sábado, 15 de mayo de 2021
NAPOLEÓN BONAPARTE Y LAS ESTATUAS
domingo, 9 de mayo de 2021
LA OBRA DE VICENTE QUIRARTE
Vicente Quirarte (1954) ama las ballenas y la caligrafía y desde sus
años de infancia pasados en la vieja colonia Roma de la Ciudad de
México, donde creció al lado de los libros empastados que su padre
historiador acumulaba y amaba, se ha aplicado a sus pasiones mayores,
que son la poesía, la historia, la amistad, el amor y el ensayo, campo
en el que ha asediado con profundidad las obras de Luis Cernuda y
Gilberto Owen o el mundo de los vampiros.
Cada uno de sus libros, poco a poco, a lo largo de los años, han
caído gota a gota a mis manos y me han acompañado siempre. Se trata de
bellas ediciones, a veces confidenciales, como las salidas en los
Cuadernos del Caballo Verde de la Universidad Veracruzana, Los Libros
del Bicho de Premiá, la Escuela Nacional de Estudios Profesionales
Acatlán, Cuarto Menguante, Ediciones Toledo o Cuadernos de Malinalco,
entre otras muchas pequeñas ediciones que se presentaban siempre con
entusiasmo y eran argumento propicio para salir a sitios inolvidables
del Centro Histórico, donde los escritores de una generación compartían
el transcurso del tiempo.
Muchas cosas terribles y maravillosas ocurrieron en México en esos
tiempos, como terremotos, incendios, explosiones, disturbios,
atardeceres, granizadas, ventiscas, fiestas, manifestaciones, asesinatos
políticos, masacres, revoluciones, decesos y nacimientos, pero
pareciera que los poetas nacidos en los 50, todos ellos tímidos y
discretos, se colaran oblicuos y en silencio por las hendijas geológicas
del altiplano, junto a los cerros y bajo la mirada de los volcanes,
para escribir el testimonio de esos vegetales, lágrimas, piedras, ecos o
entusiasmos y que a veces abrieran con fuerza las puertas de
inamovibles cavernas llenas de fuego, mares, sorpresas y mundos
inimaginables que conducen al otro lado de la tierra, a otras
civilizaciones y a otras poesías extraídas de milenios y crisoles
ardientes de palabras.
Pertenece Quirarte a una amplia generación de escritores mexicanos
nacidos a los años 50, que a finales de los 70 ya despertaban a la idea
de hacer una obra o ejercer para siempre un oficio tan peligroso como
la poesía. Hay en todos ellos desde sus inicios una profunda pasión por
explorar las enseñanzas de los maestros mexicanos vivos o muertos. A
veces se detenían en los modernistas, hasta saber de memoria la obra de
Salvador Díaz Mirón, José Juan Tablada, Porfirio Barba Jacob o Ramón
López Velarde.
Otras veces se dejaban llevar por la generación mexicana de Los
Contemporáneos, en bloque, desde Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia
hasta Salvador Novo, José Gorostiza, Gilberto Owen y Carlos Pellicer. Y
de repente se detenían en los maestros vivos, esos viejos amigos que
como Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Francisco Cervantes, Guillermo
Fernández u Octavio Paz, entre otros, les animaban a seguir en la locura
de hacer poesía y les decían que no era en vano el esfuerzo, porque la
poesía, como dice Quirarte, es «superior a la feria de vanidades» y se
«encuentra por encima de los combates de nuestro pequeño género
humano».
Y así los de su generación, a la que yo pertenezco, pero con la
marca indeleble de Los Andes, siempre caíamos y volvíamos a levantarnos
desde las cenizas, como cuando el terremoto terrible del 19 de
septiembre de 1985 estuvo a punto aniquilarnos y nos expulsó de la
famosa Casa de las Brujas de la Plaza de Río de Janeiro, uno de los
edificios más bellos de la ciudad, donde vivíamos felices pintores,
poetas, pianistas, cantantes, bibliómanos, actrices, danzarinas.
