domingo, 28 de agosto de 2016

COLOMBIA AL FIN HIZO HISTORIA

Por Eduardo García Aguilar
El acuerdo logrado entre el gobierno y la guerrilla y el fin de las largas negociaciones de cuatro años de La Habana es una magnífica noticia para Colombia, que desde hace tiempo no vivía un momento histórico del tal magnitud, enfrascada como ha vivido siempre en una polarización asuzada por fánaticos de uno u otro bando. La gran mayoría de los habitantes de este país nació y creció en medio del conflicto y se acostumbró durante más de medio siglo al fragor de una guerra que ha dejado una cifra incalculable de víctimas, destrucción, atraso, miseria y traumas psíquicos generalizados.
Incontables colombianos del pueblo han asistido a lo largo de sus vidas a cientos de miles de velorios y madres, padres, hijos, hermanos, primos, lloraron a los suyos sin tener la menor esperanza de que algún día cesara la mortandad, porque en las altas esferas siempre primó la intolerancia y la terquedad de los potentados en conservar un sistema de privilegios y de castas heredado desde los tiempos coloniales. La llamada "infame turba" colombiana del campo, los tugurios y los más alejados morideros fue siempre la heredera de un sistema de castas inamovibles donde los de abajo debían quedarse abajo para siempre al servicio de los señores, los hidalgos y los caballeros.
Hay recuerdos que siempre aparecen recurrentes cuando pensamos en el horror que ha sido Colombia. De niños, a la hora de la comida y cuando ya había avanzado la noche, aparecían desde la sombra en las ciudades y pueblos seres sin rostro que tocaban a la puerta de las casas para pedir los "sobraditos"; niños, ancianos, mujeres a quienes uno nunca veía el rostro y eran tan colombianos como nosotros. Cuando uno salía de las ciudades veía por casualidad en el campo a quienes siembran y levantan las cosechas, peones, jornaleros, siervos que eran y son como seres del inframundo, duermen hacinados en barracas como en los tiempos de los caucheros y a quienes a su vez no se les ve nunca el rostro y deambulan y viven entre la maleza como sombras y espectros sin nombre.
Y algo aun peor en este país que ha practicado sin saber y sabiendo el Apartheid racial: los colombianos de origen africano o indígena fueron siempre orillados por los criollos a las zonas más inhóspitas del país y tuvieron que sufrir la discriminacion por su color o sus grados de mestizaje, que como en la colonia se medía y se mide en estratos diversos denominados con desprecio mulato, zambo, cuarterón, octavón, igualado y demás minucias y etcéteras de la discriminación tan en boga en todas regiones del país.
La gran mayoría del país a lo largo de su dolida historia ha estado compuesto por esos millones de "intocables" que sufrieron indecibles enfermedades, tuvieron que trabajar desde niños bajo el sol calcinante, y vivieron y viven sumidos en el analfabetismo y la ignorancia. A sus pueblos, villorios, veredas, campos, regiones, nunca llegó la salud ni la educación y su miseria siempre fue inversamente proporcional al enriquecimiento de las élites centrales y regionales, una casta endogámica bañada en el nepotismo, egoísta, ignara y estúpida, llena de prejuicios clasistas y raciales, una casta que como la nobleza del Antiguo Régimen creía que tenía derecho a todo por el color de su piel o su apellido. Una casta al servicio de la cual siempre hubo ejércitos de capataces, politicastros y hombres de mano dispuestos a imponer su ley.
A diferencia de casi todos los otros países del mundo donde hubo revoluciones que crearon a  la fuerza movilidad social y refrescaron las élites, en Colombia todo movimiento de cambio progresista, todo partido que abogara por un poco de más justicia, todo líder rebelde, dirigente popular, campesino, obrero, indígena, gremial honrado fue exterminado, eliminado, encarcelado, llevado al ostracismo, excluido del país.
Las guerrillas campesinas surgieron y proliferaron en el país como movimientos de autodefensa de esos seres sin rostro del inframundo colombiano. Durante medio siglo nadie quiso ver su rostro y el único lenguaje fue el de los bombardeos y la bala impartidos por un poderoso ejército financiado, engordado y entrenado por las fuerzas del imperio en tiempos de Guerra Fría y después de su fin. Tuvo que cambiar el ambiente geopolítico mundial para que al fin se dieran pasos para reconocer una realidad que nadie quería ver. Muerta la Unión Soviética, envejecida la Revolución cubana, debilitado el imperio estadounidense, terminada la ola de dictaduras de derecha latinoamericanas abriendo camino a múltiples gobiernos de izquierda en América Latina, las partes en conflicto decidieron tomar el toro por los cuernos dispuestos a hacer hisoria.
El presidente Juan Manuel Santos, quien jugó todo su capital político en lograr ese acuerdo y superó dificilísimos obstáculos casi insalvables para llegar al objetivo, pasará sin duda a la historia al lado de los equipos negociadores encabezados por Humberto de la Calle Lombana e Iván Márquez, quienes viajaron durante cuatro años en una barca frágil, en medio de oceános huracanados y recibiendo desde todos los frentes amenazas e imprecaciones. En un país inmediatista que reacciona siempre por sentimientos e impulsos violentos y gusta proferir anatemas, injurias y condenas, mantener durante un periodo tan largo la serenidad para construir el edificio de los acuerdos es un mérito indudable y bienvenido.
Esa serenidad y entereza mostradas por los negociadores serán necesarias ahora para emprender el camino difícil de concretar al fin esos acuerdos y hacerlos realidad en las próximas décadas frente a las poderosas fuerzas de la violencia que medran ya para hacer fracasar la noticia. La declaración del cese bilateral de fuego definitivo por parte del gobierno es una noticia espectacular que los colombianos de hoy valorarán en el futuro. Y la foto donde se ve a la viuda de Tirofijo risueña al lado de dos enormes soldados armados que la cuidan, es una prueba de que cuando se quiere hacer historia los resultados son palpables. Un hecho histórico es cuando lo increíble se hace realidad.
----
* Publicado en la Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de agosto de 2016.

jueves, 18 de agosto de 2016

LA VIDA ESCANDALOSA DEL POETA PERUANO CESAR MORO

Por Eduardo García Aguilar
El 10 de enero de 1956 murió en Lima uno de los poetas contemporáneos que más huella dejó entre las generaciones que hoy reinan en el ámbito poético del continente. Nadando entre dos lenguas, el francés y el castellano, Moro se convirtió en un gran orgiástico de la palabra y sus poemas sorprenden hoy como si fueran el fruto de ordalías de imágenes.

Ajeno en su tiempo a la púrpura de los homenajes, cultivando la amistad como arte y la poesía como revelación, Alfredo Quispez Asín estuvo ligado al movimiento surrealista en ese París que lo devoró entre 1925 y 1933. Después de vivir cinco años en Lima, a la que llamaba la horrible, fue a México, donde vivió entre 1938 y 1946, antes de retornar definitivamente a su país.

Su caso no es el de un cosmopolita de opereta, sino el de un extranjero profesional cuyas nostalgias no se quedan encerradas en los paisajes de la infancia, sino que manan la sangre de otras tierras vividas con tanta intensidad como la suya. Así como la poesía no tiene tiempo, tampoco puede tener patria. Mucho menos puede ser utilizada para adornar banderas, dar brillo a los estados y a los estadistas o para alumbrar el sendero de los guerreros que van a cometer el genocidio.

Gran parte de su obra fue escrita en francés - "Le chateau de grisou" (1943), "Lettre d´amour" (1944) y "Trafalgar Square" (1954) -, por lo que es muy difícil encontrar sus libros en América Latina, pero a través de sus poemas en castellano y las traducciones de Westphalen, Guillermo Sucre, Belli, Coyné y Vallejo se puede descubrir el delirio que ilumina su orgía de palabras.

Mario Vargas Llosa, en un hermoso texto publicado en 1958, dice que "recuerdo imprecisamente a César Moro: lo veo, entre nieblas, dictando sus clases en el colegio Leoncio Prado, imperturbable ante la salvaje hostilidad de los alumnos, que desahogábamos en ese profesor frío y cortés la amargura del internado y la humillación sistemática que nos imponían los instructores militares. Alguien había corrido el rumor de que era homosexual y poeta: eso levantó a su alrededor una curiosidad maligna y un odio agresivo que lo asediaba sin descanso desde que atravesaba la puerta del colegio".

Palabras terribles que nos muestran el destino de quienes por cierta noble dignidad se ven excluidos del fastuoso banquete de los salones culturales. Moro tuvo el valor de enfrentarse a una tradición funesta de oratorias porcinas y además la valentía de fustigar a los surrealistas que posteriormente se pusieron al servicio del horror estaliniano, como Aragón y Eluard. Al final, pese a que fue un animador entusiasta del movimiento surrealista, expresaría sus reservas ante los rumbos que había tomado.

