domingo, 5 de julio de 2015

SOÑAR CON GRECIA

 Por Eduardo García Aguilar
En estos tiempos caniculares que sacuden buena parte de Europa, todas las miradas están fijas en Grecia y su capital Atenas, donde los manifestantes el viernes por la noche se reunieron, unos en la Plaza Syntagma para decir No a la austeridad eterna, y otros en el estadio donde se celebraron los Juegos Olimpicos de1896 para defender el Si a las exigencias de los acreedores.
Como en los tiempos de Lord Byron y los románticos europeos que soñaban con liberar a Grecia de las garras del imperio otomano y salvarla para Europa y Occidente, ahora los jóvenes indignados del sur europeo apoyan al joven líder Alex Tsipras, que supo poner en jaque a la tecnocracia que manda desde la capital de la Unión Europea, Bruselas, y les lanzó a la cara una nueva lección de Democracia, una palabra que surge de las ágoras griegas y de los viejos partenones.
Puesto que este continente se considera fundantalmente greco-latino y basa su cultura intelectual y estética en todos los inventos culturales que se dieron en esa península hace miles de años con filósofos, poetas y dramaturgos que deambulaban por las plazas, bajo las columnatas dóricas y la estatuas perfectas de los cuerpos de atletas y diosas, esta nueva tragedia provocada por la avaricia del dios dinero parece a muchos la repetición de una vieja historia sin oráculos.
¿Tragedia o Comedia? Se preguntan quienes miran en las pantallas las imágenes de ese joven líder inexperto que cumple la palabra y convoca a su pueblo a un referéndum,  cuestionando de esa manera la falta de consultas de una nomenclatura, que sin ser elegida, decide por millones desde oscuros gabinetes en Bruselas o en el parlamento de Estrasburgo, donde dominan quienes defienden el sistema imperante desde hace décadas y unas veces salvan bancos y magnates y otras piden que la carga de las deudas y sus intereses gigantescos pese sobre trabajadores y jubilados, enfermos, viudas y niños.
Parece mentira, pero es cierto, miles de años atrás en Grecia unos hombres extraños inventaron todo. Por eso podemos soñar hoy con lo que dirían Diógenes y Sócrates si estuvieran presentes en la plaza Syntagma o en la Acrópolis viendo las aglomeraciones y escuchando los discursos de sus lejanos descendientes. Sería bueno preguntarle a Esquilo, Sófocles y Eurípides sobre lo que ocurre y estudiar a los centenares de galenos, juristas y estrategas que dejaron sus huellas en libros reales y concretos que la humanidad rescató en el medioevo al interior de los conventos y sigue leyendo todavía. Aristóteles, Platón, Pericles, los cínicos y los epicúreos y tantos otros sabios serían de gran utilidad en estas jornadas dramáticas en tiempos de dominio total de la fría plutocracia del cálculo y el interés por sobre la pervivencia de humanos, animales y su naturaleza.
La imagen de un viejo jubilado que llora desamparado frente a un banco y es retirado por agentes, es el emblema de esta nueva tragedia contemporánea donde los reyes Midas de las finanzas propugnan por medidas que afectan en especial a los pobres, para salvar a toda costa a los banqueros que durante décadas prestaron alegremente a este pequeño país de unos cuantos millones de habitantes, que viven del turismo, las artesanías y la pesca.
En los tiempos del derroche, fluían para el país donde se originó la Democracia miles de millones de euros destinados a la celebración de faraónicos Juegos Olímpicos que solo dejaron deudas y la resaca de una fiesta dionisíaca. En ese entonces tecnócratas, líderes locales, magnates y contratistas mafiosos se llenaron los bolsillos a manos llenas sin pensar que un día tarde o temprano la deuda caería como espada de Damocles sobre sus cabezas. 
Lo mismo sucedió en Portugal, España, Grecia, Chipre e Italia, donde las inyecciones de euros solo sirvieron para alimentar el delirio de la burbuja inmobiliaria y la construcción de elefantes blancos, aeropuertos inútiles, multicentros, estadios, edificios gubernamentales, ruinas artificiales, por los que todos los corrruptos cobraban porcentajes y mordidas, timando a los pobres incautos que a su vez se endeudaban con facilidad usando tarjetas de crédito o comprando apartamentos o condominios mediocres a precios absurdos, con intereses eternos e impagables.
Todo eso se derrumbó como un castillo de naipes, pero los tecnócratas y los estrategas de Bruselas son los primeros responsables del delirio que estalló con la gran crisis financiera de 2008. Cinco años de negociaciones no han conducido a nada y los grandes acreedores quieren seguir aplicando las mismas medidas de austeridad que dejaron en la ruina a los españoles y portugueses humildes, alejándolos de toda esperanza.
Por eso los jóvenes rebeldes de Siryza en Grecia han sacado de la manga la palabra referéndum y decidieron consultar otra vez en el ágora a su pueblo, ante el estupor de magnates y tecnócratas, porque se niegan a traicionarlo después de recibir un mandato claro contra la austeridad en elecciones hace seis meses.
Sin saberlo o sabiéndolo, Tsipras y su carismático ministro de Economía Varoufakis, están haciendo historia como sus milenarios antecesores: un lustro de remedios inútiles y dictados desde Bruselas no conducían a niguna parte y había que ensayar otras recetas.

No sabemos el desenlace de la tragedia, pero al menos los débiles del margen han mostrado coherencia y alzaron la voz a los paternalistas locos que les prometían austeridad eterna para incrementar y proteger a toda costa las ganancias gigantescas de multinacionales, accionistas millonarios y bancos. Desde su barril, rodeado de perros sabios, el cínico Diógenes lanza una carcajada al futuro que se escucha en un ágora que ahora es mundial y casi planetaria.
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* Publicado en Expresiones. Excélsior. México, D.F. 5 de julio de 2015.
    

domingo, 28 de junio de 2015

LA CUEVA DE HUBERTO BATIS

Por Eduardo García Aguilar
Huberto Batis (1934) acaba de retirarse después de más de medio siglo de docencia en la Universidad Nacional Autónoma de México, aclamado por varias generaciones de discípulos y amigos que no dudan en calificarlo como uno de los pilares de la cultura mexicana de los últimos tiempos.
Personaje de ficción, temperamental, energúmeno, agudo, erotómano, pornópata, bibliópata y editor de vocación, Batis reinaba en su cueva del suplemento Sábado del Unomásuno, apertrechado detrás de un inmenso pupitre lleno de papeles y periódicos y frente a un diván donde solía tomar fotografías de las más bellas muchachas poetas y artistas de la capital mexicana, en poses eróticas, a veces semidesnutas, cómplices de su fenomenal voyerismo.
Con unas tijeras que manipulaba con rapidez asombrosa, Huberto recortaba de los diarios y revistas todo lo que pudiese interesarle para el inmenso collage de la actualidad cultural del México de los años 80 y 90, cuando aun estaban vivos  los grandes patriarcas-matriarcas de la literatura mexicana, Juan Rulfo, Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Alvaro Mutis, Elena Garro, Salvador Elizondo, José Emilio Pacheco, Francisco Cervantes, Carlos Monsiváis, y el más temible de todos, Octavio Paz, a quien a veces caricaturizaba en las primeras planas de Sábado como un dios Zeus tronante y castigador, a través de la pluma irreverente del gran dibujante mexicano Eko.
El autor de Estética de lo obsceno y otros muchos libros, pertenece a una generación de autores modernos y activistas culturales que contribuyeron a crear excelentes  suplementos literarios donde abrieron los primeros espacios a casi todos los autores mexicanos que se iniciaban, como los fallecidos José Rafael Calva, Daniel Sada, Severino Salazar y Roberto Vallarino, Alberto Ruy Sánchez, Evodio Escalante, Enrique Serna, Xavier Velasco, Pura López Colomé, Myriam Moscona, Coral Bracho, María Baranda, Rocío Beltrán, Carmen Boullosa, o el actual jefe de redacción de Letras Libres, Fernando García Ramírez, entre otros muchos.
Huberto era gran amigo del gran narrador Juan García Ponce, a quien visitaba en veladas interminables cuando éste ya estaba paralizado por la enfermedad esclerótica y desde la silla de ruedas, con el cerebro a mil revoluciones por microsegundo reinaba aun con su paganismo intacto y la prosa disolvente y crítica, incitado por las ocurrencias de su amigo el polígrafo jaliciense Batis.
A la redacción de Sábado, el más leído suplemento cultural sabatino del país, acudían todos los autores del momento a depositar sus textos o imágenes, desde Augusto Monterroso, hasta el fotógrafo Héctor García, Noé Jitrik, Juan Carvajal, Raymundo Ramos, Ida Vitale, Enrique Fierro, Federico Patán o el dramaturgo y dibujante Juan José Gurrola, otro de sus amigos y miembro de esa generación de libertinos a la que pertenece.
Tuve la fortuna de trabajar con él varios años a mediados de la década de los 80 en esa redacción, frente a él, todos los días sin falta desde las cinco de la tarde hasta más allá de medianoche, al lado de Miguel Rico Diener, Gerardo Ochoa Sandy y Pura López Colomé, recibiendo y revisando los textos traídos por un centenar de escritores, consagrados y jóvenes en una romería interminable.
Por nuestras manos pasaban las notas críticas de Sandro Cohen, Arturo Trejo Villafuerte, Vicente Quirarte, Vicente Francisco Torres, Ignacio Trejo Fuentes, Ignacio Padilla, los comentarios dramatúrgicos de Gonzalo Valdés Medellín, los cinematográficos de Gustavo García y José Felipe Coria, las notas erotómanas de Andrés de Luna, los escritos de Nedda G. De Anhalt, Magali Tercero, Rocío Barrionuevo, Yolanda López y Angelina Muñoz-Hubermann, José Manuel Spriger, Marco Tulio Lamoyi, Francisco Hinojosa, Naief Yehya y  Guillermo Fadanelli, entre muchos otros, incluidos los múltiples autores latinoamericanos que enviaban sus colaboraciones por correo desde todo el continente antes de la irrupción de internet.
Muchos nombres faltan, pero todos ellos tienen presente en este 2015 a este humanista moderno que tenía la generosidad de prestar sus libros a los jóvenes escritores que acudían a la redacción e inquirían sobre autores necesarios. No olvido en mi caso cuando me trajo una noche Los Sonámbulos de Herman Broch, como una lectura necesaria e inapelable.
México es el gran hermano mayor del orbe literario hispanoamericano y por eso haber participado por un tiempo de la aventura de Sábado con Huberto Batis, desde adentro, es uno de los grandes privilegios que me ha deparado la vida como amante de las letras. Estar en ese barco, que era como una nave de corsarios alucinados, ver pasar por mis manos miles de ensayos, poemas y textos que después se convirtieron en libros, ver en el vivero la eclosión de tantos autores de por lo menos dos generaciones, es fácil de contar ahora que las viejas figuras se han ido una tras otra, cuando en ese entonces parecían inextinguibles monolitos, tótems, pirámides, piedras circulares de sol.
En la cueva de Huberto Batis se sabía todo de los cotilleos literarios del país, ascensos y caídas en desgracia, actividades de suplementos rivales, odios, amores, rencores, envidias, inquinas, admiraciones, que bien podrían ser objeto de una novela similar a las que escribían los autores austrohúngaros, franceses y germanos, donde estaba relatada la vida de varias generaciones como en una gran comedia humana llena de esplendores y miserias.
Batis lo sabía todo en esos momentos de Sábado con el escepticismo de un gran sabio y él sabe hoy como ayer que todos esos jóvenes estaban y están condenados al olvido y que sus ilusiones y ambiciones son fuegos fatuos o la luz fugaz de la luciérnaga noctámbula. Por eso él abría las puertas de Sábado sin distingos a todos outsiders y rebeldes, obscenos, herejes y demoledores de estatuas y se negaba a crear élites cerradas de mafias literarias. Ese es uno de los grandes méritos de Batis. En un país tan adicto a lo piramidal y funesto, tan crédulo de tlatoanis y reyezuelos literarios, Batis por el contrario da respiración a las letras mexicanas y abre siempre las puertas a quienes piensan, desean, escriben, oyen, cantan, pintan o dibujan con pasión y libertad.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de junio de 2015.