En el bello volumen Razones del Samurái están esos libros que yo vi
y leí en originales como Teatro sobre el viento armado, Calle Nuestra,
Vencer a la blancura, Fra Filippo Lippi: cancionero de Lucrecia Buti,
Puerta del verano, Bahía Magdalena, En ausencia de Aníbal Egea, El ángel
es Vampiro, El peatón es asunto de la lluvia.
Al recorrer esas páginas a medida que se acerca el nuevo solsticio
de verano, me encuentro con esa poesía impecable diáfana, sabia, de
Quirarte, que ha sido cincelada con las armas y las artes de la
rigurosa tradición mexicana. La lluvia y el viento de la ciudad vuelven
entonces con sus fantasmas y delirios, griterío de niños, llanto de
mujeres, libros viejos, objetos perdidos y oxidados, ruidos, aromas
florales, o sea el testimonio humano e intelectual de una generación
discreta, tímida y profunda que sigue buscando lo imposible.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de mayo de 2021.
viernes, 16 de abril de 2021
NOTRE DAME EN LLAMAS
sábado, 10 de abril de 2021
LA ALGARABÍA RECURRENTE DEL 9 DE ABRIL

sábado, 3 de abril de 2021
LA LONGEVIDAD DE LOS POETAS
lunes, 29 de marzo de 2021
EUROPA Y LOS ESCRITORES LATINOAMERICANOS
Por Eduardo Garcia Aguilar
domingo, 21 de marzo de 2021
ESCRITORES SIN PASAPORTES
Uno de los escritores del mundo moderno que mejor ejemplifica la
literatura errante es Joseph Conrad, por dos razones: no sólo porque
abandona su tierra original para adoptar los mares y después radicarse
en la capital del Imperio británico globalizador, sino porque también
deja su lengua para adoptar otra, el inglés, tal como lo hiciera después
el genial Vladimir Nabokov o, en nuestro ámbito latinoamericano, Héctor
Biancciotti, quien cansado de ser ignorado por su pares de América,
decidió adoptar el francés y lograr así llegar a la proeza de ingresar a
la Academia Francesa.
Conrad recorre el mundo como capitán de navío, en un mundo que ya
nada tiene que ver con los mares de Ulises o de Eneas, de Colón o
Magallanes ni con las rutas de seda o los caravansarys del desierto.
Estamos ya en el mundo agitado de la industrialización y del libre
cambio mundial de mercancías, en la era de las factorías, los trenes y
los gigantescos barcos de carga. Su obra vasta es una mirada lúcida de
los países y culturas lejanas, en las que se incluye los parajes
costeros del caribe colombiano que, al parecer, inspira Nostromo.
Victoria, Lord Jim, El corazón de las tinieblas, La locura de
Almayer, Bajo la mirada de Occidente son novelas extraordinarias de un
conocedor profundo del hombre, analizado y descrito por encima de las
fronteras, sin pasaportes, banderas o cruzadas nacionalistas. Cada uno
de esos capitanes o marineros perdidos que aparecen en su tensas y
telúricas narraciones habla desde la angustia de no tener por más patria
el barco sacudido por los tifones y acechado por bandidos o fuerzas
enemigas. Mueren y son lanzados para siempre a las olas de los océanos o
son enterrados en parajes que ninguno de los suyos conocerá. Conrad se
aplicó a contar todas esas historias en una aventura creativa sin par
que representa uno de los máximos logros de esa actitud de franca
extranjería alrededor del globo.