El caso de Moro es singular. En nuestro continente los poetas y los intelectuales de todos los pelambres están llamados tarde o temprano a participar en las vicisitudes políticas. Martí, Sarmiento, Neruda, Gallegos, Asturias, para sólo mencionar unos cuantos nombres, hicieron de la actividad política algo tan esencial como el propio oficio literario. Acomodándose a los rumbos del fusil o del voto, el intelectual latinoamericano va perdiendo su autonomía y se inscribe en un bando del que es difícil desprenderse. Moro, para quien la poesía era un rito, un acto mágico, prefirió la deriva, la soledad, el sitio de los héroes secretos que se niegan a pactar con los batracios del discurso. Al efecto disociador de su poesía, cargada de imágenes inéditas y sorprendentes, debe aregarse la reivindicación de ese reino secreto que nuestros escritores cambian por los efímeros aplausos que suscita su posición en el combate funesto de la política.

Los poemas que su amigo André Coyné reunió bajo el título de "La tortuga ecuestre" y que fueron escritos en México, en castellano, rompen el espejo y se pierden por continentes donde sólo se acepta la delicia de las imágenes. Como en temas políticos, en poesía Moro buscó su rincón y allí bebió los líquidos secretos que lo llevaron a encontrar su propia senda. En "Visión de pianos apolillados cayendo en ruinas" ve, por ejemplo, "pelos de barba de diferentes presidentes de la república de Perú clavándose como flechas de piedra en la calzada y produciendo un patriotismo violento en los enfermos de la vejiga". En "Varios leones al crepúsculo lamen la corteza rugosa de la tortuga ecuestre" vemos "la sombra rápida de un halcón de antaño perdido en los pliegues fríos bajo un pálido sol de salamandras de alguna tapicería fúnebre". En "La vida escandalosa de César Moro" nos revela el oráculo: "una navaja sobre el caldero atraviesa un cepillo de cuerdas de dimensión ultrasensible".

En sus textos prosísticos dedicados a temas tan disímiles como el Perú, Proust, Paul Eluard, Wolfgang Paaalen, José Maria Eguren o la cena de Guermantes, Moro expresa una "mística" literaria sobre la que reposa el desconcertante mundo de su obra. El acto de escribir en él no obedece al deseo de ser útil a una sociedad o a un género, sino a la necesidad de abrir la cantera secreta que todos escondemos. Cierta literatura exterior que evita la desnudez y esconde las deformidades y llagas, le era tan ajena como los fracs y los corbatines que veía a través de sus "Anteojos de azufre".

El poema, más que un acto de lucimiento o un entarimado cubierto de guirnaldas y serpentinas, debía irrumpir en el mundo haciendo desbocar los propios fantasmas cargados de cuchillos. En cada uno de los poemas de "La tortuga ecuestre" reina la libertad absoluta del hacedor de palabras que, acurrucado frente a la fogata, deja que el fuego de las imágenes lo asalte y lo descuartice con la complicidad de la luna.

En todo el delirio maravilloso de su obra hay un ejemplo que otros poetas como el argentino Enrique Molina siguieron, dando a sus textos olores, colores, masas, texturas que el buen lector de poesía arranca de la hoja y bebe hasta morir como un fauno saciado. Mucho tiempo después de su muerte, su voz puede servirnos para recuerar la irresponsabilidad y el espíritu juglaresco que los nuevos tiempos sepultaron y trocaron por infectas carreras literarias de farándula. Y también para volver a leer autores que, como el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón o el nicaragüense Carlos Martínez Rivas, todavía pueden enseñarnos a ser jóvenes eternos.
-----
* De la serie Textos nómadas,   30-09-2007

sábado, 13 de agosto de 2016

CUBA LIBRE CON FIDEL Y LA PARCA

Por Eduardo García Aguilar
Desde hace más de una década las agencias de prensa y los periódicos preparaban o actualizaban la necrológica de Fidel Castro ante la supuesta inminencia de su muerte y al final han tenido que archivarla y olvidarse del asunto porque el líder cubano, como un personaje de mitología griega, logra aplazar el último suspiro y parece encontrarse en un excelente entendimiento y complicidad con la parca, que degusta con él en las tardes cálidas de La Habana buenas cubas libres con doble dosis de ron. 
Ahora el líder cubano llega a los 90 años y los medios, para aprovechar las biografías y análisis que duermen el sueño de los justos en los ordenadores, deciden dedicar números especiales al último gran caudillo latinoamericano salido de las novelas de dictadores y que se ha convertido en el más brillante emblema de los mismos, porque todo en él es desmesurado. Muy joven, en los tiempos más duros de la Guerra Fría, Fidel Castro logró tomar el poder en la isla, que a su vez fue la última colonia española y poco tiempo después, dejando al lado a muchos de sus moderados compañeros de ruta iniciales que se unieron a él para tumbar la dictadura de Fulgencio Batista, hizo una alianza con la Unión Soviética, que mientras existió como potencia hasta mediados de la década de los 80, suministró el apoyo necesario y los recursos para alimentar el sueño artificial de un paraíso posible inspirado por los profetas del viejo comunismo marxista-leninista. 
En las puertas del imperio estadounidense, a unos cuantos kilómetros de Miami, el joven abogado gallego, excelente orador, inteligente, mujeriego y astuto como ninguno, desafió a la mayor potencia del mundo e inauguró una etapa en la que varias generaciones de jóvenes latinoamericanos y tercermundistas estuvieron dispuestos a ofrendar sus vidas por esa quimera de un mundo paradisíaco, justo, feliz, sin desigualdades, que supuestamente llegaría bajo el mando del proletariado y era bendecido por los viejos profetas barbados de la nueva religión, primero Marx y Engels, seguidos luego por sus discípulos Lenín y Stalin, Mao Tse Tung y Kim il Sung, entre muchos otros soles rojos que iluminaban los corazones de los fieles y los clérigos que difundían el nuevo evangelio de la felicidad futura.
Castro, que en sus inicios era solo un abogado de inspiración liberal, o lo que se calificaría hoy como un "progresista", se acomodó muy bien a esa nueva ideología ortodoxa y dejó que poco a poco la Revolución fuera incautada por los rígidos cuadros de la URSS enviados desde Moscú y sus satélites, como muy bien lo ha descrito su amigo Gabriel García Márquez en múltiples escritos y en sus memorias Vivir para contarla, donde nos muestra su decepción por el camino que tomó rápidamente ese sueño revolucionario. El estupor por los primeros juicios y ajusticiamientos públicos de opositores en el famoso paredón y la radicalización del movimiento llevaron al futuro Premio Nobel colombiano, que trabajaba para Prensa Latina junto al hoy ultraderechista y ultramontano Plinio Apuleyo Mendoza, a abandonar discretamente el barco y viajar de Nueva York, donde era corresponsal de la agencia cubana, a México, para empezar allí una nueva y fabulosa aventura personal.
Es fácil analizar a posteriori los acontecimientos históricos y juzgar a los contemporáneos de aquellos momentos, a las personas que creyeron en esa nueva palabra y dieron sus vidas por esa causa. Es obvio que el triunfo de la Revolución Cubana se dio en un contexto específico, en reacción a los abusos del imperio estadounidense cometidos en su "patio trasero" a lo largo de un siglo. El "Imperio Yanqui", como lo calificaba día a día el orador Fidel Castro en sus discursos interminables, había aplicado su "destino manifiesto" desde los primeros momentos de su auge y con las armas o usando a sus ignaros títeres dictatoriales en cada país, se fue apropiando de todas las riquezas posibles e imponiendo sus designios con una implacable pericia. Se apoderaron de medio México por la fuerza y hasta los tiempos de la Revolución zapatista entraban y salían de ese país como si fuera su huerta. Por medio de trampas crearon a Panamá y dividieron a Colombia para adueñarse finalmente del Canal y reinar con sus bases en ese centro estratégico del continente. 
En Centroamérica pusieron y depusieron dictadores a su antojo, como lo hicieron también en Sudamérica a lo largo del siglo patrocinando golpes sangrientos como el que derribó a Salvador Allende e impuso al nefasto Augusto Pinochet en 1973. También fueron ellos los que impusieron y apoyaron a las tenebrosas dictaduras brasileñas, argentinas y uruguayas que practicaron el asesinato, la desaparición y la violación más atroz de los derechos humanos en sus países y cuyas heridas aun no cicatrizan. 
En su "patio trasero" latinoamericano reinaron por lo regular líderes corruptos que trabajaban al servicio de los intereses imperiales y se encargaban del trabajo sucio de matar, torturar, encarcelar, bombardear y aniquilar a los opositores. Esta verdad ineludible que ningún historiador niega ya en el mundo ha sido reconocida en su discurso histórico de La Habana este año por el presidente estadounidense Barack Obama, primer presidente contemporáneo de Estados Unidos en pisar tierra cubana e izar de nuevo la bandera de su país en la embajada, ante los aplausos del presidente Raúl Castro, hermano menor del caudillo y su sucesor triunfante. Estados Unidos reconoció que fue inútil esa guerra fría con la isla a lo largo de medio siglo y se acomodó a las nuevas condiciones geopolíticas dando un espaldarazo al heredero de la dinastía. Eso es lo que se llama "realpolitik".
Fidel Castro hizo su revolución y surfeó más de medio siglo sobre esa herida latinoamericana y ayudado por las extremas desigualdades sociales que reinaron y reinan en la región. Cuando ya no necesitó en Cuba del mártir crístico Ernesto Che Guevara, quien lo acompañó en la toma del poder y era mucho más radical y soñador que él, lo dejó ir a su sacrificio en las montañas bolivianas. Gran estratega, logró evitar todos los intentos de asesinato que se fraguaron contra él y evitó los intentos de invasiones a Cuba. Sobrevivió al malestar de un pueblo hambreado luego de la caída de la Unión Soviética y el fin de su ayuda y se deshizo tranquilamente de miles de opositores o desilusionados precarios que en masa huían en balsas hacia Miami. 
Vio morir uno tras otro a todos los amigos y ex compañeros que se le enfrentaron y terminaron en el exilio derrotados luchando contra su régimen. No le tembló el pulso para fusilar a sus mejores amigos y colaboradores, como ocurrió en 1989 con Antonio de La Guardia y Arnaldo Ochoa. 
Y ahora, muchos analistas pueden concluir que Fidel es otro ejemplo exitoso del aserto maquiavélico de que "el fin justifica los medios". El tiempo fue tan implacable que al final las nuevas generaciones de cubanos de Miami, los llamados "gusanos", terminaron por dar la espalda a sus padres disidentes y abogaron mayoritariamente por la normalización de las relaciones y el fin del bloqueo. Alguna vez Fidel dijo que "la historia me absolverá". Pero eso solo lo sabremos tal vez dentro de mucho tiempo, cuando los Castro y su régimen pertenezcan a un lejano pasado.

