sábado, 15 de julio de 2023

AMÉRICA ESCONDIDA, MEDIO SIGLO DESPUÉS



Por Eduardo García Aguilar

Medio siglo después de haberlo escrito, publico este libro América Escondida como homenaje y reconocimiento al adolescente que tras ensayar muchas veces en distintas direcciones desde los 14 o 15 años, trata en largas jornadas y con toda su fuerza de crear una obra compacta que responda a sus pulsiones y convicciones del momento.

Desde muy temprano escribía poemas por centenares en las aburridas clases del Instituto Universitario o el Instituto Manizales, muchos de ellos marcados por las angustias adolescentes y la poesía de moda nadaísta, pero a partir de 1970 los poemas adquirieron un marcado tono americano y comprometido con las luchas que en ese momento encendían a los jóvenes de todos los continentes contra los imperios y sus guerras.

Había descubierto desde temprano la poesía de Arthur Rimbaud y Baudelaire, Walt Whitman y Federico García Lorca en bellas ediciones que llegaron a mis manos y aun tengo y la obra del modernista suicida colombiano José Asunción Silva en la espléndida edición realizada por el Banco de la República en Bogotá. Todas esas figuras me marcaron en esos años al mismo tiempo que llenaba los cuadernos de poemas que no tenían títulos sino que iban numerados.

En 1968 llegó a Manizales en el marco del Festival Internacional de Teatro el gran poeta chileno Pablo Neruda y los poetas adolescentes pudimos seguirlo por las calles de la ciudad y asistir a ese espectatacular recital suyo en el Teatro Fundadores, cuando la muchedumbre quebró los portalones de vidrio para invadir el recinto con tanta fuerza que yo me vi impulsado al escenario, a su lado, como lo atestiguan las fotos que sobre el acontecimiento salieron en el suplemento literario del diario local La Patria.

Durante el recital estuve junto a él y al final me acerqué y de la edición empastada que leía con su voz gangosa del Canto General, extraje una cinta marcadora de sedoso papel blanco donde él tenía escrita con tinta verde la palabra Pobreza, que conservé durante mucho tiempo como un amuleto. Esa experiencia de estar cerca a Neruda y seguirlo por la ciudad fue sin duda un momento crucial para el poeta en ciernes, ya que después, como era de esperarse, adopté ese tono americanista encendido, telúrico y comprometido de su poesía y lo apliqué en la construcción del libro, con cuyos poemas me ganaba casi todos los concursos poéticos intercolegiados locales, uno de cuyos trofeos conservo, precisamente el que gané con el poema América Escondida.

Más tarde terminé bachillerato en el colegio Gemelli en 1971 y viaje a Bogotá a estudiar sociología en la Universidad Nacional, donde además de agotar las bibliotecas leyendo los libros recomendados por el gran maestro y profesor de Historia Darío Mesa, me empapaba para el proyecto del libro con la poesía y la historia prehispánicas mexicana o peruana, así como el Martín Fierro y la poesía gauchesca estudiada por Jorge Luis Borges, o La Araucana de Alonso de Ercilla en Chile, pasando por los modernistas encabezados por el gran Rubén Darío. Sin olvidar La poesía ignorada y olvidada del gran poeta Jorge Zalamea, las visitas al Museo del Oro de Bogotá mientras afuera llovía o la lecturas de Los quimbayas bajo la dominación española de Juan Friede, donde se cuenta el exterminio de los indígenas, geniales orfebres, que vivían en la tierra donde nací. 

Y seguía avanzando en el libro que deseaba compacto y al que entregaba todas las fuerzas de la insensatez adolescente. El libro lo terminé en 1972, un año antes del golpe de Estado en Chile y la muerte del presidente socialista Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, un hecho histórico que marcó a varias generaciones y que ahora se conmemora para que no vuelva a repetirse medio siglo después.

El manuscrito de América Escondida con textos escritos entre 1970 y 1972 circuló entre varios de mis amigos y después de que viajé en abril de 1974 a seguir mis estudios en París, mi amigo Mario Nova llevó al teatro algunas de esos fragmentos que lo componían. Sé que la obra se presentó en varias lugares y que aun hoy quienes participaron se acuerdan de aquellos poemas encendidos de fe latinoamericanista que escenificaban en modestos teatros populares o escolares.

Nunca pensé en publicarlo, y a medida que transcurría mi nueva vida en Europa me acapararon otros intereses intelectuales, viajeros y literarios, pero siempre cargué el mecanuscrito tipeado en máquina de escribir en varias copias. Lo consideraba como una curiosidad impublicable y viajó conmigo por el mundo y está intacto tal y como como lo dejé en 1972, ya terminado. Tal vez sentí después desdén por él, ya que se inscribía dentro de un tipo de poesía que ya no practicaba, la poesía comprometida.
 
Escribí luego poemas en Europa, y más tarde en San Francisco y Berkeley, California, y en México a cuentagotas colecciones que fueron publicadas con los títulos de Palpar la zona prohibida, Delirio de Noega, Llanto de la espada y Animal sin tiempo, reunidas en la Poesía completa, publicada en la coleción Zenócrate y la Casa de poesía Silva en 2017, bajo el título de La música del juicio final. Al reunir toda la poesía, descarté lo escrito antes de viajar a Europa en 1974.

Pero tal y como dice Michael Hamburguer en el prólogo a su Poesía completa, es muy dificil para todo poeta decidir en un momento dado a partir de cuando considera que su obra es válida y publicable. Con angustia se pregunta si hay que descartar los primeros poemas o no, o sea si hay que censurar o no al poeta adolescente.

Antes de América escondida escribí centenares de poemas que tal vez nunca publique, pero este libro que tiene unidad y fue escrito con pasión en los encendidos años del sueño latinoamericanista, puede salir al fin medio siglo después como testimonio de esos tiempos y del muchacho que amanecía tecleando en las noches heladas de Manizales y Bogotá antes de irse de su país para siempre.

Esos textos fueron escritos por alguien que aun vibra dentro de mí y a veces escribía cartas al que sería décadas déspués en el futuro siglo XXI, pidiéndole no renunciar a sus sueños ni traicionarlo. Ahora yo le respondo a sus imprecaciones y lo saco del silencio con la publicación de América Escondida, que entonces firmó con el seudónimo de Peromboco Quimbaya. Como él se arriesgó, es necesario asumir también los riesgos y no tener miedo. Cada palabra y mucho más aquellas escritas entonces cuando todo comienza, merecen estar reunidas en un volumen con letras impresas medio siglo después, porque el tiempo es circular y es solo un espejismo.
 
                                                                                                             
                                                                                                                  París, 15 de julio de 2023

 

CINCUENTENARIO DE DOS GOLPES DE ESTADO

Por Eduardo García Aguilar

Poco a poco se va acercando el cincuentenario del golpe de Estado en Chile del 11 de septiembre de 1973 y la muerte del presidente Salvador Allende, un hecho impactante para varias generaciones, tanto que aun es actual y motivo de actos, coloquios, efemérides que buscan conjurar aquellos tiempos para que no vuelvan a repetirse. Ese mismo año, el 27 de junio, se dio también el golpe de Estado en Uruguay y el inicio de unos años sombríos caracterizados por la represión y las desapariciones de demócratas, muchos de los cuales aun son buscados por sus familiares y las organizaciones que militan por la defensa de los derechos humanos.

La organización Amigos de El mundo diplomático, el colectivo Donde Están y la Coordinación para conmemorar los 50 años de ambos golpes de Estado cívico-militares realizan amplias actividades en París a partir de junio con debates, exposiciones, conciertos, conferencias de historiadores y analistas, proyección de filmes como Estado de sitio, con la presencia de su mítico director de cine griego Costa Gavras. Es loable que estas organizaciones no olviden nunca a las víctimas de esas dictaduras e insistan en esclarecer lo ocurrido.

El 23 de marzo de 1976 se dio el golpe de Estado en Argentina y llegó al poder una junta militar cívico militar, con lo que se inició un largo proceso de terrorismo de Estado que imperó hasta 1983, dejando una estela de ejecutados, 30.000 desaparecidos, y una oleada de tráfico de niños de militantes muertos que dio lugar a la creación del movimiento las Abuelas de mayo, que aun están en actividad y siguen descubriendo nietos que fueron adoptados ilegalmente después de la ejecución de sus madres.

Aun caen antiguos torturadores de las dictadura argentina, miembros de la organización parapolicial Triple A, que cometió crimenes atroces contra los opositores, muchos de ellos lanzados al mar desde aviones o enterrados en fosas comunes después de jornadas de suplicios perpetrados en la Escuela Mecánica de la Marina (ESMA). Con el regreso de la democracia, la Comision nacional sobre la desaparicion de personas entregó en 1984 bajo la dirección del escritor Ernesto Sábato al presidente Raul Alfonsín un informe detallado sobre las atrocidades.

