domingo, 27 de mayo de 2012

ATGET: EL FOTÓGRAFO RESCATADO POR LOS SURREALISTAS

Por Eduardo García Aguilar
En la foto que le tomó la joven Berenice Abbot poco antes de su muerte, el fotógrafo Eugene Atget (1857-1927), que pasó gran parte de su vida en las calles de la ciudad trabajando con una explosiva vieja cámara de trípode, se ve como un desgarbado artesano pobre y viejo de mirada escéptica y leve guiño de cinismo. Atget parece tolerar a esa bella joven admiradora estadounidense, discípula del gran Man Ray y amiga de los surrealistas, que fotografió a los grandes artistas de su época antes de convertirse ella misma en ícono del siglo XX y a quien debe su fama posterior, pues compró a su muerte casi 2000 fotografias del viejo y las llevó a Nueva York para que fueran expuestas y publicadas con rigor académico, admiración y cuidado.
     A lo largo de su vida vendió sus fotos y "documentos" a pintores, museos y oficinas de gobierno, que las utilizaban para sus propios fines, pero nunca se consideró un artista. De joven, Atget, después de pagar su servicio militar y viajar como marinero incluso hasta América del Sur y Oriente, soñó con ser actor y pintor y tras fracasar en ambos objetivos, se dedicó tardíamente, a los 32 años, a practicar la fotografia como una forma simple y algo divertida de ganarse la vida en aquellos años difíciles de precariedad, guerra y desempleo.
     Sencillo, sin elegancia ni altivez, este artista al final de su vida fue objeto de admiración de los surrealistas, fascinados por sus fotografías de vitrinas, fachadas, calles, cabarets, burdeles y prostitutas desnudas y su minuciosa captación de los rincones más antiguos de la ciudad que estaban a punto de desaparecer. En algunas portadas de la revista "La Revolución Surrealista", los seguidores de Breton reprodujeron imágenes suyas y los artistas de Montparnasse comenzaron a comprar y a coleccionar algunas de sus impresiones.
     Como en un juego de sueños y pesadillas, el hombre rechazó fijarse en las grandes avenidas que abría la modernidad o fotografíar paisajes brumosos o castillos de sueño para concentrarse en fijar para siempre los rincones más sucios y perdidos de los barrios, allí donde pululaban miserables, marginales, borrachines, poetas y personajes pintorescos. Para un latinoamericano, estas imágenes impresionan además porque vemos con detalle la ciudad callejera que vivieron personajes nuestros como Rubén Darío o Jose María Vargas Vila o leyendas locales como los poetas Verlaine y Mallarmé.
     Con Atget y su cámara uno pasa por los orinales públicos visibles en cada esquina de las plazas, mira las carretas de tracción animal afectadas por el surgimiento del auto, observa los afiches de licores que fueron prohibidos luego como la absenta o la Kola-Coca y aprecia fachadas de viejas tiendas que incluso sobrevivían desde los tiempos de la Revolución, con sus preciosas vitrinas llenas de muñecas, pefumes, sombreros, ropas de época, jabalíes, conejos, perdices, vinos, quesos y frutas. Se ven entradas de famosos bares y cabarets desaparecidos como el legendario Infierno, escaleras de casas a punto de ser derruidas, así como la miseria de los que recopilaban basura en los extramuros de la ciudad, colocaban el novedoso asfalto sobre las avenidas o vivían en las periferias hacinados en abandonadas caravanas de inmigrantes y gitanos.
     La ciudad en 1898 y 1899 estaba siendo abierta para instalar el metro subterráneo y crear nuevas vías aéreas y avenidas, por lo que Atget pudo captar en directo las ruinas del pasado que se iba, la vida antigua que se diluía. La ciudad se convierte así en un escenario desolado lleno de muros caídos, ropas destrozadas, ollas rotas, juguetes dañados y muebles abandonados. Mientras otros fotógrafos más famosos tomaban fotos de nobles, funcionarios o cortesanas en fiesta palaciega o se dedicaban a medrar en los sitios del poder y el dinero, él estaba del lado de los pobres y de la ciudad normal de la vida cotidiana.
     Atget vendió baratas esas fotografías a la Biblioteca Nacional de Francia, que ahora, con motivo de los 150 años de su nacimiento* las saca al fin de sus archivos y las expone en la primera gran retrospectiva hecha por sus compatriotas y compuesta por unas 350 piezas de un total de casi diez mil imágenes acumuladas a lo largo de su vida.
     Su modernidad radica precisamente en que utilizó la magia de este arte para ver la realidad en vez de esconderla o dulcificarla. La fotografía, inventada ya desde los años 30 del siglo XIX, se había convertido en una práctica de moda entre gentes adineradas que viajaban o captaban sus festines o en empresa aplicada al retrato, por lo que este loco que pasaba horas fotografiando calles y plazas sucias, clochards, vendedores y prostitutas fue un personaje algo risible y olvidado que nunca imaginó su fama futura. Lo que prueba una vez más que no son siempre los más famosos y triunfadores en vida los que pasan a la historia, sino los auténticos creadores que tienen otra mirada sobre las cosas ante la indiferencia de sus contemporáneos y los expertos del momento.

* La exposición en la Biblioteca Nacional fue en 2007.



viernes, 18 de mayo de 2012

IN MEMORIAN CARLOS FUENTES

Por Eduardo García Aguilar
Carlos Fuentes dedicó toda su vida infatigable a abrir caminos y ventanas a traves de su ágil prosa moderna, una de las más innovadoras, curiosas y rebeldes del boom al lado de la de Julio Cortázar, cerca del cual reposará en el cementerio parisino de Montparnasse.
Su obra es vastísima: novela, relato, cuento, ensayo, teatro, panfleto político, aforismos, reflexiones. Vivió intensamente la literatura y fue un humanista de izquierdas, sensible a lo que ocurría en América Latina y siempre alerta ante las derivas de un capitalismo a ultranza egoísta y autoritario.
Merecía de sobra el Nobel de literatura, pero las intrigas políticas de sus adversarios lograron que la Academia Sueca lo ignorara. Apenas ahora empezaremos a enteder su importancia y a experimentar la falta que nos hará por su insaciable modernidad y curiosidad, su cosmopolitismo, generosidad y batallas quijotescas.
Lo leí por primera vez siendo un adolescente, cuando cayó en mis manos una edición de Cambio de piel, publicada por Mortiz, cuyo olor y textura de papel no olvido. Sus reflexiones sobre la literatura latinoamericana en los años 60 y 70 lo mostraron también en ese momento como un excelente crítico y observador de los cambios que se experimentaban en la narrativa continental, cuando conquistaba a Europa y al mundo.
Después me maravillé ya viviendo en México con el ambiente de Aura y sus exploraciones varias sobre la capital mexicana, donde viví tres lustros, y que reconocí y palpé en muchos de sus textos. Luego siguieron tantas obras suyas, unas notables, otras menos, en las que no temía experimentar hasta el delirio y derivar por los laberintos temibles y las olas desbocadas de la prosa. Un narrador también tiene derecho a esquivocarse y él no temía fallar.
Vivía de ciudad en ciudad, fue un diplomático elegante y notable de su generación y además de novelista y cronista, como abogado y estudioso de las ciencias políticas, fue atinado conocedor de los problemas geopolíticos. Con él se dialogaba siempre sobre las peripecias del mundo y por fortuna fue de una sola pieza en sus convicciones sociales, aunque algunos adversarios lo calificaran injustamente de "dandy guerrillero".
Amaba París y sus callejuelas y decidió quedarse para siempre allí en el Cementerio Montparnasse, donde como algunas criaturas del reino animal construyó su propia tumba con anticipación, al lado de Tristan Tzara, Topor, Cortázar, Sartre y Beauvoir.
Nunca olvidaremos su sonrisa, ese aire tan mexicano, tan veracruzano, tan chilango, tan trotamundos, tan judío errante. Es uno de los grandes autores latinoamericanos del siglo XX, en la tradición de la poligrafía y el humanismo y su valor como escritor crecerá poco a poco porque su obra estaba llena de vida, no era una construccion artificial de cartón piedra ni estaba atada por retóricas apolilladas a los cánones usuales.
Es un ejemplo para todos los escritores latinoamericanos: su ambición literaria no tenía límites, cada día acrecentaba su obra, llenaba páginas y en sus archivos siempre había proyectos imaginarios.
Abierto, tolerante, siempre atento a los otros, estuvo del lado de la sociedad y combatió a las derechas abusivas e intolerantes que dividen y discriminan. Y en la prosa vivió en la nave del relámpago eligiendo los caminos más escabrosos e impredecibles.
Nunca tendremos los latinoamericanos palabras para agradecerle su presencia en nuestras vidas y como alguien dijo, lo veíamos tan activo, tan invencible, que pensábamos que era inmortal y siempre estaría allí seduciéndonos con su palabra y su presencia. Hacía poco estuvo en Cartagena de Indias bronceado y activo hablando con el público del Hay Festival y una semana antes de su súbita muerte discutía y reflexionaba en Buenos Aires como sabio que espera el ineluctable fin, pero siendo fiel a ese joven que ya era conocido en el mundo al albor de los años 60 por La region más transparente y La muerte de Artemio Cruz.
Una amiga periodista lo vio hace poco en el restaurante Lipp de París en Saint Germain de Prés y me dijo que bromeó mucho cuando algunas de las jóvenes presentes le decían que seguía siendo muy apuesto y hubieran querido tener un affaire con él. El erotismo fue uno de sus temas y en su obra el sexo, el cuerpo y el amor estuvieron siempre presentes, como en Diana o la cazadora solitaria, donde el Don Juan o el Casanova inveterado que había en él relata su affaire con la bellísima y malograda Jean Seberg, la que vende el Herald Tribune por las calles de París y ama a un inolvidable malevo llamado Belmondo.
Fuentes fue un personaje de nouveau roman y del cine de la nouvelle vague. Un héroe de esa gran
década revolucionaria de los 60, donde todo cambió y que aún dicta paradigmas culturales en pleno siglo XXI. Una estrella de rock. Fue también uno de los mejores amigos y cómplice de Gabriel García Márquez, con quien trabajó en su juventud haciendo guiones de cine. En cierta forma fueron hermanos y vecinos durante 50 años. También estuvo cerca de Milan Kundera, con quien tiene analogías literarias.
Era de la estirpe de los modernos. Supo del dolor más atroz al perder a dos de sus hijos y enfrentó las tragedias como un grande casi bíblico, hasta que la parca se lo llevó en México D.F. La innombrable lo hubiera podido fulminar en cualquier otra ciudad del mundo, pero escogió a la que fue "región más transparente del aire" como lugar para darle la última estocada.
Lo extrañaremos siempre y en el futuro será leído por los modernos de otras épocas por venir. Literatura en carne viva, fuerza proteica de la prosa, espíritu abierto y tolerante como los grandes humanistas desde Erasmo y Voltaire hasta los de hoy y del mañana.

