sábado, 15 de agosto de 2020

AUGE Y CAÍDA DE JOSÉ AGUSTÍN

Por Eduardo García Aguilar


En los primeros años de mi estadía en México fui invitado el 19 de agosto de 1984 a un encuentro de dos días en homenaje a José Agustín (1944), una leyenda con rango de estrella de rock, quien desde antes de cumplir veinte años se había había convertido en ídolo de la juventud. Con piel broncínea, delgado, bajo de estatura, irreverente, hiperactivo, luciendo gafas y mechón adolescente, este joven de clase media lideraba el movimiento de la literatura de la Onda, con influencias de los beatniks, el rock y el espíritu de las juventudes occidentales que hicieron estallar las tradiciones culturales, sociales y literarias.

Varias decenas de escritores de diversas generaciones, algunos de los cuales ya eran mis amigos, fueron convocados a permanecer un fin de semana en la ciudad de Cuautla, en el estado de Morelos, tierra natal del legendario Emiliano Zapata, para celebrar los cuarenta años del autor de La tumba, a quien se consideraba el máximo exponente del famoso Movimiento de la Onda, al que pertenecieron entre otros Gustavo Sáinz y Parménides García Saldaña. En ese tiempo la generosidad proverbial de la instituciones universitarias y del Instituto Nacional de Bellas Artes propiciaban aquellas reuniones donde compartían los más jovenes autores con otros más experimentados y se debatía con entusiasmo sobre la actualidad y el futuro de la literatura. Y por supuesto, al terminar los debates comenzaba la fiesta.

Tal vez porque era uno de los pocos extranjeros presentes me pusieron a la hora del almuerzo en la mesa central frente a José Agustín y su esposa Margarita Bermúdez, con quien ha vivido casi toda la vida, y al lado de varios autores alternativos y tímidos que seguían el camino del ídolo desde posiciones marginales y rebeldes. En un hotel campestre de los tiempos de Malcolm Lowry, hermano del mítico Hotel Casino de la Selva que aparece en Bajo el volcán, transcurrieron aquellos felices dos días en compañía de los más promisorios autores de las nuevas generaciones y algunos jóvenes clásicos que ya se nos han anticipado al viajar al más allá como los narradores y amigos Guillermo Samperio y Daniel Sada.

Entre vagos recuerdos percibo al ensayista y poeta Evodio Escalante a mitad de la noche tocando el piano y dándonos un execelente concierto de jazz, mientras pasaban de mano en mano las copas de tequila. Entre las jóvenes autoras presentes estaban las escritoras Carmen Boullosa y Silvia Molina y otras muchas más que se difuminan en el recuerdo. Aquel encuentro hace ya parte de la arqueología de una generación y algún día aparecerán las crónicas y las fotos de ese feliz ágape en torno al cual todos fuimos felices con José Agustín.      

Él hablaba rápido, era amigable como pocos, vestía de manera informal a diferencia de otros intelectuales encorbatados, reía siempre poseído por una alegría natural y a sus textos imprimía la velocidad del habla coloquial utilizada en las clases medias estudiantiles y de izquierda de la Ciudad de México. Sus libros se agotaban  rápido en ediciones de decenas de miles de ejemplares y cuando se presentaba en público era rodeado por centenares y miles de estudiantes y colegialas que se iniciaban en la lectura con libros que les contaban las penas y las esperanzas de aquella idílica primera edad en que todo parece luminoso aunque sea terrible.

Su fama llegó a lo máximo en los años 60 cuando fue encarcelado por un lío de cannabis en el Palacio de Lecumberri, donde estuvieron también presos figuras como David Alfaro Siqueiros, José Revueltas y otras grandes personalidades de la disidencia mexicana que luchaba desde la izquierda contra la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), acusado de la mataza de Tlatelolco antes de los Juegos Olímpicos de 1968 y de actos represivos violentos en la siguiente década a manos de los tenebrosos Halcones.

También su romance mediático con la cantante Angélica Maria, otro ídolo de la juventud mexicana, contribuyó a convertir al veinteañero en una estrella cuya luz nunca declinó a lo largo de las siguientes décadas, en las que escribió muchos libros, guiones, artículos, participó en programas de radio y televisión y recorrió sin cesar el país, además de vivir temporadas en Estados Unidos invitado por varias universidades donde daba clases de creación literaria. Obtuvo a fines de los años 70 las becas del International Writing Program de Iowa, Fullbright y Guggenheim.
       
En esos primeros años mexicanos compartíamos espacio en la páginas culturales de Excélsior dirigidas por el maestro Edmundo Valadés, y el mismo año 1986 publicamos en la editorial Plaza y Valdés sendas novelas, él la magnífica Cerca del fuego, una de las que más me gusta entre todas sus obras, y yo Bulevar de los héroes, que acaba de quedar finalista en el premio Plaza y Janés de España. Era un honor coincidir en su momento en la misma editorial con el mito más vivo de la nueva literatura mexicana del momento, una persona que parecía encarnar la juventud eterna.

En sus inicios obtuvo la beca del Centro mexicano de escritores y participó en un taller literario dirigido por Juan José Arreola y pronto, con buen olfato de editor, lo lazó el español Joaquín Díaz Canedo en la editorial Joaquín Mortiz. También estudió cine y participó en decenas de proyectos cinematográficos, en algunos de los cuales trabajó con Gabriel García Márquez. Entre sus libros figura La tumba (1964), De perfil (1966), Inventando que sueño (1968), Ciudades desiertas (1982), Cerca del fuego (1986) y la serie Tragicomedia mexicana.

Todo parecía pues sonreírle a este amable y talentoso autor, llamado a recibir todos los honores y homenajes en una larga y feliz ancianidad, como es tradición en México para los escritores de éxito, hasta el día en que la propia fama y la gloria en vida le hicieron una curiosa jugada que es a la vez una metáfora y un mensaje a todos los escribidores del mundo. En 2009 le realizan un homenaje en un teatro y la muchedumbre juvenil sube al escenario para abrazarlo, besarlo y pedirle autógrafos con tal ímpetu que el escritor pierde el equilibro y cae al fondo de la orquesta, dos metros abajo. Por su generosidad, José Agustín era el que menos merecía un accidente de esta índole.

La caída fue tan brutal que le causó graves lesiones cerebrales por las cuales ha perdido segementos de la memoria, aunque no toda por fortuna, según relata su hijo menor Jose Agustín Ramírez Bermúdez en una serie de magníficos, amorosos y conmovedores relatos sobre la vida y obra de su padre, publicados periódicamente en el suplemento Laberinto del diario capitalino Milenio. 
 
José Agustín reside en la misma casa de Cuautla rodeada de naturaleza que compró a su padre y donde ha residido durante medio siglo al lado de su esposa e hijos. Disfruta ahí de su pasión por el rock y con frecuencia parece recuperar la agilidad mental que electrizó a generaciones de jóvenes mexicanos. José Agustín está vivo y vive en su efervescente obra. Desde ese lugar de México sus poderosas ondas literarias irrigan el continente latinoamericano.     

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 16 de agosto de 2010.


