sábado, 18 de agosto de 2012

LAS CUITAS DE UNA JOVEN PROMESA

Por Eduardo García Aguilar *
Lo bueno de ya no ser joven ni promesa, es que el escritor recobra la libertad experimentada cuando en la adolescencia, al dar los primeros pasos en la lectura, escribía para nadie y para nada en los cuadernos escolares mientras terminaban las clases tediosas.
Diversas razones llevan a un individuo a convertirse en lo que otros denominan « un escritor » y que termina por convertirse en una terrible etiqueta de plomo que no deja vivir y es una impostura.
Cuando años después uno reflexiona sobre cómo ingresó de lleno a la literatura, trata de escrutar las influencias paternas o familiares en unos casos y en otros de maestros o extraños a través de los cuales se nos llamó la atención sobre las palabras y comprende entonces que el flechazo surgió siempre del contacto con los libros.
Cuando el padre o un conocido de la familia, o un maestro, o una tía amante de los libros, deja ver la joya entre sus manos y habla de ella con emoción, algún adolescente perdido entre los muchos que rodean el ámbito familiar o escolar pesca la oportunidad y se desboca hacia esas hojas que cambiarán su vida para siempre.
Al entrar en contacto con Las mil y una noches, La Biblia, las tragedias o comedias clásicas griegas o latinas, o las obras de Kafka, Dostoievsky, Herman Hesse, Oscar Wilde, Charles Baudelaire, Rimbaud, Withman, García Lorca, Gogol, Hemingway o Nietzsche, sabe que ya no habrá reversa alguna y que se entró en un terreno hecho para él.
Pienso en esas figuras y obras que de repente poblaron días y noches y nos fascinaron. En el caso de Rimbaud, surgía una identificación con la rebeldía del adolescente que conquistaba el mundo con palabras y se perdía tras de ellas. En el caso de Nietzsche era la voz lúcida del loco que gritaba en medio del desierto contra una humanidad que no lo entendía. Y con Withman, el viejo barbado de overol que cantaba a la naturaleza y a la vida normal, uno se identificaba con la insumisión y la libertad que emanaba de él.
En todos esos ídolos literarios el adolescente encuentra apoyos para enfrentar la estulticia e incomprensión ambientes, la pobreza de espíritu de la mayoría de las personas que lo rodean y no entienden que la luz interior emane como fuego fatuo e ilumine sus noches y su soledad.
Pero el escritor adolescente no ingresa a ese mundo por codicia ni avaricia, sino por insumisión y generosidad, no llega a la literatura para competir y odiar sino para ser y entender, para que sus ojos y su corazón vean y sientan más a medida que pasan los meses, que son eternidades en las arenas aciagas de la adolescencia.
Vive esa libertad, pero pronto, al destacarse entre los suyos y comenzar a publicar en periódicos y revistas o a ganar concursos escolares o nacionales, el joven escritor entra en un peligroso terreno donde puede perder su rumbo, como es el caso de muchos que fueron alguna vez «infectados » por la literatura.
De los primeros pasos titubeantes, del aprendizaje, de la escritura desbocada y caótica pasa entonces a ser estigmatizado con la etiqueta de « escritor », algo que lo separa de los otros, lo enceguece con la vanidad y la ambición y lo conmina a vivir en un terreno aparte, odioso, que lo pervierte y lo aleja de la vida y de la gente. Comienza a creerse un Buda viviente.
Al publicar sus primeros libros se convierte el pobre ex escritor adolescente, ese angel impuro e indómito, en una joven promesa de la tribu, que lo coopta, lo corrompe poco a poco y le hace creer que es distinto, superior a los otros.
Los honores y premios iniciales, la publicación de las primeras novelas o poemarios, la inscripción en listas aleatorias de promesas futuras, como si se tratara de una carrera de caballos, contaminará su existencia y lo convertirá en una bestia de competencia.
Nada peor que ser una joven promesa literaria de un país y ser cooptado por las fuerzas de un orgullo nacional o parroquial, nada más terrible que esa carga que pesa demasiado, cuando los corruptos negociantes del mundo editorial o el poder cultural los utilizan para jugar con ellos en la gallera internacional de las apuestas literarias.
Algunos sabios optan por volver a la vida y al silencio y otros son corroidos por la vanidad y la ambición, por esa fuerza odiosa de abrirse camino a toda costa contra los otros sin escuchar, sin sentirlos, sentados ya como batracios en vanos tronos literarios de donde los sacará la podedumbre.
Nada mejor para una joven promesa que huir a tiempo de ese reino de espejos donde se te rendirá pleitesía mientras corra en el hipódromo y otros hagan las apuestas. Si huye a tiempo será libre, escribirá por necesidad, para ser y revelar, no para rendir cuentas a las esperanzas bobas de una tribu, como si fuese una reina de belleza, un medallista olímpico o un cantante de moda.
La literatura, el pensamiento, la filosofía son algo distinto. Son procesos por los cuales un ser humano trata de entender el mundo y su propio lugar en él. Un escritor, un pensador, es un Diógenes desnudo e irónico que recorre el mundo indagando siempre sin encontrar respuestas. Un escritor etiquetado y autista no será mas que una atroz marioneta de vanidad y ambición que ha perdido y traicionado el brillo del Rimbaud que llevaba dentro en sus inicios.
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* En la foto Gabriel García Márquez recién golpeado por el joven Mario Vargas Llosa.





sábado, 11 de agosto de 2012

AÍNSA Y LA NARRATIVA NÓMADA LATINOAMERICANA

Por Eduardo García Aguilar


Un libro de lectura necesaria en los departamentos de literatura de las universidades y los medios literarios latinoamericanos será tal vez desde ahora el del ensayista Fernando Aínsa, "Palabras nomadas. Nueva cartografía de la pertenencia", recién publicado en Madrid en la colección La Crítica practicante por la editorial Iberoamericana Vervuert, donde el autor se pone en la tarea de investigar lo que ha pasado en la narrativa latinoamericana en los ultimos 30 años, de 1980 a 2012, después del fin del llamado "boom".


A partir de la lectura de cientos de novelas y libros de relatos de autores latinoamericanos en activo, en especial de las nuevas generaciones nacidas a partir de los años 50, o sea desde la generación de Robero Bolaño en adelante, Aínsa nos muestra que el panorama general cambió y los paradigmas y cánones dominantes fueron superados, tales como las literaturas nacionales o continentales que representaron durante décadas la orgullosa identidad de países o regiones afirmados ante el mundo por medio de revoluciones y contrarrevoluciones, entre himnos nacionales y retóricas que al unísono fracasaron, dejando un reguero de sangre y millones de tumbas inútiles.


Con el fin de esas literaturas patrióticas o continentalistas, que nutrían los orgullos identitarios en tiempos de guerras frías o calientes, se difuminaron también los patriarcas de la tribu, los "maestros de la juventud" y los escritores "padres de la patria" o héroes nacionales, en quienes todos se identificaban y a quienes se rendía pleitesía y se construían estatuas como a santos. El modelo era el escritor romántico y guerrero, como Martí, mucho mejor si moría en la trinchera como un mártir.


Antes, en el siglo XIX y comienzos del XX, estos padres de la patria eran ley y el sueño de todo autor era convertirse en uno de ellos y que su nombre terminara en plazas, colegios, edificios, avenidas o aeropuertos. Así como los héroes románticos buscaban la gloria independizando países y creando Constituciones como Bolívar y los héroes de la guerra fría la buscaban muriendo como el Che Guevara en la montaña, haciendo la revolución, los autores soñaban con llegar a ser algún día el engolado patriarca venerado por sus compatriotas o los habitantes de hispanoamérica entera.


Personajes como José Vasconcelos, Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz, Gabriel García Marquez y Mario Vargas Llosa fueron los últimos fulgores de ese escritor nacional o continental convertido en una deidad infalible, que todo lo sabía, tronaba desde los aires como Zeus, y a la que se le prendían velas e incluso podía llegar a ser candidato presidencial como Vasconcelos, Gallegos, Neruda o Vargas Llosa.


Al lado de ese escritor oficial, embajador o candidato, encorbatado y estatuario, también figuraba el modesto escritor provinciano de "Nuestra América", una América idealizada que se afirmaba mientras el mundo viajaba aceleradamente hacia el cosmopolitismo, el fin de las fronteras y cuando el viaje y la comunicación, antes escasas y elitistas, se banalizaban y se convertían en la moneda corriente dominante, con la masiva migración proletaria hacia las potencias, donde el marginal chicano, peruano, centroamericano o colombiano rehacía su vida e incluso llegaba a altas posiciones o a generar un gran poder cultural como en Estados Unidos.


Ese ídolo nacional o continental se derrumbó en estos 30 años analizados por Aínsa y con él la literatura engolada, retórica, el escribir bonito y bien, de manera positiva y patriótica, grave, por lo que se dijo adiós a los escritores encorbatados, solemnes, condecorados, listos en cualquier momento a cantar los himnos nacionales y a morir aplastados por las condecoraciones y los grados honoris causa.


Toda esa era terminó con el Nóbel hace dos años a Vargas Llosa, que, como escribió el mexicano Jorge Volpi en la revista Nexos, fue como la caída de una enorme lápida de mármol sobre la literatura continental.


En su lugar se instaló la ironía y el humor, y triunfó como representante máximo generacional un autor muerto y antinacional, un antihéroe surgido del margen de todos los márgenes, el increíble chileno Roberto Bolaño, quien se resiste pese al mito a subirse a las estatuas y a los nombres de avenidas y plazas. Los escritores ya no se reivindican como latinoamericanos ni cargan obligatoriamente a su patria y escriben una literatura nómada.