Algunos de los torturadores lograron escapar y rehicieron sus vidas en Europa, como en su tiempo muchos nazis lo hicieron en Suramérica, pero tarde o temprano la justicia argentina llegó, como en el reciente caso del policía Mario Alfredo Sandoval, quien se refugió en Francia en 1985 y llevaba una vida de honorable profesor universitario en París o experto en altas instituciones de Inteligencia, como lo revela esta semana el excelente reportaje de la periodista Angeline Montoya en el diario Le Monde. Sandoval fue extraditado a su país, donde fue condenado el 21 de diciembre de 2022 a 15 años de prisión.

Todas esas acciones terroristas se hicieron en el marco del plan Cóndor propiciado de manera conjunta por Estados Unidos y las dictaduras militares imperantes en Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Perú, Ecuador, Paraguay y Bolivia, que sembraron el terror en Suramérica en aquellos tiempos de Guerra fría entre los imperios estadounidese y soviético, cuando en varios países surgían guerrillas armadas que también cometieron delitos atroces contra los derechos humanos.

A mi me tocó siendo estudiante de Sociología en la Universidad Nacional de Bogotá seguir por radio con los compañeros apiñados hasta la madrugada en el famoso Jardín de Freud las terribles noticias del golpe de Estado en Chile y el bombardeo del Palacio de la Moneda. Con inocencia de adolescentes incautos creíamos que el golpe podía revertirse y esperamos que militares leales a Allende retomaran la situación con una supuesta contraofensiva que nunca llegó.

Un año después en París, fui testigo de la llegada masiva de decenas de miles de exiliados de los países suramericanos que recién escapaban de las mazmorras argentinas, uruguayas, chilenas, o brasileñas. Líderes políticos, ex ministros, intelectuales, escritores, altos funcionarios, artistas, sindicalistas, militantes o campesinos deambulaban por la helada Europa desolados, arrancados de tajo a sus vidas cotidianas y algunos marcados por los atroces recuerdos post-traumáticos de la tortura. Y en México, donde viví en los años 80 y 90, compartí con miles de sudamericanos y centroamericanos de diversas profesiones que fueron acogidos como exiliados por ese hermano país.

Muchos de ellos se quedaron para siempre en los países que los acogieron, como en su tiempo ocurrió con los exiliados de las dictaduras derechistas española, portuguesa y griega o los disidentes de los países de la esfera soviética que huían de la represión totalitaria.

De acuerdo a la famosa Doctrina Monroe, Estados Unidos siempre consideró a América Latina como su patio trasero y propició a lo largo del siglo XX múltiples golpes de Estado sangrientos allí donde aparecían gobiernos democráticos como el de Jacobo Arbenz en Guatemala, derrocado en 1954.

Después de medio siglo de estos golpes en Chile y Uruguay parece que la doctrina ha cambiado y se reconoce a los gobiernos de izquierda que llegan al poder por medio de las urnas como José Mojica en Uruguay, Luis Inacio Lula en Brasil, Gustavo Petro en Colombia, Luis Arce en Bolivia, Gabriel Boric en Chile y López Obrador en México. Pero siempre subyace la tentación profunda de no reconocerlos e incluso de "defenestrarlos" porque muchos sectores en el continente son aun muy alérgicos a la alternacia política. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de julio de 2023.







 

lunes, 10 de julio de 2023

MITOLOGÍAS MANIZALITAS Y CALDENSES

Por Eduardo García Aguilar

Manizales y Caldas siguen siendo el secreto mejor guardado de Colombia, ya que al revisar su historia, especialmente en la primera mitad del siglo XX, cuando experimentaron un espectacular empuje económico, cívico y cultural que hizo cimbrar al país entero, es claro que tendríamos tema suficiente para escribir muchos libros, hacer películas, exposiciones y revivir en holograma las proezas de sus habitantes.

Como Colombia ha sido un país de regiones, por lo regular cada comarca se ensimisma en su endogamia y nunca mira a los otros territorios, a los que se refieren a veces como si fueran países extranjeros situados en las antípodas, allá del lado de Corea, el estrecho de Behring, Mongolia  o Vietnam.

Me ha sorprendido mucho que muchos colombianos de otras regiones ignoren la existencia de una ciudad tan espléndida y original desde el punto de vista arquitectónico como Manizales y que cuando la descubren quedan impresionados. Un amigo mío costeño, Julio Olaciregui,  que hizo el descubrimiento tardío, me llamó directamente desde la Plaza de Bolívar, frente a la Catedral, hasta el otro lado del mundo, y me despertó a las dos de la mañana para expresar su asombro en un estado de conmoción inexplicable.

En mis largas residencias por el mundo suelo contarle a mis amigos colombianos de otras regiones las maravillas arquitectónicas y paisajísticas de mi ciudad natal, que es como un jardín colgante en las alturas de los Andes, a un lado los volcanes humeantes y nevados y al otro los valles bañados por el Cauca, pero tengo la impresión que siempre se la imaginan como un pueblo grande y aburrido sin gracia ni misterios.

En esa ciudad tan reciente se realizó la gran proeza de construir con planos del director de Bellas Artes en París, Julien Polty, una Catedral sorprendente, incluso para los parámetros europeos. Además se reconstruyó la ciudad con centenares de edificios públicos y residenciales que aun persisten en el centro histórico, aunque por desgracia otras joyas fueron derruidas para hacer parqueaderos o construir horrendos rascacielos.

Yo le contaba a esos colombianos a los que me encontraba en otras partes del mundo en el camino de la diáspora que mi infancia y adolescencia transcurrieron en ese extraño centro histórico, pues nací y viví cerca de los parques Caldas y Fundadores y después en el centro, en una vieja casona. Mi padre tenía su oficina en diagonal al Hotel Escorial y en esas extrañas cuadras se encendió mi imaginación, pues alcancé a ir a cine con mi madre al Teatro Olympia para ver Orfeo Negro, que ganó la Palma de oro del Festival de Cannes.

También les contaba lo que significó para los adolescentes que éramos el Festival Internacional de Teatro, a donde llegaban figuras de la cultura mundial como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato o europeos como el dramaturgo polaco Jerzy Grotowsky, que recorría la ciudad vestido de blanco. Críticos, poetas, narradores, teatreros, ensayistas, encendían la ciudad con cultura y esa cultura permanecía todo el año hasta la nueva cita teatral. Pero amigos antioqueños, bogotanos, vallunos, santandereanos que viajaban por el mundo se mostraban siempre escépticos ante mi entusiasmo por la ciudad natal, atribuyéndolo a un aceptable espejismo regional y provinciano.

Pero algunos se acordaban de nuestro Mussolini propio, el malogrado Gilberto Alzate Avedaño, que pudo llegar a la presidencia en vez de Guillermo León Valencia y otros, como Fernando Vallejo, registraban la estadía larga en la ciudad del poeta Porfirio Barba Jacob en la casa de Blanza Isaza de Jaramillo Meza. Los expertos en ciencias humanas recordaban a Antonio García y su libro clásico Geografia económica de Caldas, que cuenta esa epopeya del barro. Los poetas hablaban de la gran Maruja Vieira y los políticos de Otto Morales Benítez, generoso, progresista y sabio. Los filósofos disertaban sobre Danilo Cruz Vélez y Rubén Sierra Mejía, los artistas plásticos sobre David Manzur y los músicos se referían a Ramón Cardona García. Y así en cada profesión.

Alvaro Mutis me decía que adoraba a Manizales porque ahí se quedaba en largas vaciones en casa de sus tías Jaramillo después de quedarse huérfano de padre y regresar con su madre manizalita desde Bélgica y afirmaba que leyó mucho en la vieja Biblioteca Píblica en los bajos del edificio de la Industria Licorera de Caldas, en la Plaza de Bolívar, donde yo también leí en mi adolescencia.

Y así las mitologías manizalitas y caldenses sobrevivían al olvido de un esplendor que fue cortado de tajo por el descuartizamiento del departamento de Caldas, que la realidad de facto ha vuelto a unir en estos tiempos por razones geográficas, culturales y geopolíticas. La mariposa caldense de siempre ha vuelto a nacer y a volar. Y desde las alturas art-deco del Palacio de Bellas Artes los fantasmas vivos de los artistas nuestros siempre vigilaron y vigilarán nnuestra memoria.

Los costeños solo se preocupan de lo creado por los suyos en esa amplia comarca que mira al mar y con frecuencia idealizan a muchas de sus figuras y alimentan su orgullo regional volviendo siempre a ellas como si fueran el centro del universo. El destino sin embargo les dio la razón a los costeños al lograr que uno de los suyos, Gabriel García Márquez, se volviera figura mundial inigualable y sorprendente.

Los bogotanos, en un país tan centralista, se miran siempre su ombligo y los caleños se quedaron fijados en el suicida Andrés Caicedo, la salsa y las estrellas de Caliwood. Los santandereanos igual, solo miran para sus adentros imaginando las proezas de Leo von Lengerke y el supuesto origen alemán, contado por Pedro Gómez Valderrama en La Otra raya del tigre.

Pero sería bueno que los caldenses, instituciones gubernamentales y universidades volvieran a explorar su historia con fuerza y a rescatar las obras perdidas y olvidadas en poesía, teatro, historia, novela, arte, arquitectura, ciencias, con ediciones y exposiciones serias, rigurosas y bellas. 
 
