domingo, 7 de junio de 2015

TARDE FELIZ EN EL ELÍSEO

Por Eduardo García Aguilar
La cola de invitados empezó a formarse en la tarde canicular del jueves a las puertas del viejo Palacio del Elíseo, a donde el presidente de Francia François Hollande invitó a figuras y personalidades de las artes y las letras francesas relacionadas con América Latina y latinoamericanos y caribeños de cultura residentes en Francia, con motivo de la Semana de América Latina y el Caribe que se organiza cada año.
     Entre ellos se veía al presidente de la Maison de l’Amérique Latine en París, Alain Rouquié, gran conocedor de México y Brasil, quien hace tiempo definió latinoamérica con el concepto de Extremo Occidente, por esa amistad, esa confluencia y a veces esos sangrientos desencuentros que desde tiempos inmemoriales se tejieron entre ambos y que incluyen el atroz episodio de la trata de esclavos africanos hacia América y la invasión de México por las tropas de Napoleon III.
     La literatura y las artes han dado testimonio de ese ir y venir de artistas a través del Océano Atlántico y la imaginación que suscitan los misterios y demonios mutuos, como lo muestra el recién galardonado con el premio Rómulo Gallegos 2015 de novela Pablo Montoya, colombiano que durante más de una década vivió en París dedicado a trabajar esos espejos recíprocos destacados en la novela galardonada, Tríptico de la infamia, sobre tres pintores europeos ligados a través de la imaginación con el continente ultramarino de volcanes y tormentas.
     Miranda, Bolívar, Lautréamont, Rubén Darío, Vargas Vila, Gómez Carrillo, César Vallejo, Alfonso Reyes, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Severo Sarduy, Rufino Tamayo, Botero, Cruz Díez, Soto, y multitud de músicos, pensadores, y dramaturgos latinoamericanos han vivido y viven Francia con amor, lo que llevó a  decir en su discurso al presidente Hollande, con el gran sentido del humor que lo caracteriza, que hasta “los fraceses también pueden amar a Francia”, en referencia a esa característica falta de fe, algo masoquista, de muchos franceses, en su propio país.
     A su vez figuras francesas como los viajeros Charles Brasseur y Michel Safray, el geógrafo Elisée Reclus, Antonin Artaud y los surrealistas que se afincaron en México, Claude Lévi Strauss, Jacques Soustelle, Paul Rivet, Roger Callois, el Nobel J.M. Le Clézio, Régis Debray, Jean Meyer y mil otros han soñado y amado hasta la locura el continente de todos los colores, cantado en su máxima expresión por Pablo Neruda y Gabriel García Márquez, quienes vivieron en París.
     Todos esos fantasmas del amor recíproco se dieron cita en los salones del Palacio cubiertos de gobelinos donde brilla la pátina áurea de la República: aquí el colombiano Yuri Buenaventura que de cantar en el metro se convirtió en estrella al interpretar en francés y con ritmo de salsa la famosa canción Ne me quittez pas del belga Jacques Brel y quien ahora abraza al presidente, o allá las grandes escritoras argentinas Luisa Futoransky y Alicia Dujovne Ortiz, en representacion de la tierra de Gardel y Borges, o Milagros Palma, de Nicaragua. Con ellos se cruzaban los fantasmas de Nicolás Guillén, García Márquez y el pintor Jesús Soto, que vivieron pobres en un hotel de la rue de Cujas y se ganaban la vida cantando y tocando tambor, guitarra y maracas en los bares cercanos al metro Odeon.
     A veces uno creía percibir la presencia de François Mitterrand, el otro presidente socialista que hizo historia en este palacio y quien invitó a su posesión al Nobel colombiano y al mexicano Carlos Fuentes, el autor de Terra Nostra. Y entre esas espléndidas salas y recovecos tapizados de rojo intenso y en medio de los ornamentos florales y los reflejos de luz que provenían de los jardines, uno pensaba en la condesa Castiglione, insumisa fotógrafa italiana amada por Louis Napoleon Bonaparte, o en los suspiros de ese anciano presidente Félix Faure, quien murió en brazos de su amante Marguerite Steinheil en 1899 en uno de esos salones, o en Georges Pompidou, mecenas de las artes contemporáneas, fulminado entre estos oros por la enfermedad.
     Hollande circula entre los invitados latinoamericanos siempre presto al buen sentido del humor y la actitud de “presidente normal”, que pese a las tormentas y a las críticas acerbas a su gestión y a la falta de popularidad en un país cada vez más derechizado y agobiado por sus fantasmas ideológicos y las nostalgias de Vichy, ratifica su voluntad de que la República sea de todos y no para un solo segmento blanco de la población con aspavientos de vieja nobleza del Ancien Régime y que aboga por la discriminación de los otros, el negro, el árabe, el asiático, el levantino, el judío, el hispano, el latino, el gay.
      Como prueba de ese cambio esta aquí la bella y joven ministra de Educación Najat Vallaud-Belkacem, de origen marroquí, quien recibe los dardos de una derecha que no soporta que una ciudadana de la llamada “diversidad” ostente uno de los cargos más prestigiosos de la República, al igual que la guyanesa ministra de Justicia Christiane Taubira. También en pimera fila de los que aman América Latina está el ex presidente del Senado, el socialista Jean Pierre Bel, promotor de los acercamientos entre ambas culturas, quien guarda una relación privilegiada con Cuba, y el ex Primer ministro y actual ministro de Relaciones exteriores Laurent Fabius, quien, según dijo Hollande, "está en todas partes", pero no pierde oportunidad de desplazarse a la tierra del realismo mágico.
     Al final toda esta fiesta de cultura, color y música latinoamericana y francesa se desplaza ya con los vapores del champán en alto hacia la salida del Palacio de Elíseo, bajo una canícula que recuerda a Manaos, Veracruz o Cartagena de Indias, como si París de repente se hubiese vuelto una ciudad tropical a comienzos de junio y todo se volviera barroco bajo la batuta del muy parisino y sincrético fantasma de Severo Sarduy. 
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* Publicado en la sección Expresiones de Excélsior, México D. F., el domingo 7 de junio de 2015. 
Foto: En las puertas del Elíseo.

domingo, 24 de mayo de 2015

ADIOS A OSCAR COLLAZOS

Por Eduardo García Aguilar
Oscar Collazos, uno de los grandes escritores contemporáneos de Colombia, murió hace una semana después de padecer una dura enfermedad a la que enfrentó con total lucidez, llevando la proeza hasta escribir su última columna sobre el robo de la primera edición de Cien de Soledad en la Feria del Libro, el pasado 7 de mayo, desde el hospital y una semana antes de su partida. 

Como casi todos los autores de su generación y de las anteriores, era un hombre surgido de los sectores populares, nacido en Bahía Solano (Chocó) en 1942 frente a las costas del Océano Pacífico, a donde se replegaron tantos colombianos de origen indígena o africano, descendientes de los esclavos que en la Colonia fueron trasladados a estas tierras a trabajar y morir exhaustos para enriquecer a los colonos blancos de origen hispano que hoy siguen en las riendas del poder. 

De Bahía Solano, donde vivió la primera infancia, Collazos se trasladó con su familia a Bogotá un tiempo y luego a Cali, donde desde adolescente se destacó como cuentista en el contexto de la gran actividad cultural que reinaba en esa ciudad de tierra caliente abierta al baile, el teatro, el nuevo cine, el arte, la danza, el pensamiento y las ideas renovadoras. En Cali floreció en los años 60 y 70 una de las generaciones de escritores, pensadores, dramaturgos, cineastas, poetas, músicos y artistas plásticos más notables del Colombia. 

Los investigadores tienen ahora la tarea de rastrear la savia renovadora que desde Cali y el Valle del Cauca en general irrigó la cultura colombiana en esos años. Collazos y sus contemporáneos del occidente mestizo del país abrieron ventanas a una Colombia acartonada donde todo se decidía desde la capital y al ritmo de la fiesta, el baile y la alegría, la curiosidad y la rebeldía desempolvaron la cultura y las ideas en Colombia. Todos miramos en algún momento hacia Cali como la añorada Meca pagana de la cultura, aunque ese corto verano fue cortado de tajo por los avatares terribles de la narco-paraco-historia del país. 

Desde Cali se trasladó a Bogotá, donde pasó por la facultad de Sociología de la Universidad Nacional, otro foco crucial del pensamiento colombiano, y muy temprano, en pleno 1968 renovador, viajó a París y se nutrió de la renovación cultural en Francia. Alemania, Suecia, Cuba, fueron otros de esos lugares donde Collazos vivió en su juventud, antes de instalarse por largo tiempo en Barcelona, donde se casó con la escritora catalana Nuria Amat y nació su hija Laia. 

