jueves, 15 de diciembre de 2022

ROMA LA ETERNA



Por Eduardo García Aguilar

Siempre hay una atmósfera de eternidad en Roma, la ciudad a la que el gran poeta francés Joachim du Bellay dedicó un largo poema de 35 partes donde celebra los misterios de su antiquísima existencia, palpable en las ruinas que maravillaron desde hace siglos a los viajeros que la visitaron desde los tiempos bíblicos, como ese trotamundos de Paulo de Tarso o los principales autores del romanticismo, el alemán Goethe, el francés Chateaubriand y el británico Lord Byron y por supuesto el héroe latinoamericano por excelencia, Simón Bolívar, que inspiró a su vez a varias generaciones de románticos.

Podría decirse que Roma era la Nueva York del universo conocido en ese entonces para los contemporáneos del Imperio, quienes al llegar desde territorios lejanos no podían creer lo que veían, como ese magno Mausoleo de Augusto, o las construcciones de Adriano o Nerón, cuyas ruinas aun perviven junto al río Tíber y desde donde se veía el trazado de la urbe con su intrincado laberinto de callejuelas y edificios de varios pisos, mercados, plazas, foros, escuelas, coliseos, estadios, templos, comercios, baños termales, puentes, acueductos, construidos todos con pericia por arquitectos que impusieron su estilo y talento en todas las provincias y capitales.

Esos mismos constructores trazaron cientos de miles de kilómetros de carreteras empedradas que llegaron a los confines más lejanos del Imperio, así como murallas, faros y torres vigías desde donde vigilaban la seguridad de los territorios. Los rastros de esas construcciones perviven como ruinas en toda la extensión de aquella gran aventura inolvidable que nos recuerda que nada nuevo hay bajo el sol.

Pero en Roma la magnitud de ese poder llegó a niveles insospechados que el transeúnte actual de la ciudad ve en las murallas ocres esparcidas entre la urbe moderna y en las columnatas, obeliscos y edificaciones de ladrillo que aun siguen en pie venciendo tiempo, catástrofes, guerras, preparados para vivir futuros milenios. 
 
Joachim du Bellay (1522-1560) dedica ese largo poemario al rey para recordarle la grandeza de aquel pueblo y recomendarle se inspire en esa obra para dejar huellas. El poemario de este gran bardo francés renacentista es en cierta forma la versión escrita de los grandes monumentos y un monumento en sí mismo. Porque la literatura, la poesía, el ensayo, pueden convertirse en monumentos inmateriales. 
 
He llegado a la Plaza del Pueblo y en medio de esa atmósfera vegetal y una caída del sol crepuscular color fucsia y naranja que dio paso más tarde a la emergencia de la luna llena, acompañada por un brillante lucero planetario, he girado hacia el Mausoleo de Augusto, en cuyo entorno desde hace más de un siglo se realizan trabajos para destacarlo como uno de los centros ceremoniales más impresionantes de la ciudad. 

En pancartas alusivas a las obras se muestran los diferentes trabajos realizados a lo largo del siglo XX y se ve una foto donde Mussolini, con pico y pala, contribuye a la demolición del barrio que se había incrustado alrededor del monumento a  través de los tiempos. En breve, cuando terminen los trabajos, el Mausoleo donde están enterradas las cenizas de muchos emperadores, quedará despejado como en sus viejos tiempos. 

A un lado, en una vieja iglesia que hace parte del proyecto urbano en torno al Mausoleo de Augusto, una misa solemne pronunciada por varios sacerdotes en medio de magníficos cánticos, nos recuerda que no estamos lejos del Vaticano y del papa Francisco, y que esta ciudad ha sido centro de los más grandes rituales del ya antiguo cristianismo milenario. Más adelante llego por fin de nuevo al río Tiber y cruzo el puente hacia el barrio Trastévere, agitado este jueves por la alegría de un puente vacacional, el avance raudo de diciembre y la celebración de la fiesta de la Befana, encabezada por esa pequeña brujilla que trae los regalos.

Cada vez que vengo a Roma pienso en esos viajeros gloriosos o anónimos que han sentido la misma atmósfera y percibido los cipreses y los pinos y la naturaleza peculiar que son bañados por los aires del Mediterráneo, entornos y paisajes que atrajeron en su tiempo a los primeros pobladores y que a través de los milenios siguen haciendo de este lugar el reino de una Dolce Vita imaginaria a veces rota por las guerras, los incendios neronianos, los magnicidios y las sombras oscuras de la peste.

¿Cómo no pensar en el gran cine italiano de la posguerra, en Vitorio de Sica, Michelangelo Antonioni, Roberto Rossellini, Federico Fellini, en el gran Pier Paolo Pasolini y las divas de siempre Monica Viti, Gina Lollobrigida, Ana Magnani, Sofía Loren, Claudia Cardinale y Ornella Muti? ¿Cómo no pensar en Leopardi, Garibaldi, Gabrielle D'Annunzio, Alberto Moravia, y los poetas Cesare Pavese, Giussepe Ungaretti y Mario Luzi? En Roma se respira arte, poesía y literatura y la sombra de Miguel Angel o Leonardo da Vinci salen a nuestro paso, mientras flota en el aire el aroma inconfundible del café. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de diciembre de 2022.
 * Foto del Mausoleo de Augusto de Eduardo García Aguilar.



sábado, 3 de diciembre de 2022

LILLE Y ESTRASBURGO: CIUDADES FRONTERIZAS

Por Eduardo García Aguilar

Uno llega a Lille en el último tren a medianoche y al salir, caminando apresurado por los andenes de la estación, lo recibe la niebla nórdica que con las luces de los faroles otorgan aire fantasmal al lugar, evocador de sueños extraños o filmes oníricos que proyectan sombras fantasmales con personajes de bastón y sombrero de copa salidos de un poema de Baudelaire.

Desde ese instante la ciudad adquiere un aura literaria, pues en ella conviven varios mundos y tradiciones centenarias marcados por auges incontenibles y guerras atroces de codicia y envidia: Gran Bretaña, Bélgica, los Países Bajos, Francia o la propia Alemania, sedes de imperios sucesivos, cíclicos, intermitentes. Lo atestiguan las estatuas de monarcas y héroes militares de las épocas coloniales, como Faidherbe, el gobernador de Senegal y jefe francés de los ejércitos del norte, cuya estatua ecuestre se ve cerca del metro República entre la niebla.