domingo, 7 de agosto de 2016

LAS ANGUSTIAS DE BAUDELAIRE


 Por Eduardo García Aguilar
 Todos los escritores y filósofos del mundo, amantes de la cultura, la poesía, el arte y el pensamiento, las actividades menos rentables y más incomprendidas del planeta, deberían leer y releer con frecuencia las cartas de Charles Baudelaire (1821-1867) a su madre desde Bruselas, escritas de abril de 1864 a julio de 1866, cuando regresa a París para continuar su agonía en el sanatorio dirigido por el doctor Emile Duval, cerca del Arco del Triunfo.
     El genial autor de Las flores del mal había viajado a Bélgica para huir de los acreedores que lo perseguían en París, ciudad donde por esa razón residió en cuarenta direcciones diseminadas por todos los barrios, calles y avenidas. Pese a ser reconocido por los entendidos como gran autor, Baudelaire vivió toda su vida angustiado por las deudas y los problemas económicos, casi siempre a merced de la ayuda puntual de su querida madre, casada en segundas nupcias con un militar que no quería mucho a su hijastro, amante del vino, las mujeres, la escritura, las drogas y la vida nocturna.
      Cuando huyó a Bruselas ya había escrito Las flores del mal y preparaba nuevos libros como El Spleen de París, Los paraísos artificiales, un volumen sobre Bélgica y una colección de ensayos sobre arte, que pretendía vender en bloque a los editores por una suma importante que le generara alguna renta para vivir sus últimos años de manera modesta y sin angustias.
     A través de esas Cartas de Bélgica a su madre (Ramsay, París, 2011), que residía en Honfleur, somos testigos de la vida cotidiana del extraordinario autor en El Gran Hotel del Espejo, donde trata de evitar a la dueña que le cobra insistentemente a causa de los retardos, a medida que se extiende la estadía obligada en el vecino país.
     Baudelaire quería regresar a París cuando tuviera dinero suficiente para pagar las deudas y hubiera concretado la reedición de Las flores del mal y los otros cuatro volúmenes, o sea que deseaba regresar triunfante y no derrotado. Al principio se ilusiona con la posibilidad de ganar algunos francos dando conferencias y recitales en Bélgica, pero pronto se da cuenta de que los organizadores de esas veladas incumplen y al final le pagan mucho menos de lo esperado.
      Las personas que están encargadas de negociar los derechos de sus libros en París tardan en responderle y Baudelaire pierde todas las ilusiones, hasta creer que ninguna de sus obras será reeditada y que pese a todos sus esfuerzos terminará en el olvido y que “nunca jamás ninguno de mis libros se venderá”, como dice en misiva del 13 de noviembre de 1865.
      A medida que pasan los meses la situación se agrava pues las deudas aumentan. No solo tiene que pagar el hotel, sino las comidas diarias y los medicamentos para sus males, que detalla con exactitud. Aquejado por la sífilis y diversos males estomacales, reumatismos y neuralgias, el cuarentón suda la gota amarga y ve como van disminuyendo sus fuerzas para avanzar en la escritura y la corrección de sus libros.
      Además, descubre que detesta a los belgas por lo que él percibe como vulgaridad y estulticia y comprende que está solo, carece de interlocutores de su nivel, salvo su amigo Poulet-Malassis, y que sus días se agotan en la lucha por obtener préstamos y por la espera de los giros que le hace el apoderado de la familia, Narcisse Ancelle, o su pobre madre, la señora Aupick, que nunca lo abandonó y le hacía llegar sumas para que no se sumiera en la más absoluta miseria. Sus amigos Victor Hugo y Saint Beuve, que no son tampoco sus santos de devoción, lo estiman y tratan de recomendarlo a medida que conquistan todas glorias, medallas y los honores del momento.
      La correspondencia dirigida a su madre es pues el testimonio cotidiano del absoluto fracaso en vida de un gran poeta y escritor, de un esteta soñador, hombre de buen corazón, traductor de Edgar Allan Poe, conocedor de las artes plásticas y lector inagotable, amante de las buenas prendas y que a los 45 años ya se ve como un viejo que tiene nostalgia de los pasados años de efervescencia, vanidad y gloria, cuando era un dandy bien vestido que frecuentaba buenos restaurantes y bares y salones en una ciudad que vivía los mejores años de espelendor, a mediados del portentoso siglo XIX. De ese efímero bienestar quedan las fotografías que lo muestran bien ataviado, como la que le tomó Charles Neyt y, donde se le ve con el cigarro en la mano y la mirada penetrante y profunda.
       Al final logra un contrato para editar sus libros con la editorial Garnier, pero la suma solo servirá para cubrir parte de las deudas y pagar los gastos de viaje, hospitalización y agonía del poeta durante meses en un sanatorio hasta la cercana muerte, acaecida el último día de agosto de 1867. Baudelaire fue enterrado el 2 de septiembre en el cementerio de Montparnasse, después de una ceremonia religiosa en la iglesia Saint Honoré de Passy. Unas cien personas de la cultura, amigos, escritores y familiares estuvieron presentes cuando su ataúd fue introducido en el mausoleo donde ya se encontraba desde hacía diez años su padrastro y en el que reposa el poeta junto a sus familiares. Pronunciaron discursos sus amigos Asselineau y Banville. Su madre le sobrevivió hasta agosto de 1871. Sus Obras completas, cuidadas por Asselineau y con prólogo de Téophile Gautier aparecieron en 1868 y desde entonces sus libros han conocido un rotundo éxito editorial permanente. El pobre poeta no gozó en vida ni de la gloria ni el dinero que ha generado su obra hasta nuestros tiempos y que probablemente seguirá produciendo hasta el final de los siglos.
------
* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior. Ciudad de México. 7 de agosto de 2016.  
+ Foto de Baudelaire, de Charles Neyt.