Dice Aínsa que "la palabra solemne y responsabilizada del pasado, cede el tono grandilocuente, cuando no retórico de que se creía investida, a la crónica burlona y desacralizada de la aventura del latinoamericano en el mundo".


Y agrega que en estas obras de las nuevas generaciones "se adivina el rumbo de una narrativa cuyas reivindicaciones tradicionales parecen haber sido desmentidas por una historia que ya no se escribe con mayúscula y que se encara desde una perspectiva más modesta, en todo caso aceptando su intrínseca complejidad y preconizando una voraz integración antropológica del rico acervo cultural del continente en abierto intercambio con el resto del mundo".


En el excelente y completo libro de Aínsa se abordan todas esas nuevas literaturas latinoamericanas, donde ingresan los temas musicales y delincuenciales abordados por mexicanos y colombianos, hasta los asuntos excéntricos, ultraliterarios y paródicos en boga en México, Argentina y el Cono Sur en general, cuando no la recanibalización y relectura de las capitales literarias mundiales como París y Nueva York, que son bajadas del mito cortazariano a la terrenalidad de un siglo XXI, acelerado por el viaje y la red internet.


El desgaste de la literatura política, el nuevo cosmopolitismo, las capitales de la diáspora, la pérdida de los referentes nacionales y el viaje permanente en un mundo globalizado, son algunos de los temas fascinantes que con lucidez, ironía y amenidad aborda Aínsa en este libro necesario en medio del caos crítico reinante en las últimas décadas ante una literatura a veces inasible y centrífuga.


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Aínsa, Fernando. Palabras nómadas. Nueva cartografía de la pertenencia. Colección La Crítica practicante. Editorial Iberoamericana Vervuert. Madrid-Frankfurt. 220 pp. 2012

sábado, 4 de agosto de 2012

CUSCÚS ARABE EN BELLEVILLE

Por Eduardo García Aguilar

Ahora en estos tiempos de celebración de las festividades musulmanas del Ramadán, visité Belleville, uno de los barrios populares más bellos de París, donde vive una población mixta de todos los orígenes mundiales, pero predominan árabes y africanos de las excolonias que, por derecho ancestral propio, pertenecen a la nación francesa.

El bulevard Belleville es uno de los más pintorescos y maravillosos lugares de la ciudad, donde los olores y colores orientales nos hacen viajar en un instante a Marruecos, Túnez, Argelia, Egipto, Libia y otros lugares mediterráneos donde hoy reina la religión de Mahoma, pero antes dominaron los faraones, Alejandro Magno el macedonio, los romanos y posteriormente las potencias europeas.

Estigmatizados por los nostálgicos del nazismo o por los cavernarios racistas que aún creen en las razas superiores y puras, los árabes son las personas más sencillas y conviviales y sabias y basta sentarse en el café El Sol bajo el suave bochorno del verano para ver pasar ancianos y ancianas que en sus frentes y miradas expresan la sabiduría de los pueblos sufridos y milenarios.

Ahí en ese lugar típico del barrio donde viví unos años hace tiempo, se dan cita jóvenes y viejos para disfrutar de esta avenida amplia, arbolada, y tomar una cerveza o el delicioso y dulce té oriental de menta que alegra los estómagos y los espíritus.

El patrón de amplio bigote me lleva a la barra para que me tome ahí una foto como si fuese el barman de aquel sitio cuyas paredes estan cubiertas por murales coloridos y festivos de todos los colores y donde suena la deliciosa melodía de la lengua árabe.

Porque los árabes u otras etnias del sur del Mediterráneo aman la fiesta, el tamborileo, la danza de la etnia gnaua marroquí poseída hasta el delirio en homenaje al cuerpo africano de donde proviene, la música de los instrumentos de cuerda y las voces agudas que invocan las tardes interminables en los oasis al calor del dulce dátil y la pastelería meliflua que comunica al paladar con el azúcar del planeta tierra.

Al lado del típico café El Sol, mi preferido, se suceden a lo largo de la avenida uno tras otro los bares desde donde salen las músicas variadas y al frente, cruzando el bulevar, se suceden por su lado los restaurantes de cuscús y tagine, cuyo olor nos llega a la mesa y nos obliga a levantarnos como hipnotizados y cruzar la calle para escoger entre las distintas variedades de la exquisita preparación: tagines variadas, cuscús pollo, cuscús merguez, cuscús cordero, cuscús res o cuscús real que los reúne a todos.

Como durante el Ramadán los musulmanes no pueden comer durante el día, deben esperar hasta la noche para ceder a los impulsos provocados por la fatiga y el hambre rituales. Por eso esta noche los restaurantes todos están llenos de gente y hay cola afuera para merecer una mesa.

Los culinarios del norte de Africa han desplegado en estos días todas sus cualidades para satisfacer a la clientela, que a su vez es tribal y familiar. Todos son primos de alguna u otra forma y para homenajear a Alá, en cuyo nombre se ha hecho el sacrificio del ayuno, los encargados han sacado los mejores manteles y se han aplicado a realizar las mejores preparaciones con la mayor calidad posible, como lo atestiguan los aromas que inundan la calle y siembran felicidad y plenitud en transeúntes y curiosos.

Niños, abuelos, madres, hijas, primos, tíos, todos al unísono festejan la cena y toda la calle se llena de mujeres trajeadas con los largos faldones y los chadores y burkas y mantos prescritos para las hembras por la estricta tradición religiosa machista que se remonta al siglo séptimo de nuestra era y surgió en los desiertos de Arabia y Africa, en el centro de las carvanas de camellos que recorrían las ardientes arenas milenarias.

Me he sentado por fin y he pedido un cuscús merguez, que tiene como centro ese largo chorizo de cordero que reina sobre el plato típicamente magrebí, compuesto por sémola de grano y servido con salsa y verduras, como bien dice el diccionario de la Real Academia de la lengua española, una lengua que es más árabe de lo que creemos.

Después de degustarlo poco a poco y saciar el hambre, pasé a las tiendas de abarrotes del al lado que han sacado a la calle todos los dulces, pasteles, frutas y delicias azucaradas inimaginables como dátiles, uvas pasas, cremas de cacahuate o maní, y pastelillos de infinitas variedades envueltos en miel. La gente saca las sillas a la calle y conversa en la cálida madrugada al son de la música oriental.

Y al final he rematado con un té de menta en esta noche de viernes que me ha hecho sentir más árabe que nunca, porque los hispanos, los hispanoamericanos, a quienes ellos nos tratan muy bien, tenemos todos en nuestras venas la sangre que viajó en los barcos de los conquistadores y se remonta a miles de años de dominio oriental en casi toda España, cuando reinaron allí los Omeyas hasta la caída del último rey moro de Granada, Boabdil, en 1492. Un dominio que brilla aún por los altos niveles de cultura logrados por esa civilización que ahora lucha por deshacerse de los fanáticos.






sábado, 28 de julio de 2012

LOS JUEGOS OLÍMPICOS, BATMAN Y LA GUERRA

Por Eduardo García Aguilar



El mundo se paraliza desde esta esta semana con los Juegos Olímpicos, cuya horrenda inauguración acaparó todas las pantallas, haciendo pasar a segundo plano las crisis económicas, las guerras, la pobreza, la contaminación mundial y el deterioro del planeta, dominado como nunca por los poderes de la plutocracia más depredadora y asesina.


A diferencia de otros tiempos cuando las noticias tardaban y se digerían a través de los diarios y las ondas radiales, el mundo globalizado de hoy en una inmensa e intercomunicada red miltimedia, un videojuego que nos matiene enterados al instante de todo lo que pasa, como si viviéramos en una telenovela de horror permanente.


Los Juegos Olímpicos taparán por un mes los graves conflictos y el polvorín en que está convirtiéndose el planeta, pero en menos de un mes volveremos a enterarnos que vivimos uno de los instantes geopolíticos más decisivos de la historia reciente y que Colombia y Suramérica en general hacen parte del mapa de la codicia de las fuerzas financieras mundiales y tal vez ya figuren en la agenda de las guerras futuras azuzadas por los agentes locales de esos intereses.


El asesino loco de la ciudad estadounidense de Aurora, que se creía el Joker de la nueva versión de Batman, con su cabello pintado de rojo y su mirada de payaso de juguete, es la metáfora perfecta del mundo en que vivimos y de la hipocresía de los grandes industriales del armamento y sus grupos de influencia, que hacen todo lo posible para que las armas sigan vendiéndose libremente y las guerras regionales se reproduzcan como champiñones.


Sectores retardatarios del sistema norteamericano, como los puritanos hipócritas o los ultraconservadores, generan sin escrúpulos el mal que dicen combatir en todas las partes del mundo, consumiendo la mitad de la cocaína que se produce en América Latina y por otro lado facilitando la reproducción de las masacres delirantes de tipo Columbine y Aurora, al permitir que cualquier pelagatos compre las armas como si se tratara de juguetes o bombones.


Y además, ese mismo sistema financiero y político mundial encabezado por Tío Sam y en el que desempeñan gran papel Europa, los países emergentes como China, Brasil, India, o las ricas monarquías árabes, así como la plutocracia rusa, entre otros, alienta cada año el surgimiento de nuevas guerras y conflictos en el mundo para participar en el próspero negocio millonario del armamento, del que viven Estados Unidos, Alemania, Francia y otros países europeos, por un lado, y por otro lado, China, India y otros países emergentes que ganan millones vendiendo tanques, aviones, fusiles, lanzacohetes, municiones, barcos de guerra, minas y todo tipo de instrumentos bélicos y de represión.


A esas potencias les conviene que cíclicamente los países del mundo se trencen en guerras y cuando en una región suenan los vítores de la paz, se precipitan a crear otras en zonas donde no existían o había cierta estabilidad.


