domingo, 21 de marzo de 2021

ESCRITORES SIN PASAPORTES

 Por Eduardo García Aguilar

Uno de los escritores del mundo moderno que mejor ejemplifica la literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones: no sólo porque abandona su tierra original para adoptar los mares y después radicarse en la  capital del Imperio británico globalizador, sino porque también deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después el genial Vladimir Nabokov o, en nuestro ámbito latinoamericano, Héctor Biancciotti, quien cansado de ser ignorado por su pares de América, decidió adoptar el francés y lograr así llegar a la proeza de ingresar a la Academia Francesa.
    Conrad recorre el mundo como capitán de navío, en un mundo que ya nada tiene que ver con los mares de Ulises o de Eneas, de Colón o Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys del desierto. Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización y del libre cambio mundial de mercancías, en la era de las factorías, los trenes y los gigantescos barcos de carga. Su obra vasta es una mirada lúcida de los países y culturas lejanas, en las que se incluye los parajes costeros del caribe colombiano que, al parecer, inspira Nostromo.
     Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura de Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas extraordinarias de un conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima de las fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas. Cada uno de esos capitanes o marineros perdidos que aparecen en su tensas y telúricas narraciones habla desde la angustia de no tener por más patria el barco sacudido por los tifones y acechado por bandidos o fuerzas enemigas. Mueren y son lanzados para siempre a las olas de los océanos o son enterrados en parajes que ninguno de los suyos conocerá. Conrad se aplicó a contar todas esas historias en una aventura creativa sin par que representa uno de los máximos logros de esa actitud de franca extranjería alrededor del globo.
    Nos dice Paul Morand que el «verdadero estatuto que nos hace vivir es el de extranjero». En efecto, llega un momento en que el individuo viajero, el trotamundos, adquiere la certeza de que sólo desde el ángulo escalofriante puede sentirse libre en el camino hacia el ineluctable fin. No tiene que representar obligatoriamente a una patria ni debe sentirse culpable porque no se entusiasma únicamente por las músicas, comidas, ropas de su terruño, sino por todas las que alguna vez encontró y con las que compartió a lo largo de su periplo. Toda persona atada patológicamente a su patria o bandera es un lisiado de la sensibilidad, un parapléjico de la percepción y esto es aún más grave cuando se trata de un escritor. El que escribe tiene, con mucha mayor razón, que estar abierto a esas extrañezas y por ende estar capacitado para contarlas y sentirlas desde el ángulo oblicuo de su extranjería.


   Chateaubriand en las Memorias de Ultratumba, elaboradas a lo largo de la vida, de manera minuciosa, a través de innumerables palimpsestos a los que aplicó la más refinada tortura de la corrección, relata su existencia con esa prosa moderna que dos siglos después es absolutamente eficaz y cristalina. Su éxodo es múltiple: él alcanza a presenciar el fin del antiguo régimen y a partir del retrato de sus
tías abuelas dieciochescas hace un recorrido vital, político y amoroso tan nutrido como los de Magallanes y Bougainville.
    Su prosa es una bruma áurea, flexible, que ingresa a todos los rincones posibles de su tiempo y retrata los avatares de una época donde como pocas veces se concentraron cambios trascendentales, básicos para el ingreso de la actual modernidad.
    Su éxodo es de clase, de régimen, de edad, de tiempo y al final ejerce de escalofriante y acertado profeta cuasi bíblico. Sólo un observador apasionado e inteligente como él puede construir poco a poco y terminar esa pirámide de palabras, ideas y emociones cuando, de ochenta años, alcanza a mirar desde la atalaya terminal dos de los siglos más agitados de la historia. Como Conrad en los océanos, cruza y sobrevive a los más tenebrosos tifones.


---Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de marzo de 2021

 

lunes, 8 de marzo de 2021

VIVIR EN EL PARQUE CALDAS

Por Eduardo García Aguilar

Me pidieron hace poco una dirección para tomar la foto de la casa donde nací y pasé mi infancia en Manizales y de repente retrocedí en el tiempo de manera vertiginosa e inquietante. La casa donde vi la luz en la carrera 24 cerca del Parque Fundadores y las dos principales donde viví hasta mi partida, fueron demolidas para construir o ampliar avenidas y solo una sigue en pie, la situada en la esquina de la carrera 23 y calle 29, en el Parque Caldas, desde donde vimos llegar en familia el cortejo triunfal de la Miss Universo Luz Marina Zuluaga en 1958, desde una de las ventanas del primer piso.

Por lo regular uno no suele remover a fondo esas profundas capas concéntricas de la arqueología familiar, pero al ver las fotos tomadas por el generoso amigo, esos momentos se desbocaron y tocaron de repente el corazón. Por lo visto, a mis jóvenes padres les gustaba la zona que se encontraba entre el parque Fundadores y el Parque Caldas, porque nací a las 5 y media de la mañana del 7 de septiembre de 1953 en la carrera 24 con calle 30 en una casa demolida hoy y que es un estacionamiento, no lejos de la llegada del Cable y donde debimos residir uno o dos años.

De ahí, acercándose al Parque Caldas, nos pasamos a la parte alta de de esa casa sólida de varios pisos situada en una esquina, diagonal de la antigua y bella Iglesia de la Inmaculada, donde fui bautizado y que es un templo que visito cuando puedo, pues es una de las remanencias más antiguas de la ciudad, salvada de las llamas de los dos terribles incendios que la devastaron en los años 20 y que obligó a la reomodelación de la parte central, hoy considerada centro histórico. Maruja Viera, que también vivió en el Parque Caldas,  fue infante testigo del segundo incendio y recuerda muy bien los ajetreos de su padre y familiares durante la tragedia, en dos textos claves de la literatura nuestra.

En esa casa en la que viví hasta los cinco años pasaron tantas cosas no tanto porque sucedieran, sino porque el habitante niño experimenta una especie de big bang de conocimiento y todos sus sentidos comienzan a captar el exterior y a descubrir el mundo con un estupor que se mezcla a la fascinación, al terror y el misterio. Los primeros accidentes vividos, las visitas de familiares y amigos, los primeros decesos de abuelos o parientes, quedan grabados en la memoria.

No solo sucedió allí la llegada de Miss Universo, que aun suscita entre los nativos de la ciudad tantos recuerdos y admiraciones, sino las de un pariente importante que moriría pronto, o la de un primo loco, el hijo de mi tía y madrina Blanca, que me comunicaría de inmediato con la excentricidad, la locura y las descabelladas acciones de los surrealistas que viven en el seno de todas las familias.

También vemos las primeras lágrimas del padre que recibe la noticia de la muerte del suyo, mi abuelo Marco Aurelio, y el ajetreo que inunda la casa antes de que deba partir a su sepelio, el llanto de la prima Cecilia, que estuvo en casa unos días tal vez por un parto en la familia de mi tía Amanda y lloraba inconsolable por la ausencia de los suyos y revive al ver a su padre, que viene por ella para llevarla a casa.

También son los años del complejo de Edipo, cuando uno es la extensión del cuerpo de la madre, cuya presencia permanente nos guía y excita los sentidos y las más esenciales sensaciones. El nacimiento de la hermana menor, la caída del dictador Rojas Pinilla y la elección del liberal Alberto Lleras Camargo, primero del Frente Nacional, son acontecimientos que permanecen en el recuerdo. Mi hermano mayor Humberto llega con un diario y muestra la foto del nuevo mandatario, liberal como mi padre. Y en la casa, ya presente y en coexistencia pacífica con él, mi abuela Mercedes Ramírez Cardona, gran goda que me hizo conocer curas e iglesias.

El Parque Caldas sería unos cuantos años después lugar de peregrinación frecuente, de encuentro con otros niños para intercambiar las estampas de los álbumes o para vivir instantes junto a los guaduales y la estatua del sabio mártir que, según la leyenda, perdió la vida en su lucha por la independiencia, pero imploró en vano la clemencia de los españoles. Y también para descubrir el cine y los filmes con Sofía Loren y Raquel Welch.