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Publicado el domingo 9 de julio de 2023. La Patria. Manizales. Colombia.  
*Foto del más bello cráter del volcán Cumanday.









sábado, 1 de julio de 2023

EL DESTINO DE RAYUELA

 




Por Eduardo García Aguilar

Un 28 de junio hace 60 años fue publicada por la editorial argentina Sudamericana la novela Rayuela de Julio Cortázar, una de las obras más importantes de la literatura latinoamericana, que sigue aun vigente pues significó una revolución y un sacudimiento del oficio literario con efectos deslumbrantes y disolventes para varias generaciones de lectores y escritores.

Antes de la aparición de Rayuela en 1963 se habían publicado varias colecciones de sus cuentos, especialmente un volumen titulado Ceremonias, compuesto por los libros Final de juego y Las armas secretas, que los jóvenes latinoamericanos leyeron con pasión, pues se enfrentaban a un mundo absurdo y fantástico donde circulaban fuertes corrientes de aire nuevo.

Cortázar tradujo antes los cuentos de Edgar Allan Poe, lo que acercó aquel autor estadounidense de misterio a muchos nuevos lectores y publicó ensayos que lo posicionaron rápido como uno de los autores latinoamericanos más modernos y promisorios.

Cortázar, quien había llegado sin muchos recursos a París en la década de los 50, aventurándose a cruzar el océano en barco, se conectó con el ambiente existencialista parisino en boga en aquella década dominada por el jazz, ritmo proveniente de Estados Unidos que empezó a invadir los bares del Barrio Latino situados en sótanos llenos de humo de cigarrillo, donde sonaba el tintineo incesante de las copas y la algarabía de la conversación.

Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian, Albert Camus, Juliette Greco y otras figuras eran los protagonistas de ese cambio generacional que buscaba dejar atrás para siempre los depresivos años de la Segunda Guerra Mundial y la invasión nazi de Francia, marcados por la escasez, la pobreza, la enfermedad y la soledad.

Los surrealistas, encabezados por André Breton, seguían activos y autores como el saxofonista Boris Vian, quien murió joven, estaban revolucionando la narrativa y abriendo la literatura a nuevos temas y estilos. Entre los latinoamericanos también se encontraba en París en esa década el poeta mexicano Octavio Paz, con quien tuvo estrecha amistad y complicidad el autor de Rayuela, y Gabriel García Márquez, quien aun era un escritor principiante y vivía pobre e indocumentado en la capital francesa.

Vestidos los hombres con suéteres oscuros de cuello tortuga, pantalones y mocasines negros, aferrados a sus pipas como un biberón existencial, y las mujeres con faldas negras y blusas del mismo color al estilo de la joven cantante Juliette Greco, los jóvenes de ambos sexos posaban de filósofos inspirados por las conferencias y las actitudes de su ídolo Jean Paul Sartre, el autor de La Náusea.

Rompían así con las tradiciones, vivían el amor libre, iban a la universidad, poblaban las buhardillas del barrio latino y pasaban largas horas leyendo y fumando en los cafés, viendo el cine experimental que presagiaba la Nueva Ola francesa o pensando sobre la vida y la muerte, lo que causaba estupor en los fatigados padres, campesinos, obreros o burócratas que crecieron matándose en el trabajo hasta la asfixia.

Cortázar, alto y tímido muchacho que se desempeñaba como modesto profesor en Argentina y tenía gustos literarios exquisitos, cambió totalmente de personalidad y estilo al vivir la vida marginal en París, tema central de su novela Rayuela.

En el viaje en barco conoció a la mujer que inspiró el personaje de La Maga (la uruguaya Edith Aron), con la que sostuvo una relación amorosa surrealista parecida a la que figura en la famosa novela de Breton, Nadja. Ambos se pierden y se reencuentran en las callejuelas, viven tardes de amor en los estrechos cuartos de las azoteas y tratan de vivir la vida como una obra de arte en el marco del varonil Club de la serpiente. Sin embargo, el libro que cuenta todo eso adolece de cierta misoginia argentina y bonaerense, bajo el concepto equivocado del "lector hembra" del cual él se arrepintió después.

Él se ganaba la vida como traductor en la UNESCO, realizaba trabajos puntuales para las editoriales argentinas en colaboración con su esposa Aurora Bernárdez y sostenía correspondencia estusiasta con otras estrellas promisorias del boom, como el joven novelista mexicano Carlos Fuentes y numerosos amigos a un lado y otro del Atlántico.

Pero a partir de la publicación de Rayuela, Cortázar pasó de ser un bohemio pobre y desconocido a convertirse en figura internacional e ídolo de la literatura latinoamericana, y más tarde en hippie barbado y autor "comprometido" con la revolución cubana que recorría el mundo interviniendo en foros mundiales progresistas sobre los temas del momento en tiempos de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Sus libros se vendían como pan caliente desde México hasta la Patagonia en un contienente sediento de afirmaciones y que experimentaba también un radical cambio generacional. Michelangelo Antonioni se basó en su cuento Las babas del diablo para su gran película Blow Up, otro ícono de la modernidad. El diseño de la novela nos fascinaba porque se podía leer de varias maneras: era un libro abierto, libre como el tiempo en que apareció. Desde entonces ya no se podía escribir igual.        

Así como ocurrió con los existencialistas una década antes en Francia, ahora los latinoamericanos leían Rayuela en voz alta y querían tener a una Maga al lado y vivir la vida al azar de la literatura, la poesía, el sueño y el jazz. Compartíamos con Oliveira, La Maga, Morelli, Berthe Trépat, lloramos a Rocamadour, y fuimos cómplices de Gregorovius, Morelli y Traveler. La edición original de Rayuela con la inconfundible portada es hoy icónica y de colección y quien abre sus páginas vuelve a viajar hoy por ellas como si no hubiera pasado el tiempo.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 2 de julio de 2023. 





martes, 27 de junio de 2023

AUGE Y CAÍDA DE PAUL MORAND

 Por Eduardo García Aguilar

Paul Morand (1888-1976) fue uno de los escritores más celebrados en Europa y el mundo en tiempos de entreguerras y sus obras, traducidas a varias lenguas, se compraban como pan caliente. Amante de la buena vida y las altas esferas, marquesas y duquesas y hoteles palaciegos, diplomático de profesión, aunque un poco vago en el trabajo, desde muy joven saltó a la fama con dos colecciones de relatos, Abierto de noche (1922) y Cerrado de noche (1923), donde con prosa ágil, eléctrica, lúcida, se volvió ejemplo del cosmopolitismo y una día estaba en Japón y el otro en Alaska, más tarde en Lima y mañana en El Cairo, San Petersburgo, Tíbet o Saigón.

Después de la Primera Guerra, donde murieron millones de jóvenes en las trincheras, víctimas de gases tóxicos o balas, su generación quería vivir a toda velocidad, bailar, ir al music-hall, danzar con Joséphine Baker o Carlos Gardel y libar en clubes y burdeles de las capitales del mundo. Tras el apocalipsis no quedaba más que divertirse antes de que la locura humana volviera de nuevo a desencadenar la Segunda Guerra, que en muchos aspectos superó en destrucción y muerte a la primera. Había que derrochar el dinero antes y después del crack financiero de 1929, vestirse bien, embriagarse, viajar en transatlánticos.

 Morand entonces era escéptico y su orginalidad radicaba en que mientras muchos de sus contemporáneos creían con fe ciega en sus ideologías y se hacían matar por ellas, él desconfiaba del hombre y sus intenciones. Amigo de Proust, el prosista amaba las nuevas teconologías y coleccionaba los mejores automóviles del momento, bólidos en los que viajaba de ciudad en ciudad. A la velocidad del Bugatti recorría las carreteras costeras del Mediterráneo y viajaba de puerto en puerto en los paquebotes más lujosos. Y desde cada uno de esos lejanos países enviaba las crónicas o los relatos que hacían las delicias de los lectores.

Describió y vivió como pocos la Nueva York futurista de los años 30, amó Londres, donde residió muy joven y experimentó amores inolvidables que plasmó en su narrativa. Amó Roma, Sevilla, Venecia, el Caribe y sus libros incluían publicidad de autos, agencias de viajes, modas y perfumes. Como los de Antoine de Saint-Exupéry, otro viajero de aquel tiempo que era más que todo pionero del aire, los libros de Morand marcaron época y su destino lo llamaba hacia las mieles de la gloria. El esnob se casó con una millonaria princesa rumana, el amor de su vida, y con quien reposa en Trieste. Pero en el camino se le atravesó la historia y el estallido de la nueva guerra en 1939. Su país y Europa fueron ocupados por los nazis y él los apoyó trabajando para el gobierno francés de ocupación encabezado por el general Pétain y el primer ministro Laval, amigo de su familia.

