Por Eduardo García Aguilar
La editoral Uniediciones en su colección Ladrones del tiempo, dirigida
por el escritor francés Stéphane Chaumet, publicó en el marco de la
pasada Feria del libro de Bogotá la novela Las rutas de Ifigenia, quinta
en la lista personal y sobre cuya escritura quisiera hacer una pequeña
recapitulación, ahora que aparecerá en el otoño de 2020 en inglés, traducida por Jay Miskowiec y publicada por Aliform Publishing, pues cada libro tiene su propia historia accidentada
desde que aparece el embrión de la historia, crece y se modifica con el
tiempo hasta concretarse y nacer.
La historia de una Ifigenia colombiana
ya había tenido vagos bocetos anteriores cuando emprendía en México la
escritura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el
camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos
años.
Como suele ocurrir en la mayoría de los autores desde los tiempos de
Sófocles y Esquilo, las historias surgen de la infancia y la
adolescencia y del descubrimiento y el sufrimiento del mundo en campos,
pueblos o ciudades donde transcurrieron los primeros años de la vida y
que son el microcosmos de toda existencia cargada de alegrías, dramas,
guerras, injusticias y tragedias sin fin. En cada lugar por enorme o
pequeño que sea se encuentran estructuras esenciales como son familia,
religión, escuela, manicomio, cárcel, poder, ejército, policía, oficios y
artes, viaje, exilio, amistad, amor y muerte, entre otros muchos
aspectos.
Todas las vidas de los habitantes de ese microcosmos esencial son
atrapadas y trituradas por estructuras que son como un caleidoscopio
centrífugo de existencias y cada vida sigue por caminos inescrutables e
impredecibles, unos hacia el auge y la caída ineluctable, otros a la
desaparición prematura o la lejana senectud. Padres e hijos, familiares,
amigos siguen diversas rutas, que son la dinámica básica de la que se
han nutrido las historias de los libros de ficción de todos los tiempos.
Es lo que se cuenta en La montaña mágica de Thomas Mann, La marcha de
Radetsky de Joseph Roth o en Los ríos profundos de José María Arguedas.
En esas canteras vitales los autores tratamos de reconstruir en un
momento dado el pasado, escrutar los destinos de nuestros ancestros o
los contemporáneos y las taras y miserias que marcan la historia de la
región o el país de donde somos originarios. Unas veces los autores
crean para tomar distancia países o ciudades imaginarias y otros por el
contrario deciden nombrar todas las cosas por su nombre. El reto es
tratar de enfocar la cámara a un segmento caracterizado por la unidad de
lugar y de tiempo, donde podamos ver como en el microscopio la
evolución de los microorganismos.
En este caso quería volver a contar a mi ciudad Manizales tal y como ha
sido con sus calles, paisajes y edificios emblemáticos, casonas
centenarias, sin olvidar la vegetación que la rodea, los aguaceros y las
nieblas y la vida de unos adolescentes que despuntaron al mundo en una
época muy especial, la de los últimos dos años de la década de los 60
del siglo pasado, cuando la humanidad llegó a la Luna en julio de 1969,
hace medio siglo, un acontecimiento que sacudió al mundo y aun sigue
vigente. Se abría entonces una nueva era que desquiciaba las sólidas
tradiciones familiares del patriarcado y liberaba las fuerzas de los
jóvenes en medio de una desbordada liberación sexual, despego de las
religiones y poderes establecidos, y deseos de cambio radical en el
marco de la Guerra fría, lo que llevó a muchos a lanzarse como mártires
en aventuras armadas y subversivas, inspirados en figuras crísticas como
el padre Camilo Torres y el Che Guevara.
Apenas unos lustros antes Colombia había salido de otro terrible
episodio de la Violencia entre liberales y conservadores, pero de nuevo
los tambores de la guerra volvían a sonar. Ante el estupor de los viejos
progenitores involucrados en la guerra reciente, la trituradora de la
historia llevó entonces a la tragedia a miles de jóvenes de las clases
medias o bajas, unos en el remolino del rock, la salsa, las drogas y la
liberación desenfrenada de los cuerpos, otros en la búsqueda del arte,
el teatro y la poesía o en la delincuencia, y otros a morir o perderse
en el deseo del martirio por una causa imposible, manipulados por
fuerzas mundiales que los sobrepasaban y que no comprendían.

Muchos jóvenes se perdieron, se sacrificaron, se malograron,
enloquecieron, suicidaron, murieron, fueron ejecutados y triturados
causando el llanto de los progenitores como en las tragedias griegas. El
choque fue frontal entre padres e hijos, entre autoridades e
instituciones y las nuevas generaciones, como siempre ocurre en los
intersticios de las épocas conflictivas que surgen tras relativos
tiempos de estabilidad. La guerra vivida y sufrida por los mayores en
los años 40 y 50, cuyo punto crucial fue el asesinato de Jorge Eliécer
Gaitán y el Bogotazo de 1948, aplastaba simbólicamente los destinos de
los jóvenes y la historia volvía a repetirse. Los viejos líderes
políticos que polarizaron el país con sus discursos incendiarios y
causaron esa guerra seguían como fantasmas o vampiros chupando desde
ultratumba el alma de las nuevas generaciones.
En Las rutas de Ifigenia orienté el microscopio de la escritura a esas
vidas en flor de ambos sexos que surgían al mundo en medio de esas
máquinas trituradoras de culturas, costumbres e instituciones, cuando
unos querían el rock, salsa, droga y fiesta y otros la revolución y
cuando llegaban a la ciudad todas las tentaciones en el marco del los
primeros Festivales de teatro universitario, a los que asistieron
figuras como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato, entre
otras vacas sagradas de la literatura latinoamericana y el teatro
mundial.
Uno siempre vuelve a la adolescencia y a la ciudad natal como los
insectos que vuelan en torno al foco de luz a riesgo de quemarse. Antes
había escrito Tierra de leones (1983), sobre el periplo imaginario de
Leonardo Quijano, loco esencial de Manizales, malogrado en otros tiempos
de conflicto, a la que siguió Bulevar de los héroes (1986), inspirada
en parte en la vida imaginaria de otro destino malogrado, el
pantagruélico médico Tulio Bayer, quien murió en el exilio en París, y
luego El viaje triunfal (1993), sobre el periplo de un poeta imaginario
modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Utrillo, quien después de dar
la vuelta al mundo en la primera mitad del siglo XX regresaba a morir en
la ciudad en los tiempos del nadaísmo.
Con Tequila coxis (2003) me sumergí para variar en el vientre de la
Ciudad de México, donde viví mas de tres lustros, a través de la
búsqueda de un joven que va tras los rastros de su madre, una malograda
actriz colombiana de los tiempos del cine de oro mexicano, pero con Las
rutas de Ifigenia vuelvo a mi ciudad natal nombrándola con su propio
nombre y con sus cines, cafés, calles, parques, patios, lluvias,
nieblas, montes, flores, monumentos, personajes y figuras de su tiempo.
Como decía Julio Cortazar sobre el arte del cuento, escribir una
historia es como lanzar una liebre en un estadio y con los ojos vendados
tratar después de rescatarla. Cuando uno llega al final y al fin atrapa
al animal éste ya no es la misma liebre del comienzo, es otra cosa. Por
eso la escritura de una novela es un reto terrible y destructor,
desestabilizador, pero al fin de cuentas maravilloso si algun día uno
logra liberarse de ella, dejándola atrás para siempre como un objeto
desconocido.
ura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron
en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace
unos años.