Sería él quien escribiría antes del suplicio sobre su vida truncada: "O, larga y negra partida", según cuentan los libros de la historia patria, aunque para otros es un signo alquimista o masónico. 
 
Caldas, que dio nombre a la región, el mismo que conoció a Humboldt, observó el cosmos y subió hasta las cumbres par probar instrumentos y ver las maravillas de la naturaleza. Un honor y un privilegio haber vivido la primera infancia en ese Parque Caldas, donde mis jóvenes padres debían sentirse felices, a salvo de la Violencia.

domingo, 7 de marzo de 2021

LA ESCUELA ANEXA A LA NORMAL


Por Eduardo García Aguilar


En 2017, cuando asistí a la Feria del Libro de Manizales, estuve hospedado en un hotel desde donde veía el barrio La Estrella y la escuela donde cursé la primaria, además del Coliseo, el Estadio y la Universidad, que conformaban un universo completo. Desde el cuarto piso tenía una vista panorámica a esa zona de la ciudad tan importante durante mi infancia.
 
Allí en la iglesia implantada en el centro de la Estrella hice la Primera Comunión, como lo atestiguan las fotos de los álbumes familiares. Por esas calles pasaba todas las mañanas de niebla rumbo a la escuela, mirando plantas, árboles, insectos y flores. A veces chupaba el almíbar de unas flores rojas alargadas que pelechaban en los antejardines. O perdía el tiempo mirando mariposas incomprensibles, pájaros de cánticos insondables o escarabajos y libélulas de visos multicolores.      

Al fondo se veía el nuevo Estadio donde asistí por primera vez a un partido de fútbol en tiempos de Mirabelli y Olmos y a donde llegaban los ciclistas que disputaban una de las etapas más dificiles de la Vuelta a Colombia, en tiempos de leyendas como mi ídolo Martin Emilio Cochise Rodríguez, a quien le prendía velas, entre otros muchos pedalistas que iluminaban la infancia.

Tuve la fortuna de cursar la primaria en la Escuela Anexa a la Normal de Varones, que por milagro aun está en pie como una de las joyas más tradicionales de la ciudad y cuya permanencia al lado de la Universidad me impresiona cada vez que regreso, pues he temido que la locura de los gobernantes decida arrasarla para construir urbanizaciones, implantar estacionamientos o centros comerciales de cemento, algo que tal vez algún día sea ineluctable.

Desde la habitación veía con claridad la escuela intacta y añoraba salones, corredores, el enorme patio donde nos formábamos y los inmensos espacios abiertos que nos separaban del colegio San Luis Gonzaga, que era como un enorme baldío inaccesible lleno de vegetación, alimañas, precipicios y peligros. Había tanto espacio que cada alumno tenía una parcela para sembrar y ver crecer las plantas. Sentí del olor del grueso herbario de botánica, la textura del barro con que hacíamos mapas de Colombia, la alegría de las fiestas y la algarabía permanente de los niños. El vuelo de las cometas y los globos.  

Los maestros, además de grandes pedagogos de ambos sexos que aun no olvido como el profesor Cárdenas y la muy activa rectora que vivía por ahí, eran jóvenes que estudiaban en la Normal y venían de todos los rincones del país, como el atlético, alto y simpatiquísimo profesor Mancera, un llanero que nos enseñó el joropo.

Un día me acerqué a la reja y empecé a mirar el lugar donde actué en una representación del descubrimiento de América en el papel del marino que avistaba tierra. Llevaba mucho tiempo ahí mirando como hipnotizado, cuando un guardián fantasmagórico llegó desde adentro y me abrió la reja que me separaba del pasado porque intuyó que era un viejo exalumno que volvía cargado de nostalgias.

Me invitó a ingresar al templo educativo y a visitar uno a uno los salones de clase, el patio de los gritos, las ceremonias y las peleas y después me llevó a visitar con solemnidad la Normal de Varones, en cuyos corredores, pasillos, auditorio y salones de clase marcados por la madera añeja transcurrió durante un siglo la vida de muchas generaciones de educadores de todo el país, a quienes todos tanto debemos y que son los verdaderos padres y madres de la patria.

En las paredes se veían los tradicionales mosaicos de grado colgados desde comienzos de siglo XX y fotos enmarcadas de diversas efemérides. Adentro se sentía la historia de un lugar que ya podría ser museo, un laberinto de palabras. Ha sido una de las horas más emocionantes de mi vida. Nunca olvido a quien me ofreció con sabiduría anónima ese regalo tan preciado de retornar al lugar donde aprendí las primeras letras y empecé a fascinarme por la ciencia, el universo y el conocimiento.    
 
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 7 de marzo de 2021.


   
 

sábado, 23 de enero de 2021

HARA-KIRI CON YUKIO MISHIMA


Por Eduardo García Aguilar


La literatura es por supuesto un asunto de escritura y solo de escritura, pero en muchos casos la vida del personaje termina por devorar al escritor, proyectándolo a la gloria por sus acciones más descabelladas. Tal es el caso del japonés Yukio Mishima (1925-1970), quien a los 45 años de edad, después de una vertiginosa carrera literaria de dos décadas, se hizo el Hara-Kiri en público después de intentar sublevar un regimiento y hacer un golpe para reivindicar las tradiciones imperiales de su país, afectadas por la humillante derrota en la Segunda Guerra Mundial.

Las grandes glorias literarias de la humanidad en los últimos siglos escribieron magníficas obras, pero en muchos casos su trascendencia se debe más que todo a que representaron en su momento a un país, continente, lengua o cultura que requería consolidarse o afirmarse frente a poderes hegemónicos en momentos cruciales de la historia. A Byron se le recuerda por su lucha por la libertad griega aplastada por el Imperio Otomano y su sacrificio romántico.

De igual forma se puede hablar de Shakespeare, Montaigne y Cervantes, que representan la solidificación de una lengua o de Goethe, Tolstoi, Victor Hugo, Walt Whitman, que terminan por identificarse con una patria grande y son emblemas de la bandera ondeante sobre los capitolios de sus grandes naciones. En otros casos el sacrificio en plena juventud congela para siempre en una imagen mítica a figuras como los españoles Federico García Lorca y Miguel Hernández, víctimas de la guerra civil y del franquismo, o a Arthur Rimbaud, el maldito que abandona la poesía antes de los 20 años y termina errante y fracasado en las calcinantes tierras del Golfo pérsico.

El burgués Mishima vive joven la tragedia de su país y madura literariamente sobre las ruinas de una patria vencida para siempre después de su implicación en el Eje nazi-fascista y la explosión apocalíptica de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki. Miles de años de historia imperial quedaron entre el barro de la destrucción y el nuevo amo trajo en sus maletas las costumbres de un mundo occidental hedonista y ebrio que diluyó las rígidas tradiciones familiares y de casta y los delirios de crueldad y sangre de los samuráis y los kamikazes.

Sus antepasados medievales y los muy recientes kamikazes se inmolaban y ofrendaban como mártires sus vidas al Emperador, animados por la creencia de que en el más allá obtendrían una vida paradisíaca entre almíbares, rodeados de inagotables geishas candorosas, plenas de aromas sutiles. Así como ellos, en otros tiempos los islamistas asesinos que describe Marco Polo en sus viajes, son enviados como sicarios a matar los enemigos del tirano con la promesa de encontrarse después del martirio rodeados para siempre de huríes en parajes de sueño donde los ríos llevan miel, dátiles y elíxires, como dicen las palabras del profeta Mahoma.

Mishima quiere restaurar el mundo milenario y su sacrificio atroz, abriéndose el vientre y siendo decapitado por un ayudante, como lo exige la tradición del seppuku, está impulsado por la certeza de ese más allá liberador. Vivió desde su infancia y adolescencia solitarias esa perturbadora pulsión de sangre y muerte, anclada en un erotismo místico, esencial y devastador.  

