domingo, 28 de noviembre de 2021

EL DESTINO DEL BULEVAR DE LOS HÉROES

Por Eduardo García Aguilar


Es misterioso el destino de los libros escritos a lo largo de la vida y hoy quisiera referirme al caso de Bulevar de los héroes, mi segunda novela juvenil después de Tierra de leones, que escribí en México en el fulgor de los años en que somos impetuosas promesas literarias. Vivía entonces en la capital mexicana en tiempos de antes del trágico terremoto que convirtió a Ciudad de México en una zona de desastre. Por esas fortunas que nos depara la vida, residía en un maravilloso apartamento esquinero del histórico edificio porfiriano llamado la Casa de las brujas, situado en la Plaza Río de Janeiro de la colonia Roma, uno de los centros históricos de la ciudad.

Había llegado a México hacia unos años después de realizar mis estudios universitarios en la ciudad luz y vivir un tiempo en California y desde el comienzo se abrieron como por encanto todas las puertas de las instituciones, medios y editoriales de la metrópoli mexicana. Don Edmundo Valadés, amigo de Juan Rulfo y de Colombia, me había admitido como colaborador y columnista de la página cultural del más grande periódico nacional Excélsior. 

Había estudiado un año en Centro de Capacitación Cinematográfica, trabajaba en la Filmoteca de la Universidad Nacional Autónoma de México y gozaba de una beca del INBA-FONAPAS para escribir la primera novela Tierra de leones, que como el Bulevar de los héroes también tenía como protagonista a mi ciudad natal Manizales, la primera inspirada en la vida mítica del loco Leonardo Quijano y la segunda en la del no menos mítico Tulio Bayer, a quien frecuenté y con quien trabajé en París en esos años estudiantiles.

Aunque uno ya viene escribiendo con pasión desde la adolescencia, buscando su camino, equivocándose, acertando, no hay duda alguna de que cerca a los 30 años de edad el autor se encuentra desde todos los puntos de vista en su mejor esplendor físico y mental y a través de sus devoradoras lecturas y experiencias vitales y viajeras que absorbe como una esponja, se encuentra en el mejor momento para escribir obras de mayor aliento como son las novelas, arquitecturas que exigen un enorme trabajo, neurosis y atención. 

Impulsado por la certeza de que todo narrador comienza por elaborar sus mundos novelísticos con los fantasmas de su tierra natal y las experiencias de la infancia y la adolescencia, había escrito ya varios textos protagonizados por Manizales con los que obtuve recién llegado a México el premio Los otros editores con el relato Su boca mojada y una mención en la Universidad Veracruzana con Una ciudad para Leonardo Quijano, publicado en la revista La palabra y el hombre y que es embrión de la novela posterior Tierra de Leones (1983).

Después, utilizando algunos elementos de las aventuras de Tulio Bayer y las mías propias en París y la Universidad de Vincennes, escribí Bulevar de los héroes, donde el loco Petronio Rincón terminaba viviendo esa ciudad como una selva delirante donde se resumían todos los fantasmas de esa generación malograda que quiso cambiar el mundo por las armas.  El libro fue finalista en el Premio Internacional Plaza y Janés en España en 1986 y publicado al año siguiente en México. El español Virgilio Cuesta quería publicarla en Plaza y Janés Colombia, pero el editor mexicano bloqueó la publicación. Después fue traducida por Jay Miskowiec, quien realizó su tesis sobre ella, y publicada en inglés con prólogo del gran maestro Gregory Rabassa en Latin American Literray Rewiew press y presentada en Americas Society de Nueva York en 1994.


En total, con El viaje triunfal y Las rutas de Ifigenia son cuatro las novelas donde mi ciudad natal es el escenario, pero la única que nunca fue publicada en Colombia fue Bulevar de los héroes. Es una novela que escribí con gran febrilidad en tiempos de antes y después del trágico terremoto de la ciudad de México en 1985 y en ella se sienten las placas tectónicas de la pasión literaria inspirada en el mito cervantino, donde un héroe trata de cambiar el mundo y se enfrenta a él. 

Tengo gran afecto por esa escritura desbordada de esos años, marcada sin duda por otras tragedias como la erupción del volcán del Ruiz y la desaparición de Armero y la toma del Palacio de Justicia. La novela culmina de hecho en el volcán Arenales, donde termina por fundirse la espada de Bolívar entre el magma de la lava terráquea. Hubo excelentes notas críticas en la prensa mexicana y Alvaro Quroga Cifuentes la incluyó en su libro The colombian political novel. 1951-1987. A critical contribution, que por casualidad tampoco ha sido traducido ni publicado en Colombia y es un estudio sobre diez novelas de la violencia. 

Por eso, cuando pienso que Bulevar de los héroes nunca tuvo editor en Colombia hasta ahora, supongo que era su destino, pese a que es una novela muy colombiana y muy parisina escrita con toda la pasión posible de un narrador joven y fue acogida en otros países y lenguas. Gregory Rabassa, en una introducción a la edición en inglés, la sitúa por supuesto en la órbita del realismo mágico y la novela política latinoamericana del siglo XX y afirma que su protagonista, el Loco Rincón, podría ser tal vez otro avatar juguetón del coronel Aureliano Buendía, el héroe emblemático de Cien años de soledad.    
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 28 de noviembre de 2021.




sábado, 20 de noviembre de 2021

LECCIONES DEL MAESTRO Y MARGARITA


Por Eduardo García Aguilar

 
El maestro y Margarita de Mijail Bulgákov es una de las novelas más notables del siglo XX y su lectura nos muestra hasta donde puede llegar el género que practicaron Balzac, Marcel Proust, Malcolm Lowry y Thomas Mann, entre muchos otros autores.
 
La novela fue publicada veintiséis años después de la muerte del autor nacido en Kiev y desde entonces viaja libre por el cosmos de la historia literaria contemporánea, intacta y cada vez más brillante, convertida en un cometa dotado de múltiples estelas. Bulgákov (1891-1940), que vivió durante los tiempos del régimen estalinista en la Unión Soviética, tuvo gran éxito inicial como dramaturgo, pero luego las intrigas de sus colegas burócratas, que desconfiaban de él por su libertad y su forma de escribir, lo condenaron al más frío ostracismo y a ser un escribano fantasma que redactaba por encargo para otros.
 
