domingo, 26 de julio de 2020

LOS LOCOS DEL COLEGIO


Por Eduardo García Aguilar

Hay algo que mucha gente no sabe y es que por lo regular los que alguna vez entran al vicio de la escritura lo hacen por una pasión inexplicable, como si de repente un virus desconocido los hubiera atacado desde la infancia y la adolescencia. Y que al empezar ese camino excéntrico nunca pensaron que lo hacían para lograr dinero, fama o poder, sino sastifacer esa necesidad imperiosa de plasmar con letras, ideas o historias. Igual ocurre con músicos, cantantes o pintores y otros artistas como payasos o dramaturgos, que ya desde temprano ejercen sus oficios sin saberlo y que son reconocidos por los compañeros de clase en escuelas y colegios.

Ya desde temprano esos seres raros y excéntricos aparecen en las aulas y se enfrentan a la incomprensión de un sistema escolar que busca antes que todo formar ingenieros, médicos, técnicos, gente útil que sirva para algo fructífero y genere dividendos y propicie una situación sólida en la sociedad. Los maestros, rectores, vicerrectores, prefectos de disciplina y otras autoridades desde temprano pillan a esos rebeldes y les hacen la vida difícil. También los compañeros no entienden a esos que por lo regular ya llevan el apodo de "locos".

Pero los "locos" del colegio siguen firmes en su camino y expanden sus conocimientos culturales por fuera de las aulas en grupos de teatro o musicales, tertulias literarias o filosóficas o circos imaginarios que acaparan su tiempo, convirtiendo las arduas tareas escolares en algo secundario que concita la severidad de quienes velan por el avance inexorable de conocimientos más útiles como matemáticas, física y química y otras materias que llevarán a los mejores a los primeros puestos y a las carreras arduas del deber.

Pero el poeta "loco" del colegio toma ya desde temprano el placer de pertenecer a esa estirpe de incomprendidos a la que pertenecieron todas las figuras del santoral literario o filosófico encabezados por Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Jane Austen, Federico Nietzsche, Rubén Darío, Rimbaud o Virginia Woolf, entre otros muchos desquiciados de otros tiempos idos. Y al final el poeta, el músico o el filósofo del colegio termina por adquirir un aura que envidian aquellos que ocupan los primeros lugares e incluso vagos y nulos que tarde o temprano también terminarán por ser expulsados o marginados.

Los vagos y los artistas terminarán en el mismo grupo de los expulsados que pasan e colegio en colegio como almas en pena, apoyados por autoridades más humanas que saben que en todos ellos también existe el fuego de la vida y la chispa de la existencia. Repitentes, rebeldes sin causa, agresivos, insolentes, inadaptados, poetas, teatreros, rockeros, payasos, viven su errancia como una forma de conocer más mundo que aquellos que siempre estuvieron parados en la misma estaca de los loros incapaces de aventura y vuelo.

En el camino muchos de esos personajes locos del colegio son triturados por la vida y no es extraño encontrar mucho tiempo después a algunos de esos iluminados poseídos por la droga, la locura, el fracaso, el suicidio, o atrapados en el redil, convertidos en sumisos agentes de un mundo de máscaras con tristezas o frustraciones profundas, obligados a ejercer profesiones u oficios que nunca imaginaron. Pero algunos son fieles a su figura por siempre y ejercen la poesía, la literatura, la música, la filosofía o el teatro pese a las dificultades y la incomprensión de una sociedad que los acepta como bufones y arlequines, pero en el fondo los desprecia porque lo que vale para el sistema en boga es solo el dinero, el éxito, el poder y el avasallamiento de los otros.

No es extraño que en una sociedad tan corrompida como la nuestra los reflectores siempre se dirijan hacia una farándula famosa de narcos, bandidos, violentos de todos los pelambres, estafadores, pillos, periodistas venales, políticos sin principios ni ideas y que sean ellos quienes ocupen día a día las primeras páginas de los diarios y los momentos estelares de los noticieros y que su voz incoherente, ruin, cómica e inconcebible se convierta en el centro de la atención y en el ideario seguido por las mayorías.

Todas esas figuras de una comedia mediocre ascienden como meteoros y estallan en el aire para desaparecer por lo regular al final acribillados o en las cárceles, después de brillar por años o décadas ante una masa manipulable. Ellos son quienes reciben condecoraciones, honores y cargos inmerecidos, prebendas inauditas y aplausos sin fin en el escenario de las banana repúblicas. Ahora incluso los más atroces bufones, violentos e ignorantes politicastros del mundo son los que logran con sus desplantes animar la galería para llegar al poder y reinar allí como los peores sátrapas.    

Por eso son tan importantes en un mundo así los escritores, filósofos, poetas, pensadores, artistas, músicos, actores, saltimbanquis, arlequines que escriben, piensan, cantan y actúan para nada y para nadie. Su voz y su imagen es escuchada por pocos, se ve en escenarios secretos, en ágoras ignoradas, pero por el solo hecho de existir y vivir se convierten en los pilares de la sabiduría y la cultura de un pueblo porque hacen cosas sin buscar recompensas, medallas o aplausos. 

Hoy todavía los humanos recordamos a figuras locas como Sócrates, Diógenes o Nietzsche, Sor Juana Inés de la Cruz, Virginia Woolf o Simone de Beauvoir, porque ellos y ellas desde su margen siguen marcando el sendero más inesperado de lo humano, el que más luz genera y más sentido da a la existencia.     
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de julio de 2020

     

POETAS Y ROMÁNTICOS EN LA ERA YOUTUBE

Tumba de Casimir Delavigne en Père Lachaise

Por Eduardo García Aguilar

En estas épocas de pandemia y crisis mundial proliferan los festivales poéticos en línea donde todos los escribidores del mundo encerrados por obligación participan en recitales colectivos que otros solitarios tal vez observan y escuchan en sus guaridas cerradas ante el peligro de la peste. No me imagino lo que pensarían de esto los poetas de otros tiempos, que más solitarios aun dejaban solo al azar del destino la difusión de sus obras en el formato libro, reinante desde los tiempos del gran Gutenberg, o por medio de cartas, que llegaban muchos meses o semanas después a su destino de ultramar.

Gracias a la velocidad y visibilidad que otorgan las redes sociales, dos siglos después de la primera, vivimos al parecer otra espléndida era romántica en estos tiempos terribles y extraños de las primeras décadas del siglo XXI, donde muchos piensan que el cambio climático nos conduce a un nuevo apocalipsis, acompañado de amenazas bélicas y represivas. A través de las redes sociales, Twitter,  Facebook o Youtube cualquiera puede ahora gritar, llorar, reír y lanzar sus ideas, imágenes y poemas al mundo sin tener que pasar por los controles de los caciques poderosos de la cultura o los grandes medios controlados por poderes económicos, ideológicos o religiosos.
 
Ante los nefastos poderes mundiales florecen ahora generaciones anticapitalistas, ecologistas, animalistas, antirracistas, feministas, LGTB, que buscan con su voz liberar fuerzas que hasta hace poco estuvieron reprimidas. Nuevos héroes como el Julian Assange de Wikileaks o figuras reprimidas en países como China, Rusia, Oriente Medio, Africa o Estados Unidos, músicos, artistas, poetas o heroínas del Metoo, usan las redes para denunciar la corrupción y defender sus causas, pedir autonomías étnicas, indígenas, raciales, de género o regionales y solicitar la liberación de los perseguidos o la redención de los desposeídos. Este nuevo movimiento romántico podría tener similitudes con el del siglo XIX, liderado por Víctor Hugo, Goethe y Byron.