   


miércoles, 29 de julio de 2020

BITÁCORA DE LAS RUTAS DE IFIGENIA





















Por Eduardo García Aguilar
La editoral Uniediciones en su colección Ladrones del tiempo, dirigida por el escritor francés Stéphane Chaumet, publicó en el marco de la pasada Feria del libro de Bogotá la novela Las rutas de Ifigenia, quinta en la lista personal y sobre cuya escritura quisiera hacer una pequeña recapitulación, ahora que aparecerá en el otoño de 2020 en inglés, traducida por Jay Miskowiec y publicada por Aliform Publishing, pues cada libro tiene su propia historia accidentada desde que aparece el embrión de la historia, crece y se modifica con el tiempo hasta concretarse y nacer.
La historia de una Ifigenia colombiana ya había tenido vagos bocetos anteriores cuando emprendía en México la escritura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.
Como suele ocurrir en la mayoría de los autores desde los tiempos de Sófocles y Esquilo, las historias surgen de la infancia y la adolescencia y del descubrimiento y el sufrimiento del mundo en campos, pueblos o ciudades donde transcurrieron los primeros años de la vida y que son el microcosmos de toda existencia cargada de alegrías, dramas, guerras, injusticias y tragedias sin fin. En cada lugar por enorme o pequeño que sea se encuentran estructuras esenciales como son familia, religión, escuela, manicomio, cárcel, poder, ejército, policía, oficios y artes, viaje, exilio, amistad, amor y muerte, entre otros muchos aspectos.
Todas las vidas de los habitantes de ese microcosmos esencial son atrapadas y trituradas por estructuras que son como un caleidoscopio centrífugo de existencias y cada vida sigue por caminos inescrutables e impredecibles, unos hacia el auge y la caída ineluctable, otros a la desaparición prematura o la lejana senectud. Padres e hijos, familiares, amigos siguen diversas rutas, que son la dinámica básica de la que se han nutrido las historias de los libros de ficción de todos los tiempos. Es lo que se cuenta en La montaña mágica de Thomas Mann, La marcha de Radetsky de Joseph Roth o en Los ríos profundos de José María Arguedas.
En esas canteras vitales los autores tratamos de reconstruir en un momento dado el pasado, escrutar los destinos de nuestros ancestros o los contemporáneos y las taras y miserias que marcan la historia de la región o el país de donde somos originarios. Unas veces los autores crean para tomar distancia países o ciudades imaginarias y otros por el contrario deciden nombrar todas las cosas por su nombre. El reto es tratar de enfocar la cámara a un segmento caracterizado por la unidad de lugar y de tiempo, donde podamos ver como en el microscopio la evolución de los microorganismos.
En este caso quería volver a contar a mi ciudad Manizales tal y como ha sido con sus calles, paisajes y edificios emblemáticos, casonas centenarias, sin olvidar la vegetación que la rodea, los aguaceros y las nieblas y la vida de unos adolescentes que despuntaron al mundo en una época muy especial, la de los últimos dos años de la década de los 60 del siglo pasado, cuando la humanidad llegó a la Luna en julio de 1969, hace medio siglo, un acontecimiento que sacudió al mundo y aun sigue vigente. Se abría entonces una nueva era que desquiciaba las sólidas tradiciones familiares del patriarcado y liberaba las fuerzas de los jóvenes en medio de una desbordada liberación sexual, despego de las religiones y poderes establecidos, y deseos de cambio radical en el marco de la Guerra fría, lo que llevó a muchos a lanzarse como mártires en aventuras armadas y subversivas, inspirados en figuras crísticas como el padre Camilo Torres y el Che Guevara.
Apenas unos lustros antes Colombia había salido de otro terrible episodio de la Violencia entre liberales y conservadores, pero de nuevo los tambores de la guerra volvían a sonar. Ante el estupor de los viejos progenitores involucrados en la guerra reciente, la trituradora de la historia llevó entonces a la tragedia a miles de jóvenes de las clases medias o bajas, unos en el remolino del rock, la salsa, las drogas y la liberación desenfrenada de los cuerpos, otros en la búsqueda del arte, el teatro y la poesía o en la delincuencia, y otros a morir o perderse en el deseo del martirio por una causa imposible, manipulados por fuerzas mundiales que los sobrepasaban y que no comprendían.
Muchos jóvenes se perdieron, se sacrificaron, se malograron, enloquecieron, suicidaron, murieron, fueron ejecutados y triturados causando el llanto de los progenitores como en las tragedias griegas. El choque fue frontal entre padres e hijos, entre autoridades e instituciones y las nuevas generaciones, como siempre ocurre en los intersticios de las épocas conflictivas que surgen tras relativos tiempos de estabilidad. La guerra vivida y sufrida por los mayores en los años 40 y 50, cuyo punto crucial fue el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y el Bogotazo de 1948, aplastaba simbólicamente los destinos de los jóvenes y la historia volvía a repetirse. Los viejos líderes políticos que polarizaron el país con sus discursos incendiarios y causaron esa guerra seguían como fantasmas o vampiros chupando desde ultratumba el alma de las nuevas generaciones.
En Las rutas de Ifigenia orienté el microscopio de la escritura a esas vidas en flor de ambos sexos que surgían al mundo en medio de esas máquinas trituradoras de culturas, costumbres e instituciones, cuando unos querían el rock, salsa, droga y fiesta y otros la revolución y cuando llegaban a la ciudad todas las tentaciones en el marco del los primeros Festivales de teatro universitario, a los que asistieron figuras como Pablo Neruda, Miguel Angel Asturias y Ernesto Sábato, entre otras vacas sagradas de la literatura latinoamericana y el teatro mundial.
Uno siempre vuelve a la adolescencia y a la ciudad natal como los insectos que vuelan en torno al foco de luz a riesgo de quemarse. Antes había escrito Tierra de leones (1983), sobre el periplo imaginario de Leonardo Quijano, loco esencial de Manizales, malogrado en otros tiempos de conflicto, a la que siguió Bulevar de los héroes (1986), inspirada en parte en la vida imaginaria de otro destino malogrado, el pantagruélico médico Tulio Bayer, quien murió en el exilio en París, y luego El viaje triunfal (1993), sobre el periplo de un poeta imaginario modernista y vanguardista, Arnaldo Faría Utrillo, quien después de dar la vuelta al mundo en la primera mitad del siglo XX regresaba a morir en la ciudad en los tiempos del nadaísmo.
Con Tequila coxis (2003) me sumergí para variar en el vientre de la Ciudad de México, donde viví mas de tres lustros, a través de la búsqueda de un joven que va tras los rastros de su madre, una malograda actriz colombiana de los tiempos del cine de oro mexicano, pero con Las rutas de Ifigenia vuelvo a mi ciudad natal nombrándola con su propio nombre y con sus cines, cafés, calles, parques, patios, lluvias, nieblas, montes, flores, monumentos, personajes y figuras de su tiempo.
Como decía Julio Cortazar sobre el arte del cuento, escribir una historia es como lanzar una liebre en un estadio y con los ojos vendados tratar después de rescatarla. Cuando uno llega al final y al fin atrapa al animal éste ya no es la misma liebre del comienzo, es otra cosa. Por eso la escritura de una novela es un reto terrible y destructor, desestabilizador, pero al fin de cuentas maravilloso si algun día uno logra liberarse de ella, dejándola atrás para siempre como un objeto desconocido.
ura de El viaje triunfal (1993), pero otros libros se atravesaron en el camino y la temática quedó engavetada hasta que la rescaté hace unos años.