domingo, 14 de junio de 2015

AGUDELO TENORIO Y SU VORÁGINE DE MAR


 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los autores más notables en estos momentos en Colombia es Felipe Agudelo Tenorio, quien se coloca en la atalaya del ejercicio narrativo frente a un abismo, golpeado por la ventisca, sin contemplaciones, lejos de quimeras de gloria y éxito en tiempos de velocidad mercantil y olvido. Escribe ficciones por el camino más arduo, al acercarse a la realidad contemporánea exigiendo de su palabra rastros, huellas de verdad y lucidez, savias extraídas luego de una larga y dolorosa maceración vital, como en su segunda novela, El vuelo negro del pelícano, publicada en excelente edición y con bella portada por Sílaba editores de Medellín, en 2015.

Autor de la novela Las raíces de los cielos, de varios libros de relatos, entre ellos Cosecha de verdugos y otros de poesía, el bogotano vivió durante varias décadas fuera de Colombia, en México, antes de regresar a su país, perturbado como siempre por un vendaval siniestro de muerte y asfixia, donde enfrenta, además del sanguinario contexto nacional, el fin de una época personal desde donde observa, ya decantadas, las temáticas de la existencia, el deseo, la carne, el vicio y la muerte.

El personaje y narrador central de su novela es el médico cincuentón Fabian Martel, quien, sobreviviente de todos los vendavales y desastres, opta por transcurrir como ave rara y solitaria en innombrables bares, habitáculos de lujo donde bailarines y bebedores, jóvenes hembras magníficas y musculados varones metrosexuales bailan, hablan y se divierten sin cesar porque “viven apabullados por el miedo” sabiéndolo y sin saberlo.

Martel, quien ha decidido por opción filosófica personal “no destruir”, a diferencia de la mayoría de sus contemporáneos colombianos, está cubierto por una gruesa coraza de quelonio dentro de la cual conviven en turbulencia las más profundas fragilidades y vive su deriva en el bar, “destino central” del hombre, sitio fundamental donde desde el silencio hace un diagnóstico de la realidad, con tan buenos resultados “que cuando le pasan la cuenta no le gusta pensar que se está gastando su dinero sino que acaba de invertirlo”

En el bar decide vivir la realidad y la diseca y analiza viajando en el tiempo, convocando el fantasma de la misteriosa y ausente Alicia, y “como es un impostor muy curtido, nadie nota el fraude en sus maneras de avenirse a cualquier topografía y sumarse a la multitud, a pesar de que son mayúsculos los esfuerzos con que intenta no levantar sospechas de excesiva diferencia haciendo, como bien puede, la mejor imitación de si mismo”.

El bar de El vuelo negro del pelícano está “emplazado con costoso esmero comercial sobre el lomo de una pequeña colina que sirve de mirador hacia un viejo puerto caribeño, justo a orillas de una bahía tersa y parcialmene iluminada, desde cuyas terrazas es posible, si así lo desea, contemplar el cansino trajinar nocturno de los estibadores y las grúas sobre los barcos de carga, el zarpe hermético de buques de guerra (...) y la sedante navegación de los transatlánticos de lujo” que fluyen por el mar como incendios flotantes, dice Agudelo Tenorio haciendo uso de su pertinente voz poética.

Hay una mujer fundamental que se ha ido y cuya ausencia y cruel lucidez lo rondan, Alicia, pero aparece al instante en la pista una joven hembra magnífica, una morenaza de abundante cabellera, que miente tanto como él finge y danza solitaria lanzando al aire las feromonas del deseo. Se inicia entonces un intercambio entre seres a la deriva, la del maduro experto y la bella gacela venal, que le haría exclamar a Martel: “tu carne es la única porción de la realidad que me gusta”.

Como “la pájara tenía su sed” Martel la invita a beber y acepta ese intercambio nocturno entre silencios, pieles reunidas al azar que nunca se volverán a ver, en medio de un gentío de ebrios y desbocados que cumplen con la consigna nacional colombiana y tal vez mundial de que “bebemos para amansar el terror de abrazarnos y bailamos para no tener que matarnos todo el tiempo”. Siguen unas horas en que esos dos cuerpos salen a la noche y luego van al apartamento bajo la lluvia tropical y la historia se convierte en un ojo de huracán, maelström donde la metáfora de la vida de Martel se une a la de la existencia de los viejos pelícanos que dan nombre a la novela de Agudelo Tenorio, aves extrañas, pesadas, cómicas, sobrevivientes de la era de los dinosauros, criaturas tan longevas como los humanos, que envejecen y pierden la vista para morir perdidas e inermes tambaleándose ante la burla de los paseantes en las playas del mundo.

La novela no solo es notable porque opta por el riesgo de contar la realidad vital del momento, lo que pasa en un rincón de este planeta en unas cuantas horas y con unidad de lugar y de tiempo bajo las estrellas y junto al mar, sino porque es breve, necesaria, está escrita con una prosa donde palabras y oraciones se encuentran bien instaladas en la estructura minuciosa de relojería del edificio narrativo y donde la carne, el deseo, la piel, se tejen, se entremezclan con ideas y reflexiones que el médico carga a lo largo de su periplo y terminan convirtiéndose en parte de su ser, como se lee en el último apartado epilogal de aforismos que nadan en la memoria del doctor Martel, viejo pelícano ciego que se ahoga en un mar que es ya una inmensa e inabarcable lágrima de verdad.

El vuelo negro del pelícano de Agudelo Tenorio ingresa al catálogo extraño de las novelas colombianas de la desesperación y la lucidez, a veces obras únicas de autor, anómalas, monólogos del viajero curtido en un instante de la vida de Colombia, tales como La Vorágine de José Eustasio Rivera, Cuatro años a bordo de mi mismo de Eduardo Zalamea Borda, Las llaves falsas de José Vélez Sáenz, o Un bel morir de Alvaro Mutis. Libros raros, breves, únicos, dolorosos e irrepetibles.
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*  Publicado en La Patria, Manizales, Colombia,  el 14 de mayo de 2015.

sábado, 13 de junio de 2015

¿OH, QUIÉN ES PABLO MONTOYA?