América Latina fue durante mucho tiempo centro de guerras locales y conflictos y ahora, salvo en Colombia, México y Guatemala, reina cierta calma, pero los gérmenes de nuevos conflictos azuzados por el odio tenebroso de ignaros líderes fanáticos siguen latentes para cuando los imperios decidan abrir un nuevo campo para sus rentables negocios.


Las guerras de Libia y Siria no son desde ningún punto de vista la irrupción de rebeliones auténticas, sino la cínica estrategia de crear conflictos para poner a funcionar la industria armamentista imperial que destruye todo para que después los gigantes grupos se enriquezcan con la reconstrucción o la explotación del subsuelo. Todo eso sobre un mar infinito de cadáveres, familias destrozadas, niños traumatizados y masacrados, de ingenuos militantes y soldados desaparecidos por miles mientras los líderes mundiales brindan champán en sus encuentros interminables y hablan a favor de una democracia falsa y corrupta.


Las guerras de Irak provocadas por los Bush padre e hijo -famosos magnates petroleros-, las guerras de Oriente Medio y los conflictos en Africa y el sudeste asiático y las regiones fronterizas del sur de Rusia, en torno al mar Negro y el Bósforo, solo son conflictos para definir la repartición de los recursos petroleros y gasíferos del siglo XXI y establecer las rutas futuras del producto. Las potencias mundiales occidentales y ahora Rusia, China e India están creando nuevos bloques para definir como se repartirán las riquezas del susbsuelo de la parte sur del planeta, de las que depende su sobrevivencia y su poderío.


Y por supuesto los Juegos Olímpicos, el fútbol, Batman, las noticias de la farándula mundial, las telenovelas reales e imaginarias que nos cuentan la radio, la TV y la cinematografía hollywoodense, son instrumentos para mantener a la población alienada y ciega, como niños eternos, anestesiada frente a la pantalla chica o grande mientras se fraguan frente a sus casas los horrores del futuro en que estarán involucrados.


Todos aquellos que vivimos en zonas ahora relativamente pacíficas del planeta, no debemos estar muy seguros ni confiados de la permanencia de ese idílico momento. En cualquier instante la guerra puede tocar a nuestra puerta y ponernos en una deriva de horror como la han vivido Irak, Afganistán, Libia, Siria, Chechenia, Georgia, Pakistán, Costa de Marfil, Mali, Chile, México, El Salvador, Guatemala, los Balcanes, y decenas de países que son y serán la carne de cañón de las nuevas guerras por el botín planetario del subsuelo.





miércoles, 25 de julio de 2012

LIBROS ERÓTICOS Y LIBERTINOS

Por Eduardo García Aguilar




Hay una larga tradición de libros libertinos que se remonta a los tiempos de la Roma Imperial y al despunte de la modernidad en el Renacimiento, obras donde fluye el cuerpo con total libertad, bajo improntas paganas primero y luego demarcándose de la represión inquisitorial y la rigidez religiosa imperante a lo largo del medioevo.


Solo basta ver las ruinas de Pompeya, sus frescos y objetos cotidianos para comprender que el arte del amor hacía parte esencial de la vida cotidiana de patricios y plebe : imágenes desbordadas de erotismo en paredes, vasijas y superficies diversas, cuando no representaciones en pequeñas esculturas, muebles, camafeos e instrumentos de la vida diaria.


En los miles y miles de vasos griegos expuestos en el Louvre y otros museos se reproducen las crudas escenas del coito en todas las posiciones posibles entre personas de ambos o del mismo sexo. Obras de una perfección fascinante que nos maravillan hoy porque representan un culto al cuerpo atlético, radiante en todo su vigor juvenil, a través de ninfas, efebos, venus, gigantes, héroes hercúleos, guerreros o madonnas.


En Grecia la filosofía se practicaba en bacanales libertinas que vemos bien descritas en los diálogos de Platon, donde el ebrio Sócrates va de puerta en puerta libando y llega al destino para seguir la fiesta y discutir y pensar al calor del vino y la orgía sexual.


En la Roma Imperial se superaron todos los límites y en el Coliseo Romano el erotismo llegó al máximo sadomasoquista con gladiadores sudorosos que combatían y morían descuartizados en la arena ante el público expectante, con sus pieles sudorosas que brillaban bajo el sol veraniego.


Y en el Renacimiento, en Venecia y otras ciudades, los libertinos estaban al acecho enmascarados y disfrazados practicando la aventura de la seducción y la fiebre de buscar a toda costa el placer desbordado.


De esa era datan ya grandes textos como el Decameron o los poemas de Aretino, así como las Memorias secretas donde se cuenta en detalle la deriva sexual de los amantes en la lujuria y la fornicación.


La era de la Ilustración, o sea el Siglo de las Luces, refinaría ya al máximo el arte del libertinaje a través de cientos de novelas anónimas o firmadas, donde se cuentan las aventuras eróticas de todas las clases, practicadas al escondido de las leyes y las reglas morales en vigor. El gran Giacomo Casanova sería una de las máximas leyendas de esa práctica aventurera, a la que se une luego la más excesiva de todas bajo el nombre del gran Marqués de Sade, quien imaginó todos sus atrocidades en las cárceles a donde fue confinado por sus abusos.


La biblioteca de la Pleiade de la editorial Gallimard publicó en dos volúmenes una muestra de las principales novelas libertinas de la Ilustración dieciochesca, escritas a veces por grandes autores que prefirieron ocultar su nombre tras un vistoso seudónimo.


Algunos se destacan allí como el gran novelista libertino Retif de la Bretonne, y otros como Dorat, Nerciat, Godard de Beauchamps, Meusnier de Querlon, Boyer d’Argens y Gervaise de Latouche, entre otros, que publicaron libros prohibidos como Teresa Filósofa, El pie de Fanchette, el Nieto de Hércules o El niño del burdel, La Mesalina framcesa y La costurera Margot, que aparecían en ediciones clandestinas ilustradas con detalle por grabadores de talento y fueron conservados secretamente en el famoso « Infierno » de la Biblioteca Nacional de Francia.


Esas novelas libertinas del siglo XVIII son además estudios sociológicos de la sociedad de su tiempo, que presagiaba ya la Revolución y el fin del viejo e injusto régimen aristocrático bajo la Monarquía, agotado ya desde hace tiempo.


Luego vinieron los escritores decadentes de fines del siglo XIX y a comienzos del XX grandes maestros del erotismo y las literaturas prohibidas como Oscar Wilde y Marcel Proust, cuyo En busca del tiempo perdido es un amplio fresco de la pasión erótica prohibida.


En nuestra época Roger Vadim y Klaus Kinski son herederos contemporáneos de Casanova y Sade. El realizador Vadim es muy claro en sus Memorias, pues desnuda sus amores con hermosísimas mujeres, íconos máximos del siglo XX como son Brigitte Bardot, Annette, Chatherine Deneuve y Jane Fonda, entre otras, todas absolutamente espectaculares, mitos deseados de la pantalla moderna.


Vadim se dio el lujo de poseer y tener hijos con los tres más bellos símbolos sexuales de su tiempo, Bardot, Deneuve y Jane Fonda, actriz que a sus 75 años de edad declara tener una activa vida sexual, con lo cual anima a los ancianos y a los miembros de la tercera edad a no dejarse morir en la inactividad y reclamar su derecho a una vida sexual libre y feliz.


El actor Klaus Kinski, en su libro Yo Necesito amor, publicado por Tusquets en la colección La Sonrisa Vertical, nos muestra la desesperación de un hombre que pasa su vida día a día buscando hacer el amor a toda costa con todas las mujeres que se cruzan por su vida, desde mucamas a princesas.


Su obra, como la de todos los libertinos, es el relato de una búsqueda de cuerpos, de las ansias locas de amor, de los amores que nacen y mueren, el dolor de amar, separarse, vivir solo, y sobre todo de la impronta genética del deseo que signa a los humanos con su tinta indeleble. Su consigna es dejarse llevar por Eros, porque la vida se acaba rápido y nadie podrá lamentarse ya de lo no hecho cuando ingrese a la nada.