Y es normal esa sensación libresca cuando viene uno a hablar de viaje y literatura con los estudiantes de letras modernas y del Centro de lenguas de la Universidad de Lille, polo cultural de una gran ciudad fronteriza, esta vez con Bélgica, tanto la francófona como la flamenca. Aquí cerca está Brujas, la ciudad maravillosa que relató Georges Rodenbach en Brujas la muerta, publicada a fines del siglo XIX.  

Como todas la ciudades de esa estirpe, la urbe flota entre varios mundos, lenguas, culturas, pasados de guerras y esplendores que enriquecen el sincretismo de sus edificios y de la gente que habita en ellos. Por aquí han pasado múltiples ejércitos y antes estaba cruzada por canales como Amberes o Gante. La ciudad ha sido devastada y vuelta reconstruir tantas veces que la cuenta es imposible, pero en tiempos de paz ha sido centro comercial, de ferias e intercambios de productos e ideas como lo es ahora.

En la actualidad la capital de la Flandes francesa es de facto el centro de un polo metropolitano europeo al que pertenecen ciudades francesas y belgas y a donde llegan los trenes rápidos como el Eurostar, que lleva a Londres, o el que conduce a París. Por eso se escuchan muchas lenguas, acentos y dialectos y conversaciones agitadas sobre el destino de Europa, la guerra en Ucrania, la crisis energética derivada de ella y la inflación.

Es una metrópoli que en los últimos tiempos ha sido parte del sueño de unidad europea, ahora maltrecho tras la salida de Gran Bretaña de la UE y las consecuencias del Brexit y por la guerra en Ucrania, que divide a la opinión de los países de la comunidad y desata debates sobre la relación que se debe tener con Rusia, la ancestral tierra de los zares, de la gran Catalina II, amiga de Francisco de Miranda y Voltaire, la patria de Tolstoi, Dostoievski, Rasputín, Lenin, Stalin, Trotsky, Bulgákov y Maiakovski, entre otros.

La ciudad ha vivido a través de los siglos bajo los sucesivos dominios del reino de Francia, el Santo Imperio romano germánico, los Países bajos españoles de Carlos V y fue reconquistada por el rey Sol Luis XIV, pero en el siglo XX también fue línea de frente de las dos guerras mundiales, por lo que el territorio guarda cicatrices inolvidables de una violencia incesante y en sus entrañas hay cifras inconcebibles de soldados de todos los orígenes, asfixiados en las trincheras por gases químicos o destrozados por balas u obuses.

Sus edificios fueron construidos con el estilo dominante en los Países bajos durante el esplendor de Ámsterdam como capital de un imperio comercial mundial, con sus típicas fachadas escalonadas, geométricas, y otros en el marco de la más clara tradición imperial francesa, por lo que deambular por sus calles y callejuelas entre la niebla nos recuerda el mito literario y fílmico de doctor Jekyll and mister Hyde, obra de Rober Louis Strevenson sobre la doble personalidad, inspiradora de tantos filmes, imaginaciones y textos psiquiátricos o sicoanalíticos.

Parecidas diferencias se registran, pero de otra manera, en Estrasburgo, ciudad alsaciana fronteriza con Alemania, sede del Parlamento europeo, que tiene viejos barrios medievales bañados por los brazos del río que la cruza y desemboca en el Rhin y otros que recuerdan ya sea el dominio alemán o francés, pues ha sido disputada, conquistada y reconquistada varias veces por ambas naciones.

Estrasburgo, como casi todas las ciudades de estas zonas fronteriza, han sido centro de ferias e intercambios desde los tiempos del Imperio Romano y fue básica en el medioevo para animar y cambiar poco a poco el mundo con el auge revolucionario del Renacimiento de las ciencias, el comercio, las ideas y las artes.

Los perseguidos por ideas en España e Italia podían refugiarse junto al río Rhin, el de Los Nibelungos, y dedicarse a escribir y pensar y a vivir. En el centro de Estrasburgo, no lejos de la magnífica catedral gótica, tal vez la más bella de Europa, hay una estatua de Gutenberg, el inventor de la imprenta, que estuvo refugiado un tiempo entre sus callejuelas, así como el alquimista Alberto Magno.

Por eso al llegar a Lille esta semana a hablar de literatura entre la bruma, pienso que estas frágiles ciudades fronterizas volverán a cambiar de dueño en décadas o siglos futuros, porque las guerras y los cambios de mapas y banderas hacen parte de la pulsión humana. Los países son como el Doctor Jekyll y Mister Hyde: viven tiempos estables y pacíficos y de repente se convierten en monstruos sanguinarios y nada los detiene en su autodestrucción.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. D
omingo 4 de diceimbre de 2022.

 

domingo, 27 de noviembre de 2022

LAS HUELLAS DE JOSÉ EUSTASIO RIVERA


Por Eduardo García Aguilar

Una tarde, caminando por el centro de Bogotá donde él tenía su oficina, cubierto por su infaltable gabardina, Fernando Charry Lara me contó su experiencia de haber asistido al velorio de José Eustasio Rivera (1888-1928), cuyo cadáver vino desde Nueva York a Bogotá para recibir un apoteósico sepelio como solía ocurrir con los grandes poetas y escritores de la generación modernista a la que pertenecieron entre otros Amado Nervo, Rubén Darío, Vargas Vila y José Marti, entre otros que eran seguidos atentamente por los lectores de ese tiempo a través de la prensa, los libros importados de España o Francia y los actos públicos en teatros, cuando un poeta podía mover multitudes.

Su padre lo había llevado a ver el ataúd y el cuerpo del joven narrador autor de La Vorágine (1924) y el gran poeta de Tierra de promisión (1921), dos libros esenciales en las literaturas colombiana y latinoamericana, para muchos las dos obras más notables escritas en el país en el siglo XX. El niño no sabía que mucho tiempo después escribiría un poema sobre ese momento especial vivido en la infancia, ya convertido en uno de los grandes poetas colombianos, autor de una obra ceñida, corta, pero sorprendente en cada una de sus páginas, tanto que su poema Llanura de Tuluá se considera el emblemático de la violencia colombiana.

Por las jugarretas del destino, Charry Lara (1920-2004) moriría en Washington y su cuerpo a su vez regresaría a Bogotá para recibir los últimos honores, aunque no tan multitudinatrios como los ofrecidos al abogado huilense que "jugó su corazón al azar y se lo ganó la violencia" con esa novela trepidante y selvática que es La Vorágine y que cada vez leemos con una emoción intacta pues sacude la esencia total del cuerpo y nos comunica con la vida y la muerte, la selva, el deseo, la aventura y el viaje.