Nos dice Paul Morand que el «verdadero estatuto que nos hace vivir
es el de extranjero». En efecto, llega un momento en que el individuo
viajero, el trotamundos, adquiere la certeza de que sólo desde el ángulo
escalofriante puede sentirse libre en el camino hacia el ineluctable
fin. No tiene que representar obligatoriamente a una patria ni debe
sentirse culpable porque no se entusiasma únicamente por las músicas,
comidas, ropas de su terruño, sino por todas las que alguna vez encontró
y con las que compartió a lo largo de su periplo. Toda persona atada
patológicamente a su patria o bandera es un lisiado de la sensibilidad,
un parapléjico de la percepción y esto es aún más grave cuando se trata
de un escritor. El que escribe tiene, con mucha mayor razón, que estar
abierto a esas extrañezas y por ende estar capacitado para contarlas y
sentirlas desde el ángulo oblicuo de su extranjería.
Chateaubriand en las Memorias de Ultratumba,
elaboradas a lo largo de la vida, de manera minuciosa, a través de
innumerables palimpsestos a los que aplicó la más refinada tortura de la
corrección, relata su existencia con esa prosa moderna que dos siglos
después es absolutamente eficaz y cristalina. Su éxodo es múltiple: él
alcanza a presenciar el fin del antiguo régimen y a partir del retrato
de sus
tías abuelas dieciochescas hace un recorrido vital, político y
amoroso tan nutrido como los de Magallanes y Bougainville.
Su prosa es una bruma áurea, flexible, que ingresa a todos los
rincones posibles de su tiempo y retrata los avatares de una época donde
como pocas veces se concentraron cambios trascendentales, básicos para
el ingreso de la actual modernidad.
Su éxodo es de clase, de régimen, de edad, de tiempo y al final
ejerce de escalofriante y acertado profeta cuasi bíblico. Sólo un
observador apasionado e inteligente como él puede construir poco a poco y
terminar esa pirámide de palabras, ideas y emociones cuando, de ochenta
años, alcanza a mirar desde la atalaya terminal dos de los siglos más
agitados de la historia. Como Conrad en los océanos, cruza y sobrevive a
los más tenebrosos tifones.
---Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 21 de marzo de 2021
lunes, 8 de marzo de 2021
VIVIR EN EL PARQUE CALDAS
domingo, 7 de marzo de 2021
LA ESCUELA ANEXA A LA NORMAL
Por Eduardo García Aguilar
sábado, 23 de enero de 2021
HARA-KIRI CON YUKIO MISHIMA
Por Eduardo García Aguilar
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 24 de enero de 2021.
viernes, 22 de enero de 2021
EN MINNEAPOLIS JUNTO AL MISSISSIPPI
Por Eduardo García Aguilar
El sol se aventura ya en las nórdicas tierras de Minneapolis y Saint Paul, ciuidades gemelas y vecinas que presiden el estado norteamericano de Minnessota, donde se origina el río Mississippi, arteria vital de Estados Unidos junto a la que ha transcurrido la vida a través de milenios desde los aborígenes que llegaron por el estrecho de Behring hasta los modernos de hoy que estudian, beben, juegan béisbol, votan por Obama y asisten a conciertos de Britney Spears y de todas las estrellas del rock, rap o pop provenientes desde todos los rincones del mundo.
domingo, 17 de enero de 2021
LOS CAMINOS DEL JUDÍO ERRANTE
Ahora que millones de humanos seguimos fieles al éxodo, en un largo
proceso de desplazamiento que se aceleró en las últimas décadas, es
pertinente explorar las modalidades en que el ser humano se diluye en la
diáspora o se exacerba en las islas del destierro. Por un lado se
difumina en la vivencia de otras culturas cercanas o lejanas, en la
penetración de los misterios del imaginario de otros países milenarios,
en la visualización incesante de otros íconos, ya sean de piedra o
huidizos como las imágenes televisivas de ceremoniales exóticos. Y a la
vez se exacerba cuando la infancia, la adolescencia y la juventud
fosilizan y adquieren contornos y esencias de una nueva mitología
particular, familiar o doméstica.