sábado, 6 de agosto de 2016

EL FENÓMENO EDGAR LEE MASTERS

Por Eduardo García Aguilar
El escritor estadounidense Edgar Lee Masters, nacido en Kansas en 1868, murió en un hospicio de Pensylvania un 5 de marzo de 1950 a los 81 años. Cuarenta y cinco años antes, en 1915, había publicado un libro de epitafios en forma de poema que no solo le daría fama inesperada, sino que se convertiría en su obra mayor, un libro excepcional que opacó a los otros y que a lo largo de su larga vida nunca volvió a repetirse, pese a haber publicado más de 50 volúmenes de poesía, ensayo, novela y biografía.
     Sin negar la influencia de la Antología Griega, su Spoon River Anthology es el fresco de una época, el lamento doloroso de un hombre que había logrado comprender muchos de los oscuros juegos de la vida, sus manías complejas, malas jugadas, risotadas, burlas macabras, sin perder la esperanza. Adentrándose en un cementerio humilde de un pequeño poblado, Lee Masters logra comunicarnos un mundo que trasciende los límites de lo banal, para resumir la tragedia humana. En el epitafio del inventor Robert Fulton Tanner dice que “un hombre no podrá jamás vengarse del ogro monstruoso de la vida”. Y agrega: “si solo un hombre pudiera morder la mano gigante que lo apresa y lo destruye, tal y como yo fui mordido por una rata al presentar mi trampa patentada”. 
     La vida para el genial Lee Masters vendría a ser una trampa a la que como ratas llegan los hombres engañados por las ilusiones y el deseo de cumplir un “destino”, sin saber que adentro, mientras saborea el pérfido queso, es solo objeto de las llameantes miradas de la vida, que al fatigarse de verlo correr dentro de la jaula, le lanza sus traicioneros zarpazos.
     Lee Masters visita y exige a cada uno de esos mínimos personajes decir la verdad y solo la verdad. Bajo la fría lápida del olvido ya no tiene nada que perder y solo aquella puede engrandecerlos, así como cada uno de esos personajes, jueces, banqueros, vigías, prostitutas, cantineros, poetas, violinistas o ingenuos, tal vez imaginarios, ficticios, acorralados, arrepentidos, envidiosos o justos, se vuelven gigantes en el polvo, colosos en el silencio. El mérito y la maravilla de cada uno de los epitafios es que logran comunicarnos en renglones simples y rápidos, la profunda verdad de una vida.
     Para la señora Ollie McGee, “ese hombre de mirada baja y cara huraña”, es el “marido, que por una ensañada crueldad, vergonzosa de decir, me robó la juventud y la belleza (...) Muerta, yo me vengo”. Pero para Fletcher, su esposo “ella tomó mi fuerza minuto a minuto, poseyó mi vida hora tras hora. Me agotó como una luna afiebrada toma la savia de la tierra que gira (...) Yo golpée las vidrieras, sacudí las herraduras, terminé por esconderme en un rincón. Después ella murió y me ha espantado hasta el fin como una quimera”.
     La ironía manejada por Masters es implacable y certera. Unos a otros se acusan, pero con una  tranquilidad que sube del fondo de sus huesos roídos por el tiempo, huesos que ya no pueden temer ni pretenden esconderse tras su lápida-máscara. El borracho del pueblo, a quien el cura le negó sepultura en tierra consagrada, es finalmente sepultado junto a dos eminentes protestantes, el banquero Nicholas y su querida esposa Priscilla Chase Henry y el borracho se ríe y dice: “Almas prudentes y piadosas, mirad como el juego del azar puede traer gloria y honra a muertos que, vivos, ¡solo conocieron la vergüenza!”. Benjamin Pantier, notario, que “conoció la ambición” y pretendió la gloria, es sepultado con su fiel compañero, el perro Nig, con quien vivió sus últimos días, encerrado en un siniestro cuarto: “Bajo mi mandíbula yace el osificado hocico de Nig. Nuestra historia se pierde en el silencio. ¡Pasa, mundo demente!”.
     Hay algunos felices como William y Emily que vivieron juntos hasta la muerte, para decir después que “hay algo en la muerte que se parece al amor”, o como el avieso Frank Drummer, a quien todos creían pobre de espíritu, pero dice que “a pesar de todo, al comienzo había en mi alma una clara visión, una vocación alta e irresistible que me condujo a querer aprender de memoria ¡La Enciclopedia Británica!”.
     Spoon River Antohology tuvo muchas ediciones y el éxito fue arrollador. Los estadounidenses se identificaron así con cada uno de esos personajes lanzados a la deriva, anónimos. Sandro Cohen, que tradujo y prologó una pequeña selección de los poemas de Lee Masters publicada en México, anota que este se “empeñó, más que nada, en descubrir todo elemento de hipocresía que pudiera encerrar la sociedad estadounidense. Es fácil imaginarse el escándalo que causó en 1915” (Edgar Lee Masters. Antología de la antología de Spoon River, Material de lectura, N° 79, UNAM).
     En 1924 el autor intentó sin éxito redoblar el éxito del primer Spoon River, con una obra llamada The New Spoon River, publicada por Boni and Liverigth Publishers, New York, en 1924, que no obtuvo el éxito esperado. En las librerías de viejo de Estados Unidos yacen por cantidades otras ediciones de libros de Lee Masters que no tuvieron la fortuna de ese volumen exitoso donde se nos muestra lo vano de patalear y protestar, cuando el gusano orondo espera.
---
 * De la serie Textos nómadas.

sábado, 9 de julio de 2016

EL BELISARIO DE ROBERT GRAVES

Por Eduardo García Aguilar
Desde su refugio en Palma de Mallorca Robert Graves aceptó reconstruir viejos siglos a través de la novela para dedicarse a su verdadera pasión: la poesía. ¿Pero hasta dónde esa utilitaria empresa que producía grandes best-sellers como Yo, Claudio y Belisario no lo conducía también hacia emocionantes mundos por medio un túnel de tiempo caprichoso y juguetón?
     Imagina amplias praderas, ríos fogosos, bosques aun vírgenes y en ellos dibuja a su guisa hombres, guerreros, emociones, batallas, burdeles, gigantescas moradas de piedra, lujosos y ambiciosos sátrapas y crea al paso de su pluma el pasado, el mito, la leyenda que hoy nos llega brumosa y plena de inverosmilitudes.
     El poeta Robert Graves (1895-1985), como todo gran poeta, posee el don de la ubicuidad, el derecho a renunciar no solo a su patria, sino a su tiempo y reclama para sí el más apasionante deber de los sabios: el destierro. Como su Belisario, Graves viaja por otros campos de batalla y se detiene a contemplar un filme que lo ata a otro inmediato: el pasado. 
     Su libro Belisario (Count Belisarius), es un viaje al siglo V de nuestra era. Un eunuco que por su naturaleza está acodado al relato, observa y cuenta el ocaso de un imperio. Espejo pasivo que sobrevive a sus contemporáneos, inicia su historia en 571, después de que todos sus protagonistas han desaparecido. Vemos al niño Belisario (494-565) desgarrado por un primer destierro, el de la educación, jugando a las batallas con sus compañeros y diciendo ante la orgullosa mirada de su tío Modesto, que “ser romano no significa pertenecer a Roma sino al mundo entero”.
    Asistimos a su primera emoción amorosa, cuando prsencia los movimientos del contorneado y sensual cuerpo de la hetaira Antonina, su futura esposa y ama del eunuco relator. Luego pesenciamos las guerras de este general bizantino que realizó bajo Justiniano  reconquistas en África, Sicilia e Italia: con los hunos, los persas, la toma de Cartago, la derrota de los vándalos, sus ascenso a cónsul y su desgracia sellada en la ceguera. Puntos de una deliciosa majestuosidad se construyen, por ejemplo, en el encuentro de Antonia con Teodora, otra compañera de perdición, ahora esposa del emperador. La posterior entrevista de la primera con Belisario en campaña contra los persas y la aceptación de una larga unión amorosa.
     Monjes perdidos deambulan cargados con el secreto de la seda oriental, una pérfida ballena cruza los mares sembrano el terror, como la peste bubónica que azota y decima poblaciones enteras y al final muere encallada en un banco de arena, presagiando la muerte del imperio.
     Belisario cubre un siglo de nuestra era y nos enseña las características de civilizaciones o barbaries desaparecidas bajo el polvo. El imperio surge en su esplendor y decadencia desde los grises castillos de Britania cubiertos de líquen amarillo, hasta las riberas del Danubio asediadas de hunos balbuceantes e implacables y desde la gran Cartago, dominada por los vándalos, hasta las estrecheces del Bósforo.
    El Belisario de Graves carece tal vez de la trascendecia de las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar o del fulgor de la prosa de La muerte de Virgilio de Hermann Broch. Es un puntilloso fárrago de cotidianidades deslucidas, empresa desganada de un eunuco nostálgico.
     El relator “suele envidiar al hombre que puede llevarse al lecho a una mujer para algo más que abrazarla y besar castamente sus ojos” y al deambular por el palacio como un opaco administrador solo alcanza a construir un catálogo de donde la emociones están desterradas.
    Dice Graves, estableciendo paralelo entre el relato romántico de las “hazañas” del rey Arturo, “insignificante reyezulo inglés, jefe de la caballería aliada, a quien los romanos abandonaron a su suerte cuando la infantería fue rechazada de las ciudades fuertes de Britania, a comienzos del siglo V”, que si “Procopio hubiera sido su cronista, ogros, barcos encantados y magos no hubieran figurado en el relato, a no ser solo como una episódica referencia a las leyendas británicas de la época”.
     El autor crea con total alevosía una voz insípida para abordar la grandeza y allí, como buen anglosajón, se deslinda de todos aquellos autores ---eslavos, franceses, esteuropeos o hispanoamericanos--- que acuden a lo pomposo o al empalagoso barroquismo para contar historias de héroes o de imperios caídos. Graves toma distancia a diferencia de esa miríada de autores engolados de la Europa latina o de hispanoamérica, herederos retrasados del modernismo, que relatan como barítonos atronadores y al gritar para hacerse notar en el escenario quiebran las vidrieras del tiempo y quitan oxígeno a la historia.   
    La voz opaca del eunuco coincide con un ambiente de ruinas. El fin de un imperio todopoderoso abría el paso a uno inexistente o a una larga zona de nostalgias fragmentadas y endogámicas. El repliegue de las majestuosidades exteriores y de las grandes empresas conquistadoras de los héroes clásicos, el fin de los grandes ideales belicosos, de las infalibilidades y las verdades establecidas, daban paso a las leyendas góticas.
     Estatuas, bustos de emperadores, colosos de Rodas y arcos triunfales caen hechos pedazos y se hunden en el barro; grandes estadios y monumentos son cubiertos por la vegetación y se vuelven montículos poblados por cabras y silenciosos pastores; las ciudades terminan cubiertas por ríos desborados o como Cartago o Alejandría son devoradas por el mar. Graves el poeta lo sabe y por eso escoge la voz del eunuco viejo para llevarnos de viaje hasta los confines iniciales de nuestra era.
---
* De la serie Textos nómadas. 
   