domingo, 26 de julio de 2020

BREVE HISTORIA DEL FUNDIDISMO

Por Eduardo García Aguilar

En literatura bien puede decirse que todo se define en la adolescencia, cuando el estudiante de bachillerato escala los últimos grados y comienza a ser un ciudadano a carta cabal que enfrenta los poderes o los busca y a la vez encuentra las afinidades y las fobias que marcarán para siempre su vocación. Lo mismo puede decirse para músicos, artistas plásticos, científicos, bandidos, políticos, abogados, médicos y deportistas, entre muchas otras disciplinas. 
La vida es después un largo camino de ajuste de esas inquietudes y sueños iniciales, lo que no evita las sorpresas del camino, cuando el destino hace girar de repente hacia a otros rumbos inesperados al protagonista de su propia vida. 
Como en las grandes novelas de iniciación o aprendizaje denominadas en alemán Bildungsroman, como Las tribulaciones del estudiante Törles, entre muchas otras, el joven precoz de 15 o 16 años se bebe el mundo con todas sus antenas y lo entiende con sus instrumentos frescos y recientes y en perfecto estado de funcionamiento. Ese segmento inicial, como el del mítico Andrés Caicedo, es un nucleo protéico esencial tras el cual la vida es solo una repetición insondable del inicio. Otras novelas de iniciación que se refieren a esos temas y nos ilustran sobre el asunto son Los años de aprendizaje de Wilhem Meister de Goethe, El rojo y el negro de Stendhal, La Educación sentimental de Flaubert, Retrato de un artista adolescente de James Joyce, La montaña mágica de Thomas Mann y Demián de Herman Hesse.
El lector adolescente por lo regular se conecta en esos momentos con algunas figuras básicas de la literatura como Walt Withman, Arthur Rimbaud, Franz Kafka o Federico Nietzcshe. Con el primero descubre la palabra fundacional de un país joven, con el segundo los arcanos de la rebeldía a ultranza, con el tercero los laberintos del misterio, las modalidades del absurdo, y con el cuarto se dispara hacia las indagaciones más osadas sobre el hecho de existir.
En otras disciplinas ya en el colegio se definen también las tendencias, pues el rebelde y justiciero comienza a mostrar sus impulsos redentores que en muchos casos lo llevarán al fracaso y a la muerte, mientras otros, como el conservador autoritario, el militarista o el ávido de riquezas se perfilan ya con todos sus talentos, argucias y energías. 
El colegio en abstracto es ya un ensayo del mundo futuro pues allí como mandatarios figuran el rector y el vicerrector que pueden ser queridos u odiados, buenos y malos profesores, detestados prefectos de disciplina, autoridades que garantizan el orden o líderes que organizan huelgas o actividades culturales no muy bien vistas por quienes aman el engranaje sin resquebrajaduras, matices o delirios.
Y digo el colegio en abstracto porque los adolescentes de una ciudad crean vasos comunicantes entre todas las instituciones cuando se cruzan en el ágora de la fiesta, los conciertos, los espectáculos o las manifestaciones que convocan a una generación a interesarse por los problemas y los asuntos del país, colocándose en alguna esquina del espectro político como lo han hecho en otro tiempo progenitores, abuelos o ancestros de otras épocas y en todos los continentes.
Luego el destino dispersa a todos esos personajes conocidos en las aulas y con el tiempo llegan las noticias de sus vidas. Cuando se hace el balance, el poeta en ciernes seguirá siendo poeta, el dramaturgo deambulará por los escenarios, el abogado vivirá en los tribunales, el rico en los clubes y casinos, el militar en los campos de batalla y así suscesivamente se declinan los destinos en todos los tiempos verbales posibles.
Pienso todo esto ahora que desenvuelvo el rollo del tiempo con motivo de la partida reciente de Enrique Cardona Hernández, amigo de colegio con quien fundamos hace medio siglo un movimiento poético secreto que pretendía ser más revolucionario que los nadaístas y todas las vanguardias juntas. Ya a los 16 años él había leído a los vanguardistas del siglo XX y a los poetas malditos, por lo que rápido nos hicimos amigos y cómplices de la aventura literaria.
Tal y como hicieron los dadaístas en Zurich nos reunimos en un restaurante chino llamado Chop Suey, situado en la carrera central de la ciudad, y allí con los ojos cerrados exploramos entre las páginas de un diccionario al azar una palabra que definiera nuestro movimiento y encontramos el término fundar, de donde salió el Fundidismo, nombre que sugería no solo el hecho de fundar sino el de fundir los metales y las cosas. Subíamos a la azotea del Banco del Comercio situado entonces al lado de la Catedral y desde ahí lanzábamos nuestros textos despedazados. 
Ambos solíamos acaparar los principales premios de los concursos literarios colegiales o intercolegiales en cuento, poesía y ensayo. Alguna vez él ganó con un cuento titulado 9.000 pasos sobre el polvo y otras fue mi caso con La cuadra de la clepsida o La vigilia de los relojes. Esos textos fueron publicados por el nadaísta Mario Escobar Ortiz en el suplemento literario dominical que dirigía en La Patria y los conservo como si fueran papiros egipcios o palimpsestos hebreos.
A los 16 años ya habíamos aparecido en letras de molde y nos sentíamos impulsados por una fuerza poderosa tan enérgica como las turbinas del cohete Saturno V que había llevado hacía poco a los hombres a la Luna. El nadaísta había ilustrado mi cuento con el famoso cuadro de Munch El grito y el de Enrique a su vez mereció una imagen expresionista como el espíritu de ese precoz amigo. 
Luego pasamos a la experiencia del libro creando una pequeña editorial artesanal, las Ediciones Ecurilodaóricas, que confeccionábamos y encuadernábamos con nuestras propias manos y donde publicamos un solo libro dedicado a nuestros terribles poemas fundidistas, con respectivos prólogos explicativos, que guardo como un incunable de la arqueología personal. Fue un juego confidencial realizado entre dos adolescentes que representaban en la ciudad el arquetipo del personaje literario del Bildungsroman. Creamos un movimiento secreto con dos fundadores y dos seguidores, que éramos nosotros mismos, y luego la vida nos llevó por donde quiso llevarnos.
Enrique, amante del rock y moderno esencial, estudió después la carrera de medicina en la Universidad de Caldas y ejerció mucho tiempo como médico cirujano en Manzanares, en el oriente de Caldas, en los tiempos de otra ola de violencia, y operó y salvó cientos de vidas de heridos por arma blanca y bala que llegaban día a día a su hospital en medio de la guerra, según relató en nuestra última feliz charla en mayo de 2017. 
Durante su vida fue un médico humanista y generoso y se destacó como campeón de ajedrez y experto en los arcanos de la informática moderna, otra de sus pasiones. Nos reencontramos en la cantina El punto de Serpa con nuestro amigo Antonio Leyva, que lo dirigió en una obra de teatro donde él hizo de payaso, para brindar por la vida y el arte, no lejos del centro de ajedrez donde ejercía Enrique y del Hospital Universitario que tan bien conocía. Ahora que ha emprendido una nueva aventura en el país de nunca jamás, es hora de empezar a contar por fin la Increíble y breve historia del Fundidismo. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Domingo 7 de abril de 2019.

EL GEÓGRAFO ARTHUR RIMBAUD

Por Eduardo García Aguilar

Rimbaud nunca supo que era ni sería el gran poeta Rimbaud y cuando decidió partir a los 26 años a recorrer el mundo, solo, como un ermitaño, dejó atrás para siempre a Francia y al terruño del este, cerca de Charleville, donde quedaron su madre Vitalie y su hermana Isabelle. Regresaría una década después para morir en Marsella a los 37 años en 1891.

Antes de partir definitivamente a África, durante cinco años caminó por Europa como un vagabundo haciendo pequeños trabajos para sobrevivir y varias veces se desmayó por hambre o fatiga en los caminos de Italia, desde donde viajó a la isla de Chipre, siempre buscando estar más lejos de donde estaba lejos. Había decidido dejar atrás su pasado y borrar sus tiempos de poeta adolescente y las locuras que vivió con Verlaine en Francia, Bélgica  e Inglaterra.