sábado, 5 de mayo de 2012

EL CREPÚSCULO DE UN NOBEL MEXICANO

Por Eduardo García Aguilar
Octavio Paz fue durante mucho tiempo en México una especie de padre escuchado, un maestro del que todos aprendían mucho, aunque también un ogro temible que no perdonaba a sus enemigos ideológicos o literarios. A veces lo mostraban en las caricaturas como un furioso dios griego rodeado de rayos y centellas que regañaba a sus súbditos.
En esos tiempos Paz se había acercado al poder y olvidado sus juveniles ideas progresistas y casi toda la intelectualidad de su país lo criticaba por su cercanía con la gran cadena Televisa y su amistad con los grandes figuras del partido gobernante, mientras era muy severo con los candidatos, intelectuales o personalidades de izquierda, a las que fustigaba día a día en la prensa.
En ese sentido era muy valiente, pues no le importaba luchar solitario contra lo que en ese entonces se consideraba lo "políticamente correcto". Uno podía estar en desacuerdo con él, pero respetaba su espíritu polémico y la buena prosa con la que emprendía sus batallas en las décadas posteriores a mayo de 1968 y el auge de las ideas del Peace and Love y el sueño revolucionario. Al final de su vida luchaba contra los molinos de viento de la izquierda, a la que consideraba ya vencida para siempre.
Cuando se celebraron con pompa sus 70 y 80 años, los suplementos literarios publicaban fotos donde se le veía al lado de su gran amor, la esposa francesa gracias a la cual su vida se equilibró y continuó sin parar rumbo a los éxitos literarios y sociales. En esos últimos treinta años, la vida de Paz hubiera sido otra sin ella: se observaba en las fotografías, en el claro amor que los unía a través de un pacto de vida iniciado cuando se conocieron en la India bajo la canícula, junto a las ruinas milenarias, un amor que muchas veces se reflejó en su obra poética.
Paz era un anciano lúcido, inquieto que nunca se inclinaba o se fatigaba en las batallas intelectuales. Era también un verdadero ejemplo de fuerza literaria, ambición y espíritu polémico, capaz de abordar todos los temas del momento cuando el mundo experimentaba grandes cambios culturales, terminaba la guerra fría, el mundo bipolar, se hundía el bloque soviético y parecía terminar para siempre la historia, como decía Fukuyama. Las comunicaciones se hacían más veloces y la globalización se extendía y dominaba todo y ese nuevo orbe cultural lo fascinaba.
Inspirado en varios pensadores antitotalitarios como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort, defendía a la democracia occidental y combatía las ilusiones generadas en América Latina por el régimen cubano, la imagen crística del Che y la lucha armada guerrillera en busca del poder. Saludó las revoluciones en los países del Este, el combate de Lech Walesa en Polonia y celebró la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento de la Unión Soviética. En eso por supuesto tenía razón, aunque el combate por la democracia lo llevó como a muchos a cerrar los ojos a los abusos de las potencias occidentales y a desconocer la legitimidad de las ideas y combates sociales de izquierda que expresaban el profundo dolor infligido a los débiles por las fuerzas triunfantes del capital y de un Occidente militarizado, egoísta, soberbio y acrítico. 
Los acontecimientos del siglo XXI han vuelto a desenmascarar los abusos de ese capital triunfante, impune y arrollador, que llevó a la ruina a muchos países y puso en jaque a la propia Europa y develaron, como lo hizo Wikileaks por ejemplo, las mentiras y atrocidades ocultas cometidas por el poder imperial estadounidense bajo el gobierno de los Bush a nombre de la "libertad".
La nueva ola de manifestaciones de los indignados en Europa, equiparables a las revoluciones románticas de 1848 en ese continente, mostró también en 2011 que la historia no había terminado y era legítimo combatir y rebelarse contra los horrores de las fuerzas arrogantes de occidente supuestamente "libre". Y evidenció además que se puede luchar por la justicia social y la defensa de la naturaleza sin ser calificado de totalitario o ingenuo y que el capitalismo y la sociedad consumista gerenciada por los corredores de bolsa requieren controles, sin que ello signifique regresar al viejo estatismo del comunismo derrotado. Incluso hasta Keynes y Marx renacieron de sus cenizas en la primera década del siglo XXI.    
En los últimos años, después del Nobel, a Paz se le veía más reconciliado, pues había triunfado en todos los frentes: el izquierdismo que criticaba con saña parecía ir entonces hacia la ruina ideológica, el mundo se reconstruía en otras placas tectónicas culturales que parecían dar razón a ciertas derechas y, de hecho, la Academia Sueca le dio en Nobel como una forma de cerrar el capítulo de Neruda y García Márquez, colombiano este último a quien Paz no quería e ignoró en su revista Vuelta cuando obtuvo antes que él ese preciado galardón sueco.
Pero durante todos esos años su poesía y algunos de sus ensayos, como Los hijos del limo, Los signos en rotación, El arco y la lira, Cuadrivio, entre otros muchos, fueron claves para los lectores. Siempre fue una delicia leerlo cuando se refería a otros autores y a la literatura o el arte en general. La parte política de su obra era menos interesante y perecedera, pues transcurría en ese fangoso terreno movedizo de las emociones, por lo que con sus contrincantes no hubo acuerdo ni síntesis posible.
Paz murió convencido del triunfo final del capitalismo y de las ideas neoliberales, sin intuir que unas décadas después, en medio de la crisis, las ideas de izquierda renacerían de sus cenizas a comienzos del siglo XXI y volvería a ponerse de moda la lucha por la justicia social en toda América Latina, gobernada por presidentes de izquierda, algunos hasta ex guerrilleros o sindicalistas, que obtuvieron el poder por vía electoral. Le hubiera sorprendido también a Paz el auge de las ideas religiosas y el surgimiento de nuevos fanatismos teocráticos que reemplazarían en partes del mundo antes dominadas por los soviéticos las ideas de izquierda contra las que combatía.
Pero Paz tuvo suerte de haber nacido en un país milenario y complejo, un faro prehispánico y colonial, lo que le hizo posible escribir una bella y profunda obra poética y ensayística que perdura más que su ideario político. La imagen en el mundo de México ha sido tan fuerte como la de Egipto, Japón o la India y por eso pudo abordar desde ese faro nacional los ejes en rotación de su cultura y escribir obras maestras como Piedra de sol y muchos otros textos poéticos, además de establecer lazos con la India y Oriente en varios de sus libros. La literatura y el arte lo salvaron de los demonios de la política y la ideología. 
Las ideas políticas pasan y por fortuna los hombres, el arte y la poesía quedan, por lo que haber vivido de cerca en la capital mexicana el crepúsculo de ese escritor combativo y a veces injusto fue una fortuna para muchos, que aprendimos con su prosa a polemizar y a equivocarnos.







