.
 
Ya los imagino ahí a todos congregados en ese concilio donde las diferentes fuerzas y tendencias gabópatas, gabófilas o gabomaniacas pugnarán para imponer a uno de los suyos y ya siento el fulgor y la alegría del pueblo que acudirá en masa a la fiesta al ritmo de los vallenatos de Escalona, cuando salga la miríada de mariposas amarillas desde alguna chimenea para anunciar que al fin "habemus papam" macondiano. Será la primera de una larga serie de pontífices que reinará a lo largo de los próximos siglos desde su Vaticano cartagenero, bajo la supervisión celeste y mamagallística de Don Gabriel.
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* Publicado en el diario La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de julio de 2017.
 
 
 
    
 

martes, 11 de julio de 2017

EL MUNDO DE CUEVAS

Por Eduardo García Aguilar
José Luis Cuevas (1934-2017) fue una de las figuras mexicanas del arte más renovadoras, excéntricas y fructíferas de la  segunda mitad del siglo XX latinoamericano. Creció en medio de la fábrica de lápices marca Águila de su familia y desde muy temprano mostró dotes de gran talento en el dibujo y las artes plásticas, por lo que ya antes de los 20 años era un artista conocido y polémico, que retó a la gran tradición muralista mexicana, surgida con la Revolución, que unía el arte al nacionalismo estatal y la glorificación de las estrellas patrias.
Su gran auge se dio en los años 60, 70 y 80 del siglo XX, cuando se convirtió en una estrella de la farándula mexicana, equiparable a las del rock, a través del personaje que él mismo creó, un apuesto hombre de ojos claros autocalificado "macho gato", melenudo que lucía chaquetas de cuero, botas de cowboy, pulseras de cuero en las muñecas, una sonrisa de película de Hollywood y que, según testimonio de las mujeres de su época, las atraía locamente.
Megalómano, egocéntrico, vanidoso, pero amigo de todo el mundo, generoso, derrochador y afable, no solo escenificó su vida como Dalí, Warhol y Picasso en las fiestas mundanas y en las secciones de sociedad de diarios y revistas mexicanos, sino que también era buen cronista y escribía en la sección cultural de Excélsior, dirigida por don Edmundo Valadés, una columna donde contaba su vida diaria, encuentros, ideas, fobias, vida sexual, chismes y diversas aficiones y presumía de haberse acostado con más de 650 mujeres, que, según él, estuvieron o estaban todas locas por él. Nadie, sin embargo, lo criticaba por esas salidas infantiles en medio de las solemnidades del gran ogro filantrópico mexicano.
Su obra en el campo del grabado y el dibujo fue saludada por los críticos latinoamericanos del momento y sus imágenes únicas, que llevaban con toda claridad su huella digital original, representaban seres deformes, retorcidos, en poses extrañas y en ámbitos de una gran excelencia gráfica. También hizo esculturas voluminosas con esas figuras grotescas que salían de su imaginación, una de las cuales, "la Giganta", está en el patio central del Museo de su nombre, en el centro histórico de la Ciudad de México.
Con esas imágenes y sus manifiestos artísticos trastornó y modernizó al arte mexicano, al que dio nuevos aires y limpió del polvo y la polilla arcaicas del nacionalismo o de las fanáticas acciones de los comprometidos, y arremetió contra las grandes telas grandilocuentes o los murales que por todo el país florecieron de la mano de Siqueiros, Orozco y Rivera bajo la melodía incesante del himno nacional y los vivas de los políticos y funcionarios del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y de las jerarquías de letrados post-revolucionarios.
Quienes vivimos en esos años de su gloria en México, lo veíamos con frecuencia en todo tipo de actos, exposiciones de jóvenes artistas amigos o al lado de Octavio Paz, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Álvaro Mutis, siempre afable, alegre, irreverente, como si su tarea fuera dar tono y energía a su época, lejos de la tristeza agraria de Juan Rulfo, como si su destino fuera abrir ventanas, comunicar la gente, crear vasos comunicantes de buen humor y estar omipresente en todas las fiestas, actividades culturales o en las bodas de la aristocracia o en barrios, cantinas, pulquerías y vecindades populares. Era el hermano de todos y verlo trabajar, exponer o hablar levantaba el ánimo a cualquiera y sobre todo a su país, carcomido por la corrupción y la violencia.
Al lado de su esposa Bertha Riestra, elegante mujer inteligente y sólida que fue clave en la instauración de su fama y leyenda, Cuevas recibía en su casa, en el sur de la capital, en grandes almuerzos o cenas donde compartía con figuras que, como el colombiano Ómar Rayo y los catalanes Alberto Gironella o Vicente Rojo, y muchas otras de todos los continentes, de Asia, África, Europa, Estados Unidos, pasaban por la capital mexicana y lo buscaban o eran invitados por él. Sin embargo, fue rival de Fernando Botero, su estricto contemporáneo, autor también de figuras de volúmenes extremos tanto en papel como en escultura monumental, que Cuevas consideraba haber inventado antes de la famosa "Mandolina" neoyorquina a lápiz del exitoso y mundialmente famoso artista colombiano de los gordos.
Como todos los "meros" machos mexicanos, Cuevas debe mucho a su primera esposa y madre de sus tres adoradas hijas. Bertha Riestra fue un pilar en su vida y aun la veo con esa amabilidad tolerante, mirada lucida y conversación talentosa con todos los comensales, al tanto de las minucias del buen anfitrión, aquella tarde en la que homenajearon al amigo Ómar Rayo, cuando a todos nos hizo sentir cómodos y de donde salimos alegres a la llegada del crepúsculo en una calurosa tarde del Valle del Anáhuac. La muerte en el 2000 de ese pilar femenino que le dio libertad y solidez, según allegados y amigos, fragilizó al pintor mundano, que emprendió un lamentable crepúsculo, atacado por las enfermedades y los caprichos mentales de la senectud.
Bertha y José Luis Cuevas donaron a fines del siglo XX una gran colección de arte contemporáneo y más de mil obras del artista para ese gran Museo Cuevas que por fortuna sigue ahí. Este jueves, las tres hijas, adoradas por él en su buenos tiempos y renegadas por el pintor en su trágico ocaso, acudieron para inaugurar una última gran exposición en torno a su obra y vida, como verdaderas herederas legítimas de su legado. Las tres, que no pudieron ver a su padre en los últimos años, pues él estaba encerrado en su casona bajo llave y su última esposa joven impedía cualquier acceso a él, como en las tragicomedias mexicanas y las telenovelas, fueron ovacionadas días antes en el Palacio de Bellas Artes por la élite artística y cultural mexicana, que se solidarizaba con las hijas en ese terrible drama.
Sus hijas, las ninfas que hicieron parte y alimentaron la leyenda de la exitosa familia feliz, solo podían acercarse a la casa del pintor a gritarle desde lejos que lo amaban y nunca pudieron verlo en su decadencia, así como hermanos, amigos íntimos y familiares. Cerraba así Cuevas con este misterio una vida de brillo, irreverencia y alegría. El escándalo lo rodeó hasta su final y ahora, cuando de él solo quedan sus cenizas, se abrirá el camino de la posteridad del artista y la reevaluación de su obra.