Durante más de una década escribió esta novela genial con la certeza de que nunca sería publicada, pues todas las puertas de las editoriales de su país le estaban cerradas, debido a que censores y comités editoriales gubernamentales solo autorizaban obras realistas, con mensaje y moraleja, acordes con la estética oficial en boga.
 
Bulgákov vivió el ostracismo en calma y permanecía día a día en su casa leyendo y escribiendo, y recibiendo a algunos amigos cercanos a quienes contaba la ardua tarea de su empresa literaria póstuma. Así pudo cincelar con cuidado cada uno de sus capítulos y elaborar varias versiones que corrigió hasta el último día de su existencia.
 
La novela, relacionada con el Fausto de Goethe y el mito mefistofélico, relata la llegada a Moscú del demonio, encarnado en un experto en magia negra que desquicia todo durante su estadía en la capital rusa. Gracias a sus artimañas demoniacas logra presentar un espectáculo en un teatro oficial moscovita donde el público se ve involucrado en las más extrañas ocurrencias.
 
Al mismo tiempo la novela relata de manera paralela el viacrucis de Cristo y los arrepentimientos del procurador  Poncio Pilatos, narrados por el maestro, un escritor loco y auténtico que ama la literatura y es amado a su vez por Margarita, mujer que deja todo por amor, vende su alma al demonio y salva parte del manuscrito incinerado que termina convirtiéndose en un delirio encarnado.
 
El maestro es un alter ego de Bulgákov que sufre las consecuencias de dar rienda suelta a la imaginación y se aparta de las instrucciones oficiales exigidas por el régimen literario que imponen los escribanos serviles al poder. Y a su vez la novela es un objeto libre donde suceden las cosas más inverosímiles, explayandose a través de los milenios y en el mismo espacio cósmico. Es una incesante caja de pandora o una lámpara de aladino donde todo es posible.
 
Bulgákov se venga de todos sus rivales, a quienes caricaturiza en los diversos avatares novelescos y muchos de ellos mueren en circunstancias rocambolescas o terminan internados en el hospital siquiátrico, uno de los centros de condena preferidos del poder soviético al lado de los campamentos lejanos del Gulag, situados en las estepas siberianas a donde son desterrados disidentes y malpensantes.
 
Todo escritor de novelas debería leer El maestro y Margarita como un ejemplo sorberbio de los poderes de la ficción y de las técnicas libertarias de una máquina narrativa comparable a la que actúa en las sucesivas historias contadas por Cervantes en El Quijote de la Mancha a través de una fascinante experiencia de montaña rusa que nunca deja de sorprender y girar hasta el infinito.
 
La novela nos describe con detalle la vida cotidiana moscovita en tiempos de Stalin y a la vez, por medio de un magistral contrapunteo estilístico, nos lleva a los tiempos bíblicos y a presenciar en primera fila la condena y el viacrucis de Cristo, así como el destino del traidor Judas.

Todo es pues posible en esta caja de maravillas dotada de eficaces espejos donde ocurren decapitaciones absurdas, vuelos de brujas, incendios, desapariciones y apariciones fantasmales, transmutaciones, viajes astrales  y escenas de ilusionismo desbocadas en medio de las más bella historia de amor y de fe en la literatura. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Cololmbia. 21 de noviembre de 2021. 

sábado, 30 de octubre de 2021

EDUARDO CARRANZA Y LOS PIEDRACELISTAS


Por Eduardo Garcia Aguilar*

Los amigos de periodizaciones históricas encontrarían gran dificultad para situar a Eduardo Carranza en el panorama de las letras colombianas y latinoamericanas. Si fuera exacta la idea de que un movimiento sigue a otro por obra y gracia de un proceso evolucionista, la poesía, que es tal vez la forma más profunda y luminosa del conocimiento humano, perdería el carácter intemporal que hace de ella un relámpago sobre los siglos. Siempre, a través del tiempo, por encima de guerras y catástrofes, el género humano producirá esos extraños seres que buscan detener lo imposible con palabras. El día en que en este mundo ya no haya luz y todo semeje una enorme caverna, habrá un solitario que cantará a los musgos, a la humanidad, a la tiniebla.

Eduardo Carranza, que nació en 1913 en los extensos llanos orientales de Colombia, habría tenido que cantar a los aviones o a las bombas atómicas, si fuera cierto que las minucias del tiempo debieran reflejarse en el poema. Tal poesía cataloga objetos que se acaban y desedeña al hombre, sin saber que las ideas pasan y los hombres quedan, con sus paisajes y nostalgias, sus desdichas y triunfos. La voz de un poeta, aún la de aquellos desconocidos y secretos, es siempre una ventana que se abre a ciudades lejanas cuyas cúpulas tienen un brillo proporcional a la entrega de quien la pronuncia.

Carranza publicó en 1936 « Canciones para iniciar una fiesta », convirtiéndose en el portaestandarte del « piedracielismo », movimiento poético que se reclamaba del mundo de Juan Ramón Jiménez. Era entonces un muchacho de 23 o 24 años. En ediciones delgadas, fakirescas, los piedracielistas Carlos Martín, Arturo Camacho Ramírez, Tomás Vargas Osorio, Gerardo Valencia y Darío Samper provocaron un escándalo en Colombia, no porque se dedicaran a asustar monjas sino porque retornaban a la voz de Garcilaso, buscaban en un mundo ideal los ritmos de una poesía que la ciencia, el progreso y la academia habían convertido en un horroroso lánguido camello de papier maché para opereta.

Carranza y los piedracielistas hicieron una pequeña revolución en Bogotá al desnudarse lentamente y caminar flotando por la altiva floresta de nísperos y guamos. Un señor, muy piernijunto él, don Juan Lozano y Lozano, llegó a decir de ese movimiento que « en todo aquel galimatías de confusión palabrera no hay nada de original, nada de estable, nada de duradero. Para quienes tenemos una visión fuerte y grande de esa patria, constituye deber ineludible salir al encuentro de todo síntoma débil, morboso, extraviado, disociador, decadente, erostrático, que aparezca en el horizonte de la nacionalidad ».