Su estadía en la ciudad condal, centro del mundo editorial hispano del momento y su colaboración con grandes editoriales y figuras literarias latinoamericanas como Julio Cortázar y Gabriel García Marquez, en pleno auge del boom, solidificaron su rango como escritor a medida que publicaba sus nuevos libros Los días de la paciencia, Biografía del desarraigo, Crónica de tiempo muerto, que siguieron a sus primeras colecciones de cuentos publicadas en Colombia, Son de Máquina y El verano también moja las espaldas, que son la base de una vasta obra ensayística y novelística. Collazos regresó a Colombia en 1989 como lo hicieron otros autores colombianos que también coincidieron con él en Cataluña y en Bogotá creó para Colcultura la colección de la Diáspora y se dedicó a diversas actividades periodísticas, antes de trasladarse a Cartagena de Indias, donde vivió el resto de su vida. 

El autor de Fugas, Rencor, La modelo asesinada y Señor sombra, entre otras novelas, se caracterizó durante todos los años colombianos por una profunda serenidad y ecuanimidad como intelectual, que contrastaba con el nerviosismo general en años de terribles conflictos y deflagraciones políticas, delincuenciales, económicas y bélicas. Fue siempre generoso con sus contemporáneos y con las nuevas generaciones, no estaba desesperado por obtener a toda costa el éxito, el poder o la fama, y entre sus cualidades estaba no ser presumido ni vanidoso como su trayectoria hubiese podido sugerirlo. Entre sus principios figuraba no denostar de sus colegas escritores, ya de por si vapuleados por la vida. 

Además propició la fiesta y estuvo disponible siempre al diálogo y a la reflexión serena sobre los rumbos de la cultura y el país. Lo conocí desde muy temprano cuando en 1972 y 1973 yo cursaba los primeros semestres de Sociología en la Universidad Nacional y llegó a dar una conferencia a la que asistimos un centenar de estudiantes. Luego estuvimos celebrando con él y otros amigos en un restaurante de la calle 24 con séptima, cerca de la Biblioteca Nacional. En ese entonces, a los 29 años, era la estrella ascendente de la narrativa colombiana, famoso por su polémica con Cortázar y Vargas Llosa, publicada por Siglo XXI editores. Como lo dije en una crónica que escribí sobre su regreso con su esposa Jimena a París en agosto 2007, antes de cumplir los 20 años muchos escritores colombianos en ciernes queríamos entonces ser cuando grandes como Oscar Collazos y mucho tiempo después seguíamos pensando lo mismo. 

Ser como Collazos es vivir la literatura y la cultura con espíritu de tolerancia y serenidad, aportando a un país histérico y violento, marcado por el anatema, el insulto y la descalificación sistemática de los otros una pausa de diálogo y reflexión, basada en las ideas que otros grandes pensadores y escritores colombianos olvidados ya han trajinado con paciencia y generosidad. Ser como él es vivir lejos del odio y del insulto y más cerca de la amistad, el diálogo y la fiesta, como vivió Collazos en su larga trayectoria de 72 años como escritor. Es difícil decirle adiós a un amigo. Pero el solo hecho de que Oscar Collazos haya existido entre nosotros prueba que esa es la Colombia valiosa que debería predominar frente a los heraldos de la muerte, la inquina y el odio. 
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*Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. 24 de mayo de 2015. 

martes, 12 de mayo de 2015

BARCELONA Y LOS ESCRITORES COLOMBIANOS

Por Eduardo García Aguilar
Cuando regreso a Barcelona y camino por sus calles, me asalta la imagen de los escritores colombianos que vivieron en esta ciudad, desde los radicales Antonio José Restrepo y José María Vargas Vila, quienes murieron aquí el mismo año, en 1933, hasta los miembros de la numerosa generación post macondiana que llegaron a la ciudad seducidos por el esplendor editorial de la época y tras los pasos de García Márquez. 

Vargas Vila (1860-1933) fue el rey de las letras latinoamericanas y el más grande best seller de su momento, autor de un centenar de libros, entre ellos novelas, diarios, panfletos y recopilaciones de crónicas que se vendían como pan caliente en toda América Latina y hacían las delicias de liberales y radicales de entonces por su espíritu anticlerical y escandaloso. Barcelona era entonces, como lo sería de nuevo tiempo después, una vez concluido el largo episodio de la dictadura franquista, el centro editorial hispanoamericano y todos los escritores del continente debían publicar en Sopena y Maucci y otras editoriales catalanas para tener alguna repercusión. 

Los libros salían de las prensas de la palaciega ciudad condal y viajaban en barcos a los principales puertos latinoamericanos como Veracruz, La Habana, Cartagena de Indias o Buenos Aires, donde los esperaban maestros, libreros, juristas y humanistas. En bibliotecas o en librerías de viejo de las capitales del Nuevo Mundo se puede palpar aun esas viejas ediciones que traían estampillas para garantizar la autenticidad de la edición y cuyas portadas de pasta dura eran muy vistosas y grotescas. Vargas Vila era el rey Midas de la edición y cada una de sus obras se agotaba pronto y requería de inmediatas reediciones en diferentes editoriales que se peleaban por tenerlo en su catálogo. Los jóvenes de aquella época eran seducidos por sus novelas de erotismo finisecular y su prosa cargada de adjetivos, adornos inútiles, anatemas y gritos histéricos sin fin. Hoy su obra es ilegible y salvo algunos curiosos casi nadie se acerca a esos volúmenes insoportables y pomposos. 

Barcelona era en tiempos de Vargas Vila una metrópoli impresionante que desde siempre albergó grandes templos y palacios y que en el siglo XIX se convirtió en una urbe moderna, poblada de Ateneos, bibliotecas, universidades y librerías, ciudad cosmopolita donde en los cafés, restaurantes y bares la literatura y el pensamiento reinaban, tal como lo describe el gran autor catalán Josep Pla en su Cuaderno Gris. A diferencia de París, que era la otra gran ciudad europea de la cultura, Barcelona tenía entonces la fuerza que le daba el mar y a su puerto llegaban los americanos, los indianos, que traían noticias frescas del otro lado del Atlántico. Ñito José Restrepo (1855-1933) y Vargas Vila vivieron en una gran metrópoli envidiable y de sueño que nada tenía que ver con la provinciana y fría capital colombiana. 

Pasaron más de tres décadas desde la muerte de Vargas Vila y Restrepo para que una nueva estrella de las letras colombianas, Gabriel García Márquez, se instalara allí a fines de los 60 y triunfara del brazo de su agente literaria catalana Carmen Balcells. García Márquez hasta su crepúsculo llegó como rey a Barcelona. Y su llegada a vivir a Cataluña atrajo a muchos jóvenes discípulos, entre quienes se cuentan Óscar Collazos, Héctor Sánchez, R.H Moreno Durán, Luis Fayad, Ricardo Cano Gaviria, las hermanas Colombia y Sonia Truque, Manuel Giraldo, Guido Tamayo y Miguel de Francisco, entre otros que vivieron y trabajaron aquí aunque con menos suerte que su patriarca el creador de Macondo. 

La primera vez que vine aquí, en 1975, casi todos estaban en Barcelona y colaboraban en las editoriales como correctores o traductores. Eran jóvenes apasionados por la literatura, dispuestos a dar la vida por ella, sin saber que eran casi los últimos especímenes de ese tipo de amantes sin límites de las letras, inspirados por la maestría de Jorge Luis Borges y la gran literatura europea del siglo XX. Por esas épocas, en los años 60 y 70, la ciudad era el paraíso de las letras hispanas antes de que el obtuso chovinismo catalán matara aquella fuerza e hiciera todo lo posible para reducir la presencia del castellano, para ellos su enemigo principal. Poco a poco todos los escritores colombianos de Barcelona, marginados como casi todos los "sudacas", se vieron obligados a regresar a su país, salvo Ricardo Cano Gaviria, que sigue con la antorcha en estos pagos. 

Los fanáticos politiqueros nacionalistas catalanes de hoy causarían el estupor de José Pla, Eugeni D'Ors, Ramón Vinyes y Merce Rodoreda y de toda una pléyade de grandes narradores, ensayistas y poetas catalanes que hicieron brillar el cosmopolitismo literario en este puerto de palacios delirantes y artistas inolvidables como Antoni Gaudí, Salvador Dalí, Pau Casals y Picasso. Esos politiqueros de hoy ignoran que en la segunda parte de El Quijote, el ingenioso Hidalgo vino a Barcelona para constatar su fama y terminar su gesta con la lucha frente al Caballero del Verde Gabán, que deseaba traerlo de regreso a casa. 

El 7 de mayo de 1905, hace 110 años, en esa gran Barcelona cosmopolita que conocieron Vargas Vila y Ñito Restrepo, los barceloneses celebraron una multitudinaria procesión en honor de Miguel de Cervantes Saavedra por las calles de la ciudad, como lo muestra una foto de la época publicada en el diario La Vanguardia. Y por eso yo ahora, imitándolos bajo el sol candente, manifiesto por las calles en memoria y honor de esos muchos escritores colombianos que vivieron aquí y lo dieron todo por la literatura y su Barcelona amada sin pedir nada a cambio, salvo el olvido.

 ------ *Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo. 10 de mayo de 2015.

domingo, 3 de mayo de 2015

¿FASCISMOS CÓMICOS?