Los ríos caudalosos, las pirañas, el amor desbocado y el despecho, la codicia, la canícula, la lluvia, los celos, la traición y el odio comparten protagonismo con el sonido escalofriante de las hormigas tambochas que devoran el follaje a su paso. De la calma se pasa a la violencia y a la huída por selvas donde los humanos se pierden a veces para siempre sin encontar ninguna ruta, desvalidos ante la inmensidad del territorio. En un barco, rumbo a Manaos, coinciden figuras del comercio, mujeres poderosas como esa erótica medioriental enamorada del protagonista, hembra que domina territorios y comanda con mano de hierro hombres de todo tipo y calaña. En La Vorágine vibran la vida, el destino, el deseo y la muerte.

Rivera escribió una obra maestra y telúrica donde cuenta el viaje de Arturo Cova en pos de su amada Alicia y cuando se trasladó a Estados Unidos para buscar la traducción de su novela y emprender otra sobre el petróleo, bajo el título de La mancha negra, según cuentan sus biógrafos, fue dominado por las fiebres y las enfermedades que atrapó en las selvas cuando sus labores de abogado lo llevaron a trabajar en la delimitación de fronteras con Venezuela. Murió a los 39 años de edad, o sea al final de esa edad vigorosa entre los 30 y 40, en la que casi todos los narradores y poetas redactan sus obras mayores. 

Cuenta la leyenda que el cadáver regresó en barco y recibió homenajes en los puertos y localidades a donde llegaba, como fue el destino también del cadáver del famosos mexicano Amado Nervo, periodista, diplomático y poeta autor de la Amada inmóvil y quien después de un largo periplo de homenajes reposó en una pomposa tumba de estilo Art Nouveau en la Rotonda de los hombres ilustres en la capital mexicana.

A Rubén Darío (1867-1916) lo trajo casi agonizante de teatro en teatro un empresario sin alma, hasta que las fiebres lo vencieron en su tierra natal Nicaragua después de un periplo mundial lleno de glorias, banquetes, sinsabores y felicidades etílicas. Y algo parecido le ocurrió a Carlos Gardel, quien después de morir en un accidente de avión en Medellín trajinó por pueblos y veredas hasta el puerto de Buenaventura, desde donde partiría de regreso a Buenos Aires, según cuenta Fernnando Cuz Kronfly en su novela La caravana de Gardel.

Suelo viajar siempre a donde vaya con un ejemplar de La Vorágine y una edición de Tierra de promisión, libros que lo acompañan a uno en la soledad de los hoteles o los aeropuertos. Hay en ellos una fuerza devastadora de colombianidad, como si ese joven abogado viajero y soñador, pero también terrestre y pragmático, hubiese captado lo esencial de nuestra nacionalidad hace cien años apenas.

Leyéndolo uno se da cuenta lo poco que ha cambiado la vida en aquellas selvas y fronteras con Venezuela, Brasil, Ecuador y Perú cruzadas por el Orinoco y el Amazonas. Las huellas de José Eustasio Rivera están ahora más nítidas que nunca, cuando nos acercamos raudos al centenario de la publicación de la gran novela de la selva y la vida. Vivimos en el mismo país que él trasegó y que sigue siendo bastante parecido para bien o para mal.   
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 27 de noviembre de 2022.




sábado, 19 de noviembre de 2022

RETORNO A ESTOCOLMO


Por Eduardo García Aguilar

Hay ciudades  a las que uno regresa mucho tiempo después, pero es como si los años no hubieran pasado, como si todo estuviera en su sitio, aunque en otros aspectos de orden político y social las cosas cambiaron mucho. Con la capital sueca hay una empatía por el agua, la abundancia de humedad y naturaleza, aunque esta última viaje y se presente en tonos distintos a los del trópico andino en sus alturas también heladas y verdes, pero ecuatoriales.

Ya hace tiempos Estocolmo era a la vez la ciudad antigua, añeja, pétrea y verdusca, pero con incrustaciones modernas que hoy a veces parecen futuristas como en los rumbos de la estación central cuyas calles y avenidas están diseñadas para los tiempos del pop, sin edificios altos y más bien livianos y de talla humana, rectangulares e iluminados, para conjurar la pronta oscuridad de las tardes nocturnas. 

En esos lugares centrales donde solíamos darnos cita los estudiantes que acudíamos allí en tiempos clementes a trabajar en verano y a residir en las residencias universitarias de Freskati, no lejos del Hospital Carolinska, la noche nórdica llega temprano y las calles humedas por la lluvia se vacían de gente y las luces del alumbrado público proyectan brochazos de luz, pinceladas abstractas de rojo y verde intenso.

Todo allí se encuentra rodeado por agua y la urbe y sus suburbios flotan en un entramado de islas y penínsulas visitadas por aves. En las calles antiguas donde se encuentran la viejas instituciones de este reino cuya dinastía actual fue entronizada en tiempos de Napoleón, vibra la vida de nuevas generaciones surgidas de la gran inmigación que ha acudido hace medio siglo.

Es un país mestizo y vivo y ese mestizaje provoca como en muchas otras partes del mundo la reacción de quienes creen que hay razas puras que deben vivir aisladas en la endogamia del color de la piel, especialmente blanca. Aquí al norte, en Oslo, la capital de la rica Noruega, un joven cuerdo racista blanco de pensamiento frío e implacable, admirador de Hitler, masacró hace unos años decenas de jóvenes militantes de la socialdemocracia, en su mayoría mestizos que abogaban por la concordia de los humanos en un proyecto común.

Y aquí en Suecia, como en diversos países nórdicos y europeos, crecen con fuerza partidos nostálgicos del nazismo que consideran que se procede a lo que ellos llaman el reemplazo de una supuesta raza blanca originaria milenaria y cristiana a cambio de oleadas de inmigrantes de los lejanos países del sur, gente de origen indio, asiático, medioriental, africano, latinoamericano.

Desde finales del siglo XX muchos inmigrantes de otras regiones del planeta donde el sol puede ser calcinante, llegaron a estos países huyendo de la guerra y el hambre creados por las guerras y el colonialismo imperiales a trabajar en estos países del norte afectados por grandes problemas demográficos.

Los ancestros de la bella multitud mestiza que hoy cruza estas calles de Estocolmo totalmente adaptada e integrada a los rigores del frío, llegaron hace décadas para trabajar en la industria de la construcción, el campo, el trazado de carreteras y nuevas vías férreas, las plataformas petrolíferas y otros trabajos como limpieza, culinaria, cuidado de adultos mayores enfermos o en el sistema de salud, el alcantarillado o el transporte.