Esa patria, esa nacionalidad, es para Carranza a veces « un deseo de llorar y a veces un deseo de cantar ». En las primeras obras del poeta los poemas no pesan y pareciera que se vuelan de la página para dejarla en blanco. Su mundo son olores, perfumes, aromas, sueños, jardines. Por lo que espíritus pesados que llevan siempre un ancla herrumbrosa como corazón, no podían ni podrán comprender esta poesía hedónica.

Estos versos sacudieron la poesía de ese país sudamericano. Hasta ellos y poco antes de aparecer el recatado y maravilloso Aurelio Arturo, autor de Morada al sur, la poesía era una inmensa réplica de basílicas de cartón sobre las que cada día los cultores seudo grecolatinos del país, como Guillermo Valencia y otros menores discípulos suyos, colocaban con énfasis cada vez más asfixiante estatuas de cemento, cruces de acero, madonas de plástico, camellos de elásticas cervices, hermafroditas dormidos.

Los de la Gruta Simbólica, todos ellos malditos, surgieron a finales del XIX para convertirse en la otra cara, mucho más lúgubre aún, de ese ejercicio que los piedracielistas vinieron a airear. En el desván de la poesía colombiana encontraron los fémures tallados y las pelvis con telarañas de Julio Flórez. Después de limpiar, quedaron flores, jardines, muchachas, cabelleras al aire, jugadoras semidesnudas de tenis, observadas con deseo, y eso era, de verdad, un peligro mortal para la patria, según don Juan Lozano y Lozano.

Después, al final, en Epístola mortal, que es uno de los poemas más logrados de su obra, Carranza se rebela contra la muerte. Pasa revista a su vida e invoca a los amigos, a las novias, a los paisajes, para decirnos que « somos antepasados de otros muertos » y que sólo esperamos « el tiro de gracia ».

Esa verdad terrible aparece en todo su esplendor, y Carranza no tiene compasión para hacer sonar las trompetas del juicio. Este largo poema es totalmente disitinto del tono de su obra. Parece un dictado texto de la noche. El fruto de una ebriedad sobrenatural, la prueba de que el poeta es un elegido, un ser dotado de ciertos sentidos secretos. Si la poesía es una terrible enfermedad, Epistola mortal es el síntoma más notorio de que el virus glorioso ya domina su genio. Es la hora del llamado y el poeta, que ya habló con los abismos cóncavos, nos dice la verdad. 
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* Versión reducida y editada de un ensayo más amplio publicado en La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, en México, en 1984, con motivo de la edición de su poesía reunida. (Publicado en La Patria. Manziales. Colombia. Domingo 31 de octubre de 2021)


sábado, 23 de octubre de 2021

LIBRERÍA MI LIBRO DE PABLO PACHÓN



 
Por Eduardo García Aguilar
 
Uno de los rincones más secretos del mundo de los libros en Manizales era la librería Mi Libro que regentaba Pablo Pachón y donde varias generaciones de estudiantes y bibliófilos de la ciudad pasaron en busca de libros baratos y de ocasión, sorpresas escondidas en las estanterías. El dueño era un hombre de baja estatura, moreno, personaje chaplinesco de sombero bombín y corbatín como Leonardo Quijano y sin duda pertenecía a la cofradía secreta de la gente de izquierda en una ciudad donde ellos constituían la más absoluta y sospechosa minoría.
 
Todos recordamos la primera vez que ingresamos allí para curiosear palpando las estanterías a veces empolvadas e iniciar así una larga relación con las librerías de viejo, que tienen siempre la capacidad de seducir a los que ya infectados por la literatura y el pensamiento, pasarán desde entonces ligados a los libros día a día a lo largo de la existencia.
 
El diminuto lugar donde tuvo su sede durante largos años quedaba en la carrera veintitrés entre 26 y 27 y su vitrina era observada con codicia por muchos que no tenían dinero para adquirir los libros y se solazaban al menos observando los volúmenes que Pachón colocaba allí de acuerdo a su caprichoso criterio. Uno se aventuraba a ingresar por lo regular con algún amigo del colegio que compartía la pasión por las letras y ya adentro establecía conversación informal con quien bien podría ser un personaje de novela rusa.
 
En aquel entonces los libros eran una pasión generalizada entre muchos miembros de generaciones distintas y diversas ideologías o creencias, que aun pertenecían a ese viejo mundo del humanismo renacentista de los tiempos de Gutenberg y para quienes las bibliotecas, los libros y las estanterías de finas maderas repletas de libros constituían un signo de elevación y elegancia.
 
Puedo imaginar entonces que todas las figuras del pensamiento y las letras de la ciudad, desde los más excéntricos escritores como José Velez Sáenz e Iván Cocherín hasta estudiantes o profesionales que exploraban más allá de sus disciplinas técnicas, frecuentaban tal vez aquel lugar y sostenían una relación de complicidad con el librero, salido como un duende juguetón de las páginas de una novela tan fascinante e inigualada como El Maestro y Margarita de Mijail Bulgákov, donde Moscú aparecía conmocionada por la llegada de un malevo y retorcido diablo foráneo.
 
Recuerdo haberle comprado a Pablo Pachón la biografía de Carlos Marx de Franz Mehring que yo había visto en la biblioteca de Rubén Sierra Mejía, que estuvo alojada un tiempo en la casa del médico Hernando González, cuando el filósofo hacía sus estudios de posgrado en Francia. Era un libro de pasta dura, azul, muy bien editado y me acompañó varias noches adolescentes de insomnio. Tuve varias conversaciones con él y algunas veces, cuando percibía que uno no tenía el dinero suficiente para adquirir un libro, nos invitaba a llevárnoslo y pagarlo después por cuotas.
 
Sé que aquella librería suscitaba suspicacias en algunas familias que sugerían a sus hijas no frecuentarla porque podían tal vez quedar infectadas por ideas aborrecibles y he escuchado testimonios de personas que la evitaban y la miraban desde lejos con el mismo temor que suscitaba el personaje central de El maestro y Margarita de Bulgákov, un luzbel extranjero de origen incierto que se llamaba Woland y podía hacer todo tipo de trucos terribles de magia negra.
 