Por Eduardo García Aguilar
De repente y por sorpresa el colombiano Pablo Montoya (1963) ganó el Premio Rómulo Gallegos 2015 con su novela Tríptico de la infamia, provocando una conmoción al interior de la narrativa colombiana, sentada desde hace tres lustros en los laureles del marketing y cubierta de enormes guirnaldas adornadas con estrellas y best-sellers inflados, elegidos a dedo desde los oscuros gabinetes secretos, en las suscursales locales de las multinacionales que por ahora tienen el monopolio del canon.
Ante el estupor, los síncopes y los ataques cardíacos por la noticia que obliga a barajar de nuevo las cartas de la novelística colombiana, la única reacción que tuvo El Tiempo, asombrado de que ninguno de sus columnistas oficiales participantes en la justa se hubiese llevado el premio, fue escribir que en Caracas se había premiado a un autor “casi secreto”, lo que muestra que donde era un “secreto” era allí en las redacciones culturales y no en el mundo de los lectores, que desde hace tiempos leíamos a Montoya y admirábamos su entereza y el fervor para escribir contra viento y marea, poseído por una indestructible vocación literaria, similar a las de William Ospina y Evelio Rosero.
Un libro tan notable como Lejos de Roma, publicado por Alfaguara, pasó casi ignorado, como si la propia casa editora no creyera en él y lo arrinconara para dar paso a sus estrellas preferidas e infladas. No se volvió a reeditar y Montoya lo sacó del purgatorio en la editorial Sílaba de Medellín. Y lo mismo parecía ocurrir con Tríptico de la infamia, que no tuvo casi promoción de sus editores, inclusive en la pasada Feria del Libro, como si también ellos hubieran decidido esconderlo con desgano debajo de las mesas para que no interfiriera en la campaña aplicada a promover a sus autores de preferencia.
Para los editores del monopolio editorial y los jefes de secciones de “Entretenimiento”, un autor tan “intelectual” y “erudito”, quien además ejerce una crítica literaria incisiva en un contexto donde casi todo lo que vende y suena es escandaloso y vulgar, un autor que escribe sobre Ovidio y aborda la vida de pintores europeos, es en estos tiempos en Colombia una especie de Objeto Literario No Identificado (OLNI).
La narrativa colombiana fue en el siglo XX, hasta los tiempos de García Márquez y la generaciones posteriores, encabezadas por Collazos y Moreno Durán y la Generación Sin Cuenta, el coto vedado de autores de provincias lejanas o de clases medias y bajas de las ciudades. Las oligarquías les habían cedido ese “hueso” después del fin de las letras decimonónicas de Silva, Caro, Cuervo, Pombo y Valencia.
Algunos notables de la élite oligárquica capitalina escribían la novela única en su juventud, como fue el caso de Alfonso López Michelsen con Los Elegidos, pero después pasaban a tareas más importantes como la política, el dinero y el periodismo capitalino. Salvo la excepción de Eduardo Caballero Calderón, autor de esa horenda novela El buen salvaje, narrada por un rolo oligarca loco que se asombra de que los negros puedan andar libres y encorbatados en las avenidas de París, la narrativa colombiana fue casi siempre ejercida por pobres y clasemedieros de la capital y la provincia: Osorio Lizarazo, Manuel Zapata Olivella, Carlos Arturo Truque, Iván Cocherín, Oscar Collazos, Moreno Durán y cien etcéteras. 
Ser escritor, novelista, narrador, era algo que desprestigiaba y era muy mal visto en las familias hasta que Gabriel García Márquez, muchacho pobre costeño, originario de un pueblucho canicular, a quien consideraban en Bogotá “un caso perdido”, se volvió figura mundial y, como en un  sueño de cuento de hadas, emergió del inframundo ya famoso y millonario, fue recibido por magnates, estrellas de Hollywood y presidentes y al final subió al cielo en cuerpo y alma en medio de una lluvia de mariposas amarillas, despedido con todos los honores militares y presidenciales y con la bendición del mismo Papa.
En los últimos tres lustros, ida ya para siempre la generación de “intelectuales” y “eruditos” como Lezama Lima, Borges, Paz y Cortázar y convertida la narrativa en industria multinacional que eventualmente puede dar dinero y prestigio, los autores latinoamericanos ya no surgen a la notabilidad después de un largo camino de trabajo y dedicación, como García Márquez, sino que son productos confeccionados rápidamente en los gabinetes secretos de las editoriales multinacionales y luego engordados e inflados como cerdos en campañas mediáticas donde cuentan con la complicidad de las páginas de “Entretenimiento”. Reinas de belleza, modelos, presentadores de televisión, gomelos desvirolados y laureanistas trasnochados, arribistas, chicos descarriados de los “estratos altos” que no hallan oficio, encontraron que la literatura podía darles algo de renombre y hasta plata. Así instauraron en Colombia y en América Latina lo que bien podría denominarse la Estética de los Gomelos.
Unos cuantos nombres de autores coludidos con esos gabinetes secretos practicaron el rápido hold-up y se adueñaron de la narrativa colombiana como viejos tiranuelos de bananas repúblicas. Salían directamente del Gimnasio Moderno o de otros colegios del Norte bogotano, o de la Javeriana, el Rosario o Los Andes, o de sus contrapartes medellinenses, a ser ungidos como candidatos a todos los premios y hasta el Nobel si fuera posible, promovidos por los Reyes y Reinas de Alfaguara, Planeta, Random y la finada Norma, e inflados como globos que se escapan de las manos de los infantes hacia el cielo infinito. Pusieron así en práctica la frase magistral del corroncho García Márquez en El Otoño del Patriarca: “El día en que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo”.
Por eso el Premio Rómulo Gallegos cayó como una bomba en medio de las secciones de “Entretenimiento” de los diarios capitalinos y en las salas de profesores de Literatura de las universidades de paga bogotanas, salvo en la Central y la Nacional. ¿Que pasó?, se interrogaban todos, apeñuscados a la entrada del Gimnasio Moderno. ¿Oh, quién es Pablo Montoya, ala?,  preguntaban estupefactos con un rictus de terror. Pero por fortuna la literatura colombiana está de fiesta y se dispone ahora sí a barajar de nuevo las cartas.
 * La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de junio 2015.
 