Por eso hay que volver a visitar aquel movimiento de sueños. Como ahora es tan fácil encontrar tirados junto a los basureros o en las aceras de las ciudades los más increíbles incunables de otros tiempos botados por nuevos inquilinos que vacían cavas, graneros o sótanos, suelo rescatar viejas ediciones de poetas que ahora nadie lee y que en su tiempo fueron grandes estrellas de la poesía como Casimir Delavigne (1793-1843), quien está sepultado junto a Balzac y Nerval en el cementerio Père Lachaise de la capital francesa. Es una delicia leerlos en libros de comienzos del siglo XIX, tocados por las manos de aquella generación surgida después de la Revolución Francesa y al interior de los cuales a veces halla uno papeles, hojas o flores olvidados e intactos.

Las ediciones de aquellos tiempos de auge romántico se hacían en papeles finísimos que resisten el paso del tiempo y solían estar ilustradas con grabados preciosos que cubrían con papeles de seda para no manchar las páginas y que hoy podrían ser sacados y cortados para convertirse en cuadros. Prefiero dejarlos así y con frecuencia vuelvo a esos libros empastados con gusto y tan sólidos como rocas, de tal forma que aquel formato podría cruzar los milenios sin desmoronarse o difuminarse en átomos volando. Lo lanzado ahora a las redes vuela pero se difumina muy rápido en el olvido tras los quince segundos de fama teorizados por Andy Warhol.

Delavigne se hizo famoso al escribir largas odas después de la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo en julio de 1815, logrando un éxito impresionante, pues sus poemarios se vendían por decenas de miles y pasaban de mano en mano como hoy las voces y las imágenes pasan de un teléfono celular a otro. Tuvo éxito también como dramaturgo y fue nombrado por la monarquía de la Restauración como bibliotecario del Palais Royal y ungido a la edad de 35 años como miembro de la Academia Francesa. Adulado, admirado, propietario de una bella mansión en las orillas del Sena otorgada como canonjía por los poderes de la monarquía, Delavigne fue denostado por autores que como Flaubert lo consideraban cortesano, seguidor oportunista de temas y corrientes de moda, pero también fue elogiado por Balzac.

Este autor ha sido olvidado casi por completo y hoy solo algunos curiosos saben de su vida y obra. Varias veces he visitado su tumba, después de recorrer las callejuelas secretas de uno de los cementerios más literarios del mundo, donde reposan Proust, Wilde, Chopin, Rufino J. Cuervo, Colette, Miguel Angel Asturias, Jim Morrison y tantos otros. Una vez fui con el poeta francés Stéphane Chaumet, nacido como él en la ciudad portuaria de Le Havre y otra el año pasado con el escritor y pensador colombiano Hernando Salazar Patiño, quien por la emoción de observar tantas célebres tumbas juntas extravió su bufanda de seda florentina en las callejuelas del camposanto.

Los grandes y exitosos románticos que pasaron a la posteridad por su talento y poder fueron Víctor Hugo, Alphonse Lamartine, Alfred de Musset, Georges Sand y Alfred de Vigny. Con ellos miles de aristócratas, burgueses, artesanos y obreros por igual se dejaron llevar en toda Europa por ese deseo de escribir, opinar y cantar, lanzando a la calle miles de libros en preciosas ediciones que hoy nadie recuerda, como nadie recordará después a los poetas y pensadores de Facebook, Twitter y Youtube.

El romántico Delavigne fue una especie de poeta youtuber del momento y con él pasaron al olvido muchos otros como Marceline Desbordes-Valmore o Reine Garde, la poeta costurera descubierta por Lamartine, que reivindicaban el despertar de la mujer, o Pierre Dupont, Maurice de Guérin o Alphonse Rabbe, entre otros que solo figuran en tratados arqueológicos de la poesía de ese tiempo. Aunque todos vayan al olvido ineluctable, es bueno saludar esta fiesta poética que prolifera en las redes sociales y en Youtube, aunque no hay nada mejor como leer poesía en el silencio de la madrugada en un viejo libro de papel, creando un contacto secreto con un autor olvidado de otro siglo al que no le vemos la cara.
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Publicado en La Patria. Manizales, Colombia, el domingo 18 de julio de 2020.

MUTIS Y LOS AVATARES DE BIZANCIO


Por Eduardo García Aguilar

No sabemos que pensaría en estos momentos el poeta Alvaro Mutis cuando se conoce la noticia de que el autoritario presidente turco Recey Tayiq Erdogan volvió a convertir en mezquita en pleno siglo XXI a la Basílica de Santa Sofía, construida en el siglo VI de nuestra era en Constantinopla, capital del Imperio Bizantino y declarada patrimonio universal desde hace tiempo por la Unesco. El tirano turco, como tantos otros orates mundiales que gobiernan en el mundo saben muy bien recurrir a los sentimientos religiosos, nacionalistas o étnicos de la población para manipular y encender los ánimos, dividiendo en vez de unir a los pueblos, prendiendo fuego en las praderas en vez de apagar odios y prejuicios.

Son técnicas bien aceitadas para obtener votos fáciles y aumentar las popularidades que van de capa caída. Desde su llegada al poder, Erdogan ha tratado de quebrar para siempre la obra del mítico Attatürk (1881-1938), presidente creador en los años 20 y 30 del siglo pasado de la Turquía moderna, quien logró la separación de los poderes religiosos y el Estado y abogó entre otras muchas cosas por la laicidad y los derechos de la mujer, hasta entonces conculcados por el Imperio Otomano.

El poderoso Imperio Otomano que había reinado desde 1453 en Constantinopla acababa de implosionar tras siglos de hegemonía en Grecia y los países balcánicos, Oriente Medio, Egipto y la franja norte del África mediterránea, después de complejas y cruentas guerras en las que participaron los poderes mundiales. Esa larga guerra ya fue contada con maestría en los Siete pilares de la sabiduría por Lawrence de Arabia, el militar e intelectual británico que asesoraba y manipulaba a las tribus árabes en su empeño por deshacerse del yugo y crear nuevas naciones.

Todos aquellos territorios que han vivido y viven en guerra desde hace milenios, volvieron entonces a experimentar ese enardecido nido de alacranes en que se convirtieron las luchas por los intereses geopolíticos de siempre en ese cruce estratégico de fronteras y rutas, y al hundirse el extenso Imperio otomano surgió de sus ruinas la Turquía de Attatürk, que estrechó lazos con Europa y a la larga teminó aspirando a ser admitida en La Unión Europea, sueño que poco ha poco ha desmontado el colérico Erdogan.

Un siglo antes, los románticos encabezados por Lord Byron iban a Grecia a tratar de liberarla de las garras otomanas y morían en el intento. Tras el repliegue otomano, Grecia y los países balcánicos volvieron a ser libres, así como las iglesias ortodoxas perseguidas, y Estambul se convirtió bajo el mando de Attatürk y sus sucesores laicos en una mítica ciudad cosmopolita y tolerante, una especie de faro en mitad de dos mundos, Oriente y Occidente. Estambul encendió así la imaginación de poetas y novelistas y fue tema de muchas obras inolvidables.