Por Eduardo García Aguilar
El 1 de mayo, en pleno barrio de la Ópera de París ocurrió una obra de opereta bufa cuyos personajes centrales fueron las sexys adalides desnudas del movimiento Femen y el viejo líder histórico del partido fascista Frente Nacional, de 87 años, el exmilitar de ultraderecha Jean Marie Le Pen.
Para Le Pen las cámaras de gas durante el régimen nazi fueron solo "un detalle de la guerra" y con frecuencia invita a realizar nuevas "horneadas" con extranjeros, judíos o inmigrantes de otros orígenes, para limpiar la sangre milenaria del país de Juana de Arco.
Celoso por el éxito de su hija Marine, a la cabeza del partido por herencia monárquica desde hace un lustro, el carcamal enfermo, recién salido del hospital, donde era tratado por problemas cardíacos, subió a la tribuna cubierto con un impermeable rojo intenso y saboteó el inicio del discurso de su hija, de quien está alejado porque siente que le quitó el partido que él le dejó de herencia y se rodeó de jóvenes arribistas, algunos de ellos homosexuales para espanto del rancio macho, que quieren borrar la huella del impresentable vejete para gobernar el país.
Le Pen ha llevado la antorcha de la extrema derecha desde hace más de medio siglo, fiel a sus dictados más afines como la reivindicación del general Petain, quien encabezó la colaboración de los franceses durante la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, la negación del Holocausto, el desprecio de los nativos de las ex-colonias francesas de África e Indochina, la incitación a la expulsión de inmigrantes de vieja data o la división de la Nación entre "franceses raizales", milenarios, blancos y rubios como él, sus hijas y nietas, y los de raíces impuras, extranjeras, negros, magrebíes, árabes, orientales y demás, de ojos negros, cejas moras y color aceitunado.
Todo esto parece caricatural, pero es el fuego que anima a los más radicales de la nostalgia ultraderechista seguidores del viejo Le Pen, quien cedió el partido a su hija Marine, abogada más a tono con su época, que se puso como tarea "desdiabolizar" el movimiento neo fascista con el nombre de Blue Marine (Azul Marina) y convertirlo en verdadera alternativa de poder, con tanto éxito que ahora las encuestas lo sitúan en primera fila y como alternativa de gobierno en cantones, pueblos y regiones.
El millonario Le Pen, tuerto, renqueante, ayudado por sus mayordomos, logró subir a la tarima para tratar de robarle el protagonismo a su hija traidora, mientras cerca de ahí las sorprendentes chicas desnudas del movimiento Femen, salían a los balcones de un hotel de la Avenida de la Ópera para hacer el signo fascista de la mano alzada, con esvástiscas pintadas en sus bellos torsos, en un espectacular performance antifascista frente a los manifestantes que desfilaban como cada 1 de mayo por las calles céntricas de la ciudad.
Las Femen fueron desalojadas con violencia ante las cámaras de todas las cadenas televisivas por el servicio de orden del partido neo nazi, cuya solemne manifestación anual en honor de Juana de Arco terminó convertida este viernes en opereta de circo, que oponía por un lado el padre a la hija como en las tragedias griegas y las jóvenes desnudas a las ideas de la intolerancia racial.
Ya hubiesen soñado los surrealistas de Breton con este bochornoso espectáculo en las calles de una ciudad museo que es la escenografía helada para 80 millones de turistas anuales y los viejos payasos como Coluche se carcajean desde sus tumbas, aunque cierto es decirlo, el viejo Le Pen subido a la tarima haciendo muecas temblorosas, como salido de un sarcófago egipcio, nos recuerda que millones de personas siguen sus ideas en la tierra de Voltaire y Víctor Hugo en medio de las incertidumbres de la crisis, las guerras en Oriente Medio y África,y que su auge es una verdadera amenaza para la cultura moderna y laica, que también es atacada desde otro frente por los no menos uiltraderechistas del yihadismo islámico.
A medida que avanza el siglo XXI los herederos del humanismo surgido del Renacimiento y de la era de Gutenberg, los hijos de Galileo y Da Vinci, de Dante, Shakespeare y Cervantes, de Goethe y Voltaire, entre otros muchos otros amantes de la cultura y la vida, no saben muy bien si la tenaza de los neo fascismos volverá a imponerse o si en la batalla de las letras, las artes, la vida y el pensamiento contra la ignorancia, la muerte y la brutalidad ganarán las primeras. Los fantasmas de Molière, Chateubriand, Bougaiville, Brillat-Savarin, Stendhal y Baudelaire, que vivieron por estos barrios en otros siglos deben rondar por estos parajes alertas como relámpagos impacientes.

domingo, 26 de abril de 2015

ÉXODO HUMANO Y PLUTOCRACIA ANCESTRAL

Por Eduardo García Aguilar
Cientos de miles de seres humanos huyen en estos momentos de África y Oriente Medio, donde los poderes de la humanidad, bajo el pretexto de guerras religiosas, se pelean por los recursos naturales y las rutas que definirán quiénes serán los amos del mundo en las futuras décadas.
Cada día se hunden barcos llenos de gente aterrorizada por los ejércitos de la maldad humana, inocentes víctimas que después de abandonar casas, tierras y pertenencias no tienen más destino que huir por todos los medios, granjeando en el camino incontables horrores posibles, lapidaciones, decapitaciones, violaciones o la muerte por calor o inanición, antes de llegar a las playas de Libia en busca de un barco que los lleve a la otra orilla del Mediterráneo, en las costas de Lampedusa, Malta o Sicilia.
El domingo pasado uno de esos barcos precarios se hundió con casi mil personas a bordo, muchas de ellas hacinadas en las bodegas como en los tiempos de la esclavitud y los barcos negreros que cruzaban el Atlántico. Adentro iban familias enteras, muchas de ellas de clase media, con niños, ancianos, enfermos, gente que buscaba huir de la muerte segura en sus tierras y la hallaron en los mares, en las puertas de Europa, la de Ulises y Virgilio, ante la mirada fría de los burócratas de la Unión Europea y la desconfianza de una población egoísta y nacionalista que ve en ellos una amenaza para sus privilegios.
Estamos en el siglo XXI y vivimos en el apocalipsis permanente, el que fue relatado en los libros sagrados. Moisés encabezaba a su pueblo por los desiertos en un éxodo sin fin que lo llevaba en busca de tierras prometidas. Igual ocurre hoy sin Moisés y sin tablas de la Ley y con una humanidad perfeccionada que construye las más letales armas y cuyos líderes y dueños medran como hienas en busca de territorios, yacimientos, minas, bosques, que depredarán sin fin hasta que todo aquello se vuelva un desierto incandescente.
Todo eso ocurre en las puertas de Europa: mil personas ahogadas en el fondo del Mediterráneo el domingo pasado y antes de ellas y después de ellas, otras miles, o decenas de miles, o centenares de miles tal vez, muriendo como moscas en el mar interior de lo que fue alguna vez el Imperio Romano. Todo un continente encendido en manos de dictadorzuelos millonarios y presidentes corruptos, familias dinásticas de ladrones apoyados por las potencias para dominar sus tierras y venderlas al mejor postor.
Como buitres, Estados Unidos, las potencias europeas, China, Rusia, los capitales financieros mundiales, la industria armamentista, los oligopolios y la plutocracia de los jeques árabes, todos ellos juntos dedicados a bombardear, enviar mercenarios, drones, ejércitos, listos a la captura y el pillaje de la mitad del mundo, sin compasión ni medida alguna. Ya están arrasados países como Siria, Libia, Yemen, Malí, Irak, Afganistán, y poco a poco, uno tras otros serán arrasados los países en esta conflagración sin fin. Colombia, México y varios países centroamericanos siguen la misma suerte en medio de desplazamientos y genocidios sucesivos. Los buitres de la plutocracia sueñan con la desestabilización de América del Sur y el retorno a los tiempos de las dictaduras militares.
No es la primera vez que esto ocurre ni será la última. La historia de la humanidad es la sucesión de este tipo de acontecimientos, con escasos momentos de una relativa concordia, que fue solo la calma que anunciaba la tormenta. Los investigadores que estudian los restos de los primeros humanos llegados a América por el norte desde Asia hace unos 15.000 años, descubrieron en los huesos de aquellos individuos los rastros de una violencia terrible y las huellas de batallas innombrables por los territorios.
Y así sucesivamente arqueólogos y antropólogos que se asoman al lejano comportamiento de aquellos pueblos en todos los puntos cardinales del planeta comprueban el nivel de violencia que reinaba entre ellos bajo el mando de sus caciques y guerreros sanguinarios. Los aztecas constituyeron una dictadura sanguinaria y tanática que se imponía a todos los pueblos mesoamericanos, los esclavizaba y les cobraba tributos. El Tahuantisuyo no era tampoco ningún paraíso.
La población humana de los asentamientos milenarios en el Indus, el Ganges, el Éufrates, el Danubio, el Tigris y El Nilo, entre otros grandes ríos, estaba siempre angustiada a la espera de las huestes de depredadores que se insinuaban desde lejos y que al llegar arrasaban con todo, matando a los hombres y secuestrando a las mujeres, de la misma forma que el año pasado los fanáticos africanos de Boko Haran secuestraron centenares de estudiantes adolescentes para repartirlas entre sus soldados hambrientos de carne fresca.
Después, pasado el tiempo, aquella barbarie se disfrazó de civilizaciones y monarquías, de religiones e ideologías, de ideales utópicos y temores raciales y bajo el treno de los libros sagrados y los discursos, las arengas, los anatemas, las conjuras y los insultos ha continuado por otras vías con el mismo guión. La democracia occidental trata de imponer por la fuerza su ideario a unos pueblos, pero se alía con otros a los que tolera sus iniquidades. Invade a unos países, pero no hace nada frente a la intolerancia de los jeques millonarios de Arabia Saudita, sus aliados, que mantienen en el oscurantismo a las mujeres y decapitan y lapidan a los infieles y financian ejércitos asesinos de yihadistas. Lanzan el grito al cielo por Ucrania, asedian a Rusia, pero callan en otros lugares del planeta donde les conviene.
África y Oriente Medio arden después de las acciones irresponsables iniciadas con las guerras de Irak y las agresiones a pueblos inermes que caen bajo las bombas, encendiendo odio y fanatismo. El yihadismo es una hidra creada por todos esos intereses plutocráticos devastadores. Ahora poblaciones enteras huyen y tocan en las puertas de Europa. Según cifras recientes, el desplazamiento actual de seres humanos llega o sobrepasa los niveles dantescos de la Segunda guerra mundial. Tal vez no lo sabemos, pero ya estamos en guerra, lo que no es nada nuevo porque el mundo siempre ha estado en guerra y tal vez seguirá estándolo mientras el ser humano exista. Recordemos a Homero y su Ilíada, recordemos la Biblia y todos los libros sagrados: nada nuevo hay bajo el sol.