lunes, 4 de julio de 2016

CERVANTES EN SEVILLA

Por Eduardo García Aguilar
Para muchos latinoamericanos caminar a orillas del Guadalquivir en Sevilla es retornar a los orígenes en una Andalucía multirracial donde siempre se cruzaron pueblos y vientos provenientes de todos los puntos cardinales, desde egipcios, fenicios, judíos, griegos y romanos hasta el dominio, auge, esplendor y caída del islam, cuyas huellas perviven en miles de palabras de nuestro idioma y en los nombres de las principales ciudades de aquí: Al Andalús, Córdoba, Benalmádena, Algeciras y muchísimas más. 
      Las aguas apacibles del río cruzan con naturalidad a Sevilla cubierta por el sol canicular y bajo los puentes se percibe una calma que nada tiene que ver con los ajetreos milenarios de este puerto fluvial sanguinolento que acogió todos los sueños y derrotas humanas, pero está lleno de ilusiones, pues la ilusión es esencia de sangre y danza, el simple hecho de ser feliz por estar en este mundo bajo el sol y junto al agua.
     Como no lejos de aquí estaban los puertos marítimos de Cádiz y Sanlúcar de Barrameda, de donde partían todas las naves hacia América o a darle la vuelta al mundo en siglos de exploración, aventura y descubrimientos, Sevilla era un poderoso centro administrativo donde reyes, magnates, viajeros, aventureros, asesinos, bandidos y  forasteros turbios se reunían a fraguar sus planes y a ejercer todo tipo de comercios y maldades sin fin.
      Prueba de ello es el Archivo General de Indias, cuya visita emociona siempre a quienes estudian sin cesar los misterios de España e hispanoamérica, pues en las estanterías, cajones y viejos baúles empolvados acumulados allí a través de los siglos se encuentran los folios salvados con la historia de millones de vidas y la contabilidad de los ires y venires de mercancias, libros, joyas, lingotes, prendas, telas, y todo tipo de objetos materiales, a los que se añaden cartas, testamentos, poderes y mensajes que vibran y chillan desde un pasado inagotable de sorpresas y misterios. Millones de vidas acumuladas en hojas de papel.
      Al lado del Archivo, la enorme Catedral de Sevilla nos recuerda a la similar de Ciudad de México, construida sobre Tenochtitlán a imagen y semejanza de esta por expatriados que deseaban reconstruir a España en territorios de ultramar. Un catedral que parece ciudad y dentro de la cual vibran hoy las notas de un órgano profundo que nos hace volar por tinieblas tenebrosas de siglos poblados de muerte, crueldad y eternidad apocalíptica.
      Allí se arrodillaban a orar aquellos conquistadores asesinos que, ya viejos y sobrevivientes, retornaban de las Indias con la pecaminosa carga de haber matado sin límites y humillado y diezmado a las poblaciones indígenas de América en uno de los más espantosos genocidios u holocaustos cometidos por la humanidad. Y junto a esos altares barrocos cubiertos de oro,  que brilla hasta enceguecer, bajo el treno del órgano, uno siente el peso de la historia y percibe el sudor de esos viajeros de cuando España era la gran potencia mundial y su reyes dominaban el mundo sin límites y enviaban sus enormes Naos por los mares del mundo.
      En el Archivo General de Indias, tras subir por escalinatas pulidas y caminar por salas de pasos perdidos junto a cuadros de virreyes y bustos de filólogos o historiadores decimonónicos, nos encontramos con una pequeña exposición dedicada a Miguel de Cervantes Saavedra, el autor del Quijote que soñó con ser nombrado funcionario en Cartagena de Indias y fue frustrado, por fortuna, en el intento. Y digo por fortuna, porque en el fascímil de la carta hallada en algún legajo de estos archivos, las autoridades lo disuaden de viajar a América  y lo invitan mejor a buscar empleo por estos lares andaluces.
      El autor del Quijote vivió entonces más de una década en Sevilla dedicado al modesto trabajo de recaudador de impuestos o de confiscador en los campos de productos alimentarios para dotar las naves de Su Majestad que viajaban a América. En esas tristes lides burocráticas terminó enredado en lóos judiciales que lo llevaron por fortuna a la carcel donde  inició la escritura de su obra maestra. Sin Andalucía y Sevilla el Qujote no hubiera existido y otra fuera la historia de la literatura castellana.
       Los investigadores encontraron este año nuevas cartas y datos del paso de Cervantes por Sevilla, expuestos en vitrinas al lado de documentos donde figura la lista minuciosa de las mercaderías que iban y venían de ultramar. Así sabemos que de las primeras ediciones de El Quijote se enviaron decenas de ejemplares a San Juan de Ulúa, en México, y a otros puertos de América como Cartagena de Indias.
       La modesta exposición con motivo de un nuevo centenario de Cervantes nos familiariza con su firma y nos muestra las huellas de pobre vida en pensiones y las angustias de uno de los más notables fracasados en vida de la historia literaria: la del simple empleadillo escritor de El Quijote de la Mancha. Y para tocar la realidad con las manos, de los sótanos de los Archivos subieron un enorme baúl cajafuerte de hierro fabricado en Nuremberg, con un sistema complicadísimo de llaves y claves que lo hacían inexpugnable con sus riquezas y secretos adentro.
      Afuera en Sevilla sigue la vida bajo la canícula. En el Alcázar la banda municipal toca pasodobles y en los tablaos auténticos del barrio de las Juderías cantan sin cesar los andaluces aquellas saetas y canciones que los han hecho famosos.
     En la Plaza de toros suenan los oles y en los barrios adictos al extraño animismo mariano siguen las multitudinarias procesiones de las vírgenes de los Dolores o la Soledad, cubiertas ellas de coronas áureas y mantos brillantes iluminados con un festín de cirios y veladoras encendidas, que llevan en andas desde hace siglos al son de los compases de alguna orquesta sacada de Tirano Banderas de Valle Inclán. Esa es la Sevilla de Cervantes, Bécquer, Lorca y Machado y Paco de Lucía sin la cual el mundo fuera mucho más aburrido.

    

lunes, 27 de junio de 2016

TEQUILA COXIS, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR: UN VIAJE A LA RAÍZ

 Por Jorge Nájar* 
 En su vena más honda, Tequila coxis(1) es un viaje a la raíz. No a la raíz étnica, cultural o política; un viaje a la raíz antropológica, tejida por toda una red sanguínea que la nutre. Este viaje empieza en una vieja y destartalada mansión de Ciudad de México; una casa de las antiguas familias patricias convertida en ruinas. La voz, los ojos, los sentimientos de Néstor Aldaz nos permiten visitar esas ruinas tanto humanas como arquitectónicas e incluso sociales. Así descubrimos el estado de decadencia en el que vive Porfirio Antúnez, representante de una antigua aristocracia venida a menos. Así nos compenetramos con el estado de caos social. Escombros de una lucha identitaria extraviada en la búsqueda de fantasmas de la historia. Denuncia y fascinación de una situación frecuente en la ficción y en la realidad latinoamericana.
El que llega a dicho espacio es un periodista que hurga en el pasado de ese ser decrépito. Hurga en pos de la verdad sobre la muerte de una actriz. Y como consecuencia de su inmersión, emerge la voz que rige la acción en Tequila coxis. Esa voz da cuenta de los movimientos y manifestaciones de esos personajes, para terminar cuajando en una novela poliédrica cuyo eje central, la búsqueda de los orígenes, vertebra todas sus facetas.
En uno de sus aspectos más visibles, con la apariencia de un canto a la ciudad multifacética, a la vez engendradora y devoradora de mitos y leyendas, de pasiones extremas y de personajes extraños, la voz nos conduce hacia la intrahistoria del cine mexicano en su época dorada. En paralelo, imbricado con ese canto, asistimos a la debacle de uno de los sobrevivientes de ese período de gloria reciclado por los azares de la vida en el líder máximo de un movimiento de “renacimiento” de los valores más singulares de la civilización mexicana pre-hispánica, en lucha a muerte con la cultura cataclismática y moderna del México contemporáneo. Sexo, droga y alcohol. Pero ya dije, en el fondo, el personaje central, se mueve a la búsqueda de saber quién es, quienes fueron los suyos, por qué ahí y en ese contexto, él que no es precisamente mexicano.
El descubrimiento de la verdad resulta un verdadero asombro para él y, singularmente, para el lector. Tequila Coxis resulta así un canto de amor y odio a la Ciudad de México, a la vida, a los azares de la existencia. En sus diferentes escenarios los personajes se cruzan, se tocan, se desean, se separan, se encuentran en habitaciones de paso a donde acuden los amantes, las esposas aburridas, los maridos hastiados, todos devorados por un deseo incontrolado.
Desde el dintel de la novela, después de haber visto el estado imperante en esa antigua mansión colonial el lector asiste al encuentro con otra de las constantes: el elemento a la vez cómico y misterioso de la Coatlicue. “En el otro extremo de la sala, en la pared, estaba el enorme cuadro de la Coatlicue, la diosa vestida de serpientes, la deidad que pretendía (Porfirio Antúnez) convertir desde hace años en centro de culto entre la gente de las barriadas... En medio de la decrepitud y cercano ya al fin, Porfirio Antúnez tenía aún aliento para canalizar sus odios a través de la diosa pétrea de espectral rostro ofídico, cubierta de mutilaciones y calaveras, y proyectar su ciega venganza contra Hernán Cortés, el conquistador que cambió el rumbo de estas tierras para siempre.” (pp: 15-16) Desde ese paradójico punto de partida, poco a poco iremos descubriendo el período de gloria de ese extraño personaje durante los años del esplendor del cine mexicano, autoconvertido en su decrepitud en el animador del movimiento aztequista-zapatista-anticortesinano. “-…¡Vamos a vengarnos de los españoles!- exclamó mientras engullía el último resto de la suculenta papa.” Marcada por una voluntad de análisis del extremismo identitario, Tequila Coxis no por eso cae en el tono de la denuncia; por el contrario, el flujo narrativo acarrea, por momentos, un fino sentido del humor y, en otros, un intenso dramatismo. Así logra poner al desnudo una pasión capaz de llegar al asesinato por amor.
Tequila coxis es, asimismo, una incursión en el mundo de las exageraciones libertinas y la usura de los cuerpos, con un entramado de novela negra en lo que ello conlleva penetrar en los lados más oscuros de una sociedad para indagar el pasado de una generación que se extravió en el mundillo del cine, la droga y el alcohol. El hijo de la frustrada estrella del cine, indaga por las circunstancias de la muerte de su madre y en su averiguación va descubriendo la ciudad y vive él mismo la pasión y se enreda en la trama del deseo con una serie de “libertarias”, cuyos comportamientos las convierte en seres caricaturescos.
Así, Ciudad de México en Tequila coxis es presentada como una fiera dispuesta siempre a dar el gran zarpazo, como una urbe llena de lugares asombrosos o siniestros. No por nada la presencia de roedores nocturnos y de mamíferos voladores entre los techos de la ciudad es una de las imágenes recurrentes a lo largo de la historia de la ciudad y de los personajes.
Las incursiones de Néstor Aldaz en pos de recrear el pasado de su madre le lleva a comprender que ninguna ciudad puede palpitar ni entenderse sin su historia negra, sin sus tragedias cotidianas y pasiones turbulentas. La historia de la delincuencia y de sus movimientos de “resistencia autoctonista” es también una historia de la ciudad y sus habitantes.
En muchas ocasiones, esta historia tiene más lustre que la oficial, la de los próceres y las gestas heroicas. Recordemos que las ciudades legendarias de la modernidad están marcadas por sus hechos delictivos y sus personajes criminales: Chicago, Los Ángeles, Nueva York, París, Londres. Tal también es el caso de Ciudad de México en la versión de Tequila coxis cuya mirada socarrona se burla de muchos militantes folklóricos de la identidad nacional e individual.
En medio de eso submundo Néstor Aldaz llega a descubrimiento de su verdadera identidad. “Y entonces supe, con horror, que era hijo del asesino de mi madre, una historia digna del griego Sófocles, y como un sueño, supe también que mi verdadero nombre no era Néstor Aldaz, sino Néstor Antúnez. Yo era pues la rencarnación del monstruoso y repudiable Porfirio Antúnez.” (p. 203)
Un abismal y fascinante relato en pos de la “identidad”.