domingo, 7 de junio de 2015

TARDE FELIZ EN EL ELÍSEO

Por Eduardo García Aguilar
La cola de invitados empezó a formarse en la tarde canicular del jueves a las puertas del viejo Palacio del Elíseo, a donde el presidente de Francia François Hollande invitó a figuras y personalidades de las artes y las letras francesas relacionadas con América Latina y latinoamericanos y caribeños de cultura residentes en Francia, con motivo de la Semana de América Latina y el Caribe que se organiza cada año.
     Entre ellos se veía al presidente de la Maison de l’Amérique Latine en París, Alain Rouquié, gran conocedor de México y Brasil, quien hace tiempo definió latinoamérica con el concepto de Extremo Occidente, por esa amistad, esa confluencia y a veces esos sangrientos desencuentros que desde tiempos inmemoriales se tejieron entre ambos y que incluyen el atroz episodio de la trata de esclavos africanos hacia América y la invasión de México por las tropas de Napoleon III.
     La literatura y las artes han dado testimonio de ese ir y venir de artistas a través del Océano Atlántico y la imaginación que suscitan los misterios y demonios mutuos, como lo muestra el recién galardonado con el premio Rómulo Gallegos 2015 de novela Pablo Montoya, colombiano que durante más de una década vivió en París dedicado a trabajar esos espejos recíprocos destacados en la novela galardonada, Tríptico de la infamia, sobre tres pintores europeos ligados a través de la imaginación con el continente ultramarino de volcanes y tormentas.
     Miranda, Bolívar, Lautréamont, Rubén Darío, Vargas Vila, Gómez Carrillo, César Vallejo, Alfonso Reyes, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Severo Sarduy, Rufino Tamayo, Botero, Cruz Díez, Soto, y multitud de músicos, pensadores, y dramaturgos latinoamericanos han vivido y viven Francia con amor, lo que llevó a  decir en su discurso al presidente Hollande, con el gran sentido del humor que lo caracteriza, que hasta “los fraceses también pueden amar a Francia”, en referencia a esa característica falta de fe, algo masoquista, de muchos franceses, en su propio país.
     A su vez figuras francesas como los viajeros Charles Brasseur y Michel Safray, el geógrafo Elisée Reclus, Antonin Artaud y los surrealistas que se afincaron en México, Claude Lévi Strauss, Jacques Soustelle, Paul Rivet, Roger Callois, el Nobel J.M. Le Clézio, Régis Debray, Jean Meyer y mil otros han soñado y amado hasta la locura el continente de todos los colores, cantado en su máxima expresión por Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, quienes vivieron en París.
     Todos esos fantasmas del amor recíproco se dieron cita en los salones del Palacio cubiertos de gobelinos donde brilla la pátina áurea de la República: aquí el colombiano Yuri Buenaventura que de cantar en el metro se convirtió en estrella al interpretar en francés y con ritmo de salsa la famosa canción Ne me quittez pas del belga Jacques Brel y quien ahora abraza al presidente, o allá las grandes escritoras argentinas Luisa Futoransky y Alicia Dujovne Ortiz, en representacion de la tierra de Gardel y Borges, o Milagros Palma, de Nicaragua. Con ellos se cruzaban los fantasmas de Nicolás Guillén, García Márquez y el pintor Jesús Soto, que vivieron pobres en un hotel de la rue de Cujas y se ganaban la vida cantando y tocando tambor, guitarra y maracas en los bares cercanos al metro Odeon.
     A veces uno creía percibir la presencia de François Mitterrand, el otro presidente socialista que hizo historia en este palacio y quien invitó a su posesión al Nobel colombiano y al mexicano Carlos Fuentes, el autor de Terra Nostra. Y entre esas espléndidas salas y recovecos tapizados de rojo intenso y en medio de los ornamentos florales y los reflejos de luz que provenían de los jardines, uno pensaba en la condesa Castiglione, insumisa fotógrafa italiana amada por Louis Napoleon Bonaparte, o en los suspiros de ese anciano presidente Félix Faure, quien murió en brazos de su amante Marguerite Steinheil en 1899 en uno de esos salones, o en Georges Pompidou, mecenas de las artes contemporáneas, fulminado entre estos oros por la enfermedad.
     Hollande circula entre los invitados latinoamericanos siempre presto al buen sentido del humor y la actitud de “presidente normal”, que pese a las tormentas y a las críticas acerbas a su gestión y a la falta de popularidad en un país cada vez más derechizado y agobiado por sus fantasmas ideológicos y las nostalgias de Vichy, ratifica su voluntad de que la República sea de todos y no para un solo segmento blanco de la población con aspavientos de vieja nobleza del Ancien Régime y que aboga por la discriminación de los otros, el negro, el árabe, el asiático, el levantino, el judío, el hispano, el latino, el gay.
      Como prueba de ese cambio esta aquí la bella y joven ministra de Educación Najat Vallaud-Belkacem, de origen marroquí, quien recibe los dardos de una derecha que no soporta que una ciudadana de la llamada “diversidad” ostente uno de los cargos más prestigiosos de la República, al igual que la guyanesa ministra de Justicia Christiane Taubira. También en pimera fila de los que aman América Latina está el ex presidente del Senado, el socialista Jean Pierre Bel, promotor de los acercamientos entre ambas culturas, quien guarda una relación privilegiada con Cuba, y el ex Primer ministro y actual ministro de Relaciones exteriores Laurent Fabius, quien, según dijo Hollande, "está en todas partes", pero no pierde oportunidad de desplazarse a la tierra del realismo mágico.
     Al final toda esta fiesta de cultura, color y música latinoamericana y francesa se desplaza ya con los vapores del champán en alto hacia la salida del Palacio de Elíseo, bajo una canícula que recuerda a Manaos, Veracruz o Cartagena de Indias, como si París de repente se hubiese vuelto una ciudad tropical a comienzos de junio y todo se volviera barroco bajo la batuta del muy parisino y sincrético fantasma de Severo Sarduy. 
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* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior, México D. F., el domingo 7 de junio de 2015. 
Foto: En las puertas del Elíseo.

domingo, 24 de mayo de 2015

ADIOS A OSCAR COLLAZOS

Por Eduardo García Aguilar
Oscar Collazos, uno de los grandes escritores contemporáneos de Colombia, murió hace una semana después de padecer una dura enfermedad a la que enfrentó con total lucidez, llevando la proeza hasta escribir su última columna sobre el robo de la primera edición de Cien de Soledad en la Feria del Libro, el pasado 7 de mayo, desde el hospital y una semana antes de su partida. 

Como casi todos los autores de su generación y de las anteriores, era un hombre surgido de los sectores populares, nacido en Bahía Solano (Chocó) en 1942 frente a las costas del Océano Pacífico, a donde se replegaron tantos colombianos de origen indígena o africano, descendientes de los esclavos que en la Colonia fueron trasladados a estas tierras a trabajar y morir exhaustos para enriquecer a los colonos blancos de origen hispano que hoy siguen en las riendas del poder. 

De Bahía Solano, donde vivió la primera infancia, Collazos se trasladó con su familia a Bogotá un tiempo y luego a Cali, donde desde adolescente se destacó como cuentista en el contexto de la gran actividad cultural que reinaba en esa ciudad de tierra caliente abierta al baile, el teatro, el nuevo cine, el arte, la danza, el pensamiento y las ideas renovadoras. En Cali floreció en los años 60 y 70 una de las generaciones de escritores, pensadores, dramaturgos, cineastas, poetas, músicos y artistas plásticos más notables del Colombia. 

Los investigadores tienen ahora la tarea de rastrear la savia renovadora que desde Cali y el Valle del Cauca en general irrigó la cultura colombiana en esos años. Collazos y sus contemporáneos del occidente mestizo del país abrieron ventanas a una Colombia acartonada donde todo se decidía desde la capital y al ritmo de la fiesta, el baile y la alegría, la curiosidad y la rebeldía desempolvaron la cultura y las ideas en Colombia. Todos miramos en algún momento hacia Cali como la añorada Meca pagana de la cultura, aunque ese corto verano fue cortado de tajo por los avatares terribles de la narco-paraco-historia del país. 

Desde Cali se trasladó a Bogotá, donde pasó por la facultad de Sociología de la Universidad Nacional, otro foco crucial del pensamiento colombiano, y muy temprano, en pleno 1968 renovador, viajó a París y se nutrió de la renovación cultural en Francia. Alemania, Suecia, Cuba, fueron otros de esos lugares donde Collazos vivió en su juventud, antes de instalarse por largo tiempo en Barcelona, donde se casó con la escritora catalana Nuria Amat y nació su hija Laia. 

Su estadía en la ciudad condal, centro del mundo editorial hispano del momento y su colaboración con grandes editoriales y figuras literarias latinoamericanas como Julio Cortázar y Gabriel García Marquez, en pleno auge del boom, solidificaron su rango como escritor a medida que publicaba sus nuevos libros Los días de la paciencia, Biografía del desarraigo, Crónica de tiempo muerto, que siguieron a sus primeras colecciones de cuentos publicadas en Colombia, Son de Máquina y El verano también moja las espaldas, que son la base de una vasta obra ensayística y novelística. Collazos regresó a Colombia en 1989 como lo hicieron otros autores colombianos que también coincidieron con él en Cataluña y en Bogotá creó para Colcultura la colección de la Diáspora y se dedicó a diversas actividades periodísticas, antes de trasladarse a Cartagena de Indias, donde vivió el resto de su vida. 

El autor de Fugas, Rencor, La modelo asesinada y Señor sombra, entre otras novelas, se caracterizó durante todos los años colombianos por una profunda serenidad y ecuanimidad como intelectual, que contrastaba con el nerviosismo general en años de terribles conflictos y deflagraciones políticas, delincuenciales, económicas y bélicas. Fue siempre generoso con sus contemporáneos y con las nuevas generaciones, no estaba desesperado por obtener a toda costa el éxito, el poder o la fama, y entre sus cualidades estaba no ser presumido ni vanidoso como su trayectoria hubiese podido sugerirlo. Entre sus principios figuraba no denostar de sus colegas escritores, ya de por si vapuleados por la vida. 

Además propició la fiesta y estuvo disponible siempre al diálogo y a la reflexión serena sobre los rumbos de la cultura y el país. Lo conocí desde muy temprano cuando en 1972 y 1973 yo cursaba los primeros semestres de Sociología en la Universidad Nacional y llegó a dar una conferencia a la que asistimos un centenar de estudiantes. Luego estuvimos celebrando con él y otros amigos en un restaurante de la calle 24 con séptima, cerca de la Biblioteca Nacional. En ese entonces, a los 29 años, era la estrella ascendente de la narrativa colombiana, famoso por su polémica con Cortázar y Vargas Llosa, publicada por Siglo XXI editores. Como lo dije en una crónica que escribí sobre su regreso con su esposa Jimena a París en agosto 2007, antes de cumplir los 20 años muchos escritores colombianos en ciernes queríamos entonces ser cuando grandes como Oscar Collazos y mucho tiempo después seguíamos pensando lo mismo. 

Ser como Collazos es vivir la literatura y la cultura con espíritu de tolerancia y serenidad, aportando a un país histérico y violento, marcado por el anatema, el insulto y la descalificación sistemática de los otros una pausa de diálogo y reflexión, basada en las ideas que otros grandes pensadores y escritores colombianos olvidados ya han trajinado con paciencia y generosidad. Ser como él es vivir lejos del odio y del insulto y más cerca de la amistad, el diálogo y la fiesta, como vivió Collazos en su larga trayectoria de 72 años como escritor. Es difícil decirle adiós a un amigo. Pero el solo hecho de que Oscar Collazos haya existido entre nosotros prueba que esa es la Colombia valiosa que debería predominar frente a los heraldos de la muerte, la inquina y el odio. 
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*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. 24 de mayo de 2015. 

martes, 12 de mayo de 2015

BARCELONA Y LOS ESCRITORES COLOMBIANOS

Por Eduardo García Aguilar
Cuando regreso a Barcelona y camino por sus calles, me asalta la imagen de los escritores colombianos que vivieron en esta ciudad, desde los radicales Antonio José Restrepo y José María Vargas Vila, quienes murieron aquí el mismo año, en 1933, hasta los miembros de la numerosa generación post macondiana que llegaron a la ciudad seducidos por el esplendor editorial de la época y tras los pasos de García Márquez. 