Nació en 1854 en Charleville, bella ciudad con una plaza antigua construida con la piedra de color rosado de las canteras de la zona y que aun hoy es admirada, aunque para él no significaba nada, pues la vida familiar y provinciana lo asfixiaban. Desde temprano tuvo muy buenos resultados en la escuela de su época que daba gran importancia a la lengua y la retórica, por lo que adolescente era ya un brillante escritor y lector de clásicos, admirado por sus maestros.

Su padre el capitán iba y venía de un lado para otro, casi siempre ausente, dedicado a una vida permanente de desplazamientos y aventuras que terminó con el abandono de su familia. El clan de tres hermanos quedó en manos de la autoritaria madre Vitalie, quien hizo todo lo posible por retener a su hijo, que desde muy temprano se escapaba de casa a buscar un más allá aun indefinido. Durante esas fugas escribió sus primeras obras y encontró a Verlaine y el medio literario parisino que se asombró desde temprano por su talento.

Pero el alcohol, los malos pasos, la violencia y la errancia terminaron por convertirlos a él y su amigo Verlaine en marginales de su tiempo. El primero siguió su camino poético y bohemio, convirtiéndose más tarde en un gran poeta famoso en vida, aunque borrachín e impredecible, y el geniecillo loco dejó todo atrás para irse a buscar los mundos más lejanos, libre total como ese extraordinario Barco ebrio que va por el río sin amarras ni piloto.

Tal vez en el fondo buscaba a ese padre militar ausente que fue viajero y explorador y cuya maleta de recuerdos reposaba abandonada en un desván de la casa de Charleville. Leyó aquellos cuadernos, apuntes geográficos, imágenes, documentos y, cuando pudo, quiso emular su vida sin amarras. Después de bogar por la corriente de la vida logra que lo contraten como maestro de obra en una construcción importante en la isla de Chipre, que es la puerta del Oriente Medio.

De allí viaja al Cuerno de África, en la lejana Abisinia, donde es contratado en empresas fundadas por jóvenes aventureros que buscaban hacer fortuna en aquellos territorios y a la vez deseaban dejar atrás tortuosos pasados de amor y desamor. Al comienzo trabaja en una plantación de café donde se concentraba la producción del grano, encargado de revisar y seleccionar los cargamentos que eran exportados hacia Europa por el mar Rojo y el Canal de Suez.  

Uno de sus jefes, Alfred Bardey, lo recuerda como alguien emprendedor, fuerte, caprichoso, de una inteligencia excepcional y un cáracter indómito. Aunque nunca le dijo a sus nuevas amistades que alguna vez fue poeta en París, ellos se daban cuenta que era un individuo culto, talentoso en el dominio de las lenguas, entre ellas el árabe y el dialecto local que aprendió con rapidez, así como por su don de gentes con los habitantes de Abisinia, a quienes trataba de igual a igual, a diferencia de los jefes europeos que tenían alma de crueles colonialistas y terminaban por ser asesinados en emboscadas.

Pronto crea su propia empresa y gracias a sus contactos con los reyezuelos locales como Menelik II, se dedica al tráfico de armas y otras mercancías provenientes de Europa y abre sus propias rutas por peligrosos caminos desconocidos, ya que entretanto perfeccionó sus conocimientos de topografía, geografía y diversos oficios técnicos necesarios para enfrentar todas las vicisitudes. Crea un círculo de amigos con Ugo Ferrandi, Jules Borelli, Leopoldo Traversi, Edouard Bidault, Alfred Ilg, entre otros. Y toma en serio su trabajo como explorador y geógrafo, pues envió artículos e informes a varios periódicos y Sociedades geográficas de su tiempo en Egipto, Italia, Francia y Bélgica.

Tuvo que regresar de Harar, donde vivía en el Hotel Universal, al puerto francés de Marsella, por problemas graves de salud y aunque le amputaron una pierna, hasta el último suspiro quiso regresar a Abisinia, donde había encontrado su grupo de amigos y una vida concreta y feliz entre los espigados y bellos abisinios. Al morir tenía una buena fortuna y de haber seguido en vida es probable que se hubiese convertido en un viejo magnate poderoso en aquella zona clave de cruce de coordenadas entre Oriente Lejano, Oriente Medio, África y Europa.

La Sociedad de Geografía, fundada en 1821, le dedicó en 2006 un homenaje especial en el número 1519 bis de la revista, casi bicentenaria, La Geografia. Los ensayos incluidos fueron leídos en un coloquio celebrado el 9 de octubre de 2004 por grandes expertos contemporáneos, entre ellos su presidente Jean Bastié, el profesor de la Sorbona Pierre Brunel, presidente de la Sociedad de amigos de Rimbaud y el escritor Claude Jeancolas. La revista trimestral, discreta, que tiene el mismo formato de la revista colombiana Aleph, dirigida desde hace medio siglo en Manizales por Carlos Enrique Ruiz, lleva en su portada una de los pocas fotografías conocidas del poeta, de pie junto a un árbol, quien nos mira vestido de blanco con severidad, directo a los ojos, y lleva los brazos cruzados.

Es una delicia leer los ensayos rigurosos de los expertos, quienes nos hacen conocer a un Rimbaud desconocido, real, explorador y geógrafo, que siguió su camino poético por otros rumbos, como el estar siempre lejos de donde se está lejos. Puesto que Rimbaud saltó a la fama solo después de muerto, algunos de sus conocedores afirman que él nunca supo que fue o iba a ser el gran Rimbaud. Bella metáfora de la vida de alquien que repudió la fama y la gloria literarias en vida, pero fue atrapado por ellas mucho tiempo después de su partida de este mundo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domigo 17 de mayo de 2020.

LOS LOCOS DEL COLEGIO


Por Eduardo García Aguilar

Hay algo que mucha gente no sabe y es que por lo regular los que alguna vez entran al vicio de la escritura lo hacen por una pasión inexplicable, como si de repente un virus desconocido los hubiera atacado desde la infancia y la adolescencia. Y que al empezar ese camino excéntrico nunca pensaron que lo hacían para lograr dinero, fama o poder, sino sastifacer esa necesidad imperiosa de plasmar con letras, ideas o historias. Igual ocurre con músicos, cantantes o pintores y otros artistas como payasos o dramaturgos, que ya desde temprano ejercen sus oficios sin saberlo y que son reconocidos por los compañeros de clase en escuelas y colegios.

Ya desde temprano esos seres raros y excéntricos aparecen en las aulas y se enfrentan a la incomprensión de un sistema escolar que busca antes que todo formar ingenieros, médicos, técnicos, gente útil que sirva para algo fructífero y genere dividendos y propicie una situación sólida en la sociedad. Los maestros, rectores, vicerrectores, prefectos de disciplina y otras autoridades desde temprano pillan a esos rebeldes y les hacen la vida difícil. También los compañeros no entienden a esos que por lo regular ya llevan el apodo de "locos".

Pero los "locos" del colegio siguen firmes en su camino y expanden sus conocimientos culturales por fuera de las aulas en grupos de teatro o musicales, tertulias literarias o filosóficas o circos imaginarios que acaparan su tiempo, convirtiendo las arduas tareas escolares en algo secundario que concita la severidad de quienes velan por el avance inexorable de conocimientos más útiles como matemáticas, física y química y otras materias que llevarán a los mejores a los primeros puestos y a las carreras arduas del deber.

Pero el poeta "loco" del colegio toma ya desde temprano el placer de pertenecer a esa estirpe de incomprendidos a la que pertenecieron todas las figuras del santoral literario o filosófico encabezados por Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Jane Austen, Federico Nietzsche, Rubén Darío, Rimbaud o Virginia Woolf, entre otros muchos desquiciados de otros tiempos idos. Y al final el poeta, el músico o el filósofo del colegio termina por adquirir un aura que envidian aquellos que ocupan los primeros lugares e incluso vagos y nulos que tarde o temprano también terminarán por ser expulsados o marginados.