Se negó a apoyar a De Gaulle, quien encabezaba la rebelión desde el exilio en Londres y en su mansión de París, recibió durante tres años en fiestas y cenas a los principales dignatarios del gobierno alemán, algunos intelectuales y militares destacados como el gran escritor Ernst Jünger, quien murió centenario convertido en una gloria de las letras.

Al lado de Céline y La Rochelle, Morand formó parte de los intelectuales colaboradores que apoyaban a una Europa dominada por la bota nazi. Unos como Céline, y Brasillach, quienes festejaban en bares y restaurantes con los ocupantes, denunciaron y celebraron la detención de niños, jóvenes, mujeres y viejos judíos que eran enviados a morir en los campos de concentración. Pero cuatro años después la rueda de la fortuna giró y los nazis fueron derrotados por los aliados. De Gaulle llegó triunfante a París.

Unos colaboracionistas fueron fusilados, otros condenados a la cárcel o al exilio, la ignominia y el olvido. Morand a los 56 años quedó quemado para siempre y terminó en Lausana, donde residía en una casa que le prestaron amigos ricos y tan pobre que debía ir al café de la esquina para leer los diarios, pues no tenía para comprarlos. Solitario y misántropo, el viejo Morand pasó de ser un dandy a una sombra lúcida que asumía su caída y fracaso y escribía rodeado de sus fantasmas. Dos décadas después algunos jóvenes de la generación de Los Húsares lo rescataron y lo pusieron de nuevo en circulación hasta llevarlo a la Academia Francesa.

Toda esa vida la cuenta Jean François-Fogel en su libro Morand Express. A la muerte del viejo, Fogel decidió visitar todos los lugares donde aquel vivió: Tánger, Nueva York, Londres, Lausana, Venecia o Trieste, y entrevistarse con las personas que lo conocieron. La búsqueda del maestro la hace con espíritu crítico y no es ninguna hagiografía. De allí sale un retrato crepuscular excelente sobre los dramas del siglo XX y las nostalgias del siglo XIX y el pasado milenario. Recorre y describe los despojos del hombre e inclusive asiste a una subasta de sus muebles, entre ellos su cama.

A Fogel lo conocí hace mucho tiempo en México y él me contó con entusiasmo que había escrito Morand Express, pero el libro se me ocultó hasta la semana pasada cuando lo encontré por azar bajo el sol primaveral en Auvers-sur-Oise, el pueblo donde está enterrado el pintor holandés Van Gogh, en una de las librerías de viejo más fascinantes que haya visto en la vida. He devorado el libro publicado por Grasset hace 38 años y me ha conmovido. Es un homenaje de un joven a un viejo maestro defenestrado por los crueles gajes de la historia. Es una gran reflexión sobre la vida y el destino de los seres humanos y los avatares de las obras literarias. Es, además, un viaje al amor, el deseo, la juventud, el esplendor, las ciudades, los trenes y la belleza que se marchitan, a las casas abandonadas, a los muebles subastados, a la ambición, la vanidad y el olvido. Fogel escribió así también una pequeña joya literaria suya, que brilla por su precisión y elegancia y está por encima del tiempo.

 

viernes, 23 de junio de 2023

EL TITÁNIC Y LOS MISTERIOS DEL OCÉANO

Por Eduardo García Aguilar

La trágica muerte de cinco personas por la implosión catastrófica del pequeño sumergible Titán durante la frustrada visita de los restos del Titanic, causó conmoción pues es la parábola de las atracciones fatales de los amantes del peligro y la aventura. Cada año se registran muertes entre los montañistas que en romería intentan subir al Everest, la montaña más alta del mundo, a cuyo alrededor cadáveres yacen cubiertos por los hielos perpetuos. Aun a sabiendas del peligro, atraídos como mariposas o insectos por la luz, los exploradores de las alturas no temen despeñarse por las laderas inhóspitas de las cumbres nevadas o ser cubiertos por aludes.

Para aventureros del peligro abundan los retos. Viajes al Polo Norte o a la Atártida en expediciones instaladas en bases donde no hay día durante la mayor parte del año y se vive en temperaturas extremas. Viajes a la selva Amazónica, Borneo y otros lugares donde se corren riesgos extremos, volar con planeadores alados desde altas montañas lanzándose desde abismos, ir en canoas o kayak por ríos caudalosos a toda velocidad, viajar a la Luna o en misiones espaciales, cubrir guerras, son algunas de esas actividades donde muchos pierden la vida. Cada lanzamiento de un cohete espacial es un riesgo. 

En este caso se trata de exploradores amantes de las profundidades marinas que pagaron enormes sumas de dinero y firmaron un contrato donde aceptaron los riesgos y se declararon dispuestos a arriesgar la vida con tal de acercarse al trágico paquebote. La catástrofe del gigantesco transatlántico de lujo ha alimentado todo tipo de historias y narraciones llevadas a la ópera, la música, el cine, los dibujos animados y la literatura.

Desde hace 110 años, cuando se hundió el transatlántico cargado de viajeros que gozaron durante la travesía del Atlántico entre el lujo y las diversiones, se habla del destino trágico de cada uno de esos turistas o sus centenares de servidores. Millonarios, músicos, chefs de cocina, pilotos, empleados modestos, barrenderos, divas, magnates, limpiadores de baños, médicos, todos juntos perecieron unidos en el naufragio. Tanto los sobrevivientes como los 1500 fallecidos alimentan desde entonces la metáfora de la vida, algo tan frágil que cuando menos se espera concluye y volvemos al estado primigenio natural de cenizas, líquido, musgo, polvo y arena.

El hundimiento de 1912 inspiró la película Titanic (1997), dirigida por James Cameron, una de las más vistas y preferidas por el público y la crítica en el último siglo, tercer lugar de recaudación en la historia del cine y protagonizada por el ícono Leonardo di Caprio y su pareja en la ficción Kate Winslet. La cinta está presente en el imaginario de varias generaciones, así como la nave inspiradora fue protagonista de la imaginación planetaria durante el siglo XX junto a mitos como el aviador Charles Augustus Linbergh, el primero en cruzar en solitario el Atlántico en avión. Cuando se inventaba la aviación a comienzos del siglo XX, los pilotos eran héroes que como Saint-Exupéry, sabían que podían morir en cualquier instante.

En este pequeño batiscafo de seis metros de eslora construido con titanio y carbono cabían solo cinco personas que viven una experiencia peligrosa de diez horas, cuyo punto culminante es rodear la inmensa nave fantasma marcada por la muerte, una especie de palacio fantasmagórico donde aun penan las almas de quienes hasta antes del naufragio hacían la fiesta, jugaban a las cartas, bailaban o vivían la ilusión única de un viaje inolvidable de amor. Nadie pensó que eso podría terminar de súbito entre el estruendo de la catástrofe, la destrucción de las vajillas y los lampadarios y la algarabía de quienes en los varios pisos de la mole, lujosos salones y comedores, corredores, ascensores y escalinatas corrían despavoridos para poder escapar a la muerte y hallar espacio en un bote salvavidas.

Desde el descubrimiento en 1985 de la nave hundida a casi 4.000 metros de profundidad frente a las costas canadienses de Terranova, se han realizado múltiples exploraciones con robots o naves tripuladas, así como viajes turísticos y uno de los fallecidos esta vez, Pierre-Henri Nargeolet, ex submarinista francés y militar de 77 años, apodado Mr. Titanic, hizo 33 viajes al lugar y se convirtió en el mayor conocedor del tema.

El milllonario británico-paquistaní Shahzada Dawood y su hijo Suleman, quienes pagaron cada uno 250.000 dólares por la aventura, perecieron en la implosión y ya se sabe que el muchacho heredero aceptó hacer el viaje solo para darle gusto a su adorado padre. Los otros dos viajeros, el piloto británico Stockton Rush, director general de OceanGate Expeditions, y el millonario británico Hamish Harding, también quedaron en la leyenda atados para siempre a la tragedia mayor del Titanic.

La catástrofe de esta semana junto al Titanic hizo olvidar otras tragedias activas en el mundo desde hace mucho tiempo, guerras, hambrunas, atentados. Y esto muestra que los humanos desde siempre nos sentimos atraídos por la ficción y las aventuras como la de Ulises en la Odisea, cuando viaja por décadas perdido en el Mediterráneo lejos de su hogar, su patria, Penélope y su perro. Pero Ulises regresó y los héroes de esta semana, aunque multimillonarios, quedaron allá flotando listos a ser devorados por las criaturas que viven en aquellos abismos acuáticos.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de junio de 2023.


     





domingo, 4 de junio de 2023

EL BOOM LITERARIO DE LAS MUJERES

Por Eduardo García Aguilar

El auge espectacular de las mujeres en el mundo literario en esta última década en latinoamérica y el mundo entero, muestra un cambio radical en materia de reconocimiento y hace parte de un giro que se registra desde antes, con la visibilidad creciente de la literatura LGTB+ manifestada depués de la tragedia del sida y el auge de las reivindicaciones de género.