jueves, 19 de julio de 2012

EN LA CASA MOSCOVITA DE LEON TOLSTOI



Por Eduardo García Aguilar

A sus 86 años de edad la señora Valentina Ievguenievna respira con dificultad, sentada en un banco junto a la mesa del comedor de la planta alta, en la casa moscovita de León Tolstoi. Uno diría que el viejo maestro acaba de salir a cortar leña en el amplio patio y está a punto de regresar de un momento para otro. La anciana guía que trabaja en esta casa desde hace 30 años y gana un salario modestísimo de 3.000 rublos se levanta y arrastrándose sobre sus babuchas se acerca al piano donde se apoyaba Chaliapin para cantar.
Comienza a explicar cómo se salvó a los treinta años el autor de Resurrección de ser devorado por una osa cuya bella piel café yace al lado del instrumento con su rostro agresivo, el hocico abierto y una mirada de animal malherido.Tolstoi se enfrentó a la bestia pero falló el primer tiro y cayó en sus garras, de las que pudo liberarse al dispararle por segunda vez. Días después unos cazadores dieron muerte al animal y al descubrir la bala comprobaron que era la osa que casi lo mata y le regalaron esa piel que ahora sigue intacta en el salón de recepciones de la planta alta donde solían recibir a los invitados y hacer fiestas y veladas aristócratas y gitanos, bohemios, revolucionarios y señoras de la alta sociedad.
Todo eso lo cuenta doña Valentina con lujo de detalles: que la vajilla era de Limoges, que a Sonia la mujer le gustaba la gente rica y a Tolstoi los pobres y los marginales, que cuando Chaliapin cantaba se apagaban las velas y temblaban los vidrios, que el maestro se enfurecía cuando perdía una partida de ajedrez, que sus hijas lo apoyaban en sus generosos propósitos y su esposa y sus hijos hombres cuidaban el patrimonio que él quería regalar a los pobres. El salón de arriba tiene los cuadros, muebles y adornos originales que pudieron conservarse dado que el museo en honor del gran novelista fue creado poco después de su muerte por iniciativa de su mujer y los hijos.
Uno se imagina las fiestas y las tertulias celebradas allí, en uno de los lugares donde por décadas alrededor del patriarca se reunía el mundo artístico e intelectual de Moscú. Más allá está la elegante sala alfombrada y llena de cuadros y muebles lujosos de la matrona Sonia y al fondo el cuarto de huéspedes. Y tras seguir por un corredor uno se topa con los cuartos de la hijas, la ropa antigua de las mujeres de la casa, la bicicleta Rover que el maestro conducía por Moscú, las amplias columnatas cubiertas de azulejos de la calefacción de madera, las habitaciones de los domésticos, mientras afuera caen poco a poco las hojas ocres del otoño.
Y en una esquina de la casa aparece de repente el delicioso estudio de techo bajo donde escribió sin cesar el escritor entre candelabros y mullidos sofás de cuero negro, lugar en que pasaba la mayor parte de su tiempo la conciencia nacional y el autor más sagrado, querido y admirado por los rusos. En un armario se ven las amplias camisas de algodón, las botas negras y los instrumentos de zapatería que usaba el aristócrata rebelde para jugar a ser zapatero remendón.
Al bajar las escalinatas hacia la planta baja, otra anciana salida de una novela de comienzos de siglo XX con un viejo gorro de astrakán reemplaza a Valentina Ievguenievna y explica con lujo de detalles la enfermedad de Vania, el último adorado hijo de Tolstoi, muerto niño a causa de la escarlatina y cuyos cuadernos, lápices, dibujos, juguetes y otros objetos están muy bien conservados en una habitación dedicada especialmente al que según la leyenda parecía llamado a ser el heredero espiritual de su anciano progenitor. También se ve el comedor familiar, un oso embalsamado en cuyas manos luce una pequeña tabla redonda donde los invitados dejaban sus cartas de visita, y, colgado como si hubiera llegado ya el maestro, el enorme e inconfundible abrigo negro de piel.
Tolstoi nació en Yasnaia Poliana en 1828 y murió en Astapovo en 1910 a causa de una neumonía que contrajo al escapar de casa y caminar solo entre la lluvia y el hielo. De él nos ha quedado esa imagen de abuelo eterno de luengas barbas blancas y ojos de cegatona opacidad. Es el arquetipo decimonónico del escritor nacional que todo prospecto de literato trata de emular desde la adolescencia y el ejemplo más nítido de lo que es la gloria literaria, cuando un hombre encarna a una gran nación y en este caso a Rusia, la patria de Iván el Terrible y Pedro el Grande, del fabuloso Kremlin de rojas murallas y doradas cúpulas ortodoxas.
Ahora que por primera vez en la vida y después de muchos sueños piso por fin la casa moscovita del admirado genio, una sensación de gran familiaridad nos invade. Es como si toda esa historia tantas veces leída se hubiera concretado y él fuera un viejo abuelo cascarrabias y tierno que recibe a un lejano nieto y lo invita a recorrer por el patio cubierto de hojas otoñales. Tolstoi está ahí y palpita entre nosotros casi cien años después de su muerte. Se pueden escuchar sus risas, sus palabras roncas, la tos seca de invierno, el crepitar de las chimeneas, mientras las abuelas que reinan en esta casa y cuidan los floreros y limpian los muebles, nos cuentan con minucia su vida cotidiana y el largo crepúsculo que lo fue envolviendo hasta la eternidad de la gloria.
Ya pronto la nieve cubrirá esta tosca y enorme casona de madera y el patio donde él jugaba con los nietos y los perros y partía con hacha la madera para las calderas de la calefacción. No lejos de ahí, por la calle Nueva Arbat o la imponente Treviskaia despunta la nueva Rusia de avisos y pantallas luminosas y tiendas de lujo, mientras las limusinas y los autos de lujo de mafiosos y nuevos oligarcas se pavonean orondos con sus chicas de oropel y los rascacielos rompen el nuevo paisaje futurista de la capital de un rico imperio dispuesto a seguir siendo protagónico en el mundo.

sábado, 7 de julio de 2012

EL MAGNÍFICO ESPLENDOR DE ESTRASBURGO

Por Eduardo García Aguilar


Hay ciudades que nos maravillan desde el principìo y que en cada visita nos provocan aún más emoción por la variedad de sus joyas arquitectónicas, la situación geográfica y el entorno paisajístico y humano. Tal es el caso de Estrasburgo, donde el visitante comprende lo que ha significado Europa en su larga historia llena de avances y retrocesos, descubrimientos y oscurantismos, guerras y fiestas, y cuya principal característica es una rica cultura popular inagotable que se iza desde los oficios más humildes y simples a las fastuosas catedrales góticas construidas a lo largo de los siglos.

Una romería incesante de visitantes recorre día a día el esplendor de esta capital legislativa europea, ciudad principal de la región de Alsacia y Lorena, que a lo largo de los siglos fue disputada por alemanes y franceses en guerras atroces que causaron cientos de miles o tal vez millones de muertos.

La gente de todas las regiones del planeta queda fascinada ante la belleza de la enorme Catedral gótica de piedra rosada, cuya fachada está llena de gárgolas, imágenes, representaciones esculturales de las historias bíblicas que pueblan cada uno de sus recovecos, vericuetos, ángulos, pasajes, convirtiéndose en un sueño o una pesadilla de la imaginación.

Adentro es aún más impresionante la experiencia a medida que se filtra la luz de los vitrales bajo los grandes arquitrabes o se visita el inmenso reloj donde las horas son representadas por mecanos fantasmagóricos que parecen moverse por fuerzas misteriosas o se observan las antiquísimas obras escultóricas o las columnatas flamígeras.

En torno a la catedral se suceden unos tras otros los palacios de los reyes y de grandes familias, como Rohan y Broglie, que dominaron a lo largo de los siglos esta zona cubierta de una vegetación viva que se nutre de múltiples canales y de una red fluvial dominada por el famoso Rhin, cantado por tantos poetas y escritores y que es una de las venas principales del continente.

Visitada por cinco Emperadores, el último de los cuales Carlos V, esta rica encrucijada europea situada a un lado del Rhin ha vivido desde su fundación en tiempos romanos un auge permanente de creatividad y comercio, reflejado en la variedad de huellas arquitectónicas y artísticas que la signan. Junto a las torres y fortalezas que defendían a Estrasburgo, bañadas por las aguas del río Ill, que al llegar ahí se divide en cinco brazos, se ven las bellas casas de la Petite France, que representan la típica arquitectura de vigas aparentes, como si surgieran del cuento de Hansel y Graetel o de otras historias fraguadas por los contadores de cuentos infantiles de tradición germánica.

Son casas parecidas a adornos de chocolate o tajadas de un delicioso pastel de fiesta infantil que fascinan por su originalidad y están ahí desde hace siglos, desde los tiempos del medioevo. A veces parecen escenografías para una película de Tim Robbins.

La riqueza de esta ciudad, a donde cada semana llegan medio millar de diputados y miles de asesores a debatir en largas sesiones los destinos del continente, se ve también en la vida de los inmigrantes que enriquecen el sincretismo cultural. Arabes, paquistaníes, rusos, españoles, latinoamericanos llenan bares y restaurantes, escuelas y calles, plazas y bulevares, convirtiendo la ciudad en una torre de babel de turistas y aventureros.

Pero lo que más impresiona es la danza cultural que se refleja en sus diversas zonas, la tensión cultural que se ve en los grandes espacios donde están situados los palacios construidos durante la dominación germana o donde se ve la impronta de la Revolución francesa, ya que fue aquí, en Estrasburgo, donde se cantó por primera vez La Marsellesa.

En un abrir y cerrar de ojos se pasa del medioevo a la época clásica, del Imperio romano germánico a la era francesa de Luis XIV y de ahí a los tiempos de la Primera Guerra Mundial o los de la nefasta ocupación nazi. Razones estas suficientes para que albergue uno de los tres poderes de la Comunidad Europea, que pese a la crisis, sigue construyéndose con esperanza.


domingo, 17 de junio de 2012

VIAJES NOSTALGICOS A BOGOTA

Por Eduardo Garcia Aguilar


Dos o tres semanas después de la muerte del padre Camilo Torres en 1966, mi padre me invitó a acompañarlo a hacer sus gestiones y trámites burocráticos en ministerios y juzgados de Bogotá, a donde iba varias veces al año. A los doce años de edad hablaba y escuchaba hablar de política, que era, es y será la mayor afición nacional, o sea que me convertía ya en un pequeño ciudadano que se enteraba poco a poco de los dramas del país.

Por eso el viaje era iniciático, para introducirme a los arcanos de la patria, a los sitios históricos de su leyenda, llevarme a los recintos sagrados como el Capitolio Nacional, el palacio de San Carlos, el Teatro Colón, la Casa del Florero, la quinta de Bolívar y recorrer con él por cafés como El Pasaje, donde pululaban vestidos de oscuro, todos de corbata, sus amigos del Partido Liberal y del Movimiento Revolucionario Liberal, al que mi padre pertenecía en su versión línea dura.

Años antes nos hospedábamos en el Hotel Savoy, por la Candelaria, pero esa vez lo hicimos en el Hotel Continental de la Avenida Jiménez. Me encantaba ese ambiente, sobre todo a la hora del desayuno y el almuerzo en el restaurante, el ajetreo de los meseros, el aroma de comidas diferentes a las rutinarias de la casa, el sonido de las vajillas y el tintineo de los cubiertos dispuestos en las amplias mesas acicaladas.