sábado, 21 de abril de 2012

LA GRAN FIESTA DEL LIBRO EN BOGOTÁ

Por Eduardo García Aguilar
La Feria Internacional del Libro de Bogota (FILBO) cumple ya un cuarto de siglo posicionándose como uno de los acontecimientos más venturosos para la cultura del país y en esta ocasión con una excelente programación internacional con importantes autores anglosajones europeos y latinoamericanos.
La XXV Feria está dedicada a nuestro hermano y gigante Brasil, cuya literatura siempre ha tenido vasos comunicantes con la colombiana, a través de los fantasmas de Machado de Assis, Jose Lins do Rego, Joao Guimaraes Rosa, Jorge Amado, Clarice Lispector y una pléyade de poetas entre los que se destacan los concretos, Ledo Ivo y el gran Vinicius de Moraes, que nos hace siempre muy felices.
Juan David Correa, autor de una novela iniciática y un relato notable sobre la tragedia de Armero, ha logrado coordinar un programa pleno de diálogos y presentaciones de novedades, encuentros y sorpresas, entre las que se destaca el lanzamiento del número 12 de la revista Granta en español, dirigida en Barcelona por Valerie Miles y Aurelio Major, que busca replantear ciertos aspectos de la narrativa colombiana contemporánea en un debate que sin duda causará polémica.
He tenido la fortuna de ser invitado desde el inicio en unas cinco ocasiones a esta fiesta de la literatura y el libro, dos veces cuando  fue dedicada a México, otra en un encuentro en torno a periodismo y literatura y con motivo de una reunión de los llamados por Rafael Humberto Moreno Durán « autores colombianos de la diáspora ».
Cada feria, más que un riguroso y sesudo motivo de poner a funcionar el cerebro hasta incendiarlo, es la oportunidad de volver a encontrar amigos y descubrir nuevos, ser golpeqdo por los rayos del amor y el deseo, revisitar la entrañable capital colombiana con sus viejos y nuevos bares, sus librerías de viejo y salir de allí enriquecido de anécdotas inolvidables.
Me ha tocado viajar desde México con Elena Ponatiowska, quien estaba convencida que Bogotá era una capital tropical como Managua y venía trajeada con un huipil oaxaqueño de tierra caliente y sandalias, por lo que se sorprendió cuando le dije que era todo lo contrario y se iba a morir de frío en la helada altiplanicie de los chibchas.
Esa noche Poniatowska movilizó en la madrugada a todo el hotel porque se estaba congelando y al día siguiente aseguró que fue robada por un carterista, por lo que se había quedado sin un céntimo. Esa vez participê en una mesa en la que estaban presentes ella y Juan Cruz, el autor canario español que descubría también por primera vez a Bogotá, en ese entonces conocida por los terribles atentados del Pablo Escobar y la matanza generalizada sin límites, por lo que se le veía aterrorizado antes de aclimatarse para siempre.
En otra ocasón el viaje de México a Bogotá fue muy divertido porque me tocó compartir con Carlos Monsiváis y Sergio Pitol, amigos ambos de toda la vida y que durante el viaje jugaron como dos adolescentes. Al llegar a las Residencias Tequendama, donde por lo regular se hospedaban los invitados, comentamos que al llegar al aeropuerto nos había tocado hacer cola detrás de la diva manizaleña Amparo Grisales, de quien se decía había sido novia del galán mexicano Jorge Rivero.
Monsivaís, que era una caja de bromas y cantinfleos, empezó a cuestionar de una forma muy graciosa y midiendo con los dedos los atributos masculinos del actor de telenovelas, haciéndonos desternillar de risa a Pitol y a mi, ante el asombro del futbolista Alfredo Distéfano y el dibujante Quino, quienes estaban en la mesa de al lado.
Luego hicimos con Pitol una fiesta en mi habitación con Oscar Collazos, Felipe Agudelo, Alfonso Carvajal y Guido Tamayo, en la que bebimos la botella de tequila Herradura añejo que traía bien empacada para la ocasión y donde pasamos revista con el futuro Premio Cervantes a la situación de todas las literaturas habidas y por haber.
La feria tenía la costumbre de recibir en viejos tiempos, como en una sala de visitas, y bajo patrocinio de su coordinador Guido Tamayo a los invitados que venían del mundo o de las diversas regiones del país, por lo que allí nos cruzábamos con Fernando Charry Lara, Ramón Illán Bacca, R.H. Moreno Durán, Fanny Buitrago, Alberto Duque López, Luis Fayad, Darío Ruiz Gómez, Fernando Cruz Kronfly, Germán Espinosa, Juan Manuel Roca, Isaías Peña, Eugenia Sánchez Nieto, Sonia Truque, Evelio Rosero, William Ospina, Hugo Chaparro, Triunfo Arciniegas, Octavio Escobar y Jaime Echeverri, entre muchos otros autores del país.
A lo largo de este cuarto de siglo han cambiado muchas cosas en el panorama literario del mundo y de Colombia. El carácter artesanal de las viejas ferias, iniciadas con las exposiciones librescas del Parque Santander en los tiempos antediluvianos, se trocó en un gran encuentro industrial de cifras y una carrera de caballos donde cuenta más el éxito que la profundidad, el escándalo que la refexión serena, la farándula que la modestia profunda de los sabios.
Es tanta la proliferación de publicaciones y tan fuerte el blitzkrieg propagandístico en torno a algunos escasos y afortunados autores, que la literatura colombiana queda asfixiada y termina por ser la convidada de piedra de la Feria.
Tal vez por eso la presentación del número 12 de la prestigiosa revista Granta en español, dedicada esta vez a « las armas ocultas » de la literatura colombiana, sea un motivo para que desde fuera y con mesura crítica, vuelvan a barajarse las cartas de la narrativa del país, como en el número 11 de la misma Granta se barajaron las de la narrativa joven latinoamericana.

----
 * Publicado en el diario La Patria el domingo 22 de abril de 2012

sábado, 14 de abril de 2012

CUBRIR LA GUERRA EN EL PLAYÓN DE LA MUERTE


Por Eduardo García Aguilar
La primera y única vez en la vida que tuve la osadía de intentar cubrir una guerra fue en El Salvador, cuando en las calles de la capital, desde el Bulevar de los héroes hasta los suburbios o el mercado, o en el temible Playón de la muerte, donde yacían esqueletos y cadáveres putrefactos de centenares de víctimas, se sentía la tensión permanente, la pólvora de la muerte y se podía rebanar el aire con un cuchillo.
Acababan de matar a monseñor Romero y la guerra llegaba a límites de violencia inconcebibles. Los jóvenes sospechosos eran ejecutados en las calles por francotiradores, cualquier movimiento nervioso podía ser malinterpretado y provocar retaliación, las balaceras estallaban en los lugares más inesperados y todos sin distingo desconfiaban de los otros, en un círculo infernal donde un segundo decidía la vida o la muerte.
Ahora que en Siria volvieron a morir perodistas aventurados que trataban de cubrir los acontecimientos y que ya olvidamos a los fotógrafos y reporteros muertos en Libia, Afganistán, Irak, Chechenia, Gaza o los Balcanes, rememoro esos extraños instantes del joven escritor arrastrado hacia la aventura de cubrir una guerra.
Los jóvenes son por lo regular la carne de cañón de la reportería de guerra, aunque hay muchos viejos veteranos amantes de la adrenalina que cubren a lo largo de la vida conflictos y sobreviven de milagro en el intento, personajes extraños, solitarios, de novela, que pasan lustros en hoteles, acompañados por una botella de whizky y nunca saben cuando les llegará el turno de ser convocados hacia el más allá.
Uno de esos personajes me recibió con sonrisa irónica una mañana en el Hotel Camino Real de San Salvador, a donde fui a acreditarme en la Asociación de corresponsales extranjeros. Era un anglosajón enclenque que no llegaba a los 50 años, pero ya parecía viejo, y cuya contextura frágil no correspondía para nada con el modelo de corresponsal de guerra. Me ofreció un whisky y me dio una camiseta donde estaba escrito : « Soy periodista, no dispare ».
Bajé luego al lobby del hotel, donde tenía cita con uno de esos corresponsales de película estadounidense, un argentino con aires de Don Juan post-gardeliano que lucía un chaleco antibalas, llevaba suecos y posaba al lado de una bella amante joven, antes de partir a una peligrosa misión en el frente de guerra. No diré el nombre del argentino, pero era lo opuesto al encargado de la asociación de corresponsales, quien deambulaba con su botella de whizky debajo del brazo, polos de una misma aventura novelística, ejemplos de esos duros que viven y mueren cubriendo los conflictos y que el primíparo corresponsal interroga en busca de los arcanos del fascinante oficio de ver y contar en medio del peligro.
Con una credencial militar en la mano, donde la oficina de prensa del ejército indicaba no hacerse responsable por mi vida, partí a entrevistar a uno de los sacerdotes jesuitas de la Universidad Católica José Simeón Cañas, algunos de cuyos colegas serían después masacrados por los paramilitares. Y uno de ellos, mientras conversábamos y caminábamos por el campus, me mostraba a los « indicadores », los « orejas » y me conminaba a ir al Playón de la muerte antes de escribir cualquier cosa sobre el tema.
« Hay tres tipos de periodistas – me dijo el padre Pedraz -. Los buitres, los orejas y los otros ». Tomé un taxi y me dirigí a ese tenebroso sitio en las laderas de lava negra de un volcán apagado, donde se podía ver esqueletos, calaveras con mechones de pelo, pedazos de cuerpos de soldados o guerrilleros con uniformes y cinturones, asediados por gallinazos y perros gordos que se alimentaban de sus cuerpos bajo la canícula.
Creo que esa visión de la mortandad, apocalíptica, inimaginable, inconcebible, ese olor mortecino, atroz, nauseabundo, la presencia de perros y gallinazos gordos, representan el momento más terrible e iniciático de mi vida, y significan el primer contacto directo con la guerra, una revelación que todavía me estremece, cuando otras guerras surgen y se apagan cada año en este siglo XXI para mantener viva la maquinaria de la industria armamentista.
Al regesar a la ciudad no paré de vomitar. La visión de centenares de cadáveres o restos de cadáveres, tal vez miles, me dejó en estado de náusea y durante varios días no pude comer y perdí peso, atento cada instante, con la mirada desorbitada, a la bala que me sacaría del mundo.
En una roca me senté una vez y me pregunté que estaba haciendo ahí. Pensé en los míos, en los amigos, dudé, pero seguí allí cargado de adrenalina, aferrado a los viejos teletipos, yendo de un lado para otro con un fotógrafo vasco que acomodaba las calaveras para que las fotos le salieran bien.
Años después el destino me llevó a cubrir las negociaciones de paz en México y en un hotel del sur de la capital azteca vi entrar y salir e interrogué a los mismos protagonistas que negociaban una paz que se obtuvo y se firmó con pompa en el Palacio de los Pinos bajo patrocinio de la ONU y de México.
Ahora los ex guerrilleros del FMNL gobiernan el país con Mauricio Funes, después de esperar con paciencia la llegada de la alternacia, y respetan la democracia de la misma manera que los ex enemigos juegan el juego electoral y cedieron el poder. Los conflictos son otros, las bandas y las maras del narcotráfico asedian, pero el Playón de la muerte y la guerra desatada son cosas del pasado.