Vargas Vila (1860-1933) fue el rey de las letras latinoamericanas y el más grande best seller de su momento, autor de un centenar de libros, entre ellos novelas, diarios, panfletos y recopilaciones de crónicas que se vendían como pan caliente en toda América Latina y hacían las delicias de liberales y radicales de entonces por su espíritu anticlerical y escandaloso. Barcelona era entonces, como lo sería de nuevo tiempo después, una vez concluido el largo episodio de la dictadura franquista, el centro editorial hispanoamericano y todos los escritores del continente debían publicar en Sopena y Maucci y otras editoriales catalanas para tener alguna repercusión. 

Los libros salían de las prensas de la palaciega ciudad condal y viajaban en barcos a los principales puertos latinoamericanos como Veracruz, La Habana, Cartagena de Indias o Buenos Aires, donde los esperaban maestros, libreros, juristas y humanistas. En bibliotecas o en librerías de viejo de las capitales del Nuevo Mundo se puede palpar aun esas viejas ediciones que traían estampillas para garantizar la autenticidad de la edición y cuyas portadas de pasta dura eran muy vistosas y grotescas. Vargas Vila era el rey Midas de la edición y cada una de sus obras se agotaba pronto y requería de inmediatas reediciones en diferentes editoriales que se peleaban por tenerlo en su catálogo. Los jóvenes de aquella época eran seducidos por sus novelas de erotismo finisecular y su prosa cargada de adjetivos, adornos inútiles, anatemas y gritos histéricos sin fin. Hoy su obra es ilegible y salvo algunos curiosos casi nadie se acerca a esos volúmenes insoportables y pomposos. 

Barcelona era en tiempos de Vargas Vila una metrópoli impresionante que desde siempre albergó grandes templos y palacios y que en el siglo XIX se convirtió en una urbe moderna, poblada de Ateneos, bibliotecas, universidades y librerías, ciudad cosmopolita donde en los cafés, restaurantes y bares la literatura y el pensamiento reinaban, tal como lo describe el gran autor catalán Josep Pla en su Cuaderno Gris. A diferencia de París, que era la otra gran ciudad europea de la cultura, Barcelona tenía entonces la fuerza que le daba el mar y a su puerto llegaban los americanos, los indianos, que traían noticias frescas del otro lado del Atlántico. Ñito José Restrepo (1855-1933) y Vargas Vila vivieron en una gran metrópoli envidiable y de sueño que nada tenía que ver con la provinciana y fría capital colombiana. 

Pasaron más de tres décadas desde la muerte de Vargas Vila y Restrepo para que una nueva estrella de las letras colombianas, Gabriel García Márquez, se instalara allí a fines de los 60 y triunfara del brazo de su agente literaria catalana Carmen Balcells. García Márquez hasta su crepúsculo llegó como rey a Barcelona. Y su llegada a vivir a Cataluña atrajo a muchos jóvenes discípulos, entre quienes se cuentan Óscar Collazos, Héctor Sánchez, R.H Moreno Durán, Luis Fayad, Ricardo Cano Gaviria, las hermanas Colombia y Sonia Truque, Manuel Giraldo, Guido Tamayo y Miguel de Francisco, entre otros que vivieron y trabajaron aquí aunque con menos suerte que su patriarca el creador de Macondo. 

La primera vez que vine aquí, en 1975, casi todos estaban en Barcelona y colaboraban en las editoriales como correctores o traductores. Eran jóvenes apasionados por la literatura, dispuestos a dar la vida por ella, sin saber que eran casi los últimos especímenes de ese tipo de amantes sin límites de las letras, inspirados por la maestría de Jorge Luis Borges y la gran literatura europea del siglo XX. Por esas épocas, en los años 60 y 70, la ciudad era el paraíso de las letras hispanas antes de que el obtuso chovinismo catalán matara aquella fuerza e hiciera todo lo posible para reducir la presencia del castellano, para ellos su enemigo principal. Poco a poco todos los escritores colombianos de Barcelona, marginados como casi todos los "sudacas", se vieron obligados a regresar a su país, salvo Ricardo Cano Gaviria, que sigue con la antorcha en estos pagos. 

Los fanáticos politiqueros nacionalistas catalanes de hoy causarían el estupor de José Pla, Eugeni D'Ors, Ramón Vinyes y Merce Rodoreda y de toda una pléyade de grandes narradores, ensayistas y poetas catalanes que hicieron brillar el cosmopolitismo literario en este puerto de palacios delirantes y artistas inolvidables como Antoni Gaudí, Salvador Dalí, Pau Casals y Picasso. Esos politiqueros de hoy ignoran que en la segunda parte de El Quijote, el ingenioso Hidalgo vino a Barcelona para constatar su fama y terminar su gesta con la lucha frente al Caballero del Verde Gabán, que deseaba traerlo de regreso a casa. 

El 7 de mayo de 1905, hace 110 años, en esa gran Barcelona cosmopolita que conocieron Vargas Vila y Ñito Restrepo, los barceloneses celebraron una multitudinaria procesión en honor de Miguel de Cervantes Saavedra por las calles de la ciudad, como lo muestra una foto de la época publicada en el diario La Vanguardia. Y por eso yo ahora, imitándolos bajo el sol candente, manifiesto por las calles en memoria y honor de esos muchos escritores colombianos que vivieron aquí y lo dieron todo por la literatura y su Barcelona amada sin pedir nada a cambio, salvo el olvido.

 ------ *Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. 10 de mayo de 2015.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿FASCISMOS CÓMICOS?

Por Eduardo García Aguilar
El 1 de mayo, en pleno barrio de la Ópera de París ocurrió una obra de opereta bufa cuyos personajes centrales fueron las sexys adalides desnudas del movimiento Femen y el viejo líder histórico del partido fascista Frente Nacional, de 87 años, el exmilitar de ultraderecha Jean Marie Le Pen.
Para Le Pen las cámaras de gas durante el régimen nazi fueron solo "un detalle de la guerra" y con frecuencia invita a realizar nuevas "horneadas" con extranjeros, judíos o inmigrantes de otros orígenes, para limpiar la sangre milenaria del país de Juana de Arco.
Celoso por el éxito de su hija Marine, a la cabeza del partido por herencia monárquica desde hace un lustro, el carcamal enfermo, recién salido del hospital, donde era tratado por problemas cardíacos, subió a la tribuna cubierto con un impermeable rojo intenso y saboteó el inicio del discurso de su hija, de quien está alejado porque siente que le quitó el partido que él le dejó de herencia y se rodeó de jóvenes arribistas, algunos de ellos homosexuales para espanto del rancio macho, que quieren borrar la huella del impresentable vejete para gobernar el país.
Le Pen ha llevado la antorcha de la extrema derecha desde hace más de medio siglo, fiel a sus dictados más afines como la reivindicación del general Petain, quien encabezó la colaboración de los franceses durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, la negación del Holocausto, el desprecio de los nativos de las ex-colonias francesas de África e Indochina, la incitación a la expulsión de inmigrantes de vieja data o la división de la Nación entre "franceses raizales", milenarios, blancos y rubios como él, sus hijas y nietas, y los de raíces impuras, extranjeras, negros, magrebíes, árabes, orientales y demás, de ojos negros, cejas moras y color aceitunado.
Todo esto parece caricatural, pero es el fuego que anima a los más radicales de la nostalgia ultraderechista seguidores del viejo Le Pen, quien cedió el partido a su hija Marine, abogada más a tono con su época, que se puso como tarea "desdiabolizar" el movimiento neo fascista con el nombre de Blue Marine (Azul Marina) y convertirlo en verdadera alternativa de poder, con tanto éxito que ahora las encuestas lo sitúan en primera fila y como alternativa de gobierno en cantones, pueblos y regiones.
El millonario Le Pen, tuerto, renqueante, ayudado por sus mayordomos, logró subir a la tarima para tratar de robarle el protagonismo a su hija traidora, mientras cerca de ahí las sorprendentes chicas desnudas del movimiento Femen, salían a los balcones de un hotel de la Avenida de la Ópera para hacer el signo fascista de la mano alzada, con esvástiscas pintadas en sus bellos torsos, en un espectacular performance antifascista frente a los manifestantes que desfilaban como cada 1 de mayo por las calles céntricas de la ciudad.
Las Femen fueron desalojadas con violencia ante las cámaras de todas las cadenas televisivas por el servicio de orden del partido neo nazi, cuya solemne manifestación anual en honor de Juana de Arco terminó convertida este viernes en opereta de circo, que oponía por un lado el padre a la hija como en las tragedias griegas y las jóvenes desnudas a las ideas de la intolerancia racial.
Ya hubiesen soñado los surrealistas de Breton con este bochornoso espectáculo en las calles de una ciudad museo que es la escenografía helada para 80 millones de turistas anuales y los viejos payasos como Coluche se carcajean desde sus tumbas, aunque cierto es decirlo, el viejo Le Pen subido a la tarima haciendo muecas temblorosas, como salido de un sarcófago egipcio, nos recuerda que millones de personas siguen sus ideas en la tierra de Voltaire y Víctor Hugo en medio de las incertidumbres de la crisis, las guerras en Oriente Medio y África,y que su auge es una verdadera amenaza para la cultura moderna y laica, que también es atacada desde otro frente por los no menos uiltraderechistas del yihadismo islámico.
A medida que avanza el siglo XXI los herederos del humanismo surgido del Renacimiento y de la era de Gutenberg, los hijos de Galileo y Da Vinci, de Dante, Shakespeare y Cervantes, de Goethe y Voltaire, entre otros muchos otros amantes de la cultura y la vida, no saben muy bien si la tenaza de los neo fascismos volverá a imponerse o si en la batalla de las letras, las artes, la vida y el pensamiento contra la ignorancia, la muerte y la brutalidad ganarán las primeras. Los fantasmas de Molière, Chateubriand, Bougaiville, Brillat-Savarin, Stendhal y Baudelaire, que vivieron por estos barrios en otros siglos deben rondar por estos parajes alertas como relámpagos impacientes.