Desde la habitación observaba los cerros y las alturas de Monserrate y me delectaba con la bruma dócil que los cubría. Ahí abajo estaba el centro vital del país, el cruce de las arterias energéticas de la Colombia moderna del Frente Nacional, las sedes de El Espectador y El Tiempo, el Banco de la República, la gobernación de Cundinamarca, la librería Buchholz, situada en un edificio moderno donde había un molino que giraba y le daba al paraje aires de un pequeño Times Square.

Había mucho ajetreo en la carrera séptima y lo que más me gustaba era la esquina de El Tiempo, donde se decidían en ese entonces los destinos del país. Ahí cerca, al frente, habían matado a Jorge Eliécer Gaitán y mi padre me llevó a ver la placa en una ceremonia ritual, como lugar del martirio simbólico más importante del siglo XX, cuya impronta todavía sufrimos los colombianos.

Me gustaba ver el caos citadino, la gente, estudiantes, muchachas con sus uniformes cruzando como hormigas atareadas bajo los edificios enormes, burócratas, voceadores de periódicos, emboladores en acción y policías de tránsito en medio del enorme ruido de arterias como la carrera décima y la Avenida Caracas, por donde cruzaban raudos los trolebuses rojos que echaban chispas atados a cables eléctricos.

Me encantaban los aguaceros interminables que convertían las arterias en ríos desbordados y el caos que seguía mientras los atascos detenían a los vehículos que al escapar empapaban a los tanseúntes agitados o a quienes se guarecían del agua frente a tiendas de ropa, ferreterías, papelerías, expendios de empanadas, buñuelos, almojábanas y chorizos, comederos baratos de bandeja paisa, ajiaco o sancocho.

De las veces que fui a Bogotá de niño quedaban varias fotos en blanco y negro de hacía unos cuatro años, en 1962, cuando caminaba por la Séptima con mi madre y nos captaron los fotógrafos ambulantes. Por toda la carrera Séptima pululaban estos profesionales, algunos de ellos vestidos de modestos trajes, camisa blanca y corbata, muy simpáticos, ágiles y profesionales.

Como en esos primeros viajes nos hospedábamos entonces en el Hotel Savoy, era obligatorio pasar todos los días por la Casa del Florero, donde se dieron los acontecimientos míticos que condujeron a la independencia de España, según indicaban los manuales escolares. Al visitar el museo de la Casa del Florero, mi padre me aclaraba los detalles históricos y después al salir me llevaba al palacio de San Carlos, la sede presidencial en ese entonces, donde estaba la placa relativa a la "nefanda noche septembrina", cuando el general Bolívar hubo de escapar a una asonada saltando por la ventana, mientras su amante Manuelita Sáenz se enfrentaba con los rebeldes, dispuestos a matar al Libertador.

Subíamos luego a la Quinta de Bolívar al pie del cerro de Monserrate, donde en un abrir y cerrar de ojos viajaba hacia el siglo XIX y podía palpar casi la presencia del héroe, las bucólicas conversaciones de los próceres, el olor a lavanda de las heroínas de cabello largo, el relincho de los caballos.

Una vez, caminando por la carrera Séptima, vimos a Carlos Lleras Restrepo, el candidato presidencial liberal del Frente Nacional para las elecciones de mayo, que salía de un carro negro frente al Parque Santander y entraba con paso lento de paquidermo a una farmacia situada al lado de una oficina de la Registraduría, ante el estupor de los curiosos, hombre de muy baja estatura, redondo, encorvado, calvo y de inconfundibles gafas circulares de carey.

Pero lo más fuerte y nostálgico fue sin duda esa visita al lugar donde mataron a Gaitán. Nos recogimos ahí en ese instante y papá me contó su versión de los hechos. Por eso todos esos días fueron para mí un excelente curso de historia patria. Imaginé y palpé a los precursores de la independencia, a Los Comuneros de José Antonio Galán, a Antonio Nariño y el sabio Francisco José de Caldas y a ellos se unieron para siempre en mi memoria los nombres de Jorge Eliécer Gaitán y el padre Camilo Torres, solo dos nombres más en la interminable lista de los talentos desperdiciados del país.

sábado, 2 de junio de 2012

LA REINA ISABEL EN EL MUSEO DE CERA

Por Eduardo García Aguilar
Todas las generaciones del mundo tienen algo que ver con la Reina Isabel, pues desde los más ancianos hasta lo más jóvenes del planeta han oído hablar de ella algún día, tanto que muchos piensan que tiene incluso más aura que el Papa y tal vez mucho más que su congénere el longevo dictador cubano Fidel Castro.
     Este sábado y domingo ella cumple 60 años de reinado, unos cuantos menos que su antecesora la famosísima reina Victoria y las celebraciones del jubileo se han desplegado en Inglaterra con lujo de ceremonias y detalles que convierten a ese país en uno de los más exóticos del planeta.
     Sin duda alguna su imagen y permanencia son remanencias de la potencia que algún día tuvo Inglaterra en el mundo, cuyo imperio abarcó regiones de todo el orbe y dominó durante mucho tiempo los mares del planeta. Nada se hacía sin el consentimiento o influencia de Gran Bretaña, incluso en lo referente a la independencia de Hispanoamérica de España, que fue encabezada por agentes de Londres, como lo fueron en su momento Simón Bolívar y Francisco Miranda.
     Varias generaciones de humanos la hemos visto impasible recibir a lo largo de las décadas a todos los jefes de Estado del mundo y cada país puede decir que la totalidad de sus presidentes en los últimos 60 años se inclinaron ante ella alguna vez en el Palacio de Buckingham, así como su propia tierra se asombra que más de una decena de primeros británicos desde Wiston Churchill a Tony Blair y David Cameron han ascendido al poder y caído del mismo ante su impasible mirada de soberana.
     Isabel II vivió la guerra, conoció la destrucción de múltiples edificios y barrios de ciudades de su país y tras ascender al trono en 1953 ha vivido todos los acontecimientos de la posguerra, estando en primera fila de los conflictos, informada de los secretos y las prioridades de Estado, de las debilidades y soberbias humanas, lo que la ha convertido sin duda en un modelo de jefe de Estado, o sea aquel sabio que mira con suma frialdad los acontecimientos y piensa antes de actuar de manera ponderada en beneficio de su país y los súbditos.
     Con cuanta lejanía miró la soberbia de la odiosa Margaret Thatcher, que la odiaba a su vez y con cuanta impasibilidad asistió a la caída de la autoritaria política británica, adalaid de las ideas neoliberales y de la guerra con las Malvinas, entre otras cosas, una mujer nerviosa, acomplejada, arrogante, de acciones intespestivas y aventuradas que muchas veces no beneficiaron a nadie.
     La reina de los británicos es un dinosaurio en los paisajes abruptos del siglo XXI: ha tenido todas las riquezas y las joyas, ha recibido todas las venias, ha visto desfilar miles y miles de colaboradores en sus aposentos, centenares de ministros y probablemente decenas de miles de embajadores provenientes de las más exóticas regiones, pero al final sólo se sentirá a gusto cuando camina en botas por la campiña paseando sus perros o mirando las carreras de sus caballos con la alegría de la infancia.
     Debe aburrirse en esos palacios con fantasma que, según dicen quienes los han visitado, huelen a rancio y donde la vida transcurre en medio del chirrido de puertas, muros, techos y pisos como en las novelas de terror en las que son tan duchos los ingleses desde los tiempos de Frankenstein, de Mary Wolsonecraft Shelley, pasando por Oscar Wilde y su Retrato de Dorian Grey hasta las películas del gran Alfred Hitchkock y muchos más creadores.
     Hay algo que nos asombra en ella y es la dignidad y la discreción que hace parte de su fondo, porque el poder y la altura real hacen parte de su vida y se aúnan a su cuerpo, a su piel, sombreros, trajes inamovibles que cambian cada día de colores y tonos y matices y terminan convirtiéndose en la moda básíca del espíritu nacional, porque la gran mayoría de sus súbditos la aceptan como una especie de mediadora, madre y abuela de la nación, matrona aristrocrática de la patria, última reina verdadera de un mundo ido que se niega a partir y puede aún renacer como en las grandes sagas de ciencia ficción y en los mundos secretos de las fantasías de Tolkien.
     Mientras todos sus familiares a su alrededor han cometido graves errores, como su tío el pronazi que dejó el trono por amor para casarse con una estadounidense divorciada, o el príncipe Carlos, que martirizó a Diana, inocente víctima de la dinastía, o su esposo Felipe, conocido por sus malos chistes y las metidas de pata, o sus nueras o hermanas escandalosas, la Reina ha sabido hacer su trabajo como una burócrata impasible fiel a su rango y objetivo.
     Pero a la vez representa un mundo odioso, el de una aristocracia vampira que vive del erario público y ha acumulado a lo largo de generaciones una fortuna lograda entre sangre y tortura, guerra y con la arrogancia de las naves piratas y oficiales que ejercieron el pillaje a través de los siglos.
     La Reina Isabel es la descendiente de un poder de corsarios que chuparon las riquezas del mundo en todos los puntos cardinales y dejaron tras partir ruinas y miseria como en India, Egipto, Oriente Medio, Africa, Asía, y tantos países o segmentos de países donde se instalaron con su insolencia para hacer sus negocios e imponer tiranuelos de ilimite crueldad.
     La sangre hecha vertir por Inglaterra para solidificar su imperio en los tiempos de gloria podría llenar mares y lagos enteros y la miseria y la humillación de los desposeídos en su propio territorio fue la base humana para el éxito de esa Revolución Industrial que trituró millones de seres humanos en aras del progreso y la ganancia, como lo contó muy bien Charles Dickens.
     La Reina Isabel es el emblema final de ese pasado atroz basado en la injusticia, las castas, la explotación y el abuso de los imperios que hoy aún conquistan y atacan en lejanas regiones de ultramar para acumular riquezas tal y como lo hicieron los piratas y los corsarios que son el emblema verdadero de la monarquía británica.