Los vagos y los artistas terminarán en el mismo grupo de los expulsados que pasan e colegio en colegio como almas en pena, apoyados por autoridades más humanas que saben que en todos ellos también existe el fuego de la vida y la chispa de la existencia. Repitentes, rebeldes sin causa, agresivos, insolentes, inadaptados, poetas, teatreros, rockeros, payasos, viven su errancia como una forma de conocer más mundo que aquellos que siempre estuvieron parados en la misma estaca de los loros incapaces de aventura y vuelo.

En el camino muchos de esos personajes locos del colegio son triturados por la vida y no es extraño encontrar mucho tiempo después a algunos de esos iluminados poseídos por la droga, la locura, el fracaso, el suicidio, o atrapados en el redil, convertidos en sumisos agentes de un mundo de máscaras con tristezas o frustraciones profundas, obligados a ejercer profesiones u oficios que nunca imaginaron. Pero algunos son fieles a su figura por siempre y ejercen la poesía, la literatura, la música, la filosofía o el teatro pese a las dificultades y la incomprensión de una sociedad que los acepta como bufones y arlequines, pero en el fondo los desprecia porque lo que vale para el sistema en boga es solo el dinero, el éxito, el poder y el avasallamiento de los otros.

No es extraño que en una sociedad tan corrompida como la nuestra los reflectores siempre se dirijan hacia una farándula famosa de narcos, bandidos, violentos de todos los pelambres, estafadores, pillos, periodistas venales, políticos sin principios ni ideas y que sean ellos quienes ocupen día a día las primeras páginas de los diarios y los momentos estelares de los noticieros y que su voz incoherente, ruin, cómica e inconcebible se convierta en el centro de la atención y en el ideario seguido por las mayorías.

Todas esas figuras de una comedia mediocre ascienden como meteoros y estallan en el aire para desaparecer por lo regular al final acribillados o en las cárceles, después de brillar por años o décadas ante una masa manipulable. Ellos son quienes reciben condecoraciones, honores y cargos inmerecidos, prebendas inauditas y aplausos sin fin en el escenario de las banana repúblicas. Ahora incluso los más atroces bufones, violentos e ignorantes politicastros del mundo son los que logran con sus desplantes animar la galería para llegar al poder y reinar allí como los peores sátrapas.    

Por eso son tan importantes en un mundo así los escritores, filósofos, poetas, pensadores, artistas, músicos, actores, saltimbanquis, arlequines que escriben, piensan, cantan y actúan para nada y para nadie. Su voz y su imagen es escuchada por pocos, se ve en escenarios secretos, en ágoras ignoradas, pero por el solo hecho de existir y vivir se convierten en los pilares de la sabiduría y la cultura de un pueblo porque hacen cosas sin buscar recompensas, medallas o aplausos. 

Hoy todavía los humanos recordamos a figuras locas como Sócrates, Diógenes o Nietzsche, Sor Juana Inés de la Cruz, Virginia Woolf o Simone de Beauvoir, porque ellos y ellas desde su margen siguen marcando el sendero más inesperado de lo humano, el que más luz genera y más sentido da a la existencia.     
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 12 de julio de 2020

     

POETAS Y ROMÁNTICOS EN LA ERA YOUTUBE

Tumba de Casimir Delavigne en Père Lachaise

Por Eduardo García Aguilar

En estas épocas de pandemia y crisis mundial proliferan los festivales poéticos en línea donde todos los escribidores del mundo encerrados por obligación participan en recitales colectivos que otros solitarios tal vez observan y escuchan en sus guaridas cerradas ante el peligro de la peste. No me imagino lo que pensarían de esto los poetas de otros tiempos, que más solitarios aun dejaban solo al azar del destino la difusión de sus obras en el formato libro, reinante desde los tiempos del gran Gutenberg, o por medio de cartas, que llegaban muchos meses o semanas después a su destino de ultramar.

Gracias a la velocidad y visibilidad que otorgan las redes sociales, dos siglos después de la primera, vivimos al parecer otra espléndida era romántica en estos tiempos terribles y extraños de las primeras décadas del siglo XXI, donde muchos piensan que el cambio climático nos conduce a un nuevo apocalipsis, acompañado de amenazas bélicas y represivas. A través de las redes sociales, Twitter,  Facebook o Youtube cualquiera puede ahora gritar, llorar, reír y lanzar sus ideas, imágenes y poemas al mundo sin tener que pasar por los controles de los caciques poderosos de la cultura o los grandes medios controlados por poderes económicos, ideológicos o religiosos.
 
Ante los nefastos poderes mundiales florecen ahora generaciones anticapitalistas, ecologistas, animalistas, antirracistas, feministas, LGTB, que buscan con su voz liberar fuerzas que hasta hace poco estuvieron reprimidas. Nuevos héroes como el Julian Assange de Wikileaks o figuras reprimidas en países como China, Rusia, Oriente Medio, Africa o Estados Unidos, músicos, artistas, poetas o heroínas del Metoo, usan las redes para denunciar la corrupción y defender sus causas, pedir autonomías étnicas, indígenas, raciales, de género o regionales y solicitar la liberación de los perseguidos o la redención de los desposeídos. Este nuevo movimiento romántico podría tener similitudes con el del siglo XIX, liderado por Víctor Hugo, Goethe y Byron.

Por eso hay que volver a visitar aquel movimiento de sueños. Como ahora es tan fácil encontrar tirados junto a los basureros o en las aceras de las ciudades los más increíbles incunables de otros tiempos botados por nuevos inquilinos que vacían cavas, graneros o sótanos, suelo rescatar viejas ediciones de poetas que ahora nadie lee y que en su tiempo fueron grandes estrellas de la poesía como Casimir Delavigne (1793-1843), quien está sepultado junto a Balzac y Nerval en el cementerio Père Lachaise de la capital francesa. Es una delicia leerlos en libros de comienzos del siglo XIX, tocados por las manos de aquella generación surgida después de la Revolución Francesa y al interior de los cuales a veces halla uno papeles, hojas o flores olvidados e intactos.

Las ediciones de aquellos tiempos de auge romántico se hacían en papeles finísimos que resisten el paso del tiempo y solían estar ilustradas con grabados preciosos que cubrían con papeles de seda para no manchar las páginas y que hoy podrían ser sacados y cortados para convertirse en cuadros. Prefiero dejarlos así y con frecuencia vuelvo a esos libros empastados con gusto y tan sólidos como rocas, de tal forma que aquel formato podría cruzar los milenios sin desmoronarse o difuminarse en átomos volando. Lo lanzado ahora a las redes vuela pero se difumina muy rápido en el olvido tras los quince segundos de fama teorizados por Andy Warhol.

Delavigne se hizo famoso al escribir largas odas después de la derrota de Napoleón Bonaparte en Waterloo en julio de 1815, logrando un éxito impresionante, pues sus poemarios se vendían por decenas de miles y pasaban de mano en mano como hoy las voces y las imágenes pasan de un teléfono celular a otro. Tuvo éxito también como dramaturgo y fue nombrado por la monarquía de la Restauración como bibliotecario del Palais Royal y ungido a la edad de 35 años como miembro de la Academia Francesa. Adulado, admirado, propietario de una bella mansión en las orillas del Sena otorgada como canonjía por los poderes de la monarquía, Delavigne fue denostado por autores que como Flaubert lo consideraban cortesano, seguidor oportunista de temas y corrientes de moda, pero también fue elogiado por Balzac.