viernes, 13 de abril de 2012

PERIODISMOS MERCENARIOS

Por Eduardo García Aguilar
Porfirio Barba Jacob fue un típico periodista de su época, que trabajaba para diarios representantes de poderes políticos e intereses económicos importantes, pero a la vez variables. El periodista de esa época --y de esta también, por supuesto--, tiene que ser leal con el padrino, jefe de partido, líder cultural, económico o político de turno que lo emplea si quiere existir, publicar, comer.
Pero hay afinidades ideológicas y sentimentales. Barba Jacob no simpatizó con la Revolución mexicana, admiró a Porfirío Diaz y tuvo nostalgia de su gobierno de afrancesados como buen modernista decimonónico que era. Acordémonos que Porfirio Díaz, antes de terminar como un dictador exiliado en París, fue de joven un héroe revolucionario mexicano de los tiempos de Benito Juárez y la Reforma liberal.
Muchos observadores ilustrados mexicanos veían la mano yankee en la revolución como en tiempos de la Reforma y por eso se podía ser antiyankee y antirevolucionario. Los textos de El Independiente, Churubusco y El Demócrata en esa peculiar coyuntura son excelentes y dejan ver con toda claridad el pensamiento y los sentimientos de Barba Jacob joven en sus momentos de mayor brillantez.
En México, en Centroamérica, en Latinoamérica, los diarios surgían y morían rápidamente, según las coyunturas políticas y existían o existen porque hay un capital detrás para esos fines. Contrataban a un periodista experimentado para crear el medio destinado a golpear al enemigo y ensalzar al amigo. Y como Barba era tan bueno para eso, lo contrataban a él mientras durase la coyuntura. Era un excelente empleado en medio de esas luchas internas de las élites por el poder en Centroamérica. Pero sin duda tenía cierta afinidad ideológica y estética con el espectro político de los medios para los que trabajó.
Ese panorama es similar al de la prensa escrita, radial y televisiva del siglo XXI, que depende de grandes grupos financieros y trabaja para los intereses de potencias o intereses financieros internacionales. Y aunque sus modalidades globalizadas son diferentes, abrir una ventana hacia el arqueológico pasado de un periodista latinoamericano típico de la primera mitad del siglo XX puede ser bastante ilustrativo.
Se da el caso de que al llegar el colombianao a México en esa transición del porfiriato a la Revolución y el caos subsiguiente que dura décadas, es protegido por el general Bernardo Reyes, padre de Alfonso Reyes, y sus amigos y luego por la gente contrarrevolucionaria afin a Victoriano Huerta, entre quienes figuraban grandes intelectuales del momento. El fue leal a ellos y si uno ve la lista de quienes asistieron a su sepelio en 1942, se da cuenta que están muchas de esas figuras que como Enrique González Martínez, veinte o treinta años antes se opusieron a la Revolución de Zapata y Pancho Villa, que por esas épocas eran vistos como forajidos, infame turba, asesinos, amenazas para la gente « civilizada » de las ciudades.
Cuando triunfa la Revolución, Barba, que dirigía y escribía excelentes piezas en los diarios antirevolucionarios El Independiente y Churubusco, tiene que huir del país y salva el pellejo. Luego regresa y trabaja para otros periódicos fugaces como El Demócrata y Cronos que representan intereses contrarios o disidentes de los nuevos poderes inestables surgidos de la Revolución y por eso es expulsado y llevado a la frontera con Guatemala.
El ministro del Interior Plutarco Elías Calles lo expulsa porque escribe en esos diarios contra las autoridades nuevas un poco calibanescas a su parecer, contra los nuevos líderes sindicales ricos e incultos como Morones y además sigue hablando bien de Porfirio Díaz. En ese sentido fue fiel hasta el final con Porfirio Díaz y escéptico frente a los gobiernos de la Revolución Institucional naciente que llevaría al surgimiento del PRI y tendría una larga hegemonía de siete décadas.
Al final de su vida sigue añorando el regreso de los restos de Díaz y colaboraba en Ultimas Noticias de Excélsior que era claramente un vespertino de derechas. Porfirio Barba Jacob nunca estuvo cerca a los intelectuales de la Revolución como Diego Rivera, Siqueiros o Frida Kahlo. Era un « modernista rezagado » como dijo Octavio Paz, o sea un exquisito literario de gustos finiseculares, que no tenía mucha afinidad con los gustos estéticos de la Revolución zapatista ni con lo que llamaba el bolcheviquismo o con las ideas marxistas-leninistas muy en boga en la época. Era un liberal en el amplio sentido de la palabra.
Como muchos intelectuales de la época sintió tal vez alguna atracción inmediata por el auge y algunas acciones de Hitler y Mussolini, como lo expresa en algunos Perifonemas, pero no alcanzó a vivir para ver el desarrollo y el desenlace de la guerra, por lo que es fácil juzgarlo a posteriori.
Respecto a la coyuntura colombiana, simpatizaba con el liberalismo y escribó sobre los presidentes liberales Olaya Herrera, Eduardo Santos y López Pumarejo. En los años treinta en Colombia se era liberal o conservador o comunista y queda totalmente claro que Barba era liberal, como lo atestigua su diatriba en El Independiente, en 1913, sobre La desastrosa administración de los « católicos » en Colombia y por sus elogios a los liberales, como Gabriel Turbay o José Mar, por ejemplo.
En aquellos tiempos se trataba de periodismos locales, provincianos, casi familiares. En la actualidad los intereses son mundiales y la prensa globalizada está al servicio de versiones específicas de los hechos, según los bloques de poder y la intensa lucha geopolítica que ellos hacen por las riquezas del planeta. Los televidentes o internautas de hoy solo somos instrumentos manipulados por un periodismo mundial mercenario y mentiroso.