Por todas partes se observa esa maravillosa vitalidad de las nuevas genraciones descendientes de inmigrantes que hoy son tan suecos o nórdicos como los fanáticos que se creen descendientes de razas milenarias blancas, pero olvidan que tal vez son hijos de otros migrantes llamados bárbaros que antes se establecieron en estas extensas tierras heladas llenas de riqueza y cuya naturaleza está marcada por el agua, la vegetación y la fauna desbordantes.

Hace mucho tiempo, cuando el actual rey Carlos Gustavo se casaba con una inmigrante brasileña que hoy es reina y madre de la próxima soberana de esta monarquía constitucional cuyo jefe de Estado desciende de Bernadotte, general enviado por el corso Napoleón Bonaparte, se vivía un mundo de prosperidad idílico en el que ese matrimonio entre el príncipe y una azafata de las tierras sudamericanas era visto como algo exótico y nada anormal, un acontecimiento festivo y amoroso.

Décadas después Suecia se ha enriquecido con esa inmigración que la ha salvado y se ha adaptado a estas tierras y cuyos descendientes se destacan ahora en todos los sectores y trabajan día a día por la riqueza del país en la ciencia, la astronomía, el arte. 

Nietos y nietas de inmigrantes del sur asiático, medioriental, africano y latinoamericano, ahora adultos y activos, caminan por estas calles cubiertas por un sol que nunca duerme en verano y escasea en invierno, haciendo de Suecia un jardín multicultural que los nostálgicos de la pureza racial ya no puede impedir, porque es irreversible y bello.
 
Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. 6 de noviembre de 2022.


 


VOLVER A MOSCÚ

Por Eduardo García Aguilar

Moscú siempre ha sido una ciudad mítica desde hace siglos y como tantas otras capitales del mundo está llena de evocaciones y rastros de un rico pasado cultural como el que da nombre a la hermosa Catedral de San Basilio, situada en la Plaza Roja.  Ahí también se encuentra el mausoleo en cuyo interior reposa y se exhibe desde hace casi un siglo la momia muy bien conservada de Vladimir Ilich Lenin, el líder de la Revolución Rusa.

La emblemática basílica construida por orden de Iván el Terrible entre 1555 y 1561 y considerada por la UNESCO patrimonio de la humanidad, es una joya antigua de la iglesia ortodoxa rusa que da un toque oriental a la plaza y al viejo palacio rojo donde gobernaron grandes zares como Pedro el Grande y Catalina de Rusia, líderes soviéticos y los nuevos dirigentes posteriores al derrumbre del muro de Berlín, entre ellos el actual mandatario Valdimir Putin, considerado el nuevo Zar.

Las diversas torres y cúpulas coloridas en forma de bulbo se izan hacia el cielo y casi flotan sobre un tapiz volante como en los cuentos de las Mil y una noches. Al interior, cada una de las siete capillas con sus respectivas torres de diversas alturas y tamaños albergan íconos invaluables y muchos objetos preciosos.

San Basilio fue un personaje extremo venerado en vida por sus contemporáneos, pues permanecía semidesnudo en la plaza en medio del fuerte viento y el riguroso frío helado y era famoso por sus intuiciones y profecías, por lo que, dice la leyenda, era temido incluso por el cruel Iván, quien mandó construir el templo sobre su sepultura.

De la estirpe de Diógenes y San Francisco de Asís, Basilio es un personaje que representa en diversas culturas, incluso antes del surgimiento de los monoteísmos, a aquellos que deciden dejar todo para vivir en la extrema pobreza y son capaces de imprecar con valentía a los poderosos al mismo tiempo que difunden su creencias con una fe delirante en medio de los desiertos calcinantes o las regiones congeladas.

Muchos de los íconos antiguos representan a este santo en diversas posiciones, de pie, sentado, arrodillado, agitado, en trance, con la mirada perdida, su luenga barba y el cuerpo enérgico y sin tiritar en la intemperie crepuscular o nocturna.

Hacía quince años no regresaba a Moscú y volví a deambular con atención por esta imponente zona central de la ciudad, plena de palacios, museos y rincones secretos por donde peregrinaron desde hace siglos latinoamericanos como Francisco de Miranda, protegido por la emperatriz Catalina y quien se habría inspirado en la bandera rusa para imaginar la del país imaginario por el que abogaba, Colombeia.

En la Plaza Roja también estuvieron en su tiempo colombianos como Jorge Zalamea, el autor del Gran Burundún Burundá ha muerto, y Gabriel García Márquez, quien muy joven y flaco llegó allí acompañando al grupo de danzas de Delia Zapata Olivella, en compañía de varios amigos, entre ellos, Manuel, el autor de Changó el gran putas y otros libros notables, apartes de cuya obra ha sido traducida hace poco por hispanistas universitarios locales.

Una foto inolvidable muestra al autor de Cien años de Soledad con sus amigos posando risueño ante la Catedral de San Basilio, pues todo el que llega a la Plaza Roja queda fascinado por ese templo y se toma la foto de rigor.

El Kremlin es una construcción amurallada imponente y al observarlo uno imagina las crueles intrigas y vicisitudes de poder vividas por zares y jerarcas soviéticos al interior de esa gigantesca construcción llena de habitaciones, salones y oficinas, donde como en todos los palacios a veces corre la sangre sobre mármoles y escalinatas.

En mi anterior visita hace quince años presencié la imponente salida de la caravana de vehículos que escolta siempre a Vladimir Putin cuando sale o llega a la sede de gobierno. Esta vez reinaba cierta calma en la Plaza Roja, porque hay menos turistas.

Y por eso pude visitar sin hacer cola la tumba de Lenín, que en la otra estadía evité tal vez por la reticencia que nos producen las momias. En 2024 se cumplirán 100 años de estar allí presente sin falta frente a los millones de visitantes que han pasado a verlo durante un siglo.

Esta vez había poca gente y en silencio, después de los controles, ingresé a la pequeña pirámide de color ocre desde donde en los tiempos soviéticos pasaban revista en ceremonias militares o días patrios los jerarcas soviéticos enfundados en sus abrigos oscuros y con sus gorros típicos de astrakán negro, como Stalin, Jrushev, Brezhnev y tantos otros.

Ante el cuerpo intacto del líder de la revolución de 1917, sentí la sensación de estar frente a un viejo conocido. Parecía dormir tranquilamente, efundado en un traje negro, con la típica corbata oscura de bolitas blancas que anudaba la camisa alba, sus manos y dedos intactos, algunos ercogidos, la calvicie visible, las cejas orientales, la chivera y el bigote, la nariz respingada, los labios eslavos, que fueron su inolvidable marca.