Igual que él han actuado a través de los tiempos los soldados de todos los ejércitos que ofrecen la gloria a jóvenes fanatizados, intoxicados por religiones o ideologías. Y como él los héroes de los tiempos románticos como Bolívar emprendían campañas con el sueño de independizar naciones y pasar a la gloria haciendo revoluciones y creando países. Los revolucionarios del siglo XX en América Latina y el Tercer Mundo se inmolaban como hoy los yihadistas buscando la gloria y la inmortalidad en un más allá radiante.

Lo paradójico de Mishima es que su deriva se dio tras gozar las mieles tempranas de la fama después de la publicación a los 24 años de Confesiones de una máscara, donde aborda temas tabúes que nadie osaba tocar antes en Japón, como las pulsiones sexuales de la infancia y la adolescencia. Hiperactivo, dramaturgo, fotógrafo, actor, dotado de talento para la radio y el histrionismo, novelista, orador, Mishima se agota en dos décadas de vertiginosa parábola, cuando Japón se convierte en un país próspero guiado por la riqueza y el auge de Estados Unidos y el Occidente victorioso.
 
Viajero y admirador de la literatura europea, fascinado por los años locos parisinos y berlineses que sucedieron a la primera Guerra Mundial, Yukio Mishima escribió una vasta obra y fascinó a los occidentales, que como Marguerite Yourcenar escribieron libros sobre su vida. Mishima es la prueba de que la gloria literaria es mezcla de talento y leyenda, de escritura y mito. Algunos como él fraguan su destino como una tragedia perfecta y otros lo viven sin saber que algún día se convertirán en leyenda.  

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de enero de 2021.

viernes, 22 de enero de 2021

EN MINNEAPOLIS JUNTO AL MISSISSIPPI


Por Eduardo García Aguilar

A Lourdes y Jay

El sol se aventura ya en las nórdicas tierras de Minneapolis y Saint Paul, ciuidades gemelas y vecinas que presiden el estado norteamericano de Minnessota, donde se origina el río Mississippi, arteria vital de Estados Unidos junto a la que ha transcurrido la vida a través de milenios desde los aborígenes que llegaron por el estrecho de Behring hasta los modernos de hoy que estudian, beben, juegan béisbol, votan por Obama y asisten a conciertos de Britney Spears y de todas las estrellas del rock, rap o pop provenientes desde todos los rincones del mundo.

Hasta hace unos días apenas caía la nieve y todavía se puede ver en algunos lugares sombreados de Minneapolis, junto a molinos de trigo o depósitos de materiales, los restos del hielo que los cubrió durante una buena parte del año. Hace mucho frío en invierno, pero la vida transcurre con intensidad y las actividades siguen su curso en universidades, colegios, cafés y pubs irlandeses que como The Dublinners que se encuentran a lo largo de las avenidas o junto al naciente río que ha sido personaje de miles de relatos, canciones, dramas y leyendas.
 
En estas tierras nacieron el novelista Francis Scott Fitzgerald, el cantante Bob Dylan, el poeta John Ashbery, e hizo política el demócrata Hubert Humphrey, entre otras figuras populares de Estados Unidos. A su Universidad de Minessota asisten más de 60.000 estudiantes e investigadores que han hecho famoso el lugar por el alto nivel de las ciencias, en especial la medicina y la amplia actividad académica en todas las áreas. Todo eso dentro de un espíritu laico que atestigua la presencia de muchos estudiantes musulmanes con sus chadores y bonetes al lado de católicos, judíos y protestantes que viven en paz y acuden de manera conjunta a las aulas del Minneapolis City College.
 
Minessota es un estado pleno de agua y naturaleza y delimita al norte con los grandes lagos que son un amplio mar interior en la frontera con Canadá, convirtiendo a los paisajes y los amplios espacios en lugares húmedos y vitales, a veces despoblados, donde pululan búfalos, aves, zorros, lobos, osos y todo tipo de animales silvestres amantes de estas tierras tan distintas a las tropicales, que llevan con frecuencia nombres franceses puestos por los colonizadores discípulos de Jacques Cartier, que se aventuraron a la conquista de las zonas heladas del norte y fundaron Quebec y Montreal. Más al norte del estado están los resguardos indígenas, donde al parecer los habitantes, cuando no tienen permisos de operar casinos, viven entre la pobreza y la marginalidad, lo que muestra la deuda que todavía tiene este país con sus comunidades indígenas.
 
Desde la la llamada Torre del sombrero de la bruja, construcción puntiaguda que sirvió de depósito de agua desde 1913, se puede observar el horizonte poblado por edificios modernos construidos por los más famosos arquitectos del mundo, que con su aire futurista impecable contrasta con los tranquilos barrios de casitas de madera donde viven los habitantes de esta tierra pacífica de las profundidades del medio oeste del país. Entre los rascacielos del centro de la ciudad sobresalen de vez en cuando otras construcciones enormes realizadas con bloques de piedra de color ocre en el siglo XIX, como un extraño edificio construido en honor de las cofradías masónicas que pulularon aquí en otros tiempos y dieron probablemente al estado la profunda tradición demócrata y laica que lo caracteriza.
 
Son miles los inmigrantes y estudiantes llegados en las últimas décadas de África y Asia: bellas chicas de Somalia y Nepal que acuden a las aulas del City College junto a los hispanos y los afroamericanos que hoy se sienten orgullosos de su presidente. Las calles del centro, junto a la enorme Universidad de Minessota y las oficinas de bancos, están pobladas por gente de todas partes que se agitan con la llegada del sol y la explosión de la vegetación y la verdura. En medio de las avenidas surge ahora un gigantesco estadio que será la sede del equipo local de fútbol americano y atraerá a miles y miles de fanáticos a gozar de los placeres del deporte y del circo romano de tradición latina. El estadio está casi a medio terminar y es una bella obra de la nueva ciudad que muestra el poder del fútbol entre los universitarios. Junto a esta obra impresionante están los otros estadios de béisbol y hockey.
 
En el Pub irlandés The Dublinners, hacia la tarde, acude la gente a practicar danzas irlandesas de sus lejanos ancestros dirigidos por una maestra que da indicaciones a personas de todas las edades, desde encorvados alumnos de ocho décadas bien vividas hasta adolescentes y jóvenes obesas, mientras los maduros aferrados a la barra aprovechan la cerveza en tiempos de la hora feliz. En las paredes se ven banderas y fotos de John y Robert Kennedy, irlandeses ilustres como pocos, mientras al otro lado se ve un afiche que celebra a glorias de la literatura irlandesa como Bernard Shaw, Samuel Becket, Óscar Wilde, entre otros muchos.
 
Estos días ha hecho un sol radiante sobre la ciudad y parece que desde las sombras del frío helado emergiera otra vez la vida en esta jaula de oro de la modernidad y de la vida serena, lejos de los ajetreos de las grandes capitales costeras y las grandes urbes industriales y de otros países en guerra permanente. Pero sólo basta franquear las puertas para que aparezca la música de los nuevos grupos, se exprese el teatro, que es una de las artes preferidas y vibre la nueva vida en el Uptown muiscal y bohemio, en el barrio mexicano, junto a los lagos rodeados de mansiones elegantes o en los amplios suburbios de la clmase media, en estos primeros meses de la era de Obama.
 
He venido a charlar de literatura con universitarios y estudiantes de Minneapolis, por lo que he estado muy atento a lo que dicen sobre la situación del país en este momento de cambios indudables. Y he abierto los ojos a este mundo lejano de los Estados Unidos del Medio Oeste para tratar de comprender las probables tensiones y resquebrajaduras que subyacen detrás de una calma aparente. La literatura me ha traído aquí a esta ciudad y la literatura me hace observar con ojos del viajero la riqueza vital que se da en cualquier lugar del planeta.
 
Minneapolis es una ciudad sorpresiva. Y como toda ciudad sorpresiva está llena de arte, moda, riqueza, lujo, modernidad y pasado en la confluencia de los vientos y los ríos que vienen del hielo. Pero lo más apasionante para mí es estar en las extensiones donde se dan los primeros pasos infantiles del río Mississippi, que figura en las obras de Mark Twain y otros autores fundamentales del país.
 