Attatürk, el enérgico y apuesto estadista nacido en Macedonia en el seno de una familia pobre y errante y que subió a la gloria en esos tiempos, dijo ya una vez en el poder que deseaba entregar Santa Sofía a la humanidad entera y desde entonces fue uno de los sitios más vistados por los viajeros del mundo y ejemplo de ecumenismo y cosmopolitismo y del posible entendimiento pacífico y diálogo entre las diversas creencias.

Al llegar al poder, Erdogan empezó a detruir los equilibrios de poderes y poco a poco amplió su dominio aliado a las fuerzas más extremas y conservadoras, aquellas que pugnan por el odio. Pero también desde hace poco su popularidad ha bajado y después del intento de golpe de Estado de hace unos años, nuevas fuerzas lo desafían, como ocurrió hace poco en Estambul, donde su candidato impuesto fue derrotado por la oposición laica y moderna. Desde entonces agita sus banderas islamistas, financia fuerzas siniestras para incendiar aun más el terreno de batalla sirio, reprime en sangre a la minoría kurda e interviene en otros frentes como Libia, soñando con restaurar el Imperio Otomano. El espectáculo de esta semana en la Basílica de Santa Sofía es una jugada más para tratar de recuperar votos e impedir su ineluctable caída.    

El poeta colombiano Mutis, admirador del Imperio Bizantino, escribió alguna vez un verso en que decía que era muy tarde y ya sabía que "nunca visitaría Estambul". En su infancia y a lo largo de toda su vida Mutis leyó todos los libros posibles sobre los mil años de Bizancio, desde Constantino hasta su caída en manos de los otomanos en 1453. Revisaba la vida y gestas de príncipes y princesas, recorría imaginariamente templos, apreciaba íconos, escuchaba músicas y leía clásicos, poetas y todo tipo de memorias y relatos de viajes. Soñaba en sus mares interiores y montañas o en las ruinas griegas que pueblan todo el territorio turco.

Su gran amigo y casi hermano García Márquez leyó el poema de lástimas y penas por no conocer Estambul y como el costeño ya era rico y famoso mundialmente, quiso invalidar el texto y lo invitó a hacer un viaje que ambos han contado con alegría y sentido del humor en varios textos. Cuando Mutis publicó en Seix Barral la primera edición de la Summa de Maqroll el Gaviero en 1974, puso en la portada una foto donde se le veía feliz y risueño con una cámara frente a la Basílica de Santa Sofía.

En su estudio de San Jerónimo, en el sur de la ciudad de México, Mutis vivía rodeado por sus celebraciones literarias y los fantasmas de sus gustos históricos. Uno de sus temas preferidos era Bizancio y la lectura de clásicos como Gustave Schlumberguer (1844-1929), quien escribió Bizancio y las cruzadas, La epopeya bizantina a fines del siglo X y Nicephore Phocas, emperador bizantino en el siglo X, entre otras obras sobre aquel imperio desaparecido. Mutis soñaba con Bizancio, que fue centro de varios imperios, entre ellos el romano, y en el estrecho del Bósforo, el mar de Mármara, el Mar Negro, el mar Egeo, donde se dieron tantas batallas y proezas a lo largo de los milenios.

Supongo que al calor de unos whiskies, Mutis sonreiría en su estudio de San Jerónimo al comprobar que este nuevo avatar histórico en pleno siglo XXI de la Basílica de Santa Sofía, a donde ayer los políticos turcos encorbatados en pleno llegaron en campaña electoral para inaugurar la mezquita, es una prueba de que los humanos seguimos repitiendo las mismas guerras y batallas, condenados a revivir odios y provocaciones ancestrales que terminan en sangre. Y entonces soñaría de nuevo en las peregrinaciones literarias de los cruzados o en Lord Byron y viajaría a los tiempos del gran Belisario (505-565), el más notable general del Imperio bizantino bajo el mando de Justiniano, quien ya fue contado con maestría en una novela por Robert Graves.
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Publicado el domingo 26 de julio de 2020 en La Patria. Manizales. Colombia.