* Publicado en La Patria, Manizales, Colombia. 26 de marzo de 2015.

domingo, 19 de abril de 2015

LECCIONES DE GÜNTER GRASS y GARCÍA MÁRQUEZ

Por Eduardo García Aguilar
Una tras otra las viejas glorias literarias del siglo XX desaparecen y los contemporáneos nos adaptamos poco a poco a su ausencia, cuando décadas antes aparecían como figuras inmortales, necesarias, similares a la argamasa primordial que lograba mantener en pie continentes o países rotos por guerras y miseria. García Márquez (1927-2014) y Günter Grass (1927-2015), nacidos el mismo 1927, desparecieron ambos en abril, con un año de diferencia.
No sabemos si este tipo de figuras que servían de cúpulas protectoras a lenguas, naciones o continentes desatrasados podrán repetirse como se venían repitiendo desde tiempos inmemoriales, pues son aun imprevisibles los cambios radicales que la cultura ha experimentado en las últimas décadas, luego del fin de la era de Gutenberg y del viejo humanismo greco-latino reinante durante dos milenios.
La gloria antes caía como lengua de fuego a los santos mártires que morían por las religiones cuando eran exterminados mientras viajaban a pie de pueblo en pueblo difundiendo la palabra de nuevos evangelios prohibidos. Al mismo tiempo, la pétrea gloria convertía en estatuas a guerreros que fundaban imperios y recorrían el mundo como Alejandro Magno para ampliar sus límites y sojuzgar lejanos pueblos a quienes imponían la ley y el silencio.
Hubo un momento en que la gloria ardió en las tonsuras de poetas, escritores, novelistas, humanistas, que como Cervantes Saavedra dieron unidad a una lengua, o que, como García Márquez crearon biblias de pueblos hasta entonces silenciosos, sojuzgados y humillados. Los héroes de la espada subieron con honores a las estatuas desde los tiempos de Darío y Ciro hasta los de Bolívar o de los guerrilleros heroicos tercermundistas del siglo XX, últimas remanencias de un arcaismo sangriento.
Los padres literarios de las patrias fueron hallazgos venerables de los pueblos que salían de la ignorancia y accedían a la lectura y a la educación masiva gracias al nuevo soporte inventado por Gutenberg y que dejó atrás papiros y pergaminos. Se convirtieron en figuras laicas, sacerdotes de la palabra que servían de ejemplos a las juventudes y consejo a los jefes de Estado. En Francia, Víctor Hugo, excelente dibujante, vivió todas las guerras y exilios y murió venerable y barbado, después de estar en todos los combates de la Nación con N mayúscula, surgida después del Imperio Napoleónico. El maestro, el patriarca, el poeta nacional, el panfletario de la patria reemplazaba como Voltaire al viejo santo iluminado y entre sus funciones estaba saber de todo y opinar de todo, dar consejos, visitar los palacios de los reyes, escribir poemas, piezas de teatro, memorias, y aconsejar al Príncipe.
Goethe el alemán, amigo de príncipes fue la máxima figura marmórea en vida, que sabía contar cuentos populares, crear obras como la de Fausto y su Mefistófeles, inventar a Werther el enamorado, cantar en los más bellos poemas la naturaleza de los Alpes, ejercer de botanista y entomólogo, explorar los colores y viajar con emoción hacia la Italia eterna. Padre de la patria, adorado en vida y después de la muerte, Goethe es el emblema de la inmortalidad literaria de los viejos tiempos humanistas que parecen concluir para siempre.
Günter Grass y García Márquez fueron en cierta forma las versiones máximas recientes de esa figura patriarcal que daba seguridad con sencillez y humor a millones de súbditos de sus lenguas y otros muchos que los conocieron y se identificaron con ellos en otros ámbitos. Ambos vivieron desde antes de nacer los múltiples desastres de sus respectivos países. García Márquez con la guerra de los mil días, la masacre de las bananeras y el 9 de abril y el holocausto posterior y Günter Grass con los rastros de la primera guerra, el ascenso de Hitler, la II guerra mundial y el fin catastrófico de Alemania, de la que no quedó piedra sobre piedra. Ambos tenían bigote y cierto aire plebeyo que los identificaba con la humanidad terrenal y corriente de proletarios y malevos. Ambos eran buenos en el buen sentido de la palabra buenos y eso se palpaba al hablar con ellos.
García Márquez bailaba y cantaba y se ponía camisas floridas y pantalones blancos. Cuando se hizo millonario usaba mocasines marca Gucci de color púrpura. Solía bromear con todos y sacarle la lengua a las bellas fotógrafas. Nunca se consideró un "intelectual" de esos que pontifican y miran al resto del mundo como si fueran cucarachas ignaras. Era simplemente un muchacho costeño del pueblo que se daba el lujo de ser buscado por presidentes y príncipes del mundo y que todo lo que logró en vida fue por su propios méritos, quemándose las pestañas estudiando en un gélido colegio laico de Zipaquirá donde lo formaron los poetas piedracielistas y los viejos maestros humanistas de esa época que usaban corbatín.
Günter Grass era excelente escultor y dibujante de mérito y le gustaba el jamón serrano y el buen vino español. También fue un hombre de pueblo, sencillo, un muchacho que vivió la guerra y vio su país aniquilado por el delirio de un loco iluminado y todas la ciudades arrasadas una tras otra, antes del caos final y la secesión de su patria en dos entidades opuestas que mucho tiempo después se reunificarían y volverían a vivir prósperas. Acompañó como patriarca la reconstrucción de su país y a través de sus obras grotescas y gargantuescas hizo hablar las angustias de un pueblo derrotado. Todos los príncipes y los ministros lo solicitaban en busca de consejo. Era un artista nato. Un ser humano caluroso.
Tuve la inmensa fortuna de conocer a ambas figuras y al hablar con ellos en Berlín o en Ciudad de México capté la sencillez esencial de los padres de la patria, de los viejos patriarcas literarios de la era humanista, en quienes se concretó el espíritu de la lengua y la cultura popular de sus patrias destruidas. Eran enormes escritores y lo sabían, pero no se las daban, pues fueron grandes bromistas surgidos del pueblo, gnomos bigotudos que seguían soñando con ogros y princesas dormidas en el bosque de una inocencia infantil, delirante y perfecta.

* Artículo publicado el domimgo 19 de abril de 2015 en La Patria. Manizales. Colombia.
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FOTOS: * En la primera foto, Gunter Grass con su inconfundible pipa. La siguiente foto aparezco con GGM en 2003 conversando en la libería Gandhi de Ciudad de México, la última vez que lo vi (Foto de Pascal Borzelli Iglesias). La tercera foto, estoy al lado de Gunter Grass con un grupo de escritores latinoamericanos asistentes al congreso Internacional del PEN Internacional en Berlín, en 2006.
 

sábado, 11 de abril de 2015

LOS PACIFISTAS, DIÓGENES Y EL ODIO

Por Eduardo García Aguilar

El nuevo estrechón de manos de Barack Obama y Raúl Castro en Panamá antes del inicio de la Cumbre de las Américas el viernes 10 de abril es un ejemplo para quienes se empecinan en uno y otro bando de la izquierda y la derecha mundiales en el fanatismo y llevan a los pueblos a la guerra y la violencia sin fin, donde quienes sufren son y serán siempre los pobres y los débiles. En toda la historia de la humanidad han surgido y caído imperios por centenares, poderes que siempre soñaron con ser eternos, y las guerras más atroces han terminado algún día para ceder paso a décadas de paz y estabilidad, que por desgracia, pasadas las generaciones, vuelven a ensombrecerse por las nuevas veleidades bélicas de los descendientes lejanos de los guerreros de antaño.