domingo, 1 de abril de 2012

NOVELA Y MARTIRIO EN TIEMPOS DE LADY GAGA

Por Eduardo García Aguilar
Uno se pregunta por qué en estos tiempos de proliferación y farándula generalizadas muchos buenos escritores insisten en escribir novelas y sacrifican sus vidas en una tarea incierta que casi siempre conduce al olvido y a la indiferencia. Hablamos de autores verdaderos que escriben con sangre sus obras y no de quienes son figuras del poder o el star system que ponen su nombre y dejan el trabajo a los famosos "ghost writers", o "negros", o lo peor, escritores muy famosos que ya no tienen tiempo para hacerlo y delegan la tarea en editores.
     Los buenos y honrados novelistas del mundo dedican a veces años, segmentos cruciales de sus vidas, a la factura de una obra que por lo regular se convierte en viacrucis, pues durante el proceso son mayores las dudas que las certezas. Algunas personas cercanas los apoyan y los escasos fieles que saben la magnitud de la tarea los acompañan en ese largo proceso solitario que a veces nunca se concreta.
     Pienso por ejemplo en el caso de Hugo Ruiz, novelista muy culto que escribió durante toda su vida una novela y nunca llegó a publicarla, pese a que es una excelente obra, mucho más importante que los best sellers más exitosos de las últimas décadas en Colombia. Como él son muchos los autores de su muy interesante generación, nacidos en los años 40, que aplastados por el éxito del boom fueron condenados injustamente al ostracismo.
     También pienso en el caso de escritores quiméricos como Héctor Rojas Herazo, autor de Celia se pudre o Manuel Zapata Olivella, creador de la novela polifónica sobre la negritud, Changó el gran putas, novelas río que fueron cobijadas por la indiferencia, pese a que en ellas invirtieron sus vidas y al final, en la ancianidad, se enfrentaron a grandes dificultades económicas
     No hay que olvidar tampoco autores de obras importantes que una vez fallecidos entraron al limbo del olvido bíblico como ocurrió con Rafael Humberto Moreno Durán, gran narrador y ensayista polémico de vasta y calificada obra que murió relativamente joven, a los 56 años, y cuyas temáticas rigurosas y de gran calado intelectual no atrajeron a los lectores colombianos, por lo regular seducidos por obras escandalosas y temáticas y estilos fáciles y soeces que alimentan la vulgaridad e ignorancia generalizadas que nutren los medios radiales, televisivos y escritos, que reemplazaron a la escuela y la universidad con su intonso bullicio.
     El caso de estos autores colombianos puede declinarse a cada país del continente americano y proyectarse a las zonas geográficas e idiomáticas del planeta, donde el destino de una gran mayoría de autores es el olvido y el silencio. Son cientos los casos de grandes escritores muertos sin publicar o que lo hicieron en ediciones precarias y cuyas obras fueron descubiertas con carácter póstumo, hermanos de infortunio de Arthur Rimbaud, Franz Kafka, Gerard de Nerval, e Irene Nemirovsky, para mencionar sólo algunos casos. Con ellos brillan otros mártires como Malcolm Lowry o Joseph Roth.
     Muchas veces su rebeldía o el distanciamiento de las capitales los alejó de los salones del poder literario, otras el compromiso en luchas por la liberación de sus países o contra las dictaduras los aniquiló en el camino. La pobreza, la droga y la enfermedad se encargaron del resto, como se cuenta en la gran mayoría de biografías dedicadas a estos autores desgraciados, muchos de ellos suicidas y otros devorados por el opio o el alcohol.
     Si el novelista rebelde logra al fin concluir la obra y su autocrítica le da el visto bueno para emprender la lucha de publicarla, sabe que es mucho más ardua la tarea de encontrar editor para la novela que escribirla, pues en ese campo los tímidos o los pobres, los tiernos y los ingenuos carecen de las armas necesarias para ganar la batalla en la guerra de las apariencias.
     Las editoriales y los editores, salvo contadas excepciones, se guían también por razones extraliterarias y por lo regular son los autores más vivos y astutos ligados a los poderes o a los medios, quienes logran llegar a esos poderosos cenáculos. Publicar en pequeñas editoriales o en imprentas universitarias es casi equivalente a seguir inédito.
     Todos los grandes autores del mundo han recibido decenas, a veces centenares de rechazos, antes de lograr que una editorial se preocupe por su obra. Y lo peor y más cruel, es que la publicación no es garantía de nada. Después del pequeño escándalo que produce la novedad, el libro pasa al olvido y en ocasiones ni siquiera suscita comentarios o reacciones en los medios. La inmensa mayoría de los autores no viven de sus regalías y si no tienen empleo o riqueza terminan en la indigencia. Y grandes best-sellers latinoamericanos de su época como Vargas Vila o Gómez Carrillo fueron devorados por el olvido tras su muerte.
     ¿Qué lleva pues a los novelistas de hoy, en estos tiempos de Lady Gaga, Paris Hilton, Madonna y la farándula generalizadas a seguir escribiendo novelas? Sin duda la alegría de escribir y crear mundos. Hay una increíble pulsión en construir un mundo con personajes que viven, hablan, gozan y sufren al margen de la realidad. Por eso el martirio de los novelistas no será en vano y seguirán sin duda existiendo en este mundo donde el libro de papel tiende a desaparecer. Su delirio es un bello grito de utopía equiparable a la santidad.





sábado, 31 de marzo de 2012

SOBRE TEQUILA COXIS, DE EDUARDO GARCÍA AGUILAR

Por Roberto Vélez Correa *
 “Tequila Coxis” es la cuarta novela del escritor colombiano Eduardo García Aguilar, después de su trilogía sobre Manizales: Tierra de leones, Bulevar de los héroes y El viaje triunfal. Se puede afirmar que esta última obra es la continuación de la saga novelística del caldense, a pesar de situar su ficción en la Ciudad de México D.F. en la que el autor vivió buena parte de su madurez como escritor y periodista al servicio de la agencia de noticias France Presse.
     La continuidad radica en los elementos vitales que acompañan al narrador en casi todos sus escritos, propiamente literarios, incluidas las crónicas de viajes y sus posturas intelectuales, en las que insiste en un universo arquitectónico cifrado en el art deco, el republicanismo o neoclasicismo; mixturas de construcciones donde los estilos grecolatinos, mozárabes, barrocos y góticos, alternan como resultado de una época. Las tres primeras novelas de Eduardo son un homenaje a ese tiempo ido de principios de siglo, cuando la burguesía del café tuvo los medios para adoptar los gustos estéticos foráneos que afectaron las costumbres y las expresiones artísticas del momento.
     Hay pues un trasteo de elementos semióticos y motivos nostálgicos que son clonados en el barrio Roma de México, el corazón de la metrópoli que años atrás fue la residencia de la élite dirigente y cultural, compuesto por fastuosas residencias, castillos, teatros de ópera y otros inmuebles, hoy convertidos en museos, discotecas o, en el peor de los casos, en antros de prostitución y drogas ilícitas. Las imágenes recuerdan el esplendor republicano de Manizales, cuya burguesía decidió desalojar el centro de la ciudad e irse a las afueras a vivir en sus chalets y mansiones exclusivas.
     En el México de García Aguilar, el fenómeno grecolatino se muestra en sus orígenes y consecuencias, bien cercano al de la capital caldense. Y es en ese México decadente, dominado por las paredes y cascarones que cancelan el pasado esplendor, en el que Eduardo sitúa a sus personajes. Es el mismo escenario de la Calle Donceles de “Aura” de Carlos Fuentes, en el que Néstor Aldaz investiga los motivos del suicidio de su madre, una actriz bogotana de relativo éxito en la edad de oro del cine mexicano que apareció suicidada en su bañera. Es así como conoce al amante de su progenitora, el pintoresco Porfirio Antúnez, un libretista del cine, cuya caracterización oscila entre el play boy intelectual y el vampiro cínico. La historia del periodista escritor que necesita aclarar los motivos del suicidio de su madre, se convierte en un periplo lleno de aventuras y desgracias. Escenas de cargado erotismo, miradas críticas hacia el pasado y el presente de la absorbente urbe; períodos ignominiosos en una cárcel del distrito; persecuciones, torturas, y el deporte nacional del país azteca, la corrupción, son narradas mediante una prosa que lucha por equilibrar los adjetivos con las disgresiones de su narrador personaje que ejerce un severo juicio crítico a su entorno, donde el escepticismo se mitiga a través del ardor erótico.
     “Tequila Coxis” es una novela que enfrenta el presente y el pasado tan caro a los mexicanos. Dioses mayas y aztecas y los macabros juegos florales, son dignos representantes de los rituales satánicos y las orgías que entenebrecen a los recién llegados al decadente barrio Roma. Desde luego, algunas de las voces elevan su queja por la traición de la Malinche, la indígena traductora que se hizo amante de Hernán Cortés. En este sentido, la novela de Eduardo García Aguilar refleja, al interior de su anécdota, otra traición, cuando Yolanda Valenzuela, es infiel a su amante con un torero español. “Tequila Coxis” es una obra de madurez que mantiene la alerta del lector hasta su desenlace, un tanto melodramático, propio de los mismos libretos de su, quizás, más intrigante personaje, el tenebroso Porfirio Antúnez.
---
* Roberto Vélez Correa. Novelista, ensayista y académico de la Universidad de Caldas, quien nos dejó hace poco, pero sigue vivo entre nosotros.