domingo, 26 de abril de 2015

ÉXODO HUMANO Y PLUTOCRACIA ANCESTRAL

Por Eduardo García Aguilar
Cientos de miles de seres humanos huyen en estos momentos de África y Oriente Medio, donde los poderes de la humanidad, bajo el pretexto de guerras religiosas, se pelean por los recursos naturales y las rutas que definirán quiénes serán los amos del mundo en las futuras décadas.
Cada día se hunden barcos llenos de gente aterrorizada por los ejércitos de la maldad humana, inocentes víctimas que después de abandonar casas, tierras y pertenencias no tienen más destino que huir por todos los medios, granjeando en el camino incontables horrores posibles, lapidaciones, decapitaciones, violaciones o la muerte por calor o inanición, antes de llegar a las playas de Libia en busca de un barco que los lleve a la otra orilla del Mediterráneo, en las costas de Lampedusa, Malta o Sicilia.
El domingo pasado uno de esos barcos precarios se hundió con casi mil personas a bordo, muchas de ellas hacinadas en las bodegas como en los tiempos de la esclavitud y los barcos negreros que cruzaban el Atlántico. Adentro iban familias enteras, muchas de ellas de clase media, con niños, ancianos, enfermos, gente que buscaba huir de la muerte segura en sus tierras y la hallaron en los mares, en las puertas de Europa, la de Ulises y Virgilio, ante la mirada fría de los burócratas de la Unión Europea y la desconfianza de una población egoísta y nacionalista que ve en ellos una amenaza para sus privilegios.
Estamos en el siglo XXI y vivimos en el apocalipsis permanente, el que fue relatado en los libros sagrados. Moisés encabezaba a su pueblo por los desiertos en un éxodo sin fin que lo llevaba en busca de tierras prometidas. Igual ocurre hoy sin Moisés y sin tablas de la Ley y con una humanidad perfeccionada que construye las más letales armas y cuyos líderes y dueños medran como hienas en busca de territorios, yacimientos, minas, bosques, que depredarán sin fin hasta que todo aquello se vuelva un desierto incandescente.
Todo eso ocurre en las puertas de Europa: mil personas ahogadas en el fondo del Mediterráneo el domingo pasado y antes de ellas y después de ellas, otras miles, o decenas de miles, o centenares de miles tal vez, muriendo como moscas en el mar interior de lo que fue alguna vez el Imperio Romano. Todo un continente encendido en manos de dictadorzuelos millonarios y presidentes corruptos, familias dinásticas de ladrones apoyados por las potencias para dominar sus tierras y venderlas al mejor postor.
Como buitres, Estados Unidos, las potencias europeas, China, Rusia, los capitales financieros mundiales, la industria armamentista, los oligopolios y la plutocracia de los jeques árabes, todos ellos juntos dedicados a bombardear, enviar mercenarios, drones, ejércitos, listos a la captura y el pillaje de la mitad del mundo, sin compasión ni medida alguna. Ya están arrasados países como Siria, Libia, Yemen, Malí, Irak, Afganistán, y poco a poco, uno tras otros serán arrasados los países en esta conflagración sin fin. Colombia, México y varios países centroamericanos siguen la misma suerte en medio de desplazamientos y genocidios sucesivos. Los buitres de la plutocracia sueñan con la desestabilización de América del Sur y el retorno a los tiempos de las dictaduras militares.
No es la primera vez que esto ocurre ni será la última. La historia de la humanidad es la sucesión de este tipo de acontecimientos, con escasos momentos de una relativa concordia, que fue solo la calma que anunciaba la tormenta. Los investigadores que estudian los restos de los primeros humanos llegados a América por el norte desde Asia hace unos 15.000 años, descubrieron en los huesos de aquellos individuos los rastros de una violencia terrible y las huellas de batallas innombrables por los territorios.
Y así sucesivamente arqueólogos y antropólogos que se asoman al lejano comportamiento de aquellos pueblos en todos los puntos cardinales del planeta comprueban el nivel de violencia que reinaba entre ellos bajo el mando de sus caciques y guerreros sanguinarios. Los aztecas constituyeron una dictadura sanguinaria y tanática que se imponía a todos los pueblos mesoamericanos, los esclavizaba y les cobraba tributos. El Tahuantisuyo no era tampoco ningún paraíso.
La población humana de los asentamientos milenarios en el Indus, el Ganges, el Éufrates, el Danubio, el Tigris y El Nilo, entre otros grandes ríos, estaba siempre angustiada a la espera de las huestes de depredadores que se insinuaban desde lejos y que al llegar arrasaban con todo, matando a los hombres y secuestrando a las mujeres, de la misma forma que el año pasado los fanáticos africanos de Boko Haran secuestraron centenares de estudiantes adolescentes para repartirlas entre sus soldados hambrientos de carne fresca.
Después, pasado el tiempo, aquella barbarie se disfrazó de civilizaciones y monarquías, de religiones e ideologías, de ideales utópicos y temores raciales y bajo el treno de los libros sagrados y los discursos, las arengas, los anatemas, las conjuras y los insultos ha continuado por otras vías con el mismo guión. La democracia occidental trata de imponer por la fuerza su ideario a unos pueblos, pero se alía con otros a los que tolera sus iniquidades. Invade a unos países, pero no hace nada frente a la intolerancia de los jeques millonarios de Arabia Saudita, sus aliados, que mantienen en el oscurantismo a las mujeres y decapitan y lapidan a los infieles y financian ejércitos asesinos de yihadistas. Lanzan el grito al cielo por Ucrania, asedian a Rusia, pero callan en otros lugares del planeta donde les conviene.
África y Oriente Medio arden después de las acciones irresponsables iniciadas con las guerras de Irak y las agresiones a pueblos inermes que caen bajo las bombas, encendiendo odio y fanatismo. El yihadismo es una hidra creada por todos esos intereses plutocráticos devastadores. Ahora poblaciones enteras huyen y tocan en las puertas de Europa. Según cifras recientes, el desplazamiento actual de seres humanos llega o sobrepasa los niveles dantescos de la Segunda guerra mundial. Tal vez no lo sabemos, pero ya estamos en guerra, lo que no es nada nuevo porque el mundo siempre ha estado en guerra y tal vez seguirá estándolo mientras el ser humano exista. Recordemos a Homero y su Ilíada, recordemos la Biblia y todos los libros sagrados: nada nuevo hay bajo el sol.


* Publicado en La Patria, Manizales, Colombia. 26 de marzo de 2015.