Ver sus heladas aguas serenas al dar su primeros pasos como arteria central de la Nación americana, es atestiguar un momento geológico básico del continente americano. Y al ver esas aguas uno piensa que en el fondo estamos muy cerca, que Estados Unidos Unidos de América y el resto de América Latina están llamados un día a trabajar juntos sin imposiciones y respetando la libertad de pensar y el espíritu laico por sobre todas las cosas.
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* Escrito durante mi visita a Minneapolis, después de la presentación de The Triumphant Voyage.

domingo, 17 de enero de 2021

LOS CAMINOS DEL JUDÍO ERRANTE

 Por Eduardo García Aguilar

Ahora que millones de humanos seguimos fieles al éxodo, en un largo proceso de desplazamiento que se aceleró en las últimas décadas, es pertinente explorar las modalidades en que el ser humano se diluye en la diáspora o se exacerba en las islas del destierro. Por un lado se difumina en la vivencia de otras culturas cercanas o lejanas, en la penetración de los misterios del imaginario de otros países milenarios, en la visualización incesante de otros íconos, ya sean de piedra o huidizos como las imágenes televisivas de ceremoniales exóticos. Y a la vez se exacerba cuando la infancia, la adolescencia y la juventud fosilizan y adquieren contornos y esencias de una nueva mitología particular, familiar o doméstica.
 La tensión tectónica de esos dos procesos lleva a la conformación en nosotros de ese extraño Frankenstein construido con pedazos de otros códigos y ceremoniales, dentro del cual pugna el Minotauro del imposible retorno. Porque al mismo tiempo que la « raizalidad» agoniza en la integración del individuo a otros continentes exóticos, se agudiza el dolor de la ausencia del país original, que ya ni siquiera es portátil y se va volviendo tan extranjero o más que las playas, urbes, praderas y pieles de los países o continentes del éxodo.
 ¿Dónde queda, pues, ahora, el extranjero? ¿En la patria abandonada o en las patrias adquiridas a fuerza del éxodo? ¿Quién es más extranjero: el nativo que retorna a deambular por sus parajes nativos o el forastero que agota el asfalto de nuevas y luminosas metrópolis del Viejo y Nuevo Mundo? Este extranjero profesional y eterno que se instala en la movilidad no es más que la versión moderna del maravilloso judío errante del que nos hablaban la abuela o la madre mientras tejían en salas y corredores, bajo los aleros de las casonas de los Andes, como la extraña y misteriosa figura que flotaba en la inminencia de su aparición y partida.
 El judío errante lleva sus pequeños bártulos colgando en una bolsa raída, tiene una mirada agitada y extraviada, trae los cabellos hirsutos, la barba siempre a medioterminar y las manos rugosas como sus pies heridos y fatigados de tanto caminar por las trochas y caminos de herradura. El judío errante tiene como patria única su errancia. Y a diferencia de los que siempre se quedan en las pequeñas veredas esperando la muerte sin salir jamas de allí, el judío errante lleva como fardo una multitud de imágenes y voces, olores, texturas, sabores, pieles, un fardo que se hace cada vez más pesado, bullicioso, caótico, como si fuera un enorme y sacro monolito donde están inscritos todas las leyes o anatemas, los oráculos encontrados, las premoniciones, las catástrofes.
 Toda gran literatura es de éxodo, de errancia, materia de juglares que en sus andanzas acumulan experiencias e historias y tienen como función darlas a conocer a los otros, por un instante, al calor del fuego. Así surgieron los grandes libros sagrados de la India, el Oriente Medio y América, como obras de quienes le dieron la vuelta al mundo y contaron lo visto para que a su vez fuera relatado por otros, enriqueciéndose con las falsificaciones o el perfeccionamiento de las estructuras narrativas.
 Las epopeyas, las biblias, las mejores piezas de teatro, las fábulas, profecías y obras poéticas se forjaron en ese encuentro incesante de los encantadores de serpientes y los cómicos con el alborotado público de las barriadas famélicas. El mono volante y heroico del Ramayana, Hanumán, que pervive hoy en cada mono libre de Calcuta o Benarés; la figura emblemática de Sherezade; el profeta viajero que escribe epístolas y va de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo llevando la palabra divina; la historia del vellocino de oro; la loba que amamanta a Rómulo y Remo; todos ellos surgieron de ese patio de los milagros o esa plaza a donde llegaban los artistas viajeros con sus tambores, chirimías y panderetas.
 Allí también se forjó la búsqueda de eternidad. Porque el hombre milenario no se contentaba con el relato de sus aventuras picarescas, sino que establecía los puentes venideros con el más allá: así las reencarnaciones de los Indios, el más allá momificado de los egipcios y el cielo o el infierno de los cristianos tan bien descritos con lujo de detalles en La Divina Comedia de Dante y el Paraíso Perdido de Milton.
 En este caso la errancia no es de este mundo sino del otro, con interminables círculos y abismos por donde caen raudos los ángeles condenados. En su maravillosa abstracción estos mundos perfeccionan y hacen aún más complejos los caminos y los laberintos del mundo conocido. El más allá tiene palacios y paisajes aún más sorprendentes, flota sobre nubes o espacios cósmicos y en su seno las atrocidades humanas se perfeccionan, como las torturas y suplicios contados por Dante o Milton.

domingo, 10 de enero de 2021

TORMENTA EN EL CAPITOLIO


Por Eduardo García Aguilar

Las escandalosas escenas de Banana República vividas en Estados Unidos, cuando partidarios racistas y supremacistas del presidente saliente Donald Trump irrumpieron en el Capitolio y lo mancillaron al llamado de su líder, representan un cierre trágico y chistoso de mandato para quien durante cuatro años tuvo al mundo viajando en una montaña rusa que pasaba de tobogán en tobogán por diversos castillos de espantos y de monstruos.
El expresidente republicano Georges W. Bush fue quien utilizó el jueves el término de Banana República en un mensaje de protesta contra lo sucedido, al que siguieron decenas de comunicados de altos líderes conservadores, republicanos, funcionarios renunciantes, ediles y jefes de Estado de grandes potencias del mundo. Salones, oficinas, pasillos, vestíbulos del llamado templo de la democracia, fueron tomados por violentos individuos que llevaban banderas esclavistas, disfraces, cachuchas, banderines y camisetas con el nombre de Donald Trump. Desde hace dos siglos, en 1814, no ocurría un espectáculo de esa índole en el sacrosanto lugar que ha sido el orgullo de la democracia estadounidense.
El vicepresidente Mike Pence, que durante el mandato siempre estuvo callado y sumiso ante los desmanes de su jefe, optó por respetar la Constitución y encabezó la reanudación de las sesiones al lado de la jefa demócrata Nancy Pelosi, luego de que la Guardia Nacional logró controlar Washington con un toque de queda.
Finalmente el Congreso en pleno ratificó los resultados electorales y Joe Biden fue declarado presidente legítimo de la potencia mundial. Toda la gran prensa norteamericana, conmovida, dedicó las primeras planas del viernes a relatar los estropicios provocados por un individuo que tiene problemas mentales y de comportamiento que lo llevaron a encender el fuego autodestructivo, como sucedió con Nerón en Roma. Da miedo saber que aun durante dos semanas tiene el poder de hundir el botón de las armas atómicas.
Por la noche, lívido, furioso, Trump vio como se desgranaban una tras otra las renuncias de muchos de sus estrechos colaboradores, que saltaban del barco naufragado antes de quedar involucrados en lo que es un delito: incitar a la muchedumbre a tomar el capitolio para tratar de impedir la declaración oficial de Biden como presidente por parte de los congresistas. El saldo fue de un oficial y cuatro manifestantes muertos, decenas de heridos y detenidos. Las escenas difundidas en todo el mundo muestran a la horda rompiendo los vidrios como en la noche de los cristales rotos, perpetrada por los partidarios nazis de Hitler en los tiempos sombríos de Alemania.
Para los expresidentes demócratas Bill Clinton y Barack Obama los actos ocurridos el 6 de enero son sorprendentes, inesperados, aunque previsibles. Cuando Trump obtuvo el triunfo frente a Hillary Clinton, el presidente Obama respetuoso lo recibió en la Casa Blanca y le entregó el poder sin problemas. Todos sus rivales asistieron a su poesión frente al Capitolio.
La magnitud del daño histórico es enorme y con lo sucedido Estados Unidos queda en la historia manchado por sucesos que creían solo ocurrían en sus patios traseros, en los países donde dictadores y locos de todo pelambre sumen a sus países en guerras intestinas y genocidios por conservar a toda costa el poder o donde los congresos más parecen circos y bazares que lugares de ley y decencia.
Los Angeles Times describe como el equipo de la Casa Blanca vio en directo con estupor a Trump autoinmolándose por el orgullo y la vanidad del niño rico derrotado, o sea cometiendo lo irreparable como en su momento hizo en Rusia el borrachín Boris Yeltsin o en Uganda el caníbal Idi Amin Dada y tantos otros en milenios de historia. El multimillonario neoyorquino queda en los anales como el peor presidente de Estados Unidos.
En la madrugada del viernes hubo al fin un final feliz en el Capitolio de Washington, pero la inmensa tristeza reinó entre la gente sensata y honesta del poder legislativo estadounidense. Al final Trump leyó un documento que le escribieron los asesores para prevenir las indudables consecuencias judiciales de sus actos insensatos. Pero como en los tiempos de Roma, sus palabras solo son el eco del inevitable inicio de la decadencia del Imperio. Medio país lo sigue como al flautista de Hamelin hacia el precipicio.

--Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 10 de enero de 2021

domingo, 3 de enero de 2021

LAS INCIERTAS AVENIDAS DEL FUTURO

Por Eduardo García Aguilar

Termina el año 2020 bajo la amenaza aun no conjurada de la pandemia, pero con la certeza de que en los sectores de la ciencia y el pensamiento se aceleraron los avances que auguran sin duda descubrimientos y programas novedosos para enfrentar los problemas de la naturaleza y la humanidad que viaja veloz en el barco del siglo XXI. La humanidad es solo un aspecto microscópico de este universo inasible del que solo conocemos sus misterios y los abismos incomprensibles del tiempo.

Nuevas teorías nos hablan de la posibilidad de que la civilización terrícola en la que estamos inmersos es solo tardía y periférica y que tal vez en nuestra galaxia Vía Láctea muchas civilizaciones desaparecieron para siempre hace ya miles de millones de años, pues surgieron y tuvieron tiempo para avanzar y aniquilarse en el escalofrío del espacio. Como si estuviera claro que las civilizaciones y los mundos son finitos y se autodestruyen, lo que nos da perspectiva y relativiza el excepcional año de la peste que nos tocó vivir como a otros humanos en tiempos remotos.

El logro de vacunas en tiempo récord y las nuevas formas de enfrentar enfermedades hasta ahora incurables, conducirán a generar expectativas mayores de vida, lo que aunado a la cada vez mayor conciencia humana de la necesidad de cuidar al planeta, podrían tal vez conducir a un mundo mejor en los próximos siglos. Algunos futurólogos auguran saltos posibles en materia de alimentación que podrían liberar al hombre de la corvea para obtenerla, pero la vocación violenta y cainita del homo sapiens es una amenaza permanente que puede sabotear los avances y aplazar una actitud más responsable en materia ecológica.

Lo ocurrido este año a pesar de tantas muertes en serie, fue saludable en muchos sentidos para amplios sectores de la humanidad adormecidos por la creencia ciega en el progreso, el desarrollo y el consumismo desbocado. De repente la humanidad cesó de viajar por el mundo enloquecida y los cielos se despejaron de aviones. Todos los sitios turísticos quedaron paralizados y se convirtieron en lugares fantasmas con hoteles, restaurantes y bares cerrados. Una asfixiante ciudad costera de rascacielos construida para europeos como Benidorm en España y las lujosas urbes construidas en los desiertos de Medio Oriente por los jeques árabes se con
virtieron en elefantes blancos que tratan de salvarse convertidos en absurdos sets cinematográficos.

Y como Benidorm, París, Venecia, Roma, Pompeya, Barcelona, Praga, Dubai, Abu Dabi y Doha, Tailandia y centenares de playas paradisíacas situadas en islas de sueño, quedaron paralizadas sin el flujo millonario de los turistas. Los aeropuertos internacionales vieron pulverizadas las cifras de visitantes, causando el desempleo de millones de personas. La industria cinematográfica, los teatros, las salas de concierto y las discotecas llevan ya un año cerrados o restringidos. Y lo que era impensable para la humanidad, el plutocrático fútbol todopoderoso desapareció por encanto de los estadios y las pantallas. 

Encerrados en sus casas, enfrentados al deceso de familiares o figuras públicas, acosados por el desempleo o la ruina, los humanos tuvimos obligatoriamente que replantearnos muchas certidumbres. Pero en sus casas o en oficinas de universidades y laboratorios, pensadores, poetas y científicos han aprovechado el tiempo para pensar en el destino del homo sapiens sapiens y en su su frágil hábitat. 

¿Cuáles son las medidas que deben aplicarse desde ahora para impedir el fin del planeta? ¿Qué cambios radicales debe experimentar la sociedad para enfrentarse a los nuevos tiempos? ¿Como acabar con el hambre y la miseria de miles de millones de humanos? ¿Cuáles son los restos de la inteligencia artificial y sus fabulosos y a la vez inquietantes avances? ¿Qué sorpresas nos depara la nanotecnología? ¿Qué nuevos descubrimientos se avecinan en el cosmos gracias al perfeccionamiento de los instrumentos astronómicos?

Así como en otros tiempos sabios y filósofos preguntaron y reflexionaron sobre los siglos y milenios venideros, las mentes activas de la humanidad estremecida por la pandemia en 2020 aceleran sus reflexiones en materia científica y ética. Parecidos a los utópicos de hace siglos, muchos se aventuran a proponer nuevas formas de gobierno, consumo, cooperación y convivencia entre los humanos y abogan para que los cambios sean reales. 

La sociedad lucha contra las violentas fuerzas cavernarias del poder y el dinero opuestas en casi todos los países a los cambios y que luchan encarnizadamente por conservar los privilegios de unos cuantos, a costa de la miseria y la exclusión de las mayorías y la destrucción de la naturaleza. La nuevas generaciones parecen estar comprometidas en demoler para siempre ese viejo mundo patriarcal, bélico y de castas que ha dominado al mundo. Aun son propósitos utópicos, pero vale la pena soñar, ya que quienes hoy habitamos el planeta no sabremos lo que pasará en las inciertas avenidas del futuro planetario.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 3 de enrero de 2021. 

sábado, 19 de diciembre de 2020

BELLEVILLE, LA VIDA Y EDITH PIAF


Por Eduardo García Aguilar


Siempre sueño con la calle de Belleville cuando me alejo de esta ciudad donde he vivido el mayor tiempo de mi vida. Es un sueño recurrente en el que regreso y encuentro el viejo apartamento donde viví cuando estudiante y en las aceras donde venden objetos usados hallo las cosas que alguna vez fueron mías, como una vieja cafetera italiana florida, cuadros, libros, cartas, cuadernos, fotografías y las prendas que usaba en aquellos tiempos felices.

Tal vez porque es una calle empinada que sube y baja como las de mi ciudad natal Manizales, siempre me ha gustado deambular por allí para fortalecer mis pantorrillas y de paso celebrar la alegría que se se siente en cada una de sus esquinas y rincones, donde desembocan otras calles y callejuelas tan exóticas y populares como la arteria principal que da nombre al barrio de Belleville. En el número 72 de esta calle nació en la miseria el 19 de diciembre de 1915 la grandiosa Edith Piaf.