lunes, 12 de marzo de 2012

LOCOS POR GARCíA MÁRQUEZ O NAPOLEÓN



Por Eduardo García Aguilar
(Publicado en La Patria, Colombia, el domingo 11 de marzo de 2012. En La foto Jorge Amado, Gabo y la Gaba)
Aparte sus biógrafos, Dasso Saldívar y Gerald Martin, que muy cuerdos pasaron décadas estudiando su vida y viajaron por el mundo tras sus huellas, hay miles de personas que en las últimas décadas enloquecieron por el éxito y la fama mundial de García Márquez, quien acaba de cumplir 85 años en México.
Sabemos muy bien que el éxito y la fama, o eso que llaman gloria, concepto muy romántico, atraen la desesperada admiración de quienes no son nada, o son poco, o tal vez mucho, tal y como ocurrió con Napoleón y Bolívar, que en el fondo fue un loco que imitaba al primero.
La psiquiatría al parecer nació para tratar de curar a centenares de personas que en su momento se creyeron Napoleón y poblaron los manicomios de Europa en esa fría primera mitad del siglo XIX. Fue tal el fenómeno, que varias herederas del Emperador no solo fueron grandes discípulas de Sigmund Freud, sino que hoy, por estas fechas, a comienzos de siglo XXI, siguen estudiando, como la señora Murat, el terrible fenómeno de quienes en su época enloquecieron por la gloria del personaje que llegó a lo más alto para caer luego de manera estrepitosa al precipicio del fracaso agónico en la isla de Santa Helena.
En los manicomios actuales hay gente que se cree Michael Jackson y durante casi dos siglos la figura de Napoleón fue la preferida de la demencia. Seres que deambulaban en los corredores de los hospicios con la mano puesta en el corazón y un sombrero triangular imaginario en la cabeza, inspiraron a miles de terapeutas en la ardua tarea de desentrañar sus frustraciones concretadas en la inmensa fama de sus modelos y la terrible insignificancia de sus vidas.
Ahora, a lo largo del continente, hemos vuelto a experimentar el extraño fenómeno, cuando hay personas que han dedicado sus vidas a rescatar sus huellas más mínimas, o a imitarlo escribiendo novelas similares de pueblos imaginarios con alquimistas y gitanos, o que han viajado de un lado a otro del continente para tratar de observarlo desde lejos y aplaudirlo como a una deidad milagrosa, versión literaria de vírgenes y santos de nuestra larga tradición.
Sabemos que la fama y la gloria surgen de la concreción de extrañas coincidencias históricas, cuando un personaje necesario se cuela en las carencias de un país, continente o raza, sea dios, iluminado, poeta, novelista, demiurgo, redentor, político, cabecilla o mandatario. San Pablo, San Francisco, Voltaire, Víctor Hugo, Lord Byron, Withman, Mandela, Soljenitzin, son algunos de ellos.
Estamos hablando de la necesidad del padre y tal vez en la locura de tantos admiradores ciegos que dedican sus vidas a los exitosos Napoleón o García Márquez, hay una profunda lucha por el hallazgo del progenitor ausente y en esto los psiquiatras o los psicoanalistas podrían con mayor lucidez esclarecer los arcanos de la demencia. También los países necesitan padres de la patria como Víctor Hugo y Tolstoi y en especial los más trágicos.
Ahora que los editores entronizan cada semana en serie y con total seguridad al nuevo sucesor de García Márquez en la propaganda de sus novedades o que los megalómanos se autodenominan amigos y sucesores y los burócratas hacen cola en la calle Fuego para pasar a fotografiarse al lado del que, según algunas versiones, ya sabe menos de quien fue y será, es necesario entender que su figura surgió como afirmación continental a través de un Che Guevara literario que no murió acribillado en el intento. Concreción literaria y geopolítica.
Hijo del pueblo periférico cuando las letras pertenecían a las oligarquías, bigotudo como árabe sefardita, periodista costeño en tierra de cachacos, con camisas de flores y liqui liqui, malhablado y generoso, aunque mejor escritor que nadie, el novelista fue la personificación popular en los años 60 y 70 de una tierra de dictadores, ladrones y asesinos.
A su lado hubo otros grandes escritores como José Lezama Lima, Jorge Luis Borges, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Juan Rulfo, Arturo Uslar Pietri, Augusto Roa Bastos, Guimarees Rosa, Jorge Amado, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, pero fue él quien a los 39 años ganó la lotería de representar el continente de las Banana Republic, que poco a poco pasaron de moda.
Dinero, gloria, fama, el cuerno maravilloso de la abundancia de los maravedíes, presidentes inclinados, dictadores anonadados, malos cineastas arrodillados, millonarios seducidos, huérfanos, mancos, tuertos, leprosos se apresuraron a aplaudirlo y sonreírle en las escalinatas de la lagartería nacional; sicarios y víctimas, godos y liberales, gente bien y zarrapastrosos, todos unidos en la admiración patriótica de quien no fracasó y a quien hubiésemos ignorado en el fracaso, como se hizo con Héctor Rojas Herazo, Manuel Zapata Olivella, Pedro Gómez Valderrama, Manuel Mejía Vallejo y Germán Espinosa.
Todos los colombianos lo queremos y lo amamos y mucho más ahora que lo sabemos frágil en su ancianidad como una parábola de nuestra propia derrota. La prueba de que todo triunfo y toda gloria es fugaz e inútil y que el trono es una posición transitoria en la danza inevitable de nuestras ausencias, téngase o no patria, continente, partido o fortuna en las espaldas como fárrago absurdo.
Pero al menos los locos de García Márquez seguirán poblando manicomios y oficinas, arrodillados como los personajes de Jorge Zalamea en Benarés, sin saber lo que fue el fenómeno ni lo que será, así como los admiradores de Rimbaud y Kafka nunca supieron que sus ídolos murieron inéditos y anónimos, como Proust, quien pagó la edición de sus primeros volúmenes interminables y pasó a la gloria sin ser invitado, pero al menos cantando para nada y para nadie como dicen los poetas portugueses hijos de Pessoa.





miércoles, 7 de marzo de 2012

EL BAR CHEZ GEORGES

Por Eduardo García Aguilar
En la vieja calle de Canettes, no lejos de Saint Sulpice, sigue presente el viejo bar Chez Georges, que desde 1952 ha recibido a muchas generaciones de estudiantes, exiliados, artistas y aventureros de todas las nacionalidades, amantes de las letras y la vida, del pensar y el delirar, del gozar y fracasar disfrutando.
     Una tosca puerta de madera pintada de rojo indica que cuando el viejo Georges fundó aquello era antes que todo una bodega de vinos baratos sin pretensiones en esos precarios tiempos de posguerra, cuando la ciudad y el continente europeo se levantaban de un apocalipsis terrible y varias décadas de incertidumbres.
     La ciudad estaba llena de refugiados españoles y portugueses que lloraban cada tarde la desgracia de haber sido arrancados, ya fuera por el sanguinario Francisco Franco o el ominoso Salazar y sus asesinos, a las delicias de su pobre terruño o a los sueños de la utopía republicana. Y con ellos lloraban los armenios sobrevivientes del genocidio, los judíos salvados del holocausto y los argelinos que luchaban por el fin de la colonización.
     Por las calles deambulaban jóvenes de Europa del Este que como Cioran, Mircea Eliade o Eugene Ionesco, en el caso de los rumanos, recalaban aquí huyendo de su pasado. Rusos, búlgaros, checoeslovacos, albanos, yugoslavos, polacos, húngaros, sobrevivían en la pobreza, en silencio, tras huir de la bota soviética y callados seguían, porque pocos se atrevían a criticar el totalitarismo marxista-leninista para no ser estigmatizados de reaccionarios.
     El viejo megalómano Sartre, del brazo de su la libertina Simone de Beauvoir era el papa del galimatías filosófico y reinaba por el barrio en cafés más elegantes de Saint Germain, como Flore y Deux Magots, donde se pavoneaban los exitosos de la post guerra, estrellas de cine, escritores de moda como Abert Camus o cantantes existencialistas como Juliette Greco o Boris Vian.
     En Chez Georges todo era y es todavía tosco y auténtico. Allí nunca ha habido ceremonias ni meseros de librea y corbatín. Al cruzar el portalón de taberna barata, se ve ahora, seis décadas después, el mismo espacio reducido de 40 metros cuadrados donde se apretujan jóvenes y viejos, recién ingresados a las universidades de la zona y ex alumnos decadentes nostálgicos de sus años de juventud, que vuelven ahí a desandar sus pasos sin que nadie se inquiete o los discrimine por canosos o muecos.
     Las paredes tienen la misma pátina amarillenta de los tiempos de la fundación, que los descendientes del viejo Georges han querido conservar intacta para alegría de añoradores y sorpresa de nuevos, que entran ahí seguros de codearse con fantasmas de amantes del jazz o de los juegos eróticos y literarios de Julio Cortázar o George Perec.
     La misma barra de hace tiempos dirigida hasta hace unos años por el conosureño Jorge, sudamericano que se quedó para siempre en París como pilar del bistrot, se observa a la izquierda, gobernada por los descendientes de Georges, entre ellos su hija y su nieto, llena de pequeños vasos de vino y sitio preferencial de viejos contertulios que recuerdan el griterío añejo de los exiliados anarquistas y comunistas españoles o la discusión ininterrumpida de los emigrados del este o de los sures, los mediterráneos o las Américas.
     Y en los extremos de la pared, pegados al techo, cuelgan como siempre las pequeñas fotos en blanco y negro autografiadas, enmarcadas, de cantantes o músicos desconocidos que hace cuatro o cinco décadas pasaron por aquí alguna vez y tocaron hasta la madrugada en la cava, que permanece siempre llena desde entonces y ahora aún más. ¿Qué pasó con todos esos proyectos frustrados de estrellas, rostros de juventud que ahora tal vez duermen en cementerios o en la inercia atroz de la jubilación?
     Ahí siguen, y nadie ha osado quitarlos ni los quitará, como tampoco nadie quitará la foto del finado Georges, el patriarca fundador, el severo trabajador que conocía a cada uno de sus clientes estudiantiles y sabía dosficar con suave autoritarismo los tiempos del exceso, o la hora de entrar y salir de ese lugar donde nunca cabía ya una aguja.
     Al fondo se ve la estancia central con las mismas mesas de madera rayadas y sillones abullonados pegados a la pared, cubiertos de corduroy rojo, donde permanecían por horas y horas y permanecen igual hoy los que desafían el invierno en la alegría de la charla, al calor de los vinos Côtes du Rhone, Burdeos o Brouilly, mientras en las paredes descascaradas se exponen cuadros de un pintor o un fotógrafo anónimo.
     Hace 50 años los ebrios discutían sobre la rebelión de Hungría o la Primavera de Praga, de la guerra de Argelia o el deshuielo de Jrushov, el Eurocomunismo, el teatro del absurdo, las novelas de Kundera, la banda de Baader-Meinhof o las aventuras de Carlos el Chacal. Después hablarían de la guerra de Vietnam, las dictaduras latinoamericanas, el Gulag de Soljenitzin, la muerte de Francisco Franco, la revolución de los claveles de Portugal, las canciones de Moustaki, el Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durrel o la Rayuela de Cortázar y el boom latinoamericano.
     Ahora tal vez hablen de las revoluciones árabes, Steve Jobs, la desgracia del modisto Galiano, la muerte de Amy Whinehouse y la belleza de Kate Moss. Así es y ha sido Chez George, siempre ardiente, bullicioso, diminuto, inagotable, como si la energía de varias generaciones se concentrara allí en una cápsula del tiempo donde viejos decadentes y delirantes comparten con los primíparos de París y sus universidades que exploran en los meandros de un añejo recuerdo el que será suyo mucho tiempo después.