jueves, 27 de febrero de 2020

LA VIDA DE FRANCISCO DE MIRANDA


Por Eduardo García Aguilar *
Una de las vidas más novelescas de quienes lucharon por la emancipación de las colonias hispanoamericanas es la de Francisco de Miranda (1750-1816), criollo caraqueño ambicioso que desde temprano quiso destacarse como militar de la corona española, pero cuya inteligencia, lecturas y amistades lo fueron llevando poco a poco a estar en la mira de la Inquisición y las autoridades reales, hasta romper con ellas y convertirse en una figura pública central en los juegos geopolíticos mundiales de su tiempo.
Tal aparece su figura en el libro Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de América Latina, de Carmen Bohórquez, publicado en 2006 en Caracas en su versión ampliada y revisada por El Perro y la Rana ediciones y que es la rigurosa tesis de doctorado presentada por la autora en la Universidad Sorbona Nueva París III. Bohórquez desteje poco a poco su vida y su pensamiento, trazando para el lector su fascinante destino y las ideas y problemas de su tiempo.
Miranda se vio pronto asfixiado en la provinciana y clerical Caracas, donde su padre Sebastián de Miranda, comerciante próspero canario, sufrió humillaciones por no ser noble, no ser criollo y no tener claro su pasado de cristiano viejo. Cuando fue nombrado en la capitanía del puerto en 1769, fue atacado por los nobles españoles de nacimiento y los criollos blancos, pues no lo consideraban digno de un cargo que debía corresponderles a ellos y además las autoridades lo obligaron a cerrar su negocio.
El joven Francisco de Miranda, quien hasta entonces no había dado manifestaciones de estar a favor de la independencia de las colonias, movió sus hilos y quiso reivindicar la dignidad de la familia al albergar la pretensión de ser reclutado y trabajar en el ejército real y lograr éxitos defendiendo a la monarquía. Reunió todos los documentos y recomendaciones requeridas, consiguió los apoyos y viajó a España, donde se dedicó a estudiar lenguas, a formarse en varias disciplinas y leer en las bibliotecas de Madrid y otros lugares a donde fue destacado en su servicio militar, como Cádiz y Melilla.
Pero sus inquietudes intelectuales, la frecuentación de personas y mentores que ya estaban fichados por la Inquisición debido a su libertad de espíritu, así como su carácter indómito, impaciente y ambicioso, le causaron problemas y no logró los ascensos que buscó a lo largo de los años, por lo que se sintió estancado e injustamente marginado por algunos de sus superiores. España y las colonias estaban llenas de soplones y todo aquel que expresara en público ideas muy libres en materia de religión, ciencia y sociedad era de inmediato denunciado, fichado y bloqueado en su carrera, lo que ocurrió con el joven Miranda.
Por fin logró ser incorporado en una misión militar hacia la América meridional dirigida por su amigo Juan Manuel de Cagigal y como en una película de acción logró viajar hacia esos territorios bajo su protección, justo cuando ya estaban casi listas las órdenes de captura y desde entonces la corona y la Inquisición lo perseguirán a donde vaya con la esperanza de atraparlo.
Como en el juego del gato y el ratón, él finalmente se les escapará. A donde va es admirado por sus interlocutores, quienes destacan su inteligencia y don de gentes. Embajadores, ministros, funcionarios, cortesanas, consideran muy interesante su conversación y sus ideas nutridas en el liberalismo anglosajón y la ilustración francesa. Locke, Hume, Rousseau, Voltaire, son algunos de sus autores de cabecera.
Luego de varias aventuras rocambolescas en Cuba, Jamaica y Filadelfia, Miranda llega al recién emancipado Estados Unidos donde vive casi un año y teje relaciones con las principales figuras de la independencia. Las autoridades españolas pensaban que venía preso en un barco cuando justo él pisaba la tierra de Washington, Jefferson, Adams y Franklin. Su vida y viajes en la emancipada ex colonia británica lo convirtieron en uno de los mejores conocedores del sistema republicano instaurado allí, lo que contrastaba con el oscurantismo de España y sus colonias, que empieza a detestar.
Luego de Estados Unidos viaja a Europa con la finalidad de visitar los principales países del Viejo Mundo, conocer sus sistemas de gobierno, ejércitos, museos, bibliotecas. Londres, Hamburgo, Bruselas, Viena, Roma, París, Dubrovnik, Costantinopla, Kiev y Rusia, son algunos de los sitios donde seduce a los anfitriones, entre ellos a la zarina rusa Catalina II, quien le propone trabajar en su ejército después de permanecer en su corte diez meses. Pero su objetivo era ya otro: lograr la independencia de las colonias españolas jugando con los intereses de las grandes potencias que buscan arrebatarle el continente a España.
De regreso a Londres visita la casa de Voltaire en Ferney, sitio de peregrinación de los intelectuales libertarios de su generación. Luego es testigo en Francia de los primeros momentos de la Revolución, a la que más tarde se incorpora, por lo que su nombre está grabado en el Arco de Triunfo.
Según él, el continente liberado debía llevar por nombre Colombia, bajo el cual estaría el conglomerado de países hispanoamericanos. Fundó el periódico El Colombiano para difundir sus ideas entre las élites continentales, escribió nutrida correspondencia de ideas con miles de corresponsales en Europa y América y deseaba que su archivo completo, compuesto por 63 volúmenes preparados por él, llevara por título Colombeia.
Sus intentos de lograr la independencia americana fueron en vano cuando, ya crepuscular, trató de realizar su sueño desembarcando a partir de 1806 en varios intentos de alzar a la población contra la corona. Ya había surgido la figura del joven Simón Bolívar, quien termina por traicionarlo y eclipsarlo convirtiéndose en el glorioso Libertador idolatrado por los románticos europeos.
El Precursor Miranda es detenido al fin en 1812 por los españoles y enviado a las mazmorras en España, donde muere a los 66 años. Años después, El Libertador Bolívar moriría tuberculoso y fracasado en Santa Marta, traicionado por los suyos. Así es la triste vida de los héroes. Para Bohórquez "sin minimizar el genio y las hazañas de Simón Bolívar, debemos señalar que varias de las ideas cuyo origen se le atribuye habían sido ya formuladas por Miranda, y esto Bolívar no ha podido ignorarlo".
Miranda, como Lord Byron, siempre cargaba con parte de su biblioteca y como buen bibliófilo hacía adquisiciones que enviaba a sus amigos y protectores de Londres. Escribía el diario de sus viajes y guardaba preciosos documentos suyos y de otros, que reúne en su archivo. Los baúles donde se encontraba esta obra, desaparecidos tras su embarque preso desde La Guaira en 1812, lograron salvarse gracias al secretario francés Antoine Leleux y después de ser conservados en Londres, rescatados y publicados en Venezuela en varias ediciones conmemorativas durante el siglo XX.
Dos siglos después de su muerte, Miranda sigue el viaje entre nosotros más vivo que nunca y sus papeles nos ayudan a comprender el destino de un continente latinoamericano que nunca logró su unidad y sigue repitiendo su historia como dócil botín de potencias, en una sucesión de sangrientos episodios trágicos y cómicos que cumplen ciclos ineluctables como las impredecibles montañas rusas.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de febrero de 2020