Obama y Castro y sus asesores ya saben con toda lucidez que es inútil y ridículo después de medio siglo seguir sin hablarse ni mirarse a los ojos en una guerra fría que no lleva a ninguna parte, porque las viejas ideologías que representaron sus antecesores en el poder ya pasaron a la historia y el mundo se enfrenta hoy a otros retos terribles que ya no solo son políticos, religiosos e ideológicos, como los nuevos califatos medievales en auge, sino que ponen en peligro a la propia tierra, devastada por el llamado Antropoceno, era geológica que ya comienza a dejar en la corteza de la tierra huellas irreparables.

Tanto el imperio norteamericano, como el finado imperio soviético de Stalin y su colega chino desde Mao hasta hoy, coincidían y coinciden en creer en la industrialización y el crecimiento como los únicos objetivos ontológicos de la humanidad y en el trabajo y la esclavitud de campesinos, empleados y obreros como el único destino posible para el terrícola. Unos y otros creían y creen en la fuerza y tratan de imponer al mundo sus respectivos sistemas económicos e ideologías de la misma forma que el Führer Hitler y Mussolini quisieron imponerse con los suyos hace más de 80 años. Hoy todavía persisten en el error los discípulos lejanos de Stalin, Mussolini, Franco y Hitler. Y nosotros los pacifistas seguimos propugnando por el ocio y la paz y "el derecho a la pereza" reivindicado por Paul Lafargue.   

Todos los sistemas contemporáneos han pretendido y pretenden imponer sus designios por medio del terror y por eso la tierra está llena de espadas, machetes, cuchillos, minas, bombas atómicas, submarinos, tanques, misiles, fusiles, revólveres, kalashníkovs y bombas molotov. Con esas armas los poderosos de uno y otro bando logran que la gran mayoría de los habitantes de esta tierra, que somos pacifistas de facto, vivamos amedrentados. Ellos viven de vender y comprar armas y con ellas participan en el juego geopolítico de perder a veces y adueñarse otras de las riquezas del subsuelo, los paraísos hídricos, marítimos y agrícolas del planeta.    

Nosotros los pacifistas somos probablemente mayoría en el mundo, personas incapaces de matar a una mosca y sufrimos por el dolor de todos los seres que nos rodean, humanos, animales, árboles y paisajes. Pertenecemos por fortuna a ese lado de la humanidad que se niega a creer que con la violencia, la vociferación o el grito de terror se pueden solucionar los problemas, a ese segmento humano que se niega a ejercer el poder o a creerse superior a los otros por clase, ideología, religión, talento o color. Si fuera por nosotros los pacifistas, el mundo sería un oasis de relativa concordia, pero por desgracia otra gran parte de la humanidad no piensa lo mismo y nos amenazan con sus dientes de hienas sedientas y palabras envenenadas.

En todo el mundo a nosotros los pacifistas nos odian los poderosos de izquierda y derecha porque somos una amenaza para sus intereses y por eso sorprende la virulencia con que los violentos, sus líderes y portavoces nos atacan como si fuésemos las peores alimañas del planeta. No ahorran insultos, diatribas, denuestos, para atacarnos sin tregua y en momentos coyunturales de "efervescencia y calor" sacan las armas para matarnos como han hecho en Colombia y en muchos países del mundo contra ese tipo de personas que luchan por la tolerancia. Hay  que descargar las palabras del veneno del odio, porque también pueden convertirse en armas letales.  

Los poderosos de la tierra, que vociferan aquí y en cafarnaún sembrando odio, detestan a poetas, pensadores, artistas, músicos, soñadores, saltimbanquis, humoristas, intérpretes de flauta y laúd, científicos, ecologistas, biólogos, o sea a la gente de paz, y quisieran exterminarlos porque así sus siervos jamás se dispersarán en sueños, placeres y deseos inútiles y no rentables. Nada peor que el odio de clase y de raza de esos bárbaros potentados, hacendados, empresarios, delincuentes de cuello blanco y la inquina de sus delfines, capataces, secuaces y sicarios.

Ellos mataron a Mahatma Gandhi y a Martin Luther King y han exterminado a miles, tal vez millones de personas de bien que dicen en voz alta que los fantismos no llevan a ninguna parte y que es posible un mundo donde se pueda discutir y disentir sin ser exterminado. Sus pistolas y fusiles y sus palabras de odio suenan siempre contra periodistas, escritores, maestros, religiosos humanitarios y todo aquel que no quiere creer que la única vía es la codicia y la avidez plutocrática y ecocida que defienden.

Por fortuna las generaciones pasan y poco a poco frente a ese arcaico productivismo a ultranza de la plutocracia, basado en las cifras y las armas, surgen movimientos pacifistas y ecologistas que pertenecen a la pulsión utópica de la humanidad que siempre ha existido desde la Antigüedad en todas las partes del planeta, desde Diógenes y Sócrates.


Los acérrimos enemigos Estados Unidos y Cuba se han dado la mano un viernes de abril, se han mirado a los ojos, han sonreído. Es poco, es un simple gesto, pero es un símbolo que debería servir en el continente americano para que los enemigos se hablen y se miren y ojalá se tocaran e hicieran el amor. No hay nada como la paz y una vida de placer y saber, sin insultos y anatemas.  Esos periodos de relativa paz duran poco, pero mientras duren, ya son una ganancia para todos y la tierra donde vivimos.

domingo, 5 de abril de 2015

DE FRANÇOISE HARDY A ZAZ

Por Eduardo García Aguilar
Una de las divas pop más inolvidables de la canción francesa del último medio siglo es la escéptica Françoise Hardy, cuya belleza natural impactó en su tiempo a una generación que rompía los moldes del pasado y dejaba atrás las proezas de Édith Piaf, el perfume oriental de Sheila, o los peinados ridículos, sostenidos con gomina y cemento por lagrimeantes estrellas sucesivas y efímeras, marionetas al servicio de cursis tonadas de amor.
Las canciones de Hardy (1944), escritas por ella, eran poemas de sílex y piedra, interpretados con la frescura de una juventud que nació después de la guerra y creció en medio de un progreso económico que parecía no tener fin, mientras las dos potencias mundiales en coexistencia pacífica luchaban con símbolos tan lúdicos como la conquista del espacio y la carrera por llegar a la Luna.
El cantante y compositor emblemático de la época fue el terrible borracho Serge Gainsbourg, autor de la exitosa Je t’aime moi non plus, interpretada por él con sus amantes Brigitte Bardot y Jane Birkin, y el novelista del grupo era el joven melenudo Patrick Modiano (1945), quien acaba de obtener el Nobel de  Literatura 2014. Modiano, además, se paseaba con ella en un pequeño bote, en una especie de noviazgo de manitas tomadas, irrealizado y de compositor, pues le escribía canciones a la Hardy y a otros intérpretes. Una foto atestigua ese romance imaginario de dos bellos iconos de moda: el futuro Nobel y la diva, a solas en barcaza, sobre las aguas del Sena o en algún idílico canal aledaño.
Hardy nació en un barrio del centro de la ciudad, el noveno, en uno de esos recodos normales donde la vida está lejos de los palacios de la riqueza o los ghettos de la pobreza magrebí, cerca de todo y lejos de nada, en medio de edificios uniformes y venerables donde ha transcurrido la vida de las generaciones locales antes y después de Proust. Ella tenía algo de lo que carecían las demás. Ningún grito exagerado, alejamiento puntual de todo histrionismo vulgar y toda mueca, en el estricto límite de la naturalidad postexistencialista y prepunk.
Ella aspiraba a ser cantante en esa adolescencia triste de la clase media, salida de una escena de la película Los 400 golpes, de Francois Truffaut, en una casa sin padre, donde la madre corría en las mañanas al trabajo y la muchacha deambulaba entre el colegio y las plazas con su uniforme, las medias tobilleras y una mirada calurosa frente a la irrupción de la modernidad que venía de las calles obreras de Londres o Liverpool, donde ya apuntaban los Beatles y los Rolling Stones y Antonioni filmaba Blow up, basado en el cuento Las babas del diablo, de Cortázar, en el que un fotógrafo cabalgaba sobre cuerpos de ninfas indecibles como Twiggy, ella misma o Jane Birkin.
Ahora que ya se encuentra vieja y se dice con naturalidad condenada a la fealdad de la senectud por un cáncer de linfoma, pelo canoso, rostro demacrado, pero igual de menuda como en sus veinte, la Hardy es aún más bella y crepuscular, como su colega mayor, la existencialista Juliette Gréco, pero una Juliette Gréco rock que usa chaquetas gruesas de cuero, gafas oscuras y tiene el pelo corto, un jean viejo de bota campana y una actitud ante la vida que rompe con el arribismo bling blig de la era neoliberal impuesta por Nicolas Sarkozy, afín a casi todos los miembros de su generación, encabezada por Gérard Depardieu y Johnny Hallyday y las estrellas que hacen tintinear sus joyas y sus autos de lujo en medio de un séquito de esclavos de la apariencia que adoran como nadie la vulgaridad y huyen del país para no pagar impuestos.
Desde el fondo del tiempo uno la ve a ella decir sus canciones como representante discreta de los ligeros años 60 y 70 surgidos de una sicodelia ejemplar, antes del sida y el renacimiento de las religiones y los fanatismos degolladores y unanimistas. Todos la amaban. Madres, abuelas, jóvenes, observaban en ella algo como la ventana a la fragilidad y a la fuerza de la autenticidad.
La que todos desearon como la novia ideal de los años de rock, cortejada por las estrellas del pop inglés y los millonarios relajados de los tiempos de Brigitte Bardot, se casó al fin con su versión masculina, Jacques Dutronc, el cantante de Paris s’eveille (París se despierta), canción que todos tarareaban en el ebrio amanecer en los tiempos de Julien Clerc y Maxime Leforestier, quien soñaba a su vez en el viaje a San Francisco al otro lado del mundo, frente al Océano Pacífico y entre las olas del surf. Dutronc, escéptico como ella, maestro del humor negro, cuyas canciones fueron una burla a las verdades recibidas, se quedó con la bella para siempre, una bella que afirmaba aspirar a convertirse pronto en una viuda joven y deseable, y nunca lo pudo ser.
Pero ahora, aterrorizada ante su delgadez, las dificultades para caminar y el vientre que le crece como si estuviera embarazada, publica en la editorial Equateurs el libro Opiniones no autorizadas, donde cuenta su vida y decepciones y se enfrenta a la vida y a la muerte con la lucidez de muchas décadas de sicoanálisis. Jacques Dutronc sigue ahí vivo y coleando con su humor negro y odioso que la saca de quicio, ambos viejos y ricos, entre París y Córcega, donde tienen la casa de campo, unidos por la alegría de tener un hijo músico y simpático que canta e intepreta la guitarra como el mito gitano del jazz Django Reinhardt.
En tiempos de racismo, guerra, resurgimiento de la extrema derecha y atentados, le han salido muchas sucesoras, algunas muy similares que cantan en diminutos bares y escriben letras precisas y escépticas. Pero entre todas, una émula muy distinta ha aparecido, igual de rebelde y astral. Es la joven cantante popular Zaz (1980), que viene del pueblo y del sur y se ha convertido en dos años en una estrella con sus canciones contra lo que se llama aquí el bling bling. Una intérprete que cantaba muy pobre hace poco en las calles de Montmartre, acompañada de un guitarrista gitano y un bajista negro, y ahora lo hace en todas partes del mundo sin cesar y no sabe qué hacer con tanto dinero en la cuenta del banco.
La nueva cantante Zaz posee otra belleza y otra sencillez popular distinta a la de ángel terrible citadino que Hardy tuvo en su tiempo, pero tiene la naturalidad a flor de piel que estremece e invita a rebelarse. Hardy puede morir tranquila, porque Zaz, tan distinta a ella, casi opuesta a ella en sus gestos y actitudes, va contra la corriente también y no se deja manipular, arisca e imprevisible como todo verdadero artista. Zaz y otras muchas cantan ahora como Hardy contra los corazones helados de sílex, porque necesitan cantar como los pájaros y nada más.
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* Publicado en Expresiones. Excélsior. México D.F. 5 de abril de 2015