Este autor ha sido olvidado casi por completo y hoy solo algunos curiosos saben de su vida y obra. Varias veces he visitado su tumba, después de recorrer las callejuelas secretas de uno de los cementerios más literarios del mundo, donde reposan Proust, Wilde, Chopin, Rufino J. Cuervo, Colette, Miguel Angel Asturias, Jim Morrison y tantos otros. Una vez fui con el poeta francés Stéphane Chaumet, nacido como él en la ciudad portuaria de Le Havre y otra el año pasado con el escritor y pensador colombiano Hernando Salazar Patiño, quien por la emoción de observar tantas célebres tumbas juntas extravió su bufanda de seda florentina en las callejuelas del camposanto.

Los grandes y exitosos románticos que pasaron a la posteridad por su talento y poder fueron Víctor Hugo, Alphonse Lamartine, Alfred de Musset, Georges Sand y Alfred de Vigny. Con ellos miles de aristócratas, burgueses, artesanos y obreros por igual se dejaron llevar en toda Europa por ese deseo de escribir, opinar y cantar, lanzando a la calle miles de libros en preciosas ediciones que hoy nadie recuerda, como nadie recordará después a los poetas y pensadores de Facebook, Twitter y Youtube.

El romántico Delavigne fue una especie de poeta youtuber del momento y con él pasaron al olvido muchos otros como Marceline Desbordes-Valmore o Reine Garde, la poeta costurera descubierta por Lamartine, que reivindicaban el despertar de la mujer, o Pierre Dupont, Maurice de Guérin o Alphonse Rabbe, entre otros que solo figuran en tratados arqueológicos de la poesía de ese tiempo. Aunque todos vayan al olvido ineluctable, es bueno saludar esta fiesta poética que prolifera en las redes sociales y en Youtube, aunque no hay nada mejor como leer poesía en el silencio de la madrugada en un viejo libro de papel, creando un contacto secreto con un autor olvidado de otro siglo al que no le vemos la cara.
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Publicado en La Patria. Manizales, Colombia, el domingo 18 de julio de 2020.

MUTIS Y LOS AVATARES DE BIZANCIO


Por Eduardo García Aguilar

No sabemos que pensaría en estos momentos el poeta Alvaro Mutis cuando se conoce la noticia de que el autoritario presidente turco Recey Tayiq Erdogan volvió a convertir en mezquita en pleno siglo XXI a la Basílica de Santa Sofía, construida en el siglo VI de nuestra era en Constantinopla, capital del Imperio Bizantino y declarada patrimonio universal desde hace tiempo por la Unesco. El tirano turco, como tantos otros orates mundiales que gobiernan en el mundo saben muy bien recurrir a los sentimientos religiosos, nacionalistas o étnicos de la población para manipular y encender los ánimos, dividiendo en vez de unir a los pueblos, prendiendo fuego en las praderas en vez de apagar odios y prejuicios.

Son técnicas bien aceitadas para obtener votos fáciles y aumentar las popularidades que van de capa caída. Desde su llegada al poder, Erdogan ha tratado de quebrar para siempre la obra del mítico Attatürk (1881-1938), presidente creador en los años 20 y 30 del siglo pasado de la Turquía moderna, quien logró la separación de los poderes religiosos y el Estado y abogó entre otras muchas cosas por la laicidad y los derechos de la mujer, hasta entonces conculcados por el Imperio Otomano.

El poderoso Imperio Otomano que había reinado desde 1453 en Constantinopla acababa de implosionar tras siglos de hegemonía en Grecia y los países balcánicos, Oriente Medio, Egipto y la franja norte del África mediterránea, después de complejas y cruentas guerras en las que participaron los poderes mundiales. Esa larga guerra ya fue contada con maestría en los Siete pilares de la sabiduría por Lawrence de Arabia, el militar e intelectual británico que asesoraba y manipulaba a las tribus árabes en su empeño por deshacerse del yugo y crear nuevas naciones.

Todos aquellos territorios que han vivido y viven en guerra desde hace milenios, volvieron entonces a experimentar ese enardecido nido de alacranes en que se convirtieron las luchas por los intereses geopolíticos de siempre en ese cruce estratégico de fronteras y rutas, y al hundirse el extenso Imperio otomano surgió de sus ruinas la Turquía de Attatürk, que estrechó lazos con Europa y a la larga teminó aspirando a ser admitida en La Unión Europea, sueño que poco ha poco ha desmontado el colérico Erdogan.

Un siglo antes, los románticos encabezados por Lord Byron iban a Grecia a tratar de liberarla de las garras otomanas y morían en el intento. Tras el repliegue otomano, Grecia y los países balcánicos volvieron a ser libres, así como las iglesias ortodoxas perseguidas, y Estambul se convirtió bajo el mando de Attatürk y sus sucesores laicos en una mítica ciudad cosmopolita y tolerante, una especie de faro en mitad de dos mundos, Oriente y Occidente. Estambul encendió así la imaginación de poetas y novelistas y fue tema de muchas obras inolvidables.

Attatürk, el enérgico y apuesto estadista nacido en Macedonia en el seno de una familia pobre y errante y que subió a la gloria en esos tiempos, dijo ya una vez en el poder que deseaba entregar Santa Sofía a la humanidad entera y desde entonces fue uno de los sitios más vistados por los viajeros del mundo y ejemplo de ecumenismo y cosmopolitismo y del posible entendimiento pacífico y diálogo entre las diversas creencias.

Al llegar al poder, Erdogan empezó a detruir los equilibrios de poderes y poco a poco amplió su dominio aliado a las fuerzas más extremas y conservadoras, aquellas que pugnan por el odio. Pero también desde hace poco su popularidad ha bajado y después del intento de golpe de Estado de hace unos años, nuevas fuerzas lo desafían, como ocurrió hace poco en Estambul, donde su candidato impuesto fue derrotado por la oposición laica y moderna. Desde entonces agita sus banderas islamistas, financia fuerzas siniestras para incendiar aun más el terreno de batalla sirio, reprime en sangre a la minoría kurda e interviene en otros frentes como Libia, soñando con restaurar el Imperio Otomano. El espectáculo de esta semana en la Basílica de Santa Sofía es una jugada más para tratar de recuperar votos e impedir su ineluctable caída.    

El poeta colombiano Mutis, admirador del Imperio Bizantino, escribió alguna vez un verso en que decía que era muy tarde y ya sabía que "nunca visitaría Estambul". En su infancia y a lo largo de toda su vida Mutis leyó todos los libros posibles sobre los mil años de Bizancio, desde Constantino hasta su caída en manos de los otomanos en 1453. Revisaba la vida y gestas de príncipes y princesas, recorría imaginariamente templos, apreciaba íconos, escuchaba músicas y leía clásicos, poetas y todo tipo de memorias y relatos de viajes. Soñaba en sus mares interiores y montañas o en las ruinas griegas que pueblan todo el territorio turco.

Su gran amigo y casi hermano García Márquez leyó el poema de lástimas y penas por no conocer Estambul y como el costeño ya era rico y famoso mundialmente, quiso invalidar el texto y lo invitó a hacer un viaje que ambos han contado con alegría y sentido del humor en varios textos. Cuando Mutis publicó en Seix Barral la primera edición de la Summa de Maqroll el Gaviero en 1974, puso en la portada una foto donde se le veía feliz y risueño con una cámara frente a la Basílica de Santa Sofía.