En la penumbra, casi solo a  falta de turistas, lo observé largo rato y a veces percibí que él podía despertarse y salir de esa caja transparente de cristal donde yace, hasta cuando me llamó la atención el policía armado de turno con su pesado abrigo y el kepis y me ordenó seguir el camino rápido y salir del mausoleo.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 20 de noviembre de 2022.




 

       



sábado, 22 de octubre de 2022

CUARENTA AÑOS NO ES NADA

Por Eduardo García Aguilar

El 21 de octubre se cumplieron cuatro décadas del anuncio del Premio Nobel otorgado al autor de Cien años de soledad, quien ya era desde 1967 una estrella mundial de la literatura luego del éxito de su obra maestra, donde no solo se reconocieron todos los latinoamericanos ansiosos de afirmarse tras siglos de guerras, dependencia y miseria, sino también las poblaciones de varios continentes del llamado Tercer Mundo, aquejados por los mismos problemas de la colonización y el dominio imperial. 
 

La obra máxima del nativo de Aracataca salió en un coyuntura especial, un año antes de las revueltas juveniles de 1968 y las explosiones culturales que empezaron a derrumbar las inercias de un pasado patriarcal y autoritario en Estados Unidos y Europa. Empezaron entonces las súbitas reivindicaciones de los afrodescendientes liderados por Martin Luther King y Angela Davis en Estados Unidos y se inició el movimiento de liberación femenina que derrumbó siglos de inercia y sacó a la mujer de una minoría de edad permanente.    

En el Primer Mundo esa generación que luchaba contra la guerra de Vietnam, soñaba con la revolución, consumía marihuana y escuchaba y bailaba rock, reggae y salsa hasta el amanecer, quedó fascinada por el exotismo y las luchas sociales del Tercer Mundo encarnadas en la figura y la obra de Gabriel García Márquez, un atípico e irereverente escritor malhablado de bigote, pelo encrespado, camisas floridas y pantalones de colores chillones, muy diferente a los pomposos autores latinoamericanos de antes que usaban traje y corbata y ejercían de diplomáticos o políticos profesionales como Rómulo Gallegos, Miguel Angel Asturias y Pablo Neruda.

 
El colombiano le sacó el cuerpo a todas esas formalidades y convertido en rock star dejó atrás el modelo de autor exquisito y aristocrático que representaban hasta entonces Jorge Luis Borges, el barroco José Lezama Lima y otros prohombres engolados y pomposos existentes desde el Río Bravo hasta la Patagonia, y se asoció con la revolución cubana, que entonces se encontraba en su apogeo en medio de la Guerra fría. 
 
Unido como emblema revolucionario a sus líderes Fidel Castro y al mártir Ernesto Che Guevara, que murió en Bolivia el mismo año de la aparición de Cien años de soledad, García Márquez se convirtió en otro ídolo y ascendió hacia la estratosfera como los poderosos cohetes Saturno V que llevaron al hombre a la Luna en 1969. García Márquez fue la otra cara de la moneda del Ché Guevara como mito crístico de la juventud rebelde latinoamericana y mundial hasta su paulatina difuminación en el siglo XXI. 
 

A diferencia de sus antecesores, el costeño reivindicó sus orígenes populares, la música vallenata y utilizó su fama y poder para promover el periodismo y cine latinoamericanos y desempeñarse como diplomático de facto de la Revolución cubana y mediador en complicados conflictos sociopolíticos latinoamericanos, al ser interlocutor escuchado y admirado de muchos presidentes de la región o incluso mandatarios de Estados Unidos o Europa.

   

En cierta forma García Márquez fue nuestro Victor Hugo y como él tuvo que huir al exilio cuando estuvo a punto de ser detenido en Colombia por su activismo político y periodístico y sus lazos ocultos y no ocultos con la insurgencia. Poco después obtendría el codiciado Nobel a los 54 años de edad y viviría el resto de su próspera vida en México en medio de la gloria, adorado como un patriarca o un semidiós hasta que fue alcanzado trágicamente por la terrible peste del olvido que aquejó también a los protagonistas de su obra mayor.

 
En un país y un continente que han vivido tantas guerras y desgracias, la figura patriarcal de García Márquez era un bálsamo que aliviaba los dolores y conjuraba la tradición del fracaso. Hasta su advenimiento todos los poetas, narradores y ensayistas del país habían muerto en la depresión, la pobreza y el olvido. 
 

Pero, oh paradoja, su éxito literario carbonizó como una deflagración meteórica la obra de varias generaciones de autores colombianos cuyos libros aparecieron y aparecen sin pena ni gloria desde hace décadas aunque sean notables y aun hoy todo gira alrededor de él. Sus contemporáneos vagan como fantasmas en un limbo de olvido y los autores posteriores nacen como estrellas muertas en un firmamento agotado, al mismo tiempo que se acaba la era de Gutenberg. 

Casi se podría decir que existe una religión en torno a su nombre y su imaginario. Y que un día habrá papa de Macondo, cardenales, obispos y sacerdotes que divulgarán los evangelios y ratificarán sus milagros. Sus personajes, sus gestos, sus mariposas amarillas y las imágenes creadas por su talento siguen tan vivas que inundan nuestros sueños y planean sobre el país como un gran fresco fundacional que nos detiene en un eterno presente sin tiempo. Y cuarenta años no es nada para el bolero fenomenal que fue su destino. Por eso desde el más allá, protégenos Gabriel, y ten piedad de nosotros, pues eres omnipotente, omnisciente, omnívoro, omniamoroso y omnipresente.   

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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 22 de octubre de 2022.


sábado, 8 de octubre de 2022

LOS MILAGROS DE LA TRADUCCIÓN



Por Eduardo García Aguilar

Muchas de las grandes obras literarias que nos llegan a las manos pueden escapársenos durante décadas debido a los escollos que presenta la traducción y a la forma fallida en que el texto original queda plasmado en otra lengua. Para que una obra traducida nos seduzca, es necesario que funcione con autonomía y se convierta asimismo en una pieza maestra que vuele por cuenta propia sin traicionar al original, pero instalándose en una dimensión especial con sus propias leyes imaginarias.

Eso ocurre por ejemplo con las diversas versiones de la Divina Comedia al español u otras lenguas que por lo regular desaniman al lector, pese a que los traductores han realizado una difícil tarea de artesanía para acercarse a sus ritmos interiores en prosa o en verso.

Lo mismo sucede con obras clásicas por las que pasamos sin entusiasmo desde las adolescencia, hasta que en un momento nos cae en las manos una versión que nos hace viajar como nunca hacia otro mundo y nos conmueve, como ocurrió con una version al francés de Prometeo encadenado, vertida especialmente por Olivier Py para ser representada en 2012 en el Teatro del Odeón por una compañía europea.