sábado, 28 de marzo de 2015

LA SUICIDA MEXICANA DE NOTRE DAME

Por Eduardo García Aguilar
Suicidada hace casi 85 años de un tiro en el corazón en la catedral de Notre Dame de París, un 11 de febrero de 1931, la escritora mexicana Antonieta Rivas Mercado es considerada todavía como un mito de varias facetas, alimentado por filmes, obras de teatro y publicaciones. Al lado de otras mexicanas famosas como Frida Kahlo -esposa del pintor Diego Rivera-, o las actrices Dolores del Río, María Félix y Pina Pellicer, Antonieta hace parte de un "santoral" feminista inagotable que siempre renace en las páginas de los diarios y revistas.
     Nacida en 1900 en la familia de un arquitecto ligado a la familia de Porfirio Díaz, constructor del famoso Ángel de la Independencia de la Avenida Reforma y otros grandes monumentos, Antonieta creció rodeada de escultores, pintores, músicos y viajó desde temprano a Europa. Pero su drama fue la contradicción entre su tendencia artística y libertina, su inquietud intelectual, y la educación formal de la época, por lo que algunos la consideraron una excéntrica que rompió con las tradiciones.
     Enamorada de un pintor homosexual, amante del famoso escritor y político José Vasconcelos, a quien acompañó en su frustrada campaña presidencial en los años 1928-1929, casada a los 18 años con el ingeniero norteamericano Albert Blair, Antonieta se enfrentó a una demanda por abandono de hogar y perdió la tutela de su hijo, quien más tarde, avergonzado, renunció al apellido de su madre. En 1927, luego de la muerte de su rico padre Antonio, y tras lustros de violencia revolucionaria, recibió una gran herencia y se volvió mecenas de los artistas de la época, encabezados por los Contemporáneos, grupo de escritores mexicanos que daban la espalda al convulsionado mundo de su época, vistiendo con elegancia -flor en el ojal- y mirando hacia el moderno viejo mundo. Promotores del arte mundial, europeo, cosmopolita, buscaban romper con el nacionalismo artístico en boga en México tras la Revolución. Los poetas Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Jorge Cuesta y José Gorostiza, entre otros, conformaron con ella un movimiento de apoyo a las Bellas Artes.
      Rivas creó el Teatro Ulises y la Editorial del mismo nombre, promocionó patronatos para orquestas de música clásica, publicó obras de poetas jóvenes y participó activamente en el movimiento del candidato presidencial independiente José Vaconcelos, de quien se enamoró de inmediato. "Morena, bien hecha y elástica, ejemplar de fina raza nativa, su fuerza, sin embargo, estaba en el espíritu", dijo de ella el rocambolesco ministro Vasconcelos, autor de Ulises Criollo y otros libros de memorias que le dieron fama como un gran prosista latinoamericanpo del siglo.
     Vasconcelos fue otro gran derrotado, al no encontrar apoyo para sus planes de hacer de México un país moderno y democrático, y murió viejo y amargado frente a la clase política mexicana. Brillante, mujeriego, excelente escritor y orador, ambicioso y culto, Vasconcelos hizo una gira por América Latina tras su derrota, a principios de los años 1930, y fue recibido como un célebre prohombre continental en ciudades como Bogotá, Barranquilla, Manizales y Lima, que saludaban su utópica defensa de un "hombre cósmico".
    La historia de amor entre ambos se convirtió en leyenda, no solo por la notoriedad de ambos sino por el retorno de Antonieta en 1930 a México para "secuestrar" a su hijo de las manos de su ex esposo y volver a París, via Nueva Orleans, para encontrarse con Vasconcelos. Allí, presa de angustias y culpas, se dispara en el corazón, frente a los altares de Notre Dame de París, para sellar con broche de oro su futura leyenda. El español Carlos Saura realizó en 1981 la película Antonieta, donde la heroína trágica fue representada por la francesa Isabelle Adjani.
    "México fue teatro de mi gran derrota y de mi gran victoria (...) Tomo la vida, ya no dejaré que me tome ella", escribió antes de morir a los 30 años. Rivas fue traductora de André Gide, amiga de García Lorca, y actriz, junto con sus amigos los Contemporáneos, en obras de Bernard Shaw, Jean Cocteau y Eugene O' Neill, en un mundo donde este tipo de actividades los hacía sospechosos de "exquisitos" y de dar la espalda al pueblo y a los indígenas.
     El escritor argentino Luis Mario Schneider publicó sus obras completas en 1987, entre las que destacan La campaña de Vasconcelos, Cartas a Manuel Rodríguez Lozano, 87 cartas de amor y otros papeles, Diario, la mujer mexicana, Ideales de mujeres, entre otros textos. Como Frida Kahlo, cuyas fotografías, cuadros y biografías se venden al por mayor, y cuya historia trágica llamó la atención de la cantante estadounidense Madonna para una película, Antonieta es sin duda otra de esas "santas" mexicanas que todos adoran.
    En 2008 se realizó en el palacio de Bellas Artes una exposición iconográfica sobre su vida que provocó cierta polémica en torno a sus verdaderos méritos y al papel del mito en la historia cultural mexicana. La biógrafa de la heroína, la francesa Fabienne Bradu, dijo al respecto en un artículo publicado en Letras Libres que "en calidad de biógrafa de Antonieta Rivas Mercado, he podido comprobar que el mito es más fuerte que la verdad de una vida. A lo largo de los años, he visto cómo poco a poco Antonieta se incrustaba en el imaginario de México a fuerza de admiración, que a ratos hasta roza el fanatismo, y de honda compasión. Despierta una extraña solidaridad femenina como si su suicidio trasuntara las frustraciones y los desencantos de muchas otras mujeres de todos los tiempos". Un suicidio espectacular en pleno templo mítico: su leyenda viajará para siempre en la nave de la catedral, al lado de Esmeralda y el Jorobado de Notre Dame de París.
      