Ahora los grandes premios literarios son otorgados a escritoras, como ocurrió esta semana con la nicaragüense Gioconda Belli, galardonada con el Premio Reina Sofia de poesía, o la sucesiva consagración con el Premio Cervantes de las escritoras uruguayas Ida Vitale y Cristina Peri Rossi, hasta entonces consideradas marginales. También figuran en las listas de las más promocionadas y reconocidas decenas de autoras mexicanas, argentinas, colombianas, españolas, que acumulan premios y homenajes, de manera paralela al éxito de autores transgénero como la argentina Camila Sosa Villada o la ya fallecita chilena Pedro Lemebel.

Una leve revisión de la historia literaria latinoamericana y mundial muestra que desde siempre hasta apenas hace una década, cuando explotó esta radical transformación, el  mundo de la consagración literaria se centraba en viejos patriarcas encorbatados, diplomáticos, políticos, poderosos y ricos.

En la lista de varones ventripotentes figuran José Vasconcelos, Alfonso Reyes, Rómulo Gallegos, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz, Germán Arciniegas, Alejo Carpentier, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez o Carlos Fuentes, entre otros muchos. A esos "padres de la patria", a veces pomposos y engolados, se agregaban algunos menos encorbatados, como Julio Cortázar, quien teorizó el concepto de "lector hembra", del cual se arrepintió al final. La única excepción en ese panorama fue la poderosa poeta chilena Gabrela Mistral, primer premio Nobel de América Latina en 1945.

Durante la Colonia, la República y a lo largo del siglo XX la literatura, tanto en narrativa como en poesía, salvo excepciones que confirman la regla, era un círculo exclusivo y cerrado de varones hispanoamericanos que dominaban las academias de la Lengua, tenían el poder en editoriales, universidades y ministerios y eran jurados predominantes de grandes premios literarios, grados Honoris Causa o condecoraciones gubernamentales.

En las fotos siempre aparecían en banquetes pléyades de hombres de corbata y bombín celebrando en tiempos de parnasianismo, modernismo, vanguardias y en la era moderna. Las mujeres estaban en la cocina, barrían, cuidaban los niños o estaban escondidas detrás de las cortinas. Casi todos, Carpentier, Paz, Asturias, Neruda, Fuentes y múltiples nombres menores se desempeñaron como embajadores y algunos, como Rómulo Gallegos o Mario Vargas Llosa, aspiraron a la presidencia de sus países.

En España Valle Inclán, Camilo José Cela, Francisco Umbral, Antonio Gala y otros eran grandes patriarcas que dominaban con su vozarrón el panorama y a veces escribían textos de carácter misógino o se enfrascaban en riñas legendarias de gallos de pelea.

Neruda dijo sobre la mujer: "me gustas cuando callas, porque estás como ausente". En las novelas de los autores del boom, desde García Márquez hasta Guillermo Cabrera Infante y Vargas Llosa, la mujer siempre figura como un ser de adorno, frágil, objeto del deseo del poderoso y caliente varón que depreda. Es una mujer vista desde la codicia sexual del hombre, y sus destinos, como en el orbe de Macondo, son trágicos: Úrsula Iguarán en Cien años de Soledad, la Cándida Eréndira, o las protagonistas de Crónica de una muerte anunciada, El amor en los tiempos del cólera o Memoria de mis putas tristes.

Las mujeres que escribieron durante todo el siglo XX en América Latina fueron por lo regular consideradas por los poderosos escritores como casos de adorno, anomalías, marginales, algunas veces problemáticas como Teresa de la Parra, Pita Amor, Elena Garro o Marvel Moreno y solo ahora nuevas generaciones de académicas, críticas y escritoras recuperan en cada país los nombres de esas escritoras, poetas, narradoras, ensayistas, borradas y ninguneadas de manera total por los dominantes clubes masculinos de la literatura continental.

Hay que celebrar la irrupción de nuevas narradoras en todos los países del continente como Ana Clavel, Cristina Rivera Garza, Fernanda Melchor y Gudalupe Nettel en México o Sonia Truque, Pilar Quintana, y Carolina Sanín en Colombia. Y esta presencia de la mujer se declina en los demás países del continente.

Se dice ya con real contundencia un adiós a la literatura del poderoso macho blanco heterosexual latinoamericano, competitivo, boxístico, codicioso, arribista, arrogante, que poco a poco va siendo borrado por el tsunami de la literatura de las mujeres, las minorías étnicas y los múltiples autores LGTB+, ante el asombro de Jose Arcadio y el coronel Aureliano Buendía y toda la horda de héroes guerreros de la literatura patriarcal y falocrática que dominó desde siempre en América Latina. A los hombres ya les queda poco por decir y por eso, como en el verso de Neruda, callarán y estarán como ausentes. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 4 de junio de 2023.   


viernes, 19 de mayo de 2023

LA MÁGICA CIUDAD DE RIMBAUD

Por Eduardo García Aguilar


Cuando un adolescente queda seducido por la literatura y decide dedicarse a escribir, en todo piensa menos en que ese camino lo llevará al éxito, la fama o la gloria, sino por el contrario a una larga y difícil vida parecida a la de los héroes que se le atraviesan en las iniciales y apasionadas lecturas: Cervantes, Hölderlin, Nietzsche, Rimbaud, Wilde, Whitman, Verlaine, García Lorca, José Asunción Silva o Dostoievski.

El primer héroe que se aparece en el camino es Arthur Rimbaud (1854-1891), emblema máximo de los autores precoces, cuya obra solo fue conocida y tuvo repercusión mucho después de su trágica muerte a los 39 años de edad en un hospital de Marsella, en el Mediterráneo, donde le amputaron una pierna que ya traía infectada desde Abisinia, país africano donde había vivido gran parte de su edad adulta dedicado a los negocios, entre ellos la gerencia de una trilladora de café.

Rimbaud murió sin saber que algun día sería el poeta más famoso del mundo. Fue un insumiso y desde casi niño se caracterizó por su famosas fugas de la casa familiar y los viajes aventurados a pie por los espacios, bosques y caminos cercanos a la ciudad natal Charleville, situada en el este de Francia, en la región de las Ardenas, sobre la que se han escrito muchos textos porque sus bosques parecen encantados y poblados de fantasmas socarrones y maravillosos.

El primer universo fantástico del jovencito fugitivo que era Rimbaud se dio en esos valles y montañas a veces apacibles que tan bien describe ya en el siglo XX un autor de la región, André D'Hôtel (1900-1991) en su novela El país a donde nunca se llega, que ganó en 1955 el Premio Fémina y ha sido un éxito como novela del género fantástico o incluso del realismo mágico.

A mi me llegó ese libro gracias a una recomendación que me hizo alguna tarde Alvaro Mutis en México, quien en su infancia vivió en los años 20 y30 en Bélgica, país fronterizo con estas zonas que se confunden a uno y otro lado de la línea de la demarcación y donde a través de los siglos se han situado los frentes de muchas guerras.

Mucho tiempo después encontré por azar ese libro en una librería de viejo y entré a ese mundo extraordinario, fantástico, donde André D'Hôtel, nacido en Attigny, cuenta las aventuras y peripecias de un adolescente que como Rimbaud también solía desaparecer de su casa para internarse en aquellos bosques, valles, prados y recovecos poblados de misterios, fantasmas, animales fabulosos, barcos encantados y por supuesto alguna bella muchacha igual de fugitiva de la que se enamora.

Mutis ya había muerto en 2013 y por lo tanto no pude agradecerle con entusiasmo aquella recomendación que me había hecho décadas antes. La zona del gran este francés descrita por D'Hôtel y sitio por donde se fugaba Rimbaud, tiene una larga historia pues por allí vivieron los antiguos reyes merovingios y carolingios medievales, entre ellos Pipino el Breve y Carlomagno, mundo que por supuesto decía mucho al poeta colombiano autor de la saga poética y narrativa de Maqroll el Gaviero.

El mítico Rimbaud era pues originario de un mundo encantado que se remonta hasta los tiempos galo-romanos, o sea un territorio milenario donde vivieron generaciones que dejaron huellas junto a los remansos de los ríos o bajo el manto profundo de árboles y bosques antiguos visitados a veces por bellísimos caballos fantasmas y locos, como ese que aparece en la novela de André d'Hôtel.

Aunque Rimbaud siempre renegó de su ciudad natal Charleville, la verdad es que es encantadora. Capital de la región de los Ardenas, ahora con el nombre compuesto de Charleville-Mézières, tiene la céntrica Plaza Ducal, que parece réplica de la parisina Place de Vosgues, la más antigua de París en la actualidad, construida a comienzos del siglo XVII con arcadas y muros de ladrillos rojos, y lugar donde solían pasar tiempo los Tres mosqueteros contados por Alejandro Dumas y tenía su casa Víctor Hugo.  

Charleville es una ciudad donde domina el color rosa de las piedras de las grandes canteras de la zona, con las que está construida, lo que le otorga una especial atmósfera. Al frente de la casa natal de Rimbaud pasa el río Meuse, que el niño veía mientras crecía desde la ventana de su habitación.