Tres cuadras más arriba, cuando íbamos rumbo al Bistrot literario Les Cascades, le dije una vez a mi coterránea Beatriz Gómez que la iglesia junto al metro Jourdain me evocaba la de los Los Agustinos de mi ciudad natal, y que bajando y subiendo por callejones y escalinatas, entre árboles iluminados, queserías, panaderías, vinaterías, librerías, carnicerías, creperías y bares llenos de vida, vuelvo a sentirme como el niño que alguna vez fui y suelo ser.

Belleville es la parte más alta de la ciudad y arriba, en la cumbre de la Place de Fêtes, Telegraph, o la Porte de Lilas, suele cruzar un viento frío que a veces se desprende por las callejuelas como el soplo de un dragón desconocido. La cumbre rivaliza con las de Montmartre, Santa Genoveva y la Place D'Italie, colinas más bajas que se dominan desde estas alturas que en otros siglos albergaron a un pueblecito de la periferia de París.

En una de las novelas de Balzac, el joven héroe provinciano Rastignac observa desde el famoso cementerio Père Lachaise la ciudad cruzada por el Sena y la reta gritándole desde las alturas "a nosotros dos ahora" deseando vencerla y conquistarla a toda costa, como ocurrió en la ficción. El cementerio es uno de los más famosos del mundo y en él reposan Jim Morrison y Balzac, Chopin y Oscar Wilde, Rufino J. Cuervo y Miguel Angel Asturias, Proust y Colette, entre otras mil celebridades que suelen visitar los turistas. Allí en sus intrincadas calzadas el filósofo Hernando Salazar Patiño, quien vino en 2019 antes de la pandemia, perdió una bufanda de seda florentina que tal vez recuperó esa misma noche el fantasma de Oscar Wilde.

La de Belleville es una calle llena de vida. El miércoles, cuando al fin nos desconfinaron, lo primero que hice fue recorrerla como en los sueños, aunque todos los bares y restaurantes están cerrados hasta nueva orden. Las tristes cortinas metálicas pintadas de grafittis es lo que resta de El Zorba, visitado en los buenos tiempos por noctámbulos excéntricos hasta altas horas de la madrugada. Inspirado en el personaje de la novela de Nikos Kazantzakis, El Zorba acoge acoge artistas, poetas, músicos y pensadores perdidos que alzan la copa a la hora de cerrar mientras suena la campana del fin y se agota la última melodía de The Doors, Riders on the stone, con la voz de Jim Morrison, quien duerme para siempre no lejos de ahí.

Están cerrados también a medida que subo por la calle el Folies, el Cabaret Populaire, el Relais de Belleville, el Bariolé, Le Metro y tantos otros bares donde hasta 2019 departían hasta el delirio centenares de jóvenes ataviados de todas las formas posibles, según la estación del momento, entre los que se cuelan mujeres y hombres mayores, canosos muchos de ellos, que se resisten a dejar atrás la adolescencia y cuentan con la copa en alto que han vivido en Belleville la mayor parte de sus vidas.


En la esquina del Cabaret Populaire, asociaciones de benévolos del barrio instalaron un intrincado laberinto de casetas ecológicas de madera adornadas de flores, donde puede llegar cualquiera a tomar gratis una sopa caliente o comer alguna delicia preparada por manos amorosas. Tanta gente se ha quedado sin empleo y sufre de soledad en estos días terribles, que proliferan sitios como estos donde hay buena música de rock y comida gratis. Me emociono. Así ha sido siempre la calle de Belleville: popular, humana, cosmopolita y solidaria.

Todos sabemos que aquí al lado vino al mundo la inovidable Edith Piaf, quien de niña cantaba en estas calles junto a un padre alcohólico y viudo que tocaba el acordeón. La grandiosa Piaf protegía a los amantes de Belleville antes de la pandemia y está lista a protegerlos con sus bondades cuando termine la pesadilla y la vida retome la normalidad. Llego a la puerta y me inclino ante la placa que dice: "En las escaleras de esta casa nació el 19 de diciembre de 1915 en la mayor pobreza Edith Piaf, cuya voz, más tarde, conmovería al mundo entero".
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de diciembre de 2020.

lunes, 14 de diciembre de 2020

EL ACUERDO DE PARÍS SOBRE EL CLIMA


Por Eduardo García Aguilar


Hace cinco años 195 países participantes lograron llegar a los Acuerdos de París y ahora, como soñar no cuesta nada, se reúnen en medio de la pandemia y en plena virtualidad planetaria buscando ratificar los objetivos planteados para reducir el calentamiento de la tierra, expresado en huracanes y ciclones devastadores, incendios forestales, inundaciones sucesivas, desaparición de las cumbres nevadas y humedales y la reducción dramática de los casquetes polares ártico y antártico.

Después del avance de aquella reunión, muchas esperanzas se vinieron al suelo, pues lo primero que hizo Donald Trump al llegar al poder en Estados Unidos, fue salirse del acuerdo y sabotearlo a lo largo de su mandato, que culmina en enero, pues según él no existe tal cambio climático y el mundo puede seguir destruyendo bosques y contaminando el planeta.

Y como no hay mal que por bien no venga, la llegada de la pandemia que sacudió al mundo en este largo año excepcional de 2020, mostró con total claridad que el planeta necesita reducir la velocidad y la naturaleza de sus objetivos productivos y tecnológicos. Trump y su comparsas en el mundo fueron desmentidos por la realidad de la peste, que reveló al orbe la necesidad de que los humanos cesen su delirio depredador.

De repente todos vimos como nuestros cielos se quedaron libres del desenfrenado tráfico de la aviación mundial y del turismo enloquecido que histerizaba a los habitantes del planeta, ávidos de viajar y gastar sin sentido. También vimos como lucían las grandes y las pequeñas ciudades en los momentos más drásticos del confinamiento aplicado en todas partes ante la devastación mortífera provocada por la peste del siglo XXI.

Calles vacías de vehículos y contaminación, baja en el índice de accidentes, recuperación de espacios por parte de los animales que antes huían de la locura humana, fueron algunos de los efectos benéficos de la crisis. Muchos vieron los cielos libres de esas líneas contaminadoras expulsadas por los enormes aviones y también los mares descansaron al observar a los paquebotes del turismo de masa que invadían sitios de sueño, playas, bellas ciudades como Venecia, a los cargos petroleros y químicos y a las minas contaminadoras, paralizados todos por el cese súbito de las actividades económicas.

Por el avance terrorífico de la peste en Brasil, cuyo gobierno hacía coro con el de Trump negando el virus y el cambio climático mientras se incendiaban las selvas amazónicas, las actividades depredadoras contra la naturaleza impulsadas por los ávidos de la ganancia tuvieron cierto reposo obligado, dejando en paz a los habitantes originarios y a los animales que morían bajo el fuego provocado por quienes arrasan los bosques, afectando al pulmón amazónico del planeta.

Los activistas y los países y líderes mundiales comprometidos con el Acuerdo de París se preparan ahora para la nueva reunión COP 26, que se llevará a cabo el año entrante en Glasgow, en Escocia. Los expertos y los científicos siguen publicando informes donde explican en detalle que los objetivos deben cumplirse para que el planeta se salve de la autodestrucción, que lo convirtiría en un globo desierto, una inmensa roca fría cubierta de óxido como en los libros o las películas de ciencia ficción.

Las nuevas generaciones trabajan par proponer alternativas: reducir el uso de energías fósiles, el uso de los vehículos o al menos convertirlos en aparatos ecológicos no contaminadores, cambiar los hábitos y proponer el reciclaje de electrodomésticos, ropas y muchos elementos de la vida cotidiana, reducir el turismo masivo que invade y destruye, avanzar hacia la construcción de edificios y habitaciones ecológicas, proteger el agua, cuidar la naturaleza, promocionar el trueque, dejar de vivir arrodillados ante el dios automóvil.