Los griegos pueden escapársenos durante mucho tiempo y tal es el caso de las obras de Platón donde habla y vive el díscolo y ebrio Sócrates o con los inmensos volúmenes de Aristóteles, autor que ha sido traducido infinidad de veces y aun sigue siéndolo por los nuevos especialistas. El asno de oro de Apuleyo, El Satiricón de Petronio o La Eneida de Virgilio pueden así permanecer ocultas para muchos lectores que no pueden visitarlas en la lengua muerta original.

Muchos han fracasado en sus intentos hasta el día en que se les revela una obra y los capta para siempre, como ocurre con Bajo el volcán de Malcom Lowry, la gran novela sobre México que no se deja atrapar en los primeros intentos. Quien la tradujo al español fue Raúl Ortiz y Ortiz, hombre novelesco de corbatín hoy olvidado que trabajó en la traducción los fines de semana en Cuernavaca y otros días en Ciudad de México en los años 60 hasta que le fue arrebatada prácticamente de las manos por la editorial Era y publicada en 1964, hace ya casi 60 años.
 

Tuve la fortuna de conocerlo hace mucho tiempo en una  recepción en Coyoacán y quienes estábamos allí, entre ellos el poeta Vicente Quirarte, nos sentíamos al lado de un clásico, porque muchas veces los traductores de obras maestras adquieren un aura especial que les otorga una parte de la gloria del autor.

Con La Guerra y la Paz de León Tolstói ocurre igual, ya que no todas las múltiples traducciones nos seducen, aunque para mi gusto la mejor y más cálida es la elaborada por Francisco José Alcántara y José Laín Entralgo y publicada en dos volúmenes por Editorial Vergara de Barcelona en 1959. Después vinieron otras versiones recientes de expertos que se reivindican como las mejores, más científicas o fieles, pero que no funcionan como obras de arte que nos hacen soñar.

Y en el caso de La montaña mágica muchos logran entrar en la primera versión al francés realizada en 1931 por Maurice Betz, a través de la cual se viaja por las peripecias de Hans Castorp, Settembrini, Leon Naphta y sus convivios en Davos, en el sanatorio de tuberculosos donde la bella Clawdia Chauchat esparcía su perfume y su mirada.

Pero el milagro es el de Ulises de James Joyce, que suele ser una obra muy reconocida y considerada una novela básica del siglo XX, pero que pocos han leído, salvo tal vez los dublineses e irlandeses que celebran la ruta de los protagonistas libando y haciendo la fiesta. Notables escritores y críticos han reconocido con modestia y sinceridad que nunca pudieron adentrarse en sus arcanos y eso tal vez debido a problemas de traducción.

Pero en español contamos con una excelente versión del José Salas Subirat, emigrado catalán que llegó a Buenos Aires con su familia a comienzos dedl siglo XX, ciudad donde vivió y trabajó en tiempos del joven Borges y Roberto Artl en la agencia de seguros La Continental y además escribió libros de autoayuda o sobre la árida temática de su profesión laboral.

Durante cinco años, entre 1940 y 1945, sacó tiempo a sus labores en la aseguradora para traducir este libro y logró una versión que funciona en español como una obra autónoma, llena de sorpresas, lenguaje poético, juegos de palabras magníficos y una atmósfera que nos seduce y cautiva. La obra fue publicada en la editorial bonaerense Santiago Rueda y después ha sido reeditada en el ámbito hispanoamericano.

Aunque Salas Subirat nunca presumió de su proeza y siguió dedicado a sus negocios, entre ellos una fábrica de muñecos, murió en el olvido, pero su vida ha sido rescatada en la biografia El traductor de Ulises de Lucas Petersen, publicada en 2016 por Sudamericana en la capital argentina. Aquel modesto burócrata agente de seguros viaja ahora en la carroza de la gloria joyceana, convertido en curioso personaje de novela.
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 9 de octubre de 2022.
* En la primera foto José Salas Subirat en su oficina de La continental en Buenos Aires, tal vez traduciendo Ulises. En la segunda, Raúl Ortiz y Ortiz, con su inconfundible corbatín.





 

viernes, 23 de septiembre de 2022

VIAJE AL CORAZÓN DE MESOPOTAMIA


 

Por Eduardo García Aguilar

Traductor de la epopeya de Gilgamesh y el Código de Hammurabi al francés y uno de los grandes asiriólogos del mundo, Jean Bottéro (1914-2007)  es además un excelente escritor que cuenta con maestría la aventura de tres milenios de la civilización mesopotámica con una prosa de gran exactitud semántica, y además humana, sabrosa y pedagógica.

Por haberse negado a dar certificado histórico al libro sagrado Génesis, tuvo que renunciar a su sacerdocio y a la orden de los dominicos en 1950, pero no sin antes ser reconocido como autoridad por la Escuela bíblica de Jerusalén. Como laico, Bottéro trabajó décadas en el Centro Nacional de Investigación científica (CNRS) y en la Escuela Práctica de Altos Estudios de Francia, participó en múltiples excavaciones e investigaciones arqueológicas y se convirtio en uno de los más respetados especialistas en aquel mundo fascinante de cuyo imaginario la cultura occidental proviene en gran parte.

Su pasión por esos humanos que vivieron en la fértil región del Éufrates y el Tigris, en lo que hoy es el martirizado Irak, a veces dominada por Babilonia y otras por Nínive hasta su final en manos de Ciro en 539 antes de nuestra era, lo condujo a aprender las múltiples lenguas muertas en que hablaban y después a trabajar en el amplio acervo de medio millón de tabletas de arcilla con escritura cuneiforme, que eran los libros o los pergaminos de la época donde se cuenta la vida cotiana, ideología, mitos y leyendas, leyes, vida sexual y marital, las artes culinarias y agrícolas, la fabricación de la cerveza, bebida nacional, y las costumbres en general de esas poblaciones paganas politeístas.

En su libro Mesopotamia, la escritura, la razón y los dioses, que es apenas una de sus celebradas obras sobre el tema, Bottéro explica de manera minuciosa el origen de esa cultura en todos sus aspectos, especialmente en el que atañe a los dioses, que eran como un reflejo especular de las dinastías terrestres, con sus intrigas, tragedias, enfermedades y conflictos. Y a través de esas entidades míticas y reales se interna en las leyes tácitas que rigen todo tipo de actividades y en la cosmogonía y el relato de los orígenes del mundo y del ser humano como tal, o antropogonía.