domingo, 19 de abril de 2015

LECCIONES DE GÜNTER GRASS y GARCÍA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar
Una tras otra las viejas glorias literarias del siglo XX desaparecen y los contemporáneos nos adaptamos poco a poco a su ausencia, cuando décadas antes aparecían como figuras inmortales, necesarias, similares a la argamasa primordial que lograba mantener en pie continentes o países rotos por guerras y miseria. García Márquez (1927-2014) y Günter Grass (1927-2015), nacidos el mismo 1927, desparecieron ambos en abril, con un año de diferencia.
No sabemos si este tipo de figuras que servían de cúpulas protectoras a lenguas, naciones o continentes desatrasados podrán repetirse como se venían repitiendo desde tiempos inmemoriales, pues son aun imprevisibles los cambios radicales que la cultura ha experimentado en las últimas décadas, luego del fin de la era de Gutenberg y del viejo humanismo greco-latino reinante durante dos milenios.
La gloria antes caía como lengua de fuego a los santos mártires que morían por las religiones cuando eran exterminados mientras viajaban a pie de pueblo en pueblo difundiendo la palabra de nuevos evangelios prohibidos. Al mismo tiempo, la pétrea gloria convertía en estatuas a guerreros que fundaban imperios y recorrían el mundo como Alejandro Magno para ampliar sus límites y sojuzgar lejanos pueblos a quienes imponían la ley y el silencio.
Hubo un momento en que la gloria ardió en las tonsuras de poetas, escritores, novelistas, humanistas, que como Cervantes Saavedra dieron unidad a una lengua, o que, como García Márquez crearon biblias de pueblos hasta entonces silenciosos, sojuzgados y humillados. Los héroes de la espada subieron con honores a las estatuas desde los tiempos de Darío y Ciro hasta los de Bolívar o de los guerrilleros heroicos tercermundistas del siglo XX, últimas remanencias de un arcaismo sangriento.
Los padres literarios de las patrias fueron hallazgos venerables de los pueblos que salían de la ignorancia y accedían a la lectura y a la educación masiva gracias al nuevo soporte inventado por Gutenberg y que dejó atrás papiros y pergaminos. Se convirtieron en figuras laicas, sacerdotes de la palabra que servían de ejemplos a las juventudes y consejo a los jefes de Estado. En Francia, Víctor Hugo, excelente dibujante, vivió todas las guerras y exilios y murió venerable y barbado, después de estar en todos los combates de la Nación con N mayúscula, surgida después del Imperio Napoleónico. El maestro, el patriarca, el poeta nacional, el panfletario de la patria reemplazaba como Voltaire al viejo santo iluminado y entre sus funciones estaba saber de todo y opinar de todo, dar consejos, visitar los palacios de los reyes, escribir poemas, piezas de teatro, memorias, y aconsejar al Príncipe.
Goethe el alemán, amigo de príncipes fue la máxima figura marmórea en vida, que sabía contar cuentos populares, crear obras como la de Fausto y su Mefistófeles, inventar a Werther el enamorado, cantar en los más bellos poemas la naturaleza de los Alpes, ejercer de botanista y entomólogo, explorar los colores y viajar con emoción hacia la Italia eterna. Padre de la patria, adorado en vida y después de la muerte, Goethe es el emblema de la inmortalidad literaria de los viejos tiempos humanistas que parecen concluir para siempre.
Günter Grass y García Márquez fueron en cierta forma las versiones máximas recientes de esa figura patriarcal que daba seguridad con sencillez y humor a millones de súbditos de sus lenguas y otros muchos que los conocieron y se identificaron con ellos en otros ámbitos. Ambos vivieron desde antes de nacer los múltiples desastres de sus respectivos países. García Márquez con la guerra de los mil días, la masacre de las bananeras y el 9 de abril y el holocausto posterior y Günter Grass con los rastros de la primera guerra, el ascenso de Hitler, la II guerra mundial y el fin catastrófico de Alemania, de la que no quedó piedra sobre piedra. Ambos tenían bigote y cierto aire plebeyo que los identificaba con la humanidad terrenal y corriente de proletarios y malevos. Ambos eran buenos en el buen sentido de la palabra buenos y eso se palpaba al hablar con ellos.
García Márquez bailaba y cantaba y se ponía camisas floridas y pantalones blancos. Cuando se hizo millonario usaba mocasines marca Gucci de color púrpura. Solía bromear con todos y sacarle la lengua a las bellas fotógrafas. Nunca se consideró un "intelectual" de esos que pontifican y miran al resto del mundo como si fueran cucarachas ignaras. Era simplemente un muchacho costeño del pueblo que se daba el lujo de ser buscado por presidentes y príncipes del mundo y que todo lo que logró en vida fue por su propios méritos, quemándose las pestañas estudiando en un gélido colegio laico de Zipaquirá donde lo formaron los poetas piedracielistas y los viejos maestros humanistas de esa época que usaban corbatín.
Günter Grass era excelente escultor y dibujante de mérito y le gustaba el jamón serrano y el buen vino español. También fue un hombre de pueblo, sencillo, un muchacho que vivió la guerra y vio su país aniquilado por el delirio de un loco iluminado y todas la ciudades arrasadas una tras otra, antes del caos final y la secesión de su patria en dos entidades opuestas que mucho tiempo después se reunificarían y volverían a vivir prósperas. Acompañó como patriarca la reconstrucción de su país y a través de sus obras grotescas y gargantuescas hizo hablar las angustias de un pueblo derrotado. Todos los príncipes y los ministros lo solicitaban en busca de consejo. Era un artista nato. Un ser humano caluroso.
Tuve la inmensa fortuna de conocer a ambas figuras y al hablar con ellos en Berlín o en Ciudad de México capté la sencillez esencial de los padres de la patria, de los viejos patriarcas literarios de la era humanista, en quienes se concretó el espíritu de la lengua y la cultura popular de sus patrias destruidas. Eran enormes escritores y lo sabían, pero no se las daban, pues fueron grandes bromistas surgidos del pueblo, gnomos bigotudos que seguían soñando con ogros y princesas dormidas en el bosque de una inocencia infantil, delirante y perfecta.

* Artículo publicado el domimgo 19 de abril de 2015 en La Patria. Manizales. Colombia.
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FOTOS: * En la primera foto, Gunter Grass con su inconfundible pipa. La siguiente foto aparezco con GGM en 2003 conversando en la libería Gandhi de Ciudad de México, la última vez que lo vi (Foto de Pascal Borzelli Iglesias). La tercera foto, estoy al lado de Gunter Grass con un grupo de escritores latinoamericanos asistentes al congreso Internacional del PEN Internacional en Berlín, en 2006.
 

sábado, 11 de abril de 2015

LOS PACIFISTAS, DIÓGENES Y EL ODIO

Por Eduardo García Aguilar

El nuevo estrechón de manos de Barack Obama y Raúl Castro en Panamá antes del inicio de la Cumbre de las Américas el viernes 10 de abril es un ejemplo para quienes se empecinan en uno y otro bando de la izquierda y la derecha mundiales en el fanatismo y llevan a los pueblos a la guerra y la violencia sin fin, donde quienes sufren son y serán siempre los pobres y los débiles. En toda la historia de la humanidad han surgido y caído imperios por centenares, poderes que siempre soñaron con ser eternos, y las guerras más atroces han terminado algún día para ceder paso a décadas de paz y estabilidad, que por desgracia, pasadas las generaciones, vuelven a ensombrecerse por las nuevas veleidades bélicas de los descendientes lejanos de los guerreros de antaño.

Obama y Castro y sus asesores ya saben con toda lucidez que es inútil y ridículo después de medio siglo seguir sin hablarse ni mirarse a los ojos en una guerra fría que no lleva a ninguna parte, porque las viejas ideologías que representaron sus antecesores en el poder ya pasaron a la historia y el mundo se enfrenta hoy a otros retos terribles que ya no solo son políticos, religiosos e ideológicos, como los nuevos califatos medievales en auge, sino que ponen en peligro a la propia tierra, devastada por el llamado Antropoceno, era geológica que ya comienza a dejar en la corteza de la tierra huellas irreparables.

Tanto el imperio norteamericano, como el finado imperio soviético de Stalin y su colega chino desde Mao hasta hoy, coincidían y coinciden en creer en la industrialización y el crecimiento como los únicos objetivos ontológicos de la humanidad y en el trabajo y la esclavitud de campesinos, empleados y obreros como el único destino posible para el terrícola. Unos y otros creían y creen en la fuerza y tratan de imponer al mundo sus respectivos sistemas económicos e ideologías de la misma forma que el Führer Hitler y Mussolini quisieron imponerse con los suyos hace más de 80 años. Hoy todavía persisten en el error los discípulos lejanos de Stalin, Mussolini, Franco y Hitler. Y nosotros los pacifistas seguimos propugnando por el ocio y la paz y "el derecho a la pereza" reivindicado por Paul Lafargue.   

Todos los sistemas contemporáneos han pretendido y pretenden imponer sus designios por medio del terror y por eso la tierra está llena de espadas, machetes, cuchillos, minas, bombas atómicas, submarinos, tanques, misiles, fusiles, revólveres, kalashníkovs y bombas molotov. Con esas armas los poderosos de uno y otro bando logran que la gran mayoría de los habitantes de esta tierra, que somos pacifistas de facto, vivamos amedrentados. Ellos viven de vender y comprar armas y con ellas participan en el juego geopolítico de perder a veces y adueñarse otras de las riquezas del subsuelo, los paraísos hídricos, marítimos y agrícolas del planeta.    

Nosotros los pacifistas somos probablemente mayoría en el mundo, personas incapaces de matar a una mosca y sufrimos por el dolor de todos los seres que nos rodean, humanos, animales, árboles y paisajes. Pertenecemos por fortuna a ese lado de la humanidad que se niega a creer que con la violencia, la vociferación o el grito de terror se pueden solucionar los problemas, a ese segmento humano que se niega a ejercer el poder o a creerse superior a los otros por clase, ideología, religión, talento o color. Si fuera por nosotros los pacifistas, el mundo sería un oasis de relativa concordia, pero por desgracia otra gran parte de la humanidad no piensa lo mismo y nos amenazan con sus dientes de hienas sedientas y palabras envenenadas.

En todo el mundo a nosotros los pacifistas nos odian los poderosos de izquierda y derecha porque somos una amenaza para sus intereses y por eso sorprende la virulencia con que los violentos, sus líderes y portavoces nos atacan como si fuésemos las peores alimañas del planeta. No ahorran insultos, diatribas, denuestos, para atacarnos sin tregua y en momentos coyunturales de "efervescencia y calor" sacan las armas para matarnos como han hecho en Colombia y en muchos países del mundo contra ese tipo de personas que luchan por la tolerancia. Hay  que descargar las palabras del veneno del odio, porque también pueden convertirse en armas letales.  