sábado, 8 de febrero de 2020

AMERICA LATINA EN CALCUTTA

Por Eduardo García Aguilar 

Cada año, por febrero, cuando la temporada es benévola, se celebra la Feria del libro de Calcuta, que se convierte en esa semana en un centro de la cultura y saber bajo el patrocinio de Rabindranath Tagore, originario de esa región india, y de otros sabios que han escrito y vivido en esa urbe desde donde gobernó durante mucho tiempo el imperio colonial británico. Muchos de esos viejos edificios y palacios gubernamentales de tipo colonial siguen de pie, aunque algunos en estado ruinoso y en sus muros crecen hierbas y plantas que hunden sus raíces en el cemento.
   Solo he ido una vez a la Feria del Libro, pero cada uno de los días vividos allí  siguen presentes, ya que lo que más me impresionó es el calor humano de los anfitriones y las similitudes de ese pueblo con América Latina. Calcuta, a la que ahora llaman Kolkata, es tierra caliente, por lo que uno podría sentirse como si estuviera en una ciudad latinoamericana del Caribe o el Amazonas. Está bañada por algún brazo del Ganges, que ya en esos confines se convierte en húmedo Delta lleno de naturaleza, vegetación, fauna y siempre cruzado por el vuelo de las aves.
   Tanto en Nueva Delhi como en Calcuta y otras ciudades uno podría sentirse también como si estuviera en México y Perú, países donde la sangre indígena está más presente y es mayoritaria entre la población. Bien es sabido que en estos dos países donde durante milenios reinaron poderosas y ricas civilizaciones, las poblaciones indígenas se quedaron ahí y con ellas el imperio español instaló dos virreinatos donde reinó el arte y la arquitectura barroca y el sincretismo cultural y religioso, por lo que son tan ricas y originales.
   En otras partes de América Latina las poblaciones indígenas fueron exterminadas o cayeron diezmadas por las enfermedades y su presencia es menor en la actualidad. Por esa razón el imperio colonial importó población africana esclava para trabajar en esos territorios, creando otro tipo de mestizajes y sincretismos culturales. En los países del Cono Sur latinoamericano, aunque los rastros de la presencia indígena sigue presente en algunas zonas pese al exterminio colonial, se dio la inmigración masiva de millones de europeos de todos los orígenes, italianos, judíos, polacos, esteeuropeos, ingleses, italianos, alemanes o franceses, por lo que se dice que argentinos, chilenos y uruguayos descienden de los barcos.
   La población indígena en el continente americano habría llegado tardíamente después de varias olas migratorias asiáticas milenarias a través del Estrecho de Behring. El Homo Sapiens ya había llegado de la misma forma decenas de miles de años antes a otras regiones como Europa occidental y del Este, Oriente Medio y a todas las regiones asiáticas, hasta las más extremas. Y desde allí, siempre en busca de tierras y espacios, fue ascenciendo el hombre hasta cruzar en época climática benévola el estrecho casi polar de Behring para poblar poco a poco el continente americano.
   Al estar en la India o en otros países asiáticos uno siente con toda claridad las similitudes étnicas del pueblo indígena latinoamericano con aquellos pueblos y por esa razón los latinoamericanos somos recibidos allí como hermanos. Basta decir que uno viene de América Latina para que se le abran todas las puertas de la conversación y el afecto. Esa misma sensación la sintieron Jorge Zalamea y Miguel Angel Asturias cuando visitaron juntos aquellos lugares en los años 30 del siglo XX, cuando reinaba ya en el mundo la figura literaria de Rabindranth Tagore, Premio Nobel que visitó después Argentina invitado por Victoria Ocampo y cuyos libros fueron traducidos y publicados en español en la colección de Austral de Espasa Calpe. 
   Durante mi estadía en Calcutta o Kolkata tuve la oportunidad de ser recibido por varias academias literarias y departamentos de literatura locales y visitar a los principales y más longevos autores de la ciudad, quienes contaban con emoción todas las peripecias que les tocó vivir en le siglo XX, en especial el traumático proceso de independencia del imperio británico. Y durante esas visitas y encuentros me sorprendió como conocían de bien la literatura latinoamericana. Vallejo, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, Neruda, Rulfo, Paz, Asturias, Carpentier, Zalamea, García Márquez, entre muchos otros, eran nombres familiares para ellos.
   Algunos de los ancianos escritores de las academias recordaban a Asturias, Neruda y Zalamea y en las universidades y en la Feria del libro era comun cruzarse con jóvenes estudiantes que sabían el español porque lo habían estudiado con rigor en las academias indohispánicas de Kolkata o en las universidades. En menos de una semana estaba uno rodeado por la cálida amistad de los habitantes de Calcutta y hacia el crepúsculo, cuando llegaban los pájaros a posarse en los árboles para dormir, recuerdo las largas veladas con ellos hablando de literatura.
   Tuve muchos encuentros en la Feria del Libro, pero hay uno que me sorprendió y aun guardo con especial afecto. Un sabio ataviado con prendas frescas y coloridas usuales en aquellos lugares cálidos vino a regalarme especialmente los tres volúmenes ilustrados de su libro sobre las similitudes entre la cultura prehispánica de México y Perú y las más antiguas culturas que reinaron en India, mucho antes de que llegaran los musulmanes. 
   El hombre recorrió Perú, Guatemala y México y visitó muchas pirámides y sitios arqueológicos milenarios de las culturas más famosas de aquellas regiones como mayas, olmecas, toltecas, mixtecos, aztecas, así  como las múltiples culturas peruanas anteriores a los incas. Los tres volúmenes cotejan con ilustraciones y fotografías minuciosas todas esas similitudes y coincidencias. Fue uno de los momentos más calurosos y fascinantes de mi estadía en Calcutta. 
   Con frecuencia repaso ese libro y leo sus disquisiciones en torno a los vasos comunicantes probables entre aquellas culturas milenarias. Muchas imágenes, estructuras, figuras geométricas, zoomorfas, vegetales son comparadas y explicadas por este sabio, convencido de que los pueblos prehispánicos y los arcaicos de la india pertenecen al mismo tronco étnico y cultural. No sabría ni podría hacer un diagnóstico científico de aquellas especulaciones, pero lo cierto es que muchas veces, sentado en alguna pirámide de ciertas ciudades cercanas al Ganges, como en Benarés, Agra, Nueva Delhi o Calcutta, sentí que había ido a Oriente para reencontrarme con América Latina.

                                                                                                                                              París,  8-II-2020

lunes, 25 de noviembre de 2019

LOS ARTEFACTOS NARRATIVOS DE JAVIER MARÍAS

Por Eduardo García Aguilar
En Negra espalda del tiempo (1998) el escritor español Javier Marías abordó el tema de la relación entre el narrador ficticio que habla en las novelas y el autor que las firma. Luego de escribir Todas las almas, que se inspiraba en los dos años de juventud que vivió en Oxford entre 1983 y 1985 como profesor de literatura, Marías (1951-2022) enfrentó polémicas y chismografías entre sus excolegas, amigos o exvecinos, ya que muchos pensaron que su obra era en clave y que los personajes estaban basados en personas reales.
 
Cuando se iba a traducir al inglés, después de tener gran éxito en su país y en el mundo hispanoamericano, el editor británico consultó abogados y dudó en publicarla temeroso de poder ser objeto de demandas y juicios. En el cerrado mundillo académico de Oxford se desataron las comparaciones y todos los conocidos por Marías se vieron reflejados en las características de los personajes, descritos como es usual en el autor español con implacable ironía y sarcasmo. Algunos se enfurecieron y otros amenazaron veladamente al autor, por lo que el propio decano del departamento de letras hispánicas de Oxford tuvo que terciar en la polémica y aclarar el entuerto, exonerándolo de cualquier culpa. 
 
Marías, ganador del Premio Rómulo Gallegos en 1995 con Mañana en la batalla piensa en mí, es sin lugar a dudas uno de los más grandes narradores vivos del ámbito hispanoamericano y se considera uno de los novelistas mundiales más importantes de su generación, por lo que ha sido mencionado varias veces en las quinielas para el Nobel de literatura. Ha escrito una veintena de libros donde despliega su talento, al abordar desde diversos ángulos los personajes y las situaciones, utilizando una ágil prosa de oraciones largas y musicales que seducen al lector y lo enredan hasta el infinito como en una tela de araña. Sus historias, como en su magistral Los enamoramientos (2011),  nos enfrentan a los puntos claves de la vida humana, a los fantasmas del pasado y los azares del destino, viajan con impacable lucidez por los laberintos del tiempo ineluctable que pasa y actúa en círculos concéntricos enredando y triturando a mujeres y hombres, niños, jóvenes y viejos, en una serie de situaciones escabrosas frente a las cuales Marías no se reprime ni tiene piedad para relatar.  
Los enamoramientos me sedujo y lo devoré fascinado y aterrorizado durante varios días de envolvente lectura, de viaje por un extraño e impar tejido de palabras y reflexiones sobre la vida, la muerte, el deseo, el amor, la traición y el silencio. Esta lectura me recordó los ámbitos novelísticos de François Mauriac, el excelente escritor francés cuyas obras nos sacuden y quien sin duda debe ser referencia de Marías.

La novela tiene todo para ser antipática para muchos lectores porque la narradora es una « joven prudente » que trabaja en una editorial y desde adentro nos muestra el mundo fatuo de los autores y la rutina terrible de esa profesión donde predominan personajes atroces llenos de ambición como ese detestable novelista Garay Fontina que sueña con el Nobel.


Los diálogos y reflexiones subjetivas de esta joven intelectual y su amante Díaz Varela son precisos, envolventes, llenos de referencias literarias a autores como Shakespeare o Balzac y su inquietante pequeña novela El coronel Chabert, que es a su vez personaje de la obra. Hay allí sólo ámbitos interiores, encuentros y desencuentros en torno al extraño asesinato de un hombre apuesto que hacía parte de una pareja perfecta como son todas las parejas perfectas que cruzamos en nuestra vida y que la narradora observa diariamente en un café a la hora del desayuno.