 
Bottéro nos revela el significado de esos milenarios textos poéticos que relatan los hechos de los dioses relacionados de manera intrincada con el viaje permanente de los astros, entre ellos los más visibles como el Sol, la Luna y Venus, cometas y constelaciones, así como los elementos, el agua, el fuego, el barro, el viento. De múltiples textos poéticos y narrativos destaca la coherencia de aquellos escribas en su tarea de imaginar cosmogonías y antropogonías precisas y funcionales para regir el comportamiento de los individuos en la sociedad, así como su relación con los dioses, comandados por una curiosa trilogía compuesta por el ancestral padre fundador, el hijo gobernante y un sabio espíritu especial de una gran capacidad intelectual, estratégica y técnica, que asesora y guía en todos los asuntos al soberano tanto en los cielos como en la tierra.

En ese viaje y desciframiento de las tabletas realizado por Bottéro y muchos otros asiriólogos del siglo XX, descubrimos por ejemplo que el relato bíblico del Arca de Noé se remonta milenios a atrás como fruto del ingenio imaginario babilónico. Una rebelión de los dioses menores obligados a trabajar para mantener a los superiores conduce a la creación de los humanos por consejo del espíritu sabio, para que se encarguen ellos de las tareas y los oficios, pero su rápida proliferación y el ruido y caos que generan molestan a la deidad principal, que decide disminuirlos primero con enfermedades, pestes o catástrofes, métodos infructuosos que la llevan a planificar su exterminio definitivo por medio del diluvio total. 

Pero gracias a la astucia de algunos de los dioses del panteón que no estaban de acuerdo con la medida, se logra comunicar esos designios secretos a una familia que finalmente viaja en el Arca cargada de fauna y flora, salvando así a la humanidad de su desaparición. Descubrimos así el ingenio del realismo mágico de los escritores de aquella civilización, escribas y letrados que concibieron esas historias y las dejaron para siempre impresas en las tabletas cuneiformes.
 
Autor entre otros libros de La religión babilónica, La epopeya y la creación y Babilonia y la Biblia, Jean Bottéro es uno de esos sabios increíbles que dedicaron su vida a abrir ventanas allí donde hasta hace siglo y medio había un inmenso silencio rodeado de ruinas monumentales. Y esa ventana se abre a través de Mesopotamia a las decenas de miles de años de la vida humana anterior, de la que tenemos rastros como el arte parietal, aunque no mensajes directos escritos como sí se dio en Mesopotamia y Egipto.  
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 25 de septiembre de 2022.
* Fotos: Jean Bottéro y el Código de Hammurabi.





 


 

sábado, 17 de septiembre de 2022

MUJERES OCULTAS EN LA LITERATURA LATINOAMERICANA




Por Eduardo García Aguilar

Las escritoras fueron desdeñadas durante el auge del llamado "boom" de la literatura latinoamericana y solo ahora en diversos países comienza a recuperarse del ocultamiento las obras de muchas de ellas. Cuando el club ultramachista de la literatura latinoamericana reinaba desde Barcelona, comandado por la gran matriarca Carmen Balcells, casi todas las mujeres que escribían y publicaban entonces alrededor de la corte de los poderosos patriarcas eran toleradas solo como personajes folclóricos.

A la gran novelista colombiana Alba Lucía Ángel (1939), autora de Estaba la pájara pinta estaba sentada en un verde limón, se le consideraba más como una cantante que amenizaba los ágapes de sus amigos del boom, entre ellos el argentino Julio Cortázar, quien acuñó el término de lector "hembra", o sea al que le gustan las lecturas fáciles. Ángel, que después de vivir décadas en Europa, regresó a Colombia, ha sido recuperada por varias universidades y mujeres de las nuevas generaciones que encuentran en ella un modelo a seguir. Como ella, también la indomable Fanny Buitrago (1943) es otra de las más notables autores latinoamericanas que comienza a ser publicada de nuevo y seguida por un atento público lector que saludó desde su juventud su talento precoz. Entre sus obras figuran El hostigante verano de los dioses y Los pañamanes.

Otra escritora destacable fue Helena Araújo (1934-2015), autora de Fiesta en Teusaquillo y Las cuitas de Carlota, donde cuestionaba el tradicional mundo bogotano y las costumbres sociales de la élite, cuando el divorcio era casi considerado un delito. Araújo se exilió en Suiza y a lo largo de su vida desempeñó un gran papel como profesora y ensayista y lúcida y a veces excéntrica participante en coloquios.
 
Para seguir en el campo de la narrativa colombiana habría que destacar a la barranquillera Marvel Moreno (1939-1995), autora de En diciembre llegaban las brisas y Algo feo en la vida de una señora bien, quien estuvo cerca al círculo del boom, pero nunca fue tomada en serio. Incluso décadas después de muerta  tuvo que organizarse un movimiento de mujeres que exigió la publicación de su última novela, El tiempo de las amazonas, considerada por su familia y su ex primer marido como una obra menor impublicable.

Otra narradora, periodista, activista literaria y política fue la liberal Flor Romero de Nohra (1933-2018), autora de Los triquitraques del trópico, quien pese a publicar en importantes editoriales españolas fue desdeñada hasta el final. En pleno auge del boom, fui testigo de ese desdén y ella, como muchas otras autoras contemporáneas de los grandes patriarcas, parecía invisible.

Elisa Mújica (1918-2003,) autora de las novelas Catalina y Bogotá en las nubes, fue una escritora de gran inteligencia, talento y seriedad como ensayista e investigadora, y su obra comienza a ser de nuevo rescatada y estudiada por las nuevas generaciones. Igual destino experimentaron en cierta forma poetas que como Meira del Mar (1922-2009) y Maruja Vieira (1922) tuvieron que cruzar el siglo XXI para que suscitaran de nuevo la atención de los lectores. En ese mundo dominado por los piedracielistas, otro club supermasculino, ellas solo fueron toleradas y tal vez tratadas con cortesía, pero en medio del desdén.

Me he referido solo a algunas autoras colombianas ocultas del siglo XX. Lo mismo ocurrió en otros países del continente, donde como en México el reino de los grandes patriarcas fue total, con figuras como Octavio Paz, Carlos Fuentes y otros que vívían la literatura como una competencia implacable. En ese país se ha venido revalorizando la obra de la gran narradora Elena Garro (1916-1998), ex esposa de Paz, que fue condenada al olvido y murió en el ostracismo y la pobreza meses después del fallecimiento del Premio Nobel autor del Laberinto de la soledad.