viernes, 24 de febrero de 2012

LA AMADA SALVADOREÑA DE SAINT EXUPÉRY

Por Eduardo García Aguilar
Poco a poco crece el mito de la diva Consuelo Suncín, una pequeña salvadoreña que desde su humilde pueblo natal de El Salvador, en América Central, saltó de amante en amante y de esposo en esposo, hasta ser la tributaria de la obra de Antoine de Saint- Exupéry y la musa que lo llevó a crear El Principito, uno de los libros más famosos del siglo XX.
     Según la leyenda, Consuelo salió de su tierra natal, un pueblo llamado Armenia, hacia a México, a donde llegó en los albores del siglo XX en busca de fortuna. Allí, después de unas aventuras poco felices, encantó al entonces Ministro de Educación, el escritor José Vasconcelos, quien dedicó a la mujer páginas inflamadas de sus Memorias, iniciadas con el famoso volumen Ulises Criollo. La mujer quedó plasmada para siempre en esa obra, que es una de las más bellas escritas en el siglo XX por un mexicano, ya que es un himno a su patria, escrito con una prosa llena de efectos, deslumbrante y auténtica como pocas, gracias al talento y la emoción con que describe su tiempo y los paisajes de su extenso y variado país. Cualquier diva quedaría feliz con ser sólo la inspiración de estas páginas memorables, pero ella nos guardaría aún mayores e increíbles sorpresas amorosas.
     A lo largo de las páginas de Vasconcelos fluye la pasión secreta que suscitó en él esta diminuta mujer, que en apariencia no tenía gracia muy especial. Enloquecido de deseo por su nueva amada salvadoreña y lleno de culpas atroces por ser infiel a su esposa -una abnegada matrona de la bella tierra de Oaxaca-, la llevó de viaje a París, en un juego de laberintos, pues a su vez traicionaba a otra de sus amantes, la muy intelectual y muy aristocrática Antonieta Rivas Mercado, que despechada por la traición del tribuno, se suicidó lanzándose desde las alturas de la catedral de Notre Dame, en un melodrama de crónica roja que inundó los titulares de los periódicos amarillistas.
     Consuelo Suncín voló de los brazos del gran Vasconcelos y llegó a los del escritor guatemalteco Enrique Gómez Carrillo, considerado como el más exitoso escritor latinoamericano de su tiempo y para muchos el mejor prosista de la generación modernista. Vasconcelos, que era una verdadera leyenda del continente y un frustrado líder mexicano que mucho después moriría marcado por el fraude que le impidió llegar a la Presidencia de su país, recibió el golpe en silencio y sólo pudo exorcizarlo mucho después en las bellas páginas que le dedicó a la mujer, a quien puso el seudónimo de Amparo.
     Gómez Carrillo, autor de casi un centenar de libros de crónicas que eran editados en París por la viuda de Ch. Bouret y en Barcelona por Sopena, tuvo tal éxito, que gozó de gran fortuna y su prosa amena y llena de sorpresas, sus páginas de viaje y descripciones de la primera guerra o la vida de la belle-époque europea eran leídos en todo el mundo hispanoamericano. Vargas Vila lo odiaba y lo envidiaba por su éxito y porque a fin de cuentas tuvo mayor penetración en los medios literarios europeos de aquel tiempo, cuando él y Rubén Darío acudían a la mesa etílica del gran Verlaine y vivían con intensidad la vida mundana y cosmopolita de los tiempos de entreguerras, dominados por el art-déco, el surrealismo, el cubismo, las nuevas técnicas de comunicación inalámbrica, el cine y los raudos autos de lujo.
     Pero pese a su éxito y a estar con la salvadoreña, Gómez Carrillo sucumbió en pleno esplendor de la vida, a los 54 años, cuando a su alrededor cundían los elogios y la admiración de sus contemporáneos. La fortuna del malogrado escritor Gómez Carrillo, el best-seller desbordado de su tiempo de quien pocos se acuerdan hoy, pasó de inmediato a Consuelo Suncín, quien no tuvo más remedio que sufrir luego los avances de otro grande, Gabriel D'Annunzio, el autor de Gog y Magog, y de otros hombres de letras de su tiempo. ¿Qué tenía? ¿Cuál era su misterio? ¿Por qué los escritores morían de amor por ella y le daban todo?
     Pronto la conoció Antoine de Saint-Exupery, un piloto de leyenda y escritor aristócrata del sur de Francia, que hizo todo por seducirla, como invitarla a dar una vuelta en avión por las alturas argentinas y decirle que lo dejaba caer si no aceptaba estar con él y darle un beso en el instante. El bonachón Saint-Exupery la amó con locura, pese a la oposición de la familia francesa y se casó con ella, causando reacciones encontradas en la sociedad de su tiempo.
     Después viene el relato de este amor loco, los celos del autor de Piloto de Guerra y Tierra de Hombres, el exilio en Nueva York durante la guerra, la aparición de El Principito y el misterioso fin en un accidente de su avión en las costas mediterráneas, cerca de Marsella, tragedia en torno a la cual se tejen todo tipo de historias, como por ejemplo que el propio novelista cayó en el mar a propósito, desesperado por los celos.
     Muerto Saint-Exupéry, la Suncín, ya millonaria, afrancesada y heredera de los derechos y las propiedades del autor francés, pasó los últimos años de ancianidad en París convertida en centro de amistades y admiración, hasta que a su vez se enamoró de su jardinero y chofer, un español simple y joven que tras la muerte de la anciana heredó toda la fortuna del guatemalteco y los derechos editoriales del francés, cosa que jamás perdonaron ni la familia de este último ni los medios intelectuales de Francia.
     Hace unos años, en una fiesta en el bulevar Saint-Germain con motivo del centenario de Saint-Exupéry y la aparición de varios libros autorizados por el heredero español, las botellas de champán se quedaban sin abrir en ausencia de invitados. El mundo editorial francés, los diplomáticos y con mayor razón la familia no acudieron al cóctel. El inmenso patio dieciochesco estaba semivacío bajo el sol de mayo. Pero unos cuantos curiosos estábamos allí admirados, hablando con el último amor de la diva, ese español simple que nos decía con afabilidad crepuscular: "!Beban, beban champán, muchachos, que invita Consuelo Suncín!".
     Cosa que hicimos con alegría; pero era tanto el champán y tan pocos los asistentes, que no pudimos agotar aquellas botellas gigantes que se quedaron allí en ese jardín como prueba de que aún pocos en Francia comprenden la leyenda de esta salvadoreña inolvidable, que de cenicienta pasó a las glorias de la fama.

* Publicado en varios medios latinoamericanos.



                                                          Saint-Exupéry y Consuelo Suncín

martes, 21 de febrero de 2012

ALVARO MUTIS VUELVE A CIRCULAR

Por Eduardo García Aguilar


La editorial Grasset ha puesto a circular de nuevo varias obras de Alvaro Mutis, el gran escritor colombiano que a los 88 años de edad sigue presente como un faro desde su residencia en la ciudad de México, donde vive desde hace casi seis décadas. Son pequeños volúmenes de bolsillo, de color rojo, que hacen parte de una colección de clásicos extraídos del acervo editorial de la tradicional casa editora.
     