Quedé atrapado en el mundo imaginario de Marías, que desmenuza la gigantesca e inagotable madeja de la vida. Una superficie de palabras que se va tejiendo y destejiendo y a través de la cual viajamos por cuerpos, rostros de personajes, estados de ánimo, como si se tratase de una gigantesca telaraña a donde nos conduce con maestría una voz perversa que nos deja allí inermes y mudos, poseídos por el malestar esencial. 

Por eso puede decirse que si aún hay autores como Javier Marías, podemos confiar entonces en que la literatura que muerde, sacude y mata, seguirá firme su camino en un mundo que le será cada vez más hostil y tratará de aniquilarla.
 
Su obra toda es una comedia humana contemporánea donde salen a relucir la soledad, el hastío, la miseria, la mezquindad, el odio, y las vicisitudes del deseo y del amor en las que se enfrascan los seres descritos. La densidad de sus relatos surge de la capacidad para describir y poner a interactuar a sus criaturas de ficción desde todos los ángulos posibles, agotando los claroscuros y las sinuosidades de la vida. En todos sus relatos ronda la muerte que acecha juguetona siempre a los personajes y proyecta sombras sobre los ámbitos y las acciones descritas. 
Ya sean seres contemporáneos o figuras históricas u olvidadas de pasados remotos, todos son construidos con una minuciosidad que no deja cabos sueltos. La deriva de sus seres se ancla en el pasado familiar, en las relaciones laborales, filiales, de amor o amistad. También aparece en su obra de manera regular el auge y la caída de las existencias a través de seres que en pleno apogeo de la juventud viven aventuras extraordinarias y luego decaen y tienen fines atroces o lamentables y van raudos hacia el olvido. 
 
En Negra espalda del tiempo, un artefacto de la estirpe de los ovnis, además de aclarar las confusiones entre sus personajes y la vida real, como ocurre con la pareja de libreros que está convencida de haber sido retratada por el autor, o desmentir que alguna mujer casada y real de Oxford fuera la amante suya como sí ocurre con el personaje, Marías escruta la vida de figuras británicas que vivieron las guerras del siglo XX y a través de ellas nos hace viajar a la Ciudad de México de los años XX y al Madrid franquista de los años 50.
 
Hijo del filósofo Julián Marías y de Dolores Franco, que tuvieron que exiliarse durante parte de la dictadura en Estados Unidos, el autor cuenta en esta obra autobiográfica muchos aspectos de su vida familiar, como la muerte de su hermano mayor a los tres años de edad y la presencia de su fantasma en su familia a través de viejos y arcaicos juguetes conservados. Y con dolor y nostalgia describe la Madrid de su tiempo y las casas vividas, así como su especial relación con su madre o el impacto que dejó en él una amante que tenía una cicatriz en el muslo, cráter lunar excitante.
 
Marías deja claras las reglas del juego para el lector, pues a lo largo de esas trescientas páginas relatará sin plegarse a la tradicional obligatoriedad de un argumento con desenlace y solo contará movido por una fuerza original cuyo objetivo es solo llegar al final del libro. A lo largo de este extraño objeto narrativo ocurren muchas cosas, pero a la vez reflexionamos en permanencia sobre el arte de escribir y la extraña condición del escritor.
 
Al final asistimos a las vicisitudes por las cuales Marías terminó convirtiéndose en Rey de Redonda, al recibirla como herencia literaria de la mano del anterior rey Jon Wynne-Tyson, que a su vez la había heredado de John Gawsworth y de M. P. Shiel, todos escritores, y de paso visitamos esa isla inhabitada del Caribe que vio en su tiempo Cristóbal Colón. La obra está ilustrada con fotografías de algunos personaje y de ámbitos citadinos de Oxford, recortes de periódicos, portadas de libros olvidados y mapas de la misteriosa isla caribeña. Marías siempre se sale con la suya y es un placer leerlo y dejarse seducir por su gran talento y su vasta cultura literaria.
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* Publicado el domingo 24 de noviembre de 2019 en La Patria. Manizales. Colombia. Actualizado el 11 de septiembre de 2022 con motivo de la muerte del autor.. 


domingo, 8 de septiembre de 2019

EL MISTERIO DEL CONDE LAUTRÉAMONT

Por Eduardo Garcia Aguilar

Lautréamont y Rimbaud fueron contemporáneos y compartieron en cierta forma el mismo destino, al morir muy jóvenes ambos como poetas, el primero por muerte prematura a los 24 años y el otro por renunciar en vida a la poesía a los 19 años y partir como aventurero hacia los peligros del Cuerno de África, desde donde regresó a morir en Marsella a los 39 años. Muy temprano mostraron su talento en las aulas del colegio y el Liceo y produjeron rápido obras que siguen estremeciéndonos y marcando a los poetas de varias generaciones.