                                                                                *****





domingo, 27 de mayo de 2012

ATGET: EL FOTÓGRAFO RESCATADO POR LOS SURREALISTAS

Por Eduardo García Aguilar
En la foto que le tomó la joven Berenice Abbot poco antes de su muerte, el fotógrafo Eugene Atget (1857-1927), que pasó gran parte de su vida en las calles de la ciudad trabajando con una explosiva vieja cámara de trípode, se ve como un desgarbado artesano pobre y viejo de mirada escéptica y leve guiño de cinismo. Atget parece tolerar a esa bella joven admiradora estadounidense, discípula del gran Man Ray y amiga de los surrealistas, que fotografió a los grandes artistas de su época antes de convertirse ella misma en ícono del siglo XX y a quien debe su fama posterior, pues compró a su muerte casi 2000 fotografias del viejo y las llevó a Nueva York para que fueran expuestas y publicadas con rigor académico, admiración y cuidado.
     A lo largo de su vida vendió sus fotos y "documentos" a pintores, museos y oficinas de gobierno, que las utilizaban para sus propios fines, pero nunca se consideró un artista. De joven, Atget, después de pagar su servicio militar y viajar como marinero incluso hasta América del Sur y Oriente, soñó con ser actor y pintor y tras fracasar en ambos objetivos, se dedicó tardíamente, a los 32 años, a practicar la fotografia como una forma simple y algo divertida de ganarse la vida en aquellos años difíciles de precariedad, guerra y desempleo.
     Sencillo, sin elegancia ni altivez, este artista al final de su vida fue objeto de admiración de los surrealistas, fascinados por sus fotografías de vitrinas, fachadas, calles, cabarets, burdeles y prostitutas desnudas y su minuciosa captación de los rincones más antiguos de la ciudad que estaban a punto de desaparecer. En algunas portadas de la revista "La Revolución Surrealista", los seguidores de Breton reprodujeron imágenes suyas y los artistas de Montparnasse comenzaron a comprar y a coleccionar algunas de sus impresiones.
     Como en un juego de sueños y pesadillas, el hombre rechazó fijarse en las grandes avenidas que abría la modernidad o fotografíar paisajes brumosos o castillos de sueño para concentrarse en fijar para siempre los rincones más sucios y perdidos de los barrios, allí donde pululaban miserables, marginales, borrachines, poetas y personajes pintorescos. Para un latinoamericano, estas imágenes impresionan además porque vemos con detalle la ciudad callejera que vivieron personajes nuestros como Rubén Darío o Jose María Vargas Vila o leyendas locales como los poetas Verlaine y Mallarmé.
     Con Atget y su cámara uno pasa por los orinales públicos visibles en cada esquina de las plazas, mira las carretas de tracción animal afectadas por el surgimiento del auto, observa los afiches de licores que fueron prohibidos luego como la absenta o la Kola-Coca y aprecia fachadas de viejas tiendas que incluso sobrevivían desde los tiempos de la Revolución, con sus preciosas vitrinas llenas de muñecas, pefumes, sombreros, ropas de época, jabalíes, conejos, perdices, vinos, quesos y frutas. Se ven entradas de famosos bares y cabarets desaparecidos como el legendario Infierno, escaleras de casas a punto de ser derruidas, así como la miseria de los que recopilaban basura en los extramuros de la ciudad, colocaban el novedoso asfalto sobre las avenidas o vivían en las periferias hacinados en abandonadas caravanas de inmigrantes y gitanos.
     La ciudad en 1898 y 1899 estaba siendo abierta para instalar el metro subterráneo y crear nuevas vías aéreas y avenidas, por lo que Atget pudo captar en directo las ruinas del pasado que se iba, la vida antigua que se diluía. La ciudad se convierte así en un escenario desolado lleno de muros caídos, ropas destrozadas, ollas rotas, juguetes dañados y muebles abandonados. Mientras otros fotógrafos más famosos tomaban fotos de nobles, funcionarios o cortesanas en fiesta palaciega o se dedicaban a medrar en los sitios del poder y el dinero, él estaba del lado de los pobres y de la ciudad normal de la vida cotidiana.
     Atget vendió baratas esas fotografías a la Biblioteca Nacional de Francia, que ahora, con motivo de los 150 años de su nacimiento* las saca al fin de sus archivos y las expone en la primera gran retrospectiva hecha por sus compatriotas y compuesta por unas 350 piezas de un total de casi diez mil imágenes acumuladas a lo largo de su vida.
     Su modernidad radica precisamente en que utilizó la magia de este arte para ver la realidad en vez de esconderla o dulcificarla. La fotografía, inventada ya desde los años 30 del siglo XIX, se había convertido en una práctica de moda entre gentes adineradas que viajaban o captaban sus festines o en empresa aplicada al retrato, por lo que este loco que pasaba horas fotografiando calles y plazas sucias, clochards, vendedores y prostitutas fue un personaje algo risible y olvidado que nunca imaginó su fama futura. Lo que prueba una vez más que no son siempre los más famosos y triunfadores en vida los que pasan a la historia, sino los auténticos creadores que tienen otra mirada sobre las cosas ante la indiferencia de sus contemporáneos y los expertos del momento.

* La exposición en la Biblioteca Nacional fue en 2007.



viernes, 18 de mayo de 2012

IN MEMORIAN CARLOS FUENTES

Por Eduardo García Aguilar
Carlos Fuentes dedicó toda su vida infatigable a abrir caminos y ventanas a traves de su ágil prosa moderna, una de las más innovadoras, curiosas y rebeldes del boom al lado de la de Julio Cortázar, cerca del cual reposará en el cementerio parisino de Montparnasse.
Su obra es vastísima: novela, relato, cuento, ensayo, teatro, panfleto político, aforismos, reflexiones. Vivió intensamente la literatura y fue un humanista de izquierdas, sensible a lo que ocurría en América Latina y siempre alerta ante las derivas de un capitalismo a ultranza egoísta y autoritario.
Merecía de sobra el Nobel de literatura, pero las intrigas políticas de sus adversarios lograron que la Academia Sueca lo ignorara. Apenas ahora empezaremos a enteder su importancia y a experimentar la falta que nos hará por su insaciable modernidad y curiosidad, su cosmopolitismo, generosidad y batallas quijotescas.
Lo leí por primera vez siendo un adolescente, cuando cayó en mis manos una edición de Cambio de piel, publicada por Mortiz, cuyo olor y textura de papel no olvido. Sus reflexiones sobre la literatura latinoamericana en los años 60 y 70 lo mostraron también en ese momento como un excelente crítico y observador de los cambios que se experimentaban en la narrativa continental, cuando conquistaba a Europa y al mundo.
Después me maravillé ya viviendo en México con el ambiente de Aura y sus exploraciones varias sobre la capital mexicana, donde viví tres lustros, y que reconocí y palpé en muchos de sus textos. Luego siguieron tantas obras suyas, unas notables, otras menos, en las que no temía experimentar hasta el delirio y derivar por los laberintos temibles y las olas desbocadas de la prosa. Un narrador también tiene derecho a esquivocarse y él no temía fallar.
Vivía de ciudad en ciudad, fue un diplomático elegante y notable de su generación y además de novelista y cronista, como abogado y estudioso de las ciencias políticas, fue atinado conocedor de los problemas geopolíticos. Con él se dialogaba siempre sobre las peripecias del mundo y por fortuna fue de una sola pieza en sus convicciones sociales, aunque algunos adversarios lo calificaran injustamente de "dandy guerrillero".
Amaba París y sus callejuelas y decidió quedarse para siempre allí en el Cementerio Montparnasse, donde como algunas criaturas del reino animal construyó su propia tumba con anticipación, al lado de Tristan Tzara, Topor, Cortázar, Sartre y Beauvoir.
Nunca olvidaremos su sonrisa, ese aire tan mexicano, tan veracruzano, tan chilango, tan trotamundos, tan judío errante. Es uno de los grandes autores latinoamericanos del siglo XX, en la tradición de la poligrafía y el humanismo y su valor como escritor crecerá poco a poco porque su obra estaba llena de vida, no era una construccion artificial de cartón piedra ni estaba atada por retóricas apolilladas a los cánones usuales.
Es un ejemplo para todos los escritores latinoamericanos: su ambición literaria no tenía límites, cada día acrecentaba su obra, llenaba páginas y en sus archivos siempre había proyectos imaginarios.
Abierto, tolerante, siempre atento a los otros, estuvo del lado de la sociedad y combatió a las derechas abusivas e intolerantes que dividen y discriminan. Y en la prosa vivió en la nave del relámpago eligiendo los caminos más escabrosos e impredecibles.
Nunca tendremos los latinoamericanos palabras para agradecerle su presencia en nuestras vidas y como alguien dijo, lo veíamos tan activo, tan invencible, que pensábamos que era inmortal y siempre estaría allí seduciéndonos con su palabra y su presencia. Hacía poco estuvo en Cartagena de Indias bronceado y activo hablando con el público del Hay Festival y una semana antes de su súbita muerte discutía y reflexionaba en Buenos Aires como sabio que espera el ineluctable fin, pero siendo fiel a ese joven que ya era conocido en el mundo al albor de los años 60 por La region más transparente y La muerte de Artemio Cruz.
Una amiga periodista lo vio hace poco en el restaurante Lipp de París en Saint Germain de Prés y me dijo que bromeó mucho cuando algunas de las jóvenes presentes le decían que seguía siendo muy apuesto y hubieran querido tener un affaire con él. El erotismo fue uno de sus temas y en su obra el sexo, el cuerpo y el amor estuvieron siempre presentes, como en Diana o la cazadora solitaria, donde el Don Juan o el Casanova inveterado que había en él relata su affaire con la bellísima y malograda Jean Seberg, la que vende el Herald Tribune por las calles de París y ama a un inolvidable malevo llamado Belmondo.
Fuentes fue un personaje de nouveau roman y del cine de la nouvelle vague. Un héroe de esa gran
década revolucionaria de los 60, donde todo cambió y que aún dicta paradigmas culturales en pleno siglo XXI. Una estrella de rock. Fue también uno de los mejores amigos y cómplice de Gabriel García Márquez, con quien trabajó en su juventud haciendo guiones de cine. En cierta forma fueron hermanos y vecinos durante 50 años. También estuvo cerca de Milan Kundera, con quien tiene analogías literarias.
Era de la estirpe de los modernos. Supo del dolor más atroz al perder a dos de sus hijos y enfrentó las tragedias como un grande casi bíblico, hasta que la parca se lo llevó en México D.F. La innombrable lo hubiera podido fulminar en cualquier otra ciudad del mundo, pero escogió a la que fue "región más transparente del aire" como lugar para darle la última estocada.
Lo extrañaremos siempre y en el futuro será leído por los modernos de otras épocas por venir. Literatura en carne viva, fuerza proteica de la prosa, espíritu abierto y tolerante como los grandes humanistas desde Erasmo y Voltaire hasta los de hoy y del mañana.