Algunas veces me crucé con Pablo Pachón en la calle ya pasado el tiempo y cuando regresaba a la ciudad de visita y teníamos conversaciones cortas de esas que se van apurando mientras se camina por las aceras entre el ajetreo citadino antes de la lluvia. Ahora vuelve a la memoria como a veces vuelve también la figura de otro librero diferente, que era el dueño de la librería Atalaya, situada frente al teatro Cumanday, que un día me regañó con razón porque deseaba cambiar un libro de Bertrand Russel que me había ganado en un concurso escolar por otro de Louis Althusser.
 
Cada ciudad del mundo ha tenido y tiene sus libreros de viejo, bautizados por Gabriel García Márquez como librovejeros, cuando se refería al joven Alvaro Castillo Granada, que es uno de los últimos de esa estirpe y regenta en Bogotá la librería San Librario, ya convertida poco a poco en mito como otras secretas de la capital colombiana, entre ellas la gigantesca Merlín que ocupa una vieja casona del centro. 
 
En Madrid, Praga, Moscú, Trieste, Roma, París, Múnich, El Cairo, Buenos Aires, Nueva York o Londres, bibliófilos, bibliópatas, bibliófagos o bibliomaníacos lo primero que hacen al llegar es buscar uno de esos antros y penetrar en ellos en busca del incunable o la sorpresa nunca soñada.
 
Pero aunque naveguemos en inmensos lugares como las librerías de viejo de la calle Donceles en la capital mexicana, siempre recordamos con emoción esa primera librería de ocasión que frecuentamos de adolescentes, cuando la literatura ya nos había enseñado a volar como en las Mil y una noches o en El maestro y Margarita. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de octubre de 2021.
* Excelente foto que nos descubre a Pablo Pachón en plena actividad en su feliz oficio.

sábado, 16 de octubre de 2021

LA VANIDAD Y EL SILENCIO

Por Eduardo García Aguilar

A veces es bueno recordar para atemperar la vanidad literaria de muchos escritores contemporáneos el destino final de tres de los últimos Premio Nobel del continente latinoamericano, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz, que de la gloria pasaron poco a poco al más trágico otoño y eso que dejamos por fuera a los que no lo obtuvieron, pero fueron grandes como Borges, Carpentier, Onetti, Lispector, Garro, Cortázar y tantos otros. 

Por cuestiones del azar he leído testimonios sobre los últimos días de esos escritores tan queridos por nosotros, de los cuales tanto aprendimos a lo largo de las décadas, embrujados como estábamos por la maestría de sus palabras, su talento e inteligencia. 

América Latina vivió a mediados del siglo XX la insurgencia de una espléndida oleada de literatura de alto nivel que se dio en casi todos los países y logró llegar a España con derechos propios para sacudir, como medio siglo antes lo hizo Ruben Darío, los cimientos de la literatura hispanoamericana. 

Todos esos escritores forjaron sus obras a lo largo de vidas durante las cuales enfrentaron todo tipo de obstáculos e impedimentos, porque nada era fácil en su tiempo marcado por dictaduras, guerras, golpes de estado y otras caóticas peripecias en las que han vivido inmersos el continente y el mundo. 


Vivieron y sobrevivieron a guerras civiles, asonadas, persecuciones y se hicieron a pulso contra viento y marea en la primera mitad del siglo XX. Abrieron grandes caminos y modernizaron la literatura de sus países, basados en la tradición propia, que se nutría de las raíces del siglo XIX, cuando los países eran patrias bobas estremecidas por el caos y la falta de rumbo. 

Además fueron contemporáneos de grandes revoluciones mundiales como la mexicana y la rusa y de dos guerras mundiales atroces que devastaron el mundo y tuvieron el dolor en el corazon de la guerra civil española y la terrible dictadura franquista que sobrevivió hasta los años 70. 

Ellos se nutrieron de la tradición naturalista y criollista en novela y parnasiana y modernista en poesía, pero fueron sacudidos por las vanguardias y la explosión de los estilos y de la palabra con la que se construyen. Leer sus biografías o testimonios sobre sus vidas es leer el siglo XX con sus grandes epopeyas y catástrofes y visitar la pléyade de figuras vistosas que irrigaron antes que ellos los campos del arte, la literatura y el pensamiento continentales. 

La palabra de Neruda era volcánica, telúrica y en su poesía vibraban las placas tectónicas de las tradiciones y las subversiones. Octavio Paz vio con su madre a los colgados de la Revolución cuando fueron juntos a buscar los restos de su padre y esposo, un abogado prozapatista despedazado por un tren en el norte del país. García Márquez vivió la tragedia del 9 de abril en Bogotá y se izó a la gloria desde la pobreza y las carencias de su infancia y juventud gracias a su talento. 

Pero los tres, que tocaron la gloria en vida con sus manos, vivieron sus últimos días signados por la tragedia. 

Neruda, viejo, derrotado, enfermo y perdido tras el golpe de Estado de Pinochet en un hospital donde algunos afirman que lo envenaron. 

Octavio Paz, enfermo y transido por los espantosos dolores provocados por la metástasis, vivió el incendio de su casa y la biblioteca y después agonizó en una casona colonial viendo la caída de la casa Usher con total lucidez. 

Y García Márquez perdió la memoria y al final no sabía quien era ni reconocía a sus hijos e ignoraba que fue Nobel y escribió Cien años de soledad. 