Muchos adolescentes y jóvenes de este siglo XXI han tomado conciencia de esas necesidades y se mueven en la India, Suecia, Estados Unidos, América Latina, África, Asia, para hacer posible esos cambios, pero las fuerzas retardatarias hacen todo para impedir el cambio, lo que se traduce en el asesinato en muchas partes mundo de  activistas ecológicos que luchan contra la construcción de aeropuertos absurdos en lugares paradisíacos, represas megalómanas, avenidas locas que matan ciudades y se oponen a la minería de las grandes multinacionales, que tras extraer las riquezas solo dejan miseria y desiertos.

Esos jóvenes que ahora alzan la voz muestran el rumbo que los viejos sátrapas vampiros del poder y el dinero como Donald Trump y sus admiradores quieren frustrar en un baño de sangre y destrucción. No todo el mundo está loco. La humanidad puede cambiar de rumbo y aun está a tiempo. El éxito no está en enriquecerse, robar, matar, arribar, gritar, odiar, hacer la guerra, sino en luchar por un mundo más justo y más leal con la naturaleza. La poesía está a la vuelta de la esquina. El sueño se puede tocar con nuestros corazones. Solo basta mirar las flores, los ríos, el mar, los volcanes y escuchar el canto de los pájaros.   
 
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Publicado el domingo 13 de diciembre de 2020 en La Patria. Manizales. Colombia. (Incluye pequeños ajustes en los párrafos 1 y 7).  
                    

sábado, 5 de diciembre de 2020

EL VIAJE FINAL DE GISCARD D'ESTAING

Por Eduardo García Aguilar

Este miércoles murió a los 94 años de edad y a causa del coronavirus el ex presidente francés Valéry Giscard d'Estaing (1926-2020), brillante economista que durante su gobierno de siete años entre 1974 y 1981 modernizó en muchos aspectos al país y se ajustó a una feliz ola de renovación cultural iniciada un lustro antes con el movimiento de mayo de 1968.

Al morir Giscard d'Estaing, un año después de Jacques Chirac (1932-2019), desparece para siempre una generación de grandes presidentes ilustrados, amantes todos del arte y la literatura, elocuentes y con sentido de la historia y el Estado, individuos de diálogo y elegancia en el debate civilizado. Aunque solo duró un periodo en el poder, su larga jubilación de medio siglo lo vio tener protagonismo en la construcción de la Europa comunitaria y hasta hace poco era un placer verlo exponer en entrevistas sus lúcidas reflexiones geopolíticas sobre este complejo siglo XXI.

Quiso el destino que cuando llegué muy joven a Francia a estudiar, acababa de morir en plena primavera de 1974 el presidente Georges Pompidou y el país se encontraba en un ambiente eléctrico de funerales internacionales, con la presencia de líderes mundiales, entre ellos Richard Nixon, y abocado a unas súbitas y cruciales elecciones presidenciales anticipadas. Como todos los de mi generación, los asuntos sociopolíticos del mundo nos apasionaban desde el bachillerato y no había mejor momento para llegar a Francia que en medio de un acontecimiento histórico del cual se podía aprender día a día leyendo la magnífica prensa, pletórica de excelentes revistas y diarios y cuando la juventud irrumpía desmoronando las viejas tradiciones y se rebelaba contra el legado del general Charles de Gaulle (1890-1970).

Medios como Le Monde, Le Figaro, Le Nouvel Observateur, L'Express, los debates televisivos con su amplio y riguroso despliegue, se volvieron profesores de este súbito cambio cuando aun estaban vivos Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir y André Malraux, entre otras muchas eminentes figuras. La política se anclaba en una larga tradición, llena de personajes de leyenda, cuyas ideas y palabras seguían presentes y vivas y se utilizaban en debates y forcejeos electorales.  

Georges Pompidou, quien había sido Primer ministro del general que liberó a Francia de los nazis y creó la Quinta República, ya había sentado las bases para la modernización continuada después por Giscard. Como casi todos los líderes de su tiempo, el fallecido mandatario que en abril de 1974 ingresaba a la catedral de Notre Dame en su catafalco, en medio de honores y ceremonias civiles y militares, tenía una gran cultura y amaba las artes, hasta el punto de que su celebrada antología de la poesía francesa es una de las más conocidas y leídas en el país y aun sigue vigente.

A él se debe la creación de el Centro Pompidou, un espectacular museo futurista de arte contemporáneo, inaugurado con carácter póstumo en 1977 y que es visitado cada año por millones de entusiastas amantes del arte de los siglos XX y XXI. El país había vivido en los últimos meses las visibles huellas de la enfermedad del mandatario, cuyo rostro se veía hinchado por los efectos de la cortisona y a quien se le reconocía por su lucidez y los esfuerzos por hacer avanzar al país en medio de una ola de espectacular progreso económico y renovación de la sociedad y las costumbres añejas.

Planeaba sin embargo sobre todos la sombra del general De Gaulle, cuyas memorias también son un clásico de la líteratura y quien se había convertido en un anciano padre de la patria, monarca autoritario de dos metros de estaura que vivía de la gloria de su protagonismo histórico en la Liberación de junio 1944 y quien al final fue derrotado por la revolución juvenil, que lo obligó a renunciar y a retirarse de la vida politica en su refugio de Colombey-les-deux-eglises.

Vivir las elecciones en directo era asistir a una gran cátedra de ciencia política. En unas cuantas semanas los observadores experimentaron el desplome y la derrota en primera vuelta de quien se suponía sería el sucesor natural de Pompidou, el carismático Jacques Chaban-Delmas y la irrupción como candidato de Giscard, joven ex ministro de Economia de solo 48 años, un liberal que peleó en segunda vuelta con el gran socialista François Mitterrand (1916-1996), derrotado de nuevo por estrechísimo margen, pero quien llegaría finalmente al poder siete años después para convertirse en otra referencia histórica.
 
Sus opositores le reconocen a Giscard el impulso modernizador, aunque muchos de burlaban de su acento aristocrático, su altiva elegancia, sus veleidades literarias y eróticas en la senectud, pues sugería en una malísima novela que había enamorado a la bella princesa Lady Di.  En 2003 ingresó a la Academia Francesa, uno de sus sueños.

Algunos analistas, incluso de izquierda, recordaron con nostalgia estos días su paso por el poder, ya que desde la moderación que era la suya se abrió a los cambios y no retrocedió al promover a través de su ministra Simone Veil cambios fundamentales para la condición de la mujer, entre otras medidas de progreso.     

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 6 de diciembre de 2020.
 

sábado, 28 de noviembre de 2020

LOS PASOS DE MARGUERITE YOURCENAR



Por Eduardo García Aguilar

Volver a recorrer los pasos de Marguerite Yourcenar a través de la biografía escrita por Josyane Savigneau es una verdadera delicia, ya que en estos tiempos de permenente e insulsa algarabía planetaria, conectarse con ella ayuda al lector a confirmar que no está equivocado y que los libros, la literatura, la historia, el pensamiento son los mejores remedios contra el descreimiento o la fatiga que prodiga el caótico mundo contemporáneo. No está nada mal viajar a los tiempos de Alejandro Magno, Julio César o al Imperio Romano de Adriano o Nerón para constatar que el mundo cambia poco.

Yourcenar (1903-1987) es un ejemplo de lo que significa ejercer contra viento y marea la pasión de leer, pensar y escribir. Era un roble humano y una inteligencia deslumbrante. Tuvo la fortuna de ser confortada desde temprano en esos placeres por el padre viudo, viajero aristócrata que le puso maestros privados y la llevaba con él a lugares exquisitos de la costa Mediterránea, Italia y Suiza, donde solía ir a divertirse y a desahogar su pasión por el juego en lujosos casinos.

Huérfana de madre, la escritora creció al cuidado de ayas y se adecuó a la soledad y el rigor de los internados donde la única diversión posible era el estudio y la lectura. Su padre le financió la publicación de sus primeros libros cuando aun era adolescente y tras su muerte le quedó una fortuna que le posibilitó viajar durante una década a sus lugares más preciados, donde siguó los rastros de las culturas helenística y latina y vivió pasiones con hombres de cultura que nunca olvidó.