La tumba del poeta, sitio de peregrinación, está en un cementerio cerca de allí, así como el Museo en su honor instalado en un edificio centenario. Una ciudad bellísima que él detestó y abandonó para recorrer el mundo e instalarse en uno de los lugares más recónditos y peligrosos, en el famoso Cuerno de Afríca, donde están Somalia, Yibuti, Eritrea y Etiopía. Quien llegaba allí nunca regresaba o, si regresaba, era para morir, como Rimbaud.
                     
                                          

sábado, 13 de mayo de 2023

¿ESCRIBIR NOVELA PARA QUÉ?


Por Eduardo García Aguilar

La novela tuvo su gran auge en el siglo XIX en los mundos hispano, anglosajón, ruso y francés y ya en la primera mitad del XX se extendió con fuerza a otros ámbitos exóticos y lenguas minoritarias como las esteuropeas. En un mundo sin  televisión ni cine, la novela era una de las formas de viajar y entretenerse con mundos paralelos, personajes inolvidables y largas sagas y aventuras humanas plasmadas por enérgicos y protéicos autores que daban la vida por ello con un trabajo desenfrenado, tal y como ocurrió con Balzac, Dumas, Zola, Dickens, Twain, Dostoievski y Tolstoi. Y sus obras se publicaban por entregas en los periódicos.

En Colombia tuvimos grandes éxitos continentales como La María de Jorge Isaacs, emblema de la literatura romántica, las novelas y panfletos de José María Vargas Villa, el gran best-seller latinoamericano de su tiempo y quien publicó cien obras que aparecían en periódicos y folletos distribuidos masivamente en kioskos españoles, y para rematar, La Vorágine, de José Eustasio Rivera, clásico de la literatura telúrica latinoamericana.
 

 
Los países latinoamericanos tienen sus clásicos novelísticos del siglo XIX y el siglo XX, pero fue en la segunda mitad del siglo pasado cuando el género tuvo el gran auge que lo llevó a atraer lectores en el mundo entero. Jose María Arguedas, Juan Rulfo, Gabriel García Márquez, Rómulo Gallegos y Miguel Otero Silva, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias, Juan Carlos Onetti y Manuel Mujica Láinez y Julio Cortázar son algunos de esos nombres.

Es probable que muchas de las obras de esos autores hoy serían rechazadas por las editorales por no acomodarse al género comercial en boga de literatura fácil, escrita con una prosa insípida de fácil acceso y con temáticas autobiográficas o ligadas a temas populares o de actualidad farandulera. Me imagino la cara que harían hoy las editoriales con libros tan complejos como Paradiso de José Lezama Lima, Bomarzo de Manuel Mujica Láinez, Rayuela de Julio Cortázar, El Aleph de Borges o El otoño del patriarca de García Márquez, para mencionar solo algunos.

Editoriales, agencias y talleres literarios indican ahora a los jóvenes que deseen incursionar en el mundo de la novela una serie de reglas básicas para tratar de tener éxito y lectores, por lo que poco a poco es la novela negra, para adolescentes o policiaca la que domina el panorama con argumentos e intrigas previsibles y de fácil lectura. 

Los formatos y las frases de las novelas deben ser cortos para no cansar al lector y la dosificación de los capítulos amena, y si posible basada en temas autobiográficos o de moda. Los libros que circulan hoy son trabajados de antemano por agencias, gosth-writers o los editores finales. O sea que el autor cree publicar su libro, pero no es suyo. Es un autoengaño. Y a veces terminan creyéndose escritores o autoras. Está en boga escribir novelas sobre personalidades famosas o de la farándula de cada país, como Emiliano Zapata, Pancho Villa, Frida Kahlo, Pablo Escobar, o en el caso de Argentina Evita Perón, Carlos Gardel, el Che Guevara o Maradonna.

El autor así entra al mercado con facilidad, pues las novelas basadas en esos personajes históricos o de la farándula atraen de inmediato al comprador seducido por la portada, donde aparecen los íconos del pasado o el momento: León Trotsky, Daniel Santos, Marilyn Monroe, Elizabeth Taylor, Lady Di o Celia Cruz, o  algún dictador o presidente latinoamericano grotesco. Así pululan novelas que ya traen en la tématica el atractivo o el gancho comercial: novela de violencia, narco o mafia, dictadura, tango, Hollywood, mambo, rock, salsa o reggaetón.


 
El novelista se ha convertido así en un empleadillo que de antemano se autocensura para ofrecer un 
producto domado de baja calidad y no una obra suya que traiga sus huellas dactilares, como sí ocurría con los grandes autores y autoras del siglo XX en el continente.

En lo autobiográfico se cuentan siempre tragedias de discriminación, abuso, marginalidad, suicidios, crímenes pasionales heterosexuales u homosexuales, historias cortas y lacrimosas contadas con prosa fácil y en primera persona. En países afectados por el narcopoder, los temas de moda son política, violencia, guerrillas, narcos o paramilitares y preferible si están escritos con palabras soeces de injuria, mientras más vulgares mejor, por lo que cualquier tema que aborde temáticas humanas o estéticas se considera anómala o carente de interés. 

Las portadas de las novelas traen siempre una mujer semidesnuda en la playa, un papagayo parado en un poste ante un paisaje tropical, un racimo de bananos o cadáveres yacientes entre regueros de sangre. En todo ese mundo reina el mal gusto, la falta de imaginación y los efectismos fáciles de una narrativa de ínfima categoría. Un libro de Borges, Marechal, Lezama Lima, Mujica Láinez, Mutis o Cortázar sería considerado ahora obra de un loco.

¿Escribir novelas para qué? Si es para ganar dinero lo más seguro es que la decepción arrollará al aspirante, pues casi ningún novelista hoy puede vivir de sus regalías, salvo tal vez los grandes best-seller anglosajones que dominan el mercado mundial.

Debe saber el autor que la novela es un género agonizante que ya fue reemplazado por las series de Netflix, que de hecho pronto lanzará al aire versiones de Pedro Páramo y Cien años de soledad. 

Si alguien utópico insiste en escribir novelas sin recurrir a un ghost-writer, podría contentarse al menos con ser su propio y solitario autolector, o sea el sueño profundo del gran Borges, quien decía que no había que escribir para los otros sino para uno mismo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 14 de mayo de 2023.





viernes, 5 de mayo de 2023

EL ETERNO VERANO DE MARVEL MORENO

Por Eduardo García Aguilar

Conocí a Marvel Moreno (1939-1995) gracias al hispanista francés Jacques Gilard, a quien vi por primera en un gran encuentro de literatura hispanoamericana en la Universidad de Toulouse donde estuvieron presentes Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Juan José Saer, Flor Romero de Nohra, Alba Lucía Ángel, entre otros. En ese entonces estudiaba en la rebelde Universidad de Vincennes y nos invitaron a realizar una exposición del Centro de Información para América Latina que animábamos allí y a donde acudían muchos de los exiliados latinoamericanos. 

Con Jacques nos hicimos amigos porque encontré su billetera con papeles y dinero que él había perdido en el auditorio y lo busqué por toda la universidad sin conocerlo para entregársela. Me hizo una fiesta por ese gesto y empezó así una larga relación literaria. Él era un brillante y joven académico que estaba en ese entonces dedicado de lleno a la literatura colombiana, recopilando la obra periodística de Gabriel García Márquez y los escritos de Alvaro Cepeda Samudio y por supuesto era muy amigo de Marvel, la admiraba y ya sabía de su obra en marcha.

Yo era un muchacho y aunque ya había escrito y publicado en revistas y suplementos desde la adolescencia, hacía mis primeros intentos de escribir una novela larga y un día que él vino a París me la presentó al frente de su casa en la rue Croulebarbe y le pidió a ella que leyera mis textos y nos viéramos para hablar de literatura. Marvel también estaba enfrascada en la redacción de sus cuentos y novelas.
 
Después de ese primer encuentro Marvel me invitó a su casa para que charláramos. Ella no había publicado aun ningún libro, aunque sí cuentos en revistas. Gilard la admiraba mucho, pues había pasado temporadas en Barranquilla y se sentía barranquillero adoptivo, costeño esencial. Él fue el primero en percibir con claridad, antes de que ella publicara sus obras más importantes, Algo tan feo en la vida de una señora bien (1980) y En Diciembre llegaban las brisas (1987), la magnitud literaria y las posibilidades de Marvel.
 
El feminismo estaba entonces muy en boga en Francia a través del Movimiento de Liberación Femenina (MLF), a cuyas manifestaciones acudíamos los estudiantes con nuestras amigas o novias feministas. Esos años fueron importantes, pues en Francia se acababa de votar la autorización del aborto, promovida por la ministra Simone Veil, y el MLF era un movimiento muy activo al que éramos muy sensibles los estudiantes.
 
Cuando ella llegó a vivir a París y decidió quedarse la literatura feminista circulaba mucho entre los jóvenes, especialmente a través de la editorial Femmes, que publicó poco después en francés a Marvel Moreno. También circulaban traducciones de feministas norteamericanas como Betty Friedan, Kate Millet y Erica Jong. Ella estaba muy conectada con esa atmósfera de liberación feminista cultural y sexual generalizadas de los años 60 y 70, en tiempos posteriores a mayo del 68.  