De modo que cuando en pleno siglo XXI uno ve a tantos contemporáneos atareados en las penas tristes de la ambición, la competencia, la envidia y el arribismo literarios, no queda menos que rescordarles que los más grandes, Neruda, Paz y García Márquez, cruzaron los círculos del infierno y vislumbraron tal vez antes de irse lo inocuo de la vanidad. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 17 de octubre de 2021.

domingo, 10 de octubre de 2021

LA SUDÁFRICA CRUEL DE COETZEE


Por Eduardo García Aguilar

El Premio Nobel 2003 J.M. Coetzee narra la desgracia de su país, Sudáfrica, anclado en la guerra y la violencia del Apartheid, que por esas fechas parecía sin solución alguna, tanto el odio entre las partes era profundo. A un lado estaban los negros encabezados por el luchador guerrillero Nelson Mandela, en la cárcel desde hacía décadas, y al otro el gobierno implacable y terco de los gamonales blancos y ojiazules que se negaban a un cambio profundo de la propiedad de la tierra y de la ancestral discriminación racial de la plebe negra.
    Los tres premios Nobel de esa región, Coetzee, Gordimer y Doris Lessing, son blancos, pero a diferencia de los racistas terratenientes que dominaban al país y sumían a la población negra en la esclavitud y la discriminación, tratan de contar a través del género novelístico el drama nacional, profundizando en las entrañas de la violencia ciega y terrible, buscando las razones profundas de las acciones de los negros insurrectos, que no eran mansas palomas.
    Por supuesto que los insurrectos negros sudafricanos cometían atrocidades, pero si lo hacían en la lucha contra el Apartheid era por razones profundas, históricas e ineludibles y la solución al problema no estaba en llenar las cárceles de rebeldes o los cementerios de cadáveres de guerrilleros, o de calificarlos de hijos del Infierno, sino de dar el paso hacia un gran cambio del país, lo que vendría después tras la liberación de Mandela y la llegada al poder de la plebe y la infame turba negra odiada por los hacendados blancos y ojiazules.
    En la novela Desgracia, los negros cometen con naturalidad escalofriante atrocidades contra los blancos. Lucy, la hija del personaje David Lurie, es violada por ellos y despojada cuando era sólo una hippie ecologista que buscaba con ingenuo idealismo acercarse a ellos y vivir en paz en el fondo de la campiña sudrafricana vendiendo flores y cuidando perros. La blanca hippie decidirá aceptar ese acto de sus violadores negros como el impuesto que debe pagar a siglos de explotación y tortura infligida a ellos por los blancos. Lucy quedó además embarazada y decide tener la criatura del abuso.
    En el transfondo la novela aborda esa lucha permanente del deseo, el encuentro violento de los cuerpos, la marca indeleble que deja esa lucha en la natural perpetuación de la especie. Y a través de las angustias sexuales del cincuentón crepuscular nos lleva a reflexionar sobre la vejez y la muerte y sobre el paso del tiempo y las generaciones.
     La lectura de Desgracia nos hace descubrir una pieza maestra de la novela contemporánea que a la vez es profunda y grave, pero llena de ironía, cinismo y humor. Y los diferentes niveles y capas de la estructura narrativa alcanzan para hacer una crítica mordaz al mundo de las universidades y el medio académico con sus intrigas e hipocresías y sus crueles leyes jerárquicas. Y no contento con ello, a través de Melanie, la bella alumna que lo lleva a la perdición, asistimos a la búsqueda de las nuevas generaciones a través del arte, o al tema de la relación de animales y humanos con el retrato de los idealistas de la Sociedad Protectora de Animales que encuentran en esa causa una ventana de salvación.
     David Lurie ha perdido todo y al refugiarse en la finca de su hija se ha encontrado con la verdadera realidad del país en medio de la guerra. De dar clases sobre Wodsworth ha pasado a cuidar perros y a trabajar entre el barro y los excrementos. Su vida ha cambiado drásticamente, pero esa desgracia les ha abierto los ojos a otras verdades.
     Su hija hippie, que acepta imbricarse con el mundo en que viven sus violadores de la plebe negra, es la metáfora de ese nuevo país que tiene que surgir obligatoriamente de la fusión final entre los enemigos, a un lado los viejos explotadores blancos anglosajones que tuvieron que renunciar a sus privilegios de casta y al otro los negros calibanes que por fin tuvieron acceso al poder y a ser ciudadanos en el contexto de una democracia.
     El bravucón gamonal blanco anglosajón, que sólo gritaba y ordenaba con el índice en alto, tuvo que ceder su poder muy a pesar suyo y el torvo monstruo de la rebelión negra aprendió a gobernar. En Lucy se encarna la nueva concordia en que los enemigos de siempre deben aprender a convivir en paz para seguir el ciclo de la historia. Y de esa fusión violenta y terrible tal vez nacerían las nuevas criaturas del futuro.

--- Publicado en La Patria, Manizales, Colombia, el domingo 10 de octubre
de 2021. 


domingo, 3 de octubre de 2021

LA LITERATURA Y LOS DINOSAURIOS

Por Eduardo García Aguilar
 
Al emprender la tercera década del siglo XXI, la literatura parece un "dinosaurio agónico", como bien afirma el poeta y crítico mexicano Sergio Cordero en uno de sus ensayos. En las dos pasadas décadas dominadas por las redes sociales y los medios digitales se uniformizó mundialmente el gusto de los consumidores de novedades y casi en todas partes los libros que circulan como literatura, promocionados por los grandes consorcios con poder mercadotécnico, son en su mayoría textos autobiográficos que tocan temas emocionales para el consumidor. 
 
Esos libros, elaborados con una prosa insípida que parece escrita por momias empolvadas de notarios, dan al lector un producto totalmente uniformizado y masticado para una población robotizada y anancefálica. Las novelas que circulan traen frases claras, cortas, diálogos sencillos, argumentos bien encuadrados con planteamiento, desarrollo y final, como si fueran guiones cinematográficos listos para filmar y están basadas por lo regular en hechos concretos ya ocurridos y archivados.
 
Los consorcios editoriales también expulsan poco a poco a los escritores de sus catálogos, pues la preferencia viene a la publicación de novelas, reportajes o relatos escritos por figuras de la farándula,  la televisión, el deporte o la política que ya de por si traen bajo su escarcela ventas garantizadas. Los escritores que aun quedan en sus catálogos escriben a destajo y por encargo a la orden de sus patrones.
 
Y lo más importante, ya ni siquiera se necesita saber escribir para convertirse en gran novelista premiado, incluso con el Premio Cervantes o el Nóbel, pues el trabajo lo hacen los llamados escritores fantasmas, ghosts writers en inglés, que realizan los libros de esas figuras mediáticas o los editores que contratan ellos mismos para que pongan orden, corrijan y ajusten lo que han escrito con torpeza.
 