Lautréamont (1846-1870), cuyo verdadero nombre era Isidore Ducasse, nació en Uruguay, pero fue enviado a Francia por su padre diplomático francés a estudiar en Tarbes y Pau, porque le veía talento para las matemáticas, aunque otros estudiosos de su vida consideran que la relación entre ambos era difícil por la frialdad del progenitor y la rareza del muchacho. En la escuela sus condiscípulos lo recuerdan como un grandote, algo encorvado, meditabundo y locato, aunque reconocían su inteligencia e inquietudes. Lo recuerdan solitario y pensaban que tal vez estaba traumatizado por la lejanía de su familia, residente al otro lado del océano, en la lejana Uruguay, donde el progenitor era cónsul francés.
Uno de sus maestros lo castigó en el liceo de Pau porque le presentó un trabajo literario donde ya anunciaba un inconfundible estilo revolucionario que se apartaba de las estrictas leyes de la retórica en boga, asunto que mortificó mucho al sensible joven, que no olvidaría nunca la injusticia, ya que había hecho un esfuerzo para presentar un texto en el que pensaba haber dado lo mejor de sí. Luego el joven prosigue sus estudios en París y reside en hoteles amoblados en diversas calles del barrio de la Bolsa como Nuestra Señora de los Campos, Vivienne y Faubourg Montmartre, no lejos de los grandes bulevares, la Biblioteca Nacional, y los centros financieros y periodísticos que proliferaban entre los famosos pasajes de la era romántica estudiados por el ensayista alemán Walter Benjamin. 
En esos pasajes cubiertos por amplias marquesinas las clases altas se protegían de las intemperies y el lodazal pútrido de las calles, en centros comerciales de la época donde había de todo, bares, librerías, editoriales, cafeterías, tiendas de baratijas y bibelots, galerías de arte, prostíbulos, fumaderos de opio, boutiques y apartamentos privados. Todavía existen muchos de esos pasajes intactos y uno puede, cuando camina por ahí, distinguir viejas librerías o pasar frente a las sedes de las que fueron editoriales, periódicos o revistas muy importantes de todo el siglo XIX, cuando el libro y los diarios brillaban en su esplendor y la literatura era el centro de la vida y el mundo. El sueño de todos los escritores jóvenes era vivir en ese barrio y tratar de editar allí sus poemas, novelas, ensayos buscando el éxito, la fama o la gloria.
Los grandes autores como Víctor Hugo, Flaubert o Balzac, entre muchos otros, eran originarios de capitales de provincia y desde allí, cuando salían de la adolescencia, "subían" a París a probar suerte y a vivir destinos diversos. A veces el triunfo se les atravesaba rápido como ocurrió con el gran Víctor Hugo, quien ya muy joven era una gloria nacional y brilló durante todo el siglo como una especie de deidad absoluta desbordada por la creatividad, el talento, la inteligencia y la variedad de intereses. Otros eran triturados por la ciudad y se sumían en la depresión, la pobreza, el alcoholismo, la locura, en ese gigantesco hormiguero de arribistas que como Rastignac, el personaje de Balzac, o el Bel Ami de Maupassant, querían triunfar a toda costa llevándose a quien fuera por delante.
Al lado de los triunfadores quedaron los malogrados y los fracasados que muchas veces obtuvieron la fama con carácter póstumo, como fue el caso de Lautréamont y muchos otros. Ducasse publicó los Cantos de Maldoror y las Poesías en pequeñas ediciones pagadas por él mismo y como a veces no pudo cubrir el costo completo sus obras estuvieron embargadas y a punto de desaparecer si no las hubieran conservado sus editores en vez de mandarlas a triturar por incumplimiento financiero del autor.
Lautréamont envió cuando tenía 21 años a dos de sus condiscípulos de Pau ejemplares de la primera parte de los Cantos de Maldoror sin decir de quién se trataba, pero ellos se dieron cuenta de que sin duda aquel extraño libro de atrocidades, dedicado al mal y la oscuridad, que sucedía en las calles del barrio de la Bolsa y a las orillas del Sena, debía ser de ese extraño amigo llamado Isidore Ducasse, que ahora publicaba sus libros como anónimo o con el alias de Conde de Lautréamont. 
Tal vez no quería que su autoritario y frío padre se enterara de sus aventuras literarias y cayera sobre él la vergüenza de manchar el apellido paterno y por eso casi fue un autor clandestino que pocas personas conocieron. Solo hubo unas cuantas reseñas o anuncios de la salida de los Cantos de Maldoror, que pasaron sin pena ni gloria. El editor Lacroix tuvo indecisiones con los nuevos volúmenes de esta obra por su carácter nocturno, enfermizo, criminal, negativo, neurasténico y pesimista y temía problemas con la justicia. Lautréamont llegó a renegar de estos Cantos incómodos y buscó publicar en Bélgica sus Poesías, que se inscribirían según él en el tono más optimista de la época. También quería congraciarse con su padre para que le ayudara a pagar la edición de estos poemas.
Una de las razones de la poca atención dada a sus libros cuando salieron fue el conflicto social que vivía en ese entonces Francia, que conduciría a la Comuna de París y a la guerra. Era una época poco apta para su temas y la muerte lo alcanzó en uno de esos hoteles del barrio donde residía. El hotelero y un empleado declararon su deceso y fue enterrado casi como vivió, solitario y clandestino. Nos quedan algunas cartas angustiadas con los editores y los testimonios de algunos de quienes se cruzaron con él durante su corta vida.
Lautréamont fue rescatado desde la segunda década del siglo XX por los surrealistas, entre ellos Philippe Soupault, el más entusiasta y fiel de todos, que escribió sobre él desde 1917 y realizó la edición de sus Obras completas con motivo del centenario de su nacimiento, ejemplar que tengo en mis manos, editado por la editoral Charlot. Varios números monográficos de revistas recopilaron textos de los grandes autores del nuevo siglo, como André Gide, André Malraux y Henry Miller. 
La primera mitad del siglo XX redescubrió su insólita obra, un ejemplo de ambición literaria verdadera, cuando lo que se escribe es casi con la propia sangre derramada y contra la época, el mundo, llenos de convenciones e hipocresías. Obra de joven permanente, la de Lautréamont sigue más viva que nunca porque está escrita para nada y para nadie.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 8 de septiembre de 2019.

domingo, 30 de junio de 2019

MEDIO SIGLO DEL VIAJE A LA LUNA

Por Eduardo García Aguilar
Hace medio siglo, el 20 de julio de 1969, el astronauta Neil Amstrong pisó suelo lunar convirtiéndose en el primer humano en visitar el satélite, uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la humanidad. Poco después lo siguió Buzz Aldrin y ambos caminaron alrededor del módulo lunar Eagle para instalar instrumentos, colocar una bandera de Estados Unidos, la placa conmemorativa, recoger muestras y rocas lunares y tomarse fotografías.
En todas las lenguas del mundo se publican este mes álbumes con fotografías que dan cuenta de la aventura y a la vez se editan libros que reflexionan desde todos los ángulos, estético, tecnológico, filosófico, científico las aristas y profundidades del acontecimiento. Muchos contemporáneos cuentan a su vez lo que significó para ellos ser testigos de la noticia y de la transmisión mundial del hecho. Las vitrinas de las librerías dedican espacios a todo lo referente al espacio y el estudio del cosmos y las revistas científicas populares hacen balances de los avances posteriores en el conocimiento del universo. 
El paseo sobre la superficie lunar, que duró poco más de dos horas, fue transmitido al mundo y cientos de millones de humanos que tenían televisión pudieron ver en directo las asombrosas imágenes de la proeza. Luego de regresar al módulo, los astronautas durmieron más de cuatro horas y después emprendieron el regreso hasta la estación Columbia, donde Michael Collins, el otro viajero, los esperaba para la maniobra de atraque. Tras descargar muestras y otros elementos en Apollo 11, el modulo de ascenso fue desechado y cayó a la superficie lunar.
Los tres astronautas regresaron a tierra después de un exitoso amarizaje y luego de pasar la obligatoria cuarentena, fueron recibidos triunfalmente por las calles de Nueva York como héroes inolvidables. Todos esos días magníficos fueron una verdadera fiesta para la humanidad y en especial para niños y adolescentes que tuvieron la fortuna de abrir los ojos al mundo con una aventura que nunca olvidarían. Se llegaba así a un punto culminante de un largo y costoso proceso tecnológico, a lo largo del cual hubo triunfos y tragedias, accidentes y proezas logradas por las dos potencias rivales de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética. 
Hasta 1972, impulsadas por el gigantesco cohete Saturno V, las cápsulas Apollo realizaron seis viajes y 12 hombres caminaron por la superficie del satélite, pero desde entonces los seres humanos nunca volvieron. Se espera que en la próxima década astronautas vuelvan a viajar a la Luna, si se tiene en cuenta la voluntad de Estados Unidos y de otros países del mundo que como los de Europa, la India, China y Japón han realizado misiones recientes no tripuladas a la Luna e invertido grandes sumas en la aventura espacial, que incluye a futuro el viaje de humanos a Marte y el envío de nuevas sondas para explorar el sistema solar. También la empresa privada ha dado pasos gigantes para crear cohetes y naves espaciales. 
En este medio siglo, aunque el hombre no volvió a pisar la Luna, la astronomía ha registrado avances enormes, pues varias sondas visitaron los planetas del sistema solar y realizaron fascinantes descubrimientos en varios satélites de Saturno y Júpiter, algunos de los cuales pueden albergar vida y poseer océanos interiores. Varios robots como el Curiosity y otros han logrado explorar y rastrear el planeta Marte y hace poco se detectó de nuevo allí la presencia de metano, generado por organismos, así como huellas de flujos líquidos y presencia de hielo. También se ha logrado dar un rostro más preciso a lejanos planetas como Neptuno y el pequeño Plutón, que recientemente pudo ser fotografiado y cruzado de cerca por una nave que descubrió su sorpresivo dinamismo.
Esa y otras naves anteriores lograron llegar tras décadas de viaje a los confines del sistema solar y emprender viajes al más allá, desde donde siguen enviándonos información. También se han realizado complejos viajes a cometas o asteroides. Pero los mayores avances se han dado gracias a la actividad de los observatorios astronómicos de la tierra y al trabajo extraordinario del telescopio Hubble que ha cartografiado la inmensidad del Universo con fotografías de una belleza celestial. 
Los miles de astrónomos que rastrean el Universo desde los diversos observatorios del planeta han logrado proezas impensables como fotografiar hace poco un agujero negro y desentrañar los misterios de las galaxias y sus colisiones, la formas de expansión de la materia, la existencia de energía y materia oscuras y descubrir exoplanetas que orbitan en torno a estrellas, algunos de los cuales podrían estar en franjas favorables a la aparición de la vida.
En medio siglo de investigaciones y descubrimientos sabemos que incluso nuestra Galaxia Vía Láctea, donde hay una suma escalofriante de estrellas y planetas, es solo un grano de arena entre la aun más escalofriante cantidad de galaxias y nebulosas que hay en el universo en todas las direcciones. Los poetas, los autores de ciencia ficción y los filósofos pueden ahora contar con informaciones veraces que potencian su infinita capacidad de imaginar y delirar. Julio Verne estaría feliz en estas primeras décadas del siglo XXI. 
Los científicos siguen trabajando en la exploración de ese mundo infinito con la esperanza de algún día captar alguna señal de vida extraterrestre. Pero las distancias son tan enormes e inaccesibles que tal vez nunca podamos saber si allá afuera existió alguna vez hace miles de millones de años la vida o alguna civilización ya extinguida o cuántas civilizaciones habría en activo en la actualidad en algunos de los trillones y trillones de planetas existentes. Por eso celebrar este modesto logro de haber ido a la Luna el 20 de julio de 1969, hace medio siglo, nos ratifica que la vida y la inteligencia humanas son fascinantes e inescrutables.   