El día muy soleado de mayo cuando la conocí hacía mucho calor y me impresionó su frescura y belleza. Era una mujer alta, moderna, con una larga cabellera y gestos de gacela, piernas largas. Llevaba jeans y una blusa blanca vaporosa. Tenía 39 años y había nacido en septiembre como yo, o sea que compartíamos el hecho de pertenecer al signo Virgo. Gilard estaba feliz, muy excitado esa tarde y bromeaba mucho con ella. Veo esa tarde espléndida en mi memoria como si hubiera sido ayer. Por los azares de la vida, he vivido todo este siglo XXI en la Place D'Italie, a unas cuadras de la rue Croulebarbe, veo su edificio desde mi apartamento y cada vez que paso por ahí me acuerdo de ella. 

Marvel le dio una estocada al mundo patriarcal de las élites de Barranquilla y lo plasmó para siempre sin miramientos. Un mundo de patriarcas vulgares y poderosos que pervive intacto en la actualidad. Después de ser la reina del Carnaval, y compartir con la Miss Universo Luz Marina Zuluaga, que asistió a su coronación, dejó atrás todo eso y se convirtió en un mito insumiso de la ciudad, la mujer que se rebela contra su destino, problemática, que cuenta todo, la mujer conflictiva que adopta la causa de las insumisas.

Fue una luchadora contra la dominación patriarcal en la Costa Atlántica, que también se extiende a los territorios interiores y capitalinos de Colombia, cuestionados por Helena Araújo en sus novelas Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota. Machismo y falocratismo que se extiende a todo el continente y al mundo y domina desde hace milenios. De hecho, su último libro salió gracias a que un movimiento de jóvenes estudiantes barranquilleras rebeldes cuestionaron con un performance durante una mesa redonda sobre Marvel la censura familiar y exigieron la publicación de El tiempo de las amazonas (2020), que es un libro muy subversivo aun para hoy.

Barranquilla siempre vivirá en su obra, la de una reina de belleza que estudia, lee y se rebela como una estrella de rock de los maravillosos años 60 y 70 y la cuestiona desde diversos ángulos con la fuerza de Susan Sontag, Angela Davis y Patti Smith. Su primera y más conocida novela En diciembre llegaban las brisas, publicada por Plaza y Janés, está marcada por el decidido carácter antipatriarcal de su obra, centrada en su ciudad natal y las tradiciones y taras sociales, culturales y de género que tuvo que padecer en aquel ambiente del que huyó para siempre y al que no volvió. Ella se atrevió a enfrentar ese mundo y alejarse de él en un barco que va sin retorno con las velas abiertas.





sábado, 29 de abril de 2023

CENTENARIO DE MANUEL MEJÍA VALLEJO

Por Eduardo García Aguilar

El 23 de abril, día del Idioma, se celebró el centenario del natalicio de Manuel Mejía Vallejo (1923-1998), escritor antioqueño ganador de los premios Nadal y Rómulo Gallegos y una de las figuras más importantes de la literatura colombiana de la segunda mitad del siglo XX. En esta oportunidad no voy a hablar de su obra, sino de los momentos en que tuve la oportunidad de compartir con él en Guadalajara y Medellín.

Debo decir que la literatura colombiana en aquellos momentos tenía un carácter más humano, convivial y menos competitivo y comercial de lo que ocurre en este primer cuarto del siglo XXI, donde la mayoría de los autores, hombres y mujeres, viven una avorazada carrera por el éxito y la fama y producen como conejos obras a destajo para estar presentes en el panorama efímero de las ferias y las librerías.

Por eso no es extraño que a los de nuestra generación, la Generación Sin cuenta, como se le suele llamar, hubiésemos tenido la oportunidad de compartir con los grandes maestros del aquel tiempo, pero no como vasallos o intimidados discípulos, sino como amigos y compañeros de mesa y ebriedad.

El gran escritor contemporáneo Juan José Hoyos ha escrito hace poco una magnifica crónica de como conoció a los 20 años a Manuel en su casa de Medellín, a donde había ido para entrevistarlo, pero que el final se convirtió en otro partícipe de esas charlas humanas donde el escritor, antes de posar, vivía y contaba la vida y la literatura al calor de los rones y el cántico de los pájaros, el ladrido de los perros y el treno crepuscular de los grillos. 

Juan José Hoyos hace un retrato magistral de Mejía Vallejo como un ser humano antes que todo, escritor que según él sería regional en el mejor sentido de la palabra regional, como lo fueron en su tiempo Tomás Carrasquilla y tantos otros de la humanidad como las hermanas Bronte, Benito Pérez Galdós, León Tolstoi, Mark Twain y William Faulkner. Sus palabras me han conmovido porque igual que él, quien es de mi generación, tuve también la fortuna de conocerlo de cerca.

Primero durante una visita a Medellín cuando vivía en México y acababa de publicar mis primeras novelas Tierras de leones y Bulevar de los héroes en la capital mexicana y llegué allí a participar en el famoso taller que él impartía en la Biblioteca Piloto de Medellín.

Como suele ser para todo escritor que publica sus primeras novelas cuando está en la flor de sus treinta años, siempre los mayores te reciben con el afecto hacia lo que ellos consideran escritores promisorios que les recuerdan los tiempos en que ellos lo fueron y por eso les abren las puertas y la amistad con la generosidad del tiempo ido. Así era también su contemporáneo y amigo Alvaro Mutis, que antes que autor era un amigo para quien la vida contaba antes que cualquier vanagloria. Y también así fueron Manuel Zapata Olivella y Fernando Charry Lara.

Manuel Mejía Vallejo me recibió en un salón aledaño al escenario desde donde impartía el taller. Como siempre vestía de traje y tenía esa figura de bigote y cejas pobladas que caracteriza a nuestros ancestros de las tierras antioqueñas crecidos con la frente despejada, un pie en las montañas y otro en los valles y las ciudades crecientes, nutridos de naturaleza, viajes a caballo, excursiones por ríos y quebradas, trochas y precipcios, y sesiones de guitarra y alcohol en fondas a la vera del camino, como en el famoso poema de León de Greiff, cuando dice que "en el alto de Otramina, pasando ya para el Cauca, me encontré con Toño Vélez en qué semejante rasca".

De esa misma estirpe era el maestro Fernando González, autor del bello libro Viaje a pie, donde cuenta sus aventuras de viaje acompañado del padre de Estanislao Zuleta a través de la cordillerra central, por donde llega a Manizales desde el norte cuando nuestra urbe estaba en plena reconstrucción tras los devastadores incendios y emergía la gigantesca catedral que entonces era para él un inmenso molar de cemento abierto en la cumbre.

Una hora antes de la salida al esenario, Manuel sacó una botella de Ron Antioqueño y empezó a servirme las mismas dosis que él bebía, de modo que al iniciarse el acto estaba prendidísimo y mucho más que él, veterano en esas lides. No sé lo que dije aquella tarde, pero sin duda los efectos del ron debieron sacar del fondo del alma de un escritor en formación los secretos más profundos. Vi por esos días en Medellín a otros dos grandes narradores amigos, Darío Ruiz Gómez y Fernando Vallejo, que son de la misma estirpe que Carrasquilla, González y Mejía Vallejo y con todos ellos compartí en la capital antioqueña horas inolvidables.

Otra vez volví a verme con Manuel en la Feria Internacional del libro de Guadalajara, que estaba dedicada a Colombia. Como era una feria aun naciente, cuando Manuel llegó a la capital de Jalisco no había habitación ni para él ni Fernando Cruz Kronfly, por lo que tuve que mover cielo y tierra con los mexicanos para solucionar el problema y evitar que durmieran ambos en los sofás del lobby del hotel. Fue una anécdota divertidísima. Después todos caminabamos felices por las soleadas calles de Guadalajara al calor del tequila y Manuel siempre estaba allí comandándonos  a todos con el aura marvillosa que aun tiene desde el más allá a cien años de su nacimiento.


  


viernes, 28 de abril de 2023

LA INAUGURACIÓN DEL CENTRO POMPIDOU

Por Eduardo García Aguilar

Como esos viejos patriarcas de bastón que recuerdan sordos y semiciegos las batallas y emboscadas de hace medio siglo, debo decir con estupor que estuve presente el 31 de enero de 1977 en la inauguración del Centro Pompidou, enorme factoría de tubos y turbinas que cumple 30 años de existencia, aún más moderno e inquietante que al principio. Tenía 23 años, estudiaba simultáneamente en ese entonces en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales en el seminario de un experto en Keynes y en la hoy legendaria Universidad París VIII, situada en el bosque de Vincennes, y para redondear mis fines de mes trabajaba como ayudante en la sección femenina de moda de la famosa revista L´Express, situada en ese entonces en la rue de Berri, junto a los Campos Elíseos.