Los pobres e ingenuos escritores que aun creen en la literatura y escriben ellos mismos sus obras después de un arduo trabajo y una formación apasionada de décadas, pertenecen a una especie en extinción que desparecerá de la faz de la tierra, como esos "dinosaurios agónicos" a los que se refiere el mexicano Cordero. Esos ingenuos autores quedan relegados al ejército de editores a sueldo o escritores fatasmas que se ven obligados a escribir los textos de los famosos para sobrevivir. Eso ya es moneda corriente en los mundos editoriales anglosajón, francés y ahora en español.
 
Los consorcios preparan sus agendas para las temporadas venideras y éstas se replican de región en región. Es el caso de novelas que cuentan la vida de personajes famosos del pasado o del presente tipo Evita Perón, Marylin Monroe o Frida Kahlo o el gran éxito del best seller francés Emmanuel Carrière sobre la vida del ruso Limonov, que ha inaugurado una tendencia, ahora replicada en todas partes. El autor no tiene que imaginar nada, pues los hechos reales con trama y desenlace final estan ahí para copiar y pegar con prosa insípida.
 
Las grandes editoriales lanzan las novelas de cantantes, ex presidentes, figuras de la farándula y la sociedad, presentadores de televisión o personalidades que han saltado a la fama mediática por éxitos fenomenales, delitos cometidos o tragedias o desgracias vividas. Ninguno de ellos tiene que preocuparse por escribir nada, pues los escritores fantasmas redactan sus obras.
 
Conozco innumerables casos de novelas publicadas con éxito que fueron escritas por esos ghost writers, fantasmas que en Francia ya incluso mencionan las obras famosas de otros, que ellos han escrito para ganarse el pan de cada día. Algunos ghost writers cuentan con humor como los supuestos autores defienden sus obras en la televisión e incluso llegan a olvidar que nunca las escribieron.
 
Alguna vez, cuando se descubrió que la biografía de Ernest Hemingway que circulaba ya como una gran novedad, escrita supuestamente por el gran presentador de la televisión francesa Patrick Poivre d'Arvor, era un plagio casi total de un libro publicado en Estados Unidos, éste tuvo el cinismo de afirmar que ese no era su problema, sino la falla del escritor fantasma al que le habían encargado escribirla.
 
También ha ocurrido que los malos periodistas han terminado por adueñarse con arrogancia del ejercicio novelístico, inscribiéndose en la tendencia ahora mayoritaria de negar la validez de la ficción y encomiar la falta de estilo y el uso hasta la náusea de la primera persona del singular.
 
Hoy ninguna editorial aceptaría novelas como Rayuela de Julio Cortázar o Tres Tigres de Guillermo Cabrera Infante y escritores exquisitos como Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo o José Lezama Lima serían rechazados por barrocos. El entusiasmo literario que acompañaba a esos grandes escritores de la inolvidable pléyade latinoamericana ha quedado para la historia. Y los grandes críticos que los acompañaron entonces como Emir Rodríguez Monegal, Angel Rama, Emmanuel Carballo, José Miguel Oviedo, han desaparecido para siempre.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 3 de octubre de 2021

 
 

domingo, 26 de septiembre de 2021

EL MENSAJE DE LAS HUELLAS HUMANAS


Por Eduardo García Aguilar

El espectacular hallazgo de huellas humanas con antigüedad de 23.000 años en Nuevo México, anunciado el jueves, lleva a replantear la historia del poblamiento del continente americano que hasta ahora, según las pruebas recabadas, se remontaba máximo a dieciséis milenios. Los pies impresos en el pantano fosilizado pertenecen en su mayoría a adolescentes y son tan claros que toda la comunidad científica ha celebrado el descubrimiento, calificado por The New York Times como el más importante en un siglo en la materia.

La fotografía a color de las huellas nos lleva a imaginar a esa horda de humanos que cazaban y jugaban junto a un antiguo lago visitado por perezosos gigantes y mamuts, a donde habían llegado tal vez en larga expedición después de cruzar zonas liberadas más al norte por el deshielo de la corteza polar en tiempo de glaciaciones. 

Todos sabíamos desde que tuvimos el primer contacto con los libros de prehistoria en el colegio que los primeros humanos cruzaron por el estrecho de Behring provenientes de Asia y se instalaron poco a poco en el continente y que las pruebas más claras y antiguas hasta ahora de una cultura asentada y activa en el mismo territorio de este hallazgo reciente, denominada Clovis, se remontaban a unos 13.500 años.

Significa esto que la humanidad ya estaba asentada en el territorio 10.000 años antes de lo previsto y es probable que nuevos descubrimientos en las próximas décadas o siglos retrocedan su presencia aun más. Sabido es que el Homo sapiens salió hace unos 70.000 años desde su cuna africana, explorando las rutas de Medio Oriente, Asia y Europa hasta llegar a Australia hace 45.000 años.

Para los estudiantes de palentología, arqueología, biología, antropología y otras disciplinas se anuncian décadas de nuevas exploraciones y descubrimientos para llenar de relatos concretos esos diez milenios de aventura humana en el continente. Bajo tierra o en cavernas deben estar aun sepultados los vestigios dejados por esos homo sapiens en su irrefrenable éxodo por el continente americano.

Las huellas fosilizadas son pruebas contundentes e irrefutables del paso de seres vivientes por un territorio, ya que otros elementos como tejidos, viviendas o alimentos no resisten el paso de los milenios, pero si esa tribu estaba ahí donde sus rastros acaban de ser descubiertos, es natural pensar que sus ancestros estaban presentes en esos lugares mucho tiempo antes.         

Diversas variantes del homínido dejaron en todos esos territorios huellas de su presencia no solo a través de sus instrumentos, megalitos y entierros sino también de su arte, como las famosas figuras de las llamadas Venus de piedra o marfil, o el arte parietal en cuevas que se remontan en conjunto hasta más allá de los 30.000 años. Algunas de esas Venus estaban representadas con tocados y prendas que muestran que el tejido y la hechura de prendas es mucho más antiguo de lo sabido, así como los instrumentos de hueso o piedra para coser cuero hallados hace poco demuestran el trabajo artesanal muy remoto de la humanidad. 