sábado, 5 de mayo de 2012

EL CREPÚSCULO DE UN NOBEL MEXICANO

Por Eduardo García Aguilar
Octavio Paz fue durante mucho tiempo en México una especie de padre escuchado, un maestro del que todos aprendían mucho, aunque también un ogro temible que no perdonaba a sus enemigos ideológicos o literarios. A veces lo mostraban en las caricaturas como un furioso dios griego rodeado de rayos y centellas que regañaba a sus súbditos.
En esos tiempos Paz se había acercado al poder y olvidado sus juveniles ideas progresistas y casi toda la intelectualidad de su país lo criticaba por su cercanía con la gran cadena Televisa y su amistad con los grandes figuras del partido gobernante, mientras era muy severo con los candidatos, intelectuales o personalidades de izquierda, a las que fustigaba día a día en la prensa.
En ese sentido era muy valiente, pues no le importaba luchar solitario contra lo que en ese entonces se consideraba lo "políticamente correcto". Uno podía estar en desacuerdo con él, pero respetaba su espíritu polémico y la buena prosa con la que emprendía sus batallas en las décadas posteriores a mayo de 1968 y el auge de las ideas del Peace and Love y el sueño revolucionario. Al final de su vida luchaba contra los molinos de viento de la izquierda, a la que consideraba ya vencida para siempre.
Cuando se celebraron con pompa sus 70 y 80 años, los suplementos literarios publicaban fotos donde se le veía al lado de su gran amor, la esposa francesa gracias a la cual su vida se equilibró y continuó sin parar rumbo a los éxitos literarios y sociales. En esos últimos treinta años, la vida de Paz hubiera sido otra sin ella: se observaba en las fotografías, en el claro amor que los unía a través de un pacto de vida iniciado cuando se conocieron en la India bajo la canícula, junto a las ruinas milenarias, un amor que muchas veces se reflejó en su obra poética.
Paz era un anciano lúcido, inquieto que nunca se inclinaba o se fatigaba en las batallas intelectuales. Era también un verdadero ejemplo de fuerza literaria, ambición y espíritu polémico, capaz de abordar todos los temas del momento cuando el mundo experimentaba grandes cambios culturales, terminaba la guerra fría, el mundo bipolar, se hundía el bloque soviético y parecía terminar para siempre la historia, como decía Fukuyama. Las comunicaciones se hacían más veloces y la globalización se extendía y dominaba todo y ese nuevo orbe cultural lo fascinaba.
Inspirado en varios pensadores antitotalitarios como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort, defendía a la democracia occidental y combatía las ilusiones generadas en América Latina por el régimen cubano, la imagen crística del Che y la lucha armada guerrillera en busca del poder. Saludó las revoluciones en los países del Este, el combate de Lech Walesa en Polonia y celebró la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética. En eso por supuesto tenía razón, aunque el combate por la democracia lo llevó como a muchos a cerrar los ojos a los abusos de las potencias occidentales y a desconocer la legitimidad de las ideas y combates sociales de izquierda que expresaban el profundo dolor infligido a los débiles por las fuerzas triunfantes del capital y de un Occidente militarizado, egoísta, soberbio y acrítico. 
Los acontecimientos del siglo XXI han vuelto a desenmascarar los abusos de ese capital triunfante, impune y arrollador, que llevó a la ruina a muchos países y puso en jaque a la propia Europa y develaron, como lo hizo Wikileaks por ejemplo, las mentiras y atrocidades ocultas cometidas por el poder imperial estadounidense bajo el gobierno de los Bush a nombre de la "libertad".
La nueva ola de manifestaciones de los indignados en Europa, equiparables a las revoluciones románticas de 1848 en ese continente, mostró también en 2011 que la historia no había terminado y era legítimo combatir y rebelarse contra los horrores de las fuerzas arrogantes de occidente supuestamente "libre". Y evidenció además que se puede luchar por la justicia social y la defensa de la naturaleza sin ser calificado de totalitario o ingenuo y que el capitalismo y la sociedad consumista gerenciada por los corredores de bolsa requieren controles, sin que ello signifique regresar al viejo estatismo del comunismo derrotado. Incluso hasta Keynes y Marx renacieron de sus cenizas en la primera década del siglo XXI.    
En los últimos años, después del Nobel, a Paz se le veía más reconciliado, pues había triunfado en todos los frentes: el izquierdismo que criticaba con saña parecía ir entonces hacia la ruina ideológica, el mundo se reconstruía en otras placas tectónicas culturales que parecían dar razón a ciertas derechas y, de hecho, la Academia Sueca le dio en Nobel como una forma de cerrar el capítulo de Neruda y García Márquez, colombiano este último a quien Paz no quería e ignoró en su revista Vuelta cuando obtuvo antes que él ese preciado galardón sueco.
Pero durante todos esos años su poesía y algunos de sus ensayos, como Los hijos del limo, Los signos en rotación, El arco y la lira, Cuadrivio, entre otros muchos, fueron claves para los lectores. Siempre fue una delicia leerlo cuando se refería a otros autores y a la literatura o el arte en general. La parte política de su obra era menos interesante y perecedera, pues transcurría en ese fangoso terreno movedizo de las emociones, por lo que con sus contrincantes no hubo acuerdo ni síntesis posible.
Paz murió convencido del triunfo final del capitalismo y de las ideas neoliberales, sin intuir que unas décadas después, en medio de la crisis, las ideas de izquierda renacerían de sus cenizas a comienzos del siglo XXI y volvería a ponerse de moda la lucha por la justicia social en toda América Latina, gobernada por presidentes de izquierda, algunos hasta ex guerrilleros o sindicalistas, que obtuvieron el poder por vía electoral. Le hubiera sorprendido también a Paz el auge de las ideas religiosas y el surgimiento de nuevos fanatismos teocráticos que reemplazarían en partes del mundo antes dominadas por los soviéticos las ideas de izquierda contra las que combatía.
Pero Paz tuvo suerte de haber nacido en un país milenario y complejo, un faro prehispánico y colonial, lo que le hizo posible escribir una bella y profunda obra poética y ensayística que perdura más que su ideario político. La imagen en el mundo de México ha sido tan fuerte como la de Egipto, Japón o la India y por eso pudo abordar desde ese faro nacional los ejes en rotación de su cultura y escribir obras maestras como Piedra de sol y muchos otros textos poéticos, además de establecer lazos con la India y Oriente en varios de sus libros. La literatura y el arte lo salvaron de los demonios de la política y la ideología. 
Las ideas políticas pasan y por fortuna los hombres, el arte y la poesía quedan, por lo que haber vivido de cerca en la capital mexicana el crepúsculo de ese escritor combativo y a veces injusto fue una fortuna para muchos, que aprendimos con su prosa a polemizar y a equivocarnos.