La tensión tectónica de esos dos procesos lleva a la conformación en
nosotros de ese extraño Frankenstein construido con pedazos de otros
códigos y ceremoniales, dentro del cual pugna el Minotauro del imposible
retorno. Porque al mismo tiempo que la « raizalidad» agoniza en la
integración del individuo a otros continentes exóticos, se agudiza el
dolor de la ausencia del país original, que ya ni siquiera es portátil y
se va volviendo tan extranjero o más que las playas, urbes, praderas y
pieles de los países o continentes del éxodo.
¿Dónde queda, pues, ahora, el extranjero? ¿En la patria abandonada o en
las patrias adquiridas a fuerza del éxodo? ¿Quién es más extranjero: el
nativo que retorna a deambular por sus parajes nativos o el forastero
que agota el asfalto de nuevas y luminosas metrópolis del Viejo y Nuevo
Mundo? Este extranjero profesional y eterno que se instala en la
movilidad no es más que la versión moderna del maravilloso judío errante
del que nos hablaban la abuela o la madre mientras tejían en salas y
corredores, bajo los aleros de las casonas de los Andes, como la extraña
y misteriosa figura que flotaba en la inminencia de su aparición y
partida.
El judío errante lleva sus pequeños bártulos colgando en una bolsa
raída, tiene una mirada agitada y extraviada, trae los cabellos
hirsutos, la barba siempre a medioterminar y las manos rugosas como sus
pies heridos y fatigados de tanto caminar por las trochas y caminos de
herradura. El judío errante tiene como patria única su errancia. Y a
diferencia de los que siempre se quedan en las pequeñas veredas
esperando la muerte sin salir jamas de allí, el judío errante lleva como
fardo una multitud de imágenes y voces, olores, texturas, sabores,
pieles, un fardo que se hace cada vez más pesado, bullicioso, caótico,
como si fuera un enorme y sacro monolito donde están inscritos todas las
leyes o anatemas, los oráculos encontrados, las premoniciones, las
catástrofes.
Toda gran literatura es de éxodo, de errancia, materia de juglares que
en sus andanzas acumulan experiencias e historias y tienen como función
darlas a conocer a los otros, por un instante, al calor del fuego. Así
surgieron los grandes libros sagrados de la India, el Oriente Medio y
América, como obras de quienes le dieron la vuelta al mundo y contaron
lo visto para que a su vez fuera relatado por otros, enriqueciéndose con
las falsificaciones o el perfeccionamiento de las estructuras
narrativas.
Las epopeyas, las biblias, las mejores piezas de teatro, las fábulas,
profecías y obras poéticas se forjaron en ese encuentro incesante de los
encantadores de serpientes y los cómicos con el alborotado público de
las barriadas famélicas. El mono volante y heroico del Ramayana,
Hanumán, que pervive hoy en cada mono libre de Calcuta o Benarés; la
figura emblemática de Sherezade; el profeta viajero que escribe
epístolas y va de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo llevando la
palabra divina; la historia del vellocino de oro; la loba que amamanta a
Rómulo y Remo; todos ellos surgieron de ese patio de los milagros o esa
plaza a donde llegaban los artistas viajeros con sus tambores,
chirimías y panderetas.
Allí también se forjó la búsqueda de eternidad. Porque el hombre
milenario no se contentaba con el relato de sus aventuras picarescas,
sino que establecía los puentes venideros con el más allá: así las
reencarnaciones de los Indios, el más allá momificado de los egipcios y
el cielo o el infierno de los cristianos tan bien descritos con lujo de
detalles en La Divina Comedia de Dante y el Paraíso Perdido de Milton.
En este caso la errancia no es de este mundo sino del otro, con
interminables círculos y abismos por donde caen raudos los ángeles
condenados. En su maravillosa abstracción estos mundos perfeccionan y
hacen aún más complejos los caminos y los laberintos del mundo conocido.
El más allá tiene palacios y paisajes aún más sorprendentes, flota
sobre nubes o espacios cósmicos y en su seno las atrocidades humanas se
perfeccionan, como las torturas y suplicios contados por Dante o Milton.