     

sábado, 21 de marzo de 2015

BRASIL EN EL SALÓN DEL LIBRO DE PARÍS

 Por Eduardo García Aguilar
 
Este jueves se inauguró el Salón del Libro de París, que cada año se da cita en la Puerta de Versalles y atrae a centenares de librerías de Francia y el mundo en un aquelarre interminable de conferencias, debates, presentaciones y coloquios sobre el futuro del libro y las nuevas alternativas para la edición, en especial las virtuales.
 
La inauguración contó con la presencia de la ministra francesa de Cultura de Francia, Fleur Pellerin, joven de origen coreano adoptada siendo bebé por una familia francesa y que ahora es una de las principales representantes de la “diversidad” en las altas esferas del gobierno, con ministros originarios del “extranjero”, como el del Interior, el catalán Manuel Valls, la de Educación, la joven marroquí Najat Vallaud-Belkacen y la de Justicia, la muy criticada por los derechistas, la guyanesa Christiane Taubira.
 
En esta ocasión el país invitado fue Brasil, que trajo una amplia delegación encabezada por Nélida Piñón, Paulo Coelho y Ana Maria Machado entre otros autores veteranos y jóvenes que alternan con figuras locales de la literatura, para abrir una ventana a un país que siempre genera sueño, alegría y sensualidad a través de sus clichés permanentes, oficiales y profesionales, como son el fútbol, la playa, el deseo, el cuerpo, las favelas, Lula, Pelé, la samba y la saudade de la bossa nova.
 
Brasil es una potencia regional con sólida y tradicional actividad diplomática, que sabe mantener y dar el rango que merece a la figuración de su cultura a nivel mundial por medio de la presencia de sus libros en múltiples reuniones y acontecimientos celebrados en el mundo. Para ese efecto no escatima esfuerzo alguno, porque sabe que la cultura es la mejor carta de presentación de un país en el mundo.
 
Esta vez estuve en la inauguración, a la que asistí para saludar antes que todo y en medio de la barahúnda a Geraldo Holanda Cavalcanti (1929), presidente de la Academia de Letras de Brasil y quien al año pasado recibió la antorcha de Argentina, país invitado en esa ocasión y cuya presencia fue todo un éxito, incluso por la llegada de su mandataria a la apertura de la feria en el contexto de una visita oficial. Una impresionante delegación argentina encabezada por el padre de Mafalda, Quino, y una exposición y homenaje a Julio Cortázar en su centenario, animó la pasada feria, mostrando la vitalidad de la literatura y la actividad editorial de ese país sudamericano también marcado por folclóricos clichés oficiales como el fútbol, el tango, Gardel, Borges, Cortázar, Maradona y Evita Perón.
 
Cavalcanti, diplomático, poeta y amante fiel de la literatura, es el traductor de la obra de Alvaro Mutis al portugués y fue embajador de Brasil en México, donde estrechó una gran amistad con el recién fallecido autor de la saga de Maqroll El Gaviero, por lo que cada ocasión de compartir con él esa amistad es una gran alegría. El veterano diplomático es de una generosidad a toda prueba y en medio de la sala donde se llevaba a cabo la inauguración, al ser decano, marca la pauta para la febril actividad de las letras brasileñas que se toma París por unos días del 20 al 23 de marzo de 2015.
 
Le presento a Cavalcanti a Melisa Serrato, joven y talentosa periodista cultural, que trabajó varios años en El Tiempo de Bogotá y quien como toda buena periodista colombiana siempre se encuentra en el lugar indicado y a la hora indicada y luego, como por convocatoria de la ausente literatura colombiana, aparecen en medio de la fiesta del libro de París dos prestigiosas académicas colombianas de la diáspora, Fabiola Rodríguez López, encargada del acervo hispanoamericano de la Biblioteca Nacional de Francia y la profesora y poeta Luisa Ballesteros, de la Universidad de Cergy-Pontoise, especialista de la literatura escrita por mujeres en Colombia y América Latina.
 
Su compañía me inspira para recorrer por corredores tapizados de rojo mientras suenan las botellas de champaña recién destapadas en cada uno de los salones de las grandes editoriales francesas que tiran la casa por la ventana junto a su autores, por lo que durante estas horas de inauguaración especial para los invitados puede decirse que el lugar reúne la mayor cantidad de escritores y vedettes por metro cuadrado. Claude Lellouche por aquí, Alain Duhamel por allá, Joseph Joffo acullá.
 
Porque la literatura francesa y el mundo de la edición local, que es uno de los pocos que publica tantos libros extranjeros cada año, es un microcosmos endogámico y cruel donde la proliferación es de verdad impresionante: solo en la temporada que se inicia en septiembre se publican más de 700 novelas y se cuentan por decenas de miles los títulos publicados cada año en el país, muchos de los cuales son obras excelentes de ensayo que encuentran siempre un lector. Por fuera de las grandes conglomerados editortiales como La Martinière, Editis, Hachette y Gallimard, que son las contrapartes locales de Penguin, Harper Collins, Random House-Mondadori y Planeta, es saludable visitar los puestos de los exquisitos pequeños editores que publican joyas por cientos y a veces pasan inadvertidos en medio de la abundancia.
 
Pero de repente lo más soprendente de estas jornadas es la presencia de la misteriosa Expresso Book Machine (Terminal de impresión del libro a la demanda) que se supone puede curar las angustias actuales de la industria editorial, pues solucionaría el problema de los stocks y la distribución. Con un simple click el libro es impreso en menos de cinco minutos a pedido del comprador, quien espera el volumen tomándose un café.
 
Ahí, por supuesto, he iniciado y terminado esta visita y por la máquina he brindado el champán que por todas partes se riega a cántaros: en menos de cinco minutos apareció el libro que he pedido, Alcools, de Guillaume Apollinaire, mientras una dama más osada, editora muy elegante vestida de negro, espera del mismo autor su clásico terrible y pornográfico Las once mil vergas, que los dueños de la máquina y creadores del programa Ireneo ofrecen gratuitamente a los curiosos más advertidos.  Esta es la fiesta del libro y por eso los bibliópatas todos brindamos ebrios alzando la mano y la copa con el burbujeante líquido translúcido que celebra la entrada de la edición a una nueva aventura numérica digna de Blade Runner y 2001 Odisea del Espacio.
 
*Publicado en la Patria. Manizalez. Colombia. Domingo 22 de marzo de 2015.
 
     