sábado, 21 de abril de 2012

LA GRAN FIESTA DEL LIBRO EN BOGOTÁ

Por Eduardo García Aguilar
La Feria Internacional del Libro de Bogota (FILBO) cumple ya un cuarto de siglo posicionándose como uno de los acontecimientos más venturosos para la cultura del país y en esta ocasión con una excelente programación internacional con importantes autores anglosajones europeos y latinoamericanos.
La XXV Feria está dedicada a nuestro hermano y gigante Brasil, cuya literatura siempre ha tenido vasos comunicantes con la colombiana, a través de los fantasmas de Machado de Assis, Jose Lins do Rego, Joao Guimaraes Rosa, Jorge Amado, Clarice Lispector y una pléyade de poetas entre los que se destacan los concretos, Ledo Ivo y el gran Vinicius de Moraes, que nos hace siempre muy felices.
Juan David Correa, autor de una novela iniciática y un relato notable sobre la tragedia de Armero, ha logrado coordinar un programa pleno de diálogos y presentaciones de novedades, encuentros y sorpresas, entre las que se destaca el lanzamiento del número 12 de la revista Granta en español, dirigida en Barcelona por Valerie Miles y Aurelio Major, que busca replantear ciertos aspectos de la narrativa colombiana contemporánea en un debate que sin duda causará polémica.
He tenido la fortuna de ser invitado desde el inicio en unas cinco ocasiones a esta fiesta de la literatura y el libro, dos veces cuando  fue dedicada a México, otra en un encuentro en torno a periodismo y literatura y con motivo de una reunión de los llamados por Rafael Humberto Moreno Durán « autores colombianos de la diáspora ».
Cada feria, más que un riguroso y sesudo motivo de poner a funcionar el cerebro hasta incendiarlo, es la oportunidad de volver a encontrar amigos y descubrir nuevos, ser golpeqdo por los rayos del amor y el deseo, revisitar la entrañable capital colombiana con sus viejos y nuevos bares, sus librerías de viejo y salir de allí enriquecido de anécdotas inolvidables.
Me ha tocado viajar desde México con Elena Ponatiowska, quien estaba convencida que Bogotá era una capital tropical como Managua y venía trajeada con un huipil oaxaqueño de tierra caliente y sandalias, por lo que se sorprendió cuando le dije que era todo lo contrario y se iba a morir de frío en la helada altiplanicie de los chibchas.
Esa noche Poniatowska movilizó en la madrugada a todo el hotel porque se estaba congelando y al día siguiente aseguró que fue robada por un carterista, por lo que se había quedado sin un céntimo. Esa vez participê en una mesa en la que estaban presentes ella y Juan Cruz, el autor canario español que descubría también por primera vez a Bogotá, en ese entonces conocida por los terribles atentados del Pablo Escobar y la matanza generalizada sin límites, por lo que se le veía aterrorizado antes de aclimatarse para siempre.
En otra ocasón el viaje de México a Bogotá fue muy divertido porque me tocó compartir con Carlos Monsiváis y Sergio Pitol, amigos ambos de toda la vida y que durante el viaje jugaron como dos adolescentes. Al llegar a las Residencias Tequendama, donde por lo regular se hospedaban los invitados, comentamos que al llegar al aeropuerto nos había tocado hacer cola detrás de la diva manizaleña Amparo Grisales, de quien se decía había sido novia del galán mexicano Jorge Rivero.
Monsivaís, que era una caja de bromas y cantinfleos, empezó a cuestionar de una forma muy graciosa y midiendo con los dedos los atributos masculinos del actor de telenovelas, haciéndonos desternillar de risa a Pitol y a mi, ante el asombro del futbolista Alfredo Distéfano y el dibujante Quino, quienes estaban en la mesa de al lado.
Luego hicimos con Pitol una fiesta en mi habitación con Oscar Collazos, Felipe Agudelo, Alfonso Carvajal y Guido Tamayo, en la que bebimos la botella de tequila Herradura añejo que traía bien empacada para la ocasión y donde pasamos revista con el futuro Premio Cervantes a la situación de todas las literaturas habidas y por haber.
La feria tenía la costumbre de recibir en viejos tiempos, como en una sala de visitas, y bajo patrocinio de su coordinador Guido Tamayo a los invitados que venían del mundo o de las diversas regiones del país, por lo que allí nos cruzábamos con Fernando Charry Lara, Ramón Illán Bacca, R.H. Moreno Durán, Fanny Buitrago, Alberto Duque López, Luis Fayad, Darío Ruiz Gómez, Fernando Cruz Kronfly, Germán Espinosa, Juan Manuel Roca, Isaías Peña, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque, Evelio Rosero, William Ospina, Hugo Chaparro, Triunfo Arciniegas, Octavio Escobar y Jaime Echeverri, entre muchos otros autores del país.
A lo largo de este cuarto de siglo han cambiado muchas cosas en el panorama literario del mundo y de Colombia. El carácter artesanal de las viejas ferias, iniciadas con las exposiciones librescas del Parque Santander en los tiempos antediluvianos, se trocó en un gran encuentro industrial de cifras y una carrera de caballos donde cuenta más el éxito que la profundidad, el escándalo que la refexión serena, la farándula que la modestia profunda de los sabios.
Es tanta la proliferación de publicaciones y tan fuerte el blitzkrieg propagandístico en torno a algunos escasos y afortunados autores, que la literatura colombiana queda asfixiada y termina por ser la convidada de piedra de la Feria.
Tal vez por eso la presentación del número 12 de la prestigiosa revista Granta en español, dedicada esta vez a « las armas ocultas » de la literatura colombiana, sea un motivo para que desde fuera y con mesura crítica, vuelvan a barajarse las cartas de la narrativa del país, como en el número 11 de la misma Granta se barajaron las de la narrativa joven latinoamericana.

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 * Publicado en el diario La Patria el domingo 22 de abril de 2012

sábado, 14 de abril de 2012

CUBRIR LA GUERRA EN EL PLAYÓN DE LA MUERTE


Por Eduardo García Aguilar
La primera y única vez en la vida que tuve la osadía de intentar cubrir una guerra fue en El Salvador, cuando en las calles de la capital, desde el Bulevar de los héroes hasta los suburbios o el mercado, o en el temible Playón de la muerte, donde yacían esqueletos y cadáveres putrefactos de centenares de víctimas, se sentía la tensión permanente, la pólvora de la muerte y se podía rebanar el aire con un cuchillo.
Acababan de matar a monseñor Romero y la guerra llegaba a límites de violencia inconcebibles. Los jóvenes sospechosos eran ejecutados en las calles por francotiradores, cualquier movimiento nervioso podía ser malinterpretado y provocar retaliación, las balaceras estallaban en los lugares más inesperados y todos sin distingo desconfiaban de los otros, en un círculo infernal donde un segundo decidía la vida o la muerte.
Ahora que en Siria volvieron a morir perodistas aventurados que trataban de cubrir los acontecimientos y que ya olvidamos a los fotógrafos y reporteros muertos en Libia, Afganistán, Irak, Chechenia, Gaza o los Balcanes, rememoro esos extraños instantes del joven escritor arrastrado hacia la aventura de cubrir una guerra.
Los jóvenes son por lo regular la carne de cañón de la reportería de guerra, aunque hay muchos viejos veteranos amantes de la adrenalina que cubren a lo largo de la vida conflictos y sobreviven de milagro en el intento, personajes extraños, solitarios, de novela, que pasan lustros en hoteles, acompañados por una botella de whizky y nunca saben cuando les llegará el turno de ser convocados hacia el más allá.
Uno de esos personajes me recibió con sonrisa irónica una mañana en el Hotel Camino Real de San Salvador, a donde fui a acreditarme en la Asociación de corresponsales extranjeros. Era un anglosajón enclenque que no llegaba a los 50 años, pero ya parecía viejo, y cuya contextura frágil no correspondía para nada con el modelo de corresponsal de guerra. Me ofreció un whisky y me dio una camiseta donde estaba escrito : « Soy periodista, no dispare ».
Bajé luego al lobby del hotel, donde tenía cita con uno de esos corresponsales de película estadounidense, un argentino con aires de Don Juan post-gardeliano que lucía un chaleco antibalas, llevaba suecos y posaba al lado de una bella amante joven, antes de partir a una peligrosa misión en el frente de guerra. No diré el nombre del argentino, pero era lo opuesto al encargado de la asociación de corresponsales, quien deambulaba con su botella de whizky debajo del brazo, polos de una misma aventura novelística, ejemplos de esos duros que viven y mueren cubriendo los conflictos y que el primíparo corresponsal interroga en busca de los arcanos del fascinante oficio de ver y contar en medio del peligro.
Con una credencial militar en la mano, donde la oficina de prensa del ejército indicaba no hacerse responsable por mi vida, partí a entrevistar a uno de los sacerdotes jesuitas de la Universidad Católica José Simeón Cañas, algunos de cuyos colegas serían después masacrados por los paramilitares. Y uno de ellos, mientras conversábamos y caminábamos por el campus, me mostraba a los « indicadores », los « orejas » y me conminaba a ir al Playón de la muerte antes de escribir cualquier cosa sobre el tema.
« Hay tres tipos de periodistas – me dijo el padre Pedraz -. Los buitres, los orejas y los otros ». Tomé un taxi y me dirigí a ese tenebroso sitio en las laderas de lava negra de un volcán apagado, donde se podía ver esqueletos, calaveras con mechones de pelo, pedazos de cuerpos de soldados o guerrilleros con uniformes y cinturones, asediados por gallinazos y perros gordos que se alimentaban de sus cuerpos bajo la canícula.
Creo que esa visión de la mortandad, apocalíptica, inimaginable, inconcebible, ese olor mortecino, atroz, nauseabundo, la presencia de perros y gallinazos gordos, representan el momento más terrible e iniciático de mi vida, y significan el primer contacto directo con la guerra, una revelación que todavía me estremece, cuando otras guerras surgen y se apagan cada año en este siglo XXI para mantener viva la maquinaria de la industria armamentista.
Al regesar a la ciudad no paré de vomitar. La visión de centenares de cadáveres o restos de cadáveres, tal vez miles, me dejó en estado de náusea y durante varios días no pude comer y perdí peso, atento cada instante, con la mirada desorbitada, a la bala que me sacaría del mundo.
En una roca me senté una vez y me pregunté que estaba haciendo ahí. Pensé en los míos, en los amigos, dudé, pero seguí allí cargado de adrenalina, aferrado a los viejos teletipos, yendo de un lado para otro con un fotógrafo vasco que acomodaba las calaveras para que las fotos le salieran bien.
Años después el destino me llevó a cubrir las negociaciones de paz en México y en un hotel del sur de la capital azteca vi entrar y salir e interrogué a los mismos protagonistas que negociaban una paz que se obtuvo y se firmó con pompa en el Palacio de los Pinos bajo patrocinio de la ONU y de México.
Ahora los ex guerrilleros del FMNL gobiernan el país con Mauricio Funes, después de esperar con paciencia la llegada de la alternacia, y respetan la democracia de la misma manera que los ex enemigos juegan el juego electoral y cedieron el poder. Los conflictos son otros, las bandas y las maras del narcotráfico asedian, pero el Playón de la muerte y la guerra desatada son cosas del pasado.