lunes, 3 de junio de 2019

BICENTENARIO DE WALT WHITMAN

 Por Eduardo García Aguilar

No hay mayor alegría que celebrar el bicentenario de un viejo amigo que hace tanto tiempo nos abrió las puertas de la literatura y de la poesía en verso libre, en aquellos años del colegio, cuando todos somos esponjas inagotables que captamos los más variados imaginarios y emociones. Como si el tiempo no hubiera pasado, parece que fue ayer cuando ocurrió esa extraña y luminosa conexión con una estética que irrigaba por sus poros agua, naturaleza, cosmos, piedras, vegetales, animales, vida, lluvia, viajes, mar, truenos y esperanza.

La obra del venerable amigo de luengas barbas autor de Hojas de hierba, cuyo bicentenario se celebra este 31 de mayo, llegó a mi en 1969 a través de un modesto volumen de 367 páginas publicado cuatro años antes por Plaza y Janés y que llevaba por título Walt Whitman. Arquitecto de América. 

Su autora es la poeta Babbette Deutsch (1895-1982), quien en su tiempo fue reconocida por su contemporánea Marianne Moore y dedicó su vida a la enseñanza en la Universidad de Columbia, escribió varias colecciones de poemas, novelas y ensayos y  además realizó traducciones del ruso.

El volumen incluye además de la biografía escrita por la poeta estadounidense, traducida por Manuel Barbera, una selección de poemas de Whitman (1819-1892) traducidos por Francisco Alexander, donde figuran en orden cronológico algunos de sus mejores piezas, como En la barca de Brooklyn, Canto a mi mismo, Al partir de Paumanok, En la ribera del ontario azul, La ultima vez que florecieron las lilas en el huerto, Navegar a las Indias y Canto de lo universal, entre otras.

Todos estos años he conservado este volumen de portada verde con la imagen del anciano de larga cabellera y barba blanca y lo he llevado sin falta de un país a otro, sin que me abandone nunca y así ha permanecido siempre a mi lado, junto a otros libros fundamentales como Retrato de un artista adolescente de James Joyce. Además me acompaña la bella edición de Leaves of grass en inglés de la Ilustrated modern library (1944), con prólogo de Carl Sandburg e ilustraciones a color de Boardman Robinson.

Babette Deutsch nos relata la vida accidentada y excéntrica de este hijo de carpintero pobre nacido en Long Island, que llegó a Nueva York a los siete años y a los 11 abandonó la escuela para trabajar y ayudar a sostener su familia. Desde entonces fue un autodidacta nato que colmó las lagunas educativas leyendo libros a la luz de la vela como tantos hombres de su generación y las posteriores.

Trabajó un tiempo en el bufete de un tal senor Clarke, quien lo suscribió a una librería ambulante, clave en esos momentos de arranque literario. Después laboró en varios diarios locales de Long island y así encontró poco a poco los oficios de tipógrafo y más tarde, tras publicar el primer texto a los 14 años en The Mirror,  el periodismo, que lo llevaría a dirigir medios y escribir sin cesar toda la vida para cubrir la actualidad e incluso hasta elaborar folletines, como uno que hace poco descubrió un investigador por casualidad en los archivos de un diario desparecido y fue publicado como novela.

La publicación de la primera versión de Hojas de hierba a los 36 años le granjeó la admiración de algunos de los más reputados escritores de ese tiempo, entre ellos el viejo maestro Emerson, quien lo defendió de las criticas que suscitó su obra entre los contemporáneos por romper no solo con las formas usuales de la retórica sino por abordar los temas de la realidad y dar voz a los trabajadores, pescadores, granjeros y marginales.

El resto de su vida lo dedicó a incrementar su obra mayor Hojas de hierba y al final logró un renombre que se potenció después de su muerte, convertido ya en el mayor escritor estadounidense al lado del Edgar Allan Poe. Un autor atípico que por su estilo, vestimentas obreras y toscas y su condición sexual difería del tieso bardo elegante y de levita. Además fue un precursor de la ecología y de la defensa de la naturaleza y los animales.

Carl Sandburg calificó su libro como "el más original, el más individual y la más sublime creación personal del arte literario estadounidense", pero agrega que a su vez es el que más elogios encendidos y diatribas enconadas suscitó por su osada libertad. 

Subraya también que su obra se destaca por ser autobiográfica y personal, lo que lo convierte no solo en una figura pública en su país, como en su tiempo ocurrió con Victor Hugo en Francia y Tolstoi en Rusia, sino en un admirado autor en todos los continentes del planeta y encarnación de la fuerza de esa joven nación entre los millones de migrantes de todo el mundo deseosos de llegar ahí para rehacer sus vidas.

Whitman sacó la poesía a la calle, a los caminos, la untó de trabajadores, obreros, granjas, forajidos, esclavos negros, pescadores, aventureros y como pocos dio una fuerza épica a la existencia con sus guerras y tragedias, dirigiéndose a las futuras generaciones con optimismo y voluntarismo. Dos siglos después de su nacimiento su rango sigue firme entre los grandes rebeldes que pasaron por este mundo de estirpes bíblicas sacudiéndonos con su palabra.