En América, además de los rastros descubiertos en el norte, en lo que hoy es Estados Unidos, también hay huellas muy antiguas de la presencia humana en el sur de Chile y en Brasil. Después de cruzar todo el continente y poblarlo en unos milenios, la humanidad creó culturas y civilizaciones en diversas partes, las más florecientes y magníficas en el occidente de Suramérica y en México y Centroamérica, sede de grandes civilizaciones estatales dotadas de complejas culturas.

A medida que pasa el tiempo las poblaciones latinoamericanas adquieren un mayor conciencia de ese pasado borrado por las intemperies y en diversos países movimientos de las poblaciones ancestrales, así como estudiantes y universitarios, reclaman una mayor visibilidad y reconocimiento a esos pobladores originarios.

Poco a poco van siendo desmontadas las estatuas de conquistadores o colonizadores y antiguos gobiernos colonialistas y esclavistas reconocen con claridad los errores cometidos en otras épocas terribles de la humanidad. En muchas partes se crean museos que relatan lo que fue el floreciente comercio de esclavos, como una forma de escuchar la voz de los ancestros de amplias poblaciones actuales hasta hace poco marginadas y despreciadas.

Muchos países también reclaman grandes piezas de su cultura antigua, saquedas por las potencias durante sus crueles guerras de invasión. Nada de eso debe extrañarnos, pues es el paso ineluctable del tiempo y la historia. Al mismo tiempo que se descubrían estas huellas ancestrales, los mexicanos retiraban del paseo de Reforma la estatua de Cristóbal Colón para reemplazarla por la escultura monumental de una mujer olmeca, perteneciente a una de las más antiguas civilizaciones amerindias. Las huellas de la humanidad emergen del barro, las rocas y el polvo, dejando así su mensaje a los lejanos descendientes del siglo XXI.
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Publicado en La Patria. manizales. Colombia. 26 de septiembre de 2021.

sábado, 11 de septiembre de 2021

LA GRANDEZA DE X-504


Por Eduardo García Aguilar

El nadaísta Jaime Jaramillo Escobar (1932-2021), conocido en sus inicios como X-504, estaba ahí entre nosotros pero pocos, solo los más entendidos, se daban cuenta porque en Colombia se cree en estos tiempos de narcos y arribistas que la gran literatura del país es la que más vende y produce best sellers o algarabía de lagartos y aspavientos comerciales de egos hinchados de machos alfa. Él, fiel a los pueblos donde nació y creció como hijo de maestro de escuela, y a su pasión por la naturaleza y la vida, no estaba buscando homenajes ni invitaciones ni reconocimientos porque su obra estaba ahí, viva, luminosa y palpitante.

El gran poeta Alvaro Mutis era uno de sus principales admiradores y recomendaba siempre libros suyos como Los poemas de la ofensa (1968) y Sombrero de ahogado (1991), porque la poesía suya era libre y un gran océano de palabras ciertas. Mutis había recibido antes de que se volviera famoso en México y en el mundo el premio Cassius Clay que otorgaban los nadaístas, porque ellos a su vez detectaron en la poesía del creador de Maqroll el Gaviero a otro de los suyos, en cuya obra circulaba la vida y el oxígeno del universo en conexión con el deseo, la podredumbre y la muerte.

Por eso Mutis no perdía oportunidad de recomendarnos en los años 80 a los poetas jóvenes que agotábamos las calles de la Ciudad de México la poesía de este libertario que como él había sido publicista, vendedor viajero, empleado puntual y amante de la tierra caliente, los ríos, la vegetación y el ambiente de los pueblos y las carreteras del país donde se encuentran nómadas, marginados, locos, expresidiarios, maleantes o iluminados de ambos sexos.

Ya en los 70, los adolescentes de los colegios conocimos su poesía o queríamos escribir como él. Como un Matuselén este gran líder de los nadaístas al lado de Gonzalo Arango y Jotamario, entre otros, que nunca renegó del nadaísmo, nos soprprendía cada año con nuevos libros o declaraciones irreverentes que diferían del mundo pomposo y melifluo donde siempre ha preferido estar presa la literatura oficial. Su obra estaba caracterizada por poemas río que fluían caudalosamente por los paisajes de la cordillera, las habitaciones de modestos hoteles o las calles locas de las urbes o los pueblos.

A diferencia de una tradición muy apegada a los cánones decimonónicos y al buen decir del maloliente casticismo de las Academias, o sea el escribir bonito y respetar de manera juiciosa y servil reglas y modelos, la obra de Jaramillo Escobar era rebelde y se salía del cauce para conectarse con las mejores poéticas latinoamericanas libres, que por lo regular se han ejercido en Brasil, Chile, Perú y Centroamerica, abriéndole ventanas al poema para liberarlo de los cinturones de castidad, los corsés, las cadenas de espinas de la tradición. 

Cada poema de Jaramillo Escobar nos invitaba a seguir con él por el camino practicado por los viajeros que de pueblo en pueblo son vigías errantes que todo lo ven y lo captan, el llanto y la alegría, el deseo y la podredumbre, la voz de los de abajo y los sacolevas infectos de los de arriba, las catástrofes y los carnavales. Al leerlo nos invitaba a convertirnos en ermitaños risueños como Diógenes. 

Gonzalo Arango dijo:  “de X-504 se dice que es el mejor poeta de nuestra tradición nadaísta (con perdón de los otros mejores). Es silencioso como un secreto; misterioso como una cita de amor; solitario y profundo como un río profundo. Su seudónimo de placa de carro se debe a su deprecio por la popularidad, y también para que su patrón no lo echara del puesto al enterarse de que era poeta, y además nadaísta”. (*)

Así era el poeta, lejos de la codicia de la fama y de la gloria, lejos de las intrigas literarias, la competencia, gestor durante tres décadas de un taller poético de la Biblioteca Piloto de Medellín, un "raro" que era una de las voces vivas más grandes de la literatura colombiana, al lado de tantos autores de su generación y de otras posteriores que nadie ve porque están ahí firmes viviendo la literatura sin aspavientos ni amarguras, con una sonrisa generosa al aire frente al paisaje y el misterio y la maravilla de vivir. Por eso decía que "la errancia es la única forma de despistar al tiempo. Meter al tiempo en el laberinto de nuestra errancia". 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de septiembre de 2021. Y en La Otra revista. México. 1 de octubre de 2021.
* El poeta X-504 nunca renegó del nadaísmo y la frase definitoria es del profeta Gonzalo Arango (Jotamario dixit).
- Foto tomada de El Espectador.