Hedonista, amante de la vida y el placer, atenta a los destinos humanos y los sucesos del mundo, Yourcenar se conectó desde temprano con los medios literarios de París y publicó en revistas ensayos y ficciones que le servirían luego como embriones para sus obras mayores, entre ellas las Memorias de Adriano, que le dieron la fama mundial y al final la gloria en vida, como una de las grandes autoras del siglo XX, al lado de Virginia Woolf y Hannah Arendt, entre otras.

Agotada la fortuna, se ganó la vida traduciendo para grandes editoriales francesas obras como Las Olas, de la Woolf, a quien visitó para ese efecto y después, cuando ya muchos huían del avance nazi y se avizoraba la conflagración, se trasladó a Estados Unidos. Allí fue contratada por un colegio para chicas ricas de la costa este donde impartió clases de literatura durante una década. Quienes la conocieron en aquellos sombríos años la describen como una mujer altiva, excéntrica, elegante, que impresionaba por su inteligencia y erudición y su fuerza de carácter.

Vivía entonces en un modesto apartamento de Hartford con su pareja, la también profesora Grace Frick, y luego se trasladó con ella a una casa campestre en la isla de Mount Desert, situada en el frío noreste norteamericano. Recuperó una maleta olvidada antes de la guerra que le envió desde Suiza un fiel amigo y allí, entre viejos objetos personales y documentos, encuentra el embrión de las Memorias de Adriano, cuya escritura emprende con pasión cuando viajaba en tren hacia el sur de Estados Unidos, saliendo de un letargo de más de una década.

Mount Desert se convierte en un refugio literario y con la ayuda y lealtad de Grace Frick reanuda los contactos con el mundo literario parisino, que recobra fuerza en tiempos de posguerra. De esa casa salen una tras otras sus nuevas obras y poco a poco se convierte en una leyenda de la lengua francesa, orgullo nacional, y en la primera mujer en acceder a la más que centenaria Academia Francesa, solo compuesta por varones a través de los siglos.

Su ingreso a la institución la proyecta a la cima de su fama y periodistas, lectores, académicos, admiradores, acuden a verla en su retiro, convirtiéndola en una pop star, cuya elocuencia asombrosa y gracia seduce en los máximos programas televisivos, entre ellos los dirigidos por Bernard Pivot, Jacques Chancel y otras estrellas del periodismo cultural, cuando un escritor podía aun atraer masivamente a los televidentes, cosa hoy impensable.

Fallecida su pareja, Yourcenar inicia una relación con el joven Jerry Wilson, con quien decide viajar durante un lustro a los países más exóticos de Asia y Oriente Medio, y visita las ciudades europeas, asiáticas, magrebíes o egipcias donde está anclada su obra. A donde llega, es recibida casi con honores de Estado y en Ginebra se entrevista con Jorge Luis Borges, su contemporáneo y congénere en la genialidad literaria. Wilson, con quien sostenía en la ancianidad una relación conflictiva y apasionada, muere en París y ella retorna ya solitaria a Mount Desert, donde fallece después de un derrame cerebral. Durante sus últimos días, esa gran máquina de pensar permaneció en el delirio.

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 29 de noviembre de 2020.

viernes, 27 de noviembre de 2020

EDGAR MORIN Y LOS RETOS DEL SIGLO


Por Eduardo García Aguilar
 

Este fin de semana el diario francés Le Monde publica una extensa entrevista de Nicolas Truong con el filósofo Edgar Morin, quien a unos meses de cumplir cien años de edad en julio próximo sigue tan lúcido y ágil como siempre, tratando de comprender los problemas de nuestro tiempo y en especial los de este año excepcional marcado por la pandemia y una crisis mundial generalizada que alberga incertidumbres y peligros. 

"Estamos efectivamente en una crisis planetaria gigante, a la vez biológica, económica, civilizacional y antropológica, que afecta a todas las naciones y a toda la humanidad", afirma Morin, quien advierte sobre la posibilidad de que se desencadenen "guerras de nuevo tipo" en el marco de una "regresión" caracterizada por "sistemas posdemocráticos con múltiples medios de control de los individuos". 

Morin habla con la solidez que le da la experiencia de haber experimentado muy joven las angustias de los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando el mundo entró en una espiral caótica de nacionalismos, xenofobia, fanatismo, intolerancia, que nutrieron a los leviatanes de los totalitarismos de izquierda y derecha vislumbrados por el gran George Orwell en su obra 1984 y otros autores de ese tiempo.

Como todos los de su generación, Morin se vio involucrado en los movimientos políticos de la época y experimentó como muchos crisis existenciales y de pensamiento, ilusiones y desilusiones, momentos de militancia durante la ocupación alemana y también episodios de liberación e insurrección personal, pero siempre estuvo alerta a la crítica y a la autocrítica, elementos básicos de su vasta obra metodológica y pedagógica.  

"Desde hace décadas yo trato de resistir a dos barbaries aparentemente opuestas: la barbarie que viene del fondo de los tiempos históricos, la del odio, la dominación y el desprecio y la barbarie fría y helada de nuestra civilización, la de la hegemonía del beneficio desenfrenado y el cálculo", añade en esta charla donde se refiere a la coyuntura actual en Estados Unidos, el auge del fanatismo religioso yihadista y el surgimiento en los países democráticos de hombres providenciales que se benefician en estos tiempos de ríos revueltos, frustración económica, velocidad informativa en las redes sociales y auge de las postverdades.

La lucidez de Morin es admirable y da gusto saber que los 99 años, desde su nueva casa en la soleada de Montpellier, cerca del Mediterráneo, sigue brindándonos con su elocuencia elementos para tratar de entender es
tos tiempos confusos donde algunos filósofos, analistas y opinadores de todo pelambre generan con su histeria maniquea aun más tensiones en sociedades divididas y encarnizadas entre posiciones emocionales que no admiten matices ni exposición serena de las ideas.
 
Cuando lo visité en su casa de Normandía en agosto de 2007 tuve la alegría de constatar su admirable lucidez. Recorrimos el pueblo donde tenía entonces su casa de campo. Fue por mí y me llevó de regreso a la estación en su pequeño vehículo. Me contó su relación con André Breton y los surrealistas, sus tentaciones poéticas, y hablamos largo de sus tiempos de California, cuando fue testigo de aquellos magníficos cambios culturales de postguerra que auguraban el advenimiento de tiempos más prósperos, tolerantes y modernos.
 
También hubo tiempo para abordar con Morin en el amplio salón y biblioteca de esa casa, al calor de unos tequilas, los asuntos latinoamericananos, ya que conoce muy bien la región y la ha visitado muchas veces. Se refirió a ese choque brutal entre dos mundos que significó la conquista y la colonia española, temas que lo fascinan y lo llevan a reflexionar sobre el significado de aquellas grandes civilizaciones prehispánicas desaparecidas y los retos políticos y sociales de ese gran continente en permanente ebullición.
 
No hay duda alguna de que quienes dedican la vida al arte y el pensamiento, a las letras y a la reflexión permanente, parecen nutridos e impulsados por una energía increíble que los convierte en jóvenes permanentes y los lleva muchas veces a la longevidad, como ocurre con tantos artistas plásticos, filósofos, poetas. Aquella charla en su casa la menciona en su Diario (1992-2010), publicado en dos volúmenes, donde me califica de "escritor mexicano", lo que es cierto, pues soy también mexicano de corazón, pero también manizaleño, parisino y sobre todo terrícola, de la bella galaxia Vía Láctea.
 
Ahora me entusiasma leer esta larga charla con motivo de la aparición de su último libro, Cambiemos de vida. Las lecciones del coronavirus, donde trata de pensar lo que vendrá después de este extraño año 2020. Leer a Morin, al borde de convertirse en centenario, es un estímulo para seguir pensando con entusiasmo y optimismo sobre los arcanos de la vida individual y la aventura de la humanidad que seguirá poblando este planeta. 

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de noviembre de 2020