domingo, 8 de marzo de 2015

MALCOLM LOWRY EN CUERNAVACA




                                                                                                   
Por Eduardo García Aguilar

Hubo un tiempo en que aun se podía visitar el viejo Hotel Casino de la Selva de Cuernavaca, que aparece en la gran novela mexicana de Malcolm Lowry, Bajo el volcán, probablemente una de las obras máximas del género en el siglo XX. Era ya un hotel decadente, desleído, de color amarillento, desolado, más de medio siglo después de su esplendor. Uno de los lugares de la ciudad signado por el fantasma del novelista alcohólico y el personaje alter ego que creó en esa novela de soledad y deriva alcohólica de un hombre enamorado que no se recupera de la separación y rueda con todo por los precipicios de un México violento y arbitrario, pleno de sincretismos imposibles y cicatrices incurables. Un México insondable donde el héroe se pierde para siempre.
     Los peregrinos visitaban los lugares donde vivió y bebió el cónsul con sus amigos y los parajes cercanos del Estado de Morelos, el bastión de Emiliano Zapata, con sus carreteras polvorientas que conducían a otros pueblos minúsculos que, como Tepoztlán, Temixco o Cuautla, podrían ser el imaginario Tomalín y desde donde se observaban las barrancas o cumbres lejanas, el griterío de los borrachines en las cantinas de las plazas, los zócalos donde hervía el mercado popular, las precarias plazas de toros donde lucía la faena o las galleras del desespero.
     El viaje a Cuernavaca era necesario para conectarse con uno de los máximos mitos de la literatura moderna: todo estaba intacto, los viejos edificios de ladrillo, las plazoletas, las callejuelas empinadas y el sol radiante de ese balneario florido y arbolado a donde los capitalinos iban de fin de semana desde las lejanas primeras décadas del siglo XX, cuando México hervía de revoluciones y contrarrevoluciones y en todas partes reinaban la muerte, los colgados, los fusilados y los ejercitos de unos y otros, héroes circunstanciales del caos que por donde pasaban sembraban todo de desolación en medio de un infinito reguero de hemoglobina, decapitados, desmembrados y sesos y ojos arrancados por doquier.
     Todavía quedaban en pie los viejos hoteles medianos de aquellos años de entreguerras, o de los años 40 y 50, decadentes ya, pero donde el estudiante o el viajero pobre podía quedarse a poco precio y palpar el descascaramiento de las paredes, el moho de medio siglo, las cucarachas y los grillos y los sapos alrededor de albercas pasadas de moda, unas vacías y otras llenas de agua estacada y renacuajos. 
     Cuernavaca era siempre sorpresiva y las tardes de fin de semana pasaban en esos restaurantes del centro después del almuerzo copioso y el sol caía poco a poco en la tarde, mientras los comensales apuraban los tequilas, reacios a hacer la siesta mientras en la plaza indígenas y  hippies vendían artesanías en medio del sonido de los músicos y los odiados capitalinos se paseaban comiendo el último helado antes de emprender el regreso a México Distrito Federal por esa larga autopista congestionada de autos, donde en solo una hora ya volvían a sus casas para prepararse a una nueva semana de trabajo y estrés.
     Cuernavaca fue tierra de divas y casonas amplias, residencias secundarias de los ricos capitalinos. Ahí tuvo palacio el conquistador Hernán Cortés, allí se instaló también el emperador Maximiliano durante su aventura de monarca extranjero, en esos parajes de balneario infatigable vivieron personalidades como la arista Art Deco Tamara de Lempicka, o el novelista Bruno Traven y tuvieron casa los más grandes artistas, estrellas de la cinematografía o la canción vernácula, sin olvidar políticos, militares, mafiosos y millonarios.
     Pero entre todos los extranjeros y estrellas residentes allí, el novelista Malcolm Lowry terminó por ser el emblema de la ciudad y su novela Bajo el volcán es un bloque inaccesible para muchos donde fluye el laberinto del tiempo y la desolación, entre el polvo y el sol candente del que huyen los escorpiones en tardes sin fin cuya calma puede ser interrumpida en cualquier instante por la muerte, la balacera, el crimen, el horror.
     En su crepúsculo vital, el cineasta y actor John Houston realizó con Bajo el volcan una de sus mejores películas y con ese motivo en la cinta quedaron plasmados para siempre en la imagen calles, carretaras, montañas y  paisajes visitados por la novela original. En esa película actuó otra gran estrella del cine de oro de México, el inolvidable Emilio Indio Fernández, hombre bronco como los de su estirpre, la misma de la diva Maria Félix y el beodo y mujeriego cantor Agustin Lara.
     Y muertos todos, ida toda una época y un siglo, Cuernavaca sigue ahí, pero ahora como territorio donde los nuevos reyes son narcotraficantes y poderosos bandidos que se escoden en sus  mansiones y donde la muerte es tan familar como siempre lo fue desde tiempos inmemoriales, antes y después de los conquistadores españoles.
     Esa deliciosa tierra caliente que se encuentra entre El Distrito Federal y Acapulco sigue siendo balneario ocasional para decenas de millones de habitantes de la metrópoli que reina desde las alturas, junto a los volcanes Ixtaccíuatl y Popocatépetl, pervive coño el pequeño paraíso infernal de verdura y agua, paraje escogido por los poderosos de todos los tiempos desde Hernán Cortés hasta el Shá de Irán, que se exilió ahí después de que lo derrocaran en los ayatolas. Y tierra final de novelistas como el argentino Manuel Puig, quien murió allí.
     Pero Cuernavaca vive aun más viva que nunca en esa novela que es el Santo Grial de los novelistas, aleph de  la ficción, extraño bloque que como toda piedra meteorítica o diamantina emana del novelista cual prueba sanguínea, mundo del mundo, cosmos dentro del cosmos, precipicio en el precipicio por donde se depeñan los fantasmas de los personajes y sus vidas llamadas a la difuminación y el olvido o a la permanencia espectral a través de vampíricos siglos.

 

domingo, 1 de marzo de 2015

RESURRECCIÓN DE CHARLIE HEBDO

 Por Eduardo García Aguilar
Este miércoles 25 de febrero reapareció la revista Charlie Hebdo después de una larga convalecencia de más de un mes, convertida de repente en una millonaria publicación mítica con la que se identificaron en Francia, Europa y el mundo los defensores de la libertad de expresión, la tolerancia y el derecho a disentir y burlarse de religiones, fanatismos, dictaduras y totalitarismos. Se desempolvó de repente el viejísimo espíritu volteriano del dieciochesco Siglo de las Luces, que repareció en el siglo XXI con su mensaje de libertad, laicidad y separación entre iglesias y Estados. 


El 14 de enero, una semana después de los atentados en que resultó diezmada casi toda la redacción de la publicación satírica y en medio de la conmoción nacional y mundial por la muerte de los más viejos y famosos caricaturistas del país, Wolinski y Cabu, entre otros, apareció un número de portada color verde con el dibujo de un profeta lagrimeante que afirmaba “Je suis Charlie”, y un encabezado con la frase “Todo está perdonado”. Escondidos en un búnker prestado por el diario Libération, los sobrevivientes de la redacción de Charlie Hebdo, que temían ser rematados en cualquier momento por  haber escapado a las balas de los asesinos, tuvieron el valor de reunirse y armar, gélidos y temblorosos todavía, un número en caliente, rápido, que al aparecer provocó desde la madrugada colas enormes en los puestos de periódicos de todo el país, a donde el público acudió en masa y compró unos 8 millones de ejemplares de ese histórico número de colección, el 1178. 


El nuevo director, Riss, con el costado derecho aun inmovilizado por las balas que percutieron su homoplato y el caricatursta Luz, quien se salvó de milagro por llegar tarde, así como el médico urgentista Patrick Pelloux, el primero en auxiliar a sus 12 amigos y colegas ejecutados, y otros colaboradores aun traumatizados, paranoicos, insomnes, lograron  la resurreción  casi por milagro de la publicación, pese a que los yihadistas salieron por las calles cercanas a Bastille a celebrar la masacre al grito de “Matamos a Charlie Hebdo”, un grito que resuena desde entonces en las calles de París y obedecía a las órdenes del más oscuro califato surgido en los últimos tiempos, el que ahora destroza y demuele monumentos y figuras milenarias de Nínive y Babilonia en los museos de Irak, y cuelga, lapida, degüella y fusila seres humanos sin cesar. Desde entonces las redacciones de los pricipales diarios y revistas europeos son custodiados por policías armados, así como escoltadas muchas figuras públicas que han escrito o hablado en solidaridad con el medio y respondido a quienes creen que debemos callarnos y ceder el derecho a la sátira ante al amenaza de los asesinos, vestidos de negro, enmascarados y quienes actúan con la misma frialdad que los exterminadores nazis.


En un lúcido editorial, Riss, amenazado como todos por una fatua implacable del califato, expresa con palabras escritas a mano y algunas imágenes todo lo que significó el atroz acontecimiento. Con palabras muy claras, dice lo que ya muchos tienen miedo a decir, y esto porque los criminales yihadistas actuaron de nuevo en Copenhage la semana pasada para tratar de ejecutar a otro caricaturista, el sueco que dibujó al profeta y a una serie de personas de la cultura que debatían en un salón del centro de la capital danesa sobre la libertad de expresión. Aunque tal vez la redacción de Charlie Hebdo no tenía la intención manifiesta de volver a insistir sobre el tema, la acción armada en Dinamarca los obligó a abordarlo, pues siguió el mismo guión aplicado en París los días 7 y 9 de enero, atacando primero a los caricaturistas heterodoxos y luego a un lugar judío. Riss dice que cuando él, Luz y el asesinado ex director Charb llegaban jovencitos a Charlie Hebdo a proponer sus caricaturas mordaces, pensaban “que estaban protegidos por el sacrosanto derecho a la libertad de expresión, pero se pregunta ahora quien tendrá deseos de luchar por el derecho a la blasfemia, quien tiene deseos de desafiar las religiones, si para hacerlo hay que terminar protegido por diez policías 24 horas sobre 24” y responde “Nadie”, él, que se despierta todas las noches aun cuando oye un ruido porque piensa que ya vuelven a exterminarlo.


Riss agrega en este número 1179 de portada color rojo, que “los ataques de París y Copenhage son antes que todo contra una concepción moderna de las relaciones entre individuos, contra la pluralidad de las ideas y de los hombres. Durante siglos, las religiones cuestionaron con violencia esos valores. La época moderna parecía haber ganado para la razón a las religiones retrógradas y su pretensión hegemónica sobre los hombres y los espíritus. Los ataques de París y Copenhage indican que se requerirá todavía tiempo y sangre para que todas las religiones acepten defnitivamente ese marco democrático no negociable”.


El escritor y crítico literario Philippe Lançon, a quien le volaron el maxilar, relata cuando vio a un metro de distancia el cerebro vertido del anterior director Charb, destrozado por las balas. El autor cuenta su estadía en el hospital, las diversas operaciones y sus paseos, ya más recuperado, por los pasillos del hospital, custodiado por sus guardaespaldas en medio de cavilaciones e inquietudes que no cesan.


El nuevo número de Charlie Hebdo es sustancioso porque sigue cumpliendo su función satírica y vuelve a mostrar el talento de los dibujantes que llevan la antorcha prendida del erotismo, lo grotesco y la burla de políticos y poderosos y por medio de entrevistas a expertos aborda con serenidad el yihadismo y la religión islámica y las religiones en general, donde la duda está prohibida. Y discrepa con elegancia de quienes los culpabilizan y dudan de la necesidad de la sátira antirreligiosa y del erotismo a ultranza de los dibujantes libres de todos los países del mundo. Sin ellos dictadores, corruptos, mojigatos y ayatolás ganarán para siempre la partida. Por eso los caricaturistas se han vuelto ahora las primeras víctimas de la intolerancia en un mundo desquiciado. 

 * Publicado en Excélsior. México D.F. Domingo 1 de marzo de 2014.