EL SILENCIO DE LOS QUIMBAYAS



Por Eduardo García Aguilar

Así como en las sagas futuristas de la ciencia ficción, que exploran con la imaginación lo que podría deparar el universo dentro de muchos milenios en planetas desconocidos, uno podría aventurarse a traducir en palabras el atroz silencio dejado por las poblaciones indígenas que fueron exterminadas de tajo o poco a poco en los parajes donde después nacimos nosotros en los Andes. Ya lo han hecho algunos escritores de otros rincones y cordilleras del mundo que han tratado de imaginar la vida de quienes existieron a lo largo de decenas de milenios antes de la Revolución agrícola y el invento de las ciudades, la escritura, las leyes, los dioses y los archivos.  

Los ancestros humanos ya se se habían extendido por todo el planeta, hasta llegar hace 45.000 años a la ignota Australia rodeada por el mar para descubrir un universo desconocido de enormes canguros, serpientes y avestruces y criaturas y vegetaciones nunca vistas por ellos en los enormes espacios donde habían vivido hasta entonces, yendo de un lado para otro entre África, Oriente Medio, Asia y Europa. Ya estaban ellos dotados de las mismas cualidades cognitivas e imaginativas que nosotros poseemos, de modo que ya podemos imaginar lo que sintieron al llegar a aquellos lugares después de cruzar el océano en naves que maniobraban y perfeccionaban desde hacía milenios.

Al final de una larga carrera de éxodos, los humanos llegaron al continente americano aproximadamente hace 16.000 años y como lo cuentan los expertos en solo dos milenios ya se habían extendido por todo el continente desde el estrecho de Behring y Alaska hasta la punta de la Patagonia y Brasil, en una marcha vertiginosa que superaba en velocidad el lento camino de exploración y dominio de los continentes antes conquistados por el inteligente Homo Sapiens. 

Alguna vez  leía con atención el libro de Juan Friede Los quimbayas bajo al dominación española, publicado por el Banco de la República en los años 60, donde se relataba con minuciosos detalles, cuadros e ilustraciones como poco a poco aquellos habitantes prehispánicos fueron extinguiéndose hasta quedar solo unas decenas de  familias y entonces, desbordado de imaginación, el lector adolescente trataba desde las alturas de las cordilleras y el balcón de la ciudad natal de imaginar aquel territorio poblado por ese pueblo increíble que se vestía de oro y brillaba desde lejos con sorberbia magnificencia poética.

Cómo debían de brillar desde lejos los cascos, máscaras, narigueras, collares, pulseras, pectorales y tobillleras áureas de aquellos hombres que sin duda vivían en un paraíso de abundancia, como podemos hoy comprobar al viajar, caminar, marchar por todas esas cumbres, montañas, volcanes y colinas llenas de riachuelos cristalinos y una vegetación deslumbrante como en los largos valles y los cañones del río Cauca, que aun hoy nos sorprenden, pero que entonces debían ser aun más exagerados y mágicos. Los quimbayas fueron solo uno de tantos pueblos que a lo largo y ancho de estas tierras trabajaban y se vestían de oro. 

Todo eso se me viene a la mente ahora que se conoce la noticia de los innumerables entierros, huellas, objetos y rastros de este pueblo hallados por los arqueólogos después de la remoción de la tierra en el marco de extensos proyectos viales y de obras públicas. Se anuncia que todos esos vestigios serán catalogados y expuestos para las nuevas generaciones en la Universidad de Caldas, o sea que no correrán la suerte que tuvieron durante casi medio milenio todos esos hallazgos desaparecidos y dispersos por la codicia de conquistadores, colonizadores y guaqueros posteriores. 

A partir de esos restos salvados habría que traducir ese enorme vacío, ese enorme silencio de los exterminados, que aun por fortuna perviven en los pueblos indígenas de nuestro país. Pues esos pueblos hablaban, reían, sufrían, amaban, hacían fiestas, guerras, tenían mitos, dioses, caciques, sacerdotes, chamanes, músicos y leyendas. Esa gente viajaba, cultivaba, cazaba, comía al calor del fuego, dormía arrullada bajo el sonido de la lluvia y los aguaceros y se maravillaba por la luna, las estrellas, la salida y la caída del sol, los arcoíris y el paso fugaz de metoritos y cometas cósmicos. 

Por donde pasó la humanidad en sus decenas de milenios de avance fue exterminando la fauna que devoraba con avidez a medida que aumentaba la población, aunque había tanto territorio baldío en el mundo que era imposible agotarlo, si creemos a los antropólogos, demógrafos y paleontólogos exploradores de aquellos lejanos tiempos de los que casi todo ignoramos, porque no había aun escritura ni memoria concreta ni archivos ni relatos ni pirámides de quienes vivieron entonces, salvo los frescos de las cuevas de Altamira, Lascaux, Chauvet y otras que se están descubriendo en el sudeste asiático.

Traducir el silencio milenario dejado por esos pueblos siempre ha sido el reto de los científicos que se esfuerzan por encontrar huesos, esqueletos, figuras, rastros, huellas de viviendas y a través de los fósiles de los animales extinguidos que fueron devorados por ellos o por los cambios en la superficie intuir sus actividades y sus modos de vida. Es casi imposible, pero más allá de los científicos que trabajan en los yacimientos bajo la canícula para salvar la memoria, puede desatarse también la imaginación de los creadores de ficción o de los poetas para viajar hacia ese mundo incógnito del que solo nos quedan vestigios materiales sin carne ni voz. 

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* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 5 de septiembre de 2021.