En su estudio de San Jerónimo, en el sur de la ciudad de México, Mutis vivía rodeado por sus celebraciones literarias y los fantasmas de sus gustos históricos. Uno de sus temas preferidos era Bizancio y la lectura de clásicos como Gustave Schlumberguer (1844-1929), quien escribió Bizancio y las cruzadas, La epopeya bizantina a fines del siglo X y Nicephore Phocas, emperador bizantino en el siglo X, entre otras obras sobre aquel imperio desaparecido. Mutis soñaba con Bizancio, que fue centro de varios imperios, entre ellos el romano, y en el estrecho del Bósforo, el mar de Mármara, el Mar Negro, el mar Egeo, donde se dieron tantas batallas y proezas a lo largo de los milenios.

Supongo que al calor de unos whiskies, Mutis sonreiría en su estudio de San Jerónimo al comprobar que este nuevo avatar histórico en pleno siglo XXI de la Basílica de Santa Sofía, a donde ayer los políticos turcos encorbatados en pleno llegaron en campaña electoral para inaugurar la mezquita, es una prueba de que los humanos seguimos repitiendo las mismas guerras y batallas, condenados a revivir odios y provocaciones ancestrales que terminan en sangre. Y entonces soñaría de nuevo en las peregrinaciones literarias de los cruzados o en Lord Byron y viajaría a los tiempos del gran Belisario (505-565), el más notable general del Imperio bizantino bajo el mando de Justiniano, quien ya fue contado con maestría en una novela por Robert Graves.
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Publicado el domingo 26 de julio de 2020 en La Patria. Manizales. Colombia.

jueves, 27 de febrero de 2020

LA VIDA DE FRANCISCO DE MIRANDA


Por Eduardo García Aguilar *
Una de las vidas más novelescas de quienes lucharon por la emancipación de las colonias hispanoamericanas es la de Francisco de Miranda (1750-1816), criollo caraqueño ambicioso que desde temprano quiso destacarse como militar de la corona española, pero cuya inteligencia, lecturas y amistades lo fueron llevando poco a poco a estar en la mira de la Inquisición y las autoridades reales, hasta romper con ellas y convertirse en una figura pública central en los juegos geopolíticos mundiales de su tiempo.
Tal aparece su figura en el libro Francisco de Miranda. Precursor de las independencias de América Latina, de Carmen Bohórquez, publicado en 2006 en Caracas en su versión ampliada y revisada por El Perro y la Rana ediciones y que es la rigurosa tesis de doctorado presentada por la autora en la Universidad Sorbona Nueva París III. Bohórquez desteje poco a poco su vida y su pensamiento, trazando para el lector su fascinante destino y las ideas y problemas de su tiempo.
Miranda se vio pronto asfixiado en la provinciana y clerical Caracas, donde su padre Sebastián de Miranda, comerciante próspero canario, sufrió humillaciones por no ser noble, no ser criollo y no tener claro su pasado de cristiano viejo. Cuando fue nombrado en la capitanía del puerto en 1769, fue atacado por los nobles españoles de nacimiento y los criollos blancos, pues no lo consideraban digno de un cargo que debía corresponderles a ellos y además las autoridades lo obligaron a cerrar su negocio.
El joven Francisco de Miranda, quien hasta entonces no había dado manifestaciones de estar a favor de la independencia de las colonias, movió sus hilos y quiso reivindicar la dignidad de la familia al albergar la pretensión de ser reclutado y trabajar en el ejército real y lograr éxitos defendiendo a la monarquía. Reunió todos los documentos y recomendaciones requeridas, consiguió los apoyos y viajó a España, donde se dedicó a estudiar lenguas, a formarse en varias disciplinas y leer en las bibliotecas de Madrid y otros lugares a donde fue destacado en su servicio militar, como Cádiz y Melilla.
Pero sus inquietudes intelectuales, la frecuentación de personas y mentores que ya estaban fichados por la Inquisición debido a su libertad de espíritu, así como su carácter indómito, impaciente y ambicioso, le causaron problemas y no logró los ascensos que buscó a lo largo de los años, por lo que se sintió estancado e injustamente marginado por algunos de sus superiores. España y las colonias estaban llenas de soplones y todo aquel que expresara en público ideas muy libres en materia de religión, ciencia y sociedad era de inmediato denunciado, fichado y bloqueado en su carrera, lo que ocurrió con el joven Miranda.
Por fin logró ser incorporado en una misión militar hacia la América meridional dirigida por su amigo Juan Manuel de Cagigal y como en una película de acción logró viajar hacia esos territorios bajo su protección, justo cuando ya estaban casi listas las órdenes de captura y desde entonces la corona y la Inquisición lo perseguirán a donde vaya con la esperanza de atraparlo.
Como en el juego del gato y el ratón, él finalmente se les escapará. A donde va es admirado por sus interlocutores, quienes destacan su inteligencia y don de gentes. Embajadores, ministros, funcionarios, cortesanas, consideran muy interesante su conversación y sus ideas nutridas en el liberalismo anglosajón y la ilustración francesa. Locke, Hume, Rousseau, Voltaire, son algunos de sus autores de cabecera.
Luego de varias aventuras rocambolescas en Cuba, Jamaica y Filadelfia, Miranda llega al recién emancipado Estados Unidos donde vive casi un año y teje relaciones con las principales figuras de la independencia. Las autoridades españolas pensaban que venía preso en un barco cuando justo él pisaba la tierra de Washington, Jefferson, Adams y Franklin. Su vida y viajes en la emancipada ex colonia británica lo convirtieron en uno de los mejores conocedores del sistema republicano instaurado allí, lo que contrastaba con el oscurantismo de España y sus colonias, que empieza a detestar.
Luego de Estados Unidos viaja a Europa con la finalidad de visitar los principales países del Viejo Mundo, conocer sus sistemas de gobierno, ejércitos, museos, bibliotecas. Londres, Hamburgo, Bruselas, Viena, Roma, París, Dubrovnik, Costantinopla, Kiev y Rusia, son algunos de los sitios donde seduce a los anfitriones, entre ellos a la zarina rusa Catalina II, quien le propone trabajar en su ejército después de permanecer en su corte diez meses. Pero su objetivo era ya otro: lograr la independencia de las colonias españolas jugando con los intereses de las grandes potencias que buscan arrebatarle el continente a España.
De regreso a Londres visita la casa de Voltaire en Ferney, sitio de peregrinación de los intelectuales libertarios de su generación. Luego es testigo en Francia de los primeros momentos de la Revolución, a la que más tarde se incorpora, por lo que su nombre está grabado en el Arco de Triunfo.
Según él, el continente liberado debía llevar por nombre Colombia, bajo el cual estaría el conglomerado de países hispanoamericanos. Fundó el periódico El Colombiano para difundir sus ideas entre las élites continentales, escribió nutrida correspondencia de ideas con miles de corresponsales en Europa y América y deseaba que su archivo completo, compuesto por 63 volúmenes preparados por él, llevara por título Colombeia.
Sus intentos de lograr la independencia americana fueron en vano cuando, ya crepuscular, trató de realizar su sueño desembarcando a partir de 1806 en varios intentos de alzar a la población contra la corona. Ya había surgido la figura del joven Simón Bolívar, quien termina por traicionarlo y eclipsarlo convirtiéndose en el glorioso Libertador idolatrado por los románticos europeos.
El Precursor Miranda es detenido al fin en 1812 por los españoles y enviado a las mazmorras en España, donde muere a los 66 años. Años después, El Libertador Bolívar moriría tuberculoso y fracasado en Santa Marta, traicionado por los suyos. Así es la triste vida de los héroes. Para Bohórquez "sin minimizar el genio y las hazañas de Simón Bolívar, debemos señalar que varias de las ideas cuyo origen se le atribuye habían sido ya formuladas por Miranda, y esto Bolívar no ha podido ignorarlo".
Miranda, como Lord Byron, siempre cargaba con parte de su biblioteca y como buen bibliófilo hacía adquisiciones que enviaba a sus amigos y protectores de Londres. Escribía el diario de sus viajes y guardaba preciosos documentos suyos y de otros, que reúne en su archivo. Los baúles donde se encontraba esta obra, desaparecidos tras su embarque preso desde La Guaira en 1812, lograron salvarse gracias al secretario francés Antoine Leleux y después de ser conservados en Londres, rescatados y publicados en Venezuela en varias ediciones conmemorativas durante el siglo XX.
Dos siglos después de su muerte, Miranda sigue el viaje entre nosotros más vivo que nunca y sus papeles nos ayudan a comprender el destino de un continente latinoamericano que nunca logró su unidad y sigue repitiendo su historia como dócil botín de potencias, en una sucesión de sangrientos episodios trágicos y cómicos que cumplen ciclos ineluctables como las impredecibles montañas rusas.
* Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 23 de febrero de 2020