Los poderosos de la tierra, que vociferan aquí y en cafarnaún sembrando odio, detestan a poetas, pensadores, artistas, músicos, soñadores, saltimbanquis, humoristas, intérpretes de flauta y laúd, científicos, ecologistas, biólogos, o sea a la gente de paz, y quisieran exterminarlos porque así sus siervos jamás se dispersarán en sueños, placeres y deseos inútiles y no rentables. Nada peor que el odio de clase y de raza de esos bárbaros potentados, hacendados, empresarios, delincuentes de cuello blanco y la inquina de sus delfines, capataces, secuaces y sicarios.

Ellos mataron a Mahatma Gandhi y a Martin Luther King y han exterminado a miles, tal vez millones de personas de bien que dicen en voz alta que los fantismos no llevan a ninguna parte y que es posible un mundo donde se pueda discutir y disentir sin ser exterminado. Sus pistolas y fusiles y sus palabras de odio suenan siempre contra periodistas, escritores, maestros, religiosos humanitarios y todo aquel que no quiere creer que la única vía es la codicia y la avidez plutocrática y ecocida que defienden.

Por fortuna las generaciones pasan y poco a poco frente a ese arcaico productivismo a ultranza de la plutocracia, basado en las cifras y las armas, surgen movimientos pacifistas y ecologistas que pertenecen a la pulsión utópica de la humanidad que siempre ha existido desde la Antigüedad en todas las partes del planeta, desde Diógenes y Sócrates.


Los acérrimos enemigos Estados Unidos y Cuba se han dado la mano un viernes de abril, se han mirado a los ojos, han sonreído. Es poco, es un simple gesto, pero es un símbolo que debería servir en el continente americano para que los enemigos se hablen y se miren y ojalá se tocaran e hicieran el amor. No hay nada como la paz y una vida de placer y saber, sin insultos y anatemas.  Esos periodos de relativa paz duran poco, pero mientras duren, ya son una ganancia para todos y la tierra donde vivimos.

domingo, 5 de abril de 2015

DE FRANÇOISE HARDY A ZAZ

Por Eduardo García Aguilar
Una de las divas pop más inolvidables de la canción francesa del último medio siglo es la escéptica Françoise Hardy, cuya belleza natural impactó en su tiempo a una generación que rompía los moldes del pasado y dejaba atrás las proezas de Édith Piaf, el perfume oriental de Sheila, o los peinados ridículos, sostenidos con gomina y cemento por lagrimeantes estrellas sucesivas y efímeras, marionetas al servicio de cursis tonadas de amor.
Las canciones de Hardy (1944), escritas por ella, eran poemas de sílex y piedra, interpretados con la frescura de una juventud que nació después de la guerra y creció en medio de un progreso económico que parecía no tener fin, mientras las dos potencias mundiales en coexistencia pacífica luchaban con símbolos tan lúdicos como la conquista del espacio y la carrera por llegar a la Luna.
El cantante y compositor emblemático de la época fue el terrible borracho Serge Gainsbourg, autor de la exitosa Je t’aime moi non plus, interpretada por él con sus amantes Brigitte Bardot y Jane Birkin, y el novelista del grupo era el joven melenudo Patrick Modiano (1945), quien acaba de obtener el Nobel de  Literatura 2014. Modiano, además, se paseaba con ella en un pequeño bote, en una especie de noviazgo de manitas tomadas, irrealizado y de compositor, pues le escribía canciones a la Hardy y a otros intérpretes. Una foto atestigua ese romance imaginario de dos bellos iconos de moda: el futuro Nobel y la diva, a solas en barcaza, sobre las aguas del Sena o en algún idílico canal aledaño.
Hardy nació en un barrio del centro de la ciudad, el noveno, en uno de esos recodos normales donde la vida está lejos de los palacios de la riqueza o los ghettos de la pobreza magrebí, cerca de todo y lejos de nada, en medio de edificios uniformes y venerables donde ha transcurrido la vida de las generaciones locales antes y después de Proust. Ella tenía algo de lo que carecían las demás. Ningún grito exagerado, alejamiento puntual de todo histrionismo vulgar y toda mueca, en el estricto límite de la naturalidad postexistencialista y prepunk.
Ella aspiraba a ser cantante en esa adolescencia triste de la clase media, salida de una escena de la película Los 400 golpes, de Francois Truffaut, en una casa sin padre, donde la madre corría en las mañanas al trabajo y la muchacha deambulaba entre el colegio y las plazas con su uniforme, las medias tobilleras y una mirada calurosa frente a la irrupción de la modernidad que venía de las calles obreras de Londres o Liverpool, donde ya apuntaban los Beatles y los Rolling Stones y Antonioni filmaba Blow up, basado en el cuento Las babas del diablo, de Cortázar, en el que un fotógrafo cabalgaba sobre cuerpos de ninfas indecibles como Twiggy, ella misma o Jane Birkin.
Ahora que ya se encuentra vieja y se dice con naturalidad condenada a la fealdad de la senectud por un cáncer de linfoma, pelo canoso, rostro demacrado, pero igual de menuda como en sus veinte, la Hardy es aún más bella y crepuscular, como su colega mayor, la existencialista Juliette Gréco, pero una Juliette Gréco rock que usa chaquetas gruesas de cuero, gafas oscuras y tiene el pelo corto, un jean viejo de bota campana y una actitud ante la vida que rompe con el arribismo bling blig de la era neoliberal impuesta por Nicolas Sarkozy, afín a casi todos los miembros de su generación, encabezada por Gérard Depardieu y Johnny Hallyday y las estrellas que hacen tintinear sus joyas y sus autos de lujo en medio de un séquito de esclavos de la apariencia que adoran como nadie la vulgaridad y huyen del país para no pagar impuestos.
Desde el fondo del tiempo uno la ve a ella decir sus canciones como representante discreta de los ligeros años 60 y 70 surgidos de una sicodelia ejemplar, antes del sida y el renacimiento de las religiones y los fanatismos degolladores y unanimistas. Todos la amaban. Madres, abuelas, jóvenes, observaban en ella algo como la ventana a la fragilidad y a la fuerza de la autenticidad.
La que todos desearon como la novia ideal de los años de rock, cortejada por las estrellas del pop inglés y los millonarios relajados de los tiempos de Brigitte Bardot, se casó al fin con su versión masculina, Jacques Dutronc, el cantante de Paris s’eveille (París se despierta), canción que todos tarareaban en el ebrio amanecer en los tiempos de Julien Clerc y Maxime Leforestier, quien soñaba a su vez en el viaje a San Francisco al otro lado del mundo, frente al Océano Pacífico y entre las olas del surf. Dutronc, escéptico como ella, maestro del humor negro, cuyas canciones fueron una burla a las verdades recibidas, se quedó con la bella para siempre, una bella que afirmaba aspirar a convertirse pronto en una viuda joven y deseable, y nunca lo pudo ser.
Pero ahora, aterrorizada ante su delgadez, las dificultades para caminar y el vientre que le crece como si estuviera embarazada, publica en la editorial Equateurs el libro Opiniones no autorizadas, donde cuenta su vida y decepciones y se enfrenta a la vida y a la muerte con la lucidez de muchas décadas de sicoanálisis. Jacques Dutronc sigue ahí vivo y coleando con su humor negro y odioso que la saca de quicio, ambos viejos y ricos, entre París y Córcega, donde tienen la casa de campo, unidos por la alegría de tener un hijo músico y simpático que canta e intepreta la guitarra como el mito gitano del jazz Django Reinhardt.
En tiempos de racismo, guerra, resurgimiento de la extrema derecha y atentados, le han salido muchas sucesoras, algunas muy similares que cantan en diminutos bares y escriben letras precisas y escépticas. Pero entre todas, una émula muy distinta ha aparecido, igual de rebelde y astral. Es la joven cantante popular Zaz (1980), que viene del pueblo y del sur y se ha convertido en dos años en una estrella con sus canciones contra lo que se llama aquí el bling bling. Una intérprete que cantaba muy pobre hace poco en las calles de Montmartre, acompañada de un guitarrista gitano y un bajista negro, y ahora lo hace en todas partes del mundo sin cesar y no sabe qué hacer con tanto dinero en la cuenta del banco.
La nueva cantante Zaz posee otra belleza y otra sencillez popular distinta a la de ángel terrible citadino que Hardy tuvo en su tiempo, pero tiene la naturalidad a flor de piel que estremece e invita a rebelarse. Hardy puede morir tranquila, porque Zaz, tan distinta a ella, casi opuesta a ella en sus gestos y actitudes, va contra la corriente también y no se deja manipular, arisca e imprevisible como todo verdadero artista. Zaz y otras muchas cantan ahora como Hardy contra los corazones helados de sílex, porque necesitan cantar como los pájaros y nada más.
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* Publicado en Expresiones. Excélsior. México D.F. 5 de abril de 2015