     Las historias de Maqroll el Gaviero y su cuerpo poético han tenido gran aceptación en algunos países europeos, donde se le considera un autor secreto, de culto, pues el personaje se identifica con las muchas diásporas del continente, donde desde hace milenios surgen personajes solitarios y lúcidos que recorren su existencia por el mundo sin mucha esperanza, pero sí con gran vitalismo y alegría de vivir.
   La obra de Mutis, compuesta por la Summa de Maqroll el Gaviero y una serie narrativa de sus andanzas y tribulaciones, en la que figuran La nieve del almirante, Un bel Morir, Ilona llega con la lluvia, Abdul Bashur y La última escala del Tramp Steamer, entre otras, establece un puente entre las brumas de los puertos europeos repletos de aventureros y prófugos y los del trópico, calcinados por el el sol y marcados por la impronta del deseo.
    Su factura se inició después de que Alvaro Mutis se jubiló y emprendió con pasión inagotable la escritura de obras donde quería decir todo lo que había acumulado en su larga vida aventurera de viajes y trabajos, caracterizada por el goce de la amistad y la lectura.
   Hasta antes de emprender esos libros narrativos donde haría existir a Maqroll el Gaviero, Mutis era sólo conocido por la Summa de Maqroll el Gaviero, publicada por la editorial Seix Barral en 1973 y que incluía su poesía de 1974 a 1970. En ese volumen figuraban colecciones ya clásicas como Los elementos del desastre, Los trabajos perdidos y Reseña de los hospitales de Ultramar. Era un autor secreto que sólo había obtenido el premio Cassius Clay, otorgado por los nadaístas.
   Después de su paso por la cárcel, de donde salió el libro Diario de Lecumberri, Mutis, como casi todos los poetas del continente, había agotado su horas de trabajo y lucha por la vida como locutor, publicista o empleado de empresas multinacionales de cine, dedicado a visitar una tras otra las capitales latinoamericanas para colocar películas y series de televisión. Incluso como locutor hizo la voz del narrador de Los intocables.
   En esos largos periplos cultivó la amistad de muchos poetas afines a él como el nicaragüense Carlos Martínez Rivas, autor de la Insurrección solitaria, o el argentino Enrique Molina, ex marinero autor de grandes libros como Las cosas y el delirio, Las pasiones terrestres y Amantes antípodas. Compartía con esos amigos y otros de su generación temáticas como el viaje, el deseo, la enfermedad, la fuga, la soledad, la fatiga, la desesperanza, la usura, la muerte, la podedumbre.
   En México Mutis estaba cerca de quien fue otra de sus influencias cuando jugaba billar y escribía poesía de joven en Bogotá, el gran poeta guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, quien vivía por Coyoacán y cuya foto ocupa lugar privilegiado en la sala del poeta.
   En ese exilio mexicano Mutis ha vivido en una casa del barrio San Jerónimo repleta de libros, en compañía de varias generaciones de gatos y en su estudio figuran las fotos de Marcel Proust y Joseph Conrad, entre otros. Al lado, está su imprescindible bar con sus amados licores, vinos, cognacs y whizkys preferidos que adquiere o le envían sus amigos.
   Allí ha pasado décadas leyendo las Memorias de Ultratumba de Chateaubriand o de Giacono Casanova o los diarios de Saint Simon, y decenas de autores de lengua francesa, como Valéry Larbaud, sin olvidar su revisión permanente de Antonio Machado, quien fue el primero que se le reveló cuando cursaba bachillerato en el Colegio Mayor del Rosario, en Bogotá.
   Después de publicar su saga literaria de Maqroll el Gaviero y obtener importantes premios en España y Francia, Mutis volvió a su guarida de San Jerónimo y se ha mantenido alejado de la farándula literaria actual. Hubiese podido como otros autores latinoamericanos seguir alimentando la serie narrativa para figurar, pero ha preferido volver a sus libros y a la vida, porque cuando un autor ha dicho lo que debía decir desde lo más profundo de su ser es preferible callar y el silencio entonces es mucho más radiante y significativo.
   Ahora que circulan de nuevo sus libros publicados por Grasset en las librerías del mundo francófono, vuelvo a su obra y a la evocación de nuestras conversaciones publicadas bajo el título de Celebraciones y otros fantasmas, editadas en Colombia y España y traducidas y publicadas en francés por Folle Avoine.
   En estos tiempos de derivas literarias, donde a veces predomina la escoria, sólo queda recomendar a los lectores volver a esa poesía esencial de Mutis y a sus cortas historias estremecedoras porque van al fondo de lo que « nosotros somos sin saberlo » como diría otro autor preferido por Mutis, el paralítico de Carcasona, Joe Bousquet. Mutis es un faro y el haz de su luz literaria gira en medio de la tormenta nocturna.
  


  


sábado, 11 de febrero de 2012

CONVERSACIONES CON LORD BYRON

Por Eduardo García Aguilar
No estamos lejos de la era romántica, pese a que han pasado dos siglos. En estos días, en el antiquísimo Pasaje Vivienne, frente a la vieja Biblioteca Nacional y en el mismo lugar donde vivió Bolívar entre 1804 y 1806, un librero de cabello cano despeinado, especializado en mapas antiguos, ofrecía a precios irrisorios libros recién rescatados de los sótanos o las buhardillas de su tienda, mientras se realizaban trabajos en su negocio.
     Ofrecía para desembarazarse y abrir espacio ediciones de los siglos XVIII, XIX y comienzos del XX a sólo dos euros cada una a los curiosos que cruzamos por ahí hacia las librerías de viejo más antiguas de la ciudad sobrevivientes en manos de sus lejanos herederos.
     Entre los volúmenes encontré una bella edición ilustrada de Hojas de Hierba de Walt Withman con prólogo de Carl Sandburg y, para mi sorpresa, un pequeño volumen doble encuadernado de 1827 que incluye las Conversaciones de Lord Byron (1788-1924) con el capitán Thomas Medwin y parte de su correspondencia.
     El volumen pertenece a las obras completas publicadas por Ladvocat y Delangle Hermanos, en la traducción en boga de Amédée Pichot, quien contribuyó con esmero a la difusión del romántico inglés en Europa, donde la lengua francesa era la predominante.
     Adherida al libro hay una hoja escrita con aplicada letra caligráfica en pluma de ganso que dice « Byron Conversaciones 2 » y de repente me doy cuenta que en volúmenes idénticos, hermanos de esa edición canónica, los románticos franceses y europeos leyeron al mítico Lord. O sea que el libro que tengo en mis manos es uno de los que circularon en esa época y leyeron Nerval o Victor Hugo y ahora lo puedo llevar a casa por dos euros. El hombre me dice que puedo llevarme 7 libros por diez euros si quiero, pero no tengo tiempo en medio de la helada que cubre a la ciudad este febrero, para sentarme a revisar el túmulo de libros que yace en el suelo de la galería cartográfica.
     Muchas de las obras de los poetas románticos son hoy difícilmente accesibles a nuestro gusto e incluso la misma obra de Byron, Childe Harold o Don Juan, ha tomado ciertos golpes del tiempo, pero las Conversaciones con Medwin es un libro sincero que nos entrega una imagen real del héroe muerto en Missolonghi, Grecia.
     Como en el caso del famoso libro de Peru Lacroix sobre Bolívar, donde vemos a la leyenda en su vida cotidiana en Bucaramanga, con Medwin accedemos a un Byron de carne y hueso, descrito con lujo de detalles cuando disfrutaba de uno de esos momentos de errancia por Italia, en su aspecto físico, agradable trato, extremada inteligencia, memoria excepcional, rencores y fragilidad sentimental.
     Como tantos aristócratas románticos de la época se desplazaba por el continente con una caravana de carrozas cargadas con su biblioteca, muebles, objetos personales y cuando se detenía en algún lugar lo vemos en su cotidianidad atormentada, atraído por alguna bella, quejándose de la incomprensión de los suyos o doliéndose del fracaso de su vida matrimonial, sus líos financieros y la ausencia de su hija.
     Se trata, como casi todos los románticos, de seres rebeldes, maniaco-depresivos y megalómanos, imbuidos como era de rigor por la búsqueda de la gloria y la necesidad de hacer proezas militares y literarias capaces de subirlos al trono de mármol de la posteridad.
     Su vida de famoso transcurre de ciudad en ciudad y de país en país abierta a las costumbres y bellezas paisajísticas y arquitectónicas que pueden ser observadas con tiempo a diferencia de los impertinentes turistas que ya existían entonces y viajaban coleccionando instantes sin tener tiempo para digerirlos.
     Byron, Keats, Coleridge, Shelley, Nerval, Hugo, Novalis, Goethe, Holderlin, Von Kleist. La mayoría son letrados ricos de las tierras frías que bajan hacia los climas más benévolos del Mediterráneo en busca de ruinas romanas, vestigios renacentistas, sensualidad latina y el espiritu jugetón y hedonista de las poblaciones marcadas por el sol.
     En cada lugar encuentran interlocutores ilustrados y ricos con quienes realizan veladas inolvidables, en medio de las delicias culinarias y la degustación de vinos regionales, al calor de los cuales discuten sobre los rumbos políticos del continente y del mundo y hablan de las obras literarias del pasado y las intrigas de la literatura actual. Todos ellos son hipersensibles, se involucran en batallas perdidas y mueren en el campo de batalla como él, en duelos, o ahorcados como Nerval.
     Es difícil definir a ese movimiento que nace, muere y renace al vaivén de las generaciones. Robert Kanters dice que «parecido en toda Europa y sin embargo proteiforme, el romanticismo desanima la definición porque hay en él una mezcla de actitud literaria y espiritual». Es « la reacción y la revancha de la totalidad del hombre contra la tiranía de uno de sus componentes », o sea que sería la venganza del sentimiento frente al auge de la racionalidad o de la máquina. En ese sentido el movimiento pop de los 60, el rock, el arte moderno y mayo de 1968, serían un avatar moderno del romanticismo.
     De todos los temas discute Byron con su amigo el capitán y a través de esta versión deliciosa, carente de énfasis o adornos inútiles, tenemos la impresión de estar muy cerca de él y sentir que en estos tiempos de protestas mundiales contra los poderes globalizados se está alzando una nueva era romántica contra el poder del dinero, la técnica y las armas.