sábado, 8 de febrero de 2020

AMERICA LATINA EN CALCUTTA

Por Eduardo García Aguilar 

Cada año, por febrero, cuando la temporada es benévola, se celebra la Feria del libro de Calcuta, que se convierte en esa semana en un centro de la cultura y saber bajo el patrocinio de Rabindranath Tagore, originario de esa región india, y de otros sabios que han escrito y vivido en esa urbe desde donde gobernó durante mucho tiempo el imperio colonial británico. Muchos de esos viejos edificios y palacios gubernamentales de tipo colonial siguen de pie, aunque algunos en estado ruinoso y en sus muros crecen hierbas y plantas que hunden sus raíces en el cemento.
   Solo he ido una vez a la Feria del Libro, pero cada uno de los días vividos allí  siguen presentes, ya que lo que más me impresionó es el calor humano de los anfitriones y las similitudes de ese pueblo con América Latina. Calcuta, a la que ahora llaman Kolkata, es tierra caliente, por lo que uno podría sentirse como si estuviera en una ciudad latinoamericana del Caribe o el Amazonas. Está bañada por algún brazo del Ganges, que ya en esos confines se convierte en húmedo Delta lleno de naturaleza, vegetación, fauna y siempre cruzado por el vuelo de las aves.
   Tanto en Nueva Delhi como en Calcuta y otras ciudades uno podría sentirse también como si estuviera en México y Perú, países donde la sangre indígena está más presente y es mayoritaria entre la población. Bien es sabido que en estos dos países donde durante milenios reinaron poderosas y ricas civilizaciones, las poblaciones indígenas se quedaron ahí y con ellas el imperio español instaló dos virreinatos donde reinó el arte y la arquitectura barroca y el sincretismo cultural y religioso, por lo que son tan ricas y originales.
   En otras partes de América Latina las poblaciones indígenas fueron exterminadas o cayeron diezmadas por las enfermedades y su presencia es menor en la actualidad. Por esa razón el imperio colonial importó población africana esclava para trabajar en esos territorios, creando otro tipo de mestizajes y sincretismos culturales. En los países del Cono Sur latinoamericano, aunque los rastros de la presencia indígena sigue presente en algunas zonas pese al exterminio colonial, se dio la inmigración masiva de millones de europeos de todos los orígenes, italianos, judíos, polacos, esteeuropeos, ingleses, italianos, alemanes o franceses, por lo que se dice que argentinos, chilenos y uruguayos descienden de los barcos.
   La población indígena en el continente americano habría llegado tardíamente después de varias olas migratorias asiáticas milenarias a través del Estrecho de Behring. El Homo Sapiens ya había llegado de la misma forma decenas de miles de años antes a otras regiones como Europa occidental y del Este, Oriente Medio y a todas las regiones asiáticas, hasta las más extremas. Y desde allí, siempre en busca de tierras y espacios, fue ascenciendo el hombre hasta cruzar en época climática benévola el estrecho casi polar de Behring para poblar poco a poco el continente americano.
   Al estar en la India o en otros países asiáticos uno siente con toda claridad las similitudes étnicas del pueblo indígena latinoamericano con aquellos pueblos y por esa razón los latinoamericanos somos recibidos allí como hermanos. Basta decir que uno viene de América Latina para que se le abran todas las puertas de la conversación y el afecto. Esa misma sensación la sintieron Jorge Zalamea y Miguel Angel Asturias cuando visitaron juntos aquellos lugares en los años 30 del siglo XX, cuando reinaba ya en el mundo la figura literaria de Rabindranth Tagore, Premio Nobel que visitó después Argentina invitado por Victoria Ocampo y cuyos libros fueron traducidos y publicados en español en la colección de Austral de Espasa Calpe. 
   Durante mi estadía en Calcutta o Kolkata tuve la oportunidad de ser recibido por varias academias literarias y departamentos de literatura locales y visitar a los principales y más longevos autores de la ciudad, quienes contaban con emoción todas las peripecias que les tocó vivir en le siglo XX, en especial el traumático proceso de independencia del imperio británico. Y durante esas visitas y encuentros me sorprendió como conocían de bien la literatura latinoamericana. Vallejo, Gabriela Mistral, Victoria Ocampo, Neruda, Rulfo, Paz, Asturias, Carpentier, Zalamea, García Márquez, entre muchos otros, eran nombres familiares para ellos.
   Algunos de los ancianos escritores de las academias recordaban a Asturias, Neruda y Zalamea y en las universidades y en la Feria del libro era comun cruzarse con jóvenes estudiantes que sabían el español porque lo habían estudiado con rigor en las academias indohispánicas de Kolkata o en las universidades. En menos de una semana estaba uno rodeado por la cálida amistad de los habitantes de Calcutta y hacia el crepúsculo, cuando llegaban los pájaros a posarse en los árboles para dormir, recuerdo las largas veladas con ellos hablando de literatura.
   Tuve muchos encuentros en la Feria del Libro, pero hay uno que me sorprendió y aun guardo con especial afecto. Un sabio ataviado con prendas frescas y coloridas usuales en aquellos lugares cálidos vino a regalarme especialmente los tres volúmenes ilustrados de su libro sobre las similitudes entre la cultura prehispánica de México y Perú y las más antiguas culturas que reinaron en India, mucho antes de que llegaran los musulmanes. 
   El hombre recorrió Perú, Guatemala y México y visitó muchas pirámides y sitios arqueológicos milenarios de las culturas más famosas de aquellas regiones como mayas, olmecas, toltecas, mixtecos, aztecas, así  como las múltiples culturas peruanas anteriores a los incas. Los tres volúmenes cotejan con ilustraciones y fotografías minuciosas todas esas similitudes y coincidencias. Fue uno de los momentos más calurosos y fascinantes de mi estadía en Calcutta. 
   Con frecuencia repaso ese libro y leo sus disquisiciones en torno a los vasos comunicantes probables entre aquellas culturas milenarias. Muchas imágenes, estructuras, figuras geométricas, zoomorfas, vegetales son comparadas y explicadas por este sabio, convencido de que los pueblos prehispánicos y los arcaicos de la india pertenecen al mismo tronco étnico y cultural. No sabría ni podría hacer un diagnóstico científico de aquellas especulaciones, pero lo cierto es que muchas veces, sentado en alguna pirámide de ciertas ciudades cercanas al Ganges, como en Benarés, Agra, Nueva Delhi o Calcutta, sentí que había ido a Oriente para reencontrarme con América Latina.

                                                                                                                                              París,  8-II-2020