Me encargaba allí de entregar a modelos y fotógrafos trajes y productos que las marcas de moda enviaban a la revista para ser reseñadas en la sección y luego recibirlos de las mismas preciosas manos, empacarlos y hacerlos regresar a Pierre Cardin, Yves Saint Laurent, Castelbajac, Armani, Kenzo, Dior y otras estrellas de la industria del lujo. La revista, que era entones mucho más importante de lo que es hoy, fue el primer semanario moderno francés, inventado por Jean Jacques Servan-Schreiber y Françoise Giroud y constituía el centro de la noticia y un verdadero faro de la modernidad y la ideología liberal atlantista en la Francia del pesidente Valery Giscard d´Estaing, que acaba de autorizar el aborto y aplicaba en leyes las exigencias en materia de sociedad de los revolucionarios de mayo de 1968.

Había llegado a Francia en abril de 1974, poco después de la muerte súbita de Georges Pompidou y cuando el país estaba en plena campaña para las elecciones presidenciales que oponían a Giscard y al socialista François Mitterrand. Pompidou, cuya esposa era una larguilínea experta en materias de arte contemporáneo quiso pasar a la historia al crear un museo ultramoderno que terminara para siempre con los lúgubres antros llenos de polilla y abriera puertas a la muchedumbre entre cafeterías, luces de neón, proyecciones cinematográficas, música y un ambiente de modernidad. Pero murió antes y la inauguración le correspondió a Giscard, acompañado por varios presidentes africanos, entre los que estaba el intelectual y poeta senegalés Leopold Sedar-Sengor.Alice Morgaine, que dirigía Madame Express, me pasó a mí y una bella amada mulata la invitación para entrar y después de un escarceo con los policías que ejercían el racismo anti-extranjero, anti-negro y anti-árabe en las puertas del museo que acaba de admitir a los presidentes africanos, pudimos subir por las escaleras entubadas que causaban conmoción mientras afuera reinaba como siempre un lóbrego clima invernal. 

Toda la zona estaba arrasada después de la destrucción del mercado de Les Halles descrito por Zola en El vientre de París, por lo que la inauguración del Museo Beaubourg, como también se le llama, constituyó un ensayo general para reanimar una zona deprimida, suscitando las críticas más feroces. Pero sólo basta viajar a esos instantes ahora históricos que mojan tantas páginas en la prensa europea para entender la electricidad que reinó allí como un parteaguas: a un lado policías racistas que nos molestaban y nos pedían regresar de donde veníamos, señoras elegantes con abrigos de visón y al otro presidentes africanos y jóvenes de cabellos largos despeinados vestidos de todos los colores y recién levantados después de días de sexo, peace and love, Pink Floyd, In a Gadda da Vida, Cream y Doors.

Diseñado por Rogers y Piano, que hicieron la maqueta como chiste y juego de azar, el edificio ha logrado pasar las décadas con éxito habiendo admitido al parecer 189 millones de visitantes. En su vida ya respetable abrió vasos comunicantes con Moscú, Berlín y Nueva York, redefinió y revisitó movimientos como dadaísmo, cubismo, expresionismo, situacionismo y todas las tendencias del pop art desde Marcel Duchamp y su orinal hasta Andy Warhol y los nuevos que revisan la explosión artística de los años sesenta y setenta. Esas dos décadas llenas de sorpresas y revoluciones artísticas fueron sin duda parteaguas a nivel mundial, como en su momento lo fueron los años 20. Son épocas de rebelión que marcan tendencias para largo y redefinen la relación del hombre con su tiempo derrumbando íconos y abriendo nuevas puertas para la cultura humana.

Ahora, tal y como lo hacen el Guggenheim y el Louvre, el Pompidou se clona en otras partes del planeta, lo que muestra su actualidad en tiempos de derrumbe de fronteras y muros. Haber estado presente ahí en ese momento que hoy se analiza desde diversos ángulos anima en la lucha por defender la iconoclastia, el espíritu crítico, la tolerancia y la alerta permanente hacia lo nuevo que surge de los artistas rebeldes de ciudades y suburbios. Con el arte y la libertad de expresión artística se puede luchar contra el unanimismo de las fuerzas macabras que en pleno siglo XXI creen todavía que estamos en tiempos de Hitler, Franco y Musolini.

ATGET: EL FOTÓGRAFO RESCATADO POR LOS SURREALISTAS

En la foto que le tomó la joven Berenice Abbot poco antes de su muerte, el fotógrafo Eugene Atget (1857-1927), que pasó gran parte de su vida en las calles de la ciudad trabajando con una explosiva vieja cámara de trípode, se ve como un desgarbado artesano pobre y viejo de mirada escéptica y leve guiño de cinismo. Atget parece tolerar a esa bella joven admiradora estadounidense, discípula del gran Man Ray y amiga de los surrealistas, que fotografió a los grandes artistas de su época antes de convertirse ella misma en ícono del siglo XX y a quien debe su fama posterior, pues compró a su muerte casi 2000 fotografias del viejo y las llevó a Nueva York para que fueran expuestas y publicadas con rigor académico, admiración y cuidado.
A lo largo de su vida vendió sus fotos y "documentos" a pintores, museos y oficinas de gobierno, que las utilizaban para sus propios fines, pero nunca se consideró un artista. De joven, Atget, después de pagar su servicio militar y viajar como marinero incluso hasta América del Sur y Oriente, soñó con ser actor y pintor y tras fracasar en ambos objetivos, se dedicó tardíamente, a los 32 años, a practicar la fotografia como una forma simple y algo divertida de ganarse la vida en aquellos años difíciles de precariedad, guerra y desempleo.
Sencillo, sin elegancia ni altivez, este artista al final de su vida fue objeto de admiración de los surrealistas, fascinados por sus fotografías de vitrinas, fachadas, calles, cabarets, burdeles y prostitutas desnudas y su minuciosa captación de los rincones más antiguos de la ciudad que estaban a punto de desaparecer. En algunas portadas de la revista "La Revolución Surrealista", los seguidores de Breton reprodujeron imágenes suyas y los artistas de Montparnasse comenzaron a comprar y a coleccionar algunas de sus impresiones. Como en un juego de sueños y pesadillas, el hombre rechazó fijarse en las grandes avenidas que abría la modernidad o fotografíar paisajes brumosos o castillos de sueño para concentrarse en fijar para siempre los rincones más sucios y perdidos de los barrios, allí donde pululaban miserables, marginales, borrachines, poetas y personajes pintorescos. Para un latinoamericano, estas imágenes impresionan además porque vemos con detalle la ciudad callejera que vivieron personajes nuestros como Rubén Darío o Jose María Vargas Vila o leyendas locales como los poetas Verlaine y Mallarmé.
Con Atget y su cámara uno pasa por los orinales públicos visibles en cada esquina de las plazas, mira las carretas de tracción animal afectadas por el surgimiento del auto, observa los afiches de licores que fueron prohibidos luego como la absenta o la Kola-Coca y aprecia fachadas de viejas tiendas que incluso sobrevivían desde los tiempos de la Revolución, con sus preciosas vitrinas llenas de muñecas, pefumes, sombreros, ropas de época, jabalíes, conejos, perdices, vinos, quesos y frutas. Se ven entradas de famosos bares y cabarets desaparecidos como el legendario Infierno, escaleras de casas a punto de ser derruidas, así como la miseria de los que recopilaban basura en los extramuros de la ciudad, colocaban el novedoso asfalto sobre las avenidas o vivían en las periferias hacinados en abandonadas caravanas de inmigrantes y gitanos. La ciudad en 1898 y 1899 estaba siendo abierta para instalar el metro subterráneo y crear nuevas vías aéreas y avenidas, por lo que Atget pudo captar en directo las ruinas del pasado que se iba, la vida antigua que se diluía. La ciudad se convierte así en un escenario desolado lleno de muros caídos, ropas destrozadas, ollas rotas, juguetes dañados y muebles abandonados. Mientras otros fotógrafos más famosos tomaban fotos de nobles, funcionarios o cortesanas en fiesta palaciega o se dedicaban a medrar en los sitios del poder y el dinero, él estaba del lado de los pobres y de la ciudad normal de la vida cotidiana.
Atget vendió baratas esas fotografías a la Biblioteca Nacional de Francia, que ahora, con motivo de los 150 años de su nacimiento las saca al fin de sus archivos y las expone en la primera gran retrospectiva hecha por sus compatriotas y compuesta por unas 350 piezas de un total de casi diez mil imágenes acumuladas a lo largo de su vida. Su modernidad radica precisamente en que utilizó la magia de este arte para ver la realidad en vez de esconderla o dulcificarla. La fotografía, inventada ya desde los años 30 del siglo XIX, se había convertido en una práctica de moda entre gentes adineradas que viajaban o captaban sus festines o en empresa aplicada al retrato, por lo que este loco que pasaba horas fotografiando calles y plazas sucias, clochards, vendedores y prostitutas fue un personaje algo risible y olvidado que nunca imaginó su fama futura. Lo que prueba una vez más que no son siempre los más famosos y triunfadores en vida los que pasan a la historia, sino los auténticos creadores que tienen otra mirada sobre las cosas ante la indiferencia de sus contemporáneos y los expertos del momento.