La gran novela de Garro, los Recuerdos del porvenir, publicada en 1963 y ganadora del Premio Villaurrutia, es una obra notable del realismo mágico de antes de la aparición de Cien años de soledad, pero no tuvo sitio en ese estricto canon patriarcal. Junto a la de Garro, se rescatan ahora las obras de Rosario Castellanos (1925-1974), Inés Arrendondo (1928-1989)  y Amparo Dávila (1929-2020), entre otras.

Muchas sorpresas saldrían si se hiciera el mismo rastreo de la literatura escrita por mujeres en otros países latinoamericanos en el siglo pasado y ojalá esa tarea sea apoyada por las universidades, instituciones culturales y editoriales para que por fin podamos decir adiós a la era dominada por el universo de Macondo, comandado por Aureliano y Jose Arcadio Buendía y los personajes emblemáticos de El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y Memoria de mis putras tristes. 
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 18 de septiembre de 2022
* En su orden de arriba a abajo, las fotos de Helena Araújo, Flor Romero y Marvel Moreno.


sábado, 10 de septiembre de 2022

BOSQUE Y JARDÍN BOTÁNICO EN PALESTINA

Por Eduardo García Aguilar

Conozco desde la infancia las zonas cercanas a donde se construiría el famoso aeropuerto de Aerocafé, pues siempre en vacaciones solía quedarme en Chinchiná en la casa de mi tía Amanda y mis primos y recorría esos territorios en paseos, caminatas, excursiones, percibiéndolos siempre como un rincón de un paraíso de la naturaleza donde a veces en la noche se veían los fuegos fatuos emerger de las guacas quimbayas. También desde Manizales solíamos de niños hacer excursiones escolares a Cambía y otros lugares de la región bañada por el río Cauca y se pasaba por donde ahora en vez de montaña y aves hay un desolado terraplén sin árboles ni animales como una herida abierta.

Más tarde he pasado tiempo en predios de amigos o familiares alrededor de la carretera que lleva a Palestina, Arauca y al río Cauca, poblados por pequeñas fincas cafeteras y una vegetación desbordante cuyos aromas causan una ebriedad sin nombre y le recuerdan a uno lo que significa de verdad la palabra terruño. Y desde las alturas de Chipre o del barrio La Francia en Manizales observaba desde otro ángulo esas zonas verdes, bañadas a veces por los aguaceros o los rayos del sol que cruzan nubes.   

En muchos de esos viajes por esa carretera que va hacia el río Cauca o por caminos vecinales solía detenerme a la vera del camino con amigos o familiares a escuchar el sonido de los grillos y otros insectos, el canto de los pájaros o aspirar el perfume de la vegetación mecida por el viento o la lluvia. Es la forma esencial de saber que esa es la tierra y la vegetación de todos los habitantes de la región cafetera, un clima templado sobre territorios con remansos, cuencas, repliegues que hasta ahora se han salvado en parte de la urbanización galopante.

Desde La Ceiba, al lado de la liofilizadora que expele aromáticas humaredas de café y del embalse cercano, he visto crecer a lo largo de las décadas la amenaza de ese aeropuerto y poco a poco, los remansos de paz se han venido transformando de manera inquietante. Así he visto a fincas convertirse en condominios o edificaciones de cemento irrumpir sin plan alguno, deteriorando el paisaje ecológico, lo que presagia la catástrofe del cáncer urbano.

Algunos decían con entusiasmo que ya pronto veríamos aterrizar los enormes aviones del progreso en esa colina allá arriba y yo pensaba para mis adentros con temor que eso generaría en esas tierras un proceso acelerado de urbanización descontrolada en contravía con las tendencias mundiales de protección del medio ambiente, la naturaleza, los recursos acuíferos, el aire respirable. Porque allí donde se pueda salvar una montaña, un valle, un árbol, un riachuelo, vale la pena hacer el esfuerzo para conjurar el desastre.

Por eso en mis sueños utópicos pensaba que mejor que una gigantesca y ruidosa plancha de cemento en ese mirador de Palestina, marcada por el incesante revuelo de los aviones y la humareda dejada por los combustibles en los estacionamientos, era preferible que se implantara allí de nuevo el bosque y un jardín botánico para que regresen aves, insectos, pequeños mamíferos y la lluvia y la niebla.

Movimientos ecologistas en Francia y Alemania y otros países europeos han ganado batallas contra aeropuertos o zonas industriales planificados desde los tiempos del siglo pasado cuando el progreso y el avance de la humanidad eran sinónimo de cemento, autopistas, avenidas, rascacielos, urbes caóticas que devastan las cuencas acuíferas y ahuyentan la naturaleza. Las ciudades y los territorios se planificaron en el siglo XX para abrir paso al dios automóvil y a su poderosa industria, en detrimento del transporte colectivo. Se creía maravilloso y viable que los miles de millones de humanos tuvieran cada uno un vehículo para uso personal sin calibrar las consecuencias que esa locura tendría para el planeta. 

Y cuando ocurrió hace poco la reciente pandemia y cesó el tráfico aéreo en el mundo, descubrimos lo maravilloso que era un cielo azul despejado sin aviones. Parecía un sueño imposible, pero lo vimos durante esos aciagos años en que la humanidad estaba amenazada por el virus. En este siglo XXI poco a poco se toma conciencia de la necesidad de proteger el planeta de su suicidio dejando atrás concepciones de progreso y desarrollo equivocadas y obsoletas que encienden bosques e inundan países enteros. 

Es evidente e imperativo reducir el imperio del automóvil, el cemento y el avión, el reino de la gasolina y el carbón, dejar atrás los rascacielos y las avenidas que destruyen parques y barrios históricos. Por supuesto que es necesario evitar la destrucción de bosques y selvas y abogar para que las ciudades sean más verdes y humanas. Ahora que se incendia a pasos agigantados la Amazonía, el pulmón sagrado del planeta, debemos comprender que salvar cualquier montaña, colina, riachuelo, lago o valle del imperio del cemento es un ganancia para todos.

Por eso ahí donde desde hace décadas se planeaba un aeropuerto, sería bueno que surgiera por el contrario un bosque y un jardín botánico donde las generaciones futuras investiguen como salvar al planeta. Las plantas, los pájaros y todo tipo de animales volverían de nuevo el lugar después de ser expulsados al exilio y vivirían agradecidos de recuperar su refugio natural, creando un nuevo nido de biodiversidad. Y los habitantes de la región podrían convertirse también en los guardianes y beneficiarios de su propia naturaleza.    
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Publicado en La Patria. Manizales. Colombia. Domingo 11 de septiembre de 2022. 
* Fotografía tomada del sitio de Aerocafé: https://aeropuertodelcafe.com.co/