(1) Tequila coxis, Eduardo García Aguilar. Editorial Colibrí S.A. México. Distrito Federal, 2003.

* Jorge Nájar. Poeta, ensayista y narrador peruano residente en Francia. (Pucallpa-Perú, 1946). Estudió en Lima Educación y Ciencias Humanas en la Universidad Nacional «Federico Villarreal». Trabajó de profesor en su ciudad natal. Ejerció en Lima el periodismo hasta 1976, cuando viajó a Francia donde prosiguió sus estudios de antropología en el Institut de Hautes Etudes de l’Amerique Latine, París III. En 1972 publicó su primer poemario Malas maneras. Obtuvo el Primer premio de la Bienal del Poesía del Perú (1984), Premio Copé de Oro; y el Premio Juan Rulfo de Poesía (Radio France Internationale, 2001). En 2002, la Editorial de la Unesco publicó su antología Poesía contemporánea de expresión francesa y, en 2003, la U. Católica de Lima lo reeditó. Toda su obra poética ha sido reunida en Formas del delirio (Ediciones San Marcos, Lima, 1999). Gran parte de su obra narrativa y poética ha sido traducida al francés: Le dire du malappris (Correcaminos, 1988); Pérou, contes populaires (Syros-Alternatives, 1989); Le diables rient (Syros-Alternatives, 1990); Toile Écrite (La Différence, 1992); Gravures sur maté (Folle Avoine, 1999); Figure de proue (Folle Avoine, 2006). Vive en París desde 1977 donde enseña y traduce poesía.

sábado, 25 de junio de 2016

AMADÍS Y CÁNDIDO: LEER LA GUERRA

Por Eduardo García Aguilar
La lectura del Amadís de Gaula, obra de un anónimo ibérico, y de Cándido,  farsa del filósofo socarrón francés Voltaire, nos conduce a diferentes épocas de la humanidad, cuyo hábito sostenido es y ha sido la guerra permanente.
    La primera obra es una novela de caballerías, escrita al parecer durante el siglo XIII. Esta obra es la inauguración del género de las novelas de caballerías que concluye magistralmente con las historias del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Preciosa, cautivadora, la novela no merece un simple análisis literario, pues nos lleva de acción en acción a los conflictos que se dan entre príncipes y caballeros, por peñascos, islas, valles poblados por preciosas doncellas.
     Los dos personajes centrales son Amadís de Gaula y Galaor, hermanos y brillantes caballeros andantes, desfacedores de entuertos, enamorados, coquetos, idealistas y tan vigorosos en la guerra como en el amor. El mundo mítico, lleno de castillos y florestas, amaneceres turbios, firmamentos salpicados de estrellas, prados, valles y alcázares es un orbe de muerte descrito con tal candor, que las cortadas de cabeza, despellejamientos, decapitaciones y atravesamientos de abdomen con adarga, hacen parte de un paisaje normal y corriente poblado de villanos y buenos.
     Me sorprendí riendo al leer esas descripciones de batallas. Dice por ejemplo que Galaor se enfrentó a fulano de tal caballero cortándole su cabeza; a otro, la adarga le atraviesa los huesos de las costillas dejando ver las tripas rojas regadas sobre el suelo; a otro lado le descalabra; a aquél le corta la mano derecha y se ve al caballero derrotado que con los muñones rojos aun de la sangre vertida se arrodilla y le pide perdón al triunfante por el entuerto hecho.
     Cándido es también una historia divertida de muerte, escrita con tal ironía que nos hace reir de nuestra propia imbecilidad. Es un hombre bueno este Cándido, que sin quererlo termina asesinando, matando y guerreando con una inocencia inusitada. Es cándido, porque la muerte que él encuentra en el camino y a la que se ve abocado, le parece algo normal y moral. Paradójicamente sus primeros encuentros ocurren en tierras de la pampa argentina y luego se extienden por nuestro atribulado continente, tan ducho en guerras y conflictos de toda índole. Cuando Cándido quiere la paz, de nuevo hay sucederes ineluctables que acrecientan su ingenua lista de muertos y agresiones.
     Cándido y el Amadís de Gaula se reúnen hoy aquí por el capricho de la pluma, ya que la comparación podría hacerse con casi todas las obras de la literatura universal o de la historia. Pocas son las obras, por muy míticas o románticas que sean, que no traten de la guerra, ese juego divertido e infantil de los hombres de todos los tiempos. El mérito de los textos citados es precisamente que ahora, bombardeados por las noticias de tantas guerras contemporáneas, tenemos la tendencia a olvidarnos de esa carnicería incomprensible y por ende, de la muerte certera que la anima.
     Para no llenarnos de horror y ponerle un poco de picante a la historia, que es sangrienta, más vale leer a Voltaire y a ese anónimo, que sentarnos frente a la televisión: leamos la guerra, pero a través de la ficción y los libros, esa sería la nueva consigna.
     La lectura de estas obras es ejemplar pues olvidamos a veces que el “progreso” del que tanto hablaban liberales y revolucionarios del siglo XVIII,  esperanzados en que nuevos mayores niveles de técnica y productividad traerían consigo mejores niveles de vida de la humanidad y paz creciente, se tradujo por el contrario en un avance de las codicias y el incremento y perfeccionamiento de las armas, que de adargas y espadas pasaron a ametralladoras, tanques, misiles, gases, bombarderos, portaviones, submarinos y bombas atómicas convirtiendo al mundo en un polvorín infinito.
    Si los trogloditas se peleaban con piedras y lanzas, los medievales lo hacían con ballestas multicolores, adargas y arcabuces, desuetos ya para tristeza de los hombres. Las nuevas armas conllevan la muerte mucho más rápido que antes, pero sigue siendo muerte al fin al cabo, muerte feliz que lleva a la ceniza enamorada de los cuerpos calcinados.
     No olvidemos que la soberbia del hombre contemporáneo, antropólatra, es tan vana como su propia inocencia. Nosotros los pacifistas de hoy podemos cantar victoria por ver alejado uno de tantos episodios humanos en los campos de batalla, pero la humanidad no se curará de la enfermedad y otros conflictos surgirán en otros lugares de manera ineluctable.
     Más vale pues leer el Amadís y el Cándido para comprender la fragilidad de toda paz y saber que en cualquier momento, por decisión absurda de gobernantes, políticos, gamonales, magnates, bandidos y poderosos guerreros de todo cuño, pueden volver a sonar los clarines de la batalla.
     Antes de que la ignominiosa guerra regrese leámosla a través de los libros o el arte en general. La bibliografía sobre la guerra en la ficción es inagotable y estas dos obras sugeridas hoy son apenas un abrebocas insignificante para atestiguar las tareas de la parca.
     Y más allá de los libros, podemos también reconocer la guerra  en las obras de grandes artistas de todos los tiempos y seguirla en las imágenes de los templos milenarios, asiáticos, europeos, africanos, americanos, mediorientales. Allí, a lo largo de los milenios, los artesanos chinos, japoneses, camboyanos, egipcios, persas, griegos, romanos, judíos, cristianos, islamistas, han recreado siempre en frescos y bajorrelieves millones de batallas con una minuciosidad que nos asombra, nos ilustra y por supuesto, nos aterra.  
---
 * De la serie Textos nómadas.
       

lunes, 13 de junio de 2016

ETERNIDAD VIRTUAL DE BORGES

Eduardo García Aguilar
Nacido el 23 de agosto de 1899 y muerto hace 20 años* en Ginebra el 14 de junio de 1986, Jorge Luis Borges vive en la más inquietante nube de su gloria, con la obra acogida en la prestigiosa colección francesa de La Pléiade y cientos de miles de entradas en la red Internet, que potencian el sueño del Aleph. Se necesitarían muchos años para poder visitar cada uno de esos sitios llenos de sopresas, laberintos, datos, juegos, enigmas y delirios de sus admiradores de todo el planeta y para viajar por los enlaces borgianos de la telaraña mundial, que nos llevan al nuevo efecto multiplicador de su palabra. 
Por donde pasaba, Borges parecía ser la concreción en vida de una nueva deidad literaria. En México, al salir de la sala Ollin Yoliztli, unos años antes de su muerte, varios jóvenes se lanzaron una noche al suelo y empezaron a seguirlo arrodillados al grito de "¡gloria eterna para usted maestro!" y lloraban y acoplaban sus manos en signo de adoración. Era exagerada esa histeria, pero lo mismo ocurría en Quito, Bogotá, Medellín, Santiago de Chile, Londres, Madrid, Tokyo, y París, ciudad donde desde hacía ya muchas décadas se le había consagrado como leyenda viviente. Se le veía junto a un globo, al lado de las pirámides de Egipto, sabio e infinito junto a las avenidas de Teotihuacán, ciego pero inquieto hasta el final devorándose el mundo junto a su lúcida y leal guía María Kodama.
Francia lo adoraba y las calles de París lo vieron pasar muchas veces. En el hotel de la rue des Beaux Arts, donde murió Oscar Wilde, hay una placa en su nombre. Desde las traducciones de Roger Caillois, Borges fue adoptado por la tierra de Montaigne y Voltaire, gesto clave para desencadenar su fama global. En 1964 la revista L’Herne dedicó un número especial a su obra, en los años 70 Michel Foucault lo hizo protagonista de su obra mayor Las palabras y las cosas y la Pléiade editó en 1999 sus obras en dos tomos revisados y escogidos por él hasta el último suspiro y presentadas y anotadas por el francés Jean Pierre-Bernès, uno de sus últimos confidentes.
Para Borges la gloria era la mayor incomprensión y aunque al principio sólo vendió en un año 37 ejemplares de uno de sus libros, en las dos últimas décadas de su vida se volvió una especie de fetiche hacedor de milagros. Pero a diferencia de otros pavosrreales, Borges tomó la tragedia de su gloria con gran sentido del humor y proverbial modestia. Siempre fue un escritor marginal, rebelde, subversivo, anarquista. Contra la corriente no escribió novelas porque su timidez lo hubiera incomodado entre tantos personajes, mezcló prosa y poesía en volúmenes y fue un gozoso conversador antes que aprendiz de tribuno. Su reino fue el estilo. Su patria verdadera la literatura. 
De él dijo Cioran que "la desgracia de ser reconocido cayó sobre él. Merecía algo mejor. Merecía seguir en la sombra, en lo imperceptible, seguir inasible y tan impopular como el matiz". El hispanista Gérard de Cortanze, afirma que trata siempre de "volver de nuevo a esta obra vasta y enigmática" y a un Borges "humanizado y más caluroso", lejos de la leyenda aceptada de "un intelectual abstracto y gélido". El último exégeta Bernès lo define como "el viejo anarquista tranquilo", según la propia y final autodefinición del poeta. Bernès cuenta los últimos días previos a su deceso y dice que tiene "la certeza de que preparaba su muerte por una especie de imitación de las muertes literarias que lo precedieron" y por eso le dijo, fiel a su gran preocupación, que "yo no se en que lengua voy a morir". Héctor Banciotti, que estuvo cerca a esa hora postrera, dice que murió dormido. O sea que se fue en uno de sus sueños.
Borges fascinó en los 60 y 70 a toda la juventud latinoamericana que aprendía de memoria sus poemas, ficciones, enigmas e ironías y lo tomó como modelo de escritor: el que deambula siempre por la biblioteca eterna y pasaba de un lado al otro del mundo y de un milenio al otro con la alegría del sabio modesto que está seguro de que todo conduce a la muerte y al olvido. 
El reino y la maestría de Borges en aquellos años se mira con nostalgia: en todas las ciudades que visitó se vio rodeado por esa juventud latinoamericana entusiasta que lo quiso no como una estrella fugaz de opereta literaria sino como el maestro que nos hace amar el milagro de la palabra, el libro, la vida, la muerte, la gloria, la eternidad, el olvido, el polvo, el desierto.
No era nacionalista sino abierto a todos los mundos y a todos los tiempos y su patria era en definitiva la literatura. Vivía en el espacio de la poesía. A los que llegaban a ella, les abría un reino de ficción e inteligencia. Toda esa generación debe percibir ahora con susto cómo el mundo literario mundial gira hacia la dictadura de los editores y escritores analfabetas sacralizados por la lista de ventas, el tintineo de las máquinas registradoras y el paso por las emisiones de televisión.
En tiempos de Borges el antiguo, la Gran Biblioteca estaba cerca de la gente, era amable, generosa, llena de afecto y alegría, de fiesta; ahora, por el contrario, ha sido vaciada y en su lugar reina el hielo de los supermercados. Silvia Barón Supervielle escribió que para Borges "la Enciclopedia y la Biblioteca son análogas porque son imágenes del infinito" y esa búsqueda del infinito quiere ser desterrada de la literatura. Aunque por fortuna en la bienvenida red virtual su palabra se rebela y se reproduce, se esconde y fluye ante la mirada interior de ese viejo irónico convertido en algo más que una figura legendaria: en escudo y espada de las letras inútiles.
-----
* De la serie Textos nómadas. París, agosto 29 de 2006.

domingo, 12 de junio de 2016

EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS


Por Eduardo García Aguilar
El corazón de las tinieblas es el título de una de las importantes novelas del polaco-inglés Joseph Conrad y base argumental de la película Apocalipsis Now de Francis Ford Coppola. Más allá de sus certeras cualidades narrativas y la tensión incsante que alimenta sus páginas, este pequeño texto es una parábola significativa del mundo moderno, de las consecuencias a donde nos lleva la locura y la soledad.
     Kurtz, el personaje que figura como sombra oculta desde el comienzo de la novela y que todos mencionan con temor y lástima, es un brillante hombre administrativo, encargado por una empresa mercantil de recolectar la mayor cantidad de marfil, pero que en su desenfrenada carrera de codicia en las espesuras de la jungla, pierde la razón y decide aprovecharse de la visión mítica que de él tienen los salvajes nativos de la selva africana, para alimentar sus delirios.
     Obcecado por el poder, por la fuerza incontenible y desmesurada que le otorgan los ignaros selváticos, Kurtz se envuelve en la violencia y en la sangre con saña mística, como si el poder fuera un fin en si, cuya moral acepta y destruye la vida humana, sin medida ni límite. La descripción de la odisea es relatada por un viejo marinero que recuerda su misión. El relato se pierde en descripciones preciosas y profundas de la lucha de la embarcación con los torrentes violentos del río, se interna en la personalidad de tantos personajes disímiles ahogados por la ambición y por el celo mutuo, contoneándose por sinuosos presagios de muerte y misterio.
     Parábola de la vida y la muerte, El corazón de las tinieblas es sin duda algo más que un río sinuosos y las flechas que los salvajes lanzan desde la ribera. Es en cierta forma la descripción del transcurso de la humanidad hacia la locura de la sangre, encarnada en ese hombre de calvicie pronunciada que es Kurtz y quien ya al borde de la muerte, carcomido por la enfermedad, se afirma en el rito sagrado de la sangre, con apoyo de la bestia calibanesca de la plebe. “Vivimos solos, como soñamos”, dice uno de sus personajes. Solos, en el transcurso, como las rutas del sueño, como las rutas del delirio.
     Es también El corazón de las tinieblas la magistal descripción del colonialismo decimonónico en las junglas de África, el cuadro pincelado con detalles miniaturizados de ese conflicto entre dos razas, una de las cuales apenas merece el título de seres vivientes. El negro del Africa, torturado hasta la saciedad, el negro que muere dejando una triste mirada vidriosa mientras se aferra a la flecha larga que le atraviesa el tronco y sale de él como el tallo fogoso de una planta joven.
     Ford Coppola intentó adaptar la historia a un tema que marcó a su generación, la guerra de Vietnam, uno de los grandes horrores de la segunda mitad del siglo XX. El Kurtz de la película sería uno de los militares estadounidenses que seducidos por el horror terminan saliéndose del redil e instalan en medio de la selva su propio reino de las tinieblas, implacable, solitario, animado por una moral propia, suya, negra, oscura como su vocación y las huellas malditas de su propia estirpe originaria.
     El corazón de las tinieblas está aquí presente a nuestro lado y transcurre repitiéndose como el común denominador del succeder humano. Inatajable, prolífico, rojo, negro, blanco, toma los carices camaleónicos del tiempo moderno y se viste de presidentes, secretarios de estado, magantes, bandidos de jungla o asaltantes de caminos. Conrad, que vivió durante años inmerso en la soledad que lleva el marinero a cuestas, comprendió muy bien al género humano como para poder describirlo con el óleo de su pluma magistal.
    Conrad tuvo tiempo para meditar en medio de la inmensidad salitrosa del mar, en el camarote, en la soledad del mando, en la lucha contra tifones y huracanes sobre todos los motivos del lobo humano, como diría Rubén Darío en su poema Los motivos del lobo. Esa sabiduría colocada por encima de los intereses banales de una política efímera e ilusoria, podía vestirse de conservadurismo, pero atinaba a develar sombras y pulsiones íntimas de la humanidad.
    La lectura renovada de este pequeño libro, obra maestra de la novelística mundial, nos sirve para tomar distancia de los aconteceres contemporáneos y entender que la repetición de la tragedia es continua, siempre sedienta de triturar y devorar vidas en un vacío de sombras.
     Allí donde reina la muerte, reina el sopor de los tifones, la soledad  de los silencios del bosque, el misterioso ajetreo de las fuerzas naturales. El mundo es y será el corazón de una extraña tiniebla y es necesario por lo tanto aprender a distinguir las formas de su transcurso entre la tenebrosa oscuridad de la historia.
     Conrad escribió muchas obras maestras y su vida de viaje le sirvió para recolectar todo tipo de caracteres humanos, personajes, paisajes, tramas, situaciones, dramas, desenlaces, que plasmó como si fuera el aeda ciego de las batallas homéricas.
     Su prosa impecable, seca, desprovista de inútiles adornos, va directo al grano, al corazón, a la pulpa de la existencia y de la humanidad. Con su obra rompió fronteras y nos demostró que el horror causado por el hombre es el mismo en todos los confines donde atracaron sus barcos. El escritor dio muchas veces la vuelta al globo por el mar y de sus vivencias de marinero y capitán extrajo el más fascinante retrato del hombre y sus tragedias. Conrad debe ser nuestro autor de cabecera y su lectura permanente nos despierta siempre de la enajenación a la que conduce la antropolatría, la fe ciega en la superiedad del homo sapiens sapiens, que de sapiens tiene poco y mucho más de hiena.
       
----
 * De la serie Textos nómadas.


domingo, 5 de junio de 2016

LA CRECIDA DEL SENA

Foto Eugenia Varela
Por Eduardo García Aguilar
Este viernes por la tarde, caminando largas horas por las orillas del río Sena en crecida impresionante de más de seis metros, casi a punto de desbordarse e inundar parte de la ciudad, presencié una de las tardes más originales y extrañas que haya vivido recorriendo sus meandros entre la niebla, la humedad y la brisa fría de junio. A lo lejos, la Torre Eiffel estaba cubierta de bruma y los haces de luz que despedía desde el crepúsculo adquirían un tono de irrealidad, como si el monumento fuera un truco de efectos especiales.
En la estación Austerlitz, donde se miden los vaivenes del Sena desde hace siglos, comparándolos con su más grande crecida de 1910, cuando ascendió en más de ocho metros e inundó la capital, la visión era impresionante y respetable: un río sereno que cruza con fuerza llevando troncos y zurcado por el vuelo extrañado de gaviotas, garzas y patos, mientras los vecinos toman fotos con sus celulares y las familias se acercan asombradas con sus menores a observar un fenómeno que no ocurría desde hacía tres décadas.
En tiempos normales la rutina hace que salvo los turistas, la gente de la ciudad ignore al río cuando pasa por el metro elevado o en auto o camina apresurada hacia distintos rumbos, pero en esta fecha excepcional los transeúntes locales, residentes o nativos, salen de su letargo y ensimismamiento, para proyectar algo de luz en su mirada de introspección permanente. La magnitud de la crecida los incita a desviarse y a acercarse a las orillas inundadas o a permanecer allí impactados por el acontecimiento, viendo como las vías están sumergidas o percibiendo solo el copo de los arboles del jardín Tino Rossi.
Al lado de la Estación de Austerlitz está el centenario Jardín de Plantas, uno de los más bellos remansos verdes de la ciudad, donde se encuentra el más antiguo zoológico del país y el Museo de Historia Natural con sus gigantescos esqueletos de dinosaurios y todo tipo de animales y especies, así  como los enormes invernaderos donde se reproducen selvas y plantas exóticas. La cercanía y la inminencia de la inundación daba este viernes al lugar una nueva vida, ya que el río cruza simpre hundido y canalizado entre vías ferroviarias y automovilísticas o muros de piedra y cemento y ahora se le veía rebelde, como si deseara meterse a ese lugar que ha sido desde los tiempos de Bouffon y Lavoisier el centro de la investigación y el amor por la naturaleza.
Al frente los niños se acercan a un gimnasio sumergido totalmente, exploran las orillas de los jardines y las escaleras cubiertas y observan los barcos anclados que de repente han subido seis metros y se encuentran ahora separados e incomunicados y a punto de que estallen sus amarras tensas y decidan seguir el curso de las aguas como el Barco Ebrio de Arthur Rimbaud. Los policías ordenan a los curiosos que se alejen de las orillas y toman fotos de avisos y postes de luz hundidos entre el agua.  
Al lado del Jardín de Plantas está el Instituto del Mundo Arabe y más allá la Universidad de Jussieu, edificio enorme, pesado, horrendo y sucio del siglo XX, construido en puro cemento, donde se han impartido las disciplinas de la ciencia y se ha congregado la comunidad científica del país, pero que es incongruente con la casi etérea belleza arquitectónica de las orillas del río pobladas de edificios, casas y mansiones de millonarios que sobrevivieron a los siglos. El restaurante La tour d'Argent está iluminado y el obelisco del puente se ve semisumergido como en una película apocalíptica.
El agua del torrente pasa ahora con dificultad casi rozando los diversos puentes de la zona, cuyos arcos ahora diminutos impresionan y dan perspectiva a la excepcional crecida. Parejas de enamorados se detienen y se toman fotos para el recuerdo, fotógrafos profesionales y periodistas de televisión tratan de lograr el ángulo preciso y la muchedumbre crece cuando nos acercamos a la Catedral de Notre Dame y cruzamos hacia las dos islas centrales, la de San Luis y la de la Cité, donde los hombres han vivido desde hace milenios, antes de que llegaran los romanos y que hoy son los barrios más caros y secretos de la urbe.  
En una de esas mansiones palaciegas veo una placa donde dice que ahí vivió Charles Baudelaire en 1841 y 1842, lo que prueba que el poeta tenía buen gusto y adoraba residir en las orillas del Sena, porque otro de sus sitios de residencia era frente al Louvre, en la misma ribera donde murió Voltaire, el polémico autor de Cándido y otras mil obras. La Isla San Luis se ve hoy mejor que nunca entre la bruma y de ser un lugar irreal y glacial adquiere este viernes excepcional, con las luces de las habitaciones prendidas y las ventanas abiertas de par en par por sus residentes curiosos, un aire de humanidad de la que carece el resto del año. Los patos extrañados han poblado ahora la calle de la ribera, asombrados también por el fenómeno.
Los exclusivos y potentados habitantes de la Isla San Luis no salen de su asombro al ver tanta gente en las riberas deambulando y tomando fotos en uno de los ángulos magníficos de postal y de repente somos testigos de una fiesta elegante que se da en los salones de una residencia llena de cuadros antiguos y lampadarios vieneses, desde cuyas salas se ve la parte posterior de la Catedral Notre Dame, ahora magnificada por la creciente y que uno imagina rodeada por aguas o canoas ante el sonido de las campanas contadas por Victor Hugo en la novela donde los protagonistas son el Jorobado de París y su amada Esmeralda.  
Pero más adelante, donde las dos islas se miran y se cruzan en un amplio espacio acuático de corte veneciano, generando una de las visiones más hermosas y socorridas por las postales turísticas, con las misteriosas torretas agudas del Palacio de Justicia al fondo y otras cúpulas y torres circundantes, y además la Torre Eiffel semicuibierta de neblina y difundiendo sus haces de luz, la experiencia de la crecida llega a su culmen estético, con esas aguas que parecen poseerlo todo y donde se reflejan ya las luces amarillentas de los faroles antiguos.   
Estas aguas crecidas que he visto comenzarán a ceder el sábado poco a poco y la ciudad volverá a su rutina infalible, pero quienes caminamos toda esta tarde y esta noche de viernes fuimos partícipes de un momento único, epifanía excepcional que no se repetirá en mucho tiempo y estamos seguros de haber sido testigos de unas horas encantadas donde París amenazada fue más París y más poética que nunca entre la llovizna y la niebla. 
---
* Publicado en Excélsior. Expresiones. México. 5 de junio de 2016.